Ciudadanos abandonados. Territorios sublimes.


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Los gobiernos están demasiado ocupados en representar los intereses de unos pocos, especialmente los suyos propios. Algo me escuece profundamente cuando vengo a Cataluña y veo las noticias regionales centradas única y exclusivamente en lo maravilloso que es el país, en la necesidad de abrir representaciones internacionales para mostrar los beneplácitos culinarios de nuestra tierra y las maravillas de nuestra danza tribal y la necesidad de desvincularnos del estado opresor para crear el nuestro propio, que será, a cual Acadia soñada, más generoso con sus súbditos y plebeyos. Mientras gastan los recursos en comprar voluntades informativas y culturales veo como mi padre, enfermo de alzhéimer, no tiene ningún tipo de derecho asistencial excepto el conseguido, tras luchas y peticiones, de dos horas de asistencia social a la semana.

Isabel tiene un trabajo impagable. Va de un lado para otro atendiendo como puede las vejaciones de los enfermos de alzhéimer. Recibe humillaciones, insultos e incluso maltrato físico de los pacientes. No me puedo imaginar el desolado panorama cuando llega a casa y algún familiar le pregunta qué tal ha ido el día.

Mi padre está en esa fase violenta de la enfermedad donde no para de insultar y pegar a unos y a otros hasta altas horas de la madrugada. El deterioro cognitivo y los trastornos conductuales son insoportables. Gritos constantes, lloros y atención continua las veinticuatro horas del día por parte de la familia son el triste panorama. Es evidente que la ayuda social a estas enfermedades no es suficiente. El Estado del Bienestar o los derechos de asistencia no han sido suficientes para dar soluciones a este tipo de problemáticas. Al menos en esos lugares donde los recursos públicos se utilizan para vanagloria de reinos de taifas medievales. Lo entendería en estados pobres que no pueden dar salida a muchos otros problemas generales. Pero me duele ver el panorama de malgasto institucional, sueldos desorbitados, trapicheos continuos, corruptelas de todo tipo a costa del ciudadano de a pie y sus problemas diarios.

Además, la crueldad psicológica de estos procesos, donde todos los familiares coinciden en si merece la pena seguir viviendo en este estado infrahumano donde el enfermo no es consciente de su realidad y vive como un auténtico vegetal irascible a los estímulos externos. Si algún día viviera en mis carnes una situación así y tuviera algún tipo de consciencia de ella desearía morir. La vida debe ser un vínculo que nos conecte a la felicidad, no al sufrimiento constante. Las enfermedades irreversibles que dañan y denigran al ser humano debería abrir un debate sobre las fórmulas apropiadas para soportar estas dolencias individuales, familiares y también sociales.

Mientras sigamos gastando en mantener patrias, naciones, banderas. Sigamos abandonando al ser humano y sus problemas sociales para centrar nuestras fuerzas y recursos en territorios y en mantener los feudos y de paso a los señores feudales.

El corazón no entiende de tesoros


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¿Qué es más noble para el corazón? Decía el poeta… Muchas veces nos han incitado a no cambiar de vida o de lo que fuera argumentando que teníamos un gran tesoro a nuestro lado. Pero el corazón no entiende de tesoros, se guía por la imprudencia, por la fatalidad de perderlo todo a cambio de nada. El corazón no se apega a las cosas, ni a las personas, ni a los deseos. Sigue sus dictados más allá de lo que la mente juzgue como bueno o necesario. Si lo dejamos libre, llena nuestras vidas de cambios, de enseñanzas, de aprendizajes, de futilidad. Sus arrebatos nos conducen hacia experiencias nunca imaginadas, hacia excitantes aventuras jamás soñadas.

Por eso no valora la pérdida como algo negativo, sino como algo necesario para potenciar las experiencias que lo engrandecen, que lo elevan hacia otras visiones y mundos. Sin importar el tamaño o el valor de aquello que deja atrás, sigue adelante con su sentir más profundo, a veces en silencio, a veces a pleno día. El corazón siempre mira adelante, siempre desea guiarnos por aquello que realmente necesitamos como almas libres, como seres peregrinos que deambulan por este misterioso preludio.

Hay personas que se aferran a una idea, a un estado, a una relación, a un sentimiento, a un núcleo indestructible de por vida. El corazón es experto en destruir razones para potenciar la incertidumbre. Nos precipita a experiencias que sólo son posibles tras una ruptura inevitable. El corazón huye de la norma, de lo mediocre, de lo ordinario y razonable. No hay previsión posible, no hay camino deducible. Su única premisa es el cambio, el saberse guía y señor de un camino aparentemente incierto.

Ese es el motivo por el cual nos cuesta tanto seguir los designios del corazón. Eso que a veces llamamos corazonadas no es más que la intuición de una enseñanza superior, de algo que nos ha de conducir hacia un aprendizaje interior elevado. Sufriremos por ello, porque todo cambio y toda nueva perspectiva produce fricción y pérdida, pero luego, con el tiempo, nos daremos cuenta de lo acertado de haber seguido sus sendas.

La sociedad nos incita a ser proteccionistas, a asegurar todo aquello que poseemos. El corazón nos empuja al más absoluto desapego, al caos. Sabe que nada nos pertenece, que nada podemos fijar eternamente y nos prepara para ello. No hay riqueza ni emoción ni posesión que pueda durar toda una vida. Por eso el corazón nos advierte de la necesidad del desprendimiento.

Nos parecen una locura sus señales. Sus estaciones, sus motivaciones, sus cambios repentinos. Pero albergan un propósito mayor más allá de su caprichosa impermanencia, más allá de nuestra pobre comprensión. Siempre siente un amor universal hacia todas las cosas existentes, y por eso, una necesidad vital de querer abrazarlas todas.Guiarse por el corazón el guiarse por la vida. Es lo que nos conecta al ciclo vital, a la existencia más profunda, a la vivencia clara y poderosa.

El centro nostálgico


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Es hermoso sentir nostalgia por aquellas cosas que nos llenan de vida. ¿Se puede sentir nostalgia por algo que está ocurriendo ahora, en este instante? Cuando contemplamos la vida desde cierto centro, desde cierta quietud, podemos transcurrir en los hechos como si ya no estuvieran, como si fueran parte de un tiempo inmemorial, sin medida, dentro de un ciclo donde todo ocurre en ese momento de paz.

Siendo así, sabemos que todo lo que ahora ocurre tuvo un principio y tendrá un final. De alguna forma, hay situaciones capaces de hacernos percibir cualquier hecho en sus tres dimensiones temporales. Pasado, presente y futuro se fusionan para convertirse en un flujo de cosas impermanentes que transcurren entrelazadas a cientos de posibilidades.

De ahí que sea fácil sentir nostalgia por seres a los que abrazas o por momentos que vienen y van y nos llevan a otros momentos y nos mecen hacia otra infinita posibilidad. Realmente nada se puede atrapar. Ni siquiera el deseo, el instante de amor, de plenitud. Todo desaparece rápidamente, incluso esa emoción primaveral que nos arrastran hacia cumbres a las que nunca más volveremos.

Si profundizamos en ese centro nostálgico podemos llegar a la conclusión de que ya no estamos aquí. De que hemos muerto en otro momento y de que la vida fútil no puede quedar embalsamada en ningún molde. Hay cierta melancolía en todo cuanto ocurre. El devenir de una sonrisa, el paseo por una tristeza, la alegría de reencontrarnos con algo grato, la sorpresa por algo inesperado y bonito. Todo está ahí y todo desaparece. Sólo permanece el continuo cambio, la improvisada ocasión.

Pero nosotros nos empeñamos en hacer las cosas inmortales. Un trabajo para toda la vida, una pareja para siempre, una casa imperecedera… Nos empeñamos en crear cosas inmóviles, yendo siempre contra la propia naturaleza, matando la magia de la vida. Cambiar no forma parte de nuestras estructuras porque eso significa miedo, incertidumbre, dolor. No nos damos cuenta de que a cada cambio crecemos de alguna manera, nos humanizamos, nos volvemos vulnerables ante la eternidad. De paso caemos en esa cuenta, en esa realidad de que somos frágiles ante la vida, delicados y sensibles suspiros que pronto desaparecerán. De que nada, absolutamente nada nos pertenece.

Es normal sentir nostalgia por todo. Una nostalgia equilibrada en el balancear del devenir, en la posibilidad de la incertidumbre, en el cosquilleo por no saber si mañana será o no diferente. Una nostalgia por sentirnos vivos en un mundo permutable, en una transición constante, en un flotar inaudible, silencioso, poético. Cambiemos. Sintamos nostalgia.

La ciencia de estar vivos


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Hoy no he tenido más remedio que tumbarme en la hierba para contemplar junto a Geo el formidable paisaje de bosques y prados. Sentía el canto de los pajarillos y me preguntaba cuanto tiempo sería capaz de albergar ese placer de no hacer nada antes de que el primer pensamiento me impulsara a movilizarme de nuevo. Lo complejo de nuestra vida es precisamente eso. No hacer nada. Estar aquí, presente, buceando en el sentido de todo.

Siempre estamos pensando y haciendo cosas la mayoría de ellas totalmente inútiles. Nuestro cerebro es una especie de máquina que no para de fabricar pensamientos dejando pasar el tiempo presente. Ideas que están pensadas para acercarnos al miedo, al dolor, al sufrimiento. Fijamos nuestra atención en el pasado, en todo aquello que perdimos y en todo aquello que jamás volveremos a recuperar. Cuando hacemos un buen repaso de todas esas cosas que ya no volverán, empezamos entonces con el futuro. Tengo que hacer esto, me gustaría que pasara lo otro, desearía aquella persona. Nada es capaz de anclarnos al presente excepto algún momento de verdadero sosiego y lucidez.

Estar vivos es toda una ciencia. Aquellos que han alcanzado auténticos momentos de paz interior nos indican que para estar aquí y ahora hace falta cierta disciplina, cierto método cargado de técnicas y herramientas. De todas ellas, la más común es la respiración. Es fácil, está al alcance de todos y resulta sencillo pensar en nuestras inspiraciones y expiraciones constantes. Lo complejo es apartar de nuestra mente todas las distracciones y llevar a cabo la práctica de escuchar nuestra respiración. Ese primer paso debería ser acompañado de una atención plena en todo lo que ocurre en el aquí y el ahora. Es una especie de tranquilidad por ver que estamos a salvo, que nada puede perturbar nuestro sentir. Que la paz es posible y alcanzable.

Si ahora miro a mi alrededor veo el balancear de las copas de los árboles, escucho al pajarillo que alegre canta a la tarde. Veo las nubes y los trozos de cielo azul que se despejan tras ellas. La hierba es verde y abundante, cargada de florecillas y diminutos insectos que imagino de un lado a otro. Como aún es de día, las gallinas pasan de repente de un lado a otro por todo el prado. Se les ve jugar con la tierra o simplemente corriendo detrás del gallo que generoso, siempre les muestra el lugar de mayor abundancia. En este preciso instante no hay nada más. Ni preocupaciones pasadas, ni añoranzas futuras. Puedo estar feliz y agradecido en esta minúscula caravana. Puedo sentir la vida recorrer todo lo que soy y todo lo que me rodea.

No sé cuanto más durará este instante minúsculo en la historia cósmica. Un centelleo podría terminar con él. Lo fugaz del tiempo es que no puede medirse realmente porque un momento bello puede durar toda una eternidad. Nuestra levedad, nuestra vida fútil, puede alargarse todo cuanto queramos si somos capaces de sabernos poseedores de cada instante presente. O puede hacerse tan corta según el grado e intensidad de nuestro sufrimiento vital.

Estamos en una cuenta atrás que no sabemos cuando terminará. Pero sí sabemos que algún día dejará de existir. Es impresionante pensar que ahora estamos aquí pero que en algún momento dejaremos de estar. Cada hora que pasa, cada día, cada mes, cada año, siempre resta instantes de vida. Por eso resulta impresionante ver como todos pasamos gran parte de la misma desperdiciando uno tras otro momento. Preocupados. Angustiados. Infelices. Distraídos.

Si algún día somos capaces de despertar al momento presente nos daremos cuenta de la urgencia de todo. Nada nos podrá arrebatar ni un solo suspiro porque no habrá tiempo que perder. Y en ese instante, tendremos el poder de tumbarnos en la hierba para simplemente contemplar. La ciencia de estar vivos es la capacidad de reconciliarnos con el instante presente.

La asociación natural


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La naturaleza es una inspiración continua. Tanto es así que uno se siente pequeño y ridículo ante su majestuosidad. No me atrevo a escribir tanto como antes. ¿Qué se puede decir ante la esbelta estampa de un roble o el sublime canto de un pajarillo? El sol se pone frente a nosotros todas las tardes y nos deja anestesiados por su belleza. Los colores, los sonidos naturales, los olores. Todo es un abanico de pureza que colma nuestras almas. ¿Para qué entonces escribir? ¿Sobre qué?

Recuerdo que cuando vivía en la ciudad sólo pensaba en la utopía. En como sería, en como imaginarla. Crear la utopía en la mente era un bálsamo necesario para comprender que aquella jaula oscura, aquella promiscua manía de vivir enjaulados como si fuéramos una colmena de grillos era algo antinatural. Ahora que mi parquet se ha convertido en la hierba y mi calefacción central es el motor de los ciclos no puedo más que arrodillarme ante la evidencia de que el ser humano nunca debió abandonar a su verdadera madre. ¿Qué fue aquello que nos impulsó a abandonar la estepa y el bosque para llenar nuestros cuerpos de inútil hollín? ¿Qué fue aquello que nos hizo malvivir en una esclavitud orquestada por la necesidad material? Las ciudades crecieron alrededor de las fábricas. Las fábricas produjeron cierto bienestar. El bienestar se tradujo en consumo y el consumo en una forma de vida. Pero todo eso nos llevó a vidas vacías, sin sentido.

En un año hemos reducido el consumo a la mínima expresión. Básicamente podemos decir que vivimos anclados a la necesidad vital de conseguir alimentos. Sin embargo, al vaciar nuestras vidas de cosas, nos hemos llenado de vida. El placer de ir a la huerta labrada con nuestras manos para comer una fresa no tiene precio. Ratones de ciudad, estamos aprendiendo las artes del cultivo, la gracia de conservar la tierra respetuosamente, sin añadir nada más de lo que ella misma produce. Hay una cocreación hermosa, una especie de armonía simbiótica entre lo de fuera y lo de dentro. Una asociación natural entre la brisa que recorre los campos y nuestra sonrisa agradecida y expectante.

La vida en el campo es agradecida si sabes adaptar tus necesidades a la generosidad de sus ciclos. Uno se vuelve generoso y atento a todo cuanto ocurre. No tiene más remedio que labrar la paciencia y entender que a veces todo el esfuerzo puede resultar en vano. Los vínculos que nacen en este orden armónico resultan placenteros, llenos de plenitud exultante.

Cuando las tardes son generosas y el sol brilla radiante y la temperatura está calmada damos algún paseo por la sierra del Édramo o por el valle del Mao. Son lugares desde los que puedes sentir la elegancia de las alturas, la radiante mirada sobre todo lo que se queda bajo tus pies para luego bajar por entre los bosquecillos de castaños y robles y llegar hasta el valle, atravesando riachuelos que corren cargados de agua. Los elementos se conjugan, se asocian, se adaptan unos a otros y crecen juntos, en armonía. Del desgaste de las rocas surge la tierra que alimenta a plantas y árboles. De ellos se benefician los herbívoros y de estos aquellos que por capricho natural ordenan el exceso de rumiantes. Todo se regula de forma equilibrada. Cuando algo falta o algo falla, todo el ciclo natural se resiente. Y nosotros respetamos todo ese frágil equilibrio, intentando no dejar una huella ingrata o que rompa en exceso la débil asociación.

Los peligros de la toxicidad


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Esta semana ha sido totalmente agotadora. No por un exceso de trabajo ni nada parecido. Más bien por un exceso de toxicidad. El noventa por ciento de la gente que viene por aquí suelen ser personas sanas, respetuosas, que intentan ayudar en todo lo que pueden levantando constantemente la moral. Pero a veces vienen personas que se empeñan en sacar, fotocopiar, ampliar y esparcir a los cuatro vientos la paja ajena. Es como si llevaran en el forro un radar para detectar defectos, errores o cualquier otra cosa que debería ser cambiada de forma inmediata para adecuar todo un proyecto a las premisas, ideas o creencias que ella misma considera correctas. Y todos, algo angustiados por no saber qué decir o como parar esa sangría constante de crítica nos preguntábamos sobre la necesidad de tener que aguantar ese tipo de cosas. Por suerte hemos encontrado, a pesar de lo agotador de estas situaciones, una herramienta que parece funcionar. La compasión infinita. Trata de seguir trabajando en silencio, sin mayor cambio en nuestra actitud, de escuchar respetuosamente sin añadir una coma a nada de lo que se dice y de explicar con calma y santa paciencia cualquier cosa que se nos pregunte, aunque sepamos que la pregunta a modo de examen venga con trampa añadida. Además pone a prueba nuestro punto de quietud y los principios que sostienen todo el proyecto.

Es como si fuera a la casa de un amigo y quisiera cambiar el color de las paredes, los muebles y el tapizado del baño tan solo porque yo, que voy a pasar un par de horas en su casa, no me gustara lo que veo. Aunque parezca mentira, mucha gente viene con esa idea hasta aquí. Le ofrecemos todo lo que tenemos, no le pedimos nada a cambio a nadie y encima se vuelven exigentes, arrogantes y orgullosos. Como digo, no es una cosa que ocurra con frecuencia, pero cuando ocurre uno necesita desahogarse de alguna forma para darse cuenta de que el ser humano es complejo y de que el aprendizaje constante sobre su naturaleza nunca deja de sorprenderte.

Es como cuando de repente sales de este bosque y te encuentras a medio país volcado en un partido de futbol, hipnotizados por una copa y un balón, celebrando a lo loco algún tipo de victoria que sirva para calmar sus propias miserias humanas por unos días sin bucear ni por un segundo en la desgracia de la propia existencia. Pan y circo. Realmente las cosas no han cambiado mucho en estos dos mil años.

Es tan peligrosa la toxicidad que de alguna forma te contamina. Me hubiera gustado poder hablar de los hermosos atardeceres que tenemos aquí en los bosques o de las personas bonitas que vienen constantemente para estar con nosotros. Pero prefiero seguir intoxicando el ambiente con esta mala experiencia. Una situación o persona tóxica es capaz de contagiarte y de paso contagiar al resto. Es como el fútbol, capaz de contagiar a miles y miles de personas que siguen atónitos las piruetas de una esfera circular, los clamorosos y millonarios fichajes mientras no tienen un trozo de pan que dar a sus hijos. No importa. Quien sabe si algún día uno de nuestros hijos consigue ser un gran futbolista. O a unas malas, quizás nos toque la quiniela. O en el peor de los casos, mal de muchos, consuelo de tontos. De alguna forma nuestro sistema de valores funciona por contagio. Normalmente un contagio basado en una mentira, en una ilusión o en una vaga esperanza.

Aquí en el bosque nos contagiamos de belleza, de paz, de pureza y armonía. Al menos hasta que de vez en cuando aparece alguien de la ciudad y pretende imponer sus criterios de bienestar a nuestra aparente vida austera. Lo siento, pero nos gusta vivir así, sin luz, sin agua, sin electricidad, sin lavabos, sin duchas ni bañeras. Nos gusta nuestras caravanas y no aspiramos a nada más que no sea seguir disfrutando de sus maravillosas vistas al horizonte, a la profundidad del bosque, a los impresionantes atardeceres. Por suerte no nos dejamos intoxicar mucho. Solo un poco, hasta que nos damos un largo paseo como el de esta tarde y el mal trago pasa. El próximo día me esforzaré en hablar de cosas más positivas. Hoy necesitaba advertir al prójimo sobre los peligros de la toxicidad psíquica, emocional y material de todo lo que nos rodea. Y de paso, desahogarme con permiso.

Invitación a observar


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Participamos en un mundo que desconocemos. A veces limitamos nuestras vidas a cierto coraje para sobrevivir en los planos más toscos. No dedicamos mucho tiempo a entender donde vivimos y porqué. Preferimos tener una vida glamurosa y entretenida. De hecho, la industria del entretenimiento es una de las mayores del mundo. Preferimos estar distraídos porque eso sirve como escudo psicológico ante la adversidad cósmica, ante la vital pesadumbre de un final inevitable.

Sin embargo, la vida nos invita a ser observantes. Nos dio capacidad de raciocinio, nos dotó de inteligencia y más allá de la misma, creó en nosotros la mágica esfera de la abstracción. Con ella conseguimos la consciencia. En sus ramales, aprendimos a mirar a las estrellas, al cosmos y a nosotros mismos desde otra perspectiva más profunda, más ancha, más infinita.

Cuando paseamos por un bosque y escuchamos sus sonidos nos damos cuenta de que toda la creación se mece en un misterio insondable, profundo, secreto. Si observamos con atención todo lo que puede desarrollarse en un solo segundo de existencia nos damos cuenta de la enorme cantidad de acontecimientos que simultáneamente se desarrollan en un instante. Lo bonito de esa observación es darnos cuenta de que nosotros somos partícipes de ese momento. Estamos profundamente arraigados a todos los acontecimientos de esa minuta de existencia.

Mas allá de eso, ¿qué más podemos hacer para sentirnos no sólo integrados con el propósito vital de la vida, sino, además, sentirnos útiles al propósito vital de nuestra existencia, protagonistas de esta oportunidad única? ¿Acaso hemos venido tan solo a estar entretenidos, a mirar de reojo o a ciegas todo cuanto ocurre?

Algo nos dice que no. Algo profundo nos señala como las colmenas del conocimiento se llenan de miel dulce, de melaza y almíbar que pretenden saciar el apetito por comprender algo más nuestra sutil devenir. El amor y la voluntad nos empujan hacia una extensión mayor de presencia.

Quizás esta cuestión tan sólo sea una adormidera más, una protección psicológica para participar de la creencia común de que no estamos profundamente solos en el universo y de que toda la creación entera, incluida la vida en nuestro planeta, no es fruto de un fortuito hecho casual. Sería angustioso pensar que todo se puede limitar a esa soledad cósmica. ¿Acaso la vida, la propia existencia, puede condensarse en un acto aleatorio y caprichoso?

Si observamos todo cuanto nos rodea y dejamos de entretener nuestras vidas como si nada estuviera ocurriendo, como si fuéramos eternos y la vida nunca acabara. Si participamos de este orbe explosivo de vida y color. Si conseguimos explorar ávidamente todo aquello que parte de un sentido manifiesto, quizás empecemos a descubrir una nueva forma de entender el universo, una nueva forma de encauzar nuestros interrogantes y cuestiones. Si conseguimos participar de la consciencia humana, global, inmanente, quizás podamos hallar algún tipo de atisbo de verdad sobre todo cuanto ocurre ahora, en este instante, frente a nosotros.

Puedo ver a mi alrededor el cielo estrellado y deseo ardientemente ser partícipe de su halo de complejidad. Me siento bellamente afortunado por tan privilegiada atalaya. Me siento profundamente agradecido por esta oportunidad única. Sigamos observantes. Algo bueno habrá por descubrir.

Vivir en la periferia


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Todas las tardes vamos a visitar al perro Geo. Son dos horas de viaje para un rato de grata compañía. Merece la pena inyectar ánimo y ver como se está recuperando de forma rápida y casi milagrosa en boca de los veterinarios. Hoy incluso hemos ido a correr. Estaba feliz y radiante de nuevo. Algo hermoso le dio vida y creemos que saldrá de esta. La verdad es que la experiencia no ha tenido desperdicio. La fugacidad de la vida es impresionante. Hoy estamos aquí, tranquilos, leyendo, paseando, buceando en algún programa de televisión y mañana nos dicen que nos morimos, si es que da tiempo a que lo digan. Así de fulminante puede ser el instante en que nos enfrentemos al final.

Por alguna extraña razón llevo viviendo con esa sensación de fragilidad vital desde hace unos años. Morir psicológicamente tiene la ventaja de poder mirar a la vida con otros ojos. No es una mirada negativa ni anclada en la queja, es simplemente una mirada más amplia, como si la vida fuera un hilo conductor interminable que no tiene nada que ver con eso que llamamos “vida”.

Mañana viajo a Ginebra. Me invitaron a dar una pequeña locución cuyo título extraño es “el grupo progresa de una tierra ardiente a otra”. A la vuelta me han invitado en Radio Nacional de España a un programa llamado Club Dante, donde supongo que harán una entrevista para hablar de alguno de mis libros. Admito que después de algún tiempo retirado del mundanal ruido me da algo de pereza participar en este tipo de eventos. Ya ni siquiera hablo de política, algo que siempre me ha encantado y me ha sugestionado. Es como si la vida salvaje en los bosques me hubiera cambiado esa ansiedad por cambiar el mundo y por transformarlo y mostrara de paso mi parte más tímida, más silenciosa, más acallada.

Le explicaba esto a una buena amiga y me decía que las cosas hermosas hay que compartirlas, y que no necesariamente uno tiene que participar del ruido, sino mostrar una nota clave diferente. Vivir en la periferia sin compartir las grandezas de la vida sencilla puede resultar algo egoísta.

Uno nunca sabe el grado de implicación de todo esto. Uno nunca sabe si algo resuena, si algo llega a alguien, por muy minúsculo que parezca. Vivir en la periferia también puede resultar cómodo, pero admito, en el fondo de mi razón y compromiso con la vida, que el núcleo de todo este entramado requiere compartir. Y aunque a veces no nos gusten las formas de compartir, hay que hacerlo.

Compartir recursos, compartir dones, compartir talento, compartir una sonrisa, una mirada, una canción, un momento, una palabra dulce, un beso cariñoso. Compartir estas letras y la foto denuncia que hoy he colgado en FB admirado por el cariño que todo el mundo ha mostrado por Geo mientras que luego, sin razón alguna, se devora un lindo ternerito, un pobre cordero, un pequeño pollito. Claro que sí, compartir consciencia y sensibilidad, ideas y denuncias, compromiso y trozos profundos de creación. Intentaré hacer un ejercicio diario. Anotar en alguna parte todo aquello que comparta en un día. Quizás me ayude a entender la urgencia de compartir, la urgencia de actuar, aunque sea desde la periferia, aunque sea desde este extraño punto de quietud.

(Foto: Esta tarde con el perro Geo en el hospital veterinario de Lugo, bajo una foto denuncia y feliz por ver que ya tiene las orejitas levantadas).

La práctica del desapego


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La práctica del desapego es un buen ejercicio interior. Hay algo de nosotros que siempre nos pide crecer. Un buen trabajo, un mejor trabajo. Una buena casa, una casa más grande. Un bonito coche, un coche más potente. Lo llevamos dentro y casi resulta natural en el ser humano. Weber lo llamaba la desmesurada avaricia humana. Defendía que el capitalismo, de alguna forma, había podido regular esa avaricia, y por lo tanto, en el fondo, el capitalismo había sido algo bueno para poner orden en el descontrol natural del individuo y sus sociedades.

Desde hace unas semanas dejamos nuestra pequeña caravana para instalarnos en una caravana aún más pequeña. Una furgoneta diseñada para la vida nómada, esas que se hicieron tan populares en los años sesenta en el movimiento contracultural y hippie. Los asientos delanteros se han convertido en nuestro provisional armario y los traseros en la cama, algo más estrecha que la anterior, pero suficiente para albergar dos cuerpos, la cajita de la gata y el perro Geo, que duerme en el poco suelo que queda. Cuatro libros, dos cepillos de dientes y los desodorantes conforman la decoración de este nuevo hogar.

Ahora veo que la caravana donde hemos pasado el duro invierno era todo un lujo de lugar. Lo bueno de poder experimentar cosas complejas y difíciles es que aprendes a valorar lo que se tiene. Los que han dormido alguna vez en el suelo o en condiciones difíciles saben que cuando tienen una cama eso se convierte en algo impresionante.

Llevamos casi un año viviendo en las caravanas, aquí en el bosque, rodeados de prados, de belleza, de montes, de ríos que renacen en la primavera y cumplen su función natural. Levantarte con el trinar de los pájaros y con los primeros rayos del sol que inundan temprano este lugar forma parte del paisaje común. Sabemos que no todo el mundo estaría dispuesto a vivir así. De hecho, la humanidad, dicen, ha avanzado cuando el ser humano se acomodó en torno a las fábricas, surgiendo de ese movimiento del campo hacia la industria todo el conglomerado que llamamos ciudad. Dicen que eso fue un avance que contrajo innumerables ventajas para todos. Sin embargo, ahora que vivo lejos de la ciudad, me resultaría muy difícil, una vez experimentado este tipo de vida salvaje, el volver a la misma.

Vivir en la ciudad supone hipotecar al menos los próximos cuarenta años de tu vida para conseguir un apartamento no mucho más grande que esta caravana. Aquí al menos, el sentido de propiedad se difumina. Puedo salir de la caravana y pasear libremente por el bosque que nos rodea y que pertenece a todos. No tenemos que dedicar el resto de nuestras vidas a pagar una cuota, ni siquiera a pensar en el recibo de la luz o del agua, ya que la naturaleza es generosa y lo ofrece todo de forma gratuita. Me pregunto qué pasó con la tierra, porque alguien pensó que podía venderse o comprarse. Al menos en los próximos cien años, este lugar no podrá ser comercializado, ni vendido ni comprado, porque pertenece a todos.  DSC_0523

Esta vida no es mejor ni peor que la que podamos vivir en la ciudad. Es simplemente algo más libre, más ligera y más humana. Me refiero a que aquí nos saludamos todos por la mañana, compartimos algún ritual comunitario, desayunamos juntos, comemos juntos, trabajamos juntos y luego dedicamos las tardes a nuestra vida personal, ya sea interiormente o exteriormente. Hemos creado un pequeño campo de experimentación donde se está volviendo a valores de humildad y sencillez, de cooperación y respeto. Estamos de alguna forma vulnerando las leyes del crecimiento, del capital y de las finanzas. Necesitamos poco y de lo poco que necesitamos, necesitamos poco. Nos vale saber que estamos bien, que estamos logrando ser integrales con el entorno, con la vida, con la naturaleza. No existe la queja, solo el ánimo de levantarnos mañana para volver a abrazar a nuestro prójimo. Ese es nuestro sentido de vida. Esa es la hermosa experiencia de vivir en una pequeña caravana. A la vez que decrecemos materialmente, que abandonamos las cosas inútiles de la sociedad, algo crece dentro de nosotros.

Los disfraces del mal


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Y fue hecha una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lidiaban contra el dragón; y lidiaba el dragón y sus ángeles”. (Apocalipsis, 12-7)

Cuando bajaba desde las Tierras Altas atravesando el Canal de la Mancha pensé en desviarme unos kilómetros para visitar la impresionante abadía que se eleva sobre el Mont-Saint-Michel, en la región francesa de Normandía. Estaba acostumbrado a ver tan hermoso lugar por reportajes y fotografías y lo cierto es que el estar allí no decepciona.

Durante las semanas previas andaba pensando sobre el mal y sus disfraces. De cómo había algo que de alguna forma se había apoderado del ser humano y su naturaleza. Algo ajeno a él mismo, algo extraño, que no conecta con sus atributos, pervirtiendo, incluso hasta su propia autodestrucción, todo el sentido natural de la vida. Me fijé por las fechas en el símbolo de San Jorge y su gran lanza venciendo al dragón. Cuando llegué a la abadía francesa me encontré de nuevo con el mismo símbolo universal, esta vez representado por el arcángel San Miguel, el jefe de todas las potestades angélicas, según la tradición.

El apocalipsis nos da claras pistas sobre lo que ocurrió en centurias pasadas: “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él”. En la iconografía clásica ese dragón parece que en parte es vencido por San Miguel, pero la victoria no se teje en la tierra, donde el dragón es lanzado, sino en los cielos. “Pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo”, nos recuerda el texto bíblico. Esto nos hace pensar que el mal hizo de este hermoso planeta sus vastos dominios.

Desde un punto de vista más contemporáneo y menos simbólico andaba analizando esa batalla. Cómo el materialismo, el egoísmo, la ignorancia y la avaricia se han apoderado incluso de aquellos lugares que alguna vez fueron santos o pretendieron guiar a la humanidad hacia un lugar de luz y remanso, hacia ese cielo que clama por atraer hacia sí almas peregrinas.

Regresaba, tras dos meses de larga incursión, algo enfadado y decepcionado por ver como el “mal” se había apoderado de un sueño que pretendía convertirse en una ciudad de la luz. Venía triste por ver como ese “mal” usa cualquier excusa para disfrazarse, a veces de forma inverosímil, incluso amorosa y amable, para perpetuar sus dominios. Me preguntaba de qué forma, nosotros, humanos ingenuos e ignorantes, podríamos protegernos de esos dominios, de esos disfraces, de esa terrible batalla invisible que está terminando con nuestro planeta y con nuestra propia subsistencia en el mismo. Pensaba como de alguna forma el ser humano se está convirtiendo en una plaga, en un cáncer para el planeta, y que pocos son los anticuerpos que como San Miguel, intentan vencer al dragón, a la serpiente antigua.

Venía extraño viendo las noticias atroces y cómo el egoísmo y la sinrazón se apodera de todo. Nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras acciones diarias son fruto y alimento de ese mal, de esa terrible cosa que no somos capaces de ver porque sus disfraces son invisibles y poderosos. No nos damos cuenta, pero el mal está en todas partes. Vivimos persuadidos por sus amables potestades. No somos aún conscientes de que el ser humano ya forma parte de ese mal. No nos damos cuenta, pero estamos convirtiendo nuestras vidas en un afanoso dragón. No somos héroes que podamos enfrentarnos a la bestia. Sólo pobres cobardes que bailan al son de la necesidad y el egoísmo. Sólo meras marionetas de algo que aún no hemos entendido.

El yo durmiente y la consciencia centinela


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La inteligencia es escasa. Cuando aparece suele venir acompañada de cierto grado de locura o disconformidad. La inteligencia no gusta. Termina creando malestar en aquellos que duermen y viven en esa dulce cuna de la inconsciencia. Malgastar la vida entre apegos y deseos es más fácil que despertar a ella y observar más allá de la ignorancia todo el entramado. Cuando asomas la cabeza por encima de la bóveda común, se despierta algo irascible.

Es muy difícil encontrar personas inteligentes. Todos preferimos vivir en el dulce manto de la ceguera. Pero aún mas difícil resulta descubrir a mentes lúcidas, aquellas que nacen más allá de la inteligencia, en esa categoría superior de consciencia donde las cosas dejan de tener forma y todo empieza a cobrar vida, energía y fuerza. La lucidez se esconde, se aleja de la tristeza y la tragedia de la mente inteligente para instalarse en la compasión, el amor y la voluntad, el silencio. La tormenta inteligente se aleja y da paso a la calma, la quietud expectante de aquel que observa y contempla desde la serenidad. La lucidez acepta el mundo de un modo pasivo, a sabiendas de la existencia de esa voluntad superior dispuesta a conceder luz allí donde antes solo había oscuridad. Lo lúcido deja de luchar y se deja guiar por el entramado vital. Cede espacio a la voluntad superior y se anula para dar paso a lo otro.

El yo durmiente acumula sueño. No desea despertar. Se está bien en la somnolencia, en esa pasividad inconsciente que nos hace vulnerables pero al mismo tiempo nos tranquiliza ante la tragedia de la vida. La consciencia centinela se esfuerza en despertar a cuantos más mejor, aunque eso causa incomodidad y malestar. Sólo recibe crítica y desprecio. El resultado de su labor siempre será una cruz o una hoguera. La consciencia centinela no espera recompensa alguna. Sabe que una semilla sacrifica su vida para dar paso a algo mayor. El proceso de transformación, de resurrección, es algo que comprende profundamente. Por eso no le importa morir de agotamiento, de desprecio, de incomprensión. Es consciente del precio de su trabajo incómodo. Ha cedido su vida, ya no le pertenece.

Mientras la necedad campa libre. La estupidez es sinónimo de normalidad. Ser inteligente, ser lúcido, es algo depravante. Sin embargo, vivir en la hegemonía de la norma es una ridícula caricatura del más repugnante egoísmo. Nadie desea comprometerse con la necesidad de atraer más luz a un mundo de tinieblas. Nadie posee la fuerza suficiente para hacerse responsable de un batallón de luciérnagas que alumbren en la noche. La triste cárcel sombría es siempre más acogedora que el aura que vaga llena. Hay algo que nos envenena, que nos aleja del sentido más profundo, pero que adoramos como si realmente fuera lo verdadero e imprescindible.

En los templos misteriosos, en los recovecos del alma, siempre se implora por la luz. Pero esos templos se convirtieron en cavernas sombrías y la lucidez se refugió en las altas montañas. Sólo el supremo suspiro alienta la voluntad del ser, la consciencia centinela, el vigía y guardián de todos los secretos. El resto seguimos dormidos, a la espera de un haz de luz. A la espera de tener la voluntad suficiente para ceder. Morir al yo durmiente para resplandecer como consciencia centinela.

(Agradezco a M., una mente lúcida, la inspiración del texto y el título, el cual he copiado y es obra suya).

Volver al hogar


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De nuevo estamos viendo como se alzan las voces de la identidad. Es una cuestión muy interesante el ver como el ser humano en todas sus condiciones, económica, social, cultural, psicológica, política y espiritual reclama para sí mismo una identidad. A veces la falta de identidad propia hace que deleguemos la misma a un simbólico abstracto mayor como puede ser una nación, una patria, una empresa, una marca, un Dios, un partido político o una ideología. La identidad es plástica y puede moldearse y recolocarse de dentro hacia fuera con esa facilidad. Una vez identificados con esa parte abstracta con la que nos sentimos tranquilos, lo único que tenemos que hacer es ceder nuestra soberanía personal hacia ese abstracto.

El origen del conflicto grupal, así como el origen de la cohesión, tienen su raíz en esa delegación identitaria. De alguna forma, delegamos nuestro poder, lo que nos constituye como seres individuales a un todo mayor, ya sea este todo mayor una bandera, un símbolo, un partido de fútbol o una telepantalla cualquiera.

En ese transfuguismo identitario olvidamos que no hemos venido al mundo para hacer cosas, sino para ser. No importa lo que hagamos, lo que importa es la intención o el propósito, la consciencia que apliquemos a cada acto de nuestra vida. Nuestra huella positiva en el mundo es nuestra mayor expresión del Ser. Y ese ser sólo puede manifestarse a través nuestra, no a través de un todo que no nos pertenece.

La insatisfacción personal es productora en muchas ocasiones de dicho trasvase. También la falta de juicio o lucidez ante el mundo circundante. Cuando nos sentimos afligidos, atacados injustamente o nuestra dignidad es herida, solemos recurrir a la falta de ser, es decir, solemos relegar mediante mecanismos de protección psicológica como la rabia o la esperanza todo nuestro bagaje humano. Las adormideras sociales también nos recluyen y aíslan, olvidando lo que somos, olvidando la expresión del ser.

Últimamente se escucha a mucha gente deseosa de “volver al hogar”. En el ámbito de lo espiritual, está de moda esa añoranza hacia patrias celestes lejanas, normalmente ubicadas entre Sirio y Orion, con capacidad de tranquilizar nuestras epidérmicas creencias y de transportar nuestros anhelos hacia esa Ítaca soñada. En el ámbito de la política, esa Ítaca siempre se delega a la patria o a la construcción nacional de una emoción grupal. Los nacionalismos tienen mucho que ver con esa búsqueda ancestral de “volver al hogar”. Es decir, volver a delegar en un sueño, fantasía, esperanza o rabia algo que nos pertenece.

Es evidente que no podemos dejar de ser humanos. Por esa misma regla, deberíamos asumir nuestra propia emancipación y responsabilidad, nuestro propio linaje sin delegar en otros nuestras emociones e ideas. El principio de libertad nace precisamente de no ser esclavos de estructuras mayores, y menos aún, de buscar hogares soñados en Ítacas perdidas. La libertad real solo puede nacer ante la expresión total del ser que somos, sin encomendar a otros dicha expresión. Volver al hogar es volver a nuestra propia emancipación personal. Sólo desde ahí se puede construir cosas comunes.

Soñadores lúcidos


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Ahí fuera está nevando con fuerza. Las Highlands ha encontrado un momento idóneo, la primavera, para teñirse de nuevo de blanco, como si no tuviera prisa por dar paso a la vida. Es hermosa la nieve con el contraste de la bahía y sus dunas. Ayer pude ver un cervatillo que se quedó inmóvil, observándome, interrogándome sobre mi presencia en su bosque. Husmeaba de un lado para otro, quizás interrogándose sobre porqué su bosque ahora se había convertido en un matojo de pequeños árboles rodeados de monstruosas casas humanas. De alguna forma brotaba un dolor en sus ojos, una tristeza que pudo contagiarme.

Realizar una tesis sobre la utopía y los intentos por llevarla a cabo te da una visión privilegiada de cómo el ser humano ha intentado durante miles de años mejorar su condición material y espiritual a base de sueños. Materialmente hemos avanzado algo, pero a costa de destruir la naturaleza, alejarnos definitivamente de nuestro lazo de unión con ella y codearnos con el egoísmo, el individualismos y la codicia como resultado de ese proceso. Espiritualmente los avances han sido nulos. Leyendo a los filósofos del mundo antiguo vemos como nuestra consciencia sigue adormecida. Nos hemos vuelto unos cómodos cobardes instalados en la queja cuando algo nos incomoda, sin capacidad de reacción o acción alguna para mejorar o cambiar o modificar nuestras vidas, cueste lo que cueste.

Podemos decir que durante estos últimos dos mil años ha sido poco lo que hemos aprendido en cuanto valores espirituales, como si algún tipo de fuerza maligna nos hubiera conducido hacia un callejón sin salida. Si miramos nuestras vidas, están totalmente alejadas de aquel mensaje hermoso, revolucionario y primigenio de ese que hace dos mil años murió en la cruz. La sencillez de su oratoria encerraba la gran trampa de no poder cumplir ni siquiera un ápice de lo que mostraba. ¿Cómo un ser depredador como el ser humano iba a amar a su prójimo? No sólo no lo hicimos, sino que durante dos milenios nos hemos limitado a lincharlo, pisotearlo, violarlo y asesinarlo mediante guerras, destrucción o codicia.

Los soñadores lúcidos siempre han sido una minoría. Algunos de ellos incluso se dedicaban a realizar algún tipo de experimento que nunca llegó a sobrevivir más de cien años en los casos más optimistas. Utopías de toda clase se pusieron en marcha en cientos de lugares. Pero todas fracasaron. Tarde o temprano, esa oscuridad que nos ciega invade nuestras vidas, limitando nuestra existencia a convertirnos en seres mecanizados, aislados, ridículamente amaestrados para dejarnos seducir por meros condicionantes, por instruidos deseos que gobiernan nuestra vida esclava, ausente de felicidad y de sentido. Nos dejamos arrastrar por esa ceguera creyéndonos poseedores de algo, sin saber bien qué podría ser. Pero es algo que asegura nuestra cobardía. Es algo que estimula nuestra seguridad, paciendo con canciones, modas o teatro nuestra vida ficticia.

Sea como sea, seguiremos soñando, lúcidamente. Iremos al desierto, buscaremos al peregrino y lavaremos sus pies con aceite recién colectado. Iremos a las colmenas para buscar las mieles y la entregaremos para que siga su camino. La sed siempre será saciada en aquel que se adentre al desierto. Allí siempre habrá algún soñador lúcido esperando poder acompañarle en parte de su trayecto. Siempre habrá esperanza en el ser humano. Forma parte de su condición más inacabada.

Cuando somos humanos


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Esto significa equivocarnos, levantarnos, tumbarnos, derrochar en reproches y lágrimas, alegrarnos, entrar si la vida así lo marca en situaciones difíciles, a veces imposibles. Cuando nos comportamos como humanos, salen nuestras imperfecciones inevitables, salen nuestras sombras y momentos oscuros. Claro, ¡¡¡somos humanos!!!

Pero también somos capaces de grandes cosas. Porque ser humano también significa postrarnos ante la inmensidad del cosmos, seducirnos por nuestra humilde condición y mostrar nuestro mejor anhelo. Como somos humanos somos capaces de construir las mayores empresas posibles. Somos capaces de perdonar, de amar, de dibujar sonrisas y estímulos suficientes para seguir adelante. Ser humano también significa perfeccionar nuestra condición y ofrecer al otro nuestro lado más amable, más compasivo.

Ser humano también es ser responsable y adquirir un claro compromiso con la vida. Es ser capaces de decir: sí quiero. Sí puedo. Sí, deseo. Ser humanos es comprometernos a perder o ganar, responsabilizarnos de nuestros actos aunque sean equivocados, aunque sean tremendamente erróneos. Pero ser capaces de intentarlo, de arriesgar no esperando ninguna recompensa ni mayor gloria. Sólo esperando avanzar como uno más dentro de esta maraña que somos.

Si mejoramos un ápice gracias a nuestros errores y aciertos de alguna forma estamos mejorando como humanidad. Si esbozamos una sonrisa, un motivo de esperanza, es algo que se hace común, y es toda la humanidad la que sonríe y se conmueve ante esa visión de esperanza.

Somos pequeñas motas perdidas en un cosmos inmensurable. Pero también somos voceros de ese milagro que es la vida, de ese misterio que es la inteligencia, la voluntad y el amor. Sí, somos pequeños, pero también representantes de lo más grande. Cuando somos humanos somos majestuosos halos de vida, serenas olas de un mar inacabado, profundos suspiros de un Creador que mece cada átomo con la ternura merecida.

Si por un momento te has sentido humano, te habrás sentido un afortunado héroe, un privilegiado testigo del devenir universal. Sólo por eso, aunque sólo sea por sentirnos agradecidos a este momento presente y único, merece la pena ser humanos.

Celebraciones de equinoccio y antiguos misterios


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La bahía donde me encuentro está rodeada de océano. A mi izquierda puedo ver el pequeño estuario que une la desembocadura del río Findhorn con la bahía del mismo nombre. Aquí los ciclos de la marea son especialmente visibles. Por las mañanas la desembocadura puede estar totalmente seca y a media tarde parece un inmenso lago lleno de agua y vida. A mi derecha se abre el océano, el frío mar del Norte que un poco más arriba se une con el Ártico. Por las noches es normal escuchar la música de ambos oleajes. Justo en frente de mi ventana tengo las grandes dunas que separan un trozo de agua del resto. A veces es fácil observar a los faisanes que entran en el jardín de casa o pequeños ciervos que vienen a desayunar temprano cualquier flor o arbusto. Las grandes bandadas de aves migratorias se escuchan especialmente por la noche, donde se reúnen muy cerca de aquí para decidir que ruta continuar en la próxima jornada.

Estos días había cierto nerviosismo por la Gran Marea, un fenómeno extraño que coincide cuando la luna y el sol están alineados de forma inusual. Algunos podrían pensar que este pequeño islote podría quedar sepultado bajo las aguas por el gran acontecimiento. Además, en un mismo día, coincidían tres fenómenos impresionantes: la gran marea, el eclipse total de sol y el equinoccio. Por suerte no pasó nada anómalo y la vida continua.

En las varias celebraciones a las que he podido asistir en la comunidad de Findhorn y alrededores las explicaciones iban describiendo todos estos acontecimientos. Por un lado, la importancia del equinoccio con dichos fenómenos naturales y sus ciclos cósmicos. Por otro, todo lo recurrente a la nueva era de Acuario y lo significativo que parecía este nuevo ciclo en el que nos adentrábamos. Un poco de música, alguna celebración, meditaciones especiales dirigidas a invocar las fuerzas de la naturaleza. Rituales de bienvenida y cambio de ciclo. Lo cierto es que uno se deja seducir por todo este tipo de bellas celebraciones. En estos días, había jornadas a las que podía asistir a cuatro diferentes tipos de meditaciones para celebrar diferentes tipos de acontecimientos. La meditación de la mañana, a las seis y media y con una duración de una hora. La meditación de las nueve, la meditación de las cinco, la meditación por las Naciones Unidas en sincronía con la gente que en Nueva York medita desde la sala de la organización internacional, la meditación especial de equinoccio, la meditación especial para sanar, los cantos de Taizé entre una y otra meditación… Un sin fin de rituales uno tras otro, algunos más devocionales, otros más esotéricos, todos gozando de una excelente salud dentro del movimiento del sincretismo espiritual donde se pretende conciliar diferentes doctrinas o tradiciones.

Admito que de todos ellos me han impresionado, especialmente uno que se ha realizado esta mañana a las afueras de Forres, en un apartado lugar cercano a impresionantes bosques y ríos. Se trataba de una mística y antigua celebración realizada por una logia de masonería mixta en la que admiten la participación de hombres y mujeres por igual. Cuando llegamos al lugar nos recibió un grupo de personas vestidas totalmente de blanco, con unas cogullas o hábitos muy parecidos a los que llevan los monjes cistercienses. Nos recibió muy amablemente el Venerable Maestro de la Logia del Santo Grial, al parecer la única logia existente en todo el Reino Unido de la Grand Lodge Ancient Universal Mysteries.

A los pocos minutos, y tras una breve presentación, pudimos entrar en el templo. Allí íbamos a ser testigos de un rito ancestral que ha sobrevivido de la mano de la masonería hasta nuestros días. Se trataba de celebrar la Ceremonia del Equinoccio de Aries, donde, con una particular Invocación de los Grandes Seres se iban a utilizar rituales de origen budista. Como ellos mismos explicaban, la invocación de los grandes seres se inicia en el primer ciclo de la Cruz Cardinal. Se inspiran en las energías del propósito y la intención que inician un nuevo comienzo en el ciclo de la actividad creativa. Pretenden invocar el aspecto voluntad para aplicar dichos fines. Las invocaciones se dirigen a los grandes seres, a los que ellos llaman, quizás siguiendo algún tipo de tradición esotérica, los Señores de los Rayos, así como sus propósitos en lo que respecta al poder inicial que produjo esa maravilla de la expresión creativa que llamamos la humanidad misma.

En estos años he podido asistir a un sinfín de rituales de paso, de iniciación y de cambios de ciclos, pero jamás había asistido a un ritual de tanta belleza, claridad y profunda hermosura. La apertura de los trabajos ha sido una de las cosas más emotivas a las que jamás he asistido. La extraordinaria música acompañada de los gestos, los mudras, esa especie de baile sincrónico de un lado para otro y los cánticos han podido crear una atmósfera insuperable. Toda la dramatización del ritual ha sido escenificada con una pulcritud y seriedad expectante. Realmente los allí presentes no dábamos crédito a tanta belleza y profundidad.

Los antiguos misterios eran, uno tras otro, descritos con gestos, señales y símbolos. Era como si la tradición de los antiguos patriarcas de la humanidad se desarrollara una tras otra en ese minúsculo espacio llamado logia. No puedo añadir nada más. Sólo avivar la curiosidad y mostrar de forma abierta todas estas cosas que ocurren más allá de la puerta de todo misterio y que muchas veces, a pesar de tenerlas bien cerca, las desconocemos por completo.

 

¡Comiénzalo ya!


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“Hasta que uno se compromete, hay duda, la posibilidad de volverse atrás, siempre ineficacia… Pero en lo concerniente a todos los actos de iniciativa y creación existe una verdad elemental, cuya ignorancia mata innumerables ideas y espléndidos planes, esto es: que en el momento en que uno se compromete definitivamente, también la Providencia se conmueve. Todo tipo de ayuda que nunca hubiera aparecido, surge ahora ante uno. Toda una corriente de sucesos fluye de la decisión, poniendo a nuestro favor todo tipo de nuevas situaciones, encuentros y ayudas materiales que nadie hubiera podido soñar que le llegaran. Lo que puedas hacer, o sueñes poder hacer, comiénzalo. La audacia lleva genio, poder y magia en sí misma. ¡Comiénzalo ya!” Goethe

 

Estamos escasos de coraje y valentía. La prueba está en todas esas cosas de las que nos arrepentimos con el paso de los años. Debería haber hecho esto, no hice aquello. Lo bueno es que queda como aprendizaje, lo malo es que seguimos sin subirnos al tren de eso que realmente sentimos por dentro.

La valentía también tiene sus riesgos, es cierto, pero cuando realmente no te importa perderlo todo (absolutamente todo), a sabiendas de que al mismo tiempo estás ganando algo tan preciado como sentirte plenamente un ser Vivo, las cosas dejan de tener precio y valor y empiezas a vivir en el mundo de la maravillosa experiencia.

Eso es un acto de pura magia. De repente te sitúas en la piel de un guerrero, sobre un hidalgo corcel que te arrastra hacia cualquier tipo de aventura, desdicha o derrota. Pero es ahí, en la derrota, donde comprendes la pureza del acto, la fuerza de la acción que no teme. Es precisamente cuando por el camino has dejado tantas y tantas cosas, has perdido tantos amores, tantas propiedades, tantos terrenos conquistados a base de esfuerzo y batalla, cuando te sientes solo y desnudo ante el universo entero, es cuando la vida realmente te atraviesa.

Volver a empezar a cada instante es un acto de resurrección. Sentir la sangre vibrando en cada una de nuestras venas es un derecho irrenunciable. Aún hay personas que pasan media vida quejándose, maldiciendo su suerte, jadeando en la lástima y la desdicha. Un guerrero, un valiente no tiene tiempo para la autocomplacencia. No desperdicia ni un minuto en contabilizar cuanto ha perdido o cuanto podría haber ganado si las cosas hubieran ido de otra manera. Simplemente lo vuelve a intentar, una y otra vez.

La vida es un juego. No hay tiempo para lamentos. Debemos continuar y forzar cada segundo para conseguir nuestros propósitos más elevados, nuestras metas más imposibles. Formar nuestro carácter, poseer un móvil correcto, desarrollar el poder para organizar el tiempo, meditar cada paso mientras respiramos conscientemente sobre la fuerza de la voluntad. Cada cosa que hagamos, cada movimiento, nos alejará del tedio, nos acercará a la vida y nos hará más valerosos y consecuentes. La virtud nos poseerá y seremos libres de corazón. No esperes más, ¡comiénzalo ya! Sea lo que sea. ¡¡¡Hazlo!!!

EL PODER DE LA CONTENCIÓN


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Todo el mundo habla del poder del ahora, del poder de la intención, del poder de la concentración. Pero nadie nos ha hablado hasta ahora del poder de la contención. Estas palabras llegaron del fluir de la meditación de esta mañana en la bahía de Findhorn.

CONTENCIÓN. Debemos aprender a contener la energía, a no desperdiciarla, a no volcarla de inmediato. Es importante que cuando respiremos mantengamos concentrada la atención en ese momento entre la inspiración y la expiración. Es un momento de quietud, de CONTENCIÓN. Ahí reside una de las claves en el manejo de la energía. Si sabemos contener toda nuestra fuerza, toda nuestra energía, mucha más fuerza y mucha más energía vendrán hacia nosotros por pura ley de atracción. Lo mismo ocurre con el dinero, cuanto más dinero seamos capaces de CONTENER, más dinero seremos capaces de atraer y por lo tanto, de compartir y poner en buen uso.

Todo esto se puede mostrar con un símbolo:

Una piscina toda llena de grietas. La piscina intenta llenarse de agua pero no lo consigue porque por las grietas se escapa el agua. Las grietas significan los deseos: ahora compro no sé qué, ahora pago no sé cuanto, ahora gasto en aquello y ahora entra tanto dinero y lo gasto en eso otro. La clave es el control del deseo. Ese es el trabajo para la CONTENCIÓN. Ir cerrando grietas una a una, es decir, ir eliminando deseos. Cuando eliminas los deseos y empiezas a cerrar esas grietas, la piscina se va llenando. Y sólo cuando está llena y empieza a rebosar, estamos listos para el servicio, que no es ni más ni menos que compartir todo ese agua sobrante con el resto. Si no lo hacemos así, sino somos capaces de compartir el agua sobrante, ocurre el efecto contrario: nuestra vida se inunda de miseria, rebosa de catástrofes, enfermedades, desdicha. De ahí la importancia de mantener un sano equilibrio entre lo que se recibe y lo que se da sin esperar nada a cambio.

Aprendamos a contener para una mayor y efectiva distribución de nuestra riqueza, sea mucha o poca.

Los beneficios de la meditación


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Todas las mañanas salgo a correr a eso de las seis. Es precioso y motivador hacerlo a la orilla de la bahía mientras escuchas la fiesta mañanera que las aves migratorias tienen cuando la marea aún está baja. Cuando dedicas más de dieciséis horas a trabajar con el intelecto, es bueno mantener algún tipo de disciplina física e interior. Así que corro todas los días temprano mientras disfruto del amanecer, participo de las dos meditaciones que se hacen por la mañana en la comunidad y luego acudo sin falta a la tercera meditación, la vespertina. Normalmente a esas horas muchos solemos estar durmiendo, pero cuando dedicas un rato a mantener una actividad física y otro poco de mañana a cierta interiorización el día se presenta radicalmente diferente. Creo que esto es algo que nos deberían enseñar en la escuela. Quizás con algunas clases de yoga por la mañana temprano acompañadas de veinte minutos de silencio, de meditación, de paz, el mundo sería diferente para todos.

En la meditación de la mañana suele haber poca gente. Supongo que por la hora en la que empieza, las seis y media, y la hora en la que acaba, las siete y media. Quizás para las personas que empiezan la práctica de la meditación una hora sea un exceso. En un mundo donde no estamos acostumbrados a estar más de cinco minutos sin mirar el móvil o la telepantalla (esto está desequilibrando nuestro sistema nervioso), nos resulta inquietante la posibilidad de poder estar una hora sin hacer sana, solo observando, solo silenciando nuestro movimiento interno. Pero cuando lo haces, cuando entras en ese plano de quietud, descubres una nueva vida, una nueva forma de contemplar la existencia. Es como si de repente toda la intensidad vital se multiplicara por cien. Es como si de repente estuvieras viviendo múltiples vidas en una sola. Y eso es siempre una experiencia maravillosa, porque de alguna forma, todo cuanto ocurre en nosotros cobra sentido y coherencia. Dedicar una o dos horas al día a la meditación, o veinte minutos si no disponemos de tanto tiempo, es un ejercicio que con la paciencia y el tiempo provoca en nosotros múltiples beneficios. Recordad que un paseo silencioso en mitad de un bosque también puede ser una excelente meditación.

Cuando esta mañana salíamos de la segunda hornada de silencio, alguien me ha preguntado si era budista. Con una gran sonrisa le he respondido que no, que mi religión, de tener alguna, es la religión del amor. Aunque la palabra ha sonado un poco cursi (admito que en inglés no tanto), tiene un valor muy profundo. La mente es un vehículo que siempre pretende clasificar las cosas. Está configurada para entender el mundo, para interpretarlo, para dotarlo de significación, y para ello necesita clasificar, modelar, encasillar. La mente es la que nos dice de qué nacionalidad somos, de qué partido político o de qué religión. Es una herramienta útil para poder entendernos y para poder dotar de cierto significado a nuestro entorno. Pero más allá de la mente hay un vehículo más poderoso que no clasifica, que no divide, que no fragmenta la realidad. Vagamente lo llamamos amor. Amor no es más que una fuerza poderosa que “ve” más allá de las apariencias, de las formas, de los contornos. Es una luz que lo envuelve todo y que nos permite ver la unión de todo lo que nos rodea y envuelve.

La meditación es un buen ejercicio para instalar nuestra consciencia en ese amor, en esa energía. Al hacerlo, vemos realmente el artificio de las cosas. Comprendemos que no existen razas, ni ideas mejores o peores ni religiones más buenas que otras. Si te instalas en el amor te das cuenta como todos trabajamos para un mismo propósito, para una misma finalidad, y la respuesta a esa identificación no puede ser otra que volvernos generosos y cómplices, colaborativos y cariñosos, alegres y amables.

Esa visión es solo uno de los beneficios de la meditación. Entender quienes somos, elevar nuestra visión sobre las diferencias, instalar nuestra consciencia en el vehículo del amor, la comprensión y la compasión. Cuando lo hacemos estamos integrando en nosotros un concepto nuevo de responsabilidad amplia, de compromiso hacia un trabajo integrador y abarcante. Cuando conseguimos poner a trabajar esas pequeñas herramientas en nosotros algo hermoso ocurre en nuestras vidas. Algo que merece la pena experimentar. Pero antes debemos recobrar nuestro sentido, nuestra disciplina, nuestra interiorización. Antes debemos seducirnos y reconquistarnos. Antes debemos empezar a amarnos a nosotros mismos. A nuestro cuerpo, a lo que comemos, a lo que respiramos, a lo que decimos, a lo que hacemos, a lo que recibimos y a lo que amamos. Ese es nuestro primer gran reto. Amarnos.

Esa constante dualidad humana


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A P., deseándole un feliz viaje hacia el bien…

El ser humano siempre es capaz de lo mejor y de lo peor. Fluye por su sangre todos los espectros posibles, todo ese abanico de maldad y sublime bondad capaz de llevarlo hacia lo más bajo o hacia las cuotas más altas de virtud. Realmente es como si el ser humano estuviera habitado por dos seres totalmente ajenos el uno del otro. Según el grado de quietud que poseamos sobre la vida ordinaria, se manifestará uno u otro.

Somos conscientes de esa dualidad y somos conscientes de que hay personas que tienen más facilidad para mostrar su cara más agria o su rostro más amable. Otros, tienen tan enterrado su ser maligno que resulta extraño verlo actuar de forma oscura o perspicaz. Hay otros que ya se levantan retorcidos, amargos, tristes, embaucadores, oscuros.

Cuando llega un ser humano a nuestras vidas, lo mejor que podemos hacer es, como dijo San Agustín, es hacernos sus amigos. Es la única manera que tendremos de ver su lado amable y su lado oscuro. Y al mismo tiempo, será un banco de pruebas perfecto para que en nosotros se desarrolle la virtud o la maldad.

Nadie se libra de esta dualidad. Todos caemos en esa tentación bíblica que nos avisa constantemente de nuestra negligencia. De ahí la expresión de ser humanos. A veces nos comportamos como fieras y otras como auténticos ángeles. Estamos en ese camino medio, en esa conjetura constante y arbitraria.

Los monjes y santos buscaban beatitud alejándose del mundo, excluyéndose de la vida ordinaria. Se marchaban a los desiertos o las montañas para peregrinar en las santas vías del espíritu. Allí descubrían sus demonios interiores y se enfrentaban a solas al lado oscuro. Hoy día, esos encierros nos sacuden de mil formas. Buscamos nuestra propia antesala de aislamiento para evitar dañar al otro, o para evitar dañarnos a nosotros mismos.

El camino de la virtud es costoso. Reclama para sí un gran esfuerzo, una gran atención, una concentración a prueba de bombas, una somera disciplina para no errar, para no proveer al mundo de emociones dañinas. Nuestras acciones son sometidas al rígido control de nuestra razón, y la visceralidad con la que a veces nos dejamos llevar debe ser arrastrada hacia las compuertas de lo armónico. Las puertas del cielo parecen ser, irremediablemente, la natural evolución de nuestra especie. Eso incluye un laborioso plan de esfuerzos y méritos que hay que descubrir, explorar y poner en práctica. El rolex cósmico nos espera en la hazaña, más allá de la pereza o el dolor que opera de tan sólo pensarlo. ¿Para qué sino la vida nos hubiera hecho pensantes? Sólo para mejorarse a sí misma mediante la milagrosa visión de su naturaleza.

Ahora que ya sabemos el secreto, ahora que ya conocemos los resortes de la evolución, no podemos torcer el giro. Podremos ser más ángeles, pero nunca más podremos retroceder al estadio animal. Así que nuestro deber es dejar nuestra bestia a un lado y escalar por la escalera virtuosa hasta las puertas del cielo. Cueste lo que cueste, la virtud debe ser nuestro cometido constante.

Buscadores de bondad


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Ya sabemos que ser una persona bondadosa no es más que haber trascendido la visión ordinaria de las cosas y haber accedido, de forma subjetiva y profunda, a una realidad mucho más amplia y extensa. Hay dos características fundamentales que señalan a un iniciado en esta condición de bondad: un afán profundo de guardar silencio sobre su propia experiencia y un anhelo de servir a la humanidad, buscando la compasión en todo aquello que florece.

Las herramientas que utiliza en esa búsqueda de la verdad y la bondad tienen mucho que ver con su particular propensión a las virtudes que él mismo ha desarrollado. Tendrá un afán de hacer bien su trabajo, pero sobre todo, de buscar alianzas con su grupo de actuación para que ese trabajo dé resultados más amplios y perfectos.

No tendrá tiempo para la crítica, ni tampoco versará su vida en la envidia, el derroche personal o la vaguedad. Su inclinación natural siempre será la de hacer el bien y su condición humana se construirá bajo los pilares de la virtud. Esto no significa ser perfectos, ni practicar la bondad por un simple deber o sentido. A veces la vida nos ofrece escenarios complejos para demostrar nuestra fortaleza interior, y no siempre estamos preparados para afrontarlos con delicadeza, quietud, amor, compasión. Esto no debe angustiarnos. Son sólo aulas de aprendizaje. Momentos de sublime enseñanza interior. No hay que desesperarse por ello.

La bondad también es una práctica, no tan sólo una vocación. Por ello requiere acción, y la acción también produce error, equivocación. Lo bondadoso trasciende a lo puramente humano. Uno puede ser bondadoso con cualquier ser vivo, pero siempre recurriendo a la posición de que también tiene el deber de serlo con uno mismo.

No podemos aspirar a la bondad absoluta. Sería hipócrita estar a la altura de ese reto. Pero sí podemos aspirar al intento, al recuperar las ganas de volver a empezar a cada instante, a cada error, a cada falta. Perdonar y perdonarnos, transitar la senda de la alegría para desarrollar en ella todo cuanto somos. Realmente no es un camino fácil, nadie dijo que ser bondadoso lo fuera. Lo fácil es siempre el tedio y la desidia, el dejar que nuestra propia naturaleza se desarrolle según los placeres y estímulos de cada momento, sin reparar en el daño que podamos causar por nuestros incontrolables impulsos. No tengamos miedo a enfrentarnos a los mismos. Ahí están para enseñarnos el camino. Ahí aparecen una y otra vez para ponernos a prueba, para medir nuestro grado de bondad alcanzado. A veces basta con comer de forma bondadosa, de mirar al otro y a la otra de forma bondadosa, de respirar aire puro y brillante bondadosamente. A veces son sólo gestos minúsculos los que van creando la virtud de la bondad y la compasión. Sólo pequeños detalles que alteran el curso de nuestras vidas.

 

 

Constructor de la casa, has sido descubierto


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Nada es plenamente satisfactorio para el ser humano. Si nos fijamos atentamente en nuestras vidas nos damos cuenta de que giran en torno a una sola palabra: el deseo. Una fuerza que se extingue a sabiendas de que todo lo que es, deja de serlo alguna vez. Podemos estar tranquilos mirando un atardecer mientras que nuestra mente no para de especular sobre lo próximo a conseguir, lo próximo a envidiar, lo próximo a conquistar. Nunca estamos satisfechos con lo que tenemos. Siempre deseamos más. Observaros, advierte qué es lo que rodea tu mente. ¿Qué deseas en estos momentos? No intentes engañarte, no intentes ponerle nombres o etiquetas. ¿Qué será lo próximo?

Tengo amigos que viven en palacios pero desean un palacio más grande. Personas que viven en la miseria interior y que procuran arrebatarle al pobre insensato lo poco que tienen. Avaricia, sordidez, mezquindad, usura, miseria. A veces ridículos o fantasiosos deseos.

Los mercaderes saben bien como funciona nuestro mecanismo. Estudiaron bien a Buda y sabían de sus secretos. Por eso, desde que se inventó el deseo, los ávidos mercaderes han hecho jugoso negocio con el mismo. Saben que el ser humano siempre, inevitablemente, seguirá deseando. Fijaros como funciona el simple mecanismo. Fabrican algo hermoso, bello. Y luego lo mejoran una y otra vez con nuevas actualizaciones, con nuevos escaparates, con nuevos motores, con nuevas vistas. Si tienes un apartamento de cincuenta metros cuadrados pronto desearás uno de quinientos. Si tienes una mujer hermosa pronto desearás otra con mayores cualidades. Si tienes un móvil de gama media pronto desearás uno de mayores prestaciones. Siempre queremos crecer. Eso es lo que nos enseñan e inculcan: hay que crecer. Estadísticas de crecimiento, mercado creciente, expansión, desarrollo…

Si nos observamos atentamente estamos sometidos a ese deseo congénito en nosotros. Es algo engendrado e innato que entorpece nuestro progreso verdadero, nos aleja de nuestros propósitos y sueños, distrae nuestra vida material alejándonos de las verdaderas riquezas interiores. Perdemos la atención sobre lo verdaderamente esencial.

Buda descubrió ese poderoso misterio, esa fuerza que nos arrastra lejos de nuestra verdadera esencia. Todo ello se halla resumido en las palabras que pronunció la noche de su iluminación : «He recorrido el ciclo de muchas vidas buscando sin descanso al constructor de la casa: constructor de la casa, has sido descubierto; no elevarás ya ningún otro edificio, porque tus vigas están rotas y destruido tu tejado. El corazón, ya libre, ha extinguido cualquier deseo«.

Buda entendió que el deseo era el padre de todos los sufrimientos humanos. Pero también exploró la posibilidad sobre la transitoriedad. Todo aquello que tiene un principio posee un fin. También el deseo, y por lo tanto, el sufrimiento. Nada nos pertenece. Todo se permuta. Lo único que permanece es el cambio. ¿Sabremos apartar de nosotros el deseo y empezaremos a obrar según los verdaderos designios de nuestro Ser? ¿Seremos capaces de seguir nuestro Camino más allá de perdernos en el deseo? ¿Seremos capaces de practicar los caminos?

(Foto: © Pavel Tereshkovets)

Antes de que puedas recorrer el Sendero, debes convertirte en Sendero


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Hay una clave de verdad oculta en estas palabras. No podemos intentar crear un proyecto, no podemos procurar crear nada si antes no nos hemos convencido de que eso en lo que creemos es posible en nosotros mismos. Muchos estudiantes de lo arcano nos hemos pasado la vida entera teorizando sobre la existencia, añadiendo creencias, dogmas, significados y explicaciones a cosas que por sí mismas nunca hemos podido experimentar en nuestras vidas. El verdadero camino debe pasar por la propia experimentación. No podemos teorizar sobre el amor, sobre la voluntad, sobre el conocimiento, si antes no hemos experimentado todo eso en nuestro interior. Es necesario practicar los caminos para luego poder mostrar la luz que de ellos se desprenden. Es necesario afianzar el conocimiento en la práctica, en el poder de vencer nuestras resistencias, nuestro pasado, nuestras propias circunstancias y labrar así el siguiente paso. Ese es el principio de toda sabiduría merecedora.

Uno puede llegar a la edad de los sesenta o setenta años y ver que todo lo que hasta ahora había hecho era hablar una y otra vez sobre las maravillas del mundo. Pero puede darse cuenta, quizás por un accidente, por un trauma, por una pérdida, de que durante todo ese tiempo no ha sido capaz de dar ni un solo paso en ese sentido. La investigación nos puede dotar de fuerza suficiente para dar ese primer paso, pero esa fuerza debe venir acompañada de valor, de desprendimiento, de acción, de cierta heroicidad. Energía y fuerza son dos palabras que deberíamos considerar dentro de una investigación profunda, pero también dentro de una practica continuada y sincera.

¿Y cual es el precio que estamos dispuestos a pagar por ese paso, por ese pequeño y ridículo empeño por empezar verdaderamente a avanzar? Dependerá de todas las anclas que hayamos construido, de todos los muros que hayamos levantado en los planos de la materia, de la emoción y el pensamiento. Cuanta mayor atención hayamos puesto en esas cosas, mayor será el precio que haya que pagar para poder empezar a caminar. No se trata de empezar a descuidar esos aspectos, sino de integrarlos en nuestro camino sin que se conviertan en el camino. Debemos integrar nuestra triple personalidad para luego magnetizarnos de esa fuerza superior que nos mantiene en la corriente de vida.

Durante toda una existencia hemos tenido tiempo de construir grilletes lo suficientemente fuertes y potentes para impedirnos ni tan siquiera dar un leve suspiro hacia lo que verdaderamente sentimos como importante. Han sido tantas las cárceles construidas, interior y exteriormente, que nos supone un mundo entero poder salir de ellas. Hasta que un día descubrimos que todos esos miedos, que todas esas cárceles no son más que un punto de ficción, un añadido de fantasía en nuestras vidas que nos alejan de la vida Real. Siempre ponemos excusas para todo: la familia, el trabajo, la hipoteca, la comida, las aspiraciones, los amores, las responsabilidades, los valores, las creencias. Las excusas para no caminar en nuestro Sendero son inagotables. El miedo se encarga de fortalecerlas, de limarlas con asperezas insuperables. Lo único que debemos hacer realmente es darle la vuelta a esos pensamientos: la familia, el trabajo, y todo lo demás son bendiciones que nos han de ayudar a dar el salto definitivo. Todos esos aparentes obstáculos no son más que puentes que se abren ante nosotros para poder vencer nuestras aristas. Son bendiciones que nos deben hacer más fuertes y consistentes. Es nuestra verdadera escuela, pero no para encadenarnos a ella, sino para trascenderla.

Vivimos en un mundo de ensoñación donde resulta difícil despertar a la realidad de lo que realmente somos. Pero estamos aquí, y ahora, ante la siempre oportunidad de seguir adelante. Peregrino, camina, da ese primer paso. Conviértete en Sendero. Practica los caminos…

(Foto: © Anatolih)

La visión de las otras cosas


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Hace unos días alguien se quedó a dormir en una de las caravanas. Miró con atención la austeridad del lugar. La falta de casi todo. Realmente en su imagen el estar allí no era precisamente un acto valiente, sino más bien, quizás, algo estúpido. “¿Pero qué hacéis realmente aquí en estas condiciones?”

La respuesta a esa pregunta llegó esta mañana en uno de los círculos de consciencia que tuvimos. Estamos aquí fortaleciendo el alma, fortaleciendo nuestras vidas ante la adversidad, demostrando que el coraje y la valentía pueden ser útiles en el futuro ante circunstancias difíciles. De alguna forma, estamos curtiendo nuestro espíritu para que cuando tengamos que enfrentarnos al dolor de la pérdida, de la enfermedad o de la muerte estemos preparados.

Más allá de esas simples respuestas materiales existen además alguna que otra respuesta más difícil de contestar. Cuando nos despertamos y vemos ese inmaculado manto blanco de nieve que lo cubre todo no estamos viendo cosas, vemos la luz que hay detrás de las cosas. Desarrollamos, en este medio natural, esa sensibilidad especial para ver más allá de la apariencia. De alguna forma, la luz que recorre todo el ciclo vital se manifiesta ante nosotros, percibiendo, en un acto de clamoroso y sincero amor, la unidad de todo.

Cuando nos levantamos y el termómetro marca menos cinco grados y tanteamos con el latido de nuestro corazón el paraje que nos rodea, realmente estamos poniendo a prueba el despertar de esas células adormecidas que, al renacer a la vida natural y salvaje, nos muestran una visión profunda de ese baile, de ese concierto molecular que todo lo recorre. Los átomos, los haces de luz que van y vienen, las energías que subyacen en todo cuanto existe se muestran en un complejo vestuario de magia y color. Y más allá, en el temple de toda esa maravillosa visión, se expande nuestra conciencia hasta fusionarse con la Consciencia Una. Y ahí hallamos la respuesta de todas las cosas. La paz fraterna, el hilo conductor de la vida. El sentido de todo. La verdadera respuesta a tantos interrogantes.

Cuando vienes aquí y sólo ves caravanas está bien. Hace frío, no hay agua corriente ni luz. Pero cuando apuestas un trozo de tiempo para pasar aquí algunos días más, cuando intuyes que algo mágico puede suceder ante toda esta adversidad y apuestas por permanecer atento a la magia del lugar, entonces puede ocurrir el milagro, esa experiencia cumbre de poder ver más allá de los arquetipos y esplendores.

Una historia de amor se teje en toda esta adversidad. Un profundo poema se realza en el arte ancestral de la visión. ¿Cómo poder explicar todas estas cosas ante la incredulidad del visitante? No son las caravanas, ni el frío ni la falta de comodidades lo que hace que estemos aquí. Es lo que hay detrás de todo eso. Aquello que se despierta con la visión atenta, con la quietud reservada para la prueba que es hollada más allá de la puerta estrecha. Es la Unidad que brama su respirar insondable.

Somos luz, todos somos luz, las cosas son luz. Entre esa visión de unidad se tejen puentes que nos unen los unos a los otros en el mundo de la forma. ¿Alguien sería capaz de describir esos puentes, y más aún, alguien sería capaz de ver los propósitos de los mismos? ¿Y qué ocurre cuando entregamos esos pequeños propósitos al gran Propósito? A veces resulta extraño practicar esos caminos, darnos cuenta de que todo lo que hasta este momento hemos hecho en nuestras vidas, todo lo que somos y hemos conseguido es tan sólo para eso: para bucear en la Unidad y entregarlo todo en el ara del sacrificio. Aquí entendemos de esas cosas. Sí, es cierto, ahí fuera hace frío, pero aquí dentro arden los corazones.

La única felicidad segura es vivir para los demás


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Lo decía Tolstoi tras pasar por muchas vicisitudes y hollar muchos caminos. Llegó a la conclusión de que para tener una vida feliz solo debía recluirse en el campo con la posibilidad de ser útil a las personas, trabajando en algo hermoso con la esperanza de que fuera ventajoso para los demás, y por supuesto practicando el descanso, la lectura, la música, la naturaleza, el amor al prójimo… Su receta siempre fue sencilla y muchos a lo largo de la historia la han recogido y han hecho suya. La conquista de toda América empezó con esa ilusión romántica de la vida en el campo, en comunidad, alejada del viejo paradigma europeo y de su ciudadanía cada vez más colapsada por el hollín de las fábricas y la ciudad. El propio imperio romano se derrumbó cuando las gentes empezaron a emigrar de las ciudades, asfixiados por los interminables impuestos y tributos, buscando refugio en el campo. Muchos prefirieron organizar su vida en torno a un señor, siendo vasallos o siervos antes que ciudadanos de un lugar irrespirable. Cambiaron un grillete por otro, pero cambiaron.

Más allá de la vida bucólica en el campo, con sus durezas añadidas y sus propias incomodidades, lo que realmente hace feliz a todo ser humano completo es ayudar al prójimo, tal y como nos razonaba Tolstoi. Eso implica un gran empoderamiento personal, una dicha trabajada en los pozos más profundos de la experiencia. No basta con tener el deseo de servir al otro, además, hay que hacerlo desde la utilidad, la vocación del ejemplo, la buena conducta. En resumen, hay que saber servir, ayudar, ser útil. Esa era la esperanza de Tolstoi.

¿De qué otra manera podríamos crecer como seres sintientes? Cuando has contemplado con serena compasión todas las miserias humanas, sólo esperas de la vida haber aprendido la lección de poder satisfacer su deseo último. La naturaleza misma se expresa mediante ese servicio silencioso. Cada ser, por minúsculo que sea, vive para el resto de la creación. Es un vehículo, una proyección de la vida, un leve susurro de la misma. Un acumulador de experiencias que mejora la existencia gracias a su propia efectividad. Todos nosotros, sin saberlo, somos portadores de esa vida, de esa inteligencia cargada de emoción que nos conduce hacia la autoconsciencia, hacia el sabernos portadores de algo más que una simple y anónima aproximación al mundo. Somos una llama que desea arder para el otro.

En nuestro tiempo limitado, anecdótico, en nuestro ligero paso por el mundo, debemos entender que nada importa más que ser uno con el cosmos y su mensaje trascendental. Esa unidad es posible cuando la compasión que albergamos se abre paso poco a poco hacia el silente camino de vivir para los demás. Sin olvidarnos de nosotros mismos, sino más bien puliendo nuestras virtudes más bondadosas, asumiendo la noble tarea de traspasar los límites de nuestra levedad para abrazar en sincera comunión el amor al prójimo.

No se trata de una posibilidad, se trata de un sentido. La vida, nuestro propio albedrío, dirigirá los pasos del peregrino hacia donde indique el corazón. Pero si el corazón está regado por la saciedad, por la vanidad y el egoísmo pronto se marchitará y perderá el rumbo. El corazón nació para amar. Ese es el lenguaje del alma, y solo ese lenguaje puede traducir su senda. Por eso, si el agua que cae sobre sus frágiles pétalos de loto traspasa la pureza, la generosidad y la virtud, el corazón llegará hasta las cuotas más nobles de la experiencia humana. Y en ese momento entenderemos la frase de Tolstoi: la única felicidad segura es vivir para los demás.

La vida auténtica acaba de empezar


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Esta mañana amaneció todo el paisaje vestido de blanco. Sin duda, la belleza y profundidad del invierno en su magnificencia ha ejercido una gran influencia en nosotros. Nada nos ha importado el frío. Hemos sobrevivido en las caravanas a la primera gran nevada. El perro Geo, curioso por esta novedad vital en su vida se sumaba a los juegos de todos. Era paradójica la alegría que se ceñía en nuestros rostros a pesar de la dificultad añadida y la inclemencia. Así actúa la belleza en el ser humano, sin importar el precio que haya que pagar por ella. De alguna forma, todo lo que está ocurriendo nos hace ser más honestos y auténticos, desnudos y frágiles ante tanta inmensidad.

Esta belleza única, esta estampa sólo imaginada en los cuentos de hadas y bosques encantados estaba aquí presente. De alguna forma, entraba dentro de nosotros y obraba algún tipo de milagro en nuestro interior. Esa nieve inmácula recorría nuestras colinas y ciénagas interiores. Nos hacía comprender las leyes supremas del orden, del servicio, de la entrega natural hacia la bondad y la armonía. Las sombras heladas de los árboles actuaban como puertas, como hogueras encendidas dentro de nuestros recodos. El flamante horizonte cristalino era como un espejo ensoñado que palpitaba esa vena salvaje en nuestros adentros. Sentíamos ganas de tomar la senda del bien sin mirar atrás. De obrar constantemente prodigiosas obras para ayudar al otro, para entender que el orden establecido, la llama superior de la existencia, sólo puede ser comprendida bajo esa capa de nieve. La naturaleza obra el bien. La nieve, el fuego, el agua, el viento… Todo son manifestaciones del bien. Sólo el ser humano, ante su ignorancia o desdicha interpreta la regeneración vital de la naturaleza como una atormentada procesión de dolor y sufrimiento.

Thoreau hablaba de esas leyes superiores en su magnífica obra, en su bello pasaje por los bosques cerca del lago Walden. Ahora le imitamos y comprendemos sus palabras, su sentir. Sabemos, como él nos indicaba, que merece la pena vivir menos y disfrutar más. Eso incluye anclar en la vida la sensibilidad propia de un poeta. Incluso en la propia comida, como él nos decía abiertamente. “Creo que todo hombre dispuesto a conservar sus facultades poéticas o espirituales en las mejores condiciones posibles se ha sentido particularmente inclinado a abstenerse de consumir animales y comer demasiados alimentos de cualquier clase”.

El cuerpo y el alma deberían sentarse en la misma mesa, pues ambos participan del Aliento Vital, de ese gozo incomparable de la estética de la vida. No puede ser de otra manera cuando contemplamos con rigor la belleza y el derroche de poesía en cada gesto natural. El ruido que llevamos dentro nos aleja y nos envenena constantemente de esta realidad. Añadimos condimentos innecesarios a nuestra vida, aliñando con artificios y vanidades todo nuestro sentir. Orgullo, pereza, miedos, egoísmo, vanidad, ingratitud, codicia… Sin saberlo, nos estamos suicidando inconscientemente, estamos llenando nuestra vida de venenos que algún día harán que saltemos por los aires, que inmolemos nuestra existencia. Sin entrar en detalles en los venenos de la vida cotidiana, de la comida cruel y violenta que consumimos, del tabaco o el alcohol que vamos ingiriendo para acelerar el suicidio inminente. El peor de los venenos es el espiritual, el que nace del alma enferma y que consume dosis inmanentes de ceguera.

La nieve de esta mañana nos ha invitado a sobrevivir al frío, pero también a vivir la vida plena del alma, de la sensibilidad, de la sabiduría, de la generosidad por todo cuanto ocurre. De entender que la comida es sagrada, de sabernos útiles a la causa de agitar consciencias, de ponernos al orden con nuestra palabra y pensamiento. Sabemos que no lejos de aquí todos estarán disfrutando de una suculenta cena mientras miran anestesiados la televisión bajo el calor de una buena chimenea. Aquí dentro, en la caravana, estamos a cero grados. Nuestras metas más valiosas se abren paso ante la adversidad mientras cae la fría noche. La helada hace progresar la sensibilidad y el amor hacia toda la existencia. La vida auténtica acaba de empezar, y la abrazamos valientemente.

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El alma que existe en la Naturaleza


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Ayer alguien nos preguntaba porqué preferimos vivir en las caravanas y no en algún otro lugar más cómodo, inclusive a sabiendas de que unos kilómetros más abajo, en el valle, tenemos un pequeño refugio donde estaríamos más cómodos. Es difícil comprender que donde realmente estamos bien es donde estamos, en nuestra pequeña caravana, junto a los pequeños animales del bosque, rodeados de árboles y montañas. Todas las noches y todas las mañanas miramos el termómetro para saber a qué temperatura nos enfrentamos. No queremos ser irresponsables con nuestras vidas y acabar como el bueno de Christopher McCandless, el cual murió de hambre e inanición en la tundra de Alaska.

Es cierto que como él, nos hemos dejado llevar por el romanticismo y el naturalismo de literaturas que nacieron de la mano y el corazón de personas como Jack London, León Tolstoi o Thoreau. Este último ha sido para nosotros un referente en muchas cosas, especialmente por su propia vida de austeridad y contacto directo con la naturaleza en su lago Walden, en aquellos bosques norteamericanos que tanto nos inspiran.

Pero somos prudentes, como decíamos, y tenemos abundante alimento y estufas que nos protegen del frío cuando hay heladas. Las caravanas resisten las inclemencias y nuestros cuerpos parecen que de alguna forma se han adaptado a los rigores de todo cuanto ocurre ahí fuera. Hemos conseguido construir un hermoso palacio dentro de nosotros, y ahí habitamos con amor y cariño, cuidando y protegiendo sus valiosos tesoros. Por eso, lo externo, es casi secundario y poco significa excepto para dotar de escenario a todo cuanto vivimos ahí dentro.

No es la Naturaleza, sino el alma que la mueve lo que nos conmueve todos los días. Nostalgias inmemoriales de nomadismo brotan debilitando la esclavitud del hábito; de su sueño invernal despierta otra vez, feroz, la tensión salvaje, nos decía Jack London. Esa tensión existe de alguna manera, es un leve despertar hacia un ser humano diferente que nos conduce a un estado de gracia, a unos impulsos irresistibles de albergar una esperanza nueva, una llamada diferente dentro de nosotros. Miramos absortos el fuego que brota de la chimenea, pero también observamos como el ardiente fuego interior aviva nuestra necesidad de acometer este propósito de vida.

Un carácter ancestral, un prolongado aullido que va más allá de nosotros mismos nos anima a seguir penetrando ese alma universal. Es el canto salvaje del mundo primitivo que abraza nuestro interior más próximo. Es el canto de la manada que intuimos verdadero en nuestros paseos entre los valles y los invernales momentos de ternura junto al fuego. Algo despierta dentro de nosotros, algo que existe en la naturaleza y que la corriente de vida que nos atraviesa hace que fluya libre por el verdor y la frescura de la inmensa noche.

Cuando todas las mañanas nace el nuevo día, miramos el termómetro, y nos parece que todo está bien. La manada humana sigue fluyendo hacia los contornos de todas las cimas y nuestro ánimo sigue vivo y libre.

 

No abandones el Camino


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Estos días me he encontrado con algunas personas que coincidían en cierto desencanto hacia su propio camino, hacia sus propias creencias o formas de articular su vida hasta este momento. Esa desilusión a veces, con el paso del tiempo, se convierte en desengaño o profunda decepción si no es reflexionada con cierta quietud. Los caminos interiores tienen y sufren su propia experiencia gris, su propia larga noche oscura del alma. Es normal que a veces nos sintamos abatidos, deprimidos, apagados. Los ciclos naturales de la propia naturaleza nos dan pistas sobre nosotros mismos, sobre nuestros estados de ánimo. Sólo debemos comprender que la vida se compone de estaciones que cambian. No siempre podemos estar en un estado primaveral o veraniego. Debemos afrontar con diligencia los otoños y los oscuros y fríos inviernos de nuestras vidas. Esto incluye también nuestra disposición psicológica a afrontar debilidades, enfermedades, decaimientos del ánimo y de la esperanza futura. Debemos ser fuertes en todo momento, porque basta un pequeño descuido puede servir para perderlo todo.

A veces nos asaltan las dudas sobre todo cuanto habíamos creído o hecho hasta ese momento. Debemos estar vigilantes para saber si eso que nos causa fatiga y desazón es algo provisional o es un verdadero sentimiento de que algo no va bien. Hay muchas formas para identificar si lo que estamos sufriendo es algo temporal o proviene de una reconversión total de nuestra existencia. Debemos estar atentos para saber si lo que nos pasa es algo que nace para cambiar radicalmente nuestra existencia o simplemente es una pequeña depresión o cansancio por todo el trabajo acumulado.

Cuando conectamos con nuestro verdadero camino, con nuestro esencial propósito, la duda se disipa y renacemos a otra intención, a otra modalidad a la hora de ver y entender las cosas de la vida. Hay una sensación de libertad interior tras haber pasado por mil pruebas y mil tentaciones que ahondaban en la posibilidad de abandono. Pero llega un momento de no retorno, de plena convicción y fe ante el panorama que se presenta en nosotros. Y esa convicción debe ser refrendada constantemente para no perder el rumbo ni el norte de toda esa magnificencia interior. La entrega total a ese propósito debe causarnos una sensación de profunda felicidad. Esa es la señal inequívoca. Si hay tristeza o pesar hay algo que verdaderamente no estamos haciendo bien. A veces resulta recomendable, ante esa situación de pesadez, recalcular la ruta, revisar el mapa y comprobar el que no nos hayamos despistado en el camino. Pero nunca debemos abandonar. Siempre debemos continuar por la senda marcada de nuestras vidas. De no hacerlo, de renunciar definitivamente, puede causar daños irreparables.

No abandonemos nuestras metas, nuestros propósitos, nuestra misión. Sigamos adelante, con valentía. No tengamos miedo a las depresiones, las bajadas y subidas de todo camino, los errores o desilusiones de cada momento. Es normal que la vida nos llene de ese tipo de pruebas. Es normal que la libertad de estar haciendo aquello que sentimos tenga un elevado precio. Las luminarias nos vigilan y esperan lo mejor de nosotros. Los astros ascendidos desean ayudarnos en nuestra labor.

El Camino del Loco


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Rosa Sinespina es responsable de un importante proyecto internacional de fusión nuclear con sedes en Ginebra y Tokio. Su faceta directiva y científica la combina con sus idas y venidas a esas dos ciudades, donde reside habitualmente, y con algo que para su grupo de científicos resultaría al menos extraño: su afición a la alquimia y los misterios arcanos. Tanto es así que debido a la reputación de su trabajo y su cargo tiene que firmar siempre con pseudónimo.

Cuando contactó con nosotros no sabíamos de quien se trataba. Recibimos en la editorial un interesante libro llamado Arcano que pudimos editar en nuestro sello Nous. La edición de aquel libro trajo consigo una respuesta inmediata en caminos que más tarde se iban a cruzar. Rosa Sinespina, meses más tarde, desveló su identidad y tuvimos la oportunidad de quedar con él en alguna parte de Madrid, sucedido de varios encuentros más en Salamanca y algunas invitaciones a Japón e Italia que nunca llegaron a materializarse, pero que sirvieron de estímulo para seguir trabajando juntos.

Sea como sea, desde el principio nos emocionó la idea que ya habíamos labrado en nuestro interior de recuperar aquellos escritos arcanos que merecen volver a resucitar para que sirvamos de testigo a las nuevas generaciones de buscadores. De hecho ese fue el principio creador de la editorial Nous, ser una especie de pequeño monasterio de escribas donde nos dedicáramos, al igual que hicieran los antiguos monjes, a recuperar y copiar los textos antiguos de sabiduría. Los escribas y amanuenses de los tiempos modernos son necesarios y requieren seguir siendo los custodios y maestros de la Ley, cueste lo que cueste.

La tarea es ingente, tanto es así que cuando pensamos qué libro iba a ser uno de los primeros en ser recuperado pensamos en el de Mark Hedsel, sugerido expresamente por Rosa Sinespina por ser una buena introducción a los antiguos misterios. Nunca pensamos que la edición del libro nos iba a costar casi dos años. No sólo por el coste de comprar los derechos, de pagar la transcripción del mismo y la compleja edición debido a las múltiples correcciones e imágenes que acompaña a sus casi seiscientas páginas. Además, añadir que el nuevo monacato requiere de lugares especiales, lejos de estímulos innecesarios para poder trabajar de forma adecuada en la consecución de esta magna misión. Así, este libro, para nosotros, inaugura un nuevo tiempo, una nueva tarea de recuperación del conocimiento antiguo, a la espera de que nuestro testigo sea útil a todos aquellos buscadores y a todos aquellos que han penetrado en los misterios y hayan dado los primeros pasos en la práctica del Camino.

Os animo por lo tanto a que tengáis en vuestras bibliotecas este testigo y sigamos juntos con la labor de la transmisión del Misterio. Un trabajo arduo pero necesario en los tiempos que corren.

Gracias expresas a Rosa Sinespina, a David Ovason y Mark Hedsel por ser eslabones de esta cadera aurea. Gracias a todos los que lo hacen posible.

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Más información:

http://www.editorialdharana.com/catalogo/el-camino-del-loco?sello=nous

Una de las exigencias más difíciles es cambiar


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Habiendo impregnado el Universo con un fragmento de Mí mismo, Yo permanezco”. (Shri Krisha)

Estamos viviendo una revolución global de la que aún no somos conscientes. El mundo, de alguna manera aún no maduro, se está espiritualizando. Esto no significa que el mundo está polarizándose hacia antiguas recetas, en su mayoría epidérmicas, de acercamiento al Misterio. Significa que estamos llegando a un punto abstracto donde nuestra mente ya no se conforma con explorar el mundo de los sentidos, sino que requiere de un mayor grado de interiorización para comprender mejor la unidad esencial de las cosas y nuestro papel en dicha unidad.

Hay mucha gente que de alguna forma se prepara para ello. Ya no se conforma con vivir una vida rutinaria, expuesta a las circunstancias más diversas y bajo el prisma de unas exigencias materiales cada vez más asfixiantes. Estamos en un tiempo donde la gente se emancipa de dichas exigencias y es capaz de articular un futuro diferente, cargado de libertad, de fraternidad hacia el otro y de esa igualdad que nace del reconocimiento de la parte esencial de todas las cosas.

Las cosas caducas están desapareciendo rápidamente. Nuestra forma de relacionarnos con nuestro medio también. Hay un mundo de ideas nuevas que desean penetrar nuestra consciencia, y muchos seres están preparándose para poder captar la esencia de las mismas.

Estos seres comprenden que los antiguos métodos y técnicas ya no sirven. Ahora existen nuevas fórmulas de acercamiento a esas ideas, fórmulas exigentes pero revolucionarias en cuanto a la persecución interior de dicho propósito. Teniendo siempre presente que una de las exigencias más difíciles es CAMBIAR.

No podemos enfrentarnos al nuevo mundo, a las nuevas ideas que nos golpean sutilmente la consciencia si antes no cambiamos, si antes no actuamos COMO SÍ realmente nos valiéramos de dicha nueva frecuencia.

Tenemos que estar preparados para poder ser receptores activos de las nuevas ideas, de los nuevos conceptos, principios y valores. Debemos a su vez trabajar activamente para poder ser portadores de esa nueva luz, de esa experiencia personal interna. Tener visión, al menos cierta visión, debe crear la posibilidad de poder compartirla. Para ello es necesario vivir una etapa de abstracción y cambio para poder reorientar nuestras vidas, para ejercer la transformación necesaria de forma radical si es preciso.

Es necesario que entrenemos nuestros valores, nuestras capacidades, y centremos nuestras vidas en la captación de esa nueva energía. Es necesario derrotar nuestras viejas estructuras y aproximarnos al cambio y la transformación que se nos pide constantemente. Es necesario que emprendamos el camino liberador del compartir, de la generosidad. Es urgente que construyamos ese puente que nos une a la vida que subyace en todos los aspectos de la existencia, y ser, a su vez, conscientes de que somos un fragmento de la misma, y que por ello, de alguna forma misteriosa, permanecemos.

Ardua y maravillosa tarea tenemos por delante. Arduo camino de amor y esplendor radiante ante el logos inmortal.

(Foto: © İ.Cengiz Girit. Cojamos la barca que nos conduce a la otra orilla).

Ese miedo maravilloso


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Muchos son de la opinión de que el miedo es algo negativo. Sin embargo, el miedo, al igual que la alegría, es un maravilloso indicador que nos avisa siempre de algo. La alegría o la felicidad no es, como muchos piensan, motivo de objetivo vital o camino a seguir o meta a alcanzar. Es sólo un indicativo de que vamos bien por la vida, es decir, de que lo que estamos haciendo es exactamente lo que pensamos y sentimos que debemos hacer. La infelicidad, por lo tanto, sería ese indicador de que estamos amargados por estar realizando algo que en el fondo de nosotros mismos no deseamos. También el mal humor, la tristeza o la depresión son síntomas inequívocos de que debemos cambiar de rumbo, de que algo no va bien. ¿Cambiar de pareja, de trabajo, de vida, de pensamientos, de inquietudes, de propósito vital? Todo debe enfrentarse a esa sirena llamada alegría, felicidad.

El miedo bien entendido nos avisa claramente si estamos o no preparados para emprender un nuevo camino, para tomar esa decisión transcendental en nuestras vidas, para emprender la aventura y de paso ser felices. Un exceso de miedo es simplemente un indicativo de que aún no estamos preparados, de que debemos asumir algunas experiencias o responsabilidades previas antes de abordar el asunto, sea el que sea. En los estudios clásicos sobre el mito, el miedo siempre está representado por monstruos que nos acechan en la senda emprendida. Esos guardianes del umbral están ahí para recordarnos que sólo los más valientes, los más preparados y los héroes de corazón podrán vencer a la bestia que todos llevamos dentro. Ser héroe es sólo seguir la verdadera naturaleza de nuestro corazón, de nuestro sentir interior, es reconciliarnos con aquello que palpita dentro y emprender el viaje.

El miedo es redentor en ese sentido. Si no fuera por él, penetraríamos en empresas que seguro terminarían mal. Por eso es una señal, un indicador al que debemos tomar con sumo respeto y atención. No significa que ese no sea el camino, simplemente nos avisa de que aún no estamos preparados y de que, a veces esa preparación puede tardar años y años.

Cuando hay ausencia de miedo ante una decisión, ante el reto de emprender un nuevo camino, entonces es que ha llegado el momento preciso para poder comenzar una nueva vida, un nuevo rumbo personal. Ninguna bestia interior, ningún cíclope nos alejará de nuestro cometido. Ningún dragón será lo suficientemente grande como para vencer nuestras ganas de aventura.

Si una idea nos aterra es mejor dedicar más tiempo a su preparación. No hay prisa, todo es cuestión de experiencia o sabiduría o conocimiento sobre las cosas. El miedo normalmente nace sobre el hecho de ignorar las causas que deberemos emprender, y por consiguiente, sus efectos. Sin embargo, la luz del conocimiento, la seguridad de sabernos ya en esas situaciones en el pasado debido a la sabiduría que nace de la experiencia nos hará crecer y salir airosos de toda empresa.

Por eso no tengáis miedo a tener miedo. Que esa idea no os perturbe. Y tampoco tengáis temor a decepcionar a nadie. A veces es mejor dar un paso atrás, recalcular todo, empezar de nuevo, antes que precipitarse por un abismo irreconciliable. A veces es mejor tener miedo, porque es señal inequívoca de que no estamos preparados. Y luego, una vez preparados, no tengáis miedo y lanzaros a la aventura.

(Foto: © Kasia Derwinska)