Los gobiernos están demasiado ocupados en representar los intereses de unos pocos, especialmente los suyos propios. Algo me escuece profundamente cuando vengo a Cataluña y veo las noticias regionales centradas única y exclusivamente en lo maravilloso que es el país, en la necesidad de abrir representaciones internacionales para mostrar los beneplácitos culinarios de nuestra tierra y las maravillas de nuestra danza tribal y la necesidad de desvincularnos del estado opresor para crear el nuestro propio, que será, a cual Acadia soñada, más generoso con sus súbditos y plebeyos. Mientras gastan los recursos en comprar voluntades informativas y culturales veo como mi padre, enfermo de alzhéimer, no tiene ningún tipo de derecho asistencial excepto el conseguido, tras luchas y peticiones, de dos horas de asistencia social a la semana.
Isabel tiene un trabajo impagable. Va de un lado para otro atendiendo como puede las vejaciones de los enfermos de alzhéimer. Recibe humillaciones, insultos e incluso maltrato físico de los pacientes. No me puedo imaginar el desolado panorama cuando llega a casa y algún familiar le pregunta qué tal ha ido el día.
Mi padre está en esa fase violenta de la enfermedad donde no para de insultar y pegar a unos y a otros hasta altas horas de la madrugada. El deterioro cognitivo y los trastornos conductuales son insoportables. Gritos constantes, lloros y atención continua las veinticuatro horas del día por parte de la familia son el triste panorama. Es evidente que la ayuda social a estas enfermedades no es suficiente. El Estado del Bienestar o los derechos de asistencia no han sido suficientes para dar soluciones a este tipo de problemáticas. Al menos en esos lugares donde los recursos públicos se utilizan para vanagloria de reinos de taifas medievales. Lo entendería en estados pobres que no pueden dar salida a muchos otros problemas generales. Pero me duele ver el panorama de malgasto institucional, sueldos desorbitados, trapicheos continuos, corruptelas de todo tipo a costa del ciudadano de a pie y sus problemas diarios.
Además, la crueldad psicológica de estos procesos, donde todos los familiares coinciden en si merece la pena seguir viviendo en este estado infrahumano donde el enfermo no es consciente de su realidad y vive como un auténtico vegetal irascible a los estímulos externos. Si algún día viviera en mis carnes una situación así y tuviera algún tipo de consciencia de ella desearía morir. La vida debe ser un vínculo que nos conecte a la felicidad, no al sufrimiento constante. Las enfermedades irreversibles que dañan y denigran al ser humano debería abrir un debate sobre las fórmulas apropiadas para soportar estas dolencias individuales, familiares y también sociales.
Mientras sigamos gastando en mantener patrias, naciones, banderas. Sigamos abandonando al ser humano y sus problemas sociales para centrar nuestras fuerzas y recursos en territorios y en mantener los feudos y de paso a los señores feudales.

































