Mañana más… Ayer fueron los funcionarios, mañana los desempleados, pero sobre todo, los que seguimos apoyando abiertamente todas estas movilizaciones estaremos otra vez allí… Ojalá mañana de nuevo seamos legión…
"Hoy, antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante". Walt Whitman
Ayer no vi en las manifestaciones a ningún miembro de esos nuevos partidos patéticos que están naciendo para proteger sus propios intereses. Ni siquiera vi un simple comunicado que hablara de la delicada situación, excepto para hablar de la banca y la necesidad de que circule el crédito, único interés real de aquellos que ostentan u ostentaban el poder oligárquico de nuestra economía.
Por eso las bases de su ideario caen por su propio peso. La sociedad civil, la real, y no la imaginaria, estaba ayer en la calle, gritando indignados, pero ni siquiera por ellos, sino, y esto me alegró, pensando en las futuras generaciones. ¿Cuál será nuestra herencia?
Y allí si estaban los que realmente están hartos del Sistema, y de cómo el mismo es protegido a base de balas de goma. De repente, todo el mundo se había convertido en antisistema. La vecina del quinto piso, la madre de familia, el albañil, el bombero, el policía. Si hacía recuento, estaban todos. Todos excepto los políticos y los banqueros, claro. Porque si tomamos buena nota, los unos dependen de los otros para que la oligarquía pueda continuar en su poder. Y los que fueron expulsados, si tomamos buena nota, desean regresar a esa oligarquía, aunque para ello haya que utilizar la puerta de atrás engañando a unos y a otros como se está haciendo.
Lo bonito de ayer es que se escuchaban frases antisistema que salían de personas normales, de amas de casa que gritaban en las puertas del Parlamento y de padres de familia que agitaban a las masas con una indignación nunca vista.
El Sistema está quebrado. Lo estamos viendo y estamos siendo testigos de su desmoronamiento. Unos se aferran al mismo intentando salvar un Titanic que se hunde. Otros comprenden que no podemos volver la mirada atrás, que ya lo hemos perdido casi todo y que lo único que nos queda, si es que esto es posible, es levantar la cabeza y empezar de nuevo. Pero hacerlo desde otra perspectiva, con la lección aprendida, y sin repetir viejos patrones.
Sigo pensando, cada vez más, de que es hora de salir a la calle y seguir reclamando, cueste lo que cueste, lo que nunca debió perderse por el camino: igualdad, fraternidad y libertad.
Son las tres de la madrugada. Acabo de llegar en retirada después de una jornada larga y dura. Hoy éramos legión. No eran cuatro, ni diez, ni cientos. Se contaban por miles. Había policias, bomberos, sanitarios, educadores, funcionarios de todos los tamaños y formas. Por un momento me indigné. La gente solo sale a la calle cuando les toca su propio pan. Pero ahí estaban, y eran legión. Cómo siempre, un innumerable grupo de personas nos dirigimos hasta la Bastilla-Parlamento. Esta vez con los bomberos de abanderados y protectores. Dos horas frente a frente ante los antidisturbios, con una tensión exagerada y un aliento terrible y desesperante hasta pasada la media noche en punto. La gente enfurecida quería llegar al Parlamento. Pero un ejército de policías lo impedía. De repente, detuvieron al cabecilla de los bomberos y estos, ante el chantaje policial, empezaron a retirarse poco a poco. La gente, el pueblo, quedó de nuevo indefenso y la policía no tardó ni diez minutos en cargar contra todos nosotros, ancianos y mujeres incluidos. Muchos cayeron al suelo llenos de sangre y quedamos todos indignados ante la desproporción de lo ocurrido. ¿Cómo era posible que ciudadanos pacíficos que luchaban por los derechos de otros ciudadanos armados hasta los dientes sufrieran el atropello de estos? Nadie entendía nada, y la frustración crece y crece. Y mientras estaba allí corriendo y esquivando las bolas de goma me preguntaba como se defiende un ciudadano ante el terrorismo y la amenaza del Estado. ¿Qué tiene que hacer el ciudadano de buena voluntad para no sufrir estos increíbles atropellos? ¿Cómo y quién nos defiende? ¿Cómo nos podemos organizar y defender del poder económico y político establecido y custodiado por sus perros guardianes? Hoy ha sido todo desmesurado e indignante, y el pueblo cada vez más se va enfadando y enfadando. Estamos al borde de la revolución social, si es que no ha comenzado ya…
(Foto: El hombre que se ve subido en la valla estaba intentando dar flores a los policías. De nada sirvió. En dos horas tuvimos tiempo de hablar con ellos, incluso bromear de algunas anécdotas. Pero luego recibieron órdenes y cargaron sobre nosotros. A algunos se les notaba dolidos por todo lo que estaba pasando. Otros, tras la carga, disfrutaban del trofeo con una chulería y un cinismo repugnante).
Neptuno cabalga las olas sobre caballos blancos. Su fuerza será esta noche nuestra guía. Su poder será nuestro estandarte. ¿Por qué, aunque se está mejor en la piscina o viendo un partido de críquet con el calor que hace vamos a estar esta tarde en Neptuno? Aún no lo sabemos, pero hay una fuerza mayor que nos empuja a ello, una especie de unidad psíquica humana que nos azota, que nos aleja de la pereza propia de estos días y nos auto dirige hacia la plaza, la calle, el pueblo. ¿Qué fuerza es esa capaz de empujarnos fuera de la televisión, de la séptima de Beethoven en nuestro sofá o de la comodidad tranquila de una tarde de verano? ¿Qué cosa es esa que no podemos entender ni dominar, pero sería capaz de cualquier cosa con tal de estar ahí, pase lo que pase? Cuando vemos las matanzas de Siria, nos preguntamos: ¿qué cosa es esa que hace que miles de personas den su vida por un sentimiento absoluto de libertad? ¿Qué fuerza es esa que ha arrastrado a la humanidad hacia revoluciones, cambios y conquistas, aún a riesgo de su propia integridad? ¿Qué cosa es esa, tan poderosa y digna, que nos mueve y nos conmueve con solo pensarla? ¿Qué clase de despertar es este que nos arrebata de la cordura perversa y nos arrastra hacia un mundo de total incertidumbre? Algo ha muerto en nosotros, algo que no podemos describir ni mostrar, y algo más grande y más humano está naciendo hoy. Así que, esta tarde, seguiremos las sinergías de la poderosa fuerza que nos arrastra hacia el cambio, hacia el resurgir de un nuevo mundo. Dejaremos nuestros espacios de comodidad y seguridad para fortalecer la llama de la nueva buena. Y allí, en la plaza, en la calle, de nuevo seremos UNO.
»Formamos parte de una sociedad tan enferma que a los que quieren sanar se les llama raros y a los sanos se les tacha de locos» (Jiddu Krishnamurti)
Cuando leía en la prensa la noticia de que un exconsejero de la Generalitat era acusado de contrabando de tabaco, me preguntaba muy seriamente y algo enfadado qué tipo de clase política nos está gobernando. Sólo a un anodino se le ocurre hacer ese tipo de cosas. Como los casos de corrupción nos salpican todos los días, la conclusión es que estamos en un país de mediocres, de palurdos y de patéticos. La corruptela y el engaño es tal que a uno se le quita las ganas de casi todo excepto de intentar poner orden en ciertas ideas para ver si tienen algo de lógica.
Antes todo esto era evidente, pero como nadie nos quitaba la paga de Navidad no importaba. La adormidera era tal que vivíamos en una sociedad anestesiada, satisfecha con sus pagas extras y sus vacaciones en la playa y nos importaba un comino si el político de turno robaba a diestro y siniestro, o si estábamos gobernados por retrasados mentales, chapuzas o bucaneros embusteros.
Pero solo con la intención de poner un poco de orden estructural en todo esto, veamos la diferencia entre un mediocre, un palurdo y un patético que llega a la política y a cierto grado de poder.
El mediocre es aquel que sin mérito alguno excepto el de manipular a unos y a otros llega hasta la cima. El palurdo es el elegido por el mediocre para que continúe su labor a sabiendas de que el segundo, por palurdo, siempre podrá ser manipulado y engañado por el mediocre. Eso le permitirá engañar al palurdo siempre que lo necesite, quitando, por ejemplo, al alcalde de una importante ciudad de su puesto para colocar a su señora mujer o poner a su hermano o familiar de turno donde el mediocre diga. El patético sería el que se quita de alcalde siguiendo las órdenes del palurdo que obedece al mediocre, persona que además nos mete en una guerra mientras jugaba a los cowboys poniendo sus pies encima de la mesa mientras fumaba un gran puro. La imagen de un mediocre absoluto que nos llevó a la guerra llevándose consigo no se sabe cuantas vidas humanas nuestras y ajenas mientras que ahora pasea tranquilo rodeado de palurdos y patéticos que le doran la píldora a cual héroe.
Otro ejemplo de patético es aquel del quiero y no puedo, pero vendo mi moto, mi abuela y mi alma con tal de seguir los pasos del mediocre, convirtiéndose así mismo en un mediocre más, que además habla y gesticula como un auténtico palurdo. De esos imitadores de lo horrendo veremos muchos en estos días de crisis, porque la crisis aviva la popularidad de lo patético.
Así que vivimos en un país que no tiene remedio, porque la lucidez, alejada de la plaza pública, jamás encontrará hueco entre lo dramático de las turbas que hemos descrito más atrás. Eso sí, ahora que no tenemos crédito para seguir comprando fincas, yates y vacaciones en el mar a costa de engañar a unos y a otros, sigamos patéticamente el juego de la mediocridad. Sigamos engañando, a unos, a otros y a nosotros mismos, porque en el fondo, es lo único que esta sociedad nos enseña.
No merece la pena. Estos mineros son unos trasnochados que quieren dinamitar la ley, la civilización, el poder. ¿A quién le interesa el carbón en pleno siglo XXI? ¿Cómo se puede estar subvencionando aún un sector en quiebra? Si vais a la Marcha Negra eso os obligará a mancharos las manos de realidad, de familias en peligro, de padres sin sueldo ni futuro. ¿A quién le interesa eso? Es mejor quedarnos en casa, escuchando música de Wagner (os recomiendo la trilogía del Anillo del Nibelungo), contemplando como crecen alegres nuestras plantas en el jardín, regando flores, amasando pan con nuestras manos o viendo un programa de televisión que distraiga nuestra mente cansada. Sigamos amando la natureza y el amor a la libertad de nuestra pequeña parcelita.
No acompañemos a la Marcha Negra, pues no es más que el sustrato de una decadencia inevitable, de un mundo que se acaba gracias a nuestra generosa ensoñación. Esta noche, mientras ellos gritan y dinamitan nuestro hermoso estado del bienestar, mejor nos quedamos en casa. Porque así no tendremos que pensar en exceso sobre las mentiras del poder, sobre la subida del IVA, que no es más que un apretado ajuste necesario en el tripalium de nuestras vidas.
No vayamos esta noche a ninguna parte, sigamos durmiendo tranquilos, porque así, si se acabara el mundo conocido, al menos habremos soñado bajo los auspicios del Rio Dorado, esa masa aurífera que descansa en el fondo de todos nosotros, y que, al ser robada forjándose con ella un anillo mágico, éste nos concede el poder de dominar el mundo, asumiendo el precio de la maldición que nos obligará, como en el drama de Wagner, a renunciar al amor y la libertad.
Pero algo ocurre, algo me posee, una visión. Veo que al otro lado un grupo de inconscientes están reclutando voluntarios para derrocar al Sistema. ¿Qué hacen? ¿Por qué no se unen a la Marcha Negra? ¿Quizás por no manchar sus pulidos trajes de seda? ¿Quizás por no poder atender a la Realidad en su justa medida? Ya vienen, ya se escucha la Cabalgata plagada de Valquirias Negras… ¿Qué clase de visión o negación psicótica es esta? Me estoy volviendo loco, nos estamos volviendo locos… Me voy a leer un poco, quizás lea algún capítulo de I Saw The World End (Vi el mundo acabarse), de Deryck Cooke.
«Otros me veneran y actúan por mí, con el sacrificio de la visión espiritual. Me adoran como el Uno y el múltiple» (Bhagavad Gita)
Hemos querido salir corriendo como niños para sentarnos en el polvo. La oscura y solemne penumbra sigue su discurso disonante, contradictorio, carente de sentido. Dios contempla nuestros juegos y olvida al sacerdote, sumido en su papel y traicionero de la esencia original del mensaje.
¿Qué significa una espiritualidad diferente? Unos piensan que significa entrar en el templo, practicar sus rituales, seguir los sermones del sacerdote, adular su audacia por conocer y explicar tan bien las tablas de la ley. Muchos piensan que si el sacerdote nos indica un camino, lo mejor es quedarse con el dedo y sus señales, porque es el sacerdote, diga lo que diga, lo importante. Pero el templo es rígido y oscuro, y se teje un macabro plan para encapsular el mensaje, para crear bajo su base un afán de venganza. Adular al sacerdote es la verdadera espiritualidad para algunos, pero los niños corren fuera del templo y juegan en el polvo.
A muchos nos gusta leer y escribir sobre el amor, la amistad, la lealtad, el perdón, el respeto y todos los más altos valores. Es bonito teorizar sobre cualquier cosa. Inclusive sobre el templo y sus columnas, sobre sus grietas, sobre su oscuridad brillante. Pero el amor no se puede contemplar desde la ciega intelectualidad. Ni la amistad se demuestra desde la sumisa obediencia. Ni la lealtad forma parte de los precipicios a los que a veces nos abocan. Y el perdón solo puede practicarlo aquel que llaman el Hacedor, porque el humano, en su pobre osadía, jamás podría entender los mecanismos por los que todo cuanto existe es tejido y dirigido hacia el Propósito primigenio. Y por eso los niños salen a la luz del día y expresan desde su inocencia, sin esconderse, todo aquello que sienten y piensan. Y allí, entre juegos y cantos, practican el alto valor de ser ellos mismos, sin miedo a lo que dirá ningún sacerdote o su séquito. Los niños no creen en el amor y la amistad. Simplemente la practican desde la inocencia, entre el polvo, ensuciando sus manos en sus juegos y abrazando la pobreza y la humildad del mundo real. No creen en los grandes púlpitos plagados de riquezas desde donde se habla de justicia y solidaridad, palabras que jamás han podido practicar, creando con ello una mentira que algún día se retorcerá ante el sanedrín. Ellos no perdonan, simplemente lanzan la pelota lejos y corren alegres hacia ella.
Los niños que juegan en el polvo no tienen ataques de ira, ni dan patadas a ningún andamio del templo podrido. Simplemente golpean el balón y salen corriendo detrás de él. Son conscientes de que todo es un juego, y corren desapegados de cualquier púlpito o creencia, ignorando la mentira, pero advirtiendo con sus juegos sobre la misma.
Y en el templo, donde todo es oscuro, el sacerdote solo puede hablar de oscuridad, mientras que el abismo, de tanto contemplarlo, acaba penetrando en él, traicionando la alegría de los niños y la luz del mensaje original.
En Tailandia se acaba de descubrir la mosca más pequeña del mundo con apenas 0,4 mm de longitud. Pertenece a la familia de las Phoridae, las cuales se caracterizan por poner sus huevos en los cuerpos de las hormigas, haciendo que sus larvas se alimenten de sus cabezas causando finalmente la decapitación.
Ayer veía entusiasmado el fútbol. Me sentía grande y dichoso, feliz por la victoria y orgulloso por pertenecer a algo tan grande. España, ese país de conquistadores (aunque fuera a base de botijos y burros como despectivamente afirmaban nuestros eternos enemigos los ingleses), por fin había recuperado su confianza.
Pero mientras veía el futbol me rascaba nervioso la cabeza. No hacía más que acordarme de esas increíbles moscas que se alimentan de las cabezas de las hormigas hasta decapitarlas y por un momento sentía como si cientos de ellas estuvieran arrancando de cuajo un trozo de mi cuero cabelludo.
Luego veía al príncipe y al presidente del gobierno como se estrujaban en el palco presidencial de alegría y dicha cada vez que uno de los nuestros metía un gol entre maderámenes. Estaban radiantes por la hazaña roja, recordando los gloriosos tiempos en los que celebrábamos eventos de mayor envergadura.
Y a cada gol, más me picaba la cabeza sin entender qué me estaba sucediendo. Pero imaginaba cientos de moscas parásitas degollando mis neuronas, arrebatándome ese tiempo preciado, inyectando larvas sanguijuelas que provocarían en un futuro próximo mi propia decapitación. Me imaginaba, a cual horrible obra kafkiana, a esas moscas con cabezas de príncipes, de diputados, de gobernadores, de presidentes, de generales, de embaucadores financieros que pretendían chuparme hasta el último átomo de mi sangre. Sentía como si ese espectáculo formara parte de alguna macabra obra que aún no hemos llegado a entender.
Cuando terminó el partido sentí cierta angustia. Escuché en otro canal los lamentos de las personas que habían perdido su casa con el fuego abrasador valenciano. Sentía pena por los presos de consciencia y por sus familias, por los sirios y su terror, por el África que se muere y sentí pena y cierta aberración por el espectáculo de ver a millones de personas saltando en la fiesta del espectáculo rojo mientras todo eso pasaba.
Y sentí angustia y dolor, incluso me dieron pena las moscas, las reales y las arquetípicas, las obreras y las esclavas. Sentí ganas de morir al mundo mentiroso y buscar, aunque fuera lo último que hiciera, un trozo de luz, de verdad, de lucidez que apartara de mí la imagen viva de la escena.
Pero luego vi la belleza de la marea roja, sus mujeres saltando, los héroes abrazando a niños y mayores, la noche radiante por la victoria pagana, y me dije consolado: la sarna con gusto pica menos.
El poder tiene sus peligros. Cuando lo alcanzas pierdes cierta noción de la realidad. Hasta el punto de que se pierde la noción entre lo que está bien y lo que está mal. Uno se endiosa o cree saberse poseído por algún tipo de asignación divina que le da derecho a aplastar a cualquier gusano, si fuera menester del gusano el pasar por el camino del endiosado.
Los gusanos, por utilizar el mismo símil, no pueden más que dejar caer el peso del endiosado sobre su débil cuerpo que, sumiso y apacible recibe la cantidad suficiente de fuerza como para desaparecer del mapa en una espesa diarrea verde.
Eso ha ocurrido históricamente en el tiempo y en cualquier espacio. Cuando uno pierde la noción de ese contacto con la realidad, termina por convertirse en tirano. Lo vimos en Libia, lo vemos en Siria, lo vemos en Bankia últimamente y lo vemos en aquellos ejemplos de nuestra historia reciente y de nuestros personajes de la actualidad que, creyéndose endiosados, obran con unos y con otros de forma tiránica.
Lo he vivido en mis propias carnes en estos tiempos difíciles, donde personas próximas de repente se han endiosado y se han creído con el beneplácito de coger lo que no es suyo, o de dar y quitar prebendas a su antojo. Hoy te doy esto porque me conviene y mañana te lo quito porque ya no me haces falta. El gusano que experimenta eso puede llegar a sentirse algo peor que una espesa diarrea verde perdida en cualquier cuneta.
Pero también hay gentes y pueblos que reaccionan con fuerza ante la tiranía. Primero no dejándose manipular por sus pasos decididos. Luego denunciando el abuso de su poder o endiosamiento y por último, a cual David que vence a su propio Goliat, lanzando con fuerza su onda de indignación ante lo injusto y lo macabro, ante lo tiránico y lo despótico, opresivo, arbitrario y totalitario.
Por eso debemos pensar y creer con fuerza que está en la naturaleza de todo hombre libre el rechazar y denunciar y luchar contra la tiranía opresora, en cualquiera de sus manifestaciones. No debemos seguir, en nombre del cómplice silencio, aguantando el peso aplastante de aquellos que alguna vez perdieron la noción de realidad, pensando que nada ni nadie podría vencerlos.
El “movimiento elefantino” que se está levantando a raíz de la torpe cazada del cazador real está haciendo su trabajo de fondo. El objetivo no es que abdique el Rey, sino que abdique la Monarquía en el Estado Español y éste, a su vez, se convierta en un estado moderno, eficaz y acorde con los tiempos que corren. La ruptura de la sociedad con el pacto clientelar de la partidocracia cada día es más evidente, y ésta, que es una carrera de fondo que pretende romper con el antiguo régimen, no ha hecho más que empezar.
La verdad del asunto no tiene que ver con la última querida del rey, supuestamente la «princesa» Corinna zu Sayn-Wittgenstein, una verdad a gritos que en las tertulias madrileñas se cocina día sí y día no desde hace ya tiempo pero en silencio y discreción por respeto a la dignidad de la reina. De forma encubierta a veces y otras no, estamos ante un auténtico ataque a la Constitución, a la Transición y al modelo de convivencia que hasta ahora habíamos adoptado y pactado.
Para unos, es una oportunidad para que regrese la república. Esto es otro error de fondo, porque este pensamiento sigue dividiendo a las dos Españas. No hay que esperar a que regrese nada que tenga que ver con el pasado. Simplemente tenemos que acertar en el modelo constitucional de una España futura. Por eso no debemos resucitar ninguna vieja república, sino crear una nueva dentro de los tiempos que nos ha tocado vivir, una vez llegada la conclusión de que la monarquía es una institución romántica, que necesita ser conservada desde un punto de vista histórico y cultural por su interés antropológico, pero desligándola de una vez por todas del poder y la de la jefatura del Estado.
Para otros, es una oportunidad única que permite profundizar en el sentimiento de secesión de los llamados países con un marcado sentimiento nacionalista. La independencia de unos sobre otros es el fondo de una cuestión difícil de resolver. ¿Independizarnos de quién o de qué? ¿Del poder estatal? ¿Del poder de la Unión Europea? ¿Se podrían independizar las ciudades y los estados de ese nuevo marco legítimo? ¿Dónde estás los límites o las barreras de la independencia?
Quizás la solución sería crear una nueva forma de gobierno donde el poder, y ahora sí, recayera en el pueblo. Es decir, que el poder naciera de abajo a arriba, y no viceversa como ocurre ahora. Que cada pueblo fuera legítimo e independiente y que ofreciera un diezmo de solidaridad al estamento superior inmediato. Una vuelta a la ciudad-estado donde cada pueblo fuera soberano de sí mismo dentro de un orden universal y un pacto de convivencia internacional.
Sea como sea, estamos presenciando el principio del fin de una dinastía, la monárquica, que reclama ser posicionada en otro estamento diferente del que posee ahora.
Parece ser que a nadie le sorprende que los políticos defiendan a capa y espada a grandes empresas y bancos. ¿Por qué creéis que lo hacen? Es muy evidente. Si vemos lo que hacen los políticos después de alejarse del chollo del poder veremos las respuestas.
En la endogamia de nuestra clase política existe una red de favores fácil de seguir. Sólo tenemos que ver quiénes son los que nos gobiernan, de donde vienen y adonde van cuando terminan sus mandatos. La red endogámica de amiguismos y favores es vergonzante.
Tenemos los tristes ejemplos de los grupos energéticos con Aznar-Endesa y Gónzalez-GasNatural. Los de la banca con Rato-Bankia o Narcís Serra-CaixaCataluña. El indulto que ofreció Zapatero a Alfredo Sáenz y un largo etcétera difícil de relatar.
¿Por qué nos iba a sorprender entonces que el gobierno cargue armas sobre el asunto de Repsol? La privatización de YPF fue a base de sobornos y favores ocultos. Y ahora no estaría bien perder esa batalla porque el futuro espera paciente nuevos favores y nuevos sobornos.
Algo parecido ocurre con la Monarquía. ¿Por qué esta institución medieval permanece intacta en un estado moderno? Porque los tejemanejes del poder se articulan de la misma manera. Trapicheos y estraperlos sin fin. ¿Pruebas y evidencias? Solo hay que tirar de los hilos. ¿Qué hacía anteriormente nuestro ministro de defensa? ¿Por qué está sentada en la alcaldía de Madrid la esposa del expresidente del Gobierno? ¿Qué hacía anteriormente nuestro ministro de economía? ¿Cuántos favores debe aún Rajoy a Aznar? ¿Y de qué tipo? Nada más empezar la partida ya han puesto a unos y a otros en los puestos clave. Pero la endogamia sigue, y los hilos siguen manejando los poderes.
Me pregunto qué pasaría si mañana todo el mundo se declarara insumiso fiscal. Si el poco o el mucho dinero que tuviéramos lo sacáramos del banco. Me pregunto que pasaría si consiguiéramos un colapso tal de la economía y de los (oh qué miedo) mercados y todo se paralizara durante semanas.
No haría falta salir a la calle a manifestarnos con el riesgo de que nos metieran en la cárcel… Aunque, me pregunto qué pasaría si todos saliéramos a la plaza y quemáramos nuestro particular contenedor de la basura para que nos metieran a todos en la cárcel.
Lo que más gracia me hace del asunto es el cómo nos toman el pelo, el como nos utilizan como si fuéramos una panda de catetos. O peor aún, una panda de paletos.
Lo del Rey es solo una anécdota… No sabemos absolutamente nada de todo lo que se mueve en las cloacas de nuestra sociedad. Y muchos pretende que nos callemos, que dejemos que las cosas se pongan en su sitio sin que nosotros hagamos nada. Es posible que la prudencia sea más sabia que la adolescente protesta, pero cuando la tomadura de pelo alcanza dimensiones desorbitadas, no podemos seguir tranquilos sentados y prudentes.
La historia dice que cuando las fuerzas totalitarias hipnotizan al pueblo, nada bueno puede pasar. Ya lo vimos en sendas guerras mundiales. ¿Qué hubiera pasado si el pueblo hipnótico hubiera salido a la calle? Ya no podemos ser cuatro los que protestamos… Debemos ser legión. Somos legión.
Dicen que Juan Carlos I es un rey bastardo, ilegítimo, heredero de una dictadura y de un dictador que lo puso porque el «rubio principito» le caía bien. Dicen que ha sido un estafador y un embustero. Que ha mentido a su mujer, a su familia y a todo un pueblo. Pero realmente todo esto nos da igual. Que cada uno haga lo que quiera y sienta con su vida privada.
Lo evidente es que sigue viviendo a cuerpo de rey mientras sus «súbditos» se quedan sin casas y trabajo. Representa algo tan trasnochado como la monarquía absolutista, hereditaria y dictatorial que nada más, excepto un modelo exótico desde la cultura antropológica, puede aportar.
Dicen que nuestro rey, que para colmo es nuestro jefe de estado, maneja sus asuntos privados entremezclándolos con los públicos. Conocidos y marcados son sus trapicheos que le han creado fama y fortuna.
Hipócrita consumado y malversador de fondos públicos, dicen que vive a cuerpo de rey a costa de nosotros, sus súbditos. Y lo peor de todo es que lo refriega todos los días con sus lujosos yates y mansiones y viajes y esperpentos asuntos de faldas. Al menos eso dicen los que tienen tele y consumen horas bajo el plasma y conocen los entresijos de esta decadente institución.
Y ahora la vida le habla. Se rompe la cadera, símbolo del salto de la consciencia animal a la humana, puente inequívoco entre el pasado y el futuro. Por debajo de la cadera se manifiestan las emociones más brutas, como esas por las que hasta hoy se ha regido nuestro rey: engañar, estafar, practicar el adulterio con unas y otras y matar animales como osos y elefantes cada dos por tres, o eso dicen.
Y la cadera le sirve como símbolo de reflexión entre su condición animal y la condición humana, a él y a su pueblo, porque él es tan solo un representante arquetípico de la consciencia de una nación dormida y sumisa.
Quizás, en esa humanidad que ha de llegar algún día a su alma, tome consciencia de lo que es y lo que representa y abdique y se pueda ir tranquilo a donde quiera, con una vida privada plena y legítima. Pero mientras sea el Jefe del Estado y arquetipo de una nación, que reflexione sobre su papel histórico y sobre sus actos torpes y para nada ejemplares.
“Ahí radica el verdadero poder de los medios masivos: son capaces de redefinir la normalidad”.
(Michael Medved)
El miedo a la rebelión siempre ha estado latente. Los espartanos (éforos, magistrados custodios de la Ley) empleaban la guerra y la coacción contra sus siervos (Ilotas, esclavos públicos propiedad del Estado) para tenerlos controlados. Los romanos inventaron el senado, las magistraturas y el ejército organizado para mantener controlados los unos (patricios, «los superiores al resto de las gentes») a los otros (plebeyos, «los que no forman parte de la gente»).
Y nada ha cambiado desde el origen de esos tiempos. Hace un par de años tomaba algo en una solitaria terraza con un agente del centro nacional de inteligencia. Como buen agente de la inteligencia era un hombre culto que se había interesado sobre mis trabajos de las utopías y me proponía desviar mi tesis doctoral hacia el estudio de las comunidades islámicas afincadas en España. La propuesta, tal y como la dibujó, parecía tentadora. Incluso hice algunos “trabajitos” de “observación” en alguna de ellas. Las películas siempre te dibujan el trabajo de espía como algo fascinante e increíble. Pero simplemente consiste en algo tan vulgar y desagradable como el de ser chivatos del Gran Hermano. De dar señales de alarma si eso que ellos llaman “el marco de referencia” se escapa sutilmente de lo que debería ser normal. Y ese marco es la Ley, una ley ambigua y moldeable según los intereses del momento. Ya lo hemos visto con el caso Garzón.
Si algo afectaba a ese marco, los agentes lo llaman automáticamente “enemigos”. Y enemigo es cualquiera que vaya en contra de la seguridad y protección de esa “ley”, de ese status quo.
Hablamos largo rato sobre la importancia de la seguridad en los momentos de crisis. ¿Cuál es la prioridad en seguridad en estos momentos? Por un momento pensé que sería ETA o el terrorismo o el tráfico de armas o… Pero me quedé boquiabierto cuando me dijo que lo que más peligraba en estos momentos la seguridad del Estado era el desempleo. Y que la mayor prioridad era que esa masa de desempleados no despertara a ningún tipo de impulso incontrolable. Lo demostraron cuando de forma muy sutil desarticularon todo el movimiento 15M.
¿Y como se controla a cinco millones de desempleados? La respuesta aún fue más sorprendente. “Les dejamos hacer”. “Si viene un mafioso ruso a blanquear dinero, y lo sabemos, porque nosotros lo sabemos todo, lo dejamos que lo haga. Porque con ese dinero va a crear puestos de trabajo y va a inyectar dinero a la gente”. “Hacemos la vista gorda en este tipo de operaciones para que vayan haciendo operaciones económicas, legales o ilegales, hasta que esta situación se regularice”.
Ellos controlan todos nuestros correos, todos nuestros movimientos, todas nuestras llamadas. Lo saben todo de nosotros y solo es cuestión de tiempo que a unos y a otros, dependiendo de qué tipo de actividad ilegal tenga, sea o no molestado.
Todo esta conversación me ha venido a la cabeza cuando estos días veíamos las noticias con cierta incredulidad: “amnistía fiscal para el defraudador”. Esto que decía un espía en secreto ahora lo confirma el gobierno con la boca ancha. Y lo increíble es que a todos nos parece lo más normal del mundo. ¿Qué es la normalidad? ¿Qué será lo próximo?
Lo que más me sorprendió de este hombre que mendigaba algunas monedas en el céntrico barrio hispalense era su alegría.
Al principio me pareció algo esperpéntico verlo así disfrazado, con ademanes afeminados, pobre emigrante desesperado por la crisis y el hambre. Pero quise detenerme unos minutos y observarle descubriendo un mundo multicolor que brotaba de todo su ser. Pura magia, puro espectáculo. Pura vida. Pura supervivencia.
No le importó que le hiciera esta foto. Radiaba cierto amor hacia la vida, hacia la dignidad de ser hombre a pesar de las circunstancias. Estaba entero y regalaba humor y simpatía a todo el que estuviera delante. Me preguntaba de donde habría sacado ese disfraz de supermán, y me preguntaba si sería capaz de volar alto, muy alto, lejos de esas prisas y esos coches locos que vociferaban horrendos gestos.
Ahora que escribo estas palabras me hubiera gustado abrazarlo. Hubiera sido valiente por mi parte acercarme un poco más a él, sin miedo, mirarle a los ojos como hice pero con cierta cercanía. Tocarle la cara y abrazarlo como el lo hacía con su serenidad humana, con su exótica forma de llamar la atención.
Así que, aunque no conozca a ese superhombre, quiero brindarle, en honor a la vida y a su vida, este pequeño momento de gloria que reclamo al cielo para agradecer tan increíble visión. Gracias Supermán.
Es importante ser prudentes cuando damos pasos de gigantes. Hace unos años decidí deshacerme de las tarjetas de crédito. Quería ser coherente con cierta forma de pensar, con cierta forma de sentir y empecé poco a poco a practicar ciertos principios que consideraba importantes. Mañana lo haré de la hipoteca. Con ese paso, estaré libre de cosas que no me pertenecen y me ganaré el pan con el sudor de la frente, y no con el fácil e ilusorio crédito que tan maniatada tiene a esta sociedad. Será un paso importante para librarme de la pesadez de tener que estar esclavizado al crédito para vivir dignamente. A partir de mañana la dignidad se medirá de forma diferente, más libre, más honesta, sin intermediarios.
Hoy toca limpiar la casa para entregarla de forma digna. Dar de baja la luz, el agua, el teléfono… Quizás estas sean las últimas palabras hasta que de nuevo encuentre Internet por alguna parte. Muchos se extrañan que no sienta pena ni tristeza por la pérdida. Es natural, no siento que pierda nada, sino que gano mucho. Esta experiencia me ha servido para analizar con cierta dosis de realidad y sentido común lo equivocados que hemos estado en este país con ese afán de acumular, de crecer desmesuradamente, de tener más, de poseer más. Las cosas materiales deben ser útiles para vivir bien, pero no deben convertirse en cadenas que mancillen nuestra felicidad.
Desde siempre comprendí que esta casa, en los tiempos que corren, se había convertido en una losa pesada. Soy obstinado y hubiera podido aguantarla toda una vida. Pero, ¿a cambio de qué? Perder es ganar, y en ese proceso me encuentro ahora. Es como si ahora volviera de repente a la bahía de Findhorn, en Escocia, cuando meditaba sobre la necesidad de no ahogarnos con tanta estructura. Pero ahora, unos años después, con la fortaleza suficiente de llevar a la práctica aquellas predicciones que relaté en el librito Creando Utopías. Ahora es el momento de sacar esa rebeldía interna capaz de decir: no. Por eso estoy feliz, por haber sido capaz de estar por encima de lo aparente y haber vencido la ilusión del ego. Lo dijo Camus: “un hombre rebelde es un hombre que dice no”. Ahora toca decir sí al espíritu libre, sí al alma servidora, sí a la promesa de hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.
Esta mañana despertaba en Madrid. La ciudad parece igual, con sus encantos, con su frío arropado por la contaminación y cierta luz mañanera que presagia eso de que la vida sigue. Madrid parece que se ha convertido en un referente irrenunciable. Parece como un trampolín hacia el otro lado, hacia la próxima estación.
Mientras miraba por la ventana el paisaje, recibía de un amigo un animoso recorte de prensa que acompañaba con título sugerente: “estamos caminando”. De forma rápida, le he contestado con una breve nota: “¿hacia donde?” Uno puede caminar hacia la luz, hacia la oscuridad, de frente, de lado, hacia atrás, inclusive se puede caminar hacia el abismo o hacia la desesperación o decadencia.
La nota de prensa hablaba de un lobby que al parecer está caminando hacia la derecha de la derecha, es decir, hacia la extrema derecha. ¿La rancia y extrema derecha? Me ha confundido el entusiasmo por declarar que estamos caminando hacia los extremos, sin importar mucho que sean hacia la rancia derecha o la rancia izquierda. Pero como todo está sujeto al mundo de lo simbólico y la más subjetiva de las interpretaciones, he recurrido al diccionario para ver qué se entiende por extrema derecha y he leído cosas como: ultranacionalismo, xenofobia y autoritarismo y populismo e ideas reaccionarias.
Y resulta que cuando pasaba de lo abstracto a lo real, observaba que la plataforma de la cual surge este “estamos caminando” tiene mucho de estas cosas. Tantas que para aclararme, sin caer en la tentación de lo inadmisible, he escrito una pequeña postdata al arquitecto principal de dicha obra diciendo lo siguiente:
Pd.- Lo de «me estás dejando de piedra» es por la deriva de los titulares y de lo que la historia contará a no ser que el rumbo del navío gire radicalmente. Hace un par de años el preso que injustamente había sido enchironado se convertía en un componente moral y espiritual para una sociedad en crisis. Ahora resulta que el preso, al parecer justamente enchironado, gira hacia un movimiento de extrema derecha… La verdad es que es sintomáticamente decepcionante… No para mí, sino para la sociedad en su conjunto, que necesitaba un referente moral y espiritual, y no un chupatintas cantamañanas más de la extrema derecha… o de cualquier extrema… ¿estamos caminando? Sí, claro que si, pero hacia la más absoluta decadencia (ultranacionalismo-tema euro-; autoritarismo -véase el blog y el foro- populismo -intereconomía y baño de masas- y reaccionario -véase en profundidad el caso Garzón-)… Toda una pena para lo que parecía un bonito caminar…
Día de la Hispanidad, la Diada, Aberri Eguna… patéticos símbolos arcaicos de los estados-nación… Ejército, reyes, curas, políticos… Leía en algún blog algo así: “¡Démosles caña! Borbones, banqueros chorizos, empresarios esclavistas, políticos corruptos. ¡Todos a la calle para echarles a la calle!” Otro más gracioso decía: “El Papa, el Rey, el torero, la folclórica y la cabra de la Legión. ¿Esta es la España que quieres?” Otro más elocuente se refería en estos términos: “Porque la verdadera Patria son sus ciudadanos. Porque somos un ejército…” Y la guapísima Paloma Álvarez inspirada con su lucha: “La ridiculez y la patanería desfilando con uniforme. Eso es lo que se está celebrando hoy”.
Sin duda he sentido una especie de vergüenza como ciudadano. Una especie de sentido del ridículo, un pavor y encogimiento cuando veía en alguna foto todo este estallido de absurdo mediático.
¿Qué celebramos cuando ponemos el ejército en la calle? ¿Lo que nos gastamos en bombas racimo? ¿Lo que cuesta el poder asesinar a sangre fría a ciudadanos de otros países? ¿La guerra? ¿Los helicópteros de última generación, con sus rayos láser mortíferos? ¿No os resulta absurdo y patético este engaño nacional?
¿En qué era vivimos? ¿No estábamos entrando ya en la Era del Saber? Esto es una evidencia inequívoca de que la Deudocracia nos va a conducir irremediablemente a la desaparición de los arcaicos estados-nación. Y la consciencia global va a parir el nacimiento del ciudadano libre y comprometido con el universal sentido de Unidad.
Somos Uno, así que abajo las patrias y las naciones. Arriba el ser humano hermano de su hermano, libre, igual, fraternal.
Estimado Señor (ía) Durán i Lleida,
Este que está tumbado lamentablemente en mi sillón se llama Fran, es de la especie andalusí que usted tanto ha criticado en sus polémicas declaraciones. Dormía a eso de las once de la mañana tras leer el primer capítulo de mi último libro. Se quedó frito, el pobre. Como ve, el bueno de Fran no estaba en el bar, estaba leyendo un libro por el que le pago, de forma sumergida, diez euros. Como solo le pagaré esos diez euros por sus correcciones y comentarios en las próximas dos semanas, pues dosifica el trabajo, y de vez en cuando, se echa una “cabezailla”, como aquí lo llaman, en mi sillón. Con esos diez euros, que también dosificará, quizás pueda recargar el móvil, o echar algo de gasolina para ir al instituto. Poco más. Claro, no hay mucho más trabajo por aquí cerca. Ni siquiera subvenciones para que el pobre Fran vaya al bar. Y yo, que soy ciudadano de buen corazón, pues intento ayudarle en lo que puedo, aunque sea con diez euros. Por eso de practicar eso tan anarquista y revolucionario del «apoyo mutuo». Es lo que hay en los tiempos que corren… Diez euros no es mucho, pero da para algo…
Quizás, con el salario que usted perciba, podrá dar diez euros de propina al restaurante donde todos los días come. Su lujoso coche, su lujoso apartamento en Madrid, sus lujosos trajes, sus lujosos paseos por la Castellana han sido pagados por todos nosotros, con nuestros impuestos, con nuestros sudores.
Pero a partir de ahora, no por Fran, ni por mí, porque esos miserables diez euros no están declarados, ni pagarán más impuestos. Es dinero negro, puro y cristalino, sacado de la evasión de impuestos, de la economía sumergida, de la necesidad de ahorrar hasta el último céntimo para que Fran pueda dosificar su trabajo y yo… pues seguir ayudando a quien pueda.
Así que aprovechando que ustedes empiezan a recortar de la sanidad y la educación y no a recortar sus maravillosos sueldos y privilegios, nosotros, el ciudadano común, también vamos a empezar a recortar… Así de claro se lo digo, su señoría, así que guárdese sus diez euros de propina, sus subvenciones y su cara dura hasta que nuestros recortes asfixien también su vida. Como dijo Luther King, me niego a colaborar rotundamente con un sistema injusto.
Pd.- Dicho esto, opino como usted con respecto a los subsidios… Eso sí, nosotros también queremos dejar de subsidiar a la casta política…
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre,
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos,
y sé todos los cuentos”.
León Felipe
Cuando estás rodeado de mentira y engaño resulta difícil abstraerte de lo que debería ser moralmente correcto o éticamente admisible. Hay trabajos que se alimentan de la hipocresía y la falsedad, de la apariencia y lo irreal. Hay personas que van por el mundo engañando y mintiendo como única alternativa a la vida real. Quién no ha tenido alguna vez un amante, quién no ha traicionado a un amigo, quién no ha mentido a unos padres, quién no ha engañado a una esposa… La mentira se ha vuelto costumbre y norma, porque vivimos en un mundo engañoso y mentiroso.
Estos días me he debatido largamente entre la sabiduría del silencio y el perdón y la antipatía por dejar que la mentira fluya a su antojo. Por eso a veces la indignación y la rabia, porque no puedes soportar tanta crueldad embustera. Es inevitable que vivamos en un mundo de tramposos porque nos educan, desde pequeños, a ser farsantes compulsivos. Somos conscientes de que muchas de las cosas que nos dicen no pueden ser ciertas. Nuestro propio sistema de valores está tan dañado que preferimos dejarnos llevar por el curso de lo corriente, de la norma, antes que rebelarnos ante ella. Por eso cuando se destapa alguna verdad nos duele tan poderosamente. No podemos resistirnos al llanto porque la ficción en la que vivíamos era excesivamente poderosa.
Las consecuencias de todo eso ya lo conocemos. El fanatismo, lo radical, lo desesperante y por último, la locura colectiva.
La sensación de que nos mienten desde que nos mecían en la cuna es tan grande que ahora, cuando cierto atisbo de luz se apodera de nosotros para iluminar un marco mayor de realidad, resulta ser una impresión demoledora. Ya lo decía León Felipe en su célebre frase: “cuentos, todos son cuentos, no me contéis más cuentos”.
De ahí que nazca cierto recelo ante la norma y ante cualquier clase de autoridad nacida de esta gran mentira en la que vivimos. Una actitud escéptica ante todo aquello que crece de esta podredumbre.
¿Y qué hacer ahora? De momento seguir buscando la verdad y compartirla. Aunque cuando lo hagas, esto produzca dolor, mucho dolor…
Ayer, en un arrebato de desesperación enfilé el coche dirección norte, en vez de dirección sur. Circulaba en una autovía donde, en algunos tramos, había que conducir a cincuenta. Como es natural, nadie en su sano juicio frena su coche para en esos tramos ir a cincuenta en una autovía de doble carril. Incluso resulta peligroso circular a setenta, que es la velocidad que yo llevaba. Pues bien, allí estaba la policía para recordarnos que de lo absurdo también se puede vivir, y por ir a setenta en una autovía de doble carril, como hace todo el mundo en su sano juicio, me pusieron una multa de trescientos euros. Fue tal mi indignación que empecé a enfrentarme a los policías, cosa que jamás había hecho. Les dije que no tenían vergüenza, que eso no se hacía, que se fueran a buscar a ladrones y delincuentes y dejaran a la gente decente en paz.
Fue tal el cabreo supino por ese tipo de atracos de guante blanco que el Estado realiza sobre el ciudadano que de repente me imaginaba estrellando mi coche contra el coche de policía. A tomar por culo. Fui un cobarde porque no lo hice, pero debería haberlo hecho, ejercer un acto violento como respuesta a una tomadura de pelo que dura ya demasiado tiempo.
Mientras pensaba esas cosas tan terribles y a la vez tan reales me preguntaba de donde surgía esa violencia, de donde había brotado ese halo de indignación y rabia. Empecé a reflexionar sobre todos esos atracos a mano armada que realizan constantemente contra nosotros desde ese Sistema que hemos montado en nombre del progreso. Y el progreso no es más que una recaudación constante y milimetrada de dinero por parte de los de siempre. La servidumbre a la que estamos sometidos en nombre del progreso es irrespirable e insoportable. Impuestos en la gasolina, impuestos cuando vas a comprar tomates, impuestos de catastro para pagar las diputaciones, impuestos en la renta, impuestos en las nóminas, impuestos en la luz, en el teléfono, en el agua, impuestos en los viajes y en la prensa, impuestos, impuestos, impuestos…
Y la trampa bien argumentada y demagógica para seguir manteniendo a los mismos es que hay que pagar las pensiones, la educación y la sanidad.
Por supuesto no soy matemático ni economista, pero si hacemos cuentas de todos los impuestos que pagamos al año en todo lo que hacemos, me parece que los cálculos no salen y alguien se está aprovechando de todo esto.
Y cuando esto ocurre y nos quedamos sin trabajo, sin coche, sin vivienda y como sigan así las cosas pronto sin educación, sin pensiones, sin sanidad y sin pan, un espíritu de indignación violento se apodera de nosotros. Y esa rabia que me poseyó ayer de forma endiablada es de nuevo el Espíritu de los Tiempos que se avecina. Si las cosas siguen así, los movimientos dejarán de ser pacíficos porque la indignación se convertirá en rabia y la rabia se encauzará hacia los políticos, hacia los bancos, hacía las instituciones, hacia todo lo que tenga que ver con el Sistema. Y entonces nos acordaremos de las palabras de Thoreau sobre la obligación de la desobediencia civil. Debemos negarnos a cooperar con un sistema injusto. La no cooperación con el mal es una obligación moral en la misma medida que lo es la cooperación con el bien, nos recordaba Martin Luther King.
La ventaja de ser antropólogo es que puedes entrar a lugares excepcionales y conocer a gente excepcional. Durante estos últimos años he tenido experiencias increíbles en lugares aún más increíbles. He conocido a gente que parecían sacadas de novelas. Si además de ser antropólogo eres editor y si además tienes la suerte de tener una peculiar red de contactos, entonces la mezcla puede llegar a ser como mínimo surrealista. Y cuando la mezcla, además de surrealista puede incluso tornarse oscura o peligrosa, hay que seguir la recomendación de Azaña: si quieres que una verdad se sepa, escríbela en un libro. Como los tiempos cambian y ahora hay blogs, daré algunas pistas de lo ocurrido hoy porque nunca se sabe. ¿No fue una famosa actriz la que puso, ante el miedo inminente, una denuncia para cubrirse las espaldas? Si denuncio, pensaría ella, y luego ocurren cosas, todo va a ser más sospechoso. Muy lista esa actriz… Pues eso…
Hace unos meses, mientras vivía en Madrid, recibí de forma misteriosa un aún más misterioso escrito sin firmar. Sólo venía una cuenta de correo electrónico y una breve nota. Leí el manuscrito en menos de tres horas. Desde que aquella noche de primavera había leído aquel otro libro de más de mil páginas con contenido inédito sobre las cloacas del Estado y el cual me dejó colocado durante más de dos meses, no había leído nada parecido. Cuando terminé de leerlo sentí cierto miedo, casi terror por su contenido. Escribí con cierta ansiedad al correo que el “autor” me había facilitado. Con ansiedad y angustia. Por dentro sabía que en ese momento no podía editar ese libro. Tendría que dejar Madrid, quizás también mi relación de pareja por eso de los conflictos inter-pares y quién sabe si también España. Sentí pánico y en cierta forma me obsesioné con la idea de tener ese libro entre mis manos. De momento me vinieron a la cabeza todas esas historias de espías y contraespías y personas resentidas con el Sistema que buscaban su propia venganza…
Para cubrirme las espaldas, como hizo la actriz famosa, quedé hoy en la estación del AVE. Busqué a personas conocidas para que casualmente pasaran por ahí a esa misma hora. La verdad es que no pensé que todo saliera tan bien porque a esa hora pasó la alcaldesa del pueblo y X. acompañado de un interesante catedrático de Harvard.
Tom Farrell, que así se hace llamar para no dar más pistas sobre su identidad se sintió algo molesto por tanto casual encuentro. Yo me sentí tranquilo. Algo he aprendido de los “muchachos” en estos años… Así que cinco horas de charla misteriosa, plagada de prudencia y anonimato que ha servido para conocer de frente al misterioso personaje. El motivo del encuentro, el libro-bomba. La pregunta interna: ¿qué hacer? Como en una película de espías, Tom Farrell me dio en un microchip (pendrive) el texto ya que el original lo había mandado en papel, a la antigua usanza. Sus últimas palabras de despedida en el AVE tras cinco intensas horas de charla: “Me pondré en contacto en diez días para ver qué has decidido”.
Así que mientras lo decido, y por si acaso, aquí lo dejo, como dijo Azaña y como aprendizaje de la inteligente actriz. Hoy día nunca se sabe…
Cuando se ningunea a los tribunales que están al servicio de las fuerzas públicas, cuando los políticos crean privilegios para ellos mismos que niegan a la ciudadanía. Cuando en nuestros pueblos vemos como los de siempre alcanzar el poder para enchufar a primos y hermanos. Cuando los políticos tienen como objetivo primordial proteger a su propia casta, a los suyos, e inventan organismos, instituciones y demás parabienes para unos y otros. Cuando las leyes son creadas para proyectar sus extravagancias y desvaríos y no para ordenar el progreso de la sociedad en su conjunto. Cuando crean sistemas ideológicos donde refugian sus frustraciones y desmanes, desdeñando cualquier posibilidad de libre albedrio. Cuando la libertad, la fraternidad y la igualdad son desprotegidas y pisoteadas en nombre de cualquier bandera o nación. Cuando el tirano de turno se defiende de los suyos ordenando con desprecio a las fuerzas del orden público. Cuando la educación y la sanidad, conquistas sagradas de nuestra historia son tratadas como prostitutas vendidas al mejor postor. Cuando todo huele en exceso en las arcas del poder y los templos del saber son mancillados con insultos y risas. Cuando el circo sigue gobernando nuestras vidas y el pan escasea. Cuando las cloacas de estados y gobiernos empiezan a pudrirse y el tufo ya se muestra insoportable y hemos convertido la democracia en pedocracia y el mal olor se expande por todos los vértices de la vida… Cuando eso ocurre y el gran pedo social estalla, no queda otro remedio que limpiarnos el culo por haberla cagado.
Me fui de Cataluña cansado y aburrido de escuchar el mismo discurso político-patriótico-nacionalista de más patria, más nación, más territorio. En la calle jugábamos al futbol y a las canicas en catalán y en castellano, y nadie tenía ningún problema, excepto esos que «inventan conflictos y falsean la realidad».
Me sentía enclaustrado en una edad media ideológica, encasillada en los avatares de las fronteras, de las leyendas míticas de los héroes de la patria, de los abanderados y constructores de naciones oprimidas por el enemigo.
O peor aún, sentirte preso en una jaula donde debes defender la suela de tus zapatos, que es tu territorio, y pedir al orbe universal –la jaula- que reconozca esa suela como un hecho diferencial, independiente, con carácter e identidad.
Algo absurdo y vomitivo en pleno siglo XXI, un siglo que será el comienzo de un mundo sin fronteras, un mundo que cabalgará por la Era de Acuario, la Era del Conocimiento, del Saber… Y el saber estipula que la tierra en su conjunto no conoce de fronteras, excepto las inventadas por el estúpido humano en su medieval historia.
Fronteras ideológicas, políticas, culturales, económicas, raciales, sociales… En vez de ver al otro como un ser humano, lo vemos como un negro, como un catalanoparlante, como uno de derechas o de izquierdas, como un gitano o judío… En este mundo de totalitarismos y xenofobias ideológicas, no somos capaces de ver al otro como lo que realmente es, como un jodido ser humano.
La sociedad no debe seguir caminando por la oscura senda del separatismo, sino por la clara luz de la interdependencia. Todos dependemos de todos, todos necesitamos de todos. El autogobierno debe ser legitimado por la razón, obtenido no por la lucha contra el otro, sino por el reconocimiento maduro del otro. Por la fraternal, libre e igualitaria aceptación del otro. No quemando banderas a cual trogloditas, sino aceptando la historia y la identidad de todas ellas. No queremos países independientes, queremos países interdependientes, y si apuramos hasta el máximo, no hablemos de países, hablemos, por favor, de personas, de ciudadanos. No queremos un mundo excluyente, sino un mundo que acepta su complejidad asumiendo sus diferencias y respetándolas.
Los partidarios de Felipe V o los partidarios de Carlos III se siguen reencarnando generación tras generación defendiendo, igual que en aquella época, motivos económicos y sociales que pretenden un mayor beneficio para unos o para otros. Y todo en torno a un territorio, a una cultura, a un pueblo. Olvidando los principios globales de paz fraternal, armonía igualitaria y libertad universal. Seguir pensando en territorios y no en personas, en fronteras y no en lugares comunes es seguir empeñados en retroceder a los instintos primarios de las cavernas. La libertad de los pueblos no se consigue, como se conseguía antes, a base de guerra y cañón, de juicios peyorativos contra el enemigo, de quema de banderas y corte de cabezas a diestro y siniestro. Hay otras formas menos patrióticas y menos nacional-nacionalista de llegar a una emancipación total. No buscando posiciones contra unos y otros, sino siguiendo la senda de la madurez como pueblos, pero sobre todo, como ciudadanos.
Estoy de acuerdo en que se supriman las diputaciones, pero también en que se supriman las regiones, las autonomías y los estados, y que el verdadero poder recaiga en el pueblo, en los ayuntamientos, en las ciudades. No queremos más patrias, más Estados, más naciones. Que caigan todas las patrias y naciones y que seamos una humanidad, un pueblo, un mundo de personas humanas, de carne y hueso, respetando nuestras diferencias e idiosincrasias. Estamos cansados de gastar fuerzas, energías y esfuerzos en las divisiones inútiles. Es hora de sumar y de ver al otro no como a un enemigo a batir, sino como a un aliado con el que llegar más lejos… Las libertades se consiguen desde la libertad, el diálogo y la razón. La visceral conducta de ensalzar las diferencias acabará con nosotros. Somos una raza, somos un planeta, somos un pueblo. Aprendamos a mirar hacia arriba, y no hacia abajo.
Escribía una amiga un hermoso artículo donde intentaba encontrar el sentido de hombre en nuestro tiempo. En un comentario posterior escribía: “En este post pretendía destacar la carencia de valores que en su día hacían que una mujer que estaba al lado de un hombre fuera la mujer más valorada y protegida. En ciertos aspectos de la vida no me gustan las diferencias entre hombre y mujer, pero en mi trabajo y vida privada me gusta mucho sentir que el hombre tiene el “poder”, de manera que me haga crecer como mujer, que me haga sentir ÚNICA para él”.
Podía entender sus palabras porque las mujeres de hoy día reclamáis cierto sentido de poder. Ya sea este un poder sexual, financiero o social, no os conformáis con esa imagen de hombre sensible, débil, maniatado ante las exigencias de una mujer cada vez más fuerte e independiente, y además, “amo de casa” afeminado a veces. Ese hombre que la sociedad actual y sus modas esta relegando al hombre postmoderno no seduce, sino que da lástima.
Pero admito, como hombre, que nuestro género lo tiene complicado ya que los roles se han desvirtuado tanto – a veces incluso invertido- que no sabemos acomodarnos o actuar ante los nuevos retos. La imagen de ese hombre fuerte, arrogante, fumando espero, con copa de vino o coñac y bigote bien cortado ya no está de moda. No cuadra con esa imagen de mujer independiente y libre que desea a un hombre aún más independiente y aún más libre.
Hablaba insistentemente de todo esto con mis amigos, todos perdidos porque son incapaces de desarrollar una actividad hormonal, sexual, familiar y de pareja con cierta normalidad. El núcleo familiar se ha perdido, se ha roto o transformado en parejas de hola y adiós, con fecha de caducidad que duran lo que dura un instante, a veces de placer, de sintonía o de simple interés social. Como eso no son valores que perduran en el tiempo, son pilares que se rompen a la mínima de cambio, las parejas son frágiles y de escaso valor.
¿Qué hacer? ¿Cómo redefinir nuestros roles? ¿Cómo volver a lo que esta amiga llamaba el hombre de verdad, el hombre-hombre? En cierta forma es difícil porque nos sentimos capados, perdidos, aturdidos. No sabemos como actuar, como dar lo mejor, como ser sencillamente naturales y expresivos. Si damos mucho es malo, si damos poco es malísimo. Es difícil el justo equilibrio, sobre todo cuando es el hombre que, cansado de tanta modernidad, reclama volver a cierto acomodo conservador. En cierta forma, estamos cansados, y queremos de nuevo volver a ciertas raíces y costumbres. Sí, admitámoslo. El hombre posmoderno desea casarse, y tener una familia, y un hogar. Está enervado de ser el títere maniqueo de los experimentos sociales y modernos. Queremos ser como antes, y hacer que nuestras mujeres se sientan únicas… Pero ahora lanzo la pregunta al aire, y por favor, participad ardientemente: ¿cómo deseáis vosotras al hombre-hombre? Necesitamos, suplicamos respuestas…
Hablábamos de la corrupción a todos los niveles con un alto representante del Banco Mundial de visita familiar por Madrid. Resulta curioso observar como la corrupción en los países con menos tradición democrática salpica a todos los estamentos sociales. Sin embargo, en los países con mayor tradición democrática, la corrupción sólo aparece en los altos estamentos. Es Wall Street quién dirige a Washington, y no al revés, en pocas palabras. Tratábamos estos temas en San Ginés, una de las chocolaterías más tradicionales de Madrid, y luego en casa, mientras veíamos la hipocresía de las Naciones Unidas a la hora de referirse a la situación Libia. Mientras el loco dictador Gadafi se ceba con la población civil, el Consejo de Seguridad de la ONU se limita a decir, tras más de diez horas de negociación, que Gadafi no podrá viajar al extranjero y además, se le congelarán sus fondos. Bendita lluvia de declaraciones hipócritas. Menos mal que ante la indecencia de todo lo que está pasando, además, le han declarado, por si acaso, criminal ante la opinión internacional. Bendita también la opinión internacional que tan alejada se encuentra de la realidad. Y la realidad es que ya no se sabe cuantas personas han sido eliminadas en Libia y cuantos se han visto obligados a refugiarse en otros países. No deja de ser paradójico que el declarado “Líder y Guía de la Revolución” Libia sufra una revolución en el seno de su país. No deja de ser paradójico que Estados Unidos se alíe con los revolucionarios árabes. ¿Dije Estados Unidos? Perdón, quise decir Wall Street… Y la ONU, pues que siga con su burocracia dando palmaditas a unos y otros. Nauseabundo.
A veces la realidad supera la ficción, y cuando eso ocurre, es mejor callarla, mantenerla de forma discreta, inclusive secreta si se trata de algo que supera lo cotidiano en exceso. He conocido a lo largo de la vida a gente extraordinaria, diría que excepcional. Callaban más que hablaban porque su condición no necesitaba comas, ni paréntesis, ni interrogantes. Veían la vida con cierta distancia, a pesar de que la sentían con la mayor de las intensidades. Y callaban entendiendo que el poder del silencio es mucho mayor que el de la palabra. La palabra es creadora, construye, el verbo posiciona la construcción, pero todo nace del silencio, por eso el silencio es más poderoso.
Y por eso el mundo a veces aborrece a los que hablan mucho y no hacen nada, a los que pretenden gatear en la escala de la vida a base de cumplidos, de promesas, de fantasías. Hay gente que no necesita nada de eso. Su propio carisma, su poder interior, les permite atravesar cualquier barrera y situarse justamente allí donde más se necesita. ¿Para qué contar más? Mejor el silencio, y como decía León Felipe, no me contéis más cuentos…
“Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos”.