La difícil tarea de estar despiertos


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Andrew Cohen y Deepak Chopra son de la misma opinión: nunca ha habido una mejor época para estar iluminado. Ambos son personas que nacieron lejos de la época de los mitos. Ninguno de los dos pudieron tirar flechas junto Arjuna, ni meditar debajo del árbol Bodhi con el Buda, ni pasear por alguna seca colina cubierta de olivos junto al Galileo. Pero a pesar de ello, siguen firmes en la creencia de que el universo, de alguna forma, colabora o conspira para traerte hasta ese instante preciso en el que puedes despertar a un tipo de consciencia más amplia, más próxima al misterio de la existencia. Hay en ellos un impulso evolutivo interior que los acerca a esa curiosidad por entender las causas primeras de todo cuanto existe, un compromiso activista de promover la búsqueda constante hacia respuestas universales, pero también íntimas.

De alguna forma, el ser humano siempre despierta a nuevas sensaciones, a nuevas experiencias que les hace cambiar por completo. He conocido a lo largo de estos años de trasiego a personas entabladas en esa lucha interior, en ese remate que pretenden alcanzar con el estímulo de la fortaleza, apartadas del miedo y del qué dirán.

Ayer mismo, mientras volvía de madrugada desde Sevilla intentando vencer al sueño me acordaba de la charla que horas antes había tenido con un empresario ganadero, amigo y poeta de la vida que, valga la paradoja, nos comunicaba inquieto pero seguro que en unos meses se iba a realizar un retiro vipassana. Me preguntaba qué resorte interior, qué cosa mayor que la curiosidad por experimentar nuevas sensaciones o paradojas existenciales hacía que unos y otros quisieran probar el dulce sabor de eso que vagamente llamamos espiritualidad.

Cómo nos recuerda Chopra, a veces sólo hace falta una pequeña chispa para que arda todo un bosque. Cuando esa chispa se enciende en nosotros, todo lo añejo arde en la pila bautismal que experimentamos. Nacemos de nuevo a una realidad que Cohen muy acertadamente llamaría “iluminación evolutiva”. De alguna forma, esa chispa provoca cierta luz interior, cierta guía difícil de describir pero cierta, real, inspiradora. El yo auténtico, el hacedor verdadero que llevamos dentro asoma tímidamente y nos provoca un movimiento existencial a veces sin retorno. Nos seduce con un camino diferente, atrevido, apasionante. Nace ese impulso evolutivo que ha permitido que la raza humana haya avanzado desde la oscuridad de las cavernas hasta la efervescencia en la que nos encontramos ahora. Desde la más oscura ceguera hasta la más clara y maravillosa de las luminiscencias actuales.

Es muy atractivo seguir la senda en la dirección que nuestro propio crecimiento interior nos propone. Estar despiertos es una tarea sin duda difícil. Y me refiero a “estar despiertos” no como una categoría que nos pone en condición de ser superior a unos u otros, si no a esa condición de estar vivos y en plenitud de nuestras capacidades mientras hacemos una tortilla de patatas o paseamos por un atardecer otoñal. Esa plenitud, esa consciencia diaria nos conecta con esa sensación de ser niños con deseos plenos de seguir aprendiendo, de seguir creciendo, de seguir ese impulso evolutivo que todos llevamos dentro.

Andrew Cohen, en su libro “Iluminación Evolutiva”, propone acertadamente algunos remedios caseros para estar en esa unicidad presente, en esa consciencia clara y abierta, en ese “estar despiertos” a lo real: debemos poseer una claridad de intención, un desarrollado poder de voluntad, valentía para enfrentarnos a todas las cosas y circunstancias que nos lleguen sin evadirnos de ellas, debemos tener perspectiva de todos los procesos y una consciencia cósmica, abarcante, ilimitada.

Es cierto que la autotransformación es posible. Es cierto que el despertar a nuevas realidades cotidianas y extraordinarias es posible. Es cierto que la iluminación interior no sólo nos arranca de la cotidianidad, sino que hace que la misma se vuelva increíble y maravillosa. Ese es sin duda el mayor grado de magia: hacer de lo cotidiano algo poderoso y extraordinario.

El proyecto O Couso está íntimamente relacionado con todo esto. Pretende recrear un espacio integral y abierto donde las cosas simples se vuelvan poderosas herramientas de transformación. Cortar el césped, cuidar las flores, sembrar semillas de árboles que luego trasplantaremos en inmensas mesetas, preparar los alimentos que momentos antes hemos escogida de la huerta. Cada proceso, cada meticuloso movimiento cotidiano en un ambiente apropiado y estimulante provocará el despertar interior, provocará la cálida acogida del yo real. Así, entre todos, en plena armonía y cocreación con la naturaleza, avanzaremos en la difícil tarea de estar despiertos. Amorosamente, alegremente, en pleno y constante gerundio.

Anclando el Ser


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No digas: «soy un muchacho», pues adonde quiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. (Jr. 1.7)

Una de las cosas más difíciles de todas es anclar el Ser que somos en nosotros mismos, en nuestro vehículo, en nuestro hogar, y dejarlo gobernar. Anclar el Ser significa estar en profundo silencio durante años. Significa estar en profunda meditación y estudio y en profunda observación de uno mismo y lo circundante.

Anclar el Ser es también preocuparse por los demás, por las relaciones, por los ecosistemas que nos rodean, por las vidas y por las conciencias que gobiernan a esa vida. Respetar cada átomo, cada suspiro, cada anhelo sin interferir en los deseos de cada uno. Si una piedra está en el camino hay que rozarla suavemente con el tacto de una mano dulce y limpia. Si es una flor la que nace poderosa entre las zanjas de un hayedo solo podemos reverenciar su vigorosa y sublime belleza. Si es el animal el que asoma tímido por los albores del bosque debemos contemplar dulcemente su equilibrio, su sencillez, su curiosidad por el mundo sin lastimarlo, sin dañarlo, sin someterlo. Cuando hacemos eso y nos entregamos a la causa de la vida empezamos a descubrir sus secretos, sus enredos caóticos que tejen el orden superior, el ordenamiento de aquello que no podemos comprender pero sí sentir y observar. Entonces ya no interferimos ni obstaculizamos, sólo realizamos, sólo manifestamos, sólo cocreamos.

Anclar el Ser significa también hablar de limpieza. Todos los místicos saben que existen dos purificaciones necesarias y un doble bautismo para limpiar el alma: las realizadas en agua y en fuego. Por eso es necesario poseer espacios y moradas lúcidas, claras, cargadas de luz y resplandor. Espacios profundos donde la luz habita, la interior y la exterior. Claridad en todas partes, espejos cristalinos, radiantes aguas transparentes donde cualquiera puede ver reflejado todo su esencia. Limpieza y serenidad, limpieza y armonía, limpieza de cuerpo (agua) y alma (fuego) e intensa paciencia para poder acometer cualquier obra. Nunca podemos olvidar la limpieza si realmente deseamos anclar el Ser y dejar preñar su voz profunda en nuestros labios sellados y anhelos. Limpieza exterior y limpieza interior, en nuestros cuerpos, en nuestras emociones, en nuestros pensamientos que deben ser claros y poderosos, contundentes, decisivos, sirviendo siempre a lo real, a la verdad, a la claridad sempiterna que siempre nos aleja de las sequedades interiores.

Anclar nuestro Ser también es alejarnos de las palabras y abrazar el verbo, un verbo que conjuga en silencio, en callada sintonía cósmica, en armónicos invisibles al paladar humano. Sólo hablar cuando se nos pregunte o cuando sea de vital importancia. Sólo hablar para empoderar la luz allí donde sólo existen oscuras ciénagas. Sólo hablar para aportar un bien mayor, un sensato remedio a las angustias del alma. La verdadera comunicación no nace de la palabra, sino de las acciones puras y nobles.

Anclar el Ser significa empuñar la espada y fondearla en las entrañas. La astuta inteligencia requiere ser acallada por la honda tierra cálida y húmeda. Acallada la mente aparece el corazón y nace el Ser. Acallado el pálpito de la duda y el miedo, de la seguridad y la ceguera resplandece el alma libre. Cuanto más duro es el invierno más esplendorosa es la primavera. Cuanto más fría es la noche más cálido es el nuevo día. Y el Ser respira aliviado cuando nos marchamos y le damos paso, cesando nuestra errónea percepción sobre nosotros mismos. Cuando el Ser nos habita, la vida y la abundancia se manifiestan. Afina el verbo. Muere para nacer de nuevo.

(Foto: © Emmi Lück)

 

Los cobardes mueren muchas veces antes de morir


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Los dioses de la antigüedad enseñaban a los humanos a rozar sus dones gracias a la interacción y generosidad de lo que los antiguos llamaban la Buena Mente. Los hombres y mujeres podían escoger ser como el Achaa (Rectos) o como Vohu Manah (con una Mente Buena y benévola), o cualquiera de las otras esencias propias de la deidad. Este contacto que pretendía potenciar los atributos éticos de los seres en desarrollo eran expresados con virtudes y talentos a la humanidad para progresar y evolucionar hacia la entereza.

La música, el arte, la belleza, el poderoso abrazo del cariño que se expresa entre dos seres que se reencuentran, la mirada cómplice, el sonido de un grillo en la noche melancólica, la pertinaz elocuencia de un niño que te habla de estrellas lejanas o aquel conejillo que se cruza veloz por el camino añejo. La virtud humana es pareja a los atributos de la expresión de la vida. Sólo debemos levantar nuestras manos hacia el Tejedor, ungir el sediento momento a la impermanencia y dejarnos caer ante la inmensidad, arrodillándonos humildes ante ese milagro al que pertenecemos.

Ser buenos, ser pacíficos, ser estrechamente cómplices y coherentes con la manifestación, inclinar nuestra reverencia de seres fugaces y abrazar con ello la grandeza de este regalo que llamamos aquí, y ahora.

Si levantamos la mirada al infinito nos volvemos inmortales, porque comprendemos que la valentía de aceptar nuestra limitada somnolencia nos hace partícipes del coro universal, y por lo tanto, humildes instrumentos de su paz, de su orden incomprensible para nosotros. Y eso nos hace fuertes y libres, y valientes ante la urgencia de ser vivos danzantes, alejándonos de lo que Shakespeare denominó como “esos cobardes que mueren muchas veces antes de morir”.

La maravillosa noche oscura nos hace fuertes. Proclama las bondades de aquello que en el futuro nos deberá aproximar a la victoria que no es más que la aceptación de nuestro inevitable destino como seres limitados y finitos. Y en ese instante, en esa aceptación, elegimos el camino de la no dualidad, el camino del amor, el camino de la aceptación, del “Hágase Tu Voluntad y no la mía”, de la rectitud y la benevolencia para alcanzar la entereza de ser firmes consonantes en la creación entera. Toca, respira, siente como la nave Tierra viaja circundante por el universo entero. Escucha la música de los ángeles cuando te encierres en la soledad y el silencio. Roza con tu mano y con tus labios mientras bailas dichoso el escenario de la vida. Siente el palpitar de todo lo que te rodea, siente la vida recorrer todas las esferas, todos los instantes. Percibe el rumor. Sé valiente. Vive, ama, despréndete de ti mismo.

Foto: © Elena Shumilova

Contra los pastores, contra los rebaños, o de cómo el individuo no es el hacedor


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Contra los pastores, contra los rebaños. Este era el eslogan del periódico parisino L’anarchie, cuyo núcleo principal decía estar en lucha contra los «prejuicios», los «vicios» y el «conformismo» y de paso contra los que nos gobiernan y los gobernados. Repasaba algo de su historia a propósito de la presentación de uno de los libros que con este mismo nombre se presentará esta semana en Madrid. Será en manos de los amigos de la librería anarquista LaMalatesta con los cuales mantenemos algún vínculo común, especialmente en lo referente al apoyo mutuo y la cooperación, la vida comunitaria y la utopía, ideas que la anarquía ha explotado en sus tesis más puristas y radicales.

Esta noche observaba como muchos han hecho ese giro radical contra la norma, contra ese vicioso modo de conformarnos con nuestro destino prefijado obviando la posibilidad de emancipación y libertad más allá de lo ilusorio de nuestro yo personal.

Cenábamos con el amigo Ramiro Calle, Luisa, Laura, Aurora y Nacho, un conocido editor de una prestigiosa revista que un día decidió retirarse para editar libros sobre la no dualidad y el advaita. Me preguntaba como personas inteligentes y cultas un día decidían radicalizar su vida hacia posturas diferentes, hacia controversias que rompen con la norma, con el pastor y el rebaño, con el gobierno y lo gobernado, con aquello que la vida dice que es irracional y el destino nos alienta como verdadero.

Me daba cuenta que en el fondo había un sentido anarquista de la existencia en estas posturas. Y no me refiero al clásico y venido a menos anarquismo ideológico y doctrinal, sino al que nace de la propia existencia como un marcado rumbo experimental. Un anarquismo sin acritud, como nos decía Ramiro hace unos días, no tan sólo en contra de cualquier tipo de autoridad y jerarquía, si no a favor de las consecuencias de sentirnos Uno con el todo, al modo advaita, donde el alma y Dios no están separados, sino que el alma es Dios, y viceversa. Esa anarco-espiritualidad se abraza y se transmite de forma renovada, prediciendo un nuevo estado del ser, una nueva cualidad que avanza en las entrañas del programa consciencial hacia una forma diferente de entender el vasto campo de la experiencia.

Ese “sin amo ni soberano” en palabras de Proudhon no es más que la emancipación mística y espiritual del humano renovado y emancipado de toda atadura y disciplina que usa la razón y la normalidad para gobernarse. Ahora el gobierno nace de uno mismo y de su condición de no-dualidad con el cosmos y con el sentido de la existencia. Ya no hay separación posible entre atman y Brahman, o como dijo Ramana Maharshi, “el individuo no es el hacedor” ya que el mismo nace como una distorsión, una ilusión del yo separado que por ende, no es real. El que ama al cosmos desde su más profunda amplitud no puede hacerlo viéndose a sí mismo como algo separado. Tampoco puede hacerlo subliminando su libertad a las formas y cometidos que gobiernan la vida ordinaria. Debe existir una ruptura paradójica entre el yo y el ello que conduce necesariamente a la identificación con la suma de ambos, con el todo que nace y renace en este constante baile cósmico. Y cuando eso ocurre, inevitablemente nos convertimos en danzantes, en derviches que bailamos al son de la música impuesta por las esferas más altas y las melodías más profundas. Quizás este y no otro sea nuestro cometido final, abrazar la unidad, libres, ante el profundo anhelo de ser Uno con el Uno, una constante impermanencia y transitoriedad hacia el Todo.

(Foto: © Jean Paul Bourdier )

 

Ceguera, revelación e iluminación


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Existe una tendencia a la ceguera. Suele formar parte de nuestro proceso evolutivo. Durante edades hemos caminado en la oscuridad, en la ignorancia más absoluta. La ceguera a veces incluso nos protege de un exceso de luz, de un exceso de patrimonio luminoso. El propósito de la ceguera, sin embargo, es la de ser erradicada. Normalmente ocurre cuando en alguna etapa de nuestro progreso percibimos algún atisbo de realidad diferente, un tipo de consciencia que nos abre un vértice, un alivio soberano de emancipación y libertad. La hondura, la profundidad del aprendizaje huye de lo apresurado, de la ligereza, por eso, a aquel que va en exceso rápidamente hacia un supuesto conocimiento o progreso, se le es velado por los procesos de ceguera oculta. La ceguera, por lo tanto, para muchos, es el aula de aprendizaje, esos primeros balbuceos que tenemos cuando empezamos a conocernos a nosotros mismos. Para otros, puede llegar a ser una protección propia antes de entrar en el aula de la experiencia lumínica.

Cuando nos alejamos de la ignorancia y la ceguera, todo lo que está manifestado, eso que siempre ha estado ahí pero ha permanecido oculto por nuestras limitaciones o nuestra ofuscación, de repente empieza a revelarse. Realmente, nada nuevo hay bajo el sol, todo siempre ha estado ahí, siempre hemos tenido acceso a la realidad envolvente. Somos nosotros los que ocultamos con nuestros velos interiores las verdades reveladas. La vida es un proceso constante de creciente revelación. A medida que progresamos interiormente, nuevas verdades, más amplias y extensas, se revelan ante nosotros. Podemos, en alguna etapa del camino, observar la interrelación de todas las cosas, esos lazos ocultos que unen hechos con consecuencias, causas con efectos. Lazos invisibles que unen almas, familias, peregrinos, situaciones y experiencias. Una de las mayores revelaciones es la de poder comprender el propósito interior de cada ser, y sobre todo, el propósito superior de la existencia. Esa revelación nos conduce hacia una nueva identidad de percepción, y sobre todo, hacia una nueva forma de relacionarnos con las experiencias y con la vida.

Sobre la iluminación se han escrito muchas cosas. Algunos aún seguimos pensando que la luz verdadera es la que nace de nuestro interior, pero realmente eso es ilusorio. La ceguera del mundo no se difumina por algún tipo de luz que nazca del interior de la tierra, sino de ese sol que de alguna forma todo lo ilumina en el horizonte lejano, mostrándonos el camino. Realmente la luz interior es aquella que desde una mente entrenada puede reflejar dentro de nosotros esa luz que viene del alma, no de nuestra personalidad. La mente es un reflector de la luz del alma, y no viceversa, lo cual produce una disipación del espejismo que nace en nuestro interior. Esto es complejo cuando vivimos tan cercanos al sufrimiento y al mundo doliente. Requiere experiencia y capacidad el poder elevar nuestras aspiraciones de forma silenciosa y paciente al atanor del alma, esperando pacientes los acontecimientos que han de revelar la luminosidad que viene de los amaneceres de lo alto.

Nuestra luz interior son como los faros de un apagado automóvil. Sirven para identificar las nieblas y la oscuridad, pero no para penetrarlas y menos aún para disiparlas. Sólo la luz del alma es capaz de disipar toda esa espesa bruma. Sólo la luz del alma es capaz de revelar y disipar la ceguera. De ahí la relación necesaria entre ceguera, revelación e iluminación. Diferenciarlas, analizarlas, nos ayudan a comprender los mecanismos de la luminiscencia, que no es otra cosa que la aplicación del poder de la transformación, el desenvolvimiento como seres libres y generosos en el arte de relacionarnos desde el amor con el amor.

(Foto: © Suloara Allokendek)

¿Qué alborea ante la vista cuando permaneces en el Camino?


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Estamos ciertamente algo experimentados en los caminos de la tierra. Hemos conocido la unicidad de la presencia, las zonas del amor, el viviente sabio, la valiente prudencia y el arriesgado esfuerzo. Durante eones algo de nosotros que no somos nosotros ha sobrevivido vida tras vida. No sabemos aún si es el recuerdo ancestral que a modo de ADN psíquico pervive en la memoria genética. Algunos más atrevidos hablan de almas y espíritus, otros de consciencias y dimensiones, de estados del ser. No tenemos certeza de lo que realmente sobrevive, pero sí estamos aprendiendo a diferenciarnos de aquello que somos y de aquello otro que no somos.

Ya sabemos que no somos nuestros pensamientos, que no somos nuestras emociones, y menos aún nuestro cuerpo. También sabemos que cuando entramos en la quietud del silencio una voz extraña y ajena se manifiesta, con fuerza y virulencia, añadiendo misterio al interlocutor y abismo al observante.

Sabemos, o intuimos, que existe un camino pequeño, menguante y silente que nos lleva por la vida en pañales, sin grandes esfuerzos más que para comprender la necesaria equidad entre la supervivencia y el devenir. También sabemos, cosa que a veces nos cuesta reconocer por miedo a enfrentarlo, que existe un Camino mayor, una especie de propuesta, de lanzadera hacia aventuras y experiencias totalmente ajenas a la vida común. Un camino extraordinario que rechaza cualquier tipo de comodidad o complacencia y que olvida por completo la pura supervivencia para adentrarse en la onda de vida que yergue a raudales.

¿Y qué es aquello que alborea ante la vista cuando permaneces en el Camino? Hay una luz pura, radiante que clama su trono, un silencio profundo en la quietud del sendero, una paz irrenunciable y un amor infinito hacia todo. Esa luz no está fuera ni dentro, simplemente se manifiesta en todo cuanto es capaz de abrazar y cuando lo hace, la visión que produce sobre todas las cosas se vuelve revelación de propósito. La misión de todo ser humano es buscar esa luz, abrazarla y comprenderla sabiamente. Eso despertará la búsqueda hacia, primero, el propósito interior y luego, una vez perfeccionada la marcha sobre el Camino, renacerá en él la inquietud por servir al Propósito mayor, ese propósito que algunos conocen y sirven silenciosamente, calladamente, tácitamente.

(Foto: © Nageki)

Vida


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La vida tiene sentido sólo si somos capaces de valorar la vida de una piedra, de una flor, de un bosque, de un animal. La vida no nos pertenece, nos posee, nos sobreviene, nos permite reconducir la consciencia, el alma, en el mundo tangible. La vida, lo vital, es un préstamo de la existencia, un vehículo que nos permite conducir por este vasto océano de experiencia.

La vida nos recorre, pero no nos pertenece, no la poseemos. Llega un momento en que nos deja, pero no es un abandono, es tan sólo un pacto. Por eso debemos pensar que la vida es un flujo, un combustible que nos permite este viaje y que cuando se consume, el viaje termina. Siendo así, ¿en qué malgastamos ese combustible? ¿Hemos pensado alguna vez como gestionamos nuestra energía vital, nuestro instante de vida?

Si observamos cada uno de nuestros días, si cogemos el hábito de meditar al menos quince minutos por jornada y por la noche realizamos una sencilla recapitulación vespertina sobre las cosas que nos han sucedido, ¿qué conclusiones sacamos? A veces todo resulta tan agotador. Olvidamos respirar y olvidamos que la respiración es nuestro puente, nuestro lazo con la vida. Nadie nos educa en la respiración, nadie nos educa en la vida. No tenemos consciencia de que respirar pausadamente provoca una vida pausada. Respirar agitada e inconscientemente provoca una vida agitada e inconsciente. Olvidamos vivir porque olvidamos lo esencial de la vida.

No hay misterios infranqueables. La inquietud nos puede llevar a modificar radicalmente nuestra existencia. La búsqueda provoca encuentro. El encuentro reflexión. La reflexión provoca cambio y el cambio provoca más vida. Realmente así es como la vida se relaciona con nosotros, con las piedras de un río, con las plantas de una selva o con los animalillos de un bosque. La vida es el rumor que atraviesa todo cuanto tenga capacidad de cambio. Si somos conscientes a diario de ello, viviremos gozosamente cada uno de nuestros segundos de existencia. No habrá tiempo para la tristeza, ni para el fracaso, ni para la pérdida. Sólo habrá tiempo para el deleite y la alegría. Seamos vida observante, seamos vida vivida.

La doctrina del Corazón


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Después de nuestras tareas cotidianas, reunámonos para cambiar ideas sobre el Corazón. Ello nos conducirá más allá de los dominios de la tierra, hacia el mundo sutil, con el propósito de cercarnos a la esfera de Fuego”. Nicholas Roerich.

 

La naturaleza tiene una base científica de establecer continuidad. Todo lo que recibe lo da. Todo se relaciona y todo ha de ser compartido. Nada se desperdicia, ni la hoja que cae de las altas ramas de un árbol ni el agua que roza las paredes de un riachuelo. Todo está en continuo proceso de regeneración y de cooperación. El mundo mineral sostiene al mundo vegetal y este sostiene al mundo animal. Inevitablemente existe una interrelación entre las cosas, un dar y un recibir continuo que permite la vida en toda su magnificencia.

Desde el plano humano y la visión interna, podemos entender bajo este principio de cercanía y certeza que todo ha de ser compartido con el grupo. Que todo lo que obtenemos debe ser dado, ya que todo está regido por esa ley cuya comprensión rige todas las orbes, visibles e invisibles.

Algunas escuelas incitan a pasar del sendero del Raja Yoga al sendero del Yoga del Corazón, el yoga de la Síntesis y el Fuego. El fuego que es compartido, ya alejados de esa necesidad de soledad individual y progreso egoísta. El punto focal de ese trabajo es expandir, compartir, dar calor como una llama viva en la noche oscura.

La unidad de consciencia constituye la más simple introducción en la vida del corazón en todos los planos de la actividad humana. El egoísmo, el aislamiento, la creación de fronteras que nos separen los unos a los otros son diálogos que se estrechan en el círculo del miedo. La vida futura es grupal, unitaria, refugio de soles y fuegos ardientes.

El idealismo inteligente debe llevarnos hacia esas metas por conseguir. Debe guiarnos hacia esas leyes que rigen todo el universo, tanto a la hoja que cae desde el árbol como al agua que corre por el riachuelo o el curso de la vida humana que cada vez más entiende la importancia de la interrelación, el apoyo y la cooperación. La base científica del futuro se basará en la comprensión de estas leyes derivadas de la doctrina del corazón, el conocimiento de la ley de síntesis, de amor y de belleza. Aquel que nos alentó sobre el amor al prójimo sólo nos puso en el camino de un entendimiento cósmico y universal superior a nuestra propia e ilimitada lógica. Amor es relación, y en el infinito universo todo se relaciona, todo se establece bajo la continuidad del dar.

Cumple con tu deber desde la ecuanimidad


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© SarahharaS1

La mente que se abandona a los errantes sentidos deja al alma tan desvalida como la barquilla que es arrebatada por el huracán sobre las olas” (Bhagavad-Gîtâ).

Existe un cierto peligro en todo tipo de experiencias cumbre, especialmente las que tienen que ver con eso que llamamos mundo de la espiritualidad. Es fácil hacer cualquier tipo de viaje iniciático hacia prácticas que alteran de alguna forma los niveles de normalidad conciencial. Muchos actualmente experimentan momentos únicos, especiales, que pretenden dotarles de una capacidad mayor de percepción o sensibilidad hacia el mundo. Algunos, los menos, esa experiencia les marca para toda la vida. Otros vuelven a la normalidad rápidamente, olvidan lo ocurrido con facilidad o simplemente lo ven como una anécdota que roza lo imaginario. Otros quedan trastocados de por vida, perdiendo el hilo del equilibrio con suma facilidad.

Antiguamente ese tipo de experiencias se llamaban en el vocabulario místico-esotérico el “toque de clarín” del alma, la profusa iniciación hacia el lenguaje arquetípico. La antigua lengua sacerdotal era entonces comprendida, los signos ideográficos traducidos, se comprendía el precepto de Krishna a Arjuna cuando este le decía “mata todo deseo de vida”. El Sutta Nipâta hablaba de igual forma: “considera iguales el placer y el dolor, la ganancia y la pérdida, la victoria y la derrota: mata la sensación, busca tu refugio solamente en lo eterno”.

Lo eterno, traducido como ese espacio dedicado a los pocos, a aquellos que valientes y osados practican y persiguen la Doctrina del Corazón, está más allá de la mente, el gran destructor de lo Real. El sonido insonoro precede al zumbido argentino de la dorada luciérnaga, arrebatando de nosotros el caparazón del egoísmo, ese templo que encarna la forma cautelosa que refugia el miedo. ¿Cómo comprender estas cosas si no se han vivido? ¿Cómo traducirlas si no se ha sentido el arrebato en la Montaña donde habita el Ave de la Vida? El fatigado peregrino es capaz de superar pruebas que lo alejan de la gran herejía del ego, murmurando entre ocasos y desfiles el yo entero, desfilando con prudencia desde el vestíbulo de la ignorancia al del aprendizaje y de este al de la sabiduría. Muele de noche y de día la cáscara inservible para extraer de los desechos de la harina el grano dorado, aquel que le aleja de la desdicha y el sufrimiento para acercarle cada vez con mayor rigor a las mieles del círculo del tiempo.

Por eso los sabios eran conocidos por aquellos que no se detenían en los jardines de los deseos, en el recreo de los sentidos. Son aquellos que desoyen las halagadoras voces de la ilusión y cumplen con su deber desde la más atenta ecuanimidad.

Y ese deber siempre es sencillo: purificar nuestros cuerpos, mantener limpio el corazón para que habite en nosotros la clara y cristalina visión del alma. La gota de rocío no puede anidar en los cenagosos torrentes al igual que el primer rayo matutino no puede atravesar el tempestuoso monzón. Y antes de ser dominados por la oscuridad y el lodo, debemos cumplir con el mayor de los mandatos: hacer de nuestro deber un simple instrumento del deber mayor, renunciar a la gran recompensa por los demás, siendo esa su gran bienaventuranza.

Si has escuchado el toque de clarín, ¿qué escogerás, oh tú, aquel de corazón intrépido? El serpenteante Sendero nos espera. La Gran Renuncia nos aguarda. Guárdate del temor y avanza hacia el sendero de la compasión absoluta.

La sublime marea de lo cotidiano


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© Allan Wallberg

Se huele el otoño y se practica. Respiramos y sentimos ese tono dorado, ese añil de los árboles, el frescor entre las calles y los campos. Podemos rozar en silencio, con dulzura, el tardío lapso de la intermitente cotidianidad. Sólo cuando posamos la mirada en lo pequeño es cuando nos damos cuenta de lo grande que resulta todo cuanto nos rodea. El otoño ya contiene dentro de sí el invierno y el invierno espera en su palpitar invisible la primavera. El ciclo es apasionante.

La vida resulta como una marea que mece nuestros latidos. El susurro del alma se despoja despacio y sutil entre las yemas y los pétalos de nuestro ser. No somos del todo consciente de la magnitud de nuestra aura, de sus colores que navegan en astral simpatía. Ni siquiera nos percatamos de esa lucecita que sale de nuestro interior, iluminando al avispado ángel portador de llamas. Las hadas lo circundan todo, afanosas, atrapadas en esa niebla que nos separa de su mundo para no interceder en su laboriosa tarea. Dicen que un gran número de ellas viven en el reino de Avalón, el cual, en la nueva era de magia y compartir se extenderá por todos los hemisferios.

Y luego esos circulitos que están por todas partes, que forman un rompecabezas aritmético cuya numerología nos traslada hasta la perfección de las cosas. La sagrada geometría invisible, caótica en la aparente ignorancia pero precedida de un orden perfecto. El caos es sólo una percepción parcial. Cuando no tenemos todos los datos, cuando no disponemos de toda la información, todo nos parece malo, caótico, demoniaco, irreductible. Pero desde la mágica perspectiva, desde la distancia de todas las cosas, el calor nos abrasa en ese continuo baile sinfónico.

Hay un plan que se teje en lo caótico. Sólo nos falta entendimiento para abrazar la sublime marea de lo cotidiano. Nos falta ese contacto con la poesía y el arte, con la pasión espiritual del alma libre, con la mística de las esferas que se reproducen una y otra vez en todas las cosas. En el sol, en la gota de agua, en la flor, en los átomos. Círculos dentro de más círculos, atrapados en ese plasma caótico ordenado por el abrazo del Absoluto, de lo Incognoscible, de lo Inabarcante. Lo inescrutable es indefinible, por eso desarrollamos la intuición para entender que la magia de lo cotidiano está plagado de señales, de motivos, de alegrías interiores, de complicidades con ese perfume amigo, con esa sonrisa añeja, con ese tremolar otoñal que ahora nos abraza sin presura. Y las hadas, que revolotean por todas partes donde hay paz y orden, belleza y luz. Especialmente donde hay alegría, que es, junto al entusiasmo, la señal de que estamos vivos, luminosos, bellos.

Avanza allí donde es más duro el camino


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Avanza allí donde es más duro el camino, abraza lo que el mundo rechaza, y no hagas lo que hace el mundo. Avanza en todo de manera opuesta al mundo. Ese es el camino más corto para alcanzar el amor de Dios”. Jakob Böhme

Decía Jakob Böhme que el camino más corto para alcanzar el amor verdadero era ir en contra del mundo. Su argumentación era lógica: al mundo sólo le gusta el engaño y la vanidad, la mentira y lo ilusorio, por lo tanto hay que caminar en contra del mismo.

El camino recto y directo para alcanzar la supremacía es precisamente ir en contra de lo que el mundo defiende, y por lo tanto, esto requiere de alguna forma ir contra corriente. Esto no significa ir en contra de nadie ni de nada, sólo significa caminar por otra vía.

Según nos cuenta Böhme, esto tiene el peligro de que nos tomen por locos. Pero sólo es un peligro de la carne, de lo material, de lo ilusorio. La verdadera locura tiene que ver más por lo que estamos haciendo y construyendo desde la avaricia y el egoísmo que desde la paz de caminar hacia lo bueno, lo bello y lo armónico.

También nos dice con acierto que el mundo no es bueno ni malo en sí, que todo cielo y todo infierno están sembrados en nuestro interior y que depende de nosotros y nuestra actitud el elegir donde queremos estar. ¿Qué tipo de fuerzas atraemos? ¿Qué tipo de arquetipos y energías resonamos al universo? Realmente somos nosotros los que configuramos el mundo, cada uno de nosotros, en cada instante, en cada momento, en cada pensamiento, emoción y conducta. Todos nuestros actos crean constantemente un cielo o un infierno aquí en la Tierra. Somos nosotros los arquitectos de este mundo, con nuestras decisiones diarias, con nuestra consciencia o inconsciencia a la hora de tomar posiciones.

Quizás lo difícil sea precisamente eso, tomar consciencia de la realidad profunda, y hacer de cada gesto algo hermoso y bello. Quizás lo más difícil sea lo más fácil, gesticular generosidad, amar, estar alegres, sentirnos vivos. Quizás deberíamos pararnos y pensar despacio y actuar imitando la belleza que lo envuelve todo de forma natural. Sólo eso, tan fácil y tan difícil, como imitar belleza y ser personas buenas y mejores.

Sobre la vida espiritual, de Jakob Böhme


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«Dirige tus pasos allá donde el camino es más duro; toma sobre ti lo que el mundo rechaza; haz lo que el mundo no hace. Marcha contrariamente al mundo en todas las cosas. Así llegarás por el camino más corto hasta Dios. O, ¿es que os creéis que es pecado preguntar por el camino?» (Jakob Böhme) 

Al lado de casa hay una escuela de peluquería que por 2,99€ te hacen el mejor corte que nunca he tenido. He salido de allí como nuevo, dejando una buena propina, presumido y coqueto por lo que me ha parecido una obra de arte de una tímida joven de color que estaba aprendiendo el oficio de cortar el pelo. Cuando he entrado me han preguntado si deseaba que me lo cortara un tutor o una estudiante. Me he arriesgado con la segunda y ha sido todo un acierto.

Mientras Laura usaba el zulito para atender a sus primeros clientes, he dado un paseo hasta la Casa del Libro de Gran Vía tras el presumido momento. Suelo hacerlo, como editor, para contemplar las novedades, ver las tendencias y alegrarme cuando descubro alguno de nuestros libros en alguna estantería. A veces, mirando y admirando una tras otra obra, descubro alguna perla escondida entre los miles y miles de tomos.

Tras revisar las secciones de antropología y crítica política he terminado en un olvidado escaparate donde se exponían “pequeños libros de sabiduría”. Mi mano logró alcanzar el más pequeño de todos: “Sobre la vida espiritual”, del místico y teósofo alemán Jakob Böhme. Cuando empecé a leer sus pequeñas páginas me quedé atrapado. Suspiré, cerré el libro y salí corriendo para casa. Intenté recordar si tenía este libro en mi extensa biblioteca de Córdoba pero no lograba recordarlo. Revisé mis libros digitales para ver si lo tenía, pero allí no estaba. Así que volví corriendo a Gran Vía para comprarlo. Ya no estaba. Misteriosamente había desaparecido. Lo busqué por dos librerías más y en alguna de ellas aproveché para comprar un par de libros de Erich Fromm que aún no había leído.

En una librería que estaba cerrando, cerca de la Puerta del Sol quedaba un ejemplar. Pagué gustoso los siete euros y me fui corriendo a casa para descubrir en sus páginas un hermoso coloquio entre un discípulo y un maestro en el que el primero interroga sobre como alcanzar los misterios de la vida suprasensual. El maestro responde con una sencillez y ternura exquisita: abrazando el silencio. “Si por algún momento puedes elevarte hasta allí donde no habita ninguna criatura, oirás a Dios”. ¿Y dónde está ese lugar? ¿Eso está lejos o cerca? Replica el discípulo. “Está en ti, y si por una hora puedes mantener acallada tu voluntad y tus sentidos, oirás palabras de Dios que son inexpresables”. Lo que sigue es un espectáculo de sencillez y profundidad absoluta, un arrebato de lucidez que va más allá de toda razón.

Me alegra mucho haber descubierto esta pequeña perla y me alegra haber podido compartir con vosotros este trazo de momento. Cuando el tiempo esté blando tendremos momentos y experiencias para comprender estas cosas. Mientras, sigamos compartiendo en la sencillez de la vida ordinario lo increíble de la experiencia extraordinaria.

Reencuentros con el ser


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Ayer tuvimos una bonita cena de reencuentro con el grupo que viajó hasta Findhorn en julio. Les contábamos felices como la gente estaba colaborando con el proyecto de Galicia, donde mañana viajamos para cerrar algunas cosas. Estamos emocionados por ver como tantas y tantas personas están apoyando lo que algunos ya llaman un proyecto de esperanza en el ser humano.

Fue hermoso estar de nuevo con ellos, recordar ese lugar tan especial y comprobar como puede llegar a transformar nuestra visión del mundo, nuestras ganas de colaborar, aunque sea realizando cosas sencillas como preparar unas ensaladas recién cogidas de la huerta o limpiar el suelo de un lavabo. No importa la actividad que hagamos si la hacemos desde esa perspectiva, desde ese estado meditativo que nos permite gozar de la visión penetrante. Esa visión hace fluir nuestro ser interior, nuestro ser real. Nos aleja de esas capas invisibles, condicionantes, que la sociedad, que la familia, que el árbol genealógico ha tejido sobre nosotros. En ese estado nos reencontramos con nosotros mismos y empezamos a recordar quiénes somos, qué somos, a qué hemos venido. Es un momento de luz, placentero, pero también de inquietud, de duda, de miedo.

Cuando nos vemos a nosotros mismos tal y como somos todos los guardianes del umbral que han ido creciendo en nuestro espacio de confort y seguridad aparecen de repente para susurrarnos y recordarnos lo importante de todo aquello que hemos alcanzado. De repente hacemos un repaso de todas las cosas que tenemos, de todo el estatus que hemos conseguido gracias al esfuerzo de años y años. Realmente esa sensación de aparente seguridad parece absurda ante el reto de sabernos vivos y con deseos inquietantes de seguir explorando más allá de nuestras limitaciones.

Ayer comentábamos los riesgos de reencontrarnos con nosotros y de la necesidad de, una vez hecho ese contacto con nuestro interior, reorganizar nuestras vidas de forma amorosa pero también inteligente para seguir los pasos del nuevo sendero, de la nueva vida más estrechamente ligada al cúmulo de experiencias por encima del cúmulo de cosas. Las cosas de hecho se convierten en organismos secundarios que utilizamos si nos sirven para potenciar las experiencias. De no ser así, tenemos la capacidad de devolverlas a su lugar de origen a sabiendas de que todo ese cúmulo de objetos, sean los que sean, no podrán acompañarnos una vez extingamos nuestras vidas. Pero si tenemos alguna certeza con respecto a la vida que pueda existir tras la vida, de haberla, quizás sí podamos llevarnos esas ricas experiencias para seguir creciendo en este infinito transitar. Y de no ser así, al menos podríamos buscar la fórmula para poder compartir dichas experiencias y hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

El proyecto de Galicia pretende precisamente eso. No hacer meditaciones guiadas ni incitar a las personas a que hagan cosas extrañas. Simplemente acondicionaremos el lugar para que sea propicio y sensible, para que ayude a las personas a entrar en estado meditativo en las cosas simples y sencillas del día a día en la cocina o en el jardín o donde más guste, ayudando con ello a la posibilidad de reencontrarnos con nosotros mismos, con la lucidez, con la infinitud que nos espera, con la luz que nace en el interior de cada ser en un mundo necesitado y hambriento de belleza y amor.

(Foto: en la comunidad de Findhorn, trabajando en la cocina, julio de 2013).

El Camino del Amor


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El Camino del Amor no es otro que el camino del corazón. El corazón puro nos conecta con la mente pura y esta hace de puente hacia el alma pura, la intermediadora entre el Espíritu y todo el universo entero. Es un camino simple pero que solemos recorrer durante eones, cegados por la ilusión de la vida y sus desviaciones. Se identifica rápidamente porque el amor puro se convierte en acción, y es capaz de transformar la vida de muchos con su ejemplo y dedicación. 

Hoy ha sido un día de despedida en la Comunidad de Findhorn. Escocia parecía toda radiante con ese sol inusual que calentaba la sala de reuniones. Todos nos mirábamos a los ojos y cuando relatábamos nuestra experiencia, dedicábamos entre sollozos hermosas y profundas palabras.

Había un liderazgo espiritual, profundo, que pretendía conectarnos con la esencia de lo realmente importante. La sinceridad, la honestidad, el amor entre todos, el coraje de sentirnos una familia entera unida por las alas del espíritu, la amabilidad en nuestros gestos y la broma continua que nos hacía amables y dóciles. La intensidad del día de hoy, tras abandonar nuestros trabajos en la cocina o en los jardines, venía dada por la fuerza de este lugar.

Findhorn, a pesar de sus complejas contradicciones, sigue siendo un lugar de luz y amor. Sus gentes son como luciérnagas en la noche oscura, como lámparas que se alzan juntas para iluminar un poco más el mundo, para comunicar un don especial, una experiencia diferente.

El resultado de todo es compartir este don, esta necesidad de ver al mundo desde una perspectiva diferente y unida. La necesidad de crear nuevas escuelas, nuevos centros de luz donde capacitar al ser humano de las herramientas necesarias para crear el cambio que necesitamos en este tiempo. La necesidad de empezar a doblegarnos a la luz de la unión y la hermandad dejando atrás la diferencia y la separatividad. La necesaria comunión, nacida dentro de nosotros y también fuera, con los otros, con nuestro entorno, con la naturaleza. El bosque, el río, la amable brisa, el hermano sol, la hermana luz que atraviesa eones para visitar nuestros corazones e iluminar nuestras anquilosadas cavernas. La profundidad de toda esta expresión de vida y luz debe ser compartida, y esa es la misión de todo aquel que pretenda saciar su sed de espíritu. De nuevo la promesa de dar, de nuevo la promesa de compartir este estímulo en el peregrinar del alma. De nuevo el reencuentro con la verdad de que somos minúsculas chispas de un Dios inabarcable, y que, por lo tanto, somos representantes de la grandeza de toda existencia. Ahí está y reside nuestro estímulo, nuestra necesidad de seguir adelante cueste lo que cueste, en la luz, el amor y el servicio. Que así sea…

Mientras, mañana volvemos a España en un interesante viaje de reflexión que durará dos o tres días por media Europa. Esperamos que todo vaya bien.

LOS SIETE RAYOS


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Es emocionante estar leyendo la biografía de Peter Caddy mientras paseo por los jardines y los lugares que él describe detalladamente en la misma. Trabajar por las mañanas en el antiguo palacio victoriano de Cluny para luego compartir experiencias en la Comunidad original resulta especialmente conmovedor.

A cada paseo, a cada intervalo de tiempo que discurre entre una y otra actividad me interrogo sobre la fuerza que ha hecho posible este milagro. En su libro autobiográfico encuentro algunas interesantes respuestas. Peter siempre fue guiado por los mensajes sensitivos y canalizados que iba recibiendo de su esposa Eileen y su amiga Dhorothy Maclean, la cual aún vive y con la cual podemos compartir las meditaciones de la mañana. La fe inquebrantable de Peter, sin ser él mismo un sensitivo, pero sí un fiel creyente y seguidor de la luz que dirigía desde lo invisible todo aquel vasto proyecto, hizo que todo se precipitara, se creara y naciera al mundo tangible.

Peter explica con detalle su extensa formación espiritual y esotérica, lo cual nos dota de una idea cierta sobre el origen de todo. Nos habla de su creencia en la Esencia Divina y como se manifiesta en tres diferentes cualidades: Voluntad, Amor/Sabiduría e Inteligencia. Estas tres cualidades, tal y como nos enseñan las tradiciones esotéricas y que yo mismo he podido contrastar en los estudios de diferentes escuelas espirituales de diferente calado, interactúan y se mezclan unas con otras de siete maneras distintas. Estas siete formas de interactuar a veces es conocida como “los Siete Rayos”.

En cada rayo predomina alguna de estas primeras cualidades, exactamente como los tres colores primarios (rojo, amarillo y azul) y que en sus siete combinaciones forman los siete colores del arco iris. El Primer rayo tiene que ver con el aspecto Voluntad, el Segundo con el Amor/Sabiduría, el Tercero con la Inteligencia Activa, el Cuarto con la Armonía/Belleza, el Quinto con el Conocimiento Objetivo o la Ciencia, el Sexto con la Devoción y el Séptimo es Actividad Ordenada, Organización o Síntesis. Cada una de nuestras personalidades y de nuestras almas están regidas interiormente por una de estas fuerzas o energías, y uno de los propósitos interiores es identificar cual es nuestra cualidad y alinearnos por lo tanto con el trabajo de ese rayo. Para profundizar sobre estos temas y comprender un poco más sobre la organización de estos rayos, sus energías, cualidades y fuerzas os recomiendo la lectura del libro que nosotros mismos hemos editado titulado “Sirviendo a la Humanidad”, el cual sirve de iniciación o puerta de entrada a un vasto y complejo mundo más profundo y arquetípico.

Para Peter era muy importante establecer estos principios ocultos de forma natural, estableciendo cierto orden de Luz, Amor y Sabiduría en todo lo que hacía. Para él , hacían falta al menos tres personas para anclar las energías espirituales en un Centro o Punto de Luz, y cuatro para comenzar a construir en lo manifestado. Sin duda, esas tres personas estaban representadas por Eileen, Dhorothy y Peter.  La cuarta se sumó más tarde: la anciana y mística Noemi, creando uno de los centros más importantes de la Nueva Era y de la Nueva Consciencia que se está manifestando en nuestros tiempos: la Comunidad de Findhorn.

Y como lo afín atrae a lo afín, seis años más tarde comprendo de forma consciente porqué fui atraído a este lugar para empezar mi tesis doctoral. No fue casual, sino que interiormente hay una intencionalidad cada día más clara en todo lo que ocurre. Ayer, en una hermosa sesión sensitiva, alguien muy conocido y que acompaña estos días de plácida lectura y paseos se acercó, y llamándome “hermano” dibujó en mi rostro una cruz de la que salía una hermosa rosa de su centro. Nadie excepto él y yo podíamos entender el mensaje oculto de ese símbolo que fue canalizado en ese momento. Con lágrimas en los ojos, y para sorpresa del canal, di las gracias por ese pequeño gesto y milagro. La rosa del Amor sigue naciendo en la cruz de la perseverante Luz y Sabiduría.

 

La picadura del Absoluto


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Chögyam Trungpa, un maestro budista que nos habla del materialismo espiritual decía: “recorrer el sendero espiritual correctamente resulta ser un proceso sutil; no se puede emprender el camino con un salto ingenuo. Hay en el camino numerosos desvíos que sólo conducen a una visión deforme y egocéntrica de la espiritualidad; nos convencemos de que estamos creciendo espiritualmente cuando en realidad sólo fortalecemos nuestro egocentrismo por vía de las técnicas espirituales”.

Este camino y estos desvíos de los que sabiamente nos habla Chögyam Trungpa los hemos vivido plenamente en nuestras carnes. Tienen que ver en muchos casos con esa parafernalia que pervierte todo cuanto rodea a lo interior, ofreciendo expresiones de consumo de última generación, elaboradas y complejas teorías mistico-esotéricas, las últimas modas en artilugios de toda clase para poseer, aparentemente, una vida superior, mejor, espiritual.

Pero en verdad esas cosas nos alejan tremendamente de lo “espiritual”, porque no dejan de ser avisperos de egos que se reúnen en torno a una confusa y vaga idealización del misterio. Nada que ver con la sencillez del simple y humilde amor al prójimo, o del radiante ejemplo del sol como dador universal. En la espiritualidad materialista solo nos queremos a nosotros mismos, y sólo esperamos nuestra salvación.

La tarea difícil, la que reclama más cuidado y atención es bajar el ideal al mundo tangible sin hacer ruido, sin creernos de una raza diferente por practicar el último rito o emular cualquier meditación transcendental delante de un grupo de acólitos. Lo difícil es expresar simpatía, compasión y respeto, valga la paradoja de estas palabras, por aquello que nos acerca al infinito para llegar exhaustos al finito. Lo difícil es expresar humildad auténtica para reconocer que toda esa parafernalia que hemos construido alrededor nuestra no sirve de nada sino somos capaces de lo más sencillo, de lo más humano, de lo más leve.

Y reflexiono sobre estas cosas a unas horas de emprender un viaje largo en hotel Prius hacia el norte de Escocia. Un intensivo de una semana para comprender aún más las dificultades de poner en práctica el ideal, ahora que tan cerca estamos de vivirlo en nuestras carnes. Viajar hasta la bahía de Findhorn y convivir de nuevo, como hace unos años, con las gentes que me acercaron a la utopía, tiene mucho de parafernalia, quizás la última en un eslabón torcido que pronto será abandonado.

Esa será la tarea, cerrar un ciclo largo que empezó allí, con la escritura además del libro que dio nombre a este espacio, “Creando Utopías”, dotando a este tiempo de una nueva oportunidad para, ahora sí, hollar el sendero sin necesidad de deformaciones ni saltos ingenuos, sin desvíos y sin atolladeros que nos alejen de la esencia de ese Camino que en el plano ideal llevamos años transitando. Es hora de dar un salto aún mayor, de conjugar un compromiso más estrecho y seguir la línea de experimentación que se ha trazado para los próximos años.

Por lo tanto este viaje tiene mucho que ver con esa picadura del Absoluto que alguna vez describí en un libro de próxima publicación, esa picadura que te conmueve y no te deja vivir a no ser que sea mirando en lo profundo, sintiendo la alegre emoción de seguir en la llama viva y aprendiendo que nada sirve si no somos capaces de volver al círculo de la humildad absoluta, a la sincera práctica del amor sincero. Cuando el Absoluto te ha picado, ya no puedes volver la cabeza atrás. Todo se transforma y todo se encamina hacia un propósito claro y conciso. Ya no hay excusas. Ya no hay vuelta atrás. Sólo hay Camino y ese Camino sólo puede ser transitado en silencio, humildes, pobres. La falsa promesa de la abundancia nos desvía, porque el Camino ya es abundante de por sí, por lo tanto, lo único que necesitamos es perderlo todo para ganarlo todo. Caminar sin nada, caminar sedientos.

La técnica de la presencia


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Resulta difícil vivir la vida ignorando, como muchas veces se hace, a la propia vida. Estar presentes no es fácil. Nos levantamos de forma autómata sin ser del todo conscientes de que existimos, de que estamos vivos. Es un tema recurrente, necesario abarcar, para ir marcando el poso en la consciencia. Lo es porque resulta cada vez más difícil estar aquí y ahora sin perder el norte de lo que somos. Lo es también porque muchos aún no hemos intuido o no sabemos lo que somos.

Vivir en la ilusión placentera del día a día, con sus preocupaciones diarias, con sus miedos a la hora de afrontar nuestra carga semántica, nuestro vocablo abyecto, nuestra desidia por todo, tiene sus márgenes de lucidez. Hay que aprovechar esos atisbos, esas ráfagas de luz que a veces nos atraviesan para condensar en ese instante el impulso necesario para hacer aquello que justamente debemos hacer.

Detrás de la escena del devenir diario existen unos propósitos, unas intenciones que marcan el rumbo de nuestras vidas. Siempre vivimos ajenos a esos estímulos que nacen de lo profundo, a esas metas que nos llevan por caminos la mayor de las veces increíbles. A veces sentimos la incredulidad de seguir más allá, de apostar más allá, de bucear y profundizar más allá.

Pero la vida nos puede. La depresión nos puede. La responsabilidad nos puede. La tristeza nos puede. El tedio nos puede y guía nuestros pasos autómatas. ¿Por qué nos sentimos así de pesados e inertes? La razón es porque no habitamos en la Presencia, es decir, no habitamos en nosotros mismos, y por lo tanto, ignoramos la realidad profunda de todas las cosas y la realidad profunda de lo que somos.

¿Cuándo vamos a empezar a explorar lo que somos para entrar de lleno en la vida? ¿Cuándo vamos a interrogarnos sobre nuestro propósito vital? ¿Y sobre el propósito de la existencia entera? ¿Aún no sentimos curiosidad por el misterio de un amanecer o el tierno balanceo del aire y su susurro? ¿Nadie es capaz de despertar a la consciencia cuando le roza el aleteo de una mariposa o el beso de un ser amado? ¿Aún no somos capaces de estremecernos ante tanta belleza y ver en nosotros esa extrema perfección?

La técnica de la presencia consiste precisamente en pararnos y ver en lo cotidiano, constantemente, la increíble expresión de vida y la maravillosa existencia danzando a cada instante. Cuando lo hacemos, empezamos a saber quienes somos y empezamos a caminar felices, muy felices, por el extremo superior de nuestro verdadero camino, sintiendo nuestro verdadero linaje interior y la expresión del mismo ante las maravillas de la vida. Cuando estamos presentes, de alguna forma intuimos quiénes somos y empezamos a obrar en consecuencia.

El misterioso itinerario


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¿Qué hay más allá de la esfera de lo estético? Hay personas que parecen haber nacido para no aceptar las cosas tal y como son dadas, otras nos comportamos como burguesitos ciegos incapaces de atravesar la pompa de lo posible para adentrarnos en la insondable temeridad de lo imposible. Lo imposible no es más que aquello que tememos, que nos da terror afrontar. Llevamos años, diría que toda la vida, viviendo cómodos en nuestro intocable círculo de seguridad. Allí tenemos nuestro palacio, nuestro reino conocido, dominado, controlado. Esa seguridad nos da paz, nos fortalece ante los demás y nos reconforta ante la temeridad del mundo.

Pero hay personas que siempre se preguntan qué hay más allá de ese “círculo-no-se-pasa”. Si el zoológico que nos rodea ya no es suficiente, ¿por qué no invocar a criaturas fantásticas? Unicornios, sirenas, dragones, naguales… ¿Y por qué no exigir más? Quizás podamos contactar con las hadas del bosque y los elfos.

Pero el conformismo no tiene por qué desarrollarse tan sólo en la fantasía desbocada o en la ilimitada imaginación que expresamos en sueños y ensoñaciones. La vida se muestra apasionante, cargada de retos diarios, desafíos cargados de magia si somos capaces de vivir conectados a esa dimensión superior, más allá de nuestros miedos y temores.

Si os fijáis atentamente en las cosas, por ejemplo en un libro o una lámpara o una silla, si os fijáis detenidamente, veréis como de repente dejan de ser un simple libro o una simple lámpara o una cotidiana silla. Ocurre que se transforman en otra cosa, en algo superior, en algo increíble, en algo maravilloso que forma parte de una realidad indescriptible. Y los lazos ocultos que unen al libro con la lámpara y la silla nos llevan a una senda, a un itinerario misterioso que nos revela un sentido nuevo ante la vida, una visión penetrante y segura de todo cuanto existe.

Revelaciones


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Hay muchas almas peregrinas que deambulan por el mundo sin guía y perdidos en búsqueda de luz, más luz… El mundo está necesitado de puntos de luz que iluminen con fuerza y que hagan despertar a nuestro maestro interior, a nuestra luz interior. Es la revolución que necesita el mundo, reencontrarse con su silencio, reconciliarse con su alma, abrazar de nuevo, sin complejos, sin miedo, el mundo del espíritu.

Para eso hacen falta, dicen los entendidos, cargas eléctricas que produzcan el primer chispazo entre las glándulas pituitaria y la pineal, creando el primer destello, «la llamada» de la que nos habla la mística, el toque de clarín del alma.

Para que eso ocurra hace falta cierta disciplina, cierta limpieza interior y exterior, cierto silencio necesario para reencontrarnos con lo más puro de nosotros. Cada vez es más la gente que alberga el sueño de establecerse en casas de «retiros» donde se pueda reposar y limpiar los cuerpos, alinear todas las dimensiones del ser para poder transmitir esa luz desde el interior. Lugares sin maestros, sin gurús, solo catalizadores que sirvan para despertar la guía interior, la belleza que a veces camuflamos entre preocupaciones y distracciones, la paz que somos y que el mundo necesita.

Balnearios o «hospitales» de peregrinos del alma donde captar la esencia de todas las cosas, donde recordar una y otra vez nuestras obligaciones como seres que aspiran a algo más que pasear por la existencia. Poderosas herramientas de integración y despertar al nuevo mundo, a la nueva consciencia.

Muchos están trabajando en la idea de crear una especie de asrham donde poder encontrar las herramientas suficientes para despertar a la nueva consciencia, lugares limpios y espaciosos, cargados de intensidad lumínica donde expandirnos como seres humanos.

Ya hay algunos en todo el mundo, pero siempre son insuficientes para tanta sed, para tanta hambre espiritual. Se han de crear más puntos de luz hasta que cada ser, cada calle, cada hogar, cada ciudad, sea en sí mismos puntos de luz, lugares de armonía y paz, de equilibrio con la naturaleza y con el cosmos exterior e interior. Ahora faltan pioneros que ejerzan de voluntarios en esa tarea de propagar la consciencia desde bases sólidas, desde lugares y espacios cargados de significado, desde crisálidas que hagan despegar la lamparilla interior. Lugares donde se pueda captar la energía del otro sin apropiarse de ella. Más bien todo lo contrario, lugares donde se potencie nuestra energía para que podamos compartirla, sin vampirizar al mundo y a los otros. Compartir y entregar lo mejor de nosotros mismos. Amar cada reguero de energía, cada punto de luz. Ser puntos de luz en la mente del Absoluto. Ser puntos de Amor en el corazón del Cosmos.

 

Eludiendo la consciencia del sí mismo


cosmos 

«Sólo se puede conocer lo mejor de uno mismo a través del conocimiento de lo mejor del otro«. F. Cheng

Ayer hablábamos de la consciencia de la unidad, de la importancia de anular la falsa percepción parcelaria del yo como algo aislado e individual. Esta idea rompe de cuajo con la idea de tener autoconsciencia, o consciencia del sí mismo. Esto crea un sentido profundo de desapasionamiento y desapego total hacia el yo, hacia la individualidad que falsamente nos protege de nuestros miedos y aflicciones, de nuestros continuos sufrimientos.

La visión penetrante, la correcta consciencia no estaría pues enmarcada en el nosotros haciendo algo, sino en el hecho en sí, en la unidad de la acción en sí. No debemos concentrarnos y tener consciencia, por ejemplo, en el acto de vernos andar. Sino en la acción misma del andar. Si comprendemos que no somos seres aislados, sino que formamos parte de una unidad, ya no importa en exceso lo que hagamos, pensemos o sintamos como individuos. Lo importante será sentir y pensar como Unidad. Actuar según el propósito mayor de esa unidad. Al hacerlo, desaparece la división y la crítica, el sufrimiento y el dolor personal, y nace el desapasionamiento y el desapego.

Es por eso que para muchos místicos de todos los tiempos no hay mayor gozo que el de servir a los demás. Ese misticismo se está haciendo común y ordinario pues cada día hay un mayor número de personas que abraza esa unidad en todo lo que hace, comprendiendo que cuando se trabaja y se busca el bien común, el beneficio de todos, se está actuando según el flujo y corriente de esa fuerza mayor a la que pertenecemos y tenemos nuestro ser. La entrega voluntaria hacia los demás no nace de un don especial, sino de una obligación común que nace como consecuencia de la consciencia unitaria. Cada uno en su vida normal, en nuestros trabajos, en nuestros hogares, recuerda ese principio de cooperar con el universo, con la vida, con la consciencia, con el otro.

Por eso cuando meditamos ya no lo hacemos para ser mejores, sino para dejar que lo mejor del mundo se manifieste en nosotros. Y cuando oramos ya no lo hacemos con la intención de recibir algo para nosotros, algo que pueda aliviar nuestros dolores o sufrimientos, sino que lo hacemos con la intención de mostrarnos predispuestos a ayudar a los demás y a servir para paliar los sufrimientos ajenos. Ya no buscamos perfeccionarnos, ni hacer de nosotros, seres buenos, seres mejores, sino que humildemente entregamos nuestra vida a esa esfera mayor para convertirnos en instrumentos de esa perfección mayor que existe en la unidad de las cosas. Cuando humildemente nos inclinamos a esa idea, las cosas mejoran en nuestra vida, pues hemos captado la esencia de nuestra más profunda existencia.

Siendo así, existe un pensamiento revolucionario que anula la posibilidad de autoconsciencia, de autorealización y autoiluminación. Si formamos parte de la Unidad, ya no tenemos ninguna necesidad de llegar a ninguna meta individual, puesto que nuestra meta se convierte en un continuo Camino hacia el programa universal. Ya no hay prisa por aspirar a ser un Buda o un Cristo, seres perfectos, sino que esperamos pacientes y con entrega a que el Buda y el Cristo y la perfección se manifiesten en nosotros cuando sea el justo momento. Ya no hay una intención de mejora, sino que nos olvidamos de nuestro “yo” y nuestras imperfecciones para abrazar la perfección del Cosmos, del Absoluto.

Cuando humildemente nos entregamos a esta idea e inclinamos respetuosamente todo nuestro ser a esta causa, la felicidad y el gozo asoman a raudales en nuestro interior y el sufrimiento y el dolor que nos aflige, las preocupaciones de lo cotidiano, pasan a un tercer plano. No hay mayor gozo y felicidad que servir a la humanidad y ser soldados del ejército angélico, aquel que mantiene a flote el amor y la buena voluntad, la fe y la esperanza en un mundo mejor. Centrar nuestra atención en eso es despejar nuestro camino de obstáculos y dolor.

A través de la unidad


 Amanecer en Fisterra

«Cada etapa es un avance considerable hacia la plenitud y la satisfacción profunda. Todo viaje espiritual es como ir de valle en valle: la travesía de cada uno de sus pasos nos revela un paisaje aún más esplendoroso que el anterior» Matthieu Ricard

A veces desde nuestra perspectiva tendemos a pensar que nuestra consciencia es algo divisible, que somos individuos con capacidad de alternar nuestros deseos y nuestras necesidades hacia una vida libre. Pero realmente no somos individuos. La individualidad es una ilusión de nuestra mente. Nuestras consciencias son como el flujo de un río que fluye por un caudal impermanente que termina en un océano de inmensidad. Son nuestras necesidades y nuestros engañosos deseos los que nos separan de ese fluir constante. Los que limitan nuestra vida en parcelas de “mío” y “yo”. Pero en la vida todo es unidad, unicidad. No existe “mi” mente y “tú” mente, sino la mente, el flujo, el pensamiento incesante.

Mente, vida y consciencia son tres aspectos de esa unidad que se manifiestan de forma diversa como una gran red que anuda nodos, pequeñas unidades de luz, pequeñas chispas que deambulan de un lugar a otro más allá de la ficción de muerte, de final. Realmente es un reguero constante, interminable, no sólo a nivel molecular, sino a nivel cósmico.

Cuando pensamos en estas cosas tenemos la necesaria convicción de que esa unidad requiere una entrega diferente, una visión especial, una responsabilidad ante ese mar que ahora observamos. Hoy paseábamos por las calas de Cadaqués y mientras veíamos flotar las pequeñas embarcaciones de los pescadores sobre el agitado mar nos preguntábamos sobre esa responsabilidad. La visión de unidad es proporcional a esa chispeante luz que ilumina las ilusiones separatistas del ego, anulándolas o ignorándolas al despojo de las sombras. Esa tímida luz no puede esconderse, debe ser transmitida, compartida como puntos que se iluminan unos a otros. Es la llamada vagamente creación de consciencia. Consciencia de unidad, consciencia de ser una humanidad en un mundo en una visión común y en un destino que como el flujo de un río, terminará inevitablemente desembocando en el ancho mar.

Hay sin duda un viaje interior, espiritual o como queramos llamarlo. Un caminar que nos acerca a ciertas verdades más allá de lo puramente ilusorio, de lo puramente material y egoísta. Dar un primer paso es aceptar que existe ese camino, ese viaje. Un segundo paso es vencer las resistencias a poder aceptar el cambio inevitable, una forma y un estilo de vida diferentes, una visión revolucionaria de todo. Un tercer paso es enfrentarnos a los miedos que nos separan de esa visión. Y cuando hemos dado el primer paso, cuando hemos perdido las primeras cosas del pesado equipaje que siempre cargamos con nosotros, la magia nos transforma y el camino nos lleva hacia una visión aún más maravillosa e increíble que la anterior. Y ahí empieza la unidad. Ahí empieza el delirio de no sentirnos separados. Ahí empieza el fluir hacia la entrega y la renuncia, hacia el verdadero propósito que nos persigue.

Meciendo al Aliento


Universum

Hay algo fascinante entre eso que separa el mundo visible del invisible. Es un borde, a veces un abismo o simplemente una delgada línea que tambalea con cualquier susurro. No importa cuan grande sea el trecho, porque a veces no se trata de espacio ni de tiempo, sino de intención, de sugerencia, de apertura hacia ese canal que nos conecta a unos y a otros, y a ese otro mundo multidimensional que se muestra más allá de nuestros limitados sentidos.

Hoy, ante una experiencia extraña pero hermosa, me preguntaba donde estaba lo cierto y lo incierto, qué era aquello que hacía de las cosas racionales puras fantasías inimaginables. La creencia en lo invisible, en las fuerzas que separan la lógica de lo fantástico, de lo misterioso, de lo inimaginable para la mayoría, a veces nos sirve de guía o de fe, de hilo conductor hacia el centro del laberinto existencial.

Y cuando metemos la cabeza en ese multicolor espectro siempre aparece la duda, la incerteza, la pesadumbre entre sabernos cuerdos o locos. Pero algo nos susurra que la vida no puede limitarse a nuestras creencias, a nuestros paradigmas, a nuestros limitados planos conceptuales donde solo podemos admitir aquello que alguna vez ha pertenecido a nuestros sentidos o a nuestra experiencia. Hay un vasto mundo mayor al nuestro. Un inimaginable misterio que abarca toda el infinito que nos rodea.

A los aficionados a mirar más allá de nosotros mismos, de meter la cabeza por encima de la bóveda celeste que tiñe de azul los cielos y nos impiden ver las estrellas en un día claro, nos maravillamos ante la representación del grabado Flammarion, que tan bien dibuja esa necesidad curiosa de penetrar en los misterios de la vida no para saciar ningún tipo de curiosidad, sino para desvelar los principios que rigen el universo, el interior y el exterior, y así conocer las leyes que mejor puedan ayudarnos en nuestro peregrinar cósmico.

Esas leyes maravillosas existen. Esos principios y valores que se antojan como guías en un camino que nos ha de llevar hacia cuotas inimaginables están ahí. Sólo debemos arrimar la cabeza y asomarla tímidamente hacia el Misterio, hacia las fuentes de toda inspiración, y dejarnos así guiar hacia la inmensidad de lo incognoscible. Provocamos con ello alinear nuestro ser con el Ser, nuestro latido con el Latido, y nuestra respiración con el Aliento y el Verbo. Y de esa forma, cuando alineamos todo lo que somos con lo que Es, nos convertimos en cocreadores, en seres capaces de alimentar la Vida que todo lo recorre. Nos entregamos y la vida nos mece y nos susurra constantemente.

Sensibles a la creación


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Es extraña la sensación de final. Aún más extraña la certeza de que todo tiene un fin. La consciencia de que hasta la molécula más modesta desaparece, se desintegra y pasa a formar parte de la nada, o del todo. Si vivimos sabiendo a cada instante que todo Camino termina alguna vez, la vida parece precipitarse.

La percepción de las cosas finitas nos trasladan a ese cambio radical, a ese intercambio inesperado entre lo que somos y lo que dejaremos de ser. Nos volvemos sensibles hacia nuestro tiempo limitado. Realmente siempre estamos a punto de irnos, aunque no nos demos cuenta, aunque estemos desconectados a esa realidad de fin. Cualquier momento de nuestras vidas puede ser el último, y ese pensamiento te hace sentir cerca del espíritu, del ser, de la esencia de lo que somos. En esa pequeña mota que somos, en ese trozo de luz, de vida, hay un momento para el misterio, para la creación, para la esperanza de sentir que somos algo más que ese final.

Creemos en lo que tenemos. Pensamos que lo que tenemos es lo que somos. Pero cuando revolucionas la consciencia y te haces sensible a nuestra finitud, nace algo nuevo, una nueva visión de las cosas. El éxito de nuestras vidas ya no puede medirse por lo que tenemos, sino por aquello que somos capaces de perder sin herir nuestra sensibilidad, sin padecer por ello, y de todo aquello que somos capaces de abrazar desde el sentido de la vida, de esa fuente creadora que todo lo crea.

No sabemos a ciencia cierta como funciona el sentido de la creación. Pero todo es creado de alguna forma. Nosotros somos creados y somos portadores de creación. No estamos solos en ese proceso. Bailamos en sintonía con un gran mundo que fluye hacia ese sentido. Nuestro destino, nuestro llamamiento, nuestro propósito es sentirnos en armonía con esa inabarcable creación. Ser creadores, abrazar esa creación infinita. Es entonces cuando ya no existe el fin del Camino, sino el principio de todo. Esa es la oportunidad de renacer a cada instante, de volver a nacer día tras día. De volver a tener un propósito profundo al que servir, de vivir una vida inspirada.

Explorando a Anitya, la impermanencia


impermanencia 

El Regreso: ¿Cómo se vuelve de la impermanencia? ¿Cómo se regresa del espacio infinito? Acabo de llegar pero aún no he llegado. Veo el zulito y ahí están las mismas cosas. Sin embargo, algo ha cambiado. Las paredes parecen más anchas. La luz parece más generosa. Puedo respirar el incienso aún estando apagado. Puedo atravesar la cortina que separa el mundo de los mundos. Las fuerzas contrarias del sueño nocturno parecen haber hundido en la incerteza el sendero de la incertidumbre. Impermanencia. En las zonas más altas, en los reinos de la calma, todo cambia. Escapando de la infalibilidad. Gozo. Plenitud en el respirar. Todo cambia. Todo se transforma. Todo muta. Lejos de todas las leyes, el tiempo que queda ya no importa. Me alejo de todos los ciclos mientras regreso. Acabo de llegar pero aún no he llegado. Parte de mí no está aquí. Parte de mí sigue allí, en la impermanencia, en anitya. Cuando me marché era invierno. Hoy es primavera. Anitya. Todo cambia.

El Viaje: El destino quiso que JL se apuntara al retiro por invisibles lazos alejados de los míos. También quiso el destino que viniera con él J., un increíble argentino de origen judío-alemán que además de ser un buen comunicador y amante del futbol y de su Dios Maradona, tenía un mundo increíble que mostrar. Las fuerzas del universo hicieron el resto. Sin ellos el largo viaje a la impermanencia no hubiera sido el mismo. Así que su complicidad silenciosa, el viaje de ida y vuelta, hizo que el espacio interestelar explorado fuera mucho más creíble.

El Lugar: Llegamos al Valle del Tiétar puntuales. A la ladera sur de la Sierra de Gredos, en un espectacular paraje de indescriptible belleza, muy cerca de la población de Candeleda. Al fondo se veía el Almanzor totalmente nevado. A un lado rodeados de increíbles parajes montañosos plagados de bosques de robledos y castaños, de ríos que se podían escuchar chapoteando en su descenso. De pajarillos increíbles y ganado bravo que pastaba en sus laderas verdes. Al otro lado, el valle. El inmenso valle que anunciaba la primavera incipiente y la próxima luna llena. Lluvia, mucha lluvia. Diez días de lluvia intensa, sin parar, sin tregua. Niebla en el amanecer, nubes que corrían, charcos de agua, olores, naturaleza en estado puro.

El Retiro: Más de cien personas de las cuales una docena no aguantaron los primeros tres días. Los peores. Te levantas a las cuatro de la madrugada y empieza un largo peregrinar de meditación profunda que dura doce horas sentado en el suelo en la posición de loto. Un ligero desayuno a las seis y una ligera comida a las once de la mañana forman parte del descanso entre sesión y sesión. A partir de las doce, no se puede comer, excepto una pieza de fruta a las seis de la tarde para los alumnos nuevos. Total y absoluto silencio durante todo el día hasta más allá de las nueve de la noche. Total y absoluta desconexión con el mundo exterior durante diez días. El pulso se calma y la sombra de la luz se manifiesta poco a poco. Cada hora es interminable. Cada minuto es interminable. Cada segundo es una hora. En la posición de loto empiezan a manifestarse a partir de la segunda hora una infinitud de dolores por todo el cuerpo, especialmente por la espalda y las rodillas quebradas. Y es ahí donde empieza el verdadero trabajo. El trabajo de la impermanencia, el trabajo de saber que lo único que permanece es el cambio. De saber que incluso el dolor más profundo y el sufrimiento más agudo no permanecen. Todo cambia. Todo cambia. Todo cambia.

Dhamma: Cuando penetramos el sendero del Noble Silencio, algo se reemplaza de forma profunda. Necesariamente todo cambia, pero ver los cambios desde la consciencia y desde el silencio hace de los mismos algo diferente. La técnica Vipassana es sencilla. Muy sencilla. Consiste en hacer una auténtica cirugía mental a base de observación y concentración. Pero en su sencillez estriba su dificultad. Una astuta trampa que puede atraparte en los sentimientos ocultos, en los pensamientos enterrados, en los anhelos de las noches blancas. Nos convertimos de repente en nómadas. Los rostros se difuminan, las formas desaparecen. Los ángulos de la vida se transforman. Las nieblas y los tumultos desaparecen. Los claros y oscuros dejan de existir. Dejan de existir caminos. Dejan de existir crepúsculos. Solo impermanencia. Sin dualidad, sin vacío, sin lamentos.

Anitya: Ya no hay ataduras. El ego se difumina. El Noble Silencio obra el milagro. La cirugía mental es dolorosa pero productiva en los bajos fondos de la inmensidad. Te conviertes en un forastero de dimensiones insondables. Te conviertes en parte de la transcendencia, en parte del proyecto inacabado de la infinitud. Al no existir ego no existe deseo ni anhelo, solo Anitya, solo unidad con todo, solo cambio, solo la indescriptible experiencia de la impermanencia.

El Regreso: Era invierno cuando me marché. Hoy es primavera. Todo cambia. Todo cambia. Todo cambia.

Vipassana


a

«Lo que percibimos como realidad es un proceso que exige la participación de la conciencia». Robert Lanza

Mañana empezamos en la Sierra de Gredos un retiro Vipassana de diez días.  Vipassana significa ver las cosas tal y como son en realidad. Para intentar conseguirlo, nos levantaremos todas las mañanas a las cuatro de la madrugada y permaneceremos todo el día en silencio, en profundo estado de meditación. No podremos hablar, ni tener contacto con el exterior de ningún tipo, ni leer ni escribir, solo silencio y meditación.

Todos los años, cuando se aproxima la fecha de aniversario suelo provocar este tipo de retiros para hacer balance del año y visualizar y proyectar las necesidades e inquietudes del siguiente. Este será más largo que el de costumbre porque se trata de hacer balance de una década y dar la bienvenida a los cuarenta. Así que este lugar estará diez días sin reflexiones, sin ideas, sin letras negro sobre blanco.

¿Qué se pretende con este tipo de retiros? Más allá de la paz, el sosiego y la calma de la constante disciplina silenciosa, pretende además no solo una limpieza exterior e interior, también condiciones propicias para que nuestra verdadera consciencia se manifieste. No se trata de intentar contactar con ángeles, con guías o con fuerzas ajenas a nuestra propia naturaleza. Ni estar más cerca o lejos de Dios o de Espíritus de la Naturaleza. Se trata de estar más cerca de nosotros mismos, de nuestra verdadera condición humana, y por añadidura, más cerca de todo lo envolvente.

Las primeras veces que practicamos este tipo de retiros pueden resultar algo pesados, cansinos y absorbentes. La práctica indica que la recurrente implicación en los mismos ayudan a mejorar nuestro contacto interior, y por lo tanto, a mejorar nuestra responsabilidad con la experiencia. Eso significa esgrimir con más claridad cual es nuestro verdadero propósito en la vida, más allá de alimentarnos, vestirnos y procrear / cocrear. A mayor intensidad, mayor contacto y a mayor contacto, mayor experiencia.

Para la práctica de estos retiros no es necesario irse a lugares especiales (aunque estos ayudan y fuerzan) con condiciones especiales. Se pueden hacer diariamente en nuestros lugares comunes, y sus beneficios siempre son sentidos. Así que os animo sin ningún otro ánimo excepto el de daros la llave hacia otra nueva experiencia.

Nos vemos a la vuelta… Feliz transición equinoccial…

Pd.- Algo más sobre Vipassana:

Vipassana es una de las técnicas de meditación más antiguas de la India. Estuvo perdida durante siglos para la humanidad, y fue redescubierta por Gotama el Buda hace más de 2.500 años.
Vipassana significa ver las cosas tal y como son en realidad. Es un proceso de auto-purificación mediante la auto-observación. Se comienza observando la respiración natural para concentrar la mente y luego, con la conciencia agudizada, se procede a observar la naturaleza cambiante del cuerpo y de la mente y se experimentan las verdades universales de la impermanencia, el sufrimiento y la ausencia de ego. Este es el proceso de purificación: el conocimiento de la verdad a través de la experiencia directa. Todo el camino (Dhamma) es un remedio universal para problemas universales y no tiene nada que ver con ninguna religión organizada ni con una secta. Por esta razón, todo el mundo puede practicarla libremente en cualquier momento y lugar, sin que se produzcan conflictos por motivos de raza, comunidad o religión a la que se pertenezca; es igualmente beneficiosa para todos y cada uno de los que la practican.

Cartas sobre la luz


luz

Todo lo que el hombre aprende está ya en él. Todas las experiencias, todas las cosas exteriores que le rodean no son más que una ocasión para ayudarle a conocer lo que hay en sí mismo”. Platón

Estimado RS,

Aquellos que se consideran discípulos de la luz tienen como misión, o eso dicen, ser una luminaria para dar cobijo a los sedientos y desamparados. La luz puede ser transmitida como una antorcha mediante libros, charlas, miradas, ayuda, cooperación, servicio, estudio, meditación, presencia o mero silencio. Cualquier actividad, desde un jardinero a un político, puede ser un punto de luz. El grado de luz dependerá de su fuente, de su fuerza, de su energía y su cualidad. Podemos pasarnos toda una vida preocupados por mantener el cuerpo físico (comida, trabajo, vestido, reproducción) o podemos preocuparnos, además de eso, de hacer crecer y mostrar otro tipo de realidades o manifestaciones de la existencia.

Cuanto mayor es el trabajo alquímico interior con nuestros cuerpos (esto incluye al físico y sus pesados metales), mayor es el grado de luz que somos capaces de irradiar, y por lo tanto, mayor es nuestra capacidad para dar «cobijo». Llega un momento en que la luz es tan poderosa que se sufre una muerte real. Ya sea por un accidente, una enfermedad o un proceso consciente de cambio. Esta muerte real se la conoce como «segundo nacimiento». En estas semanas he conocido a dos auténticos «nacido dos veces» que han pasado por ese proceso y que ahora son auténticas luminarias en su labor diario. Ya sea de forma pública o anónima, ambos realizan un trabajo increíble y poderoso. La masonería u otras órdenes iniciáticas esgrimen simbólicamente muy bien este proceso en su rito de «iniciación».

Esa poderosa luz también es cegadora, por lo tanto, también puede crear movimientos violentos (ante la ignorancia) o de repulsión y desprecio (ante el miedo). Recordemos los trágicos finales de personas luminosas como Cristo, Gandhi o Martin Luther King. Inevitablemente, cuando encendemos una cerilla, hay algo que arde, y por lo tanto, hay algo que muere para producir luz. Y de alguna forma hay que estar preparados para esa muerte, y para ese segundo nacimiento en la luz. Una de las tareas más complejas es la de estar preparados para regular la intensidad de la misma. Mucha luz es tan perjudicial como mucha oscuridad. El intento de erradicación de la ignorancia y el miedo puede provocar situaciones contrarias, es decir, más ignorancia, más miedo, más violencia.

Luz es solo una palabra-símbolo que pretende mostrar un grado diferente de consciencia. Consciencia no significa inteligencia, sino tener una posición privilegiada para ver y entender los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor. Es como cuando en un documento de word o cualquier otro programa de diseño le das a la opción «ver caracteres ocultos». De repente se despliega un mundo paralelo, unas «capas» que siempre han estado ahí pero que no eran del todo visibles excepto cuando tecleas esa opción. Si seguimos buscando más caracteres ocultos, de repente vemos que todo está encriptado en un idioma o código HTML o Javal ininteligible excepto para los iniciados en esa materia, en ese idioma. Desde esas capaz o realidades o códigos puedes «ver» los lazos que conectan todas las palabras y las cajas que las contienen, los caracteres ocultos que producen negritas y cursivas y tabulaciones y dan forma no solo al contenido, sino al continente. Este paralelismo sirve para lo que llamamos realidad. Existen personas capaces de leer ese código secreto al que lo antiguos llamaban el «Liber Mutis» y además, son capaces de modificarlos para crear nuevas realidades, «nuevas capas», nuevos enlaces.

Tener consciencia, tener luz, no es más que la capacidad de «ver» ese otro orbe que siempre ignoramos por nuestra constante sumisión a la realidad ordinaria. De ahí la necesidad de rebeldía metafísica. Pero, ¿qué ocurre cuando «vemos» ese orden? Que entendemos el caos aparente y que por lo tanto deseamos ser partícipes del Orden mayor, «del Propósito que los maestros conocen y sirven», como dice el viejo adagio, un propósito que pasa por hacernos más humildes, más sencillos, más compasivos y transparentes para que la luz nos atraviese y pueda llegar a otros. Y es ahí cuando nos convertimos en «creadores», en luminarias, en «tejedores de luz«. Recuerda el viejo ritual: «luz, más luz». Eso es todo.

Más allá del umbral material


 primavera

La libertad es esencial para el amor; no la libertad de la revuelta, no la libertad de hacer lo que nos plazca ni de ceder abierta o secretamente a nuestras apentencias, sino más bien la libertad que adviene con la comprensión”. Jiddu Krishnamurti

La materia es divisible. Pero no del modo en el que imaginamos la división de las cosas. Sería mas correcto decir que la materia es gradual, se aplica en la existencia como capas de cebolla con cualidades y formas diferentes.

Una de esas cualidades es lo que vagamente llamamos materia en sí para describir aquello que podemos tocar, pesar y medir. Mi dedo meñique es materia. Me sirve para pulsar el teclado y aplicar pensamientos negro sobre blanco.

Pero ese dedo está movido por una pulsión vital. Está recorrido por vida, que sería otra capa más de la cebolla. La vida es energía a la que se le añade un impulso. Ese impulso que la dota de movimiento es la emoción.

Las emociones es la tercera capa de cebolla. Las emociones nos sirven para movernos, para precipitarnos en la realidad. Una persona carente de emociones vive excluida de la realidad. Mantiene una rutina de por vida, sin grandes cambios existenciales.

Hay una capa que envuelve todo eso y a la que llamamos mente. La mente dirige a la emoción, a la vida y a la materia. Es la que ordena la realidad, la pone en duda y la cuestiona. Busca el mejor atajo, el mejor recorrido. Pero una persona encerrada en esa capa, dominada por la construcción de un exceso de materia mental vive igualmente atormentada e inmóvil, paralizada en una dialéctica destructiva y limitada.

Hay una capa mayor, quizás más compleja, que llamamos consciencia. La consciencia nos guía, nos seduce hacia el camino que deberíamos tomar no para ir de un punto A a un punto B en línea recta, sino que nos indica nuestro norte interior aunque para llegar a él debamos atravesar mil laberintos indescriptibles.

Los peligros de dividir así las capas de cebolla es que muchas veces vivimos anclados en una de ellas. Hay personas que vivimos única y exclusivamente para mantener la materia, preocupadas en las modas, en la decoración de la casa, en la comida, olvidando otros aspectos como la energía de las cosas, las emociones, los pensamientos o la consciencia. A veces no siempre de forma positiva, sino más bien autodestructiva, ya que nos centramos en los aspectos materiales que paradójicamente llamamos placeres pero que no hacen más que apoyar la teoría de la autoliquidación (drogas, alcohol, exceso de comida, tabaco, etc…)

A veces estamos excesivamente centrados en la energía, y nos pasamos todo el día haciendo posturas o asanas, respirando bien, comiendo bien, haciendo ejercicio y manteniendo una férrea disciplina física y vital. Los yonquis de la adrenalina vivimos por y para estimular nuestro campo energético.

Otros pasamos toda la vida con dependencias emocionales, como norias sensibleras que se dejan seducir por cualquier estímulo, mareándonos constantemente entre emociones vivas pero ciegas que nos hacen perder tiempo y esfuerzos con tal de satisfacer sus anhelos a veces irreales y fantasiosos. Nos convertimos en yonquis emocionales, en auténticos parásitos o en su contraparte, auténticos vampiros energéticos que viven por y para las emociones.

Luego están los que nos pasamos todo el día anclados en el plano mental, viendo en la crítica y la división y en la autocomplacencia racional nuestro campo de batalla. Creamos una bestia a base de datos, formación e información a la que llamamos ego, pero es un ego que siempre vemos en los demás y nunca en nosotros, porque uno de los espejismos del plano mental es precisamente ese, ver en el otro lo malo y no en nosotros. El mito de Narciso nos habla de esa soledad a la que el ego se ve sumido por no ser capaz de ver en el otro un ser hermoso. Soledad, sensación de anormalidad y sed vanidosa acompañado de grandes dosis de orgullo espiritual. Mis pensamientos son los correctos y el resto del mundo está equivocado. La cerrazón mental es tan peligrosa como la cerrazón emocional.

La capacidad de consciencia o autoconsciencia también puede resultar peligrosa si nace aislada, producto más de una racionalidad fría y desconectada de las emociones. Por eso a veces la consciencia es dividida en tres esencias principales, siendo la más armónica aquella que profundiza en la unión completa de la triada. Voluntad, amor y sabiduría serían los valores o aspectos que podrían vagamente describir esos tres estadios. Pero ninguno puede ir por separado, sino que los tres deben existir unidos para crear la más completa consciencia. ¿En qué aspecto de estos umbrales de la materia estamos centrados? ¿Cuales tenemos descuidados? ¿Donde tenemos nuestra consciencia, o falta de la misma, anclada?

No hay caballero sin espada, ni dama sin esmeralda


Montsegur

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca, debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias”. Konstantínos Kaváfis. ÍTACA.

Quiso la naturaleza de nuestro mundo dotarnos de dualidad. Por eso el día no podía existir sin la noche y la oscuridad sin su luz. Y el ser humano, de igual forma dual, fue dotado de espada y esmeralda para cumplir con el propósito de la conquista de la Unidad primordial. Ambos, cogidos de la mano, circundan la existencia vida tras vida para reencontrarse en las cumbres de la fusión mística, lugar donde ya no serán dos sino Uno. Por eso el camino es dual, y la soledad solo su llama ilusoria en la ascensión. Cuando el ego lo comprende, busca a su «otro yo», a su gemela alma, compartiendo justos el descenso al valle del compartir y la compasión. 

La dama y el caballero llegaron hasta las puertas del lugar justo al mediodía en punto. La tempestad arreciaba y la caballería dudaba si seguir la marcha hasta el castillo de Montsegur o volver a un lugar seguro donde refugiarse, abandonando con ello “la llamada” y convirtiendo, como Dafne, sus raíces en laurel. Todo el Languedoc y toda Europa estaban anegadas por los peligros de la nevada. 

Hubo momentos de auténtica tensión pues el vendaval parecía querer terminar con la paz de aquellas montañas y valles, llenando de viento y nieve todos los caminos. Tras un buen rato de duda en la cámara de reflexión, pensando en volver a un lugar «seguro», decidieron, valientes, seguir la marcha hasta el destino, el propósito, la «llama-da», haciendo el recorrido sin «cadenas», juntos pero libres, como esas dos gaviotas que vuelan en un mar de cielos.

Despacio, la experimentada caballería resbalaba en el firme descubriendo entre barrancos y obstáculos la fortaleza de la decisión. Anduvieron lentos pero decisivos hacia delante, sin mirar atrás bajo la venda presente, cogidos de la mano del valor y la esperanza. No había miedo ni temor que les parara, hasta que por fin, tras peligros y aventuras, llegaron a la tierra prometida.

Hubo un momento de silencio. Breve, inmediato, necesario mientras la nieve caía sosegada en sus rostros. Un momento necesario para contemplar en el plano arquetípico los lazos, los nudos, los nodos, las esencias, la naturaleza primordial de esa reminiscencia, el tesoro oculto. Bastó un segundo para cerrar el círculo del eterno retorno.

No hacía falta nada más. Allí estaba el castillo y el Prat dels Cremats, la memoria de los Perfectos y Perfectas y el recuerdo de aquella historia aparentemente incompresible. En el mundo de las formas sólo fue un segundo. En el mundo arquetípico fueron mil años de historia y mil lazos que resolver en el corazón del laberinto. Ariadna, la más pura, les había guiado y el Minotauro y sus cíclopes habían sido vencidos. Y allí estaba todo condensado, con la espada y la esmeralda como únicos testigos, junto al Liber Mutis y la Providencia expectantes.

Todo viaje iniciático tiene sus pruebas. La prueba de la tierra, del agua, del aire y del fuego. La primera prueba fue superada en el encuentro con el viaje y la decisión del mismo, partiendo desde Barcelona hasta la ciudad de Foix. La tierra sostiene y amalgama la decisión y procura camino y aliento. En los lugares conocidos como Ax-les Thermes y a nueve kilómetros de Montsegur se superaron las pruebas del agua, las emociones que nos alejan del propósito, los miedos que nacen de nuestros propios guardianes del umbral para alejarnos del camino y su transmutación.

En la misteriosa plaza de Rennes-le-Chateau, había una advertencia en la entrada del templo: “Terribilis est locus iste” (este lugar es terrible). Se consiguió vencer sin embargo la prueba del aire, esos pensamientos incoloros que nos confunden y nos arrastran hacia los precipicios de la ignorancia o la ceguera, a veces ofuscándonos en egos y orgullos. Y la del fuego, alumbrando por dos veces la faz del terror que estaba en el portal del templo y alumbrando con la doble llama interior la oscuridad del atanor. Dos llamas fueron encendidas para la posteridad en la mesa del misterio y el sacrificio. Como testigos del mismo, Magdala y la sangre real. El Grial de los tiempos.

Tras la contemplación del monte de Bugarach, situado en el cantón de Couiza, y su inevitable ascensión simbólica, paso iniciático en todo recorrido sagrado pero también ilusorio para el ego que pretende las grandes cumbres, vino el necesario descenso a los valles, previo paso por el camino estrecho. No sin antes provisionarnos junto a la atenta mirada del perro observador y guía de todo loco, porque cuando la razón permanece dormida, sólo el instinto y la intuición saben ser leales a su dueño.

Antes de llegar al valle del compartir, de la compasión y la unión, todo camino pasa inevitablemente por el sendero estrecho y por su paso necesario hacia el otro lado del portal. Como en el nacimiento de cualquier ser antes de abandonar el seno de la madre para reencontrarse con la luz del mundo. Y al otro lado estaba la luz, el nuevo día, el despertar. De repente todo el paisaje cambió y la paz y la alegría por las pruebas superadas nos llevaron hasta buen puerto. Sí, había luz, más luz. Relux. Y cansados tras el viaje pero libres, el caballero, como guarda la tradición, entregó a la dama sus guantes, antes de partir de nuevo a la batalla.

Ahora el sendero aguarda con más misterios, con más incertidumbre que nunca. Lao Tse dice: «Titubeo y me muevo cauteloso por la vida porque no sé lo que ha de suceder. No tengo principios que me sirvan de guía. Debo decidir en todo momento. Nunca decido de antemano. ¡Decido cuando llega el momento!»

(Foto: ayer a las puertas de Montsegur, en el Languedoc francés)

La tradición iniciática


 iniciacion

Tradición no significa viejo o antiguo, sino calidad o garantía, es decir, algo que ha perdurado en el tiempo y en el espacio gracias a su buen hacer y su correcto proceder testado por miles y miles de personas a lo largo de la historia humana. Iniciática significa ver las cosas de la vida cotidiana desde otra perspectiva, desde otra dimensión o desde otra percepción más amplia y alejada de los sesgos y la niebla propia de la confusión diaria.

Por eso, un iniciado, un dos veces nacido, se le reconoce no porque haya pasado por complejos ritos de paso, de iniciación o de cualquier otro tipo de mecanismo simbólico que en algunas órdenes se realiza a modo de arquetipo. Al iniciado, dentro de la tradición primordial, se le reconoce porque es capaz de transformar su vida y la vida de todos aquellos que entran en su círculo de influencia. Transformación no significa bueno o malo, significa cambio. Y el cambio es lo único que permanece.

Un iniciado puede ser un jardinero, el cabeza visible de una manada de lobos o esa flor que en primavera llena de fragancia su mundo vegetal. Esa fragancia es el mundo espiritual de los vegetales, al igual que el vuelo de las aves es la fase más expansiva en el movimiento animal, aquello que realmente nos diferencia de flores y plantas. Nos movemos porque tenemos impulsos, emociones y un sistema nervioso desarrollado que provoca una comunicación más amplia entre nuestros extremos. El maravilloso vuelo de un ave o sus cantos imposibles es lo más espiritual del reino animal.

El homo-animal también se mueve, pero además, lo hace con cierta racionalidad. Y el ser humano completo, ese que además de racionalidad tiene consciencia, asume un rol iniciático diferente con respecto a su antecesor. Las artes en general, la música, la belleza de sus creaciones. Eso es lo realmente espiritual en ellos.

Por eso, en toda la naturaleza, iniciar o iniciado no es más que entrar a un nuevo estadio que nos hace mejores y más útiles en el orbe universal. Estar despiertos no significa más que alejarnos de nuestra podredumbre, de aquello que nos enfanga en la oscuridad y la ignorancia y aprovechar con ello las oportunidades de la vida una. Esto no significa realizar grandes proezas, simplemente significa realizar bien aquello que estemos realizando. Es decir, hacer todo lo que hagamos desde nuestra consciencia, ya sea esta vegetal, animal o humana. Pero hacerlo bien, con compasión, sin necesidad de provocar daño o sufrimiento tal y como nos enseñó el Buda o con la necesidad de añadir a todo acto compasión, tal y como nos enseñó el revolucionario Jesús el Cristo.

Cada uno en su mundo, en su propósito, elevando cada día más nuestro grado de compromiso con esa vida que nos recorre y siempre, siempre, siempre, realizando nuestra parte en el misterioso orden universal. ¿Cuál es nuestra parte? Pensemos en ello…

Todas las paradojas pueden reconciliarse


luz

«El corazón del hombre es un instrumento musical, contiene una música grandiosa. Dormida, pero está allí, esperando el momento apropiado para ser interpretada, expresada, cantada, danzada. Y es a través del amor que el momento llega» Rumi.

Uno de los principios herméticos más profundos es el principio de polaridad: “Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semi-verdades; todas las paradojas pueden reconciliarse.”

Ayer hablaba casi una hora por teléfono con un amigo que si algo somos es antagónicos en muchos aspectos. Pero defendía mi postura de que amo los opuestos, amo las diferencias, y amo a aquellos iguales que por su grado o condición pertenecen a dimensiones diferentes. Es la única forma de abrazar la diversidad, y luego, de cara al aprendizaje, reflexionar sobre las paradojas que nos unen o nos separan a unos y otros.

Ayer también le decía a una amiga que el amor sin voluntad y sin sabiduría no puede llegar muy lejos. Toda energía necesita de una fuerza, como el cincel que es golpeado por el mallete. El cincel representa la sabiduría, pero de nada sirve si no está la fuerza del mallete. Solo con la combinación de ambos se talla la belleza y nace la armonía. Lo mismo ocurre con todas las cosas y con todas las relaciones. Podemos ser diferentes, pero podemos también tallar las aristas que nos separan hasta confluir en la profundidad de todo aquello que nos une. Aquello que más allá de nuestros propios egos, nuestras imperfecciones y nuestras deformaciones, son la base desde la que poder construir un hermoso edificio.

¿Por qué temer entonces a la diferencia? ¿Por qué no amarla y abrazarla hasta confluir en la paradoja, hasta encontrar el punto de equilibrio y conciliación? Iguales o distintos, la llama del aprendizaje siempre estará dispuesta a iluminar nuestros caminos. Sólo debemos abrirnos sin temor hacia el profundo conocimiento de nosotros mismos, es decir, del cosmos, del Absoluto.

La poderosa llama del conocimiento ilumina los trabajos para que la magia del cincel golpeado sabia pero rotundamente por el martillo pulan nuestra piedra interior y ofrezca un cubo perfecto para el edificio cósmico. Y cuando eso ocurre, aparece inevitablemente la piedra que encaja a la perfección en nuestra pared, en nuestro edificio. Porque cuando nos hemos pulido y desechado las aristas del ego, inevitablemente encajamos a la perfección con todas aquellas piedras que a su vez han sido pulidas. Y el encuentro, o mejor dicho, el reencuentro en la construcción es inevitable.