La vida está hecha para comenzar de nuevo


«La vida está hecha para comenzar de nuevo».
Hannah Arendt.

La última noche no dormimos. Las anteriores, solo tres horas al día, cuando podíamos, mientras nos turnábamos en el volante. Lo pasamos mal porque el cansancio acumulado nos jugaba malas pasadas, y la responsabilidad de llevar vidas humanas pesaba mucho. Por suerte, a pesar de algún susto, no pasó nada, y llegamos bien temprano al centro de acogida que el Gobierno ha habilitado en Madrid. Nos despedimos uno por uno de todos los refugiados, los cuales, ya habían entrado en los anales del recuerdo y de nuestro corazón. No parábamos de llorar unos y otros. Fue un momento muy conmovedor y entrañable. Misión cumplida.

Tras limpiar los coches y entregarlos fui a por el mío y regresé poco a poco a Galicia. Mi cuerpo y mi alma estaban completamente colapsados. No podía seguir, debía parar en alguna parte y lo hice en una hermosa iglesia, junto a un tejo centenario y un cementerio que guardaba el recuerdo inmortal de nuestras almas. Me tumbé en el portal de la iglesia, en alguna parte del Bierzo, en León.

El colapso me ayudó a recobrar el sentido de la responsabilidad, de la osadía, del deseo, del amor. Pensé que esa excusa podría ser una puerta perfecta para equilibrar las energías, para transitar a un nuevo escenario de armonía, paz y amor. Arriesgar, quemar las últimas naves, darlo todo, dar el extra, dar la vida por algo en lo que se cree.

De estar casi una semana en la misma postura, me habían salido unas llagas y un dolor en las rodillas. Así que me tumbé en el pórtico con la idea de estar allí hasta recuperarme. Pero ocurrió el milagro. Algo cedió, el universo entero cedió, la vida cedió, y apareció como de la nada un ángel anunciador. Casi no podía creerlo, pero allí estábamos de repente, abrazándonos, amándonos, reconciliándonos desde lo más puro y sincero.

Sentí un gran alivio interior, un amor inmenso, una sensación de liberación, de sanación, de paz interior profunda. Sentí la oportunidad de empezar de nuevo, esta vez desde lo real, desde lo manifestado, desde aquello que se toca y se palpa y se transita de forma sincera y profunda.

El amor es una de las respuestas que el ser humano ha encontrado para mirar de frente a la vida. El amor es lo que nos llevó a recorrer casi ocho mil kilómetros para llevar medicamentos y comida a Ucrania y luego rescatar de aquel infierno a veinte almas que deberán, inevitablemente, comenzar de nuevo. El amor fue lo que me llevó hasta el pórtico de esa inolvidable iglesia para ser rescatado por amor, con pasión, con deseo. En ese momento, en ese mismo día, sentí que la vida estaba hecha para comenzar de nuevo. Que cada instante, que cada ocasión, era una oportunidad única para nacer otra vez.

Así que ahora siento que todo mereció la pena. El sufrimiento, el cansancio, la espera, la constancia, la pérdida de sentido y de razón. De alguna manera, siento que gracias a ello, algo murió inevitablemente y algo nuevo ha nacido. No sé aún el qué, aunque puedo intuir sus causas y todo lo que se desplegará de ahora en adelante. Quizás este momento sea la oportunidad única e irrepetible para que la Vida, en todo su esplendor, se manifieste. Ojalá.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Camino hacia la esperanza


Seguimos viajando, hoy ya por tierras de Francia. Anoche de nuevo dormimos tan solo tres horas. Estamos todos completamente agotados, excepto los niños que no paran de jugar unos con otros, ignorando el periplo en el que están participando. No entienden de geopolítica. No entienden de invasiones ni de guerras. Solo juegan. Quizás de mayores recuerden nuestros rostros, el viaje, el exilio, el sentirse refugiados, el sentirse de ninguna parte. Eso es lo que ocurre cuando emigras, o cuando eres hijo de emigrantes. Eso es lo que sientes cuando pierdes de alguna manera todas tus raíces.

Hoy en la comida alguien puso el himno de Ucrania y todos pasaron un mal momento. La anciana del gato se marchó a llorar a una de las furgonetas. Le pedimos perdón por la torpeza. Se removió todo de repente. Lo que parecía una bonita comida compartida en mitad de la nada se convirtió en un momento agrio y complejo, triste, amargo. Tanto sacrificio, toda una vida, para perderlo todo de repente. Empatizo mucho con esa idea. La he vivido muchas veces en mis carnes y es una sensación de vacío tremenda, de pérdida de sentido, de muerte en vida.

Te esfuerzas por construir una vida, un espacio, una intimidad, y de repente todo eso desaparece. Por una guerra, por una ruptura emocional, por una crisis económica, por una enfermedad, por alguna torpeza existencial. La vida se muestra con esa crueldad a veces. Lo veo en los rostros de esta gente. Ahora no tienen nada, excepto su pequeña maleta con cuatro cosas y la esperanza de que todo irá bien en el futuro. Pero ahí está el miedo, la terrible sensación que les acompañará por el resto de sus vidas.

El miedo siempre es paralizante. El camino, los caminos, están llenos de peligros y amenazas. El corazón nos dice una cosa pero la mente recula y nos advierte. No hagas esto, no hagas lo otro, nos dice constantemente. Es paralizante, es su función: ordenar y advertirnos. Esta gente no ha tenido más remedio que salvar sus vidas más allá de salvar sus cosas. Quizás si se hubieran aferrado a las mismas ahora estarían muertos. La vida siempre es más importante. Las cosas se recuperan. La vida no.

Siento algo de pena por todo. Mañana ya no estaré con ellos. Les coges cariño, sientes compasión, brota amor, te vuelves humano y de alguna manera te olvidas de ti mismo para entregarte al otro. En el fondo, la vida, la verdadera vida, es algo parecido a lo que ahora siento. Una gran necesidad de entrega hacia el otro. A otro que no conozco, con el que tan solo hemos compartido un relato épico, un viaje, una salvación, unas horas cansadas de un trayecto agotador e interminable. Me gustaría poder verlos en el futuro y saber cómo les ha ido. Como aquella familia de refugiados sirios que conocí en la isla de Chios y a la que rescatamos de una lancha neumática en mitad de la nada. Nuestra labor fue atenderlas en el puerto, acompañarlas hasta el campo de refugiados, brindarles ese primer apoyo emocional y humano. Nunca olvidaré los rostros de aquellas personas, como nunca olvidaré la sonrisa y el corazón de estos ucranianos.

Esta experiencia, única e irrepetible, me recuerda lo impermanente que es todo. Queremos aferrarnos a la vida pero la vida nos suelta una y otra vez. El miedo, los miedos, nos recuerdan la dureza y los peligros del camino. El amor fortalece nuestra decisión de seguir adelante, a pesar de ellos. Si no hay miedo, hay camino. Si hay camino, hay esperanza. Si hay esperanza, hay vida, mucha vida por vivir. Siempre es así, una y otra vez. Cuando el miedo avanza, la vida se paraliza y muere. Cuando es la esperanza la que aviva nuestro sentir, el camino se abre, la experiencia humana se enriquece, todo se ensancha. Inevitablemente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Buscando refugio


Tras traspasar toda la mercancía en la frontera con Ucrania y ver en vivo la desesperación de la guerra llegamos a Cracovia, hermosa ciudad polaca, donde pudimos descansar durante tres horas. A las siete estábamos desayunando y acomodando a una veintena de refugiados en las furgonetas para regresar a lugar seguro.

Al principio las caras de los refugiados eran de susto y desconfianza. Dejaban todo, se subían en un coche con gente que nunca habían visto y dejaban toda su vida en nuestras manos. Conducir durante tantos kilómetros con tamaña responsabilidad es complejo. Agotados por el viaje de ida, ahora teníamos que afrontar el viaje de vuelta con el compromiso de que esas personas lleguen a un lugar seguro. La mayoría mujeres jóvenes, algunas con niños que jugaban, sin conocerse, entre ellos. Ajenos a la guerra, como si eso fuera un juego de mayores que no va con ellos. Ajenos también a lo que ese viaje de ida, y no se sabe si de vuelta, significará para toda su existencia.

Hablaba como podía con unos y con otros. A veces con señas, a veces en inglés, a veces con sonrisas, a veces de cualquier manera con tal de que se sintieran acompañadas y tranquilas. Dar seguridad al otro, apoyo, compromiso, responsabilidad, es algo complejo. Era muy consciente de que esas personas vulnerables necesitaban sentir seguridad. Por eso nuestras miradas y gestos estaban encaminados a que se sintieran protegidos. Con los niños es fácil conseguirlo. Con los adultos requiere de mayor paciencia y tacto. Tratar con personas vulnerables o en riesgo de exclusión es la tarea más difícil de todas. Sobre todo porque tratas con la dignidad del ser humano, lo único que merece la pena cuidar como lo más valioso de nuestras vidas.

Inés, una ucraniana que hablaba algo de español, nos decía que su viaje era de ida, pero no de vuelta. Con un hijo pequeño y un padre desaparecido, no tenía ninguna esperanza de volver a su país. “Me quedaré para siempre en España”, decía con una tristeza difícilmente descriptible. Algunos intentan tomarse el viaje como algo divertido, como una aventura, pero cuando se quedan a solas, mirando cabizbajos a la nada, descubres el pesar profundo de lo que les está pasando por dentro. Personas que hasta hace poco vivían una vida normal, muy parecida a la nuestra, y de repente lo pierden todo, absolutamente todo.

Ayer Helena, la bailarina, nos enseñaba las fotos de cuándo su vida era normal. Su perro, su casa, sus amigos, sus espectáculos en todo tipo de lugares. No paraba de abrazarnos agradecida por nuestro gesto, por nuestra pequeña épica de ayuda humanitaria. Su vida ya había terminado, al menos su vida de música y baile, al menos durante mucho tiempo. ¿Quién desea bailar y reír cuando otros mueren?

Victoria nos contaba que era abogada en su país, pero estaba estudiando pedagogía. Estaba cansada de ejercer el derecho y quería centrar su vida en la educación de los niños. Le han acogido en un camping de Málaga y allí estará un tiempo hasta que pueda viajar a Alemania, donde tiene amigos que la pueden acoger. Quizás durante mucho tiempo no podrá ejercer ninguna de sus profesiones. Ahora todo es volver a empezar en países lejanos, costumbres diferentes, gente diferente.

Hay una anciana que va con su gato. No se despega de él. Se la ve profundamente triste. Solo nos pregunta cuánto queda para llegar. A esas edades, perderlo todo y volver a empezar carece de sentido. No hay esperanza, ni sentido de continuidad, ni nada a qué agarrarse. Deambula sola, mirando a unos y otros, y quizás preguntándose qué será de ella en lo que le resta de vida útil. ¿Quién la cuidará? ¿Dónde? ¿Cómo? La miro y siento una gran ternura al mismo tiempo que una gran tristeza.

También por esa familia de dos hijos que intentan disimular ante ellos la gravedad del asunto. O esa joven hermosa, tímida, que no habla con nadie, que se encierra cabizbaja en sus pensamientos, en sus recuerdos, en sus añoranzas, en su vida truncada, con esos profundos ojos azules que esconde tras intensas caladas de tabaco. Observo a cada uno de ellos y saco una profunda enseñanza, una profunda sensación de humanidad. Hemos hecho lo que hemos podido. Simples mensajeros, chóferes por unos días, ojalá también que amanuenses de la esperanza, profetas de un mundo nuevo y bueno.

Inés se acercó porque me veía a veces ausente por mis propias inquietudes internas. Me hacía bromas porque no como carne y no fumo y no bebo alcohol. “Así siempre vas a estar solo”, me decía… “Tienes que comer carne y hacer algo para que las chicas se fijen en ti”… Me hacían gracia sus comentarios. Se ha puesto enferma en el viaje y he intentado cuidar de ella con compasión, jugar con su hijo, localizarle alguna pastilla para el malestar, darle conversación. La veo tan frágil, tan delgada, tan triste. “Eres buena gente, seguro que encuentras a alguien”. Me repetía una y otra vez, como si de alguna manera, su ser hubiera captado mi melancolía y quisiera ayudarme como yo la ayudo a ella. La miraba sonriendo y le decía que los vegetarianos somos fuertes y resistimos cualquier envite. Luego me marchaba a pasear en los descansos mirando el cielo y mirando con ternura a cada uno de estos refugiados que cargan en sus vidas una experiencia inenarrable.

Escribo desde el asiento del copiloto, en alguna parte del sur de Alemania. Es mi turno de descanso. Tengo a mi lado un cucurucho de plastelina que una de las niñas ucranianas ha hecho para mí. Lo miro con ternura mientras ella duerme a mis espaldas. Miro la carretera. Aún quedan muchas horas de viaje. Miro el cielo oscuro, tranquilo, apacible. Ayer dormimos tres horas, hoy esperemos que sean algunas más. Mañana será otro día. La vida sigue.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Desde la frontera con Ucrania


 

Después de dos días conduciendo día y noche, pude dormir tres horas en la furgoneta mientras el otro conductor me relevaba. Atravesamos España, Francia, Alemania, República Checa y Polonia hasta llegar a Medika, en la frontera con Ucrania. La idea primera era llevar la ayuda directamente a Ucrania, pero al final nos quedamos en la frontera, donde nos esperaban algunas ONGs para poder recoger los medicamentos y la comida que hemos traído. Aquí hemos escuchado los testimonios de los voluntarios y la sensación de impotencia iba creciendo a medida que escuchábamos a unos y otros.

Justo ahora, detrás mía tenemos a una madre y su hijo junto a una voluntaria que nos acompaña en el coche hasta España. Dejamos comida y recogemos seres humanos cansados, desvalidos. Comparto con el niño algo de comida, ajeno a todo lo que está pasando, como si todo fuera un paseo o una aventura que no termina de entender.

Inés, la joven madre, nos cuenta su aventura, sus miedos, la angustia que ha vivido en todo este tiempo. Salen refugiados de Ucrania y entran los que se atreven a volver. Hay unas colas inmensas, de hasta cuatro días, nos cuentan, para poder entrar al país. Aparcamos junto a ellos, familias enteras que se atreven a regresar a sus casas, o a lo que quede de ellas. Cuatro días esperando en la intemperie, en un largo corredor humano. Nos sorprende ver también largas colas de camiones con coches. Nos dicen que son para restituir todos los que los rusos han destruido. Las voluntarias nos confiesan que en esa larga fila hay de todo, inclusive tráfico de armas.

Una de las voluntarias de origen ucraniano nos recibe con un soldado del ejército canadiense que está entrenando a milicias ucranianas, literalmente, para aprender a matar. Su relato nos conmueve. Enseñar a matar para defenderse de una situación que nadie esperaba, que nadie deseaba, que nadie imaginaba. Aprender a matar a jóvenes que también han sido entrenados para matar a otros jóvenes que no sabían que alguien alguna vez querrían matarlos.

Una de las voluntarias de una ONG paquistaní nos relata cómo escuchaba las bombas cuando iban a llevar alimentos al país invadido. Todos coinciden en que lo que más hace falta son alimentos. Los voluntarios españoles hacen incursiones diarias para llevar comida a todas partes. Una de ellas nos relata que van a menudo a las aldeas de la zona de Chernóbil para repartir alimentos. Todos necesitan comida y la comida no termina de llegar. Si no fuera por estos ángeles que ayudan de forma anónima la situación sería más crítica.

Viendo todo lo que vemos me doy cuenta de lo egoístas que somos. Aquí me doy cuenta de la existencia a veces miserable que llevamos en nuestras vidas… solo pensando en nosotros, en nuestros problemas… Cuando podemos ver estas realidades de frente, uno piensa que no tiene derecho a quejarse más… aquí las caras, los rostros tristes y desamparados lo dicen todo.

Son las once de la noche. Escribo desde el coche mientras escucho al niño jugar, un joven refugiado, que buscará una vida nueva con su madre en España. Aún tenemos que descargar la otra mitad de alimentos y medicinas a una cuarta ONG. Es tarde, estamos cansados. Me miro en el espejo interior y me siento miserable, abandonado en un mundo horrible de guerras y traición a la vida. Un mundo carente de compromiso, de amor, de responsabilidad. Un mundo que se acaba y termina, un mundo que huye hacia el final. Ese mundo desesperado, ya sin esperanza, sin vida, sin consciencia. Hoy siento que termina algo que hasta hace muy poco lo era todo. Hoy siento que la vida acaba, y empieza la supervivencia.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Viaje en son de paz a Ucrania


Llegué tarde a Carranque, al primer lugar de encuentro. Me acomodaron en una hermosa sala de meditación y yoga, toda forrada de madera, con forma circular y con vistas al infinito. Dormí poco junto a la figura de yoguis de la India, quizás un par de horas, pensando todo el rato en la llama… Sí, en esa llama que me da vida y me enciende cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Sentí que flotaba. Tres o cuatro horas después ya estábamos despiertos, empujando dentro de la furgoneta los últimos medicamentos para Ucrania. A las cuatro de la madrugada salimos. Nos encontramos con el resto del convoy en Madrid y de ahí subimos dirección a Francia.

Alistarse a las milicias de voluntarios de ayuda urgente para Ucrania puede resultar épico y valiente. Supongo que es de las pocas cosas épicas que uno puede hacer hoy día por los demás. Más allá de mirarnos nuestro ombligo, de pasearnos por nuestras preocupaciones, de visitar frecuentemente nuestros anhelos y frustraciones, de ir cabizbajo porque nuestra vida es así o asá, siempre en la queja, siempre en lo mal que va todo. Bueno, ahí está la humanidad, la doliente humanidad que en unos días veremos de cara, frente a frente. Hoy atravesamos toda Francia, mañana Alemania, Checoslovaquia y Polonia hasta llegar el miércoles a la frontera con Ucrania. Por turnos, sin dormir, sin descansar hasta nuestro destino.

Conduciremos toda la noche y todo el día. Dos chóferes por furgoneta. Cuatro furgonetas en total cargadas con todo tipo de cosas urgentes y necesarias. Para los soldados, para orfanatos, para los heridos… Pensábamos en un momento llegar hasta Leopolis, pero hace unos días bombardearon esa ciudad y por prudencia, hemos quedado con nuestros contactos en la frontera. Allí descargaremos toda la mercancía e iremos a Cracovia a recoger a los refugiados. Nos dicen que hay lista de espera, que la gente quiere marcharse de allí. Tenemos pocas plazas, así que suponemos que habrá algo de tensión en la recogida.

Todos los que vamos somos voluntarios. Conducimos gratis y nos hacemos cargo de los gastos que supone este tipo de hazañas (gracias y bienvenidos a los que quieran echar una mano). No sabemos muy bien qué es lo que nos mueve. A veces un poco el ego, a veces otro poco la necesidad de huir, otras las ganas de ayudar, el humanismo en ciernes, nunca se sabe. Quizás una mezcla de todo, porque uno nunca sabe qué hacer cuando el mundo se desmorona y cuando todo carece de sentido.

Mientras conducía se avivó la llama. No puedo describir exactamente el significado profundo de lo que esa llama desea, transfiere en mi ser, aviva en mi alma. La llama que aflora desde dentro, la llama que aviva el fuego doliente del alma que grita. La llama que une corazones y abraza el amor sempiterno, ese que trasciende las edades, ese que reclama su posicionamiento en el ciclo de la Vida. La llama aflora en este viaje con fuerza, y recuerdo, o más bien me imagino, aquella incombustible pareja que durante un año se separó, uno en Alemania, otro en la llanura castellana, esperando el momento, esperando la unión que diera sentido a sus vidas. La llama… es el verdadero anhelo de la Vida que quiere expresarse… ¡Dad paso a la vida! Decía el poeta…

La épica del héroe de nuestros días, decíamos ayer. Ahora siento que la épica más profunda es aquella que roza lo ordinario y hace de ello algo extraordinario. No hay epopeya más grata que la balada de un simple abrazo, de esos sentidos, de esos anhelados. Un abrazo hacia uno mismo, un abrazo hacia el otro, un abrazo hacia el mundo. Como este viaje, un pequeño gesto que recibirá la ovación y el agradecimiento de un puñado de almas salvadas de una pesadilla terrible. Sí, vamos a la guerra, pero en son de paz, en son de amor, con el deseo de que la llama de la virtud sucumba en todos. A Ucrania por amor, ahora sí.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Si la causa es buena, persevera


© @huseyintaskin

«La aparente derrota de hoy es el punto de arranque del triunfo de mañana. Si la causa es buena, no hay más que perseverar contra viento y marea». Victoria Ocampo

Intentar mantener la compostura en un viernes trece con Mercurio retrógrado es complejo. La comunicación debería ser sensible, y nunca violenta o desagradable. Pero a veces los astros, o las circunstancias, tanto monta, ejercen una penosa influencia en nuestros actos, palabras y decisiones. Pequeñas pruebas que pretenden alinearnos correctamente con nuestro sentir, y ver si lo que sentimos es verdadero o un mero capricho primaveral.

Ahora que escribo desde algún lugar junto al mar, la serenidad de las olas me recuerda que en todo camino siempre hay baches, y que uno no debería apartarse al borde del mismo cada vez que se tropieza con una piedra o con un socavón. Todo trayecto que se precie estará lleno de aventura, de contratiempos, de inventiva. Solo tenemos que medir desde dentro si el camino emprendido es realmente profundo y necesario, si es, en definitiva, nuestro Camino. Por eso en el camino del héroe que tan bien nos describía Cambpell, los guardianes del umbral ejercen un poderoso propósito: comprobar si estamos preparados, si nuestro caminar es real o sincero.

La aparente derrota de cada tropiezo no debería desviarnos del sendero. Cada derrota, cada contratiempo, puede ser el punto de arranque hacia el triunfo del mañana. Levantarse a cada descalabro es lo que diferencia el triunfo de toda empresa de aquellas que nunca llegan a nacer. Si la causa es buena, uno debería levantarse tantas veces requiriera dicha causa. Si la causa merece la pena, por su profundidad, por su envergadura, por su copioso propósito, habría que perseverar contra viento y marea. En la película «El día de la marmota», el protagonista se despierta todos los días con el propósito de mejorar, hasta conseguir sus sueños, después de innumerables pruebas, a cual más compleja.

Los artífices, los magos, los creadores, los que se entregan a una causa para llevarla a cabo, a diferencia de los genios, se manchan las manos de barro. Moldean, se ensucian, se equivocan, se empapan de sudor. A cada paso que se da, uno debe tener presente cuántos baches habrá en el Camino, cuántos errores, cuántas flaquezas, cuántas ganas de tirar la toalla por aburrimiento, extenuación o agotamiento extremo. El no te salves de nuestro poeta, el no te quedes inmóvil al borde del camino, es de una significación profunda.

Por eso, en nuestro afán de discernimiento, debemos sentir si la causa es buena, si merece la pena, si el sueño, por muy loco que parezca, merecerá ser buscado, hollado, abrazado. Uno sabe de corazón cuando algo está ahí como un reto para ser alcanzado. Y como todo reto, uno sabe que a mayor sea la envergadura del mismo, mayores las pruebas para alcanzarlo. Cada derrota, cada equivocación, puede servir de empuje para llegar más lejos. Cada acto valiente de entrega es un paso hacia nuestra particular y silenciosa victoria. Por eso, si la causa es buena, persevera. Al final, merecerá la pena.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El arte de la huida


© @byondrej
“No te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo, no saldrás vivo de ella”.
– Les Luthiers…

 

En agosto de hace tres años hablaba del “arte de la fuga” y unos meses antes había escrito sobre “la gran huida”. Hoy leía un bonito texto de una persona a la que estimo que habla del arte de la huida y me reconfortaba su lectura por ser tan parecida a mis propias reflexiones sobre este tema, tan recurrente en mi vida. Esta mañana había huido y llevaba días huyendo sin parar por miedo al dolor, por miedo a la pérdida, por miedo a que los sueños más profundos y verdaderos sean aplastados por una realidad incómoda. Luego miré un poco hacia atrás, cuando me tumbé abatido en la pequeña y sanadora biblioteca, y me di cuenta de que mi vida siempre había sido una continua huida. Huida de personas, de relaciones, de lugares, de trabajos, de responsabilidades, de compromisos. Me di cuenta de que, si en algo era especialmente bueno, era en el arte de huir. En huir y en sabotear lo bueno, lo merecido, lo verdadero.

En un par de días me marcho a Ucrania para llevar medicamentos y traer refugiados, pero sé que esta vez no lo hago para salvar vidas, ni para ayudar en algo como otras veces, sino para huir. Huir de mí mismo, huir de mi dolor, huir de mis fracasos, huir de la frustración, de la rabia, de la pena, de la tristeza, del intentar controlar casi de forma paranoica una realidad que no me pertenece, o de la que no me siento merecedor. De ahí la gran frustración de querer abrazar algo dentro del sentir del no merecimiento. ¿Por qué esa manía de no sentirnos merecedores de felicidad?

De lo que más huyo es de la sensación de vacío que produce la escapada libre. Uno de los deportes que más me gustan es el parapente. En el fondo es una huida hacia arriba, hacia lo alto, porque cuando estas volando, estás solo ante el mundo, estás huyendo hacia un imaginario imposible que se traduce en auténtica soledad, en auténtico vacío ante la inmensidad del cielo y las fuerzas de los vientos que te arrastran de un lado para otro siempre en bravío silencio. Volar es como flotar entre dos mundos, sin saber muy bien a cuál de ellos perteneces. Esa es la sensación que siempre me ha acompañado. Y quizás ese sea el motivo por el que un día decidí huir a las montañas. Aquí estoy cerca de lo verde y lo celeste, como entre dos mundos, abrazando el cielo liberador de las mañanas y aterrizando en la tierra doliente por las tardes. Vivir en los bosques, aunque me empeñe en decir lo contrario, es una forma de huir.

Los héroes de la antigüedad realmente eran unos temerosos que huían de su realidad. Les aburría la vida ordinaria y organizaban viajes épicos, auténticas huidas con todo tipo de peligros y purificaciones morales. La épica del héroe es la épica de la huida. Como la épica del hombre ordinario es huir al bar, a echar la partida, a beber una cerveza o un vino y medio borracho, volver a casa olvidando todas sus responsabilidades y compromisos. O huir a las discotecas, al baile, a los centros comerciales, porque esa será nuestra única y gran épica diaria. La otra gran épica, las vacaciones de verano, es aplastante.

De igual manera, el vuelo mágico de los místicos es también una huida. Algo que se contrapone al dominio ascético, a aquello que nos enfrenta a un mundo que nos desagrada. El fuga mundi de los antiguos tenía algo de verdadero y escambroso: adolecer ante el mundo mentiroso, huir de alguna manera hacia lo invisible, saturados de un mundo tangible abominable, cruento, monstruoso.

Mi huida actual sigue siendo psicológica y emocional. No pretende sanar nada porque todo estaba sanado. Requiere, quizás tal vez, restituir lo acordado, abrazar lo abrazado, emprender el sueño y ver hasta dónde llega su profundidad, su compromiso, su lealtad. Es una huida cansada, quizás porque por primera vez, sentí deseos de no huir, de estar ahí, de darlo todo, de entregar en rendición mi vida, en su vida. Ahí viene la gran paradoja. Ahora que no quería huir, como si el universo me ofreciera atrevido esta singularidad, huyo de la propia huida. Como decía el poeta, iré a descansar, al valle de los avasallados, y allí, como no me falta sentido del humor, reiré y reiré. No podemos tomarnos la vida tan en serio. No merece la pena.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Responsabilidad afectiva


«Tengo mucho miedo.» Y yo le pregunté: «¿Por qué?», y ella respondió: «Porque soy profundamente feliz. Una felicidad así asusta.» Le pregunté por qué y dijo: «Solo te permiten ser así de feliz cuando están preparándose para llevarse algo de ti». «Cometas en el cielo», Khaled Hosseine

 

Dicen los expertos que la responsabilidad afectiva es poder comunicar nuestras expectativas y sentimientos sobre una relación de forma clara y transparente. Es tener como pilar básico una buena comunicación, sobre todo cuando se tocan puntos álgidos o delicados, especialmente al inicio de cualquier tipo de relación donde es importante que las partes se conozcan, se aprecien y se tengan en consideración para ver si es posible algún tipo de compatibilidad afectiva. Para ello hay que colocar delante siempre el respeto y la comunicación clara y transparente basada en la verdad y la sinceridad.

Cuidarse mutuamente y comprender que todas nuestras acciones tienen repercusiones sobre el otro es fundamental. A veces, tan egoístas que somos, decimos cosas y actuamos sin tener en cuenta al otro, sin hacer o decir las cosas de forma delicada y amable para no dañar la sensibilidad ajena.

En definitiva, es tener en cuenta a la otra persona. Es decir, empatizar con el otro, tenerlo presente en nuestras decisiones, incluirlo en nuestra vida y fortalecer con ello nuestros lazos y vínculos. Crear espacios de seguridad, de confianza, quizás sea lo más complejo en toda relación. Ser conscientes del impacto que generamos en los demás o incluir al otro en nuestras decisiones son cosas que muchas veces las pasamos por alto.

El cuidado que pones en transmitir las decisiones que tomas a las personas que tienes en tu vida es importante para que el otro no se sienta aplastado por un tractor. A veces hay relaciones donde una de las partes se empeña en podar al otro, en dejar de regarlo, en dejar de cuidarlo, hasta que dicha relación se marchita por falta de tacto, cuidado, atención.

Sentirte seguro, tranquilo, participe, cuidado, no es algo baladí en cualquier tipo de relación. El equilibrio siempre es complejo, porque los seres humanos somos altamente complejos. Pero con un poco de esfuerzo y tacto, es posible mantener relaciones saludables, sanas, consensuadas, amplias, conscientes.

Debemos en todo momento ser capaces de expresar nuestras necesidades y emociones siendo respetuosos con las emociones del otro. Esto requiere claridad, no enredar al otro, no confundirlo a cada instante con cambios en el relato, en la narración de nuestras vidas. Eso crea inseguridad, decepción y apatía. El amor no se puede organizar, no tiene plazos, ni fechas en el calendario. Es pura entrega. O se ama, o no se ama, pero si uno ama, se entrega. Y esa entrega, siempre sincera y amorosa, requiere de afectividad y cuidado, inevitablemente.

Debemos ser responsables con las relaciones que establecemos. Tener mucho cuidado de no jugar nunca con los sentimientos y expectativas del otro. Una relación siempre va más allá de uno mismo. El egoísmo es antagónico de cualquier relación. La empatía, el pensar en el otro, el comprender al otro, forma parte necesaria de cualquier tipo de acercamiento. Uno se puede casar consigo mismo y hacer como hacía Woody Allen, estar en continua búsqueda de sí mismo, en continuo conflicto con uno mismo. Pero si queremos crecer más allá de nosotros mismos, ahí tenemos las relaciones y al otro. Y al asumir ese crecimiento, debemos asumir un gran compromiso y una gran responsabilidad. Simpleza y objetividad. Amor y cariño siempre. Cuidado, tacto, amabilidad, respeto, entrega.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Amor, compatibilidad, proyecto


© @bewatts52

«Todavía podría haber algún lugar para nosotros en algún lugar». Charles Bukowski.

El amor en nuestros días es una sucesión de nuevos comienzos con breves y casi indoloros finales. No queremos ataduras de ningún tipo, ni compromisos, ni responsabilidad con nada ni con nadie. Las relaciones son breves episodios en los que priva la búsqueda egoísta del beneficio personal. Cuando una pareja deja de ser rentable, se deja de lado y se busca una nueva. Me sirve, no me sirve, que diría el poeta.

Amar en tiempos revueltos ya sabemos que es complejo. Con el paso de los años descubrimos que amar no es suficiente para tener relaciones estables. Tiene que existir, además, cierta compatibilidad, cierta atracción y química, cierta admiración por el otro y un proyecto de vida en común. Esto son valores cada vez más caducos. Lo sólido está siendo sustituido por lo líquido, que decía Bauman. Las relaciones en nuestra sociedad, basadas en el individualismo, se han convertido en algo temporal e inestable, en un tiempo que carece de aspectos sólidos. Todo lo que somos y tenemos es cambiante y con fecha de caducidad, basando toda nuestra vida en la constante impermanencia, sin raíces, sin nada de cuajo, sin pilares ni soportes.

El miedo al compromiso es la razón principal de nuestro fracaso presente. Cuanto más rara se considera una persona, o cuanto más inteligente, consciente, independiente, libre y solitaria sea, más complejidad encuentra para compatibilizar una vida ya de por sí complicada con alguien, comprometida con alguien. La compatibilidad es más fácil cuanto más fácil sea tu vida, más simple tu inteligencia y más dócil tu manera de vivir. Pero si eres rebelde por naturaleza, independiente en cuanto a normas y formas y costumbres y consciente de que más allá de recrearnos en nuestros ombligos, hay vida más allá de nosotros, la cosa se complica.

Luego viene todo eso de la química, de la atracción. Uno puede amar a alguien, pero puede abrazar a esa persona como el que abraza a una ameba. Esta parte es compleja porque la química que une a las personas es compleja. La química es muy irracional, no está relacionada con ser más o menos inteligente, consciente o emotivo. La atracción es algo que se da o no se da. Y el grado o intensidad de atracción, de química, también es fundamental.

Luego viene la parte de la admiración: ¿admiramos a la persona que nos atrae y amamos? Esto es igualmente complejo. ¿Nos gusta su forma de pensar, su forma activista ante la vida, su manera de ver el mundo y mostrarse ante él? ¿Admiras su belleza, su inteligencia, su consciencia, su constancia? ¿Podrías estar un día entero mirándola, sin decir nada, solo admirando su sonrisa? Estas partes del amor se están perdiendo, es algo caduco para los tiempos que corren, y de ahí, en parte, es que vivimos en una especie de apocalipsis de una civilización que se acaba. Hemos dejado de admirarnos los unos a los otros, y ahora solo hacemos un uso mercantilista del otro. Me sirve, no me sirve, como decíamos al principio. Y así nos va.

Y luego queda el ingrediente principal, el proyecto común. ¿Tenemos algo que celebrar juntos? ¿Tenemos un proyecto común? Normalmente, o antiguamente, depende de como se mire, el proyecto común más común era tener una familia. Era, digamos, el pack básico de toda relación. Pero eso ya no está de moda, ¿quién quiere tener una familia en una sociedad líquida donde cambiamos de pareja cada dos años a lo mucho? ¿Quién es capaz de tener la audacia de comprometerse responsablemente a tener ningún tipo de proyecto común hoy día? En una sociedad donde la presión de cualquier tipo es motivo de ruptura, donde el romanticismo parece algo asqueroso, controlador o manipulador, donde nadie está para lo malo, sino que sale corriendo a la primera de cambio, donde la realidad virtual es más poderosa que el mundo real, que muchas veces suele ser decepcionante. ¿Quién quiere tener, realmente, un proyecto de vida hoy día más allá de tenerlo consigo mismo y su ombligo?

No estamos preparados para el amor. Amar hoy día es un acto constante de rebeldía. Es, diríamos, una provocación contemporánea. Un riesgo que pocos asumen, porque asusta amar, porque se teme perder un ápice de algo para entregarlo al otro. Nos protegemos, olvidando que un gran amor viene siempre acompañado de certeza. Si dudas, no amas. Aunque nos protejamos, aún no somos conscientes de que somos dignos de amar y ser amados. Y cuando podamos descubrirlo sin protegernos, a pecho descubierto, la vida tendrá un cariz diferente, un aroma diferente, una verdadera y bella alborada.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

¿Por qué nos cuesta tanto la comunicación directa?


En estos tiempos que corren dónde todo es mentira, las redes, las relaciones, lo virtual, la televisión, a veces hasta nuestras propias vidas, es muy complejo encontrar fórmulas adecuadas de comunicación directa. Los antropólogos nos volvemos locos cuando queremos encontrar un atisbo de verdad. Tan dados que somos a buscar indicadores, los mismos siempre terminan por destripar las entrañas de lo cierto, lo real. Resulta difícil comprometerse con alguien a comunicarte de forma clara y honesta, abierta a la escucha, con respuestas sentidas desde el corazón, con amorosa aceptación y con delicadeza. Es algo de lo más complejo, y al mismo tiempo, cuando se consigue, es algo de lo más liberador y sanador.

Cuando sientes rabia, celos, soberbia, orgullo, dolor, tristeza, sufrimiento, enfado o cualquier otro tipo de emoción, es complejo realizar una autogestión soberana de dichas emociones. De igual forma, es aún más complejo transmitirlas, compartirlas para que no enquisten en futuras enfermedades, de forma prudente y amorosa. Cuando uno está enfadado, es complejo hablar desde la armonía y el autocontrol.

Sin embargo, aunque nos costara, deberíamos buscar espacios de responsabilidad y libertad dónde poder ser francos en cada momento. Si a uno le entra un ataque de celos paranoico, o un enfado monumental por haber sido herido, o cualquier otra cosa que nos pueda molestar del otro, sería maravilloso y fundamental poder encontrar el momento idóneo para expresar a cada momento nuestro sentir sin ser juzgados, sin ser calificados de esto o lo otro. Es difícil buscar la raíz de muchas de nuestras erróneas actitudes, pero puede llegar a ser fácil sanarlas si encontramos el apoyo suficiente.

Esos espacios de seguridad no existen hoy día. Cuando las cosas se enquistan precisamente por la falta de comunicación, todo termina explotando. Pero cuando lo que uno siente se expresa con completa autenticidad, sea lo que sea, las almas se liberan. Todo el problema de la mediación entre dos partes es la falta de escucha sincera. Para que exista escucha deben existir espacios de seguridad, donde sepas que todo lo que puedas decir al otro está en un entorno seguro. Expresar lo que uno siente y ser escuchado con franqueza es lo que evita malentendidos, enredos en las relaciones, búsquedas de huidas hacia adelante.

Si estás enfadado, dilo abiertamente. Si algo te ha molestado, ten la franqueza y la valentía de expresarlo. Siempre con cordialidad, siempre con respeto, siempre desde la libertad de ese espacio seguro de relaciones sanas y fructíferas. Escuchar a un hijo, a un padre, a una pareja, a un amigo, a un familiar, a un conocido, y luego acompañarle sin juzgar.

Si hay franqueza, transparencia y amor, lo que nos dolía desaparecerá. Los dolores del alma, de la mente, de las emociones, desaparecen cuando han tenido la oportunidad de ser expresados, de ser comunicados, de ser sostenidos por un ser querido, de ser sanados desde el cariño y el amor. El oficio de un cura era el de sostener antiguamente “los pecados”, al igual que ahora el oficio de un psicólogo equivale a sostener los problemas diarios de nuestra mente y nuestras emociones.

Nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, necesitan igualmente ese sostén cuando se sienten vulnerables o heridos, ese acompañamiento desde el amor franco. Necesitan ese silencio, esa escucha, esa empatía, esa delicadeza que damos a una persona que está enferma, entendiendo en esos momentos que la rabia, los celos, el orgullo o el sufrimiento, son enfermedades del alma. Muchas veces, un abrazo sincero bastan para sanarlos. No construyamos relaciones en base a fantasías o relatos mitológicos. Hagamos que la vida real se manifieste en cada instante, en cada momento, con aquellos que están realmente a tu lado.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza


© @swash63

Hoy me recordaba una excelente amiga la Quinta Regla de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que dice así: «En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación. Porque, así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar«.

Es verdad que cuando uno está desolado, enfadado, rabioso, orgulloso, celoso, triste o desorientado no puede ni debe tomar ningún tipo de decisión, porque siempre puede ser desastrosa. Hoy era uno de esos días, uno de esos días en los que el ánimo desolado me empujaba e incitaba a tomar decisiones de las que quizás luego uno puede arrepentirse. Por suerte, alguien muy querido me vio en la calle deambulando, desorientado y cabizbajo, y me invitó a algo tan sanador como comer pizza. Estuvimos cinco horas hablando hasta que vino el camarero y nos preguntó si nos íbamos a quedar a cenar. Se nos fue el santo al cielo.

Mientras comíamos se nos acercó a charlar un rato Andoni Moreta, un clásico del Camino de Santiago. Andoni sale en muchos periódicos explicando su historia, e hizo lo mismo con nosotros en el ratito que nos acompañó. En un momento trágico de su vida, teniendo él como profesor de instituto una vida ejemplar, tomó una decisión fatal. Desde entonces, lleva perdido deambulando por los Caminos, viviendo en la calle, transitando de un lado para otro.

Cuando era trabajador social y trabajaba en los arrayanes de las ciudades en albergues de personas sin hogar podía darme cuenta todos los días de lo frágil que es la condición humana, y de cuántas personas viven una vida desolada por un puntual error fatal. De lo fácil que resulta perderse en la vida cuando por una crisis, depresión o circunstancia terrible uno pierde completamente el norte, el sentido de la vida, la ilusión por vivir. Nadie está salvo de esto.

Personas normales que llevaban una vida normal, ejemplar, como Andoni, pueden de repente girarse y volverse locos, perder totalmente el centro y caer en cualquier tipo de circunstancia horrible. Andoni lo decía con una tristeza terrible en sus ojos, catorce años después: “solo quise abrir la ventana para que entrara un poco de aire fresco”. Su testimonio, relatado en los medios, es francamente conmovedor. Un pequeño gesto, un pequeño error en tu vida, y todo se va al traste.

Tengamos cuidado, estemos atentos, marquemos bien cada uno de nuestros pasos. Siempre, siempre, siempre, cerrar los ojos e intentar ser guiados por nuestra alma, por nuestra fortaleza interior. Respirar, respirar, respirar y hacer siempre el bien con nosotros mismos y con nuestro entorno. Siempre firmeza y constancia en nuestros propósitos. Siempre recordar quienes somos y a qué hemos venido. Estemos alertas. Estemos atentos. Seamos fuertes pilares para no derrumbarnos al primer soplo. Y cuando los soplos venga, restituyamos hasta que volvamos al momento, al instante anterior de esplendor y belleza.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Cuando lo verdadero es Real, permanece


© @mathieu_dalle

«Hay ocasiones en que estoy convencido de que no soy apto para ninguna relación humana«. Franz Kafka

Decía uno de los cuatro acuerdos eso de que no te tomes nada personal. De que la realidad en la que vivimos dista mucho de la percepción que los otros tienen sobre la misma. Uno puede ser o parecer alto o bajo, gordo o flaco, feo o guapo, pero la realidad es que todos nos verán de formas diferentes dependiendo de la ficción y las creencias que cada cual tenga en su mente, en su construcción mental. Todo eso a veces se vuelve complejo. A veces sufrimos todo tipo de posesiones o circunstancias extremas que distorsionan nuestra realidad. El mal acecha en todas partes, nos posee, nos manipula, nos hace perder el centro.

Cuando de repente dejamos de hacer lo que somos, cuando de repente nuestro comportamiento difiere, perdemos nuestro centro y actuamos de forma diferente, debemos pensar o sospechar que quizás algún tipo de fuerza nos está manipulando o invadiendo. Ya sea a nosotros o a nuestros seres queridos. A veces hacemos cosas o decimos cosas que no nos pertenecen. A veces sale de nosotros una maldad, o una inconsciencia, que no es nuestra. No podemos sospechar su naturaleza. Unos afirman que viene de nuestros ancestros, otros de fuerzas invisibles, otros de entidades que desde otra dimensión se empeñan en manipularnos y hacernos daño. Entidades que nos aíslan, que nos hacen decir y hacer cosas que estando en un estado normal nunca haríamos ni diríamos.

¿Cómo saber si estamos siendo manipulados por algún tipo de fuerza extraña? Cuando notamos que hemos perdido el centro y no sabemos hacia dónde dirigirnos y tendemos al aislamiento. ¿Cómo salir de esa influencia? Agarrándonos con fuerza a esas personas que siempre han hecho o querido el bien en nuestras vidas. Nuestros amigos, nuestra pareja, nuestra familia, son los guardianes que nos avisan de que estamos perdiendo cierto norte, cierto sentido. Y cuando eso ocurre, lo que nunca debemos hacer es aislarnos, sino pedir ayuda, abrazar con fuerza al otro, a nuestro ser más querido.

Más allá del glamour o más allá de esas fuerzas o energías que a veces nos influyen o manipulan, cuando lo verdadero es Real, permanece. La realidad está compuesta por una parte fantasiosa, producto de nuestra imaginación, y una parte real, objetiva, que mantiene la paradoja de mostrarse de mil formas. Una emoción puede ser real, pero puede estar al mismo tiempo influenciada por mil cosas. Un pensamiento puede ser real pero puede atrofiarse por la influencia de otros pensamientos ajenos a nosotros. Una buena acción puede ser real pero puede desviarse por influyo o proyección de otras fuerzas.

¿Cómo discernir entonces? ¿Cómo saber si estamos siendo nosotros los que dirigimos nuestras vidas de forma real o nos estamos dejando manipular por otro tipo de entidades, energías, personas o circunstancias? La respuesta es compleja. Podemos tener un problema con alguien, un malentendido por decir algo, y podemos mirar una foto suya o un recuerdo suyo. Si al cerrar los ojos, su imagen nos hace sonreír, la añoramos de alguna manera, quizás se trate de eso, de un malentendido, de una influencia ajena a nosotros. Si por el contrario miramos esa imagen de forma desapegada y sentimos algún tipo de rechazo profundo, quizás esa sea la verdadera respuesta.

En todo caso, cuando lo Real es verdadero, siempre permanece, de alguna manera u otra. Cuántas veces habremos discutido con nuestra familia, con nuestros amigos o con nuestra pareja por mil motivos, y siempre hemos permanecido ahí, en lo bueno y en lo malo, porque sabemos y sentimos que los lazos que nos unen son reales. Si ese lazo se rompe a la primera discusión, al primer contratiempo, es que lo que se sentía no era real, sino una ficción de nuestra mente o una profunda distorsión de nuestras emociones.

Franz Kafka tenía un gran problema a la hora de relacionarse con el mundo y con las personas precisamente porque él mismo pensaba de sí que era una gran cucaracha. Esa distorsión de su pensamiento le impedía mantener relaciones sanas con los demás. Cualquier tipo de distorsión en nosotros, venga de nuestros ancestros, de nuestros traumas, de entidades o fuerzas ajenas a nosotros, de la conjunción astral de los planetas o de circunstancias difíciles, pueden pervertir nuestra realidad y pueden destruir todo cuanto queremos. Estemos atentos, busquemos discernimiento y abracemos aquello que nos haga sonreír, pase lo que pase. Cuidado con la pérdida de centro, con el consiguiente aislamiento y con la posterior autodestrucción que todo eso conlleva. Destrucción de lo que queremos, de lo que anhelamos, de nuestros sueños, de nuestras personas queridas, de nuestro propósito o misión-labor. Destrucción de todo, incluso de nosotros mismos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El para siempre está hecho de muchos ahoras


© @ilonaheinrich60

«Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

El «para siempre” está hecho de muchos “ahoras”, decía Emily Dickinson. Si se descuidan esos pequeños ahoras, el para siempre desaparece. Algo así sentimos ayer cuando los celos y la rabia de uno sumado al orgullo del otro vencieron de nuevo la batalla. Admito que tuve un mal día. El suicidio de aquel hombre, la incomprensión de cómo todo se estaba desarrollando en el plano emocional, la tensión por los grupos que venían y ahora otros retos difíciles de enumerar crearon un auténtico campo de minas. De nuevo incomprensiblemente todo explotó. El miedo y el cansancio vencieron al amor. Otra batalla perdida, otro momento de expansión desaprovechado.

Por la noche tuve un sueño extraño, una de esas pesadillas que nunca sabes si son reales o son producto de un momento agotador. En el sueño me sentía cansado, muy cansado. Había apagado el teléfono, pero algo me despertó a media noche de ese mismo sueño. Lo encendí y hacía diez minutos que había llegado el mensaje. Fui corriendo con la esperanza de abrazar un corazón roto, dolido, apagado. Pero el corazón quedó escondido debajo de un macetero. Lo cogí casi llorando. Había en todo ese lugar un olor inconfundible, un olor que deseaba abrazar con desesperación. Corrí hacia arriba con algún tipo de esperanza. Luego por todas las calles y luego por los pueblos de alrededor, incluso por todos esos universos que se desarrollan de forma paralela en todo sueño. Es desesperante ver como el miedo o el orgullo vencen al amor. Y en ese sueño, la derrota era inevitable.

No dormí en toda la noche hasta las cinco de la mañana pensando en ello. Luego a las siete ya estaba de pie. Tenía que acompañar a un grupo de treinta personas por la etapa del Camino de Santiago que va desde Triacastela a Samos y de ahí al Couso. El caminar me vino bien. A cada paso sentía el olor del sueño de la noche anterior. Casi me daba un parraque recordándolo. Deseaba tanto poder abrazar ese olor.

Esos malos sueños son producto del miedo. Quizás en la vida todo sería más  fácil si pudiéramos compartir nuestros miedos desde un lugar más calmo y amoroso, mirando siempre de frente al otro, viendo su rostro, su alma, su mirada. Las tecnologías nos han separado de todo eso: de los olores, de la mirada, del alma. Esas son las trampas del camino de nuestro tiempo. El miedo, el orgullo, los guardianes del umbral, nos ponen constantemente a prueba para comprobar si el amor es real o solo una ilusión pasajera, un capricho o un juego. Cuando no puedes hablar con el otro mirándole a los ojos, no puedes entablar un diálogo sano con su alma. Amor es relación, y la relación nunca puede estar mediada por un aparato o una lejanía. Eso nos desconecta completamente de la situación real, de las emociones del otro, del alma del otro.

En la caminata de esta mañana me daba cuentas de muchas cosas. El ser humano tiene una media de casi sesenta mil pensamientos diarios. Es para volverse loco. Si esos pensamientos vienen acompañados de miedos, de pasado, de experiencia, la multiplicación es exponencial. Si no tenemos un propósito claro, la deriva está garantizada. Por eso el zen insiste mucho en la concentración. El dominio de los pensamientos divergentes es fundamental para tener una vida sana. Al igual que el dominio sobre la ira, la rabia, el orgullo.

Cuando estamos cargados de los mismos, no damos espacio al amor. Dicen los expertos que nuestra vida está regida por cuatro emociones básicas: el miedo, la rabia, la alegría y la tristeza, y por algunas secundarias. La vida es excitación y perturbación y cada emoción nos predispone a llevar algún tipo de respuesta. Las respuestas viscerales nos alejan de nuestro yo, de nuestra consciencia, y nos hacen actuar ciegamente, a veces, incluso, dañando a terceros. Si esas respuestas no se realizan desde el contacto humano, nos convertimos en máquinas irracionales.

Cuando dañamos a terceros es difícil tener la empatía suficiente para pedir perdón, para sentir remordimiento o para sentir algún tipo de sincera respuesta. A veces, cuando dañamos a terceros, aunque nosotros creamos que nuestras actuaciones son justas, no tenemos en consideración ese daño, y muchas veces, arrastrados por el orgullo o la ira, nos negamos a reconocerlo, o al menos, cuidar y acompañar al que se ha sentido herido. Ocurre que a veces, el que se siente herido responde con cólera, ira o rabia. Y eso provoca en nosotros aún más rechazo y separación.

El para siempre está hecho de muchos ahoras. Esos pequeños ahoras están condicionados por cientos de experiencias y circunstancias a las que tenemos que estar preparados, en lo bueno y en lo malo. En lo bueno porque crecemos en alegría, y en lo malo porque crecemos en bondad y consciencia. Debemos valorar siempre cuantos ahoras buenos existen, y cuánta fuerza le damos a los malos ahora. A veces un mal ahora puede estropear el trabajo de semanas, de meses, de años. Un mal momento puede mandar todo a un pozo sin fondo.

Si huimos de las incomodidades de los muchos ahoras, nunca creceremos como personas. Cada relación que se precie está llena de crisis. Son esas crisis las que nos hacen crecer, tomar consciencia, conocer al otro. Y cuando entendemos esa máxima que dice en lo bueno y en lo malo, en los errores y en la virtud, es cuando se manifiesta realmente el amor.

Eso sentía esta mañana caminando, un amor infinito, una paz infinita, un estado de liberación por haber podido ser sincero y expresar rabia, error y orgullo, y luego tener la capacidad de verlo como algo equivocado, innecesario y doliente. Ojalá siempre el amor triunfe, a pesar de las dificultades, y los muchos ahoras sean cada vez más alegres y felices. Ojalá los pequeños e insensatos ahora dañinos no tengan nunca más fuerza que el deseo de abrazar y amar al otro. Tengo esperanza, aún sintiendo que ahora pudiera estar todo perdido. A pesar de todo, tengo paz, tengo amor, tengo centro.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Somos lo que somos


© @robert.kuavi

 

“Aunque mucho se ha gastado mucho queda aún; y si bien no tenemos ahora aquella fuerza que en los viejos tiempos movía tierra y cielo, somos los que somos: corazones heroicos de parejo temple, debilitados por el tiempo y el destino, pero fuertes en voluntad para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse jamás”. Ulises, Alfred Tennyson

Somos lo que somos, es evidente. A veces somos heroicos de parejo temple y otras, seres debilitados por el tiempo. La vida y todo el cúmulo de circunstancias debilitan nuestra alma, o la refuerza con sus vicisitudes. Gastamos la vida en promesas, sin saber que mucho queda aún para reforzar todas nuestras naves. La vida nos pone pruebas, algunas difíciles. Siempre podemos elegir si jugar con cobardía y pereza o arriesgar valientemente, comprometidos con un destino, haciéndonos responsables y maduros para enfrentarnos a un propósito superior.

Ser fuertes en voluntad o despreciar todo cuanto nos rodea. Humillar la vida contemplando siempre nuestro pequeño mundo, nuestro ridículo y polvoriento ombligo, o, sin rendirnos jamás, seguir hacia adelante. La realización de un sueño requiere entrega, entrega absoluta. Y algo siempre hay que sacrificar en nosotros. A veces tiempo, a veces recursos, a veces una vida entera. Huir, siempre huir, es cosa de aquellos que nunca vivirán en la voluntad de algo mayor.

Somos lo que somos, pero también podemos ser algo más, algo mejor. Podemos estar en silencio, sin perturbar la paz del entorno, y con ello fortalecer nuestro coraje, o dar tumbos de aquí allá, empañando nuestra imagen, nuestra razón, nuestra dignidad. A veces perder es ganar, pero nunca sabemos qué es lo que verdaderamente perdemos y qué es lo que realmente ganamos. Todo es un riesgo, todo es una posibilidad.

A veces hay caminos que parecen una locura. El camino del Loco, que decían los herméticos antiguos. Pero en el fondo, el mundo avanza solo a base de riesgo, de locura, de heroicidades. La vida no avanza con aquellos que se quedan inmóviles al borde del camino, desoyendo la llamada, escuchando solo cantos de sirena como aquellos insensatos argonautas. El mundo avanza gracias al coraje y la valentía de esos locos que se embarcan en empresas arriesgadas, imposibles, osadas. La antigua cruz de Zoroastro lo decía de forma potente: Querer, Saber, Osar y Callar. Ese es el camino audaz, ese es el camino de los que están realmente vivos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Grandes esperanzas


© @britt1343

“La amé en contra de la razón, en contra de la promesa, en contra de la paz, en contra de la esperanza, en contra de la felicidad, en contra de todo desaliento que pudiera haber.” Grandes esperanzas, Charles Dickens

Qué nos queda más allá de la esperanza. Aún en contra de la razón, en contra de cualquier promesa, en contra de alcanzar algo de paz, en contra a veces incluso de nuestra propia felicidad y de todo desaliento que pueda existir. Si te aferras a la vida aún en tu último aliento, es porque siempre guardamos esa esperanza. A veces la esperanza a la vida eterna, otras al descanso eterno. Pero ahí andamos aferrados a ella. También en el amor. Aún cuando todos los cíclopes del mundo advienen en tu contra, te aferras a ese trozo, a esa brecha, a ese ápice de esperanza.

A veces la esperanza es dolorosa. Lo saben los soñadores, los románticos, los utópicos que creen que otro mundo es posible. Lo saben los que aman por encima de todas las cosas o los que viven incluso en momentos en los que solo se desea la muerte. La esperanza a veces es mansa, otras tumultuosa. A veces son pequeñas esperanzas como esas en las que esperamos que todo vaya bien, que no ocurra nada doloso, que la vida sea sencilla sin excesivos sobresaltos. Otras son grandes esperanzas sobre la paz mundial, sobre la felicidad de todos los seres sintientes o sobre que no se acabe el mundo ni la vida tal y como la conocemos.

No me sirve tan mansa la esperanza, decía el poeta. La esperanza tan dulce, tan pulida, tan triste, la promesa tan leve, no me sirve. Son fastidiosas esas promesas que nunca se cumplen. Esos brindis al sol que debilitan toda alma humana. La esperanza debe poseer algo de coraje, algo de osadía, algo de perseverancia, de integridad. Debe haber confianza en la esperanza. El ser humano tiene esperanza por todo.

Nos sirve cuando avanza la confianza. Pero todos sabemos lo fácil que es quebrarla. A cada instante tenemos esa lucha constante por ser íntegros, sanos, virtuosos. Pero a cada momento sabemos lo fácil que es dañar esa confianza en nosotros y en los demás. Cualquier dolor lástima nuestras carnes y la de los otros. Un dolor pausado, un dolor triste, enfermo, un dolor anestesiado.

Por eso a veces nos sirve el silencio franco, la mirada generosa y firme. La mano segura nos sirve, porque nos da fuerzas, aliento, apoyo. El calor, siempre el calor de la compañía amable, alegre, segura. Nos gusta agarrarnos a esa firmeza, sea nuestra o la del otro. Firmeza, valentía, riesgo. Ahí reside la fuerza de la esperanza, en su raigambre, en su compostura férrea, en ese enjambre de avenidas inmensas, en esos bosques oscuros en mitad de toda noche. El mundo no existiría sin esa perseverante esperanza. Y de todas ellas, la esperanza del amor. Tú y yo existimos porque alguien alguna vez pensó que el amor lo podría todo. Y eso dio vida, oportunidad, más esperanza.

Pd. Gracias querido Vicente, amigo del alma, por recordarme hoy la importancia de la esperanza. Gracias por acompañarnos con ese hermoso grupo. Gracias por tu amor y cariño, siempre fuerte, perseverante, sincero. 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La vida es bella…


© @vesajuujarvi

Decía Oscar Wilde en su prólogo a “El retrato de Dorian Gray”, que el artista es el que crea cosas bellas. Nos decía que revelar el arte y ocultar al artista suponía el fin del arte. Esto es una gran paradoja porque uno siempre puede pensar que el artista es un mero instrumento, a veces más o menos egoico, para que al Arte se manifieste. La gente culta, o la gente de culto, es aquella que es capaz de ver la propia belleza en las cosas bellas. Pero también aquella que es capaz de sacar jugo, experiencia o hermosura a esas cosas que a veces nos parecen horrendas. Esto nos recuerda a relato de León Tolstói en el que nos habla de un Jesús caminando por el desierto, advirtiendo la belleza de la dentadura de aquel perro putrefacto y diciendo aquello de: mirad, sus dientes brillan como perlas.

Es cierto que ahí lo culto se transforma en devoción hacia la vida. Ver la belleza en todas partes, incluso en la fealdad, es solo para elegidos, para iniciados en otro tipo de universos. Atravesar un momento oscuro, terrible, y poder sacar lo mejor de nosotros es toda una maestría, como aquella tan hermosa relatada en la película “La vida es bella”, donde un optimista Roberto Benigni nos lleva a un mundo de posibilidades en momentos complejos. Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula, está llena de maravillas y felicidad… empezaba así la película. La vida en el fondo no es sencilla, está llena siempre de dolor, pero siempre encierra, para quien quiera verlo, maravillas y felicidad.

A veces sentimos rabia, como Calibán, al no ver nuestro rostro reflejado en el espejo de la vida. Nuestra parte más bruta nos ciega, nos llena de rabia y locura, nos aleja de lo sutil, de lo bello, de lo supremo. Así es difícil encontrarnos con el Ariel shakesperiano. A veces preferimos ser más ese rudo y salvaje Calibán que ese elevado y espiritual Ariel. De ahí que ver belleza donde no la hay es solo para iniciados, para sublimes maestros en el arte de la vida.

Todo arte, como todo amor, es a la vez superficie y símbolo. Hay un mapa, un terreno por explorar y un arquetipo invisible, una enseñanza, un conocimiento oculto. El arte, el amor, la belleza, pueden parecer inútiles, como defendía Oscar Wilde, pero sin embargo, pueden encerrar una gran valía. ¿Acaso es inútil la belleza de un atardecer, o el primaveral enamoramiento de dos personas? Podría, en términos materiales, parecerlo, pero nuestra vida, la vida humana, dispone de una dimensión mucho más elevada y profunda. Es ahí donde el artista concentra toda su fuerza, toda su esperanza. No se trata de pasar por la vida desde la superficialidad, ese lugar carente de dolor y sufrimiento. Se trata más bien de esforzarnos en el símbolo de lo profundo para así poder disfrutar de todas las mieles. La belleza no es solo un relato, es una experiencia. La vida es bella, a pesar de todo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Notas a pie de página


© @michaelschlegelphotography

Hay personas que sienten que la vida ha dejado de ser un capítulo importante y se limitan a vivir notas a pie de página. Es como si de repente desconectaran de su alma y se alejaran del verdadero sentido de todo. Es una sensación terrible. De vacío, de no continuidad, de pérdida. Es como una tiranía donde los impulsos más débiles dominan nuestra existencia.

Contra eso, poco se puede hacer excepto buscar belleza, equilibrio, armonía. La verdadera belleza termina donde nace algún atisbo de inteligencia, de expresión intelectual. La inteligencia es algo así como una exageración evolutiva, algo que destruye la armonía que nos da la estupidez o la fealdad. Hay algo de fatalidad y sufrimiento cuando alguien destaca por su belleza o inteligencia. Los feos y los estúpidos viven impasibles una vida modélica, ataviada de normalidad, alejados de toda victoria, y con razón, o por inercia, también de cualquier derrota. Impasibles, indiferentes, sin inquietudes, normalizando aquello que la vida les trae sin ningún tipo de motivación. En cambio, el talento, la belleza, son fruto siempre de sufrimiento y dolor. Ambas se emparejan con la inevitable decadencia, de ahí la sensación de ineludible pérdida. Todo se marchita, y lo decadente termina siendo fastidioso.

La verdad está siendo ahogada en un mar de irrelevancia. La mayor conquista de nuestra decadente época (qué época no ha tenido ese halo de decadencia) ha sido la indiferencia, el poder del entretenimiento, el cual nos adormece, nos atonta y nos ahoga en una apatía infinita. La pérdida de sentido está expuesta constantemente, pero deja de ser importante cuando andamos sumidos en un mundo que carece de gracia y valor. ¿Qué gracia y valor puede tener un mundo sin amor, sin vida, sin consciencia?

Vivimos una existencia narcisista, hedonista e hiperindividualizada. Lo falso y lo verdadero se entremezclan y ambos parecen irrelevantes. Se enzarzan de igual manera en un mundo irreal. Ahora a la preocupación y la devoción se las llama control, paranoia o cualquier otra infección del alma. La vanidad nos embelese, mientras que lo bello se marchita en una decadente sinfonía desarmónica. Estamos cautivados por nuestro ombligo, por nuestras necesidades, por nuestro pésimo amor propio. Las dimensiones de nuestros vacíos se ensanchan cada vez que nos perdemos. Todo lo que hay fuera de nosotros carece de interés. Ese ha sido el poder maléfico de nuestro tiempo: creer que lo único que importa somos nosotros, y aquello que hacemos para estar entretenidos en una vida vacía y carente de emoción, de vida, de consciencia, de sentido.

Nunca nos definen las palabras, ni los recuerdos, ni nuestros pensamientos más íntimos. Son nuestros actos, aquellas pequeñas cosas que hacemos todos los días, lo que define nuestra vida. Nuestra conducta siempre es superior a nuestro pensamiento, a nuestras creencias, a nuestras expectativas. Solo la conducta puede salvarnos de la duda. Solo aquel que arriesga en dignidad e integridad podrá tener un juicio justo al final de los tiempos. Las palabras solo son palabras. Los hechos serán los que terminen justificando nuestra vida, y de paso, determinando nuestra realidad.

En los lodazales de la existencia, puede ocurrir que perdamos el sentido de la realidad, aquello que nos conecta con la vida y su misteriosa ejecución. La muerte nos recuerda constantemente lo marchito de todo. Estos días he podido sentir la muerte de cerca, observarla, llorarla, adolecerla. Una muerte propia y otra ajena, pero no tan ajena, porque la mitad de la misma me pertenecía. Es algo insoportable. Algo terrible el no poder aceptar lo que podría haber sido vida, y terminó siendo muerte.

Es verdad que a veces no es suficiente con amar a alguien. Tiene que existir cierta compatibilidad para que la vida ordinaria sea dulce y tranquila, además de cariño y amor. También tiene que existir un proyecto común, ya sea tener una familia o tener una visión parecida sobre la vida y sus misterios. Además de todo eso, debe existir un trabajo constante, un compromiso diario, una responsabilidad con el otro. Por eso este siglo fracasará. El entretenimiento y el hedonismo del yo nos aleja del nosotros. No pueden amar los que solo se aman a sí mismos. Una gran paradoja para aquellos que creían eso de amar al prójimo como a uno mismo.

Disfrutad de la vida, es más tarde de lo que creéis, decían los romanos. Iniciar desafíos, guiados por la integridad y una voluntad incombustible es lo que nos hace realmente estar vivos. Tener integridad hoy día es complejo. Poseer una voluntad motora capaz de realizar aquello que nos proponemos es igualmente difícil. Hay personas que tienen una voz interna que les empuja a soñar. Hay otras que gracias a ese daimon consiguen alcanzar sus sueños, sus metas, sus ilusiones. Pero falta lo esencial: la integridad. Es una palabra compleja para nuestro siglo. Algo inaudible. Algo que no se expresa ni se entiende. Algo alejado de nuestro yo corrupto y decadente.

Pensamos que todo aquello que hacemos por el ego, dinero, fama, admiración, seguridad, tiene algún tipo de valor. Al final de los días, todo eso será algo vacío, algo que no sumará nada a nuestra cuenta álmica.

Sí, estamos entretenidos en nosotros mismos. Por eso este tiempo está falto de amor, de consciencia, de vida… lo único que realmente vale la pena.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar