No fracases, haz bien las cosas, pero si fracasas, fracasa bien


Todos sabemos la complejidad que entraña hacer bien las cosas. Si estás expuesto a cierto público (clientes, pacientes, alumnos, admiradores o lo que sea), cualquier minúsculo error pude derivar en un tremendo prejuicio, rechazo o desavenencia. Nunca llueve a gusto de todos, pero en cuanto te expones, la máquina del juicio ajeno se dispara.

El supino talento de estar callados, aparecer inofensivos, tolerantes y desapegados es complejo. El hacer conlleva riesgos. También el decir, a no ser que tengas maestría sobre la palabra y el verbo, tan iguales y desprovistos de significado cuando se alecciona un ápice de tu alma en cada vocablo. Hacer, pensar o decir entraña riesgos si todo cuanto haces, piensas o dices está relacionado con el otro.

Hacer bien las cosas es difícil. No estamos acostumbrados a la cultura de la excelencia. Se nos enseña a cultivar el aprobado justo en todo lo que hacemos. Lo mediocre nos envuelve por todas partes. No se nos permite fracasar bien. El fracaso siempre me pareció bohemio y esplendoroso. Algo así como un destello de halo diferente, una luz cegadora.

Por eso, si fracasas, fracasa bien. No temas el juicio, el rencor, la culpa. Te van a señalar igual, tengas o no tengas éxito. Por eso, fracasa bien si no conseguiste tus metas, tus anhelos, tus propósitos. Si tienes que cerrar un negocio, hazlo con elegancia. Si te ves en la calle, sin nada, despojado de todo, no pierdas la dignidad. Busca tu mejor traje, tus mejores zapatos, y deambula como un peregrino digno.

Fracasa bien, no tengas miedo a hacerlo. Cuando te equivoques, si has dañado al otro, pide perdón. Si pasaron los años y el dolor se hizo insoportable, no temas, el perdón será el mejor alivio para tu alma, sin importar cómo el otro reciba ese alivio tuyo. Fracasa con franqueza, admitiendo el error, el daño, la pérdida. Levanta la cabeza, rebusca en tu dignidad, no permitas nunca perderla. En el fondo, el ser humano solo tiene eso: dignidad. Y jamás nadie debería perderla, ni permitir que nadie te la arrebatara. Fracasa bien, aún teniéndolo todo y aún perdiéndolo todo, mira el horizonte. Al final, en algún destello de entre la oscuridad, aparece un sol, un atardecer, un profundo anhelo de vida.

Cuando rompas una relación, hazlo de forma elegante, sincera, dañando lo más mínimo en ese desgargante fracaso. Cuando la enfermedad te abrace, vívela con dignidad, sin queja, sin lástima. Hacer bien las cosas es complejo. Cuando tengamos que morir, deberíamos hacerlo dignamente, morir bien, vivir bien, amar bien, cultivar nuestro ser con bondad y rectitud. Esa dignidad será la que nos impulse hacia la gentileza, la ternura, hacia lo bello. El amor, eso tan incomprendido, es una forma de belleza, de armonía entre los opuestos, de síntesis entre aquello que no comprendemos y aquello de lo cual tenemos alguna certeza.

Sí, fracasa en la vida, no importa, pero fracasa bien. Y tras la añorada frustración y el naufragio inevitable en el ancho mar de la experiencia, vuelve a los horizontes, vuelve a la vida, vuelve a intentarlo, una y otra vez. Sí, hazlo bien, siempre que el buen juicio te permita ver más allá de los caminos aparentemente inconexos. Observa lo pequeño e insignificante de cada uno de nuestros actos. Incluye esto a nuestros fracasos. Ya sabemos que en el fondo, estamos solos. Por eso, fracasa bien.

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No espiritualicemos las injusticias


El ser humano vive constantemente en una dualidad crítica. A veces en una dualidad entre el bien y el mal, entre los asuntos de la personalidad o los asuntos del alma. Las crisis en el camino de la vida son constantes, así como los obstáculos que van surgiendo en ese caminar. Vivimos siempre en una relación de opuestos, igual que ocurre en la propia naturaleza. Lo vemos en los ciclos, en momentos de luz y de oscuridad, día y noche, invierno y verano, frío y calor. Es como vivir en este mundo, sin ser de él.

En esa dualidad constante, ciertas corrientes espirituales de hoy día pretenden dulcificar algunos actos malévolos disculpando a todo tipo de agresiones diciendo eso de que “es la ley del espejo”, “el karma” o “quien te hace mal se convierte en tu maestro”. Realmente no es así. Hay gente peligrosa, personas que hacen daño gratuitamente, estafadores, ladrones, agresores, gente mala. No podemos dulcificar según qué cosas solo por el hecho de que tengamos una visión aparentemente espiritual. No es espiritual que intenten sobornarte, que golpeen tu vida y destruyan todo lo que tienes y se vayan de rositas. Hay que llamar a las cosas por su nombre, y si alguien pretende hacerte daño de forma gratuita, defenderte como puedas.

Recuerdo varios capítulos desastrosos de mi vida que acabaron mal porque fueron dirigidos, orquestados y empujados desde la rabia, la melancolía o el orgullo. El dejarnos arrastrar por los impulsos incontrolados más primarios nos pueden ocasionar agravios imposibles de arreglar, y convertirnos, sin darnos cuenta, en malhechores para otros, o en fáciles víctimas a las que atropellar, engañar y estafar. A veces somos culpables y a veces somos víctimas, y en ambas situaciones, debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos y denunciar abiertamente la de los otros. Cuando se obra mal hay tomar consciencia de ello, pedir perdón y reponer los daños.

Por encima y alrededor de este cerebro primitivo, la naturaleza ha formado gradualmente otros tres cerebros: el cerebro “mamífero antiguo” o emocional-cognitivo, sede de nuestra inteligencia emocional; el neo-córtex, con su destreza para el pensamiento complejo y creativo; y los lóbulos prefrontales, con su función general de armonización e integración y su evidente y profunda imbricación con el campo electromagnético del corazón. Juntos, los cuatro cerebros componen una mente humana capaz de una gran variedad de respuestas creativas y adaptativas, incluida la capacidad de recibir lo que podría expresarse como una orientación espiritual.

Pero más allá de esa percepción, debemos recordar que debajo de esa sutil capa existe aún nuestros cerebros más primitivos. Las capas y fuerzas sociabilizadoras aportan moral, justicia, ley y demás cosas que impiden que el mal se propague gratuitamente, o al menos en mayor medida. Hay aún personas que se dejan llevar por su cerebro primitivo, sin tener en cuenta el dolor ajeno. No las espiritualicemos con mensajes confusos. Seamos justos en todo momento, con nosotros y con los demás, sin mayores matices. Ante las injusticias de todo tipo, debemos afanarnos en responder conscientemente ante ellas.

 

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El Hambre Grande y el Hambre Pequeña


“Y tu cuerpo es el arpa de tu alma,
y te corresponde a ti extraer de ella
música melodiosa o sonidos confusos”.
Kahlil Gibran

Nos cuenta Wayne W. Dyer en su libro El Cambio que los bosquimanos del Kalahari hablan de dos hambres, el hambre grande y el hambre pequeña. El hambre pequeña desea alimento para el estómago, para el cuerpo, para sostener aquí nuestra vida. El hambre grande es un hambre de significado. Lo que nos amarga profundamente es la falta de significado, el no saber que nuestra vida tiene un propósito vital importante, y sobre todo, el no tener capacidad para descubrirlo.

Nacemos inevitablemente para algo. No es cuestión de pensar que nuestro propósito vital consiste únicamente para mantener con vida la especie humana. Eso era esencial hace millones de años, incluso algunos miles. Pero algo ocurrió cuando perdimos la inocencia como especie y mordimos la manzana del conocimiento. Algo se abrió dentro de nosotros, una especie de puerta para que encarnara en nuestro cuerpo la consciencia, el alma de los antiguos, el espíritu que nos mueve y conmueve.

Es ahí cuando entendemos que más allá del propósito de saciar el hambre pequeña, de tener un trabajo e incluso una familia, existe una necesidad mayor, una necesidad de sentido, de propósito, de misión en la vida. Si solo fuéramos una especie de cadena transmisora de vida, sentiríamos en nuestro más hondo pensamiento que algo falta. Cuando la inteligencia que albergamos se eleva a cuotas profundas, sabemos discernir el hambre pequeña del hambre grande, y sucumbimos a una especie de revelación sobre la vida y la existencia: “hay algo más allá”. Nos decimos. Ese plus ultra de los antiguos.

Conectar con nuestro propósito, con nuestro sentido como individuos es complejo. Nos puede llevar una vida entera. La existencia podría concurrir entre nuestro nacimiento y el instante preciso de iluminación que nos otorga la capacidad de visionar ese propósito interior. ¿Qué es aquello que nos hace únicos e irrepetibles? Precisamente ese instante de lucidez, de letanía, de revelación. Es una sucesión de hechos que nos conecta irremediablemente con la esencia de lo que realmente somos, y no con aquello que creemos que somos. Si miramos a nuestro alrededor con profundo discernimiento, llegará un momento en el que seremos capaces de encontrar una respuesta firme a nuestra necesidad de existir, a nuestra necesidad de saciar nuestra hambre grande.

El hambre grande nos lleva hacia sendas imposibles, hacia éxitos con los que nunca habíamos soñado. Sueños realizados, promesas cumplidas, proezas alcanzadas. El hambre grande, la necesidad de sentido, nos conduce hacia la puerta estrecha de un mundo por descubrir. ¿Qué hambre es esa que empuja nuestras vidas? ¿El hambre grande o el hambre pequeña? ¿Qué es eso que realmente nos lleva a brillar con fuerza, a ser diferentes, únicos e irrepetibles? Buscar sentido a la vida es saciar nuestra hambre espiritual. Es volver a reencontrarnos con el mayor de los sentidos. Es escuchar el arpa de nuestro espíritu resonar temblorosa en nuestras vidas plenas.

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Todos los Caminos del mundo


“No hay nada en este mundo que no se pueda sustituir por algo diferente; que los sonidos y los colores están intercambiándose interminablemente, como el aire que respiramos y la vida que nos da; que nunca nada está aislado o perdido; que todo procede de Dios y vuelve a Dios a través de todos los caminos del mundo”. Jacques Lusseyran

 

Me acabo de dar cuenta que he sustituido las complejas relaciones de pareja por la compañía silenciosa de Meiga, mi fiel amiga gatuna. Ella se mete en la cama, runrunea un rato, se acuesta a dormir y así hasta el día siguiente. Sin hacer ruido, sin molestar, sin exigir, sin manipular (excepto cuando tiene hambre, claro). De alguna manera puedo entender esas relaciones estrechas que muchas personas, ante la irremediable soledad, entablan con sus mascotas. Son como parejas, pero sin los problemas de las parejas.

En el fondo es algo triste, porque el ser humano aún no ha conseguido la madurez suficiente para relacionarse con sus prójimos de forma madura, amorosa, desapegada, justa, cariñosa, generosa, traspirable. Observo mi gran cama aquí en medio de mi pequeña cabaña y noto esa nostalgia de otros tiempos cuando ella llegó con la esperanza de que albergara a más vida, más allá de la mía. Una cama grande para que pudiera ser compartida con otro cuerpo, con otro yo que se extendiera dos palmos más allá de mí, o mejor aún, que se fusionara en esa postura tan irreverente como lo es el de la cucharita en una noche fría  de invierno.

Ahora que ya superé ese deseo y esa nostalgia, seguramente cambiaré de cama. Buscaré una pequeña, austera, donde pueda dormir yo, dejando algún hueco para la peluda gata, que en invierno busca el calor de la franela de mis sábanas y en verano campa salvaje a sus anchas por el angosto bosque. Una cama más pequeña hará que la cabaña parezca más grande. Aunque, lo cierto es que me gustaría vaciar toda la cabaña de cosas. No es que tenga muchas cosas, pero a veces siento que me sobra de todo. Ya hice un vaciado este verano, y casi todos los veranos pasados me he ido desapegando de algo.

Primero fue esa lámpara que me acompañó, por su valía, durante muchas mudanzas. Luego ese hermoso baúl que también sobrevivió a cientos de avatares. Recuerdos, ropa, de todo un poco. Hoy había un chico que estaba pasando frío en la casa de acogida y le regalé parte de mi vestuario de invierno. Haría lo mismo con todo hasta quedarme con lo justo. Necesito poco y de lo poco que necesito, necesito poco, como diría aquel gran maestro de la sencillez.

Sentir que la cama que poseo es muy grande es como sentir que ya ni siquiera albergo ese deseo de tener pareja. Prácticamente ya casi no deseo nada. En los tiempos de Buda, la gente en la India sabía que la miseria (dukkha), es causada por el deseo y la aversión (taṇhā). De alguna manera habían llegado al conocimiento de saber que si no hay deseo, la miseria desaparece. Y sabían que practicar la honestidad (sīla), un elevado estado de consciencia (samādhi) y el discernimiento (paññā) es la manera más eficaz de erradicar el deseo y, por lo tanto, erradicar la miseria.

Esto es muy importante en la vida de cualquier persona. Para los budistas, pero también para la ascética de cualquier religión, incluida la cristiana, el deseo es el fruto de todas nuestras miserias. Por eso ahora que cada vez siento menos deseos, me siento de alguna manera más centrado, más tranquilo, con más ganas de ser útil aquí en la tierra. Es como si de repente sintieras, quizás por la edad, que has recorrido todos los caminos del mundo, que has llegado a Roma en tu peregrinaje vital, y ahora solo te apetece volver a la simplicidad, decrecer en todo y con todo y sumergirte en la paz que el discernimiento, la consciencia y la honestidad te ofrece. La contemplación de la vida, actuando en ella, sin forzarla, solo observando el momento presente y atrayendo sobre ti toda la vasta experiencia espiritual. Poco más. Nada más. Si acaso, ser útil, ser mejor, Ser. 

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Metaverso y los mundos espejos


“Una de las cosas que realmente quería construir era básicamente la sensación de una Internet encarnada en la que podías estar en el entorno y teletransportarte a diferentes lugares y estar con amigos”. Mark Zuckerberg

Ready Player One es una película de ciencia ficción dirigida en 2018 por Steven Spielberg. La historia narra la vida de Wade Owen Watts, un jugador de videojuegos que en el año 2045, casi como ocurre en nuestros días, prefiere vivir en el metauniverso de realidad virtual OASIS, antes que hacerlo en el cada vez más extraño mundo real.

Mark Zuckerberg, el presidente de Facebook, es un visionario del futuro, o ha visto muchas películas como la referida. Con ideas y con dinero se pueden mover mundos, y eso es lo que pretende en su próxima apuesta, denominada metaverso, un entorno virtual que podría ser una nueva generación de Internet. Los usuarios activos mensuales de Mark superan los 2.910 millones. Es un gran comienzo para experimentar con lo que será un nuevo mundo.

Una realidad paralela, un mundo virtual, una distopía. Lo cierto es que desde el año dos mil, y en menos de veinte años, parte de la producción mundial se ha vertido no en cosas sino en experiencias. Desde ese hartazgo del materialismo consumista, de tener de todo, estamos pasando a la transición de consumir experiencias. Muy pronto, como en la película Ella (Her), nuestras relaciones perfectas serán en ese Metaverso. Haremos el amor con programas informáticos, y nuestras relaciones más exitosas serán con bits y datos.

De alguna manera ya estamos transitando hacia eso, inclusive en el trabajo con la “oficina infinita”, llamada ahora teletrabajo. Las relaciones más fantasiosas salen de redes sociales, donde pasamos parte de nuestra vida. Allí vemos cómo está el “patio”, asomamos la cabeza, curioseamos como la vieja del visillo alguna novedad, fisgoneamos y de vez en cuando, sin mayor exageración, intentamos algún encuentro en el mundo real. Pero ese mundo real se ha vuelto decepcionante en comparación a las fantasías que va sumando adeptos del mundo virtual. Zuckerberg sabe que el ser humano siempre se ha movido por ese tipo de impulsos sociales, y sabe que las relaciones sociales virtuales son más adictivas en cuanto podemos administrarlas sin mucho riesgo a nuestro antojo.

Por eso lo que viene ahora es un giro revolucionario hacia una inmersión total en el mundo digital. No creo que ese metaverso que está imaginando Zuckerberg se desarrolle tras unas gafas virtuales. Estoy convencido que en el futuro tendremos una habitación azul o verde, como las que tienen ahora los platós de televisión, y en esa habitación, en 3D, viviremos una vida paralela donde trabajaremos de forma virtual con sentido de espacio y proximidad, iremos a comprar, quedaremos con los amigos para echar una partida de lo que sea o tendremos relaciones sexuales a distancia, quizás con algún tipo de objeto que será poseído por el avatar de turno. Un mundo de fantasía donde no tendremos que dar muchas explicaciones, ni reñir, ni enfadarnos, ni superar ningún tipo de prueba. Un mundo donde comprar y vender experiencias. Un mundo del cual ya nunca podremos salir, como en Matrix, porque llegará un momento en el que la confusión nos llevará a una total anulación del mundo real.

De aquí a veinte o cuarenta años, si la catástrofe que anuncia la ONU no se precipita antes, habrá una población que vivirá única y exclusivamente en el mundo virtual de esa habitación verde, un mundo espejo que intentará imitar al real, pero sin sus inconvenientes. Y habrá una pequeña minoría, una subcultura paralela, que habrá huido a los bosques, a los campos y a las montañas para volver a empezar de nuevo en el mundo real. Una minoría mal vista e ignorada, un anacronismo del pasado.

La pregunta de ese tiempo no muy lejano será, ¿qué es realmente lo real? Y lo más importante, ¿qué pasará con la libertad? En verdad, el gobierno de ese lugar estará en manos de corporaciones que tal y como ahora hacen, si no estás dentro del discurso hegemónico, te eliminan. Cualquier tipo de disidencia, crítica o pensar divergente será anulado. Lo hemos visto con la crisis del Covid, como eran censurados y eliminados canales, personas o ideas que no aceptaran el discurso oficial, tachándola “oficialmente” como “información errónea”.

Será, sin darnos cuenta, un mundo nuevo de esclavos digitales dirigidos hacia un atontamiento sin lugar ni espacio para la crítica, para la opinión o para la divergencia. Un mundo de corderos degollados por la realidad virtual, con un aparente sentido de presencia siempre limitado a la obediencia y la no crítica. Un espacio persistente y sincrónico en el que podemos estar juntos, según nos dice amablemente Zuckerberg. A lo que habría que añadir: aparentemente. Un mundo feliz de mentira donde viviremos una vida irreal, alejada de lo esencial que somos. Un mundo en el que solo seremos datos, una base de datos que alguien comprará y venderá al mejor precio. Una especie de esclavitud encubierta de la que no podremos salir.

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Carta a Frithjof Schuon


Estimado Frithjof,

Allá dónde estés, todo te parecerá extraño. Debo decir que es excepcional hoy día encontrarse a personas diferentes y superiores, de esas que antaño llamaban cultas, o sabias, o maestros. La inteligencia de estos tiempos de pérdida de sentido, tan acelerada y astillada en lo inmediato, recrea la fealdad de nuestra época. Recuerdo que hace unos años alguien me decía que escribía de forma extraña, y que nadie podría así seguir o leer aquellos pasajes. Pensé que debería entonces hablar de lo cotidiano, con un lenguaje sencillo, nada culto ni enrevesado. Ahora en cierta manera me arrepiento. Diría que reniego de ese pasado literario en el que prostituí la inteligencia para llegar a más lugares, a más corazones, a más habitaciones oscuras necesitadas de calor. Incluso reniego de todas esas obras editadas que lo único que aportaron al mundo fue un aumento del orgullo y la vanidad tan opuesta a la humildad de los verdaderamente grandes.

Cuando descubres de repente a alguien noble, que imaginas rodeado de esa aura especial que recorre a los que han tenido y vivido una vida plena, uno se avergüenza, se siente pequeño, minúsculo, diría que atormentado. Ya nadie desea hablar de la religio perennis, de lo oculto, de aquello que está más allá de lo cultivable., de lo inevitable Me siento algo ridículo, diminuto, ante la grandeza de los antiguos, ante la sencillez de aquellos a los que podríamos llamar verdaderos maestros. Usted diría que hay que espiritualizar el sufrimiento, y podría hacerlo si tanto sacrificio tuviera como recompensa algún destello de luz. No podemos decir que nuestra generación haya sufrido atrozmente como la suya. Nuestras guerras son ridículas en comparación con las suyas, y nuestras causas, casi sin importancia.

La combinación de un carácter imaginativo, la profundidad y la elegancia, junto a una intelectualidad rigurosa abrazada a una sensibilidad artística es algo extraño de ver hoy día. Ya no existe en nuestro entorno inmediato esa musicalidad mística de antaño. Vivir en un mundo a la deriva nos hace pensar en la necesidad de volver a la extrañeza, al esplendor, al renacimiento del espíritu, de la belleza, del arte, a la rompedora revelación y rebeldía mística. Requiere una nueva disciplina y un nuevo rigor, una fuerza profunda capaz de romper lo añejo, lo débil, lo temporal. Falta una nueva concentración intelectual y un nuevo repunte de la acción que equilibre las esferas del pensamiento. La luz de la razón debería volver a guiarnos hacia otro tipo de inquietudes más allá del polvoriento fracaso de nuestra civilización. Una razón guiada, a su vez, por la luz del alma, de aquello que nace de la intuición superior, sin filtros, sin pesadas distorsiones nacidas de nuestras diminutas y atormentadas personalidades.

La espiritualidad de nuestro tiempo requiere también una profunda revisión. La espiritualidad verdadera es lo más fácil y lo más difícil. Lo más fácil, usted mismo lo decía, porque basta pensar en Dios. Y lo más difícil, siguiendo sus palabras, porque nuestra naturaleza caída nos aleja y aparta de Dios mismo, nos hace entrar en su olvido. Dios sigue siendo un nombre excesivamente abstracto y difícil de pronunciar en un tiempo donde se prefiere hablar de Universo o de Energía, o mejor aún, de píxeles y criptomonedas. Es todo tan ridículo. Por eso le admiro profundamente, a usted y a todos los que en siglos pasados tuvieron el coraje de rendir homenaje a la inteligencia, al valor, al compromiso y la responsabilidad de invocar el discernimiento pleno de la extensa vida. Me arrodillo humildemente ante usted, deseándole, allá dónde se encuentre, luz y paz. Sigamos, en silencio, invocando a Dios como un pájaro.

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Equinoccio. Encontrando nuevos caminos


«A todos nosotros diremos: es necesario, necesario, necesario, encontrar nuevos caminos». Infinito, Vol. II, #84

“Aquél que vuelve su rostro hacia la luz y permanece dentro de su esplendor queda cegado para los asuntos del mundo de los humanos; penetra en el Sendero Iluminado que lleva hacia el Gran Centro de Absorción. Pero aquél que siente la necesidad de adentrarse en ese sendero, pero, sin embargo, ama a su hermano que se encuentra en el sendero oscurecido, gira sobre el pedestal de la luz y se vuelve en dirección opuesta. Vuelve su rostro hacia la oscuridad y, entonces, los siete puntos de la luz dentro de sí mismo transmiten la luz que irradia hacia el exterior y, he aquí que los rostros de los que huellan el sendero oscurecido reciben esa luz. Para ellos ya el camino no está tan oscuro. Detrás de los guerreros, entre la luz y la oscuridad, resplandece…”

Estas palabras recitadas en la luna nueva siempre conmueven. Nos sugiere la oscuridad en la que vivimos, y nos alienta a renunciar a nuestro propio sendero iluminado, a girar sobre el pedestal, volviendo nuestros pasos en dirección opuesta a la luz. Para eso hay que ser un guerrero entrenado, hábil y curtido en mil batallas. Perder el miedo a la renuncia, a la pérdida. Esto no se comprende del todo bien. La personalidad se agita cuando algo de luz le roza. En la oscuridad se está bien. La ceguera nos protege, nos proyecta hacia un entorno cómodo. Pero la luz nos revuelve, nos marca para siempre. Lo más conmovedor es renunciar a la luz, cuando ya se ha abrazado, para volver a la inerte oscuridad.

Equinoccio. Las hojas caen. Los pensamientos se retraen detrás de los párpados. Hay un colapso de la luz. El sendero de retorno se agrieta. Resplandecer en momentos de oscuridad es costoso, arriesgado, difícil. Adentrarse en ese sendero requiere disciplina, calma, paciencia, coraje, desprendimiento, como las hojas de los árboles en este tiempo cíclico. El equinoccio en el que ahora entramos nos reclama con fuerza. El equinoccio siempre es melancólico. La melancolía es hermosa. Es como cuando estás en un momento fronterizo, liminal, un umbral entre la luz y la oscuridad, entre la muerte y la resurrección.

El equinoccio es un momento para encontrar nuevos caminos. Es necesario encontrar esos nuevos caminos. Dejar el sol atrás, la luz, adentrarnos en la oscuridad, activar nuestros siete centros y de alguna manera, convertirnos en un humilde farolillo que indique la dirección, la visión, la búsqueda. En esta época oscura muchos están renunciando a la luz para traer luz. Lo vemos todos los días. Hay personas que se sacrifican. Que ya no esperan nada para ellos mismos. Seres que miran a los demás, aún cansados, con cierta fe y esperanza.

No hay tiempo para ir al Gran Centro de Absorción. Hay que volver el rostro hacia la oscuridad para ayudar a los demás en su caminar. Hay que agitar, hay que remover, hay que señalar, incansablemente. Servir a la luz desde la oscuridad es una bonita metáfora otoñal. Es como ser un fuego constante en las frías y heladas noches de invierno. Como ser un fruto de otoño. Cargado de energía para ayudar a enfrentar la larga jornada. Es la épica de la sustancia incorpórea, la vida que se expresa en los instantes pausados mientras contempla la grandeza de estar vivos. Es prepararse para el frío y la escarcha. Es recogerse, preparar la leña, preparar el fuego y encender el farolillo interior.

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Cuando sobreviene el esplendor


Joaquín Sorolla, El Bote Blanco, óleo sobre tela, 1905.

«[…] la experiencia del misterio no viene de esperarlo sino de abandonar todos los planes, porque nuestros planes están basados en el miedo y el deseo. Cuando los dejamos caer sobreviene el esplendor.» Joseph Campbell

El miedo y el deseo nos alejan de la vida. Tener planes, certezas y verdades nos apartan del flujo de los ciclos. El universo se sostiene ante una incertidumbre que aún no comprendemos. Su Plan no es perfecto, acabado, absoluto. Se experimenta a sí mismo e improvisa para mejorarse, para encontrar su propio esplendor. Nosotros deberíamos vivir con esa flexibilidad, con esa humildad, con esa sensación de vida inacabada. Deberíamos desprendernos de la rutina y sin vacilar, revolvernos ante la vida para empezar una y otra vez de nuevo. No con el deseo de sentirnos satisfechos, más bien sin deseos, únicamente por la experiencia de sentirnos vivos.

La incertidumbre tiene esa misión. Hacer que la vida nos recorra, nos embriague, nos exprima hasta la última gota. Coger un camino incierto, desviarnos de nuestro plan, aterrizar nuestra nave nodriza, tan cargada de prejuicios, en un lugar engañoso, fortuito, desconocido. Pero ahí están el miedo y el deseo pare tenernos subyugados a una vida vacía, formalizada, normalizada, segura pero triste.

El problema de Occidente, incluyendo en ellos el liberalismo y el comunismo, es que es previsible, organizado, vasallo de un sistema que nos esclaviza a una vida sin márgenes, sin maniobras posibles. El sedentarismo occidental nos abruma, nos supera, no importa del color que sea. Es como si a Ulises le hubieran planificado sus doce pruebas, o como si a Herodoto le hubieran obligado a contemplar el mundo desde una silla, prohibiéndole viajar y relatar las historias que le dieron fama. No, la vida no es una cápsula hermética. La vida no es miedo y deseo. No es un plan perfecto con sus horarios perfectos y sus entradas y salidas programadas.

La vida debería ser un relato alado de aventuras perdidas. No un texto petrificado en una docena de mandamientos que aprendemos a rajatabla desde niños. Nos sabemos todo el abecedario pero ignoramos la forma libre del poema, del bardo, del cantar de los cantares. Hemos olvidado caminar, sentir, experimentar la vida de forma libre y desapegada. No caminamos por miedo, no experimentamos por miedo, no avanzamos hacia nuestros adentros por miedo a descubrir cosas que puedan dinamitar nuestra pétrea vida. El devenir nos asusta, la pérdida atesora en nosotros desconcierto y pavor.

Eso nos aleja de la vida, del calor de la aventura plasmada en una luz resplandeciente. El esplendor de la existencia se aleja de nosotros, cobardes de manual, incapaces de mover un dedo por modificar lo modificable. Nos sería imposible ser partícipes de una Ilíada o una Odisea. La figura de un Ulises se aleja radicalmente de nuestro espejo interior, apagado, inamovible, estático. Eso nos aleja también de la belleza. La belleza, que es una formación armónica de una vida vivida, saludable, desaparece en nuestros tonos grises y arraigados. Buscamos seguridad porque la libertad carece de riquezas y supone siempre pérdida. Pérdida de sentido, pérdida de posesiones, pérdida de aquello que nos hace sentir seguros.

El mundo oral en el que vivimos balbucea. Tiembla. Parpadea. Es una expresión que podemos moldear a cada instante. Podemos ser una rapsoda viva, un poema celeste, una brizna de esplendor. Podemos agitar nuestras vidas y acercarnos al misterio. Podemos alcanzar el descubrimiento del renacer. Abrazar la sustancia, abandonarnos, gozar victoriosos. Podemos volvernos seres espirituales, que es lo mismos que decir, seres vivos, humanos completos, briznas de esplendor.

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Escribir, pensar, viajar


Joaquín Sorolla. Barcas en la arena. 1908. Óleo sobre lienzo.

Toda la felicidad depende del coraje y el trabajo. He tenido muchos períodos de miseria, pero con energía y sobre todo con ilusiones, los superé a todos. (Honoré Balzac)

Voltaire tuvo la gran suerte de hacerse inmensamente rico jugando a la lotería. Esto le permitió realizar en vida lo que más le gustaba: escribir, pensar, viajar. Este es el sueño de todo visionario que se precie. Disponer de grandes sumas de dinero para poder ofrecer algo al mundo, para convertirse en un Voltaire o en un Bacon. El Petit Volontaire (el pequeño voluntario) pudo filosofar, pensar, viajar y escribir gracias a su pequeña fortuna.

Es cierto que otros con menor suerte crearon grandes obras en la más absoluta de las ruinas, en la más marchita de las pobrezas y en la más profunda de las miserias. Vincent van Gogh, Rembrandt, El Greco, Monet, Cézanne, Franz Schubert, Allan Poe, Oscar Wilde, Emily Dickinson o incluso el mismísimo Sócrates perecieron en la más categórica de las penurias. Siempre me fascinó el ejemplo de un Jesús de Nazaret o un San Francisco de Asís, que hacían apología de la pobreza y enfocaron su mensaje en el amor más incondicional. Bienaventurados los pobres, que decía el maestro.

El valor de la visión, del esfuerzo, del trabajo, de la genialidad, no tiene porqué venir asociado al tener. El tener debería venir asociado al dar. Es decir, tener más para poder dar más, estar llamados a ser felices a quienes son desprendidos interior y exteriormente. La única aspiración de un verdadero visionario es entregar en vida todo lo que posee, a sabiendas de que en el otro lado nada de eso podrá llevarse, excepto la virtud de la generosidad, la entrega y el sacrificio de querer dejar un mundo mejor.

Escribir, pensar, viajar, está bien si con ello atesoras una visión más amplia del mundo que pueda ayudar al resto a ampliar sus estrecheces, su inteligencia o la propia vida. La inspiración de otros debería repercutir en el manto energético de toda la humanidad. El campo etérico debería enriquecerse con la suma de todos nuestros tesoros personales, siempre entregados a los demás, como un elixir que se consigue para compartir con el resto. Como hacen las abejas cuando recolectan afanosamente el polen. No para su beneficio, sino para el beneficio de toda la colmena.

Me gustaría ser un Voltaire porque esas tres cosas son las que más me gustan: escribir, pensar, viajar. Lo único que me diferenciaría sería mi necesidad de compartir. Es por ello que nunca seré rico, por más que jugara a la lotería. Si tuviera cien millones no dejaría de pensar, escribir, viajar. Seguiría haciendo las mismas cosas, invirtiendo todo ese dinero en ayudar al otro no desde un falso ego que pretende cobijar dentro de sí alguna necesidad no cubierta, sino por un amplio sentido de compromiso y responsabilidad con toda nuestra condición humana.

No haría caridad, provocaría más agitación moral, ética y espiritual para que otros emprendieran el camino de la responsabilidad y el compromiso con la vida, con la generosidad y el compartir. Invertiría cien millones de euros para que otros hicieran lo mismo. Agitaría sus consciencias para que la riqueza algún día llegara a todos, y no solo a unos pocos. No tendría nada, porque lo daría todo. Pero sería el pensador, el escritor y el viajero más rico del mundo.

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La parca tejedora


Chicas griegas en la Orilla . 1889. Joaquín Sorolla.

Es fácil hablar sobre la vida, pero resulta extraño hablar sobre la muerte. Ver matar a un toro. Ver matar a un hombre y a su hija en una guerra. Ver matar un león en la sabana por el puro placer de disparar a bocajarro. Ver matar una gallina por se gallina o un conejo por ser conejo para celebrar un instante de sabor. Ver matar a una mujer por ser mujer. Estamos rodeados de muerte. La atraemos a nuestras vidas. En nuestra alimentación. En nuestro temor al devenir. Fumamos para morir antes. Bebemos para morir antes. Sentenciamos a muerte todos los días a seres indefensos. Arriesgamos nuestra vida con actos simples, cuyos errores pueden producir una muerte súbita, un final trágico.

Envejecemos y cuando nos damos cuenta la muerte nos espera en cada esquina, a cada momento. Y, sin embargo, vivimos ignorando su ausencia. Su propio nombre asusta, y para consolarnos, para no pensar en ella, ni en la vida, distraemos nuestra existencia con mil cosas. Dicen que los seres inteligentes piensan a menudo en la muerte para saberse cercanos a la vida, y que los ciegos, los ignorantes, se mueven como langostas ignorando la existencia.

Seamos o no inteligentes, la muerte está ahí, para todos, vestida de frac, de negro, de podredumbre. Nuestros estómagos se han convertido en cementerios vivientes, adumbrando la hora en el que algún día nosotros habitaremos uno. Sin ser del todo conscientes, este mismo instante podría ser el último, el final de todo. Un paro cardiaco, un accidente, un tumor. Cualquier cosa podría llevarnos para siempre. Solo es cuestión de tiempo, de muy poco tiempo.

La muerte es un instante. Como la vida. Civilizarnos no ayuda a comprender la extrañeza de morir. Podemos fantasear con esperanzadores mensajes de supervivencia, de reencarnación, de cielos, de recompensas futuras. Pero realmente nada sabemos. En nuestro más íntimo interior, solo tenemos duda, miedo, incertidumbre, pesadumbre, terror a morir.

Escondemos la muerte. Primero encerrándonos en nuestros últimos años de vida en aparcaderos para ancianos. Allí nos hacinan y nos olvidan. Allí escondemos nuestra vergüenza y nuestro miedo mientras que morimos en el olvido, con olvido. Después nos incineran rápidamente, para no dejar huella, para olvidar que somos finitos y mortales. Ya nadie quiere ser enterrado, ya nadie quiere ser recordado. Morir, solo morir, sin presente, sin pasado, sin futuro.

La muerte es una cesación, un óbito, una extinción, un tránsito. La muerte es Abbaddon el Destructor, la Parca, el Ángel del Abismo. Son las almas que hilan en negro los momentos oscuros y en dorado los dulces, recogiendo con una tijera el momento final. Deberíamos celebrar la muerte por el solo hecho de que estamos vivos. Deberíamos tener presente ese instante final, sea cual sea, sea cuando sea, para celebrar cada momento de aliento. Estamos de racha porque estamos vivos. Podemos respirar, podemos amar o sufrir, podemos sentir dolor o alegría. Ese es el mérito de la vida. Pero nunca olvidemos que la muerte nos espera, nos acecha, nos vigila. Pensar en la muerte es pensar con mayor fuerza en la vida. Soñar con la muerte es sabernos dignos de existir. La muerte en el fondo es hermosa, como esas chicas griegas en la orilla, siempre recordándonos con o sin inteligencia, lo bello que es vivir.

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Que no roben nuestro fuego



Esta mañana me llamaba temprano. Estuvimos casi dos horas de charla continua y llegamos a la misma conclusión: en este tiempo convulso, debemos cuidar de que no nos roben el fuego. Dicho en palabras de la editora del libro de Patrick Harpur, «El fuego secreto de los filósofos», era un dato para tener muy en cuenta.

Las fuentes órficas siempre nos han ayudado a comprender mediante el mito y la lucubración encubierta, algunos aspectos de nuestra historia. Cuando la humanidad era pura e inmortal, allá por la edad de oro, algunos titanes nos ayudaron a convertirnos en lo que ahora somos: seres mortales, alejados de la inocencia inicial y, por lo tanto, llenos de vicios y virtudes. Eso en parte se lo debemos al titán Prometeo, que tuvo la osadía de robar el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos.

Un dios menor es aquel que de alguna manera conserva el fuego. Nosotros somos, para otros reinos, pequeños dioses cocreadores. Conservamos siete pequeños fuegos en nuestro interior que al ser avivados e integrados en una sola llama ardiente, se convierten en una luz poderosa. Pero al igual que los antiguos dioses del Olimpo, sufrimos el robo de nuestros fuegos casi sin darnos cuenta, apagando la identidad y la vida que recorre todo nuestro ser.

¿Qué o quién nos roba ese fuego? Observemos nuestras vidas. Normalmente solemos dedicar gran parte de nuestro tiempo al trabajo. Algo o alguien nos roba uno de los fuegos más importantes de nuestra existencia: el tiempo. Dedicamos entre ocho y diez horas de trabajo al día para ganar un sustento. Eso es una tercera parte de nuestra vida. La noche nos roba la otra tercera parte y normalmente el ocio, la televisión, el chismorreo o la vagancia la otra que nos queda. Cuando nos damos cuenta, hemos derrochado toda una vida en vivir para otros: para un trabajo insatisfactorio, para dormir y para «distraernos».

Hay pequeñas cosas que van consumiendo nuestros fuegos. La mala alimentación, la ira, la frustración, el sufrimiento, la depresión, la incapacidad de seguir nuestros sueños o anhelos, el entretenimiento, las relaciones tóxicas de todo tipo, el egoísmo, el orgullo, la envidia, los “altos” ideales que consumen nuestra mente… Hay tantas cosas que nos roban nuestro tiempo que nunca nos damos cuenta de ello.

Hay muchos pequeños prometeos que van anulando lo que realmente somos, lo que realmente hemos venido a ser, como si nos fuéramos apagando en vida a medida que el mundo y sus diez mil cosas van apagando cada uno de nuestros hermosos y luminosos fuegos interiores. Es como si todas esas cosas que nos dividen y nos infunden miedo enfriaran nuestro espíritu y apagaran nuestra luz. Cuando nos separan los unos de los otros nos enfriamos. Cuando nos separamos de nuestra llama interior nos enfriamos interiormente.

Por eso debemos aprender a discernir en nuestras vidas, a dedicar tiempo a todo aquello que nos hace luminosos, que nos llena de vida, entusiasmo y alegría. Todo aquello que aviva nuestros fuegos, todo aquello que alimenta y calienta a nuestro espíritu, todo aquello que nos acerca al amor, a las relaciones, a la creatividad como alimento de nuestras llamas. Toda esa llama que somos, libres, relucientes, brillantes, luminosos.

Recordemos a cada instante la noción de tiempo, aquello que nos indica los momentos que aún nos quedan para estar aquí. Es poco, ridículamente poco, y debemos aprovechar hasta el último instante para ser radiantes. Cada segundo, cada minuto, debemos dar lo mejor de nosotros para ser luz, más luz. Cada segundo es una oportunidad única para amar y ser amados, para crear y ser creativos, para, en definitiva, ser pequeños dioses creadores, dadores de luz y amor.

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La creación es silenciosa


 

“Antes de que el alma pueda comprender y recordar, debe unirse a aquel que habla en silencio, así como la mente del alfarero se une primero a la forma que le dará a la arcilla. Entonces el alma oirá y recordará. Y entonces hablará la Voz del Silencio al oído interno”.
La Voz del Silencio

El silencio es un estado de consciencia. Es el sonido real del Universo. Es la palabra perdida de la que hablan los antiguos constructores y el Verbo creador de toda Obra. El silencio no es dejar de hablar, sino entrar en una dimensión diferente de las cosas. Es observar el alarido invisible de la naturaleza, el susurro del aire impermeable entre nuestros sentidos, la berrea imperceptible de las montañas.

El sonido perceptible por nuestros limitados sentidos no es más que el rasguño de un haz de luz. La luz no es más que una forma de dilatar los espectros dimensionales de lo imperceptible. Más allá de la luz, se halla la sede inmortal del Silencio creador y provocador de mundos.

Lograr la armonía interna nos acerca a cierto silencio. El alma escucha y recuerda. El alma, esa gran desconocida, eso que se manifiesta ante el silencio, ante la dicha y el gozo de estar en calma, en ausencia de ruidos, en presencia auténtica con nosotros mismos. El alma nace cuando el silencio reina en las columnas de nuestra personalidad. Cuando acallamos nuestros pensamientos, nuestras quejas, nuestras prisas, nuestras emociones, nuestros desánimos, nuestros malestares continuos. El alma regresa a nosotros cuando el silencio se amontona a raudales en los arroyuelos de nuestra vida, empujando las ondas silenciosas de nuestra vibración tranquila.

La naturaleza crece en silencio, se desarrolla en silencio, sin hacer ruido. Los árboles crecen en silencio, las flores comparten su majestuosidad y belleza en silencio. La reina madre se inclina ante el ejército y la cohorte, silenciosa, imponente ante su enjambre. El elixir de la experiencia se comparte de forma callada, como máxima para todo aquel que desee osar, querer y saber a la hora de hollar cualquier senda.

La brisa que decora los acantilados de nuestros sueños es silenciosa. Su rugido no es más que un azar entre los mil puentes que se tejen en nuestras venas. Es la hebra vital, es el manto terrenal, es la promesa de un mañana. Los sueños se susurran, las fantasías se musitan con cierta música imperceptible, toda la imaginación explosiva ruge en silencio. ¿Cuál es el canto del sol y las estrellas? ¿Cómo es la música de las esferas celestes, de los planetas, de los espirales universos?

El amor es hermoso porque es silencioso. Amar al otro, acariciar al otro, mirarle fijamente a los ojos en una tarde de hechizada primavera. En la ciega templanza del verano, los enamorados se esconden entre la cosecha para musitar amor. Un sonrisa basta, una sonrisa ardiente, sigilosa, silenciosa. Se encajan los labios húmedos en secreto pactado, como un rasguño, como un haz de luz. En silencio.

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Vida


«La existencia es lo único que está en proceso de existir». Kierkegaard

En las ramas de los árboles, sujetas a una pequeña hebra, ahí se manifiesta la vida. Entre runas y raíces, tierra y barros, ceguera nocturna, permanente, ahí está la vida. En el aire esponjoso, en la brisa corriente, entre escarpadas nubes que sucumben a la conmoción diurna, ahí pace la vida. En fragosas montañas, en la nieve o en los ríos, brava corre entre pinares o savia verde entre ramales. En el gran lanzamiento de aquel piano que voló en Alaska, vida tras el recuerdo de aquel instante único e irrepetible. Recordad, no se trata tan solo de la visión, se trata de tantear, seguir tanteando y avanzar. La vida es un río que avanza, bombea, nos expulsa.

La existencia, la vida, es lo único que está en proceso de existir. Es un proceso complejo, difícil. “La tarea debe hacerse difícil, pues solo la dificultad inspira a los nobles de corazón”, nos decía Kierkegaard. De ahí que la vida sea compleja, extraña en sí misma. Un noble de corazón se asemeja a la pequeña hebra que soporta el peso de toda una hoja. En su fragilidad está su grandeza, porque ahí, en esa fina hebra, reside la fortaleza y el alimento de todo un árbol.

Joyce lo expresó de forma grande y amplia: “Bienvenida, ¡Oh, vida! Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza.” Lo que importa no es lo que lanzas a la vida, sino el propio lanzamiento de todo tu ser, de toda tu consciencia, hacia ese instante único e irrepetible que se forja en lo más profundo de la existencia. Ese momento de alegría que te conecta con la vida, con la pequeña hebra, con la fragilidad de nuestra absoluta debilidad e imperfección.

Bailamos en el coro de la vida y nos pasamos todo el tiempo suponiendo, expedientando cada acontecimiento, olvidando que el secreto siempre está en el centro, en el meollo de la propia respiración, de la propia asignación puntual de aliento. La vida es un alegre devenir por el mundo insertado en momentos dolorosos, en momentos de transformación y expansión, de sufrimiento retorcido que nos recuerda la urgencia de vivir.

Es la substancia que nos anima, que nos recorre y se fija en nuestra mente y nuestras emociones como un pegamento. Es eso que se revela en el viento entre los árboles, con su rostro entre las sombras, ante el rechazo devastador del fuego volcánico, en ese lugar del accidente del amor no correspondido, en esa siempre conmovedora vulnerabilidad que nos acecha en las noches solitarias y oscura, en el dolor, en la enfermedad, en la tristeza desesperada…

Todo es efímero en las pasiones de nuestro corazón, hasta que llega el recuerdo, la disidencia, la verdadera potestad de estar vivos. El alimento perfecto para el alma es dejar correr la vida dentro de nosotros, dejar que se exprese, dejar que nos permeabilice y se apegue a nuestra piel. La vida en las ramas de los árboles, sujetas a una pequeña hebra, se manifiesta. También en nosotros, pequeños hilos de nuestra especie, pequeño himno de nuestra alma inmortal.

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Abraza la imperfección y líbrate de todo mal


Tiendes tu rostro en la hierba. El sol palpita en el horizonte, cayendo suave sobre la superficie lisa y azulada. Los bosques son mecidos por cierta brisa y la trémula tarde se esparce como si la imagen bucólica fuera una pura instantánea del paraíso. De repente afinas la mirada y comprendes que el paraíso, la instantánea de ese momento único e irrepetible, la música de ese toque de clarín de nuestra peregrina alma no es un estado perfecto. Sabes que es solo un instante, una levedad del ser, algo extinto y finito. Sabes que luego llegará la imperfección, el dolor, el sufrimiento, el deseo apagado, incluso la tristeza y el desaliento. Pero no importa porque, aunque fuera por un instante, abrazaste la ternura, la complicidad, el aliento, la frescura, la inquietud, el momento perfecto.

Alargar la vida es alargar esos momentos de felicidad, alejándonos, paradójicamente, del nexo que une el letargo con lo perenne. Podemos entender la vida como la suma de instantes irrepetibles, y la impronta que el trabajo de desapego conlleva. Respiramos e inspiramos constantemente, nos ensanchamos y nos retraemos una y otra vez, pero no podemos apegarnos a ningún estado, a ningún instante, a nada que pueda sostenerse. Todo cambia, y lo único que verdaderamente permanece es el cambio. Un cambio constante, rítmico, inacabado. Tras el momento perfecto llega la atrocidad, la torpeza, la imperfección. Tras el bien, llega el mal, tras la felicidad suprema, el sufrimiento insoportable.

La enseñanza implica aprender a abrazar la imperfección como única vía para librarnos del mal. Abrazar el caos mientras caminamos hacia cierto orden, estrechar los nudos del miedo mientras navegamos a ciegas hacia el amor. Si nos resulta insoportable la soledad, debemos abrazarla con compasión. Si nos resulta amarga la compañía, debemos soltarla, despedirla, olvidarla.

Es todo extraño y perplejo. El silencio es extraño, el susurro es extraño, el murmullo es extraño. La palabra se pierde y nace el verbo. El verbo se pierde y nace el silencio. Y luego el susurro, y más tarde el murmullo. La vida es así. A veces reímos, a veces sufrimos. A veces gozamos de ánimo y salud y otras solo queremos dormir, desconectar, desaparecer.

El tenue alarido de nuestra alma zozobra arrinconada en un cosmos imperfecto. “Antes de que el alma pueda oír, la imagen debe estar sorda a los rugidos y a los murmullos, a los bramidos de los elefantes y a los argentinos zumbidos de la dorada luciérnaga”, nos decía La Voz del Silencio.

Quizás debamos buscar en la noche y caminar durante el día. Tal vez el alma se manifieste con mayor claridad desde la poesía o la música. Posiblemente solo nos quede la oportunidad, por remota que parezca, de tumbar el rostro en la tierra húmeda y doliente, observando el palpitante sol allá en el horizonte, viendo cómo cae suave en la superficie lisa y azulada. A lo mejor, por decir algo, solo nos quede abrazar aquel instante, aferrarnos a su perfección, y con su impulso, sobrevivir al resto. No seré la tumba de esa incertidumbre, sino la promesa viva de un nuevo y necesario amanecer dorado.

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Aquello que atraviesa el corazón


 

Supongamos por un momento, de esos momentos intermitentes e interminables, que hubiera más vida de la que podemos llegar a imaginar. Supongamos que además, esa vida se manifestara de mil maneras, sin poder nosotros entenderla, asimilarla, sospecharla si quiera. Supongamos que una de entre un millón de esas vidas invisibles e intangibles se manifestara en nosotros con algo tan simple, tan sencillo, tan inadvertido como pudiera ser un suspiro, un anhelo, un deseo profundo. Supongamos además que ese suspiro, que es vida, que es inteligencia, que es consciencia, nos atravesara el corazón, nos guiara de repente por una tierra inhóspita, por un mundo diferente.

Aquello que atraviesa el corazón existe. Podremos entenderlo o no, pero está ahí, esperando, sigiloso, atento. A veces se manifiesta como una alegría, como esas que sentimos en las tardes plácidas de verano, en los paseos por las alamedas verdes, brillantes, fluorescentes. Junto a la orilla de un río que nos invita a desnudarnos y zambullirnos para paliar el calor. Atravesando algún valle sinuoso, esos que en los tiempos estivales tienen la capacidad de susurrarnos canciones antiguas.

No hay un ápice de mal cuando el corazón nos habla con su sencillez, con su aplomo, con su constancia. La mayoría de las veces, tan distraídos que andamos con nuestras cosas, no tenemos capacidad de escucha. El corazón se dilata, a veces incluso nos grita con entusiasmo que es hora de vivir, con urgencia, cada instante. Sentimos cierto éxtasis cuando los anhelos de libertad absoluta se esmeran en perseguir las grutas y orillas de lo infinito. El corazón no para de señalarnos el camino, la verdad y la vida verdadera.

Si el corazón es vida, es verdad, es camino, deberíamos aprender en alguna parte la fórmula más certera para hollar sus sendas, para sentir sus latidos, sus constantes advertencias. La mente debería ser adiestrada para contabilizar el pulsar exacto de cada señal. El corazón, siempre amigo, es el que nos impulsa a cometer la mayor de las locuras, esa que tiene que ver con la premura de vivir. Nos susurra insistentemente, nos agita una y otra vez para que atendamos a su llamada inequívoca.

Aquello que atraviesa el corazón, a veces llamado amor, otras buena voluntad, otras inteligencia activa, no es más que un espíritu de los tiempos, un alma errante que peregrina de corazón en corazón, buscando dónde hallar consuelo, respuesta, movimiento. Su única aspiración es elevarnos hacia lo alto, hacia la consciencia más profunda. Solo desea enseñarnos que hay más vida de la que podemos imaginar. Solo desea indicarnos el camino hacia lo precipitado, hacia lo perenne.

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Importa más los motivos por lo que haces las cosas que las cosas que haces


Autorretrato con piedra, 1981 JUDY DATER/ MODERNISM, SAN FRANCISCO

 

“La mayor angustia de la vida es no ser sincero contigo mismo”. Robin Sharma

Mirarnos unos a otros, observarnos y potenciar con la mirada cómplice las ganas de abrazarnos. No importa las cualidades de cada uno, no importa los defectos, las imperfecciones. En el fondo, todos somos hermosos, necesarios, imprescindibles. No sobra ni falta nada. Cada cual hace lo que puede. Ama como puede, persigue sus sueños como puede, vive como puede. Es hermoso ver y observar. Es hermoso ver las mil razones por las que podemos estar agradecidos. Dan ganas de amar y dejar que otros nos amen. Dan ganas de correr por los prados y flotar por entre las flores vivas. Dan ganas de desear todos los días que el mundo llegue a la paz, a la madurez, a la quietud, para apreciar con mayor libertad la belleza de estar vivos.

Todo el día hacemos cosas. No paramos ni un instante, no sabemos parar. Solo el anestesiante ocaso o la promesa del nuevo día nos permite por un instante centrar la mirada, el tacto, el deseo. Las cosas que hacemos realmente no importan. Para el mundo son insignificantes, ridículas, inútiles. Pero los motivos, las fuerzas que hacen que hagamos esas cosas, eso sí que importa. Es la fuerza, el motor que subyace en todo lo que somos lo que requiere atención. ¿Qué nos impulsa a escribir, a pintar, a correr, a fotografiar, a relacionarnos, a cocrear, a compartir? ¿Qué es eso que hace que podamos sentirnos dignos de confianza? ¿Qué es aquello que nos empuja a resistir los devenires temporales de la existencia y seguir siempre agradecidos?

La primavera va entrando poco a poco. Las flores se entremezclan con cientos de partículas de vida. Llegan las primeras buenas temperaturas y con ellas, los cuerpos desnudos que yacen nocturnos. Se expanden las auras, se avivan los fuegos. Lo etérico parece cobrar más vida y lo humano se expande en ternura. Abrazar las noches desnudos, tocar nuestros cuerpos agradecidos, deambular por cada uno de sus siete centros observando con el roce de nuestros dedos qué ocurre, qué sentimos, qué anhelamos. Incluso en la soledad uno puede amarse, no como individuo, sino como parte de un colectivo mayor. Podemos tocarnos si nadie lo hace, podemos amarnos si nadie nos ama. Al hacerlo amamos también con ello no a nuestro pequeño yo, sino a nuestra inmensidad como representantes del alma colectiva. Al rozar nuestros cuerpos desnudos que yacen en descanso en las apacibles noches de primavera, también estamos abrazando, de alguna manera, la consciencia grupal. Cada vez que nos tocamos con ternura no solo amamos nuestro cuerpo, sino toda una generación, toda una saga.

No importan las cosas que hagamos, sino que las hagamos con entrega, con amor, con cierto grado de desesperación y entusiasmo. Puedes mirarte al espejo y amar y aceptar tus imperfecciones. Puedes mirarte en el espejo del otro y perdonar todas nuestras equivocaciones. Sería hermoso que pudiéramos deambular todos desnudos, sin complejos, sin moral estrecha, sin pecaminosa mirada y abrazarnos en esa desnudez. Sencillos, amables, amantes. Como si el día no existiera y solo quedara la noche. En la noche se difuminan las formas. En la noche el agudo grito de vida estremece cada instante, cada ensoñación. Por eso no importa lo que hagamos, sino los motivos que nos empujan a hacerlo. Si hay relación, si hay amor, si hay entrega, si hay generosidad, eso son motivos para que todo aquello que hacemos viva con luz propia. De la otra manera, en la soledad del egoísmo, todo se apaga, como un tallo que roza su fin, como una primavera sin flores, sin brisa, sin torrentes vivos de agua.

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Discernimiento


El escritor George Bernard Shaw trabajó durante los últimos veinte años de su vida en una humilde cabaña instalada en el jardín de su casa de Saint Albans, Hertfordshire, Inglaterra.

 

Cae la noche. Silencio absoluto en los bosques. Algo de ruido en la cabaña. Como hizo buen tiempo, tuve las ventanas abiertas todo el día y eso ocasiona que entren insectos que luego revolotean en la oscuridad. Para ser casi finales de noviembre, hace una temperatura extrañamente agradable. El año pasado por estas fechas estaba nevando. Este año todo es muy extraño. Vamos a ver como termina y vamos a ver como empieza el que viene. Cuando el 1 de enero tuve un accidente de coche, nunca llegué a pensar que el resto del año iba a ser aún peor. Ahora me río, algo acongojado, por todo lo que aún pueda pasar.

Llevo dos días encerrado intentando poner orden en la secretaría de los hijos de la viuda. Hay muchas irregularidades que han de ponerse al día. Los hijos de la virtud requieren muchas atenciones. Algunos están cargados de vicio, valga la paradoja, y hay que, con mucho cariño, resolver sus inquietudes. Es una gran escuela, aunque a veces uno se pregunta si no está excesivamente cansado de perder el tiempo con esos burdos “asuntos de secretaría”. Tengo que pensarlo seriamente.

Hoy es mi cuarto día sin redes. Es cierto que el mundo virtual ha creado una realidad paralela que solo puede experimentarse desde ahí. Saludar a unos y a otros como si se tratara de la plaza del pueblo. Ver las caras, las sonrisas, reír con los chistes, profundizar en temas que de otra manera quizás aparecían desapercibidos. Es cierto que es otro mundo, y ahora me debato entre volver al mismo o quedarme con los ruidos de la noche, con el mundo “real”, que hoy día, es algo más aburrido y tranquilo. La soledad es más exclusiva y secreta. El silencio es más poderoso y sublime.

Es cierto que hay cosas que restan y otras que suman. Deberíamos hacernos una lista para contribuir a la noble acción del discernimiento, un conocimiento oculto ahora perdido. Discernir es muy importante, incluso para el progreso moral y espiritual de cualquiera que desee aventurarse en hollar esas sendas. Me debato con el estado actual de mi vida y me pregunto si estoy discerniendo correctamente dado que soy un apasionado de hollar, hollar y hollar hasta el fondo. ¿Debería seguir escribiendo en este blog o debería dedicar más esfuerzos a escribir libros? Desde que me vine a los bosques dejé de escribirlos. Llevaba ya doce publicados y estaba a punto de terminar dos o tres más que quedaron en alguna carpeta, en el olvido. Pero han sido siete años impetuosos, intensos. Casi todo me ha sobrepasado.

Ayer terminamos el “rincón de las nenas”, como lo llamaba Joan. Se imagina las tardes de verano, cuando esto se llena de chicas hermosas, abrazado a alguna de ellas contemplando los hermosos atardeceres desde el lateral de la ermita. Estos días, mientras hacíamos la acera del lugar, reíamos recordando la anécdota, y viendo que las nenas, como él las llamaba, tardarán en llegar. Pero al menos el lugar ya está preparado y listo, a la espera de construir con paciencia algún banco donde sentarse y contemplar los atardeceres en verano. Debo pensar seriamente si esa idea bucólica me sigue apeteciendo. Algo en mí está derrotado y cansado. No me apetece nada ninguna aventura emocional, excepto si alguna vez volviera a enamorarme ciega y locamente. Solo de esa manera podría de nuevo ilusionarme con alguien, aunque esta vez todo fuera más discreto, más secreto aún, más llevadero. Debo discernir seriamente esta cuestión, y escudriñar si cierro esa puerta definitivamente y me convierto en un verdadero anacoreta o doy visos de locura a mi vida y me dejo llevar por los acontecimiento futuros, de haberlos.

Hoy el cemento lo dedicábamos a terminar una de las columnas de la cuarta cabaña. Tenemos que terminar todos los sacos de cemento antes de que llegue el invierno y se echen a perder, así que ando jorobado, cansado, retorcido de dolor de tanto arrastrar arena, agua, piedras, argamasa. ¿Qué hace un doctor en antropología con varias carreras universitarias y múltiples oficios acarreando estas penosas tareas? Es otra cosa que debo apuntalar para mi pensamiento sobre el discernimiento.

También, desde que empezó la pandemia, he dejado de viajar, exceptuando aquella conferencia que di en Segovia sobre el fin de los tiempos. Debo decir que en todo este período no tenía muchas ganas de moverme de aquí, pero desde hace unos días me dan ganas de marcharme, de viajar, de volver a volar como antaño. Siempre he sido un culo inquieto y por primera vez en muchos meses, algo se ha movido interiormente. Debería discernir si sigo dedicando tiempo y dinero a levantar muros de cemento o vuelvo a viajar como antaño cuando la vida nos deje. Quizás debería ahorrar, cuando la crisis lo permita, porque ahora sin ingresos es imposible ahorrar nada, y viajar de nuevo. Me quedan pendientes algunos viajes importantes y algunas aventuras antropológicas por hacer. Viajar siempre me dio mucha vida y mucho material y recursos para mis escritos.

Me pregunto si debería seguir escribiendo o dedicar más tiempo a hacer cemento y cabañas. ¿No era mi sueño ser escritor? ¿No vivo en un entorno privilegiado, en una cabaña, como aquellos emblemáticos escritores, Thoreau, Heidegger, Woolf, Wittgenstein, Shaw, …? Estoy viviendo, sin darme cuenta, el sueño que construí hace años. ¿Qué me impide continuarlo? Sí, las diez mil cosas… los asuntos de secretaría, las nenas, el cemento, la editorial que me sustenta… Otros sueños impiden la continuación del gran sueño… Es paradójico… Por eso es tan importante discernir… Y en esas ando en este instante de silencio disruptor… Sublevando el gran sueño a los pequeños sueños…

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 Pd. El enfoque sostenido de la Intención produce la correcta orientación hacia un punto de Tensión cada vez más elevado, lo que requiere la energía de la Voluntad para enfocar y elevar la conciencia, invocando y evocando a la Tríada a fin de establecer una correcta relación con ella, mediante la construcción del Antakarana. El significado esotérico de la Tensión es “la enfocada e inamovible voluntad” a pesar de las dificultades y las circunstancias; el proceso opuesto es la ex -tensión, que lleva al discípulo a liberar las energías de la personalidad, hacia una dirección incorrecta, en lugar del servicio grupal. La correcta Tensión Espiritual se logra cuando el discípulo está orientado hacia el Alma y cuando los puntos de ex -tensión diseminados por la personalidad no llegan a afectarle. Es así como la correcta Tensión requiere poseer sentido de los valores y no permitir que las preocupaciones personales produzcan ex -tensión y le resten eficiencia en el trabajo y servicio al Plan. 

Exprimir el jugo de la vida


En la soledad del bosque, yo permanezco…

 

«Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido». Thoreau

Muchas veces me preguntan si no tengo miedo de vivir aquí solo en mitad de los bosques, sin vecinos que puedan socorrerme, con todo abierto, sin cerrojos ni llaves. Debo decir que la primera vez que vine a estas montañas, hace ahora siete años, sentí mucho miedo. Nunca me había enfrentado en soledad a tanta plenitud, a tanta expansión, a tanta vida, a tanta soledad y silencio. Es cierto que las excursiones de fin de semana al monte cuando vives en la ciudad, te dan cierta sensación de libertad. Pero cuando vives intensamente en esas montañas, a solas con el mundo, con el infinito, con la inmensidad, todo se percibe de otra manera. Todo se magnifica. El miedo se agranda, el amor te absorbe.

Con el tiempo, llega un momento, a pesar de los sustos inevitables que todo bosque pueda ofrecer, que el miedo desaparece. Al menos cierto miedo, porque siempre queda algún resquicio de desconfianza, de desazón, de alerta. Cualquiera podría venir sigiloso por la noche, ver la tenue luz de mi pequeña lamparilla y acercarse para curiosear. De hecho, en los tiempos de normalidad, solía ocurrir que cualquiera aparecía de repente a las puertas de la cabaña para curiosear o conocer a su morador. Ahora, por suerte, aunque algún susto me sigo llevando, eso ocurre menos. Y la sensación que se apodera de mí, es que deseo que deje de ocurrir. De alguna manera, el bosque, la naturaleza, te vuelve huraño, te aleja del ruido. Deseas alejarte de ese rumor, del pantanoso estruendo que viene de la ciudad.

Uno afina los sentidos, y de alguna forma percibe el caos que los habitantes de la ciudad tienen en sus mentes, en sus vidas, en sus corazones. Es una percepción muy sutil, pero puedo decir que cuando ahora me cruzo con algún congénere, puedo escuchar todo su murmullo mental y existencial. Por eso, de alguna manera, tengo miedo a que toda esta anormalidad pandémica termine y vuelva de nuevo el ruido a las montañas. El ir y venir de curiosos que deseen depredar, y no compartir, este tesoro invisible.

Algunos amigos ya empiezan a empeñarse en buscarme nuevos amigos, futuras pretendientas, novias o todo tipo de entretenimientos que pueda hacer más llevadera mi soledad. Es difícil explicar la complejidad de entrar en esa maraña de posibilidades cuando has afinado tanto los sentidos y cuando has empezado a caminar por encima de las tumultuosas aguas del deseo. Eso no quita que algún día pueda de nuevo perder la cabeza por amor, pero sé que eso ocurre cada vez más de forma muy extraordinaria, y sé que, de alguna forma, solo bajo esa extraordinariez, podría de nuevo aventurarme a compartir algún tipo de flujo existencial.

Ahora solo deseo enfrentarme al mundo milagroso. Esto es difícil de explicar. Pero viene siendo algo así como dejarse llevar por la corriente de la vida. No me refiero a la vida corriente, ordinaria, insulsa y aburrida que normalmente llevamos. Me refiero al arrebato de la vida extraordinaria, de la vida que consume dentro de nosotros todo tipo de visiones y experiencias inconcebibles, aquella que expresa nuestros dones, sean los que sean, y los saca a relucir junto al mundo. Me refiero a esa sensación de exprimir todo el jugo de la vida, como si nos faltara el aire, como si pudiéramos de verdad abrazar todo el infinito universo, en todas sus infinitas dimensiones. Me refiero a reencontrarnos con nuestro ser real danzando sobre todas las tierras, sobre todos los mundos, sobre todas sus maravillas.

Aquí en los bosques vivo deliberadamente una visión diferente de la existencia. Vivo profundamente, rebusco en mi interior, buceo en las maravillas de la vida simple. Ya no pido riquezas, ni aspiro a ellas. Casi desearía poder acostumbrarme a vivir de lo que recojo con mis propias manos. Setas, castañas, moras, tomates, pimientos, fresas, cerezas, manzanas… Hay una sensación profunda al descubrir que no dañas al mundo cuando te alimentas de vida vegetal, recolectada por ti mismo, sin sufrimiento animal. El amor te absorbe en esa sensación. El amor a lo simple, a lo verdadero. No, no quiero riquezas, ni éxito, ni esplendor. Todo eso ya lo encontré aquí en los bosques… Estoy saciado de cosas. Ahora solo quiero vivir…

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Hacia la tercera guerra mental


El banquete de bodas de Cupido y Psique (1517) de Rafael y su taller, de la Loggia di Psiche, Villa Farnesina Cupido y Psique.

 

Es cierto: vivimos un tiempo extraño. Pero solo extraño, sin muchos más agregados. Recordemos la vida de nuestros abuelos, mecidos entre guerras mundiales, hambrunas, pestes y todo tipo de calamidades en un tiempo donde no había ningún tipo de artilugio que pudiera ayudar en el devenir diario, excepto la pobreza y el hambre. El siglo pasado fue un siglo de pesadilla. Y este siglo está siendo extraño, como digo.

Resulta que ni en Europa ni en América hay guerras. Este es un buen dato porque podría inspirar a las próximas generaciones y países en general que el conflicto armado es algo del pasado. En los países llamados de Occidente, tampoco hay hambrunas. Nos ha sorprendido esta pandemia, y posiblemente vendrán más pandemias y quizás la guerra futura tenga que ver más con los virus que con la metralla, pero aún a pesar de perderlo todo, no se pasa hambre.

Lo que sí hay y habrá es una guerra encubierta que se realiza en los recovecos de la mente. Una guerra ya no física o material, sino mental. Una guerra sutil que tendrá que ver con el control, el aturdimiento de la masa y su entretenimiento sistemático. El experimento de estos meses, a nivel sociológico, está teniendo cierto éxito. Nunca jamás en la historia se había tenido a casi toda la población mundial encerrada y recluida en sus casas. Lo que pasó en la primavera, seguramente verá su réplica en otoño o invierno. Seremos de nuevo encerrados, dinamitando con ello décadas de conquistas de libertades, pero sobre todo, amasando la docilidad social y grupal. El miedo y la docilidad será el arma de esta guerra mental.

Lo que está pasando en USA, con una población armándose y totalmente polarizada da mucho que pensar. Quizás estamos asistiendo al declive del Estado-Nación, cuyo representante más moderno son los propios Estados Unidos. Habrá y debe haber una quiebra del Estado tal y como ahora lo conocemos. Un Estado que no se aleja mucho a los reinos medievales donde una minoría gobernaba y se mantenía en el poder a base de impuestos que cada vez ahogaban más a las economías domésticas. Un Estado inasumible, insoportable, excesivamente recaudador y excesivamente anacrónico en muchas cosas (ejército, ritos patrios, culto a la nacionalidad, educación uniformada, sanidad deficiente, tecnológicamente primitivo, con exceso de duplicidades y cientos de organismos inútiles, endogámico, controlador, obsoleto y expropiador de todo aquello que pueda expropiar). Un Estado primitivo que debe expirar para dar paso a otro modelo moderno y eficaz.

Pero más allá del declive de un modelo aún excesivamente anclado en el pasado más reciente, quizás estamos asistiendo al nacimiento de una nueva idea que será germen y semilla del futuro. Una idea que se debate entre la sutil armonía de la libertad individual, la caída de las fronteras, la emancipación del individuo vs el Estado-nación, la internalización de las cosas, las ideas y los medios y el avance irremediable de la tecnología, especialmente en dos campos que revolucionarán las próximas décadas: la robótica y la Inteligencia Artificial.

Por eso, en los próximos años, la guerra será mental. Será entre un viejo orden que hace aguas, a pesar de sus conquistas materiales tan admirables, y un nuevo orden que deberá adaptarse a los retos del nuevo siglo. Retos ecológicos, retos tecnológicos y retos emancipadores. De ahí que el ser humano deberá ser hábil y resuelto en el plano mental. Más allá de la lucha emocional en la que ahora se encuentra, muchas veces dirigida por la visceralidad y la necesidad, el nuevo ser humano deberá desarrollar su capacidad crítica, su emancipación de las ideas, su libertad en cuanto al concepto de patria o nación, de costumbre y tradición, de búsqueda de la felicidad mediante mecanismos de consumo y ficción, normalmente producidas por la virtualidad de nuestras vidas.

Por eso lo que viene no será una guerra entre ideas, sino sobre las ideas. Es decir, una guerra que se debatirá entre el amor (eros), la lucidez (psique) y el pensamiento libre contra la oscuridad de la sinrazón. Solo aquellos que sean capaces, ya sea individualmente o en grupos, de emanciparse y ser libre pensadores, podrán adaptarse al nuevo mundo que viene, aquel que Fourier llamaba un mundo amoroso. Un mundo que celebrará las bodas entre Eros y Psique. Solo ellos vencerán en la tercera guerra mental.

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Un gran avatar vendrá desde Sirio


© Anthony Lamb

Hoy es un día otoñal de lluvia y viento. Miro a mi alrededor y la estampa da frío. Los ruidos del bosque son estremecedores. Es como si sus partículas constituyeran fragmentos no diferenciados de la gran totalidad. Una gran totalidad que nuestra mente no logra comprender, pero que, de alguna forma, con una atenta mirada, lograra intuir. Y esos fragmentos, aún diferenciados entre sí, parecen querer desintegrarse en un baile extraño donde todo pueda fusionarse en una gran explosión.

Lo cierto es que estamos viviendo un tiempo estremecedor, diferente, insólito. La semana pasada tuve que dejar de escribir porque si los primeros días fueron duros, los siguientes aún se complicaron más. Así que, por no contaminar la atmósfera de mayores calamidades, decidí guardar silencio. No es que ahora tenga nada bueno que contar. Más bien diría que no tengo nada que contar, por no entrar de nuevo en la oscuridad del relato. Solo decir que las cosas están complicadas. Ya no solo por mí o para mí, sino por lo que veo en las noticias, complicadas para muchos.

Como anécdota y por compartir algo de esta historia de vida, puedo decir que hemos recogido muchas castañas y también estoy aprendiendo a diferenciar las setas comestibles. El otro día hicimos un risotto con una buena colección de las mismas, y hoy, antes de que llegaran las lluvias de nuevo, hacía una incursión en el bosque para recolectar alguna que sirviera de base para la comida. En tiempos difíciles hay que recurrir a la imaginación.

La parte positiva es que ha venido alguien a pasar aquí el invierno. Es positiva porque la soledad es mejor administrarla de forma cautelosa. Aquí los inviernos son duros y difíciles y requiere de mucha fuerza interior para poder soportarlos en las condiciones precarias en las que nos encontramos. Y si no se tiene de esa fuerza interior, o uno se hace fuerte y casi invencible o termina marchándose. Vamos a ver cual de las dos cosas ocurre primero.

El panorama no pinta bien y a veces tengo la sensación de que todo va a estallar por los aires. Vivimos en una tensión que pronto se hará insoportable y buscará formas de salida. De alguna manera, se están acumulando fuerzas y energías que explotarán por alguna parte. Quizás esta crisis efectúe el derrumbamiento de esa gran muralla separatista que es el individualismo. La misma que se manifiesta en el ser humano como egoísmo y en las naciones como nacionalismo. Pero no estoy tan seguro.

Por un lado, leo las noticias que hablan de que ya andamos de nuevo quemando iglesias, banderas, neumáticos. El sistema que tanto hemos protegido se resquebraja poco a poco y llegará un momento de crisis máxima en el que deberemos repensar nuestras vidas de forma profunda. Caen las iglesias. Caen las patrias. Caen las fábricas. Es como decir que cae el antiguo régimen mientras vemos en directo el declive de una civilización.

Por otro lado, escucho que un gran avatar vendrá desde Sirio para inaugurar una nueva era desde una nueva consciencia, en una hermandad completamente humana, que ignorará las diferencias raciales y nacionales y que nos alejará para siempre del egoísmo, la intolerancia y la falsedad. Al parecer, el cumplimiento total de esa fase de hermandad global durará mil años, así que tendremos que armarnos de mucha paciencia y paz interior para empezar tímidamente a construirla.

Los falsos profetas que reclaman el inmediato advenimiento de un mundo de paz y armonía deberán revisar sus profecías, siempre alentadoras, pero también alejadas de la realidad que vivimos. La Tierra, esa “pequeña hija, de un hijo largo tiempo extraviado”, como a veces se le llama a nuestro planeta en algunos libros ocultos, deberá sufrir pacientemente nuestro crecimiento hasta que, de alguna manera, nuestras consciencias se fusionen en un nuevo orden y una nueva humanidad.

Como este ha sido un mes catastrófico en todos los aspectos posibles, me estoy debatiendo estos días si seguir luchando por todo aquello que en estos momentos hace aguas o terminar de empujarlo todo para que caiga al precipicio de una vez, recogiendo mi vida en la simplicidad de esta pequeña cabaña, aislándome de una vez por todas de ese mundo atroz. Veremos qué ocurre en los próximos días, pero como digo, no pinta nada bien.

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A un mundo yermo


© Gobotoru Gobotoru

 

Vivimos en el drama postmoderno en el que lo ortodoxo se derrumba. La heterosexualidad, el matrimonio, la familia o la maternidad son sinónimos de algo antiguo. El trabajo asalariado y patriarcal donde una autoridad mayor, ya sea el Estado o el empresario, nos da trabajo para poder sobrevivir, se está convirtiendo cada vez más en un modelo caduco. También todo lo que tenga que ver con las antiguas instituciones. Hablar de Estado o Iglesia, de patria o nación, o incluso hablar de familia o relaciones continuadas es algo completamente añejo. Toda nuestra anquilosada civilización se está derrumbando frente a nosotros.

Lo nuevo no es muy esperanzador. En una de las eras más materialistas que se conoce, el derrumbe de todo tipo de valores se ve reforzado por un egoísmo cada vez más poderoso y extremo. El ser humano se está volviendo insensible, pero también inservible. En cuanto las máquinas se apoderen de todo, como ya lo están haciendo, y la inteligencia artificial crezca exponencialmente hasta límites aún no sospechados, el ser humano, dejará de tener sentido y utilidad.
Ni siquiera la poesía o el arte podrá ser algo exclusivo de nuestro drama. Ya no habrá encuentros con lo íntimo, ni siquiera con lo erótico. La sexualidad quedará relegada a la autogestión que en soledad padeceremos. Perderemos el sentido de las cosas. Volveremos a la oscuridad que nos pertoca por haber dado la espalda a los principios más básicos de solidaridad, fraternidad y consolidación de relaciones sanas y duraderas. Lo fluido matará a lo sólido, y lo sólido dejará de existir en todas sus dimensiones posibles.

Llegado el momento, el autosuicidio de una civilización entera será el mejor de los pronósticos. Este nace del hecho de que los seres están siendo educados para vivir aislados, basando sus relaciones ficticias en máquinas que reclaman atención continua, creando la ilusión de estar conectados a algo. Pero realmente ocurre todo lo contrario. Nos desconectamos de lo esencial, dejamos de tener relaciones basadas en la intimidad, en el tacto, en el placer continuo del abrazo, del tocar al otro, del mirar al otro, de pasar juntos una vida de riesgos continuos. Dejamos de amar y el verso se vuelve papel mojado, olvidado, arrojado al más oscuro de los vacíos.

¿Qué fue del roce, de la complicidad, del riesgo en el camino? Ya no queremos contaminarnos con el otro, contagiarnos de sus manías, de sus malos días, de sus tonos grises y sus oscuras noches. No queremos albergar la esperanza del mañana, ni de saltar de júbilo ante la gloriosa primavera. Ya perdimos la noción de estar vivos, porque nos conformamos con mirar una fría pantalla que satisface lo inmediato, lo epidérmico, lo estéril. Ningún fruto saldrá de esas relaciones encorsetadas y seleccionadas en la frialdad de la distancia. La tierra se volverá yerma.

El mundo, baldío, terminará muriendo. Ya nadie está dispuesto a mancharse las manos de barro y aprender a jugar a la vida. Ya nadie querrá quitarse nunca más la máscara que nos han puesto, la desconfianza que ahora albergamos hacia el otro, la distancia social impuesta bajo el mandato del miedo y la acritud. Cierran los bares, las plazas, las calles desiertas, el mundo vacío, triste, apagado. No, no es el virus. Somos nosotros, que en eso nos hemos convertido. Es el fruto de lo sembrado. Es la cosecha de nuestro más absoluto materialismo. Veremos qué sembramos ahora. Veremos qué cosechamos en el mañana, de haberlo.

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Honrando a la apestosa desde el agregado psíquico


El aislamiento puede llevar al control. El control a la incertidumbre. Las palabras y la repetición del mensaje pueden llevar también a cierta manipulación emocional. Cuando todo esto se conjuga, puede llevar a un sistemático lavado de cerebro, siempre y cuando se tenga de eso, porque a veces tal lavado no es necesario. Simplemente, sucede. Sucede que nos manipulan, que nos atontan, que nos empujan a pensar o sentir de una u otra manera. Es algo muy sutil. Ocurre en los gobiernos, en la prensa, en la empresa, en las instituciones, pero también en las relaciones, especialmente en las relaciones.

Las sectas, los gurús, los dogmáticos, los líderes carismáticos, saben mucho de eso. Es muy fácil manipular las mentes de los que buscan respaldo y aceptación, amor o cariño, sentido de familia o admiración. Hay personas que se convierten en tiranas, a veces sin darse cuenta, cuando descubren que pueden ejercer cierto control sobre el otro. Cuando creen que tienen cierto dominio sobre sus vidas. Entonces se vuelven manipuladoras hasta que, de alguna manera, anulan la voluntad de su víctima.

A niveles más amplios y genéricos, ocurre lo mismo. Lo estamos viendo con la pandemia, pero también con los nacionalismos, con el fútbol o la identidad. Con todo aquello que te haga creer que estarás a salvo en cualquier rebaño, asumiendo lo que el líder de turno nos diga que tenemos que asumir. ¡Tendremos que sacrificarnos! Nos dicen algunos mientras por detrás se meten la vida padre. ¿No os suena de nada? Ese sacrificio no va con ellos. Forma parte del control mental necesario para que unos pocos, los de siempre, pues puedan seguir metiéndose la vida padre. Es todo un circo. Y nosotros, sus bestias.

Cuando no se tiene criterio propio, es fácil ser manipulado. Y cuando se tiene criterio, cuando se es crítico con la realidad, es fácil ser estigmatizado, señalado, insultado, abandonado o incluso envenenado. La inteligencia al servicio de la benevolencia no es sinónimo de paz y amor. Miren sino lo que le pasó a Jesús, el que llaman el Cristo. Uno puede acabar en cualquier cruz si se posiciona en contra del criterio unánime, que como digo, suele ser siempre manipulador, coercitivo, anulador de la voluntad individual.

Para eso se inventaron las modas, los partidos, las clases, las razas. Si no vas a la moda no eres aceptado públicamente, por poner un solo ejemplo. Es una forma de manipulación encubierta. Si no piensas como los demás y actúas como los demás te expulsan del rebaño. Normalmente, para confundir, se suelen dividir los rebaños en dos: los buenos y los malos. Los del Betis y los del Sevilla, los de izquierdas y los de derechas, los blancos y los negros, los nacionalistas y los patriotas. Pero esa es la trampa, la forma que tienen de manipular. Lo mismo ocurre en el colegio, en el instituto o en la universidad. Es algo que se reproducen siempre. La propia enseñanza nos dice que tienes que ser el mejor y sacar buenas notas. Es una forma de manipulación basada en el éxito. Si no tienes éxito, eres un mediocre, y ahí empieza el control, la manipulación.

Recuerdo en el colegio que había una niña que me parecía excepcional. Los niños, a veces malévolos, la llamaban la “apestosa”. Sus padres tenían un pequeño rebaño de cabras y ese olor característico impregnaba todas sus ropas. A veces traía para desayunar huevos recién cogidos de su corral que se comía crudos delante de todos. Los niños, incrédulos, la miraban con desconfianza y con cara de asco. A mí, sin embargo, su libertad, timidez y valentía me fascinaban. Fue una gran maestra, con la cual convivía en silencio, y de la cual aprendía atentamente. Daría cualquier cosa por saber qué fue de ella.

Los niños aislaban a “la apestosa”. Conmigo no llegaban a tal extremo, aunque también formaba parte del grupito de raritos que había que tener controlados y aislados. Nunca te invitaban a sus fiestas y nunca participabas de sus secretos. Eso creaba incertidumbre entre los más vulnerables, entre los que me encontraba, especialmente por frecuentar y defender siempre que podía a los más raritos o estigmatizados. Había una cruel repetición del mensaje estigmatizante que iba de uno a otro dependiendo de a quien le tocara turno para saciar la podredumbre humana. Sin embargo, había algo que no conseguían, y era el lavarnos el cerebro. En eso no nos ganaban, porque los raritos, al menos algunos, teníamos capacidad crítica, y sobre todo, teníamos formas de rebeldía, a veces rebeldía encubierta, pero rebeldía al fin y al cabo.

Lo cierto es que nunca me atreví a comer, a pesar de sus reiteradas invitaciones, aquellos huevos frescos recién cosechados de su pequeño corral, pero mi propia rebeldía me hizo ir más allá: tener mi propio corral. Comprendí que para ser aceptado socialmente debía anular por completo mi propio criterio, mi propia forma de ver y entender la vida. Si te sales del redil, si no actúas como se supone que debes actuar, te insultan y te señalan. Forma parte del control mental, de la manipulación social. Pero como le pasaba a esa niña encantadora, tímida y libre, nunca acepté del todo lo normativo. Y quizás por eso durante toda mi vida me vi forjado a ayudar a los estigmatizados, a los señalados, a los raritos, no importa si lo eran material, emocional, intelectual, social o espiritualmente. Ahí estaba yo, alineándome a esas fuerzas contrarias a la norma para echar siempre una mano. Y quiero resaltar ese pequeño “yo”, no como acto de falsa humidad, sino como acto de reconocimiento a todos esos “yoes” que tienen inteligencia y criterio propio para hacer lo que sienten en cada momento que tienen que hacer. Por supuesto, siempre desde la lealtad al principio de oro de no desear el mal a nadie.

Y bueno, debo decir que de alguna forma me he convertido en un pobre apestado, como aquella hermosa niña despeinada, de extrañas ropas, pero elegante figura y andar. Un apestado posmoderno que cría sus propias gallinas y vive a su manera, como un alma libre, a expensas de que la vida disponga y ejerza su soberanía más allá de modas y preámbulos. Y no lo digo despectivamente, al contrario, lo digo desde la dignidad más absoluta. Un apestado de pies a cabeza, especialmente ahora que no para de llover, hace frío y no funciona el agua caliente. ¿Y por qué todo este rollo? Porque llevaba meses sin comer huevos de las gallinas felices. Pero había muchos acumulados y se me ocurrió comer uno estrellado en el arroz. Y eso creó realidad. Y me vinieron recuerdos. Son los agregados psíquicos de los que habla mi añorada soñadora. Pues eso, un agregrado psíquico, sin más.

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Las fuentes de agua viva


© Vassilis Tangoulis

 

Llevo mucho retraso con las ediciones. Las reimpresiones también tienen que esperar. Hoy trabajaba afanosamente sobre la Crítica al programa Gotha. Lleva meses de retraso sobre la previsión de este año. El manuscrito de Marx me parece importante. La crítica al proyecto de programa y la carta a Bracke que la acompaña fueron enviados a Bracke en 1875, muy poco antes de celebrarse el Congreso de unificación de Gotha que daría como resultado uno de los partidos más antiguos que se conocen: el Sozialistische Arbeiterpartei Deutschlands, conocido actualmente como Partido Socialdemócrata Alemán, el SPD. El deseo era enviar esta crítica a Geib, Auer, Bebel y Liebknecht y más tarde se le devolviera a Marx para terminar de perfilarlo.

La historia no deja de ser apasionante. Cuanto más escarbas en sus avatares más puedes entender las consecuencias del presente. Desearía tener más tiempo para poder editar libros de política y economía, ensayos de cultura y ciencia, de sociología y antropología. Pero el tiempo es un recurso muy escaso hoy día, más cuando intentas abarcar todos aquellos frentes que sean posibles, que sean motivantes y, sobre todo, que sean urgentes. El activismo cultural y espiritual tiene muchos frentes abiertos y muy pocas las manos que los atienda.

Aún no sabemos del todo cual es la fuente de toda riqueza y de toda cultura. Los lassalleanos decían que era el trabajo, pero Marx, en su crítica, admitía el error como un desliz burgués, atribuyendo tal riqueza a la propia naturaleza, de la cual emanaban todas las cosas. La naturaleza siempre queda como algo abstracto. No somos capaces, ni desde la más pura superstición, ni desde la más lógica de las ciencias, de atribuirle más que mágicas conjeturas. Hablamos de ella como algo que está fuera de nosotros, olvidando, desde nuestro orgullo racial, que nosotros formamos parte de la misma. Todos los seres sintientes de alguna forma trabajan. La mayoría de ellos para abastecer sus necesidades más primarias, relacionadas todas con la obtención de calor. Nosotros, seres algo más complejos, ampliamos nuestras necesidades hasta el infinito, siendo la causa de nuestro mayor sufrimiento el no poder poner límites a nuestra ambiciosa necesidad. La mayoría de los seres abastecen el día a día. Nosotros deseamos abastecer el mañana. Somos omniabarcantes.

Las fuentes de la vida tienen una esencia misteriosa. No sabemos del todo hacia dónde se dirige el ciclo vital. Muchas veces miramos con atención nuestra existencia y no logramos captar del todo su más profunda amplitud. Vemos las orillas, los intereses que se mueven de un lado hacia el otro, de todas aquellas personas que nos rodean por puro interés o necesidad. Pero ignoramos tres cosas importantes: su origen, su profundidad y su destino. Así pasa la vida, casi sin percatarnos.

Leyendo la crítica de Marx veo como nuestra cultura ha degenerado. Sí, es cierto que tecnológicamente hemos avanzado casi de forma mágica. Ya nadie entiende cómo funcionan los píxeles o las ondas de radio. Vivimos en un mundo donde la tecnología nos ha superado, y pronto lo hará la robótica y la Inteligencia Artificial. Muy pronto. Pero culturalmente hemos involucionado hasta tal punto que lo más emocionante que nos ocurre al día es ver, pasmados, embelesados, lo que ocurre en las redes. ¡Qué nombre más apropiado el de redes! ¡Así estamos de atrapados!

El Estado Libre que añoraban los socialistas de antaño está muy lejos de ser conseguido. Primero porque nuestras condiciones de vida no han permitido liberarnos de la pesadez y esclavitud del sistema salarial. De hecho, la sociedad actual se ha aburguesado tanto, valga la paradoja, que sería impensable intentar buscar fórmulas de liberación masiva. La servidumbre se ha convertido en mansedumbre. Nadie estaría, en su sano juicio, dispuesto a pervertir ni un ápice el sistema actual. El precio todo lo sabemos. Oscuridad. Oscuridad cultural, oscuridad espiritual, oscuridad social. Un mundo oscuro iluminado tan solo por las telepantallas orwellianas. En el camino, hemos olvidado la luz, y de paso, la fuente de toda vida. Por eso esta civilización está espiritualmente muerta. Y por eso, seguramente, algo está ya agonizando. ¿Qué hacer entonces con tal moribundo? Poco. dejarlo morir mientras trabajamos de nuevo en la vida que está por nacer. De ahí la importancia de actuar hacia otro rumbo, hacia otro sentido, hacia otra dirección. Y siempre buceando en las fuentes de agua viva.

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Una nota musical es un conjunto de frecuencias


 

Mirad la luz del otoño cercano. No cesa, pero es de un color diferente. Apagada, cristalina, quizás teñida por algún suspiro que se aproxima. Llueve y caen las primeras hojas, esas que durante un tiempo han absorbido pacientes la luz del sol y ahora convertirán el árido suelo en tierra. Así es como llega el sol a nosotros. La tierra fértil es la apropiación alquímica del sol mediante el mundo vegetal. Cada hoja que cae en otoño, fue un rayo de sol en primavera alimentado de agua y luz. Nada se desperdicia. Todo renace de alguna forma.

La frivolidad del mundo es de escasa utilidad cuando te enfrentas a sus verdaderas maravillas. No hay más que mirar alrededor para darse uno cuenta de que andamos inmersos en algún tipo de milagro. La sopa de miso con arroz que he comido en el almuerzo, las galletas de maíz para la merienda, las llamadas de amigos que desde México o la dehesa saludan. Hay una nota musical en todo cuanto pasa, un concierto aplaudido por el soñador, por el loco, por el peregrino, pero que se aleja de lo cotidiano, siempre inmerso en sus contradicciones. Hay algo que supera toda tristeza, cuando miras con otro tipo de ojos, cuando alzas la visión más allá de las aparentes formas. Las hojas dejan de ser hojas, la tierra deja de ser tierra, el mundo deja de ser mundo para desvelarse algo aún mucho más profundo y verdadero.

A pesar de la lluvia y el tronar hay una temperatura agradable. Compruebo en la aplicación que aún queda algo de batería, pero no mucha antes de que la oscuridad se cierna sobre todo y las placas solares dejen de funcionar. Por eso debo apresurarme ahora que aún queda algo de luz para escribir algo, para corregir algún libro o enviarlo a imprenta si ya estuviera listo. Las baterías se agotarán pronto y hay mucho por hacer.

El cúmulo de trabajo es infinito. Tenemos la suerte de que el Arquitecto, el Guionista, gratifica los tiempos que vivimos mediante el libro de la Naturaleza. Es un libro aparentemente abierto, pero cerrado para las mentes estrechas. Uno puede leer en sus páginas el Plan, el Propósito de toda la creación. Pero cada lectura le llena a uno de urgencia. Al parecer, estamos en las últimas páginas del capítulo final de algún tomo. Algo se cierra y es necesario convertirse en simiente de una nueva obra. Cambiaremos de octava, de nota musical, y hay que trabajar una por una en todas las frecuencias. Armonizarlas, hacerles entender que estamos juntos en este concierto y que debemos permitirnos la urgencia de actuar. Más allá de cada palabra, hay infinitos huecos entre ellas donde uno puede habitar. Más allá del ruido está la música imperceptible para el ciego. Y digo ciego y no sordo, porque hay sordos que ven y hay ciegos que no saben escuchar.

Encender nuestros nobles y elevados espíritus al entendimiento de la gran obra, de aquella que ha de perfeccionarnos como seres humanos, que ha de llevarnos a cuotas de mayor entendimiento, de mayor sabiduría. Caen las hojas ante mi ventana. El risueño sol ha desaparecido. Lloverá y la tierra mojada nos recordará una y otra vez la importancia de la resurrección de la vida… ¡Hay tanto por hacer a pesar de la luz y todas sus sombras! Y ahí está el libro, el nuevo libro, del cual ni siquiera sabemos su nombre. ¿Cómo entonces hacer su prólogo? No importa, ahí viene la Aurora, dorada como siempre, esperando que todas las frecuencias creen la apropiada nota.

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Ver como el mundo se derrumba también puede ser un acto de amor


© Ready Rey
© Ready Rey

Volverás a levantar viejas ruinas, cimientos desolados por generaciones; te llamarán reparador de brechas, repoblador de lugares ruinosos. Isaías 58:12

En la trimurti de la mitología hinduista, Brahma es el dios que se ocupa de crear el universo, Visnú el que lo preserva y Shiva el que lo destruye. Representan los ciclos de creación, conservación y destrucción del universo, los cuales podemos ver constantemente en nuestras vidas y en los ciclos de la naturaleza. Pareciera que en estos momentos el aliento de Shiva estuviera golpeando el viejo mundo, destruyendo sus viejas formas a golpe de damaru, como si ya hubiera llegado el fin de este tiempo.

Si esto fuera así, si el viejo mundo ya estuviera destruyéndose, quizás poco a poco, quizás paso a paso, no deberíamos de ninguna forma aferrarnos al mismo. De hacerlo, nosotros seríamos engullidos, absorbidos por su fuerza destructora y centrífuga.

Ver como el mundo se derrumba también puede ser un acto de amor. Especialmente porque tocará aprender a desapegarnos de las viejas formas, de las primitivas instituciones, de la antigua moral. Deberemos observar como aquello que cae servirá de abono inevitable para lo nuevo. En el caldo de cultivo que se genera en la podredumbre del mundo, de lo añejo, nacen los componentes, el compost ideal para crear lo nuevo. En el hedor y la fermentación del pasado renace la vida de nuevo.

Esta vida se manifiesta irremediablemente. Pero también la muerte y la destrucción. La expiración que acontece en el final de los tiempos tiene que ver con el ciclo de la savia que sobrevive al derrumbe, de la semilla que aguarda en el frío invierno para erguirse triunfante en la primavera. Siendo así, ¿para qué aferrarnos a lo antiguo? Empujemos. Empujemos una y otra vez para ayudar a su desmorone. Sobre la ruina del viejo mundo se construirá la nueva casa.

Quisimos por eso buscar una ruina que ejemplarizara lo viejo destruido. Quisimos también demostrar que es posible reconstruir sobre lo antiguo, y que, además, se puede indicar desde allí el camino hacia lo nuevo. Disfrutamos de la reconstrucción como lo hacía aquel San Francisco de Asís. Un mundo en ruinas para construir un mundo nuevo. Por eso, insisto, ver como el mundo se derrumba, también puede ser un acto de amor. Algo nuevo florecerá cuando todo haya terminado. ¡Vida, más vida! ¡Aunque duela!

 

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Hagámoslo… Cerremos los ojos, y ya verás que todo cambia


© Yalçın Varnalı

A veces merece la pena cerrar los ojos profundamente. No ver, inmiscuirse en la nada, bajar las palpitaciones al mínimo, observar lo inobservable, profundizar en el silencio, en la oscuridad, en la inmediatez, en el suspiro. Al hacerlo, hay algo de nosotros que se anula, que desaparece, que deja paso. Cuando dejamos de ser «yo», cuando apartamos nuestros condicionantes, nuestros miedos, nuestras manías, nuestros apegos, nuestros deseos, nuestras creencias, nuestros anhelos, nuestras fantasías y nuestras exigencias, ocurre algo diferente, algo que no nos pertenece. Es como si de alguna manera dejáramos actuar una parte de nosotros que siempre está encerrada y encapsulada y mancilla entre nuestra lista interminable de cosas que nos amarran a nuestra siempre limitada y ensoberbecida realidad.

Digamos, si fuéramos magos o algo parecido, que al cerrar los ojos de forma sincera y silenciar nuestro pequeño yo, se manifiesta nuestra parte más noble y profunda. O como diría aquel, se manifiesta ese reguero de universo que nos pertenece y que, por múltiples mutilaciones, no dejamos expresarse.

Y ocurre, sí que ocurre. Ocurre algo porque de repente todo cambia. Los escenarios cambian, los personajes cambian, el ánimo cambia, cambia la alegría, el entusiasmo, el poder que uno mismo siente ante los acontecimientos. Cambia todo, y al hacerlo, se dibuja un nuevo paisaje, una nueva oportunidad, un volver a empezar.

Claro, es normal, diríamos. Se apaga el ruido y se cierra el reflujo egoico para dejar que el propio logos se manifieste a sus anchas, con sus mensajes, con sus propias normas y caminos, con sus propios requisitos para engrandecer nuestra vasta experiencia humana. Ya no somos nosotros el timonel, sino algo que tiene mayor sabiduría, mayor visión de las múltiples realidades, mayor amparo ante las inexplicables leyes universales.

La premisa es fácil, aparentemente. Buscar un lugar tranquilo, cerrar los ojos, respirar profundamente, acallar la mente, las emociones, los deseos, las fantasías, los humos, los ánimos y desánimos, y entrar, ante la estrecha puerta de la iniciación diaria, en ese necesario punto de quietud, en esa pequeña brecha abismal. Alejarnos de nosotros mismos, o mejor dicho, de la mediocre imagen que tenemos de nosotros mismos, para que entre nuestra vida expansiva, nuestra realidad múltiple, nuestra belleza más prístina, nuestro propio hierofante.

¿Por qué siempre limitar nuestras vidas a ese escenario igual de limitado que nace de nuestra limitada capacidad de imaginar? Creemos que somos esto u aquello, que hemos nacido aquí o allá, que somos así o asá y que deberíamos aspirar a eso u otrora, a lo siguiente. Siempre limitando nuestras vidas con nuestras creencias sobre nosotros mismos, como si fuéramos un mero chiste, un reducto, una sombra melancólica que deambula sin exceso de motivaciones. Obviamos siempre que la vida es esotérica, misteriosa, y por lo tanto, oculta dentro de sí cosas que aún no somos capaces ni de imaginar. O mejor dicho, cosas a las que no dejamos expresar.

¡Ay! Pero algo ocurre cuando cerramos los ojos y respiramos profundamente y contemplamos y meditamos y expandimos nuestras consciencias y empezamos a cabalgar en la ola de aquello de lo que no se puede hablar y empezamos a entender el lenguaje oculto, sus símbolos, sus arquetipos, sus señales. Atravesamos el círculo-no-se-pasa y dilatamos hasta casi la infinitud nuestra esfera lumínica. Y entonces el ser se convierte en no-ser y la nada en absoluto y nosotros, ¡ay nosotros!, en algo difícil de explicar, comprender, analizar, entender, vislumbrar, acertar, advertir, discernir…

Entonces… ¡hagámoslo! Cerremos ahora mismo los ojos y dejemos que nuestras vidas se transformen. No tengamos miedo al qué dirán o al qué ocurrirá. Dejemos que cada día traiga su propio sosiego, como diría aquel. Dejemos que cada día se manifiesta una versión diferente de nosotros, mejor o peor, no importa, pero diferente. Equivoquemos el paso entendiendo a la vez que no hay caminos errados, solo flojera para empezar a practicar sus sendas, para empezar a caminar, a correr, a embarrar nuestros pulidos y protegidos zapatos. ¡Embarrémonos!

¡Ay! Hagámoslo… Cerremos los ojos, y ya verás que todo cambia.

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Reiniciando el Sistema


a
© Michal Giedrojc

Las crisis son provocadas cuando lo antiguo se aferra al pasado y lo nuevo golpea para ofrecer oportunidades de futuro. Ocurre en los países, en las empresas y en las relaciones. Esta vez está ocurriendo a nivel mundial.

Todo cambia, esa es una ley universal, o mejor dicho, lo único que permanece es el cambio, como dice el Tao. Aquello que no abraza el cambio, entra en crisis. Es por eso que vivimos lo que puede llegar a ser una de las mayores crisis conocidas. En estos momentos, estamos entrando de lleno en el futuro, en la quinta revolución industrial, en la revolución de las máquinas, de los robots, de la inteligencia artificial, de la emancipación total del individuo frente a las instituciones tradicionales como la familia o el Estado. Esto es una realidad palpable, de ahí que muchos individuos y sociedades estén viviendo, aún sin saberlo, un reseteo individual y global, una reiniciación de los sistemas operativos a los que hasta ahora nos habíamos aferrado, una iniciación a una nueva era de cambios inevitables.

De no abrazar ese futuro que ya se está haciendo presente y patente, viviremos un gran colapso a nivel mundial e individual. No se acaba el mundo, pero sí un mundo, el mundo antiguo, el mundo de las cosas, el mundo del consumo irracional y compulsivo, el mundo de lo epidérmico, de lo artificioso, de lo superficial, el mundo de la destrucción masiva de nuestros ecosistemas. Esta crisis va a provocar sin duda una recesión inevitable. Tendremos por delante unos años difíciles que deberemos enfrentar con cautela, al mismo tiempo que en ese tiempo cambiamos nuestros paradigmas interiores.

¿Qué tipo de modelo social y económico surgirá de esta crisis? Hay cosas que antes parecía de pocos y que ahora se ampliará hacia todo el mundo. Las redes de apoyo mutuo y cooperación empezarán a desarrollarse con mayor fuerza. La solidaridad se volverá inevitablemente mayor. También la ecología y el respeto hacia la naturaleza y los animales. Los que más tienen cederán ante los que no tienen nada y los que no tienen nada buscarán nuevos modelos de supervivencia, pero, sobre todo, nuevos modelos de convivencia y cooperación. El modelo de propiedad privada hipotecada estallará tarde o temprano, y se buscarán fórmulas de vida en comunidad, de compartir espacios y recursos. La necesidad engendrará el cambio inevitable hacia un mundo más solidario, natural y verdadero.

El Sistema no va a desaparecer, pero sí va a tener que reiniciarse. Toca vivir un tiempo de paciente resistencia. De observar el presente y el futuro con optimismo. De intentar buscar fórmulas nuevas para que nuestras vidas empiecen a cobrar un nuevo sentido. Habrá que buscar aliados, personas afines con las que juntas se pueda imaginar un nuevo modelo de vida. Vendrán tiempos difíciles, de apagón general, pero también tiempos de esperanza, de volver a empezar, de romper con nuestro modelo antiguo de vida y empezar una vida nueva de forma diferente.

Estos cambios deben llevarnos a pensar que habrá mucha mano de obra sobrante y que tendremos que buscar alternativas económicas para soportar el día a día. Reducir los gastos no es tan solo desterrar de nuestras vidas las tarjetas de crédito, las hipotecas y los préstamos. Supondrá tener que compartir el gasto y repartir los ingresos. Habrá que olvidar el endeudamiento masivo que hemos vivido en estas décadas y empezar a mirar más por el compromiso social, por la solidaridad entre todos, por la simplicidad voluntaria y por el inevitable decrecimiento. Los modelos de cohousing y de vida en comunidad inevitablemente crecerán a medida que la crisis acampe y las consciencias se amolden al nuevo panorama. ¿Estás listo para reiniciar tu sistema de valores, de creencias, de vida, de conciencia? En estos tiempos, tener menos será tener más.

 

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Confinados en un sistema enfermo, reconectemos con los vivos


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Paseando con el amigo Geo por el mundo real

No podemos quejarnos. No tenemos derecho. Lo sabemos y por eso, cómplices, obedecemos cualquier consigna, cualquier mandamiento. Sabemos que somos copartícipes y parte de la destrucción masiva de nuestro ecosistema. Secuaces encubridores de todas las injusticias del mundo. Siempre nos queda el grito desarmado para culpar al otro, al político inepto, al capitalista avaricioso, a mengano o fulano. Siempre son ellos mientras que a escondidas jugamos a su juego, bebemos de su misma sangre, como vampiros que absorben poco a poco la savia de este planeta.

Nos hemos vuelto perezosos. Sentados en nuestros sillones después de una larga jornada de esclavitud encubierta, ¿quién tiene tiempo y ganas para provocar cualquier cambio? Solo queremos estar distraídos con todo tipo de telepantallas. Solo queremos que las horas pasen, obviando cada segundo de vida, cada único e irrepetible instante. ¿Quién desea cambiar nada si la pereza y la desidia se ha apoderado de nosotros? Preferimos ocultarnos tras emoticonos, preferimos encerrarnos en la oscuridad de nuestras vidas, iluminadas únicamente por la pobre luminiscencia de las pantallas.

Pero este ya empieza a resultar ser un mensaje aburrido y trasnochado. Siempre con ese sentimiento de culpa por hacerlo todo mal. En las relaciones, en el trabajo, en la vida en general. ¡Claro que lo hacemos mal! No somos perfectos. Pero venga, ¡ánimo! Que tan poco es para tanto. Reconcíliate con tu prójimo o tu prójima, dale un beso, una caricia, abrázala. El ser humano solo pide un poco de cariño, y cuando se lo negamos, se entristece, se abruma, se pierde en la desidia. ¡Y tan poco es para tanto! No somos perfectos. Pero busca aliados de carne y hueso, de esos que ríen y lloran, que se enfadan y se alegran, que derraman sudor en la noche oscura.

El planeta sobrevivirá a nosotros. Si todo esto se nos va de las manos en los próximos cien o doscientos años vendrá la gran ola, o el gran terremoto. La tierra estornudará y la mitad de nosotros nos iremos al otro barrio. Pero no dramaticemos, sería algo merecido. Si convertimos nuestra especie en una plaga, el ecosistema se autorregula y todo continua hasta la próxima Sodoma y Gomorra. Es la ley de los ciclos.

Por eso debemos recapacitar individual y colectivamente, pero sin dramas. Bien, soy partícipe de un sistema enfermo. Un sistema que ya no se soporta así mismo. Un mundo distraído en lo que llaman la maya de la distracción, el mercado del entretenimiento. Estamos entretenidos, sin hacer mucho por salvar el planeta, o sin hacer mucho para salvarnos a nosotros mismos. Preferimos escondernos, cobardes de la pradera, bajo el mundo virtual, aséptico, pulcro, esterilizado. Un lugar donde nada nos puede hacer daño. Solo tenemos que pasar las horas mirando una y otra vez las mismas tonterías de siempre. Pasar de una pantalla a otra, de una viñeta de la vida virtual a otra. Pero ahí no está el verdadero conocimiento, ni la verdad sobre la existencia. Esa verdad solo se encuentra en el barro de la vida real, en la suciedad de las relaciones fallidas, en el sufrimiento y el dolor que causa escalar una montaña, sea la que sea, manchando tus manos y tus pies a cada paso, a cada sudor.

Bueno tranquilos, no nos pongamos serios. La vida pasa, moriremos, seguramente solos. Porque el mundo va cada vez más hacia la soledad individual. Nadie irá a nuestro entierro, porque la muerte será real y el mundo virtual no podrá competir con ella. Pero no importa. No importa si nuestras mugres se secan, si nuestros pechos dejan de ser acariciados, si dejamos de escuchar los ronquidos o el grito alado de la compañía. No importa mientras sigamos viviendo una vida irreal.

No sé, quizás aún estemos a tiempo de reconectar con los vivos. De apretar sus manos, de pasear entre los bosques, de enfadarnos cuando yerran, de frustrarnos cuando la pifian en la cama olvidando el calor y el sudor previo. Tal vez aún estemos a tiempo de reír y dejar que el mundo sea nuestra verdadera razón de ser. Y si no es así, no pasa nada, no dramaticemos, la vida sigue, a pesar nuestra.

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Saliendo de la oscuridad doliente


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© Sergey Novozhilov

Trata a un ser humano tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que está llamado a ser. Goethe

Si alguna vez tuve un don fue ese de poder ver en los otros sus capacidades latentes, su potencial verdadero para ser aquello que han venido a ser. Ese don siempre marcó una trayectoria de incomprensión. El motivo de esa incomprensión nace de la idea de  aferramos a nuestros espacios de seguridad y confort, de conformidad con lo que creemos que somos. Pocas veces queremos sacar aquello que llevamos dentro, aquello que realmente somos, aquello que late en nosotros con deseos de expresarse al mundo.

Es como si con el paso del tiempo quisiéramos apagar nuestra verdadera luz por temor, por miedo a equivocarnos, por pensar equivocadamente el conformarnos con aquello que han hecho de nosotros, con aquello que han moldeado en nosotros. Siempre admiré en el otro ese potencial, esa capacidad para romper los condicionantes sociales y culturales que durante toda nuestra vida han hecho mella en nuestra psique más profunda, condicionando cada uno de nuestros movimientos, impidiendo la verdadera emancipación individual, la verdadera expansión de nuestro ser. Alejándonos, en definitiva, de lo que realmente somos y hemos venido a hacer.

A veces lo noto también en mí. Me aferro al silencio, me aferro a la oscuridad para no brillar como debería hacerlo. Escondo mi leve luminiscencia, a veces por cansancio, más que por temor. Estos días deseaba permanecer oscuro, limitado, encerrado en mi pequeña realidad. Hay acontecimientos que configuran nuestra realidad, que condicinan nuestros actos o nuestro sentir. Y luego está la rebeldía, la fuerza innata que surge de la dignidad humana, de aquello que nos presenta como seres libres y pensantes, indulgentes ante un destino que podría marcarse como inevitable. No hay nada como rebelarnos a todo aquello que oprime nuestro verdadero ser, nuestro ser esencial que desea explotar en mil pedazos para expandir su presencia en todo cuanto existe.

Unas semanas de silencio, de vuelta al camino del desapego, de vuelta al camino del loco errante, solitario, soñoliento, no han servido para liberarme de ciertas ataduras, tan solo ha servido para descansar y recordarme que nada importa, excepto la necesidad de dejar brillar al otro mientras nosotros brillamos irreductiblemente. No como un brillo soñoliento, casi apagado, sino como una luz cegadora, luminiscente, lúcida. Detectar y potenciar ese brillo es lo que nos acerca realmente a nuestra misión liberadora. Ayudar a que otros brillen es lo que nos acerca al mundo real.

Quizás la lluvia inesperada de este día de agosto me ha despertado de nuevo a esa luz. ¡Levántate y anda, pequeño Lázaro! Es hora de emprender de nuevo el camino de la vida, de confiar en todos aquellos regalos que la inmensidad tiene preparados para nosotros cuando, desobedeciendo al orden establecido, nos aventuremos por los caminos, alzando nuestra voz y nuestra luz y forcejeando con la vida nos hagamos hueco en la existencia. ¡Levántate y anda! Resucita de nuevo a la vida, abriendo los brazos, alzando la mirada al infinito, lanzando nuestro voz al paladar dimensional profundo.

Hemos venido a liberar almas de su cautiverio, me recrimina mi yo real. No pierdas el tiempo en la servidumbre social y cultural, en la sumisión a ese séquito de dormidos que nada hacen para despertar a su potencial vida. No, ese trabajo no es fácil. Como decía al principio, es una trayectoria de incomprensión. Romper con los parámetros de normalidad, con las creencias, con las supersticiones, con las ideas e ideologías, con los mandamientos y ordenanzas, con la ley y la moral, con la costumbre y con los principios temporales que no sobreviven a la inevitable evolución humana, no es tarea fácil.

Y, sin embargo, aquí estamos, de nuevo, mirando el horizonte lluvioso, con los pies embarrados, incapaces de permanecer un día más al borde del camino, suficientemente conscientes de que la vida tiene que llevarnos por el camino de superación egoica hasta abrazar el logos que somos. Sí, una vez más, hemos ganado estas alturas para seguir adelante. ¡Luz, más luz!

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La actualización del lenguaje


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© Michael Kenna

Antes de las lenguas estaba el silencio, la música y los números. Antes de la torre de Babel, el ser humano se comunicaba por esa misteriosa combinación que trascendía las lenguas. Actualmente la música y los números siguen siendo universales, y junto al silencio, crean una triada entre arte, ciencia y espiritualidad. Esa triada es básica para el entendimiento humano, sin embargo, está empañada por la interpretación polisémica del lenguaje. El arte provoca belleza, cortesía, humor, alegría, embelesamiento ante la creación. La ciencia nos aporta guía y razón, búsqueda incansable de justicia y saber. La espiritualidad nos acerca al misterio, a nuestra esencia, al símbolo que representa la propia existencia humana. Y  las lenguas, en casi todos sus matices, confusión.

Hay un éxtasis inevitable cuando dicha triada se conjuga más allá del lenguaje común. Saber, querer, osar y callar en el emblema místico. La cruz que ante su equilibrio une el cielo con la tierra, pero también lo eterno con lo finito. En la unidad de las cosas está la belleza, siempre contemplada desde la no-dualidad, desde el afán por ver más allá de las formas. Toda división es trágica, por eso nuestro mundo vive en una constante tragedia que el lenguaje se encarga de potenciar. Al dividir, nos alejamos de la esencia de las cosas. Al clasificar, al juzgar, al tachar, al criticar, estamos alejándonos de esa fuente subterránea que navega invisible en todas las formas. Separar siempre aporta una dosis de dolor a veces irrecuperable, y su sanación, provoca en nosotros un anhelo y una melancolía inevitable.

Cosmos es orden, unidad. Pero hay un momento que el orden desea convertirse en número, en kaos, que paradójicamente es lo primero que había, la hendidura universal. Sublevando la inteligencia, no podemos alcanzar la riqueza de todo cuanto habita. Nos resulta imposible acechar a la verdad en sus múltiples significados. Pensamos que la verdad es una unidad, pero realmente es una expresión de múltiples caras, símbolos y significados. Cualquier hecho que ocurre en nuestras vidas tiene cientos de registros y significaciones. ¿Cómo entonces entender la profundidad de la existencia limitando nuestro saber al lenguaje, a los lenguajes?

Podemos ver nuestras desgracias como axiomas de mala suerte, o prever que ese desequilibrio temporal desea provocar una vida mejor en un futuro incierto, en un lenguaje que aún no conocemos ni sabemos interpretar, o mejor dicho, un lenguaje que hemos olvidado. Más allá de la noche y el día, encontramos el érebo y el éter. Más allá de ambos, se extiende como una mancha una infinidad de capas de realidad que subyacen en dimensiones imposibles de entender. Por eso, cada acontecimiento no encierra tan solo una verdad, sino más bien un provocador estímulo para indagar en sus posibilidades. Agarrarnos a ese estímulo, con pasión, es lo que nos acerca al subterráneo vaso conductor de las cosas.

Uno no se puede quedar en el laberinto del lenguaje divisor, separador, en ese viejo orden de existencia, o trascenderlo y abrazar la unidad de todas las cosas. La vida es un regreso, una muerte que renueva constantemente todo cuanto existe. Vivir es morir, es peregrinar de un lado para otro, pero también de un pensamiento hacia otro, de una experiencia a otra. El circuito de la vida requiere experimentar esa dualidad inevitable y con ella, alcanzar la plenitud más bella. La vida es regresar constantemente, renacer constantemente, morir constantemente. Al morir, como al nacer, no eres nada ni nadie, y ahí empieza la verdadera odisea, el verdadero camino de retorno.

Podemos conmovernos con alguien o algo, podemos incluso estar una vida juntos conjugando el verbo y practicando incansablemente la búsqueda de la palabra perdida, pero si no morimos y renacemos una y otra vez, justos o separados, no tendremos la posibilidad de experimentar el éxtasis vital, el secreto del que no se puede hablar porque solo es posible entender desde la belleza, el silencio y la luz. Sabiduría, misterio, búsqueda.

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