Al hereje de todos los tiempos…


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Quiero desatar y quiero ser desatado. Quiero salvar y quiero ser salvado. Quiero ser engendrado. Quiero cantar; cantad todos. Quiero llorar: golpead vuestros pechos. Quiero adornar y quiero ser adornado. Soy lámpara para ti, que me ves. Soy puerta para ti, que llamas a ella. Tú ves lo que hago. No lo menciones. La palabra engañó a todos, pero yo no fui engañado”. (Himno a Jesucristo, de Prisciliano).

Por estas tierras gallegas nació y anduvo Prisciliano, el que fuera uno de los primeros herejes ajusticiado por la inquisición. El delito fue el de herejía, que por aquellos entonces se entendía como la adoración a la naturaleza anulando su esencia demoniaca, la pobreza voluntaria o ascetismo extremo, y por supuesto, el hecho de no comer carne ni beber alcohol, denunciando de paso la opulencia de la jerarquía eclesiástica y los excesos de la aristocracia del momento.

Esas posturas que para algunos podrían ser consideradas radicales solo pretendían estar en acorde con la propia esencia de lo que el Maestro Jesús quiso enseñar a sus discípulos. La sencillez, la necesidad de proteger el alma humana en un templo sencillo pero fuerte como una roca. La necesidad de amar incluso a los enemigos, que somos nosotros mismos proyectados en el otro.

Hubo en el tiempo, en todos los tiempos, personas que dieron su vida por proteger esa enseñanza e incluso por proteger los Caminos que se entregaban a la misma. El celibato y la pobreza voluntaria venían acompañadas de la aceptación de la mujer y los esclavos de aquella época a las lecturas y reuniones de la comunidad. Se le acusó de gnóstico y maniqueísmo. El baile formaba parte importante de la liturgia. En vez de pan y vino utilizaban leche y uvas para la consagración. Su forma de acercarse a Dios y a su Misterio era entregando su vida a la verdad sincera.

Sin duda estos herejes eran avanzados en su tiempo. La herejía, al igual que la poesía, el arte o la filosofía, han formado el alma de los pueblos, el espíritu de los tiempos y el avance humano. Cuando pensamos en progreso siempre miramos cuanto hacen los científicos, cuanto ganan los empresarios o qué inventos aportan los ingenieros. Pero nadie se acuerda de los poetas, de los artistas, de los herejes que se adelantan a su tiempo e inspiran todas esas cosas. ¿Cómo es posible crear nada si antes un poeta no lo ha soñado? ¿Y quién paga hoy día a los poetas, a los herejes? ¿Qué empresa o institución ficha en su plantilla a los filósofos y soñadores de nuestro tiempo? Más que eso, son perseguidos, quemados, humillados.

Seguramente Prisciliano inspiró una época. Nadie le preguntó cuanto valía su don, su pensamiento, su sentir. Nadie calibró su valía o su estatus. Nadie se interrogó sobre su carisma o su poder. Simplemente se dejó guiar por su don, por aquello que su alma le reclamaba como justo, y obró en consecuencia.

Esto último, obrar en consecuencia, obrar desde el alma, desde el sentir más profundo, es lo más complejo de todo. Pero también es lo más liberador, aunque al final del camino se pague hasta con la propia muerte, como fue el caso del hereje. Me hubiera gustado asistir a alguno de los bailes ceremoniales de Prisciliano. Quién sabe. A lo mejor lo hice, en otro tiempo, en otro letargo del alma, en otro suspiro cósmico nacido del misterio. No sabemos si somos almas migratorios o leves suspiros de tiempo. Sea lo que sea, nuestra condición humana siempre debería ser la de un artista o un hereje. Sólo porque eso mismo nos hace avanzar hacia la verdad, o en todo caso, hacia la justicia y la libertad.

Amada ignorancia, querida cobardía


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La ignorancia nos hace vivir una vida plácida. No pensar en los niños que mueren en África, en el sufrimiento de los millones de pollitos sacrificados para nuestro deleite en los restaurantes de comida rápida o en la propia muerte inminente de nuestros caducos organismos nos hace vivir una vida tranquila. No nos importa votar a los que nos roban o trabajar media vida para pagar una hipoteca. De hecho lo deseamos, lo anhelamos, porque alguien nos dijo que eso era bueno. Abusamos de nuestros cuerpos y enfermamos como consecuencia pero casi no nos molesta. Cuando retomamos la salud nada cambiamos. Seguimos comiendo grasas saturadas, bebiendo o fumando sin desear una mejor salud. Ignoramos las causas y luego lloramos sus efectos.

No queremos saber. No deseamos experimentar un tipo de vida diferente. Nos aferramos para ello a dos estimulantes posiciones: el miedo y la seguridad. También, y de forma continua, caemos en las trampas del placer inmediato, insaciable y murmurador. Lanza de Vasto decía que estamos condenados al único masivo e inmemorial pecado que es la raíz de todos los demás: el apego a la ignorancia. Ese apego nos inmoviliza, nos esclaviza, nos llena de calma. Nadie nos advierte de todo esto porque vivimos hechizados a nuestros cuatro estímulos. Algo maliciosamente programado para no despertar de repente a una verdad incómoda.

Es prácticamente imposible que la consciencia humana sufra una revolución optimista y radical, un cambio profundo. Los propios mecanismos de transmisión de cultura y costumbre anulan cualquier posibilidad. El apego, la comodidad, el orgullo, la vanidad, la arrogancia, la posibilidad de poder, el estatus… Todo está bien orquestado para que no podamos huir de nuestras propias cárceles conceptuales.

Ciertamente estamos atrapados. No disponemos de un libre albedrío, de una libertad inmediata y verdadera. Si tienes pareja no puedes enamorarte del vecino, aunque el amor por tu prójimo haga aguas desde décadas. Si tienes hijos te autoimpones la necesidad de trabajar catorce horas para ofrecerles el mejor dentista y el mejor colegio. Los hijos y la pareja son ciertamente excusas perfectas para inmovilizar nuestros anhelos. Como si ambos fueran incompatibles con nuestras propias necesidades interiores. Algunas parejas se convierten en auténticos saboteadores de nuestras más profundas aspiraciones. Nuestros anhelos se subyugan a la responsabilidad de sostener todo cuanto hemos conseguido en la fase madura. La edad nos hace creer que ya somos inútiles, que no servimos para nada y que nuestro tiempo se ha terminado. Pura ignorancia de nuestras posibilidades.

Y así vivimos, amando nuestra ignorancia, amando nuestra propia cárcel, amando nuestro propio miedo. ¿Para qué cambiar? ¿Para qué llenar la vida de incertidumbres? Mejor quedarnos como estamos. Ignorantes, felices, cobardes.

Si no te gusta el sistema sal del sistema


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Es complejo definir al sistema. En el librito Creando Utopías lo llamé “estructura”, por ser algo que no está fuera de nosotros sino dentro. Durante generaciones hemos seguido sus normas, sus conductas, sus opiniones, sus ideas. La cultura en la que nacemos, el país o la nación condicionan toda nuestra existencia. Resulta complejo deshacerse de ese bagaje estructural que nos domina y nos muestra el camino a seguir. ¿Cómo renunciar a eso que nos constituye como seres sociales? ¿Y por qué hacerlo?

Quizás por dignidad propia, por libertad subjetiva, por justicia. Pero hay un motivo quizás mayor. Si un día te levantaras y descubrieras que perteneces a una especie destructora, violenta y egoísta, seguramente decidirías abandonar esa especie. Pero eso es algo ridículamente imposible. No podemos dejar de ser humanos por más que nos empeñemos. A no ser que hagamos una trampa en el discurso dialéctico. No se trata de dejar de ser humanos, se trata de conseguir ser mejores humanos. Mejores personas.

Mientras esta mañana limpiábamos una de las paredes de piedra de la futura casa de acogida, alguien me decía lo difícil que resulta ser buena persona en un sistema cuyos valores pervierten desde la raíz nuestra conducta. La ciudad es un reflejo de ese sistema perverso en el que nos enseñan a competir, a lucrarnos, a sacrificar nuestro ser para ser perfectos idiotas alineados a los deseos de la mayoría. Nos enseñan a amar una patria en la que hemos nacido de pura casualidad, a besar una lengua, unas costumbres, una bandera, unas ideas y una concepción del mundo basada en la brutalidad, en la violencia y en la ley del más fuerte, el más poderoso, el más ambicioso, ávido, insaciable e insatisfecho . Desde pequeñitos nos enseñan bajo la sedación de múltiples sistemas bien organizados como debe ser nuestro comportamiento, nuestras costumbres y nuestras normas de comportamiento. Vivimos y crecemos bajo la amenaza de la sanción y el castigo. Estamos rodeados de intimidaciones que nacen de la costumbre o la ley. No hay forma de rebeldía posible si no es acatando lo que la mayoría decide.

Alguien decía que quizás salir del sistema y no participar de él podría ser un acto egoísta. Realmente no lo es. Salir del sistema y vivir una vida salvaje en los bosques es un acto de amor y sacrificio por la humanidad, por el ser humano que llevamos dentro. Participar de un nuevo modelo, de un nuevo paradigma empezando de nuevo desde el principio es una forma de creer en el ser humano. Realmente es un acto valiente que pretende salir de la perversión en la que hemos nacido y a la que han amoldado nuestras mentes, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras vidas. No se trata de dejar de ser hormiguitas para convertirnos en felices saltamontes lúdicos. Se trata de aunar el trabajo y el esfuerzo para el bien común, para crear un modelo y un mundo diferente. Quizás idealista, utópico, ingenuo en algún sentido, pero radicalmente diferente.

Mientras esta mañana limpiábamos la pared de piedra veía como el joven idealista que me acompañaba en la tarea golpeaba fuertemente el yeso que la cubría dejando la piedra desastrosamente desamparada. Le llamaba la atención sobre su forma violenta de quitar el yeso. “¿Lo ves?” Le decía. “El sistema está dentro de nosotros. Prueba sacar el yeso de esta otra manera, deja el martillo y coge el cincel y busca la forma de que el yeso salga solo”. Es cuestión de paciencia, de cambiar la perspectiva, de mirar el yeso de otra forma. Es cuestión de empezar a cambiar nuestra conducta interior para que fuera todo resulte más positivo y amplio. La fuerza del martillo tiene que ir cotejada y guidada por la inteligente disposición del cincel. Nunca al revés, como nos han enseñado en el antiguo modelo. El nuevo paradigma ya no necesita tanta fuerza, ahora debemos aprender a pesar de forma autónoma, libre, abierta. Estamos entrando en la Era del Saber, en la era de la comunicación, de la tecnología, donde todo es más sutil, más volátil, más suave. En los bosques se puede apreciar esa sutileza. No es huida, no es egoísmo. Es un amor profundo por los valores y la búsqueda de ese nuevo mundo. El ser humano lo merece. La vida en el planeta lo merece. No se trata de huir del sistema, solo tratamos de construir una nueva estructura interior para que algún día el sistema se revierta hacia la bondad humana, hacia el compartir, hacia el amor universal.

(Foto: A pocos kilómetros de O Couso, unos amigos han adquirido una antigua casa en Montán, en pleno camino de Santiago, donde ofrecen un descanso al peregrino sin cobrar nada, aceptando la voluntad o el donativo, tal y como hacemos en nuestro proyecto. Encuentras bebida, fruta y pastas que puedes coger libremente. Una nueva visión del mundo, un nuevo ser humano está naciendo en ese pequeño gesto. Sigamos inspirando).

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¿Debemos seguir alimentando al monstruo?


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«Nadie hay tan osado que lo despierte… De su grandeza tienen temor los fuertes… No hay sobre la Tierra quien se le parezca, animal hecho exento de temor. Menosprecia toda cosa alta; es rey sobre todos los soberbios«. (Job 41).

Job, y también más tarde Hobbes, se refieren a Leviatán, ese “homo homini lupus est”. Los marxistas eran unos rojos diablos que echaban fuego por la boca y olían a azufre y que pretendieron acabar con esa bestia. El capitalista burgués pensó que la única forma de vencerle era hacer un pacto, el cual serviría, a cambio de grados de libertad consensuada, terminar con los diablos rojos. Con el beneplácito de Rousseau lo llamaron contrato social y más tarde pacto keynesiano, donde paradójicamente se conjugaban ideas marxistas con ideas capitalistas con un marcado porcentaje de probabilidades de que los segundos vencieran a los de la Liga de los Justos. Con ello llegó la paz social y el Estado del Bienestar. Tal y como defendía Weber, el capital en sí mismo no era ni bueno ni malo. Era la codicia humana, el ánimo de lucro y el instinto ambicioso lo que había que regular. Weber afirmaba que una de las bonanzas del capitalismo era precisamente el haber conseguido racionalizar esa codicia. Por propio instinto, y a lo largo de toda la historia, el ser humano había demostrado ser un ser egoísta y arrogante cuyo apetito y voracidad insaciable no encuentra réplica en la naturaleza.

En 1765 el Parlamento Británico aprobó la llamada Ley del Timbre (The Stamp Act), un nuevo impuesto que pretendía grabar a los colonos americanos pagando algunos chelines por todo el papel oficial impreso. La excusa de estos impuestos era para poder sostener parte del costoso ejército inglés en las colonias. Esta fue una de las gotas que colmó el vaso entre los colonos y que más tarde derivaría en la conocida revolución por la independencia.

Esa revolución que pretendía un grado mayor de libertad de alguna forma se vio truncada. La voracidad humana siguió creciendo hasta que las pequeñas colonias se convirtieron con su llegada al Oeste en un gran Estado. En 1848, Thoreau escribió un librito titulado “Sobre el Deber de la desobediencia civil” donde de alguna forma condenaba los abusos del nuevo Estado americano sobre los individuos. Está en contra, por pura objeción hacia el deber moral de no participar en la guerra contra México y la esclavitud, de dotar de más herramientas a lo que el pensaba como un enemigo declarado del ser humano. Se negaba, con el impago de sus impuestos, a seguir alimentando a la bestia, marchándose a vivir a los bosques, lugar donde escribió su conocido “Walden”. Su obra influenció a personas como Gandhi y Martin Luther King.

El precio del pacto keynesiano fue pagado por todos los ciudadanos del bienestar a base de una importante subida de los impuestos que gravan todas nuestras actividades, absolutamente todas. Nada que ver con la Ley del Timbre donde dicho impuesto podía suponer un incremento del 0,8% en el papel legal. Ahora la “corona británica” de nuestro tiempo es ese Estado usurpador y tramposo que es capaz de salvar bancos y banqueros, autopistas concertadas y pagar la deuda soberana con un 33% de nuestros impuestos a costa de todo su enjambre sumiso y manso. El discurso amable, casi ingenuo, es ese que nos dice que con nuestros impuestos se hacen escuelas y hospitales. Pero esto forma parte de ese pacto con el diablo. Una escuela estatal donde adoctrinar a la cobaya-humana y un hospital para desintoxicarle y curarle de los propios abusos del bienestar. Lo tremendo de todo sigue siendo que el diablo no era el ingenuo avance del marxismo, a pesar de que fueran rojos y olieran a azufre. Sino ese monstruo creado por la suma tolerante de todas nuestras vanidades, egoísmos, ambiciones y codicias que se condensaron en ese racional estado.

Siendo esto así, ¿debemos seguir alimentando a la bestia, al monstruo que nosotros mismos hemos creado? O acaso, si fuéramos justos y coherentes con nuestra más sublime condición humana abandonaríamos todo lo que hasta ahora hemos conseguido para buscar y construir nuestro propio Walden, nuestra propia vida en los bosques, donde quizás no tendríamos escuelas ni hospitales, pero sí la libertad total para decidir sobre nuestro futuro y nuestra vida. La búsqueda de sentido en este reino de la oscuridad sigue su curso. No se detiene. Sobrevive en los bosques.

Josephine Witt y el paradigma de los activistas freelance


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Los que llevamos años intentando salvar a las ballenas, luchando contra las guerras de Irak, visitando bases aéreas norteamericanas y gritando ese «Yankee go home», ayudando a los sin techo, denunciando la tortura animal, batallando en las spanish revolution de turno o concienciando a unos y a otros sobre mil causas, hemos sacado una cómplice sonrisa ante la acción en solitario de Josephine Witt, una joven activista alemana (21 años) que ayer mismo interrumpió en una seria rueda de prensa del Banco Central Europeo.

Fue hermoso, como ella misma dice, ver la cara de Draghi envuelto en confeti multicolor. Subida a la tarima explosionó de alegría, de felicidad por haber podido llegar hasta ese límite. Sin darse cuenta, estaba encarnando un nuevo arquetipo de amazona que lucha por las libertades, por la igualdad, por la fraternidad. Y lo hacía de forma pacífica, cargada de amor e ilusión por un mundo mejor. Así es ahora la nueva mujer rebelde (lo siento querido Camus, pero el hombre rebelde duerme).

Josephine representa el arquetipo de la protesta moderna, actualizada, de nuestro tiempo posmaterialista donde ella nació, en un lugar que no era Alemania, como ella mismo expresa, sino una ilusionante y naciente nueva Europa. Los activistas freelance, aquellos que están siempre luchando en todas las causas justas, forman ese nuevo batallón de protesta que debe influenciar en el nuevo mundo.

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Al otro lado tenemos la triste cara de los activistas que en vez de la paz utilizan el caos, la sangre y el terror para reivindicar sus ideas. Los coches bombas, los atentados terroristas, hombres y mujeres explotando en mil pedazos. Es otro código, es otro mundo, otra dimensión anacrónica que aún no ha superado las delicadas estructuras medievales. Como ejemplo el extemporáneo Estado Islámico.

Pero viendo a la joven y hermosa Josephine danzando encima de la mesa de Draghi como una diosa cargada de fuerza y esperanza, uno se siente optimista hacia el futuro de nuestros pueblos y sociedades. Porque muchos jóvenes están ya despertando a ese inconformismo, a esa reivindicación necesaria para hacernos pensar como ciudadanos sujetos a unas leyes y a unos acuerdos de convivencia, pero sobre todo, como personas libres y emancipadas.

Ahora el activismo es freelance. Lo ejercitamos cada día, a cada hora. Cuando vamos a comprar, sea lo que sea, estamos emitiendo un voto, estamos comprometiendo nuestras vidas al tiempo que favorecemos unas u otras fuerzas económicas, sociales y políticas. Tan sencillo como pensar eso, pronto nos daremos cuenta de que es posible empoderar a la sociedad y a sus individuos. Sólo debemos cambiar nuestros hábitos económicos, de consumo, en la propia mesa. Sólo cuando eso ocurra, toda la estructura empezará a cambiar.

Gracias querida Josephine por mostrarnos la cara amable y sonriente de ese necesario cambio y gracias por entregar tu alegría a la causa. Este tipo de sacrificios merecen la pena ser compartidos.

Amada Sombra


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Todos te desprecian, todos se alejan de tus rumores. Nadie desea tenerte a su lado. Nadie se atreve a reclamarte como propia. Sin embargo, apareces en la noche, susurras tus secretos, nos llenas la vida de promesas y te escurres entre las sabanas para que todos disfrutemos de tu delirio.

Ego, sombra, el propio mal. Te llaman de mil maneras. Se obcecan especialmente por tratar de dominarte, por tratar de aniquilar tu esencia. Se buscan posaderas donde buscar la luz, pero ignoran que cuanto mayor es la luz que nace mayor es la sombra que proyectan. Es una proporción ineludible.

Por eso, en esa ensoñación, quiero aprender a amarte. Quiero dejarme seducir por tus fantasías, por tus incitaciones al error, a la torpeza. Quiero dejarme llevar por esos empujones tuyos que me incitan a la caída inevitable.

Ya no te detesto, ya no te recrimino. Aprendo a tenerte, aprendo a ver como articulas tu arte para despojarnos de la virtud. Te abrazo querida sombra, como un amante abraza en secreto a su amada. Con esa mariposa inquieta, con ese cúmulo de emociones que son capaces de despertar al más inerte de los volcanes.

Ya no eres mi enemiga. Ya no eres aquello que todos detestan con inquina. Te amo, te integro, te seduzco para que sigas a mi lado y así no permitas que vuele directamente por esos paraísos prometidos. Prefiero estar aquí, el último, en silencio, empujando sediento desde el fango para que otros salgan. Prefiero sudar asfixiado ese ácido del esfuerzo, ese acebo amargo que nadie quiere tomar.

Al amarte me libero. Porque ya dejo de luchar contra mi mismo. Ya dejo de atormentarme sobre si hice bien o mal. Ya dejo de buscar razones por las cuales deba tener un aplomo exquisito. Da igual querida Sombra. Ahora sé que soy completo a tu lado, que el error, que la oscuridad, que aquello que es cóncavo e imperfecto también soy yo.

Por eso, querida, sigamos tumbados en el regazo de la tierra, suplicando por no ser ángeles, sino simples mortales, humanos que aspiran a soportar el peso de la batalla, la mugre rugiente que se respira cuando decides ser el último para ayudar a los primeros. Ese hollín forzoso, esa dosis de oscuridad soportable.

Te amo querida Sombra. Ya no te tengo miedo. Ahora sé quien eres.

Ya no está aquí. De nuevo fue crucificado


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Una y otra vez los fariseos de nuestro tiempo crucifican a su Dios. Sacan a la calle sus Becerros de Oro y los implora. Los hijos de Aarón vuelven a pedir que los dioses marchen delante, vuelven a adorar ese trozo de materia inerte bajo la forma del ídolo. Luego lo celebran con fiesta. Se comen el cordero y se emborrachan esperando que el nuevo año esté lleno de bienes y riquezas, olvidando la enseñanza, ignorando las bienaventuranzas.

Mientras eso ocurre me imagino a su Dios preparando su venida con fuego. Sonarán las trompetas, los cielos se abrirán y bajará majestuoso y lleno de poder. Verá decepcionado todo lo que ha ocurrido. Volverá a cargar, látigo en mano, contra los fariseos del nuevo tiempo. Hablará de los hipócritas, de cómo olvidaron que el más grande siempre es el que sirve con mayor humildad. Hablará de la importancia de la oración, pero de aquella que se hace en silencio, donde nadie pueda verte. Y mirará con desolación como se ha vuelto a profanar el templo llenándose de mercaderes.

Mientras, las calles se llenan de idolatría. Sacan imágenes que ya no representan nada, excepto la nostalgia de un recuerdo que se nubló y se olvidó. El resto de los días nadie recordará su gran poder, nadie percibirá en el aire el aliento de la creación. Y el espíritu se marchitará y nadie será capaz de volverse sal, o el más pobre entre los pobres. Ya nadie se arrodillará para limpiar los pies del otro, ni nadie dejará de pescar peces para ir a pescar almas.

¿Quién de sus seguidores está dispuesto a sanar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos o expulsar demonios? ¿Quién de sus seguidores ha renunciado al oro, la plata o el cobre? ¿Quién dejó atrás realmente su alforja para el camino, sus dos túnicas, sus sandalias o su bordón? ¿Quién renunció realmente a la riqueza material para seguir sus pasos? ¿Qué fue de sus doce apóstoles? ¿Dónde están sus setenta y dos discípulos? Ya no están aquí. De nuevo fueron crucificados.

Colonialismo etnocentrista


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Cuando viajé a Etiopía hace algunos años tuvimos la oportunidad de adentrarnos en la profunda sabana. Cerca de Zway, al sur de la capital de Adis Abeba, había un poblado de la cultura Oromo en mitad de la nada. Gracias a la ayuda internacional, no muy lejos de allí se había construido un inmenso edificio que pretendía ser una escuela para los niños de las aldeas colindantes. Cuando vi aquel edificio esperpéntico sentí algo desagradable.

Por toda la sabana la cultura local tenía construcciones redondas hechas la mayoría con adobe y ramas. Para ellos, el concepto de habitabilidad y sobre todo, el concepto de hogar, distaba mucho de nuestras materialistas visiones de la vida. Cuando el occidental llega a lugares como África lo primero que desea es cambiar la mentalidad y la cultura. Primero con los aspectos materiales. Todas las aldeas empiezan a llenarse de plásticos, de hojalata, de casas prefabricadas con estructuras que intentan imitar las construcciones del primer mundo. Pensamos que lo mejor para ellos es dotarles de educación (la nuestra) y de una casa (de nuestro estilo) ignorando por un momento si ellos necesitan nuestra educación o si ellos han pedido una casa cuadrada con porche y jardín.

Otra obsesión tiene que ver con la alimentación, con la higiene y con la manera en la que deben vestirse. Los niños empiezan a ponerse camisetas de los equipos occidentales, normalmente del Barça o el Madrid, nos obsesionamos con construirles letrinas para que hagan sus necesidades de forma ordenada en un lugar cerrado y oscuro donde se van acumulando sus heces (negando de paso la libertad de hacerlo en el campo como hasta ahora lo habían hecho durante miles de años) y nos empeñamos en que coman nuestras alitas de pollo y carne de vacuno cuando a lo mejor eso nunca había estado en sus dietas.

De alguna forma, aculturizamos a esos individuos y sociedades con nuestros prejuicios, con nuestros hábitos y sobre todo con nuestro colonialismo etnocentrista. ¿Por qué pensamos que lo que esos pueblos necesitan es precisamente lo que nosotros exportamos? ¿Qué nos hace pensar que eso es lo mejor para ellos?

Es necesario que existan bancos de alimentos para catástrofes humanas y hambrunas, (allí mueren cientos de personas al día y nadie se acuerda de ellos) que la salud se mejore y que la esperanza de vida, y la calidad de la misma, sea cada vez mejor en esas tierras. Es necesario que la educación se imparta, pero desde una base local, respetando siempre la cultura, las tradiciones y la cosmovisión de esa sociedad. Debería horrorizarnos ver como a cambio imponemos nuestra cultura ignorando y despreciando la propia del lugar. De alguna forma, estamos exportando nuestra miseria materialista, nuestro desencanto y nuestra pobre visión del mundo, ignorando, de paso, esa especial alegría que siempre encuentras en esos lugares.

 

¡Ojalá! (w[a] shā-llāh: ¡y quiera Alá!)


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Ojalá, ¡oh Al-Malik!, algún día las pequeñas mentes de los hombres dejen la mezquindad y el delirio, se alejen del orgullo y el miedo, se percaten de la Unidad esencial de todas las cosas y observen al otro como un hermano.

Ojalá, ¡oh Al-Quddūs!, algún día los pequeños corazones de los hombres se abran al candor del amor universal, observen con devoción la creación entera comprendiendo y atendiendo a la necesidad del otro.

Ojalá, ¡oh As-Salām!, algún día creamos fielmente en un solo Dios cuyo nombre podría ser realmente innombrado, alejado de todo dogma o descripción, alejado de toda interpretación imaginada por nuestras pequeñas y ridículas mentes.

Ojalá, ¡oh Al-Muʾmin!, las religiones algún día fueran una esencia de multiplicidad silenciosa, donde cada uno, privadamente, contemplara la naturaleza desde el mayor de los respetos, y nunca se utilizara su nombre para mancillar con sangre ninguna tierra.

Ojalá, ¡oh Al-Muhaymin!, algún día los hombres y mujeres de buena voluntad pudieran comunicarse con el sencillo esbozo de una sonrisa, sin encontrar diferencia alguna entre uno u otro gesto de amor.

Ojalá, ¡oh Al-ʿAzīz!, comprendiéramos que el otro no es diferente. Que tiene dos ojos que son vértices de una amplia ventana invisible, que disponen de dos orejas y una lengua para comprender que es doblemente más importante escuchar que hablar, observar que juzgar.

Ojalá, ¡oh Al-Khāliq!, un día pudiéramos entendernos sin armas, sin violencia, sin sangre, que muriéramos plácidamente rodeados de seres queridos que nos amaron hasta el final y supieron, en nuestra infancia, acunar con amor y respeto todos nuestros días y noches.

Ojalá, ¡oh Al-Fattāḥ!, el odio y el desprecio al otro fuera extinguido por la poderosa llama de la lucidez, y ojalá el reino de los cielos, esa utopía soñada durante miles y miles de años por todos los seres humanos viniera a la Tierra, enseñándonos las bondades del amor, la sabiduría y la voluntad al bien.

Ojalá, ¡oh Dios, oh Al-lāh, oh Rabb!, algún día practiquemos tus caminos…

Querido Ar-Raḥmān, tu que eres compasivo y misericordioso, perdona nuestras ofensas, realmente no sabemos lo que hacemos… ¡oh Al-ʿAlīm!

Feliz Navidad y profundo silencio nuevo


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El ser humano inventó el ruido para distraer su espíritu. Es por ello que en fiestas especialmente profundas exista mucho más ruido. Hoy, por ejemplo, se debería estar celebrando en silencio, en profundo silencio, uno de los acontecimientos más importantes del año: el nacimiento de la luz en la cueva interior.

El silencio y la meditación son métodos espirituales para desenmascarar esos ruidos, esas falsas ilusiones que inventamos para estar lejos de nosotros mismos, lejos de nuestro propósito interior. Buena parte de nuestro tiempo, de nuestra vida, la derrochamos en todo tipo de falsedad. Seguramente muchos de nosotros estaremos pasando una noche en familia, distraídos viendo la televisión o celebrando algo del que hemos perdido la memoria de su significado. En vez de una noche de paz y amor, será una noche de ruido acompañada de una mesa cargada de manjares olvidando, en tan significado momento, a todos los que están padeciendo. Forma parte del ritual hipócrita de nuestra sociedad. Forma parte de nuestra propia cobardía y miedo a romper con ese ruido.

Vivimos en un mundo de brindis y humo, mucho humo. Es un campo de batalla yermo, donde no hay guerreros ni fortaleza, tan sólo el hollín derramado de nuestra cobardía. Estamos tan sujetos a nuestra obra que sería casi imposible derrotarla, vencerla, apartarla de nuestro camino. Es nuestro campo de seguridad, y el ruido ayuda a no pensar, a no meditar sobre el verdadero y genuino camino.

Por eso en estas fechas es importante apartarnos del ruido y acercarnos en alguna cueva oscura al susurro de nuestra alma, de nuestra búsqueda interior. Dejar que la luz nazca en nosotros, dejar que la fortaleza del silencio derrame en nuestras oquedades la suficiente sutileza para que movilice nuestras experiencias más emotivas. Necesitamos sentir y experimentar la cercanía con nuestro verdadero ser para emprender una nueva senda, una nueva vida, un nuevo formato auténtico, alejado de lo ilusorio y de la ficción que nos hemos montado. Seguramente muchos ya estamos empachados y pensamos en qué hacer, cómo hacer para acallar tanto ruido, para derrotar lo ilusorio.

La Navidad, el rito que representa, sólo quiere indicarnos vagamente la necesidad de que esa luz nazca, de que brille en nuestro interior esa estrella de cinco puntas que nos hará cada día más libres, más humanos, más fraternales y compasivos. Ese nacimiento requiere de sencillez, de memoria sobre los ancestros que sacrificaron su vida para mejorar las nuestras, requiere reconocimiento y una humilde inclinación hacia la vida que brota.

La tarea del silencio, del meditador, es la de limpieza exterior e interior. Una bondadosa muestra de que todas aquellas aristas que nublan nuestra visión requieren ser pulidas. Voluntad e inteligencia, como aquel martillo que golpea al cincel. El primero cargado de fuerza, el segundo dotado de lucidez para crear belleza, amor, armonía y dirigir esa fuerza a nobles causas. Y todo, en su conjunto, para crear una acogida necesaria. Una amable y calurosa hospitalidad hacia nosotros mismos y hacia el otro, parte fundamental de nuestro camino. Una acogida a la luz solar que debe nacer en nuestro interior, como ese mensaje oculto que hay tras la Navidad. Un mensaje de acogida de la luz de los dioses, de la sabia voluntad de la consciencia superior hacia el mundo oscuro, casi diría que cavernícola del mundo de los humanos. Ese sagrado mensaje, perdido debido al exceso de ruidos e ilusiones, está necesitado de regeneración. Así que, feliz Navidad, y profundo silencio nuevo.

(Foto: Nuestra tradicional cena de Nochebuena, un plátano y un trozo de ley sagrada para acompañar la oración en silencio. Este año especialmente genuina al celebrarlo rodeados de montañas y bosques en un paraje alejado del mundo mentiroso).

Nacionalismo catalán, no puedo ser neutral


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No soy neutral. Estoy a favor de la independencia pero en contra del lavado de cerebro que padece Cataluña. Estoy a favor del derecho de autodeterminación pero no a costa de ese rancio nacionalismo imperante (por ambas partes, por los casposos de Madrid y los paletos catalanes). Estoy a favor de votar pero como lo hacen en Escocia, no como lo hacemos aquí, a base de totalitarismo (por ambas partes) y de apartheid y xenofobias por ambos bandos.

No soy neutral, y digo: ¿cual es la alternativa al Estado Español, una réplica del mismo? Puestos a pedir, me gustaría ser independiente de lo rancio, lo casposo y lo paleto. ¿Un nuevo estado? ¿Acaso no tenemos ya suficientes? ¿Para qué, para seguir subvencionando a más chorizos y mangantes? ¿De verdad queremos o necesitamos más estados?

Claro que no quiero un Estado como el español. Sólo hay que mirar al Cañete, con acciones en petroleras y aquí de Ministro de Medio Ambiente y allí de Comisario de Energía y Cambio Climático. Suena a guasa. Pero tampoco quiero un estado catalán donde el padre de la honorabilidad resulta que era otro ladronzuelo. Pero como digo, no es culpa de esos pobres ricos, sino de los pobres-pobres que siguen votando a los mismos, que siguen aspirando a ser como ellos, que siguen embaucando sus penas y desgracias culpando al otro. Es lo único que hemos sabido hacer en España: insultar al otro, envidiar al otro. Ese es nuestro verdadero seny. Vivimos en un país de supersticiones y fechorías. Ya lo decía Ortega. Es como los que se quejan de ciertas «tradiciones» salvajes. ¡¡¡Hipócritas comedores de pollos y vacas!!! ¡¡¡Salvajes civilizados!!! El salvajismo del Toro de la Vega es similar al vuestro… Sangre, sangre y más sangre… ¿Alguien miró alguna vez los ojos de una ternera? ¿Acaso eso no es salvajismo? Lo mismo ocurre con los nacionalismos y los patriotismos. ¿Qué clase de mentiras nos han acunado para creer verdaderamente en ellos?

¿Cómo votar en un país donde ya se está construyendo las bases del nuevo estado sin ni siquiera haber votado? ¿Qué clase de juego maléfico es ese? ¿Y desde cuando el pueblo llano y libre ha votado para crear más prisiones conceptuales llamadas estados, naciones o banderas? ¿Qué clase de veneno le echan al LLobregat y el Besos para que todos de repente se vuelvan nacionalistas?

Ni siquiera las banderas de Corea del Norte o los desfiles militares de China han podido competir con esa gran estelada catalana. ¿Qué clase de uniformidad están inculcando en esos jóvenes patriotas que salen a la calle cargados de banderas? ¿Qué clase de intoxicación sufren para que todos de repente anhelen montar embajadas en todo el mundo para enchufar a los primos y cuchados de los que les gobiernen? ¿Qué clase de miopía puede vivir un pueblo para salir a la calle a defender algo que en el pasado sólo ha sido fruto de guerras y discordias, de aniquilamientos y de guerras mundiales? ¿Desde cuando la causa nacional le importó al panadero o al agricultor? ¿No es acaso más importante desde los tiempos de Babilonia cultivar el trigo y hacer el pan para alimentar al pueblo?

¿Es tanta la ceguera y tanto el engaño? ¿Dónde están los críticos, los intelectuales, los luceros del alba, la lucidez? ¿Todos vendidos por un plato de lentejas acompañado de una bonita estelada? ¿Es este el verdadero silencio de los corderos que prefieren seguir en su inopia antes que decir pío por miedo a ser señalados o ajusticiados? ¿Es que nadie se da cuenta de lo que está pasando? Lo siento, pero no puedo ser neutral y mirar a otro lado. Algo terrible está pasando y no puedo ignorarlo.

La Dorada, verdadera patria


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Me fui abrumado por tanto circo mediático en torno a los nacionalismos trasnochados a dar un paseo por la España real, por la que pasa hambre y necesidades y que trabaja de sol a sol para llevarse algo de comer al estómago, o para, una vez olvidada la resaca de la crisis, volver de nuevo al ataque con el consumismo atroz y la falsedad egoica. Me marché al sur con una frase que había leído en algún periódico de tirada nacional: “dice John Gray que “los humanos son diferentes porque habitan un mundo imaginado, creado por sus propias ideas, mitos y fantasías, que toman como reales”. Y pone como ejemplo el modelo de vida liberal, “cuyo encanto”, dice, “consiste en que permite a la mayoría de la gente renunciar a la libertad sin saberlo”.

Ese encanto del que habla Gray resultaba gracioso en esa especie de fiesta ilusionante, apropiada para que los mercaderes sigan frotándose las manos al ver a la masa y la turba gritando consignas apropiadas, uniformados con banderas, sin ser conscientes de que esa atenida libertad a la que aspiran es solo un silogismo ficticio, un nuevo yugo del poder totalitario y discriminado. No me fío de los nacionalismos. Sólo hay que repasar la historia para ver que hurgar en las diferencias no trae nada bueno. Y lo que ahora parece una fiesta no es más que una renuncia a una parte de nosotros mismos…

Tras pasar la mañana en la antigua capital del califato omeya con los maestros instalados, me marché a la calurosa Málaga donde pude disfrutar durante toda la tarde del sábado de la amistad y el calor de buenos amigos. Pasaron las horas y pude olvidar durante un trozo de tiempo ese dolor intelectual y emocional al ver como hermanos empiezan a separarse irremediablemente por cuestiones patrias. Se hizo muy tarde y por no molestar terminé en las playas de Nerja, durmiendo bajo la sombra de “La Dorada”, conocido barco que ahora descansa en la plaza de “Verano Azul”. Fue emocionante volver a la infancia y retomar la verdadera patria, la de los recuerdos, la de las emociones y vivencias de esa primera niñez. Y fue extremadamente emocionante recostarme en el asiento del híbrido y dormir plácidamente bajo la sombre del barco que tantos recuerdos mecía a esas horas. Eso sí me pareció un acto libre. Dormir a mis anchas en cualquier parte, sin amo, sin patria, sin dios.

Tras pasear por las calles de Nerja y desayunar algo en el Balcón de Europa, en la mañana del domingo surgió una improvisada jornada de trabajo en un lugar con miles y miles de libros. El hombre bueno, el maestro del oficio, llenaba mi espíritu joven de consejos mientras entusiasmado me enseñaba las últimas novedades editoriales. Era una sensación extraña estar allí en un día no laborable, alejados del ruido de la veintena de empleados que todos los días viven rodeados de letras. Me sentí privilegiado por poder hurgar en los secretos editoriales en un mundo donde cada día se lee menos y se cree más, donde el espíritu crítico deja paso a la turba, al ruido de la masa y su inconsciente colectivo, a la ignorancia y la falta de reflexión y profundidad en los acontecimientos de la historia. Esa misma masa uniformada es como aquella que creyeron el mensaje marciano de Orson Welles, o como esa sensación de pensar que Colón murió sin saber que había descubierto América, o como la cara de John Farynor, humilde panadero que en 1666 hizo arder toda Londres al dejarse encendido el fogón del horno. La humanidad comete errores, a veces la sociedad en su conjunto padece miopía o incluso desviadas percepciones de la realidad. Alguien debería explicarnos de qué o quien seremos «independientes» los catalanes. Y sobre todo a quien interesa y por qué.

Al volver al centro, al zulito ya despejado de recuerdos y enseres personales a la espera de ser entregado en fecha próxima repasaba de nuevo la prensa. “Aunque no nos dejen votar, votaremos y ganaremos”. Esa es la nueva consigna para el 9N. «Votaremos y ganaremos». Claro, votarán sólo ellos y ganaran, por supuesto, en nombre de todos, por inmensa mayoría. Porque aunque no lo parezca, hay gente que no quiere votar.

En fin, me quedo con el dulce recuerdo de “La Dorada”, la verdadera patria, y mañana será otro día. Gracias a Javi, Tito, Quique, Bea, Desi, Piraña, Julia, Pancho y a Chanquete, mi viejo pescador, que esta noche me han mecido bajo su barca. Hoy habéis sido lo más aproximado que he tenido sobre eso que llaman patria, nación o tierra.

(Foto: «La Dorada», más conocida como el barco de Chanquete, esta mañana en Nerja).

Somos lo que comemos


En un rato nos vamos de viaje a Almería para participar en el encuentro nacional de Ecoaldeas. Antes de irme visualizaba de nuevo este video. La reflexión que podemos sacar de esta visión tiene, de alguna forma, que hacernos pensar, reflexionar. Estar atentos a todo cuanto hacemos, decimos y pensamos es difícil. Hay una emoción estremecedora cuando vemos toda esa crueldad inconsciente que vamos acumulando día a día. Nos quejamos del mundo pero no hacemos para por cambiarlo. Sólo tenemos que mirar nuestro plato de comida todos los días. ¿Cuantos gramos de crueldad hemos derrochado en nuestro paladar? ¿Cuantos cadáveres han entrado hoy por mi boca, acumulando muerte, sufrimiento y dolor en nuestros estómagos? Sí, nos quejamos, pero no hacemos nada. Preferimos seguir con nuestras costumbres y esperar que los otros cambien. Esta es la gran mentira de nuestro siglo. La irresponsabilidad de delegar en el otro lo que a nosotros nos corresponde. Vivimos en una insoportable hipocresía difícil de entender. Vivimos en un mal vivir del que no somos totalmente conscientes.

La sociedad glotona


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«Constato la devastación actual, la alarmante desaparición de especies vivas, ya sean vegetales o animales, y el hecho de que, debido a la densidad demográfica, el ser humano vive en una especie de régimen de envenenamiento interno. Pienso en el presente y en el mundo en el cual voy a terminar mi existencia. No es un mundo que me guste«. Lévi-Strauss

 

A veces uno siente miedo de enfrentarse a esta locura constante que nos envuelve. El antropólogo francés Lévi-Strauss acusaba a la sociedad parisina de «glotona». «Más o menos cada cinco años necesita llevarse algo nuevo a la boca», ironizaba. Realmente no es algo que haya remitido. Más bien es algo que va creciendo sin remedio en el imaginario social, que se ritualiza en cada acto de nuestras vidas casi como algo “normal” o “sagrado” hasta el punto de que la glotonería, sea del tipo que sea, ahora se exige, se reclama hasta la amenaza si hace falta. Sí, esa glotonería se está volviendo obscena y da miedo.

El sábado participé por primera vez en muchos, muchos años, en una boda de un familiar cercano. Este tipo de actos sociales siempre me han dado cierta urticaria y los he evitado al máximo porque siempre me han resultado algo glotones, pero dada la avanzada enfermedad de mi padre y dado que hacía muchos años que no veía a más de un familiar pensé que sería necesaria cierta presencia. Realmente disfruté del acto aunque no comulgue con ciertos ritos y terminamos en la cama a eso de las cinco de la madrugada, más por complacer a mis padres que por propia voluntad.

Como era natural, al día siguiente me desperté tarde, muy tarde. Comimos algo y aunque era domingo avancé algo de trabajo en la editorial. Suelo tener el móvil siempre apagado, fuera de cobertura o en silencio. Mi timidez siempre me ha alejado de ese sonido molesto e inoportuno y delego casi siempre las llamadas a alguien. Como tenía que enviar unos archivos a la imprenta localicé el móvil y vi un montón de llamadas de una persona a la que he visto una sola vez en mi vida y luego unos mensajes que empezaban de forma paciente a solicitar algo para luego transformarse en exigencias que rozaban casi el insulto o la intimidación. No daba crédito.

Me di cuenta en ese instante de lo vulnerables que somos. De los riesgos que conlleva entreabrir la puerta, aunque sea compartiendo reflexiones o sueños o tristes trópicos, como hacía Strauss, y de repente verte mancillado por arrebatos e intimidaciones. Lo siento si no contesto al teléfono. Lo siento si no tengo por costumbre complacer todo cuanto me gustaría. A veces uno se queda sin fuerzas y mira las circunstancias con cierta lejanía. A veces simplemente uno tiene ganas de estar en silencio, paseando junto a la muda presencia de la soledad sin esperar nada a cambio. Sí, a veces uno es humano, y aunque las letras nos eleven hacia planos más angélicos y poéticos, a veces, y lo siento, no puedo soportar amenazas de ningún tipo. Así estoy aún, estupefacto, asombrado por la condición humana, la mía propia, por no saber qué hacer ni qué pensar cuando alguien amenaza en ir a buscarte para… vete tú a saber qué sólo porque ese día no te apetecía contestar llamadas. Sí, así somos en nuestra extraña y glotona condición humana, una especie que se envenena a sí misma y que vive marchita sus últimos días.

 

Espejo del origen


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Hoy me paseaba de incógnito por las grandes avenidas de la feria del libro de Madrid. La verdad es que era una sensación extraña el estar rodeado de tanto librero y editorial independiente en un mundo de puro colapso libresco, en un mundo que se ha convertido más en escaparate, fiel reflejo de una sociedad que vive ya de lo epidérmico, de lo superficial. Me gustaba mirar las caras de autores famosos y de otros menos reconocidos. Ellos buscan la mirada del otro, a la espera de ser reconocidos o ser admirados. Es curiosa esa relación de necesidad entre el autor y el resto. De alguna forma es una relación de apego, casi diría que de pura necesidad y adicción. Algunos autores te miran fijamente a la cara y su rostro parece que quiere decir, “sí, soy yo, en carne y hueso, ¿me reconoces?” Uno podría pensar que la feria del libro trata de eso, de feriantes que necesitan mostrar en el escaparate su sed de reconocimiento, de orgullo y vanidad en un mundo cristalizado e hipócrita.

A la vuelta de la feria alguien me ha hablado sobre el polémico video en el que hace unos días la artista Deborah de Robertis entró al Museo de Orsay con un vestido dorado y con toda la naturalidad del mundo se situó frente a “El origen del mundo”, la mítica pintura de Courbet. Se sentó en el suelo, se abrió de piernas y exhibió de forma natural y para estupor del público su sexo emulando a la pintura. La artista diría lo siguiente al respecto: “Mi obra -bautizada ‘Espejo del origen’- no refleja el sexo, sino el ojo del sexo, el agujero negro. Mantuve mi sexo abierto con las dos manos para revelarlo, para mostrar lo que no se ve en el cuadro original”, apuntó la artista al diario ‘Le Monde’.

Es interesante lo que Deborah muestra al mundo. Nadie se escandaliza por el cuadro de Courbet pero sí por el espejo que Deborah muestra a una sociedad hipócrita, apagada y simplona. Realmente la sociedad está enferma, narcotizada, desnaturalizada. Realmente vivimos en un atolladero extraño y surrealista que visto desde la plácida visión del espectro resulta incluso hasta abominable. Ya no hay talento, ya no hay filósofos ni artistas que obren para el bien común. Ya no hay personas sencillas que se paseen por un campo para escribir grandes poemas a la luz de una vela. Murieron Whitman, murieron los pastores y murieron los seres pensantes. Estamos a expensas de la deriva y en el mejor de los casos, a expensas de que alguien como Deborah nos recuerde, en un acto de valentía y lucidez, el momento de tan gran ceguera en el que vivimos. Seguimos necesitando de espejos donde mirarnos. Como esos pobres autores que hoy en la feria del libro buscaban desesperados la mirada del otro. Pero decidme, ¿dónde quedó el origen del mundo?

(Ilustración, «El origen del mundo», de Gustave Courbet

 

 

¿Qué es ser rey? Explicación de los Monty Phyton a cuento de la abdicación de Juan Carlos I


Suscribo al cien por cien este texto que acabo de leer:

De nuevo quieren apuntalar una institución impuesta y mantenida por la fuerza de las armas, mientras no sea aceptada expresamente a través de una votación popular, libre, directa, y expresa.

Abdica el que tiene legitimidad para hacerlo; y la actual Jefatura del Estado tiene la legitimidad del que se la dio: el dictador Franco; o sea, ninguna. Y donde no hay Legitimidad no valen los “hechos consumados”. La Legitimidad la dan los ciudadanos con su reconocimiento voluntario manifestado expresa y directamente en unas urnas libres.

Cuanto antes realicemos una “salida ordenada” del franquismo mejor será para la Sociedad española; eso pasa por unas elecciones directas a Cortes constituyentes que den forma a una Constitución que no predetermine, la forma del Estado, y en la que participen cuantos más agentes sociales mejor, no sólo los partidos políticos.

La Democracia se construye y se fortalece practicándola, mediante actos democráticos.

Prisioneros de la caverna


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No quiero afanarme en escribir cosas afables cuando observo que un edificio se derrumba. Podría cantar coros celestiales y elevar la consciencia a planos de sofisticada naturaleza, pero a veces toca ser más humano y menos angélico y resolver de forma humana catástrofes y sufrimientos irremediables. Hay muchos que se vanaglorian de la ilusión, de palabras elocuentes en nombre de la libertad y de valores elevados, pero luego, en lo pequeño, observas que llevan una vida ruin y mediocre y eso asusta. Vivir un mundo plagado de incoherencias te prepara de alguna forma para ser actores del cinismo más arbitrario. Y la coherencia se ve como un chascarrillo incómodo que hay que atacar de forma opresiva. Si piensas como ellos serás salvado, si declinas la invitación al adoctrinamiento y te liberas de la creencia y el mito te conviertes en indeseable. Así actúa el pensamiento único y totalitario que en nombre de una verdad, una emoción o una ceguera cualquiera impone sus propios criterios sobre el resto.

No debe importarnos si en un país hay tres ladrones o tres millones de ladrones, tres iluminados insensatos o tres millones. Debemos sentirnos con el deber moral, no como nigromantes angélicos sino como humanos, de señalar aquello que pueda perjudicar la dignidad de una casa, de un barrio, de una ciudad, de un país o de un continente entero si hace falta. Por lo tanto, nuestro deber moral es negar aquello que es injusto, es dar la espalda a la sinrazón, a la ignorancia y al patíbulo de ablaciones a las que estamos constantemente sometidos. No debe importarnos de qué bando vengan esas injusticias, esa ceguera, ni debe importar si son pocos o son millones que la persigan.

La ilustración, la época de las luces, pretendió dotar de razón y guía a aquellas sensaciones primarias, a aquellas emociones que en nombre de cualquier bandera intentaban conquistar o imponer posturas injustas nacidas de la oscuridad medieval. Entramos en la modernidad con la esperanza de que la fraternidad, la libertad y la igualdad fueran para todos los seres humanos, para toda la civilización entera, en su conjunto. Alinearnos con la idea de que una bandera, un territorio, un pensamiento o una forma de sentir pueda ser superior a otra es caer en la trampa oscura, medieval y mezquina que alguna vez quisimos abandonar. Pero llega la época actual, la edad contemporánea y deseamos volver a la caverna, a la identidad por encima del ciudadano emancipado, a la bandera, a la patria, a la nación, a la tribu territorial por encima de los valores y la universalidad fraterna.

No podemos ser cómplices de la deriva, de la sinrazón, de la imposición. No debemos creer en las leyes injustas, pero tampoco creer en las injusticias legales ni en aquellos que injustamente se saltan las normas que por su propia naturaleza, dotaron de bondad al ser humano y su convivencia. Hay personas tan inertes, tan faltos de juicio propio y crítica que lucharían y morirían por un juicio o criterio superior, aunque éste fuera totalmente injusto o desmedido. El problema de nuestra sociedad, de este sistema del que nos hemos dotado es precisamente esa falta de juicio crítico ante los acontecimientos históricos, ante los aplastantes hechos que estamos viviendo.

No es saludable estar adaptados a una sociedad profundamente enferma, nos decía decía Jiddu Krishnamurti. Al igual que no es saludable carecer de criterio a la hora de valorar una situación que podría desencadenar en acontecimientos no deseables y al igual que no es saludable ser cómplices de las mismas. El territorio, la cueva platónica de la ilusión, la adaptación dependiente de la diferencia nunca podrá ser en sí mismo un alto ideal. Aquello que diferencie a pueblos y naciones nunca podrá existir en nombre de la libertad. Eso es mancillar ese valor y prostituirlo por causas que nada tienen que ver con la misma. No son los pueblos los que se liberan, son los ciudadanos, los seres humanos los que deben liberarse del yugo de los pueblos, de las cadenas de las patrias y de los barrotes de las naciones. No es la identidad la que nos hace humanos, es el ser que subyace en todas las identidades lo que nos dota de humanidad. Siendo así, no creamos en la libertad de ningún pueblo. Creamos en la libertad de todos los ciudadanos, de todos los seres humanos por igual ante la ley superior de la propia existencia.

Expulsando a los mercaderes


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Uno de los episodios que más me conmociona de los relatos bíblicos es en el que, látigo en mano, Jesús expulsa a los mercaderes del templo. La figura de Jesús, mucho más allá de lo que luego se haya trivializado, siempre me pareció revolucionaria. Los atributos divinos que a lo largo de la historia le hemos atribuido no me interesan demasiado. Su mensaje revolucionario, tanto en los aspectos interiores como exteriores, sí.

No somos conscientes de que los mercaderes vencieron a Jesús. Quizás lo que está ocurriendo ahora en nuestros días no es más que producto de su propia venganza contra aquel látigo que en tiempos de Galilea les puso en evidencia.

Por eso los mercaderes se han apoderado de la política, de la economía, de la cultura, de lo social, del espíritu y lo espiritual. Por eso estamos acostumbrados a ver el mundo desde la usura, desde el egoísmo, desde el interés y la codicia. Jamás seríamos capaces de desprendernos de todo cuanto hemos conseguido. Jamás seríamos capaces incluso de despojarnos de nuestros logros, nuestra personalidad, nuestras estructuras más intimas y arraigadas, nuestras conquistas profundas y epidérmicas. Somos usureros hasta en lo interno, hasta en lo nimio. No nos conformamos con ser soldados rasos, con ser humildes servidores en la sombra, en silencio, en desapegado amor. Queremos ser generales y dominar el mundo.

Mañana toca votar y votaremos de nuevo a los mercaderes de la política. Votaremos eso con lo que interiormente vibramos. Votaremos al apetito, a la avidez, a la voracidad, a la gula de nuestra insaciable apetencia. Ganarán y nos quejaremos porque no somos valientes ni revolucionarios. No somos capaces de, látigo en mano, sacar a los mercaderes de nuestros templos, de nuestras instituciones, de nuestros estamentos.

Mañana será un gran día porque tendremos de nuevo la mediocre oportunidad de ejercer nuestra pataleada soberanía. Pero es tan pobre la misma que nada cambiará. Nos ponen el final de la Copa de Europa el día antes de las elecciones de Europa. La gente se embriaga de circo mientras que mañana, borrachos aún por la euforia futbolística, votarán a quienes le ofrecen tan entretenido coliseo.

Algo de pan, algo de circo, y los mercaderes disfrutando de su venganza. Pero no saben que algún día la revolución volverá y la usura será despreciada y abolida, como un día se abolió la esclavitud y el vasallaje. Algún día despertaremos a esa nueva visión alejada. Y si esto no ocurre, terminaremos como predijo Stefan Zweig, suicidados como civilización. Así terminó él y su esposa, prefiriendo la muerte digna a la ambigua aceptación de la desaparición de la civilización en manos del nazismo.

La revolución alimenticia


Green_Planet

A lo largo de la historia hemos sido partícipes de diferentes tipos de revoluciones. Existió una revolución en el paleolítico y el neolítico, existieron revoluciones sociales e industriales en la edad moderna y revoluciones tecnológicas en la edad contemporánea. Las sociedades van evolucionando y van cambiando sus valores y sus formas de aproximación y relación con el medio y la vida. En estos próximos años vamos a sufrir una nueva revolución: la revolución alimenticia, una revolución de valores que cambiará extraordinariamente la evolución humana.

Los seres humanos, con un sistema nervioso cada vez más sensible y una capacidad de reacción al sufrimiento y al dolor cada vez más desarrollado, aplicaran esa sensibilidad a la mesa. Dejarán poco a poco de comer carne y harán de su diera algo equilibrado entre la moral y la ética de la noviolencia y el gusto por una sana cocina. Habrá una liberación animal y también una liberación de consciencia.

Las sociedades más avanzadas y modernas están poniendo ya en práctica este tipo de soluciones alimenticias, poniéndose cada día más de moda las dietas vegetarianas y veganas, donde la ausencia de productos animales es cada vez mayor. Esto es una revolución porque al cambiar la dieta, como ya pasara en épocas anteriores, también cambiará nuestra consciencia y nuestra forma de relacionarnos con el medio. Bajará la contaminación ambiental, habrá un mayor equilibrio en la ecología agrícola y se dará un salto cualitativo en la salud humana.

Estamos ya entrando en esta nueva revolución alimenticia donde la violencia desaparecerá de nuestra cocina y nuestros platos… Y quien sabe, a lo mejor en un mundo con menos sangre animal y más savia vegetal las cosas cambien… así que… ¡¡¡a las barricadas!!!

 

 

Recuperando el timón del destino humano


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El tiempo es nuestro mayor bien. Es algo que no tiene precio, sin embargo, en nuestros sistemas ordinarios hemos dotado de valor a nuestro tiempo. Ahora una hora de nuestro tiempo puede costar diez o treinta euros. Nos vendemos por ese dinero cuando sabemos que ni con todo el oro del mundo podríamos comprar un segundo de nuestra vida. Aún no somos conscientes de ello, pero aquello que la naturaleza nos dio gratis y de forma ilimitada ahora tiene un precio. El agua, la comida, la tierra, el aire. Todo tiene que ser regulado por un trozo de papel al que llamamos dinero.

Esto implica que debamos vender nuestro tiempo a terceros. Que pongamos precio a nuestra libertad y dignidad humana durante tres cuartas partes de nuestra vida para una vez terminado nuestro ciclo vital ser aparcados en alguna residencia de mayores donde esperar impasibles la muerte. Hemos organizado todo este sistema basados en el miedo. Hemos creado religiones, patrias y naciones, dinero y trabajo para poder seguir esclavizados a esos miedos. Los miedos nos atan a las cosas y las cosas nos esclavizan, nos subyugan, nos someten, nos oprimen. Es la nueva esclavitud humana dotada de narcotizantes propios de esta era que nos mantienen distraídos mientras producimos cosas.

Al estar sometidos estamos apagados, tristes, melancólicos por no encontrar en nosotros mismos el principio de la vida. Basamos nuestro éxito en poder sostener nuestros miedos, apartándonos de la creatividad, de la vital importancia de descubrir quienes somos y para qué hemos venido.

Las fórmulas para adormecer nuestro ser son infinitas. Las fórmulas para despertar a esa libertad alejados del narcotizante medio en el que vivimos son escasas, paupérrimas. Pero existen. Están ahí, tan cerca de nosotros que casi no podemos verlas por su grandeza y esplendor.

La clave sigue siendo el tiempo. En qué queremos emplear el resto de nuestras vidas. A qué dedicar cada segundo de nuestra limitada existencia. Podemos seguir vendiéndonos por un trozo de hipoteca o prostituir nuestra vida por un trozo de pan. O podemos adueñarnos de todas las tierras y labrar nuestro propio pan, podemos edificar en nuestras vidas una nueva forma de relacionarnos los unos con los otros. Podemos crear surcos donde sembrar un nuevo futuro alejados de esta sinrazón esclava.

No se trata de no trabajar. Se trata de trabajar más pero para provecho del mundo. Se trata de romper con la rueda que nos está llevando directamente hacia el desastre global. Se trata de que recobremos nuestra dignidad humana y la pongamos en el pedestal que merece. Se trata de que nos levantemos y tengamos nuestras manos bien altas, donde otros puedan verlas y donde otros las tomen como reflejo de esa libertad. Se trata de volver a empezar, como tantas veces hemos hecho, para así poder recuperar el timón de nuestro destino humano. Se trata de poder abrazar de nuevo al bosque y tratar de hermanos al ciervo y al lobo, a la paloma y al águila. Se trata de recuperar nuestra memoria dormida y recordar quienes somos y para qué hemos venido.

(Foto: © Phong Tran )

 

11M de 2014. War on Terror


LAST-DITCH IRAQ SUMMIT UP AND RUNNING

En memoria a todas las víctimas (a todas)

Dicen que los atentados del 11M de 2004, donde murieron 191 personas fueron consecuencia de la participación de España en la Guerra de Irak, donde murieron más de cien mil civiles y cerca de cincuenta mil militares. Estos son algunos datos sobre lo ocurrido. 

El 15 de febrero de 2003 se celebró la mayor manifestación mundial de la historia para mostrar un rechazo hacia la guerra contra Irak. En España salieron a la calle unos tres millones de personas en todas las ciudades del país. El lema de las manifestaciones fue claro y rotundo: “¡No a la guerra!”

Siete días después, el 22 de febrero, se celebró una reunión entre Bush y Aznar en el rancho de la localidad texana de Crawford para tratar sobre la inminente guerra.

El 16 de marzo se celebró en la isla portuguesa de Las Azores una cumbre con Bush, Aznar, Blair y el primer ministro de Portugal, Durão Barroso, como anfitrión de la misma.

El apoyo de Aznar a Bush fue rechazado por la mayoría de los españoles. Los sondeos de opinión hablaron de un 91 % de rechazo al conflicto bélico de Irak según los datos de aquel momento.

Unos días después, el 20 de marzo, una coalición estadounidense-británica iniciaba el bombardeo sobre Bagdad y con ello se daba comienzo a la guerra de Irak.

Tan solo dos meses más tarde, el 25 de mayo, se celebraron las elecciones autonómicas y municipales. El PP mantuvo su poder en todas las autonomías en las que gobernaba y ganó en las islas Baleares y mantuvo las alcaldías de las capitales de provincia en las que ya gobernaba. El 91% de españoles que habían rechazado la guerra desapareció de repente.

El 23 de noviembre de 2011 un tribunal de Malasia decidió condenar al ex presidente George W. Bush y al ex premier británico Tony Blair. Los encontró culpables de genocidio y crímenes contra la paz después de una investigación que llevó casi tres años. El tribunal, encabezado por el prestigioso juez malayo Abdul Kadir Sulaiman condenó en ausencia a los ex mandatarios por haber violado las leyes internacionales en marzo 2003, incluidas las resoluciones de Naciones Unidas en su contra, cuando decidieron invadir unilateralmente Irak con el apoyo de España. Para los fiscales y la Comisión, Bush y Blair cometieron abuso de poder y un acto de agresión que llevó al asesinato masivo de miles de iraquíes.

Diez años después del atentado en Madrid los hechos son los siguientes:

– La ciudadanía sigue esclava de su ignorancia con respecto a estos hechos. Nadie nos ha juzgado en consciencia por ser partícipes sistemáticamente de tener los representantes que tenemos y de otorgarles la impunidad que le otorgamos.

– José María Aznar, principal culpable de la participación de España en la guerra de Irak nunca fue juzgado por ello. Sigue en libertad manifestándose contra el cambio climático y engordando su fortuna personal con diferentes negocios y asesorías.

– Tony Blair, ex primer ministro laborista sigue en libertad. Desde el cese de su actividad política se ha dedicado principalmente a trabajar como asesor para diversas empresas del sector energético y financiero y engordando su fortuna personal. En total, esta podría ascender a los 70 millones de euros.

– George Bush expresa en sus memorias que no se arrepiente de la invasión y guerra de Irak y dice que se siente muy enfadado al no encontrarse armas de destrucción masiva.

Aún ningún tribunal internacional ha juzgado a estos tres criminales de guerra creando esa sensación de vacío legal y de que todo vale en el marco de las relaciones humanas internacionales. Inclusive que los señores Bush, Blair y Aznar sigan paseando inmunes ante estos hechos.

La necesidad de ser radicales


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Hemos pasado unos bonitos días primaverales cargados de sol y buenas temperaturas por media Galicia. Disfrutamos de A Coruña, de Ourense y de Lugo. Hemos conocido a gente bonita, nos hemos codeado con seres hermosos con ganas de cambiar algo de sí mismos para ser una buena influencia en el mundo. Las intenciones de este tipo siempre son bienvenidas pero siempre saben a poco cuando vemos el estado general de todo cuanto nos rodea.

A veces nos dejamos llevar por la ingenua percepción de que todo está bien, de que si estamos en paz por dentro el mundo rebosa paz y de que si el amor fluye por tus venas el mundo resulta más amoroso. Basta una pequeña meditación matutina, tres sonrisas amables, una buena dieta y alguna buena acción los jueves por la tarde. Un curso de reiki y otro de yoga los martes y los miércoles complementarán nuestra buena voluntad y nuestra mirada amable. Esto está bien.

Pero el amor es débil si no se le dota de fuerza, de voluntad, y torpe si no viene acompañado de esa sabiduría, de esa razón que lo guíe hacia lo mejor. Y vivimos unos tiempos en los que aquellos que empiezan a descubrir la necesidad de ser mejores, de encender esa llama interior, deben reflexionar sobre la necesidad añadida de ser cada día más radicales en sus posturas, en sus afinados acordes hacia el nuevo paradigma. No se trata de convertirnos en salvadores de un mundo que va a la deriva, se trata de convertirnos en remeros de la galera Tierra para guiar su rumbo, para restaurar el equilibrio perdido hace algunas centurias. Sí, meditemos, vayamos a los cursos de turno, pero todo ello sólo como preparación para ir a las trincheras, a las galeras a remar, al sudoroso mundo del trabajo radical.

Ya no vale el camino medio, ya no vale el servir a dos amos, ya no vale entrar en la ambivalencia de levantarnos por la mañana con una intención y a medida que pasa el día contradecir la voluntad de nuestra alma con meros analgésicos cargados de epidermis. No vale hablar de amor al mediodía y cuando llega la noche y nadie nos ve ni nos reclama practicar el dolor sobre aquellos que aún están aprendiendo en la consciencia. Muchos dicen que no debemos aspirar a ser ángeles, que tan sólo somos meros humanos. Pero vemos que esa humanidad a veces ni siquiera es posible alcanzarla. Sí, nos levantamos por la mañana como humanos, pero a medida que avanza el día nuestro comportamiento y conducta se asemeja más a las fieras de la noche.

Solo basta mirar como nos alimentamos y como justificamos en el nombre de la consciencia el que todo está bien. Algunos incluso nos atrevemos a hablar de alimentación consciente cuando ni siquiera somos capaces de percibir el grito del ave o el atroz gemido de un ternero recién sacrificado. Es cierto que hay una necesidad cada vez mayor de nacer a un nuevo paradigma, a una nueva consciencia, a un nuevo devenir mundial para que la dualidad en la que vivimos se transforme algún día en un paso positivo por esta vida. Pero también es cierto que para que eso sea posible hay que navegar concienzudamente en la radicalidad de nuestra conducta y ver lo que ocurre tres calles de la nuestra. No buscando lo intachable, pero sí el radical esfuerzo por ser mejores. Y eso sólo se alcanza remando a toda vela.

(Foto: mujeres trabajando en la obra, India, 2014)

No todo está bien


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“¡Amor hermanos, Amor! Ni guerra ni violencia. La plegaria misma no basta, hermano Bernardo, se  necesitan acciones. Sin duda es dura y peligrosa la tarea de vivir entre los hombres, pero es necesaria. Es más fácil retirarse al desierto para rezar en él. Allí donde existan seres humanos medran el dolor, la enfermedad y el pecado. Y nuestro lugar está entre ellos, hermanos, junto a los leprosos, los pecadores, los famélicos… Me prosterno ante el poder infinito del Amor. ¡Ven, abraza a nuestros hermanos, ven y cumple tu milagro!” (El pobre de Asis).

En el mundo espiritual corre una frase muy manida que intenta justificar todo cuanto ocurre. Cuando llegamos a la India e intentábamos comprender tantas y tantas contradicciones siempre era fácil escuchar esa frase: “todo está bien”. Es evidente que cuando entras en un asrham donde todo es armonía, delicado olor a incienso y limpieza esa frase puede ser aplicada a la perfección. En la paz de esos momentos no hay otra cosa que quietud y decoro, bienestar y plenitud.

Pero más allá de las puertas del templo hay un mundo ciego e inexplorado al que no nos atrevemos a acercar la mirada. A veces por miedo, otras por desconfianza y la mayoría por ceguera. Cuando conseguíamos vencer esos pesos inanimados de nuestro ser y atravesábamos la lujosa quietud nos encontrábamos con el otro mundo. Niños semidesnudos o ataviados con sucias telas, sin posibilidad alguna de ir a la escuela, trabajando de muy jóvenes ya fuera rompiendo piedras con una dura maza o cargándolas sobre la cabeza de un lado a otro para construir muros elocuentes. Mujeres inclinadas trabajando aún como lo hacen los animales, en forma horizontal, agazapadas a la tierra para ignorar el horizonte del mundo. Hombres que han perdido toda su dignidad y pasan horas y horas intentando acumular réditos en la inconsistencia de la vida. Sin duda no hace falta ir a la India para ver estas cosas. Pero allí todo es mucho más elocuente y el impacto en nuestras consciencias siempre es mayor.

Por eso a veces resulta insoportable esa mística, esa pseudo-espiritualidad que justifica todo y se lava las manos ante injusticias y atrocidades. No soporto verme meditando por la mañana por la paz del mundo mientras por la tarde ignoro la guerra que se teje en los slums, en las barricadas de la pobreza, en la mediocre condición humana. No puedo esculpir una oración en el plano de la belleza sin antes recoger toda esa suciedad que se arrincona a nuestro alrededor sin muchas veces darnos cuenta. Se nos rompía el alma cuando nos acercábamos, tras la meditación matutina, a ese mundo al que sólo podías acceder con la mirada de un payaso, con una sonrisa y una nariz roja capaz de atravesar los aledaños de ese más allá que aún pervive en nuestra tierra.

No, no todo está bien. El universo espera de nosotros que nos levantemos unidos en dignidad, que trabajemos por un mundo mejor para todos y que juntos realicemos la paz mundial. No todo está bien queridos, hay mucho por hacer, empezando por nosotros mismos y siguiendo por la pobreza de alma que nos rodea. Mucho por hacer en nuestros cuerpos, mucho por hacer con nuestras familias y amigos, mucho por hacer en nuestras calles y barrios. Mucho, y algo urgente por hacer, en el mundo en que vivimos.

(Fotos: Ese muro separaba un gran asrham de meditación de una realidad totalmente ignorada. Justo detrás de esos muros había un mundo extremo de pobreza, ignorada por todos los que allí estábamos recitando el mantra de «todo está bien». A pocos kilómetros, unas niñas acarreaban en su cabeza pesadas piedras para construir un muro).

De patrias y naciones


 OVEJAS

Los patriotas españoles defienden la unidad de España como nación y estado. Los patriotas nacionalistas defienden la desintegración de esa unidad para crear un nuevo estado.

Ambas concepciones son ridículas y cansinas. Los abolicionistas del Estado, entre los que me incluyo, aborrecen ambas ideas porque nacen de un mismo pretexto: la necesidad imperiosa y terrible de poseer un dominio sobre el individuo.

La manipulación de las masas para ejercer ese control social es total. Es cierto que hoy día es una utopía perseguir el ideal de Proudhon, “sin amo ni soberano”, pero sin duda la disolución del estado no pasa por crear más estados, sino por fusionar los existentes en entidades mayores donde el poder se diluya cada vez más y el individuo ejerza la emancipación total de sus vidas.

España debería desaparecer como tal y fusionarse en una entidad mayor con Portugal y Andorra. Debería a su vez desaparecer toda esa jerarquía insufrible de amos y señores que gobiernan territorios y consciencias como si de aristocracia medieval se tratara. ¿Para qué un territorio como España necesita 17 prelados cargados de vasallaje y referente identitario? ¿Acaso no hay mayor identidad que la de no pertenecer a ninguna de ellas? ¿Para qué 17 reinos de taifas, guetos y esperpentos políticos que nos obligan a subordinarnos a más y más tributos sangrantes para el siervo-ciudadano? ¿Para qué una entidad mayor a la nuestra propia?

Proudhon lo expresó de forma clara: la propiedad es un robo. La propiedad de la tierra, de nuestras consciencias, de nuestra educación, del territorio, de la política, de la cultura, de nuestros impuestos, de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo e ilusiones, de nuestras casas, de nuestra identidad, de nuestra espiritualidad, … El Estado y sus instituciones nos roban constantemente, sutilmente, para mantener una jerarquía de poderes endogámicos que hemos heredado desde el origen de los tiempos. Todo ser humano desea poseer poder. Por lo tanto, todo ser humano desea robar. Y eso que llamamos Estado y Democracia no es más que la evolución perfeccionada del robo sutil.

Por eso el discurso nacionalista por un lado y patriota por otro de estos días parece un robo. Disculpen señores, ni catalán ni español, a lo sumo, ciudadano libre y de buenas costumbres en búsqueda de la virtud, como diría William Godwin. No me atribuyan ninguna condición ni mercantilicen mi identidad, única e irrepetible. No me asocien a estímulos irracionales, no distorsionen mi espíritu libre, no corrompan con sus discursos medievales mi condición humana. Dejen de robarme la vida y busquen en la virtud lo incidente que conforma la historia de nuestras vidas. Somos producto de esa causalidad racional, y por lo tanto, no determinen cómo debo pensar, cómo debo sentirme, cómo debo opinar o vivir.

Quiero ser ciudadano libre en un mundo libre, emancipado, maduro, inteligente, racional, ilustrado, generoso. Dejen las patrias y las naciones para los cursos de antropología. Dejen los estados para las clases de historia. ¿Tengo derecho a decidir ser libre de patrias y naciones?

Cornellà de Llobregat, libre y con salida al mar


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Vivir en un gran meandro siempre te hace diferente. De Cornellà siempre echábamos de menos que no tuviera salida al mar a pesar de que el río Llobregat que la baña vomita peces muertos gracias a la intensa industrialización de la comarca. Nuestra ciudad siempre fue diferente al resto de Cataluña y España. El seny de nuestro pueblo era una mezcla de gentes venidas de todas partes, primero de Galicia y Andalucía y Extremadura y luego de Marruecos, de Perú o de China, los cuales conviven pacíficamente con los autóctonos de la tierra, descendientes de payeses y personas del campo. Una ciudad cuya identidad era precisamente la falta de la misma y cuya política extrema la dibujábamos con aquellos carteles que colgábamos por toda la ciudad diciendo: “Vota a Rasputín”. Multiculturalidad, multilenguas, multiplicidad de casi todo.

Alguna vez antes del siglo XIV pertenecimos a las Franqueses del Llobregat, un territorio amplio cuyos privilegios aún añoramos. En aquella época, y antes de que existiera el decreto de Nova Planta, esos territorios fueron libres de todo tipo de lezdas reales, impuestos varios y otros tributos que en nuestro presente tenemos que pagar por partida triple.

Ahora vegetamos un tiempo de cambio, de posmodernidad. Vivimos el fin de un ciclo y el inicio de una nueva sociedad donde lo único que permanecerá será el cambio y la emancipación constante. Y a ese cambio queremos sumarnos los ciudadanos de Cornellà. No queremos despegarnos del espíritu de los tiempos y queremos, libremente, solicitar al gobierno de Cataluña y de España nuestro derecho a decidir. Nuestro seny y nuestra no-identidad nos obliga a pedir y solicitar democráticamente bajo los auspicios del espíritu de Rasputín nuestro derecho a la emancipación.

Nuestros argumentos son claros:

1)   Somos diferentes: multiculturales y multiraciales.

2)   Sentimos que la metrópoli de Barcelona, Cataluña en su conjunto y España en general nos expolian con impuestos abultados e injustos.

3)   Queremos decidir libremente sobre nuestro futuro.

4)   Anhelamos, al igual que los anhelos de los países catalanes, aumentar nuestro territorio y conseguir de paso salida al mar. Este es el sueño real de todo cornellanense. Creemos que nuestra identidad multicultural traspasa nuestras propias fronteras.

5)   Queremos recuperar nuestros derechos históricos y reivindicar la constitución de la nueva “Franqueses del Llobregat”.

6)   Deseamos llamarnos a partir de ahora “Kornella”, sin más, o, en todo caso, Franqueses de Kornella.

Refiriéndonos por lo tanto a nuestros argumentos económicos, territoriales, democráticos e identitarios, hemos decidido convocar un referéndum cuya pregunta será:

“¿Quiere usted que Cornellà sea independiente? Y si es así, ¿con salida al mar?”

En nombre de la libertad de todos los pueblos y todos los sentires, la emancipación real de todos los ciudadanos que deseen abrirse paso ante el yugo de cualquier tipo de leviatán, que así sea por el bien de la humanidad y la libertad.

 

Hacia la economía sumergida. La insumisión fiscal como medida de presión


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Al llegar a casa tras un viaje a Cataluña, una región que pronto se presentará como insumisa al estado de derecho, me encontraba un mail de una estimada colaboradora de la editorial preguntándome qué debía hacer para declararse insumisa fiscal. Cuando me hice insumiso al servicio militar y estuve cuatro años en caza y captura lo hice con consciencia, a consciencia, por consciencia. Cuando hace unos años me declaré insumiso fiscal fue también desde una posición ideológica consciente. No se trataba de ahorrarme un dinero en momentos de crisis, se trataba, como diría Thoreau, de no participar en un sistema injusto.

Es cierto que intento ser escrupuloso con las cuentas de la editorial para no deber nada a nadie, ni siquiera al Estado. En estos siete años ni siquiera me he puesto un sueldo en la empresa viendo la debilidad de las cuentas y lo insoportable que sería para la misma el acarrear con un sueldo de directivo o gerente. La supervivencia de la empresa ha sido posible siempre gracias a la astucia de no computar gastos innecesarios y a la fortuna de no tener deudas con bancos. Una empresa con economía austera y una vida personal temperada y sin excesos ha permitido el milagro de la supervivencia. La empresa, en los dos últimos años, ha experimentado un ligero repunte de mejora gracias a grandes sacrificios y consideraciones.

Pero en toda esta experiencia emprendedora y empresarial me he dado cuenta de lo desamparado que está aquel que intenta crear algún tipo de riqueza en este país. Un país donde el salario mínimo es algo menos que la mitad del salario mínimo de su país vecino. Y ahora con la subida de la cuota de autónomos resulta que dicha nueva cuota es la mitad del salario mínimo.

Cuando un autónomo entrega prácticamente su vida a la valiente tarea de llevar a cabo lo imposible, resulta que se enfrenta con todas sus consecuencias. No puedes enfermar, no puedes faltar al trabajo porque si lo haces no cobras, no puedes prácticamente hacer nada de lo que un asalariado normal podría hacer en justo derecho. Lo arriesgas todo, lo pierdes todo y nada ni nadie te ampara.

Hoy decía en el coche a las personas que me acompañaban que estamos en un tiempo en el que no valen las medias tintas, ni esos dobles juegos con el sistema donde nos dejamos seducir a la primera de cambio. Debemos ser cada día más radicales en nuestras posturas cotidianas. Y creo desde la más profunda de las consciencias que la insumisión fiscal es una radical forma de manifestarnos ante un sistema radicalmente injusto. Y no siendo esto suficiente, creo necesario seguir profundizando cada día más en esa radicalidad y dejar de colaborar tajantemente en este absurdo irracional. Sólo deconstruyendo lo antiguo y centrando nuestros esfuerzos en algo nuevo podremos de alguna forma empezar de nuevo. Este afán recaudatorio para pagar ese insoportable treinta por ciento de deuda en los presupuestos no es sólo injusto, también es irracional. Y además, un expolio de los de verdad, no como ese del que hablan algunos nacional-territorialistas.

¡Sencillez, sencillez, sencillez! ¡Simplicidad! ¡Simplicidad!


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«Me fui a los bosques porque quería vivir a consciencia. Quería vivir intensamente y sorberle todo su jugo a la vida. Abandonar todo lo que no era vida, para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido.» H.D. Thoreau

Estos son los alaridos que un lúcido Thoreau gritaba desde su cabaña en el lago Walden. Reducir la vida a la sencillez para intentar sacar todo su jugo. En varias ocasiones he intentado copiar ese estadio donde los asuntos sean dos o tres y no un centenar. Un día dejé todo lo que hacía en la gran ciudad, vendí mi casa y abandoné mi trabajo para desarrollar la vida sencilla en mitad de la montaña. Lo conseguí a medias. Me costó entender que la vida sencilla no se puede manifestar en lo exterior si primeramente no ha penetrado en lo interior. Si estamos cargados de patrones complejos no importa cuan lejos te marches. Esos patrones te persiguen. Esa fue mi gran enseñanza.

Cuando me di cuenta, había creado en mitad de la montaña una gran casa y me había enrolado en mil asuntos. Cuando la gran casa estaba terminado retomé a Thoreau y puse entre sus grandes paredes y ventanales una pequeña mesita y una cama. Eso era todo, eso era suficiente. Me marché de nuevo al bosque, un bosque lleno de caballos y de fríos inviernos donde las tres o cuatro cosas esenciales era alimentar la chimenea y recolectar los frutos de la tierra.

Pero los vendavales interiores, las estructuras que llevamos parejas en nuestro más esculpido proyecto personal y social es muy complejo. ¿Cómo volver sencillo lo que durante épocas ha sido dotado de complejidad? A pesar de los intentos y la experimentación, tardas años o vidas en comprender que lo sencillo está ahí al lado, está brotando a raudales de la propia vida.

Lo hablaba hoy con un buen amigo mientras recordábamos “El Club de los Poetas muertos” donde se dan cita mis queridos Whitman y Thoreau. Esa complejidad nos hace alejarnos de la vida. Las ciudades, sus estímulos, sus ruidos, la pura supervivencia para llegar a fin de mes y poder comprar esas bonitas llantas de aluminio para nuestro coche… Complejo y rozando lo absurdo. Siento perplejidad cuando lo pienso desde la sana consciencia y el razonable juicio. ¿Qué estamos haciendo con nuestras vidas?

Quizás no haga falta marcharse a los bosques para vivir a consciencia, pero admito que a pesar de la libertad de la que ahora gozo, cada día resulta más complejo el no pensar en hacerlo. Construir esa cabaña con madera de treinta metros cuadrados donde tener una mesa para escribir y una cama donde dormir. Algo de leña para el invierno. Trabajar en la huerta y recolectar frutos del bosque. Pasear y poner a prueba la vida, hacer frente a sus hechos esenciales y saberme sabedor de su cercanía y serenidad. No quiero ver pasar los años pensando que todos y cada uno de los días han sido iguales, sin nada especial que relatar o compartir, sin nada que merezca el recuerdo. Cuando repasamos los años vividos, ¿qué cosas son aquellas que con más intensidad han merecido guardar un trozo en nuestra memoria? ¿Y si pudiéramos llegar a esa conclusión y recuerdo profundo cada uno de nuestros días? Esa es inevitable llamada del guerrero, del Arjuna que todos llevamos dentro. Es la voz de la selva la que reclama su justo lugar en nuestras vidas. ¿Valentía? ¿Decisión? ¿Arrebato? Me presto a ello y vigilo atento la oportunidad. Sencillez, simplicidad. Todo está a punto.

(Fotos: Algunas imágenes de mi vida en los bosques en Alemania, 2007)

Cuando el individuo siente, la comunidad tambalea


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Esta es una frase sacada del libro de Huxley , “Un mundo feliz”. No le falta razón. La sociedad ha construido un sistema cargado de paliativos para olvidar quienes somos. Vivimos totalmente narcotizados en un sistema donde el trabajo burocrático anula al individuo que, sin más recursos, provoca un aislamiento voluntario que pretende paliar con la búsqueda de diversión, de consumo de unas cosas por otras y de atomización mediante la búsqueda de placer fácil e inmediato.

Erich Fromm ya nos decía que el hombre moderno está enajenado de sí mismo. Rabia de soledad que disimula a golpe de profundos sentimientos de soledad, de angustia y de esa culpa que nos mantiene siempre a raya de nosotros mismos. Pero la sufrimos en silencio, en aislado silencio por temor al qué dirán o lo peor de todo, por miedo a la sospecha, al estigma.

Nos han capado desde muy pequeños la capacidad de soñar, de pensar diferente, de sentir diferente. Si hacemos algo que pueda dañar la imagen de lo correctamente asumible, pronto somos desahuciados, despreciados y señalados. La muerte del individuo que siente por sí mismo, que es capaz de emanciparse de esas costumbres a veces excesivamente absurdas o de esas normalizadas formas de tratarnos los unos a los otros y los otros con el resto del universo sintiente, es inevitable. La droga que nos anula se infiltra en hábitos adquiridos desde muy pequeños sin que, por su normalidad, nos parezca extraño su consumo. La permisividad pública daña al individuo que aspira a cierto grado de libertad, hipnotizando su libre albedrío en pro de la hegemonía cotidiana.

El mundo entero se convierte en un gran objeto de nuestro apetito. No somos capaces de contemplar el mundo y su belleza sin mercantilizar ese sentimiento, o intentar comprar algo que por pueril, remarca nuestra tendencia a traficar y consumir con todo cuanto vemos.

¿Qué pasaría si ahora alguien dejase de comportarse de esta forma tan irracional? ¿Qué pasaría si alguien lanzara la voz de aviso, y dejara eso que se dijo hace dos mil años: “deja las redes y sígueme”? ¿Qué pasaría si dejáramos de pescar peces y nos dedicáramos a pescar almas? ¿Qué pasaría si dejáramos de deambular zombis por este gris asfalto para abrazar la sublime manifestación de la naturaleza y sus mil maravillas? ¿Qué pasaría si cada vez fueran más los individuos que sintieran de esta manera? ¿Tambalearía la comunidad, el sistema artificial y macabro que hemos construido? ¿Qué fe, fuerza o valentía aún nos falta para dar ese salto, para ser francos con la vida y abrazar la libertad de emanciparnos de lo caduco y rancio?

 

(Foto: © Tomasz Alen Kopera)

La mala consciencia


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Hoy es el Día Internacional contra la Violencia de Género. En las últimas presentaciones que hemos hecho del libro Voces Prestadas, de Grela Bravo, casi me tenía que morder la lengua ante esa visión detestable de la violencia en general esculpida desde los altares de una sociedad hipócrita que por un lado se queja de cualquier cosa y por otro no hace absolutamente nada para erradicar el mal, ningún tipo de mal.

Como hoy decía a unos amigos, no puedo opinar porque estoy en un proceso interior de radicalidad en el que me cuestiono plenamente todo el sistema y todas las cuestiones con referencia a esa hipócrita actuación individual y colectiva. Constantemente entramos en contradicciones, pero en este momento de nuestra existencia vital, donde todo parece arto delicado, la supervivencia y la vivencia nos indican que debemos hacer algo más que fingir cierta queja, reflexión u opinión sobre unos y otros asuntos.

En la segunda edición de “Creando Utopías”, en las primeras páginas, ya hablo del narcotizante estado en el que nos encontramos, y de como parece casi imposible trasladar cierto halo de lucidez a un mundo enfermo. Lo más sensato sería no participar del mismo, o hacerlo en la menor medida de lo posible. Los gestos positivos son necesarios, pero tal y como está el patio, la sugerencia con respecto a la urgencia de actuar necesita, necesariamente, algo más que gestos. De ahí la premura de cierta radicalidad en los planteamientos y en los actos. Especialmente los actos, la conducta, los hechos.

El otro día un ser hermoso, ante nuestra sorpresiva y estupefacta cara, nos decía que de alguna forma no importaba nada aquello que hacías si lo hacías desde la consciencia. Se me vino el mundo abajo. ¿De qué tipo de consciencia estamos hablando? ¿Fumar con consciencia, golpear con violencia con consciencia quizás, digerir cadáveres animales con consciencia, matar en una guerra suicida con consciencia, apoyar causas como el juego, la pederastia, la prostitución, el Eurovegas, las carreras de caballos o lo que sea con consciencia? ¿Es eso posible? Entoné alarmado.

No se trata de entrar en un discurso puritano, pero si que debemos empezar a cuestionarnos como sociedad qué estamos haciendo con nosotros mismos y con nuestro prójimo y nuestro entorno. Nos quejamos de los desahucios pero seguimos con nuestros ahorros en los mismos bancos. Nos quejamos de que nos echan de los trabajos pero seguimos suplicando a los patronos que nos den trabajo en vez de crear el nuestro propio. Nos quejamos de las guerras pero seguimos consumiendo productos de empresas que las fomentan. Nos quejamos del vicio, de la perversión, de lo infame pero seguimos apoyando todo tipo de empresas que fomentan esta bajeza social y moral (perdón por la palabreja). ¿Y qué decir de los políticos? Hoy comíamos con unos amigos en un conocido restaurante vegetariano cerca del Congreso y allí estaba, paradojas de la vida, uno de los diputados abanderados sobre las corridas taurinas. Y ahí están y estarán porque seguimos votándolos en nombre de la consciencia, de vete tú a saber qué consciencia.

Hoy también hablábamos de la votación que han hecho en Suiza para consultar el coto a los salarios más altos. El planteamiento además resulta hipócrita en un país que vive del secreto bancario promovido por grandes fraudes, grandes tramposos, grandes escarceos, grandes traficantes de todo tipo y grandes mercenarios. El doble juego parece obsceno. Cada vez resulta más difícil servir a Dios y al César. Lo siento, pero la doble moral (perdón) y el hacer las cosas con según que consciencia ya no sirve. En un país donde hay un desahucio cada quince minutos ya no podemos seguir opinando sobre la moral, sobre la consciencia o sobre el bien y el mal. Es hora de actuar. Es hora de quitarnos la máscara como individuos y sociedad. Es hora de la urgencia de actuar.

(Foto: © Misha Gordin)

No cedamos nuestro poder


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Siempre nos quejamos de los poderosos. De los políticos que administran mal nuestros logros sociales, de los banqueros que administran mal nuestros ahorros, de los financieros que especulan con las empresas que tanto sudor costó levantar, de los empresarios sin escrúpulos que juegan con nuestros puestos de trabajo como si se tratara de una peonza a punto de tumbarse ante el peso de la gravedad.

Nos quejamos continuamente, constantemente, pero no cesamos de cederles nuestro poder. Cuando votamos al político de turno, cuando compramos los productos a unas empresas y no a otras, cuando guardamos nuestros ahorros en unos bancos y no en otros, cuando cedemos nuestra soberanía y emancipación a cambio de un mísero puesto de trabajo, sin prepararnos en la vida para crear nuestro propio trabajo, nuestra propia actividad.

Estamos siempre instalados en la queja continua pero es poco lo que hacemos para provocar el cambio. Ni siquiera tomamos conciencia del poder que ejercemos diariamente con nuestros actos, con nuestros pequeños votos como consumidores, como agentes sociales.

¿Nos hemos preguntado alguna vez qué es aquello que no nos gusta? ¿Y hemos hecho algo realmente para que eso que no nos guste cambie? Y si somos agentes de ese cambio, ¿nos hemos convertido en evangelizadores convincentes? ¿Hemos sido capaces de convencer a nuestras familias, a nuestros vecinos y a nuestros amigos de que ese cambio es posible con nuestros pequeños actos diarios? ¿Hemos sido capaces de transmitir esos nuevos valores, esa necesidad urgente de transformación a las nuevas generaciones? ¿Hemos sido lo suficientemente poderosos en nuestro entorno más inmediato para ejercer una correcta y positiva influencia? ¿Hemos conducido con sabiduría nuestros actos diarios, hemos sido capaces de ejercer el amor y el respeto, sin ofensa, pero con fuerza y voluntad irreductible para convertir nuestro medio en ese paraíso soñado, en esa utopía necesaria?

Al menos reflexionemos, pensemos, salgamos de la intoxicación que supone vivir en una sociedad narcotizada por todo aquello que nos aleja del juicio crítico. Seamos capaces de potenciar la autocrítica y no cedamos nuestro poder.

(Foto: © Pedro Díaz Molins )