Despedida de Dharana


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Esta mañana salía temprano de O Couso para dirigirme a Madrid. Aquí me esperaban miles de libros para ser empaquetados. Decía hoy a Laura que nuestra editorial debería llamarse Ediciones Itinerantes, ya que desde que se creó ha sufrido al menos siete mudanzas.

Lo de la mudanza de la editorial es lo de menos, uno termina acostumbrándose al trajín de las cajas de libros a la espera de que lo digital se imponga y ese trajín romántico desaparezca con seguridad.

Pero sí nos afecta de alguna forma el tener que cerrar el centro Dharana, un bonito lugar que se había construido con mucho amor y alegría. Los martes era especialmente bonito ver como una veintena de personas se unían en la meditación. Presentaciones de libros, conciertos, encuentros con autores… Algo se deja aquí, muchos momentos, mucha magia, mucho amor. Sobre todo la hermosa vida de barrio, con sus tertulias, sus chismes, su apoyo incondicional y la tristeza porque nos vamos. Malasaña y su calle Minas nos han adoptado en el corazón.

Laura Bermejo, su última guardiana, insiste una y otra vez en que volveremos. La verdad es que a todos nos gustaría volver, que se abriera otro centro Dharana aprovechando la experiencia y sumando mucha más luz en lugares como Madrid. Aún no sabemos como será esa vuelta, pero tenemos toda una vida por delante para materializarla, pensarla y abordarla.

Ahora lo que importa es poder trasladar todos los libros hacia el norte. Laura pensaba que sería una buena idea, a nuestro estilo romántico, crear el próximo fin de semana una caravana de libros, de personas que se animen a hacer una excursión a O Couso cargando el coche de libros. Puede que sea divertido. En todo caso, esta próxima semana nos esperan muchos viajes de ida y vuelta hasta que la mudanza total esté completa.

Realmente el mágico mundo de la impermanencia tiene sus cosas. Aprendes en esta vida a no apegarte a casi nada, a tomar decisiones rápidas para poder estar al ritmo de las olas de esta inmensa marea que es la vida. Hay personas que tardan decenas de años en tomar decisiones que nosotros hemos tomado en dos tardes. No son decisiones locas ni irracionales. Son simplemente movimientos que pretenden ensayar en la práctica el deseo interior. A veces ese ensayo práctico y pragmático funciona y otras veces no. Lo bonito de todo es que el aprendizaje es intenso, y que de cien errores siempre aparecen diez aciertos que lo valen todo.

El cierre de Dharana no lo vemos como un error. Nos ha dado tanto en tan poco tiempo que en cierta manera nos sentimos satisfechos por el experimento. Durante muchos años quisimos tener una librería. Por unos meses hemos cumplido el sueño de ser libreros. Hemos aprendido lo que se teje detrás de cada libro en el ciclo completo: escribirlo, editarlo y venderlo. De los tres, sin duda lo más difícil es venderlo.

Esta noche dormiré aquí, en la sala de meditaciones. Es una forma de despedirme cargado de energía y de forma simbólica, posar en la horizontal, en sueños, para estar eternamente agradecido al lugar. Convertimos un bar de copas en un pequeño punto de luz. Misión cumplida. Ahora que otros recojan sus frutos.

Aquí dentro arde la llama


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Hace frío. Llegó ayer después de un excelente veranillo inesperado que nos permitió vivir más fuera que dentro. Ahora caigo en la cuenta de que estamos protegidos por las frágiles paredes de una pequeña caravana. Casi no puedo mover los dedos al teclear. Bajo las mantas se está bien, pero fuera de ellas sale un vaho que lo inunda todo. Ahí fuera se ve la neblina que cubre de rocío montes y prados. El bosque dormita en un silencio agudo, plagado de secretos nocturnos que se desvelan solo si la imaginación es capaz de atravesarlos.

Estaba intentando leer la biografía de Max Theon pero me resulta difícil componer una idea clara de ese llamado maestro desconocido cuando apenas puedo concentrar la mirada en el frío aluminio de mi bonito ordenador. Mañana tendremos que aclimatar algo de calor en estos cobijos improvisados. Me pregunto una y otra vez como la fundadora de la comunidad escocesa de Findhorn vivió hasta los setenta y dos años en una caravana. Allí el frío es más intenso y los días más cortos. Recuerdo cuando viví allí que a las cuatro ya era de noche. Todo el día se pasaba lloviendo, igual que aquí, que no ha parado excepto ahora en la noche trémula.

¿Qué tipo de vida nos espera a partir de ahora? No puede ser más que una agitada vida interior. Un reconocimiento de gratitud hacia todo lo existente, un momento de retiro espiritual inevitable hacia los adentros del ser. Los grandes seres siempre son reconocidos por su inmensa gratitud hacia todas las circunstancias. Tendremos que imitar esa actitud aunque aún no hayamos alcanzado ningún tipo de maestría. Tendremos que aprender a estar alegres y felices y no dormitar en la angustia o la adversidad. Quizás esa sea la enseñanza.

Por suerte estos días no hemos estado del todo solos. Carolina ya lleva diez días con nosotros y al parecer desea pasar un buen tiempo compartiendo inclusive el frío. Este fin de semana pasado fuimos trece personas y el próximo vendrán más. Es hermoso poder acoger a gente a pesar de las circunstancias. Y para nosotros, es increíble que personas de todas partes de España sigan llegando para compartir gratitud. Hoy mismo Selene y Koldo compartían un buen rato con nosotros. Encendimos el primer fuego dentro de la casa y sirvió para hacer más agradable la comida y la sobremesa. Nos sentimos emocionados por ver que la comunidad se está tejiendo poco a poco y que en cuanto tengamos un mínimo de comodidades vendrá mucha más gente a convivir.

En todo caso, sigo pensando con cierta emoción en Eileen Caddy y su original caravana rodeada de hermosos jardines y huertas. Es normal que en estas noches de frío intenso recibiera tanta inspiración. Nuestro deseo es precisamente ese. Días fríos y lluviosos que harán que el inevitable contacto interior se produzca. Por eso nos sentimos agradecidos. Tendremos que buscar algún tipo de solución para poder al menos teclear en el ordenador con algo de calor exterior. Mientras llega, damos gracias sinceras por esta oportunidad única e intensa. Sí, hace frío, pero aquí dentro arde la llama.

(Foto: Koldo Aldai encendiendo la llama).

Todos son santos


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La estación oscura o Samhain en la tradición celta daba paso a los fríos meses de invierno. En el norte de España también se celebra con otros nombres como magosto o castañada. En los pueblos anglosajones se quiere imitar a la tradición celta como fecha de transición o de paso hacia el otro mundo llamándolo, conectado con la tradición cristiana, con el nombre de Halloween, mezclando ritos paganos con tradiciones religiosas.

Cuarenta días después del equinoccio de otoño empezaba tradicionalmente la muerte de la Naturaleza, el letargo, el silencio angosto, el lúgubre tiempo del reposo. Las tradiciones que nacían de la tierra daron paso a las tradiciones que se convirtieron en ritual necesario para optimizar y explicar la relación de la muerte de la Naturaleza con la propia muerte humana. De esa inevitable relación nació la celebración de todos los Santos, de los vivos y de los muertos.

Ayer en O Couso llenamos la ermita de velas para simbolizar la luz interior que brilla inclusive en los momentos de mayor oscuridad. La estación oscura es un buen momento para florecer la luminaria que todos llevamos dentro. Éramos trece. Cantamos algunas alabanzas y canciones cargadas de emotividad. Encendimos trece velas cuya luz iba pasando de uno a otro expresando la importancia de la transmisión de luz, reconocimiento y cariño a todos los presentes. Honramos a todos los santos, a los vivos y a los muertos, pero especialmente a todos los santos anónimos que trabajan día y noche por hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Esos santos que se manifiestan en la labor de la madre paciente con sus hijos, en los trabajadores que hacen largas jornadas para llevar el pan a los hogares, de aquellos que sacrifican su vida por mejorar la vida de los otros, de los abuelos que pacientemente cargan con la responsabilidad de transmitir lo mejor a las siguientes generaciones. La lista de santos anónimos era interminable, y a todos ellos quisimos rendirle homenaje.

Nuestra fiesta fue precedida de un paseo por el bosque y los prados y un aluvión de sonrisas y carreras por la hierba jugando con unos y con otros. Ninguno se disfrazó de vampiro o muerto viviente ni tuvimos necesidad de bucear en mayores complejidades. Algo sencillo, angosto, pero lo suficientemente impactante para crear un ritmo acelerado en nuestro interior y el recuerdo inolvidable de un compartir único.

Nace la estación oscuro ahí fuera. Es momento de interrogarnos sobre la importancia de encender el caldero interior, la luminaria de nuestro espíritu para que caliente nuestras vidas con sentido, con dirección, con propósito. Es tiempo de celebrar la cosecha del verano y de repartir los bienes con los otros. Es tiempo de abrir los brazos al mundo para envolver con cariño a todo aquel que lo necesite.

Comimos castañas bajo la luz de las velas y el calor humano que nace de la común unidad. Nos mirábamos tímidos a los ojos reconociendo en el otro esa luz que brilla con fuerza y expresión. Nos sentimos afortunados por haber creado de repente una familia unida por algo más que palabras. La conclusión fue clara: realmente todos somos santos. Sólo debemos conservar y compartir esa luminiscencia.

Cuando los sueños traspasan la brecha de la realidad


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La brecha que separa un sueño de una realidad tangible puede ser imposible, abismal o palpable. Nunca sabemos qué es aquello que hace que un sueño se vuelva realidad. Mi experiencia apunta que la intención enfocada desde la sinceridad y la insistencia son fuerzas casi indestructibles. Cuando hoy una editorial me enseñaba la portada y la tripa de un libro de mi autoría que pronto será editado pensé que algo diferente había ocurrido. Siempre quise ser escritor y para serlo necesitas a alguien que te reconozca como tal. Al menos a alguien que te lea, que sienta cierta atracción hacia lo leído y que apueste por esa obrita. Para mí escribir no es más que un medio para compartir, y de alguna forma el poder compartir algo bonito y hermoso que haga feliz a los demás o que les inspire algo siempre fue mi motivación.

La profesión de editor me había puesto en el otro lado. Soy yo el que lee y el que apuesta por unos y por otros. A veces encuentro mucha gratitud y humildad en el otro y otras sólo soberbia y orgullo. Ahora que tengo la oportunidad de ser tan sólo un humilde escritor porque alguien se atreve a reconocer esa valía, desearía ser de los primeros, es decir, agradecido y humilde.

Recuerdo que de pequeño, cuando leía las primeras obras de Julio Verne, ya soñaba con estar en alguna parte del mundo escribiendo y compartiendo aventuras e impresiones. Siempre soñé con eso. Dediqué muchas horas, muchos días y mucho mundo a intentar enfocar la escritura desde la sinceridad de corazón y la insistencia pertinaz. Y ahora veo como ese sueño noble se hace realidad, y además, con un libro que habla sobre la impermanencia del camino de la vida.

De aquello que hace veinte años parecía imposible y que hace diez años se volvió abismal ahora resulta que es palpable. Así que suspiro con calma, con cierta tranquilidad interior al comprobar que la vida aún guarda ese regazo de magia, ese instante de plenitud. Sin embargo, la satisfacción ahora es diferente. Sí, ya sabemos por experiencia que algunos sueños, los que de verdad nacen del corazón, se pueden alcanzar. Pero lo hermoso es cuando esos sueños nacen para ser compartidos. Ahí la grandeza de lo que ocurre es milagrosa.

Siendo así, pronto podré compartir con vosotros un libro titulado “Practica los Caminos”. Es algo que nació hace un año y que ahora ve la luz ahondando en la impermanencia de todo lo que existe, inclusive nosotros, nuestros anhelos y nuestras realidades. Algo que quiero compartir desde la alegría de poder sentirme humilde y agradecido, formalmente sumido en un sueño palpable y expresamente inmerso en la vida compartida. Deseo practicar los caminos con todos vosotros, seáis quién seáis, hagáis lo que hagáis y penséis lo que penséis. Siento esa necesidad de fundirme en la unidad que nos une y de paso, disfrutar del otro y de lo otro formando parte del ritmo cardinal del mundo.

En fin, que estoy cargado de agradecimiento y sólo quería compartir esta alegría. Aunque sea a trompicones, con esas ganas de seguir contando cosas que pasan y cosas que ocurren, aquí, ahora, mientras respiras estas letras, en la intimidad de tu silencio, mientras me imaginas en esta caravana que sobrevive en la noche oscura rodeados de bosques y montañas y yo te imagino sonriente y cómplice en cualquier lugar del planeta. En ese hilo conductor nos encontramos. En ese milagroso hacer nos envolvemos y somos Uno. Es tiempo de soñar.

(Foto: © Marcy Cicchino)

Un momento de calma


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Es cierto que llevábamos unos días adaptándonos a nuestra nueva vida en los bosques y nos habíamos tomado estas semanas con algo de filosofía, sin excesos, sin atosigarnos, sin renunciar a la calma merecida y al descanso. Este fin de semana, aprovechando el buen tiempo que inusualmente acontece en estas celtas tierras por las fechas que corren dábamos paseos por la playa, por pueblos hermosos y ayer una preciosa excursión de castro a castro por la sierra de Édramo, la misma que protege nuestro pequeño valle que por lo que nos contaron, en alguna época lejana debió ser un glaciar.

Estáis viviendo en el epicentro del glaciar, nos decían ayer. Hoy nos decían cosas más profundas y metafísicas sobre el lugar que curiosamente coinciden con cosas que ya nos habían dicho personas diferentes.

Hace unos días tuvimos uno de esas jornadas extrañas en las que ocurren acontecimientos encadenados igual de extraños. Los animales estaban como desquiciados, la gata Gaia tuvo una especie de ataque de histeria que luego, por la noche reprodujo el perro Geo. Era como si ambos hubieran visto a un fantasma o algo peor. Luego, cuando parecía que todo había acabado y los sustos se habían terminado notamos como de repente un silencio inusual se apoderaba de todo. No se escucha el ladrido del perro vecinal, ni los grillos, ni el viento, ni nada que pudiera cortar aunque fuera un trozo de ese mutismo sigiloso. Fue un momento de calma de lo más extraño.

En el paseo de ayer nos decían que estamos viviendo cerca de un lugar sísmico muy potente, y que es muy frecuente, antes de que ocurra un pequeño temblor o terremoto que los animales tengan comportamientos extraños o que todo se silencie de repente. Ese día tuvimos algo de miedo, pero esa explicación que parecía razonable nos tranquilizó.

Sea como sea y a pesar de estas anécdotas estamos tomando poco a poco consciencia de la situación en la que nos encontramos. De repente es como si la realidad que nos envuelve nos estuviera abriendo muy despacio los ojos. Hoy mientras paseábamos por los prados con amigos que han venido desde Barcelona para pasar unos días con nosotros nos dábamos cuenta real de donde estamos. Sentí cierta emoción interior al descubrir que tras muchos años de pruebas y divagaciones habíamos llegado al punto de construir con nuestras manos y ya no sólo con palabras la utopía soñada. Los golpes que esta mañana daba mientras arrancaba unas maderas de la pared eran golpes reales, ya no sólo el teclear buceando en principios filosóficos sobre la creación o no de esto o aquello. Esa madera era real, ese sonido era cierto, mis manos estaban tocando la casa de piedra, de acogida, y mis pies se apoyaban en los prados y bosques que albergarán a cientos de almas en búsqueda de transformación interior.

Más allá de las riquezas materiales, estamos tomando consciencia de que las riquezas interiores no tienen precio, y de que toda esta calma que hemos sentido estos días no son más que el preludio de una nueva vida de entrega y servicio hacia una causa mayor. Y sentimos que no es una causa nuestra, que nos pertenezca, sino que somos simplemente integrantes de algo desbordante que desea rebosar por todas partes. Sentimos que el paso que hemos dado es un paso de esperanza, de pequeña ola que se suma a ese inmenso océano que ha de llegar. Lo sentimos porque no paran de llegar almas peregrinas que nos confiesan extrañados de sí mismos que aunque aquí no tengamos lavabos ni agua corriente ni luz ni casa habitable merece la pena hacer miles de kilómetros para compartir un trozo de tiempo. Algo transformador se palpa en el ambiente y todos quieren conocerlo. Suponemos que se trata de esa riqueza oculta, como ese terremoto que produce un inmenso momento de calma para luego transformar y remover las profundidades. Así es, y así parece que ocurre en todos los que llegamos hasta aquí.

(Foto: un momento de calma en la hermosa sierra de Édramo, con Laura y Geo)

Llueve


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Es cierto que los días son largos o cortos según fijemos nuestra atención en la pasividad o la actividad. Cuando pasas la noche en una acogedora caravana que logra tambalearse por la potencia del viento, el nuevo día nace como una sobrecogedora experiencia. La lluvia no ha parado desde que amaneció. Por la tarde, en el tradicional paseo con Geo terminamos los tres empapados. Alguien nos advirtió que en las tierras del norte llueve con contundencia. Realmente la lluvia no nos molesta y el viento puede ser un buen aliado para alimentar baterías que nos den algo de luz en cuanto podamos adquirir un molino aerogenerador. Nos gusta ver los aparentes inconvenientes en oportunidad.

La lluvia también nos permite recogernos, estar atentos a la vida interior, intentar despegar la imaginación creadora para trabajar en esos planos más sutiles donde energías y encuentros con fuerzas de todo tipo pueden completar una vida rica e intensa. No podríamos quejarnos jamás de ese regalo interior que la lluvia nos ofrece. Estamos agradecidos plenamente por sabernos acogidos en el templo que nace aquí dentro, en lo recóndito, en lo misterioso, en lo expansivo.

Ahora pensamos en el frío que pronto llamará a las puertas de la frágil caravana. No sabemos aún como amortiguarlo. No nos dio tiempo a cambiar todo el tejado, y las ventanas que encargamos en junio aún no han llegado. Aquí todo es muy lento. No puedes programar nada en lo inmediato, y la urgencia es una palabra que desaparece entre los prados y los bosques de robles y castaños. Cuatro meses esperando nos parece mucho, pero quizás para ellos sea lo normal, o incluso poco. Quién sabe los motivos por los cuales todo se retrasa por aquí. Lo cierto es que si eres albañil y trasladas tu domicilio a estas regiones nunca te faltará trabajo. Los pocos que hay o los pocos que quedan se quejan del exceso de trabajo que tienen. Algo paradójico en una tierra que sufrió el envite de la emigración a las américas y que ahora sigue decreciendo demográficamente. Dicen que los jóvenes se marchan a las ciudades y que los viejos, cuando mueren, dejan un vacío insoportable. Lo decía hoy nuestra querida Lourdes, nuestra vecina más querida que tanto nos cuida y mima. Preocupada no sabía vaticinar un futuro muy positivo para las gentes que queden en esta tierra.

Y nosotros, nuevos pobladores, sentimos sin embargo un halo positivo y esperanzador. Como digo, esto que para muchos es un impedimento, el drástico clima, para nosotros es una oportunidad de crecimiento y sabemos que también lo será para futuros exploradores de lo incógnito, de aquellos que anhelan aproximarse al nuevo paradigma grupal. También lo ha debido de ser en países del norte de Europa, especialmente en los nórdicos, donde el clima es aún más insoportable y sin embargo, parece que tienen un nivel de progreso superior a los países de climas más suaves. Quizás la dureza les hace hábiles en cuanto a la búsqueda de bienestar. A nosotros nos alumbra el camino para reencontrarnos con el ser, con la quintaesencia del Misterio, y de paso, trabajar en cierto equilibrio exterior, que para nada está mal.

Sigue lloviendo. Es bueno que llueva. Así mañana los prados seguirán verdes y las cosechas interiores crecerán a raudales. Que llueva, que llueva, que todo crece y se expande. Que todo mina nuestros valles y ríos de poderosa intuición.

(Foto: El Bosque de los Ancianos, un maravilloso rincón que siempre nos acoge con cariño).

Peregrinos, nómadas y vagabundos


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Estos días en Madrid están siendo intensos. El hecho de tener que dejar el piso que me dio cobijo durante dos años es ya motivo suficiente para pensar que algo va a cambiar a partir de ahora. Lo único que permanece es el cambio, me repito una y otra vez, así que este pequeño cambio espero que sea para seguir adelante. No siento que me esté despidiendo de Madrid, pero sí que antes de marcharme debo poner algunas cosas en orden, más interiormente que por fuera.

Hoy asistía a una charla muy interesante en una fundación que pretende crear una comunidad en el hermoso valle del Tiétar. Se trata de un proyecto cuya característica especial es que estará habitada por personas que están ya en ese hermoso y maduro proceso de la senectud. Pretenden crear una especie de cohousing donde poder compartir en un espacio privilegiado una experiencia de actividad común. Había visitado en estos años de investigación antropológica muchos tipos de comunidades intencionales, pero hoy era la primera vez que me enfrentaba a una intención tan hermosa: compartir la madurez de la vida, el retiro, no en algo pasivo sino en algo creativo, compartido y cargado de experiencia comunitaria. Esto es síntoma de que algo bueno está pasando ya no sólo a niveles de juventud con ganas de cambio, también en la esfera de la plenitud madura.

Al salir me encontré con un viejo amigo con el que terminé pasando la tarde. Su lucha, su intención es la de ganarse la vida, la de ser un nómada que cambia de traje por las mañanas y por las tardes para conseguir aumentar su caudal de divisas. Decía que se sentía cansado del mundo de las máscaras y le pregunté cual era el motivo de su insatisfacción. “Quiero discernir lo que es verdadero”. Su respuesta me hizo pensar y llegué a observar que quizás ese mundo de disfraces, que al final resulta ser un inocente juego, también forma parte de esa cosa verdadera. Más allá de la moral de nuestro tiempo, más allá de la ética en la que naveguemos, las máscaras también pueden ser una forma de enfrentarnos a la realidad.

Me gustó la distinción que hacía entre nómada, peregrino y vagabundo. Nunca lo había pensado hasta hoy. Pensé que ninguno es mejor que el otro. Quizás el peregrino tenga una intención clara, un destino para su viaje, para su peregrinar, y quizás conozca algo de su camino. El nómada es desplazado según las necesidades vitales y la fortuna a la hora de buscar refugio y alimento. El vagabundo no le da ninguna importancia ni a uno ni a lo otro. Navega libre sin saber qué comerá y sin saber a dónde ir o cual es su meta o propósito en la vida. En el fondo todos, en alguna fase de nuestras vidas, tenemos algo en común con todos ellos. A veces nos sentimos nómadas, otras peregrinos y otras simples vagabundos con necesidad de abrazar a un gran oso de peluche para sabernos, al menos, queridos por el mundo. Es posible que el mundo de las máscaras produzca cierto tipo de soledad parecida a la del vagabundo. Puede llegar a ser peligrosa si no sabemos reconducirla. Errar por la vida sin un propósito, sin una meta, sin un camino puede llegar a ser incómodo. Pero no todos están dispuestos a presentarse ante el camino con el desapego de un vagabundo y la fortaleza de un nómada. No siempre estamos dispuestos a perderlo todo para reencontrarnos con nuestra verdadera esencia. No todos, como los amigos del cohousing, están dispuestos a llegar a cierta edad para afrontar un importante reto, una actividad bien alejada de la vida pasiva y tranquila que para muchos esa edad requiere.

Ese lugar donde la locura vaga libremente


 Zulito

He probado los sistemas, todos los sistemas de la razón.

Ahora sólo busco un lugar donde mi Locura pueda vagar libremente.

Jalāl ad-Dīn Muhammad Rūmi

 

 Las palabras de Rumi tienen un profundo significado. Cuando has catado todas las posibles formas de vida, cuando has procurado tener una observancia firme y tenaz sobre nuestro comportamiento y conducta individual y grupal, se aferran pocas opciones y se diluyen muchos sueños inocuos que carecían de sentido propio.

Aquí posado, en el café de la Luz, donde tantas y tantas cosas se han soñado, espero paciente para seguir adelante. Mientras esta mañana miraba atento el zulito donde he pasado casi dos años de mi vida, pensé que ya era suficiente. Que este cobijo, este refugio ha hecho su papel y es hora de abandonar su comodidad, su seguridad. Miro los libros y me pregunto qué puedo hacer con ellos en esta vida mía tan errante, tan díscola, tan disparatada. A la luz de la normalidad, tanto infortunio puede parecer una locura. Quizás no sea tan solo pura apariencia. Ahora que vamos a publicar en Nous “El Camino del Loco”, tanto cambio, tanto trajín, tienen y cobran un profundo significado.

Buscar un lugar donde la locura pueda vagar libremente es algo prohibitivo. Realmente cuando alcanzamos unas metas, unas conquistas, el espíritu curioso te empuja a viajar a otros lares, a bucear en otras metas. Esto, sin duda, no es compatible con una vida normalizada. Necesita de cierto grado de valentía, pero también de fortaleza. La incertidumbre siempre es problemática. Siempre te llena la vida de retos. Siempre te llena el espíritu de nuevas enseñanzas que requieren análisis, respeto y sinceridad interior.

Mientras espero paciente, aún con dolor en el pie accidentado, me pregunto como afrontar esta nueva situación de vivir sin casa, sin un lugar donde poder descansar de cada batalla. El zulito siempre fue un seguro refugio donde volver siempre. Ahora, sin refugio, sin lugar, la alteridad del momento me obliga a suponer una vida de verdadero peregrinar. Salir a los caminos, practicar los caminos, decía el Buda. Quizás se trate de eso. De no apegarse a la comodidad de la materia, sino moldearla a nuestro antojo, al antojo de esa fuerza superior que nos empuja a caminar, a perseguir sueños, a practicar las enseñanzas sublimes, a bucear en la conjetura de poder compartir más experiencias.

Añoraremos las oscuras noches del zulito. De allí nacieron muchas cosas. Ya está imantado, impregnado de valor y coraje. Ahora que lo disfruten otros. Me marcho a los caminos, que suena bien y parece romántico. ¿Cómo seguir escribiendo libros si no me cargo de experiencias? ¿Cómo seguir atemperando la fortaleza interior si no es a base de pérdidas y victorias? Gracias zulito por tus batallas. Ahora la vida continua… 

Madrid, Madrid, Madrid


Madrid 

Ayer llegamos a la capital. El calor era asfixiante. Hoy también. Sudor, mucho sudor. Me quedaba atónito mirando cosas que ya había olvidado. Ver como de los grifos sale agua en abundancia, la cama grande de la cual esta mañana no quería salir, una nevera vacía. Tras tres meses viviendo en los bosques todo lo de la ciudad parecía artificial, sacado de una película de ciencia ficción.

Por la tarde Fernando Sánchez Dragó me invitó a hablar sobre libros. Subí al tercer piso, me pidió que me quitara los zapatos y charlamos durante un buen rato en la que hace dos años iba a ser mi morada en Madrid, compartiendo un trozo de hogar con el afamado escritor. Me contó cosas espeluznantes sobre las cloacas del Estado debido a la investigación que durante dos años ha tenido que hacer para un libro que pronto saldrá. Realmente nada me era desconocido ya que en mis tiempos de joven aprendiz silencioso había visto cosas peores. De hecho me hablaba y sentía lo mismo que sentí ayer. Como si todo se tratara de una película de ciencia ficción.

Luego por la tarde asistí a la meditación de los martes locos en el Centro Dharana. Éramos casi treinta personas deseosas de compartir un rato diferente, una especie de salvavidas donde poder respirar algo de aire fresco en toda esta maraña de vida ficticia. Observaba que en la ciudad resulta difícil contemplar un amanecer, abrazar los rayos de la tarde, bucear en las grietas de los surcos de la tierra o simplemente maravillarse por esos infinitos tonos dorados y verdes que se entremezclan en los prados y montañas celtas.

Echaba de menos la ciudad, pero hay tanto ruido en ella. Lo notas especialmente cuando vienes del silencio, cuando aterrizas después de un tiempo alejado de los tonos grises. Por la mañana empecé a leer con calma las noticias políticas, lo que ocurre en Irak, en Escocia, en Cataluña. Las imágenes del Estado Islámico decapitando a un inocente periodista aún me aterrorizan. También los absurdos nacionalistas, los estados, las naciones. Me parecen un insulto a la inteligencia, pero ahí están, ordenando nuestras vidas, ofreciendo eso que llamamos progreso. En Barcelona las calles se llenan de banderas. También sacan banderas en la nueva Irak. En el fondo es lo mismo. En el estado islámico decapitan a inocentes periodista. En El País una periodista catalana, Nuria Amat, se quejaba de que ha muerto civilmente en Cataluña. Sí, en el fondo es lo mismo, queramos o no queramos verlo. Un problema de banderas, es decir, un problema animal aún no resuelto en la consciencia humana.   

Salí a la calle a hacer algunos recados y de nuevo ese ruido al que tristemente nos acostumbramos tan fácilmente. Aquí el silencioso pasear de los peregrinos quedaba lejos. También las silenciosas mariposas del campo, el vaporoso viento susurrando las copas de los castaños y robles. No veía por ningún lado el halo mágico de la naturaleza. Eso me hacía pensar lo difícil que será para las próximas generaciones afrontar la ambiciosa tarea de volver a humanizar las ciudades, de volverlas más sanas, más sensatas, con algo de cordura y sentido común.

En la meditación veía a casi treinta almas desesperadas por hinchar sus pulmones con esa calma. La evasión es casi necesaria. Me preguntaba mientras posaban sus manos sobre el pecho qué sentían, qué era aquello que seguía atrapando a tanta y tanta gente en la felicidad del ruido, en la taquicardia diaria, en el egoísmo supremo, en el consumismo presumido, atropellado, absurdo, en las banderas, el dinero, el poder, el… Me pregunto si es posible un cambio radical respirando tanto asfalto, tanta desconexión con la extrema maravilla del mundo silencio que nace de la naturaleza. Me pregunto si aún estamos a tiempo de desmontar todo este mundo incierto para volver a lo natural, a lo sincero, a lo silencioso. Me pregunto humanamente qué sentido tiene la vida cuando la consumimos ante tan dichosa hornada de absurdos perpetuos.

Dos republicanos en la corte del rey Felipe


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Esta mañana nos levantábamos temprano, hacíamos la meditación juntos, desayunábamos y nos poníamos manos a la obra en la casa hasta la hora de comer. Hoy era un día políticamente significativo. El príncipe de Asturias se proclamaba rey de España, es decir, jefe del estado español. No han existido votaciones ni el jefe de estado ha sido elegido por sufragio universal. Simplemente ha heredado de su padre un poder, unos derechos y unas obligaciones. Su padre lo heredó de la misma forma del dictador Francisco Franco. Y este lo heredó tras la victoria de una sangrienta guerra civil y la expulsión de la legalidad vigente hasta ese mismo día.

En la sobremesa hablaba con el amigo Koldo sobre este surrealista país. Sintiéndonos más próximos a los poderes cósmicos que a los terrenales, no teníamos nada que celebrar en el día de hoy. No es que nos sintamos profundamente republicanos, pero si ser republicano es no ser monárquico, eso éramos hoy. Dos republicanos infiltrados en la corte del rey Felipe.

Y nuestra forma de celebrarlo ha sido lejos de la capital del reino. Arreglando parte del tejado y del viejo horno de leña que aún pervive a pesar de los siglos pasados. Trabajando en lo que para otros ha sido un día festivo y de celebración y procurando no alterar nuestra actividad por lo que sin duda ha sido un día tristemente histórico. Y digo tristemente porque nos hubiera gustado elegir al próximo jefe de estado y nos hubiera gustado que hoy las cosas empezaran a cambiar de forma más clara y concisa en este país.

No sé que va a pasar en los próximos meses y en los próximos años. Sólo espero que no caigamos en ningún tipo de deriva y que la sociedad en su conjunto clame por una nueva forma de hacer las cosas. Mientras eso ocurra, alejados de los poderes terrenales, nosotros seguimos empeñados en abrazar los poderes invisibles en esta lejana tierra. Aquí el sol es el que nos da la electricidad suficiente para poder escribir estas letras y el agua surge de las fuentes de la tierra. Pronto tendremos capacidad para hacer crecer la comida en la huerta y pronto tendremos un lugar donde dar acogida al prójimo y la prójima dominados por la perpetua alegría, única ley de nuestro reino. Algún día incluso invitaremos a Felipe para explicarle que otros reinos son posibles.

(Foto: Con el amigo Koldo Aldai reparando partes del tejado en O Couso).

¿Y si un trozo de madera descubre que es un violín?


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“¿Y si un trozo de madera descubre que es un violín?”  Arthur Rimbaud

Hoy en la meditación que hemos hecho en el centro Dharana hemos visto a personas llorar, otras removerse por dentro, otras bucear en la compasión. Todos los martes se vive un ambiente hermoso, de ternura y cariño, de búsqueda incansable del ser que nos habita. Alguien se quedó un tiempo más meditando. Cuando salió y se incorporó en el ágape la mirábamos con ternura. Al final nos confesó que se había dado cuenta de lo solos que estamos en el mundo. De lo difícil que resulta encontrar un trozo de humanidad. Hablamos de los viajes que hicimos a África y Asia enfrentándonos al dolor y la extrema deshumanización y de lo difícil que era acostumbrarnos de nuevo a esta vida materialista, consumista y superficial después de las visiones terribles que habíamos visto.

La imagen dolorosa de niños muriendo literalmente de hambre mientras aquí nos preocupan qué zapatos calzaré o que jeans hacen juego con la última camisa es casi nauseabundo. Pero luego te encuentras a personas que de repente llegan y te dan un abrazo, te estimulan de cualquier forma para poder ponerle un suelo a la ermita o simplemente te guiñan el ojo y te sonríen demostrando que a pesar de todo, en los escombros de esta cultura en crisis, existen atisbos de luz y esperanza.

He abrazado con intensidad a la mujer que se sentía sola. También a la que ha llorado y al que ha trascendido algo más su ser. También a ese trozo de corazón que de forma silenciosa y humilde ha dado un pequeño impulso y estímulo a todo lo que estamos haciendo en el proyecto de Galicia. Los abrazos dados y recibidos tenían algo de milagroso, algo de agradecimiento por ese regalo de estar vivos, de estar presentes en ese finito aquí y ahora que permanece justo lo necesario para arrebatarle a la vida un necesario suspiro.

¿Qué más podemos pedir? La meditación nos conecta de alguna forma con algo profundo. Los martes locos, como aquí los llamamos, son un muestrario de actos milagrosos, de encuentros de seres humanos que se desnudan, comparten, bucean en el otro sin juzgarlo, sin apresarlo en la cárcel del prejuicio. Navegamos libres en la palabra, en la emoción, en el pensamiento. Nos damos las manos para crear un círculo mágico que pretende reconectar nuestros corazones con los corazones del mundo. Respiramos profundamente mientras fulanito se presenta o menganito dilata sus pupilas observando al otro. De repente se escucha una música que no es de este mundo, algo celeste que aterriza en la palma de la mano para mostrar como la fuerza del grupo es capaz de fecundarnos de vida mientras se preña de alma.

Nos sentimos afortunados no por el lugar ni por el tiempo… Nos sentimos privilegiados porque por un momento, quizás por un leve y minúsculo instante, por un suave y dulce guiño, nos volvemos de repente humanos. Y cuando te vuelves humano te desnudas y eres capaz de lo más grande. Y se obra el misterioso milagro del amor.  Se obra esa capacidad de convertirnos en instrumentos de un concierto único y veraz cuando hasta hace tan sólo unas horas éramos troncos a la deriva náufraga.

Hacia un mundo de oportunidades


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Hoy hacía un maravilloso día de invierno. Lluvia torrencial, viento, frío, mucho frío. Eso no impidió que pudiéramos dar un largo paseo desde casa al museo antropológico de Madrid. Allí recorrimos los diferentes espacios dedicados a culturas, pueblos y singularidades. Me quedé atento observando algunos objetos que me resultaron familiares por mi propia profesión. Como la linga, la cual, según algunos antropólogos, podría significar el órgano sexual de Shiva. La primera vez que vi una linga fue en la impresionante isla de Elefanta, en Bombay. Allí tuve unas bonitas experiencias con un grupo de monos que se atrevieron a jugar de forma amistosa. Fue un momento único que guardo retenido porque ese tipo de contacto con lo salvaje nos ayuda a entender muchas cosas sobre el fluir de la vida, sobre el esperar lo mejor de la experiencia no programada. Cuando te liberas de lo común ocurren mágicas situaciones como la de aquella tarde en India.

Tras salir del museo nos fuimos hasta el hotel Ritz donde habíamos quedado con una buena amiga que había llegado desde el sur de África, donde vive desde hace muchos años. Su historia personal es increíble y su vida es digna de una película de aventuras. En la lujosa habitación del Ritz tomamos un excelente chocolate con churros mientras hablábamos de mil historias y aventuras, de sueños, de sincronías, de la magia de la existencia. A media tarde apareció en la habitación una famosa periodista que trabaja en uno de esos programas del corazón y que mantiene una bonita amistad con nuestra amiga africana. Cuando estás acostumbrado a ver a alguien en la tele durante muchos años y luego la ves en la vida real siempre te sorprende ese tipo de encuentros. A pesar de que en estos años esto es muy frecuente en mi vida, nunca termino de acostumbrarme. Pasamos un buen rato y volvimos a casa agradecidos por esta tarde tan maravillosa y cargada de sorpresas y grata compañía.

A. no daba crédito a las experiencias de su segundo día en Madrid. Conocer a famosos, a gente única como nuestra amiga africana con sus historias de la selva y sus vivencias en esos mundos tan desconocidos y lejanos para nosotros. Ayer hablábamos de la abundancia cuando vives en lo que la vida te ofrece y no podía entender del todo la magia de esa abundancia cuando no se tiene nada. Han sido tantas las ocasiones en estos últimos años de terrible crisis en las que yo mismo me he visto en su misma situación que ahora, cuando la observo tan nerviosa y preocupada, doy gracias por todo lo maravilloso que ocurrió a mi alrededor cuando de repente me veía en mitad de la nada sin un céntimo o en situaciones de pérdidas dramáticas. Si dentro hay una profunda convicción en la vida, de alguna forma, la vida siempre responde. A veces tardamos años en comprender sus respuestas, pero siempre están ahí, justo en frente nuestra.

A., de alguna forma está empezando a comprender esta maravillosa relación vital. Se rebela ante su infortunio, pero no entiende que esa “mala suerte” posiblemente le esté conduciendo sin ella saberlo aún a un mundo de posibilidades. O mejor dicho, tal y como le ha salido hoy en una de esas cartas que coges al azar y que guardan un mensaje, un mundo de “oportunidades”. Ese creo que es realmente su mensaje, su aprendizaje. La vida está cargada de oportunidades, de opciones, de amplitud, de belleza, de esplendor, de coyunturas que nos aproximan a experiencias con las que jamás habíamos soñado. Hoy ha sido una buena muestra de ello. Mañana habrá más oportunidades de sentirnos despiertos y vivos. Tengo tantos deseos de abrazar esa vida. De exprimir cada uno de sus puntuales segundos.

(Foto: Los churros en el Ritz tienen forma de corazón. Quizás hasta eso se pudo convertir en una gran señal).

Feliz 2014


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La cena fue un trozo de pizza que sobró de la excursión de ayer a Lugo. Mientras relamía los últimos trozos recordaba la intensidad de la jornada. El día lo pasamos explorando valles y montañas, hablando con paisanos que nos daban pistas sobre O Couso, sobre los sesenta años que lleva sin vivir allí nadie ya que los dueños tuvieron que emigrar a Brasil como tantos otros gallegos. Era hermoso visitar aldeas perdidas en lugares de ensueño. Hay tanta magia en estas tierras.

Mientras conducíamos recordábamos la primera vez que pisamos juntos este valle. Comimos en Triacastela y de ahí fuimos hasta A Barca, San Xil… Era emocionante volver al sitio donde empezó toda esa revelación interior que nos ha llevado hasta este mágico punto.

2013 ha sido sin duda emocionante y cargado de aventuras. Hace justamente un año me reunía en una cafetería de Madrid con Lau, nuestra estrecha colaboradora y persona de confianza en la editorial. Le pedí que trabajara con nosotros porque intuía que este iba a ser un año de muchos viajes y proyectos. Esa intuición fue del todo cierta. Viajes, viajes, viajes, encuentros, muchos encuentros. Gente bonita, muy bonita que ha llegado a este nuestro mundo…

Y luego el Camino de Santiago y la aparición estelar de Laura, fiel compañera en estos viajes de ida y vuelta y de proyectos que como digo, nacieron del corazón, del más profundo de los corazones. Y por eso hemos querido estar hoy aquí, recibiendo el nuevo año, la nueva oportunidad en el lugar donde nació la semilla del proyecto O Couso y todo lo que aquí deberá desplegarse en la próxima década. Un trabajo ingente que ya resuena en el corazón de muchas personas que de forma visible o invisible nos apoyan y se hacen partícipes del propósito que perseguimos en la unidad del espíritu. Un año mágico e increíble que da la bienvenida a otro que será la consumación de muchas cosas y el comienzo de muchas otras.

Sólo daros las gracias por haber estado siempre ahí, un año más, nada más y nada menos que un año más en los más de cinco años que llevamos juntos en la Utopía. Creando ese sueño mágico que nos une en el lazo místico del amor en acción. Sigamos soñando. Sigamos juntos hacia lo imposible… Gracias, gracias, gracias.

Cuento de Navidad


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Al mediodía pasamos un bonito rato con la familia espiritual. Mientras comíamos un delicioso plato de comida vegetariana vimos a los Espíritus Guardianes de la Era de Piscis, a Ramasa, el Querubín y Vacabiel, el Serafín. En los postres hablábamos sobre los Espíritus Guardianes de la Era de Acuario, Arquer, su Querubín y Sakmaquil, el Serafín, que venían a relevar el trabajo de los anteriores con un nuevo sentir: la era de la sabiduría y el conocimiento, la era del saber. Estos cuatro grandes espíritus del Dios Trino estaban juntos en la cúspide, y en la presencia de los tres sagrados -el Dios del Poder, el Dios de la Sabiduría y el Dios del Amor-, el centro del Dominio del Poder, de la Sabiduría y del Amor, fue presenciado y transferido.

Nos sentíamos gozosos por compartir un trozo de cielo, por sentirnos dichosos ante la mesa, ante el compartir, al sentir que el trabajo Uno es posible desde la fraternidad y el amor en acción. En los momentos de silencio comprendíamos la necesidad de aceptar el momento en el que estamos sin entrar en la crítica fácil y el juicio rápido. Sólo concentrando las fuerzas, el saber y el amor en construir el nuevo y necesario mundo, en ayudar a los Espíritus Guardianes Arquer y Sakmaquil en el nuevo proceso de renovación cultural y espiritual.

Por la noche encendimos la tenue vela para simbolizar el nacimiento de la luz en el mundo. Una vela violeta, el color que representa el séptimo rayo de magia ceremonial. Leímos algunos parajes del libro sagrado de la tradición, especialmente aquel que habla sobre el nacimiento del Niño en la cueva del corazón. Recordamos aquellos tiempos donde la esperanza nacía para liberar al humano del yugo de las tinieblas y la ignorancia, donde la maldad sellaba su clausura bajo los auspicios de la nueva luz.

La cena de este año, tradicional desde mucho tiempo con sus ricos plátanos, venía hoy acompañada de algo de turrón de chocolate, símbolo de la riqueza en la que nos hayamos interiormente. La reivindicación tradicional sobre la necesidad de tener presentes a esos niños que hoy no probarán ni un trozo de comida sigue siendo necesaria. Pero queríamos endulzarla con algo de sabor dulce con la esperanza de que este nuevo año seremos capaces de tener en nuestra consciencia y nuestro corazón los problemas humanos y la fuerza suficiente para contribuir a su buena resolución desde las correctas relaciones humanas, la buena voluntad y el amor en acción. Y el cuenco vacío, como símbolo de prosperidad espiritual, porque solo si estamos vacíos por dentro podrá llenarse de todo aquello que ha de venir. Si estamos demasiado llenos de ideas y emociones pasadas nada nuevo podrá entrar. Así que vaciémonos un año más y demos paso a la buena nueva.

El Niño ha nacido en la cueva. Damos gracias al Misterio por servirnos la oportunidad de ser partícipes de esta fiesta. Feliz Natividad en vuestros corazones y feliz vida a todos. Noche de Paz y Amor a los hombres y mujeres de buena voluntad.

Sed felices.

Extra de queso


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Ayer estaba en Navarra, en el norte de España (perdón, del estado español), y hoy paseo por Linares y todos los recuerdos acumulados en esos intensos cuatro años de la primera carrera universitaria. He comido en la pizzería donde durante unos meses estuve trabajando para sacar algo más de dinero mientras estudiaba. Son tantos los momentos, las lecciones, los amigos, los abrazos y el amor acumulado a tantos y tantos seres que marcaron ese tiempo…
Aquí aprendí que el éxito de un negocio es vender el «extra de queso», es decir, ese pequeño añadido que marca la diferencia entre tener beneficios o pérdidas. Aunque parezca ridículo, el ofrecer o no extra de queso en las pizzas podía suponer la supervivencia de toda una inversión. En la vida humana ocurre lo mismo. Las relaciones se hacen fuertes con ese extra de queso, esos detalles, esa noble inversión en atención y cariño al prójimo. Especialmente en los momentos difíciles, en los momentos donde un gesto, por pequeño que sea, puede determinar o no el éxito de una relación y su duración…
Hoy una amiga me recriminaba que cuando voy a los sitios nunca aviso, o mejor dicho, lo hago sin avisar. Lo malo de vivir en el aquí y en el ahora constante es que resulta difícil saber donde vas a estar las próximas dos horas. Me gusta perderme por las rutas no comerciales y verme, como ayer, perdido en mitad de la nada, disfrutando de la novedad, de la sorpresa, de lo sorprendente. Me gusta subirme a la ola que viene y no esperar a la más adecuada. La vida a veces te enseña que lo más adecuado no es aquello que nosotros creemos como lo mejor, sino aquello que la vida te muestra a cada instante. ¿Cómo avisar entonces? Hay que subirse a la ola y navegar hasta donde te lleve… Allí habrá seguro un tesoro, un encuentro, una vida nueva.
Hoy es viernes trece, está lloviendo. Es un mal día para presentar libros. Respiro y miro y observo atento todo cuanto ocurre. Hay una quietud hermosa en este instante. Miraré a alguien anónimo y le sonreiré. Si me pregunta le diré que es mi extra de queso. Quien sabe, quizás comprenda algo y termine en alguna ola, hablando sobre la vida y sus misterios.

El vuelo del halcón


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Hoy acompañaba a dos seres extraordinarios hasta la cárcel. No era la primera vez que iba para compartir con las presas un rato de lecturas, de charlas, de coloquio que les hiciera pasar unas horas diferentes en un lugar tan siniestro. Ellas a veces se sorprenden de la calidad de los invitados que muy discretamente mi buen amigo lleva de forma callada y anónima. Hoy le decíamos que sería importante que explicara al mundo este tipo de cosas, no por vanidad, si no por necesidad de posar la lámpara sobre la mesa para que el mundo se inspire. Aprovechando de paso, por ejemplo, la persona que hoy nos acompañaba, un ser entrañable y muy conocido que podría servir de reclamo para que muchas personas más fueran hasta las cárceles de nuestro país para acompañar a los presos en su trance personal. Pero el prefiere hacer esto en silencio, sin darle mayor importancia que la que tiene, aún a pesar de la hermosa labor que hace tan discretamente.

Tras más de una larga hora de convivencia en el panóptico, al salir satisfechos de allí un halcón se golpeaba contra uno de los muros del lugar. Nos acercamos hacia él y lo recogimos del suelo. Estaba medio muerto, aturdido por el golpe. Sentía como el corazón le palpitaba a mil por hora para luego pasar a un letargo muy cercano a la muerte. Lo llevamos hasta el coche y le pusimos las manos en el corazón. Rezábamos silenciosamente para que la vida volviera a él. Sentíamos su calor, su lucha, su devenir en un momento expectante. Veíamos como cerraba sus bellos ojos, su grandiosidad y belleza. Nos resistíamos al pensar que un torpe golpe, que un solo despiste podía terminar con la majestuosa vida de tan bella criatura. Acariciábamos sus alas, su plumaje. De repente me acordé de Noel, el niño santo que acariciaba en Mongolia a camellos salvajes, haciéndolos llorar, y a mirlos que se posaban sumisos en sus manos. Me acordaba de los milagros y las maravillas que los buenos seres obran en el mundo.

Estrechamos al halcón en nuestro pecho mientras que, cerrando los ojos, susurrábamos latidos de vida en su éter. Paramos el coche a poca distancia de la cárcel. Había un cielo espectacular y al fondo podíamos ver las montañas nevadas surcando el horizonte. Cuando salimos del coche vimos como el halcón abría de repente los ojos a la vida, como si la luz del atardecer, que dicen que es la luz de los ángeles, hubiera dado nuevas alas al animal doliente. Alzamos las manos y el halcón partió libre y feliz hacia los cielos. ¡¡¡Volaba!!! Y lo hacía majestuoso, feliz, libre. No podíamos con la emoción. Aplaudimos, nos miramos satisfechos, sonreía nuestra alma también libre. Era aquel el milagro de la vida que brotaba de forma simbólica hacia el cielo, por encima de las celdas y las presas. Era esa luz que se derrama en la esperanza y el horizonte infinito. Era la señal de que nada ni nadie nos puede arrebatar los sueños, de que ninguna torpeza o descuido nos puede amarrar alejados del vuelo libre. Sigamos soñando desde la plenitud de nuestro ser para que la luz del alba y de la vida nos libere de nuestras torpezas y nos lleve hasta la vida eterna. Sigamos creyendo en esa poesía que nos atraviesa el alma, ese punto de quietud desde donde dirigimos nuestros anhelos.

(Foto: © Ildiko Neer)

Vuelta al bosque


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Teresa había leído mi experiencia en el retiro vipassana y todo lo que mi vida se había revolucionado desde entonces. No sé si había algún tipo de relación entre ese retiro y mi posterior vueltas de vida, pero lo cierto es que a consciencia sabía que ese intermedio, ese contacto constante con mi interior daría frutos esenciales.

Ella desde Alemania comulgó con la idea de poder retirarse y tras pasar un par de días en el zulito la acompañé esta mañana hasta la sierra de Gredos. Sus montañas coloridas de otoño eran un espectáculo de bienvenida. Sentí cierta envidia sana por ese momento de paz y redescubrimiento que iba a recorrer. Diez días en absoluta meditación y absoluto silencio dan para mucho.

El reencuentro con la montaña y la vuelta a Madrid, con su capa gris contaminante que sólo percibes cuando ves la ciudad desde la distancia, de nuevo reactiva la llamada de la selva y la necesidad de volver al bosque. Mañana lo haré, tras un par de reuniones, y viajaré hasta la sierra de Urbasa, en Navarra. Estaré unos días paseando entre hayedos y encinares preparando concienzudamente en el plano interior las promesas exteriores. Esperan unos días de reflexión en un paraje privilegiado. Unos días de larga conversación con la clara luz, con el hombre bueno, para aunar ese necesario “hágase su voluntad y no la nuestra”. Esperan acontecimientos que requerirán mucha fortaleza interior y mucha ilusión y entusiasmo. Esperemos estar a la altura de lo que se demanda. Qué así sea.

(Foto: Koldo Aldai, O Couso en Otoño)

Desde Córdoba


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La ternura y el calor de la gente siempre nos llena de gozo. Hoy en Córdoba hemos disfrutado doblemente. Nos acompañaba el Petit Editor que escuchaba a veces con incredulidad y otras con suspicacia las palabras que salían de Emilio Carrillo. Al terminar la charla se nos acercaron gente bonita que había venido desde la comunidad de Artosilla, en el Pirineo de Huesca, para estar hoy allí. Hablamos de amigos comunes y de sinergias que nacen con el Proyecto O Couso. Las sorpresas son siempre continuas con respecto al mismo. Especialmente cuando han llegado tres uruguayas que han venido desde su país para seguir el periplo de Emilio y conocerlo personalmente. Tanto es el entusiasmo que muestran que una de ellas llevaba en su móvil como fondo de pantalla una foto de O Couso. Tanto Laura como yo nos hemos quedado un poco aturdidos porque nunca sabemos hasta donde puede llegar la repercusión de este hermoso sueño.

Es cierto que estamos cansados, que nos faltan horas del día para poder atender tantas y tantas cosas, pero no nos falta entusiasmo para dirigir con fuerza cada segundo de vida y de experiencia. Ser instrumento de la paz es hermoso. Conocer y abrazar a tanta gente bonita no tiene precio. Mañana toca Linares y pasado Granada. Será el último viaje con Emilio hasta febrero. Un hermoso trueque que recordaremos por mucho tiempo. Gracias Emilio por lo milagroso de estos viajes.

La exótica naturaleza del recuerdo


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Hace unas horas que hemos llegado a la Montaña. Casi veinte grados de temperatura que era embriagada con esa característica luz del mediodía. El olor intenso a bosque salvaje, a naturaleza en estado puro, nos inducía al éxtasis en el paseo que hemos dado nada más llegar. Estábamos necesitados de luz, de naturaleza, de esa libertad alejada del ruido de la ciudad, de la suciedad que se respira por todas partes. Aquí, en Andalucía, es todo verde y azul, y cuando paseábamos por el bosque me preguntaba como es posible que hubiera abandonado este paraíso cargado de exuberante belleza.

Nos colamos tras esas vallas que separan el pueblo del parque natural. Desde allí podía ver la que era mi antigua casa, ahora abandonada por la incertidumbre y rodeada de naturaleza salvaje. Me embriagó un deseo egoísta de poder recuperarla. Al fin y al cabo aquel esperpento de cristal estaba allí porque alguna vez lo soñé. Era una sensación extraña trasladarme por los recuerdos de tantas y tantas vivencias que allí sucedieron. Recordaba los conejillos que merodeaban por el jardín, los patitos que se zambullían en las charcas que improvisábamos entre las encinas y de aquel gallo que a las cinco de la mañana tocaba diana para todos. Parte de la vida, de mi vida había transcurrido allí y era normal poder sentir, como mínimo, un halo de añoranza.

Estaremos aquí unos días en la casa familiar intentando tostarnos al sol para recuperar algo de energía vital perdida. Creemos que es urgente, al menos de vez en cuando, sentir que la vida pasa por las venas de forma natural. Vivir en Madrid tiene sus cosas buenas, pero a veces nos alejamos en exceso de la abundancia de vida, de lo exótico que resulta vivir en plena naturaleza. Así que toca respirar, por dentro y por fuera, para coger fuerzas. Los retos que se presentan lo requieren.

El mejor chatarrero del mundo


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Jesús pasaba por la puerta y me preguntó si tenía algo de chatarra. Le dije que sí, que hoy era su día de suerte. Aparcó la furgoneta en mitad de la calle y Marisol, su mujer embarazada de cinco meses entró en el local con su hijo Alex de dos años. Llevaba toda la tarde pintando, abatido y cansado y estaba recogiendo para marcharme a casa. Pero Jesús y su familia seguían trabajando a esas horas y pensé que hoy podrían hacer un buen negocio.

Durante dos horas me ayudaron, o yo les ayudé, a desmontar medio local cargado de chatarra y cosas invisibles que para nosotros no significaban nada y para ellos eran, al parecer, una mina de oro. Me preguntaban muy amablemente, despacio, con atención y cariño si esto u aquello me serviría. Yo a todo le decía que no. Cuando Marisol me decía si ese calefactor que aún funcionaba me haría falta, la miraba compasiva y le decía que no. Ella decía: «no sabes la falta que nos hace, gracias señor». Luego eran unas y otras cosas que pasan desapercibidas pero que allí están, que el ojo atento de Jesús y Marisol y el pequeño Alex percibían para mi propio asombro.

Lo que más costó fue la cocina industrial que para ellos parecía ser una especie de mina. Como no podía salir por la estrecha puerta, Jesús, hacha en mano durante más de una hora, la desarmó tanto como pudo hasta que por fin salió. Sudaba cansado pero aún tenía tiempo de hacerle alguna broma a su Alex y de ordenar con sutileza y amabilidad a su esposa que le ayudaba en lo que podía.

Me pareció un buen hombre y muy trabajador viendo como en dos horas había desbalijado todo el local en cuanto a chatarra de todo tipo se refería, de forma siempre amable y educada, con buen humor y una larga sonrisa compasiva en su rostro. Pregunté cual era su oficio por si podía ayudarle en el futuro con alguna otra cosa. Me dijo que él sólo era un simple chatarrero. Le pregunté cuanto me cobraría por derribar una vieja barra de bar que ya no sería servible para el uso que le vamos a dar a ese recinto. Me pidió que pusiera yo el precio pero no me atrevía por no ofenderle si lo que le decía era demasiado poco. Me puso una cantidad razonable y acepté.

Me despedí de Jesús y su familia feliz por ver como de forma extraña se había dado un caso de apoyo mutuo y cooperación de la forma más simple e inesperada. Llevaba horas pensando en como deshacerme de todo aquello que no me haría falta y apareció Jesús y toda su familia de repente, sin avisar, con su cara de buen hombre, gitano de raza pero el mejor gitano chatarrero que he conocido nunca. Trabajador, amoroso, atento, educado y feliz por su trabajo. Mañana lo volveré a ver, y en todo lo que pueda, le seguiré dando trabajo. Gracias Jesús, gracias Marisol, gracias Alex por esta maravillosa tarde juntos. Vuestro ejemplo y vuestro amor me ha llenado de gracia.

Amor a dos luces


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En el desierto del Gobi estaba paseando con el niño santo, Noel. Mientras buscábamos la invisible Shamballa entre sus dunas, al fondo vimos un grupo de camellos que pastaban dóciles. Me acerqué junto al niño y de forma casi milagrosa pudimos acariciar a uno de ellos. El camello, ante el impacto del encuentro, empezó a llorar ante nuestro asombro e incredulidad.
En ese viaje, además del camello, pudimos acariciar a un caballo salvaje y a un mirlo que vivía en uno de esos impresionantes templos budistas que te encuentras por toda Mongolia.
Mientras que hoy mis padres preparaban la maleta para mañana volver a la rutina de Barcelona, llevaba a Laura y su madre a pasear por la sierra de la Montaña. Es una buena época para poder ver de cerca los ciervos y hacer alguna espectacular foto al atardecer andaluz. La sierra, como siempre, se presentaba majestuosa. Llegamos hasta el antiguo monasterio del Tardón, en la apartada aldea de San Calixto. Allí nos encontramos con un simpático cura con ganas de conversación. «Si os habéis conocido en el Camino, seréis una pareja santa», nos decía entusiasmado contándonos las aventuras de sus seis peregrinajes a Santiago.
Dimos un bonito paseo entre encinas y eucaliptos y a la vuelta volvíamos muy despacio y atentos ya «a dos luces», momento propicio para contemplar toda la increíble fauna del lugar.
Empezamos a ver los primeros y tímidos grupos de ciervos cuando en un hermoso paraje vimos a dos jóvenes venados que curiosos se acercaban al coche. Pudimos hacerles algunas fotos y viendo que no salían corriendo, bajamos del coche para contemplarlos más de cerca.
Tras unos minutos disfrutando de sus destrezas con la ornamenta que utilizaban para arrancar ramas de las encinas más altas, huyeron tranquilos. Encima de la colina observé que había movimiento, así que me aparté curioso hasta llegar a un increíble paraje lleno de ciervos que pastaban tranquilos. De repente, uno de ellos se apartó de la manada y se acercó hacia mi. Incrédulo, pero recordando mis experiencias pasadas en el Gobi, me acerqué tranquilo hacia el animal. En un momento de auténtica magia, tuvimos nuestro primer contacto, abrazándonos y acariciando todo su cuerpo mientras ambos nos mirábamos fijamente a los ojos. No podía creer lo que estaba pasando. Le susurraba en el oído a la gran cierva que me acompañara hacia el lugar donde estaban Laura y su madre, las cuales no dieron crédito a lo que estaban viendo. La cierva se acercó emocionada hacia dónde estaban ellas hasta que a los cinco minutos apareció uno de los guardas de la finca y nos explicó que esa cierva había sido alimentada y criada por ellos mismos, de ahí su extrema confianza con el ser humano.
El encuentro y la historia en sí nos pareció hermosa y mágica, sobre todo al comprobar que el amor más allá de las especies es posible. Ahora que recuerdo la historia todo parece un imposible. Pero ahí está el testimonio gráfico para que pellizque ante la incredulidad de una tarde diferente y mágica. Buscaré a Noel, El Niño santo, y le diré que los animales que tanto defendemos todos los días aún nos aman y nos rozan con sus cuerpos vivos e increíbles.

Con la familia


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Llevamos desde el viernes viajando. Este fin de semana hemos pasado unos días en las playas valencianas con la familia de Laura y ahora escribo desde el iPad, en la Montaña de los Ángeles, donde pasaremos un par de días con mis padres, a los que lleváremos a Barcelona el próximo miércoles. Días intensos, cumpliendo con nuestras obligaciones naturales, sin perder un segundo en asumir el amor incondicional que inevitablemente nace ante nuestros prójimos próximos.

 

La fortaleza que nos guía


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Hace un rato, mientras tendía la ropa y el saco de dormir que hemos utilizado en el hotel Prius, me miraba las piernas sin motivo aparente. Sentía su fragilidad, su delgadez, la sensación de depender de su fortaleza estructural para desplazarme de un lado para otro. Recordaba cuando nada más llegar de Galicia esta tarde me llevaban hasta el cine para ver una de esas películas americanas que nada aportan al mundo excepto un par de horas de entretenimiento. Millones y millones de dólares reducidos a un par de horas de distracción. Salíamos de la sala Capitol y había tres chicas que tocaban de forma prodigiosa el violín en una de esas calles que bajan hasta Sol. Parábamos para escucharlas un rato y seguir así distraídos. Unos metros más allá, tres chicos americanos tocaban la guitarra y cantaban canciones de estribillo fácil y pegadizo. A todos nos gustaban sus melodías, quizás por eso, porque eran fáciles de seguir y no requerían pensar en nada mientras meneabas la pierna de un lado hacia el otro siguiendo el ritmo.

Había una brisa agradable a media noche. Unos policías jugaban con un grupo de niñas orientales en la plaza. Los turistas parecían tranquilos y felices. Dos niñas compartían una gran pelota en la puerta donde comprábamos una botella de horchata, la cual sería nuestra cena. La metimos en la nevera satisfechos pero el cansancio nos pudo más y terminamos en la cama, ella durmiendo y yo escribiendo estas reflexiones. ¿Para qué cenar? ¿Para qué seguir distrayendo los sentidos?

Esta mañana en Galicia rozábamos la hierba en los paseos que dábamos con la hermosa arquitecto y su despierto hermano por la finca. Entramos en las entrañas de la historia al contemplar cada viga, cada piedra quemada quién sabe si por algún antiguo fuego de esos que avivan los fríos inviernos de aquellas tierras. Intentábamos descifrar cada señal, el significado de cada esquina. Esto quizás fuera el lugar de los animales y seguro que aquello era la estancia de alguien importante, al contemplar las dimensiones de los espacios. Jugábamos con los significados mientras nos proyectábamos allí limpiando una por una cada piedra, en silencio, quizás con alguna sonrisa cómplice y tal vez arrebatados del frío que entraría por todas partes. La proyección era idílica en cuanto a la consecución de este primer reto: comprar el lugar.

La arquitecta nos advertía de la dificultad de darle forma a una casa tan grande y tan abandonada por el tiempo. Mientras escuchábamos atentos sus explicaciones recordábamos la noche que habíamos pasado perdidos en algún lugar de la sierra de Courel, una espectacular zona de montes impresionantes y bosques encantados cerca de allí que nos arropaba mientras podíamos ver desde las ventanas del coche la increíble noche y sus trémulas lágrimas de San Lorenzo cayendo sobre nosotros.

Ayer, unas horas antes de que cenáramos en el coche los restos de tortilla de patatas que Laura tan pacientemente había cocinado para el viaje, intentábamos negociar el precio de la finca con una inmobiliaria de Monterroso. Mi camisa y mi pantalón bien acordes con el momento contrastaban con el mismo calzado que llevé en el Camino de Santiago hacía tres meses y de los cuales no he podido desprenderme desde entonces, como si el Camino aún no hubiera terminado y aún fueran muchos los kilómetros por recorrer. Los mismos calzados con los que hoy he ido al cine y que miraba mientras tendía la ropa pasada la media noche. Tras la fragilidad aparente, porque por una parte somos seres frágiles que gustan de distraerse viendo películas que cuestan millones de dólares o escuchando violines en las calles, notaba que había una gran fortaleza en ellos. Unos zapatos que fueron capaces de soportar mis pies cansados en todo el Camino y que ahora resistían los avatares del nuevo Camino, sin prisa por abandonar el trecho que aún queda por recorrer. Un trecho que sin duda será duro, pero no más duro que esas nieves de primavera que hoy recordábamos en un O Cebreido muy cambiado, sin nieblas ni frío, o esos interminables caminos que nos llevaron, casi cuarenta días después, a las puertas de lo que ahora está sucediendo.

Es fortaleza lo que traemos de este viaje a Galicia, porque somos conscientes de que ningún obstáculo podrá detenernos ni distraernos de nuestro propósito interior. La seguridad interior es mayor que la fragilidad, y a ella nos debemos. Por eso, a pesar de todo lo que este fin de semana nos ha mostrado de duro, estamos hinchados de valor y coraje y seguiremos adelante. La fortaleza nos guía, el amor nos empuja.

(Foto: Ayer en O Couso, tras la entrevista que mantuvimos con la inmobiliaria que gestiona la finca).

Las increíbles historias de un… ¿escritor?


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Tengo amigos que han escrito un libro o un articulo y ponen en sus currículos o sus biografías que son escritores. A pesar de que llevo toda mi vida escribiendo y hay cinco títulos de mi autoría en el mercado, nunca me había atrevido a autocalificarme como escritor. Algunos títulos están agotados y andamos preparando segundas ediciones, pero me parecía presuntuoso autocalificarme así, por eso de que uno es lo que los otros ven en ti, es decir, sería autor o escritor si mis iguales me reconocieran como tal.

Pero hoy ha ocurrido una de esas estrambóticas anécdotas que a veces me gusta contar por su propio surrealismo mágico y que me ha hecho reflexionar sobre si ya es hora de que salga del armario y empiece también a decir, valga el ego, la presunción y la falsa modestia eso de «soy escritor».

Estaba trabajando en la maqueta de un libro de título “Orgullo y Furia”, extraño nombre para una calurosa tarde de un viernes de principios de agosto, sudando entre sus casi cuatrocientas páginas mientras que fuera podía escuchar el disfrute de la gente en las calas y playas. Cadaqués está a rebosar de turistas y en estos más de dos meses, aún no he podido gozar de un solo baño.

Laura estaba disfrutando del presente de Javier, un amigo masajista que como regalo de despedida había decidido concederle una sesión. Todo parecía dentro de la más absoluta normalidad hasta que de repente alguien llamó a la puerta. Como esto ocurre con frecuencia no hice mayor caso, y al ver que Laura no contestaba, seguí con mi “Orgullo y Furia”. Llegó un momento que la insistencia se hizo tan insoportable que Laura o Javier atendió a la llamada. Se asomaron y era la policía.

Estaban buscando a Javier porque al parecer alguien había desaparecido en Madrid y los últimos datos que tenían conducían hasta él. Javier, muy asustado, atendió a todas las preguntas del policía hasta que en el algún momento de la conversación escuché desde la habitación que a quien buscaban era a otro Javier, a Javier León.

Enseguida salí para ver que pasaba y me presenté. Las caras de Laura y Javier eran un poema ante la imponente presencia del policía. Tenían miedo porque no entendían nada. Al parecer, un joven de 18 años, de nombre Claudio Q. H. había desaparecido en Madrid y lo último que estaba haciendo era leer y subrayar mis cinco libros. No había dejado ningún rastro excepto esas pistas. Allí estaban sus pertenencias, su documentación personal y mis libros subrayados y querían saber si yo tenía algún tipo de relación con él. Busqué en mis archivos, en la relación de clientes, en el FB y en los más de mil suscriptores del blog para ver si encontraba alguna pista. Pero para nada me sonaba su nombre y no pudimos encontrar con esos datos nada que nos pudiera llevar hasta él. ¿Dónde estará Claudio? ¿Qué hacía leyendo y subrayando mis cinco libros antes de desaparecer? ¿Adónde ha ido y por qué?

La historia nos parecía surrealista por muchos motivos mientras que los interrogantes empezaban a amontonarse uno a uno. Le pregunté al policía como habían dado conmigo, ya que nadie sabe que estoy en este domicilio y no he notificado en ninguna parte que estoy residiendo, al menos hasta el domingo, en Cadaqués. Uno puede buscar por internet y leer todo mi blog y hacerse alguna idea de por donde ando, pero llegar al número y a la casa donde estoy… El policía tampoco tenía más pistas que estas que le habían llegado desde la central de desaparecidos de la CNP, del Cuerpo Nacional de Policía de Madrid. Laura, el mismo policía y el otro Javier empezaron a alucinar aún más cuando les conté, para quitarle un poco de hierro al asunto, mis historias con el CNI, mi vida en la embajada, el haberme codeado con tal y cual personaje y ese tipo de cosas que a uno le pasa en una vida que sin duda no deja nunca de ser sorprendente.

Lo que me asusta de todo este asunto es que no sé qué clase de cosa habré inspirado a Claudio con mis escritos. «Creando Utopías», el libro que escribí en Escocia hace cinco años sin duda es un libro revelador. Sea lo que sea, y si ahora me está leyendo, que se ponga en contacto conmigo o con su familia, la cual está extremadamente preocupada. Y en todo caso, gracias por haber hecho hoy sentirme un poco escritor, porque sin duda, el que alguien tenga mis cinco libros subrayados encima de su mesita antes de su propia desaparición no deja de ser ya argumento para una auténtica novela. En fin, cosas surrealistas en un verano sin duda surrealista… En todo caso espero y confío en que Claudio esté bien y todo termine en susto y anécdota…

(Foto: El… ¿escritor? Javier León mostrando uno de sus libros que se puede leer en la biblioteca de la Comunidad de Findhorn, en Escocia, donado por el mismo en el año 2007).

De nuevo en el Camino


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Llegué, tras toda una larga noche conduciendo, a las seis de la mañana a Cadaqués. Nos duchamos y a las pocas horas estábamos, junto al cuerpo inerte de la gata Cuca, dirección el Camino. Fue extraño recorrer todo el Camino en coche. Lo que antes tardabas tres o cuatro días en transitar andando, ahora lo hacíamos en pocas horas.

A pocos kilómetros de Burgos, pasado San Juan de Ortega y muy cerca de Atapuerca, encontramos una hermosa alameda. Cerca de allí fue donde nos conocimos, y pensamos que sería un buen lugar para enterrar a Cuca. Así lo hicimos. Cavamos un poco, pusimos unas flores, le dimos las gracias por tantas y tantas cosas entre lágrimas y abrazos y nos fuimos.

Antes de entrar a Ponferrada, muy agotados por el largo viaje y a las puertas de Galicia, nos entró el sueño y dormimos en un paraje aislado en el hotel Prius. Nos despertamos con los rayos del sol y con el canto de los pajarillos. Seguimos hasta Samos, hasta el lugar donde las señales nos llevaron. Allí estuvimos dos horas en el que parece ser el lugar para crear la utopía. Dos horas intensas y mágicas.

Tras las dos horas, de vuelta a casa tras conducir toda la noche. Tres días de viaje para dos horas intensas. Tres días haciendo miles de kilómetros para un instante, un fugaz instante cargado de misterio. Tantos esfuerzo, tantas sincronías, tantos viajes, tanto Camino, para dos horas de intensidad.

Ahora el destino deberá tejerse en otra dimensión. Porque ayer, en esas dos horas, se abrió la puerta. Una estrecha puerta que conduce a otro lugar, a otra galaxia de propósitos y destinos. Ahora llega de nuevo la utopía para hacerse carne.

Suenas como un río


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Por la mañana temprano estábamos en el despacho de Garrigues en un luminoso edificio del barrio de Salamanca de Madrid. Vestía con traje, corbata y zapatos, algo irreconocible ante la imagen que protagonicé, pijama en mano, el otro día en la tienda de los chinos. Intentábamos intermediar en un proyecto ambicioso cuando hace dos días doné mis últimos cinco euros a aquella enfadada mujer. Son las paradojas de la vida. Pasamos una mañana interesante y luego, por la tarde, pasamos un buen rato de charla con Fernando Sánchez Dragó, no con el personaje, que poco o nada me interesa, más bien con la persona, que dista mucho del primero y que, a mi parecer, merece una especial atención por lo interesante de su bagaje, su historia y su recorrido vital.

Nos ha regalado unos libros mientras acariciaba a sus cuatro o cinco gatos, uno a uno, de forma extraña, como si pudiera abrazar con ellos a todos los gatos del planeta. Uno de los libros que me ha dado se titula “Soseky, inmortal y tigre”. Mientras lo hacía decía casi con los ojos llorosos el profundo dolor que había sentido por la muerte de su gato. Algo extraño sentí en sus palabras.

No comprendía nada hasta que, sincronías de la vida, al despedirme de A. con un sentido abrazo ella me decía: “suenas como un río”. De eso hace escasos diez minutos. Me he puesto a escribir estas letras cuando me ha llamado Laura desde Cadaqués llorando como nunca he visto llorar a una mujer y mientras me decía que su gata Cuca acababa de morir. No podía dar crédito a toda la historia. Lloro mientras escribo estas letras y lloro mientras recojo mis cosas para ir corriendo al lado de Laura… y el espíritu de Cuca, la gata que se había enamorado del peregrino recién llegado. Joder.

Sed osados y fuerzas poderosas vendrán en vuestra ayuda…


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Sed osados y fuerzas poderosas vendrán en vuestra ayuda… La frase salía de los adentros infinitos de un entusiasmado J. mientras comíamos en su Jardín del Morya un delicioso plato vegetariano que hemos compartido con su gata y A., recién llegada de encantados bosques africanos. Hemos pasado una tarde hermosa e intensa, cargada de reflexiones sobre la vida y sus misterios.

He acompañado a A. a su hotel y he venido corriendo hasta el zulito, donde me esperaba la sorpresa de tener por fin entre mis manos el libro de Ramiro Calle, “La genuina enseñanza del Buda”. Justo a tiempo, justo a hora, en el aquí y en el ahora. Para un joven y entusiasta editor es todo un honor el poder editar a personas de la talla de Ramiro. Y estoy hablando de esas personas especiales que nos recuerdan constantemente lo especiales que somos cada uno de nosotros. Y Ramiro en eso es experto. Por eso he cargado una bolsa de libros y he ido corriendo hasta su centro de yoga para llevarle entusiasmado la nueva criatura.

Como siempre me ha recibido con un cálido abrazo y me ha invitado a participar en una de sus increíbles sesiones de yoga mental. Allí ha hablado del punto de quietud, del equilibrio y del desequilibrio, de nuestro centro y de nuestras descentradas vidas. Al terminar hemos podido pasar un rato juntos hablando de nuestras cosas y hemos podido sentirnos hermanados en ese reconocimiento de almas que siempre son amables y bellas.

Como las almas de J. y de A. que con su generosidad a la hora de expresar el amor que conmueve a nuestros espíritus son capaces de transformar el mundo. Como la generosidad de aquellos que van por la vida entregando perlas a cambio de nada, desvelando misterios, transportando nuestras vidas a un sentido mayor, más profundo, más equilibrado.

Estoy convencido, y el día de hoy me lo ha mostrado, que cuando somos osados, que cuando caminamos firmes en nuestro propósito, fuerzas poderosas e increíbles vienen en nuestra ayuda. Hoy han pasado cosas que así lo demuestran. Hoy he estado con personas buenas que han osado en la vida y que con su ejemplo sirven de guía hacia la verdad y la belleza. Un día hermoso, sin desperdicio. Un día vivido con intensidad y amor.

Pd.- Os recomiendo encarecidamente el libro de Ramiro. Podéis comprarlo en: www.editorialnous.com

Recordad que los gastos de envío son gratuitos… 🙂

Unos días en Madrid


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Ayer en Cadaqués hacía frío. Llovía algo y teníamos la estufa puesta. Hoy, cuando he llegado a Madrid, me ha sorprendido los treinta grados de temperatura y ese tono azulado en todas sus calles. Era un gozo ver a las gentes plagadas de alegría por el buen tiempo, en manga corta, por fin, con ganas de salir a la calle para no entrar.

Ha sido un viaje tranquilo, con la sorpresa de ver terminado ya el Eje Transversal que atraviesa toda la Cataluña interior por paisajes asombrosos de montañas y bosques interminables. Al fondo se podía ver todo el Pirineo aún nevado en algunas de sus cumbres más altas. Y en silencio, disfrutaba viendo como atravesaba media España desde la costa Brava hasta el interior, desde el mar hasta la meseta.

El zulito, la crisálida, seguía aquí, esperando algún síntoma de vida. Me ha gustado volver después de todo lo que ha pasado. Me he sentido a gusto entre sus paredes. Al fin y al cabo aquí se gestó toda la aventura que ahora puedo vivir.

Y también ha sido extraño reencontrarme con la soledad después de tanto tiempo acompañado. Este silencio, esta ternura a la hora de sentir el roce de la presencia inquieta y profunda.

Y también la añoranza del calor, de la estufa, de los abrazos, de las charlas, del amor juguetón, primaveral, del sonido del mar, de la complicidad en la mirada y también en el porvenir, y en el devenir, y en el paseo nocturno o la broma continuada.

Una mezcla de todo, como un tapiz que se abre multicolor en la esfera de la vida, como un palpitar hermoso que muestra cada cosa como es, en esa realidad sin juicios ni prejuicios, en esa transformación constante, en ese alineamiento con el alma y con las almas, y con el espíritu de todas ellas.

No termino de acostumbrarme a tanta belleza y esplendor en cada reguero de vida. Eso me hace feliz y amable, constante y despierto ante cada reto. No hay nada como sentirte en paz por dentro a pesar de todo y no hay nada como dar gracias constantemente por todo lo que ocurre en el susurro de la vida. Demos gracias por todo, incluso por ese constante fluir de respiración y palpitar, incluso por esas lecciones, a veces duras, que la vida nos trae para que sigamos creciendo. Demos gracias aquí y ahora, aunque tan solo sea porque podemos hacerlo.

El camino a lo más recóndito


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Llovía torrencialmente. Cogimos el coche temprano y desfilamos por todo el Empordà, dejando atrás el Maresme y atravesando Barcelona. Fuimos a ver a la familia y luego a dar un paseo con viejos amigos. Paseamos por el Gótico ya con un tiempo hermoso, cargado de sol y de luz, recordando viejos tiempos. Mi hermana me recordó cuando una vez la llevé, muy de joven, para escuchar a Mario Ruíz, un cantautor que solía compartir su música justo en frente de la catedral, en un lugar mágico al que acudía todos los sábados para disfrutar de momentos únicos. Le pedí a Mario que cantara la canción de “Yolanda” –así se llama mi hermana-. Ella me recordaba emocionada que no paró de llorar y que siempre retendrá ese regalo único.

Me emocionó evocar ese instante, o el que ella aún lo recordara emocionada. Me di cuenta de todos los instantes que perdemos, o que nuestra memoria va olvidando, o apartando sucintamente para dejar paso a otras cosas, a otras emociones. O de aquellos que por alguna extraña razón se anclan en el tiempo y en el espacio y nos acompañan para siempre.

Seguimos el paseo hasta tarde, muy tarde, llegando de madrugada de nuevo a Cadaqués y recordando en el viaje de vuelta la necesidad que tenemos en relación con nuestros semejantes, que no es otra cosa que estimular su luz interior, la que está en ellos, dándoles libertad para que caminen a su manera, con su propia visión sobre las cosas. Sólo estimulando la necesidad de libertad, de claridad mental, de lucidez para enfrentarse a las tareas de la vida, pero sin presionar o coaccionar sobre nada.

En unos días vuelvo a Madrid. Estaré algo menos de una semana tratando de ordenar algunos asuntos antes de volver de nuevo al mar y la tranquilidad de este encantador y hermoso lugar. Ya hemos decidido pasar todo el verano en Cadaqués preparando los retos que se nos avecinan. Esto permitirá reconciliarme de paso con muchas cosas antes de que llegue el otoño y demos ese salto cuántico que se nos exige en nuestras vidas. Al menos esa es la previsión que percibimos desde la quietud y el aroma de la visión profunda.

Desde que marché al Camino no han parado de pasar cosas. Aunque ayer alguien me recordaba que en la vida no paran de pasar cosas. Ningún día es igual al otro. Hoy domingo lo dedico a trabajar pero quizás mañana lunes, o el martes, o el miércoles, esté viajando en búsqueda de nuevas aventuras. No hay diferencia entre un lunes y un domingo. Todos los días son iguales o distintos, recordando a cada instante que todo momento es único e irrepetible.

La gata Cuca duerme en mi regazo mientras veo como llueve ahí fuera y escribo estas letras. Hay un silencio hermoso solo roto por el ajetreo de algunos pajarillos y el sonido de las olas que golpean las rocas de las calas que tenemos aquí al lado. En este riguroso retiro no hay morbosidad alguna, ni separatividad con nada. Sólo existe, como describe el viejo comentario, ese lugar “donde se permanece desapegado y sin temor, ese lugar de total quietud donde llega la plenitud y desaparece la soledad”. Aquí, interiormente, preparamos el asalto al reto, a la meta inmediata, a ese estadio donde se derrumba la ambición personal y se da paso a la visión de la necesidad compleja. Buscamos atender la morada en el lugar secreto, buscamos hollar el sendero del desprendimiento necesario, el camino a lo más recóndito.

El paraíso perdido


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Suena la sonata para piano número dos, el Funeral March de Chopin. Muy cerca el graznido de las gaviotas y las olas del mar bajando la calle de escaleras y pizarra. Hay muros bajos de piedra seca que separan a unos y a otros en sus pequeñas parcelitas de ilusión. Desde la ventana ojeo sus casas blancas que salen como setas de entre la sierra madre, todas mirando al mar, buceando entre sus ventanales e interrogándose sobre el diluvio. Bajando la calle están las calas y las barquitas de pescadores que ya al alba, focos en popa, atraen la pesca nocturna.

Algunos, pocos, se quejan del paraíso, de sus gentes, de su monotonía. Esperan al verano para salir del arrinconado vacío del invierno y aprovechan cualquier excusa para salir del sueño. Porque vivir en el paraíso también tiene sus consecuencias, y una de ellas es vivir atados a la pesadumbre de la inercia, a la cerrazón de lo cotidiano.

Incluso los gatos que cotean la calle en busca de algún manjar parecen aburridos. Aquí hay muchos gatos y muchas gaviotas que sobrevuelan las chimeneas ya apagadas, alejadas de las preocupaciones mundanas de los humanos, del poder y del dinero, de la ostentación y la codicia, del egoísmo y la cerrazón. Mientras descansan y nosotros empezamos a leer algún libro de Campbell o Dostoyevsky, ya de noche, podemos escuchar las canciones ininterrumpidas que salen del café de La Habana. Bajando la calle de escaleras y pizarra, justo a la izquierda, en la Punta d’en Pampa, se deslizan canciones francesas y canción protesta que nace de los labios de Nanu, el dueño del bar. Protesta necesaria, aunque sea casual, aunque brille desde la melancolía o el despertar de esa nueva consciencia que poco a poco invadirá todas las orbes. Quizás en cien o mil años. Ya no importa el tiempo con tal de que se convierta en un nuevo renacimiento del ser humano.

La nostalgia forma parte del clima de esta pequeña isla peninsular, aislada por montañas del resto del mundo. En lo físico y en lo psicológico, porque vivir aquí es como vivir fuera del mundo, aislados y apartados de los problemas que reclaman cierta atención. ¿No será que el paraíso tiene estas cosas? Tanta belleza, tanta calma, tanta armonía entre las olas del mar te imbuyen en una especie de entelequia distante, apartada, errante, endogámica. Llegar al paraíso es como llegar al final de una larga estación. Aparcas el último tren y ya solo queda esperar.

Dicen que aquí la presión es más baja y que puedes pasarte doce horas seguidas durmiendo, o sin hacer absolutamente nada excepto contemplar el mar y el paso de los barcos a lo lejos. Todo se ralentiza de forma que cada paso es como caminar un día entero. Dormir algo, comer algo, la inevitable siesta española, la playa, el mar, el paseo nocturno, las canciones de Nanu antes de dormir de nuevo. Trabajar algo para poder sostener el paraíso y vuelta a empezar. No está mal, al menos para los espíritus que deseen deambular por este tipo de vida calma.

Los inquietos buceadores de aventuras sufrirían depresión en un lugar tan hermoso y sereno. Los espíritus acostumbrados a mirar el cielo plagado de luminarias pronto sentirían nostalgia de la inmensidad que ningún mar puede cubrir. Y tarde o temprano, abandonarían la isla perpleja, el paraíso, para adentrarse de nuevo en la inevitable aventura del vivir. Eso ocurrirá irremediablemente con estos mendas que ya echan de menos los caminos y el dolor de los pies. El paraíso está bien, pero que no cuenten con nosotros para decorar sus calles y playas. El mundo espera y reclama, por eso los Bodhisattvas, a diferencia de los arhats, siempre renuncian a los paraísos.