¿Se puede vivir sin móvil?


 

Para muchos, el móvil es un símbolo de poder y seguridad, es un apéndice que desde la más remota prehistoria nos acompaña en forma de mando y autoridad. Muchos de los que están siempre enganchados al móvil suelen ser personas frágiles e inseguras que necesitan ese soporte para sentir cierto grado de soberanía y potestad. Es como esas personas inseguras que compran grandes coches y grandes casas para potenciar su status, es decir, para disfrazar sus inseguridades.

Pensamos que si superamos ese tipo de adicciones sociales impuestas por modas o necesidades puedes caer en posturas extremas. Pero desde una perspectiva simbólica, puede llegar a resultar muy curioso llevar de vez en cuando un poco la contraria. Quise por ello probar qué se sentía en ese otro extremo, es decir, carecer de apéndice de poder y seguridad. Y ya van casi dos meses desconectado desde que aquella mañana lúcida decidí romper la tarjetita del móvil para desengancharme durante un tiempo de la tiranía inconsciente.

Realmente siempre he sido algo autista, amante de los silencios y poco amigo de la palabra hablada, así que jugaba con cierta ventaja. De ahí quizás que me refugie con tanta pasión en la otra palabra, la escrita, que requiere de silencios para que pueda expresarse con cierto arte y salero eso que llamamos arte, que no es más que dar rienda suelta al plano de la sutileza. Hasta tal punto es mi autismo que el sonido incómodo del móvil siempre me irritaba. Hay personas capaces de estar todo el día enganchados a la comunicación verbal, pero el menda, que se ponía a llorar con cuatro o cinco años cuando alguien le hablaba en un tono más alto de lo normal, sigue teniendo cierta fobia a ese ruido exterior. Así que en cierta forma me siento doblemente liberado.

He intentado indagar de donde nace esta fobia. Es evidente que todos somos sensitivos a nuestra manera. Unos son sensibles a unos gustos, otros a otros. Mi garganta debe sufrir algún tipo de atrofia porque es la que menos me gusta utilizar. Sin embargo, presumo de una excelente visión y escucha activa. Soy capaz de escuchar y ver cosas que otros pasan desapercibidos. Esa agudeza o sensibilidad tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Por ejemplo, noto que hay personas con las que no puedo comunicarme sencillamente porque están en una onda de frecuencia diferente, en una vibración dispareja. ¿No os ha pasado alguna vez? Hay gente que modula su voz en una frecuencia, y cuando vas a hablarles, no logran escucharte o no entienden lo que dices o lo que pretendes mostrar o expresar. Mi comunicación por eso es más gestual, es decir, abuso constantemente de la comunicación no verbal, por eso creo que la incomprensión aumenta a medida que la comunicación en este mundo crea más adicción.

Todos quieren estar comunicados a todas horas, llenando sus vidas de ruidos exteriores que encierran herméticamente lo interior en un caparazón imposible de atravesar. Y en los tiempos que corren resulta muy drástico lo que he hecho, siempre tiene que existir un punto de equilibrio, pero noto, siento, que estamos en un tiempo de decisiones drásticas, y que sólo así, podemos reencontrarnos con cierto equilibrio interior. Aunque cuando el absurdo se apodera de todo (véase la realidad de ahí fuera), uno se siente protegido y seguro en esta parcela y remanso de paz intramuros. Como un niño que se refugia ante las agresiones exteriores y se protege de ese mundo caótico e injusto que los mayores prometieron como herencia. En todo caso, he soltado y dejado libre el apéndice de poder, y al hacerlo, me siento poderoso.

La mente anónima


«Es mía la sombra que empaña este mundo de luz»

Uno cree que la verdadera amistad requiere de ciega obediencia, de ciega conducta, de ciega adulación constante, de ciega sumisión hacia los deseos del otro. Pero la verdadera amistad se teje en los anales de la propia libertad. Si tengo un amigo carcelero no puedo pretender vivir en la cárcel para estar más cerca de él. Si tengo un amigo embustero no puedo pretender vivir en la mentira para ganarme su favor. Si tengo un amigo ladrón, no puedo permitir que me robe en nombre de la confianza, o en nombre del chantaje emocional que ello implica. Si obra mal, si creo que está errado, es mi deber decirle cuanto pienso. Y si al hacerlo deja de ser mi amigo, es que nunca lo fue, simplemente utilizó esa amistad para sus fines propios y egoístas. Por ello me siento libre de decir cuanto creo y pienso, aunque yo mismo esté errado en ello, aunque por esa causa se ajusticie y se demoren algunos propósitos. Mi única lealtad debe ser al deseo íntimo de engendrar en mis entrañas un mundo mejor, y con ello, ser tierra fértil para que la verdad y la luz acoja sus semillas. Pero a veces hay que labrar la tierra y arrancar sus malas hierbas, y este siempre puede ser un acto doloroso para aquel que lo haga bajo el sol del mediodía, a plena luz, sin esconderse de nada ni de nadie.

Os dejo este hermoso texto que recibí ayer y que espero que os guste. Feliz domingo.

Si hemos de crear un mundo nuevo, una nueva civilización, un arte nuevo, no contaminado por la tradición, el miedo, las ambiciones, si hemos de originar juntos una nueva sociedad en la que no existan el «tú» y el «yo», sino lo nuestro, ¿no tiene que haber una mente que sea por completo anónima y que, por lo tanto, esté creativamente sola? Esto implica, ¿no es así?, que tiene que haber una rebelión contra el conformismo, contra la respetabilidad, porque el hombre respetable es el hombre mediocre, debido a que siempre desea algo; porque su felicidad depende de la influencia, o de lo que piensa su prójimo, su gurú, de lo que dice el Bagavad Gita o los Upanishads o la Biblia o Cristo. Su mente jamás está sola. Ese hombre nunca camina solo, sino que siempre lo hace con un acompañante, el acompañante de sus ideas. ¿No es, acaso, importante descubrir, ver todo el significado de la interferencia, de la influencia, ver la afirmación del «yo», que es lo opuesto de lo anónimo? Viendo todo eso, surge inevitablemente la pregunta: ¿Es posible originar de inmediato ese estado de la mente libre de influencias, el cual no puede ser afectado por su propia experiencia ni por la experiencia de otros, ese estado de la mente incorruptible, sola? Únicamente entonces es posible dar origen a un mundo diferente, a una cultura y una sociedad diferentes donde puede existir la felicidad.

El libro de la vida de Khrishnamurti.

El poder del Silencio o el de la Palabra Perdida


«No creáis que he venido a traer la paz; no he venido a traer la paz, sino la guerra.
Porque he venido a poner discordia entre el hijo y el padre, entra la hija y su madre, entre la nuera y su suegra; de modo que tendrá cada uno por enemigos a la gente de su propia casa…»
San Mateo 10, 21-34 y 10, 35-11, 5

A veces la realidad resulta aplastantemente abominable. El príncipe Siddhartha pudo comprobar como su palacio era solo una traición a la verdad, una ilusión levantada a costa del engaño y la esclavitud de muchos seres. Es por ello que renunció desengañado y desesperado a su ilusión y escapó al mundo real.
Nos gustaría gozar de un mundo bello, pacífico y cargado de amor. Nos gustaría poder mirar al prójimo a los ojos y expresar agradecimiento por todo cuanto posee de bello.
Vivir en la pacífica ignorancia nos llena de felicidad y admiración por todo cuanto nos rodea. ¿Pero qué ocurre cuando la vida te arroja fuera de palacio y puedes observar el otro lado del espejo? ¿Cuál es nuestra obligación moral? Callar, morder la lengua y retirarnos a un lugar tranquilo donde nadie nos moleste y donde no podamos molestar, o denunciar vivamente la injusticia, la mentira y la falsedad?
Durante un mes de necesario silencio he reflexionado sobre estas cosas. Podía ser, con mi silencio, cómplice de la gran mentira. Nada hubiera pasado. Un puñado de hombres y mujeres seguirían su curso normal sin cuestionarse si la verdad está ahí afuera, o todo es producto de un gran engaño. Ingenuos, dóciles, mansos, obedientes, sumisos, hubiéramos sido arrastrados por esa insensata sensación de amargura cuando descubrimos la pérdida de tiempo y energías sosteniendo un engaño.
Pero el corazón late con fuerza, con necesidad y urgencia por actuar. Los tiempos reclaman que se deje de crucificar a aquellos que deseen arrojar luz al mundo, a aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que desean actuar no por interés propio o egoísta, no para salvarse a sí mismos, ni para perpetuar venganzas sobre aquellos que los arrojaron del poder y del sistema. No hay mayor enemigo que el ‘status quo’ al que pertenecemos, que, al igual que el pueblo del sanedrín colonial que mandó crucificar al ungido, nos llevará sin dudarlo ante la pila de la ignorancia. Ahora decidme sinceramente, ¿es mejor utilizar el poder del silencio y ver pasar los hechos hasta que cada uno porte su propia cruz o mejor tender la mano y la luz que pueda arrojar la visión del otro lado del espejo? Ser o no ser, esta es la cuestión… ¿qué es más noble para el corazón?

Volver a nacer


Hace justamente un mes pasaron unos episodios algo desagradables que me impulsaron a estar un tiempo aislado, en silencio. Necesitaba recapacitar no tan solo sobre el primer balance de estos seis meses de continuos cambios, sino, además, de estos últimos siete años de vertiginosa aventura vital. Así que me deshice del teléfono, cerré las cuentas de las redes sociales y dejé de escribir.

Era un silencio doloroso pero obligado. Aún no daba crédito a todo lo que estaba ocurriendo y estaba siendo espectador de un episodio que tendré que madurar con calma y que merece, como mínimo, un libro de relatos, aventuras y desventuras. Algún día, quizás ante la calma y la serenidad del tiempo, pueda escribirlo aunque sea de forma anecdótica.

Ayer llegamos de tres días de auténtica desconexión, perdidos en un clima desértico junto al mar y a calas solitarias donde las cristalinas aguas nos recordaban la necesidad y la urgencia de vivir. La incomodidad del desierto tiene su recompensa interior, y esos parajes imposibles me han insuflado ánimos para seguir adelante.

He intentado reinventarme en todo este proceso. He intentado crear otro blog, otro lugar, otro espacio limpio y nuevo pero me ha sido difícil hallar la fórmula exacta. Una amiga me dijo que era difícil que pudiera reinventarme porque yo mismo era un reinvento constante. Eso me animó a pensar que quizás tenía razón, y que la mejor forma de seguir escribiendo era como lo hacía hasta ahora, de forma limpia, a pecho descubierto, sin tapujos, sin miedo, siendo uno mismo sin necesidad de demostrar nada ni aparentar nada.

Pero en estos treinta días han cambiado muchas cosas, tanto en el plano personal como en el profesional que iré relatando con calma, mucha calma y desapego. En estos tiempos convulsos de miedo se necesita más que nunca espacios de libertad y valentía. Y creo que cada día más, con más convicción y coraje, es necesario seguir valorando la posibilidad de que un mundo mejor es posible.

La diferencia entre vender hielo y vender frío


Tellier y su invento, la nevera, es la paradoja de la confusión de una época de cambios y nuevos paradigmas. A finales del siglo XIX, este inventor e ingeniero ideó lo que ahora conocemos como nevera o refrigerador. Fue un pionero y a principios del siglo XX su invento hacía furor en los hogares de medio mundo. En esa época, había un incipiente negocio de venta de hielo. Cuando los empresarios vieron amenazado su negocio por este invento, pensaron que para superar la crisis habría que hacer más hielo y contratar a más arrieros y caballos para su transporte. Algo parecido está ocurriendo con nuestra crisis. Pensamos salir de ella contratando a más burros y escuchando a más necios.

En esa época no entendieron que lo que la gente compraba no era hielo, sino frío, y que por eso, la realidad terminó imponiéndose, haciendo desaparecer el lucroso negocio de la venta de hielo.

Algo parecido me contaba el nieto de un pequeño empresario de diligencias que jamás se adaptaría al hecho de la desaparición de un sector entero gracias al nacimiento de la locomotora. Por cierto, el nieto del pequeño empresario en cuestión, que por avatares de la vida terminó siendo un conocido empresario de éxitos y fracasos, no entendió décadas más tarde que lo que la gente reclama no es hielo, sino frío, es decir, la gente no reclama ideas y pensamientos sobre las cosas buenas y las cosas malas del Sistema, sino que reclama ejemplos vivos, acciones vivas y poderes reales capaces de transformar lo que está añejo por lo bueno, por lo nuevo. Por eso el fracaso, como el de los vendedores de hielo y sus antepasados de la diligencia, está garantizado. No se puede hablar de honestidad cuando no se es honesto. No se puede hablar de manos limpias cuando se muestran unas manos totalmente manchadas. La dignidad o se tiene o se pierde, decía ayer mismo. Pues eso… que no se puede cambiar esta crisis a base de vender hielos a la gente…

No nos vendáis más hielo, nosotros necesitamos frío, ejemplos vivos de que las cosas se pueden hacer de otra forma.

El río de la vida y los falsos profetas


«Muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos» (Mateo 24:11)

A pesar de que ganó merecidamente el premio Nobel, a Hermann Hesse siempre se le consideró un escritor de adolescencia. Quizás por ello es en ese momento de nuestras vidas cuando todos disfrutamos con sus obras y nos sumergimos en sus sueños y avatares. Cuando eres adolescente buscas referentes, guías, maestros que nos aporten conocimiento y sabiduría, luz para reconstruir nuestro propio yo individual. Pero hay maestros buenos, que te enseñan valores como la honestidad, la sinceridad, la justicia, la equidad, y otros, que con una exquisita sangre fría, te enseñan las artimañas del engaño y la mentira. Hace unos meses, bajo el abrasador calor caribeño, le decía a un amigo: “debemos beber de las cosas buenas de nuestros maestros, no de las malas”. La virtud siempre debe despejar el camino de la duda.

Hesse era un buen maestro. En 1925 escribió un pequeño libro que tituló “El Balneario”. Era una historia autobiográfica donde describía su propia experiencia en el balneario de Baden, junto a Zúrich y el lago Constanza, en Suiza. He viajado muchas veces a ese pequeño y peculiar país, y cada vez que lo hago, algo extraño resuena dentro de mí, algo que me identifica con él. Quizás porque me parezca un país virtuoso, y quizás porque eso es lo que cualquier hombre bueno desea para su vida.  O quizás sea porque mañana estaré paseando por las calles de Ginebra, introduciendo mi propia sombra en la luz de la logia alpina, a la espera de las singularidades del momento. Llevo muchos años apuntando en sobres de mil tamaños y colores la dirección de la Rue de Varembé. Allí enviaba puntualmente todos mis informes desde la más remota adolescencia, dando explicación detallada de todo cuanto ocurría en el mundo de los arquetipos. Y siempre que lo hacía recordaba a Hesse, y su peculiar balneario, y su particular bondad a la hora de describir hechos cotidianos cargados de valores increíbles. El hotel que me hospeda está frente el lago Lemán, uno de los más grandes de Europa, así que me sentaré allí a contemplar el río de la vida fluir hacia lo verdadero y lo honesto.

Y eso requiere desprenderse del mundo mentiroso, el cual hoy ha dado un nuevo giro con más mentiras y engaños. Uno siempre cree estar curado de cierto espanto, pero la vida a veces supera los límites soportables de la realidad.  Tras la noticia de hoy, el susto asciende a casi veinte mil euros de robo a mano armada, eso sí, con mucho guante blanco y finura, porque hay muchas formas de robar y engañar. Qué le vamos a hacer. Con los tiempos que corren, uno podría cabrearse por estos asuntos. Pero ya no merece la pena. Es mejor entrar al río de la vida con alegría y humor, y no con torbellinos de dolencias astrales. Mejor saborear el paso a la libertad y desprenderse del maya, la ilusión y la mentira de ese mundo falso que hemos inventado. Así que el viaje a Suiza será como un réquiem donde cantaremos juntos alabanzas hacia lo alto, dejando que los gusanos de la tierra busquen su propia rama para convertirse, algún día, en bellas crisálidas.

Sí, podría por muchos motivos estar enfadado, pero me siento sanamente curado, y por lo tanto, aliviado tras ver las cosas claras. Así que deseo más que nunca alejarme del mundo plano y materializado y de los encargados de vender las oscuras artimañas que les mantienen en la mentira, esos personajes rústicos e inocuos que Hesse describía en sus novelas con cierta crítica y severidad. Deseo alejarme de los falsos maestros y seguir el camino de la vida, y su río.

Luz, más luz, gritaremos mañana al amanecer.

Soy europeo


Es el tiempo de las nuevas intolerancias, de que afloren los miedos nacionales y raciales, de que los pequeños  energúmenos se levanten y digan eso de que hay que expulsar al extranjero o aquello de que la culpa de todo es Europa o el euro o aquello otro de que lo mejor que podemos hacer es volver a las cavernas mediáticas del insulto y el atropello. El totalitarismo y el fascismo encuentra huecos en los espacios que dejan los luchadores ilustrados, los soñadores y los filósofos. Lo vimos recientemente en Francia y Austria y ahora Grecia.  Y si volvemos la mirada a la aterradora noche Europea también lo vimos en Italia, Alemania y España. Eso fue antes de ayer. Y ahora de nuevo la sombra.

Cuando viajas por América o África o Asia te das cuenta de que el Viejo Continente tiene algo especial. Es fácil amarlo desde la distancia. Quizás sea eso lo que ocurre muchas veces, la falta de distancia con respecto a donde estamos y quiénes somos.

Cuando las cosas van mal no se trata de buscar un chivo expiatorio. Antes era el judío o el gitano, ahora el latino o el musulmán.

Soy europeo y quiero salir del armario. Quiero reivindicar los valores que pretendían cimentar el futuro de nuestros pueblos alejados de la guerra y la tiranía. Quiero reivindicar la posibilidad de seguir creciendo libres y en paz con todos los pueblos y con todas las gentes.

No queremos un nuevo incendio mundial para salir de este atolladero en el que nos estamos metiendo. No deseamos un nuevo resplandor. No deseamos que la sangre vuelva a subir a la cabeza de los Estados y se congestionen. Por eso revindico ser europeo y reivindico paz, más paz. Y a poder ser, volver, como decían los ilustrados de épocas anteriores, a la unidad psíquica de la humanidad, donde todos somos Uno y sin el Otro no somos nada, ni nadie.

Los sembradores de consciencia. Cuento zen.


Hay personas que esperan réditos inmediatos en la vida. Hacen lo que sea para conseguir dinero, poder y cualquier tipo de cosa que les aporte un beneficio en el corto plazo pensando única y exclusivamente en sí mismos.

Hay otras, sin embargo, cuyo propósito y preocupación es ayudar al bien común, intentan resolver los conflictos que nos acechan y trabajan día y noche, a veces en la sombra y otras desde los planos invisibles, para desarrollar una nueva consciencia que nos haga mejores y más humanos.

Estos últimos se asemejan al cuento japonés que relata el crecimiento del bambú, un cuento que nos describe la sabiduría del trabajo interior y el estímulo y la recompensa de la paciencia y la espera.

El bambú tiene una particularidad interesante y el cuento zen lo explica de la siguiente manera:

Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.

Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de tan solo seis semanas, la planta de bambú crece ¡más de 30 metros!

¿Tardó solo seis semanas en crecer?

Realmente no. La verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.

Durante los primeros siete años de aparente inactividad, el bambú estaba generando un complejo sistema de raíces profundas que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.

En la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interior, el cual, como el bambú, requiere de su propio tiempo. Por esa misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en el corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.

Los sembradores de consciencia siguen trabajando, porque el mundo requiere cultivos a largo plazo.

El mundo de ayer


Leyendo el libro de memorias de Stefan Zweig titulado “El mundo de ayer” y viendo lo que está pasando en este tiempo se me pone la carne de gallina. Antes de la Gran Guerra los europeos vivíamos anestesiados por el bienestar creciente. La riqueza parecía llegar a todas partes y había una especie de optimismo generalizado. Algo pasó, algo cambió cuando toda esa distorsión terminó en catástrofe. Las gentes visitaban la ópera disfrutando de los estrenos de Wagner, de Strauss o de Hauptmann. Se leía la poesía ingenua y sentimental de Schiller o la desgastada filosofía de Nietzsche o Strindberg. Ahora ya no se habla de los grandes, nadie conoce ni reconoce a un Kierkegaard ni siente curiosidad por el pensamiento de un Balzac.

Es normal que cuando la vieja Europa pierde el contacto con su cultura y su genialidad artística y científica ocurran cosas como las que ocurren hoy día. Cosas incomprensibles, como que se recorte en bienestar social, en educación o salud pública y no se toque para nada la partida de Defensa o gasto militar. Ni siquiera Dante hubiera imaginado desde los círculos sagrados del Paraíso que el infierno que se teje en los cúmulos de la ignorancia de nuestra época podría hechizar de tal manera a los pueblos europeos.

Ya nadie lee poesía y eso nos desconecta del espíritu, de nuestro espíritu. Whitman se aposenta en el encabezado de este lugar pero nadie lo recuerda excepto cuando alza la mirada hacia arriba y se topa con él. Baudelaire nos importa un comino y nada queremos ya saber del viejo Platón. La tristeza de aquellos que leíamos apasionados a los grandes maestros de todos los tiempos estrangula el aliento cuando vemos la perversión en la que nos encontramos. Por eso no es casualidad que unos y otros nos mofemos ya casi sin rabia por las travesuras de un rey desacreditado e irreal, disfrazando la angustia en broma y pitorreo en ese desconcierto de lo decepcionante y aburrido, en esa tertulia cibernética donde de lo único que se habla es de lo mal que estamos y de lo poco que vamos a arriesgar para salir de este atolladero. Del absurdo, que dirían los existencialistas trasnochados.

Hemos perdido el respeto hacia los maestros del espíritu, hacia los mensajeros de los dioses, aquellos artistas y filósofos que nos advertían del peligro de andar por la senda de la ceguera. La secesión existente entre alma y materia podría ser tan atroz que muchos pudieran embarcar hacia su periplo cósmico desde los arrayanes del polo norte mientras que la otra mitad, absortos y deambulantes, podrían terminar en el polo sur infernal, dentro de ese círculo de la inopia apabullante, del materialismo y el separatismo tan de moda de nuevo.

Hay una decadencia inevitable en todo lo que está pasando. Un rey cazando elefantes y luego arrepentido como un crío de cuatro años no es más que el reflejo de una sociedad perdida y sin rumbo. Esos valores de la estética decadente, de la caza, del puro y la copa, de la fama y el poder, de la tierna e ingenua mirada arrogante, del egoísmo alarmante y la indigesta egolatría se están derrumbando. Esa es la mala noticia, porque en todo derrumbe siempre hay algo de esperpéntico y catastrófico.

La buena noticia es que algo nuevo nacerá, y esto, como decían los cultos de antaño, aquellos del mundo de ayer, es un asunto que nos concierne (nostra res agitar).

La revolución silenciada


Es evidente que algo está cambiando en las consciencias. O quizás no sea exactamente así, quizás en 1789 no había cambiado nada, pero algo tuvo que pasar para que cierto despertar derrocara al absolutismo. Y ahora de nuevo sentimos que un nuevo absolutismo arcaico está a punto de derrumbarse. Y quizás no despertemos a nada y sigamos siendo igual que ayer, pero algo pasa, o algo pasará, e inevitablemente habrá un cambio.

Cuando observamos las noticias vemos como cierta adormidera nos protege de la realidad. Veo la vida de personas cuyo único interés se entremezcla entre su ombligo y su necesidad de ser contemplado por los otros como algo bello y útil. Dedican su vida a maquillar sus caras para esconder quizás la miseria interior en la que viven. Y mientras, otra media humanidad se retuerce de dolor, como el video que hoy me han mostrado de una terrible lapidación donde una mujer era apedreada hasta la muerte por cientos de hombres que grababan con el móvil la terrible escena. Casi vomito porque de alguna forma, esta sociedad podrida en la que vivimos también está siendo apedreada hasta la agonía más mísera.

Aún no nos damos cuenta, pero algo está sucediendo. Algo terrible y hermoso a la vez. Algo que más allá de nosotros mismos trascenderá en la historia humana. Seremos testigos si queremos y sobrevivimos, pero sobre todo, algunos, los más afortunados, serán protagonistas.

El retorno a la inocencia


Retornar a nosotros mismos es retornar a mirar dentro de nosotros mismos, a la cueva del corazón, al mismísimo centro de donde nacen todas nuestras emociones, todas nuestras ideas originales, verdaderas, todos nuestros increíbles actos de amor.
¿Para qué preocuparse por lo que la gente diga o piense de nosotros? Solo debemos escuchar ahí dentro y seguir nuestro destino, ese que alguna vez pactamos en la eternidad, ese que nos ha de conducir hacia nuestro propósito.
El regreso a nosotros mismos nos conduce hacia una vida plena e increíble, cargada de emocionantes caminos y vuelos hacia experiencias nobles y profundas. Acariciar el corazón, acariciar nuestro destino, es fortalecer los lazos que nos unen al todo y ser portadores de la llama, del calor, de la magia.

Comunidades Utópicas


Estimados amigos,

ya ha salido a la venta el libro Comunidades Utópicas, un resumen de mi tesis doctoral en la cual he estado trabajando siete años. Espero que os guste y os asombre el saber que otro mundo es posible y que otras personas lo están consiguiendo con hechos.

un abrazo sentido,

Javier

http://www.editorialseneca.es/JAVIER-LEON.html

 


Transmisores de Luz


Son casi las seis de la madrugada. A estas horas todo parece diferente. Aún recuerdo fresco los sueños de la noche, el duro día de trabajo de ayer, las buenas noticias, especialmente esa en la que Pilar, amiga y generosa editora de una gran editorial, nos cedía la edición de un libro muy querido por mí. Una gran noticia y una gran responsabilidad. Los monjes de todos los tiempos hacían grandes esfuerzos para perpetuar el conocimiento y las obras y la cultura de cada época. Transcribían todos los días a todas horas cada letra. Su misión era la de ser transmisores del alma de todos los tiempos. Los editores modernos tienen una particular labor, muy parecida a la de esos monjes de antaño. La transmisión de la sabiduría perennis, de los valores e ideas de una época, de la cultura de un espacio y de un momento único. En la mitología iniciática, son los transmisores de la luz del alma, los portadores de la llama del conocimiento. Una labor poco reconocida y que requiere de grandes sacrificios y amor incondicional hacia la cultura y el Arte. Y resulta bonito despertarse con esa sensación de que hoy, sin importar si es sábado o cualquier otro día de la semana, nos espera un gran momento de transición, de transmisión de las ideas que habrán de transformar el mundo. Hoy encenderemos una vela y seguiremos transmitiendo su luz, aunque sea a base de píxeles y megas. Luz, más Luz para el Sabat.

A un padre


Pasa algún tiempo hasta que trasciendes la adolescencia, entras en la madurez y con el paso del tiempo y la tranquilidad de la experiencia, logras reconciliarte con tu padre, y de paso, con tu árbol genealógico. Los «yoes», que no son más que los ancestros que aún dominan nuestra vida desde el inconsciente colectivo, aún mandan sus órdenes y aún dirigen nuestros designios. El «yo» individualizado intenta cierta rebeldía cuando queremos demostrar que somos algo soberano e individual. Pero luego, cuando conseguimos desligarnos de los lazos familiares para emprender nuestra propia vida, nace un sentimiento hermoso, de agradecimiento, de humildad, de generosidad hacia los que nos precedieron, hacia todas esas generaciones que sobrevivieron a hambres y guerras y todo tipo de infortunios hasta que llegó nuestro turno. Todo es una cadena de transmisión de cultura, de lengua, de sentimientos, de amor, de cariño, de coraje, de sabiduría, de tecnología, de abrazos, de penas y amores, de humanidad. Cada generación es responsable de esa cadena de unión que nació en los lejanos tiempos y que nos ha de llevar de regreso hacia las estrellas más lejanas. Por eso, GRACIAS a todos los padres que despiertan en nosotros, los jóvenes de este tiempo, las ganas y las ansias y el entusiasmo de seguir completando con nuestro eslabón la cadena humana. Gracias padre por haberme dado parte de tu vida y por haber entregado de forma generosa todo ese bagaje familiar y ancestral que ambos, tú y yo, andamos puliendo y mejorando.

Que no nos arrebaten la Alegría


Sigo en el sur, trabajando, haciendo akelarres en la chimenea con antiguos papeles que ya no tienen sentido. El viernes por la tarde hicimos una presentación enLa Montaña. Elnoveno libro de la colección local. Toda una proeza histórica que algún día será valorado. Pero eso ocurrirá cuando todos estemos muertos y algún nuevo historiador local vea la labor que se hizo mientras estuvimos por aquí y reconozca, quizás en algún humilde acto público, la labor senequista. Mientras seguimos, a pesar de que nos hemos quedado sin oficina, sin almacén y sin casa. No importa. Seguimos porque hay que seguir, porque el espíritu, el alma, no puede ser arrebatada ni por huracanes ni por crisis. Eso dije enla presentación. Nospodrán quitar el trabajo y la casa, pero jamás la oportunidad de poder sonreír con optimismo y esperanza. Jamás nos podrán arrebatar la alegría de vivir.

Dios salve a la cultura


Por la ventana de la biblioteca puedo ver un espectáculo de naranjos cargados de frutos. Las campanas redoblan. Alguien ha muerto. Los más ancianos empiezan a rodear el portón de la Iglesia mientras el sol andaluz golpea fuerte los pavimentos de la plaza.

Detrás mía está la librería cargada con la obra senequista que durante estos años hemos creado. También antiguos libros de historia local del siglo XIX que doné cuando en aquellos tiempos había dinero para hacer ese tipo de cosas.

Los tiempos han cambiado. La biblioteca ya no tiene wifi, así que puedo conectarme gracias a la amabilidad de los que regentan sus cuatro paredes de cultura, los cuales me dejan un cable para escribir algo rápido. Dicen que quitaron el wifi porque al parecer alguien accedía a los secretísimos archivos dela biblioteca. Yclaro, eso debe ser algo terrible, por eso el nuevo gobierno ha quitado el wifi. Qué cosas. Eso me recuerda cuando llegué por primera vez a este pueblo hará unos cuantos años. La primera noche, con el coche cargado de maletas y libros, me acerqué con mi pequeño ordenador para aprovechar el wifi y contestar algunos correos. A los pocos minutos, alguien llamó ala Guardia Civil, que tras un intenso interrogatorio, se quedó algo asustada por ver a un forastero en un coche extraño (los híbridos apenas se veían en esos tiempos) con un ordenador extraño (un portátil de última generación que parecía una máquina de otro tiempo).

Pero como digo eran otros tiempos. Ahora suenan las campanas. La muerte ha vuelto a rondar. La biblioteca está vacía. Hay un silencio sepulcral que invita a sumergirse en los recuerdos. Esta tarde, si las campanas nos dejan, a pocos metros presentaremos un nuevo libro senequista, el noveno de la colección Furnûyulush. Será a las ocho. En el cine. Porque los libros ahora se presentan en los cines. Quizás sea porque en la biblioteca haya un exceso de secretos por desvelar, y por eso no hay wifi, ni presentaciones. Dios salve a la cultura. Dios salve al espíritu del hombre.

Cien mil olas de deseos nos rodean


Cien mil olas de deseos nos rodean. El vasto océano astral es implacable. Podemos fácilmente dejarnos arrastrar si no conseguimos mantener nuestro centro, nuestro inmóvil tálamo de impermanencia fijado en lo más profundo del nosotros mismos. Hay cavidades por donde la luz se cuela. Pero a veces solo es capaz de centellear entre tímidos azotes de inconsciencia. ¿Dónde estamos en esos momentos de plácido deseo?
Fijamos la atención en las distracciones diarias, olvidando que la pura belleza es tan sencilla como el propio respirar. En el conjunto del respirar está la memoria que nos hace seres con imagen y semejanza, con rostro y perfil aliñado por las reglas del pasado.
Es evidente que se nos arroja al mundo con algún propósito que no siempre somos capaces de percibir. Pero detrás de todo cuanto ocurre siempre hay una causa suprema que maneja el concierto cósmico con algún tipo de perfección que se nos escapa. Todo tiene un sentido, incluso cuando tan solo somos capaces de percibir el sinsentido.
La confusión del mundo nos sirve para sentir esa inquietud extraña de desplome ante la evidencia. Sí, estamos vivos, pero somos huérfanos provisionales del empeño vital. Mañana nadie sabe lo que ocurrirá. Mañana, en algún mañana, ya no estaremos, al menos, durante un tiempo, en este maravilloso circulonosepasa que los místicos de todos los tiempos han descrito y sentido con mayor o menor visión.
Hoy paseaba por las calles de Madrid y había tanto ruido… Uno puede intoxicarse de murmullos ancestrales, de vivencias cruzadas, de árboles genealógicos torcidos o podridos desde la misma raíz. Pero el ruido… ese ruido interior y exterior, siempre ensordece nuestras vidas. ¿Queremos escuchar? ¿O quizás vivimos felices con esos ruidos, con esas cien mil olas con sus diez mil cosas? ¿Dónde está el Silencio? ¿Dónde está su Voz? Estoy bien, porque mientras paseaba entre tanto ajetreo, he podido respirar y rasgar el velo y recordar que en la luna llena siempre hay un hueco para subir a la Montaña.

El juego de la vida


Hace un rato que se ha marchado una pick-up con los últimos muebles, mesas y ordenadores. En el comedor, semi vacío aún arde la chimenea con viejos papeles y recuerdos. Una mesa sostiene este ordenador y los sillones, los últimos de filipinas, mantienen los recuerdos aún vivos.

Hablaba con el amigo Francis de la sensación que tenía cuando viajaba por el mundo. Siempre tenía un referente, siempre tenía un lugar donde guardaba mis libros, mis recuerdos, mi vida entera. Esa era la impresión ante la aventura: en algún lugar del mundo siempre había una casa, mi casa. Y esa sensación es reconfortable porque siempre, en los malos momentos, cuando te quedas solo en una cuneta, cuando el amor te abandona o el amigo te recrimina o la vida se queda inmóvil al borde del camino, siempre tienes un lugar donde ir. Todos siempre tenemos un lugar, un referente donde volver.

A partir del miércoles ese referente dejará de existir. Será una sensación nueva, diferente, una sensación extraña que nunca había sentido hasta ahora. La casa, o mejor dicho, el hogar, siempre ha sido una parte importante de nuestras vidas. Pero, ¿qué ocurre cuando lo pierdes? Ayer me quedé parado cuando veía como parte de mi vida se esparcía en nuevos hogares, en nuevas casas. Hoy la sensación era diferente. Pensaba como en el sueño de ese loco que deseaba estar en todas partes a la vez, y quizás ahora estaré en muchas partes. Habrá una mesita que soportó cientos de sueños en alguna otra habitación. Habrá una mesa que sostendrá nuevos vasos y nuevas copas, habrá ese cuadro que me acompañó por tantas y tantas casas colgado en una nueva pared. Y habrá un guiño en cada uno de esos objetos con sus historias, con sus relatos, con su energía.

En el mundo de las causas, una parte de mí se va con ellos y permanecerá impregnando nuevas estancias. En el plano de las formas solo son objetos, pero más allá de esos objetos hay vida, mucha vida. Espero que los nuevos dueños de ese destino sepan disfrutar de esa energía que ahora les acompaña.

Están ocurriendo muchas anécdotas con todo lo que está pasando. Hoy alguien me llamaba diciendo que daría cualquier cosa por tener un trocito de algo en su casa, aunque fuera una piedra del jardín. Me resultaba emocionante el pensar que muchos habéis comprendido que esto es tan solo un paso más en el juego de la vida, un movimiento en el tablero del existir. Por dentro estoy feliz a pesar de la pérdida, porque soy consciente de que todos nos llevaremos ese trocito de jardín en el corazón. Ya queda menos para el miércoles, y mucho trabajo por delante. Día agotador, día lleno de enseñanzas. Día lleno de vida. Porque así es la vida, hoy lo tenemos todo, mañana lo perdemos y pasado somos afortunados porque a veces perder es ganar.

Quiero ser feliz


 

Qué responsabilidad más grande la de infundir felicidad, amor, alegría, cariño a todos aquellos que nos rodean. ¿Quién desea estar aferrado a gente egoísta y ruin, a faltos de corazón, aburridos, terroristas del espíritu? ¿Quién desea estar con los tristes, con los amargados? Y ahí está la magia del payaso, que no deja de ser el símbolo de lo surrealista de esta vida. Una nariz roja puede cambiar el ánimo de unos niños pobres y desamparados. Pero sobre todo, puede hacernos ver a los que lo tenemos todo, que aquellos que no tienen nada son capaces de sonreír. ¿Y si hiciéramos de nuestras vidas algo así como una locura constante? Una sonrisa, compartir ese abrazo, ese cariño, compartir cosas pequeñas, pero llenas de entusiasmo. Leía hoy un bonito texto de una persona cuya pareja no tiene nada, excepto un gran corazón, y ese gran corazón le era suficiente para ser la más dichosa de todas. ¿Acaso no hemos venido aquí a ser felices?

En República Dominicana hemos aprendido que la felicidad no consiste en tener una mansión en el resort más lujoso de la isla, ni vivir en lo más miserable de algún poblado perdido en la sabana. La felicidad es algo tan sencillo como mirar al otro a los ojos, sea cual sea su grado o condición en la vida, y de forma humana, amarlo.

Hoy es nuestro último día en la isla. Y aún golpean en nuestro recuerdo los cientos de niños que hemos abrazado estos días… ¿Cuánta vida hemos compartido? ¿Cuánta felicidad había en esos gritos de locura vital? Cuanto deseamos seguir amando… cuanto deseamos seguir viviendo… en la pobreza o en la riqueza, en la salud o en la enfermedad, hasta que el destino decida… Que el propósito nos siga guiando… que la vida sea nuestra meta…

Jaulas de oro


Algunos privilegiados, sin saberlo, vivimos en jaulas de oro. Esta isla caribeña está llena de contrastes extremos, donde se aprecia bien las diferencias. Si entras en los resorts, lugares donde hemos pasado la primera parte de nuestro viaje rodeados de celebridades y millonarios, parece que estás en otro mundo. Pero cuando sales de ellos y penetras en la miseria consumida por la pobreza extrema, algo cambia, en lo interior y en lo exterio, en el nosotros sumergido de la inconsciencia. En Occidente estas diferencias están más disimuladas gracias a esa masa que llamamos clase media. Pero aquí todo parece extremo, sin haber punto medio.

Pero a pesar de lo llamativo de los extremos, observamos que hay una pobreza aún mayor que la económica, y es la miserable pobreza del espíritu. Esa se encuentra en todas partes, en las jaulas de oro y en las jaulas de hojalata, en las de hierro y en las de cartón-piedra. Es una pobreza más sutil, que llama menos la atención, que a casi nadie le importa, siendo, a pesar de ello, la más grave de todas. La pobreza de ser egos inconscientes y cegados por nuestra realidad individualista y egoísta.

Siempre ha existido algún tipo de temor hacia lo diferente… Ahora lo que más tememos debería ser esa pobreza interna… Hemos visto a personas ricas exteriormente llenos de espíritu y generosidad y también viceversa, o  personas pobres exteriormente pero con una riqueza interior increíble. Y personas ricas, pero miserables, y pobres, pero aún más miserables.

¿Y qué hacer para que esa miseria interna se transforme en riqueza? Solo se me ocurre una cosa: educación. Educar en valores, valores de consciencia, de solidaridad, de amor al prójimo, de cooperación, de ayuda mutua, de generosidad. Mostrar al mundo la realidad del mundo. Sugerir respuestas a las inquietudes individuales y globales. Observar aquello que falla, aquello que está mal, y combatirlo, de forma individual y colectiva. Por eso es bueno poner los privilegios de los que contamos al servicio de la necesidad. Por eso es bueno contabilizar todas aquellas miserias para poder transformarlas en riqueza, mucha riqueza para todos. En luz, más luz para el alma y el mundo.

Viajar es gratis


¿Cuánto pagaríamos por viajar en un maravilloso crucero alrededor del sol? ¿Y cuanto pagaríamos por ir al planetario más espectacular del universo? Esas cosas son gratis. Todos los años hacemos un viaje alrededor del sol en la nave tierra. Todas las noches podemos asomarnos y disfrutar del universo entero mirando por nuestra ventana. Y si además de tener capacidad para ver esas cosas, la tenemos para observar en lo pequeño, no dudéis en agachar vuestra vista en el próximo jardín que veáis. Hay un mundo ahí abajo lleno de miles de criaturas. Cuando paseo por mi jardín me gusta hacerlo agachado, inclinando la vista a cada uno de los rincones. Os aseguro que la visión es increíble. Es como si otro mundo viviera ahí debajo de nuestros pies y no fuéramos capaces de verlo. Pero cuando aprendemos a observar en silencio y escuchamos los conciertos de la naturaleza, sus majestuosas vistas y a todos los placeres que nos rodean, uno no puede más que estar agradecido maravillado por tan generoso espectáculo. ¿Qué más podemos hacer gratis? Solo debemos agudizar el ingenio y la visión, tener consciencia de todo cuanto se nos da a cada momento y sabernos partícipes de este maravilloso regalo que es la vida.

¿Qué más podemos pedir? Constatada dicha generosidad, ya solo nos queda participar en la misma y entregar nuestra parte. Y que dicha parte sea una constante renovación interior, un fortísimo anhelo de cambio hacia mejor, una proyección positiva sobre la vida, pero también una revisión crítica y autocrítica de aquello que pueda mejorar. Un idílico romance entre el yo y el superyo, entre la personalidad y el alma, entre el nosotros y el ellos. Una apuesta firme por sentirnos merecedores de todo cuanto nos hace vivir todos los días.

Han pasado algunos minutos desde que empezaste a leer este texto. Han sido unos minutos de intensa vida. Da gracias por ello, da gracias por sentir y estar aquí, da gracias por crear una realidad más amable.

La vida es un regalo provisional


¿Qué sientes cada vez que alguna pérdida golpea de cerca? ¿Qué sentimos cuando perdemos el amor, cuando la persona a la que amas nos arroja de su vida? ¿O cuando muere, de repente, abandonando proyectos y sueños? ¿Qué ocurre cuando lo perdemos todo?  A ciertas edades la pérdida da miedo, diría que pánico. Cualquier dolor, cualquier síntoma extraño, nos alerta y nos pone en guardia, presagiando quizás un final irremediable. Sólo hay algo que vence ese temor.  Lo decimos muchas veces de alguna u otra forma: el amor. Dicho así, eso de «el amor» puede sonar a vacío, pero creo que la moraleja de la vida tiene que ver con eso.

Por eso gustan las parábolas de la vida que tienen que ver con el aprendizaje sobre el amor. No porque reclamen algo justo o sincero, sino porque reclaman algo que la sociedad pide a voz partida. Necesitamos reconstruir todo esto desde el susurro de lo humano, desde el temblor de sentirnos solos ante el universo, pero irremediablemente acompañados por los otros. El sentido del tacto humano es lo que aprendemos con cada pérdida. Volver a lo sencillo, volver a lo real, significa adentrarnos en nuestra fragilidad.

Hoy alguien me decía que no me preocupara, que cuando se toca fondo ya no puedes ir más abajo. Pero ese “más abajo”, en un abismo sin fondo, resulta que no existe. Es decir, que aún puedes seguir cayendo hasta no se sabe donde. Hoy lo sentía en primera persona. De repente he visto ese “más abajo” y me ha dado cierto vértigo. Especialmente porque uno nunca sabe hasta qué punto las alas podrán resistir la caída libre. Pero pensaba en aquellos que lo perdían todo en una guerra: familia, hogar, pareja, hijos, padres… Me preguntaba de donde sacaban la fuerza para seguir adelante. ¿Qué clase de instinto poderoso les hace continuar? Las crónicas de guerra nunca cuentan a todos esos que prefieren pegarse un tiro porque no encuentran otra salida a su desesperación.

Más abajo, muerte o amor. Sólo tenemos que elegir a cada instante. Recuerdo que hasta no hace mucho tiempo algunos reclamaban más y más: “debes facturar un millón, debes tener una casa más grande, una finquita más grande”. Pero resulta que el absurdo de la vida pide exactamente lo contrario: tener cada vez menos para aprender a amar desde la sencillez, a vivir desde el respeto y la comprensión.

¿Dónde está el verdadero desafío? En saber que no tenemos nada, y que todo lo que la vida nos da es un regalo provisional. La vida es provisional, los abrazos son provisionales, el amor es provisional. Mañana podemos perderlo todo, incluso a nosotros mismos. Somos interinos de la existencia, fugaces temporeros del ahora.

¿Qué habrá más allá?


Hoy atravesaba montañas y valles y terminaba en el mar. Nací en el Mediterráneo, junto a su orilla, así que siempre que escucho el oleaje en alguna playa perdida, me sumerjo en los recuerdos de esa verdadera patria que es la infancia. Y allí estaba hoy, sentado en la orilla, escuchando el susurro de las olas, el temperamento de la naturaleza pausada, ensimismada en sus ciclos.

Siempre hay algo de plenitud cuando dejas arrastrar la mirada hacia los dos infinitos: el del océano fusionándose con el cielo. Ambos azules, uno espejo de otro, ambos ilusorios, porque ninguno atesora su color real. Y en esa fina línea divisoria imaginas horizontes imposibles. ¿Qué habrá detrás de esa línea? La pregunta nunca es baladí, porque es la que siempre lanzó a la imaginación de los hombres a la exploración y el conocimiento. ¿Qué habrá más allá?

Así que la excursión ha sido hermosa, transparente, sencilla. Sin ningún propósito especial más que el de disfrutar del paseo y del paisaje. Necesitaba sumergir la luz de la mirada en el trasfondo natural de la ausencia. Necesitaba coger algo de distancia para comprobar que en el fondo, a pesar de las drásticas decisiones tomadas, todo está bien.

Elegir la vida y no la muerte, y no me refiero a la muerte física sino a la del alma, es lo mejor para seguir adelante. Porque la vida siempre está de parte de aquellos que asumen el riesgo para ganar un horizonte mayor. Como ese que había allá en el mar. ¿Qué habrá más allá? Pronto lo sabremos…

Darlo todo, ahora, que estamos vivos


¿Cuál es el camino? ¿En qué lado de sus bordes debemos descansar? ¿Somos espirituales? Ya sé que no lo somos por ser vegetarianos, o por meditar a las cinco de la mañana, o por hacer ayunos o por recitar durante horas eternos mantras. Esto forma parte del ego, por eso cuando lo hacemos nos ponemos serios y reverenciales. Para manifestar la importancia del rito, del acto. Pero la espiritualidad no es rígida. Es simple, sencilla, alegre, y se revela en los actos más sencillos de la vida cotidiana.

¿Qué más debemos entregar para ser dignos de respeto en cuanto a seres dignos? ¿Dónde reside el arte de hacerse respetar? No hay tratados sobre el honor. No hay caminos seguros. Hoy estamos vivos, mañana todo dependerá del infortunio, o de la fortuna.

¿Debemos esforzarnos por buscar la autenticidad? Dicen que eso provoca belleza. La belleza es uno de los tres pilares del Arte. Belleza, fuerza, sabiduría. Ser auténticos nos aproxima al triunfo en la vida. ¿Será ese el camino? ¿Será eso ser espiritual? Quizás ser espiritual sea tener anemia, ser efímeros. Simples. Silenciosos. Discretos. Respetando siempre el curso de la naturaleza. Sus fuerzas. Sus criterios.

¿Qué más debemos entregar? Todo.

Los frutos del bosque


La vida es un constante desafío. Hoy vagábamos como todas las tardes por el bosque. Veíamos el sol en lo alto entrecortado por el vagar de nubes que venían amenazadoras desde el septentrión. Hacía frío. El invierno ha llegado. Lo notábamos en nuestro rostro, en nuestra nariz, en nuestras manos. Los perros corrían por el manto verde y observábamos en el camino todo cuanto ofrece la naturaleza. Las flores, la música de los pájaros, la luz del sol, el frescor de la tierra húmeda por las lluvias de la mañana. El manto de colores en el suelo cargado de hojas. Vimos las ramas que había por todas partes y sin querer hicimos un pequeño montón. Observamos que con poco esfuerzo habíamos acumulado una pila perfecta para la chimenea de la tarde. De todas las ramas cogimos dos grandes troncos, de forma espontánea, que llevamos hasta la casa. Nos gustó ese acto de psicomagia. La familia adentrándose en el oscuro y peligroso bosque para traer sustento y leña para el hogar. Los perros parecían alegres por la adquisición pero no dejaban de mirarnos de forma extraña. Una felicidad extrema. Respiraba profundamente el momento mientras recorríamos el camino plagado de flores blancas y nubes de jilgueros que deambulaban entre nuestros pasos. Había cierta armonía en nuestros pasos, cierta provocación, cierto reto. Sentía cierta libertad interior mientras cortaba la leña recogida y recordaba el momento introduciendo los trozos menudos en la chimenea. Y luego el fuego y su magia, y el calor de las brasas, y el compartir en los abrazos sentidos. Un compartir generoso, en silencio, de mirada cómplice y suspiros bienvenidos. Había un lazo de fuerza, un lazo de vida que nos unía.
Nada más llegar, J. nos traía de otro bosque una caja llena de mandarinas y naranjas. Agradecimos el gesto con alegría, esa alegría de ver como la naturaleza responde con sus frutos. Leña, naranjas, mandarinas y alegría. Una combinación perfecta para seguir conspirando con la vida. Una forma alegre de seguir con el desafío constante. No es uno el que hace el viaje, sino el viaje el que lo hace a uno. Tiempos vendrán, me decía recordando las palabras del viejo Séneca, en los tardos años del mundo en los cuales el mar océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una gran tierra… La tierra de la vida y la esperanza…

¿Magos blancos o negros?


Estaba escuchando una charla de Victor Brossa y en alguna parte hablaba sobre la magia blanca y la magia negra, sobre los magos blancos y los magos negros. ¿Quién es blanco y quién es negro? Según Victor, el mago negro es el que nos manipula, el que nos engaña, el que desea algo de nosotros de forma egoísta, el que nos hace adelgazar, el que exige sin dar, el que reclama sin ver al otro, el que en definitiva, de alguna forma, nos perjudica. El mago blanco es aquel que nos protege, que nos ayuda, que nos inspira, que nos da confianza, que está ahí, que da sin esperar nada a cambio.

Hay personas que se acercan a nosotros y nos destrozan la vida. Tienen esa capacidad, quizás no por ellas mismas, sino porque nosotros nos encontrábamos en un momento de debilidad, de pérdida, desorientados. Hay personas que en esas mismas condiciones son capaces de transformarnos, de elevarnos, de apoyarnos de tal forma que enseguida vemos esos cambios positivos en nuestras vidas. Personas que tienen la capacidad de exaltarnos a mundos increíbles. No hay gente buena o mala en el mundo, hay solamente personas capaces de hacer magia, magia de la buena, magia que nos ilumina, que nos alegra, que nos muestra, que nos hace felices. Magia de verdad, porque la vida es magia, y ahí fuera hay gente mágica. Magos y magas capaces de despertarnos a un mundo mejor.

La sombra


Unos días en Madrid me han servido para darme cuenta de la sombra, de nuestra sombra, de esa que a veces dirige nuestras vidas, otras la obstaculiza con miedos y pesadillas, y otras, simplemente nos posee para hacer de nosotros lo que nuestro estómago, y no nuestros elevados anhelos, desea. Me doy cuenta de cómo a veces deseamos o preferimos vivir en una cárcel, siempre segura y aclimatada para nuestras necesidades más inmediatas, antes de ser capaces de salir de nuestros espacios de seguridad para ser libres. Y ser libres no es más que seguir los designios de nuestro corazón, y no los caprichos de nuestra sombra. Lo increíble de esa sombra es que nos anula por completo. Nos aterra salir de ella, desprendernos de ella. Y cuando lo intentamos, los guardianes del umbral se encargan de recordarnos los peligros que hay ahí fuera. Pero está bien sentirnos poseedores de cierto sentido común. Hoy toca de nuevo viaje. De nuevo vuelta a La Montaña, mi espacio de seguridad. Pero lo hago con cierto poder. El poder de haber hecho lo que decía el corazón, y no la sombra.

Amar a un ser humano es ayudarle a ser libre


Ese es el más poderoso de los amores. Acostumbrados a agarrar, a hacer del otro algo nuestro, el mejor amor es ayudar al otro a volar más lejos, más alto. Cada latido de nuestro corazón debería responder a la llamada de hacer algo hermoso por el otro. De hacerlo grande, de sacar el brillo de su alma hasta la más pura exhalación. Pero resulta difícil, muy difícil, llegar a estas conclusiones. Resulta difícil amar sin poseer. Resulta difícil darse cuenta de donde estamos, de todo lo que cuesta recolarnos a cada instante, de todo lo comprometido de hacer las cosas bien. Cada día debemos esforzarnos para sabernos en nuestro centro y desde ahí, dejar que la vida dirija nuestros pasos y nuestros ritmos. Dejar que la vida nos guíe. Amar, amando, de forma libre, de forma desapegada.

Ama desde La Garrotxa


Hola Javier,

Te paso las fotos de «Ama hasta que te duela» que me acaba de enviar mi hermana Charo, mi cuñado Sergi y la perrita LLona desde la zona volcánica de La Garrotxa. Ellos viven allí y les encanta caminar por la montaña. Elige la que más te guste. Charo me las ha enviado con el siguiente texto:

Una sonrisa, la alegría

Una mirada, la complicidad

Una caricia, la ternura

Un abrazo, el sentimiento

Un beso, una joya

Un te quiero, pocas veces lo decimos, pero existe en nuestro corazón

No hay que perder la alegría, ni la complicidad, ni la ternura, ni el sentimiento, porque así el corazón latirá, como una joya, eternamente…

Charo

La vida es la única verdad real


La vida es la única verdad real. Nuestro destino consiste en vivirla y desnudarnos ante ella es nuestro único deber. No deben asustarnos las ruinas. Llevamos un mundo nuevo aquí dentro, en nuestros corazones, un mundo que está creciendo a cada instante, un mundo que reclama para sí mismo una oportunidad de nacer. Durante siglos hemos arado las praderas y construido ciudades, templos, puentes, caminos. Podemos volver a construir de nuevo, podemos volver a empezar de nuevo, podemos volver a creer de nuevo. Creer es crear, crear es construir el mañana de las nuevas generaciones, de los herederos de nuestros actos. ¿Cuál es nuestra aportación? ¿Cuál será nuestro legado?

Llevamos un mundo nuevo impreso en nuestras almas, esas que suspiran por llegar a nosotros, por influir en nosotros, y que son capaces de manifestarse en los momentos de absoluta soledad, de absoluto silencio. Un mundo que debemos compartir, que debemos aproximar al sentido de todas las cosas. La misma fuerza que nos hizo construir pirámides y naves espaciales nos ha de permitir conspirar por un mundo mejor, por una vida mejor.

En esta época hay una gran necesidad de expertos en la vida del alma. Debemos por tanto emprender el gran experimento hacia la transición, agregando nuestro más íntimo testimonio de que eso es posible. Hay luz en el sendero, y nosotros, los tejedores de esa luz, estamos destinados a preparar la víspera de la gran fiesta. Debemos tener fe, porque la fe es la sustancia de las cosas que no se ven, es la fuerza que nos proporciona absoluto valor.

Ya no tenemos necesidad de apaciguar a los dioses. Ya no tenemos necesidad de seguir luchando los unos contra los otros. La ayuda mutua cambiará la faz de la Tierra contra la antigua herencia de la lucha mutua. De nuevo, un hombre nuevo desea nacer.

Luz, más luz en este nuevo año. Feliz 2012 a todos…