Cuando llenamos los ojos de amor, solo vemos amor


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Estamos viajando a Granada. El sol ilumina los campos dormidos del otoño andaluz. El dorado prevalece sobre los tonos añejos. La naturaleza dormita mientras se prepara para el invierno. Dan ganas de tumbarse bajo el sol y dormir plácidamente hasta la próxima primavera. Laderas, ríos, árboles de ribera teñidos de ese ambiente melancólico. No están mal los doce grados de introspección exterior. La naturaleza parece agotada en otoño. Es hora de prepararse, de recogerse para que la vida vuelva a resurgir con esplendor en las próximas estaciones.  Toda la naturaleza contiene en sí misma esos ciclos. Sólo hay que mecer con paciencia el órdago de la espera y ver como florecen los períodos.

Resulta difícil contemplar estas cosas cuando estamos tan sumergidos en las tareas cotidianas, especialmente cuando vivimos en plena ciudad, en esa grisácea epidermis de asfalto. Es cierto que los platarenos que adornan algunas calles pretenden recordarnos en qué parte del ciclo estamos, pero no tiene nada que ver con estar aquí, con los pies enterrados en barro y las manos prensadas con el roce lumínico del sol. Ahora que ya no poseo esta suerte de privilegio envidio sanamente a los que aún conservan el contacto directo con la vida, con el campo, con los bosques, con la salvaje emoción de ser libres con nuestra natural esencia.

Alguien muy querido decía ayer que cuando llenamos los ojos de amor sólo vemos amor. Para que esto ocurra primero debemos quitarnos la venda que tapa nuestra mirada, o al menos arrancar de cuajo todos esos clichés y prejuicios que envilecen nuestra visión. Sólo debemos desvelar, correr el velo que nos oprime, que nos aleja de la savia vital, del poderoso mensaje de la vida. De alguna forma me veo con la obligación moral de volver a esos orígenes primitivos, volver al contacto con la leña en invierno, con el fuego del hogar que se construye con piedra, barro y madera. Cultivar una huerta, recolectar los frutos del bosque, pasear por la ladera buscando setas, rozar con las manos el agua sacada del pozo o bucear en los ríos buscando sus piedras doradas. Ahora que en este viaje puedo recordar que la naturaleza existe y espera paciente nuestro regreso, nuestro abrazo a eso de lo que nunca debimos separarnos, más ganas tengo de retomar esa mirada de amor. Más deseo llenarme la mirada de amor y comprender que sólo así podemos decir que estamos vivos. Arrancadme el velo cuando me pierda en la oscuridad. Agitarme el alma cuando deje de ver.

 

Desde Córdoba


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La ternura y el calor de la gente siempre nos llena de gozo. Hoy en Córdoba hemos disfrutado doblemente. Nos acompañaba el Petit Editor que escuchaba a veces con incredulidad y otras con suspicacia las palabras que salían de Emilio Carrillo. Al terminar la charla se nos acercaron gente bonita que había venido desde la comunidad de Artosilla, en el Pirineo de Huesca, para estar hoy allí. Hablamos de amigos comunes y de sinergias que nacen con el Proyecto O Couso. Las sorpresas son siempre continuas con respecto al mismo. Especialmente cuando han llegado tres uruguayas que han venido desde su país para seguir el periplo de Emilio y conocerlo personalmente. Tanto es el entusiasmo que muestran que una de ellas llevaba en su móvil como fondo de pantalla una foto de O Couso. Tanto Laura como yo nos hemos quedado un poco aturdidos porque nunca sabemos hasta donde puede llegar la repercusión de este hermoso sueño.

Es cierto que estamos cansados, que nos faltan horas del día para poder atender tantas y tantas cosas, pero no nos falta entusiasmo para dirigir con fuerza cada segundo de vida y de experiencia. Ser instrumento de la paz es hermoso. Conocer y abrazar a tanta gente bonita no tiene precio. Mañana toca Linares y pasado Granada. Será el último viaje con Emilio hasta febrero. Un hermoso trueque que recordaremos por mucho tiempo. Gracias Emilio por lo milagroso de estos viajes.

La exótica naturaleza del recuerdo


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Hace unas horas que hemos llegado a la Montaña. Casi veinte grados de temperatura que era embriagada con esa característica luz del mediodía. El olor intenso a bosque salvaje, a naturaleza en estado puro, nos inducía al éxtasis en el paseo que hemos dado nada más llegar. Estábamos necesitados de luz, de naturaleza, de esa libertad alejada del ruido de la ciudad, de la suciedad que se respira por todas partes. Aquí, en Andalucía, es todo verde y azul, y cuando paseábamos por el bosque me preguntaba como es posible que hubiera abandonado este paraíso cargado de exuberante belleza.

Nos colamos tras esas vallas que separan el pueblo del parque natural. Desde allí podía ver la que era mi antigua casa, ahora abandonada por la incertidumbre y rodeada de naturaleza salvaje. Me embriagó un deseo egoísta de poder recuperarla. Al fin y al cabo aquel esperpento de cristal estaba allí porque alguna vez lo soñé. Era una sensación extraña trasladarme por los recuerdos de tantas y tantas vivencias que allí sucedieron. Recordaba los conejillos que merodeaban por el jardín, los patitos que se zambullían en las charcas que improvisábamos entre las encinas y de aquel gallo que a las cinco de la mañana tocaba diana para todos. Parte de la vida, de mi vida había transcurrido allí y era normal poder sentir, como mínimo, un halo de añoranza.

Estaremos aquí unos días en la casa familiar intentando tostarnos al sol para recuperar algo de energía vital perdida. Creemos que es urgente, al menos de vez en cuando, sentir que la vida pasa por las venas de forma natural. Vivir en Madrid tiene sus cosas buenas, pero a veces nos alejamos en exceso de la abundancia de vida, de lo exótico que resulta vivir en plena naturaleza. Así que toca respirar, por dentro y por fuera, para coger fuerzas. Los retos que se presentan lo requieren.

Contra los pastores, contra los rebaños, o de cómo el individuo no es el hacedor


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Contra los pastores, contra los rebaños. Este era el eslogan del periódico parisino L’anarchie, cuyo núcleo principal decía estar en lucha contra los «prejuicios», los «vicios» y el «conformismo» y de paso contra los que nos gobiernan y los gobernados. Repasaba algo de su historia a propósito de la presentación de uno de los libros que con este mismo nombre se presentará esta semana en Madrid. Será en manos de los amigos de la librería anarquista LaMalatesta con los cuales mantenemos algún vínculo común, especialmente en lo referente al apoyo mutuo y la cooperación, la vida comunitaria y la utopía, ideas que la anarquía ha explotado en sus tesis más puristas y radicales.

Esta noche observaba como muchos han hecho ese giro radical contra la norma, contra ese vicioso modo de conformarnos con nuestro destino prefijado obviando la posibilidad de emancipación y libertad más allá de lo ilusorio de nuestro yo personal.

Cenábamos con el amigo Ramiro Calle, Luisa, Laura, Aurora y Nacho, un conocido editor de una prestigiosa revista que un día decidió retirarse para editar libros sobre la no dualidad y el advaita. Me preguntaba como personas inteligentes y cultas un día decidían radicalizar su vida hacia posturas diferentes, hacia controversias que rompen con la norma, con el pastor y el rebaño, con el gobierno y lo gobernado, con aquello que la vida dice que es irracional y el destino nos alienta como verdadero.

Me daba cuenta que en el fondo había un sentido anarquista de la existencia en estas posturas. Y no me refiero al clásico y venido a menos anarquismo ideológico y doctrinal, sino al que nace de la propia existencia como un marcado rumbo experimental. Un anarquismo sin acritud, como nos decía Ramiro hace unos días, no tan sólo en contra de cualquier tipo de autoridad y jerarquía, si no a favor de las consecuencias de sentirnos Uno con el todo, al modo advaita, donde el alma y Dios no están separados, sino que el alma es Dios, y viceversa. Esa anarco-espiritualidad se abraza y se transmite de forma renovada, prediciendo un nuevo estado del ser, una nueva cualidad que avanza en las entrañas del programa consciencial hacia una forma diferente de entender el vasto campo de la experiencia.

Ese “sin amo ni soberano” en palabras de Proudhon no es más que la emancipación mística y espiritual del humano renovado y emancipado de toda atadura y disciplina que usa la razón y la normalidad para gobernarse. Ahora el gobierno nace de uno mismo y de su condición de no-dualidad con el cosmos y con el sentido de la existencia. Ya no hay separación posible entre atman y Brahman, o como dijo Ramana Maharshi, “el individuo no es el hacedor” ya que el mismo nace como una distorsión, una ilusión del yo separado que por ende, no es real. El que ama al cosmos desde su más profunda amplitud no puede hacerlo viéndose a sí mismo como algo separado. Tampoco puede hacerlo subliminando su libertad a las formas y cometidos que gobiernan la vida ordinaria. Debe existir una ruptura paradójica entre el yo y el ello que conduce necesariamente a la identificación con la suma de ambos, con el todo que nace y renace en este constante baile cósmico. Y cuando eso ocurre, inevitablemente nos convertimos en danzantes, en derviches que bailamos al son de la música impuesta por las esferas más altas y las melodías más profundas. Quizás este y no otro sea nuestro cometido final, abrazar la unidad, libres, ante el profundo anhelo de ser Uno con el Uno, una constante impermanencia y transitoriedad hacia el Todo.

(Foto: © Jean Paul Bourdier )

 

La mala consciencia


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Hoy es el Día Internacional contra la Violencia de Género. En las últimas presentaciones que hemos hecho del libro Voces Prestadas, de Grela Bravo, casi me tenía que morder la lengua ante esa visión detestable de la violencia en general esculpida desde los altares de una sociedad hipócrita que por un lado se queja de cualquier cosa y por otro no hace absolutamente nada para erradicar el mal, ningún tipo de mal.

Como hoy decía a unos amigos, no puedo opinar porque estoy en un proceso interior de radicalidad en el que me cuestiono plenamente todo el sistema y todas las cuestiones con referencia a esa hipócrita actuación individual y colectiva. Constantemente entramos en contradicciones, pero en este momento de nuestra existencia vital, donde todo parece arto delicado, la supervivencia y la vivencia nos indican que debemos hacer algo más que fingir cierta queja, reflexión u opinión sobre unos y otros asuntos.

En la segunda edición de “Creando Utopías”, en las primeras páginas, ya hablo del narcotizante estado en el que nos encontramos, y de como parece casi imposible trasladar cierto halo de lucidez a un mundo enfermo. Lo más sensato sería no participar del mismo, o hacerlo en la menor medida de lo posible. Los gestos positivos son necesarios, pero tal y como está el patio, la sugerencia con respecto a la urgencia de actuar necesita, necesariamente, algo más que gestos. De ahí la premura de cierta radicalidad en los planteamientos y en los actos. Especialmente los actos, la conducta, los hechos.

El otro día un ser hermoso, ante nuestra sorpresiva y estupefacta cara, nos decía que de alguna forma no importaba nada aquello que hacías si lo hacías desde la consciencia. Se me vino el mundo abajo. ¿De qué tipo de consciencia estamos hablando? ¿Fumar con consciencia, golpear con violencia con consciencia quizás, digerir cadáveres animales con consciencia, matar en una guerra suicida con consciencia, apoyar causas como el juego, la pederastia, la prostitución, el Eurovegas, las carreras de caballos o lo que sea con consciencia? ¿Es eso posible? Entoné alarmado.

No se trata de entrar en un discurso puritano, pero si que debemos empezar a cuestionarnos como sociedad qué estamos haciendo con nosotros mismos y con nuestro prójimo y nuestro entorno. Nos quejamos de los desahucios pero seguimos con nuestros ahorros en los mismos bancos. Nos quejamos de que nos echan de los trabajos pero seguimos suplicando a los patronos que nos den trabajo en vez de crear el nuestro propio. Nos quejamos de las guerras pero seguimos consumiendo productos de empresas que las fomentan. Nos quejamos del vicio, de la perversión, de lo infame pero seguimos apoyando todo tipo de empresas que fomentan esta bajeza social y moral (perdón por la palabreja). ¿Y qué decir de los políticos? Hoy comíamos con unos amigos en un conocido restaurante vegetariano cerca del Congreso y allí estaba, paradojas de la vida, uno de los diputados abanderados sobre las corridas taurinas. Y ahí están y estarán porque seguimos votándolos en nombre de la consciencia, de vete tú a saber qué consciencia.

Hoy también hablábamos de la votación que han hecho en Suiza para consultar el coto a los salarios más altos. El planteamiento además resulta hipócrita en un país que vive del secreto bancario promovido por grandes fraudes, grandes tramposos, grandes escarceos, grandes traficantes de todo tipo y grandes mercenarios. El doble juego parece obsceno. Cada vez resulta más difícil servir a Dios y al César. Lo siento, pero la doble moral (perdón) y el hacer las cosas con según que consciencia ya no sirve. En un país donde hay un desahucio cada quince minutos ya no podemos seguir opinando sobre la moral, sobre la consciencia o sobre el bien y el mal. Es hora de actuar. Es hora de quitarnos la máscara como individuos y sociedad. Es hora de la urgencia de actuar.

(Foto: © Misha Gordin)

Irán, ¿un guiño positivo a la nueva era?


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Las primaveras árabes y las otras primaveras, las que de forma a veces tímidas y otras caducas nos han llenado de cierta esperanza en algunos casos y de cierto horror en otras (véase el fracaso de países como Siria) han puesto de manifiesto el surgimiento de un nuevo espacio geopolítico y de un nuevo empoderamiento de la sociedad civil en contra de los abusos del poder político y económico y en contra de las injusticias que esta crisis está sacando a flote.

En este otoño se nota incluso en los individuos más aliviados el cansancio por la crisis que arrastramos. Pero ese cansancio a veces, visto desde una perspectiva más amplia, nos da noticias que parecen esperanzadoras. El acuerdo que se ha llegado con Irán es una prueba de que algo está cambiando. Existen recelos fundados por parte de Israel y Arabia Saudí por miedo a perder el liderazgo en la región (el nuclear y el del petróleo), pero se abre una puerta de esperanza para que la tensión en Oriente Medio disminuya a favor de un plan y una estrategia de paz en la región. Si con este gesto se consigue que el polvorín se convierta en un vergel quizás algo cambie a largo plazo, algo importante que tiene que ver con la instauración de una nueva forma de convivencia entre los seres humanos y un alejamiento cada vez mayor de ese “eje del mal” que a modo de “lobo feroz” se instauró en nuestra psique colectiva.

Es cierto que toda esta geoestrategia está estrechamente relacionada con los recursos del petróleo y su agotamiento sistemático a medio plazo. Irán es un productor importante de crudo y la necesidad de aliviar el mercado internacional tiene mucho que ver con este acuerdo, al menos hasta que las tecnologías apunten hacia otro modelo energético que permita, de paso, sostener el ecosistema sin seguir dañándolo y Oriente Medio deje de ser una necesaria ruta de conflictos. Pero también es una puerta de alivio en las relaciones  internacionales, las cuales deberán poco a poco desarrollar el sentido de colaboración y apoyo mutuo en contra del confrontamiento y la guerra.

¿Qué conclusión sacamos de este guiño internacional? Por un lado, la escasez de recursos a medio plazo está haciendo que las relaciones que antes eran peligrosas ahora se tejan como necesarias, reajustando los valores por los cuales los pueblos empiezan a entenderse y comprenderse mutuamente. Por otro, estamos viendo como el derrumbe del viejo modelo y paradigma está ayudando a que lo nuevo surja, aún tímidamente, bajo los valores que reclaman un comportamiento diferente ante los retos de este nuevo milenio. Es cierto que sólo es un guiño, pero todos los guiños hacia esa nueva era son necesarios en este clima de cambio y derrumbe, de esperanza y transformación.

De la violencia al amor en Valencia


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Ayer seguía irreverente cuando afirmaba en Valencia que la violencia era algo congénito al ser humano y que debíamos esforzarnos para protegernos de nosotros mismos en los actos más cotidianos, empezando por la mesa, por la comida y terminando con las complejas relaciones humanas. A las cinco de la mañana estaba de viaje en una jornada que se presentaba larga e inolvidable.

Por la mañana estuvimos con la autora y amiga Grela Bravo presentando su libro “Voces prestadas”. Fue un encuentro hermoso y a pesar de que era un viernes por la mañana la sala estaba llena de gente. Tuvimos ocasión de compartir un entrañable encuentro con personas comprometidas del mundo sindicalista, los cuales cada uno aportaba su propia visión de la vida y la violencia de género. El mensaje, como siempre, un punto de encuentro, una excusa más para crear algo más que palabras. La consciencia es como un virus que también se contagia. Crear consciencia con este tipo de actos debe ayudarnos a modificar poco a poco nuestras conductas y nuestros valores caducos. Es algo tan necesario como el comer, o mejor dicho, es como alimentar a nuestra alma, la cual, también está necesitada de cuidados.

Tuve la suerte de ser invitado a la comida que la autora organizó con dos amigos suyos de la infancia. El poderoso Javier, un sabio buen hombre, informático de los pies a la cabeza, también escritor, y una grandeza a prueba de niños (tres) el cual, con su humor y sentido común amenizó una cálida comida bajo el valenciano y agradable sol.  Y la todopoderosa Carmen, una bellísima persona, por dentro y por fuera, una mujer valiente e inteligente, ingeniera agrónoma que un día decidió seguir la voz de su talento y lo dejó todo para meterse en el mundo de la canción. Con gracia y talento acompaño todo nuestro hermoso día con sus agudas intervenciones en las presentaciones y con su cálida sonrisa.

Compartir nos hace humanos. Lo decimos constantemente. «Amor es relación» será el próximo título que vamos a sacar y cuya autoría es compartida con Ramiro Calle y este menda, muy bien prologado por nuestro común amigo Joaquin Tamames. Hace un par de días pasamos una bonita velada junto a la compañera de Ramiro, el propio Ramiro y Joaquin y hablamos de la complejidad humana. Unos días antes Ramiro había dicho: “me gusta como eres, un ácrata sin acritud”. El acertado cumplido lo podía ver ayer en movimiento. Ya no tengo acritud, sólo agradecimiento y amor por todo, y eso no quita que podamos ir por la vida compartiendo aquello que creemos como justo y necesario. Por eso ayer realmente no fue un día en el que hablamos de violencia, sino de amor. Con gestos, con abrazos, con sonrisas, con esperanza, con amistad, esa gran amistad que personas como Grela expresan años tras años con todos los que tienen el privilegio de entrar en su vida. Ayer lo pude comprobar y pude contagiarme de tanta belleza extrema y entrañable.

Por eso el amor es relación, y por eso, ayer, entre tanta vorágine de pensamientos y reflexiones, nos dimos cuenta de que sólo cuando nos relacionamos tenemos cierto sentido del amor y somos capaces de convertirnos en humanos completos. Con Javier, con Carmen, con Grela y con todos los que generosamente nos acompañaron en toda la mañana, incluida Cristina, la madre de Laura que estuvo con nosotros en el acto de la mañana.

Y luego llegó la tarde, fue igual de grata y amorosa. Hace unos días, nuestra editora del norte nos preguntó si alguien podía acompañar a Jordi Calvo a presentar su libro de «Banca Armada vs Banca Ética«. ¿Qué día es la presentación? Le pregunté. El 22 de noviembre en la nueva sede de Setem en Valencia, me dijo ella. Qué sincronías más maravillosas, le dije, ese mismo día estoy en Valencia con Grela. Así que por la tarde, muy bien acompañado con las bellas Grela y Carmen presentamos en la nueva sede de Setem Valencia otro libro que tiene que ver con la denuncia de la violencia, esta vez a diferente escala, financiera y armamentística, pero que resalta nuestra complicidad con la misma como individuos que aceptamos ante nuestros gestos diarios el que nuestro dinero se destine a bombas y no a proyectos solidarios. La sala estaba llena de gente bonita. Estábamos como en familia porque tanto Jordi como yo habíamos iniciado nuestro activismo social y de compromiso en organizaciones como Setem, él en Valencia y yo mismo en Barcelona. Sirvió como telón para la inauguración y pudimos compartir un rato agradable con Jordi y su familia valenciana. Tras la presentación, de nuevo viaje hacia Barcelona acompañado con Grela donde tuvimos tiempo para que el viaje fuera ameno y cargado de interesante conversación a pesar del cansancio. Y aquí me encuentro ahora, compartiendo con la familia antes de seguir rumbo a Lleida primero y Madrid después.

Como estos días casi no he tenido tiempo de escribir, perdonad que os cuente en estas letras algunos de los motivos. Gracias Javier, Jordi, Carmen y Grela por este maravilloso día. Gracias a todos los que de forma visible e invisible hacéis posible la relación. Gracias por practicar el amor en acción, que no es otra cosa que la de estar presentes, sonrientes y felices incluso en momentos duros y difíciles.

(Foto: Ayer en Valencia en la presentación del libro de Grela Bravo).

Luz, más luz


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Cuando contemplo las fotos de cómo era antes y cómo es ahora casi no lo puedo creer. Antes era un bar, con su barra, sus botellas abandonadas en cualquier esquina, la grasa que comía cada uno de los rincones, bichos por todas partes que pululaban libremente entre basura y mugre de todos los colores. Veinte días después el lugar parece otro. Esta mañana lo visitaba el antiguo inquilino y he visto como se le humedecían los ojos ante el cambio. No daba crédito.

Hemos tirado paredes, limpiado lo imposible, pintado y decorado tímidamente. Ahora hay luz donde antes había oscuridad. Nos ha servido de ensayo, de ver como se pueden transformar los lugares en menos de un mes con largas dosis de paciencia, mucho trabajo y tesón. Ese es el mensaje que queremos transmitir en la utopía en la que estamos trabajando. Este es sólo un primer paso, la creación de un punto de luz con pocos medios y mucha imaginación. Es sólo un ensayo, una puesta a punto para afrontar el reto en el que seguimos creyendo firmemente. Si en un mes hemos podido transformar más de cien metros cuadrados no me imagino que podríamos hacer en dos años de paciencia y trabajo.

Aún falta un poco para que todo esté a punto, y cuando lo esté, iremos a por el siguiente reto. ¿Cómo lo haremos? ¿Cómo se gestará el sueño? Aún seguimos expectantes ante lo que ha de llegar. Pero convencidos de que llegará, tarde o temprano. Luz, más luz, eso deseamos para todos los lugares sombríos.

(Foto: Las fotos están realizadas con la misma cámara. Entre la primera foto y la segunda se distingue el cambio de energía. En la primera aún se ve la vieja barra de bar. En la segunda se ve como esta ha sido sustituida por un doble juego de mesas en forma simbólica de doble escuadra. La simbología aparece hasta en el más mínimo detalle. Cualquier elemento sirve para decorar y crear un pequeño templo. El hombre de Vitruvio preside y gobierna esta primera instancia, este primer lugar que los antiguos griegos llamaban pronaos. La misma da paso, con un arco a la naos, la cual guarda un nuevo paso al adytum y al opistodomos. Este pequeño punto de luz pretende ser un punto de encuentro entre almas libres. Habrá un lugar donde compartir merienda y té, libros y cultura, estudio y meditación, servicio y acción. Pronto abriremos para poder compartir este espacio. Una vez abierto, el gran reto: O Couso).

No cedamos nuestro poder


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Siempre nos quejamos de los poderosos. De los políticos que administran mal nuestros logros sociales, de los banqueros que administran mal nuestros ahorros, de los financieros que especulan con las empresas que tanto sudor costó levantar, de los empresarios sin escrúpulos que juegan con nuestros puestos de trabajo como si se tratara de una peonza a punto de tumbarse ante el peso de la gravedad.

Nos quejamos continuamente, constantemente, pero no cesamos de cederles nuestro poder. Cuando votamos al político de turno, cuando compramos los productos a unas empresas y no a otras, cuando guardamos nuestros ahorros en unos bancos y no en otros, cuando cedemos nuestra soberanía y emancipación a cambio de un mísero puesto de trabajo, sin prepararnos en la vida para crear nuestro propio trabajo, nuestra propia actividad.

Estamos siempre instalados en la queja continua pero es poco lo que hacemos para provocar el cambio. Ni siquiera tomamos conciencia del poder que ejercemos diariamente con nuestros actos, con nuestros pequeños votos como consumidores, como agentes sociales.

¿Nos hemos preguntado alguna vez qué es aquello que no nos gusta? ¿Y hemos hecho algo realmente para que eso que no nos guste cambie? Y si somos agentes de ese cambio, ¿nos hemos convertido en evangelizadores convincentes? ¿Hemos sido capaces de convencer a nuestras familias, a nuestros vecinos y a nuestros amigos de que ese cambio es posible con nuestros pequeños actos diarios? ¿Hemos sido capaces de transmitir esos nuevos valores, esa necesidad urgente de transformación a las nuevas generaciones? ¿Hemos sido lo suficientemente poderosos en nuestro entorno más inmediato para ejercer una correcta y positiva influencia? ¿Hemos conducido con sabiduría nuestros actos diarios, hemos sido capaces de ejercer el amor y el respeto, sin ofensa, pero con fuerza y voluntad irreductible para convertir nuestro medio en ese paraíso soñado, en esa utopía necesaria?

Al menos reflexionemos, pensemos, salgamos de la intoxicación que supone vivir en una sociedad narcotizada por todo aquello que nos aleja del juicio crítico. Seamos capaces de potenciar la autocrítica y no cedamos nuestro poder.

(Foto: © Pedro Díaz Molins )

Ceguera, revelación e iluminación


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Existe una tendencia a la ceguera. Suele formar parte de nuestro proceso evolutivo. Durante edades hemos caminado en la oscuridad, en la ignorancia más absoluta. La ceguera a veces incluso nos protege de un exceso de luz, de un exceso de patrimonio luminoso. El propósito de la ceguera, sin embargo, es la de ser erradicada. Normalmente ocurre cuando en alguna etapa de nuestro progreso percibimos algún atisbo de realidad diferente, un tipo de consciencia que nos abre un vértice, un alivio soberano de emancipación y libertad. La hondura, la profundidad del aprendizaje huye de lo apresurado, de la ligereza, por eso, a aquel que va en exceso rápidamente hacia un supuesto conocimiento o progreso, se le es velado por los procesos de ceguera oculta. La ceguera, por lo tanto, para muchos, es el aula de aprendizaje, esos primeros balbuceos que tenemos cuando empezamos a conocernos a nosotros mismos. Para otros, puede llegar a ser una protección propia antes de entrar en el aula de la experiencia lumínica.

Cuando nos alejamos de la ignorancia y la ceguera, todo lo que está manifestado, eso que siempre ha estado ahí pero ha permanecido oculto por nuestras limitaciones o nuestra ofuscación, de repente empieza a revelarse. Realmente, nada nuevo hay bajo el sol, todo siempre ha estado ahí, siempre hemos tenido acceso a la realidad envolvente. Somos nosotros los que ocultamos con nuestros velos interiores las verdades reveladas. La vida es un proceso constante de creciente revelación. A medida que progresamos interiormente, nuevas verdades, más amplias y extensas, se revelan ante nosotros. Podemos, en alguna etapa del camino, observar la interrelación de todas las cosas, esos lazos ocultos que unen hechos con consecuencias, causas con efectos. Lazos invisibles que unen almas, familias, peregrinos, situaciones y experiencias. Una de las mayores revelaciones es la de poder comprender el propósito interior de cada ser, y sobre todo, el propósito superior de la existencia. Esa revelación nos conduce hacia una nueva identidad de percepción, y sobre todo, hacia una nueva forma de relacionarnos con las experiencias y con la vida.

Sobre la iluminación se han escrito muchas cosas. Algunos aún seguimos pensando que la luz verdadera es la que nace de nuestro interior, pero realmente eso es ilusorio. La ceguera del mundo no se difumina por algún tipo de luz que nazca del interior de la tierra, sino de ese sol que de alguna forma todo lo ilumina en el horizonte lejano, mostrándonos el camino. Realmente la luz interior es aquella que desde una mente entrenada puede reflejar dentro de nosotros esa luz que viene del alma, no de nuestra personalidad. La mente es un reflector de la luz del alma, y no viceversa, lo cual produce una disipación del espejismo que nace en nuestro interior. Esto es complejo cuando vivimos tan cercanos al sufrimiento y al mundo doliente. Requiere experiencia y capacidad el poder elevar nuestras aspiraciones de forma silenciosa y paciente al atanor del alma, esperando pacientes los acontecimientos que han de revelar la luminosidad que viene de los amaneceres de lo alto.

Nuestra luz interior son como los faros de un apagado automóvil. Sirven para identificar las nieblas y la oscuridad, pero no para penetrarlas y menos aún para disiparlas. Sólo la luz del alma es capaz de disipar toda esa espesa bruma. Sólo la luz del alma es capaz de revelar y disipar la ceguera. De ahí la relación necesaria entre ceguera, revelación e iluminación. Diferenciarlas, analizarlas, nos ayudan a comprender los mecanismos de la luminiscencia, que no es otra cosa que la aplicación del poder de la transformación, el desenvolvimiento como seres libres y generosos en el arte de relacionarnos desde el amor con el amor.

(Foto: © Suloara Allokendek)

Deja que el amor se haga en nosotros


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Hoy ha sido un día extremadamente maravilloso. Cuando tienes que tomar decisiones arriesgadas y difíciles nunca sabes qué va a mover o qué va a ocurrir. En nuestro caso, el tomar la decisión franca, la que creíamos como correcta y nacida del corazón nos ha hecho vivir momentos muy especiales.

Con la edad uno se da cuenta de que los ritmos del universo son diferentes a los nuestros. Escuchamos la intención, intentamos darle forma desde nuestras propias limitaciones y luego el universo entero conspira para que así sea, eso sí, siempre a un ritmo diferente al nuestro. Por eso a veces hay proyectos que tardan más en llegar, pero llegan si son hechos desde lo más profundo.

Mientras viajábamos esta mañana hacia San Sebastián para asistir a la presentación de un libro Laura me iba leyendo, mientras que conducía atento y meditativo, algunos escritos de apoyo incondicional que íbamos recibiendo tras nuestra carta de ayer. Hay uno que nos ha llamado poderosamente la atención y que resume el sentir de muchos:

Es lo que tiene la Utopía que no entiende de plazos, ni se somete a normas, ni sigue reglas establecidas, hay que dejarla libre, que evolucione a su manera, que se desarrolle a su inteligente voluntad. No sabes lo que me cuesta daros mi número de cuenta, algo dentro de mi se resiste, prefiero que guardes tú el dinero, que lo utilices en cualquier momento, que lo muevas, que fluya que al fin y al cabo es su fin. Considérame una socia de la Utopía”.

Realmente hemos recibido muchos mails con este sentir, lo que sube aún más la presión y la responsabilidad de llevar a buen puerto la irrenunciable utopía. Porque utopía es seguir avanzando hacia ese lugar, y al hacerlo, nos acercamos cada vez más al propósito de todo: dejar que el amor se haga en nosotros.

Tal y como lo expresa la bella Carta a los Colosenses en su profunda exhortación al amor: “revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sobre todo, revístanse de amor, que es el vínculo de la perfección”.

Esto, y no otra cosa, es lo que deseamos con nuestra particular utopía, revestirnos de amor y compartirlo con dulzura, paciencia, humildad y benevolencia. Lo haremos en todos nuestros actos, acompañados de nuestras imperfecciones y errores, pero con la sabiduría que el tiempo nos hará de otorgar. Y la experiencia de estos días nos está ayudando a fortalecer nuestra fe en ese propósito. Así que gracias de corazón por todo lo que estamos recibiendo y gracias por seguir creyendo en este vuestro también sueño. Estoy convencido de que pronto habrá noticias muy positivas al respecto. Seguimos caminando dulcemente…

(Foto: © Олег и Алексей Ловцовы)

Final campaña Crowdfunding Proyecto O Couso


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Estimados amigos,

Hoy hace justamente tres meses desde que empezamos el para nosotros novedoso crowdfunding. Lo cierto es que la experiencia ha sido maravillosa, especialmente por ver todos los apoyos que hemos recibido en estas intensas semanas. Muestras de generosidad extrema que nos han llegado a conmover gracias a las más de doscientas personas que han donado o participado en el mismo.

La formulación del crowdfunding permite obtener durante un tiempo determinado un dinero a modo de préstamo para realizar un proyecto. Nosotros nos habíamos puesto como fecha límite tres meses, consiguiendo más de ochenta mil euros en estos días pero no lo suficiente para poder alcanzar nuestro objetivo.

Por este motivo, vamos a pasar a devolver todo el dinero prestado o donado para ser justos y honestos y buscar otras fórmulas para poder adquirir O Couso. Como esto no cambia nada, excepto la fórmula de financiación, el proyecto sigue adelante, pero esta vez desde el trabajo silencioso, que será más lento, pero igual de necesario.

Gracias de corazón por vuestro apoyo y por vuestro esfuerzo y consideración.

Por favor, envíanos vuestro número de cuenta para que podamos hacer el ingreso y retorno del dinero prestado o donado.

A partir de ahora os iremos informando de los avances para que sigáis participando en este hermoso sueño común. Seguimos contando con vuestro apoyo incondicional y una vez conseguido el lugar os esperamos para su reconstrucción y vuestra compañía. Gracias de corazón.

Con el amor de siempre,

Laura y Javier

Pd.- El dinero que por cualquier motivo no pueda ser devuelto será ingresado en la cuenta de la Fundación Ananta.

¿Qué alborea ante la vista cuando permaneces en el Camino?


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Estamos ciertamente algo experimentados en los caminos de la tierra. Hemos conocido la unicidad de la presencia, las zonas del amor, el viviente sabio, la valiente prudencia y el arriesgado esfuerzo. Durante eones algo de nosotros que no somos nosotros ha sobrevivido vida tras vida. No sabemos aún si es el recuerdo ancestral que a modo de ADN psíquico pervive en la memoria genética. Algunos más atrevidos hablan de almas y espíritus, otros de consciencias y dimensiones, de estados del ser. No tenemos certeza de lo que realmente sobrevive, pero sí estamos aprendiendo a diferenciarnos de aquello que somos y de aquello otro que no somos.

Ya sabemos que no somos nuestros pensamientos, que no somos nuestras emociones, y menos aún nuestro cuerpo. También sabemos que cuando entramos en la quietud del silencio una voz extraña y ajena se manifiesta, con fuerza y virulencia, añadiendo misterio al interlocutor y abismo al observante.

Sabemos, o intuimos, que existe un camino pequeño, menguante y silente que nos lleva por la vida en pañales, sin grandes esfuerzos más que para comprender la necesaria equidad entre la supervivencia y el devenir. También sabemos, cosa que a veces nos cuesta reconocer por miedo a enfrentarlo, que existe un Camino mayor, una especie de propuesta, de lanzadera hacia aventuras y experiencias totalmente ajenas a la vida común. Un camino extraordinario que rechaza cualquier tipo de comodidad o complacencia y que olvida por completo la pura supervivencia para adentrarse en la onda de vida que yergue a raudales.

¿Y qué es aquello que alborea ante la vista cuando permaneces en el Camino? Hay una luz pura, radiante que clama su trono, un silencio profundo en la quietud del sendero, una paz irrenunciable y un amor infinito hacia todo. Esa luz no está fuera ni dentro, simplemente se manifiesta en todo cuanto es capaz de abrazar y cuando lo hace, la visión que produce sobre todas las cosas se vuelve revelación de propósito. La misión de todo ser humano es buscar esa luz, abrazarla y comprenderla sabiamente. Eso despertará la búsqueda hacia, primero, el propósito interior y luego, una vez perfeccionada la marcha sobre el Camino, renacerá en él la inquietud por servir al Propósito mayor, ese propósito que algunos conocen y sirven silenciosamente, calladamente, tácitamente.

(Foto: © Nageki)

Filipinas


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Siento gran tristeza por los miles de muertos que ha arrasado el tifón Haiyan. Miles de muertos que según algunos expertos están relacionados con el uso masivo e incontrolado de aerosoles, especialmente en el sur de China. La ONU por fin se pronuncia claramente sobre los efectos del cambio climático en las catástrofes cada vez más agresivas y continuadas a las que estamos expuestos.

Y cuando hablamos de estas cosas nos llaman alarmistas o apocalípticos sectarios. Sin embargo los hechos están ahí, y cada vez con más virulencia. Sigamos pues en nuestra miopía. Sigamos en nuestra ceguera insulsa. Sigamos anclados en la ignorancia del que no quiere ver, del que pasa por la vida como si la vida no fuera con él.

Perdonad el tono de estos días, pero es que parece como si realmente estuviéramos viviendo en un mundo cada día más alocado y ciego.

Ahora toca un rato de silencio, al menos hasta que podamos contar uno a uno todos los que en estos días han perdido la vida de forma atroz. Que sus almas ahora sean libres y que renazcan en el flujo de la vida invisible.

¿Sobrevivirá el enfermo?


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Hoy hemos pasado una bonita velada en casa de unos amigos en un pequeño pueblo fronterizo con Guadalajara. Hemos admirado los hermosos halcones que nuestro anfitrión disponía para su oficio de cetrería y quizás por no estar acostumbrados a ese tipo de imágenes, nos ha sorprendido ver como los halcones comían pollitos congelados que troceaban pacientemente con el pico, arrancando de cuajo cualquier parte del mismo, empezando por la cabeza y siguiendo con el resto.

Como suele ocurrir a veces en este tipo de encuentros, alguien nos preguntó ante las once personas que componíamos la mesa el por qué somos vegetarianos. Realmente nunca sabes qué contestar para no herir sensibilidades y prefieres desviar la pregunta porque incluso a nosotros nos resulta violenta la respuesta.

Cuando un doctor en medicina detecta un mal, un virus o un cáncer y pone todo su esfuerzo en erradicar ese mal y lo consigue se le aplaude y se le estima. No curre del mismo modo con los doctores sociales, esos que de forma igualmente científica son capaces, con un previo análisis crítico, detectar los males y tumores de nuestra sociedad y buscar, además, recetas para su cura.

En antropología siempre enseñamos eso de la distancia antropológica, de la necesaria obligatoriedad de buscar en los hechos y fenómenos que observamos cierta disciplina objetiva. Sin duda resulta algo extremadamente difícil, pero al igual que cuando encontramos un bulto en la cabeza y el doctor diagnostica que es un tumor y hace todo lo posible por extirparlo, los agentes sociales son capaces, de igual forma, de detectar un tumor social y buscar recetas para erradicarlos. Al menos eso debería ser lo normal cuando existen conflictos sociales, es decir, debería ser normal consultar a los científicos sociales sobre diagnósticos y soluciones.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la pregunta de si somos o no vegetarianos? Sin querer entrar en cuestiones morales, que siempre son subjetivas y afectan a la sensibilidad de los tiempos y las diferentes culturas, sí me atrevo a decir que mucho. Mucho en cuanto como científico social me atrevo a diagnosticar que vivimos en una sociedad enferma, narcotizada, sin valores y desfasada en cuanto a la gestión de la violencia, la ignorancia y el miedo. Me atrevo a pensar, y esto es ya más una opinión que un análisis riguroso,  que la violencia está estrechamente relacionada con lo que comemos y consumimos en la mesa diariamente. Que la ignorancia tiene mucho que ver con esos pequeños actos de consumo diario y de que el miedo asume su papel de responsabilidad a la hora de agotar todas las posibilidades antes de actuar o cambiar nuestros hábitos.

Ser o no ser vegetariano no es tan sólo una cuestión de higiene personal, sino también una cuestión de salubridad social. Lo achaco más a una cuestión de consciencia. No es lo mismo tener una consciencia de halcón, el cual, por su propia naturaleza se ve obligado a descuartizar un trozo de pollito congelado para sobrevivir, como en el ejemplo de más arriba, o una consciencia angélica, que de existir, se alimentaría, suponemos, posiblemente directamente de los rayos del sol sin necesidad de tener que elaborar esa síntesis energética por complejos mecanismos de digestión y asimilación de alimentos. En el fondo todo está bien siempre que exista un poderoso equilibrio. Está bien que el halcón cace ratones y está bien que el león coma cebras y que el ser humano coma según su grado de consciencia o sensibilidad un tipo de alimento u otro. Lo que no está bien es cuando ese ser humano, o cualquier otro tipo de vida, enferma como ecosistema y reproduce un tumor.

En nuestro caso, el tumor es evidente. Asfalto, edificios, violencia, egoísmos, superpoblación, consumo, capitalismo salvaje, guerras, hambrunas, contaminación… La lista sería casi interminable. Insisto: sólo debemos contemplar como cuidamos de nuestro cuerpo y nuestro entorno. Pero el doctor social, por pura supervivencia en este mismo sistema, o por miedo, prefiere callar el diagnóstico y evitar la cura. ¿Para qué herir sensibilidades ante un sistema agotado y en fase terminal? En cuestión de cien o doscientos años el edificio que hemos construido se derrumbará por propio agotamiento. Y las consecuencias serán nefastas ante la magnitud de lo que hemos creado. ¿Sobrevivirá el enfermo? Sólo me atrevo a decir algunas cosas: haga usted dieta, física y social. Recicle. Cambie el egoísmo por la generosidad hacia uno mismo y hacia el entorno. Sea saludable y equilibrado con uno mismo y con los demás. No consuma cosas, consuma experiencias. Disminuya su dieta a base de carnes y venza el miedo y las resistencias a base de cultura y conocimiento. Reconozcamos ante nosotros mismos y los demás que hemos creado una sociedad enferma y busquemos alianzas y conductas que nos ayuden a rectificar. Seamos felices y equilibrados, y en definitiva, lo demás vendrá por añadidura.

(Foto: © Misha Gordin)

 

Alejados de nosotros mismos


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Hoy tocaba alejarse de Madrid y regalar algo de tiempo al ego complaciente y al alma libre. Nos fuimos hasta la Sierra de Ayllón para disfrutar de unos de los hayedos más meridionales de Europa. Disfrutar de una reserva de la biosfera en plena otoñada es algo más que un deleite. Paseamos por laderas que atravesaban escarpados lugares, acompañados siempre del río Jarama que surcábamos de un lado a otro metiendo el pie resbaladizo en la fría agua y en las prohibidas tierras del hayedo. Tomábamos algún dulce en sus pueblos perdidos, paseando por La Hiruela, Horcajuelo de la Sierra, Montejo de la Sierra, Prádena del Rincón, incluso nos dio tiempo de visitar la bella Buitrago del Lozoya, con su impresionante muralla medieval.

Los roquedos abruptos y las tranquilas riberas nos llevaron hasta el espectacular hayedo que en esta época del año se teñía de tonos ocre y oro brillante. Era necesario reservar para poder acceder al mismo, pero nosotros, almas salvajes que no entienden muy bien eso de ponerle puertas al campo surcamos por los límites de lo prohibido y disfrutamos igualmente de la prodigiosa belleza, siempre de forma discreta y silenciosa, teñidos camaleónicamente de bosque y naturaleza mientras surcábamos por las peligrosas sendas sin camino.

Veíamos el contraste con la sucia Madrid y nos preguntábamos qué cosa había hecho mal el ser humano para haberse alejado tanto de la Naturaleza, de su armonía, de su belleza, de su esplendor. Tendría que existir en nuestras sociedades una norma común que se llamara algo así como ley del decoro, donde en todo momento no pudiéramos saltarnos las reglas básicas de la belleza, la armonía y el equilibrio. Edificios decorosos, carreteras decorosas, lugares todos bellos y cargados de esplendor. La vida sería un constante deleite, como el de hoy al sentirnos tan próximos a esa belleza natural que surge a raudales de cualquier rincón. Si eso fuera así no habría necesidad de poner puertas y prohibiciones al bosque porque no tendríamos necesidad de abandonar lo bello para reencontrarnos con lo bello.

¿Por qué nos hemos alejado tanto de las leyes naturales? ¿Por qué preferimos lo gris, lo contaminado, lo sucio, a la pulcritud natural de un paisaje, de un bosque o de un prado? Por más que pienso en ello sigo sin entender por qué vivimos tan alejados de la Naturaleza, que es como decir tan alejados de nosotros mismos. Tanto es así que defendemos los rincones bellos de nosotros mismos. Así somos, seres que desconfían de sí mismos, depredadores capaces de destruir todo lo que a su paso se encuentre.

Madrid: le merde


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Hoy los habitantes de Madrid hemos amanecido enterrados en mierda. Cuando cruzaba las dos calles que me separan del local no podía dar crédito a lo que veía. Basura por todas partes, cientos de bolsas tiradas por todos los rincones. Llegué a la puerta del local y casi no podía entrar. Lo primero que hice, después de suspirar paciente, fue buscar el recogedor y la escoba, una gran bolsa de basura industrial que luego se convirtió en dos y empezar a barrer la calle.

Me sorprendieron varias cosas. La primera, viéndola y recogiéndola con mis propias manos, es la cantidad de residuos que tiramos a la basura todos los días del año de todos los años de nuestra existencia. Más de tres millones de habitantes tirando todos los días basura y más basura no sólo por los cubos, también por los desagües. Millones de personas tirando y tirando cosas a veces inútiles, porque de todo me he encontrado esta mañana, y la mayoría de las veces, innecesarias. Luego me preguntaba dónde iba toda esa mierda, toda esa basura, toda esa inmundicia sin nombre. No quiero ni pensarlo, porque como digo, es la mugre de más de tres millones de habitantes.

La otra cosa que me sorprendió es la actitud de la gente ante lo que estaba ocurriendo. Una huelga del servicio de limpieza se había dedicado toda la noche a esparcir nuestros desperdicios por todas las calles a modo de protesta. Sobre esto no opinaré porque podría extenderme, pero sí aluciné con la actitud pasiva, pasota y despreocupada de todo el mundo. Los abuelos se quejaban, los adultos miraban insultantes al verme recoger la basura y el resto pasaba de largo como si eso no fuera con ellos. El incivismo o la falta de consciencia de lo grupal, de lo común, me sorprendió. Encima, a los pocos que nos atrevíamos a recoger algo nos miraban con extrañeza, como si fuéramos extraterrestres o algo parecido.

Cuando vi la actitud de la gente amplié el marco de limpieza y empecé a recoger también los portales de al lado, los del frente, los de la calle anexa. Más de una hora limpiando hasta que al menos media calle quedó decente. Pero todo parecía inútil ante la pasividad del mundo entero.

Madrid lleva ya meses extremadamente sucia. Pero lo de estos días debería hacernos recapacitar sobre como somos, como actuamos y como dirigimos los asuntos que afectan a toda la comunidad, incluidos nosotros mismos. El incivismo y la falta de consciencia hacia tantas cosas a veces me sobrepasan. De otra forma, ¿qué se puede esperar de una sociedad narcotizada y sucia por dentro? ¿Qué podemos esperar de una sociedad que contamina sus pulmones con alquitrán, las venas con alcohol y los estómagos con cadáveres? ¿Qué esperar de una sociedad de viles pasiones, deseos oscuros y egoístas y pensamientos que sólo juzgan o critican en vez de construir un mundo mejor y más sano? Un mismo patrón en más de tres millones de actitudes parecidas sólo puede crear un cáncer social, o lo que es peor, plantar las semillas de su propia autodestrucción. Así que sigamos así, en este viva la Pepa, hasta que terminemos por cargarnos todo. Absolutamente todo.

Sonrisas y lágrimas


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Estaba repasando las fotos que el amigo Koldo me enviaba para recopilar en un librito las hazañas de Kili-Kili y Kolo-Kolo por el mundo. Había algunas que me han conmovido viéndolas desde la distancia. Aquellas especialmente en las que teníamos que hacer reír a niños a los que les rondaba la muerte en lugares muchas veces inimaginables a nuestras cómodas mentalidades occidentales.

Las veía y recordaba todo ese dolor que existe más allá de nuestras cuatro paredes de seguridad. Todo el sufrimiento acumulado en tierras indómitas, donde una sequía o una epidemia puede arrasar a todo un pueblo. Aún a pesar de la pobreza extrema, a veces rozando la miseria y lo indignante, siempre podíamos sacar alguna sonrisa y siempre aquellos adorables y dulces niños eran capaces de estremecer nuestros corazones.

Hay escenas grabadas con firmeza pues me recuerdan lo afortunado que somos por hechos tan simples como el poder darnos una ducha, el poder abrir un grifo y que salga raudales de agua o el darle a un interruptor y disfrutar de la luz. Ni que hablar de la comida abundante, del vestido, del calzado y del techo. Sí, del techo, eso que nos parece tan normal y asumido y que muchos, muchos más de los que nos imaginamos, no pueden disfrutar.

Seguimos viviendo en un mundo miserable porque desde la egoísta prepotencia ignoramos todo lo que ocurre más allá de nuestro marco de seguridad. No somos capaces de ver desde la consciencia más delicada todo eso que aún está por hacer. La impotencia nos recorre inevitablemente, pero la dicha de poder ser un faro de luz aunque sea tan sólo por un mínimo instante nos da esperanza y nos alivia la carga del dolor que sentimos cuando vemos y tocamos plenamente toda esa intemperie de angustias.

Me sumiré en el silencio de la noche para recordar a esos niños, muchos de los cuales ya están en ese lugar que llaman cielo, esperando o trabajando para que desde aquí despertemos a la nueva consciencia. Los recuerdo y los abrazo como ellos hacían de forma tan intensa y alegre. Les susurraré en el idioma angélico palabras perdidas para que vuelvan a sonreír estén donde estén, hagan lo que hagan, y dejaré que ellos me susurran y me inspiren la urgencia de actuar.

 

Un hombre rebelde es un hombre que dice no


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 ¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. (…) El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo) da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es. (Albert Camus)

Lo decía Camus desde su expresividad máxima. Una especie de levantamiento vital hacia todo aquello que, desde el primer momento, fuera motivo de rebeldía. Mañana hará cien años que nació y aún recuerdo cuando entre las aulas universitarias lo leía a hurtadillas, intentado imitar ese papel rebelde que nace de las entrañas de la moral, el valor y el absoluto.

Prevenirnos de la tiranía, especialmente de la tiranía de nosotros mismos, es un motivo de dificultad existencial. El reencuentro con la libertad individual y colectiva sólo puede nacer desde la descomposición histórica, metafísica y artística del ser humano contra lo anquilosado, lo caduco y lo efímero. Si levantamos el horizonte de nuestra mirada miope y limitada comprendemos que la visión de lo que se alza más allá de nosotros mismos nos exige, si acaso estamos vivos, la voluntad necesaria para avanzar hacia la infinitud que se presenta de frente. Ahí es donde nace la rebeldía. Ahí surge como una chispa ardiente la necesaria voluntad de avanzar más allá de los garrotes de nuestras circunstancias pasajeras y más allá de nuestros miedos y vicisitudes.

No hay necesariamente un escenario, ni un camino, ni un razonamiento. Lo normal debería ser el poseer la capacidad para soñar mil escenarios, deambular por mil caminos insurgentes y sugerir extrañas explicaciones para comprender y ordenar un mundo aparentemente caótico y sin sentido. Nuestros sentidos deberían estar orientados a revolucionar constantemente nuestras vidas desde la sosegada implicación con el mundo.

Camus decía que negar no es renunciar. Más bien negar es plantar cara a situaciones injustas, a inmorales posicionamientos o sistemáticas violaciones de la libertad individual y colectiva. Existe en ese sentido una responsabilidad emancipatoria, y tiene que ver con la ética de la acción. ¿Cómo quedar inmóviles al borde del camino si vemos que nuestra participación activa puede transformar el mundo? Cada pensamiento, cada sentimiento y cada acción repercute en la suma de consecuencias que diariamente ocurren. ¿Cómo no ser conscientes de ello? ¿Cómo no estar despiertos a la suprema realidad de que cada ápice de cosa que nos atraviesa, de alguna forma juega un papel importante en los acontecimientos de nuestro planeta? La suma de acciones diarias, de cientos de millones de almas actuando en un mismo tiempo pueden, deben, transformar el mundo que habitamos.

De ahí la ética de la acción, hacer que los medios sean los mejores para alcanzar fines mejores. Y de ahí nuestra responsabilidad a la hora de asumir nuestros mejores pensamientos, nuestros mejores deseos y nuestros pequeños actos cotidianos. Seamos rebeldes y levantémonos contra nosotros mismos si es necesario. Esa será la única prueba palpable de que realmente estamos vivos.

Camus cumple cien años y nosotros, ahora, en este tiempo, empezamos a comprender la necesidad de la rebeldía ante el orden establecido. Nos sumamos a Camus, como siempre hicimos desde que la humanidad despertó del feudalismo, y nos alzamos ante el látigo de la injusticia, plantando cara, sin miedo, a nuestros propios desórdenes interiores. Asumimos nuestra imperfección y nos rebelamos ante ella. Eso nos hace humanos. Eso nos hace sabios. Tenemos una importante responsabilidad individual con el universo entero, con la existencia omniabarcante. Seamos consecuentes. Seamos rebeldes.

Vida


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La vida tiene sentido sólo si somos capaces de valorar la vida de una piedra, de una flor, de un bosque, de un animal. La vida no nos pertenece, nos posee, nos sobreviene, nos permite reconducir la consciencia, el alma, en el mundo tangible. La vida, lo vital, es un préstamo de la existencia, un vehículo que nos permite conducir por este vasto océano de experiencia.

La vida nos recorre, pero no nos pertenece, no la poseemos. Llega un momento en que nos deja, pero no es un abandono, es tan sólo un pacto. Por eso debemos pensar que la vida es un flujo, un combustible que nos permite este viaje y que cuando se consume, el viaje termina. Siendo así, ¿en qué malgastamos ese combustible? ¿Hemos pensado alguna vez como gestionamos nuestra energía vital, nuestro instante de vida?

Si observamos cada uno de nuestros días, si cogemos el hábito de meditar al menos quince minutos por jornada y por la noche realizamos una sencilla recapitulación vespertina sobre las cosas que nos han sucedido, ¿qué conclusiones sacamos? A veces todo resulta tan agotador. Olvidamos respirar y olvidamos que la respiración es nuestro puente, nuestro lazo con la vida. Nadie nos educa en la respiración, nadie nos educa en la vida. No tenemos consciencia de que respirar pausadamente provoca una vida pausada. Respirar agitada e inconscientemente provoca una vida agitada e inconsciente. Olvidamos vivir porque olvidamos lo esencial de la vida.

No hay misterios infranqueables. La inquietud nos puede llevar a modificar radicalmente nuestra existencia. La búsqueda provoca encuentro. El encuentro reflexión. La reflexión provoca cambio y el cambio provoca más vida. Realmente así es como la vida se relaciona con nosotros, con las piedras de un río, con las plantas de una selva o con los animalillos de un bosque. La vida es el rumor que atraviesa todo cuanto tenga capacidad de cambio. Si somos conscientes a diario de ello, viviremos gozosamente cada uno de nuestros segundos de existencia. No habrá tiempo para la tristeza, ni para el fracaso, ni para la pérdida. Sólo habrá tiempo para el deleite y la alegría. Seamos vida observante, seamos vida vivida.

La difícil tarea de crear sueños


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Es evidente que todo tiene un precio y el viejo proverbio castellano de que lo barato sale caro es bien cierto. Al menos eso es lo que siento cuando, brocha en mano y escalera en pie, me subo a pintar y pintar paredes sucias, de un rojo desgastado por los vicios que antaño albergaba el lugar, y siento como la espalda se queja, mitad de agotamiento y mitad de esa genética que a veces no ayuda. Pero soy tozudo, a veces insensatamente tozudo, y no me gusta dejar las cosas a medias, no importa la hora que sea o la intensidad del dolor o la complejidad del sueño.

En el fondo, a pesar del agotamiento y el cansancio hay cierto ánimo de satisfacción. Hace años aprendí que muchos empresarios hacían su milla de oro de mil maneras. Recuerdo que alguien me decía que cuando hacía un negocio iba al banco o buscaba inversores, pedía el dinero necesario con un margen razonable para poder subsistir uno o dos años y luego, si el negocio iba bien o mal ya eran cosas del azar. Si iba bien siempre podía venderlo y sacar su plusvalía y si iba mal, los que perdían eran en todo caso los inversores o el banco.

Si fuera uno de esos empresarios a la antigua usanza seguramente antes de emprender la tarea de abrir una nueva línea de negocio, por ejemplo la nueva librería Dharana o el sello de “coedición” Phylira en el que ya llevamos unos meses trabajando y que estará muy pronto en funcionamiento, seguramente hubiera realizado un hermoso business plan cargado de optimismo y números mareantes y hubiera buscado inversores a quién venderles la idea para que ayudaran en el mismo. Haciendo cuentas, quizás hubiera necesitado para ambos proyectos algo más de sesenta mil euros sin contar sueldos y salarios para los próximos uno o dos años. Pero las experiencias pasadas y los tiempos que corren me hacen pensar y actuar de forma diferente.

Sólo de pensar en esta idea se me revuelve algo por dentro. Quizás sea porque hace ya algunos años intenté inculcar en mi vida las virtudes que Benjamin Franklin nos dejó, especialmente la quinta que habla sobre la austeridad: «sólo gasta en aquello que te beneficie a ti o a otros. No malgastes el dinero». De ahí que en aquella revelación de aquel tiempo decidía quitarme todas las tarjetas de crédito, todos los préstamos y todas las deudas contraídas en los tiempos de bonanza y practicar en medida a veces extrema la austeridad, al menos hasta poder estar limpio de deudas. Si me permitís el autopiropo, quizás pueda presumir de ser un empresario atípico que viaja sin tarjeta de crédito, que duerme en el coche en vez de en lujosos hoteles a cargo de la empresa y que emprende nuevas aventuras empresariales sin créditos, sólo con las plusvalías que el propio negocio reporta.

Por eso estos días he preferido contar con la inestimable ayuda del gitano Jesús para que me ayudara a limpiar el local o la del simpático y trabajador rumano Illie para que me ayudara con la fontanería. Lo demás, brocha en mano, sin business plan, con terrible dolor de espalda pero con optimismo y alegría interior a prueba de bombas, lo hacemos nosotros, dándolo todo hasta que veamos el fruto del trabajo duro.

Cuento esto porque el otro día alguien se quejaba de que tenía cincuenta años, de que no encontraba trabajo y de que le resultaba difícil pensar en qué hacer. Quizás si pensamos con la mentalidad de antaño, de buscar una línea de negocio basado en un business plan meticuloso inflado hasta la médula para salvar una situación cualquiera a base de crédito la cosa no funcione. Algo que antiguamente pudiera costar sesenta mil euros quizás con un poco de imaginación, coraje y brocha en mano no llegue a los dos mil euros (670 euros es lo que llevamos gastados en la reforma del local y ya lo tenemos casi listo a la espera de los últimos remates y la compra de estanterías ikeanianas). Lo demás, ya lo sabemos por experiencia, hay que echarle mucha imaginación, mucha paciencia y sobre todo dejar que el tiempo juegue su papel preciso para que podamos cosechar en la correcta estación los frutos de lo ahora sembrado. Crear sueños es una difícil tarea, pero está dentro de los mundos posibles. Y lo que apasiona de este pequeño sueño es que forma parte de uno mayor que, además, pretende beneficiar a todos.

Pd.- Os dejo las trece virtudes practicadas por Benjamín Franklin por si os sirve de inspiración:

1. Templanza. «No comas hasta el hastío, no bebas hasta emborracharte».

2. Silencio. «No hables si lo que dices no beneficia a otros o a ti mismo. Evita conversaciones triviales».

3. Orden. «Permite que cada cosa tenga el lugar que le corresponde y que cada asunto cumpla su momento».

4. Determinación. «Decídete a realizar lo que deberías hacer y realiza sin fallas aquello que decidiste».

5. Austeridad. «Sólo gasta en aquello que te beneficie a ti o a otros. No malgastes el dinero».

6. Diligencia. «No pierdas el tiempo, úsalo siempre en algo útil. Evita toda acción innecesaria».

7. Sinceridad. «No recurras a engaños lastimosos. Piensa justa e inocentemente, si hablas, hazlo acordemente».

8. Justicia. «No injuries a otros, no omitas los beneficios que resulten de ejercer tu deber».

9. Moderación. «Evita los extremos, no permitas que las injurias te produzcan más resentimiento del que merecen».

10. Limpieza. «No toleres suciedad en tu cuerpo, ropa o habitación».

11. Tranquilidad. «No te molestes por nimiedades, o por accidentes comunes o inevitables».

12. Castidad. «Utiliza el sexo por salud o procreación, nunca hasta el hastío, por debilidad, o hasta injuriar tu paz y la de otros, o bien tu reputación o la ajena».

13. Humildad. «Imita a Jesús y a Sócrates».

Emprendimiento: una carrera de peligros y obstáculos


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La distancia en tiempo de Madrid a Asturias es muy relativa. Si vas por autopista de peaje puedes rascar algunos minutos ya que evitas los puertos de Pajares y Navacerrada. Ayer, como llegaba muy justo a la presentación que teníamos en Gijón pagué los peajes que sumando los dos llegaban a veinticinco euros por trayecto. Si haces un viaje de ida y vuelta, como fue el caso, suman más de cincuenta euros sólo en peajes, o lo que es lo mismo, los asturianos están separados y aislados de Madrid de forma encubierta e injusta, a no ser que decidan pagar el sobrecoste de trasladarse a Madrid o bucear por las entrañas de los terribles y peligrosos puertos de montaña.

Al llegar a Gijón saqué un par de cajas de libros en el Ateneo y los expuse, como de costumbre, para su venta. A los diez minutos, el amable conserje me pidió que no lo hiciera ya que en los lugares públicos no se permitía la venta de libros. Me quedé un poco estupefacto. “Si quieres puedes venderlos en la calle, pero no dentro del recinto. Comprende que si te dejo hacerlo me juego mi puesto de trabajo”. Fuera en la calle hubiera sido un buen lugar de venta a no ser porque estaba lloviendo a mares. Así que cogí de nuevo las cajas, las llevé al coche y me volví a Madrid.

Cinco horas de ida y otras cinco de vuelta para diez minutos que sólo sirvieron para reforzar mi temple y mi paciencia, además de para reflexionar sobre cómo está montado nuestro sistema público. En eso pensaba a la vuelta, donde evité los peajes y me adentré, con lluvia y espesa niebla, por sendos peligrosos puertos de montaña.

La reflexión era sencilla. Nos pasamos toda la vida pagando impuestos. Impuestos en la comida, impuestos en la vivienda, impuestos en la gasolina, en lo que vestimos, en el trabajo donde nos quitan una buena cantidad de nuestro sueldo entre IRPF y Seguridad Social. Impuestos, impuestos y más impuestos que luego administran cuatro familias a su antojo y que se reparten en favores a compañías eléctricas donde luego trabajarán ellos o los suyos, en bancos y en concesionarias de autopistas donde vuelan los maletines y los favores y donde, véase lo ocurrido en Madrid, si no son rentables son rescatadas con nuestros impuestos, como ha ocurrido con los bancos y ocurre con las eléctricas.

Y el ciudadano de a pie, el que desea labrarse un futuro digno aunque a veces sea a base de miserables condiciones, se le trata de forma déspota: “venda los libros en la calle”, porque lo público, aunque lo hayamos pagado todos, sólo lo pueden usar unos pocos.

¿Cómo se va a reactivar una economía donde para ser emprendedor, autónomo o empresario todo son trabas, obstáculos, peligros, impuestos y dificultades de todo tipo? ¿Cómo un joven de unos veinte años va a emprender un negocio si para hacerlo tiene que hacer primero un master en Hacienda Pública y un postgrado en impuestos? O eso, o pagar un gestor para que le tramite los cientos de documentos necesarios mensualmente para poder llevar a cabo cualquier tipo de actividad económica y a un notario para que de fe de que todo es legal y…

Y luego las regiones que quedan aisladas del resto de España por esos abusivos peajes. Mucha gente preferirá comprar una segunda residencia en el sur, donde no hay peajes que en el norte, donde sí los hay. O preferirá pasar el fin de semana en un lugar donde no tenga que pagar el doble por utilizar una carretera. ¿Y qué ocurre con los profesionales del transporte, que por ahorrarse algún dinero arriesgan sus vidas en peligrosos puertos de montaña? En fin, un desastre que intenté suplir a base de música de Enya y de reflexiones sobre aquellas soluciones que podrían mejorar nuestra sociedad en su conjunto.

(Foto: © José Fangueiro)

A los que mueren


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Hace un año a mi padre le diagnosticaron alzhéimer. Desde entonces la degeneración ha sido imparable hasta el punto de que la última vez que estuvimos juntos, durante un lapsos de tiempo, no me reconocía. El problema, terrible además, de este tipo de enfermedades, es sobre todo a las personas y familiares que lo padecen de forma paralela. El sufrimiento, el dolor, el cansancio de tener que soportar episodios duros, muy duros, se va acumulando, enterrando en vida a todos los que le rodean.

Cuando los amigos me preguntan de donde saco tanta capacidad de trabajo para hacer tantas cosas a la vez y que todo salga adelante contesto con silencio. De alguna forma soy consciente, día a día, de que algo está muriendo en nosotros. De que estamos en una inevitable cuenta atrás que se despierta en cuestión de tiempo. Realmente los que estamos vivos, de alguna forma, estamos avanzando imparables hacia eso que llamamos muerte. Ese pensamiento da vértigo, de ahí la ansiedad existencial por aprovechar hasta el último minuto de vida realizando todo aquello con lo que alguna vez siempre había soñado.

La cuenta atrás de mi padre es palpable. Según los médicos más optimistas será cuestión de años, quizás unos seis o siete según avance la enfermedad incurable. Pero la nuestra, la de cada uno de nosotros es así de igual forma. ¿Qué tiempo real nos queda? ¿Cincuenta años, diez años, un año, un mes, un día, un solo segundo más? Realmente no lo sabemos.

Mientras ayer pintaba el local e intentaba al mismo tiempo atender las obligaciones editoriales miraba por la calle a los niños disfrazados de muerte en la fiesta de Todos los Santos. Realmente, a pesar de que exista un día dedicado a la muerte, no le damos el tributo y la necesaria importancia. La disfrazamos de simpáticas calabazas y hacemos de este día un día festivo. Esa es la sensación de la mayoría de seres. Que viven en una especie de fiesta interminable que no tendrá nunca fin. Pura supervivencia psicológica. Sin embargo, los que miramos la muerte de frente día a día, segundo a segundo, sabemos que la fiesta se acaba y que ese ocaso podría llegar mañana mismo, en diez segundos, quien sabe.

De ahí la insistencia en cuidar en todo lo que podamos nuestros cuerpos, que vivamos una vida sana para tener unas herramientas útiles y atentas. Cualquier descuido puede ser fatal a medio o largo plazo. Inclusive cualquier descuido milimétrico puede segar nuestras vidas. Son tantos y tantos los accidentes mortales que ocurren por simple descuido. Estemos atentos, seamos conscientes de que morimos día a día, y de que, al mismo tiempo, estamos llenos de vida.