Renunciamos a tener razón, por eso votamos a PACMA


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Así como la rata no abandona la despensa, la gente no abandona al rey mientras crea en la existencia de la comida en su almacén”. David Malo, jefe hawaiano.

¿Puede existir la humanidad sin gobernantes ni gobernados? Se preguntaba el antropólogo Marvin Harris en su “Jefes, cabecillas, abusones”. El deseo de tener poder por el poder ya lo mencionó Hobbes. De alguna forma, tenemos implantada una semilla que necesita reconocimiento. Todos estamos predispuestos genéticamente a una necesidad de amor, aprobación y apoyo emocional. Y en muchas ocasiones, eso puede distorsionarse hasta convertirse en necesidad de poder, que no sería mas que un exceso de falta de amor, aprobación y apoyo emocional en dosis considerables. Es decir, la escasez y la carestía a según que niveles pueden ocasionar una perversión de distinto calado. El poder a veces viene asociado a ese requerimiento de poseer aprobación, admiración y respeto, es decir, mayor prestigio sobre los demás.

Hace unas semanas, y en un momento quizás inoportuno, dos personas de talante diferente nos llegaron a llamar egoicos y casta. Simultáneamente siempre pensamos que cuando alguien ve en ti algo oscuro o sospechoso es porque dentro de la otra persona, a modo de reflejo, existe tal naturaleza. Si alguien nos llama vanidosos es porque la otra persona solo puede ver eso mismo que alberga su naturaleza. Los seres amables y generosos ven en los otros precisamente aquello que llevan dentro. Aquí lo podemos ver todos los días. Cada uno nos da su parecer gratuitamente sobre lo que cree de nosotros, que no es más que aquello que recibe de su interior. A modo de un consumo conspicuo, como lo acuñó Thorstein Veblen en su “Teoría de la clase ociosa”, generalmente queremos imitar y emular aquello que deseamos, y cuando no lo conseguimos, deseamos destruirlo mediante el chantaje, la envidia o el desprecio. Con el poder ocurre lo mismo, si no podemos conseguirlo, lo aborrecemos y lo despreciamos. Pero en el fondo, todos lo deseamos.

El poder y la riqueza intimidan. Muchos de nosotros aspiramos a poseer todo aquello cuanto deseamos, sin reconocer en nosotros nuestras propias limitaciones. El otro día, observaba atento como un señor de anciana edad, de apariencia humilde y alegre sonrisa depositaba su voto presumiendo de que lo había hecho al partido conservador en el poder. Me preguntaba atónito como además de aquel hombre humilde millones de ciudadanos seguían votando a un partido corrompido hasta la médula por casos de corrupción y otras traperías. No hay mucha diferencia entre la intimidación que los antiguos reyes ejercían sobre las clases populares, las cuales creían a pies juntillas que sus poderosos tenían descendencia divina, y la intimidación que los nuevos poderosos ejercen sobre nosotros. En el fondo, todos queremos reconocimiento, o lo que es lo mismo, todos aspiramos a cierto poder, a cierta riqueza, ya sea material o afectiva. El votar a unos u otros no es más que satisfacer ese afán de reconocimiento grupal, de afectividad necesaria.

Cuando ella votó al partido animalista sentí cierta extrañeza. Unos comicios tan importantes, que para algunos eran considerados plebiscitarios, y ella terminaba votando a un partido que no tenía ni una remota posibilidad de influenciar en el curso de los acontecimientos históricos que se venían encima. Tardé meses en entender su posicionamiento, al mismo tiempo que tardé meses en hacerlo mío propio. Ella no necesitaba poseer ningún tipo de razón. No necesitaba mendigar prestigio, ni afecto grupal, ni esperaba admiración ni nada que tuviera que ver con ningún tipo de búsqueda de poder o riqueza material o afectiva. Se limitaba a defender una causa y no renunciar a sus principios y libertad por la misma. El resto, de alguna forma, sentimos cierta lealtad al poder, a los superiores que viven la vida ociosa, a las riquezas y privilegios. De alguna forma aspiramos a ser como ellos, a emular sus costumbres, sus formas de vida, sus manías consumistas. De alguna forma nos convertimos en egoicos abatidos o en casta, siempre con nuestro propio estilo, con nuestra disimulada careta.

La historia nos hace recordar que el poder solo es posible mediante la violencia. Antiguamente los hombres poderosos hacían uso de la guerra para motivar a sus súbditos obediencia y sumisión. La violencia solo fue un germen necesario para dominar unos sobre otros. Cuando veíamos los debates televisivos entre los candidatos al poder podíamos ver esa violencia congénita en los gestos, en los mensajes, en las palabras. Como si nada hubiera cambiando en estos miles de años.

Nosotros, estupefactos, callamos y dimos la espalda a ese sistema, a esa formación mafiosa del Estado, como la llaman algunos teóricos. Nos fuimos a los bosques para aprender sobre la benevolencia y la generosidad primigenia. Sin violencia, sin orgullo, sin nada. Antes que aceptar toda esta mentira, huimos a tierras de nadie y territorios sin explorar. En todo caso aprendemos de la vida y la experiencia totalmente desnudos, volviendo a nacer en estos bosques profundos desde la escasez acompañada de riqueza interior. Observamos y nos retiramos sin pretender tener razón, y acabamos, en silencio, votando a PACMA.

(Ilustración: de Salvador Dalí).

 

Anomalías democráticas. La tormenta perfecta. La macdonalización identitaria.


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Estoy de acuerdo con el sentir catalán de querer marcharse del Estado Español. Lo puedo entender porque hace tiempo que algunos ya nos hemos marchado del mismo. La diferencia con los nacionalistas es que realmente ellos no quieren marcharse del Estado, quieren crear otro Estado a su imagen y semejanza. Quieren reemplazar una bandera por otra igual o mayor, para ver quien la tiene más grande. Quieren copiar sus instituciones, sus formas, sus maneras, sin entrar realmente en el fondo de la cuestión. Identifican al Estado Español con la herencia franquista, olvidando que de esa herencia también ellos han participado con sus plusvalías, trapicheos y tejemanejes. En definitiva quieren tener su propio chiringuito en la playa, a poder uno de esos exuberantes Macdonalds donde poder comer más y mejor, y además, en clá i catalá.

Sin duda estamos provocando entre unos y otros la tormenta perfecta, y por lo tanto, también una solución épica a la misma, o desastrosa. Hoy mismo el Gobierno catalán califica el proceso de “anomalía democrática” (respecto a la imputación de Mas). Para los otros el «Procés» es la verdadera anomalía madre de todas las anomalías siguientes… Realmente estoy de acuerdo con ambos, estamos ante una Gran Anomalía. Primero por la exaltación nacional, tan criticada en épocas franquistas por los que ahora salen sin complejos a la calle cargados de banderas y símbolos patrios. Segundo por la pasividad de los otros ante hechos cada día más consumados.

Una anomalía que nace de la propia historia e idiosincrasia del país. Del estado de revancha continuo para saber quienes son más altos y guapos, más inteligentes o más tozudos. Un Estado que nace ya caduco, con una Jefatura heredada directamente del franquismo y cuyo representante es una anomalía histórica llamada monarquía. Cualquiera en su sano juicio desearía desembarazarse de esta pesada carga. Pero no desde el cansino victivismo, sino de soluciones inteligentes y saludables para todos. Al menos sigilosas, silenciosas, sin patrias de por medio, sin banderas.

Pero el egoísmo nacionalista impone su propia salida. No una salida entre todos, sino una salida aireada desde el orgullo patrio, las banderas y el racismo encubierto hacia todo lo que tenga que ver con la rancia España, ese fuerte enemigo como hoy lo llamaba la ANC. España imperialista y colonizadora y por lo tanto, como ayer decía algún iluminado, Cataluña invadida por esos mismos colonos (entiéndase emigrantes del resto de España, esos mismos que han construido con su trabajo y esfuerzo la Cataluña rica y próspera que ahora todos disfrutan).

Es posible, y diría casi deseable, que Cataluña se independice algún día de España. Conseguirán el monolingüismo y el pensamiento unificador con respecto a la patria, la lengua y la cultura que ahora tanto reclaman olvidando a esos cuatro o cinco millones de personas que a día de hoy no se han manifestado a favor de ningún “Procés”. Pero en ese futuro, Cataluña deberá enfrentarse a esos millones de personas que ahora de forma tan descarada se ignora manipulando la opinión y los hechos. ¿O acaso creen que cuando se quiebre totalmente la anomalía democrática el resto de catalanes se quedarán tranquilos sin decir o hacer nada? Como digo, estamos sembrando la tormenta perfecta. Y cuando todo haga aguas vendrá ese sálvase quien pueda. O eso, o todos tendremos que estudiar geopolítica para ver qué ocurre si el frágil puente entre África y Europa se empieza a desintegrar.

(Foto: Tal y como representa esta crítica obra de Banksy, lo revolucionario de todo lo que está pasando en Cataluña es precisamente esto, una lucha revolucionaria por la macdonalización identitaria. España nos espolia, queremos separarnos de España para tener un Macdonals más rico y próspero, con mayores hamburguesas y mejores camareras. ¡Viva la revolución! ¡Viva la patria!).

El día de la Bestia


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Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Martin Niemöller

Una de las matriculas de honor que saqué en la carrera de antropología fue en la asignatura de “Teoría crítica y pensamiento antropológico”. La persona que daba la asignatura era la alemana Verena Stolcke, la cual, escarmentada de las patrias y los nacionalismos (nació en Dessau, en la Alemania nazi de 1938) debió comulgar con mi análisis crítico de la realidad. Era de las pocas voces críticas que se atrevían a no defender el pensamiento nacionalista, y de ahí la simpatía mutua cuando en la universidad me llamaban facha por el mismo motivo. Lo recordaba esta mañana en la plaza Cívica de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve que ir a realizar unas gestiones académicas para el doctorado. (Esto lo cuento por eso de que en toda teoría siempre hay algo de biografía, así que disculpad las molestias del introito).

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No encontré entre los estudiantes ningún tipo de ambiente revolucionario, ni contestatario tras el día glorioso de ayer excepto en la librería plagada de libros con claro acento nacionalista y patrio. Todo estaba tranquilo, como si el día más importante de sus vidas, según los nacionalistas, no hubiera ocurrido. Ni celebraciones, ni borrachera ideológica, ni brote psicótico grupal. Todo en calma, en absoluta calma. El único reducto de simpática conversación lo protagonizaban dos jóvenes entusiastas que analizaban lo ocurrido. Me senté por curiosidad a su lado para escuchar-curiosear-cotillear atento la conversación. Para uno de ellos, el más radical, la culpa de todo había sido del “enemigo”. “Y hablo de enemigo porque habría que aniquilarlo”, decía a su atento interlocutor, un hijo de emigrante convencido de que lo mejor que le podía pasar en la vida es la reconversión al nacionalismo (al menos para evitar que lo aniquilen social y culturalmente). El hijo de emigrante (recuerdo que una vez me insultaron con estas palabras) decía que sí a todo en un catalán enlatado que le delataba, inclusive cuando su acalorado amigo decía que la culpa de todo lo que había ocurrido era de los «colonos españoles», en clara alusión a los padres de los «charnegos» que aún siguen votando lo que les da la gana (incluido al Iceta), y no a la verdad, o dicho de otra manera, a la independencia. Si no hubiera sido por esos colonos, hoy hubiera sido un día triunfante y glorioso para la patria catalana. Pero por suerte o por desgracia, no hubo balconada. Nadie salió diciendo eso de: “Catalanes: interpretando el sentimiento y los anhelos del pueblo que nos acaba de dar su sufragio, proclamo la República Catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica” (palabras de Companys). Ni el “Juntos por el Sí” tuvo mayoría de escaños ni tuvo mayoría de votos. Sí consiguió un país fragmentado, según el entusiasta estudiante de esta mañana, por culpa de los “colonos”, pero no mucho más. Ni hubo balconada anoche ni ahora se sabe muy bien como vamos a salir de este lío.

Ayer también fue un día festivo. No había un ambiente revolucionario. Más bien las calles estaban desiertas, casi sin tráfico. Antes de ir a votar cerca del lugar donde nací en el Valle de Hebrón, estuve paseando por el parque del Laberinto. Un bonito lugar donde perderse y donde bucear en los misterios del vellocino de oro y del hilo de Ariadna. El laberinto, como en la leyenda del Minotauro, representa como antaño las complejas construcciones palaciegas que rodean el ideario nacionalista. La razón, representada por Teseo, aún no ha encarnado del todo en este pequeño país mediterráneo viendo como se reproducía, a pesar de todo, la perseverancia en la independencia a costa de lo que haga falta. “Hemos ganado”, repiten unos y otros. ¿Qué es lo que hemos ganado, a parte de incertidumbre y desconfianza? Me pregunto yo…

Quise hacer pedagogía de lo que ocurre. Cogí mi papeleta, fui a votar, y no me dejaron. Era natural. No estaba dentro de la ley, lo que ellos llaman “empadronado”. A pesar de haber nacido a pocos metros de esas calles, por ley no tenía derecho a decidir en el día más glorioso de la patria, en el día de la liberación nacional. Tuve la osadía de explicar mi cómica actuación en las redes sociales y recibí todo tipo de insultos y amenazas: “manipulador”, “hdp”, “no vamos bien”, “demagogia barata”, “lejos de la verdad”… Quizás fui un poco travieso, pero solo quise hacer algo de pedagogía, tampoco era para tanto.DSC_0560

Quien verdaderamente ganó las elecciones de ayer fue la Bestia. Y no me refiero a la que aparece en el Libro de Enoc, el Leviatán descrito junto a Behemot: «Y en ese día se separarán dos monstruos, una hembra llamada Leviatán, que morará en el abismo sobre donde manan las aguas, y un macho llamado Behemot, y ocupará con sus pechos un desierto inmenso llamado Dandain». Me refiero al de Hobbes, ese que nació con miedo (era porque esa noche venía la armada Invencible a Inglaterra) predicando que los humanos son libres y, sin embargo, viven en el perpetuo peligro de que acontezca una guerra de todos contra todos (Bellum omnium contra omnes). Ese miedo siempre está ahí porque el contrato social es débil y puede ser roto en cualquier momento. Por eso hoy salía a las calles con cierto alivio. Al menos un alivio temporal de ver que la sangre no había llegado al río, o en palabras de Hobbes, viendo que el reino de la oscuridad aún no había penetrado del todo.

Ayer tiré a la papelera mi papeleta de voto al partido PACMA (animalistas, porque en este país parece que lo más sensato es votar a los que defienden a los animales –me refiero a los otros animales-). La construcción de otro Leviatán basado en la pureza de raza, nación, lengua, cultura, bandera o lo que sea me parece una aberración. Por mucho que se enfaden mis amigos nacionalistas (o patriotistas, tanto monta), esa aberración no nos llevará a ningún buen puerto. No lo digo yo, lo dice la historia de los nacionalismos y lo decía Verena Stolcke, que algo entiende de estas cosas. La libertad no se mide por el tamaño de las banderas, en ver quién la tiene más grande, como ha ocurrido en estas tremendas semanas. La libertad se mide por la acción inmanente de amar al prójimo. Todo lo que vaya en contra del otro va en contra de mí mismo. Así que con vuestro permiso, y con el permiso de Martin Niemöller, seguiré protestando. Eso sí, a mi manera. DSC_0563

(Fotos: El Parque del Laberinto ayer antes de ir a votar. Literatura nacionalista en las librerías de la universidad esta mañana en la UAB con claro análisis sobre el «enemigo». Intento de voto fallido ayer en Barcelona).

Refugiados, exiliados, señalados…


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Hay dos tipos de guerras y conflictos, las de sangre y las psicológicas. Ambas son horribles y ambas te obligan a la muerte, real o civil, al exilio ya sea en pateras o en pensamientos de huida o evasión.

Estos días hablo mucho con A., un ser excepcional que está buscando la fórmula para poder exiliarse de Cataluña. Para ella lo que está ocurriendo es asfixiante, como aquellas cámaras de gas que antaño suprimían la voluntad de vivir. Ahora las cámaras son más sofisticadas. Simplemente anulan tu posición vital con fórmulas sumarias nacidas del totalitarismo cognitivo. No puedes ser diferente, no puedes expresarte de forma diferente. Te anulan y marginan como ser. Te asfixian socialmente. Por eso ella, con cierto miedo y temor, se pasa el día buscando a donde ir, buceando por los mapas cual sería el lugar ideal, y sobre todo, como sobrevivir a esa suerte. ¿En qué trabajar, donde hacerlo, como hacerlo cuando lo abandonas todo y te vas sin nada?

Me explica que tiene cierto miedo. Aquí en Barcelona tiene su casa y un buen trabajo donde puede desarrollarse como persona. Dejarlo todo para tirarse a un exilio engañoso es un riesgo para el que se requiere excesos de valentía y fortaleza.

Hace justo diez años me exilié de Cataluña. Tras unos episodios desagradables en la universidad donde me llamaron facha por defender ideas opuestas a las del régimen oficial, decidí, antes de que realmente me volviera facha, marcharme. Fue un paso difícil, muy difícil. Dejar trabajo, familia, vender tu casa y trasladar todo tu ámbito de seguridad hacia la incertidumbre no es nada agradable.

Estos días lo estamos viviendo fuertemente en toda Europa. Esos barcos y trenes cargados de exiliados que huyen de la guerra son imágenes impactantes. La guerra, ya sea material, psicológica o política nunca trae nada bueno. Y todas nacen de esa manía humana de apropiarse de territorios e intentar inculcar y someter en ellos pensamientos o ideologías propias de otro tiempo. Banderas, emociones, creencias sobre la patria, la nación o la cultura, la religión. Todo mentiras con las que apoderarse del espectro civil y social que nos conjuga en este inconsciente humano.

Y luego el pensamiento único que no sólo te expulsa sino que además te señala. Con sus campañas del miedo, del terror, del apocalipsis. De ahí que la tarea humana tiene por delante es volver (si es que alguna vez estuvo) a la dimensión del ciudadano más allá de las tinieblas de las patrias y las naciones. Leyes que soporten la organización social, pero que no me digan en qué idioma debo hablar, ni me inculquen ningún tipo de amor a ninguna patria, cultura o nación. Ciudadanos libres que puedan caminar en un lugar libre de amenazas, de chantajes encubiertos, de estigmatizaciones por motivo de hablar en una u otra lengua, de pensar en unas u otras cosas. No quiero que me señalen, ni que me marginen, ni que me observen ni que me pongan ningún tipo de amuleto encima por ser diferente.

Algún día nacerá un mundo nuevo. Personas como A. no se marcharán de su tierra, del lugar que le vio nacer. Podrá crecer y expresarse libremente en todo su recorrido vital en cualquier parte del globo. Personas como ese ingente de sirios que ahora huyen del terror podrán hacerlo libremente en un futuro sin necesidad de pedir limosna a países egoístas e insolidarios. Algún día el mundo cambiará y dejaremos de ser animales asustados que huyen despavoridos para convertirnos en humanos completos y libres. Algún día dejará de existir fronteras que nos separen, y por lo tanto, morirán todas las guerras posibles.

La resistencia


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Durante un tiempo estuve viviendo muy cerca de las orillas de la bella ciudad de Lübeck, en el norte de Alemania. Allí nos contaban historias sobre la gran guerra y todo el holocausto que Europa sufrió no hace mucho tiempo. Deberíamos señalar con fuerza esta última frase: no hace mucho tiempo. A veces a escondidas y con algo de resquemor los habitantes de aquellos lugares de la Baja Sajonia me enseñaban los recuerdos de la guerra. Padres y abuelos que habían participado en la contienda, defendiendo la Alemania nazi y todo el régimen nazista con la mayor naturalidad del mundo. Lo normal en aquel tiempo era ser partidario de Hitler y su locura. Eso era lo corriente, lo uniforme, lo correcto.

No para todo el mundo. Julius Leber participó activamente en la resistencia alemana en contra del régimen de Hitler. Hasta el punto de que estuvo implicado en los atentados que intentaron acabar con la vida del Führer. Hasta el punto de que dio su vida por la causa de la libertad y de la paz.

Julius Leber fue consejero municipal de Lübeck. Nadie en ese momento podría presagiar lo que se avecinaba para ese hermoso país tras la sangrienta primera gran guerra. Nadie podía pensar que esas pacíficas y festivas banderas que colgaban en toda la propaganda nazi iban a terminar en una de las más terribles de las guerras.

En aquellos tiempos parecía algo normal la exaltación a la patria, a la nación aria, el rechazo a la razón y todo lo que pudiera venir de la decadente civilización occidental. Estábamos ante el rechazo más vivo sobre los valores de ilustración y el positivismo. La decadencia de Occidente se gestaba en el caldo de cultivo de la crisis económica que toda Europa vivía y la desilusión por las democracias que nada aportaban a la solución de una paz eficiente y nutritiva. En ese caldo de cultivo nació lo irracional, la adoración a las banderas y la proclama de verdades absolutas sobre la raza y la nación.

Algo muy parecido está ocurriendo en estos tiempos de exaltación nacional. En estos días que paseo por Barcelona se me eriza el cabello cuando veo tanta y tanta bandera. Quizás porque me costó entender cómo un pacífico pueblo como el alemán pudo caer en las trampas de la irracionalidad más absoluta de mano de un loco provocador que se creía el supremo Guía del pueblo alemán, espiritual, política y militarmente.

Lo siento, pero no podemos callarnos ante este resurgir irracional. No importa cuan nobles propósitos guarden en sus entrañas. Las relaciones irracionales nunca aportaron nada bueno. El pensamiento debe infundir luz a lo irracional. De nuevo la resistencia. De nuevo la pérdida de sentido.

El Procés, nuevo Movimiento Nacional


Bertran

Daba miedo ver el viernes a ese pelotón de ciudadanos uniformados con banderas y colores patrios andando pacífica y felizmente por las calles, en esa actitud borreguil tan propia de otrora otros tiempos donde la voluntad popular guiada por los lobos de siempre se humilla en la pérdida de identidad personal. Cataluña ha dejado de ser moderna y abierta para cerrarse en una actitud egoísta, pusilánime, caciquil y cortijera. Poco a poco se está convirtiendo en la Corea del Norte de Europa, donde la patria y la nación se exaltan hasta cuotas inimaginables. Donde te señalan y te hacen el vacío si no perteneces a este Nuevo Movimiento Nacional que tan tristemente nos recuerda a otros de antaño. ¿Seguimos hablando de naciones y patrias en pleno siglo XXI? Sí, seguimos.

El Procés, que así se llama el Nuevo Movimiento, se está convirtiendo en una corriente totalitaria, donde deja de existir la izquierda y la derecha, los de centro y los moderados para confluir todos en una sola lista, en un solo pensamiento único, patrio, de abolengo, de sentimiento nacional. La ralea condición no da espacio para lo demás. Sólo puede existir ese camino, esa vía. Sólo los que sigan la flecha, los que tengan una bonita bandera estelada en sus balcones, serán dignos de pertenecer a la nueva y esperpéntica patria. Esto no es un nuevo orden, es un antiguo deseo de poder bien articulado por la membresía anquilosada en el feudo y lo territorial, en el egoísmo y el engaño. En vez de desmembrar mediante ciudadanía y libertad al estado-nación queremos crear otros, los nuestros, que por supuesto siempre serán más ricos y mejores. En vez de cambiar banderas por libros seguimos esculpiendo banderas más poderosas y grandilocuentes por amplias avenidas. En vez de aportar luz y conocimiento aportamos folklórico colorido, muy parecido al de los circos romanos o los más modernos estadios de futbol. De nuevo la razón anquilosada y mancillada en nombre de la estupidez, la ceguera y la bobería. De nuevo todos uniformados. De nuevo todos de vuelta al fascismo (recordemos: “el fascismo pretende la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, aplicando un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas o revanchistas, lo cual conduce a la violencia -ya sea por parte de las masas adoctrinadas o de las corporaciones de seguridad del régimen- contra aquello que se defina como enemigo mediante un eficaz aparato de propaganda”… ¿nos suena?).

Reencantar al pueblo ha sido siempre un uso común en las oligarquías de siempre, hasta el punto de hacer pensar a la gente que son ellos los verdaderos artífices de tamaña conquista. Es siempre el pueblo el que mataría por defender esa mentira, sea la que sea. Es siempre el pueblo el que legitima el cebo para defender a los oligarcas. Es siempre el pueblo el que sale a la calle o al campo de batalla.

Lo patético de todo es que se imita a la perfección antiguos modelos, relegando como única vía posible y deseada al Movimiento Nacional, al Procés vestido de modernidad, pero con sus mismas esencias. Articulando a toda la sociedad a un único cauce de participación en la vida pública y civil y subyugando una cultura y una lengua a otra. Ya lo vimos en la Diada, donde el Procés ha uniformado a sus fieles y adoctrinados seguidores apoderándose de una fiesta común. Todo configurado desde la ilusión y la chapuza, desde lo festivo y la falta de respeto hacia lo otro.

Al igual que antaño con el Movimiento Nacional, únicamente pueden expresarse las llamadas entidades naturales. Si en el fascismo español eran la familia, el municipio y el sindicato vertical, ahora en el movimiento nacional catalán son la nación, la lengua y el Junts pel sí (¿una nueva plutocracia?. La cruzada existe, como en el fascismo español, y se llama independencia. Los eslóganes son parecidos. Los enemigos todo aquello que no resume a catalanidad, o séase, el resto de España o los castellanos, a unas malas.

Así a lo largo de la historia ha funcionado a la perfección el encantamiento del pueblo. Buscando enemigos, cruzadas, símbolos, ideología única y verdadera, razón de existir y pertenecer a una raza o nación, necesidad ególatra de participar en la locura colectiva.

A nadie en su sano juicio le gusta esta España que entre todos, catalanes incluidos, hemos construido. A nadie le gustaría pertenecer a este esperpento tal y como lo hemos heredado del fascismo español nacido en la Guerra Civil. Pero a nadie se le ocurriría desquebrajar esta herencia asumiendo sus valores y principios más ancestrales y temerarios. Nunca se podrá apagar el fuego con más fuego, y nunca la exaltación nacional podrá abolir la rancia condición patria. El ciudadano del futuro no basará su existencia en banderas, patrias y naciones, sino en la conjura de luchar juntos contra las injusticias sociales, no contra el otro social. Esperemos que la frustración no termine en violencia como en épocas pasadas y esperemos que la búsqueda de libertades no vengan de la mano de banderas, sino de libros y conocimiento.

La Liada


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Podría estar celebrando el gran evento, pero como me siento timado, engañado y aborrecido prefiero no hacerlo. Es tanto el hartazgo que ni siquiera tenía ganas ni ánimo para escribir. Pero me sentía en el deber moral de dar apoyo a los que sufren y viven en el exilio psicológico de esa tierra que ha sido apropiada indebidamente por una ideología, por un pensamiento único, por una emoción del bajo vientre, más propia de la servidumbre ideológica que de sedientos ciudadanos que claman valores como la fraternidad, la libertad y la igualdad.

Aquella tierra provocó mi exilio. Primero psicológico y emocional. Me hizo aborrecer todo tipo de banderas, de consignas, de mandamientos, de pensamientos rígidos donde o eres de los nuestros o estás en contra de nosotros. Luego decidí marcharme por pura supervivencia, por no acabar con una urticaria o algo peor. La mala leche primero y el desconcierto después provocaron la ruptura definitiva con cualquier patria, nación o estado que quisiera imponerme ningún tipo de norma, emoción o pensamiento, bandera o símbolo que no correspondiera a mi propia acción libre, a mi propia emoción libre de sentirme lo que quisiera y cuando quisiera y con quien quisiera. Admito que cada vez que veo una bandera algo grande rechina en mis adentros.

Ahora la Diada se ha convertido en una Liada, porque ha quedado enclaustrada en una ideología. Ya no es común, ni compartida, ni generosa. Ahora la fiesta es de etiqueta, y con derecho de admisión. Sí, porque el derecho a decidir se ha convertido en derecho de admisión. Tú sí y tú no. O piensas como nosotros o no eres de los nuestros, y si no eres de los nuestros está claro cual es tú lugar en el mundo: el exilio. Ese pantanoso lugar donde de repente o eres de todas partes o de ninguna.

Lo siento pero no hay nada que celebrar excepto una enorme tristeza, una enorme desazón y una angustia vital y temerosa por saber hasta donde son capaces de llegar con tal de salirse con la suya. Realmente tengo miedo porque cuando se alcanza la voluntad de pensar que la verdad la poseen unos pocos iluminados se llega al fanatismo, al odio y a la destrucción.

Los nacionalistas y los patriotas siempre se han creído un pueblo elegido, superior y diferente. Pobres ingenuos en materia biológica y social. No entienden que nada de eso es posible, porque para ser elegidos, superiores o diferentes tiene que existir una clara intervención divina, y hasta donde conocemos, eso no ocurre en los asuntos más vulgares de nuestra organización social.

En este país estamos en un buen lío. En un peligroso lío. Por eso hoy tendríamos que celebrar la Liada, para ver como salimos de esta. Espero que podamos salir airosos y que todo sirva de enseñanza grupal. De lección cívica y armónica. De no ser así, me temo lo peor. Y lo digo en serio. Lo peor de lo peor. Tiempo al tiempo.

Más Mas


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Sin duda hay políticos y políticos. Algunos aprendieron eso de la unidad psíquica de la humanidad y otros se quedaron en aquello de los castillos feudales. Son formas de ver y entender la vida. Unos reclaman ciudadanía universal y otros reclaman territorios donde expandir su egolatrilidad.

Mas va quemando todas sus naves con tal de no pasar a la historia como un político corrupto, sino como el héroe que toda nación requiere. Primero pretende quebrar y dividir a un estado. Luego ha conseguido lo mismo con su nación catalana donde ahora más que nunca hay catalanes de un bando (independentistas) y catalanes de otro (unionistas). También ha divido su coalición, su partido de toda la vida, desquebrajando en dos lo que antes parecía uno. Ni convergen ni están unidos. En menos de cuatro años ha conseguido quebrar todo un proyecto de país para convertirlo en un quebradero de cabeza indigesto.

Es el precio de esa extraña necesidad de algunos de querer pasar a la historia sea como sea. Y a eso se apuntan hasta monjas capaces de creerse en una especie de salvadoras de patrias. Todos quieren estar ahí, incluso el ciudadano medio, el cual ahoga sus penas con ilusiones de cualquier tipo, con banderitas colgadas en los balcones como queriendo decir eso de “yo soy de los buenos”. Y los que no cuelgan su banderita debe ser de ese tipo de personas que no se enteran de nada, que no son verdaderos patriotas y merecen como mínimo nuestra desconfianza.

Me hacía gracia cuando de pequeñitos nos hacían odiar las patrias y especialmente las banderas españolas. Lo pude entender y jamás se me ocurrió enarbolar ninguna de ellas. Pero ahora me quedo de cuadros cuando veo tantas y tantas banderas en tantos y tantos balcones. ¿No éramos todos ciudadanos y aborrecíamos las banderas? Lo entendí mal. Éramos todos antiespañoles y despreciábamos la bandera española. Sacar una bandera española es ser facha, sin embargo, sacar una estelada cuanto más grande mejor (el tamaño sí importa) es ser una persona libre que demanda libertad y que además se cree en posesión de cierta verdad extraña en los tiempos que corren: el amor ciego a la patria o la nación.

El presidente Mas está en el camino de no retorno. Volver atrás sería un suicidio no político, sino civil. Traicionar la ilusión de un pueblo se puede pagar muy caro. Por eso mira hacia delante. Nos ha metido a todos en un buen lío y ahora solo se puede salir del mismo con la victoria. Y la victoria significa crear un nuevo reino donde ningún tribunal pueda juzgarlo por cohecho, prevaricación, y todas esas cosas por la que se juzga a políticos corruptos (recordemos que el anterior presidente de CIU tuvo que dimitir por sus trapicheos, también el padre del nacionalismo catalán, Pujol, está siendo investigado y las sedes de CIU están siendo embargadas).

Ante este panorama, ¿cómo juzgar al héroe de la patria? ¡¡Amnistía!! Gritaría el pueblo emborrachado de gloria. ¡¡¡Libertad también para nuestro héroe!!!

¡¡¡Adelante pues comandante Mas!!! Hasta la victoria siempre…

El 15M ya está en el Sistema


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Es algo intrigante. Acabo de llegar a mi ciudad natal y me acabo de dar de bruces con esta nueva realidad. No es que vivir en la montaña en una caravana sin televisión te aleje de la realidad, pero aquí, en la casa familiar de Barcelona donde la televisión forma parte del decorado común, te das de bruces con lo que está pasando en nuestro país. Con esa otra realidad. Lo cierto es que hoy ha sido hermoso ver a Ada Colau y Manuela Carmena tomando mando en las dos ciudades más importantes de España. Digo hermoso por no decir surrealista.

Cuando decidí marcharme a vivir al madrileño barrio de Malasaña fue para estar más cerca del movimiento ciudadano. Desde aquella plácida vida en una tranquila urbanización a las afueras de Madrid no era capaz de escuchar los alaridos del “pio pio”, del helicóptero de la policía que avisaba que alguna nueva protesta ciudadana se reunía en alguna parte caliente de la ciudad. Y tras el cambio, puntual, allí estaba, en primera fila, para ser testigo único de este tiempo convulso cada vez que algo ocurría.

Ahora que toda esa voz crítica está participando activamente en el poder, en el sistema, codeándose con la casta, me pregunto qué o quién saldrá a la calle o a las plazas a protestar cuando las cosas comiencen a torcerse de nuevo. Tras recibir tantos golpes y decepciones decidí literalmente apartarme de esa lucha que veía como inútil. Leviatán es como un cíclope gigante al que resulta difícil vencer. Lo es porque nosotros, la suma de todos, formamos a ese diablo de múltiples cabezas. La regeneración política, la renovación económica, el cambio de paradigma son palabras que resuenan en estos días de esperanzador futuro.

Realmente ha cambiado algo las turbas del escenario. El color de las cortinas, la iluminación, los decorados. Pero el espectáculo, por desgracia, parece el mismo. Ahora los del 15M ya no están en la plaza, están en el circo, representando. El espectáculo está servido. Veremos a ver qué da de sí, cuanto da de sí y qué tipo de cambios se consiguen. No lo veo como algo negativo o pesimista. Vemos que hay cambios. Es cierto. Y el Sistema está contento, porque ahora las plazas están vacías y los circos llenos.

¿Qué piensan las gallinas sobre Syriza?


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Estos días mantenía una posición neutra y distante sobre la política de salón. Me preocupaba por los hechos. Aquí en Cataluña, donde me encuentro por unos días, el metro sigue su vertiginoso ascenso de tarifa (2,15€ el billete), también aparcar en sus calles cuesta la friolera de cinco euros el tramo. Siguen los peajes gestionados por La Caixa y sigue todo plagado de banderas (la industria textil catalana está volviendo a florecer gracias al pulso nacionalista). Al mismo tiempo, observo como la burguesía catalana tiene mejores coches, mejores casas y sus políticos mejores sueldos (el president de la Generalitat tiene el mayor sueldo de todos los presidentes del Estado -144.000 € anuales, doce mil euros al mes- que supongo que pagaremos todos gracias a las tarifas del metro y otras prebendas del mundo textil).

Ayer tenía la oportunidad de ver en la televisión a Pablo Iglesias. Nunca hasta ahora lo había visto y a pesar de que el proyecto Podemos me parece una buena oportunidad para terminar con el desgastado bipartidismo, no me gustó nada la actitud chulesca, prepotente e insultante de su líder, el cual, desgraciadamente, ya empieza a comportarse como la casta que tanto crítica (esto me recuerda la primera época de aquellos pantalones de pana del descendiente del otro Pablo Iglesias). Me dio pena, pero intenté no fijarme en ello, simplemente observarlo y dejarlo pasar. Partidos como Podemos y Ciudadanos son necesarios para terminar con el obsoleto sistema en el que vivimos y creo que esta idea debe estar por encima de la mediocridad de sus líderes.

Hoy también me daba un empacho de televisión para acompañar el alzhéimer de mi padre el cual, aquí en Cataluña no tiene derecho a ningún tipo de asistencia social por su enfermedad a pesar de los sueldos de sus líderes políticos y las insultantes tarifas del metro. Veía atento lo que pasaba en Grecia y de alguna forma me alegraba de que Syriza ganara las elecciones. Creo que puede ser un mensaje importante para la Europa que estos años se ha encargado de rescatar a bancos mientras asfixiaba las esperanzas de su población.

Mientras estos días vivía en esta especie de burbuja extraña en la ciudad, recordaba con cierta añoranza los movimientos de las gallinas que viven libres a nuestro lado, entre caravanas, prados y bosques. Ellas no entienden de política, o mejor dicho, de nuestro tipo de política. Ellas viven la política del apoyo mutuo, de la cooperación. Nosotros cuidamos de ellas y ellas cuidan de nosotros. No hay más intereses que los del compartir, que los de poder redistribuir toda la riqueza que nace de nosotros. Para nuestra sociedad hedonista lo único que merece la pena es la satisfacción de nuestros sentidos y deseos infinitos. Para las gallinas, sólo existe un propósito: ser parte del ciclo cósmico. Por eso en ellas hay armonía y en nosotros esa prepotencia y vanidad, ese insulto fácil y esos 2,15€ irritantes que sirven para pagar sueldos inmorales a personajes igual de impúdicos y miserables. Sigamos con el engaño hipnótico de las banderas. Sigamos con el espectáculo. Con los Bárcenas, con las patrias y naciones, con el engaño y la mentira. Otros sacarán suculento jugo de las mismas. Nosotros seguiremos trabajando en la política de las gallinas. La del ciclo cósmico.

11N


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Por primera vez, liberado de las cadenas del estado, el individuo podrá desplegar su talento, su inventiva, su genialidad y su instinto de apoyarse en sus semejantes y a la vez protegerlos”. Proudhon

Hoy he dormido en el local donde tenemos un pequeño lugar de meditación en Madrid. Ha sido un placer enorme poder despertar junto a la vela que a tantas almas ha iluminado en estos últimos meses. Por desgracia esa vela se extingue. Hay que apagarla por un tiempo y trasladarla a lugares seguros, donde pueda permanecer aún más libre de prejuicios, de pensamientos peligrosos, de ausencias, de creencias infantiles, lejos de banderas y patrias. Incluso lejos de estructuras y adormideras del espíritu.

Podía haber dormido en cualquier lugar. Amigos no me faltan en esta bella ciudad de Madrid. Incluso podría haber dormido en hermosos hoteles o en lugares inimaginables. Pero elegí el riguroso suelo de este lugar de meditación para sentir en las carnes esa sensación de libertad que a uno le acompaña cuando hace lo que realmente siente en su fuero interno independientemente de estructuras mayores, ya sean políticas, económicas o sociales.

En mi 11N particular me jacto de haber dormido con un profundo libro de Proudhon donde analiza el anacronismo de los estados y la necesidad de crear colectividades autónomas y autosuficientes capaces de prescindir de mediaciones capitalistas y estatistas.

Es por ello que siento, al igual que Proudhon, cierta perplejidad al observar con sumo detalle los acontecimientos que navegan, en contra de la historia, en Cataluña: la intentona de crear nuevos estados. Proudhon soñó con las federaciones de productores libres. Esta tarde llegaré a una de ellas. Un territorio que hemos liberado del yugo de la propiedad privada para protegerla de los envites del egoísmo y la ignorancia, la separatividad y la competitividad. En ese privilegiado espacio no hay más banderas que las que se enarbolan desde las ramas de los árboles abrazando a otros árboles. Es el bosque y su aliento el que produce el anhelo suficiente de identidad. Son los prados los que originan el alimento que asciende por nuestras venas para sabernos útiles con la tierra. Allí compartimos la inercia del vivir en un estadio justo y equilibrado, sin necesidad de supeditar nuestras necesidades a altares mayores. No tenemos más Dios que el del Amor y más patria que la generosidad que nace de nuestros corazones. Es así como entendemos la libertad. Allí no hay fronteras, hablamos todos los idiomas y nuestra cultura nace de la suma de todas nuestras circunstancias. Nos gusta sumar.

Por eso aborrecemos la idea de esclavitud que encierra ese maremágnum de sentimentalismos en torno a una bandera, a la creación de un nuevo estado opresor y controlador. Por eso nos escandaliza la sola idea de ver a todo un pueblo hipnotizado por una sucesión de manipulaciones emotivas que sólo pretenden favorecer a la ignorancia. Amaríamos a un pueblo insurrecto en contra de un estado tiránico, pero no de una parte de un pueblo que aborrece a un estado con la única intención de crear otro de similar naturaleza. Eso no es ni revolucionario ni procede de ninguna razón de libertad. Es simplemente un ajuste de cuentas histórico que nace de la visceralidad más patética y el degradado sentimiento de xenofobia histórica.

En mi propio 11N me siento libre. He votado dormir en el suelo y me he levantado con la voluntad de cerrar las puertas de la ignorancia y la fácil arrogancia sentimentalista. No os contaré ningún cuento. Pero por favor, no mezáis ninguna cuna. El ser adulto se emancipa por propia naturaleza de banderas, estados y emociones trasnochadas. El desarrollo del alma humana prescinde de arrebatos contra la autoridad y persigue humildemente la unidad y el bien común. Sencillamente porque la única y posible autoridad es la que nace de la lucidez interior y de la generosidad con lo otro, sea lo que sea lo otro.

(Foto: © Ruben Redondo)

 

Dejemos de hablar. Cuando la voz ha fallado, la salida se convierte en el último recurso. Sobre Cataluña


Miles de catalanes se manifiestan para reclamar independencia y pacto fiscal

Mas le dijo algo parecido a Maragall cuando este, en 2005, le acusó sobre las comisiones del tres por ciento. Recordemos que Mas, durante su etapa de Consejero de Obras Públicas de la Generalitat se vio envuelto en los casos de corrupción sobre las comisiones que cobraba su partido por adjudicaciones públicas. Años más tarde toda la familia Pujol y CIU se encuentran con problemas con la justicia por delitos de corrupción.

En 2010 Mas consigue ser presidente de la Generalitat gracias al declive del tripartit. En plena crisis económica y de relación con el gobierno central, Mas y el resto de dirigentes de CDC anuncian el giro independentista a favor de la autodeterminación de Cataluña. Algunas fuentes señalan que la razón fundamental de dicho cambio es la de distraer la atención de los escándalos de corrupción en los que CiU está implicada.

Banca Catalana, el caso Palau, la trama de las ITV, los escándalo en la sanidad, el agujero en las cajas de ahorro y todas las comisiones de investigación que fueron acumulándose en el Parlament desaparecieron para enfocar la atención en el proceso soberanista. Si eso estaba en la ruta del “círculo de confianza” que Mas reclamaba a Maragall para silenciar su denuncia, el objetivo ha sido conseguido. Ya nadie se acuerda del «problema» que denunciaba Maragall.

Con respecto al 9N, ya existe un antecedente: el referéndum independentista de 169 municipios de 2009 y la declaración como territorio catalán libre de 197 municipios y 5 comarcas en 2012. Recordemos que Cataluña está formada por 947 municipios y 41 comarcas. En 2009 participaron en la consulta 200.000 personas (aproximadamente un 30% de los convocados). El «sí» a la independencia ganó con casi el 95% de los votos, frente al «no» con un 3,52%. Se espera que en el nuevo 9N ocurra exactamente lo mismo. Es decir, que vayan a votar aquellos que están única y exclusivamente a favor del referéndum y la independencia. Por lo tanto, el éxito del “sí” está garantizado. Es bueno recordar que la inmensa mayoría de municipios de Cataluña (920 de 947) han aprobado, en los últimos días, mociones de apoyo al 9-N.

Junqueras hoy ha ido más lejos: “Dejemos de hablar y proclamemos ya la independencia”. ¿Para qué votar? El objetivo del independentismo no es votar y preguntar a la gente, es declarar la independencia a costa de lo que sea. La votación es un puro trámite. Sea como sea, estas palabras, desde un punto de vista político son duras y desde un punto de vista social son preocupantes, muy preocupantes.

El sacro error del Estado Español ha sido no facilitar los medios apropiados para que dicha consulta-desahogo emocional encuentre sus vías de escape. En Cataluña no todos están por la labor de la independencia, pero sí es cierto que los que están hacen mucho más ruido y cada día se multiplican exponencialmente.

¿Qué hacer ahora? El programa de ERC está muy claro. Según me confesaba uno de sus dirigentes en un encuentro en el Parlamento, lo que se pretende es el «choque de trenes». De ahí el tono radical de Junqueras. CIU sigue siendo para ellos otro mal menor que hay que soportar y que utilizan para aglutinar al resto sobre su propio programa. El 9N es otro mal menor porque el objetivo es la independencia. Siguiendo los pasos que Macià hiciera con su pequeño ejército de voluntarios conocido como complot de Prats de Molló, se trata de crear otro complot más sofisticado que en la jerga interna independentista, según sus propias palabras, se conoce como “choque de trenes”.

¿Qué puede ocurrir a nivel nacional e internacional con todo este proceso acelerado y poco meditado por ambas partes? Los más pesimistas afirman que la fragmentación de España en pequeños estados-naciones hará que la entrada masiva de emigrantes por sus fronteras con África debiliten y termine con la cultura y la hegemonía europea a medio plazo. El racismo aumentará y los conflictos serán inevitables (véase lo que ya está ocurriendo en países como Francia o Austria). Los más optimistas hablan de que la independencia forma parte de un proceso de readaptación de los estados-naciones inevitable en la propia evolución de la cultura humana. A niveles prácticos no cambiaría nada. Sea o no sea Cataluña independiente los casos de corrupción seguirán existiendo en ambas partes y las crisis sociales se resolverán de igual forma. Los peajes seguirán existiendo porque pertenecen a La Caixa y el expolio quedará en casa, o cerca de ella (Andorra). Si Cataluña dejara de tener como rival al resto de España, se verían de cara con un serio problema. ¿A quien culpar ahora de todas las desgracias?

Sea como sea, estoy de acuerdo con Junqueras. Quizás sea el momento de dejar de hablar y repensarlo todo desde el principio. La independencia de momento no ha traído nada bueno excepto la fragmentación de la sociedad catalana y la radicalización de algunos. Quizás sea tiempo de callar y dejar de ver enemigos donde no los hay. L’Avi (Macià) defendió que el alzamiento armado de los catalanes era la única salida para la independencia. Esperemos que el choque de trenes no traspase ninguna línea roja y que la ciudadanía y no el rancio nacionalismo o el casposo patriotismo termine por gobernar nuestras vidas.

Gracias Juan Carlos. Ahora, de súbditos a ciudadanos o de cómo terminar con España…


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Creo que tendríamos que estar, desde el agradecimiento, felices por esta abdicación. Pero todos sabemos interiormente que no es suficiente. Deberíamos tener el coraje de pedir en la calle o donde hiciera falta un referéndum para decidir si queremos seguir siendo súbditos o ciudadanos de un país con o sin monarquía (la sola palabra me produce urticaria histórica y antropológica).

También tenemos que estar alertas ante estas demandas porque el país hace aguas por todas partes. Los valientes nacionalistas catalanes imponen su propia ley, el marrón se lo comerá entero Felipe (que espero que sea recordado como “el Breve”) en lo que podría ser una segunda transición hacia ninguna parte, el bipartidismo tiembla por primera vez, se empieza a desenmascarar la casta política y económica que nos gobierna (excepto en Cataluña donde se olvidan de los ciudadanos para aplaudir a los títeres del interés siguiendo el juego malabar de los de siempre para tener al patio distraído de sus fechorías –caso Palau, caso ITV, comisiones, etc- así que bravo valientes catalanes por la miopía y por barrer vuestro patio olvidando que más allá de las tierras del Ebro también hay gente que lucha por un mundo más justo y mejor).

Todo un caldo de cultivo para que esto explote por alguna parte y lo que antes conocíamos como España termine desapareciendo. Esto sería una bomba de relojería dentro del marco de la Unión Europea, con Le Pen y sus amigos explosionando la unidad alcanzada y retrocediendo de paso quinientos años de historia aprovechando el desmembramiento de uno de sus más grandes países.

Con una Europa debilitada y desunida de nuevo, fragmentada en mil estados-naciones, sin moneda única, sin marco político único, la geopolítica haría temblar sus cimientos y quizás China y los países árabes aprovecharían para imponer su peculiar ley. Bienvenidos a un nuevo orden mundial…

Esta es la visión más catastrofista. La más optimista nacería de una doble abdicación, por una parte del rey saliente y por otra, en un juego de malabares, del rey entrante mediante un referéndum nacional. Una vez entrados en una nueva república, el cincuenta por ciento de los argumentos nacionalistas desaparecerían de golpe, y si consiguiéramos de paso terminar con los argumentos del expolio (el cual también existe, dicho de paso, en comunidades como Madrid), no habría necesidad de fragmentación de un territorio hermanado por siglos de historia.

Y si se fragmenta pues tampoco pasa nada. Todos de alguna forma nos sentiríamos aliviados y algunos con el corazón partido por ver como los ideales medievales de nuevo sucumben al ideal ilustrado de la ciudadanía. Mientras todo se quede en eso, en un alivio, ¡pues adelante valientes!

En el plano más personal me he tomado la noticia como ajena a todo cuanto aquí en el bosque ocurre. Es como si de repente todo ese mundo caótico, de ruidos y de pesadez no fuera con todo esto. Aquí sólo se escuchan los grillos y se contempla el vuelo del ave. Desde esta atalaya privilegiada y también egoísta en cuanto a lo social, la noticia de la abdicación del rey, de la independencia de Cataluña o de la desfragmentación de Europa casi no importa nada. El sol seguirá naciendo y la naturaleza, que no tiene prisa por nada, seguirá su ciclo de vida, muerte y resurrección. Aquí, entre las florecillas y los bosques y los prados no existen monarquías, ni independencias. Aquí todos y cada uno de nosotros somos monarcas de nuestras vidas y vivimos una vida independiente dentro de esta gran interdependencia que de forma natural se extiende en todos los ámbitos de la existencia. En todo caso, damos gracias al Rey Sol por su luz diaria, por su calor y por su vida. Aquí no existe España, ni existe ninguna otra mentira similar. Sólo paisaje, sólo silencio, solo espacios donde poder pasear y contemplar la caída del sol.

¿En qué nos hemos equivocado?


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Es evidente que siete millones de personas no pueden estar equivocadas. Si en España la gran mayoría ha votado a los de siempre será por algo. Tampoco creo en la fácil argumentación de que existan siete millones de personas aspirantes a corruptos. Eso es cursi y poético, pero España es algo más que fútbol y pandereta, ¿no?

Tampoco un millón de catalanes pueden estar equivocados cuando han votado a las facciones nacionalistas, patriotas de una tierra libre, grande y una que se pasan por el forro cualquier marco legal para legalizar algo que luego pretenderán que todos, de forma legal, acatemos. Es el nuevo seny, que ahora busca en el egregor cultural una salida a las ambiciones burguesas.

Ni tampoco creo que estén equivocados los casi cinco millones de franceses que han votado al Frente Nacional en Francia, paradoja histórica de un pueblo que sufrió en sus carnes las ablaciones de la locura extremista. Quizás esto sea una especie de venganza nazi nacida de ultratumba. O eso o una pesada broma. El ingenuo Valls lo ha llamado terremoto. Creo que aún no es capaz de medir la verdadera magnitud de la tragedia.

Tampoco creo que estén equivocados los griegos o los británicos que han votado a partidos de extrema derecha o declaradamente fascistas. Debe ser que la crisis se soluciona a base de ajustes radicales. No sé que pensarían Aristóteles, Pitágoras o Platón de su nefasto vástago Nikolaos Michaloliakos, pero si levantaran la cabeza, se morirían del susto.

Si toda esta gente no está equivocada y en Ucrania, que está ahí al lado como lo estaba la ex Yugoslavia, no está pasando nada y en Europa estamos todos felices porque a pesar de todo el bipartidismo ha vuelto a ganar y la troika (y sus 40 ladrones) podrá de nuevo buscar buenas soluciones, al menos para el rescate de la banca en próximas crisis, pues bien, todo está bien y aquí no pasa nada.

En todo caso sí me gustaría recordarles a los patriotas de uno y otro bando, a las derivas que nacen de la unilateralidad y a los que votan a partidos demostradamente corruptos o radicalmente anclados en el terror extremo de que, no hace mucho, hubo en Europa las dos mayores guerras históricas que se conocen hasta el momento. Que sus supervivientes fueron nuestros padres o abuelos que estuvieron en ellas y de que nosotros, los hijos y los nietos, deberíamos empezar a cuestionarnos si este es el camino que queremos seguir. Es decir, el camino del nacionalismo, de la corrupción y del extremismo más radical.

No sé que va a suceder en los próximos años. Pero si se bucea en un análisis de estadista, esto no pinta nada bien. No sé realmente qué pasará antes. Si el deshielo de la Antártida o la quiebra total de Europa. Pero cabe poco optimismo a no ser que inesperadamente esos millones de confesados y valerosos patriotas despierten a otro tipo de visión y comprendan que la deriva que estamos eligiendo no puede acabar muy bien. O nos olvidamos de las patrias y las naciones y empezamos a hablar de personas y ciudadanos o terminaremos sin patrias, sin naciones y sin personas.

Sí, lo sé, no puede ser que tantos millones estén equivocados, y quizás sea eso lo que merezcamos.

(Foto: Berlín destruída en la Segunda Guerra Mundial. Qué pronto olvidamos la historia, y de qué forma más fácil y burda).

No te abstengas, vota a otros


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En estos últimos años hemos sido testigos, quizás como sociedad madura y despierta, del engaño y manipulación constante que los partidos anclados en el poder nos han sometido constantemente. No hace falta dar muchos detalles sobre estas afirmaciones, pero sí hace falta recordarlo para futuros.

Tras más de casi veinte años de militancia constante en unos y otros, abandoné todos mis compromisos políticos y mi militancia activa. Tras meses de descanso y siempre con ese deseo de ser partícipe de los cambios que el sistema mal llamado democrático necesita, consentí aparecer en la lista para las elecciones europeas en un nuevo partido político, pequeño, sin representación, a modo de ejemplo simbólico y activista, sin más pretensión que la testimonial.

La decisión fue porque somos partícipes de este sistema. Somos nosotros los que diariamente lo consentimos, lo construimos, lo votamos, lo encubrimos y lo ensalzamos. Por eso somos nosotros, uno a uno, los que tenemos que alzar la vista y la consciencia hacia las próximas generaciones para que el legado sea lo más digno posible. Es por ello que me atrevo a seguir hablando de política, pero entendedme, no de esa política verdulera que nos venden en la televisión, sino política de la otra, de esa que se compromete por el bien común, por solucionar los conflictos y la precariedad de nuestro sistema, de esa que nace desde la intención sincera y honesta.

En estos siglos hemos conseguido muchos avances en todos los campos de la salud, de la educación, de la seguridad y el bienestar. Vivir en un país donde puedes pasear tranquilo por la calle y donde puedes viajar de un lado para otro sin que nada ni nadie intente abortar ese trayecto es todo un lujo. Pero debemos aspirar a más, y para ello, debemos comprometernos con el cambio necesario, atajar la corruptela, terminar con esa transición inacabada y buscar un lugar donde todos nos sintamos cómodos.

Creo un deber el ir a votar en estas elecciones, pero mayor deber es el dejar de votar a los de siempre, a los que anclados en el poder, olvidaron los principios por los que fueron clamados. Por eso votemos a otros, a esos partidos nacientes, pequeños, sin poder alguno, sin experiencia alguna, para que con su nueva gente y su nuevo talante den un giro importante a la deriva constitucional en la que estamos. Votemos a esos minúsculos partidos, no importa si eres verde, rojo o azul, de izquierdas, de centro o de derechas. Busca una alternativa que pueda acabar con el bipartidismo oligárquico en el que vivimos. Merecerá la pena el intento. Merecerá la pena terminar con la deriva.

De la dictadura a la democracia: el pasado que no quiere pasar


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La muerte de Adolfo Suárez, vista desde un plano arquetípico, ha sido como echar la primera pala de tierra sobre la tumba de un pasado que ya muere. Nuestras generaciones más jóvenes no recuerdan ya la dictadura y poco saben de esa manida transición. No comprenden los entresijos oscuros del Estado, de cómo un aparato rígido y obsoleto tuvo que engrasarse para entrar en la modernidad en un país roto y desangrado.

No lo comprenden ni les interesa. Ni falta que les hace para sobrevivir en el mundo global, para entender la necesidad de estar juntos en esta transición humana excepto para recordar y aprender de los fructuosos errores del pasado.

Hace un par de años tuve el honor de prologar para España el libro de Gene Sharp, “De la Dictadura a la Democracia, un sistema conceptual para la liberación”, editado en Dharana junto al Instituto Albert Eintein con sede en Boston, USA. Ante la muerte de Adolfo Suárez he comprendido lo que Sharp y muchos otros activistas de la noviolencia desean inspirar. El uso estratégico de la noviolencia pasa inevitablemente por una importante visión de futuro que observa irremediablemente como lo viejo, lo caduco, lo obtuso, termina enterrado. La muerte de Suarez simboliza el derrumbe de un viejo edificio que poco a poco está cayendo irremediablemente. Lo estamos viendo, lo estamos sintiendo en nuestro interior. Existe esa quietud de noviolencia, de espera paciente. Ahora la pregunta clave será: ¿qué nuevo edificio queremos construir?

El irreversible alzhéimer de Adolfo Suárez y su muerte sólo son el colofón final de ese pasado que no quiere pasar, como nos recuerda el periodista Gregorio Morán en una larga entrevista sobre la Transición haciendo alusión a esa expresión alemana acerca del nazismo que generó tanta polémica. Realmente en España hay una cierta combinación de alzhéimer, de olvido de la memoria colectiva por un lado y de ese pasado que se resiste a abandonarnos por otro. Aún no hemos encontrado el punto de equilibrio, pero la muerte de Suárez y quizás, cuando ocurra, la muerte del Rey, sirvan de catarsis colectiva. De quietud colectiva. De paz y alivio interior. De entierro común de un pasado y la siembra de un nuevo futuro.

Estamos asistiendo a los últimos coletazos del viejo régimen. Lo vemos en la corrupción a todos los niveles que hay en nuestro país. Lo vemos en un estado, un sistema y un conjunto de políticos nacidos de ese “chollo” llamado Transición que se aferran al poder a base de chantajes territoriales de todo tipo y calado. A base de silencios, conjuras, pactos y secretos de todo tipo.

Pero también vemos como esos pilares están cayendo poco a poco, irremediablemente. Algún día morirán los viejos dinosaurios de la Transición, morirá incluso la monarquía como heredera de un régimen anquilosado en las páginas de nuestra historia y nuestras instituciones. Moriremos todos los que de alguna forma participamos en esa batalla incomprensible entre hermanos. Y algo nuevo nacerá. Algo nuevo está destinado a suceder en una tierra hermosa, puente de unión y equilibrio entre África, América y Europa. Una tierra unida desde su más radical diversidad como ejemplo de lo que acontecerá en el futuro. La unión de lo diferente, la unidad en la diversidad de todos los seres del planeta.

Las nuevas generaciones tienen por delante un formidable reto: hacer que la unión y la concordia reinen por encima de intereses territoriales o partidistas. Más allá de instituciones o fronteras, tejer un nuevo mundo y una nueva tierra será tarea de titanes. Personas y personajes como Adolfo Suárez, no importa si fueron títeres o protagonistas de un momento histórico, sirvieron para recordarnos la ingente tarea. Nuestra será la responsabilidad de construir el nuevo mundo bajo los nuevos paradigmas o de crecer y perecer en la llama acerosa y punzante de lo añejo y caduco. Lo breve y efímero cae. La esencia prevalece.

La dictadura encubierta


poder politico

Hoy hablaba con unos buenos amigos sobre la cuestión de tener o no una monarquía a raíz de una desagradable noticia en la que el rey de España había construido un pabellón de caza con un coste de dos millones de euros . Les decía que es una cuestión de dignidad e inteligencia el no apoyar este tipo de instituciones medievales. La monarquía es un insulto a los tiempos que corren y es un anacronismo visceral de un pasado aún no superado. La elegancia de los cuentos de príncipes y princesas nada tiene que ver con la realidad de hoy día. No más cuentos, como decía León Felipe.

La visión de una monarquía amable y renovada parece positiva y deseable para uno de los amigos, pero argumentaba que en cuanto Felipe alcanzase la herencia se convertiría en una réplica de la insaciable condición humana. No es bueno ni deseable que cierto poder resida en las manos de unos pocos. El poder, ya sea económico o político, debería administrarse con sabiduría y generosidad no por unos pocos (siempre los mismos), si no por muchos. Creo que eso fue lo que intentamos decir en 1789.

Lo ideal es que esa insaciabilidad tenga fecha de caducidad, como en otros países, y sea por votación. La democracia aún es joven e inmadura, pero llegará el momento en que evolucione inevitablemente, de ahí la importancia de la presión social en estos momentos. Es una oportunidad para progresar, es quizás el mayor reto de nuestro tiempo para mejorar de forma inteligente nuestro bienestar.

La monarquía no deja de ser una dictadura encubierta, y en este caso, una dictadura heredada de otra que postergó una oligarquía nacida de un estado totalitario. Por desgracia, esas formas oligárquicas se han instalado en nuestra forma de gobierno y en nuestra economía, instaurando en nuestros políticos una perdurabilidad a prueba de bombas, alimentados una y otra vez por mandatos infinitos o trasladados del poder político al financiero para pagar o cobrar favores a unos y otros. Además del poder monárquico, otro ejemplo claro lo vemos en Andalucía, donde como si de un califato hereditario se tratara, se ha ido cediendo / heredando el poder de unos amigos a otros. Las redes de favores es tan extensa que resulta casi imposible salir de ese círculo vicioso. El caso de la manipulación política catalana y de cómo esa manipulación influye y afecta al pensamiento y sentir de la sociedad civil habría que tratarlo aparte. La realidad es que vivimos en una oligarquía política y económica encubierta y en una dictadura compleja y sofisticada de la que aún no somos del todo conscientes como colectividad.

La sociedad civil tiene la obligación de terminar con este abuso, de limitar los mandatos, sean del tipo que sea (jefatura de estado, presidencia del gobierno, ministros, diputados, alcaldes, concejales, etc…) a un máximo de dos mandatos. Esto provocará inevitablemente un cambio generacional y por lo tanto, unas energías renovadas en lo público. La higiene política es hoy más que nunca necesaria. La de unos y la de otros. Nuestra responsabilidad es máxima en los próximos años. No importa del color político que seamos. Da lo mismo si somos de izquierdas o derechas, otra clasificación de la caduca era industrial. Debemos cambiar inevitablemente el voto o influir en nuestros tradicionales partidos (si no deseamos cambiar el voto) para que todas estas cuestionen se planteen seriamente. De eso dependerá el progreso de un país anquilosado aún en medievales conductas y estamentos.

El futuro de España


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«Escuchar al vocero, escuchar al Ser Interno que todos tenéis, y conoceréis vuestro propio camino y si tenéis que ser vida para los demás, pero si así no fuera, vivir tranquilos y reíros de estos cuentos, pues el miedo no tiene sentido, porque el miedo destruye la Vida Interna«. (Profecías Habasis)

Escuchaba hoy a un artista decir que cuarenta años de dictadura más cuarenta años de insulto era igual a cien años de soledad. No le faltaba razón en este extraño día de la hispanidad que casi nadie ha celebrado, un día que como tantos otros que intentan rememorar las esencias mitológicas y sentimentalistas de unos y otros, está quedando en desuso.

España es un país viejo, agotado, que sigue en la metodología medieval y caduca de crear unidad a base de banderas y símbolos patrios o división y fragmentación de la misma forma. En la psique interior de este particular pueblo no existe unidad ni entendimiento, sentimiento que se expresa inequívocamente en las radicales posturas de algunas de sus naciones. La pregunta a la que nos enfrentamos interiormente a veces desde la lucidez y otras desde la miopía racial sigue siendo la misma: ¿qué hacer con España?

Según las profecías Habasis, corren malos tiempos para nuestro país. Según cuentan estas pesimistas predicciones, en 2020 Cataluña conseguirá emanciparse de España, a continuación, le seguirán País Vasco, Galicia y Andalucía. La vanidad y el orgullo de las naciones creará pequeños países susceptibles a ser invadidos por ese latente anhelo de reconquista del Al-Andalus por “los pueblos de la luna”. Eso ocurrirá primero de forma pacífica por una invasión cada vez mayor de personas que llegarán de forma masiva por las debilitadas fronteras del sur. Al no existir un estado-nación fuerte, los pueblos peninsulares, cada vez más necesitados de riqueza, venderán sus activos a poderosos magnates árabes que se harán poco a poco con el control peninsular. Lo que sigue no es nada esperanzador: sequías y guerras que se extenderán por contagio al resto de países europeos. Cataluña reclamará su derecho de anexión de Castellón y Baleares y España entera, o lo que quede de ella, vivirá tiempos francamente difíciles.

Otras profecías, aunque deberíamos llamarlas mejor anhelos, tienen que ver con el reto de la unidad internacional basado en la idea de reconocer a todos los seres humanos (y sus naciones) como miembros de una misma familia. Esta unidad psíquica de la que ya hablaban los ilustrados busca saciar la necesidad de interdependencia y la necesidad de sustituir la competencia por la cooperación y el apoyo mutuo, así como el requerimiento de compartir los recursos para responder a los retos y necesidades actuales.

Esta idea irá sustituyendo la rancia esencia del egoísmo y la vanidad, el orgullo y la ceguera particular por la nueva energía de cooperación. Los sujetos individuales y nacionales empezarán a dar en vez de tomar, a compartir en lugar de recibir, a distribuir en lugar de acaparar. En ese sentido, el mundo futuro aconseja desechar el egoísmo nacional, las fronteras, la primacía del poder militar y la ciega y vanidosa expansión comercial para poder crear la progresiva liberación de los recursos para la utilización de toda la humanidad en su conjunto de forma justa y equilibrada.

Actualmente en España se va contranatura, o quizás contra los tiempos que reclaman unidad, colaboración y modernización. Es evidente que personas cultas y libres (no sólo los independentistas o los nacionalistas) se sienten estrechamente incómodas en un estado anquilosado y medieval, donde aún basamos la jefatura del estado en un “monarca” heredero de una dictadura que nos dividió aún más y ante un poder centralizador que no ha sabido gestionar bien la riqueza cultural y nacional de sus territorios. Sin embargo, no gestionamos esa incomodidad en base a la ruptura de algo que nos une más de lo que creemos, sino que miramos al futuro desde el futuro, imputando el principio de unidad ciudadana y cosmopolita que reclaman los tiempos de la red y el ciberespacio.

¿Qué hacer entonces con España? Realmente nada. El compartir, el apoyo y la cooperación no entiende de rupturas o fragmentaciones así como tampoco entiende de naciones, patrias o banderas. La energía del compartir ve a la totalidad desde la multiplicidad, y la integridad desde la diferencia. En esa visión amplia, el discurso sobre el futuro de las naciones tiene más que ver con la síntesis que con la disgregación, con el amor y la identificación con la unidad humana, y no con la territorialidad animal y el orgullo racial (ya sea del tipo que sea) de pueblos y naciones. Quizás solo debamos escuchar al vocero, a nuestro guía interior y seguir su senda que siempre será generosa y abierta a los tiempos.

Sobre imbéciles y canallas


rajoy

«Creo de todo corazón en el lema “El mejor gobierno es el que menos gobierna”, y me gustaría verlo hacerse efectivo más rápida y sistemáticamente. Llevado a cabo, finalmente resulta en algo en lo que también creo: “El mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto”. Y cuando los pueblos estén preparados para ello, ése será el tipo de gobierno que tengan«. Thoreau

Llevo unos meses ausente de la política. En silencio. Observando. Sin asistir a interminables asambleas o insondables gestoras o vespertinas reuniones ejecutivas siempre a deshoras. Cuantas horas y horas habré dedicado a intentar hacer otro tipo de política, más silenciosa y eficaz, más implicada con los problemas reales de la gente. Cuantas horas y días y semanas dedicadas de forma voluntaria a viajar por medio mundo buscando soluciones reales y pragmáticas, hablando con unos y con otros, escuchando la opinión de ideólogos, de personas con ganas de cambiar el mundo.  Hace una semana me acerqué a una de las ya frecuentes manifestaciones en Madrid. No hice ruido, no levanté ningún brazo, no seguí ninguna consigna. Quería solo estar atento, entender el momento, ver soluciones, imaginar futuros. Admito que volví desencantado, extrañado.

Hoy seguía con atención lo que ocurría en el Senado con la intervención de Rajoy, el presidente sorpresivo. Agustín Conde Bajén, diputado del PP por Toledo chillaba desde su tribuna contra su rival político: “¡imbéciles! ¡canallas!”, se podía escuchar. Me quedaba de piedra ante el circo. Atónito, avergonzado, ridículamente estupefacto.

Admito que echo de menos la política. Aquella que se reunía en los barrios para ver y escuchar la necesidad de la gente. Aquella otra combativa que salía a la calle para reclamar derechos y también obligaciones. O aquella otra en la que nos jugábamos dos años de libertad, estando cuatro años en caza y captura por el simple delito de ser pacifistas. Echo de menos esa política inteligente, de servicio, de consciencia sobre los problemas grupales y las formas de potenciar el bien común. Esa política que habla con mendigos, con sin techo, con minorías, con desarraigados y desamparados, con aquellos que no tienen para comer o perdieron sus casas o sus trabajos, intentando buscar en los bancos de alimentos un paquete de arroz y una lata de tomate que repartíamos felices por haber hecho algo útil, aunque sólo fuera un pequeño y ridículo gesto entre tanto y tanto caos y dolor.

Pero el señor Agustín Conde, que seguramente no sabrá lo que significa el perder un trabajo o pasar hambre o no tener un techo se limita a llamarnos a todos imbéciles y canallas. Porque cuando el insulto nace de una institución pública que pretende gobernar los designios de todo un país, ese insulto es para todos los ciudadanos. Y en algo tiene razón el señor Agustín Conde. Realmente somos imbéciles y canallas por haber permitido que personas como él estén representando los ideales más nobles y elevados de un pueblo.

Cuando escucho a personas como Agustín Conde siento la responsable necesidad de volver de nuevo a la política. Al menos para intentar evitar que la vergüenza que siento cada vez que miro la actualidad no termine con nuestra cada vez más menguante dignidad ciudadana. No sé aún como lo haremos, pero Agustín Conde Bajén nos hace ver el arquetipo que no debemos seguir y nos guía, sin él saberlo, hacia el buen camino.

Cómo deconstruir nuestra política


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Parece ya un tópico la solicitud sistemática por parte de la sociedad civil de cosas tan evidentes y necesarias como las listas abiertas, ciertos mecanismos de control inmediato a nuestros elegidos, limitación de tiempo en el poder, una vía directa de proposición de leyes de los ciudadanos a las Cortes… Reflexionaba sobre ello mientras leía el artículo que Koldo Aldai compartía en su blog ClaraLuz sobre el futuro político de nuestro país. Es una evidencia que la estrecha dicotomía izquierda/derecha ya ha muerto, y que arrastramos de alguna forma dos cadáveres que alimentamos y que están necesariamente destinados a desaparecer. Al menos en cuanto decidamos de una vez enterrar por fin nuestros muertos, los de ambos bandos, y las nuevas generaciones olviden que existió eso que llamamos guerra civil, que no es otra cosa que guerra entre hermanos y hermanas. Y no me refiero al olvido de los errores que todos cometimos. Si no del odio de unos sobre otros. ¿Cómo enterrar a los cadáveres políticos? Primero tomando conciencia de que en nuestro país partidos como el PSOE y el PP –ambos representantes patentes de la vieja dicotomía izquierda/derecha- no están preparados para liderar la nueva emergencia política. Anclados y anquilosados en el poder, su único y prioritario objetivo continua siendo seguir anclados y anquilosados al poder. Por lo tanto, no pueden ser los abanderados de ningún cambio, puesto que sus preocupaciones van por otros derroteros. No podrán nunca representar la revolución necesaria porque esa misma premisa va en contra de su máxima preocupación y de su endogámica supervivencia. ¿Qué nos queda hacer a los que creemos más en el futuro que en el pasado? Hay un trabajo de fondo, de concienciación de la ciudadanía que por miedo o ignorancia seguirán apoyando a los de siempre. Esa falsa lealtad a los que lo hacen mal y no son ni serán capaces de hacerlo mejor crea una especie de sinergia que se autoalimenta desde el oscurantismo e incluso el sectarismo de pertenecer a tal o cual partido. Es una simbiosis, la del ciudadano con lo de siempre, que hay que romper. Primero apoyando claramente las opciones que sí promueven esos cambios básicos para seguir hablando. Luego fomentar aquellos que van más allá, que tienen miras capaces de prever problemas futuros y soluciones ejemplares. Hay que dotar a los nuevos partidos, a las avanzaderas del cambio, de personas loables, de noble conducta y dignos valores. Proyectar y promover a los jóvenes que deberán capitanear, pro tempore, el cambio necesario, jubilando a los dinosaurios que viven año tras años, década tras década, de la política y el poder. ¿Alternativas? Los nuevos partidos que se atreven a romper con los tópicos añejos y que se alejan de lo rancio y caduco. Miremos sin desconfianza a partidos como EQUO, por poner tan sólo un ejemplo de algo que viene con un marcado carácter nuevo y renovado. No tengamos miedo al cambio. Lo necesitamos y lo exigimos.

Monarquía sí, república también


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Monarquía sí, porque antropológicamente no deja de ser un hecho social y cultural  increíble. Por eso monarquía sí, pero en los museos, o en las anécdotas de la historia de España, donde se cuente en los libros de texto como una dinastía extranjera, la borbónica, se instaló en nuestro país, y de cómo volvió de manos de un dictador que se saltó la “legalidad” dinástica, poniendo al hijo, y no al padre, en el trono. O poniendo a una familia, y no a la otra. Porque habría aquí que discutir si la tradición se cumplió, o se pasó por alto (véase la legitimidad según los carlistas, que defienden la legalidad tradicional de Carlos María Isidro de Borbón, y no de Isabel II).

Además, desde Felipe V, esta familia extranjera (Bourbon-Anjou ) ha sido la raíz de todos nuestros males pasados y presentes. Véanse las guerras carlistas (hasta tres guerras civiles), o las guerras de sucesión, que hicieron que los catalanes se enfadaran de por vida con los castellanos y viceversa, cuando lo único que se discutía era la implantación de reyes extranjeros, de unos o de otros (la casa francesa de los Bourbon-Anjou o la casa de Austria, con el archiduque Carlos al frente). ¿Por qué entonces seguimos enfadados por ese estúpido incidente monárquico de 1714? ¿Por dos reyes extranjeros? Eso solo puede pasar en España, en la España ignorante y cañí, típica y folclórica, ciega y patética.

Por eso monarquía sí, pero en los museos y en los textos de historia.

Y por eso república también. Porque no creo en la dinastía por designio divino. Al menos no en la terrenal, porque de la espiritual podríamos hablar largo y tendido. En este mundo moderno en el que vivimos resulta un insulto a la inteligencia que existan reyes, pero sobre todo que estos reyes obstenten algún tipo de poder social o político, y que lo hagan en nombre de un Dios, o de un destino, o de un espíritu, o por una sucesión de sangre. Es como si en estos tiempos tuviera tres hijos y sólo uno de ellos, el mayor, heredara toda mi pobre o rica fortuna. ¿Verdad que no pega?

Por eso la sensatez y el sentido común aboga por una república, que tendrá también sus males y paradojas y contradicciones, pero al menos no será un insulto a la razón y sí un intento modesto de aplicar aquello de la igualdad entre los hombres y mueres, es decir, entre iguales, ciudadanos libres y emancipados del absolutismo medieval ya (teóricamente) superado.

No me gusta celebrar el día de la república con esos trasnochados socialistas que defienden, traicionando a sus propios ideales, a la monarquía (véase Psoe). Ni tampoco con esos radicales anclados en el pasado, buscando enemigos donde no los hay o rebuscando entre las cenizas justicias perecederas. Prefiero pensar en la república futura, sensata y de todos, de rojos y azules, de violetas y rosas, de negros y blancos, de hombres y mujeres, de altos y bajos, de feos y guapos. En la república de todos que inevitablemente tendrá que llegar, antes de que los catalanes sigan celebrando una fecha monárquica y una derrota no de ellos, sino de todos los pueblos de España por permitir que reyes extranjeros expoliaran nuestras arcas para financiar guerras europeas a costa de nuestra historia y nuestro presente.

Escarches, carta a Dolores Cospedal


 SEGUNDA JORNADA DE DEBATE CON LA SOCIEDAD ORGANIZADA POR EL PP, BAJO EL TÍTULO "LOS POLÍTICOS NO SON EL PROBLEMA"

Querida Dolores,

A mí tampoco me gusta la palabra. Suena rara, y nunca la recuerdo pasado el instante que dura en el paladar taciturno. Me gustaría, como a usted, que no existiera por fea y rancia. Pero existe. Y hay que contemplarla, y comprenderla.

No me considero nazi. He trabajado duro toda mi vida. He levantado casas y las he perdido. Nunca he pedido ninguna beca ni nunca he pedido ninguna prestación, ni siquiera cuando me quedaba desempleado en tiempos de crisis. Y no porque no la necesitara, sino por no querer molestar. Realmente, nunca he pedido nada. Y ahora que he trabajado tanto y lo he perdido todo, no puedo decir que me sienta un nazi, ni un totalitario por sentirme aquejado, desorientado, sin nada.

Fui a la universidad, a tres universidades, y me enseñaron la belleza de la pluralidad y el encanto del pensamiento libre. No por ello soy totalitario ni sectario. Especialmente una persona que ha tratado de proteger y fomentar la cultura y el pensamiento independiente y la cordura del bien común no puede sentirse totalitario. Así que por favor no me llame así, porque no lo soy.

No señora Cospedal. El asunto es más grave. Y es tal la gravedad que me siento con ánimo de seguir saliendo a la calle tantas veces haga falta. No por mí, que no tengo familia que proteger ni vivienda que soportar porque lo perdí todo. Sino por mis vecinos, por mis amigos desesperados, por los ancianos que rebuscan alimentos caducados y los niños que serán nuestro futuro. Saldré a la calle al menos hasta que la insensibilidad de la clase política asuma la responsabilidad de proteger al pueblo que lo ha votado. O mejor dicho, a los ciudadanos libres que han depositado en ustedes toda su confianza.

Pero cuando la confianza se quiebra y ustedes nos llaman nazis y sectarios totalitaristas, no solo se rompe nuestro corazón y nuestra alma se vacía de contenido, sino que nos obligan a seguir saliendo más y más a la calle, que se ha convertido, no solo en nuestro hogar, sino en nuestro refugio. A la calle a dormir, a rebuscar entre los contenedores algo para comer, y también a la calle para protestar. Porque, o ustedes cambian, o nosotros provocamos el cambio. Y si es en la calle, allí nos veremos.

En paz, porque aún nos queda ese sentido de realidad, pero con rabia y algunas dosis de desesperación. Sí, he perdido mi casa y mis ahorros de diez años y sobrevivo como puedo de mi propio y digno trabajo, sin pedir nada a cambio. Pero no me llame nazi, porque no lo soy.

Respetuosamente suyo,

Javier León

Trescientos metros de irrealidad


escrache 

Al parecer, ese es el perímetro absurdo y surrealista que separa a los ciudadanos, a la gente común, de los endiosados y abstraídos de la realidad. Trescientos metros de vergüenza para defenderse de la indignación y la rabia. Trescientos metros de cobardía. Mientras que la gente, de cada metro dará tres pasos más firmes y más contundentes. Porque si la casta se defiende de nosotros, nosotros deberemos defendernos de la casta.

Y cuando digo casta lo digo desde la más supina de las desvergüenzas. Por llamarlos de alguna forma. Porque los conozco y sé como piensan y veo como se ríen de nosotros y sé como utilizan sus tronos de amianto para perpetuarse en su propia ilusoria fantasía.

Y llega un momento que la tomadura de pelo hay que tomarla en serio. Porque trescientos metros ya no es un escarmiento más, una reprimenda más, sino más bien un devenir de paranoia que hay que atajar con hordas de sensatez.

¿Y qué van a decir ellos? ¿Qué más harán para defenderse de nosotros? ¿Volverán a multarnos por salir a la calle? ¿Nos enviarán a todos a la cárcel? ¿Nos echarán a todos de nuestras casas y trabajos? ¿Nos rebajarán aún más las pensiones, la sanidad y la educación hasta que ya solo seamos una masa uniforme y sumisa, silenciosa?

Trescientos metros es lo que separa a los políticos y sus dinosaurias presencias de la realidad y del futuro. Porque el futuro ya no son ellos. Porque el sistema decadente se está desmoronando de nuevo y una nueva rebeldía está naciendo. Un modelo obsoleto muere y una nueva esperanza nace. ¿Trescientos metros, dicen? Lo siento señorías, pero esos trescientos metros, como dicen en mi barrio, nos los pasamos por el forro.

HOJA DE RUTA: HACIA LA SEGUNDA TRANSICIÓN


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La degradación moral de nuestro país, en todos sus estamentos, desde la más coloquial relación de barrio hasta la cúspide del poder, pasando por instituciones, monarquía y partidos, se vuelve insoportable.

Como país, como pueblo, solo nos podemos permitir una reestructuración total de nuestra forma de entender nuestra existencia y nuestra unidad. O eso, o estallar en mil pedazos hasta la desintegración total.

Por un lado, debemos dejar a un lado el sálvese quien pueda, una actitud egoísta y sin sentido en un momento tan trágico de nuestra historia.

Debemos reorganizar todos los estamentos de poder y todo el sistema democrático, creando una verdadera democracia donde desaparezcan los privilegios y la posibilidad de continuidad infinita a la sombra del poder. Esto incluye no sólo a los partidos, sino a nuestras instituciones que dieron sentido a la primera transición.

Tenemos la obligación generacional de romper, sin olvidarlos, con las ataduras de esas supuestas deudas morales con nuestro pasado. No podemos seguir sufriendo el abatimiento contante de aquellos episodios nacionales que ya nada tienen que ver con nuestro tiempo. Esas heridas hay que curarlas de forma inmediata y pasar página de una vez. Estamos en otro tiempo, y ese tiempo reclama con urgencia una visión de futuro, no de pasado.

Debemos regenerar la vida política. No es posible que una persona se perpetúe en los vicios del poder hasta su extinción. Hay que poner cuota y límite a lo que debería ser un servicio a la ciudadanía, y no una ciudadanía al servicio de una clase vampira.

Debemos regenerar nuestra conducta cívica y moral como individuos, y eso solo es posible a base de ejemplo y educación. ¿Cómo vamos a demandar algo que ni nosotros mismos practicamos? ¿De qué forma podemos reconducir nuestra moral en una sociedad completamente amoral?

Para que todo esto sea posible debemos reformar la Constitución y adaptarla a las nuevas exigencias, al nuevo tiempo. Esto requerirá sacrificios de todos, pero es la única manera de salir de este atolladero.

¿Cómo ejecutarlo? Sin duda, de forma pacífica antes de que las cosas se caldeen más y el ambiente termine siendo insoportable. Un pacto nacional de todos los partidos y un acuerdo de mínimos serviría de base para empezar el proyecto reconstituyente hacia la Segunda Transición. A día de hoy, tal y como se están desarrollando los acontecimientos, no tenemos otro camino. Ya no podemos seguir improvisando y ya no podemos seguir engañándonos a nosotros mismos. O volvemos a empezar como nación, o esto se acaba.

Caso Barcenas: cuando lo mediocre asalta el poder


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No culpemos a Bárcenas. Realmente no tiene culpa de nada. Ni siquiera al gobierno. Tampoco son culpables de que nosotros merecidamente o no los votáramos. Y tampoco culpemos a los votantes que sistemática e ininterrumpidamente seguimos confiando en lo mismo: en lo mediocre. Porque en el fondo se trata de eso. De esa oscura y anodina corriente gris que domina nuestro espectro social.

Siempre me pareció una imagen mediocre y deplorable el ver a Felipe González o a José María Aznar o a Marino Rajoy fumando ostentosamente un gran puro. No por el respetable arte de fumar lo que sea, sino por el arquetipo que ambas cosas juntas, puro y poder, reflejan en la psique colectiva. El puro es síntoma de impotencia, es una forma de querer alargar aquello que nos falta, una interpretación fálica -falo como producto de poder y creación- a los que muchos se aferran para demostrar ese poder falso que nace de la mentira y la ilusión y no del propio carisma. El poder carismático no necesita complementos fálicos. Su poder nace de otra fuente.

Realmente eran mensajes que venían de pobres mentes mediocres y que llegaban fuertemente a cientos de miles de pobres mediocres que en su fondo, deseaban lo mismo: un gran puro y una gran silla de poder. Por ley de afinidad, lo demás venía por añadidura. Votar a los de siempre y ejercer ese maldito hábito de la norma, la costumbre, por ese miedo atroz al cambio necesario.

Por suerte, y los hechos y los tiempos lo demuestran, lo que ese arquetipo encerraba era precisamente eso, mediocridad. Y es eso lo que, también por suerte, el colectivo social está empezando a sospechar de sí mismo. Y ven en el otro ese hartazgo de seguir una vida ruin, egoísta y perdida. Y puede que con el tiempo ocurran algunas cosas. Quizás los mediocres se vayan retirando poco a poco o la justicia se encargue de colocarlos en su verdadero lugar si logran obrar de forma independiente y justa. O exista un asalto al poder de la lucidez y la coherencia, de la razón y la generosidad. Ello implicará necesariamente el dejar de ver en la imagen estúpidamente ostentosa de ese “quiero y no puedo”, de ese puro embalsamado y perfido, más propio de un estereotipo caduco que de una verdadera esencia de los tiempos, una posibilidad real de cambio y transformación.

Y creo que la naturaleza humana y social de nuestro país está cosechando un caldo de cultivo apropiado para ennoblecer nuestro necesario comportamiento social. Las nuevas generaciones han nacido con otra estructura mental, alejada de esa imagen fanfarrona y falsa que pretende bajo el arquetipo del falo-puro agredir al otro bajo el mandato de poder. ¿Quién la tiene más grande? Siguen diciendo los habitantes del paleolítico. En pocos años, esa pregunta cambiará y será otro: ¿cómo puedo ayudarte? Por eso todo lo que en estos días está saliendo con respecto a la corrupción hará mella en nuestra psique colectiva y será el caldo de cultivo para una verdadera revolución interior y exterior. Todo es cuestión de tiempo.

Neofeudalismo, a propósito de Cataluña


neofeudalismo

Dice la historia que los romanos tuvieron a los plebeyos, la Edad Media a los pequeños comerciantes y el mundo moderno al proletariado para cambiar sus respectivos mundos y sus anquilosadas estructuras. En estos tiempos que corren de derrumbamiento o transformación de un viejo y anacrónico sistema, los intelectuales, escondidos o manipulados, siguen sin acertar sobre qué fuerzas serán las que cimienten el rumbo de esta nueva era social. ¿Serán los indignados, los sin papeles, los anonymus de turno, los quinceme o los deshauciados? Si tuviera que apostar, como en épocas pasadas, apostaría por estos. ¿Qué confianza o credibilidad tendrían si los que quieren cambiar el sistema son los que viven de sus privilegios? No fueron los patricios, ni la nobleza ni la burguesía los que cambiaron sus privilegios.

Por ello todo lo que está ocurriendo en Cataluña me crea sospecha. No puedo estar en contra del fondo, pero sí de las formas. Independencia, soberanía, democracia, son palabras que empiezan a mostrar un ápice más de la decadencia de nuestra sociedad. Por eso digo que no estoy en contra del fondo. Cuando una sociedad –o cualquier cosa- está podrida, lo mejor es que sigamos picando en sus cimientos para derrumbarla. Y que esto no suene como algo catastrofista. Derrumbar un edificio antiguo de forma controlada para que no perjudique aún más al resto es algo positivo. Lo derrumbamos, quitamos los escombros y construimos algo nuevo tras limpiar el solar. Pero no es precisamente lo que pretenden en Cataluña. Los políticos oportunistas y manipuladores de emociones aprovechan el momento para separar su edificio del resto y apuntalar, como sea, la posibilidad de mayores beneficios para ellos y los suyos. De ahí mi desconfianza. No es un proyecto de unidad para el bien común, es una manipulación emocional y política con oscuros propósitos.

El problema surge cuando queremos construir algo nuevo reutilizando la podredumbre, el fango sobrante, las paredes carcomidas y las estructuras roídas del viejo edificio. Eso es lo que pretenden en Cataluña. Construir un estado nuevo con las bases de un estado viejo. Y dicho así, todo suena a neofeudalismo, a una democracia ornamental donde lo importante es que la nueva casta de poderosos protejan lo que por “conquista” han conseguido. Los nuevos patricios, los nuevos señores feudales, la nueva aristocracia parlamentaria y “democrática” no pueden hacer otra cosa que la de proteger sus privilegios. Siempre lo han hecho, y es comprensible. La mayoría, una vez descontados místicos y ascetas, pagaríamos por estar ahí, en el privilegio.

La historia de nuestras sociedades y nuestras culturas es bien compleja. Demuestran que en muchos aspectos no hemos avanzado nada como humanidad. Tenemos grandes valores y exquisitos pensamientos ilustres desde la más remota edad antigua, pero ninguno de ellos ha podido añadir ni un ápice de cordura en la conducta humana. Es cierto que en algunos países y en algunas partes del mundo las cosas han cambiado algo. La educación, la sanidad, la tecnología, las formas de organizar nuestros cometidos vitales. Es cierto que tenemos motivos para estar felices y contentos, pero si nos fijamos atentamente en la historia humana, vemos como volvemos una y otra vez en ese desesperante círculo del eterno retorno.

El sistema feudal se basaba en la debilidad de un poder central que pudiera poner orden entre las ansias de poder de unos y otros. La pirámide feudal favorecía las ambiciones de los pequeños aristócratas con ansias de poder y dominio. En aquella época tenía quizás su propio sentido, ya que era la única forma de poder defenderse de unos y de otros ante la imparable invasión de pueblos contra pueblos.

La reflexión profunda viene cuando en pleno siglo XXI pretendemos formalizar un régimen feudal en un mundo tecnológicamente sin fronteras, en una dimensión socialmente libre donde la invasión y la conquista no proviene de un pueblo enemigo sino de la incapacidad de adaptación a los nuevos tiempos, o de la más supina de las ignorancias. Cualquier estadista mínimamente formado, sería capaz de ver la incongruencia entre ese movimiento neofeudal y las necesidades de la sociedad actual, una sociedad cada vez más libre y emancipada de los poderes y sus arquetípicas instituciones.

La soberanía de un pueblo o de una persona es un derecho inalienable. Por eso decía que estaba de acuerdo en el fondo de la cuestión. Pero las formas, medievales y sin mayor fundamento que la búsqueda de un enemigo inexistente –España-, carecen de credibilidad. No se puede arrastrar a un pueblo a ninguna deriva solo porque en un momento de extrema crisis –ya con seis millones de parados- surja un sentimiento de rabia y frustración hacia todo. Aprovechar esa debilidad psíquica, dirigir esa frustración y reconducirla hacia un fin político es obrar de muy mala fe. Por eso no puedo estar a favor de las formas y de ahí la reflexión. Cataluña no necesita un estado libre, necesita ciudadanos libres y emancipados de estados, territorios, banderas y privilegiados.

El Rei Artur, el messies d’un poble


 

Parece un anuncio de mal gusto, pero la cosa es muy seria. Sólo se puede convencer a un pueblo sobre su destino desde la emoción mesiánica y no desde la razón, porque la razón, que dejó de ser algo zoológica, explica las cosas desde la inteligencia, y no desde la oscuridad del paleolítico, y descubre que el humano (ya lo descubrió la biología hace algunos años) es idéntico en cultura, en identidad y en especie (por suerte se dejó de creer en razas). Por lo tanto, somos Una Humanidad, un Pueblo y una Cultura, la humana, con sus adaptaciones al medio, y por lo tanto, con sus peculiaridades, pero nadie es diferente a otro ante el marco de la inteligencia (en la política se le llama democracia), y nadie tiene un destino como pueblo, sino como ciudadano. Por lo tanto, no existe la voluntad de un pueblo como raza diferenciada, como etnia o cultura separada del resto, sino la voluntad de la ciudadanía libre.

Los mesiánicos lo saben bien. Tenemos el triste ejemplo de un Bush en USA, de un Gadafi o de un Hitler. ¿Cómo un pueblo culto como Alemania, por ir al ejemplo más extremo, iba a llevar a su país hasta la destrucción total? Pues lo hizo, y de forma democrática, votando libremente a su nuevo mesias. Y las circunstancias de aquel pueblo eran muy parecidas a las nuestras, con un caldo de cultivo perfecto para buscar cualquier chivo expiatorio y llevarlo al abismo. Tengo la convicción de que no llegaremos a tales extremos. Que la sensatez será más poderosa que la irracionalidad y que seremos capaces de entender que el espíritu de los tiempos es común a todos los pueblos y a todas las culturas, porque como especie, somos un pueblo y somos una cultura.

Bandidos extranjeros


Así es como un nacionalista catalán ha llamado hoy a los españoles. Para argumentar su tesis, además, aclamaba la creación de un ejército catalán para defenderse de dichos bandidos. Supongo que el debate en Cataluña y pronto también en el País Vasco tiene más que ver con una reflexión animal, como los perros que salen a la calle y marcan su territorio a base de meadas. Porque sino no puedo entender el debate de las banderas, de las patrias y de los ejércitos en pleno siglo XXI. Supongo que esto ocurre porque con la crisis estamos dejando de leer y de viajar y de experimentar la complejidad de nuestro ancho mundo y estamos cerrando nuestra mirada a lo más visceral de nuestra anatomía.

Lo preocupante de esta cortina de humo que pretende encubrir el verdadero problema de la crisis económica y de la incapacidad de gobiernos regionales y estatales de afrontar sus responsabilidades a la hora de abonar facturas pendientes y otros compromisos, es que está sembrando una escalada de odio cada vez mayor entre unos y otros. Habrá personas que aún pensarán en la necesaria defensa de cualquier patria a costa incluso de la sangre. Habrá aún personas que dediquen un miligramo de cordura a creerse el cuento chino de que las libertades se consiguen a base de garrote vil, de banderas y patrias. En todo caso, estas han sido mis respuestas en un debate absurdo y sin fundamento, enfocado desde la aspiración animal y alejado de las ideas y los planteamientos sólidos. Espero que disculpéis el tono de coña:

– marcar els territoris … No és això el que fan els gossos quan van a pixar? Som gossos o humans? I si som humans, per què seguim marcant els territoris amb banderes i pàtries?

– jo no vull pàtries ni banderes, vull pa, educació, salut i treball i una churri que em xucli el membre viril cada matí perquè els meus feromones animals no estiguin pensant en exèrcits sinó en amor … Si seguim portant el debat de les idees al debat de l’absurd (exèrcits, pàtries, banderes) aviat sortirem desfilant al carrer amb el braç a l’aire i cantant patriòtics un nou cara al sol …

– el dia que no tinguem ni pàtries ni banderes no tindrem exèrcits … és així de fàcil, perquè ja no serem animals gregaris, sinó éssers humans lliures, sense pàtries, sense nacions, sense exèrcits, sense fronteres …

– si… asaltem la caserna del Bruc i expulsem l’exèrcit d’una vegada … un exèrcit menys … i en la caserna fem una universitat per a l’estudi i la investigació del comportament gregari a la raça humana amb una tesi doctoral titulada: «com passar de ser animals gregaris a éssers humans complets i lliures, introducció a l’humanisme i la il·lustració»

Mil años más


Hermoso fin de semana con viejos amigos del alma en la verde y hermosa Cantabria. Llegué ayer a casa, cálida gracias a la calefacción central que ya funciona en todo el residencial y gracias también al reencuentro y la reconciliación con la mujer amada. Así que doble alegría y doble oportunidad para seguir profundizando en la universidad de las relaciones humanas. Y es esa universidad la que nos hace mejorar, la que nos hace progresar y la que nos permite crecer como seres humanos. Lo compartíamos ayer: no hay mayor enseñanza que la de estar unidos.

Y mientras eso pasaba en lo interno observaba con inquietud lo ocurrido en lo externo, especialmente en las elecciones de nuestro país. En Galicia no han funcionado los experimentos con gaseosa nacidos de no sé sabe qué energía del bajo vientre. Era de esperar y ese era mi más próximo diagnóstico. La sociedad no necesita despertar a ninguna nueva verdad. Está consolidada en el antiguo régimen y ese posible despertar puede ocurrir en mil años, pero no en mil días.

En el País Vasco vuelve a polarizarse la política a favor de los nacionalistas, por lo que tendremos unos años calentitos a nivel de reivindicaciones. Eso será una nueva oportunidad para España, la cual debe seriamente plantearse su deriva o naufragio como entidad y ver qué rumbo tomar a partir de ahora. Veremos qué ocurre con el voto prestado de los catalanes al nacionalismo. Los intelectuales e ilustrados, que fueron tachados de comunistas en la segunda guerra mundial, apostaban siempre por la unión de los pueblos, por una humanidad. Ese es el camino futuro, pero como digo, no el que se perfilará en mil días, sino más bien en mil años.

De la Catalunya postfeixista a la Catalunya prefeixista


Som molts els que ens van alegrà quan el franquisme va donar pas a les llibertats i el reconeixement de la diversitat a Catalunya. Molts van lluità perquè tot allò que havia estat prohibit, com l’idioma català, tornés a certa normalització. Vam estar i van dedicà molt de temps i mitja vida a la reconciliació, a retornar al poble català tots aquells drets legítims que havien estat maculats per la trista història del feixisme franquista.

Les bases del règim franquista van ser principalment el nacionalisme espanyol, el catolicisme i el anticomunisme. Catalunya va vèncer al règim i va abraçar la llibertat, però en un moment de la seva trajectòria, paradoxalment, va començar a tenir un comportament similar al règim franquista basant el seu ideari en el nacionalisme català, el catalanisme i el antiespanyolisme. Les dues cares d’una mateixa moneda.

I aquest comportament es veu clarament en les seves accions. Primer, la negació del castellà en la vida pública, igual que fes Franco amb el català. Una persecució sistemàtica d’un idioma ric i germà que és fins i tot causa de multa si és utilitzat en el món del comerç. Una exacerbació exagerada del nacionalisme català a força de polsos de banderes, himnes i arquetips històrics. Una cosa molt semblant al franquisme i el feixisme en general. L’exaltació cap als símbols patriòtics i nacionals, cosa que tant de mal va fer a les primeres etapes franquistes i que tant es va criticar en el postfranquisme, ara sembla grisor comú entre els nacionalistes catalans.

No es poden utilitzar els espais culturals i els espais de la memòria col·lectiva en nom d’un ideal polític. Això ja ho va fer el règim franquista, creant icones feixistes on abans només hi havia un sentiment de respecte cap a la nostra història comuna. Igual que ja va fer el règim feixista, el nacionalisme està erigint una infinitat de símbols patris a nivell massiu com banderes, dates, monuments …

Igual que en el règim feixista, hi ha una silenciada absència de crítica interna acomplexada i arraconada sistemàticament, produint amb això un veritable culte a la personalitat nacionalista. Igual que en temps passats, es pretén crear a Catalunya un front comú o partit únic nacionalista que aconsegueixi les reivindicacions secessionistes davant l’estat espanyol, sent l’únic i possible pensament (enllaçar aquí “pensament” amb “únic”) la independència de Catalunya.

Aquest maremàgnum de forces inconscients, que apel·len al sentiment nacional i no a la racionalitat que tant ens ha costat adoptar, ens empeny cap a un estat totalitarista que pretén crear un nou marc jurídic menyspreant les lleis acordades.

No volem amb això dir que estem en contra de la independència de cap país, ni de l’autodeterminació. Simplement volem expressar la nostra preocupació per les formes -arrogants i totalitaristes- que impregnen el que hauria de ser un debat basat en la lògica racional dels esdeveniments presents.

 

De la Cataluña posfascista a la Cataluña prefascista

Somos muchos los que nos alegramos cuando el franquismo dio paso a las libertades y el reconocimiento de la diversidad en Cataluña. Muchos luchamos para que todo aquello que había estado prohibido, como el idioma catalán, volviera a cierta normalización. Estuvimos y dedicamos mucho tiempo y media vida a la reconciliación, a devolver al pueblo catalán todos aquellos derechos legítimos que habían sido mancillados por la triste historia del fascismo franquista. Las bases del régimen franquista fueron principalmente el nacionalismo español, el catolicismo y el anticomunismo.

Cataluña venció al régimen y abrazó la libertad, pero en un momento de su trayectoria, paradójicamente, empezó a tener un comportamiento similar al régimen franquista basando su ideario en el nacionalismo catalán, el catalanismo y el antiespañolismo. Las dos caras de una misma moneda.

Y ese comportamiento se ve claramente en sus acciones. Primero, la negación del castellano en la vida pública, igual que hiciera Franco con el catalán. Una persecución sistemática de un idioma rico y hermano que es incluso causa de multa si es utilizado en el mundo del comercio. Una exacerbación exagerada del nacionalismo catalán a base de pulsos de banderas, himnos y arquetipos históricos. Algo muy parecido al franquismo y al fascismo en general. La exaltación hacia los símbolos patrióticos y nacionales, algo que tanto daño hizo en las primeras etapas franquistas y que tanto se criticó en el posfranquismo, ahora parece ser grimorio común entre los nacionalistas catalanes.

No se pueden utilizar los espacios culturales y los espacios de la memoria colectiva en nombre de un ideal político. Eso ya lo hizo el régimen franquista, creando iconos fascistas donde antes solo había un sentimiento de respeto hacia nuestra historia común. Al igual que ya hizo el régimen fascista, el nacionalismo está erigiendo un sinfín de símbolos patrios a nivel masivo como banderas, fechas, monumentos…

Al igual que en el régimen fascista, existe una silenciada ausencia de crítica interna acomplejada y arrinconada sistemáticamente, produciendo con ello un verdadero culto a la personalidad nacionalista. Y al igual que en tiempos pasados, se pretende crear en Cataluña un frente común o partido único nacionalista que consiga las reivindicaciones secesionistas ante el estado español, siendo el único y posible pensamiento (enlazar aquí pensamiento con único) la independencia de Cataluña.

Este maremágnum de fuerzas inconscientes, que apelan al sentimiento nacional y no a la racionalidad que tanto nos ha costado adoptar, nos empuja hacia un estado totalitarista que pretende crear un nuevo marco jurídico despreciando las leyes acordadas.

No queremos con esto decir que estamos en contra de la independencia de ningún país, ni de la autodeterminación. Simplemente queremos expresar nuestra preocupación por las formas –arrogantes y totalitaristas- que impregnan el que debería ser un debate basado en lógica racional de los acontecimientos presentes.