Panem et circenses
Admito que lo pasé en grande vociferando como un animal enfurecido, gritando a pecho descubierto y saltando a cual energúmeno sediento de sangre futbolera. Fue emocionante ver como la España cañí toreaba con orgullo y maestría los aledaños y fríos andares alemanes. Salimos por la puerta grande olvidando la escasez de pan y el gratuito y romano pase al circo moderno. Yo mismo me deleitaba en una felicidad espúmea, ferviente y compartida. Fue el broche de oro a tres días de amor y satisfacción emocional. Tres días de compartir sensaciones de equilibrio y paz, de sosiego y esperanza. Tres días de gloriosa experimentación vertical, mirando siempre al cielo, rozando y compartiendo los fluidos más íntimos desde la complicidad de dos almas que se reconocen. Un secreto a voces que postergamos durante años y que por fin vio la luz. B. estaba radiante. Increíblemente bella, posada en un cuerpo perfecto y limpio, sensatamente despojado de artilugios innecesarios y exquisitamente cubierto por ese aura celestial que le envuelve. Un alma grande, de expansivo corazón y generosidad que deviene a mis brazos a cual generoso regalo del universo. Y ahora, lejos de la capital del reino, supurando recuerdos y sudores veraniegos, admito sentirme radiante y pleno, lleno de gracia por este sorprendente y bienvenido regalo. Recién llegado a la Montaña, me pregunto, por segunda vez, si no fue todo un sueño. Lo cierto es que España volverá a la lucha el domingo. Siempre nos quedará el circo, aunque no tengamos pan, y siempre nos quedará el amor a raudales para compartir y despegar hacia el infinito…
Peregrinos del corazón
El misterio de las horas, de lo finitamente temporal, se reparte entre los gemidos del alma y la cárcel de los sentidos. Tras todo vuelo mágico siempre hay una especie de aterrizaje forzoso al mundo ilusorio. Y de forma súbita aterricé de nuevo lejos de mi morada, de mi refugio. Fue así como llegué tarde y me levanté temprano para coger el primer camino dirección a… Qué importa el lugar… Lo importante es que aquí me esperaba la sospecha, o mejor aún, lo sospechoso de un proceso que a veces lo califico como las nubes de un ocaso o el verde agraz de una consecuencia madura y lista para ser servida en el banquete final. No me cuestiono los misterios del amor, sino los sollozos que se derraman cuando una cama aparece vacía, o se siente vacía. Y en esos espacios que concurren en silencio no existen normas para el soplo de la inspiración. Pero sí lugar para ese sabor agridulce de saberte sin futuro, sin tiempo, sin pasado, preñado exclusivamente de un presente determinante, angustioso, improvisado. No sé si esperar al próximo llanto o seguir por las vías de la incertidumbre. Las fuentes del error, nuestros grandes consejeros y maestros, nos advierten de que hagamos lo que hagamos siempre seremos peregrinos del corazón… Así son las pruebas de todo laberinto…
Herido por las flechas de la incertidumbre
Cuando descubres la fuerza del Thelema nada temes. Te sumerges en la pleamar vital de la existencia hasta que fluyes sin temor a nada. Así ocurrió cuando la noche en la que celebramos el solsticio me dejé llevar por la llamada y amanecí en campos riojanos. Allí esperaba B., herida por las flechas de la incertidumbre en estos retales de vida compartida y ansias de vivir. En algún momento le dije, o quizás solo lo pensé, algo sincero: “me limito a seguir la ley de mi corazón”. Suena cursi, pero es una frase honesta. En alguna parte debió calar porque al poco tiempo andábamos surcando montañas y parajes imposibles rodeados de tiernos abrazos interminables que perpetuaban la alegría. Fue hermoso, no lo voy a negar. También fue algo onírico. Porque ahora, recién llegado a la Montaña, lo recuerdo como un sueño… Suerte que su fragancia aún no me ha abandonado…Eso me hace creer que la esperanza sirve como señuelo para seguir soñando…
El Otro Amor
El lago azul
Aún recuerdo los paseos junto al lago. Alguien me preguntaba hoy sino era al lago a quién amaba. Muchas veces pensé así, que quizás eran aquellas montañas, aquel paisaje exuberante, aquellas corrientes de aire fresco y limpio, aquellos cielos revoltosos cargados de sorpresas… quizás era aquello lo que amaba… Pero no puede ser así porque de los paseos junto al lago ni siquiera recuerdo el color de sus aguas, ni el llanto o sabor de sus olas calmas. Sin embargo, ahora, en la lejanía, puedo recordar con la intensidad de los dioses cada uno de los suspiros, alientos y sabores que sus entrañas despedían. Esa duda quedó entonces despejada. Pero aún quedaba una más. Estos dos días en la Montaña han sido duros. Producto en parte por el cansancio metafísico que llevo arrastrando y por los sinsabores de la rutina, del devenir diario. Pero la dureza iba fraguando cuando los pequeños detalles que nos hacen grandes abrían las canillas del aire y nos deja respirar profundamente. J. me escribe y me manda un hermoso regalo para mi cumpleaños… Me preguntaba como diablos había descubierto que mi cumpleaños era en estas fechas y admiraba por ese motivo el detalle, el pequeño detalle que lo hace tan grande. No el hecho de su obsequio, sino el hecho de haber pensado en ello y haber articulado ese gesto hermoso, un gesto de amor y generosidad. Y W. también tuvo su gesto al disculpar esta mañana, invitándome a una “entera con tomate”, todas mis andanzas de antropólogo invadido por el afán de descubrir el mundo. “Viajas mucho”, me repite una y otra vez… Y tienes razón querido W., pero es tan difícil el no hacerlo cuando hay tanto por descubrir… Además, mis viajes son como los de Juan Salvador Gaviota, que no comía, que no dormía, con tal de sentir ese viento liberador en sus alas. Resultaría interminable la lista de hambrunas materiales que esos viajes conllevan. Las mismas no serían soportables por cualquiera que no antepusiera sus sueños a todo lo demás. Por eso, si dejara de hacerlo sería contraproducente, porque sería como quitarle el bistec al niño o el agua al sediento. Habrá entonces que convivir con este pequeño mal y buscar fórmulas para poder entender la naturaleza del alacrán. Y por la tarde una hermosa conversación con B., que viendo todo lo ocurrido me invita a pasar un fin de semana en la playa y así abrazarnos como lo hacen los nacidos dos veces, con respeto, con amor, con desapego, con complicidad. Lo haremos mi querida B., porque aunque aún no sepamos si venimos de las Pléyades o de los mismísimos infiernos de este mundo, en cada suspiro compartido alcanzaremos la gloria del cielo que nace de la sincera amistad. Y luego también llamaron E. y C. como si intuyeran que hoy era un día para pasar con amigos aprovechando que el Wesak se aproxima y es tiempo de abrir la visión. Y así quedé pensativo, repasando en este vespertino momento todo cuando ha acontecido hoy, mientras que me alejaba poco a poco del lago azul, de sus orillas, para transportarme a lo profundo de toda esta esencia: el amor, el amor silencioso. Amar en silencio, ese es el verdadero significado de todo cuanto acontece en el universo. Es la ley de atracción, la misma ley que sostiene planetas y galaxias, en desapegada sintonía unos con otros. Allí, estrellas que flotan, amantes fortuitas de su condición estelar… aquí, hombres y mujeres que se esfuerzan por comprender la verdadera esencia de sus órbitas errantes. Amar en Silencio, lejos o cerca del lago azul, pero recordando y amando cada uno de aquellos suspiros, amando hasta que duela, porque ese es el verdadero amor, el que nos hunde y nos eleva, y en su roce produce dolor, dolor placentero, llevadero. Dolor inquieto, dolor que nos mantiene vivos, abiertos, despiertos, elevados en la máxima potencia. Sí, amor, en el lago azul, pero también en el regalo de J., en la “entera” de W., en la playa de B. y en las llamadas de E. y C. Amor en lo grande y en lo pequeño. ¿Hay algo más grande que el amor? Quizás uno: el saber perdonar a los que yerran, porque somos humanos, porque somos limitados, divinamente limitados, pero con la capacidad de perdonarlos y perdonad al que nos adolece. ¡Ah sí! El lago… era un lago azul… ahora lo recuerdo… ahora la recuerdo…
Hablemos de sexos
El sexo crea monstruos, pero también dioses. Por eso es bueno discernir entre unos y otros, sobre todo en los tiempos que corren, para no culpar al sexo de las atrocidades que pueda provocar por su mal uso o por su mal entendimiento. Como cualquier otra cosa, el sexo es neutro, y tiene sus propias funciones bien definidas, ya sea en los planos físicos, emocionales, mentales o espirituales. El sexo en sí mismo no es bueno ni malo. A veces viene acompañado de amor y a veces no, a veces provoca emoción y a veces no. Cuando ocurre lo último, es simplemente un intercambio químico que produce una sensación placentera en varios niveles. Esto, como todo en la vida, no es malo ni es bueno, siempre que se ejerza de forma voluntaria y no violenta. Es cierto que el sexo, o la carencia del mismo, es uno de los mayores motores de estrés y violencia que existen. Pero también es válvula de escape de emociones frustradas, de energía acumulada, de pesadez existencial. Y también de creación. Crea seres, crea emociones, crea energías, crea pensamientos y crea espíritu. Quizás en esta, y no en otra, esté su verdadera grandeza. El sexo como acto creador.
En un plano más elevado, alejado de lo esencialmente físico, hay, además, intercambio de emociones. La expresión puramente física y animal, visceral, traspasa la barrera de lo anímico para agregar el añadido etérico de la emoción. Aquí se construyen puentes y lazos que van más allá del simple contacto químico. Se añade sustancia vital, protoplasmas astrales que provienen de esos mundos sutiles que tanto nos cuesta comprender. Aquí, el puro deseo se desgarra, produce risa y llanto, miedos y alegrías. Jamás quedas indiferente ante un sexo emocionado, o teñido de pintura rebelde, de pura vibración. Aquí, el sexo, de nuevo, no es ni bueno ni malo, pero ha sido tanto su poder, que ha cambiado iglesias, pensamientos, reinos y vidas. Casos extremos, locuras, enamoramientos, pero también muertes, sufrimientos, posesiones y alguna que otra guerra o maldición. La emoción que se suma al potencial energético del sexo produce grandes cosas, buenas y malas, dependiendo del sentido que les demos a cada momento. Sin duda, no nos deja indiferentes, nos toca, engendra huellas, nos confunde, nos enloquece, irrumpe en nuestras vidas y nos ciega. Provoca emoción, y dolor, y alegría. Y también arte. Los artistas son sexos andantes, porque entienden la importancia del acto creador. Y ciencia, y filosofía, y ordena la violencia en eso que llaman política, que no es más que una masturbación controlada y adornada que provoca civilización.
Pero más allá de estos estadios, del puramente físico y el puramente emocional, existe el sexo que viene acompañado de amor. Aquí la palabra como expresión sublime de la comunicación silenciosa ejerce un significado más profundo. Pues el sexo se convierte en comunicación, en compartir, no en dividir, sino en sumar y fusionar. Posiblemente sea el momento de mayor aproximación a la experiencia mística, pues este tipo de sexo, a veces, no necesita contacto, ya que la parte orgásmica de la unión no tiene que ver con los planos físicos o emocionales, sino con aquellos que se abandonan en lo invisible de la cámara de en medio. El punto donde el corazón se transforma en red de redes y amasa para sí todo cuanto desea. Una mirada, un roce, una canción, un paseo, un abrazo, pueden provocar mayores cuotas de deseo sexual que el mero y placentero roce físico. Aquí no hace falta penetración, ni fornicación, ni felación. Baste un simple pensamiento para creernos en mutua comunión con el otro. Aquí ya no hablamos de deseo, ni de querer queriendo, ni de simple enamoramiento, sino de pleno amor. Amor como entrega, amor en silencio, amor alejado del egoísmo, donde lo único que merece ser vivido es la felicidad del otro, el servicio al otro. No es un amor posesivo y no entiende de entregas personales. No divide, sino que multiplica. No esclaviza, sino que libera. No se encierra o concentra en una o dos personas, sino que es capaz de abrazar al conjunto de la humanidad en un solo y único deseo: amar amando.
Este, y no los otros, es el mayor sexo de todos, porque incluye lo físico y lo emocional, pero puede trascenderlos hasta el punto de dejar de necesitarlos. Por eso el amor verdadero prescinde de todo. Nace libre y cuando lo hace, ya nunca muere. Permanece para siempre, porque no ata, porque no presume, porque no mancilla, porque no mancha. Se mantiene flotante en las esferas de lo inescrutable. Es allí, en lo insondable, donde nace y permanece. Es allí, en lo incognoscible, donde explota en millones de esencias que bañan a todo cuanto alcanza. Allí, en el silencio, te amo amando…
¿Irías al infierno por amor?
Una amiga me llamaba quejándose porque su novio sólo le dedicaba diez minutos al día y que cuando estaban juntos más de diez minutos sólo era para discutir y pelear. Su novio le pedía perdón por la situación, le decía que andaba pasando por una mala época y que debía afrontar un momento difícil. Pero mi amiga dice que su amor es tan grande que necesita estar más de diez minutos con él, que eso no es suficiente. Realmente puedo comprender el sentir de mi amiga… Pero a veces me temo que confundimos amar con querer, es decir, entrega absoluta a necesidad absoluta.
Hace no mucho tiempo pasé por un infierno parecido. Mi compañera de entonces se quejaba de lo mismo, de que no le dedicaba el suficiente tiempo a la relación. El motivo era parecido al del novio de mi amiga: una situación infernal. Había días que apenas podía estar ni una hora con ella. Para mí esa hora era sin embargo como un trozo de cielo. Una hora o diez minutos de amor y comprensión eran suficientes para calmar toda una endiablada jornada. A veces resulta difícil ponernos en la piel del otro, descifrar los enigmas de porqué una vida parece arrancada de la propia existencia y arrojada a un mar ácido de profundos abismos. Pero quizás exista algún motivo, alguna razón, por la que en ese instante, precisamente en esos momentos duros, debamos estar al lado del otro y amarlo en silencio y comprensión, en respeto y amor verdadero. Quizás sea en ese momento de angustia, cuando nuestra pareja está mal y no puede dedicarnos diez minutos de atención, cuando más debemos arrojar nuestro amor hacia él o ella. El amor debería manifestarse con más fuerza en los malos momentos, por eso de juntos en lo bueno y en lo malo… Sí amiga… diez minutos… quizás esos diez minutos sean suficientes para empezar a creer en el amor verdadero…
Elogio a la mujer brava
Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Por: Héctor Abad
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, aprovechadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran «no más usted me avisa y yo estoy a su disposición», siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).
A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.
Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.
Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos, el sobrepeso, las canas), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, te dirán qué hacer, buscarán junto a ti la solución, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.
Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas trabajan, producen, confían, pero también exigen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.
A la amada lejana
Hoy es día de San Valentín, día de los enamorados. Día del amor intenso, de los sentimientos crepusculares. Y hoy viajo de nuevo. Hacia la tierra prometida. Hacia cualquier tierra. En solitario. Quizás el alma errante esté destinada a estar sola, a hundir sus necesidades vitales en ninguna tierra… Más bien en el aire, en ese lugar donde solo es posible volar o difuminarse. Que el amor os ilumine. Que el amor os acompañe por siempre. Nada tiene sentido sin amor… Larga vida al amor… Feliz día…
Amar en tiempos revueltos
Admito que me sorprendió gratamente el conocerte. Romántica y soñadora es una conjunción peligrosa para aquellos que andamos viviendo de forma algo despistada en la nube del romanticismo arcaico. Hoy cierta confusión se apodera de mí pues pensaba que esta raza de mujeres estaba extinta. Mis creencias se resumían a imaginar una fábrica de nubes habitada por seres angélicos cuya única misión es la de “volar”, entendiendo el vuelo como lo hacía Mircea Eliade y que tan bien describió en su librito “El Vuelo Mágico”. Porque este tipo de situaciones trata de eso: de la magia. De esas chispas cargadas de emoción que nacen ante el encuentro entre la esperanza y la lucidez, la belleza y la sublime visión de un mundo nuevo.
Se supone que cuando un hombre conoce a una bella mujer por la cual se queda espartánamente encantado debe actuar de forma inmediata para que la luna creciente -esta vez en la casa de acuario- aproveche sus influjos y permita el hechizo. Pero resulta que soy muy torpe en esto de los influjos, y a veces me cuesta desempolvar las esencias de cada momento. Por ello baste decir, y sin mayor dilatación, que me encantó conocerte y que me encantó descubrir que existen mujeres como tú y que si algo es cierto es que el amor no puede buscarse en ninguna pantalla imaginaria, sino que surge, se encuentra de forma inesperada en cualquier lugar…
Amar en lo pequeño
Amar en los actos pequeños es lo que nos hace grandes, no ante los hombres, sino ante el Universo, ese que nos dota de vida y nos obsequia todas las noches con sus luminarias… ese que nos regala el sol y el viento y las montañas… Ese que en silencio admira nuestras proezas humanas, porque Él admite como propio el saberse parte de nosotros… Así, cuando pensamos en consciencia, es el Universo el que se piensa… así, cuando sentimos en consciencia, es la Naturaleza la que siente a través nuestra… Somos la voz encarnada del infinito aquí en la Tierra…
Mi primera historia de amor…
El Encantador de Serpientes

La fatalidad no es gratuita. Viví toda la vida buscando el ideal del amor. Me dejé enamorar y encantar por las fatalidades de eso que a veces nos une. Pero entré tarde en el juego. Demasiado tarde. Un día creí haber encontrado al ideal del amor encarnado en la ansiada búsqueda del alma gemela. Pero todo era ilusorio. ¿Como amar sin poseer? ¿Como amar sin adueñarnos de la vida del otro? Eso nos decía el poeta, advirtiéndonos del error. Y así viví, en el eterno error durante años. Siempre guardé la esperanza de cruzarme con ella. Un día, en una cocina anclada en una hermosa bahía de las tierras del norte encontré un ángel. Por un momento pensé que era «ella» y dejé toda una vida por seguir sus huellas. Todo fue inútil… En el lejano oriente creí encontrarla de nuevo… pero… Llevo seis meses sin tener pareja, sin estar enamorado más que de la vida… Es extraño pues en los últimos trece años no recordaba haber estado tanto tiempo a solas… Pero esta soledad, al principio dura, ahora se vuelve placentera… Y hace madurar a ese niño que buscaba en la ficción de la vida la esperanza del mañana. Y por eso descubre, con cierta amabilidad y complicidad, que la que sabe volar solo vive en la imaginación de los hombres, y que solo la reencarnación de Don Quijote podría hacernos volver a creer en ella… Y mientras eso ocurre, sigue cabalgando, a solas, hacia cualquier Toboso… con la esperanza de que Dulcinea, la dama, la audaz melancolía que con grito solitario hiende sus carnes ofreciéndolas al tedio… siga esperando…
El Jardín Secreto…
Hay un jardín secreto por descubrir… no impliques a la mente en ello, aléjate de las diez mil cosas, siéntate sola con tu Voz, y camina cabizbaja hacia el horizonte. De repente, y en algún lugar, habrá una mariposa que distraiga tu sentido. Mírala, contémplala… no la juzgues, no la tientes, no la sientas como parte de ti… simplemente deja que vuele y sigue su rastro hasta que desaparezca por ese horizonte que… ¿recuerdas? También era el tuyo… Y al final, el jardín secreto… lleno de mariposas como esa que tanto te gustó, lleno de momentos mágicos donde traspasar el umbral de todo conocimiento y causa. Y si eres capaz de afrontar todo lo que te ocurre con la alegría y el agradecimiento de sentirte viva e inquilina de un cuerpo causal, entonces, habrás triunfado sobre todas las cosas…
Queramos…
Algo podemos querer. Al menos como se quiere a una plantita de algún jardín, aunque fuera del jardín del vecino, y la viéramos desde nuestra ventana y tuviéramos un deseo incontrolable de ir a regarla de vez en cuando, incluso ir a oler sus flores en primavera… vamos, que si queremos aunque sea como a esa plantita, podemos prometer un trueque mínimo, y de ser necesario, podríamos ir a hablar con el vecino y pedir si se puede poner la plantita en una maceta. Entonces sería fácil el transporte desde su jardín a nuestra ventana, donde la tendríamos cerca cada vez que quisiéramos y podríamos regarla y sentarnos a su lado para contemplar sus simientes y su verde clorofila. Tal vez incluso, con el tiempo, podríamos tomar un tallo y plantarlo en otra macetita que pondríamos en nuestra habitación, quizás en la mesita donde dejamos la llave de nuestros secretos. Si le ponemos un platito debajo podemos regarla igual sin temor a que se manche la mesita de agua. Allí estaría bien, y la plantita crecería feliz. Y ese querer, que es mínimo, no hace daño a nadie, ni siquiera al dueño de la plantita, que estaría encantado de ver como su jardín se expande por el mundo, desconociendo él mismo la importancia de permanecer encima de la mesita de la llave… Quizás si pensamos en esta mínima posibilidad podamos conjurar nuestro corazón y perseguir la promesa del mañana. Si somos capaces de estos pequeños actos, de amar a una plantita, aunque sea la del vecino, o acariciar suave cualquier piedra que nos encontramos por el camino, quizás, entonces, podamos empezar a practicar la esencia del amor y comprender que con el tiempo, podemos incluso amar a nuestro prójimo. Quizás, y sólo quizás, cuando aprendamos a respetar a las pequeñas cosas que nos rodean, a todo aquello en lo que nos fijamos e incluso en aquello que ignoramos por prisa o falta de atención, quizás entonces podamos obrar el milagro que compensa y atrae todo cuanto es necesario. Quizás algún día amemos de forma cósmica, es decir, incluyente, explosiva, infinita…Mi primera universidad
Aquí estudié trabajo social. Aquí mis primeros amores, mis primeros libros, insumisión y cuatro años en caza y captura, mi primer aleph, mis primeros artículos para prensa, mis primeros fracasos, mis primeros vagabundos y vagabundeos, mis trabajos repartiendo pizzas y mis primeras críticas literarias… Tantos recuerdos, que podría ordenarlos por colores, tactos y promesas. Como si de una procesión se tratara. Hay algo que ha cambiado y hay algo que permanece. El tiempo pasa, es cierto, pero la pregunta la formulo en el mismo sitio quince años después sin que haya cambiado un ápice: donde está la que sabe volar? Volveré…
El Espantapájaros… ¿donde estará la que sabe volar?
No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
– no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme! Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres… ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. «¡María Luisa! ¡María Luisa!»… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte. Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo. ¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes… la de pasarse las noches de un solo vuelo! Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo…
Amar al semejante es mirar de frente a Dios

La vida eterna espera, apacible, sentada en su palacio, a sabiendas que el amor es algo que no muere, que está ahí, como ideal encarnado en una presencia infinita que nos conmueve ya sea escuchando una canción o viendo un atardecer. Especialmente abrazando a un ser querido, o simplemente, recordándolo con ese dolor placentero ante la ausencia… Amar al semejante es mirar de frente a Dios… y cuando eso ocurre, nada importa… porque todo es posible…
Ojos azules
El martes por la noche llegué a Madrid. Descansé algo en casa de MC y por la mañana temprano fui dirección Aravaca a una entrevista de trabajo para profesor que conseguí gracias a la infinita generosidad de Joaquin. Me entrevistó Marta, una bellísima mujer que había creado de la nada un colegio de pedagogía Waldorf. Fue gracioso encontrarme con algunas exalumnas del curso al que yo mismo asistí en el año 2005-06 convertidas en mamás. El tiempo no perdona. La entrevista fue bien y la mañana intensa. Regresé a casa de MC y allí nos esperaba César, con el que fuimos caminando hasta el restaurante El Cacique donde esperamos a Luis para hacer una reunión de trabajo. Tras un fin de semana demoledor para los cuatro debido a las repercusiones internas de la presentación del libro «Memorias de un preso», dedicamos la comida a quitar tensiones y relajar expectativas. Debía marchar por la tarde pero MC me sugirió que le acompañara a un acto al que Joaquin le había invitado para dar una charla. Acepté encantado, preguntamos a Joaquin si era posible y por supuesto no hubo ningún tipo de problema, a pesar de tratarse, al parecer, de unos coloquios privados que organiza un grupo de gente de la alta sociedad. La charla se titulaba «Crisis económica. Crisis de valores». MC estuvo a la altura, como siempre, y nos dejó con la boca abierta. La verdad es que es un lujo escucharlo y es un lujo comprobar como su experiencia, su inteligencia y sus emociones acumuladas crean en él una especie de magnetismo carismático insuperable. El piso donde se celebró la charla era un sitio muy acogedor. Se hicieron interesantes preguntas con interesantes respuestas. Al final, un exquisito cóctel para volver a la tierra. Había muchos cuadros y me llamó la atención el de una hermosa mujer desnuda. Mientras lo contemplaba, se acercó la propietaria del mismo, orgullosa por su adquisición. Sin saber porqué, le dije que me encantaban los ojos azules de la mujer. «¿Los ojos azules?» Preguntó ella extrañada. Sí, creo que es una mujer de alguna exrepública soviética y además, de ojos azules. La propietaria me reveló, algo atónita, que el cuadro había sido pintado por un ruso y que tanto su marido como ella habían especulado sobre la modelo, que podría ser de, tal y como había adivinado, de alguna exrepublica. La verdad es que la adivinación no fue tal. El mismo día, valga las sincronías, me había escrito la hermosa Princesa de Kazan. Curiosamente, esta mujer es Ucraniana, bellísima y de nos grandes ojos azules. Y cuando vi ese hermoso retrato lleno de sutilezas y movimiento, pensé por un momento en una maravillosa escena de amor. Princesa y modelo, se conjugaron en un momento sincrónico que me hizo soñar y pensar que la realidad, muchas veces, podría parecer tan solo un minúsculo fragmento de algo que no somos capaces de entender, pero que supera con creces todo cuanto creemos. A ti, bella princesa…
Háblame del amor…
Lo vi tumbado y me acerqué. Solía quedarme con ellos hasta altas horas de la madrugada. Me enseñaban su mundo, y yo gemía suavemente porque sentía su dolor y su tristeza. Ahora solo me atrevía a acercarme, sentir el zumbido leve de la vida pasar. Su olor, su penetrante olor, es el mismo. No ha cambiado. Por eso, al acercarme, y sin que él me viera, le sonreí. Me conformaba con eso. Con mirarlo y sonreirle. ¿Qué más podía hacer? Intenté tantas veces hacer algo… Pero ellos sólo agradecían la invisible compañía, la leve sonrisa, el sentirse humanamente importantes en ese instante de complicidad. Lo vacío, lo hueco, era llenado y rebosaba con esa proximidad, con esa solvente presencia. Un día le dije a uno de ellos que me hablara del amor… «Háblame del amor»… El silencio resonaba con tal fuerza que casi podía rasgar el tiempo. Así entendí como el amor, en su más extrema esencia, se comparte con silencios… Un silencio cósmico, un silencio solitario, posado en la rama de un árbol en mitad de una sabana o en el séptimo rayo ceremonial de una galaxia naciente. Un silencio próximo al leve zumbido de una sonrisa mañanera en cualquier estación de metro. Por eso, cuando veas a uno de ellos, párate a su lado. Serás por un instante su ángel de la guarda, y el sentirá tu presencia como algo mágico. Sonríe sin importar si te mira, porque ellos ven más allá de la apariencia. Baste que la sonrisa nazca del corazón y conmueva el momento. Y por un día, serás un hombre completo… serás un ángel naciente… por un día habrás amado de verdad… Lo siento
La mujer ideal
Ni fea ni guapa, ni gorda ni flaca, ni rubia ni morena. Que no fume (por mis traumas). Si bebe con moderación, no más de siete cervezas al día. Ni muy lista ni muy tonta, pero que sea libre, crítica y cachonda (esto último es imprescindible, debido a que la vida ya de por sí es excesivamente seria como para tener que aguantar a un muermo el resto de mi vida). Si ha estudiado antropología en vez de ingeniería tendremos más cosas en común, pero acepto cualquier cosa con tal que sepa que Picasso fue un pintor y el mandolín un instrumento musical y no un habitante de China. Si no come carne, ni cadáveres, ni le gusta el canibalismo o la antropofagia, pues mejor, pero si es así, la cosa se pone chunga. Al menos, digo yo, tendremos algún tema con el que discutir: o yo le convezco de lo bien que se nutre uno a base de zanahorias o ella me convence de lo exquisito de un fiambre vuelta y vuelta. En fin, la mujer ideal tendría que ser mujer, no una de esas que se disfrazan con piel de mujer y luego se comportan como un machito arábigo. Y no es que tenga nada en contra de los machitos, pero a cada cual lo que le toque por naturaleza. Y otra cosa es imprescindible: que le guste mirar al infinito. Estoy cansado de las mujeres que se pasan el día mirándose al ombligo, pensando que son las más estupendas del mundo y creyendo que por ser guapas, son las más afortunadas en un mundo de feos. Si miran al infinito son capaces de superar sus problemas egóicos y de paso explorar otras realidades, lo cual es afortunado porque la vida se presenta llena de aventuras y distracciones amables.
En fin, creo que pido lo imposible y por eso la conclusión más realista es que siga como estoy hasta que Dios o el demonio quiera obrar algún milagro…
Ama hasta que te duela
Los idólatras del fragmento, de la palabra, del estigma, prefieren enterrarse en las mudas profundidades, allí donde las decepciones parecen tener provecho y son fuente de emoción. No existe una estupidez más grave que vivir orientado a los cálidos adverbios que nacen del ombligo. Es allí donde fructifica la decepción y donde se renuncia a la vida en pro de las certezas sobre el exilio engañoso. Están alejados de la anorexia sagrada, del hambre sagrada, esa que te obliga a amar más allá del rencor de los solitarios, cerca de las vidas paralelas de los fracasados. Y ese hambre duele, ese hambre mancilla. Sólo lo verdadero es digno de ser amado… Pero más allá de lo vago y lo turbio, quizás comprendamos que en el fondo todo es verdadero, porque todo nace de la luz del misterio absoluto y sin orillas. Ama hasta que te duela… sin delicadeza, sin el accesorio soporte del talento, agotando todo cuanto se tenga con tal de sentir el dolor… Sufre, agota todo recurso, súmete en el arte de vencer lo incomunicable, embárcate en la esquizofrenia de la necesidad del alma… No hay excusa para no amar, no hay miedos ni temores que puedan paralizar la propia presencia de su rostro… No vuelvas a la época del ombligo, improvisa dolor, inventa dolor, así la calidad del amor será expresada de forma radiante allí desde donde sólo se ven las sombras y las sustancias. Esa es la hegemonía del delirio, de la locura del otro lado. Ese es el poder del sentido, de la vida plena, del estallido de gracia e intensidad neurálgica. Sólo así es posible la salvación… imitando los silencios, rezando a la química vital, buscando en el lenguaje considerado todo cuanto nos llene de vida. Esas son las llagas, esa es la humillación… amar hasta que te duela…
I miss you
Siempre me preguntó porqué nunca le escribí una carta de amor. Nunca supe qué contestarle. Todos sabemos que es imposible dejar de querer, que a pesar de la distancia y los acontecimientos, uno siempre ama a aquello que alguna vez amó. ¿Acaso alguien sabe como dejar de amar? Y quizás, con los años o la edad, se acumulan amores que un corazón pequeño no puede soportar. Y entonces va perdiendo fuelle con el tiempo y se vuelve cerrado, aprisionado en una maraña de excusas, de lentitud, de pesadez difíciles de superar. Y a medida que pasa el tiempo todo resulta más difícil y cansado. La ingenuidad, y por lo tanto felicidad de los veinte se transforma en preocupación a los treinta y cuando vas rozando los cuarenta el realismo, en toda su crudeza, no deja mucho margen de maniobra. Uno siempre busca mil excusas para pensar que no pudo ser: quizás fue la distancia, los egos, los intereses, una vida complicada, el mal genio… Quién sabe porqué el ser humano tiende a complicarse la vida cuando se trata de compartirla con un igual… Siempre he dicho que el amor verdadero requiere de muchos silencios. Ese silencio acompañado de miradas cómplices… Cuando hay exceso de palabras y de ruido, el amor jamás puede triunfar… porque el amor es un habitante extraterrestre, de otro mundo, que requiere ciertos requisitos previos antes de encarnarse en nuestras vidas. Por eso, ahora que el silencio se ha instalado, soy capaz de escribir esa carta de amor que nunca hice, y soy capaz de reconocer el fracaso de la actividad diaria en contra de lo único que merece la pena: amar…. Por eso, ahora que hay paz y silencio, puedo recordar, con esa emoción conmovedora, aquellos primeros días en las frías tierras de Escocia en los que empezamos a amarnos porque, al no hablar el mismo idioma, los tiempos estaban sujetos a esos eternos silencios plagados de complicidad… Pero los humanos siempre prefieren el ruido… y eso espanta al verdadero amor… Silencios plagados de significado deberán reinar en el futuro… Será entonces cuando la humanidad entera comprenderá lo verdadero de toda existencia… Callar, osar, saber, querer… tantos años repitiéndolo para luego olvidarlo tan pronto… Cruz antigua, cruz sabia, cruz amiga… Gracias por volver a tu lugar, allí de donde nunca debiste marcharte… en ese cuarto camino que requiere nuevos pasos… Amar, amad, amemos… y siempre en un cómplice silencio…
Un abrazo a todos los padres…
Algunos tienen un padre, a mi me gusta presumir de que tengo muchos… Hay padres que han alimentado tu cuerpo físico y emocional durante años, que te han criado, te han dado lo mejor y de la mejor manera que han podido… La experiencia de ser padre es difícil porque uno no sabe nunca como actuar… siempre piensa que da lo mejor sin saber si lo mejor es verdaderamente lo mejor… siempre queda esa duda, sobre todo en la adolescencia, cuando el hijo empieza la búsqueda de su propia identidad y con ello pretende desgarrarse de los vínculos familiares. Momentos duros para padres e hijos donde un segundo nacimiento se da de forma, muchas veces, dolorosa. Y en ese segundo nacimiento el adolescente comprende que la concepción paterna abarca algo mayor… Antiguamente, en la comunidad primitiva, no existía el concepto de padre único de unidad atómica que impera en nuestras sociedades, sino que todos los varones adultos eran padres por lo difícil que resultaba saber en muchas ocasiones quién había fecundado a la madre. Así, todos los adultos eran llamados «padre». Y en ese sentido, muchas veces desde una perspectiva emocional o incluso mental, me gusta llamar a los padres de mis amigos padres, y aquellos que, doblándome la edad, me han ayudado en el proceso evolutivo y de crecimiento. Así, a mi padre y a todos los padres que están ahí: felicidades… y desde el más profundo sentimiento de respeto y admiración, agradecido quedo por todo lo que me habéis dado…























