La Danza de aquello que no se puede nombrar…


Susurra en los silencios, cuando más solo y apartado del mundo te encuentras, cuanto más alejado sirven tus alas al viento. Son las variedades de aquello que surge de las brasas del abismo. Un génesis, un pronunciar, una única rebeldía nacida y concertada en el deseo. La audacia consiste en penetrar hasta en el más olvidado de los suspiros. Allí, en el ágape de los vasos comunicantes, donde el placer se imprime en la dicha de lo virtuoso, se posa eminente el haz de tiempo. Interna, la llama diligente anhela el bostezo cómplice, ese que brota de la necesidad, de la ávida derrota de un hecho insostenible. La danza de aquello que no se puede nombrar, queda impresa en el recuerdo, para siempre, anhelando una conquista futura en un tiempo inservible. Deseo volver, deseo suspirar con tu aliento, derramar mis lágrimas junto a tu regazo, recordando cuantas veces volvimos a reencontrarnos. Deseo imprimir en tus carnes el símbolo de la alianza, esa considerable perpetuidad que nos hace almas. La noche se apaga, llega el día. El mundo despierta, todo termina. Y llega la exigencia de sobrevivir hasta que todo vuelva al instante que no se puede nombrar…

(Foto: Paseando junto al Jardín Botánico, Copenhague, diciembre de 2008).

La Princesa Alexandra…


Erase una vez una princesa que vivía en un gran castillo junto a un feroz tigre encantado que custodiaba, en las frías montañas del norte, toda su hermosa realeza. El castillo era grande y lleno de joyas y todos los lujos que la soberanía de aquel entonces podía permitirse. Pero la Princesa, de nombre Alexandra, vivía sumida en una gran tristeza. El feroz tigre no dejaba pasar a nadie al castillo, tal era su celo por cuidarla y protegerla.

Había en tierras lejanas un Príncipe cuya pasión era domar a grandes fieras. Había combatido contra dragones terribles y leones en África. Erase que un día, un mago de la India le advirtió de que en las frías tierras del norte había una Princesa custodiada por un temible tigre que había sido encantado por una bruja y que ambos, el tigre y la Princesa, vivían sumidos en una terrible tristeza.

Fue así como el valiente Príncipe sintió la llamada de la aventura y montó su cabalgadura sin dejar de galopar hasta llegar a la cima de la montaña donde se encontraba el castillo de Alexandra.

Ocurrió que el tigre, cuando vio al Príncipe, pensó que era demasiado valiente y decidido como para poder vencerlo en batalla abierta, así que dejó entrar al Príncipe para, una vez dentro del castillo y ganada su confianza, acabar con su vida.

Fue así como el Príncipe pudo entrar en la gran fortaleza abrazando a la Princesa que, asombrada por la actitud del tigre y la valentía del Príncipe, quedó totalmente perturbada. Sin embargo, el Príncipe permaneció allí hasta que en la noche del séptimo día, la Princesa tuvo una terrible pesadilla. Soñó que al día siguiente el tigre mataría al Príncipe. Así que por la mañana, sin dar ninguna otra explicación y asustada y temerosa por el presagio nocturno, expulsó al Príncipe del castillo rogando que no volviera.

El Príncipe, consciente de su condición de invitado se marchó confundido por lo ocurrido sin saber realmente qué hacer. Así que decidió permanecer cerca del castillo para ver qué ocurría hasta que un día se decidió entrar por sorpresa. Pero allí estaba el tigre, totalmente transformado en una terrible fiera que le doblaba en tamaño. El Príncipe, que llevaba dos días y dos noches sin comer ni dormir, se sentía totalmente abatido y decidió retirarse antes de ser engullido por el aterrador animal. El arte de la prudencia pudo más que la osadía de una muerte segura.

Regresó tierras al sur hasta su castillo y entendió todo lo ocurrido. Comprendió que la Princesa sólo deseaba salvarle del feroz animal y con ello salvó su vida. En ese momento de soledad y lejanía se dio cuenta de que amaba a la Princesa por su nobleza y belleza y que ninguna fiera nacida de ningún abismo podría vencer todo cuanto ahora sentía. El Príncipe, tras unas semanas de silencio, fortaleciéndose y recuperando toda la energía perdida consiguió volver ante el tigre y vencer a la fiera, la cual, alejada de su conjuro, se transformó en un plácido gato. Sólo en aquel momento comprendió que no hay peor fiera que los miedos y los recelos de no luchar por lo que se quiere. Así, una vez alejada las fieras que todos llevamos dentro, fueron felices y comieron perdices.

(Foto: En toda mitología existe la suprema lucha entre el bien y el mal, que de diferentes formas, viene representada por el simbolismo animalístico. En este caso, la lucha del león y la serpiente como representantes de la dualidad humana la cual debe ser superada en la batalla y la lucha interior. Copenhague, diciembre de 2008).

La Ninfa Dafne y el rechazo a la aventura


Apolo se enamoró de la ninfa Dafne gracias a que Eros, en venganza por unas burlas anteriores, le había clavado una flecha de oro mientras que a la ninfa, le había clavado una flecha de plomo, lo cual provocaba rechazo hacia las intenciones de Apolo. Éste, desesperado, la persiguió por medio mundo hasta que en el momento en que le va a dar alcance, Dafne prefiere convertirse en árbol de laurel antes que sucumbir a los deseos del amado.

El rechazo a la llamada del amor, a la aventura del vivir, es una tragicomedia que se repite día y noche en todo el mundo, sucumbiendo muchas veces en rituales que acaban en tragedia. La complejidad del amor pasa por factores físicos, emocionales, mentales y espirituales. Las hormonas provocan un movimiento interno que producen pasión y deseo, el cual, una vez arropado por el contacto físico de la persona amada y con la experiencia compartida del día a día, se convierte en emoción y sentimiento. El cariño crea un pensamiento constante de fidelidad y compañía el cual, con el tiempo, se traduce en una experiencia mística de amor y unión. Se crea una afinidad de sensibilidad y espíritu, de silencio cómplice que representa la comunión de dos almas llamadas a convertirse en uno. Pero es un proceso largo que Dafne rechazó, prefiriendo convertirse en árbol de laurel y olvidando por completo la llamada del corazón. Aún así, el fracaso de un amor no es el fracaso del Amor, por eso la vida continua y las palabras no dichas volverán a encontrar un reclamo de esperanza…
(Foto: La ninfa Dafne rechazando el amor de Apolo mientras se transforma en árbol de laurel).

El Lenguaje de la Naturaleza Entera…


Hay un lenguaje universal. Lo he podido experimentar en estos años que he viajado por el mundo y he «hablado» con personas que no entendían nada mi idioma ni yo el suyo. Sin embargo, ha existido comunicación, diálogo, compromiso, entrega, interrelación, proximidad, respeto, admiración, generosidad, amistad, amor y un montón de cosas más que conforman ese lenguaje universal que se encuentra en todos los seres, más allá de las palabras y las expresiones y los malentendidos y los errores. Si existe cierta voluntad, si existen ganas de entendimiento existe la comunicación. Una sonrisa, una caricia, una complicidad en la mirada… Hay tantos recursos disponibles para poder entenderte con el otro que resultaría imposible no poder comunicarte con un esquimal en Groenlandia o con un tuareg en el Sahara. Y existen motivos suficientes para comprender ese Lenguaje de la Naturaleza Entera, como lo llamó Eliade. La falta de diálogo y comprensión vienen dado por la pérdida de esperanza en el mismo, por la desidia y el tedio, por el aburrimiento o el desinterés. Si no existe diálogo es porque algo se ha roto en lo interno. Decía Unamuno que es el amor lo que nos revela lo eterno, en nosotros y en nuestros semejantes. Y en lo eterno sólo existe un lenguaje secreto, un lenguaje universal donde poder mirar al otro a los ojos y saber qué está transmitiendo. Así, el amor, esa palabra cursi que nunca llegamos a entender porque estamos alejados de su significado profundo, resulta ser ese lenguaje secreto y oculto en el que la naturaleza entera se expresa.

(Foto: La belleza de una flor comunica más que cien mil palabras. En el Jardín Botánico de Copenhague, diciembre de 2008)

Más allá del amor…


Si ya es difícil hablar sobre el amor en sus niveles más sutiles, más difícil es hablar sobre la Compasión, que es el amor que está más allá del amor más puro.
Todavía estamos enfocados en un amor denso, emocional, pasional y astral, dual y lunar, que depende de si algo o alguien nos cae bien, si no nos estorba o nos ayuda en el camino o si es químicamente armonioso con nuestros intereses, pensamientos, conductas y emociones. Necesitamos motivos para amar como si fuéramos un imán en busca de la polaridad que nos falta, cuando la dualidad real no es entre personas, sino entre personalidad y alma. La dualidad está en nosotros, y cualquier búsqueda de algo que creemos que nos falta realizada en el exterior de nosotros mismos, sólo nos lleva a un cúmulo de experiencias que nos van a recordar que nuestras carencias se encuentran en nuestra propia alma.
Cuando la conciencia se enfoca en nuestro interior, ya no hay búsqueda, solo encuentros, ya no hay dualidad, solo unidad, porque la personalidad esta al servicio del alma. Entonces descubrimos el Amor Solar, que no es dual, ni depende de fases o estados de ánimo como la Luna, y nos sentimos Prometeos llevando el fuego del Sol a los hombres, o el Aguador llevando el agua de la vida al sediento.
Mas allá de este Amor que da sin esperar, porque nada necesita, está el Amor que a falta de una palabra mejor podemos denominar Compasión, amar con-pasión a todo ser, con todo el Ser.
Si el amor del alma da vida y agua al sediento, el amor que está más allá, da vida a nuevos universos, y reconfigura las realidades de acuerdo a los arquetipos que el Absoluto creó para el universo en el que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.
Amor puro, que no es solamente una simple emoción, si no muy lejos de esto, razón pura, expresión pura dentro de algo tan sutil como la limpieza del corazón.
Es el amor en acción. Su radiación no permite ninguna forma o geometría incorrecta, no las destruye como el primer rayo, ni las redime como el segundo rayo, ni las ilumina como el tercer rayo. Es un sol completo que ilumina cuantos amaneceres sean necesarios…

(Foto: Amando a los caballos en la granja de la familia Meier, Weitsche, Baja Sajonia alemana, mayo de 2007)

AMAR EN SILENCIO…


Hubo una vez, estando en la fría Escocia, recibí una hermosa carta de una vieja amiga que confesaba que amaba y que no le importaba no ser correspondida porque había aprendido a amar en silencio. Esa carta me impresionó por su naturalidad y por su belleza, por su valentía y coraje al expresar que ese amor imposible tenía que ver con la persona a la que en esos momentos confesaba dicho secreto. Reflexioné muchos meses sobre esa carta y sobre la idea de poder amar en silencio, desde la humildad y el desapego más profundo. El amor puro, el amor limpio, es un amor que no pide nada a cambio, que no desea nada a cambio, y por lo tanto, no se vuelve exigente ni incomodo, porque nace y crece con la belleza que inspira el saberse dirigido por la sencillez del absoluto. El humano se enamora y desea, quiere, pero siempre desde un bajo instinto egoísta, posesivo y parcelario. Resulta difícil por ello amar realmente porque el amor no requiere otra cosa más que un silencio y un respeto profundo. Años después recuerdo esa frase que tanto me marcó y de la cual tanto he aprendido… Amar en silencio es posible porque solo desde la humilde procesión interna se puede expresar lo verdadero de ese crujir interno que arde en las brasas de nuestros abismos… Más allá de su calor, existe el calor universal que aviva el nacimiento de la expresión, del arte que acompaña a todo verdadero amor. Amad, incluso cuando no seáis amados, porque descubriréis que el amor no puede encerrarse en una botella, ni en un cuerpo, ni en una mirada… Amad sin ser amados porque más allá de la oscura cámara en la que vivimos existe un alma que trasciende todo aquello que no logramos comprender… Amar en silencio…

(Foto: Amor en el museo de Copenhague, diciembre de 2008)

Tres Tristes Tigres


Tres tristes tigres comían trigo en un trigal. Me consta que dos de ellos son vegetarianos y el otro un gato pardo que desayunaba una merluza cocida todas las mañanas. Acompaño foto para atestiguar lo bien alimentado que está. Y los tres andaban jugando y aprendiendo cosas sobre la vida. Me resulta familiar pensar que los tres podían haber sido producto de un ensueño, como esos de los que habla Don Juan en los libros de Castaneda. Un toque mágico traído a la realidad desde un nagual superior. Recuerdo que una noche los tres tigres durmieron juntos. Fue la última noche del último día. Una tremenda melancolía había en el ambiente, con una música que parecía haber sido confeccionada a propósito y toda un recinto plagado de velas. Las manos de los tres tigres se rozaron en un deseo ardiente irremediable. De repente se sorprendieron bailando al ritmo del sonido mágico, como si el mundo se hubiera detenido por un instante entresijando dedos y manos en un cada vez más acelerado ritmo. Y de las manos pasaron a los besos inevitables y de lo inevitable se pasó a lo que el poeta llamaría la danza de aquello que no se puede nombrar. Porque sólo lo que es puro carece de nombre y sólo lo que es verdadero trasciende el verbo. Allí quedó, en alguna parte, más allá del norte, la manifestación de algo que completó la magia del vivir… Echo de menos a los tigres que quedaron allá arriba… como si el que suscribiera estas líneas hubiera acabado aquí abajo, es decir, más allá de un purgatorio difícil de digerir…

(Foto: Uno de los Tres Tristes Tigres, el gato Tusse, en Copenhague, diciembre de 2008)

Llorar a lágrima viva…


Lo malo de los viajes es que te sumen en una tremenda melancolía… El sólo recuerdo te sumerge en un lloro continuo, sólo capaz de frenarse ante la esperanza de un nuevo día. Lloraba vestido de frac cuando recordé el hermoso poema de Oliverio Girondo el cual acompaño. Es la única forma de sentirnos humanos: sintiendo todo aquello por lo que hemos vivido y soñado. Cuando sientes estás vivo y cuando estás vivo erez capaz de algo que tan sólo nos incube a los humanos: la emoción. Aquí va el poema mientras lloro improvisando como un cacuy o un cocodrilo…
Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo…si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

(Foto: Esculturas en el museo de Copenhague, diciembre de 2008)

A ti la dama, mi audaz melancolía…


“Porque sueño no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño. A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar… te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad.” Este texto extraído de la película Leolo (1992) describe a la perfección la sensación que causa contemplar el arquetipo por excelencia de Copenhague, su sirena solitaria mirando melancólica al mar… Esa diosa que según la leyenda, renunció a su inmortalidad por el amor a un pescador, convirtiendo su alma en cuerpo de mujer. Sin embargo, en su mirada triste, se observa una blanca plenitud ahogada por el temor de lanzarse al mar en busca del amor… De ahí su mirada melancólica, plagada de abismos y de adióses de hace tiempo… Porque le asusta amar, el pescador, el viajero solitario que surca cualquier mar en búsqueda de la sirena se abandona a las noches y a los sueños… A ti la dama… la audaz melancolía…
(Foto: La Sirenita de Copenhague, o la Pequeña Señora del Mar, Den Lille Havfrue, diciembre de 2008)

El viento que roza la yerba…


El sentido de suavidad, el sentido de reencontrarse con las cosas bellas, de pasar la mano por un manto de piel, de respirar pausado el sabor dulce de un amor. Confiar en los impulsos mientras nos mecemos en una vida frágil, pero absoluta. El camino corto entre dos seres siempre es la atracción apasionada. Los sueños no son fantasías, están ahí para ser vividos, explorados, para tratar de descifrar sus enigmas y mensajes. La sensibilidad penetra y se expande siempre que somos conscientes de que el Universo respira, como una amapola solitaria en un campo de yerba, como un viento que azota la fragilidad de sus pétalos… El placer goza de su misterio, es agresión y transgresión, porque nos permite penetrar en la intimidad del otro, y nos permite seducir con una mirada y un aliento, toda una vida entera. Notas del teclado de la atracción universal… el amor se dispensa de esa manera, acariciando suave cualquier rostro. Es un erotismo hermoso, porque el universo, en su danza, nos seduce. Y cuando vemos al otro y lo amamos, todo ese universo se despliega como un abanico, como un jeroglífico que no llegamos a entender pero que está ahí, frente a nosotros, para enseñarnos el camino verdadero. Y todos dicen lo mismo, todos pretenden lo mismo… sentir como el viento roza la yerba… escuchar el susurro del aire…
(Foto: En la mágica abadía de Glastombury, Inglaterra, marzo de 2007. Tumbado en la yerba y escuchando el susurro del aire… )

HIJA DE LA LUNA…


No hace mucho, la Luna brilló con fuerza y dio a luz una hermosa Hija… La Hija de la Luna vino a brillar la cueva del corazón, aquella a la que sólo es posible acceder si se tiene la clave exacta, si se encuentra, de entre las diez mil puertas, la única capaz de abrir. Sucedió rápido, como suelen suceder todas las cosas que nacen de lo milagroso. En la luna nueva de noviembre algo se ocultó, y la Hija desapareció… La falta de luz provoca ausencias, miedo, a veces, incluso terror… Crea desconfianza, juicios y prejucios, valorizaciones y dudas… Por suerte, la luna se está llenando… pronto será luna llena… y su Hija volverá a danzar en su plata celeste… Deseo que encuentre en esa danza su propio hilo de luz cósmica… deseo que entienda las claves por las que circundan todas las maravillas del universo… Si lo consigue, seré feliz, porque habrá nacido otra estrella…

Mientras eso ocurra, me inclino ante ella, en señal de respeto y admiración… como un hijo de la paz, como un ser de paz… polvo de estrellas, nación de ausencias y huella fugaz…

El abrazo imposible…


El amor es una herejía, una utopía por venir… Me refiero al verdadero amor, ese que pretende entrega, que mira al otro por encima de nuestros intereses, que se sacrifica, que muere, por salvar al otro. Y a veces esa muerte es incomprensible y se torna locura. Amar sin poseer, amar sin hacer de tu vida, su vida, como nos decía el poeta… Es como un abrazo imposible, como un lugar fuera de cualquier lugar y un tiempo fuera de cualquier tiempo. El amor puede expresarse, de hecho, a veces lo hace, pero pronto es contaminado por los ruidos mentales, por los miedos, por la sinrazón… Amar es tan difícil… no estamos preparados para ello, no se nos educa para ello. Y por eso desconfiamos y tenemos miedo… El amor que atrapa no es amor. Sólo el amor silencioso, el que se escurre por entre los dedos y salpica a cuanto llega… Quiero amar, a cual Quijano que en su locura busca una Dulcinea inexistente… Quiero amar, sin ser amado…

(Foto: Abrazo imposible en Mount Abu, India, octubre de 2008)

El Corazón del Cielo…


Tengo sangre gitana. Hace años decidí buscar un lugar tranquilo y lo encontré en La Montaña de los Ángeles. Soy un vagabundo, pero quería tener un lugar donde guardar mis libros y mis pequeños tesoros. Así que encontré este hermoso lugar y lo convertí en mi cuartel general. No un lugar donde vivir toda la vida, pero sí un lugar donde volver siempre. Así solucioné mi doble necesidad: la necesidad de tener un lugar en el mundo y la necesidad de vivir viajando por todo el mundo. Soy antropólogo, lo llevo en las venas.

Esta forma de pensar tiene sus ventajas y sus problemas. Por ejemplo, en el mundo de las parejas. Otra doble necesidad, otro desdoblamiento: necesito estar solo y poder viajar. Pero también amo el mundo de pareja y de familia. ¿Cómo resolverlo? Aún no lo sé… Quizás deba encontrar a alguien especialmente extraña, una ciudadana del mundo, libre, independiente y adulta. En mi caso es más difícil porque, además, necesito que tenga cierta sensibilidad espiritual. Y aquí la cosa se complican… Pero no hay prisa por nada… El universo siempre nos ayuda a encontrar aquello que deseamos…

Por lo demás no debo preocuparme. Sólo debo dejarme llevar por lo que dicte el corazón, que al fin y al cabo, es el único que sabiamente nos lleva por el camino verdadero. El ruido mental solo sirve para confundirnos. Como decimos en antropología, “los guardianes del umbral” están ahí para llenar nuestras vidas de miedo e indecisión. No les hagamos caso… sigamos nuestro corazón… el corazón del cielo… que es el que nos arrastra irremediablemente hacia el camino de la felicidad…

(Foto: Pintura de Emilio Maldonado. «Desdoblamiento».)