Por qué los secretos y tesoros están a salvo


 

a

“Ante el trono de Dios, el ángel, con los demás ángeles, permanecieron y exclamaron: ‘Señor de mi vida, concédeme la fortaleza para hollar el sendero de la revelación, cruzar el mar de la oscura ilusión y enfrentar el camino iluminado de la tierra’. Dios respondió: ‘Ve, y ve muy lejos’. (El Sendero de la Experiencia en la Tierra)

Esta mañana en la sala sonaba la “Messe Solennelle De Ste. Cécile” de Charles Gounod interpretada magistralmente por Elina Garanca. De alguna forma se había creado un espacio sagrado entre los tres componentes que allí estaban para dar continuidad a la transmisión de los misterios y aquel maestro de ceremonias, que viendo la dificultad del momento, amenizaba el lugar con esa música angelical. Los retos de aquellos caballeros que blandían sus almas para resguardar la vida del espíritu se representaba humilde en ese instante. Por dentro sentían cierta compunción por el drama del sacrificio mientras que por fuera intentaban demostrar entereza antes los retos que se presentaban. Traspasar los límites de la comprensión escenográfica era realmente complejo. Sólo desde la música se podía entender todo el conjunto.

Durante miles de años, el conocimiento, los tesoros espirituales, han estado siempre resguardados en impenetrables logias de sabiduría, en órdenes iniciáticas cuyo acceso era profundamente difícil. Las sociedades secretas eran las garantes de que la antigua sabiduría fuera depositada siempre en buenas manos. Solo los neófitos de corazón puro podían acceder a ella. Sólo los que habían entrenado un cuerpo sano y fuerte y una mente clara podían entender la sutileza de dichos tesoros. Los valores y virtudes de aquellos que durante eones han entregado sus vidas a esos propósitos se ve compensada por esa paz interior, por esa sonrisa que muestra la inocencia de un niño que arrima su mirada a los cielos que albergan la primavera humana.

A veces esos lugares misteriosos, especialmente cuando los tiempos son convulsos, se diluyen entre la maranta y la ciénaga misericordiosa confusión. Entran en lo que algunos dan por llamar la rama invisible de la creación, el estado puro donde nada ni nadie puede perturbar el trabajo que dará paso a las ideas y mejoras de las próximas centurias.

La oración y la súplica silenciosa atrae a los espíritus virginales que de forma poética y generosa cultivan la planta, el árbol, la vida. La fuente de agua pura solo es posible beberla ante un corazón lleno de gracia. Sólo aquellos de corazón puro, de espíritu alegre, de vida entregada pueden acceder libremente a los tesoros y secretos que la vida guarda para la construcción del Adytum. No hay más defensa que la pureza de intención. Todo está ahí, visible, pero solo los que sonríen como niños pueden verlo.

Por eso hoy los ángeles cantaban en esa sala. Era la señal de que todo estaba bien, de que las situaciones difíciles solo pretenden resguardar el secreto. Vendrán instantes mejores y las puertas del templo se abrirán para que de nuevo se regenere el espíritu de los tiempos. Mientras eso ocurre, los hermanos del espíritu libre seguirán trabajando en silencio para resguardar al peregrino, proteger los caminos y saciar al desconsolado. Todo ello en su entrega desapegada, todo ello bajo la melancólica mirada de los tiempos, sonrientes, a la espera de que todo esté preparado para la transmisión. Todo está a salvo, todo está bien.

 

 

Hacia un mundo lejano


 

a

«Hijos míos, hijos míos, queridos hijos. No creáis que Nuestra Comunidad está oculta para la humanidad por un muro impenetrable. Las nieves del Himalaya que nos ocultan, no son obstáculo para los verdaderos buscadores, sino sólo para los curiosos. Observa la diferencia entre el buscador sincero y el árido y escéptico investigador. Conságrate a Nuestro trabajo, y te guiaré hacia el sendero del éxito, en el Mundo Lejano”. Las hojas del Jardín de Moya I, sutra 313, Agni Yoga Society, 1924.

Resulta complejo describir de forma profunda la belleza singular de los aledaños y profundos paisajes espirituales cuando el mundo solo alcanza a escudriñar los áridos pastos que acechan a nuestra siempre corta mirada. Hay personas, sin embargo, que se regocijan por el relato, a veces escueto, pero siempre misterioso, de aquellos que alcanzaron las tierras lejanas y pudieron volver para compartir la visión. Su mochila desprendida siempre es frágil, porque allí atesoran tan sólo lo necesario para seguir caminando. Y lo hacen, con paso firme, parando a veces en las moradas que el Camino, siempre protegido por sus guardianes, aguarda impaciente.

La creación de esas moradas siempre es complejo. El refugio en el Camino, el hospital para peregrinos del alma, la posada para el descanso necesario. Es una visión que no puede ser observada desde una visión plana, sino que recorre toda la necesaria perspectiva de los mundos invisibles. Dar de comer al hambriento y de beber al sediento no es tan sólo un estímulo para el guardián, sino, además, un sentido de vida necesario para que otros alcancen ese mundo lejano.

De ahí la complejidad de la visión, de la mirada multidimensional que necesita renovarse para seguir cumpliendo su misión, su propósito esencial en un tiempo y espacio recluidos pero estrechamente relacionados con el resto de tiempos y espacios.

El haz de luz que ilumina nuestro Camino es siempre necesario. Esa captación universal donde desaparece el sentido de separatividad, esa clara concepción del todo a la vez.

El filósofo griego Plotinus decía que el conocimiento tiene tres grados: opinión, ciencia e iluminación. Los instrumentos para alcanzar cada uno de los mismos es el sentido, la dialéctica y la intuición. Esta última, nos decía, es el conocimiento absoluto cimentado en la identificación de la mente conocedora con el objeto conocido. Por eso la visión se ensancha cuando nos identificamos con el propósito de nuestras vidas, con la transversalidad de todo cuanto hacemos.

Todo es complejo, de ahí que la triada silencio-conocimiento-acción sean imprescindibles para completar el proceso de toda voluntad. El sendero que nos lleva a ese mundo lejano descrito en el jardín del Morya y que Plotinus, avanzando su visión sobre la unidad llamaba Nous, es un viaje apasionante de máxima consagración. Es complejo, es difícil, pero tarde o temprano todos seremos llamados a guiar nuestros primeros pasos hacia ese valle donde las hojas otoñales se convierten en un mismo día en fructíferas flores de primavera.

Que la armonía interna nos conduzca hacia esa luz. Que el Camino se desvele ante el deseo ardiente y noble de nuestro corazón. Que los guardianes y moradores protejan y alimenten nuestros pasos. Feliz día, feliz jornada.

El silencio reina en ambas columnas


a

«Me doy cuenta que si fuera estable, prudente y estático; viviría en la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, por que ése es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.» Carl Rogers

Se acaban de marchar los últimos peregrinos del alma y tras un verano intenso donde las luminarias no han parado de venir a este pequeño paraíso terrenal el silencio reina en ambas columnas. La soledad, el preludio del otoño con estas primeras lluvias tras dos meses de sequía, las hojas que cubren el manto amarillento y el verde que empieza a florecer por todas partes son ya señales de que un nuevo ciclo se acerca. Recogimiento, introspección, silencio.

Han sido unos meses de mucho estrés, de mucho movimiento interior y exterior, de muchas experiencias duras y profundas, algunas secretas, indescriptibles, fuertes. Ahí están para alumbrar la sabiduría, para fortalecer la voluntad y para protegernos de la ignorancia bajo el humilde manto del amor y la compasión. Hemos pagado el precio de una vida fluida, perpleja y excitante. Hemos también reclamado el salario en la columna del estudio, la introspección y el servicio.

Las columnas de todo templo que se precie están decoradas con granadas. Para los iniciados en las artes del símbolo esto denota la abundancia que es fruto de una utilización sabia de los dones que recibimos. Explorar esos dones solo es posible si somos capaces de ofrecer tiempo y espacio a esa mirada que tiene como premisa el progreso de la humanidad, intentando elevar el nivel de nuestra vida moral y social, y de paso, la de quienes nos rodean. Esos dones se manifiestan en el silencio, en el tiempo otoñal de nuestras vidas, en aquello que abarca la plenitud de lo que anhelamos.

En la quietud silenciosa damos más espacios al espíritu y dejamos que el alma, puente imprescindible hacia la vida trascendental, sucumba en sus anhelos. Es algo que está ahí, a veces de forma imperceptible. Podemos apreciarlo o no, podemos verlo o no, podemos utilizarlo o no. Eso dependerá de nuestra capacidad de vivir una vida lúcida y despierta o, por el contrario, sucumbir a una vida plácida pero estable, prudente y estática.

La Voz del Silencio siempre es buena compañera. El silencio es el antakarana, el puente, hacia lo trascendental. Dharana significa “concentración”. Es lo que precede en la meditación raja yoga a Dyana y Samadi. La iluminación, nos dicen, solo es posible desde el silencio. También la paz, el amor y eso que llaman la vida eterna. No hay mayor iluminación que la cotidiana, esa que nos lleva por las veredas de la verdad silenciosa, del susurro melódico del devenir que experimentamos a cada instante. Si nos fijamos con detalle en la vida observamos con asombro y sorpresa que todo cuanto ocurre ha sido tejido minuciosamente por una dimensión arquetípica inabarcable. No podemos entenderla al igual que el ave no intenta comprender el misterioso regalo del viento. Pero podemos observarla, navegarla, experimentarla.

Lejos del ruido y la indiscreción profana los estudiantes se reúnen para recibir su salario. Son los dones, puestos al servicio de lo trascendente, la paga ansiada. Desde una de las columnas que decoran el templo se avista claramente la cámara interior. Un secreto encierra. El secreto de la quietud, del silencio, del anhelo. Una esperanza alberga: el poder compartirlo, entregarlo, donarlo. El don nace para ser dado. Donar, dar, como lo hace el sol o la naturaleza es el mayor de los secretos aún por descubrir.

Imagina un mundo nuevo


a

Todo empieza en la mente. Cualquier acto, cualquier cosa que realizamos de forma individual o colectiva surge de un pensamiento. La mente es la masa de arquitectura y el corazón es la fuerza que empuja la creación hacia cualquier cometido. Estamos aprendiendo a pensar, a razonar por nosotros mismos y a ser creadores de cosas, de momentos, de experiencias, de relaciones, de sueños. Estamos empoderando nuestras vidas más allá de las estructuras que nos han ido inculcando y podemos empezar a diseñar nuestras vidas de forma diferente, emancipados del miedo y la ignorancia.

El deseo nos llena de magia la existencia. El instinto lo empuja. La intuición la eleva. Porque es cierto, y esto también forma parte de ese descubrimiento, que podemos elevar nuestras vidas hacia dimensiones aún más amplias y extensas. Estamos empezando a desvelar ese nuevo mundo que necesitamos. Esto resulta ser una revelación porque podemos guiar nuestras vidas hacia un sentido nuevo.

En las antiguas órdenes religiosas, algunos hermanos se reunían en secreto para relacionar los asuntos de su causa mayor. “Gentiles señores hermanos, levantaos y rogad a Nuestro Señor que su santa gracia descienda sobre nosotros”. Esa visión divina de la vida les dotaba de una fuerza y un propósito mayor a sus propias vidas. Cuando los caballeros se reunían para glorificar a su santo Arquitecto estaban delegando sus vidas a un propósito mayor. De alguna forma estaban imaginando un mundo nuevo, ese mundo descrito por aquel al que ellos llamaban respetuosamente Señor o Maestro.

El reino de Dios era para ellos el reino del amor, el reino del respeto, la tolerancia y la justicia, la libertad y la fraternidad entre los hombres y mujeres de buena voluntad. Ese reino imaginado en los corazones ingenuos de aquellas gentes era algo realmente poderoso. Les dotaba del coraje necesario para crear y disciplinar un plano, el de la mente, aún embrionario.

La adoración y la disciplina hicieron que la vida fluyera hacia los mundos abstractos de la creación. El ser humano pasó de creer en Dios a endiosarse con su aparente infinito poder creador. Al mismo tiempo que esto ocurría la creencia, que antes era institucional y compartida, se volvía cada vez más privada y silenciosa. De alguna forma el Señor, el Maestro del que hablamos predijo lo que pasaría en un futuro: “pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Aquel que se desvanecía en el desierto para orar en secreto, aquel que se despedía de la multitud y subía al monte a solas para orar; y al anochecer, estaba allí solo, no era más que un profeta del futuro, un ser que entendió la evolución humana, su papel en la creación y el desarrollo que la mente tendría en un futuro. El Señor, el Maestro, era un instructor del futuro, un pedagogo de todos los tiempos.

Los adeptos más destacados siguieron sus pasos. Sabían que el corazón del místico solo podría expandir toda su gloria bajo el tupido manto del conocimiento, del esotérico y del exotérico. Corazón y mente unidos para escalar a las montañas del silencio y la plenitud y descubrir el verdadero sentido de toda la existencia. Adeptos que superaron el estadio místico y esotérico y se entregaron en vida a una causa desconocida, pero necesaria para crear ese mundo nuevo. Entregados e integrando el amor y la sabiduría mediante la voluntad al bien, hacen progresar en silencio al conjunto de la humanidad. Su inspiración y su proclama bandera de la paz seguirán instruyendo siempre nuestro futuro, nuestro particular nuevo mundo. Sus plegarias, sus oraciones silenciosas allá en el desierto construyen la realidad futura. Contribuyamos con ellos imaginándola.

Sobre la naturaleza del alma


a

“El Ser Supremo tiene dos naturalezas, superior y inferior, tierra, aire, fuego, agua, éter, mente, entendimiento y sentido del yo es la óctuple división de mi naturaleza, pero esta es mi naturaleza inferior, mi otra naturaleza, la superior, por la cual el mundo asciende, es el alma, la consciencia”. Bhagavad Gita

Es cierto que entregar unos años de tu vida a un propósito invisible para los ojos que se fijan en las cosas de la tierra puede resultar una pérdida de tiempo. Puedes ver a un leñador atizar el fuego de una chimenea en otoño y olvidar que durante el verano estuvo trabajando duro en la espesura del bosque. Puedes ver caer las semillas en la tierra húmeda y obviar los procesos invisibles que se desarrollarán en toda su explosión de vida futura. El agua que circula rauda en primavera se cuela por los acertijos del valle para penetrar en las profundidades calizas y albergar en oscuras cuencas el líquido de vida que muchos beberán. El aire circula afanoso transportando ideas mientras el fuego, avivado por la lucha de las estaciones, expande su calor en las estancias invernales.

Más allá del mundo de la forma, de la estrecha mirada fenomenológica que todo lo entiende porque muestra tan solo las partes finitas de los hechos, existe un mundo aún más rico y extenso donde las causas no tienen fin y la naturaleza se expresa de forma ascendente. Es allí donde moran, en posadas trasparentes cargadas de luz y brillantes paredes  aquello que llamamos el alma y la consciencia. Es allí donde los propósitos se apoderan de nuestras vidas y nos conducen a realizar cosas que son incomprensibles para la mirada corta.

En esas moradas viven aquellos que vigilan e inspiran nuestros actos. Aquellos que esperan ansiosos el que fijemos la mirada no en la parte carnal de las cosas, sino en los rostros invisibles de las mismas. Aquellos que implantan con paciencia la esperanza en nuestros corazones, esperando cautos que nuestra obra se fije con las columnas de la virtud, la razón y la verdad.

Hay una promesa en el aire que inspira constantemente pensamientos simientes, consciencias altamente cualificadas para regenerar la vida que está más allá de lo aparente. Hay muchos servidores cuya misión consiste en anclar en lugares fijos luminarias que atraigan a los buscadores ansiosos por elevar la mirada hacia ese cielo trasparente. La ciudad resplandeciente espera los latidos de nuestros corazones, esos que son como los tambores que dan la bienvenida a los héroes. A veces ocurre que nuestros latidos se pierden en la espesura de la afanosa vida y olvidamos el llamado que nos conmovió hacia la urgencia de actuar. La llama resplandeciente que algún día iluminó nuestro centro termina apagada por falta de ese combustible que regenera constantemente nuestra existencia.

Estamos, todos, llamados a una naturaleza superior, a un camino que tiene que ver más con la amplitud de la vida que con la estrecha rigidez de nuestra naturaleza pequeña. Hay algo que nos conmueve para seguir avanzando y creciendo hacia el mundo del espíritu. Hay algo que nos empuja más allá de los causas y los arquetipos que hace ascender al mundo. Ese algo debe latir fuerte en nosotros. Ese algo nos debe convertir todos los días en brillantes estrellas en la oscura noche.

Atrévete a hollar


a

Los trabajadores están ahí, esperando quizás el soplo de alguna llama interna que les guíe por las veredas del servicio, de la acción, de la intuición grupal. Aguardan en la penumbra, en la niebla, en el borde del camino alguna señal, ignorando todas aquellas que desde lo más remoto aparece a cada instante. A veces se sienten desorientados y repiten una y otra vez aquel viejo mantra de siglos pasados. Aman pero desde el desconocimiento, alejados de la raíz de aquello que les fuerza a resumir en palabras una sabiduría necesaria. También aman, o intentan amar, sin voluntad alguna, esgrimiendo la responsabilidad en cosas superfluas.

La pérdida de sentido es propia. Ignoran que son piezas de algo mayor, que sirven de engranaje de una malla aún más amplia que su propia esfera de influencia. Requieren advertencias, requerimientos y guiños para intentar comprender que el trabajo no es algo aislado, individual y temporal. Deben entender que la búsqueda de sentido solo puede ser posible ante la actuación de aquellos que cabalgan juntos en un mismo corcel.

Hay un propósito oculto que está presto a ser aplicado de forma inteligente. Somos corresponsables de su empleo, de su puesta en marcha en el mundo real. Los trabajadores están ahí, esperando inmaduros la señal. Mientras, la potencia del trabajo corresponde a una necesidad que se agranda ante nuestro miedo y pesar.

El mundo arquetípico espera, no tiene prisa por enfrentarse al mundo con diligencia y ecuanimidad. Es ese lugar de elevada inspiración y de luz donde las formas no producen sombra y por lo tanto, no existe confusión. Elevar nuestra mirada a esa visión más grande, más amplia, más profunda, requiere cierto entrenamiento, cierta disciplina. Pero también cierta voluntad de obrar hacia esas metas de amor y compasión hacia los seres sintientes. Esa misma necesidad de querer transformar y elevar las cosas bellas a un plano aún más abarcante, armónico y eficaz. Esa energía elevada que requiere atención plena, entrega y fuerza para arrancar de la inercia el esperado sueño.

Queremos y estamos dispuesto a ello. Sólo debemos empezar a recordar quienes somos, cual es el motivo real de nuestra vida y por qué avanzamos juntos en esta nodriza que tanto nos da. Podemos despertar al furor de la urgencia, podemos abrazar el inmanente sueño común y volver a sentir el roce suave de la esperanza.

Ya no es una ficción el poder hablar de un mundo nuevo. Es algo que sembró en la tierra del ayer y que se expresa tímido en los brotes del presente y sempiterno ahora. Ya es posible vivir para siempre en esa emoción. Tomemos un momento para rememorar la esencia de nuestro propósito interior y poder así expresarlo sin miedo, sin temor. Tomemos un momento para expresar libres esa gran propuesta.

Aprendiendo a ser felices


Ultimate_HDR_Camera_20160621_212358

He aprendido a estar contento en cualquier estado en que me encuentre”. San Pablo

Es algo complejo pero es posible cuando desechamos de nuestra vida la avaricia y el miedo y nos volvemos seres inofensivos, sin ganas de dañar a nadie. Estar bien en cualquier estado implica estar bien en cualquier circunstancia, o con cualquier persona, sea del carácter que sea. Implica albergar el halo de paciencia que nos lleva a esa quietud interior. Implica también observar las cosas que nos circundan de forma totalmente desapegada y amable. Es perder el deseo hacia aquello que nos impide avanzar y es recuperar las ganas de vivir cada instante como único y verdadero. Perder el poder de herir con la voz, con el pensamiento, con las emociones que a veces resultan indomables y estériles. Esa fracción de instante nos aproxima a una realidad diferente, a esa en la que inevitablemente el ser se manifiesta de forma real.

La recta conducta de la que nos hablan los grandes seres tiene mucho que ver con ese deber universal que pretende crear cosas buenas, realizar obras hermosas para el conjunto de los seres sintientes. La inofensividad, el silencio y el trabajo arduo es la bandera con la que muchos trabajan creando esa paz tan necesaria a todos los niveles. El ser veraz quizás sea lo más complejo de todo, pero nuestro deber es esforzarnos en perfeccionar esa cualidad inherente en nosotros. En el fondo, la bondad crece dentro de nuestra infinitud, solo debemos darle paso, arrastrar a nuestras vidas oportunidades para hacer el bien.

No debemos disiparnos en la vulgaridad de la vida. Perdemos mucho tiempo deseando cosas inservibles, inertes, que nada aportan a nuestra libertad. A veces son cosas del pasado, que ya perdimos, otras cosas del futuro, que aún no han llegado y quizás nunca lleguen. También perdemos mucha energía en preocupaciones que vienen de la avaricia de pensar que vamos a perder cosas, personas o momentos, olvidando que la verdadera abundancia reside en la presencia de un estado profundo que nada necesita. Es decir, en el sentir al yo real, al ser manifestado desde lo más hondo de la existencia, ese que nos acaricia a cada instante sin necesitar nada, sin esperar nada.

La fragua donde forjamos nuestras cadenas siempre nace del deseo hacia las cosas, del miedo a perderlas, de nuestra necesidad de acariciar todo aquello que creemos como digno de nuestra posesión. La verdadera libertad reside en poder vivir sin esos deseos. Esto no significa vivir sin cosas, sino vivir sin avaricia, sin necesidad de las mismas, pudiendo prescindir de todo aquello que de alguna forma nos ata a una realidad esclava.

Perdemos mucho tiempo en limpiar nuestro cuerpo físico, en mostrarlo bello para los demás y satisfacer así el deseo vanidoso de parecer agradables. Sin embargo, nunca dedicamos tiempo a la limpieza psíquica y emocional. Nunca nos detenemos a observar qué emociones o pensamientos están endureciendo y embruteciendo nuestras vidas. Algún día sabremos mantener la casa limpia, por dentro y por fuera, y nuestra actitud ante la vida quedará renovada para siempre. Aprenderemos a estar contentos y alegres y descubriremos que esa es la más eficaz herramienta para encontrarnos bien hallados en el camino de la felicidad. En la nuestra y en la de los demás.

(Foto: ayer paseando junto al lago Leman, en Ginebra).

 

Construyendo el puente hacia la consciencia


AnA

El ser humano, a lo largo de la historia, ha logrado romper la brecha que existía entre su mentalidad primaria o física y su percepción más sensorial o emocional. En muchos aspectos, hemos dejado de preocuparnos por cosas básicamente materiales y hemos logrado aproximarnos al deseo, a la emoción y a la sensibilidad hasta tal punto que aquello que es material en nuestras vidas es conseguido dependiendo del grado de emoción que alberguemos dentro. Es decir, compramos cosas no según nuestras necesidades materiales, sino dependiendo de nuestras necesidades emocionales. Esto ha sido un gran avance que ha provocado que la tecnología de los tiempos se fuera acoplando a los deseos humanos, provocando un avance considerable. Ya no se trata de fabricar una herramienta simple, como podría ser un hacha rudimentaria, para poder comer. Sino que podemos fabricar cosas para hacer el acto de la comida mucho más placentera, compleja o emocional.

Un segundo avance importante, aún tímido pero perfectamente visible tiene que ver con la revolución de albergar, más allá del deseo, procesos mentales que conllevan lógica y racionalidad, abstracción y poder creativo. Hemos sido capaces de desarrollar discernimiento para albergar dentro de nuestros mecanismos de decisión procesos más allá de la lógica del deseo. Ahora podemos entender que la mente es una herramienta poderosa para provocar en nuestras vidas decisiones más acertadas, más alejadas del simple capricho temporal o de ciertas emociones de turno. Ahora empezamos a obrar según un juicio más próximo a reglas y pensamientos, a procesos que nos enseñan que la discriminación positiva puede hacer de nuestras vidas algo más sereno y acertado.

Los procesos mentales han desarrollado a su vez la capacidad de crear un puente hacia eso que llamamos consciencia. No tan sólo consciencia de nosotros mismos, del medio en el que nos movemos y del universo entero, sino también consciencia de algo mayor a nosotros y de algo, sería más bien un proceso vivo que una cosa, que de alguna forma determina las respuestas que el mundo requiere para entender todo el transcurso existencial.

Basados en este conocimiento primario y esta diferenciación entre aspectos básicos de nuestra existencia (materia, energía, emociones, pensamiento, consciencia) se ha de desarrollar todo el inteligente desenvolvimiento psíquico del futuro. Esto creará nuevas realidades, nuevas formas de tomar decisiones en nuestras vidas personales y grupales más próximas al beneficio grupal que al individual. No es lo mismo decidir cosas basadas únicamente en las percepciones materiales o emocionales, que hacerlo desde una mente entrenada y una consciencia libre guiada por una sana emoción que alberga amor y entrega. De igual forma, en un futuro, tendremos la facultad de comprender estos hilos de la conducta existencial y podremos hilar aquello que nos haga más creativos, más activos en todos los planos de existencia y sobre todo, más generosos. Es decir, dejaremos de pensar en la comida como algo material o placentero. Nuestro cambio de mentalidad y de consciencia nos hará cocinar para muchos, especialmente para aquellos que más lo necesitan. Nuestro afán ya no será satisfacer nuestro apetito, sino satisfacer el apetito de los necesitados.

Se evidencian grandes avances en el plano de la tecnología, pero mayores serán los avances en los planos de la consciencia, ese lugar aún no explorado y que nos debe capacitar con éxito para emanciparnos del error, la ignorancia y la desdicha. Para alejarnos de paso de la inercia, la ceguera y la esclavitud.

Más allá del hilo de vida que corre por nuestra sangre y facilita la regeneración material de nuestro vehículo físico, existe a su vez ese hilo de consciencia. Este aspecto de la vida que controla los mecanismo de respuesta del cerebro, dirige la actividad y origina la conciencia en todo el cuerpo. Ese rasgo que nos caracteriza nos elevará algún día a cuotas de vida inimaginables actualmente. Nos dará una visión diferente de las cosas y con un poco de disciplina y trabajo interior nos llevará hasta dimensiones inconcebibles. Pensaremos en los demás y de alguna forma buscaremos fórmulas para promover el bienestar común.

Hollando el sendero


IMG-20160601-WA0002

Hoy en la meditación de la tarde me asomaba en soledad a las puertas del misterio. El silencio siempre nos sobrecoge y estimula. Nos acerca a la parte más serena e íntima de nuestro ser. Allí susurra siempre una voz amable y tranquilizadora, esa que nos recuerda ese propósito vital por el que hemos asomado a este mundo. Tras la meditación paseaba por los prados y los bosques intentando alargar el estímulo nacido del punto de quietud. Allí observaba cada partícula de vida, intentando conectar con esa energía vital que todo lo envuelve y recompone. Es algo muy sanador poder pasear por la naturaleza, abrazarla y espiritualizar nuestra vida con sus ocultas enseñanzas.

Veía los nidos de los pajarillos entre los árboles, las flores de mil colores que se habrían paso entre los helechos y las madreselvas. Los olores se amontonaban entre las sombras de los árboles cargados de relucientes hojas. La huerta con forma de mandala está cargada de futuras fresas y todo tipo de cultivos. Es emocionante ver la vida que se despliega en primavera, cuando las puertas del verano empuja para recordarnos que también tenemos derecho a recoger los frutos de la vida.

En esas cosas pensaba cuando, después de tanta siembra notaba como alguna cosa habíamos cosechado. Éramos unos adolescentes cuando empezamos a leer nuestros primeros «libros azules». Más de veinte libros espirituales cargados de conocimientos que requieren un atento y disciplinado estudio que se ha prolongado durante décadas. De todo lo que pasó del intelecto a la intuición, de todo aquello que resonó de alguna forma con la consciencia de los átomos del alma, algo quedó impregnado. Tanto es así que lo que ahora realizamos en nuestra vida tiene mucho que ver con esa entrega aprendida durante años. Y además con el honor de habernos convertido, casi sin querer, en los editores para las ediciones en castellano de dichos libros. Ya han sido tres los libros editados gracias al esfuerzo y la entrega de muchos voluntarios y aún queda la ingente tarea de editar más de veinte más. Es un honor que asumimos con silencioso esfuerzo y dedicación a la espera de que todo se haga desde el buen hacer.

En el trabajo subjetivo, tanto AAB como DK visualizaron una nueva era del saber, una forma diferente de hacer las cosas, más en consonancia con la vida del alma que con los apegos y derroches de la personalidad. Uno de los sueños que proyectaron fue crear en alguna lejana montaña una escuela de meditación. La proyección de ese trabajo quedó integrado de alguna forma en nuestra experiencia vital. Pensamos que un buen servicio hacia uno mismo y hacia la humanidad solo es posible ante una compleja disciplina de aprendizaje y estudio acompañado de un profundo conocimiento y practica meditativa.

Esta es una visión ambiciosa y un proyecto que requerirá en los próximos años una ingente cantidad de esfuerzo. Muchos de los intentos realizados en los últimos años han sido fallidos. El mundo materialista siempre ha vencido la batalla a los sueños inspiradores, a las propuestas que nacen del lado profundo de las cosas. Los soñadores tienen la misión de intuir la honda arquitectura de ese misterioso plan. Los constructores esperan impacientes poder emplear su tiempo y recursos para acompañar la elevada tarea de encumbrar la cimentación del templo interior.

Sólo faltaría un poco de lucidez para que entre todos pudiéramos soñar y construir juntos ese mundo mejor. Sólo faltaría un poco de talento para además hacerlo coordinadamente con las fuerzas del espíritu. Hollar el sendero de probación, perdernos por sus ramales y advertir las señales inequívocas de todo cuanto se evoca desde lo más profundo del ser es una tarea inevitable. Seremos dóciles a esa parte del trabajo y sumaremos todos nuestros esfuerzos. La puerta estrecha nos espera y el halo místico de la iniciación al mundo arquetípico nos aguarda.

(Foto de N.P.)

Emplea lo aprendido al servicio del mundo


DSC_0254.JPG

Aprende, no para acumular conocimientos como un tesoro personal, sino para emplear lo aprendido al servicio del mundo”. Rudolf Steiner

Somos grandes acumuladores de teorías. Una de las cosas que más nos gusta es la de atesorar conocimiento, pensamientos que vamos clasificando y amoldando a nuestras propias exigencias. Se nos llena la boca de palabras como el amor, la paz, la tolerancia, pero luego nos cuesta mucho seguir paso a paso por la senda de su práctica. Es cierto que practicar los caminos tiene su complejidad. No es lo mismo hablar del amor, pensarlo, idearlo, que practicarlo. Si las relaciones son necesarias para amar, si el otro resulta imprescindible para el acto del amor, es evidente que no haremos nada teorizando sobre la idea del cariño, del afecto, del gozo. Tendremos que rozarnos al otro, comprenderlo, respetarlo, aceptarlo, escucharlo, abrazarlo, sujetarlo con nuestro pulso en los momentos difíciles. En un mundo, el humano, marcado por la complejidad del símbolo, no bastará con decir “te amo”. Deberemos bajar hasta la realidad y demostrar que ese amor no es tan solo palabrería, ideales o pensamientos, sino que se traduce en acción, en voluntad, en poder de obrar.

Las verdaderas enseñanzas se distingue precisamente por eso. No por lo que dicen, ni siquiera por lo que piensan sobre lo que dicen, sino por lo que hacen. Es el ejemplo, la conducta, lo que marca la diferencia con respecto a lo frágil, a lo inútil, a lo irreal. Solo los poetas que verdaderamente han sentido dolor o amor podrán escribir versos inmortales. Solo los maestros que han experimentado en sus carnes la esencia de las cosas podrán hablar sobre ellas. Solo los valientes que se han lanzado a la aventura de la vida, transitando cada uno de los caminos, podrá advertirnos sobre sus peligros, y también sobre sus grandezas.

Si vemos que la vida es injusta pero no hacemos nada para cambiar esa situación tampoco deberíamos tener derecho a solo hablar de ella. Tendemos constantemente a distraernos, a divagar sobre pensamientos inconexos que no llevan a nada, que no pasan por el corazón, por la emoción, y por lo tanto, no terminan en una acción eficiente. Nuestras riquezas interiores nos desvelan las bellezas del mundo externo. Si por dentro estamos sintonizados con el misterio de la vida, es más fácil que seamos capaces de desarrollar un talento que nos lleve a conectar con la realidad, con la fortaleza inmanente de lo existente. Ese talento nos conducirá al acto de amar, no solo a la palabrería de amar. Ese don nos conectará directamente con las fuerzas vitales.

Hay circunstancias que endurecen nuestra alma, otras nos seducen y nos alejan de nuestros propósitos más nobles. Todo aquello que signifique salvaguardar nuestra vida, esconderla, encapsularla para nuestro goce egoísta, nos aleja del principio creador, de aquello por lo que hemos sido creados. No es un hecho fortuito. La vida se multiplica cuando nos entregamos a la misma con generosidad. Si abrimos el corazón a la experiencia, nuestros deseos se reducen pero nuestro gozo aumenta. Si nos protegemos por temor, algo de vida perdemos en ese acto, algo se apaga en nosotros.

Los sabios siempre nos advierten sobre lo mismo: todo conocimiento que busquemos para aumentar nuestro propio saber y para acumular tesoros personales, nos desviarán del sendero; pero todo conocimiento que busquemos para madurar en el empeño del ennoblecimiento humano y de la evolución del mundo, nos hará progresar un paso más. Nuestra tarea, por lo tanto, es siembre bien simple: entender los ideales como instrumentos para transformar positivamente nuestro mundo. El nuestro y el de los demás.

La mística de lo cotidiano


a

El sol y los vientos fríos del norte han atezado nuestra piel. Se ha hecho dura y robusta y cuando nos levantamos bien temprano por la mañana podemos sentir la intensidad del frío pero ahora, a diferencia de otros tiempos, lo soportamos con gallardía. Cuando vamos a la ermita y encendemos la vela nos damos cuenta de que no estamos aquí para buscar nuestra propia salvación. Dedicamos unos minutos a profundizar en nosotros, en nuestro estado de consciencia, meditando concentradamente sobre el puente que une nuestro ser tangible con nuestro yo intangible. En esa plenitud silenciosa acontecen algunos pensamientos, algunas emociones, algún tipo de vibración que nos hace entonar una nota especial. Sentimos la luz, aún con los ojos cerrados, de la vela que acompaña nuestros silencios. Escuchamos atentos el concierto sinfónico que todos los días nos ofrecen los cientos de pajarillos que surcan estos bosques. Respiramos el aire gélido con una paz inusual, con un estallido de vida que nos acompaña durante todo el día.

Luego salimos silenciosos de la ermita. Solemos ir despacio, aún soñolientos, hacia el lugar donde las gallinas esperan impacientes al nuevo día. Les abrimos la puerta y salen corriendo a la búsqueda de su propia luz, del verde de la hierba, del paraíso de la vida. Nos siguen durante los primeros pasos y luego se esparcen por toda la finca para encontrar los tesoros que la tierra les tiene reservados. Son unos seres bellísimos y cada mañana, cuando las vemos, nos interrogamos sobre el trato que los humanos ejercemos en sus débiles vidas. Aquí son afortunadas. Vivirán todo el tiempo del mundo sin temor a nada. Protegidas por la paz del lugar, por el respeto a la vida y por la hermandad hacia los más débiles, nuestros hermanos animales. Durante el día vagarán libres por los prados y bosques y luego, al caer la tarde, regresarán a su lecho de descanso. Volveremos a cerrar la puerta y descansarán en dulce sueño hasta la próxima jornada.

Hoy todos estos gestos, todos estos instantes de compartir la vida cotidiana los hemos hecho con una consciencia diferente. Cumplíamos dos años de existencia en este bello lugar. Sentíamos la necesidad de celebrarlo y lo hemos hecho de una forma especial, sencilla, cariñosa, amable. Había alegría, emoción, palpitación, gozo y felicidad. El desayuno y la comida estaban cargados de algo contagioso. Los paseos en un día lleno de luz tenían un tono especial. Dos años en los bosques, dos años recibiendo la mística del lugar, respirando el sentido profundo de las cosas sencillas. Sin mayor aspiración que la de compartir esta belleza. Sin mayor pretensión que la de ser humildes amigos de esas gallinas que nos esperan todas las mañanas para que abramos las puertas hacia la luz.

Nuestra guía es la fe inquebrantable de todo cuanto aquí sucede. La magia de lo cotidiano, de lo sencillo, de lo raso y sincero. No tenemos grandes pretensiones más allá de poder encender todos los días esa vela para reencontrarnos con el misterio. No tenemos mayores ambiciones que las de poder seguir creyendo en el ser humano. Esta es nuestra casa, pero también la casa de todos. Un lugar abierto a los corazones sedientos, un lugar diferente para los buscadores de fraternidad. Somos sencillos en un mundo complejo y sentimos como la vida cotidiana llena nuestras vidas.

Sembradores de luz


DSC_0116

«La Ciencia Oculta es una amante celosa y no permite ni una sombra de indulgencia para uno mismo; y es ´fatal´, no sólo para el que lleva una vida conyugal normal, sino incluso para la costumbre de comer carne y beber vino. Me temo que algún día, cuando los arqueólogos de la séptima ronda desentrañen y saquen a la luz la futura Pompeya de Punjab-Simla, en lugar de descubrir las preciosas reliquias de la ‘Ecléctica’ Teosófica, sólo descubrirán algunos restos petrificados o vítreos de la “Espléndida herencia”. Este es el más reciente vaticinio que corre por Shigatsé». KH, Carta de los Maestros, Nº 18/62

 

Me encuentro en Ginebra, en uno de los centros que más tiempo y recursos ha podido dedicar al estudio de la ciencia oculta. No se trata de una revelación exterior, sino de una suerte interior el poder estar aquí encerrado, trabajando discretamente como voluntario mientras camino atientas en búsqueda de inspiración. Mi apoyo es humilde. Uno siempre hace lo que puede cuando navega en el mar de la expansión de la consciencia imponiendo criterios de ayuda que muchas veces resultan ser tropiezos vagos en la penumbra.

Suiza es un lugar de paz. Lo he podido comprobar en estos días donde media Europa está tomada por las armas, los ejércitos y la sinrazón. Aquí no hay un resquicio de duda sobre cual es el camino a seguir. La paz solo puede existir si dentro de los corazones humanos se alberga algún tipo de esperanza sobre la propia humanidad. Y eso solo es posible sembrando semillas de misterio en el ser humano.

Sigo aderezado a los libros. Encuentro en ellos una fuente de inspiración capaz de transportarte a lugares tan lejanos como el valle de Shigatsé. Hay escritos antiguos que están cargados de misterios que albergan algún tipo de luz, algo que te hace sentir especialmente vivo, imprescindiblemente diferente. La vida atraviesa desde lo intangible a esos niveles moleculares capaces de movilizar las miríadas de energías necesarias para que una mano o un pulmón respire. El movimiento siempre es hacia fuera y hacia dentro, como el respirar. Cogemos algo de ahí fuera para transformarlo en energía aquí dentro. Luego surge la fuerza, el poder de transformar todo aquello que resplandece en lo que vagamente llamamos mundo tangible. Realmente lo material, contemplado desde los avisperos del misterio, parece algo plástico y cambiante, sumergido en un líquido acuoso donde poder navegar plácidamente. Por eso los libros producen paz. Por eso los libros son semillas amigables y necesarias.

La ciencia oculta no es más que ese brillo interior que podemos arañar con delicadeza para sustraer todo su néctar. En su sabor encontramos resquicios de verdad que nos asombran por su sencillez tan cargada de complejidad. Realmente todo es más sencillo de lo que parece. Solo hay que saber donde está la clave de la sencillez, el secreto y la llave que abre la puerta lúcida. Estudiar un libro, leerlo con detenimiento nos abre una puerta. Es la luz o el corazón lo que luego nos guía.

Todo está cargado de misterio. Estoy entregado a ese sublime espacio que derrama prudencia al mismo tiempo que anima a que todos puedan otear la maravillosa fiesta que se esconde tras el velo. No hay trama más oculta que aquella que maneja los hilos de nuestras vidas, ese secreto que alguien enterró dentro de nosotros para que, ignorantes y ciegos, seamos incapaces de descubrirlo.

Algo hermoso recorre este momento. Tiene que ver con la entrega, con la generosidad, con la renuncia. Ese sacrificio no es una inmolación, es una resurrección. Nada se pierde. Todo se gana. Hay que seguir sembrando.

Dolorosa iniciación


a

Frágil, abandonado, a la deriva. Sucedáneos de momentos sin nombre, sin dueño, sin ley. No es posible abarcar en un sentir todo aquello que pretendemos amarrar desde la mano cerrada sin dejar escapar el aire que envuelve cada fulgor de más. Si sientes que debes volar pero no tienes alas entonces aprendes a arrastrarte con la sutileza de la tierra húmeda y henchida. Si te crees capaz de ser el más fuerte y la debilidad te arrastra hacia el abismo, entonces te comportas como un buzo capaz de llegar hasta las profundidades del abismo para ondear la bandera de lo incognoscible.

Somos pequeñas motas de un polvo frágil y voluble que deambula flotando por un inmenso océano de misterio. Si dibujamos un halo, un suspiro, nos creemos poseedores de algo. Pero realmente no somos más que una pequeña anécdota sufriente, nacidos de un dolor insoportable y vendidos a la muerte que nos espera paciente en cualquier esquina oscura.

Risueños, maleables, melancólicos como la otoñada que se esparce por los campos dorados, como el frágil alboroto de aquellos pájaros que abandonan las tierras frías para abordar la perenne ensoñación al tiempo.

Figuraos cuan frágiles somos. Nos arañan las emociones más toscas, nos sale el llanto cuando aquello que pensamos como posible abraza la realidad de lo imposible. Cualquier contrariedad, por mínima que sea, es capaz de hundirnos, otra vez, en la gruta oscura.

Nos cuesta abordar la cuestión emocional. Todavía somos animales que se rigen por instintos aún primarios. Cobijo, hambre, cópula. En nuestra ensoñación creemos que eso tan básico es un hogar con forma de chalet, un gran menú en el mejor restaurante y un gran amor nacido bajo las estrellas. Pero no hemos alcanzado aún el grado de sublimidad que nuestra inteligencia degüella con pertinencia. No somos aún capaces de abstraernos de lo frágil para abrazar la fortaleza interior. Ni siquiera albergamos sospechas de que exista, aún tan sólo en nuestras vagas creencias y rezos.

El dolor solo nos puede hacer más poderosos. De alguna forma nos inicia en los avatares de la vida. Nos prepara para enfrentarnos al reto mayor. Nos hace fuertes y audaces. La pérdida nos brinda la oportunidad de abrazar la impermanencia. Ese secreto universal al que le damos constantemente la espalda. Hasta que un día soltamos amarras y decidimos actuar en consecuencia con el Arte mayor, con la sublime llama de la vida, con la sutil abstracción de la existencia. En ese momento el dolor nos ha transformado, nos ha hecho seres completos y aspiramos al mayor de los sacrificios con inteligencia, amor y constancia.

Entonces vemos la luz, el resplandor, el camino estrecho, la corriente de la vida, la flor del corazón, el puente carismático que nos llevará a los universos y nos traerá el misterio a nuestro propio devenir. Entonces se abrirán los cielos y se cerrará la puerta del último templo. Es cierto, entramos por el septentrión, pero la salida solo puede ser orientada hacia la luz. Las sombras desaparecen. La luz nos guía.

Ánimo


la foto

Ánimo viene de ánima, de alma, de aliento vital, de vida. Es curioso, si nos observamos, como la vida a veces se aleja de nosotros, aunque sería más exacto decir que nosotros nos alejamos de la vida. Cuando eso ocurre, decimos que estamos bajo de ánimo, hasta el punto de entrar en barrena y terminar con agudas o profundas depresiones, que no es más que entrar en contacto con lo más oscuro de la existencia. El temple se desmorona y nos convertimos en una roca fría e insensible. La vida se ha alejado de nosotros, y nosotros de ella.

Estas circunstancias son fáciles de observar. La falta de alegría, la pesadez con todo, el mal humor, la queja constantes, la crítica fácil, la decadencia de nuestras ideas o emociones. A veces esa falta de ánimo empieza por un pequeño detonante. Una mala experiencia, una circunstancia desagradable, un relación tóxica con alguien, una insatisfacción profunda no analizada ni consensuada con nuestro proyecto vital. Somos excesivamente vulnerables a todo cuanto nos rodea, que no son más que fuerzas y energías que interactúan en un plano sutil del que no siempre somos totalmente conscientes.

De ahí que muchas escuelas transpersonales nos alertan sobre la necesidad de estar despiertos, en plena consciencia, atentos, concentrados, fijos en nuestro centro para no ser desplomados por la mínima de cambio. Esa plena atención pretende desviar o esquivar esas fuerzas que constantemente soplan sobre nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestro aliento vital. Ser como un bambú, fuertes pero flexibles, nos advierten. Esa flexibilidad nos ayuda a campear con dulzura, sin rencor, sin mal humor, cualquier contrariedad. Y la fortaleza nos hace firmes ante cualquier terremoto o ciclón que pretenda arrancarnos de nuestra posición vital.

Por eso los estados de ánimo son un indicador excelente para estar alertas, para comprobar si hemos sido lo suficientemente flexibles y lo suficientemente fuertes y permeables ante lo que se nos avecina. El mundo es un constante cambio y fluir al que debemos adaptarnos sinuosamente.

Hay mucha gente amante de lo inmediato, pero que en seguida pierde la perspectiva del amor a largo plazo. Preferimos experiencias que nos llenen un gramo de adrenalina a vivir la intensidad, la pasión y la constancia de un proyecto a largo plazo. Las experiencias a corto plazo, los amantes inmediatos, enseguida nos consumen el ánimo, ya que dependemos de esas pequeñas dosis de compras compulsivas, de emociones instantáneas y realidades exprés para poder mantener a flote el sentido de felicidad. Los sabios dicen que lo importante es mantenerse firmes con las cosas profundas, y dejar que lo superficial interactúe fuera de nosotros. Si dejamos que las experiencias circunstanciales nos penetren y sean las que piloten nuestra nave, estamos en una deriva constante.

Nuestro ánimo, como decíamos, está emparentado con la vida. Y la vida, la verdadera vida, es la que nace desde dentro, expandiendo sus ramas de experiencia de forma delicada y lenta hacia los cielos infinitos. Es ahí donde se tejen los nidos de la experiencia sublime. Es ahí donde los frutos alcanzan la madurez suficiente para que el mágico y misterioso ciclo continúe.

(Fotografía: bosque inglés, de la amiga Isaura).

Estableciendo la continuidad de consciencia


a

Hay tres aspectos que nos inquietan especialmente de la existencia. Uno de ellos es el aspecto vida. Cuando vivimos en los bosques o cerca de la naturaleza observamos con atención como este aspecto se manifiesta de forma explosiva por cada rincón de tierra, agua o aire. La vida parece inmortal. Se expresa en todas partes y se esfuerza por reproducirse en todas sus dimensiones posibles. Diríamos que un mero cristal o una piedra está bañada de algún tipo de vida. Es como si la vida fuera una unidad latente en todo cuanto existe. De la roca surge el manto de tierra y de ella surge el mundo vegetal, el cual soporta el mundo animal al mismo tiempo que del mismo surge uno de los aspectos más inquietantes: la inteligencia.

Esto es algo intrigante. Seres pensantes capaces de transformar el medio mediante técnicas complejas de raciocinio se relacionan de forma inteligente con el entorno y con sus congéneres. La inteligencia no sólo crea cosas materiales que antes no podían surgir de forma natural por sí mismas, sino que además son capaces de crear cosas como la música, el arte o la filosofía. De esos cristales de roca, que mediante complejos sistemas químicos y biológicos, surge la capacidad de crear la novena sinfonía de Beethoven.

En la evolución humana ha existido algo aún más misterioso que a su vez ha nacido del aspecto inteligencia: la consciencia. No nos referimos exclusivamente a la consciencia del “yo”, sino a la plena consciencia de sabernos vivos, inteligentes y habitantes de un misterioso sistema de interrelación que se escapa a la vulgar razón. Una consciencia que tiene la capacidad de ver la vida en todas sus manifestaciones visibles e invisibles, y sobre todo, la Unidad de la misma.

La consciencia plena, algo tan difícil de alcanzar, nos aproxima a una visión diferente de la vida. Nos acerca tímidamente a una idea impresionante: la continuidad de la vida, y por lo tanto, la continuidad de la inteligencia y de la propia consciencia. Eso nos lleva a pensar que no existe eso que llamamos la muerte, el fin, el cierre o culminación de todo nuestro proceso vital. Si examinamos profundamente lo que los antiguos llamaban el sutratma y el antakarana, nos damos cuenta de que la vida es continuidad, y por lo tanto, no morimos cuando morimos sino que simplemente continuamos existiendo desde otra particularidad en el orbe cósmico. Nuestras dimensiones posibles de vida parecen infinitas.

La naturaleza, con sus ciclos, nos pone cientos de ejemplos y nos da pistas de cómo todo fluye hacia esa continuidad. De ahí la importancia de establecer un contacto íntimo y profundo con los misterios que nos rodean para afrontar la vida desde una visión más generosa y amplia. Esta visión nos permite dejar atrás los miedos, sobre todo cuando provienen de nuestra particular y limitada circunstancialidad. Nos permite mirar con calma cada segundo de nuestra vida a sabiendas de que no estamos perdiendo el tiempo, sino ganando un trozo de inmortalidad. Nos permite ver al otro como parte de este hermoso proceso de compartir, a sabiendas de que no existe separatividad, y por lo tanto, propiedad absoluta hacia las cosas. Nada nos pertenece ante esa visión cíclica, y todo cuanto hacemos, pensamos o sentimos va dirigido a progresar en los aspectos más profundos de la ciencia de la continuidad, del compartir, de la generosidad. Esa postura ante la vida nos hace más libres, y por lo tanto, más poderosos.

Al leer estas palabras quizás hayamos recibido algún tipo de inspiración. Eso es porque forman parte de la cadena de transmisión, de la continuidad del misterio a través de la palabra perdida. Su misión es ser compartidas. Su anhelo es que la continuidad persista.

Luz en el sendero


DSC_0928

La única divisa con valor en un mundo en bancarrota es aquello que compartimos con los demás”. Philip Seymour

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a un rito de transmisión en una encomienda templaria. La transmisión cultural y espiritual de la raza humana se ha fraguado desde el origen de los tiempos. Ritos de iniciación y transmisión han seguido la estela de los tiempos para salvaguardar el Misterio en los confines del corazón humano. También el conocimiento ha requerido, primero en expresión oral y más tarde escrita, de esa cadena que permitiera, eslabón a eslabón, postergar el saber a todas las generaciones. Los escribas en los monasterios dedicaban una inmanente labor a dicho cometido. También aquellos guardianes de los secretos, como las diferentes logias, órdenes o fraternidades que protegían la esencia de lo que somos. O como los templarios, que dedicaron parte de su obra a proteger a los peregrinos que deambulaban por los caminos hacia los lugares santos. Simbólicamente esto sigue ocurriendo, aquí, y ahora.

Hoy día hay muchas cosas que han cambiado, pero de alguna forma siguen existiendo protectores de los caminos y los peregrinos que de forma humilde y silenciosa acometen la labor de dar de comer al que no tiene, interior y exteriormente. Existe en los caminos esa luz en el sendero tan necesaria para proseguir con los actos sagrados que nos acercan a los entresijos del ser y de la vida. Y también están aquellos que se afanan por transcribir los textos antiguos para que el saber siga al alcance de aquellos que hoyan la senda.

En esa línea de transmisión estamos poniendo esfuerzos para que dicho saber no se pierda, y sea actualizado en este tiempo bajo los auspicios de esta nueva era que nace como espacio de fe y esperanza. Es un esfuerzo complejo y vasto, cuyos límites son inabarcables. El Arca Lucis sigue siendo una tarea de escribas anónimos que en oscuras bibliotecas copian el saber para ser transmitido.

En estos meses estamos preparando algunas obritas que merecen la pena volver a editarse. Agotadas las obras en nuestro país, desde Nous vamos a sacar el imprescindible “Luz en el Sendero” e “Iniciación Humana y Solar”, los cuales, junto al librito “Carta a los aspirantes”, inauguran una era de ediciones basadas en la transmisión del Misterio.

De alguna forma, estas obras son perlas que sacuden el silencioso rumor del alma. Acompaña la sigilosa marcha de nuestro peregrinar y ahonda aún más en el despertar de esa inevitable consciencia que nos ha de acompañar hasta los hilos más sutiles de la existencia. Son solo motas de polvo en el camino, pero tan imprescindibles como el resto de experiencias que nos han de llevar hacia la puerta estrecha. La Sabiduría Perennis sigue su estela. Sus francos servidores trabajan en su despertar. Ante las oscuras maravillas de lo incognoscible, solo deseamos luz al valiente buscador de la verdad. Que la pureza de sus actos le conduzca por la línea firme y acontezca ante él la sublime llama del despertar.

El legado de la actitud mental


a

«El Todo es mente; el universo es mental«. El Kybalion

No sabemos realmente nada sobre la mente, su naturaleza, su esencia, incluso sobre la posibilidad de cierto control sobre la misma. Realmente es una desconocida a pesar de la unión tan firme que existe entre ella, sus partes y nosotros, el yo liminal que existe más allá de su propia identidad.

Algunos audaces exploradores se atreven a aventurar que hablar de mente no es correcto, sino que existe una especie de MENTE universal a la que nos conectamos con nuestra propia e identificada sintonía. Esa conexión es imperfecta, y está totalmente condicionada a nuestros aspectos personales. Dependiendo de muchos factores y circunstancias, nuestra conexión a esa MENTE será más o menos brillante. Digamos que somos capaces de conectar con cierta sustancia mental dependiendo de factores como nuestra cultura, nuestra alimentación, nuestra actitud, nuestro compromiso con la propia vida, nuestra salud, nuestras emociones, nuestra vitalidad. Nuestras pequeñas mentes, o nuestras pequeñas percepciones, serían hijas menores de la MENTE universal.

Diferenciar entre MENTE y nuestra pequeña frecuencia de percepción (en oriente lo llamarían kama-manas) es un hito importante. Diluye aún más nuestras diferencias, nuestra precariedad, nuestros anhelos. Disuelve completamente el sentimiento de separatividad, tal y como lo intuían los ilustrados de épocas pasadas cuando hablaban de esa unidad psíquica de la humanidad. Y lo más importante, nos hace tomar consciencia de lo insignificante de nuestros pensamientos, los cuales no serían más que distorsiones que nos separan de la esencia primordial de todo cuanto existe. Es decir, nuestro yo es una anécdota arrojadiza en el capricho de la evolución natural. Algo insignificante, un imperceptible ruido en el cosmos infinito.

De ahí que exista una inquietante actitud para convertirnos en tejedores de esa red capaz de conectarnos a la MENTE. Un esfuerzo sublime para abrir las puertas a la percepción total, a la Mónada de los filósofos antiguos. Sintonizar bien lo que somos, crear un afinado instrumento para poder percibir con mayor claridad y acierto todo cuanto trasciende más allá de nuestras limitaciones.

Resulta apasionante que esto pueda ser así. Como pensadores individuales y separados, podemos entender que tan solo somos un vehículo que puede llegar a albergar la totalidad existente. La capacidad para lograrlo dependerá de nuestro empeño en entender este principio de aproximación al misterio de la MENTE y convertirnos en observadores activos de la Inteligencia que subyace en todo cuanto existe. Esto equivale a dejar de identificarnos con lo que creemos que somos, con nuestros orígenes, con nuestra cultura, con nuestras circunstancias, para empezar a engendrar el sentimiento de ser algo mucho más universal e infinito.

Ser exploradores, faros que alientan este sentido oculto, es alimento suficiente para motivar una vida diferente y alejarnos con ello de nuestras pequeñas circunstancias, de nuestros errores e imperfecciones, nuestras fallas y culpas. Esto crea la muerte del deseo para el yo separado, abrazando para siempre la necesidad de estar al servicio de esa verdad más amplia y extensa, más apasionante y diversa.

Ya sabemos que todo esto es posible con cierta actitud mental, incluso con cierta disciplina o trabajo interior. La meditación es un instrumento apropiado para identificarnos con esa MENTE universal y navegar por sus redes infinitas. Desde ese nuevo lugar tenemos acceso a una fuente inagotable de enseñanzas, de certezas y de seguridad sobre lo que somos y sobre lo que aspiramos a ser en tiempos futuros. Ya no hay miedo, ahora sólo hay visión y percepción. Ya no hay separatividad ni prejuicio, solo un fuerte y arraigado sentimiento de libertad y expresión.

El secreto


a

Durante miles de años el ser humano se ha interrogado sobre los misterios de la naturaleza y sus leyes. Algunos iniciados en el conocimiento llamaron a ese misterio la “llama”. Dotaron de música, de símbolos y claves ocultas todo aquello que solo podía ser explicado desde un silencio cómplice, un compartir secreto. Crearon un método para que ese fuego, esa llama, pudiera sobrevivir por miles de años sin que fuera pervertida o desacralizada. Se crearon mitos sobre el cómo los dioses nos habían entregado esa llama y se guardó en templos invisibles para ser transmitida bajo la más absoluta de las reservas.

Durante mucho tiempo, el secreto, la llama, tomó muchas formas. A veces, muy pocas veces, tuvo la capacidad de estar en la más clara de las superficies. Pero siempre tuvo que ser ocultada en lugares remotos, allí donde el canto del gallo o el ladrido del perro no son escuchados. Allí donde no puede ser apagada por el miedo, la vanidad o la ignorancia.

La transmisión ha seguido durante generaciones hasta llegar a nuestros días de forma doblemente disimulada. Cualquiera podría estar frente a ella sin poder verla, sin poder entender absolutamente nada sobre sus símbolos, sus enseñanzas, su conocimiento profundo. Cualquiera podría poseerla, tenerla entre sus manos, sin saber qué hacer con ella, como utilizarla. Su secreto es tan imprevisible que nadie que no pudiera conocer sus claves más profundas podría hacerse con su luz. Ni siquiera los magos más avanzados pueden del todo perfilar uno solo de sus secretos. Tal es su reserva, tal es su belleza y su fuerza.

Alguien me dijo que cerca de aquí había un lugar secreto donde guardaban la llama. Mi curiosidad me hizo seguir las señales y llegar hasta el sitio, un pareja precioso en medio de un bosque rodeado de grandes prados y montañas. Los paisajes de Escocia encierran ese particular aroma natural que tanto gusta. Llegué a las doce en punto y llamé a las puertas del templo. Nadie respondió hasta el tercer toque. Me presenté como peregrino, aprendiz del Arte y arquitecto de oficio. Me preguntaron mi edad y respondí que tres años. Me preguntaron que de donde venía y les dije que de una logia de San Juan. Me preguntaron que adonde iba y les dije que al Oriente. Pude pasar el primer umbral, pero no fue suficiente.

Alguien se acercó y me pidió las palabras secretas. Luego los toques y más tarde los pasos perdidos. Respondí. Pasé el segundo umbral. Allí me pidieron el saludo y continuaron con el interrogatorio para asegurarse de que era un hombre de honor, un buscador sincero de la virtud. Respondí y custodiado por un ejército de hombres y mujeres vestidos de blanco con lazos celestes me llevaron hasta las puertas del adytum. Sonaron las campanas, empezó la música ceremonial, el fuego fue transmitido y la llama de Oriente volvió a brillar junto a la estrella. Los obreros estaban felices y satisfechos. La piedra pulida fue perfeccionada en el edificio. Un centenar de centinelas custodian ese lugar apartado del ruido y resguardado de la indiscreción. Todos son iguales, no hay distinción excepto por unas marcas disimuladas que indican cada grado y condición. La espada flamígera señalaba el punto que no se pasa. El templo, con sus paredes blancas y su techo celeste era majestuoso y resplandeciente, perfectamente protegido.

Guardé silencio hasta la medianoche en punto. La belleza del ritual estuvo expuesto a mi propia emoción. La música, el drama representado a la perfección, el ejército angélico custodiando la llama, el marco incomparable de aquel reguero de sabiduría, belleza y fuerza. El secreto seguía allí, inmaculado, puro, expectante. Sólo podíamos humillarnos ante él y ofrecer en el altar del sacrificio nuestra propia vida.

El lazo místico nos unió de nuevo, en fraterna comunión. Se hizo de nuevo el silencio. Soltamos la venda y marché agradecido. Me sentí aliviado, feliz. El misterio continua a salvo. La llama sigue viva. El secreto está vivo. Seguimos construyendo el templo.

La belleza de la vida ordinaria


a

Muchas veces nos perdemos en grandes creencias sobre la posibilidad de alcanzar cierta iluminación, cierta consciencia elevada. Dedicamos media vida a profundizar en ocultas enseñanzas, a practicar extrañas técnicas y a bucear en las ideas de guías y gurús a los que nos presentamos con suma reverencia.

Es tanto el tiempo que le dedicamos a esa infatigable búsqueda que olvidamos la primera de las enseñanzas: la luz y la consciencia sólo puede manifestarse cuando hacemos bien nuestras pequeñas cosas ordinarias. Esto significa que no debemos renunciar a nuestro deber en pro de una búsqueda mayor, sino asumirlo y enfrentarlo con delicadeza, con ternura y cariño. Realizar todo aquello que la vida nos pone delante con el mayor cuidado posible es un primer paso de verdadera autorealización.

La luz o la consciencia nada tienen que ver con la vida ordinaria. Es un estado del ser el cual sólo puede ser alcanzado cuando santificamos nuestra vida común. Poner la máxima atención y respeto hacia todo lo que hacemos es lo que nos conduce hacia una verdadera experiencia del ser. Realizar aquello pequeño como si realmente se tratara de una meta sublime. Hacer las cosas desde el corazón es lo que nos aproxima al corazón. Por eso no importa lo que hagamos, sino la intención que pongamos en lo que hacemos. La vida, por propio espíritu de generosidad nos irá colocando en todas aquellas tareas que podamos realizar según nuestra propia consciencia. Pero esto no ocurrirá nunca hasta que no pongamos consciencia en lo que ahora estamos haciendo. No importa lo que sea, hagámoslo con amor.

La máxima atención cuando cocinamos, cuando conversamos con un amigo, cuando preparamos un regalo, cuando trabajamos, cuando cuidamos a nuestros hijos o padres. El máximo amor a todo aquello que nos rodea, a todo aquello que parece simple e insignificante, pero que, al mismo tiempo, está poniendo a prueba nuestras cualidades más profundas. Poner esmero y entusiasmo, concentración y talento en todo lo que hagamos nos llevará inevitablemente a cosas mayores.

Alguien dijo alguna vez: ¿Y cuales son las aparentes pequeñas cosas de la Vida? ¡Ser benévolos, pacientes, compasivos, dignos de confianza! Esto hay que hacer cada vez que nos mostramos incomprensivos o impacientes, o pronunciamos una palabra dura acerca de alguien. Cada vez que esto ocurre, debemos recordar que nos estamos alejando un paso de la luz y la consciencia.

La vida que enfrentamos es bella y profunda. Es el escenario perfecto para aprender a ser compasivos y amorosos. Sólo cuando amemos todo lo que nos rodea habremos dado un primer paso hacia los secretos que entrañan. El misterio es como esa música que aprendemos a bailar paso a paso, trozo a trozo.

¿Qué es el antakarana?


a

La experiencia del Ser es triple:

(1) vivencial y trascendental mediante la práctica interior, (2) de estudio mediante el acercamiento de la experiencia al conocimiento (teoría y praxis), y (3) de servicio, como resultado de las dos primeras. 

Esos son los tres pilares de cualquier peregrino del alma: interiorización, estudio y servicio.

Dentro de la práctica interior (1), y utilizando como herramienta la meditación, se trata de provocar un serio contacto con la parte trascendental (llamémosla como queramos, Dios, Yo Superior, Alma, Espíritu, GADU, angelito de la guarda o la Virgen María). 

Existe para el estudiante comprometido un conocimiento (2) detallado sobre herramientas y técnicas que facilitan ese contacto. Una de ellas es la construcción del antakarana, que no es más que una especie de “puerta” o camino que se abre para facilitar el contacto con esa parte trascendente. Dicho contacto debe ayudarnos a ejercer un mayor y mejor servicio (3) a nosotros mismos y a la humanidad, hasta que de alguna forma, tal y como decían los textos antiguos, «Dios se manifieste en nosotros”.

Este hermoso texto explica muy bien la esencia de todo esto:

«Lo que más nos ayuda a ser verdaderos contemplativos es el relacionarnos con otras personas y aprender a perdernos en la comprensión de sus debilidades y deficiencias, siendo este el mejor medio para librarnos de nuestro egoísmo, que es el único obstáculo para la luz y la acción del Espíritu. A través de la paciencia y la humildad en el amor a otras personas, comprendiendo con benevolencia sus necesidades y exigencias menos razonables, es como se realiza la obra de purificación en nosotros. Las personas perfectas cada vez son menos conscientes de sí mismas y dejan de percatarse de que hacen cosas; poco a poco Dios empieza a hacer en ellas y por ellas«. (Thomas Merton en su obra “Semillas de Contemplación”) 

La construcción del antakarana lleva muchos años de práctica consciente, y sus resultados no son más que la experiencia de un mejor servicio al otro, una verdadera acción del Espíritu a través nuestra. 

El arte de dejar que las cosas sucedan


a

«El arte de dejar que las cosas sucedan, de la acción a través de la no acción, de renunciar a uno mismo, que enseñaba el maestro Eckhart, se convirtió para mí en la llave que me abrió la puerta del camino. En el ámbito del psiquismo debemos ser capaces de dejar que las cosas ocurran por sí solas. Y éste es realmente un arte que muy pocas personas dominan. La conciencia está siempre interfiriendo, influyendo, corrigiendo y negando y nunca deja en paz al simple crecimiento del proceso psíquico«. (Carl G. Jung)

 

Simplemente sucede. En el océano de emociones que somos, en la penetrante profundidad de nuestros pensamientos, en la virtud más sublime de nuestra alma. La vida sucede en ese flujo, en esa enamorada propuesta, en esa atracción de júbilo supremo. Sucede.

En la inmortalidad de nuestras atalayas, en la ola de maravilla, dentro y fuera de nosotros, en ese adiós irrenunciable, en ese amor temprano, en todo cuanto somos. Cabalgamos por valles y montañas, nos adueñamos de cada segundo de existencia conquistando castillos y fortalezas para mayor gloria de nuestro despertar. Supuramos pérdidas, anhelamos aventuras, cien mil lágrimas aplaca nuestra sed. Somos huérfanos al mismo tiempo que nos reconciliamos con el irremediable destino.

Los poetas se suceden en el amor mientras que los filósofos heredan el conocimiento. Los místicos suspiran en los adentros del Profundo y la belleza del hidalgo proclama la victoria sobre la segunda muerte. El poder consensuado del universo canaliza las fuerzas de sus siete rayos. El carácter se tiñe del color astral mientras que la luz imperial de su plano áureo planea sobre el cincel armónico. Música coronada por esas rosas cuyas espinas forman una perfecta cruz. Un cuerpo sano soporta al corazón noble en esa inteligencia pura. Un vuelo mágico hacia el espíritu de todas las cosas.

Y ocurre que tras el esfuerzo nos convertimos en maestros de nuestro propio arte, de nuestro don, de ese talento que nace de la llama flamígera. Es la conquista de nuestro propio paraíso que inevitable nace para ser compartido. Es la culminación de una misión para empezar otra. Así hasta que alcancemos nuestro pequeño propósito, nuestra pequeña perfección dentro de la Gran Perfección. Así hasta que comprendamos que todo es el comienzo de algo mayor, algo que nos inunda desde siempre, algo que transcurre más allá de nuestros parámetros de vida y entendimiento, algo que es nuestro y de todos, algo grupal, algo mejor, un logos en el que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.

Así trascurre todo mientras contemplamos la vida con admiración, mientras nos sumergimos en su Misterio profundo. Estamos sembrados de caminos… sólo tenemos que practicarlos… mientras todo sucede. Todo es un nodo temporal en un proceso de flujo. Dejemos que suceda, caminemos en la senda, seamos tejedores de luz.

El reino de Dios está en vosotros


DSC_0053

“Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. (Juan 8, 32)

El avance moral se logra no sólo mediante el conocimiento de uno mismo como fortaleza de nuestra existencia. También es posible mediante el surgimiento de una nueva idea, de un nuevo paradigma al que le ha llegado la hora de nacer. Algo que surge conjuntamente en la mente iluminada, en el corazón ardiente, en las células de todos los cuerpos humanos que juntos vibran en una misma esencia.

En esta época superficial y alejada de valores morales, un nuevo concepto de Dios está naciendo. Un Dios íntimo, privado, alejado del ruido de las iglesias y los dogmas, entregado a la escucha silenciosa de un susurro que nace de lo más profundo de nosotros. Un silencio ardiente y una relación personal con lo más íntimo, con esa encarnación del cosmos infinito al cual representamos.

Tolstoi fue un gran defensor del avance que nos lleva inevitablemente a ese Dios alejado de instituciones y creencias. Sabedor de que sólo la ley del amor puede alejar al ser humano del horror del mal, reclamaba la movilidad a pesar del error y el fracaso más allá de la abominable inmovilidad que nos hace presos de nuestros prejuicios y cegueras.

La ignorancia es una barrera que nos aleja de esa verdad. Una verdad propia, pero también universal. Una lucidez que nace de nuestra percepción, pero también de la suma de las percepciones de todos los trozos de alma que subyacen en el ciclo de la vida.

Nos cuesta creer y aceptar que vivimos para bucear en el perfeccionamiento de la vida, para ser partícipes de esa proyección, de ese lazo que envuelve todo y del cual somos protagonistas conscientes. Nos cuesta asumir la sabiduría natural de todos los ciclos, de esa llamada interior que bucea dentro de nuestras entrañas.

Pero cuando asumimos firmemente nuestro compromiso con la vida, cuando navegamos por la nave que nos ha de llevar más allá de nosotros, sentimos esa necesidad de reencontrarnos con las fuentes, con el magma innegable que brota de cada esencia. El discurso revelador de todo cuanto acontece tiene que ver con esa avenida ancha que se abre ante nuestras vidas al comprobar la meta suprema. Ese reino está dentro de nosotros, esa misión es palpable ante el silencio de nuestras mentes. Ese propósito moral debería abordar el acorde que somos.

Nuestro mayor logro será el convertirnos en antorchas que tímidamente pretendan enfocar ese trozo de verdad, esa moral superior cargada de altos valores que nacen del vórtice de la ley suprema del amor. Los rayos que nacen de esa ley serán nuestra guía para continuar, pase lo que pase, bajo la mágica influencia de su doctrina. Y ahí residirá nuestra libertad más profunda, nuestro encuentro más íntimo con el reino de los cielos. Las puertas se abren, las llamas se acercan unas a otras y su poder ciega las puertas del mal. El coraje que nos empuja a la nueva vida debe llevarnos a la felicidad y la alegría. Es así como se manifiesta el cosmos en nuestro ápice de ternura interior, en nuestra verdadera misión redentora.

 

Hacia la expansión del fuego cósmico


a

Algunos sensitivos, poetas o místicos hablan de esa fuerza que nace del núcleo de la galaxia y que atrae a todos los cuerpos celestes hacia su centro. A menor escala, podemos observarlo en la esfera que llamamos Sol, viendo como los astros que lo circundan danzan sobre su eje de atracción.

Un gran fuego cósmico inunda todos los rincones de la galaxia, incluyendo nuestros tejidos, nuestros órganos, nuestras células, nuestros átomos, nuestro lenguaje. De alguna manera, el ser humano, como todos los seres vivos existentes, son receptores de esas energías, de ese fuego. Poseemos un calor interior que crece como testigo silencioso de esa realidad. Cada pensamiento, cada emoción, expresan parte de esa fuerza que somos. A veces tomamos conciencia de que algo ocurre cuando emitimos al universo una nota clave, un sonido, una mueca, un gesto. Algo cambia cuando decidimos tomar una u otras decisiones en nuestra vida cotidiana. La suma de muchas decisiones colectivas engrandecen la fuerza de esa idea simiente o ese gesto. Para demostrarlo, para ponerlo en marcha o para dotar de mayor fuerza a ese cambio silencioso, cada vez son más seres humanos los que optan por trabajar juntos con una clara intención de engrandecer sus notas, sus acordes, en un concierto de paz, armonía y evolución.

La totalidad mayor se manifiesta en nosotros desde el corazón del universo. Y nosotros asumimos nuestra parte y nuestro compromiso al aceptar ser partícipes conscientes de ese amoroso acto de vida. Lentamente, las influencias cósmicas nos penetran y muchas veces optamos por sentirlas, por entenderlas, por alinearnos con esa voluntad superior que nace del misterio y de lo incognoscible.

De ahí que de alguna forma nosotros seamos como subestaciones de energía humana, capaces de transmitir fuerzas integrando en nosotros cierta colaboración con esa potente energía. Hay un trabajo grupal organizado y dirigido a crear el bien en nuestro planeta, a engrandecer la cualidad de su energía, a comprender que la luz del conocimiento, que la belleza del amor y la fuerza de la buena voluntad pueden crear hermosas notas musicales que alegren la vida. Hay personas y grupos que de forma consciente, alineados a esa gran voluntad más allá de nuestras pequeñas voluntades se juntan para clamar un mundo mejor.

Muchas veces nos preguntamos qué podemos hacer para ser una nota clave, para transmitir ese oxígeno vital que nos envilece y nos lleva a cuotas más elevadas de humanidad. Primero buscar nuestro perfeccionamiento individual y luego compartirlo con nuestro grupo afín. No hay mayor regalo que despertar un día a esa realidad superior y abrazarla valientemente desde la más amplia y profunda de las consciencias. Laten los corazones unidos, vibran nuestras miradas juntas, se expande la fuerza de una consciencia emancipada, amplia y libre. El trabajo Uno, la mota de fuego cósmico que nos atraviesa nos llama al deber y el trabajo. Cumplamos alegremente nuestra parte. Seamos partícipes de la expansión universal. Seamos fuego cósmico. Sólo debemos encontrar nuestro grupo, sólo debemos encontrar la manera.

 

Los chelas de la vida


a

Existe una extraña inteligencia en todo lo que nos envuelve. No podemos percibirla porque nuestra inteligencia está reñida con la sabiduría natural de todas las cosas. Tal es nuestra distracción sobre el plano material y los deseos que nacen del mismo que apenas mostramos un mínimo interés por algo de mayor naturaleza.

Pero aflora en la mente del observador una técnica, una metodología y un sistema capaz de crear vida, ordenarla y dotarla de movimiento y acción definida. En cualquier paseo por el bosque podemos observar todo esto. Sólo tenemos que inclinar la mirada hacia las minúsculas orbes de criaturas que se mueven de un lado para otro, ya sea en un día de sol o de lluvia, de nieblas o de hielo. Por todas partes la vida fluye en un cierto orden y decoro. La belleza y la intensidad de los colores, de las formas múltiples que se ordenan para magnificar un lenguaje desconocido para nosotros muestra como la creación entera fluye sobre arquetipos superiores. El simple vuelo de un abejorro es una proeza de ingeniería.

Podría parecer necio el pensar que todo esto fuera fruto de un simple azar. Aún más peregrino podría ser el ponderar que además, ese azar tan sólo ha derivado en nuestro planeta, en un tiempo casual en toda la existencia, donde, además, nosotros que ahora filosofamos sobre estos asuntos podríamos sentirnos infinitamente agradecidos y privilegiados por ser testigos de tanta fortuna.

Pero volvamos al bosque y meditemos. Ahí hay materia, energía, vida, deseo, inteligencia manifestada en múltiples frecuencias. De todos esos planos de existencia que acontece en una misma escena, la más intrigante de todas es la referente al plano mental. Un pensamiento, sea el que sea, viene precedido de una forma, un sonido y un color. Establece una vibración que va a parar a alguna parte, que existe en alguna parte, que tiene vida en alguna parte. Lo podemos ver en las complejas escenas que dibujamos en el mundo de los sueños. Allí podemos crear excelentes palacios góticos o dibujar aventuras inquietantes por cualquier parte del mundo. Dependiendo de donde esté enfocada nuestra consciencia durante el día (siendo la consciencia otro punto determinante en el plano mental) nuestros sueños estarán teñidos de un color u otro, estarán marcados por una experiencia u otra. Si basamos nuestra vida en producir lo necesario para la subsistencia, nuestros sueños estarán enfocados a eso mismo. Si por el contrario somos capaces de abstraernos de esas necesidades básicas y sucumbimos al deseo de explorar las sutilezas del mundo mental, un nuevo cosmos más amplio y abarcante se abre ante nosotros.

¿Hay algo superior a nuestros propios pensamientos, al conjunto de nuestra propia vida, con nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras rutinas diarias y nuestras circunstancias? Todas las filosofías del mundo, en todas las culturas humanas hablan de una vida superior, de un reino desconocido que existe para aquellos capaces de traspasar los anhelos de la vida mundana. La fama, la riqueza, el bienestar material, son tan sólo meros condicionantes, pero no garantía alguna para estar más cerca o más lejos de ese reino invisible.

En el idioma sánscrito existen cuatro requisitos para poder entablar un diálogo directo con esa nueva realidad que se abre ante el ser inquieto, ante el buscador capacitado para poner en práctica lo que haga falta y así poder asaltar ese reino. El primero es conocido como viveka, que consiste en la discriminación entre lo real y lo irreal, una especie de apertura mental que nos permite desechar todo aquello que no está en consonancia con nuestro propio camino. El segundo requisito es llamado vairagya, que trata de mostrar indiferencia hacia lo irreal, lo transitorio, practicando el desapego hacia todo, especialmente hacia los frutos de nuestras propias acciones. El tercero es shatsampati, que pretende comprender los seis atributos de la mente: 1) Shama o dominio sobre la mente, 2) Dama o dominio sobre la acción, 3) Uparati o ser tolerantes, 4) Titiksha o ser resistentes y pacientes, 5) Shraddha, tener fe y 6) Samadhana, ser equilibrados. Y el cuarto y último requisito sería Mumuksha, es decir, poseer deseo de liberación y estar preparados para “entrar en la corriente” que nos aleja de los deseos de la vida ordinaria y material excepto para entrar en ese plano de servicio a ese mundo invisible y superior que aún ignoramos.

No estamos seguros de que cuando se conocen o intuyen estas cosas podamos estar tranquilos paseando por el bosque sin sentir la extrema curiosidad de seguir indagando en esos reinos. Llega un momento que el mero aleteo de una mosca nos puede catapultar a esos arquetipos que están más allá de nuestro entendimiento, y de alguna forma, sentir el deseo irrenunciable de buscar y comprender sus claves. Uno, de alguna forma, se convierte en chela, en discípulo de esa nueva vida, y desea servirla para mayor gloria de esta milagrosa existencia. Desea seguir penetrando en los misterios para proseguir en una vida mayor.

 

 

 

 

Hacia la poderosa luz solsticial


a

Hoy es un día especial para la meditación y la interiorización, para dejar que el alma se exprese desde sus moradas y de paso nos ayude a entender el misterio de la creación, de la vida, de la consciencia. El sol solsticial coincide con la necesidad de encender el fuego interior, la llama de la reflexión, de la lucidez, y de paso poder emprender el camino hacia una octava superior. Ese esfuerzo, ese afán de comprensión puede venir impulsado por ese fuego, el fuego sagrado de los dioses.

Algunos piensan que tenemos un alma como consecuencia de la unión del espíritu con la materia. Otros van más allá y hablan de tres almas, una que nos da Vida, otra que nos da Consciencia y otra alma que nos Crea y cocrea. Los seres humanos solemos identificarnos no con el alma, ni siquiera con sus tres aspectos de vida, consciencia o creación, sino con el resultado de todo eso, con la personalidad y sus apetitos.

Hay toda una ciencia escrita y revelada que nos acerca a los detalles, a las formas de acercarnos a esa triple llama o alejarnos buscando el apacible consuelo de los apetitos. “Los cuatro rostros del absoluto” nos enseña como debemos orientar nuestras existencias para favorecer el ascenso hacia la vida, la consciencia y la creación. Hay personas que buscan los apacibles vientos del sur, donde el calor y el sol estimulan los aspectos más excitantes de la personalidad. Allí se encuentran estímulos que atan la conciencia a los apetitos carnales, a los apremios de la materia, a la necesidad de girar el rostro hacia la consecución y estimulación de los órganos sensoriales.

Otros seres buscan la orientación de los vientos del norte, donde el frío estimula necesariamente el retiro interior y el trabajo con la luz, con la consciencia, con la vida y la propia creación. Cuando los místicos se alejan a las frías montañas ese acto tiene un sentido oculto. Allí el estímulo sensorial se reduce y se abren de forma certera los canales que permiten el contacto con la naturaleza interior. La falta de sol posibilita un trabajo más consciente sobre la necesidad de buscar y encender el sol interior. La lluvia adormece la necesidad de frecuentar las cavernas de lo irracional y de la avidez sensorial al mismo tiempo que nos empuja a trabajar en los planos de la consciencia activa.

La búsqueda de la fría montaña o por contraposición la del cálido mar sólo es una muestra anecdótica de nuestro propio enfoque interior. Las enseñanzas y las consiguientes disciplinas para poder alinear la intuición hacia el trabajo profundo necesitarán algo más que orientación. ¿Para qué sino la naturaleza nos ha dotado de consciencia y de poder creador? El sentido de todo ello sólo puede responder a esa necesidad de búsqueda y hallazgo tras la inevitable práctica de hollar los senderos. Mientras estamos distraídos en los estímulos y los apetitos de la carne, sean los que sean, el trabajo para el que hemos venido como seres conscientes se vuelve arduo y farragoso. La propia ilusión de teorizar sobre los caminos sin practicar los caminos es una trampa para la propia alma. Sin embargo, la ejecución de un solo paso atrevido, sea o no sea certero, ya es prueba suficiente de esa fe que nos llevará inevitablemente hacia cuotas de libertad y vida inimaginables. Meditación consciente, estudio lúcido y servicio amoroso son pequeños pasos que nos llevarán a la profundidad del ser verdadero. Feliz solsticio de invierno, feliz llama interior.

(Foto: Luz solsticial esta mañana en las frías montañas de O Couso).

COMO SI… o la Ciencia del Antakarana


a

Cuando alguien tiene dudas sobre su vida, suelo preguntarle qué haría si dispusiera en el banco de algunos millones de euros. En el noventa por ciento de los casos enseguida se aclaran las dudas y surgen con entusiasmo soluciones a sus problemas o conflictos. También en el noventa por ciento de los casos les hago ver que esas cosas también podrían hacerlas sin la necesidad de tener ese dinero en sus manos. Sólo aplicando un poco de voluntad y amor a toda situación, y actuar COMO SI realmente tuvieran ese dinero, como si dispusieran de ese empoderamiento interior. Es simplemente crear un puente entre la vida y la plena consciencia, eso que los místicos llamaban la ciencia creadora del antakarana. Porque al poseer la visión de esa plena consciencia somos sabedores de aquello que realmente se dibuja como nuestro propósito interior. Y en ese momento nada puede detener nuestro caminar.

Cuando se profundiza en los aspectos más profundos de la ciencia del Antakarana nos damos cuenta de que no existe separatividad, ni entre la luz que nace de la personalidad, de nuestra escasez y conflicto, ni la luz que nace del alma ni las luces que nacen del trabajo grupal. Eso provoca una consecuencia útil: todo lo que hagamos desde al alma lo estamos haciendo desde la acción grupal, y por lo tanto, ya no tratamos de vivir para satisfacer nuestros caprichosos anhelos, sino que nos damos a una tarea mayor.

Todas las acciones que nacen de la actividad pura es impulsada por el bien común y la necesidad grupal. Además, empezamos a comprender la relación existente entre energía y fuerza, entre todo aquello que entra en nosotros y todo aquello que sale de nosotros, entre el amor y la voluntad, entre la sabiduría y el poder de las cosas. La ciencia del Antakarana es aquella que nos enseña a construir el puente entre todas esas energías que nos ponen en contacto y comunicación con la esencia más profunda del ser. Es una ciencia porque requiere de una técnica específica y de un modelo teórico y práctico que consuma nuestro anhelo de unión, de plenitud.

Cuando esto ocurre realmente y se tiene la suficiente visión sobre este importante aspecto, las palabras “hágase Tú Voluntad y no la mía” adquieren un significado profundo. Nuestras pequeñas voluntades con las pequeñas necesidades de la triple personalidad (físicas, emocionales y mentales) quedan olvidadas, apartadas, para dar paso a la Gran Necesidad grupal y a la correcta disposición del trabajo en grupo. Entonces la pregunta sobre el millón de euros en el bolsillo ya deja de tener sentido, así como su respuesta. Ahora el campo de experiencia humana se ensancha y las necesidades son otras. La vida cobra otro sentido amplio.

Existe ese hilo de consciencia que nos une a esa gran red etérica de vida que todo lo envuelve. Sólo debemos apartar un poco la mirada de nuestra personalidad egoísta e individual para darnos cuenta de esa gran unidad existente. Nada puede separar la vida y nada puede extinguirnos de ese mundo unificado. Cuando somos sabedores de esa realidad, nuestra visión sobre las cosas cambia drásticamente.

Una de las técnicas para potenciar el trabajo del antakarana es la llamada “COMO SI”. Resulta fascinante trabajar actuando COMO SI ya estuviéramos fusionados con el alma y COMO SI realmente fuese posible la construcción del antakarana y la plena consciencia. El trabajar de esta manera es revelador y hace que toda nuestra vida se transforme inevitablemente, ya que al utilizar nuestra imaginación creadora, de alguna forma estamos influyendo en que eso realmente ocurra. Todo nuestro enfoque, toda nuestras relaciones, todo nuestro trabajo adquiere un matiz diferente. En algunas ocasiones, incluso drástico, ya que entregamos toda nuestra existencia al servicio consumado, a la generosidad de compartir todo aquello que nos hace más libres, más humanos y más lúcidos. Todo, como decíamos, tras un largo trabajo interior donde se aplican técnicas definidas que nos ayudarán a soportar las influencias de esa nueva visión, de esas nuevas fuerzas y energías con las que contactaremos inevitablemente. Al expandir la consciencia también debemos expandir la responsabilidad con la misma, una responsabilidad que se hace doble: hacia nosotros mismos y hacia el grupo.

Dicho esto, ¿qué harías si tuvieras unos millones en el bolsillo? Pues empodérate y actúa COMO SI ya los tuvieras. Hay mucho por hacer…

 

(Foto: © Jacky Parker)

La hermosa sabiduría de un loco


 

 

Cuando esta mañana intentaba editar “El Camino del Loco” ante la lluvia y el frío que llega en este hermoso otoño, me encontraba de repente visionando el video que la amiga Suzanne me había enviado. En él aparece un “loco”, Matthew Silver, quizás el loco más cuerdo que jamás haya visto en mi vida. Semidesnudo, como el loco de las cartas del tarot que enseña sus secretos y los comunica a los durmientes, este loco generoso y moderno nos habla con rotundidad de lo verdaderamente importante.

Ante la pregunta de cual es el sentido de la vida el loco responde: “Vivir en el misterio y encontrar el propósito”. Esta frase es lapidaria, profunda, enigmática, vital y necesaria. Apunta desde una perspectiva profunda e inquietante cual es el verdadero sentido de la existencia del ser. No tan sólo vivir en el misterio , estado de gracia que los ocultistas de todos los tiempos, los místicos y religiosos de diferentes filosofías ya lo advierten, también vivir enfocados en nuestro propósito vital. Pero el loco va aún más lejos y nos advierte con rotundidad: “y vivir en el ahora”. ¡En la magia del ahora! ¡En el amor! Ese es el profundo significado de la existencia, poder respirar en ese ahora, aquí, en este instante, y contemplarlo desde la compasión y el más insondable amor.

¿Cuál es tú recuerdo más aventurero? Le preguntan. Y la respuesta no podía ser más elocuente: «¡¡¡Éste!!! ¡¡¡Recuerdo éste!!! ¡¡¡Éste es la aventura!!! ¡¡¡Éste es el recuerdo!!!» Sí querido, el recuerdo de éste momento y no otro, el recuerdo de nosotros mismos y la aventura de sabernos vivos en este maravilloso viaje del ahora.

¿Qué consejo tienes para las nuevas generaciones? Le vuelven a preguntar. «¡¡¡Vivan el momento!!! ¡¡¡No envejezcan!!! ¡¡¡No juzguen a la gente!!! ¡¡¡Porque no puedes ser libre cuando juzgas!!!»

¡¡¡Amen ahora!!! ¡¡¡Creen!!! ¡¡¡Inspiren!!!

¿Cómo defines la libertad? La respuesta de nuevo sabia y contundente: “Hacer lo que uno ama”

¿Qué es lo que amas? ¡¡¡Esto!!! ¡¡¡El momento!!! ¡¡¡Amar ahora!!!

¿Qué otro consejo tienes para nosotros? “Que ya están haciendo… Qué siempre hagas lo que esté en tu corazón… ¡¡¡No pueden alejarse de su corazón!!! Porque la vida es una paradoja… Es un espejo de la confusión… Entonces… amen… ¡¡¡ahora!!!”

¿A quien amas? ¡¡¡Yo los amo!!! ¡¡¡A todos!!!

La enseñanza más grande y profunda que he escuchado nunca… Gracias querido Loco por esta sabiduría eterna. Gracias por caminar como un verdadero cuerdo.

Pd. Para saber más:

Matthew Silver es un hombre que recorre Nueva York casi desnudo haciendo y diciendo cosas que la mayoría de sus conciudadanos nunca se atreverían a hacer ni a decir; en esta ocasión en particular, predicar amor para ellos a todo pulmón.

http://www.maninwhitedress.com/

 

El peligroso contacto con el recuerdo


a

Si miramos a nuestro alrededor, sin aún saberlo, vivimos en una especie de escenario. Nada de lo que hay en él es real. Todo, absolutamente todo, está condicionado por nuestras proyecciones sensitivas, emotivas y pensamientos. La configuración del mundo que nos rodea es maleable, moldeable, flexible. Podemos estar tristes o alegres y eso condicionará totalmente eso que llamamos realidad. Un día maravilloso para unos puede ser atroz para otros. Está en juego nuestra supervivencia y también la supervivencia del escenario que hemos montado, que al fin y al cabo es nuestro espacio de seguridad psicológica.

Muchas veces ese escenario no nos gusta. De repente vemos que todo lo que antes tenía un valor empieza a derrumbarse. Eso ocurre cuando por algún motivo ha existido un cambio profundo en nuestro interior. Ese cambio a veces tarda un día, dos años o toda una vida. Hay gente que nace y crece en su mismo barrio. Que trabaja toda la vida en un mismo trabajo o tiene los amigos de siempre. Es gente que no ha necesitado o no ha percibido un cambio real en su interior. Cuando nada cambia por dentro, nada cambia por fuera. Es posible que haya existido una pequeña transformación en el mundo de las creencias, o el conocimiento se haya ampliado y podamos filosofar de una u otra cosa. Pero a niveles existenciales, todo sigue igual. Nuestros patrones de vida siguen inamovibles.

Hay otra gente que cambia de escenario cada dos días o cada dos años. Nuevas amistades, nuevos trabajos, nuevos lugares donde vivir. Ese exceso de cambios a veces tiene que ver con una realidad incómoda de la que se huye. Otras a esa exagerada necesidad de dar cabida a todo un mundo de curiosidad y conocimiento. A veces muchos cambios exteriores no son sinónimo de cambios interiores. Tan sólo son esquivas, insatisfacciones continuas o meras inquietudes.

Existe sin embargo, un cambio de naturaleza diferente que tiene que ver con lo que Platón llamó anamnesis. Trata de la capacidad que tiene el ser para recordar todo aquello que olvidamos cuando venimos a la vida. Realmente es una percepción diferente de las cosas, no necesariamente sujetas a nuestros impulsos emocionales o circunstancias mentales. El mundo se ve tal como es, y no tal como nosotros lo imaginamos según nuestras creencias perceptivas. Ese “tal como es” es profundamente hermoso, pero entraña una dificultad añadida, y es la amplitud del marco de referencia, la generosidad de la propia percepción y la dilatación de todo cuanto existe.

En ese estado de cosas lo que antes parecía importante ahora deja de serlo. Lo que antes era primario ahora pasa a un segundo plano. Se abre una visión diferente del mundo que nace de lo que Gurdjieff llamó el recuerdo de sí mismo. De alguna forma se abren portales a dimensiones hasta ahora ignoradas. Entonces esa plasticidad del mundo se convierte en un campo de experiencia diferente. La vida cobra un sentido vasto de considerable holgura donde poder estar enfocados en algo mucho mayor que la propia necesidad de cuidarnos a nosotros mismos. Cuando de repente nos topamos con esa visión, con esa intrínseca contemplación meditativa, todo lo que antes eran problemas se transforman automáticamente en mensajes o aprendizajes. Todo lo que antes eran meras dolencias emocionales ahora se ven como un mar donde navegar y fortalecer la presencia del ser. Somos conscientes de que todo cuanto existe es un mero escenario que podemos cambiar a nuestro antojo si con eso damos verdadera salida a nuestra inquietud interior, a nuestro propósito más profundo.

Ya no hay necesidad de entender el mundo, ni de expresarlo con conocimiento. Ahora se es uno con el mundo, se respira con la existencia, se navega en ese éter que todo lo envuelve y se perfila el horizonte como una asombrosa continuidad de la creación. Mirad a vuestro alrededor y contemplad esa profundidad maravillosa. Mirad dentro de vosotros y escudriñar más allá de vuestros límites. Soltar amarras y elevad velas. Es tiempo de navegar por otra dimensión del ser.

El otro día no parábamos de cantar una canción con el mismo mensaje. “Je me suvian, I remember, yo recuerdo”. Recordad quienes sois. Algo importante cambiará en vosotros.

(Foto: © Kasia Derwinska)

Estuve solo en el bosque y amé los lugares secretos


a

Ego fui sola in sylva, et dilexi loca secreta”, (Helen Waddell, The Wandering Scholars)

Vivimos en el bosque. Caminamos semidesnudos como locos altamente libres de un lado para el otro. Nos agachamos y observamos el mundo etérico de las plantas. Alzamos la mirada escudriñando el halo de los árboles. Cada rama es un pozuelo de sabiduría. Cada tallo es un rayo de luz que alcanza algún cielo. Suspiramos con el corazón ancho cuando vemos posar en una de esas extremidades el suave vuelo de cualquier ave. Los pájaros son representantes de las estrellas. Son seres astrales, como todos los animales cuyo pensamiento aún es simiente. Se mueven por el influjo de la luna, por el deseo y el instinto, por eso es fácil comprender cuanto aman la noche, el sueño.

Cuando tocamos la tierra vemos aquellos seres que la cuidan, que tratan de dotarle de la mejor sabia para que culmine el proceso. Vemos como el rocío perfuma cada trémula hebra de hierba. Vemos atentos como el misterio se perdiga por toda la creación.

La naturaleza te da algo que los humanos han rechazado. Nos ofrece el saber, la luz suficiente para crear sobre nuestras cabezas la estrella de cinco puntas. El conocimiento arcano renace cuando observamos la liebre en los prados o rociamos los brazos con el halo de la montaña. El bosque suspira, palpita en su silencioso balanceo. Reclama el silencio, el callar de los sabios. Murmura íntimos secretos a los pocos afortunados que acaricia.

A veces la tormenta agita nuestro frágil hogar. La lluvia y el viento barren toda impureza y el temor a la debacle nos atropella. Pero algo poderoso nos amarra a la paz de sentirnos fuertes. Algo más allá de nosotros nos aproxima a esas fuerzas, trayendo arquetipos poderosos a nuestras manos.

Cuando caminamos por el bosque observamos atentos cada rincón. En la soledad amamos los lugares secretos que nos llevan hacia el aliento vital de toda existencia. Existe un baile en todo lo creado, una danza sagrada que todo lo envuelve. Se cuece la alegría en las miríadas de vidas que recorren todo el orbe. A cada paso un resplandor superior envuelve el susurro caminante. Sentirnos poseedores y guardianes de estos secretos nos obliga a enfundar el camino del loco para desvelar, con claves y arquetipos, el sendero que toda alma debe recorrer. El sendero del corazón, de la vida interior, de la entrega voluntaria a los sublimes ciclos cósmicos.

Aquí, sentados bajo todas las luminarias, observamos la rosa que crucificada en el pecho arroja luz a todas las almas. El vasto camino de la experiencia se abre para ser practicado. El mundo se expande mientras respiramos al unísono. Respirar, conspirar. Respirar. Conspirar. Ha llegado la época en que el Éter hable claro cara a cara sin disfraz, sin retener nada, en respuesta al profundo escrutinio de las cosas sagradas…

 

Tras el velo de Isis


a

Selene, la diosa de la Luna, adormeció enamorada al pastorcillo Endimión para gozar de él en sueños. Esta alegoría que nace del mito nos aproxima a una realidad mistérica que tiene que ver con el avance de nuestro ser en la vida ordinaria. Con esa necesidad de vivir más cercanos al mundo real que nace de aquello que nos inspiró la vida.

En muchas ocasiones vivimos sedados por un contexto que no sentimos, pero que palpita, a cual hipnosis, en nuestro devenir. Selene, la diosa lunar, pidió al dios Hipnos que durmiera al pastorcillo. Así ocurre en nuestras vidas, por eso es difícil desembarazarse de la diosa Selene, de todo aquello que de forma ilusoria nos adormece y nos aleja de nuestro destino. Muchas veces esta diosa se muestra en forma de seguridad, de trabajo, de bienestar, de pareja, de cualquier tipo de cosa que nos sujeta a una realidad cómoda. Ignoramos que la Isis desnuda nos espera para dotarnos de la visión necesaria y traspasar todos los velos que nos aproxime al camino realmente elegido. Ignoramos que la senda del héroe, que no es otra que nuestro propio camino cuando lo emprendemos con valentía y decisión, nos aguarda cueste lo que cueste.

Existe una materia oscura en nuestras vidas difícil de ver, más aún incomprensible al entendimiento intelectual o filosófico. Sin embargo, actúa de manera eficaz. Es como una sombra que nos han inyectado y que adormece a nuestro verdadero ser. Como si un doble que no fuéramos nosotros interpretara una vida que no nos pertenece. Pero cuando despertamos lejos de ese dormitar lunático, cuando nos desprendemos de ese pesar, de ese camino oscuro, contemplamos ese halo de luz que era representado antiguamente por la diosa Isis. La materia blanca se nos presenta como un camino auténtico y dejamos de habitar en la tierra de los durmientes. La diosa lunar, Selene, nos esclaviza, por ello debemos elegir si ser pastores como Endimión y dormir a los pies de Selene o despertar próximos de la madre Isis, la luz solar, el soplo de vida.

El que despierta más allá del velo que nos separa de Isis debe permanecer atento y vigilante incluso durante el sueño normal. El despierto tiene como función librarse de la influencia de la luna negra y no recaer en la adormidera de los durmientes. Todo aquello que nos aleja de nuestro propósito, de nuestro latir interior, todo aquello que retrasa nuestro caminar debe ser abandonado. Aquí entra en juego un tremendo laberinto de difícil interpretación. El maya, la ilusión de estar en lo correcto será poderoso y desearemos dormir por toda la eternidad para no molestar a Selene.

No es cómodo caminar hacia nosotros mismos. No resulta siempre fácil entender aquello que palpita dentro de nuestra espiral de vida. Hay señales, pequeñas percepciones que a veces nos avisan de cual es la senda.

Existe una especie de extramundo, un lugar remoto, un páramo en tinieblas donde el Espíritu se halla extrañamente humillado y solitario. Allí tenemos la oportunidad de despertar del sueño. Allí podemos enfrentarnos al camino que conduce a nuestra liberación interior. Sólo debemos aprovechar la oportunidad de poder divisar ese lugar y sembrar en él la semilla del cambio. Eso es lo único que permanece y eso es lo único que nos hará despertar hacia la vida nueva.