"Hoy, antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante". Walt Whitman
Cero grados en la montaña, en los bosques, en la brisa nocturna. Dos grados en la cabaña y subiendo gracias al fuego que brota de sus entrañas. Suena música que invoca a la creación como una experiencia única e irrepetible, diría que religiosa, por eso de religar el cielo con la tierra, lo de dentro con lo de fuera. Lo existente como milagro, como acto mágico, como vulnerabilidad de cada instante, como supremo bien de la vida que todo lo recorre.
En mi súper nave nodriza he recorrido casi quinientos kilómetros. Tenía la necesidad urgente de empezar a poner orden en todo el caos, así que he comprado, cinco años después, una gran cocina para la casa de acogida. Una gran inversión necesaria viendo la imposibilidad de abarcar obras mayores. La semana que viene tendremos por fin una cocina normal, decente, higiénica y ordenada. Ha sido un acto psicomágico.
Esta mañana, rozando los cero grados, meditábamos en la ermita. Ordenaba en mi mente todas las tareas del día. Interiormente sabía que el constructor no vendría hoy tampoco, así que valerosos, con frío, congelados, hemos subido nosotros a los tejados, sin miedo, osados, valientes y con deseos de no dejarnos abatir por las circunstancias.
Después de casi tres meses de constantes lluvias, tenemos que aprovechar, cueste lo que cueste, esta semana de tregua. El tejado tiene que estar terminado sí o sí antes de Navidad. Lleva tres meses de retraso. También tendrá que estar montada la nueva cocina y habilitado el nuevo salón. Muchos frentes abiertos con el empeño de que el próximo verano esté la casa lo más acogedora posible.
Es tarde. Me faltan horas al día para completar todos los ciclos. Mañana temprano meditaremos en la antigua ermita. Hará frío. No importa. Luego subir al tejado de nuevo. Hará sol. Es importante la disciplina, especialmente a sabiendas que en unos días me quedaré solo durante no se sabe cuanto tiempo. Todos se marchan y la soledad servirá para celebrar la belleza de estar vivos y para entender que siempre debemos estar alerta para cualquier circunstancia.
Suena música, es casi media noche. Fuera hace cero grados. Dentro cinco gracias al fuego y subiendo. El cielo está estrellado y la luna está creciendo. La gata Meiga mira como golpeo el teclado con los dedos entumecidos. Todo está gélido y aún no ha llegado el invierno. No tengo deseos. Solo contemplo como la vida se desarrolla y me permito el lujo de participar en ella compartiendo, animando al mundo a respirar. Estamos vivos. Ese es el mayor y supremo bien. No quería acostarme sin recordarlo, sin compartirlo. Lo demás solo son anécdotas. Estamos vivos, eso es motivo de celebración, es motivo para ir desnudos por la vida gritando esa grandeza.
Llevo dos días en cama. Después de la tensión por la defensa de la tesis, llegó la distensión, y con ello, los achaques y el resfriado propio de estas fechas. Hoy tenía algo de fuerzas y puse la chimenea. Es hermoso ver los elementales del fuego danzar de un lado para otro. Hace frío y no para de llover. El paisaje otoñal desde la cabaña es espectacular. Hay un silencio que podría cortarse con la mirada. Ni un pájaro se escucha ahí fuera, excepto el crujir de las ramas cuando el viento azota.
Acabo de recibir la noticia de que mi tesis no ha conseguido el cum laude. Lo normal es que, si te ponen sobresaliente, como fue el caso, este venga acompañado de esa mención especial. Pero mi tesis nunca fue normal, de ahí la anormalidad final. La universidad es endogámica y requiere de un vocabulario, de unas formas y de ciertos requisitos que yo siempre me negué a seguir. La ortodoxia y el no pasar por esos inevitables aros por los que hay que pasar, tiene sus propios mecanismos de castigo. Pero realmente no me importa. Soy y seguiré siendo un librepensador. Por eso sonrío inevitablemente por dentro porque hice lo que quise, lo que me hizo feliz y lo que me aportó realmente motivación. Siempre fui un verso libre en el mundo académico. No hubiera soportado haber recibido una beca a condición de realizar una tesis sobre algo que ni me va ni me viene. Mi osadía me costó cara en cuanto a tiempo y recursos. Pero hice lo que moral e intelectualmente sentía que debía hacer. Y de nuevo, valga la paradoja, me volví a convertir en un hereje académico. El precio de la libertad.
En estos días de cierre de capítulos, recuperaré el viejo Prius. ¡Qué simbólico es todo! Haré un mal negocio, pero será una bonita forma de volver a empezar. Ese coche es un mito. Además, fue un bote de salvación para una persona que en un momento difícil de su vida lo necesitó. Y ahora vuelve a mi lado con la complejidad de conducir un coche con más de un millón de kilómetros en sus espaldas, fruto, dicho sea de paso, de la búsqueda incansable por medio mundo de comunidades utópicas. No deja de ser paradójico que vuelva a mi lado en este momento. Me hace feliz. Siempre fue un infatigable compañero.
La familia me trajo la comida. Es hermoso estar en un lugar donde pueden cuidarte si estás enfermo. Me doy cuenta de lo privilegiado que puede llegar a ser el vivir en comunidad. Siempre tienes un tejado, algo de vestir y alimento abundante. Tienes tiempo libre para cultivar tus dones y momentos para compartir con el otro. Hay un sentimiento verdadero de familia, con todas las cosas buenas y malas que eso conlleva.
Hoy venía un amigo a visitarme y me decía que este lugar es una especie de isla o refugio. Estoy completamente de acuerdo en esa visión. Si en un futuro el mundo colapsara, este lugar siempre permanecería como un sitio de salvación. De salvación en cuanto a esperanza, cariño, cuidado, amor y compartir. Ese tipo de cosas que se están perdiendo ahí fuera y que, de alguna manera, se están protegiendo y potenciando aquí dentro.
Ahora que estoy en un punto de quietud hermoso, de transición hacia no se sabe dónde, me doy cuenta de lo rápido que pasa la vida. Esto es desconcertante. Veo pasar las horas mirando por la ventana y observo como la cuenta atrás sigue su ritmo. Es un ritmo lento, pero si lo miras desde la perspectiva de la existencia finita, resulta que todo es un suspiro. Respiro profundamente y doy gracias por poder hacerlo. Miro mis manos, me toco el rostro suave, acaricio el pelo que crece lentamente y observo como la vida crece dentro de mí. Es cierto que no recibí los honores académicos, pero no importa, porque podré decir que he vivido. Intensamente. Y eso lo vale todo.
Hoy me llega por mediación de un ser divino que un investigador citó mi trabajo desde la universidad de Austin, en Texas. En unos días defiendo la tesis doctoral y siento como los nervios se van apoderando poco a poco de todo lo que me rodea. Intento mantener el centro, pero los actores con los que me ha tocado lidiar en este tiempo desconciertan lo que debería ser un momento de aislamiento y reflexión. Debería tener la sangre fría suficiente para abandonar el barco durante diez días y centrarme con atención plena en lo que ahora me corresponde tras quince años de esfuerzo y trabajo. Estoy a diez días de una cita importante y ando achicando agua, intentando que el barco no se hunda, apagando fuegos para que no arda todo en mil pedazos. Intento no distraer mi mente con lo prescindible. Pero diez mil cosas se apoderan a cada paso de todo el escenario.
Llueve desde hace días y se presenta en las próximas horas un frente gélido y de más lluvia. También llueve interiormente, como si las emociones no pudieran ordenarse de forma tranquila, aún dolientes de un pasado que acabo de comprobar, sigue aún muy vivo. Vuelvo, tras la aventura de intentar avivar la llama del amor, a mi estado de cucaracha con cierta virulencia, sin muchos deseos de interrelaciones, sin muchos deseos de entrar en la complejidad astral de lo emocional. También con tristeza, con flojera, esperando no se sabe qué tiene que ocurrir interiormente para abrirme de nuevo a la vida y el amor. No puedo, lo admito, y lo reconozco con dureza, lanzarme a las torrenciales aguas del deseo. Hay algo que aún no está del todo resuelto ahí dentro, en las cavidades del infinito espacio interior.
Ando en un estado tamásico al mismo tiempo que intento manejar cada situación con calma y tranquilidad. Cuando crees haber apagado una llama aparecen cien fuegos más. Los examino uno a uno y me pregunto cuál es su significado profundo, qué tipo de pruebas aparecen en el camino para seguir aprendiendo. Recuerdo al bueno de Asís bajo la nieve, vestido con harapos, comiendo cualquier cosa, y eso me anima. El fue un buen ejemplo de que la constancia y el coraje pueden con todo.
Hace quince años no tuve la oportunidad, como ahora ha tenido el investigador de Austin, de citar ningún tipo de trabajo que tuviera que ver con mi objeto de estudio. De haber sido así, de haber tenido algún tipo de guía, mi marco teórico habría calmado un poco la sed de aventura. Pero me vi abocado a ir al campo de estudio, a dejar de un lado la antropología de salón y lanzarme de lleno a la experiencia etnográfica para abrir camino, para contar en primera persona algo sobre lo desconocido. Mi primer caso fue en las altas tierras de Escocia. Esa decisión marcó para siempre mi trayectoria. En ese viaje empecé a enamorarme del objeto de estudio y quince años más tarde, sigo en ese laberinto que yo mismo creé para fortalecer aún más un destino, al parecer, marcado desde alguna estrella.
Mercurio retrógrado surca los horizontes solares con unas espectaculares imágenes. Se nota que algo está sucediendo a todos los niveles. Siento esa sensibilidad y a veces me dejo arrastrar por ella. Llueve ahí fuera mientras observo que en la cabaña reine cierto orden. Tengo hambre y no he cenado nada. No creo que ya pueda hacerlo. Tengo que seguir trabajando en la defensa. Quince años de trabajo merecen una buena exposición, aunque luego sólo sirva para que alguien me cite desde Austin, en Texas. Aunque luego sólo sirva para abrir un pequeño camino en el mundo académico oscuro hasta ahora.
En esta foto hay un universo entero difícil de describir. Maia, la niña-ángel, el ángel Geo y un humilde servidor del mundo angélico, discípulo directo de Uriel, protector de las tierras y los templos de Dios, habitante de uno de los nueve coros celestiales.
Recibo una carta de amor. Amor es relación, así que cuando alguien te escribe estrechamente, incidiendo en las letras y sus sentidos, incidiendo en los paisajes y los recuerdos, el amor brota. Acompaña al texto juguetón y divertido un breve relato hermoso, escrito con bella prosa y paisajes vivos. Decía José Luis Sampedro que los personajes que utilizaba en sus novelas salen de uno, pero salen de uno después de conocer un montón de cosas. Carlos Onetti afirmaba que no podría escribir si supiera de antemano lo que va a pasar en sus obras. Los grandes escritores siempre son referentes a los que hay que atender. Uno siempre aspira a ser uno de ellos, aunque con el tiempo, uno se da cuenta de que la grandeza no tiene importancia cuando lo que realmente importa es dar vida a la propia vida desde un estado atávico, desde una consciencia cocreadora. Por eso he recibido con agrado estas letras, tituladas “El Salto no existe”, con las cuales me recreo y comprendo al referirme a ellas con un sí quiero.
Uno no necesita historias ni personajes porque la propia vida es un cúmulo de experiencias difícilmente ordenable cuando se acumulan una tras otras sin tiempo a pensarlas, a sentirlas. Tras unos días intensos y hermosos en el Valle del Tiétar aparecí de repente en una hermosa iglesia en el centro de Madrid, en la plaza de la Paja. Allí, en la capilla del Obispo, había un coro de ángeles que cantaban en misa de doce, atrayendo hacia nuestro mundo tangible las delicias del mundo intangible. Lo digo en voz alta porque si estáis en Madrid o Barcelona os recomiendo la visita.
La Comunidad del Cordero o la Communauté de l’Agneau, en francés suena mejor, es un grupo de monjas de orientación franciscana y dominica que predican la pobreza extrema. Las hermanitas del Cordero, como gustan llamarse, nos acogieron con un amor celestial. Cuando nos dimos la paz, nos abrazamos de tal forma que a la salida alguien nos advirtió del impacto que había recibido al vernos. Ese abrazo fue una especie de sello, una especie de alianza para intentar construir puentes indestructibles. No puedo contar mucho más de lo ocurrido posteriormente porque necesitaría un libro para relatar solo la intensidad de ese día, así que guardaré para la privacidad los acontecimientos y detalles de una jornada intensa, bella y profunda.
Volví alegre y feliz a la montaña, a los bosques, tras unos días inolvidables. Aquí me encontré la noticia de que mi ex, no dada por satisfecha con la sentencia desfavorable para todos, pero sobre todo para mí en el juicio por la cosa común, ahora me reclama un dinero. Respiré profundamente y sentí un poco de pena. Sin más. He decidido no pensar más en este asunto, dejar que los abogados hagan su trabajo lo mejor que puedan y que la vida nos ponga a todos en nuestro justo lugar. Las leyes humanas, tan diferentes a las leyes divinas, no podrán nunca quitarme el sueño. Así que cierro paréntesis, agradeciendo el desahogo necesario para que no surjan tumores ni enfermedades cuando las cosas se enquistan y no salen hacia fuera. Aquí todo se disipa, porque la escritura también es terapia, también es proceso sanador. Me da pena, un poco por ella, y también por mí, por esa facilidad mía de meterme siempre en líos donde no me llaman. Sólo le deseo lo mejor y su mayor felicidad a pesar de esta mancha que quedará siempre entre nosotros.
Tras la vuelta de Madrid han sido días de vértigo. Sin tiempo para nada, sin electricidad en las cabañas, con mil asuntos que resolver en la fundación, en el proyecto, en las secretarías que presido de diferentes instituciones, en mis obligaciones profesionales, como voluntario en el proyecto y con la defensa de la tesis a la vuelta de la esquina. Me agradó encontrarme entre nosotros al amigo Koldo. Ambos sabemos que la nueva tierra ya no necesita maestros, ahora necesita testimonios. Hablamos de la importancia de ser perseverantes en nuestro testimonio, con humildad, con alegría, sin esperar nada a cambio. Un mensaje, en los tiempos que corren, requiere testimonios de vida real, de entrega real, de búsqueda de la verdad mediante el contacto directo con la naturaleza, con el otro extraño, con la experiencia de vida.
Me encantó volver y estar de nuevo entre esta familia hermosa, con Koldo y José Luis como regalo, con el retorno de Helena y Joan, con la familia angélica que estas semanas nos acompaña. Maia sigue siendo ejemplo de virtud y alegría. Os acompaño una foto hermosa de esa niña que descubre en nosotros nuestra parte más bella y profunda. De las cosas más bonitas que han pasado junto a Maia, una de ellas es cuando ayer nos levantamos entre las nieblas propias de esta tierra y tras la meditación encontramos a la perrita blanca comiéndose los huevos de las gallinas. La pudimos atrapar tras un mes viviendo entre las cabañas y jugando al gato y al ratón para no ser vista. Al sentirse atrapada intentó escapar por alguna parte, pero al ver que no podía, se sentó tranquila. La llamamos y nos acercamos lentamente a ella hasta que se dejó tocar. Fue un amor a primera vista. Le dimos de comer, la llevamos al veterinario, la limpiaron, la desparasitaron y quedó hermosa y linda.
Ahora la perrita ya no se separa de nosotros, y creo que el destino quiere que nosotros tampoco de ella. El salto no existe. Creo haber entendido algo de la vida. Quiero creer que la vida puede ser abrazada desde mil formas, pero siempre con un bonito testimonio. Nos equivocamos, erramos una y otra vez, especialmente cuando estás vivo, especialmente cuando caminas y transitas mil universos en una sola jornada. Especialmente cuando amas, cuando te abres al amor, cuando deseas amar y ocurre, entre tinieblas y luces, entre montañas y bosques, el halo milagroso.
Uno de los mayores éxitos de cualquier empresa es la perseverancia. Puede ser una empresa personal, un proyecto colectivo, un ideario de cualquier tipo. La perseverancia es lo que hace que una semilla caiga a la tierra, sea enterrada por los acontecimientos cósmicos y naturales y de ahí brote algo que años más tarde, tras cientos de avatares, se convierta en un gran árbol. Sembrar cualquier cosa es señal de convencimiento de que lo milagroso ocurrirá tarde o temprano.
Carmen me inició hoy al mundo mágico del arte, de la pintura, de la acuarela. Tenía un miedo atávico a enfrentarme a un lienzo. Sé que mi arte se desarrolla con soltura en la escritura, pero tenía dudas de que fuera capaz de enfrentarme a un lienzo en blanco. La iniciación de Carmen me condujo hacia un mundo que jamás había explorado. Me dio el pincel y me señaló el camino. Tímidamente hice un trazo y algo salió. Vencí el miedo y descubrí que a partir de ahora, todo lo que surgiera tendría que ver con la perseverancia. Mis primeras letras estaban cargadas de miedo. Ahora simplemente escribo sin importarme mucho el resultado. Persevero día tras día por si esto puede ayudar a cualquier. Y siento que a mí me ayuda, me sirve, me resulta útil. Gracias querida Carmen por este bautismo necesario.
Hoy asistíamos a una pequeña reunión de un grupo local que pretende dinamizar cultural y artísticamente la zona del Tiétar y la Vera. Siempre pienso que los encuentros no son fortuitos, que a veces se tejen encuentros que nacen de una malla invisible de interconexiones. Dos personas creían reconocerme y les hice la broma de que quizás me hayan visto en la tele. Lo malo de salir en algún anuncio televisivo, aunque fuera fugazmente, es que puede crear un recuerdo en el inconsciente que luego sale de alguna forma mediante la ley del reflejo. En este caso la broma era cierta, pero el origen del recuerdo siempre puede llegar a ser algo complejo. A veces sucede que los recuerdos no son del pasado, sino de acontecimientos futuros. O recuerdos del ser, que saben, casi a ciencia cierta, que hay personas que inevitablemente pasarán por tu vida.
Me gustó escuchar atento las iniciativas que se pretenden impulsar en un mundo rural sobreviviente durante muchos años gracias al cultivo del tabaco y el pimiento. El pimiento de la Vera y sus miles de secaderos y ahumaderos que configuran esta rica tierra son señas de identidad inequívocas. La agricultura abandonó las tierras y con ello todo ese conjunto de secaderos que alguna vez se construyó para dinamizar la zona. No deja de ser paradójico que los hijos y los nietos de aquellos que luchaban por mantener vivas las tierras y sus familias ahora, convertidos en neorurales, deseen potenciar un lugar increíblemente hermoso y plagado de peculiares explosiones culturales y espirituales. Algo está ocurriendo en esta zona.
Lo cierto es que lo que parecía iba a ser un fin de semana tranquilo y apacible, se ha convertido en un foco de nodos, encuentros y experiencias hermosas y profundas. Las personas se enriquecen de alguna forma cuando interaccionan unas con otras. La perseverancia en los ideales, en los proyectos, en la vida, hace que lo milagroso se manifieste a cada instante. Perseverar en el amor puede provocar que el amor se manifieste de la forma más inesperada. Perseverar en la vida hace que la vida se expanda y se vuelva intensa y única.
Venir a este valle a contribuir de alguna forma, aunque sea humilde, a esa perseverancia de un sueño que debe manifestarse es todo un honor agradable. Las ideas preceden a las formas, decíamos estos días. Las ideas hay que sentirlas, llenarlas de corazón y acción, provocar que tengan vida propia para que se precipiten y provoquen nuevas formas. Es un principio hermético. Luego las formas crean nuevas ideas y así hasta el infinito. La rueda de la vida en la que vivimos requiere visiones. Las visiones son un reflejo de todo aquella que opera en el mundo de los arquetipos. Cuando el arquetipo aterriza, se manifiesta en la forma, la vida se expande. Por eso las semillas caen del cielo hacia la tierra y allí, en la oscuridad cálida y doliente, se transforman para volver a alcanzar el cielo. Así es, como es arriba, es abajo, y viceversa. Perseverancia entonces en todo lo que hacemos, porque los frutos, tarde o temprano, se manifestarán como soportes inevitables de nuevas semillas, de nuevas formas, de nueva vida.
La fecundidad vence a la muerte en toda comedia. La sátira representa la inversión de la épica. Lo primero es un viaje a la reclusión, lo segundo es un viaje hacia la libertad. Hoy ha sido un día de comedia, de sátira y de épica. Amanecí con un gran dolor de espalda debido a un mal gesto mientras ayer arrastrábamos un gran tronco pesado. La situación desastrosa duró todo el día. Diciembre se aproxima y hay mucho por hacer antes de que vengan nuestros invitados. Al menos llegaron las estanterías puntuales. Pudimos sacar todos los palés de libros y ordenarlos en los estantes recién montados. Terminamos la épica ya muy tarde, con la espalda casi molida de arrastrar libros, de colocar cajas, de amontonar montones de sátiras en espacios limpios y ordenados. Al menos conseguimos un rincón seguro y bonito, acogedor y esperanzador para protegernos del frío.
También llegaron por fin las pizarras. Con dos meses de retraso, pero llegaron. Las miraba una a una. Todo un dineral invertido para proteger durante las próximas décadas el tejado ya casi terminado. Sólo un último esfuerzo antes de que lleguen las lluvias, y las nevadas y el frío. Un último esfuerzo que aún queda por resolver cómo se hará. Y esta semana llegarán también unas nuevas baterías. Ojalá eso nos permita trabajar hasta que las fuerzas nos abandonen. Me enorgullece poder trabajar desde una pequeña cabaña. Se acaba de ir la luz y no se cuanto más podré escribir. Pero guardo en mi corazón la generosa aportación para que la luz vuelva de nuevo.
Hoy vino también el aparejador. Parece que hoy fue un día fecundo y vencimos a la muerte. El aparejador nos dio instrucciones para empezar a construir la Escuela. Todo se amontona. Mil frentes, mil batallas, un millón de sensaciones que no hay tiempo para ordenar.
En todo este circunloquio extraño me doy cuenta de que soy semilla. Moriré vencido en la tierra oscura y doliente y venceré a la vida cuando algo de todo esto germine. Aún no sé cómo será el fruto, aunque lo ideal es pensar que es algo que nunca sabré. Y ese pensamiento es un viaje hacia la libertad, porque sabes que el propósito es morir para que algo nazca. Todo tiene sentido en esa ecuación. Vencer la muerte no es más que ser generoso con la vida, darlo todo, morir semilla en la tierra. Mirando los cientos de libros editados, viendo el paisaje otoñal de este lugar impresionante, observando todas las almas que deambulan por este espacio, entiendo la necesaria posibilidad del sacrificio. La semilla cae a la tierra, muere en la tierra, y al morir, nace de nuevo la vida. Así con todo. La semilla lo da todo, se envuelve de generosidad para que se exprese la esperanza futura. El sacrificio es algo hermoso, liberador. La muerte en la cruz no simboliza dolor, simboliza esperanza, fe en la nueva vida.
Me gustaría deleitarme en este pensamiento pero mi viejo ordenador no soporta, como antaño, la falta de electricidad. Me marcho a dormir con un inmenso dolor de espalda. Mañana será otro nuevo día. Mañana brotará un manto cálido de efervescente posibilidad.
El viento azota fuerte las copas de los árboles. El ocaso ha terminado con las últimas lágrimas de sol y los rayos, ausentes, deambulan por el otro lado del mundo. Aún puedo distinguir la línea del horizonte, las montañas al fondo, el bosque aquí dentro. Hoy salió el sol y posiblemente las baterías mantendrán algo de electricidad un par de horas más. Luego la noche total, el silencio, el apagón que termina con todo lo que tiene que ver con lo humano. Luego el viento y su azote. Se apaga lo humano y se enciende el lado salvaje de la naturaleza. La oscuridad, el flujo mistérico, los animales del bosque que deambulan de un lado para otro, la soledad y los sueños, de nuevos repetitivos, de nuevo errabundos. La vida manifestada, invisible, palpitante.
Los caminos están plagados de setas. Como hay mucha humedad, las hermosas y vistosas salamandras inundan sus orillas. Hay que caminar despacio entre el crujir de las hojas del bosque para no pisar ninguna. Hay un perro blanco, hermoso, tímido, que se ha instalado al lado de la cabaña. Me cruzo con él e intento hacerme su amigo, pero las alianzas son complejas entre especies que no se conocen, entre seres que acaban de compartir saludos ajenos. Siempre hay miedo a lo desconocido. Por eso nos aterra el ciclo de la vida. Por eso tememos a la muerte.
Son las ocho de la tarde y me acuerdo que tengo que cerrar los patos y las gallinas en el corral antes de que algún zorro se de el festín. Dejo de escribir y me lanzo corriendo hacia el otro lado de la finca. Quizás cuando vuelva ya no tenga electricidad. Las viejas baterías están estropeadas y no dan mucho de sí. Me arriesgo. Lo primero es lo primero, mientras pienso que debo afrontar el invierno de forma diferente si nos quedamos de nuevo sin electricidad. Llevar una empresa y una fundación desde una cabaña no es fácil. Tiene su parte bohemia y romántica pero también sus complejidades. Una heroicidad, o una locura. Lo pienso mientras azota el viento y la vida sigue su curso.
Acabo de volver. Aún hay algo de luz. La gata Meiga ha entrado en la cabaña y posa su cabeza entre la almohada y la ventana, mirando el ocaso. El recuento ha sido perfecto. Diez gallinas, un gallo y dos patos. Echo en falta a los pavos, especialmente a la pava bizca. Le había cogido un especial cariño. Pero este lugar parece que no fue creado para pavos. De hecho, este lugar solo fue creado para valientes, locos o héroes… Yo estoy entre los segundos y eso me llena de cierta soledad que intento desahogar con paseos o escrituras o mucho trabajo. Las tareas del día a día nos distraen, las obras avanzan despacio, pero avanzan. Siempre hay mucho por hacer. San Francisco tenía una gran obra por construir. Ahora entiendo de cerca lo que deseaba transmitir. Es la humildad ante los elementos, también ante lo más elemental de la vida. La supervivencia te hace ver la existencia de forma profunda y dócil. Aprendes a inclinarte, a arrodillar todas tus creencias ante la inmensidad, ante el infortunio, ante el halo mistérico.
La escritura me fascina y la disfruto. Me gustaría dedicarme solo a escribir. Esta combinación de letras y palabras que vienen acompañadas de cierta energía, de cierta emoción, de cierto pensamiento y a veces, incluso de cierta alma. Me gustaría poder vivir abiertamente de la escritura. Editar algún libro, porque me fascina ese trabajo de escribano, de monje medieval que intenta rescatar los clásicos antiguos para que se transmita el conocimiento de generación a generación. La sabiduría perenne sigue llamando a mis puertas como antaño. Pero es una tarea ingrata, compleja, difícil. Para sostenerla los antiguos monjes tenían que labrar la tierra, cuidar de los animales, hacer el pan y rezar mucho para que Dios no descuidara la inmensa labor de proteger el misterio. Mi tarea es parecida. Tengo que editar diez libros ajenos a mi sentir para poder salvaguardar uno que requiere una dimensión espiritual diferente. La cultura ha sobrevivido a lo largo de los tiempos por ese rango de sacrificio que requiere soportar lo material bajo el prisma de lo intangible. Lo espiritual requiere de soportes ajenos a su dimensión profunda, hasta que llega el momento de espiritualizarlo todo. Entonces lo vulgar se vuelve sagrado y lo ordinario extraordinario. Entrar en lo milagroso por la puerta estrecha requiere de mucha disciplina, de mucho sostén y fortaleza interior, de mucha capacidad para soportar los envites de la ceguera. Te quedas sin luz, y de repente no sabes cuanto aguantará la batería del viejo ordenador. Es evidente que cuando en los monasterios se quedaban sin velas la catástrofe podría ser inmensa. En invierno los días son cortos, y la tarea siempre es más compleja.
Por la tarde fuimos a pasear y nos tumbamos en la hierba, en el prado de las hadas. Allí hablábamos sobre el amor. Por dentro sentía ganas de enamorarme. De la vida ya lo estoy, pero sentía ganas de ensanchar de nuevo el pecho, de inflarme por dentro hasta levantar dos palmos mi cuerpo sobre la tierra. La soledad tiene sus cosas buenas, pero la locura de estar enajenado por otro ser es algo que no tiene precio. Hoy sentía deseos de primavera, a sabiendas de que la primavera pasada se frustró el intento de volar un poco más alto y de que las futuras serán posiblemente meras ilusiones. Pero hace frío y el invierno acecha. Viento, hoy azota mucho viento y las copas de los árboles resuenan con fuerza. Así es el otoño en los bosques. El aire despoja y desnuda a toda la naturaleza. Solo permanece lo perenne. Como la sabiduría que estoy obligado a proteger, promover, divulgar. Contra viento y marea.
Por dentro todo está bien hilado. Siento que las vidas se conducen por un camino oculto, invisible. No podemos gobernar del todo los acontecimientos invisibles, pero sí podemos intentar entenderlos. Hay un gran plan universal que nos espera, que está deseoso que nos entreguemos a su causa mientras se teje con sutiles maravillas. Es cierto que nuestras distracciones cotidianas nos impiden ver esa gran belleza, esa oculta brillantez, pero persistimos. Sólo cuando miro al bosque y observo el balancín de las copas de los árboles en el ocaso mientras suena algo de música sacra en esta humilde cabaña puedo entender ese hilo misterioso. Persistir, era tras era, es lo que nos lleva siempre a tan arraigada disciplina.
La puerta estrecha de O Couso. Por aquí entran y salen verdaderos seres angélicos…
“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. (Hebreos, 13-2)
Las noches ya son frías. Cinco grados de máxima. Cuando el termómetro baja de los diez enchufo la estufa unos minutos para calentar la cabaña antes de acostarme. Los días son cortos, lo cual genera que las viejas baterías no den suficiente luz y a las nueve ya no tengamos electricidad. Nos resignamos. Así son los otoños. Así será el largo invierno, un tiempo donde estaremos más dentro que fuera, más en contacto con la levedad de la luz que nos atraviesa, fina y delgada, invisible.
Esta mañana éramos puntuales a la meditación. Las meditaciones son nuestro mayor soporte para superar los días complejos como los de estos días difíciles. Allí la mente se calma, el espíritu nos posee por unos instantes y nos susurra palabras de aliento y ánimo. Luego cantamos un poco. En la ermita ya empieza a hacer frío, pero los cantos destemplan los ánimos. También los veinte minutos de yoga, que suelen hacerse con deseo de calentar los cuerpos. Los monjes de antaño creaban sus propias rutinas para albergar en sus corazones la esperanza del reino de los Cielos. Nosotros nos arraigamos a la fe para que el Cielo se manifieste cada vez más en nuestros corazones. Sentimos una llamada inequívoca, y esa llamada responde a un eco que proviene de aquello que no se puede nombrar, de aquello que brota como un manantial puro en nuestras almas.
Hoy el reto era conseguir abrir un hueco en la dura pared de piedra para colocar una antigua chimenea en la habitación que estamos habilitando con urgencia para refugiarnos en invierno. Estuvimos cinco horas sin parar de sacar piedras, colocar los tubos y hacer que la estancia recibiera los primeros calores de leña. Ha sido emocionante ver como el esfuerzo ha merecido la pena. El hecho, nuevo para nosotros, de que exista una familia con una hermosa niña de seis años nos anima a buscar las mayores comodidades posibles.
La niña es un ejemplo para todos. Cualquier otro niño estaría llorando todo el día, quejándose ante la adversidad excepcional que estamos viviendo en estos tiempos. Pero ella siempre sonríe y nos anima a seguir adelante. Ha cogido la guía y la batuta para que el ánimo no decaiga. A veces me quedo mirándola y su sonrisa, sus bromas, sus ánimos, me resucitan. Su gran ejemplo supera cualquier expectativa. En vez de estar en el colegio la vemos achicando agua, ayudándonos con la chimenea, apoyando cualquier tarea desde la alegría del trabajo, cocinando para todos. ¿Cómo es posible que una niña de seis años que nos supera en inteligencia y voluntad tenga esa capacidad de esfuerzo y servicio, de alegría y serenidad con toda esta desesperante situación?
Esta casa de acogida que estamos construyendo entre todos merece la pena. Es cierto que al no olvidar practicar la hospitalidad, aunque sea en estos momentos primitiva, rudimentaria, humilde y poco acogedora, estamos recibiendo ángeles encarnados que vienen a construir el nuevo mundo. Este lugar para ella será siempre un referente, algo que jamás olvidará. “El Xavitxu”, como ella me llama de forma cariñosa, está aprendiendo cosas que jamás pensaría que aprendería de un ser tan joven, al mismo tiempo que tan anciano. Ahora me doy cuenta de que este esfuerzo titánico que estamos haciendo por acoger día tras día a todo el que llama a las puertas tiene siempre su verdadera recompensa. Una recompensa que no se puede medir, que no se puede pagar con dinero. Me doy cuenta de que si no fuera por la economía del don jamás hubiéramos albergado en este lugar a seres tan luminosos como los que ahora nos apoyan, nos alientan, nos refuerzan.
Algún día esta casa será totalmente acogedora. Vendrán más ángeles y compartiremos momentos únicos embelesados ya no en las piedras que ahora debemos amontonar para reconstruir este lugar sino entre flores y jardines, entre bosques y atardeceres. Hoy alguien me decía que debía dedicar algo de tiempo a pasear, a disfrutar, a trabajar menos. Pero hay tanto por hacer que solo en este respiro epistolar, en estas cartas que se pierden en las nubes y cuyos destinatarios desconozco, puedo realmente descansar. Hay mucho por hacer, hay muchos ángeles a los que hospedar en los próximos días, mucho que inspirar. El Cielo desea manifestarse y nosotros deseamos empujar en esa labor. La casa espera ser de nuevo acogedora. Seguiremos achicando agua entre risas, sin lamentos, optimistas, cargados de fe, humildad y aliento. Seguiremos aprendiendo de esos ángeles que vienen para iluminar nuestros días oscuros, para hacernos creer que la luz siempre encuentra un verdadero hueco en nuestros pequeños corazones.
Gracias de corazón por apoyar esta Casa de Acogida…
Ayer quise estar en silencio. Lo de Cataluña me está dejando triste y sin palabras. También los fuegos que arden estos días dentro de mí. El día de hoy era complejo y difícil en lo personal y deseaba permanecer en serenidad. Ayer trabajé con música. Hacía tiempo que no lo hacía. Me empeñé en no llamar a un profesional y logramos la proeza de colocar un gran palo en el nuevo suelo del salón. Nos sentimos grupalmente orgullosos por ver como la unión hace la fuerza, y crea mundos posibles. Por la tarde me fui al “balneario”. Me recogí entre libros y en silencio, pensé sin hacer, sentí sin juzgar. La soledad fue mi aliada tras la jornada compleja que hoy me esperaba.
Por la mañana temprano felicité a Namada. Era su cumpleaños. El año pasado lo celebramos juntos en tierra de elfos, en un lugar encantado. Ella me salvó del abismo, me cogió de la mano en uno de los momentos más difíciles que recuerdo de mi propia vida personal y en el valle de Qumrán, en el hermoso desierto de Judea, junto a las costas occidentales del mar Muerto, en Cisjordania, cerca del kibutz de Kalia, me elevó hacia las alturas. Nunca olvidaré lo que aquella mujer hizo por mí. Puedo decir que me salvó la vida, junto a las fuerzas de otros seres que sostuvieron el frágil hilo que pendía en ese momento de mí. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento, aunque ahora esté lejos, en otro laberinto, en otra experiencia consciencial y evolutiva.
Paradojas de la vida, la causa de toda esa derrota personal y esa deriva de náufrago que sufrí el año pasado tras una ruptura emocional con una persona que decidió desaparecer y desatender todo cuanto hasta ese momento habíamos construido juntos, se fraguaba hoy en un juzgado de primera instancia. Otra broma del destino. Así que me levanté temprano y me fui hacia los juzgados para intentar interpretar desde la serenidad todos los hechos que vendrían a continuación.
Aunque mi presencia en la vista previa no era precisa, quería dar la cara. Debo decir que sentí mucha vergüenza ajena por ver como unos señores vestidos de negro pueden juzgar y condicionar tu vida para siempre en eso que llaman justicia terrenal. No daba crédito a lo que mis ojos veían, pero intenté respirar profundamente porque había piezas de este puzzle que, más de un año después, aún no terminaban de encajar. Sin querer juzgar lo que se estaba juzgando, más allá de la tomadura de pelo que por la otra parte se rezumaba, respiré profundamente y me marché dirección al océano viendo tristemente como el producto de la cobardía y la huida podía llegar tan lejos.
Allí, junto al frío Atlántico, me esperaba una ex que considero como una hermana y que amo con cariño y profundo respeto. Estaba pasando por un mal momento y aunque hoy no tenía mi mejor día, sentí la necesidad de estar a su lado, pues recordaba fielmente cuando mis amigos estuvieron sosteniendo el hilo de vida del que hablaba antes. Intenté animarla, aunque sin mucho ánimo por mi parte, pero sabía que, otra vez paradojas del destino, debía estar abrazando y sosteniendo su dolor. Quizás porque en el fondo siempre deseé que mi otra ex hubiera hecho lo mismo conmigo cuando casi me hundo en lo más profundo del abismo. Quizás porque siempre soñé que cuando una relación se termina se tiene que entrar en el ámbito del verdadero amor incondicional, y tristemente observo que con algunas personas se puede y con otras eso resulta más que imposible. La rabia o el miedo a veces nos puede.
La vida es así, un todo indefinido. Una partitura incompleta, misteriosa, cargada de incertidumbre. Por eso no queda otra que arrodillarse ante el altar de la ignorancia, ante la liturgia de una vida compleja y arriesgada. No queda otra que ser humildes y esperar pacientes a que la vida ordene todo aquello que ahora no podemos entender. Por eso por dentro, realmente, a pesar del ánimo que pueda tener dadas las circunstancias que hoy debía afrontar, por dentro siento una gran serenidad y una gran paz interior. Una consciencia clara y firme, dispuesta a enfrentarse de nuevo a la derrota con la cabeza alta y la dignidad intacta.
Hicimos lo que pudimos y aprendimos. La avaricia de unos y la torpeza de otros lo juzgará el tiempo y la naturaleza misteriosa de las cosas. Mi torpeza ya está en bandeja, a la espera de juicio. La avaricia de la otra parte pesará para siempre en el colmo de su consciencia, de haberla. Así que llevaré la derrota con dignidad, con la cabeza bien alta, o como diría el poeta, iré a descansar con la cabeza entre dos palabras al valle de los avasallados. Ahora toca descansar, y seguir adelante. Un nuevo mañana surgirá, un nuevo mundo espera para poder ser abrazado. Seguiré en mis trece, cueste lo que cueste, y seguiré aprendiendo sobre la fragilidad humana, sobre nuestras sombras y miserias, sobre el ardor que nos unge y es capaz de mancillarnos. Pero también sobre la valentía, sobre la dignidad, la cual defenderé hasta sus últimas consecuencias. Sí, podría estar perfectamente en el valle de los avasallados, cansado y derrotado, pero no es así, ahora que pude recuperar el aliento del alma, mantengo la firmeza y la dignidad intactas.
“El Universo está hecho de historias, no de átomos”, escribió la poetisa Muriel Rukeyser. Es una frase hermosa y profunda. Nos alienta a perseguir la importancia de nuestras vidas subjetivas, de compartirlas, de contar cómo estamos, qué sentimos, de qué manera podemos valorar y ver el mundo. Es muy cómoda la objetividad de las cosas, el hablar de otros o de cosas ajenas a nosotros mismos. El falso ego piensa que puede escurrir el bulto, al mismo tiempo que en otros casos se le va de las manos el hablar de uno mismo. Pero hay un hermoso equilibrio entre la subjetividad y la objetividad, entre la humildad de contar historias y la mirada hacia lo ajeno.
Mi historia es breve. Llegó el otoño y hace frío aquí en el bosque, en las montañas. Me he puesto el pijama de franela, el gordo. Anochece pronto y no me atrevo aún a encender el fuego. Este fin de semana estuve encerrado en la cueva que hay en el balneario, que así es como llamaba, imitando los retiros de Herman Hesse, a mi propio retiro emocional de estos últimos meses. Allí se está bien, tan rodeado de libros, de silencio, de soledad. Estuve allí hasta esta mañana temprano. Tenía mucho trabajo y pasé el fin de semana intentando adelantar algo. Cuando llegué a los bosques, alguien que habita la casa de acogida estos días expresó la necesidad de tener una ducha caliente y un rato para leer y escribir en soledad. Cuando nadie nos miraba me acerqué a ella y le di las llaves de mi pequeño rincón. “Allí podrás ducharte y podrás disponer de miles de libros para leer”. Seguro que le habrá hecho bien. Es algo que me prometí no volver a hacer después de los abusos que uno siempre sufre cuando la generosidad se vuelve ciega. Pero tras dos días de retiro merecido sentía la necesidad de compartir ese valioso tesoro.
El sábado fui al cine con una hermosa amiga tras más de un año sin pisar una sala. Fue algo extraordinario porque siempre me ha gustado ir al cine, especialmente para ver películas del espacio o de extraterrestres, de Terrence Malick o alguna de época. Hoy las bromas eran inevitables en la casa, pero me cuesta explicar mis pocas ganas de entrar en ningún tipo de relación o aventura amorosa. No había más intención que la de ver una película con alguien a quien aprecio sin mayor grado de aventura. Me da pánico pensar en relaciones y siento cierta tristeza. Sí, amor es relación, pero hace tiempo que el amor no llama a ninguna puerta, ni se le espera. Para mí esta sensación es nueva tras más de dos décadas de ininterrumpidas aventuras amorosas. Es como si hubiera sufrido algún tipo de muerte astral, emocional, algún tipo de rito iniciático que me ayuda a ver con cierta distancia el mundo relacional. Debe ser que estoy entrando en el otoño de mi vida y las cosas se ven de forma diferente. Esa es la sensación.
Por las mañanas me despierto con el canto del Miserere mei, Deus, una composición creada por Gregorio Allegri en el siglo XVII e inspirada en el Salmo 51. Es como una ofrenda al nuevo día, buscando en cada acto un momento de gracia, de devocional expansión de la consciencia. En ese momento de quietud miro a mi alrededor. Bajo el opaco brillo de la nada, se escuchan los primeros pajarillos, ahora con tonos más apagados. El viento resopla intentando arrastrar a las últimas hojas que quedan en los árboles. Sí, hay átomos en todas las veredas, en todos los rincones que observo, pero sobre todo, hay historias. Y esta es mi historia que escribo y comparto mientras escucho música, mientras siento el frío otoñal en mis pies, con ganas de encender el fuego, pero esperando a que una mano invisible lo haga. Sí, amor es relación. Lo sé. Pero la vida quiere que aprenda otras cosas, y en esas ando, desnudando el alma hasta atajar aquello que deba resurgir desde lo milagroso. Esta es mi historia. Bienvenido otoño. Bienvenida melancolía.
Esta mañana pelando los palos del tejado… Con todo lo que tengo por delante y yo pelando palos…
Suena el teléfono de la empresa pero no contesto. Insisten y descuelgo mientras pongo una lavadora. Es Mari Cruz, de la librería Bohindra de Madrid, para dar gracias por el donativo de libros. Termino la lavadora y hago una docena de paquetes para que mañana salgan todos puntuales. Algunos no llegarán. El servicio de Correos es un desastre. Así que siempre me toca regalar libros. Es lo hermoso del don. Cuando haces algo desde el don, te gusta regalarlo, por eso de dar gratis lo que gratis habéis recibido. Me ducho mientras pienso en ello. Compruebo que llegaron los sobres y el tóner para la impresora. También el nuevo sello para el proyecto. Todo en orden. Meriendo y sigo con mis cosas.
No sé por dónde empezar. La casa está sin tejado y media España se está inundando. Los brotes de listeria no me preocupan, soy vegetariano. Pero sí el agua. Aquí el tiempo nos da una tregua hasta el domingo, pero para entonces, llegarán las lluvias. En Galicia es imposible poner fechas ni compromisos. La persona que tenía que venir a poner los palos está desaparecida. Sin los palos puestos, nosotros no podemos seguir la obra. Así que me temo lo peor para los próximos días. El plan B será evitar que la casa se inunde de agua y se eche a perder todos los suelos de madera, el equipo electrónico y todo lo que ahora está al descubierto. La gota fría más devastadora de los últimos tiempos, dicen los titulares. Y nosotros sin tejado, y en Galicia. Parece el fin del mundo. Los partidos ni siquiera se ponen de acuerdo. Habrá elecciones y votaré a Sánchez, por terco. Me gusta la gente terca, empecinada. Pienso en la listeria. Hice bien en envolverme de muy joven de sensibilidad hacia los animales. La naturaleza ya empieza a mirarnos como si fuéramos una plaga, y pronto reaccionará brutalmente.
Las fechas de la defensa de la tesis doctoral se acercan. Debería estar preparando al menos la presentación. Me tocará hacerlo en algún lugar inhóspito y silencioso. He reservado una habitación en Escocia, en mi querida Findhorn. Pero me doy cuenta de que no me puedo marchar muy lejos ya que hemos quedado tan sólo tres personas, de las cuales una de ellas empezará a estudiar el próximo lunes y la otra está inhabilitada por un accidente de moto. Dicho así, me quedo solo ante el peligro, ante el tejado, la lluvia y ante todo lo que se presenta. Y aún no he contestado la entrevista para el grupo Vocento. Ni siquiera sé qué decir. Cuando me llaman para alguna entrevista ya no sé ni qué contar. Lo primero que les pregunto es si es para radio, televisión o prensa. Y según me digan me escaqueo o les digo que me envíen un cuestionario que contesto cuando puedo. Intento ser cortés con la prensa pero cada vez me cuesta más. Y al blog le falta una persona para ser cinco mil seguidores. Al que haga cinco mil le regalaré un lote de libros, para celebrarlo. De los cinco mil, me pregunto cuántos tendrán la paciencia de leer estas letras, que ahora nacen desde el caos más absoluto.
A Emilio le debo un capítulo de nuestro libro y llevo semanas sin dar señales de vida. «La gestión del misterio» era el título original del mismo, pero alguien me dijo de forma muy inspiradora que el misterio no se puede gestionar, a lo sumo, se puede habitar, morar. Es un tema complejo, pero el interés del mismo era sobre cómo el ser humano había gestionado el misterio a lo largo del tiempo, desde las primeras creencias animistas hasta nuestros días, ya fuera en templos consagrados o en pleno contacto con la naturaleza. No sé cuándo escribiré el próximo capítulo, porque mientras escribo esto me acabo de acordar que tengo que encerrar las gallinas, los pavos y los patos. También comprar una bomba de agua para que el estanque esté limpio y los peces y los patos puedan convivir en pura agua limpia.
Miro la hora y veo que ya no me da tiempo a terminar de maquetar ningún otro libro de la editorial. Tengo cinco trabajos urgentes que debería haber entregado hace un mes y al menos una veintena programados para lo que queda de año. Inabarcable. Mi sueño es editar tan sólo cinco o diez libros al año y a poder ser de autores muertos y consagrados. Tengo que hacer cuentas para ver si se puede vivir de ello. Los vivos dan mucho trabajo, son exigentes y a veces uno se queda exhausto a la hora de gestionar el ego de tantos artistas que desean ingenuamente vivir de los libros, o ver su obra entre los primeros o no se sabe muy bien qué. Es agotador. Por eso el año que viene me centraré en los muertos, dejando los vivos para mejor vida. El único aliciente a todo esto son los vivos generosos, inadaptados o desapegados de su obra. Con esos me casaría de por vida, porque son como los muertos, no hacen ruido y suelen ser extremadamente generosos, que es la única forma de sobrevivir en estos tiempos de decadencia editorial.
Hemos conseguido que un mecenas nos financie la construcción de la escuela. Esto me añade una carga de trabajo porque tengo que empezar a pensar en cómo será la escuela, como explicárselo a nuestro arquitecto, que es italiano y no habla español, pero sabe mejor que nadie lo que queremos construir. En octubre viajo a Inglaterra y Escocia para ver modelos de escuelas de consciencia diferentes y buscar inspiración a la que añadir a nuestro modelo de búsqueda de dones y talentos dentro de un marco de nueva consciencia y nuevo paradigma rompedor, demoledor, diría. El proyecto de escuela es ambicioso y cuando pienso en él me acuerdo de nuevo de los patos y las gallinas y los pavos. Los peces están bien, de momento, pero el otro día me marché de viaje al mediodía y un pavo murió en las garras de algún zorro. Sobrevivió la pava bizca, que sólo ve por un ojo. Pobre pavo y pobre pava que se quedó sola y exhausta, triste y desamparada. Ayer compramos otro pavo para que la bizca no se sintiera sola.
Hay alguien haciendo la experiencia de 21 días y al salir no quiero hacer mucho ruido. El silencio ahora es importante para ella. Pobre, menuda semana ha elegido para empezar algo tan importante como es la búsqueda de visión y propósito. La casa sin tejado, todo caótico, advenimiento de próxima inundación, un accidentado, el resto que se va ante la inminencia del frío, la joven estudiante que cuidaremos con cariño para que logre bucear en sus dones… Espero que Geo tenga comida, y los gatitos. Tengo que mirarlo cuando vaya a ver al resto. Y que no les falte agua. Eso es importante.
La calefacción para la casa llega a un presupuesto de casi veinte mil euros. Le he pedido al instalador que lo ajuste a la mitad, y aún así es demasiado. Pero vamos a hacer lo indecible para intentar tener calefacción este invierno. Y también tejado nuevo, a pesar de las lluvias que se avecinan y a pesar de que el constructor no se sabe cuando pondrá los palos. Bueno, me voy a encerrar a los bichos antes de que venga el zorro y se meriende algún pato, pavo o gallina. Los peces están bien, seguro. Yo también, a pesar de todo. De nuevo tengo coche gracias a un trueque mínimo y a pesar de que me duele la espalda por las obras del tejado, estoy bien. Y escribo, y me desahogo, y me dejo mil cosas que contar, pero es que aún no tenemos presidente, ni se le espera. Y llueve. Y ahí está la listeria, dando avisos. Menos mal que soy vegetariano desde los 16 años, bueno, galletariano para los amigos. Un abrazo a todos, feliz noche. Soñad bonito y bien.
Ah!!! Y gracias de corazón por apoyar esta escritura…
«Creo que si un hombre se enriquece espiritualmente, el mundo entero se enriquece con él y que si desfallece, el mundo entero desfallece en la misma medida». Gandhi
El fuego de la comunidad y la cooperación iluminaron nuestras almas en el silencio que habita dentro de la pequeña ermita. Adoptamos, en las canciones, los signos que nos dictan nuestras queridas montañas plagadas de peregrinos ángeles que visten a la usanza etérica. Bajo los auspicios del yoga, cada gesto era la más elevada medida de simplicidad. Mientras miraba cómo las criaturas mañaneras despertaban tras el rocío, los árboles y las montañas, recibía un emotivo mensaje desde Latinoamérica. Vero, que estuvo un mes entre nosotros, quedó enamorada de nuestro proyecto y desea crear uno en su país, Uruguay. Un “ocousito” donde la gente tenga un hogar y un plato de comida material, pero también un sentir espiritual dónde poder acercarse como una lluvia que cae suave sobre los rostros que ansían beber de las nuevas fuentes, un lugar dónde sentir la vida en toda su plenitud y anchura, desde lo simple, desde la raíz de la más profunda consciencia.
Me alegra saber que nuestro pequeño y humilde proyecto sirve de inspiración a otros, porque ese siempre ha sido su sentir y su propósito. Si la fundación tuviera recursos suficientes estoy convencido de que de alguna forma impulsaría la creación de más proyectos en nuevas tierras para expandir la nueva buena, la consciencia de unidad, de fraternidad humana, de amor cooperativo. Una multiplicación exponencial del néctar y el aroma que inevitablemente debe renacer en la tierra ahora doliente. Una multitud de obras de buena voluntad donde el servicio y el amor incondicional, el aprendizaje y la belleza se instalen irremediablemente dentro de nosotros.
Este tipo de mensajes me llenan el alma de ilusión y convicción, de fe y esperanza. Especialmente hoy que ya, por fin, hemos terminado la parte más peligrosa del tejado. Nos dimos de plazo cuatro días de arriesgado trabajo y esta mañana, ante la baja de algunos voluntarios, afronté solo desde arriba la parte más osada mientras que recibía apoyo logístico desde abajo, y también, por qué no decirlo, desde arriba, más arriba, en la aurora. Misión cumplida.
Ahora a esperar a que algún especialista nos ponga los grandes palos que harán de vigas y el resto, lo haremos nosotros, que ya casi somos especialistas en tejados y alturas, como lo fue el pequeño de Asís, que se hizo grande reconstruyendo su pequeña Porciúncula, su Santa María de los Ángeles, su humilde atalaya desde la que divisar los cielos, abrazarlos, inspirarlos atómicamente hasta lo más profundo del ser mientras se repetía una y otra vez las evangélicas palabras: “Id… anunciad que el reino de los cielos está cerca, no llevéis oro ni plata, ni alforjas… no os preocupéis por el mañana… gratuitamente habéis recibido, dad gratuitamente… al entrar en las casas decid: ¡Paz, paz!” Y eso hacemos, dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido que no es más que la paz, una paz profunda, una paz que anuncia el nuevo mundo.
Eso pensaba desde los tejados, y tras el duro día bajo el sol bajé andando los cinco kilómetros que nos separan del pueblo y de mi pequeña oficina, que hace de sede editorial y refugio improvisado cuando se requiere algún instante de quietud y silencio entre libros. Hoy dormiré aquí para avanzar trabajo en la editorial y mañana toca viaje al valle del Tiétar, un lugar que se está revitalizando espiritualmente gracias a varios importantes proyectos que hay en la zona. Y allí gritaré en silencio ese ¡paz, paz!, mientras recuerdo el fuego que ilumina nuestras almas.
Bajaba caminando bajo el sol de verano y los aún prados verdes y bosques que dan sombra, y sentía como una sólida e indivisible semilla estaba creciendo desde una expansión de elementos que se aglutinan en un marco invisible pero real. Interiormente siento que ya no hay vacilación ni deseo de desfallecer. Hay algún tipo de claridad, de convicción que se mece ante la presencia de algo mayor a nosotros. Un deseo irremediablemente de enriquecernos espiritualmente para así, hacer enriquecer a toda la tierra. No hay tiempo para desfallecer, solo para trabajar amablemente en la gran Obra, en esa que se construye silenciosamente bajo los auspicios del más sublime misterio.
Esta mañana reconstruyendo con sudor y lágrimas el tejado de la casa de acogida
Estar en el tajo es una expresión que intenta acercarnos a la difícil labor de aquellos que trabajan duramente con su cuerpo físico. En mis tiempos de estudiante solía tener trabajos duros, donde no me importaba hacer casi de todo con tal de sacar algún dinero para, básicamente, comprar libros y viajar algo. Recuerdo que leía las obras completas de Khalil Gibran mientras vigilaba el edificio del que sería el Hotel Les Arts, o leía cualquier libro que pudiera mientras trabajaba en cualquier cosa. Eran los tiempos en los que no había internet, y mi deseo era absorber lo “grande”, aún a sabiendas de lo difícil que era poder absorber desde lo pequeño en una consciencia que deseaba constantemente ensancharse.
Este siempre ha sido un dilema que me ha perseguido. Hoy lo pensaba especialmente cuando trataba de no caerme al vacío mientras intentaba desmontar el antiguo tejado de la casa de acogida. La podredumbre había llegado a las maderas y cualquier paso en falso podría haber acabado en una catástrofe. Ha sido un milagro que no cayera el tejado entero con las últimas nevadas. El peligro en estos tres días ha sido tal que he prohibido subir a nadie al mismo, excepto a una persona de máxima confianza y yo mismo. En algunos momentos, desde esos pequeños instantes de máximo peligro donde no sabías si el tejado se caería bajo mis pies, resoplaba interiormente y pensaba, más bien sentía, a esa consciencia ensanchada.
Solo una consciencia ávida y probada entiende la fragilidad de la vida, el mecanismo por el cual cualquier error puede acabar en tragedia. Me venía a la mente también la triste noticia de la muerte de Blanca Fernández Ochoa y pensaba en la fragilidad mientras arrojaba grandes losas de pizarra desde arriba al suelo. Un resbalón, un descuido, una torpeza, y todo se va al traste. Con estas letras me desahogo porque aún quedan dos días para ver la vida desde los tejados. Sentir la niebla matutina y su frescor y luego el intenso sol que está tostando las partes de mi cuerpo desnudo mientras toda la casa sufre este infortunio temporal. Las agujetas y el cansancio crecen y crecen cada día. Pero la ilusión por ver ese tejado cambiado puede más que todo lo demás.
Por las tardes intento descansar haciendo lo que más me gusta. Escribir algo, preparar la defensa de la tesis, trabajar en la editorial. Tengo mucho trabajo atrasado tras el verano intenso y me he propuesto no agobiarme, ir sacando poco a poco todo lo que pueda y estirar el otoño y el invierno desde el disfrute y el gozo de vivir. Ese gozo me resulta imprescindible ahora, especialmente cuando reflexiono sobre la necesidad de seguir adelante en el propósito interior. Porque, si somos tan frágiles, ¿por qué vivir pensando que somos eternos, y que la vida se alargará a nuestro antojo todo lo que podamos? La vida sobrevivirá a nosotros, quizás también alguna parte de nuestra limitada consciencia, algún átomo simiente que pueda unirse al océano consciencial. Pero nosotros, nuestro ego, nuestra personalidad, nuestro carácter, se extinguirá inevitablemente para siempre. Entonces, ¿para qué dejar las cosas para mañana pudiéndose hacer hoy? ¿Para qué retrasar nuestro verdadero propósito interior? ¿Para qué retrasar lo inevitable?
En estos momentos de mi vida siento que estoy haciendo lo inevitable, lo necesario, lo que realmente debo hacer, quiero hacer, vengo a hacer para apoyar a que la consciencia universal se ensanche. Eso me da cierta paz interior y me hace contemplar cómplice la vida de forma desapegada. Cada uno de nosotros es movido por una especial energía, pero siempre es necesario, mediante el impulso reconocible de nuestra inquebrantable voluntad, crear una dirección precisa para que nuestra aspiración interior pueda movilizarse realmente. A veces pasan los años y nos damos cuenta de que toda nuestra energía se consume en un circunloquio vacío, vacuo, sin sentido. Falta la dirección, la concentración necesaria para que las grandes losas que tirábamos desde lo alto del tejado cayeran en la posición adecuada, no se rompieran y así puedan servir para futuros suelos.
El esfuerzo fundamental de todo pasa inevitablemente por cierta renuncia, por cierto desapego. Siempre tenemos miedo a perder. Pero nunca entendemos esa máxima que nos advierte sobre la bonanza de las pérdidas. Perder algo significa que dejamos hueco para algo mejor. Si por mantener el tejado antiguo, por puro apego, hubiera quedado en su lugar durante unos meses más, posiblemente toda su carga hubiera caído al vacío. Lo viejo a veces se pudre y requiere renovación. Al sacrificar el hermoso tejado antiguo, vete tú a saber de qué tiempo, estamos salvando toda la casa.
Cada losa que lanzamos al vacío requiere un gran esfuerzo de concentración. Así es la vida, y así permanecemos en su fragilidad. Al mismo tiempo, también en su fortaleza, porque cada gesto, cada posición, cada momento de pura concentración, hace que veamos la vida de forma diferente. Sin duda, desde los tejados la vida se ve diferente.
Después de muchas semanas, por fin estoy descansando en la pequeña cabaña, aquí en los bosques. La última semana la pasé en la casa de acogida, intentando entender sus energías, sus interacciones, sus infinitos movimientos hacia fuera y hacia dentro. Lo que allí se vive es muy intenso. Casi no hay tiempo para uno mismo. Hagas lo que hagas, siempre hay alguien que quiere explicarte algo, preguntar algo, hablar sobre algo. Era difícil encontrar un momento para estar a solas, excepto cuando ibas al baño o cerrabas los ojos en las meditaciones. Quise experimentarlo, quise entender toda esa secuencia humana, esa ilusión de hechos transitorios y ver qué ocurría. Debo decir que ha sido una experiencia hermosa, como si hubiera hecho mi propia semana de experiencia siendo uno más.
Realmente la vida allí es agotadora, al mismo tiempo que enriquecedora. Víctor Hugo decía aquello de que amar a un semejante es mirar de frente a Dios. Sin duda lo es. Amar al semejante de forma incondicional, ofreciendo la parte más valiosa de uno mismo que no es más que tu tiempo, tus recuerdos, tus sonrisas, tu dignidad. Ahora entiendo que todos esos años de teoría para poco han servido. Ni siquiera soy capaz de contestar algo inteligente cuando me preguntan sobre cualquier cuestión metafísica o antropológica. Me sonrío interiormente viendo la inutilidad del conocimiento académico que no puede ser expresado mediante la praxis. A sabiendas que la práctica no es más que el gesto minúsculo de esa complicidad que se consigue con una canción, con una sonrisa, con un abrazo. Más allá de eso, el amor se complica, se diluye, porque el amor, si no es sencillo, sino es francamente práctico, agradable, bello, armónico, simple, no sirve para nada.
De treinta hemos pasado a ser seis personas. Nos pusimos todos esta mañana, los que quedábamos, a cambiar el tejado viejo, el último eslabón perdido de un edificio antiguo que reclamaba ese cambio. Esta mañana, con el sol fijo en la cabeza, el cuerpo lleno de polvo y las manos agrietadas por el dolor de las piedras, observaba el milagro de que ese tejado, con todas sus maderas podridas y sueltas, haya sostenido durante estos cinco años esas grandes y pesadas losas. Ha sido todo un milagro que no se haya caído de repente encima de nadie. Por eso ahora me lleno de agradecimiento y tranquilidad al saber que por fin el último repunte de peligro real quedará reducido a escombro en una semana.
No sé si tendré tiempo de descansar, después de este agotador verano. Subir a los tejados no es algo que me motive especialmente, pero de momento es algo que tengo que hacer. Si San Francisco de Asís fue capaz de reconstruir cuantas ermitas encontraba a su paso, no seré yo, fiel mensajero de su palabra, menos en la obra. Cantaré así sus alabanzas y por cada piedra que recoloque, por cada nueva teja que cuelgue en ese edificio pensaré en su valía, en su milagrosa vida de ejemplo y beatitud. Si el amor no puede ser expresado de formas tan diversas, mejor que calle. Si ahora que soy capaz de ver un trozo de lino en las pesadumbres más oscuras no sirvo de la mejor manera, es mejor que me encierre en cualquier beata capilla y no mire nunca más al mundo. Pero ahora me siento con deseos de seguir apretando un poco más y pensar fielmente que de algo servirá todo esto. Si sobrecoge a cualquier corazón, ya está bien.
Sobre la ilusión de los hechos transitorios, aquellos que nos alejan del espíritu para pensar que somos algo así como inmortales, mejor dejarlos de un lado. Lo transitorio, lo que no perdura, no merece la pena. De ahí mi necesidad actual de arraigarme a lo sólido, de buscar firmeza material, emocional, intelectual y espiritual en todo lo que hago. Que así sea.
«La felicidad solo es real si se comparte«, Christopher McCandless
Tengo hoy muy presente la célebre frase de Christopher McCandless, aquel intrépido joven que murió en los perdidos bosques de Alaska mientras intentaba llevar a cabo su propia utopía. En la película “Hacia rutas salvajes” se describe con acierto su aventura de trágico final. La lectura del libro me hizo reflexionar durante mucho tiempo en esa conclusión que cita en su frase célebre. Me imagino hasta qué punto la soledad le embriagó y recordaba cuando llegué hace cinco años a estos bosques y estuve algunas semanas a solas, en una caravana postrada en mitad de la nada, en un paraje desconocido, sin luz, sin agua, sobreviviendo como se podía al frío y la lluvia. Realmente, aquellos inicios, especialmente en los primeros comienzos, fueron duros. Solo aptos para locos o héroes.
La locura es clara. Esta mañana me invadía una felicidad exquisita mientras practicábamos los tres yogas, que para nosotros, se están convirtiendo en nuestras tres peculiares joyas. La primera joya es la meditación, la segunda los cantos y la tercera los ejercicios. Luego viene todo lo demás hasta que terminamos de comer, echamos una partida a tenis de mesa y cada cual se marcha para practicar sus dones y talentos.
Aquí viene la parte heroica. Como estamos a finales de mes decido ir a la sede de la editorial, cinco kilómetros bajando a los valles, dejando atrás el paraíso de la montaña y adentrándome en el otro mundo, en el otro lado. Sí, finales de mes y hay que cerrar el ejercicio con las cuentas anuales que la gestoría lleva religiosamente. Me piden que firme las más de treinta páginas. Las miro una a una, con cierta incredulidad. Casi veinte mil euros de pérdidas. El resultado de una depresión. A eso le sumo otros treinta mil que doy por perdidos por un préstamo personal que pedí (y que pago religiosamente todos los meses) para comprar unos apartamentos que iban a ser un nido de amor, o un hogar, según yo mismo había imaginado en mi fantasía inútil. Y otros tantos miles que pago religiosamente a un amigo que en su infinita generosidad me ayudó en la compra de esos apartamentos que por cosas que aún sigo sin comprender, no puedo disfrutar, ni sacar beneficio alguno porque alguien decidió, unilateralmente, apropiarse de ellos. La heroicidad, más allá de la locura, ha sido sobrevivir a todo esto.
Menos mal que he tenido capacidad de reacción, he pagado religiosamente todas mis deudas con el fisco y sigo puntual correspondiendo con mi parte en la hacienda pública. De esa crisis aún me quedan muchos flecos por ordenar, por restaurar. Poco a poco, me repito día tras día. Poco a poco, me digo a mi mismo mientras ojeo el libro que me acaba de llegar, recomendación de mi directora de tesis, sobre anarquía y antropología. «Tiene mucho que ver contigo, porque eres antropólogo, y tu vida, una praxis de anarquía pura». Bueno, por las mañanas soy anarquista en estilo de vida, pero por las tardes me gusta poner orden en las cuentas. De momento debo vivir entre estos dos mundos.
Cuando vi las cuentas anuales me dio un gran dolor de cabeza. Decidí hacer algo que hacía tiempo no hacía: darme un baño. Un poco de nihilismo sibarita, tan poco acostumbrando a ello, no viene mal. Puse el agua hirviendo, algo de espuma y permanecí inmóvil algún tiempo, intentando relajar todos mis cuerpos. Me acordé que en diez días tengo unas mini vacaciones con un amigo haciendo la ruta cátara, en el sur de Francia. Dormir entre bosques y montañas al raso a más de dos mil metros será una penitencia más que unas vacaciones. ¿Cuánto nos gastaremos? Le pregunté a mi amigo. Cien euros por cabeza, respondió alegremente. Nunca unas vacaciones me habían salido por tan poco. Pero viendo las cuentas anuales, merezco pensar en positivo y saberme eso, un poco loco, un poco héroe, a veces incluso un poco idiota. Menos mal que pude vender el coche, menos mal que pude quitarme algunas deudas, menos mal que ahora ya no tengo casi de nada, excepto el yoga de las mañanas, las tres joyas, y los amigos, claro, los de verdad, los que permanecen, los que me quieren incondicionalmente, los que saben que estoy pagando el precio de una bondad ilimitada que requería límites, muchos límites, e inteligencia, mucha inteligencia.
Y mientras me despido de la buena de Vero, un ángel de la guarda que nos ha protegido durante un mes, me llama una amiga con la buena noticia de que está consiguiendo separarse de forma amorosa de su esposo. Esa noticia me llenaba de gozo, de mucho gozo. Me hubiera gustado haber hecho lo mismo, poder separarme tranquilamente y estar ahora con menos dolores de cabeza y con algún deseo, aunque fuera mínimo, de tener pareja. Pero el deseo desapareció y por más mujeres hermosas que conozco, ninguna de ellas es capaz de sacarme de este estado pueril. Si todo hubiera sido hablado, consensuado o planificado quizás ahora sería más libre, tendría más dinero y mi quiebra no hubiera sido tan dolorosa. Y seguro que tendría de nuevo alguna pareja o algo que se le pareciera. O deseo por tenerla, al menos. Pero no, la huida fue la única respuesta que tuve. El miedo hizo el resto.
Y aunque ahora estoy totalmente desapegado de esa mala experiencia y casi ni pienso en ella, cuando he visto las cuentas anuales de la empresa y me he visto aquí solo, en la oficina, a las tantas, me he echado a temblar. Si algo falla por sutil que sea todo se va al traste. Si falla el ordenador, si falla la web, si falla mi pulso o salud todo termina de forma dramática. Una vida al límite, claro que sí, ese es el precio, un año después, justo ahora un año después, de toda esa cadena de huidas, errores y bajas presiones en las que uno se vio envuelto. Qué desastre.
Por eso esta mañana era feliz en la ermita, porque de alguna manera andaba compartiendo un trozo de vida. Incluso era feliz aunque siempre haya alguien que se queja porque no hay mermelada o falta pan. Sonrío para mis adentros y recuerdo mis primeros días en la caravana donde por haber no había ni techo. Pero ahora, encerrado en la oficina y aguardándome una larga noche hasta que consiga poner en orden las cuentas, la felicidad se difumina, porque este dolor de cabeza, me doy cuenta, no puedo compartirlo con nadie, y resulta casi insoportable. Y no lo digo a modo de queja, solo a modo de desahogo. Me hace bien desahogarme, compartir estas cosas. La felicidad solo es real si se comparte, y para ser feliz, uno tiene que compartir de todo. No sólo los veranos, también los fríos inviernos. También los dolores de cabeza.
Según el Instituto de Trabajo, una microempresa es aquella que tiene entre uno y nueve trabajadores. Lo mío es micro porque solo hay un trabajador con un sueldo milenarista y luego algunos aliados que echan una mano a cambio de algún dinero. Pago mis impuestos como todo hijo de vecino, pago el autónomo y vivo y trabajo en una cabaña en los bosques. El vivir en una pequeña cabaña, con un sueldo pésimo dirigiendo una empresa micro no es una buena carta de presentación para nadie. Algunos piensan que vivo una vida cutre porque materialmente he renunciado voluntariamente a ciertos lujos. Incluso por haber renunciado una y otra vez a suculentas ofertas de trabajo que me alejarían de esta vida aparentemente pueril. Sin embargo, me siento como un verdadero príncipe en un pequeño reino rodeado de árboles y montañas. Es cierto que es un poco cutre no tener tiempo para casi nada en un entorno como este. Especialmente en verano donde decenas de personas reclaman un miligramo de atención, una mirada, una charla o lo que sea en este lugar privilegiado. Mi carácter huraño y tímido a veces me aleja del ruido que en estos días crece ante la multitud que se acerca para disfrutar de este bosque, pero siempre guardo algo de tiempo para compartir una sonrisa, un abrazo o un rato de risas y complicidad con alguien.
Esta semana siento que todo se me ha ido de las manos. Las relaciones de pareja lo veo ahora como algo imposible. No se me ocurre ni por un momento fijarme en nadie, mirar a nadie, ni siquiera ilusionarme por nadie a pesar de los maravillosos seres que por aquí pasan todos los días. Miro a las mujeres y me noto lejano, ausente, como si esa realidad social hubiera desaparecido para siempre de mi vida personal. Nunca había experimentado algo así, pero ahora que lo hago, veo y noto que la sensación es incluso buena. Un año desprendiéndome de un duelo y un duelo que me ha llevado a otra realidad diferente, más amplia, más silenciosa emocionalmente hablando, más sencilla. No siento deseo. No siento apego. No siento emoción, no siento ganas de seguir compartiendo parcelas de privacidad con nadie. Ni flujos, ni saliva, ni sueños, ni espacios, ni aconteceres. Así estoy bien, gestionando el misterio de la soledad.
A pesar de que la economía va como siempre, con ese exceso de sacrificio por mi particular vida de servicio, que no de servilismo, es decir, por esa especial fijación mía de ser útil, que no sumiso, en estos días he recibido una noticia extraordinaria. Es una noticia que no me repercute a mí como persona, pero que sí repercute positivamente al proyecto que abandero desde hace unos años. Es una noticia que lo cambia todo y que posibilita que a partir de ahora mi vida se centre en otra dimensión diferente. Todo empieza con un viaje en octubre a Inglaterra, a la Brockwood Park School. Allí tendré la oportunidad de retirarme unos días gracias a la generosa invitación de unas amigas. De ahí partiré a las tierras del norte, a mi segundo hogar, como a veces me gusta llamarlo, aunque sea algo simbólico y reminiscente. Escocia siempre me espera, y ahora como una oportunidad mayor de ampliar los horizontes y reorganizar mi nueva vida.
Todo ello antes de dos juicios, el académico y el civil. El primero para doctorarme, por fin, en antropología. El segundo para doctorarme, por fin, como persona que aprende a luchar por lo que es suyo. Ambos juicios ya están ganados, porque de alguna forma, interiormente, siento por dentro una gran sensación de desapego y olvido. No me interesa el resultado, me ha interesado en todo momento el camino, la enseñanza, el aprendizaje. Y eso ya está ganado.
Así que aquí estoy, intentando gestionar una vida particular, desapegada, libre. Sin esperar ningún resultado de nada. Simplemente viviendo, siendo, intentando ser mejor, aunque en ello me esté ganando una fama exquisita en cuanto a enemigos se refiere. Cada vez tengo más personas que me odian por algún motivo, pero por cada persona que me odia, encuentro a diez más que desean apoyarme. Así que siento como la balanza juega de momento a mi favor. Uno huye despavorido y dolido, diez se aproximan. Todo está bien.
Sobre cómo gestionar una microempresa desde los bosques, bueno, pues así, improvisando, haciendo lo que se puede, renunciando a tener familia, pareja, dinero, estatus, reconocimiento y muchas otras cosas difíciles de cuantificar. Pero al mismo tiempo, con un cierto grado de felicidad por sentir ese resquicio de rebeldía interior, ese halo de libertad absoluta, esa conquista del ser, más allá del tener. Sí, una gestión complicada, pero nadie dijo que veníamos aquí a realizar cosas fáciles.
Los días son largos pero se me hacen muy cortos. Las mañanas empezamos con los rituales propios de la comunidad. Me suelo levantar perezoso a eso de las siete debido a que suelo acostarme tarde. Siempre arrastro alguna hora de sueño, por eso, cuando me invitaron a pasar el fin de semana en la playa de Viveiro el sábado me quedé muy maleducadamente dormido hasta las dos de la tarde. Me relajé tanto que al desconectar el despertador no fui capaz de levantarme hasta que mi hermosa anfitriona, delicada y dulce, me despertó con esa suavidad propia de las almas bellas, invitándome a comer alguna cosa que ella misma había preparado durante la mañana. Cuando desperté aprecié el regalo, y di las gracias por haberme permitido recuperar algo de ese cansancio acumulado. El cuidador cuidado, una sensación sin igual.
Las tardes las dedico a trabajar en la editorial. Al menos aquellas tardes en las que el día no se complica excesivamente. Hay momentos en los que hay que ir a comprar cientos de cosas para dar de comer a decenas de personas. Desayuno, almuerzo, merienda y cena. Si son veinte hay que multiplicarlo todo por veinte. Si son treinta, por treinta. Treinta piezas de fruta por día, treinta raciones de esto y de lo otro. A veces ni siquiera sabemos cómo podemos lograr multiplicar los peces y los panes, especialmente ante esta hermosa economía del don donde cada cual aporta lo que puede, y muchas veces, ese aporte siempre es simbólico. Por eso me esfuerzo doblemente en que la editorial vaya bien. Es el aporte vitamínico para que el proyecto nunca falle, para que todo esté siempre en armonía y nunca falte pan en la mesa. Es importante tener esa concentración presente.
Ir y venir una y otra vez a por gente a pesar de que estamos reduciendo el servicio de taxi gratuito que durante estos cinco años hemos ofrecido de forma generosa. Ni siquiera sé como puedo sostener este ritmo de vida, especialmente cuando miro las cuentas de la editorial y veo con cierto espanto que la cuenta de resultados es cinco veces menor que la del año pasado, que ya fue un año dramático. He tenido la fortuna de reducir mi deuda bastante en este primer semestre, pero no lo suficiente. Así que ahora debo seguir buscando fórmulas firmes e inteligentes para seguir en este modo de supervivencia. La vida de un empresario, por pequeño que sea, se asemeja a la vida de un guerrero. Nunca sabe si va a ganar o a perder, pero ahí está, firme en la batalla. Y el año pasado fue de pérdida total de casi todo. Otra vez. Y este año, veremos a ver como termina.
Lo bueno es que al no tener pareja tengo más tiempo para casi todo. Las emociones van a un ritmo tranquilo, los encuentros fortuitos con almas libres y hermosas no requieren un exceso de compromiso e interiormente no siento ningún deseo por entablar, al menos de momento, ningún tipo de relación que consuma un exceso de casi todo. Estoy bien así, a mi aire, a mis anchas. Ni siquiera observo dentro de mí una pizca de tristeza, melancolía o drama por el hecho de estar solo. Ni siquiera esa amanida soledad. Especialmente ahora que ando en esta fiesta tan llena de gente, tan agotadora por tener que ordenar una y otra vez los antojadizos destinos.
Lo asombroso es que la vida no espera. Todo sigue en su drama, en su belleza profunda, en su misterio. Este invierno promete mucha soledad. Ahora que ha habido estampida en el proyecto por eso de que la coherencia no gusta a todos por igual, quizás me quede estar solo de guardián en esas hermosas cuatro hectáreas de bosque, cuidando de las gallinas, de los gatos, de los peces y del amigo Geo. Será un invierno largo pero necesario para poder ordenar tantos y tantos acontecimientos acumulados. También será un buen momento para seguir imaginando mundos posibles. La tarea de crear el nuevo mundo es compleja. Imaginarlo, crear la visión para que otros se inspiren con nuevos y diferentes estímulos es una labor grata. El tiempo se agota, todo es finito. Me siento feliz por estar vivo y me siento agradecido por estar totalmente sano y deseoso de vivir. Siempre agradecido, a pesar de todo. Siempre amando la oportunidad que nos brinda el poder respirar.
La semana ha pasado rápida. Trabajar tres veces al año en una oficina de ambiente internacional son mis verdaderas vacaciones. Es paradójico, pero es como tener un contacto directo con el otro mundo, con ese al que me costaría mucho volver si tuviera que hacerlo. Horarios, jefes, sueldos, comida rápida, todo el día inmovilizado en un espacio cerrado sin poder hacer otra cosa que trabajar. Sí, es extraño, pero son mis vacaciones y las disfruto, porque al volver al bosque siento profundamente que la vida que llevo no tiene precio, aunque a veces roce la marginalidad y la penuria.
Ginebra es un bálsamo interior. Me reconduce a mi esencia de alma libre y peregrina, y sé que mis límites están para no sobrepasarlos. Más de una semana en esa oficina sería asfixiante. Pero esos días que estoy trabajando como editor, en un ambiente agradable y con gente bonita me hace feliz, me convierte en un ser privilegiado que puede elegir, cueste lo que cueste, sobre su propio destino. También me pone alerta sobre cuestiones principales de la existencia. Como esas tentadoras ofertas de trabajo que me incitan a tener que elegir un destino u otro. La última nada más y nada menos que en Bruselas, en un ambiente político con suculentos privilegios. Pero solo pensar en esa posibilidad me pervierte interiormente, y me anula en mi experiencia actual. De momento deseo tener control sobre mi destino, o al menos, me gusta esa sensación de saber que lo que estoy haciendo es realmente lo que deseo. Eso me da fuerza y valor para seguir adelante, cueste lo que cueste.
Esta madrugada, cuando a las cuatro venía el taxi a recogerme para trasladarme al aeropuerto, sentía bajo los pies de los Alpes que se entreveían a lo lejos esa sensación de fortuna. El taxista, hijo de emigrantes gallegos, hablaba con cierta emoción de lo bien que vivimos en España. Suiza es un buen país para ganar dinero y prosperar en el plano material, pero falta cariño, emoción, amor. Escuchaba atento a este hijo del destino que se sentía totalmente suizo, pero que en cierta forma añoraba nuestro estilo de vida.
En dos horas ya estaba en España. Vista desde los aires es un país hermoso. A vuelo de pájaro puedes comprobar la privilegiada naturaleza que nos envuelve, su clima, sus gentes, su música, sus culturas. Aún puedes encontrar bosques donde habitar una cabaña y llevar una vida simple. Este fin de semana me han invitado a disfrutar de unos días en la playa. Mientras espero en el aeropuerto, me gusta la idea de poder desconectar del mundo en un ambiente diferente. Pasear con buena compañía, disfrutar de unos paisajes que prometen belleza y paz. Estoy feliz por los regalos que estoy recibiendo. Ya tocaba un poco de paz. Me alegra saber que más allá de toda tormenta puede venir cierta calma. Especialmente esta calma interior que ahora siento. Me gusta el poder permitirme el cuidar de mi niño interior y alimentar con ello sus ganas de vivir y aprender.
Buen trabajo en Ginebra, feliz por todo lo compartido allí y por el trabajo que suma para traer lucidez al mundo. Ahora de nuevo a la aventura del vivir. Me espera un bonito fin de semana que espero disfrutar al máximo en esa playa perdida.
Llueve y hace frío. No tengo pijama. Se perdió y no logro recuperarlo. Dormir desnudo en la cabaña es toda una hazaña. Una aventura. Cuando esta tarde subía hacia la casa desde las cabañas un hermoso zorro bajaba. Nos cruzamos, me miró asustado y salió corriendo. Se había comido una gallina. Una aventurera ingenua que había pensado que lejos del corral sentiría mayor libertad. Encontró la trascendencia. Estas cosas me ponen tristes. No logro entender del todo estas leyes de la naturaleza. No logro entender que unos se tengan que alimentar de otros. Es algo que me duele, algo que me produce consternación. No entiendo que aún haya gente que coma animales. Me parece un acto criminal, sangriento, doloroso. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman carnicerías. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman mataderos. Hay gente que come carne, como el zorro cuando mató la gallina. Pude ver las plumas aún calientes. Hay gente que come gallinas y se enorgullece en las redes. No tiene gracia. Comer alitas de pollo no tiene ninguna gracia.
Cogí el coche con un nudo en la garganta mientras veía como Geo perseguía por el verde prado al zorro veloz. Ambos desaparecieron en los bosques, en sus sombras, en sus misterios. Me adentré por los valles y las montañas majestuosas que hay detrás de este bello lugar. La recogí en su casa y fuimos a tomar algo a la ciudad. Aquí en Galicia no tengo muchos amigos, así que lo de hoy era algo excepcional. Hablamos de mil cosas mientras el tiempo apremiaba por avanzar en todo tipo de encuentros. A veces es bueno salir un poco, tener amigos, charlar de cualquier cosa y sentir el cariño sincero.
Hoy me sentía especialmente cansado. Demasiados frentes. Sin ganas de discutir si la leche debe ser en polvo o líquida, si debemos cocinar con cuatro fuegos o con uno. Pensaba en eso y mil cosas mientras atendía la conversación como podía y pensaba en la gallina. En el primer bar tomé un refresco. En el segundo un descafeinado de máquina y en el tercero una tapa de tortilla. La tortilla estaba exquisita, la compañía era excelente pero la música estaba demasiado alta y los huevos me recordaban la tragedia. Hubo un tiempo, corto, que me hice vegano. Creo que debo intentar de nuevo el veganismo. Los huevos y la leche ya no me hacen gracia. Huelen también a muerte. Me entró sueño y volvimos a los bosques. La dejé en su casa. Los paisajes, incluso de noche, son espectaculares. Nunca había visto un lugar tan bello, ni siquiera en las altas tierras de Escocia, ni siquiera en las profundidades selváticas de Alemania, donde por estas fechas las aves migratorias envolvían el cielo con formas imposibles.
Llovía pero me detuve para hacer algunas fotos. Miré anestesiado el paisaje. En la universidad todo son problemas. Podría estar dando clases en cualquier universidad del mundo pero siempre falta algún papel, algún asunto burocrático. La burocracia asfixia la creatividad y exprime al mundo. Recibí una nota del juzgado. A pesar de que ya casi me había puesto al día con todos los pagos, aún quedan flecos que soportar. Me citan y me informan de que tengo veinte días para pagar la deuda que tengo con un proveedor. Me hierve la sangre pensando que otros están disfrutando de mi dinero y de mis propiedades a mi costa y que yo ando pasando calamidades por estúpido, por insensato. No sé cómo la gente se puede volver de repente tan insensata sin importar el dolor que puedan ocasionar a otros. No sé porqué hay alguien que está disfrutando tranquilamente de todo mi esfuerzo y puede vivir con la conciencia tranquila. Yo al menos no puedo, y llamo a unos y a otros cuando mis deudas superan mi capacidad de reacción. Pero hoy me daba cuenta de que a pesar del esfuerzo, aún son muchos los fuegos que apagar, los frentes a los que enfrentarme con fuerza y paciencia.
Aún no me dio tiempo a poner la tesorería al día. Algunos esperan los resultados a pesar de que el año pasado tuve la osadía de poner al orden a todos los que debían alguna cápita. Al menos pude poner a plomo a los que reclamaban trabajo. Y luego miraba el cable que aún faltaba por enterrar y me dolía todo el cuerpo. Dos días seguidos enterrando cables es demoledor. Al menos ya tenemos luz en las cabañas. Y mientras lo hago voy contestando mails de la empresa, atendiendo llamadas, buscando fuerzas para seguir adelante. Luego me llama el abogado y me pide más papeles. Y me pregunto por qué las personas no pueden llegar a acuerdos cordiales y justos sin tanto papel. Por qué la ambición y el egoísmo nos puede. No lo entiendo.
Mientras espero en la segunda cafetería hago facturas y albaranes. Cinco palets de libros son devueltos por la distribuidora que ha quebrado. Más de 125 mil euros en libros. Justo la cantidad que debo desde hace cinco años, desde que empecé este loco proyecto. Si los vendiera todos me quedaría libre de deudas. En ese sentido sería más feliz, me sentiría más liviano. Seguramente me compraría un coche eléctrico porque junto a un buen móvil y un buen ordenador, son las tres cosas que necesito para desempeñar bien mi trabajo. Lo demás me sobra todo. Por eso no tengo ganas de discutir sobre si la leche debe ser en polvo o líquida. Si siguen estas discusiones tontas tendré que enviar a más de uno a parvularios. Estaría bien plantar más árboles y hacernos veganos. Anular el café y la leche líquida era algo que ya habíamos conseguido. Pero te vas unos meses y todo retrocede. Conquistas pasadas ahora resultan ser un estorbo. Nos hemos vuelto unos señoritos. Hasta tenemos wifi en las cabañas y tostadas todas las mañanas. Un caos.
Esta mañana, con lluvia, llevando la instalación eléctrica a las cabañas y las caravanas
La verdad es que estos meses de ausencia he sentido un cierto egoísmo. He podido, a pesar de las circunstancias que estaba viviendo, tener cierta paz y decoro a la hora de no tener que dar explicaciones a nadie sobre mi vida y sobre lo que debía hacer. En cierta forma, el egoísmo individualista ha sido uno de los éxitos del sistema capitalista y liberal. Vivir en colectividad, en grupo o en familia parece, a la vista de lo que está ocurriendo, algo caduco y ajeno a los tiempos que corren. La institución familiar se está derrumbando a pasos agigantados. El éxito “progre” ha consistido en conseguir que las personas se sientan endiosadas, emancipadas y empoderadas para intentar subsistir al demoledor nuevo estado social de individualización y soledad. Si te sientes empoderado no necesitas tener pareja, familia o grupo de apoyo. Todas las tesis sobre la cooperación y el apoyo mutuo se abandonan porque, en la triste realidad en la que vivimos, nos creemos dioses con poderes sobrenaturales. Y esa creencia nos debilita, por eso de divide y vencerás.
El éxito capitalista consistió en hacernos creer que somos pequeño burgueses, con propiedad y dinero para poder imitar, ilusoriamente, la vida que hace algunos siglos llevaba la burguesía que consiguió desbancar del poder a la aristocracia dominante. Nos dieron casas, vehículos y un salario para poder afrontar la esclavizante vida de tener que hipotecarnos para asumir ese estado ilusorio. El crédito hizo el resto. Nuestra servidumbre se vio modificada por la ilusión de poseer algo que en verdad nunca será nuestro. Nuestra esclavitud se transformó, pero realmente nunca ha desaparecido.
Al volver a la vida comunitaria me doy cuenta de los engranajes del egoísmo, y de cómo cada uno, a su manera, intenta llevarlo a cabo a veces de forma encubierta, otras de forma disimulada. La confianza se mide dependiendo de quien pueda aportar más a ese interés egoísta. Resulta complejo descifrar los códigos de todo lo que ocurre en cada situación compleja. Cada uno mira primero hacia sí mismo y luego colabora con lo inevitable.
En estos días me acabo de dar cuenta de que resulto ser más un estorbo, inevitable, que otra cosa. Nueve meses de ausencia ha provocado desconfianza y recelo por hechos incomprensibles, por rumores, por interpretación de acontecimientos, o por cualquier tipo de opinión o juicio sobre la vida privada que haya podido tener en soledad. Me queda vivir en un estado de absoluta paciencia y ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Ahora parece que soy yo el que se tiene que adaptar a los nuevos inquilinos, a sus manías, a sus hábitos, a sus cosas. Hoy me regañaban por mezclar fideos del uno con fideos del dos, con el hambre que hemos llegado a pasar en este lugar. No sabía si reír o llorar por la tremenda anécdota. Como si estos cinco años de esfuerzo no hubieran servido de nada. ¡En fin! La vida y sus cosas… A veces hay que ser interiormente muy fuerte para mostrarse débil, leía hoy en alguna parte. Pues eso…
Al menos hoy hemos culminado un éxito colectivo. La broma viene de lejos. Alguien decidió hace años comprar unas placas solares para uso particular. Esa persona disponía de un gran sistema solar para sí mismo mientras que el resto no disponíamos de luz. Cuando se marchó, nos dejó el sistema a cambio de lo que le había costado. El sistema privado lo colectivizamos. Aún así, era un sistema deficiente para todos, así que tiempo más tarde, compramos unas placas para las cabañas. Al principio para uso privado, personal, pero luego decidimos compartirlo con el resto de cabañas para no caer en el mismo error egoísta. Por una cadena de errores, el sistema de las cabañas dejó de funcionar, así que se decidió que las placas y el molino de viento de las cabañas se conectaran al sistema general de la casa grande de acogida. Con este aporte, el sistema de la casa aumentó de potencia y el sistema general se benefició de todo este aumento de energía, a cambio de que las cabañas se quedaran sin luz durante nueve meses.
Viendo el ejemplo colectivo de otros proyectos, se nos ocurrió comprar un cable de doscientos metros que saliera desde la casa a las cabañas y hoy llegó el milagro. Tras una larga mañana de barro y lluvia, todos hemos salido ganando. Ahora hay luz en la casa, en las caravanas y en las cabañas. Aunque sigue siendo un sistema muy limitado, al menos para una pequeña bombilla tenemos. Y a pesar de nuestros pequeños egoísmos individuales donde nuestro deseo es poseer nuestras propias placas solares, nuestros propios sistemas sin compartir con el resto, la experiencia nos ha demostrado que el éxito grupal repercute en el éxito individual, pero no a la inversa. Una gran enseñanza. Mañana intentaré no mezclar los fideos. Las cosas de la colectividad…
Ir a una feria y que llueva es lo peor que puede pasar. Estos tres últimos días supuestamente son los de mayor venta, pero con frío y lluvia, hacen que las perspectivas se derrumben y sucumba la previsión de ingresos. Así que pasé todo el día con un frío intenso, disfrutando de la lluvia y de este retardado invierno que apareció en plena primavera. Cosas que pasan, cosas que ocurren en el preludio de la aventura. Aún así fue un día de lo más interesante. En la feria puedes conocer gente curiosa, compartir con viejos amigos o pasar ratos agradables con tus compañeros de oficio, sean ellos libreros, editores o movimientos culturales que se atreven a mostrar al público todo su arsenal filosófico. Digamos que las ferias pueden ser excusa, no tanto para vender, como para intercambiar sinergias, ideas y realidades. Además, también puede servir de acicate para saber qué pide la gente y qué busca entre tanto libro y oferta.
Ayer, tras cerrar la feria, fui invitado en el hermoso barrio del Brillante a participar en los trabajos de la logia que ayudé a construir aquí en Sierra Morena. No pude asistir al taller, pero sí al ágape fraterno que se hizo a continuación. Fue toda una alegría poder ver que la llama ha crecido, sigue viva y que aquellos arquetípicos momentos de construcción sirvieron para que la fraternidad, la igualdad y la libertad se propagara también en estos lares. Alguien me llamó como una leyenda viva de este lugar y yo me sonrojé, porque realmente el mérito fue solo de motor, de empuje, de conspiración para que se realizara la parte más difícil. Aún así, agradecí el reconocimiento y la admiración. Trazar los planos de cualquier arquitectura tiene un trabajo, pero siempre he pensado que el mérito está en la propia construcción, en los que sostienen el trabajo.
Tras el ágape y el buen rato que pasé en este pequeño palacete convertido en templo, fui a recoger el coche con la mala suerte de que el parking donde lo había dejado estaba cerrado. Los frater me llevaron a un hotel para pasar la noche y esta mañana temprano vinieron a recogerme para compartir el desayuno y echar una mano a ordenar el templo para dar paso a la tenida del capítulo, segunda parte de los trabajos que realizan «los invisibles desconocidos». Como para ellos soy príncipe de la invisible orden rosa cruz, tenía derecho a estar allí y participar de los trabajos, pero la obligación de estar detrás de un mostrador vendiendo libros me llamaba. Qué paradójico poder ser príncipe en un palacete por la mañana y posar tras unos libros en una caseta de feria por la tarde.
Me gusta esta camaleónica vida donde uno puede ejercer diferentes personajes, vivir como un mendigo o un príncipe según le plazca, y codearse con lo mejor o lo más abrupto de la humanidad según me venga en gana. No todo el mundo puede hacer esto. No todo el mundo tiene la capacidad y la tolerancia suficiente para estar entre pobres o ricos, entre príncipes o mendigos. No todo el mundo está preparado para vestir harapos al anochecer y vestirse con las mejores galas al empezar el día. Esto no me hace más humilde o más tolerante, ni mejor o peor, simplemente me permite conocer al ser humano en todos sus grados y condiciones y, como persona sensible, disfrutar de toda la riqueza que la vida muestra en cualquier tipo de frecuencia existencial, en toda esta amplísima gama de contrastes. Que el Gran Arquitecto del Universo siga tejiendo en los cielos mientras se sumerge con nosotros en el barro de la tierra. Que así sea, y nosotros aprendamos de su inmensidad obligándonos a ejercer todo tipo de tolerancia. Que el amor fraterno siga uniendo corazones dispares.
Tras pasar la noche en un hermoso hotel en el centro de la capital califal, llegué tarde a la caseta de la feria. Me ahorré el viaje a la sierra y disfruté de un hermoso paseo y cena por la judería cordobesa con la amiga Dolores. Hablamos de mil asuntos, especialmente de la difícil tarea de supervivencia de alguien que se muestra irreductible ante las circunstancias, por difíciles que sean. Es difícil explicar en qué consiste el Camino del Loco, y porqué en ese camino no puedes estar aferrado a las diez mil cosas de las que habla el Tao. ¿Cómo explicar esta tarea de robar el fuego a los dioses para expandir la luz en la tierra? ¿Cómo dibujar en el mapa mental de la creación una imagen que viene de lo más profundo del cosmos? Es complejo, por eso, cuando a veces me veis rico o pobre, con cosas y sin cosas, recordad al Loco y su camino. No puedo aferrarme a nada excepto a la Obra alquímica de la reconstrucción del templo interior. De ahí los libros, de ahí los monasterios vestidos de modernidad, de ahí la necesidad de más luz y mayor desapego.
Nada más abrir la caseta, se acercó alguien y me saludó con gran admiración. Me recordó que fui uno de los fundadores de la logia que aquí sigue creciendo y que, además, sigo siendo el vicepresidente de la asociación de estudios culturales Maimónides, asociación que le da respaldo legal a la misma. Igual que en la editorial, en la logia me deben ver como alguien invisible, que viene del intramundo para proteger el misterio y que, por mi condición transparente, es difícil de ver, tocar y respirar. Supongo que al verme humildemente vendiendo libros en la caseta de una feria la ilusión se habrá desvanecido. Aún así, con los ojos iluminados, como si hubiera visto una especie de leyenda viva, compró con alegría la edición especial que editamos hace un año del mítico libro «El Misterio de las Catedrales”. Remiré el libro y recordé el supremo esfuerzo editorial que hicimos para poder editar esta obra emblemática de la alquimia y la hermética. Respiré profundamente mientras me daba cuenta de que el esfuerzo merece la pena. De que el trabajo Uno sigue adelante a pesar de todo.
Al poco rato se acercó una persona que conocía todos los libros azules. Una especie de mago local que pretende contagiar el amor por la sabiduría perenne. Admiró nuestro catálogo, especialmente por la increíble hazaña de editar los clásicos que nadie ya publica, y nuestro papel de guardianes de la enseñanza. Tras una larga charla recordando nuestro común recorrido rosacruz en Oceanside y nuestro común recorrido en Panillo y Ginebra, no tuve más remedio que regalarle nuestro libro estrella de AAB: “Sirviendo a la Humanidad”.
La poderosa obra continua. No puedo abandonar esta labor, no puedo dejar de hacer todo aquello a lo que fui llamado. No puedo dejar de compartir, desde la pobre personalidad, todo aquello que pueda inspirar a otros a seguir el camino del corazón, el camino mágico del alma. Sin mayor pretensión, todos somos llamados a realizar una abrupta tarea, siempre difícil, siempre ardua. Cuidar el jardín, sus flores y las bellas creaciones del universo requiere un gran esfuerzo, pero sin duda, merece la pena entregar la vida a un servicio más allá de nuestras necesidades personales. Desde la cultura, desde el conocimiento, desde la inspiración, desde el amor, desde la enseñanza, desde el compartir… Merece la pena expandir las tres joyas secretas por amor a la vida.
Me desperté buscando a mi lado el calor de un abrazo. Oteé con la mano uno y otro lado de la cama pero a medida que mis siete cuerpos se iban entregando a la realidad, me daba cuenta de la ilusión de vivir separado del fuego, de los álamos verdes en los márgenes del río. Me duché para limpiar mi aura tras afeitar mi cara ahora sin pelos. Las cigarras cantoras aún no han llegado. Realmente hacía frío esta mañana. Desayuné taciturno y salí hacia el coche que aún sigue averiado y se para cada dos por tres en mitad de la carretera. La cara reparación no sirvió de nada y toca arriesgar. Al menos, el recorrido desde la sierra a la ciudad califal es bien hermoso a pesar de los sustos de la carroza. Montañas, campiñas, frutales, alamedas, el hermoso valle del Guadalquivir y todo tipo de animales muertos que yacen en las cunetas, señal de la riqueza de vida que por estos parajes se desprende. Me quedo absorto ante las bellas vistas que se derraman a uno y otro margen entre castillos y veredas hasta llegar a la ciudad omeya.
Aparco frente a la estación de tren y sus ruinas romanas, preludio de inicios y finales. Tengo que llegar pronto porque luego me espera un paseo entre jardines y huertas urbanas hasta llegar a la feria, en pleno centro, en la avenida del popular Gran Capitán. Voy haciendo mi camino absorto por la poesía del lugar, por el crepúsculo interior que bombea sangre con cierta melancolía y pena hasta llegar al número 32 de la feria del libro. Abro la caseta medio mojada por las lluvias primaverales y se abre ante mi la luz de los libros, relucientes, brillantes, únicos.
Al poco rato llega nuestro primer cliente. Trae consigo un libro envuelto en una de esas bolsas de plástico que tanto están contaminando nuestros mundos. Lo saca y desea devolverlo porque su lectura es demasiado compleja. Es “La luz del Alma”, de AAB, ¡ay el alma mía! Sonrío por dentro ante la paradoja. Llevamos cinco días de feria, la mitad de la jornada, y aún no hemos amortizado ni la mitad del precio de la misma. Ni siquiera la gasolina de haber llegado hasta aquí. Aún así no me importa. Persevero en el ánimo a sabiendas de que “La luz del Alma” tiene que seguir viva y sobre la mesa. Le devuelvo el dinero y promete volver para comprar algún otro libro, quizás un cuento o algo sobre relajación. Le miro la parte pituitaria izquierda y sé que volverá. Lo hace justo cuando escribo estas letras, a cual sincronía hermosa, y se lleva, por el mismo precio, “El punto de quietud”, de Ramiro Calle, prologado por este servidor hace ya un tiempo. Por curiosidad remiro sus primeras páginas y me encuentro una cita del yogui Ramana Maharshi: “en el debido momento sabrás que tu gloria está donde tú dejas de existir”. Me quedo mirando el mundo y recuerdo su doctrina de no dualidad, el atma-vichara, la indagación del alma, donde todos somos uno con la fuente primera, y por lo tanto, no hay separación posible.
Cuando saco la pequeña caja de caudales encuentro una nota en la mochila: “el corazón de una paloma amanece en paz”. Cojo la nota escrita en color verde con delicadeza y cariño. Me quedo mirándola y le digo mientras la abrazo: “gracias por curar la pobre melancolía”. Recuerdo entonces los versos de Machado: “Hermosa tarde, nota de la lira inmensa, toda desdén y armonía; hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa”. Y entonces, abrazado a la nota verde, con su lenguaje verde y mistérico, siento la paz, y la unión, y el amor más allá de la separación. Y amanece en mí un corazón tranquilo, firme, convencido, de que las cosas siempre son trascendentales y de que la “luz del alma” ha vuelto para seguir iluminando esta caseta, sin separación posible, en la unidad de todas las cosas, incluso en la unidad de aquellas que partieron lejos, hacia el Camino.
Termino de escribir estas letras y mientras buscaba algo sobre Ayam Atma Brahma, se acerca una hermosa mujer y compra el libro “Amor es relación”. Otra hermosa sincronía. Como soy tímido no le digo que yo soy el autor, y ni siquiera tengo la cortesía de dedicárselo. Ella tampoco se da cuenta de que el hombre que aparece en la solapa del libro soy yo mismo, sentado frente a ella, mirándola con la devoción con la que un hombre puede mirar a una mujer hermosa. Sonrío por dentro por la magia de la vida. Y me dejo fluir por la gracia, deleitado por esa visión más allá de lo aparente. Recojo la nota verde y el corazón, de nuevo, se vuelve paz y amor.
El andaluz tiene una gracia exquisita y un arte elaborado a la hora de seducir. Los piropos suenan a camelia y las gracias suelen venir acompañadas de cierta musicalidad provocadora. Se puede decir algo grave sin entrar en la ofensa. Algo tosco puede, en la boca de un andaluz, convertirse en un halo de alegría y santidad. Lejos de las sobrias, cansadas y tristes figuras del norte, aquí en el sur reina la alegría por doquier. Sobre todo, el cachondeito, una especie de orgullo nacional donde la arrogancia se transmite en forma de broma. Si el orgullo norteño es rancio y violento en muchas ocasiones, aquí es suave, pero educadamente pasional. Puede ocurrir que por dentro uno esté triste, hasta que sale al sol, a la tapita y al vinito. Entonces las penas desaparecen con una “manzanilla”, la alegría se llena de chiste con “soleá” y lo vulgar se honorifica de forma pomposa y jovial con un “jamoncito” o un “flamenquín”. El Gran Poder custodia todo lo demás, así que no hay por qué preocuparse.
Hoy la lluvia, la soledad y el silencio han reinado en la feria, pero ayer fue una auténtica caravana de comensales que deambulaban buscando el elixir, el sabor de los libros, el paseo y el sol. El ministro de agricultura, solitario y taciturno, se detuvo ante nuestros libros en su caminar anónimo. Los miró con extrañeza. Incluso los eruditos en ciertas materias opinan que nuestro catálogo es extraño y peculiar. El ministro miraba uno a uno cada perla, luego me miró con cara extraña y se marchó con una sonrisa amable y dudosa. Los ministros son personas educadas y te miran y sonríen, aunque no compren nada y aunque no entiendan nada de arquetipos y cuerpos sutiles.
Oscar es nuestro mejor embajador en Andalucía. Todo el mundo en Córdoba conoce a Oscar, un editor de los pies a la cabeza. Así que ayer fue un carrusel de saludos y abrazos, de amigos y conocidos, todos cultos y profundamente satisfechos con sus vidas. Llegaron a pasar toda la corte de autores consagrados en nuestro modesto sello dedicado al rescate etnográfico de la cultura. Lo tangible y lo intangible se unieron. También estuvo con nosotros Beatriz, una autora cordobesa, joven, hermosa, que daba alegría a la caseta mientras que unos y otros miraban su belleza entre libro y libro. Pasaban personas y personalidades, esas que además de mantener un estatus homínido y social, tienen además algún tipo de logro personal que los hace destacar sobre el resto. Unos presumen de éxitos personales, de fincas y cortijos, de propiedades y títulos, de caballos y empleados. Nosotros, personajillos anónimos, presumíamos de nuestra aristócrata voluntad de subyugar la ignorancia a base de cultura y valores.
Recuerdo estas cosas mientras tomo un café en el centro, cerca de la feria, y veo por la ventana como un transeúnte rebusca entre la basura algo que comer. En una de las bolsas ha encontrado un trozo de croissant mientras en los bolsillos va guardando desechos aparentemente inútiles. Lo ha olido, lo ha probado y mientras compartía algún trozo con unas palomas, se engullía el resto. Esto me hace recordar que hoy solo he regalado un libro. Este pobre hombre compartiendo la mitad del croissant de la basura con las palomas y yo sólo he regalado un libro en toda la mañana. Eso sí, un gran libro: “Sirviendo a la humanidad”. Mientras rebusca habla solo y yo, mientras rebusco en mi memoria, escribo solo. No hay realmente mucha diferencia entre su locura y la mía, o por no ser egocéntrico, entre su locura y la nuestra, la de todos aquellos que andamos por la vida buscando cosas, acumulando cosas para luego presumir ante el resto de las mismas, aunque sea con gracietas jocosas o con cachondeito suave.
De todas formas aquí nada importa. Acaba de salir el sol, riqueza aurea, patrimonio etérico. La vida sigue mientras todos opinan musicalmente con ese hablar peculiar, característico e inconfundible. Todos tienen algo que decir en este concierto de voces. Aunque sea de broma, en broma, a veces echan piropos que te elevan el alma. El transeúnte se acaba de marchar alegre con su corte de palomas. Yo tengo que cumplir con el resto de la jornada libresca, a ver si vendemos algún libro y regalamos algún piropo o sonrisa. ¡Alegría! ¡Que estamos en el sur! ¡Que sale el sol! ¡Ozú mi mae!, que diría aquel.
«El mundo se ha vuelto demasiado peligroso para cualquier cosa que no sea una utopía». John R. Piatt
Subí de nuevo a los bosques. Tenía que repasar el segundo artículo de antropología pero no me concentraba tan rodeado de libros y estímulos del pasado. En otoño hubo una gran nevada que había partido literalmente por la mitad decena de árboles. Uno de ellos, un gran roble pegado a la cabaña, había caído justo encima del fresno que sembramos cuando empezamos a construir ese pequeño hogar. Aún no me siento con fuerzas de volver a la cabaña, pero quise, de forma simbólica, poner orden en sus alrededores. Todo aquello que se había doblado, como mi propia vida en estos meses, enderezarlo, como ahora hago con todo. Así que cogí la motosierra, y aunque se resistió a funcionar durante más de una hora, al final conseguí hacerla funcionar y empecé a hacer leña del tronco caído.
La sensación fue de liberación. Por fin los alrededores de la cabaña quedaban limpios y ordenados. Era un acto muy simbólico, pero también muy necesario interiormente hablando. Por dentro la cabaña había sufrido también sus propios avatares. En este tiempo personas pasaron por la misma y toda la decoración y mis cosas personales habían desaparecido. Los cuadros que traje de la India, la Bandera de la Paz de Roerich, la bandera de la ONU, los recuerdos de algunos viajes y toda mi ropa personal había quedado escondida en el baúl que rescaté de mi casa bauhaus de la Montaña de los Ángeles. Otras cosas desaparecieron supongo que para siempre, pero eso ya no lo sabré, porque con tanto recuerdo a veces resulta difícil echar alguna cosa de menos.
Entré un momento dentro y pensé que en esta primavera quizás podría intentar el salto a la misma sin que me saltaran las lágrimas. Ese lugar es impresionantemente bello y ahora albergo deseos de volver, aunque eso no quite el que continúe con mi año sabático. Pero mi alma respira de nuevo aliviada ante la tarea emprendida, el compromiso interior, la responsabilidad de seguir promoviendo y acompañando a las utopías. Realmente, fuera de la utopía, o mejor dicho, fuera de aquello que no sea lo que el alma tenga preparado para nosotros, resulta peligroso vivir. El mundo que no se ajusta a nuestra vibración interior, es un mundo delicado y resbaladizo. El asunto es poder sintonizar con nuestra particular llamada interior, comprenderla y ajustarla a nuestras vidas para darle sentido y ánimo.
Me quedé a comer y luego bajé al balneario para seguir trabajando con el artículo. Se me ocurrió, dado que ya tenía más de dos mil fotografías de mis últimos viajes, pasarlas todas al disco duro que poseo en la editorial. Ocurrió algo catastrófico. Al intentar pasarlas, todas las fotografías que guardaba desde junio del año pasado se esfumaron de repente. Más de dos mil fotografías de recuerdos impresionantes, de viajes inolvidables, de momentos únicos. También las fotografías de todo mi proceso de duelo y dolor, de posterior sanación y pervivencia. No me lo podía creer. Todos esos recuerdos borrados de la memoria digital y ahora solo existentes en mi pequeña memoria de cocodrilo. Nueve meses, justamente nueve meses, borrados para siempre.
Así quizás sea la vida. Quizás esos meses cargados de peligro debieron desaparecer. Quizás nunca debió existir tanto dolor y sufrimiento. Mejor así. Que solo queden recuerdos donde la sonrisa amplia sea la verdadera protagonista. Que solo quede la alegría y el resurgir de un mundo nuevo. El fresno quedó enderezado a pesar de haber quedado enterrado durante meses bajo tierra. Esperemos que sobreviva y reflorezca esta primavera. Esperemos que las fuerzas del alma vuelvan a su justo lugar…
Después de dos hermosas semanas en casa de una atractiva aristócrata he vuelto al balneario. La única condición que me impuso para estar en su casa era que guardara un estricto silencio y anonimato, conociendo mi facilidad para describir personas y paisajes. Eso hice con cierto dolor de estómago porque realmente deseaba relatar con detalle todo lo vivido. Pero hice caso y hoy me marché fiel a la promesa.
Lo bonito de tener amigos en todas partes del mundo es que puedes visitarlos y estar un rato con ellos. Al no tener coche, los ratos se hacen largos, como ha ocurrido esta vez. Ir a un sitio para estar unos días y terminar allí durante dos semanas a la vista de los exquisitos cuidados recibidos. Admito que la vida bucólica del campo tiene su belleza y te engancha cuando vives en un palacio con todas las comodidades del mundo y encima puedes pasear por los bosques y campos propiedad del anfitrión con toda libertad y desapego. La buena compañía, el trato amable, las risas y la complicidad hacen de la experiencia algo único e irrepetible. Hoy me despedía con cierta nostalgia de mi habitación, mientras por la ventana veía los caballos, los bosques, las montañas.
Tuve la suerte de tener hace tiempo una pareja baronesa, de la haute bourgeoisie, diplomática de profesión y con la que tuve la suerte de conocer la exquisitez de ese complejo mundo de las formas. Eso me ha permitido pasar dos semanas atendiendo a la elegancia que el lugar merecía, pero también me ha permitido, dada mi necesidad de romper esquemas, el poder bajar al barro, a la huerta o a las cuadras y atender las necesidades de la recogida de leña o estiércol sin que por ello se me cayera ningún anillo. Algunas horas de elegancia, especialmente intelectual, mezcladas con horas de auténtico fango. Todo un placer difícil de conjugar.
La elegancia y la propia mirada aristócrata era diferente a la que podía vivir y representar en mis tiempos de embajador consorte, donde tenía que ir, metro en mano, midiendo la separación entre cubierto y cubierto. Lo sublime de poder estar frente a personas de una excelsa inteligencia y una suprema distinción espiritual es que te hacen ver el mundo de diferente forma, te hacen apreciar la vida con un sistema de valores renovado, sin necesidad de aburridas medidas, pudiendo expresar desde el más absoluto caos verdades complejas. Te hace, de paso comprobar, que la riqueza interior puede venir acompañada de mil añadidos apasionantes que para nada incomodan al que los sabe apreciar. Así que hoy me marché, tras un periplo penoso, agradecido por la experiencia y la acogida, por las horas de conversación y las divertidas tardes de broma y alegría. Ya se echa de menos la bella sonrisa amable, la elegancia y esbeltez de esa alma noble a la que estaré por siempre en deuda.
Y ahora, tras meses sin pisar este tranquilo lugar, me encuentro de nuevo sumido en la soledad, recordando tantos y tantos viajes, tantas y tantas aventuras, tantos y tantos amigos que me han acogido y con los que he disfrutado mientras me sanaba. De nuevo solo, ideando ya el próximo viaje, la próxima aventura y con el convencimiento de que seguiré empeñado en tomarme este año sabático cueste lo que cueste.
Por suerte, y debido al trabajo intenso que estoy realizando a pesar de tanto viaje y ausencia, estoy saneando la economía de la empresa y estoy creando valor para el futuro. Eso me anima a seguir lejos de todo compromiso más allá que el que requiere mi trabajo y mi recuperación. Estaré por aquí unos días, repasaré las cientos de cartas que han llegado, pondré orden en algunos asuntos y me lanzaré de nuevo al Camino. Esta vez sin un rumbo fijo, de nuevo improvisando, tal vez hacia tierras del sur, buscando el calor amable de la primavera y la acogida de algún otro anfitrión. Andaremos y veremos. Esa es la consigna.
De nuevo agradecimiento a todos los que habéis hecho posible este periplo sanador y gracias por volverme de nuevo al centro que nunca debí perder. Aquí en el balneario todo parece tranquilo y en paz. Siento mucho agradecimiento y mucho amor por la vida. Ahora tendré tiempo de mirar de nuevo al horizonte mientras descanso en soledad e ilusión renovada.
‘Usted necesita caos en el alma para dar a luz un inicio danzante.” Friedrich Nietzsche
Ayer paseando entre campos y bosques nos preguntábamos porqué la gente prefiere huir de este paraíso para asimilar la vida en la ciudad. Hablando con unos paisanos nos dábamos cuenta de la urgente situación del mundo rural. Lo cierto es que cuando esta generación desaparezca, los campos quedarán desolados. Por un lado, la naturaleza tendrá su oportunidad de medrar, de crecer a su antojo sin la intervención humana. Ayer mismo nos lo decían: antes no había tanto árbol. Seguramente, todo será próspero y florido en la vida salvaje que se avecina. Por otro lado, da pena pensar que estos lugares quedarán abandonados, solitarios, sin almas que puedan labrar sus tierras, disfrutar de sus frutos, admirar el calor del tiempo sencillo.
Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se siente satisfecho cuando va al trabajo, dedica parte de su existencia a realizar algo útil para los demás y vuelve a casa con la satisfacción del deber cumplido. Pero la satisfacción en el campo es otra. Tiene más que ver con la conexión primordial del ser humano con el calor que susurra la tierra, con el aleteo de las aguas de los ríos, con el sabroso aroma del viento cuando se cruza con un campo florido. Hay una ligazón que nos vincula con la vida cuando miras a tu alrededor y lo que ves es la expresión más salvaje de la existencia. Con mirada profunda, puedes ver como desde un irreconocible misterio, todo crece desde un cierto orden. Hay un equilibrio sensato que no teme seguir la existencia.
Los árboles parecen nostálgicos, siempre hundiendo la mirada hacia abajo con la misma fuerza con la que miran hacia arriba. Los cielos limpios y azules, las veredas verdes con su musgo florecido, las huertas preparadas para albergar el fruto y los sotos a punto de expandir sus ramajes hacia lo más alto. A veces puedes adentrarte en la espesura y observar en silencio el sonido del bosque. Algunos pajarillos curiosos se acercan para ver cuales son las intenciones. Otros prefieren huir ante la fama fundada de lo que somos. Cientos de animalillos recorren cada vereda, cada páramo, cada rincón encantado. Hay un inestimable calor en los campos.
Aquí, en los lugares abandonados de la historia rural, uno puede comprarse una casita de piedra por muy poco dinero. Con algo de ahorros, puede ir restaurando el lugar, volverlo habitable y vivir de lo que uno quiera. Con algo de conexión a internet y un poco de imaginación, uno puede dar rienda suelta a sus talentos. Al hacerlo, uno puede vivir arropado con pocas cosas. Si tuviera que marcharme lejos de todo y volver a empezar de nuevo, elegiría sin duda un lugar como este. Buscaría una tierra generosa, construiría de nuevo una pequeña cabaña y seguiría con mi labor tranquila, editando libros, escribiendo y ayudando en todo lo que pudiera para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.
Soy un chico de ciudad que nació en la ciudad y creció en la ciudad. Pero estoy, de nuevo, descubriendo la vida en el campo y no desearía alejarme de su calor. Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se puede sentir útil allí. En cambio, en el campo, uno se siente vivo, y en este inicio danzante nacido tras el caos, siento ganas inmensas de exprimir la vida y sacar de ella todo su encanto, todo su jugo.
Me escribe gente empeñada en reinterpretar mi vida, imaginándola, diseñándola dependiendo de rumores, de lo que otros cuentan o de lo que otros imaginan a su vez. Resulta divertido ver como el rumor es capaz de construir auténticas realidades más allá de lo que realmente pueda estar ocurriendo. Por suerte, ese tipo de rumores ya dejaron de afectarme, y dedico más tiempo a construir mi nueva vida que a intentar rehacer lo que otros dicen, piensan u opinan. Necesariamente, en estos momentos donde cierta calma se apodera de mi, revivo la necesidad de seguir caminando, en lo bueno y en lo malo, pero con la cabeza bien alta para así poder otear el horizonte. Con una mirada conservadora, sin ganas de comprometer nada más allá del trabajo diario, de lo que cada jornada pueda ofrecer. Sin mayor compromiso que el de seguir poniendo orden en todo antes de volver a poner encima de la mesa la lámpara maravillosa.
De momento silencio, calma, tranquilidad, ir haciendo, sin vivir ya de los réditos del pasado sino más bien intentando construir un futuro sereno y sosegado. Tras más de dos semanas en las Tierras Altas de Escocia volví a Barcelona por unos días y de allí me exilié a un lugar tranquilo donde poder pasar unos días de reposo antes de continuar el periplo, sea el que sea. El lugar es secreto y anónimo porque así me lo pide mi anfitriona. La verdad es que la belleza única de este sitio tranquilo merece ser protegido y resguardado. A veces hay cosas que no se pueden contar por tabú. Otras, porque es mejor dejar que otros sigan imaginándolas a su antojo. De alguna forma resulta divertido poder ver como los mundos se entremezclan en el mundo de la fantasía.
Aquí puedo pasear, respirar tranquilo, sin agobios. En Findhorn cumplí con mi propósito y adelanté en unos días mi viaje por asuntos que ahora no vienen a cuento. Pero me marché satisfecho y feliz tras vivir una bonita experiencia con una encantadora familia. Ahora tengo una pequeña mesa, una habitación, comida abundante, noches largas donde poder descansar, silencio, paz, serenidad y buena conversación cuando se tercia. Aquí se puede, con aplomo y quietud, imaginar mundos. Pero no mundos fantasiosos donde cada cual pueda interpretar la realidad a su antojo. Más bien mundos que puedan ser excusa para declinar la realidad hacia uno u otro lado. Mundos cargados de detalles, de color, de brillo. Mundos donde cada poro de fantasía pueda suponer una excusa para su construcción. Mundos secretos. Porque ahora tercia cierta discreción, cierta tranquilidad, cierto sentido de lo esotérico a la hora de exponer las cosas. Mundos capaces de hacer vibrar los planos que se adentran en lo intangible.
Estoy bien. Desapegado de las experiencias. Sin expectativas ninguna, sin proyecciones extrañas. Simplemente fluyendo con el tiempo presente. Con la naturaleza inmanente de este instante único e irrepetible, sin saber si la continuidad dará paso a otras realidades. De momento sigo empeñado en mi año sabático, al menos hasta poner en orden todo lo desordenado que el año pasado nos trajo. Sigo empeñado en buscar el equilibrio perdido en todos los planos. Poco a poco, sigo avanzando y descubriendo cómo es posible sanar y ser sanado. Sigo imaginando mundos… claro que sí… Entrelazando mundos…
Hoy en la casa de espiritualidad de Sant Felip Neri, en Barcelona
A las cinco de la madrugada ya tenía los ojos abiertos, recordando los recurrentes sueños, intentando comprender su naturaleza, mensaje o misión. Miraba en la negrura pero no veía nada. Dos horas después estaba duchándome. Dejaba que el agua caliente intentara despertarme del insomnio. Cogí el metro temprano y estaba lleno de borrachos, de zombis que venían de fiesta, de personas tumbadas en los suelos sin sentido. Miraba sus rostros, pero en su negrura no podía ver nada. Me llamó la atención comparar esa estampa con la que viviría más tarde en una casa de espiritualidad donde más de medio centenar de personas, despiertas y lúcidas, se retiraban para meditar en un domingo cualquiera en una gran ciudad cualquiera.
Llegamos temprano a la hermosa casa de espiritualidad Sant Felip Neri que las filipenses tienen en Barcelona. Un pequeño y bello oasis en medio de la ciudad donde se mezcla la cultura cristiana de unas monjas que han abrazado las prácticas del budismo zen. A las nueve empezó el samu de preparación, seguido durante toda la mañana de las prácticas frente a la pared de zazen y kinhin, acompañados de un hermoso teisho que Berta Meneses había preparado. Este era el koan para el día de hoy: “¿cual es tu rostro original?”
Pensaba en ello mientras me retorcía de cierto dolor durante la primera hora de práctica. Sujeto con fuerza al zafu, el pequeño cojín redondo que se utiliza en estas prácticas, intentaba, pobre occidental, adaptarme a la compleja posición del loto. Luego conseguí una postura cómoda, más parecida a la postura de la esfinge, más propia para nuestros rígidos cuerpos, y pude dejar pasar el dolor y el sufrimiento para centrarme en la meditación zazen. El fluir de la respiración, la correcta posición y el dejar pasar los pensamientos son los primeros pasos para adentrarse en este mundo de vaciado mental.
Recordaba las imágenes de la primera hora de la mañana, luego las del hermoso lugar donde estábamos y las contrastaba con mi propia experiencia interior, últimamente condicionada por el dolor y el sufrimiento excesivo. No me sujetaba a esas tres experiencias, solo las observaba, mientras intentaba desvelar mi auténtico rostro. Fue entonces cuando de alguna forma empecé a llorar interiormente, porque el verdadero rostro es algo íntimo y secreto, algo difícil de describir y comprender, pero que existe, está ahí y todos estamos llamados a descubrirlo. El rostro original de cada uno, más allá de las máscaras y los sentires circunstanciales, aparece cuando las aguas revueltas dejan paso a la inmensa paz de los océanos interiores.
Lo complejo de esta experiencia, hermosa y necesaria a la hora de descubrirnos realmente, es poder gestionar su realidad con las circunstancias envolventes y condicionantes del día a día. Especialmente sobre la elección que hacemos diariamente. Todos los días sin excepción debemos elegir entre ser auténticos, ser un reflejo vivo de nuestro verdadero rostro, o dejarnos llevar por todas esas máscaras que nos ponemos para defendernos: el orgullo, la soberbia, el miedo, el rencor, el odio, la desidia, la pereza… Todos los días tenemos una lucha, y debemos discernir. ¿Cuál es tu rostro original? Medítalo, todos los días, con calma, y discierne entre ser verdadero o mostrar tu rostro más falso y embustero.
Estos son mis últimos días en Barcelona tras casi un mes en la casa familiar. Había muchas opciones para seguir con la vida errante y el propósito de año sabático que me habían sugerido para salir del pozo emocional. Alguien, viendo mi estado deplorable, quiso hacerme un regalo. Un viaje por Tierra Santa. Acepté, no con mucho entusiasmo, porque sigo paralizado interiormente, sin muchas ganas de prácticamente nada. Pero entiendo que ese viaje servirá para distraer la mente, explorar un poco más el mundo convulso y comprender de paso los conflictos que atañen a la incomprensión humana.
Viajo como huida, a sabiendas de que los demonios me perseguirán a cada instante. No creo que se desvele nada nuevo a pesar de que intuyo que viviré experiencias intensas. Pagaré algún peaje y deberé fortalecerme interiormente para no derrumbarme a la primera de cambio en un ambiente que promete ser hostil. Mi vocación será más antropológica que religiosa, aunque intentaré bañarme en las fuentes de todas las culturas y creencias que allí se derraman. Supone un esfuerzo, más que un placer, así que intentaré no caer a la primera de cambio.
Han pasado casi seis meses desde que mi vida cambió drásticamente. Sigo sin entender casi nada de lo que ocurrió. Sigo desorientado con respecto a la suma de cosas que pasaron y sigo sin comprender el resultado final. No termino de encajar las piezas y eso a nivel mental es agotador. Es como si la vida se hubiera paralizado, porque nada de lo que ahora hago tiene un gran sentido. Sólo me limito a ver pasar los días, a intentar no descuidar las obligaciones materiales más básicas y a dejarme llevar por las corrientes anímicas que se desarrollan a mi alrededor. Estoy sumergido en una deriva que observo atento para aprender de ella. Sin ningún tipo de inclinación hacia nada, sin ningún tipo de motivación sobre nada ni nadie. Sólo observo.
Lo bueno de no tener coche es que me obliga a estar más tiempo en los lugares que visito. Teóricamente vine a pasar unos días, pero todo se ha alargado, dependiendo un poco de las vicisitudes de cada momento. No conseguí plaza en el curso de vipassana y la vida me lleva a Israel. Después unos días en Ginebra por temas de trabajo y después no sé qué ocurrirá. Es la primera vez en muchos años que no tengo un plan, una motivación o un valor sugerente por el qué luchar. Tampoco es algo que me preocupe en exceso. Sólo intento experimentarlo, vivenciarlo a sabiendas de que la vida milagrosa siempre aparece tarde o temprano. Me gusta, mientras tanto, expresar abiertamente esta noria y ver, cada vez que lo hago sin tapujos, como reacciono y evoluciono con el pasar del tiempo.
Uno nunca sabe lo que la vida depara. Hay ciertos deseos, ciertos anhelos. Sí, con la experiencia, tengo claro lo que no deseo. El ruido ensordecedor de la ciudad casi termina con ese remanso de paz que traía de los bosques. Me cuesta asumir la vida mecánica, el sueño de levantarse temprano para ir a un trabajo con el que debo estar comprometido toda mi vida para pagar una hipoteca que me permita dormir algunas horas para poder ir de nuevo al trabajo. Estos días observaba, especialmente en el metro, las caras de esas personas valientes y comprometidas con sus vidas que no les quedó otro remedio que asumir esa realidad. Caras cansadas, agotadas, tristes. Un espejo de lo que yo ahora experimento. Pero mi rostro cansado es por otros motivos. En eso me siento perfectamente un privilegiado. Mi trabajo no tiene horarios, ni jefes, ni siquiera una oficina estable donde acudir todos los días. Pago mi propio peaje, es cierto, pero prefiero hacerlo antes que volver a un mundo que conozco bien y que no me hace feliz.
Mi tormento actual sé que es circunstancial. Sé que es algo debido a dos experiencias duras que he pasado y experimentado concentradamente en estos meses. Dos experiencias que por motivos diferentes no han podido ser cerradas aún. Y aunque aún no sé hacia donde dirigir mi mirada, sí que sé algunos caminos por los que ya no transitaré nunca más. Sí, estoy desvelado, pero este desvelo servirá para seguir avanzando. La desesperación muda terminará tarde o temprano. El tiempo siempre es sanador. El desierto espera. También sus demonios.