La intención: nuestra melodía interior


la intención

Esta mañana me ponía el suéter rojo que compré hace dos veranos en Helsinki. Por la noche, siguiendo los consejos de una buena alma, me di una ducha de agua hirviendo pues con la carga de cajas y la lluvia había cogido algo de temperatura, que sumada a los mareos continuos que tengo desde que ando en el zulito, daban un paisaje algo desolador. Pero amanecí bien y pude llegar a primera hora hasta Arganda del Rey y descargar allí cuatrocientos libros que no sé si alguna vez cobraremos.

A las diez habíamos quedado en el hotel Princesa de Éboli para asistir a una muy buena charla de Jesús, un amigo de la Fundación Ananta. Poco a poco y durante cuatro horas iba desgajando de forma suave cosas hermosas que servían para la reflexión.

Hablaba de la importancia de conectar con las cosas, con todas las cosas, hasta que saliera de nosotros una leve sonrisa. Ese gesto era la señal inequívoca de que habíamos conectado con la emoción correcta. Las cosas que nos enfadan, las personas que nos sacan de quicio, solo son pruebas en el camino para ver si realmente hemos conectado con nosotros mismos, con nuestro centro. Y nuestra mente pone atención en todas esas cosas, pero es nuestro corazón el que pone la intención, el deseo verdadero de acercarnos al mundo con algún sentido.

A todos nos gustó la explicación sobre las conclusiones que Patrick Drout y Annie Marquier habían llegado sobre el corazón, un músculo que aparentemente bombea sangre por todo nuestro cuerpo pero que, además, posee ciertas neuronas que dotan al ser humano de una capacidad intencional e intuitiva.

La intención es la melodía interior, y el corazón es el órgano que la produce. De pequeños nos educaron a perfeccionar nuestra mente, a desarrollarla y aplicar técnicas para poder ejercitar su potencial. Pero nadie nos explicó como hacer lo mismo con el corazón, con la intuición, como desarrollar ese mundo que deseamos para nosotros y los nuestros. ¿Qué mundo queremos crear? ¿Qué mundo sentimos en nuestro interior y cual de ellos es el que visualizamos? ¿Somos impecables en nuestra conducta, en nuestras palabras, en nuestra intención? ¿Somos capaces de tomar consciencia de nuestra intención, que no es más que aquello que realmente reflejamos y compartimos con el mundo?

Puso un ejemplo claro diferenciando entre ética absoluta y ética relativa. Todo el mundo tiene claro que está mal que existan niños que se mueran todos los días de hambre. Eso es ética absoluta. Pero, ¿cuántos de nuestros recursos movilizamos para que no ocurra? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a dar para evitar una hambruna? ¿Cuánto damos realmente todos los meses para que eso no ocurra? Eso lo llamaba ética relativa.

Luego en la comida surgieron muchas más reflexiones en torno a lo ético, y en torno a nuestro papel individual y colectivo con respecto a lo que debemos y no debemos hacer en todo esto que está pasando. Desde un punto de vista absoluto, lo tenemos claro. Pero luego la relatividad se impone, y cada cual hace lo que le viene en gana. La prueba está en que partidos corruptos y caducos siguen ganando sistemáticamente las elecciones sin alternativa posible, por poner uno de los ejemplos expuestos en la mesa. ¿Qué debemos hacer? ¿Cuál es nuestra verdadera intención interior, nuestro propósito, nuestra misión como ciudadanos libres? Bonita mañana de compartir y de aprendizaje y de recordar muchas cosas… Y cómo Jesús lo hace de forma altruista para ayudar a la fundación, pues aquí traigo, también de forma gratuita, algunas de sus palabras. Pues como decía él mismo, la mejor forma de ser feliz es ayudando a los demás, compartiendo con los demás. Eso te hace ver lo generosa que luego es la gente. Totalmente de acuerdo, así que gracias por vuestra generosidad por haber llegado a la lectura total de este trozo de vida.

Dios está entre ollas


mujer meciendo

«Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único«. Agatha Christie

Esta mañana he viajado a cercanos kilómetros de aquí para ver una casita con jardín que alquilaba una bellísima mujer. Como he llegado una hora antes, he paseado por los bosques de El Pardo y luego me he deslizado por Fuencarral hasta llegar a la carretera que conducía a la casita. Hacía mucho frío. Se podía ver la Sierra de Madrid toda nevada y con amenazantes nubes en sus puntas mientras que el sol daba de frente en los prados donde me encontraba. La casita estaba bien, pero no me imaginaba viviendo puerta con puerta con tan bella mujer. Conozco mis límites y sé que no sería capaz de concentrarme ni un solo minuto con tanta belleza entre prados, montañas y casera. Así que a mi vuelta, he visto este zulo oscuro y oculto con esas virtudes que solo son capaces de verse cuando se proyecta su imagen opuesta. Soy consciente de que este es un lugar de paso, así que solo habrá que esperar a encontrar “el lugar” adecuado. Y quizás, lo adecuado, para este tiempo, sea estar aquí. Mucha luz es igual que mucha oscuridad.

Le pregunté a Satyananda quién era una persona sabia y repuso: «El que sabe navegar en el océano de interior y en el exterior». Esto me decía R. nada más llegar de mi paseo, hablando sobre los peligros que nacen de todos aquellos que se aproximan inocentemente al mundo del espíritu, sin saber realmente el significado de esa dimensión que cuando es abandonada de la luz es, entre las sombras, la más oscura de ellas. En la conversación insistía en la necesidad de tener los pies en la tierra, sabiendo comprender en la unidad de todas las cosas que lo exterior es tan importante como lo interior y también viceversa.

Curiosamente este verano tenía una conversación muy parecida con la maga, en la que hablábamos sobre la necesidad de salir al mundo, porque si bien el mundo interior es necesario, hay que tener mucho cuidado con sus laberintos y sus sombras. R. lo decía aún de forma más categórica: Dios está entre las ollas. Me ha gustado mucho esa sentencia.

Hace unos días hablaba sobre la necesidad de cierta disciplina, pero si no comprendemos que Dios está verdaderamente entre las ollas, no comprenderemos nada. Y entre las ollas significa en todas partes, y en todos los gestos. Inclusive en los gestos de aquellos que se aproximan a nosotros por cualquier motivo. ¿Qué mensaje trae para mí? ¿Qué desea el Universo comunicarme con esta carta, con esta frase, con esta llamada, con este amigo? El exterior nos habla de forma idéntica al interior, solo debemos aprender a escuchar sus mensajes, sus textos entrelineados y sus paisajes simbólicos.

Cuando lo oculto es revelado


luz

«Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua«.
Antoine de Saint-Exupery (1900-1944)

Todos los árboles son capaces de dar su propio fruto. No importa si somos árboles gigantes que soportan en mitad de una sabana una torrencial lluvia de relámpagos, o somos un minúsculo ciprés perdido en algún campo santo, esperando el día de poder evangelizar con su esbelta figura la sombra de los que riegan con su exhalación la tierra cálida y húmeda.

Las semillas, aunque pequeñas, contienen mucho. No todas llegan a crecer, no todas germinan como es debido, a veces por falta de agua, de calor o de luz. La tierra siempre las acoge porque ellas tienen un poderoso propósito, una misión que cumplir.

Ayer hacía frío y hoy hacía melancolía. El frío fue soportado en una cafetería primero con C. Tomamos un chocolate caliente en una acalorada charla. Me hizo un regalo bonito, una de esas carpetas donde la gente importante guardar documentos importantes. No soy importante y el único documento importante que tengo es una carta de reyes que recibí hace unos días. Alguien buscaba trabajo y nos envió una original carta de reyes. Amo la originalidad, y por eso me parece importante ese trozo  de papel.

También un termómetro eléctrico. Cuando abrí la cajita esperando la típica pluma y vi el termómetro me llené de sorpresa. ¿Será que estoy muy frío o muy caliente y debo controlar mi temperatura interior? Lo pensé durante largo rato, porque la vida siempre nos revela cosas extrañas para que pensemos en ellas, como si fueran señales o indicadores. Un termómetro debía ser alguna señal de algo. O en todo caso, C. es original siempre, y por eso resulta un amigo importante.

Hubo más calor por la noche en un lujoso apartamento sito en la calle San Bernardo. No es que le de importancia a las cosas lujosas, pero ese apartamento me gustó especialmente, quizás por su luz o por sus techos altos, ambas cosas que ahora no tengo y en cierta forma echo en falta. A. me invitó a cenar un jugoso plato gallego que ella misma preparó. Me regaló en la cena un imponente rubí africano, aún en bruto, pero, según me contaba, con mucho valor. Así que doble sorpresa, porque nunca me habían regalado un termómetro ni un rubí africano. La charla con A. fue amena, cálida e increíble. Su vida y experiencia vital es para escribir el guión de una buena película. A media noche en punto me marché corriendo, antes de que la carroza se convirtiera en calabaza y volví a tiempo para dar un divertido paseo por las estrellas. Dos horas de intensa risa en el mundo mágico. Es cierto que sin techos altos ni luz, pero sí con un rubí africano, un termómetro y unas grandes risas. De lujo.

Dormí seis horas y temprano estábamos desayunando en el barrio Salamanca. Me puse la ropa adecuada para entrar al lugar adecuado donde había personalidades conocidas como el expresidente Zaplana, muy bien trajeado, y periodistas de renombre. Buscamos un rincón tranquilo para tratar un tema serio, de esos a los que hay que tratar con pantalones de pinza y cierto refinamiento. Mañana intensa, muy intensa, y con muy buena y exquisita compañía. Al terminar la reunión nos fuimos corriendo a comer una riquísima pizza de bolets en la Mucca donde A. seguía explicándome con emoción su vida en la África Austral. La escuchaba con atención y cierta admiración, hasta que llegó la hora y me marché otra vez corriendo porque un rato más tarde teníamos una mini presentación de un libro.

Llegué puntual, a las ocho en punto, de nuevo al barrio de Salamanca. Allí participé en una divertida sesión de Toastmasters International, una organización mundial de comunicación y liderazgo donde he conocido a gente interesante que se esfuerza de forma altruista para mejorar la oratoria y las técnicas de comunicación. Me han dejado decir algunas palabras: “comunicar es compartir”. No quería decir más, no podía añadir más.

Comunicar es compartir resume todo lo que hacemos durante nuestra vida, cada uno de nuestros días, como la semilla de un árbol que crece y se hace majestuosa, como el pajarillo que se posa en sus ramas para comer de sus frutos, como el viento que mece el alarido esparciendo el polen que entrega a la vida, y esta a la tierra, y esta al agua y esta a la luz y esta al hombre que alza su mano para empezar un nuevo ciclo.

Ayer hacía frío y hoy hacía melancolía. No cuando corría de un lado para otro recogiendo frutos para luego compartirlos, sino cuando he parado un momento y he visto mis manos llenas y el corazón abierto y la vida revelando en lo oculto cada uno de sus secretos y la soledad del santuario que acoge el sacrificio. Pero el frío se llenó de calor y la soledad de vida y todo volvió al cauce la vida, que no se detiene. Y todo el desierto estaba embellecido porque en todas partes hay pozos de agua. Si miramos con atención, la vida nos llena de abundancias.

La naturaleza del alacrán


maestro

Un maestro oriental vio como un alacrán se estaba ahogando, y decidió sacarlo del agua, pero cuando lo hizo el alacrán lo picó. Por la reacción del dolor, el maestro lo soltó y el animal cayó al agua y de nuevo estaba ahogándose. El maestro intentó sacarlo otra vez y otra vez el alacrán lo picó.

Alguien que había observado todo, se acercó al maestro y le dijo:
“Perdone maestro, ¡¡¡pero es usted terco!!!.. ¿no entiende que cada vez que intente sacarlo del agua, el alacrán lo picará..?”

El maestro respondió:

“La naturaleza del alacrán es picar, el no va a cambiar su naturaleza y eso no va a hacer cambiar la mía, que es ayudar y servir”.

Y entonces ayudándose de una hoja, el maestro sacó al animalito del agua y le salvó la vida.
No cambies tu naturaleza si alguien te hace daño, solo toma precauciones…

No permitas que la conducta de otras personas condicionen la tuya…
¡Nuestra Naturaleza es SERVIR!

Lo cotidiano profundo: hacia las puertas de la belleza


vuelo

Que alguien te haga sentir cosas sin ponerte un dedo encima, eso es admirable”. Mario Benedetti.

Ayer una hermosa dama me abrió las puertas de su alma. Surgió de repente una hermosa conversación. Empezamos a respirar y de repente andábamos conspirando, que es la acción de respirar juntos. Realmente fue emocionante, porque cuando menos te lo esperas encuentras a alguien que habla un mismo idioma, o si me permiten la licencia, vibra en una misma onda. Es una onda invisible y transparente, silenciosa, que se respira, y según estés conectado, la captas y la absorbes. Y entonces se crea una especie de comunión, de diálogo entre esferas que palpitan al mismo tiempo, de almas peregrinas que se reencuentran en el no tiempo y en el no espacio. Y ocurre que se puede sentir la sangre del otro recorrer cada ápice de piel, y el aliento vital que transporta la memoria de los tiempos, y el rugido silencioso de la vida que le atraviesa.

Ya no recuerdo su nombre, ni su país lejano, pero su vibración aún pestañea y aletea en la música de este espejismo, de esta ficción. Y ella me habló de la belleza que hay en lo cotidiano profundo, y entonces hablamos de uvas, y de espirales, y de libros de agua, donde podían leerse las promesas de la vida eterna. Y allí aparecieron de repente los Misterios menores, y sus hermanos mayores buceando entre mares y mamparas de algodón.  Y la memoria suspirante, la akásica, sentida y escrita con el fuego vital, el aire de los reinos azules y las fuentes de la vida, que al fin y al cabo, es lo que nos recuerda todo. Dicen que eso es la vida, recordar… recordar lo que somos, de donde venimos, y adonde vamos… mares de misterios… mares de memoria.

Y fue ahí, en ese instante, que aparecieron las espirales, y la red de agua, y esa memoria que está en el aire. Y respiramos, esta vez juntos, sin miedo a lo desconocido, y al hacerlo con profundidad y sentido recordamos todo lo que somos, porque todo el universo, a cual holograma, entra dentro de nosotros, nos posee y sentimos toda la vida que nos recorre. Esa red de luz y aire que entra en nosotros y que nos rodea silenciosa e invisible.

Qué hermoso fue conspirar con esa desconocida anónima, sentados en un banco galáctico, compartiendo un momento mágico entre las estrellas de oriente y las profundidades oceánicas de los mundos angélicos. Platicando sobre la mística cotidiana, de lo simple, condensada en galaxias que se comparten sin mayor recompensa que la de sentir la vida y experimentarla desde el latido acelerado. Así que gracias por el vuelo mágico, que diría Eliade. Me quedo sentado en la plaza, esperando, hasta el próximo encuentro, que será bello, cotidiano y profundo.

Pd.- La espera en la plaza tuvo recompensa, y las llamas del abismo se llenaron de música celeste: https://soundcloud.com/annascottcello-1/anna-stay-still

Tener algo que decir y decirlo, únicas reglas para escribir


la foto

«Siempre demos ,sin esperar nada a cambio, el gozo de saber que hicimos lo debido será nuestra mayor recompensa«. Kalil Gibran

Decía Oscar Wilde que solo existen dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Realmente ese es mi único afán cuando escribo. No busco honores ni palmaditas en la espalda ni ningún otro tipo de recompensa anímica. Escribo desde que tengo uso de razón y me enseñaron a hacerlo. Y desde entonces no he podido parar. Cuando mis parejas se enfadaban porque me pasaba mucho tiempo escribiendo, me costaba hacerles entender que mi pasión siempre había sido esa, y que no podía renunciar a la misma. Además, la escritura es terapéutica y ayuda a clarificar mucha sintomatología emocional y espiritual. Es el mejor vaso conductor de ideas y emociones, de experiencias y arquetipos, y su poder es tal que puede transformar naciones enteras. Sin embargo, mi modesta aportación al mundo literario no pretende nada en especial, ni cambiar nada ni a nadie, excepto eso, el compartir, el dar…

Antes escribía cientos de epístolas al mes. No paraba de escribir cartas a unos y a otros todas a manos y redecoradas con algún artilugio o dibujo. También artículos de opinión que me publicaban en diarios y periódicos provinciales. Aún recuerdo la emoción de mi primer artículo publicado. Lo titulé “La Nausea”. Recuerdo que paseaba por todas los quioscos y librerías de la ciudad para ojear la página número cinco donde estaba en primera plana y a toda página mi primer artículo con foto incluida. Sentí una emoción extraña. La misma que sentí cuando terminé mi primer libro y la misma que ahora siento cada vez que me pongo frente al ordenador y me dejo llevar, como hipnotizado, por el arte de la escritura.

Las tecnologías han creado cierta magia. Ahora no hace falta editar artículos encorsetados en periódicos o revistas, intentando ajustar tu pluma y estilo al formato de turno. Ahora puedes hablar de lo que quieras sin miedo al tabú o al qué dirán. Sin importarte si agradarás a unos u otros o si te publicarán o no ese dichoso artículo. La libertad es máxima y solo la esclavitud de nuestros complejos nos impiden, pocas veces, a hablar con cierto pudor.

Dice un viejo adagio que la misma mente que te ata es la que puede ayudarte a liberarte. Estos días de encierro en el zulito sentía cierta sensación extraña. No hago más que mirar este lugar e interrogarme sobre muchas cosas. Siguiendo el viejo adagio, tras zamparme un bocadillo de tortilla de patatas (las patatas eran de bolsa, chips al punto de sal) he cogido mis mallas de invierno, he marcado el paquete oportuno (mejor dicho, le paquete o el paquetillo, tan atrofiado el pobre de no darle uso), he alzado mis pantorrillas sobre el caballo-bici y me he dado una vuelta por el parque del Retiro. Necesitaba un chute de luz, y allí había mucha a media tarde. También recuerdos, muchos recuerdos, de cuando iba con el niño a jugar a la pelota y hablábamos de cómo ayudar a los pobres de África. ¡Qué gran hombrecillo ese generoso y despierto ser!

Al enfundarme en las mallas de invierno he notado que mi cuerpo se ha atrofiado algo porque enseguida mi curvada espalda ha empezado a quejarse y mi abultada barriga (ay mis galletas) ha empezado a crujir extraña y perezosa. Cuando descuidas al cuerpo un tiempo se vuelve atrozmente amorfo y requiere de disciplina para volverlo a su posición normal. Pero lo importante era salir a la luz, y hacerlo en Madrid siempre es un lujo.

El amigo J. me preguntaba esta mañana porqué he elegido venir a Madrid en estas condiciones de “oscuridad”. Mi respuesta ha sido la siguiente: “venir a este zulo era el umbral necesario para volver a Madrid. Soy consciente de que es un lugar de paso, sólo tengo que disciplinar mi realidad y afrontarla con fortaleza. Eso no quita la marea emocional (agua, río es un río, fluir con el instante… hay un doble juego de palabras y mucho símbolo en todo lo que escribo), la cual tengo que ir manejando con la soltura que reclama el momento. Es cierto que esto es como encerrar una flor en una caja de zapatos. Solo puede marchitarse… o buscar una raja por donde pueda rebrotar hacia la luz. En esas estamos, sólo necesito algo de paciencia y todo llegará, estoy convencido. La caverna es donde nace la luz en la primera iniciación. Y en el plano de la manifestación tocaba caverna, cueva, y ahora, por un tiempo, el umbral para afrontar la segunda, el bautismo”…

Sin duda, hay una escritura dentro de cada escritura. Cuando hablaba el otro día sobre el río quería decir muchas más cosas. El lenguaje es capaz de obedecer a códigos ocultos, a mensajes que nos pueden revelar mucha más vida de la que en apariencia brota negro sobre blanco. Hay señales, guiños y cierto hermetismo simbólico en cada palabra y en cada gesto. Los arquetipos siempre son aliados que nos ayudan a entablar un doble diálogo entre lo aparente y lo profundo. Las parábolas siempre han encerrado un gran conocimiento arcano sobre hechos que a simple vista puedan resultar sencillos. Por eso un río siempre es un río… Palabra perdida, verbo creador, o la palabra no es la cosa, del querido Krishnamurti.

Pero escribir es ante todo un acto de generosidad, porque en el fondo, dedicar un tiempo a la escritura no solo sirve para practicar apasionadamente lo que más me gusta, sino, además, el poder hacerlo en un formato que permita que todos cuantos quieran puedan leer estas vomiteras y si es su deseo, de forma libre, comentarlas. No hay más pretensión que esa. Siempre dar sin esperar ninguna recompensa. Y que cada uno de lo que más le apasiona y gusta. Bueno, pues sirva este como mi regalo de Reyes… Un poco de incienso, un poco de mirra y el oro de estas letras.

Segundos vivos


vacio

«Las mentes son como un paracaídas. Solo funcionan cuando están abiertas«. JAMES DEWAR.

Han pasado algo más de diez días desde que llegué de nuevo a la capital. No me puedo quejar del ritmo de los acontecimientos. Suelo ordenarlos según van llegando. Les hago pasar sin que tengan que esperar en exceso. Llaman al teléfono y lo contesto con calma. Alguien me visita y lo recibo con amor y cariño. También cuando se van. Sin reproches hacia nada y hacia nadie. Sólo con atenta admiración por cada instante, por cada segundo que pasa.

En la soledad es más fácil y frecuente poder contar los segundos. No hacia atrás, sino hacia delante. No los que ya han pasado, sino los pocos que quedan por pasar. ¿Cuántos segundos nos quedan de vida? ¿Alguien alguna vez se paró a contarlos? En la soledad puedes verlo todo claro: estamos inmersos en una angustiosa cuenta atrás. El final de esa cuenta es la extinción, o lo que un viejo amigo llamó la inevitable tragedia.

Quizás no sea tan trágico. Morir y dejar paso a otros, en el fondo, es un acto de extrema generosidad. Nadie sabe que pasará después, si es que ocurre realmente algo. Lo maravilloso de ese último suspiro es precisamente eso: su extrema y urgente generosidad. Un acto de abundancia, de esplendidez de la naturaleza que oxigena con ello cada una de sus células muertas. Algo se va y algo viene. Es perfecto, porque así el conjunto se regenera y vive.

Por eso cada segundo es importante. Por eso tener consciencia de cada instante nos crea una especie de sensación urgente, donde está todo por hacer. Me desespera pasear por el viejo atlas y ver todos los países y ciudades que jamás visitaré. Y aún me desespera el mirar en cualquier perdida biblioteca todos aquellos libros que nunca podré leer. ¿Y a cuantas personas dejaré de abrazar? ¿Y cuantas vidas animales salvaré por el simple acto de no comer carne? Nunca he tenido tiempo de contar todos los pollos, corderos, terneras, vacas y conejos a los que de forma indirecta he salvado la vida. Realmente, ahora que vivo en una especie de panóptico, entiendo aún más la necesidad de querer salvarlos de esa clase de “vida” en la que caminan antes de llegar a nuestra mesa. Nacen esclavos, viven en lugares oscuros donde son hacinados y engordados hasta que, a corta edad, les siegan la vida de cuajo.

Y la vida es un instante que merece ser vivida con cierta dignidad. No importa si eres humano, cabra o perro. Hay que vivirla y dejar vivirla. Amarla y amar. A cada segundo, a cada recoveco de eternidad. Hay tanto por vivir… y tan poco tiempo para hacerlo…

Un río siempre es un río


agua

«Madurez es lo que alcanzo cuando ya no tengo la necesidad de culpar a nada ni a nadie de lo que me sucede» Anthony de Mello

El agua fluye. La puedes atrapar y se puede convertir en un vaso, en una jarra, en una botella. No la culpas por adoptar mil y una formas. No la juzgas por su recorrido inevitable. Ella siempre escapa y se perfila por los adentros de cualquier ser hasta que vuelve de nuevo a la tierra, al cauce. Allí, húmeda, sedienta, retorna por los recovecos de lo invencible hasta llegar al río… donde fluye y retorna…

¿Y quién no ha sido alguna vez como el curso de un río, o como el agua que transporta? Suspirando, atravesando barreras con esa fortaleza que sume todo a la nada. Ser un río es como ser un sueño al que se le pide que se quede. Es algo plástico, flexible, mágico. Es algo que hay que ser alguna vez en la vida para sabernos grandes en nuestra pequeñez.

Siempre soñamos con ser un río en la esperanza de otra vida, en las olas de una piel viva. Allí, donde un nuevo amanecer renace en nuestro ser, sellando en nuestras carnes nuevos días de anhelo, de brazos extendidos a otoños y primaveras, imaginando que algún día alguien vendrá a nuestro lado para compartir toda una vida.

Como esas estrellas que no brillan en esa otra existencia diferente y distinta. Esa vida de río, de agua, de sueños. Ese lugar donde sale el sol, en ese destino escrito para nosotros. La vida sin ese amor es como la muerte que separa y diluye, sin beso y sin dolor. Otro día que se va. ¿Dónde nos veremos otra vez? Ese día llegará…

Mañana es hoy cuando sale el sol y el agua fluye entre árboles, nubes, montañas y mares. Y somos río, siempre río en las noches de invierno y en las praderas de cualquier verano. Es así como se derrama el agua que bautiza, que apaga fuegos, que nos purifica. Es así que fluimos cuando somos río. Es así que nos sentimos vivos cuando dejamos de juzgar y nos sentimos arrastrados por lo inevitable.

Gracias 2012


image

«El amor no puede ser pensado, el amor no puede ser cultivado, el amor no puede ser practicado. La práctica del amor, la práctica de la fraternidad, sigue estando dentro del campo de la mente, por lo que no es amor. Cuando todo esto haya terminado, entonces el amor surge, entonces usted sabrá lo que es amar. Entonces el amor no es cuantitativo sino cualitativo. Usted no dice: «Yo amo a todo el mundo», pero cuando sabe cómo amar a uno, ya sabe cómo amar a la totalidad. Puesto que no sabemos cómo amar a uno, nuestro amor a la humanidad es ficticio. Cuando se ama, no hay ni uno ni muchos: hay sólo amor. Es sólo cuando hay amor que todos nuestros problemas se pueden resolver y entonces conoceremos su gozo y felicidad«. (J. Krishnamurti).

Si este año ha traído alguna experiencia es precisamente esta: la dificultad que entraña el amor. Hemos practicado el desapego, hemos viajado a los confines de la tierra para dar y recibir alegría y hemos hundido las manos en el barro en días de lluvia. En el final del tiempo, he terminado en un sitio tan pequeño y oscuro que he preferido calcular sus medidas como lo hacemos en la “Logia de San Juan”: como una caverna, es decir, como una figura simbólica del cosmos. Así, sus dimensiones son extremadamente claras: su longitud es “de oriente a occidente”; su anchura, “de mediodía a septentrión”; su altura, “de la tierra al cielo”; y su profundidad, “de la superficie al centro de la tierra”. Así, este lugar físicamente oscuro, puede llenarse de luz irradiando en él toda la cobertura celeste hasta el séptimo cielo, elevando en sus entrañas templos a la virtud y encerrando en sus mazmorras la podredumbre y la ignorancia. Desde un mismo eje que va del cenit al nadir podré dibujar la geometría necesaria para la supervivencia, porque aún no sabemos a ciencia cierta que nos deparará el nuevo viaje.

Esta ha sido la culminación de cinco mudanzas consecutivas en doce meses de vértigo. Tras perder la casa, el hogar y la fábrica de sueños, es decir, la sede senequista hasta ese momento, me marché al refugio familiar y de ahí a las altas praderas de Alcobendas, en la misma calle donde, paradojas de la vida, vive mi primera novia. Allí estuve unos meses de idas y venidas hasta que nos trasladamos a la Sacedilla. Algo más de medio año estuvimos allí, disfrutando de un lugar privilegiado, hasta que la sinrazón me empujó de nuevo al refugio familiar. Y de allí al “zulito”, a la caverna, al cosmos salomónico donde me encuentro ahora, en pleno centro de Madrid. Muchos cambios…

Y el mundo también gira rápido. Veo a mi familia, y a mis amigos, y al lazo místico, y al país donde me nacieron, y a Europa, y a esa bolita minúscula que flota en el infinito cosmos y que llamamos (madre) Tierra… Y busco en las estrellas algún punto de referencia que pueda llamar (padre)… Porque la vida es cósmica, y la inteligencia extraterrestre, y por eso el Misterio se nos antoja universalmente omnipresente, y cada latido es una señal en morse para que nos sientan, para que el universo entero se repliegue a nuestra llamada y escuche nuestra voz. Y en esa voz dan igual los cambios, y da igual los zulitos o los palacios, y tanto monta si somos altos o bajos, ricos o pobres, porque todos latimos igual, y todos, absolutamente todos, respiramos igual. Y cuando lo hacemos conspiramos y alzamos algo grande hacia el mundo. Una especie de pulsión, de grito silencioso, de llamada de auxilio, o de, quizás, llamada de amor. Un amor que aún no entendemos, un amor que aún no conocemos, pero que intuimos y que deseamos abrazar en esa añoranza intangible.

Ha sido un año de mucha vida. Podemos decir aliviados que hemos vivido, que hemos respirado, que hemos conspirado, que hemos sentido, que hemos gritado, llorado, reído. Hemos hecho el amor con nuestro prójimo y con nuestra prójima, nos hemos abrazado y nos hemos mirado con esa profundidad que requiere la comunicación de alma a alma. Sí, ha sido un tiempo maravilloso y por eso damos gracias, alzando nuestras manos abiertas para que de nuevo, en esta nueva oportunidad, se vuelvan a llenar de vida. Seguiremos esforzándonos por ser generosos, por construir esos templos virtuosos elevándolos todo lo alto que podamos. Seguiremos creyendo en un mundo mejor y verdadero, cueste lo que cueste. Aprenderemos de los errores para así, cuando volvamos a errar, podamos hacerlo al menos con cierta sonrisa. Y perdonaremos a nuestros deudores, porque seguro que también lo estarán pasando mal. En fin… sigamos, que hay mucho vida por delante…

Un día más…


elefante

«Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, sea apenas otra alma humana» C. Jung.

Un día más… Otro día sin su aliento… Otro día buscando en la promesa, en la ilusión vaga, en aquella luz de estrellas que contemplan la esfera celeste desde su quietud impermeable. Alguna de ellas deberá caer algún día para suspirar en el regazo, para permutar un simple aliento de vida por un trozo de abrazo. Un punto pequeño en un mar de olas, o un trozo de tiempo en una playa de arena. No es la inmensidad la que nos abruma. Es su susurro, ese que escuchamos en la soledad, en el silencio absoluto, en el bullicio áspero de la oscuridad. Se oyen pasos a lo lejos, pero uno desespera porque el tiempo pasa y no perdona las asperezas, y la necesidad de vida compartida revolotea febril entre los codos de lo pasajero. Hay algo de tristeza en todo invierno, en sus calles mojadas o heladas por la escarcha de la noche. También algún canto tímido, ahogado por la escasez de todo.

En la trastienda siempre aparecen rotos cristales y espejos. Los unos hacen traspasar la luz, los otros, la retienen y reflejan. Toda alma tiene un cálido aliento cuando posee el escaparate de la belleza, cuando se arroja a la plenitud de la vida. El alma obedece los mandatos de eso que llamamos espíritu, y se abre a la experiencia irremediable, a la cárcel pero también a la oportunidad de libertad.

Hay un reguero de cosas que pasan y se amontonan en el pensamiento. Es invierno. Fuera hace frío, y dentro, es todo oscuro. Por eso arderá la llama inevitable y buscaré en el firmamento la estrella que ha de caer. La atraparé en un trozo de abrazo hasta que su aliento sea también el mío.

El lugar donde nacen los vientos


ave

El ave vuela por sobre todas las cosas, vive mil vidas en un otoño. Ve allí abajo partículas diminutas que se mueven, que penetran y se funden entre espacios infinitos y vientos huracanados que le arrastran hasta el mismísimo Profundo.
El ave vuela despacio, ondulea en las orillas, o entre hongos y pinos. Sonríe ante la inmensidad, ante el plenilunio, ante el suspiro incesante de la tierra de abajo. Vuela sobre los Durmientes y los Lúcidos, sobre las sombras y la luz penetrante, entre el barro y cornisas de esparto. Destripa cada momento en caída libre y reprime las alas para alcanzar la uterina presencia. Y en el vientre cálido despierta la compasión y se sumerge por entre bosques y acantilados, preñando la mirada entre gotas de azahar y polvos cristalinos llegados del Sahara.
El ave vuela ardiendo en brasas de vida y átomos diminutos. Se mece y pasea por vías invisibles, por alientos que nacen en el mediodía y abrazos que paren brisas.
Conoce el secreto del viento, su aliado inmortal. Sabe que sus brazos nacen en el ecuador y giran las ruedas del tiempo imprimiendo en norte y sur toda su fortaleza. Y en ese secreto expande sus alas, con la esperanza de ascender al monte y transcender el valle atrapando de nuevo más vida. La rueda gira, el ave vuela.

La poderosa obra continua


«Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros
y que la hormiga no es menos perfecta ni lo es un grano de arena…
y que el escuerzo es una obra de arte para los gustos más exigentes…
y que la articulación más pequeña de mi mano es un escarnio para todas las máquinas.
Quédate conmigo este día y esta noche y poseerás el origen de todos los poemas.
Creo en ti alma mía, el otro que soy no debe humillarse ante ti
ni tú debes humillarte ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita el freno de tu garganta«.

Hojas de hierba (fragmento), de Whitman

Resulta difícil comprender la vida de un poeta errante, de un soñador sonámbulo, de un peregrino ansioso de experiencias. Tan difícil comprenderlo como acompañarlo en su ensoñación. Hoy me daba cuenta mientras vaciaba la última estantería de libros tras dos intensos viajes hacia el Mediodía, cargado de libros, de promesas, de tristeza, de profunda tristeza.

Es cierto que en esta experiencia he crecido un poco, pero ha sido agotador. Lo sentía cuando alzaba el brazo hacia el último libro y lo metía en esa pesada caja que ya casi no podía arrastrar de tanto peso. Sin darme cuenta había sido feliz a su lado. Y digo sin darme cuenta porque me bastaba su sonrisa, su presencia, sus abrazos, sin añadir ninguna queja ni exigencia, sin bostezar los tópicos baldíos. Ahora que su sombra campa por el recuerdo me di cuenta, demasiado tarde, que la felicidad a veces tiene sus exigencias, y que crecer no basta, aunque sea un poquito, porque luego hay que alzar la mano y arrastrar hasta la oscura y pesada caja esas noveles promesas. No bastaba un abrazo y un suspiro si eso no iba acompañado de un significativo aumento de sus sueños, esas ambiciones que adornamos con ilusión y glamur, empañando la esencia de lo que somos y de lo que transpiramos.

Decía el poeta que no debemos permitir que nadie nos quite el derecho a expresarnos, a ser como somos, a sentir como somos. Maldita sea ese día en el que torzamos un solo ápice de nosotros mismos y abandonemos un solo átomo de identidad. Pero también maldito el día en el que, por no ceder en generosidad y mecernos flexibles ante los vientos del cambio y el compartir perdamos todo cuanto habíamos tenido.

La vida es desierto y oasis. Pero hoy, en la fría noche, todo se me hace pesado, porque el alma también es capaz de expresar su cansancio cósmico, aprovechando cualquier debilidad del momento. Y este, que ha sido uno de esos años para no olvidar, de pérdidas constantes y contiguas, agazapadas a un reguero interminable y cansino, no puede más que terminar con más pérdida. Como si no hubiera sido suficiente todo ese dolor acumulado y toda esa rabia contenida.

Pero la poderosa obra continua.  Aunque el viento sople en contra y las calamidades puedan ordenarse por tacto, por tamaños, por olores. Es cierto, querido Whitman, que podemos aportar una estrofa a esta obra interminable, podemos depositar suave nuestra pequeña lágrima, nuestra sonrisa oculta, podemos seguir navegando continuamente por mares de experiencias y oportunidades que harán de nuestra vida algo único y apasionante. «Emito mis alaridos por los techos de este mundo», dijo el poeta. Y es una pena que no quisiera entenderlo, que no pudiera comprender la necesidad de no permanecer en silencio, aunque esa sea la primera estrofa de la auténtica sabiduría. Pero el poeta, el que nace conectado a las estrellas de lo íntimo, siente la necesidad de expresar esos alaridos, de valorar la belleza de las cosas simples, del abrazo, de la presencia, del guiño, de la sonrisa. ¿Qué somos, después de todo, sino esos alaridos? ¿Y quién desea comprender y acompañar al poeta? ¿Quién puede soportar el peso de su desnudez? ¿Acaso no es el poeta un avanzado de su tiempo? ¿Acaso en el futuro no habrá secretos ni modas ni vestidos, porque todos andaremos desnudos y transparentes?  ¿Quién puede comprenderlo y soportarlo al mismo tiempo?

Por eso estoy preñado de tristeza, pero también de alegría. Porque la vida, en su mutante dualidad, nos enseña que hay que seguir anhelante y vivo, como un místico desnudo capaz de compartir lo más íntimo y lo más secreto, aunque sea a solas con el mundo.

Sobre las canillas del llanto


Hay esferas de luz ahí fuera, estrellas, luminarias, espejos, farolas, tenues lucecillas que intentan aportar algo de lucidez en un mundo tan oscuro. También aquí dentro, junto con sonidos que golpean las canillas del llanto, amapolas que nos arrastran hacia un lugar plagado de flores. Voces y trampolines que giran hacia el abismo que susurra en los adentros.

Cuando veo los cadáveres de los niños palestinos, algo se conmueve dentro de mí, algo espantoso y terrible, detestable. Algo horrible por pertenecer a esta raza de malditos, algo que me aleja de mis propias penas, de mi propia injerencia en el mundo marchito. ¿Dónde está el cantar del ruiseñor? ¿Dónde la fragancia de la rosa? Son imágenes duras que intentan parchear los momentos de incertidumbre, de pena y de dolor. Cuesta entender porqué ocurren ciertas cosas. Cuesta entender porqué el ser humano muestra su peor rostro. Cuesta entender tantas y tantas cosas… Dolor… hay mucho dolor ahí fuera… y también aquí dentro…

Necesitamos amaneceres, necesitamos luminarias, necesitamos luz, más luz, para llenar de claridad todos nuestros sombríos pavimentos. Lucecillas, amapolas, ruiseñores, abrazos, ternura, calor, amor… mucho amor…

Huyendo del panóptico


Qué sensación más extraña. Acabo de llegar a casa. He saludado al vigilante de la garita, he contemplado los jardines del residencial con su césped, sus madre selvas y sus grandes árboles, sus pistas de tenis, de pádel, su piscina, la cancha de baloncesto y todas las comodidades y lujos de vivir en un lugar privilegiado. He aparcado el coche en nuestra plaza de parking y he subido hasta un tranquilo segundo y amplio piso en ascensor. Aquí tenemos amplias estancias, grandes armarios por todas partes, calefacción central, dos cuartos de baño preciosos, una cocina amplia, un salón grandioso, habitaciones enormes, luz, una terraza, lavavajillas… Cuando he entrado me he empezado a fijar en esos pequeños detalles tras mi primera incursión en el centro de Madrid, donde la oferta inmobiliaria es de lo más penosa. Por casi el doble de lo que pago aquí lo único que he podido ver han sido auténticos zulos claustrofóbicos, estrechos y sucios, sin un lugar para poder respirar algo que no sea aire rancio. Una auténtica cárcel para alguien que se estaba acostumbrando a los grandes espacios y las vistas privilegiadas. Recordaba mi casa de más de cuatrocientos metros de acristaladas vistas al bosque y a la campiña, a ríos y montañas, con sus tres plantas y sus cuatro lavabos y sus siete habitaciones y sus dos salones y su chimenea y su inmenso jardín y… Y he sentido cierta pena interior… No por lo que uno va perdiendo en el camino, sino porque parece como si todo fuera a peor, como si hubiera renunciado expresamente a un mundo de libertades para ir poco a poco encerrándome en un panóptico escalofriante. Creo que no me puedo permitir ese lujo, creo que debo recapitular qué hacer y cómo hacerlo y hacia donde ir sin terminar desquiciado en veinte metros de cárcel oscura. Un pájaro encerrado en esa jaula de hierro no puede más que sucumbir… Veremos qué hacemos… Lo que es evidente es que no apreciamos las cosas en su máxima delicadeza y amplitud hasta que no las perdemos…

Miedo e incertidumbre


En el lago de Zurich desemboca el río Linth, que proviene de los glaciares del macizo del Tödi en Glaris. En sus orillas, en el apacible poblado de Küsnacht, Carl Jung poseía su casa, donde intentaba desentrañar los secretos de nuestra naturaleza psíquica y de los arquetipos que definían nuestra aproximación a la realidad. Allí mismo, paseábamos recordando la importancia del genio y también la importancia de enfrentarnos a nuestro propio destino desde la eterna incertidumbre. Pero, ¿qué es la incertidumbre? Nos preguntábamos en las orillas del lago. Incertidumbre es sabiduría, decían los sabios. Estamos en este mundo porque tenemos miedo. Siempre afrontamos la vida con cobardía, sin saber a ciencia cierta qué será de nosotros. Por eso un maestro oriental decía que necesitamos incertidumbre en nuestras vidas que nos aleje del miedo. El verdadero sabio siempre se enfrenta, sin miedo, a cualquier incertidumbre, decía.

Pensábamos en nuestro viaje cargado de incertidumbre. Sin saber donde íbamos a estar en unas horas y dejándonos fluir por todo cuanto ocurría en la carretera y en la conversación. ¿Hacia donde ir? ¿Qué comeremos? ¿Qué compañías encontraremos en el viaje? Recorrimos más de cuatro mil kilómetros cargados de incertidumbre. Pero eso nos hacía fuertes, porque nos alejaba del miedo.

Nos educan para huir de la incertidumbre, y para alejarnos de las personas que viven en una constante incertidumbre, porque eso nos crea conflicto y temor. ¿Cómo vivir con alguien que no se preocupa de lo que comerá mañana o de qué vivirá en el futuro? Nos alejamos de esas personas sin reconocer en ellos un halo de cierta sabiduría, porque viven en la creencia y en la completa entrega hacia el propósito, hacia lo que cada día aporta en sí mismo. ¿Acaso cada día no tiene su propia preocupación?

Estamos en tiempos de intensa incertidumbre, pero dicha incertidumbre es un regalo para ponernos a prueba, para hacernos más sabios. Todo viaje, toda compañía, toda prueba en el camino nos hace más fuertes, más despiertos. Y debemos, constantemente, dar gracias, con humildad y reverencia, aunque todo nos parezca desconcertante. Demos gracias por todos aquellos que la vida nos acerca para que aprendamos y nos hagamos más sabios. Por todas esas experiencias que despiertan en nosotros esa necesidad de seguir progresando. La incertidumbre sigue, el viaje sigue. Mañana más aventuras. Mañana más incertidumbre. Mañana seremos más sabios.

(Foto: Ayer paseando en el lago de Zurich y jugando con este hermoso cisne).

La inmensidad de las pequeñas cosas


Hoy, en vez de ver las noticias, he puesto la novena de Beethoven y he cocinado una coliflor con patatas y alioli bien picante. En vez de lamentarme de cómo está el mundo he cogido una barrita de incienso de Agarbatti y he disfrutado de los recuerdos de la India. En vez de ir a comprar a un hipermercado he alimentado mi alma con la lectura de un libro tolteca que hablaba sobre la maestría del amor y sus componentes mágicos. En vez de llorar lo perdido, me he tumbado al sol desnudo, abrazando sus rayos y su vida y dando gracias por este privilegiado instante. En vez de persuadirme con la pobreza de mis ahorros, me he sentido afortunado e inmensamente rico por poder contar uno por uno los dedos de mis pies y las sonrisas de mi rostro. En vez de cultivar la arrogancia y el orgullo he trasplantado una flor a un jarrón más grande para que cumpla mejor su propósito de embellecer nuestras vidas y hacerlas más puras y alegres con su perfecta presencia. En vez de agarrarme al futuro incierto he hecho de este día un lugar confortable, plagado de oraciones y agradecimiento, inmenso en cuanto a sintiente humanidad. He inclinado mi rostro, he mirado al cielo y he visto que la grandeza de sentirnos vivos en cada minúsculo detalle ha hecho que el baile sinfónico de esta melodía haya logrado el milagro de la obra cumplida. Así sea por siempre.

Hacia el suicidio colectivo


El suicidio sólo debe mirarse como una debilidad del hombre, porque indudablemente es más fácil morir que soportar sin tregua una vida llena de amarguras.
(Johann Wolfgang Goethe)

La estadística de suicidio se ha realizado ininterrumpidamente desde 1906 hasta 2006. En 2007, el mismo año en que empezó la gran crisis, se adoptó la decisión de suprimir los boletines del suicidio. En estos años sin estadísticos, somos muchos los que hemos perdido nuestro puesto de trabajo, nuestras casas, nuestras empresas y nuestras cosas.

Esta mañana, aprovechando que la vida nos regalaba una hora más, he salido desnudo al salón y me he dado un baño de sol tumbado en el parqué. Era una forma hermosa de reivindicar la vida por encima de todo, por encima de la pobreza, por encima de las cosas, de las casas, de los problemas, incluso del hambre de aquellos que no les queda más remedio que hurgar entre basuras algo que comer. Lo vi hace unas semanas en Madrid en pleno centro y se me derrumbó el alma.

Así que desnudo, sin nada, pero digno, con vida, con ganas de vivir, con ganas de seguir a pesar de la “economía de guerra” que estamos atravesando, según se leía hoy en la prensa con la noticia del 25% de personas desempleadas, con fuerzas aún suficientes para soportar las amarguras que la vida nos ha de mostrar aún.

Alguien me comentaba el otro día que esa expresión, “economía de guerra”, era algo exagerada. Que teníamos hospitales, y comida y vestido y que los desahucios eran solo unos pocos… Sí, digamos que unos pocos, trescientas cincuenta mil familias, pueden no ser demasiados. Si lo comparamos con los muertos que murieron en Hiroshima (140.000) o Nagasaki (70.000) quizás sean muchos. Si lo comparamos con los muertos de toda la Segunda Guerra Mundial quizás sean pocos, a no ser que a esas trescientos cincuenta mil familias sumemos todas las de Europa, cuyas cifras podrían ser escandalosas. Porque para muchas personas cuya conciencia se ha regido durante milenios a identificarse con las cosas, cuando las pierdes, es como perder la vida.

Si tuviéramos acceso a las cifras de suicidios, las cuales algunos estudios cifran en diez suicidios diarios solo en España (3.500 criaturas al año) como las dos personas que se han suicidado estos días porque les desahuciaban la casa, el suicidio colectivo ante la pérdida de «cosas» sería mucho más que alarmante. Pero, ¿qué hacer ante este panorama tan desgarrador?

Pedir un verdadero rescate, pero no para salvar la banca y sus intereses (tampoco para salvar las «cosas» que representan), sino para salvar a todas esas familias perdidas y desahuciadas de su propia razón de ser. No expulsarlas de sus casas («cosas») ni desahuciarlas, sino llegar a un acuerdo a largo plazo con ellas, ya sea un acuerdo de mínimos, de alquiler social o de lo que sea, con tal de que su dignidad como personas no sea mancillada o perdida.

No se puede expulsar a una familia de su casa sin más porque más que perder «cosas», pierden dignidad, y cuando eso ocurre, para muchos, la vida no vale nada. Deben legislarse mecanismos legales para que eso no pueda ocurrir en ninguno de los casos en situaciones de “economía de guerra” o de cualquier tipo de economía, a no ser un desahucio pactado entre ambas partes por imposibilidad de asumir las pruebas del camino. No podemos seguir rescatando a bancos y políticos y dejar a la población a merced de los acontecimientos. Si seguimos por esta vía, estamos condenados al suicidio colectivo como sociedad y como proyecto humano, y nuestra dignidad colectiva jamás podrá vencer la batalla de la amargura que viene.

Los Grandes Bienes


Isaiah Berlin fue un conocido politólogo y pensador letonio que dedicó parte de su vida a expresar ideas y compartirlas en revistas, diarios y pequeños ensayos que más tarde fueron recopilados para mostrar parte de su extensa obra. Muchos autores luego famosos empezaron sus primeros pasos en el mundo de la escritura apostando por pequeños artículos que publicaban aquí y allá, para luego dar el salto cualitativo y cuantitativo de las grandes obras. El pensamiento de una vida o de una época siempre han encontrado culto en esos pequeños retales que aparecen aquí y allá, conceptualizando un momento único e irrepetible.

Isaiah nos decía en “El fuste torcido de la humanidad” que algunos de los Grandes Bienes no podían cohabitar. Decía que estamos condenados a elegir, y que toda elección puede entrañar una pérdida irreparable. No se trata de que una u otra elección sea cobarde o falsa en contraposición de otra valiente y verdadera. La justicia y el devenir pueden ser valores absolutos dentro de un individuo que podrían chocar con valores quizás menos fundamentales para algunos como la piedad y la compasión. ¿Qué hacer entonces cuando hay un choque de este calibre en nuestro interior? Imaginémonos a un joven y entusiasta escritor con ganas de proveer su vida de sentido mediante el arte de la palabra escrita. De repente, como tantas veces ha ocurrido, se da de bruces con la realidad, y observa que su pasión puede ser constreñida por las circunstancias adversas. Y esto, en los tiempos que corren, sirve tanto para un camarero como para un agricultor. ¿Qué hacer cuando tu pasión te aleja tanto de la realidad en la que vivimos?

Kant nos advertía que nada recto puede salir de un fuste tan torcido y retorcido como lo es el ser humano. Sin embargo hay cosas que nos pueden maravillar con solo contemplarlas, y hacer de nuestras vidas un recto y sentido renglón expansivo.

A veces me preguntan porqué mezclo en estos escritos partes biográficas con pensamientos de toda índole, ya sean políticos, místicos o económicos. No se trata de ninguna rareza. La escritura nos ayuda a mostrar el sufrimiento de un hombre que también puede ser el sufrimiento de una época, especialmente cuando la vida que siempre hemos conocido es transformada por fuerzas que están más allá de nuestro control. Por eso no reparo un ápice en mostrar todo cuanto pasa a mi alrededor, que también es, a modo de un holograma universal, una pequeña muestra de lo que pasa en el mundo. Y al hacerlo podemos reflexionar y advertir de que nuestro fuste puede ser moldeado hacia un leño forjado hacia el recto devenir.

Os pondré un ejemplo tierno. Hace años viví en uno de los países más hermosos e increíbles que he conocido: Alemania. El pueblo alemán me entusiasmó en muchos sentidos. Sus gentes y su país, plagado de naturaleza viva y cambiante, creó en mí un sentimiento de profunda complicidad. Alguien que lee estas letras sabe de ese sentimiento, aún sin conocerme, sin haberme visto jamás antes. Pero tiene la delicadeza de enviarme por correo un trozo de su bosque germano. Entonces me doy cuenta de la grandeza del ser humano cuando capta la esencia de lo bello, de lo increíblemente necesario, de lo verdaderamente imprescindible. Ya no se trata entonces de ninguna elección que ponga en compromiso nuestras vidas o nuestros valores tal y como reflexionaba Isaiah, se trata simplemente del puro y bello disfrute del compartir. Y ahí no hay elección, solo agradecimiento y amor. Sólo grandes bienes que se manifiestan en pequeños detalles.

(Foto: Hojas y flores llegadas desde Alemania gracias a la complicidad y generosidad de nuestra querida T. Así que gracias de corazón por compartir tan increíble regalo).

Silencio, Palabra y Verbo


“Levanta tu cabeza, ¡oh Lanú!; ¿sobre ti ves una o innumerables luces, ardiendo en el oscuro cielo de la medianoche?” “Percibo una Llama, ¡oh Gurudeva!; veo incontables chispas brillando en ella, que no se desprenden”. (Doctrina Secreta I, 172)

Hoy me desperté a las seis de la mañana. A esa hora todo es oscuro y silencioso y solo se pueden contemplar las luminarias del cielo y aquellas que brillan tímidas en nuestro interior. Eso ayuda a la reflexión, al mirar adentro con calma y sopesar las cosas de la vida, sus fuerzas y acontecimientos, las entrañas del universo interior y los misterios del omniverso exterior. Esa es una buena forma de desarrollar la intuición, la llamada en la mitología antigua la mensajera de los dioses, por ser ella misma el nexo de unión entre la tierra y el cielo.

En esa observación atenta, hay una máxima que nos ayuda a comprender el necesario desarrollo de esa intuición: «todas las formas que nos rodean son un símbolo a través del cual se expresa una idea viviente». Y esa vida que nace y se expresa en el mundo de los arquetipos solo puede ser comprendida mediante el silencio, la calma y la prudencia.

El Silencio es necesario para poder escuchar la Palabra. La Palabra es llamada Palabra Perdida por los hijos de la luz. Perdida porque se perdió su significado, porque se enterró su arquetipo y porque se violó su ley. La Palabra es lo sustancial entre el Silencio y el Verbo creador. Dios es Verbo, decían los textos sagrados, y se manifiesta en nosotros a través de su mensaje (Palabra) y de su misericordia (Silencio). Es la compasión lo que crea la necesidad de compartir y expandir, por eso actúa desde el centro epistémico del Verbo.

A las seis de la mañana puedes reflexionar sobre estas cosas con cierta calma. Luego llega la luz del día, y sus ruidos, sus amonestaciones, sus injerencias, su violencia. Pero cuando antes de empezar la jornada piensas en estas cosas, hay un poder que te anima a continuar, a compartir la esencia de todas las cosas.

Quizás hoy emprenda un viaje. Un viaje hacia el Silencio, un viaje que me aproxime al mediodía de lo sempiterno para llenarme del gozo de la calma y la transmutación del parecer.

La crisis nos está sanando


«Alguien que está lejos de la sanación, su ego da vueltas y vueltas alrededor de su yo, repite y repite los mismos síntomas, una y otra vez. Mientras que alguien que entra en la sanación, sale fuera de esos círculos, ya no da mas vueltas, ya no repite». (Marianne Costa)

La corriente de vida fluye lánguidamente por la orilla de nuestras parceladas existencias, bordeando la brumosa atmósfera de nuestros pensamientos, salpicando la verde hierba que crece en nuestros prados emocionales, rozando nuestra hambre y nuestra sed, deslizándose suavemente entre los juncos de nuestra necesidad.

Para algunos resulta pesado y difícil sentarse y contemplar el reguero de vida. La ignoramos, le damos la espalda, acogiéndonos a nuestras perturbaciones, creyéndonos incluso a veces más sabios que su fluir constante e ininterrumpido.

Preferimos dormir en las frías rocas de nuestra ignorancia durante toda una vida sin darnos cuenta de nada de lo que pasa a nuestro alrededor.

Somos especialistas en crear barreras, muros infranqueables, verdades absolutas en un mundo donde lo relativo es relativo y donde lo único que permanece por siempre es el estimulante cambio. Somos bestias que pisoteamos una tras otra las perlas que la vida nos ofrece, los regalos que el destino nos pone frente a nosotros para crecer, para expandirnos, para llegar a lo más alto. Pero renunciamos, en nuestra ceguera, a todo por miedo, por sentimos atacados, porque nos doblegamos ante la tiránica ignorancia antes de agachar respetuosos y humildes nuestras cabezas ante el corazón sabio.

Es normal que hayamos olvidado los lirios del campo y su fresco y perfumado verdor. No recordamos las formas de las nubes blancas sobre las montañas ni el sabor salvaje de la fruta del bosque. Estamos consumidos en nuestras orillas solitarias, en nuestro interior oscuro y horrendo, en nuestras vasijas de barro, tan frágiles ante las fuerzas de la vida. Nuestras pezuñas brutales pisotean la hierba olvidando el justo equilibrio entre todas las cosas. Y nos quejamos cuando la vida nos habla, y hablamos de crisis, de pérdida, de sinsentido. Cuando realmente lo que ocurre es maravilloso porque la vida desea que aprendamos a escuchar, aprendamos a sanarnos, a no depender de las cosas, a ser piadosos con el mundo y virtuosos con nuestra naturaleza.

Cuando nos abrimos al mundo y dejamos que la vida nos preñe, sentimos la necesidad de explotar en mil pedazos antes que atarnos al deseo o ser siervos del temor. Volamos altos y fuertes ante la necesidad de regenerar nuestros obstruidos vínculos. La vida nos enseña una y otra vez, y nos repite en susurro las pruebas que debemos vencer, los obstáculos que nos harán cada vez más humanos. Y nos envía maestros constantemente que son nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros padres, nuestras mascotas, nuestros amigos, nuestros enemigos, nuestros vecinos.

Pero a veces es tal nuestra ceguera que no aprendemos. Nos escondemos en nuestros adentros, meditamos a las cinco de la mañana o rezamos cien rosarios cada día con tal de no abrir el pecho al mundo y a la vida. Tantos y tantos años viviendo dentro de nosotros, refugiándonos en nuestro maestro interior, en nuestro yo y en nuestros yoes, en nuestros sufrimientos y nuestras incertezas, que olvidamos que la vida está en todas partes, y ella nos habla a cada instante. Escuchemos su susurro, abramos el corazón a sus enseñanzas. Y en todo caso, la generosidad nos abrirá el camino, porque la vida es generosidad, y relación, y compartir.

«Ama hasta que te duela», ¿qué portada os gusta más?


Estimados amigos,

estamos preparando la segunda edición, revisada y ampliada, de nuestro pequeño éxito común «Ama hasta que te duela». Tenemos dos propuestas del ilustrador que hemos fichado. ¿Cual os gusta más? Vuestras opiniones servirán mucho para hacer de este librito que nació en lo blog algo de todos…

Un abrazo sentido y mil gracias…

OPCIÓN A:

 

 

 

OPCIÓN B:

¿Dónde están los límites?


Me alegra mucho que esté empezando cierto debate. Que cada uno se atreva a decir en voz alta lo que piensa. Sobre el secesionismo, sobre la crisis, sobre los bancos, sobre Eurovegas o lo que sea que estemos haciendo bien o mal.

El miércoles presentamos un libro en el Ateneu de Barcelona sobre masonería. Hice mi exposición en catalán, tras decir que la editorial había nacido en Córdoba y ahora tenía la sede en Madrid. El autor se expresó mitad en catalán y mitad en castellano. No hubo ningún problema de entendimiento y todos quedamos satisfechos. Sólo me hizo gracia alguna intervención que retornó de nuevo a la causa franquista. Y llevo años diciendo que España no es Franco, aunque en Cataluña existan muchos que aún confunden dicha visión.

Este mes caducaba mi seguro de coche. Llevaba toda mi vida con una compañía catalana y había recibido una buena oferta de una compañía de Madrid. He llamado al seguro para darme de baja. Cuando me han preguntado el motivo, le he contestado muy serio y solemne que por motivos “políticos”. La amable señorita no ha entendido mi respuesta y ha querido profundizar en ella. Entonces le he dicho que deseaba independizarme de una compañía catalana. Ella, desconcertada, me decía que su compañía tenía sedes internacionales y que vivíamos en un mundo global. Entonces, siguiendo su reflexión, le he dicho: “me alegra saber que su compañía piensa como yo, y que el independentismo en estos tiempos no tiene sentido”. Lara, el presidente de Planeta, hoy advertía de algo parecido. Es solo actos simbólicos para la reflexión.

Unas horas antes tenía una interesante conversación con J. sobre Eurovegas. Intentábamos justificar la creación de ese mega centro de ocio en nombre del trabajo. Defendía que no todo vale en nombre del trabajo. Que debíamos poner límites a nuestra dignidad. Puse el ejemplo de las incineradoras, y de cuantos pueblos se han negado a ponerlas en sus municipios incluso aunque eso significara la no creación de ochenta o cien puestos de trabajo. ¿Debemos entonces hipotecar la dignididad de las generaciones futuras? ¿Qué clase de imagen venderemos en el exterior con ese Eurovegas? En fin, había muchos más ejemplos y mucha más polémica. Por ejemplo, las de miles de millones que nos costará a todos el rescate de los bancos. ¿Por qué rescatan a un banco y no a una editorial, a una tienda de barrio o a un desahuciado? Esto venía a cuento sobre la necesidad o no de manifestarnos en la calle. Pues sinceramente, mientras se estén recortando tantos y tantos millones en sanidad y educación, en pensiones y salarios, y todo eso vaya dirigido a bancos y a la compra de helicópteros, pues sí, hay que salir a la calle.

En lugar de vivir la vida…


Ante mí se abre el Sendero de Luz. Veo el Camino. Detrás mío queda la senda de la montaña sembrada de pedruscos y peñascos. A mi alrededor crecen las espinas. Mis pies están cansados. Pero ante mí se extiende recto el Camino Iluminado y voy por ese Camino. (D.K.)

En lugar de vivir la vida huimos constantemente de la misma. Somos cobardes por naturaleza y expresamos esa cobardía constantemente, rechazando las pruebas del camino que nos harán fuertes y que sacarán lo mejor de nosotros mismos, esquivando los problemas y avatares que nos conducirán a cierta sabiduría. Fracasamos cuando no somos capaces de vivir una vida ejemplar, y eso significa vivir la vida que sentimos dentro, sin tener en cuenta las opiniones adversas sobre nuestro caminar, o a aquellos que desean desviarnos de nuestro sino.

Hay cosas que nos gusta afrontar. Nos da miedo. Nos da terror porque a veces eso supone destrozar todo lo creado, destruir todo cuanto hemos construido. ¿Y qué cosa rechazamos cuando obviamos ese camino? Sin duda, la vida. Encontramos siempre alguna razón que nos hace creer que deberíamos estar en otra parte. Huimos de las dificultades sin darnos cuenta. Huimos de nosotros mismos y de los demás en lugar de penetrar la vida, y preñarnos de ella.

Triunfo y fracaso dependerán de la entereza que tengamos a la hora de afrentar los retos de la existencia. Aunque eso suponga perderlo todo. Debemos vivir la vida en lugar de pensarla.

La dificultad de ser libres


”Recordad, no creáis nada porque yo lo haya dicho. Nunca creáis nada a no ser que lo hayáis experimentado”.

Buda

Las imposiciones exteriores nos convierten en siervos, en esclavos, en personas rígidas y definidas. Cuando Jesús, látigo en mano, expulsó a los cambistas y comerciantes del templo de Jerusalem lo hizo por amor, desde el amor que otorga el estar despierto a una mayor consciencia. El mismo acto realizado por un ser egoísta carece de virtud. Pero hecho por alguien de la talla de un despierto, no puede ser un acto viciado ni inmoral ni violento. Jesús actúa drásticamente para provocar un cambio en las consciencias, en las masas dormidas, en la estructura de las cosas. Pretende avisarnos sobre la libertad y por ello se comporta como un auténtico sannyasin, una persona lucida y constantemente alerta, un ser que ha renunciado a la ilusión de la existencia y por lo tanto es completamente libre.

Ser libre no significa crear un modelo diferente al existente. No significa crear una nueva estructura. Significa estar fuera del modelo, fuera de la estructura. No significa ser un revolucionario, sino ser un rebelde constante, un ser líquido, fluido.

Durante muchos siglos en India estaba prohibido que la casta de los Intocables pudiera entrar en los templos. Gandhi luchó toda su vida para que esto no ocurriera y los Intocables pudieran acceder a los templos. Cuando se le preguntó a Krishnamurti sobre este hecho, contestó: ¿Y para qué quieren los Intocables entrar a los templos? Dios no está en los templos”. La visión de Gandhi es revolucionaria, desea poder cambiar la estructura pero sin salir de ella. En cambio, Krishnamurti da una visión diferente, sale de la lógica y de la estructura y ofrece por lo tanto una respuesta que rompe con la razón.

Un ser libre es un ser creador, pero impredecible. Por su propia naturaleza, por guiarse únicamente por su interior y no por las aberraciones exteriores, es totalmente impredecible. Vive en una constante rebelión creativa. Ha renunciado a su pasado y por lo tanto carece de carácter, viviendo una vida sencilla, de juego constante, de alegría, sin prisión. Carece por lo tanto de hábitos, condicionamientos, viejas experiencias o creencias que atrapen su caminar, reinventando cada instante en interminable acto creativo.

Pero resulta una gran responsabilidad ser libre, o pretenderlo, porque careces de apoyos pasados para poder sostener tu peregrinar, y sin embargo, estás completamente abierto a la experiencia. No tienes nada en que apoyarte excepto en tu propio ser y consciencia, en nuestra propia dignidad, en cada instante porque cada instante es único e irrepetible, y nunca, nunca, nunca puede ser predecido, ordenado o planificado. Porque ser libres, al fin y al cabo es ser dignos, llenar nuestras vidas de luz y esplendor y vivir la experiencia del instante único sin atadura, sin condicionantes, sin exigencias y siempre desde un agudo sentido del humor. Ser libre es estar aquí, y ahora, sonriente. Eso es permitir que la vida actúe, que la vida se muestre y que nos ofrezca sus regalos. En las cosas sencillas, en lo espontaneo, en la naturalidad está la fortaleza del instante que se abre para mostrarnos sus dádivas.

Y además un ser libre escucha todo cuanto le rodea desde ese estado meditativo que se consigue desde la soledad. Eso no significa estar solo, sino simplemente el ser feliz en esa condición, escuchando, aprendiendo, compartiendo. Empieza por su propio organismo, por su propia sexualidad, por su propia compañía. Cuando tiene hambre, come, cuando tiene sed, bebe. Pero nunca fuerza nada. Cuando ama, lo hace con pasión y cuando deja de amar, se muestra franco y honesto. Lo mismo ocurre con las parejas o con la amistad o con la familia. Siempre actúa francamente, sin ocultar nada de lo que siente por unos y por otros, alejándose del chantaje, la máscara, el disimulo o el fingir.

Ser libre es amar, es decir, relacionarnos con todo cuanto existe, y esto solo es posible cuando hemos aprendido a estar solos, cuando hemos conseguido penetrar en la profundidad de nosotros mismos.

(Extracto del prefacio a la segunda edición de Creando Utopías, el papel de la rebeldía ante el viejo orden mundial)

Samia y su doble visión


Hay personas que en su inmenso desarrollo personal tienen la capacidad de ver doble. Se acercan con claridad a la visión de la forma, del mundo de la materia y la manifestación, al mismo tiempo que, en una doblez hacia el infinito, son capaces de percibir los asuntos del alma, de lo intangible, de las fuerzas invisibles que nos rodean e influyen. Vibra en dos mundos de percepciones diferentes y es capaz de sustraerse desde lo irreal a lo real, desde lo tosco hasta lo más sutil. Eso le crea un doble sufrimiento, pero también una doble satisfacción.

Samia disponía de esa doble visión. Era capaz de sacrificarse, inclusive de arriesgar su vida por rozar un ápice de realidad. Surcó con su esfuerzo esas etapas de la transición entre lo viejo y caduco y lo nuevo y bueno. En su doble visión, se había saciado de lo añejo y aspiraba a un mundo nuevo y mejor. Y no temió arriesgarlo todo para conseguir algo. Y ahora que el mar la ha engullido y sesgado su vida, ha conseguido parte de su propósito, quizás sin ella saberlo.

Cuando veo su rostro en las carroñeras noticias algo horrible me perturba. Algo que tiene que ver con la sensibilidad humana (para quién la tenga), con el horror de ver como una vida bella, luchadora, libre e infatigable ha muerto de forma atroz, sesgando sueños y promesas, pero sobre todo, sesgando la esperanza en una humanidad cada día más opresora y esclava.

He visto muchas Samia en mi vida. He podido abrazar en el cuerno de África a muchas de ellas, sintiendo su necesidad de meterse en alguno de mis bolsillos para poder atravesar el estrecho que separa un mundo atroz de otro cargado de esperanza. Pero la esperanza a veces es truncada incluso aquí. Un modelo en quiebra donde personas que antes lo tenían todo se quedan sin nada, contando los años que según las estadísticas les queda por vivir y pensando como hacerlo de la forma más digna y humana posible.

Por eso decía que Samia ha cumplido con parte de su sueño. Ha sido capaz, con su sacrificio, de dotarnos de su doble visión, de su capacidad de lucha hasta el final. Ahora ya no tenemos excusa para no saber mirar, para no poder mirar despiertos, atentos, con ganas de lucha y esperanza. Samia nos ha enseñado muchas cosas, y deberemos reflexionarlas en nuestras oscuras noches, cuando un inmenso océano de miedos y frustraciones desee engullir nuestras vidas.

El reto de relacionarnos


No podemos negar dos cosas: el capitalismo ha fracasado al mismo tiempo que nos ha traído cosas buenas. El fracaso tiene que ver más con nosotros que con el sistema en sí. Al fin y al cabo, nuestras formas, aún primitivas de organizarnos y responder a lo exterior surgen inequívocamente de nuestro interior.

Vivimos en un mundo hostil donde hay guerras, hambrunas, sequías, incendios, muerte y destrucción. Pero también es posible vivir en un mundo amable.

Sistemas como el socialismo y el anarquismo también han fracasado en parte. Especialmente porque la humanidad en su conjunto no está preparada para adoptar altos ideales y una libertad absoluta del individuo y sus sociedades. Los proyectos utópicos, pioneros en muchos sentidos, aún son tímidas efervescencias de una sociedad decadente.

Pero esa decadencia es buena porque de alguna forma estamos en el recto, en la etapa final de un ciclo, a puntos de depurar ese mal olor de los desechos de tantas y tantas generaciones. Habrá un impulso final. Tiene que haberlo para que de alguna forma nuestra visión sobre el mundo y nosotros mismos pueda ser cambiada. Algún día se restaurará cierta unidad esencial entre los seres humanos y entre nosotros y el entorno. Cierta integridad deberá nacer de esas visiones que pretenden hacer de un mundo bueno, un mundo mejor.

Cuando miro a mi alrededor me pregunto por donde empezar, consciente de que parte de este mundo sólo podrá ser cambiado por nuestros cambios interiores. Pero a veces es todo tan complicado. Suspiramos constantemente para cometer el mínimo de errores, para perfeccionar nuestros actos, intenciones, pensamientos y emociones. Reflexionamos todas las noches sobre las buenas y malas experiencias, regenerando con ello la oportunidad de que al día siguiente seremos más conscientes, estaremos más atentos y centraremos nuestra intención en un propósito más elevado. ¿Tendremos tiempo de mejorar nuestro carácter, de ayudar en algo a la humanidad, de servirla de alguna forma, transcendiendo con ello nuestros irrisorios problemas y nuestro ridículo egoísmo? A veces todo puede resumirse en eso mismo. Estamos centrados tanto en nosotros, y no me refiero a perfeccionarnos como seres, sino en nuestro egoísmo y ceguera, que perdemos la perspectiva para la cual hemos sido creados. Porque queramos o no, afortunadamente estamos vivos, tenemos un matiz de inteligencia que aspira a convertirse en consciencia, en despertar a un ápice de verdad mayor. Y en este inevitable viaje nos relacionamos, siendo este nuestro mayor reto. Nos relacionamos con nuestro interior, con nuestro cuerpo físico, con nuestras emociones, con nuestros pensamientos, siendo observadores de todo cuanto ocurre dentro de nosotros. Pero también nos relacionamos con nuestro prójimo y nuestra prójima. Como hacen los astros con sus planetas, las constelaciones con sus propios universos en ese compartir magnético que todo lo atrae. Amor es relación, tanto entre la organización y estructura de nuestro mundo interior como en lo más infinito del universo.

Dos días…


“Vuelvo más avaro, más ambicioso, más sensual, aún más cruel y más inhumano, porque estuve entre los hombres”. (Séneca)

El hombre, capaz de llegar a Marte con un excelente grado de curiosidad por el cosmos circundante, es capaz, al mismo tiempo, de autoliquidarse de forma sistemática en cualquier parte del mundo. Ya redoblan de nuevo los tambores de guerra contra Irán, y la amenaza cada vez está más cerca. Suponemos que Israel no cometerá por sí sola ninguna locura, a la vez que Estados Unidos, enfrascada en próximas elecciones, no tendrá tiempo operativo para lanzar ninguna campaña de terror. Al menos, esperemos, hasta que el premio Nobel de la Paz siga en su presidencia.

Nietzsche decía que el superhombre siempre sentiría cierta vergüenza dolorosa por lo humano, por el hombre. Es inevitable sentir cierta misantropía cuando ves como seguimos comportándonos como un auténtico animal salvaje.

Lo contrario a la misantropía es la filantropía, el amor inequívoco a la humanidad. Por suerte, una gran parte de la humanidad es capaz de crear y hacer cosas maravillosas. Esperemos que esa sea la que predomine en los próximos dos días.

¿Dos días dije? Un amigo me contaba el otro día en el sur la teoría de los nenúfares, los cuales se multiplican por dos cada veinticuatro horas. La teoría dice que un nenúfar es capaz de cubrir totalmente un estanque en tan solo treinta días. Me preguntó: ¿en qué día el nenúfar, estando a la mitad de la capacidad del estanque, lo cubriría totalmente? Si se multiplica por dos, el nenúfar cubriría el estanque de la mitad a la totalidad en el día 29. Según la teoría de un ecologista, nosotros, como humanidad, estamos en el día 28. Eso significa que de seguir así, estamos abocados al desastre en tan solo “dos días”. Y además, el desastre total está tan próximo, que es totalmente irreversible por el avance de nuestro propio deterioro.

Sea como sea, debemos practicar hasta el extremo la filantropía, porque esa será la única puerta de esperanza que lo humano pueda albergar en los próximos dos días.

Hay cosas que no cambian…


 

Ya llevamos tres meses en este hermoso lugar rodeado de naturaleza y bosques. A nuestra derecha tenemos el Monte del Pilar y a nuestra izquierda el inmenso y protegido Monte de El Pardo, que se extiende al norte de Madrid con casi 16.000 hectáreas de bosque, y donde está ubicado el Palacio de la Zarzuela, residencia de Sus Majestades los Reyes de España.

A pocos metros de nuestra casa, paseamos algunas tardes de un lado para otro. Hoy hemos atravesado el puente que separa el residencial de las propiedades de Palacio. Siguiendo unos metros por el viejo Camino de Casa Quemada, te encuentras de repente con unas grandes verjas que separan el mundo principesco de ese otro mundo de súbditos.  Al otro lado había una graciosa disputa entre gatos y jabalíes, mientras que unos gamos la miraban con cierta curiosidad. Nosotros nos aferrábamos a la verja disfrutando del espectáculo y preguntándonos porqué sólo una familia podía disfrutar de toda esa riqueza natural. Ella, desde el sentido común, expresó un profundo “hay cosas que no cambian”, y yo, desde mi irracional rebeldía prefería pensar que hay muchas cosas que aún quedan por cambiar.

Recordaba entonces mis peregrinajes por fincas infinitas que en los últimos años se había convertido en algo natural. Y me preguntaba, al igual que preguntaba a sus dueños, qué sentido tenía el poseer tantas y tantas tierras inabarcables por un solo ser humano.

Y ahora, viéndolo todo con cierta distancia, solo veo un sentido profundo para todo eso: el que los campos, los montes y los valles y las llanuras y toda tierra excesiva sea liberada de nuevo, y vuelva a la libertad de antaño. Porque, ¿cómo es posible comprar y vender la tierra de nuestros antepasados? ¿Cómo es posible que unos pocos posean la tierra de muchos?

Miré de nuevo a los gamos, y luego pensé que al menos esos pocos habían conservado esa riqueza cinegética. Pensé que si no hubiera sido por esos pocos, quizás esa riqueza ahora no existiría, y que el hombre depredador hubiera terminado con todo. Pero también pensé que estábamos en otro tiempo, y que por fin, el humano había entendido muchas cosas sobre el respeto al orden natural.

Hacia un cierto grado de locura necesaria


Un amigo me decía el otro día que me estaba volviendo loco. Quizás ese amigo no me conozca lo suficiente, porque loco, lo que se dice loco, ya lo estaba. Solo que a veces tengo ramalazos de cierta cordura, siempre y cuando podamos entender la cordura como ese estado de normalidad, y siempre y cuando podamos gozar de la suficiente lucidez como para poder describir de forma racional qué entendemos sobre normalidad y anormalidad. Uno de los más lucidos trabajos que hice en la facultad de antropología fue precisamente sobre eso: la diferencia entre normal y anormal. Describía como en la Alemania nazi era “normal” perseguir y exterminar a los judíos.

Hoy en día, lo normal en nuestro país es que el gobierno suba los impuestos al común de los mortales, haya cinco millones de parados, se desahucien a familias enteras para luego centrar la política económica en salvar a la banca. Y cuando intentas racionalizar esto desde un punto de vista antropológico, o sociológico e intentas explicar estos hechos tal y como se están sucediendo, algunos te tildan de “loco”. Y la locura se manifiesta de forma más agresiva cuando intentas ser honesto contigo mismo, con tus ideas, con tus emociones, con tus inquietudes.

Llevo unos días intentando alejarme de mi enajenación mental y dejándome llevar por cierta normalidad. Me levantaba a una hora prudente, trabajaba sin excesos, me daba un baño en la piscina, salía a correr o a pasear en bici por el Monte del Pilar. Sí, me he sentido feliz, normalizado, integrado en la norma y en lo político y socialmente correcto. Intentaba llenar los huecos de amabilidad y alguna que otra cordial sonrisa, haciendo bien las pequeñas cosas y siendo paciente con las incorrecciones sociales que nos han tocado vivir.

De vez en cuando miraba las noticias e intentaba no horrorizarme cuando veía como unos apoyan al régimen Sirio porque les venden armas y otros apoyan el levantamiento porque de paso también les venden armas. Intentaba no perder la cordura cuando se intenta desde la ONU ordenar y reglamentar el tráfico de armas y países “desarrollados” se oponen a ello porque empañan las turbias aguas de la economía armamentística. Si fuera un sádico anormal y dijera que apoyo las guerras porque eso hace que liquide la plaga humana supongo que me meterían en el más oscuro de los manicomios. Pero si vendo armas y las legalizo y las utilizo para hacer negocio, soy un maldito cuerdo.

Sí, es posible que esté loco, pero me quedo con ese cierto grado de locura.

Dos de medio y una de cuarto


Si tuviera algo de dinero, o al menos si tuviera la capacidad de recuperar aunque fuera una décima parte de todo lo que he perdido en estos años, buscaría un lugar tranquilo, una casa abandonada, modesta, que pudiera rehabilitar con mis manos, perdida en alguna aldea montañosa o en algún frondoso valle rodeado de ríos y prados. Que tuviera una huerta, un poco de terreno donde cultivar algunas verduras y plantar algunos frutales. Pondría gallinas que dieran huevos y compartiría las tardes entre paseos bucólicos y viajes imposibles hacia esos lugares que imaginamos siempre como posibles.

Estas cosas pensaba mientras comíamos algo en un chino económico. Mientras tomábamos la sabrosa y crujiente ensalada verde recordaba cuando de pequeños íbamos a la panadería del barrio y comprábamos siempre la misma cantidad: dos barras de medio y una de cuarto. Nunca olvidaré el sabor de ese pan catalán tostado en hornos de leña. En contraste, los tiempos de crisis en los que estamos, compramos barras que parecen plástico y que terminamos congelando para cuando apetezca.

En el plato de los tallarines nos felicitábamos porque al final habíamos decidido reparar la cara avería del coche porque ya resultaba peligroso el conducirlo en las condiciones en las que estaba, y resultaba igual de peligroso, tal y como están los tiempos, el arriesgarnos a comprar uno nuevo. Cuando las cosas iban bien solo tenías que mirar el coche que te gustaba y comprarlo in situ, sin pensarlo mucho. Ahora ese sólo pensamiento resulta una quimera, como la de recordar el sabor único de las barras de medio y de cuarto de la “fleca”.

Al llegar al arroz y las verduras, volvíamos a las imágenes bucólicas de la vida sencilla y apartada del mundanal ruido, y pensaba en esa casita en el monte o en el valle frondoso. Una imagen que más allá del escapismo psicológico ante la presión de los mercados o la prima de riesgo, refleja el deseo de ese movimiento de autoexpresión y libertad que cada día recorre más las venas de muchos de nosotros.

En los postres, flanes y helado, solo habían ganas de seguir adelante, de trabajar honestamente para que cada día sea un reguero de ilusión y sueño, una oportunidad única de descubrir la increíble oportunidad de estar vivos. Miré a los chinos que nos atendían con cierta curiosidad antropológica. Pensaba en ellos y en todo lo que sus vidas han cambiado para llegar hasta este otro mundo y servir unos platos de tallarines. Quizás ellos algún día también piensen en esa casita tranquila donde poder cultivar hortalizas. Quizás algún día ellos también empiecen a trabajar para consumar sus sueños de autoexpresión y libertad.