Carlos Blanco y la búsqueda de lo absoluto


Carlos Blanco ha sido, desde su infancia, una figura fascinante del panorama intelectual español. Muchos recuerdan al prodigio que, con apenas nueve años, participaba en programas de televisión deslumbrando por su erudición enciclopédica. Sin embargo, el tiempo transformó al niño prodigio en un pensador maduro, un filósofo de vocación universal que ha consagrado su vida a una pregunta esencial: ¿puede el ser humano comprender el todo?

Su nueva obra, La búsqueda del todo. Mosaico de filosofía y arte (Editorial Séneca, 2025), es quizá la culminación de esa inquietud. Se trata de un libro monumental, tanto por su extensión como por su ambición. En él confluyen la ciencia, la filosofía, la poesía y la espiritualidad en un intento de reconciliar lo fragmentario del saber humano con la unidad profunda del cosmos. No es un tratado académico, sino una sinfonía de pensamiento en la que el autor dialoga con el misterio desde todos los registros del intelecto y del alma.

Desde las primeras páginas, el autor se enfrenta con lucidez a los límites del conocimiento. Su escritura, densa y musical, recuerda por momentos a los grandes metafísicos de la tradición europea, pero también respira un aire contemporáneo, consciente del vértigo que produce la inmensidad de lo desconocido. Blanco se mueve entre la ciencia y la poesía, entre el cálculo y el asombro, buscando siempre una síntesis que no anule la diferencia, sino que la transfigure.

El índice del libro —que abarca desde “De la fe al escepticismo” hasta “El poder del amor” y “Todo en todos”— revela la amplitud de su propósito: pensar el universo y la conciencia humana como partes de una misma trama. Hay capítulos dedicados al espacio y al tiempo, a la libertad y la muerte, a la palabra, al arte, a las religiones y al Dios del futuro. Todo en él respira una vocación totalizadora, una sed de sentido que trasciende los compartimentos estancos del pensamiento moderno.

Lo que distingue a Carlos Blanco no es solo su vastísima cultura, sino la intensidad casi mística con la que vive el acto de pensar. En su prosa late una espiritualidad sin dogmas, una fe en la mente humana como fuerza creadora y transformadora. Como escribe en el prefacio: “Siento que algo mayor que yo habita en mí, pero que no hay vidas suficientes para captarlo.” Esa frase condensa la tensión que recorre todo el libro: la conciencia de los límites y, a la vez, el impulso irreprimible de superarlos.

Mosaico de filosofía y arte es, en última instancia, una meditación sobre la grandeza y la fragilidad del ser humano. Carlos Blanco nos invita a mirar más allá del desencanto de las ciencias y de las artes, a recuperar el entusiasmo por el saber, la belleza y la creación. En tiempos de dispersión, su voz suena como un llamado al asombro: la búsqueda del todo no es solo una tarea intelectual, sino el destino mismo del espíritu humano.

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La Búsqueda del Todo

 

Sobre la ambrosía del conocimiento


Mientras corregía la traducción —del francés al español— de un texto antiguo que pronto editaremos, una edición que comenzamos hace ya algunos años en la añorada cabaña, me topé, en la página 35, con una cita en siríaco antiguo. Al intentar rastrear su origen, llegué a un libro del siglo VI editado en la también añorada ciudad alemana de Göttingen, ciudad universitaria en la que viví algún tiempo. El texto siríaco, junto con su retroversión griega de la Kephalaia Gnóstica (comentada por Mar Babai), no era sino la punta de un iceberg que me condujo a viajar por textos clásicos, a veces incomprensibles incluso para las mentes más brillantes.

La frase en cuestión que aparece (—صبرٍ ومع خط وإحسان  ; ṣabrin wa maʿa khaṭṭin wa iḥsān)— es una cita breve que resume virtudes ascéticas fundamentales en la tradición siríaca: la paciencia (ṣabr), la rectitud o disciplina (khaṭṭ puede entenderse aquí como “conducta recta”, aunque literalmente significa “línea” o “trazo”) y la bondad (iḥsān). El libro en cuestión es para eruditos que sepan apreciar no solo la parte gnóstica del texto, sino también su profundo mensaje espiritual.

El peligro de estos libros eruditos es que puedes pasarte toda una vida intentando descifrar una de sus líneas, o tres vidas si lo que intentas es entender un párrafo entero. Los avispados podrán hacerse una idea volátil y fugaz de la pretensión del autor, y los que tengan la paciencia de profundizar en su pequeña obra dividida en cuatro diálogos (no desvelaré aún el libro hasta que no salga en unas semanas), quizás observen en su mente más abstracta algún atisbo de lucidez o iluminación.

Admito que disfruto con estas obras atemporales, tan fuera de lugar en estos tiempos y que pocos editores se afanan en editar, a riesgo de quebrar económicamente mientras se sacia la sed de sabiduría en un tiempo tan oscuro.

Es evidente que el Arquitecto-Reparador debe andar disgustado ante la falta de luz, pero no debemos por ello abandonar a nuestro guardián interior y dejarlo a su deriva cósmica. La luz no es solo una metáfora, es un alimento, y la falta de luz, es pura hambruna para el alma. Cuando eso ocurre, la forma vaga despistada por las entrañas de la materia, alejada de la vida y más propensa a la arbitrariedad de las energías caprichosas de la naturaleza que a su propia e infinita voluntad. Es por eso que cuando me topo con un libro así, mi alma respira consolada, se frota las manos y peregrina a esas moradas tan ricas en alimentos luminosos.

Lo malo de alcanzar, aunque sea durante un instante mínimo, esas luminosas esferas, es que la vuelta de las mismas se hace pesada, indigesta, y el mundo oscuro aparece como algo insulso e insultante. El bostezo se llena de lágrimas y las lágrimas forman un río que desemboca en el océano de la pena y la amargura. Eso puede durar días o semanas o meses hasta que, de repente, vuelves a abrir un libro perdido, lleno de propósitos de conocimiento y condenado, con toda seguridad, al fracaso editorial seguro, pero capaz de llenarte los pulmones de sabor y ambrosía.

Sigo por ello recolectando néctar, cueste lo que cueste, aunque sea en tardes de otoño perdidas en paseos que quiebran la estrechez del momento. Sigo soñando con ese demiurgo armonizador capaz de proveer lo necesario para expandir la fe y la esperanza, la luz y la verdad, la fraterna llama de la inmortalidad humana, sensata, amable, amorosa.

La fortuna de ser escritor


Hoy le escribía a un amigo algo así: “Hay una leyenda que dice que si no mueres antes de los 28 años, no te conviertes en mito. Les ha pasado a muchos actores, cantantes, y también a Jean-René-Huguenin… Su libro Diario, que alguien publicó tras su muerte, cuenta la vida de un escritor joven que quiere dedicarse a la escritura… Cuando estudiaba mi primera carrera, lo devoré, porque mi sueño en aquel entonces era ser escritor. Escribía pequeños artículos de opinión que me publicaban en diarios locales de Jaén, y me hacía mucha ilusión ir a los quioscos de la época los viernes y ver mi artículo, alguno en primera plana… Mi primer artículo se tituló La Náusea, y creo que fue por motivo de la muerte de Miguel Ángel Blanco… qué tiempos aquellos… Sigo soñando con ser escritor, por eso quiero ser rico, para delegar el rollo editorial y marcharme a una cabaña en los Alpes suizos para escribir (también me marcó mucho el libro de Hermann Hesse, El Balneario, narrado a modo de diario sobre su vida en un balneario en Suiza, de ahí también mi obsesión por escribir en alguna montaña alpina; no, no es por Heidi, lo juro… )”

Lo cierto es que escribir lo disfruto más que editar, aunque editar es también un consuelo, porque de alguna manera, estoy rodeado de libros, de escritores, de letras, de cultura, de activismo. Editar, si editas bien, tiene cierto poder, cierto glamour. Pero con el paso del tiempo, nadie recuerda a los editores, excepto algunos estudiosos u optimistas del gremio. Sin embargo, a los escritores, si escriben bien, de alguna manera permanecen como motas en la psique colectiva. Se inmortalizan, suman egregor cultural a una civilización, inspiran ideas que flotan por la atmósfera incluso siglos después de su muerte. Los padres griegos y romanos de nuestra civilización aún siguen vivos en nuestros días. Todo el mundo conoce a Platón o Aristóteles, pero nadie recuerda a Max Perkins, editor de Hemingway, o a Gaston Gallimard, editor de Proust, Camus y Sartre, tres grandes.

No deja de ser paradójico que durante diez años viví en un entorno bucólico, rodeado de montañas y bosques, en una pequeña cabaña de madera construida por mí mismo, a lo Thoreau (algunos me llamaban el Thoreau español, lo cual hacía enloquecer a mi pequeño ego), y sin embargo, aquel espacio tan aparentemente bucólico, rodeado de naturaleza y silencio, nunca me permitió escribir un solo libro. Ni siquiera me permitió leer a los clásicos que leía antaño, cuando menos tiempo disponía. Pasaban por mis manos la épica griega, la lírica antigua, el nacimiento de la tragedia o la revolución teatral, el pensamiento ético y retórico, algo de comedia latina, la poesía amorosa o sobre la naturaleza e incluso algo del saber enciclopédico, pero la construcción de una comuna, la rehabilitación de un edificio del siglo XVI, la editorial y la tesis doctoral, entre otras mil cosas, me alejaron totalmente de la escritura.

Mi única escapatoria era disfrutar del arte epistolar como si fuera Plinio el Joven, o de cierto estoicismo narrado en este blog, a modo de desahogo y práctica, para que no se oxidara el noble arte de la escritura. Un arte místico, un arte perenne, un arte que requiere de artistas tejedores de luz en tiempos de tanta oscuridad. No, no quiero esperar a escribir desde un Balneario en una lejana jubilación, pero ahora, como diría aquel, mientras la fortuna no llegue, tocan otras cosas. Y al amigo al que escribía estas primeras letras y al que le editaremos un libro próximamente, aunque no lo sepa, le llegó esa fortuna. La fortuna de ser escritor.