La inevitable recuperación de nuestro santuario


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Esta tarde mientras volvía de mi cuarto viaje de mudanza me entretenía recordando como los templos, especialmente aquellos que se construyeron antes del siglo XVI, estaban orientados al Oriente, a la salida del sol. Al mismo tiempo que repasaba la historia de esta peculiar forma de enfocar los templos hacia la luz, de ese Ex Oriente Lux que ya se practicaba en la antigua Roma, recordaba la larga conversación que ayer tuve el privilegio de mantener con un joven cargado de entusiasmo por el mundo del espíritu.

Ante su curiosidad, le expresaba mi preocupación sobre ese otro templo, ese santuario representado por nuestro cuerpo, esa nave que alberga al Guardián, al Morador de los antiguos textos. Un templo que ha sido profanado, un lugar que en el mejor de los casos sigue sirviendo para acumular todo aquello nacido de nuestra psique, de nuestras costumbres, de nuestra abrumadora vida.

Resulta complejo pararse a pensar por un momento sobre la extraordinaria naturaleza de nuestro cuerpo, y sobre la importancia de tenerlo limpio, higiénico, preparado para albergar esa luz que nace del Oriente. De hecho, ignoramos este dato. Nuestro cuerpo, nuestra mente, no está enfocada en ese oriente ni en ningún otro. No esperamos por las mañanas a que nazca ningún sol, ni a que ningún rayo ilumine ningún altar. Estamos totalmente distraídos en las tareas diarias. Nos levantamos temprano, medio en sueños, nos aseamos, nos vestimos, desayunamos algo y vamos al trabajo, ese lugar donde pasamos casi todo el día y nos permite algo de dinero para poder comprar algo de comida, algo de vestido y cohabitar algún apartamento que tenemos a medias con algún banco. En esa rutina nos movemos y tenemos nuestro ser, nuestra consciencia, sin caer en la cuenta de que somos algo más que todo eso, y de que merecería la pena explorar más allá de ese ritual diario.

A veces tenemos la sensación de que la vida desea expresarse de forma artística, es decir, imaginativa, expansiva, depositando cierta sabiduría más allá de todo límite. Sentimos que eso podría ser posible si fuéramos capaces de empezar a construir ese templo interior, respetuoso, sagrado. Levantarnos con calma cada mañana buscando la luz de Oriente, no importa qué Oriente. Sentarnos cómodamente para conectar con ese rayito de luz e invocar las fuerzas creadoras de la vida. Sentir como esa luz de vida alberga nuestro templo y nos protege. Sentir y observar como esa vida fluye por cada uno de nuestros recovecos y poros. Sería hermoso poder dedicar unos minutos al día a consagrar este cuerpo, alimentándolo de forma saludable, limitando el uso de tóxicos que puedan dañarlo, disfrutando de su salud como oportunidad para que el Morador, con algo de paciencia, empiece a dar muestras de vida y empiece a expandir nuestra consciencia hacia ilimitadas experiencias.

Sería hermoso que en cada instante tuviéramos consciencia de esto, y que algún día, pudiéramos convertirnos necesariamente en luz viva, en un radiante santuario capaz de albergar desde una buena voluntad, amor y sabiduría. Quizás con unos pocos minutos de atención sobre nosotros mismos consigamos grandes logros futuros. Y quién sabe qué clase de influencia positiva podemos llegar a ser. Quizás esa sea nuestra tarea diaria: la inevitable recuperación de nuestro santuario interior.

(Foto: © Janek Sedla)

Cuando seas una llama


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La maestría que caracterizaba a aquellos que habían emprendido el camino del Arte consistía en arder como una llama dulce y lenta. Siempre deseamos responder a la idea de personas rectas, como esas escuadras que se situaban estratégicamente en la construcción de cualquier edificio. Una escuadra bien alineada procura la construcción de un edificio con gran solidez y fuerza. La virtud humana es esa escuadra, ese temple que hace que nuestro edificio interior se fortalezca ante cualquier intemperie o circunstancia. Además, nace en esa maestría, en ese arte, el deseo de ser creativos, de ser creadores. Por eso se dice que nos convertimos en seguidores del Arte Real, es decir, del poder creador que la propia creación nos ha dotado.

Buceando en esa rectitud, en la experiencia de esa plenitud, acudimos al afán de poner nuestro trabajo artístico y vital en relación con el cosmos, es decir, de alguna manera sentimos el deseo de explorar las leyes de la naturaleza para traerlas y experimentarlas en la propia existencia terrenal. Ese afán nos conduce a avivar la llama interior, la tenue luz que desea iluminar ese camino. De alguna forma nos convertimos en llamas portadoras de ese conocimiento y ese poder creador.

Un símbolo, para serlo de verdad, debe operar en siete niveles. El ser humano, para ser completo, debe tener la capacidad de poder operar en siete dimensiones. Ocuparse pragmáticamente del mundo material, adecuando lo mejor para soportar una existencia equilibrada. Respirar adecuadamente la vida, sentirla en cada poro como ese algo etérico que todo lo engloba, como esa akashya invisible pero real. Utilizar la fuerza y el balance de las emociones positivas para mover hacia buenos objetivos todo aquello que merece la pena. Investigar desde los planos mentales cuales son los mapas más adecuados para la construcción de un buen edificio. Y luego utilizar el sagrado triple fuego de la Voluntad, el Amor y la Sabiduría para reconducir toda la vida hacia el bien común. Ahí está la labor de nuestra llama.

Hay mucha gente que limita su vida al primer aspecto de la existencia, el material, obviando todas las demás dimensiones del ser. Nos pasamos toda la vida preocupados por el qué comeremos, el qué vestiremos o donde habitaremos sin pensar por un momento en todo lo demás. En cierta medida eso produce un fecundo vacío que va minando nuestras fuerzas vitales, nuestras emociones, nuestros pensamientos e inclusive nuestra propia alma, la cual, triste y melancólica, se aleja de nosotros hacia lugares lejanos.

De ahí la necesidad de encender la llama interior. Esa llama produce luz, lucidez, claridad suficiente para poder divisar más allá de los aspectos materiales un mundo inmenso de creación y arte. También calor y amor. Por eso, cuando seamos llamas, seremos seres completos, capaces de cocrear y compartir, de portar luz y alegría al mundo. Cuando seamos llamas, nuestra misión será la de ofrecer al mundo un mensaje optimista y alentador. Seremos, inevitablemente, transmisores de conocimiento, de lucidez, de paz y dicha.

(Foto: © Michael Yamashita)

 

 

A orillas de lo excepcional


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Escuchamos la lluvia. A pesar de que estamos ya casi a final de noviembre aquí dentro de la caravana superamos los quince grados. Eso, para nuestros cuerpos ya acostumbrados a la lluvia y el frío es casi un calor primaveral. La estufa de gas está haciendo un buen servicio y nos alivia pensar que incluso en una noche nevada podríamos estar aquí viviendo plácidamente. También hay una ayuda complementaria: las bolsas de agua caliente. Bendito invento. Por dos o tres euros podéis comprar una. Os recomiendo esa sensación de tener toda la noche algo caliente bajo los pies. Es como dormir arropado por un inmenso osito de peluche.

Me doy cuenta, y me siento feliz por ello, de que a pesar de las circunstancias que para muchos podrían ser terribles, nosotros las vivimos como algo excepcional, casi como algo maravilloso. La sensación de libertad ya casi no nos preocupa. Es algo más. Tampoco le damos importancia al hecho de ser o no ser felices. Damos por sentado que al estar haciendo lo que nuestros corazones nos dictan nos sentimos plenos y satisfechos. Eso produce ráfagas continuas de felicidad, de buen humor, de alegría y bienestar interior. Y en ocasiones pensamos con cierta ingenuidad qué más podríamos necesitar excepto lograr unas condiciones óptimas para poder compartir tanta dicha.

Nos damos cuenta de que todo esto es posible en cualquier circunstancia, al mismo tiempo que valoramos que unas ayudan mucho más que otras. Ninguna es despreciable, porque todas forman parte de nuestro aprendizaje humano, pero estar a las orillas de esta vida diferente e incomparable nos hace valorar cada instante, cada experiencia nueva como un auténtico regalo. Quizás sea porque al ordenar el tiempo de forma diferente hemos abierto un portal de oportunidad para valorar con más detalle cada instante de nuestras vidas.

Me gustaría poder invitar a todo el mundo a que valorara la vida como lo que es: una experiencia excepcional, irrepetible y única. Nunca somos conscientes de lo limitado de la misma, y, además, de lo irrepetible. Mientras esta mañana de nuevo brocha en mano pintaba una de las habitaciones del nuevo apartamento me daba cuenta de lo excitante de coger esa brocha y saberme único en ese momento. Sentía como la vida que recorre cada una de mis células traspasaba mi cuerpo y se fusionaba con todo lo que existe ahí fuera. Era consciente de que la vida no nos pertenece porque es como una capa etérica que flota por unos kilómetros sobre nuestras cabezas y lo envuelve a todo, hasta el último rincón oscuro.

Bendita vida y bendita excepcionalidad. Justamente ahora, mientras escribo aquí en la caravana y observo toda la vida que dormita ahí fuera siento una sensación extraordinaria. Precisamente porque somos extraordinarios viviendo un momento extraordinario. Mover un dedo, respirar, sonreír cómplice, guiñar un ojo mientras el agua resbala por las ventanas. Recordar viejas historias, viejos abrazos, mientras que al mismo tiempo imaginamos los futuros sintiéndolo todo en este perpetuo ahora que engloba todos los tiempos.

Sí, somos seres excepcionales, cada uno de nosotros en nuestros grados y condiciones, a pesar de nuestras circunstancias. Sólo tenemos que mirar uno de nuestros dedos, ver como se mueve y sentir que formamos parte de esa inmensa red de vida que todo lo envuelve. Sólo tenemos que respirar para darnos cuentas de todo eso y sentirnos privilegiados y honrados por tan profundo y extraordinario regalo. Veneremos la vida, cada instante, y demos gracias por tanta maravilla. Vivamos intensamente el misterio desde nuestro propio propósito interior.

(Foto: © Caras Ionut)

HACIA UNA ERA DE LUZ


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Para la mente iluminada, el mundo entero arde y brilla con luz”. (Ralph Waldo Emerson)

 

El año 2015 ha sido proclamado por las Naciones Unidas como el Año Internacional de la Luz. El título no deja de ser explosivo, tanto a nivel ordinario como a nivel profundo. El primer destello de luz surgió hace mucho, mucho tiempo, de alguna caverna perdida de la prehistoria con la invención del fuego. No fue hasta millones de años después cuando en el siglo XIX, la primera luz eléctrica surgió de los laboratorios de Humphrey Davey y Thomas Alva Edison.

Hablar en términos de luz es algo hermoso. Es la luz del sol la que nos provee de vida y es la luz de la consciencia la que nos llena de actividad imaginativa, superando con ello nuestra vida material y alineándonos de paso con el misterio de la existencia. San Juan nos hacía referencia a esa luz humana e inmaterial. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. Decía.

Realmente existe una tecnología de la luz, un trabajo exterior e interior para poder producir más luz, más lucidez, más consciencia de esa luz que no somos nosotros pero que ilumina nuestra faz interior. Existen ejercicios, un marco disciplinar, técnicas y conocimientos suficientes para explorar el sentido profundo de toda esa energía que se despliega por el universo entero. La luz material nos ayuda a ver bajo el dominio de los sentidos. La luz interior ilumina nuestra senda, nuestro camino en la vida, nuestro propósito vital.

Sabemos que hay muchos tipos de calidad de luz. Algunos viven en las más profundas oscuridades, dejándose llevar y arrastrar por los designios de los sentidos y la materia. Allí donde hay tinieblas hay ilusión, engaño, sombras, irrealidad. El noventa por ciento de la población nos dejamos arrastrar por eso que tan bien explicó Platón en su alegoría de la Caverna. En ella Platón explica cómo con conocimiento podemos captar la existencia real de los dos mundos que él describe: el mundo sensible, conocido a través de los sentidos, y el mundo inteligible, alcanzable mediante la razón.

Hay dos aspectos interesantes en esta alegoría. Primero la esclavitud propia de la ceguera. Platón describía cómo aquellos hombres que miraban a la pared eran esclavos y solo veían sombras que ellos mismos identificaban con la verdad. El otro aspecto es cuando uno de los esclavos es liberado, sale de la cueva y vuelve para rescatar a los demás, tomándolo ellos por loco hasta el punto de querer asesinarlo si fuera preciso, haciendo alusión seguramente a la muerte inútil de Sócrates.

Sea como sea, cada día hay más prisioneros que se liberan de sus cadenas y que viajan fuera de la cueva. Cuando mediante el conocimiento y la disciplina que produce la nueva visión encuentra ese marco de realidad superior, su deseo innato es volver a la cueva para liberar al resto.

Quizás la humanidad esté en un punto donde el conocimiento y la consciencia estén cada día más cerca de poder emancipar al individuo. Quizás este año internacional de la luz sea un acto simbólico de las Naciones Unidas, pero también, a nivel interior, una señal para que vayamos librándonos de nuestras cadenas demandando ¡¡luz, más luz!!

(Foto: paseando por la bella playa de las Catedrales, en Galicia).

 

¿Cuándo alcanzamos la cumbre de nuestras vidas?


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«El pie del niño aún no sabe que es pie, y quiere ser mariposa o manzana. Pero luego los vidrios y las piedras, las calles, las escaleras, y los caminos de la tierra dura van enseñando al pie que no puede volar, que no puede ser fruto redondo en una rama.
El pie del niño entonces fue derrotado, cayó en la batalla, fue prisionero, condenado a vivir en un zapato«. (Pablo Neruda)

Necesariamente nos empujan a crecer, a ser lo mejores, a tener un buen trabajo, una buena casa, a que el éxito se mantenga en todas las circunstancias de nuestras vidas. Como en el poema de Neruda, hacen de nuestro pie algo enclaustrado en un zapato. Nadie quiere enseñarnos a ser libres, a andar descalzos, a dejar que el pie se convierta en una mariposa o en un bello atardecer rodeado de prados y montañas. A nadie le interesa llegar a la conclusión de que teniendo poco se gana mucho.

Recuerdo cuando compré mi primer pisito, y luego una casa más grande. Los vecinos paseaban alrededor de aquellos adosados aspirando a tener uno algún día mientras presumía de rosales. Tendremos nuestro adosado y así podremos sembrar algún rosal, pensamos. Pero cuando llega el adosado resulta que aspiras a una casa mayor porque el jardín y el rosal se quedaron pequeños. En el trabajo aspiramos a lo mismo. Ganar más, ser jefes algún día porque si lo somos podremos plantar en nuestra casa muchos rosales. Luego todo se derrumba cuando tras trabajar durante décadas nos damos cuenta de que queda poco para morir y que ninguno de esos rosales ni adosados ni casas maravillosas podrán acompañarnos. Cuando decidí perder mi bonita casa de diseño entendí algo. Sus grandes ventanales y sus vistas majestuosas realmente enclaustraban al pie en el zapato.

Olvidamos que es el olor de la rosa lo que permanece. Olvidamos que es trabajar para el bien común lo que nos engrandece. Relegamos lo importante porque nadie nos explicó qué era lo importante. Confinamos la felicidad en cápsulas de vanguardia para ir tirando sobre la creencia de que lo último y lo nuevo nos hará mejores y más plenos. Vivimos en un engaño del que no queremos despertar. Se está tan bien en el ensueño.

Luego, a veces cuando ya es demasiado tarde, descubrimos cual es el verdadero sentido de la vida. Pude verlo en aquellas lágrimas de un amigo que lo ha tenido todo en este planeta, cosas que ni siquiera mil personas como nosotros podría llegar a tener o vivir en diez vidas. Pude ver como esas lágrimas sinceras que brotaban de un alma dolida demandaban algo más, un esfuerzo mayor para entender donde se haya la verdadera felicidad. Había algo de dolor en ellas, una especie de desgarre por sentirse preso de sus propias circunstancias.

Estos días de buen tiempo paseamos por los prados y bosques. Cuando regresamos a nuestra caravana de diez metros cuadrados nos alegra el pensar que ya no necesitamos más. Que ya tuvimos nuestro pisito, nuestro adosado, nuestros rosales en la casa aislada con maravillosas vistas junto al bosque, nuestros buenos trabajos y buenos coches. Nos alegra y nos alivia pensar que eso quedó atrás, y que cuando mueres a eso, naces a una especie de paraíso donde lo único que se necesita es sonreír todas las mañanas sean cuales sean las circunstancias.

De alguna forma intuimos que hemos alcanzado cierta cumbre. La despreocupación sobre qué comeremos o qué vestiremos mañana nos deja tiempo para maravillarnos de la vida que recorre cada instante, cada hebra de hierba, cada rama de árbol y cada paisaje majestuoso cargado de atardeceres infinitos. Ese despertar a esta llama de emoción tiene que ver también con la necesidad de compartir todo esto y de activar en el otro esa necesidad de volver a la vida sencilla, a la aspiración pura, al manso recodo donde todas las fuentes confluyen para terminar en el océano que nos espera. Tenemos la necesidad de abrazar al visitante para que su visión comprenda que el olor de la rosa puede estar en cualquier lugar y que los pies de Neruda pueden viajar peregrinos hacia ese lugar que nos espera siendo mariposa o manzana. No esperemos a un cáncer, a un accidente, incluso a la muerte misma para entender esto. Aprovechemos esta oportunidad vacilante para despertar a la verdadera cumbre de nuestras vidas.

Kadosh y Adeptus


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Así llegó a ser la humanidad. La humanidad se hizo con las lágrimas emanadas de mi Ojo. (Canción del dios egipcio Atum, siglo IV a.C., según el mito de la Creación del Papiro Bremner Rhind).

Adeptus significa en latín “el que consigue”, “el que alcanza”. En cierta literatura esotérica significa uno que ha alcanzado un cierto grado, por lo general elevado, de visión y compromiso con los propósitos de la vida. En este sentido designa a un “Maestro del Arte”, cualquiera que ésta sea, pero entendiéndose normalmente como el arte de la transformación interior, el arte de conseguir el proceso alquímico necesario para poder transcender la ceguera y la ignorancia y ponernos al servicio de ese algo mayor que aún desconocemos.

Algunas escuelas de la antigüedad ofrecían entrenamiento para llegar a esta categoría. Existían complejos mecanismos de iniciación donde se recibía a aquel que estaba preparado para la renuncia y la conquista de cierto grado de realización. Algunas tradiciones espirituales a muchos de estos iniciados los llamó “santos”, en hebreo kadosh, “elegido por Dios” o bien persona diferenciada, distinguida. En masonería, el “caballero Kadosh” es el grado 30 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Al igual que siglos atrás hacía la caballería espiritual, entre sus obligaciones están las de defender los principios ocultos, al igual que la de proteger a los peregrinos que se encaminan a “tierra santa”.

Cuando el neófito era iniciado, una de sus funciones consistía en convertirse en cuidador del antiguo conocimiento oculto, solo transferible a aquellos que estuvieran preparados para entenderlo. Uno de los principales secretos y una de la más ambiciosa meta de todo adepto era la de poder ofrecer una ayuda compasiva a la humanidad.

Para ello debía atravesar un mundo cargado de pruebas donde sus tutores y guías revisaban cautelosamente todos sus avances. Las antiguas escuelas pensaban que las pruebas ofrecidas sólo pretendían reforzar la determinación del iniciado en continuar su avance y comprobar si realmente su fortaleza interior y su preparación eran dignos de mayor recompensa.

Todo esto ocurría y ocurre incluso ahora, aunque sea de forma anecdótica y casi residual en órdenes iniciáticas que transmitían generación a generación los secretos del silencio, el estudio y el servicio. Eran iniciaciones humanas, más bien con un valor simbólico para proveer al neófito espiritual de ciertas pistas y comprensión sobre el verdadero valor de la iniciación real.

Dichas pistas se ofrecen al curioso, pero el hermetismo de la verdadera enseñanza es tal que resulta casi imposible poder llegar al mismo para el estudioso ordinario. Las revelaciones verdaderas ocurren en los planos interiores, siendo el secreto de dichas revelaciones uno de los principios por los que se puede seguir avanzando. Hablar de cierto control de la materia, de la transformación de los metales, como dirían los antiguos alquimistas, añadido al control de los planos emocionales y sus fuerzas así como las energías de los planos mentales no tendría sentido si no fuera por la rigurosa prueba de fuego que invita al silencio.

Por eso resulta difícil encontrar a verdaderos Adeptos. Su trabajo silencioso e invisible hace casi imposible el contacto, a no ser que se haya desarrollado cierta visión e intuición para poder reconocerlos. Las pistas que ofrecen las escuelas que se aproximan al estudio de los misterios menores nos ayudan a potenciar el entendimiento y acercamiento a los verdaderos principios de los Misterios Mayores, aquellos que promueven bajo un sagrado juramento la disposición para “unirnos con nuestra más alta y genuina divinidad”, o lo que es lo mismo, «unirnos con nuestro superior Genio Divino».

La prueba real nada tiene que ver con las versiones simbólicas. La iniciación Solar, alejada de la humana, sólo es posible cuando nos enfrentamos realmente a la renuncia de todo cuanto hasta ahora nos ha representado. Todo lo demás no deja de ser anecdótico, simbólico e ilusorio para el estudiante y comprometido buscador que desde su propia ingenuidad cree haber alcanzado algún tipo de meta oculta o realización espiritual. Nada más alejado que eso. Tal es su despiste que sigue en la creencia de que ciertos conocimientos y prácticas pseudoespirituales le dotarán de realización.

La cuestión es, ¿qué significado puede tener esto hoy día? Mucho o ninguno, dependerá de nuestro acercamiento al Arte y su profunda comprensión. Como decía un antiguo Adepto: “Toda la vida nos ha sorprendido que se necesite tan poca actividad de la Voluntad para engendrar notables revelaciones acerca de ese dominio Espiritual que se halla al otro lado del velo fenoménico. Será porque el dominio de lo Espiritual es muy generoso con sus bienes, muy propenso a dar de sí a quienes encuentra preparados para buscar y recibir”.

Libres


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«Yo soy Perseo, el que venció a la Gorgona de trenzas de serpiente, el que osó montar sobre los vientos en alas batiente».

(Ovidio, Las Metamorfosis, IV, 697).

Aquella tarde de invierno me creí ciertamente libre cuando logramos llegar tras una inesperada nevada hasta la misteriosa iglesia de la Magdalena de Rennes-le-Château. Había sido un viaje largo y convulso por tierras cátaras pero al final conseguimos el objetivo. Era una época en que la libertad la entendía como libre albedrío y allí, en el sur de Francia, pensé que la había encontrado.

Estos días en los que estamos viviendo en mitad de la nada, en este paraje desolado, aislado del mundo y del ruido, nos levantamos al alba y lo primero que hacemos es ir hasta la letrina seca donde siempre nos espera un bonito cartel que indica que está “libre”. Empezar la mañana con este mensaje es poderoso. Días y días reflexionando cada mañana sobre el mismo símbolo, el mismo arquetipo en un momento de nuestras vidas donde hemos sacrificado nuestro confort para estar libres de muchas cosas es algo profundamente significativo.

Pero esta vez la libertad no la entendemos como libre albedrío, sino que empezamos a explorarla y entenderla más bien como todo lo contrario. Libertad de estar en el flujo de la vida, en la poderosa llama de un propósito mayor. Libertad entendida como fijeza en un objetivo que no nos pertenece, desdeñando todo aquello que durante años ha distraído nuestras vidas y alejado, dicho sea de paso, de aquello por lo que siempre hemos creído. Es como sentir la libertad de los astros, de ese cosmos regido por unas leyes sutiles que crean orden y concierto. Nuestro planeta no se queja ni busca enemigos por su paciente rotación y traslación. Realiza su propósito y gracias al mismo, gracias a su complejidad, nos provee de vida, de existencia.

Escuchaba estos días a alguien que hablaba en términos de sacrificio. Sacrificar los deseos personales, sacrificar los apetitos, sacrificar la ansiedad por tener más, por poseer más. Eso nos libera de nosotros mismos. Librarnos de esos constantes estímulos, incluso librarnos de nuestros hábitos, de nuestras conductas, de nuestros pensamientos, de nuestras creencias, de nuestro pasado y expectativa futura. Ese tipo de libertad posee un carácter diferente, una cualidad distinta. Esa libertad está más próxima al sentido de la vida amplia.

Libertad, descubrimos estos días, no es hacer lo que queramos cuando queramos. Libertad es estar libres de aquello que nos amarra, aquello que nos encadena, aquello que nos confunde y nos aleja de nuestro verdadero propósito. ¿Estamos realizando en nuestras vidas eso que sentimos interiormente? ¿Hemos osado montar sobre los vientos en alas batientes?

En este tiempo hemos elegido dejar nuestras cómodas vidas para acercarnos un poco más al misterio de la acción grupal, al resultado de la convivencia comunitaria. Es una prueba de fuego porque los intereses personales desaparecen para profundizar en los intereses grupales. Realmente es un sacrificio que de alguna forma nos libera para entrar en una onda expansiva mayor, en un estado de consciencia diferente. Ahora estamos inmersos en una especie de prueba que no sabemos describir pero a la que hemos llegado gustosamente, con alegría, con cariño, con amor. Hemos renunciado a algunas cosas pero a cambio hemos ganado otras de mayor calado, de mayor profundidad. La vida austera no significa vida vacía o pobre, significa encontrar en lo simple las riquezas invisibles. Como ese cartel que nos saluda todas las mañanas y nos recuerda que somos libres. Una libertad exquisita, diferente, profunda.

(Foto: cartel de entrada a la letrina seca en O Couso)

¿Qué más necesitamos?


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Mientras cae la lluvia y veo los prados mojados y el perro Geo descansando de la carrera que hemos disfrutado juntos hago balance de todo lo que tenemos y todo lo que nos falta. Tenemos paz, tenemos amor, tenemos cariño, tenemos dignidad. Tenemos también estos prados y estos bosques, una bonita caravana donde ahora vivimos cómodamente a pesar de los pesares. Nos acompañan la gatita Gaia y Geo, las gallinitas y el conejo que aún sobrevive a los avatares de la vida salvaje. Ahora contemplo el horizonte, el silencio solo roto por el sonido del viento y la lluvia. Las montañas de la sierra de Édramo, el valle de Mao, el cielo con sus nubes.

Hacía balance y no sabría decir qué nos falta. Cuando rozaba los veinte años quería terminar la carrera y encontrar un trabajo fijo bien remunerado. Eso era casi una obsesión. Con un trabajo fijo y estable teníamos oportunidad de acceder a una hipoteca y empezar así el ciclo de la vida en pareja. Cuando lo conseguí y rocé los treinta quería vender mi pisito de noventa metros cuadrados para tener una gran casa. También lo conseguí y luego vinieron casas más grandes, y palacios de ensueño que entraban y salían de mi vida acompañados de aristocracia y poder. En ese momento llegó la crisis y perdí casi todo. Pero no me refiero a las cosas, me refiero a la paz, al amor y al cariño y la dignidad. Porque perder las cosas, haciendo balance a estas alturas, tarde o temprano siempre se pierden. Pero perder lo que realmente nos hace frágiles y humanos… eso es terrible.

Decía hoy en voz alta que mucha gente se acerca a uno si tiene muchas cosas. Si tienes un buen puesto de trabajo, una buena casa o poder habrá muchos que de forma incondicional estarán cerca. Al menos hasta que algo de eso desaparezca.

No ocurre lo mismo con las personas que se acercan buscando paz, amor y cariño. Ellas saben que cuando falta algo de eso es responsabilidad propia, porque todos tenemos la facultad de abrazar, de consolar en momentos difíciles e incluso de estar ahí cuando más lo necesitas. Otros tienen la facultad de desaparecer en la noche oscura y no volver nunca más cuando las cosas desaparecen.

Ahora miro el valle y los prados y mi caravana y me siento cargado, lleno, dispuesto a compartir el trozo de pan y el trozo de cielo. La naturaleza nos ofrece todo su esplendor. El viento se encarga de recordarnos las cosas imprescindibles. Aquí no tenemos ningún palacio, tampoco un trabajo que requiera ningún estatus de poder. A veces nos toca coger el pico y la pala y otras limpiar la estancia de las gallinas o rellenar de agua del pozo los bidones vacíos. Cada uno hace lo que puede, y según el día, lo que requiere. El estatus se mide por la fortaleza interior, por la sabiduría del silencio, por la mirada cálida y firme. La riqueza se valora por la capacidad de dar, por la exquisita generosidad con el otro, por la asertividad ante las flaquezas del grupo.

¿Qué más necesitamos? Quizás nuestras aspiraciones tengan que ver con poder ofrecer alguna cama, alguna ducha, alguna comida, algún retrete donde poder uno sentarse, ya que ahora hacemos nuestras cosas como lo hacían los mal llamados primitivos. Realmente, cuando amanece todos los días no sentimos ninguna angustia vital que tenga que ver con necesitar algo. Más bien, nuestro sentir tiene que ver con otra pregunta: ¿qué más podemos ofrecer?

(Foto: compartiendo una hermosa tarde con Geo y Gaia)

 

 

Bienaventurados los mansos


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¡Qué incomparables encuentro tus designios, Dios mío, qué inmenso es su conjunto! Si me pongo a contarlos, son más que arena; si los doy por terminados, aún me quedas tú. Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno. (Salmo 138)

Realmente no sé qué haría ni cómo reaccionaría ante una guerra, ante una epidemia, ante una situación dramática como esas que todos los días aparece en la televisión. Desde hace tiempo intento que las circunstancias exteriores no perturben la paz interior, el propósito interior. Es algo complejo porque la vida no siempre es un camino de rosas ni las cosas ocurren como uno desea. Pero existe una especie de hilo conductor que da sentido a muchas cosas. El conocimiento de ese inconmensurable designio del que habla el Salmo, al menos la intuición de su probable existencia te hace ver la vida de forma diferente. De alguna forma, terminas por volverte un manso, es decir, un alma que fluye con la substancia de las cosas, con la inmensidad y con el misterio. Ya no lucha por doblegar las circunstancias, sino que aprende que las mismas están ahí para que no cedamos en nuestros principios, en nuestros valores, en nuestras metas.

Si el camino, nuestro camino propio y colectivo, alguna vez se desvía de aquello a lo que hemos venido a este mundo, todo confabula para que la guía apropiada aparezca. A veces en forma de enfermedad, de accidente, de suplicio. A veces en forma de silencio, de profundo silencio o de una mano amiga que te lleva hasta ese camino de realización.

Ser manso no es fácil. Requiere de cierto entrenamiento, de cierta actitud, de cierta aceptación. Aceptarnos a nosotros mismos con nuestros defectos, nuestras sombras, nuestras virtudes y luces. Y aceptar que existe algo mayor a nosotros mismos que nos mueve y nos conmueve. Eso que llamamos vida. Eso que llamamos misterio. Y lo llamamos así porque ignoramos realmente el sentido de toda la existencia. Ignoramos hasta el punto de que nos creemos poseedores de algún atisbo de verdad. No somos aún conscientes de que lo inabarcable es imposible entenderlo desde nuestro limitado prisma. De ahí la humildad, el respeto y la inclinación mansa ante todo lo que nos rodea. De ahí la necesidad de dejarnos guiar por el devenir, con curiosidad, con amistosa calma, con esmero y ganas.

Me daba cuenta esta tarde mientras veía como las gallinas deambulaban por el prado de un lado a otro. La hierba se mecía bajo el manto del atardecer y las castañas caían desde lo más alto de las ramas hacia esas florecillas violetas que ahora en otoño lo inundan todo. Había un crujir en la escena, un halo extraño y misterioso. Tanta belleza hipnotiza. La naturaleza, vivida desde cerca, encierra un hermoso y profundo mensaje. Es como una guía palpable sobre el camino eterno. Es como una revelación que nos pone a prueba sobre nuestra finitud y el como empleamos este tiempo único hacia el bien común, cumpliendo siempre nuestra parte, consumando siempre nuestro propósito. Somos un suspiro y es nuestra responsabilidad dejarnos mecer por lo profundo. Bienaventurados los mansos, ellos heredan la tierra porque suyo es el reino de todos los cielos.

(Foto: © Ibai Acevedo)

Enfrentado al gran reto de la vida


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Me marché de Madrid con cierta emoción interior, con ese escalofrío que te indica de que ahora toca enfrentarse a un reto mayor, a una nueva forma de retomar el hilo de la vida. Tras años surcando mareas contra corriente, era como si en este momento simplemente me dejara arrastrar por el agua que fluye. Y en ese arrastrar dejaba el piso que albergó mis sueños y mis letras durante dos años. Pedí a la persona que había vivido esa aventura desde el principio que me acompañara en el cierre. Pensé que sería más hermoso poder abandonar tantos recuerdos con alguien que también había participado de los mismos. Ella, generosa como siempre, aceptó. Así que llevamos juntos los últimos paquetes, limpié el lugar dejándolo mucho mejor de cómo me lo había encontrado y cerré la puerta.

En el viaje no miraba hacia atrás. Un gran arco iris acogió la despedida hasta que la lluvia y la noche dieron paso a cierta paz extraña. Uno debería ponerse triste cuando de repente se da cuenta de que no tiene piso, ni casa ni un lugar donde guardar sus cosas. Pensé en mis primeros años de universidad cuando hice un trabajo sobre los “sin techo” y pasaba horas y horas con los transeúntes intentando comprender cómo en nuestro siglo aún había personas sin hogar. Tiene gracia que ahora me encuentre así, no por necesidad sino por voluntad propia, por ampliar eso que llaman consciencia y compartirla desde la situación privilegiada de no poseer nada. Ligero, simple, expectante. Quizás tan solo sea un marco transitorio. De momento viviré en una hermosa y acogedora caravana en mitad del bosque donde podré vivir la experiencia de esa libertad absoluta, de ese respirar profundo en plena naturaleza.

Ayer en Andorra reflexionaban sobre eso de la vida multidimensional. Es hermoso tomar consciencia de ello. Es cierto que tenemos una vida material, a veces con más o menos cosas, con más o menos privilegios. Pero también tenemos una fecunda vida emocional, mental, y para los más arriesgados, espiritual. La vida emocional puede ser igual de rica, especialmente cuando compartes emociones sanas con un gran número de personas. La mente es un privilegio. Poseer una vida intelectual y reflexiva es apasionante. La vida espiritual, complementada con el resto, es una forma de ver y experimentar la existencia desde otro ángulo diferente. La perspectiva es amplia, desapegada de los avatares cotidianos, siempre peregrina y dispuesta a enfrentarse a los retos más insospechados. Se engrandece el estímulo por la existencia y se ensanchan las experiencias vividas. Estos días, mientras dejaba atrás todo un pasado para enfrentarme desnudo a un nuevo reto sentía que esa experiencia de libertad formaba parte de esa vida espiritual. Podía elegir sobre toda circunstancias qué camino seguir. Y lo hacía con amor, sin rabia, sin rencor. Sólo con agradecimiento y ese trocito de sabiduría que nos acompaña en toda gran decisión. Me siento afortunado de poder hacerlo. Me siento afortunado de enfrentarme de nuevo desnudo al gran reto de la vida.

(Foto: Ayer paseando por Andorra).

La misión. Deja que la semilla se rompa…


the mission

“La luz brilla en la oscuridad y ésta no la vence”, Juan 1:5

Tras tener el honor de presentar esta mañana en Madrid el primer libro de Elien, me marché a comer con el amigo Luis y luego terminamos la sobremesa viendo la película de Roland Joffé, “La Misión”. Acabamos medio llorando en el salón de su acogedora casa y preguntándonos qué misión tenemos como seres humanos.

Luis me hablaba de la inevitable llamada, de la necesidad de discernimiento para poder saber qué es lo mejor, de qué forma debemos actuar y hacia donde dirigir nuestros pasos siempre para mayor gloria de Dios. Elien se refería a eso mismo diciendo que para poder discernir bien ese camino, primero debemos morir, como muere la semilla para que nazca una nueva planta. Si tenemos miedo a morir, si no lo hacemos realmente, entonces lo nuevo nunca llega a nacer. Elien nos animaba a ello: “deja que la semilla se rompa”. Su frase y su tono fueron los adecuados para sembrar en nosotros una semilla de esperanza y cambio.

Tras el visionado de la película nos sentíamos aturdidos por el mundo, por sus cosas, por sus intereses y máscaras. El final es impactante y te hace cuestionar muchas cosas. Lo importante fue el poder mirarnos juntos al espejo y preguntarnos al unísono: ¿cuál es nuestra misión en la vida? Llegamos a una conclusión parecida: servir. El servicio como aquello que nos hace compartir lo que somos, que nos hace comunicar al mundo nuestro propio don. ¿Qué es aquello que se manifiesta en nosotros de forma brillante? Eso es servicio. Porque cuando compartimos lo mejor de nosotros, de alguna forma estamos ayudando a construir un mundo mejor para Ad maiorem Dei gloriam. Así lo sentíamos ambos y así buscamos juntos la manera de perfeccionar ese camino de servicio, cada uno desde su posición privilegiada, a sabiendas de que debemos dejar que la semilla se rompa para que siempre nazca lo nuevo, lo mejor, lo maduro.

Es cierto que en esa llamada siempre hay miedo y perdición, confusión y despiste. No importa. Todos sabemos que en este maravilloso mundo la gloria se alcanza en las cosas pequeñas y cotidianas, sin necesidad de grandes proezas. Cualquier gesto, por pequeño que sea, ya forma parte de ese contingente de cambios posibles.

Cambiamos “cosas” por “vivencias” y dejamos de existir


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Ahora que estoy haciendo mi mudanza hacia ninguna parte, hacia un lugar etéreo donde aún no sé qué formas tendrá, veo como día a día, con esfuerzo y tesón, el ser humano se empeña en acumular cosas. Miro a mi alrededor y me pregunto como llegó esto o lo otro y para qué sirve realmente. Me pregunto qué necesidad tenemos de acumular objetos cuyo uso ridículo ni lo sabemos. Tenemos tantas y tantas cosas que atesoramos con auténtica obstinación. Esas cosas realmente son inútiles. El ser humano está empeñado en producir, producir y producir para luego tirar, tirar y tirar. Nos hemos convertido en una especie de máquina de hacer cosas inútiles. Figuritas, adornos, muebles para llenarlos de más figuritas y adornos, grandes maletas para transportar en cada viaje cientos de cosas que luego no utilizamos. Tenemos una lista infinita de objetos que nunca nos ayudarán en nada. Sólo nuestro empeño en acumular puede darle algún tipo de explicación irracional a todo este proceso.

Por suerte hay personas que empiezan a comprender que las experiencias y las vivencias pueden enriquecerte más que mil objetos acumulados. Para poder tener vivencias es necesario disponer de tiempo. Por eso hay gente que ya empieza a comprender que a más tiempo, más experiencias. Algunos piden reducción de jornada, otros directamente dejan sus antiguos trabajos para dedicarse a lo que realmente les motiva. Unos se van de voluntarios a diferentes países y otros acuden al ahorro en cosas para transformarlos en aventuras y viajes. Cada vez que dejamos de comprar algo y lo canjeamos por una experiencia estamos de alguna forma acumulando tesoros existenciales, profundos pozos de sabiduría sutil.

Cuando uno muere las cosas se quedarán aquí. Vendrá alguien y las tirará al contenedor y todo nuestro afán de acumulación habrá terminado. Sin embargo, las experiencias nadie podrá borrarlas de nuestra existencia. Algo quedará en el universo cuando nosotros no estemos. Algún tipo de memoria metafísica se encargará de ordenar en la psique colectiva todo ese cúmulo de riqueza experiencial. En la versión inversa, cuando cambiamos cosas por vivencias de alguna forma dejamos de existir. Compramos una cosa para satisfacer nuestro primario impulso consumista. Cuando lo conseguimos la cosa en sí ya no tiene valor y queda olvidada. Sin embargo, las experiencias las recordamos constantemente. Aquel abrazo, aquel atardecer, aquel viaje, aquel amor de verano, aquellas flores en el jardín, ese inolvidable paseo por el bosque. Esos son tesoros que siempre nos acompañan.

Piénsalo bien antes de gastar dinero. ¿Qué clase de tesoros deseas acumular en la vida? Sin duda, el mayor de ellos, el que más satisfacción e influencia ejerce en nosotros es el acto generoso de compartir. Más allá de vivir experiencias, el compartirlas nos eleva aún más en nuestra condición humana. Nos llena de satisfacción y rebosa en gozo a todos los que participan en ella. Cualquier gesto, por minúsculo que sea, provoca en la humanidad entera un estímulo hacia el desarrollo positivo. La esperanza de un mañana diferente y mejor pasa inevitablemente por este tipo de experiencias compartidas. El amor se magnifica cuando responde abiertamente a acciones que militan en el proceso diario de nuestras vidas. Cuanto más amorosos somos, más rica y profunda resulta nuestra existencia. Cuantas más experiencias vivimos mayor es nuestro reino de los cielos.

De la Diada a la díada


 

Decían los austracistas eso de Pro Lege, Rege et Patria. Pero ahora todo es tan maravilloso, todo es tan armónico en los planos de la inteligencia. Pronto, muy pronto, nos daremos cuenta de que la cultura nada tiene que ver con las patrias, ni con los estados, ni siquiera con ese conglomerado de símbolos que llamamos naciones. Muy pronto saldremos a bailar como lo hace Matt, siguiendo la estela de la unidad ante la diversidad, desde el respeto, la magia del abrazo y el sentido de potenciar juntos nuestras fuerzas y anhelos. Haremos de las banderas pañuelos para proteger al otro y de los himnos patrios susurros para enamorarlo.

Muy pronto tendremos la facilidad de mirar al otro de alma a alma, de guardián a guardián, sin necesidad de mirar si son unionistas o independentistas, si son negros o árabes, si son altos o bajos, ricos o pobres. Realmente lo único que nos diferencia son ciertas coordenadas, ciertos ciclos, ciertas conjeturas del universo que convierte lo paradójico de la existencia en fortuitas obras.

Por eso mañana deseo que todos los que salgan a celebrar el anhelo de libertad lo hagan desde el respeto profundo de esa palabra. Desde la responsabilidad que nace tras la boca de ese paladar. El compromiso no es ni con la historia ni con las futuras generaciones. El compromiso es hacia el alma que subyace en todas las cosas, hacia el arte de toda cultura, hacia el espíritu de todos los tiempos.

Nos sentiremos gozosos el día que abracemos a la madre Tierra como única nación, como verdadera bandera de nuestros destinos. Seremos dignos de llamarnos humanos el día que las fronteras caigan una a una. No sólo las fronteras nacionales, también las ideológicas, las que nacen de la creencia o la diferencia, las que se precipitan desde la inconsciencia colectiva. Seremos dignos de sentir la hermandad y volcar toda nuestra energía en proteger y ayudar al otro, en salvaguardar la dignidad de todo aquel que cohabite nuestros lugares de paso con nosotros.

La sombra de un árbol dura lo que el sol tarda en transitar de un lado al otro el horizonte. Lo mismo ocurre con las diferencias. Podremos pensar que ahí, en lo oscuro de su sombra hay algo que nos diferencia y divide. Pero al mirar hacia arriba y observar que lo que oculta el bosque es la radiante luz del mediodía sabremos mirar al mundo con otros ojos.

Esa mirada ya está llegando alejada del miedo, del rencor, de la rabia y del pasado. Esa visión ya es palpable en las nuevas generaciones sedientas de hermandad. Pronto renacerá la vida radiante del sol, de la luz, de la lucidez, del candor. Pronto bailaremos todos juntos en cualquier plaza para celebrar el advenimiento de un nuevo mundo. Pronto la Diada se convertirá, como exclaman los filósofos, en la díada: en la unión de dos seres o dos principios especialmente vinculados entre sí.

 

Creando Comunidad: el reto de la existencia humana


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El ser humano pasó inevitablemente por su parte egoísta e individualista. No debemos verlo como algo dañino ni debemos ejercer una crítica feroz sobre esa fase que damos por llamar capitalismo. Realmente era una especie de emancipación necesaria. Sentíamos la necesidad como colectivo de atravesar los aspectos más individuales de nuestra condición humana. Al emanciparnos, primero desde el aspecto material y luego desde el intelectual, nos empoderamos como seres libres y exigimos un giro importante en la historia humana. Aprovechamos de paso para mejorar nuestros aspectos de seguridad, de bienestar y riqueza. Cuando llegamos a la fase en la que ahora nos encontramos, algo nuevo está surgiendo y algo nuevo está empoderando nuestras vidas.

Lo que ocurre es la manifestación de un nuevo empuje, de una nueva fuerza que ya Marx llamó vagamente comunismo en su teoría sobre el materialismo histórico e investigadores como Cowan y Beck con su Dinámica Espiral o el propio Ken Wilber con su teoría integral intentan explicar. Realmente es una fuerza nueva relacionada con la acción grupal y participativa, con un modelo de convivencia basado en la ayuda y la cooperación y alejado del individualismo y el materialismo propio de épocas pasadas.

Esa nueva fuerza tiene que ver con buscar de nuevo las raíces de la comunidad y afrontar el reto de poder reactivar el compromiso de crear alternativas equilibradas a nuestro crecimiento y existencia. Se pretende crear un hábitat donde la humanidad pueda convivir en paz alcanzando propósitos comunes a través de experiencias compartidas. Esto será posible gracias a la promoción de la conciencia colectiva y la comunidad global, remarcando el interés ecológico de la inevitable supervivencia de la vida en la Tierra desde una perspectiva integral y holística.

Para poder alcanzar esto debemos cada día más olvidar nuestra parálisis egoísta y empezar a trabajar en términos de grupo. No sólo creando redes de colaboración sino apostando sin miedo ni parálisis por compartir espacios, lugares, hogares, dinero, trabajos y todo tipo de actividad humana desde esta nueva perspectiva. Tenemos por delante el reto de transformar nuestras ciudades en puertas que conduzcan a la realización humana y cooperativa. Tenemos el reto de profundizar en nuestra relación con la naturaleza en los campos y ambientes rurales, proveyendo de nuevas alternativas de colaboración y participación en todos los ámbitos de la vida. Todo esto desde una conexión que nace desde dentro, desde lo más puro y espiritual del ser humano hacia fuera, hacia el grupo.

Inevitablemente, sin perder la percepción del individuo emancipado y empoderado, sin restar espacios de soledad  individual, será necesaria una apuesta colectiva por todo aquello que tenga que ver con nuestra vida basada en nuevos valores, en una nueva cultura ética que nos hermane y acompañe hacia el equilibrio perfecto con la naturaleza. Cada vez será mayor esta tendencia, e inevitablemente, cada vez será mayor la necesidad de poder compartir todo lo nuestro con el otro sabiéndonos poseedores de unas correctas relaciones humanas basadas en el respeto, la generosidad, el esfuerzo común y colectivo y la responsabilidad con nuestras vidas y actos. Esta es la apuesta presenta y futura y ese es el ámbito donde deberemos desarrollarnos.

Hacia el vuelo mágico


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En uno de esos viajes relámpagos tuve que dejar el oasis gallego para atravesar toda España y desembarcar en el sur de Andalucía donde mañana me espera una reunión de trabajo. Todo eso con uno de los pies inmovilizados pero con el entusiasmo de ver como las cosas avanzan por su camino.

Mientras esta noche, medio asfixiado por este calor sureño, elegía el tono de la alarma que me despertará mañana, de repente observaba como mi mano bailaba al son de la música. Veía su ritmo que nacía y danzaba, observaba dentro de eso que llamamos imaginación, como poco a poco la mano se iba transformando en una sencilla pero elocuente mariposilla. Los dedos se convertían en alas que despegaban de repente primero de mi mano y luego de la habitación. Ahí fuera, en la noche calurosa, las alas se hicieron grandes y lo que antes era un pequeño animal de primavera se convertía en un ágil ave que volaba y volaba hacia lo alto.

A partir de ese momento el viaje es inevitable, y ves como el valle del Guadalquivir junto a Sierra Morena se quedan pequeñitos, y ves como esa blanca paloma que son los pueblos que nacen como luminarias se quedan pequeños y minúsculos ante la inmensidad. Sigues subiendo y subiendo y tocas toda Andalucía, rozas los cuernos septentrionales de África y Europa empieza a nacer entre nubes y mezcolanzas.

Cuando estoy bien alto de repente me dejo caer en cualquier lugar. Puedo aterrizar perfectamente en una calle de Budapest o de Praga o quizás en Casablanca o navegar por la circuncisión de la Tierra y llegar hasta Chicago o San Francisco o el Mar de la Plata o el Quebec o ir más allá y atravesar de nuevo las montañas de Altai o el Gobi o las vastas mesetas de Transilvania.

Hoy me llamaba un editor que pasaba sus vacaciones en alguna parte de Italia. Podía escuchar el mar mientras me daba consejos útiles para enfrentar la reunión de mañana. “Eres joven y tienes una vida por delante”, me decía. “No vendas, no vendas, no vendas”, repetía incansablemente. Hasta siete veces repitió esa palabra. Mañana, cuando suene el despertador mi mano se volverá a convertir en mariposa y esta en ave. Mi pesado cuerpo se levantará pero mi mente seguirá viajando. Cuando llegue a las costas de Málaga no me importará para nada el éxito o el fracaso. Escucharé atento todas las propuestas y no vacilaré, antes de afirmar un sí o un no, que lo mejor que puede pasar es que sigamos volando. Que todas las mañanas tengamos la oportunidad de escuchar ese sonido que nos recuerda la urgencia del vivir. No importará si digo sí o no a todo cuanto se ponga sobre la mesa. Lo hermoso de toda esta aventura, pase lo que pase, estés en la situación en la que estés, es que en cualquier momento puedes utilizar una mariposa para sentir que hay más vida de la que podemos abarcar, para adueñarnos de ese mundo de sueños y magia que trasgrede las normas de la física.

No sé en que momento vital de tu vida te encuentras. Poco importa si eres feliz o no, si padeces sufrimiento o éxito. Lo que importa es que mañana quizás suene el despertador y puedas lograr el vuelo mágico. Así lo llamaban los antiguos. Así se expresa en la voz silente de aquel que lo practica embelesado. Mañana conduciré de nuevo a pesar de mi pie fracturado. Miraré la vida con calma, respiraré profundamente y recordaré las montañas de Altai. Allí lejos había una cueva de cuarzo blanco donde apareció un rayo de luz violeta, una llama de convicción y poder. Allí, o en cualquier parte donde viajes como un ave veloz, puede ocurrir lo milagroso.

Caminando despacio


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Este verano está siendo intenso. O Couso es un proyecto ambicioso al que hay que dedicarle recursos, trabajo y atención, mucha atención. Especialmente para todos aquellos que vienen a experimentar una forma diferente de convivencia, de apoyo, de cooperación, de valores, en definitiva, que tienen que ver con esa proximidad a la nueva cultura ética que poco a poco estamos integrando en nuestras vidas.

Cuando veo las noticias el mundo me parece lejano. Todo lo que ocurre en él me parece incluso extraño. Esta es una visión peligrosa porque de alguna forma te aísla de la realidad envolvente y de alguna forma te inmuniza de ciertas cosas. Por ello me estoy planteando dar un giro importante en muchas cosas para no separarme del mundo, para no olvidar que ahí fuera hay más vida de la que podemos abarcar y de que O Couso es un trozo de ella, pero no es la totalidad.

Es hermoso ver como vienen personas desconocidas y en poco tiempo forman casi parte de una familia invisible. Este fue un lejano sueño que de forma misteriosa se ha tejido este año. Por eso creo que este año es muy bueno, un año de esos que llaman dhármico, de recoger todo aquello que durante tanto tiempo se ha ido sembrando. Pero no un año definitivo, no un año donde poder por fin descansar de los sueños. ¿Para qué hemos alcanzado estas alturas? El amigo Whitman tiene una certera respuesta: «sólo para seguir adelante».

En lo interior ya se está tejiendo los nuevos retos para acelerar los procesos, las vivencias, para empujar hacia delante todo eso que germina en el interior. Las almas libres tienen esa potestad para poder viajar como aves peregrinas de un lugar a otro, proyectando en cada estación un trozo de aire fresco, de visión diferente, como ese Juan Salvador Gaviota que tras perfeccionar el vuelo quiso volver a los mares para compartir lo aprendido. Es una necesidad vital. La vida es un juego de ganancia y pérdida, y todo vale para llegar a la conclusión de que hay que compartir todo, absolutamente todo, incluso la experiencia vital.

Quizás de ahí surja la necesidad de caminar despacio, atento a las señales y los estímulos que la vida interior proyecta en el mundo exterior. Reflexiono sobre la magia de estos días, contemplando con paciencia como la casa va tomando forma, como la gente va enriqueciendo sus experiencias entre abrazos y amables y sencillos rituales de servicio y compartir. La vida es un regalo y pronto estaremos compartiendo cientos de cosas. Hay muchas ganas de vivir, de sentir, de abrazar todas las experiencias. De tener salud interior y exterior para poder seguir caminando hacia nuevos horizontes, nuevos retos, nuevas sendas.

El cielo sigue apretado de luminarias. El alba domina todo el horizonte posible. Todos los mundos, el placer y la sabiduría nos esperan. Somos afortunados. Estamos vivos. Somos estrellas radiantes. Somos caminos y oportunidad. Todas las cosas que contienen este universo nos esperan para ser abrazadas. Disfruta mientras puedas de cada instante. Camina, no te detengas ante el infortunio o la gloria. Sigue adelante y comparte.

 

Olvidamos cuidarnos y ser felices


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La felicidad se puede gestar en cualquier parte. En mitad de un desierto, en un bullicioso barrio de una gran ciudad, en un recóndito bosque como el que ahora nos rodea. No importa tanto el lugar, sino más bien el cómo estés por dentro observando con diligencia todo lo que te rodea. La madurez necesaria para poder afrontar la dicha proviene de un recorrido largo. Tiene mucho que ver con estar haciendo lo que deseas, lo que sientes interiormente. También ayuda que tengas buena salud, que hagamos cosas responsables para conservarla, que llevemos una vida pacífica en todo momento, incluso en la comida. Son pequeñas cosas que van sumando, especialmente a cierta edad, donde de alguna forma estamos viviendo de los réditos de todo aquello que sembramos en nuestro cuerpo y nuestra psique en años pasados.

Cualquiera podría venir por aquí y pensar que esto es el paraíso. Pero luego vas tres hectáreas más abajo y resulta que para algunos paisanos esto es el mismísimo infierno. Cabe preguntarse qué clase de paraíso o infierno hemos construido en nuestras vidas para que un mismo paisaje resulte afortunado para unos e indeseable para otros.

Es complejo vivir una vida saludable. En los últimos años el Estado del Bienestar ha proporcionado una salubridad pública más que sospechosa. Digo sospechosa porque es cierto que ha aumentado el nivel de vida en nuestros países occidentales, pero también es cierto que las condiciones y el precio que hemos pagado por ello no son del todo deseables. Especialmente cuando observamos que ese porcentaje mayor se recluye o se aparca en garajes de desechos humanos llamados geriátricos donde parece que la humanidad acaba ahí mismo.

El modelo de familia está cambiando. Ahora los abuelos ya no son el pilar más importante de nuestras comunidades. Sólo son un estorbo porque consumen nuestra seguridad social y hay que pagar además cientos de medicamentos, residencias donde aparcarlos y no se sabe qué otras cosas. Hemos llegado a un estado reprobable. Lo que aún no sabemos, quizás por ignorancia o puro optimismo es que las estadísticas nos dicen que nosotros tenemos un mayor porcentaje de terminar igual o peor. Al cambiar el modelo de familia, también cambia el modelo de relaciones. Cada día es más normal encontrar a gente de sesenta años que se encuentra totalmente sola tras el fracaso de un cúmulo de relaciones de pareja. Lo asumen con cierta dignidad, ignorando que en poco tiempo se verán recluidos en una triste y terrible realidad. No sabemos aún como dirigiremos en el futuro ese nuevo modelo unipersonal en nuestras vidas y relaciones sociales.

El panorama es complejo y el futuro insospechado. Abusamos de la comida, del tabaco, del alcohol y de las drogas y eso se traduce luego en enfermedades que tras un cúmulo de vida y circunstancias explotan en tumores o cánceres o alzhéimer. Nadie piensa, cuando está ya cansado de la vida, que eso puede llegar en cualquier momento. Nadie piensa que la felicidad tiene mucho que ver con ese estadio final. Y nadie piensa, dicho sea de paso, como conseguir esa felicidad en la vida ordinaria, sencilla, humilde. Nos creemos todopoderosos cuando las cosas van bien, pero obviamos que la vida tiene un curso que se agota, limitado, y que requiere oxigenar constantemente la existencia. Olvidamos cuidarnos y ser felices. Olvidamos que la vida camina veloz.

El infinito ciclo de todas las cosas


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El ser humano es bien complejo. Por definición anda perdido, aturdido por la grandeza de la existencia. Se codea diariamente con la muerte pero no le tiene miedo, excepto cuando ya es inevitable. Somos transicioneros finitos, incapaces de apreciar la importancia de la existencia en su máximo esplendor, incapaces de sabernos cercanos al instante presente, único, irrepetible. Deseamos entender qué ocurre pero en algún momento de nuestras vidas, quizás por pura supervivencia, desistimos en el empeño de los interrogantes y las certezas. Nada permanece, nada podemos llevarnos a la otra vida, y aún así nos aferramos a las cosas como si fueran de nuestra propiedad, como si eso que dan por llamar propiedad privada fuera algo cierto y real. ¿Qué mayor ficción que la de creernos que somos dueños de algo? Ni siquiera la propia vida que nos anima y nos da fuerzas y energías para sentir y experimentar y comprender, ni siquiera eso puede sostenerse, medirse, pesarse, poseerse.

No somos capaces de desprendernos de nada. Acumulamos cosas que realmente no necesitamos. Tantas y tantas cosas ficticias que no hacen más que ocupar y llenar nuestros vacíos. Somos que Josué ordenando al sol que se detenga, ignorando las leyes del universo profundo, empeñados en construir un templo como los artesanos Oholiab y Besalel sin ser capaces de entender los fundamentos de la arquitectura primera. La humildad, el inclinarnos ante la creación que todo lo abarca, resulta aún un reto para el ser humano. Ni siquiera somos capaces de pacificar nuestros alimentos, volverlos dóciles y fuera de toda violencia. Y luego pedimos paz en el mundo. ¿Cómo es posible eso?

Fijémonos bien en nuestro día a día. Resulta fácil atender a esas voces que reclaman valores, consciencia, serenidad, armonía. ¿Pero cómo demandar esas cosas al mundo si nosotros mismos no somos capaces de mantener un ápice de atención en todo lo que nos rodea? La belleza exuberante de los montes, la increíble demostración de vida que cada mañana se desparrama al amanecer, el despertar diario de miles y miles de semillas que ante la tierra húmeda explotan en mil pedazos, mueren para resucitar en ellas un nuevo fruto. Ignoramos todas esas cosas y sin embargo ocurren a cada instante, a cada momento bajo nuestros pies. Pero nos creemos tan importantes en nuestros oficios, en nuestras familias, ante nuestros amigos. ¿Qué importancia tendrá para nosotros un amanecer? Tan estúpida y simple es nuestra reflexión, ignorando que ese maravilloso milagro diario permite que todas las mañanas podamos continuar sumidos en nuestra ignorancia, en nuestras creencias cargadas de vacíos.

Ignoramos que nuestras vidas están cargadas de misterio. Obviamos que si fuera por un motivo de azar o destino, cada acontecimiento diario está ahí para hacernos partícipes del mismo, para comprender su enseñanza o su existencia. Excluimos de nuestras vidas la milagrosa promesa del soplo de cada segundo, del susurro radiante de cada suspiro.

Esta mañana alguien se interrogaba sobre la consciencia y cómo alcanzarla. Años y años haciendo meditación, yoga, disciplinas diversas y no alcanzaba a entender la consciencia. Lo invitamos a que se diera un paseo por el bosque. Allí, sobre cada poro de vida, la consciencia palpita libre y natural, capaz de entender que no hay mayor orden posible, que no hay mayor entendimiento alcanzable que el de saber situarse aquí y ahora en plenitud absoluta. Concentrar nuestro alarido diario en ese instante es comprender que la consciencia máxima es la de sentirnos vivos y radiantes, pacíficos y humildes ante la creación. No parando el sol como Josué. Siendo un sol mismo que gira en torno al infinito ciclo de todas las cosas.

Cuando el miedo aúlla


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De nuevo nos encontramos en la caravana disfrutando de una de esas tormentas que hace rugir todo el bosque. Viendo como el agua y el viento lo empapa todo mientras que aquí dentro el perro y el gato duermen a pierna suelta y todo lo demás parece en calma. Ahora que los prados están de nuevo empapados quizás sea una buena ocasión para descifrar destinos.

Resulta que cuando tomas decisiones drásticas, radicales, de alguna forma se levantan ampollas y actitudes que a veces resultan increíbles. Decía en el mensaje a cuento de la venta de la empresa que uno, y quizás el más importante de los motivos por el que decía venderla era por la enfermedad de un familiar. La respuesta del noventa por ciento de los afectados, ante mi decisión, sólo venía enmarcada en la preocupación de sí mismos, de si se iban a publicar o no sus libros, de que iba a ser de ellos en no sé qué cuestiones. Me resultó increíble el que tan sólo un diez por ciento dedicara una línea de comprensión a la enfermedad. Esto me hace pensar en lo acertado de la decisión. Me hace pensar que cuando decidí realizar la dación en pago de mi casa fue lo mejor que pude hacer porque igual que ahora, pude comprobar como unos pocos, estaban ahí en las duras y las maduras y el resto desaparecía misteriosamente.

La sensación es agridulce, pero siempre he dicho que este tipo de actos lo que provoca en los otros es miedo. Mientras que por dentro se tiene una sensación de certeza y seguridad interior, por fuera se remueven todos los fantasmas que nos rodean, todos los miedos que se revelan.

Es cierto que hay una apuesta radical que con el tiempo aspira a hacerse más patente y más visible. La vida nos pide esa radicalidad, esa coherencia, esa honestidad sincera hacia lo que sentimos, pensamos y realizamos. Es la afluencia radiante de los corazones que entran en el fuego y dedican toda su vida a la sustancia de las cosas invisibles. No deja de ser un sacrificio, pero también una recompensa. No se trata de dejar una casa, una vida entera, una empresa, unos ahorros. Se trata de ser cada día más coherente con esa llamada que nace de aquella mirada oculta que no se puede explicar ni atrapar.

Quiero animaros a que sigáis vuestra llamada, vuestro voz interior, vuestra consciencia. No importa todo aquello que puedas perder en el camino. Mientras tengas vida hay camino, y ese camino será saludable si por dentro te reafirmas en tus convicciones. No se trata de hacer cosas al azar, se trata de marcar un rumbo hacia tus propios sueños y no dejar de perseguirlos. Todo lo demás es redundante, innecesario. No tengamos miedo. La tormenta exterior es necesaria para comprender la fortaleza que se siente cuando expresamos la luz de dentro. El camino siempre se revela. El camino siempre se manifiesta para facilitar el tránsito.

Pd. Gracias a todos los amigos y amigas que estáis ahí con la comprensión y el amor de siempre. Todo está bien.

 

La intuitiva percepción de la Unidad


koldo aldai

Esta mañana salía temprano utilizando el servicio de Blablacar. Madrid quedaba atrás, con su nuevo rey, con su contaminación, con sus ruidos, con su gente buena y sus cosas bonitas, que también las tiene y es justo reconocerlo. Llegamos a Sarria y allí me recogió el amigo Koldo para venir juntos a la finca de Samos. El espectáculo de colores y flores fue el primer recibimiento. Nos enfrascamos a mediodía en una intensa charla donde tratamos de todo tipo de polémicas posiciones políticas y espirituales, que son los dos temas que más nos gusta tratar a pesar de nuestros abismos ideológicos de forma, que no de fondo. Nos dieron las siete y nos acordamos a esa hora que era necesario comer algo para poder seguir.

Tras la larga charla y la comida, tras amasar nuestras diferencias emocionales y sembrarlas de intenciones dirigidas al bien común, nos dimos un paseo por los alrededores. Ahí nos dábamos cuenta de esa intuitiva percepción de la Unidad que existe en todas las cosas. Las flores no podían vivir ajenas a la tierra que las sostenía al igual que las abejas que recolectaban el polen de las mismas necesitan de la belleza sin igual para poder seguir con lo creado.

La vida se vuelve intuitiva, nace ha una percepción diferente cuando nos alejamos de los ruidos de la emoción y de la mente, cuando dirigimos la mirada hacia esa misteriosa unidad de todas las cosas. Nace una necesidad de perseverar en todo cuanto hacemos para lograr un acompañamiento a esa unidad, a esa tierra común, a esas florecillas y abejas que trabajan en perfecta comunión para mantener el orden natural. Aquí no existe una necesaria búsqueda de la felicidad tal como el mundo la entiende. Hay un sentido de sacrificio y renunciación. Esto se transforma en la Ciencia de la Vida, el Arte del Vivir de forma diferente, coherente con esa unidad, con ese ciclo inevitable. Sacrificar nuestras torpes emociones y deseos, renunciar a nuestros pensamientos, a nuestros prejuicios y preconceptos para abrazar esa unidad inherente en todo cuanto existe. Eso es toda una ciencia, todo un arte de vivir.

Este arte provoca el que podamos ser exactos en las pequeñas cosas. Que podamos estar centrados en todo cuanto hacemos con dulzura, con humanidad, con sensatez y sentido común. Que podamos cocinar y estar cocinando, que podamos fregar y estar fregando. La vida no exige muchas más cosas. Sólo un poco de atención, solo un poco de desapego, de renuncia y sacrificio ante lo que creemos ser. Vaciarnos, despertar a esa unidad, comprender toda esa diversidad a sabiendas de que lo que ocurre ahí fuera, las flores, la tierra, las abejas, están en perfecta comunión con el infinito, con el cosmos, con el misterio. Estas son las cosas que ocurren cuando volvemos al contacto directo con lo natural, al perfecto contacto con nuestro yo real.

(Foto: Con el amigo Koldo Aldai trabajando en O Couso, Samos).

Nosotros, los ciudadanos…


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Un reto histórico se avecina. El reto de profundizar en la emancipación ciudadana por encima de instituciones, estados y creencias, por encima de poderes políticos y económicos. El reto de abrazar la hermandad humana por encima de razas y colores, de naciones y países. El reto de comprender que los pobres no son los que carecen de cosas, sino aquellos que poseyéndolas, no tienen la capacidad de compartirlas. El reto de promover los valores que siempre han unido al ser humano y ha provocado grandes proezas a lo largo de su historia. La responsabilidad de creer que la vida está mucho más presente que la muerte, y que por lo tanto, ningún pueblo se levantará nunca más contra otro pueblo y ningún hermano alzará su voz contra el otro.

Todos los avances que llamamos progreso deben defendernos de nosotros mismos. Deben ayudarnos a retomar el sentido de unión con la naturaleza, con el cosmos que habitamos y al que nos debemos. Tenemos la responsabilidad y el deber de retornar a nuestro origen natural y devolver a los nuestros, a los hijos que heredarán la tierra, la promesa de los prados y los bosques y los ríos que cristalinos llenarán nuestros cantos de agua pura.

Tenemos el reto y el deber de cultivar nuestra mente en la paz, en la cooperación, en el estudio por las cosas para comprender que la interrelación entre ellas forman parte de nosotros.

Nuestra es la responsabilidad de ir desmembrando las fronteras para crear, desde la riqueza de la biodiversidad, un lugar habitable y transitable libremente. Un lugar donde los hijos del sur puedan visitar a los hijos del norte libremente, y también viceversa. Un lugar donde los papeles no estén por encima de la dignidad humana y donde los pactos nazcan de la cordialidad y la fuerza y el coraje de la fe en el otro.

Nosotros, los ciudadanos de este mundo, tenemos la responsabilidad y el reto de asumir nuestro compromiso grupal y trabajar arduamente por todo aquello que merece la pena. Nosotros, hijos de la Tierra, herederos de millones de años de historia, tenemos el deber como generación de retomar el hilo de la vida y volverla más pacífica y habitable. Es nuestro el coraje y nuestra la batalla pacífica que lo hará posible y es nuestra responsabilidad el seguir con dulzura ahondando en el misterio de la vida.

El Loco desnudo


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Pero hablemos únicamente de aquellas cosas que son difíciles, y no se captan por los sentidos sino que, en verdad, son casi contrarias a la evidencia de los sentidos. (Paracelso, Archidoxi Maxima)

 

Tras comprar los derechos a una importante editorial con sede en Londres, estamos trabajando en un interesante libro de Mark Hedsel sobre el camino iniciático. Poéticamente, y dado que el título en su versión inglesa no nos gusta del todo (The Zelator), lo vamos a titular El Camino del Loco. Mark habla de forma enigmática sobre ese símbolo de culto que nació en la Edad Media. Nos habla del Loco desnudo. Esa imagen tiene una larga tradición, nos dice. Su desnudez es la señal de que el Loco está dispuesto a mostrar las cosas que otros prefieren guardar escondidas. Estos Locos que muestran el camino de la visión superior que proviene de la iniciación, a menudo son considerados como absurdos por los Durmientes.

Esta mañana había que derribar del tejado unos grandes pilares hechos de madera de castaño. Esos grandes troncos, vistos desde arriba, se mostraban majestuosos. Mientras estaba allí arriba, en peligrosa posición a una altura considerable y veía desde allí cosas impensables, me preguntaba qué sentido tenía toda esta locura. Contemplaba el bosque, las montañas, los tejados impresionantes hechos de grandes placas de pizarra en esta casa del siglo XVI que aún aguanta los envites del tiempo, miraba a los voluntarios que andamos de aquí para allá trabajando duramente para reconstruir piedra sobre piedra sin esperar nada a cambio excepto esa desnudez loca que provoca que algún curioso pueda mirar y ver más allá de lo aparente.

Luego te das cuenta de que todo tiene realmente un sentido. El Camino del Loco es necesario, aunque presuma de peligroso por el inevitable juego de engrandecer cierto ego. Todo crece de forma exponencial y el trabajo interior consiste, en muchas ocasiones, en menguar aquello que pueda resultar ofensivo y mostrar y compartir aquello que pueda ser eficiente, constructivo o útil a los ojos de la creación.

Hay una puerta estrecha en todo Camino. Es cierto que todos los caminos son válidos y que cada cual tiene el suyo propio. Pero hay un momento en ese caminar donde todos nos encontramos de bruces con cierta puerta estrecha. Allí no entran nuestras grandes y pesadas mochilas, nuestros lastres, nuestras aristas, nuestras imperfectas anchuras. Uno debe aproximarse a esa puerta estrecha con cautela, mesurando la templanza y adelgazando en todo lo posible para poder pasar al otro lado.

La vida cobra un sentido maravilloso cuando de repente te ves desnudo en mitad de un bosque, bañándote con agua del riachuelo aledaño, despejando cualquier duda ante los rayos del sol y escuchando desde lo lejos, los ladridos de dos perros. Aquí estamos exactamente a 3,3 kilómetros del Camino. Estoy pensando que no estaría mal colocar en la entrada una puerta estrecha, a modo de símbolo, para ilustrar aún más todos esos arquetipos con los que nos topamos desde la sabiduría perennis. Mientras, seguimos desnudándonos de todo. Dejando libres de ataduras y presiones aquello que nos adormece. Los Durmientes pueden pensar que estamos locos. Pero lo único que pretendemos es crear un pequeño despertador de consciencias para mostrar ese otro mundo posible.

Todos los Caminos de la Miríada, algunos apuntes sobre la libertad y el libre albedrío


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“La mente es una parte integral de la naturaleza que está unida por la ley de la causalidad. Ya que la mente está unida por una ley, ésta no puede ser libre. La ley de la causa aplicada a la mente, se llama Karma”. Swami Vivekananda

Mientras paseo por el bosque me vienen a la cabeza los siete principios que gobiernan el universo. El principio de Mentalismo, el de Correspondencia, el de Vibración, el de Polaridad, el del Ritmo, el de Causa y Efecto y el principio de Generación. Así lo estudiaba en las largas noches adolescentes, cuando me adentraba en los misterios herméticos y descubría cómo la naturaleza se expresa de forma sencilla y clara. En aquellos años también descubrí textos que desvelaban la necesidad de carecer de voluntad ordinaria para trasgredir nuestro estado y bucear en la voluntad extraordinaria. Ese hágase Tú Voluntad y no la nuestra tiene un sentido profundo que gobierna a todo aquel que se adentra en la senda del misterio, como aquellos ángeles que carecen de voluntad propia por haberla entregado toda a los principios universales de la existencia.

Disfruto leyendo a Emerson porque como buen observador de todo lo que le circunda entiende que el universo está compuesto de alma y naturaleza, y que nosotros, en nuestra minúscula circunstancias, somos también naturaleza y alma. Nos exhortaba a mirar a las estrellas para descubrir las leyes naturales. Se diría, decía él mismo, que la atmósfera ha sido hecha transparente con esta intención: brindar al ser humano, en los cuerpos celestes, la presencia perpetua de lo sublime. Y lo sublime se acerca a nosotros mediante esas leyes que todo lo impregnan y que rigen algún tipo de orden que desconocemos.

Estos días escuchaba con atención las observaciones que algunos amigos hacían con respecto a las leyes superiores, afirmando con contundencia que el libre albedrío era una de las más importantes. No puedo estar más en desacuerdo. El libre albedrío, eso que vagamente llamamos libertad, no es una ley superior, más bien una ley hecha a imagen y semejanza del ser humano, una ley para justificar nuestro agravio hacia la naturaleza y el alma, las cuales consideramos ajenas a nosotros y por lo tanto, expuestas a nuestra conquista y subordinación. El egocentrista piensa que el ser humano es libre, ignorando de raíz todos los principios que rigen al universo.

Hay doctrinas filosóficas que afirman que los humanos tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones. Para pensadores como Spinoza, Schopenhauer, Marx o Nietzsche se trata tan solo de una forma de ideología individualista. Opino humildemente como ellos, añadiendo lo de egocentrista.

Algunos místicos de todos los tiempos dicen que a medida que nos acercamos al Principio Cósmico las leyes se reducen, y por lo tanto, nuestra propia voluntad se alinea con la Voluntad de ese Principio. Eso nos hace pensar que a medida que evolucionamos hacia ese Principio, hacia ese “hágase Tú Voluntad”, el libre albedrío desaparece para dejar paso a cierto determinismo cósmico y metafísico.

Esto también ocurre en la organización social. No existe realmente un libre albedrío en el lenguaje, ni en la cultura, ni en las leyes que los pueblos se dotan así mismos para organizar su estructura. Los que nacen en un país se creen de ese país por tradición y costumbre, adoptan su lenguaje y crean una patria en su psique personal y colectiva. De alguna forma, cedemos parte de nuestro libre albedrío, de nuestro carácter y personalidad para consolidarnos en un sujeto grupal. Nos dotamos de leyes que limitan nuestro albedrío, que lo dirige y agrupa. Spinoza decía muy acertadamente: los humanos se creen libres porque ellos son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza. Schopenhauer era aún más drástico: no somos libres, sino sujetos a la necesidad.

Ocurre lo mismo con los pueblos, con los estados nacidos de reinos feudales, de necesidades de otra época, o de esos pueblos igual de medievales que en nombre de ese principio escatológico proclaman libertad, libre albedrío y derecho a decidir.

Si todos los seres humanos tuviéramos derecho a decidir por encima del propio derecho que nos hemos dado como colectividad, el caos volvería al orbe social. Ocurre lo mismo con los pueblos. Por eso creo en una organización política universal y en la unión de todos los pueblos, de todos los ciudadanos.

Los principios herméticos no hablan de libertad, así, las leyes superiores no tienen nada que ver con ningún tipo de libertad en sentido de libre albedrío. Desde un punto de vista humano, la libertad no puede venir sola, sino que debe venir de inevitable fraternidad e igualdad, y para que esto sea posible, tiene que existir consenso, diálogo y compasión. Dicho todo esto, sostengo que el libre albedrío no es una ley suprema, ni un principio cósmico, sino una salida humana a nuestras necesidades, temores e interrogantes nacidas del individualismo y el egocentrismo más arraigado. Como diría Larry Niven en «Todos los Caminos de la Miríada», «reductio ad absurdum».

 

 

 

Carta a un masón


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Querido H.,

Con respecto a lo que indicas de los asuntos espirituales… Nos estamos dando cuenta interiormente de que ya no queda tiempo vital para seguir aprendiendo en la columna del norte o curioseando de flor en flor como un hábil compañero masón. Existe cierta urgencia, cierta prioridad que atender. El tiempo que en masonería llaman de “compañero”, con ese impulso de viajar para conocer y perfeccionar el oficio se ha terminado. Ahora, aquellos que trabajaron incansables para pulir su piedra y conocer la perfección del oficio deberían empezar a sentir la necesidad simbólica y real de profundizar modestamente en la maestría, es decir, en el servicio a los otros y a la Obra, al Propósito que los Maestros conocen y sirven en silencio y humildad. No como un alegato del ego. Sólo para atender la necesidad que impera.

Este trabajo de servicio debería resumirse en qué tipo de influencia beneficiosa podemos ejercer en el mundo mediante todo lo aprendido. Es bueno seguir puliendo nuestra piedra, pero también es bueno empezar a introducirla en el Edificio, en la Obra, para que resulte útil y sostenga los muros correspondientes. ¿Qué cosa puedo hacer para ejercer una huella positiva en los otros? De no ser así, ¿para qué tanto trabajo? Debemos empezar a pensar desde el lazo místico y la transmisión del Misterio, ¿qué puedo dar de mí mismo a esa Obra? ¿Cómo encajar mi piedra en el edificio para que sea útil y provechosa? No será del todo perfecta, pero no podemos tirarnos toda la vida calculando la plomada y puliendo sus aristas. Debe llegar un día en que todo esté a punto para empezar a obrar por el bien común más allá de nuestras necesidades y postulados personales. Si nos quedamos en lo superfluo del rito y en lo epidérmico de las enseñanzas sin obrarlas en nuestro interior, el trabajo de toda una vida habrá sido inútil.

De ahí que en uno de los grados masónicos se hable del poder transformador de la resurrección. Morir en lo personal para renacer en lo colectivo y grupal. Y de ahí que el maestro que está preparado para ello sea “instalado” en la silla del Rey Salomón. Única y exclusivamente para ejercer de vigilante y guardián del propósito oculto de toda la existencia y obrar en beneficio de todos. El Misterio de la Naturaleza solo puede ser comprendido desde la silenciosa observación de la rosa mística y la construcción del puente que una esa transformación con la patente original del trabajo individual y colectivo. La fraternidad, la igualdad y la libertad no tienen sentido de no ser por la fuerza de su práctica.

En este tiempo hemos dado un paso importante para que esto ocurriera en el Camino iniciático de Santiago. Un esfuerzo de entrega y renuncia en un lugar privilegiado y acto para que otros lo disfruten y vivan en sus carnes el poder transformador de llevar la vida extraordinaria a la vida ordinaria. Para que no haya dudas todo ha sido puesto a nombre de una fundación cuyos principios son, entre otros, la no mercantilización del lugar bajo el lema: “deja lo que puedas y coge lo que necesites” y la no propiedad privada. Así evitamos cualquier tipo de confusión en cuanto a la pureza de su propósito y nos centramos en el trabajo de transformación que el lugar debe ofrecer. Esto tiene sus riesgos porque el lugar requiere mantenimiento y construcción, pero también pone a prueba a muchos que se acercan con intenciones alejadas al propio trabajo interior.

Cada uno debería buscar ese lugar de “crucifixión” personal, tal y como explican los textos iniciáticos, es decir, esa particular Obra donde renunciamos a nuestra personalidad y sus necesidades para ofrecer todo nuestro esfuerzo y trabajo a lo grupal, reorganizando esas necesidades y adaptándolas al esfuerzo común. Y no importa como se haga esto. Solo importa que se haga, con valentía y decisión. Siendo así, sabemos por propia experiencia que todo lo demás vendrá por añadidura. De ahí nuestro afán por llevar a los demás todo lo aprendido, sea mucho o poco, para compartirlo en la hoguera grupal, en la unidad del trabajo común que tan grandes edificios pudieron construir. No hay mayor intención que esa. Quizás incomprensible, pero siempre necesaria para perpetuar la llama flamígera.

Un sentido TAF y seguimos en el Camino…

J.

Presidentes de una nueva nación


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Estamos en un momento histórico. Un tiempo de emancipación donde aprendemos a no depender de nadie y, sin embargo, ahondamos en el compartir desde la generosidad, desde la cooperación y la ayuda mutua todo cuanto somos y tenemos. De alguna forma eso nos emancipa en todos los sentidos, en lo exterior y lo interior.

En lo exterior porque hemos descubierto que no podemos basar los valores del trabajo y la economía en agentes externos. No podemos seguir demandando empleos a empresas y empresarios, al Estado o instituciones. Debemos aprender a emanciparnos y poder reorganizar nuestra economía para que con nuestro esfuerzo y trabajo, sin depender de nadie, libremente, podamos satisfacer nuestras necesidades. La vida en los bosques que estas semanas estamos viviendo nos está demostrando que realmente se puede vivir con muy poco. Una docena de personas de buena voluntad, creando un círculo antes de cualquier trabajo para atraer a la consciencia y al espíritu de la unidad, es lo que se necesita para hacer de una larga e intensa jornada algo divertido, productivo y ameno. Una docena de personas bien enfocadas en una clara intención de ayuda mutua son capaces de crear cosas increíbles.

En lo interior también nos estamos transformando. Cada día necesitamos menos de gurús, de guías, de maestros y empezamos a descubrir el empoderamiento que nace de nosotros mismos, de ese gurú, maestro y líder que somos nosotros mismos. Basta encontrar en la vida sencilla, en lo cotidiano y ordinario una verdadera oportunidad para la expansión y la transformación consciencial. Basta con sabernos adultos, maduros, libres y profundamente conectados a nuestro interior para liberarnos de los yugos, de las creencias y las recetas epidérmicas que pretenden tenernos atados a sistemas que nada tienen que ver con la sencillez y la humildad que este tiempo requiere.

Es por ello que estamos siendo preparados para un cambio cultural, radical y revolucionario, una nueva secuencia de valores en el desarrollo humano donde el individuo se reencontrará con el poder grupal nacido desde la ciudadanía y no de las instituciones. Por eso cada día estaremos más alejados de lo sistémico y más unido a lo cercano, a lo humano, a lo sencillo de la vida cotidiana compartida, consagrada y elevada a los altares del bien común. Por esto cada día daremos más la espalda a la mentira a la que nos tienen acostumbrados, al maya, a la ilusión, al matrix al que estamos conectados. Habrá cada día más bosques liberados donde nos enseñarán la urgencia del vivir desde lo sencillo y humano y donde nos volverán a reconectar a la vida en mayúsculas. Hombres y mujeres de buena voluntad ya lo están experimentando, haciendo que se cuestione de arriba abajo todo el sistema de valores que hasta ahora nos ha gobernado. Y descubriendo, de paso, que todos nosotros seremos presidentes de una nueva nación, de un nuevo mundo que nos espera y abraza. Nosotros, en sencilla comunión con nuestro interior y el mundo, ese laboratorio que proyectamos desde lo profundo.

¿Presientes una felicidad?


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Cuando el corazón busca en la noche, cuando el alba comunica la palabra perdida, cuando el septentrión se une al mediodía, la chispa del alma renace en nosotros. La alegría, en progresiva presencia, señala el camino y el propósito. Nos comunica sus toques y contraseñas, nos habla en susurro, en ese suave alarido que hipnotiza lo que llamamos real. La centelleante luciérnaga sacia de luz el rincón más oscuro. La trémula andadura se convierte en recinto perpetuo. Los suspiros nos llegan, el alma se enamora, la vida reluce y nos conduce hacia lo insaciable. Entonces llega el sediento y nos pide agua y lo guiamos con ternura hasta el manantial más cercano. Allí brota el néctar, la ambrosía del conocimiento, la sabiduría, pero también la compasión, el amor perpetuo hacia los otros.

Y en ese acompañar sentimos conmiseración. Anhelamos la oportunidad de saciar aún a más y más gente. Recordamos el canto de Novalis y los himnos a la noche: “¿Qué ser viviente de sentidos dotado no amará, entre tantas manifestaciones prodigiosas del espacio que lo circunda, la luz que todo lo exulta?” Es cierto que las nubes respiran prodigiosas mientras contemplan a esos extraños de mirada pensativa, a esos buscadores que encontraron en el reino de la misericordia palabras de aliento y vida. Y amamos la luz porque en ella reside la verdad de todo.

Presiento una felicidad extraña cada vez que alguien sacia su sed de vida. La avidez se entremezcla en la nostalgia de las moradas, en ese ramo de amapolas crisálidas que envuelven la paz perpetua. La muerte indaga misteriosa y nos recuerda que el Edén no estaba tan lejos, que el paraíso es posible en la inocencia de nuestros modales, en la humildad de nuestros actos. Es poderosa la llama que nos arrastra hacia la sencillez. Sólo debemos contemplar la vida y entregarnos a ella. Sin pedir nada, sin demandar ningún tipo de justicia. El verbo actúa en silencio. La palabra perdida retorna desde el eco y las gargantas de esas infranqueables montañas. Todo vuelve a su cauce cuando el espíritu que nos mora siente la presencia impredecible del aliento que nos anima. Y en la búsqueda preñada nace el humano ante el umbral. Y allí están sus guardianes, necesarios para prevenir, para conservar el tesoro, para camuflar el discernimiento.

Presiento la felicidad cuando esos niños ya grandes se acercan al encuentro de lo tierno, de lo amable, de lo inocente. Lo sagrado abraza a lo consagrado en esa interminable parábola de talentos. Lo sublime se entremezcla con lo humilde. ¿Será posible ser tan feliz sólo pensando en el otro? ¿Será posible sentir este adecuado anhelo? Los infinitos arcanos llegan para abrirnos las puertas del esplendor. La experiencia del amanecer a una nueva vida no es sólo un acto de obligado y necesario cumplimiento. Es la razón por la que la milagrosa vida actúa. Schiller lo llamó el ser ideal interior. Yo me atrevo a llamarlo la presencia feliz.

 Soy un millar de vientos que soplan


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Ayer fue mi último día de retiro solar. Cumplir años y celebrarlos como un salvaje rodeado de bosques y montañas ha sido un buen regalo. Hoy se restaura la normalidad de la vida común. Haremos círculos, oraciones, meditaciones, algún canto, paseos para ver los atardeceres y para explorar castros y tumbas celtas, comeremos juntos y nos replegaremos en las tres caravanas que a modo de lejano Oeste tenemos cerca de la casa. En este encuentro prepararemos las experiencias de verano para que todos los amigos que queráis podáis visitar este hermoso lugar. También buscaremos la fórmula para recabar fondos y así poder, cuanto antes, restaurar la casa del siglo XVI para que la acogida sea lo más cómoda posible. Es una tarea ingente, pero estos días de observación me han demostrado que cualquier tarea es posible si no soslayamos nuestras perspectivas a ningún cronómetro temporal. No sabemos aún de donde llegarán los recursos, además de nuestros bolsillos y las ayudas voluntarias de amigos y conocidos. Pero estamos convencidos de que llegarán, tarde o temprano, ya que sabemos y sentimos que este proyecto merece la pena. No hay agobios ni desazón. Solo esperanza, fe y humildad.

Aunque hoy era el día del trabajador, me lo he tomado como el día de los dones y talentos, pasando la mañana limpiando las caravanas y amasando matojos en el que será uno de esos lugares donde poder hacer compost. El sol ha sido un regalo después de siete días de ausencia. El cielo despejado, un manto de florecillas azules, rojas, blancas, amarillas y violetas en todos los prados, los pájaros y esos grandes lagartos verdes disfrutando del sol… Los estímulos son tantos que cuando pasa una de esas mariposillas amarillas lo veo como algo natural, excepto cuando me detengo en esa visión pasajera y veo lo increíble y extraordinario de la vida.

Me llegaban noticias de la empresa sobre lo flojas que han sido las ventas en las ferias del libro y en este primer cuatrimestre en general. Las leía y no me inmutaba ya que todo es pasajero y cíclico, como las mariposas. Si estos meses no se ha vendido nada y las deudas se van acumulando habrá meses mejores. Es como las mareas emocionales, no siempre podemos estar con una sonrisa. A veces un poco de tristeza y melancolía son necesarias, como lo son las lluvias en los días grises y el oleaje en la mar. Sí es cierto que si alguien quisiera mañana comprar la empresa no le diría que no si con la venta pudiera liquidar aquellas deudas e invertir alguna ganancia en este lugar. Si interiormente siento que se puede vivir como he vivido estos últimos días, ¿para qué dedicar más tiempo al ruidoso discurrir por los balances y la contabilidad, por las facturas y los albaranes, por mantener una agitada agenda para provocar alguna venta aquí o allá? Trabajar cultivando patatas es volver a lo sencillo, es decir, trabajar para producir calor. Todo lo demás forma parte de esa alineación extraña y vorágine en la que vivimos. También me gustaría seguir editando libros y escribiendo, pero como un don, como un talento a desarrollar, sin el agobio y la necesidad de ir contra corriente para pagar unas y otras facturas que no son sino símbolos de aquello que nos mantiene atados a la ilusión del mundo desarrollado.

Si algún día tuviera hijos los educaría aquí en el bosque. Los dejaría contemplar el crecimiento de la flor y luego les preguntaría sobre lo observado. Seguro que su sabiduría superaría con creces a la de los viejos sabios. Les hablaría de Homero mientras paseamos por los prados y de Ovidio mientras buscamos leña. Recitaríamos versos al atardecer y buscaríamos entre los árboles los símbolos ocultos del mundo arquetípico. Ellos serían fuertes y sanos como los robles que nos circundan y de mayores podrían elegir el vivir la vida desde cualquier perspectiva que quisieran. Pero no sin antes interrogarse por el crecimiento de la flor.

Cuando muera quiero sentirme satisfecho habiendo vivido una vida sencilla y humilde, compartiendo las virtudes con el resto de mis congéneres y puliendo entre todos aquellas zonas oscuras que a veces amenazan el ciclo armónico. Me gustaría que la generosidad fuera mi bandera al igual que lo es la de la Naturaleza. Y antes de exhalar, quiero cantar ese hermoso y profundo poema Cherokee que el amigo Ramiro compartió en memoria de su hermano ya fallecido: “No te pares al lado de mi tumba y solloces. No estoy ahí, no duermo. Soy un millar de vientos que soplan y sostienen las alas de los pájaros. Soy el destello del diamante sobre la nieve. Soy el reflejo de la luz sobre el grano maduro, soy la semilla y la lluvia benévola del otoño. Cuando despiertas en la quietud de la mañana, soy la suave brisa repentina que juega con tu pelo. Soy las estrellas que brillan en la noche. No te pares al lado de mi tumba y solloces. No estoy ahí, no he muerto”.

La vida, este regalo único e imprevisible


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Hoy era el día del libro. Lo he celebrado por la mañana trabajando en un nuevo libro y por la tarde compartiendo momentos con las personas que entraban en la librería. Por la noche, después de algunos años sin hacerlo, he cogido la máquina y me he cortado la barba y el pelo al cero. Parecía un niño recién nacido. De eso se trataba. Cuando llega el tiempo de mi propia revolución solar suelo desaparecer unos días en algún monasterio o algún monte lejano para preparar esa especie de muerte y resurrección anual. Y como mañana me marcho a ese monte quería hacerlo sosegado y liviano. Mañana empezará mi primer encuentro con “mi vida en los bosques”. Será en un lugar apartado, sin luz y sin agua donde deberé apañarme desde la soledad para sobrevivir a los tiempos modernos.

Mientras pensaba en estas cosas hace un rato escribía esto a una amiga que está atravesando un momento difícil: “Es fuerte lo que me cuentas. Cuando hacíamos de payasos en los hospitales de niños con enfermedades terminales se nos hacía un nudo en la garganta. Muchos de ellos esa sería su última sonrisa. Imagínate la dureza del momento. Cuando alguien me habla de que está pasando por un momento así me miro al espejo y soy consciente de que la enfermedad es una ruleta rusa y que mañana podría ser yo mismo. Por eso, cuando cumplí cuarenta años me dije a mí mismo: “ya estoy muerto, ahora cualquier día es un regalo añadido”. Quizás el Camino de Santiago me ayudó a entender esa gran verdad. Estamos muertos, no hay escapatoria, ahora sólo nos queda vivir con la máxima intensidad cada instante. Respiremos profundamente con delicadeza, ternura, templanza y paciencia. Quizás ese decálogo sirva para todo”.

Hoy es el día del libro y la vida es realmente un libro abierto que a veces se cierra y se apaga. No sabemos de cuantos instantes podremos disfrutar. Quizás de unas horas más, de unos días, de algunas semanas. Los más optimistas piensan que vivirán cien años y eso queda muy lejos aún. Creen que tienen margen para ser mejores personas o para poseer más riquezas. Pero realmente no hay margen para nada. Lo único que podemos hacer bien es instalarnos en cada instante desde ese punto de quietud que nos da la vida. Sabernos con fuerza que estamos vivos y agradecer cada segundo y suspiro de existencia. Agradecer y liberarnos de la pesadez de lo finito. Agradecer y amar este regalo único e imprevisible.

Ten fe


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Tras pasar todo el día en el monte entramos en la casa que se erguía en plena estación de tren. Hablamos de los nagual, de lo intangible. Es hermoso poder reflexionar sobre los misterios de la vida. En la entrada de la casa había un letrero que se repetía en varias estancias: “Ten fe”. La fe es necesaria para la supervivencia. La física y la espiritual. Nuestra anfitriona había estado en lugares remotos donde se había ejercido de forma violenta y cruel el genocidio sobre pueblos indefensos. Sus palabras y sus relatos resonaban como ecos de un tiempo que, visto desde la comodidad de nuestra civilización, parecían de otro siglo. Pero era real, palpable, tangible. Estas cosas están pasando aquí y ahora, en la atrocidad de nuestra corrupción humana.

Sin duda sentí la necesidad de empoderar el sentido de lo compasivo. Creo en el reto del desarrollo interior humano, creo en la esperanza de reconducir nuestros valores y nuestra ética y elevarla al lugar que le corresponde. Lo creo por acto de fe, porque en algún recodo de nuestra incredulidad aparece la magia de creer en el cálido éter del lirio, en las fuerzas astrales que ayudan a restablecer la actividad de las esferas celestes, en la intuición del alma consciente que acrecienta su vida a base de experiencias.

Creo sin duda que reflexionar sobre estas cosas está bien porque de alguna manera nos ayuda a reconducir nuestros pensamientos. Está bien hablar sobre el sexo de los ángeles o sobre las bonitas palabras de unos y de otros. Pero creo que todo esto sería inútil y estéril si no viniera acompañado de una sensata acción, de una voluntad tangible hacia la transformación radical de nuestras estructuras.

Ya sabemos que la Tierra está enferma. Tiene fiebre y lo llamamos calentamiento global, cambio climático. Pronto empezará a estornudar porque de alguna forma nos hemos convertido en un tumor para ella. Luego no sabremos cómo se traducirán sus sacudidas. Pero sí que sabemos como podemos ayudarla a sanar, como podemos ayudarnos a sobrevivir como especie.

Sé que es una locura el pensar que debemos desmantelar todo lo que hemos creado. Sé que es una locura el sentir desde lo más profundo que debemos retroceder cien años en nuestra locura colectiva. Volver a la vida sencilla, a la vida en comunidad cooperativa, abandonar poco a poco lo superficial para centrarnos en lo esencial, en los valores, en la nueva cultura ética, en recuperar aquello que nos une como seres humanos hijos de una misma familia. Sé que es una locura pensar ni tan siquiera que estamos en peligro. Es algo natural en nosotros. Cuando algo extraordinario está a punto de pasar es imposible preverlo, imaginarlo. Quizás no toque a nuestra generación. Quizás tenga que pasar una o dos o tres para que el colapso sea inminente. Pero en algún recodo de nuestro interior sabemos que hay algo que no va bien, hay algo que de forma individual y colectiva no estamos haciendo bien. Lo intuimos, lo sabemos ciertamente. Y tenemos la responsabilidad moral de hacer algo por muy pequeño que sea.

Sí, tengo fe en que así será. Y tengo fe en que cada uno hará su parte y convencerá al otro de la necesidad de cambio, de valores, de nueva cultura ética.

Crucificando al Amor


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Lo leía en un poema de mi querida Isabella. Allí en su playa y en su isla la inspiración aflora y luce, y provoca y atrae a aquellos que remotos perecen en la subida al monte. Y subía a ese monte balbuceante, salivando hambriento, observando qué sigue pasando en el mundo que aún hay rostros tristes y máscaras que esconden talantes dormidos. Isabella lo describía clara y sin tapujos. Seguimos, dos mil años después, crucificando al Amor.

No es que nos gusten los maderos. Ni los clavos que atraviesan sangrantes las muñecas que sanan. Sólo ocurre que igual que entonces seguimos amando al tirano, o al ladrón Barrabás, y preferimos salvar esa parte nuestra, oscura, doliente, antes que sacrificar un ápice nuestros miedos e ignorancia para empoderar el amor.

El arquetípico crístico sigue rezumando en nuestros días porque seguimos abrazando la oscuridad, la caverna, la sombra de lo ilusorio, y siempre necesitamos ese rostro sangrante que nos exculpe de nuestros pecados. Incluso los templos que se levantaron en su honor siguen adorando al madero, en esas frías y oscuras estancias donde la luz no penetra excepto por la ilusoria apertura de sus vidrieras.

En algunos lugares estos días celebramos la muerte, la crucifixión del amor. Lo hacemos por las pasiones que levantan, por lo bonito del manto o la elegancia de los pasos. Miramos el rostro de dolor de una virgen y lloramos y nos emocionamos porque ese dolor de alguna forma está dentro de nosotros. Pero en unos días olvidaremos el arquetipo y seguiremos abrazando a Barrabás y salvando el lado oscuro entre el ruido de la ciudad y la soledad de la multitud. Olvidamos que el amor se teje en el grupo, en los pescadores que dejaron sus redes y siguieron el camino, la luz y la vida de aquel que inspiró una nueva forma de relacionarnos. Seguiremos en el circo de nuestras vidas interpretando el papel que nos ha tocado o que nos hemos creído olvidando que tras la máscara está el ser que nos anima y que aspira, deseoso, penetrar en el misterio de aquellos locos pescadores.

Mañana seguiremos gritando “Barrabás, Barrabás”. Pero algo dentro de nuestra inocencia se abrirá paso en algún madero olvidado.