Vivir es Gozar


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Hoy nos reuníamos alrededor de la chimenea y el cálido hogar en la sierra de Urbasa con un grupo de gente bonita. Había una hermosa mujer, catedrática de filosofía ya jubilada, de un gran poder interior y una extraordinaria belleza profunda que en pocas palabras y con mirada sencilla y cargada de experiencia nos explicaba con ternura que la verdadera vida es la que se goza.

Hablábamos con curiosidad y anhelo de las tradiciones iniciáticas, de místicos y místicas, de la verdadera experiencia de nacer dos veces a eso que ella ha definido como el Misterio. Vivir ese misterio es gozar de la vida, experimentarla desde la sencillez, desde la experiencia del sabio que camina en silencio, alejado del orgullo espiritual, de la erudición intelectual, del creerse más o menos que nadie, de aquel que va por la vida pensado que esta gira alrededor suya, alejados del mercantilismo como los que se generan alrededor de cualquier culto, ya sea de viejo cuño o de esa nueva era de las que todos quieren sacar tajada. En una sociedad de mercaderes, todo vale. Por eso el místico se aleja de ese ruido y obra el milagro del gozo en las cosas sencillas, no olvidando su primordial propósito de servir con humildad en la cocreación del mundo.

Este tipo de encuentros tienen su utilidad porque no dejan de ser una muestra de amor hacia el prójimo, de búsqueda y de compartir. Una especie de impulso que te renueva por dentro para afrontar los retos de lo exterior. Hay un sentido en todo ello. Han pasado miles de años desde que el ser humano empezó a interrogarse sobre su existencia y aún hoy día dudamos de la misma, o simplemente pasamos por ella como si fuera un mero trámite más, como si no fuéramos conscientes de que cada segundo que pasamos hipnotizados viendo la tele o peleando con el prójimo es un segundo menos de experiencia, de oportunidad, de urgencia para hacer lo único que se me ocurre que debemos hacer: vivir con gozo. Y gozar es sacarle el jugo a cada experiencia desde la consciencia de sabernos vivos, de sabernos presente en este eterno aquí y ahora que nos pertenece. ¿Cuántos aquí y ahora más podremos gozar? Sólo sabemos que unos pocos más, así que seamos generosos con la vida y gocemos, hagamos aquello que anhelamos antes de que pase nuestro turno. Esto debería susurrarnos todo los días: “hagamos aquello que anhelamos”. Y gocemos.

(Foto: © Jan Saudek)

Cuando llenamos los ojos de amor, solo vemos amor


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Estamos viajando a Granada. El sol ilumina los campos dormidos del otoño andaluz. El dorado prevalece sobre los tonos añejos. La naturaleza dormita mientras se prepara para el invierno. Dan ganas de tumbarse bajo el sol y dormir plácidamente hasta la próxima primavera. Laderas, ríos, árboles de ribera teñidos de ese ambiente melancólico. No están mal los doce grados de introspección exterior. La naturaleza parece agotada en otoño. Es hora de prepararse, de recogerse para que la vida vuelva a resurgir con esplendor en las próximas estaciones.  Toda la naturaleza contiene en sí misma esos ciclos. Sólo hay que mecer con paciencia el órdago de la espera y ver como florecen los períodos.

Resulta difícil contemplar estas cosas cuando estamos tan sumergidos en las tareas cotidianas, especialmente cuando vivimos en plena ciudad, en esa grisácea epidermis de asfalto. Es cierto que los platarenos que adornan algunas calles pretenden recordarnos en qué parte del ciclo estamos, pero no tiene nada que ver con estar aquí, con los pies enterrados en barro y las manos prensadas con el roce lumínico del sol. Ahora que ya no poseo esta suerte de privilegio envidio sanamente a los que aún conservan el contacto directo con la vida, con el campo, con los bosques, con la salvaje emoción de ser libres con nuestra natural esencia.

Alguien muy querido decía ayer que cuando llenamos los ojos de amor sólo vemos amor. Para que esto ocurra primero debemos quitarnos la venda que tapa nuestra mirada, o al menos arrancar de cuajo todos esos clichés y prejuicios que envilecen nuestra visión. Sólo debemos desvelar, correr el velo que nos oprime, que nos aleja de la savia vital, del poderoso mensaje de la vida. De alguna forma me veo con la obligación moral de volver a esos orígenes primitivos, volver al contacto con la leña en invierno, con el fuego del hogar que se construye con piedra, barro y madera. Cultivar una huerta, recolectar los frutos del bosque, pasear por la ladera buscando setas, rozar con las manos el agua sacada del pozo o bucear en los ríos buscando sus piedras doradas. Ahora que en este viaje puedo recordar que la naturaleza existe y espera paciente nuestro regreso, nuestro abrazo a eso de lo que nunca debimos separarnos, más ganas tengo de retomar esa mirada de amor. Más deseo llenarme la mirada de amor y comprender que sólo así podemos decir que estamos vivos. Arrancadme el velo cuando me pierda en la oscuridad. Agitarme el alma cuando deje de ver.

 

Deja que el amor se haga en nosotros


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Hoy ha sido un día extremadamente maravilloso. Cuando tienes que tomar decisiones arriesgadas y difíciles nunca sabes qué va a mover o qué va a ocurrir. En nuestro caso, el tomar la decisión franca, la que creíamos como correcta y nacida del corazón nos ha hecho vivir momentos muy especiales.

Con la edad uno se da cuenta de que los ritmos del universo son diferentes a los nuestros. Escuchamos la intención, intentamos darle forma desde nuestras propias limitaciones y luego el universo entero conspira para que así sea, eso sí, siempre a un ritmo diferente al nuestro. Por eso a veces hay proyectos que tardan más en llegar, pero llegan si son hechos desde lo más profundo.

Mientras viajábamos esta mañana hacia San Sebastián para asistir a la presentación de un libro Laura me iba leyendo, mientras que conducía atento y meditativo, algunos escritos de apoyo incondicional que íbamos recibiendo tras nuestra carta de ayer. Hay uno que nos ha llamado poderosamente la atención y que resume el sentir de muchos:

Es lo que tiene la Utopía que no entiende de plazos, ni se somete a normas, ni sigue reglas establecidas, hay que dejarla libre, que evolucione a su manera, que se desarrolle a su inteligente voluntad. No sabes lo que me cuesta daros mi número de cuenta, algo dentro de mi se resiste, prefiero que guardes tú el dinero, que lo utilices en cualquier momento, que lo muevas, que fluya que al fin y al cabo es su fin. Considérame una socia de la Utopía”.

Realmente hemos recibido muchos mails con este sentir, lo que sube aún más la presión y la responsabilidad de llevar a buen puerto la irrenunciable utopía. Porque utopía es seguir avanzando hacia ese lugar, y al hacerlo, nos acercamos cada vez más al propósito de todo: dejar que el amor se haga en nosotros.

Tal y como lo expresa la bella Carta a los Colosenses en su profunda exhortación al amor: “revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sobre todo, revístanse de amor, que es el vínculo de la perfección”.

Esto, y no otra cosa, es lo que deseamos con nuestra particular utopía, revestirnos de amor y compartirlo con dulzura, paciencia, humildad y benevolencia. Lo haremos en todos nuestros actos, acompañados de nuestras imperfecciones y errores, pero con la sabiduría que el tiempo nos hará de otorgar. Y la experiencia de estos días nos está ayudando a fortalecer nuestra fe en ese propósito. Así que gracias de corazón por todo lo que estamos recibiendo y gracias por seguir creyendo en este vuestro también sueño. Estoy convencido de que pronto habrá noticias muy positivas al respecto. Seguimos caminando dulcemente…

(Foto: © Олег и Алексей Ловцовы)

Un hombre rebelde es un hombre que dice no


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 ¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. (…) El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo) da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es. (Albert Camus)

Lo decía Camus desde su expresividad máxima. Una especie de levantamiento vital hacia todo aquello que, desde el primer momento, fuera motivo de rebeldía. Mañana hará cien años que nació y aún recuerdo cuando entre las aulas universitarias lo leía a hurtadillas, intentado imitar ese papel rebelde que nace de las entrañas de la moral, el valor y el absoluto.

Prevenirnos de la tiranía, especialmente de la tiranía de nosotros mismos, es un motivo de dificultad existencial. El reencuentro con la libertad individual y colectiva sólo puede nacer desde la descomposición histórica, metafísica y artística del ser humano contra lo anquilosado, lo caduco y lo efímero. Si levantamos el horizonte de nuestra mirada miope y limitada comprendemos que la visión de lo que se alza más allá de nosotros mismos nos exige, si acaso estamos vivos, la voluntad necesaria para avanzar hacia la infinitud que se presenta de frente. Ahí es donde nace la rebeldía. Ahí surge como una chispa ardiente la necesaria voluntad de avanzar más allá de los garrotes de nuestras circunstancias pasajeras y más allá de nuestros miedos y vicisitudes.

No hay necesariamente un escenario, ni un camino, ni un razonamiento. Lo normal debería ser el poseer la capacidad para soñar mil escenarios, deambular por mil caminos insurgentes y sugerir extrañas explicaciones para comprender y ordenar un mundo aparentemente caótico y sin sentido. Nuestros sentidos deberían estar orientados a revolucionar constantemente nuestras vidas desde la sosegada implicación con el mundo.

Camus decía que negar no es renunciar. Más bien negar es plantar cara a situaciones injustas, a inmorales posicionamientos o sistemáticas violaciones de la libertad individual y colectiva. Existe en ese sentido una responsabilidad emancipatoria, y tiene que ver con la ética de la acción. ¿Cómo quedar inmóviles al borde del camino si vemos que nuestra participación activa puede transformar el mundo? Cada pensamiento, cada sentimiento y cada acción repercute en la suma de consecuencias que diariamente ocurren. ¿Cómo no ser conscientes de ello? ¿Cómo no estar despiertos a la suprema realidad de que cada ápice de cosa que nos atraviesa, de alguna forma juega un papel importante en los acontecimientos de nuestro planeta? La suma de acciones diarias, de cientos de millones de almas actuando en un mismo tiempo pueden, deben, transformar el mundo que habitamos.

De ahí la ética de la acción, hacer que los medios sean los mejores para alcanzar fines mejores. Y de ahí nuestra responsabilidad a la hora de asumir nuestros mejores pensamientos, nuestros mejores deseos y nuestros pequeños actos cotidianos. Seamos rebeldes y levantémonos contra nosotros mismos si es necesario. Esa será la única prueba palpable de que realmente estamos vivos.

Camus cumple cien años y nosotros, ahora, en este tiempo, empezamos a comprender la necesidad de la rebeldía ante el orden establecido. Nos sumamos a Camus, como siempre hicimos desde que la humanidad despertó del feudalismo, y nos alzamos ante el látigo de la injusticia, plantando cara, sin miedo, a nuestros propios desórdenes interiores. Asumimos nuestra imperfección y nos rebelamos ante ella. Eso nos hace humanos. Eso nos hace sabios. Tenemos una importante responsabilidad individual con el universo entero, con la existencia omniabarcante. Seamos consecuentes. Seamos rebeldes.

A los que mueren


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Hace un año a mi padre le diagnosticaron alzhéimer. Desde entonces la degeneración ha sido imparable hasta el punto de que la última vez que estuvimos juntos, durante un lapsos de tiempo, no me reconocía. El problema, terrible además, de este tipo de enfermedades, es sobre todo a las personas y familiares que lo padecen de forma paralela. El sufrimiento, el dolor, el cansancio de tener que soportar episodios duros, muy duros, se va acumulando, enterrando en vida a todos los que le rodean.

Cuando los amigos me preguntan de donde saco tanta capacidad de trabajo para hacer tantas cosas a la vez y que todo salga adelante contesto con silencio. De alguna forma soy consciente, día a día, de que algo está muriendo en nosotros. De que estamos en una inevitable cuenta atrás que se despierta en cuestión de tiempo. Realmente los que estamos vivos, de alguna forma, estamos avanzando imparables hacia eso que llamamos muerte. Ese pensamiento da vértigo, de ahí la ansiedad existencial por aprovechar hasta el último minuto de vida realizando todo aquello con lo que alguna vez siempre había soñado.

La cuenta atrás de mi padre es palpable. Según los médicos más optimistas será cuestión de años, quizás unos seis o siete según avance la enfermedad incurable. Pero la nuestra, la de cada uno de nosotros es así de igual forma. ¿Qué tiempo real nos queda? ¿Cincuenta años, diez años, un año, un mes, un día, un solo segundo más? Realmente no lo sabemos.

Mientras ayer pintaba el local e intentaba al mismo tiempo atender las obligaciones editoriales miraba por la calle a los niños disfrazados de muerte en la fiesta de Todos los Santos. Realmente, a pesar de que exista un día dedicado a la muerte, no le damos el tributo y la necesaria importancia. La disfrazamos de simpáticas calabazas y hacemos de este día un día festivo. Esa es la sensación de la mayoría de seres. Que viven en una especie de fiesta interminable que no tendrá nunca fin. Pura supervivencia psicológica. Sin embargo, los que miramos la muerte de frente día a día, segundo a segundo, sabemos que la fiesta se acaba y que ese ocaso podría llegar mañana mismo, en diez segundos, quien sabe.

De ahí la insistencia en cuidar en todo lo que podamos nuestros cuerpos, que vivamos una vida sana para tener unas herramientas útiles y atentas. Cualquier descuido puede ser fatal a medio o largo plazo. Inclusive cualquier descuido milimétrico puede segar nuestras vidas. Son tantos y tantos los accidentes mortales que ocurren por simple descuido. Estemos atentos, seamos conscientes de que morimos día a día, y de que, al mismo tiempo, estamos llenos de vida.

La ciencia de impresión


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¿De donde recibe el árbol todo su potencial? ¿Qué es aquello que le impresiona para hacerlo como es? Parece sorprendente pensar que una semilla, a veces mucho más pequeña que un grano de mostaza, pueda desarrollar algo tan fuerte y poderoso como un árbol.

En nuestro mundo humano ocurre algo parecido. ¿De dónde recibe el ser humano todo su potencial? Físicamente parece estar claro. La suma de dos pequeños elementos cuya composición crea una multiplicación casi infinita que le da forma y vida. Hay algo que escapa aparentemente a esa matemática. En cuanto profundizamos en la psicología de la mente, nos sorprende reflexionar sobre el potencial mecanismo de la inteligencia, la percepción y la consciencia.

El cerebro parece actuar como un receptor de radio cuyas frecuencias, el pensamiento, cambia según vamos cambiando. ¿Quién es el emisor? El Kybalion lo llama Mente. Todo es mente, se atreve a decir. Siendo así, de ser así, hay algo que nos hace pensar unas u otras cosas, o, si vamos más allá, somos capaces de explorar en frecuencias desconocidas, en consciencias diferentes, en racionamientos que nos llevan a lógicas apasionantes capaces de crear música, arte, ciencia, belleza…

A veces tenemos la sensación de que cierta sensibilidad nos aproxima a impresiones que vienen más allá de nosotros mismos. Impresiones que reconocemos como ajenas a nuestras lógicas y razonamientos. Es como si el universo entero tuviera una nota que vibra desde lo más profundo de las galaxias y nosotros, en excepcionales momentos de lucidez, somos capaces de captar y de dejarnos impresionar por su belleza y profundidad. Otra cosa es saber interpretar esa nota cósmica. ¿Qué desea comunicarnos? ¿Qué es eso que pretende con su impresión en nuestras almas?

Quizás una mente entrenada podría llegar alguna vez a interpretar el mundo desde una perspectiva amplia y desapegada. Es cierto que nuestro propio cristal interior, a veces distorsionado o turbio, provoca desproporción en todo lo que vemos. Por eso quizás algún día exista una ciencia capaz de resolver la lejana perspectiva entre lo que Es y lo que creemos o percibimos. La ciencia de impresión, capaz de aproximarnos cada vez más a aquello que nace desde lo más infinito y lo más misterioso.

(Foto: © Andy Prokh)

Instrumentos de la vida


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No tenemos tiempo de digerir tantas experiencias, tantas caras bonitas, tantos abrazos sentidos. Hace dos días comíamos con D. y P. en un hermoso  encuentro de almas que se quieren, se respetan y sienten cariño. Esa otra familia extensa que está ahí, que se preocupa por nuestras cosas, que apoyan la amistad desde los pequeños gestos, esos que siempre nos hacen grandes. D. y P. estaban felices, se les notaba, tras tantas y tantas décadas juntos, enamorados y felices a pesar de las dificultades y las cosas del camino. Felices paseando cogidos de la mano y mirando el futuro con optimismo y esperanza. Para nosotros, por motivos que ellos conocen perfectamente, son todo un ejemplo de superación y coraje. Nuestra admiración por su sencillez y generosidad infinita siempre nos acompaña. Además, cosas de la vida, sin querer queriendo, nos pusieron en la pista de una cosa bonita que forma parte de un viejo sueño que intenté alcanzar hace ahora justo un año.

Y ese sueño se materializó de forma mágica hoy sábado, acompañándonos en el acto ritual de toma de posesión los entrañables amigos I. y M. No podíamos creer que los sueños se materializaran justamente cuando dejas de buscar, cuando dejas de hacer, cuando dejas de preocuparte. Es como si de alguna forma eso facilitara el que todo se precipitara. Sabemos e intuimos con mucha claridad el camino a seguir. Es como si tuviéramos la certeza interior desde hace mucho tiempo de hacia donde vamos y tras mucho esfuerzo hubiéramos dedicado gran parte de este largo periodo a estudiar e investigar el camino. Hoy se acrecentaba esa idea. Era como una confirmación de que todo aquello que habíamos proyectado tarde o temprano, inevitablemente, tendría que suceder. Y todo nos lleva al mismo punto, a la misma conclusión.

Hoy le decíamos a I. y M. que todos los seres vivimos una especie de vida extraordinaria, de alguna forma privilegiada. Es cierto que siempre hay momentos difíciles, muy difíciles, que esta crisis nos está enseñando a todos muchas cosas, pero también estamos aprendiendo a no perder la dignidad, a seguir luchando contra la adversidad y la pérdida, a valorar la importancia de las pequeñas cosas. Somos personas que estamos aprendiendo que la austeridad no es tan mala. Que no tenemos necesidad de gastar en excesos ni de gastar energía en cosas que no tengan un beneficio para el bien común. Empezamos como humanidad a cuidarnos más para ser buenos instrumentos de aquello que consideramos bueno para todos. No hay engaño posible, ni máscara, ni mentira en un mundo cada día más traslucido y transparente. Sólo ganas de seguir avanzando por la senda misteriosa de la vida, hasta que la vida quiera. ¿Nos damos cuenta de este pequeño detalle? Cada día más, porque cada día estamos más vivos y conscientes.

(Foto: © Angéla Vicedomini)

A esa corriente de vida


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No podemos esperar a que todo cambie. De alguna u otra forma tenemos la obligación moral de actuar. No importa como. En lo pequeño o en lo grande, en lo visible o en lo invisible. Debemos convertirnos en amor, debemos abrazar la corriente de amor y vida que todo lo recorre y abraza. ¿Qué es amor? ¿Qué es vida? Amor es fluir con la vida en el instante presente, es respetar y comprender la diferencia, abrazar la unidad de todas las cosas y estrechar el cerco entre lo que nos separa y nos une. Amor es vida fluyendo desde el misterio, tomando forma en la forma de un río, de un águila imperial, de una amapola. Desde la frágil caída de una gota al torrente imparable de un aluvión. La vida es tormenta pero también calma.

Sea como sea, nos debemos a esa urgencia tranquila, a ese despertar luminiscente, a esa lucidez que nos transporta a una visión diferente, posible, amable. El sufrimiento nace de nuestra perspectiva sesgada. Lo que nos limita nos aprisiona y así hasta la saciedad. ¿Por qué conformarnos? Decididamente algo habrá que hacer, aunque sea no hacer nada desde ese centro del huracán donde todo parece un punto de quietud, una ola tranquila de cualquier tarde veraniega.

Lo apacible, lo ígneo nos golpea en la frente y atraviesa la glándula de la observación, de la intuición inquietante. A veces sólo debemos parar nuestras vidas para comprender la conexión con todo y nuestra parte en este incesante ruido exterior. La paz nos calma, la voz interior maneja el sentido de las palabras perdidas, del ocaso de las sensaciones. Podemos vociferar más alto pero no más claro que el verbo que todo lo emana. Hay un cierto sosiego cuando comprendes que nuestra impermanencia tiene fecha de caducidad. Lo comprendí ayer mismo cuando por un segundo, quizás por algo menos, estuve a punto de ser atropellado por un gran autobús. A veces la vida es así, un segundo de instante puede cambiar nuestras vidas, o extinguirlas. Ese segundo me dotó de lucidez, de comprender que la vida es sagrada, que hay que cuidarla, mimarla a cada momento estando atentos y completamente despiertos. Ayer faltó un segundo de descuido para acabar con todo lo existente. Mañana habrán miles de segundos más en los que profundizar desde la atención profunda. Exactamente 86.400 segundos de instante. Estemos atentos, vivamos serenamente, pero con urgencia y atención. La corriente de amor nos espera. La corriente de vida que no cesa a pesar de nosotros. No caigamos en la tentación de dejarnos arrastrar por el descuido. Más líbranos, oh incesante Universo, de toda oscuridad y mal.

 

 

 

Entrégate al proceso


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Hoy hemos empezado una nueva ronda de conferencias junto a Emilio Carrillo. Esta tarde hemos disfruta de Cuenca y mañana será Gandía y el sábado Valencia. En las cenas que se realizan después de cada conferencia conoces a personas muy interesantes, que están viviendo en sus propias carnes algún tipo de proceso existencial. Al menos, son conscientes de ese proceso, de ese particular cambio hacia algún tipo de nueva vibración, de nueva honda.

Emilio explicaba bien la necesidad de entregarnos a ese proceso sin oponer resistencias basadas en el miedo o temor. Cuando conscientemente te veas en un proceso de caída o subida, entrégate al mismo. Si opones resistencia, decía, el proceso se alarga indefinidamente y el sufrimiento se acrecienta. Aceptar esa experiencia nos ayuda a evolucionar interiormente de alguna forma. Las noches oscuras del alma son meros paisajes para progresar, a sabiendas de que luego llegan los días claros y lúcidos.

Hay personas, decía, que no aceptan ningún tipo de proceso. Tejen barreras continuas y construyen obstáculos donde no los hay. Los miedos, las inseguridades hacen que pongamos minas antipersonales en los caminos que debemos hollar. ¿Por qué temer? ¿Por qué no enfrentarnos abierta y libremente a esa experiencia? La entrega, la aceptación de los hechos nos servirá para entender todo lo que está ocurriendo y para facilitar la lección que debemos vivir.

Eso mismo nos ocurre estos días con respecto al proyecto O Couso. Es cierto que podríamos buscar cientos de obstáculos, limitaciones y dificultades que podrían alejarnos del proyecto. Seguramente habrá que hollarlos, pero estamos entregados a la causa y aceptamos cualquier reto. No nos importa que no exista luz ni agua o que la casa esté desvalida y necesite una gran reforma. Sabemos que esas dificultades nos harán más fuertes y sabios.

Nuestra visión nos hace pensar en las futuras generaciones y en el sacrificio que deberemos acometer por ser pioneros en este nuevo paradigma que está naciendo. Sabemos que habrá dificultades pero las aceptamos como parte de la enseñanza. Nos entregamos sin barreras, sin construir obstáculos. Sólo buscando soluciones prácticas a las dificultades que se vayan a presentar y de las que somos totalmente conscientes. Sentimos una seguridad interior a prueba de bombas y de ahí que aceptemos con calma todo cuanto venga.

Nos entregamos al proceso al que hemos sido invitados e intentamos trabajar con convicción y proeza. Nuestra meta es el propio Camino y no habrá mayor recompensa que la de cumplir con nuestra parte, sea la que sea. Es ahí donde nos sentimos fielmente identificados, en la necesidad de cumplir nuestra parte. Sin miedos, sin dudas, sin recelos. Guiándonos ampliamente por el corazón inteligente.

(Foto: © Alex Shoykhetbrod)

¿Hacia una sociedad participativa?


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Los tremendos ajustes que se están llevando en medio mundo ante el aparente fracaso del Estado del Bienestar, están llevando a países como Holanda a meter la llaga en el ojo de este modelo, olvidando que el fracaso no ha sido de este modelo, sino de las malas prácticas de un sistema financiero depredador mal organizado. ¿Por qué culpar al Estado del Bienestar cuando se está dotando al sistema financiero del doble o el triple de recursos que requiere este modelo para salvarlo de la quiebra? ¿Por qué seguimos recortando en sanidad, educación, cultura y ahora las sagradas pensiones al mismo tiempo que regalamos con nuestros impuestos el rescate de la banca?

Dicen en Holanda que tenemos que pasar de un modelo de Estado del Bienestar a una sociedad más participativa. Estoy de acuerdo en lo segundo, pero sin desgranar lo primero. El Estado del Bienestar tiene que seguir profundizando en sus mejoras y buscar fórmulas apropiadas para los nuevos tiempos, en los que el ciudadano, cada día más emancipado de los estados, la política y los gobiernos, sean capaces de autogestionar la mayoría de sus necesidades y recursos.

En ese sentido, estoy de acuerdo en el cabreo de algunos territorios, que, dicho sea de paso, de forma egoísta quieren romper con un modelo para, a continuación, reproducirlo de forma exacta. Entiendo que Cataluña, o parte de algunos catalanes, deseen emanciparse de un Estado-Leviatán, pero de la misma forma, ese territorio debería comprender que somos todos los ciudadanos libres los que deseamos emanciparnos del expolio económico al que estamos sometidos como individuos.

Ayer un amigo me escribía para quejarse de que le habían recortado el 25% de su nómina para pagar IRPF. Se sentía expoliado y también demandaba su derecho a decidir si desea o no participar en este Estado. Dicho así, ¿por qué un territorio debería tener derecho a decidir y no sus ciudadanos? ¿Podría también yo pedir mi independencia unilateral del Estado, sea cual sea su ordenamiento? ¿Tendría derecho a decidir si dedico el 35% de mis impuestos a pagar el rescate de la banca, o el 15% de los mismos a mantener un ejército medieval o el 10% de los mismos a mantener una clase ociosa y privilegiada llamada políticos?

Claro que queremos una sociedad participativa, pero no a costa de recortar derechos conseguidos con el esfuerzo de muchas generaciones. Queremos tener derecho a decidir sobre cuestiones importantes y sobre todo, queremos tener el derecho a participar o no de este Sistema que pretende organizar nuestras necesidades y obligaciones de forma aún torpe e imperfecta. ¿Cómo hacerlo para el beneficio de todos, absolutamente todos?

Sigamos haciendo camino, y si hay miedo, lo hacemos CON miedo


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Estaba sentado en un rincón de la biblioteca que hay en Conde Duque. Desde aquí tengo un gran ventanal que me acompaña mientras escribo todas las tardes, un tranquilo rincón desde el que diviso grandes árboles que nos empujan fuera, nos arrebatan a ese mundo de sueños y descubrimientos más allá de la rutina y el tedio. Mirando sus hojas y amplios tallos me acordé de una amiga, que de alguna forma se ha convertido en un referente, en una guía, en esa sensación extraña a la hora de radicalizar la vida.

No es la primera vez que esa sensación nos persigue. La tenemos identificada y sabemos que no se trata de una huida, si no de una apuesta radical hacia un modelo de vida diferente. Asusta porque esa forma de guiarnos hacia la radicalidad, alejados ya, por fin, del cómodo y facilón camino medio, produce vértigo.  Nos damos cuenta, escribiendo en voz alta, que no deseamos ser parte de algo grande y ambicioso. Que no deseamos ser partícipes de ese hormiguero oscuro en el que hemos dejado de creer. Lo que realmente nos motiva, lo que realmente se retuerce en nuestro interior es la idea de dejarlo todo y marcharnos a ese lugar tranquilo, tan lleno de calma, a quitar hierbas y limpiar piedra a piedra todos los muros de la casa. No es un proyecto baladí ni improvisado, es la consecución de una trayectoria que ha campeado por demasiadas sendas baldías. Me refiero a esas sendas que la sociedad nos marca como correctas. “Servir a las cosas, servir al tedio”. Y la idea de marcharnos a quitar hierbas es en realidad un acto de radicalidad profunda, de estoica filosofía, de pura mística al servicio de la razón, de efervescencia rebelde inclinada a resolver, desde un acto sencillo, una compleja realidad de la que ya no queremos ser partícipes. Ya no podemos seguir sirviendo a dos amos desde la comodidad del camino medio. Es hora de convertirnos en pescadores y dejarlo todo para ganarlo todo.

«De qué sirve ganar, si no ganan conmigo los que vienen detrás», nos dice León Gieco… «Sigamos haciendo nuestro camino, y si hay miedo, lo hacemos CON miedo», decía hoy en una red social un buen amigo.

Septiembre casi consigue absorbernos con sus diez mil cosas. Pero ahí están los árboles que también se retuercen y gritan al viento su propia melodía, recordándonos a cada instante la urgencia del vivir.

“¿Qué hacemos? ¿A qué esperamos? ¿Que es eso que nos debilita y nos aprisiona de esta manera? ¿Cómo percibes ahora tu inquietud después de tu segundo viaje a Escocia? Cuéntame porque necesito saber qué sientes tras tanto y tanto cambio interior. El mío, que está a punto de caramelo para terminar de lanzarme a ese salto necesario, sólo espera paciente ese empujoncito final”. Esto le escribía hoy a una amiga deseosa de radicalizar su vida, de caminar su vida, con o sin miedo. En esas estamos, caminando, sin duda, convencidos, firmes.

Networking, todas las cosas son importantes


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Estoy en el café la Luz, en la calle el Barco, esperando a L. para preparar la campaña de otoño en la editorial. Como periodista, nos ayuda para llegar allí donde resulta difícil llegar y sobre todo, para comunicar que estamos aquí, que somos una empresa editorial y que tenemos algo para compartir.

Ayer a las nueve quedé en la sede de los constructores del adytum con M. Pasamos una larga noche hablando sobre proyectos, sobre futuros y sobre recuerdos. Su empresa va bien y ya tiene oficinas en Madrid y New York, con proyectos a nivel internacional. Sentí felicidad por ver que hay empresas que funcionan, que trabajan bien y que además muestran generosidad. En un momento difícil que ya ni recordaba, la empresa de M. ayudó a nuestra empresa a seguir adelante, así que el agradecimiento siempre es doble, por la amistad y por el apoyo.

Este mes es un mes de reuniones, de encuentros, de apertura, de apoyos y cooperación. Todas son importantes, porque todas aportan algún tipo de estímulo adicional, de idea, de sugerencia para progresar y compartir en la magia del propósito.

Ayer llegué a las tres de la mañana a casa. Algo infrecuente en alguien que suele acostarse a media noche en punto. En el camino de vuelta, más allá de la reflexión empresarial, entramos en reflexiones metafísicas. ¿Cuál es nuestra misión en la vida? M. había tenido un sugerente sueño donde tenía un accidente de avión y se decía a sí mismo: todo para esto. Ese “todo para esto” nos hizo pensar sobre la importancia de vivir cada instante, cada relación, cada momento como único e imprescindible. Si fuéramos puntos de luz, ¿dónde estaría el límite de nuestra extinción?

El otro día una buena persona me hablaba de invertir quince millones de euros en un ambicioso proyecto. Me recordó a ese otro amigo que un día llegó a la Montaña desde Brasil para poner sobre la mesa cuatro millones de euros para poner en marcha el proyecto de la fundación Los Ángeles. El baile de números a veces marea porque uno debe medir bien en qué clase de prisión desea meterse por el resto de sus días para cuando todo acabe, no tengamos esa sensación de y “todo para esto”.

Realmente hay algo que nos llena de vida cuando sabemos trabajar en algo que nos supera en propósito y libertad. No se trata de trabajar ciegamente en cualquier cosa, o lanzarnos súbitamente a la tentación de cualquier idea o proyecto. Uno siempre debe respirar profundamente y sentir qué es aquello que realmente recorre nuestras venas. Y luego, certeramente, pensar cual es la necesidad de eso que recorre las venas del mundo. ¿Cómo trabajar en nuestra encomienda? ¿Cómo participar en este ciclo maravilloso que es la vida?

Sea como sea, todas las cosas son importantes. Por eso es significativo reunirnos los unos con los otros y ver las maneras de colaborar en esa red de constructores de un mundo bueno. No tengamos miedo en afrontar nuestra parte, y trabajar en ella.

No es el viento, sino la colocación de las velas


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Todos elegimos lo que deseamos ser. Nadie nos empuja ni obliga. Podemos embaucarnos a nosotros mismos pensando que es así, pero no lo es. El mismo viento que impulsa una nave contra las rocas pudo impulsarla hacia un refugio seguro. En pocas palabras, no es el viento, sino la colocación de las velas. Un hombre que niega esta verdad es un débil que desea echarle la culpa a otros por el rumbo de su vida. Capitanes y reyes, de Taylor Caldwell.

Hay dos caminos posibles, o quizás existan infinitos caminos pero dos direcciones claras. Una la que nos lleva hacia nosotros mismos y la otra la que nos aleja de nuestra luz interior. La primera nos obliga a profundizar en aquellas experiencias que nos han acercado a la miel del espíritu. Como decía Nietzsche, nos convertimos en colectores de ese conocimiento dulce y amable.

El otro camino es una tragedia. Nos obliga a alejarnos de nosotros mismos, a ser auténticos desconocidos ante la presencia de nuestra alma interior, de nuestra construcción infinita. Es normal que ocurra. Si nunca nos hemos buscado, ¿cómo íbamos a encontrarnos algún día?

La búsqueda interior siempre empieza con una llamada, como esas doce campanadas que retumban de repente al mediodía aproximándonos a una realidad que hasta entonces habíamos ignorado. Es un grito atronador en nuestro interior que sentimos con esa abrasadora fuerza, con esa claridad inusual. A partir de ese momento, el resto de la vida sólo tiene sentido si las vivencias superan el deseo de volver a sentir ese mediodía. Necesitamos esa sed, esa hambruna que nos haga buscar en todas las flores de este nuevo jardín la miel brillante y transformadora.

Ante esa llamada hacia el interior nos toca recolocar las velas y adoptar la figura de capitán de un nuevo navío que desea zarpar hacia incógnitos mares. ¿Hacia donde nos conducirá ese viaje? Siempre dependerá de esa cuestión que tanto nos preocupa desde eones: traer algo a casa, como decía crítico Nietzsche. Pero, ¿quién tiene la osadía suficiente para olvidarse de ese algo efímero y lanzarse a la aventura con nuestros cinco sentidos? ¿Quién es capaz de dejar esa filosofía de la mañana, traslúcida y trasparente, para meterse de lleno en el mediodía de sus vidas a bucear en los oscuros océanos y contemplar desde cualquier isla desierta esos atardeceres imposibles?

La vida sigue ahí, invocando sus misterios. Y nosotros seguimos aquí, sin conocernos a nosotros mismos, alejados de nosotros mismos, ajenos a nuestro sentir y verdadera vocación interior porque nunca dedicamos un ápice de tiempo y entusiasmo a pensar sobre nosotros, a dudar sobre nosotros, a escribir en un nuevo libro de sabiduría todo aquello que somos y queremos ser.

La osadía que nace del autoconocimiento no deja dudas hacia el rumbo que debemos tomar. El otro, reflejo fiel del nosotros, nos espera para potenciar así la vivencia de la vida plena. El otro como escenario donde potenciar los valores que han de gobernar el futuro de la nueva vida. El otro como despertar hacia esa luz interior que nos lleva irremediablemente a contemplar al mundo desde la alianza y la versatilidad de lo posible. La cooperación y la cocreación nos espera en ese nuevo mundo que nace del conocimiento de nosotros mismos, los osados y atrevidos conocedores.

La grandeza de ser amantes


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«Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio«. Ghandi

Amar la partícula minúscula de un pétalo de amor. Amar el átomo que roza nuestras mejillas o ese haz de luz que atraviesa nuestras ventanas. Permitir abrazar esa música o ese cuadro, ese baile o esa tropa de excursionistas que vienen de un agotador fin de semana. Abrazar con fuerza irreductible, con amor profundo a los amigos que dejas atrás y que no sabes cuando volverás a ver de nuevo. Qué grandeza la de ser amantes de todo cuanto existe, de bailar al son de todo cuanto se mueve.

Dos días para completar no sólo una mudanza, sino para demostrar que el amor a veces es capaz de vencer lo conveniente, la vida fácil y cómoda desplegada en un paraíso atómico, cargado de belleza, paz y tranquilidad. Es hermoso ver y observar como a veces uno es capaz de renunciar a todo eso, y más, con tal de vivir el sueño, la grandeza del amor, de la esperanza y de la fe en un mundo amoroso, sabio, comprensible, tierno, infinito.

¿Qué música palpita dentro de aquellos que lo dan todo por nada? ¿Qué cosa es esa capaz de mover a un ser a desplegar toda su grandeza para reducirla a una sola mota de humilde aportación?

Ya estamos en Madrid, ya hemos cerrado un ciclo más y se abre de nuevo la aventura y el reto. Aquí no tenemos hermosas calas donde pasear con los pies descalzos, ni esos chiringuitos donde tomábamos los batidos de chocolate que tanto me gustan. No nos importa, porque ahora viene la utopía, y necesitamos centrar los esfuerzos en la misma. Queremos abrazarla y ser sus amantes, para algún día, ser como esa minúscula partícula o haz de luz. Queremos ser grandes, ser amantes de todo cuanto existe, desde lo pequeño, desde el silencio, desde la humilde aportación de nuestras vidas al eterno ciclo de la existencia.

(Foto: Hoy en la despedida de Cadaqués y amigos, con el coche al fondo preparado para la aventura, cargado de fe y esperanzas).

 

 

La difícil tarea de construir un sueño


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«No te juzgues por tus fallos… abrázalos con el mismo amor que haces con tus éxitos… al fin y al cabo, de eso nos componemos, de luz y oscuridad. Pero más allá de eso estamos nosotros brillando en nuestra quietud y nuestro propósito interior. Cuando buscamos esa llama, esa luz, perdemos por el camino muchas, muchas, muchas cosas… pero ganamos una cosa irrenunciable, nos ganamos a nosotros mismos, nuestra libertad y nuestra vida. Eso no tiene precio. Todos tenemos días malos, meses malos, años peores. No importa, lo importante es nuestra actitud ante esos retos y la transformación inevitable ante los mismos«. J.L.

Hay personas que son soñadoras y proyectores. Tienen un poder desarrollado capaz de materializar cualquier sueño o proyecto que imaginen, por ambicioso que sea. Buscan siempre las formas y las herramientas, los retos y los obstáculos adecuados para hacer de ellos impulsos que les eleven hacia la realización. No temen las barreras, no se anquilosan ante el desplante o la falta de oportunidades. No son capaces de inmovilizarse o de abandonar aquello por lo que creen firmemente.

Cuando conectan con un sueño, con la expresión profunda de un sentir que nace desde lo más hondo del interior, como si la vida les fuera en ello, se agarran a las dificultades para hacerlas su aliado.

Los sueños no son más que las señales inequívocas de aquellas cosas que tenemos pendientes. Es como si alguien proyectara en nuestra mente ese propósito interior que no somos capaces de ver o sentir, de escuchar ante el ruido diario y constante de la vida cotidiana.

Pero cuando, gracias al silencio interior, se escucha claramente, ya sólo queda un camino, el camino de la realización, de la intención, del impulso que nos eleva a remover cielo y tierra para alcanzar nuestras metas más nobles.

Tres meses encerrado en un zulo, ante el calor de la oscuridad y el silencio más absoluto dan para mucha reflexión interior. La primera apertura exterior fue para centrar aún más esa concentración conseguida. En la majestuosa sierra de Gredos se afianzó, en un increíble retiro Vipassana la agudeza del sueño, del propósito. Allí me topé con la impermanencia de todas las cosas, pero también con el sentido profundo de las mismas. Y especialmente, a estar atento, siempre atento a las señales del Camino.

Esa atención profunda, tras rechazar sendas invitaciones a Japón y Mozambique, me llevaron durante cuarenta días a atravesar las innegables cumbres del Camino de Santiago. Tres meses de profunda reflexión en una cueva oscura, diez intensos días de retiro en absoluto silencio y meditación más cuarenta días de abstracción profunda siguiendo las señales del Camino.

Estos acontecimientos, unos seguidos de otros, no parecían dispersar mi atención. Más bien todo lo contrario, se mostraban como un regalo para orientar el Camino. Centraban aún más el sueño, el propósito, el lúcido despertar hacia el Camino del Alma. Y ese Camino, que anteriormente había sido figurado y teñido de trampas y tentaciones que no pretendían otra cosa que desviarnos, ahora se mostraba dulce y amable, sereno, fuerte, dócil. Y a pesar de que en todo camino hay piedras, han podido ser superadas por la claridad y la confianza interior, sin menguar ni un ápice, sin ceder ni un solo milímetro sobre los pies. Por eso ahora nos lanzamos al mismo con esa decisión aplastante, superando uno a uno todos los obstáculos. Porque cuando la certeza nace en el interior, nada puede demorar la difícil tarea de construir un sueño.

Sobre la tragedia


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Escribo desde Madrid, desolado, incrédulo ante lo ocurrido en Santiago, en el mismo lugar por donde pasé hace tan solo un par de meses. La muerte siempre resulta dura, pero cuando es cercana y trágica y en masa la desconfianza es aplastante. Desconfianza por sabernos tan frágiles, por no ser del todo conscientes de que cualquier error, por minúsculo que sea, puede terminar en trágico final. La fatalidad acecha a cada instante sin darnos cuenta. Lo he notado estos días de intensos viajes en coche, donde de repente un loco aparecía de la nada provocando repentinos frenazos o un despistado se dormía al volante balanceando el camión que daba tumbos de un lado para otro. Hoy, en el trayecto de Córdoba a Madrid viajaba aún más atento y precavido, viendo como todo puede terminar en un soplo de aliento.

Ochenta vidas sesgadas, así, de repente, es cruel y duro. Me interrogo por cada una de esas existencias aisladas. Por sus familias destrozadas, por sus huérfanos o viudas o amigos que no acaban de creerse la noticia. Me hace pensar que mañana, o quizás pasado, o quizás en unos años, todos nosotros, sin excepción, pasaremos por ese túnel que ahora nos asusta y nos aterra ante la desgracia.

Nunca sabemos como ni cuando y eso nos da cierta visión de futuro, de esperanza, de permanencia. Pero realmente vivimos en una constante mentira, porque ese futuro incierto puede ser hoy mismo, en cualquier segundo de existencia. Así es la comedia vista desde el ego, desde la luminiscencia de la personalidad. Fatídico y sin sentido. Además, en Santiago. Además, en víspera de la fiesta de Santiago.

Ochenta vidas son muchas vidas para un solo error, para un solo instante de descuido. Aún no podemos aceptar ni creer que estas cosas aún puedan ocurrir en nuestros tiempos. Aún cuesta aceptar que no seamos capaces de evitar tanto sufrimiento innecesario. Estemos alertas, estemos atentos, pues el futuro es un juego de naipes que se decide a cada instante, a cada segundo de vida.

El sueño de la Montaña


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Ha sido un día duro, intenso. Tras atravesar toda Escocia, Inglaterra, Francia y algo de España, hoy ha tocado atravesar la península de norte a sur, de la intensa Barcelona a la calurosa Córdoba, en el mediodía andaluz. Doce horas intensas que han dispuesto un tiempo hermoso para profundizar en todo lo que se avecina.

Salimos antes de las nueve de la mañana y llegamos a eso de las nueve de la noche a la Montaña. Lo primero que hice fue reencontrarme con la casa que años atrás se había convertido en un proyecto hermoso. Cuando llegué a ella casi no podía reconocerla. Estaba medio enterrada entre maleza y árboles descuidados. El jardín se había convertido en un auténtico bosque asalvajado. Me llamó mucho la atención que las golondrinas, quizás por primera vez en muchos años, no habían anidado encima de lo que hasta hace poco fue mis grandes ventanales.

Sentí cierta tristeza al ver el paisaje desolador, y el comprobar lo que ocurre cuando el espíritu que mueve las cosas abandona un lugar. Ahí quedó la experiencia, la enseñanza, el conocimiento, el testigo de un camino errado, muerto, caduco. También quedaron los ahorros de una vida y los errores, y el como el gesto que dura un segundo puede aniquilar el esfuerzo de toda una existencia.

Sin embargo, tras ese gesto, algo nuevo nace. Y es la fortaleza, la certeza, el propósito, la seguridad de saber cual es el camino correcto, cual es el camino que no debemos abandonar. Esas experiencias traumáticas, trágicas, de pérdida y desapego, sirven para fortalecer el espíritu, para hacerlo grande y al mismo tiempo humilde. Sirve para templar la vida, para transformarla en un cúmulo de sentido, de experiencia y, por lo tanto, de cierta sabiduría.

Y la urgencia del vivir me recuerda esas cartas que desde ayer estoy recibiendo apoyando el nuevo reto, el nuevo propósito, la nueva esperanza. Ahora más generosa, más abierta, ya no como meta individual sino como algo colectivo, algo que nace para ser compartido y expresado de forma abierta. La vida en la Montaña sólo fue un aprendizaje en la columna del Mediodía. Ahora hay un inevitable tránsito hacia la columna del Septentrión. Y es allí donde el experimento continua para mayor gloria y tesón. Es allí donde el templo podrá completar la obra.

Esta bonita casa de diseño donde un día deposité todas las ilusiones y también todos los miedos, ahora sólo sirve de prueba palpable. Una prueba más en el Camino del Corazón, en el Camino del Alma que siempre es sabio y verdadero.

Mañana intentaré dar respuesta a las inquietudes surgidas sobre el proyecto utópico que ya está en marcha. La utopía es posible. Es hora de experimentarla, de apretarla entre nuestras manos y hacerla tangible y viva. Nuevas golondrinas volverán a anidar nuevos tejados, ahora más amplios y acogedores. Sigamos caminando…

Amor y Lealtad


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Peter Caddy fue uno de los fundadores de la comunidad de Findhorn. De joven había leído los libros de Madame Blavatsky, Alice Bailey y Max Heindel. Valga el paralelismo con mi propio biografía, se hizo rosacruz, teósofo y masón. “En el momento oportuno”, sus memorias que ahora repaso gracias a una tarde relajada en esta hermosa y pacífica bahía escocesa, contaba que la clave para cualquier tipo de éxito y liderazgo no consistía tanto en tener una excelente inteligencia y eficiencia, sino en la habilidad para inspirar amor y lealtad.

La importancia de demostrar y vivir mediante la experiencia es lo que nos dota de cierto sentido. Hablar, predicar y decir cosas bonitas con cierta inteligencia puede estar bien, pero lo verdadero nace de un amor sincero y una lealtad a prueba, capaz de ser próxima y cercana a todo aquello que dices, piensas, sientes y haces. Lo que haces por amor y lealtad a ti mismo y a los demás, en consecuencia, es lo que valdrá de faro y de luz al mundo.

Por eso a veces nos decepcionan aquellos que esgrimen grandes verdades sin llevarlas lealmente y con amor en sus propias vidas. Por eso nuestro gran enemigo, al menos el enemigo de aquellos que pregonan valores esenciales y virtudes necesarias, es ser consecuentes con las mismas. Ese es el reto que comúnmente hace peligrar nuestra integridad, y ese es el mayor trabajo al que debemos enfrentarnos.

Esto lo aprendemos constantemente en las experiencias de grupos que aquí en la comunidad de Findhorn tenemos diariamente. Esta mañana empezábamos el día en el lugar que llaman el Santuario de la Naturaleza, un lugar mágico cavado en la tierra, recubierto de hierba y piedra y recogido en el calor del suelo. Allí cantamos cantos de Taizé durante un rato. En ese estado de ánimo espiritual vamos a la sesión de meditación que se realiza en otro recinto, cerca de la caravana original que dio vida a todo este movimiento comunitario. Allí he tenido la suerte de sentarme hoy junto a Dorothy, una de las fundadoras, aún viva, de este lugar.

Y tras la meditación, hemos empezado la jornada de trabajo en los jardines y las huertas. Mi tarea ha sido sencilla y consistía en quitar las “malas hierbas” del jardín y sus aledaños. La prueba de que los cantos y la meditación previa al trabajo surge efecto en la forma en la que luego se desarrolla el día. En todo el trabajo diario había amor y lealtad a los principios y valores que aquí se desarrollan. Amor y lealtad constante los unos con los otros, apoyándonos y animándonos en el trabajo con alegría y respeto. Amor y lealtad hacia la naturaleza, el entorno y la vida. Esa ha sido la lección de hoy y la enseñanza profunda. Poder vivir una vida íntegra y equilibrada interiormente para luego mostrar al mundo integridad y equilibrio, amor y lealtad.

Glamour, sus contados días de gloria…


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La Verdad no puede rebajarse, es más bien el individuo quien debe hacer el esfuerzo de elevarse hacia ella. No pueden traer la cumbre de la montaña al valle; si quieren alcanzar la cumbre de la montaña, deben cruzar el valle, subir la cuesta, sin temor a los peligrosos precipicios”.  Krishnamurti

DK escribía un libro a mediados de la década de los cuarenta del siglo pasado con el sugerente título de “Glamour, un problema mundial”. En aquellos tiempos ya era incipiente que lo glamuroso, el espejismo, el maya, la ilusión, empezaba a hacer mella en la sociedad moderna, al menos de forma cada vez más generalizada.

El glamour es el hijo bastardo de la vanidad, del ego que se alimenta de sí mismo, esa «oscura y ame­nazante nube» que sirve para ocultar la «nube de cosas cognosci­bles» tal y como lo expresa Patanjali en su Libro Último. Empieza a colarse en nuestras vidas de forma inocente. Primero un halago, luego un impulso, hasta que llega a la esfera de poder e influencia y ahí nos posee.

Cuando eso ocurre perdemos el sentido de la realidad, de lo ético, de lo correcto. El fin se convierte en meta y los medios no importan, ni las formas, ni el sentido de coherencia o ética. Lo que antes era amor incondicional ahora se convierte en una perversa forma de engaño y burla.

En estos años he podido ver como el glamour se apoderaba de la vida de personas por las que sentía un especial cariño. Veía como el engaño y la mentira se apoderaban de ellos y como los focos y las luces de los flases encerraban su alma en una caja oscura, apartándola de lo esencial.

Todo empieza como un inofensivo juego. Una entrevista en la tele, una portada en una revista, gente que admira incondicionalmente sus vidas. Luego llega el fraude y la mentira, porque ambas, cuando perdemos el sentido de las cosas, arremeten contra todo. Cuando nos queremos dar cuenta, ya vivimos y nos alimentamos del glamour, y no podemos prescindir del mismo. Se convierte en una especie de parásito cuya simbiosis no podemos despreciar.

Estos días, y por segunda vez en pocos años, estoy viviendo de nuevo la experiencia del desgarre, de ver personas a las que quieres como se pierden en el turbio camino del glamour sin entender que el trabajo hacia la Verdad no pertenece a un individuo, sino que es el poder de un grupo integrado, compuesto por personas que tienen una visión común y un propósito grupal establecido, lo que crea las condiciones para que el trabajo Uno pueda prestar un gran servicio a la humanidad.

Los egos vanidosos se pierden en el camino y fracasan en su trabajo de unidad. Crean instituciones y mensajes poderosos que utilizan en nombre de cierta “verdad”, esperando que sea esa verdad la que baje de la montaña. Por dos veces en pocos años veo como dos personas queridas se pierden en la decadencia del ego, y además por la puerta grande, llenos de glamour y cámaras.

En 1929, un sabio Krishnamurti disolvió la Orden de la Estrella de Oriente. En su discurso de despedida dio un mensaje que rompía claramente con el glamour y la mentira, con las “verdades” que se utilizan y se proclaman de forma gregaria y sectaria. Los que han aprendido la lección trabajan en silencio apoyados por la fuerza grupal, a sabiendas de que la solución a toda esta pérdida de sentido siempre será un verdadero espíritu de humildad. Los egos glamurosos, tras vivir sus días de gloria, terminan olvidados y arrinconados en la más espesa soledad. No fueron capaces de renunciar a sí mismos, y al olvidar esa gran prueba del Guardián del Umbral, perdieron la batalla en el último tramo. El Ángel se retira y vence el Morador. La derrota ya está trazada.

Dar


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Todo se pone en orden. Todos acudimos a la llamada de aquello con lo que resonamos. Cada cual termina alineándose a aquellas fuerzas que concurren libremente en el cosmos. Vivimos por resonancia. Si vibramos con esto o aquello seremos redirigidos hacia eso con lo que nos sentimos cómodos.

Si resonamos con una flor, esta se inclina ante nosotros para mostrar su perfume. Si tintineamos nuestra alma hacia los senderos más sublimes, estos nos conducen hacia esa paz interior que nos mece hacia las infinitas atmósferas de lo incognoscible.

Los seres elevados que nos cruzamos por el camino se identifican tan sólo por un gesto. Son imitadores del sol. El sol ilumina, solo sabe dar, solo muestra gratitud y generosidad sin esperar nada a cambio. Es un fiel reflejo de un principio cósmico que sostiene todos los astros y todos los universos. Es el principio del apoyo, del sostén. Es el armazón y el cimiento con el que se construye todo cuanto existe. Es el amor, y el amor es la generosidad en su más extrema manifestación.

La abundancia nace del dar, no del recibir. Dar no significa hacerlo a sabiendas de que vamos a recibir algo a cambio. Dar significa dar, sin esperar nada, sin obtener beneficio, plusvalía o contravalor. Por eso los seres elevados dan y desaparecen. Dan todo lo que pueden, todo lo que necesitas sin coger nada a cambio, sin reclamar nada a cambio. Esa es su grandeza, y así se les identifica.

Cuidado con los que dan y te reclaman pago, o los que dan y te exigen, o los que ofrecen pero esperan un interés. Cuidado con los que dan y presumen de ello, o lo recriminan cuando no respondes a sus expectativas.

Dar es soltar, es mostrar en silencio que nada tiene sentido en la vida si no nace de esa amalgama universal. La mixtura que sostiene toda la creación es lo que nos debe dar aliento, porque ese dar es la señal de que empezamos a comprender el mecanismo de esta alianza universal.

Dar francamente, dar calladamente, en los pequeños gestos diarios. Dar una sonrisa, un saludo, un abrazo, una mirada. Dar sin que tu mano izquierda vea lo que hace tu mano derecha. Dar y no pedir, dar y no exigir, dar y no oprimir ni ofender. Dar incondicionalmente, totalmente, completamente. Darlo todo y perderlo todo para que el universo restablezca la paz en el mundo. Cuando das de esa manera, te conviertes en sol y en estrella y en nube. Te conviertes en parte imprescindible de la creación y por lo tanto, te conviertes en firmamento.

Ya es hora de levantarnos del sueño


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“¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices? Si tú, al oírlo, respondes «Yo», Dios te dice: «Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y síguela». Regla de San Benito

Estaba releyendo la Regla de San Benito y me vino a la memoria esos primeros cenobitas, esos hippies de la época medieval que formaban monasterios para intentar llevar una vida mística, en comunidad y cerca de la esencia del Absoluto. En aquella época de revival espiritual eran muchas las voces que se levantaban en contra del mundo mentiroso, como lo llamaban algunos. Ese mundo no era otro que el del egoísmo, el de las guerras, el de la ilusión de la materia, que ellos creían provenía de las fuerzas de la oscuridad, del mismísimo Satanás.

Por eso se retiraban, desencantados de ese mundo mentiroso, a vivir una vida sencilla y austera lejos del ruido de la ciudad. Elegían lugares inhóspitos, normalmente en montañas inaccesibles. A esos lugares, de hecho, le llamaban “desiertos” o “montañas”, porque fue en el desierto donde Jesús se enfrentó durante cuarenta días al “mal”, y es en la montaña simbólica donde se accede al mundo angélico, al mundo divino que nos ha de mostrar una forma diferente de entender la existencia.

El propio Jesús decía: «¿quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?» No todos lo queremos, ni lo deseamos. A veces marchamos como muertos vivientes, autómatas que dirigen sus vidas hacia lo que el mundo mentiroso nos reclama. Y resulta difícil encontrar la plena felicidad cuando nos regimos por cadenas invisibles, cuando no somos capaces de vivir en la más profunda de la humildad, sin desear nada, sin poseer nada excepto el aliento suficiente para continuar propagando la vida y sus enseñanzas.

Siendo así, ¿quién habitará en su morada, o quién descansará en su monte santo?, tal y como decía el profeta. Es algo tan difícil. Es tan difícil en este mundo cada vez más iluso el poder desprendernos del maya que atormenta nuestra visión. Son tantas las cosas y los estímulos continuos, es tanto aquello que nos hipnotiza a cada instante, tenemos tanto que proteger y defender, ignorando que esas cosas jamás podremos llevarlas a ninguna parte tras este viaje.

¿Cómo entonces luchar contra tamaña fuerza, ante tamaña red de complicidades? Nadie nos enseñó a ese “déjalo todo y sígueme”. Eso es de locos, de personas que han perdido el norte o no han sabido adaptarse a las promesas del mundo grosero y basto. Aún estando tan cansados de ese mundo, seguimos en sus manos, arrancando de nosotros el sentido verdadero de la vida. Non nobis, non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam, decían los templarios: nada para nosotros, Señor, nada para nosotros, todo para la gloria de tu nombre.

Ese todo para ellos y nada para nosotros tiene una profundidad poco entendida. Es el sacrificio del ego para que pueda nacer el espíritu puro, el alma que nos une a todos en esa comunión de lazos invisibles. Es doblegarnos ante esa realidad que ahora permanece oculta, velada y confusa por el mundo tramposo. Es apostar por la vida plena, perderlo todo para ganarlo todo en absoluta libertad y alegría. ¿Quién está dispuesto?

¿Por qué ese sufrimiento voluntario?


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Esta era la pregunta que me lanzaba una queridísima escritora mexicana, amiga del alma desde hace muchos años y que sigue desde su pequeño palacio a este loco peregrino. Reflexionaba sobre ello mientras que escuchábamos las sabias palabras de Eduard, el dueño de la tienda «El Tao» de Cadaqués, el cual nos enseñaba orgulloso viejas ediciones argentinas de libros del Tibetano que yo admiraba como editor y lector asiduo de esos índigos volúmenes. Nos contaba sus andanzas en la Rue de Varembé de Ginebra, calle que yo mismo había frecuentado muchas veces. Y nos contaba como el suizo presumido hacía gala de su buen vivir mientras criticaba a otros pueblos quizás no tan afortunados sin caer en la cuenta de que ese buen vivir tenía un doble rasero, ya que mucha riqueza de ese país existía a costa de personajes como nuestro Barcenas, o de ladrones de guante blanco, o de tráfico de armas o de drogas o de…

Él hablaba y escuchábamos con atención, pensando que el Camino del corazón a veces es ajeno a casi todo lo que tenga que ver con lo superfluo y lo rancio, lo epidérmico y lo banal.  Cuando el Camino aparece claro y contundente no podemos apartarnos o huir del mismo o perder el tiempo en esas cosas que nada aportan a la esencia de lo que somos. Debemos saltar todos los muros que a veces crecen ante nosotros para obstaculizar la marcha. Los muros del miedo, de la desidia, de la pereza, del desazón. Pero también los muros del orgullo, de la vanidad y de la tristeza interior, de la crítica fácil y del egoísmo encubierto en miseria vital. Nuestra meta no es el no parecernos a un Bárcenas. Nuestra meta es profundizar en nosotros mismos para sacar a la luz del día nuestro más bello sol interior. Compartir nuestra luz, abrazar con nuestros rayos todos los rincones oscuros.

Siempre hay algo más poderoso que todo esa superflua enjundia. Caen todas las máscaras desgarradas por el patrón de la ilusión y la fuerza interior. Caen las cadenas que nos ataban a un pasado angosto y caen las turbulencias, los océanos infinitos que nos mantenían ahogados en esa playa aislada en mitad de la nada. El entusiasmo ante el portal que nos conduce al Camino es mucho más poderoso. La idea firme de saber cual es nuestro propósito nos conduce irremediablemente hacia la meta del logro, de lo posible, de la visión amplia, de la mirada profunda. Observantes, privilegiados ante la atalaya de la quietud, tranquilos ante toda circunstancia.

A veces, cuando sientes la necesidad de caminar por ese sendero claro y firme surge el sufrimiento voluntario, que no es más que soportar las asperezas propias del que se mueve, del que se inclina hacia la acción y abandona el regazo de la comodidad para adentrarse en la vida plena. ¿A qué tememos? ¿Qué importa aquello que pueda ocurrir en el camino? ¿No es más satisfactorio el resultado de la satisfacción interior que aquellas piedras inevitables, aquel fango, aquellos ríos y montañas imposibles, aquella penuria ineludible?

Realmente todo resulta apasionante, inclusive cuando tienes ante ti un angosto desierto y debes atravesarlo con tan sólo un poco de agua. La vida tiene esas cosas. Pero al final, merece la pena vivirla, con o sin sufrimiento, con o sin dolor.

Saber, querer, osar y callar


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Cuando era apenas un joven adolescente impresionado por todo lo que la vida aún tenía que mostrar, recuerdo que conocí a un anciano de pelo y barba blanca, vestido todo de blanco, alto, nacido en Japón y gran conocido en Perú y Venezuela, artista, compositor, diplomático, había sido un poco de todo. Sus discípulos le llamaban maestro, y a mí eso, junto a toda la parafernalia que seguía todos sus movimientos me llamó mucho la atención.

De alguna forma se interesó por aquel joven asustado y una mañana me encerró en una habitación y empezamos a hablar durante horas que parecieron años. Me dijo algo que nunca olvidaré: Debes saber, debes querer, debes osar y debes callar. Era algo incomprensible para aquella mente aún no formada, abierta a todo pero sin un sostén seguro, ni intelectual ni crítico. Saber, querer, osar y callar. Eso era todo lo que aquel hombre, que meses más tarde moriría para desgracia de sus acólitos, pudo ofrecerme.

Ahora con la edad y con el tiempo veo que aquella frase encerraba un mensaje, un potente conocimiento, un gran arcano que se pronuncia desde un estado íntimo y acogedor y que nos devuelve a la sabiduría primigenia, al método correcto para comprender el obrar de los grandes seres que en silencio, siempre en silencio (callar) osan y construyen un mundo mejor desde el querer y el saber. Y es ese silencio el que les conduce a un estadio superior de consciencia que no es otro que el de la más absoluta de la humildad. La humildad del sabio y la humildad del poderoso que sin hacer ruido, construye mundos y universos. La humildad de saber callar, de saber escuchar todo lo que nos rodea, de aceptar la diversidad en la unidad, de saberse paciente y consciente de que todo lo que ocurre, todo cuanto pasa, no es más que el destello de algo superior, invisible, conexo a todo lo existente.

Toda esa ligazón de vida, de sabiduría que entraña respuestas pausadas, pero osadía, mucha osadía para emprender el trabajo de doblegar lo fausto a un destino más noble y propenso. Como aquel hombre sencillo, ataviado con su túnica blanca que casi sin decir palabra, o expresando tan sólo un vocablo capaz de traspasar la barrera del tiempo hasta este mismísimo instante, es capaz de fusionarse con el sonido de ese oleaje marítimo que ahora escucho frente a mí. No hay mayor poder que trabajar en silencio, y transformar consciencias como ese mirlo que se posa junto al camino, te mira y te sujeta toda la existencia en un arrebato de belleza y ternura. No hay mayor imperio que el de perseguir oleajes en el tiempo, y ser recordado en una noche cualquiera por haber mostrado al mundo tan sólo cuatro palabras mágicas, poderosas, eficaces.

Conduciéndonos hacia un propósito mayor


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Sólo cuando los cimientos están correctamente construidos se consigue que la superestructura reúna las condiciones requeridas. A veces, antes de que esos cimientos se hayan asentado fuertemente y arraigado a una roca firme pueden pasar años, muchos años.

Los placeres, los anhelos materiales, el sabroso sabor de la satisfacción personal, la complacencia sobre las aspiraciones más burdas… Hay una lista inmensa de fragmentos de nuestra vida que desembocan en ofuscaciones y juicios que nacen de la docilidad a la hora de satisfacer nuestros miedos y nuestra sensual comunicación con la existencia. Todo este cúmulo de emociones nos alejan de ese principio superior que nos hace humildes ante el estímulo de crecer humanamente, con altos ideales, con aspiraciones que superan nuestro interés particular, parcelario y egoísta.

Es difícil atravesar esa frontera, conectar con la esencia vital de eso que es mayor que nosotros y ceder a su Camino, a su irremediable consecución. Uno puede estar años construyendo la base ideal. Años de angosto trabajo para culminar una firmeza irreductible sin que a simple vista se vea resultado alguno. Pero una vez está la base bien construida, el resto de la casa se asentará fuerte y rápidamente sobre los cimientos. Surgirá de repente y de la nada la grandeza de la paciencia y el tesón, de la humildad y el esfuerzo.

Esos cimientos son la fortaleza interior, el no dejarnos arrastrar por la confusión, por el egoísmo, por la ignorancia y la credulidad, por el juicio o el prejuicio, por la vanidad y la pereza, por la desazón y inconstancia. Cuando eso se ha conseguido, cuando nos convertimos en una roca firme, empiezan a levantarse los tabiques, las paredes de los altos ideales, de la generosidad, de la humildad, del amor, de la compasión hacia todas las cosas.

Y ese alto ideal nos arrastra necesariamente hacia una nueva vida, hacia un nuevo renacer, hacia una nueva luz. Un nuevo sendero se apodera de nuestra existencia toda para llevarnos a la consecución de algo increíble y diferente. Lo que antes parecía una utopía ahora se torna una realidad bella y tangible. Lo que antes parecía un imposible ahora se vuelve tierno y dócil. Ya no nos interesa lo burdo, lo torpe, lo vanidoso. Ya no llevamos grandes relojes ni viajamos en potentes coches. Ya sólo nos interesa, como aquellos pescadores de hace dos mil años, dejarlo todo y seguir el Camino, la Verdad y la Vida, la verdadera Vida, que no es otra que la de convertirse en pescadores de almas, en seguidores de esa luz misericordiosa y bondadosa, de ese amor incondicional hacia todas las criaturas sintientes. Ese propósito mayor requiere de una gran confianza y fortaleza interior, porque el Camino, la Verdad y la Vida son sagradas razones para terminar nuestros días ante un apasionante viaje cargado de increíbles pruebas. Ya queda poco para que la Utopía se convierta en Creación. Ya queda poco para atravesar el sendero estrecho y sacar la cabeza hacia el otro lado.

La poderosa arma de la Quietud


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Es hermoso pasear tranquilo entre barcos que anclan en la pequeña bahía, entre huracanes que se mueven en todos los planos y entre esos seres del umbral angosto que pretenden alejarnos de ese Camino que nos ataña a todos, sin excepción. Me movía hoy tranquilo de un extremo al otro, desde la cala de Sa Cueta a la playa del Ros, intentando equilibrar las fuerzas, las energías que a veces se mueven en planos convergentes. No quería sentir esa frustración típica del cansancio o el aburrimiento por ver que las cosas no siempre suceden de forma armoniosa.

A veces la armonía hay que entenderla desde un plano superior entre eso que crea desequilibrio y aquello otro que arrastra al equilibrio perenne. Entre todo caos y todo orden siempre hay un punto de quietud. Es como esos grandes relojes de péndulo que nacieron en el siglo XVII donde la gran aguja central cae poderosa arrastrando el segundero de un extremo al otro del alargado instrumento. Si pudiéramos ver ese movimiento desde lo alto del péndulo, allí no habría más que quietud.

Ese punto de quietud es lo que nos mantiene firmes en nuestro propósito, en ese propósito poderoso que nos arrastra hacia las cosas más increíbles independientemente de las circunstancias adversas. Antes han tenido que existir muchas oscilaciones, mucha pérdida de energía entre un extremo y otro para saber encontrar el punto de equilibrio final, ese lugar donde nada se mueve, esa postura de observante donde no importa lo que ocurra ahí fuera mientras el interior siga indemne.

¿Y cómo gestionar esas energías que constantemente sacuden nuestro interior y nuestra vida cotidiana? Tan sólo con la poderosa fuerza que desarrollamos en nuestro afán diario por superarnos y por ser mejores personas, mejores seres humanos, mejores guardianes de la esencia de nuestro espíritu y nuestra raza. La quietud es una poderosa arma que nos catapulta hacia la indescriptible aventura de la vida. La quietud nace cuando somos capaces de vencer todo aquello que nos separa de nosotros mismos, y por lo tanto, del mundo real.

Dar más fuerza al sol


 CORAZONDELUZ

Los ciclos de la naturaleza nos hablan sobre la impermanencia, sobre el continuo cambio en el que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. El solsticio nos recuerda que a partir de ahora, los días empiezan a ser más cortos y el astro Sol pierde fuerza y luz. Es por eso que en la antigüedad se encendían hogueras para revitalizar al sol, para que no se apagara en su menguante huida hacia el invierno.

Este solsticio está resultando algo extraño. Las hogueras de San Juan ya están preparadas. Sólo falta prender la mecha y que lo antiguo, lo pasado y lo caduco se limpie, sea depurado por el fuego. Sin embargo no siento calor. Ahí está la Costa Brava, fronteriza con el sur de Francia, pausada, con las mujeres y sus rebecas y los hombres aún con algo que les proteja de la fresquita o la tramontana. Ayer incluso llovía y tuvimos que ponernos el chubasquero cuando fuimos a pasear.

Sea como sea toca limpiar. Por dentro y por fuera. Depurar, dejar espacio para que algo nuevo pueda entrar. Para eso se hacían las hogueras. No sólo para dar la bienvenida a la nueva estación y dar más fuerza al sol. También para arrojar a las llamas lo caduco.

Pero, ¿realmente lo hacemos? ¿Arrojamos a las llamas esas rancias sillas de más de cuarenta años? ¿O esa oscura ropa de colores opacos y muertos? ¿Somos capaces de deshacernos de las viejas rencillas, de los antiguos patrones, de aquellos celos, de aquella rabia, de aquel tormentoso recuerdo, de aquella frustración o promesa incumplida?

¿Hemos sido capaces de depurar nuestros cuerpos, de limpiarlos? ¿Nos hemos sacudido por dentro y por fuera expulsando de nosotros esos demonios que nos acompañan día y noche? Miremos nuestras casas y luego miremos nuestro interior. ¿No somos capaces de ver esas cosas que están esperando ser arrojadas al calor de la brasa?

De alguna forma estamos vinculados a los ciclos de la naturaleza, y también al Sol. Llevamos impresos en nuestro interior un sol que irradia luz a nuestro entorno. Un sol que a veces se debilita o se refuerza según la estación de nuestras vidas, según nuestro combustible interior, según seamos capaces de prender la mecha y hacer arder todo lo caduco en esa hoguera simbólica que nace en la cueva del corazón. De ahí la necesidad de limpieza constante, de renovación constante, de fluir con los ciclos y con la demanda cósmica y planetaria. De ahí la sutileza de estar conectados a la llamada no sólo de nuestro interior, si no a la que nos enlaza con el resto de las criaturas sintientes, el resto de universos y dimensiones posibles. Acercar la mirada al rito es acercar la mirada a la profunda enseñanza del cambio. Por eso toca sacar todo lo añejo y sucio y quemarlo en las brasas del fuego purificador. Por eso toca dar más fuerza a nuestro universo interior, a nuestra luz y a nuestro sol interno.

Cuando la luz se precipita


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Cuantos hombres se precipitan hacia la luz, no para ver mejor, sino para brillar”.  Friedrich Nietzsche

Cuando algo está destinado a suceder, inevitablemente sucede. A veces nos extrañan los tiempos, los espacios. Lo que ahora está sucediendo estuvo a punto de suceder hace unos siete años. Era en el mediodía, y no en el septentrión, como ahora. Hace no mucho recuerdo que le dije a un amigo: intuyo que debo hacer un periplo hacia el norte. Aquella intuición, que no entendía, está tomando forma ahora de forma precipitada.

Las cosas se precipitan cuando le ha llegado su hora. Es como si un bidón de agua se hubiera llenado gota a gota y de repente, la última hace que el bidón se vuelque y se derrame todo su contenido. Eso parece estar ocurriendo estos días.

La luz, eso que tanto nos gusta llamar luz, no es más que un halo de lucidez, de sentido, de misión, de propósito, de vértigo existencial ante la existencia ineludible de aquello para lo que hemos sido creados. Cuando palpitamos con ese sentido, con ese esplendor de los adentros, cuando resonamos con ese propósito mayor al que servimos en silencio, ya no podemos mirar hacia ningún otro lugar. Se ha precipitado la luz y ahora sólo debemos cumplir con nuestra parte. Pero no es un deber obligado, más bien vocacional, inspirado en el don de sabernos partícipes del baile celeste, cocreadores del mundo que nos envuelve, amables servidores de la belleza, del saber, del amor.

Eso es la luz, esa es la luz que queremos precipitar y para la cual estamos preparados. Ya no hay excusas, ya ha llegado el tiempo y ya se nos ha puesto, en el mágico septentrión, el espacio para consumarlo. En la pira de lo sagrado, ya está todo dispuesto. Es hora de brillar.

Somos conducta


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Somos conducta

No somos lo que tenemos. No somos lo que hacemos, nuestra profesión, nuestro tiempo o nuestro dinero. No somos donde nacemos. No somos españoles o catalanes o franceses. No somos nuestras posesiones o nuestras casas o nuestros coches. Ni somos nuestro ordenador ni nuestro móvil de última generación ni nuestras marcas de moda. No somos lo que ganamos o perdemos, ni somos aquello que los demás creen, bajo superstición o creencia, que somos. No somos lo que vestimos ni somos lo que comemos. Ni siquiera somos lo que seremos o lo que fuimos. No somos pasado ni futuro.
No somos religión ni patria ni nación. Somos hijos del espíritu y de la tierra. Y sólo nos debemos al espíritu y a la tierra que al crearnos nos dotó de vida, inteligencia y consciencia. Nos dio un cuerpo que es nuestro templo, que debemos conservar limpio, puro, cristalino para que pueda manifestarse el espíritu, que es aquello que nos hace humanos y sabios. Ese espíritu solo puede manifestarse en cristales nítidos y pulidos, solo penetra a entidades que han sido capaces de crecer en la virtud y la belleza, desdeñando todo aquello que arrincona lo sublime y excelso.
Somos soplo de vida en un gerundio que nos preña constantemente. Somos consciencia que abraza esta vida y la comparte, como un sol que lanza sus rayos sin juzgar, sin adjetivar. Por eso el verdadero mundo, ese que vigila expectante nuestro progreso no premiará lo que hayamos acumulado, lo que tengamos al final de nuestros días, esas cosas vencidas y apolilladas por el tiempo. Laurearán nuestra conducta, porque al final, en el atardecer de nuestro leve paso por este mundo, será la conducta, nuestra bella conducta la que quedará como poso en el sabio devenir.
Seamos pues conducta. Seamos luz para el mundo y para nosotros mismos. Aprendamos a ser soles, es decir, puro amor, pura atracción de estrellas sobre estrellas, de luminarias sobre luminarias. Hagamos bien las cosas en la medida que podamos. Y hacer bien las cosas es creer en la capacidad de nuestra consciencia para abastecer a la vida de generosidad y magnificencia, de belleza y calor. Todo lo que nos separe de esa premisa nos separará inevitablemente de nosotros mismos y de nuestra misión como seres. Porque no hay mayor propósito que el de enfrentarnos abiertamente a nuestro interior y descubrir las riquezas que allí nos esperan. Paz, armonía, amor, belleza, generosidad. Eso somos. Somos conducta, somos seres refulgentes.

Vivir en la abundancia


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Existe una imperante moda que nos habla constantemente de vivir en la abundancia. Hay muchos que aún confunden la palabra abundancia con el tener y poseer mucho dinero, mucho poder, el conducir un lujoso coche alemán o tener avión privado o un buen trabajo o prestigio o privilegios. O simplemente vivir bien sin hacer nada.

La verdadera abundancia es más ascética. Es vivir hoy con lo que necesitamos hoy. ¿Qué necesitamos realmente hoy, en este instante? ¿Necesitamos hoy hipotecar nuestras vidas a treinta o cuarenta años? ¿Necesitamos pagar durante ocho o diez años un coche? ¿Necesitamos trabajar ocho o diez o doce horas al día para pagar todas esas cosas? ¿Necesitamos invertir nuestros ahorros en bolsa y especular sobre los mismos? ¿Necesitamos gastar y gastar para tener y tener?

Quizás hoy necesitemos realmente otras cosas. Levantarnos alegres, tomar en buena compañía un sabroso desayuno. Quizás reflexionar a qué nos gustaría realmente dedicar nuestros próximos diez años, qué clase de trabajo o actividad satisfacería nuestras verdaderas inquietudes. Tal vez pensar qué es aquello que  nos ilumina cuando lo hacemos. ¿Y si profundizamos y buceamos en nuestro verdadero propósito vital? Si lo hacemos a lo mejor nos damos cuenta de que lo que verdaderamente nos gusta, lo que deseamos ardientemente lo tenemos enterrado u olvidado por miedo, por falta de tiempo, por falta de fuerzas.

Quizás nunca hemos deseado ser un gran empresario de éxito, o trabajar para una multinacional, o pasar doce horas al día trabajando como un siervo o un esclavo para ganar algo de dinero con el que pagar coches e hipotecas imposibles.

Luego vienen los engaños, los miedos. Es que tengo que pagar el colegio de mis hijos, la universidad. Y cuando vienen esos miedos siempre nos debemos preguntar qué clase de educación recibimos en los colegios y en las universidades y qué clase de educación queremos realmente ofrecer a los nuestros. ¿Cuántas cosas estamos limitando o reservando para ese futuro que nunca llega porque tenemos miedo a hacernos esa sencilla pregunta? ¿Qué necesitamos realmente hoy?

Os propongo un paseo por vuestras casas. Entrad en ellas imaginando que mañana tenéis que emprender un largo viaje y que sólo podéis llevaros lo que quepa en una pequeña mochila. Entrad en la habitación, en el salón, en la cocina, y veréis de repente miles de objetos inútiles que hemos ido acumulando innecesariamente durante todos estos años. Ahora coged una bolsa y meted todo aquello que os sobre, liberad espacio de vuestras casas. Y luego, haced lo mismo con vuestro interior. Liberad espacio de vuestra mente, de vuestros corazones. Limpiad de basura y objetos y pensamientos y emociones inservibles vuestras vidas. Cuando hagáis eso empezaréis a vivir en la verdadera abundancia. En la abundancia de no necesitar nada y de preguntaros todos los días la misma pregunta: ¿qué necesito realmente hoy?

 

Eres infinitud


infinitud

Es hermoso rodearte de personas que te permiten codearte frente a frente con la generosidad y el amor. Te puedes sentar a su lado porque no hacen ruido. Puedes sentir el eco de su silencio y ver como quema su naturaleza en absoluta armonía y paz. La combustión a su lado es apacible. Es como estar frente a una chimenea y sentir el calor y la luz de la vida sigilosa. Esas personas te hacen comprender que realmente no existe la dualidad. No existe la separatividad, no existe el yo separado, hechizado por la ilusión de ser algo diferente al resto. Estar con ellas es como ser ellas. Realmente no hay nada que entender ni explicar a su lado. Su presencia rescata ese algo más profundo , ese atril de comprensión absoluta que no requiere ni exige, que tan solo plasma un estado de suprema liberación.

Permanecen sosegados sin dejar residuos, sin molestar a nadie, sin pedir nada a cambio de su presencia. Son conciencia innata, malabaristas de la consciencia misma, del perdón y la modestia de su prudente presencia. Son como caminos sin senderos, donde cada paso te acerca más a su persona al mismo tiempo que te aleja más de ti. Y en esa confusión comprendes que no hay una meta, que no existe un inicio y un fin, sino que todo se regula bajo la aparente forma de una continua unidad.

Son perfectos tal como son. Incluso disculpamos sus errores, sus flaquezas, sus momentos bajos, porque también son humanos, muy humanos. Tan humanos que parecen ángeles que han comprendido cual será su próximo destino, su próximo eslabón a alcanzar. Por eso son embajadores de la libertad, porque han comprendido que ya nada importa excepto el ser, el ser sosegado, apacible, impermanente, el ser preñado de vida a cada instante, que es belleza y ternura, que es vibración de dimensiones aún lejanas.

Es un hermoso regalo el conocer a este tipo de personas. Aún mayor regalo es el poder tenerlos cerca, disfrutar de su divinidad, de su gracia compartida, de su humor, de su sosiego y quietud. Hay algo que se revela dentro, en la ausencia de crítica y juicio, en la ausencia de pensamiento y división, de análisis y reproche. Algo nuevo se descubre cuando te topas con seres que son capaces de mantenerse desconectados de lo limitado y están preparados a cada instante para abrazar lo ilimitado. Y entonces llegan y te abrazan, y miran profundamente a tus ojos y te dicen amables: “eres infinitud”. Y entonces tu vida cambia porque algo más grande te ha rozado, algo más poderoso ha sido capaz de ver nuestro esplendor dilatado.

En estos días estoy aprendiendo a apagar las luces, tirar las muletas y empezar a bailar sintiendo esa infinitud, esa libertad atemporal soltando todos los amarres y dejándome llevar por la música y el calor de ese fuego de generosidad y amor. Pongo el corazón por delante y dejo que el alma meza estos momentos. Dejo que la llama queme sin dejar rastro. Dejo que la vida me preñe y me penetre libre, amado, infinito. Escucho el mar aquí dentro. Se abre la noche. Nace la calma.