La magia de preparar una taza de té


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El que ha cruzado la última puerta interior se convierte en algo distinto de los demás: queda lleno de júbilo, felicidad y paz”. (J. A. Comenius)

Hay mucha confusión con respecto a lo que es y no es la magia. Algunos hablan de magia negra y otros de magia blanca. La primera tiene que ver con todo aquello que hacemos para obtener poder material. Es decir, es todo aquello que realizamos en nuestras vidas para nuestro propio beneficio. La magia blanca sería aquello que realizamos para beneficio de los demás y que nace de un estímulo oculto y espiritual. Sería algo así como el resultado de dirigir la actividad creativa del mundo intangible hacia el plano de la materia para beneficio de todos.

Aquellos que han dedicado su vida a conocer las leyes ocultas para invocar esa mediación de lo Espiritual se llaman magos. La magia se ocupa del conocimiento que nace de esa estimulante vida interior para ser dirigida hacia el servicio a los demás. Sólo la magia negra está al servicio del poder y de uno mismo con sus graves consecuencias.

Dicho esto muchos pensarán que la magia en todo caso es cosa de magos. Pero si analizamos con atención toda nuestra vida diaria, nos damos enseguida cuenta de que todos somos magos y todos practicamos magia porque visto el mundo con ojos inocentes, todo parece estar hecho por «arte de magia». Sólo debemos desvelar el velo que cubre nuestra mirada para darnos cuenta de ello. Imaginémonos preparando una taza de té. Si prestamos atención, en ese sencillo acto estamos invocando a los cuatro elementos.

No es posible preparar un té sin la ayuda de los seres que la tradición arcana llama elementales. Para calentar el agua son necesarios los seres del fuego, las salamandras llamadas en la tradición; el agua reside en los dominios de las ondinas; las hojas que se hierven surgen del dominio de los gnomos, los señores de la tierra, mientras que el vapor está en el de los silfos. Una vez se hemos apartado el velo que cubre con ingenua reverencia nuestra visión, queda revelada la verdadera significación espiritual incluso en los actos más sencillos.

En esta época de confusión donde todo vale, los verdaderos magos no evocan a los elementales para su control ni invocan a supuestas entidades superiores para requerir ayuda. El mago “reza”, entra en oración y meditación profunda con el único requerimiento de hallar más inspiración y lucidez en su sendero para servir mejor, para amar mejor. En silencio, humilde. No crea conjuros extraños ni se vale de extraños maestros o sibilinos mandamientos. Ritualiza su propia vida para darle significado profundo. Sacraliza la vida ordinaria para que una simple taza de té pueda ser excusa perfecta para agradar y servir al otro. Respeta todas las fuerzas y sólo hace uso de ellas si con eso mejora la ayuda al prójimo. Nada pide para sí, todo lo entrega.

Como bien observó Goethe, muchas mariposas parecen pétalos de flor. Hay en esa observación una profunda enseñanza. El verdadero mago es aquel que florece como una rosa y prosigue su transformación hasta que, de tanto compartir néctar, se transforma en mariposa, en luz, en resplandor…

(Foto: © Takis Poseidon)

 

 

El hechizo de la Nueva Era


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Cuando paseamos por los bosques y prados nos damos cuenta de la simplicidad del mundo. No importa si hablamos del mundo material o del espiritual. En el fondo estamos hablando del mismo mundo con diversos reveses o visiones. Pero la hoja que cae en otoño es tan material como espiritual. Es algo que cae suave desde un árbol y que implica en su ciclo vital muchos aspectos desconocidos.

En estos días de crisis y desengaño material existe una especie de hechizo que de alguna forma pervierte ese suave caer otoñal. Hay cientos de personas insatisfechas que buscan desesperadamente productos, técnicas o gurús que puedan aliviar su descontento. Hay muchos que desean comprar por una pequeña cuota aquello que satisfacerá su necesidad imperiosa. Existe para ello un amplio abanico de “empresarios” de lo espiritual que aprovechan para vender sus productos y técnicas a buen precio. Realmente se trata de un hechizo psíquico, de una manipulación que nada tiene que ver con lo espiritual o con el misterioso reino de los planos interiores.

Cuando nos tumbamos en la hierba y miramos con atención la multiplicidad de vida que recorre cada recoveco sombrío, cada hebra verde, entendemos que es en la simplicidad de encontrar lo divino en lo ordinario donde podemos realmente alcanzar esa transformación anhelada. Poco a poco vamos despertando de ese hechizo para hacernos más conscientes de lo simple y directo que es el antojadizo misterio de la vida. Lo divino, lo espiritual, no es más que un acto enteramente interior que tiene su repercusión en el mundo con la práctica del amor incondicional. Todo lo que se salga de esa simple enunciado es precipitarse hacia un engaño ilusorio y distorsionado.

Ya terminó el tiempo de los gurús, del patriarcado espiritual, de los dogmas y creencias, de aquello que divide y no suma, de aquellos que proclaman algo nuevo y diferente y transformador a cambio de una módica o a veces mortífera cuota. O de incluso aquellos que manipulando la buena voluntad de la gente para ofrecer epidérmicas técnicas de salvación. Ocurre lo mismo con las patrias y las naciones. No hay salvación global si uno no empieza a revisar su propia vida. No hay mayor sentido de libertad que aquel que nos dirige hacia la emancipación consciente, libre y simple que nace de dentro. No hay mayor reguero de paz interior que aquel que nace de las fuentes de la vida ordinaria, alrededor del fuego familiar, de la pareja, de los hijos, de los amigos, de la comunidad. Allí está nuestro marco de referencia para dar expresión al amor incondicional, a la poderosa llama que nace de nuestras moradas interiores.

Todo lo demás es hechizo, ilusión, magia negra que nos manipula y nos desvía de la sencillez. Demos un paseo por cualquier bosque, por cualquier prado y miremos de frente a Dios. Está siempre ahí, en la hoja que cae, en la hebra cargada de animalillos, en la sonrisa de un bosque pleno de vida. Cada vez que necesitemos transformarnos, miremos de frente a la Naturaleza que hemos abandonado. Ella es la poseedora de todo conocimiento y de toda transformación. Ella es la verdadera guía ante nuestra siempre poblada ignorancia.

(Foto: Paseando por los prados cercanos a O Couso.)

La incompatibilidad de las drogas en el mundo espiritual


Ayahuasca

Muchos amigos me preguntan con frecuencia sobre la ingesta o no de cierto tipo de drogas o hierbas para acceder a planos superiores de consciencia o a mundos “espirituales”. Siempre respondo lo mismo: en el mundo espiritual no hay atajos. No sólo no hay atajos sino que es un camino lento y penoso que requiere de mucho sacrificio y simplicidad. No fumar, no beber alcohol e incluso mantener una dieta disciplinada son sólo primeros pasos para acercarnos al camino. No estamos en el Camino, pero podemos ir acercándonos a su orilla con ciertos requisitos y disciplinas físicas, emocionales y mentales. Ni la ayahuasca, ni el LSD, ni ningún tipo de hierba sagrada nos va a facilitar nada.

Ese control sobre la triada inferior es necesario antes de poder empezar a entablar cierta quietud dentro del sendero espiritual. Muchos buscadores prueban todo tipo de sustancias, técnicas, gurús y disciplinas pensando que encontrarán algún tipo de lucidez especial. Perversamente ocurre todo lo contrario. Aquellos que intentan llegar a la espiritualidad por asalto se alejan incomprensiblemente de ella. Ahondan en el ego, en la autosatisfacción personal y practican, sin darse cuenta, cierta magia negra que sólo pretende inclinar la balanza hacia fines egoístas y personales.

Una visión espiritual sana primero busca el bien hacia uno mismo para luego poder obrar de forma cualificada en el bien hacia los demás. Ese es el recto camino hacia cierta realización, y para ello, qué mejor lección que cuidar nuestros cuerpos para disponer de vehículos útiles a la realización del bien y el servicio. Sin atajos, sin muletas, sin ilusorias promesas sobre el mundo fenomenológico.

Revisando la edición que pronto saldrá a la luz de un libro que hemos titulado “El Camino del Loco”, me encuentro con este interesante texto que lo resume muy bien y que ahora comparto:

“Nuestro Maestro nos había prohibido a todos la menor experimentación con drogas, bajo amenaza de expulsión del círculo. Nunca quiso discutir los motivos de esa prohibición, limitándose a decir que el abuso de las drogas podía perjudicar el desarrollo espiritual durante varios tránsitos terrenales. Incluso los narcóticos más débiles y otros principios activos de las hierbas pueden ejercer efectos deletéreos sobre el alma y el espíritu de los humanos. Son las semillas de Set, comida para el mono-demonio. Consideremos el acónito, que es una hierba venenosa. Quien la toma empieza a temer el futuro, a temer la muerte. Al mismo tiempo se persuaden de que son capaces de predecir el día, por lo general no demasiado lejano, en que esa muerte se producirá. Sin embargo, lo que suelen decir los grimorios de wicca, los manuales de brujería, es que el acónito le hace a uno clarividente. Que con ayuda de ese veneno se empieza a vivir en el mundo de lo Espiritual, aunque no se haya preparado uno para tan difícil residencia. De lograrse con éxito esa inserción en un dominio para el cual no está uno especialmente preparado, significaría que se ha debilitado su relación con el plano de lo físico. Aunque esa persona sobreviva, con frecuencia sucede que las facultades espirituales quedan tan debilitadas que la víctima llega a creer que todo es un sueño. Una vez más, vemos ahí la impronta del mundo superior, porque realmente, en comparación con las intensas riquezas de los dominios superiores, el mundo material palidece, en cierto modo, como un sueño. Si se toma veneno en exceso, sobreviene la muerte. Es una muerte muy dolorosa, y en tanto que auto-infligida, el dolor no cesa ni siquiera con la separación del cuerpo. La clarividencia que precede a este tipo de muerte indica, simplemente, que el espíritu se está separando ya de lo físico y entrando en el Plano Astral. Es característica del acónito la impresión de estar separado del propio cuerpo, hasta tal punto que se cree poseer la facultad de volar”.

Más abajo, en una nota interior, el libro sigue dando pistas:

«En la tradición esotérica el café se considera perjudicial porque el espíritu se sumerge en lo material y en este sentido, puede ser cierto que ayude a pensar con claridad. El consumo del tabaco es perjudicial por varias razones, pero sobre todo porque atrae los espíritus de grado bajo y oscurece el mundo espiritual tanto para el fumador como para quienes le rodean. El alcohol ataca el organismo que sirve para el desarrollo del Ego, y hace posible que los espíritus se apoderen de la personalidad por la vía de la sangre. Toda esta cuestión de las toxicomanías y los alucinógenos es de profundo interés para los cultivadores del esoterismo».

En las orillas del corazón


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© Adam Dobrovits

 

Los corazones se sienten abrumados y perdidos. Casi siempre con esa sensación de soledad, de abandono, de injusticia y rabia. Sobre todo con esa sensación de pérdida, de vacío. No es de extrañar. En nuestra vida se entrecruzan corrientes que nacen de nuestro pasado aún no olvidado, traumas que no cicatrizan, circunstancias presentes que no acompañan a una correcta armonización. Y luego está el mundo, con sus contradicciones, con su vida aún anclada en el conflicto, en la guerra, en la búsqueda de adversarios y enemigos.

En los tiempos más antiguos los sabios consideraban al corazón como la morada de Dios. Para ellos ese lugar recóndito era la cueva donde nacía la promesa del espíritu, la salvaguarda del misterio de la vida. Hablar del corazón es hablar de trabajar sobre el Bien, sobre lo Bello, afirmando el poder del conocimiento que nos arrastra inevitablemente a reconocer y practicar el principio creador de la benevolencia.

En nuestra época hemos olvidado el verdadero poder del corazón, por eso es necesario volver a sus orillas, aproximarnos a la reconciliación con su esfera de influencia. Un corazón sano, benévolo, armónico, es capaz de cualquier cosa. El corazón no es tan sólo la fuerza motriz que nos da vida, es también la poderosa llama que nos acerca al fluir invisible, al velo tejido que separamos con amor y candor para atravesar al otro lado. Todos nuestros corazones juntos representan el templo de la humanidad. Todos nuestros corazones juntos laten como un tambor cuyo poder invocador es ilimitado.

Orientamos nuestro corazón hacia la Vida, hacia la verdad infinita. Nos relacionamos con la vida mediante el amor y nuestra inteligencia es capaz de convertirse en el medio evocador, en el propósito que nos guía por la correcta conducta y el verdadero propósito. Sólo desde el amor que nace como una llama potente de nuestro corazón podrá consumir todas esas aristas que arrastramos, toda esa negrura que pesa sobre nosotros.

Quién es capaz de amar de igual manera a una flor y respetar la vida de un animal se encuentra en el sendero del corazón. No es posible entrar en la puerta del Misterio si antes no se ha conseguido este respeto. Los guardianes del umbral no dejarán entrar a aquellos que tengan mancillado su sendero. Para subir a esa cima es necesario comprender que el amor que nace de un corazón recto empieza siempre por lo más primario, por lo más sencillo, por el amor a una flor y el respeto vital hacia la vida de nuestros hermanos más pequeños. No es posible entender la Vida si no somos capaces de aproximarnos a ella practicando mediante pensamientos y actos puros, mediante un enfoco primordial en la expresión del amor universal y la generosidad, aquello que equilibra al mundo.

Las riquezas materiales y espirituales nacen del amor, del corazón, del compartir. Es una ley suprema. Esas riquezas son un puente que nace desde lo más alto para darnos la oportunidad de comprender el verdadero significado de la comunión. Es el corazón la morada del recto conocimiento, de la recta comprensión de todo misterio. Los arcanos secretos se desvelan en los papiros de nuestro interior. Nuestro corazón es el hogar de nuestra consciencia, un proceso lento pero necesario para poder entender desde una vida sensible y abierta los retos del devenir. Aquel que no reside en el corazón no puede mejorar su consciencia, y por lo tanto, no puede llegar a entender los principios de la vida.

¿Y cómo llegar a ese entendimiento si no somos capaces de acallar nuestras voces y atender su latido? Aún no estamos capacitados del todo para comprender que al acallar nuestros ruidos y acercarnos a los latidos del corazón, el despertar nuestro centro cardiaco, conduce inevitablemente a la consciencia grupal, a la propia humanidad y a la consciencia del todo.

¿Cómo nutrir nuestros corazones? En silencio, en comprensión de la unidad, en el estudio necesario de las causas y los arquetipos y en la generosidad de un servicio enfocado hacia el bien común. Sólo con amor y en amor podremos romper con las barreras que nos limitan y comprenderemos la fuerza transmutadora de nuestros corazones. Caminemos lentamente a sus orillas. Caminemos al hogar del espíritu. Que la doctrina del corazón nos ayude.

 

La escritura oculta de las estrellas


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«El conocimiento de los antiguos egipcios, ¿no se escribió en signos místicos acaso? ¿No suelen las Escrituras hablar en parábolas? Y las más deliciosas fábulas de los poetas, fuente y manantial primero de la ciencia, ¿no se envolvieron, perplejas, en las alegorías?» (El seudo-alquimista Subtle a Mammón, en El Alquimista, de Ben Johnson).

 

Dicen que los antiguos magos que obedecían a las enseñanzas del zoroastrismo podían leer en los mensajes celestes los designios de la humanidad. Era costumbre absorber desde los pétalos místicos la sabiduría arcana que susurraba desde dimensiones desconocidas todo el devenir. El Astrum Mercurius de los alquimistas era ese lugar donde los más agraciados podían ver, podían asomar la visión de aquello que aparentemente parece incomprensible pero que, desde ese espejo dimensional, puede volver en orden aquello que parece caos.

Este fin de semana ha venido mucha gente a visitarnos. Algunos, asombrados, no daban crédito a tamaña ruina. ¿Cómo es posible que nos hubiéramos embarcado en semejante lío? ¿Cómo reconstruir una casa del siglo XVI en estado semiruinoso? ¿De dónde sacar las fuerzas y los recursos necesarios para hacerlo?

Resulta fácil responder a estas preguntas cuando asomas la cabeza al otro lado, cuando lees la escritura oculta de las estrellas, cuando puedes ver como a pesar de la ruina, cientos de personas vienen a visitarnos diariamente para beber de cierto néctar que, sin ser palpable en cuanto a la visión normal, se pueden sentir y acariciar con un poco de aguda sensibilidad. Plutarco lo hubiera dicho con un verso revelador: en cinco ramificada inflorescencia de fuego. Por ello no nos preocupa mucho el mundo de la apariencia, nos gusta más jugar con aquello invisible que es capaz de mover montañas, que asoma como señales luminosas advirtiendo de la bondad del camino, que crea arco iris sublimes en momentos de belleza inesperada. Señales como los de estos amigos que venían desde Cádiz recorriendo toda la península solo para estar un día y medio con nosotros. ¿Qué es eso que los mueve y conmueve a tamaño viaje?

Dicen que los ángeles no tienen el poder de mandar ofrendas imperativas, pero sí de enviarnos señales, advertencias, pequeñas guías cargadas de símbolo y belleza. Nosotros creemos, en todo este camino, haber sentido esa presencia angélica. ¿De qué modo sino nos hubieramos embarcado en esta locura? ¿Qué clase de sentido tendría el haber venido hasta tan lejos, muy cerca del Final del Mundo, dejarlo todo y meternos en una humilde caravana para trabajar silenciosamente sobre unas ruinas de más de cuatro siglos? ¿Qué fuerza es esa que nos empuja a semejante empresa? ¿Y qué cosa es esa que hace que tantos y tantos peregrinos del alma vengan a ayudarnos en dicha labor? ¿Qué cosa es esa que les conmueve para atreverse a sumarse en esta reconstrucción espiritual?

Sólo un fuego abrasador en ramificada inflorescencia, sólo un apretón sublime en el pecho flamante, solo un poderoso mandato nacido del toque de clarín de nuestra alma, solo la chispeante y lúcida centella que nos guía podía arrebatarnos de nuestras cómodas vidas para arrastrarnos hacia esta senda aparentemente caótica e inverosímil.

La montaña mística de los filósofos debía contener una profunda y misteriosa cueva interior. Es dentro de esa cueva donde se produce la verdadera alquimia, la transformación interior. No cuesta mucho creer que un día saliéramos de nuestros confortables castillos para emprender la búsqueda del Santo Grial. Y en esa búsqueda nos encontráramos con esta hermosa montaña y en ella plantáramos nuestra espada para entender la importancia y la urgencia de la transformación. Cuando miramos al cielo, eso podemos leer en sus estrellas. Y en ese doble mundo vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser para servir con cariño y amor a todo aquel que quiera asomar la cabeza a estas ruinas…

 

(Pd.- Gracias especiales a los amigos que este fin de semana han viajado desde Cádiz hasta O Couso para estar un día y medio con nosotros. No nos conocíamos, pero al vernos es fácil reconocernos. Su testimonio son para nosotros esas piedras que van construyendo poco a poco este hermoso edificio hecho con amor y para el amor. Gracias de corazón a Begoña, May y Eduardo. Gracias también a las casi veinte personas que nos han visitado este fin de semana. Sus testimonios, su belleza y su calidad humana nos alienta).

 

 

La vida es un Misterio


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«Incluso la pasión que os he revelado en la danza circular a ti y a los demás, es mi deseo que se llame Misterio». (Cristo a Juan después de la Pasión, según los Hechos de San Juan, capítulos 94-102)

 

Estaba trabajando en la edición de un libro sobre alquimia y disfrutaba de todo ese conocimiento oculto que encierran tantos y tantos documentos antiguos ya olvidados, que a nadie o a pocos le interesa y que sin embargo, aportan una sabiduría necesaria para comprender y explorar el universo en el que vivimos.

Mientras hoy me duchaba con agua helada en una tarde igual de gélida sentía cierta libertad al comprobar lo dichoso que puede llegar a ser el poder ser un tránsfuga de lo cotidiano y envolver cada instante de momentos extraordinarios. Miraba el bosque que me rodea mientras me frotaba temblando. Observaba cada rama, cada hoja que caía de cada uno de los árboles. El suelo se llenaba de un color otoñal mientras que los animalillos corrían de un lado a otro en busca de víveres. Había una especia de danza circular, de dichoso momento cargado de plenitud, de orden, de armonía, de paz.

Cuando hay días nubosos tenemos que conectar el ordenador a la batería del híbrido. La placa solar no termina de realizar su función debido a su baja potencia y debemos buscar alternativas para seguir trabajando. Realmente en esta circunstancia es toda una ventaja poder disfrutar de un coche semi-eléctrico. A veces se convierte en oficina improvisada, como ahora mismo, que trabajo a oscuras pero agraciado por la noche y el refugio del coche. Resulta extraño mirar por las ventanas y comprobar el silencio que ahí fuera sobrecoge a todo ser viviente. Resulta igual de extraño respirar profundamente en esta anómala circunstancia, donde uno nunca hubiera imaginado que este tipo de vida es posible. Dormir en una caravana, trabajar en un coche híbrido, mirar alrededor y contemplar, día tras día, la espesura del bosque, el verdor de las praderas, las vacas pastando por todo el valle de Mao. La sierra de Édramo nos protege en este pequeño valle del que ahora somos guardianes.

Hay algo misterioso en todo esto. Podría pensar que cada vez que descubro un hongo mientras paseo, o que cada vez que me levanto por la mañana para ir al baño improvisado en el bosque llenándome siempre las botas de rocío, es lo más natural del mundo. Quizás lo fue hace unos siglos. Pero ahora es como si todo esto fuera ajeno a nuestra condición humana. Cuando te alejas del ruido de las ciudades y de su asfalto cuesta creer que esto exista. No deja de sorprenderme el vuelo del ave, el sonido de la lluvia y la luz de todos los amaneceres. Resulta milagrosa toda esta danza de vida, todo este caldo de Misterio. A veces me siento como ese loco que salió de la tumba acompañado de dos bastones. Con uno de ellos exploro el mundo de lo visible, con el otro descubro el mundo oculto, el mundo de los noumenas, el mundo accesible a aquellos que se preñan de entusiasmo por las cosas naturales.

La vida es un Misterio, no tengo duda de ello. Si estamos atentos a todo cuanto nos rodea habrá algo que nos empuje a salir de nuestra propia tumba para caminar en la locura de una vida nueva. Ahora que estoy aquí, en mitad de la nada, del silencio, de la tierra y el cielo, descubro con asombro aquello que decía Hermes con respecto a aquellos que se habían alejado de la vida ordinaria: esos que iniciaron el Camino y que de alguna forma se apartaron de la “procesión del Destino”. Salir de la tumba, dejar de ser un Durmiente, caminar por el sendero que conduce al fuego de los dioses. Todo guarda un néctar esotérico, todo encierra un esplendor que nos conduce al inevitable reencuentro con el Ser. Cuando te levantas de la tumba empieza la danza circular del Misterio.

Lo que ocurra… Lleva la barca mar adentro…


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«Lleva la barca mar adentro». (Lucas 5, 4)

Hoy Arturo nos lo recordaba de nuevo en la meditación que ha dirigido esta tarde en el Centro Dharana: “Maestro, qué esperas de la vida. Lo que ocurra, contestó”. Esa contestación entraña una profundidad aplastante. Significa fluir abiertamente con la vida, con la existencia, con el devenir. Es, como dice el evangelio de Lucas, llevar nuestra barca mar adentro, olvidarnos de nuestros miedos y sentir la presencia y la necesidad de explorar en las profundidades. Eso implica dejar de buscar, dejar de empeñarnos en dividir nuestros esfuerzos en la constante e interminable búsqueda. Si buscamos es porque carecemos de la fe suficiente para aceptar que realmente existe un Misterio, que realmente existe algo que sobrepasa nuestro dócil entendimiento. Si buscamos es porque aún albergamos dudas y cierta esperanza, pero sobre todo muchas inquietudes no resueltas.

Cuando nos dejamos arrastrar por el flujo existencial, cuando entendemos que lo único que debemos buscar es la forma de contribuir al bien, entonces la vida toma un cariz diferente y la magia, eso que transforma toda nuestra realidad, se manifiesta a cada instante.

Lo que ocurra tiene mucho que ver con nuestra certeza de estar labrando el surco, la senda que conduce a la realización interior. Lo que ocurra tiene que ver también con esa necesidad de contribuir al orden invisible, a esa red que ordena todo cuanto ocurre en el caos aparente. También significa que de alguna forma nos convertimos en tejedores de luz, en nodos absorbentes de esa inmanente necesidad de ser útiles al Misterio.

La vida entera está llena de ocultas redes que transportan dádivas celestiales a aquellos que dejan de hacer cosas para procurar el aliento y la dignidad al mundo. Dejan de acumular, dejan de preocuparse por el qué dirán, dejan atrás los prejuicios y las ofuscaciones para convertirse en auténticos faros de luz. La historia nos ha llenado de ejemplos de personas y personajes que han entendido a la perfección el verdadero significado de llevar la barca mar adentro. De convertirse en pescadores de almas, de peregrinos que deambulan perdidos y que son arrastrados por sus redes a una causa mayor, a un estadio de consciencia desde el cual se puede divisar la vida desde una perspectiva más amplia y segura.

Lo que ocurra nos transmite el mensaje de que todo es posible, de que incluso lo más pequeño y ridículo puede transformarse en algo maravilloso y único. Algún día descubriremos en nosotros esa grandeza y seremos como dioses bondadosos. La generosidad y la inteligencia activa posarán al servicio de lo inmanente. Que ocurra… que la barca te lleve mar adentro y te libere…

Y emprendí la búsqueda de mí mismo…


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…» y emprendí la búsqueda de mí mismo«… (Heráclito)

Toda nuestra vida está marcada por una triple ansiedad, nos dice Dürckheim: el miedo a la destrucción, la desesperación ante lo absurdo y la angustia ante el aislamiento. Esto es motivo suficiente para buscar constantemente seguridad, sentido a la vida y amor. Sin embargo, esto no es válido para todos. Hay seres que sienten una nostalgia superior a la seguridad, el sentido –incomprensible- de las cosas y el amor. Buscan más allá y no se conforman con la limitante experiencia profana. Lo sagrado invisible ocupa sus horas, sus deseos, sus anhelos. Sus ansias de trascender enriquecen cada segundo de su existencia. Su vida fluye como un manantial cuya fuente es inagotable.

Lo decía Paracelso: “que no pertenezca a otro quien pueda ser dueño de sí”. A otro o a otra cosa. El camino de sí mismo, la búsqueda incesante del raudal de vida libre desenmascara a los impostores que intentan encadenarnos o confundirnos. Las naciones, las creencias, los mitos, los dogmas, la costumbre, los dioses, el dinero, el poder. Fantasias inventadas por el humano para saciar sus miedos. Un sinnúmero de fantasmas que hipnotizan nuestra vida para mecernos en ese caudal de promesas y sueños. A veces resulta difícil liberarnos de ese mundo narcotizado, aletargado, entumecido y somnoliento. A veces simplemente dejan de existir, de repente, ante la inevitable senda de la búsqueda del Ser.

Dürckheim escribió un libro sobre meditación que subtítulo acertadamente “hacia la vida iniciática”. Entiende la trascendencia como ese lugar donde el Ser se libera de los frondosos bosques, de la oscuridad y la ceguera. Un camino donde la premisa es liberarnos de nosotros mismos, de nuestros prejuicios, de nuestras banalidades, de nuestros apegos y cárceles materiales y espirituales. El camino iniciático requiere pérdida inevitable. Lo añejo muere, existe realmente un ritual de expiración para dar paso al nuevo ser, al ser que aspira a completarse humanamente hacia cuotas mayores.

Al principio hay oscuridad, confusión, duda, miedo. De alguna forma descubrimos nuestro cautiverio y aspiramos a ser seres totales y libres. Allí al fondo está esa tenue luz, ese latir excitante, ese toque de clarín que nos anima a continuar hacia el elixir deseado y sentido. Tras la oscuridad emprendemos la inevitable travesía del desierto. Nace entonces la incomprensión, el escándalo para aquellos que no soportan el vernos dirigir nuestros pasos hacia la firme consecución de nuestra plenitud y realización. Más duda, más miedo, pánico a ese aterrador sendero plagado de incertidumbre.

Esta experiencia provoca inevitablemente transformación. Nos fijamos más en los silencios que en la palabra, nos sentimos más cómodos con el verbo que con el sustantivo. Los adjetivos desaparecen y el continuo gerundio se manifiesta constantemente en nuestras vidas.

Es arriesgado, pero todo aquel que haya la senda de la realización siente la necesidad de dar testimonio de la misma. A veces en callada pose, en ejemplar vida como aquella de los santos. Otras simplemente ayudando a elevar la aspiración humana hacia esas cotas alcanzables de realización. De alguna forma te abandonas a la progresiva necesidad de abrazar lo absoluto. Pérdida y conquista. Emprendimiento y revelación. Un mundo fascinante se cierne sobre nosotros una vez vencido el miedo.

 

Ábrete al vasto dominio de la actividad del espíritu


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Cuando estamos enfrascados en los aspectos materiales de la vida nos perdemos muchas experiencias y vivencias que van más allá de esas necesidades. Cuando las necesidades gobiernan nuestra existencia, limitamos nuestra capacidad de crecimiento humano y no somos capaces de alcanzar las esferas de actividad que existen más allá de esas restricciones.

Imaginaros el breve instante de vida que nos es otorgado. En nuestra ceguera, vivimos cada segundo como si fuera eterno, como sí realmente nuestra naturaleza quisiera vivir por siempre en el mismo escenario. No somos conscientes de que nuestra vida puede cambiar radicalmente en un breve lapsus de tiempo. Un accidente, un cáncer, una muerte súbita. Basta un instante de descuido para que todo termine. Y en ese instante de nada sirve todo el esfuerzo, todas las riquezas, todos los estudios, todo el trabajo realizado. Simplemente se manifiesta y nos vamos, desaparecemos materialmente para siempre.

Pero hay algo más que todo eso. Cuando otorgamos algún resquicio de oportunidad a nuestra imaginación, a nuestro poder creador, algo diferente empieza a ocurrir en nuestras vidas. Sí, tendremos que comer igualmente, tendremos que vestir y buscar la fórmula para satisfacer algunas cosas esenciales, pero ya no será nuestra obsesión y ya no viviremos nunca más aferrados a esa experiencia limitante.

Cuando buceamos en los adentros de nuestro propio abismo, un tesoro se manifiesta en lo más profundo de nuestra condición humana. Es el vasto dominio de la actividad del espíritu. Aquí entramos en otro tiempo, en otros espacios diferentes, en una dimensión donde nuestra visión se ensancha y nuestro corazón se expande. Pasamos de un estado semi-animal a una plenitud existencial diferente.

Al ensanchar nuestro corazón descubrimos que uno de los misterios más profundos de la naturaleza tiene que ver con el compartir. Las células comparten información, se multiplican y se reproducen en diferentes ambientes y especies para compartir la memoria de su periplo cósmico. Comparten en las ramas de los árboles, en la charca, en el cielo azul, en la profundidad de la tierra. No importa la forma que adquiera esa célula, puede ser una lombriz o la semilla de un roble. La misión de todo organismo vivo es la de compartir información, experiencias.

Así, el ser humano ensanchado, abierto, explora todos los confines para buscar la mejor manera de compartir. Compartir un trozo de pan, un trozo de amor, un trozo de conocimiento, de arte, de belleza, de cariño. Compartir un segundo de vida o una mañana, vaciarnos para compartir la quietud. Meditamos para ser mejores y poder compartir mejor, estudiamos para alcanzar esa sabiduría de cómo hacer mejor las cosas para que la generosidad encuentre vías eficaces. Nos desprendemos de la necesidad de acumular para abrazar la suerte de cooperar. Cuando se abre el vasto dominio de la experiencia del espíritu nacemos de nuevo. Otra realidad nos espera y nos empuja. Otra visión, otro mundo nos aguarda. Y lo más importante: todo lo demás viene por añadidura.

Vivir para los demás es la Regla de la Naturaleza


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“Nada en la Naturaleza vive para sí mismo. Los ríos no beben su propia agua. Los árboles no comen su propia fruta. El Sol no brilla para sí mismo. La fragancia de una flor no se esparce para sí misma. Vivir para los demás es la Regla de la Naturaleza”.

 

Hoy en la meditación lo decíamos tímidamente. Debemos descubrir la apertura hacia el otro, el trabajo grupal, la acción conjunta. Estábamos acostumbrados a reunirnos por obligación, a veces social, a veces económica. Pero reunirte por un valor diferente requiere de mucha fortaleza.

Siempre habíamos teorizado sobre la espiritualidad. Incluso hemos sofisticado las creencias añadiendo complejas jerarquías, poderosos argumentos a favor de la magia blanca, increíbles técnicas de meditación para lograr el punto de quietud y con ello la puerta a otras dimensiones. Pero en esa compleja intelectualidad habíamos olvidado la poderosa llama del acercamiento al otro, el poderoso flujo del abrazo sentido, la experiencia de levantarte, compartir una breve meditación grupal y empezar a trabajar para los demás y no para uno mismo de la forma más humilde y sincera. Amar al semejante es mirar de frente a Dios, como dice la canción de los Miserables.

Realmente habíamos olvidado que nada en la naturaleza vive para sí mismo, y que nosotros debíamos respetar esa gran regla. Por eso cuando abrazamos al otro, cuando trabajamos para el otro, cuando despejamos las dudas sobre la verdadera espiritualidad en ese sincero silencio que ofrece el compartir y la generosidad, comprendemos de repente la gran obra. Cuando suspiramos en la llama del hogar común obviando que lo importante no es qué comeremos mañana o qué vestiremos sino de qué forma podré alegrar el corazón ajeno, entonces ocurre el milagro.

Meditar y estudiar son necesarios, pero de nada sirve si no somos capaces de abrir los pétalos celestes de nuestro corazón para compartir con el otro la experiencia vital. Estamos comprendiendo que si no creemos firmemente en que nada nos pertenece, sino que todo es para ellos y en su gloria, como decía una y otra vez la caballería espiritual, todo ese recorrido es estéril. Por eso debemos apartarnos a las orillas de la humildad, agacharnos y arrodillarnos como el último entre los últimos y limpiar y aliviar los pies del otro. Por eso debemos convertirnos en servidores de la vida una apagando nuestro interés para dar vida a la promesa del otro. Dejar de ser capitanes y líderes de nuestros egoísmos para convertirnos en obreros, en sencillos y silenciosos constructores del nuevo mundo.

El sol irradia, la flor comparte su perfume, el árbol da fruto, los ríos no beben su propia agua y ninguno de ellos pide reconocimiento o gloria. Ahí están ofreciendo lo mejor de sí mismos para enriquecer la vida común. Vivir para los demás debería ser nuestra meta, nuestro camino, nuestro sendero. Vivir para los demás debería ser nuestro mayor tesoro labrado en la roca de la enseñanza más profunda. Sólo abrazando al otro, sólo atesorando riquezas en lo sutil podremos comprender la esencia que nos hace inmortales. Sólo arrodillándonos ante la evidencia de aquellos que ya lo hacen podremos imitar sus pasos. La flor, el río, el sol, el árbol.

Abrazar la unidad y empezar a practicar los caminos del amor en acción es sin duda el mayor milagro que la naturaleza ha puesto ante nosotros. Ser conscientes de ello y ponerlo en práctica es la mayor revolución que jamás la raza humana haya podido hacer. Comprenderlo y practicarlo debería ser nuestra mayor revelación espiritual, y por lo tanto, la mayor grandeza de nuestras vidas.

El Gran Prisionero


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Después de nuestras tareas cotidianas, reunámonos para cambiar ideas sobre el corazón. Ello nos conducirá más allá de los dominios de la tierra, hacia el mundo sutil, con el propósito de cercarnos a la esfera de Fuego”. (Prefacio del libro “Corazón”, de Nicholas Roerich).

Es fácil alejarse de las doctrinas del corazón. Existe siempre la amenaza constante que pretende desviar nuestro rumbo de aquello que nace de nuestra más íntima esencia. En algunas tradiciones el corazón es representado como un ancla en un día de tormenta. Resulta difícil penetrar dentro de nosotros. Ahí fuera hay una gran tempestad, un diluvio de tentaciones que desvían nuestra atención hacia las diez mil cosas de las que hablaba Laotzi.

Debemos estar precavidos para presentir la gran batalla y el amenazante peligro que se cierne sobre todos aquellos que pretenden hollar el sendero de la pureza interior, del aclamado alarido del alma. El corazón es considerado siempre como nuestro refugio ante la adversidad. Allí reside el átomo simiente, la llama dulce que ilumina la cueva del nacimiento, la luz que guía nuestros pasos en la oscura noche del alma. Allí está nuestra confianza en las fuerzas celestes, en los movimientos cósmicos que describen las leyes universales, la profunda impermanencia de todas las cosas y el orden que se teje en la red de compasión que subyace en toda la creación. Es esa rejilla de luz y amor que nos envuelve y que encuentra sentido ahí dentro, en la penumbra de su nacimiento.

El corazón fue llamado el Gran Prisionero por hallarse a merced de esas fuerzas que nacen del plexo solar, algo más abajo de esa aspiración del alma que pretende arrebatarnos hacia los mundos sutiles. A veces ocurre que el corazón se siente preso de las circunstancias, de nuestros delirios, de nuestras debilidades, impidiendo toda expresión. En esa prisión se mancilla, se olvida su propósito y desterramos de nuestras vidas la ilusión por la realización de un mundo mejor, más bello, más armónico, más lúcido.

Sólo desde el corazón, el minúsculo átomo humano se conecta con el fluido de la Gran Vida. Sólo cuando alcanzamos a penetrar esa voz sutil que nace desde dentro podemos comprobar que lo ígneo se realiza en ese gran plan de luz y poder. Mientras eso ocurre anhelamos palacios y comodidades, lugares plácidos donde poder teorizar sobre la vida olvidando que la savia que brota está en el esfuerzo, en el trabajo constante y diario, en la a veces pesada trasiega hacia lugares incómodos, fríos y desolados.

Reflexionaba estas cosas mientras mecía mi vida debajo de la sombra de un castaño centenario y observaba como los conejos y las gallinas se aproximaban desde su propia visión al flujo vital. El corazón humano tiene la certera sensibilidad de aproximarse a estas observaciones y hacerlas útiles para un mayor contacto con la vida. Las gallinas se acercaban desde su inconciencia abrazando los últimos rayos de la tarde. El corazón humano que las observaba desarrollaba con su fugaz revelación una extrema sensibilidad hacia toda manifestación de vida. Aquellos que conocemos y amamos son nuestro campo de experimentación para provocar el mundo sutil e ígneo. El corazón es nuestra primera puerta para penetrar en esos profundos misterios. No lo hagamos prisionero de nuestros apetitos, necesidades y perturbaciones. Dejemos que se exprese. Dejemos que crezca para bien de todos. Practiquemos los caminos.

La paz es el fruto del darse


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Pocas veces tenemos la oportunidad de consagrar un templo en la mágica transición del solsticio. Este era el tercero al que tenía oportunidad de acceder en tan especial circunstancia. Todos los lugares son santos, pero santificar uno que va a recibir las oraciones, plegarias y meditaciones de tantas y tantas personas merece una atención especial. Por eso iluminamos la ermita con tres luces. Dispusimos los elementos necesarios para que la ceremonia resultara sin mácula. El ara se adornó debidamente con los símbolos del oficio, el Oriente estaba precedido por el Delta, el cual estaba escoltado por la piedra bruta y la pulida, una en la columna del norte, en el septentrión umbrío, y la otra en el mediodía, en el cálido sur. También estaban el aceite, el trigo y el vino, símbolos de la caridad, la abundancia y la sabiduría. Y la espada flamígera y las flores dentro de la cruz y el libro de la ley sagrada y el mallete que golpeaba a ritmo de batería  y cadencia.

Resulta importante ritualizar la vida, penetrar en el misterio de la misma de forma especial dotándola de ese amago de curiosidad que no es más que una síntesis por descubrir, un nostálgico momento para seducir al cosmos. Necesitamos ser aprendices de la vida, ollar el sendero en respetuoso silencio, en contemplación atenta para que el Misterio nos penetre y nos guíe. Necesitamos ser compañeros del camino para aprender los secretos Arcanos, para una vez sabedores, hacer mejor la obra encomendada. También necesitamos alcanzar la maestría para comprender que ese Misterio que nos penetró y ese Arcano que nos llenó de sabiduría no tienen sentido si no vienen acompañados del servicio, de la perpetuación, del compartir. El aprendiz medita, el compañero aprende y el maestro sirve compartiendo, dando. Esa es la regla que los antiguos sabían, esa es la luz áurea e inextinguible del Espíritu.

Celebrar la vida es celebrar la existencia, su misterio, sus arcanos, su sabiduría penetrante, su compartir, el servicio, la entrega y la transmisión necesaria de todo lo aprendido. Esa transmisión es la fiesta que el universo quiere para nosotros. Es la alegría de saber que hemos venido para dar, para dar, para dar. No importa si un abrazo, si bellos momentos en un maravilloso paseo nocturno, o esa sonrisa indispensable para dotarnos de la dulzura necesaria hacia el otro. Dar es comprender el movimiento de los astros, la luz de las estrellas y la vida que transmiten en el orbe cósmico. Dar, no importa qué talento o virtud, es sabernos guardianes de los valores inmutables y eternos. Un alto ideal, un sueño o el amor que torna ligeras todas las cargas. Esa y no otra es la alta cima del ser, el guiño necesario para realizarnos completamente. Dar y ofrecer ese poco o mucho que somos al resto de la existencia. Encuentra la paz aquél en quien los deseos fluyen como los ríos fluyen al océano, no aquel que desea los deseos, decía el maestro K.H. La paz es el fruto del darse, decía.

Por eso cuando consagramos un lugar, cuando honramos la memoria de aquellos que nos precedieron en el camino, nos estamos dando. Y al hacerlo, encontramos la paz necesaria para seguir adelante, para seguir compartiendo aquello que otros nos dieron alguna vez. Que así sea por siempre. «Mi paz os doy, mi paz os dejo». Lo dijo aquel que dio y se entregó de forma sublime. Esa es la paz, ese es el camino.

Meditación: un tiempo para volver a recordarnos


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Todos los martes a las ocho de la tarde vamos a compartir en el Centro Dharana algún tipo de meditación que cambiará según quien la imparta. Para nosotros meditación es tan solo un tiempo para volver a recordarnos, es decir, un lugar desde donde podamos reencontrarnos con nuestra esencia. Nuestra pretensión es provocar en grupo ese espacio y tiempo para que podamos perpetuar juntos esa esencia y poder compartirla con el resto.

Pero la meditación no es un camino corto, no es sentarse cinco minutos frente a una vela o un objeto o un tipo de consciencia y permanecer callado. Requiere cierta disciplina y rigor en todas nuestras conductas internas y externas que deben venir acompañadas de cierto sentido común.

En la antigüedad, el indio Patanjali destacó las principales etapas de la meditación como vehículo de ascensión a las alturas espirituales, a la Conciencia Primordial, al recuerdo profundo de nosotros mismos. Lo hizo en sus aforismos sobre el yoga, una de las seis escuelas doctrinales de la tradición hindú. En sus textos distinguió ocho pasos principales de esta ascensión que eran necesarios cumplir para poder llegar a la meta: yama, niyama, asana, pranayama, pratyahara, dharana, dhyana y samadhi. Aquí compartimos un breve resumen para tenerlas presentes.

Yama: se refiere a las cinco abstenciones y al cómo deberíamos relacionarnos con el mundo exterior:

Ahimsa: no violencia, causando ninguna lesión o daño a los demás o incluso a uno mismo, que va tan lejos como la no violencia en pensamiento, palabra y obra no sólo con nuestros congéneres si no también con el resto de los reinos.

Satya: no a la ilusión y la mentira; verdad en palabra y pensamiento.

Asteya: no codiciar, en la medida en que no se debe ni siquiera desear algo que le es propio; no robar.

Brahmacharya: la abstinencia, en particular en el caso de la actividad sexual. La práctica de Brahmacharya significa que utilizamos nuestra energía sexual para regenerar nuestra conexión con nuestro ser espiritual.

Aparigraha : no posesividad; no acaparamiento.

Niyama: se refiere a los cinco observancias: cómo deberíamos relacionarnos con nosotros mismos, el mundo interior.

Shaucha : limpieza de cuerpo y mente.

Santosha : La satisfacción; estar satisfechos con lo que uno tiene.

Tapas : austeridad y observancias correspondientes para la disciplina del cuerpo y el control de ese modo mental.

Svādhyāya : estudio de las escrituras sagradas.

Ishvarapranidhana : rendirse a (o adoración) al Absoluto.

Asana : La disciplina del cuerpo: normas y posturas para mantenerlo libre de la enfermedad y para la conservación de la energía vital. Posturas correctas son una ayuda física a la meditación, porque ellos controlan las extremidades y el sistema nervioso y evita que se produzcan perturbaciones.

Pranayama : el control de las energías de fuerza vital. Beneficioso para la salud, estabiliza el cuerpo y es muy propicio para la concentración de la mente.

Pratyahara : la retirada de los sentidos de sus objetos externos.

Dharana : concentración plena en un objeto físico, como la llama de una lámpara, el punto medio de las cejas o la imagen de una deidad.

Dhyana : meditación en firme. Flujo sin perturbaciones del pensamiento en torno al objeto de la meditación. El acto de la meditación y el objeto de la meditación siguen siendo distintos y separados.

Samadhi : la unidad con el objeto de meditación. No hay distinción entre el acto de la meditación y el objeto de la meditación.

 

Estos son algunos de los principales pasos para entender en profundidad algo más la meditación y de su origen oriental adaptado según las corrientes que durante siglos han pretendido alcanzar cierta recononexión con el ser más íntimo. Esa reconexión, como decíamos al principio, debe servirnos para recordarnos y para recordar nuestro propósito vital, el cual nos debe, a su vez, llevar al cultivo del amor puro.

Día de paso, día del Amado


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Pascua significa paso o salto, según la tradición. Forma parte de uno de los arquetipos utilizados por la Gran Obra de los Sabios, aquella que permanece oculta para la vida profana pero que se desliza suave y traviesa en las madreselvas de lo simbólico. Tres días debieron pasar para que ocurriera el milagro de la resurrección en la tradición cristiana. Realmente es todo un maremágnum de símbolos y arquetipos que llegan hasta nuestros días y que siempre han bebido de diferentes tradiciones.

Resurrección es renacer, dar nueva vida, dar un salto hacia otro estadio del ser. Como símbolo de la trascendencia implica una creencia en otro tipo de dimensión vital. Como patrimonio intangible de la primera humanidad, se refiere al milagro de la vida que nace de nuevo en la primavera. Por eso muchos mitos de resurrección coinciden con el equinoccio como fórmula evolutiva de ritos paganos y antiguos. De alguna forma, la naturaleza da un salto, da un paso hacia delante desde el frío y muerto invierno hacia el renacer primaveral.

Los hijos de la viuda de Sarepta vieron resucitar a uno de sus hijos mediante la intermediación de Elías. Este acontecimiento se recrea en algunos ritos secretos que pretenden responder a la respuesta sobre el final de la muerte cíclica. La resurrección ocurre en el tercer grado, en la maestría. Tres días tuvo que esperar el Mesías. La vida nos muestra esta incesante y periódica vuelta al renacer. El invierno, la muerte, sólo es un modo latente donde la naturaleza descansa para que más tarde vuelva con toda su fuerza y vigor.

Las tradiciones ambientan este clímax también en la vida humana bajo la creencia de la inmortalidad de la vida que subyace en nosotros como ánima o espíritu latente. También la provocación de esa segunda muerte desea recrear la segunda venida o segunda vida, donde el ser humano despierto renace dos veces en una misma vida, la primera de forma material y la segunda de forma espiritual. Ese renacer provoca la visión del otro lado, la experiencia de la compasión hacia todo ser existente y el amor infinito hacia toda la existencia. Se convierte en Amado y por lo tanto es liberado del yugo de la ilusión, del maya. A partir de ese momento, en ese profundo grado de iniciación personal, se abren las vías de la progresión o la renuncia. Se empieza a respetar la vida animal como símbolo de la realización de las pasiones y se fija la atención no ya en la división de la vida sino en su unidad. Si elige la segunda, ocurre lo que simbólicamente es llamado la crucifixión: la muerte de la personalidad o ego para dar expresión al alma viva. Siendo así, el drama de la crucifixión la viven miles y miles de personas secretamente.

Son aquellos que dan su vida por los otros, por un ideal, por amor a todo cuanto existe. Es un drama que se repite todos los días en aquellos que dan su vida por ese enfermo de Alzheimer, por aquellos que buscan pozos de agua en campos de minas o aquellos otros que cuidan a sus abuelos día y noche. Jesús el Cristo sólo quería ejemplarizar públicamente aquello que muchos ya hacían, hacen y harán. Es un drama cósmico, cíclico que pertenece a la naturaleza y que vemos expuestos en sus estaciones, en sus dualidades, en sus misterios. Pero también en el día a día de la vida ordinaria. En las pequeñas cosas y en los pequeños gestos. Por eso hoy, día de Pascua, día de paso, es un buen momento para recordar la oportunidad que todos tenemos de darnos al otro, o incluso de darnos a nosotros mismos, de amarnos, de querernos y dejar que la vida se exprese de nuevo en la primavera de nuestros días. Dar el salto al otro lado sólo es cuestión de ciclo natural.

Las 100 personas espiritualmente más influyentes del mundo


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Esta mañana el amigo Ramiro Calle nos hablaba de ella. La editorial Watkins ha presentado su lista de las 100 personas espiritualmente más influyentes del mundo. La lista no deja de ser curiosa y nos pone en alerta de qué entiende la humanidad actual por «espiritual». Aquí la compartimos como mero dato curioso.

 

1. Dalai Lama 35. Peter Russell 68. John Bradshaw
2. Eckhart Tolle 36. Z’ev ben Shimon Halevi 69. Liz Greene
3. Papa Francisco 37. Starhawk 70. Michael Newton
4. Thich Nhat Hanh 38. Andrew Weil 71. Don Miguel Ruiz
5. Rhonda Byrne 39. James Redfi eld 72. Daisaku Ikeda
6. Deepak Chopra 40. Iyanla Vanzant 73. Rupert Spira
7. Oprah Winfrey 41. Robin Sharma 74. Richard Bandler
8. Dr Wayne W Dyer 42. Jack Canfield 75. Gary Snyder
9. Desmond Tutu 43. Lisa Williams 76. Lars Muhl
10. Paulo Coelho 44. Mooji 77. David Deida
11. Byron Katie 45. Diana Cooper 78. Satish Kumar
12. Sri Sri Ravi Shankar 46. Lynne McTaggart 79. Larry Harvey
13. Richard Bach 47. Drunvalo Melchizedek 80. Russell Brand
14. Alejandro Jodorowsky 48. Seyyed Hossein Nasr 81. Bernie S. Siegel
15. Alex Grey 49. Dan Millman 82. Michael Beckwith
16. Doreen Virtue 50. Adyashanti 83. Prem Rawat
17. Gregg Braden 51. Richard Rohr 84. Colette Baron-Reid
18. Neale Donald Walsch 52. Erich von Däniken 85. Thomas Moore
19. Ram Dass 53. Caroline Myss 86. Lorna Byrne
20. Louise L. Hay 54. John Gray 87. Clarissa Pinkola Estés
21. Amma 55. Jack Kornfi eld 88. David J. Wolpe
22. Alice Walker 56. Masaru Emoto 89. Anita Moorjani
23. Esther Hicks 57. Dolores Cannon 90. Larry Dossey
24. Francis Chan 58. Daniel Gilbert 91. David Steindl-Rast
25. Brian Weiss 59. Jeff Foster 92. John C. Parkin
26. Matthew Fox 60. Bob Proctor 93. Jon Kabat-Zinn
27. Elizabeth Gilbert 61. Pema Chödrön 94. Sharon Kleinbaum
28. Vadim Zeland 62. Bruce Lipton 95. Marshall Rosenberg
29. Marianne Williamson 63. Julia Cameron 96. Huston Smith
30. Graham Hancock 64. Judy Hall 97. Stanislav Grof
31. Steve Taylor 65. Rupert Sheldrake 98. Kathy Jones
32. Mantak Chia 66. Vladimir Megre 99. B. K. S. Iyengar
33. Karen Armstrong 67. Krishna Das 100. Sonia Choquette
34. Ken Wilber

¿Dónde estás Arquitecto?


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Esta mañana hemos paseado por el valle montañoso de la Barranca situado a las afueras de Madrid, en las faldas de la Bola del Mundo y La Maliciosa, en la Sierra de Guadarrama. La invitación de un buen amigo un jueves por la mañana tenía su sentido. Entre semana el silencio es casi absoluto, los montes palpitan de forma diferente, la nieve casi sabe mejor, tan blanca y pulida, tan extremadamente sabrosa.

El cuerpo estaba listo. Nos habíamos desconectado de pantallas, de teléfonos, de preocupaciones cotidianas, de prisas, de citas. Éramos dos hombres libres y afortunados por estar ahí, por sabernos vivos en ese interludio. Saltar del coche a la tierra húmeda y palpitante es como entrar de repente en contacto con otro mundo, con otra dimensión. Los pulmones, junto al alma, se ensanchan. La luz del día parece otra, los vórtices de cada árbol, de cada hebra de hierba suponen un conjunto armónico en un concierto prodigioso.

Y luego la senda, el camino. Ascendente, descendente, curvado, recto, lleno de piedras, alguna caída divertida, algún zorro que nos miraba silencioso para no despertar nuestra inercia (lo podíamos oler en nuestro sigilo), los pájaros arrinconados o volando, el mundo subterráneo sujetando nuestros pies y las atalayas arbóreas inclinando sus ramajes para rozarse unas a otras.

Mirábamos atentos y curiosos cada rincón, cada línea, cada proeza natural. Las majestuosas montañas parecían venidas de otro mundo. ¿Quién ha diseñado tanta belleza? ¿Quién ha sido capaz de proyectar tanta vida y espectáculo? Buscábamos y encontrábamos al Artífice en cada minúscula gota de agua, en cada arroyuelo veíamos la mano del Arquitecto. No estaba allí, pero estaba en todas partes. Su obra le delata. Su magnificencia y perfección le descubre. Observábamos asombrados los latidos invisibles del linaje, de las semillas enterradas que florecerán pronto, de las hijuelas y las yemas que se agolpan en cada espacio posible para dar paso a cada estación plena.

Hay una música expectante en todo ese encuentro con la naturaleza. Como la novena sinfonía de Beethoven que escuchábamos en el coche. Hay quietud en ese templo vivo, hay esa sensación de estar caminando fuera de ti, como observador, como amable visitante que viene de otros mundos, de otras galaxias y se encuentra de repente con el Milagro. Y allí, en toda su magnificencia, el Arquitecto de toda la Obra. Mostrando todas las maravillas a los ojos de quién quiera verlas. Mostrando todo el Misterio a los corazones abiertos a la luz del otro lado. Gracias Arquitecto por mostrarte tal y como eres: sigiloso, misterioso, pleno.

Oremos


oratorio

Esta mañana íbamos hasta Montepríncipe acompañados de ilusión y entusiasmo. Allí nos recibió entre acacias y pinares Pepita, la cual nos invitó amablemente a una necesaria ingesta de leche con galletas antes de llenar el coche de jarapas y alfombras. Pudimos cargarlas todas y marchamos felices y satisfechos hasta Malasaña.

Descargamos con amor todas esas esteras llenas de emociones, de silencios, de lágrimas, de risas, de complemento, de encanto, de magia, de sueños, de sabiduría, de confesiones, de intimidad, de meditación, de cantos, de oraciones, de plegarias, de guiños al universo, de pasos perdidos, de alianzas, de fraternidad, de recogimiento, de amor, de mucho amor.

Cuando estaban todas ordenadas y puestas en su nuevo hogar sentí una emoción extraña. Me quedé un rato contemplándolas, sintiendo cada una de sus moléculas y entrañas, lamiendo con mi aura toda su aura. Expandiendo todo mi ser con esos cientos de seres que antes habían posado sus cuerpos y sus almas sobre ellas. Se podía sentir el susurro ardiente de tanta vida pasada. Se podía incluso percibir el aliento perdido y sosegado de cada respiración.

De alguna forma me sentí transportado, acompañado, transformado. Satisfecho porque esos trozos de tela hubieran encontrado un nuevo hogar, una nueva oportunidad de servir y alimentar las ansias de compartir, de mimar cada momento en el lazo místico. Sentí un calor ardiente que llegaba desde ese tiempo sin tiempo. Un fraternal abrazo sentido y penetrante.

El oratorio, la sala de meditación del Centro Dharana va tomando forma poco a poco. Pronto la vida penetrará sus puertas y quedará imantada a ese punto de luz que ya está naciendo. A partir del día diez, los lunes o los martes, aún está por definir, y todos los días que queráis, os esperamos allí, con las puertas y los corazones abiertos para estar un ratito en silencio, en paz, en sintonía con el misterio de la vida. Para compartir un trozo de lo que sea, pero compartir. Aquí tendréis vuestra casa, y aquí os esperará el corazón palpitante dispuesto a obrar el milagro. Os esperamos alegres y convencidos de que así será. Oremos, meditemos, compartamos silencio y ternura. Dejemos que la llama nos penetre y guíe.

La banalización de lo sagrado en la nueva era


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“Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”. Isaías; 56, 7

“Pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones”. Jeremías; 7, 11

“¿No está escrito: ‘Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones’? Pero ustedes la han hecho cueva de ladrones.” Marcos 11:15-18

Los que han experimentado unas formas y disciplinas en templos escondidos y secretos sienten cierta aberración por el hecho mercantilista que se ha apoderado del sentido de lo sagrado. Hace dos mil años, látigo en mano, Jesús dio buena muestra de este enfado. Muchos, de forma inocente o inconsciente no se dan cuenta de cómo han banalizado y comercializado con las cosas del espíritu.

Cursos para el despertar a treinta euros la hora, convivencias para interiorizar a trescientos euros el fin de semana. Está muy bien que nos ganemos la vida de mil formas posibles, pero hay que tener en cuenta con qué tipo de cosas nos la ganamos. Tan peligroso es traficar con armas como traficar con las cosas del espíritu. No se puede uno adjudicar la potestad de empeñarnos en traer lo divino a lo humano a base de talón. Así no funcionan las fuerzas del universo, de ahí que la casa de acogida, la casa de interiorización y de retiro fuera llamada casa de oración para todas las naciones. “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis”, señalaba Jesús. “¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas”.

La vida de Jesús es la de un revolucionario, un buscador de la utopía que pretendía traer a la tierra el cielo en el que creía, el lugar sagrado que sentía en lo más profundo de su corazón. No era una cuestión de bonita semántica, era una cuestión de pura provocación. Hasta el punto en el que la misma ha llegado intacta dos mil años después, olvidada por muchos estudiantes del misterio pero rejuvenecida por esos sencillos que reclaman su legado desde el silencio y el trabajo arduo.

Independientemente de las creencias de unos y de otros, el mensaje de Jesús es radical y cuestiona todas estas cosas hasta el punto de llevarlo al extremo. Dad gratis los dones de Dios no sólo es una ley universal. También significa un camino irrenunciable para el avance interior hacia la conquista de la cima del espíritu. Sólo libres y despojados de los pesados metales de la materia, se puede ascender hacia las colinas azules. Es difícil comprender esta ley. Tan difícil como el hecho de poder renunciar a la vida donde la polilla corroe nuestros tesoros materiales para albergar la esperanza en los tesoros de la vida del espíritu.

“No os angustiéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y, sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se angustie, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os angustiáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe? No os angustiéis, pues, diciendo: “¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?”, porque los gentiles se angustian por todas estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas ellas. Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que no os angustiéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propia preocupación. Basta a cada día su propio mal». (Mt 6, 25-34)

El encuentro de los pájaros


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Hoy ha sido un día cargado de señales. Durante todo el trayecto a Huelva íbamos hablando de la bandada de pájaros. Cuando hemos llegado, había justo detrás de la mesa donde nos han colocado once pájaros, la bandada, precedida de una abubilla. Para nosotros ha sido impresionante y también la confirmación de que a veces vivimos en una especie de relato mítico-fantástico difícil de descifrar. El caso es que cuando íbamos para el sur y hablábamos de la bandada, con la abubilla al frente, se nos presentó un majestuoso arco iris que confirmaba que hoy sería un día especial. Nunca pudimos imaginar que esa abubilla y sus pájaros restantes estarían esperando a cual misteriosa sincronía.

Lo cierto es que para algunos el día de San Valentín es el día de los enamorados porque su fiesta coincide con el momento del año en que los pájaros empiezan a emparejarse. Y sin duda hoy los pájaros, la bandada, parecía querer emparejarse en un acto de amor conciliable con el misterio y la vida, con los símbolos y las sincronías milagrosas. El pájaro, el ave, que siempre ha representado el alma humana en plena libertad, hoy se manifestaba rotundo, como una señal fija que nos mostraba el Camino a seguir.

Es difícil comprender que en todo viaje hay siete peligrosos valles. Los observadores atentos los identifican como las moradas del amor, de la gnosis, del desapego, de la Unicidad, de la perplejidad, de la pobreza espiritual y del anonadamiento. A veces, cuando emprendemos el viaje tendemos a endiosarnos, perdiendo enseguida la perspectiva de la humildad, la visión del arrodillarnos ante la inmensidad, creyéndonos nosotros mismos como parientes cercanos de la altitud. Olvidamos que toda búsqueda empieza desde la ceguera, más tarde desde la inclinación, arrodillándonos humildemente ante la enseñanza del camino, y luego, inevitablemente, llegan el resto de las pruebas. Todas las tradiciones coinciden en que el viaje nos transforma y es cuando terminamos el mismo cuando se revelan los secretos y los tesoros que siempre estuvieron ahí, bajo nuestros pies, enterrados en nuestros propios corazones. Mientras, sus trampas nos esperan y nos aguardan pacientes. Las trampas de la ilusión, de la ceguera, del endiosamiento falso, de la mentirosa y engañosa falsa humildad, del creernos en posesión de algún tipo de verdad, de las complejas contradicciones a las que nos enfrentamos, vendiendo nuestra alma al mejor postor o a la más cómoda situación. Son tantas las pruebas a las que nos enfrentamos cuando decidimos emprender el viaje, el mágico vuelo del alma, y tan fácil resulta caer en ellas.

El lunes me marcho de viaje a la India. Me voy emocionado tras este viaje de ida y vuelta a Huelva con todos sus hermosos mensajes desvelados. A la vuelta de la India habrá muchas sorpresas, la materialización de muchos sueños y la osadía de volar junto a la abubilla hasta los límites del reino de Saba, lugar donde podremos dialogar abiertamente con los secretos del rey Salomón. Nos espera a la vuelta un lugar crecedero para las aspiraciones del alma y las guías del espíritu. Un lugar verde cargado de fuerza y bosques, con ese río subterráneo y esa tierra caliente y húmeda. Un lugar en la montaña, cerca de los cielos y las cumbres, pero también cerca de los valles, para no olvidar que la ilusión, que el engaño, que las pruebas siempre estarán ahí y nos conducirán pacientes hasta el reguero donde las aguas son mansas y el fuego albino arde en su llama esmeralda.

(Foto: Hermoso arco iris que se mostraba hoy en el viaje hacia Huelva).

Del reino de la vida al reino de la luz


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Como no tiene nombre, se le llama hylé, materia, caos, posibilidad o susceptibilidad de ser, o lo que sirve de fundamento de algo, u otras muchas cosas…” Nicolás de Cusa.

Estaba leyendo un interesante artículo sobre los tipos de luz. Entiéndase luz como metáfora de aquello intangible como la intuición, el intelecto, el instinto o incluso eso que llamamos vagamente el alma. La física cuántica empieza a reconocer ciertos tipos de luz, revelaciones que nos conducen a una mayor expansión de consciencia. La expresión “arrojar luz” sobre un problema nos puede ayudar a entender a qué nos referimos. Joaquín de Fiore profetizó el advenimiento del tertius status, momento en el que la letra de los textos sería sustituida por una comprensión visionaria. Esa comprensión visionaria va más allá de lo puramente intelectual y tiene que ver con esa intuición que de alguna forma nos revela una parte mayor del mundo.

Este cambio en la percepción, en la luz, en la visión, lo hemos podido observar en la evolución de nuestra propia especie. En tiempos de Platón pasamos del mundo de las formas, de lo meramente material, al mundo de las ideas. Dimos un salto cuántico en cuanto a la percepción de la existencia, fijando más adelante nuestra atención en cosas que superan lo meramente intelectual como el arte, la escritura, la poesía, la música y la ciencia. Hoy día ya nadie cuestiona estos saltos cuánticos en la percepción humana aunque durante mucho tiempo fuese algo perseguido. ¿Cuál será el siguiente salto cuántico en nuestra propia evolución grupal?

La gran incógnita filosófica sigue siendo la vida acompañada de inteligencia y autoconsciencia nacida en la raza humana hasta donde sabemos. La filosofía abraza a la mística a la hora de dar respuestas sistemáticas a esa otra realidad cuyas respuestas no alcanzamos a entender. Nuestra humanidad ha ajustado su sentido de proporción a la revelación de que es algo más que materia y pensamiento y vida. En esa ascensión hacia el Monte de la Visión ha entendido, y de alguna forma sabe interiormente, que la vida es mucho más de cuanto hasta ahora habíamos conocido.

Es difícil abarcar individualmente todos los aspectos de la realidad, por ello las revelaciones y los progresos intelectuales no sirven de nada si no pueden ser compartidos con la experiencia grupal. De ahí la importancia de compartir nuestra luz interior con el reino de la vida y su manifestación. Cuantas más luminarias enciendan su llama interior, mayor será el fuego que caliente la acción grupal y su progreso hacia el bien común y mayor será la visión conjunta. Entender esto es entender que de alguna forma somos células de un ente vivo mayor. Partículas necesarias que se agrupan unas a otras para componer un cuerpo amplio que sirve de fundamento de algo que nos guía hacia la génesis de todo este misterio que llamamos vida.

(Foto: © Samantha Tran)

Siguiendo la pequeña luz


la foto

Cuando veas una pequeña luz brillar, ¡síguela! Si te dirige al pantano, pues ya saldrás de él. Pero si no la sigues, toda tu vida vivirás arrepentido al no saber si ésa era tu estrella”. Séneca

Soy la piedra y el río, la prueba del laberinto y la espiral inmanente. Soy la puerta y el valle, la cumbre y la apariencia, el halo y la magia. Soy lo patente y lo invisible, el murmuro y el anhelo, aliento y susurro, sombra y recipiente.

Tú eres la roca firme y el mar, el centro y el universo, la ventana y el bosque, la cueva y la verdad, el reto y la fragancia. Eres lo visible, el canto y la esperanza, el corazón que palpita, el retorno y el espejo. Eres todo aquello que complementa los sueños y transgrede la lógica. Eres todo aquello que nace para dar soporte al sueño.

Juntos somos la luz y la sabiduría que guía la construcción del templo, el amor y la belleza que lo adorna y lo adereza , la fuerza y la voluntad que lo sostiene y lo nutre. Somos sus pilares, somos sus columnas salomónicas, somos la piedra pulida que construye la pared recta. También somos la inteligencia que guía el cincel y la fuerza que golpea desde el mazo y la belleza resultante de ambos.

Solos no somos más que gotas perdidas y errantes, juntos somos el océano entero. Y cuando juntos vimos la luz brillar, quisimos alcanzarla con la certeza que nace de lo irracional. No nos importa si esa luz nos guía hacia el pantano angosto o hacia la cima de la montaña. Sabemos que la llamada que nace ante su júbilo nos convierte en invencibles luminarias que siguen adelante. Ya nada nos aleja de la certeza. Ya nada nace de lo conveniente. Sólo nos queda caminar hacia adelante, juntos.

¿Qué es meditar?


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La meditación es diaria, continua y no utiliza ningún artilugio. Se sirve de los pájaros, nace con el agua que surge del grifo, con la tormenta o el atardecer o la oscuridad de la noche… No tiene posturas ni rituales, cada momento es una postura y un ritual… cada instante es un regalo del universo para penetrar sus secretos… Esa es la meditación constante, la que nace en ese segundo de atención y en ese minuto de plenitud… Es el latido de la unión con el alma, es la fragancia de las antípodas celestes, es la brevedad del insomnio y la planicie angélica.

Meditar es abrirse al campo de las maravillas, dejarse preñar por la magia que hay más allá del velo de la mente, por sus semillas y raíces. Es penetrar lo irracional desde esa atalaya que se levanta en los campos y bosques de la tierra hueca. Es la acaricia vespertina y el susurro nocturno. Es la tremenda ola que nace en nuestra primavera y se fusiona en la arena en nuestro atardecer. Meditar no es analizar, es dejar que la matemática exacta e incomprensible del universo entero ordene el caos de nuestra ignorancia. Es ver como las señales nacen al ojo despierto, ver como el temple de quietud sorprende al ávido.

Meditar es unir el cielo en la tierra, el alma con su cuerpo, el espíritu con su mónada, el sol con su universo, la luz con su sombra, la flor con su perfume. Meditar es penetrar y compenetrar el misterio en esa respiración profunda y consciente que nos lleva hasta el supremo orden. Respirar, inspirar y fusionar. El latido es triple, el anhelo múltiple, la paz eterna y sublime.

SAMSARA


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Todas las mañanas transitamos hacia la muerte. Nos preguntamos e interrogamos con curiosidad si hoy será el último día. Cuando llega la noche y la hora del descanso damos gracias por esta nueva oportunidad, por haber sobrevivido un día más en esta inmensidad de vida.
Cuando esta mañana observábamos atónitos el amanecer desde el acantilado, en la espesa hermosura de la costa de la Luz, los ojos lloraban ante el misterio, ante la infinidad y la fortuna de la contemplación consciente.
El acantilado se ha convertido en estos días en un reguero de vida. Seres que vienen y van con su nueva buena, el sonido del mar meciendo nuestras consciencias dormidas, la calma del cielo descubierto y amplio… Todo parece un espejo donde el Rostro se refleja en el Rostro, donde la unión total se contempla al otro lado, como si todo fuera un secreto rito de iniciación donde la Flor de Oro y la Palabra Perdida se dan la mano y caminan juntas. Hay un triple logos que nos observa expectante, dispuesto a conducirnos al misterio oculto, a esa dimensión donde ya no habita el miedo, a ese hogar donde la sonrisa del niño es capaz de «volvernos a nosotros mismos», como decía Goethe.
Sí vamos a morir y eso es cierto que ocurrirá hoy o mañana o en poco tiempo, porque cuan limitado es el tiempo cuando se tiene la consciencia de muerte, ¿cómo podemos tender nuestra plenitud y compartir nuestra alegría con el mundo? Los radios de una rueda conducen al centro común, esa cadena áurea que en la poesía homérica religa dioses, daimones y humanos. ¿Qué cantidad de ser somos capaces de contener en esa cadena? Si no aspiramos a ser dioses ni daimones y y abrazamos la humanidad que nos queda en este instante desde esa consciencia plena que nos aproxima hacia lo inmediato, provisional y efímero de todo, ¿a qué clase de vida podremos aspirar a partir de este momento de pura lucidez?
El sol del bien en la caverna platónica nos muestra otro mundo alejado de las sombras de la materia, y allí ya no nos interrogamos sobre lo que somos o deberíamos hacer. En ese instante fugaz no hay planteamientos ni dudas, tan sólo un amoroso abrazo a la eternidad donde el mar, la ola y su espuma se fusionan con el acantilado y conmigo, el observante que modifica la realidad sin lamentación, sin acritud. Y desde allí contemplo la muerte que es vida e instante, entera espera manifestada, gemido presente que anhela el rescate del Amado.
Hoy me dejo mecer con las olas, hoy toca el Clarín poético del alma, hoy me dejo conducir ante la la puerta del misterio, retiro lo racional e inteligente y dejo que el océano de plenitud ve embargue. Hoy no hay respuestas, sólo gratitud y transgresión.

Medio pan y un libro. Luz para que el alma no muera


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Nos contaba Lorca que Dostoyevsky pedía en la cárcel libros y más libros: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!”, gritaba desconsolado. Era un grito que pretendía avivar la luz que emana de la cultura, del saber, del poder de sentirnos hambrientos y la necesidad de saciar nuestra hambre con albor. Lorca sentía la misma necesidad. Prefería medio pan y un libro para que su alma también pudiera alimentarse.

Es difícil comprender esto. ¿Cómo alimentar al alma? ¿Cómo avivarla dentro de nosotros para que se apodere de la vida? Podemos caminar, podemos resurgir, podemos avanzar hasta las más altas cumbres de nuestras vidas, ¿pero qué sentido tiene todo si vamos huérfanos de nosotros mismos? ¿Y qué es el alma? ¿Cómo reconocerla? Sin duda es aquello que nos impulsa a ver la vida de forma diferente, a expresar la vida desde lo más profundo de nosotros, como ese círculo amplio como la luz del día y el resplandor de las estrellas del que nos hablaba el sioux Alce Negro.

¿Podemos vivir entonces sin nuestra alma? Lamentablemente no. El alma requiere alimento, amor, compasión, fervor, paz, sosiego para que nos preñe y nos proteja de la circunstancia. El alma es aquello que nos conmueve y nos mueve más allá de nosotros mismos, más allá de las esferas dolientes de nuestros avatares pasajeros y finitos. Hay seres que tienen sed de alma, hambre de alma. Para ellos, como dijo Goethe en su lecho de muerte, ¡luz, más luz!

La vida en términos de realización


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Dicen los que entienden de estas cosas que todo lo que existe en el plano subjetivo es un eterno ES, así como todo lo que existe en el plano objetivo es un llegar a ser, porque resulta transitorio. Los filósofos y místicos de todos los tiempos han perseguido siempre ese esmerado siendo sacrificando en su búsqueda todo aquello que pudiera perjudicar su criterio. Transfigurar la vida en términos de realización es provocar el emergente sentido de todo cuanto ocurre, sin interrumpir los acontecimientos de la vida ordinaria en ese imprevisto llegar a ser. Muchas personas nos perdemos en los problemas de la personalidad, en las quejas continuas sobre aquello que debería ser según nuestra experiencia y aquello otro que ES en el plano de la existencia real.

El eterno ES retrocede a la esencia de los simple. Es capaz de regodearse ante cualquier experiencia y disfrutar infinitamente de ella desde la quietud y el ser amable, desde la paz interior de poseer esa serenidad indispensable para el crecimiento y la transformación.

Las crisis no son calamitosas, los impactos que se revelan en la consciencia producen una inevitable elección de dirección y exigen una acción como respuesta. Podemos enfrentarnos a retos importantes y conscientes de forma diaria si estamos enfocados en aquello que sentimos profundamente como verdadero, entendiendo “verdadero” como esa realidad que nos impulsa inevitablemente hacia esa experiencia que necesitamos o requerimos para el aprendizaje continuo.

Realmente nada es cierto y todo es transitorio. La vida no es más que un preludio hacia la muerte y ésta no es más que el reciclado continuo de la vida. En la existencia todo se metamorfosea, todo muta, todo se transforma. Si observamos que nuestras vidas sufren algún tipo de parálisis es que estamos viviendo en un ciclo antinatural. Si vemos que nuestra rutina no nos aporta los suficientes alimentos para respirar profundidad en alegría es que algo se está muriendo dentro de nosotros. Debemos cambiar, permutar y canjear todo cuanto somos para renacer constantemente. Sólo si somos capaces de sustituirnos a nosotros mismos en cada instante presente seremos capaces de rozar la verdadera esencia primordial.

 

El Dios Salvaje. Hacia la parte irracional del Ser


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Es complejo instalarnos en el yo transpersonal. Requiere arrebato, quietud, furor y coraje, lucidez y cierto grado de sensibilidad hacia todo aquello que nace de lo irracional. Lo irracional, lo que no entendemos ni somos capaces de valorar es un camino incierto, sin mapas, sin coordenadas, cargado de dudas y miedos, esos temores ancestrales que nos acompañan desde que en el origen de los tiempos nos adentrábamos en espesos bosques esquivando a gigantes y salvajes criaturas.

Esos oscuros bosques, con sus alaridos, con sus sombras fantasmales, con sus caminos convulsos aún existen en la profundidad de nuestra psique. El ser perfecto se diluye ante la visión. Lo personal, nuestro ancestral subconsciente, es tan poderoso que la perfección merece el calificativo de mito. Oramos al Demiurgo para postergar el alma universal, consagramos al misionero humillándonos ante la grandeza de lo sagrado, purificamos el aposento para dotar al ritual de sublime posibilidad, pero aún así, no somos capaces de avanzar ni un solo ápice hacia el secreto de los dioses.

Cuando humillamos nuestro yo personal y penetramos en la transcendencia se posibilita la comunión, ese tímido contacto con el cosmos absoluto y con todo lo que alberga en su seno. Pero esto ocurre rara vez porque el camaleónico absurdo se apodera de nosotros y el ridículo nace como un poderoso sostén a nuestras dudas.

En un sentido superlativo, allá donde la tesis y la antítesis conducen a la unión de ambas, a la síntesis de todo cuanto existe, hay aún un halo de posibilidad. Avanzar y retroceder, bañarnos con la luz del sol o sumergirnos en las sombras de la luna, bostezar un reguero de posibilidades o anidar en la simiente futura. El verso no es baladí cuando se acerca la oquedad de lo posible. En lo irracional, en lo disparatado, hay una aureola de contingencia. Hay un Dios salvaje ahí fuera y aquí dentro que nos espera impaciente. Hay una puerta estrecha que nos conduce hacia el Ser en ese horizonte apacible y lúcido, tierno y amoroso.

Y el Ser, que somos nosotros alejados de nuestros miedos, nos espera para abrazarnos, para poseernos, para dirigir nuestros tímidos pasos por la senda del alma. El Ser, que somos nosotros en nuestro estado perfecto nos susurra todas las noches en el pálpito del corazón para que sigamos el camino interior, la senda estrecha del espíritu libre. La parte irracional nos guía y nos tolera, nos soporta y nos cautiva en su canción de cuna. El Ser amable que somos nos reclama y el bosque se torna tierno y dócil.

(Foto: © Katerina Plotnikova)

Contacto y fusión


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La trémula chispa tomó el tímido contacto. De allí derramó la luz serpenteando por los conexos flujos radiantes de sus cuerpos. Respirar, palpitar, observar, reciclar… Cuatro ritmos que procuran vida a esa masa nacida de la tierra, hija del agua y el lodo y el aire y el fuego. Una experiencia ocasional, rara y maravillosa que procura una expansión, un vasto manantial de inspiración y fortaleza, de curiosidad y clamor que asfixia y proclama.

Dicen que el contacto es una experiencia inspiradora y extraordinaria, que ejerce una presión sobre el pecho y que procura la apertura de un flujo de inspiración que por norma no dura mucho. El leve toque de clarín, como lo llamaban los místicos. Esa sensación de haber abierto nuestra perspectiva hacia una realidad superior, más abarcante, más profunda.

Cuando esto ocurre, y a veces ocurre no sólo a nivel individual, también a nivel grupal, pueden ocurrir varias cosas: que la inspiración dure un instante fugaz de vida y se abandone o que la curiosidad, el impulso o el deseo se encamine hacia una mayor búsqueda de contacto que procure mayor visión y experiencia. Si ocurre lo segundo, y aún sin saberlo, nos encaminamos hacia algo mayor que el simple contacto: la fusión.

La fusión es ese estadio constante y permanente en el que se vive y permanece como consciencia abierta en esa realización profunda y firme donde se expresa la vida amplia en la expresión diaria. Es cuando abandonamos todos los ruidos de la personalidad propia para dirigir nuestros pasos hacia la realización del trabajo interior.

Percepción, Consciencia, Comprensión. Quizás estas palabras puedan ser útiles para comprender que eso que llamamos alma no es ningún tipo de misterio o cosa abstracta. Que realmente existe un ser observante más allá de nuestra limitada personalidad basada en las necesidades de la materia, la emoción o el pensamiento, exigencias primitivas que aún nos acompañan. Cuando profundizamos en estos aspectos y hacemos un esfuerzo intelectual adecuado podemos identificar estas tres formas como impostores. Nosotros no somos por separado lo que hacemos, lo que sentimos o lo que pensamos. Lo común es identificarnos con esto último, pero nuestros pensamientos, en la mayoría de los casos, es un cúmulo de ruidos y alertas constantes ancladas en las posesiones pasadas y los deseos futuros. Más allá de ellos está la fusión con todos nuestros aspectos y la comprensión de que en nosotros habita, desde la unidad de todo lo que somos, ese horizonte abierto y modular que nos conecta con el infinito.

Este camino de contacto y fusión se puede resumir en una frase: la capacidad innata de establecer relaciones. Cuando se llega a esta simple conclusión (amor es relación), se participa a una nueva expansión, siendo resultado de nuevas experiencias en nuevos campos de la actividad y del vivir.

Sabemos que las actividades habituales no expanden nuestra consciencia. Esta es la gran trampa de nuestra vida diaria, ese ocaso artificial y negativo que cumple con la rutina del aniquilamiento de la experiencia. La rutina es la carcelera de la consciencia, ya que impide cualquier tipo de apertura mayor. Con el contacto y la fusión, realizados gracias al entrenamiento, el empeño, la aspiración consciente, la profunda meditación, el estudio y la ardiente actividad, se amplia la receptividad y la visión y por lo tanto, se crean nuevos campos de actividad y experiencia que nos ayudan a crecer ilimitadamente.

Los nuevos campos de experiencia nos esperan. No dudemos en atravesarlos y penetrar con ello en otro tipo de visión, de enfoque y horizonte. Somos trémula chispa, es decir, una supernova vibrante.

Mi corazón te ha elegido a ti


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Cuando los ricos inventaron el cielo para consolar a los pobres se olvidaron pensar en la fórmula para alejarlos al mismo tiempo de lo que el corazón siente y persigue. Lo interior siempre ha estado por encima de creencias, de miedos, de fantasías, de proyecciones o de estímulos asociados a salvaciones postergadas. No hay salvación de nada ni para nadie excepto en la ceguera del miedo y la ignorancia que nos recorre. Sólo podemos mirar adentro para descubrir lo de fuera, tal y como nos mostraba de forma persuasiva el pronaos del templo de Delfos.

Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses. Ese es el camino que siempre elige el corazón. Un camino angosto, que requiere de puertas estrechas, de pruebas, de iniciaciones a mundos secretos que viven y conviven en la vida ordinaria, de confianzas y suplicios para conquistarnos a nosotros mismos, nosotros los conocedores.

El corazón siempre elige bien. Nos lleva por caminos y por bosques frondosos, por trabajos y experimentos con la vida. Las sendas del corazón siempre son inescrutables, sólo hay un requisito para estar en ellos: caminarlos. Sin miedo, sin duda, sin turbación, sin recelo, sin aprensión ni desconfianza. Sólo hollarlos con alegría y paz.

Si estás leyendo estas letras es porque mi corazón te ha elegido a ti y tu corazón me ha elegido a mí. De alguna forma hemos conectado por algún motivo y juntos caminamos en esta estrecha colina. No es casualidad, todo forma parte de algún pacto, de algún propósito que no siempre logramos entender. Pero tú estás ahí y yo estoy aquí y ambos aprendemos, ambos caminamos, ambos experimentamos este fluir del compartir. Algo nos dice la vida al respecto. Algo nos dice el corazón con esa buena dosis de sensaciones y encuentros. Sigámoslo.

 

Experiencias del viaje interdimensional


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Cuando te conviertes en un explorador de mundos cualquier octava puede alcanzar aquellas dimensiones que parecen invisibles y desapercibidas al observador desprovisto de esa ingenuidad y transparencia propia de la inocencia. Cuando hoy penetrábamos en los bosques y contemplábamos atónitos la singular belleza oceánica de estos lugares caíamos en la cuenta de que aquí la tierra parece preñada de magia y memoria ancestral. Duendes, fantasmas druidas, amuletos celtas, hadas del bosque, sinfonías de seres que pululaban por entre la espesa maleza vibrando en una canción de cuna deseosa de despertar o conectar con nuestro limitado mundo dimensional…

Los escritores están llenos de fantasías. Escriben relatos cargados de mito y magia a expensas de esa mirada que penetra cada árbol, cada seto, cada rincón cargado de musgo. Los ríos se convierten en brazos que abrazan la ternura del monte y los valles y la tenue neblina son puertas dimensionales donde penetrar al otro lado del espejo. Cada lugar, cada trozo de rama se convierten en puertas. La Puerta.

Y cuando salíamos del manto de magia notábamos que hay lugares cargados de una fuerza especial. Hasta sus límites, podíamos sentir la llamada del bosque, el alarido de las fuerzas que se concentran en los límites  de lo extraordinario. Es sorprendente como se pueden descifrar los símbolos que aparecen en el camino con un poco de visión, sentados sobre el silencio, el gran elemento de absorción que nos lleva de la mano hasta remotos lugares. Sin duda hay lugares que te empujan a la ensoñación, al despertar, al estímulo. Sin duda Este lugar es uno de ellos.

De repente nos vimos en la ciudad de Lug, un dios mítico celta o un “bosque sagrado” según quién examine la historia. Sea como sea, allí estaban los entregados a la causa, la hermandad que se reúne en silencio para perpetrar el reencuentro ante el fuego consagrado. El círculo se estrecha y las manos se juntan para crear la orden, la fraternidad de los hermanos del espíritu libre, que es así como ahora se llama a los fraters. Aquellos capaces de traspasar los límites de lo cotidiano para adentrarse en las penumbras hasta alcanzar la luz, lo extraordinario, al vasto Plan.

Las experiencias del viaje interdimensional provocan en el adepto un esponsor profético, un don de lenguas y un erudito porcentaje de irrealidad. Ingredientes suficientes para tejer la malla que hará posible cualquier sueño venido del sentir interior. La palabra perdida aparece y el verbo provoca la unificada reconexión con el plan galáctico. El vuelo mágico, lo llamaría Eliade. La memoria sumergida renace y el recuerdo fluye. Sí, empezamos a recordar, empezamos, por lo tanto, a reencontrarnos más allá de la amnesia y el sueño. Desde los albores de la humanidad hay un claro mandato: busca la llave que abre la Puerta. Y cuando esa puerta se abre, sólo cabe la magia de atravesar arrodillados y humildes el umbral que nos conduce a la estrecha senda. Hollar el sendero supone entregar la vida a esa causa, a ese mandato. Tenemos la Llave. Vemos la Puerta. Allá está el Umbral. ¡¡¡Arrodillémonos!!!

(Foto: Hoy de nuevo se abrieron los cielos en mágico círculo sobre nuestras cabezas, sobre el bosque sagrado, sobre el recuerdo, como una Puerta, como en un viaje hacia el otro lado).

La Luz Solsticial


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«Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era como la mía. Pero ahora mi corazón se ha convertido en receptáculo de todas las formas religiosas: es pradera de gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de ídolos y Kaaba de peregrinos, Tablas de la Ley y Pliegos del Corán. Porque profeso la religión del Amor y voy a dondequiera que vaya su cabalgadura. Porque el Amor es mi credo y mi fe«. (Ibn ‘Arabi, místico sufí)

La fundación del mundo se gestó ante el inmenso misterio de la luz. Hay una forma de mantener viva la llama que las tinieblas no puede comprender ni vencer para recordar y construir nuestra realidad profunda. Los filósofos de la unidad trabajan en silencio protegiendo que la llama no avoque a su apagado. El Reparador Universal se encarnó para demostrar que la llama aún seguía viva, para dotarnos de esa herramienta que podría equilibrar las fuerzas y protegernos de la oscuridad más absoluta. Es cierto que la luz de la llama, al igual que la verdad, es una para todos, pero produce sombras y son esas sombras las que confunden al ser humano, las que los dividen en verdades parciales para aquellos que fijan su mirada en lo superfluo y no en la intensidad de lo insondable. Cuando vencemos la visión de las sombras y comprendemos que la unicidad de todo está en lo profundo del entendimiento, se abre ante el ser el vasto campo de la experiencia que abraza todos los caminos. Es ahí cuando todas las sendas nos son familiares, como expresa el bello salmo 138.

La Luz que ahora festejamos en el solsticio, la cual se desprende de todos los cultos primitivos y que llega a nuestros días resguardado bajo el tupido velo de la tradición, no es más que el faro de aquel que nos portó la dulce miel del amor, la belleza inabarcable de todas las maravillas y la benéfica esencia de todo cuanto es.

La luz nace en nuestro templo interior, remoto al despistado incapaz de fortalecer su mirada perdida en lo externo, anclado y mancillado en los velos de la materia. Allí dentro se fortalece con tres columnas llamadas cuerpo, alma y espíritu. Allí está trazado el plano del edificio. Es allí donde hay que levantar las paredes y terminar la obra. Es allí donde se encuentra nuestro propósito como constructores, donde se protege la llama resplandeciente, donde la luz del sol eterno, fuente de toda verdad y vida, nace en cada solsticio de nuestra vida para recordarnos la guía y el camino. Y lo hace también sobre los débiles e ignorantes, sobre los necios y vanidosos, sobre el orgullo y el mal de igual forma, porque sus rayos no pueden ser negados a la evidencia y porque sus influencias benéficas nacieron para todos por igual. ¿Quién no se atreverá alguna vez a admirar su resplandor? ¿Quién no caerá alguna vez en la sospecha de su insondable presencia? Tiemblen los templos de Herodes pues el templo que nace de la llama del espíritu está floreciendo.

Es nuestra actitud, nuestro carácter y nuestra conducta lo que determina que los rayos de luz incidan en nosotros de una forma u otra, al igual que un mismo rayo puede quedar apagado ante un trozo de carbón o luminoso y ampliado ante un diamante, así afecta la sabiduría de su luz en nosotros. Si somos opacos la luz no entrará. Si somos cristalinos y transparentes florecerá desde dentro y desde fuera.

La sabiduría que nace de la experiencia y el conocimiento oculto de todas las cosas comprende que la luz se expone progresivamente, nace en el corazón, el cual debe prepararse pacientemente para abrir la mente, la cual a su vez debe ser iluminada por la inteligencia y de esta forma, recíprocamente, fecundar de vuelta al corazón ardiente. Cuando la inteligencia, la mente y el corazón están alineados, la vida se revela ante la unidad de todas las cosas.

Es solsticio, es tiempo de nacer en la cueva del corazón como una llama resplandeciente. Gocemos de su calor y belleza. Seamos constructores de su templo, que es templo solemne del Amor, nuestro credo y nuestra fe.

Foto: (© joanne_flj )