La vida de los idealistas es siempre dramática


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Escribir es desplazarse a lugares insospechados en los que el sueño es más seguro que la tierra firme”. Joseph Conrad

Amanecía todo nevado en este hermoso valle que ayer era verde otoñal y hoy se tiñó de blanco inmaculado. Ayer hicimos un repaso, ante el inminente frío invernal, de todo lo acontecido en estos meses. Especialmente sobre la fragilidad humana, sobre la falta de sentido ante la necesidad de encauzar nuestras vidas hacia lo milagroso. Me daba cuenta de que, en el fondo, estaba experimentando una especie de privilegio del que aún no soy del todo consciente y al que me tengo que enfrentar con optimismo y valentía. Escribir me ayuda especialmente a ello.

Marcel Proust decía que para escribir lo único que se necesita es soledad y silencio. En ese sentido me siento afortunado. Lo que más deseo en esta vida, en estos momentos, es escribir. Y la existencia ha querido ofrecerme la oportunidad de poder hacerlo en este solitario y silencioso balneario. Tengo sobrado un instinto narrativo que me empuja a amontonar palabras unas sobre otras, a veces sin ni siquiera pensarlas. Nunca le tengo miedo escénico a la página en blanco. Soy capaz de vomitar cualquier cosa y sería capaz de escribir cientos de libros si tuviera un mínimo de disciplina, cosa de lo cual carezco. Siempre me pregunto para qué sirve la escritura, al mismo tiempo que reconozco que no sería quien soy sin esos cientos de libros que he ido amontonando y leyendo en las estanterías de mi existencia.

Hace unos días, un amigo me animó a que dejara mi oficio de editor para imbuirme de una vez en lo que realmente me gusta, escribir. Me invitó a que volviera a escribir con mis amigos más famosos libros epistolares. En estos momentos estoy trabajando con el amigo Emilio Carrillo en un libro sobre la gestión del Misterio. Pero siguiendo los consejos de mi querido Jaime, escribí a otros amigos polémicos y conocidos. Empecé por Tardà, Dragó, Valls… Uno de ellos me llamó y estuvimos hablando cerca de una hora. Me dijo una frase que me llamó la atención por lo acertada y oportuna: la vida de los idealistas es siempre dramática.

Manejar con fluidez el idioma, dominar los recursos estilísticos y familiarizarse con el lenguaje es la mejor forma de enfrentarse a esa vida dramática. Eficacia y originalidad a la hora de manejar el lenguaje es la forma de construir idealmente una vida avasallada por la experiencia, la aventura y la lucidez. El poeta no acota el mundo, lo expande, y al hacerlo con esa sustancia extraña que es el lenguaje, se recorre ese viaje, entre silencios y trajes rotos, esa inútil búsqueda en los recodos de la vida. Pensando en eso hoy, al despedirme de mi querida amiga de la infancia tras un fin de semana intenso en el diálogo y el compartir, se me cruzó el cable aventuresco e invité a alguien crucial en estos días de tímida resurrección, a realizar un viaje hacia los mares del sur. Mañana temprano nos marchamos, y que la aventura y la lucidez transformen nuestras vidas para siempre.

(Foto: así amaneció hoy el escenario que habito).

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Me iré a descansar, al valle de los avasallados…


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A ti la dama. La audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño, sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír, y la blanca plenitud no era como el viejo interludio. Y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí. Y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad. E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados. (Fragmento de la película Leolo)

Este texto de la hermosa película de Leolo describe muy bien sensaciones que últimamente sostengo entre dos pechos, entre dos vidas que a veces se cruzan, otras resultan paralelas y otras simplemente inexistentes, por eso de que la imaginación siempre adolece de incredulidad y se aferra a mundos sumamente sutiles. El viejo interludio se mezcla de repente con un pecho punzante en el que creí, ese que me hizo ver nacer la luz sobre mi soledad, pero todo desaparece al alba, a cual broma de los hacedores.

Atenea, la deidad de ojos de lechuza, me abandonó a mi suerte. Dejó de inspirarme sabias palabras, sabios actos y dulces melodías para arrinconar a mi destino en el valle de los avasallados. Apareció y desapareció. Abrazó mi pecho, estrujó mi llanto, consoló mi alma y se esfumó de ese lecho débil y mojado.

La discreta aurora no parece tener prisa por responder a la llamada de auxilio. La noche se cierne aún oscura y los templados artífices de este circo se encierran en sus palacios, quizás escuchando las melodías sacadas de alguna cítara hipnótica. Debo reconocer que aún es muy pronto para la blanca aurora, y que mi prisa por despertar de este sueño contrasta con la necesidad de emprender de nuevo un camino que será largo y angosto.

El domador de versos se pasaba las noches hurgando en todas las basuras del mundo. El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres. Eso pensaba Leolo y eso pienso cuando intento domar este verso torcido. Me paso las noches hurgando, abrazando a unos y otros que se esfuman con la melancolía, en el azar de la bruma onírica. Allí, entre sueños y versos, imagino un renacer que ya no volverá. Por más que duerma o por más que madrugue, nunca puedo, al despertar, poder atrapar en esta realidad las bellas historias de amor que me seducen entre sueños. Hay que soñar, me repito una y otra vez. Hay que soñar, decía Leolo.

Pero aún sigo cansado, muy cansado. La realidad ha superado cualquier ficción, y cuando te deja hasta esa morena de finos tobillos y pechos punzantes que abrigó la esperanza de renacer a la luz, es como si, ahora sí, terminara la función. Por eso, seguiré los pasos de Leolo, e iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados.

(Foto: el Balneario se encuentra en este hermoso valle de avasallados). 

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La gran revelación


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Esta mañana le pregunté qué desayunaba ante su inmediata visita. Me dijo cosas muy raras hechas con coco y avena. Desde que se hizo vegetariana está insoportable con la comida. Le dije que aquí en el Balneario sería difícil encontrar esas cosas. Fui a la tienda y tenían leche de arroz y galletas de avena. Como nos conocemos desde los siete años, la confianza hace que podamos hablar abiertamente de cualquier cosa sin prejuicio previo. Ella me conoce bien y nunca me juzga. Me quiere tal como soy, con mis aciertos y mis fracasos. Este fin de semana viene para acompañarme, para confirmar los lazos de amistad que han sobrevivido al tiempo desde que éramos niños. Una amistad a prueba de todo. Sincera, noble, verdadera.

Bien temprano hacía una temperatura agradable a pesar de que la niebla se extendía por todo el valle humeando el impresionante monasterio que da fama al lugar. Mañana las temperaturas no pasarán de cero grados y es posible que de lluvia y nieve, así que pasaremos todo el fin de semana encerrados en el ágora recordando viejos tiempos. Puse algo de incienso y marché a la tienda a ver qué podía encontrar que fuera raro y nutricional para el desayuno. Ante la ausencia de mi querida Lourdes, uno de los seres más angélicos y cariñosos que he conocido en este mundo, hablé un poco con su jefa, la buena de Angelines, la dueña de la tienda. El tema principal siempre es el tiempo, pero a veces también hablamos de política o de cómo se dice una palabra en inglés, si así o asá. Como vienen muchos peregrinos, fuente principal de ingresos de los comerciantes de este lugar, saber algunas palabras siempre viene bien para atender correctamente a la clientela. Miró mi leche de arroz y mis galletas de avena y se extrañó. «Viene una amiga que come raro«. Le dije. Eché de menos a Lourdes que anda de vacaciones. Ir a la tienda cuando está Lourdes es una bendición. ¿Os imagináis ir todos los días a por el pan y que la tendera te de un impresionante abrazo de bienvenida y despedida? Eso ocurre aquí, y uno siempre empieza agradecido el día por estos regalos.

La segunda visita obligada fue para Carmen, la directora de la oficina de Correos. Debido a mi actividad editorial, soy su mejor cliente y me trata con cariño y alegría. Todos los días tengo algún paquete que vuela hacia cualquier parte del mundo. Hoy tocaba Andalucía. Cuando las cajas son muy grandes, cierra la oficina y sube hasta el pequeño ágora para ayudarme con ellas. El trato en estos lugares siempre es exquisito, tan lejano de la frialdad con la que a veces nos atienden en las grandes ciudades. A Carmen siempre se la ve feliz y alegre, y mis dos puntos neurálgicos en este pequeño núcleo rural de no más de ochenta vecinos, la oficina de correos y la tienda del pueblo, son como puntos de luz en mi vida sosegada.

Pero han pasado muchas cosas en dos días. Quizás porque ya atravesamos el tránsito de la luna llena de tauro y parece que las energías empiezan a reorganizarse de nuevo. Ayer, tras tres meses sin subir a la finca, fui a llevar alguna cosa. Aproveché la ausencia de la gente para dar un paseo con el amigo Geo. Noté cierto caos en los espacios comunes y sufrí añoranzas que me hicieron llorar cada vez que me cruzaba con la gata Gaia, el gato Merlín, con Meiga y Chip… Llegué con Geo hasta la cabaña en las entrañas de nuestro pequeño bosquecillo, ahora tan coqueto y otoñal. Todo lo que allí vi me parecía desolado y triste. Entré dentro, me senté en mi sillón de reflexión y no podía parar de llorar en la que hasta hace poco había sido mi casa, mi pequeño hogar en el bosque. Aquella cabaña la había construido con ella, con una alegría y una emoción inmensa, y ahora ella ya no estaba. Vi que aún no me sentía preparado para volver a los bosques y menos aún a esa cabaña que tantos recuerdos me ofrecía. Geo se acercaba y me lamía las manos con cariño. Me levanté casi sin fuerzas y nos adentramos entre los árboles para dar un largo paseo pensando si ahora tenía sentido volver a vivir en una cabaña como antes. Algo dentro de mí está muy revuelvo para poder contestar esa cuestión.

En el amable pero doloroso paseo tuve una revelación. Todo el caos que veo a mi alrededor es solo algo que ha nacido de mis adentros. Es decir, no es que todo se esté derrumbando a mi alrededor y por eso yo me he derrumbado. Más bien al contrario, todo se ha derrumbado a mi alrededor porque algo se ha roto desde dentro.

Nunca hasta ayer fui consciente de este hecho. Al menos nunca de la manera en la que ayer lo pude entender todo. El universo ante mí, el escenario, se reorganizó ante el caos que empezaba a experimentar en silencio, ante la confusión en la que yo mismo me vi envuelto. Entré en una profunda crisis y todo lo que era irreal empezó a desvanecerse, a desaparecer, a huir.  Empezó a desaparecer todo como en una carta de naipes que se desmorona ante el primer soplido.

Tres meses después de eso, solo ha permanecido lo verdadero. Los amigos, especialmente los amigos, y poco más. Mañana volveremos a confirmarlo.

 

(Foto: paseando con Geo ayer por la tarde en los hermosos bosques gallegos).

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Ninguna noche es infinita


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Ayer me pasé todo el día en la horizontalidad, mirando hacia el cielo simbólico y suplicando a los inmortales dioses que fueran benévolos. La comida no es abundante en el Balneario y las ganas de cocinar han sido sustituidas por manjares imaginarios acompañados por flautas que deleitan los banquetes etéricos. Busco en el anchuroso cielo, ahora de lisas paredes, inalcanzable para cualquier mortal, respuestas a los desvanes que asolan la tierra. Si suplicara a la tradición, solo encontraría respuestas en Shiva, uno de los dioses de la Trimurti, el cual representa el papel del dios que destruye el universo, junto con Brahmá, el dios que lo crea y Visnú, el dios que lo preserva. Shiva se ha encolerizado, y por lo que me dicen, son bastantes los que padecen en este tiempo su ira.

Muchos están sufriendo la devastadora energía que todo lo destruye para que la vida se regenere en cuanto no quede ni un edificio de irrealidad suspendido en los avatares del tiempo. La destrucción, empiezo a entender a pesar del dolor que provoca, sirve para regenerar, para separar lo irreal de lo real. Así también en los plácidos atardeceres otoñales, donde todo empieza a morir para dar paso al angosto invierno, donde la muerte se manifiesta con virulencia. Es el ciclo de la vida, y es complejo entenderlo si lo miramos todo desde una dimensionalidad finita. De ahí la necesaria visión multidimensional. Sí, lo estoy pasando mal, pero todo responde a un porqué y a un para qué que pronto se desvelará.

Si lo entendemos así, debemos soportar los envites, respirar hondo y comprobar con cierta alegría y optimismo como en un pronto futuro podremos construir de nuevo algo más real y auténtico para nuestras vidas. Con la ayuda de Brahmá, podremos edificar con sólidas estructuras algo nuevo y diferente. Al menos esto me ha recordado mi querido Jaime, que me llama desde el sur para animarme, con esa gracia y alegría andaluza, a que respire nuevos aires. “Siempre has sido un alma libre incluso en los peores momentos”, me decía mientras escuchaba atento sus palabras en este hermoso ágora donde me encuentro. Respiré el olor a incienso, sus melodiosas palabras y recordé mis años de vida en Andalucía, en aquellos valles y montañas plagados de luz, olor y color.

Quizás le haga caso. He invitado a una amiga a dar un paseo por eso de compartir las aventuras, y viajaremos hacia el mediodía para cambiar la perspectiva, para comprobar que hay más vida después de todo derrumbe y para darme cuenta, como ayer decía cariñosamente Cristina (gracias querida por tu carta), de que ninguna noche es infinita. Así que gracias queridos amigos por vuestra inspiración. Toca mirar adelante, viajar y seguir saboreando los placeres del alma libre compartiendo con aquellos seres reales que se sujetan a la amistad incondicional, en lo bueno y en lo malo.

(Foto: ayer reflexionando en la horizontalidad sobre los devenires de la vida. Siento, ahora que todo se derrumba, que mi sueño de ser escritor quizás esté próximo y sea realidad. Especialmente en este año, cuando hace ahora una década que empecé a escribir en este blog).

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¿Qué hacer cuando todo se derrumba?


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La inteligencia en movimiento es el universo, decía Jiddu Krishnamurti en su segundo diario. La habilidad de la inteligencia es poner al conocimiento en su justo lugar. El universo, el propio cosmos, es un proceso, decía el Noumicon. Alguien me dijo que en estos días el estado lunar cambia y entramos en un nuevo ciclo astrológico que durará seis meses. Digamos que habrá un cambio desde la inteligencia universal que afectará inevitablemente al proceso en el que ahora nos encontramos, con la confianza de que todo se volverá a ordenar para poner al conocimiento, y de paso a las personas que lo albergan, en su justo lugar.

Tras tres meses de catástrofes personales y profesionales sin tregua, estoy deseando que la luna, los astros o los mercurios retrógrados de turno cambien de una vez y la inteligencia y los procesos se apiaden de esta frágil vida humana. Ayer recibí otra nueva noticia catastrófica que cambia de nuevo mi vida y un trabajo continuo de doce años para siempre. No hay tregua en este derrumbe. Miro a mi alrededor y es como si un ciclón hubiera arrasado con todo, o mejor dicho, como si estuviera arrasando con todo y yo permaneciera inmóvil contemplando el paisaje devastador sin mucho margen de maniobra. Por eso tengo ganas de experimentar lo nuevo desde el vacío vertiginoso en el que ahora me encuentro y esperar que el reordenamiento de la inteligencia ponga en marcha una nueva onda encantada, un nuevo proceso.

Las malas noticias de estos días me hicieron reaccionar, en un primer momento, tras unos días de calma, con cierta virulencia. Ayer me desperté a las cinco de la mañana y no pude hacer nada en todo el día, excepto enviar algunos libros a las américas. Permanecí inmóvil, colapsado, atravesado por la realidad. La palabra es una manifestación de un conocimiento, o es un recipiente del mismo… pero la inteligencia y lo sagrado de la misma es una experiencia. En estos momentos estoy siendo testigo de la experiencia de vivir el vaciado de lo hasta ahora conocido para enfrentarme a una nueva realidad, un nuevo enfoque, a una nueva experiencia que la inteligencia desea que experimente. La sensación es de vértigo acompañada de una serenidad extraña, quizás nacida cuando ya todo te supera.

¿Qué hacer cuando todo se derrumba? Sin duda, tras los primeros envites cargados de rabia, he intentando poner el foco en la quietud. En no hacer nada, en esperar acontecimientos o milagros que resolvieran el nudo gordiano donde me encuentro. Pero no hay día que no traiga una mala noticia, una nueva catástrofe. Además, sumo la pesadez de descubrir engaños, burla, insensatez y desproporción. ¿Cómo es posible el poder vivir engañados? ¿Cómo es posible que las personas aún nos autoengañemos o engañemos a los seres supuestamente queridos que nos rodean? Así, lo único que se puede hacer es plantarte humilde ante los acontecimientos, contemplar tu pequeñez ante la tragedia inevitable, respirar hondo ante cada error y torpeza que cometes, suplicar entendimiento para valorar el daño, permanecer inamovible en los pilares básicos de nuestra vida y emprender un camino generoso hacia nosotros mismos y el resto.

Si la inteligencia en movimiento nos ha llevado hasta este lugar, hasta esta situación, es porque algo importante quiere de nosotros. Algo que debemos analizar con cautela, con calma, con proporción. Algo que nos aproxime a la verdadera esencia de lo que somos, y nos aleje cuanto antes de la mentira y la hipocresía. Quizás tan solo lo que se está derrumbando sea eso mismo. Lo ilusorio, y cuando todo acabe, en la próxima revolución estelar, únicamente permanecerá lo verdadero. Lo verdadero siempre persiste, sean las circunstancias que sean. Lo falso se desploma, desaparece, huye, se esconde y con el tiempo, se olvida.

(Foto: paseando hace unos días por las ruinas del parador de Santo Estevo, en la Ribeira Sacra. El reflejo de las ruinas que permanecen con el tiempo es equiparable a todo aquello que se construye con fortaleza y amor verdadero. Pasa el tiempo pero el edificio permanece).

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La insoportable levedad del flow


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Hoy me desperté con los ojos como platos a eso de las cinco de la madrugada. El insomnio nació de una conversación que tuve ayer con una buena amiga. Resulta que una conocida suya dejó plantado en el altar al que iba a ser la pareja de su vida. Tras eso, desaparece de repente y a los pocos días se la ve en la plaza pública con un ex que también abandonó hace años. La secuencia es dramática, especialmente para el que se quedó con el anillo puesto esperando en el altar. Pero es un síntoma, o un ejemplo, de como se está articulando las bases de esta nueva sociedad que estamos construyendo. Una sociedad sin valores, que desprecia el más mínimo síntoma de decoro y educación, de respeto y elegancia a la hora de hacer las cosas. Una sociedad que aupa y justifica este tipo de actos en nombre del fluir, de que los tiempos han cambiado y de que ahora las cosas son así.

Es cierto eso que dicen que cuando uno se hace mayor se vuelve inevitablemente más conservador, más tranquilo, más sereno. La vida supongo que te llena de experiencias, conocimiento y algo de sabiduría que, aunque no siempre es bien gestionada porque la propia existencia siempre te pone a prueba, sí nos sirve como guía ante aquello que ya conocemos y experimentamos. De alguna forma, cuando uno entra en edad, aprecia los valores de la solidez, aquello que nos permite consolidar nuestras perspectivas desde una zona de confort segura y estable.

Pero los tiempos cambian y los valores también. O quizás lo que cambia es la actitud de las personas ante dichos valores. Lo que antes parecía sólido ahora es líquido, o incluso diría que gaseoso. Ya lo predijo Bauman con su sociedad líquida. Todo es líquido, fluido, temporal, desarraigado. Los trabajos duran poco tiempo, también las relaciones o los lugares que habitamos. Se rompen los lazos de amistad en nombre de la fluidez. “Hay que fluir” es el insoportable mantra de las nuevas generaciones. Y al hacerlo, arrasan con todo. Con familia, con parejas, con amistades, con trabajos, con dinero y con hogares enteros. A uno le entra un calentón, y como hay que fluir, asolan, saquean y destruyen todo aquello que hasta hace poco parecía sólido y seguro.

El premio es esa sensación de libertad temporal que nos empodera. Una sensación que descubrimos a finales del siglo pasado cuando el mercado nos dotó de tarjetas de crédito con las que de forma inmediata podías comprar un montón de cosas en esos lujosos centros comerciales. Era un subidón, una libertad impresionante que duraba diez minutos y que luego teníamos que ir pagando, esclavizados a un crédito, durante años. El símil ocurre y es perfecto para las relaciones. Fluimos, destruimos hogares por un calentón que nos empodera en esa sensación de libertad y arrasamos con años y años de esfuerzo. Luego, por supuesto, pagamos el crédito de nuestros altos vuelos, de nuestra frágil sensación de empoderamiento. ¡Cuantas relaciones sólidas se han roto por esa sensación de fluidez ante lo fácil e inmediato!

Quizás me hago mayor, pero estoy cansado de la gente que se me acerca con ganas de fluir, de vivir una aventura y experimentar sin ningún tipo de solidez que sostenga esa experiencia. No confío en las personas que hipotecan su vida por un momento estúpido de libertad. Es desconcertante vivir en estos tiempos donde la promesa y la palabra ya no tienen valor. Donde los principios mínimos de ética y decoro han desaparecido y donde todo vale en nombre de la libertad. Me hago mayor y quiero vivir en un mundo más sólido, más seguro, más tranquilo. La irresponsabilidad del flow y sus acólitos defensores me aterra. Porque en tiempos futuros, donde todo se improvisará en nombre del fluir, sin un mínimo acuerdo, sin un sentir verdadero, sin un saber estar, terminará inevitablemente con nuestra sociedad y sus valores, conduciéndonos a una selva de difíciles e inimaginables consecuencias.

(Foto: fluyendo hace unos días por las hermosas calles de la fortaleza portuguesa de Valença con una buena amiga donde hablábamos, mientras apreciábamos la belleza de la casa azul de esta ciudad, sobre las relaciones y su inconsistencia presente. El símil del edificio siempre es hermoso. Cualquier proyecto se sostiene siempre en sólidas bases). 

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La navaja de Ockham


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Para los que hemos hecho ciencia, o investigación académica o algún tipo de tesis sobre los misterios de la vida nos hemos encontrado alguna vez ante el dilema de tener que elegir entre dos hipótesis posibles. La navaja de Ockham es un principio metodológico por el cual, en igualdad de condiciones, siempre tenemos que elegir aquello que resulta más sencillo. Dicho de otra manera: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Supongo que esto vale para todo en la vida, inclusive añadiría a este filo de la navaja algo así como que es bueno que las personas simples busquen a sus congéneres en simplicidad y los complejos, aquellos a los que les gusta enredarse en las marañas de la existencia, busquen un afín con esa capacidad de altos vuelos, para que la búsqueda intrínseca en los misterios, por lo menos, sea compartida.

Las personas simples, que somos la mayoría, bastante tenemos con nuestra simplicidad cotidiana. Nos preocupamos de igual forma por cosas simples, que siempre son las que más nos satisfacen en el plenilunio de nuestras vidas. Nos levantamos, vamos a trabajar, miramos las redes, le damos a me gusta, comemos algo, volvemos a casa, miramos con cara de sapo nuestro entorno, vemos algo la tele y volvemos al suave y cálido arropo de una cama que nos recuerda lo bien que estamos regodeándonos en nuestra propia ignorancia.

Las personas complejas, una minoría en fase de extinción, no siguen esa peculiar rutina. La mayoría de las veces no se levantan a una hora normal porque tampoco se acuestan a una hora normal. No miran las redes, las inventan. No dan a me gusta porque lo superficial casi nunca les agrada. Casi no comen, les aburre comer, es un mal menor. Lo mismo les da por comer el alpiste que les sobra a los pájaros o un buen plato de maíz cocido encontrado en cualquier parte, sin tener tiempo para discernir si el maíz es o no es transgénico. Nunca vuelven a casa porque no trabajan en lugares comunes, o sus trabajos son placer y por lo tanto lo pueden desarrollar en cualquier parte, incluso dormir en ellos, con ellos. Su trabajo es soñar, inventar, imaginar, componer, por lo tanto, cualquier rincón les vale. Son la versión de la anti-navaja, como lo definiría Leibniz con su principio de plenitud, el cual establece que: «Todo lo que sea posible que ocurra, inevitablemente ocurrirá». Y con una persona compleja, todo es posible y todo ocurre.

Miran su entorno con cara de asombro porque ven, entienden y expresan la realidad desde su compleja multidimensionalidad. Es decir, ellos no ven un tenedor o una cuchara, ven el origen del metal, la máquina que lo esculpió, la mano del hombre que le dio tamaña forma en su imaginación y sobre todo, se interrogan una y otra vez sobre el origen de todo, inclusive el origen de la propia naturaleza, de la inteligencia, de la vida. Cuando ven un objeto, sienten de alguna forma toda su compleja historia, intentan entenderla, explorarla y vaporizarla en teorías conexas. Es su única forma, desde su hipersensibilidad, de entender el mundo. Necesitan comprender el meollo de todo, el Misterio, el Asunto.

Por supuesto no tienen tele. Realmente porque no tienen tiempo para ella. Resultaría demasiado pesado perder diez minutos de vida viendo algo insulso que sale de una telepantalla y luego tener que restar esos escasos minutos de la cuenta atrás de la existencia. ¡Todo es tan breve! Y cuando llega la noche, no les espera una cálida cama con una amable compañía. Normalmente, al ser escasos, también son prudentes, y posiblemente almas errantes, solitarios, vagabundos de las relaciones. La cama, como la comida o las relaciones, son un mal menor. A no ser que encuentren a un prójimo, y entonces estalle una nueva supernova y las galaxias se multiplican y los universos se empequeñecen.

Por eso, si eres una persona simple, no pierdas el tiempo con una persona compleja. Es mejor que si lo encuentras, salgas huyendo a no ser que de repente te dejes encantar por su vida, por su forma misteriosa, y a veces un tanto atormentada, de ver y contemplar la existencia. A no ser que quieras llevar una vida apasionada de viajes y aventuras espaciotemporales inimaginables. A no ser que te de igual dormir o no en una cama si de lo que se trata es de contemplar las estrellas y el infinito en cualquier parte. Si eres simple y te encuentras con alguien complejo, terminarás amando la complejidad y terminarás, inevitablemente, transformándote en un ser igual de complejo, es decir, en un ser completamente libre, emancipado y pleno. O por el contrario, tu simplicidad te hará huir aterrado con la añoranza de volver a las brazos de aquel al que dejaste por su simplicidad exquisita, pasmosa y aburrida.

Dicho esto, recuerda la navaja de Ockham: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Medir bien la simplicidad en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser tiene sus propias ventajas. Y nuestra simplicidad siempre es proporcional a la vida que seamos capaces de abarcar.

(Foto: Hace unos días tuve el privilegio de compartir este hermoso paisaje con unas de las personas más complejas y maravillosas de las que he conocido. Doy gracias a la vida por mostrarme cuan simple soy cuando me encuentro ante la grandeza de los genios, y que gran deseo nace de mí por poder abrazar esa gran inmensidad humana). 

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La fe que cierra el círculo


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Si ayer pudiste mirar tras la cortina, hoy toca caminar más allá de ella. Cuando el sol se pone y llega la noche, nos acostamos a la orilla del río, en un lecho apropiado aquí en el Balneario. Pero en cuanto se descubre la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, la vida empieza a darnos esa oportunidad única de ser felices.

Todas las tardes, y gracias a las sinceras recomendaciones de M., mi doctora preferida, -hermosa, sabia, prudente y angélica- paseo por los arrabales del río Sarria cruzándome una y otra vez con imponentes peregrinos que deambulan misericordes y ya cansados hasta Santiago. Me gusta mirar sus rostros, observar en su mirada un trozo de sus vidas, de su alma. Nos cruzamos una sonrisa necesaria, como si fuera un alimento imprescindible para seguir adelante. Mi paseo es corto, no más de una hora de ida y vuelta, pero a veces los acompaño un tramo, viendo como sus pesadas cargas se vuelven más livianas ante la presencia anónima. El alma se alimenta de pequeños gestos. Oxigenar pulmones, sonreír, caminar y siempre agradecer a la vida todo cuanto nos da y nos quita. Un ejercicio terapéutico para sanar los adentros.

Hoy el paseo, gracias a la compañía del amigo Joaquín recién llegado de Madrid, se alargó durante más de siete horas y más de treinta kilómetros. Hicimos el hermoso tramo de Samos a Sarria por un camino cargado de otoñada, y su vuelta plagada de encuentros y reencuentros. El ánimo generoso se dejó persuadir por la abundancia de vida, de color y olores que el camino ofrece en un día agradable de otoño. El amigo me hizo sentar separadamente del mundo para contemplar, desde otra perspectiva, las realidades envolventes. Con sumo cuidado me alargaba la mano de la amistad como las amarras de un buque que se yergue firme ante la marea. Desahogaba en él mi tristeza inevitable, pero también la esperanza del nuevo día y la alegría de estar a su lado. ¡¡Hemos paseado por tantos lugares juntos!! Inolvidables los viajes a Mongolia y la India e inolvidables los momentos únicos e irrepetibles en el jardín del Morya.

Pudimos hablar de amor y desamor, de geopolítica y economía, y por supuesto de aquello que más nos une, de Misterio, de fe, de magia y milagro. Es hermosa la sintonía que sentimos en tantas y tantas cosas, pero cuando tocamos de forma sutil y sublime la belleza de la vida manifestada, el sincronario interior se revoluciona hasta alcanzar el cielo. Creamos sin querer en este paseo hermoso por valles y montañas, por bosques profundos y bellos paisajes un tratado de monadología como haría el bueno de Leibniz, un discurso metafísico donde las sustancias simples se podían rozar con el aliento sincero y perpetuo.

La amistad a prueba de fuego y tiempo te hace sentir vivo, humano, acompañado en esa familia extensa que se deleita en el cuidado de los seres que amamos a pesar de las distancias que puedan separarnos. Nos hacemos mayores y vemos como ese calor compartido es el mejor regalo que nos podemos dar como seres vivos. El abrazo sincero, el paseo intenso en ese círculo que se cierra en la fe, como decía siempre inspirador el bueno de Joaquín. Es la fe la que nos permite creer en ese mundo bueno en el que soñamos y es la fe la que nos provoca la alegría de seguir adelante, practicando los caminos con gestos sinceros y amorosos. Que así sea por mucho tiempo. Así que gracias querido Joaquín por tu sincera amistad y por querer acompañar a este humilde peregrino en un momento difícil. Gracias por estar ahí, siempre. Gracias por tu fe compartida y avivada.

Foto: Con Joaquín pasando el día en el Camino de Santiago y celebrando más de diez años de amistad. Si queréis conocer a un gran hombre y mejor persona dará una conferencia en Madrid que no tendrá desperdicio:  

http://espacioronda.com/event/conferencia-publica-la-fe-que-cierra-el-circulo/

 

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El ágora con puentes de oro y plata


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Desde hace tres meses no pongo el despertador. Hacía años que no sentía la libertad de seguir los ritmos de la vida. Los primeros dos meses, debido a mi estado anímico y emocional, dormía bien poco. Solía despertarme puntual a las tres o a las cuatro. Podía estar con los ojos abiertos durante horas sin ver nada, solo dando vueltas en la cama, regodeándome en el dolor y sufriendo nocturnamente la soledad de una cama vacía. Desde hace dos semanas he recuperado la normalidad onírica. Me despierto a cualquier hora, a veces a las siete, otras a las nueve y otras simplemente alargo la horizontalidad el tiempo que mi cuerpo perezoso me lo indique.

Es una forma de sanación. Dar al cuerpo lo que pide tras años de exigencias extremas. Noto que este tipo de vida es seductor. La soledad, la falta de horarios, el tiempo que se acumula para poder administrarlo como uno quiera sin mayores obligaciones que las que yo mismo me imponga. Estar convaleciente, aunque sea por una enfermedad emocional como puede ser un duelo desgarrador, es algo hermoso.

Tras una pequeña meditación matutina me esfuerzo por seguir cierta rutina. Ir al baño, afeitarme, ducharme, desayunar algo y luego trabajar en la editorial hasta que el hambre me obliga a volver a la cocina. Por las tardes, y gracias a la ayuda de D., he acomodado un espacio al que llamo ágora. No es exactamente un ágora para la discusión y la dialéctica, sino un espacio para la meditación silenciosa, para el compartir y para crear la arquitectura de lo que será mi próximo futuro. Lo que antes era un almacén de libros ahora se ha convertido en un pequeño rincón de lectura, de escritura y de compartir. Una especie de diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, como diría Galileo, pero siguiendo las posturas del neófito Sagredo, es decir, viviendo y experimentando desde la visión neutral de quien busca la verdad sin aferrarse a ningún dogma o creencia. Simplemente observo atento y discrimino silencioso, sinuoso, tranquilo. Ya no hay prisa por nada. Absolutamente por nada, excepto por vivir.

Con D. pude estrenar el espacio mientras mirábamos en los mapas donde viajar durante siete días, sin pausa, por esta ancha Galicia. Al final la comodidad del lugar nos llevó a franquear incluso las fronteras más meridionales. Con B. pudimos abrazarnos, compartir, reír, imaginar hasta altas horas e incluso celebrar su revolución solar con dos velas simbólicas en una noche especial y mágica improvisando un pastel de cumpleaños a base de frutos secos. Con M. he podido compartir inquietudes sobre los próximos devenires utópicos y especialmente sobre la fortaleza inamovible de seguir adelante. Y mañana tocará compartir con J., y en unos días con la amiga X. y en otros con M. y con A, que vienen de muy lejos para abrazarnos y compartir… He pasado del silencio más absoluto al discurrir peregrino de almas que pasan, te abrazan y se van hacia su propio septentrión, pero siempre dejando esa sensación amable de cercanía, cariño y amor.

Si, un pequeño lugar donde reposar, pero también una pequeña plaza pública donde volver al contacto humano, esta vez seleccionado, medido, oportuno, sin avalanchas y sin necesidad de que nadie desee vampirizar una emoción o un pensamiento. Solo compartir, desde la amistad, el amor y el cariño con suma delicadeza. Me doy cuenta de la riqueza de poseer tantos y tantos amigos que están ahí, en lo bueno y en lo malo, que no huyen cuando las cosas se complican y que permanecen fieles e inamovibles a pesar del temporal. A los que huyen, como dice mi querida D., puente de plata. Y a los que regresan una y otra vez, la compensación de la eterna amistad, del oro del verdadero sentido del amor y el cariño. Un tesoro, el mayor de todos, que no todos aprecian.

(Foto: Pequeño rincón donde compartir. Antes un almacén de libros, ahora un lugar mágico con olor a libros, incienso y amistad. Si tu imaginación te lo permite y puedes oler el incienso y ver más allá de la forma, mira tras la cortina. Allí, una oleada de peregrinos libres deambulan con sus pasos errantes hacia su destino. El Camino espera tras la cortina). 

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En el balneario


sdr

Hoy hace justamente tres meses que conocimos la fatídica noticia que nos separaría para siempre. Estábamos en el hospital abrazados mientras extirpaban el estómago a un buen amigo. Nunca pensamos que esa llamada en ese instante iba a ocasionar tanto dolor. Ella se marchaba a Francia y yo al Limbo. Imposible reconciliar realidades tan dispares.

Tres meses de dolor, de sufrimiento y de llanto. Tres meses difíciles donde todo parecía derrumbarse de golpe, como si realmente hubiera vivido durante los últimos años, en un castillo de naipes. Lo irreal desaparece, dicen en un Curso de Milagros. Solo lo real permanece. Y lo real, lo único real a lo que me aferro es a este momento esculpido entre estas paredes, rodeado de libros y montañas y un río que contemplo desde la ventana. Al lugar lo he bautizado con el nombre simbólico de el Balneario. El nombre tiene que ver con alguna lectura de juventud de la mano de Hesse, pero también con la sensación de estar en un lugar retirado a solas para poder sanar. Un lugar donde las aguas discurren rozando cada cauce sinuoso, donde los árboles crecen hacia unas alturas imposibles, donde la vida se contempla de forma pausada, diferente, tranquila, mientras contemplo desde la ventana el paso lento y difícil de peregrinos cansados.

Me había propuesto no escribir en mucho tiempo, pero la fecha merecía unas letras, y quizás también el inicio de un comienzo esperado, anhelado. Uno no puede pasarse toda la vida en la ilusión de la espera, quizás creyendo que lo ilusorio realmente era el derrumbe, y no la montaña. Que cada grano de arena, por pequeño que fuera, volvería a su lugar correspondiente. Es esa esperanza a la que siempre nos agarramos con fuerza mientras las emociones siguen su curso en la empalizada del sentir. El carrusel provoca esas angustias y deambulamos inevitablemente en sus aguas. Son cosas del autoengaño que se van diluyendo cuando cuento los pasos, uno a uno, de todos los peregrinos que pasan junto al río.

La observación y la experiencia pueden convertirse en vías de acceso a un mundo diferente. Llevo tres meses observándome en esta experiencia. Observando mi ira, mi rabia, mi dolor. Al principio desgranaba todo ese fuego en cartas que nunca debieron existir. No es bueno controlar la ira, o intentar domeñarla, pero tampoco es correcto vomitarla encima de nadie. Uno debería irse al campo y soltar allí, en solitario, todo ese dolor desesperado. O debería marcharse a un balneario como en el que ahora estoy para sanar con paciencia todo ese sufrimiento. Pero nunca, jamás, deberíamos vomitarlo sobre nadie. No está bien, hace daño y es innecesario. Pedir perdón cuando uno se equivoca no sirve de nada. El dolor está hecho, y sus consecuencias han sido devastadoras. No supe hacerlo de otra manera. No en ese momento desesperado.

Siendo un experto en sabotear relaciones, quizás la ira sirvió de estímulo para salir huyendo, para abandonar el barco, para romper con todo aquello que se escapaba de las manos, para, de paso, obligar al otro a que saltara también y no quisiera saber de mí en mucho tiempo. La artimaña dio resultado, y siempre me preguntaré porqué me especializo en creerme no merecer ser feliz junto a alguien. La vida nos pone a prueba constantemente, nos deleita con suma facilidad para ver hasta dónde somos capaces de soportar. Admito que esta vez la prueba fue dura. Excesivamente dura. Tanto que temí por el hilo de vida, por el hilo de consciencia que me sujeta al mundo. Tanto que temí romperme para siempre sin posibilidad de colocar cada una de las piezas en su lugar. Al no merecer ser feliz, dinamité con fuerza todo el edificio.

Por suerte ocurrió algún milagro y aparecieron los ángeles custodios. Un especial agradecimiento a B. y D. que agarraron mi mano en el último instante antes de que todo terminara en la devastación. Un especial agradecimiento a todos aquellos que en estos tres meses, como enfermeros del alma, estuvieron ahí, cuidando de mis heridas, lamiendo una por una cada llaga sin temor a contagio, sin reproches, sin juicios, sin culpas.

B. me abrazó tan intensamente que me rescató del abismo. Su amor y cariño, su paciencia en ese momento tan oscuro nunca podré olvidarlo. Me ofreció su palacio cuando no sabía donde ir, a quien acudir, a qué puerta llamar. Me agarró con fuerza medio moribundo. Lamió cada herida, me dio de beber y de comer día y noche, sanó un trozo de mi alma ausente. Cada vendaje, sin ella saberlo, iba recomponiendo ese crisol roto, desvalido, apagado. ¡Como agradecer lo que hizo en mí cuando me rescató de golpe de la noche oscura!

D. amasó fielmente la promesa de visitarme cada mañana y cada noche para que no desmayara en el camino. Nunca podré pagar lo que hizo en mí. Nunca había visto una fidelidad tan a prueba de bombas. Su paciencia, su constancia diaria, puntual y su viaje para estar toda una semana entera cuidando al enfermo obraron el milagro que faltaba para la resurrección. Su mensaje simulado fue claro: «levántate y anda». Y eso hice. Dejé de tener pesadillas, empecé a dormir bien, a comer bien, a retomar los hábitos, empecé a sonreír de nuevo.

Y el resto estuvo ahí, de forma intermitente pero constante, animando al moribundo en su resurrección, con suma paciencia. No puedo estar más agradecido, especialmente por aquellos que, después de tanto tiempo sin saber de ellos, ante la dura prueba, reaparecieron para sujetarme firme, para evitar que mi llama se apagara. Habéis sido tantos que no tengo espacio suficiente para nombraros uno a uno.

También estoy agradecido al Balneario. Un lugar sanador cuyo refugio y calma hace de estos momentos un tiempo irrepetible. Un lugar que me acogerá, al menos, hasta la próxima primavera, tiempo suficiente para haber sanado y tiempo suficiente para reorientar el propósito que la vida exige.

A los que hice daño, pido perdón con sumo respeto. Especialmente a ti, querida N. Nunca encontraré forma alguna de compensar todo lo que hiciste en mí, porque al romperme, me hiciste nuevo.

(Foto: El balneario, al fondo, hace unos días). 

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