Hasta que uno se compromete…


La frase es de un hermoso escrito de Goethe que leía esta mañana en unas viejas cartas. Esta la escribía desde Las Rozas de Madrid, hace ahora cuatro años, momento en el que, cosas de la vida, me interrogaba sobre la intuición de vivir algún día por estos lares. Y es cierto que hasta que uno se compromete, como decía Goethe, existen dudas, e incluso, como él dice, la posibilidad de volverse atrás. Pero cuando das el paso, cuando te sientes seguro, el universo conspira siempre a tu favor. Goethe lo afirmaba de forma más rotunda y hermosa: “En lo concerniente a todos los actos de iniciativa y creación existe una verdad elemental, cuya ignorancia mata innumerables ideas y espléndidos planes, esto es: que en el momento en que uno se compromete definitivamente, también la providencia se conmueve”.

Así que no tengamos miedo en comprometernos con alguna causa, con alguna relación, con alguna idea, con algún propósito, porque cuando lo hacemos de corazón y nos entregamos con limpieza, toda una corriente de sucesos hermosos fluyen de esa decisión. Lo que puedas hacer, nos decía Goethe, o sueñes poder hacer, comiénzalo. La audacia lleva genio, poder y magia en sí misma. ¡Comiénzalo ya! Comprométete con la vida.

¿Es la vida extraterrestre?


Hay tres aspectos interesantes en el Planeta Tierra. El primero de ellos es la propia vida, algo que al parecer es una de las mayores características no tan sólo de nuestro pequeño planeta, sino, al parecer, de nuestro Sistema Solar. Aún no tenemos un exceso de indicios que demuestren que existió vida en nuestros vecinos, ni siquiera, a nivel molecular o bacteriano, por eso nuestro planeta es único. Otro de los aspectos increíbles es el que esa vida posea o albergue inteligencia. No deja de ser maravilloso, además, el pensar que esa vida y esa inteligencia se hayan conjurado para además, crear eso que llamamos consciencia, es decir, algo capaz de interrogarse sobre la vida misma y sobre la inteligencia en un planeta tan minúsculo y poco importante como es el nuestro. Según los últimos estudios de la Nasa, los asteroides son capaces de albergar los aminoácidos y proteínas necesarios para albergar vida en nuestro planeta. Esto sugiere que la vida podría provenir de fuera, y no de dentro de nuestro planeta. O más aún, que la vida puede manifestarse en cualquier parte del universo. La noticia, apasionante, sugiere lo siguiente: el hallazgo realizado por los investigadores del Goddard Space Flight Center de la NASA, ha determinado que existe un exceso de la forma ‘zurda’ del aminoácido isovalina en muestras de meteoritos que procedían de asteroides ricos en carbono. Esto sugiere a los expertos que «quizás la vida ‘zurda’ empezó en el espacio, donde las condiciones en los asteroides favorecieron la creación de aminoácidos ‘zurdos'». Además, el responsable de la investigación, Daniel Glavin, ha señalado que «los impactos con meteoritos habrían transportado este material, enriquecido con moléculas ‘zurdas’, a la Tierra».

La reflexión me parece apasionante, no porque nos vaya a resolver la vida en este planeta, especialmente en tiempos de crisis, el pensar sobre si la vida se originó en la tierra o en el espacio, pero al menos, nos sirve para poder entender un poco más la peculiaridad, física o metafísica, de nuestra existencia… Increíble…

Prioridades


Estoy preparando un nuevo libro, una recopilación de viejas epístolas que intercambiaba con MC en su etapa carcelaria y en las que se recogen el proceso que viví entre 2004 y 2007 en tres años de auténtico cambio y revolución interior. Por aquellas fechas, mis prioridades pasaban por abandonar Cataluña, y todo lo que eso suponía, y buscar un lugar tranquilo para empezar mi tesis doctoral… Así que eso hice, sacrificando por el camino muchas cosas. Tantas que ahora me sería imposible retomarlas o volver al mismo punto de retorno sin que, a su vez, volviera a hacer grandes sacrificios. Visto con cierta perspectiva, todo aquello que sucedió tiene cierto sentido a pesar de que a día de hoy no haya culminado con éxito el motivo principal por el que empecé mi aventura: la tesis doctoral. No es ahora un reproche ni siento extrañeza. Simplemente el dejarse fluir por las circunstancias provoca que las prioridades se solapen unas a otras retrasando día tras día “la prioridad” primera. Nada importa. Todo fluye hacia donde tiene que fluir. Tal vez esas primeras prioridades tan sólo fueron excusas perfectas para adentrarnos en caminos que nos llevarían a lugares necesarios. A veces tengo la sensación de que todo responde a un propósito evidente, y que nada ocurre por azar. Es como si todo estuviera tejido irremediablemente y tan sólo tuviéramos que dejarnos fluir por las señales… Extraña sensación, ahora que me veo flotando en un mundo inconexo con casi todo.

11-1-11


De nuevo una fecha extraña… El sol sale tímido mientras me rodeo de nuevo de ordenadores, papeles y trabajo. Veo las noticias a primera hora y el mundo sigue convulso. Nada nuevo ni excepcional bajo el sol. Ni siquiera el anuncio de ETA, un anuncio ambiguo en tiempos pre-electorales. Más de lo mismo. Apurando hasta el último día para intentar a la desesperada entrar en política. Asunto difícil y peliagudo que se resolverá con calma y prudencia, pero no con la presión de las elecciones enfrentadas al deseo de seguir financiando la lucha sea como sea. Me da pena todo lo que tiene que ver con el dolor y el fracaso de un ideal. Y el ideal de la paz fracasa con estas artimañas de última hora. No me gusta la improvisación para asuntos importantes. Hay cosas que requieren de una profunda reflexión. Todo cambio necesita ser hablado y adaptado a la realidad. Improvisar ante no sé cuantos muertos, crímenes, extorsiones, vidas destrozadas y una lista macabra interminable me parece vergonzoso… Chicos de ETA… entregad las armas, pedid perdón y empezad de nuevo vuestras vidas… si es que eso es posible… Pero al menos, no metáis en ese laberinto a nuevos gudaris que vuelvan a caer en el pozo ciego de la sinrazón…

Más allá de los reyes magos…


A veces, especialmente en noches mágicas como esta, no puedo evitar cierta melancolía acompañada, incluso, de fracciones de tristeza que caen suaves y despacio por el camino que separa la consciencia del mundo real. Hoy hablábamos sobre ello, o más bien, sobre ellos. Días tranquilos, de mucha calma, de tranquilidad interior y anhelos suficientes para salir al paso. Pero inevitable acordarse de los otros, de los olvidados, de esos que hoy no recibirán ningún tipo de grata sorpresa, ni regalo, ni visita inesperada. Posiblemente, ni siquiera el abrazo de alguien querido. No sentía ganas de atacar a mi consciencia. Al final de una vida llena de activismos, llegas a la triste conclusión de que solo no puedes cambiar el mundo, de que el mundo, nuestro mundo, es infinitamente mayor que nuestras capacidades, virtudes o posibilidades. Podríamos hacer un generoso donativo, una peculiar entrega masiva de buenos deseos… Pero todo sería insuficiente… Hay tanto qué hacer, hay tantos que deberían recordar, aunque fuera sólo por un instante, la imagen desgarradora de aquellas caras y rostros sin voz, durmiendo en cualquier calle de Calcuta o muriendo en cualquier barraca etíope. No puedo evitarlo… Siento felicidad interna, siento paz y amor, pero también guardo en la angustia de mi existencia el recuerdo vivo de esos niños…

Feliz noche de magia… feliz noche de reencuentros y regalos… disfrutad de todo lo que la vida os da, de lo pequeño y de lo grande… Disfrutad con fuerza y agradecimiento… Mañana será otro día… mañana el mundo seguirá gimiendo… y nosotros, conscientes de nuestra suerte, querremos ser agradecidos… desearemos compartir todo cuanto tenemos… Que así sea…

Pd.-

«La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco nos hemos dado cuenta y estamos, muy, muy cabreados.»

Tyler Durden. El club de la lucha.

El problema del pequeño mundo


Cuando tenemos mentes mediocres solemos vivir en mundos mediocres. Cuando nuestra inquietud interna es pequeña, solemos recibir de la vida un mundo arraigado en la miseria y la desdicha. Recuerdo que una vez alguien me dijo que vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Cuando las cosas van bien es fácil acordarse de este tipo de frases. Cuando las cosas van mal, ningún tipo de epistolario ideal puede ofrecernos el salvavidas que necesitamos. Por eso hay que estar siempre atentos, conectados a las fuentes de nuestro propósito interno, audaces con todos los reclamos que la vida nos ofrece. Atentos para escuchar y valorar los regalos que nos llegan, los abrazos que nos dan, los guiños que traspasan la barrera de lo aparentemente espontáneo y casual. El problema de vivir en mundos reducidos es que no somos capaces de imaginar otros mundos posibles. Y lo peor de todo, ¡cuantos soñadores habremos conocido que prefirieron regocijarse entre mantas cálidas en la perfección de sus sueños olvidando la noble y difícil tarea de intentar transformarlos en realidad! El problema del pequeño mundo es que nos costará salir de la desdicha a no ser que seamos capaces de dejar de compadecernos de la mala suerte y empecemos a diseñar un nuevo proyecto de vida, un nuevo proyecto que fije nuestros objetivos en cosas buenas, en cosas mejores. Y esas cosas, que al final se reducen a cosas simples, pasan inevitablemente por el amar y agradecer todo cuanto tenemos, todo cuanto se nos ha dado en esta vida…

Auctoritas vs Potestas


Para cuidar de los demás y servir al cielo, lo mejor es la moderación. La moderación empieza con la renuncia a las ideas propias. Esto depende de la Virtud que se haya acumulado en el pasado. Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites”…

Leía estas viejas y sabias palabras que algún día copié del Tao y envié a un amigo. Ser moderado es sin duda harto difícil hoy día. Requiere disciplina, atención, inteligencia y aplomo. La compostura nace de la serenidad de saberse embriagado por la virtud de renunciar a casi todo, inclusive, como dice Laozi, a nuestras propias ideas o intereses personales. Hoy ocurrirá algo importante en la plaza pública, en la res política. Renuncio a glorias y honores, renuncio al poder y al dilema de mancillar una vida entera al preludio del arte de la astucia. No será una decisión fácil, pero será porque las grandes cosas siempre nacen de grandes decisiones. De nada sirve dedicar una vida a la punta de un iceberg cuando tienes la oportunidad de bucear en toda su profundidad… Más si somos sabedores de que el verdadero poder radica en aquello que el derecho romano llamaba Auctoritas y que tan bien explicó, casi intuyendo mis decisiones, MC en Los Asientos. No hay mayor poder que la sabiduría legitimada socialmente, la autoridad moral que deriva del respeto y el reconocimiento. Su contraparte, la Potestas, nunca será un poder real, sino más bien un poder burócrata. Por eso el camino de la moderación y la virtud serán siempre estrechos más poderosos que cualquier otro que tenga que ver con la vanidad o la ambición. El poder radica en la fuerza que somos capaces de transmitir. Y esa fuerza proviene siempre de ese más allá que nace del centro de cualquier infinito. ¿Qué clase de virtud hemos acumulado en el pasado? Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites…

De viajes y gestos


Días intensos, días compartidos, días de emociones, de improvisación, de reencuentros, días de momentos. Todo empezó en la estación de tren. Allí un hombre mayor me pidió ayuda. Se la ofrecí. Tenía una enfermedad y no alcanzaba a llegar al lavabo. Le ayudé y le acompañé. Se llama Manolo. Todas las tardes, quizás también todas las mañanas, va a la estación a compartir historias y momentos. Allí había otros Manolos como él. Personas jubiladas que pronto, ante la alegría del hombre, se iban acercando para conversar. Manolo presumió de mi atención hacia él y empezó a contar cuando él una vez ayudó al “Bola”, una persona enferma que necesitaba trabajo en un momento delicado de su vida. El “Bola” murió al poco tiempo, pero a Manolo le quedó el buen sabor de poder haber ayudado a alguien. Me presentó a los demás jubilados del grupo a los que uno a uno le contó la historia de mi ayuda hasta el lavabo. “Veis como en el mundo hay hombres buenos”, decía a unos y a otros con cierta emoción. Ya terminada la historia del “Bola” apareció radiante A. Le presenté a mi nuevo amigo, el cual seguía dando las gracias mientras felicitaba a A. por su suerte. “Ya no quedan hombres así”… No contaría esta historia si no fuera por la amarga historia que había detrás. Pensando yo que todo hijo de vecino ayudaría a Manolo, al parecer el incivismo galopa campante por todas partes en voz de Manolo, que observa diariamente uno a uno todos los inquilinos y visitantes de la estación del AVE sin que no siempre encuentre a alguien que le acompañe hasta el lavabo cuando la enfermedad que padece lo requiere.

Así que con esta anécdota nos fuimos a La Montaña donde pasamos una hermosa y tranquila tarde y noche repasando fotos y recuerdos… Hasta cuatro veces cuatro se encarnó la emoción y el estruendo de la pasión generosa y compartida…

Al día siguiente fuimos a la finca de MC, a los Asientos. Pensábamos estar unas horas pero al final nos quedamos a cenar, a dormir, a desayunar, a comer, a… Fueron momentos agradables, divertidos. Pudimos visitar la almazara y beber el líquido verde recién prensado. También vimos los majestuosos ciervos de la finca que buceaban entre la neblina. Mientras hablábamos de lo divino y lo humano el caos aéreo se apoderaba de los cielos y el caos interno del país se regulaba a base de asaltos militares. La imagen, dantesca, nos sorprendió y me preguntaba qué pensaría Manolo, que andaría en la estación ajeno a todo, sobre lo que allí ocurría. Un país bananero en un delirio tropical.

Al día siguiente nos fuimos a Marbella por asuntos de trabajo de A. Escribo desde el hotel donde nos hemos alojado, en Puerto Banús. Todo parece calmo, con un calor inusual para estas fechas. Acabamos de conocer al niño Javier que juega con C. a las peonzas. C. explica con atención las proezas de la peonza cuando le aplica las piezas de aluminio. El tiempo transcurre rápido, todo se acaba. Pronto volveremos a La Montaña y luego de nuevo a la estación, donde Manolo, un día más, pedirá ayuda para ir al lavabo. Espero que hombres buenos le acompañen mientras duren sus días. Cuando lo hagan, serán hombres mejores. De eso se trata, de hacer de hombres buenos, hombres mejores, y de una sociedad buena, una sociedad mejor… Quizás el civismo se pueda aplicar en las pequeñas cosas, y a las grandes, y no haga falta dar golpes de efecto políticos ni militares para regularizar situaciones de injusticia. Quizás la construcción de la categoría humana se construya a base de pequeños gestos… Quizás el hombre nuevo soñado por filósofos y místicos se recupere a base de minúsculas acciones diarias.

¿Somos alguien?


El miércoles di un paseo por el bosque con R. Fue hermoso caminar rodeado de verde intenso, de tierra mojada, saltando charcos y hundiendo nuestras carnes en el barro de la tierra doliente. Estaba todo lleno de setas. Me hubiera gustado diferenciarlas para poder hacer un buen guiso con las mismas. Hablamos de lo humano y lo divino, especialmente de literatura, de libros y solidaridad. El paseo de dos horas fue entrañable y hermoso. Llegamos hasta casa andando y antes de despedirnos, cuando subíamos el último repecho, mencionamos lo frágil de la vida. Todo lo que te puede cambiar la existencia en un solo segundo de descuido o mala suerte. Ayer vino a comer a casa X. Preparó con sus propias manos arepa, una especie de tortas de maíz y tortitas mexicanas con frijoles. Horas antes me había comentado un terrible suceso. El amigo JM había ido con su mujer a Nueva York a disfrutar de un musical. Al salir del mismo, un taxi atropelló a la mujer dejándola en coma. La noticia me dejó helado. Realmente no somos nadie, y cualquier segundo puede determinar tu existencia para siempre. Estemos alertas, estemos concentrados, estemos despiertos. La vida no se detiene. Nosotros tampoco. Hoy abrazaré de nuevo a la Tormenta. Lo haré como si no existiera más vida que esa. Será con tal intensidad que no habrá segundos, ni tiempo, ni espacios. Recordaré la caminata por el bosque, el canto de los pajarillos en los árboles, las flores… pero también Nueva York, y el fatídico taxi y los hospitales… Así es la vida… te espero Tormenta…

La vida y la lámpara de Diógenes


Ayer paseábamos por el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Mirábamos con atención los fósiles de hace millones de años, los minerales cristalizados, las siluetas que algunas formas habían construido de forma inimaginable. La visita, corta pero emocionante, vino acompañada de una pregunta: ¿tienen vida los minerales? El niño filósofo dijo que sí en una primera respuesta inspirativa. El sábado por la mañana habíamos tratado ese tema cuando hablamos durante una hora larga en Lérida sobre los átomos y el universo. Planteé allí la misma cuestión, lo interesante de pensar en los átomos y en todos los componentes del universo como entidades vivas, ya fuera un trozo de roca granítica o una supernova, un pequeño átomo o un molusco del Caribe. Cuestioné en voz alta dos aspectos del universo que para mí están llenos de misterio: la propia vida y la consciencia que, al menos en la especie humana, parece albergar. Vida y consciencia, para mí son atributos universales. Quizás la cuestión sea adivinar en qué grado o sutileza se manifiestan unos y otros. Hoy, siguiendo el ritmo de las sincronías, recibimos de J. T. un pensamiento simiente que habla precisamente de la vida que se expresa en todas las manifestaciones. Sea como sea, el sábado concluí mi intervención diciendo que el ser humano resulta ser como un grupo de ciegos murciélagos que intentan describir un universo luminoso. Una empresa inútil. Nuestro conocimiento con respecto al universo y sus misterios es como la lámpara de Diógenes, encendida en pleno día a la búsqueda de un hombre honesto. Sea como sea, la vida existe, la consciencia existe y la unión entre la una y la otra forma un aspecto aún mayor que podríamos llamar de alguna forma hermosa…

Cámara de reflexión


Tras el intenso jueves llegó el intenso viernes. Apuré los cuidados y los abrazos hasta el límite ya que a las siete debía estar en Lérida. Viajé desde Madrid, trabajamos en la preparación del sábado y marché corriendo a Barcelona. Tiempo suficiente para estar unas horas con la familia, acostarme, levantarme temprano y desayunar una hora con C. para analizar la tremenda situación política que se avecina en Cataluña. Los resultados de hoy confirman la catástrofe de la socialdemocracia y el escarmiento de los abusos partidistas que se reflejan en las urnas. Bien por el cambio, para qué vamos a decir lo contrario, aunque el cambio esté auspiciado por el rival.

A las pocas horas de nuevo en Lérida. Los príncipes desfilaban orgullosos por el trabajo realizado. La mañana transcurrió tranquila. Comida y una pequeña siesta de una hora porque estaba muerto. Lo hice medio tumbado en una de las salas del hotel, en un cómodo sillón donde reinaba el silencio y el recuerdo permanente de A. En la siesta tuve un sueño. Había hombres vestidos con extrañas vestimentas. Era la primera vez que dirigían unos trabajos con tanta responsabilidad. Nada más y nada menos que dar entrada a un «lobetón». Recordaba en la ensoñación las palabras de Blasco Ibañez: «se trata de liberarles de los males con que le amenaza la superstición; iniciarle en la vida de la inteligencia; quitarle el velo material que cubre sus ojos y purificando su cuerpo, llevar a su espíritu con el amor al estudio, la inspiración de la virtud y de la fraternidad universal, para que esta, su primera iniciación, le abra el camino de la felicidad«…

Me aproximé en el sueño al recuerdo de la cámara de reflexión y recordé sus símbolos: el gallo, el azufre, la sal, el mercurio, el Vitriol, la calavera que nos recuerda lo pasajero de todo, el reloj de arena, el trozo de pan, el agua, el testamento vital… Un útero perfecto para un segundo nacimiento perfecto. Todo estaba en orden mientras flotaba en los brazos de Morfeo. Me adentré en el lugar sagrado. De repente me vi a mi mismo como a un príncipe azul solicitando solemnidad para el acto y el psicodrama importante que íbamos a representar. Cogí una espada y un mallete con fuerza y di el primer golpe para reclamar silencio. La sala estaba a rebosar, pero el orden y la firmeza se impusieron. Música de Mozart y pensamientos simientes. Los trabajos transcurrieron justos y perfectos y todos nos sentimos orgullosos por ese día.

Cuando desperté de todo estaba conduciendo sin parar hasta Madrid. Llegué muerto a eso de las tres de la madrugada. Abrí despacio la puerta y entré, esta vez sí, en los verdaderos y augustos secretos de la vida. Resucité, o sería más justo decir que me resucitaron. Parece que haya pasado un siglo de todo esto y todo ocurrió hace unas horas. En ese espacio-tiempo, lo más sagrado fue el respeto, la amabilidad y el encanto por hacer las cosas bellas y dignas. La recompensa vino después, con los abrazos sentidos y el amor proyectado entre la penumbra de la noche añeja y el amanecer de un nuevo día. Por la mañana estaba rodeado de príncipes. Por la noche, la gran Princesa supo tocar a la perfección los acordes de la vida. Las sensaciones, indescriptibles, saltaban desde lo más profundo de cada poro. Ahora que intento relatar todo lo ocurrido estos días, no sé distinguir realmente qué fue sueño y que realidad. Príncipes y princesas que desfilan en mi mente sin entender qué está pasando realmente. ¿Será todo un sueño? ¿Será todo el maravilloso reflejo de alguna increíble realidad? Estoy cansado… voy a seguir sus pasos… otra vez…

Paseos anónimos


Los sueños se hacen realidad. Ocurre a veces, especialmente cuando creemos en ellos. Llevaba años soñando con acompañarla a ese musical. Años sin saber quién era, esperando el momento, esperándola a ella. Y cuando sueñas algo, cuando deseas algo ardientemente, inevitablemente sucede. Así lo demuestra la vida cuando menos te lo esperas. Y hoy era consciente, en esta especial mañana de otoño.

Miraba desde primera hora, angustiado, las noticias en la prensa digital sobre el conflicto de las Coreas. Estaba al mismo tiempo redactando las preguntas para una entrevista que debía hacer pero no podía concentrarme viendo que los tambores de guerra empezaban a sonar de nuevo: primero en el Sahara, ahora en Oriente.

Salí a la calle y paseé por Serrano pensando en ella, como hago a casi cada momento de estos últimos intensos veinte días. Compré vitamina C condensada en kiwis y naranjas ya que en las ciudades no puedes coger la fruta de los árboles. Está resfriada y deseaba cuidarla con ese amor que se exprime en los pequeños detalles, en las pequeñas atenciones. Se terminó el tiempo de las grandes gestas. Ahora vence lo pequeño. El día a día, la aventura del minuto compartido con atención, cariño y respeto. El amor condensado en miradas, en abrazos y en sonrisas.

Y a la vuelta miraba los rostros de la gente. La ciudad y sus ruidos, los cigarros que descansaban en las manos caídas y nerviosas. Los rostros sin voz, ausentes, anónimos. Nadie saludaba a nadie. Nada pasaba excepto el pasar. Mientras volvía leía un hermoso mail escrito con rebosante poesía. Me detuve en una frase: “qué sabe nadie lo que nos pasa por dentro».

Y eso me interrogaba mientras miraba a la gente y observaba cuanto me había alejado de la ausencia. Tanto tiempo en la Montaña había moldeado en mí una especie de forma de ser, incluso de forma de vestir, alejado de aquellas modas que antaño seguía en la gran ciudad. Creo que era el único en la gran manzana que llevaba vaqueros, zapatos marrones y forro polar. Los trajes de moda, las corbatas y los atuendos propios de la vanguardia invadían el decorado urbano. Pero detrás de los mismos, de nuevo soledad, angustia, preocupación.

Volví a casa por la Castellana con tal de cambiar el paisaje y fue a la vuelta cuando recibí con alegría el cantar de la sorpresa. Otro gesto, otro guiño. Hicimos setas con nata y comimos juntos mientras leíamos el prólogo del libro que traía consigo. Me rebelé ante el título: “al final de la utopía”. Lo cerré en la primera página, miré sus profundos ojos azules y dibujé en su rostro un nuevo prólogo: “el principio de la utopía”. Es así, en las pequeñas cosas, en los pequeños paseos anónimos donde se construye la vida, donde se crean los sueños, donde lo inevitable, acaba sucediendo…

Compartir el Camino


En el camino de la vida no hay victorias ni derrotas. Uno puede llorar o reír por ambas cosas, de igual forma. Adentrarte en la proyección de un mundo, de una vida, sin que ninguna aflicción te embargue parece un reto difícil. Por eso, cuando ya has llevado un tiempo llenando tus campos vitales de derrotas y victorias, ambas igual de impostoras, descubres que lo verdadero no consiste en llegar primero, sino en saber llegar, como dice la canción. Y en esa reflexión descubres que no hay mayor camino que el que puedes compartir con amor, respeto y admiración con otro ser.

No hay mayor poder que el compartir todo lo que uno genera y regenera en el discurso vital. ¿Para qué entonces buscar afanosamente poder, dinero o influencia en aquellas cosas que producirán rancias derrotas o superfluas victorias? El verdadero poder y la verdadera riqueza consisten en estar bien con uno mismo y con el resto, en ayudar y en dejarse ayudar, en fabricar momentos generosos que iluminen el brillo de aquel que recibe, y también, del que da. No importa si se es rico o pobre, no importa si estás en la cima o el valle. Sólo importa el grado y la calidad del compartir, la exquisitez a la hora de tender la mano, de abrazar al otro, de sentirte partícipe del maravilloso canto de la vida. Mirar a los ojos a otro ser humano y leer en su brillo el libro de sus vidas vividas, de sentir su sentir, de penetrar en lo más profundo de su alma para desvelar sus necesidades, sus inquietudes, sus tristezas y alegrías. Leer y escuchar en su luz, bucear en su ritmo, en su musicalidad, en su aliento vital que le mueve y le conmueve. Y entonces, experimentar la gracia de poder ser uno con el otro y por lo tanto, de ser seres humanos abrazados a otros seres humanos que se sienten hijos de una familia. Compartir el camino es el mejor premio a una vida llena, plena y vivida.

¿Por qué se suicidó Choi Yoon-Hee?


Choi Yoon-Hee era aparentemente una persona feliz. Había escrito más de veinte libros de autoayuda y la felicidad y era una persona muy conocida y respetada en su Corea natal. Todo iba bien hasta que un día se la encontró ahorcada en la habitación de un motel junto a su marido de setenta y tres años. Si era realmente feliz, ¿por qué ese doble suicidio?

Hay una obsesión en todo el mundo por ser feliz. Parece evidente. Todo el mundo desea alcanzar metas, sentirse en paz, bien consigo mismo y con su entorno, pero sobre todo, sentirse en plena armonía con todos y con todo, satisfecho y alegre. Siendo la alegría un síntoma de felicidad… ¿de qué es síntoma la felicidad? Creo que no hay que buscarla como meta. Uno es feliz cuando hace las cosas que tiene que hacer. O mejor dicho, uno es feliz cuando hace aquello que debe hacer. Si es cierto que los soles y las estrellas y los planetas y las lunas tienen su propio propósito en el orbe cósmico, nosotros, pequeñas estrellas humanas, tenemos el nuestro propio. Y sólo cuando fijamos la atención en nuestro propio propósito, en nuestra misión vital, es entonces cuando empezamos a ser felices… Síntoma inevitable del buen hacer… conquista de la existencia una.

Quizás Choi Yoon-Hee se marchó feliz y por la puerta grande. Quizás el suicidio solo fue una muestra de grandeza… una forma sublime de partir con los deberes hechos… Quién sabe…

Oteando las promesas del mañana


Es a nosotros a quien busca el río, suplicando al firmamento la posibilidad de arrastrarnos hasta el inmenso mar que todo lo puede. Algo así debí soñar porque hoy amanecí temprano, aún cuando la oscuridad gobernaba todo el horizonte y la luz tardaría algunas horas en llegar. Hacía frío y a las ocho ya éramos cuatro trabajando sin parar en la casa. Unos limpiando, otros pintando, otros perfilando con cemento y ladrillo esos rincones que aún quedan por apurar. Quiero terminar el año con la cara limpia, con la casa amada y cuidada, protegida y luminosa. Ya sabemos que de nada sirve lamentarse y quejarse de las desgracias de nuestro tiempo, y sin embargo, aprendemos cuanto valor tiene el cuidar esas cosas que nos molestan o incomodan, el amarlas igual que a las otras, esas que tiñen de color nuestras vidas. Quizás sea tiempo de esperanza y optimismo, de alegría condensada en el elixir de las pequeñas cosas. Nuestros corazones han padecido, pero ahora toca regarlos con el sudor de la ternura. Hay una dicha impaciente que reclama su tiempo. Está alerta y al acecho y solicita amable la llegada de las cosas buenas. Nuestras almas, desde lo alto de la torre radiante, otean el espacio infinito esperando vuestra llegada. ¡Oh, amigos del mañana, tendré el banquete preparado y las chimeneas encendidas para que el refugio y su magnitud hechicen vuestra presencia!

La Luciferina estatua de la Libertad


Recuerdo que mi primera novela, “Memorias de un beso”, la ambienté en el barrio parisino de Montparnasse. Alguna vez he paseado por sus calles para ver la realidad que meses antes había imaginado, y también viceversa. Allí, en su cementerio, yacen eternamente los restos de Fréderic Auguste Bartholdi, el arquitecto que dio forma y fama a la Estatua de la Libertad. Ayer hice viajes imaginarios entre Paris y Nueva York, y me quedé anclado en la isla de la Libertad. Observé detenidamente su famosa estatua y empecé a buscar analogías en la mitología y el folclore. Había en ella símbolos que me parecían sospechosos y familiares, así que indagué un poco en la vida del autor y descubrí lo que ya sospechaba. Bartholdi fue francmasón desde 1875, se adhirió a la logia Alsacia-Lorena del Gran Oriente de Francia y fue a partir de esa fecha cuando empezó a crear la estatua. Había símbolos claros que delataban a este “hijo de la luz”, o de las luces. Para empezar, la estatua es portadora de un significado propiamente masón: libertad. Mide desde los pies a la cabeza 33 metros de altura, un número importante en la simbología masónica. Porta una antorcha para iluminar al mundo, al igual que las pretensiones de dicha orden. Para algunos, la diadema de rayos que porta en la cabeza recuerda al Dios Helios, dios del Sol, sin embargo, conociendo un poco la trayectoria del autor, quizás tenga más que ver con la diosa luciferina Hécate. Digo luciferina no desde una perspectiva cristiana, la cual identifica erróneamente a Lúcifer con Satanás, sino desde la perspectiva que el autor utiliza, es decir, identificando a Luzbel como el portador del conocimiento y la sabiduría a la Tierra e iluminando en las tinieblas el deseo del hombre por llegar a Dios.

Aprendiendo a soltar


Ayer en el viaje dirección Barcelona ocurrió algo maravilloso. A unos cuarenta kilómetros de Calatayud, en un paraje totalmente inhóspito, una de las ruedas del coche reventó. Por suerte no hubo accidente y pude detenerme al borde de la autovía sin mayor percance. Como viajo mucho, suelo apurar la vida de las ruedas al máximo hasta que al final las pobres no aguantan más y me dan estos pequeños sustos. En septiembre ocurrió lo mismo con la delantera y ahora en octubre ha tocado las traseras. Vino la asistencia en carretera y me ayudaron a llegar, no muy lejos de allí hasta un taller perdido en la nada al borde del camino. Fue todo muy rápido, excepto el cambio de las dos ruedas traseras. Mientras ocurría, vi un camino yermo que se adentraba en un paisaje desértico. El camino, árido y agotado, me pareció sugerente y me adentré durante un rato interminable por el mismo. Mientras lo hacía, me acordaba de la conversación de la noche anterior. Daba vueltas a la misma y me centré en los detalles de eso que a veces tanto nos cuesta a los humanos: el plano emocional. Especialmente aquello que tiene que ver con el desapego hacia las cosas, las personas y los momentos. Lo difícil que resulta cerrar círculos, no volver sobre los pasos perdidos de antaño y no mirar hacia atrás. Resulta difícil entender que todo tiene su tiempo, que todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. No se puede insistir en permanecer en una etapa que ya ha terminado. Cuando esto se hace, se pierde la alegría y el sentido de la vida. No podemos retornar una y otra vez a ese momento, lugar o persona que ya no está con nosotros, que ya no nos pertenece. Hay que aprender a cerrar los círculos, los momentos, lo que nos une a las personas que ya no desean estar vinculadas con nosotros. No podemos pasarnos toda la vida preguntándonos sobre los porqués de un final o de una pérdida. Lo único que merece la pena es despedirnos con un sincero abrazo deseando lo mejor al otro, dando gracias por sus enseñanzas y los momentos compartidos y observando en la esperanza futura el despertar de un nuevo día, de un nuevo encuentro, de una nueva oportunidad. Sólo si cerramos esas puertas se pueden abrir otras. Y eso pensaba en el paseo, gracias al reventón de una rueda, gracias a la tardanza de su recambio, gracias a la oportunidad que la vida nos brinda a veces para parar en un camino errado y reflexionar sobre todas estas cosas.

Soy minero


Todo el planeta está pendiente del rescate de los mineros chilenos. Un rescate esperanzador tras casi setenta días de angustiosa espera atrapados en esa cárcel a más de seiscientos metros de profundidad en las entrañas de la nuestra madre Tierra. Treinta y tres nuevos héroes para un planeta que necesita superhombres. Pero también treinta y tres motivos lo suficientemente importantes para replantearse las condiciones de vida de unos seres humanos que trabajan en un sector decadente y casi diría primitivo donde las condiciones de trabajo son totalmente infrahumanas. Hay trabajos y luego están los mineros, una de las profesiones más duras del mundo el cual está prohibido a las mujeres según el convenio número 45 de la Organización Internacional del Trabajo. Algún día, al igual que está pasando en la revolución fordista con esos robots que hacen el trabajo más duro en las fábricas, los mineros serán sustituidos por máquinas y el sector, laboral y empresarialmente hablando, deberá reconvertirse. La revolución energética y tecnológica no necesitará minas de carbón y la energía limpia hará de este otro planeta. Y entonces, algún día espero no muy lejano, los hijos de estos mineros verán la película que hicieron de su tragedia y aventura y reflexionarán sobre esos hombres-esclavos que daban su vida por un mísero salario con el que dar de comer a sus familias. Hoy me solidarizo con estos 33 héroes y con todos los héroes que anónimamente trabajan en la oscuridad y en las entrañas de este planeta doliente.

Si tú te mueves, el mundo se mueve


A veces tenemos horas bajas, días bajos, semanas bajas, meses bajos… El recurso más humano es tirar de la manta de la lamentación, la pena y el desánimo. Lo he vivido con fuerza estas últimas semanas y lo he digerido a trompicones. La meditación es una buena herramienta para tranquilizar todo aquello que nos abruma, para intentar ver con distancia todo lo que ocurre. Dedicar cinco o diez minutos al día a parar cualquier actividad nos hace ver con claridad todo aquello que debemos hacer, todo aquello que anhelamos y todo aquello que es capaz de transformar lo vivido. Entonces, en poco tiempo, ocurre el milagro de la transformación. Sin duda, si empezamos a movernos, el mundo empieza a moverse con nosotros… y todo cambia…

Fieras del anochecer


Uno nunca sabe como actuar ante el desprecio y la indiferencia, ante el robo o el insulto, ante la pérdida de la dignidad humana. Cuando esto último ocurre, cuando perdemos lo único que nos hace merecedores de vida, las cosas se vuelven oscuras y dolientes. Estas semanas he vivido numerosos ejemplos de todo esto, propios y ajenos. El penúltimo episodio esta mañana en un desprecio político que me ha parecido horrendo y de baja calidad, una puñalada trapera que por discreción hacia la persona víctima del atropello no voy a contar. Y el último ha sido vivido en propias carnes de una persona que he querido y amado, que he respetado y cuidado en sumo máximo en todo lo que he podido. Uno nunca puede llegar a imaginar hasta donde es capaz la condición humana. Te puede elevar a cuotas inimaginadas de belleza y esplendor o arrastrarte, en un segundo, hacia el más terrible de los infiernos. Intento no juzgar los actos de los demás aunque a veces me cueste y para contenerme prefiera arrancarme la lengua o cortarla con mis propios dientes antes de injuriar o perturbar la paz ajena. Pero a veces admito que el dolor y el sufrimiento de lo insoportable, ese que arranca y arroja hacia el fango el poco trozo de dignidad que nos preña, hace que la dureza nos obligue a actuar con cierta contundencia. Si dejamos que nos pisoteen hasta la saciedad, luego resultará difícil levantarse. Y soy capaz de soportar las más terribles vejaciones, los más terribles insultos. Pero todo tiene un límite. Y ese límite me ha llevado a la despedida y al silencio. Hay batallas que es mejor abandonar. Y si realmente se ama al otro, a veces es mejor desprenderse de sus lazos para que pueda continuar su camino. Con ello, nos alejamos de las Fieras del anochecer.  Esas que  vienen destrozando sueños. Esas que te dejan al pasar la vergüenza en tu ser. Es mejor alejarse para que no consigan jamás apoderarse de tu dignidad. Es mejor dejarse caer a los abismos del vuelo libre…

Instalado en el trono del rey Salomón


Lo que ocurrió el sábado en Lleida ocurre una vez en la vida, y en mi caso, tras más de diez años de esfuerzo y trabajo puliendo esa piedra bruta que somos para encajar algún día en el edificio que entre todos deseamos construir. Llegué puntual y algo cansado tras tanto viaje de arriba abajo por esta piel de toro. Aunque nunca me gusta ser el protagonista de ninguna fiesta, esa fiesta había sido expresamente preparada para mí y tenía que asumir un rol inusual pero necesario. Este tipo de ceremonias siempre me entusiasman por su significado profundo y simbólico que como buen explorador de lo infinito admiro y disfruto. Nunca fui amigo de las jerarquías pero esta vez me tocaba ser el “primero”, me tocaba ser “el jefe”, me tocaba ser el “guía”. La ceremonia fue inolvidable y la “instalación” en el “trono del Rey Salomón” fue una experiencia única e irrepetible. Asistió al evento dos personas que para mí han tenido una gran importancia en ese trabajo de hacer de hombres buenos, hombres mejores. Uno de ellos fue J., culpable en parte de mi exilio a esas tierras leridanas. Pedí que en ese día tan especial se sentara a mi derecha. Y también estaba C., un segundo padre y amigo del alma que me vio nacer en mi segundo nacimiento y culpable al fin y al cabo de que ese día estuviera yo allí. Pedí que se sentara también en el Oriente, a mi izquierda, para tenerlo cerca y como símbolo de eterno agradecimiento. Al terminar, leí una corta plancha en la que expresé mi más sincera gratitud por ese momento y por ese honor y de la cual extraigo algunos párrafos:

“En estos años hemos aprendido la palabra sagrada del Silencio, la actitud sagrada de estar callados y de entender que todo tiene su lugar y su propósito. Quiero hacer énfasis en esta idea, porque es la idea que gobierna el arquetipo ideal de nuestra L:.; es la idea que nos debe guiar: “Guarda tus pensamientos, oculta tus emociones. Vigila tus Proyectos, pero no amortigües tus actos. Resiste la tentación de manifestar tus intenciones. Frena tus deseos de hacer a todo el mundo partícipe de tus éxitos o fracasos. Trabaja en silencio; hazte invisible”.

El silencio es importante para preservar “el secreto”, pero también la templanza. La templanza nos dota de una cualidad increíble, de una percepción única. Se tardan años, quizás vidas, en comprender las enseñanzas que encierra, el grimorio que protege. Nuestro reto diario es despertar nuestra consciencia a esa necesidad imperante de leer en sus páginas, de descifrar las claves de sus símbolos y alegorías. El afán infinito por aprender todas las cualidades y virtudes que un hombre bueno puede poner en práctica para hacer de este  un mundo mejor.

Y ese mundo requiere de compromiso. Compromiso individual y colectivo. Y ese espero que sea la modesta aportación de este año. El compromiso de servir a nuestros HH:., de servir a nuestro taller, de servir a nuestra institución, pero sobre todo, compromiso de servir a nuestro pueblo y a nuestras gentes, a nuestro mundo interior y a nuestro mundo exterior, sin fronteras, sin abismos, tendiendo puentes y lazos de unión allá donde haga falta.

Los que me conocen saben de  mis esfuerzos por mantener la enseñanza primera: silencio y servicio. Desde el silencio, doy gracias también a esos HH:. de corazón que han ayudado en todo lo posible a que este día llegara. También doy gracias a la otra M:., a esa que no se ve, a esa invisible escuela de hombres perfectos que nos ayudan y protegen en el camino, a esos que desde el Monte o la Montaña predican con el ejemplo invisible en la acción y el servicio.

Que dicha enseñanza nos vuelva a empapar en la mágica cruz del saber, del querer, del osar y del callar. Que esos cuatro pétalos de verdad y sabiduría se abran en la cueva de nuestros corazones, esas cavidades donde crece el camino desvelado y donde la fe, la caridad y la esperanza encuentran su sentido del ser.

Os invito a que en este curso trabajemos en silencio e invisibles, pero comprometidos con todo aquello que merezca justicia, requiera libertad, nazca bajo la base de la igualdad y obedezca, siempre, al postulado invencible de la auténtica fraternidad. Que así sea, por siempre”.

El masón Lincoln


El Presidente Abrahám Lincoln redactando el Decreto que pone fin a la esclavitud.  Nótese que se encuentra rodeado de Símbolos Masónicos:  El Mazo (en el suelo);  La Balanza;  La Llave;  La Espada;  La Cadena rota;  y La Escuadra y el Compás, con el Ojo del GADU…

Ilustración de GILMOUR (David)  -1863- Lincoln redactando la Proclamación del finál de la esclavitud

Robo en la Montaña (2ª parte)



En antropología nos encanta buscar a informantes clave. Así es como llamamos a las personas que creemos tienen información privilegiada sobre cualquier asunto que nos interese. Fue lo primero que hice en cuanto me robaron el ordenador. Contactar con aquellos informantes clave que sospechaba podrían ayudarme a localizarlo de forma rápida y segura. Opté por esa vía en vez de la denuncia porque si denunciaba el ordenador habría desaparecido y también su información. Ayer por la noche, entre lluvias y apagones, los informantes clave me traían la buena noticia de que habían localizado el ordenador. Lo habían dejado en la casa de empeños de la droga del pueblo. Aquel que no tiene dinero para pagar su droga empeña objetos a cambio de una dosis más. Y eso es lo que ha pasado. Alguien, con algo de mono, entró en mi casa, robó lo primero que pudo y lo cambió a cambio de una dosis. Para recuperar el ordenador tenía que jugar a ese juego porque no quería traicionar a mis informantes. Así que pude recomprar mi ordenador robado y ver si podía recuperar algo. Los muy (puntos suspensivos) habían borrado todo. Y como yo tengo mala memoria, tampoco sé qué habían borrado. Al menos pude rescatar de la caché parte de mi novela “Alexandra” y algunos correos que me eran importantes. Si algún experto sabe como recuperar el resto que no dude en decírmelo. Lo malo de todo esto, y es lo que advertí a mis informantes, no es que me robaran el ordenador. Les dije, para que corrieran la voz, que si alguien necesita ayuda, que la pida, pero no que la robe. Desde que estoy en este pueblo solo me ha interesado ayudar a la gente y siempre que he podido y ha estado en mis manos lo he hecho. Además, lo que menos concibo es que unos vecinos se roben a otros. Es algo que me supera, sobre todo la idea de que a partir de ahora debo ir abriendo y cerrando con llave todas las puertas de mi casa. En fin… al final Hobbes tendrá razón, a mi pesar… somos lobos contra lobos… Ahora seguiré investigando para saber quién ha sido el autor de tan estúpida acción y tener una tranquila charla con él y explicarle, con amor y suavidad, ese mandamiento sagrado del “no robarás”.

El Camino de la Fortuna


El camino de la fortuna no tiene ningún secreto. Según lo explica Benjamín Franklin, la fórmula es bien sencilla: trabajo, orden y ahorro. Son las tres virtudes que combaten a los vicios de la vagancia y la pereza. Nos advierte de no malgastar el dinero en las fantasías que nos inculcan y los estímulos en los que nos hacen creer diariamente. Nos incita a no contraer deudas, que es el mal de toda economía y ahorrar al menos la mitad de lo que ganemos. No deja de ser curioso que en occidente estamos justamente haciendo todo lo contrario. No ahorramos y nos hemos endeudado tanto que nos será difícil salir de esta. Quizás deberíamos retomar los viejos consejos de este sabio y no dejarnos llevar por la ilusión de la esperanza o la ensoñación de tiempos mejores. Así que sigamos trabajando, con orden y disciplina y ahorremos todo lo que podamos porque nunca sabemos qué pasará mañana… Tampoco olvidemos que más allá de la fortuna material, está la fortuna espiritual… De esta ya hablaremos, porque su camino es más tortuoso y a la vez más desconocido. Seamos ricos por dentro y por fuera y que la pobreza material y espiritual no sean impedimentos para alcanzar nuestra merecida felicidad. Así, de nuevo el camino del medio, para que el péndulo repose en su máximo equilibrio.

Las trece virtudes de Benjamín Franklin


El amigo Josep Brunet, director de la biblioteca Arús de Barcelona, me regaló en la presentación del libro de Zeldis un pequeño libro en versión facsímil del original de 1868 del también masón Benjamín Franklin titulado “El camino de la fortuna”. Me ha sorprendido conocer la grandeza de este hombre sabio por muchos motivos y comprometido por muchos otros. Una de las cosas que más me han llamado la atención ha sido su lista de trece virtudes que redactó con veinte años e intentó cultivar toda su vida. Aquí las dejo porque su vigencia y hermosura merecen ser compartidas.

  1. Templanza: No comas hasta el hastío, nunca bebas hasta la exaltación.
  2. Silencio: Sólo habla lo que pueda beneficiar a otros o a ti mismo, evita las conversaciones insignificantes.
  3. Orden: Que todas tus cosas tengan su sitio, que todos tus asuntos tengan su momento.
  4. Determinación: Resuélvete a realizar lo que deberías hacer, realiza sin fallas lo que resolviste.
  5. Frugalidad: Sólo gasta en lo que traiga un bien para otros o para ti. Por ejemplo, no desperdicies nada.
  6. Diligencia: No pierdas tiempo, ocúpate siempre en algo útil, corta todas las acciones innecesarias.
  7. Sinceridad: No uses engaños que puedan lastimar, piensa inocente y justamente y si hablas, habla en concordancia.
  8. Justicia: No lastimes a nadie con injurias u omitiendo entregar los beneficios que son tu deber.
  9. Moderación: Evita los extremos; abstente de injurias por resentimiento tanto como creas que las merecen.
  10. Limpieza: No toleres la falta de limpieza en el cuerpo, vestido o habitación.
  11. Tranquilidad: No te molestes por nimiedades o por accidentes comunes o inevitables.
  12. Castidad: Frecuenta raramente el placer sexual, sólo hazlo por salud o descendencia, nunca por hastío, debilidad o para injuriar la paz o reputación propia o de otra persona.
  13. Humildad: Imita a Jesús y a Sócrates.

Madrid


Hemos tenido una rápida conversación para ponernos al día, para contar que tal ha ido el verano y para sugerirme, como ya hace tiempo que lo hace, que me vaya a vivir a Madrid. No solo me lo ha sugerido hoy JL, sino que desde hace meses también lo llevan haciendo M., J., L., C. y el grupo de amigos que me ven excesivamente enclaustrado y encerrado en la Montaña. Piensan que he concentrado excesivamente tiempo y esfuerzo aquí y que esa misma energía en otro lugar habría dado más frutos. Me sugieren que todos los proyectos que llevo en mente se desarrollarían más rápidamente en un lugar donde encontrara más apoyos y no tantos obstáculos. Ahora, con B. en Madrid, la verdad es que no necesitan de muchas ideas para convencerme. Sin embargo, me vine de Barcelona huyendo un poco del exceso de ruido de la gran ciudad. Y no estoy convencido de que en Madrid fuera a disminuir ese ruido, cosa que sí consigo aquí en la Montaña. Quizás sea sugerente una fórmula mixta, algo así como vivir en ambos puertos y repartir el tiempo entre Madrid y la Montaña… Creo que eso sería lo más justo, pues si bien es cierto que siempre he sido un apátrida y un culo inquieto, como dice mi madre, tengo ganas de estar tranquilo una temporada, dejarme abrazar y sentir la sutileza de un mar en calma. Veremos qué ocurre en septiembre. Lo cierto es que los proyectos continúan y la ilusión también.

Avatares


Tras dos hermosos días viajando y durmiendo en coche por bosques encantados y magias de hace tiempo, terminamos la noche de ayer en el cine viendo de nuevo una película de avatares. Al parecer, de forma conciente o inconciente, el mundo está necesitado de un avatar, de un mesías milenarista que aporte algo de luz, esperanza o ilusión a una humanidad cansada y marchita. Y no hay mayor avatar que coger las riendas de nuestras vidas con cierta emoción y responsabilidad y servir, allí donde estemos, de la mejor forma que sepamos. La humanidad adulta deberá humildemente aceptar que no hay mayor salvación que la de salvarnos a nosotros mismos. No hay mayor salvación que la de ser personas sencillas, humildes, invisibles, sensatos y con ganas de vivir en paz, felicidad y armonía. Por eso estos días solo he deseado beber agua, comer algo, abrazar a la persona que quieres y mirar el universo entero desde la ventana de un coche cargado de promesas y esperanzas. Esperanzas que deberán aguardar a que B. vuelva de Suecia, ya que mañana se marcha diez días mientras que este peregrino regresa a las tierras del sur.

El lado oscuro del corazón


Sigue el mundo dando vueltas y nosotros seguimos soportando el peso de la gravedad. Hoy me han dicho que a J. lo internaron ayer. Como intuía, fue un arrebato, una mala pasada de una mente que a veces se cortocircuita hasta el punto de crear monstruos incontrolados… Lo peor de todo es que nos puede pasar en cualquier momento. De repente, llevamos una vida tranquila y algo se cortocircuita en nuestra mente y ocurre lo peor. Trabajé algunos años con demencias y me parecía apasionante observar como la locura campaba a sus anchas en personas que anteriormente habían tenido una vida normal. Es como si te poseyera algo ajeno a ti, un lado oscuro que todos tenemos y que, por algún fallo en la máquina humana, aparece irremediablemente. Las esquizofrenias y las paranoias son increíbles caballos desbocados a los que resulta difícil controlar cuando despuntan en una cima de incoherencias. Alguna vez resultaba difícil el control, y se requería de la fuerza de cuatro personas para mantener en calma un brote psicótico. Los renglones torcidos de Dios están ahí y pueden manifestarse en cualquier momento. El lado oscuro del corazón siempre está al acecho, así que antes de que se apodere de mí, me marcho a Madrid… Deseo amar y ser amado en los brazos de B. Deseo sentir de cerca el calor humano…

La casa del sol naciente


Mientras escucho The house of the rising sun llego a la Montaña con cierta alegría contenida. Y la alegría proviene de esa sensación de saber que todo está bien, aunque en apariencia un mundo entero se derrumbe. De saber que has hecho lo que has podido aunque eso no haya sido suficiente para subir a la montaña más alta, o realizar la travesía propuesta. Nada importa, porque el esfuerzo mereció la pena y fue en la derrota donde se conquisto el mundo. Y eso crea una sensación de paz, porque todo se teje más allá de nuestros deseos y obsesiones, más allá incluso de aquello que pensamos o tememos. Nos preocupamos por cosas que inevitablemente están tejidas en otras fronteras, en otras dimensiones que superan nuestro pobre entendimiento. Por eso a veces es mejor dejarse fluir, sin poner resistencias, porque siempre hay un sol naciente que nace en esa casa que más necesita de los rayos reparadores del astro rey. Así que me siento como ese hombre que se deja llevar por la corriente del río. Sin ningún temor a desembocar en el inmenso mar… Porque allí, espera, inevitable, la paz infinita…

Escuela de verano


El aprender no ocupa lugar, decía mi madre. Le hice caso y jamás dejé de hacerlo. A mi edad, incluso sigo estudiando, porque cuanto más aprendes más grande es la sensación de no saber absolutamente nada. Y esa sensación es maravillosa, porque en cierta forma te libera de la incertidumbre de pensar que más conocimiento equivale a más sabiduría. Nada que ver el uno con el otro, siendo lo segundo un proceso precisamente contrario al primero: El conocimiento requiere aprendizaje, almacenaje y disciplina. El segundo requiere desaprender lo aprendido, desalmacenar lo almacenado y faltar a cualquier disciplina, porque no hay mayor sabiduría que ese budismo zen que dice eso de comer cuando se tiene hambre y dormir cuando se tiene sueño, independientemente de todos los demás factores que con tanta disciplina han amoldado nuestras vidas. Así que aquí, en Galapagar, intento aprender, siguiendo los sabios consejos de mi madre, es decir, intento aprender a no aprender, porque si bien los discursos que intentan ofrecerte en esta escuela de ideas son bonitos y sirven para adornar cientos de decorados, lo que verdaderamente importa e interesa es la articulación de cualquier discurso en la vida real. Por eso, y como decía León Felipe, que no me cuenten más cuentos, que tengo sueño y me voy a dormir… Espero que los maestros de esta escuela no se enteren de mi sueño, especialmente porque se trata de ministros, exministros, secretarios de ministerios y… en fin, fuerzas vivas…