Ítaca


Cuando partas hacia Itaca…

pide que tu camino sea largo
y rico en aventuras y conocimiento.
A Lestrigones, Cíclopes
y furioso Poseidón no temas,
en tu camino no los encontrarás
mientras en alto mantengas tu pensamiento,
mientras una extraña sensación
invada tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones, Cíclopes
y fiero Poseidón no encontrarás
si no los llevas en tu alma,
si no es tu alma que ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que muchas mañanas de verano hayan en tu ruta
cuando con placer, con alegría
arribes a puertos nunca vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finos objetos:
madreperla y coral, ámbar y ébano,
sensuales perfumes, -tantos como puedas-
y visita numerosas ciudades egipcias
para aprender de sus sabios.
Lleva a Itaca siempre en tu pensamiento,
llegar a ella es tu destino.
No apresures el viaje,
mejor que dure muchos años
y viejo seas cuando a ella llegues,
rico con lo que has ganado en el camino
sin esperar que Itaca te recompense.

A Itaca debes el maravilloso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino
y ahora nada tiene para ofrecerte.
Si pobre la encuentras, Itaca no te engañó.
Hoy que eres sabio, y en experiencias rico,
comprendes qué significan las Itacas.

Konstantinos Kavafis (1863-1933), poeta griego

Si tú te mueves, el mundo se mueve


A veces tenemos horas bajas, días bajos, semanas bajas, meses bajos… El recurso más humano es tirar de la manta de la lamentación, la pena y el desánimo. Lo he vivido con fuerza estas últimas semanas y lo he digerido a trompicones. La meditación es una buena herramienta para tranquilizar todo aquello que nos abruma, para intentar ver con distancia todo lo que ocurre. Dedicar cinco o diez minutos al día a parar cualquier actividad nos hace ver con claridad todo aquello que debemos hacer, todo aquello que anhelamos y todo aquello que es capaz de transformar lo vivido. Entonces, en poco tiempo, ocurre el milagro de la transformación. Sin duda, si empezamos a movernos, el mundo empieza a moverse con nosotros… y todo cambia…

Personas y política


Me ha alegrado mucho la victoria de Tomás Gómez en las primarias de Madrid. La imposición del aparato no ha servido de nada. Tampoco las presiones ni la puesta en escena de unas primarias que deseaban, debían ganar. Pero ha ganado el pueblo, las bases, las personas. Y por eso me alegro, pues esa es la política que me gusta, la que nace de las personas para las personas. Todo lo demás es esquelético, epidérmico, inútil. Sobre todo en tiempos de crisis donde la gente desea ser gobernada por gente, las personas por personas, y no por proyectos, ideas o experimentos con gaseosa. Ojalá esto que ha pasado en Madrid pasara en todas partes, inclusive en este pequeño pueblo deseoso de cambios. Un pueblo que necesita personas que se preocupen de personas, y no burócratas de turno que sólo piensen en un sueldo y en gestionar grandes obras para llevarse una buena cuantía de comisiones y estraperlos. ¡Fuera los políticos de salón de nuestros pueblos! Venga a nosotros el reino de la verdadera democracia. Que reinen los mejores, y que los mejores nazcan de la voluntad popular, del ansia de un mundo nuevo.

¿Existe alguien con quien volar y saltar sin red?


La pregunta me la hizo ayer C. mientras volvía a La Montaña. Me pareció tan hermosa e inocente, tan llena de anhelo y esperanza que enseguida la hice mía y me acompañó toda la noche. Una vez C. vino a visitarme a la Montaña y nos dimos uno de los abrazos más hermosos que recuerdo. Me preguntaba si existía algo tan hermoso como abrazar a alguien y mirarle sinceramente a los ojos, sin temor, sin recelo, sin condiciones. Quizás ese sea el verdadero amor, el verdadero sentir en libertad, el verdadero volar y el verdadero salto sin red. Hoy ha venido a visitarme mi prima R. Hacía tiempo que no la veía y solo me apetecía abrazarla con intensidad. No sé cuantos abrazos le habré dado en el rato que ha estado aquí. Me sentía tan feliz por dentro al hacerlo. Me sentía tan libre, tan espontáneo, tan lleno de calma. Ayer, paseando por Madrid con A., llegamos hasta el cine Ideal. Cuando estuve en sus puertas me acordé de aquella película subtitulada que vi no hace mucho con B. Volé de repente a sus abrazos, a su intensidad. Fue hermosa la mezcolanza, el ritmo sentido del latir, el aroma suave de ese tiempo ya pasado. Y por eso la pregunta de C. me acompañó toda la noche. Necesitaba de su duda para poder seguir adelante y de su esperanza para poder sonreír al tiempo. Y además, llovía, y como en la canción, estaba mojada la carretera… Qué largo es el camino… qué larga espera… Kilómetros pasando, pensando en ella… qué noche, qué silencio, si ella supiera, que estoy corriendo, pensando en ella… Sigo en la carretera, buscándote… al final del camino, te encontraré…

¿Se puede vivir sin tarjeta de crédito?


Hasta hace pocos meses tenía tres tarjetas de crédito que utilizaba sobre todo en mis viajes y para salir de ciertos apuros de última hora. La VISA tenía un crédito máximo de doce mil euros, la American Express cuatro mil y la MasterCard, para todo lo demás, con tres mil euros. La verdad es que daban ganas de marcharse con las mismas y no volver en muchos meses. En algunos países es más fácil pagar con unas o con otras, aunque la VISA es siempre la más popular, de ahí que tuviera tres diferentes. En enero decidí anularlas todas, pagar el crédito que debía y darlas de baja. Fue una decisión muy meditada, sobre todo a la hora de encarar viajes donde a veces resulta imprescindible una tarjeta, por ejemplo, para alquilar coches. Pero la radicalidad del momento y la crisis exigían estas decisiones. Estos meses iba tirando del débito y del cash, es decir, del dinero líquido y efectivo que llegaba a mis manos. Esto tiene sus ventajas, porque nunca gastas más de lo que tienes, pero también sus peligros. Os cuento la anécdota de ayer porque me resulta, además de divertidísima, significante. Tras pasar el sábado con cierta élite económica, académica y política, me marché el domingo a Madrid donde había quedado con A., una hermosa filósofa. Al salir de Barcelona, me envió un mensaje para quedar a alguna hora. Intenté contestarle pero justo en ese momento había agotado el saldo del móvil. Paré en la primera población que vi para recargarlo pero me di cuenta de que en las tarjetas de débito había agotado el dinero y tenía lo justo en efectivo para gasolina. ¿Cómo quedar con una hermosa mujer en esas condiciones? No quería ser yo el causante de ningún conflicto. Tenía un euro suelto y llamé por teléfono a una amiga para que me ayudara con la recarga. Por suerte la llamada fue efectiva y recibí la oportuna recarga que no podía realizar por carecer de débito en la tarjeta, eso sí, para mosqueo de la filósofa, una hora después. Me disculpé con ella para la comida, diciendo que llegaba con retraso y que sólo podría quedar para un café por la tarde. Llegué a eso de las cinco a Madrid con el depósito en reserva y con veintiséis euros en el bolsillo. “Imposible llegar a Córdoba en esas condiciones”, pensé. A. me llevó a un restaurante de lujo en el centro de Madrid. No podía hacer menos que invitarla al café solo y mi café con leche, que sumaron la friolera de diez euros. Estuvimos unas horas hablando y aún tuve tiempo de darle un euro a un mendigo que vino a nuestra mesa a pedir. Me quedaban quince euros para volver. A. quiso alargar la tarde invitándome al cine, y a cenar y… Dadas mis condiciones, me excusé diciendo que tenía que estar pronto en Córdoba y me marché en el momento más divertido. Por suerte me llevó con su coche hasta donde había aparcado el mío, ahorrándome el euro del metro. Nos despedimos y empecé a rodar a no más de ochenta por hora por la autopista durante cien kilómetros. A trescientos kilómetros de Córdoba me paré cuando el coche no daba para más y para asombro del hombre del surtidor eché 15,98 euros de gasolina sin plomo. Las luces del chivato de la gasolina apenas se movieron. Le dije al de la gasolinera: “¿Cree usted que llegaré a Córdoba?”. Me miró extrañado y me contesto: “Si no corre puede que llegue con los trece litros cargados. Por cierto, le sobran dos céntimos”. Le regalé los dos céntimos, por supuesto, porque puestos a reírnos de todo, inclusive de la miseria, pues dos céntimos tampoco me salvaban. Y luego, y tanto que no corrí. A ochenta por hora hasta Córdoba sin parar, con el depósito en reserva y apurando el motor eléctrico cada vez que la carretera o la ausencia de coches a esas horas lo permitía. Llegué, por los pelos y con el motor eléctrico pero llegué tras seis largas horas de risas y cierta angustia por la situación. Me reía porque me resultaba increíble estar gestionando una empresa que factura cien mil euros al año y no tener un domingo por la tarde más que quince euros en el bolsillo. Estas situaciones, y más ahora en tiempo de crisis, pasan en muchas familias. Soy consciente de ello y soy consciente de la función que en esos momentos de no poder más hacen muchas personas de sus tarjetas de crédito, de los préstamos y demás baladíes engañosos que nos sirven para salvarnos de situaciones desagradables. Sin embargo, con este tipo de experiencias estoy cada vez más convencido de la necesidad de prescindir de los créditos y empezar con la buena y sana costumbre del ahorro y la previsión. Lo de ayer fue sin duda algo extremo que últimamente me ocurre con frecuencia. Pero disfruto de estas anécdotas porque me hace ver la importancia de las lecciones aprendidas y de los errores del pasado. El dinero es energía, y qué bien nos viene poder controlarla y llenarla de abundancia y generosidad.

Los saberes ocultos


El microbús estaba lleno de personalidades. Ocupé las plazas de atrás y me sentí cómodo en los asientos de cuero negro. El conde de M. hablaba de unas tierras y de lo difícil que resulta ser un aristócrata hoy día, el alcalde de B. refinaba su diálogo y el gran jefe contaba anécdotas sobre el cabeza de un lobby de poder en Washington con el que cenó hace unas noches. Los tres catedráticos recitaban versos de Schiller en alemán mientras que uno de ellos hablaba de su último trabajo sobre Roso de Luna. J. me incitaba a volver a volar mientras soñábamos con aviones y vuelos. Hay tantos universos como seres humanos soñando…

Llegamos al monasterio y nos recibió uno de los monjes benedictinos. En la entrada coincidimos con Pilar Rahola. La saludé y le recordé los viejos tiempos. Aún recordaba al chico de la “silla azul”. Como pasa el tiempo. En la reunión se sugirió como nuevo compañero al aspirante a premio Nobel. Lo veremos en la próxima reunión en Madrid. Así, la élite bondadosa, los constructores del adytum, terminaron una jornada en la que se expuso las intenciones y el nivel del ser que atrae nuestras vidas. Todo fue tranquilo, equilibrado y de un gran nivel intelectual. Me sentí un peregrino del espíritu que observaba curioso y silencioso todo el cúmulo de anécdotas y saberes.

Cuando la consciencia se rebela


Ayer tuve una interesante conversación con C. Hablamos de consciencia e insconciencia. De grados de conciencia, si se puede llamar así, o quizás, de cualidades de conciencia. No es lo mismo la consciencia de una ameba que la de un ser humano. Sin embargo, hablar de consciencia resulta complejo, dado lo difícil que supone ser conscientes de que somos conscientes o de que, en general, no lo somos. Requiere disciplina, control, introspección y un cierto despertar interior que nos avise. En “Creando Utopías” añadía el tópico de que esa consciencia sólo se manifiesta ante una rebeldía metafísica. Sólo cuando nos rebelamos contra nosotros mismos, contra las circunstancias que nos rodean y contra todo el orbe que hemos asumido en nuestra vida, existe o se manifiesta un grado mayor de consciencia. Y Camus añadía que el hombre rebelde es aquel que dice “no”. Así, la consciencia es rebelde, se rebela una y otra vez para hacernos crecer, progresar y evolucionar. Para “evolucionar”, en palabras de Gurdjieff, es necesario voluntad y consciencia, señalaba C. Ayer, sin embargo, cuando llegué a casa, le envié un mensaje tras la apasionada discusión: “la consciencia no nos pertenece. Nosotros no somos consciencia”. Sea como sea, en la conversación tuvimos un cierto grado de consciencia que nos hizo ver con cierta claridad hechos que estaban ocurriendo en nuestras vidas. Y la conclusión fue clara: estos días requieren rebelación y van a existir muchos más «no».

Paz, más Paz


El amigo J. nos recuerda el acto que Ananta celebra en el Palacio de Deportes de Madrid. Séneca colabora en la venta de entradas, así que si necesitáis entradas, por favor, pedidlas al siguiente correo: seneca@editorialseneca.es

Tenemos cien entradas, así que os pido nos ayudéis a distribuirlas…

Paz, más paz para todos… ¡¡¡El objetivo es llenar el Palacio de Deportes!!!!