Añorando la intimidad


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© Stephen Cairns

“Para aquél que sabe mirar y sentir, cada minuto de esta vida libre y vagabunda es una auténtica gloria”. Alexandra David-Néel

Alexandra tenía razón, aunque olvidó mencionar que, para alcanzar ese estado de gloria, había antes que pasar por infinitas vicisitudes. Llevo muchos años de vida libre y vagabunda y el precio ha sido costoso. Especialmente cuando ya pensé que esa vida había terminado e hice lo posible para estabilizarme en cierta calma e intimidad necesaria. Un exceso de esfuerzos baldíos para darme cuenta de que eso, en mi naturaleza, parece un imposible. Aún no he podido recuperarme de ese devenir, y siento como este errante momento me empuja a seguir explorando por las tardes mientras que, a la siguiente mañana, el mundo se me viene encima con cualquier sueño. Subir y bajar parece ser el sino de esta vida vagabunda, carente de rumbo fijo, especialmente atada a la suerte y el azar en estos días de infortunio.

Tengo sobre la mesa tres aventuras, tres posibles destinos exóticos que podría enlazar uno con otro de forma que a medida que avance en la aventura, vaya creando nuevos escenarios que distraigan mi mente, ahora loca y alborotada, con nuevas experiencias, nuevos rostros. Supongo que es tiempo de estar distraído, algo incómodo en mi vida, porque no soy persona de buscar distracciones para matar el tiempo. Pero noto que debo serenar mis siete cuerpos, uno por uno, como un ejercicio de gimnasio disciplinado para ahuyentar de mi interior el pasado que ya no existe, excepto en mi imaginación desbordada.

Me siento como desnudo, al mismo tiempo que desprotegido. Al menos he notado en estas semanas una ligera recuperación física y vital, aumentando también mi desapego emocional hacia los escenarios ya no existentes. Ahora es la mente la que cabalga sola y descontrolada. Es la mente la que requiere serenidad y paz. Y la recomendación siempre es la misma: cambia constantemente de escenarios para crear nuevas experiencias, nuevos pensamientos y por lo tanto, nuevas ideas a las que aferrarse. Quizás por eso esté alargando un poco mi estancia en el Mediterráneo y quizás por eso Barcelona me seguirá atrapando unos días más antes de decidir si marcho a Oriente Medio, donde me aguardan algunas promesas incumplidas, o sigo mi camino hacia el septentrión, a las lejanas Tierras Altas, previa parada en los países helvéticos.

La vida corre deprisa. No nos damos cuenta porque somos esclavos de nuestros propios escenarios. Vivimos distraídos por un mundo que ahora se desdobla entre lo real y lo virtual, entre lo analógico y lo digital. Es una paradoja que, siendo esclavos durante siglos del trabajo, ahora seamos doblemente esclavos, del trabajo y del ocio. Doble distracción antes de darnos cuenta de que la vida se agota.

Y de todo esto, lo que más echo de menos sigue siendo lo mismo, algo que añoro y que ahora veo como lejano, como imposible. Algo a lo que todo ser humano no debería jamás renunciar: la intimidad compartida. Pero la intimidad como la entiende Taylor Jenkins, “la gente piensa que la intimidad es sobre el sexo. Pero la intimidad es sobre la verdad. Cuando te das cuenta de que puedes decirle a alguien tu verdad, cuando puedes mostrarte ante ellos, cuando te encuentras frente a ellos desnudo y su respuesta es ‘estás a salvo conmigo’, eso es intimidad«. Necesito esa desnudez, necesito ese «estás a salvo conmigo», no como necesidad emocional nacida de carencias, sino como realidad última del espectro humano. Aunque soy consciente de que esto, a veces, es imposible para una vida libre y vagabunda, no dejaré de soñarlo una y otra vez.

 

Morir para renacer


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Primero le enseñé cuatro cosas básicas para poder llevar la editorial mientras yo estuviera fuera. Había comprado un billete de ida pero no de vuelta, así que necesitaba a alguien que pudiera hacerse cargo de todo en mi ausencia y de paso, alguien responsable que pudiera motivarse con algo nuevo en su vida. Pensé que era un trueque justo para ambos. Subí al viejo coche y lo dejé para que los miembros de la comunidad tuvieran un medio de transporte. Luego le cedí mi cabaña, la que hasta ahora había sido mi casa, a una nueva inquilina. Entré con ella para darle algunas instrucciones, pero no pude estar mucho tiempo. La triste emoción de abandonar ese lugar pudo con mi entereza. Allí habían nacido ilusiones, sueños, promesas. Y allí mismo había que enterrarlas. Interiormente sentía que no podría volver a habitar ese lugar. Demasiados recuerdos, demasiadas ilusiones que se fueron cayendo una por una. Ni pareja, ni familia, ni hijos, ni nada que pudiera construirse ya en ese hermoso hogar. Así que me fui con el lagrimal tembloroso y decidí hacer los cinco kilómetros que me separaban de mi pequeño refugio invernal a pie.

Esta es la nota triste de la historia, del desapego, del entierro simbólico de un pasado que ya no está, que ya no sirve y ya no se puede cambiar. La nota alegre es que hoy estoy subido a un tren dirección Barcelona. Pasaré, por primera vez en muchos años, las fiestas de Navidad con la familia. Para mí es algo nuevo, una reconciliación con los ancestros, un cambio de paradigma, un perdón por tantos años de ausencia. Pero también la necesidad de cambiar por dentro, de erigirme como un hombre nuevo, con una versión renovada de mí mismo. Eso no es fácil porque el escorpión no puede cambiar su naturaleza, como decía la parábola. Pero soy luchador y quiero esforzarme, quiero ser mejor. Han sido unos meses difíciles donde la experiencia me ha puesto en frente de mi peor versión, de mi mayor sombra.

He conocido algo de mí que no me gusta, que no necesito, que deseo extirpar. Ante mi propia rabia e impotencia hice daño y enturbié todo lo que me rodeaba. No era mi intención, me vi desbordado y no quiero que eso ocurra nunca más. Aprender a aceptar la derrota, aunque esta venga acompañada de engaños y desprecios, es también aprender a callar, a estar en silencio. De nada sirve retorcerse de dolor y dejar campar a los mil diablos que nos poseen. No aporta nada. Es cierto, no aporta nada. Tan solo un triste final, un estúpido desencuentro.

Ahora toca disfrutar del viaje. No de este en particular, sino del que viene, que será largo y espero que hermoso, cargado de nuevas experiencias, de nuevos mundos que explorar, de nuevos aires que respirar, de nuevos encuentros. Toca salir a los caminos e intentar ser más silencioso, no hacer tanto ruido, no enturbiar el paisaje con pensamientos o emociones descontroladas. Toca respirar y mirar hacia adelante, con la visión firme, con la entereza de siempre, resurgiendo, como tantas otras veces he hecho, de mis propias cenizas. Seguiré escribiendo porque me ayuda, me hace pensar, me hace entender, me desahoga. Estaré unos días aquí y unos días allá y haré caso, me tomaré unas largas vacaciones.

Lejana o cercana vida


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© Sergey Novozhilov 

Hay un foco de resistencia de ochenta personas que nos apoyan todos los meses puntuales. Para nosotros es nuestro aliento, es el arquetipo de sentirnos acompañados y queridos, de saber que hay ochenta personas que desde el halo invisible están apostando por este sueño. Luego están los voluntarios y los amigos que nos visitan aún cuando hace frío y cogen sus resfriados, como Roberto, uno de los primeros en pisar el proyecto y que sigue viniendo años tras año puntual a la cita del compartir. Para nosotros es como una antorcha, una luz que nos da fuerza y confianza. Y los guardianes, esos seres venidos de otro planeta para sostener el trabajo, para que la acogida y el servicio siempre renazcan desde la antorcha del amor. Para que no falte nunca un plato de comida para el peregrino, para que no falte nunca la compañía y el abrazo. No es fácil, quizás sea lo más complejo del mundo. Pero ahí están, dándolo todo.

Ayer venían tres hermanitos galácticos y tenía el gusto de acompañarlos en la comida. Identificaron rápidamente el punto de luz disfrazado de libros azules. Nos guiñamos álmicamente, reconociendo en ese gesto el valor y la confianza, la complicidad de todo el mundo invisible, de toda esa antorcha que ilumina el fuego cósmico. Siempre es una suerte encontrar a personas que hablan el lenguaje verde, que reconocen el mundo de los significados y que arrebatan al mundo arquetípico la magia del vivir. Son auténticos magos que se alinean para buscar la bondad.

Luego están los aguafiestas, los que intentan poner piedras en el camino, destruir lo construido, arrasar con todo sin importar nada el esfuerzo y la dignidad de soportar el trabajo realizado. Son los menos, pero siempre tienen la facultad de hacer mucho ruido, de tumbar el trabajo de una vida, de saquear la alegría con la tristeza. Pero a ellos son a los que más amamos, a los que más nos esforzamos en amar, porque son los que nos ponen a prueba, los que nos llevan hasta los límites para comprobar si todo es real y cierto. Sí, a ellos también los amamos.

Y luego la vida, con sus enseñanzas continuas, con sus sorpresas, con su encanto. Qué decir de la vida. No se puede decir nada. Solo podemos esperar sus milagros, sus avatares. Preguntamos a la vida sobre su poder y su respuesta es ver a dos pieles juntas abrazándose en un solo cuerpo. Son las nieblas que se buscan en la isla, lejano o cercano viñedo en el tumulto de los cielos. Lejana o cercana, la vida siempre nos acoge en su seno. La vida nos lo pide. La vida nos reclama abrazar la fuerza y el poder del amor. Nada tiene sentido sin eso que tanto anhelamos. ¡Ay la vida! Siempre ahí misteriosa, discreta, escondida entre los quehaceres que nos distraen de lo más importante. A veces tan cegados por lo material, por las cosas, por lo burdo, y olvidamos lo más importante. La vida… La vida y su fuerza, su poder, el amor. El poder del amor… 

 

 

Ahora si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban…


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Por la tarde fui a la fuente a por agua. Al fondo se ve Samos.

 

A las seis de la mañana ya estaba con los ojos como platos. A media mañana había quedado con la periodista para la entrevista. Me puse el disfraz de editor después de cinco años sin hacerlo. Chaqueta marrón con coderas oscuras, suéter índigo escondiendo una camisa no planchada, pantalones verde oscuros… Me hice algunas fotos para ver qué tal estaba. Aún seguía con la cara ausente, pero no me importó porque aunque el alma aún no esté del todo anclada en este cuerpo, lo estará pronto, muy pronto. Lo sé porque ya casi puedo ver una sonrisa de niño travieso que va apareciendo de vez en cuando. Empiezo a bromear con unos y con otros y empiezo a ver con cierto optimismo el futuro inmediato. Intuyo que algo pasará, algo que me hará volver a mi centro y me dará de nuevo alas para seguir cumpliendo con mi parte en el trato existencial.

La periodista fue puntual, lo cual es de agradecer. Estuvimos dos horas hablando. No me gusta hablar, pero admito que cuando me preguntan o cuando me tomo un café con leche no paro de hacerlo. Hoy tocaba preguntar a un editor que se había escondido durante cuatro años en los bosques sin que nadie se hubiera dado cuenta de que aquí, en este lugar perdido en mitad de la nada, había una editorial. Eso me decía la periodista un poco sorprendida. Me preguntó por anécdotas sobre el mundo editorial y tenía muchas. Le expliqué que antes solía atender a los medios, a la prensa, a la televisión, a la radio, y que incluso fui protagonista de un anuncio gracias a un peculiar libro que escribí. Eran otros tiempos, aunque viéndolo un poco con distancia, eran tiempos divertidos donde me gustaba coquetear con esas cosas del glamour, no para hacer que mi ego se regocije de sus muchos o pocos éxitos, sino para utilizar a mi ego como canal, como medio para que la inspiración llegue más lejos. En todo caso me gustó ser entrevistado después de tanto tiempo y disfruté del contacto humano más allá de lo digital y artificioso.

Al poco rato me contactaba Alma, una joven escritora que tuve la suerte de conocer cuando era muy niña y he visto como crecía en estos años que pasan tan rápido. Me preguntaba por mi estado de ánimo y de cómo me iba todo y yo la ponía al corriente de mis vicisitudes. Con esa fuerza que caracteriza a los jóvenes sabios, me recordó una frase que su abuela debía decirle entre fogones y castañas: ahora, si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban. La verdad es que la frase me hizo pensar mucho sobre la educación a nivel inconsciente que estamos recibiendo. La gente ya no se compromete con nada ni con nadie porque siempre, creemos ingenuamente, habrá un recambio, algo que sustituya lo roto. Cuando lo que se rompe es el amor en el mundo de la pareja, pensamos que encontraremos algo mejor que podremos “utilizar” en esa obsolescencia programada, algo que el amor líquido de estos tiempos tiene ya asumido.

Lo hablaba también esta mañana con Lucia, la periodista. Le decía que como editor y antropólogo podía observar cómo la sociedad está cambiando. Es cierto que somos de alguna forma más libres, pero estamos perdiendo el norte en muchas cuestiones clave como la cultura, los valores, el compromiso, la lealtad. Ahora nos traicionamos unos a otros por cualquier cosa. Si tu pareja piensa que ya no le sirves, te traiciona, te abandona, te sustituye. Ocurre también en el trabajo, en las relaciones de cualquier tipo, en las amistades.

Antes las cosas se arreglaban. Lo hablaba el otro día explicando la técnica japonesa del kintsugi. Ahora lo que se rompe, se tira. Me rompí y me tiraron, no una si no dos veces en tres meses. Pero hoy sentí, gracias a Alma, que todo puede reconstruirse y todo puede volver a ser lo que tiene que ser… La fortaleza del árbol radica en su flexibilidad. Esta vez seré más flexible ante la vida.

Dame el agua y la brisa…


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Esta mañana trabajando en la editorial tras unas horas de voluntario en O Couso

¡Oh sicomoro de Nut, dame el agua y la brisa que hay en ti! (Libro de la salida del sol, capítulo 59).

Me levantaba a las siete. Tenía una hora para aterrizar desde los cuneiformes planos astrales y estar puntual en la comunidad. Allí me esperaba, aún de noche y con lluvia, para que la acompañara al médico. Subí, bajé, fue al médico, la volví a subir y me quedé allí unas dos horas para trabajar un poco como voluntario, sin protagonismos de ningún tipo, de forma anónima. Con la ayuda de otra joven voluntaria recogimos el patio y ordenamos mil cosas. Algunas se van acumulando durante el año y en diciembre solemos, muy solemnemente, deshacernos de todo aquello inservible. Sentí en esas dos horas como el agua y la brisa de Nut saciaban mi espíritu. La grande que alumbró a los dioses quiso que me rociara con su poder. Sentí como si naciera de nuevo en los días epagómenos para esparcir la gracia y volver de nuevo al mundo de los vivos. Limpiando de aquí para allá, ordenando las diez mil cosas, me sentí otra vez un hombre nuevo.

Dos horas fueron suficientes para endiosarme. Bajé deprisa al valle. Me duché tras esas horas de sudor y lluvia. Envié algunos paquetes a sus destinos y empecé a trabajar ungiendo el despacho cargado de libros de mando y atributo. Hasta cuatro libros pude terminar con éxito y enviarlos a la imprenta para regocijo de sus autores y seguidores tras semanas de esfuerzo. Toda una proeza que se hace posible cuando el ánimo retorna y con él la saciedad energética suficiente para volver a construir. Una buena racha de dos semanas, pero solo eso, una buena racha. Tres meses sin trabajar han colmado el vaso de la desesperación. Es el precio de los que no disponemos de sueldos fijos y debemos acampar nuestras penas en el manto insoportable de la incertidumbre. Tres meses donde había que afrontar, sin fuerzas ni ganas, todo lo que se venía encima.

Pero ahora es diferente. Necesitaré posiblemente, a no ser que la fortuna cambie, muchas estaciones para poner orden total en este desaguisado. Los que hemos invertido todos nuestros ahorros en utópicas visiones vagamos desnudos en el Camino del Loco, y suerte de unos y otros que dan cobijo cuando el Loco, por mirar siempre a las estrellas y a Nut, caen en los precipicios inevitables del destino.

Pensaba en todo esto por no pensar en todo lo que de verdad estaba ocurriendo. España, el último reducto aún virgen e inmaculado de esas profecías injustas, ha caído, ahora sí, en la Europa de este tiempo. Una Europa alarmante que no aprende de sus errores y que, como el Loco, mira hacia otra parte para no ceñir su paso a la construcción de una realidad tolerante, fraterna y unida. El odio volverá a campar de nuevo si no ponemos justo remedio, si no dedicamos tiempo y esfuerzo en protegernos del mal, de la oscuridad, del apagado brillo del miedo.

No deja de ser curioso que en mi vida privada el miedo haya vencido al amor, y que en el mundo esté ocurriendo de nuevo lo mismo. Es como si el miedo, la oscuridad, se estuviera apoderando de nosotros, en lo personal y en lo común, y una lúgubre mancha se estuviera esparciendo por el mundo. Por eso esta mañana he sentido la fuerza de Nut, de la luz del día, del amanecer. La he sentido con fuerza, como un llanto, como un reclamo de los cielos para que todos volvamos a la senda del amor y la esperanza. Por eso he demandado con fuerza la brisa y el agua para desde mi humilde situación, esparcir un poco de luz en tanta oscuridad. Dos horas de trabajo como voluntario en un proyecto que demanda luz, más luz. Cuatro libros en la imprenta demandando luz, más luz. Todo es poco para que la cultura de la paz y la luz que de ella se desprende ilumine nuestros caminos. Gracias Nut por hacerme partícipe, por hacerme instrumento y canal de tu aurora, por permitir que cumpla con mi parte.

Pd.- Estamos en plena campaña de financiación del proyecto O Couso. Es la segunda que hacemos y la penúltima (en unos años haremos otra para financiar la Escuela). Ya hemos conseguido recaudar casi 1500 euros pero aún nos falta llegar al mínimo de cinco mil euros para no perder lo ya recaudado. Cualquier ayuda será bienvenida. Gracias:

https://www.goteo.org/project/o-couso-una-luz-en-el-camino

En búsqueda de sentido


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© Pinkmonty 

Los días pasan sin que ocurra nada especial. Alguna bronca, algún malestar, algún pequeño detalle. Trabajar algo, ir a comprar el pan, abrazar a la tendera en la melancólica tarde otoñal, ver como llueve y ver como anochece tan pronto, sin tiempo a buscar en los suspiros alguna ilusión o encanto especial. Pasan las horas. Casi puedo contarlas una a una. Hasta hace muy poco nunca tenía horas suficientes para terminar el día. Ahora las tengo todas pero de nada sirven. El sustento de la ilusión, la fuerza de que todo tenga cierto sentido se esfumaron. Cae la tarde, temblorosa, apagada, sin luz. Así son los descansos, los recesos. Tristes, aburridos, carentes de sentido y guía. Tampoco es algo que me importe en exceso. Me lo tomo como una forma de sanar, de aprender, de madurar esas infantiles posturas que a veces tenemos en la vida. Es extraño, suena extraño, pero estoy bien en este malestar.

Mi cerebro, diría que todo mi pensamiento, se ha reducido a una isla. Allí tengo mis palmeras, mis playas, mis cielos, pero como isla, están desconectadas del mundo. Los arrecifes no son muy profundos. Las palabras salen, desde la superficie, sin mayor prisa por emerger. Hablaba de días y de horas, pero los minutos son más difíciles de medir. Pasa todo excesivamente rápido en esta isla, en este refugio, en este balneario improvisado. La soledad, es tan desolada. Ni siquiera habitan los murmullos de antaño. Se marchó la mariposa y los berberechos se esconden entre las olas que agitan musicalmente la arena. Van y vienen, van y vienen…

Pude avivar el ánimo. Es algo que me consuela. Al menos ahora tengo ganas de vivir, aunque sea como una momia encerrada en un sarcófago. Pero al menos deseo respirar, observar, comprender. Hasta hace poco la vida se me hacía una carga. Demasiado pesada, demasiado dolorosa, excesivamente abstracta para ser comprendida. Pero ya no. Ahora siento la vida correr y de alguna manera me alegra, a pesar de la pesadez por todo. Quiero decir que aunque esté más muerto que vivo, el pobre halo que me alienta se agarra con fuerza a mi pecho. Tres hilos puedo contar, aunque en verdad son seis, y a ellos me aferro con fe y esperanza. Los que entienden de ciencia oculta podrán leer entre líneas. Los que no, no deben apurarse, porque lo importante de las palabras es la música que pueda llegar desde aquí hacia allí, y viceversa. Es la música, y no el sonido, lo que nos comunica siempre algo. Es la vibración, y no las palabras o el lenguaje, lo que soporta toda comunicación real. No es el tiempo, ni la forma que tengamos de medirlo. Es el instante, su intensidad, su promesa.

El sentido. Eso es muy importante. Por primera vez no encuentro sentido a nada. Me refiero a nada que tenga que ver conmigo mismo. El sentido espiritual es algo que nunca se pierde, y la luz interior es algo que, por muy apagada que esté la llama, siempre sobrevive. Pero el sentido individual, el más privado y profundo y personal, ese ha desaparecido. Podría decir que todo lo que antes le daba sentido a mi vida ha volado. Como si hubiera muerto, o como si fuera a morir. No sé si lo que muere es metafórico, pero algo muere. Sí, tengo ánimo, pero no sentido, y eso, para una persona tan ordenada en cuanto a los viajes metafísicos, es toda una preocupación, o quizás un alivio. Al no tener sentido propio, el único que importa es el universal, y por lo tanto me entrego a él, desde la humildad de ser un servidor a principios más elevados que los míos propios. Realmente es una bendición haber perdido todo sentido. Algo mayor deberá ocurrir si la entrega es sincera. Algo más luminoso y generoso para la vida y todos sus moradores. Ya no soy yo, ni mi pequeña isla, ahora es el mundo y su espacio infinito el que da sentido a todo. Fijaros todo lo que uno gana cuando se pierde.

Hoy alguien me llamó indigno y rata de alcantarilla. Al principio me dolió por lo cobarde del insulto fácil y anónimo. Pero sobre todo por el hecho de haber podido herir a alguien de tal manera que pudiera pensar eso de mí o de cualquier persona. Seguramente algo indigno he tenido que hacer. No sé si voluntariamente, no sé si conscientemente. Pero algo habrá por ahí. Nadie se salva en esto de cometer errores de bulto. Lo de rata de alcantarilla como merecimiento de ese error ya no me hizo gracia, especialmente por la fatalidad de poder vivir mucho tiempo en las sombras de algún subterráneo maloliente. Estoy sensible, y no quiero ser rata. Tengo ganas de volar, de subir al cielo, de ver las montañas y los estrellas en su amplitud. Quiero ser digno, al menos quiero intentarlo. No tengo ganas ni fuerzas ni tiempo para hacer el mal. Prefiero la luz, prefiero el bien, prefiero decantar mi vida hacia la buena voluntad. No quiero ser rata. Prefiero ser águila. Un águila solar azul. Eso me gusta más. Así que eso seré.

Escribir me ayuda. Por eso escribo. Una y otra vez. Buscando en su música la luz. Buscando la fuerza. Buscando el abrazo. El otoño se presenta largo. El invierno frío y solitario. Sí, estoy más animado. Siento de nuevo la vida. Pero ahora me toca alcanzar de nuevo el sentido, abrazar la vasta experiencia, persuadir al destino sobre la posibilidad de ser útil a su causa. Sí, quiero ser águila, y volver a la visión. Lo siento por la oscuridad, pero prefiero el cielo. Abierto, limpio, azul, luminoso.

 

La poderosa fuerza del desapego


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Hoy es el kin 25, Serpiente Cristal Rojo de la Onda Encantada del Mago, según el calendario Tzolkin. Un día totalmente intenso que terminó con una despedida. Ella había sido una de las tres personas que en este tiempo me ha soportado, me ha aliviado y, casi podría decir, que me ha dado la vida. Nunca tendré palabras para agradecer lo que hizo en mí en un momento de auténtica pérdida de sentido. Así que quise acompañarla en un pequeño ritual que se celebraba hoy en un entorno de magia y fiesta, amistad y compañía, antes de que se marchara a Holanda con un viaje de ida y sin billete de retorno. Quería de alguna forma honrar su amistad, su generosidad, su belleza humana, y permitir con ello, aprender a soltar, de nuevo, y aprender sobre la poderosa fuerza del desapego. Echaré de menos su locura y su amistad, pero ahora me toca caminar solo, seguir adelante en mi proceso sanador, confiar en que puedo dar un paso más sin su apoyo y cariño.

La mañana fue igual de intensa. Supuestamente había venido a Barcelona con la excusa de un concierto y un abrazo, aprovechar para ver a la familia y amigos y probar que tal me iba en mi segunda incursión al mundo exterior. Pero hablando con una buena amiga sobre la penosa situación calimera en la que me encuentro, decidimos hacer un intercambio. Ella se quedaba con mi coche nuevo y con la deuda del mismo y yo me quedaba con su coche viejo. Realmente fue muy divertido, porque fue una carambola a tres partes donde todos salimos ganando algo. Yo me quitaba una deuda menos al mes, ella ganaba un coche nuevo, híbrido y potente, y su hijo heredaba su coche. Un trueque divertido, que no me esperaba, pero que surgió en un paseo por la playa y donde todos quisimos practicar algo de desapego. No salí ganando, más bien he perdido mucho en este canje, pero a veces perder es ganar, y en ese sentido, con esta pérdida, con todos los recuerdos que tenía ese coche y quitándome una deuda más, he ganado mucho. Una gran victoria practicar el desapego con la intención de seguir adelante.

Perder un coche no tiene ningún mérito. Sin duda ese coche era especial por todos los países que en menos de dos años hemos podido visitar. Especial por todos los recuerdos de los que ahora debo desapegarme. Ya vendrán tiempos mejores. Así es la vida del guerrero. Se pierde mucho en las batallas. Ese supongo que es el precio de la libertad de hacer lo que uno siente que debe hacer en cada momento. Construir para luego desapegarnos de lo construido. Así es y así han sido estos tres meses de vértigo. Ahora toca perder, soltar… para ganar.

(Foto: entregando mi coche a su nueva dueña. ¿Qué hará un caballero sin su caballo? Seguir caminando… sea como sea… cueste lo que cueste…)

Patreon, una nueva forma de ser más libre


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Estaba terminando hoy el prólogo a una edición especial del 500 aniversario del libro Utopía, de Tomás Moro, cuando pensaba en la difícil tarea de ser hoy día escritor, poeta, soñador o artista. Malvivir de los libros durante diez años, visto ahora con cierta perspectiva, ha sido toda una proeza. Quizás el destino de todo poeta, escritor o soñador que no destaque especialmente por nada sea precisamente eso, sobrevivir como se pueda. Es el precio, dicho sea de otra forma, de apostar por ese oficio mal pagado donde nunca se gana nada pero que, de alguna forma, dota tu vida de sentido y profundidad. Un amigo artista, pintor de fina brocha, de los mejores que he conocido a pesar de su obcecación por la oscuridad y el mundo de las emociones extremas, me lo decía una vez sentados en una sombra que nos resguardaba de un caluroso verano andaluz: no cambio esta vida por nada del mundo. Se refería a la vida de artista, a no saber si mañana tendría algún céntimo para comprar una barra de pan o para comprar si quiera algún pincel o pintura.

Viendo que el mundo de la edición va de capa caída, de mal en peor, cuando ya casi todas las distribuidoras han caído o lo están haciendo, cuando las librerías cierran una a una y los editores se quiebran ante la evidencia, me preguntaba qué sería de esta labor y qué podría hacer para sobrevivir, si no ya dignamente, sí al menos libremente.

El precio de la libertad es prudentemente caro. Incluso el precio de hablar libremente. Ambas cosas se han conjugado en un tiempo donde hace unos meses un amigo, Rafa, me ponía en la pista sobre una plataforma para autores y artistas que pretende la proeza de vivir o sobrevivir, tanto monta, con algún tipo de sustento material. Estos días me he atrevido a explorar la idea y el resultado aún no sé cómo encajarlo. Sin embargo, soy mucho de impulsos, de intuiciones, y quiero experimentar con un lugar resguardado, con una vasija de barro donde estemos aquellos que realmente queramos estar.

En resumen, se trataría de cobrar por mi oficio, el de escritor, renunciando cada día más a un trabajo, el de editor, que va muriendo poco a poco, centrando quizás unas pocas ediciones anuales, hechas con cariño y sin prisas, casi de forma artesanal, a la espera de tiempos mejores. Viendo la dificultad que he tenido para vender las editoriales y así por lo menos poner en orden mis cuentas, voy a probar con una fórmula donde pueda escribir ya no de forma tan seria como últimamente iba haciendo, sino de forma más natural, donde todo quede en familia, entre amigos, y donde pueda expresar nombres, situaciones e inquietudes sin símbolos, sin oscuras dilataciones, sin máscaras. Un lugar donde pueda hablar sin cortapisas, donde pueda de nuevo colgar fotos desnudo cagando en un bosque mientras nieva o lo que sea con tal de reencontrarme de nuevo con esa espontaneidad que ciertas circunstancias me han arrebatado.

Posiblemente el éxito será menor. Posiblemente pasaré de los más de cinco mil seguidores actuales a una docena, quizás menos. No me importa, quiero experimentar esa libertad y esa responsabilidad de escribir de forma más libre y más cercana, de forma diferente, de forma casi anónima.

Después de más de ocho años escribiendo en este espacio libre para todos, llega un tiempo de recogimiento, de estar más en familia, un lugar donde poder discutir de forma más cercana con aquellos que, más allá del propio derecho a saber, sienten la responsabilidad de acompañar este proyecto utópico de forma más estrecha y comprometida.

A partir de hoy, me podréis encontrar en este nuevo espacio. El precio será barato, lo que pueda costar el invitarme una vez al mes a tomar un café. No es mucho lo que se pide. No sé si algún día conseguiré vivir de la escritura, pero creo que este será un primer paso importante hacia ese propósito.

Gracias de corazón a los que siempre habéis estado ahí sin pedir nada a cambio, de forma incondicional. Gracias igualmente a los que ahora quieran tomar un café en vivo y en directo con este vuestro siempre amigo.

Nos vemos aquí, a partir de ahora. Desde este espacio relataré mi primera Nochevieja en soledad aquí en la cabaña, con mi tradicional plátano, y todos los encuentros que se vayan produciendo de forma directa y clara con gente interesante, ahora sí, con fotos, nombres y apellidos. También anotaré cosas muy personales que solo se pueden contar a amigos y conocidos, y si todo va bien, podré desnudar tranquilamente algún secreto de estado sin que por ello me metan en ninguna oscura cárcel. Una nueva etapa, una nueva vida de escritor, un nuevo relato. Año nuevo, vida nueva. Gracias, gracias, gracias…

 

https://www.patreon.com/creandoutopias

 

 

 

Viajes de ida y vuelta


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Mientras viajamos por todo el país en búsqueda de respuestas inexorables al momento en el que vivimos, notamos cierta tensión y agravio por lo que pueda ocurrir en el país americano ante un día tan crucial como el de hoy. No nos gusta ninguno de los candidatos, pero seguro que uno será menos malo que el otro para Estados Unidos y también para todo el conjunto de la humanidad.

En el mundo siguen ocurriendo cosas que se escapan a nuestra esfera de influencia. El norte de España se está despoblando. Nos dimos cuenta cuando estos días vagamos por tierras de meigas y cruzamos algunos pueblos abandonados que reclamaban de nuevo vida. Casas enteras, en perfecto estado, de piedra noble y de talla monumental, esperando un nuevo habitante, un nuevo guardián que las dote de vida y calor. Sentimos cierta pena por ver a pueblos enteros deshabitados mientras en algunas otras partes del mundo hay personas que no tienen dónde ir. Refugiados que son dinamitados en alta mar para que no sean una excesiva molestia para los que dedicamos nuestro tiempo a ver la tele y gastar nuestro dinero en compras.

Viajamos hacia el sur y allí nos esperaban con el calor de siempre, abrigando nuestro peregrinar con una buena tortilla de patatas y un lugar donde alojarnos. Ese calor humano que se transmite con la compañía y con un plato de comida es muy significante. A veces solo debemos empeñarnos en ayudar al otro para encontrar sentido a nuestras vidas. No es cuestión de bucear en el vacío interior, sino de llenarlo de buenas acciones, de buenos actos. Sentimos que la propia generosidad, en sí misma, ya es motivo suficiente para seguir adelante. Sólo debemos esforzarnos para hacerla extensible, para ser diferentes y no avergonzarnos ni pedir perdón por el simple hecho de mostrar generosidad. Es algo muy simple y muy necesario en un mundo que, paradójicamente, presume de ser el mundo más conectado al mismo tiempo que la soledad golpea con fuerza todos los corazones. ¿Para qué estar conectados exteriormente si por dentro nos sentimos huecos y vacíos? ¿Qué hay de la conexión interior, de la espiritualidad -no de la famélica y superficial sino de la silenciosa y acallada- y la vida interior?

Por la mañana tuvimos un encuentro profesional, necesario para gestionar la trayectoria de un proyecto que ya lleva diez años combatiendo la crisis de los tiempos. En las antiguas centurias, los libros, el conocimiento, ardía en llamas en inmensas bibliotecas que eran desahuciadas por la ignorancia y el terror. Pequeños artesanos de la palabra se empeñaban en rescatar el anima mundi para que todo el espíritu de los tiempos sobreviviera y siguiera enriqueciendo nuestro mundo. Ese esfuerzo, esa labor, aún no ha desaparecido, y no resulta difícil reconocer, con un poco de atención, los guardianes del conocimiento. Hemos tenido la suerte de tratar con ellos y tenemos la suerte de seguir aprendiendo de sus conjuros ante el maleficio de la ignorancia y la ceguera.

Seguimos nuestra ruta y terminamos en las costas azules, en el camarote de un barco anclado en un horizonte infinito y cautivador. Nos deleitamos de la belleza del lugar y pudimos conectar con la África profunda y olvidada. Gracias a las tecnologías, la patrona del barco pudo contactar con su empresa en el sur de África y pudimos en viva voz comprobar la situación de guerra que se vive en esos países. Fue una sensación extraña y una experiencia antropológica sin desperdicio. Nos hablaron de las “granjas del frío”, una red de contrabando de niños que sirve para traficar con sus órganos y sus vidas. Nos contaron cosas terribles de un mundo igual de terrible que guarda tras sus secretos macabras prácticas. Realidades que desconocemos, que preferimos obviar mientras vivimos en nuestra burbuja de aparente pero frágil paz.

De nuevo seguimos nuestro camino, todo rápido porque el tiempo apremia. Recoger algunos bártulos para el nuevo hogar perdidos en lejanas montañas, retomar la ruta y dormir en cualquier cuneta prosiguiendo con la ronda de encuentros con desayunos, comidas y cenas. Así con tal de salvar el espíritu, el renacimiento que se teje en las columnas de la fe y la esperanza. Unas tierras aún frágiles pero imprescindibles para dotar al mundo de esa alegría necesaria.

 

Vendo Toyota Aygo


El Prius es un coche que me acompaña desde hace más de doce años. Tiene a sus espaldas más de un millón de kilómetros y muchas aventuras compartidas. Hace un mes tenía que pasar la ITV y de repente le salieron tres averías. La suma de las tres costaba más que comprar un coche nuevo. Como por mi trabajo de editor necesito desplazarme a menudo y como aquí en O Couso no nos podemos quedar sin vehículo decidí, mediante financiación a cargo de la empresa que regento, sacar un coche nuevo. El Prius no pasó la ITV así que a los pocos días ya tenía un nuevo Toyota, esta vez el más pequeño de la gama de utilitarios, un Toyota Aygo, eso sí, automático y con todos esos extras que ahora vienen de serie como el navegador o la cámara trasera y todo ese montón de sistemas de seguridad.

Milagrosamente, y tras llevar el coche a un taller de confianza, el Prius resucitó y a la tercera pasó la ITV con éxito. Ya era demasiado tarde para todo así que de repente me vi con dos coches, cuando realmente solo necesito uno. Es por eso que he decidido poner a la venta el nuevo coche recién estrenado aunque con ello pierda algo de dinero y gane de paso el que pueda ponerme al día con algunos pagos. El Aygo me costó 11.026 euros y lo vendo nuevecito a estrenar por 8.900 euros. Por favor, si estás interesado puedes escribirme a javier@dharana.org

Lo he probado y es un excelente coche con la garantía de la marca Toyota y el seguro a todo riesgo y los impuestos pagados por un año. El coche es pequeño, ideal para ciudad, con un consumo minúsculo pero con un potente comportamiento en carretera. Acepto facilidades de pago o cualquier propuesta.

 

Celebrando la revolución solar


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Mañana es mi cumpleaños. Por primera vez en muchos años (quizás más de veinte) no me marcho a ningún retiro, ni me escondo en una perdida hospedería o monasterio lejano. Lo voy a celebrar con una persona, con un ser de carne y hueso al que me entregaré, rompiendo con la tradición, de forma diferente. Será la primera vez que celebre el cumpleaños con alguien y lo veo como algo entrañablemente hermoso.

Al parecer este es un año de apertura para mí. O al menos está siendo una primavera algo loca. Me abro al mundo y rompo con tradiciones, manías y formas de actuar que ya estaban pareciendo caducas. Me abro en todos los sentidos, como una flor en primavera o como un amanecer que desea explotar de luz. Intento que el miedo no me alcance, intento abandonar mi zona de confort, intento transformarme cada día hacia algo mejor, o al menos, hacia algo diferente, intentado que el cambio sea dócil y hermoso.

Me entrego a las relaciones desde otra perspectiva, viendo que las antiguas no me han funcionado. También intento reconciliarme con la amistad, con las sorpresas de la vida y con todas las circunstancias que vivo. Durante años he estado evitando a la prensa y esta mañana concedía una entrevista en un hermoso monasterio en pleno Camino de Santiago para un programa de la Sexta. El periodista me decía que la entrevista ayudaría a vender más libros. Yo le confesaba que me daba absolutamente igual, y que, normalmente, esas cosas no ayudan, a no ser que el libro sea realmente bueno y luminoso.

Un gran sueño siempre fue escribir ese libro bueno y luminoso. No por sentirme lleno de gloria, sino por intentar con ello ayudar en algo, aunque tan solo sea en transformar el pensamiento o viejas estructuras de nuestra sociedad. Cuando hicimos el anuncio de los colchones pensé que la experiencia podía ser positiva para inculcar algún nuevo valor. Hicieron un guión en el que aparecía leyendo o escribiendo encima de la cama emulando lo que más suelo hacer (olvidé decir a los de Flex que llevo dos años viviendo sin colchón). Cuando estábamos grabando les propuse que me podían sacar también meditando, que es algo que siempre hago. No solo les gustó la idea sino que es la que aparece en el anuncio. Quizás esa postura, esa tranquilidad conseguida en un anuncio de televisión que intenta hablar de la sexualidad desde otro punto de vista pueda servir de algo. Hoy me hacían una entrevista para La Razón y ayer para el diario El País. Les dije exactamente lo mismo. Tenemos el deber humano de compartir nuevos valores, nuevas formas de ver y entender la vida. Debemos transformarnos por dentro y por fuera y radiar luz, lucidez, calidez.

En unos días nos marchamos en un viaje que pretende ser solidario con los refugiados sirios que están en Grecia. Ojalá podamos aportar algo, aunque sea tan solo una semilla de esperanza en uno o dos niños. Con eso nos sentiríamos satisfechos.

Y como estoy viviendo esta apertura, os invito a ofrecer algún regalo de esperanza al mundo. Cualquier cosa, un libro, una poesía, un regalo. También estaré encantado de recibir vuestros presentes de cumpleaños, físicos o simbólicos. Aquí estaré, renovado, feliz, ardiendo de vida.

 

Cuando las cosas vuelven


 

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Un paisano nos había advertido hace unos días que estaban en sus tierras. Cuando nos llegó la noticia casi no podíamos creerlo. En ese tiempo andaba yo enamorado y distraído y me tocó hacer de pastor. Un estúpido descuido se tradujo en la pérdida de las dos cabras recién llegadas a la finca. Alguien nos avisó de que las había visto por las montañas y tras una infructuosa búsqueda, las dimos por perdidas. Más de siete meses después han vuelto a aparecer. Se resguardaban de los lobos en algún peñasco inaccesible excepto para el paisano, que las tenía localizadas y que de vez en cuando las veía hartarse de comer castañas y otras delicias del bosque.

Cuando se perdieron no me preocupé en exceso. Con el vecino Marcos había aprendido que en el mundo rural dejas de preocuparte en exceso de los animales si de verdad quieres conciliar el sueño. Pasan tantas cosas que es imposible atenderlas a todas. Un día, muy serio, mientras me veía excesivamente preocupado por algún bicho que había desaparecido me dijo: “esa es su suerte”.

La suerte de los animales corre pareja a la nuestra. Semanas más tarde de perder a las cabras perdí el amor. Las cabras volvieron, el amor no. Algo paradójico pero como diría Marcos, “esa es mi suerte”. Supongo que yo mismo me lo busqué. El amor es algo bien frágil, algo que hay que atender con suma delicadeza y tacto y si dejas de hacerlo, aunque sea por un breve instante, desaparece.

Lo sorprendente de toda esta historia es que las cabras hayan podido sobrevivir de forma libre durante todo este tiempo. Incluso me siento algo extraño ya que como dice el refrán, las cabras siempre tiran al monte, y quizás ese sea su estado natural. Al traerlas de nuevo a esta pequeña granja cada día más llena de animales que nos hacen compañía me pregunto si dentro de su consciencia serán más o menos felices que en su aventura salvaje. Mi vivencia aquí en el bosque no deja de ser un estado salvaje del cual disfruto con respecto a mis congéneres y que no cambiaría por nada del mundo. Siento cierta frustración interior al pensar que quizás de alguna forma hemos coartado la libertad de las mismas. Es una sensación parecida a cuando pierdes un amor. Nunca sabes dónde está el punto de inflexión en el que es mejor dejarlo marchar. En unas semanas haremos de nuevo la prueba. Las volveremos a soltar y probaremos a ver qué pasa. Quizás decidan quedarse con nosotros y quizás eso sea una señal de que el amor a veces se pierde pero luego regresa de forma mágica y se instala en tu vida para siempre. Una especie de señuelo a la esperanza por eso de que si ha vuelto una y otra vez no tendría que ser esta la última.

Así que quedaremos esperando, respirando ese olor a paja mojada tan característico de este lugar. Seguiremos recogiendo huevos por las mañanas, susurrando a la yegua Rocío y observando plácidamente como las gallinas, ahora junto a conejos y cabras, siguen su vida natural en plena naturaleza. El amor volverá, estoy plenamente convencido. Sólo habrá que estar atento a las señales, a sus guiños, a sus formas. Y cuando se instale en nuestras vidas, mejor no estar distraídos para que no vuelva a desaparecer tan estúpidamente.

 

 

 

Hacer de nuestra vida una obra


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Cuando esta mañana mostraba abiertamente el lavabo que tenemos en el bosque más de uno se escandalizaba por ver como la nieve, el agua y el frío calaban hasta el último rincón del espacio. Miraba apaciblemente los comentarios sin notar lo aparentemente aterrador de la escena. Por la tarde una amiga me preguntaba: ¿tienes que vivir así? A lo que yo le respondía: ¿te refieres a si tengo que vivir feliz como ahora? Esto resulta extraño de entender. ¿Qué necesidad hay de vivir en la intemperie nevada, pudiendo vivir de forma diferente?

Todo tiene que ver con la sabiduría del caracol. Este animalito empieza a construir su casa de forma lenta y paciente. Añade una tras otras las espiras que van tejiendo su delicada arquitectura cada vez más amplia. Llega un momento en que cesa de golpe su actividad y empieza a enroscarse lentamente en decrecimiento. Una sola espira más daría a su concha una dimensión dieciséis veces más grande, lo que, en lugar de ayudar al bienestar del animal, lo sobrecargaría. De alguna forma a nosotros los humanos nos pasa igual. Queremos crecer y crecer sin límite hasta que llega un momento, como le pasaría al caracol si no dejara de hacerlo, que la sobredimensión de nuestra carga es demasiado pesada para poder sobrellevarla.

A nivel personal me pasó algo parecido. Empecé a crecer en exceso y sobredimensioné mi capacidad biológica con respecto a mi capacidad aritmética. Cada vez que doblaba mi capacidad de crecimiento multiplicaba por diez el esfuerzo, y por lo tanto, el sufrimiento añadido para poder mantener ese nuevo equilibrio era insoportable. Llega un momento que olvidamos qué significa vivir para pasar a ser meros equilibristas de cosas. Hasta que un día te rebelas de alguna forma y vuelves a empezar de cero, desde otra dimensión, desde otra comprensión.

Un día me paré, como el caracol, y quise decrecer hasta el límite con un solo propósito: hacer de mi vida una obra, dedicarme al más bello oficio, vivir. Esto parece de una lógica aplastante, sin embargo, la mayoría de nosotros olvidamos en algún momento de nuestras existencias qué significa vivir. Tenemos cientos de cosas, pero esas mismas cosas hacen que vivamos en una especie de tristeza del alma, una especie de soledad extraña que nadie puede compensar. Cosas que no somos capaces de compartir, que atesoramos con miedo para intentar demostrar una fortaleza de la que carecemos.

Al tener un lavabo como el que mostraba esta mañana, dedicamos poco tiempo al mantenimiento de las cosas. Quiero decir que de alguna forma tenemos que trabajar menos para mantener todo el circo consumista al que estamos abocados. Ese tiempo sobrante lo podemos dedicar a las relaciones humanas, al compartir, al pensar juntos sobre la dimensión de los problemas globales, sobre la búsqueda de alternativas posibles o sobre cualquier otro tema que nos reconforte como seres. Lo más importante de este experimento es que puede ser compartido sin necesidad de crear muchas más cosas. Al compartir una lavadora entre diez, veinte o cincuenta personas solo debemos prestar atención al hecho del compartir, y no al hecho de generar recursos suficientes para comprar cincuenta lavadoras, cincuenta taladradoras, cincuenta coches, cincuenta de todo.

Vivir en comunidad y compartir las cosas hace que la vida sea más simple, pero también más verdadera. La vida deja de ser un combate o un fracaso, se torna sabiduría, amabilidad, emoción compartida. Nos alejamos de la excitación del consumismo para albergar la esperanza de un mundo diferente, basado en las relaciones humanas, en el amor y el respeto a la naturaleza. Nos alejamos de la angustia y el miedo a morir para abrazar la vida compleja, misteriosa, profunda. De alguna forma, vivir en los bosques permite que la vida sea una obra completa donde lo único que necesitas es la alegría continua de poder compartir. Esa es nuestra única y más segura apuesta.

(Foto: esta mañana temprano, en nuestro lavabo del bosque).

De locos y valientes. Peregrinos en soledad


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Cuando miras la temperatura de la caravana y ves que estás a menos dos o tres grados bajo cero algo interior se te eriza. Realmente, al menos por unos minutos, la sensación de frío se puede combatir a base de estufa de gas. Suele durar unos veinte minutos antes de que el piloto automático indique que la combustión ya no es correcta. Entonces se apaga y durante ese tiempo disfrutas de un calorcito agradable mientras ves nevar por la ventana. Luego toca ventilar el espacio durante otros diez minutos y vuelta a empezar. Por la noche eso no es posible, pero las sábanas y los pijamas de franela más la media docena de mantas hace que se sobreviva sin mayor percance.

Todo esto lo cuento porque esta mañana, cuando más frío hacía, apareció Peter, el peregrino que alguna vez ya había estado por aquí y que lleva siete años caminando. Dice que se levantó medio congelado y todo húmedo y que pensó en nosotros. Lo atendimos como pudimos. Le preparamos un buen plato de lentejas, se secó la ropa y le llenamos la mochila de algo de comida. Le di todo el dinero que tenía encima y nos pidió si podíamos acercarle a algún lugar sin nieve.

La verdad es que su testimonio es escalofriante. Vivía en una granja con más de cien hectáreas llena de prados, bosques y caballos. En la crisis el banco se quedó con ella y como no tenía donde ir empezó a caminar. Así lleva siete años, caminando, sin dinero, durmiendo en la calle y buscándose la vida como puede. Dice que así es feliz, que no necesita más que el calor de su perrito Arco y poco más.

Cogimos el coche y lo acerqué hasta cerca de Ponferrada, en un valle donde la nieve no había llegado. Por suerte las carreteras estaban limpias a pesar del espectáculo nevado y pude volver sin mayor problema. Le di un fuerte y sentido abrazo a Peter y su perrito. Lo dejé caminar para observar sus pasos solitarios por el valle. Sentí cierta ternura al mismo tiempo que vi en sus pasos un reflejo de mi propia soledad.

Cuando ya de vuelta entré en la caravana y vi la temperatura que había dentro respiré aliviado. Es cierto, hace frío, pero aquí tengo mi palacio, mis libros, mi fortaleza. Esta noche me acompañan Geo y Gaia (Meiga se ha quedado con Antonio en la casa) y podré leer algo antes de dormirme bajo las sábanas de franela (gracias Anita por tan gran regalo).

Peter dormirá bajo algún árbol, en su estrecha tienda agrietada. No quiso quedarse con nosotros. Prefiere caminar. Nuestros andares se cruzan de vez en cuando y es una alegría verlo de aquí para allá sin rumbo fijo en cualquier lugar del Camino de Santiago. Su hermana, que vive en la República Checa, dice que está loco. Le decía que muchos amigos opinaban lo mismo de nosotros. Pero en mi interior siento que ese grado de locura solo es posible con una gran dosis de valentía. ¿Cómo si no vivir en una tienda de campaña con la que está cayendo? ¿O en una caravana en mitad de un bosque? Sí, es posible que exista un grado de locura. Es como el Camino del Loco, ese insensato que se lanza a los caminos para hollar el sendero del alma. Sólo él puede entender y adivinar la grandeza de su caminar. En ese silencio, en esa soledad, se puede escuchar el susurro del universo entero.

Mientras le explicaba todo esto a Antonio hablábamos de las pocas posibilidades que teníamos de compartir esto con alguna pareja. Seguramente nos quedaremos solos en nuestra pequeña locura, en nuestra osada valentía. Al igual que en siete años nadie ha seguido los pasos de Peter, lo mismo ocurrirá en esta pequeña caravana, habitada posiblemente por libros, algún perro y las gatitas. De alguna forma estamos preparados. De alguna forma hemos aprendido el precio de ser peregrinos.

(Foto: segunda caravana a la derecha, mi casa, vuestra casa).

Reinventándonos: ¡A la venta los activos!


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A lo largo de la vida he podido descubrir que cuando te deshaces de algunas cosas, automáticamente queda una especie de hueco para que aparezcan otras con renovada energía y fuerza. Ayer una buena amiga me recordaba que llevo haciendo eso toda mi vida. Me contaba la anécdota de nuestro primer encuentro cuando estaba en la universidad y le invité a que se llevara todos los libros que quisiera, ya que me estaba desapegando de todos ellos. Fue muy divertido cuando ayer le contaba que unos años más tarde me encontraba en una situación parecida.

Este año es de cambio. Siento una necesidad interior de volver a reinventarme. Es como si pudiera experimentar esa presión que la oruga percibe cuando dentro del capullo empiezan a salirse las alas. Paradójicamente estos días estamos trabajando en un nuevo proyecto cuyo símbolo es una mariposa. Es un símbolo que pretende adaptarse a los tiempos en los que estamos para reordenar toda esta experiencia acumulada en los últimos diez años. En esa experiencia de cambio, de poner orden en la casa, entro en la necesidad de desprenderme de aquello que me ha resultado útil durante todo este tiempo, de aquello que ha forjado en mí un aprendizaje poderoso, pero que ahora debe pasar a otras manos.

Por eso me atrevo una vez más a lanzar una oferta sobre aquello que tengo, por si a alguien le pueda interesar. Son cosas muy valiosas para mí, por eso esta vez lo hago con sumo cuidado y respeto para que quien pueda estar interesado lo cuide con cariño y amor. Mi necesidad de renovación implica abrir nuevos espacios, nuevos retos y nuevos proyectos. Y con ello de paso ayudar a los que también quieran renovar su vida ofreciendo el fruto de mucho trabajo y esfuerzo a un precio simbólico. Aquí van las cosas:

  • Piso de 70 metros cuadrados en Samos, valorado en cerca de 50 mil euros. Precio de venta: 20 mil euros.
  • Editorial Séneca, valorada en más de 150 mil euros. Precio de venta: 20 mil euros.
  • Editorial Nous, valorada en más de 100 mil euros. Precio de venta: 50 mil euros.
  • Editorial Dharana, valorada en 20 mil euros. Precio de venta: 10 mil euros.

Todo el pack, piso más editoriales: 73 mil euros.

Toda la inversión es fácilmente recuperable ya que los sellos editoriales tienen acuerdos con otras editoriales que le repercute un ingreso de dinero mensual. El precio del piso está a más de la mitad de su valor de mercado y está a menos valor de lo que yo pagué por él en una subasta de Correos.

Esto es todo lo que hasta hoy día he cosechado en estos últimos diez años. Desprenderme de ello por un precio simbólico no es para mí una pérdida, sino una ganancia interior que no tiene precio. Mi deseo es centrarme profesionalmente en cosas que me repercutan algo para vivir y sobre todo, algo para potenciar el proyecto O Couso. Espero que alguien de vosotros también desee reinventarse y acoger alguna de estas aventuras y proyectos. Todo negociable en términos de pagos y la mayor flexibilidad.

De esas extrañas noches…


 

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Es tarde, lo sé. Pero a pesar de la grata compañía de la gata Gaia que duerme en mis pies y de la yegua Rocío, cuyo aliento aprecio detrás de mi ventana, he sentido cierta nostalgia, cierto sentimiento de soledad. Esta vez no era una soledad referente a tener o no tener compañía. Esa soledad siempre me acompaña, al menos siempre que estoy solo, como ahora. Pero la de hoy se sumaba a la primera con cierta emoción helada. Quizás porque no había lluvia y el viento casi no reclamaba atención. Hay algo en la atmósfera de este invierno que rezuma desierto, un halo yermo, iracundo, ausente. Lo cierto es que en la soledad de los bosques todo se amplifica. También las emociones.

Sé que estos momentos de intimidad son únicos. La caravana es un espacio lo suficientemente pequeño para no perderte en sus detalles. Centra tu atención en las ventanas, en el paisaje salvaje que hay detrás. Ya no me da miedo la idea de que cualquiera podría entrar en algún momento por su puerta. Vivir sin llaves, sin cerrojos en mitad del bosque ya no es algo que me atemorice. La sensación de estar expuesto a los peligros de la vida de alguna forma me hace fuerte. Todas estas noches han sido tranquilas. Es posible que en unas horas algún ruido extraño me despierte, o alguna sensación o necesidad por salir afuera, en la noche helada, con ese pijama de franela que me acompaña desde hace años. La noche tiene sus derivas. Puedo sentir cada aleteo, cada sueño inacabado. Es como si los seres que habitan en la oscuridad susurraran algún tipo de canción extraña, pero audible desde la soledad.

Pensaba que si escribía algunas letras, que si acompañaba a la noche con alguna emoción, esa soledad se difuminaría. Luego me acordé de la necesidad humana de estar en compañía por más que muchos esquivemos las relaciones pensando que solos seremos más felices. El tiempo te demuestra que la soledad puede ser un pretexto, un achaque de la edad, pero no algo con lo que deseamos convivir. Especialmente cuando la otra soledad, la inevitable, se apodera de nuestras vidas, te abandona al abismo de los acontecimientos que no puedes dominar y a veces, incluso a veces, te desprecia insolentemente, aludiendo la responsabilidad de servir a algún propósito. Un abrazo a veces puede salvar almas. Los cuerpos se desvían, se marchitan, pero las almas necesitan ser abrazadas.

Hoy le decía a alguien que si tuviera la casa en orden, si todo lo referente a los errores pasados hubieran sido ya amortizados, sentiría aún una libertad mayor. Quizás cogería algún camino, alguna vereda, y marcharía al encuentro de la sorpresa, de alguna de esas aventuras inacabadas que te recuerdan la urgencia de vivir. Pero el silencio de esta noche centra la atención en la insurgencia de las cadenas que siguen atándonos a circunstancias extrañas. Es como si un velo cegara la posibilidad. Como si una fuerza extraña me atara a este momento.

He pensado que quizás mañana vaya a comprar una de esas bolas que huelen a alcanfor. Sé que ese olor me transportará a una complicidad única, a un abrazo inolvidable, a un trozo de vida inacabado, incompleto, falto de un camino que nunca llegó a consumarse. Me da pena que el recuerdo de un olor pueda ofrecer aquello que la vida te arrebató. Pero los seres humanos somos así. Preferimos vivir de recuerdos o de esperanzas y despreciar al mismo tiempo todo lo que la luz te acerca.

También he pensado que esta soledad no debería ser rellenada con ficciones, ni tampoco con cualquier derivado o facsímil. Mejor seguir buceando en lo auténtico. Esperar la sorpresa, el amanecer, los tímidos rayos invernales que mañana volverán a resplandecer por la ventana de la ermita, mientras meditamos e intentamos conectar con la vida.

Es posible que esta noche sea diferente. No me importa. Solo observo, contemplo las grietas, invento alguna historia para bucear hacia los sueños y ver como se acomodan a la insatisfacción. El mundo onírico rezuma complacencia, y estoy convencido que en alguna parte rozará otra emoción. Será entonces cuando despierte y vea el bosque y las montañas y las nubes de una perspectiva mayor, desde un vacío inexpugnable. Estaré atento. Buenas noches.

Aceptando la realidad


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“Someterte al qué dirán es una forma de esclavitud socialmente aceptada”. Walter Riso

Ayer fui al cine con botas de agua y con la indumentaria que suelo usar para trabajar aquí en el bosque. Nunca me doy cuenta de las pintas que llevo hasta que el mundo civilizado empieza a mirarme con cierta desconfianza o curiosidad. La cara de muchos es un poema. Realmente es algo que no me molesta. Me siento bien con esta despreocupación sobre el qué dirán, sobre el cómo debo vestir, sobre si un color pega más que el otro o una camisa conjuga bien con un pantalón. No sé si pertenezco a algún tipo de moda que pueda ser catalogada o simplemente soy un dejado, un egoísta que no piensa en la paz y tranquilidad del otro, o en el necesario decoro, equilibrio y armonía necesarias para mostrarse en sociedad. En todo caso, en mí prevalece la higiene sobre la moda, y no dispongo de mucho tiempo al día para remilgos o cursilerías. Ya no recuerdo la última vez que me puse un perfume ni la última vez que planché alguna camisa. La apariencia, que es algo importante para conservar cierto estatus dentro del mundo del decoro, es algo que dejó de importarme en la montaña.

Algunos pensarán que con toda la que está cayendo ya podría estar hablando de política, de nacionalismos, de derechos a decidir y toda esa milonga que ahora parece ser tan importante para muchos. Realmente, de forma muy sutil, lo estoy haciendo en cada escrito. Es tan sutil que la mofa solo perturba al más ágil. Cuando vives anclado y sujeto a las leyes del sistema no tienes más remedio que poner cara de preocupación ante la que se avecina. Pero aquí en el bosque el sistema casi no llega. Los tentáculos del estado, de las ideologías, de los nacionalismos, de las mentiras, de las fronteras, de las razas, de los estatus, de las leyes, de las modas… Todo eso queda aparcado a tres kilómetros hacia abajo por la ladera. Entre castaños y prados la única ley, la única ideología que nos vale es la del sol, la lluvia, el viento, los ciclos, la naturaleza, el agua, la tierra. A la yegua Rocío no le importa si hoy visto de azul índigo o de violeta merengado o de si soy de izquierdas o de derechas. Le basta con un saludo de buenos días y un abrazo mañanero. Lo mismo le ocurre a las gatas y al perro Geo, al cual le encanta que lleve botas de agua porque eso es sinónimo de largo paseo por prados encharcados y ríos bravos.

Ayer fui al cine porque quería celebrar un mes de silencio. No el mío que de por sí ya es recurrente, sino el de una persona que necesitaba respirar lejos de mí y que de repente desapareció del mapa, como si la tierra se la hubiera tragado. La celebración tenía que ver con cierta toma de realidad por mi parte. Por apagar de alguna forma eso que llaman el hilo de esperanza y retomar las riendas de lo que existe, de lo visible, de lo tangible, de lo que se puede tocar de verdad.

Andaba en esa reflexión cuando recibí el cálido mail de una amiga que me preguntaba sobre el miedo. “¡Ay!” Pensé, yo soy especialista en miedos. Quizás por eso sentí con cierto alivio que esa fragilidad del momento era mucho más real que todo lo demás. Y que por lo tanto, lo más sensato sería olvidarme de la gente que mira mis botas de agua con cierto desconcierto y abrazar la posibilidad de aquellos que me ven como soy, me aceptan y me abrazan de igual forma. Es decir, de aquellos que comprenden y respetan que ando liado en un bosque, lejos del sistema, vestido y preparado para la vida salvaje, pero con pocas ganas de andar discutiendo sobre si las botas me quedan bien o mal o sobre si es necesario ser de una u otra forma. Aquí, ante la intensa lluvia, no me queda otra que aceptar la realidad envolvente, y de paso, aceptarme a mí mismo y a los demás tal y como son.

¿Para qué hemos venido?


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Ayer disfruté con Ana, la periodista, y Miguel, el cámara, de una larga tarde de preguntas y respuestas donde intentábamos explorar en la complejidad humana. Me marché agradecido tras más de cuatro horas intensas. Me hubiera gustado alargar la noche y seguir destruyendo creencias, estructuras y formas anquilosadas en nuestra psique interior que nos provoca vivir de una forma y no de otra. La periodista de Antena 3 decía que quizás era mejor no pensar tanto, y dejar que la complejidad de la propia vida se diluyera en el día a día. Pero me quedé un momento pensativo y me salió un inocente: “pero entonces, ¿para qué hemos venido?”

La respuesta vino cuando al regresar me llegó la foto de Meiga y Geo. Los dos rozando sus vidas con sus finas patitas animales, disfrutando del calor del hogar, ahogados en un sueño continuo que no espera nada, excepto el disfrute de ese momento vital. Me colmé de alivio y felicidad al ver que las respuestas siempre están en lo más sencillo y cercano. No necesitamos grandes mensajes, grandes revelaciones ni una gran dosis de despertar. Solo pequeños gramos de lucidez, solo pequeños momentos de visión para darnos cuenta de todo.

¿Para qué hemos venido? Quizás solo hemos venido para amar, aunque ese amor sea un instante, o surja de una mirada. Ayer hubo un diminuto lapso de tiempo, quizás minúsculo e imperceptible, en el que sentía como amaba a esa desconocida periodista. Me preguntó algo sobre el amor y solo se me ocurrió contestar con algún balbuceo y una mirada más allá de la retina. Quise entender que la respuesta solo podía nacer de un sentimiento, de una emoción, de un derrame de energía capaz de atravesarlo todo. No sé del todo si eso se puede conseguir, pero valió la pena intentarlo. Amar amando, en silencio, a todo aquel que se preste a mirarte, a todo aquel capaz de permanecer en silencio sin exigir nada, solo cooperando con el instante de intercambio, solo aplaudiendo la caricia, el beso pausado, sin mayor pretensión que el disfrute de ese roce invisible. Un amor desapegado, pero intenso.

Sentí agradecimiento y alegría. Sentí que al desnudarme de forma libre podía amasar algún sentido con respecto a la vida y su existencia. La libertad tiene que ver con esa desnudez, con ese despojarnos de juicios y prejuicios y atravesar las fronteras del qué dirán.

Para la sociedad, un perro y un gato necesariamente se tienen que llevar mal. Eso no ocurre aquí, en esta pequeña familia. Lo podemos ver en esas dos patitas que se rozan. En ese otro compartir, en esa dimensión desconocida. Ellos se aman a su manera. Han aprendido a desprenderse de sus creencias, de sus miradas, de sus estructuras. Se han desnudado y pueden compartir una vida juntos sin miedo, sin ataduras, sin exigencias. Ellos se aman, y al hacerlo, de alguna forma, saben para qué han venido aquí.

Gracias Miguel y Ana por la divertida tarde de ayer. Aprendimos algo de la condición humana, y de alguna forma, compartimos un trozo de nosotros. Eso también es amor.

Un lado luminoso


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No hay puerta en el pequeño salón y el frío del invierno roza nuestros rostros que son al mismo tiempo caldeados por una pequeña estufa. Algunas velas decoran el salón. Dos personas, el perro Geo, las gatitas, la yegua Rocío, las gallinas, los conejos y ahora también cinco peces que viven una nueva vida en un pequeño estanque que sirve a la vez de abrevadero.

La cena ha sido de lo más humilde: una sopa de fideos. Hemos recibido algunas llamadas, algunos mensajes, pero sobre todo, el silencio está reinando en esta noche solitaria. Nos hemos rendido a lo manso, a lo tranquilo, al silencio. No queríamos que una noche tan cargada de significado fuera atropellada por el ruido. Aquí en los bosques, confraternizamos con lo sublime de la naturaleza, invitados a la gran fiesta del amor invisible.

Desde el gran ventanal del salón, y gracias a una espléndida luna llena, podemos divisar el bosque, con sus árboles desnudos y el fondo de la noche atravesada por el sonido del viento. Nos sentimos privilegiados, afortunados. Nos ha tocado ser guardianes del lugar, pero también del símbolo. El amor no es tan sólo un ajetreo de complaceres. Es también un instante de quietud, de añoranza, de fortaleza.

El frío no nos puede porque por dentro ardemos de esperanza, de fe en el mañana. No tenemos miedo a la noche. Nos protege la complicidad y el amor que sentimos hacia todo cuanto existe. El deseo luminoso de servir en silencio, a pesar de que en ese servicio nos equivoquemos una y otra vez, e incluso cree enemistad en aquellos que débiles no soportan el devenir diario, es nuestra llama, nuestra guía.

Hay un lado luminoso en todo. Y esta noche tan especial, nacimiento simbólico del amor como esperanza futura para la raza humana, queremos ser llamitas flameantes en la noche oscura, como estas velas que tímidas aportan un resquicio de anhelo y vaporosa confianza en este instante.

Gracias de corazón por todos los que hoy os habéis acordado de nosotros. Gracias de corazón por mantener viva la llama de un futuro mejor. O Couso mañana se despertará cargada de regalos. El rocío, el viento, la lluvia, algún perdido rayo de sol. Cualquier cosa será suficiente para demostrarnos que en lo sencillo, en el misterio de las cosas simples, se encuentra la mayor enseñanza, el mayor de los secretos. Que el Ser Invisible os ilumine a todos. Que el Amor nazca esta noche en vuestros corazones. Feliz Natividad.

Pd.- Un especial recuerdo para todos los que hoy estáis lejos. Un especial abrazo sentido cargado de amor y cariño, de luz, de mucha luz en vuestra ausencia.

(Foto: nuestra cena de nochebuena: una sopa de fideos acompañada de un magnífico plátano).

Vendo piso en Samos


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Cuando compré el piso en Samos lo hice como un acto de servicio, por esa vocación de querer siempre mejorar las condiciones del resto. En el frío invierno algunos nos duchábamos literalmente con toallitas de bebé a menos cinco grados de temperatura y otros iban a albergues a poner lavadoras y de paso darse una merecida ducha de agua caliente. Había cierta incomodidad en todo ello, pues si bien alegrábamos en algo los bolsillos de los que nos atendían, nos daba cierto pudor el poder estar molestando más de la cuenta.

Se nos presentó una ocasión única y me aventuré a comprar en una subasta este piso del que ahora disfrutamos para hacer lavadoras, ducharnos y trabajar con cierta tranquilidad. Es un lugar cómodo que hemos decorado entre todos con amor y cariño. Un lugar lleno de luz que ahora desea seguir su propio camino tras ser modestamente restaurado y mejorado, impregnado de nuestra esencia.

Todo evoluciona muy deprisa. Inclusive todo marcha a una velocidad interior de crucero. El otro día le decía a un buen amigo lo feliz que me siento viviendo en la caravana y de que dudo mucho de la posibilidad de cambiar la comodidad de esa estrechez por algo más grande. También estos días me daba cuenta de cómo caemos una y otra vez en la trampa de las cosas. Si bien la intención primera fue buena, la de ayudar a mejorar las condiciones de vida del otro en un entorno hostil, hubo algo de miedo y egoísmo en la compra, por eso de que nunca se sabe lo que pasará en el futuro. De alguna forma, el tener este piso libre de cargas suponía una seguridad de futuro si las cosas iban mal allí arriba en la montaña. Además, en su momento, permitió que dejáramos de pagar los altos alquileres que soportábamos en Madrid y hacer el traslado definitivo a Samos, especialmente de la empresa editorial.

Ahora ya estamos en Samos, hemos sobrevivido al duro invierno y nos vemos con ganas de seguir afrontando todo lo que va llegando. Pero también siento por dentro de que el piso ya no es necesario. Que con el dinero de la venta podremos habilitar una habitación donde poder ducharnos y muchas otras cosas más, además de pagar algunas deudas pendientes.

Así que ahí lo dejo, al universo, por si alguien quisiera comprarlo. Setenta metros cuadrados de piso luminoso por la irrisoria cifra de treinta y tres mil euros. Más información en:

http://www.idealista.com/inmueble/30465857/

Primavera


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Esplendor. Renacimiento. Renovación. Restitución. Floración. Mil flores. Aromas. Ternura. Verdor. El perro corriendo por el prado. La gata sobre el tejado mirando el horizonte. Una legión de pajarillos cantando a la primavera. El concierto solo es un preludio. Un aviso de que la vida vuelve a explotar, a expandirse.

Llueve. La tierra húmeda y cálida. Su olor, ese olor acompañado de Lay Lady Lay de Bod Dylan. Ese paseo con risas. Esa mirada lejana, perdida, melancólica. Las hojas que nacen entre ramas tupidas. El manto oceánico que todo lo cubre. Las cumbres, las montañas, las doradas promesas. Unos que vienen y otros que se van, tristes o alegres, pero se van.

La luz brilla de forma especial. Hay una alegría poderosa en todo lo que ocurre. Das vueltas sobre tu propio eje, con las manos extendidas mientras miras el cielo azul. Te tumbas en la hierba agotado y las gallinas te picotean los pies. Te revuelcas de un lado para otro hasta que alguien salta encima tuya y comienza el juego.

Miras las paredes de piedra. Observas una a una, fascinado por todo el trabajo de siglos pasados. Tocas la más grande y luego rozas con el aliento la más pequeña. Introduces el dedo entre los recovecos del tiempo y algo te susurra. Deseas abrazar toda la casa, cada piedra, cada rincón, cada trozo de madera añeja.

Mientras trabajas la madera encuentras un nido en el bosque. No hay tiempo. No necesitamos el tiempo. Amanece y silenciamos el rumor. Seguimos el día tranquilos, sin prisa, ¿para qué correr? La primavera llegó y todo continua. La mañana pasa entre trabajos y risas. Comemos algo y la tarde nos abraza con su encanto, con su paz, con su silencio reposado.

Las noches se hacen cortas. Estamos deseosos de que llegue el nuevo día. De que la vida se exprese en lo más profundo. Todo tiene un significado. Incluso el que paseando nos encontráramos a ese topillo travieso, al ciervo o al erizo. Todo lo que ocurre se teje en un entramado mágico, incomprensible, misterioso, que envuelve de orden todo cuanto ocurre.

Nosotros cumplimos nuestra parte. No importa la estación en la que estemos, no importa el ciclo. Sabemos que todo cuanto ocurre procede de una intención que va más allá de nuestra comprensión. Sólo así, ante esta creencia, podemos abrazar con tranquilidad la inmensidad que nos envuelve.

Mientras sembramos la tierra sabemos que algo milagroso ocurrirá con la muerte de la semilla. Algo que en alguna parte del tiempo dará sus frutos que alimentarán nuestros cuerpos dotándolos de la energía y el calor suficiente para que a su vez nosotros también formemos parte del ciclo. ¿Cuál será nuestra muerte, y cual nuestro fruto? Hoy toca ser primavera, inspirar imágenes bellas, suaves tonos de estallido vital. Seguiremos en silencio buceando en la trama. Seguiremos sirviendo para que el mundo sea cada vez más sencillo y cercano.

Las plantas silvestres crecen desbordadas. Las lombrices se esconden en la tierra húmeda. Los cielos se preparan para albergar el cristalino azul. Seguimos invitando a la vida. Seguimos sumergidos en la vida. Luce el sol, brilla la existencia.

(Foto: Ayer construyendo un tejado recíproco para las nuevas letrinas de O Couso).

El eructo iniciático


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Puntuales, entramos en la sala de meditación. La vela estaba encendida. La temperatura era agradable. Una luz suave. Un silencio acorde. A los pocos minutos antes de empezar con el ritual un anciano con gafas peculiares entró en la sala. Iba despacio, mirando con atención de un lado para otro. Observando con curiosidad quien estaba a esas horas de la tarde en la sala común. Se sentó tras varios jadeos y cerró los ojos. Los otros, serios, bien postulados en sus magnánimas posturas del loto y su seriedad yóguica se prepararon para la concentración. Embelesados en su correcta postura y su concentrada búsqueda de la quietud impermanente, desaparecieron a un estado superior de consciencia. Sus cuerpos estaban correctamente alineados. Un ommmmm resplandeciente se insuflaba desde los adentros. Así hasta tres veces.

De repente, a los pocos minutos de tan respetuoso ceremonial, se escuchó un potente eructo en la sala. El anciano de gafas peculiares esbozó en susurro un tímido “sorry”. Su dulce escocés era casi imperceptible.

Los puristas perdieron la concentración. Bajaron del satori y abrieron los ojos para recriminar la obscenidad. Sus gestos habían perdido la elevada consciencia y sus posturas cambiaron de loto a pasas de higo. Sus caras iluminadas se convirtieron en moñigos enmudecidos. La paz rota, el antakarana hundido. La sublime egoidad destrozada en un instante.

Cuando terminó la meditación, el anciano se retiró tranquilo mientras que las miradas inquisidoras no paraban de torpedear el espacio áureo de semejante persona.

Por dentro me moría de la risa. Casi me daban ganas de abrazar al anciano por su naturalidad, por su exquisita peculiaridad. Me tronchaba al ver como años y años de disciplina meditativa eran rotos y quebrados por un simple eructo, por algo tan inocente como un regüeldo, una flatulencia, un ventoseo sin importancia.

Alguien intentó mostrarme su enfado por lo ocurrido mientras la miraba sonriente y alegre. Se enfadó por mi sonrisa. Entonces le recordé los principios de la meditación, le hablé sobre la concentración, la quietud, la compasión, la belleza de explorar la realidad que nos envuelve tal y como es, desnuda, sencilla y compleja, misteriosa y divertida. Inclusive ese gas pertenecía a esa realidad. Y la meditación, de alguna forma, nos debería ayudar a aceptar cualquier reto de la vida, cualquier situación extraña, incómoda, dolorosa. ¿Para qué meditar si no?

De alguna forma agradecí al anciano de gafas extrañas su ocurrencia espontánea. Uno se da cuenta con este tipo de anécdotas de lo alejados que estamos de nosotros mismos, de la realidad y del misterioso humor que nos rodea. Debemos admitir que esa realidad nos supera al mismo tiempo que somos capaces de penetrarla, modificarla y abrazarla. También debemos admitir que el cosmos se pitorrea de nosotros, se peta la caja de resonancia viendo nuestras pequeñas miserias diarias. Un circo, un teatro, una comedia. La vida tiene un poco de todo eso. Por lo tanto, es mejor que empecemos a tomarnos con buen humor casi todo. Un eructo fuera de contexto puede ser una experiencia totalmente iniciática. A mí me lo ha parecido. Ommmmmmmmmmmmm…

La ciudad de la Luz


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Parece que las ranas se han ido a descansar a la charca. Estos días de sol han salido a cientos. Se han apareado, han puesto miles de huevos que recorren uno de los bordes de su acuática casa y se pasan todo el día felices hasta la marcha del sol. Mi ventana es un privilegio. Su habitante ahora está en Brasil. Estoy rodeado de todos sus enseres pero respetuoso, intento no rozar nada ajeno a mis libros de antropología, mi pijama de franela y mi ordenador. Me gusta mirar la foto que ha dejado en la mesita. Está como vigilando que sea un chico bueno, discreto y amable. Toda la habitación huele a ella, y sin conocerla, es como si ya la conociera de toda la vida. Es curioso como impregnamos los lugares de nuestra esencia. Dejamos tantas pistas con nuestro perfume, con nuestras huellas esparcidas por todas partes. Cuando duermo en su cama me pregunto a veces que estará pensando. De alguna forma extraña es como si fuéramos vecinos. Son las cosas que tiene vivir en el lugar de otro.

Las otras realidades se suceden ahí fuera. Como la casa nunca está cerrada, ni siquiera de noche, entra todo tipo de personajes con esa exquisita educación anglosajona. Salen y entran y apenas me da tiempo a ver quien es uno u otro. En una de las salas de la casa un joven amable da terapias. Eso hace que la casa tenga vida propia y yo disfrute de sus visitantes, visibles e invisibles, que siempre vienen con una apropiada sonrisa y un mensaje alentador.

Desde la ventana me distraigo a veces, cuando estoy cansado de escribir o leer y trabajar. Veo todas las dunas e imagino el océano ahí atrás. El mar del Norte es muy diferente a nuestro templado Mediterráneo. Aquí los océanos tienen carácter, y lo esculpen con fuertes mareas y movimientos animados por el viento. La bahía de Findhorn es preciosa, con sus típicas casitas de piedra muy bien cuidadas, coquetamente expuestas para que el visitante pueda disfrutar de la armonía de sus viviendas. Me gusta ese sentido tan arraigado de equilibrio, de sensibilidad hacia el respeto visual, la elegancia de las formas, la belleza de cada rincón, el cuidado de todo.

La comunidad de Findhorn sigue magistral en sus postulados. Intento participar en sus meditaciones. Hay un bonito paseo por la bahía de diez minutos hasta el santuario de meditación. Dorothy, una de las fundadoras de la comunidad, aún va puntual todas las mañanas a eso de las ocho y media. Con sus noventa y cinco años, me gusta verla mirar con el rabillo del ojo cada vez que alguien entra o sale. No sé si ella es consciente de que es la llama viva de esa ciudad de luz que alguna vez se proyectó en el cielo y que ahora, su sombra, se retuerce por sobrevivir.

A veces me gusta seguirla. Como está muy mayor, va haciendo paraditas cada pocos pasos. Se sienta, toma aire, mira a unos y a otros, habla con los más curiosos y continua. El otro día le hice una foto que me causó cierta ternura. Andaba con su abrigo rojo, con su bufanda roja y con sus guantes rojos. Iba solitaria, meditativa, observante. Iba sola, acompañada solo por mi mirada y cariño. Marchaba dispuesta a seguir un día más vigilando a los que entran y salen en la sala de meditación. Es como si los guardianes del cielo la asistieran para que no pierda de vista el sueño original. Recuerda Dorothy, teníamos que construir una ciudad de la luz. Ella lo recuerda, mira a su alrededor y sigue caminando.

Las ranas no salen de la charca por la noche. Cuando todo está en calma y silencio me gusta mirar el reloj y ver como pasa cada minuto. Es una sensación extraña. El tiempo se va. Todo se para. Desde Brasil entran y salen efluvios y esencias que vigilan también que el nuevo inquilino siga igual de amable y sonriente. A veces cierro los ojos y es como si todo se iluminara. Quizás, sin saberlo aún del todo, la ciudad de la luz esté por aquí cerca, en alguna parte del éter. Quizás las ranas lo sepan. O Dorothy, que camina irremediablemente por sus calles.

¿Te vienes a Escocia?


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«Sólo marcho por caminos que tienen corazón.» Juan de la Cruz.

Mientras contestaba a las preguntas que la periodista de la agencia EFE me hacía esta mañana sobre el Proyecto O Couso intentaba poner orden en todas las experiencias que durante un año hemos experimentado en esta aventura. Sin duda ha sido una de las mejores cosas que muchos hemos hecho en mucho tiempo. Además, nos ha dado la oportunidad de organizar nuestras vidas hacia un sentido mayor, más amplio, más cercano a esa posibilidad de experimentar en nuestras carnes la esencia de colaborar con algo mayor.

De forma individual, ha organizado también nuestros proyectos personales, intentando mantener ese sano equilibrio entre lo grupal y lo propio. Así ha sido en mi caso, donde, una vez puesto en orden algunas cosas, me he lanzado por fin a dar respuesta a una necesidad vital que llevo arrastrando muchos años.

Son muchos retos los que se presentan por delante. Pero uno se hace fuerte y valiente para ir asumiendo cada cosa en su debido tiempo. El vivir en una caravana tiene ciertamente algunas ventajas. Entre ellas, el no tener que pagar una hipoteca o un alquiler. Puede resultar paradójico, pero en esencia, el gran lío de nuestras sociedades postmodernas tiene mucho que ver con nuestros trabajos y nuestra necesidad de pagar un lugar donde vivir. Es algo que no ocurre de forma natural en la naturaleza. No nos cansamos de ver desde nuestras caravanas a esos pajarillos del bosque que se posan en cualquier rama y comen de los frutos que los propios árboles producen. En el reino humano hemos sofisticado tanto nuestros aspectos materiales que debemos atender esos asuntos dedicando gran parte de nuestra existencia. El futuro ideal, el futuro que se proyecta a medio plazo difiere de esa realidad. Lo sugerente, lo apropiado sería poder trabajar cuatro horas al día, como hacemos en O Couso, y dedicar el resto del tiempo para poder expresar nuestros dones interiores, nuestros talentos más preciados.

Todo esto me ha permitido, como decía, afrontar uno de mis grandes sueños pasados: terminar la tesis doctoral. Gracias a la apertura de algunas puertas y contactos, voy a tener la oportunidad de disfrutar de tres meses de trabajo académico en el norte de Escocia, en la Comunidad de Findhorn, precisamente en el lugar donde hace unos años empecé mi tesis doctoral. Me pasaré el día haciendo entrevistas, investigando, observando, participando activamente en la vida ordinaria, estudiando y redactando la tesis final.

He decidido, como otras veces, volver al norte de Escocia en coche para una vez instalado allí, tener libertad de movimiento. Llevo unos días en cama por un cólico nefrítico y tras salir del hospital justamente cuando andaba preparando este viaje me preguntaba muchas cosas y me asaltaban algunas dudas. Pero los caminos que nacen del corazón no pueden, sin tentar mucho a la suerte, dejarse a un lado. Así que si todo va bien, a finales de este mes, saldré desde Galicia al norte de Escocia. Si alguien tiene necesidad de viajar a Francia, Inglaterra o Escocia en los próximos días que se apunte al viaje. Tengo plazas libres. Es toda una aventura, pero merece la pena vivirla…

(Foto: esta mañana el perro Geo venía a saludarme… Siempre posa para las fotos como un auténtico profesional).

Las preocupaciones del flujo temporal


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«Basta un abandono sincero, una verdadera gratuidad, una ruptura de los resortes del ego, para que con la gracia puesta de nuevo en circulación, el don reaparezca en todo su asombroso esplendor». (Cattiaux)

Hace dos noches me dio un tremendo dolor. Al llegar al hospital me dijeron que se trataba de un cólico nefrítico, uno de los dolores más fuerte que existen. Estuve toda la noche ingresado recibiendo tratamiento y observación para recuperar la normalidad.

Mientras la ambulancia me llevaba al hospital y me retorcía en la camilla ante tanto espasmo, reflexionaba sobre todo lo pasado. ¿Qué había provocado esta crisis corporal? Hace unas semanas me dieron una buena noticia. El reto de poder terminar la tesis doctoral en el lugar donde comencé, en la bahía de Findhorn, en Escocia. Gracias a un golpe de suerte, podría estar los tres meses de primavera encerrado en la comunidad escocesa rematando este ciclo de diez años.

No sé si lo uno guarda relación con lo otro, pero todo coincide. Durante dos semanas me he visto encerrado intentando dejar lista la empresa para marcharme tranquilo, buscando recursos para poder sufragar el viaje y dedicando muchas horas a trabajar sin cesar para poner orden en todo.

De alguna forma, ese exceso de trabajo, de estrés añadido, pero sobre todo, de recuerdos del pasado que se han ido removiendo una y otra vez tenía que salir por alguna parte. Dicen que el riñón simboliza los miedos y las frustraciones. Realmente sentía cierta frustración por no haber terminado la tesis en estos últimos diez años. Y pensé que este año era perfecto para hacerlo, para enfrentarme a ese reto personal y poner por fin orden en muchos asuntos que deben morir para dar paso a un reto mayor.

Abandonar el individualismo y todas las formas y relaciones basadas en el mismo es ese reto mayor, una prueba personal que requiere de mucho trabajo y dedicación. Liberarnos del dolor, de las presiones y preocupaciones del flujo temporal, es una meta que nos ha de conducir a la visión universal de todas las cosas, a una nueva relación con la vida y con el sentido de la misma.

Cuando de repente te ves en la camilla de un hospital, casi agonizando de dolor, al borde de una muerte psicológica, te preguntas sobre el sentido de todo. Descubres la fragilidad que nos sustenta, la insignificancia de toda nuestra existencia cuando el cuerpo decide llegar a su fin, o simplemente avisarte con un dolor profundo de lo frágil que es todo. En ese momento, sólo deseas recuperarte rápido para dedicar lo que queda de vida a lo que realmente importa. En mi caso, abrazar la universalidad de la vida y encender la llama de la sabiduría, del amor y la voluntad en todos los corazones. Que ese buen propósito me guíe y pueda así cumplir mi parte.

¿Hace frío en las caravanas?


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Levantarnos todas las mañanas a temperaturas por debajo de cero grados se ha convertido en una especie de deporte. Todas las mañanas miramos el termómetro y observamos como nuestros cuerpos se han ido adaptando poco a poco a temperaturas que ahora nos resultan incluso agradables. Cuando los amigos ven por las redes sociales las fotos que colgamos plagadas de nieve, de alguna forma sufren y piensan que aquí lo estamos pasando muy mal. Pero nada más lejos de la realidad. Hay un disfrute en todo, incluso en lo extremo. Cada vez que nieva sentimos una inmensa alegría. Hay gente que paga por ir a la nieve y nosotros solo tenemos que esperar a que llegue. Y cuando lo hace nos damos nuestros paseos para contemplar la belleza profunda de un paisaje impermanente, de unas imágenes únicas que pasarán al registro de nuestra memoria en cuanto en unas horas o días vuelva el sol y termine por borrar hasta el último copo de nieve.

Esas imágenes nos hacen reflexionar sobre el constante cambio que sufre la naturaleza y de cómo el ser humano se ha ido adaptando, como ahora hacemos nosotros, durante milenios. Ahora sol, ahora viento, ahora lluvia, ahora frío y nieve. Nada importa cuando nos sabemos partícipes de todo esos ciclos de la vida.

¿Pasamos frío entonces? Al principio sí. El frío calaba por todas partes, incluso cuando realmente las temperaturas no habían bajado lo suficiente. Pero ahora es distinto. Lo notamos cuando viene alguien nuevo y se atreve a pasar unos días con nosotros. Los primeros dos o tres días no duermen bien, lo pasan mal y el frío les cala por todas partes. Luego, tras las primeras crisis, parece como si el cuerpo se adaptara rápidamente a la nueva situación y pudiera pasar en todo momento a un nuevo estadio, a un nuevo vigor y fortaleza.

Por dentro y por fuera nos sentimos privilegiados por ser partícipes de esta experiencia. No lo vemos como una aventura de boy scouts, ni tampoco como unas inocentes vacaciones en un lugar difícil. Estamos aquí, viviendo y experimentando en unas caravanas que compartimos con aquellos que se atreven a descubrir un modelo de convivencia diferente. Eso es suficiente combustible para llenar nuestros corazones del calor necesario para soportar cualquier circunstancia e inclemencia. Realmente el frío no se ha convertido en una molestia o en algo desagradable. Lo vemos como una bendición que nos hace recordar la fragilidad de todo cuanto existe, y la sabiduría que encierra todo cambio, toda transformación.

No anhelamos el calor, ni el verano ni los días soleados. Todos los días, todas las estaciones, todos los tiempos son justos y perfectos. Amamos cada ciclo y compartimos desde la llama interior aquello que ocurre fuera de nosotros. La humildad de vivir en una caravana solo nos desnuda ante la inmensidad del cosmos. Ya no necesitamos enaltecer nuestro pequeño ego con grandes construcciones. Una casa pequeña, muy pequeña, en forma de caravana, nos basta para contemplar desde sus frágiles ventanas la grandeza del universo. Sí, está nevando ahí fuera. Hace frío en las caravanas. Pero el corazón late y fluye ardiente por tan inmenso regalo.

b c

La plaza quemada


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Confieso que cuando se fluye con la vida esta te lleva a lugares y situaciones totalmente mágicas. Fue así como salí de este pequeño y remoto lugar acompañado de los hermosos C. y S. para terminar aparcando el coche en la plaza 55 de un parking de Madrid. A pocas calles me esperaba L. B. en la cafetería del Ateneo. Me encantó llegar y verla leyendo con su café y su imagen bucólica de mujer soñadora. Estuvimos poniendo al día la empresa y algunos detalles para este nuevo año. Luego la acompañé al coche que posaba tranquilo a las sombras de la Almudena. Tras el paseo recordando viejas batallas en Madrid me marché satisfecho al hotel de un amigo que siempre que mendigo por la capital me ofrece alguna de sus múltiples habitaciones. Y allí estuve en la bañera, desplomándome durante una hora y disfrutando de ese baño que en las caravanas resulta imposible.

Por la mañana estuve con J.L trabajando en un libro. Nunca tengo suficientes palabras de agradecimiento al ejemplo de perseverancia y quietud de este ser. Incluso en los peores momentos, incluso sin importarle tener una deuda de ocho o cien millones de euros. Su templanza en lo bueno y en lo malo siempre me resulta admirable. Tras la jornada de trabajo quedé con M. en el Vips de López de Hoyos, un lugar que conocía bien pues viví un tiempo muy cerca de allí. Estuvimos poniendo orden en los asuntos de la fundación y el proyecto gallego y disfrutando de una grata charla mientras comía una rica crema de setas. Nos dábamos cuenta como el proyecto va cogiendo vida propia pero como las convicciones interiores siguen inamovibles. Es toda una suerte tener a M. de compañera de este viaje común. Su formación interior hace que podamos hablar en los mismos códigos y entender algo sobre la magia que nos ha unido.

Tras el encuentro con M. me esperaba la hermosa y amorosa A., la cual me acogería en el edificio de su familia en el centro de Madrid. Me resultaba insólito pensar que todo ese gran edificio pertenecía a la misma familia, y que podías encontrarte en la escalera del mismo a un sobrino, hermano o primo. Los abrazos de A. son como sentir que alguien te ama desde todas las células de su cuerpo. Nadie abraza como ella y nadie es capaz de expresar tanto con un gesto tan cálido. Me acogió en la habitación de su hija mientras me explicaba los avatares de toda su familia que casi podía sentir como mía propia. Pasamos una tarde agradable y al día siguiente, tras un intenso viaje en tren y luego en coche de una punta a otra de la ciudad terminamos en casa de su hija N. Otro bello ser libre, amoroso y valiente que sin duda detonó la alianza de esos lazos familiares invisibles. A. me recordó algo muy valioso para mí esa mañana: soy nieto de un arriero, quizás por eso me guste tanto practicar los caminos. Gracias querida por la revelación.

Tras dejar a A. en su casa me fui a comer con J. en su bello hogar a las afueras de Madrid. Nunca he conocido un ser tan generoso y próximo a la complejidad de ser coherente con lo que se piensa, se siente y se hace. Cuando estoy en su casa es como estar en la mía propia. Sus paredes blancas me recuerdan a la Shamballa que siempre intento esculpir en mis otras paredes blancas. Pudimos hablar de mil temas antes de marcharme de nuevo corriendo hacia Madrid, donde aún tuve tiempo de ayudar a L. B. a hacer algunas cosas y donde me cruzaba, cosas de la vida, con la bella S. en el que hasta ahora había sido mi barrio. Tanto seguirnos mutuamente sin conocernos y nos cruzamos de repente.

Volví a coger el coche para atender a la siguiente cita mientras hablaba con una periodista del Mundo para una entrevista. Llegué algo tarde a la cita con L., pero eso hizo que se diera un peculiar encuentro entre C., M., L. y J. En ese encuentro surrealista pasó de todo en el café Capuccino que hay en la puerta de Alcalá. Teníamos a nuestro lado famosos de la tele, incluso al entrenador del Real Madrid. L., siempre provocador, hacía constantes bromas mientras intentábamos dar un poco de espectáculo con una pareja de enamorados que estaban siendo atentamente examinados por unos abuelos de la burguesía madrileña. Mientras se incorporaba a la cita la bella y profunda C., L. me recordó una cosa que me hizo pensar: “¿te acuerdas cuando a nuestro amigo M. se le quemó la plaza de toros? ¿cuántos amigos tenemos a los que les haya podido pasar algo así?”

Repasando el vértigo de estos dos días en Madrid puedo decir que amigos con plaza de toros tengo pocos, quizás solo uno o dos. Pero amigos, de esos de verdad que se lanzarían contigo a cualquier plaza para pasar no solo un buen rato sino para disfrutar del amor compartido y la compañía, creo que muchos. Y a todos ellos tengo tanto y tanto que agradecer. Tanto y tanto que compartir… Gracias a todos los que estáis ahí, atentos por si puedo parar aunque sea cinco minutos para daros un abrazo sentido.

Llegué a las tres de la madrugada a la pequeña caravana cargado de amor y recuerdos. He podido descansar algo, pero ahora solo quiero volver a todos esos abrazos y sentires.

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(Foto: L. B. esperándome en el Ateneo para cambiar el mundo y soñar con el mismo y pareja de enamorados siendo observados atentamente por una pareja de personas mayores).

 

El miedo al extraño


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“Dios no creó el mal. El mal es el resultado de la ausencia de Dios en el corazón de los seres humanos”. Einstein

No siempre tenemos absoluto control sobre todas las fuerzas que operan a nuestro alrededor. Vivimos en un mundo de incertidumbre aún cuando pensamos erróneamente que tenemos cierto control sobre el mismo. Vivimos en una constante iniciación a la realidad envolvente. Pensamos que todo está bien, que todo parece normal y que la vida transcurre por el derrotero que hemos trazado. Pero nada de lo que pensamos, sentimos o experimentamos tiene que ver con la realidad.

Hoy en el pueblo nos daban un repaso sobre toda la rumorología que ha nacido en torno nuestro. Es divertido ver como los vecinos inventan historias a cual más extraordinaria y rocambolesca para intentar comprender o describir la vida errante de estos extraños que han venido a vivir a unas caravanas. El miedo siempre nos confunde y aturde, y bajo ese prisma de oscuridad intentamos describir aquello que nos resulta extraño, marcando siempre con un estigma aquello que nos separa del otro.

A veces resulta cansado sentirte extranjero en todas las tierras. Cuando me nacieron en Barcelona, y a pesar de vivir allí casi toda mi vida, siempre me tacharon de extranjero. Cuando descubrí mi anormal condición de no natural, marché a la tierra de mis antepasados y allí también fui un extraño, un extranjero, un apátrida. Ocurrió lo mismo en otros países, en otras tierras. Siempre fui un forastero, un sin tierra, un desarraigado.

Mientras hoy escuchaba toda la lista de conjeturas y divagaciones sobre nosotros, a cual más sorprendente, sentía cierta tristeza interior, cierta desconexión con una realidad que a veces evitamos por pura supervivencia psicológica y otras intentamos paliar con dosis de buen humor y alegría. Pero hoy era especialmente triste sentir esa impotencia de no poder abrazar al otro, mirarle a los ojos y exorcizarle de todos sus miedos y fantasías.

Es cierto que tenemos nuestras rarezas, pero somos tan inofensivos que nos duele hacerle daño a una mosca. ¿Por qué entonces tenernos miedo? ¿Por qué entonces inventar historias retorcidas que escapan incluso a nuestra más oscura imaginación? Como decía es algo que ya no me extraña. Pero sí produce un cierto resquemor sobre la condición humana, un cierto ápice humano de sensiblera angustia.

Y me gusta compartirlo para que seamos conscientes de que ese otro extraño, divergente, diferente al que siempre evitamos no es jamás ni mejor ni peor que nosotros. Sólo carecemos de algunos datos para darnos cuenta de su humanidad, de su belleza interior, de su luz.

Tras las gruesas murallas de la incertidumbre y la ignorancia siempre hay un resquicio de esperanza. Nuestra entrega, nuestras renuncias, van encaminadas a conquistar los valores que nos unen. No podremos controlar todo lo que ocurre allá fuera, en las cavernas del miedo hacia lo extraño. Pero nos esforzaremos por ser dóciles y amables incluso con las fieras del camino.

A modo de desahogo…


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Nos llevamos un disgusto cuando unas horas antes de la firma del traspaso del local los futuros inquilinos nos llamaron para decir que no se quedaban con el mismo. La verdad es que se nos quedó cara de póker. Siete viajes de ida y vuelta para terminar de mudar todos nuestros libros y un montón de eventos programados para diciembre anulados para que los nuevos inquilinos pudieran disfrutar del inmueble. Siete mil euros de traspaso perdidos y un montón de previsiones incumplidas tan sólo porque en este país se perdió el respeto a la palabra y nosotros, gente confiada, no supimos darnos cuenta de que no todo el mundo entiende sobre el valor y la responsabilidad de las cosas.

Cansados y abatidos ayer nos tomamos el día con mucha filosofía. Intentamos cumplir con las exigencias diarias y pasamos a modo de buen humor para que el cabreo no terminara abatiendo nuestras alas.

Hoy nos levantamos, nos fuimos a trabajar en las mil cosas que rodean a este proyecto y asumimos que no podíamos hacer nada ante estos acontecimientos, excepto el seguir aprendiendo sobre la condición humana. Solo respirar profundamente mientras vemos como las vacas pastan en el prado de al lado, como las gallinas revolotean de un lado para otro sin importarles mucho la lluvia fina que cae a cada rato. Sólo nos queda observar la quietud de los árboles despoblados de sus ramajes, con esos tonos ocres que nos recuerda que es tiempo de recogimiento, de meditación interior, de fortaleza para aguantar el cada vez más cercano invierno.

Por suerte en esta humilde caravana se está bien. Ayer lo hablaba con Carolina: a estas alturas de la vida pocas cosas materiales podrían sorprendernos, ni tan siquiera las pérdidas como la sufrida estos días. Ya casi todo nos parece anecdótico, aunque cojamos algún cabreo necesario cuando la ocasión lo requiera y necesitemos a veces desahogarnos describiendo situaciones aparentemente incomprensibles. Digo aparentes porque ya sabemos a estas alturas de la vida eso de que nosotros tenemos mil planes en la cabeza y la vida uno magnífico y maravilloso para nosotros. De eso sí estoy convencido.

Quizás por eso nuestras aspiraciones ya no tienen nada que ver con esa asfixiante sensación de tener que llegar a fin de mes para no se sabe muy bien qué. Ya no queremos llegar a fin de mes. Queremos abrazar cada día con lo que trae, no importa si eso que nos llega podemos calificarlo de bueno o menos bueno. La vida sabe tejer las cosas de forma correctas para que todo encaje a la perfección, aunque nosotros no entendamos nada, aunque suframos aparentes pérdidas y decepciones. Es cierto que nos preocupa esa informalidad de la gente, no porque nos afecte a nosotros sino porque de alguna forma repercute a todos los que aquí nos visitan, pero sabemos que por algo ha ocurrido. Así que al mal tiempo, buena cara, y a seguir adelante, buscando fórmulas imaginativas para que el día de hoy esté lleno de experiencias positivas e imágenes inolvidables. Y trabajando mucho para preparar la acogida de fin de año, donde nuevos retos se presentarán y donde el significado profundo de la palabra luz tendrá mucho que enseñarnos y mostrarnos. Sigamos alegres y positivos hacia delante. La vida sigue, la vida se perpetua a pesar nuestro.

Todo para ellos


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Es fascinante atravesar las montañas cargadas de niebla. Es como entrar en otra dimensión, especialmente cuando sabemos que alrededor de todo sólo hay bosques y cumbres que reservan sus secretos para siempre. Uno se siente un poco caballero entre los caminos. Sabedor de algo especial que se cuece en el atanor de la vida y sus destinos y amante de todo ese ciclo inmortal que transcurre en silencio, en sigiloso movimiento continuo.

Con tanto viaje hemos perdido la noción del tiempo. El sábado dormíamos en Madrid y el domingo volvíamos a O Couso para luego el mismo lunes volver a Madrid y hoy a O Couso. Y mañana de nuevo a Madrid, y así todo lo que resta de semana hasta que completemos esta nueva mudanza. Pura impermanencia.

Ayer vivimos momentos emocionantes en la última meditación en Dharana. Casi no tengo palabras para expresar todo lo que ese lugar ha significado. Todos sentimos mucha pena por el cierre, pero al mismo tiempo, palpitamos en el ambiente una especie de impulso hacia algo mayor y mejor. Somos conscientes de la necesidad, de la urgencia de actuar. Ahora estamos aprendiendo a hacerlo con la mayor de las sabidurías. Para eso a veces hay que errar, porque al fin y al cabo es la propia experiencia lo que nos dota de esa sensibilidad especial hacia las cosas. Es cuando practicamos los caminos cuando de verdad podemos afianzar la enseñanza de los mismos.

Ver mapas, especular sobre las cosas, ayuda a hacernos un perfil aproximado de la experiencia. Pero no tiene nada que ver con la misma. Por eso sentimos que Dharana nos ha abierto a todos una gran puerta con la que poder sujetar desde ese plano arquetípico fórmulas apropiadas para ejercer en el futuro mayor seguridad y temple en la puesta en marcha de puntos de luz, de lugares para compartir.

Un punto de luz no deja de ser un foco de esperanza, de fe en el ser humano y en su condición plena. Es un lugar de encuentro donde se concentran las fuerzas necesarias para impulsarnos como meros transmisores de algo mayor que nosotros, algo más bello y transcendental. De ahí la necesidad de materializarlos, de precipitarlos desde lo más alto hacia lo más cercano. De ahí la urgencia de aunar esfuerzos para formar parte de esa luminaria invisible que pretende encender nuestros corazones.

Hemos practicado los caminos y alguna huella habremos dejado en esas almas con las que hemos podido disfrutar de tantas cosas. Nos dimos cuenta cuando ayer, en la despedida, la niña Giomar explotaba a llorar tras la meditación y el ágape. Sus hermosos padres nos decían que los niños no hacen más que hablar de O Couso, y de que les gustaría irse allí a vivir. La verdad es que escuchar estos testimonios que nacen de voces inocentes nos llena de fuerza para seguir adelante. Así que no importa cuantos viajes tengamos que dar esta semana. Todo será para gloria del gran arquitecto de esta conjura hermosa. Todo para ellos, nada para nosotros, como decía la caballería espiritual de antaño. Así nos sentimos, caballeros andantes, buscadores del Grial oculto, amantes de los Caminos. Seguiremos adelante, inevitablemente.