Robo en La Montaña


La verdad es que llevo un mes de septiembre horrible. Me deja la «novia», no puedo defender mi tesina, tengo accidentes, me agreden… y hoy, para colmo, me han robado el ordenador portátil. Un ordenador que materialmente no tiene ningún valor pero es donde guardaba mi tesis doctoral y cientos de documentos importantes que jamás podré recuperar. Además, todos los contactos, amigos, cartas, escritos, libros y un largo etcétera difícil de numerar y cuantificar. Han entrado por una de las ventanas que estaba entreabierta, a la hora de la siesta que andaba yo reunido en Córdoba con un profesor universitario. Lo increíble es que las puertas de la casa estaban abiertas y allí había un ordenador de mucho valor material que ni han tocado.  No se han llevado más que ese ordenador con el que trabajaba a diario. Si alguien lo localiza en el mercado negro por favor que me lo diga pues es de vital importancia recuperar no el ordenador en sí sino la información que en él existe. Sobre todo la tesis doctoral, fruto de mi trabajo de más de cinco años. Lo más curioso de todo es que sólo se han llevado ese ordenador. Nada más, ni siquiera los otros. Sólo ese, mi ordenador personal y el que menor valor tenía materialmente hablando. ¿Por qué no se han llevado los otros? Las huellas las han dejado por todas partes, así que supongo que tendré que ir a denunciar si no aparece pronto… Vaya mes que llevo… y yo que pensaba que este año iba a ser un año dhármico… y resulta que se me acumula karma por todas partes… ommmmmmmm…


Las Huellas del Alma


Somos un pobre instrumento. Lo noto cuando sufrimos, cuando lloramos, cuando incluso, en los momentos más felices, nos sale una mueca de alegría inmensa. Y el instrumento se apaga todas las noches para reponer fuerzas, para conectar con el subconsciente y determinar qué experiencias han merecido la pena, qué experiencias dejarán o no una huella en el alma. Si miramos bien nuestros días, cada uno de ellos, antes de acostarnos, deberíamos pensar qué cosas han merecido la pena. De esas veinticuatro horas, de esos infinitos mil cuatrocientos cuarenta minutos y esos inacabados ochenta y seis mil cuatrocientos segundos, qué cosas llegaron a merecer la pena. Cuando llega la noche nos cuesta recordar esa vida mecánica, pusilánime y aburrida que se embarca en la rutina más absoluta. Pero hay detalles hermosos que no pueden escapar, que deberíamos retener a diario. A veces, en ese tiempo que transcurre sintiéndonos infinitos, como si tuviéramos por delante el universo entero, no somos conscientes de que cada segundo vale, de que cada segundo cuenta, porque ya no volverá. Y es así cuando nos revelamos ante la vida y la cogemos de frente y estrujamos con fuerza cada instante que pasa, como si de ese instante dependiera la asfixia del vivir. Me gustaría que cada segundo dejara huella en el alma. Que fueran tantas las experiencias y los conocimientos de cada día que la recapitulación vespertina fuera en sí misma toda una aventura. Al final, si el alma existe, sólo se llevará de nosotros esas huellas. Lo demás se convertirá en polvo. Nuestra vajilla, nuestro coche, nuestra casa, nuestro dinero, nuestro esfuerzo y todos nuestros tesoros quedarán enterrados bajo tierra. Todos excepto las huellas que hayamos impreso en nuestra existencia.