No hay momentos ordinarios


 ordinario

El estar presentes en el aquí y el ahora te da una idea de la importancia del vivir. Puedes respirar y hacer de ese instante un momento único e irrepetible. Sentir a corazón abierto todo lo que te rodea, cualquier detalle por mínimo que sea. Respirar y dar gracias por estar vivos, por ser partícipes de este ciclo maravilloso, por expandir con nuestra presencia el propósito universal de la vida.

Todos los momentos tienen la oportunidad de ser extraordinarios. Cuando te levantas y abrazas al nuevo día, sonriendo y dejando que la luz entre por las ventanas. Cuando desayunas en buena compañía, o en silencio, provocando que el organismo se desperece mientras disfruta de los alimentos. O en ese paseo mañanero en el que compartes con la brisa y el susurro de todo cuanto existe tu pasar por la existencia.

Si pudiéramos tener la capacidad de hacer de cada momento algo extraordinario la vida sería un cúmulo de paz y sensatez. Las preocupaciones dejarían paso a las ocupaciones más diversas. El trabajo se convertiría en una oportunidad para estar más presentes, más en consonancia con ese destino que elegimos a cada segundo.

La vida es sorprendente cuando dejamos que nos penetre, que nos preñe con su sabiduría y su tacto, cuando la respiramos con la intención de sentirla en cada poro de nuestro cuerpo. La sensibilidad que desarrollamos ante su presencia nos hace sensibles y humanos, dóciles ante las pruebas de la vida, pacientes ante los retos de la existencia. Aquello que antes nos parecía doloroso ahora se convierte en un reto a explorar, en una enseñanza, en un aprendizaje.

Esta toma de consciencia con lo que es real nos produce una sensación de limpieza y levedad interior. Empiezan a sobrarnos las cosas y aquellos rincones oscuros, cargados de materia gris, pasan a despejarse, desaparecen o son sustituidos por claridad, por luz, por belleza. De repente nos entra una necesidad de limpiarlo todo, de despejar el camino de dudas y miserias, de buscar espacios limpios, claros y nítidos. Empezamos a crear puntos de luz allí donde antes había oscuridad y cerrazón. Miramos alrededor y observamos como nuestros propios hogares se habían convertido en cúmulos de objetos, en rincones baldíos, fríos y cargados de cosas inútiles. Y cuando empezamos a reciclar todo eso, a despejarlos, sentimos como todo se ilumina por dentro y por fuera. Ahora disponemos de más espacio para que entren nuevas oportunidades. Para que la vida se renueve de nuevo, constantemente.

El estar presentes en el aquí y en el ahora nos aporta la oportunidad de abrir nuestros canales interiores al flujo constante de vida, de luz, de amplitud. Lo añejo muere y el futuro deja de preocuparnos. Ya solo queda el tiempo presente y la ocasión de vivirlo con intensidad, con humor, con paradoja, navegando en el cambio constante, adaptándonos al fluir emergente.

Esa profunda sensación extraña


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A mediodía, tras terminar las últimas páginas del libro, salimos dirección Madrid. Allí SP tenía que recoger a su niña que volvía de las “colonias” del cole. En la estación de Atocha me quedé apartado, mirando desde lejos como los padres esperaban impacientes la llegada de sus hijos. Cuando llegaron, empezaron a aplaudir y a besar y abrazar a sus hijos. Me emocioné tanto que casi me pongo a llorar.

De repente sentí esa soledad extraña de los que no tenemos hijos, ni pareja, ni familia ni nada que se le parezca. Fue una sensación que me acompañó hasta la noche. Hasta la trémula noche.

Para escapar de ella miré los horarios de autobuses hacia Pamplona para empezar hoy mismo mi periplo y peregrinar. Preparé mi pequeña mochila con las últimas cosas y me fui hasta la puerta. Allí me detuve y me pregunté porqué huía tan precipitadamente, que ese no era el sentido del viaje. Llegar a las seis y media de la madrugada no serviría de nada, ya que el autobús de línea que va hasta Roncesvalles no sale hasta las seis de la tarde.

Me paré en seco, dejé la mochila en su sitio y empecé a escribir estas líneas. ¿Soledad? ¿Qué tipo de soledad es esta? No era la soledad a la que ya me estaba acostumbrando, de la que me había hecho de nuevo amigo. Era otro tipo de soledad, una soledad más profunda, más intensa que no sabría describir.

Aún puedo ver a las familias abrazando a sus hijos, aún puedo escuchar el emotivo aplauso que los recibió y la emoción que yo mismo sentí ante esa escena. Y suspiro mientras la recuerdo, intentando ponerle nombre y darle sentido a esa añoranza extraña.

Antes de que me precipitara hacia la puerta escribí a una persona que añoraba. Pensé que ella podría estar ahí, entender profundamente a qué me refería, qué era lo que estaba sintiendo. Intenté recuperar su amistad, su cercanía, su complicidad. Pero la comunicación no fue posible. Al menos no fue posible por hoy. Y entendí de alguna forma porqué los humanos a veces nos alejamos tanto los unos a los otros. Normalmente por miedo a sufrir. Normalmente por miedo al fracaso y el abandono. Esas son las esencias que nos alejan del amor. Miedo a todo, incluso a esa extraña sensación en la estación de tren. Miedo a que un día, en la Gran Estación, nadie esté allí para abrazarnos, para aplaudir. Quizás miedo a no poder expresar más claramente esta maraña de emociones que por unas horas abrumaron la alegría de estos días. Por suerte no hay un ápice de tristeza. Sólo, y por hoy, una profunda sensación extraña.

(Foto: Esta tarde ya me he sentido extraño mientras paseaba por el Valle de los Caídos)…

Donde ponga mi sombrero, esa es mi casa…


la foto 

Salí del zulito escuchando desde la oscuridad de sus cuatro paredes música clásica. Llevaba además algunos días escuchando siempre las mismas piezas, tonos suaves que podían acompañar a la sintonía de la nueva primavera. Desde allí contemplaba poesía, mucha poesía. Y montes y sierras y montañas. Esas eran mis coordenadas antes de marcharme.

Cuando hemos llegado aquí, tanto en el palacio como en los restaurantes donde comíamos escuchábamos las mismas piezas de música clásica que en el zulito. Era como si de repente hubiera cambiado el escenario, pero la esencia siguiera siendo la misma. Me acordaba de los otros palacios en los que alguna vez viví. Grandes salas cargadas de lujo y detalles fantasiosos. Este palacio que alguna vez perteneció a la princesa Victoria está cargado de luz, mucha luz. Eso me llena de gozo, de mucho gozo.

Cuando hoy caminábamos entre montañas al fondo y un maravilloso cielo azul, encontramos un lugar curioso donde entramos para curiosear entre sus cientos de cosas aún más curiosas. Encontré una vieja edición de “Cuentos de Ise”, del japonés Ariwara No Narihira, un poemario del siglo nueve, quizás uno de los documentos más antiguos que se conservan en el país nipón. Leía sus versos mientras miraba por la ventana y veía las montañas y escuchaba la música. Nada había cambiado, pero todo había cambiado. Era como despertar a la vida en una sintonía diferente. ¿Despertar a la vida? ¿Cómo se despierta a la vida? Me preguntaba. Mi compañera de viaje llenaba los momentos de enseñanzas, de experiencias que rozaban lo mágico, de maravillosas historias que iban rememorando en el mundo de las sincronías. Me daba cuenta que uno podía vivir en una cueva oscura o en un palacio maravilloso y lleno de luz. Realmente no importa el escenario si somos capaces de renacer a la vida.

Admito que la primavera ayuda a este tipo de reflexiones. También este lugar. La buena compañía, la visible y la invisible que vuela mágica entre poesías y promesas sentidas. Los universos que se entretejen entre historia e historia, relato a relato. La misma experiencia de encerrarnos en este lugar para crear un libro con sugerente título y que estoy seguro que despertará la curiosidad de miles de personas, como ya pasó con el primero.

¿Despertar a la vida? Decía mi compañera de viajes y aventuras, con ese amor incondicional que le caracteriza, que guarda en el recuerdo una canción hermosa que en su estribillo dice así: “donde ponga mi sombrero, esa es mi casa”… Hoy me sentía precisamente así. Como si hubiera colgado mi sombrero en este palacio, y escuchando mi música clásica y releyendo a poetas muertos y vivos nada hubiera cambiado, excepto ese anhelo palpitante y deseo ardiente de despertar a la vida.

 

Comprendiendo a Anna Karenina


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Hay una sierra dulce en todas las escenas. Una colina donde emprender nuevas vidas. A pesar de que a veces las carencias espirituales de nuestras vidas son difíciles de llenar. Al menos llenarlas con las cosas que creemos nos aportan felicidad. Esa felicidad enlatada, instantánea, que dura lo que dura un instante. A no ser que nuestras sombras mortales se asemejen a la luz de cualquier sabio y sepamos, por madurez y reflexión, disfrutar de cada instante como si fuera el último y de cada gota de vida como si no hubiera más fuente vital que esa.

Así pensaba León Tolstói en su madurez, donde se refugió perdido en la belleza de los campos abrazando la felicidad espiritual de las cosas sencillas. Y así lo demuestra en la profundidad poética de su obra “Anna Karenina”, muy bien adaptada por Joe Wright para la gran pantalla. Hoy de nuevo, en familia espiritual, hemos disfrutado del cine en una tarde mágica de primavera.

Y salíamos reflexivos ante la mirada de Tolstói, ante la ingenua visión del amor puro y el amor de apetito, ante la crítica a una sociedad hipócrita que se defiende de sí misma a base de mentiras y oscuranteces.

Y cuando volvía buscando la luz de este día maravilloso a la oscuridad del zulito me preguntaba donde se halla ese amor puro, ese amor cristalino capaz de atravesarte para siempre. Me acordaba de la estación, del hechizo de la vida y de la muerte que Anna sufre en los raíles y el silbido de los vagones. Silbido muy parecido a ese toque de clarín del alma, que nos atraviesa de la forma más increíble en cualquier descuido, en cualquier tarde de primavera, como si las fuentes de la luz hubieran estado esperando todo el invierno para de repente despertar lo más grande y poético que habita en nosotros.

Y tras el hechizo de tanta magia preparaba las dos maletas para los próximos dos viajes. La primera una maleta formalizada con algunas cosas, pocas, para pasar cuatro días de encierro en un hotel mientras redactamos con una buena amiga un nuevo libro. Será una experiencia interesante, una prueba cargada de sentido común y de invitación a una nueva vida.

La segunda maleta era más bien una mochila pequeña, la más pequeña que he encontrado, donde he metido un saco de dormir pequeño, tres gayumbos, tres camisetas, un cepillo de dientes, un pantalón y poco más, muy poco más. Lo suficiente para sobrevivir al menos treinta días con sus treinta noches en el Camino de Santiago. Así que cuando el jueves termine la aventura literaria emprendo la fantástica e increíble aventura de la vida. Será un peregrinar intenso, muy intenso. Porque habrá mucha poesía y mucha vida. Y sobre todo, un contacto con la naturaleza salvaje del espíritu libre. Dejaré aquí las carencias espirituales y abrazaré, en la vida sencilla, las enseñanzas de los sabios y el camino… Así, me marcho feliz y pleno, solitario, pero con la mágica presencia que ahora me acompaña… Buscando mi propio vagón de tren y mi propia estación, como Anna.

El peregrino de la Visión Penetrante


peregrino 

Mientras ayer volvía a casa me encontré a unas cinco o siete personas rebuscando en un contenedor de la basura. Había jóvenes, emigrantes y una anciana con el pelo todo blanco que consiguió desanimar mi condición humana. Me paré un instante para observar la escena. En frente había un supermercado que se había desecho de perecederos y de algunos productos caducados que ellos, con una paz inusual, recolectaban ante la mirada atónita de algunos curiosos.

Admito que cierta tristeza se apoderó de mí. He visto tantas y tantas veces esa imagen en otros países de Asia y África. Pero al verlo aquí, a dos calles del zulito, algo extraño se revolvió dentro. Como si de repente nada tuviera sentido y todo careciera de lógica.

En pocos días celebro mi cuarentavo cumpleaños. No tengo ganas de grandes fiestas con los amigos ni esas cosas que se suelen hacer cuando pasas de una década a otra. De hecho, nunca celebro el aniversario con ninguna fiesta especial, y mis amigos saben que ese día estoy ilocalizable. Es tradición. Pero este año sí quería celebrarlo de forma especial, y ando pensando el alejarme del mundo durante treinta días, recorriendo con poquito equipaje el Camino de Santiago por tercera vez. Así que sumaré los diez días de retiro Vipassana a treinta días de peregrinación, lo que sumarán cuarenta días y cuarenta noches en el desierto de la Visión Penetrante.

En el viaje me acordaré de muchas cosas, pero especialmente de la anciana de ayer, y de todos los que me cruzo diariamente en las calles de Madrid. Necesitaré reflexionar sobre ese necesario viviendo el esto-aquí-ahora, pero no tendré más remedio que desintegrarme para pensar también en los otros, y en como esta situación de la que no sabemos como salir, nos enseña a ser humildes y a vivir una vida más sencilla. En esa sencillez, con poco equipaje y con algunas monedas, no muchas más, me lanzaré al camino la próxima semana. Y me llevaré a la anciana en el corazón, para que camine conmigo, y así el peregrino pueda deambular por los recovecos de la compasión y del alma humana. Que la Visión Penetrante nos ilumine el Camino. A todos.

Retazos de un trozo de instante…


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Cuando el arte nos posee nos olvidamos de lo demás. Ya no eres tú. Algo te inviste, algo que nace del fuego o de la belleza o de la fuerza inmanente de las rocas y el subsuelo, o del verdadero refinamiento que flota entre las nubes y la sutil música de esferas y lánguidas promesas.

¿Cómo entender el arte si no es viviéndolo? Ya sea penetrando un cuadro, evaporándose en un concierto, silbando ante una llamarada de letras o abriendo el pecho ante una obra de teatro.

Esto último ha acontecido hoy. ¿Cómo no abrir el pecho ante tanta luminaria y belleza? ¿Cómo no dejarse persuadir ante la mirada cómplice y el sublime aliento de lo inesperado? ¿Se sonríe? ¡Ah! Claro, es el alma feliz envuelto en la magia y la manifestación. No es hedonismo, no es sólo fantasía, son lirios naciendo de sus mejillas o luces de oro cubriendo sus miradas.

El tiempo tiene celos de lo impermanente, y eso es lo que ocurre cuando te dejas arrastrar por un instante de teatro. ¿Por qué malgastamos la brevedad de nuestras vidas en cosas que no nos hagan sentir vivos? No deberíamos perseguir la promesa del absurdo si no podemos arrebatar a la existencia suspiros y aromas, ramilletes de noches escarlatas o esas mariposillas verdes que se posan en el estómago cuando los mirlos empiezan a cantar. ¡Juventud! ¡Siempre juventud que nace del arte sentido, del amor expansivo de poder decir y explicar e insinuar al mundo! ¡Juventud de alma que nunca envejece!

¿Alguien que no sienta el arte puede dibujar el lienzo de la vida? ¿Alguien que no sea capaz de enamorarse de una danza cualquiera, o de un trozo de mimbre, o de una brevedad pausada, puede expresar fulgor? Fuego… más fuego… para que la llama palpite incluso en la cueva más oscura…

Gracias Aina, Mentxu, Roberta y Óscar por recordarnos tantas y tantas cosas…

Apuntes sobre la Verdad, según el Buda


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Un grupo de hombres se habían reunido a hablar. Eran brahmanes y tenían distintas opiniones y puntos de vista. Algunos afirmaban: “Eterno es el mundo; esta es la verdad. Todo lo demás es ilusión”. Otros declaraban: “El mundo no es eterno; esta es la verdad. Todo lo demás es ilusión”. Otros decían: “El mundo es finito”, o: “El mundo es infinito”. Algunos señalaban: “Cuerpo y alma son una misma unidad”. Otros: “Cuerpo y alma son cosas diferentes”. Los había que decían: “El Tathagata existe después de la muerte”, o “el Tathagata no existe después de la muerte”, o “el Tathagata existe y no existe después de la muerte”. Y así cada uno pensaba estar en lo cierto y que las otras opiniones eran equivocadas. De esa manera se manifestaban, se increpaban e insultaban, cada uno de ellos diciéndose poseedor de la verdad. Los discípulos del Buda que pasaran junto al grupo de brahmanes, habían visto la actuación de cada uno de ellos, y lo comentaron con el Buda. Él dijo:

“Esos disidentes, Hermanos, son ciegos y nada ven. No conocen lo real, no conocen lo irreal; no conocen la verdad, no conocen la no verdad. En tal estado de ignorancia disputan y se querellan tal y como ya lo habéis visto. Y en tiempos antiguos, Hermanos, había un rajá en Savatthi. Hizo llamar a cierto hombre y le dijo: “Ve y reúne a todos los ciegos que hay en Savatthi”. El hombre obedeció al rajá y reunió a todos los ciegos existentes. Entonces el rajá le ordenó al hombre que mostrase a los ciegos un elefante. Y así lo hizo. Ya cada ciego comenzó a palpar una parte del elefante. Uno dejó sus manos en la cabeza del animal; otro en un colmillo; otro en la trompa, en el lomo, la pata o la cola. Se les dijo que se trataba de un elefante y después el rajá les preguntó que según ellos a qué se parecía un elefante. Los que hubieron palpado la cabeza afirmaron: “Se parece a un cachorro”. Los que habían tocado la oreja, declararon: “Es como un cesto para aventar”. Los que acariciaran el colmillo dijeron: “Es como una reja de arado”. Los que tocaron la trompa indicaron: “Es como un arado”. Los que pasaron sus manos por el cuerpo: “Es como un granero”. Los que deslizaron sus manos por el lomo: “Como un mortero”. Los que cogieron la cola: “Como una escoba”. Y luego, como quiera que no coincidían en sus opiniones, empezaron a discutir a gritos, cada uno defendiendo con coraje su punto de vista. Mientras tanto el rajá se divertía observando el espectáculo. Pues así son esos disidentes, ciegos, no ven no conocen la verdad, pero cada uno de ellos sostiene que es de una o de otra forma”.

(Del libro «La genuina enseñanza del Buda«, de Ramiro Calle, Editorial Nous»)

¿Te sientes preso? Escápate


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Que aunque dejas burlado el lazo estrecho que tu forma fantástica ceñía, poco importa burlar brazos y pecho si te labra prisión mi fantasía”. Juana De La Cruz

Mientras mojaba la última galleta digestic que esperaba desde hacía semanas la visita de la dama que nunca llegó, como si de un fantasma del pasado se tratara, miraba las rejas del zulito y de repente fue como si me encontrara preso en algún oscuro calabozo. Fue una sensación extraña que duró unos segundos, o quizás unos minutos. Pero puse los pies en la mesa del escritorio mientras fotografiaba la escena. Recosté para atrás la silla y me quedé mirando las rejas, la oscuridad, y el no saber si ahí fuera hacía frío o calor, había luz o tinieblas, como en el Tao: tinieblas dentro de tinieblas, la puerta de todo misterio.

Me acordé también de cómo separaban con un delgado lazo los límites donde debíamos pasear en la colonia de Gredos, en el retiro pasado. No podíamos pasar de allí. Esa era la ley, la norma. Pero mi consciencia era otra. ¿Por qué no traspasar esos límites imaginarios en la mente humana y volcar toda la libertad y vida en aquellos increíbles parajes? Eso hice una y otra vez. Saltarme la norma. Por las mañanas, mientras los otros dormían o descansaban, me escapaba hacia el sur. Allí descubrí una tropa de caballos que pastaban semi en libertad y que tanto me recordaban a mis caballos alemanes. Al principio sintieron desconfianza, pero a partir del tercer día, venían corriendo ante mi silbido. Era tan maravilloso poder abrazarlos, poder susurrarles al oído dulces melodías humanas que ellos interpretaban con cariño y gozo. Luego llegaban las despedidas, que siempre eran difíciles para ellos y para mí. Me acompañaban siempre hasta los límites que ellos nunca traspasaban…

Por las tardes me escapaba sigilosamente hacia el este. Allí estaban las montañas y los ríos y las maravillas del bosque. Qué grandeza sentarse junto a uno de ellos y escuchar el rumor de sus aguas. Los elementales danzaban por todas partes. Las hadas, los duendes del bosque, los espíritus de la naturaleza, con sus ondinas, sus salamandras, sus gnomos y sus sílfides que revoloteaban de aquí para allá para compartir el espectáculo natural.

Entonces, ¿cómo renunciar a esas maravillas por aquellas normas? No podía, mi espíritu, alentado por la luminaria celeste no me permitía dicha sinrazón. Por eso hoy, tras contemplar los garrotes, y a sabiendas que esos cayados solo existen en nuestra mente como proyección, cogí mis mallas de invierno, me calcé lo más apropiado y me deslicé suave por las calles con mi bicicleta hasta el Retiro, donde disfruté de un hermoso paseo y una hermosa tarde.

¿Te sientes preso? Escápate. Escapa de tu rutina, escapa de tu trabajo, de tu pobreza y de tu riqueza. ¿Cuál es el límite? Sólo hay que traspasar la fina cuerda, o el barrote, aunque sea a base de lima. Sólo hay que evaporar de nuestros sentidos la sensación de panóptico, de esclavitud, de cerrazón. Sólo hay que escapar al infinito y abrazar a caballos y ríos… o pasear por el jardín botánico o por el Retiro o por… ¿Te atreves? Pues escapa… corre… escapa…

(Foto: la ventana de lo «zulito»… ¿Os acordáis de las ventanas de La Montaña?… La vida…)

Hacia la búsqueda de nuestro talento


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El talento es algo bastante corriente. No escasea la inteligencia, sino la constancia”. Doris Lessing

Cuando viajábamos hacia la sierra de Gredos, Jorge nos explicaba entusiasmado la experiencia de su último curso de coaching, el cual trataba de buscar nuestro talento, nuestra vocación y nuestras mejores actitudes para desarrollar ambos. Así, en partida triple, todo de golpe.

La explicación y el mini curso que nos dio en el viaje nos gustó especialmente. ¿Cuál es nuestro talento? ¿Cuál es nuestra vocación? ¿Cuáles nuestras actitudes para desarrollar ambos? A veces, nos decía, no coinciden esos tres aspectos. Por ejemplo, podemos tener talento para la música pero vocación para la jardinería, y podemos emplear todas nuestras capacidades y actitudes a nuestra vocación y no a nuestro verdadero talento, o simplemente en hacer cosas que nada tienen que ver con ambos.

El éxito viene cuando todas nuestras actitudes las enfocamos a la perfección de nuestro talento y hacemos del mismo nuestra vocación. Si una persona tiene talento para escribir y además hace de ese talento su oficio, su vocación, y emplea todas sus actitudes en mejorar y hacerlo cada día mejor, con esfuerzo y constancia (¡ay palabra mágica!) seguramente nacerá un genio de la escritura. O un genio del tenis, o de la jardinería, o de cualquier otro oficio por el cual sintamos una especial atracción y pasión.

La frustración viene cuando dedicamos ocho o diez horas de nuestra vida a profesiones que se alejan diametralmente no solo a nuestro propio talento, sino también a nuestra vocación. Normalmente por comodidad o por miedo, o porque quizás nunca nadie nos dijo: «tienes mucho talento para esto o para lo otro», y nos dio miedo a reconocerlo en nosotros mismos. Cuantos talentos frustrados existen porque nunca recibimos el apoyo de nadie.

Os pondré un ejemplo personal, por si sirve a la hora de hacer frente a dicho miedo o frustración. Sobre el año 2005 trabajaba en una hermosa oficina al principio de la Diagonal de Barcelona haciendo trabajos administrativos. Tenía un buen sueldo y un buen horario que me permitía disfrutar del jardincito que teníamos en nuestra hermosa casa de tres plantas. Los fines de semana solíamos hacer excursiones a la montaña y era en esos momentos cuando sentía dentro de mí la mayor frustración. No tenía talento para hacer tareas administrativas y ni siquiera tenía vocación para ello. Mi verdadera vocación en esos tiempos era la antropología, y mi talento, lo que me hacía despertar signos de auténtica felicidad, era la escritura. Así que un día me levanté y le dije a mi pareja: “lo dejo todo y me marcho, necesito seguir mis sueños”. Y mis sueños pasaban por la antropología y la escritura. Así lo hice. Dejé mi trabajo, vendí mi casa y me marché al sur de España para hacer una tesis doctoral y dedicarme a leer y escribir, que es lo que más amo. Mi pareja de ese entonces hizo lo mismo. Lo dejó todo y se centró en su talento y vocación, la psicología. Enfocamos nuestro camino vital hacia nuestro propio talento y hacia nuestra propia vocación, intentando que todas nuestras actitudes ayudaran en el camino.

Unos años después, puedo decir que ese camino soñado se está realizando, y que poco a poco la vocación y el talento se van conjugando cada día más, con mayor claridad y rectitud en mi propia vida. Y eso me hace sentir especialmente libre y feliz en cuanto a lo profesional y lo personal. Eso que por ahí llaman sentirse realizado con lo que haces.

Pues sirvan estas palabras vocacionadas como invitación para reflexionar sobre vuestros talentos y sobre vuestra verdadera vocación, y poco a poco, reconducir vuestras vidas y actitudes hacia los mismos. Nada es imposible porque la magia obra milagros cuando realmente decidimos seguir nuestro verdadero camino. Como dijo el escritor Henry Dyke, utiliza en la vida los talentos que poseas. El bosque estaría muy silencioso si sólo cantasen los pájaros que mejor cantan.

Reseña antropológica sobre el libro «Apoyo mutuo y cooperación en las comunidades utópicas»


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La antropóloga Virginia Rodriguez Herrero ha tenido la gentileza de reseñar para la revista de Antropología Iberoaméricana (AIBR) la obra «Apoyo mutuo y cooperación en las comunidades utópicas», mi quinto libro que vio la luz el año pasado. Así que gracias Virginia por el excelente trabajo y la calidad de la reseña. Todo un placer y un honor (¡¡yo he venido a hablar de mi libro!!).

http://www.aibr.org/antropologia/netesp/numeros/0801/080108.pdf

El espectacular brillo de la mañana


brillo

Mientras escucho el O mio Babbino Caro de Puccini recuerdo que en Escocia empezó todo. Lo recuerdo ahora que el silencio se ha instalado de nuevo. Ahora que los amigos partieron a sus lugares y todo parece que volvió a la calma y la soledad. Recuerdo tantas cosas que parece como si esta noche fuera un náufrago veneciano, navegando en una de esas góndolas mientras respiro al sol mío, y miro de reojo como los dioses se empeñan en guiarnos hacia la deriva.

No me importa, el Danubio también espera y seguro que desde sus aguas seré capaz de escuchar la Pastoral. La soledad y sus llamas. Uno termina acostumbrándose a todo. Incluso a esta intimidad compartida que desde hace años unos y otros husmean, comparten o callan, como si se tratara de un secreto que ahora se vuelve más secreto, porque ya no hay rostro, ya no hay personaje, solo la sombra de aquella luz que alguna vez nació a lo milagroso.

Por eso recordaba Escocia, y miraba algún vuelo para cerrar allí esta etapa dulce y melancólica donde lo sublime se entremezcla con lo cotidiano. Allí se quebró algo y empezó algo. Allí me remangué las manos verdaderas y me puse al trabajo verdadero. Desnudé el alma y pude, piel en mano, sabotear todo aquello que me apartara del camino. Sin miedo a perderlo todo, que fue lo que precisamente ocurrió. Sin miedo a ganarlo todo, que fue lo que posteriormente también ocurrió. Porque toda pérdida lleva consigo una ganancia. Perdemos un mundo pero ganamos un reino. Perdemos un reino y ganamos un universo entero. Y la vida. Porque la vida siempre se gana, incluso cuando se pierde. Como si fuera un pequeño minuet, plagado de pianos, de trompetas o de violines que descargan entre vacíos todo un estallido de armónicos.

Hoy me siento mecido por una extraña ola. Los que hemos nacido junto al mar tenemos dentro una especie de sensibilidad hacia el balanceo. Como si deslizaras una tabla encima de mil olas y cerrando los ojos te dejaras llevar por ese oscilar interminable. Es como sentirse acunado por el espacio infinito, alborotado sólo por la plácida somnolencia del infortunio. Y mañana el nuevo día, con o sin tabla, con o sin mar, pero con ese balanceo constante.

No sé, tengo la sensación de que ya no hay más que abrir el corazón a la primavera y dejar que la profunda sutileza de su despertar sea capaz de arrastrarnos de nuevo a la vida. Puedo escuchar sus flautas palpitar, su fuerza inminente, su intensa presencia. Como si fuéramos paseando por un campo infinito de flores y a lo lejos viéramos una cabaña de madera y acercándose por el camino una pastora con un cesto plagado de mieles y orquídeas, amapolas y tomillo. Un espectáculo para el alma sensible, una milagrosa oportunidad para sentir dentro de nosotros el rumor de la vida. Ya veo la pastorcilla, cargada de amuletos y descansando junto a las fuentes para refrescar el aliento mientras escucha el suave canto de los pajarillos. Ya escucho las flautas de nuevo… Y al fondo, el ganado pastando plácido, contemplando la escena ajenos al espectacular brillo de la mañana.

Pd. escrita a un amigo:

«Me siento tan ajeno a todo, tan plácidamente ajeno. Sólo deseo dejarme llevar por esta hermosa deriva. Como si el tartamudeo de las olas pudiera despejar cualquier atisbo de duda. Ya no tengo prisa por nada, ni siquiera por conocer a la bella dama. Que quizás solo exista en mi mente y mis poemas, en mis noches de soledad y en la melancólica llama que mantiene todas las primaveras. No es promesa tardía desesperar. Qué importa si todo cuanto ocurre solo pasa dentro de nosotros. Ese quehacer también es bello, y merecedor. En fin, espero que que puedas mecer tu alma en la plácida noche».

Abrazando la experiencia


pescador

«No temas. Desde ahora serás pescador de hombres. Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron«. (Lucas 5, 1-11)

Estamos olvidando a los viejos filósofos, a la sabiduría antigua. La gente solo quiere consumir cosas para sentirse bien, para ser vagamente felices. Qué estupidez. Como si la felicidad fuera algo bueno o malo. Cómo si eso nos ayudara en algo a ser mejores o peores. La felicidad es solo un estado, no una experiencia. Y la vida no nos pide que consumamos cosas o estados, sino experiencias. No desea para nosotros una cómoda situación, sino que, como el pescador, salgamos a la mar para lanzar nuestra red. Y la mar tiene de todo, días calmos pero también días bravos. Y la felicidad, de ser algo, es precisamente esa emoción de sabernos en la experiencia correcta, en el aprendizaje oportuno. Por eso cuando Dafne rechazó a Apolo, dios de la luz, la verdad y la profecía, estaba rechazando la experiencia. No la estúpida experiencia de una relación amorosa como algunos vagamente creen, sino la experiencia del alma, la experiencia de romper con la comodidad de nuestras vidas para seguir el camino de Hércules y sus trabajos. ¿Pero quién hoy día está dispuesto a romper con su comodidad social, con su comodidad laboral, con su comodidad psíquica, con su comodidad espacial y temporal y social y familiar?

Tenemos un estatus que proteger. A veces un estatus simple, que sólo nos sirve a nosotros mismos y a nuestra supervivencia y seguridad, pero un estatus al fin y al cabo. Un aferramiento a nuestras raíces de laurel. Un amor posesivo a nuestra flecha con punta de plomo, la cual provoca desprecio y desdén hacia todo lo que tenga que ver con el cambio que necesitamos.

Nos hemos instalado en la frivolidad del miedo y la comodidad, pero la naturaleza se abre a todos sin distinción, y a todos nos quiere en su ciclo de vida y muerte. Pero nuestros prejuicios, nuestros miedos, nuestra seguridad son tenaces. Preferimos escuchar siempre bonitas palabras, bonitos gestos, despreciando y olvidando que la vida también es degradación y muerte. Lo paradójico es ver como cuando estamos vivos nos comportamos como si estuviéramos muertos y cuando llega la gran hora, deseamos vivir intensamente. Vamos a morir, quizás hoy, quizás mañana, quizás en un año o dos, quizás en diez. No lo podemos saber, pero sí que podemos saber que hoy estamos vivos. Así que abracemos la experiencia del vivir y despreciemos la vida muerta. Dejemos de ser zombis en busca de cosas y felicidad. Las cosas y la felicidad llegarán por añadidura si abrazamos la experiencia.

felicidad

Si una mujer se acuesta, yo me acuesto con ella


  desnudos

Lo decía un poeta querido que ya murió, pero que nos dejó mil versos y mil enseñanzas. Y hoy salía la anécdota en una conversación con un buen amigo. El me preguntaba con cierta extrañeza como podía acostarme con mujeres sin acostarme con ellas. Es decir, compartir una cama, a veces incluso desnudo, sin practicar sexo. Para un hombre que no se masturba y que practica en su vida diaria cierto celibato voluntario no resulta nada complejo.

Hace unos años una bellísima mujer aspirante por su belleza física e intelectual a modelo ejemplar vino a mi casa y al llegar la taciturna noche, valiente y deseosa, me preguntó si podía acostarse conmigo. Era verano y hacía mucho calor así que nos acostamos desnudos abrigados ante las vistas del ventanal que daba a la inmensidad del universo nocturno. Dormimos abrazados sin que ocurriera nada. Por la mañana se levantó y me preguntó porqué no le había hecho el amor. Y simplemente le contesté que para hacer el amor con una mujer primero debía amarla. También nos duchamos juntos y cuando mi miembro reaccionó en la ducha ante el estímulo de su belleza envolvente me volvió a preguntar: “¿Y ahora no me vas a penetrar?” Y le contesté: “para penetrarte primero tenemos que estar compenetrados”. Esa anécdota se ha ido repitiendo durante años con diferentes amigas que han podido dormir a mi lado o incluso ducharnos juntos sin que pasara nada más allá de eso. Al principio les extraña, e incluso algunas lo ven como un rechazo. Pero luego entienden la naturaleza de mi actitud y la respetan.

No se trata de una asexualidad extrema y autoobligada. Se trata de una filosofía de vida. No es una castración, ni una condena, ni una perversión, ni una obligación que me perturbe. Se trata de una opción. Hacer el amor y penetrar a una mujer es una de las experiencias más bellas que existen en este planeta. Pero es mucho más bello e increíble cuando realmente hay amor y compenetración en el acto. Cuando alguien viene a mi casa con la intención de pasar una noche de sexo sin más terminan decepcionadas, a veces incluso cabreadas y violentas por ese ancestral temor al rechazo, inclusive al rechazo sexual. Pero si tienen paciencia comprenden que hay formas mayores de hacer el amor. Una mirada o un abrazo intenso, una amistad verdadera y perpetua, una confianza extrema pueden ser mucho más poderosas que un orgasmo nocturno y casual. Y cuando puedo elegir, elijo siempre lo primero.

La vida secreta


 vida

Quien agarra tu tiempo agarra tu mente. Sólo debemos mirar el tiempo que pasamos en algún sitio, haciendo alguna actividad, mirando absortos la televisión. ¿Quién nos atrapa? ¿Quién apresa nuestras vidas?

El aprisionamiento mental tiene que ver con nuestra docilidad a la hora de no enfrentarnos a la vida de forma activa. Creemos que la vida es eterna. Vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo por delante. Pero realmente no es así. Cada segundo que pasa es un segundo menos de existencia, un instante fugaz que se escapa para no volver nunca más.

De ahí la insistencia de volvernos temerosos ante el reto de la vida. Siempre habrá dos caminos, el cómodo, el que nos aferra a nuestro espacio de seguridad, y el desconocido, el camino de la vida secreta. Esa poderosa elección nos llena la existencia de experiencias, de profundos encuentros y de increíbles momentos irrepetibles.

Si tuviéramos que recordar uno por uno todos los años de nuestra vida, ¿qué recuerdos albergamos de unos y otros? Realmente pocos, quizás un viaje que nos sacó de nuestra rutina, quizás el encuentro con un ser especial, quizás la experiencia traumática de algún acontecimiento inesperado. ¿Hay alguien que pueda recordar algo más que eso? ¿Qué pasó con el resto de los mi cuatrocientos cuarenta y cuatro minutos del resto de los días. ¿Dónde se fueron? ¿Quién o qué los atrapó?

Ahora el reto está delante nuestra. Miramos el reloj y miramos hacia delante. El tiempo pasa y cada segundo es una elección. Sin embargo, hay otro tiempo al que los antiguos llamaban kairos. Es el tiempo de la ocasión. Es el tiempo de la rebeldía cósmica. Es el tiempo de sentirnos aquí y ahora, a la espera del instante milagroso. Entonces ya no miramos el reloj porque cada segundo, cada instante es único y auténtico. Ya nada ni nadie nos atrapa. Ya nada nos aprisiona a nuestra condición de zombis vivientes. Aprendemos a vivir, aprendemos a caminar en la vida secreta.

Rompiendo con nuestro espacio de confort


 AudreyHepburn

Nos envejece más la cobardía que el tiempo. Los años solo arrugan la piel pero el miedo arruga el alma”. Facundo Cabral

Decía Audrey Hepburn que no tenía miedo a morir. Tres meses antes de marcharse de este mundo debido a un cáncer de colon viajó a Somalia. Había padecido la Segunda Guerra mundial y había participado activamente en la ayuda al Tercer Mundo. La muerte para ella era algo inevitable que tarde o temprano caería como tifón de justicia para todo ser viviente. Lo aprendió en la guerra cuando veía fusilar a sus parientes y lo padeció en África. Esa dócil aceptación al destino irremediable le hacía permeable ante el devenir. Al no tener miedo a la muerte se había convertido en una auténtica vitalista. Y eso suponía romper una y otra vez con su espacio de confort, con su rutina, con todo aquello que hiciera de su vida una tumba andante.

Por eso Audrey no tenía miedo a la ruptura, al placer de la quiebra, al orgullo de la pérdida. Estaba dispuesta a todo, inclusive a condensar en un solo segundo todo aquello que pudiera darle sentido a una eterna existencia.

Acostumbrada a la crítica, porque aquellas personas que rompen los espacios y contornos de seguridad crean siempre desconfianza, soportaba día y noche la incomprensión del mundo. Pero no rehuía de la misma, ni la juzgaba. Sabía que el respeto partía precisamente hacia aquellos que pensaran diferente o buscasen respuestas en lugares antagónicos. “Usted puede saber más de una persona por lo que dice de los demás que por lo que los demás dicen de ella”, solía decir.

Sin duda, ella sabía que el miedo nos hace violentos. Y siempre se preguntaba porqué seres finitos tenían miedo a perderlo todo. A perder a sus familias, a perder sus trabajos, a perder su comida, su vivienda, sus argumentaciones racionales, sus creencias, su confort. ¿Cómo se puede tener miedo cuando sabemos a ciencia cierta que vamos a morir? Por eso Audrey no era prisionera de creencias o pensamientos, sino que gustaba de destruir cualquier forma mental que pudiera encarcelarla.

No se le conocía ideas fijas, sólo hechos consumados. Predicaba con el ejemplo, con la naturalidad y dando su vida por los otros. Con la promesa de que siempre se puede llegar más lejos, y siempre podemos hacer las cosas mejor. Por eso muchos moriremos anónimos, quejándonos de nuestras vidas y miserias, y a ella la recordaremos siempre. Gracias Audrey por tu ejemplo y vida.

Somewhere Over the Rainbow and What a wonderful world


El Buda dijo: “Monjes, si un hombre debiera cosechar todo según sus actos, no sería posible una vida recta ni escapar del dolor”.

A pesar de todo la vida sigue. No podemos lamentarnos. Debemos seguir adelante, mirar adelante. El dolor es comprensivo y nos despierta. Es sensato pensar que no podemos dañar a nadie, porque si lo hacemos, de alguna forma, también nos estamos dañando a nosotros mismos. Por eso la necesidad de estar despiertos y no tolerar que nuestras adormideras nos arrastren hacia la confusión. Siento de veras si alguna vez he dañado, porque al hacerlo, realmente me he dañado a mí mismo. Siento de veras si alguna vez cometí tamaña torpeza con el otro. Quizás en alguna parte renazca el arcoiris que todos merecemos. Quizás en alguna parte el mundo maravilloso se muestre ante nosotros. Estemos atentos para cuando eso ocurra.

¿Dónde estás ahora?


 desierto

Nunca estuve en Ypacaraí, a pesar de que albergo cientos de recuerdos de su lago y sus canciones. Recuerdo sus noches tibias mientras ella cantaba triste sus melodías en guaraní. Había una hermosa noche de plenilunio donde sus blancas manos desprendían calor. El camino hasta el lago atosiga la marcha melancólica, sopesando el suave canto.

Había otro lago en otro extremo. Le llaman el Lago de Aguas Blancas. En ese sí estuve, junto al gran desierto que daba cobijo a camellos e invertebrados. Allí había silencio, metáfora, timidez. No había nadie excepto el reflejo del alma en sus aguas. Allí también nació en la cueva blanca la poderosa llama que exterminaba las aristas del desprendimiento.

Conocí una vez a una mente poderosa. Desprendía rayos de fuego de su cabeza fulminando cualquier trozo o atisbo de agua o tibieza. Era capaz de evaporar lagos enteros con solo mirarlos. Pero su fuego no podía mirar el reflejo en el lago. Si es muy potente, termina evaporando sus cristalinas aguas. La llama tibia se deshace en la cera mientras el fuego descontrolado arrasa con bosques y pastos.

Ayer me hubiera gustado ser poseído por las fragancias de Ypacaraí y la ternura de Aguas Blancas. Lo intenté, me fui incluso a dar un paseo leve por las calles plagadas de luminarias con el ánimo de no dejarme arrastrar por el huracán que preveía. Pero el fuego era poderoso y encontró a otro fuego aún más poderoso y radiante, y el bosque entero ardió.

Ahora todo quedó desierto y desolado, arrasado por la llama que no pudo ser templada. Sin lagos, sin bosques, sin ríos. Sólo un gran desierto por delante, sin agua y sin llama, sin fuego y sin tibieza. Toca, de nuevo, la travesía por el desierto. Toca caminar para que las piernas no se hundan en el fango y el alma no escape a la llamada. Ahora el fuego se extingue porque ya no queda nada. Sólo la llama tibia que aguarda, en su cueva, nuevos bosques.

Reflexiones sobre el “yo” (mientras llueve)


 Javier Leon

Tras comer con unos amigos en Artemisa me marché al curso. A la salida llovía, así que aproveché para meterme de nuevo en el Lefties y comprar uno de esos pantalones de pana baratos, esta vez, para disimular mi escueto vestuario, de distinto color. Llovía a cantaros y eso me hacía feliz, porque la lluvia es hermosa cuando se contempla desde su propia naturaleza.

A la vuelta, mientras me mojaba alegremente, reflexionaba sobre el ego y sus peculiaridades. Siempre he sido una persona silenciosa, de esas que en el colegio se sentaban siempre al final de la clase sin hacer ruido excepto para echar de esas carcajadas que a veces me salen sin venir a cuento de nada. La frase preferida de mis profesores para referirse al chico de atrás siempre era la misma: “Xavi, aterriza”.

Lo mismo ocurrió de mayor. Siempre escondido, sin llamar mucho la atención, viviendo en la invisibilidad del anonimato. Cuando hay más de tres personas, prefiero escuchar y atender. Sólo expreso palabra si se me pregunta, dándole el protagonismo al otro. Sólo me animo a la cháchara cuando el interlocutor me interesa de verdad, o estamos a solas y el momento requiere de compartir.

En los momentos en los que los flashes podían deslumbrar de alguna forma, siempre los esquivaba. Cuando vivía o tenía a mi lado alguna celebridad (ya fuera por mis relaciones personales o mi trabajo), intentaba esconderme o apartarme. Cuando por algún motivo había la oportunidad de hacer alguna entrevista, buscaba la forma de evitarla.

Los que no me conocen aún siguen pensando que en lugares como este modesto blog sigo haciendo una extensa propaganda de mi “yo” o de mi “ego” o de mi vanidad o de mi orgullo espiritual o de cualquier otra cosa que pueda parecerse. No lo voy a negar. Quizás este exceso de desnudez o transparencia pueda parecer una exuberancia encubierta. Ni siquiera me paro a pensar en ello. Me gusta escribir todo lo que no hablo, y lo bonito de escribir es que no obligas a nadie a escuchar. Sólo escribes, sin esperar respuesta, sin pretender un trueque mínimo. Es un acto generoso donde expreso reflexiones, cosas del día a día, cercanas, que sirvan o no de medida para sabernos humanos e imperfectos. Y me gusta regodearme con esa imperfección.

Cuando hablo de los demás intento hacerlo de forma disimulada. De ahí que ponga siempre una inicial acompañada de un punto. Algunos amigos a veces se han quejado de que hablaba de ellos, o de cosas que ocurrían entre nosotros, de ahí que siempre intento mantenerlas al margen de mis reflexiones. Pero admito que me resulta difícil hablar de la vida si no es compartiéndola con ellos. Y me resulta difícil hacer grandes análisis macroeconómicos, políticos o ideológicos si no es acompañándola con el rigor de lo cotidiano. Este estilo o forma de escribir con respecto a la filosofía de lo cotidiano a veces me reporta auténticos fracasos en el plano personal. Las personas que se acercan en exceso a veces se sienten desnudas ante mis reflexiones, que, inevitablemente pasan por la experiencia diaria.

En estos cinco años de escritura continua, casi sin parón, sin cobrar nada a nadie, sin poner molestos anuncios o banners para intentar sacar algún rendimiento de algún tipo, nunca me he molestado en ver los réditos de esta filosofía de escriba. Quizás a veces he sido un poco intenso con esas emociones inevitables que la mayoría prefiere, muy respetuosamente, ocultar o disimular. En mi caso no podía hacerlo, porque el plano emocional, nuestro gran reto como humanidad, requiere de cierta desnudez y transparencia, y me gusta diseccionarlo para comprenderlo y domeñarlo. No es que realmente me guste hablar de mí y de mis cosas. Realmente a nadie le interesa si he comprado unos pantalones baratos en Lefties o si he cenado con un ministro o un embajador o con mi amigo Perico, el de los Palotes, que de forma anónima siempre llena mis días y mis horas. Eso sólo son anécdotas, motivos narrativos, fórmulas literarias para anclar al lector en un espacio y un tiempo, en un escenario. Realmente, lo importante, de haberlo, son las segundas lecturas, la lectura atenta entre líneas, los mensajes que pudieran incurrir entre anécdota y anécdota. Por desgracia muchas veces nos quedamos en lo epidérmico, en la superficies, sin analizar realmente el fondo.

La única misión de esta humilde y anecdótica escritura que no pretende ni fama ni notoriedad de ningún tipo es la de compartir. Y lo digo sinceramente: sólo compartir. Y cuando se comparte a veces nos equivocamos, porque somos humanos y no tiene mayor importancia. Y a veces puede que salga algún atisbo de vanidad o de orgullo. De verdad, tampoco pasa nada. Como decía, podéis seguir leyendo o dejar de hacerlo, nunca os reclamaré gloria o beneficio, excepto vuestro amor invisible y vuestro cariño anónimo.

Escribir es crear, y leer lo escrito es como ser penetrado por esa energía creadora. Realmente parece una obscenidad, pero escribir y leer es como hacer el amor en otros planos sutiles. Cada vez que alguien escribe expulsa cierta energía que alguien recoge en alguna parte. Respirar, conspirar. Compartir.

En fin, sentía la necesidad de decir estas cosas porque la lluvia que hoy caía intensa en Madrid necesitaba del hogar de una chimenea, rodeado de amigos compartiendo un chocolate caliente y hablando de mil cosas inútiles para el mundo pero necesarias para la supervivencia de nuestro “yo”, que no es más que el vehículo con el que la naturaleza nos ha dotado para comunicarnos los unos a los otros e intermediar entre el mundo tangible y el intangible.

Pd.- Os dejo una foto mía donde podéis ver mis pantalones baratos. De verdad que no pongo mi cara para que veáis lo guapo que soy, sino simplemente para que veáis, como decía Unamuno, que soy persona de carne y hueso.

La vida de un Loco


loco

Me preguntáis como me volví loco… Así sucedió:
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras… si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:
-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!

Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:
-¡Miren! ¡Es un loco!

Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!

Así fue que me convertí en un loco.
Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.

Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.

“El loco” (1918)
Gibrán Khalil Gibrán

En un mundo libre solo tenemos que jugar


Ayer en el circo las mujeres volaban y los hombres salían de la tierra. Había luces mágicas y personas que se transformaban de repente. La música parecía poder tocarse. El baile del espíritu libre, la emoción acompañada de lágrimas, el decorado siempre cambiante. El juego de la ilusión. Como si la vida pudiera encerrarse en ese circo. Al final todo eran aplausos, todos estaban felices, los que volaban y los que corrían bajo tierra y los que mirábamos atónitos saltos y piruetas imposibles.

Todos parecíamos tener la mente abierta y algo nos penetraba. Era fácil abrir el corazón al escenario. Sólo había que jugar al juego. Era un mundo libre. Podíamos reír y llorar con la facilidad de un cambio. Había explosiones interiores, anímicas que nos hacían subir y bajar como una noria acelerada. Pero todo era un juego. Sólo un juego del mundo libre. Por eso nada importaba excepto ser felices y estar enamorados de ese momento, único e irrepetible.

Quizás en la vida ocurra lo mismo. Quizás solo tengamos que abrirnos al amor de cada instante, enamorarnos de cada segundo de existencia en un mundo libre.

Y es cierto que la vida continua y no podemos vivir encerrados. Por eso podemos ser libres, sobre todo, libres de nosotros mismos, de nuestra sombra, de nuestro ánimo, de nuestra mentira, de nuestra ilusión, de nuestra prudencia, de nuestro rencor, de nuestro miedo, de nuestra fantasía. Podemos ser libres de todo cuanto nos posea. Ser libres y enamorarnos de las explosiones interiores, o de las mujeres que vuelan o de los hombres subterráneos. ¿Por qué no experimentar con esa libertad? ¿Hacia donde nos puede conducir? ¿Hacia el aplauso final, hacia la intensidad de lo único e irrepetible?

¿Qué ruido hace un árbol que cae en un bosque donde no hay nadie?


arbol

Lo que percibimos como realidad es un proceso que exige la participación de la conciencia”. Robert Lanza

Lo que el hinduismo llama «maya», ilusión, tiene su traducción científica. Si un árbol cae en un bosque en el que no hay nadie, ¿hace ruido? La pregunta y la reflexión, a priori parece clara, pero Robert Lanza, en su libro Biocentrismo, va aún más allá. La ciencia que estudiamos en quinto de naturales lo explica de forma sencilla: el sonido se crea por la perturbación que tiene lugar en algún medio, generalmente el aire. Cuando el árbol cae y sus ramas chocan contra el suelo crean rápidas pulsaciones de aire, y son realmente estas variaciones en la presión del aire lo que existe. El fenómeno que llamamos “sonido” tiene que ver con nosotros, con nuestros sentidos y nuestra forma de captar e interpretar las frecuencias del aire. En la naturaleza no existe el “sonido”, solo en nuestra percepción.

Si alguien está cerca de la escena, hace que la presión del aire haga vibrar físicamente el tímpano en nuestro oído. El diseño de nuestra estructura neuronal nos informa que entre 20 y 20.000 pulsaciones por segundo algo está ocurriendo, y ese “algo” lo traduce en “sonido”. Por encima o por debajo de ese dato, para nosotros nada ocurre, nada existe, porque nuestros sentidos no son capaces de apreciarlo, solo están diseñados para percibir ese espectro de onda, por lo tanto, solo está diseñado para percibir una realidad parcial y distorsionada.

Esta idea es increíble y puede servir para todo, incluso para nuestras esferas emocionales o registros mentales. Por seguir con el símil, hay personas que podrían sentir entre las 20 y 20.000 pulsaciones emotivas por segundo. Podemos escuchar un concierto y emocionarnos. Ver un atardecer y sentir cosas hermosas. Abrazar a alguien y ver como se erizan nuestros cabellos. Pero hay personas sordas en el plano emocional (como ocurre en el plano del oído, donde la mayoría de gente adulta solo puede escuchar a partir de los 10.000 pulsaciones por segundo).

Digamos que nuestra historia y herencia emocional ha podido sufrir cierta amputación, y por lo tanto, cierta sordera. Estamos tan acostumbrados a ver imágenes de niños muriéndose de hambre en la tele que socialmente somos sordos a ese problema. Ya no nos inmutamos lo más mínimo ante esas atroces escenas. Además, siempre nos las ponen a la hora de comer o cenar. Somos socialmente insensibles y estamos capados, por diversas razones, en el plano emocional. Pero no sólo hacia eso. Hay gente incapaz de emocionarse ante un atardecer o un abrazo o ante la muerte de un toro.

¿Y qué ocurre en el plano de la mente? Exactamente igual. Somos capaces de crítica pero no de autocrítica. Nos gusta enfrentarnos a los retos exteriores pero no a los interiores. ¿Qué color tendría una vela encendida en mitad de un desierto donde nadie pudiera observarla? ¿Tiene fulgor su llama? ¿Es de color amarilla? Realmente la llama no tiene propiedades visuales, es solo un espectáculo de electricidad y magnetismo que nuestras neuronas identifican como “fuego”, “calor” o “llama”, y en nuestra construcción mental las imagina tal y como la vemos para ordenar la información recibida. Pero sólo se trata de eso, de una visión.

Esto me hace pensar en todas las cosas que pasan a nuestro alrededor (en todos los árboles que caen por minuto) y que no somos capaces de percibir o que las percibimos como si fueran verdades absolutas: “un árbol ha caído y hace ruido” o “la llama amarilla produce calor y fuego”. Cosas que podrían realmente transformarnos y advertirnos de un mundo “superior”, de un mundo más amplio y que ignoramos en nuestra ceguera mental y nuestra sordera emocional. Un mundo diferente, sin ruidos, sin colores, sólo con vibraciones cuánticas.

Pero, ¿como enfrentarnos a este mundo si estamos capados por todas partes? Por nuestros propios traumas emocionales, por nuestros prejuicios mentales, por nuestros hábitos y manías y por nuestras propias cegueras sensitivas. ¿Qué cosa es esa que nos libera de nosotros mismos para contemplar ese otro mundo increíble?

«Becoming», cambio, relación, transformación


devenir 

A las cinco de la mañana ya estaba contestando algunos correos. A esa hora hay un silencio hermoso y una extraña fuerza que te impulsa con optimismo hacia el nuevo día. A las siete me deslizaba por las calles que separan Malasaña y el barrio de las Letras, llegando a la estación de tren de Atocha. Esos lugares de tránsito siempre me han parecido mágicos. Aún recuerdo la primera vez que pisé la estación de Zurich. Fue en un libro, fue mi primera estación, fue mi primer sueño. Desde entonces no he parado de viajar y de transformarme, ya fuera con libros o con realidades.

El AVE es un tren excesivamente rápido y excesivamente caro. Aquí observo el paisaje cambiante e intento interrelacionar mi aura con el aura de mis vecinos pasajeros, respirando sus átomos volátiles y observando su luz mientras les deseo un feliz día. Es un estado agradable que puedo simultanear con la lectura de un libro de Mikael Krogerus del que voy tomando notas. A este estado en el que me encuentro podría llamarlo becoming, según lo explica Krogerus. El inglés académico llama becoming a la simultaneidad paradójica entre el estado de reposo y el cambio, entre la idea de ser y la de llegar a ser. El cambio no es un periodo descriptivo, no pretende una transición, sino una posibilidad palpable. Es un constante devenir.

Mientras el tren avanza, observo los campos mojados de Castilla y los árboles desnudos. En la observación me transformo, ya que de alguna forma el paisaje ayuda, en su interrelación, al cambio. No importa como entendamos el universo o los universos, el campo de Castilla o los árboles desnudos o la magia de sensaciones que producen en nosotros. Todos los universos, los de dentro y los de fuera, se rigen por una sola idea: cambio. La cosmología cuántica de bucles de Martin Bojowald dice que el universo es una parte de una gran entidad en la que constantemente se crean y destruyen universos. El Big Bang de Einstein o Guth sugiere que el universo nació de una singularidad cuántica hace más de trece mil millones de años. Según la teoría del Estado Estacionario de Hermann Bondi, el universo es eterno, se expande creando nueva materia constantemente. El Universo permanece porque cambia.

Hay algunas teorías más complejas, como la de Weizsäcker el cual, en su alternativa primitiva, observa que la realidad cuántica del universo deriva de las consecuencias teóricas de la relación sujeto-objeto, es decir, los campos de Castilla y sus árboles desnudos con nuestra propia subjetividad y observación con respecto a los mismos (la mía propia que la observo y la describo y la tuya querido amiga/o que ahora los imaginas en este viaje doble de ida y vuelta, porque la lectura, como en la estación de Zurich, también transforma y cambia). Para el principio antrópico, el universo se ha desarrollado para que aparecieran seres vivos capaces de razonar y reconocerlo. Para John Wheeler todo es más simple: “It from bit”. La materia es un epifenómeno de información. ¿Una constante relación informante? ¿Un constante intercambio de información que cambia a medida que cambiamos? ¿No es eso lo que estamos haciendo ahora mientras escribo y describo y lees y reflexionas?

Para el solipsismo, el universo es mi invención, para otros es un movimiento o una construcción social o un universo matrix creado por una civilización superior, o tal como dice el Budismo, el universo no fue creado, se desarrolla en círculos eternos.

Sea como sea, todos concluyen en que en todo este proceso de cambio se encuentra la humanidad. Hegel decía que el motor que mueve a todas las sociedades es la lucha por el reconocimiento, y en todas las instancias, el reconocimiento del individuo. Y eso significa un individuo en constante transformación y en constante cambio. Me reconozco como un ser vivo racional, sintiente, inteligente y consciente capaz de reconocer a los otros y al mundo mediante la constante relación con los mismos.

En occidente siempre hemos observado la existencia desde el modelo epistemológico del “árbol de la vida”, una constante creciente hacia una vertical que va más allá, haciendo crecer sus ramas desde una raíz fija. El filósofo francés Deleuze, quizás adaptando sus teorías a la idea oriental, cuestionaba este principio hablando de un modelo horizontal que imita las plantas sin raíces como los lirios, el jengibre o la gualda. Lo llama modelo de rizoma, el cual funciona como internet: una red enorme cuyas partes están interconectadas entre sí, sin principio ni fin, sino habitando en un devenir continuo. Y esto nos lleva a pensar sobre un segundo punto importante. No sólo vivimos en un proceso universal de cambio constante, sino que además lo hacemos interrelacionados con la naturaleza, con lo material, con los demás, con nosotros mismos y con lo trascendental. Es decir, la vida es relación, la vida es cambio que se relaciona, la vida es devenir.

La idea de cambio y relación nos lleva a una tercera idea: prescindir de todo lo que hasta ahora nos resultaba imprescindible. Deberíamos con ello invocar un nuevo requisito en nuestras vidas: transformar lo existente. Y eso supone un reto apasionante que tiene que ver con el resto universal, con la idea de fluir con la vida y su invisible y misterioso propósito. Nos lleva a plantear algunas cuestiones primordiales: ¿tenemos una vida estática? ¿somos capaces de relación? ¿vivimos en un círculo cerrado o en una maraña de vida que cambia y nos transforma? ¿Qué deseamos de la vida? ¿Qué esperamos de la vida? ¿Qué ofrecemos a la vida? Hay una poderosa convicción en todos nosotros: estamos vivos. Pero el interrogante se hace mayor ante el propio reto: ¿qué significa estar vivos?

¿Es la soledad nuestro palacio?


Desde que vivo en el zulito llevo semanas debatiéndome sobre muchas cosas. Si somos o no somos personas completas, si somos o no somos personas autosuficientes, si el mito del Robinson Crusoe es plausible o la advertencia del lobo estepario que mira con recelo a la manada corrobora o no la llamada de la selva. Son temas interesantes, que están ahí, que permiten profundizar desde la soledad más absoluta en ese reguero de seguridad que la soledad nos proporciona. El mundo, el mundo exterior, el de ahí fuera, está plagado de abismos y nadie tuvo la capacidad de enseñarnos el vuelo libre para sortearlos. Cuando practicaba parapente recuerdo que había dos momentos de terrible pánico y tensión: el despegue y el aterrizaje. Ambos provocaban cierta crisis y ansiedad porque nunca sabes, cuando te tiras al vacío, qué puede ocurrir en el aire. Y lo mismo cuando aterrizas, ¿qué nos espera ahí en la tierra? La experiencia hace que cada vuelo contribuya a crear un marco de mayor seguridad, y que desde esa avanzadilla entre nubes puedas ver y relativizar todos los abismos. El vuelo te hace percibir la realidad desde otra perspectiva, y los miedos e inseguridades desaparecen a cada salto. Pero no somos seres completos cuando volamos si no fuera por ese parapente y por esos amigos que vigilan que el viento esté en su sitio y aquellos otros que te acompañan en el vuelo para mayor seguridad espacial. La soledad, sea en un zulito, en una cueva o en una fiesta donde nadie te hace caso es producto de una ilusión. ¿Cómo estar o sentirse solo cuando ves y percibes todos los lazos que nos unen? Esa percepción, esa realidad de comunión con todo nos arrastra a querer abrazar cada átomo de existencia. Así que abrazos sentidos desde el invisible orbe.

La seguridad de amarnos a nosotros mismos (solo a nosotros mismos)


pareja

Dicen que uno y uno suman más que dos. Pero el ego, que siempre se siente unidad indivisible e ilusoriamente independiente (o independentista) siempre parcela la vida en estragos, en islas, en territorios psicológicos de difícil acceso. En la soledad y el aislamiento normalmente nos reencontramos con nuestra parcela de confianza, un lugar donde nada ni nadie podrá demoler los pilares de lo que somos, o mejor dicho, de lo que creemos ser, rechazando con ello la oportunidad de cambio, aprendizaje y transformación que el otro y la suma de los dos nos ofrece. La seguridad y la supervivencia del ego dependerá de su protección.

Si hubiéramos vivido durante casi toda una vida en una isla desierta y de repente un ser bello, inteligente y culto apareciera náufrago procedente de otra isla desierta, seguramente podrían pasar tres cosas. La primera es que naciera la ilusión de una alianza humana, cuyas raíces siempre se ramifican en eso que llamamos primero atracción (esa ley siempre aparece cuando más se necesita) y luego, muy vagamente, en eso que damos por llamar amor, aunque lo primero no tiene porqué desembocar necesariamente en lo segundo.

La segunda posibilidad es que naciera la desconfianza. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿A qué has venido? Todo aquello que perturba nuestra paz tiene sentido de convertirse en una amenaza. Y a veces tendemos a confundir paz con seguridad, porque todos hemos delimitado con fuertes y protectores linderos bien definidos hasta donde somos capaces de arriesgar con tal de no derrumbar nuestras columnas y certezas. La parte interesante de todo esto es que lo aparentemente verdadero, lo que alguna vez nos dará la pretendida paz, es cuando demolemos esa seguridad y esa norma vital. Ya lo dice el viejo adagio: lo único que permanece es el cambio, y si navegamos largamente en nuestro propio circunloquio, perecemos.

La tercera posibilidad sería que uno de ellos buceara en la primera premisa y el otro en la segunda. Entonces no habría intercambio, ni diálogo posible, ya que ambos andarían cada cual en sus respectivas historias, sin coincidir en las derivas del lenguaje. Sin comunicación no hay relación, y por lo tanto, los náufragos seguirían siéndolo aun compartiendo la misma isla.

La extrañeza de toda esta historia viene precisamente de la situación de náufrago. Náufrago de la sociedad, por llamarlo de alguna forma, aunque también podría traducirse como hereje, loco o simplemente anormal o asocial. Pero ahí están las islas y ahí están los náufragos, mirándose a veces con complicidad y otras con auténtica desconfianza. Y el problema siempre es el mismo: el síndrome de Estocolmo con la isla que nos ha secuestrado. Porque nuestro marco de seguridad –la isla- termina también convirtiéndose en nuestro marco de referencia y nuestro marco de protección. La norma, lo normal, será permanecer en ese lazo afectivo e intenso que hemos desarrollado con nuestra propia cárcel y aislamiento. Amamos nuestra soledad porque nos amamos a nosotros mismos y porque creemos que nosotros mismos somos nuestro “yo”, nuestra parcela, nuestra isla. Pero ese amor propio encierra los peligros de la ilusión, del separatismo, del vernos como unidades aisladas incapaces de abrazar al otro y fundirnos en el otro. ¿Quién puede realmente fundirse en el otro sino aquel que a base de ensayo y error ha contemplado la posibilidad de auto-inmolar su propio yo?

Mundo maravilloso… a veces…


mundo maravilloso
Ayer a las ocho éramos trece personas en la presentación del libro. No me importó. Mucho más que eso, estaba feliz porque antes de salir de nuevo dirección a Madrid había quedado con una persona muy especial a la que me apetecía ver para despedirme con un abrazo sentido. Dimos un corto paseo por gracia. Cenamos algo ligero en la Plaza del Sol y confesamos a pecho descubierto historias para no dormir. Ambos no entendíamos como había sido posible tanta confianza en tan solo tres encuentros, como si nos conociéramos de toda la vida, como si nos conociéramos de todas las vidas. 
 
Haciendo balance, veo que estas semanas están resultando hermosas. Al menos en lo que respecta a la esperanza de cruzarme por el camino con seres que son capaces de resolver en una mirada el cúmulo de dudas que siempre nos atraviesan insistentemente. Hay personas que poseen esa magia, ese poder de transformación, o que llegan a tu vida justo en el momento oportuno, justo cuando más las necesitas, o justo cuando más te necesitan, creándose un lazo irrenunciable, estrecho y hermoso. Sin pedir nada a cambio, sin exigir nada a cambio, sin esperar nada a cambio. Y este mes, de formas diferentes y diversas, ocurrió en más de una ocasión. Como si de repente el cielo se abriera y empezara a gotear lazos de amor, inesperados y bienvenidos milagros capaces de arrastrarnos hacia emociones verdaderas, hacia una tierra maravillosa. 
 
Hay cosas que aún no podemos entender del todo, cómo funcionan o cómo se manifiestan. Ni siquiera podemos entender cual es esa fuerza que nos arrastra hacia situaciones o seres capaces de metamorfosear nuestras vidas. Llegan de repente y algunos tejen con empeño esa felicidad interior que nos avisa de que todo está bien, de que a pesar de los días grises y las tormentas, hay momentos para alcanzar el punto de quietud y contemplar el cosmos como esa sinfonía armónica. 
 
Sin embargo, no todo es un mundo maravilloso. Ayer leía anestesiado la noticia del matrimonio que se suicidó por no poder hacer frente a su situación económica. Y veía tristemente cómo personas Toni Cantó defendía las corridas de toros y cómo la brutalidad se “culturizaba” en nombre de una barbarie encubierta. Y cómo se instalaba la hipocresía en los políticos que abanderaban unas y otras cosas, jugando no ya con nuestra felicidad, que eso es patrimonio individual, pero sí con aquellos resortes jurídicos que hacen que la manifestación de la misma sea de mayor o menor calidad. Para el anciano matrimonio de Mallorca ya no habrá más esperanza. Para nosotros, los que hemos preferido no sucumbir a esta barbarie, aún seguiremos mirando al cielo esperando que ocurra de nuevo lo milagroso.  
 

El mundo amoroso por los otros seres


foto

Decíamos ayer… que en la soledad y el silencio también se puede amar con locura. Solo basta imaginar una palmera lejana, un trozo de arena y allí esta la isla. Y alguien paseando con una blusa transparente, empujando con sus pies las olas del mar, la minúscula pulsatila, el aroma ocre y el sabor salado.

Decíamos ayer porque hoy era otro día y no había más arena que la que se va acumulando en un rinconcito del zulito, arrastrada por Charlie y Bravo, dos pequeños habitantes de uno de los sanitarios del lavabo que por honor al derecho de conquista, no he podido, ni yo ni mi consciencia, expulsar de su casa.

Ellos estaban primero, y mientras que no se multipliquen ni se conviertan en plaga, ahí seguirán. Aunque a Bravo, el más grande de las dos cochinillas grisáceas hace días que no lo veo. Espero que no la haya palmado o me la haya palmado sin querer, en algún descuidado pisotón nocturno o barrida de pelusas no identificadas.

La verdad es que en la soledad de este invierno era de agradecer sendas compañías, aunque fuera simbólicas y minúsculas. Uno se levantaba todas las mañanas con ese extra de alegría por ver a los dos seres diminutos afanados en sus quehaceres diarios, corriendo de un lado para otro mientras las observo curioso ante la ignorancia de mi gigantesca dimensión.

Recuerdo que mi madre siempre se enfadaba cuando en vez de matar a los bichejos tendía a coleccionarlos en alguna improvisada caja de zapatos. Caracoles, ranas, arañas, moscas, gusanos, cochinillas, mariposas, lagartijas… Una de mis mayores pasiones era ver crecer a los gusanos de seda. El tacto de su piel, el olor inconfundible a hojas de morera, la construcción mágica del capullo y pacientes y largos días después, su mutación en torpes polillas blancas que ponían miles de huevecillos grises o naranjas.

Como a veces me resultaba imposible asesinar despiadadamente a moscas y mosquitos, para disimular mis rarezas solía cortarles las alas y así pensar que quizás había una segunda oportunidad para ellas. Luego ese acto me resultaba monstruoso y repugnante, así que me las ingeniaba para abrirles las ventanas y así pudieran escapar de la escoba o el paño de cocina de algún familiar sin tanto escrúpulo.

Cuando vivía en mi casa de la Montaña de los Ángeles, un verano se proclamó unilateralmente una plaga de moscas en la pequeña cueva que tenía en el sótano. Me creó un verdadero conflicto que no supe resolver. No quería matar a las moscas pero tampoco podía permitir que siguiera avanzando su incontrolada natalidad. Al principio opté por echarles agua para ver si decidían marcharse a otra parte. No fue posible. Decidí terminar con la plaga con un insecticida y cuando terminé de fumigarlo todo, me sentí terriblemente mal y culpable por el “moscacidio” cometido.

En la Sacedilla ocurrió algo parecido con una plaga de hormigas. Las plagas te cambian el concepto del respeto a la vida. Son ellas o tú, y ahí, los valores morales se transforman de repente.

Hay cosas que tengo claras: si alguien me diera un sable para que le cortara la cabeza a un pollito y así poder comer unos MacNuggets crujientes o atravesar el pecho a una ternera para así deglutir una doble con queso, ni lo hago ni lo haría. No tengo esa clase de escrúpulos.

Realmente no somos conscientes de que tenemos granjas que son como auténticos campos de concentración donde criamos a seres inocentes para que formen parte de nuestra sangrienta dieta diaria. Si fuéramos conscientes de eso y de muchas cosas más que se nos escapan todos los días, quizás podríamos ver la vida de forma diferente. Incluso seríamos capaces de compartir nuestro trozo de soledad con un Charlie y un Bravo cualesquiera con forma de cochinilla grisácea. No sé… quizás incluso la vida sería diferente para todos y hablaríamos de otras cosas o compartiríamos otro tipo de experiencias. Un mundo sin esa crueldad implícita y diaria seguro que debe ser como la imagen de la mujer transparente en una playa cualquiera de un mundo cualquiera. Puro amor. A veces los seres más insignificantes y minúsculos ante nuestros ojos nos pueden dar una magnifica lección de vida. Supongo que eso deben pensar los dioses de nosotros.

Transparencias


Lee Miller by Man Ray

Ayer las prostitutas de la calle Ballesta sonreían de forma especial mientras me dirigía surfeando por las calles del distrito Universidad a realizar algunos trámites burocráticos. También lo hacían las amables funcionarias que atendieron mi petición de ciudadanía madrileña, aceptando, con la firma de un escueto documento, el ser vecino de la villa y así poder, previo pago anual, aparcar mi coche en un radio determinado de calles. Un joven y atento taxista me ayudó con indicaciones donde se encontraba una calle mientras que uno de esos vendedores de oro que gritan a bocajarro cerca de la Gran Vía guiñaba un ojo ante mi cómplice mirada. Ayer parecía como si toda Madrid estuviera pasando un buen rato en la isla de Margarita, paseando entre palmeras caribeñas y disfrutando de un sol de verano. Todos parecían amables y felices, como si de alguna forma hubiéramos aceptado nuestra condición humana y todo estuviera bien. Había transparencia en todas las miradas, como si unos y otros, independientemente de su condición humana, fueran más transparentes. Incluso las oficinistas que salían al portal a fumar su cigarrillo sonreían, y dicho sea de paso, esa calada profunda es como una forma de meditación zen donde unos y otros buscan su centro. Algún día descubrirán que pueden seguir encontrando ese momento de Quietud sin necesidad de nicotina.

Pero esa era solo una percepción de la realidad. Mi percepción. La noche anterior había cenado con un reputado científico nuclear asentado en Japón compartiendo mesa con un director de cine nominado a los Goya. Allí hablamos de otros temas, de otras realidades alternativas, divergentes, que nada tenían que ver con la isla de Margarita. Puse sobre la mesa, muy tímidamente, mi queja-provocación sobre la dieta humana. Quizás, sin darnos cuenta, uno de los mayores problemas de nuestra violencia congénita nacida de nuestro hábito ancestral y solo modificada tímidamente en estos tiempos gracias a los movimientos de protesta de la contracultural y las modas imperantes de la new age.

Ante mi queja por la ingesta sistemática de cadáveres animales, un buen amigo me increpó al día siguiente por acordarme de la muerte de cerdos y vacas y no protestar por los asesinatos sumarios ocurridos en Siria. Precisamente ahí estaba toda la cuestión, todo el meollo del asunto. Si nuestros hábitos, empezando por los alimenticios, no fueran tan perversos, tan crueles y tan bestias, posiblemente hacía siglos que no habría guerras en el mundo, y por lo tanto, habríamos terminado de un plumazo con imágenes como las de Alepo. Y seguramente pasearíamos por la calle amables y cordiales mientras todo el mundo sonreiría de forma especial, guiñándonos unos a otros en esa complicidad humana.

Resulta que quizás para ello no hagan falta grandes revoluciones sociales, ni grandes epopeyas cargadas de heroicas batallas. Quizás baste levantarnos desnudos, transparentes, dejando que la luz nos atraviese, como en esta maravillosa foto de Man Ray, donde la luz se fusiona con el cuerpo desnudo de una bellísima y cristalina Lee Miller.  Desnudos y transparentes, claros y verdaderos como agua que corre hacia la entrega y la dicha, hacia la fluidez que busca en las cosas sencillas lo bueno de la vida. La revolución verdadera quizás empiece en nosotros, levantándonos con nuevos hábitos y sonriendo al mundo desnudos, sinceros, transparentes.

 

 

 

Somos piezas invisibles de un Gran Universo


Bestias del sur salvaje

Ayer hice dos viajes maravillosos en una pequeña y doble maratón de cine. El primer viaje fue por la historia y la política gracias a la magistral película “Lincoln”, de Steven Spielberg. Fui a verla con J. y su hijo menor y los tres disfrutamos de ese trozo de la historia tan increíble y a veces tan olvidado. La Decimotercera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que correspondía a la abolición de la esclavitud, centraba la esencia de la película junto con su mayor protagonista, el presidente Lincoln. Todo esto, aunque parezca increíble, ocurría hace dos días, en un frío invierno de 1865. Los claros mensajes de libertad y unión de los pueblos y las razas estaba en la película. Lincoln, en su famoso Discurso de Gettysburg, asentaba las bases de los principios de igualdad y libertad.

El segundo viaje lo hice para ver la película “Bestias del Sur Salvaje”, la mágica e increíble (para mí) ópera prima de Benh Zeitlin. Éramos siete personas en el cine y más de la mitad se marcharon, quedando una pareja de adolescentes y yo. No sé si marcharon porque la película era excesivamente profunda o porque encerraba un mensaje insoportable de pobreza y desolación. Para mí era más bien un mensaje de liberación, de fortaleza y profundidad ante los retos de la vida.

Lo cierto es que cuando llegué a casa, y ante la reflexión de la misma, arranqué a llorar desconsoladamente, rompiendo con ello los diques del llanto y provocando la inevitable inundación de un zulito que por unos momentos se había convertido en La Bañera de la película.  Gracias al lagrimeo casi debo salir a remo de la plaza conquistada.

Había frases de la película que me impactaron. Una de ellas fue cuando Hushpuppy, la joven protagonista -una maravillosa y espectacular Quvenzhané Wallis de apenas seis años cuando se rodó la película-, guerrera y valiente exclama: “una persona valiente nunca abandona su casa”. A partir de ahí, la película te adentra en un conocimiento oculto, de naturaleza mágica donde los vínculos entre todos los seres pueden verse en los constantes latidos del corazón. Por eso, para la niña, todo el Universo depende de que todo encaje correctamente. Si una pieza se rompe, por muy pequeña que sea, el universo al completo se romperá. Sin duda somos piezas invisibles de un Gran Universo, y cuando todo está en calma detrás de nuestros ojos, vemos lo que nos hace ser.

 

 

No somos puros, pero no importa


casa

«No pongas muros, ni vallas, ni fosos a tu corazón. Es como está más seguro«. Bergamín.

No debemos agobiarnos por alcanzar nirvanas. No debemos apresurarnos por incidir en la luz. Ni siquiera saturarnos de técnicas, de propósitos, de búsquedas o permutas que nos harán más livianos. La oscuridad y la imperfección también pueden ser una llama. La dejadez, la pereza, la inexactitud, el llanto o la tristeza también pueden ser una esperanza.

Lo más importante es aquello que nos identifica con lo que realmente somos, no con lo que nos exigen o lo que nos conmueve o lo que nos gustaría ser. Somos, simplemente somos. Con nuestros días claros y nuestros días vagos, con nuestras horas muertas y nuestros cuerpos raros. Somos aunque la mirada decaiga, aunque no tengamos hoy fuerzas para continuar o dar ánimos. Somos incluso cuando dormimos o nos enfadamos.

Nuestra divinidad no nace de nuestra perfección, sino de la lucha constante por ser nosotros mismos. De no sentirnos adulados por la recompensa ni satisfechos con lo conseguido. De decaer y peregrinar perdidos, o equivocarnos y algún día pedir perdón.

No somos luces perpetuas porque a veces hace viento o llueve y debemos refugiarnos tras el velo, o debajo de una mesa apolillada. Tintinea en nuestro interior la luz, pero no siempre es faro. Y a veces es muy justa, pero no importa, porque es nuestra luz y no la de otros.

Y no queramos por tanto ser puros y perfectos. Eso es tarea de ángeles y dioses. Seamos humildes, amemos lo que somos, lo bueno, lo malo, lo mediocre, lo insensato, nuestra ignorancia o ceguera, nuestra vanidad y narcisismos, nuestras angustias y asperezas, nuestra cobardía y palidez.

Hay barro tras la lluvia, y no por eso dejaremos de salir al bosque y a los campos. No por eso dejaremos de labrar la tierra y de amarnos. Habrá días que el barro nos engullirá, que tendremos miedo, que sentiremos la asfixia de los acontecimientos. Pero no por eso dejaremos de ser.

¿Qué más da si hoy no tenemos ganas de agradar al mundo o si el mundo no nos agrada? Nos vamos a un bosque solitarios, paseamos por sus veredas tranquilos, sosegados. Dejamos migas de pan por si algún pájaro desea acompañarnos, pero sin la intención de seguirlas en el retorno. Porque no hay retorno en la pérdida. Aquellos días de plenitud, de ardor, de sentido amor no volverán. Se perdieron. Pero no importa, ahí están los pájaros, comiendo sus migajas. Y el bosque.

La derrota frente a lo sublime


isla

«Es solo mío el país de mi alma, entro en él sin pasaporte«. Marc Chagall

Hoy le pedía a alguien que me llevara a su isla desierta, que me atrapara en lo sublime de su alma, en la grandeza de su invisibilidad, qué me llevara a un lugar fantástico donde el amor creciera sin restricciones. Y me quedaba absorto porque podía ver la isla allá lejos y podía saber que ella me comprendía a pesar de lo imposible, a pesar de la magia inalcanzable, como esa agua que se escurre cuando intentas atraparla entre las manos.

Quizás algún día eso ocurra en la vida real. Alguien capaz de llevarnos de la mano a esa isla enseñándonos el poder y la fuerza de la vida, como aquel lugar del que alguna vez hablé y llamé la tierra pura. Quizás no sea tan difícil y solo tengamos que cerrar los ojos y respirar. Respirar hacia dentro pero también hacia fuera. Respirar al amigo lejano, volar hacia la amiga lejana y respirarla profundamente hasta que se materialice.

Había algo hermoso en ese sueño, compartiendo abrazaditos en la distancia, con las sábanas recién puestas, el olor a apio venezolano que llegaba hasta aquí y la magia de lo real atravesando cada poro de nuestras almas… Sólo era un sueño pero reconfortaba en la soledad, me hacía libre y feliz, me conmovía en la dicha de pensar que lo sublime podía ser maravillosamente real si lo sentíamos, si nos transformaba.

Debo admitir, aunque ahora solo pueda hablar en susurro, que en lo sublime hay cierta derrota. Cuando alguien nos parece sublime y extraordinario nos entregamos, nos derrotamos ante él. Y en estos días me siento entregado a esa magia, sin juzgarla, sin llevarla a la silla de los acusados, sin encansillarla ni amañarla ni maniatarla. Dejando que se manifieste de forma libre y que nos lleve hasta donde tenga que llevarnos.

El amigo MJ, hablando con cariño y admiración de una buena amiga, me decía que ella siempre se despedía de sus hijos por las noches diciéndoles: recordad que sois buenos, importantes y valiosos. La magia con la que contaba esa entrañable anécdota y la fuerza de esas palabras dulces a unos seres queridos me hacía soñar con esa isla. Una isla sublime donde poder entregar el alma y la vida entera.