Inmóvil al borde del camino


Veo en las noticias como el mundo se desploma. Me pregunto si ese mundo de ahí fuera tiene algo que ver con este de aquí dentro, o son casualidades transitorias en un universo imposible. ¿Personas o personajes de una creación? El otro generalizado transita a la búsqueda de sí mismo y a la búsqueda complementaria a través de los demás. Unos son conscientes y aplican el tránsito entre el conócete a ti mismo y el conócete a través de los demás, que son nuestros espejos y resortes. Los otros, los menos conscientes, se miran al retrato de sí mismos, pero no para conocerse, sino para complementar su egoísmo entre lo que ven y lo que creen que ven. En esas ando, en una especie de inconsciencia agradable, desenchufado del mundo, aislado en las cavernas del silencio, sentado, inmóvil, al borde del camino, contemplando como todo se derrumba impasivo.

Paradójicamente esta mañana me llamaban amables y humanos, cariñosos y sensibles los amigos A. y K. para que les acompañara a hacer algún tramo del Camino de Santiago. Seguramente lo más sabio sería fluir, pero no ahora, sino hace ya días cuando empezaron las primeras invitaciones para ir a un sitio y otro. Aunque dejarse fluir también tiene sus riesgos… especialmente cuando lo que menos te apetece es fluir… Podría ser divertido, incluso podría levantarme el ánimo el visitar reinos y palacios… También esas invitaciones han sido tentadoras… Pero ahora toca sentir en silencio y reposo los sonidos universales…

Los Upanishads se empeñan en decir que la vida es dolor: sarvam dunkham, sarvam anityiam, “todo es dolor, todo es pasajero”. La vida es dolor porque es multiforme, dinámica, dramática. No se detiene ante nada, porque está viciada de ignorancia e ilusión. Dicen los sabios textos que la única realidad posible es el Uno igual a sí mismo, inmóvil, autónomo, sin experiencia, sin devenir. El no dejarse fluir por la experiencia nos acerca a la esencia primera, a prakriti, la sustancia primordial. Por eso, a veces, es bueno sentarse inmóvil al borde del camino, sin movimiento, sin experiencia, sin ilusión. Únicamente alcanzando la salvación no a través de la ruptura radical con el mundo, pero sí con la renuncia a los frutos de nuestros actos. No esperar la codiciada cosecha, sino renunciar a la misma, a la espera de los tiempos de nueva siembra.

Me quedo en el mundo, acepto el mundo, pero sin desear ambicionarlo. Por eso, y lo siento por el poeta, me quedo sentado inmóvil, al borde del camino, sin mayor señuelo que el silencio que se apodera de mí. Pronto habrá que preñarse de vida, pero solo cuando la fuerza del fua nos acompañe…

 

Foto:  La piedra fosilizada y el árbol que sobrevivió a la obra me acompañan durante tiempo indefinido tras mis trabajos en el jardín. Todas las tardes me siento en su borde, esperando…

El doble reto


Agosto, aunque sea un mes de descanso para muchos donde los palacios interiores requieren calma y sosiego, es un mes de mucha actividad editorial pues toca preparar la campaña de otoño  para ofrecer a nuestros lectores nuevas obras, nuevas aventuras, nuevos viajes exploratorios por el mundo humano. Así, en las bodegas de este velero que sigue surcando los mares del sur en búsqueda de tesoros literarios, estamos preparando ya las perlas que deberán despertar nuestro interés y admiración. Esperamos acertar con todas ellas para deleite del espíritu, el alma y nuestros cuerpos que ahora reposan en alguna playa perdida o montaña inhóspita.

Escribía esto mientras trabajaba en la actualización de la página web de nuestros sellos editoriales cuando pensaba en la difícil tarea que se presenta este otoño. Una tarea material, porque cualquier actividad requiere de un sustento cuya base, especialmente en las actividades empresariales, siempre son el dinero y el consumo.  Y una tarea espiritual, si bien nuestra filosofía a la hora de crear nuestra actividad siempre partió de un considerable beneficio intelectual y espiritual, sigue siendo un reto el haber sobrevivido a esta doble crisis del sector y económica mundial en un momento donde lo intelectual y lo espiritual no están de moda.

Ayer un amigo, en una larga conversación telefónica me decía con cierta ironía que debíamos estar agradecidos a la “playstation” porque no sabemos a cuanta gente ha sacado de la heroína. Parece cierta esta afirmación donde las drogas son cada vez más sofisticadas, entendiendo drogas como aquella sustancia o cosa que es capaz de eliminar nuestras voluntades, nuestra capacidad de decisión, de crítica, de libertad. Hay muchas formas sutiles de estar anulados, incapacitados para la libre elección. Es más, todo aquello que nos recuerda que somos sumisos a las drogas sociales, a las drogas del comportamiento aceptadas como normales, siempre son causa de molestia y malestar. Aquellos que no sucumben a las mismas son seres molestos e incómodos, y es mejor eliminarlos de nuestro espectro. Me ha ocurrido alguna vez el sentirme un excluido social por no participar en los ritos, a veces hipócritas y farsantes, por los cuales lo aparentemente bueno para el trato social es una cárcel anuladora de voluntades individuales.

Por eso decía que el reto era doblemente difícil, porque sustentar un proyecto intelectual y espiritual en un mundo en decadencia moral resulta una misión casi imposible.  Pero resistiremos, porque es nuestro sino y es nuestro propósito.

Quietud ante el movimiento


No te muevas, no hagas nada. Esa parece ser la consigna. El Quietismo venciendo a la Acción, al movimiento. Quizás sea hora de estar quietos… ¿Cómo saberlo? Si lanzas una mirada al mundo quizás el mundo te muerda. Por eso a veces esa necesidad de cerrar los ojos y respirar, respirar profundamente sin pensar en nada, sin provocar nada. Mejor estar quieto, como esa balsa que se deja llevar por el oleaje en un océano de incertidumbre… ¿Para qué moverse? Lo cierto es que hoy ha cambiado todo. El mundo externo, ese que he habitado durante más de nueve meses ya no existe. De repente ha desaparecido envuelto en papel de embalar, valijas y cartones. Todo envuelto y trasladado a otro lugar. Me he quedado inmóvil porque todo estaba cargado de recuerdos y emociones, emociones que empapan tu vida, que llenan tu bagaje vital. Átomos de existencia que han preñado momentos, experiencias, alegrías y lágrimas. El balance, al final, ha sido muy positivo. Todas las enseñanzas son positivas. Y el buen sabor de boca me hace pensar con optimismo en el futuro. Por eso la quietud interna mientras todo se mueve a mi alrededor. Por eso la paz necesaria para afrontar el nuevo reto, sea cual sea. Habrá un nuevo pacto con la vida, un nuevo compromiso. Habrá un conocimiento profundo al que seguir hasta el final. Será emocionante, como todo viaje, pero sobre todo, será hermoso. No habrá dolor porque el sufrimiento ya cesó. Y no habrá rencor hacia las cosas malas porque sólo fueron anécdotas del viaje. Es normal que ante el avance uno siempre se roce con las ramas del camino. Es normal que ante la apuesta de seguir adelante uno experimente cosas, y sienta cosas. Por eso, cuando el cambio es inminente sin saber hacia donde se producirá, mejor estar quieto, para extraer la enseñanza pasada, disfrutar del presente y ensoñar con el futuro y su esperanza… Quiero creer que la esperanza sigue viva… y aún se le puede dar otra oportunidad…

El movimiento de todas las cosas



Ayer tuve un grato encuentro con J. Fui hasta su casa, nos dimos un baño en su piscina seguido de un agradable baño de sol y comimos algo en su hermoso jardín mientras hablábamos de mil y una cosas. Observaba los inmensos árboles que rodeaban su casa y el verde de todo el espesor que allí crecía. Era como estar en uno de esos jardines donde te retiras a contemplar el universo y sus mil maravillas, donde meditas sobre las causas y los arquetipos, donde transitas hacia la infinitud de las cosas. Una especie de pequeño Aleph nacido del universo borgiano, una pequeña Shambhalla llena de espíritu. Algo así como el jardín del Morya. Y esas sendas me son familiares, como el marinero que conduce su nave sin dejar caer el ancla en ningún océano. Simplemente navegar, como hoy he hecho con C. por el barrio de las Letras, fijándonos en los detalles de la incertidumbre que nos ha tocado vivir en este tiempo, aceptándola como un aprendizaje más en nuestro periplo cósmico, quizás comparable a esa generación perdida que se generó en los locos años veinte y la posterior Gran Depresión. Me imaginaba redactando un segundo «Las uvas de la ira» mientras recordábamos cuando viajábamos hacia el norte de todos los nortes y el coche nos llevó hasta las fronteras del fin. Hacía frío, todo era provisional sin saber qué ocurriría al día siguiente, ni dónde estaríamos. Pero merecía la pena la travesía. Algo así pensábamos hoy a pesar de la pérdida de rumbo. Merece la pena seguir en esta incertidumbre hasta que el universo entero señale con fuerza el rostro de la senda. Hay que estar alerta a las señales, a las marcas que se encuentran en todas partes y nos guían hacia nuevos espacios, hacia nuevas dimensiones de vida y esplendor. Hay en cada paso una aproximación a la punta elevada del péndulo. Allí arriba ya no hay perturbación, ni declinación, ni movimiento. Sólo un absoluto control de todas las causas. Por eso C. me hablaba de la necesidad de seguir escalando por el péndulo. Desde arriba ya no hay mareo, todo es paz y armonía, y el movimiento pendular cesa. La ecuación del movimiento, y por tanto del vértigo hacia las cosas incomprensibles, tiene que ver con nuestra posición en la vertical pendular. Cuanto más arriba, más sentido cobra todo, menos es el movimiento y mayor es la capacidad de situarnos en una posición privilegiada con respecto a nuestro propio destino. Esa parece ser la acción trascendente del hombre. La capacidad de ascender a la montaña mística, la capacidad de estar por encima de todas las cosas. Como cuando estaba en el jardín de J. y veía impasivo como una hormiguita subía y bajaba por mi talón… de Aquiles.

No hay tal lugar


 

Ayer hicimos un largo viaje desde Lituania hasta Madrid. Como no hay vuelo directo, hicimos cambio de avión en Helsinki. En la ida había aprovechado una equivocación en el pasaje para estar un día y una noche en la capital finlandesa. La ciudad no me dijo nada especial a pesar de que hacía tiempo que deseaba visitarla. Estuve todo el día paseando por sus calles e incluso pude asistir a un festival de música en la cual un joven grupo de mujeres tocaban, y muy bien, música moderna. Me sorprendió mucho el idioma finlandés o suomi, de origen urálico. Al escucharlo, era como si me transportara a tiempos muy remotos. Algo parecido a lo que ocurre cuando escuchamos el vasco o idiomas poco contaminados por otras culturas o lenguas. Fue una sensación hermosa que me llenó de viajes imaginarios por la cultura de ese país y por sus características como nación.

 

El día anterior al viaje había pasado, antes de la despedida familiar, más de siete horas recorriendo Vilnius con el senelis. Fue un recorrido hermoso por una ciudad que está integrada en un bosque, unos ríos y unos lagos que hacen del paisaje una realidad hermosa. Quizás Vilnius sea el prototipo de ciudad ideal en cuanto a calidad de vida al integrar el paisaje urbanístico en un abanico de verdes bosques y campos extensos. Entrar de un barrio a otro suponía pasar primero por una llanura de bosques espesos. Y los bloques de las afueras estaban bien separados y limitados por verdes fronteras que hacían más bello el lugar. Me sorprendió mucho la humedad. Si bien había una temperatura agradable que rara vez pasaba de los 25 grados, la misma siempre estaba acompañada de lluvia a veces intensa y una humedad más típica de una costa mediterránea que de una ciudad que dista casi trescientos kilómetros del Báltico.

 

Hoy, tras el viaje de ayer, fuimos hasta Cuenca a llevar al pequeño a los campamentos de verano. A la vuelta, pasamos por el centro de Madrid. De repente, fue como entrar en una realidad extraña. Cientos de manifestantes por las calles. De nuevo los indignados clamando un cambio, una revolución del sistema. Hubo un momento en que atravesamos la marcha y observé lo que allí ocurría. Me paré un instante para escuchar los gritos de queja e indignación. Sentí el golpear de los corazones de todas aquellas personas como si dentro de ellos hubiera una fuerza mayor, algo mucho más grande que la suma de sus partes. De repente me fijé en una bella mujer de profundos ojos azules que pasaba cargada de bultos de las rebajas. Llamaba la atención porque portaba una gran bolsa roja con la estampación en bonitas letras doradas de la firma “Carolina Herrera”. Pude parar la imagen en la retina porque mientras pasaba mirando al suelo, absorta de lo que allí ocurría, un indignado portaba una pancarta a su lado con el lema “si compras te vendes”. La imagen me pareció muy anecdótica de lo que estaba ocurriendo. Dos mundos, dos realidades. En ese instante miré al cielo y vi el helicóptero de la policía que patrullaba los cielos quizás contando el número de personas que clamaban por un cambio de consciencia. Ese helicóptero me transportó de repente hasta Oslo y la isla de Utoya. También me transportó en un instante hasta la cabeza de Anders Behring y las sinrazones que le han llevado hasta la locura. Como si de una señal apocalíptica se tratara, salté de repente hasta la hambruna de Somalia y de allí hasta el parche que la economía europea ha puesto sobre Grecia para pasar un agosto semitranquilo antes de que todo quiebre si es que no está quebrado ya. Y de allí, de nuevo hasta la hermosa bolsa roja de Carolina Herrera. Todo me parecía absurdo. Todo me parecía irreal. Como si viviéramos un tiempo sin tiempo, en un lugar sin lugar. Una utopía extraña, porque eso son las utopías: no lugares.

Ser o no ser


En el acto tercero, en la escena número uno, hay un mensaje aterrador. Optar entre sufrir de la fortuna impía, o rebelarse, siempre rebelarse contra todo mar de desdichas y sucumbir, como alma noble, al rédito de salvar el honor y el espíritu. Morir o dormir, o mejor vivir despiertos, apoderándonos de aquello que cuando suspiras te hace libre y dichoso. Los dolores del corazón nos persiguen porque la esperanza se desliza entre los dedos mientras los quebrantos de la carne suspiran en el desamparo. Siempre hay algo que detiene al mejor… Algo que paraliza al más fuerte, al más guerrero de los guerreros. El implacable azote derrumba montañas de misterios. La insolencia nos acoge y los mezquinos se apoderan de las cadenas para atarnos a sus cansadas vidas. Y nos hacen sus esclavos a cambio de la polvorienta ilusión de poseer nuestra digna porfía. Y los años de esclavitud se multiplican… hasta que se convierten en muchos años de prisión… ¿Cómo no hemos conseguido aún librarnos de tan pesada pena? ¿Acaso no nos dotó la creación de la suficiente fuerza para rebelarnos contra todo? Las lóbregas fronteras, su fardo abrumador, la suerte horrenda… Ser o no ser… ¿qué es más noble para el corazón?

 

 

 

 

 

 

 

Dualidades


Las buenas crónicas siempre se caracterizan por describir la realidad con la crudeza en las que el observador trata la vida cotidiana y la profundidad que de ella surge en la reflexión subjetiva. Hay cosas bellas y cosas que provocan cierta repugnancia. La vida nos impregna de unas y de otras e impresiona aquello que con más fuerza surge en nuestra circunstancia diaria. Los matices, siempre esos matices cargados de impresiones…

En esas cosas pensaba mientras paseaba ayer por Barcelona. Había una adolescente en el metro que hablaba con su novio Antonio. Ella lo trataba como a un trapo, de forma déspota, intolerable, cruel. Había además en su tono cierta fanfarronería, vanidad y superficialidad. Tras una conversación muy dura que escuchó todo el vagón, llamó a su amigo Manolo. La entonación cambió, los tonos cálidos se apoderaron de su tez y la amabilidad surgió como por arte de magia. La escena me entristeció en cierta forma. Me preguntaba porqué Antonio soportaba ese trato tirano por parte de su pareja. ¿Para qué? ¿Con qué propósito? La adolescente terminó sentenciando ambas conversaciones: “Antonio es un estúpido”.

Por suerte la vida y sus expresiones siempre compensan. Tras dos horas paseando por las calles de Barcelona, en mitad de la plaza Cataluña, donde hasta hace unos días había un campamento de indignados, había ayer un grupo de meditadores que parecían salir de otro mundo. Nada que ver con la imagen de la adolescente del metro. Dos mundos, dos universos… dos formas diferentes de entender y expresar la vida…

 

El destino conduce al dócil



La frase de origen romano encabezan la firma que tiene una amiga en sus mails: “el destino conduce al dócil y arrastra al desazonado”. Y me produce cierto escalofrío, especialmente ahora, cuando pronuncio la palabra destino. Especialmente ahora porque es una evidencia que me encuentro en un interesante cruce de caminos donde debo elegir, si no lo estoy haciendo ya, qué camino de mi vida tomar. Y realmente me siento dócil porque internamente creo en cierto destino, en cierta predeterminación de deberes que hay que cumplir y de obligaciones que atender. Y el universo se encarga de poner nuestros maestros para que aprendamos, para que razonemos nuestros comportamientos y actitudes con los demás y podamos crecer como personas. Tenemos la opción de huir de ellos, de salir corriendo hacia otra parte, de mirar lejos de lo que tenemos aquí, en nuestra realidad inmediata. Pero ese escapismo es peligroso porque luego el universo te recompensa con más dureza. “Quizás estemos con la persona equivocada”, podríamos pensar. O en el trabajo equivocado, o en el lugar equivocado. Pero el Universo es sabio y no se equivoca, y nos da siempre aquello que necesitamos para avanzar. En nuestro poder de decisión, en nuestro poder de libre albedrío está el ser dócil a ello y abrazarlo para aprender o el ser un desazonado y ver como nuestras vidas son arrastradas hacia uno y mil infiernos. De ahí que la docilidad y la aceptación también puedan ser, desde una perspectiva amplia, increíbles herramientas de emancipación. Al ser dóciles al destino, quizás nos estemos convirtiendo en útiles instrumentos del mismo…

Consuelo para el alma


Hace unos días me llamaba JL… Se marchaba a Panamá, a intentar hacer negocio allí ya que en España está todo muerto, según sus palabras. Ayer me llamó L. Le habían quitado una concesión importante en la que había invertido mucho esfuerzo. Me llamaba preocupado no por ese incidente, sino por el negro panorama que se avecina en España. Y me dijo lo mismo, sentía la necesidad de ir a otros países a buscar mejor fortuna. Lo cierto es que el pesimismo y la inquietud campa por media España. Es ese pesimismo el que nos ancla a esta situación, sin poder buscar perspectivas y sin poder maniobrar hacia ninguna parte.

 

Españistán se está convirtiendo en un problema, o al menos en un paradigma de saber que las cosas, tal y como están montadas, no pueden funcionar por mucho tiempo, y ya no como paradigma de nuestra sociedad contemporánea, sino como paradigma futuro.

 

Posiblemente, tras la Segunda Guerra Mundial muchos europeos pensarían lo mismo. Me pregunto como sobrevivía la gente cuando sobre sus cabezas no hacían más que caer bombas y bombas. Donde y como dormirían, qué comerían, qué hacían con sus negocios, empresas y trabajos. Y la educación de toda esa generación, y las enfermedades…

 

Me pregunto donde está el sentido de todas las cosas cuando las cosas ya no sirven. El escapismo místico puede ser un buen consuelo para desarrollar cierta resistencia psicológica. Es una forma de permanecer despierto y arropado por una creencia superior a nosotros mismos. Algo que nos aporta consuelo y esperanza…

 

Consuelo… quizás esa sea una bonita palabra para reflexionar… Dejé hace unos días, en la mesita del ser amado, un libro que se titulaba así: Consuelo. El arte de hacer bien el alma. Las delicadezas que ayudan a vivir quizás estén en esas pequeñas cosas que nos consuelan. Un abrazo, una mirada, una sonrisa. Quizás el mundo necesite consuelo. Quizás la humanidad completa necesite ser consolada…

 

No sabemos qué nos depara el futuro. Ni siquiera sabemos qué nos depara el mañana más próximo. Podemos caer enfermos, sufrir un accidente, perder el trabajo, la pareja, el amor… Pero estoy seguro que siempre tendremos a nuestro lado alguien que nos de consuelo, valor y esperanza…

 

Setenta diapositivas


Sólo hay un pequeño paso entre lo sutilmente macabro y los actos de normalidad. Hay gente que vive instalada en sus mundos y en sus vidas, pensando, sintiendo y actuando con una normalidad que a veces asombra y da miedo. El despotismo y la crueldad pueden deslizarse por nuestras vidas a la mínima de cambio, y cuando eso se convierte en normalidad, en espacios y lugares comunes, la negrura tiñe cualquier vital y necesario optimismo.

 

Realmente no sé porqué a estas horas de la tarde hablo de estas cosas. Llevo desde las siete de la mañana de este caluroso domingo enfrascado en las setenta diapositivas que estoy preparando aceleradamente para la defensa de la tesina. Y quería hablar de lo fácil que resulta pasar de la superficialidad a la profundidad y viceversa. Setenta diapositivas son capaces de expresar, de forma superficial, todo el profundo estudio que me ha llevado años de trabajo. Quería hablar de eso, de la superficialidad de la vida, cuando me he dado cuenta de sus peligros.

 

El tener relaciones superficiales y vidas superficiales es como esas setenta diapositivas. Pasan deprisa, no tienes tiempo de saborear la trama de una cuando ya viene otra, sin tiempo a la reflexión, al sentir, al abrazo estrecho entre la realidad y nuestro espíritu.

 

Y cuando esa superficialidad se torna norma, esa norma, esa normalidad, como decía, puede llegar a ser cruel y macabra. Pensándolo bien, incluso muchos puedan llegar a pensar que setenta diapositivas de superficialidad es un exceso, y que mejor reducirlas a unas cuantas. O quizás otros piensen que setenta son pocas y que habría que duplicarlas. Son esos que se pasan la vida de fiesta en fiesta, conociendo a unos y a otros, acostándose de forma acelerada con cualquiera para luego olvidarse incluso de su rostro.

 

Quizás nuestras vidas sean así, una especie de prostitución continua donde no tenemos tiempo más que de pasar rápidamente de diapositiva en diapositiva sin necesidad, ni ganas, de profundizar. Porque cuando profundizamos ocurre que nos topamos con cosas incómodas, con nuestras zonas erróneas, con nuestros defectos, con nuestras caricaturas. Y eso no le gusta a una sociedad hedonista que sólo sabe mirarse al espejo y gastar su tiempo en lo superficial de una compra o en lo efímero de una fiesta.

 

Alguien se quejaba hace un tiempo de que no participaba mucho en eso que llaman los actos públicos, donde hay gente y unos se saludan con otros hasta el próximo mediodía donde habría más caras y más gentes. Reflexionaba sobre ello y creo tener claro que no me gusta mirar a la gente como a diapositivas. Prefiero ser condenadamente profundo y aburrido y estrechar la mano a personas que sean capaces de apostar por algo más que una estéril charla de hola y adiós. Quizás sea la edad, pero a estas alturas del ocaso, solo me apetecen las relaciones profundas. No importa si son diez o cien, pero profundas. Y profundidad, queridos, implica compromiso, dolor, renuncia, empatía, respeto, pérdida, consideración, atención, cariño, amor, amistad, responsabilidad, celo, discreción, alegría, tristeza y algún que otro susto. Sí, lo sé, demasiado trabajo, por eso la gente prefiere vivir en su macabra y delirante exposición de diapositivas.

 

El Loco de la Montaña en El Cerro de los Cráneos


La vida a veces nos sorprende de forma increíble. O nos relata, con sus sincronías extrañas, relatos que marcan extraordinariamente los hilos conductores de nuestros destinos. Hoy estaba en una reunión senequista con O. cuando me ha hablado de una reseña que aparece sobre mi persona en un libro editado en Almuzara, la editorial de Manuel Pimentel, ex ministro con Aznar. Como no le creía, empecé a hojear el libro en cuestión y sus 430 páginas intentando buscar la reseña. “El cerro de los cráneos”, del profesor de la universidad de Córdoba Desiderio Vaquerizo, es una novela ambientada en la Montaña de los Ángeles, cuyo protagonista, y aquí viene lo anecdótico, es un antropólogo que regresa a la tierra de sus antepasados. Y además, un antropólogo que se interesa desde el primer momento, y esto me suena, por las leyendas y mitos de la Montaña de los Ángeles. Eduardo Mendieta, que así se llama el antropólogo en cuestión, empieza a indagar sobre todo lo que ocurrió en la historia de este lugar, y en la página 98 del libro, se lee lo siguiente:

“Creo que está previsto publicar un facsímil de su obra en una nueva colección de la editorial Séneca llamada precisamente con el nombre árabe de Hornachuelos, Furnuyûlush, pero que me conste, el proyecto no se ha materializado; como tampoco el estudio monográfico sobre la Montaña de los Ángeles del antropólogo que la dirige, Javier León. Habrá que ver si es posible localizar algo más de información. He entrado en la página web de la editorial y en el blog de su director, que se hace llamar El loco de la Montaña, pero salvo un par de entrevistas personales y algunas indagaciones sobre el papel que franciscanos procedentes de Hornachuelos pudieron haber desempeñado en el Nuevo Mundo, descartando de paso la posibilidad de que dieran nombre a la ciudad californiana de Los Ángeles por homonimia con su convento de origen, no hay mucho más.”

Siempre presumo en las presentaciones de los libros que desde que Séneca está aquí, en La Montaña de los Ángeles, en cinco años se han editado más libros sobre este lugar que en toda su larga historia de más de dos mil años. Y siempre digo que estas ediciones servirían en el futuro para ayudar a investigadores a tener una fotografía de este lugar lo más precisa posible. Cuando empecé aquí mi tesis doctoral, me di cuenta de la falta de información y registros documentales que habían, y pensé que una editorial que se dedicara precisamente a rescatar esos documentos antropológicos e históricos serviría como referente futuro. Lo que realmente me ha sorprendido es que eso ya esté ocurriendo y en cierta forma, no sé si real o casual, haya inspirado a un personaje de una novela. Pues bien, bienvenido sea el fruto de su vientre…

Bueno, espero que perdonéis esta larga reseña vanidosa, pero no he podido con la emoción de compartirla…

 

 

¿Qué hay más allá de la noche?


Aparentemente nada. Sólo oscuridad e incertidumbre. Quizás algo de pesadez por no poder divisar más allá de las penumbras ningún atisbo de luz. Me esfuerzo por enfocar la vista y ver algo. Pero es una tarea inútil. Sólo se escucha el ladrar de los perros asolados y el sonido del viento cuando azota. ¿Qué será eso que nos aleja del mundo? Debe ser la cerrazón, la negrura, la lobreguez, las tinieblas, la tenebrosidad… A veces la soledad puede ser una llama… pero también un hilo conductor hacia la nada. ¿Cómo se administran las sombras? También escucho el croar del sapo, y la aparente sinfonía de algún grillo despistado. Las goteras han cesado. Pero la incertidumbre, esa terrible incertidumbre que nos azota desde cualquier lado, nos aplasta y dirime. Mañana deseaba viajar… necesitaba viajar para alejarme de las tinieblas… Huir de la noche mansa… Pero no será posible… habrá que esperar… O no… o quizás no haya que esperar… quizás tan sólo haya que agarrarse al volante con fuerza y dejarse llevar hasta el infinito… Y que el infinito nos acoja despiertos… No lo sé… Sólo desearía que ahora, en este instante, apareciera un ángel y me arrastrara hasta la luz brillante…

 

Tenida masónica en Haití


Os adjunto esta foto que me han enviado hoy.

Se trata de una logia masónica trabajando en Haití.

Su espíritu de superación frente a las adversidades es remarcable  y digno de ser mencionado.

Ello debe servirnos para tomar ejemplo, para no hundirnos en nuestra actual situación de crisis económica y seguir luchando con esperanza y tesón.

 

 

Cerrando ciclos


Esta mañana me acordaba de los profundos verdes escoceses, en las Tierras Altas. De las estepas mongolas, con su Gobi y su Altai despejando las dudas sobre la necesidad incipiente de lo expansivo. Sobre el desierto anclado cerca del Gran Valle del Rift, en la Etiopía más profunda. O las selvas indias cargadas de luces y sombras a los pies de los Himalayas. También de las planicies sajonas y los ciervos que en invierno cavaban en la nieve en búsqueda de algo de alimento. Y aquella montaña californiana a la que subí para contemplar la historia de los misterios. En aquellos viajes se tejieron sueños que luego se iban convirtiendo en realidad. En cada rincón había la huella de un suspiro, de un anhelo. Unas que vienen y otras que se van, como comentaba el viernes con JL en su hotel mientras comíamos algo. Tiempos en los que subíamos a las más altas esferas cósmicas comparados con los tiempos que corren, en los que debemos descender a los infiernos para anclar en ellos los pilares de la supervivencia. Recordaba también a algunos que se fueron, como el escritor Escote, al que publicamos un libro en 2008. O a Petrel, al que vimos marchar sin poder ver editadas sus memorias. De tanto esperar se nos murió solo, en un geriátrico de Granada, a la espera de que algo ocurriera…

Pero esta semana no era motivo para estar triste, sino feliz. La llama se volvió a encender en el caldero del destino. Y volvieron los besos y los abrazos sentidos. Y volvieron las miradas y la complicidad. Y volvió el trato amable y la esperanza de que la espera, a veces nos premia con grandes cosas. Hace unos meses, precisamente cuando conocí a Al., amiga de A. paseando por las calles de Madrid, algo se rompió. O algo desencadenó un suma y sigue de malentendidos y espirales que nos confundieron por mucho tiempo. Ayer, meses después, cenamos con Al. en casa, y se cerró, espero, un ciclo de inquietud. Ocurrió en la luna nueva de tauro, justo unos días antes del importante festival espiritual del Wesak. Cosas grandes y hermosas han de ocurrir a partir de ahora…

 

Hacia el cambio posible


Ayer por la mañana me tocó llevar un libro a la Librería Andaluza, en la judería cordobesa. Me metí un poco osado por calles prohibidas y sin darme cuenta terminé en un laberinto imposible. Aparqué risueño el coche en una bonita entrada cerca de la muralla y me fui caminando hasta el lugar. Andaba con esa seguridad con la que andan los intrepidos que no tienen miedo a lo que pueda ocurrir. Luego ocurren cosas, pero ahí está la llama de la aventura. Y hoy de nuevo en Madrid. Mientras paseaba por sus calles, especialmente entre Ayala y Goya sentía cierta reconciliación con la capital. Incluso me gustó la calle Ayala, más tranquila que López de Hoyos y mucho más acogedora. Así que ahora noto cierta tranquilidad, cierta paz. Alegre, optimista, lleno de esperanza. También con mucho trabajo y muchos proyectos en la mente, como siempre. Y lo más importante, con muchas ganas de trabajar, a pesar del horizonte incierto, pero tan incierto como casi todo hoy día. Hablaba el otro día con un buen amigo que a nuestra generación, especialmente los que rondamos entre los 35 y los 45 años, nos ha tocado vivir una crisis económica precisamente en los años donde debemos demostrar nuestra valía, donde debemos desarrollarnos profesionalmente y donde deberíamos asentar todo nuestro espectro material para un futuro tranquilo y seguro. Por eso esta generación, si la crisis no avanza hacia parámetros de mejora, será una generación prácticamente perdida y sin un horizonte claro. Es cierto que siempre vivimos anclados en la incerteza, pero la incerteza de ese cuarenta por ciento de jóvenes que aún no saben como van a salir de esta, o mejor aún, que aún no saben ni siquiera como entrar en esta, no es muy claro. Hoy, en la reunión de la fundación, hablábamos precisamente de eso. Todo es absolutamente provisional, incluso la vida. Pero en lo marcadamente social, lo marcadamente político, algo debe cambiar. No podemos seguir parcheando la realidad, improvisándola hasta que se agoten las vías. Algo grande debe ocurrir que transforme el caduco Sistema en el que nos movemos, vivimos y tenemos nuestro ser. Es hora de cambios, o mejor dicho, es hora del Cambio.

 

Sobre lo extraordinario de la vida ordinaria


«Nunca dudes de que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos pueden cambiar el mundo. De hecho, son los únicos que lo han logrado». Margaret Mead

La antropóloga norteamericana no estaba del todo equivocada. Esos pequeños grupos de ciudadanos pensantes, comprometidos, y añadiría eso de libres, existen y se reúnen con la intención de esforzarse para crear, no de forma ilusa, pero sí de forma comprometida, un mundo mejor. El añadido de libres es importante, porque resulta difícil dedicar parte de tu vida o de tu tiempo a esa transformación si no es porque la otra parte de tu vida y de tu tiempo está bien protegida y estable. Hace unos días me escribió el redactor jefe de una importante revista de tendencias para que le ayudara en un reportaje sobre mujeres pensantes y comprometidas. Le he puesto en contacto con algunas personas interesantes, y me preguntaba qué diferencia existe entre unas y otras, es decir, entre aquellas que prefieren vivir una vida tranquila y sin un exceso de acumulación de problemas, y aquellas, o aquellos, que además de llevar una vida con esa acumulación de historias de la vida ordinaria, deciden, además, comprometerse con alguna causa y ser, además, una ciudadana libre y pensante… ¿Qué clase de impulso nos sitúa en esas estratosferas cósmicas más allá de nuestro ombligo sideral? ¿Qué clase de envite nos catapulta a esa necesidad de expandir nuestras ganas de vivir a territorios que superan, a veces con creces, todas nuestras expectativas inmediatas? Cambiar el mundo, se puede cambiar, y creo que se puede cambiar incluso desde el ámbito ordinario, desde nuestra rutinaria vida diaria. Margaret Mead tiene razón, pero olvida que a veces lo extraordinario, y doy fe de ello, puede encontrarse en el fluir de la vida común.

 

Desde el centro abstracto


Acabo de llegar a casa… Ha estado bien tomar algo de distancia de las cosas. Lo ves todo de forma diferente. Es lo bueno del viaje interior que se plasma en algún recorrido improvisado hacia lo exterior. Desconectar de móvil y de Internet por unos días, dejarte llevar simplemente por el paseo a cualquier hora, sin mayor rumbo que la fuerza de tus pies. Lo más impresionante era verme rodeado de trescientos sesenta grados de oportunidades. Podía ir a cualquier parte, hacer cualquier cosa. El único límite era saber dónde estaba y hacia donde quería ir. Y de repente me vi envuelto en la búsqueda inevitable del centro, de mi centro. Y allí, en su insondable envergadura, en su poderosa esfera tornasolada, podía ver claramente un solo norte. Por eso el navegar se producía pausado. Sin negligencias, sin distracciones, sin desdenes, sin mayores accidentes que los del terreno que pisaba. Nadie reclamaba explicaciones patológicas sobre las crueldades de lo abstracto. Allí estaba, varado en cualquier playa, presagiando el próximo paso, hundido en la arena mientras divisaba el horizonte con cierto temor a un tsunami. En algún momento sentí infinita lástima por el ser humano. De nuevo la fragilidad del mismo. Me senté en un acantilado precavido. Me interrogué sobre la imprudencia de un resbalón, de un despiste. Cualquier fallo mecánico de nuestra máquina y la tragedia nos invade, nos anula, nos aniquila. Por eso hay que estar atentos y precavidos. La vida es un suspiro poroso, olvidadizo. No podemos más que falsear, perdiendo siempre, la trágica erosión de los años.

Pero resulta que al llegar a casa me he encontrado un ramo de orquídeas preciosas. No me ha importado su fragilidad del instante bello que representan. Mañana estarán marchitas, pero hoy, hoy resultan un clamor de vida y esperanza.

Pd.- Después de escribir esto y empezar a leer mails que me han llegado estos días, veo uno muy triste. La trágica muerte, por suicidio, de una buena amiga de un buen amigo… Lo dicho, no somos nadie… tan frágiles y dolientes…

La vida es cíclica y espiral


A veces ser hombre es fácil, pero ser un hombre es difícil. Eso pensaba mientras escuchaba de nuevo el sonido que viene de arriba abajo. Son dos las goteras que caen desde el techo de la cocina. No quedarán reparadas hasta después del retiro, porque hacer obra ahora sería más desastroso que intentar reparar el tejado. Ayer noche de nuevo las duras pruebas del camino. El dolor se acumula y parece como si las válvulas de escape cada vez estuvieran más oprimidas. Intento salir al jardín para distraer mi mente. Hace buen tiempo y se está bien ahí fuera. Esta mañana me corté el pelo casi al cero. Empieza el calor, y como es tradicional en mí, me gusta llegar al verano ligero de equipaje capilar. Ahora me siento cabezudamente más liviano con esta apariencia de monje budista. La última vez que me corté el pelo fue en septiembre y pasaron cosas maravillosas. Pero esto solo es un fetiche. Como decía, a veces es difícil ser un hombre.

Esta mañana vino la policía judicial a Séneca. Estaba desnudo y recién pelado, con toda la cara llena de restos del trabajo y a punto de meterme en la ducha. Me puse algo y fui a buscar a dos jóvenes de semblante amable y discreto. Enseñaron sus placas de policía y una orden judicial para solicitar información no sobre Séneca, pero sí sobre Séneca con respecto a un autor. Estaba tranquilo porque los papeles los tengo todos en orden y no hay nada que ocultar. Estuvieron haciendo preguntas, recogiendo información y recopilando papeles. Más de cuatro horas intensas. Tuve tiempo de bromear sobre mis cuentas en Suiza y en la República Dominicana, sobre los cien millones que tengo repartidos en paraísos fiscales y sobre los negocios e intereses que poseo en América del Sur. Los policías, jóvenes, reían ante mis ocurrencias. Tras el amable registro e interrogatorio, viendo que todo estaba en orden, se marcharon agradeciendo mi atención afable. Les dije, siguiendo con la broma, que a donde debía enviar la factura de las grapas, el papel y la tinta que habían gastado en cuatro horas interminables. Ni siquiera sé de donde sacaba las fuerzas para el humor, porque estas cosas realmente no son para risa y hoy andaba por los suelos con el ánimo.

Volví a la segunda planta y comí un arroz con tofu buenísimo. Me senté en el salón, ya preparado para el retiro que empieza mañana, y empecé a leer hermosas cartas de amor que durante cinco meses intensos he ido recibiendo. Eran cartas divertidas, hermosas, profundas, de lo más románticas, llenas de cariño y ternura. Me han reconfortado y me han hecho sentir bien, afortunado por tanta grandeza y generosidad compartida. Ha sido todo un regalo el poder releerlas. Es tan hermoso e increíble el amor. Es tan poderoso… ¿Y la ausencia de amor? Supongo que su ausencia produce monstruos.

Mañana me marcho unos días a hacer el vagabundo. Pensaba dar un paseo por Europa pero al final daré una vuelta por Andalucía. Iré a sus playas, me pondré algo moreno y visitaré el top manta para dar espectáculo. Dormiré en el coche, como en los viejos tiempos, o perdido en la maleza de algún bosque. Me dejaré llevar por los paseos interminables por la playa e intentaré bucear en el misterioso sonido de las olas… Comeré alguna pizza que tanto me gusta, o algunas patatas chips. Me apetece sentirme un poco abandonado a la deriva de lo espontáneo. Cuando hago este tipo de cosas siempre ocurren cosas maravillosas. A veces hay estados de ánimo que necesitan cierto deambular… cierto movimiento interior. Pronto cambiaré de ciclo solar… ya puedo notar los últimos coletazos de este increíble año pasado… Hasta finales de abrir tocarán muchos cambios y reajustes. Después, volveré a nacer y renacer a un nuevo año de aventuras y nuevas alturas para seguir adelante… La vida es cíclica, decía ayer E. mientras paseábamos entre cabras que nos rodeaban en la ruta del Águila. Cíclica y espiral, dije para acabar de liar la reflexión.

 

La Aristocracia en la Era del Saber


Leía ayer una entrevista al editor francés Antoine Gallimard que cuestionaba el futuro del libro y la optimista visión de un editor de raza que ve en el futuro una sonrisa de esperanza. Reflexionaba mientras leía sus palabras sobre la era en la que nos encontramos, sin duda, la Era del Saber, la era del conocimiento, la era de la luz. Y me acordaba de la gente que antiguamente llamaban “culta”, de esa que siempre ha leído libros por esa insaciable curiosidad por conocer y saber. Pero la lectura nunca ha tenido relación directa con la cultura, o con eso de ser culto. En un mundo como el nuestro, donde los matices de clase apenas se perciben de unos a otros gracias a la gran explosión de esa clase media que todo lo impregna, el ser o no ser culto, el ser o no ser educado en las artes, quizás tenga más que ver con la forma en la que se distribuye el tiempo, los esfuerzos y el talento. Es evidente que todos tenemos talento y es evidente que todos somos dioses en potencia, pero también es evidente, y sin querer entrar en juicios, prejuicios o valoraciones gratuitas, que si en vez de leer las obras de Homero o de Schiller prefieres dedicar tu talento, tu tiempo y tus esfuerzos en jugar a la PSP2, seguramente la clase de motivaciones, relaciones y conversaciones diferirán enormemente. Eso determinará también con quién te relacionas y con quién deseas compartir tus esfuerzos. No es lo mismo hablar con personas expertas en MotoGP para la Play Plus que hablar sobre los dramas de Goethe o la teoría de los colores de Newton. ¿Y por qué digo esto así a la brava? Porque esto nos preocupa seriamente a los editores independientes, empeñados en que la cultura, o el culto al conocimiento y las luces del saber, no se pierdan con la abominable obra posmoderna. Digamos que Sony o la Xbox o la Wii son competidoras duras en esta lucha por captar la atención de las nuevas generaciones. La lucha, casi diría que una lucha conservacionista, conservadora, guardiana, cautelosa, vigilante y estrechamente vinculada al amor a la sabiduría en todos sus aspectos, es una lucha sin cuartel. La era digital tiene sus cosas buenas, como defiende el editor Gallimard, y supongo que, como en todas las eras, siempre habrá aristócratas de la cultura y el saber, cosa que nunca cambiará aunque las formas digitales se empeñen en modificar ciertos hábitos. En un mundo moderno donde la aristocracia tiene más que ver con el poder de los mejores y ya no tanto con su relación monárquica, se erigirán como los nuevos “mejores”, como la nueva aristocracia, aquellos que sobrevivan a la era digital y puedan plasmar en sus escudos nobiliarios futuros ese culto a la sabiduría, ese amor al conocimiento y esa entrega al servicio de la raza humana como mayor seña de sangre real. Así, la vieja aristocracia anquilosada en títulos heredados de, posiblemente, verdaderos superhombres de la antigüedad, será abatida por los nuevos aristócratas, es decir, los que son reconocidos por su talento, su arte o su entrega, y cuyo poder deviene de su interrelación, casi heroica, con el medio donde viven. Bienvenidos, dirán algunos, a la era de los príncipes del saber y la acción, los príncipes de la buena voluntad y del poder ejercido con la gentileza de una sincera y extrema generosidad. La elegancia de los excelentes, los auténticos Aristo-Kratos, harán posible un nuevo mundo de luz, sabiduría y generosidad. De ahí el empeño extremo de rescatar a cuantos más mejor para esa noble batalla. Está en juego nuestra identidad cultural que vemos como se diluye en la efímera era digital. Y necesitamos una nueva aristocracia de superhombres capaces de rescatar nuestro legado humano.

 

El milenarismo va a llegar


La tierra tiembla… Me ha conmovido terriblemente ver las imágenes devastadoras del terremoto de Japón. Ayer, mientras observaba la conversación de dos personas, meditaba sobre la tranquilidad psicológica en la que vivimos todos los días. Nunca somos conscientes de lo finito que somos y de lo frágiles de nuestra existencia. Ayer seguramente fue un día normal para toda una nación. La gente se levantó para desayunar, se duchó, se fue al trabajo, intercambiaron alguna noticia, algún pensamiento… Y unas horas después, ya no había nada.  Sólo desolación para los que aún tenían vida y se paraban a observarla ante el terror dantesco de la estampa de lo terrible. Y mientras pienso en estas cosas, me agarro con fuerza a la seguridad de este sillón, a la compasión de este aire que ahora respiro, al instante de brevedad que abrazo con fuerza. Miro a los que me rodean y solo tengo ganas de abrazar, de abrazar con fuerza mientras miro a sus ojos, a sus almas. Somos una fuga de vida en una inmensidad que se nos escapa. Somos una mota opaca de sobras efímeras. Hoy, cuando os encontréis con vuestra familia, con vuestros amigos, con vuestros seres cercanos, sed amables, abrazarlos con intensidad máxima. La tierra tiembla bajos nuestros pies y el milenarismo personal nos golpea en cada esquina. Dad gracias a la vida de que estamos vivos y podemos sentir.

 

El poder de la supervivencia


 

Siempre me he cuestionado si arrendaría o vendería mi dignidad por un plato de lentejas. Creo no haberlo hecho nunca, incluso si eso iba en mi perjuicio absoluto. A veces la vida te pone pruebas difíciles que debes afrontar y ponen a prueba la fortaleza de tus ideales, de tus convicciones, de tus creencias. Una persona se forma especialmente a raíz de toda esa parte psicológica y espiritual que no se ve, pero que fundamenta su existencia. La conducta, esa conducta tan necesaria en nuestros días, muchas veces se pone a prueba. Es compleja la cuestión de la dignidad cuando ves que Sócrates murió en manos de la cicuta y otros muchos quemados en la hoguera por no renunciar a sus creencias, ideales o fe. Ahí, el poder de la supervivencia desapareció, quizás porque lo que nos hace dignos y verdaderos es afrontar la vida como un acto continuo de generosidad extrema. Y la dignidad forma parte de esa generosidad, especialmente con uno mismo. Recuerdo una vez una conversación donde intervenía una persona muy rica y una persona muy pobre. Había un tercer interlocutor, que mirando a ambos amigos, dijo algo así: todo Arturo tiene su Merlín. Al menos su observación fue diplomática, por eso de que todo palacio tiene su payaso. Pero lo que no entendió esa tercera persona es que en esa amistad no había ni pobres ni ricos, ni palacios ni payasos. Era una relación entre iguales, de iguales. Y esa igualdad no nace de la riqueza o la pobreza, sino de la oportunidad de poder mirar de frente al otro y hablarle de tú a tú. Si perdemos la conducta, si perdemos la dignidad, perdemos el bien más preciado que la naturaleza nos ha dado: la oportunidad de ser y comportarnos como seres humanos. Y ser conscientes de esto es ser conscientes de que no somos nada ni nadie sin los otros seres humanos. En cuanto perdemos el sentido de esto, de nada nos sirve la supervivencia, ni las conductas, ni las creencias, porque si el otro no existe para nosotros, nosotros dejamos de existir para la naturaleza y para el mundo y perdemos el sentido de nuestra existencia, nuestra existencia humana. Termina el abrazo, empieza la selva.

 

Luna Creciente


 

La luna crece en el cielo… ¿qué desea la princesa lunar? Quizás arrojar a los cien mil hijos de San Luis contra la incertidumbre del mañana. O tal vez arropar con su llanto al hijo de la luna. La luna provoca siempre mareas, porque el agua que contiene este mundo está hecha de esa substancia voluble. Pero, ¿como se calman las mareas? Sólo se me ocurre una forma: nadar en la profundidad. Penetrar en los abismos de la oscuridad para desentrañar los misterios que allí nos esperan. Lo superfluo no basta para calmar la ansiedad, la incertidumbre, el desdeño. Hay que arropar con calor humano al que sufre para saber qué hay dentro de su vacilación, de su titubeo ante la experiencia. No se pueden postergar las cosas porque se acrecientan. Mejor aniquilarlas de cuajo en el mismo momento que surgen. Sin fluctuaciones, sin pena. La vida es cíclica y la luna lo sabe bien. Y ahora crece, y es tiempo de siembra…

 

El día de la mujer


Es rebelde, no acepta los viejos patrones. No desea seguir los pasos de sus madres sumisas, ancladas a las tradiciones más arcaicas. Son independientes. Van solas a la ópera y viajan a su antojo sin, por fin, tener que pedir permiso a nadie. Se han liberado del yugo de esa esclavitud palpitante que las sumía en la apatía del mandato. Ahora trabajan, tienen su dinero, su independencia, sus momentos, su casa, su vida. Pero hay un camino del medio donde algunas mujeres han fracasado porque, de forma incierta, han querido navegar por el extremo. Han preferido ver al hombre como a un enemigo y no como a un amigo. Han preferido hacer de su independencia una tiranía vengativa a los patrones pasados. Y algunas se han visto solas, o se verán solas, porque no soportan la idea de compartir espacios, de proteger la normalidad de una relación, de saborear las mieles del compartir. Hoy es el día de la mujer, pero como hombre moderno, perdón, quise decir posmoderno, aún celebrando los triunfos por la igualdad de género, reclamo que la igualdad sea total, y que la discriminación positiva termine de una vez, y que el hombre y la mujer se vean como iguales y que ambos sean capaces de compartir espacios y tiempos, si ese es su deseo libre, en una madurez plena, olvidando viejos rencores del pasado y permitiendo que la libertad, la tolerancia, la igualdad y la fraternidad sea siempre entre iguales, independientemente de que tengas un hombre o una mujer en frente. El concepto de familia está en crisis, también el concepto de relación, de pareja. Los hombres no soportan a la mujer y la mujer no soporta al hombre. Ya no hay un pacto económico que reclame unión, ni un pacto moral o conductual, ni tradicional ni impositivo. ¿Cómo reinventar la familia? O quizás… ¿ya no sea necesario? Y si no es necesario… ¿Cuál será nuestro destino como especie, como comunidad?

 

Exilio y desarraigo


Leo todos los días las noticias sobre lo que ocurre en Libia y en los países árabes que están escribiendo un nuevo capítulo de la historia universal. Intento fijarme en los detalles de todo lo que ocurre, pero sobre todo, en los detalles del drama humano. Ya no tan sólo de los cientos de personas que han perdido o perderán la vida en este conflicto, sino la de los miles que se han visto obligados a desplazarse, a exiliarse lejos de su hogar. Y pienso en lo terrible que resulta dejarlo todo, a veces, incluso a los seres queridos, porque algo te obliga a abandonar lo que más amas. Hablaba el otro día de la importancia del concepto, o la concepción de hogar. Porque hogar es algo más que un refugio, que una casa, que una comida todos los días; es además, afectos, familia, historias, momentos, sentimientos arraigados a un espacio y a un tiempo que nos protegen de las cuestiones existenciales y vitales de la vida. Si te arrancan eso te arrancan todo y te sientes perdido, desorientado, sin rumbo. Ojalá los conflictos terminen rápido y que todos puedan regresar a su hogar si ese es su deseo…

 

Arrojados al abismo


 

Recuerdo que A. me llamaba cariñosamente El Vagabundo… No me importaba, incluso casi me gustaba pues había trabajado muchos años con vagabundos y en cierta forma, mi vida errante, siempre viajando, se asemejaba a ello. Ella, sin embargo, se quejaba de ese desarraigo, de ese no estar quieto. Supongo que necesitaba una persona estable, una persona que le diera seguridad, equilibrio, serenidad, paz, en definitiva. Y en mi caso, siempre deambunlado por el mundo, esos adjetivos se alejaban de lo que yo deseaba: independencia, libertad, autonomía. Con el tiempo comprendí que a veces resulta difícil compaginar mundos, o llamémoslos, adjetivos. El movimiento, hijo predilecto de la inquietud, a veces surge inevitablemente de las ansias de descubrir, de explorar, de encontrar algo que se escapa a los desasosiegos y reflexiones. Cuando creces, cuando maduras, uno se torna más calmo. Desea estar más con la familia que vagabundeando. Desea disfrutar más de un pequeño paseo por cualquier parque que deambulando por cualquier sabana africana. La quietud, la tranquilidad, desea disfrutar de las cosas sencillas. Por eso el año pasado puse tanto empeño en hacer de mi casa una especie de refugio, algo así como un hogar, a la espera del calor humano que todo hogar requiere. Sólo quería encender el fuego de la chimenea interior y permanecer tranquilo, intentando atrapar el tiempo en la paz de una tarde para que no escapara a los arrojos del abismo. Y cuando crees encontrar ese sentimiento de hogar, ese calor humano, no deseas que se escape. Cuando encuentras un lugar tranquilo, donde poder abrazar a los tuyos, entonces, quieres dejar de ser un vagabundo. Mi querida A. no pudo atraparme en esa paz. Quizás aún necesitaba experimentar más la vida, necesitaba explorar más el mundo. Ahora ya me siento listo para comprenderlo desde un sencillo atardecer, un tierno abrazo o un suspiro compartido. Ahora solo requiero de un hogar lleno de calor humano. Ya no busco palacios ni honores, ni príncipes ni princesas, ni montañas altas ni valles profundos, ni historias imposibles ni espacios infinitos. Sólo busco la paz de un abrazo, la complicidad de una mirada, el silencio plagado de trofeos de lo inmediato.

 

Sur


Hoy subíamos al pico más alto de la finca, un lugar privilegiado rodeados de bosques, ríos y montañas. El cielo estaba azul y radiaba una luz hermosa. El intenso verde era sacudido con retazos de flores que amasaban con la brisa los atisbos del paisaje. Al fondo sólo había esperanza que gritaba con sacudidas leves las entrañas de toda tierra. Las sensaciones son extrañas cuando subes a un monte y divisas su horizonte. Deseaba tanto fusionarme con el paisaje, con la estructura invisible de la naturaleza… El sur, con su primavera adelantada, está radiante…

Ayer conocimos a R. y decidimos que sería una buena oportunidad para dar un empujón al futuro. Esperemos que así sea. Tras pasar con ella un tiempo prudencial, caminamos tranquilos y sofocados por el calor del sur hasta el centro del pueblo. Horas más tarde nos vimos rodeados de amistad y proyectos en la ciudad de Palma del Río. Tuvimos la gran suerte de ser invitados a comer una excelente pizza en Michelangelo, lugar que os recomiendo encarecidamente. Pero hoy la ruta gastronómica tampoco tuvo desperdicio. El arroz caldoso de T. era tan irresistible que he repetido dos veces y no hubo una tercera porque ya no podía más. Así que han sido dos días de gourmet en los que el disfrute de las cosas sencillas en la mesa con buenos amigos ha sido lo mejor del viaje.

Y por la noche, reencuentro con los amigos de viejas batallas políticas. Ha sido reconfortante pero también extraño. Hace unos meses estaba conspirando con ellos en los entresijos políticos y ahora sólo me apetecía estar con ellos, sin más. M. y su mujer nos han abrazado y hemos sentido su calor. Pero también el calor de J., de M, de P. y de todos los que allí estaban. Unos días llenos de extrañas sensaciones, pero sobre todo, preñados de sur…

Mentiras…


La luz pervierte la realidad. Pensamos que lo que vemos es cierto y quizás lo único que vemos, observamos y percibimos es tan sólo una perversión de la “realidad”, de lo que realmente es, una gran mentira natural. Ya lo explicaba de forma magnifica Platón con su alegoría de la caverna. Vivimos en un mundo de sombras… Pero, ¿qué es real? Ocurre lo mismo en las relaciones humanas. Hablamos, compartimos, exageramos y mentimos. De forma consciente o inconciente damos datos incorrectos, información desvirtuada, decimos cosas que no existen y cambiamos la realidad a nuestro antojo o simplemente, adaptamos el discurso al interlocutor que tenemos en frente. En el mundo “real”, -ya ni siquiera hablemos del virtual donde detrás de un nick cambiamos todo lo cambiable-, sostenemos un discurso falso, mentiroso y obscenamente farsante. ¿Somos falsos o simplemente imitamos a la naturaleza pervirtiendo la razón de las cosas? ¿Es necesario mentir para sobrevivir en el mundo real? ¿Es una defensa para adaptarnos al medio, al trabajo, a las relaciones, a las dificultades diarias? ¿O es un síntoma de debilidad, de inseguridad, de anemia espiritual?

Para algunos sí… la mentira es necesaria, imprescindible, ineludible, vital… Hay mucha gente que desea, necesita vivir en la falsa, en las tinieblas platónicas…

Pero hay otra que se esfuerza, o al menos quiero pensar en eso, para vivir en un mundo donde la luz rescata al mundo de las sombras. Gente que se esfuerza, sin pretender ningún tipo de perfección, en tener como bandera la honestidad, la sinceridad, el pudor y la modestia de vivir limpios de corazón. Eso no significa ser puros, ser perfectos, ser semidioses de ningún Olimpo imaginado. Sólo significa, y quiero creerlo así, que hay personas que se esfuerzan por practicar la virtud y huir de los vicios, que pretenden crear-creer en un mundo mejor, cada día mejor… Hacer de hombres buenos, hombres mejores, no sólo es una opción de vida de muchos constructores de la honradez, sino, además, un propósito de vida, una actitud ante la vida, una visión a la hora de compartir experiencias y vivencias con el resto del mundo.

Prioridades en la vida


A veces resulta difícil discernir sobre las prioridades en la vida. Para unos, lo primordial es la familia, para otros el trabajo, para otros el sexo, para otros los amigos y para otros el dinero. El como administramos la importancia de cada prioridad denotará el tipo y la calidad de vida que llevemos en el futuro. También el tipo de persona que somos. Hay un pequeño test que nos ayuda a entendernos un poco y saber cuales son nuestras propias prioridades. El test empieza así (la respuestas las pondré en comentarios).

Estás sentado tranquilamente en tu casa, y de repente suceden cinco cosas. Las cinco suceden simultáneamente, y cada una de ellas requiere tu atención y solución inmediata.

1.- El teléfono está sonando.

2.- El bebé está llorando.

3.- Alguien está llamando insistentemente a la puerta.

4.- Tienes ropa secándose en el exterior y notas que comienza a llover.

5.- Te has dejado abierto el grifo del lavabo y la casa se está inundando.

Se trata de analizar fríamente todas las opciones y a continuación decidir en qué orden nos ocuparíamos de ellas. Cada una representa una faceta de nuestras vidas, y nos servirá para descubrir a que le damos importancia y a que no.

Mi opinión sigue siendo la misma. Hay que buscar el justo equilibrio en todas las cosas, sin descuidar ninguna de las facetas de la vida. No puedes descuidar el trabajo, ni el dinero, ni a los amigos, ni el sexo, pero sobre todo, jamás hay que descuidar a la familia. Nunca entendí como era posible en países como India encontrar a niños abandonados en la calle, sin madre ni padres que cuidaran de ellos. Quizás los padres tenían otras prioridades, o quizás carecían de las mismas. En occidente puede darse las mismas circunstancias, pero quizás de forma más civilizada. Padres todo el día trabajando sin tiempo ni ganas de cuidar luego a sus hijos, tarea que relegan normalmente a terceros. O padres, como podía ver a veces en ciertos barrios de Barcelona que iban con coches y la placa de “bebé a bordo” a pasar un buen rato con la prostituta de turno. Cuando su mujer o hijos llamaban por teléfono él estaba excesivamente ocupado en sus quehaceres como para contestar esa incómoda llamada. Ambos ejemplos son extremos, pero ocurren en la vida real. Los pequeños gestos de cada día nos darán una idea clara de cuales son nuestras mayores prioridades y de cuanto estaremos dispuestos a sacrificar por ellas. Maslow tenía su propia teoría… Bueno, pues que cada uno saque su propia conclusión.

Flirtear


Hace un tiempo hablaba con mi amigo C. sobre los problemas del flirteo en contextos de parejas estables. El origen de la palabra flirtear nace en Francia como un eufemismo de hacerle la corte a una dama. Actualmente, se utiliza como método superficial a la hora de mantener una relación sin que suponga compromiso alguno. Suele tener una marcada carga sexual, pues la pretensión del flirteo no es tan solo llamar la atención de una persona que nos atrae, sino, además, expresar una respuesta positiva a la posibilidad de esa atracción. Hay personas que utilizan el flirteo para ligar, otras para sentirse seguras o para llenar sus vacíos interiores. Al menos eso hablaba con C. de forma desapegada y objetiva. Flirtear puede ser una excusa o un pretexto, puede ser muchas cosas, y esas cosas no tienen porqué ser buenas o malas. Una persona soltera que flirtea para ligar puede ser positivo porque tendrá una herramienta útil para llamar la atención del opuesto. Una persona con pareja estable que utiliza el flirteo para relacionarse con los otros puede ser síntoma de carencias o inseguridades, o simplemente, una actitud ante la vida. Los extremos, en todo caso, siempre son negativos. Y de ahí venía la preocupación de C., el cual mantenía una relación aparentemente estable con P. Mi amigo se quejaba de que P. siempre estaba flirteando con todos los hombres. No podía tener relaciones normales con ellos sin que en medio apareciera cierta carga de coqueteo. Dicho así, aisladamente, no tenía porqué ser un problema. El problema vino cuando P. prefería no salir en público con C., o cuando lo ignoraba porque estaba excesivamente ocupada contestando cientos de llamadas y mails de sus conquistas, o cuando prefería no presentarlo ante sus amigos victimas del coqueteo como su pareja, sino tan solo como su amigo. Aquí la situación empezó a ser preocupante, porque una cosa es flirtear con otros y otra cosa es hacerlo a costa de tu pareja, relegándola a un segundo plano e incluso ignorándola por completo. Intenté tranquilizar a C. porque empezó a pasarlo mal. Y no me di cuenta de lo bochornoso de la situación hasta que P., su pareja, empezó también a coquetear conmigo. No contaré lo que pasó después porque la historia es totalmente rocambolesca. En todo caso, personas sanas y maduras no tienen necesidad de buscar fuera lo que ya tienen dentro, a no ser que lo que tienen dentro no les satisfaga, y en ese caso, habría que tomar medidas, aunque estas conllevaran la inevitable ruptura. Ser simpático y alegre es necesario a la hora de entablar relaciones sanas con los otros. En una relación turbia como la de C. con P., lo mejor es cuestionarse todo desde el principio. Evidentemente, quien juega con fuego acaba quemándose. Y P. se quemó, y casi salimos ardiendo C. y yo.

¿Y cual es mi opinión? Pues que flirtees todo lo que puedas si alguien te gusta de verdad. Si no te gusta, no lo hagas, pues puedes confundir al otro, o incluso hacerle daño. Si lo haces con todos, eres un cazador en busca de una presa, sin importar mucho el tipo o la calidad de presa. Eso tiene sus peligros. Si flirteas cuando estás soltero, pues te vendrá bien para ligar. Si lo haces cuando tienes pareja, hazlo si lo necesitas para sentirte seguro, pero nunca lo hagas a costa de tu pareja, sino desde una actitud sana y pactada. O en todo caso, flirtea con tu pareja a todas horas, que esa carga sexual siempre viene bien para llenar la vida de chispa y amor…

Desde La Montaña


Como ella iba a pasar prácticamente toda la semana fuera de casa, aproveché esta mañana para escaparme a La Montaña y respirar algo de aire puro ahora que parece que los niveles de contaminación en Madrid están al máximo de sus alertas. Y la llegada a La Montaña no pudo ser mejor. Hacía un sol espléndido que me acompañó toda la tarde. Llegué, vi que la casa seguía en pie y enseguida me fui corriendo al bosque, a dar un paseo. Era gracioso como me paraba en todas partes a hacer fotos a las flores y los árboles y al manto verde que todo lo cubría. El paseo por el bosque fue increíble. Necesitaba tanto respirar algo de aire puro. Sentir los olores del sur, la brisa fresca del monte teñido de tonos increíbles, los cantos de la naturaleza brindando por la vida…

Cuando llegué a casa esperaba en la oficina el Aguililla. Le di un sentido abrazo, hablamos algo y mientras charlamos empecé a ordenar cientos de cajas de libros. El otro día hablaba de la importancia de las ventas y me dio un poco de pena el ver tantos libros esperando a ser compartidos y leídos. Algo habrá qué hacer… Tras poner algo de orden, tiré algunas cajas vacías y tres pares de zapatos viejos. Creo que en este viaje voy a hacer algo de limpieza y tiraré todo lo inservible, todo aquello que hace milenios que no utilizo. Vendrá bien aligerar el equipaje…

Tras la corta limpieza fuimos a casa de O., el cual nos invitó amablemente a comer una riquísima tortilla de patatas con pimiento verde la cual agradecí en el corazón y en el estómago pues no había comido nada en todo el viaje. Charla agradable y tarde tranquila entre amigos…

Y ahora tumbado en el sillón de mi casa. Escuchando los sonidos de la noche… Admito que echaba de menos estos casi cuatrocientos metros de casa acristalada, con maravillosas vistas a la campiña y el monte. Mañana pintaré alguna pared y quitaré algunas hierbas del jardín. Estaré aquí unos días… intentando apoderarme de la fuerza y belleza de este lugar…

(Foto: Bosque junto a mi casa… Paseando hoy por La Montaña…)