Lungta, el renacer del caballo de viento


 

Junto al trono hay estanterías llenas de libros. Se puede decir que todo este lugar es una gran biblioteca de saberes acumulados durante años y años. Quizás sea eso lo que me ha atrapado durante estos días, más de los imaginados. Un lugar perfecto para la reflexión, para la indagación y para la introspección. Miles de libros se amontonan por todas partes. Casi todos relacionados con la sabiduría perenne. Aquí me siento como en casa y me alegra mucho que el destino me haya brindado la oportunidad de permanecer aquí algunas jornadas más.

Esto ha provocado, a su vez, que se rompiera un lazo que requería ritualizar la quiebra, el final, el renacer hacia otra experiencia. Aún no somos conscientes del poder que nuestro pensamiento ejercer sobre nuestra realidad. Cualquier pensamiento puede transformar todo nuestro entorno, interior y exterior. Quizás por ello esta noche apareciera el espíritu de Lungta, el caballo de viento que representa el alma humana, disfrazada de bella dama de largos cabellos negros ondeando oníricamente. Me ha sorprendido la visión, y ha sido significativa por todo su contenido simbólico. Había algo de despedida en ella, pero también algo de renovación. De ruptura con el pasado, pero de esperanza hacia la fortuna futura. De nuevo el pensamiento transformador. Vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Por eso, en este nuevo renacer, ¿qué mundo vamos a imaginar?

Lungta quería decirme algo, advertirme sobre algo. El alma humana, el caballo de los vientos, la mujer de largos cabellos que aún se añora en las largas noches de insomnio. El caballo alado es el mensajero de los dioses. Por eso apuro las últimas horas en este palacio para brindarme la oportunidad de soñar, de imaginar otros mundos posibles. La sensación es extraña, pero nace en mí un deseo de soledad absoluta, de retiro, de alejamiento del ruido para centrarme en la voz del silencio. Son procesos, son mundos, son esa siempre despierta necesidad de servir al mundo del alma, olvidando cada vez más las pasiones pasajeras de la carne. Entre las necesidades de unos y de otros, hay una que evoca con fuerza el cometido de esta vida, y es ahí donde aparece Lungta para obligarnos a recordar nuestro destino.

El mundo, con sus hierofantes y adeptos, con sus maestros invisibles e iniciados que ayudan en la construcción de la vida humana, esculpe en el universo de los sueños aquello que puede servir para el logro y el éxito común. Despertar a esa realidad requiere sensibilidad, visión y contenido. Las enseñanzas secretas de todos los tiempos nos obligan a despertar y proteger lo sentido. Mañana, de vuelta a las tierras del norte, reflexionaré profundamente sobre esa necesidad de silencio, de reconexión con Lungta, con la vida del alma.

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Reyes vagabundos


 

Sigo en la ciudad fronteriza de Asta Regia, de origen tarteso y ahora dominada por grandes viñedos y campiñas exuberantes, palacios y colegiatas, catedrales y bodegas infinitas, alcázares y consulados honoríficos que inmortalizan tiempos de gloria. Evoca todo ello al recuerdo de que alguna vez, por amor o desamor, quien sabe, repudié el título de cónsul honorario y me conformé con el de embajador consorte, que aunque fuera menos pomposo, me desligaba de la tiranía de la obligación y la elegancia que todo cargo de honor requiere y demanda. Hombre libre y alejado de riquezas y títulos, prefiero los caminos a los palacios, aunque de vez en cuando haga posada en ellos.

Errante, vagabundo, persiguiendo ese camino del loco que tanto amo, pero ahora con cierta dosis y necesidad de parada y descanso, aquí permanezco. No pensé que este lugar fuera tan bello. En este pequeño palacio que yace junto a la exuberante iglesia de San Miguel, acogido por una aristócrata descendiente de la nobleza irlandesa, me siento bien y descansado, a pesar de combatir frecuentemente el síndrome que llaman de vagotismo. Ayer la noble me despertó del aposento con un bello regalo, desayuno incluido, para celebrar mi revolución solar, junto a unas bellas flores amarillas que decoraban el lugar. A veces, ante tanto mimo y cuidado, dan ganas de enamorarse, pero ni siquiera esta primavera es capaz de sacarme una mota de deseo. Apagado el apetito, solo puedo dar gracias por tanta acogida y reparo, por tanta hermandad y premio, hasta que pueda continuar andante, o errante, hacia la siguiente posada, morada o reino.

Ayer di por terminado el viaje sanador y terapéutico con una última visita a unos amigos, descendiente alguno del rey García, rodeados de nobles escuderos que, sin recordarlo, pertenecen a una saga de hidalgos perdida en los albores del tiempo. Era difícil entender la afiliación entre al-Mutámid, el último rey abadí, y aquellos nobles señores que provenían del norte. Pero ahí estaba, trepando en los planos etéricos, reminiscencias complejas de razonar y difícilmente explicables, intentando ser enlazadas con personas como Ibn Hazm u otros enlaces místicos de la época que aún permanecen, invisibles, en las ramificaciones del tiempo.

Hacía ya muchas jornadas que no veía a mi querido conde, aristócrata de los de antes, perfectamente peinado como siempre, elegante con esas camisas de puño doble bordadas con iniciales y gemelos personalizados con el escudo familiar. Agradable al trato, bromista y cariñoso, amigo de magos, vagabundos y reyes, sin distinción, a pesar de haber sido una de las personas más influyentes del siglo pasado. Sentí al abrazarnos, saltándonos cualquier protocolo de seguridad, que nada se había roto a pesar de disgustos pasados, y que el cariño, por suerte, permanece. Seguía siendo el mismo, a pesar de que ahora andaba despistado de sus labores mistéricas, pero imbuido en el amor y en la experiencia de saber vivir. Aunque no tuvimos tiempo de hablar como antaño de lo divino, repasamos lo humano después de tanto tiempo sin vernos, recordando esa frase que acompaña a uno de nuestros libros: “siendo, eso es todo”.

También me alegró compartir mesa redonda con mi querido “señorito”, descendiente, sin duda, de algún noble marquesado inglés cuya sangre azul le destiñe aún su piel blanca. Paseamos un rato, tras el encuentro, por la vieja judería, y sin él saberlo, había allí alguien más, o algo más, que nos unía en el inevitable lazo místico, invisible, intangible. A pesar de ser tan diferentes en lo epidérmico, hay una unión que traspasa lo sustancial y nos advierte de que algo extraño ocurre en los profundos aledaños de la consciencia y la hermandad. Nada es casual, ni siquiera las amistades que permanecen y se cultivan vida tras vida. Solo debemos recordar, aprender a recordar.

Y así permanezco, acomodado en este disfraz de vagabundo, como un mago que se caracteriza para permanecer invisible en los mundos profanos, no olvidando que, siendo rey, debo disimuladamente poner a prueba a todos los que alguna vez fueron aliados. Y es desde ese reinado, el de las almas emancipadas, el de la hermandad del espíritu libre, que seguimos intentando liberar a los presos del planeta. Entre ciénagas, entre claroscuros, disimuladamente.

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“Veo, y cuando el ojo está abierto, todo es luz”. Dejando penetrar la luz desde Jerez


«Soy uno con mis hermanos de grupo y todo lo que tengo les pertenece. Que el Amor que hay en mi alma afluya a ellos. Que la Fuerza que hay en mí los eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea les alcance y animen».

No quisiéramos hablar desde una posición moral superior. Nunca es esa nuestra intención. Siempre preferimos ser agitadores de consciencias, aunque esto tuviera algún tipo de precio, antes que ser sibilinos encantadores de serpientes o flautistas de Hamelín, hechiceros y adormecedores de voluntades propias y ajenas que repiten una y otra vez aquello que la gente quiere escuchar. Preferimos agitar, despertar, incomodar antes que hipnotizar o embaucar con milongas a unos y a otros. Esto nos ha creado enemistades y recelos. Pero no importa. Somos uno con nuestros hermanos y todo lo que tenemos les pertenece.

Lo cierto es que tras unos días en la ciudad sentí cierta angustia por lo que aquí puedo ver ahora desde otros ojos, desde otra visión diferente. Decidí marcharme antes de terminar asfixiado o asfixiando a los demás con esa visión escurridiza e irreverente. Tuve la suerte de poder abrazar a algunos amigos, aunque no ha todos. No pude hacer las vacaciones que quería, pero al menos despejé mi mente y mi corazón y eso sanó parte de cualquier angustia que pudiera haber arraigado en tiempos pasados. Desde Barcelona me dejé deslizar por la costa hasta Alcora, donde pasé una noche sanando heridas invisibles. De ahí a Villareal, Ontinyent, Almería, Marbella, Málaga y algunos otros lugares hasta llegar a Jerez de la Frontera. En cada parada un amigo, un abrazo, una sanación.

Me gustaría hablar de cada uno de ellos, de todas las historias entrelazadas que surgieron en cada encuentro, algunos breves, otros necesarios, la mayoría reparadores. Quizás cada encuentro depara una historia, una idea, una reflexión para compartir peripecias o inspiraciones. De nuevo hice algo que llevaba tiempo sin hacer. Dormir en el coche. En plena pandemia no quería molestar a unos y otros, y sentía la necesidad de vivir un poco la vida de vagabundo que tanto me gusta. Es ahí cuando conecto realmente con la vida, con la incertidumbre, con la intemporalidad y la impermanencia. Es ahí cuando te das cuenta de que no necesitas nada, prácticamente nada para seguir adelante.

Me di especialmente cuenta en la ciudad. Observaba el ajetreo de unos y otros con esa extraña misión de acumular cosas, de comprar cosas. Ya no quiero nada. Solo lo justo para seguir comiendo algo, para seguir vagabundeando de vez en cuando, para seguir ayudando a unos y otros, para seguir inspirando irreverencia. Decidí, casi involuntariamente, parar en Jerez. Aquí una amiga del alma, estudiante arcana, me acoge y me deja una habitación llena de libros donde poder terminar de corregir el libro sobre los misterios. Por algún motivo que desconozco, aquí, en este pequeño palacio lleno de libros, cultura y espiritualidad, haré este año mi pequeño tránsito hacia la próxima revolución solar. Un cumpleaños diferente, improvisado, inesperado. Este pequeño palacio es como un monasterio donde se respira calma y hogar.

Aquí también celebramos esta mañana la meditación de la luna llena de Wesak. Con los ojos cerrados, recordando quienes somos desde nuestro Ser, uniendo las voluntades y propósitos del alma. Rodeados de libros azules, recordando que somos unos, entonando tres veces el om, permaneciendo en el centro de todo amor, resurgiendo como almas, trabajando desde el centro de la ley del servicio, dejando penetrar la luz del amor, la luz que nace de la fuente de la que venimos.

Creo que cuando uno hace un descubriendo de este calibre, el descubrimiento de que cierta visión nos penetra, lo mejor es guardarlo como un secreto hasta que dentro de nosotros nace la luz de la comprensión total. A veces no puedo decir nada, ni mostrar nada, porque en las cuestiones del alma somos recelosos, al menos hasta disponer de la prudencia y el tiempo necesario para desvelar los entresijos del Ser. Amar en silencio es mi especialidad, y reconocer a las almas forma parte de mi paciente labor… Todo lo mío les pertenece, todos somos Uno. Mañana es mi cumpleaños, mañana toca nacer de nuevo.

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Día de Sant Jordi en Barcelona


Hoy he sido un día muy especial. Largo e intenso. Lleno de amistad y compartir. Aunque no soy muy dado a la autopromoción, os comparto estas dos entrevistas realizadas especialmente para celebrar el día del libro. En ellas hablo del próximo libro que editaremos: la Gestión del Misterio, coescrito con el amigo Emilio Carrillo y que ayudará a financiar la futura Escuela de Dones y Talentos. Espero que os gusten…

Gent del barri


Tras casi dos años sin volver a la ciudad, penetrar en sus nieblas ha sido algo traumático. Nada más traspasar las últimas montañas se podía ver y oler a ciudad. En los bosques desarrollas cierta sensibilidad, cierta manera de ver y observar las cosas de forma diferente.

Ya desde lejos se veía la gran nube de contaminación. También la gran nube de luz que por la noche no deja espacio para poder ver las estrellas. Y los ruidos, muchos ruidos por todas partes. De coches, de personas, de fábricas, de trenes y aviones. Cuando llegué ya sentí el agotamiento invisible. La ciudad es como una losa soportada por el aura de todos sus habitantes. De repente sentí esa losa.

En este bloque de tan solo ocho vecinos, el lugar donde crecí desde muy pequeño, se captan más de treinta redes wifis. Otro tipo de contaminación invisible. Aquí cada vecino tiene su red wifi, su lavadora, su secadora, su lavavajillas, su, su, su… Es algo absurdo. Sería tan fácil poder organizarse y compartirlo todo, con todas las ventajas que eso supone.

Fuimos al parque, al gran parque de la ciudad, para intentar respirar algo. Un lugar donde antiguamente había un palacio abandonado entre un pequeño bosque cubierto todo de maleza. Ahora estaba limpio, ordenado, restaurado, con algunos árboles. Fuimos al lugar junto al pequeño estanque donde la gente suele ir a leer algún libro. El parque ahora estaba rodeado de grandes y lujosos edificios y grandes carreteras que lo circundaba. ¿Pero cómo puede nadie leer ahí con tanto ruido?

De repente, a pesar de haber nacido y crecido en la ciudad y tan solo llevar siete años fuera de ella, me sentía un poco aldeano, alejado de esta realidad, un extraño para todo. Sentí una gran necesidad de marcharme, de volver a la pequeña cabaña. Ha sido como bajar de repente a un infierno extraño donde la gente intenta vivir una vida igual de extraña.

Estuve paseando por el barrio. Ya casi no conocía a nadie. Es como si la “gent del barri” se hubiera esfumado, o como si ese pasado bucólico que uno siempre recuerda de la infancia ya no existiera. Los pocos que quedaban habían envejecido. Estaban casi irreconocibles. De mi quinta no quedaba nadie. Todos habían emigrado por la imposibilidad de costearse la vida en esta gran ciudad. La verdad es que venía con ilusión y cierta añoranza. Pero aquí todo se desploma. Todo es gris, todo es asfalto, todo es ruido.

Cuando nunca has vivido en el silencio, ese ruido no te molesta. Pero cuando has penetrado en los sigilosos rumores de la naturaleza, volver a este lugar es como volver a un mundo imposible. Quien sabe si de aquí a veinte o treinta años las ciudades serán más habitables. La revolución verde habrá llegado, los coches no serán contaminantes y ruidosos y quizás toda la vida aquí sea mejor. Aún así, el asfalto, las casas-madrigueras, la oscuridad de estos lugares y la masificación serán siempre un gran escollo para una vida más natural y verdadera. ¡Mucho ánimo a todos los que vivís en las ciudades! Mucho ánimo con todas esas comodidades que cuestan tanto poseer, conservar y proteger. Algo absurdo cuando sin tener nada, se puede vivir todo…

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En búsqueda del don


 

Estaba pensando hablar sobre la tercera era axial, pero sentí que debía escribir sobre los acontecimientos más inmediatos, cercanos, a veces frustrantes, imperfectos, contiguos a lo más íntimo. Hoy ha sido uno de esos días locos donde dedicaba dos horas a cargar pesadas carretillas llenas de cemento y arena, salía corriendo a pagar impuestos, hacía de taxista para llevar a unos y recoger a otros, compraba víveres, contestaba llamadas e intentaba desesperadamente encontrar un depósito de agua de cinco mil libros para sustituir el que ahora tenemos que está a punto de colapsar. De cuatro a cinco tuve una hora de descanso que aproveché para ducharme, hacer lavadoras y correr veinte minutos con el amigo Geo con la intención de, mientras lo hacía, ir contestando esos cientos de wasas, llamadas o mensajes que se reciben todos los días. En esa agitación tenía tiempo de mirar cada flor, cada árbol cargado de verde, de escuchar el canto de cada pájaro y ver, más allá del bosque, las montañas y los cielos. Si por dentro no colapso es porque la naturaleza me sana y me renueva hora a hora, día a día, semana a semana.

Entre todo ese ajetreo habíamos quedado a las cuatro. Una buena amiga me pidió encerrarnos todo un fin de semana porque llevaba atascada trece años con un libro y no era capaz de salir del atolladero. Respiré hondo y le propuse estos días para emprender la difícil misión de dar sentido a algo que lleva trece años en un proceso inabarcable. Le invité a la cabaña y desplegó en ella todo su trabajo durante dos horas, ocupando cada rincón de este reducido espacio. Atendía paciente su explicación, el argumento prácticamente de toda una vida, la necesidad de esa bella mujer de querer expresar todo lo que llevaba dentro. Cuando terminó, llegó mi turno, y ahí me di cuenta de que podía ser útil. Pude identificar sus conflictos, sus miedos, sus atascos porque también habían sido los míos. Me sentí seguro con mis palabras y me di cuenta de que estos años como editor y escritor habían servido para algo. También el hacer una larga tesis doctoral sobre un tema complejo y vivido.

De repente sentí una sensación extraña, algo que me poseía y al mismo tiempo me iluminaba. La idea de querer crear una Escuela de Dones y Talentos tenía todo el sentido del mundo. Siempre he deseado ayudar a los demás a encontrar su propósito vital, pero también siempre he deseado que los demás brillaran por sí solos. Me doy cuenta de que mi vida siempre se ha centrado en hacer que otros encendieran su bombilla interior. Como en todo, cometí grandes errores, algunos de los cuales me costaron valiosas amistades, pero en esa torpeza había un don aún por desarrollar.

Ayudar a los otros, no desde un punto de vista caritativo ni compasivo, sino desde un punto de vista emancipador, es algo que me conmueve. Especialmente cuando he visto que esas horas en las que hemos estado trabajando juntos han servido para mucho. Estoy convencido, sin haber terminado aún el proceso de apoyo, que esos trece años de incertidumbre terminarán este fin de semana. No solo para mi amiga, sino también para mí. De mis trece libros escritos y editados y de los muchos empezados y no terminados, hay uno que siento como muy especial. Es uno que empecé a escribir en 2008, justo ahora, también, hace trece años. Por eso, mientras hablaba y aconsejaba a mi amiga para que terminara su libro, en el fondo me estaba hablando a mí mismo. La única diferencia es que mi libro, mi eterno libro, no me causa agobio ni estupor. Me gusta que sea una obra inacabada porque todos los meses le dedico un trozo de tiempo para colocar en él una idea o algunas palabras.

Me doy cuenta de que todos vivimos una vida inacabada por no ser capaces de enfrentarnos al reto de seguir nuestra intuición, nuestros dones y talentos, nuestros propósitos vitales. Y mientras lo pensaba y lo sentía, me daba cuenta de que esta Escuela que vamos a crear aquí en este lugar servirá para iluminar las almas, para hacernos conectar con ese mundo arquetípico y maravilloso que hará que algún día nos liberemos y emancipemos de todas las necesidades del mundo. Sentí, de repente, que ese y no otro era mi propósito, y que debía aprovechar todo ese bagaje y conocimiento para seguir ayudando a los otros a encontrar su estrella, su camino, su modelo de emancipación interior.

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Matrix y la oreja de cerdo


Llegó desde México con toda su inocencia de artista, joven e iluminada, enamorada de su novio aztequense, con deseos de progresar en su profesión como cantante. Cosas de la vida, nada más aterrizar en su ciudad natal después de unos intensos años haciendo las Américas, terminó en estas montañas. Como cualquier otro que pasa por aquí, encintó paredes, trabajó en la huerta o buscó leña en los bosques. Como es joven deseaba trabajar y ganar algo de dinero. A las pocas semanas su simpatía pudo a la pandemia y bajo todo pronóstico encontró rápidamente un trabajo de camarera. Como no tiene coche, la llevo y traigo todos los días al matrix, como ella dice repetidamente. “Aquí, en las montañas, vivimos en la cuarta dimensión, exactamente igual que en la película de las nueve revelaciones”. Como si este fuera otro mundo para ella, todos los días nos describe sus experiencias en el otro lado, allí en el pueblo, en el valle, con las gentes.

Como ser sensible nacida en esta nueva era, no come animales. Hoy le tocó, con lágrimas en los ojos, cortar una oreja de cerdo y cocinarla. “Lloraba mientras lo hacía”, explicaba compungida. “¿Cómo puede haber gente que coma animalitos?”, decía totalmente estremecida. La miraba con cierta compasión mientras notaba su sensibilidad extrema, su aura diferenciada del resto, su belleza interior reflejada en ese anhelo por crear y transmitir la idea de un mundo diferente, donde la vida cobra un nuevo significado profundo.

En su conversación sentí que habitábamos en mundos diferentes. Ayer lo intentaba explicar mientras hablaba crípticamente sobre la vida de Bodhidharma. Está el valle, el mundo de la materia, el mundo donde toca experimentar la vida de forma a veces excesivamente tosca, a veces extraña y oscura. Un lugar donde la gente se alimenta de orejas de cerdo, ignorando por completo las leyes más simples de la compasión, del respeto hacia los seres sintientes, de aquello que, en el otro lado de las montañas, se asimila con normalidad.

Por la tarde llegaron los topógrafos para realizar la medición de la finca y poder situar correctamente la futura escuela de meditación, estudio y servicio, la escuela de dones y talentos donde intentaremos hacer pedagogía de este nuevo mundo, de este nuevo paradigma, de esta nueva sensibilidad que ya está calando poco a poco como agua fina. Fue una tarde muy larga donde tuvimos tiempo de hablar de mil cosas. Uno de los topógrafos compaginaba ese trabajo con el de terapeuta. Llegó sin mascarilla mientras que su compañero siguió los protocolos del “matrix”, de la tercera dimensión. Nosotros no llevamos mascarillas, ni hablamos de vacunas, ni de pandemia. Cuando viene gente alarmada y nos empieza a comentar todo lo que ahí fuera está pasando, nosotros nos miramos como si viviéramos realmente en otra dimensión, o en otro planeta.

A veces, sin malicia, nos vienen ideas inconexas. ¿Cómo no puede estar enferma una humanidad que se alimenta de orejas de cerdo? ¿Cómo no puede vivir en la oscuridad personas que no son capaces de experimentar en sus adentros un ápice de sensibilidad hacia nuestros hermanos animales? Y nunca lo decimos o pensamos desde ninguna superioridad moral, intelectual o espiritual. Lo decimos y lo pensamos con la misma naturalidad en la que ejercemos cierta consciencia crítica con respecto al esclavismo o la propia pena de muerte. La humanidad ha avanzado mucho en estos últimos cien años. La igualdad de género, la abolición de la esclavitud, el derecho a tantas y tantas cosas que hasta hace poco eran inimaginable.

Ahora la humanidad debe enfrentarse a un grado mayor de exigencia. Debe comprender que estamos entrando en una nueva época, en un nuevo paradigma, en un nuevo sentir, en un nuevo y más refinado grado de sensibilidad hacia la vida. Y en este nuevo mundo no se puede ser tibio. Con seguridad y afirmación rotunda, hay que decir claramente que no está bien el comer orejas de cerdo, ni ser cómplices de semejante aberración. Hay que levantarse y decirlo de igual manera que años antes otros lucharon por todo tipo de derechos que ahora, gracias a ellos, vemos con cierta normalidad. Hay que gritarlo una y otra vez, hasta la saciedad. Hasta que el comer orejas de cerdo deje de verse como algo normal. Hasta que toda la humanidad entera entienda que lo que ahora nos parece lo más normal del mundo, algún día deje de serlo.

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¿Por qué BodhiDharma se fue al Oriente? El ciprés en el patio. No tengas nada. Sé feliz.



En los días sombríos y lluviosos, siempre nos preguntamos lo mismo: ¿qué hay tras las montañas, bajando hacia el valle? Y la respuesta retumba entre los ecos del tiempo, más allá del umbral, junto a la puerta estrecha, en todos los recovecos: el mundo material. ¿Por qué hemos dejado el mundo material allí atrás? Porque en el mundo material no hay paz ni libertad para la mente. ¿Por qué? Debido a que la gente no tiene suficiente espacio para gobernar las cosas del alma, solo se preocupan en mantener las cosas del mundo de las formas. Todo su espacio está lleno de la idea del yo, abandonando por completo todo aquello que hay más allá de los valles. Las aficiones mundanas nos conducen a crear lazos y pasiones. Al final se pierde lo que amamos, por eso experimentamos el sufrimiento. Si dejas de tener apegos, dejas de tener dolor. Si vaciamos nuestra mente, si vaciamos nuestras vidas de cosas, podemos superar el sufrimiento.

En las montañas se tiene sed por liberar el alma. Primero, renunciando a uno mismo. Alejarnos del camino angosto del ego, donde se acumula el polvo y el hollín, para abrazar el mundo ilimitado del alma. El camino de la libertad absoluta requiere la absoluta negación del mundo material, el absoluto desapego hacia las cosas. Por ser eficaz, ¿no debe un faro estar lejos, en lo más alto? Inquebrantable, el faro permanece hasta descubrir bajo sus pies las raíces de la verdad, del camino, de la vida. Es allí, en lo alto, donde resplandece y guía. Es allí donde su propósito encuentra razón de ser. ¿Quién encerraría la luz de un faro entre el polvo y el hollín?

¿Hacia dónde va el maestro de mi ser? Se interroga la vida en las montañas, ausente y alejada del mundo material. Ferviente y perseverante, lejos de las distracciones e ilusiones, con el único fin de llegar al verdadero ser, a la verdadera unidad con el todo. La forma no difiere del vacío, ni el vacío de la forma. La forma es vacío, el vacío es forma. Uno va a las montañas para liberarse del polvo y la suciedad del mundo, de todo su ruido y aire impuro, buscando en la otra orilla un sopor de libertad. Pero todo esto es imposible si antes no has sido capaz de amar incluso la basura, el polvo del mundo y la angustia de la vida. La perfección solo puede alcanzarse abrazando todas esas cosas. Todo lo sucio, lo imperfecto, lo angosto, lo terrible. Alejarte de las cosas es entrar en un mundo de remordimiento, por eso, antes de subir a la montaña, hay que abrazar todas las cosas, hay que amarlas. A veces hay que volver al mundo, a la turbulencia de la vida, para encontrar el sentido verdadero.

Cuando los lazos que nos unen a este mundo se vayan cortando uno a uno, navegaremos entre dos orillas. La vida es para los que se quedan en el eterno fluir, la vida es para los que están vivos. El resto deambula confuso entre las tinieblas del deseo. Solo cuando no se tiene nada, se apaga el deseo, y solo cuando se apaga el deseo, se es feliz. Allí, en el patio, junto al ciprés, en lo alto de las montañas, mirando al oriente, ese lugar dónde se marchó BodhiDharma.

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Cómo romper con la figura del gurú


 «Porque en esto, ni hay docente, ni alumno, no hay líder, ni gurú, no hay maestro ni salvador. Tú mismo eres el profesor y el pupilo. Tú eres el maestro, el gurú y el líder…Tú lo eres todo. Y entender es transformar lo que existe». Jiddu Krishnamurti

Es muy difícil hoy día no caer en la somnolencia producida por un gurú, un maestro o cualquier otro tipo de autoridad carismática. En muchas ocasiones, las necesidades no cubiertas de la infancia o las carencias que en ella se vivieron se reproducen de forma análoga en la inmediatez de la edad adulta. Hay muchas personas que encuentran en alguna ideología, creencia o dogma un sustituto perfecto para esos vacíos existenciales. Y si esas ideologías, creencias o dogmas vienen acompañadas de la mano de un ser carismático, el coctel es perfecto. Esto crea una dependencia emocional que a veces incluye una dependencia económica e intelectual, siendo guiados, sin darnos cuenta, hacia una nulidad de nuestra propia identidad y propósito personal.

Es muy frecuente que por la “Hermandad del Espíritu Libre” lleguen todo tipo de personas que van buscando ese tipo de figura. Por eso, cuando se identifica esa necesidad de dependencia personal, se rompe con el glamour de cualquiera que pudiera estar ejerciendo algún tipo de autoridad carismática. Estamos convencidos de que, en esta nueva era, la autoridad debe ser grupal, y nadie, por más que destaque, puede interferir en esa idea. De ahí nuestra insistencia en la emancipación personal y en la no afiliación a nada ni nadie, si no es expresamente realizada desde la más absoluta libertad, autonomía y emancipación.

Intentar “matar al Buda”, como dice el antiguo koan oriental, es imprescindible para poder ejercer nuestra libertad. Los cantos de sirena de unos y otros a veces nos hacen modificar nuestras vidas hacia los caprichos aleatorios de terceras personas que solo nos utilizan, la mayoría de las veces de forma inconsciente, para satisfacer sus propias necesidades de aceptación y admiración, reconocimiento y vacío. Nuestras brechas emocionales, nuestros anhelos incumplidos, nuestras decepciones vitales, nuestras rupturas o carencias son caldo de cultivo para caer en las redes invisibles de la dependencia, muchas veces encubierta y disfrazada de amabilidad, conocimiento o sensibilidad excesiva.

Cuando alguien se acerca con ese tipo de necesidades, mostramos todo nuestro abanico de imperfecciones, sacamos nuestra mejor versión del payaso que llevamos dentro y rompemos con cualquier tipo de autoridad que pudiera ejercerse de forma consciente o inconsciente. A continuación, llega repentinamente una gran decepción por parte de la persona que reclama a viva voz ser víctima de los tentáculos de cualquiera que se le cruce en el camino. Para nosotros, esa decepción es un acierto, porque de alguna manera deseamos insertar la idea de que las personas sean completamente libres, independientes y pensantes, autogobernadas y soberanas.

Muchas veces no somos del todo conscientes de esas redes de dependencia que creamos en otros, o que otros crean sobre nosotros. Están tan disfrazadas que resultan difícil poder reconocerlas. Son dependencias insanas, que a la larga provocan un colapso en la personalidad. Poseer poder, o carisma, es una responsabilidad que hay que administrar con sumo cuidado para no crear codependencia. Unos por necesidad de admiración y los otros por necesidad de estima. El ego no sujeto a los designios de la consciencia a veces es tentado y tentador. Romper ese fino hilo es tarea ardua.

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Como las fuerzas del mal ayudan a las fuerzas del bien


«Se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar». Immanuel Kant

La dualidad es algo humano. El mal solo es una energía mal situada. Realmente, no existe en los planos arquetípicos un “mal” consciente. Existen fuerzas mal situadas, energías mal situadas, errores en los procesos evolutivos, dualidades necesarias para que la creación mantenga dentro de sí todo su poder creador. Si nos fijamos con desapego de nuestra propia dualidad humana, de nuestra propia moral y nuestra ética, no podemos juzgar negativamente los ciclos, los procesos, la dualidad en la que vivimos y tenemos nuestro ser. La noche es consecuencia de la ausencia de luz. Podríamos juzgar todo eso como algo negativo, sin embargo, esa oscuridad nos permite descansar, reposar, reflexionar sobre las acciones del día. La dualidad noche/día tiene su propio sentido. Igual ocurre con los ciclos que compaginan los solsticios con los equinoccios. La vida se recrea con fuerza gracias a las estaciones. No es malo el invierno ni bueno el verano. Cada uno, a su manera, tiene una gran función creadora.

En el invierno todo muere. El propio ser humano vive sus ciclos invernales. La enfermedad y la muerte, el sufrimiento y el dolor, la pérdida y la decadencia, forman parte de la vida. Son fuerzas de regeneración, de renovación, de procreación. Lo viejo y añil muere para que lo nuevo pueda restablecerse. Recicla lo caduco, permite la nueva vida. Vemos la enfermedad como algo terrible y la muerte como un drama, pero desde la aceptación, podemos pensar que estamos ante el propio proceso de la vida y alinearnos con desapego a sus ciclos.

El mal que hemos sufrido nos ha ayudado a crecer. Si pensamos en todo el dolor que hemos soportado en nuestras vidas, nos damos cuenta que fortalecieron de alguna manera nuestras almas, nuestra presencia integradora, nuestra voluntad de ser útiles a la vida. No hay mal que por bien no venga. Es abrumador pensar que es así. Que todo lo padecido sirvió para algo. A veces algo que no logramos comprender, analizar, visionar. A veces tiene que ver con una enseñanza sutil, algo que nos permitirá desarrollar nuestros dones y talentos en un futuro, nuestra apuesta por generar riqueza para todos, para el mundo en su globalidad. Riqueza exterior que ayude a embellecer el mundo. Y también riqueza interior, que nos ayude a ser hermosos, sensibles, desapegados.

Las fuerzas del mal nos ayudan a ser mejores. Durante siglos hemos vivido en constantes guerras, pero la peor de ellas, la guerra mundial, nos hizo comprender que ya era hora de empezar a entendernos, a dialogar, a cooperar. La humanidad, en un momento de trauma colectivo, comprendió que debía apoyarse, hacerse amiga, valorar al otro. Eso se potenciará aún mucho más en cada crisis futura. El mal que ahora perdura nos ayudará a reinventar nuestra condición humana, a vaciar de contenido todo aquello que es perjudicial, y hará que cada día más, nuevos visionarios dibujen las líneas que deberán llevarnos hacia otro estado de cosas. Un estado amoroso, pacífico, cordial, amable, alegre. Un estado que nos hará vivir en paz y prosperidad continua.

Empecemos a pensar en cual será nuestro legado, aquello que haremos que este mundo sea más hermoso y pacífico cuando no estemos. Dejemos una hermosa huella. Hagamos que el mal que nos asola, haga de nosotros personas buenas y mejores. No luchemos contra el mal, aceptemos su enseñanza y utilicemos su fuerza mal situada para crear bien. Busquemos en el jugo de la vida todo aquello que debe ensalzar la vida. Alegres, diáfanos, fuertes, sigamos el curso del devenir.

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Gloria in excelsis Deo


Hoy contemplando la vida junto al antiguo monasterio de Samos

 

Miraba el reloj y parecía que no pasaban las horas allí justo en frente del antiguo monasterio. Junto al río, los árboles, ya brotados, ya verdes de nuevo, ya vestidos para la ocasión del renacer, miraban fijamente la escena. Allí no había tranvías ni ruidos. Solo una plácida brisa que se arremolinaba entre las copas. Nunca estuve en Dublín, por lo tanto nunca pude recorrer las estaciones de Blackrock ni Dalkey. Es curioso, porque una vez besé a una hermosa mujer irlandesa y recorrí casi todos los países europeos, pero siempre dejé para el final Irlanda. No es nada importante, pero hoy sentía como si de repente me hubiera mimetizado con los bosques y me hubiera convertido en una especie de elfo, o de duende/fauno, como hoy una conocida escritora me llamaba en el prólogo de un libro recién terminado. ¿Un duende/fauno? Quizás debería tocar alguna flauta y revelar el porvenir por medio de esas insospechadas voces que se escuchan en los bosques o a través de sueños.

Sí, las horas pasan. Los limpiabotas lo saben bien. Cada hora, cada instante, es un tapiz bermellón que se desgarra de nuestra cuenta vital. En ultramar tienen la costumbre de medir el tiempo de forma diferente. Pero si miramos a tientas el devenir, sabemos que estamos en una cuenta que se acaba, aunque no sepamos cuantos gramos de tiempo nos corresponden. En el fondo somos súbditos de todas esas limitaciones. Ya sabéis, el tiempo, el espacio y esa pequeña frustración por no sentirnos en todo momento libres. Siempre nos ata algo, algún reflejo, alguna emoción, algún pensamiento. Somos antorchas clavadas a una estaca en mitad de la noche. Un susurro imperceptible que ilumina centelleante en medio de una costosa nada. Como aquel estallido de sol que aparece al alba, para luego arrodillarse en el ocaso del día.

La irreparabilidad del pasado nos hace permanecer callados, contemplativos, silenciosos. Como si fuéramos responsables de todos nuestros errores y como si esos errores paralizaran toda nuestra vida. ¡Ay esos insensatos remordimientos! A cada nueva decepción, nos deprimimos aún más. En vez de gritar y liberarnos de esos grilletes que somos nosotros mismos, despejar la cuenta del mañana y saltar libres ante el indecoroso porvenir. Digo todo esto mientras escucho un canto en arameo, mientras tiro una moneda al aire y mientras bendigo la desigualdad de cada día, de cada pequeño fragmento de vida, recordando aún la tarde junto al monasterio.

Hoy es una noche extraña. Con voz baja y limitada intento comprender el aullido interior, la somnolencia de todo cuanto ocurre. Me he acordado de repente de Zoe. La vi solo una vez mientras cantamos salmos en una pequeña ermita. Su sonrisa era inolvidable, su alma exquisita. Era primavera en las altas planicies de Escocia, junto al mar, en la bahía. Aún hacía ese frío polar que arruga el alma, pero allí estaba su sonrisa inmortal. Bastaron veinte minutos de canto y cinco de paseo compartido para que su nombre y su mirada quedaran grabadas para siempre. A veces desearía tener ese poder sobre los otros. Un poder balsámico, complaciente, mágico. Sonreír y que ya nadie pudiera olvidarte, como ese evanescente reino de los olores que Jean-Baptiste Grenouille pudo crear alguna vez. A veces me pregunto si Zoe alguna vez existió, o fue producto de uno de esos inolvidables sueños. Veinte minutos de canto, cinco minutos de paseo. ¿Cómo te llamas? Le pregunté: Zoe, me respondió con esa inmortal sonrisa. Nunca más supe de ella, pero no importa, porque ella permanece.

También recordé aquel concierto donde la batuta parecía protagonista. Los recuerdos se amontonan en cada sintonía. Los tiempos han cambiado y ahora no sé cuando podré ir a Dublín. “Gloria in excelsis Deo”, era la canción. ¡Kyrie eleison!, me repito interiormente. La vida son instantes, instantes aquietados, de esos que van y vienen y se posan en tus rodillas para luego emprender el vuelo. No hay tiempo que perder, porque la cuenta sigue. Parece que no pasen las horas cuando te plantas en frente de los árboles. Pero algo nos dice que pronto o tarde, algún día, todo terminará. ¡Tu solus altissimus! ¡Cum sancto Spiritu!  Aún respiran las piedras del monasterio dentro de mí. Aún deseo vivir, y saberme inmortal, como Zoe.

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Los dioses mueren y resucitan


John Collier, Lady Godiva, 1898.

 

«Muchos de los que duermen en el país del polvo se despertarán; unos para la vida eterna; otros, para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas por toda la eternidad» (Daniel 12:2-3).

Los que viven en el país del polvo tienen una vida difícil. Todo es gris y todo se relaciona fuera de los ciclos. No existe vida realmente, sino supervivencia para acondicionar cincuenta metros cuadrados de habitáculo, mantenerlo y desear que otros lo hereden. Es en verdad una vida llena de horror eterno, porque sin ciclos de vida, muerte y resurrección, nada tiene sentido. La oscuridad se cierne sobre ellos, y la vida deja de existir.

Aquellos que viven cerca de los ciclos, en la naturaleza, en el campo, en los valles, junto al río, en bosques perdidos o en las cumbres de las altas montañas, se asemejan a los dioses que mueren y resucitan, esos dioses invisibles pero reales que encarnan el poder de la fertilidad, que ante la muerte de cada año en el solsticio de invierno, despiertan y resucitan como el grano para reinar de nuevo en cada equinoccio primaveral. Como hicieron Atis, Tammuz, Baal, Adonis, Osiris y el mismo Jesús el Cristo. Murieron y renacieron, resucitaron a la vida eterna de la vida endiosada, de la vida de las esferas, de la vida intangible que aún somos incapaces de entender.

Es el patrón de la energía solar, como nos diría Charles-François Dupuis y en el que más tarde profundizaría Frazer, el patrón de la caída del hombre en el Génesis como una alegoría de las dificultades causadas por el invierno, y la resurrección de Jesús representando el crecimiento de la fuerza del sol en el signo de Aries, en el equinoccio de primavera, donde la vida resurge de nuevo con fuerza y vigor.

Sea como sea, es tiempo de que los dioses preparen su simiente, su siembra, su semen. La semilla entrará resucitada en la oscura tierra y desde allí buscará de nuevo el anhelo de la luz. Ocurre lo mismo con la procreación, con la creación de nuevas almas y nuevas vidas. El semen entra en la cueva, más allá del pubis, y allí se entierra anhelado para crear vida, vida que buscará resucitar a la luz en un ciclo mayor meses más tarde. Los mitos de antaño quieren recrear esa sensación de renovación, de expansión de lo vital, de fluir de los rayos del sol por toda la orbe de la existencia. El cosmos entero resucita una y otra vez en cada respiración profunda. Y así como es arriba, es abajo. De ahí la llamada, la fuga, el deseo de continuar con los ciclos.

En el mundo de las almas ocurre parecido. El propósito divino es siempre universal. Si aquí en la tierra el amor surge como expresión de renovación, también ocurre allí en los cielos. Si aquí nos tocamos, nos rozamos y nos compenetramos en el ciclo de la vida, allí arriba, en los cielos celestes, se regocijan ante el jolgorio y el cancionero primaveral. No solo las aves son capaces de expresar ese vigor. También la sabia de los árboles, los enamorados perdidos en prados y valles, sobándose ocultamente bajo la sombra de cualquier árbol, besando los labios como expresión de resurrección. El beso oculto no es más que la expresión más viva de todo aquello que resucita en nosotros.

Esa necesidad de abrazar de nuevo la vida, de volverla aliada, de conquistarla con deseo y belleza, con canto y desenfreno, en esa orquesta que reclama resucitar una y otra vez ante el espesor de la existencia, esa necesidad, hay que expresarla. Enamorarse de nuevo es resucitar a la vida de nuevo, es volver a reiniciar los ciclos, es sentir que todo tiene un sentido renovado, único, impermanente. Y es así, estando vivos, como brillaremos en el fulgor del firmamento.

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Impermanencia estética


Pero mientras uno mismo no alcanza la profunda convicción de que este mundo fenoménico es irreal, no puede comprender su naturaleza, ni por ende librarse del sufrimiento. Y esa profunda convicción, que algunos llaman realización, solo surge después de estudiar las escrituras con suma atención y diligencia hasta llegar a comprender que el mundo objetivo es una confusión entre lo real y lo irreal.
Yoga Vasishtha

Llega la primavera con fuerza y la vida se manifiesta de mil formas. El suelo se llena de miles de insectos que corren ajetreados de un lugar a otro. Los aires se expanden con el canto de los pájaros y las flores empiezan a retoñar un año más. Empecé la primavera con un fuerte dolor en el pecho, con un parto doloroso. Fui a urgencias y me recomendaron unas vacaciones. Por suerte no fue nada. Solo un susto primaveral. Llevo días mirando a ver dónde ir de vacaciones para descansar y seguir la prescripción médica, pero me doy cuenta de que nunca hice vacaciones, sin más. Mis viajes siempre tuvieron algún sentido o propósito, y en ese trajín, olvidé descansar, desconectar… ¿A dónde ir en plena pandemia?
Pensé en recorrer las islas Canarias las cuales no conozco, o marcharme en coche por toda la costa ibérica, o hacer el Camino de Santiago por cuarta vez… No sé aún a dónde ir, a qué lugar marcharme para descansar… Si es que eso es posible para mí, porque viendo la lista de tareas siempre pendientes y todo lo que hay siempre por hacer, me resulta difícil pensar en marcharme a algún lugar que me permita cierto silencio interior.
Al menos esta semana pude terminar el libro que llevaba escribiendo desde hacía dos años con Emilio Carrillo. Hoy escribí las últimas palabras de “La Gestión del Misterio”, con la esperanza de que su venta pueda ayudar a conseguir algún dinero para la construcción de la futura escuela. Siento cierta convicción interior en la necesidad, no personal, sino colectiva, de apoyar esta causa. Siento eso que algunos dan por llamar llamada, y siento la necesidad de sacrificio a la hora de hacerlo. Por eso me cuesta pensar en vacaciones, a pesar de que esta vez el cuerpo me empieza a avisar de que requiero ciertos reajustes y descanso.
Mirando interiormente, admito que ciertas ganas de aventura tengo, a pesar de la pereza que cualquier movimiento vital suponga. Aventura material, pero también emocional e intelectual. No sé si estoy preparado para volver a enamorarme, pero a veces no descarto esa descabellada idea. Al menos, el poder compartir algún tipo de locura, aventura o complicidad, aunque esta fuera tan sólo mística o intelectual. La primavera explota también en nuestros adentros y nos llena de vida y deseo. Forma parte de la experiencia humana y nos empuja a brillar de forma especial.
Por si acaso al final me marchara a caminar por los caminos, me corté el pelo al rape. Llevaba ya muchos meses con el pelo largo y tocaba renovación, cambio, impermanencia estética. Una forma de alejarnos radicalmente de lo irreal de las formas y empatizar con la convicción de lo profundo. Lo epidérmico también tiene sus cosas bellas. Pero lo profundo nos llena la vida. ¿Y cómo compartir, o con quién, el bagaje profundo? En ese sentido me siento algo huérfano, al mismo tiempo que privilegiado por haberme reconciliado por fin con la soledad y el deseo de abrirme de nuevo a lo que surja, si es que tiene que surgir algo, sin añoranzas, sin rencores pasados, sin arbitrariedad ni perspectiva ninguna. Estoy aprendiendo a sembrar sin esperar fruto ninguno de la siembra. Alejado del resultado, cultivo un huerto hermoso, interior, a la espera de que la vida y la verdad se expresen en todo el camino.

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