La estación de tren parece hermosa con sus railes mojados por la lluvia nocturna. Las gentes transitan a estas horas de la madrugada refugiadas en un café mañanero y mirando el reloj. Estoy subido en el tren que va hacia Francia, pero no traspasaré la frontera. Teresa me recogerá en Zaragoza y me acompañará hasta Jaca, donde nos espera la primera de las caravanas que lleváremos hasta O Couso. Viajaré con ella hasta Burgos donde me uniré a Luije que transporta la segunda caravana. Seguramente pasaremos allí la noche y seguiremos ruta hasta Galicia al día siguiente. Tres caravanas en total para empezar desde ellas la reconstrucción del lugar. La tercera llegará la próxima semana desde Málaga.
Mientras repasaba algunos textos del siglo XIX sobre la vida singular de algunos personajes me daba cuenta de lo singular de este viaje. Tan acostumbrado ya a no vivir fijo en ninguna parte, tan entregado a los requerimientos del espíritu libre, el cual observa atento cada luminaria para saltar de una en una por toda la galaxia, observo sin embargo lo particular de este tránsito.
Hace menos de un año salía de un profundo retiro vipassana e inmediatamente me marchaba durante cuarenta días a transitar por el Camino de Santiago. A la vuelta me iba a vivir unos intensos meses a la catalana tierra, a Cadaqués, en plena Costa Brava. Y en todo ese proceso de cambios y viajes profundos al interior del ser surgió la llama que hoy me traslada por estos railes mojados.
Eso que vagamente llamamos el ser y que de alguna forma anhela comunicarse con nosotros es una riqueza del intangible. Cuando transitas por un intenso momento de paz y quietud, de silencio y sosiego, él mismo se manifiesta con cierta intensidad y nos susurra sus propósitos. Alinearse con los mismos te obliga de alguna forma a convertirte en un pirata sin bandera que navega libre por mares y amplios océanos. En ellos no importa las tempestades ni la dificultad. El susurro del viento y las ansias por seguir navegando son suficientes para seguir adelante. No hay miedo ante la adversidad ni el peligro. Sólo afán de conquista en ese propósito del Ser. Por ello confío. Por ello me entrego.
Las moradas del Castillo Interior
Tengo sobre mi pecho la música de Agnes Obe y las palabras de Santa Teresa, la cual decía que la puerta para llegar al alma es la oración, el silencio, la interiorización. La sensación que estos días se percibía en el ambiente era, sin embargo, contraria a todo esto, más bien de estrechez, de extrañeza, de pesadez. A veces se puede palpar en el ambiente cierto nerviosismo, cierto pesimismo por todo lo que nos rodea. Estos días han sido así. La gente estaba despistada, triste, desamparada. Las máquinas incluso no funcionaban, todo se colgaba o dejaba de palpitar. Todo estaba ralentizado, excepto la belleza de Agnes y Teresa y la paz que hemos revivido en la interiorización de hoy, junto al incienso y la luz de una vela.
Vivir deliberadamente en ese punto de quietud es extremadamente difícil. La puerta de Santa Teresa se puede atravesar, pero es difícil permanecer más allá de ese instante de sensación. La música de Agnes se puede atrapar en el instante y podemos navegar hacia los palacios del mediodía. Pero nada permanece.
Hoy sentía en mi pecho los llantos ajenos. Miraba los corazones lagrimosos y quería preñarlos de amor, de consuelo. El futuro es tan incierto y nos duele tanto no saber si tendremos dinero, cobijo, amor, calor, alimento, salud… Sabemos que algo siempre falla tarde o temprano y que el dolor será irremediable. Es la forma de enfrentarnos a ese dolor lo que puede aligerar la carga. Es la fortaleza que exista en nuestras moradas, en nuestro castillo interior, lo que nos hará prudentemente invencibles a la adversidad.
Pero ahí está nuestra fragilidad. Ahí está nuestros aposentos descuidados. Donde habitamos es donde permanecemos. Podemos habitar en el dolor o el sufrimiento. Podemos deleitarnos en el llanto y en la amargura, en la pena y la pérdida. O podemos levantar la mirada y lanzar desde nuestro castillo la llamada del coraje, de la fuerza indestructible, del valor, la audacia y el temple y la intrepidez y…
Ahí fuera también puede sonar la música que nos trasporte hacia el abrazo. Podemos incluso navegar por los barcos que zarparán a alta mar para alcanzar los nuevos mundos que esperan ser explorados. Los corazones, cuando se juntan en una meditación, en un silencio como el que hoy hemos tenido a media tarde, también pueden construir paisajes bellos y montañas y valles cargados de primavera.
¿Se puede desechar todo aquello que no es vida? ¿Podemos enfrentarnos de alguna forma a los hechos esenciales de la existencia? La poderosa llama lo requiere. Ahí tenemos nuestras moradas. Ahí nuestra fortaleza y nuestro castillo. Y en la música de Agnes o en las palabras de Teresa.
El despertar de los guardianes
No a nosotros señor, no a nosotros, si no para la gloria de tu nombre (Non nobis Domine non nobis sed Nomini Tuo da gloriam). Haz lo que puedas, con lo que tengas, en donde estés, pero siempre llévanos a la gloria. (Lemas de la Orden Templaria).
A lo largo de la historia han existido vínculos ocultos que unían la tradición iniciática de todos los lugares y todos los tiempos. La gestión del Misterio en Occidente se une en algún momento de la historia con la gestión del Misterio en Oriente. Esa unión pasa mediante rituales y símbolos de generación a generación hasta llegar a nuestros días. Es la cadena áurea en la tradición hermética o el lazo místico en todas las tradiciones.
La misión principal de dicha tradición era la de resguardar los lugares sagrados y el secreto iniciático. Hoy recordaba dicha transmisión con una interesante presentadora y redactora de televisión, buscadora incansable de misterios y alma que resguarda el Grial en esas dimensiones donde lo arquetípico tiene mucho que ver con el mito y la leyenda, pero también con los lenguajes ocultos de la naturaleza.
Los espacios conscientes, la triple estrella de Salomón… Hablábamos y recordaba cuando desde la antropología hacía mis primeras indagaciones en la Orden del Temple y la Masonería. Fruto de esta investigación nació un primer libro, “Entrevista a un masón”. Recordaba también algunas fechas simbólicas que últimamente se repetían constantemente. Tras la pérdida de Acre, la Orden del Temple entró en decadencia hasta que el viernes 13 de octubre de 1307 Felipe IV de Francia ordenó el arresto de todos los templarios. Hace ahora setecientos años fue quemado en la hoguera el último maestre templario, Jacques de Molay. Justo un 18 de marzo. La numerología de estas fechas nos resuenan por todas partes. También las conexiones con San Bernardo, Escocia, la tradición celta…
La Orden del Temple formaba parte de ese entramado de órdenes hospitalarias que pretendían admitir y cuidar a los viajeros, peregrinos, pobres y enfermos que por algún motivo religioso o espiritual transitaban las rutas hacia los santos lugares. De alguna forma, también se convirtieron en los guardianes de esos lugares santos o sagrados, es decir, en los custodios de la tradición sagrada y secreta y por lo tanto, en los gestores del Misterio de esa época. Eran los constructores del nuevo templo, eran los protectores de lo Arcano.
La transmisión no se quebró con la muerte de Jacques de Molay. Muchos desconocen la existencia de la Orden que había dentro de la Orden Templaria a la vez que muchos desconocen la Masonería que existe dentro de la propia Masonería. Sea como sea, existe un incipiente despertar de esos antiguos guardianes de la tradición que intentan rescatar el sentido sagrado de la existencia. Lo hermoso de este tiempo es que ya no se hace desde el secreto de unos pocos. Ahora la luz se desparrama por el mundo sin encontrar barreras y los guardianes se transforman en habidos huéspedes del gran banquete. El misterio de la luz resplandece en todos sus amaneceres. La dorada antorcha ilumina los caminos. La senda continua.
Alcemos la mirada
Hoy el chino al que le compro las galletas y el agua me ha dado diez euros de más. Me he dado cuenta en casa cuando ha aparecido un billete que no esperaba. Perezoso he vuelto a la calle y le he entregado al tendero su dinero. Se le ha iluminado la cara mientras me miraba por primera vez, después de un año de relación, a los ojos. Me ha dado que pensar ese tipo de gestos que hace que levantemos el rostro y podamos contemplar el alma errante que hay ante nosotros. Resulta extraño que tengamos que operar como humanos para que el otro se comporte como humano. Me resulta extraño pensar que si en vez de retornarle el dinero que era suyo me lo hubiera gastado feliz en una pizza podría haber pasado un año más sin que el chino me hubiera mirado el color de mis pupilas.
Y me pregunto cual mayor reto el que se me enfrenta a partir de ahora para llegar al rostro humano de los demás. Para poder orquestar una sonrisa leve y una mirada compartida. Para practicar un trueque mínimo cómplice entre almas más allá de la mera cortesía. ¿Qué es aquello que debemos darnos además de honestidad y ciertos mínimos valores para que alcemos la mirada al otro? ¿Qué cosa es esa que nos mantiene tan aprisionados al suelo, con mirada cabizbaja, con pesadez en el rostro, sin posibilidad alguna de encontrar en el otro un trozo de chispa cósmica?
Trabajamos toda una existencia para llegar a la edad de la jubilación y descubrir que tenemos pocos años de vida útil. Que quizás en uno o dos o tres años aparezca un cáncer o un tumor que nos lleve de inmediato al otro lado. Casi sin tiempo para reorganizar nada. Ni siquiera para hacer un triste balance de nuestro bagaje por la vida. Ni siquiera con tiempo para darnos cuenta de que por encima de nuestro ombligo había corazones palpitando, amaneceres cargados de vida, plegarias en forma de flores y pajarillos, bosques esperando nuestro abrazo, caminos enteros llenos de sendas familiares.
Un año entero para descubrir que uno de sus clientes tenía una optimista y alegre sonrisa esperando respuesta. Un año entero y un billete de diez euros para entender que la vida se nos escapa, que lo humano nos abandona, que el ser adormece.
Versos Áureos
“Honra, en primer lugar, y venera a los dioses inmortales, a cada uno de acuerdo a su rango. Respeta luego el juramento, y reverencia a los héroes ilustres, y también a los genios subterráneos: cumplirás así lo que las leyes mandan. Honra luego a tus padres y a tus parientes de sangre. Y de los demás, hazte amigo del que descuella en virtud”. Versos Áureos, Pitágoras
Jean Paul no era un autor conocido. De hecho, sólo había publicado una obra titulada “Diario”. Era el mejor libro que hasta entonces había leído. Anónimo, discreto, ni siquiera estaba seguro de que el autor se llamara realmente así. Pero allí estaba, iluminando mi joven curiosidad universitaria en las tardes de otoño mientras devoraba todo tipo de literatura y ciencia basada en teorías del anarquismo epistemológico y en la mística de autores de todos los tiempos.
Jean Paul tenía un estilo inconfundible. Su reflexiva voz sobre los acontecimientos diarios, su crítica longeva hacia una sociedad desconectada del mundo natural y sensible y su acierto a la hora de penetrar en lo íntimo de forma desapegada inspiraron mis primeros artículos de prensa. Para un joven universitario e inexperto, el ver publicado un escrito en el periódico era algo impactante.
Emulando a otro Jean Paul, quizás porque en esos tiempos me dejé influenciar por los pensadores franceses, mi primer artículo lo titulé “La Nausea”. Tuvo que ver con un atentado terrorista ocurrido a mediados de los noventa. Debía tener unos veinte y pocos años. Me gustaba visitar las bibliotecas y quioscos para ver como ojeaban la sección donde aparecía mi foto y mi artículo a toda página. Luego vinieron muchos más artículos que iba coleccionando y recortando uno a uno. Eran como pequeños trofeos para la ilusión y la pequeña vanidad de un escritor que empezaba a hacer sus pequeños pinitos. Hacía cientos de fotocopias que luego mandaba a mis amigos más lejanos por correo postal. Era una tarea emocionante a la que dedicaba horas de meticuloso recorte epistolar. Aún no era un poeta porque aún no era capaz de hablar de mí mismo desde la belleza del paladar diario. Whitman sabía que ese era el secreto de la poesía, expulsar lo de dentro hacia fuera y viceversa. El aglomerar palabras con un significado profundo y oculto, pero cargadas de vida.
Luego llegó internet y la escritura de fondo quedó diluida en un maremágnum que se difuminaba cada día más. Los artículos en prensa desaparecieron y la creación literaria quedó para un tercer plano. Me di cuenta hoy cuando entre libros, y tras un agradable paseo con unas hermosas amigas, buscaba en la librería escritos de Pitágoras, especialmente sus Versos Áureos. Libros que antaño leía con especial devoción y que con el paso del tiempo olvidé entre cajas y cajas que guardan la luz de un nuevo día.
La devoción hacia lo culto, hacia aquello que encierra los secretos de los dioses, el conocimiento que se nos prohibió en tiempos del Edén, tiene mucho que ver con esa chispa divina que dioses y semidioses robaron para regalar a los humanos. Algo que se perdió y soterró en el intramundo y en el idioma secreto.
Hace unos días alguien me preguntaba el porqué no había nunca presentado ningún libro. Y siempre que me lo preguntan recuerdo a Jean Paul. Lo imagino encerrado en su mundo de fuego y llama, de secreto y ternura, de amor hacia la vida sin mayor gloria que la desembocar en los ríos de tinta leídos y escritos que se agolpaban en su vida. El secreto, el conocimiento, ya no es esa manzana de la que se puede comer a expensas de una segura expulsión de la inocencia, de esa salida del mundo natural, como ayer nos explicaba tan bien la catedrática María Toscano en ese inquietante hilo conductor que nos hipnotizó la tarde. El conocimiento ahora fluye hacia el segundo árbol del paraíso, el árbol de la vida eterna. Ese es el fruto que ahora queremos morder y ese es el fruto del que disfrutaba Jean Paul. Esa vida inmortal que susurra en los oídos de los amantes, esa eternidad que se perfila entre la curiosidad y el esfuerzo de los versos áureos: “alzando alto tu mente, que es la mejor de tus guías, hasta los libres orbes del éter, serás un dios inmortal, incorruptible, ya no sujeto a la muerte”.
Esa es la pasión que arde en el secreto de la oración, en la meditación vespertina, en el estudio concienzudo de los secretos de la vida y la muerte, en el servicio como puesta en práctica de todo el conocimiento expresado siempre bajo la base y el bálsamo amable del amor. Así lo recordaba ayer María en palabras bíblicas: “Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada!”
Jean Paul lo sabía, por eso escribió su única obra y la entregó al mundo desde la humildad y el secreto de los dioses: “El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo. Sólo el amor vive para siempre. Llegará el día en que ya nadie hable de parte de Dios, ni se hable en idiomas extraños, ni será necesario conocer los planes secretos de Dios. Las profecías, y todo lo que ahora conocemos, es imperfecto. Cuando llegue lo que es perfecto, todo lo demás se acabará”.
Algún día me gustaría ser como Jean Paul. Un susurrador de palabras que nacen del amor. Entonces ya no necesitaré el conocimiento ni nada que nazca de lo extraño. Será el amor lo que emerja y se expanda. Será el árbol de la vida de cuyo fruto beberé. Serán versos áureos lo que saldrá de mi boca. Música celeste nacida de la flauta tallada en madera inmortal.
(Foto: Hoy emulando una firma de libros en el madrileño barrio de Malasaña).
Vuela pensamiento con alas doradas
Días antes de tomar una importante decisión los paso tranquilo escuchando alguna ópera, paseando bajo la sombra de los sauces y evocando los milagros de la existencia en una sonata dulce y amable. Poso la emoción en las praderas y las cimas de aquel tiempo donde todo era blando y pacífico. Exhalo la fragancia de esta primavera adelantada, en esta luna creciente que aspira a resucitar las moradas eternas. El aire parece relajar las tensiones pasadas. Todo lo que podíamos hacer ha sido hecho. La primera prueba de los trabajos de Hércules ha sido superada con cierto éxito. Saludamos las orillas de esa tierra donde hemos de desembarcar la ilusión y la promesa, la fe y la esperanza. Levantamos los corazones hacia ese temblor, hacia ese camino que se tiende bajo la espesura de las afluentes interiores.
A cada conquista del alma suenan arpas de oro. Lo recuerdo cuando caminando por la India descubrí que con la cuota que pagaba de hipoteca podían vivir tres mil personas al mes en aquella selva y decidí despojarme de ella al otro lado del Atlántico. Cuando caminando por bosques europeos decidí desprenderme de todo aquello superfluo y habituar mi cuerpo a la dócil ingesta de los frutos del campo. En aquel tiempo en el que paseando por los desiertos asiáticos colgaba silencioso del árbol danzando como un esclavo la balada nocturna, precipitándome al vacío de la oscura noche del alma. Revive aún cercano en mi pecho el recuerdo de aquella mujer cautiva que obediente tarareaba sumisa desde las faldas del Atlas la canción diurna mientras subía angustiado a la cima de la montaña.
Ahora no hay aire de crudo lamento. Sólo la ingesta de un paso más en el toque de clarín. Sólo la entrega de la vida a eso que está más allá de nosotros mismos. Sólo la inspiración de esa melodía que viene de lo alto como metáfora de lo inabarcable. Tambores y susurros que nos llevan hacia las cimas que están altas en las cimas. El clamor nos invita a regresar al valle para atravesar desiertos y pantanosas proporciones. Hay algo mayor que nos infunde valor y fuerza, ánimo y valentía. Ya lo hemos entregado todo y ahora remamos en los ríos del alma. Ahora que ya no tenemos nada, que andamos ligeros de equipaje, sólo nos resta forzar la entrega total en los nacimientos del alba. Volaremos con alas doradas allá donde el espíritu nos lleve. No habrá más fronteras, ni cadenas ni mazmorras que nos impidan circundar el cielo azul. La ancha expresión nos espera. El ave navega.
La intención en los proyectos
Ayer, mientras venía a recogerme el taxi para ir al programa de radio para hablar sobre asexualidad pensaba en la conversación que habíamos tenido en la comida de la mañana. Había salido una pregunta mientras degustábamos esa crema de lentejas en el vegetariano de Callao: ¿qué hace que un proyecto llegue a buen fin? Se me ocurrió contestar que la intención. O para puntualizar, que esa intención estuviera en consonancia con todo el proyecto.
Un proyecto debe salir de dentro, del corazón, que aunque a veces no lo creamos, es el mejor guía hacia aquello que en esta vida nos permite crecer y empoderarnos con algún tipo de sentido. Para escuchar al corazón hace falta mucho silencio, mucha constancia en intentar indagar qué es lo que se encuentra ahí dentro. Meditar, orar, pueden ser fórmulas para poder escuchar nuestros adentros. La felicidad que sentimos ante una idea nos da pistas sobre el sentido de aquello que deseamos hacer. Si nos llena de gozo y alegría eso es el tintineo de nuestro ser que nos indica que vamos por buen camino. Si la idea nos da miedo, terror, pereza, indiferencia o simplemente no nos produce nada es mejor no continuar por ahí. Esto vale para todo. Para las relaciones, para los proyectos empresariales, para cualquier tipo de cosa que esté en nuestras manos y que permanezca o desee crearse en nuestras vidas.
Una vez sentido, no es suficiente. Hay que proyectarlo, pensarlo y estudiarlo para que el éxito del mismo se concrete de forma dulce y pacífica. A veces sentimos un buen proyecto en nuestro interior pero no siempre somos capaces de llevarlo a la práctica por falta de experiencia o coraje a la hora de ordenar los pasos a seguir. Otras muchas por falta de paciencia o constancia. Los testarudos tienen más posibilidad de llevar a buen puerto su sentir y harán lo posible y lo imposible para que así sea. La entereza, el estudiar cual es el mejor camino y la constancia harán el resto.
También es necesario que ese proyecto sea útil, que pueda servir al grupo, a la sociedad en su conjunto. Que aporte ese extra que nos beneficia a todos en conjunto. Una relación de pareja feliz aporta esa armonía necesaria en el entorno circundante. Una empresa con un alto grado de responsabilidad social, con un equilibrio financiero y una recta correspondencia con las personas con las que trabaja aporta altos beneficios al conjunto.
Por ello, sin la intención del proyecto está en acorde con todo esto, es más fácil que el éxito abrace en todos los sentidos.
Sintonizando el susurro
Suena el piano al final de la sala. Los dedos golpean con fuerza el pecho que resuena en cada sonido. El timbre del alma se asoma tímido para aprovechar el instante de tensión. La ventana refleja al fondo el bosque hundido entre el vaho de la noche y la lluvia. La neblina serpentea el crepúsculo musical, advirtiendo de que cualquier paréntesis puede ser tan sólo una oportunidad para sentir y retornar al origen.
La unidad de tiempo no existe. El corazón palpita veloz en cualquier atardecer de cualquier época. La voz del silencio se entrecorta con las ramas que golpean el ventanal una y otra vez. Sólo hay que tener esa habilidad especial para traspasar el momento presente más allá de todos los momentos, como si sintonizáramos con el susurro de ese instante eterno, de ese fuego que late bajo la piedra, entre la hierba sinuosa o el lamido de la lluvia en las ramas ondulantes.
Inclinarse una y otra vez sobre la vida, cerca, muy cerca de ella para que la trémula voz no nos abandone y su luz nos guíe entre la neblina. La vida es un tejido y una trama que nos conduce hacia nuestra oportunidad. El sonido del viejo violín en la esquina y el trémulo olor de un abrazo que sabe a manzana. Es también ese dolor puntiagudo que nos acompaña con la edad, ese descanso merecido, ese palpitar ante el reencuentro en aquella estación de tren vacía. La vida está ahí mientras se desvanece en el olvido. Nos abraza sigilosa cuando bebemos de sus fuentes.
Me gusta pensar que algún día volveremos sobre aquellos pasos. Que nada se detiene y todo continua y que nos reencontramos ciclo tras ciclo. No nosotros, sólo algo de nosotros que sobrevive, algo tan dócil como un latido invisible, como un rumor imperceptible, como un anhelo de seda. Algo que reconocemos dócilmente, tímidamente, y que no nos atrevemos a nombrar. Algo que nos pertenece en todos los tiempos y en todas las épocas.
(Foto: niñas en Mount Abu, India, febrero de 2014).
Crisis en los ciclos de acumulación
En las entrañas de la tierra hay un hermoso y cálido oratorio plagado de símbolos y velas que pretenden indicar o señalar los puntos cardinales desde donde el alma se aposenta en su peregrinaje universal. La luz como símbolo de esa llama inmortal, la cruz como símbolo de equilibrio entre el cielo y la tierra, la belleza, la fuerza, la sabiduría. Todo está en su justo lugar para abrazar el silencio y acoger el manto de plegarias y cantos que desde dentro surge como un torrente de agua viva.
Tras la plegaria silenciosa, respetuosa con la vida que fluye, toca compartir la misión y el propósito que sentimos en la callada cueva del corazón. Nos desplegamos con sincera admiración y abrimos nuestras compuertas al fluir constante. Sembrar las semillas del alma tiene el encanto de ver todo su proceso de crecimiento y cuidado. Hay que planificar el terreno, condicionar la tierra, labrar sus surcos, penetrar hollando el sendero de su cálido manto y dejar caer la huella, el prototipo de aquello que como un ADN deberá servir de guía. El árbol, la majestuosa representación de lo que será, ya está contenido en ese trozo minúsculo de simiente.
La economía nos habla de las crisis en los ciclos de acumulación. En el alma, en los planos interiores ocurre lo mismo. La acumulación de experiencias, de conocimientos, de madurez interior provoca cierta inevitable crisis. El fruto está maduro y debe caer y morir para dar paso a la semilla. Es algo que se precipita inevitablemente en todo peregrinar, en toda vida que se precie. Y esa crisis es hermosa porque en el fondo está enterrando el que será el más hermoso y profundo florecer a la vida. Eso está ocurriendo aquí y ahora. Se está precipitando el propósito que los humildes conocen y sirven de forma silenciosa y callada. Se está hollando el sendero que conduce a las puertas de la iniciación grupal y que desarrolla inevitablemente la fórmula para crear el sostenimiento de la vida.
Hay unas llamas encendidas que provienen de sostenibilidad a todo el mundo cognoscible. Es necesario mantener esa llama viva. Es necesario sembrar la posibilidad de que la luz siga avivando el fuego del espíritu. He conocido a personas que trabajan silenciosamente para mantener la llama. He visto como la muerte es necesaria para crear nueva vida. Más allá de los campos y montañas, de los serpenteantes ríos y madreselvas, hemos visto como el sacrificio era necesario para seguir con el testigo inamovible de la sabiduría perennis. Es una crisis inevitable. Es un sacrificio inevitable para el fruto que se deja caer hacia la tierra profunda.
Estrechamente cercanos
Recién llegado de la India y aún retengo en la pupila imágenes, miradas impactantes, momentos únicos, como el encuentro con esta niña de mirada impresionante y aspecto indescriptible. Tristeza, alegría, añoranza de un mundo extraño. Hoy paseábamos por un palacete en el levante, cerca de Valencia. Miraba por todas partes buscando esos rostros. Sentía la necesidad de abrazar a uno sólo de ellos. Me preguntaba sobre nuestras metas humanas y sobre la mezcolanza de crear algo bello, algo que pudiera llegarles aunque fuera en forma de sueño. Algo que pudiera ser devuelto a ese rostro perdido en las montañas del Rajastán.
Realmente sus rostros no están lejos. La meta más alta es aquella que nos ennoblece y nos hace más humanos. Por lo tanto, su cima está aquí dentro, estrechamente cercana a nosotros, cercana a sus miradas. Los niños aún encarnan algo del mundo angélico. Su inocencia, su prontitud a la hora de compartir una sonrisa, un halago silencioso, son señales inequívocas. Es tan fácil comunicarse con ellos. Es tan fácil recuperar la esperanza sobre cualquier cosa.
A veces necesito sentarme en silencio, mirar cualquier horizonte y pensar sobre el sentido de las cosas. Cuando penetras en tu finitud, en nuestros límites más nos damos cuenta de la paradoja de estar al mismo tiempo al borde de algo maravilloso. Es cierto que la muerte acecha y nos asusta, pero realmente es algo liberador. No es la muerte realmente lo que nos da miedo, más bien la mortandad en vida, no saber apreciar cada instante, no saber aprovechar cada segundo como si de un universo entero se tratara. Por eso cuando miro las fotos de esos niños que dejamos atrás siento esa necesidad casi mortuoria de no haber aprovechado aún más el tiempo con ellos, de no haber apretado sus luminarias para dejar impregnada sus vidas con una huella necesaria. Allí quedaron, impasibles ante un destino incierto. Pero también aquí, estrechamente cercanos a nosotros, esperando la rebeldía, el salto cuántico hacia la vida real.
(Foto: Niña en Mount Abu, Rajastán, India, febrero de 2014)
Llueve y hace buen día
Nada es perfecto, sin embargo, todo es perfecto. La perfección no puede medirse por nuestros antojos o nuestras manías o nuestros hábitos o nuestras pequeñas desgracias particulares. Si estamos en invierno y nieva y llueve eso forma parte del orden natural. No podemos salir a la calle y quejarnos porque hace frío o porque llueve. Todo lo contrario, deberíamos sentir gozo y extrema alegría porque esto ocurre. La lluvia riega los campos y llena los pantanos subterráneos, creando ríos invisibles cuyo iceberg oculto disfrutaremos durante el resto del año. Cada vez que llueve deberíamos hacer una fiesta de ello, alegrarnos profundamente por esas benditas aguas que cooperan con la vida, regalando desde el milagro natural la sustentabilidad posible.
Luego llegará la primavera y podremos disfrutar de la siembra del invierno. Cuanto más llueva ahora, cuanta más nieve acumulemos en las cimas de la montaña, más poderoso y radiante será el florecimiento primaveral y más grande será la cosecha del verano que nos permitirá sobrevivir con alegría en la próxima otoñada.
Ocurre lo mismo en el invierno de nuestras vidas. Cuantas más duras sean las pruebas del camino, cuanto más creemos ahogarnos en la incertidumbre del dolor, más facilidad tendremos en nuestra propia primavera de florecer radiantes y poderosos. Sólo debemos observar con diligencia como las enseñanzas vitales se acumulan para fortalecernos interiormente.
El otro día le comentaba a una amiga: “abraza el dolor que ahora sientes, no lo rechaces, no lo esquives, abrázalo, ámalo, disfruta de su enseñanza”. Estoy convencido de que cuando eso ocurre, cuando gozamos de la lluvia torrencial de la vida, nos espera una esplendorosa primavera. No podría ser de otra manera. Sólo debemos esperar pacientes los ciclos de la vida. Todo tiene un porqué y un para qué que se va descifrando día a día. Estemos atentos y bailemos bajo la lluvia, disfrutemos de su agua de vida.
Hacia la vida grupal
«Poned a prueba los espíritus para ver si son de Dios». San Juan
Cuando vivíamos en la inconsciencia humana lo hacíamos de forma grupal. Las aldeas se construían en círculo, las casas eran redondas, el concepto de unidad se establecía en bailes y rituales de paso que veían en la esfera el símbolo de la solidez y la unión.
Pasaron miles de años y la consciencia grupal primitiva dio paso a la consciencia individual. La estructura circular, símbolo de la emoción y de la unidad primigenia dio paso al cuadrado, a la razón, al individuo. Hubo una desconexión entre la armonía con el entorno y el ser humano y se perdió el lazo que unía nuestro ser con la emanación de vida.
Ahora vivimos unos tiempos radicalmente distintos. El individuo emancipado y libre retorna al círculo, al aro sagrado, a la comunión grupal. Anhela, esta vez desde la razón acompañada de la lucidez y la consciencia, la vuelta al lazo místico. Sacrifica su individualidad, su egoísmo remoto, su necesidad de liderar el ansiado poder para dar paso a la decisión grupal.
Resulta difícil entender este proceso de sacrificio del yo en pro a lo común. Pero en los próximos siglos se avanzará sin duda en el camino del eterno retorno a la sabiduría del círculo sagrado. Esta nueva energía nos pondrá a prueba, veremos si lo que nos retumba en el interior es un afán de protagonismo individual o un verdadero y puro sentimiento de entrega a lo grupal.
Las señales aparecerán constantemente, nos guiarán hacia esa vida común. Las señales no son más que la voz de lo intangible que pone a prueba nuestros espíritus y valoran nuestra verdadera entrega amorosa. Vamos sin duda hacia una vida grupal donde nos volveremos irremediablemente co-creadores con lo inmanente. Ese será nuestro próximo reto.
La certeza de abrir el corazón
“Habiendo conocido el Amor, dejaré que todo siga su curso, seré dúctil como el viento, y aceptaré todo lo que la vida me depare, con entereza… La vida nunca se equivoca… Mi corazón está tan abierto como el cielo…” [K. S.]
Una de las cosas más difíciles de la vida es aceptar que todo está bien, que nada escapa al azar, que las cosas más absurdas obedecen a algún tipo de propósito. Esto no es una visión determinista. Nace de la observación constante sobre causas y efectos, sobre leyes naturales, sobre mecanismos que parecen concretar algún tipo de factores universales de alcance omnipresente.
Cuando abres el corazón a la vida la sorpresa es constante. Es como si te tiraras a un río de aguas rápidas que te llevaran de una a otra orilla de forma acelerada. No hay tregua para nada, no hay descanso posible porque todo fluye hacia algún tipo de respuesta.
El viernes estábamos en Castellón, el fin de semana en Alicante, ayer en Galicia y hoy en Cádiz. En todos esos lugares han pasado experiencias únicas y hermosas que han ensanchado nuestro interior, emotivas, todas cargadas de señales, de indicadores y resortes que sólo un observador atento podría cazar al vuelo. Todas esas marcas en el camino de la vida me hacían recordar a esas otras marcas que aparecían una y otra vez en el Camino de Santiago. Podía ver en el ritual de todos esos movimientos un denominador común: la flecha amarilla, el poderoso símbolo que te guía y acompaña a todo momento. ¿Y qué se hace cuando puedes ver las señales, las marcas? Seguirlas. No dudar. Caminar siguiendo su estela.
Cuando volvíamos de Galicia nacieron ante nosotros la maravillosa escena de dos arcoíris que surcaban todo el cielo. La escena se repitió un par de veces como símbolo de la alianza nueva y eterna. Realmente veníamos de sellar, bajo el manto mágico del ritual sagrado, una hermosa alianza. Es la misma que nos sigue estos días en nuestro interior y a la que no deseamos renunciar. El corazón está abierto como el cielo y palpita acelerado por la emoción. Ahora sabemos que todo sigue su curso.
Más allá del no-tiempo y el no-espacio
Este año se presenta apasionante. Os invito a que disfrutéis del álamo que alguien plantó cerca de vuestras casas, del atardecer, cualquiera de ellos, que podréis compartir con vuestro amante, del susurro del aire cuando golpea en invierno las ventanas o la trémula campanilla que suena cuando entras a una tienda de libros.
Si podéis, vivid en el no-espacio y en el no-tiempo. Es decir, sed capaces de transmitir vida sin importar donde estáis ni qué hora es. Cualquier tiempo y cualquier lugar será perfecto para desarrollar vuestra capacidad humana.
Y la noche tiene sus sueños, navegad en ellos a mundos fantásticos, lugares acordes con la promesa de esa emoción navegante. Pero, ¿qué me dices del día? ¿Acaso no es aún mucho más misterioso e increíble que los sueños de la noche? El día es un lugar cargado de capas de cebolla que nos permite descubrir en el ensueño, desde la emoción, el pensamiento y el alma todo un mundo de oportunidades. Sed capaces de vencer el reflejo y superad con fuerza la matriz existente. A cada instante ocurre el milagro, a cada momento algo está destinado a suceder.
¿Por qué me detuve ante ti?
Sencillamente porque apareciste milagrosamente, ataviada con tu manto de cielo, con tus rojizas llamas que penetraban en cada átomo celeste. Porque condujiste mi mirada hacia tu rostro infinito, hacia ese anhelo que consuma todo cuanto inspiras. Forzaste un encuentro en tu bóveda, una añoranza, un recuerdo. Fijaste en el átomo simiente esa promesa que nunca olvidemos en la sombra de lo que somos.
El atardecer no es tan sólo un momento mágico. Es inspirador su aliento, es apabullante su hermosura, su tapiz de colores imposibles y formas amarillentas que pululan entre nubes que se desplazan apacibles y vivas. Derrama un canto de esperanza semejante a la visión de todo lo omisible, de aquello que penetra el aleteo del rumor flamante. La centelleante chispa del anhelo remueve la incesante búsqueda. La curiosidad de un niño hace que nos detengamos siempre ante su presencia. El sol derrama en su extrema generosidad todo cuanto posee. Se consume para dotarnos de vida, se postra ante el universo entero para llover ante nosotros su calor y luz.
Y cuando somos capaces de sorprendernos maravillados ante su majestuosa realeza, nos arrodillamos, nos inclinamos, nos soslayamos presintiendo esa felicidad que nos conecta con el hilo conductor de la vida, con la cadena aurea serpenteante, con la llama de aquellos dioses que nos crearon. No podemos evitarlo, somos seres poderosos que nos postramos ante las maravillas de la vida. Y ese atardecer es una de ellas.
(Gracias a M., K., y J., por este fin de semana tan especial y hermoso).
Hemos reflexionado mucho, ahora lo urgente es empezar
“Atrévete a dar tu vida por los demás, ahí encontrarás un sentido a tu existencia”. H. Roger.
No podemos permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los otros. Hoy en una comida hablábamos de lo complejo que resulta la creación de modelos alternativos de convivencia que de alguna forma desean paliar ese sufrimiento. Todos pensamos alguna vez en la posibilidad de un mundo ideal, utópico, donde vivir bien y felices. Según la mira de cada uno, ese mundo ideal puede ser un yate anclado frente a una gran mansión o en una comunidad idílica donde se experimente con el progreso del ser humano y el perfeccionamiento de su condición homoanimal. Ambos ideales son legítimos y respetuosos y ninguno de ellos perjudica al otro. Ambos modelos han sufrido el ensayo de la historia y ambos modelos han sobrevivido a lo largo de todos los tiempos. Los ideólogos y filósofos han dibujado los perfiles de la arquitectura de cada modelo, pero ninguno de ellos, quizás por la complejidad humana, ha calado profundamente en ninguna sociedad.
El ideal de perfección, individual y colectiva, ha sido experimentado en todas las tierras conocidas, ya que ese impulso vital de mejoramiento es uno de los principios de la creación natural. El avaro desea todo lo mejor para sí mismo. El avaro ignorante muere en la pobreza y el avaro astuto acumula todo lo que puede, muriendo en grandes palacios que luego no puede cargar en su lecho de muerte. El sufrimiento es igual para uno y para el otro, sólo que el avaro astuto podrá elegir mejor dónde sufrir.
También sufre el generoso ante la ceguera de su propia vida. Si es ignorante porque no es capaz de ofrecer ayuda a sí mismo y a los demás tanto como quisiera. Si es astuto porque nunca será suficiente todo cuanto haga para mejorar el mundo ilimitado.
Pero hay una felicidad en el don de sí mismo. Decía el hermano Roger que lo que vuelve alegre una existencia es avanzar hacia la sencillez: la de nuestro corazón y la de nuestra vida. Cuando todo está asociado a la bondad del corazón, el ser humano puede crear un campo de esperanza en torno a él. Entender el alma humana como una palpitación discreta y silenciosa de la felicidad nos acerca a ese secreto que consuma el verdadero bienestar. Por lo tanto, no importa si habitas en un yate o en una comunidad, en la miseria o en la riqueza si dentro de nosotros cohabitamos con la sencillez y la discreción de un alma noble. Y la nobleza empieza por esa necesidad intrínseca en nosotros de profundizar desde la sencillez en el bien, en la buena voluntad y en la inteligente aceptación de que el uno no es posible sin el todo.
Nuestro corazón vibra, nos habla, se comunica constantemente con nosotros, en lugares, en situaciones, en pensamientos, con sincronías y sucesos. Sólo debemos ser decididos y seguir su camino. Aunque en algún momento nos parezca angosto, siempre es sabio. La confianza límpida hacia sus señales siempre es amor de todo amor. Hemos reflexionado mucho, ahora lo urgentes es empezar. No importa si empezamos por nosotros mismos o por la familia o por nuestro entorno más inmediato. Debemos empezar a construir un mundo mejor.
Asexualidad. ¿Se puede vivir sin sexo?
Por fin hemos editado el libro sobre la asexualidad. Ha sido polémico pero sincero, descreído pero natural. He mezclado lo personal con lo ensayístico y ha salido un experimento que espero que os guste y os cause curiosidad y reflexión. Hablar de sexo desde la asexualidad ha sido un hermoso trabajo cargado de humor y libertad absoluta, sin tapujos, sin miedos, con amor. Si os gusta su lectura no olvidéis recomendarlo. Espero que lo disfrutéis.
Asexualidad
¿Se puede vivir sin sexo?
Javier León Gómez
Ser asexual es sólo una condición más, no tiene ningún mérito ni posee ningún atributo o valor especial. Es sólo una opción que debe llevarse sanamente, lúcidamente, naturalmente.
El autor de este libro, en un arrebato de valentía y sinceridad, a veces incluso con buenas dosis de humor para quitar hierro a algunos temas peliagudos, nos acerca a una nueva forma de ver y entender el sexo hasta ahora ignorada o apartada de las relaciones sociales y humanas. La asexualidad no es tan solo una tendencia, también se convierte en una apuesta por ver y entender el sexo de forma diferente.
El libro ya se puede comprar en formato digital y en formato físico.
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VIVIR SIN SEXO. LA MAYOR INSUBORDINACIÓN DE NUESTRO TIEMPO
Asexualidad: he venido a hablar de mi libro
Es cierto que a veces soy insubordinado e irreverente. No es por carácter o por conducta, más bien por necesidad, por responsabilidad, como decíamos hoy en la meditación de luna llena. La responsabilidad deviene cuando existe un compromiso y una deuda constante con la vida. En ese sentido, mi pasivo y mi activo están entregados a la vida, a entenderla, a profundizarla, a vivirla, a sentirla, a experimentarla, a compartirla y a preñarla.
Cuando hoy recibíamos el libro de la Asexualidad en casa sentía ese nervio propio, tímido y coqueto que nace cuando llega el momento de celebrar el gran esfuerzo. Ya no importa si el libro lo leen dos personas o un millón. Ahí está, ahí queda para quien lo necesite o para quien lo reclame. Mi deber como autor es comunicarlo y compartirlo sin entrar en los torpes juegos de la vanidad o del suplicio egoico. Tenía que escribirlo, necesitaba hacerlo por responsabilidad y lo demás, el éxito o el fracaso del mismo no tengo baremo para medirlo.
No se trata de una victoria más, se trata de poner en marcha la riqueza del compartir. Y este es mi regalo, mi nuevo regalo para vosotros. Compradlo si podéis o pedirlo si lo necesitáis y no podéis pagarlo, ya sabéis que os lo enviaré encantado, como siempre. Hoy alguien hablaba en la meditación de la importancia de la gratuidad como expresión del alma. Es una pena que tardemos tanto en darnos cuenta de que hay cosas que no tienen precio, de que la entrega y el servicio están por encima de baremos económicos o sofisticados aforismos mercantiles. Así que consolidad vuestra necesidad con la mía y hagamos un trueque mínimo. Aquí está un trozo –quizás algo íntimo, pero refrescante e irreverente-, aquí el esbozo de un sentir, de una responsable necesidad.
Hablemos de sexo desde la genial impostura. Esa que desde el atril inteligente promueve la visión de estadios diferentes, de figuras no acordes con el tiempo pero sí clarividentes con los tiempos. Hablemos de sexo desde su sacralidad, desde el argumento consciente y la ternura de la palabra. Os invito a un paseo por un sexo diferente. Os invito a dar mordisco a un trozo de mí, que no soy otra cosa que un tú observante.
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La actitud observante
Ante un presupuesto de once millones de euros anuales, le preguntaba esta tarde a un amigo por qué le preocupaba tanto una actividad que tan sólo consumía el cinco por ciento del mismo. Realmente era interesante observar la inquietud. Al fin y al cabo, cuando he conocido a personas que por circunstancias de la vida manejaban presupuestos que en algunas ocasiones superaban los cien millones de euros, la angustia que eso puede ocasionar en momentos difíciles es exactamente la misma que sientes cuando manejas un sueldo de mil euros y no llegas a final de mes. La dimensión de la cantidad no importa, sólo la actitud que ante esa dimensión eres capaz de desarrollar. ¿Qué actitud poseemos ante cada reto vital?
Algo parecido ocurría en la cena que hemos tenido con autores conocidos, editores y amigos diversos. Inevitablemente ha salido el tema del libro sobre la asexualidad, y la pasión que había en la charla sobre la asexualidad era comparable a cuando se habla de sexo puro y duro. Realmente había cambiado la dimensión, pero no la actitud ante la misma.
Hoy volvía de un residencial de lujo a las afueras de Madrid. Había llevado hasta su casa a una amiga que está atravesando un momento difícil de desamor. De nuevo la actitud a la hora de entender el significado profundo de lo que es amor y de lo que no es. ¿Acaso el amor produce sufrimiento y dolor? ¿No debería ser algo bonito y agradable, incluso en la ruptura? ¿Qué ocurre cuando nos separamos de un ser al que hemos querido? ¿De dónde nace ese desgarro intestinal ante la pérdida? Porque realmente existe ese dolor físico, ¿pero acaso nace del amor?
Cuando uno toma las riendas de su vida se cree poseedor de la misma. He triunfado, he ganado, soy fuerte y victorioso. Pensamos inútilmente. Es la vida la que nos gana a cada instante, no nosotros a la misma. ¿Cómo comprender algo tan profundo? Somos nosotros los que nos debemos a la vida y no ella a nosotros. Nuestra aparatosa misión en la existencia no va más allá de ser meros vehículos, instrumentos o títeres de una fuerza mayor a nosotros mismos.
En una consciencia limpia no puede existir la arrogancia de creer en dioses, en maestros iluminados, en devas, en ángeles que nos frecuentan y nos susurran. Una consciencia limpia entiende que esos dioses y esos maestros sólo son proyecciones de algo sombrío, de algo que nos limita y nos separa. La actitud observante nos enseña que nada puede dividirnos ni separarnos ante la idea de un “dios” o un “maestro” o un “deva”. En la unidad clamorosa de la vida, somos profundamente hijos de ese elemento aglutinador que no se identifica con nada ni con nadie, y que sin embargo, habita en todo cuanto existe. ¿Cuándo comprenderemos que esos dioses, esos maestros y esos devas habitan en nosotros?
No sólo no somos habitaciones estanco, debemos entender que es el infinito el que habita en nosotros. Y en ese infinito no existe la inquietud, ni la pasión, ni el desamor, al mismo tiempo que todo eso que nos preocupa y nos adolece en la no-realidad, procura que la vida continúe.
Hoy le decía a un amigo que cuando escribo lo hago de forma ecléctica, sin pretender encasillar las letras en ningún nicho especial o hablar recurrentemente sobre algo concreto que pudiera crear algún tipo de adeptos o adicción. Puedo hablar de sexo o política o espiritualidad de la misma forma que lo hago cuando observo el imposible vuelo de un colibrí. Si observamos con atención, el infinito fluye en cada leve aleteo. Nunca se estanca, siempre hay un progreso ilimitado. ¿Por qué entonces limitar al infinito?
(Foto: © James Amess)
La vida es bella (y breve)
«Cada partida es una anticipación de la muerte y cada encuentro una anticipación de la resurrección«. Arthur Schopenhauer
Esta foto forma parte de una serie de doce donde se ve la evolución de esta pareja anciana que se retrata ante el milagro de la vida, las estaciones, los frutos de la tierra, la casa, perdón, el hogar. El viaje es tierno y conmovedor por toda la riqueza de matices que expresa. Una generosa visión de la vida en toda su extrema profundidad.
Mi padre se encuentra ahora a mi derecha, luchando con su alzhéimer, quejándose entre balbuceos de los políticos y de los perritos que demandan atención en el pequeño salón de casa. Miro la última imagen de la secuencia que fotografío Ken Griffiths y es desoladora. Es el futuro inevitable, el que nos espera con crudeza a todos sin excepción. No importa si ese final viene por un alzhéimer, por un accidente, por un cáncer, por un tumor, por una muerte traumática o silenciosa. Ahí está, esperándonos paciente mientras intentamos esquivar o disimular su presencia.
La muerte está ahí y depura la vida, la recicla. Forma parte de ella sin que seamos conscientes de la misma. Nos quejamos de la vida, de sus problemas, de las facturas, de las deudas, de los dolores, de la falta de dinero o de trabajo, pero nos cuesta tanto traspasar la barrera de su belleza, de su increíble regalo constante, de esta oportunidad que vivimos.
Cada segundo, cada milésima de consciencia de estar vivos, de estar respirando, de estar abrazando el momento, este soplo, este único e irrepetible instante de ser, hay que abrazarlo, amarlo, sentirlo, seducirlo, acogerlo, protegerlo para que no se contamine con nuestras dudas, con nuestros recelos, con nuestros miedos, con nuestras manías y con nuestro ruido.
Amo esta vida breve, sus instantes, sus gentes, sus paisajes, sus momentos, su espectacular e intensa belleza y su misterio, su muerte.
Buscad la secuencia de fotos de Ken Griffiths. Estremece.
El punto de quietud de las otras nobles
Ayer abrazaba a Ramiro Calle para celebrar el parto de nuestra última criatura conjunta. «El punto de Quietud«, un excelente libro que recomiendo y que he tenido el honor de prologar. Hoy viajaba a Barcelona practicando en todo el trayecto ese punto de quietud desde el compartir y la solidaridad horizontal.
También hoy la infanta Cristina de Borbón llegaba a Barcelona desde Ginebra para defender su caso por presuntas irregularidades en su economía. Su abogado es un conocido expolítico catalán del actual partido que solicita la independencia de Cataluña, padre de la actual constitución española, Miquel Roca. Extrañas compañías. Extrañas conveniencias.
Hoy llegaba a Barcelona desde Madrid. Allí utilicé el sistema de BlaBlaCar para viajar acompañado. Un joven cocinero que ha viajado y vivido por medio mundo, una licenciada en químicas que se gana la vida con una pequeña huerta a las afueras de Madrid, una licenciada en bellas artes en paro (su último trabajo había sido de recepcionista en un cine) y una licenciada en arte dramático que se busca la vida haciendo bolos de monólogos por toda España. Sincronías de la vida, dos de ellas también se llaman Cristina. Pero Cristinas muy diferentes, al menos con una nobleza que no sale en la tele ni el glamour de muchas portadas. Una nobleza silenciosa que habita en los lugares más insólitos.
Los recogí en un lugar céntrico de Madrid y los dejé a cada uno en la puerta de su destino para asombro de los mismos: Terrassa, Sant Adrià del Besos, Cerdanyola del Vallès y Barcelona. Cuando solicitaron pagar su parte del trayecto les dije que no les cobraría, excepto un precio simbólico al ver que no aceptarían el trayecto gratis. Realmente, les decía, era yo el que tendría que pagarles a ellos porque de alguna forma me estaban aportando una riqueza única y sin precio. Sus vivencias, sus historias, las inquietantes sincronías porque todos teníamos amigos en común (qué pequeño es el mundo y qué fascinante), su testimonio y optimismo a pesar de todo lo que está ocurriendo. Fascinante compañía, incluso la de Oscar, un cocinero que se jactaba de sus más de 34 clases de carnes diferentes que cocina en su restaurante bromeando con el vegetariano que le acompañaba como piloto. Extrañas compañías para unos y para otros, pero cargadas de un reguero de empatía y respeto.
Realmente no había mucha diferencia entre la infanta Cristina y Miquel Roca y nosotros. Cada uno intenta sobrevivir en este fausto mundo. Quizás la diferencia entre los primeros y los segundos tan sólo sean algunas mínimas diferencias, de cierta coherencia, ciertos valores, cierta moralina necesaria. Al menos en lo que a cooperación y apoyo mutuo se refiere casi estábamos empatados. La clase “privilegiada” se defiende de esa revolución que se está gestando en personas que se organizan en entidades horizontales como Blablacar que surgen cada día más para gestionar la crisis de forma solidaria. Pero es una diferencia ficticia. En el fondo no hay diferencia de clases ni de personas ni de intereses. Todos estamos embarcados en el mismo barco y debemos, relegando el egoísmo envolvente, remar hacia buen puerto.
No hay desconfianza hacia el futuro porque no existe el futuro. Sólo nos vale el presente, el gestionar bien nuestras vidas y alianzas para poder, cuando salgamos de esta, tener un referente moral, un mensaje de esperanza para las nuevas generaciones, un firme valor de generosidad y cooperación entre todos, un nuevo paradigma en la convivencia social desde la igualdad, la libertad y la fraternidad entre todos, seamos nobles de portada o de corazón.
Le deseo todo lo mejor en lo personal a la infanta y al abogado, pero los referentes morales de nuestros días está en personas como esos estudiantes que para seguir viviendo son capaces de montar una huerta o de viajar de forma solidaria sea como sea o de buscar comunidades con una vida alternativa como hacían dos de ellas (invitadas quedaron para que visitaran O Couso, claro). Así que gracias a los cuatro amigos que hoy me han acompañado a la ciudad condal con su testimonio de vida y me han permitido explorar en el punto de quietud con respecto a todo lo que nos rodea.
(Foto: Ayer en Madrid con Ramiro Calle).
Queridos Magos,
Ante todo gracias por este maravilloso y mágico año que hemos vivido. Nada hubiera sido igual sin la potestad de vuestra infinita generosidad y misericordia. El reparto justo y equitativo de todos vuestros dones ha hecho que cada cual reciba aquello que le permitirá evolucionar y transformar, entendiendo de paso que hemos venido a la existencia para ser cocreadores con el universo entero, es decir, generosos creadores de belleza. La esencia de la cocreación está muy vinculado a vuestro mensaje de paz y unidad, de voluntad, de agradecimiento y adoración a la luz que nace en nuestro interior.
De nuevo, este año no deseo nada para mí y sí gloria para ellos. A estas alturas de la vida me siento satisfecho y contento con todo lo que he recibido así qué gracias por toda vuestra infinita oportunidad.
Mi sentimiento sólo desea poder ser uno más de vuestros pajes. Aprender el oficio de la majestad y de la magia, del amor y del servicio, para ayudaros a llevar allí donde haga falta todos esos dones y talentos que os apresuráis en repartir.
Los regalos siempre han sido una muestra de bondad y agradecimiento, de generosidad y valor. En algunas tradiciones, la persona más poderosa no es la que más tiene, sino aquella que más capacidad de dar posee.
El acto de regalar, como ocurre en las paradisiacas islas Trobiand con el kula, es un conector que engrandece al donante, un acto en el que el don es acompañado de muestras de modestia y sencillez. Como ocurre en el compañerismo, el don implica fuertes relaciones de correspondencia y hospitalidad, protección, cooperación y apoyo mutuo.
Es lo único que deseo. Ser un gran mago como vosotros para llevar aquellos presentes donde más se necesiten. Para que el amor, el cariño y la bondad reinen siempre en esta bella tierra y podamos emprender el camino que la estrella nos marca. Gracias de nuevo por vuestro ejemplo de bondad infinita y por vuestros tratados de magia blanca.
El caos sólo es un aspecto del orden
Es fascinante observar la incertidumbre en la que vive en estos momentos A. Licenciada en económicas, una vida estable y ordenada y de repente, por un extraño golpe de suerte, todo desaparece viéndose envuelta en un limbo mareante y, para el observador ajeno, excitante.
Ella no entiende como ha llegado a esta situación caótica. Lo ve como una desgracia, como algo negativo y repudiable. Se avergüenza, quizás por su propia educación y cultura, de verse en este estadio inconexo.
Para animar su espíritu sin ofenderla le hemos dado algo de dinero a cambio de trabajo. Como conozco un poco el carácter alemán, esta mañana temprano estábamos trasladando cajas de un sitio a otro, ordenando la casa, comprando cosas y luego toda la tarde haciendo labores útiles para la editorial. Eso le ha tranquilizado, se ha sentido útil, ha conseguido algo de recursos y puede ver la vida de forma más optimista.
Lo siguiente será ordenar su vida interior. Se ha pasado todo el día buceando en la biblioteca, leyendo libros sobre autoayuda, visitando a los maestros de la sabiduría para buscar esa luz que ahora parece estar lejos.
No le hemos dado mucha tregua para que pensara en lo negativo. La broma siempre es un buen bálsamo para, junto a la risa, desatascar las tuberías de la tristeza y la melancolía.
Así que el primer día de convivencia ha sido positivo y grato. Le intentamos tranquilar diciéndole que esto no es un momento de caos, tan sólo un momento de transformación, de oportunidad, de cambio regido por un estricto orden que no llegamos a entender en su magnitud. Eso que nosotros llamamos desgracias obedecen a algún tipo de impulso que obedece a una ley mayor, imperceptible, a veces incluso misteriosa ante la ceguera de nuestras limitaciones sensoriales.
Ha sido hermoso cuando ante nuestras explicaciones y las lecturas de algunos textos ha comprendido que nosotros no somos nuestros pensamientos. Ellos forman parte de nosotros pero hay algo más que nos diferencia y nos identifica con un sustento más amplio y abarcante. Lo que pensamos es sólo una parte de nosotros. Pero nosotros no somos lo que pensamos. Es así de simple y de complejo a la vez.
Hace un año me encontraba en una situación aparentemente caótica. Recién llegado al zulito me preguntaba qué había ocurrido en mi vida para llegar a tan dramático estadio. Ahora todo es comprensible. Ahora todo tiene una razón de ser. Sólo necesitamos algo de tiempo y de distancia para comprender que todo cuanto ocurre y existe obedece a una fuerza mayor.
(Foto: Hace un año en Madrid abrazando el caos)
Lo extraordinario en lo ordinario
Estar decidido a abrazar la vida desde la vida, el aliento desde el aliento, la prisa desde la quietud, el ánima desde al ánimo, el alma desde el espíritu y lo extraordinario desde lo ordinario. Hoy en la cena lanzaba la pregunta. Uno de los comensales resolvía la complejidad de vender una mina en la China profunda, el otro repasaba sus casi mil viajes a la India, otros callaban recordando sus paseos a la Toscana mientras comía unos deliciosos bucatini all’amatriciana. Los que callaban también viajaban en sus propios recorridos por la existencia. Uno mirando el tono de voz, otro las sensaciones que se desprendían, el otro buceando en los océanos de sensibles sonrisas.
¿Es posible vivir la vida extraordinaria en el mundo ordinario? Preguntaba absorbente por los sabios. En la pregunta muchos olvidaron que ese propio encuentro era extraordinario. La comida abundante, el agua en grandes jarras con limones, la buena compañía entre amigos cada cual más extraordinario y maravilloso. Había esa trampa traviesa para ver quien podía responder desde la sencillez, sin atavismos, sorpresivos por entender que ese instante, único y esplendoroso ya era por sí un milagro.
El mundo tan amplio, tanto lugares por ver y conocer, tantos abrazos por compartir, tantas bellas mujeres y hombres danzando en bosques y praderas descalzos, mirando al sol del mediodía, rozando las manos en la hierba mientras escuchan el canto de las aves del paraíso. Esos momentos en los que comemos melones en el prado o silbamos al jilguero esperando contestación mientras apretamos la mano del niño curioso que todo lo observa, que todo lo embelesa.
Y el atardecer inolvidable sentados en alguna terraza blanca, escuchando los cantos que nacen en la medina mientras bebemos el último trago de zumo. Son tantos los momentos extraordinarios, son tantos los increíbles instantes. Incluso hoy, cuando pasada media noche volvíamos desde el barrio de Salamanca y entramos en otros barrios y durante un buen rato nos perdimos y terminamos en la misma plaza. ¿Cómo era posible tanta desorientación en calles que conocemos al dedillo? Pero ha sido maravilloso porque cuando te pierdes, cuando extravías el norte y la razón de todo cuanto existe es como volver a nacer, como volver a inundarte de la magia del descubrimiento. Y eso también es maravilloso y extraordinario.
(Foto: © Monika Filipowicz)
La milagrosa vida en una tarde de Navidad
La Tierra se desplaza a más de cien mil kilómetros hora. Es un movimiento leve que nuestros sentidos no perciben. Sólo si afinamos sutilmente nuestra percepción podemos escuchar ese viaje cósmico, esa traslación por el universo, ese sonido que resuena de forma maravillosa en su nota clave. En su viaje estamos nosotros, y los bosques, y las cascadas y los animalillos que sobreviven en el desierto y en los mares. Su rotación diaria acoge a mariposas y tulipanes. En su traslación alrededor del Sol, en la precesión de los equinoccios, ese cambio lento y gradual en la orientación del eje de rotación, nace un movimiento imperceptible que puede durar hasta veinticinco mil años donde ocurre la historia y las historias, las grandes y las pequeñas. Somos viajeros galácticos que caminan en la nave Tierra casi sin percibir dicho desplazamiento, grabando en el éter, en la memoria imperceptible, todo cuanto ocurre.
Viajamos de igual forma con el astro Sol, del cual nace otro movimiento imperceptible llamado cadena trófica. Es el movimiento de la corriente de existencia que se traslada de una especie a otra para que los nutrientes y la vida circulen de unos a otros. La fotosíntesis es el mayor de los milagros que permiten esta continuidad en el tiempo y el espacio. Si pudiéramos acelerar ese movimiento escucharíamos su música, el traspaso de vida de unos a otros para que el milagro continúe. Toda la comunidad biológica transfiere nutrientes los unos a los otros. Todos bailan ese ritmo continuo de vida infinita, ese latir compartido. En esta cadena de vida, cada eslabón obtiene la energía necesaria, todo a través del proceso de fotosíntesis mediante el cual se transforma la energía lumínica en energía química gracias al sol, al agua y las sales minerales. De este modo, la energía fluye a través de toda la cadena de forma lineal y ascendente, desde el trozo de hierba de un prado irlandés hasta el águila que vuela en una campiña cualquiera. Hay una pirámide de energía que se dilata y contrae, que se derrama por toda la faz de la tierra produciendo un nuevo sonido, una nueva nota, un nuevo egregor.
El movimiento es hacia dentro y hacia fuera. Todo gira y todo se mueve y todo muta y todo cambia y todo se transforma. Todo el Sistema Solar bulle en agitación continua dentro de la burbuja local del Brazo de Orión, de la galaxia espiral que llamamos Vía Láctea, compartiendo el viaje con más de doscientas mil millones de estrellas. Dentro del Grupo Local nos acompañan Andrómeda y unas treinta galaxias más. Nuestro Grupo Local está contenido dentro del supercúmulo de Virgo, cuyo centro gravitatorio es el denominado Gran Atractor, hacia el cual nos dirigimos. Si seguimos viajando más y más llegamos desde el supercúmulo de Virgo junto con el supercúmulo Hidra-Centauro a una de las cinco partes que integran el Complejo de supercúmulos Piscis-Cetus. Si vamos más allá están los filamentos galácticos, las grandes murallas y el infinito entero.
El viaje es imposible para nuestros limitados sentidos. Seguimos sólo un leve hilo de lo que ocurre gracias a nuestra tímida percepción extrasensorial. Ella nos lleva a recordar que hace dos mil años nació un niño peculiar que vendría a revolucionar el sentido humano de la existencia. Un niño que nos habló de un cielo más allá de nuestro cielo y de una tierra nueva, de un Dios misericordioso que a pesar de todo el cúmulo de estrellas que tiene que atender constantemente, aún, en su infinita generosidad, tiene un plan para la humanidad, un estrecho vínculo de fe y esperanza para que todo ese gran orbe cósmico tenga sentido.
Cuando cierro los ojos y sueño con ese niño y miro a las estrellas surge una leve sonrisa interior. Miro a mi alrededor, respiro profundamente, observo el flujo de vida constante, el latir de todos los seres sintientes, el viaje cósmico por la galaxia infinita, el poso de polvo que cae leve por la corcha que me arropa, el átomo simiente que me anima, las células que corren en su despertar diario. Veo la vida y recuerdo al niño. Veo las estrellas y su aletear silente. Y me embriaga la sensación de fortuna. Me embelesa y hechiza, me embarga y extasía tan poderoso éxodo hacia el sempiterno bramido de Dios.
Seguimos caminando…
Queridos,
Sólo unas breves palabras para daros las gracias por este año maravilloso.
El Proyecto O Couso (www.proyectocouso.org) está llenando de alegrías todo este tiempo.
Gracias a la extrema generosidad de queridos amigos ya hemos conseguido de nuevo ochenta mil euros y estamos a la espera de los últimos veinte mil para dar el salto a la utopía, ese lugar que por no existir, nos hace avanzar.
Allí haremos una escuela de Dones y Talentos, un lugar de meditación, de estudio y de servicio, una casa de acogida, un puente de cocreación con la naturaleza donde plantaremos árboles, jardines y lugares de fuerza y donde nos reuniremos como los antiguos filósofos de la unidad para recrear un mundo mejor.
Este será el reto para el 2014 y esta será la andadura que nos espera.
Siempre con el cariño amistoso, con el calor humano, con la alegría y con amor.
Hablando de amor, en enero saldrá un librito que he podido escribir con el amigo Ramiro Calle y titulado “Amor es Relación”.
Ese es el ambicioso proyecto de O Couso: amar en relación.
Que así sea. Feliz 2014. Feliz punto de Luz.
Un abrazo sentido,
Javier
Sembremos el nuevo mundo
«El secreto del cambio es enfocar toda tu energía no en luchar contra lo viejo sino en construir lo nuevo» (Sócrates).
Eso pensaba ayer mientras atravesaba las calles llenas de cristales, mientras veía como una minoría intentaba rodear el Congreso con la sana intención de protestar contra tanta y tanta injusticia, como la de esa familia que ha muerto envenenada con comida caducada que seguramente recogerían de algún contenedor para poder subsistir un día más. Ayer me aferraba a la idea de que la esperanza podía aún consumir algún halo de vida en esta parálisis de podredumbre, de este asfalto gris y oscuro, de esta convivencia egoísta y artificial a la que hemos llegado.
Cuando todo terminó me quedé al menos una hora escuchando a unos y a otros, con esa curiosidad antropológica por saber los matices de aquellos que viven la realidad desde diferentes prismas y no daba crédito a lo que la gente decía, opinaba, pensaba. Como si el mundo entero fuera ajeno a sus intereses y como si lo único que importara en ese momento y lugar fuera acaparar las bolsas de Navidad.
Sin duda Sócrates tenía razón. Ya no podemos seguir luchando contra lo viejo. Toca llenar los puños de cinceles y martillos, de inteligencia y fuerza para crear la belleza del nuevo mundo, para esculpir la armonía y la delicada nueva era que nos aleje de este monstruo al que ya, excesivamente, nos hemos acostumbrado, y dar paso a ese angélico mundo que merecemos.
Este viejo mundo se desmorona. Su aliento es un gemido que se retuerce en las sombras a la espera de poder explotar en mil pedazos. ¿Y dónde está el nuevo mundo? Sin duda en nuestros corazones, pero aún más en aquellos que aspiran a volver a conectar sus vidas con la creación entera, con la naturaleza, con el alma que alimenta a todos los seres sintientes desde el respeto y la gratitud. Ese nuevo mundo que ya late dentro de nosotros sólo espera ser materializado con valor, sin miedo. Empecemos a sembrar. En el futuro serán otros los que recolecten. No importa. Sembremos. O hagamos los surcos para que otros lo hagan. O busquemos las semillas, o el agua, o la tierra fértil. Seamos partícipes de la nueva tierra que nos espera, sea como sea, con nuestra semilla, con nuestro calor, con nuestra agua, con nuestro amor. Pero sembremos.
Ama hasta que te duela, Segunda edición
Estimados amigos,
tengo el placer de comunicaros que ya está a la venta la segunda edición de «Ama hasta que te duela». Si quieres hacer un bonito regalo de Navidad o quieres que un trozo de este utópico soñador te susurre todas las noches, no olvides pedírselo a los reyes en esta dirección (ahora también en formato ebook):
http://www.editorialdharana.com/catalogo/ama-hasta-que-te-duela?sello=nous
Ama hasta que te duela
Ensayos sobre el amor
Javier León Gómez
Este es un libro para románticos, esa raza que ha sobrevivido a los tiempos de forma poética y a veces, miserable. Y también para personas de carne y hueso, reales, sintientes, con deseos de expresar y experimentar, de amar y ser amados. Amando.
Nostalgia, dolor, sufrimiento, pero también alegría, estupor, felicidad, amor y esperanza, mucha esperanza… Son palabras que derraman alegría y vida en un momento donde amar parece cada vez más difícil. Estos escritos quieren acompañarnos en esa tarea, especialmente para no sentirnos solos, para creer de nuevo en la esperanza del amor y sobre todo, para rescatar del olvido su nobleza, su belleza y su sentir.
Pasión irracional hacia los libros
De mi infancia hay pocas cosas que recuerdo. Una de ellas era aquella estantería donde reposaban algunos libros. Había uno que me gustaba especialmente. Nunca supe como había llegado hasta allí pero siempre estuvo a la derecha de mi cama, con sus hermosas tapas llena de estampados dorados y sus láminas de colores explicando historias de mundos paradisíacos. Tardé muchos años en comprender sus primeras letras y muchos más en descubrir que ese increíble libro que me había acompañado toda la infancia era una hermosa y lujosa versión del Bhagavad Gita.
Había algo irracional que me atraía de aquel objeto aparentemente inanimado. Años más tarde descubrí que los libros son como puntos de luz que albergan sentires, conocimientos, emociones, sabiduría, amor, fuerza, belleza. El objeto en sí no es más que un trozo de papel ordenado cargado de contenidos, pero desde la más lejana infancia aprendí a observar lo que había más allá de ellos, ese lazo invisible que nos atrae o nos repulsa, esa vibración que subyace en otros planos y que de alguna forma hacía que ese Bhagavad Gita influyera positivamente en mi vida. Fue tal su influencia que pronto sentí curiosidad por el estudio comparado de las religiones, por la filosofía, por la mística, por la espiritualidad. Ese primer libro me llevó a otros y otros y otros que se convirtieron en mis guardianes silenciosos, en mis maestros invisibles, en mi jerarquía de valores y conductas. Me enseñaron todo aquello que la vida en sí, la experiencia, no podía ofrecer. Una luz más allá de las formas, un sentido y un propósito más allá de toda circunstancia. Un haz profundo de silencios y vestigios. En este mundo de sombras, los libros eran como llamas, como antorchas pegadas al pecho dispuestas a alumbrar el camino.
Fue tal mi pasión que en la universidad creamos nuestra primera editorial. Conseguimos algún ordenador, alquilamos alguna oficina e intentamos crear revistas y contenidos. No funcionó, demasiado jóvenes, demasiado inexpertos. Tras terminar los estudios tuvimos algún intento para crear en Barcelona una librería. Era un deseo ardiente, una pasión interior. No funcionó. El tercer intento sí funcionó, y lo hizo en una de las circunstancias más difíciles de nuestros tiempos. La triple crisis, la financiera, la digital y la del libro había creado un caldo de cultivo perfecto para que nada progresase, para que todo se derrumbara y para que nada funcionara. Huracanes sacudieron los cimientos del proyecto pero la pasión y el amor hacia este sueño hizo que aguantáramos cualquier enviste.
El domingo estábamos por Estella, cerca de Pamplona, donde íbamos a pasar unos días para hablar sobre un proyecto que de alguna forma también tiene que ver con esa influencia infantil. Un proyecto ambicioso que requerirá años de trabajo y sacrificio, pero que desembocará en la puesta en escena de ese amor hacia la vida.
Tuvimos que volver precipitadamente porque una caja de libros no había llegado a su destino y la única forma de que pudiera hacerlo era estando el lunes temprano en Madrid. Lo dejamos todo y fuimos hasta Madrid y la caja llegó de mano del autor hasta Andalucía puntualmente. Ayer mismo me llamaba nuestra imprenta de Pamplona diciendo que unos libros cuyo destino también era Andalucía no iban a poder estar para el viernes, día de la presentación. Ante estas circunstancias a veces uno se desmorona porque tanto esfuerzo no siempre compensa el resultado. Cogí el coche y conduje toda la noche hasta presentarme esta mañana a primera hora en la imprenta. Esta era la única forma de que los libros pudieran estar mañana en Andalucía para la presentación. Me resultó paradójico contemplar como los libros me habían movido y removido en dos lugares parejos: Navarra y Andalucía. En ambas acciones no habría un resultado económico positivo ya que al ser obras de poco calado comercial el resultado en el balance siempre es negativo. Pero en el balance interior, tanto esfuerzo es compensado siempre por algo difícil de entender, algo que sólo aquel tímido niño que contemplaba las tapas inertes de ese gran libro podría vislumbrar silenciosamente. Si algún día tenéis hijos o ya los tenéis, poned a su lado libros increíbles. Ellos, por las noches, se encargarán de susurrar a su alma grandes motivaciones, hermosos sueños, conductas y valores imposibles de encontrar en el mundo que nos rodea. Dejad algún libro cerca de sus corazones para que con su llama iluminen su camino. Hacedlo. Algo hermoso y bello estaréis sembrando. Algo poderoso estaréis susurrando al espíritu de las cosas.
Hoy he dormido poco tras una larga noche conduciendo. Hacía frío, había niebla y cien peligros rodeaban la vida nocturna. Pero había una llama que me guiaba, había una luz que resplandecía más allá de la noche oscura.
Nada te turbe
Cuando hoy nos tocaba exponer a nosotros parte del proyecto O Couso a un reducido grupo de amigos la verdad es que nos daba vértigo pensar lo que cuesta realizar, ni tan siquiera rozar, esos sueños interiores. A veces es inevitable entrar en esas crisis de fe que te interrogan sobre los porqués de las cosas. Ya casi tengo despejada esa incógnita con un recurso facilón: no me interesan los porqués. Lo complejo es el cómo. Es cierto que cada paso suma, que cada gesto se agradece desde el alma. Pero cada vez somos más conscientes de que alcanzar el ideal siempre ha sido una empresa titánica.
No entendemos de donde sale esa búsqueda, esa llamada, esa conversión que pretende relacionar lo interior con lo exterior sin barreras, sin nada que separe lo uno con lo otro. ¿Por qué hacemos unas cosas y no otras? Realmente la vida plana tiene sus ventajas. Pero cuando pretendes enredarte de forma voluntaria en proyectos ambiciosos uno siempre termina por achacarlo a fuerzas que nos empujan a lo irremediable.
Por alguna extraña razón existe una implicación no sólo intelectual y guerrera, también vital y urgente. Hay un anhelo combatiente, un espíritu que nos gobierna más allá de nuestros intereses particulares. Estamos como entregados a esa pasión por la vida, a ese modelo cocreador que nos arrebata de todo cuanto somos.
Santa Teresa de Jesús ya nos advertía: nada te turbe, nata te espante. Es la eficacia de la paciencia la que produce grandes obras en nosotros y en el mundo. Mira que no reina Dios sino en el alma pacífica y desinteresada, nos decía otro místico, San Juan de la Cruz. El alma que anda en amor, ni cansa, ni se cansa, nos decía. Quizás sea así todo, tan fácil, tan sencillo como entregarse sin miedo a todo ese mundo que nos espera. Seamos pacientes. Seamos valientes ante los retos y la necesidad, ante la urgencia de actuar y el devenir de los tiempos.





























