¡Pobre Beethoven!


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“Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

La gracia de los dioses se desliza en las hermosas armonías de la música. Jovial, casi primaveral, uno puede acostumbrarse a las melodías que surgen de la euforia del momento. Pero todo es vano cuando descubres lo que se encierra detrás de cada cadencia. Tras escuchar la amable y primaveral Pastoral en esta hermosa tarde soleada de otoño, me aferré con melancolía a la sonata catorce, «Quasi una fantasía”, más conocida como el Claro de Luna, de Beethoven. Todo opúsculo encierra tras de sí una vida, un recuerdo, una emoción, una fábula que pretende transmitirnos algo. Inclusive estas palabras que brotan sin control, bajo el hipnótico sonido de la música, encierran un secreto escondido, una historia que brota a raudales y que, a modo de desahogo literario, surge.

Buceando en la historia de la sonata y en el hechizo de su música, puedo entender el amor que el compositor sentía por la joven Giulietta Guicciardi, la cual inspiró esta pieza, y de cómo ese amor pudo sacarle de aquella vida tan sola y triste en la que se encontraba hasta antes de conocer a su hermosa discípula de piano. El amor romántico nunca fue correspondido, como le ocurrió al joven Beethoven. A veces el dinero, las posesiones, lo material, se impone al ilógico criterio del amor. Giulietta era condesa y tenía que casarse con alguien de su condición. Eso hizo para amargura posterior del compositor. ¡Qué terrible vacío debió sentir! ¡Qué pérdida más grande de sentido! Como si de repente uno se diera cuenta de que la vida es un naufragio para aquellas almas que anhelan ardientemente ser correspondidas en la llama ignífuga del amor. ¡Ay pobre Beethoven! ¡Cuánto sería su dolor! ¡Cuanta su profunda tristeza!

Pero el amor, o el amar, es algo inentendible. Quizás nunca lo fue. Tal vez todo lo que hasta ahora hemos hecho es buscar una herramienta contractual que alivie ciertos mecanismos de la vida terrenal. Un contrato donde se diga que el estar juntos nos llenará de seguridad, normalmente material, y donde se estipule que cuando una de las dos partes se vuelva un ente que estorba o no aporte nada a esa dicha material, debe ser abandonado. Me imagino con dolor la cara de Beethoven cuando la joven Giulietta decidió casarse con el conde Gllenberg. Esa es la cara que se te queda cuando descubres con tristeza que algunos se acercan a tu vida no por amor sino por ambición o por pura comodidad, y que cuando esa ambición descubre que en el pozo no hay nada más que rascar, desaparece. El amor contractual es algo que está ahí, que se apodera de nuestras vidas y que, sin saberlo, absorbe nuestra existencia. ¡Cuántas parejas están ahora juntas solo por un puro interés, por una comodidad, por una ambición!

Uno siempre se pregunta cómo desenmascarar esa falsa. He inventado cientos de argucias para intentar engañar a la ambición, al contrato material. La última fue arriesgada. Vivir en una caravana azul, sin tener nada, sin poseer nada más que el tiempo para disfrutar de una vida sencilla. Pensé que, desde esa posición nada privilegiada, nadie se vendría a engaños. Lejos de los focos de la fama, lejos del aparentar, lejos del dinero y las comodidades materiales, lejos de la incómoda sospecha de que te quieran no por lo que eres si no por lo que tienes… ¿cómo saberlo realmente?

A veces sueño con estar desnudo, pasear por un camino y sonreír, y ver que alguien se enamora solo y exclusivamente de esa sonrisa, de esa alma desnuda que respira por doquier ante el desguarnecido instante. Sueño tantas veces con la esperanza del amor incondicional. De amar sin condiciones, sin que nada de lo material intervenga en ese hilo de musicalidad emocional. Sin contrato de seguridad. Sin redes que nos protejan de los abismos de la vida. Sin cuerdas que nos separen en caso de que uno de los dos flojee. Ese amor con el que todos soñamos y que siempre nos pone a prueba en los momentos difíciles. Esa espera incondicional hasta que te recuperas. «Estaré a tu lado, incondicionalmente», dice la sentencia del amor. En lo bueno y en lo malo. En la pobreza y en la riqueza. En la salud y la enfermedad. Así rezaba el pacto nupcial que nuestra sociedad ya ha olvidado. Una sociedad que se esconde tras pantallas retroalimentadas por la fantasía de sentirnos seguros y en paz en un mundo artificial y carente de realidad. Un mundo de mentira, de mentirosos que se esconden tras el frágil anonimato de la era virtual y que no desean, frágiles, aventurarse a la vida real… ¡Pobre Beethoven!

¡Cuántas veces tendremos que reescribir ese soneto! Cuantas veces lo real será derrotado, una vez más, por lo artificial, por la mentira en la que todos vivimos. ¡Ay pobre Beethoven! En unos años nuestras parejas serán virtuales, nuestras parejas serán androides que imitarán solo lo bueno. Seres que a todo dirán eso de «me gusta», que es a lo que ahora nos estamos acostumbrando, al mundo irreal de que todo está bien y de que cuando algo marcha mal, mejor abandonar, «bloquearlo». Muere lo real querido Beethoven. Muere el amor y con ello, muere la vida.

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Me iré a descansar, al valle de los avasallados…


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A ti la dama. La audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño, sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír, y la blanca plenitud no era como el viejo interludio. Y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí. Y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad. E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados. (Fragmento de la película Leolo)

Este texto de la hermosa película de Leolo describe muy bien sensaciones que últimamente sostengo entre dos pechos, entre dos vidas que a veces se cruzan, otras resultan paralelas y otras simplemente inexistentes, por eso de que la imaginación siempre adolece de incredulidad y se aferra a mundos sumamente sutiles. El viejo interludio se mezcla de repente con un pecho punzante en el que creí, ese que me hizo ver nacer la luz sobre mi soledad, pero todo desaparece al alba, a cual broma de los hacedores.

Atenea, la deidad de ojos de lechuza, me abandonó a mi suerte. Dejó de inspirarme sabias palabras, sabios actos y dulces melodías para arrinconar a mi destino en el valle de los avasallados. Apareció y desapareció. Abrazó mi pecho, estrujó mi llanto, consoló mi alma y se esfumó de ese lecho débil y mojado.

La discreta aurora no parece tener prisa por responder a la llamada de auxilio. La noche se cierne aún oscura y los templados artífices de este circo se encierran en sus palacios, quizás escuchando las melodías sacadas de alguna cítara hipnótica. Debo reconocer que aún es muy pronto para la blanca aurora, y que mi prisa por despertar de este sueño contrasta con la necesidad de emprender de nuevo un camino que será largo y angosto.

El domador de versos se pasaba las noches hurgando en todas las basuras del mundo. El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres. Eso pensaba Leolo y eso pienso cuando intento domar este verso torcido. Me paso las noches hurgando, abrazando a unos y otros que se esfuman con la melancolía, en el azar de la bruma onírica. Allí, entre sueños y versos, imagino un renacer que ya no volverá. Por más que duerma o por más que madrugue, nunca puedo, al despertar, poder atrapar en esta realidad las bellas historias de amor que me seducen entre sueños. Hay que soñar, me repito una y otra vez. Hay que soñar, decía Leolo.

Pero aún sigo cansado, muy cansado. La realidad ha superado cualquier ficción, y cuando te deja hasta esa morena de finos tobillos y pechos punzantes que abrigó la esperanza de renacer a la luz, es como si, ahora sí, terminara la función. Por eso, seguiré los pasos de Leolo, e iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados.

(Foto: el Balneario se encuentra en este hermoso valle de avasallados). 

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El páramo donde floreces


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Las mesetas están forjadas por el cálido abrazo de los vientos. Tienen curvas suaves que durante años han ido tomando formas que intentan imitar la circularidad universal. Nacidas puntiagudas, llenas de aristas, el tiempo fragua sobre ellas unos tonos cálidos y amables. Allí, alma bella, has dado cobijo a bosques enteros, a páramos donde florecen brillantes y perfumadas floras de múltiples tamaños, formas y colores. El olor que desprendes es tu propia alma, es tu llamado a la vida, la señal de que el espíritu grupal de tu existencia reclama su propio espacio de paz y belleza.

Nuestras vidas se asemejan a esas colinas que con tanta gracias nos muestras. Con el paso de los tiempos consigues que nos volvamos más afectuosos y cálidos, que nuestra oscuridad sea relegada hacia el imperio de la luz. Tienes esa facultad para reclamar la atención en el cobijo, en proporcionar lugares cálidos para que otros puedan cobijarse en ellos. Ya no tenemos ganas de discutir con el viento sobre formas respondonas. Las aristas de la personalidad se pulen poco a poco con tu ejemplo. El ego se calma, se aleja de la crítica y asume su propia responsabilidad con el mundo. Entiende que no ha venido a transformar la realidad, sino a embellecerla, a llenarla de color, ternura y amor. Esa es tu enseñanza invisible.

Y cuando eso ocurre y la luz brilla y las sombreadas capas del septentrión dejan paso a la luz de tu mediodía, los páramos que albergas en tu corazón resplandecen de color y vida. Todas las primaveras se llenan de olores que marcan el inicio de la entrega, de la necesaria continuidad vital. Las mustias y agotadas flores renacen y los alambiques que fraguaban el néctar vuelven a destilar lo esencial de todo.

El amor está ahora en el aire, en el aura de cada movimiento. Despejamos las dudas sobre lo que somos o sobre lo que queremos ser. Simplemente vivimos, nos enriquecemos cobijando vida y entregamos nuestro ser a la creación entera. Es un disciplinado paso ante la rebeldía vital que nos lleva con pausada calma a un estado de ecuanimidad, de abrigo, de apaciguamiento. Solo deseamos abrazar y compartir, dar todo aquello que durante nuestras vidas hemos recolectado. Como esas abejas que van de aquí para allá recogiendo el néctar de nuestros campos, nosotros nos encargamos de recolectar el néctar de los cielos, de las ideas, de los arquetipos que se construyen para hacer de la experiencia existencial un sendero inolvidable.

En estos días de calma he sufrido la alegría de compartir este tiempo con un bello ser cargado de amor y belleza. Su interior es tan grande que solo alberga luces y páramos cargados de florecillas. Es tanta su infinita adhesión a la vida que solo puede mostrar desde esa madurez de las colinas suaves la promesa del dar. Estoy agradecido, inmensamente agraciado. Y es por ello que a ella le dedico estos pétalos de cariño y amistad, de amor y complicidad. Gracias corazón por latir en la dirección adecuada. Gracias por guiar nuestras vidas hacia ese poso de dulzura y calor. Sigamos contemplando los campos. Sigamos siendo posaderas de caminos y experiencia.

Estuve perdido, pero fui hallado


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La tiranía de nuestros miedos siempre nos conduce por la oscuridad. El pavor de la maldad a veces se apodera inefablemente de nosotros. Buscamos herir y no amar. Buscamos dañar y no perdonar. A veces, nos consume el odio, el rencor, la necesidad de destruir al otro. A veces nos perdemos en el sendero retorcido de la sombra.

Un día, alguien te da la mano y te rescata de la oscuridad. Con su sonrisa, con su gracia de vida eterna te espera en el otro lado. De repente desaparece el miedo y algo entrañable se abre ante nosotros. Es una nueva senda, un nuevo camino de paz y amor. No es difícil que eso ocurra cuando nos abrimos, cuando el corazón decide que ya es suficiente de tanto dolor y desea beber de otras fuentes. Una luz nace entonces, una maravillosa revelación, un cambio permanente que nos despierta y abraza.

A veces un solo gesto basta para que ese milagro ocurra. Una asombrosa gracia cargada de esperanza.

Una vez estuve perdido, pero fui hallado. Estuve ciego, pero pude ver, como decía la canción. Esa dulce misericordia se reveló como un haz de libertad. Fui liberado gracias a ese beso sincero, a esa tormenta de amor desbordante, a ese amor interminable que nada exige y todo lo perdona, esa gracia maravillosa que nace del don de amar. Sí, maravillosa gracia que dulce suena en mis adentros, que salvó a un infeliz como yo. Dulce latido que nace de lo más hondo, capaz de perdonar, capaz de volver a abrazar, capaz de respirar hondo ante las dificultades.

Ya no son palabras. Me he hallado. Ahora veo. Algo me enseñó a no temer, algo me alivió de mis miedos. Qué preciosa verdad por la que ahora me guio. Mis cadenas ya no existen, algo me ha salvado del abismo, de la ceguera. Algo tan simple como un abrazo pudo contener la ira, despejar el odio, saldar la maldad y llevarme hasta el bien. Algo tan luminoso como una sonrisa sincera rescató al hombre perdido que había en mí.

Gracias de corazón por lo que has hecho en mí.

Gracias por tu amor y tu alegría, reflejo de esa esperanza que todos buscamos.

 

La naturaleza del amor, o cuando el amor llega así de esa manera


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Todo lo que ocurre en la vida, o al menos eso queremos creer, responde a algún tipo de propósito. También nos gusta llamarlo misterio, por eso de que dentro de cada hecho o fenómeno existe un arquetipo superior que le da vida y sentido. Ocurre lo mismo con todo lo que nos ocurre en los planos no solo materiales, sino también en los emocionales e intelectuales. Cada paso que damos encierra un misterio. Por eso cuando aquella noche nos abrazamos sentimos como el misterio se volvía a manifestar, como el arquetipo, esta vez el del amor, volvía a cobrar vida.

Esta vez lo hacía de forma pausada, amable, sincera. No había subterfugios, ni exigencias, ni demandas, ni promesas, ni ficción. Surgió suave de una necesidad vital por abrazar al otro, por amar al otro y fusionar así las causas mistéricas con los efectos inevitables.

Un abrazo sincero nacido del amor, y no del miedo, de la generosidad y no de la exigencia, de la aventura y no del aburrimiento. También de la paz interior, porque cuando más bien estábamos los dos en nuestros respectivos mundos, cuanta más paz y amor había en nuestras vidas, resulta que ambos quisimos compartir ese trozo de felicidad con el otro. Por eso no había huida, sino encanto, hechizo, magia. El otro no era una excusa para llenar vacíos, sino una oportunidad para compartir un rebosante fluir existencial.

Y ahora nos sentimos privilegiados, dichosos, como esos enamorados que se esconden en los rincones para tímidamente besar la vida y sentirla en toda su plenitud. Como esos avatares que te conducen a lo inevitable, como si solo así pudiera haber sido y no de otra manera. Y ahora, en este tiempo, y no en ninguno otro. Como si nuestras diferencias no fueran suficientes para desterrar el deseo, sino más bien un aliciente para seguir aprendiendo el uno del otro y aspirar a contemplar nuevos mundos posibles.

Y si el “ama hasta que te duela” se convirtió en “amor es relación”, ahora el amor nos inunda tímidamente, sin verbo, sin palabra, sin ruido. Solos desde esa atalaya inmortal de silencio y complicidad, de guiño y connivencia por sabernos ante una oportunidad única.

Cuando la naturaleza del amor nace de la sinceridad y la generosidad uno se atreve a pensar que la última palabra aún no está dicha, que la verdad sobre las cosas más grandes de nuestra vida siempre reside en lo más sencillo y cercano. Por eso ahora cada momento resulta imprescindible, único, irrepetible. Por eso ahora podemos amar y ser amados sin miedo, sin atajos, sin rencillas.

Cuando el amor llega así de esta manera, lo único que podemos hacer es disfrutarlo completamente, abriendo nuestros poros para que nos atraviese y apostando por ese sueño imposible, pero palpable. Rozar cada uno de sus intersticios y densidades, sentir cada uno de sus rostros y caricias.

Gracias de nuevo a la vida, y sus misterios, porque nos da tanto.

Sin llaves. Sin miedos


A

Cuando vivía en aquella hermosa casa de diseño con sus grandes ventanales y vistas inmejorables a la sierra y el valle del Guadalquivir eran frecuentes las visitas de personas curiosas que deseaban pasar allí algunos días. Lo primero que hacía era darles una copia de las llaves del coche y de la casa para que se sintieran libres en el uso de ambas cosas. “Es posible que yo no esté”, les advertía, «así que podéis hacer lo que queráis». Siempre, a primeras, tuve confianza en las personas. La casa siempre estaba abierta y nunca echaba la llave cuando me marchaba o iba a dormir. Cualquiera podía entrar y quedarse a sus anchas.

Hasta hoy no he sido consciente de que aquí, donde vivo ahora, ni siquiera existen puertas que delimiten la casa o la entrada a la finca. Ni llaves que entorpezcan el libre acceso a los lugares comunes. Me daba cuenta esta mañana mientras daba un ligero paseo por los prados de que en nuestra sociedad de hoy se nos advierte con temor de los mil peligros que nos acechan. Realmente todo lo que hacemos es por temor, por miedo. Por temor a no conseguir trabajo o a perderlo. Por temor a no tener pareja o a perderla. Por temor a no vivir la vida o a perderla. Por miedo a casi todo. Pocas veces nos paramos a vivir la vida sin miedo. Preferimos anclar un cerrojo a nuestro corazón por miedo a que nos lo roben. Incluso encarcelamos nuestras propiedades en obtusas celdas por temor a que desaparezcan.

Un día llegué a la conclusión de que las cosas están para compartirlas. No para asegurarlas ni poseerlas. Se me ocurrió poner todo lo que tenía a nombre de una fundación. Y de lo poco que me quedara, dejarlo abierto para su uso. Dejé de temer el futuro y empecé a vivir la vida desde el ahora, desde ese presente posible. ¿Qué podía perder?

Ocurre también con el amor. Está ahí, aquí, ahora. Nadie lo puede apresar. Podemos dar mil rodeos sobre él, podemos incluso pensarlo, temerlo, apresarlo. Pero nunca a nadie se le ocurrió expresarlo, compartirlo, abrirlo al mundo. Hay gente que se dedica a merodearlo, a negarlo, a dudarlo. Otros, más naturales, más valientes, más dichosos, simplemente te toman de la mano, rozan tus dedos con los suyos y hace con ello, sin tapujos, sin miedo, que la magia actúe.

No me había dado cuenta de lo simple que era hasta hace unos días. Incluso no me había dado cuenta de que los miedos actúan de igual forma ante el amor. Si lo encerramos, si ponemos un candado a nuestro corazón cargado de miedos e inseguridades es imposible que el mismo fluya hacia los demás. Simplemente muere atrapado en el ahogo del anhelo. Por eso admiro a la gente valiente, optimista, clara, transparente, amable, sensible, abierta y despierta a la vida. No se quejan, no se esconden, no se pasan el día anhelando ni poniendo etiquetas cargadas de juicio y valor sobre los otros, sobre sus cosas, sobre sus hombros. Simplemente actúan. Te abrazan, te cogen de la mano y te llevan a esos otros mundos posibles. Sin más.

Quizás aún no nos hemos dado cuenta de que la cueva donde nos refugiamos cuando aún no teníamos capacidad de abstracción ya no existe. Ahora vivimos en el mundo libre de la magia, de la poesía, de la música, del baile, de los atardeceres que se contemplan sin pausa en cualquier primavera. Aún no somos totalmente conscientes de que el miedo ha sido vencido y de que nuestra imaginación infinita ha superado las trabas de la oscura caverna. Ahora podemos amar sin temor. Sin exigencias, sin contratos, sin ambigüedades. Podemos mirar al otro, sonreírle y llevarlo a volar hacia mundos infinitos. Ahora tenemos la capacidad de poder vivir sin miedo, sin llaves. Amar sin etiquetar. Amar sin esperar nada a cambio. Fluir en un paisaje posible cargados de dicha, gozo, alegría. Sin más.

Es importante hacerlo


apolo persiguiendo a dafne

«Un sueño que sueñas solo es sólo un sueño. Un sueño que sueñas con alguien es una realidad» John Lennon

A veces nos llaman o sentimos la llamada. A veces es una intuición, una mirada, una voz, un rostro o un alma entera. A veces es una idea o un valor, un relieve que se dibuja en nuestra psique interna o simplemente el roce de una pupila que atraviesa esos márgenes ocultos de nuestro interior. Esa llamada nos impulsa o nos paraliza, nos conmueve o nos aterra dependiendo de toda esa siembra que llevemos dentro. A veces nos convierte en árbol de laurel, como le pasó a la ninfa Dafne. Otras nos impulsa a seguir adelante, porque de alguna manera sabemos que ante la pérdida o la derrota, lo importante siempre es seguir la estrella matutina que adumbra nuestros horizontes.

Si optamos por seguir, por atravesar la puerta estrecha, por adaptar nuestra cargada mochila a las aventuras del camino, cientos de pruebas nos aguardan. Es ahí, ante la adversidad, ante el silencio, ante la soledad más absoluta, cuando tenemos la oportunidad de volver atrás o transformar nuestro miedo en amor. Y una vez abrazados a la fortaleza del amor, todo lo demás es acción, movimiento, posibilidad de percibir el mundo como una entrega donde nunca pierdes, solo ganas.

Esto sirve para todo. Para el amor en pareja, para el amor hacia un proyecto, un propósito, una visión, una amistad, una familia, la decisión de tener o no un hijo, la decisión de atrevernos a desvelar un enamoramiento sincero, la temeridad de persuadir al destino para no quedarnos sentados al borde del camino viendo pasar la vida sin ser partícipes de ella.

Los miedos, las excusas, la desconfianza, el exceso de cálculo, la precisión a la hora de valorar las cosas como pérdidas y no como ganancias y todo aquello que paraliza la acción siempre nos ancla a una vida sumisa ante las circunstancias. Los trenes pasan una y otra vez pero siempre los vamos aplazando. Ya iré mañana, ya lo haré mañana, ahora no tengo tiempo para esto o para lo otro o no es el momento para el amor, para la amistad o para la simple aventura del vivir. El gozo siempre lo anclamos a nuestra parcela de seguridad pero nunca nos atrevemos a lanzarnos a esos vacíos de improvisación, de readaptación de la realidad, de nuestra existencia entera.

Hace poco me llamaba una hermosa mujer. No nos conocíamos pero sentimos una conexión muy especial. Cuando percibí la llamada, cierta llamada, enseguida desplegué ante mí todas mis artes de espantapájaros. A pesar de la pasión de ese tiempo infinito de conversación ambos, quizás por la edad, quizás por las horas, pusimos excusas, barreras, muros y fronteras donde solo había llama y pasión, diversión y aventura. Cuando ocurren este tipo de cosas me pregunto, -y esto si que es una cosa de dos-, porqué no somos capaces de destruir toda esa colección de prejuicios y miedos y explorar nuevas posibilidades. Ya lo decía sabiamente el poeta: “Es importante hacerlo, quiero que me relates tu último optimismo, yo te ofrezco mi última confianza. Aunque sea un trueque mínimo debemos cotejarnos. Estás sola, estoy solo, por algo somos prójimos. La soledad también puede ser una llama”. Benedetti entendía perfectamente que en el halo de lo intangible la llama puede ser un trueque mínimo. Sin prisas, sin exigencias, sin desvelos. Pero siempre, es importante hacerlo, aunque sea un trueque mínimo.

Ante la imposibilidad del pacto, del trueque, lancé una silenciosa propuesta y hoy puse una chimenea en el salón de la gran casa. «Me encantan las chimeneas. Lo siento pero no podría vivir en una caravana». Esas fueron sus últimas palabras. Mañana esa chimenea ya tendrá fuego.

Sobre el oficio de espantapájaros


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Esta tarde fui con el amigo Iván a trabajar sobre un naciente proyecto editorial a un nuevo espacio que han abierto aquí cerca, en Sarria, donde con mucho gusto han creado un lugar alternativo con productos ecológicos y libros con conciencia. Nos reíamos mucho porque no nos habíamos dado cuenta de que veníamos de los bosques con esas pintas de haber estado toda la mañana trabajando como fontaneros, granjeros, cavando zanjas y manchándonos de lodo todo el cuerpo. Pero nos sentíamos cómodos y ciertamente graciosos en ese rol de emprendedores que andaban buceando en la creatividad cibernética para ofrecer un buen producto al público que lo necesite al mismo tiempo que reíamos sobre lo surrealista que resulta vivir en una caravana mientras intentas cocrear cosas interesantes. Había cierto entusiasmo en todo, incluso en las pintas.

Una de las partes más divertidas ha sido cuando hemos empezados a hablar sobre el mundo de las relaciones, las parejas, el amor. Mientras repasábamos los últimos detalles del proyecto le contaba con cierta gracia que un chico que vive en una caravana en mitad de un bosque tenía pocas posibilidades de ligar o encontrar una pareja. Más tarde le escribía a una amiga sobre el oficio de espantapájaros. Cuando siento interés por una chica o veo que alguna pobre despistada lo siente por mí me pongo muchas veces el disfraz de espantapájaros.

Lo del espantapájaros viene de mis días de gloria material, por decir algo. Era fácil atraer parejas aparentemente nobles y duraderas cuando las cosas iban viento en popa. Si eres joven, con algo de dinero, alguna propiedad y un futuro de éxito la suerte en el mundo de las relaciones está garantizada. Pero descubrí con cierto sabor amargo que cuando lo pierdes todo, te arruinas un par de veces y te quedas sin nada las parejas (a veces también los «amigos») huyen despavoridas. Eso fue una gran lección de vida, y desde entonces decidí convertirme en un espantapájaros para evita futuros malentendidos. Así, cuando una chica se acerca, primero saco mi nariz de zanahoria y le recuerdo, como hacía Oliverio Girondo, que hay que saber volar. La profundidad del mensaje es encriptado, pero muy claro: soy un chico pobre, cargado de deudas que vive en una caravana en mitad de un bosque frío y helado y que además le importa un pito el sexo, excepto si la mujer tiene los senos como magnolias o un cutis de durazno y además sabe volar, donde, ante la tentativa de una belleza hermosa, uno puede hacer alguna vital excepción. Ante este expediente y expectativa, casi tengo un cien por cien garantizado que las chicas desaparezcan de forma instantánea, y además, rotundamente, sin oportunidad para al menos poder exhalar algún poema o llevarla a volar. ¿Para qué? ¿Quién querría estar con un elemento así? Mi éxito como espantapájaros está garantizado. Todas huyen.

Pero no es algo que me preocupe en exceso, aunque algunas noches admito, como la de ayer, que se siente cierta pena o cierta soledad extraña. Luego llega la mañana, uno se relame de todas las heridas y se pone a trabajar como fontanero, leñador, granjero, electricista o todo aquello que la comunidad requiera. Por la tarde, desaliñado y sin duchar, termino en un precioso lugar con el amigo Iván riendo de todo esto y viendo de paso pasar a todas aquellas chicas que nunca se acercarán a mi aliento insecticida, mi nariz de zanahoria o mi cutis de papel de lija. Como diría el poeta, si no saben volar pierden el tiempo conmigo. Así que sigamos disfrutando de ser un perfecto idiota, espantapájaros de profesión y altivo poeta insufrible.

Via Lucis


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Las almas viejas siempre se reencuentran centuria a centuria. Son como esas almas gemelas que sienten la necesidad de buscar su otro trozo de espíritu. He visto a personas recorrer miles de kilómetros solo para abrazar a otro ser, pedir disculpas por algún hecho pasado y creer en ese amor invisible que baña cada río de esperanza, de incondicionalidad, de fe. El amor siempre es mucho más amplio de lo que pensamos. A veces lo reducimos a un hecho puntual, local, personal. Es difícil contener un océano en una taza de te. Nuestro corazón no debe tener un tamaño mayor a esa taza, pero muchos se empeñan en reducir el amor a ese pequeño espacio, ignorando que esa fuerza, ese sentir, siempre rebosa a caudales por el espacio infinito.

Amar al semejante nunca fue fácil. Tendemos a protegernos de sus amenazas, sabotear cualquier tipo de condición o promesa con tal de seguir a salvos en nuestro espacio de seguridad. Pero a veces ocurre que somos capaces de desnudarnos, de sentirnos abiertos al otro, sin corazas, sin complejos, sin creencias. Simplemente despojados de cualquier árida condición.

Como seres provisionales, deberíamos dejar espacio para que la vida nos sorprendiera. Dejar de medir el tiempo, dejar de encapsular las posibilidades vitales en proyecciones futuras. Cuando eso ocurre, acontece el milagro de la vida. Los seres se unen, los seres se alegran, los seres dispensan en mutua comunión el verdadero sentido de la sabia existencia.

Por eso ese abrazo reconciliador terminó obrando el milagro. Por eso esa palabra sincera acabó no cerrando un círculo, sino abriendo un sin fin de posibilidades. Ese arcoíris completo a los pies del Camino fue señal suficiente para comprender el pacto, el complejo e ininteligible devenir del misterio. Desnudos de apariencias, abrazados durante un tiempo ilimitado, mirando desde las ventanas del alma aquello que nos conecta con lo más profundo del corazón humano, supimos reírnos de aquellas cuevas oscuras que no se abrían, de aquellas espadas puntiagudas que no fueron capaces de soportar el peso del momento. No importa nada cuando para el mundo eres invisible, secreto, furtivo. Nada importa cuando el amor triunfa.

Estoy agradecido. Me siento afortunado. Se obró el milagro. La vía de la lucidez pudo contra todo. La senda del amor incondicional salvó la distancia, los tiempos, las circunstancias siempre pasajeras para sellar ese pacto eterno y bello. Gracias a ese cantar hoy me siento liberado, amado, sentido. Gracias a esa generosa aportación a la esperanza el mundo ha brillado un poco más.

Gracias Via Lucis. Gracias Relux. Gracias a la vida.

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Feliz revolución solar


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Llegaste como una peregrina y desde que se cruzaron nuestros caminos no hemos parado de andar. Las sendas se abrieron ante nosotros y estipularon como pacto el acercarnos al Misterio juntos, no para explorarlo, cosa que ya habíamos hecho, ni para buscar el Grial, cosa que ya habíamos encontrado en nuestros corazones. Vino a nosotros el propósito para reconstruir en la Tierra un trozo de Cielo. Ese fue el pacto y la alianza y por eso, en menos de un año, todo se materializó.

Y hoy que cumples treinta y algo añitos me siento afortunado de seguir persiguiendo el sueño, de levantarme siempre con ese tu calor, tu compañía, tu buen humor. Esa alegría que nos ensalza hacia metas mayores a las nuestras propias y que nos encubre de fuerza para seguir adelante. Ese despertar feliz por sentirnos protegidos por angelitos del otro lado.

Ser pareja sólo fue una excusa. Lo sabíamos desde el principio. No era un requisito necesario, pero hacía todo más fácil. No hubo enamoramiento ni flechazo, pero sí una pasión vital por dar forma a eso que llamamos propósito grupal. ¿Cómo realizar un sueño de todos si no empezábamos haciéndolo entre todos? Y en ese todos empezamos tú y yo, andando, caminando, salpicando el camino de alegría, de bondad y paciencia, de amor desapegado y cariño por todo.

Eres una buena mujer, pero sobre todo eres una buena persona. No es adulación, es reconocimiento. Te aprecio porque das tu vida por el otro sin miramientos, sin razones, sin exigencias. Cualquier presente te hace feliz, no importa si es un viaje a Londres o un trozo de piedra decorada con alguna hierba. Alejada del lujo y la pompa, aprendiste pronto a considerar como valioso aquello que siempre luce invisible a los ojos de lo estólido. Fuiste capaz de sacar fuerzas de donde no las había y lo has demostrado hasta hoy. Tanto fue así que no tuviste ni el menor remordimiento en desapegarte de tu paraíso en la Costa Brava para viajar hacia la incógnita más insondable.

Y aquí estás, celebrando tu cumpleaños de la forma más humilde, levantándote sonriente en una caravana en mitad de la nada, mimando a tu pareja con esas tostadas mañaneras y sirviendo humildemente al propósito encomendado sin ninguna queja, sin ningún sollozo o lamento. Todo lo contrario, la alegría que desprendes es suficiente para inspirar a todo un valle que ya no es el mismo desde que tú lo habitas.

Gracias de corazón querida Laura por todo lo que eres y representas y espero que hoy, en un día tan especial, renazcas a la luz del misterio y vuelvas a engrosar la lista de aquellos que engloban la avanzadilla de este nuevo mundo.

Feliz revolución solar. Feliz vida nueva.

 

Hogar, dulce hogar


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Ayer salí a las diez de la noche de Barcelona y atravesé toda la península de este a oeste casi sin descansar. A las diez de la mañana ya estaba en tierras gallegas, con lluvia, con vacas por todas partes, con ese verde intenso tan especial. Quería darle una sorpresa a Laura y lo hice, recibiendo a cambio un inmenso abrazo que me recordó eso de que el verdadero hogar está allí donde te reciben con amor y cariño, sin importar si el lugar es un palacio o una humilde choza. En mi caso, nuestro nuevo hogar es una caravana. Es cierto que este verano lo hemos pasado aquí alegremente con amigos y personas que venían de media España para contagiarse de entusiasmo y alegría. Pero hoy la sensación era muy diferente. Tras abandonar el piso, el calor y el refugio de Madrid, venir a Galicia con lo puesto ha sido toda una proeza de desapego. Una gran lección que demuestra que lo verdaderamente importante no tiene forma ni aspecto ni color. Carece de textura y solidez, no precisa de adornos ni figuritas. Es sólo ese abrazo de Laura con lágrimas en los ojos. Es ese paseo interminable por el bosque, imaginando el mundo lleno de niños correteando alegres de un lado para otro a la caza de duendes y hadas. Ahora que puedo decir que he vivido en los más luminosos palacios y en los más oscuros recovecos puedo decir lo que es verdaderamente el hogar.

Ese es el verdadero sentido de la palabra hogar: calor, cariño, amor. Por eso, cuando fijéis vuestras metas futuras, no esperéis de la vida una gran casa, un adosado en la sierra, un palacete en una gran ciudad junto a un trémulo río. Dibujad en ese futuro un abrazo sincero de alguien que os quiere de verdad, de alguien capaz de dibujar una sonrisa o una lágrima al recibiros con emoción. Cuando penséis en el futuro, no esperéis vivir en un gran palacio. Fijaos si las personas que están a vuestro alrededor lo están por vuestro dinero, por vuestro estatus, por vuestra posición, o simplemente lo están por un amor incondicional, por un verdadero y sincero gesto de amor . Así, si por las cosas de la vida cayerais enfermos o lo perdierais todo en un golpe de mala suerte, os asegurarías de que de sus manos y de su rostro brotaría el amor incondicional, y no el egoísmo o la rabia o el cansancio o el reproche. Así, si las cosas fueran mal y lo perdierais todo y lo único que os quedara fuera una humilde caravana en mitad de un prado verde, siempre os quedaría ese abrazo, ese sincero hogar que acoge por igual al rico y al pobre, al sano y al enfermo, al bueno y al despistado. Hoy, sin tener nada, me he sentido la persona más afortunada del mundo, porque al perderlo todo, lo gano todo, porque al sentirme libre y resuelto a abrazar con amor el nuevo destino, me podía sentir lleno y feliz. Mi reino por ese abrazo. No está mal.

Y además con esta compañía incondicional que en estas ya frías noches celtas, bajo el mando de lluvia y soledad, abraza mis ramajes, penetra con su aliento y calor en todo el misterioso significado de la vida. Afortunados aquellos que en la pobreza o en la riqueza disfrutan de un amor sincero y entregado. Afortunados aquellos que en la salud y en la enfermedad podrán sonreír porque a su lado siempre brotará la llama del amor sincero. Hogar, dulce hogar. Ahora puedo entenderlo.

Amor es Relación


amor

Queridos,

 

Hace unos años me interrogaba sobre las claves del amor, la diferencia entre amar, querer y estar enamorado. Lo hacía en un libro que titulé “Ama hasta que te duela”. Allí expresaba la necesidad de comprender que cuando se traspasa el enamoramiento visceral y el querer egoísta y se llega al amor verdadero, éste oprime nuestro limitado pecho, nuestro limitado ser, y algo duele ahí dentro por falta de espacio físico, psicológico y metafísico.

Más tarde hablé sobre otro tipo de sexualidad no condicionada a traumas, modas o instintos y llamé al librito “Asexualidad”. La intención era provocar otra nueva forma de acercarnos al sexo sin ningún tipo de condicionantes, sólo expresando aquello que se siente de una forma desapegada, tanto que ni siquiera es necesario un acercamiento íntimo que a veces incluso puede llegar a resultar violento. En fin, una forma diferente de ver y sentir la sexualidad.

Ahora tocaba cerrar la trilogía sobre el amor en todas sus vertientes con una visión madura y relajada, realizada conjuntamente con el amigo Ramiro Calle y prologada generosamente por el amigo Joaquín Tamames. “Amor es relación” es un libro ligero y ameno que profundiza aún más en las claves del amor, de la relación en pareja, de las relaciones con los otros y con lo Otro, con eso que llamamos el misterio más profundo. Un libro de ágil lectura pero profundas reflexiones que seguro os llevarán este verano a una forma diferente de acercarnos al amor. Aunque la idea del libro nació hace algunos años, pensé que lo mejor era compartir la reflexión y así practicar ya desde el minuto cero la frase del título. Dicho sea de paso, mi mayor agradecimiento a Yolanda, la cual inspiró no sólo el título y la idea, sino una nueva forma de entender las relaciones humanas desde el respeto y la comprensión absoluta, descubriendo de paso que no hay mayor amor que el que se relaciona desde el desapego y el dejar ir.

Como mi forma de amaros es relacionándome con vosotros desde la escritura, aquí está mi muestra de afecto y cariño. Así que gracias de corazón a todos por seguir ahí junto al sol que brilla cada mañana y se relaciona con nosotros aportando vida.

 

El libro se puede comprar en el siguiente enlace al precio de 10 euros gastos de envío incluídos (5 euros versión Ebook):

http://www.editorialdharana.com/catalogo/amor-es-relacion?sello=nous

A partir de septiembre en todas las librerías.

 

De sexo, vacas y amor


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Esta misma noche me llamaban desde Colombia para una entrevista de radio. El otro día fue México, algunas periodistas de la Universidad Carlos III, radios nacionales y algún conocido escritor interesado por lo mismo: el sexo. Realmente a pocos les interesa que hable de la nueva cultura ética, de las utopías, del apoyo mutuo o la cooperación. Ninguno de esos libros o temas ha interesado tanto. Pero en cuanto hablas de sexo te llaman de todas partes. Lo divertido es que yo no hablo de sexo, sino del no-sexo, de la asexualidad. Pero incluso eso entusiasma, más como rareza, porque del verdadero interés hacia las cuestiones profundas, hacia la raíz del asunto, a pocos le importa.

Nadie pregunta sobre el amor, sobre su magnitud, sobre su quintaesencia. Nadie se interroga sobre su verdadero sentido. Nadie se para a pensar que quizás esa palabra podría terminar con los problemas del mundo. Me amas, te amo, y parece que todo va mejor. Amo al escarabajo, a la liebre, al gusano de seda, amo a la brisa, y a la mar, y el tintineo de esa tienda que te recibe con un cascabel. Cuando me llaman de la radio no se interesan sobre si amo o no amo. Si practico el amor con el abedul o el castaño, con el lagarto o la mariposa. Nadie me interroga sobre el sabor meloso de esa vibración alta, o qué siento cuando rozo suave el tímpano de una flor.

¿Cuándo descubriste que eras asexual? Me preguntaban hoy. Debí contestar algo así: cuando descubrí mi capacidad de amar más allá de las formas. Cuando descubrí el secreto cósmico del intenso amor. Un amor humano, por supuesto, fraguado por sus propias limitaciones, pero amor al fin y al cabo, tan sensible como el que permita saber sobre la amplitud de la vida. Tan extenso como ese halo de imaginación activa que recorre el cosmos.

Me hubiera gustado que hoy me preguntaran sobre ese amor. ¿Cuándo descubriste que amabas? Les hubiera recordado aquel adolescente viaje al sur de Francia, aquel prado verde donde había unas vacas, donde me acerqué por primera vez a la textura de su roce y pude penetrar mi mirada con la suya. Fue allí, junto al rostro inocente de ese gran herbívoro cuando descubrí mi capacidad de amar. Su mirada, reflejo de eones de domesticada compañía me hizo reflexionar sobre la ingesta de su carne. Quizás fue el roce de su contemplación lo que me hizo comprender la innecesaria brusquedad de alimentarnos de seres tan tiernos y amables. Pero claro, ¿quién iba a comprender que la sensibilidad del amor pueda albergarse en la mirada de un rumiante? ¿Se imagina alguien la posibilidad de hablar sobre las vacas y su mirada en un programa sobre sexo? Nadie podría entenderlo. Pero ahí reside el misterio de toda promesa. Me volví asexual cuando comprendí la relación directa entre violencia, narcóticos psicológicos e ilusión social. Todo un conglomerado de mentiras que se gestionan y sustentan por una larga noche oscura del alma social.

Quizás algún día alguien se atreva a hablar en la radio sobre vaquitas, sobre amor y sobre redención humana. Quién sabe. Quizás lo haga yo mismo en la próxima entrevista, cuando me pregunten si voy al baño a masturbarme y responda algo así: “ustedes miren a una vaca fijamente a los ojos, observen su alma guía y luego vayan al baño o a la cocina e intenten comer su carne”.

Gracias querida Laura


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Hoy hace justamente un año éramos águilas en un horizonte infinito. Nada ni nadie nos había advertido de todo cuanto sucedería a partir de ese día. El Camino se prolongó hasta el día de hoy, al punto de que terminamos allí anclando nuestra espada de conquistadores para convertirla en una cruz, en un lugar de encuentro y reconciliación, un lugar sagrado de luz y esperanza. Un año a su lado ha sido no sólo un premio y regalo por tanta búsqueda incansable, también un mensaje de paz y esperanza, sosiego y tranquilidad.

Amor es relación, ella me lo ha demostrado con su infinita paciencia, con su exquisita generosidad, con su radiante luz y amor incondicional. Éramos conscientes del pacto, del trabajo arduo que nos esperaba por delante, y no paramos ni un momento. Teníamos claro que más allá de las relaciones tópicas debíamos trabajar para eso a lo que habíamos venido. Infatigable, fuerte, amable, dulce y libre, muy libre, ha sabido obsequiarme con su destreza y su habilidad para proteger lo que es verdadero de lo ilusorio. Ha sabido desempeñar su rol de amiga y compañera sin exigencias, sin arrebatos, sin irracionales suplicios. Ha sabido sacrificar lo innecesario desde el equilibrio más puro para elevar al punto más alto lo imprescindible. Ha sabido demostrar que la constancia es la madre de todas las realidades y que los sueños, si se sienten desde dentro, son siempre alcanzables.

Un año juntos no es mucho tiempo, pero en nuestro caso ha sido de vértigo. Tantas y tantas experiencias juntas, y tantas y tantas aún por vivir. Hace un año decía algo así: “… podíamos escuchar los latidos enmarañados de nuestros corazones. Cómo si una música invisible pudiera detonar al ritmo de cada pulsación, de cada palpitar. Como un reloj cuántico que despeja la duda de la incertidumbre. Que nos aleja del tiempo pasado y del futuro y nos ancla en el instante impermanente. No encontramos mesura ni tiempo en esos instantes de reposo. Sólo la obligación de seguir caminando nos alejaba del borde del camino, un lugar donde la magia singular del devenir nos empujaba a sentir la sempiterna existencia. Un día feliz, un día más en el Camino”.

Ese es el secreto, empujarnos juntos para elevar los corazones y así poder sentir con más fuerza la sempiterna existencia. Gracias querida Laura por este trozo compartido. Gracias por tu fuerza, tu constancia, tu paciencia, tu esfuerzo, tu amor, tu calidez, tu honra, tu flexible paso, tu siempre generosidad, tu buen humor, tu confianza, tu plenitud compartida, tu magia y tu sonrisa. Ambos sabemos que el amor se diluye en los poros de la existencia y nos penetra en cada instante y ambos sabemos que se escurre entre la maleza de todo cuanto existe. Lo hemos vivido así, desde la libertad más absoluta y la comprensión más certera. Y así seguirá siendo en este Camino que nos hemos marcado… Gracias, gracias, gracias…

Almas gemelas


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El plural es correcto porque están ahí y allí y en todas partes. A veces te cruzas con ellas y sientes como el corazón se vuelve loco, deja de responder a los impulsos de la razón y desemboca en una espiral de atrevimiento y osadía. Otras veces nos susurran en sueños, otras se convierten en nuestras ángeles custodias, vigilando que nuestras vidas sean lo más dulces posibles si somos capaces de conectar con ellas.

Estuvimos toda la vida buscando en el singular la fórmula verdadera, pero con el tiempo observamos que el universo es mucho más complejo y que dispone a su antojo de tantas fórmulas como seres lo habitamos. La mónada se divide y diversifica en almas que a su vez conforman vidas y vidas múltiples. A veces esas almas coinciden en espacios y en tiempos y ocurre la chispa, el reconocimiento, la admiración, la inclinación de nuestra vertical para conectar con su corazón amigo. Ese reconocimiento no es más que un destello de lucidez en un momento único e irrepetible. Las almas se miran a los ojos y penetran en la tierra irracional. Se reconocen y lo celebran con amor, con enamoramiento en nuestra confusión egoica. Pero aún así sigue siendo maravilloso. Amor en su estado más puro o enamoramiento en su estado más burdo. Pero sea como sea, algo milagroso.

Con el tiempo entiendes que ese flechazo es tan sólo un reconocimiento y que muchas veces nos empeñamos en arrastrar hasta la singularidad de lo concreto, de la relación estrecha, algo inabarcable. ¿Cuándo una verdadera relación basada en el amor puro puede ser estrecha y reducida? Nuestra miopía humana no nos deja ver esos pactos que van más allá de lo aparente y casual. No somos capaces de interpretar los encuentros, las relaciones más allá de lo superfluo.

No podemos entender que el amor verdadero es múltiple y nace y se dispensa desde la universalidad, desde ese maravilloso entender que sabe expresar y abrazar a todo ser sin importar sus grados o condiciones. Por eso, a lo largo de una larga vida no nos topamos con nuestra alma gemela, si no que lo hacemos con esa larga lista de almas gemelas que vienen y se van si conseguimos profundizar en el sentido exacto de esa mística relación. Por eso llega un momento en el que le debemos respeto y admiración a todos esos seres que vinieron para luego irse. Porque si de algo podemos estar seguros es de que volverán. Nunca se fueron, lo podemos sentir, lo podemos casi rozar con nuestro aliento. Siempre estuvieron ahí y siempre lo estarán. Vida tras vida.

¿Por qué entonces encapsulamos las relaciones y asfixiamos al amor en estrecheces y corsés? Dejemos que el amor fluya y se manifieste con un abrazo sincero, con una mirada respetuosa, con un beso al buey y un canto a la paloma. Dejemos que brillen nuestros ojos cuando nos reconocemos y que la dulce emoción que nos recorre en cada encuentro, en cada camino, sea puro reflejo de la corriente de vida que nos atraviesa. No ceguemos nuestra mirada, no busquemos en los abismos de la estrechez respuestas inservibles. Dejemos que el amor se libere de nuestros preconceptos y dejemos que las almas gemelas entren en nuestras vidas para saludarnos, para interesarse por nuestros proyectos y si es menester, para compartir el plan de amor y de luz. Esta actitud ante el amor hará que se restablezcan las condiciones para el nuevo mundo. Veremos entonces como todos los seres sintientes forman parte de esa gran familia de almas que nacen todas de un mismo flujo de vida y amor. Todas, absolutamente todas.

Gracias por este maravilloso día


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Hoy hemos celebrado su cumpleaños con un grupo de amigos, de gente bonita que se acerca a tu vida con ánimo de saciar esa sed de lazos y unión. Me ha gustado ver su felicidad, que es diaria pero que a veces brilla de forma especial. Su inocencia y bondad supera los límites de lo admisible, y lo demuestra desde la sencillez, desde la tolerancia y las ganas de ayudar a todos de forma humilde y tranquila.

Ayer en Londres, hoy en Madrid y mañana en cualquier otra parte. Ella es natural, espontanea, y teje esa red de complicidades suficientes para que la gente buena y amable sepa encontrar su lugar en el mundo.

Todas las noches, antes de acostarse, guarda siempre un momento para decir sonriente: “gracias por este maravilloso día”. Es uno más de sus gestos pequeños que la hacen tan grande. Su buen humor, su simpatía, su alegría por vivir, son todo un ejemplo que observo desde el silencio y la ternura. Su aceptación, sus ganas de aprender, su curiosidad por todo, su vocación de servicio y humanidad exquisita la hacen única y verdadera.

No son estos halagos gratuitos, sólo el reconocimiento a un ser hermoso, cargado de amor, lleno de bondades y virtudes, que hoy ha cumplido un año más y quería, en voz alta, darle las gracias por hacerme partícipe de su vida. Así que gracias a ti querida Laura por este maravilloso día, y por todos los que la vida quiera que estemos juntos. Feliz cumpleaños. Feliz vida.

Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento


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Estos son, según Erich Fromm, los elementos comunes en toda relación. Hablo de ello en dos libros que estoy escribiendo a la vez. Uno sobre asexualidad y otro sobre “amor es relación”, un título que estamos preparando conjuntamente con el amigo Ramiro Calle.

Resulta difícil profundizar en el amor cuando es algo tan poderoso como para mover y sostener universos y tan frágil como para que se nos escape del entendimiento humano sin poder siquiera saborear un ápice de su esencia verdadera.

Creemos muchas veces que amar es lamentarse, regocijarse en las relaciones dependientes, basadas muchas veces en la autoridad o el poder, en el egoísmo y la confusión más pueril. Pero la fórmula de Erich Fromm es bien simple: cuidémonos, responsabilicémonos, respetémonos y hagamos un esfuerzo para conocernos a nosotros mismos y de paso, para conocer al otro. Siendo una fórmula tan sencilla, ¿por qué nos cuesta tanto alcanzarla y ponerla en práctica?

Ya dijimos anteriormente que no es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. En ese sentido somos una sociedad bastante avara, porque siempre estamos pensando desde la pérdida. Somos, por mucho que poseamos, indigentes y seres empobrecidos.

¿Cómo salir de esa indigencia social y personal? Relacionándonos, ayudando al otro, compartiendo momentos felices y amables, porque el que da realmente no es aquel que da cosas, sino experiencias enriquecedoras, el que da armonía y paz, el que ofrece belleza y ternura al otro. Son las propiedades interiores las verdaderas riquezas. Las cosas materiales son sólo cosas. Pero las perlas interiores, el dominio de lo específicamente humano, como nos decía Fromm, es el mayor bien que podemos dar. Por eso lo mejor que podemos ofrecer está en nosotros mismos, aquello que nos hace procurar vida, dando lo mejor de nosotros, lo que nos hace nobles y humanos.

El amor, nos dice Fromm, es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Se ama aquello por lo que se trabaja, aquello que cuidamos y protegemos, aquello a lo que nos acercamos con responsabilidad y respeto, y siempre, con conocimiento. Amar es relacionarnos y trabajar activamente en que esa relación sea duradera, amable, sencilla y enriquecedora para ambas partes. Eso requiere trabajo, mucho trabajo, y conocimiento, mucho conocimiento.

LA VIDA ES UN MOVIMIENTO EN RELACIÓN


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La relación es el espejo en el que nos vemos a nosotros mismos tal como somos. Toda vida es un movimiento en relación. No existe nada viviente sobre la Tierra que no esté relacionado con una cosa u otra. Aun el ermitaño, un hombre que se marcha a un paraje solitario, sigue en relación con el pasado y con aquellos que le rodean. No es posible escapar de la relación. En esa relación, que es el espejo que nos permite vernos a nosotros mismos, podemos descubrir lo que somos, nuestras reacciones, nuestros prejuicios y temores, las depresiones y ansiedades, la soledad, el dolor, la pena, la angustia. También podemos descubrir si amamos o si no hay tal cosa como el amor. Por lo tanto, examinaremos este problema de la relación, porque la relación es la base del amor”. Krishnamurti

 

Todo está relacionado. El respirar se relaciona con el aire. El palpitar con la expresión de vida. La mirada con la luz. El tacto con el rostro suave. Miremos donde miremos hay relación, interconexión, apoyo, cooperación. Y toda esa relación, como expresaba Krishnamurti en algún escrito, está en continuo movimiento.

Ayer mientras paseábamos por el Retiro contemplaba el ahuehuete centenario, ese que dicen que es el más antiguo de la ciudad. Observaba sus extensas ramas, como si el tronco estuviera estirando todo su ser para alcanzar el cielo, para relacionarse con la vida que nace de la luz al mismo tiempo que estira sus raíces para relacionarse con la oscuridad profunda de la tierra. Los árboles son un vivo ejemplo de cómo se relacionan de forma tan extraordinaria y perfecta con su medio, el visible, ese que pretende abrazar el cielo, y el invisible, el que penetra la cálida tierra profunda.

Los seres humanos nos relacionamos por necesidad. Necesitamos respirar al otro, tocarlo, besarlo, abrazarlo, comunicar con el otro nuestras inquietudes y anhelos y viajar con el conjunto hacia un destino común. La base de toda relación es el amor, aunque para algunos ese amor tan sólo pueda nacer desde su primigenio más débil, el egoísmo o amor propio. En todo caso, nadie puede escapar al amor, aunque sea minúsculo, y nadie puede escapar a la relación, aunque a veces cueste entenderse con el diferente, con el igual, con el prójimo próximo.

No podemos parar de movernos, porque el movimiento es sinónimo de vida. Y la vida nos arrastra hacia su contemplación, hacia el arrebato, hacia la felicidad de poder sentirnos privilegiados en este momento único, en esta oportunidad irrepetible. Si dejamos de movernos nos extinguimos y si dejamos de relacionarnos nos apagamos y desaparecemos. ¿Cómo entonces no abrazar un árbol, y cómo no hacerlo con ese ser humano deseoso?

Ahora nos queda un largo recorrido para profundizar en la enseñanza de la relación, es decir, en la enseñanza del amor y no la guerra, del dar y no esperar nada a cambio, de desear lo mejor para todos y de proteger esa llama viva de esperanza en un mundo de mejores y más poderosas relaciones. Ahora nos toca aprender como relacionarnos mejor, como abrazar mejor, como comunicarnos mejor con el otro, con el medio, con el universo entero. Nos queda comprender que la vida es relación y que esa relación requiere un movimiento continuo hacia el aprendizaje. Aprendamos a relacionarnos, aprendamos a vivir mejor, más amorosamente, más relacionados los unos con los otros, en paz y armonía, en plenitud y decoro.

 

 

La ola irresoluta


 

Como un vaivén, desnudo como una isla que espera su ola. Paseaba dejándome llevar por el ritmo de la tarde, el rumor de sus gentes, el plácido gozo del instante. Me dejaba caer por sus calles de primavera desnuda, sin prisas, sin tiempo, sin lugares. Solo dejarse caer. Y de repente allí estaba, la ola irresoluta, atravesando la calle también desnuda. Con su coraje, con su tamaña fuerza. Visitando con la mirada los abismos de esa soledad y tristeza profunda.

No me importó seguirla. Sólo tenía que seguirla sigilosamente, como la ola que espera su playa, como el viento que arrastra la seductora presencia de la nada. Vencer el discreto murmullo del adiós. Preservar en el paladar la savia de aquellos días que sus riñones rozaban los míos penetrando todo cuanto pudiera explotar en mil pedazos de deseo y ternura.

Qué delicioso ha sido que nuestras vidas se cruzaran en el portal de la iglesia. Ante los cantos celestiales de los ángeles que gobernaban la plaza. Ante la presencia invisible de aquellos lazos que alguna vez unieron nuestras vidas. ¿Y ahora qué? Pensé nervioso mientras su aura rozaba la mía.

No. Más no. La dejé marchar, a pesar del deseo. Porque vengo y voy, sin retener al destino. Sólo arrastrando las fuerzas hacia la presencia de lo posible. No. Más no. A pesar de la desnuda primavera. Como una ola irresoluta, rocé su vida, y volví a los abismos del océano imposible.

Gracias por el encuentro. No quería molestar. Soy ola, y tú isla desnuda. Y te dejé marchar. Je t’aime moi non plus…

Encuentros bajo la lluvia


encuentros

Me gustaba observar todo lo que ocurría en lo interior, pero también en lo exterior. Había una pareja que me llamó especialmente la atención. Ella hermosa, de unos vivos ojos verdes que lo miraban todo con suma curiosidad. Él, tímido, reservado, pero husmeando una y otra vez todo cuanto ocurría. Pude ver como el primer día sus miradas se cruzaron. Hubo un segundo de tensión, un segundo de vuelco, de flujo libre, de conexión poderosa, de llama invencible. Fue como si se hubieran reconocido en esos encuentros estelares que ocurren en otras dimensiones.

Había en el lugar más apartado un rincón donde podían visualizarse. Se cruzaban casualmente una y otra vez, una y otra vez. Se miraban tímidos pero con deseo, con curiosidad, con anhelo. Al fondo de la granja había un rincón con caballos donde él se escapaba para pasear y abrazar a los animales. Ella lo buscaba con la mirada sin poder verlo, y sin poder imaginar qué estaba haciendo, qué estaba sintiendo, qué estaba pensando. Y él imaginaba que ella también se fugaba a ese lugar secreto y ambos paseaban juntos, en silencio, y ante la inmensidad de la expectativa.

Una de las mañanas se volvieron a cruzar las miradas en el rincón apartado. Él se quedó inmóvil y ella se sentó para estar más cerca. De repente empezó a llover. Todos corrieron a refugiarse pero ellos permanecieron inmóviles, mirándose en silencio mientras la lluvia corría por sus rostros. No podían traspasar la barrera invisible que les separaba, pero sus almas ya se habían rozado, ya se habían penetrado para siempre.

Cuando todo terminó tuvieron oportunidad de hablarse, de comunicarse, incluso de abrazarse. Pero nada ocurrió. Ambos forzaron oportunidades pero ambos huyeron de las mismas. Ambos provocaron encuentros pero ambos los silenciaron con igual acritud.

Me gustó observarlos porque veía en ellos tantas y tantas historias de amor, tantos y tantos encuentros que ocurren a cada instante. Me preguntaba qué poderosa llama hacía que las almas se reencontraran una y otra vez y qué poderosa lluvia torrencial hacía que se alejaran de igual forma, silenciosamente, con ese dolor de la promesa incumplida y de la experiencia agotada. Los observaba y me preguntaba todas esas cosas mientras la primavera volvía y los corazones palpitaban de nuevo.

Técnicas de sabotaje emocional según Pedro Pablo Palote


 noria

 

Hay muchas personas, según nos cuenta Pedro Pablo Palote, que son artífices en el sabotaje emocional. A veces de forma consciente, por comodidad o egoísmo, y otras de forma inconsciente, por ignorancia o miedo.

Las técnicas son sencillas, de manual de psicología primaria. Nos cuenta Pedro que cuando le gusta realmente una mujer asume diferentes roles para ser repudiado. Si la mujer es inteligente y racional asume el rol avasallador del dependiente emocional. Si la mujer es todo lo contrario, una dependiente emocional, asume el rol del despistado o cabeza de avestruz, nunca el del frío o distante, porque sabe que eso atrae más, valga la paradoja.

Si lo que desea es atraer la atención de la persona, en el primer de los casos se convierte en un espejo adulador, porque no hay nada que le guste más al ego que verse reflejado en sí mismo. Así que de forma sibilina podrá adoptar un rol de inteligencia supina apoyada por grandes dosis de peloteo sistemático, pero muy medido y calculado, porque el ego, que es inteligente, detesta los abusos. En el segundo caso, si la persona es emocionalmente dependiente, usará el papel del pescador, es decir, de ese tira y afloja inequívoco que tanto les gusta a los yonquis de la emoción.

Pedro Pablo Palote sabe que estos juegos nacen de cierta enfermedad congénita y generacional. Sabe que nuestra generación está dañada por la transición que hubo de un estado rígido y plagado de censura a otro que se fue al extremo contrario. Es como si nuestros padres hubieran pasado de ser una familia ortodoxa y clásica a unos hippies del amor libre. Eso dañó nuestras emociones, y por lo tanto, nuestro sentido de la armonía emocional.

Pero Pedro Pablo Palote se ha especializado en el sabotaje emocional para así no tener que responsabilizarse de la educación de sí mismo y del otro, relegando esa misión a futuras generaciones. Asume su condición de transicionero y sobrevive como puede a esta crónica discapacidad emocional. En el fondo Pedro Pablo es egoísta. Él lo sabe y lo admite, de ahí su negación a construir relaciones sanas en un mundo sano. Prefiere, como él dice, seguir saboteando, por si acaso, y que vengan otros a deshacer este embolado.

Clonación


 niños

«»La belleza se define como la manifestación sensible de la idea.» Hegel.

Cuando te gusta alguien intentas de alguna forma atraer su atención. Decirle que existes y que además, tenemos tantas cosas en común que podríamos crear una eterna vida juntos. La táctica de clonar deseos, pensamientos y realidades es tentadora. Si le gustan los Sigur Rós es posible que te aprendas de memoria todas y cada una de sus canciones. Si le gusta volar, te convertirás en avión. Pero todos sabemos que eso no es amor, sino una clonación donde una de las partes se anula para recrear los gustos de la otra y así llamar su atención.

Otra de las torpezas más comunes es la precipitación, el acoso y derribo. Imaginaos que conocéis a alguien que realmente os gusta y sólo deseáis, como podría ser natural, el estar con ella, el pasar el mayor número de tiempo con ella. Pero la prisa y el ímpetu nunca fueron buenas consejeras. El verdadero amor requiere de espacio, de tiempo y de mucha calma. Un amor maduro no se precipita, solo espera. No atrapa ni envuelve, sino que libera. No engatusa ni engaña, no anula ni vigila, no controla al otro ni lo manipula ni lo trata con violencia. Solo lo potencia. No teme, solo ama. Y amar a otra persona no significa necesariamente estar con ella, o mantener una relación con ella. Puedes amar sin ser amado, y lo más increíble de todo, puedes amar en silencio.

Estas faltas o descuidos suele ocurrir en personas que no han tenido un referente del amor, ni de pequeños ni de adultos, y cuyo único referente real han sido los cuentos infantiles -normalmente de príncipes y princesas- o las películas de Hollywood, tan cargadas de irreales e interminables escenas de sexo y pasión desenfrenado. Una persona adulta y realizada en el amor, con buenas bases sólidas y cierta madurez interior, siempre irá despacio, muy despacio. Sembrando sin esperar cosechar nada de inmediato. Viendo crecer la relación y los sentimientos de una manera suave y lenta sin esperar nada a cambio, sin desear nada a cambio.

De estas y otras cosas hablaba hace unas tardes con una amiga. Siempre queda muy culto hablar de filósofos de nombre potente como Hegel. En la misma conversación salió a colofón el nombre de uno de ellos. A ella no le gustaba, mientras que yo defendía mi amor por el filósofo, no tan sólo por su acérrima defensa hacia el mundo animal, sino por una anécdota que días anteriores había nacido en un paseo por un bello lugar. El discurso o la idea del filósofo me trasladaba a un lugar bonito con una presencia bonita.

El pensador no sólo era un nombre, era una reflexión. Hay muestras de cariño o admiración que pueden crear confusión. Hay muestras inequívocas de que a veces no se trata de mera ilusión, de mera conquista, de mera clonación o precipitación agitada, sino simplemente del inicio de algo que puede derivar en mil cosas como la amistad o el amor o el silencio. Te puede gustar alguien por mil motivos y puedes buscar su contacto, su presencia o incluso su atención. Pero hay indicios o claros indicadores que nos ayudan en el mapa de las relaciones.

A veces resulta difícil derribar futuros y engañosos pedestales. Por eso a veces sufrimos excesos de rebeldía o provocación. Pero es una forma de asegurar que lo ilusorio no existe y sólo permanece lo verdadero. Y como andamos escasos de cosas verdaderas, muchas veces nos sentimos totalmente solos, e incluso abandonados.

When I Grow Up


Hay un pájaro salvaje dentro. Se levanta y extiende las alas queriendo volar hacia cualquier parte. Lejos de cualquier sitio y cualquier tiempo. No hay idioma, solo susurro. No hay luces, solo luciérnagas que flotan suaves por el aire. ¡Oh desnudez infinita! Luces centelleantes, imposibles aleteos fugaces. Toda vida pasa. Todo perece excepto este momento. Todo es aniquilado excepto este recuerdo.

Floto. Alcanzo y rozo sus pupilas cerradas. Noto su aliento cerrado. La avidez de su latir. Nado. Entre sus vertebras. Delante de cada reguero de sangre, de vida, de interludio. Vuelo. Entre sus pensamientos. Entre sus emociones. Entre, dentro, intro.

Calma sedante. Silencio insoportable. Ternura en la esperanza ilusa. Fugaz, todo es fugaz. La vida es fugaz. La muerte es fugaz. El devenir es fugaz. El tren, cuando pasa sin parar en las estaciones es fugaz. Y la luz tenue. Frágil. Y el tiempo desaparece. No existe en lo volatil. En lo fugaz.

¡Ay! Gemido. Duele. ¿Duele? Sí, como el roce de la cuerda en el violín. Como la tecla del piano que aspira música. Como el acorde que nace del roce, de la vibración, del tímpano. Duele, pero produce música. Hay un latido más fuerte y poderoso. Ficticio. Pero se desplaza suave entre bosques y primaveras. Con gotas que arrasan desde la nube las asperezas del monte, los campos, la templanza. ¡Ay! Gemido. Sí, duele. Pero es suave, es llanto y grito y alarido como el que nace del violín, la guitarra o el piano. Sí, duele, pero es música.

Las manos se junta y se levantan. Se convierten en alas de un pájaro salvaje. ¿Un pájaro? Tiene plumas blancas, largas y suaves. Brillan en tono dorado. Y de su roce nace música, y dentellea bosques y primaveras. Y la luna, aquella luna de lunes, que juega al océano como un violín. Ave que despierta con el sonido de un espíritu fugaz. ¿Ave? Si no ha sido suficiente, escucha una y otra vez la música. Hasta que duermas o nazcas a la vida salvaje. Te invito a volar. A flotar. A gemir de puro dolor, de pura música, de puro roce en esta calma sedante. Hay un pájaro salvaje dentro de ti. Sácalo. Te espero para volar juntos como luciérnagas que flotan en el aire, centelleantes y puras, de luz en luz, de nieve en nieve, de templo en templo, de prado quemado a prado quemado hasta que nuestras piernas no puedan más y el tiempo consuma nuestro dolor. Nuestra música.

El amor que se irradia


amor

«Los hombres y las mujeres tienen la costumbre de declararse su amor sin saber que actuando de esa manera, permiten que se deslice un elemento interesado, egoísta. Quieren atraer, ganarse, capturar a la persona elegida y le escriben o hablan lo más poéticamente posible escogiendo los gestos, las palabras, un sonido de voz apropiado, y esa persona queda cautivada, conmovida, encantada, y se deja finalmente convencer. El amor expresado de esta forma, tiene como finalidad ganarse a la persona amada, evitando también que otra venga a «apoderarse» de ella.

Así pues, el egoísmo y la falta de fe en el poder del amor les guían. Como no poseen el verdadero amor que hace maravillas, se apresuran a manifestarlo con medios groseros: la palabra, la escritura, los gestos, a fin de «aprisionar» al ser que aman. Y si consideran que es la fuerza del sentimiento la que les empuja a actuar así, subrayan aún más su debilidad, su pasión, su sensualidad.

Un verdadero maestro no expresa su amor, no es necesario, porque su amor se siente: Irradia»

Aivanhov

Allí donde el río desagua


llama

Dicen que la pasión bate siempre la puerta de la esperanza. Entra indiscreta, zarandeando las pupilas y las almas, tropezando y golpeando cualquier atisbo de somera imperturbabilidad. Mata la posibilidad en cuanto toca la puerta. Llega cabalgando como un alazán desbocado, sin ver más llanura que la de su ciega sinrazón. Deseo, alabanzas que se exprimen y dilatan vaciando el néctar del sentimiento profundo. Ciega y estúpida. 

Olvida las profundidades de los ríos cristalinos convirtiendo en bravas las aguas que anduvieron mansas. ¿Qué clase de mundo se conquista con tanta torpeza? El desierto era tan amplio y la soledad tan quemada, que el ardor ante la humedad de los cuerpos celestes no podía más que desembocar en locura o llama.

Más las yemas del rubí o la esmeralda nunca fueron vasallos de ningún caballero. Sólo la lluvia del verano podría decidir si la sangre de nuestras venas merecen la lava volcánica de nuestras esferas íntimas o el declinar del sol ante la insurrección de nuestras almas. ¿Qué profunda llama puede arrancar de cualquier corazón el deleite ante lo necesario? ¿Qué pesada carga sume al espíritu libre en cárcel acuática?

La alquimia funde cuerpos en frenético baile. No hay más separación que el aliento consumido, la fragancia terminada o el fulgor inacabado. No hay sábanas suficientes para tapar tan alocadas incoherencias, ni música capaz de torpedear el ritmo de tan frenético éxtasis. Hay un viento ardiente que danza en su orgullo sátiro. Y su calor no puede más que evaporar las lágrimas del alma. No llores más mi espíritu, tú que también naciste humano.

El sol se eclipsa ante los iluminados momentos de abrazos extintos mientras la luna, ¡ay la luna!, yergue amarga su llanto y delirio. Todo se fue, no queda nada.

Hay un lugar donde el río desagua en el mar infinito. No me preguntéis como llegué, ni como saldré de sus manantiales y fuentes. Ahora no sé, arrastrado por el deseo y frecuentado por la tristeza, como podré retomar la vida entera. ¿Qué se puede hacer cuando el mar te arrastra? ¿Hay medicina contra la imprudencia?

(Texto inspirado por un poema de María Castilho)

Soy asexual, ¿y qué?


 mujer con flores
San Valentín puede ser un buen día para salir del armario. Así que aprovecharé este tiempo de incertidumbre para hacerlo de forma clara y sin cortapisas: soy asexual. Lo intentaré explicar de alguna forma. 
A raíz de un encuentro fortuito en alguna calle de Madrid, intercambié durante unos días algunas letras con la conocida y polémica escritora L. E. Habíamos quedado hoy para tomar un café por la mañana y por la tarde para asistir a la llamada fiesta de San Calentín, un momento de encuentro para solteras y solteros donde debes colocarte un lacito para identificar tu condición sexual. Todo iba bien hasta que confesé algo que nunca había hecho en voz alta: soy asexual. Esa confesión no sólo causó extrañeza a mi interlocutora, sino que, de alguna forma, ayudó a perder el poco interés por mi persona. Mi propia conclusión fue que poco podía encajar en una fiesta donde uno de los requisitos era la división por tendencias sexuales. No había en el menú ningún lazo para mí. 
 
Nunca le había puesto esa palabra. Ni siquiera sabía que alguien hubiera antes podido definir esa inquietud interior que desde hacía ya algunos años me arrastraba hacia la incomprensión más absoluta. Pero este fin de semana pude conocer a alguien que le puso nombre, que lo definió de forma sensata y que, al confesar que yo lo era, no me juzgó. Más bien todo lo contrario, ambos sentimos un cierto alivio y una profunda liberación, ya que hasta entonces, hasta ese mismísimo instante, no habíamos conocido a un igual. 
 
Sentí cierta liberación metafísica y filosófica. Sentí cierto alivio al poder expresar a alguien abiertamente que no me interesaba el sexo, ni esa presunción mercantilista que del mismo se hace a modo de bombardeo constante y sistemático en nuestra sociedad actual. Mis críticas en este blog siempre habían sido abiertas y claras, pero nunca las había podido definir de alguna manera tan sencilla y especialmente contundente, a pesar de que la antropología, a veces de forma algo torpe, lo había intentando analizar
 
Mis parejas, cuando detectaban lo que ellas llamaban el “problema”, decían y argumentaban que lo único que podía diferenciar a una pareja de una mera amistad era el sexo y su práctica. Ante esa argumentación, uno siempre intentaba cumplir con la hoja de servicio, dependiendo de con quién, unas veces mejor que otras. Pero mi sensación interior era nefasta porque no entendía ese vocabulario moderno de “echar un polvo”, “follar” o tener sexo por tener. 
 
Había para mí una sacralidad en el mismo acto, una fusión no sólo de dos cuerpos, sino además, de dos almas. Veía en ese acto íntimo algo capaz de reencontrarse con los límites de la creación, con los alaridos de la infinitud. Algo tan inmensamente grande que me resultaba triste tener que reducirlo al acto de «echar un polvo». Por lo tanto, mi sufrimiento era pervertido cuando nos enfrentábamos a ese momento como un mero requisito de la condición de ser pareja. Un trámite para perpetuar la ilusión de que realmente estábamos en pareja. 
 
Resultaba por lo tanto difícil comprender para muchos el hecho de que no me masturbe, o el que mi primer beso lo diera con 20 años y mi primera relación sexual la tuviera con 26. También resultaba difícil comprender, en el mundo de pareja, que no tuviera un especial interés por el sexo. Y eso hacia, quizás porque la otra parte se sintiera de alguna forma rechazada o por la misma incomprensión del hecho en sí, que terminaran mis relaciones. 
 
Y de ahí la liberación de estos días. Gracias a este fin de semana intenso he podido comprender la esencia de mi propio ser y mi propia condición “sexual”. Sin juzgar de donde viene esa asexualidad (muchos podrían pensar que de algún tipo de trauma no resuelto o alguna historia místico-esotérica de perturbada anomalía), sin pretender comprenderla o analizarla racionalmente. Sin buscar excusas o pretextos, como hasta ahora, para disimularla o esconderla. Ahora lo puedo decir abiertamente y enfrentarme a lo que tenga que venir con esta claridad. Sí, soy asexual, y la vida sigue… Así que feliz día de San Valentín a los que estéis enamorados y feliz día de San Calentín a los que deseáis, como yo, poder enamoraros… 
Pd.- Algunos escritos anteriores donde tocaba de forma tímida este tema:

Mujer guerrera


mujer guerrera

«El sueño es la pequeña puerta escondida en el más profundo y más íntimo santuario del alma«. Carl Jung

Amo a las mujeres, santuarios de toda vida y virtud, de destreza y belleza solo comparable a la caléndula africana o al lirio en primavera. Amazonas en selvas y pantanos, guerreras de pulso firme. Y hojas de espino blanco, de poder ilimitado, o lirios del valle llenas de insospechada grandeza. Ver perpetuum, que diría Virgilio, sostenedoras de nuestra raza humana desde el origen de los tiempos. Dadoras de luz, ternura y ejemplo, de abnegada lucha y supervivencia por sostener todo lo creado.

Amigas siempre, en lo bueno y en lo malo, entre riquezas y pobrezas, están ahí, meciendo nuestras cunas, dándonos de su leche pura y llevándonos a volar en todas las noches de nuestra vida.

Musas de navegantes y aventureros, de poetas y místicos, guías de guerreros y señoras de todos los imperios. Reinas de todos los templos y madres de todos los dioses, siendo ellas el principio de toda vida y espíritu. No merecemos tu mirada, pero una palabra tuya nos salva y eleva. Tal es tu poder.

Nos salvan de nuestra ceguera y alivian nuestras dudas. Y se rebelan, y se levantan. Ni mil ejércitos tumbarían su rebeldía. Baste una mirada suya para transformar la historia o para transformar la visión de un cosmos. Baste un guiño para que mil hombres pierdan la razón y la vida, arrastrándolos a la inmanente locura. O baste su reguero, su susurro para restaurar la promesa del nuevo mundo.

Incluso en sus errores son admiradas y en sus fracasos endiosadas. ¿No fue Dafne, ninfa de los árboles, la que rechazó la aventura? ¿No fue Ariadna, la más pura, la que nos guió al centro de nuestros laberintos? ¿Y acaso no amamos a una y a otra por igual?

Sueño contigo mujer guerrera. Sueño como hay que soñarte. Con amor y desesperación, con la esperanza de que algún día me caces y sea festín de tu refugio. Lanza tu flecha y atraviésame. Seré así presa de una diosa, y discípulo de sus noches. Te sueño en mi santuario mientras espero.

No permitas que salte sola


salto

No permitas que salte sola. Atrapa su mano y si decide saltar, salta con ella. Y a medio vuelo, si no salieran las alas y la travesía no fuera plácida, suelta el parapente o el graznido, cualquier cosa con tal de remontar hacia las esferas.

Pero no permitas que ni ella ni nadie atraviese sola los abismos, ni los desiertos, ni la oscuridad de los bosques. Vigila que su camino sea dulce y aparta las piedras que no merezca. Las otras déjalas para que vea la importancia de estar atentos y despiertos, de no vacilar en el paladar, en el sonido, en el paso.

Y cuando esté cansada dale sombra, y cuando tenga sed susúrrale la grieta más cercana, pues allí yacen las fuentes y los ríos. Y si tiene hambre no permitas que sufra innecesariamente. En los bosques hay fruta suficiente y en los desiertos estarás tú para cargar sus flores y víveres.

Y habrá momentos que se mirará al espejo y solo verá agua y nacerá ese nefasto sentido de la impotencia. ¿Dónde estarás entonces? ¿Podrás avivar su fuego y traspasar las barreras del tiempo para estar a su lado? ¿Podrás tejer más allá de la trama oceánica los lazos sintientes? ¿Podrás estar allí, aunque sea sólo como la mota de un respiro o el salivar de una memoria?

No permitas que sufra. Sé ola en su orilla meciendo su arena. Sé viento en su copa y raíz en su tierra. Sé sombra al mediodía y poderosa luz en las tinieblas. Sé su guía cuando el sol lumínico termine su día y busca en los placeres nocturnos su manta y aposento. Sé fuerte, poderoso, para poder levantarla cuando caiga y poder atenderla en las tempestades.

Feliz o triste, no dejes que la imposibilidad os separe. Porque la fuerza de lo posible nace de los corazones que son escuchados y seguidos, aunque eso cueste la misma vida. ¿Acaso no es el corazón el señor de nuestro destino? ¿Por qué entonces ese miedo a seguirlo? ¿Por qué entonces ese temor para saltar a sus adentros? No permitas que salte sola…

Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida


beso

«¿De qué sirve este enredoso aire, si no puedo respirar? Si no luchas por nada… ¿De qué sirve soñar?¿Para qué quiero un mundo carente de fantasía?¿De qué sirve la vida, si vives para servir? Prefiero estar consciente aún cuando duela. Prefiero que la muerte me sorprenda de pie, construyendo un mundo nuevo que quizás nunca vea. Me iré feliz sabiendo que mis sueños nunca abandoné.»  Mikhail Bakunin

¿Qué surge cuando el fuego roza el agua? ¿Qué danza maravillosa hace que la luz transforme en viento aquello que fue ola? ¿Qué magia arrastra hacia la transformación lo inamovible? Y todo mecido como esa danza imposible, como esa llama brillante convertida en estrella y átomo. Me susurraste el don de aprender, de seguirte hasta lo volatil, hacia lo invisible, hacia el aire y el desierto. Encantados por el sol, poseídos por  su tierra, extasiados en esta infinita danza que juntos padecemos. Gracias por llevarme tan lejos como fue posible, a ese «circulonosepasa» inalcanzable hasta ahora.

Salgamos ahí fuera y contemos estas maravillas. El sonido del éxtasis, la plegaria del susurro, la fortaleza de la danza invisible, lo sublime del abrazo inmortal. Salgamos a compartir esas cosas que vimos, aquellas estrellas que rozamos y la belleza innata de lo ausente. Ese momento en el que fuimos agua y fuego, aire y tierra, éter condensado en los diez mil mundos. ¿Qué nos queda cuando hemos alcanzando toda gloria? ¿Qué podemos hacer mientras vivimos ahora en nuestra fantasía soñada? ¿Hay algo más poderoso que aquello que es capaz de transformar? ¿Aquello que nos hace más humanos y verdaderos? ¿Qué llama es esa que nos ilumina en la noche oscura y qué mano es esa que nos guía hacia la protección del bosque? ¿Qué llanto poderoso nos avisa y qué grito nos soporta? ¿Qué esperanza nos eleva y qué susurro nos abalanza hacia lo incognoscible? ¿Qué nos queda ahora sino compartir lo ganado sembrando futuro?

Se cerró la puerta, y ahora, centrado en la oscuridad, diviso mil ventanas. Y miro sereno pero asustado y me interrogo. ¿Qué siente un gusano que teje y penetra en su capullo? ¿Oscuridad, soledad, miedo, confusión, aspereza? ¿Y no es eso necesario para la mutación? ¿No son esas las armas de la transformación final? ¿Qué milagro es ese que nos arrastra y nos empuja a la oscuridad para luego transformarla en vuelo? ¿Qué fuerza es esa que nos llama desesperada?

Una roca no tiene miedo porque no se mueve, no se transforma. Solo aquello que muta, aquello que transforma nos da miedo. Y siempre podemos elegir entre ser una piedra, inmutable, muerta, o estar vivos y enfrentarnos al cambio, a lo nuevo. ¿Es la vida cómoda nuestro sepulcro? ¿Es lo conveniente nuestra tumba?

Fluyamos sin miedo hacia lo que la vida nos proponga. Sólo el río que fluye puede perderse en la inmensidad del océano. Solo el que es capaz de perderlo todo por seguir su curso podrá alcanzar la inmensidad. Hagámoslo y salgamos ahí fuera a contarlo todo.

Pd.- «Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida» Mario Benedetti

‎»Y aquellos que fueron vistos bailando fueron considerados locos por los que no podían oír la música»

Friedrich Nietzsche

“Mujeres que corren con lobos”


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Hay hombres hermosos, delicados, complacientes, sinceros. Hombres buenos y honestos, fuertes y amables, preñados de entusiasmo y alegría. Y también hay mujeres cariñosas, increíbles, dadas a hacer de la magia un lugar cargado de vida. Esta semana me he rodeado de ellas y ha sido increíblemente bello.

Ayer, por ejemplo, pude pasar una divertidísima tarde con una gran mujer de tan solo once añitos. Su madre, una mujer igual de increíble, me pidió que cuidara esa tarde de ella y pasamos cuatro horas irrepetibles, cargadas de locura y emoción. Ella me enseñó a patinar con uno de esos locos monopatines de dos ruedas y lo pasé en grande. Para compensar, yo le enseñé a conducir el coche híbrido, y me dio un paseo por la urbanización de lo más emocionante. Luego fuimos a dar un paseo y compramos barro y pasamos media tarde con las manos enfangadas realizando lúcidas figuras. Dice la madre que “tío Xavi” desmadró un poco a la criatura. Pero mereció un poco la pena. Así que gracias a las dos por esa hermosa oportunidad.

A su vez, estos días estoy conociendo la magia de lo real que es irreal y también viceversa. Hasta el punto de que cada palabra es capaz de convertirse en verso o mutarse hasta llegar a ser un beso brancusiano, como el que aparece en la figura. En nuestras charlas apasionadas, me hablaba hoy de este libro (“Mujeres que corren con lobos”), de lo bien que explica la importancia de comprender y gestionar los ciclos de las personas y de las parejas y del mundo en general. Existen los ciclos de él, el de ella y un tercero, el mutuo, me decía. ¿Cómo conocerlos y comprenderlos? ¿Cómo respetarlos y abrazarlos sin dolor, sin sufrimiento, sin amargura? ¿Qué parejas son esas que resisten esos ciclos o que desean resistirlos? En un mundo de usar y tirar, no existe el verdadero compromiso, no existe la necesaria responsabilidad para acercarnos al otro con el debido respeto, conocerlo con toda la calma del mundo y ver si, siendo ideal para nosotros, seremos capaces de ese “sí quiero” de compromiso y apoyo mutuo, de amor incondicional y compartir. Es por ello que las actuales parejas no son capaces de resistir ni el primero, ni el segundo, ni el tercero de los ciclos mencionados, me decía. Ciclos necesarios, de altos vuelos y bajos planeos, de subidas y de bajadas, de aceptación de la imperfección que corresponde a nosotros mismos, pero también al otro. ¿Cómo amar al ser imperfecto que somos? ¿Y como amar al ser imperfecto que tenemos en frente nuestra?

Resulta difícil poder expresarlo de otra manera. Poder abrazar de otra manera estas palabras que resuenan a veces desde la desesperación de no poder comprender porqué nos da tanto miedo amar. Quizás porque amar necesita irremediablemente vaciarnos de ego. ¿Cómo sino el amor nos puede preñar? ¿Y quién está dispuesto hoy día a vaciarse de sí mismo? ¿Cómo ser felices, en definitiva? Como dice Joseph Campbell, abriéndonos al designio del Universo que se expresa a través de nuestro destino. Esta frase la compartía hoy mismo otra hermosa mujer. Lo expresaba de forma tan hermosa que no puedo más que caer en la tentación de compartir sus palabras:

Querido Javier:
Muchísimas gracias por llegar tarde. Pocas cosas son tan peligrosas en este mundo como las «personas perfectas». En nombre de la perfección, la intolerancia, el juicio, el rechazo. En nombre de la pureza, la degradación de la materia que también somos, el perdernos contemplar la maravilla de lo que está siendo delante de mí, detrás de mí, a mi lado, en mi interior, en aras a una ilusión óptica infantiloide y huidiza. La imperfección es nuestra gran aliada, nos permite reconocernos, hermanarnos en lo chico, en lo frágil, en lo débil, la imperfección nos humaniza, nos ablanda, nos acerca, nos permite mirarnos a los ojos. Lo contrario inflama nuestro ego, perdemos nuestro norte, dejamos de mirarnos a los ojos para mirar por encima del hombro, nos aísla en supuestas alturas, nos pierde. Amo lo imperfecto porque quiero creer que soy espíritu, psique, alma, y también materia, cuerpo, límites, consistencias e inconsistencias. Si el gran Hacedor lo hubiera querido de otro modo, de otro modo habría sido. Mi vida no la entrego, no la dedico a perseguir un Amor que en realidad no ama, que sólo exige, que pide que sea otra que no soy. Y además, así puedo yo llegar tarde a nuestro próximo te de canela que espero sea pronto, porque te aviso, ni yo ni mi vida somos relojes suizos, por fortuna, y la marea no llega siempre en el mismo minuto ni hasta la misma roca de la playa que la espera. Si no lo hace la marea que es sabia ¿por qué habría de hacerlo yo? Nos pasan tantas cosas en la vida (si decidimos vivir), que es tan poco lo que podemos controlar, si todavía soñamos que controlamos algo…

Así que sirva de homenaje estas letras a esas mujeres que corren con lobos, mujeres grandes, verdaderas, necesarias, increíbles, heroicas, capaces de transformarnos y contagiarnos de su magia. Y también a los hombres que las aprecian y las conquistan y las conservan. Aquellos mansos lobos capaces de correr a su lado, libres y poderosos, cargados de vida y universos.

(Imagen de Brancusi, regalo que hoy he recibido de la hermosa M.)