Hacia la madurez interior


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© Arnaud Bathiard

“Al hombre le es confiado su propio camino interior y su obra visible. En el fondo de su Ser siente la necesidad y la bendición de un progresivo caminar en una madurez interior, sin la cual no es posible la paz”. Karlfried Graf Dürckheim

Cumplí años y sentí esa carga que uno puede atesorar con el transcurso del devenir. A veces se hace pesada. A veces nos enfrenta a la realidad inevitable de la muerte, siempre tan cercana, siempre tan amiga. No pensamos en ella ante el ruido colérico de la acelerada existencia. Pero nos espera paciente. También nos espera cada segundo de existencia, cada instante de vida. Cada momento es una oportunidad de aprendizaje, una puerta para hacernos mejores.

Ha sido cumplir años y sentir como ante las pruebas de la vida, uno solo desea empoderarse en el noble silencio, en el camino interior, en la paz. Cuando escucho ruidos, y quejas, ecos disonantes que centellean hacia todas partes, intento observar la escena, sin intervenir excesivamente en ella. Hoy fue un día de truenos y centellas. Había metralletas ruidosas que disparaban su carga pesada a todas partes. Intentaba respirar, intentaba guardar serenidad y beber de las fuentes del agua fresca y dulce. Me di cuenta de que la edad ayuda a observarlo todo desde la distancia, sin implicación emocional, al menos sin una pesada carga de implicación emocional.

Había un pequeño grado de decepción porque nunca fui amante del ruido. De pequeño siempre huía de los tonos disonantes, ya fuera mediante el llanto consolador o la lectura impulsiva de libros que pudieran distraer mi mente y mis emociones. A veces pienso que mi espiritualidad nació de esas huidas ante el ruido violento. Huidas hacia los libros o hacia la naturaleza. ¡Qué mejor refugio que la vida interior para no tener que enfrentarnos al exceso de dolor! Los libros y la naturaleza en conjunción siempre son fuentes de sabiduría y aliviaderos del alma.

Pero la vida interior no es solo un posible remanso de paz. La vida interior requiere enfrentarse a las crisis de todo crecimiento. Una forma de entrenamiento que nos pone siempre a prueba ante las pequeñas iniciaciones diarias. Abordar desde cientos de dimensiones posibles aquellas experiencias que la vasta actividad espiritual nos ofrece es todo un reto de consciencia. La inmensidad de esa experiencia es inconmensurable. Uno descubre que la paz es un punto de quietud necesario para poder enfrentar con coraje las fuerzas cósmicas que se desprenden ante la visión del que avanza hacia la cima, hacia la montaña angélica. Uno va desplegando ciertas alas poderosas a medida que la presión se vuelve cada vez más liviana.

La madurez humana es comprensiblemente tranquila. En ese sentido, siento como un descubrimiento este nuevo estado del ser. Dejas de tener prisas, ambiciones, necesidad de halagos o de demostrar nada. Ya no quieres éxitos personales, sino que te alegras de los éxitos ajenos y solo piensas en fomentarlos, apoyarlos, inspirarlos. Estos días pensaba cuantos viejos sueños me quedan por cumplir a nivel egoico y solo aparecían un par de ellos. A uno, le daré rienda suelta en septiembre: estudiar la carrera de filosofía. Siempre decía de mí que era un filósofo, pero a pesar de mis cientos de lecturas sobre la materia, me siento un pobre ignorante. Y desde muy pequeñito siempre soñé con ser filósofo, con estudiar filosofía y convertirme en un pensador. Tiene su misterio esotérico, pero también su sentido hermético.

Ser un pensador es un oficio importante. Sugiere pensar el mundo, y con ello, crearlo. Siempre pensé y sentí que de pertenecer a algún tipo de fuerza, la mía sería la de segundo rayo, la del rayo de amor-sabiduría. Quizás por eso siempre sentí la necesidad de estudiar la ciencia que ama la sabiduría. En septiembre me daré ese pequeño capricho. Como el estudiar no ocupa lugar, quizás conociendo más de cerca la obra de grandes personajes del pensamiento logre enraizar en mí un concepto más amplio y abarcante sobre el nuevo mundo. Será un gozo volver a estudiar y seguir aprendiendo. Nunca es tarde si la dicha es buena. Será un gozo volver a sentir que uno puede morir cada día y volver a empezar a la mañana siguiente.

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Mi arco en las nubes


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Con Geo en los alrededores de la cabaña, al fondo

Si quieres ver el arcoíris, tienes que mojarte, pensaba en el día de hoy mientras disfrutaba de los acontecimientos primaverales, exuberantes, pródigos. Cada vez que miro por las ventanas de la pequeña cabaña me fascino. Hoy no ha parado de llover. El fuego ardía en el hogar. La lluvia regaba el verde fosforescente y brillante de esta temporada. El bosque parece vivo, en movimiento constante, luminoso. Todo centellea alrededor, como si fuera una dimensión etérica, más de otro plano.

Los pequeños robles que rodean la circular construcción han asomado sus primeras hojas. Los protejo año tras año para algún día trasplantarlos. Los pajarillos de mil colores vuelan hasta el comedero, donde todos los días agrego alguna simiente. El amigo erizo, como todas las primaveras, y ya despierto de su perezosa hibernación, vuelve por las noches a degustar la comida de Meiga, la gata del lugar. Me gusta salir a saludarlo. Él se esconde entre sus púas, lo acaricio y sigue con su trabajo de pulir hasta el último cascajo de alimento mientras observa curioso mis movimientos.

En el atardecer, «entre lusco e fusco«, entre las nubes y el horizonte de la sierra de Édramo, se escapaban de repente algunos rayos de sol que botaban entre las copas húmedas y abrazaban las ramas extensas. Aún llovía en el crepúsculo hiperboreo cuando los fucilazos caían sobre la tierra húmeda. Salí fuera, buscando el sello de la alianza entre el cielo y la tierra, el arcoíris por tantos soñado. Cuando me di cuenta estaba todo mojado, pero feliz por el espectáculo viviente.

Me acerqué a la chimenea mientras me secaba el rostro con una toalla y miraba una a una todas las ventanas y sus espectaculares vistas. Me pellizcaba interiormente, sin creer que pudiera estar viviendo en este pequeño paraíso. Agradecía todo el esfuerzo anterior, todo el recorrido pasado. Mereció la pena los fríos inviernos, el agotador sufrimiento para levantar este rincón en el mundo, para restaurar una ruina compartida, para construir estas pequeñas cabañas a modo de humildes refugios. Agradecí profundamente a todos los que de alguna forma habían colaborado en la reconstrucción. A todos deseaba que pudieran disfrutar por muchos años de este lugar, de su memoria, de su belleza y esplendor. A todos tengo en mi corazón día tras día. Incluso aquellos que marcharon disgustados o tristes por esos roces que los malos entendidos o las diferencias siempre atraen. A ellos especialmente, con deseos de que algún día puedan volver desde una mirada limpia y desapegada. Aquí quedará siempre el abrazo cálido.

Siempre atesoro con indulgencia esa sensación de saber que todo este esfuerzo ha sido tan solo el inicio de un largo viaje. Mañana hará siete años que todo empezó en mi interior. Me fui a dar un paseo por el Camino de Santiago durante casi cuarenta días para celebrar así mi cuarenta cumpleaños. Aquí, en Galicia, en tierra celta y mágica,  encontré y sentí hondamente la llamada de este lugar, y aquí, a ciegas, sin miedo, me vine. Aquí vine a hollar el Sendero, más allá de las palabras, más allá de los mundos imaginados. Aquí vine a explorar la Puerta estrecha y a sentir en mis carnes lo que la palabra Servicio significa realmente. Aquí aprendí a vivir ampliamente, sin estrecheces.

Mañana es mi cumpleaños. Serán 47 años. Como esta vez no puedo viajar ni aislarme en ningún monasterio perdido, tocará celebración en la chozuela. Será una celebración humilde y silenciosa. Será un tranquilo paseo por esta nueva revolución solar que desea inundar de una vez la vida de paz y sosiego. Siento una gran serenidad interior y una gran claridad mental, como si pudiera ver sin miedo el propósito al que deseo dedicar los próximos años. Sí, puedo decir que durante estos años me he mojado, pero no ha sido en vano. Por fin puedo ver y disfrutar del arcoíris, mi arco en las nubes…

 

Mañana es mi cumpleaños…

Si quieres invitarme a tarta o pastel, puedes hacerlo aquí abajo…

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El utópico esbozo de un mundo por venir


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Hace cuatro años puse los primeros pilares de la que ahora es mi casa. Esto es solo un esbozo del mundo utópico que está por venir

Así lo definiría un tipo culto y sabio. Un esbozo utópico de un mundo por venir, una síntesis completa de aquello que aún no existe. Ya no soy un hombre típico y triunfante. Dejé atrás esas ansiedades de la personalidad. No por haber fracasado en esas empresas que uno siempre imagina exitosas, sino por haber encontrado una quietud perenne insoportable para lo nominal. Renunciar a los placeres de la personalidad, a las riquezas y a las posesiones no tiene ningún mérito. La pedagogía de este instante está más allá de cualquier deseo de poder o control. Vaciar esa parte de la vida es dejar espacio para que algo diferente se ubique en nuestro devenir. Es cierto que hay algo de disciplina en todo esto. Uno siempre debe apostar por lo que rige en su necesidad o en su corazón. Y el segundo camino, el del corazón, siempre requiere algún tipo de sacrificio. La necesidad siempre es admirable en cuanto a su infinita capacidad de subsistencia. Pero el corazón atraviesa lugares sombríos para llegar por fin a la meta que se propone. Y estamos en un tiempo sombrío, y mi alma me pide avanzar con prisa hacia lugares no comunes. Mi alma me pide que explore el mundo del mañana e intente arrancarle algún esbozo.

Buscar la perfección del espíritu mediante el estudio y la meditación, el servicio y la acción como vocación de animar a otros a vivir la vida desde un sentido más profundo es algo que nace siempre del corazón. Por eso la necesidad se aparta, la mente trabaja al servicio de esa luminaria sentida y la luz que viene desde lo más alto empieza a gobernar todo cuanto experimentamos. Sería, por decirlo de alguna manera, un anhelo que nace del espíritu y que atraviesa la materia para elevarla a una consciencia superior.

Habrá en un futuro una reacción espiritual a este mundo materialista. Eso será algo inevitable. Ahora vivimos en un afán de distracción total, de culto al entretenimiento y la posesión. De alguna manera, si estamos entretenidos y tenemos nuestras manos y corazones llenos de cosas estamos mansos, aturdidos, anulados. La servidumbre es perfecta en este estado de embriaguez. Somos felices porque podemos alcanzar cualquier meta en nuestra esclavitud disimulada, ya sea en lo real o en lo irreal. El pensamiento carece de pureza y lucidez y el diagnóstico futuro sobre nuestra realidad más inmediata no es muy esperanzador. De ahí la redención necesaria. De ahí el sublime esbozo donde poder acunar una vida espiritualizada más allá de este mundo superficial basado en pueblos que han perdido su fe, más allá de esta vida mecanizada y atomizada, superficial y sin escrúpulos. La decadencia moral que vivimos viene acompañada de un arte que ha perdido su sinceridad y significado, de una ciencia al servicio de la embriaguez. ¿Cómo darnos cuenta de todo esto si vivimos en la cárcel perfecta?

Por eso llegan las guerrillas espirituales, aquellos a los que Pablo se refirió como los nacidos fuera de la estación debida. Son una avanzadilla temeraria de exploradores, en palabras de Fortune. Aventurándose por delante del resto, esa avanzadilla explora ligeros de equipaje, los desiertos aún no habitados, las tierras espirituales aún no conocidas. Batidores solitarios que deambulan, muchas veces a ciegas, sobre el utópico esbozo de un mundo por venir. Vigilantes silenciosos, observan la mejor manera de traer la nueva buena, y buscan, a riesgo de su propia vida, fórmulas para el despertar general, para poner al ejército humano en marcha hacia el nuevo mundo. Los exploradores tantean el nuevo mundo y traen el jugo de esa tierra como muestra de realidad futura. Y sí, ese mundo es espiritual, irremediablemente. De ahí que la llamada, nacida de lo más profundo del corazón, haga de la aventura una fórmula de vida necesaria.

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Libros, esos imprescindibles puntos de luz


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«No entres dócil en esa buena noche, la madurez debería arder y sentir ira al finalizar el día; ira, ira contra la muerte de la luz». Dylan Thomas

Tu palabra es una lámpara bajo mis pies, decían los Salmos. Desde que salimos del primitivo barro nuestro grito más profundo siempre ha sido, ¡más luz! Estas palabras os sonarán porque alguien inculcó esa necesidad dentro de nosotros. Algo sembró esa necesidad de más luz. La meritocracia fracasó cuando nos alejó de la luz. La generación más preparada de nuestros tiempos se ve de bruces con su afinamiento, con su falta de adaptabilidad, con una visión apagada con respecto al futuro por falta de lucidez.

En mi privilegiada posición veo oportunidades para el cambio, para la luz. Oportunidades para alcanzar un nivel de consciencia colectivo más elevado… ¿Qué ocurre cuando dos brasas se unen incandescentes? Coyunturas para caminar en una dirección a sabiendas que entre el mar y las altas montañas de cualquier aspiración individual y grupal se encierran bosques frondosos plagados de senderos. Las cumbres siempre son eternas y luminosas. El camino siempre se expande hacia lo alto, hacia la luz de la memoria. “Cuando de un distante pasado nada prevalece, cuando los hombres están muertos, las cosas rotas y destruidas aun solas, más persistentes, más leales el olor y sabor de las cosas permanecen suspendidos durante largo tiempo como almas dispuestas a recordarnos, esperando ansiosas el momento, en medio de la ruina y destrucción. Y en la diminuta gota de su esencia casi sin sustancia, llevan resuelta la vasta estructura de la memoria”, nos decía Marcel Proust.

Hoy es un bonito día de primavera donde el sol ha golpeado con suavidad las copas de los árboles, ahora brillantes con sus nuevas hojas, con sus relucientes trajes de gala recién estrenados en este sueño circular. Dan ganas de sacar uno a uno a bailar en este frondoso bosque anclado en estas hermosas montañas. Además, es el día del libro, un gran día para muchos, especialmente para los que nos dedicamos a su creación y construcción, para aquellos que gustan de leer a los grandes maestros y genios de las letras. “Las torres que coronan las nubes, los bellos palacios, los solemnes templos. El gran globo mismo. Sí, con todo lo que contiene, se disolverá; este desfile insustancial no dejará ni una huella detrás. Estamos hechos de la misma materia de los sueños y nuestra breve vida cierra su círculo con otro sueño”. Así lo expresaba Shakespeare, todo es como un sueño.

Como escritor y editor podría decir muchas cosas. Podría hablar del último libro que he perdido, un gran y profundo ensayo escrito en más de doce lenguas, un misterio inalcanzable para la mayoría, una de las obras más bellas que jamás haya tenido entre mis manos. Una fuente de luz y conocimiento, de experiencia y crecimiento. Ese libro hubiera sido un gran compañero de viaje. Hubiéramos alcanzado la plenitud del “lenguaje verde”, con un poco de esfuerzo, incluso la plenitud de las lenguas no escritas.

Pero la vida siempre nos arrebata aquello que más deseamos. El deseo siempre nace del espejismo de las cosas. Por eso lo que no es real termina desapareciendo de nuestras vidas, tarde o temprano. Y ese libro no era real, era solo una ilusión, algo que se adaptaba perfectamente a mis estanterías, tan plagadas de obras extrañas, pero de un material tan inestable como inexistente. «Guía, brillante luz a través de la oscuridad circundante, ¡guíame tú para seguir! La noche es oscura y estoy lejos de casa. ¡Guíame tú para seguir. ¡Despierta y brilla porque tu luz está aquí! La luz es conocimiento, la luz es vida, la luz es luz.» Decía Chris en Doctor en Alaska.

Los libros sin duda, como las personas que elevan su mirada a la aspiración más pura y trascendental, son puntos de luz. Han pasado más de catorces años desde que decidí conscientemente dedicarme a editar libros. Me parece una de las profesiones más bonitas de todas. Los libros son mundos, universos hacia otras dimensiones desconocidas. Son el alma de nuestras gentes, de nuestros pueblos, de nuestras tierras, de nuestro tiempo, de nuestra cultura, de nuestras creencias. Dediqué muchos años a dar voz a esas gentes, a esos pueblos, a esas historias de vida que surgían como una emoción que requería una visión antropológica generosa, viva, afectiva.

Los libros embellecen lo tribal, pero también lo engrandecen hasta poder trascenderlo. Cuando lees, viajas, y cuando viajas, eres capaz de elevar tu experiencia humana hacia otros confines. James Joyce lo expresaba de forma hermosa: “bienvenida oh vida, voy a encontrarme por milésima vez con la realidad de la experiencia y a forjar en el yunque de mi alma la todavía no creada conciencia de mi raza”. La realidad de la experiencia es labrada por la guía de los libros. Los libros nos invitan a lanzarnos a la vida, a llenarnos de vida. Cuando sabemos leer un libro, sabemos que lo siguiente es vivirlo en nuestra experiencia humana, lanzarnos a experimentar la palabra para convertirla en verbo viviente.

En los libros labraron la palabra de Dios, las aventuras de los antiguos, imaginamos los templos y los pueblos salvajes. Los libros nos trasportaron a balnearios que jamás visitaremos, a lugares imposibles, a agujeros que nos llevaban, persiguiendo a cualquier conejo, a recovecos imposibles. La existencia es lo único que está en proceso de existir, decía el filósofo Kierkegaard. Ocurre lo mismo cuando leemos un libro que nos lleva a lugares insospechados.

La lectura y la escritura son siempre fuentes de inspiración. Nos elevan a esas cumbres, nos ensanchan el corazón, nos llenan de intuiciones que hacen que nuestro camino se esclarezca. Un libro es un punto de luz, una fuerza, una energía que muchas veces representa, simbólica y realmente, algo mayor. Algo que es lanzado con fuerza, algo que es proyectado hacia otro lugar.

Ahora que el libro está pasando por momentos difíciles, recordemos las últimas palabras de Goethe: ¡luz, más luz! Más luz, más puntos de luz, más vida, más experiencia, más consciencia grupal, más amor, más sueños…

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Día de la Tierra


 

Acabo de ver El Planeta de los Humanos, de Jeff Gibbs. He hecho un donativo simbólico porque me ha parecido un buen documental. Eso me ha recordado la importancia de los pequeños gestos para cambiar el mundo. El planeta agoniza, nos dicen. Biológicamente hablando, la población mundial es insostenible. Si seguimos con nuestros estándares de consumo, el planeta de agotará en pocas décadas. Sabemos que a nivel mundial, los gestos son necesarios, pero lentos. Por más que la industria mundial cambiara de repente sus paradigmas de construcción y logística, no sería suficiente. Entonces la pregunta siempre queda en el aire: ¿qué se puede hacer?

La revolución será radical o no será. Y la radicalidad empieza siempre por nosotros mismos, por cada uno de nosotros. No basta con esperar a que los otros hagan algo. No basta con esperar a que las grandes potencias mundiales encuentren la fórmula mágica para redimir la catástrofe. Debemos empezar, urgentemente, a alinearnos con gestos, gestos inequívocos, gestos que ayuden a regenerar el planeta.

Ya lo he dicho muchas veces y nunca me cansaré de decirlo. El primer gesto urgente pasa por la forma que tenemos de alimentarnos. Es radicalmente importante e imprescindible que adoptemos una dieta sin carnes, sin pescados, sin animales. Además, es radicalmente importante cambiar nuestro consumo alimentario por uno más saludable y equilibrado. Cambiar la dieta, y nuestros hábitos de consumo es un primer paso para revertir el daño que estamos causando a la Tierra.

Otro cambio radical es nuestro modelo de vida basado en el consumo. ¿Qué más cosas vamos a consumir en los próximos diez, veinte o treinta días? ¿Qué más cosas necesitamos para mantener nuestro ritmo de usura, de egoísmo y de vida basada en el glamour, en el espejismo de las cosas? ¿Cuántos más coches necesitamos, cuántas más mudas de ropa, cuantos más objetos inútiles almacenaremos en nuestras casas?

Aún si cambiáramos todo eso, no sería suficiente. Nuestro modelo de organización social está saturado. Nuestro paradigma basado en un capitalismo ciego y desmedido cuyo lema es el crecimiento está obsoleto. Aún cambiando nuestros hábitos de consumo, de alimentación y aún cambiando de paradigma, no sería suficiente. Entonces, ¿qué más hacer?

Debemos radicalizar nuestro discurso, nuestra visión, nuestros estilos de vida. No es cuestión de poner parche tras parche para tener nuestra conciencia tranquila. Hay que radicalizar aún más nuestras existencias. Sobre esto no puedo dar guía porque mi vida es excesivamente radical, y soy consciente de que no soy un buen ejemplo para la mayoría de la gente. Quizás, en esa radicalidad, solo puedo mandar un mensaje radical y urgente. Despejar las dudas, aclarar conceptos, comentar los avances, los fracasos y los pequeños éxitos. Poco más se puede hacer en estos gritos en el desierto, más que cumplir responsable, activista y comprometidamente con nuestra parte.

Puedo decir que lo ideal es crear pequeñas islas, pequeños laboratorios de experimentación donde por un lado se puedan limitar los recursos y por otro, se obtenga un beneficio común. Puedo decir que un grupo de diez o veinte personas pueden buscar una fórmula de vida alternativa fuera de las ciudades e intentar el ideal de ser autosostenibles, haciendo que su huella ecológica sea mínima y su impacto imperceptible. Podría hablar del decrecimiento, de la austeridad voluntaria o de la necesidad de simplificar nuestras vidas hasta la mínima expresión, disfrutando de las experiencias y no de las cosas. Podría incluso atreverme a señalar que es hora de espiritualizar nuestras vidas hacia valores elevados, dejando atrás las pequeñas batallas de la personalidad y el ego y abrazar de una vez el sagrado lazo místico que eleva nuestra consciencia aún animal hacia estamentos mucho más profundos.

Podría decir muchas cosas, pero quizás ya sea demasiado tarde…

Un mundo discontinuo. Paisajes entre la acción y la retórica


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© Fabienne Bonnet 

Es complejo, muy complejo, hacer desde la integridad lo que uno siente, piensa, le anima y empuja a actuar. Como seres humanos, somos un corolario complejo. Siempre recibimos injerencias de muchos caudales que escapan a nuestro control. Somos seres multidimensionales que se mueven en una limitante esfera llena de pequeñas esferas materiales, etéricas, emocionales y mentales complejas. En esas cuatro dimensiones conviven además no solo aquello que nace de nosotros, sino la herencia ancestral de todos nuestros antepasados, cada uno con su propio aspecto lógico e ilógico. También aquellos que nos rodean y de todo aquello que nos alimentamos. No me refiero estrictamente a lo que ingerimos como alimentos materiales, sino también a lo que respiramos del ambiente en el que vivimos y de los otros, sus ánimos, sus emociones, sus pensamientos: todo aquello que soportamos y que no nos pertenece, pero que nos configura como seres humanos y sociales.

Y luego las circunstancias, que decía Gasset. Nosotros, con toda nuestra carga onírica, psíquica y emocional, con toda nuestra herencia y con todos aquellos que nos rodean interaccionando a la vez, añadiendo ahora la gota de las circunstancias, a veces extrañas, a veces rutinarias, a veces extraordinarias, dependiendo de en qué tipo de dimensión nos movamos.

Si nos movemos en una dimensión estrictamente material, nuestras vidas son rutinarias, basadas en la subsistencia, sin mayor aliciente que proteger nuestra seguridad vital. Si nos movemos por una dimensión más etérica, energética, la estética y la salud serán para nosotros algo importante y relevante. Seremos como torbellinos de viento que van de un espejo a otro mirando como agradar, como mantener la joya de la ilusión siempre brillante, mantenida siempre por nuestros estados de ánimo.

Los que viven en dimensiones más emocionales centran la vida en lo referente a la familia y su protección. También en sus traumas, en sus desequilibrios (todos estamos de alguna forma desequilibrados emocionalmente), en los miedos y en la gestión de la rabia inoculada durante millones de años de violencia y ardor fanático. Elevar las emociones desde una dimensión astral baja (rabia, miedo, frustración) a una dimensión astral superior (belleza, amor, alegría) es complejo. Hay escuelas y movimientos que nos ayudan a gestionar las emociones y nos ayudan a ejercer cierto control sobre las mismas. Superar el trauma del mundo de los deseos equivale a la imagen de un Cristo caminando sobre las aguas. Es una imagen hermosa que nos dice que nuestra labor como seres humanos es desentrañar los misterios de ese mundo, de esa dimensión, y caminar sobre ellos. Las emociones siguen siendo nuestro gran reto como seres homo-animales. Su gestión sana y madura seguirá siendo un trabajo interior importante.

Y luego están los que viven en el mundo de las ideas, en la mente fría, en la retórica intelectual, muchas veces aislados por lo que ellos llaman la incomprensión del mundo, la falta de sentido, la nulidad de las cosas. Vivir aislados en esas prisiones conceptuales es también una enfermedad que hay que tratar, porque el intelectual que se cree único y cercano a la verdad, es como el enfermo que piensa que ningún doctor podrá sanarle porque su enfermedad es única. Un intelectual anclado en el orgullo espiritual es como una persona anclada únicamente en el materialismo reducido al consumismo. Es una tara del alma, un error de programación. Es un ser incompleto porque no es capaz de abrazar sus otras dimensiones desde la sana apreciación, ni integrarlas en la suma de las partes, eso que vagamente llamamos alma.

Al estar ofuscado por su propia luz, es incapaz de ver la luz del mundo, y por lo tanto, es incapaz de ejercer control sobre los acontecimientos que se expresan en su realidad para hacerle avanzar. Al no tener dominio sobre uno mismo ni sobre sus dimensiones, no tiene dominio sobre su vida. Aferrado a su ombliguismo, morirá en una postura fanática y sola. Nuestra marca personal, el personal branding inglés, ejerce una huella en los demás, y debemos aprender a gestionar esa huella para no convertirnos en yoes asociales, inútiles o despreciables. Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano, nos recordaba lúcido siempre Goethe. Nunca podremos separarnos del mundo porque el mundo, por más que nos pese, está dentro de nosotros. Es la realidad mágica del holograma, y no podemos escapar a ella. Pero sí se nos invita a participar activamente en ella y desvelar con ello sus secretos, sus puertas de entrada y salida, sus regueros invisibles.

Entre la acción y la retórica hay un largo camino donde poder completar con éxito todas estas dimensiones. Realizadas y completadas, el vasto mundo de la experiencia espiritual nos espera. O lo que es lo mismo, si somos capaces de completar nuestras dimensiones personales, seremos capaces de vivir la vida real, amplia y extensa. Entonces vemos. Vemos el mundo completo, vemos la vida completa.

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Veré a Dios en mi carne


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© Noell Oszvald 

Sujetos a la extraña sensación de estar vivos. Amarrados al instante presente. Anclados en los puertos de nuestro hogar. Suspiro. Hacer penetrar el aire hasta lo más profundo. Inhalar. Dejar que entre la memoria de los tiempos en cada inspiración, de los tiempos akásicos, del imperio de lo desconocido. Tiempo único. Atrapados en nuestro silencio. Varados en los acontecimientos. Qué extraordinario poder surcar ahora los mundos desde un sillón que se hace ancho, eterno. Qué inimaginable momento para expandir nuestra mente, para abrirla más allá de las pequeñas distracciones diarias, para sacarla de nuestra ridícula pequeñez y volverla bondadosa, amplia, incesantemente etérea. Qué valiosa oportunidad para desarrollar aquello que nos comunica directamente con la creación, con lo abstracto, con el misterio, con lo Otro.

La imaginación es el puente, la herramienta, el antakarana. Es capaz de producir paisajes, mundos, vidas, universos. Algo así ocurre con la música, vehículo de comunicación, lenguaje angélico por pocos comprendido. Es capaz de elevar nuestra consciencia hacia las puertas del cielo, hasta los confines de la galaxia. Imaginar es sentir cómo las fuerzas vivas que imperan en el orbe se transmiten hacia nuestras profundas existencias. Imaginar es mover y conmover las energías que atesoran los glaciares, las montañas, los bosques.

Respira. Atesora. Expande.

¿Cómo imaginamos nuestras vidas? ¡Qué oportunidad más grande para volver a empezar! ¡Qué momento más oportuno para expandir nuestra existencia! ¿Acaso después de este silencio no habrá en nosotros una nueva era? ¿Acaso nos quedaremos amasando añoranzas pasadas cuando el universo entero se desvela ante nosotros? Aún estamos a tiempo de nacer dos veces. De volver la mirada al infinito. Musicalmente hablando, es como abrazar el mundo más allá de los velos, más allá de las sombras de nuestra limitante y ridícula existencia. La imaginación, musicalmente hablando, es entrar en el gozo, en la belleza, en la plenitud. “Veré a Dios en mi carne”, decían los profetas. Eso es lo que ocurre con la imaginación, con la música, con el deleite, con la contemplación. Eso es lo que ocurre cuando entregamos nuestras vidas a aquello que no nos pertenece. Esto es un misterio, es el sacrificio de nuestro egoísmo para adentrarnos, ya casi sin equipaje, en lo abstracto de la vida.

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¿Cómo sobrevivir a las futuras crisis?


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La crisis de 2008 y la crisis de 2020 están siendo oportunas para plantearnos a nivel individual y colectivo cientos de premisas que ya fueron puestas en duda durante décadas. Las utopías del pasado han intentado siempre buscar modelos que produzcan una convivencia armónica entre el individuo, los grupos y la naturaleza. Hoy nos preguntaban de qué manera nosotros como grupo, como pequeña comunidad, podemos hacer frente a la crisis, y enumerábamos unos puntos que nos parecen esenciales para crear un nuevo paradigma. Desde nuestro pequeño proyecto, estamos buscando la fórmula esencial para emancipar al individuo sin que ello repercuta en su falta de libertad y seguridad material ni tampoco en el aumento de su huella ecológica. Algunos puntos importantes a destacar son los siguientes:

a) No existe la propiedad privada. El lugar pertenece a una fundación que de forma generosa reconoce la necesidad de privacidad de los individuos, ofreciendo espacios de uso privado. Las personas son libres de estar aquí el tiempo que quieran sin necesidad de arraigo. La no propiedad privada crea un sentido de libertad interior que permite mirar el futuro desde la libertad absoluta, el desapego y la emancipación individual.

b) No pagamos hipoteca, alquiler o cuota por el lugar donde vivimos. Esto nos resultaba clave para poder emancipar al individuo y así dedicar el tiempo a la interiorización y a la búsqueda personal de nuestros dones y talentos.

c) No pagamos agua ni electricidad. Por fortuna, somos independientes en cuanto a recursos de este calado. El agua fluye de un manantial propio y la electricidad la generamos con una instalación de placas solares. El reto futuro es poder emanciparnos también en cuanto a la movilidad necesaria, mediante la adquisición de algún vehículo eléctrico.

d) Colaboramos unas tres horas al día (unas quince horas a la semana) en tareas colectivas y el resto de tiempo es para nosotros. Esto produce un sentimiento de permanencia grupal, pero también la posibilidad de dedicar mucho más tiempo libre a nuestros asuntos personales. Hemos roto con la antigua división del trabajo, su servidumbre y con la antítesis entre trabajo mental y físico. Intentamos gozar del trabajo desde la concepción de ser útiles a los demás, y por lo tanto, desde una idea de servicio continuo y labrado bajo la base de la sencillez y el amor compartido.

e) Hemos colectivizado los medios de producción y las herramientas, lo cual repercute en un ahorro considerable. ¿Para qué tener doce lavadoras o doce taladros? Con una herramienta para todos es suficiente.

f) Estamos intentando implementar entre nosotros la renta básica universal. Este es un reto futuro que pretende el que podamos, gracias al trabajo colectivo, disponer de un dinero de bolsillo para nuestros gastos personales. Estamos ideando fórmulas para generar recursos sin depender de terceros.

g) La comida (cuasi vegana) está colectivizada y es gratuita, por lo que a nivel individual no pagamos comida.

h) No ingerimos ningún tipo de drogas, tabaco o alcohol, con el ahorro que eso supone para los bolsillos y para la salud.

i) Nos aferramos a la idea del apoyo mutuo y la cooperación como esencia del proyecto.

j) Nos basamos en la economía del don con el lema “deja lo que puedas, coge lo que necesites”. Seguimos la idea o uno de los principales aforismos del socialismos utópico: «de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades».

k) Disfrutamos de una naturaleza hermosa y exuberante, lo que ayuda a levantar el ánimo y a disfrutar de la vida de forma armoniosa y plena.

l) Basamos nuestra filosofía de vida en el decrecimiento y la simplicidad voluntaria. Esto lo hacemos por nosotros y por el planeta. Hay una necesidad colectiva de romper con la visión del crecimiento para evitar el derrumbe de nuestra propia civilización.

m) Nos autogobernamos por acuerdos y principios simples que se rigen por consenso jerarquizado. La jerarquía está establecida únicamente por el grado de compromiso y responsabilidad de cada individuo.

n) Tenemos la necesidad interior de espiritualizar la vida. Al hacerlo, nuestras vidas pasan de ser ordinarias y se transforman en extraordinarias. Pasamos a maravillarnos por las cosas cotidianas, por el paisaje, por las relaciones. La magia de la vida se transforma, ante esta mirada, en una vida milagrosa, entendiendo que todo cuanto ocurre a nuestro alrededor forma parte de un ciclo maravilloso de acontecimientos profundos y verdaderos.

Sea como sea, todo esto está en fase experimental. Interiormente sentimos que son puntos importantes a nivel material, pero no suficientes. Aún debemos profundizar más en temas como la motivación, el entusiasmo, la alegría, la necesidad de pertenencia a un propósito individual y colectivo, la búsqueda de visión y la práctica espiritual como forma normalizada en nuestras vidas individuales y grupales. En ese aspecto queda mucho por hacer. Y este, quizás, sea el reto para afrontar futuras crisis. Nuestra responsabilidad no pasa más allá de poder intentarlo. Al hacerlo, de alguna forma es COMO SÍ ya existiera. El esfuerzo de este tiempo será apreciado, quizás, por generaciones futuras, y nuestros errores y aprendizajes servirán de base para mejorar el experimento.

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Aislados del aislamiento


o couso progreso 5 abril 2020

«¿Puedes dudar de que hasta el trabajo más penoso se volvería un placer, en vez de la abominable esclavitud que es actualmente, si sólo se requiriesen tres horas diarias bajo condiciones más saludables e higiénicas y en una atmósfera de fraternidad y respeto para con tu trabajo?» Alexander Berkman

Estos días nos llaman de algunos medios para interesarse por nuestro aislamiento. La verdad es que somos unos auténticos privilegiados. Tenemos comida abundante, tenemos un hogar modesto, pero del cual no tenemos que rendir cuentas a ningún casero ni hipoteca. Es cierto que nuestros recursos son limitados, pero no tenemos que pagar luz ya que utilizamos un rudimentario sistema de placas solares y no tenemos que pagar agua ya que bebemos de nuestros propios afluentes. Cuando tienes prácticamente todo cubierto, al menos todo lo necesario para una vida digna materialmente hablando, ¿a qué más se puede aspirar? Necesito poco y de lo poco que necesito necesito poco, nos decía San Francisco. Siendo así, que es nuestro caso, ¿a qué dedicar todo nuestro tiempo?

A la ingente tarea de compartir. A la inmaculada faena de expresar generosidad. Trabajamos como nadie para que este lugar esté cada día más hermoso y acogedor, para que otros afortunados, ya sea por un breve periodo de tiempo o por un tiempo prologando, puedan disfrutar de este privilegio. Realmente hablamos de privilegio cuando todo esto que aquí expresamos como algo utópico debería ser algo normalizado. La constitución lo dice claramente: tenemos derecho a una vivienda digna, a un trabajo digno, en definitiva, a una vida digna. No deja de ser un brindis al sol cuando eso no ocurre con todo el mundo. Lo vemos especialmente en este tipo de crisis, en los desahucios que tristemente han ocurrido en estos años, en personas que no tienen para comer en estos días (véase lo ocurrido en el sur de Italia).

Aquí vivimos en un nuevo paradigma. No centramos nuestras vidas en lo material. Nos conformamos con poco a cambio de poder compartir con alegría aquello que tenemos. Realizamos un trabajo común no para nosotros, sino para que otros lo disfruten. A nosotros nos basta con la alegría del compartir. Quizás en un futuro, en ese posmodernismo emancipador del que hablan algunos autores, la vida será un regalo que admiraremos con delicada observancia. Una vida a la que dedicaremos más tiempo a compartir que a atesorar. Nos daremos cuenta de que al otro lado no podremos llevar más que aquel bien que hayamos dejado en el mundo. La generosidad será moneda de cambio en el otro lado. También algún día en este mundo que pretende ser más justo, equitativo y de alguna forma, espiritual.

Aquí seguimos bien, con nuestras rutinas, sin estar excesivamente aislados excepto con esa sensación extraña de no poder coger el coche y no poder escapar a ninguna parte excepto a los bosques y prados y montañas contiguos. Estamos sanos y alegres, y con eso nos basta. Todo lo demás vendrá por añadidura. Mañana volverá a salir el sol, incluso aunque den lluvia.

El Cristo de la era de Acuario


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Esta tarde planificando las obras de un nuevo templo para un nuevo tiempo

«Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos». (Mateo 24:23-24)

Esta debe ser la primera vez que no se celebra en todo el mundo la muerte y resurrección de Jesús el Cristo, según la tradición de la Pasión y la Semana Santa. Es un dato muy significativo, especialmente para aquellos que aluden a la precipitada venida de una nueva era. Según algunas tradiciones, estamos entrando en la Era de Acuario, en la era del séptimo rayo, en el Plano del Espíritu Abstracto, dejando atrás la Era de Piscis, cuyo representante principal fue Jesús el Cristo. La sexta era, el Plano del Espíritu Concreto, estaba conectada con el mensaje simiente del amor, la verdad, la bondad y la pureza que Jesús representaba.

El maestro de maestros, encarnado hace dos mil años, vino a ejemplificar con su mensaje y su vida uno de los momentos más cruciales de aquel tiempo. Su sacrificio y su crucifixión supuso la limpieza de todo el karma de la era anterior. Según las leyes de compensación, el llamado Salvador pactó su sacrificio con el Alma-Colectiva del Mundo. Al final de cada era, al final de cada fase de evolución, se realiza un gran sacrificio que viene a representar una especie de gran limpieza colectiva. Una especie de punto y aparte, de vuelta a empezar, de volver a intentar el progreso desde otra perspectiva, con una energía renovada, pura y limpia. En aquellas horas de la crucifixión de Jesús el Cristo, el pecado y el sufrimiento que habían quedado como residuos de aquella fase de la Evolución, en aquel entonces la Era de Aries, son realizados y consumados. Era el sacrificio simbólico de Aries, el carnero, y el comienzo de la nueva era de Piscis. Jesús el Cristo, con esta muerte, se convirtió, según nos cuenta la tradición, en el Logos planetario, en el Redentor de esa era. Las palabras que la tradición cristiana repite como una retahíla, «Jesús, tu que quitas el pecado del mundo», tiene mucho significado profundo.

Si Jesús el Cristo vino a representar al mundo Occidental, el próximo Gran Instructor Mundial, el cual liderará la próxima raza raíz, no tiene nada que ver con la civilización Occidental, la cual, según algunas señales, parece que se está desmoronando y llegando a su cénit. Según nos cuentan, la Segunda Venida o Adviento de Cristo no será en un cuerpo físico, sino en el nuevo cuerpo del alma de cada individuo, fusionado en el plano etérico del planeta, lugar donde cada persona «será atrapada en las nubes para encontrarse con el Señor en el aire«.

Sea como sea, estemos o no en el final de los tiempos, en la parusía esperada, no deja de ser paradójica la idea de que por primera vez, no sería de extrañar que por primera vez en la historia, nadie esté celebrando colectivamente la Pasión de aquel que quitó los pecados del mundo (del mundo de Aries). ¿Será esta la señal del inicio de la siguiente era, la de Acuario, la era del Saber? ¿Habrá más señales en los próximos años? Y ante ello, ¿qué debemos hacer si algo ocurre de verdad?

Algo nos dice que será muy complejo regenerar esta civilización. Aún así, algo nos empuja a ello, a incidir en esa regeneración, a no perder ni un ápice de esperanza, a no desfallecer ni perder el ánimo. Más allá de todas las creencias, estemos o no ante el final de un tiempo, de un paradigma, de una forma de entender el mundo, debemos empezar a experimentar con nuevas fórmulas, con nuevos métodos de interrelación humana. Seguramente estamos en los tiempos de los falsos profetas, pero aún así, debemos alzar la mirada y contemplar el milagro de la vida como una oportunidad para redimir nuestras vidas, día a día, paso a paso, esforzándonos a cada instante para ser mejores.

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Recordar de nuevo…


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© Martin Rak

«Sabiendo Él que el Padre lo había puesto todo en sus manos, y que como era venido de Dios, a Dios volvía…» Jn 13, 3.

Jueves Santo. La cena. La eucaristía. Luna llena. Quedamos a las cinco para hablar. Ella desde las Tierras Altas y yo desde los Bosques y la Montaña. El desierto quedó atrás. La visión ahora es diferente, más propicia para el recuerdo. Encendemos la vela, invocamos y meditamos durante unos minutos desde la lejanía, pero cercanos en el lazo místico. Mi barba ha crecido, su luz también. Nos reconocemos y nos inclinamos respetuosos ante la grandeza de lo desconocido, ante lo sublime de lo oculto, ante el Misterio inagotable. Durante más de dos horas tejemos de nuevo la madeja. Siempre estuvo ahí, nada había cambiado desde tiempos inmemorables. Solo teníamos que volver a recordar, como en aquellos días de hace siete años, que tanta gracia y lucidez llegó a nuestras vidas y tantos miedos fueron vencidos.

Era cierto que habíamos sellado un pacto invisible. Solo había que mirar las señales, la fluidez de los acontecimientos, el arquetipo expresado sin mácula. Sólo había que mirar a nuestro alrededor y las alianzas expresadas por ese innegable arco celeste resurgía tras cada lluvia, tras cada duda, tras cada deseo. El lenguaje de los pájaros se convirtió en Simorg. Era inevitable, era necesario y urgente. Perseverancia era la consigna para resistir a los tiempos, a los envites, a las pruebas, a este tiempo oscuro. Los trabajos nos llevarían al punto en el que ahora nos encontramos, a la ataraxia de la que ahora disfrutamos. Las pruebas, al menos las más complejas, fueron vencidas. Se creó el mito fundacional, se ancló y consagró el puente, se encendió la llama del séptimo rayo como promesa de futuro. La luz fue resguardada y protegida.

De alguna forma nos convertimos en gente-simiente de la nueva raza, del nuevo ciclo, y por lo tanto, estamos convocados a crear ese nuevo ideario, a sabiendas de que no podremos mitigar la degeneración del antiguo sistema, de la ya vieja civilización. Se nos dice una y otra vez que debemos actuar con urgencia en la creación de islas, de remotas colonias o comunidades donde vivir allí la expresión de la nueva era. Se nos invoca e invita a no participar en el cénit de lo conocido, sino de dar verbo y vida a lo que debe llegar. ¿Cómo hacer eso ante nuestra propia ceguera, torpeza y falta de habilidad? ¿Cómo es posible sentir con tanta fuerza la llamada y a veces no atrevernos a asomar nuestros corazones ante la posibilidad de participar en ella?

Los aliados están dispersos. Pero de nuevo se repite el mantra: perseverancia. Recordar de nuevo, concentrar, actuar. Esto requiere de inevitables sacrificios. La personalidad y su vida pasada deja de tener importancia. La vida del alma se expresa entonces con fuerza y pide paso. No estamos seguros de nada, seguramente nos equivocaremos una y otra vez, pero se nos pide firmeza y perseverancia. El oro se precipita a partir del éter si la intención es verdadera. Si el propósito se ajusta al nuevo ciclo, al nuevo torrente de vida, todo se ordena para que suceda.

Hace falta una triada. Nada perdura si no es consumado en lo trino. Ese trino se convierte en justo y perfecto cuando la logia se completa con siete miembros. Entonces se abre los trabajos y la bóveda celeste se precipita ante la resurrección de los misterios. Todo eso debe ocurrir, pero no antes de que se complete y ancle definitivamente el tres. El siete llegará a su tiempo, y también el doce. Pero no antes de la resurrección del tres. Por eso hoy era un día señalado, un día justo y perfecto para reconectar nuestras almas y proseguir con la labor encomendada. Hoy era un día justo y perfecto para seguir colaborando con la Gran Obra.

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Viviendo la ataraxia


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Un conocido escritor premio Planeta me pide que escriba artículos para su nuevo proyecto. Una fundación con sede en Londres me solicita un escrito. Me llaman de una productora para no se sabe qué después de atender a no sé cuantas entrevistas, y a mí lo único que me apetece en estos días es estar recluido, leyendo, contemplando, observando. Además con la grata sensación de experimentar un cambio hermoso, interior. Uno de esos que te conectan aún más con la esencia de lo que realmente somos. Lo epidérmico ya no me apetece, excepto para enmarcar algunos mensajes ocultos tras estas letras de aficionado a la escritura. Hablar de mí, hablar de mi vida, es solo un marco, un testimonio, como dirían los antiguos, para hablar realmente de aquello que habita en mí, de aquello que da sentido a mi vida. Si fuera un efervescente cristiano diría que lo que habita en mí es el Reino de Dios, el Cristo. Un estado de ataraxia, donde la tranquilidad y la paz interior me invaden.

Sólo tengo que mirar a mi alrededor y darme cuanta que tras las pequeñas paredes de esta apacible cabaña solo hay pura naturaleza. Árboles majestuosos, praderas cargadas de flores, cielos azules adornados con horizontes imaginados. A veces pienso que todo es fruto de un resplandor, de un delicado perfume que se instala en el contorno y que proviene de altas esferas. Cuando miro más afuera y veo como todo se desmorona puedo sentir cierta incomodidad existencial. Pero mi misión no es alimentar ese miedo, ese derrumbe, sino poner las bases para aquello que ha de venir. Implementar los cimientos de ese nuevo mundo inevitable. Si allá fuera todo se acaba, aquí dentro deben renacer pequeñas colonias, pequeñas comunidades que salvaguarde el conocimiento e implemente las herramientas apropiadas para la construcción de lo nuevo.

Alguien que estuvo aquí viviendo tres meses difíciles con su familia en otoño escribió ayer un bonito texto que con su permiso comparto. Lo hago porque en sus palabras rechina con fuerza esa apreciación de lo nuevo, ese argumentario necesario de lo que viene. Por favor, no os quedéis con el marco. Mi persona, mi personalidad es solo un pequeño vehículo que alberga el testimonio. Un pequeño marco. Lo importante es la imagen de fondo. Gracias querido R. por tus sentidas palabras. Gracias por ser testigo y testimonio de la simiente. Aquí os dejo, con cariño, el texto:

Hola Javier!

Llevo días buceando en tu diario, en tus textos, en tus escritos, en tu idea utópica llevada a cabo. Oliendo tu rastro, midiendo centímetro a centímetro cada paso. Exégeta de tu abecedario velado; la L, la R, la B, la M, la MC. Un complejo juego descifrado. Un antropólogo espía, un detective privado. He estado en tu Camino de Santiago, en los albergues, en tus miradas, y en tu cansancio, y en tu volver a ponerte en pie, en tu perseverancia, y en tu misticismo alado. He estado en Cadaqués, en Madrid, en Barcelona, en tu casa de Hornachuelos, en el Blue Angel, en la Abadía de Cluny, en los antiguos castros, en el Bosque de los Ancianos. Me he comido un par de croquetas de tu madre, y un batido de chocolate, y una tortilla de patatas que ha preparado L y ha puesto en el tupper para el viaje.

Como un fantasma que llega después pero como si siempre hubiese estado, me he sentado a tu lado en las reuniones con tus amigos empresarios, con tus amigos masones, con tus amigos sabios, con tus amigos magos. He asistido a tus presentaciones de libros, y a tus extraños cenáculos. He leído las cartas, las que vienen y las que van. He contado cada céntimo y cada euro donado. He dormido con vosotros en el hotel Prius. He visto los mismos gatos que tus has visto, y también he estado en el entierro de Cuca junto a la alameda, yo también he llorado, y después he llegado con vosotros a Samos, y he visto O Couso. Y los ojos también me han brillado. Y he subido a los tejados. Y desde allá he visto la utopía hecha realidad. Como un ángel he ido acompañando a todos los utópicos a la mesa, en los círculos, en las meditaciones, en las actividades de la mañana, en las risas de la tarde, con la familia austríaca jugando con Geo, y con la familia de tres hijos, radiantes todos ellos. Estoy en cada una de las fotos hechas en la entrada. Y he cantado cada despedida en la carretera. Y he pisado todas las nieves, y me he calentado en el primer fuego, y me he duchado en la primera ducha. Y he montado contigo la bella Rous. Qué risas. Y he pasado los fríos inviernos en la caravana, tiritando, elegido entre los elegidos para sembrar un brote de esperanza utópica. Y he sujetado el tronco para que no pesara tanto y acabáramos antes la cabaña. Y he tocado el cuenco tres veces. Un largo silencio. Y tres veces lo he tocado. Y os he abrazado una y otra vez, infinidad de veces.

He visto todas las sonrisas, todos los gestos, todas las ilusiones, y también los desalientos. Los desalientos también los he visto. Pero he visto el verde de los valles. Aún así, he tenido que ir en carne y hueso, acompañado de una niña ángel y de un gran arcángel para cerrar un ciclo, para cerrar una herida de verano o una herida de amor lejano. Para poner el suelo en el suelo, y el cielo en cielo, tras las losas protectoras, y que el culpable se transformase en amable, y que el amor sea una sonrisa cavada de una tierra santa antigua. Y he cocinado sin luz patatas y huevos fritos y todo inundado. Pero ahora, después de las inundaciones, todo está en calma. 21 días de retiro. B. Todo en silencio. El más bello de los silencios, el que desciende alrededor de las columnas de O Couso. Un inmenso silencio. Todo el mundo quieto en sus casas. En retiro silencioso. Y yo desde la distancia os observo. Estoy aquí, en tu cabaña, en estas sábanas, en esta madera, en esta respiración continua. En el bosque. En la utopía efectiva. En la sencillez voluntaria. Larga vida a O Couso, y a sus moradores. Hay una perra blanca que me acompaña. Sonríe, es una alma libre. Un alma libre errante en O Couso. Un alma libre.

 ¿Seguridad o libertad? Algunas palabras sobre la censura de estos tiempos…


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«No debemos afligirnos, sino hallar fuerza en aquello que perdura».
William Wordsworth

Hoy una amiga doctora me invitaba a ver un video sobre una entrevista que le habían hecho en un canal de youtube. Cuando pinché en el video, este había sido censurado. La doctora en cuestión tiene su propia opinión sobre el coronavirus, y era diferente en sus argumentos con respecto al confinamiento. La verdad es que hacía tiempo que no veía una censura de tal calibre. La población en general ha soportado el confinamiento con mayor o menor dignidad. Nunca antes habíamos vivido una situación parecida. Hemos sido, en general, una sociedad ejemplar en cuanto a el sentimiento de responsabilidad de acatar las exigencias del «Estado de Alerta». Pero algo estamos perdiendo además de la libertad de movimiento: la libertad de expresión.

¿Cómo es posible que en los tiempos que corren están clausurando canales (por ejemplo del de Mindalia TV), videos o comentarios por el simple hecho de opinar diferente? ¿Desde cuándo en la era digital se ha llegado a tal censura? La verdad es que algo está ocurriendo y no del todo agradable, más allá de la desgracia de familias rotas y separadas por esta catástrofe. Algo que además de confinar nuestra dignidad material, está confinando nuestra dignidad de opinar libremente. ¿Hasta dónde llegará este tipo de censura y asalto indiscriminado a la libertad, no solo a la libertad de movimiento, sino a la libertad de expresión?

Seré breve en la reflexión, no por miedo a la censura ni a la autocensura, sino porque hay algo que se nos está empezando a escapar de las manos. Hay algo que aún no logramos entender y algo que nadie nos explica. Ahora opinar diferente se llama teatro o bulo. La disidencia ahora se llama simplemente desinformación. Pronto, de seguir así, el pensamiento único de un Gran Hermano virtual se apoderada de nuestras vidas, y solo podremos elegir aquello que ese Gran Hermano crea conveniente para nuestra existencia. ¿Acaso el opinar diferente también se ha convertido en un virus? ¿Quién discierne lo que es aceptado como verdad y no como bulo? ¿Cuál es la delgada línea roja que separa una de otra? Si la verdad perdura, ¿por qué temer a los bulos?

 

 

 

Monasterios vestidos de modernidad


a
Jerónimo (c. 340-420), escribe una vida de Pablo de Tebas (c. 228-342), a quien considera el primer eremita. Imagen: San Antonio visita a san Pablo, de Diego Velázquez.

Por la mañana, tras la meditación y el desayuno, y al ver que dejaba de llover, me fui hasta la cuarta cabaña, arrastrando carretas de arena y cemento. Amasaba los componentes de la mezcla con agua y fatiga, convertida horas más tarde en intenso dolor de espalda, preguntándome que era aquello que me empujaba a realizar este tipo de trabajos. Fantaseaba, por eso de darme ánimos, en la idea de que quizás algún día alguien habitaría esa cabaña, participaría de las meditaciones, disfrutaría del paisaje privilegiado de esta tierra celta y echaría una mano en la ingente labor de construir el nuevo mundo. En la fantasía, en parte ya algo real, contemplaba la primera triada de cabañas, ahora felizmente habitadas, e imaginaba la ubicación de la siguiente triada, y la siguiente y la siguiente. Así hasta doce pequeñas construcciones, suficientes para sembrar la semilla de algo nuevo y diferente, algo que motivara lo suficiente como para dar ese necesario salto de fe, más allá de nuestras vidas, de nuestras particularidades.

Cuando ya tenía dos de los cimientos bien terminados, recibí un largo mensaje de mi querida Esperanza, un ángel divino encarnado en la tierra y en misión especial para recordarnos la importancia del amor y el silencio. Entregada desde hace muchos años a un movimiento espiritual de origen hindú donde se practica el celibato, la dieta vegetariana y la meditación, me recordó aquellos tiempos donde utilizaban mi hermosa casa andaluza para sus retiros espirituales. Al verme abrumado por la grandeza de aquella casa de la cual solo utilizaba una de sus estancias, decidí llenarla de camas y entregarla para que aquel hermoso grupo pudiera disfrutarla en sus retiros. Era algo controvertido para las gentes de aquellos lugares, no acostumbrados a ver de repente pasear a un grupo numeroso de personas todas vestidas de blanco. Algunos políticos entre diputados y alcaldes de la zona me llamaban intrigados para ver qué pasaba en mi casa.

Me emocionó recordar todo aquello, aquel tiempo único e irrepetible donde viajaba frecuentemente a la India para participar en la Murli o en el Amrit Vela a las cuatro de la madrugada. Ante el retorno contacto, les ofrecí, cuando las cosas mejoren, este lugar para sus encuentros y retiros, aún a expensas de que se repita de nuevo el estigma del extraño. Este lugar es perfecto, y quizás este sitio nació de la vocación que se inició en aquellos primeros tiempos en la Montaña de los Ángeles.

Al parecer, mis fantasías de monacato vestido de modernidad mientras amasaba cemento debió generar algún tipo de llamada cuántica porque por la tarde me llamó el amigo Víctor, el que fuera prior del conocido monasterio de Santo Domingo de Silos, y charlábamos emocionados por el reencuentro después de algún tiempo sin saber el uno del otro. Fue el propio Víctor el que alguna vez describió nuestro proyecto como un monasterio laico, un monasterio vestido de modernidad. No le faltaba razón.

Era el segundo monje que me contactaba en el mismo día, y me pareció anecdótica la casualidad, a sabiendas de mi afán por conseguir un lugar que intente imitar de alguna manera los cenobios antiguos, pero con la levedad mistérica del nuevo tiempo. Siempre he sentido debilidad por las órdenes de todo tipo, pero admito que especialmente por las monásticas.

Una tariqa, un ashram, una shanga, una orden… realmente el nombre no importa. Pero admito que me resulta complejo pensar en ello en nuestra modernidad tan epidérmica, tan falta de vocación espiritual, tan catapultada hacia el individualismo materialista. Decía Roberto Pla que el ser humano es templo de Dios vivo. Es algo profundo y difícil de entender, resulta ser una dimensión desconocida, donde solo algunos loables exploradores se enfrentan para averiguar algo más sobre el misterio de la vida. Muchos serán los llamados… me pregunto donde estarán los elegidos… Aquellos que misericordiosamente dan el paso definitivo hacia la búsqueda y el encuentro espiritual.

Mañana volveré a amasar cemento, levantaré nuevos pilares y fantasearé que algún día vivimos un nuevo despertar y nuestra consciencia se expande tanto que nuevas almas deseen abrazar gozosas la vida común, la vida del alma. Para un individualista como yo, no es un deseo caprichoso, es más bien una entrega subordinada a ese propósito que parece dirigir nuestros corazones a la inevitable unidad del espíritu.

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El lujo de no tener patria


a
© Neil Burnell

«En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habita un verano invencible». Camus

El verdor y el frescor de los campos abiertos a las cinco y media de la mañana nos llenan de nostalgia. A esas horas, las extensas praderas están aún oscuras, pero se imaginan a cada lado, entre bosques y montañas. La primavera rejuvenece el espíritu y alegra los corazones. Nos levantamos tan de madrugada que aún no sabemos identificar si quien conduce nuestro vehículo es el pequeño “yo” o el verdadero Ser.

Tocamos a la puerta de la cabaña contigua. Ella ya está preparada. Despacio caminamos hacia la vieja ermita. Todas las mañanas y todas las tardes nos convertimos en auténticos ermitaños, habitantes del desierto espiritual, pobladores del misterio, como aquellos primeros anacoretas del desierto, como aquellos Padres de la Tebaida. No pudimos elegir un lugar más perfecto para crear una comunidad espiritual. Rodeados por dos imponentes castros celtas, bajo los pies del monte sagrado de Oribio. Un lugar donde ya hubiera un eremitorio, posiblemente consagrado en continuadas incursiones pasadas.

A las seis en punto suenan los tres golpes de mallete ritual en el cuenco que compramos en la India, en aquellos viajes donde la meditación cobraba un sentido diferente. Antes hemos encendido la vela, símbolo de la luz, representante de la vida que nos atraviesa, profundo arquetipo de todo aquello que representamos. La vela desvela e ilumina los secretos, alude inevitablemente a las estrellas de la bóveda celeste y nos recuerda cuando abandonamos la luminosidad del «paraíso» descandilados por los artificios e ilusión del fuego. Aquella mordida, aquella curiosidad por el conocimiento fugaz, nos arrebató la clara luz del saber. La vela está ahí para recordarnos la verdadera luz a la que debemos regresar, invocando todos los días la necesaria comunión con los mundos sutiles, con la vida superior del alma.

Desde las seis hasta las ocho y media permanecemos en profundo silencio, en profundo encuentro con nosotros mismos. El entrenamiento forma parte de la experiencia de los 21 días. En el quinto día, hay una meditación mañanera que pretende, por un instante, incitarnos al reencuentro con las profundas fuentes que habitan en nosotros y donde reside la fuerza común que mueve a todas las cosas vivientes.

La experiencia nos conduce hacia una profunda paz. Terminamos el ritual con tres golpes en el cuenco indio, siguiendo así los antiguos rituales, apagando la luz de la vela y estrechando nuestros cuerpos con un sentido y cálido abrazo. El alma se apodera de nosotros, y esa experiencia compartida se convierte en una consciente y pocas veces expresada unidad con el Ser. En nuestro interior ya se ha sembrado la semilla que engendra en los corazones ese hermoso sentimiento de paz y nos confiere una profunda cualidad de bondad hacia toda la creación. Suspiramos profundamente agradecidos. Inspiramos y conspiramos a partir de ahora en la comunión, en la unidad, en la complicidad de sabernos uno.

Todos los días, antes de las actividades diarias, intentamos fomentar la siembra de la buena voluntad, de la paz interior, del encuentro con la unidad unificando nuestras mentes en un solo sonido, en una sola intención: la quietud, el silencio. Provoca en nosotros, o debería provocar, una alineación de todos nuestros “yoes”, esos que se acomodan en lo meramente físico, o en lo anímico, o en lo emocional, o en lo puramente intelectual. La meditación diaria nos provoca una reflexión: de todos esos yoes, esos que a veces se identifican con cosas, con lugares, con familias, con estatus o con naciones, ¿cuál de todos ellos somos nosotros?

De alguna forma nos damos cuenta en las meditaciones de la mañana y de la tarde que el Ser podría estar compuesto por diferentes yoes. Esto no es algo nuevo, Jung ya lo analizó. Incluso Gurdjeff o Krisnamurti lo llamaron la consciencia fragmentada. La ausencia de unidad en nosotros tiene que ver con la ausencia de unidad con el resto de la humanidad. No somos, en nuestro devenir diario, un “yo” unificado. Tenemos un cuerpo físico producto de la evolución humana acaecida durante millones de años, con todo el bagaje y herencia de todos nuestros ancestros. Pero además, tenemos estados de ánimo, emociones, pensamientos, inquietudes. Todos nuestro yoes están en conflicto permanente, excepto cuando en ellos reina el silencio forzado por la meditación, por la quietud. Entonces comprendemos el profundo significado del oasis que provoca la calma e integramos todas nuestras voces en una sola: la voz del silencio, tan poderosa, tan efervescente, tan misteriosa.

El sol calienta esta hermosa tierra en estos primeros días de abril. Las ramas de los castaños, robles y abedules empiezan a brotar. Los bosques de nuevo se tiñen de verde. Nacen las primeras florecillas. Las copas parecen albergar cientos de pajarillos que no hacen más que cantar que están ya hartos del invierno. Alegres, decoran las copas, pero también nuestras almas con su algarabía matutita. Este año parecen más contentos, quizás porque el aire, dada nuestra ausencia de actividad, es más puro y limpio. Miramos los pajarillos y nos preguntamos dónde están aquellos que deberán compartir todas estas experiencias con nosotros, ese alma del Simorg que deberá adumbrar algún día un ejemplar lugar para el nuevo mundo. Ojalá vengan pronto para compartir la unidad, para experimentar la quietud en este pequeño paraíso.

Las horas pasan tranquilas. Comemos en la hierba y cuidamos las simientes. Decoramos nuestras vidas, cada uno de nuestros minutos con un silencioso agradecimiento constante. Somos afortunados. Es el lujo de no tener patria y de vivir alejados de todo ruido. Es el lujo de sentirnos amantes de la tierra entera, del paraíso que reina en nuestro interior, de la unidad que experimentamos cada uno de los días con todos los seres sintientes. La unidad no es más que el producto de reconocer en nosotros lo que realmente somos. En estos días especiales de cuaresma impuesta, de silencio, de retiro colectivo, el Ser se expresa aún con mayor fuerza, la unidad de todo lo que somos fraterniza y se solidariza con toda la orbe existencial. En estos días, el Silencio se apodera de nuestras almas y nos incita a perseguir constantes el verdadero paraíso de la unidad.

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De la austeridad a la grandeza de no tener nada…


a
Con los amigos de las primeras semanas de experiencia en O Couso
“He comprendido que mi bienestar sólo es posible cuando reconozco mi unidad con todas las personas del mundo, sin excepción.”  León Tolstói

 

Estimados…,

Estoy viviendo en estos días de silencio y lectura unas bonitas revelaciones. Este fin de semana, aprovechando que B. está haciendo la experiencia de 21 días de silencio, he estado leyendo algunas biografías de fundadores de comunidades y en todos ellos coincidía que llegaba un día en que tenían que abandonar sus actividades profanas y ponían todo su esfuerzo y vida en los proyectos.

Hasta ahora mi esfuerzo había sido triple, por una parte, estaba interesado en terminar la tesis doctoral para entender profundamente y teóricamente todo lo relacionado a comunidades. Por otra parte, dedicaba mucho esfuerzo en la edición de libros, muchos de ellos no de mi agrado, para poder así alimentar y promover el proyecto. Y por tercero, dedicaba todo lo que podía a cultivar y hacer crecer este lugar que por cosas de la vida se ha convertido en todo un reto. Estaba excesivamente dividido.

Ahora que ya he terminado la tesis me siento con fuerzas para dar un paso más adelante, y dedicar todo mi empeño y tiempo al proyecto y la fundación. Como todo lo que he ganado en estos últimos siete años lo he invertido en el proyecto, soportando con ello los gastos propios que cualquier empresa requiere, he pensado seguir con la actividad editorial, pero a partir de ahora anulando la sociedad y donando todo el fondo a la fundación. Es decir, seguiremos editando libros, pero esta vez tan solo libros de espiritualidad y nueva consciencia, como otra labor más de la fundación. De alguna forma “me libero” personalmente, para dedicar mi tiempo a editar libros con sentido, quizás seis o siete al año, y dedicar los próximos años enteramente a la fundación, especialmente a la escuela y al trabajo espiritual que hay detrás de ella. Con ello espero poder tener más tiempo para dedicarlo a las personas, y no tanto a las cosas.

Tanto la editorial como la fundación han demostrado ser autosuficientes, esta última, gracias a la generosidad que nace de la economía del don. La fundación y el proyecto O Couso por lo tanto, una vez terminada la gran obra de la casa de acogida, es totalmente autosostenible y ya no dependerá totalmente de mis aportaciones para llevarla adelante. O Couso se ha hecho mayor y ya puede andar sola. Esto me ha llevado a las siguientes reflexiones. Primero, aprovechando este impulso que la incertidumbre nos regala, liquidar la sociedad, que por suerte está al orden en todos los pagos y donar la editorial a la fundación. Segundo, centrar toda mi energía en potenciar la fundación y sus proyectos (el proyecto O Couso -con su casa de acogida-, el proyecto de Escuela -ahora con su propia editorial- y el proyecto Simorg -aún latente-).

¿Cómo viviré yo, a nivel personal? Soy una persona muy austera. Nunca he fumado, ni bebido ni tomado drogas. No tengo ningún tipo de vicio o manía. Saco unos trescientos euros al mes con las suscripciones que tengo gracias a los amigos que apoyan este blog y eso me vale para mis gastos estrictamente personales (teléfono, gasolina, galletas y poco más). Si centro toda mi atención en el proyecto, posiblemente los esfuerzos tendrán un buen resultado para seguir acogiendo a aquellos que más lo necesiten.

En fin, estoy francamente feliz y emocionado por esta decisión. La editorial seguirá funcionando a un ritmo menor desde la fundación y yo dedicaré todo mi tiempo no a gestionar una sociedad mercantil sino a dirigir y coordinar el proyecto para que todo vaya desarrollándose en su justa medida. Voy a centrar mis fuerzas para ver si conseguimos pasar de cuatro personas a doce en los próximos dos años, y así construir un bonito egregor espiritual. Siguiendo las palabras de Jesús, toca dejar de pescar peces y empezar a pescar hombres… Personalmente, siento que tengo mi vida y mis aspiraciones cubiertas. Tanto profesionalmente como intelectualmente. Ahora solo toca entregarme en la pila del bautismo para caminar hacia la necesaria entrega y sacrificio. Es lo que realmente siento y es a lo que realmente me dedicaré en los próximos años. Ojalá pronto lleguen esos aliados maduros y capaces, entregados a una causa mayor, con capacidad para albergar la necesaria y urgente misión de actuar.

Un abrazo grande y cuidaros mucho… el mundo os necesita más que nunca…

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Vivir en tiempos de incertidumbre


a
© Michel Rajkovic

Hoy he intentando vivir con sosiego mi primer día de jubilación. Quería saber qué se siente cuando realmente dejas de trabajar para ganar dinero, y simplemente entras en esa fase de la vida en la que la contemplación, la complacencia y el mirar al otro con generosidad se convierten en la premisa general. Miraba hoy mi historial de vida y solo llevo cotizados algo más de trece años. Esos cómputos me resultan increíbles cuando aún recuerdo ese primer trabajo a los dieciséis años en una panadería en el centro de la ciudad condal.

Mi primer trabajo fue amasar pan. Allí supe que hay mundos que se esconden en lo más oculto pero realizan el milagro, como la levadura, oculta en la masa, de hacer crecer el alimento. Allí me di cuenta, amasando panes y más panes, que la vida requiere de esa levadura para que todo funcione de alguna manera, para que tengamos aspiraciones, visiones futuras, conclusiones acertadas sobre nuestra existencia. Ahí entendí la necesidad de ir descubriendo poco a poco el mundo oculto que todo lo encierra.

De las cosas que más me gustan de estos días es la de cuidar a la persona que está haciendo la experiencia de retiro de 21 días. Es oportuno poder hacer esta experiencia en un tiempo tan revuelto como este. La primera semana es de profundo silencio e interiorización. Mi misión como guía y facilitador es asegurarme de que no le falte de nada, que tenga su desayuno, su comida y su cena, algo de leña y cualquier cosa que requiera. De acompañarla en las meditaciones matutinas y vespertinas y de guiñarle el ojo con una sonrisa para hacer cómodo su silencio profundo. Supongo que cuando uno se jubila puede hacer cosas con júbilo. Me produce una sensación de alivio el hecho de poder ayudar a los demás en sus procesos, de acompañar a aquellos que desean dar un giro de tuerca a sus vidas y ver qué pasa. Empujar al mundo a que descubra su lado oculto, ese que hace crecer las cosas.

Nadie nos educa para vivir en la incertidumbre. Para mí fue una maestra desde los inicios de esta existencia. Nacer y vivir en una familia humilde me aproximó radicalmente a saber lo que era la escasez, el no saber si mañana las cosas irían bien. Realmente la infancia y la adolescencia fueron duras en ese sentido. Aprendí a crecer en la incertidumbre. Por eso con mi primer sueldo compré dos cosas: una bicicleta y mi primer Camino de Santiago. Allí la experiencia de la incertidumbre, en tiempos donde no había móviles, ni internet ni prácticamente albergues en el camino sucumbió en mi interior. Tardé dos años en preparar el Camino hasta cumplir la mayoría de edad. Pero esa preparación concienzuda mereció la pena.

Durante unos años la vida me trató bien. Después de los estudios universitarios comencé a trabajar y ahorrar. Compré mi primer apartamento, luego mi primera casa adosada con jardín y más tarde diseñé y construí mi hermosa casa de diseño. Eran años de bonanza que terminaron drásticamente con la crisis del 2008. Ahí lo perdí todo y volví de nuevo a la senda de la incertidumbre. Ese mismo año hice de nuevo el Camino de Santiago. Fue una experiencia dolorosa. Tardé casi una década en recuperarme de aquella experiencia traumática que pretendía revolverme, empujarme al verdadero camino que debería recorrer años más tarde.

Ahora la incertidumbre es diferente. La tomo con calma, con la seguridad interior de que por muy mal que vayan las cosas, siempre queda un reguero de esperanza a la que aferrarse. Quizás mucho de nosotros perdamos riquezas, trabajos, amigos, parejas e incluso parte de la salud en estos días. Casi diez mil personas han perdido la vida en nuestro país en estas semanas. Cada minuto que pasa alguien se marcha al otro lado. Por eso, en los agradecimientos antes de desayunar y comer, nos acordamos especialmente de aquellos que sufren y damos gracias por estar sanos y salvos, en salud, fuertes de momento, con alimentos abundantes.

Hoy contábamos los paquetes de pasta y legumbres que nos quedan. Tenemos para un mes aproximadamente. Hemos dejado de ingresar dinero, pero nos queda una gran reserva de patatas que el año pasado no pudimos recolectar. Podríamos vivir de ellas una gran temporada. El otro día sacamos unos dos metros cuadrados de patatas y estaban en perfecto estado de conservación. Las patatas son un gran alimento y la tierra es siempre milagrosa y generosa a partes iguales. También quedan algunas castañas en el suelo y estamos descubriendo hierbas que se pueden comer en ensaladas. Llevamos dos semanas sin salir a comprar y es preferible que sigamos aquí confinados el tiempo que haga falta.

Todo es incertidumbre. Y sin embargo, la vivimos con cierto desapego y desasosiego. En mi caso, como decía un poco más arriba, con absoluta tranquilidad y paz interior, como eso que uno debe sentir cuando se jubila habiendo hecho bien las cosas. La incertidumbre es una buena maestra. Nos enseña a vivir la vida en toda su intensidad. Nos enseña a vislumbrar una nueva forma de entender la existencia con fe, con esperanza, con paz interior.

Espero que estéis bien. Os deseo fuerza y salud a todos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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