Colgando en tus manos


Hace unos meses prometí a una persona muy especial que cuando despertáramos del sueño en que vivíamos lo haríamos cogidos de la mano… La preciosa idea fue suya, pero la promesa fue mutua y me entusiasmó por su alto valor cargado de esperanza. El despertar ocurrió pronto, quizás demasiado pronto, porque ambos queríamos toparnos con la realidad, queríamos saborear como éramos realmente, como sentíamos y pensábamos realmente…

Un día ella soltó mi mano… Fue un acto simbólico pero quizás premonitor… La dejó caer primero una vez, y luego algunas más hasta que dejó de cogerla, rehuyendo cada vez que yo intentaba rozar sus dedos, abrazar sus palmas con la esperanza de que recordara la promesa. Un día dejó de mirarme, de abrazarme, de besarme… Un día dejó que mi alma cayera en la profunda convicción de que la esperanza se había marchado para siempre… Un día dejó de llamarme y de escribirme… hasta que el olvido del sueño y las promesas se derramaron por el suelo y fueron pisoteados por el tiempo… La última vez que la vi me dio dos besos en la mejilla, como si fuéramos dos desconocidos. Me dio las gracias por acompañarla… y se marchó…

En las relaciones de cualquier tipo, el desapego forma parte esencial del amor. Siempre pensamos en el otro en términos de propiedad, olvidando que son seres humanos libres y deseosos de experimentar la vida en libertad. Por eso, si alguien te suelta la mano, lo mejor es dejarla ir… sin querer apretarla, sin querer poseerla, sin querer amarrarla… Ese es el mejor acto de amor, y sin duda, es lo mejor que puede ocurrir.

Estos días SP me ayudaba a entender todo esto. Hoy mismo me escribía en los siguientes términos: “ya sabes que cuando se cierra una ventana (estilo windows de microsoft) se abren muchas más y más grandes….la pantalla se ve diferente….clickea en el buscador de tu sistema operativo y mira por dónde quieres navegar y explorar….es fácil…..refresh your browser y busca por dónde puedes brillar más!!!”

Sin duda, así actúa el universo… Basta que cierres una puerta para que se abran mil ventanas… En todo caso, soy un hombre de palabra, y mi mano franca sigue extendida hasta el infinito…

Soñando amores


 

                                                                                                                            Escuchaba conquistado la hermosa letra de la increíble canción de Pablo Milanés mientras pensaba sobre el amor, el amor humano. Ese que necesita expresarse de alguna manera, aunque sea como una declaración de amor romántica que no repara en formalidades. Amar con dolor, con rabia, con orgullo, con miseria, con desprecio… pero también con complicidad, con comedia, con chispa, con gracia, con ternura y roce. ¿Y qué ocurre cuando falta todo eso? ¿Inclusive la soledad acompañada de los malos momentos? Es horrible sentir la necesidad de rozar su mano, su cabello, mirar su rostro y besar su aliento y no poder hacerlo por mil razones. El pecho late deprisa ante la impaciencia, ante la prisa de golpear las derrotas y renunciar a ver el sol cada mañana con tal de estar ahí… presente… doliente… Así es el amor humano, como una cucharada llena de agrio sabor que cae eternamente sobre los posos vacíos del alma… Pero también un beso dulce, de vez en cuando, ante la mirada atenta de cien mil estrellas que derraman su luz ante la impasividad cósmica del infinito… Siempre nos queda la llama. Esa que nace de la esperanza, de la fe en retomar nuestras vidas hacia el sentido sempiterno del amor… Es algo indestructible en nosotros, porque el Creador, el Hacedor de todos los talentos ya nos imprimió en la fábrica humana ese sello inconmovible…Sigamos pues amando a la manera humana, hasta que nos convirtamos en ángeles y podamos preñarnos del sentido profundo del verdadero amor.  

El desvelo del ser amado


Escribo de nuevo desde la feria del libro de Córdoba. Hace algo de fresquito y el cielo amanece gris. Esta mañana ha llovido algo, ahora de momento aguanta. Ayer fue un día interesante, lleno de intrigas cósmicas. Me senté a escribir un rato en la novela. Pero de repente vi a mucha gente que salía de la nada. Casi podía ver sus almas transitar con sus cuerpos pesados y lentos. Y en eso me fijaba, y al ser consciente de que dentro de cada uno de esos bultos había almas, seres inteligentes, pensantes, cocreadores con la naturaleza del absoluto, quise salir con ellas para saludarlas a todas. Saqué mi mejor sonrisa y salí un poco a la calle. Luego volvía a la caseta, donde me apoyaba justo en el umbral de la puerta, dejando caer mi hombro derecho sobre el poste que sostiene el techo de aluminio. Tenía ganas de abrazar a todo el mundo, así que lo hacía con la sonrisa. De repente, me dieron muchas ganas de abrazar a un ser muy especial. Un ser que aguarda en alguna parte a que el interior responda a la llamada. Miré de izquierda a derecha, porque justamente la conocí ahora hace un año por estas calles, y pensé ingenuamente que a lo mejor volvía a aparecer por entre el tumulto. Un año disfrutando, a veces más, a veces menos, de sus profundos ojos azules, de su exquisita sabiduría y de su increíble trayectoria vital, cargada de experiencias y vivencias únicas y privilegiadas. Y miraba una y otra vez por si aparecía para abrazarla estrechamente, sentidamente, con el deseo de ese que ama en la larga espera, con el eterno desvelo del ser amado.

Ella no apareció, no esta vez. Pero sí lo hizo M.P. Fue ex ministro con Aznar y lo conocí en Sevilla hará ahora unos cinco años. A., una buena amiga de Madrid, se empeñaba en que asistiera a reuniones elitistas donde se hablaba de economía y política en estrecha relación con personas cercanas al poder. Gracias a sus contactos, me conseguía de forma excesivamente generosa invitaciones para asistir a esas reuniones y en aquella ocasión le tocó el turno a MP. Éramos pocos los elegidos para aquella charla. No más de diez personas. Sin saber como, terminé cenando con MP. Nos intercambiamos teléfono y mail y emprendimos una relación cariñosa y cómplice. Y ayer repasamos la situación editorial en un mundo marcadamente cambiante. Un mundo al que nos enfrentamos con cierto desconcierto porque ambos sabemos que la edición no es un negocio rentable, y que, además, resulta ruinoso. Ambos lo hemos vivido en nuestras carnes, pero ambos concluimos con una misma idea: “aquí seguimos”. Y seguimos ya no por un afán de hacer negocio, sino por un afán que va más allá de lo meramente mercantil. Se podría llamar por amor al Arte, pero al Arte en mayúsculas, ese Arte que, como al principio del relato, espera con devoción el eterno desvelo del ser amado. Que espera el abrazo sentido, la cálida presencia de la sonrisa y la cómplice advertencia de que el caminar siempre entraña peligros y fracasos, pero sobre todo, verdadera satisfacción. Y en esa satisfacción deseo moverme, en el amor y en el Arte.

 

Amar en tiempos de crisis


Tras un fugaz viaje a Sevilla de más de cuatro horas, sigo en la feria del libro de Córdoba, ciudad increíble que se está poniendo hermosa porque hoy empieza sus populares fiestas de «Los Patios». Y aún da tiempo para escribir algo más… Me ha visitado J., un arquitecto que tiene un estudio aquí en Córdoba y que me contaba lo mal que lo está pasando el sector desde que empezó la crisis. De un tema pasamos a otro y tras una charla entretenida, compró dos libros de MC, con el compromiso de que se los firmara no el personaje, sino la persona. Esto último me gustó, pues es precisamente el fundamento de mi relación con él. Fue tan agradable que acepté el compromiso taoísta, como lo hemos llamado. Sin saber porqué, y de forma muy natural, hablamos de amores. Me decía que él lo estaba pasando mal en el plano material dada la crisis de su sector, el de la construcción, pero que su novia, con la que lleva algo más de un año, rica, bien formada y con un buen trabajo, aún no la había dejado. La broma, o la anécdota tenía un trasfondo. El propio J. dijo: “en estos tiempos de crisis, si tu novia no te deja, es que es amor verdadero”. Le he guiñado interiormente y me ha encantado su complicidad con la vida. Al mismo tiempo me escribía mi querida RM desde México. Nuestra relación amorosa, ella ya recién octogenaria, nació hace muchos años, cuando vivía aún en Barcelona allá en los años noventa. Ella publicó un hermoso librito que yo reseñé para una revista. A ella le gustó tanto la reseña y a mí tanto su libro, que empezamos un idilio amistoso que ha durado por siempre. A ella le quiero dedicar esta anécdota porque sé que me está “escuchando” y leyendo. El amor, querida RM, se pone a prueba en estos momentos de crisis, y si triunfa, será para siempre. Le mando desde aquí todo mi amor y respeto, con la esperanza de que algún día podamos abrazarnos sentidamente.

 

A la izquierda del roble


Hoy ha sido uno de esos días inútiles, donde todo lo que pasaba era fruto de la desesperación o la desidia. Un pasar las horas anclado en el recuerdo, o más bien en la esperanza. Recordaba, mientras mataba el tiempo en el jardín,  el poema de Benedetti, “A la izquierda del Roble”. Y no sé si les ha pasado alguna vez a ustedes, que se han sentido árbol o prójimo con el único requisito de que la ciudad exista tranquilamente lejos. Decía el poeta, y yo recordaba mientras arrancaba una a una las cepas sobrantes, que los insectos suben por las piernas mientras la melancolía baja por los brazos hasta llegar a las manos, donde, con un suave cierre de puños, la atrapa. Resulta que el secreto es mirar hacia arriba. Como si el amor fuera un brevísimo túnel y ellos, los enamorados, se contemplaran por dentro de ese amor. Y yo quería encerrarme en ese túnel y no salir. Vagaba, sin saberlo, como un muchacho que está diciendo lo que se dice a veces en un jardín cualquiera. Y en el mío no encontré robles, pero sí encinas. Y junto a ellas, desojaba una por una todas las flores que podía encontrar. Incluso había una morada, que a falta de pétalos, le arrebaté la sabia y sus hojas. Había algo de poesía en el gesto, algo de temblor y miedo, algo de rebeldía y rabia. Sentía un cuerpo caminando por el jardín, y un alma, arrebatada, que caminaba por una cocina de olores familiares, de bromas cualquiera, y de ese Ačiū! que recuerdo con la melancolía del momento. Pero dejemos al poeta, que lo expresa mejor:

 

Para mí que el muchacho está diciendo

lo que se dice a veces en el Jardín Botánico.

Ayer llegó el otoño

el sol de otoño

y me sentí feliz

como hace mucho

qué linda estás

te quiero

en mi sueño

de noche

se escuchan las bocinas

el viento sobre el mar

y sin embargo aquello

también es el silencio

mírame así

te quiero

yo trabajo con ganas

hago números

fichas

discuto con cretinos

me distraigo y blasfemo

dame tu mano

ahora

ya lo sabés

te quiero

pienso a veces en Dios

bueno no tantas veces

no me gusta robar

su tiempo

y además está lejos

vos estás a mi lado

ahora mismo estoy triste

estoy triste y te quiero

ya pasarán las horas

la calle como un río

los árboles que ayudan

el cielo

los amigos

y qué suerte

te quiero

hace mucho era niño

hace mucho y qué importa

el azar era simple

como entrar en tus ojos

déjame entrar

te quiero

menos mal que te quiero.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero puede ocurrir que de pronto uno advierta

que en realidad se trata de algo más desolado

uno de esos amores de tántalo y azar

que Dios no admite porque tiene celos.

 

Cinco meses de Destino…


Una noche como hoy de hace cinco meses la vida cambió radicalmente. Sonaba la Forza del Destino y parecía que esa música estaba obligada a proporcionar las claves de un nuevo forcejeo con la vida. La magia quiso que esa noche de equinoccio llenara cada rincón de pureza y brillantez. La orquesta celestial gemía ante lo que parecía inevitable. En alguna parte debió estar escrito, quizás con tinta dorada, el hilo que conduciría inevitablemente al centro de ese laberinto. Y allí estaba, en su plenitud, aquellos intensos ojos azules que brillaban como dos luceros del alba en plena penumbra. Aún recuerdo aquella mirada interminable, tan llena de magnificencia y fortaleza que comunicaba con su leve silbido melodías profundas. Y han pasado cinco meses de aquel momento, y los cinco meses han sido como cinco colinas inmensas que había que escalar, como cinco estrellas que había que sujetar con manos siderales, como cinco caminos que conducían a los cinco continentes, entre valles y montañas, ríos y océanos. Y de aquel equinoccio hemos sobrevivido al siguiente. Cinco meses han separado uno del otro. Otoño y primavera que se dan la mano en una extraña conjetura. Estoy feliz por el viaje, por las pruebas superadas, por el aleteo que aún recorre las entrañas cuando recuerdo todo el viraje de babor a estribor. Los mares que nos conducen a la plenitud del alma siempre son inescrutables. Nada ansío de nada, sino seguir explorando sus confines… Gracias Tormenta por todo cuanto me has enseñado… Gracias por todo cuanto has compartido… Los cielos se siguen abriendo ante la promesa del mañana… Las grietas de los abismos que hemos sorteado siguen pareciendo solamente lo que son: pruebas del laberinto. Habrá más vuelos… habrá más cielo… habrá más esperanza… Porque la Forza del Destino marca siempre el compás de nuestras vidas… Y así debe ser…

 

Las penas del joven Werther


«He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión…He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser…Todos esos momentos se perderán… en el tiempo, como lágrimas…en la lluvia…Es hora, de morir»… Esta es la frase que Roy Batty dice en Blade Runner y que es capaz de inspirar cualquier sueño con tal de sabernos acreedores de la vida. A veces los sueños también pueden ser una llama. Sueños en el tiempo que caen como lágrimas entre la lluvia… como hoy, un día gris en Madrid, con aguacero tenue que se desliza por el cielo como llanto empapado. Un día de pedir socorro y caminar con cautela por las estepas del alma. Motivados por el zumbar del viento, el cual pide tempestuoso abrazos, calidez humana, arrastrado por las nieblas y el estrépito de la soledad más amarga. Hoy es un día que apetece estar con los seres queridos, sintiendo próximo su calor, y el chasquear de sus corazones despertando al torrente de vida. Habrá muchos que no podrán hacerlo, como el joven Werther, incapaz de seguir con vida ante el tormento de no poder abrazar a su amada Carlotte. Un espíritu errante y que vaga en pena con el convencimiento de que el canto de Ossian ha desplazado de su corazón a Homero. El drama de su vida inspiró a muchas generaciones de románticos sensibles que vieron como el amor era simplemente una ficción o anhelo imposible de conseguir. Por lo tanto, lo mejor era la muerte antes que el desvelo por la desesperación. Parece como si nuestro mundo no estuviera construido para mentes y corazones sensibles. Por eso, para muchos que no son capaces de reponerse a tanta maravilla perdida, y en palabras de Batty, es tiempo de morir… Pero ante la inevitable muerte de Werther, me imagino a su Carlotte gritando desesperada: “¡Oh, amigo!, querría sacar la espada, como un noble guerrero, liberar de una vez a mi príncipe del tormento cruel de la vida que se extingue lentamente, y enviar mi alma tras el semidiós liberado”. Quizás esa frase, tan inspirada y cargada de esperanza, sirva a los románticos de nuestro presente para seguir adelante… y morir cuando toque, no antes…

 

 

La complejidad de amar al ser humano


Hablaba el lunes con un amigo joven, guapo, con dinero. Pasea por Madrid con descapotables y le encanta disfrutar de la buena vida. Habla siempre de las mujeres como trofeos. Es un cazador nato, pero siempre amable y sincero, incluso cuando el cazador a veces se ve cazado. El lunes parecía enamorado. Me dijo una frase que me gustó mucho: «S. es la mujer con la que deseas ir cogido de la mano por la calle, la mujer que deseas presentar a toda tu familia y a todos tus amigos». Me gustó ese cambio de actitud, esa madurez repentina. Su frase me acompañó toda la semana y cuando paseaba por la calle iba mirando a la gente, a sus rostros. Veía a parejas cansadas, que se besaban sin mirarse a los ojos, que apenas hablaban, más preocupados por los mensajes de la Blackberry que de cualquier otra cosa. Parejas que preferían pasear con distancia, sin rozarse, sin tocarse, sin mirarse, como si fueran dos desconocidos para los demás. Me acordaba tanto de la frase: “S. es la mujer con la que deseas ir cogido de la mano por la calle”. Más que una frase es una actitud ante la vida. Me interrogaba sobre esos detalles, especialmente en estos tiempos en los que las muestras de amor parecen vetadas al ámbito privado. Amar se ha convertido en una religión, donde sólo es posible confesarse en templos cerrados y oscuros. Y ante la frase de mi amigo, me preguntaba: ¿por qué encerramos el amor al ámbito privado? Quizás por miedo, quizás por moda, quizás porque las expresiones del amor han cambiado… No lo sé, y realmente nunca le había dado importancia, hasta que un día vi a una pareja que iban cogidos de la mano y de repente se separaron cuando uno de ellos vio a un amigo. ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué ese rechazo? ¿Por qué esa actitud? Lo cierto es que la frase de mi amigo me ha recordado esta semana esa imagen y no he podido más que pensar en ella en voz alta. Creo que el amor debe ser algo natural, en el ámbito privado y en el público. Sin excesos, sin empalagos, simplemente natural y cómplice. El amor adolescente requiere de aprendizaje, el amor maduro de complicidad. En todo caso, el amor siempre es difícil, porque se trata de conocer y compartir algo tan importante como la vida con el ser más complejo del universo: el ser humano.

 

Amor ideal


El ideal del amor siempre ha sido una persecución obstinada generación tras generación. Todos aspiramos a estar con la persona ideal, con el ser amado perfecto que nos acompañe en este viaje sideral en la nave Tierra. Pero muchos confundimos el amor ideal con el amor sentido, experimentado, frecuentado. Para algunos psicólogos, hay personas que son incapaces de encontrar el amor debido a carencias afectivas del pasado. Una mujer que haya tenido carencias afectivas de su madre, pasará toda su vida buscando ese afecto o carencia en muchos hombres. Necesitará tener a su lado muchos hombres para cubrir el amor de madre, siendo su vida un cúmulo de insatisfacciones continúo. El vacío que posee nunca podrá ser cubierto por nadie, de ahí su infinita búsqueda del hombre ideal. Lo mismo ocurre en los hombres que carecieron de afectividad paterna. Nunca encontrarán a su mujer ideal porque su vacío resulta enorme. Nunca será un hombre satisfecho y de ahí nacerá su necesidad de búsqueda continua de placer en muchas mujeres.

Por eso el ideal debe desarrollarse en lo real. En nuestra pareja, en nuestra relación, en nuestra experiencia diaria. Hacer de la persona que tenemos enfrente la mejor de las experiencias posible, y crear, con esfuerzo y trabajo, la relación ideal, el amor ideal. Por eso el ideal siempre estará dentro de nosotros, y será mejor o peor dependiendo de todo aquello que hagamos para que así sea. Amar es entregar, es servir, es dar sin esperar nada a cambio… Todo lo que hagamos en ese sentido para nuestra pareja, será amor ideal… El amor ideal, el amor completo, deberá aportar intimidad, compromiso y pasión… pero sobre todo, generosidad… una inmensa generosidad…

Amando


Abiertamente consagramos el corazón a todo cuanto amamos. Entonces, las noches se vuelven sagradas y los días se llenan de promesas que consisten en amar con fidelidad, hasta la muerte, sin miedo. La pesada carga de fatalidad que todo lo envuelve irremediablemente es esquivada con grumos de esperanza. Ataduras que nos amarran a la vida sedienta. Sedienta y hambrienta de nosotros sin despreciar ninguno de sus enigmas, recordando lo frágil que puede resultar todo. Así nos atamos al amor, en un lazo mortal que nos aproxima al imaginario de lo excelso. Sin embargo, alguien me hablaba ayer de la fuerza del desapego. El amor sólo es verdadero cuando nace desde la tibieza de no sentirnos atados a nada, ni a nadie, por eso la verdadera consagración pasa por una inevitable conjura del amando. Sólo se puede amar desde el gerundio inmediato. Todo lo demás carece de sentido porque dejó de existir o porque aún no ha existido. Por eso no hay mayor fidelidad que la de amar en silencio, en cada noche sagrada, en cada día sublime, soportando los posos de lo irremediable.

La cueva del bolero


Ayer fuimos a un lugar perdido para disfrutar de una música en directo hermosa, mitad melancolía con tonos franceses, mitad rabia… Una de las canciones hablaba de una pareja sentada en un bar, rodeada de gente que disfrutaba de una velada parecida a la nuestra, en un ambiente parecido al nuestro. La mujer parecía nerviosa, inquieta. Miraba hacia la puerta de atrás en un bolero imposible. Allí apareció el amante, apuesto, luminoso, increíble mientras su pareja se ahogaba en alcohol. La canción, en francés, contaba las veces que la mujer miraba hasta la mesa donde él se encontraba, ignorando al resto del mundo…Un, deux, trois, quatre, cinq… La melodía era triste pero a su vez contemplaba lo difícil que resulta engañar al mundo… Podemos engañar a nuestros amigos, a nuestras parejas, podemos engañarnos a nosotros mismos, incluso racionalizar nuestras actitudes, pero jamás podemos engañar al corazón y todo lo que muestra, todo lo que enseña… Al corazón no se puede engañar, ni a lo que alberga en su interior. Cuando se intenta engañar, grita de rabia, de rabia contenida, e intenta volver una y otra vez hasta el punto de su deseo… Deseos, emociones, aspiraciones, esperanzas… No recuerdo el final de la canción… ni como terminaba la melodía… Sólo resuena el estribillo melancólico y triste, la rabia final contenida, en un francés adecuado al momento… un, deux, trois, quatre, cinq… así hasta treinta veces treinta… ¿Qué hacer? ¿Qué decir? El corazón siempre manda… hay que seguir sus pasos… O perseguir nuevos deseos, nuevas esperanzas, nuevas y emotivas aventuras… No vale la tregua… todo es lucha constante… No vale la venganza… todo se ha de hacer con amor verdadero…

Día de Gloria


La sala estaba llena. Pude disfrutar del espectáculo en primera fila. Pude saludar y abrazar a amigos, sentir su presencia, su latir. Había una mano que apretaba la mía. Unos ojos, diría luminarias, que acariciaban mi rostro y me dejaba mudo. MC estuvo a la altura, espectacular. Me miró y la miro a Ella. Me guiñó el ojo y M. dijo: «creo que te acaba de dar su aprobación». Apreté de nuevo con fuerza su mano. Estaba ahí, presente, podía sentirla, podía escuchar su latir. Hace un año yo estaba sentado en el escenario. Este año, por cosas del guión, no había sido así. No me importaba. Estaba feliz, muy feliz. La gloria, y sus días, son efímeros, duran un instante. Pero la felicidad compartida, el poder mirar a los ojos frente a frente a un ser al que amas, eso no tiene precio. Hubieron luego abrazos sentidos. De unos y de otros, de tantos que ya no podría ni siquiera nombrar. MC seguía firmando libros dos horas después. En la cena le envié un mensaje mientras nos mirábamos a los ojos. Nos dio tiempo a cenar y volver, volver y seguir caminando juntos, felices, temblorosos por la emoción de pensar que los momentos vividos solo están ahí en ese instante. Luego desaparecen y hay que volver a renovarlos, hay que volver a luchar por conquistar un nuevo segundo. Hoy se presentaba «Días de Gloria», seguramente un nuevo éxito de ventas. Pero hoy he comprendido la esencia de la verdadera gloria. Un beso, un abrazo, mi mundo, mi reino por un beso, un abrazo y su mirada…

Cuando despertemos, hagámoslo juntos


Esta mañana A.A. me preguntaba como me sentía. Le explicaba alegre que después de un verano duro, el otoño se mostraba ante mí como un cuento de hadas, como una especie de historia de príncipes y princesas llena de magia y encuentros increíbles. Un momento que merece la pena saborear y conquistar a cada momento para hacerlo eterno y duradero. Ella, intuitiva, como si leyera en mi rostro de voz todo eso que siento, me envía este escrito que comparto:

Tus fantasías de cuento; un cuento  de personajes de lugares lejanos, que hablan lenguas inteligibles y se visten con ropajes hermosos y variopintos, que miran de modo diferente y en la enigmática mirada se refleja la belleza de un alma sin matices, personajes que se recrean en bellas mujeres que por lejanas parecen inalcanzables y entonces el héroe ,de tu cuento de princesas, plebeyo que se hace príncipe por amor, lucha desaforadamente por rescatar a la bella dama de las garras de cualquier dragón que la persigue de siglo en siglo, de vida en vida y de galaxia en galaxia…y entonces, en esa cadencia de los tiempos y espacios se pierde la mirada en el infinito y ohhhh, se cruza con la suya y un rayo fugaz, imperceptible a los adormecidos ojos de cualquier lector, crea la realidad del amor.

Añado a esta historia lo que la Princesa Real, además, me dijo: “Y cuando despertemos de este sueño, hagámoslo juntos”.

La esperanza me sirve


El día nueve de enero escribía sobre el amor… Estaba desilusionado y había perdido toda la esperanza. Llevaba seis meses solitario y pasaron seis meses más sin que me faltara el aire. Hubo un leve respiro en verano, un halo de esperanza que se desvaneció en un abierto mediodía en el que la luz apretaba fuerte y la oscuridad presumía a sus anchas. Valga las contradicciones del universo, la esperanza se marchitó aquella misma tarde.

No deja de ser paradójico que pocos meses después paseaba con ella por las calles húmedas de Salamanca. Era de noche y paramos en un bar a tomar algo. Defendía en ese instante la ineficacia de la esperanza, la fragilidad de la misma, el sentido ridículo de pensar que todo puede ocurrir, o no. Y en ese momento, ingenuo y despistado, no era consciente de que la esperanza empezaba a pasear junto a mí. Fue revelador descubrirlo días más tarde, en una noche de ópera, en un paseo nocturno, en una interminable conversación y en un abrazo infinito, poderoso, sentido, muy sentido.

La vida nos abruma con sus lecciones. Creemos saberlo todo pero siempre tiende a sorprendernos. Por eso ahora pienso con precaución, o mejor dicho, por eso ahora prefiero no pensar y dejarme llevar por el devenir de la vida. Ella es más sabia que nosotros y sabe ajustar los tiempos, los ritmos y las pausas para que nuestro pasear sea espléndido. Incluso en los momentos amargos, en las frías noches de nuestro invierno, en los infiernos más temblorosos. Todo encierra una enseñanza. Todo enseña un aprendizaje. Y ya ni siquiera me pregunto para qué, si al fin y al cabo moriremos sin despejar ninguna de las más antiguas incógnitas. No importa. Fluir con la vida y experimentarla en cada segundo es lo más maravilloso que puede pasarnos. Respirar… conspirar… respirar… conspirar… Ahí, en esa sencillez, reside todo. Respirar… conspirar… Y por eso ahora, casi un año después de aquel escrito melancólico, puedo decir que la esperanza me sirve. Y me sirve porque el amor se encarna una y otra vez dulcemente a la espera, inevitable, de que nosotros nos unamos a él, de que bailemos con él, de que nos abramos a él. Y cuando nos abrimos al amor, la vida se abre a nosotros y el milagro ocurre.

El amor de Atala


Los que han paseado por las interminables galerías del Louvre saben que detenerse una eternidad sobre obras vivas puede llegar a inspirar emociones de todo tipo. Y a obras vivas me refiero a esas que de alguna forma te conmueven y nunca te abandonan. Hoy he recibido, incluido en un artículo para revisión, este impresionante cuadro de Girodet expuesto en el parisino museo. El reencuentro con “El entierro de Atala” me ha impactado de nuevo. Sobre todo porque representa ese ideal de amor perpetuo, aferrado a la vida incluso en la misma imagen de la muerte. Ese joven, el joven Chactas al que Atala ama hasta morir, según la novela de François-René de Chateaubriand, se aferra desesperado al cuerpo muerto de su amada. Es la viva muestra del amor que los románticos de cualquier época persiguen. Un amor sin medida, un amor que impresiona y que palpita a cada instante. Un amor que no exige, sino que da sin esperar nada a cambio. Un amor desesperante cuando no se encuentra y sublime cuando te envuelve. Un amor que se conquista a base de sueños pero también realidades, de magia, fantasía y momentos tangibles, próximos, plagados de música, abrazos y miradas infinitas. Hasta hace poco creía que este amor ya no existía, que se había esfumado de la faz de la tierra, que todo esfuerzo por buscarlo era inútil. Pero hoy, a las seis de la mañana, alguien recitó un poema infinito rematado con una emoción, con un sueño, con una promesa, con una esperanza. Debió ocurrir en las Pléyades, en un espacio infinito, pero no importa. Era real, estaba allí, y pude abrazarlo… Gracias a esa Tormenta misteriosa vuelvo a creer en las hadas, los príncipes y los sueños… Atala murió de amor… Ojalá todos, cuando muriéramos, lo hiciéramos envueltos en los abrazos de un ser querido y que esos intensos gemidos nos acompañaran hasta el otro mundo… o viceversa…

Esperanza


Me llamaron esta mañana desde la radio para hacer una entrevista. Contestaba a cada pregunta con una gran sonrisa en los labios, como si en vez de palabras surgiera música y en vez de conceptos expresara poesía. La otoñal primavera resulta que sale al paso en su forma más elevada, transmitiendo una metamorfosis que me produce extrañeza, pero al mismo tiempo una paz profunda. Es como si lícitamente pudiera decir que este otoño sí trae consigo los frutos maduros. El insólito privilegio de sentirme seguro de cuanto ocurre, porque lo que ocurre nace desde lo más hondo, desde donde nace el alma, desde donde reside, respira y conspira.

Así, mientras la periodista me preguntaba sobre la hermosa presentación en Palma dirigida y orquestada por esa gran alma que es Olga Palmero, suspiraba de emoción y merecido despertar. También cuando recordaba las anécdotas de Iznájar, especialmente cuando los cuatro elementos se levantaron para acompañar ese acto cuasi mágico.

Y luego el viaje… Ese viaje mitad vigilia mitad sueño donde el alma envuelve al cuerpo y lo abraza suave en la fusión, en la herencia de la unidad interior que parte del contacto con el otro. Nunca pensé que fuera posible poder mirar por una pequeña ventana de dos puntos no sólo un extenso cielo azul, sino un infinito inimaginable. Y eso durante horas, sin que existiera la noche o el día, sin que existiera el rayo o la oscuridad. Sólo dos seres mirándose, eternos, suficientes, sin tiempo, sin espacio, flotando en una atmosfera vacía que iba llenándose poco a poco con el calor de sus cuerpos. Había sin embargo un movimiento inverso dentro de esa quietud mistérica. Había un respirar, no dos, sino uno, que conspiraba a un ritmo equilibrado entre el crematorio interior y la fuerza exterior. Un aliento poderoso, tímido al principio, pero honrado. Un aliento acoplado al suspiro cósmico de la ocasión única, soberano y emancipado, con un mensaje que se repetía una y otra vez: la esperanza es posible. Es cierta más allá de la ceguera. El milagro ocurre. Sólo hay que abrir las compuertas del llanto y dejarse llevar por el fluir de la vida. Sólo hay que creer y actuar con fe en las maravillas y los entresijos de esta increíble existencia. Gracias Tormenta por empaparme con tu sudor y tu vida. Gracias por abrirme los ojos y dejarme ver.

La fuerza del destino


A veces la vida te premia con regalos inimaginados, con experiencias que intuyes en alguna parte del Siendo pero que desconoces en cuanto a lo inevitable de lo real. La vida siempre es soberana e impone su voluntad, ignorando y rechazando los miedos, las incertidumbres y todo aquello que siempre nos mantiene desconectados del fluido vital. La vida nos empuja y nos advierte de la urgencia del vivir, de la necesidad imperiosa de hacer de cada minuto único sesenta segundos de experiencias inolvidables.

Hoy me siento totalmente doblegado, siento la fuerza acrecentada de una emoción abierta, grande, dichosa, que mece en mi pecho los hilos subatómicos del sentir. Algo que resulta difícil describir sin pasar inevitablemente por los puentes fundamentales del espíritu. Quizás sería más fácil decir que todo ser es ese sentir, un sentir que ha vuelto a creer en la esperanza, en la multiplicidad de la simplicidad, en lo profundo de sorprenderse por el aleteo de una mariposa o por la magia de creer en mundos imaginados. Quizás sería más fácil describir este cúmulo de emociones inclasificables como en los cuentos de hadas… Esos cuentos donde todo es posible y lo maravilloso se convierte en cotidiano mientras que lo increíble forma parte de la experiencia diaria. Así que…

Érase una vez una princesa de ojos azules, de intensa mirada y mágica presencia… Érase una vez el reencuentro de dos almas en la calma del océano, en la profundidad del valle, en la esfera interminable de la bóveda celeste, en las estrellas y en los mares, en las montañas y en los pergaminos del recuerdo. Érase una vez  el reencuentro con la que sabe volar… con aquella que bajó de la patria estelar para adueñarse de un trozo de alma peregrina, de un instante ya grabado en la retina de la noche, con un suave tacto perfumado por los halos del encanto nocturno. Érase una vez un abrazo tan sentido que ni siquiera el viento cuando roza suave las velas de un navío desplegado hacia el viaje podría superarlo. Érase una vez un sueño… érase una vez la magia… érase una vez la vida sentida en intensidad diez en la escala de Richter… érase una vez un mundo desplegado en las sabanas de la esperanza… érase una vez la hábil metamorfosis de una mirada preñada de sueños, de abrazos, de promesas… érase una vez la grandeza del origen, la mirada intrépida de un rey mítico y los oídos tapados de un Ulises… érase una vez un viaje lleno de propósito y significados, donde los alaridos del ocaso se mezclan con la ensoñación del nuevo día. Érase una vez, en palabras de Dante y Goethe, ese eterno femenino que nos atrae hacia arriba. Érase una vez los doce trabajos de Hércules, las idas y venidas de Prometeo y la luz inevitable del mito anclado en la verdad. Érase una vez el susurro de un aliento, de un aire expresivo y cálido, de un acelerado ritmo cardiaco, de un devenir hacia la definición más aproximada de la entrega. Érase una vez, si es que todo esto es posible en un instante jamás escrito, un rayo de luz fulminante que a los dos hizo uno y al uno, misterio. Que la esperanza los guíe y que, como todo cuento que se precie, sean felices… La forza del Destino lo quiso, y que así sea por siempre.

¿Existe alguien con quien volar y saltar sin red?


La pregunta me la hizo ayer C. mientras volvía a La Montaña. Me pareció tan hermosa e inocente, tan llena de anhelo y esperanza que enseguida la hice mía y me acompañó toda la noche. Una vez C. vino a visitarme a la Montaña y nos dimos uno de los abrazos más hermosos que recuerdo. Me preguntaba si existía algo tan hermoso como abrazar a alguien y mirarle sinceramente a los ojos, sin temor, sin recelo, sin condiciones. Quizás ese sea el verdadero amor, el verdadero sentir en libertad, el verdadero volar y el verdadero salto sin red. Hoy ha venido a visitarme mi prima R. Hacía tiempo que no la veía y solo me apetecía abrazarla con intensidad. No sé cuantos abrazos le habré dado en el rato que ha estado aquí. Me sentía tan feliz por dentro al hacerlo. Me sentía tan libre, tan espontáneo, tan lleno de calma. Ayer, paseando por Madrid con A., llegamos hasta el cine Ideal. Cuando estuve en sus puertas me acordé de aquella película subtitulada que vi no hace mucho con B. Volé de repente a sus abrazos, a su intensidad. Fue hermosa la mezcolanza, el ritmo sentido del latir, el aroma suave de ese tiempo ya pasado. Y por eso la pregunta de C. me acompañó toda la noche. Necesitaba de su duda para poder seguir adelante y de su esperanza para poder sonreír al tiempo. Y además, llovía, y como en la canción, estaba mojada la carretera… Qué largo es el camino… qué larga espera… Kilómetros pasando, pensando en ella… qué noche, qué silencio, si ella supiera, que estoy corriendo, pensando en ella… Sigo en la carretera, buscándote… al final del camino, te encontraré…

Las reglas del juego


La última noche dormí cerca de Aranjuez. No hizo mucho frío ni pasé mucha hambre, como en días anteriores, así que pude afrontar el último trayecto despejado y despierto. Horas antes había paseado solitario por los increíbles jardines del Real Sitio. Allí, en una de las fuentes, había una pareja de ancianas que jugaban a las cartas mientras escuchaban algo de música. La imagen me pareció conmovedora. Me senté a su lado y estuve una hora observando como jugaban, como discutían si las cuentas estaban mal y como anotaban meticulosamente, casi como en un acto sagrado, cada una de las partidas en una libretita roja. De vez en cuando me miraban, al principio con algo de desconfianza y luego con curiosidad. Un tipo solitario, a esas horas, sin hacer nada, medio ausente, medio fuera de sí. Cuando el sol ya se despedía, recogieron los bártulos, las cartas y la radio y se marcharon satisfechas una vez realizado el recuento de puntos. Me quedé sin su compañía, mirando las hojas secas que caían de los castaños y viendo como las parejas paseaban con sus hijos entre bromas, atavíos y costumbres. Había algo de tristeza en esas imágenes. Algo de penuria. Recordé la elegancia del señor Talese y una frase que leí suya en La Contra de días atrás: “la pareja no dura por sexo ni por amor, sino por respeto”. Me gustó la frase y la llevé conmigo todo el viaje. Durante estos meses había apostado por ese tipo de relaciones basadas en el respeto como alto valor, a sabiendas que todo eso de la química y demás son añadidos a veces artificiosos que ayudan pero que a estas alturas del curso ya han dejado de convencerme. Sin embargo, llegar a esa conclusión debe ser cosa de dos. Como esas ancianas que jugaban a las cartas, sabían las reglas del juego y pasaban una linda tarde escuchando música. En las relaciones, sean del tipo que sea, es necesario entender las reglas del juego, y sobre todo, del respeto. Supongo que el señor Talese, viejo lobo, sabrá lo que dice.

Horizontes lejanos


No sé qué acontecerá mañana. Ni siquiera sé qué acontece a cada segundo de existencia. A veces me contemplo a mí mismo frente al espejo de la vida y creo descifrar un ápice de algo, de un algo que se nos escapa por sutil y maravilloso. Y otras siento con desespero, como si fuera humano, como si la humanidad en la que estoy encerrado pudiera con las brasas y el ardor de lo vivido. Y otras… otras simplemente me dejo llevar por la sutileza de las cosas que acompañan el despertar, o por la sensación de querer ser uno con el otro. Y en esas ando en los instantes de ternura, de compasión, de silencios y esperas. Eso que los sufíes llaman “el desvelo del ser amado”, ese “te recuerdo, te presiento, te tengo anclado en este momento”…

Y entonces me encuentro vagando entre cielos y lunas, escribiendo en…  “un atardecer tan hermoso que me hubiera gustado robarle de ese océano en el que se encuentra para trasladarla solo dos minutos a contemplar tan hermoso espectáculo. Vago por sueños y noches mientras espero su llamada… Mándame su luz condensada en lunas, lámparas o estrellas, para que el reencuentro sea hermoso y duradero… ya siento su rumor en el horizonte de mi suerte”…

De hace tiempo


En la lejanía que nos separa imaginamos mundos, algunos posibles y otros imposibles. El deseo se vuelve puro y se entremezcla entre la ilusión pasajera y el ardor por no poder estrechar aún más nuestros cuerpos. Pero en lo invisible todo es posible, por eso estoy paseando y tú paseas conmigo. Aprieto tu mano contra la mía. Respiro. Respiras y siento cierta melancolía. Lo admito mientras tú me miras, comprensiva y amorosa desde el espacio infinito. Y aquel globo que te llevó tan lejos se convierte en estrella. Y mientras lees estas letras decides parar, estrechar de nuevo mi mano y abrazar la infinitud. Ese que ahora cubre todo mi recuerdo y peregrina como pequeños dioses entre todo aquello que nos separa y nos aproxima. Deseo tanto estar contigo… Respiras, respiro, ahora juntos, ahora conspirando de nuevo en la noche y en el día, tal y como habíamos deseado cuando realmente suspirábamos al amanecer. Ya queda menos para el reencuentro, ya queda menos para la eternidad… Tengo ganas de ti, te dije, tengo ganas de sentirte dentro de mí, decías…

Abrazos de hace tiempo


Estimada B.,

Estaba leyendo correos de gente que me escribe a diario y de repente he mirado al cielo y he visto esa luz de estos últimos días de agosto que presagian el fin de un verano que nunca olvidaré y el principio de un otoño que espero sea inolvidable. Y he sentido el impulso de escribirte, a sabiendas de que quizás no leas este mail hasta tu vuelta. O mejor aún, he sentido el impulso de abrazarte, de mirarte a los ojos, de ver tu sonrisa de niña traviesa atravesada por un mar de emociones y un puñado de vida. Hacía tiempo que añoraba tener presente el recuerdo de alguien así, sentir la calidez de un alma capaz de abrazarte durante horas sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio.

Estas en Suecia caminando por alguna isla y repasando con tu mirada tantos y tantos recuerdos… Quizás en este viaje te estés despidiendo de un pasado que ya termina para enfrentar un futuro nuevo, un futuro esperanzador y espero que feliz, muy feliz. Algo extraño revolotea por mi estómago soñando, imaginando, deseando con fuerza que quizás yo pueda estar ahí, en ese futuro nuevo. Déjame que lo sueñe, mientras te despides. También yo me despedí en Oxford, quizás con unos meses de adelanto, del Reino Unido, de ese lugar donde empezó algo que nos separó durante algún tiempo pero que ya terminó. Y por eso ahora me siento tan libre y tan en paz, con ganas de que vuelvas para abrazarte y desearte con amor sincero y pasión ardiente.

Deseaba escribirte, deseaba abrazarte, y lo he hecho. Ha sido con estas palabras… Vendrán otras, porque son muchos los abrazos que deseo compartir contigo…

Gracias por hacerme vivir esta historia…

Breve historia de todas las cosas


La felicidad se teje en pequeños actos. Una caricia, una sonrisa, un leve respirar, una sólida conspiración. Ayer bailamos en la feria del pueblo. Sentimos una paz inquieta, una complicidad que nacía del estómago y subía en aleteos suaves hacia el corazón. Podíamos sentir como se tejía algo hermoso y ojalá perdurable. Hoy desayunamos junto a los conejos. Pan con tomate, ajo y aceite para nosotros y zanahorias frescas para ellos. Nos mirábamos, sonreíamos, respirábamos. Ella jugaba con ellos, como en esos cuentos de familia feliz donde parece que solo reina lo grande. Luego fuimos al pantano a bañarnos. La libertad de nadar en el agua, a pesar de las anécdotas en la búsqueda de esa calita especial e íntima, ha sido suficiente para sentir que las cosas estaban bien a pesar de todo. Un día inolvidable, bonita forma de empezar este caluroso agosto. A ver que nos depara, porque promete ser duro, muy duro…

(Foto: La hermosa B. dando de comer a los niños).

Cuando la vida es un regalo…


Me desperté abrazado a ese ángel de amor pasadas las cinco de la madrugada. Pocos minutos después paseaba, aún de noche, por la Gran Vía de Madrid dirección Moncloa. Allí, en la Ciudad Universitaria, tenía aparcado el coche. Único lugar libre donde no pagas impuestos por aparcar al aire. A las siete me esperaba en su hotel de Pinto JL, el cual me acompañaba a La Montaña para rematar el libro de su nieto. A las once de la mañana ya estábamos trabajando con la intensa compañía de los calores andaluces… Un día productivo, de intensa charla y compartir, de grandes lecciones que generosamente poníamos sobre la mesa para aprender y pensar sobre ellas. La generosidad de JL es infinita, su amistad, un bálsamo insustituible.

Ahora, sentado en la penumbra de los recuerdos, intento soportar la levedad de todos los regalos que estos días he ido acumulando en la cuenta de resultados del espíritu libre. Siento cierta paz. Ni siquiera me perturba el pensar que la paz es una ilusión serena nacida de un estado calmo. Mañana todo cambiará porque todo es provisional, todo excepto ese centro anclado en lo remoto del ser. Echo de menos a B., para qué negar evidencias. Ayer, tras la cena, fuimos con su familia al cine y vimos una película que nos hizo llorar. Había un mensaje que tenía que ver con los sueños… con la lucha constante por conseguir aquello que más deseamos. Lo cierto es que toda lucha tiene siempre algún tipo de resultado, de recompensa. Por eso no creo en las derrotas ni en las victorias. Al final, toda experiencia es extraordinaria y verdadera. Como la lección que aprendo a dotar a B. de inmensa libertad para que ella, en consciencia, decida sobre su propio futuro… Y así la acepto, con sus virtudes y sus defectos, pero sobre todo, con todo lo bueno que me está enseñando de la vida… Ahora sólo deseo su felicidad. Quizás esa sea la lección aprendida. El amor solo puede ser expresado en su pureza más sublime cuando deseas lo mejor para el otro. Incluso cuando lo mejor es el perder al ser que amas… Lo entendí ayer, mientras veía a su familia feliz recitando canciones inventadas… Gracias, siempre gracias por esos increíbles regalos de la vida…

(Foto: Aún guardo frescos los aromas de este maravilloso e increíble fin de semana en Galicia. B. asomada a una de las ventanas del pazo de MC. Belleza contra belleza, difícil conjunción en un mundo tan impredecible, tan impredecible como que Y., desde Brasil, me ha ofrecido el irme a vivir a su piso de Madrid… Impredecible y tentador  destino…)

La alegre celebración de la vida


Hoy, de forma casual, me he enterado que Anja se ha casado felizmente. Ha sido todo tan rápido que casi me he quedado sin aire. Sólo hace unos meses que era a mí a quién me estaba pidiendo santo matrimonio. Su sueño siempre fue crear una familia numerosa que se hiciera cargo de su granja familiar, de sus hermosos caballos, de sus interminables tierras allá en el norte de Alemania. Tenía cientos de sueños hermosos que compartía conmigo de forma emocionada desde que aquella tarde de frío invierno nuestras miradas se reconocieron por primera vez en aquella cocina escocesa. A partir de aquella tarde nuestras vidas giraron en torno a un cambio radical, a una ruptura con un pasado amable, coincidiendo, justamente, con la entrada en esa crisis mundial que tanto nos ha afectado a todos. Han sido años duros, difíciles, en los que hemos tenido que lidiar con cientos de dificultades que se añadían a la distancia, la cultura y el idioma. Vencimos a casi todas, excepto a las de la fe. Fue una pena porque nos amábamos. Pero fue, y por lo tanto, fue hermoso, increíblemente enriquecedor y una experiencia inolvidable. Así que mi “pequeñita”, que así llamaba a esta hermosa alemana que me doblaba en cuerpo y alma, se nos ha casado. Y me alegro por ella, deseándole que su vida se llene de paz, amor y felicidad. Ahora que con cierta melancolía y cariño escucho uno de los últimos discos de música que me regaló, cierro esa hermosa puerta para enfrentarme, con optimismo y alegría, a la apertura de aquellas que han de venir. Que así sea… y que seas feliz mi niña… Ahora sabré de verdad lo que es amar en silencio… que es el más grande y profundo de los amores…

Amores posmodernos


Los tiempos cambian y las estructuras que gobiernan al ser humano intentan amoldarse a los nuevos paradigmas. El amor, al menos el sentimiento de amar no ha cambiado, pero sí su forma de organizarse. Ahora parece todo más digital, más virtual, menos sentido. Miro a mi alrededor y tengo amigos solteros que no soportan a mis amigas solteras y amigas solteras que no encuentran a amigos solteros adecuados. Y cuando se encuentran duran juntos una semana, un mes, un año y poco más. No existe el sustento del compromiso o la responsabilidad quizás porque la emancipación tanto del hombre como de la mujer ha creado otro tipo de valores y situaciones que no tienen porqué perdurar en el tiempo. Antes parecía inevitable ese “te quiero porque te necesito y por lo tanto te soporto”. Ahora parece más normal decir eso de que no te necesito, y por lo tanto, te apunto en mi agenda para ver si eres capaz de cubrir algún hueco. Lo cierto es que este tipo de relaciones de hola y adiós me ponen algo triste. Los que crecimos leyendo a Bécquer o Shakespeare aún guardamos la esperanza de toparnos con esa imagen romántica del amor ideal. Esa idea platónica de un imposible que jamás alcanzaremos por tratarse, precisamente, de algo puramente extraterrestre. Así que la tristeza se suma a cierta rabia. Rabia que sucumbirá cuando mire a la agenda y vea que por fin tengo un hueco que quizás alguien necesite… Como dijo el poeta: Mi estrategia es en cambio más profunda y más simple. Mi estrategia es que un día cualquiera no se como, ni se con qué pretexto, por fin me necesites. Táctica y estrategia, de Mario Benedetti.

El pasaje de la Desolación, o de cómo partió el barco de la melancolía


La aridez se mezcla con el sudor de una tarde de verano en la que suenan con fuerza las potencias del waka waka, un sonido extraño que intenta camuflar una realidad extraña. Al mismo tiempo, libera, a modo de temperamental energía, todo un cúmulo de rabia e impotencia acumulado durante este exceso de crisis. La carta “for a man who my heart can not forget” también suda desolada, y espera respuestas que no llegan. Se suman a las grietas de roca que envuelven este lugar tan lleno de plenilunios e infortunios, y que me abrazan como avispas celadas. La armónica ahorcada, aquella que tantas veces toqué junto a mi guarida guitarra, silba agarrada a su trance, y suspira, porque su inquietud es como aquel viejo interludio, un pasaje que asoma a esta noche perpetua.

Mi Romeo se queja mientras su Julieta sugiere posibilidades a la manera del equilibrista de cualquier circo. Aún espero el beso de la princesa para convertirme, algún día, en su plenitud azul. Por eso consulto una y otra vez a la pitonisa de la desolación: ¿qué es más noble para el corazón? Es cuando, bajo la ventana, escucho el silencio con su chasquido de hierro frío, para, más tarde, reencontrarme con el rugido del esplendor y su gran arco lleno de iris, índigo, rojo, o violeta, que más da, con tal de que ilumine todo el cielo. No prestaría atención a nada si no fuera porque todo duele. El sí, el no, el quizás. Por eso paseo, con la armónica ahorcada y mi guarida guitarra, por el pasaje de la Desolación. Una taza, un te quiero, un suspiro, un silencio. Un flautín, un aroma, un recuerdo, una imagen, en este paseo… solitario. Todo hasta la próxima media noche, en el que el abrazo vuelva a convertir a este topo, sapo o gusano, en el Romeo principesco, en el cebo del amor. Y toda la sangre azul provoque el éxtasis vertical que una aquellos elefantes soñados. Mientras… el mediodía provoca el sudor, la tarde, desidia,  aspereza y  rigor… Castillos enteros de sufrimiento, de temor, de arrebatos. Porque en el fondo, toda noche reclama su parte y toda promesa, su penosa estrechez. Así tiene que ser y así será hasta que la medianoche vuelva…

(Suena, mientras escribo, «Desolation row», de Bod Dylan)