Alimentos para el alma


Alimentos para el alma

Mientras preparaba las cajas de libros que debo llevar mañana a Zaragoza y Barcelona, remiraba en la nevera para ver qué perecederos tendría que comer hoy para que no se echaran a perder. Zanahorias, champiñones, cebolla, un pimiento verde… Lo pelé todo, lo lavé bien y lo metí en la cazuela con un poco de aceite y especies. Luego añadí arroz y salió una buenísima paella vegetariana con las sobras y los restos.

No deja de ser curioso que el alimento, eso que nos mantiene vivos, haya pasado desde hace mucho tiempo a un segundo plano. Ahora gastamos mucho más dinero en pagar hipotecas o alquileres que en comer. La comida está siendo olvidada porque estamos olvidando el vínculo estrecho que tenemos con la naturaleza. Ya no alimentamos vida, sino que hemos convertido nuestro cuerpo en un estercolero donde solo echamos basura. Comida basura, tabaco basura, drogas basura, de todo tipo de substancias ajenas a nuestra naturaleza. Hemos olvidado la importancia de cuidar nuestro templo, nuestra casa, el lugar que habitamos. Llenamos nuestros pulmones, que son el recipiente de la memoria colectiva, de humos contaminados, volviendo gris y tóxico algo que debería ser puro, limpio, algo que permitiera absorber con delicadeza el recuerdo de nosotros mismos. La respiración profunda es lo que nos conecta con todos los vínculos, con todas las dimensiones. Es el aire que entra dentro el que aviva nuestro fuego interior, nuestra llama.

Y las piedras con las que construimos nuestra casa, ¿de qué material están hechas? ¿Hemos considerado alguna vez la piedra noble con la que construimos los ladrillos de nuestro edificio? ¿Hemos considerado alguna vez que en vez de construir templos cristalinos estamos edificando paredes mancilladas con cadáveres? ¿Cuánto sacrificio y dolor hemos acumulado en nuestro interior? ¿Qué clase de ser podría habitar en una habitación plagada de muerte?

Pero nunca pensamos en estas cosas. No tenemos tiempo porque de alguna manera nuestra condición insensata no nos deja ver lo que realmente somos. Pensamos, día sí y día no que la vida nunca termina, que nada nos habita excepto un puñado de células que se entrecruzan entre sí mayor función que la de ir tirando. Olvidamos que han hecho falta millones de años de evolución para que la perfección de nuestra máquina humana haya llegado hasta aquí. Y millones de antepasados han tenido que vivir y morir para dejarnos esta maravillosa herencia. Y olvidamos que solo somos eslabones de esa gran cadena que es la vida, y olvidamos que debemos ofrecer a las futuras generaciones algo mejor de lo que recibimos.

Y olvidamos sistemáticamente que el Ser que nos habita, el receptor de toda esa herencia es mucho más que todo aquello sobre lo que pensamos, sentimos o hacemos. Olvidamos, porque nuestro flujo, nuestra conexión con el cosmos y la naturaleza ha sido capada por todo el lastre de contaminación e infortunio que arrastramos en nuestras vidas, olvidamos porque no somos capaces de vernos desde la pureza de lo que realmente somos.

¿Y qué hacer cuando descubrimos lo que realmente somos? Esforzarnos día y noche por ofrecer al mundo lo mejor de nosotros mismos. Esforzarnos para que cuando de aquí a cien años ya no pisemos este planeta, hayamos obrado en rectitud hacia algo mejor. Esa debería ser la única respuesta que condicionara todas las preguntas. ¿Qué hacer con los restos de la nevera? Transformarlos con el poder alquímico del amor en algo útil y verdadero.

Prójimopróximo7001,153. Paisajes desde la otra realidad


la ilusion de crear

«No era la realidad de un hombre, sino la realidad del amor la que aparecía posible y esplendorosa ante sus ojos«… Jacinto Octavio Picón

Ayer quedé para desayunar con una profesora universitaria de antropología. Había hecho una tesis doctoral y estaba interesado en editarla en nuestra colección sobre ciencias sociales. Me encantó el subtítulo de la tesis: la ilusión de crear, la ilusión de creer. Basamos parte de la conversación precisamente en eso: en lo ilusorio, en las pantallas que damos por llamar realidad, y en cómo podemos traspasarlas. Como científicos sociales, ambos creíamos fielmente en lo que alguna vez dijo Albert Einstein: «la realidad no es otra cosa que la capacidad que tienen nuestros sentidos de engañarse «.

No daré ninguna pista de lo que este extraño título pueda ser, pero tiene que ver con esa ilusión de lo creativo. Lo podemos describir como un abrazo del alma más allá de la pantalla de lo real. Como una canción poética o un suspiro lejano, incapaz de nacer sin haber muerto antes. Pero podría ser el nombre de una serie de televisión, o de una saga a modo de crepúsculo. Podría ser cualquier cosa, un número en clave del centro de inteligencia, una coordenada espacio-temporal, una nueva frecuencia en clave de La. Por cierto, hoy leía un interesante artículo sobre un ministro de propaganda nazi de nombre Joseph Goebels que fue capaz de impulsar un cambio a nivel mundial: cambiar la frecuencia a la hora de afinar el LA musical a 440 Hertzios en lugar de los 432 Hz que hasta entonces se utilizaba. Desde 1939, fecha del cambio, hasta nuestros días, la frecuencia musical había cambiado, y por lo tanto, nuestra forma de percibir el mundo.

Ese dato me resultó curioso, también ese otro experimento desarrollado en el AC Institute de Nueva York en el cual el artista y filósofo Jonathon Keats ofrece la unión más poética a la que podamos asistir: unir partículas de luz en empatía cósmica. Es decir, crear un entrelazamiento cuántico conocido como el “efecto de Dios” para conseguir unir a dos personas en su luz. Amor más allá de la distancia, la luz como vaso comunicante del erotismo.

No es descabellado y yo mismo lo he podido experimentar en la frecuencia “projimoproximo7001,153”. Durante muchos años había practicado lo que di por llamar alguna vez “la conspiración en la respiración”. Se trata de un ejercicio de meditación en el que te unes a una persona mediante su propia respiración. Puedes hacerlo si estás interesado en saber cómo se encuentra un pariente o un amigo al que hace tiempo que no conoces o a una ex a la que añoras irremediablemente. Cierras los ojos, respiras profundamente tres veces y luego viajas con tu imaginación a la respiración de la otra persona hasta que ambas, la tuya y la suya, se unen en un mismo intervalo, en una misma sinfonía, en una única frecuencia. De alguna forma, se crea como una nota musical donde los dos se convierten en uno en una experiencia de luz cuántica. Y a partir de ese momento, puedes pensar y sentir y experimentar lo que la otra persona sueña o hace. Es perfecto para personas que acaban de terminar una relación y aún guardan la esperanza de volver con el otro. Ya no puedes abrazar a tu ex físicamente, pero sí puedes hacerlo cuánticamente.

Pues bien, la experiencia increíble, cuasi mística, viene cuando dos personas alejadas en el espacio y el tiempo sincronizan sus vidas en esa experiencia de respiración. He podido hacerlo en dos ocasiones en este mes y os aseguro que ha sido una de las experiencias más bonitas que he tenido jamás. Podéis alegar que la soledad es muy mala, que este chico sufre de efectos secundarios en el zulito y demás pensamientos escépticos. No me atrevería a contarlo en susurro sino fuera porque la otra persona en concreto tuvo experiencias similares y emociones empáticas de calado profundo.

Realmente pienso cada día más que existe un lazo místico por el que estamos unidos a todas las cosas. La experiencia “projimoproximo7001,153” me lo ha demostrado aún más. Sólo debemos poner la espalda recta, respirar tres veces profundamente y observar todo lo que ocurre a partir de ese momento. Las cosas cambian, nuestra vibración cambia, nuestra interrelación con el mundo cambia y la magia actúa. ¿Y qué es la magia? Es simplemente la posibilidad de conectar con esas frecuencias musicales, vibracionales, de luz cuántica cuya visión, la vida cotidiana entorpece. No lo dudéis… empezad a conspirar, y veréis el nuevo mundo, «la otra realidad». Hay un lugar donde las almas se unen en luz… No dejes de viajar a él… solo tienes que respirar… y conspirar…

El fuego secreto de los dioses


fuego

Aunque se conquistaran miles de millones de hombres en el campo de batalla, aun así, el más noble conquistador es aquél que se conquista a sí mismo” (Dhammapada).

En todos los ojos hay una luz de calor, una fuente de fuego. Las búsquedas infructuosas siempre nos llevan hacia la puerta de entrada de ese millón de soles que nos acercan más allá de los universos. La tenue ráfaga se refleja en los espejos celestes y vuelve como una llama ardiente hacia cualquier otra ventana. Todos los caminos nos llevan al mismo centro: a nuestro centro. Es desde allí que podemos desparramar en la cortina humeante cualquier paisaje posible.

Esa llama es la portadora. Está ahí, cerca y lejos dependiendo de donde estemos nosotros. Se aferra a nuestra pupilas cuando rozamos con nuestro rostro el calor sempiterno. Lo continuo que hay en nosotros despierta de su letargo cuando penetramos en la oscuridad y serpenteamos con nuestros rayos los bordes del infinito.

No hay más misterio que el saberse en la quietud y desde ella anclar nuestro propósito a la vida que respiramos en ese inhalar y exhalar infinito. Es ahí donde podemos penetrar todas las cosas renunciando a ellas. Pues si bien cuando cruzamos un río utilizamos la barca. Una vez terminada la travesía, no cargamos con ella a nuestros hombros. Renunciamos a su servicio pues en tierra firme ya no nos hará falta. Continuamos, desapegados del río, de la barca y de la travesía sobre sus aguas.

En esa conducta está el secreto que nos aproxima al fuego secreto. Todas esas cosas que sirvieron para deslizarnos un paso más en el camino no son más que regueros de vida, pócimas mágicas capaces de transformar nuestro atanor alquímico en un poderoso resurgir.

Hay algo de lo que aún no somos conscientes. Estamos vivos, aquí, ahora, en este instante. Si puedes respirarte, si puedes penetrarte, si puedes preñarte de vida, y sientes que no te pertenece, sino que se pixela en tus entrañas constituyendo tu forma pero sin ser mas que un garabato, una sombra moldeable y finita. Si sientes que eres tan solo un recipiente imperfecto pero capaz de albergar el agua pura, habrás entendido el secreto de los dioses. Somos ventanas, espejos, barca y recipiente de barro, y dentro de nosotros hay agua y fuego y aire.

El otro lenguaje


luz

El camino es ahora, este instante. Más allá de este instante no hay nada. Solo la suma de otro instante y el intervalo invisible que los separa.

Hay una forma de comunicarnos diferente. Una forma de entender la realidad que nace de una percepción completamente ajena a las estructuras que hasta ahora habían movido y regido nuestra lógica. Es maravilloso ver como podemos salir de la saturación de nuestra realidad para ver esa otra dimensión del lenguaje. Imaginaros una dimensión donde no viéramos rostros, edades, defectos, prisiones, pasados, sufrimiento o memoria, sino donde lo único que viéramos fueran puntos de luz. Brillantes candelarias flotando en un plasma de amor y luz.

A veces tienes la suerte de encontrarte a personas a las que miras desde cualquier distancia, y solo ves en ellas esa fuerza, esa luz, ese misterio que la acoge y la ilumina. Esa poderosa fuerza capaz de llevarnos a planos de la consciencia diferentes, capaces de destruir nuestras viejas estructuras, nuestros fundamentalismos con respecto a la realidad, nuestras carencias, nuestros anhelos. Capaz de llevarnos de forma suave hasta cuotas ilimitadas de belleza y placer.

Existe otro lenguaje capaz de transformarnos, de ver el mundo desde otra forma más grande y poderosa. Imaginaros poder cerrar los ojos y contemplar a la misma vez que lo haces una explosión de color y luz. Imaginaros poder cerrar los ojos y ver las luminarias, el manto infinito de estrellas que se alzan ante nosotros convertidas en piedras, bosques y hermanos. Seres humanos brillando como soles o luciérnagas, seres humanos transparentes, sin miedos ni secretos, capaces de flotar en un acorde de vibración infinita.

Imaginaros poder salir a la calle y escuchar no ruido de coches ni tambores de guerra matutina sino música, música clamando incesante el compás celeste. ¿Qué hay más allá de toda esa abundancia? ¿Qué puede haber después de alcanzar esas alturas? ¿Podéis sentir ya el toque de clarín de vuestra alma clamando por ser luz, más luz? ¿Podéis abrazar con vuestras invisibles manos todo ese mundo maravilloso y plagado de estridente hermosura? ¿Y si todos de repente pudiéramos entender y hablar ese nuevo lenguaje? ¿Acaso no haríamos de este hermoso mundo, un mundo mejor? ¿Acaso no serían la paz, el amor fraterno y la armonía el don que llenaría nuestras vidas? ¿Por qué seguir entonces apagados como hasta ahora? ¿Por qué seguir replegando nuestra divina llama? ¿No somos acaso luz brillante? ¿No somos acaso luminarias infinitas?

Cuando los ángeles suspiran


image«E que a minha loucura seja perdoada. Porque metade de mim é amor. E a outra metade também». Metade (fragmento)
Oswaldo Montenegro 

 

Hoy ha sido un día agotador. De llevar cajas para un lado y para otro, de sentir la lluvia golpear el cabello y la piel, de visitar y comer con gente bonita, de acariciar con la mirada el rostro de un hombre que pedía unas monedas, de correr pensando que el mundo iba a terminar hoy, precisamente hoy que todo parecía empezar de nuevo.

Y entre todo ese ajetreo, el recuerdo de la noche en que podía arropar la luz, y recordar el destello de la conspiración sentida, del respirar juntos, de poder casi tocar cada uno de sus poros y sus grietas. Fue todo tan extraño y tan real, tan luminoso y tan increíblemente bello. Alguien decía que hay cosas más allá del amor que no se pueden explicar con meras palabras. Hay que sentirlas, experimentarlas de forma abierta, sin temor, sin presión, pero con esa pasión que nos aproxima a los extremos sublimes de la vorágine expansiva.

Y la soledad es propensa para conspirar en silencio. Para cerrar los ojos y viajar hasta esa persona amable que espera en alguna parte. Sentarse a su frente y observar como respira hasta que su respiración se hace una con la nuestra. Y en ese susurro rítmico, las almas se van uniendo más y más hasta que llega un momento que no son dos, sino una. Y entonces el cuerpo explota en mil cristales de sensaciones y la luz más profunda atraviesa cada aledaño de instante. Y el corazón se acelera y el pulso tiembla y el mundo se desmaya junto al abrazo interminable.

¿Cómo describir la unión de dos almas, de dos seres que no se han visto más que en esa dimensión divina?

Los ángeles nos sueñan en sus susurros. Y entonces somos capaces de volar apretando las luminarias en nuestros pechos. La candidez de sus suspiros nos llevan hasta remotas alturas, donde el “yo” desaparece, donde todo parece fruto de un sueño imposible. Cuando los ángeles suspiran nosotros conspiramos. Y conspirar es respirar juntos, como ayer hicimos, hasta alcanzar el cielo.

(Fotografía de MB, que supo conspirar al otro lado del mar en un bonito reencuentro de almas encendidas).

En el vuelo saldrán alas


loco

«La vida no vivida es una enfermedad de la que puedes morir» Jung.

La vida no deja de ser un resplandor, un puro viaje hacia lo indescifrable. Podríamos recurrir a mil fórmulas para comprobar si estamos realmente vivos, o simplemente sucumbimos al mecanismo incierto del hacer, o del ir haciendo. Podríamos medir la intensidad de un momento, la brevedad de un día, el consuelo de una noche de verano, la paz de una meditación interior o la terquedad en las respuestas vitales.

Es un buen ejercicio mirarnos al espejo y preguntarnos todos los días eso de qué estamos haciendo con nuestras vidas, y eso otro de qué me gustaría realmente estar haciendo. A veces, las respuestas a ambas preguntas son inconexas y dispares, y casi siempre, sus susurros a media noche nos dan miedo. La fijación más normal es el aburrirnos en el devenir diario, en las diez mil cosas y en la certidumbre normalizada de la rutina. Ahí no hay cuestiones que valgan, ni sacrificios espurios en pro de una búsqueda que creemos interior pero resultante de un arbitrio incierto.

¿Búsqueda interior? Nadie sabe lo que es eso. Algunos se van a meditar a altas horas, a realizar retiros de diez días en puro silencio, a maquillar con antorchas celestiales las bóvedas de algún tipo de certeza. O a rezarle a cualquier Dios con tal de encontrar cierto bálsamo tranquilizador. Realmente todo eso son píldoras que nos calman, chutes de paz que nos dejan tranquilos y en cierta armonía. Al menos durante lo que dura el ejercicio, porque al salir del mismo, volvemos a la carga, a la rutina, al disfraz  a la máscara. Realmente solo buscamos eso: tranquilidad, analgésicos para el alma, creencias que doten de sentido el sinsentido.

Pero el camino de la búsqueda nunca es un camino tranquilo, con banda sonora de música celestial, ni retiros esplendorosos a una pradera verde cargada de paz y armonía. La búsqueda requiere prepararse para lo peor, lanzarse al vacío y decir eso de “en el vuelo saldrán alas”. Perderlo todo, ganarlo todo para volverlo a perder, atravesar ríos, montañas, desiertos y un millón de pruebas que nos harán fuertes, guerreros cicatrizados por las penurias del camino. ¿O acaso el orgullo, la vanidad, el egoísmo y la ignorancia se vencen sentados en un verde páramo rezando a cualquier Dios? ¿Acaso el hambre y la sed se sacian recitando un mantra? Rotundamente no. Todas esas técnicas son sólo un aperitivo, un contacto inicial con el mundo ilusorio, con la mentira que nos alejará de la prueba. Nadie nos va a librar del cáliz de la cruz, de la vejación del prójimo, de la envidia y de nuestros propios demonios interiores. Nadie hará por nosotros el trabajo ni el camino, ni debemos pedirlo ni exigirlo ni demandarlo ni aceptarlo.

Sí, vayamos mañana a escuchar los cánticos de Taizé, vayamos a meditar sobre las aguas de cualquier Ganges y silbemos las danzas de Shiva en los templos del Rajastán. Podemos hacer todo eso y más, pero nada nos librará, si queremos realmente avanzar y transformarnos, del dolor de la danza invisible. Allí descubrirás secretos y misterios, pero sobre todo, descubrirás la belleza del dolor transformador.

De estas y otras cosas hablaba esta tarde con Ramiro Calle, así que agradezco su inspiración a ese ser amable y despierto.

(Ilustración: El Camino del Loco)

Una Mente Pura, un Corazón Noble y un Cuerpo Sano


vida

«Trabajar con amor es construir una casa con cariño, como si vuestro ser amado fuera a habitar en esa casa.» Khalil Gibran

La vida de soltero requiere mucha disciplina, doble disciplina. Al estar solo sin que nadie te vigile es fácil amontonar ropa sucia, comer mal y olvidarte de cosas tan necesarias como afeitarte o tirar de la cisterna después de plantar un gran pino. Así que hay que estar muy atento y programarse para no fallar en lo básico. Levantarte a buena hora, desayunar de forma correcta (en mi caso hago una gran excepción por mis galletas, pero prometo alternarlas con pa amb tomàquet), trabajar a fondo, hacer algo de deporte, cocinar y no olvidar de limpiar los platos, masturbarse al menos una vez al mes para mantener en forma la próstata (aunque los de mi edad frecuenten hacerlo una vez o más al día), mantener un cierto orden y limpieza en el apartamento… En fin, hay miles de detalles diarios que no pueden ser descuidados y requieren atención. Las diez mil cosas, que diría Laotzi.

Pero esas cosas básicas no son más que el principio de cierta disciplina física que luego se complica si quieres rozar cierta sofisticación. Ya sabéis, hacer un poco de yoga, estiramientos con baile, lanzarse a la piscina (si es invierno, por favor, cubierta), dieta vegetariana, zumos diarios…

Y luego las disciplinas para mantener vivo el cuerpo vital: respiraciones conscientes y profundas, baños de sol y agua abundantes, música, silencio, algo de soledad y algo de compañía, algún baile, alguna caminata, y risas, muchas risas, porque el buen humor, el cachondeo y la alegría de vivir atrae más vida.

¿Y el emocional? Estas son más complicadas y complejas, porque resulta más difícil domeñar las emociones y disciplinarlas para que sean dóciles y se alejen de la violencia, del caos, de la irritabilidad, de esas cosas que los griegos llamaban vicios, refiriéndose a eso que nos perturba y nos aleja de la luz y la calma. Tenemos tanto lío emocional que nos podemos tirar toda una vida desenredando la madeja compleja de conflictos, desviaciones, traumas, desdichas, dolor y sufrimiento que nos enloquecen y nos aferran a la tristeza, la rabia o la culpa. Pero las emociones son como el agua, es fácil arrastrarlas y moldearlas a ciertos compartimentos, o hacerlas fluir para que se limpien con oxigenadas herramientas de tres al cuarto.

Cuando logramos domar el cuerpo emocional se convierte en un poderoso instrumento para impulsarnos a esos lugares que deseamos comprender o explorar. Es cuando entra en juego la disciplina mental. La mente, con sus luces y sus sombras, que busca en la virtud las señales que han de dirigir al jinete hacia su destino. La mente es el mapa, pero no es el terreno, ni el camino. Mucha gente aún se confunde y se identifica con sus pensamientos, con su ego, con su «yo». Pensamos equivocadamente que somos lo que pensamos, y estamos muy alejados de percibirnos como un todo holístico e integral donde lo que somos no tiene nada que ver con lo que creemos que somos. ¿Cómo era eso de que somos algo más que la suma de nuestras partes? Pues eso…

Aún así, la mente (la concreta y la abstracta, porque tenemos más de una mente) nos ayuda para guiarnos y no tropezar en exceso en el camino. Es importante entrenarla, estudiar, conocer, comprender, aceptar que a veces el mapa, el GPS puede estar equivocado, y que la realidad se impone siempre, siempre, siempre. La mente tiene que estar alejada de tormentos, de vacíos, de cosas que perturben la correcta visión, de prejuicios, de juicios, de pensamientos que condenan y mancillan, que perturban y confunden, que mienten y se enorgullecen, que buscan en el otro la paja ajena. Por eso se dice que debe ser una mente pura, para poder ver mejor el mapa, y el terreno, y así no perder el tiempo en circunloquios que nos llevan más que a la perdición, a lo que en psicología llaman la «pérdida de sentido». Cuanta mayor pureza, mayor luz. Cuanta mayor luz, mayor visión. Cuanta mayor visión, mayores las experiencias, los recorridos y mayores las pruebas del camino, porque siempre querremos ir más allá, más lejos, y abarcar todo el horizonte posible, y la vida nos pone a prueba porque nos quiere enseñar a viajar, a volar, a vibrar con todo el omniverso.

Así que llega un momento en el que crees tener un cuerpo sano que te permite caminar y convivir con el universo y el cosmos circundante de forma saludable y correcta. Un corazón noble que intenta no perturbarse por las fluctuaciones vaporosas de las aguas emocionales, de los traumas del pasado y los miedos del futuro, sino que se permeabiliza para ser agradable, alegre y amoroso. En calma, paciente y sereno como un noble antílope que se alza victorioso en lo alto de una cima. Y una mente pura y cristalina, una guía eficaz para afrontar la vida desde otra perspectiva diferente.

¿Y qué más? Hay mucho más, mucha más vida y mucho más misterio del que jamás podamos llegar a abarcar. Porque cuando estamos alineados en la cuádruple esencia, algo se despierta aquí dentro. Algo difícil de explicar pero que nos transforma y nos impulsa hacia otro entendimiento, hacia otra percepción, hacia otro sentir, hacia otra visión de las cosas y los acontecimientos. La disciplina es solo un pretexto primario que luego deja de ser importante. Es sólo el entrenamiento, el pellizco necesario para empezar a volar. Y en ese vuelo, la vida cotidiana se vuelve mágica, plástica, casi irreal. Los sonidos son diferentes, las fuerzas que interactúan en todo lo envolvente se tornan sutiles y visibles y la impermeabilidad de las otras dimensiones parecen mezclarse entre delgadas líneas que flotan en una interminable amalgama de vida. Y se vive de forma más plena, más ancha, más provocadora. Y en esa provocación constante nacemos de nuevo a la espera de la segunda muerte, porque a la primera ya la hemos vencido, y ya no le tenemos miedo.

Fluir con lo que Es


la foto

Las calles de Madrid estaban repletas de vida. No cabía un solo alfiler de apatía, de malestar, de angustia. Sólo se podía fluir con esa corriente infinita, dejarse preñar por tanto entusiasmo, besar con la mirada cada rostro, acariciar con un guiño cada labio, cada gesto, querer ser uno con toda esa corriente de seres sintientes, alegres, frágiles. Podías cerrar los ojos y respirar el mismo aire que los cientos de pulmones que mecían con su aliento ese instante. Podías sentir los miles de corazones que retumbaban al unísono en esa música humana, invisible, pero real. Podías elevar la mirada por encima de todos esos rostros y de repente verte flotando, engullendo cada pensamientos, cada sentir, cada preocupación y despreocupación, cada apretón de mano, cada lágrima contenida. Podías volar por encima de sus emociones y sentirlas todas una a una.

Había una música que salía de toda esa amalgama de vida, una belleza indescriptible, un susurro quebrantable solo por el vuelo mágico. Era tiempo de vivir, era tiempo de sentir, era tiempo de recorrer cada átomo porque sólo había ese tiempo, ese instante. Sólo tenemos este instante y sólo podemos fluir libremente en sus entrañas para disfrutar del mismo. Fluir con lo que Es. Porque no hay más que esto que ahora ves, sientes, piensas, haces. No hay más que este espacio que te arropa y este tiempo que te mece impasible. Mirar alrededor y ser como esa calle de Madrid. Un reguero de Vida. Un reguero de instante. Una corriente infinita de amor, que es la fuerza que todo lo atrae y todo lo expande.

Navegando hacia nuestro propósito


barco

No hay barco que vaya a la deriva. Todos tenemos una misión, un propósito que cumplir, un compromiso con la vida, con la inteligencia, con la consciencia, un norte al que dirigir nuestra barcaza serenando con ello nuestro viaje. No importa cual sea ese propósito, no existen propósitos mayores o menores o cosas imposibles. La vida nos fija una misión asumible y unos deberes que nos permitan crecer por dentro mientras ayudamos a crecer a otros.

Cada uno, en su ámbito inmediato, en su actuación diaria, tiene algo hermoso que aportar al mundo. A veces pensamos que nuestra misión es algo complejo, o algo por descubrir, o algo que llegará o algo que nos transformará. Pero a veces resulta que el propósito vital es mucho más sencillo que todo eso. Incluso puede resultar fácil responder a la llamada del mismo si realmente tomamos consciencia de nuestra labor.

Primero debemos aceptar quienes somos, cuales son nuestras capacidades y cuales son nuestras limitaciones y carencias. No debemos desear destacar ante nadie ni ante nada, porque el verdadero proyecto, nuestra verdadera misión en la tierra es algo que se teje desde la humildad y el silencio. Uno trabaja poco a poco en aquella pasión, en aquello que le entusiasma, que le hace feliz, señal inequívoca que eso, y no cualquier otra cosa, es lo que debe hacer.

En la aceptación de quienes somos, en la asimilación de nuestra forma de ser, respiramos hondo y nos dedicamos a trabajar con paciencia, olvidándonos de los fracasos o las victorias, de las recompensas o las pérdidas. Solo trabajar para que se cumpla día a día nuestra parte, nuestra misión.

Déjate acompañar por estas ideas, camina despacio y respira despacio. Bucea en tu vida, en todo lo que has hecho hasta ahora y en todo lo que te gustaría realizar. La vida te hablará, lo hace a cada instante. Sólo tenemos que abrirnos a ella y dejar que nos penetre. Ya hemos descubierto que la vida es mucho más de lo que aparenta ser, por eso resulta inquietante y hermoso asomar la cabeza a sus misterios y rodearnos de esa belleza aún por descubrir… Una belleza inquietante que responde a la llamada de nuestro deseo y proyecto interior…

Impecabilidad


Son más de las diez de la noche y sigo viajando. Estos viajes tan largos sirven para sumergirte a cual submarino volátil en océanos profundos, teñidos de esos silencios que te permiten escuchar la voz interior al tiempo que acallas la exterior.
Ayer Rafael Redondo, el autor de El Informe Nagual dijo cosas muy interesantes sobre este punto. Sobre la necesidad de silenciar los ruidos de nuestra mente para aprender a escuchar esa voz que nos habla en susurro…
Y cuando eso se consigue, la voz nos guía claramente hacia el camino de la impecabilidad. Es importante, nos decía con voz suave pero firme, ser impecables.
Esto es lo que también le contaba el chaman tolteca Don Juan al antropólogo Carlos Castaneda.
Ese tambien es uno de los caminos del guerrero, ese que lucha para vencer el sinsentido aparente de la vida hasta conseguir alcanzar el misterio del propósito.
Y la conclusión siempre es la misma en todas partes, en Oriente y Occidente, en el Septentrión y en el Mediodía: un guerrero ha venido al mundo para amar, para reconciliarse con el dolor y la duda abrazando la fe y la esperanza colmadas en eso que vagamente llamamos compasión.
Compasión hacia los seres sintientes, hacia nuestros hermanos más pequeños, hacia los seres más queridos, pero también hacia ese millón de refugiados sirios que en estos momentos pasan noches heladas en tiendas de lona y compasión hacia esos hermanos que se matan unos a otros en nombre de la libertad.
Pensar en el otro lejano es pensar en nosotros, minúsculas gotas en la maraña de la familia humana.
Seamos impecables, incluso cuando nos equivoquemos y naveguemos en la ceguera del error.

La gran revelación


tesoro

Discípulo: Solo desarrollando el intelecto, puede ser alcanzada la intuición. ¿No es asi?

Bhagavan: ¿Como puede ser eso? La fusión del intelecto en la fuente de donde surgió da a luz a la intuición, como la llamas. El intelecto solo sirve para ver las cosas externas, el mundo externo. La perfección del intelecto, solo conlleva a ver bien al mundo exterior. Pero el intelecto no sirve de nada para ver hacia adentro, para ir hacia adentro hacia el Ser. Para eso, tiene que morir o extinguirse, o en otras palabras tiene que fundirse en la fuente de donde surgió. Ramana Maharshi (Tiruchuzhi, India, 1879 – 1950, Arunachala)

«Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos«. Mateo (Mt 19,24).

Muchas personas dedican largo tiempo al estudio de esos asuntos que tienen que ver con el mundo interior y con eso que algunos expertos en la materia califican de misterios menores y mayores. Es una aproximación intelectual que ayuda a los más inquietos y curiosos a ordenar ciertas creencias y visiones con respecto al mundo y sus extensiones misteriosas (entiéndase misterio como todo aquello que no hemos resuelto humana o científicamente).

Algunos científicos cargados de diplomas, licenciaturas, doctorados y todas esas etiquetas que la sociedad nos impone para legitimar cierto conocimiento, pueden ordenar pautas y leyes, ciertos comportamientos y ciertas preguntas que desde la taxonomía requieren cierta disciplina. Pero pronto se dan cuenta del aún limitado alcance de la ciencia hacia todos los “misterios” de la vida, y las pautas que condicionan su ordenamiento.

Razonar intelectualmente sobre la vida, la muerte y el mundo en general puede llenar nuestros vacíos de cierto analgésico necesario para sobrellevar de alguna forma nuestra ignorancia humana. Podemos leer libros, asistir a charlas, a tenidas, a terapia, a cursos, a meditaciones, a encuentros, venerar a maestros o vírgenes o al Gran Poder… Todo eso está bien, pero afirman los que han trascendido ese glamour de la vieja y la nueva era, que la experiencia interior no tiene nada que ver con esas pequeñas experiencias del “yo”, de la personalidad limitada y enclaustrada en la forma. Podemos tener títulos de esto o de aquello, grados iniciáticos impuestos por alguna escuela de misterios, pasarnos años en terapias o inclusive haber sufrido alguna vez alguna experiencia misteriosa. Pero eso no son más que espejismos de la personalidad, del ego, del yo anquilosado, estrecho y ciego, tan ensimismado en sus enredos dialécticos y personales, tan profundamente concentrado en desenredar sus propios hilos de Ariadna hasta el punto de terminar ahorcado por los mismos. La experiencia real nace de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro. Van unidas, son inseparables, como aquella sentencia hermética que señala eso de que como es arriba es abajo, y como es adentro es afuera, reencontrando en la unidad de todas las cosas la profundidad de la vida: su simpleza.

No hay ninguna pureza doctrinal en los caminos que elegimos. A cada cual le va bien con sus métodos, con sus disciplinas, con todo aquello que aparentemente, como decía, sirve de calmante epidérmico para aliviar la pesadez de nuestra vida y sus cuestiones. Pero en la simpleza de las pequeñas cosas, en lo puramente aparente y sin significado, está el hilo conductor de todos los secretos y misterios. Por eso el observador, en silencio, analiza cada gemido, cada rayo de luz, cada sonrisa sin mediar palabra. Lo observa y lo atiende sin juzgarlo, sin pretender atraparlo, fluyendo con esa experiencia no desde las limitaciones del intelecto, sino desde la profundidad del corazón, sirviéndose de la intuición para entender el mensaje oculto de todas las cosas.

Dicen los que lo han experimentado que llega un día en que sufrimos una repentina revolución interior, un cambio de clímax dentro de nuestra conciencia y percepción, un despertar más allá de títulos, posesiones, roles y estadísticas. Es el día en el que descubrimos al gran impostor, a eso que llaman «ego» y que pretendía suplantar la identidad verdadera. Ese día, al parecer, descubrimos que no tenemos enemigos, que nadie nos puede dañar y que la pérdida o la ganancia solo son impostores en nuestras vidas. Ese día en el que podemos abrazar al otro independientemente de su grado o condición, de su riqueza o su pobreza, y tratarlo como igual. Ese día en el que nos abrazamos también a nosotros mismos, en la gran reconciliación, amándonos y aceptándonos, devolviendo a la vida reverentemente todo aquello que nos ha entregado. El día de la gran comunión con el nosotros y con el ellos.

Ese día se conoce como la gran revelación, y también como la gran renuncia, porque renunciamos al «ego» y sus dualidades y lo abrazamos haciéndolo nuestro. Es descrita en los evangelios con la parábola del rico y el camello. Uno puede ser rico o pobre, pero puede ser libre de ambas condiciones y abrazar igualmente el reino del Ser, entendiendo la riqueza -o la pobreza- como todo aquello que nos ata o nos reprime.

Pero ciertamente no necesitamos ninguna gran revelación para llegar a similares conclusiones. Quizás la verdadera gran revelación sea la de poseer tan solo una actitud humilde ante las cosas de la vida, ante las personas que nos rodean. Ese popular reino que clama en boca de todos pero parchea nuestros actos diarios, se encuentra en todas partes, especialmente en las pequeñas cosas. En esas personas que nos enseñan, que nos empujan hacia delante, que nos brindan una visión diferente del mundo. En esos amaneceres que nos conmueven si estamos alertas. En ese niño al que le brillan los ojos con nuestras bromas. Cuando renunciamos al pequeño vehículo, al “yo”, y nos convertimos en “ser”, resulta fácil entender la vida desde su simpleza, sin agorritmos matemáticos, sin extrañas experiencias o difíciles estudios, siendo yo y ser al mismo tiempo, siendo… En la simpleza de las cosas lo vemos todo, como hacía Jesús cuando nos hablaba con parábolas sencillas pero cargadas de profundidad mientras paseaba en noches oscuras con prostitutas y ladrones.

La experiencia de la Unidad en la vida cotidiana


libros

Ciertamente no somos místicos ni lo pretendamos aunque en alguna ocasión hayamos vivido intensamente una experiencia que nos aproxime a ese satori que describen las viejas enseñanzas. ¿Quién no ha sufrido una experiencia extraordinaria contemplando un amanecer, bailando locamente en una tarde de verano, exprimiendo el coraje en una situación difícil, abrazando al ser amado, escuchando un verso o una melodía? Todos tenemos experiencias elevadas en nuestra vida diaria, pero muchas veces, sin ser totalmente conscientes de las mismas. Un orgasmo sexual con la persona amada, por poner solo un ejemplo claro, podría ser lo más parecido a la experiencia de un místico entrenado. La consciencia que apliquemos a cada experiencia será lo que determine el valor o la profundidad de la misma.

La vida cotidiana nos absorbe y nos limita, pero también nos ofrece una gran oportunidad de experimentar en las pequeñas cosas y en los pequeños gestos instantes de paz y frescor, cambiando o modificando la visión que tengamos de las mismas. Todos los días amanece y atardecer desde que tenemos uso del recuerdo. Pero, ¿cuantos de esos amaneceres o atardeceres recordamos vivamente? Sólo aquellos que vivimos desde la consciencia absoluta, desde la atención o desde una experiencia plagada de emoción que nos acercó a contemplar ese espectáculo de la naturaleza de forma diferente. Y sin embargo el espectáculo es diario… Siendo así, ¿qué nos aleja de la maravillosa experiencia?

Todos coinciden en que nos alejamos de esas experiencias porque estamos totalmente distraídos. Y es fácil distraerse porque vivimos rodeados de estímulos por todas partes, despistados con las diez mil cosas, como nos decía el Tao. Preocupaciones, deberes, tareas, miedos, problemas, facturas, los niños, la compra…

Le prestamos mucha atención a las cosas de la materia. A vestir bien, a comer bien, a tener una bonita casa, a alimentar todo eso que desde la materia nos ayuda a soportar nuestra levedad. Y siempre vemos la experiencia de la materia como algo separado a la experiencia del espíritu, como si lo primero nos alejara de lo segundo y también viceversa.

Sin embargo, deberíamos empezar a actualizar esa visión. Entender que la materia no es más que una forma más de la manifestación del Todo, de la Unidad, de Dios o de cómo queramos entenderlo, que nos ayuda a viajar en esta nave Tierra por un cúmulo de experiencias increíbles. No es algo separado a eso que vagamente llamamos espíritu, sino que son partes integradas que se apoyan mutuamente, que se atraen y que se complementan. A partir de ahí, resulta más fácil aproximarnos a las diez mil cosas como partes integrantes de esa unidad, como soportes que nos ayudan a consumir experiencias, sin darle mayor importancia que esa misma. Lo importante, en todo caso, sería ser poseedores de esta nueva perspectiva y visión de las cosas. Materia y Espíritu van unidos porque son una misma cosa.

Imaginemos que estamos fregando los platos. Normalmente, cuando hacemos ese tipo de tareas cuasi mecánicas estamos absorbidos por los problemas del ayer y los que supuestamente vendrán mañana. Nunca vivimos completamente la experiencia de “fregar los platos”. De sentir el agua entre nuestras manos, de jugar con la espuma del jabón, de rozar los bordes redondeados de platos y vasos. Siempre estamos alejados de lo que hacemos, y fuera del momento presente. Imaginemos que la tarea fuera estar jugando en el jardín con los niños, y mientras lo hacemos, estamos pensando en facturas o problemas que nada tienen que ver con la experiencia “jugar con los niños”. Nadie nos enseñó a fluir con las experiencias. Nadie nos enseña a estar presentes en cada instante.

La no dualidad y la experiencia de la Unidad sería simplemente estar presentes en cada momento, con una visión totalmente desapegada de todas las cosas, sintiendo en cada instante la complejidad y sencillez del momento.

¿Cómo llegar a esta presencia y visión de las cosas? Con entrenamiento, aprendiendo, por ejemplo, a respirar. Hay una técnica sencilla que nos ayuda a eso: la respiración consciente. Pararnos un momento, respirar profundamente y sentir como el aire y la vida que lo atraviesa nos penetra. En ese momento estamos conectándonos con nosotros mismos, y por lo tanto, con la Vida. Prestando atención a los otros alimentos, a los alimentos del alma como son el silencio, la meditación, la sonrisa, el disfrute de las cosas pequeñas, la limpieza de pensamiento y emociones… La respiración consciente es un método universal y sencillo que nos puede ayudar a conectar siempre que lo deseemos. Solo debemos «recordar» algo que ya hacemos a cada instante. Fijaros de qué forma la Vida se organiza para que podamos reencontrarnos fácilmente a cada momento. Solo respirando.  Todo esto no se consigue en un momento. Como digo, tenemos que reeducarnos, entrenarnos y aprender a respirar de esta forma. Y poco a poco podemos ir sembrando, pacientemente, las semillas del cambio.

Como digo, no debemos pretender ser místicos o seres volátiles, sino más bien debemos aprender a espiritualizar todas las cosas, o mejor dicho, a percibir el espíritu que gobierna todas las cosas. Los platos, los niños, las plantas, el jabón, el agua, el beso, el abrazo, la sonrisa, incluso aquellas cosas que no nos gustan debido a nuestras siempre limitadas percepciones. Amemos la diferencia y disfrutemos juntos del maravilloso paisaje de la vida Una. Respiremos y conspiremos juntos, porque en este instante, seis mil millones de habitantes respiran… ¿Os imagináis lo revolucionario que sería si todos lo hicieran con consciencia?

Un día de no-dualidad


la foto

Llevaba días escribiéndome con autores especializados en la no dualidad y en el advaita para poder editar un libro sobre este interesante tema en los próximos meses. Sentía esa emoción del descubrimiento y la revelación cuando ayer, a eso de las cuatro de la madrugada, me desperté tras una corta pero intensa actividad onírica. Lo hice pensando en la no-dualidad y en lo hermoso que resultaría poder poseer constantemente esa experiencia de Unidad con todas las cosas creadas.

Dicen los místicos experimentados que esa Unidad es uno de los eslabones a los que se aspira cuando en el sendero de iniciación has consagrado tu vida a cierto propósito mayor. La rebelión de la consciencia pasa inevitablemente por esa nueva emoción de integración. Se penetra en una interpretación desidentificada, donde no hay método ni paradigma que guíe nuestros pasos, sino una absoluta integración, no tan solo intelectual, sino total, con la realidad Una. Esto se puede traducir, según algunos expertos como “la destrucción y transcendencia de la identificación con el ego separativo y con la mente personal y sus pasiones, en la unidad de consciencia transmutadora de cualquier oposición o resistencia egótica”. Dicho en pocas palabras, se transciende al ego y la personalidad y se abraza al alma y el espíritu de todas las cosas.

En esas cosas pensaba mientras abrazaba al nuevo día tan de madrugada, en un silencio impecable y donde las sensaciones son diferentes si se está al margen de las necesidades y los temores. Tras hacer alguna meditación y lectura obligada, me puse a trabajar hasta las siete de la mañana. Pude avanzar mucho trabajo de tal forma que luego el día entero transcurrió de forma extraña y diferente.

A las doce del mediodía, tras una segunda mañana intensa, un tal Moisés de Sevilla, había comprado uno de mis libros, “Apoyo Mutuo y Cooperación en las Comunidades Utópicas”. Justo unos minutos antes de que saliera corriendo hacia esa ciudad, donde debía dejar una caja de libros urgente en la Consejería de Cultura. Cuando llegué al centro, quiso la vida que la calle principal estuviera cortada y tuviera que perderme por un laberinto de calles hasta llegar a la céntrica Conde de Ibarra. La pérdida provocó un hermoso e increíble descubrimiento por esas calles de la Sevilla antigua que no conocía, y también provocó que llegara media hora tarde al encuentro que tendría con un hombre bueno y excepcional, con el exquisito J., con el que disfruté de un entrañable almuerzo en el restaurante vegetariano Gaia.

Cuando terminamos, aproveché para llevar, dos calles más arriba, el libro a Moisés. Casualmente él salía del portal de su casa cuando llamaba al timbre. Me miró a la cara asombrado mientras le entregaba el paquete porque tan solo hacía unas horas que lo había comprado. Y lo hizo con incredulidad absoluta porque además, era el propio autor quién le hacía entrega del libro. Antes de que pudiera reaccionar me fui corriendo al coche y me dejé llevar por los pensamientos hermosos de la no-dualidad que había tenido por la mañana.

Así, fluyendo, terminé en el Aljarafe sevillano, tierra antigua de Tartesos y romanos, donde vive un amigo que por motivos de una ruptura sentimental lo está pasando mal. No pude localizarlo, pero cuando salía del Aljarafe, había unos chicos pidiendo autostop. De repente paré sin saber donde iban y me dijeron que a Portugal. Respiré por un segundo y me dije: “Pues vamos a Portugal”. Llevaban todo el día esperando y no habían conseguido que nadie les subiera. Les dije de broma: «es porque me estabais esperando». Rieron mientras comentaban lo difícil que resulta viajar a dedo en España debido al miedo de la gente y la desconfianza, cosa que no ocurre en el resto de Europa. «¿Por qué tú nos has parado?» Preguntaron algo incrédulos. Y les dije: «Porque no tengo miedo». Y porque también he sido estudiante y sé a la perfección lo que significa eso del apoyo mutuo y la cooperación que tanto se destila en los pisos de estudiantes, donde todo es de todos y donde el compartir forma la base de cualquier relación. Es lo bonito de ver mundo, comentábamos.

Eran estudiantes de Erasmus, dos hermosas chicas, una polaca y otra francesa y un chico alemán casualmente de Kassel, una población que conozco bien porque estuve allí en una comunidad utópica (Lokomuna) cuando vivía en la universitaria ciudad de Göttingen. Así que tuvimos muchas cosas que compartir durante el trayecto improvisado que duró hasta cerca de Faro, en el sur de Portugal. Allí los dejé tras un bonito viaje por el increíble y hermoso Argarve portugués, aprovechando la no dualidad para visitar lugares como la espectacular Tavira.

Estando tan cerca de Ayamonte, no podía dejar la pasar la oportunidad de parar y autoinvitarme a cenar en la casa del amigo MJ, donde, casualmente, también estaba la común amiga M. Me recibieron con alegría y emoción compartida por la sorpresa. Pasamos una bonita velada hasta que me marché, llegué a casa tarde, tarde, tarde y me fui a dormir cerca de las cuatro de la madrugada, justo a la misma hora en la que 24 horas antes me había despertado. Estaba tan cansado que paré durante una hora a dormir en alguna parte de la campiña sevillana, viendo la inmensidad del cielo estrellado en la fría noche andaluza.

Así que me acosté impresionado por la enseñanza de la no-dualidad, donde el fluir me llevó mucho más lejos de lo que había “programado” en mi propia y limitada mente. Me imaginé viviendo constantemente en esa no-dualidad y en fluir constantemente con la vida y su misterioso propósito, sin resistencias, sin miedos, sin ataduras, sin muros infranqueables… Solo tendiendo puentes a la realidad y superando con ello todas nuestras limitaciones.

Mágico… porque de alguna forma, todo está unido. Ayer había una unión extraña con el anónimo Moisés, con el amigo J., con el Aljarafe, con los jóvenes estudiantes, con Portugal, con los amigos MJ y M., con el viaje, con la propia vida, con la noche estrellada. Extraña porque no somos capaces de entenderla, y no somos lo suficientemente valientes para dejarnos constantemente llevar por ella. Me di cuenta cuando la hermosa chica polaca me miró a los ojos y dijo: “vente con nosotros a Lisboa”. ¿Qué hubiera pasado si hubiera seguido fluyendo? ¿Hasta dónde nos hubiera llevado la vida? Sin duda, hacia el vasto campo de la experiencia…

(Pd. Y mientras escribía todo esto y reflexionaba sobre el fluir de la No Dualidad, un entrañable compañero de viajes y aventuras me llamaba emocionado diciendo: nuevo destino para Kili-Kili & Kolo-Kolo: El Salvador en febrero… Así que a fluir y a trabajar duro para preparar la nueva aventura no-dual).

Invocando al Espíritu Libre


DUALIDAD

«Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante». No volveré a ser joven, Gil de Biedma

Querido T…

Místicos, científicos, filósofos y pensadores, artistas y poetas, hombres y mujeres de buena voluntad en todos sus rangos y condiciones, están fijados en una idea clara y permanente: la de ayudar a todos aquellos que trabajan por la invocación del espíritu de la paz. En el tercer grado de la masonería se representa cuando entre todos se eleva al futuro maestro. Invocar y elevar el deseo de paz. Esa es la misión de los ángeles de nuestro tiempo, de aquellos que vienen silenciosos a aportar esa necesaria regeneración de nuestra raza humana. Esos que se han alejado ya de los requerimientos del ego y no tienen la necesidad de seguir esclavizados a sus demandas, inclusive a las falsas demandas que pretenden purificar sus vehículos con estrictas dietas vegetarianas o profundas meditaciones que les colmen de una falsa paz. No hay paz en aquellos que trabajan para la Paz. No hay paz ni descanso, porque mucho es el trabajo y pocas las manos.

Por eso qué lucidez más admirable encontramos en la fría luz del alma (fría porque obstaculiza que las calientes y ciegas pasiones del ego nos confundan)…
En la soledad, alejados de las preocupaciones materiales del vivir diario, nos elevamos hacia esas cumbres borrascosas donde lo único a lo que se aspira es a luz, más luz… para algún día poder alcanzar la Luz Real.
Y por eso el mundo angélico imagina, en la proyección ideal, un lugar donde otros puedan aprovechar esa soledad y esa conexión para crear y recrear el impulso que les ha de llevar a su pequeño propósito. Así hasta que algún día, más entrados en el sendero, den su vida, a cual caballeros, por el Propósito que los Maestros conocen y sirven.
De ahí el impulso interior de crear un lugar de caballeros libres, la hermandad del espíritu libre, resucitada en este nuevo tiempo para reencontrarnos con Dios y su Gloria… Y dime, ¿qué cosas nos alejan de esa Gloria? ¿Acaso no son las innecesarias pasiones y los perversos deseos que nos atormentan y dirigen nuestras vidas hacia alocados versos inacabados? ¿No aprecias, cuando has tenido ocasión, esa libertad errante del no saber qué comeras o beberás mañana pero a cambio de reencontrarte con Su Gloria? Qué maravillosa visión vivir como los cátaros, como los buen hombres, labrando la tierra libre, rodeado de lugares apacibles y entregados momentos silenciosos, y colmando la vida de placentero silencio, estudio y servicio…
En esas andamos, a cual Quijote, buscando en los senderos de la aventura la plenitud de esta libertad que ahora siento. Golpado de extrañas visiones y sublimes cantos a la libertad, a sabiendas de la necesaria invocación al nuevo espíritu de paz.
Abajo el ego y su esclava mansedumbre, ¡viva el espíritu libre!, aunque pasemos hambre, frío y penurias…

Las cuatro virtudes de Lao Tsé


Quienes quieran conocer la verdad del universo, deben practicar las cuatro virtudes cardinales:

La primera es la reverencia por toda vida; ésta se manifiesta como amor incondicional y respeto por uno mismo y por todos los demás seres.

La segunda es la sinceridad natural; ésta se manifiesta como honradez, simplicidad y lealtad.

La tercera es la mansedumbre; ésta se manifiesta como bondad, consideración por los demás y sensibilidad hacia la verdad espiritual.

La cuarta es actitud de ayuda, ésta se manifiesta como servicio a los demás sin expectativa de recompensa.

Las cuatro virtudes no constituyen un dogma externo, sino que forman parte de tu naturaleza original. Cuando se practican, originan la sabiduría y evocan las cinco bendiciones: salud, riqueza, felicidad, longevidad y paz.

Me conformo con ser


¿De qué se queja el ámbar cuando atrapa? ¿O el alba cuando nace? ¿O la flor, cuando recibe agua, viento y sol según las inclemencias? ¿Y de qué se queja la grulla cuando alza el vuelo o el canto del ruiseñor? Nunca he visto un río quejarse, ni una montaña abrumada por su grandeza, ni un arpa que silenciara su tristeza. Jamás pude ver un sol apagarse ni una estrella escondida, ni siquiera un mortal alarido preñado de nada.
Pero ahí fuera hay tanta rabia. Rabia impuesta, ciega, insultante, despechada. ¿De qué oscuro pozo nace esa agua? ¡Ya lo sé! Nace de su propio reflejo… Mejor aún, nace de todo aquello que somos capaces de reflejar en él. Por eso ahí fuera no hay rabia, ni queja, ni murmullo. El Universo yace silencioso. Las estrellas apenas susurran un leve quejido. Somos nosotros los que, ensalzados en una terrible batalla interior, perturbamos la paz del mundo, la paz de lo omnipresente. Lo peor de todo es que nos creemos el centro de todo universo sin darnos cuenta aún de que el Universo nos ignora por completo. No somos ni tan siquiera para él un baladí suspiro anclado en el grano de arena de una perdida playa. Ni siquiera el átomo de uno de sus sollozos. Pero nos sentimos tan grandes e importantes que pensamos que el universo entero conspira en nuestra contra cuando las cosas van mal o a nuestro favor cuando ilusoriamente todo va bien. Esa es nuestra propia ceguera, por eso nos quejamos o nos alegramos según las circunstancias, olvidando la máxima del misterioso camino de la vida: uno debe Ser, independientemente de si recibe agua, viento o sol, independientemente de las inclemencias o los vuelos de la grulla interior o el canto del ruiseñor de nuestros sueños e ilusiones. Uno debe ser incluso cuando es atrapado por el ámbar de las circunstancias, incluso cuando el alba nace en nuestros corazones o la flor interior se marchita por no ser cuidada. Debemos ser almas libres dentro del gran cauce de la vida, como el río que brota de las abrumadas montañas o el sonido del arpa. Ser mortales y estrellas escondidas, ser alaridos preñados de nada, y al mismo tiempo, un Universo Silencioso. Hoy, si me lo permiten, me conformo con ser… que no es poco.

El sendero de la Luz


«Primero te ignoran, después se ríen de ti, luego te atacan, entonces ganas». (Mahatma Gandhi)

¿Cómo se precipitan las formas mentales en el plano físico? ¿Cómo se materializa una idea, una emoción, un pensamiento labrado en ese mundo intangible donde no existen formas ni rígidas leyes? ¿Qué clase de poder, de luz o vitalidad hace que las cosas se manifiesten?

Las vidas se vuelven ajetreadas cuando trabajas en los planos sutiles y conectas con una idea que sientes como tuya y concentras toda tu vida en la realización de la misma. Desdeñas todo tipo de cuestiones triviales para profundizar en la vitalización de aquello que hará derrumbar las viejas formas, acelerará el proceso kármico y de deudas pendientes y perfilará el primer horizonte como un auténtico campo de batalla donde habrá que ir derrumbando uno a uno todos los personajes, todo lo ilusorio y todo cuanto nos aleja de lo real. Lo paradójico de esta cuestión es que lo que para muchos es  la pura realidad, es decir, el mundo tangible, para otros, más bien unos pocos, es tan solo, y siguiendo la alegoría de la cueva de Platón, un mundo ilusorio, de sombras que se proyectan en una pared y a la cual nosotros, desde nuestra ignorancia, nos debemos como única realidad. ¿Cómo discernir un mundo de otro? Realmente, cuando vemos una película, el hecho de que existan unos personajes que interpretan un papel es real. La película es real y los personajes lo son. Pero por encima de esa realidad, hay otra mayor, representada a su vez por una interpretación mayor de las cosas. Lo mismo ocurre con las cosas manifestadas. Son ciertas, y tangibles, pero se deben a un mundo de fuerzas y energías que se desarrollan desde la sutileza de las esferas subatómicas, lugares aún incomprensibles para nuestro limitado conocimiento.

El empleo de estas energías sutiles provoca inevitablemente crisis profundas, tanto a nivel personal como a cualquier otro nivel, y pérdida de todo aquello que resulta caduco o un obstáculo para el avance, provocando a veces situaciones dramáticas que fortalecen aún más las decisiones y las precipitaciones de esas formas mentales que se regulan desde los otros planos.

En el fondo todo son indicios de que algo se mueve: las crisis, las pérdidas, personas que se alejan, los juicios, las críticas, los obstáculos. Los guardianes del umbral siempre estarán ahí para recordarte lo mal que haces las cosas, lo inútil de tus empresas y lo desgraciado de tu realidad. Pero su función no pretende más que fortalecer nuestras decisiones y convicciones profundas o alejarnos de las mismas si no somos lo suficientemente fuertes como para poder afrontarlas sin ningún tipo de temor. La valentía real consiste en fortalecer la decisión, aún en las situaciones más difíciles y seguir precipitando en el mundo “real” todo aquello en lo que creemos, cueste lo que cueste.

¿Donde tenemos enfocada nuestra consciencia?


 

¿Dónde tenemos enfocada nuestra consciencia? ¿En el tener, en el deseo, en el poder, en el amor, en la palabra creadora, en la visión y comprensión, en el Ser?

¿Qué es ser espiritual?


 

Entiendo espiritualidad como aquello que nos diferencia realmente del mundo animal y que nos obliga cada día a ser más humanos. No hablo de un dogmático programa de buenas intenciones ni de creencias epidérmicas. Hablo de la acción diaria y comprometida por un mundo mejor.

Eso, además, requiere una visión amplia, miras e interrogantes al infinito, que fue, precisamente, de donde surgieron todas las religiones y pensamientos filosóficos. Un infinito que nace en nuestro interior y se expande hacia el exterior, por eso de que como es arriba es abajo, y como es adentro es afuera. De ahí la importancia del discernimiento, para poder saber la diferencia entre el abrir los ojos a nuestro maestro interior como a los maestros que la vida nos pone en el exterior.

Las creencias en ese marco de referencia deben ser siempre provisionales, a sabiendas de que la sabiduría sólo puede construirse vaciándonos a cada momento de nuestra pesada carga semántica y a sabiendas de que no hay mayor guía que nuestra propia intuición, verdadera luz de nuestro propósito.

Ser espiritual es sentir un profundo respeto hacia todos los seres sintientes, aquellos que forman parte de esta nave Tierra y sin cuya compañía nuestro mundo carecería de todo sentido. También hacia todas las tradiciones humanas: iniciáticas, religiosas, místicas y espiritualidades de nuevo cuño. Sentir, a su vez, un gran respeto por todos aquellos cuya fe se basa en no creer en nada.

Ser espiritual es ser humanista, creer en la posibilidad de un hombre nuevo y mejor. Soñar  en un estado angélico como ese nivel que deberemos alcanzar en algún punto de nuestra inmanente evolución. Ser un amante nocturno de ritos y tradiciones ancestrales, símbolos y sabidurias perennes, a sabiendas de que la fe es la sustancia de las cosas que no se ven y de que el Misterio es la ansiada antorcha que nos ilumina en la noche de la absoluta ignorancia.

Ser espiritual es pasar muchos años interrogándonos sobre el misterio de la muerte, pero sobre todo, respondiendo al misterio de la vida. Indagar en todas las filosofías y creencias, a sabiendas de que todas tienen siempre algo de verdad y de mentira. Agarrarnos por ello al inminente ocaso de las cosas, desprendiéndonos con ello al verdadero aprendizaje de la vida. Porque más allá de ella, se abre de nuevo el eterno interrogante. De ahí que el mejor cielo, de momento, es el que se puede construir con la virtud y el buen hacer en este presente y en este mundo.

Ser espiritual es creer en los hombres y mujeres de buena voluntad que participan en esa obra virtuosa, y a ellos nos debemos en nuestro ser. Es creer en el Propósito de un mundo mejor, el propósito que los maestros conocen y sirven.
Por eso, ser espiritual es entender la máxima oculta del todo para ellos, nada para nosotros, siendo la generosidad, el compromiso y la entrega nuestra más valiosa espiritualidad.

Hacia el recuerdo de sí mismo


“Recuérdese a sí mismo, siempre y en todas partes. Recuerde que usted ha venido habiendo ya comprendido la necesidad de luchar contra sí mismo: únicamente contra si mismo. Por lo tanto, agradezca a quien quiera le dé dicha oportunidad. Sólo al vencer los obstáculos puede un hombre desarrollar en sí mismo las cualidades que necesita.” (G.I.Gurdjieff )

En todos los rituales iniciáticos siempre se nos recuerda que el mayor de nuestros enemigos somos nosotros mismos. Hay un momento en que esta enseñanza se imparte de forma increíble, atravesando nuestras consciencias con absoluta claridad. Es por ello que todos aquellos que nos rodean, especialmente nuestras parejas, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos… son siempre nuestros maestros, aquellos que han de mostrarnos las cosas más hermosas de nosotros mismos, pero también las más horribles. Siendo así, ¿por qué huimos de ellos? ¿Por qué tendemos a huir de nuestros verdaderos maestros?

El verdadero maestro interior es aquel que reconoce, ante la luz de la evidencia, que aquellos que nos sacan de nuestras casillas son los mejores maestros para crear en nosotros la verdadera templanza, la auténtica serenidad y la necesaria gobernanza de nuestros incontrolados deseos. Por eso nuestro maestro interior elige a consciencia (aunque para nosotros sea, aparentemente, un acto totalmente casual o inconsciente) a aquellas personas que han de obrar en nosotros el milagro de la transformación.

Es evidente que no debemos obligar a nadie a que permanezca a nuestro lado. Eso siempre es una elección voluntaria que nace del libre albedrío, pero sí resulta hermoso, al menos cada vez que se avanza un paso más en la disciplina del autoconocimiento, el elegir a aquellas personas que sienten la vida desde la misma perspectiva. Es decir, que son capaces de mirarse al espejo de la vida y reconocer a su verdadero enemigo. Siendo así, las vidas parejas siempre tejerán una increíble e imperecedera complicidad que hará que el crecimiento interior se vuelva, con el tiempo, en implicación hacia el mundo exterior. Ese es el camino de los que desean hollar la senda de la vida plena, aquella que observa expectante las sutilezas de todo lo creado.  Sepamos pues elegir correctamente a nuestros compañeros de viaje, aquellos que en consciencia desean progresar hacia el infinito, aquellos que tienen el recuerdo de sí mismos y obran en consecuencia ante los errores, las virtudes y los defectos.

La importancia del trabajo subjetivo


Una de las cosas que nos diferencian del reino animal es precisamente nuestra capacidad de pensar, o mejor dicho, nuestra capacidad de abstraer el pensamiento. Sin embargo, esto no se ha conseguido del todo. Uno de los fracasos de nuestra humanidad consiste en ver como casi el noventa por ciento de los humanos aún están anclados en el mundo animal y en la satisfacción de sus necesidades más básicas. Por eso el mundo abstracto es tan importante para la humanidad en general, pero para poetas, científicos, creadores, arquitectos, soñadores, filósofos, matemáticos, ingenieros, artistas y escritores en particular. Es allí donde se consagran los ideales y las hazañas que nos hacen humanos y es desde allí de donde se recogen las semillas que deberán germinar en las consciencias de nuestra humanidad. Y el objetivo de todo eso no será otro que ese mismo: humanizarnos, alejarnos cada día más de lo puramente animal para trasladarnos con paciente trabajo hacia el nuevo mundo.

Por eso hay muchas personas que parecen vivir en Babia, por utilizar el símil, o dan la sensación de que viven en otro mundo, aparentemente alejados de la realidad cotidiana. Todos ellos merecen nuestro mayor respeto, porque realmente están creando, están construyendo el ideal humano, están potenciando la calidad de nuestra vida presente y futura. Para poder entender la profundidad de su trabajo, veamos resumidamente los diferentes tipos de trabajadores subjetivos y pensadores que existen:

1. Los primeros se dedican a imponer la condición humana. Desde ese rayo de voluntad que les caracteriza, son capaces de destruir las viejas formas para que las nuevas florezcan de forma luminosa y verdadera. Su misión principal es la de destruir las viejas estructuras mentales y los viejos y anticuados hábitos que obstaculizan el progreso. Lo antiguo y lo caduco se destruye y desintegra bajo su implacable influencia, terminando con las viejas formas desde un impulso de amor inteligente, destruyendo lo que lamentablemente nos arrastra a la oscuridad del mundo e inspirando las fronteras del nuevo ideal.

2. Los segundos piensan y meditan sobre las nuevas ideas nacidas de los primeros. Intentan reunir a un pequeño grupo de pensadores para analizar la nueva corriente, las nuevas fuerzas subjetivas, los nuevos ideales que deberán influir a toda la humanidad, creando pequeños grupos aquí y allá donde se discuten y estudian dicha inspiración. Su misión es la de introducir tímidamente estas nuevas ideas en la masa humana. Ellos construyen las moradas que deberán albergar el nutriente que hará nacer la verdadera alma humana.

3. La misión del tercer grupo de pensadores es la de estimular el intelecto humano, agudizándolo y animándolo a crear, pensar e intuir. Ayudan en el trabajo de estimular la intuición humana con el fin de, mediante el empleo de la palabra y la escritura, adaptar los cimientos del nuevo pensamiento a las masas en general. Su misión es la de propagar y describir esas ideas, compartiendo, mediante libros, conferencias y entrevistas todo cuanto saben.

4. Siguiendo el antiguo comentario: “el aspirante del cuarto grupo toma las ideas a medida que surgen de la elevada conciencia de aquellos para quienes trabajan los del primer grupo; el trabajador del segundo grupo las presenta de forma elocuente, adaptándolas a la necesidad inmediata y la fuerza del intelecto de los del tercer grupo las plasma en palabras”. La tarea principal de los pensadores del cuarto grupo consiste en armonizar las nuevas ideas con las antiguas para que no se produzca una interrupción o una violenta y peligrosa grieta. Se dedican a construir puentes, ya que conocen la ley de la síntesis, de la integración y del bien común, y su deseo es perpetuar el progreso pacífico y consciente.

5. Las personas del quinto grupo está integrado por los pensadores científicos que investigan las nuevas ideas e intentan profundizar en las mismas buscando su poder motivador. Sus inventos y reflexiones mejoran la calidad de la vida humana y la idea de la interdependencia grupal, tan importante en estos tiempos necesitados de una era de paz y sosiego para el progreso definitivo.

6. El trabajo del sexto grupo es la de entrenar al ser humano para que siga con un deseo ardiente la necesidad de reconocer las ideas del bien, alejadas de cualquier fanatismo, y dirigirlas hacia lo bueno, lo verdadero y lo bello, de modo que los ideales puedan desplazarse del plano mental y abstracto hacia el mundo real. Este es uno de los trabajos más difíciles de todos, porque intenta plasmar en la vida cotidiana todo aquello por lo que los otros grupos han trabajado insistentemente.

7. Y por último, está el grupo que consolida la construcción de dichos ideales, vigilando la correcta actuación de los anteriores en la ejecución del alto ideal, no ya desde la personalidad individualizada de algunos pocos sino desde la actuación grupal.

Los miembros de cada grupo deben proteger y cuidar a los demás, ya que la tarea de unos no puede existir sin la de otros. Y aquellos que están más arraigados en el mundo de las ideas y por lo tanto, aparentemente desconectados del mundo real, necesitarán el apoyo del resto para seguir sustentando su labor. Y también viceversa, ya que los unos no pueden seguir su labor sin la guía de los otros. Esta es la importante tarea de los pensadores, y esta es la importante tarea de los constructores. Los arquitectos no pueden existir sin los constructores y tampoco viceversa. 

Y toda oscuridad se alejará de ti


“La actividad de la mente no tiene limite, ella constituye nuestro entorno vital. Una mente impura se rodea de impureza y una mente pura se rodea de pureza; por ello, todo lo que nos rodea no tiene mayores limites que las actividades de la mente. Al igual que un cuadro creado por un artista, nuestro entorno es creado por la actividad de la mente”. (El Sutra del Diamante)

A todas las tradiciones iniciáticas han llegado desde el origen de los tiempos aspirantes al discipulado con deseos sinceros de trascender su vida y sus conocimientos. Fueron guiados por la fe, esa sustancia de las cosas que no se ven, hasta el propio portal de la iniciación. Iniciación no es otra cosa que nacer a otra realidad, a otra forma de ver y entender la vida. Eso crea en el discípulo aceptado una responsabilidad inquietante: la de ser transmisor. Transmisor de luz, de conocimiento, de belleza, de arte, de comprensión, de humanidad, de sabiduría, de ciencia, de saberes, de espiritualidad, de frescor, de esperanza, de fe y de amor.
Las primeras etapas sirven para conocer esos valores que le acercarán cada vez más a esa humilde y primera sabiduría. La consigna siempre es clara: no se puede transformar el mundo si antes no has transformado tu mundo. Esto es inquietante, y sin duda, una tarea ingente que dura vidas. Pero una vez madurado todo ese saber, puesto en práctica y experimentado en sus carnes, el siguiente paso es aún mucho más significativo.
De todo esto se habla en un interesante libro que vamos a editar próximamente titulado Arcano, una especie de compendio gnóstico muy bien argumentado y tejido por un científico cuyo trabajo en Japón le impide mostrar su verdadera identidad, lo que suma aún de más misterio sus letras.

(Nota: el título de estas letras está inspirado en La Tabla de la Esmeralda, texto con el que estamos trabajando en Nous).

Las tres energías


Estimada X.

Ayer leía uno de los libros de DK, «tratado sobre fuego cósmico» / «tratado sobre los siete rayos» donde explica un poco todo esto que me comentas en tu carta… Desde un punto de vista cósmico y esotérico (entendiendo esotérico como aquello que no se ve o no se comprende aún) él habla de dos claras energías, la «material» y la «espiritual» (ten en cuenta que esto sólo son palabras/no-palabras y conceptos/no-conceptos). Cuando estas dos energías se mezclan o se unen en un determinado orbe (por ejemplo un planeta como el nuestro) provocan una tercera clase de «energía», que él llama la energía humana o del alma.

Según sus palabras, los humanos estamos divididos por lo tanto en tres clases o razas: los prehumanos, los humanos y los superhumanos. Los primeros representan el 90% de la humanidad, porque aún son humanos centrados en la energía de la materia, es decir, en la energía animal. Los humanos somos el 9% restante (perdona que me incluya aquí). Aquellos que en cierta forma hemos contactado con las fuerzas del «alma» y sus energías y ya no estamos centrados en las fuerzas de la materia sino que vamos un poco más allá e intentamos explorar e investigar con la mente y el corazón otras posibilidades y otros propósitos. Y luego hay un 1% de superhumanos que han contactado directamente con las energías espirituales, los cuales, según DK, están centrados en el verdadero propósito de la vida y la plenitud del sentido de la existencia cósmica.

Siendo el 90% los que dominan el mundo con la energía material, no es de extrañar que exista una élite de «fuerzas oscuras» que manejan o quieren manejar todas esas energías, según tu tesis. Forma parte de nuestro plan de evolución. No es que sean «malos» u «oscuros», simplemente pretenden organizar esas energías de la materia. ¿De qué nos extrañamos pues? Es todo tan natural y sencillo… La crueldad, la injustica, etc… es simplemente el choque existente entre las energías materiales y las energías espirituales… Es un choque inevitable porque lo que se intenta es «humanizar» a la humanidad animalada, es decir, demasiado centrada aún en su parte material-animal (trabajo, comida, bebida, territorio -naciones, fronteras, etc-, reproducirse, etc, necesidades básicas, propia de animales). ¿Qué distingue a un ser puramente humano de un ser humano-animal? ¿Y qué distingue a un humano de un superhumano? Ahí está la clave de todo… Y por supuesto, la clave para poder definirnos en unas u otras energías y trabajar en uno u otro lado del camino. Piensa bien a qué dedicas el 90% de tu vida, y piensa bien a qué propósito sirves, y podrás fácilmente saber donde estás y hacia donde quieres ir.

Sigue tu corazón


A veces resulta difícil saber diferenciar entre lo que uno piensa, lo que uno siente y lo que uno cree que debe hacer. Sin duda estamos atrapados entre más de un millón de voces que claman su derecho a decidir. Cientos y cientos de ancestros que sobreviven en nuestra psique colectiva, en nuestro particular ADN emocional, desean reencarnarse y expresarse en esta vida a través nuestra. Pero ellos ya tuvieron su oportunidad, ellos ya cumplieron su parte, su misión, su propósito. Ahora es nuestra oportunidad, nuestra vida. Pero ahí reside la terrible y difícil cuestión. ¿Quién somos nosotros?

Hay una forma de saberlo. Pero para ello necesitamos silenciar todas esas voces, las internas y las externas. Hagamos, como nos recomienda el Tao, un ayuno semanal de silencio. Imaginémonos en ese ayuno en la cumbre de una gran montaña. Estamos de pie, poderosos, con los brazos en cruz, sintiendo la fuerza del viento en nuestro rostro, el poder de la luz que atraviesa y limpia cada uno de nuestros poros. Las gotas de agua que caen suaves en nuestras manos y golpean en un lento devenir nuestras células epidérmicas. Sintamos la respiración, el palpitar de nuestro corazón, el canto del pájaro mañanero. Sintamos la Voz del Silencio atravesando todo nuestro ser mientras acallamos nuestras necesidades, nuestras manías, nuestros prejuicios, nuestros disgustos, nuestros enfados, nuestras decepciones, nuestras miserias, nuestros miedos. Levantemos la cabeza y digamos con fuerza: “yo soy”. Y en esa toma de consciencia seremos poderosos porque sentiremos que realmente somos, y estamos vivos.

Y a partir de ese día, y de todos los días, gracias a esos ayunos de silencio, podremos mejorar nuestra relación con el mundo, y veremos sus maravillas y contemplaremos sus esplendores. Y luego seamos generosos, y no nos encerremos en ese silencio, sino que compartamos con la Palabra y el Verbo todas nuestras grandezas. Salgamos de la cueva de nuestro corazón para restablecer en el mundo la necesaria acogida de la Alegría y el Amor.

Inconsciente y Meditación


Amontona riquezas en el cielo, donde ni la polilla ni la carcoma las echan a perder y donde los ladrones no entran ni pueden robar. Porque, donde tengas tus riquezas, tendrás tu corazón. (Mateo 6: 20-21)

Nuestra mochila está cargada de piedras: cólera, orgullo, intolerancia, odio, venganza, miedo, envidia, avaricia, gula, egoísmo, sensualidad… Piedras que entorpecen nuestra búsqueda, piedras que aploman nuestro visión, que detienen nuestro avance, que esconden el diamante que somos. Hay una fuente de pasiones que escapan a nuestra consciencia, que sirven peligrosamente a las fuerzas inconscientes que gobiernan nuestras vidas y se muestran como pesadas cargas de nuestra vida cotidiana.

Desde muchos siglos se ha intentando frenar las fuerzas inconscientes. Una de las más avaladas ha sido la profundización de cierta forma de meditar, un cierto –y a veces torpe- control mental que ayude a reclamar cierta luz a ese caballo desbocado que llevamos dentro. El cambio de pensamiento nacido de una constante meditación sobre los aspectos básicos de nuestra vida va acompañado inevitablemente de un cambio de hábitos, de conductas y de acciones que han de mejorar nuestras vidas.

Meditación es trascendencia, es decir, ese estado natural que nos empuja hacia delante, que nos ayuda a introducir en el inconsciente el Consciente. Es un momento de emergencia que busca impregnar de luz las pasiones irracionales del inconsciente, de esa capa oculta que en muchas ocasiones expresa toda la herencia genética de nuestra vida y que manipula y orienta nuestra existencia de forma hipnótica. Lo verdaderamente apasionante es reconocer este hecho, y saber que al inconsciente no podemos vencerlo, sino domarlo, guiarlo y superarlo mediante la luz de la consciencia. Lo importante es entender este proceso como una experiencia de cambio, de transformación, un proceso de crecimiento, no de exploración ni excavación. No debemos penetrar el inconsciente hasta reducir a cenizas sus miserias, sus sombras, su impenetrable oscuridad, sino que debemos alinearnos con sus fuerzas para sacarlas a la superficie de la conciencia elevada. Sus poderosas fuerzas deben empujarnos hacia la creación, hacia la plasticidad creadora. No escarbar en sus miserias, sino utilizar su fuerza.

 

¿Dónde está enfocada nuestra consciencia? Dependiendo de dicho enfoque seremos guiados por unas u otras fuerzas, o invertiremos el proceso, siendo nosotros los gobernantes de dichas fuerzas y guiando nuestras vidas hacia el propósito deseado. Hay personas que tienen la consciencia en el plano animal, siendo su vida un maremágnum que gira en torno a la satisfacción de las necesidades primarias: trabajo, comida, vestido, estatus, cobijo. En ese embarazoso lugar, y digo embarazoso porque no es el lugar que nos corresponde como humanidad, dedicamos gran parte de nuestras vidas. El paso siguiente es la curiosidad por sabernos emancipados de esas necesidades básicas, incluyendo en ello la curiosidad por saber que hay dentro de nosotros que nos hace humanos, es decir, diferentes ante la ausencia de elementos y necesidades primarias. Esto incluye un momento de intensa búsqueda interior, intentando entender y dominar nuestras fuerzas inconscientes. Esto provoca inevitablemente huracanes interiores, luchas arquetípicas entre el ego de la personalidad que desea aún dominar su esfera de seguridad y nuestra parte más sutil que desea abrirse hueco entre sus fuerzas. El ego inconsciente y el yo superior o consciente luchan entre sí para ganar la batalla de Arjuna.

Pero toda transformación, tarde o temprano requiere de cierta claudicación a lo pasado, a lo primitivo, a lo añejo. Existe al final de esa lucha cierto sometimiento y rendición del inconsciente hacia el consciente. El primero no se destruye, sino que se transforma y se rinde al servicio del segundo. Entonces nace cierto equilibrio y cierta paz, cierto poder interior que se trasluce en acciones exteriores. La meditación consciente y continua moldea esta capacidad de transformación, llegando un momento en que la misma se convierte en un hábito diario y continuo. Meditar no es más que estar despiertos, esta alertas, atentos y observadores. No son esas extrañas técnicas de vaciado mental o de fijación en un punto de luz. Eso está bien para despertar cierto desarrollo en la concentración, indispensable para comprender las sutilizas del estado meditativo. Pero al final todo resulta más sencillo, y meditar no puede ser más que la capacidad de ver las cosas de fuera desde dentro (y también viceversa), comprendiendo la máxima hermética de “como es arriba es abajo, como es adentro es afuera”.

Así, una vez comprendido que el inconsciente no es más que un reflejo caduco de nuestra propia personalidad inferior, no nos queda otro camino que avanzar hacia la transformación de lo consciente, obviando los caprichos de nuestra naturaleza ciega y dirigiendo con la luz del cielo los asuntos de la tierra.

Para saber más, siempre tendremos tiempo de profundizar en las meditaciones Nirmanakaya, que tratan de las energías corporales; las englobadas en las categorías de las Sambhogakaya, que tratan de las diez esferas interiores de las regiones sutiles superiores, o las de Dharmakaya, la cual trata de las regiones causales. Existe un gran conocimiento que aún deberemos analizar algún día, pero ahora nos baste empezar por lo más primario, que es el control y guía de nuestro pequeño monstruo inconsciente que nos acercará cada vez más hacia el nuevo umbral. Salvar dicha valla es la traducción a un nivel superior, más sutil y dilatado, un paso más hacia nuestro nivel de consciencia despierta.

 

La Ley


A veces podemos oír los pasos y evocar la sombra del desconocido que va con nosotros. En algunos destellos de luz, podemos observar con cierta incredulidad el universo y extrañarnos ante sus misterios. Observamos las fuerzas que operan en todo cuanto ocurre y a veces caemos en la tentación de pensar, de imaginar o de intuir que quizás esas fuerzas estén reguladas por alguna Ley. Y que esa Ley lo impregna todo, y a todos sin excepción. Nos resulta sencillo como humanidad pensante medir, pesar y buscar la profundidad de las cosas que podemos tocar. A sus resultados les llamamos leyes naturales, leyes de la física y leyes cósmicas. ¿Pero qué ocurre con esas cosas intangibles que resultan difíciles de medir con aparatos y teorías elaboradas? ¿Como se puede medir la emoción sentida al escuchar el canto del ruiseñor? ¿Y qué leyes operan en esa emoción que nos hace sentir plenos y dichosos?

A veces tengo la sensación de estar frente a personas que conocen esa Ley Universal. Las distingo porque son silenciosas, observadoras, de ojos abiertos al mundo, observantes y atentos, generosos. Hoy el chamán mexicano hablaba de la ley sin pronunciar palabra. Gesticulaba con sus manos, miraba profundamente al alma del otro. El organizador del evento dijo que el sanador no pedía nada a cambio, excepto que hiciéramos, en su nombre, algún bien al otro en los próximos tres días. También nos advirtió que el noventa y nueve por ciento de las enfermedades y dolencias físicas tenían que ver con nuestra dieta. Aconsejó una dieta vegana, donde no hubiera alcohol, ni tabaco, ni nada de origen animal excepto la miel. Esa Ley que hablaba de generosidad ya no solo con nosotros mismos y con nuestro prójimo sino también con los otros reinos me sonaba y me resonaba. El encanto estribaba en el misterio con que se produce.

La experiencia no ha tenido desperdicio desde un punto de vista antropológico, pero también desde un punto de vista humano. Y digo lo de humano porque hoy comprendía que poseemos en nuestras entrañas un noventa por ciento de animal y tan solo un diez por ciento de humanidad. Por eso aún desconocemos la Ley, y por eso aún nos comportamos como auténticos animales. Con una diferencia: los animales conocen perfectamente las leyes que les rigen y actúan de forma juiciosa. Nosotros, sin embargo, desconocemos totalmente las leyes que han de regir nuestra humanidad y vivimos ciegos y perdidos. Así pues, gran enseñanza la del chamán Constantino. Un hombre que conoce la Ley y la aplica.

El Propósito que los Maestros conocen y sirven


Eres muy amable QHM…

todos somos maestros de todos… el baile sufí lo explica muy bien en sus movimientos… una mano tendida al cielo y otra a la tierra, porque todos los frutos que lo eterno nos regala en el día a día debemos compartirlos con los que están ansiosos de beber y comer de su néctar…

La soledad es uno de los principios básicos para poder conectar con ese «cielo». En ella nos vemos cara a cara con el Morador, ese que nos ha de guiar en la noche oscura del alma, pero también el que nos acerca al portal de la verdadera iniciación, de la verdadera luz. Por eso es necesario la meditación y el silencio para poder conectar con nuestro ser más profundo, nuestro guía y nuestro propósito. Y luego no dejar de estudiar para poder reconocerlo, para poder discriminar y discernir entre lo real y lo irreal, entre la ilusión y lo verdadero. Y por último, y aquí se cierra la santa triada, nuestro morador y nuestro propósito siempre nos llevarán inevitablemente hacia el camino del servicio, hacia el Propósito mayor, el Propósito que los Maestros conocen y sirven en silencio y humildad. El servicio a nosotros mismos, el servicio a los nuestros y el servicio al mundo. Poco a poco iremos desgranando ese camino y poco a poco nos daremos de bruces con el portal estrecho. Por eso, cuando seas atravesado por el Silencio de la Montaña y del Desierto, no olvides descender tras el necesario estudio y descanso, al Valle que tanto nos necesita y que tanto necesitamos para elevar aún más nuestra mirada. Y no tengamos prisa por alcanzar nada pero sí olvidemos lo que hacemos porque es mucho el trabajo y poco el tiempo para realizarlo, aunque la eternidad nos espere…

Gracias de corazón por tenerme presente en tus meditaciones y por aliviar el alma con sentido…

un abrazo sentido…

J.

¿Acaso la noche se separa del día?


Es hermoso mirar al cielo y ver como las aves migratorias vuelan libres sin ser entorpecidas por ningún tipo de barrera. Van de un lado para otro surcando océanos y continentes enteros y nada ni nadie las ha detenido en miles de años. Esa es la razón por la que las cosas se mueven. La sencillez de un vuelo mágico, de un torbellino de vida que va y viene y sobrevive a lo funesto. Siendo humanos hemos tenido la facilidad de desvirtuar las cosas, o de sofisticarlas de tal modo que hemos creado un mundo plagado de barreras, de símbolos, de clasificaciones, de metáforas que pretenden, quizás de forma camuflada, someternos unos a otros, olvidando el simple y llano vuelo libre.

Pero hay un rocío que sobrevive todas las mañanas. Una rosa que se levanta complaciente. Un río que sigue su curso y un ave que canta antes de que las primeras luces empiecen a empañar la oscuridad de brillantez. El alba anuncia el enigma del matiz, la sutileza que perdura en todas las vidas, la grandeza que a través del tiempo sin tiempo perdura en cada mudanza. Pero sin duda hay algo que no muda, que nos trasciende y permanece en la quietud de lo eterno. Algo que atraviesa el amor por las cosas bellas y que nos permite comprender las cosas desde su eternidad, es decir, desde su matiz divino. Cada arte, cada artesano, cada místico, cada ciencia, cada poeta y cada hechicero ha querido encontrar ese sentido de eternidad. Y al descubrirlo comprende la grandeza del secreto de vivir para la especie, para los demás, para la entrega consciente de todo aquello que está fuera y dentro de nosotros.

Nuestro sentido no es vivir para nosotros mismos. Somos solo un acorde que se escapa de la música vital. Y vuelve, una y otra vez para reencontrarse con el sentido de amar a todas las cosas, de sentirlas unidas y fusionadas en los arquetipos que crearon el movimiento y la trascendencia. No hay fronteras que nos separan, excepto la de la ceguera de no ver en la perpetuidad el sentido unido de todas las cosas. ¿Acaso la noche se separa del día? No, danzan unidas en un eterno coqueteo de invisibles formas.

El Ojo de Horus o el éxodo de la mente


«El Ojo de Horus es tu protección, Osiris, Señor de los Occidentales, constituye una salvaguarda para ti: rechaza a todos tus enemigos, todos tus enemigos son apartados de ti».  (Libro de los Muertos).

Hoy hemos paseado por el bello y medieval pueblo amurallado de Pedraza, en la extensa región de Segovia, un lugar tranquilo y apacible que invita a la meditación silenciosa y a la observación del mundo. De eso hablamos precisamente, de lo virtual que resulta ver el mundo con nuestros cristales, nuestras experiencias, nuestras conquistas y nuestros ajustes constantes para intentar, como mínimo, cierta guía que nos conduzca por sus riveras. La mente construye el mundo, o lo va construyendo según nuestra memoria y nuestros registros pasados. Interactuamos con él en una virtual escena, con sus personajes, sus decorados, sus sesgadas parcelas de realidad y la subjetividad que en ellas mostramos.

Por eso, hay muchas formas de guiarnos por el mundo. Según nuestra experiencia, nuestros recuerdos, nuestro instinto, nuestra percepción consciente, nuestra intuición o incluso nuestros destellos de iluminación simbiótica con la realidad objetiva, esa estabilidad cósmica que nos conecta con el mundo.

Como El Udyat, el ojo mágico que permitía ver a Horus una realidad diferente, una realidad que trascendía lo visible y lo invisible, es decir, el ojo que todo lo ve.

De ahí que los filósofos hablen del éxodo de la mente. Es una forma de entender que la mente puede llegar a ser un obstáculo para la verdadera visión. Algo parecido explica el budismo y los practicantes de la meditación. La mente obstruida por nuestras experiencias y trivialidades diarias empaña la visión. ¿Cómo entonces desgarrar el velo de Isis?

Taizé


«Baste la muestra para los que tienen oídos. Pues no es necesario descubrir el misterio,
sino sólo indicar lo que sea suficiente.»San Clemente

Cuando eres joven, sientes una tremenda necesidad por descubrir la belleza de las formas, la fuerza que nace de la vida y la sabiduría de todo lo que ha sido creado. Los escritores y los artistas han desarrollado un peculiar sentido de su oído interior, y de ahí su capacidad para rescatar del mundo abstracto todo cuanto perciben.

La música siempre ha sido un hilo conductor que nos ha aproximado al misterioso mundo fenoménico de esos tres pilares de la curiosidad, y aquellos que son sensibles a los mismos son atraídos hacia esos lugares donde la música se convierte en un acto sagrado.

Recuerdo que a finales de los años ochenta y principios de los noventa, en plena efervescencia juvenil, solía escaparme de las ruidosas discotecas para asistir tímidamente a esos primeros contactos con la sutileza. De casualidad, en mis escapadas nocturnas al gótico de Barcelona, llegué una tarde de otoño a la plaza de Sant Felip Neri. Allí está la parroquia del mismo nombre con la fachada marcada por las bombas de la guerra civil. En aquellas tardes de otoño resultaba aparentemente peligroso adentrarse por las oscuras callejuelas del gótico, pero el afán de descubrimiento y la curiosidad eran más poderosas que el propio temor. Y aquella tarde, el suelo de la plaza estaba recubierto por un manto otoñal precioso, un silencio extraño roto solo por el goteo de su fuente central. Vi a un grupo de jóvenes que se adentraban en la iglesia y los acompañé. Y allí, para mi sorpresa, me encontré una iglesia oscura llena de gente, alumbrada con unas pocas velas y con un ambiente que invitaba a explorar. La mayoría estaban en el suelo, descalzos, mirando fijamente el calor de alguna vela. Me senté con ellos y empezamos a cantar el canon repetitivo de frases que provenían, sin yo saberlo en aquella época, de los versos extraídos de algunos salmos. Ese fue mi primer contacto con los cantos de Taizé, una música meditativa que a modo de mantra, logra elevarte en trance hasta los confines de la Infinitud.

En aquella época no sabía lo que era Taizé. Tampoco me interrogué excesivamente por ello. Me bastaba con sentir su presencia. Repetí la experiencia años más tarde en la parroquia de mi barrio. También en las convivencias que más tarde hice ininterrumpidamente durante unos años con un grupo de misioneros cristianos. Era todo tan emocionante que poco me faltó para marcharme a las misiones africanas.

En las frías mañanas escocesas asistíamos puntuales a las ocho de la mañana a los mismos rezos acompañados de música en el Nature Sanctuary. A veces nos escapábamos al Cluny Sanctuary o íbamos los domingos a la comunidad budista de Shamballa para participar en el “sacred singing and dance of Taizé”.

También en Alemania, en Göttingen, íbamos puntuales los martes a las ocho de la noche a la iglesia de Sant Paulus, en el número 15 de la Wilhelm-Weber-Str. Aquellas noches eran mágicas aunque a veces solo fuéramos media docena los asistentes. Era tan emocionante que hasta tres veces cogimos el coche y viajamos hasta Clunny, en Francia, para pasar unos días en la comunidad de Taizé y disfrutar en directo de su espíritu.

Ayer me volví a reencontrar con la mística ecuménica en Madrid, en la oración común que realizan los viernes a las nueve en la cripta del Santuario del Corazón de María, en la calle Ferraz esquina Marqués de Urquijo de Madrid. Más de sesenta jóvenes, sentados descalzos, en círculo, en estado meditativo y cantando los mismos salmos en diferentes idiomas. Con la misma luz tenue, con las velas encendidas, con el silencio y la alegría en sus rostros, exactamente igual que en la plaza de Sant Felip Neri de hace tantos años, o de Escocia, Alemania o Francia y exactamente igual que en todo el mundo. La experiencia, por su magia y consolidada avanzadilla en el contacto con el mundo fenoménico merece la pena. Por ello me atrevo a recomendarlo.

http://www.taize.fr/es_article4375.html

«Al proceder a la consideración de los misterios del saber, debemos prestar nuestro
asentimiento a las célebres y venerables reglas de la tradición, comenzando por el
origen del universo, exhibiendo aquellos puntos de contemplación física que sean
necesarios como premisas, y apartando todo lo que pueda ser obstáculo en la marcha, de modo que el oído se halle preparado para recibir la tradición de la Gnosis, y el terreno
limpio de malas hierbas y en disposición de que la viña sea plantada; pues hay un
conflicto antes del conflicto y misterios antes de los misterios.» – SAN CLEMENTE DE
ALEJANDRÍA.

«Aquel que tenga oídos para oír que oiga.» – SAN MATEO.