Para muchos, el móvil es un símbolo de poder y seguridad, es un apéndice que desde la más remota prehistoria nos acompaña en forma de mando y autoridad. Muchos de los que están siempre enganchados al móvil suelen ser personas frágiles e inseguras que necesitan ese soporte para sentir cierto grado de soberanía y potestad. Es como esas personas inseguras que compran grandes coches y grandes casas para potenciar su status, es decir, para disfrazar sus inseguridades.
Pensamos que si superamos ese tipo de adicciones sociales impuestas por modas o necesidades puedes caer en posturas extremas. Pero desde una perspectiva simbólica, puede llegar a resultar muy curioso llevar de vez en cuando un poco la contraria. Quise por ello probar qué se sentía en ese otro extremo, es decir, carecer de apéndice de poder y seguridad. Y ya van casi dos meses desconectado desde que aquella mañana lúcida decidí romper la tarjetita del móvil para desengancharme durante un tiempo de la tiranía inconsciente.
Realmente siempre he sido algo autista, amante de los silencios y poco amigo de la palabra hablada, así que jugaba con cierta ventaja. De ahí quizás que me refugie con tanta pasión en la otra palabra, la escrita, que requiere de silencios para que pueda expresarse con cierto arte y salero eso que llamamos arte, que no es más que dar rienda suelta al plano de la sutileza. Hasta tal punto es mi autismo que el sonido incómodo del móvil siempre me irritaba. Hay personas capaces de estar todo el día enganchados a la comunicación verbal, pero el menda, que se ponía a llorar con cuatro o cinco años cuando alguien le hablaba en un tono más alto de lo normal, sigue teniendo cierta fobia a ese ruido exterior. Así que en cierta forma me siento doblemente liberado.
He intentado indagar de donde nace esta fobia. Es evidente que todos somos sensitivos a nuestra manera. Unos son sensibles a unos gustos, otros a otros. Mi garganta debe sufrir algún tipo de atrofia porque es la que menos me gusta utilizar. Sin embargo, presumo de una excelente visión y escucha activa. Soy capaz de escuchar y ver cosas que otros pasan desapercibidos. Esa agudeza o sensibilidad tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Por ejemplo, noto que hay personas con las que no puedo comunicarme sencillamente porque están en una onda de frecuencia diferente, en una vibración dispareja. ¿No os ha pasado alguna vez? Hay gente que modula su voz en una frecuencia, y cuando vas a hablarles, no logran escucharte o no entienden lo que dices o lo que pretendes mostrar o expresar. Mi comunicación por eso es más gestual, es decir, abuso constantemente de la comunicación no verbal, por eso creo que la incomprensión aumenta a medida que la comunicación en este mundo crea más adicción.
Todos quieren estar comunicados a todas horas, llenando sus vidas de ruidos exteriores que encierran herméticamente lo interior en un caparazón imposible de atravesar. Y en los tiempos que corren resulta muy drástico lo que he hecho, siempre tiene que existir un punto de equilibrio, pero noto, siento, que estamos en un tiempo de decisiones drásticas, y que sólo así, podemos reencontrarnos con cierto equilibrio interior. Aunque cuando el absurdo se apodera de todo (véase la realidad de ahí fuera), uno se siente protegido y seguro en esta parcela y remanso de paz intramuros. Como un niño que se refugia ante las agresiones exteriores y se protege de ese mundo caótico e injusto que los mayores prometieron como herencia. En todo caso, he soltado y dejado libre el apéndice de poder, y al hacerlo, me siento poderoso.





























