No tengas miedo del camino. Ten miedo a no caminar


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© Fabienne Bonnet 

El mundo se mueve por un motor llamado esperanza. Cuando nos levantamos del reparador sueño, tenemos la esperanza de que el día será hermoso y bueno. Estiramos nuestros cuerpos para que la vida se instale de nuevo en nuestra sangre, para remover cada átomo e indicar que ya estamos preparados para el nuevo día. Suspiramos una o dos veces antes de levantarnos. Miramos a nuestro alrededor para asegurarnos de que aún seguimos aquí, vivos, despiertos. Apretamos la mano de quien nos acompaña, o abrazamos con fuerza la almohada si la soledad es nuestra única compañera. Ahí empieza la esperanza. La esperanza de que el día continuará igual de agradable, igual de hermoso. La esperanza de que podremos ir a por el sustento y de que eso traerá bienestar para nosotros y los nuestros. Andaremos por el mundo supliendo nuestras necesidades porque tenemos la esperanza de que habrá un mañana.

El mañana se dibuja siempre de recuerdos futuros. De esperanza de que podremos estar ahí. A veces la esperanza se traslada a otro nivel aún mayor, una esfera interdimensional superior. Lo llamamos fe. La fe nos permite cambiar el rumbo de nuestras vidas hacia algo diferente, ya no tanto hacia la esperanza de vivir una vida que supla nuestras necesidades exteriores, materiales, físicas, sino más bien una vida mayor, más amplia, más extensa, que de cabida también a nuestras necesidades interiores y al vasto dominio de la experiencia espiritual.

A veces, cuando llegamos a ese nivel de comprensión, un camino se extiende ante nosotros. La vida nos muestra junto a él un asiento, un lugar donde acomodarnos. Tenemos ahí, en un mismo lugar y un mismo tiempo, la oportunidad de seguir adelante o la conformidad de quedarnos sentados al borde del camino. Es una encrucijada en nuestras vidas que muchas veces se presenta en diferentes momentos determinados, únicos, irrepetibles. Son nodos en el espacio-tiempo que nos hace entrar en el mundo de la fe, de lo milagroso, o nos aleja de esa oportunidad. Son momentos de puro discernimiento y de coraje, pues debemos decidir, emprender o no un nuevo rumbo.

El camino que se nos presenta no es muy halagüeño. Parece complejo, angosto, difícil. Pruebas, obstáculos, dificultades. No parece un lugar muy seguro para proseguir nuestra existencia. En cambio, los asientos son lugares cómodos donde reposar y descansar. Interiormente sentimos, en algún momento de nuestras vidas, que no debemos temer al camino. Hollar el sendero que se nos presenta forma parte de la vida. Pero el dejar de caminar, es como morir en vida, porque de alguna forma nos aferramos a la esperanza del día a día huyendo de la fe que nos mueve como almas. Cuando desertamos del camino, desertamos de la vida futura, y cuando nos hundimos en la comodidad de la rutina, del día a día, de lo cotidiano, de alguna forma estamos cavando una silenciosa tumba que nos aleja de nuestro inevitable propósito existencial.

Las causas y los efectos de toda esa trascendental decisión no podremos verlos de inmediato. Platón nos aclaraba que las reminiscencias pretendían ordenar todas las causas y sus efectos mediante el recuerdo. Ese recuerdo nos lleva inevitablemente a la metempsicosis, a la idea de la transmigración de las almas en su triada principal: cuerpo, alma, espíritu. El soma, la psique y el nous. Si vivimos siempre pensando que el soma, la tumba del alma, el cuerpo, es nuestro único valedor, viviremos agazapados al borde del camino, descendiendo nuestra luminosidad y nuestro propio recuerdo, anulando en vida nuestro proyecto trascendente.

Sin embargo, si emprendemos lo que Eliade llamaba el vuelo mágico, las alas de nuestra alma se extenderán sobre nosotros y emprenderemos el viaje necesario, dentro del marco de la fe, que nos permitirá avanzar vida tras vida en múltiples viajes y aventuras cuya finalidad será la de adquirir, como diría Gurdjieff, el recuerdo de sí mismo. La vida clamará nuestra presencia, nuestra colaboración, nuestra participación en la Gran Obra. No podemos alejarnos de lo que realmente somos, y tampoco podremos alejarnos de la idea de que todo fluye, inevitablemente, hacia todas partes. La inmovilidad nos debería dar terror, porque es antinatural. Así que no tengamos miedo al camino, sino al dejar de caminar.

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Constructores del templo


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Geometría sagrada 

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. Salmo 126

Durante miles de años, los arquitectos, maestros de obras, compañeros y aprendices del oficio de la construcción gozaron de buena reputación. Especialmente aquellos que debían su vida a la construcción de grandes templos. Asentar la base de cualquier construcción sagrada no solo requería de infinitos recursos materiales y humanos, sino también de un doble cocimiento: un conocimiento técnico y otro espiritual. Una perfecta conjunción entre la geometría y lo sagrado. Ambos conocimientos iban de la mano, y ambos eran imprescindibles para consagrar cualquier templo, hacerlo en su justa medida y siempre con los estándares de la fuerza, la sabiduría y la belleza.

La realidad es que ya no existen constructores de templos. El mundo ha llegado a tal secularización, que todo lo que tenga que ver con lo religioso, lo espiritual, lo ritualístico, lo mágico o lo iniciático ha pasado a la esfera de lo privado. La fe y las creencias se han difuminado tanto en estos últimos tiempos que ha dejado de existir un sentido profundo de la comunidad espiritual, de la vida en comunión, de la búsqueda del misterio compartido en templos y edificaciones especiales para este fin. Con ello, también se ha perdido para siempre el doble conocimiento, el técnico y el espiritual, la geometría sagrada. Aquello que dotaba a los elementos arquitectónicos de cualquier santuario de ese algo especial.

En un sentido amplio, no creo que el ser humano haya dejado de ser espiritual. Tal vez nunca lo fue. Es cierto que en la antigüedad nos regíamos más por la superstición, por la  costumbre, por aquello cultural que nos agolpaba en torno a un ritual y una praxis festiva que intentaba celebrar los ciclos de la naturaleza, adornados siempre con elementos religiosos que intentaban dar sentido a la dura existencia humana, al mismo tiempo que la protegía. La religión era un motivo costumbrista, de celebración y de serena comunión con los vecinos que ordenaba nuestro miedo existencial y nuestras dudas. Algo que amalgamaba a pueblos y culturas como ahora lo hace el fútbol o la política, las religiones seculares de nuestro siglo.

Aunque el ser humano nunca fue a lo largo de la historia especialmente espiritual, quitando gloriosas excepciones de una minoría que vivía, más allá del rito y la costumbre, la exégesis interior, la práctica espiritual verdadera siempre estuvo relegada a una ferviente minoría que se las arreglaba para, ya fuera de forma individual (los místicos) o de forma colectiva (los gnósticos de todos los tiempos) atreverse a interpretar y penetrar el misterio.

En los próximos años nos vamos a atrever a construir un pequeño templo. Será pequeño porque los tiempos que corren no requieren de grandes proezas arquitectónicas. Al mismo tiempo, será también un lugar de clausura, un monasterio vestido de modernidad que algunos podrán disfrutar siempre que su sentido sea real, comprometido y responsable. Un templo para la gnosis. La idea parece fascinante en cuanto ya no hay constructores de templos y tampoco una fuerte comunidad espiritual que desee albergar en ellos una búsqueda común.

Decía Yamada Koun Roshi, un maestro zen japonés a Ana María Schlüter, una discípula que deseaba crear un zendo en nuestro país, que primero había que construir el templo interior. Solo cuando hay contenido puede aparecer el contenedor. Esto es no solo importante, sino imprescindible. Por eso, en los próximos años el trabajo interior y todo su contenido será imprescindible para que ese templo exterior tenga sentido. Los templos están vacíos porque no hay contenido nuevo, renovado, adaptado a los tiempos que corren, con una práctica ritual comprometida y real. Aunque el mundo aún no es espiritual, hay que realizar un gran esfuerzo para espiritualizarlo, para comprender que la vida y sus misterios requieren atención, ánimo y esfuerzo. Debemos esforzarnos interior y exteriormente para que el mundo sea cada vez más místico y gnóstico, más bello y armónico. Debemos seguir construyendo templos. Interiores y exteriores, siempre para mayor gloria del Gran Arquitecto del Universo.

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El himno a las musas


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Urania. Mosaico de Rafael en el techo de la Stanza della Segnatura,
Palacios Pontificios, Vaticano.

 

“Cantemos la luz que lleva por el camino del retorno a los humanos”. Orfeo

Llueve. Truena. La noche del Wesak la pasamos sin pegar ojo. Una tormenta de truenos y cientos de centellas iluminaba el cielo nocturno. Ayer era Tormenta Cósmica según el tzolkin, además de una de las fiestas más importantes del Budismo. Para la tradición hinduista estamos atravesando, dentro del ciclo humano del Manvantara, la edad del Kali-Yuga, la edad del hierro, también conocida como la ‘edad sombría’. A pesar de la tormenta exterior, siento una gran calma interior. Noto movimientos, cosas que inevitablemente cambian, por eso de que lo único que permanece es el cambio. Todo es transformación, pero dentro, hay quietud. A nivel de personalidad uno puede sufrir subidas y bajadas, pero cuando el alma cada vez se apodera con mayor fuerza de la personalidad, esos ciclos lunares ya no afectan a la luz diurna. Estos días están siendo especialmente duros, pero intento concentrar la energía en el centro, en la fuente, en el silencio.

Los guardianes de los templos tenían por costumbre impedir el paso a aquellos que vivían en exceso la vida profana. Lo sagrado estaba siempre reservado a los que de forma humilde se arrodillaban ante la inmensidad de lo infinito en sumo silencio y respeto. Los guardianes siempre tuvieron mala prensa en el mundo profano y tendían a recibir todo tipo de blasfemias e indolencias. Despertaban odios y recelos ante el orgullo y la ceguera. Hoy leía encantado el himno a las musas, el cual es elocuente y lúcido. ‘Por la virtud de las puras iniciaciones que provienen de los libros, despertadores de inteligencia, arrancan de los dolorosos sufrimientos de la tierra, a las almas que erran en el fondo de los pozos de la vida, enseñándolas a ocuparse con celo de buscar y seguir un camino sobre las corrientes y profundas olas del olvido’.

Desde la época de los últimos Zoroastros, cuando el mazdeísmo figuraba como reclamo y esencia en las tradiciones persas, el mundo ha cambiado considerablemente y se ha sumido prontamente en las profundas olas del olvido. Desde que desapareciera la tradición hiperbórea, la cadena áurea, y en ella el mundo iniciático capaz de aproximarnos más o menos con cierto éxito hasta las puertas del Misterio, ha sufrido épocas de oscuridad . Esta en la que nos encontramos es sin duda una de ellas. El Misterio ha dejado de tenerse como algo importante, y soezmente, suele ser mancillado en manos de obreros incapaces de reconocer la verdadera importancia de nuestro ciclo humano. En vez de construir un hermoso templo, de decorar sus columnas, de afrontar con fortaleza la sabiduría de las mismas, destrozan todo cuanto tocan, vociferando siempre que la culpa es del maestro Hiram, al cual intentan una y otra vez dar muerte.

Sigue el himno a las musas de la siguiente manera: ‘Que la raza humana que sólo siente miedo hacia Dios no me aparte de los caminos divinos, ¡deslumbrantes y llenos de luminosos frutos! De lo profundo del caos, perdida por el devenir en mil caminos errados, atraed a mi alma que busca sin cesar la pura luz; y, llenándola de vuestras gracias, que poseen el poder de aumentar la inteligencia, dadle la gracia de poseer para siempre el glorioso privilegio de pronunciar con facilidad las elocuentes palabras ¡que seducen los corazones!’

Decía Réne Guénon que para restaurar la tradición perdida, para revivificarla verdaderamente, es menester el contacto con el espíritu tradicional vivo. Tanto intelectual como socialmente vivimos en una ausencia de principios. Cualquier empresa que desee restablecer los principales pilares de la ética viviente está llamada al fracaso si no se ejerce una viva presión de resistencia, una oportuna y vigorosa vigilancia. Falta el rigor, la seriedad y el compromiso para poder guiarnos hacia las esencias de lo sublime, de lo etérico, hacia el abrazo del logos y la mónada. Los groseros bienes de la materia nos tienen atrapados. Sólo el interés nos permite establecer relaciones, y no el puro afán por caminar, cueste lo que cueste, por los abismos de la luz. Quizás por ello sea tiempo de erigir nuevos templos capaces de separar lo profano de lo sagrado, aquello que nos aproxima a la dignidad y la luz, separado de lo que nos degrada en lo superfluo y epidérmico. Nuevos templos y guardianes capaces de impedir el paso a los destructores del Adytum.

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Todo lo visible es un invisible elevado a estado de misterio


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© Carlos Morales

 

La frase es del filósofo alemán Novalis. Podría significar cualquier cosa. Como un rito de paso del mito al logos, o también viceversa. Como una ofuscación que desea ampliar la mirada y penetrar un poco más adentro de las cosas. Lo simple es verdadero. También lo es lo complejo. A veces nos sentimos vigilados por el mundo cuando el mundo rueda a sus anchas sin mostrar excesiva atención en los acontecimientos nimios de nuestras vidas. Realmente, para el mundo, no somos nada. Pero para lo invisible, simple y complejo, ahí nace y reside toda nuestra grandeza. A veces dan ganas de ser infieles al mundo para ser fiel a lo inaudito, a lo etéreo, al misterio. Brota de nuestro corazón un deseo de mayor claridad, de mayor alcance. Unas ganas de explorar ese lugar donde sí somos algo. Para el mundo, nunca seremos más que un ridículo fósforo incandescente.

No somos ridículos cuando fijamos la atención en la rebeldía, cuando nos volvemos irreverentes ante lo ordinario para abrazar incondicionalmente lo extraordinario. Hay una red de relaciones superficiales que se nos antoja pesada. Un día abandonamos nuestra vida tal y como la conocíamos y entramos en ese estado de misterio. Entonces nos quedamos solos, porque todo lo superfluo nos abandona. A veces la soledad va pareja a esa realidad. Solo unos pocos fieles podrán acompañarnos hasta muy adentro. Aquellos que no fingen, aquellos que te aman incondicionalmente porque han sido capaces de ver tu parte invisible, infinita. Si iluminas un poco, cegarás a los que estaban junto a ti desde lo epidérmico. Esa luz será motivo de envidia o crítica, de fastidio o decepción. Cualquier cosa que ocurra en los mundos diversos serán culpa de ese brillo. Por eso muchos sirven a la luz desde la oscuridad. Viven una vida invisible e irradian ocultamente la luz fría. Para no dañar, para no perder el tiempo en juicios.

Discernir y decidir. ¿Qué tipo de vida quiero? ¿Hasta dónde nuestros esfuerzos estarán encaminados en estrujar el meollo profundo de esta existencia? ¿Nos conformaremos con esa rutina impuesta, absurda, sin un futuro halagüeño y feliz? ¿Somos felices a pesar de todo? La felicidad no es más que un guiño de la vida que nos indica que estamos haciendo exactamente aquello que nos toca, eso que algunos llaman propósito, misión o plan de vida. Hay muchas dimensiones posibles, y dentro de cada una de ellas, hay muchos grados de consciencia. ¿Cómo saber en qué dimensión estamos, y a qué grado de consciencia pertenecemos? ¿Y dónde están mis iguales? ¿Dónde están los puros de corazón capaces de ver más allá de lo tangible?

¿Podemos discernir y decidir? ¿Podemos discernir si el tipo de vida que llevamos es aquello por lo que nuestra alma suspira? ¿Y si no fuera así, podemos decidir sobre ello? Nuestro devenir existencial debería acercarnos cada vez más a una consciencia responsable, a una dimensión más apropiada a nuestras vidas. A veces pensamos que estaríamos más tranquilos en nuestras pequeñas casas, sin salir al mundo, sin tener que dar muchas explicaciones a nadie, excepto a nuestra consciencia. Pero descubrimos que, en el campo de batalla de la vida, en esta exposición constante a la que nos debemos, uno ensancha de forma extraordinaria cada segundo de existencia. Podríamos marcharnos a un lugar tranquilo, quedarnos al borde del camino y simplemente observar. Pero descubrimos que en esta nueva cruzada todo cuanto existe se eleva, y al hacerlo, nuestro pequeño yo también lo hace.

Esperemos algún día volvernos más sabios y amorosos, más fuertes y seguros. No es por caridad que uno arriesga tanto en esta lucha, sino por justicia, por consciencia, por verdadera vocación de servicio. Por afán de penetrar cada día más en el Misterio de lo invisible.

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Fuerza en la debilidad. Luz en las tinieblas. Amor en el abandono.


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© Gavin Dunbar

Forjar la fuerza en momentos débiles. Buscar la luz en momentos oscuros. Amar al mundo incluso cuando sufrimos el peor de los abandonos. La ecuación siempre es compleja. Nadie, excepto la vida y las experiencia, nos educa para navegar ante la incertidumbre. Los retos que se nos presentan pueden ser hermosas lecciones para el aprendizaje. Si estamos atentos y no entramos en la queja, en el reproche, en la ira o la soberbia, podemos, desapegadamente, aprender algo. La vida es una iniciación constante que nos acerca a la experiencia del Ser. El Ser no se altera, vive en un punto de quietud observante, a la espera de tener la mínima oportunidad de expresión. Espera paciente esa luz nueva, esa fuerza capaz de llevarnos a lugares renovados, espacios diferentes.

Práctica y madurez. Eso esencialmente es algo que nos aproxima a la inevitable transformación interna. Cuanto más nos vaciamos de nosotros mismos, de nuestro ego, de nuestro mundo profano, más podemos acercarnos a la clara luz, al mundo superior de la experiencia humana. Podemos abrazar experiencias metafísicas, pero también metapsíquicas. Es como una transmigración a otra parte, a una nueva referencia, a una nueva expresión. Nuestra mente es capaz de elevarse a otra dimensión para descubrir que ya no nos pertenece, que nosotros, ¡pobres de nosotros!, solo somos un receptáculo, una mera antena distorsionada por el trauma y la vivencia.

La puerta de todo misterio, como decía el Tao, nace siempre entre tinieblas. La luz es lo que nos aproxima al camino. La luz, el conocimiento, la gnosis que nace del corazón, no pretende manipular el mundo, sino transformarlo, revelarlo, mostrarlo. La inteligencia exige mesura, prudencia y humildad para no enredarse en las marañas del orgullo, la vanidad, la prepotencia y la soberbia. Es algo complejo, porque aquel que pueda vivir en las tinieblas a veces puede llegar a aborrecer la luz, la inteligencia, el poder de la razón. Uno se acostumbra a la oscuridad fácilmente. Uno puede llegar a pensar, en nombre de la justicia o la razón, que su propia oscuridad es genuina y auténtica, verdadera y esencial. Solo mediante la intermediación del otro somos capaces de salir de nuestro error, de nuestra ceguera. Solo mediante la sublime experiencia de lo Otro podemos acercarnos un poco a la verdad.

Estudiar nos abre la mente, nos protege de la tiranía, nos hace más libres. Si meditar nos aproxima a la experiencia del Ser, el estudio, la investigación y la búsqueda concienzuda nos ofrece herramientas prácticas para que esa experiencia sea más fructífera. El estudio nos da fuerza en la debilidad. El estudio mata nuestro yo rebelde y subleva nuestra existencia a las exigencias de la vida superior. El estudio destruye a ese yo apegado, atrincherado en posiciones violentas y, a veces, brutalmente alejado de la patria verdadera.

Por eso, ante la debilidad, debemos refugiarnos en la fuerza como voluntad de plenitud. Debemos elevar la inteligencia a un orden que esté por encima de cualquier contradicción, una luz que esté por encima de cualquier oscuro océano de ignorancia, de miedo y tinieblas. Debemos fortificar las atalayas del amor universal y así alejarnos de esa sensación de abandono que a veces nos persigue.

Los seres humanos tenemos pocas cosas. La mayor de todas siempre es la dignidad, que es la que nos protege de la autodestrucción y la que nos acerca con fuerza al anhelo de vivir. La dignidad nos acerca a la nostalgia de abrazar al Ser, y a la necesidad de buscar en el mundo sobrenatural las causas de todo cuanto existe. No hay para eso mayor enemigo que nosotros mismos. Si interiormente estamos felices y plenos, el mundo exterior será siempre un mar de satisfacción y plenitud. Nuestra integridad interior siempre pasa por alejarnos de lo absurdo, del miedo a nuestra propia destrucción o aislamiento. La poderosa fuerza del amor, de la compasión hacia los otros, nos ayudará a avanzar inevitablemente hacia nuestra propia plenitud. Solo nos venceremos cuando abracemos la otroridad.

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¡He aquí, mirad cómo se quieren y se ayudan!


 

a
© Dino Lupani

 

Esto es lo que los paganos decían a los primeros cristianos cuando veían cuan sincera era su condición. No podía ser menos, la herencia de Jesús era la semilla del amor, y en alguna parte debía germinar. Esa semilla, sembrada hace dos mil años, está siempre dentro de nosotros. Nuestra misión humana, nuestra vocación última, es conducir nuestra existencia hacia una vida iniciática, acceder hacia la experiencia del Ser sobrenatural que nos habita. No se trata solo de una experiencia o una premonición, se trata de un duro trabajo, de una forma de vida, de una visión de las cosas que nos emancipa del mundo profano y alarga nuestras vidas hasta la experiencia de lo sagrado.

Un buen amigo me llamaba esta mañana y hablábamos durante más de una hora sobre temas fundamentales de lo que en estos momentos está pasando en el escenario en el que vivo. Había un amoroso reproche ante mi forma de ver las cosas, siempre, sin duda, desde una distorsión propia, diría que ininteligible, si basamos los hechos solo desde una perspectiva singular. Había en todo un desasosiego interno esencial. También un reproche al afirmar que mi forma de describir la realidad no se correspondía en nada a la misma “realidad”. Hay un trasfondo de verdad en esa afirmación, pero también una trampa imprescindible.

La realidad que yo describo, especialmente en mis letras, no es la realidad objetiva, sino la realidad que atraviesa a mi corazón. Si estoy viviendo en una caravana pasando frío y hambre, o en una humilde cabaña, y digo sincera y abiertamente desde lo más profundo de mi corazón que estoy viviendo en un palacio anclado en un paraíso, es porque realmente así lo siento y así lo estoy viviendo y experimentando en mí. No es este hecho una distorsión de la realidad, sino una vivencia real de cómo yo estoy viviendo esa realidad. Este fundamento principal en cuanto a los campos mórficos de la subjetividad no puede ser tachada de mentira o de algo desvirtuado. Es mi forma de ver las cosas.

Lo sano de la realidad es que siempre es moldeable. No depende de un solo observador que puede modificar la realidad del objeto observado, como nos dicen los fundamentos más básicos de la física cuántica, sino, valga la complejidad añadida, cuando son más de uno los que observan el mismo objeto causal, este se modifica con la psique colectiva que se desarrolla en ese campo cuántico de realidad compartida.

Podría ser que miles de personas coincidieran en la descripción sobre un hecho o una realidad y que una de ellas pensara diferente en cuanto a la observación misma. ¿Significa eso que ese “uno” está viendo las cosas de forma diferente? No, significa que ese “uno” está percibiendo la realidad desde otra dimensionalidad diferente. Esto puede resultar un callejón sin salida si se experimenta desde el rígido dogma, pero puede ser un alivio para aquellos poetas, ermitaños y herejes que siempre, desde que se inventó la vida mística, observan la realidad desde otra dimensión distinta.

De ahí que sea necesario atravesar todas esas capas de superficialidad e intentar entrar en el dominio de los campos arquetípicos. Esto es un ejercicio iniciático. Requiere disciplina, juicio crítico y mucho humor. Debe existir un instrumento capaz de adentrarnos en la necesaria apertura de lo que Dürckheim llamaba el Ser esencial. Iniciar significa abrir la puerta del misterio, nos decía el filósofo. Crear una escuela de misterios solo es posible si se inicia desde una dimensión desconocida, atrevida, nueva, experimental. Y la experiencia siempre es transformadora, a pesar de los puntos de tensión y crisis que cada transformación conlleva dentro de sí. Todo esto siempre nos conduce a un inevitable carácter de revelación, de búsqueda de la Unidad con el Ser esencial, de incluso pérdidas inevitables.

Se puede decir que de alguna forma, en la experiencia del Ser, el mundo tal y como lo conocemos desaparece ante la noche oscura de nuestra consciencia. Esto permite que aterrice en nosotros la luz del gran secreto, del misterio al que nos referimos, del alma que nos guía. ¿Cómo crear esas condiciones? ¿Cómo volver, en definitiva a la esencia de aquellos que se quieren y se ayudan? ¿Cómo olvidar nuestra relación egocéntrica y megalómana con el mundo y volvernos humildes y dóciles como palomas? Una vida altruista, generadora de amor y enfocada a la generación exclusiva de la belleza del Ser esencial requiere inevitablemente de grandes sacrificios. También, inevitablemente, de la realización de una profunda promesa nacida en nosotros, de una consciente y abierta apertura al Ser Esencial, más allá de las formas, más allá de las circunstancias, más allá de nuestra pequeña y ridícula interpretación del mundo. Esto puede ser molesto para muchos. También incómodo e insoportable para la mayoría.

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El lujo de no tener patria


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© Neil Burnell

«En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habita un verano invencible». Camus

El verdor y el frescor de los campos abiertos a las cinco y media de la mañana nos llenan de nostalgia. A esas horas, las extensas praderas están aún oscuras, pero se imaginan a cada lado, entre bosques y montañas. La primavera rejuvenece el espíritu y alegra los corazones. Nos levantamos tan de madrugada que aún no sabemos identificar si quien conduce nuestro vehículo es el pequeño “yo” o el verdadero Ser.

Tocamos a la puerta de la cabaña contigua. Ella ya está preparada. Despacio caminamos hacia la vieja ermita. Todas las mañanas y todas las tardes nos convertimos en auténticos ermitaños, habitantes del desierto espiritual, pobladores del misterio, como aquellos primeros anacoretas del desierto, como aquellos Padres de la Tebaida. No pudimos elegir un lugar más perfecto para crear una comunidad espiritual. Rodeados por dos imponentes castros celtas, bajo los pies del monte sagrado de Oribio. Un lugar donde ya hubiera un eremitorio, posiblemente consagrado en continuadas incursiones pasadas.

A las seis en punto suenan los tres golpes de mallete ritual en el cuenco que compramos en la India, en aquellos viajes donde la meditación cobraba un sentido diferente. Antes hemos encendido la vela, símbolo de la luz, representante de la vida que nos atraviesa, profundo arquetipo de todo aquello que representamos. La vela desvela e ilumina los secretos, alude inevitablemente a las estrellas de la bóveda celeste y nos recuerda cuando abandonamos la luminosidad del «paraíso» descandilados por los artificios e ilusión del fuego. Aquella mordida, aquella curiosidad por el conocimiento fugaz, nos arrebató la clara luz del saber. La vela está ahí para recordarnos la verdadera luz a la que debemos regresar, invocando todos los días la necesaria comunión con los mundos sutiles, con la vida superior del alma.

Desde las seis hasta las ocho y media permanecemos en profundo silencio, en profundo encuentro con nosotros mismos. El entrenamiento forma parte de la experiencia de los 21 días. En el quinto día, hay una meditación mañanera que pretende, por un instante, incitarnos al reencuentro con las profundas fuentes que habitan en nosotros y donde reside la fuerza común que mueve a todas las cosas vivientes.

La experiencia nos conduce hacia una profunda paz. Terminamos el ritual con tres golpes en el cuenco indio, siguiendo así los antiguos rituales, apagando la luz de la vela y estrechando nuestros cuerpos con un sentido y cálido abrazo. El alma se apodera de nosotros, y esa experiencia compartida se convierte en una consciente y pocas veces expresada unidad con el Ser. En nuestro interior ya se ha sembrado la semilla que engendra en los corazones ese hermoso sentimiento de paz y nos confiere una profunda cualidad de bondad hacia toda la creación. Suspiramos profundamente agradecidos. Inspiramos y conspiramos a partir de ahora en la comunión, en la unidad, en la complicidad de sabernos uno.

Todos los días, antes de las actividades diarias, intentamos fomentar la siembra de la buena voluntad, de la paz interior, del encuentro con la unidad unificando nuestras mentes en un solo sonido, en una sola intención: la quietud, el silencio. Provoca en nosotros, o debería provocar, una alineación de todos nuestros “yoes”, esos que se acomodan en lo meramente físico, o en lo anímico, o en lo emocional, o en lo puramente intelectual. La meditación diaria nos provoca una reflexión: de todos esos yoes, esos que a veces se identifican con cosas, con lugares, con familias, con estatus o con naciones, ¿cuál de todos ellos somos nosotros?

De alguna forma nos damos cuenta en las meditaciones de la mañana y de la tarde que el Ser podría estar compuesto por diferentes yoes. Esto no es algo nuevo, Jung ya lo analizó. Incluso Gurdjeff o Krisnamurti lo llamaron la consciencia fragmentada. La ausencia de unidad en nosotros tiene que ver con la ausencia de unidad con el resto de la humanidad. No somos, en nuestro devenir diario, un “yo” unificado. Tenemos un cuerpo físico producto de la evolución humana acaecida durante millones de años, con todo el bagaje y herencia de todos nuestros ancestros. Pero además, tenemos estados de ánimo, emociones, pensamientos, inquietudes. Todos nuestro yoes están en conflicto permanente, excepto cuando en ellos reina el silencio forzado por la meditación, por la quietud. Entonces comprendemos el profundo significado del oasis que provoca la calma e integramos todas nuestras voces en una sola: la voz del silencio, tan poderosa, tan efervescente, tan misteriosa.

El sol calienta esta hermosa tierra en estos primeros días de abril. Las ramas de los castaños, robles y abedules empiezan a brotar. Los bosques de nuevo se tiñen de verde. Nacen las primeras florecillas. Las copas parecen albergar cientos de pajarillos que no hacen más que cantar que están ya hartos del invierno. Alegres, decoran las copas, pero también nuestras almas con su algarabía matutita. Este año parecen más contentos, quizás porque el aire, dada nuestra ausencia de actividad, es más puro y limpio. Miramos los pajarillos y nos preguntamos dónde están aquellos que deberán compartir todas estas experiencias con nosotros, ese alma del Simorg que deberá adumbrar algún día un ejemplar lugar para el nuevo mundo. Ojalá vengan pronto para compartir la unidad, para experimentar la quietud en este pequeño paraíso.

Las horas pasan tranquilas. Comemos en la hierba y cuidamos las simientes. Decoramos nuestras vidas, cada uno de nuestros minutos con un silencioso agradecimiento constante. Somos afortunados. Es el lujo de no tener patria y de vivir alejados de todo ruido. Es el lujo de sentirnos amantes de la tierra entera, del paraíso que reina en nuestro interior, de la unidad que experimentamos cada uno de los días con todos los seres sintientes. La unidad no es más que el producto de reconocer en nosotros lo que realmente somos. En estos días especiales de cuaresma impuesta, de silencio, de retiro colectivo, el Ser se expresa aún con mayor fuerza, la unidad de todo lo que somos fraterniza y se solidariza con toda la orbe existencial. En estos días, el Silencio se apodera de nuestras almas y nos incita a perseguir constantes el verdadero paraíso de la unidad.

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Si no ayunáis del mundo, no encontraréis el Reino


a
© Julie Rey

«Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad». Jesús

El sonido del bosque es amplio. Si estás atento, se pueden escuchar todas sus maravillas. Es algo vivo, algo que te envuelve en un sonido difícil de explicar. Hay muchas formas de escuchar cuando te invade el silencio. Hay incluso melodías intangibles que susurran palabras al corazón, especialmente cuando este yace en calma. Se puede escuchar la paz, la armonía del entorno, la belleza y la poesía de la primaveral esperanza. El verde brota a raudales por todas partes, esta vez con ese tono fluorescente propio de estas fechas. Todo parece revivir, renacer a lo nuevo.

Mientras observo el templo natural donde vivo, leo detenidamente algunos logiones del evangelio de Tomás comentados por Roberto Pla. Me detengo en el logion 27 que nos habla de ayunar del mundo. Me llama la atención porque algo parecido a eso estamos haciendo en estos momentos. Todo se paraliza y eso nos permite valorar nuestras vidas, nuestro verdadero y profundo sentido de nosotros en la misma. Jesús dice: Si no ayunáis del mundo, no encontraréis el Reino. Uno siempre puede imaginarse el Reino como algo diferente al mundo. Quizás deberíamos pensar, como se lee en Lucas: el Reino está ya en nosotros. ¿Siendo así, como poder verlo?

¡Qué gran oportunidad nos da la vida para la reflexión seria! Para el gozoso silencio capaz de perpetuar en nosotros el deseo de existencia, de trascendencia, de vida más allá de la vida. Aquí en los bosques ese sentido se agudiza. Veo que el contacto con la naturaleza entre montañas y ríos, entre valles y sendas siempre por hollar, es una gran bendición para poder comprender profundamente lo que la vida nos demanda.

Hay algo oculto y secreto en esta maraña de vida. No podemos conformarnos con lo que el mundo nos ofrece. Ahora que todo ha parado, debemos delimitar la vida, cerciorarnos de que estamos empujados a vivirla de forma generosa, de forma amorosa, de forma profunda. Discernir realmente lo valioso. ¿Cómo adentrarnos un poco más en el Reino?

Siento una profunda necesidad de seguir entregando más trozos y parcelas de mi vida a la Vida. Siento que el mundo necesita ayunar, y creo, estoy convencido plenamente, que lugares como este ayudan a profundizar en ese ayuno. Y cuando eso ocurre, nace una llamada inevitable, una chispa dentro de nosotros, una luz. Nace un profundo anhelo de seguir la búsqueda interior hacia aquello que nos eleva humanamente. Nace el deseo vivo de entender nuestro verdadero propósito interior y aunarlo con fuerza al gran Propósito que los sabios conocen y sirven.

Estas crisis ayudan, siempre lo hacen. La crisis del 2008 me empujó hacia la vida prístina en los bosques. Esa crisis me desnudó, me despojó de lo superfluo. Decidí sacudirme el polvo de las sandalias y navegar por los anchos mares de la incertidumbre. Ese camino me demostró que era posible una vida plena sin tanto artilugio, sin tanto lío, más cerca del Reino.

Ahora, con este exagerado silencio, ya casi acabada la casa de acogida, la vida desea que me vuelva a desnudar aún más. Que termine con aquellas cosas que me ataban al mundo y me codee directamente con la búsqueda incansable del Reino. Mañana dejaré de ser empresario para dedicarme a ser escriba. Dejaré de ser un editor al uso para convertirme en un amanuense. Un copista escrupuloso de los textos más sagrados de nuestra historia, un entregado constructor de la Gran Obra. Comeré de las patatas de la huerta y viviré según amanezca. A cada día su esfuerzo. Si hasta ahora había entregado todo mi patrimonio a la obra empezada, ahora ese patrimonio dejará de pertenecerme completamente.

Lo hermoso de las crisis, individuales o colectivas, es que te permiten adentrarte aún más en tu propósito interior. ¿Se pueden servir a dos amos? Ahora solo tengo deseos de servir a uno de ellos, a aquel que resplandece, a aquel que aviva el lucero del alba y nos permite adentrarnos en la vida una. No tengo motivos para quejarme. Simplemente deseo vivir de la riqueza de no tener nada, y amasar fortuna allá en el Reino, para así poder distribuir bienaventuranzas y poderosas joyas de amor y fraternidad.

Me entrego, a partir de mañana, a la Providencia, y ahora más que nunca, que sea lo que Dios quiera.

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Somos un flujo en continua relación


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Con Geo con mirada melancólica de paseo esta tarde en nuestra secreta atalaya

Es todo una sensación extraña. Geo me sacó a pasear y fuimos hasta el milenario castro que tenemos a pocos metros de aquí. Allí hay un mirador natural, escondido, espectacular, desde donde se puede divisar toda la provincia, inclusive la lejana capital. Es un buen lugar para esconderse y meditar, para valorar las cosas desde otra perspectiva. Hoy todo parecía diferente desde allí. Samos con su gran monasterio parecía inexistente. Podía ver sus paredes, las casas aledañas, las calles, pero todo estaba silencioso y vacío. Ninguna voz atravesaba el valle hasta mi atalaya, ningún ruido que pudiera delatar actividad alguna.

Me sentía como un pequeño intruso en ese espacio-tiempo inusual, como una especie de visitante extraño que aterrizaba de repente en un mundo vacío. Alzaba la mirada hasta el infinito, a sabiendas de lo afortunado que podía ser. Miraba el ocaso del sol entre nubes blancas y cielo azul. Miraba las suaves curvas de las antiguas montañas, con sus bosques, sus valles, su verde intenso y sus caminos ahora desocupados. Veía las huellas humanas pero no veía a los humanos. Era extraño observar que el Camino estaba ausente de peregrinos. Una leve brisa soplaba y removía las blanquecinas flores, las tímidas copas que empiezan en primavera a llenarse de verde. La naturaleza, ajena a todo, se reproduce igualmente, fortaleciendo su belleza increíble. Lo miraba todo anestesiado, lo sentía todo como un predecible recuerdo de otro tiempo.

De repente sentí una gran soledad. Una conmovedora sensación yerma, angustiosa. Un vacío inusual. Me preguntaba cómo sería la vida sin nadie a quien abrazar, sin nadie con la que compartir un mundo. Observaba al amigo Geo que suspiraba en la deriva de su mirada ante el majestuoso horizonte y me interrogaba qué sería de nosotros si el mundo de repente desapareciera. Si solo pudiéramos escuchar el chasquido del arroyo, el serpenteante fluir de los tiempos, a solas. Si todo se detuviera y un segundo origen empezara sin nadie.

La soledad voluntaria es hermosa. Diría que es necesaria para conectar con nuestro propósito interior, para escuchar a nuestra esencia, aquello que realmente somos, y así, poder ser mejores, más auténticos, más sabedores de nuestro verdadero lugar en el mundo. El silencio forma parte de esa disciplina de autoconocimiento, de superación, de búsqueda de la verdad, de seducción por la vida. Pero cuando las circunstancias te imponen la soledad y el silencio, algo interior se quiebra. Esto tiene que ver con nuestra inevitable pertenencia al logos. Aunque vivimos en una sociedad de absolutos individualismos y egoísmos, donde la moda es ser un “single” independiente y autosostenible, cuando nos falta el inevitable contacto con el otro, nos quebramos.

La individualidad es solo una ficción, especialmente la ficción del ego fuerte, del ego orgulloso, del ego que se cree estar por encima de todas las cosas. La soledad humana que vivimos desconecta nuestras vidas de lo que realmente somos: unidad. Si tuviéramos capacidad para percibir la mónada a la que pertenecemos, nos daríamos cuenta de que nuestras vidas separadas es tan solo una ilusión. Nuestra verdadera substancia es solo una gota indisoluble en un vasto océano de almas. La prueba a la que la vida está sometiendo nuestra individualidad quizás sirva para darnos cuenta de que no podemos seguir viviendo un mundo huraño donde todo gira alrededor nuestra sin importarnos nada el otro. Ahora podemos percibirlo: el otro existe y siempre estuvo ahí, a pesar de todo.

Quizás la gran lección de este tiempo sea el sabernos realmente interconectados con el otro, a sabiendas de que el yo no puede sobrevivir sin el tú. Aquello que constituye el dominio de la ontología, lo que hay realmente, es precisamente eso que define el mundo fenomenológico como una ilusión. Una ilusión que separa. Una ilusión que nos separa. En la naturaleza no existen las dicotomías ni la dualidad. Todo fluye en un magma de unidad, en una relación inevitable. Por eso nos resulta insoportable el rechazo del otro. Cuando alguien niega nuestra existencia, cuando alguien nos da la espalda o nos hace el vacío, sentimos morir por dentro. Esa emoción, esa sensación, equivale a conectar por un momento con lo que realmente somos. El darnos cuenta de que no somos entidades aisladas, sino almas unidas en un flujo. Un flujo de (1) inteligencia activa, de (2) amor-sabiduría, de hermosa (3) voluntad que se desarrolla en una profunda (4) armonía, en una (5) ciencia concreta, en un (6) amor devocional hacia la existencia bajo un (7) orden ceremonial orquestado desde los mundos arquetípicos. Como siete rayos que se unen en un crisol y forman un manto multiforme al que pertenecemos aunque no lo percibamos. Ese es el flujo. Esa es la relación. Esa es la vida que se manifiesta desde todos los mundos.

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Aunque soy polvo y ceniza me atrevo a hablar


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Miércoles de Ceniza de Carl Spitzweg

«Una y otra vez, vine a tu puerta levantando mis manos, para pedir más, y más todavía. Y me dabas y me volvías a dar, unas veces de forma comedida otras, repentinamente, de forma desmesurada. Con lo que me dabas tomé algunas cosas, y otras cosas las dejé caer; unas son cargas pesadas en mis manos; otras las convertí en juguetes y las rompí cuando me cansé de ellas. Hasta que los restos y los montones acumulados de tus regalos se volvieron inmensos, hasta taparte; y las incesantes expectativas y demandas agotaron mi corazón. “Toma, oh toma”, ahora se ha convertido en mi grito. “Haz trizas este cuenco de mendigo; apaga la lámpara del espectador inoportuno. Agárrame de las manos, levántame de entre este montón de regalos acumulados, y llévame a la desnuda infinitud de tu Presencia vacía.” Tagore. 

Hoy es miércoles de ceniza, que para la tradición cristiana es símbolo del comienzo de la cuaresma, un tiempo de penitencia, de ayuno y de consciencia de que todo es impermanente, de que, en nuestra condición humana, todo es caduco. En esta pequeña comunidad no necesitamos concentrar el ayuno en cuarenta días. Todos los días del año es cuaresma para nosotros. No ingerimos alcohol, ni drogas, ni carne. Nos convertimos en ceniza todos los días con el fruto de nuestro esfuerzo desinteresado y aunque somos polvo y ceniza, como decía Abraham, nos atrevemos a levantar la voz al mundo para clamar paz y amor. No solo fuera, sino también dentro de nosotros, que a fin de cuentas, es la parte más compleja.

La vida en comunidad requiere de una gran fortaleza interior, de un gran sentido de la responsabilidad y el deber hacia los otros. Como decía la escritora Margaret Wheatley, no hay poder más grande que el de una comunidad que descubre lo que le importa. Eso te permite ser valiente para iniciar una conversación significativa y profunda con el mundo. Te permite abrirte a considerar las diferencias, dejándote sorprender , valorando la curiosidad más que la certeza. Te permite incluir en tu vida auténtica a todo aquel que se preocupa por trabajar en lo que es posible. Nos permite confiar una y otra vez en la bondad humana, poniendo a prueba nuestra propia capacidad de ser bondadosos. En definitiva, nos permite profundizar en la unidad, no como un mero objeto de estudio o especulación, sino como un sujeto activo de ética viviente.

El Absoluto, el Creador, escucha las voces que claman en el desierto, también soporta el peso de nuestros cuerpos cuando atravesamos las aguas y abraza nuestro ardor cuando fusionamos nuestra mente en el fuego intenso de la comunidad. Cuando ocurren esas tres cosas, entonces, llegado el justo momento, algo hermoso espera junto al pequeño portal, protegido por un imponente ángel cuya espada ardiente y flamígera nos pondrá de nuevo a prueba. ¿Qué somos cuando no somos?

A ese pequeño portal hay que llegar desnudo clamando una y otra vez ese “toma, oh toma” de Tagore. Hay que llegar sin nada, sin maleta u equipaje, siendo nosotros un pequeño reflejo de nuestra levedad y un perfecto ejemplo de la generosidad desmedida. No podemos llegar agotados con tanta carga, sino livianos, alegres, felices por ver como todas las pruebas fueron logradas, por ver como todo el sufrimiento y dolor acumulado ya en el recuerdo, en lo caduco, quedó atrás.

Hoy vino a nuestra pequeña comunidad un gran tractor para despejar por fin el espacio de la futura escuela. Cuando terminó el trabajo, me quedé en silencio, meditativo, expectante, agradecido, observando. Que hoy miércoles de ceniza se haya completado la limpieza del lugar es muy significativo. Era la prueba simbólica de que hemos cumplido con una pequeña porción del pacto, del trato alcanzado en los mundos arquetípicos. Algo se ha precipitado. Algo ha caído como fina lluvia desde los mundos etéricos. El propósito ha quedado al descubierto, y la primera piedra aguarda impaciente en alguna parte. ¿Qué somos cuando nos atrevemos a vivir en comunidad, explorando en nuestras carnes el sentido de unidad, de ceniza?

Somos uno, queramos verlo o no. Uno en la unidad del espíritu, como dicen los creyentes. Uno como especie, como raza, como familia, que dirían los ilustrados que abogan por la unidad psíquica de la humanidad. En el fondo, eso será lo que se impartirá en esa escuela: el principio pedagógico de que somos uno desde una ética viva, desde un ejemplo claro y sin tapujos. Esa verdad es la que nos lleva inevitablemente a la desnuda infinitud de su Presencia vacía.

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Los fractales del destino


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© Alberto Bresciani 

Los fractales del destino responden a situaciones complejas. La vida puede ser desplegada ante un guion determinado, pero a veces, ese guion puede sufrir modificaciones emblemáticas en diferentes niveles de realidad. A nivel inconsciente y supraconsciente, la vida está entregada a una fuerza mayor. Pero en las actuaciones de la vida consciente, el libre albedrío ejerce un poder poco entendido. Ese poder nos puede poner ante el dilema de la elección continua. Hay elecciones conscientes y otras aparatosamente determinadas. Las primeras pueden cambiar para siempre nuestras vidas, o al menos, la forma de entender los supuestos que deberían haberse desarrollado de haber elegido uno u otro camino.

A veces uno se da cuenta de esos cambios cuánticos, y como afectan en diferentes estadios de realidad. Digamos que, en un momento de lucidez, podemos tener capacidad para observar al observado, o para contemplar al observador. Y entonces podemos decidir cambiar de fractal, modificar la realidad y navegar por otros caminos no determinados ni explorados, ni esperados. Las fuerzas y energías que se desarrollan a partir de ese momento generan un remolino de realidades diferentes. Aparentemente dentro de un nuevo guion que se va adaptando a las nuevas circunstancias.

Si miramos nuestras vidas, veremos como algunos acontecimientos sirvieron de nodos donde se podía elegir una u otra vía de realización. Algunos se preguntan de qué manera esos nodos de realidad están predeterminados, o si nacen fruto del azar. Los hechos futuros nos dan pistas sobre de qué forma ese nodo pudo organizar el resto de acontecimientos. Existe un guion establecido, eso a veces parece incluso una evidencia, pero a medida que se desarrolla la obra, podemos ir modificando paisajes y personas. La elección continua sobre una u otra decisión serán determinantes para el futuro.

Al mismo tiempo, hay un palpitar profundo que, de tener un buen afinado sentido de la intuición, nos puede ir guiando hacia aquello que de alguna forma se muestra como nuestro propósito. Entonces ahí los acontecimientos externos quedan relegados a lo anecdótico, porque por dentro, sabemos a ciencia cierta cual es nuestro verdadero deber, cual es el mapa a seguir, el sendero a hollar. Entonces las elecciones no modifican sustancialmente ninguna columna de nuestra verdadera vocación. Simplemente puede pasar que el marco de referencia, o si se prefiere, el escenario del mismo, sufre pequeños cambios en su decorado.

Cuando todo esto se junta con los propósitos de los seres que nos rodean, la cosa se vuelve más compleja, y asistimos de repente al concierto de almas que danzan al unísono en una sintonía mayor. Ser capaz de escuchar esa melodía nos hace encajar de forma más eficaz en la obra amplia y dilatada de la experiencia. Es como si dos almas estuvieran destinadas a estar juntas pero el miedo y el no reconocimiento se lo impidiera. Entonces, las fuerzas invisibles pueden provocar una y otra vez acercamientos cada vez más intensos hasta que el reconocimiento se vislumbra y la unión se consuma. Es así como esas almas se unen juntas al esfuerzo de la poderosa unión que permite provocar la realización de un ámbito mayor de entrega y esfuerzo. Dos almas juntas realizarán un trabajo más eficaz, hasta que esas almas encuentran su propio grupo de actuación. Los fractales del destino ayudan a provocar esas uniones, una y otra vez, hasta que el Orden vence a todo Caos.

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La espiritualidad del presente


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© Joe Photos 

Estos días hemos indagado fugazmente sobre la idea de cómo sería la espiritualidad del futuro. Ciertamente es compleja la respuesta, y la sola idea. El alma cautiva mora siempre en el interrogante. Su misión es despojarse de aquello que la cautiva, lo material, sus estímulos, sus distracciones. Atrapada y dominada por la materia, sus anhelos de liberación le llevan, cuando tiene ocasión, a hollar los senderos, a veces peregrinos, que le conducen hacia la más estrecha observancia.

El estudio puede aliviar formalmente alguna idea, puede incluso guiar sobre respuestas conexas. La espiritualidad del presente puede presentarse como algo epidérmico, algo de lo que se habla, algunas vagas prácticas, algún interrogante. En general, hay mucha pérdida de luz debido a la condición de pura oscuridad en la que vivimos en este tiempo carnalmente materialista. Un tiempo de las cosas, un lugar de quehaceres compuestos por miríadas de deseos que esculpen en el ocio la panacea de la existencia. Una pérdida, diría, de verdadera vida.

Distraídos como estamos, es complejo penetrar realmente en el significado profundo de la espiritualidad. Los más atrevidos buscan hacer el bien, o encuentran en algún tipo de moral o ética aplicada una forma de aliviar un deseo elevado. Pero la mayoría de veces, la espiritualidad tan solo obedece a elementos estéticos y estilísticos, a poses, a modas, a creencias puramente modélicas totalmente vacías de contenido. Todo ello provoca una especie de acedía, de tristeza del alma. Distraídos como estamos, el alma se aleja a otras moradas y nosotros vagamos ciegos y orgullosos por un mundo banal. Nuestro deleite por las diez mil cosas que nos distraen provoca una pena inconmensurable.

¿Cómo atraer al alma hacia nosotros? ¿Cómo construir el inevitable puente para que su luz pueda irradiarse en nosotros? ¿Qué afanosa espiritualidad debemos dirigir en nuestras vías distraídas para que las moradas del espíritu se manifiesten en nuestras vidas? Si estamos aún apresados por las experiencias sensoriales, ¿cómo liberarnos de las mismas para atravesar el celeste acorde? Desprendimiento de las palabras, del ruido. Desprendimiento de lo material, desapego total y absoluto hacia las cosas. Desprendimiento de las pasiones. El desprendimiento psíquico con la eliminación de las opiniones que dividen y restan.

El orgullo espiritual es una de las enfermedades más comunes de nuestro tiempo. De ahí que la verdadera humildad sea un correcto antídoto para dicha dolencia del alma. Los pilares de una buena espiritualidad siempre se basarán en el silencio continúo, la humildad y la acción al bien. No hay mayor gracia interior que fijar toda nuestra vida a obrar de forma correcta, sigilosa, humilde. No hay nada como colaborar con la inevitable bienaventuranza de la propia vida.

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Déjate pintar


 

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El Angelus, de Millet

Pensamos que somos los artífices de una vida plena, entusiasta, emotiva. Si tuviéramos capacidad de acercarnos a la antesala de la música celeste, comprenderíamos que nuestra única labor sería la de permanecer quietos, en ascética posición, delegando la labor en el Pintor, el cual, observa con detenimiento, que cuando nos movemos, en vez de dibujar un ojo, dibuja un borrón. Dicho así, nosotros no pintamos nada. Somos meros instrumentos, o lienzos, donde el Creador de las cosas batalla con trazos toda nuestra vida. La vida unitiva, tras pasar por esa vida ascética, acontece cuando el alma se abandona o se deja pintar, por seguir con el símil. Cuando el ruido de nuestros intereses mengua, cuando vaciamos nuestro candor y nos volvemos diamantinos, trasparentes, se percibe entonces ese matrimonio inevitable con la unidad. Todo lo vano, lo pasajero, lo ilusorio, se estremece y disipa.

En esa unidad uno habita en dos mundos. De forma simultanea, uno vive en la ciudad celeste, en el mundo de las ideas, en el valle del amor conmensurable. Pero también en la abrumadora existencia que soporta nuestros pies. Lo ideal sería poder ser transparentes para que el mundo celeste permeara y cayera como gota fina hacia la tierra doliente. Si pudiéramos pulir nuestras vidas ansiadas de virtud, si pudiéramos despertar del sueño en el que vivimos para enarbolar la sincera disposición para ser pintados. Si al menos pudiéramos acallar nuestro ruido un poco de veces al día.

Espiritualizar el mundo es complejo. Uno nunca sabe por dónde empezar. Se regaza en la inconmensuralidad del trabajo. Se agazapa y se protege, a veces por miedo, a veces por orgullo, a veces por impotencia de sentirse inútil. Sin embargo, la necesidad de transcendencia siempre es infinita. La necesidad de una nueva ética, de nuevos valores, de nuevas motivaciones para que el mundo prevalezca en paz, amor y comprensión, para que la naturaleza sea capaz de vencer nuestras divergencias y derrotemos el egoísmo que nos diferencia.

«Déjate pintar», me susurro. Cierra los ojos, medita en silencio, engúllete de la infinitud que lo callado expresa. El mundo silente espera cuando entendemos la necesidad de vaciarnos, de empoderar la poesía que somos, de permitir que la vida se exprese siguiendo el curso de su propio propósito. ¡Qué podemos hacer! ¡Hay tanto por hacer! Se me ocurre empezar por el vaciado de mí mismo. Se me ocurre quitar opacidad, excesos de ruidos.

Demasiadas cosas inútiles. Demasiadas cosas que nos alejan de lo natural. Demasiadas distracciones. Se me ocurre centrarme, discernir ante la voz del silencio. Se me ocurre entrar sigiloso, cada vez en mayor invisibilidad. Y luego hacer aquello que el Hacedor proponga. ¿Pero cómo saberlo? Solo se me ocurre desde la callada y atenta observación. Allí se expresan arquetipos, ideas, intuiciones. Allí brotan en grandes manantiales todo aquello que realmente necesitamos. Una vez acallados, una vez escuchado su susurro, despojarnos de todo aquello que no sirve y abrazar aquello que nos inunda de gracia, de ternura, de amor. Embriagarnos de la verdadera comunión. Son cosas que me digo. Son cosas que me vienen, porque la teoría sin la experiencia de practicar los caminos no sirve de nada. Por eso, en definitiva, me sumo a ser transparentes para que la vida nos pinte. ¡¡Bendita vida!!

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Los diseñadores invisibles


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© Marie-Claude Massouri

Me siento feliz y honrado si puedo ser útil a otras causas. Venir a Madrid para apoyar nuevos puntos de luz en la mente infinita del Inconmensurable no hace más que alentar el servicio hacia ese propósito vital. Puedo sentir la fuerza de la llamada, y entregar todo cuanto soy a la misma. Es algo irracional que no puedo explicar. Solo me entrego en silencio, creyendo con firmeza que la fe y la esperanza son inquebrantables cuando se unen a una misma misión.

No deja de ser paradójico ver como en el fondo hay almas despiertas trabajando para un mismo Jefe. Esa órbita está y las llamadas responden a un mismo sonido, tono y latitud. Los Jefes Ocultos están en todas partes, a veces disfrazados bajo símbolos arcangélicos y otras entre confundidos con halos de maestros ascendidos que laboriosamente tejen la madeja existencial.

No importa realmente la naturaleza de esas fuentes que dan agua al sediento. No importa los nombres que según la tradición pongamos a unos y a otros. Si partimos de que la vida es un auténtico Misterio, algo o alguien debe gestionarlo de alguna forma. Digamos que la vida campa bajo una arquitectura diseñada con esmero para que cada minúscula partícula encaje a la perfección. Desde nuestra ignorancia no podemos comprender esa perfecta armonía. Solo vemos caos y oscuridad. Pero algo vive en los mundos arquetípicos que produce Orden y Concierto. Algo sobrevive, más allá del aparente azar.

No se podría explicar sino tanto esfuerzo por sobrevivir. Desde hace millones de años que el primer homínido levantó la nariz verticalmente y oteó el horizonte de forma equilibrada hasta nuestros días, la supervivencia ha sido una constante. El deseo de vivir, de expandir la vida y con ella, de paso, y ahora más recientemente, también la consciencia. Es fascinante. Siento admiración por todo cuanto se ha creado. Cada detalle minucioso, cada minúscula expresión en los rostros de cientos de millones de seres sintientes que apremian para que la vida continue.

En el mar de dudas que nos asolan hay un misterio que nos da respuestas. La causa final de toda esta comedia aún no la percibimos del todo, pero sí podemos empezar a cuestionar que no estamos solos, que no vagamos a nuestro libre albedrío sin mayor desdén que la suerte o la fortuna. Hay algo que por su propia naturaleza invisible debe gobernar todo cuanto acontece. Algo mayor, más complejo a cuanto filósofos y místicos hayan nunca podido imaginar.

Esa creencia es la razón por la que la humanidad sobrevive a su propia autoconsciencia. Ya hemos dejado de ser seres meramente razonables. Ahora tenemos consciencia de que la vida es un reguero de fuerza imperecedera. Y de que, además, su manifestación es tan sólo un ápice de lo que somos capaces de apreciar realmente. La dimensionalidad de todo cuanto es se nos escapa.

Por eso es imposible que pueda vivir una vida ordinaria y corriente, y necesite, urgentemente, participar de esa cocreación arquetípica. En ese diseño, en ese plan, en ese propósito que los maestros conocen y sirven calladamente, uno puede intuir con cierta torpeza un halo de continuidad. Como si todo fuera una misma cosa que se manifiesta en mil formas para dotar de riqueza al conjunto de la existencia. Y siendo una forma divisible, ante el asombro de la propia verdad, uno se siente parte de algo mayor, indivisible, formalmente arrollador. Esa creencia permite cierta audacia, cierto agradecimiento constante, cierta valentía a la hora de afrontar los hechos que se presentan. Hay mucho por hacer, nos dicen los arquitectos del arquetipo, los diseñadores invisibles. Hay mucho por tejer desde todas las dimensiones a las que podamos rozar con nuestro aliento. Tengo sed de servicio, de entrega a ese oculto destino. Tengo sed de maniobrar como un testigo que lanza silenciosamente bocetos al mundo.

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Queridos Reyes Magos, deseo abandonar mi república


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Queridos Magos,

Vivo en una constante república de ideas. En un paraíso celeste cuya bóveda despierta en mí las mañanas de la existencia. Una delicia natural que puedo respirar asombrado por el poder que los elementos ejercen en nuestras vidas frágiles y pequeñas. No puedo pediros nada, porque lo tengo todo. No puedo, egoístamente hablando, desear más que el amanecer y el ocaso sigan resplandeciendo a dos luces, emblema de la riqueza, la diversidad y la transformación. Puedo serviros en la labor de enaltecer la multitud de la variedad de formas que se unen, en su esencia, al gran espíritu de las que nacen. No puedo más que inclinarme ante la grandeza de nuestra pequeñez, deseando quizás un día más para disfrutar del gozo y el bienestar.

Magos queridos, en esta república sin gobierno, me inclino respetuoso ante la perplejidad de la existencia. Si pudiera obrar mágicamente, solo entregaría mi poder a lo milagroso, asombrando con ello aún más la maravillosa corriente de vida que nos arrastra hacia los misterios. Si estuviera en mis manos, recogía el azote de las vuestras, para dejarme atrapar por el halo de la entrega y el servicio. Dejad que me rinda ante vuestro resplandor naciente, que me entregue sin duda, sin mácula, ante la majestuosa arquitectura de la ingeniosa Obra.

Magos de Oriente y Occidente, del Mediodía y el Septentrión, por favor, lo ruego, dejadme entrar en las filas de vuestro ejército celestial, para que cada día sea labor y no esfuerzo el vencer la desidia y abrazar la fábula permanente de la dicha. Si es cierto que existe un reino, dejadme entrar, dejadme que abandone esta república de ideas, para ser siervo y súbdito del resplandor de vuestro reino. Si es cierto que existe el paraíso y hemos nacido para su conquista, llenad mis alforjas peregrinas de suficientes provisiones para alcanzar ese destino. Que los avíos sean prendas de vuestra generosidad y atención, y que yo sea merecedor de las mismas. Si es cierto que sois magos y reyes con capacidad de gobernar el mundo de la ilusión, de la verdad y la dicha, deseo abandonar mi república.

Queridos Magos, ¿qué puede desear aquel que todo lo posee? ¿Qué clase de sueño puede perseguir aquel que se entrega en vida para alcanzar toda gloria silenciosa y silente? El taciturno esmero no es más que aquel que desembarca por las grandes puertas del Camino. Aquel que arrebata lo pequeño para engrandecerse en la batalla digna del espíritu. Vencer el cuaternario carro que arrastro para llevarlo más lejos, galopar con sus tres nobles corceles hacia ese reino de las Montañas, donde ángeles y presbíteros gobiernan en silencio, es y será mi único cometido. Seguro de poder alcanzar la puerta estrecha, no importa lo arduo de esa empresa para, arrodillado, espada en mano, atravesar el portal y ampliar así la fuerza y dimensión de las cosas, la visión amplia, en corazón ensanchado. Corazón ardiente y un filo siempre apuntando hacia vuestra luz.

Queridos Reyes Magos, deseo abandonar mi república, y ser vuestro súbdito leal. Abridme las puertas de vuestro reino, y allí estaré, por siempre, ensanchando la vida, en respuesta sincera a vuestra siempre infinita generosidad y labor invisible. Nada para mí, todo para vuestra Gloria siempre… Ese es mi más sincero deseo…

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Todas las sendas me son familiares


a
© Humberto (Salo)

 

En algún lugar de la galaxia, por no hablar de algún lugar del más oscuro de los infinitos, debe hallarse una respuesta a nuestras inquietudes. Si paramos nuestras vidas y condensamos la existencia de todo lo pasado, presente y futuro en un solo instante, de alguna forma nos embriagamos en una tensión profunda. Si logramos parar nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros ánimos y nuestras necesidades corporales, algo que nace de lo más profundo de las nebulosas espaciales se manifiesta en nosotros. Las respuestas se amontonan en un diálogo incesante reducido a un segundo de inmensidad.

La diferencia entre un mago y un adepto es que el primero es capaz de transformar la realidad y el segundo, de adaptar su vida a la profunda transformación de lo milagroso. No es una cuestión baladí. La figura del rendido me fascina. La figura del entregado, del que comprende profundamente aquellas palabras que se pronunciaban con un calado inmenso al decir “hágase tu voluntad y no la mía”. Esas palabras encierran un misterio complejo, difícil de resolver. Los filósofos podrían dedicar algo de tiempo a describir algunas cuestiones fenomenológicas sobre ese asunto, pero pocos podrían experimentarlo con la inquietud propia del que consigue obrar dentro de sí estas cuestiones.

Por eso en algún lugar de la galaxia, que podría ser inclusive un lugar hallado dentro de nuestro pecho, debe haber una respuesta intuitiva a todas las cuestiones de la vida. Y cuando esas cuestiones se revelan en una suerte de intuiciones certeras, te entregas inevitablemente a la existencia, intentando, con el poder absoluto del discernimiento, penetrar en las sendas que son familiares.

La familiaridad tiene que ver con la gestión de dos tipos de cualidades que llamamos fuerzas y energías. Esas cualidades, y la calidad de las mismas, dependerán de nuestro esfuerzo para desarrollarlas dentro de nosotros. Uno puede transformar su realidad. Realmente no es nada complejo cuando se adquiere la habilidad de comprender las leyes que gobiernan la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad. Uno puede convertirse en un mago que obra trucos admisibles dentro de lo que algunos dan por llamar la fortuna. Pero la búsqueda incesante hacia lo milagroso es algo bien distinto. Ahí las sendas tienen que ser inevitablemente familiares, es decir, tienen que tener la capacidad de invitarnos a volver a casa, como símbolo inequívoco de retorno a nuestras fuentes verdaderas, a nuestra esencia, a la intimidad del Ser.

La complejidad de la vida no puede resolverse en un cúmulo de experiencias que nacen de la cotidianidad embalsamada, estática y solemne en la que vivimos sin un mayor sentido que el de ir tirando, sin más. Hay un vasto campo de experiencia que nos espera, y que espera de nosotros el despertar inequívoco a otras dimensiones de realidad, a otras visiones más allá de lo ordinario. Penetrar en la vida extraordinaria es sumergir nuestras ideas, emociones y prácticas en un vasto universo familiar, inabarcable, cargado de infinitud, capaz de volvernos radiantes, diferentes, extraños, al mismo tiempo que luminosos. Fuentes que irradian manantiales capaces de terminar con la sed, al mismo tiempo que luminarias que enfocan luz en el siguiente paso. Penetra el portal, destierra el pasado, fortalece la visión y ensancha la experiencia. Nos esperan los caminos, las sendas, lo milagroso.

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No guardes recuerdos…


a
© Andrej Šafhalter 

“Olvidando las cosas que quedan atrás, sigue adelante hacia la recompensa de tu elevado llamamiento”. San Pablo

Está nevando. Hace frío. El camino desde la casa de acogida hasta la pequeña cabaña es toda una aventura. Un barrizal de agua y nieve que en pendiente y rodeado de maleza puede ser toda una odisea. Como no sale el sol no tenemos electricidad en todo el día. A las seis ya es de noche. Aprovecho, ante la imposibilidad de poder hacer nada, para leer a la luz de un frontal. Es dura la vida aquí. Y con tantos días de lluvia, sin ver el sol, se hace aún más cruenta. Si hubiera seguido la vida del ego viviría plácidamente en cualquier parte del mundo, sin frío, sin temores, sin posibilidad de queja. Pero elegir la ardua vida del alma es complejo. Discernir entre ambas aún lo es más. ¿Ya sabes cual es tu lugar? Me preguntaba hoy una buena amiga. Sólo se me ocurre un lugar: utopía. No hay tal lugar. Ese, y no otro, es el lugar del alma. De ahí que crear utopías sea un camino, un no lugar.

La vida monacal debió ser hace mucho tiempo muy parecido a esto. Hace unos días tuve un sueño revelador que no consigo olvidar. Tiene que ver con la vida en los monasterios. Viajé hasta las cimas más altas del Himalaya. Podía reconocerlas, como si de alguna forma me fueran familiares. Allí había un templo con siete pagodas o estupas, no sabría decir bien qué eran, pero estaban alineadas a los pies de una gran montaña. Unos monjes me enseñaban una por una todas las estupas excepto la última. A esa no vayas, está casi derruida, me decían. Sin embargo, mi curiosidad era mayor y fui acompañado de un monje silencioso hasta la última, cuando el resto volvían distraídos hacia el monasterio o la lamasería. Efectivamente, la última escultura estaba totalmente derrumbada por una de sus caras. Parecía famélica, y sin embargo, al acercarme y entrar por su lateral derruido, se habría de repente una puerta, un portal, que conducía a un lugar increíblemente lejano, en lo alto de unas grandes montañas nevadas. Allí había un pequeño edificio que parecía de cristal y una mujer sentada en su centro, contemplando todos los universos posibles en una posición de loto. Un loto del corazón con pétalos de amor a su alrededor que explosionaban en brillante lucidez.

No puedo olvidar ese sueño sobre el “brillante centro” que me hizo ir a las estanterías y empezar a releer de nuevo los libros azules, aquellos que fueron escritos por un maestro tibetano. No puedo dejar de leer, como si de alguna forma ese sueño me conectara con algo familiar, a la vez que lejano, un lugar donde el sonido y el color tienen un significado oculto, diferente, especial, donde la vida monástica que ahora llevo aquí en las montañas, entre bosques, en esta pequeña cabaña, tuviera algún tipo de relación con algún pasado remoto, y también algún tipo de significado.

A veces los sueños son delirantes y reveladores. Esconden algún tipo de mensaje o señal difícil de captar. Su lenguaje, siempre simbólico, escapa a nuestra lógica racional. Hay sueños pasajeros y hay sueños que nunca olvidas. En la soledad de la cabaña es fácil conectar con la voz del silencio y con el recuerdo de sí mismo, fusionando de alguna manera lo que creemos que somos con lo que realmente somos. El frío ayuda, la terquedad y la constancia permiten que la visión se amplifique necesariamente. No es cuestión de ver cosas del mundo fenomenológico, es simplemente una especie de atención plena que conecta con el mundo de significados, con el mundo arquetípico de donde nacen las formas, con ese lugar que te hace viajar desde la adoración a la invocación, evocando al mismo tiempo los mensajes, las enseñanzas, el Propósito. Es el lugar de los Custodios, de los Tejedores al que se llega desde una fina y delgada hebra imposible de explicar, relatar o presentar. Por eso el noble silencio sepulta cualquier intento.

Por eso a veces, ante la incomprensión necesaria, emito una llamada a través del desierto, sobre los mares y a través de los fuegos. Hay un punto de tensión inevitable que sobrepasa la silenciosa expresión. Hay un portal que separa un estado de consciencia de otro. Como aquella séptima y derruida estopa que conducía a otro lugar desconocido, habitado por un ser que emanaba pétalos de amor. “No guardes recuerdos”, parecía decir mientras miraba con profundidad las montañas nevadas. “Olvida las cosas que quedan atrás, sigue adelante hacia la recompensa de tu propio llamamiento”. En el desapego absoluto en el que ahora vivo, el portal y el pasado quedan atrás. Una nueva consciencia se abre, un nuevo lugar silencioso desde el que trabajar invisible. Es la vida del entregado, del que se rinde ante la grandeza del universo. Aquí, en los bosques, desde la llama ardiente, hilando la fina hebra.

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Hay cuerpos terrestres y cuerpos celestes


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© Mark Scheffer

El abedul se precipitó encima de la cabaña, seguramente quebrado por el peso de la nieve. Por suerte la cabaña ni se inmutó y ahí quedó, asomando por la ventana los restos de un trozo de vida que ya no está. A las cinco de la mañana me desperté. Había mucha luz ahí fuera y se veían las sombras de los árboles moverse de un lado para otro. La luna resplandecía con fuerza detrás de nubes que arrastraban rápidas por el horizonte indiviso. Se esperan unos días de mucha lluvia, frío y nieve. Espero que los abedules y robles que rodean la cabaña no caigan en redondo, precipitados por nieves tempraneras, como las que el año pasado arrasaron con medio bosque, quebrando árboles enteros. Espero que todo resista el nuevo envite.

Mientras esperamos los acontecimientos, miramos al cielo. En esa mirada tímida, el Logos se manifiesta desde esa luz inteligente, prisionera de nuestro estado corpóreo, deseosa de completar el cuerpo humano en su triple manifestación. Somos imperfectos porque somos incompletos. Nos quebramos ante el peso de la vida cuando este es insoportable, como el abedul, esperando que al alma y el espíritu se manifiesten algún día y así completar nuestra textura total.

Hay cuerpos terrestres y cuerpos celestes. Los terrestres son como la sombra de aquellos que habitan los cielos. El abedul quebrado es solo una sombra depositada en otra sombra que a su vez es habitada por una penumbra aún mayor. La vida, vista desde una dimensión superior, es como una luminiscencia que fluye por todas partes, como luminarias que brillan en la oscuridad brillante. Desde nuestra finitud, todo parece oscuro y sin sentido, nacido de un azar incomprensible.

Algunos hospedan la luz sin saberlo. Brilla con fuerza en sus adentros, pero se mantiene opaca a los ojos de la ignorancia. La angélica presencia puede manifestarse cuando abrimos las canillas del alma y entra en nosotros el resplandor superior de la vida. El cuerpo celeste está deseoso de ser guardián en la tierra, pues en los cielos, en su estado angélico, requiere presencia constante e incompleta.

Al fin y al cabo, solo se trata de eso. De integrar nuestros cuerpos, los de arriba con los de abajo, para que la luz se precipite, para que el estado angélico y los que le preceden puedan volcar toda su llama en los corazones ardientes. La base esotérica para poder realizar este acto milagroso es compleja. Despierta en nosotros un anhelo que no sabemos conducir porque nos falta guía y muchas veces, valor. El valor es imprescindible para que la luz se precipite, para que nuestro cuerpo terrestre se vuelva un emisario celeste.

Es ese valor que se teje ante las dificultades. Es esa fuerza que se amansa a base de afrontar la vida desde la deconstrucción de los esquemas cognitivos.

Es difícil que la vida se vuelva luminosa si siempre nos regodeamos en las mismas sombras. Si no somos capaces de vaciarnos, de destruir toda nuestra segura realidad, de avanzar, a veces a ciegas, hacia eso que nos impulsa a vivir. Hay motivos suficientes para despertar más allá de nuestra condición humana, para divisar, aunque sea en el infinito horizonte, la unidad de todas las cosas. Abandonar nuestras máscaras, nuestra historia, nuestro origen, es abandonarnos para ser preñados de luz. Y allí, en la línea que separa lo de arriba y lo de abajo, estamos nosotros, interludios capaces de proveer de esa luz al mundo.

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Cerrar los ojos y ver


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Cerrar los ojos y ver. Eso es maravilloso. Primero, un leve destello de oscuridad. Luego un leve destello de luz que se convierte poco a poco en paisajes. La manta, la cama, la cabaña, el bosque de abedules y robles, los prados, el valle del Mao, la sierra de Édramo, las montañas del Courel, toda esta bella tierra celta. El destello se vuelve luminoso, y abarca lo grande y lo pequeño. El susurro de las hojas que caen. El caminar de los cientos de animalillos que habitan en la tierra húmeda. El verde que todo lo inunda cargado de gotas de rocío que se entremezclan entre ellas. Hay una fusión con todo lo que ocurre en el mundo real. También en el mundo de las formas. También en los mundos arquetípicos. Los elementos y los elementales trabajando en sigiloso susurro. Los ángeles y arcángeles coordinando las tareas del éter, mirando que todo esté bien, susurrando poesía, arte y música a los que intuyen.

El cielo se puede ver en cualquier flor silvestre. El mundo entero se puede expresar en un puñado de arena. El universo, originalmente misterioso, ahora se desvela como una señal de algo cognoscible. Hay fuerzas de un nivel superior que nos musitan levemente mensajes condicionados por nuestra disponibilidad al silencio. La levedad de la vida se puede mirar por la intensidad de nuestra fijación en la misma. El azar no es más que un motivo de ignorancia. Todo tiene un sentido oculto solo posible desvelar desde la más pura intuición. Primero desde un leve destello de oscuridad, luego una luz cegadora que adumbra paisajes.

Tengo ganas de dejarme sorprender. Hace tiempo que la vida esquiva lo milagroso, aunque alguien me recuerda constantemente que mi vida está cargada de milagro. Parece cierto visto desde fuera, pero por dentro, atravieso un halo de pesimismo irreal. No como algo pesado, sino más bien un pesimismo llevadero, causante de una inapetencia hacia cualquier cosa. Lo confesaba hoy junto al estanque, en la noche oscura, mientras miraba si los peces rojos destacaban en las aguas turbias. Hay pocas cosas que me motiven excepto mirar a los patos y los peces, otear a las gallinas a lo lejos, observar el bosque con atención, especialmente ahora que empieza a despojarse de las hojas cada vez más otoñales. Me gustaría tener más tiempo para leer y escuchar música, para ir al cine o pasear por la ciudad. Leer clásicos, siempre tan inspiradores. Y también más tiempo para conectar con las esencias, con el más profundo sentido espiritual de la vida. Tengo ganas de espiritualizar cada instante y despojarme así de toda la inutilidad mundana, de todas las distracciones que me alejan de la naturaleza religiosa, del religare entre lo natural y lo sobrenatural. Deseo ardientemente envolverme de milagro y de ganar tiempo a las alturas con ese fervor.

Me gustaría poder volver a espiritualizar cada uno de mis átomos y sentirme más conectado con las fuerzas de la naturaleza. Cerrar los ojos y ver. Eso es maravilloso. Primero, un leve destello de oscuridad. Luego un leve destello de luz que se convierte poco a poco en paisajes. Y así hasta empezar de nuevo en cada instante, en cada eterno ahora. Pero esta soledad, amable y dulce, me resulta extraña y deseo que sea pasajera. En las trincheras de las relaciones la vida se vive y percibe con más pasión, con más realidad, siempre que la relación esté viva, sea sincera y arrastre un halo inequívoco de compromiso. Cuando realmente te comprometes con algo o con alguien hay una fuerza mayor que te arrastra y una energía que somete todo cuanto ocurre. Vivir en relación es como cerrar los ojos y empezar a ver una dimensión desconocida, un proceso en que de repente nos vemos fluir como el agua que corre desde las cimas de las montañas nevadas hasta el cálido valle. La manta, la cama, la cabaña, el bosque de abedules y robles, los prados… Soy todo eso cada vez que cierro los ojos y veo… Soy todo aquello que habito cuando el halo se apodera del ser vehicular. Soy vida, fuerza y éter. También un leve instante con deseos de expresar amistad hacia el mundo. Amor hacia la tierra doliente.

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Sphairos, espiritualizar la vida, incluso en la práctica


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Empédocles decía que con lo que vivimos en cada presente ya nos aumenta el conocimiento, de ahí que en nuestro devenir vayamos cambiando constantemente lo que pensamos. Para el filósofo griego, Sphairos es la esfera primigenia, el motor de todo cuanto existe, la fuerza que todo lo mueve, la Fuente, de ahí que todo, de alguna manera, vibre en esa esencia primera y por lo tanto, cambie. Tal es, en efecto, nuestro intelecto, como nos recordaba Homero, tal es nuestra naturaleza. Por lo tanto, el despertar rotundo del Cosmos, el Sphairos, algún día se manifestará en nosotros, inevitablemente, como una explosión que nos hará despertar a nuestra verdadera naturaleza.

Mientras esa explosión ocurre, nuestro intelecto se encuentra ausente, como un dios-torbellino encerrado en una pequeña botella a la deriva a la espera de la gran ola que lo hará explotar en mil pedazos, liberando al genio que encierra. Nos sentimos como si estuviéramos enterrados en la tierra húmeda y cálida, justo en el epicentro donde se unen los cuatro ríos del mundo, engendrando algo que algún día, quizás de aquí a diez o veinte años, germinará. No sabemos aún lo que es, y no sabemos aún de qué manera se articulará y de qué naturaleza serán sus frutos. Pero la sensación interior de semilla la tenemos, y de que estamos en esa oscuridad de la tierra silente, también.

Hoy leía un artículo dónde se hablaba de espiritualidad y en algún momento me topaba con mi nombre y con alguno de mis libros. Había un párrafo que decía algo así: «el antropólogo Javier León, exponente de la Nueva Era –incluso en la práctica, con vida comunitaria–.” Debo decir que lo de exponente suena desagradable y exagerado, especialmente si se es de un movimiento cuyos matices están bastante denostados y en los tiempos que corren, diría que incluso trasnochados. Hay una nueva era pequeñita, cargada de egos, como el mío propio, que campan libres diciendo estupideces, a veces incomprensibles para los profanos de cualquier materia y a veces infumables para doctos y sabiondos. Pero la segunda parte de la frase me gusta: «incluso en la práctica«. Porque una cosa es hablar de espiritualidad, cosa que me gusta hacer cada vez menos, y otra cosa es ponerla en práctica. Confieso que a pesar de los esfuerzos, es una empresa de lo más costosa. Empezando por la comida, por lo que comemos, siguiendo con las relaciones, con el prójimo y la prójima, y luego con el propio entorno, con la vida. Si además tienes un auténtico anhelo de indagar en lo profundo, en el Misterio, la práctica se hace esencialmente compleja, porque ahí ya de nada sirven las riquezas, ni los egos, ni el glamour, ni la ilusión de las cosas. Ahí se trabaja con vibración, con energía y con fuerzas. Ahí uno se especializa en el Sphairos.

En ese trabajo estrecho e interior, lo que nos pide la vida es poder vivir una vida anónima y discreta porque el que sabe calla, y el que calla osa, y el que osa quiere siempre actuar discretamente, en silencio. Cuando empecé con la editorial un amigo experto en marketing me dijo que si quería vender libros, propios o ajenos, tendría que empezar a vender mi imagen, mi marca personal, tendría que hacer ruído. Esas cosas me aburren porque siempre fui un pésimo vendedor. Incluso cuando vendía pizzas en mis tiempos de estudiante, otros estudiantes aprovechaban mi bucólica forma de entender la existencia para engañarme con billetes falsos y zamparse unas sabrosas pizzas carbonara a mi costa. No sé venderme, y por eso me gusta tanto regalar libros. Tampoco sabría venderlos, ni sabría pedir a nadie algo que tuviera que ver con compartir el don. Tal es en efecto mi intelecto, es decir, si seguimos el hilo conductual de Aristóteles, tal es, en efecto, mi alma.

Como alma peregrina, es decir, como alma o ser que transita desde los tiempos del primer Sphairos, tengo la sensación de que ya que hemos venido a la Tierra, a esta existencia, en este siglo, algo tendremos que hacer. Podría vivir una vida diáfana, holgada de cosas, tranquila. Cuando lo experimenté sentía que algo faltaba, que, si la vida era única e irrepetible, algo habría que hacer al respecto. Viajar nunca fue suficiente, al menos viajar hacia fuera. El mayor de los viajes siempre fue hacia dentro, hacia el interior, hasta que un día descubrí, casi en una especie de iluminación sectorial, que como es adentro es afuera. Eso fue muy revelador. Entendí que las personas que se presentan en nuestra vida son una vibración, una especie de energía que resuena en concordancia con algún aspecto de nuestra propia energía.

Todo es vibración, y por ley de afinidad, atraemos aquello que somos capaces de construir dentro de nosotros. Pero además de vibración y energía, existe algo aún mayor que podríamos llamar fuerza. Es eso que mueve los mundos, los pensamientos, la emoción. Todos tenemos energía y vibración, pero no todos tenemos la suficientemente fuerza para ser polos de atracción, de movimiento, de transformación, de cambio. Debemos asumir este requisito de nuestra existencia. Especialmente si llegamos a la conclusión de que somos almas en un espacio limitado en una experiencia de tiempo finita. Aquí hay encerradas muchas preguntas con muy escasas respuestas.

Hay tres maneras de conseguir fuerza: con el silencio que se alcanza en los estados meditativos, con el estudio concienzudo de aquello que nos interesa y con la acción que se deriva de un correcto servicio a cualquier causa. Si somos capaces de aunar esos tres puntos de fuerza en un mismo nodo, nuestra transformación está garantizada y, de alguna manera, nos convertimos en focos de fuerzas, en un holograma del primer Sphairos. Cuantos mayores sean los intervalos de silencio, de estudio y de servicio, mayor será la fuerza que atesoremos. ¿Y de qué manera utilizar esa fuerza motriz, ese rayo poderoso y fulminante? Aquí hay encerradas muchas otras preguntas.

Me gusta mucho la idea del hágase la voluntad mayor. Hablé de ello en escritos pasados cuando me refería al kénosis, ese vaciamiento interior que permite llenarnos de algo diferente a nosotros mismos, ese empeño poético de concebir lo inconcebible. En términos profundos, es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivos a una voluntad superior a la nuestra. Si esa voluntad mayor desea hacer de mí un exponente de la Nueva Era, pues a servir. Pero como digo, me siento semilla ardiente, aletargada en la tierra húmeda y cálida, con deseo de seguir silencioso, profundamente anónimo, a pesar de tanto ruido, a la espera de mi propia explosión, de mi propio Sphairos.

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Kénosis. De la hoguera o el exilio


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Ayer tarde en el Camp dels Cremats

Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. (Mateo 19:21).

El 16 de marzo de 1244 más de 200 cátaros que no renegaron de su fe fueron arrojados a una enorme pira en Montsegur donde fueron quemados vivos hasta morir entre las llamas. Ayer a las seis de la tarde llegamos por fin a Montsegur tras una larga e intensa jornada de subidas y bajadas infinitas, de paisajes hermosos entre collados y gargantas llenas de historia y temblor, tras más de doscientos kilómetros surcando las montañas pirenaicas a pie. Tomamos un refresco al llegar por fin al pueblo y cada uno a su ritmo, hizo el último gran esfuerzo. El Camp dels Cremats y el castillo aguardaban arriba en la cima. Decidí subirlo en solitario, dejando ventaja a mi compañero y así intentando bucear dentro de mí las sensaciones que me producían ese lugar.

Subiendo la empinada cuesta que separa el hermoso pueblecito francés de la colina y el castillo me hacía una pregunta: “¿era de los que ardían en la hoguera o era de los que prendían la mecha?” Al llegar al Camp dels Cremats la propia pregunta me estremecía. Sentí que era quizás de un tercer grupo, de aquel que escapaba de ambas barbaries y se adentraba en los bosques, hacia el exilio, dirección el mediodía. El exilio y la herejía siempre me han perseguido, así que descartaba ser de los que encendían la mecha. Pero tampoco me sentía con fuerza y voluntad para ser de los que anhelaban, en nombre de la fe, ser quemado vivo. Mi pureza, mi perfección, no es tal. Por eso el exilio me atrae más que el fuego purificador.

A pesar de ello, sin duda la fe me persigue y sigo buscando la perfección, o al menos, el perfeccionamiento, que no es otra cosa que entregar tu vida a una causa mayor, dejando que tu pequeña voluntad se disipe, arda en la hoguera purificadora. No llegué a ese lugar, tras nueve noches a la intemperie y ocho días de constante caminata de luz a luz si no hubiera sido por fe. Mi cuerpo físico no tenía apetencia ni fuerza suficiente, pero mi espíritu me empujaba a seguir para comprender, a pesar de mis errores e imperfecciones, desde dentro, el profundo sentir de los tiempos, de la herejía, del pensar y creer diferente. De nuevo me vino el pensamiento radical por lo que aquellos hombres y mujeres perfectos, vegetarianos, extraños de su tiempo, fueron quemados: «No podéis servir a dos amos, a Dios y al Dinero» (Mateo 6:24). Esta frase es lapidaria y encierra un significado profundo. Los cátaros, en su purismo, conocían bien sus secretos, por ello se convirtieron en los mártires del puro amor cristiano y se alejaron convencidos de la epidérmica y corrupta espiritualidad de aquellos tiempos.

Existe un cierto paralelismo entre lo que ocurrió hace mil años y lo que ocurre ahora. La epidérmica espiritualidad está de moda y requiere de cierto purismo, de cierta vuelta a los orígenes. Ese purismo está intentando abrirse camino en los nuevos tiempos bajo el prisma profundo de lo que en teología se llama la kénosis, el vaciamiento interior para así poder llenarnos de algo diferente a nosotros mismos. En términos profundos, es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivos a una voluntad superior a la nuestra. Estamos hablando del desapego total que practicaban los cátaros. Desapego a los bienes terrenales, a los deseos, a los lugares, a la propia vida. Un desapego que pocos entienden, pocos practican, pocos llevan al extremo. “Hágase tu voluntad y no la mía”. Y si la voluntad es seguir ardiendo siglo tras siglo, que así sea. De todas formas, siempre nos quedará el exilio, siempre nos quedará el seguir practicando los caminos hasta que nuestra pequeña voluntad arda y deje paso a esa gestión del Misterio que ahonda en nosotros.

Pasamos la noche a los pies de Montsegur, de su historia y de su mensaje. Dentro de mí se abrió un silencio. También una llama. Muy temprano alguien nos recogió de los caminos entre la lluvia. Llegamos temprano a Barcelona. Algo de mí ha muerto. Una llama se ha prendido. Un fuego lapidario se abre en las brechas del camino. Seguimos peregrinando. Seguimos buscando el perfeccionamiento y la pureza, cueste lo que cueste, llama tras llama.

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De la representación a la revelación


 

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© Andi Agusandi

Hay espacios que pueden servir de inspiración. A veces son lugares cargados de símbolos, por eso de que el arquetipo, a nivel inconsciente, es capaz de atraer verdades diferentes a las que la norma o lo normal suele hacer. Es decir, el símbolo sujeta en nosotros una realidad más amplia de la que estamos acostumbrados a ver. El universo es una tentación totalitaria inabarcable. Las representaciones sobre el infinito universo pretenden homogeneizar esa mirada finita y limitada con la reconciliadora sensación de aproximarnos a cierto misterio. Hay un discurso y una práctica, una regla que seduce al avispado emprendedor, al curioso que mantiene fija la mirada en esos espacios arquetípicos.

Todos los templos, sin excepción, suelen ser lugares que intentan representar de forma simbólica el universo entero. Todo templo tiene su bóveda celeste, su planta terrena, sus estrellas, su sol, representado por diferentes figuras, ya sea una cruz, ya sea un círculo o cualquier otro aspecto que nos acerque al astro rey. Comprender esta esencia nos acerca con respeto, tolerancia y humildad a una verdad mayor: existe una necesidad interior humana para acercar el misterio a nuestras vidas, y al no tener un mapa detallado para ello, lo representamos, a veces torpemente, para cobijar en esa representación un sentido único de existencia.

Es por eso que toda representación es una auténtica revelación para aquel que recibe la impronta de lo sagrado. Sagrado en cuanto alejado de las formas, de lo sustancialmente cotidiano, y más cercano a la vida extraordinaria que se teje misteriosamente en nuestro interior. El símbolo nos ayuda, pero la ausencia de los mismos, acercados todos desde el noble silencio, puede llevarnos a cuotas de interpretación mayores.

El espíritu siempre busca saciar su espiritualidad más íntima y profunda en estadios mayores de comprensión. No se trata de adivinar hacia dónde queremos dirigir nuestros pasos ritualísticos, sino más bien hacia qué. No es un lugar, es un estado del ser. Y el ser, por definición, es omniabarcante, no como entidad individual que plasma su limitación en un espacio-tiempo definido, sino más bien como expresión de un todo mayor capaz de penetrar cada minúscula partícula de realidad. El ser siempre se inclina para ver, para penetrar, para respetar cada punto de la creación, cada error, cada detalle, cada curva, cada esquina. No juzga porque el ser está instalado en cada una de las partes que compone el todo. Como buen holograma, solo requiere visión. Y la visión siempre llega en el silencio. Veinte minutos de silencio para poder acceder al portal que nos lleva de la representación a la revelación. Veinte minutos de silencio para que el Ser se instale en nuestro pequeño ser y seamos Uno con el Todo. Así opera el Misterio, en audaz silencio. Así se revela.

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¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?


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“Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que el hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vigile. Velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, o al cantar el gallo o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos digo: ¡Velad!”. Mc. 13, 33-37.

Decían los antiguos que la primera iniciación era claramente identificable. La alcanzaban de forma real todos aquellos que de alguna forma tenían pleno dominio sobre la materia y el cuerpo. No les era difícil renunciar a todo, practicar profundamente el desapego y vivir una vida completamente desarraigada. Los votos de castidad, pobreza y obediencia eran algo común en ellos. Tenían pleno dominio sobre aquellos aspectos de la vida que al común de los mortales les mantenían distraídos, atrapados, cegados en la caverna del tener. Por eso en la simbología, el nacimiento en la cueva quiere expresar este aspecto de dominio sobre lo tosco y lo oscuro. El Camino Rojo empieza aquí su andadura, atrayendo a las mieles del desapego y al amor por la naturaleza como principio resultante de la búsqueda de lo sutil, de lo etéreo, del aspecto vida.

Desde las profundidades del Camino Rojo vino un ser de la tierra. Se les reconoce porque hablan muchas lenguas y allí, junto a las aguas del Jordán y del Mar Muerto, entre Galilea y el Desierto, vino a mi rescate. Con su mano arraigada penetró lo más oscuro y me alzó hasta un lugar seguro. Ese ser que habla las lenguas, hija del Camino Rojo, aquellos que aún adoran los dioses lunares, me sacó de la oscuridad y me llevó frente a la estrella flamígera. Refulgente, llameante, me marché del desierto. La primera prueba, la de la oscura tierra había terminado, y rodeado de mares, tocaban las siguientes.

La sacerdotisa del Camino Rojo, el Camino de la Tierra, desapareció. Se la tragó la oscuridad del bosque y no volví a saber más de ella. El inframundo del que venía la atrapó en su calendario lunar y allí encontró la luz ilusoria donde las tinieblas se pueden fácilmente apoderar de uno. Ella me rescató, cumplió con su parte del plan y se marchó. Así que, abandonando el desierto, cubrí con mi capa la invisible enseña y fui a por la siguiente prueba. Llegué hasta las frías tierras del Norte y allí me esperaba la segunda sacerdotisa, esta vez, miembro activo del Camino Naranja, el Camino del Aire, de la vida, de lo etérico.

Con ungüentos de flores y plantas estabilizó mi campo etérico. Con sus cuidados y en las profundidades del hogar consiguió calmar esa vida que reclamaba paz y serenidad. Encontré cierto equilibrio en la prueba del aire hasta que decidí volver al Mediodía.
Anduve por el Camino durante días y noches hasta que la muerte iniciática me sobrevino en algún lugar. Muerte y resurrección. En ese instante el silencio se apoderó de mí mientras las aguas se calmaron. La tierra, el aire y el agua, consolidadas y rescatadas, me pedían silencio, y así lo hice hasta que apareció la tercera sacerdotisa, la del Camino Amarillo, la del Camino del Agua, y la segunda iniciación tuvo lugar.

Descendiente de la tribu de los Esenios y discípula directa de aquel que bautizaba a los ungidos, decidió llevarme hasta la cascada y el río para purificarme con esta tercera prueba. La prueba del agua fue hermosa y profunda. Caminé sobre ellas tras desprenderme del tedioso fango. Tras el bautismo, la calma y la serenidad, el equilibrio y la armonía volvieron a reinar dentro de mí. El campo de deseos y las emociones volvieron a su centro y todo empezó a integrarse en su correcto lugar.

Tras un largo mes de silencio, vuelvo de nuevo para seguir cumpliendo con mi parte, para seguir llevando de la mano a ese niño dorado que espera la luz del nuevo día. Me adentro en el Camino Verde cargado de paciencia, humildad y paz. Muerte hermosa y resurrección. El Camino será largo, pero ahora el caminar será bello, fuerte y sabio. En la serenidad de Ginebra, desde donde ahora escribo, me encuentro feliz y recuerdo aquellas palabras: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

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Opus Magnum


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Últimamente intento acércame amablemente al otro de forma discreta. Somos tan distintos entre nosotros, que muchas veces no nos damos cuenta de que el otro vive e interpreta la realidad desde otro plano, desde otros valores y dimensiones diferentes a las nuestras. Por eso es inútil la crítica. Cada uno libra su propia batalla. Cada uno ve la vida a su propia manera. De ahí la importancia de verlo todo desde la comprensión del ojo de Shiva, una visión amplia y desapegada, iluminada desde el interior incognoscible y respetuoso con todas las formas de vida.

Por eso cuando ahora subo a los bosques lo hago con cierto desapego, como lo hacen los guardianes y los ancianos. De alguna forma ese es mi nuevo rol. Guardar desde la sabiduría de la experiencia. Por eso intento no juzgar lo que allí pasa e intento desapegarme de todo cuanto acontece. Subo, observo, interpreto las fuerzas que allí se mueven y compruebo la temperatura del lugar. Luego bajo al balneario, lugar simbólico de retiro donde intento recomponerme, poner orden y seguir adelante con la gran obra.

Aquí la soledad ayuda. Veo como todo se va ordenando, como todo persigue un propósito de armonía y delicada belleza. Sin darme cuenta se ha creado un espacio íntimo y hermoso. Lo que antes era un pequeño almacén de libros ahora es un acogedor alambique alquímico donde puedo transformar el plomo en oro, donde la transmutación de la parte bruta acontece hacia delicadas y bellas formas. Los libros ayudan a contemplar el propósito desde la profundidad del conocimiento.

La transformación es un trabajo interior. Uno se da cuenta de que el sufrimiento ayuda a convertir experiencias traumáticas en auténticos procesos alquímicos. La transmutación personal y espiritual en la tradición hermética no sólo es un reclamo para soñadores, también puede ser una realidad si somos capaces de sobrevivir al trauma y colocar en nuestras vidas la enseñanza a cual piedra filosofal. El nigredo, el albedo y el rubedo son procesos que ocurren en nuestro interior y que nos permiten ver la vida de forma amplia y soportable. Por eso quedo agradecido a la experiencia. Por un lado, ha puesto al descubierto los flacos, las debilidades, los errores, y por otro, ha podido sintonizar las fuerzas que estaban siendo conducidas hacia lugares que no correspondían. Ahora solo hay que esperar hasta que todo se reordene por sí solo. Sólo esperar paciente, sin aspiraciones, sin pretensiones, sin reclamos, a que las fuerzas vuelvan a su cauce y vuelvan a empujar hacia el cometido en la Gran Obra.

 

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Calma


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Esta mañana de tenor en el Nature Sanctuary de la comunidad de Findhorn

Venía de un calvario y llegué a un nuevo nacimiento, a un nuevo sentir, a una nueva línea de tiempo de paz y sosiego. Se hizo el trabajo mágico del alma. Se sanó la herida en el bautismo, bajo el agua, sumergido en la fría mar. El antakarana helvético sirvió para conectar ambos mundos, para recordar la urgencia del vivir. Su mano invisible me acompañó diligentemente, con suavidad, hacia el reino de la luz. Por eso nada más llegar, agradecido, creé un pequeño altar con su carta manuscrita donde resalta la palabra “magia” como centro de todo. Organicé la mesa de trabajo acompañada de algunos hermosos fetiches… Su carta manuscrita, un trozo de muro de Jerusalem, una piedra del mar de Galilea y una flor del monte Tabor que me regaló en un hermoso paseo… Materia, vida y pensamiento que juntos recuerdan hermosos momentos cargados de amor.

Desde mi ventana puedo ver las aves migratorias que van y vienen de un lado para otro. Por la noche hacen un especial ruido, intentando despertar al mundo para recordarle que todo cambia, que todo continua. Fuera de estas blancas paredes decoradas con maderas nobles se siente el frío ártico. Ayer di mi primer paseo por la bahía mientras recordaba mi primer viaje en el invierno del 2007. Allí empezó todo. Allí el cambio se apoderó de mi vida para siempre. Por eso le tengo un especial cariño a este lugar y por eso, siempre vuelvo para agradecer la transmutación sufrida y para recordar, sobre todo para recordar cuando el olvido se apodera de mi vida.

Me levanté temprano y medité en silencio. Aún de noche, al alba, a dos luces, llegué hasta el Nature Sanctuary donde todas las mañanas se hace un hermoso círculo alrededor de una vela encendida para cantar en comunión canciones de Taizé. El mundo devocional que puede inspirar estas canciones ayudan para ensanchar el corazón, para llenarlo de alegría, compasión y calma. Los beneficios de cantar en grupo nos acercan a ese equilibrio de paz tan necesario en el mundo. Paz en los corazones, amor perpetuo para la vida. Hay sonrisas y miradas cómplices entre los tenores, los bajos y las soprano y contraltos. Se respira un ambiente dulce y amable, lo cual ayuda a empezar el día con una alegría interior hermosa y necesaria. El canto devocional eleva nuestras miradas hacia la vida del alma, y el alma, agradecida, nos abraza desde el lazo místico.

Nada más terminar, algunos marchamos al Sanctuary de meditación, al otro lado de la comunidad, justo en frente de la caravana original. Tras ensanchar el corazón mediante la práctica devocional, toca ensanchar la mente sin límites ante la práctica de la meditación silenciosa. Abrazados al alma, partimos al encuentro del Espíritu Universal, el Absoluto que se encuentra en todas las cosas y en todos los seres vivientes. Es entonces cuando se abre la visión sobre las cosas invisibles. Un corazón alegre acompañado de un intelecto despierto y vivo, con ganas de aprender y comprender, es lo mejor para empezar la jornada y comprender desde la profundidad de las cosas qué hacemos aquí y porqué estamos en este misterio cósmico. Nuestro cuerpo, que no deja de ser un templo labrado en honor de la vida, alberga todo aquello que nos reconecta con nuestra esencia más infinita. Honrar al cuerpo es honrar a la vida, es honrar el Misterio.

Calma, mucha calma interior siento en estos momentos de paz, sosiego y alegría. Necesitaba este silencio, este lugar y esta práctica para volver a mí, para retomar mi centro, para equilibrar mi vida. De alguna forma me estoy salvando. Estoy salvando el mundo dentro de mí para así poder ayudar a salvar al mundo que se expresa a mi alrededor. Calma, sosiego. Andaremos y veremos. Inevitablemente.

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Del Calvario a Belén y más allá…


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Este atardecer en Israel guarda sus propios secretos

«Los que aspiran a un verdadero progreso deben considerar todo lo que les sucede en la vida como una prueba iniciática, y ser, por así decirlo, sus propios iniciadores». The Theosophist, T. IX, pág. 364.

 

El viaje por Palestina e Israel albergó su propio misterio. Algo hermoso se inició, y por lo tanto, vivimos nuestro propio proceso iniciático. Hicimos el recorrido iniciático al contrario de como marcan las pautas establecidas. Partiendo siempre a la inversa de lo instituido, primero fuimos hacia la Resurrección y Ascensión, interrogándonos, como hacen los que hollan el sendero, de la siguiente forma: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?”. Allí estaba Jerusalén y toda su gloria para dar respuesta a nuestras dudas. Nos acercamos en silencio y en humilde devoción volcamos todo nuestro sentir a ese momento de fe y esperanza. Miramos una y otra vez al cielo mientras nuestros cuerpos bajaban hacia las profundas oquedades.

Allí mismo, muy cerca, en el monte del Calvario, nos esperaba el momento de la Crucifixión. En algunos lugares de Oriente se la designa como la Gran Renunciación, con su lección del sacrificio y su llamamiento a la muerte de la naturaleza inferior. «Cada día muero”, decía el apóstol, porque sólo en la práctica de sobrellevar la muerte de cada día puede enfrentarse y resistirse a la Muerte final, nos recuerda AAB. Algo así sucedía en nosotros. Algo moría, al mismo tiempo que algo renacía de nuevo. Renunciábamos al miedo y nos íbamos entregando al amor de la vida, al amor de la comprensión, al amor alado de la vivencia de estar vivos, al mismo tiempo que algo moría a cada instante.

Uno de los momentos más sublimes fue el de la Transfiguración en el Monte Tabor. Allí por primera vez se manifestó cierta perfección y cierto deseo de unión. Allí nace el mandato: «Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. Y de alguna forma, en los paseos y aledaños sentimos esa necesidad de perfección. Algo nació en ese instante único e irrepetible, algo que nos aproximaría a la verdad de lo que somos, no como entidades separadas, sino como seres unidos por el lazo místico.

Llegó más tarde el Bautismo. El nuestro no fue en el Jordán, pero sí en el ancho mar de la tierra media, desnudos e inocentes, en un invierno cálido, en un abrazo sincero donde podían unirse las almas para ser bautizadas con agua y con fuego, porque las almas puras se tiñen de sol para ver en la llama el símbolo del camino iniciático. La luz resplandeció por encima de nuestras mentes y la claridad se hizo palpable.

Y por último llegó el Nacimiento en Belén, del cual Cristo dijo a Nicodemo: «el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios». Allí nos acurrucamos en la incertidumbre, nos acomodamos al silencio y nos vaciamos de todo cuanto éramos, naciendo de nuevo, en la caverna del corazón, como seres que desean volver a empezar, como almas peregrinas que nacen de nuevo al mundo para ofrecer la luz que llega desde lo más alto.

Y más allá… de todo cuanto aquí se dice, lo que más valor tiene es lo que se oculta, porque en el Misterio de todo viaje, es la parte que no se conoce la que más valor encierra. Por eso la palabra, que no deja de ser un símbolo que desea aproximarnos a una cierta verdad, siempre se empequeñece ante los hechos reales, ante la grandeza de aquello que jamás podrá ser revelado. El secreto del viaje, el misterio, lo oculto, quedará para siempre en nuestros corazones. Quedará para siempre en nuestros verdaderos rostros, aquellos que solo pueden ser enseñados a los capaces, a los valientes, a los osados. Ese más allá inolvidable que algún día entenderemos. Ese más allá indescriptible que sólo las almas nobles podrían sospechar y entender. Un proceso iniciático se abrió en ese viaje. Ahora solo queda esperar sus frutos.

Nunca es siempre así…


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© j.u.l.i.e.n.g

El que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona, / ni habita palacios fastuosos / que provoquen a la envidia.                  Odas de Horacio (Carminum II, 10 «A Licinio»).

 

Así me lo recordaba ayer una amiga, citando una frase escrita por Jack Kordfield y que describe perfectamente el principio budista de la impermanencia. Nunca es siempre así, porque el dolor no dura siempre, ni la felicidad, ni nada de lo que conocemos. Todo cambia, todo se transmuta. El Anitya budista, el principio de transitoriedad, donde toda existencia está inevitablemente sujeta al cambio. En las enseñanzas de la meditación vipassana, se nos enseña la idea profunda de que todas las cosas son transitorias, por lo tanto, aferrarse a ellas es siempre un empeño vano que conduce al sufrimiento. Este sufrimiento es conocido como Duḥkha. Si nos aferramos a las cosas que ya no están, que ya tuvieron su tiempo, que ya no existen en nuestra realidad, estamos agrandando la brecha de ese sufrimiento. Por lo tanto, todo lo que es aparente, es siempre insustancial o Anātman. Lo único que permanece es el cambio, la constante transformación.

Hay tres características fundamentales en las enseñanzas budistas, llamadas las Tri Laksanas: transitoriedad o Anitya, insustancialidad o Anātman y sufrimiento o Duḥkha. La estabilidad es una ilusión a la que nos aferramos de forma arbitraria, ignorando siempre esta sustancia de flujo movible. Somos seres cambiantes en un mundo cambiante, de ahí que nada sea seguro. No podemos aferrarnos ni creer que las situaciones que ahora vivimos, las emociones que sentimos o los pensamientos que tenemos van a ser fijos. Cada minuto de nuestras vidas es diferente y, por lo tanto, también nuestra propia condición humana. Ya no somos lo que éramos hace unos años y ya no somos lo que fuimos hace unos minutos. Estamos en un proceso de constante e irremediable cambio. ¿Por qué aferrarse entonces al pasado, al presente o al futuro? ¿Por qué aferrarse a emociones que pertenecían a otro tiempo o a ilusiones de cosas ficticias? ¿Por qué aferrarse a nuestro presente inmediato, a sabiendas que todo cambiará? Trabajo, pareja, familia, salud, tiempo. Todo son constantes circunstanciales que se manifiestan y que desaparecen tarde o temprano.

No existe la certidumbre absoluta. Esta es una realidad poderosa que siempre intentamos evitar. Deseamos llevar una vida normal, una vida segura, pero en cualquier momento todo eso puede desaparecer de un plumazo, en un segundo, en un instante. Nuestros trabajos desaparecen, nuestra salud se marcha, nuestras parejas nos abandonan, los hijos hacen su vida. Esta idea nos puede crear incertidumbre y sufrimiento, pero también, reflexionada con calma, nos puede preparar para hacernos fuertes ante lo que se pueda avecinar. El desapego hacia las cosas, las experiencias y las personas es siempre un eterno aprendizaje.

El budismo nos dice mediante sus cuatro nobles verdades que el sufrimiento (dukkha) existe, que el mismo tiene una causa, que el sufrimiento se puede eliminar y que el sufrimiento tiene un camino para su eliminación: el noble óctuple camino. En esta maraña de enseñanzas aparentemente claras y sencillas, la realidad que habitamos siempre es compleja y obtusa. De ahí que el amor, la sabiduría y la voluntad deben ayudarnos a discernir una y otra vez la posición que habitamos en nuestras vidas, la felicidad en la que vivimos y el tipo de libertad que disponemos y deseamos. Siendo así, deseamos que todos los seres sintientes sean felices… Anitya! Anitya! Anitya!

 

Reverencia profunda


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© Ozkan Konu

«En ese momento, al soplar el viento, fui consciente de que el aire existía. Lo mismo el sol: de repente me percaté del sol brillando entre los árboles; su luz, su calor. Un don completamente gratuito y a nuestra disposición para que lo disfrutemos. Sin pensarlo, de forma totalmente espontánea, junté mis manos, y me di cuenta de que estaba haciendo una reverencia. Comprendí que eso es todo lo que importa: que podamos hacer una reverencia, una reverencia profunda. Solo eso. Solo eso”. Rev. Eido Shimano

Cerca del mar hay una pequeña comunidad cristiana, casi anónima, casi desconocida. Los lunes se reúnen en una pequeña capilla habilitada en uno de los rincones de la casa. Una veintena de personas, primero en silencio y luego cantando a la luz de siete velas, ofrecen un momento de calma y remanso para el alma. Hacen una reverencia a la luz, simbolizada por el Cristo de sus creencias. Se inclinan ante ese arquetipo solar y oran para que la lucidez se extienda por los dominios de la tierra. Tuve la suerte de descalzar mis zapatos, desanudar por un instante mi mente y vaciarme ante la presencia de lo inconmensurable representado en símbolos. Ofrecí la comunión al silencio y dediqué mi plegaria a ese instante irrepetible y único. Cerré los ojos, junté mis manos, oré, canté y me desplacé con cierta gracia y alegría hasta las huestes celestiales. Quizás tan solo por un momento, pero suficiente para poder contemplar el aliento de la vida, el sentido profundo de la existencia, la magnitud de lo inabarcable.

Tras el rezo y el canto vino el tradicional ágape ya distendido, humano, cercano. Me invitaron, como mensajero esporádico, a explicar qué se cuece más allá del septentrión, cerca del fin de la tierra. Realmente no traía muchas buenas nuevas, excepto la ilusión de pensar que, tras cinco años de esfuerzos, otra comunidad está germinando en algún lugar del mundo.

Luego llegó la noche y recordé la invitación a Tierra Santa. Por tres veces me tentaron con ese viaje y pensé que sería bueno claudicar a la llamada, ir al desierto, llevarme mis demonios encima del hombro y buscar durante cuarenta noches la forma de expulsarlos de mi vida para siempre. O al menos para esta prueba significativa. Decir adiós a esa pesada carga, a ese infortunio que no cesa e intentar que el año nuevo se presente desde una perspectiva diferente.

La oración en la capilla me recordó la necesidad de huir, primero de mí mismo, por eso de que nosotros siempre somos nuestro peor enemigo, y luego de esta tormenta que no cesa. Huir, huir, huir bien lejos, sin remordimientos, sin necesidad de búsqueda ni de encuentro. Sólo huir por los caminos y las veredas del llanto, hasta llegar a alguna orilla, arrodillarme ante la inmensidad y orar. Necesito recordar, volver a recordar, que lo único que importa es poder arrodillarse ante el infinito, ante el absoluto más profundo, para poder hacer una humilde reverencia. Y para eso huiré al desierto. No será importante lo que allí ocurra. Sólo me inclinaré de nuevo para darme cuenta de que eso es lo único que necesitamos. Arrodillarnos humildes, lejos del ruido, cercados por el silencio, abrigados por la inmensidad.

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El silencioso sacrificio del ego


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 “En el tercer domingo de Adviento: el hombre busca la realidad verdadera, que se encuentra en lo espiritual. La clave para esta realidad y para toda cognición espiritual es el sacrificio. La voz de la quietud dice: no quiero hacer sufrir a nadie, quiero perdonarlo todo.”  Rudolf Steiner

Silencioso y siempre doloroso. Silencioso porque sabes que no puedes atar la experiencia cuando la experiencia ya siente que su proceso ha terminado. Sabes también que esa experiencia no tiene la suficiente fuerza para marcharse por sí sola. Entonces haces lo necesario para que la fuerza proponga soluciones y luego la ayudes con cierto empuje. El alma pone toda su fuerza para reordenar el escenario, el empuje lo da el ego cuando, retorcido de dolor, se ve en la necesidad, contra su voluntad, de obedecer los designios. Si fuerzas con rabia, el empuje sale de forma descontrolada pero efectiva, la experiencia desaparece, huye despavorida. Eso era lo que se hacía en silencio, pero con cierto deseo de liberar aquella actividad que por sí sola no tenía fuerza ni valentía para hacerlo. Si miras desde lo más alto eres capaz de hacer el sacrificio. Cuando la experiencia siente que todo ha terminado, hay que liberarla, aunque duela, aunque sintamos apego, aunque la queramos para nosotros. La presión es dolorosa, pero necesaria. El sacrificio del ego sufre como una segunda muerte.

Es doloroso porque si amas realmente, no deseas perturbar la nueva etapa vital con las pequeñas cosas y eso necesariamente requiere un sacrificio. Prefieres dejar la experiencia lo más libre que puedas para que la experiencia decida y se trascienda, disfrute de verdad de ese nuevo reto vital que se ha diseñado para empezar en otro escenario diferente, pero con las mismas pruebas, ahora incrementadas. Si amas de verdad, solo puedes desear lo mejor para el otro, y quizás lo mejor para el otro en esos momentos es que el alma se retire, esté en un segundo plano, sin hacer mucho ruido, callada, respetando y aceptando la situación y aceptando el sacrificio doloroso del ego. En esa retirada hay una parte de riesgo, pero de ahí viene el misterio del sacrificio oculto. Al retirar voluntariamente el alma, liberas la experiencia para que siga su camino si decisió que el anterior estaba agotado o no merecía la pena continuar en el mismo.

En todo este juego de máscaras hay verdades veladas y decisiones complejas. El ego sigue jugando su rol para alejar lejos la experiencia, para que se libere y encuentre su nuevo marco dimensional. El ego se rompe en el proceso, padece, sufre. Y al hacerlo, de alguna forma la empuja a ello. Desde un punto de vista energético, la persona se ha topado con un nodo y ese nodo la ha impulsado hacia otra dimensión. Pero no siendo suficiente, al alcanzar el impulso e instalarse en ese nuevo marco de experiencia, el nodo desaparece, se sacrifica para permitir la corriente energética y la nueva enseñanza. El nodo es la fuerza que atrae, pero también la fuerza que repele para redimensionar la experiencia. Para que eso ocurra, como una gran catapulta que lanza al ser hacia el nuevo estadio, hay un momento de retiro, de sombra, de dolor inevitable.

En el imaginario de las máscaras cada cual juega su rol para que así sea. Uno se siente triunfador y feliz por haber llegado tan lejos y el otro agotado, dolorido, roto por el esfuerzo del lanzamiento. Así hasta que el alma, el nodo, vuelva de nuevo a su lugar, y la experiencia se fortalezca para vivir su nueva vida. Si lo consigue, si es fuerte para soportar las nuevas enseñanzas, todo habrá tenido sentido. Si fracasa, volverá de nuevo al punto de partida hasta que esté preparada. Todo se reorganiza de nuevo. Todo vuelve a su lugar. Todo es volver a empezar.

Las piedras del solsticio


 

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«Mirad cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en armonía. Es como el óleo precioso sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, que desciende hasta el borde de sus vestiduras. Es como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí mandó el Señor la bendición, la vida para siempre». Salmo 133

Las piedras no olvidan jamás el resquemor del tiempo. Sumadas unas a otras crean paredes, templos, oficios y hogares. Los jóvenes que se entregan a las costumbres temporales suelen abrigar entre sus paredes tesoros ocultos. La abnegación de esa dulce y hermosa caballería invisible por cuidar cada piedra, arrebatarla de musgos y líquenes, desbrozarla de helechos y zarzas que crecen en sus recovecos antiguos, es algo que con el tiempo se agradece. No hay reproches en aquellos que salvaguardan la intimidad, aquellos que sostienen la frágil memoria de una cultura que necesita ser alimentada por conocimiento y calor.

No existe espíritu de intriga en los valerosos que en silencio reconstruyen, siglo tras siglo, las pobladas oquedades del espíritu. Se sumen en una callada y sórdida melancolía que no terminan de entender. Se esfuerzan día y noche, bajo el mando de la quietud y la intuición, esmerándose en preparar lo mejor de sí. Pulen las piedras del camino al mismo tiempo que hacen de sí mismos una talla, una columna recta y perfeccionada día a día con sudor y trabajo.

A veces se reúnen en sigiloso y taciturno paso. Intentan honrar el tiempo en sus misteriosos traspasos de poder. Cuando el otoño se retira y aparece el invierno, la fiesta gira junto al fuego en la noche más larga. Las hogueras pretenden simbolizar la luz que renace, que se esconde para brillar más fuerte, aquella que mimosamente es cuidada para proteger y guiar al alma peregrina. Dar cobijo, preparar el pan, alimentar el alma, resucitar el espíritu invisible. Esa es la tarea.

Las fuerzas que se acumulan en cada interior son utilizadas durante el resto del año para procrear la vida y su sentido más profundo. Las semillas son albergadas en recintos oscuros y protegidos aguardando el resplandor y la explosión primigenia del tiempo vital. La noche oscura sirve para proteger y consolar, desde el frío halo, todo aquello que necesita reposo.

Entre el fuego se relatan los hechos antiguos. Se expresan las ideas para el nuevo año y se administra con sabiduría las proezas que deberán hacer aún más grande toda la obra. La imaginación intacta y febril provoca sueños que deberán tejerse en el resplandor de la luz matinal. Es esa la labor de todo tejedor, crear las consignas para el nuevo tiempo, manipular con su fuerza aquellas energías redentoras que deberán tejer las nuevas ideas, los nuevos edificios que piedra tras piedra serán construidos para la memoria colectiva.

Las piedras no olvidan jamás, por eso, tras el secreto alumbramiento de la luz, los constructores seguirán desbrozando, tallando, apilando una a una, tiempo a tiempo, todo cuanto saben. Los destinos ordinarios dejarán paso a la promesa de los hechos extraordinarios. La impronta de aquellos que antes que nosotros hicieron sus propias proezas sirven de inspiración para seguir adelante, para luchar contra el tedio mientras se resucita el espíritu precursor.

Siempre hubo una fascinación por lo desconocido. Por eso, en estas fechas señaladas, nos reunimos para acomodar el fuego a las historias que han de descifrar los entresijos de la vida. Los misterios serán relatados con símbolos, toques y señas ininteligibles. El secreto allanará el curso de la conversación mientras que el silencio se abrirá paso en el momento de la creación conjunta.

El egoísmo y la vanidad de los grandes se diluye en generosidad entre la caballería errante. Las glorias pasadas sirven de telón para producir nuevas oportunidades. La hermandad invisible se congrega nuevamente ante la vehemencia y el ardor del encuentro programado. Pronto será media noche en punto y empezará la fiesta solsticial. Feliz solsticio. Dad pan al que no tiene, hambre y sed de justicia al que tu colmaste.