Mientras preparaba las cajas de libros que debo llevar mañana a Zaragoza y Barcelona, remiraba en la nevera para ver qué perecederos tendría que comer hoy para que no se echaran a perder. Zanahorias, champiñones, cebolla, un pimiento verde… Lo pelé todo, lo lavé bien y lo metí en la cazuela con un poco de aceite y especies. Luego añadí arroz y salió una buenísima paella vegetariana con las sobras y los restos.
No deja de ser curioso que el alimento, eso que nos mantiene vivos, haya pasado desde hace mucho tiempo a un segundo plano. Ahora gastamos mucho más dinero en pagar hipotecas o alquileres que en comer. La comida está siendo olvidada porque estamos olvidando el vínculo estrecho que tenemos con la naturaleza. Ya no alimentamos vida, sino que hemos convertido nuestro cuerpo en un estercolero donde solo echamos basura. Comida basura, tabaco basura, drogas basura, de todo tipo de substancias ajenas a nuestra naturaleza. Hemos olvidado la importancia de cuidar nuestro templo, nuestra casa, el lugar que habitamos. Llenamos nuestros pulmones, que son el recipiente de la memoria colectiva, de humos contaminados, volviendo gris y tóxico algo que debería ser puro, limpio, algo que permitiera absorber con delicadeza el recuerdo de nosotros mismos. La respiración profunda es lo que nos conecta con todos los vínculos, con todas las dimensiones. Es el aire que entra dentro el que aviva nuestro fuego interior, nuestra llama.
Y las piedras con las que construimos nuestra casa, ¿de qué material están hechas? ¿Hemos considerado alguna vez la piedra noble con la que construimos los ladrillos de nuestro edificio? ¿Hemos considerado alguna vez que en vez de construir templos cristalinos estamos edificando paredes mancilladas con cadáveres? ¿Cuánto sacrificio y dolor hemos acumulado en nuestro interior? ¿Qué clase de ser podría habitar en una habitación plagada de muerte?
Pero nunca pensamos en estas cosas. No tenemos tiempo porque de alguna manera nuestra condición insensata no nos deja ver lo que realmente somos. Pensamos, día sí y día no que la vida nunca termina, que nada nos habita excepto un puñado de células que se entrecruzan entre sí mayor función que la de ir tirando. Olvidamos que han hecho falta millones de años de evolución para que la perfección de nuestra máquina humana haya llegado hasta aquí. Y millones de antepasados han tenido que vivir y morir para dejarnos esta maravillosa herencia. Y olvidamos que solo somos eslabones de esa gran cadena que es la vida, y olvidamos que debemos ofrecer a las futuras generaciones algo mejor de lo que recibimos.
Y olvidamos sistemáticamente que el Ser que nos habita, el receptor de toda esa herencia es mucho más que todo aquello sobre lo que pensamos, sentimos o hacemos. Olvidamos, porque nuestro flujo, nuestra conexión con el cosmos y la naturaleza ha sido capada por todo el lastre de contaminación e infortunio que arrastramos en nuestras vidas, olvidamos porque no somos capaces de vernos desde la pureza de lo que realmente somos.
¿Y qué hacer cuando descubrimos lo que realmente somos? Esforzarnos día y noche por ofrecer al mundo lo mejor de nosotros mismos. Esforzarnos para que cuando de aquí a cien años ya no pisemos este planeta, hayamos obrado en rectitud hacia algo mejor. Esa debería ser la única respuesta que condicionara todas las preguntas. ¿Qué hacer con los restos de la nevera? Transformarlos con el poder alquímico del amor en algo útil y verdadero.





























