No necesito nada


a
© Michael Schlegel

Lo decía hoy una buena amiga mientras miraba los paquetes de la mudanza. Con dolores de espalda, sufriente por la edad y los acontecimientos, y aún se aventura a cambios tajantes como esos que nos empujan a buscar en lo sencillo la vida plena. Mudo se queda uno cuando el mundo empieza a percatarse de que no necesitamos nada. Solo bucear en la sencillez de las cosas, en la promesa del mañana, en la profunda melancolía del presente que nos advierte de que aún estamos vivos, pero que todo es temporal, provisional, hasta nuevo aviso. Estar vivos, eso es lo que realmente debería importarnos. Si fuéramos humildes veríamos que con eso nos basta. No hace falta aspirar a nada, solo alinearnos con la vida, centrar nuestras promesas en aquellas pequeñas cosas que nos hagan sonreír y dejar que la vida se manifieste a cada instante.

No necesitar nada es la expresión de una gran revelación, de una especie de iluminación espiritual que nos advierte de que ninguna de las cosas conseguidas entrarán por el ojo de la aguja de la tejedora de velos. No podremos llevar nada al otro lado, ni éxitos ni fracasos, ni dinero ni riquezas ni propiedades. Habrá gente que nos amará, otra que nos envidiará y otra que nos odiará. Tanto una como la otra cosa son burlas que no podremos amasar en el horno del más allá. Nadie nos amará ni odiará en el otro lado, a sabiendas de que todo lo aquí acontecido es un juego de nenos, de seres experimentando la realidad que son capaces de imaginar.

Esto último es importante: vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Hay resortes dentro de nosotros que nos impiden imaginar otros mundos. Tenemos sembradas las semillas de la escasez o de la riqueza, y según nos creamos ese cuento, crecerá una u otra. Nos cuesta entender que esa realidad puede cambiar y que, de alguna forma, podemos ser artífices de nuevos escenarios. ¡Ay! Uno se queda mudo cuando entiende esas leyes básicas del mundo cuántico. Uno se queda desnudo y errante por no saber articular realmente los resortes que mueven la dinámica de todo tiempo y espacio. Pero el secreto es simple: vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Y cuando llegas a esa certeza, no necesitas nada. Simple y llanamente te limitas a interpretar el papel que durante tu vida has tejido. O buscas las maneras de cambiar de escenario para que la vida sea cada vez más sencilla, más simple.

Una vida simple que nace del mundo que somos capaces de imaginar. Pero, ¿hay alguien que imagine nuestras vidas? Esta cuestión aún resulta más peliaguda e inquietante. ¿Realmente somos nosotros los que imaginamos el mundo, los que dirigimos la gran obra de nuestras vidas, los mandamases de este cotarro, los verdaderos guionistas del cuento? ¿O hay algo más? Claro que hay algo más. Cuando observo el crecimiento lento de los robles, abedules y castaños que rodean esta pequeña cabaña, veo que su mundo está condicionado a las fuerzas de la naturaleza, a los elementos que la tejen, a la luz que viene y se precipita desde el astro sol. El árbol por sí mismo no podría vivir, y al abrir sus hojas hacia el cielo, de alguna forma es consciente de esa necesidad de luz, de ese reconocimiento, de esa certeza.

Nosotros deberíamos asimilar esa sabiduría innata y abrir nuestros corazones hacia el cielo, hacia la luz que ilumina nuestras mentes. Deberíamos recordar a cada instante que nuestras vidas dependen en gran manera de otros grandes seres que velan por nosotros. Así que somos capaces de imaginar nuestras vidas, nos volvemos de repente sencillos y terminamos agradecidos por toda esa oleada de existencia en la que vivimos y tenemos nuestro ser. Damos gracias, como recompensa al éxito de vivir una vida humilde y sencilla. Gracias por estar vivos, gracias por tener el valor y la necesidad interior de elevar nuestras miradas al cielo en señal de reconocimiento y admiración. Gracias por imaginar un mundo que se eleva sencillo por encima de toda complejidad. ¿Qué más hacer? Uno se puede sentar en una silla, junto a un libro, encender una vela, cerrar los ojos e imaginar mundos…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Vencer el sufrimiento. La ley del devenir.


a
© Brych Photography

Nacer, sufrir, morir. Así podríamos resumir la vida corta, la vida mecánica, la vida que nos espera. Me di cuenta especialmente el sábado. Una de las gatas había cazado al simpático petirrojo que solía visitarnos con frecuencia. Los petirrojos son excesivamente curiosos y confiados. Y en algún descuido, en algún error, sucumbió a las garras gatunas. Cuando lo vi muerto no me lo podía creer. ¡Sentía tanto amor por ese pequeño animal!

Me marché triste, embriagado de rabia e incertidumbre, a alguna parte y en el caminar, me topé con otro pajarillo muerto. Y al día siguiente un tercero. Y ayer mismo, la gallina Clarita había muerto en manos de algún gavilán que le dio caza en el propio corral. Cuando vi su cuerpo muerto, frío, tieso, destripado, sentí un gran dolor. Clarita no era una gallina como las demás. Destacaba por su simpatía y confianza. En carácter era muy parecida a la famosa gallina Negri, que también murió hace unos años en manos de algún rapaz. ¡La muerte azota una y otra vez! Y me acordé de todas esas criaturas que son sacrificadas en fábricas de hacer comida y sentí mucha tristeza. Al menos Clarita, como el petirrojo, llevaron una buena vida libre y salvaje.

Aquí en la naturaleza la muerte forma parte de la vida constantemente. Van unidos, son inseparables. La ley del devenir es una deformación a veces cruel. La cadena trófica resulta insoportable cuando el que muere es alguien cercano. No importa que ese alguien, con su propia personalidad, sea un pato o una gallina. Aquí los animales viven en condiciones muy parecidas a los humanos con los que cohabitan. Se podría decir que somos todos una gran familia donde nos cuidamos y protegemos mutuamente. Al no participar en la cadena trófica, los animales viven felices, a veces durante muchos años, hasta que al azar provoca una muerte inevitable.

Leíamos hoy en los últimos capítulos de un libro que andamos estudiando que “la sombra es la luz bajo la forma de aquello que la estorba”. Nuestras sombras nos sirven para identificar ese obstáculo que está frente a nosotros y no deja pasar la luz. A veces, el sufrimiento es un síntoma parecido a la sombra. Surge cuando no tenemos capacidad de comprender que la vida en sí misma es sufrimiento, y no nos queda más remedio que aceptarla. En el budismo se conoce como duḥkha, y las cuatro nobles verdades nos hablan del origen del sufrimiento y de cómo extinguirlo gracias al noble óctuple sendero. Sin embargo, la primera noble verdad es en sí misma una gran advertencia: el malestar en todas sus formas, dolor, sufrimiento, pena, aflicción, angustia, estrés, es inherente a la existencia en el mundo. Por ello, debemos aceptar y comprender que el sufrimiento está ahí, en cualquier lugar, en cualquier parte, esperando.

Una persona que está en su centro no significa que haya vencido al sufrimiento, significa, como nos dice Dürckheim, que ha aprendido a sufrir. Vencer el sufrimiento, para una persona realizada, es que ha sido capaz de sufrir el dolor. Esto es una forma de aceptación, de respirar profundamente la vida. Aceptar el sufrimiento y el dolor como parte de la vida, es un gran paso de desapego y de aceptación hacia el siguiente paso: la propia muerte y extinción. Respirar la vida significa que aceptamos que nos estamos preparando para la muerte. Estar poseídos por la vida es mantener la atención plena en esa cuenta atrás hacia el final. Amar en la crueldad del mundo es aceptar el sufrimiento.

El sufrimiento nos hace humildes. Nos creemos iluminados, pensamos que hemos vencido los avatares de la vida, pero de repente, algo nos detiene y nos doblega. Entonces, primero nos retorcemos, y luego, aceptando el dolor y la derrota, inclinamos nuestra cabeza hacia la tierra en señal de humildad y aceptación. Con una suave aceptación, aprendemos a asumir nuestro propio destino. Vida, sufrimiento y muerte se entremezclan una y otra vez en nuestro aparatoso devenir. Lenta y secretamente, la muerte nos espera en alguna parte. No podremos vencerla, pero podremos aceptarla a medida que vayamos aceptando el inevitable sufrimiento del mundo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Gracias madre


antonia

Hoy hace setenta y tres años que mi abuela materna dio a luz a mi madre. No me imagino como debió ser esa épica en tiempos de postguerra en nuestro país y de plena Segunda Guerra Mundial a pocos kilómetros de nuestras fronteras. Aquel era un mundo difícil. Apenas había comida, e imagino lo complejo que debía ser sacar adelante a cuatro hijos en el mundo rural andaluz. Mi abuela murió muy joven y dejó huérfanos a aquellos niños, tres hembras y un varón. Supongo que mi abuelo se convirtió de repente en un héroe que tuvo que tirar de todos, con la ayuda de sus hijas mayores. Mi madre se casó con 24 años. Era una niña. Al año siguiente tuvo su primer hijo, el que ahora escribe. Pensándolo fríamente, no me imagino lo difícil que tuvo que ser tener un hijo a esa edad, recién casada y recién emigrada al norte del país, donde casi no conocía a nadie y donde tenía que buscarse la vida, empezar de cero, crear un hogar y luchar por un futuro.

Las proezas de nuestros padres fueron múltiples. Debemos honrar su memoria día y noche. Rozando los cincuenta, no he tenido la oportunidad de tener descendencia y no sé lo que realmente es tener un hijo, pero sí sé, por intuición, que debe ser algo muy complejo y difícil. Quizás para un padre o una madre, una de las mayores frustraciones sea el ver que sus genes, su esfuerzo, se extingue de repente. Para los padres del siglo pasado, eso debe ser algo frustrante, porque de alguna manera, se deben interrogar sobre el porqué de tanto esfuerzo y sacrificio. Ninguno de sus hijos ha tenido hijos, y las perspectivas futuras no son muy halagüeñas, al menos de momento.

Tuvo la mala suerte de que su pareja de toda la vida, mi padre, desarrolló la enfermedad del alzhéimer siendo muy joven, y aún joven, murió, no hace muchos años. Tras años de sufrimiento, la muerte de mi padre debió ser un momento de liberación, de calma, de quietud. No hay cosa más compleja que la de cuidar a una persona con alzhéimer, especialmente en las últimas fases de la enfermedad. A los pocos años, rehizo su vida y ahora vive feliz, contemplando el paso del tiempo con su nueva pareja, viajando a mitad de caballo entre su casa del pueblo, con maravillosas vistas a Sierra Morena y la campiña andaluza, con sus olores y colores intensos, y Barcelona, ese mundo de ciudad y ruido que la acogió y donde vivió la mayor parte de su vida.

Como hijo me siento feliz de ver que su vida se desarrolla en calma y tranquilidad. Nunca fue una persona que se quejara, y siempre mantuvo una actitud fuerte, positiva y optimista ante la vida. Aunque sus tres hijos le han salido raritos, ella se siente orgullosa de los mismos. No espera impaciente nada especial de nosotros, nos mira con cariño y se ríe aún con las gracias de unos y de otros, con las anécdotas, y sufre, como todas las madres, cuando a alguno de los tres la vida nos trata de forma injusta.

Al final yo seguí sus pasos, pero a la inversa. Me volví emigrante, primero a su tierra, descubriendo tristemente que no era la mía, y luego a una tierra extraña que es la que ahora me acoge, una tierra hermosa pero totalmente ajena a mi doble cultura, la andaluza y la catalana. Quizás de aquí a unos años, pienso que aún es pronto, pueda presumir, de echar raíces aquí, que poseo una triple cultura, incluyendo en esa riqueza de emigrante a la cultura gallega que ahora me abraza y protege. No me di cuenta hasta ahora, pero lo único que hice fue intentar imitar las proezas de mis padres, valientes emigrantes que buscaban en la ciudad una vida mejor.

¡Qué paradojas tiene la vida! Resulta que la vida buena, la verdadera vida estaba en el campo que abandonaron, en ese mundo de olores intensos y luz especial. Era allí, y no en la ciudad, donde la vida se desarrolla en su mayor expansión. Eso pude verlo en los regalos que todos los años, en agosto, nos hacía la vida cuando, como buenos emigrantes, volvíamos al pueblo a pasar unas semanas de vacaciones. Era allí donde la vida se mostraba en todo su esplendor, en plena naturaleza salvaje. En esos pueblos blancos cuyo aroma aún recuerdo con añoranza. El resto del año era gris, muy gris. Por eso ahora vivo en el campo, entre montañas y valles y ríos y bosques. Vivo aquí porque mis padres vivieron en ese paraíso, y yo seguí sus pasos, sus orígenes, su buena vida.
Feliz cumpleaños Antonia, gracias por darme la vida y esta oportunidad única de experiencia plena. Ser emigrante es hermoso. Es una forma de ser almas libres.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La era de la brevedad


 

a
© Nodeh

Llueve, llueve, llueve. Hace frío ya casi rozando el verano. Me levanto, sigo con las rutinas de abrir la puerta a las gallinas, meditar, cantar algo, estirar el cuerpo. Luego vuelvo a la pequeña cabaña tras embelesarme con la belleza del lugar. El fuego está encendido, el desayuno esperando, también el escáner y el ordenador, trabajando en la edición facsímil de un poeta mundialmente conocido. Guardo como un tesoro el original, conseguido con algo de dinero y suerte. Me paso prácticamente todo el día escaneando y tratando cada página con un programa especial. Corre prisa esta edición.

Hace ochenta años que se editó por primera vez en México, justamente en un mes como el de ahora. Junio siempre es un bonito mes. Es el mes de la juventud, donde el sol empieza a bajar y es necesario encender las primeras antorchas, símbolo de la luz menor que nos ilumina en la noche de nuestra civilización. Junio abraza la primavera y el verano juntos, la fiesta de San Juan, el solsticio, la celebración del buen tiempo.

Observo el libro con detalle. No me gusta el desarrollo de la poesía que contiene. Me parece algo cursi e infantil. Pero resulta que el libro es un hito, algo que debió hacer historia. A veces los autores son más conocidos por cómo viven o cómo mueren que por su propia obra. A veces escribir no trata solo de tener talento, sino también de tener algo que contar, algo que transmitir, algo que mezcle la metaficción con versos enredados en lo real. Ser un genio de la escritura es un reinado que muy pocos disfrutan.

Nos hemos quedado sin agua. Por suerte había un poco en la jarra de vidrio y con ella hemos podido hacer una rica sopa de miso y verduras para cenar junto al fuego. Añadimos alguna seta, perejil y algas. Los fideos del número cero son los mejores para agilizar la labor de una comida rica y de batalla.

Esta mañana se rompió una tubería. La de atrás, la oculta, la que nunca se ve. Fui corriendo a la ciudad para comprar lo necesario y poder arreglarla. Aproveché para comprar algunos víveres. Como ahora no tengo que responsabilizarme de dar de comer a treinta o cuarenta personas, estoy aprovechando para comprar algunos caprichos que antes me parecían impensables: setas, avellanas, miso, aceitunas, crema de almendras…

Como nos hemos vuelto veganos, hemos eliminado todo lo que tenga lácteos y huevo, aunque como buen pecador que soy por mi propia naturaleza omnívora, confieso abiertamente que estoy deseando escaparme para tomar una pizza cuatro-quesos. En este estado pecaminoso, nunca podré alcanzar la luz total, solo quizás algún tipo de tonalidad grisácea y quizás algún destello de luz fría, pero solo por el mérito de no comer carne desde muy temprana edad. La virtud no es total, ni pura, pero se hace lo que se puede.

Seis años de vida de campo han servido para aprender casi todos los oficios. También fontanería. Llovía y hacía frío también en la ciudad, pero de forma más benévola. Si no fuera por esa esperpéntica imagen de personas vagando con sus mascarillas, pareciera que el mundo está empezando a entrar en cierta normalidad. Tras hacer las compras oportunas, a la vuelta, justo sobre el puente que se eleva sobre el río, me encontré a alguien con el rostro desnudo, sin máscara ni mascarilla. Era el amigo A., un intelectual de los de antes, aristocrático, elegante, inteligente, de humor agudo y corazón noble. Todo un señor nacido en un tiempo equivocado, perdido en este telar inapropiado para su naturaleza.

Me alegró mucho verlo y nos abrazamos sin respetar la distancia de seguridad, que ya no sabíamos si era de uno o dos metros. Como los dos somos de talante tímido, el abrazo duró menos de tres segundos, pero viniendo de nosotros, era más que suficiente. Me invitó a su casa para tomar un té. Suertudo, su hogar parece una mansión, un palacete, en comparación con mi pequeña, aunque suficiente, cabañuela. Me quedé fascinado por los espacios, por la infinitud de lugares, por su porche, por su jardín. Eso en las grandes ciudades es impensable. Me alegré mucho por él, porque además la casa tenía ese estilo señorial que a él tanto le pega. Hablamos de muchas cosas. Compartimos la misma afición por los libros. Aunque es oriundo del Mediterráneo, conoció hace casi seis años nuestro proyecto y aquí se quedó, como muchos otros que por culpa o gracia de esta utopía han terminado viviendo en sus alrededores, aquí en esta tierra celta hechicera. Como si una pequeña comunidad paralela se hubiera tejido a las faldas de estos bosques y muchos hubiéramos quedado atrapados en sus ramales.

El encuentro me inspiró imágenes bucólicas, quizás de otras vidas, de cuando en el mundo había ciertos rincones de intelectualidad protegidos y frecuentados por todo tipo de sabios, que sin prisa, orquestaban ideas y visiones. Quizás también esa imagen esté distorsionada por el paso del tiempo, pero es cierto que cada vez es más difícil encontrar sujetos capaces de razonar e indagar sobre cuestiones profundas sin prejuicios y con ánimo de expandir la visión de las cosas.

Y es que los tiempos han cambiado. La rapidez y lo inmediato, lo útil y material, vende más que un tratado sobre fuego cósmico o una novela histórica sobre el devenir humano. Resulta difícil encontrar a un Borges o a un Goethe contemporáneo. En un mundo de tanta prisa, es mejor contar cosas cortas, ir al grano, no enredarse con mucha poesía o narrativa de mágica realidad. La propia escritura está sufriendo una gran transformación. El mundo de los libros ha dejado de tener protagonismo y los memes tienen más poder que cualquier lírica o épica.

Vivimos en un mundo de elipsis continua, donde triunfa el microrrelato y donde la brevedad se empodera cada día más. No solo a nivel narrativo. Ocurre en nuestras vidas, en nuestras relaciones, en nuestros trabajos, con nuestras parejas. Todo es breve, limitado, incluso hasta tabú. Ya nadie se atreve a decir si tiene o no tiene pareja ante el miedo de no tener tiempo para subir a otro nivel de mayor responsabilidad y compromiso. Todo es breve. Todo es un relato simple e infantil, de tintes pintorescos y algo cursi. Como la poesía que estoy escaneando estos días. La vida se ha convertido en un microrrelato, en algo breve e intrascendente, en un juego artificioso de voces inaudibles, en algo que dura tres segundos, como el abrazo de hoy, como la tubería rota, como los días que se agotan en un mes de junio helado y lluvioso.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Personas creíbles


a
© Jimmy Sohm

La gente creíble es la que ha logrado sus objetivos en varias ocasiones. Es aquella que cuando se les cuestiona su enfoque o su manera de hacer las cosas, puede dar explicaciones precisas. A veces, cuando das un exceso de explicaciones ante la incredulidad del otro, pueden llegar a tomarte por excesivamente arrogante o excéntrico. Lo hermoso sería no tener que dar explicaciones de tus éxitos, de tus logros personales, de tus avances. Sentir la vida es no parar de intentar todo tipo de objetivos sin dar un exceso de explicaciones. El silencio humilde es el mejor consejero y guía.

En ocasiones, algunos de esos objetivos serán tremendamente fracasos. Algunos de ellos, sembrados y cosechados con paciencia, lograrán tener cierto éxito. Hay personas que no tienen éxito porque no se plantean ningún tipo de objetivo. Prefieren quejarse de su mala suerte culpando a los gobiernos, culpando a la elite oscura, a las fuerzas del mal o al vecino de enfrente. Sin embargo, cuando se les da la oportunidad de emprender algo, no son capaces de hacer nada porque lo más prudente es seguir viviendo en la queja.

La queja también trae consigo crítica, algo fastidioso en nuestro país. La gente creíble no puede dejarse llevar por esa crítica constante. Se centra en su trabajo, realiza sus planes independientemente de lo que dirán. El arte del desacuerdo reflexivo es algo que no todo el mundo tolera. Una persona creíble cuestiona todo, pregunta todo, interroga la realidad. Prefiere equivocarse antes que estar inmóvil, porque sabe que la vida fluye constantemente. Pierde sus ganancias en cada empresa, arrasa con todo cuanto sea impedimento para su visión, pero también aprende a perder desde la humildad. Sabe que en la vida hay primaveras que florecen, pero también inviernos que congelan el alma. Hay momentos para la cosecha, otros para la siembra, y algunos, para ver como todo un campo de patatas ha sido arrasado por una manada de jabalíes, como nos ocurrió hace unos días. La vida tiene sus ciclos, y hay que saber respetarlos. Noche y día forman parte del núcleo de la existencia. También las estaciones de nacimiento, desarrollo, plenitud y muerte. Todo está interconectado. Todo, cuando uno vive la vida con intensidad y fluye con ella, palpita con fuerza en nuestro interior.

Las personas creíbles no lo son para el resto, sino para sí mismas. No hacen las cosas para demostrar nada, sino por pura satisfacción personal. Son creíbles porque alcanzan una sabiduría mayor que el resto a base de esfuerzo y sacrificio. Cuando vamos a un médico por alguna dolencia, creemos en el doctor. Para nosotros, en ese momento de dificultad, el médico es una persona totalmente creíble. Ha desarrollado una carrera y tiene un cierto grado de pasión hacia el servicio a los demás. No necesita demostrar a nadie ni lo uno ni lo otro. Ha trabajado duro durante muchos años para llegar a ese lugar donde puede ayudar a sanar. Y nosotros, humildes, aceptamos su conocimiento y saber.

Las personas creíbles son como el médico. Se preparan, trabajan duro y luego hacen lo que pueden por ayudar al resto. Los más osados atraviesan las tres fases que la vida nos pone ante nosotros. La primera fase es aquella en la que solo miramos por nuestro interés. Somos personas individualistas, egoístas, que únicamente miramos por nosotros. He conocido a mucha gente que vive su vida solo para ellos. Satisfechas o no con sus vidas, su única misión es disfrutar de la misma sin mirar al resto. La segunda fase corresponde a las personas que, resuelta su vida personal, se dedican a ayudar al resto. Son servidores, almas entregadas que luchan contra las injusticias y buscan fórmulas de echar una mano para la mejora del mundo. La tercera vía es la de aquellos que, una vez han puesto toda su vida al servicio de la vida, suben un escalón más en su progreso personal y buscan en la trascendencia significado a sus acciones, a sus propósitos, a su lugar en el mundo.

Las personas creíbles cuidaron su vida, cuidaron de la vida de los demás y cuidan de la vida trascendente. Ahí no hay juicio. Solo trabajo, esfuerzo, entrega, y grandes dosis de sacrificio y aventura, de fe y esperanza por comprender la verdad del mundo. Las personas creíbles cuidan de sí mismas y cuidan de los demás, sin olvidarse del Sustentador del Universo, aquel al que entrega su vida más íntima y su contacto más profundo. Las personas creíbles enlazan ambos mundos, el visible e invisible, el tangible e intangible, el material y el espiritual en un continuo y fugaz flujo hacia la existencia plena.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Esplendor y ruina de un mundo que se apaga


 

a
© Michael Schlegel

Hay acontecimientos que vienen concatenados. Algo que puede parecer pequeño, de repente desencadena el caos y la destrucción. Todos los sistemas, todas las estructuras, todo cuanto existe está marcado por un ciclo de vida y muerte. Eso incluye a las culturas, a las sociedades y a cualquier unidad esencial o sistema. La vida y la muerte no solo rige en la biología, sino también en el pensamiento, en el mundo regido por la emoción y en todo aquello que esté inmerso en este universo gobernado por causas y efectos.

Aún es pronto para el final de este tiempo. Quizás faltarán otros quinientos años para que todo colapse y desaparezca completamente el mundo tal y como lo conocemos hoy. La tecnología jugará un papel importante que puede inclinar la balanza hacia una utopía material o una completa distopía. En ese sentido podríamos ser algo optimistas y pensar, quizás acertadamente, que la transformación que vamos a sufrir en las próximas décadas no será del todo traumática. No al menos para la mayoría. A no ser que un ente exterior provoque un caos generalizado, la evolución y el progreso que vienen podrían ser positivos.

Siento que de alguna manera la propia naturaleza, a la que pertenecemos, se autorregulará. El progreso generalizado traerá bienestar, y el bienestar traerá menos descendencia. Esa parece la tónica dominante en los países que han logrado cierto bienestar. Es tan complejo sostener la vida de una persona que las parejas, las pocas que se fraguan, deciden en su mayoría no tener hijos. Eso podría equilibrar la superpoblación actual y, de forma exponencial, en algún momento de colapso, empezar una cadena sostenida que mengue la población. Solo esa disminución paulatina podría equilibrar el desorden organizado en el que ahora vivimos. Un desorden en cuanto a las limitaciones de los recursos que podría provocar, si no existe un punto de equilibrio, un caos global.

La crisis que estamos viviendo actualmente nos puede indicar varias cosas. La primera es que los sistemas en los que vivimos soportan de momento los envites producidos. Es decir, el capitalismo, que no es más que una forma de organizar nuestra avaricia y egoísmo tal y como expresaba Weber, genera resortes de supervivencia y se reajusta una y otra vez a los cambios producidos. Las desigualdades generadas por este sistema están fraguadas desde la propia base del mismo: el deseo. Todos deseamos tener más, poseer mas. Y por lo tanto, el sistema capitalista se ajusta a nuestros deseos, creando desigualdad en el momento en el que no todos, por el motivo que sea, tenemos acceso a esa aparente ilimitada riqueza.

La segunda reflexión sería el poder profetizar hasta cuando este sistema podrá ser sostenido tal y como lo conocemos. Si fijamos la mirada al pasado, es un sistema que ha prevalecido, con diferentes nombres y contextos históricos, durante miles de años. Realmente no ha cambiado nada en el factor de poder y dominación por parte de una minoría y de alguna manera, sometimiento y claudicación por parte de una mayoría. Eso no cambiará. El mundo en el que vivimos, podríamos decir que todo el universo entero, se rige por una clara organización jerárquica. Y en el sistema humano, esa jerarquía aparece de forma inequívoca en la repartición de la riqueza. Realmente no es repartida, sino que es conquistada o usurpada por unos pocos.

Podríamos pensar que el sistema sobrevivirá reajustando algunos puntos de sutura aquí y allá. La democratización de la riqueza, si esto pudiera llegar con contundencia en un futuro, hará que las guerras y la violencia den paso a una especie de conformismo generalizado donde la felicidad, en una primera instancia, seguirá determinada por el grado de consumo y satisfacción inmediata que este produce. La tenencia y la posesión de las cosas, por muy inútiles que sean, seguirá siendo la nota que domine nuestras vidas.

El cambio y la transformación esencial para romper con ese círculo tendrá que ver con cierto hartazgo materialista y una radical decisión para poder cambiar de forma de vida. Esto ocurrirá cada día con mayor frecuencia. Al democratizar la riqueza, el ser humano llegará a emanciparse de los sistemas primitivos de subordinación encubierta y deseará navegar por territorios nuevos e inexplorados. La libertad vencerá a la seguridad y los valores de emancipación serán cada vez más frecuentes. Este mundo se apaga en su cenit de esplendor, pero ya está germinando el nuevo mundo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

«Para nacer hay que destruir un mundo»


IMG_20200520_211429_0~2
Paisajes al ocaso, muy cerca de aquí

“Tienen mis deseos por término estas montañas y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera”. El Quijote, Cervantes.

Para nacer, hay que destruir un mundo. Esta fue quizás una de las frases más conocidas de la obra Hesse, la cual aparecería en su libro Demian. No le faltaba razón. Ahora que he empezado la lectura compartida de su obra El Juego de los Abalorios, uno se da cuenta de la necesidad de morir a lo viejo para restaurar lo nuevo. Destruir un mundo, morir iniciáticamente a lo antiguo, siempre es necesario. En estos días sosegados, donde el síndrome de Stendhal se apodera de mi vida, disfruto plácidamente de todo tipo de lecturas.

Después de la práctica meditativa a eso de las ocho, el día se despliega con lecturas de Hesse, de Schlüter, de Dalio, de Dürckheim o Fortune. Voy alternando lecturas con trabajos manuales. Estamos haciendo una puerta nueva para la cabaña, sembramos aprovechando la luna algunas verduras, preparamos las vigas de la vieja casa para albergar la futura biblioteca y acomodamos nuevos espacios para algún día disfrute de todos. Es una conjunción hermosa, porque el trabajo manual, el labora en la tradición cristiana o el samu en la tradición budista o el karma yoga en la hinduista, compartido con la lectura y la oración, recrean en el ser un estado de profunda sintonía con la vida.

Por las tardes, un poco antes de invitar a las gallinas y patos al descanso nocturno, damos paseos en los que nos dejamos embriagar por toda la belleza primaveral de estos largos días. La hierba está alta y pronto formará parte de los silos de invierno. Toda la floresta embriaga por el cúmulo de flores que se expanden en las veredas de todos los caminos. A veces tenemos, ante el ansia exploratorio, que hollar sendas inexistentes, expandir nuestros pasos por remotas alamedas cargadas de agua y fango o disfrutar ante la sorpresiva belleza de lo inexpugnable.

Hemos acomodado alrededor de la cabaña algunos espacios para la lectura. Después de seis años de compartir intenso, me he dado cuenta de que no he sido capaz de disfrutar de ese bien preciado que llaman privacidad. La pandemia y la nula visita de peregrinos me está ayudando a reconciliarme con mi tiempo, a la vez que aprovecho para destruir las antiguas formas que en mi propia estructura había construido. Hemos sembrado algunos setos con la esperanza de que en el futuro la privacidad sea respetada.

Todo esto lo alterno con el trabajo en la editorial, mi otra pasión. Aunque la situación económica es compleja y difícil, no dejo de buscar ideas para seguir editando obras imprescindibles. Aún me toca lidiar con los restos del pasado, al mismo tiempo que perfilo en mi interior como serán las directrices y principios que gobernarán esta nueva vida. Ando creando el nuevo mapa, la nueva ruta ante la madurez de la vida.

Ayer hacíamos recuento de cuantas veces hemos renacido en esta vida, cuantas veces habíamos roto con nuestro pasado y habíamos vuelto a empezar en otros lugares, con otras personas, con otras culturas. En mi caso fueron siete grandes cambios. Andalucía, Barcelona, de nuevo Andalucía, Escocia y Alemania, Madrid y ahora Galicia. Rozando los cincuenta, no tengo más necesidad de exploración espacial. Me conformo con saber que seguiré viajando de un lugar a otro en pequeñas salidas al mundo, pero que siempre estará este lugar aguardándome. Sabemos que la vida da muchas vueltas, pero interiormente siento la necesidad de echar alguna raíz, aunque sea mínima, en este hermoso bosque.

Por eso el mundo que ahora destruyo es interior. Ya no existen movimientos vitales de un lugar a otro, ni vida nómada que valga. Hay algo dentro de mí que se quiebra para dejar nacer algo nuevo. Decía una amiga que me está costando vivir. Quizás vaya siendo hora de buscar en lo sencillo una forma de vida tranquila y desapasionada, dejándome arrollar por el éxtasis de la belleza sublime, por las sensaciones que uno percibe cuando contempla la bóveda celeste y se interroga por todos los misterios de la vida. Contemplar la hermosura del cielo. Aquí, donde la belleza es exuberante, no se necesita mucho más.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El triunfo de los imbéciles


a
© Vassilis Tangoulis 

Había en mi estantería un libro de Álvaro de Laiglesia que siempre me llamaba la atención por su peculiar título: «Dios le ampare, imbécil». Siempre me consideré a lo largo de mi vida un poco imbécil por mi falta de inteligencia o habilidad. Decía Balzac que un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es más fuerte que un hombre de talento que tiene millares. Hay muchas historias de imbéciles que tuvieron algún tipo de éxito en la vida, quizás precisamente por esa obstinación por llegar a alguna parte, con una sola idea fija en su cabeza.

A veces el éxito profesional viene de la mano del éxito personal, y entonces, la vida parece una feria plagada de alegrías y victorias. Por supuesto, no todos los imbéciles triunfan. Yo soy del grupo de los que siempre iban, de cara a los demás, a la cola en todo. De los que suspendían, de los que era mal estudiante, malo en los trabajos y un pésimo compañero sentimental. Mi vida social, profesional y personal siempre fue un desastre. Un completo imbécil que jamás triunfó en nada.

No es esta una sensación que me abrume. Hace años comprendí que nuestras limitaciones están ahí para ponernos a prueba, y lo mejor es, una vez puestas en consciencia, hacer lo que se pueda. Fracasar una y otra vez nos ayuda a mejorar cuando la inteligencia o la habilidad no da para mucho. La inteligencia es un recurso al que no todos podemos acceder. Y no pasa nada. Ser más o menos inteligente no es garantía de ningún éxito. He conocido a lo largo de mi vida decenas de personas excesivamente inteligentes cuyas vidas han sido siempre un continuo preludio de fracasos.

Ray Dalio, una de las personas más influyentes y ricas del mundo vivió una vida plagada de fracasos. Leyendo su autobiografía titulada “Principios”, me asombra que él mismo se considere un auténtico imbécil. Eso le honra. “Antes de empezar a contarte mis creencias, quiero dejar claro que soy un completo imbécil que ignora mucho de lo que necesita conocer”. Así empieza su libro de casi seiscientas páginas plagadas de vivencias, creencias y experiencias que le ayudaron a pasar del fracaso más absoluto a una vida de éxito y dinero. Me llamó la atención su biografía por la facilidad de explicar la economía, sus ciclos, sus crisis, pero especialmente, por su afición a la práctica de la meditación.

Dalio llega a un punto en la vida en la que ya no busca éxito. Deseo “transmitir estos principios porque me hallo en una etapa de la vida en la que quiero ayudar a que los demás tengan éxito, más que intentar buscarlo para mí mismo”, nos dice. Éxito es una palabra escurridiza. Para mí el mayor éxito existencial ha sido descubrir la profunda libertad que da el vivir en una cabaña situada en mitad de un pequeño bosque. No me siento exitoso por haber sacado dos carreras, o un doctorado, o haberme ganado la vida con una editorial bastante peculiar.

Visto con perspectiva, quizás mis pacientes maestros no hubieran dado ni un céntimo por esa carrera tan inusual en un imbécil que de pequeño no sabía distinguir las palabras unas de otras, quizás por alguna atípica dislexia no detectada a tiempo, o por una incapacidad mental para analizar y discernir los significados correctos del mundo envolvente. Mi futuro estaba condenado al trabajo fabril. Pero algo se torció gracias quizás a la práctica de la meditación o al consuelo de aceptar que no había nacido para adaptarme del todo a este mundo. Por eso, el éxito puede ser muy relativo, aunque la sociedad lo tenga muy determinado y marcado en cuestión de “tanto tienes, tanto vales”. Socialmente no valgo nada porque no tengo nada. Interiormente me siento rico por haber llegado a este pequeño estado de ataraxia. Vivir sin deseos y sin temores es lo más parecido a la felicidad. La lectura de un buen libro, un paseo, echar de comer a los pajarillos del bosque y disfrutar con su disfrute… No pido mucho más.

Ser una persona tímida y retraída me llevó a todo tipo de fracasos en las relaciones personales. Amigos que se fueron, otros que aguantaron por pura compasión y aquellos que perdieron la paciencia con mi peculiar forma de entender la vida y salieron cabreados de mi presencia. Con las parejas no tuve ningún éxito, en principio por mis propias rarezas, y en parte, por ser huraño hasta el extremo. Me rodee de personas maravillosas que terminaron hastiadas y cansadas de alguien tan extremadamente exhausto y perdido. No lo digo con ánimo de dar pena ni con intención de crear un sentimiento de martirio constante. Ser un desastre con las relaciones es fácil. Lo complejo es tener éxito con los demás sin rozar cierto grado de hipocresía constante.

Mi orgullo y excesivas dosis de narcisismo, esa creencia profunda de sentirte siempre un poco rarito ante los demás, viendo que los demás triunfan y uno simplemente se esfuerza para aparentar ser poco imbécil, me hace sentir de esta manera. Pero como digo, lo llevo con comodidad y cierto orgullo. Vivir en una cabaña de veinte metros cuadrados puede resultar un fracaso a la vista de la mayoría, pero para mí, y para mi pequeño ego vanidoso, es un gran triunfo.

Así que, de alguna manera, me considero personalmente un imbécil triunfante. Mis triunfos son modestos y muy personales, claro. Una pequeña cabaña, una estantería llena de libros para leer una y otra vez y la naturaleza. Quizás el mayor de los triunfos de mi vida haya sido precisamente descubrir la naturaleza en su estado “salvaje”, que sería como decir algo así como haber descubierto a Dios en su estado más puro y directo. En eso me siento triunfante y príncipe de mi pequeño reino. Y en estas andamos. Si te sientes un fracasado, «Dios te ampare, imbécil». Pero no te lo tomes a mal, disfruta de la riqueza y la libertad de no tener nada.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El mérito de estar callados


a
© Laurent Baheux 

¨El Ser es lo que Es y no se perfecciona más que siguiendo las leyes reales del Ser. Observemos, no prejuzguemos; ejercitemos nuestras facultades, no la falseemos; ensanchemos el dominio de la vida; ¡veamos la verdad en la verdad! Todo es posible a aquel que quiere solamente lo que es verdadero. ¡Permaneced en la naturaleza, estudiad, sabed y después osad; osad querer y callaos!¨. Eliphas Levi

Los gnósticos de todos los tiempos asumían como suya la plegaria zoroastrista del saber, querer, osar y callar. El silencio siempre fue un signo de distinción entre los cultos, los elevados y los venerables de todos los tiempos. Los que se presentan con la frente erguida, la mayoría de nosotros, solemos ser personas ruidosas, extremamente estridentes. El silencio viene asociado a la humildad y junto a la belleza, suele ser un síntoma inequívoco de sabiduría.

Trabajar sin que la mano derecha vea lo que hace la mano izquierda, aunque esto a veces pueda resultar desagradable o pueda generar desconfianza, es algo complejo. Muchos confunden el trabajo del pequeño ego con el trabajo del Ser esencial, del Alma. Muchos confunden ambas dimensiones, cuando son disparatadamente diferentes hasta que la verdadera integración de una con la otra es real. La verdad de las cosas, desde lo subjetivo de lo que uno siente a lo objetivo de lo que otros opinan, varía en todos los sentidos posibles como una transfiguración de personajes y situaciones a veces irreconocibles. Por eso, hablar de la “verdad” siempre resulta osado, excepto para el dogmático, el fanático y el exaltado. La verdad sobre un elefante no es la pierna que en nuestra limitada capacidad, siguiendo con el conocido juego de la percepción, podamos ver o percibir. El elefante real, siempre será mucho más grande y majestuoso.

Hablar de lo que no se habla, de aquello que a veces es tabú, sólo tiene mérito cuando nace de la voz de la maestría. A los demás, ya nos valdría estar callados, en silencio, sin hacer mucho ruido. Si no fuera por ese ser exacerbado, por esa continua necesidad de describir y escribir sobre la vida, mantendría un absoluto silencio.

Es cierto que, exceptuando estos veinte minutos de relato casi epistolar, el resto del día lo paso en silencio. No soy hombre de palabra. Prefiero la escucha o la contemplación, el pasear desnudo, sin mucho que decir, observante, pasivo ante los acontecimientos diarios. Estas palabras forman parte de un testimonio literario, a veces exagerado por la imaginación, a veces excesivamente descriptivo con los acontecimientos diarios. A veces simpático y otras desagradable. La vida misma, con sus norias, con sus vaivenes, con su misteriosa plenitud y expresión. Un trozo de pierna elefantina, sin más.

Suscribirse a los hechos no deja de ser una forma de mirar al mundo. Compartir esa mirada no deja de ser un acto de generosidad. Guste más o guste menos, el resultado no importa en absoluto. El filósofo Lessing se cuestionaba sobre la virtud de las creencias o del propio patriotismo. No hay patria ni creencia en todo cuanto aquí se relata. Sólo una expresión libre de los acontecimientos vividos subjetivamente. No hay mucho que esconder, ni mucho que relatar más allá de la deriva de mi propia imaginación, plasmada con anécdotas sin importancia. A veces hay deseos reprimidos que no encuentran palabras y otras, esos deseos son expresados atávicamente con el poder y la fuerza de un huracán encerrado en una botella que fuera lanzada al infinito océano de la sinrazón. Si esto ayuda a alguien, bienvenido sea. Si no ayuda, no pierdan el tiempo conmigo. No merece la pena.

Estar callados, en silencio, no es solo el dejar de hablar. Es también esa virtud de transmitir paz a los lugares y las personas que nos rodean. Esto es algo complejo, porque a veces, cierta incertidumbre nos apodera cuando vemos como las cosas requieren orden y perseverancia. El propio Jesús lo dijo de esta manera: “No creáis que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada”. Más tarde, látigo en mano, sacudió a los mercaderes del templo diciendo: “¿Cómo se atreven a convertir la casa de mi Padre en un mercado?

El templo es un lugar de oración, de meditación, de contemplación, y por lo tanto, de silencio. Cuando el ruido se apodera del templo, cuando los mercaderes hacen de sus paredes sombra para cobijar sus bueyes y ovejas, entonces, hay que levantar el ánimo, látigo en mano, y expulsar el ruido. Es una tarea compleja, porque el ruido que está fuera suele ser una manifestación psíquica y cuántica del ruido que albergamos dentro. Pulir virtuosamente nuestro ruido es una forma franca de traer paz al mundo. Por eso el silencio es un mérito. Es la cosa más difícil del mundo, y solo los virtuosos venerables consiguen esa paz profunda.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible


a
© Gabriel Guerrero Caroca 

“Las buenas influencias no existen, señor Gray. Toda influencia es inmoral; inmoral desde el punto de vista científico. Influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas y de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que los pecados existen, son prestados. Se convierte en eco de la música de otro, en un actor que interpreta un papel que no se ha escrito para él. La finalidad de la vida es el propio desarrollo. Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible, para eso estamos aquí”. Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray

Oscar Wilde decía que la vida no puede escribirse, solo puede vivirse. Escribía cuando no conocía la vida, y cuando entendió su significado, dejó de escribir. Me ocurre algo parecido. Escribo a modo de diario íntimo, una forma de recordar, ante mi falta de memoria, todos los acontecimientos e ideas vividas. Porque las ideas también se viven, no solo de pan vive el ser humano.

Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible requiere dejar de influenciar al otro. Por eso, de alguna manera, me siento estos días liberado. No deseo seguir condicionando la vida de otros. A veces, imponiendo ciertas reglas que no son del todo integradas por otros, estoy cometiendo una inmoralidad. Resulta difícil encontrar el punto de equilibrio entre ese afán de intentar mejorar las cosas y ese otro de ejercer control sobre las mismas. Por eso el cierre de este lugar, aunque sea de forma temporal, es liberador. Es liberador porque deja de condicionar la vida de terceros. Es liberador porque esos terceros dejan de condicionar mi propia vida .

Realmente descubro con cierta decepción que cuando no hay obligación, nadie atiende a lo más mínimo. El mundo a veces requiere de normas, de estamentos, de obligaciones para que de alguna forma sobreviva. Las excepciones nacen cuando el sentir personal está por encima de cualquier norma, y por lo tanto, las cosas fluyen sin necesidad de forzarlas. Como digo, esto podría ser lo excepcional.

Ahora que todo ha cambiado, que los tiempos han cambiado y que de alguna forma nosotros hemos cambiado con ellos, me pregunto qué será lo siguiente a perfeccionar para dejar de influenciar y dejar que cada cual viva sus propias pasiones. Es algo difícil. Jesús decía aquello de que el candil había que ponerlo encima de la mesa. Que había que salar el mundo. Que, de alguna forma, tal y como decía el Buda, hay que practicar los caminos. Pero, ¿cómo hacerlo sin coartar la libertad del otro, sin influenciar ni prestar nada al otro? Aún no se me ocurre como hacerlo.

Alcanzar la plenitud es algo complejo. Todos deberíamos tener la oportunidad de poder hacerlo alguna vez en nuestras vidas. Siento que este año será muy revelador. De alguna forma, en este tiempo de contemplación y retiro, siento una gran paz interior. Solo deseo no deber nada a nadie, y espero que en los próximos años esto se haga una realidad.

 

 

Paz y silencio


A
© Selvy Ngantung

Decisiones difíciles la de estos días, pero al mismo tiempo, liberadoras. Es complejo explicar todo el cúmulo de sensaciones. No sabría cómo ordenarlas. Tras conversaciones con unos y con otros, y viendo la dificultad de seguir los protocolos del Covid-19 y ajustarnos a las medidas de higiene mínimas, decidimos cerrar el proyecto O Couso durante al menos un año. Egoístamente, esa decisión me liberó. Me resultaba difícil entablar una comunicación real con el proyecto en las nuevas condiciones establecidas.

Entendí esta dificultad como una oportunidad de cambio, de transformación. Llevábamos días hablando de que la palabra “proyecto” ya no era necesaria. Efectivamente, el proyecto O Couso ya es una realidad, y había que encajarlo a su nueva dimensión y pasar, al mismo tiempo, a la segunda fase de toda la visión, de todo el conjunto.

Así que se nos presenta un año por delante, un año de reflexión, de movimientos, de cambios. O Couso pasa a ser una casa de acogida, y se le relega el protagonismo que hasta ahora había tenido para dárselo a la Escuela. Quizás se llame Escuela de Samos, sin más añadidos, un lugar dónde practicar la meditación, el estudio y el servicio pero ahora desde un compromiso mayor, desde una perspectiva diferente. Serán siete años para desarrollar esa Escuela, que pretende ser una Escuela de vivencia y experiencia, no tan solo de “estudio” intelectual. La experiencia espiritual solo tiene sentido si hay una práctica espiritual, especialmente una práctica que nace desde lo cotidiano, desde las ollas de la cocina, la huerta, la limpieza, el jardín.

Todas estas reflexiones se organizan con una necesidad de silencio exterior e interior. Por eso durante una temporada he decidido ausentarme de las redes, poner este blog en cuarentena privada, solo acto para amigos que tengan la paciencia o el cariño de poder leer estas reflexiones sin juicio, sin prejuzgar. No tengo más ganas de seguir recibiendo anónimos insultantes ni desprecios de ningún tipo. Necesito silencio. Paz interior. Un tiempo para pensar en mí, en mi bienestar, en mi descanso, en mi vida privada, que acabo de descubrir que durante estos últimos seis años he carecido de ella.

En fin, ganas de estar tranquilo, ganas de disfrutar de este hermoso lugar y ganas de seguir buscando fórmulas para que este espacio pueda seguir siendo compartido y disfrutado por todos. Vamos a ver qué se teje en los próximos meses. De momento, seguiré escribiendo como hasta ahora, a modo de recapitulación vespertina. Y seguiré mejorando en todo lo que pueda para ofrecer mi humilde impulso, mi pequeño y minúsculo servicio a la causa de la luz.

 

 

Amor a viudas y huérfanas


a
© Chandra Stevi De Kock

Somos islas silvestres. Agazapados en nuestros miedos. Apartados del mundo. Refugiados en nuestras selvas. El fuego reviste todas las formas. Si vibra interiormente, sacude cuanto abraza. Así en el pasado como en el presente como en el futuro, el fuego permanece siempre fijo en nuestro interior, en nuestro sol central, indicándonos el camino. Morimos todo el tiempo. A veces lo hacemos de forma consciente, iniciática, otras en las pequeñas cosas. Algo muere todos los días sin darnos cuenta. Algo queda en cada resurrección perenne. Algo siempre hay que salvar de nuestras islas remotas.

Cuando decidí dejar Madrid para venirme a vivir a los bosques pasaron muchas cosas. Desmantelé poco a poco la editorial. Tuve que cerrar la hermosa librería-editorial-centro de meditación que había en Malasaña. Tuve que despedirme de muchos colaboradores que hasta ese momento trabajaban en la editorial y tuve que volver a empezar de nuevo, de cero, con todo lo que eso supone de carga emotiva, de aventura, de incertidumbre, de alegría hacia lo nuevo y de tristeza por abandonar lo viejo. Rompí con lo tierno y abracé sin yo darme cuenta lo duro, lo extremo. En ese momento tuve que reducir la editorial a su mínima expresión. Coincidía que había tenido unos años de bonanza donde había editado y casi descubierto en primicia a autores como Suzanne Powell y Emilio Carrillo, que por esos entonces empezaban a despuntar y levantar el vuelo, con suculentas ganancias editoriales que invertí íntegramente en la compra y reconstrucción de este lugar donde ahora mi fuego habita. Un tiempo duro, muy duro. Una isla silvestre en mitad de la nada.

Antes de abandonar Madrid hice un curso presencial sobre maquetación en una prestigiosa academia que se dedicaba a los entresijos del mundo editorial. El trabajo de maquetación y de creación de portadas siempre los hacían terceros a los que pagaba según su trabajo. Como las cosas iban a cambiar, decidí prepararme y asumir yo mismo esos trabajos, a sabiendas de que en los próximos años cualquier ahorro serviría para potenciar el proyecto utópico. En ese curso fue cuando aprendí la diferencia entre viudas y huérfanas, y a cómo subsanar esos errores propios de la edición.

Ahora, visto con distancia, recuerdo que me desnudé por completo. Aposté todos mis ahorros, mi carrera, mi tiempo y mis esfuerzos a vivir una aventura impresionante, dedicando menos tiempo a mis viudas y huérfanas y focalizando todo mi trabajo en intentar que muros y tejados no cayeran encima de nadie. Seis años después me pregunto qué hubiera sido de mí si en vez de dedicar todos esos titánicos esfuerzos a esta empresa me hubiera quedado tranquilo y feliz en mi pequeño apartamento madrileño, en aquella pequeña selva oscura donde el fuego se avivaba con un fuelle posado en el más equilibrado de los haras .

En aquel tiempo también disfrutaba de la compañía de los hijos de la viuda. Estos me invitaban a eventos secretos, a logias encubiertas en escarpadas montañas lejanas, a ceremonias conjuradas con bellísimos rituales, a lugares que muchas veces eran desconocidos para los propios maestros del oficio, y a los que tan solo se llegaba si contabas con cierta reputación en los marcos más subjetivos de distinguidas relaciones. Recuerdo aquello como tiempos divertidos, de auténtica libertad, de esparcimiento y vocación, de curiosidad y osadía. Islas remotas. Músicas de otro tiempo, de otros templos.

¡Ay pero los tiempos cambian! Y hoy mismo andaba peleando con unas viudas de un interesante texto que trataba sobre la gobernanza del mundo. El oficio de editor, más contemplativo y recolector de los frutos sembrados, se cuestiona con calma qué hacer ahora con esos tan extremos esfuerzos realizados para que otros puedan disfrutar, alejados de la queja y el sosiego, de este espectacular lugar. Creo que, a partir de ahora, al igual que en su día reduje la editorial a su mínima expresión, haré lo mismo con mis intervenciones acogedoras, que muchas veces de nada sirven excepto para enfadar a unos y a otros que por diversas razones ven en mí cierta amenaza. Me centraré entonces en la profundidad de la Escuela, ese fuego que osa asomar de entre las brumas. Osaré dedicar mi tiempo a construir ese segundo proyecto para asentar las bases, aún no sé si sólidas o no, de todo el conjunto esotérico, de toda la mística profunda del fuego.

Seguiré eliminando viudas y huérfanas, integrándolas en los párrafos de la vida, en aquellas oleadas de existencia donde cada cual, según su vibración real, necesite estar. Ofreceré el cáliz y el agua de las fuentes, pero solo por un tiempo. Una vez saciados, los peregrinos deberán continuar su búsqueda estelar. También estaré más protegido, más sumido entre libros, entre relatos, entre estudios, escondido entre setos y rosales cargados de dulces rosas y puntiagudas espinas. Ya no subiré a los tejados como antaño, ni bajaré a más suelos que no sean aquellos que soporten con gracia todas las cuestiones profundas. Dejo el oficio de hospitalario y constructor y me sumerjo de nuevo en el aprendizaje de la maestría, en mis líos entre viudas y huérfanas, escondido en esas montañas escarpadas disfrutando de rituales y conjuras. En el centro de la tierra, en el agua media y por encima de los cielos, el fuego permanece oculto, protegido, a salvo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Cumplamos con todo nuestro deber


IMG_20200512_204323_4-2

“No es oro todo lo que reluce; no todos los que vagan están perdidos; lo viejo, si vigoroso, no se marchita; a las raíces profundas no les afecta la helada.” J. R. R. Tolkien

Estos días me he unido subjetivamente a un grupo global de meditadores que se esfuerzan para que la paz penetre cada vez más en nuestros mundos. La meditación es importante por muchos motivos. Sirve de guía, de contacto con nuestro ser interior, de momento de desconexión de todas nuestras preocupaciones y sirve para construir un puente que nos una cada vez más hacia la parte más profunda de aquello que llamamos el misterio. Cuando meditas, algo se vuelve vigoroso dentro de ti, algo que enraíza profundamente y te mantiene sujeto a un ideal, a una vida que se expresa y se expande.

Esta mañana tuve una pequeña lesión muscular. Aprovechando que el estado de alarma se había suavizado un poco, nos aventuramos a viajar por las profundidades de la provincia hasta Tierra Cha, la tierra plana que se extiende por el centro de este país celta tan hermoso. Era nuestra primera excursión después de este largo encierro. Los paisajes eran inspiradores hasta que llegamos a uno de los viveros más grandes de Galicia. La idea era mirar un poco qué se podía hacer para empezar de aquí a un año con el segundo tramo de siete años de la experiencia utópica, la cual basaría sus esfuerzos en la construcción de la Escuela y el Jardín, antes de empezar con el tercer tramo, el de la comunidad, siete años después. Al final compramos algunos rosales, algunos árboles frutales y algunos setos. Fue cargando estos últimos cuando sentí un dolor profundo en mi espalda.

Al volver a casa, ante la idea de acercar todo lo posible las nuevas adquisiciones hasta las cabañas, tuve la mala suerte de encallar el coche en mitad de la finca, en un barrizal junto a la huerta del que no pude salir. Allí se quedó a la espera de que el tiempo amaine, la tierra se seque y pueda sacar el coche. Y así estoy yo, encallado en el lecho, sufriendo este agudo dolor e intentando que su intensidad amaine mientras suspiro profundamente y reflexiono sobre los últimos acontecimientos vividos.

Cuando la vida te para de esta manera, así, de repente, uno tiene tiempo de cerrar los ojos y contemplar la existencia desde una dimensión diferente. Así lo hice esta tarde durante un tiempo. Cerré los ojos justo al atardecer, como hacen los sacerdotes brahmanes de la India, y recité el hermoso Gayatri: ‘Oh Tú, sustentador del Universo, de Quien todas las cosas proceden, a Quien todas las cosas retornan, revélanos el rostro del verdadero Sol Espiritual, oculto por un disco de luz dorada, para que conozcamos la verdad, y cumplamos con todo nuestro deber, mientras nos encaminamos hacia Tus sagrados pies’.

El silencio se apoderó durante un tiempo mientras observaba como, bajo la lluvia, ella plantaba setos y rosales junto a la cabaña, desbrozando y preparando antes la tierra, con una fuerza admirable a pesar de sus largos días de ayuno de 24 horas. La idea es crear un entorno de mayor privacidad, porque hemos descubierto que llevo seis años expuesto al mundo, sin disfrutar de un espacio propio, privado, de silencio, de intimidad. Ella trabaja así, en silencio, sin molestar a nadie, llevando a raja tabla sus prácticas espirituales y sin necesidad de que nadie vea lo que hace día tras día. Ella cumple con su deber interior y anima al mundo con ello. Se desprende de todo y en su simplicidad exterior crea complejos sistemas interiores.

Sentí en su ejemplo cierto alivio. De alguna forma me gustaría ser una especie de sombre anónima, un ejemplo invisible que susurra a los vientos y trabaja en silencio. Conocer la verdad es algo complejo. Cada uno tiene una visión de las cosas que dependen sustancialmente de lo que otros dicen, de lo que uno siente sobre lo que otros dicen, de lo que uno ve y observa, de lo que uno ve y observa y discrimina y discierne. Cuando uno siente cierta frustración interior, a veces determinada por hechos del pasado, y otras por no alcanzar expectativas de futuro, tiende a culpar a los demás de dichas frustraciones. A veces, si no se encuentran culpables objetivos, solemos verter nuestra cólera sobre los gobernantes, sobre el mundo entero o la existencia entera.

Siento que mi vida es algo compleja. Esa complejidad crea en algunos desconfianza y en otros admiración. Ambas son realidades mentirosas porque solo ven una parte del conjunto. Ciertamente, cuando la desconfianza comienza a volverse tóxica, intento enfocar mi mirada en aquello que pueda producir paz. Cierro los ojos, medito en silencio y procuro no verter negatividad en todo cuanto ocurre. A veces me llegan injurias, otras veces ataques e insultos de forma indiscriminada. Por norma soy una persona tranquila, que trabaja intensamente y no se mete en la vida de nadie. A veces se me echa en cara esa forma huraña de vivir. Y con la edad estoy descubriendo que ya solo me apetece compartir silencios y abrazos con personas equilibradas, amables y alegres.

Estos próximos siete años intentaré centrarme, desde el silencio y el anonimato, la privacidad y la intimidad más absoluta, en la construcción de un bonito jardín y una hermosa escuela. Estos serán lugares para el disfrute de todos. Yo habré cumplido con mi parte, y si para entonces dispongo de salud y fuerza suficiente, iré a descansar al valle de los avasallados. Mi único deseo es cumplir con todo mi deber, aquello que me dicta el corazón y mi mente guía. Aquello que mi alma suspira cuando me aquieto, y en silencio, medito.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Hacia la madurez interior


a
© Arnaud Bathiard

“Al hombre le es confiado su propio camino interior y su obra visible. En el fondo de su Ser siente la necesidad y la bendición de un progresivo caminar en una madurez interior, sin la cual no es posible la paz”. Karlfried Graf Dürckheim

Cumplí años y sentí esa carga que uno puede atesorar con el transcurso del devenir. A veces se hace pesada. A veces nos enfrenta a la realidad inevitable de la muerte, siempre tan cercana, siempre tan amiga. No pensamos en ella ante el ruido colérico de la acelerada existencia. Pero nos espera paciente. También nos espera cada segundo de existencia, cada instante de vida. Cada momento es una oportunidad de aprendizaje, una puerta para hacernos mejores.

Ha sido cumplir años y sentir como ante las pruebas de la vida, uno solo desea empoderarse en el noble silencio, en el camino interior, en la paz. Cuando escucho ruidos, y quejas, ecos disonantes que centellean hacia todas partes, intento observar la escena, sin intervenir excesivamente en ella. Hoy fue un día de truenos y centellas. Había metralletas ruidosas que disparaban su carga pesada a todas partes. Intentaba respirar, intentaba guardar serenidad y beber de las fuentes del agua fresca y dulce. Me di cuenta de que la edad ayuda a observarlo todo desde la distancia, sin implicación emocional, al menos sin una pesada carga de implicación emocional.

Había un pequeño grado de decepción porque nunca fui amante del ruido. De pequeño siempre huía de los tonos disonantes, ya fuera mediante el llanto consolador o la lectura impulsiva de libros que pudieran distraer mi mente y mis emociones. A veces pienso que mi espiritualidad nació de esas huidas ante el ruido violento. Huidas hacia los libros o hacia la naturaleza. ¡Qué mejor refugio que la vida interior para no tener que enfrentarnos al exceso de dolor! Los libros y la naturaleza en conjunción siempre son fuentes de sabiduría y aliviaderos del alma.

Pero la vida interior no es solo un posible remanso de paz. La vida interior requiere enfrentarse a las crisis de todo crecimiento. Una forma de entrenamiento que nos pone siempre a prueba ante las pequeñas iniciaciones diarias. Abordar desde cientos de dimensiones posibles aquellas experiencias que la vasta actividad espiritual nos ofrece es todo un reto de consciencia. La inmensidad de esa experiencia es inconmensurable. Uno descubre que la paz es un punto de quietud necesario para poder enfrentar con coraje las fuerzas cósmicas que se desprenden ante la visión del que avanza hacia la cima, hacia la montaña angélica. Uno va desplegando ciertas alas poderosas a medida que la presión se vuelve cada vez más liviana.

La madurez humana es comprensiblemente tranquila. En ese sentido, siento como un descubrimiento este nuevo estado del ser. Dejas de tener prisas, ambiciones, necesidad de halagos o de demostrar nada. Ya no quieres éxitos personales, sino que te alegras de los éxitos ajenos y solo piensas en fomentarlos, apoyarlos, inspirarlos. Estos días pensaba cuantos viejos sueños me quedan por cumplir a nivel egoico y solo aparecían un par de ellos. A uno, le daré rienda suelta en septiembre: estudiar la carrera de filosofía. Siempre decía de mí que era un filósofo, pero a pesar de mis cientos de lecturas sobre la materia, me siento un pobre ignorante. Y desde muy pequeñito siempre soñé con ser filósofo, con estudiar filosofía y convertirme en un pensador. Tiene su misterio esotérico, pero también su sentido hermético.

Ser un pensador es un oficio importante. Sugiere pensar el mundo, y con ello, crearlo. Siempre pensé y sentí que de pertenecer a algún tipo de fuerza, la mía sería la de segundo rayo, la del rayo de amor-sabiduría. Quizás por eso siempre sentí la necesidad de estudiar la ciencia que ama la sabiduría. En septiembre me daré ese pequeño capricho. Como el estudiar no ocupa lugar, quizás conociendo más de cerca la obra de grandes personajes del pensamiento logre enraizar en mí un concepto más amplio y abarcante sobre el nuevo mundo. Será un gozo volver a estudiar y seguir aprendiendo. Nunca es tarde si la dicha es buena. Será un gozo volver a sentir que uno puede morir cada día y volver a empezar a la mañana siguiente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Un mundo discontinuo. Paisajes entre la acción y la retórica


a
© Fabienne Bonnet 

Es complejo, muy complejo, hacer desde la integridad lo que uno siente, piensa, le anima y empuja a actuar. Como seres humanos, somos un corolario complejo. Siempre recibimos injerencias de muchos caudales que escapan a nuestro control. Somos seres multidimensionales que se mueven en una limitante esfera llena de pequeñas esferas materiales, etéricas, emocionales y mentales complejas. En esas cuatro dimensiones conviven además no solo aquello que nace de nosotros, sino la herencia ancestral de todos nuestros antepasados, cada uno con su propio aspecto lógico e ilógico. También aquellos que nos rodean y de todo aquello que nos alimentamos. No me refiero estrictamente a lo que ingerimos como alimentos materiales, sino también a lo que respiramos del ambiente en el que vivimos y de los otros, sus ánimos, sus emociones, sus pensamientos: todo aquello que soportamos y que no nos pertenece, pero que nos configura como seres humanos y sociales.

Y luego las circunstancias, que decía Gasset. Nosotros, con toda nuestra carga onírica, psíquica y emocional, con toda nuestra herencia y con todos aquellos que nos rodean interaccionando a la vez, añadiendo ahora la gota de las circunstancias, a veces extrañas, a veces rutinarias, a veces extraordinarias, dependiendo de en qué tipo de dimensión nos movamos.

Si nos movemos en una dimensión estrictamente material, nuestras vidas son rutinarias, basadas en la subsistencia, sin mayor aliciente que proteger nuestra seguridad vital. Si nos movemos por una dimensión más etérica, energética, la estética y la salud serán para nosotros algo importante y relevante. Seremos como torbellinos de viento que van de un espejo a otro mirando como agradar, como mantener la joya de la ilusión siempre brillante, mantenida siempre por nuestros estados de ánimo.

Los que viven en dimensiones más emocionales centran la vida en lo referente a la familia y su protección. También en sus traumas, en sus desequilibrios (todos estamos de alguna forma desequilibrados emocionalmente), en los miedos y en la gestión de la rabia inoculada durante millones de años de violencia y ardor fanático. Elevar las emociones desde una dimensión astral baja (rabia, miedo, frustración) a una dimensión astral superior (belleza, amor, alegría) es complejo. Hay escuelas y movimientos que nos ayudan a gestionar las emociones y nos ayudan a ejercer cierto control sobre las mismas. Superar el trauma del mundo de los deseos equivale a la imagen de un Cristo caminando sobre las aguas. Es una imagen hermosa que nos dice que nuestra labor como seres humanos es desentrañar los misterios de ese mundo, de esa dimensión, y caminar sobre ellos. Las emociones siguen siendo nuestro gran reto como seres homo-animales. Su gestión sana y madura seguirá siendo un trabajo interior importante.

Y luego están los que viven en el mundo de las ideas, en la mente fría, en la retórica intelectual, muchas veces aislados por lo que ellos llaman la incomprensión del mundo, la falta de sentido, la nulidad de las cosas. Vivir aislados en esas prisiones conceptuales es también una enfermedad que hay que tratar, porque el intelectual que se cree único y cercano a la verdad, es como el enfermo que piensa que ningún doctor podrá sanarle porque su enfermedad es única. Un intelectual anclado en el orgullo espiritual es como una persona anclada únicamente en el materialismo reducido al consumismo. Es una tara del alma, un error de programación. Es un ser incompleto porque no es capaz de abrazar sus otras dimensiones desde la sana apreciación, ni integrarlas en la suma de las partes, eso que vagamente llamamos alma.

Al estar ofuscado por su propia luz, es incapaz de ver la luz del mundo, y por lo tanto, es incapaz de ejercer control sobre los acontecimientos que se expresan en su realidad para hacerle avanzar. Al no tener dominio sobre uno mismo ni sobre sus dimensiones, no tiene dominio sobre su vida. Aferrado a su ombliguismo, morirá en una postura fanática y sola. Nuestra marca personal, el personal branding inglés, ejerce una huella en los demás, y debemos aprender a gestionar esa huella para no convertirnos en yoes asociales, inútiles o despreciables. Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano, nos recordaba lúcido siempre Goethe. Nunca podremos separarnos del mundo porque el mundo, por más que nos pese, está dentro de nosotros. Es la realidad mágica del holograma, y no podemos escapar a ella. Pero sí se nos invita a participar activamente en ella y desvelar con ello sus secretos, sus puertas de entrada y salida, sus regueros invisibles.

Entre la acción y la retórica hay un largo camino donde poder completar con éxito todas estas dimensiones. Realizadas y completadas, el vasto mundo de la experiencia espiritual nos espera. O lo que es lo mismo, si somos capaces de completar nuestras dimensiones personales, seremos capaces de vivir la vida real, amplia y extensa. Entonces vemos. Vemos el mundo completo, vemos la vida completa.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Veré a Dios en mi carne


a
© Noell Oszvald 

Sujetos a la extraña sensación de estar vivos. Amarrados al instante presente. Anclados en los puertos de nuestro hogar. Suspiro. Hacer penetrar el aire hasta lo más profundo. Inhalar. Dejar que entre la memoria de los tiempos en cada inspiración, de los tiempos akásicos, del imperio de lo desconocido. Tiempo único. Atrapados en nuestro silencio. Varados en los acontecimientos. Qué extraordinario poder surcar ahora los mundos desde un sillón que se hace ancho, eterno. Qué inimaginable momento para expandir nuestra mente, para abrirla más allá de las pequeñas distracciones diarias, para sacarla de nuestra ridícula pequeñez y volverla bondadosa, amplia, incesantemente etérea. Qué valiosa oportunidad para desarrollar aquello que nos comunica directamente con la creación, con lo abstracto, con el misterio, con lo Otro.

La imaginación es el puente, la herramienta, el antakarana. Es capaz de producir paisajes, mundos, vidas, universos. Algo así ocurre con la música, vehículo de comunicación, lenguaje angélico por pocos comprendido. Es capaz de elevar nuestra consciencia hacia las puertas del cielo, hasta los confines de la galaxia. Imaginar es sentir cómo las fuerzas vivas que imperan en el orbe se transmiten hacia nuestras profundas existencias. Imaginar es mover y conmover las energías que atesoran los glaciares, las montañas, los bosques.

Respira. Atesora. Expande.

¿Cómo imaginamos nuestras vidas? ¡Qué oportunidad más grande para volver a empezar! ¡Qué momento más oportuno para expandir nuestra existencia! ¿Acaso después de este silencio no habrá en nosotros una nueva era? ¿Acaso nos quedaremos amasando añoranzas pasadas cuando el universo entero se desvela ante nosotros? Aún estamos a tiempo de nacer dos veces. De volver la mirada al infinito. Musicalmente hablando, es como abrazar el mundo más allá de los velos, más allá de las sombras de nuestra limitante y ridícula existencia. La imaginación, musicalmente hablando, es entrar en el gozo, en la belleza, en la plenitud. “Veré a Dios en mi carne”, decían los profetas. Eso es lo que ocurre con la imaginación, con la música, con el deleite, con la contemplación. Eso es lo que ocurre cuando entregamos nuestras vidas a aquello que no nos pertenece. Esto es un misterio, es el sacrificio de nuestro egoísmo para adentrarnos, ya casi sin equipaje, en lo abstracto de la vida.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El Cristo de la era de Acuario


a
Esta tarde planificando las obras de un nuevo templo para un nuevo tiempo

«Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos». (Mateo 24:23-24)

Esta debe ser la primera vez que no se celebra en todo el mundo la muerte y resurrección de Jesús el Cristo, según la tradición de la Pasión y la Semana Santa. Es un dato muy significativo, especialmente para aquellos que aluden a la precipitada venida de una nueva era. Según algunas tradiciones, estamos entrando en la Era de Acuario, en la era del séptimo rayo, en el Plano del Espíritu Abstracto, dejando atrás la Era de Piscis, cuyo representante principal fue Jesús el Cristo. La sexta era, el Plano del Espíritu Concreto, estaba conectada con el mensaje simiente del amor, la verdad, la bondad y la pureza que Jesús representaba.

El maestro de maestros, encarnado hace dos mil años, vino a ejemplificar con su mensaje y su vida uno de los momentos más cruciales de aquel tiempo. Su sacrificio y su crucifixión supuso la limpieza de todo el karma de la era anterior. Según las leyes de compensación, el llamado Salvador pactó su sacrificio con el Alma-Colectiva del Mundo. Al final de cada era, al final de cada fase de evolución, se realiza un gran sacrificio que viene a representar una especie de gran limpieza colectiva. Una especie de punto y aparte, de vuelta a empezar, de volver a intentar el progreso desde otra perspectiva, con una energía renovada, pura y limpia. En aquellas horas de la crucifixión de Jesús el Cristo, el pecado y el sufrimiento que habían quedado como residuos de aquella fase de la Evolución, en aquel entonces la Era de Aries, son realizados y consumados. Era el sacrificio simbólico de Aries, el carnero, y el comienzo de la nueva era de Piscis. Jesús el Cristo, con esta muerte, se convirtió, según nos cuenta la tradición, en el Logos planetario, en el Redentor de esa era. Las palabras que la tradición cristiana repite como una retahíla, «Jesús, tu que quitas el pecado del mundo», tiene mucho significado profundo.

Si Jesús el Cristo vino a representar al mundo Occidental, el próximo Gran Instructor Mundial, el cual liderará la próxima raza raíz, no tiene nada que ver con la civilización Occidental, la cual, según algunas señales, parece que se está desmoronando y llegando a su cénit. Según nos cuentan, la Segunda Venida o Adviento de Cristo no será en un cuerpo físico, sino en el nuevo cuerpo del alma de cada individuo, fusionado en el plano etérico del planeta, lugar donde cada persona «será atrapada en las nubes para encontrarse con el Señor en el aire«.

Sea como sea, estemos o no en el final de los tiempos, en la parusía esperada, no deja de ser paradójica la idea de que por primera vez, no sería de extrañar que por primera vez en la historia, nadie esté celebrando colectivamente la Pasión de aquel que quitó los pecados del mundo (del mundo de Aries). ¿Será esta la señal del inicio de la siguiente era, la de Acuario, la era del Saber? ¿Habrá más señales en los próximos años? Y ante ello, ¿qué debemos hacer si algo ocurre de verdad?

Algo nos dice que será muy complejo regenerar esta civilización. Aún así, algo nos empuja a ello, a incidir en esa regeneración, a no perder ni un ápice de esperanza, a no desfallecer ni perder el ánimo. Más allá de todas las creencias, estemos o no ante el final de un tiempo, de un paradigma, de una forma de entender el mundo, debemos empezar a experimentar con nuevas fórmulas, con nuevos métodos de interrelación humana. Seguramente estamos en los tiempos de los falsos profetas, pero aún así, debemos alzar la mirada y contemplar el milagro de la vida como una oportunidad para redimir nuestras vidas, día a día, paso a paso, esforzándonos a cada instante para ser mejores.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Vivir en tiempos de incertidumbre


a
© Michel Rajkovic

Hoy he intentando vivir con sosiego mi primer día de jubilación. Quería saber qué se siente cuando realmente dejas de trabajar para ganar dinero, y simplemente entras en esa fase de la vida en la que la contemplación, la complacencia y el mirar al otro con generosidad se convierten en la premisa general. Miraba hoy mi historial de vida y solo llevo cotizados algo más de trece años. Esos cómputos me resultan increíbles cuando aún recuerdo ese primer trabajo a los dieciséis años en una panadería en el centro de la ciudad condal.

Mi primer trabajo fue amasar pan. Allí supe que hay mundos que se esconden en lo más oculto pero realizan el milagro, como la levadura, oculta en la masa, de hacer crecer el alimento. Allí me di cuenta, amasando panes y más panes, que la vida requiere de esa levadura para que todo funcione de alguna manera, para que tengamos aspiraciones, visiones futuras, conclusiones acertadas sobre nuestra existencia. Ahí entendí la necesidad de ir descubriendo poco a poco el mundo oculto que todo lo encierra.

De las cosas que más me gustan de estos días es la de cuidar a la persona que está haciendo la experiencia de retiro de 21 días. Es oportuno poder hacer esta experiencia en un tiempo tan revuelto como este. La primera semana es de profundo silencio e interiorización. Mi misión como guía y facilitador es asegurarme de que no le falte de nada, que tenga su desayuno, su comida y su cena, algo de leña y cualquier cosa que requiera. De acompañarla en las meditaciones matutinas y vespertinas y de guiñarle el ojo con una sonrisa para hacer cómodo su silencio profundo. Supongo que cuando uno se jubila puede hacer cosas con júbilo. Me produce una sensación de alivio el hecho de poder ayudar a los demás en sus procesos, de acompañar a aquellos que desean dar un giro de tuerca a sus vidas y ver qué pasa. Empujar al mundo a que descubra su lado oculto, ese que hace crecer las cosas.

Nadie nos educa para vivir en la incertidumbre. Para mí fue una maestra desde los inicios de esta existencia. Nacer y vivir en una familia humilde me aproximó radicalmente a saber lo que era la escasez, el no saber si mañana las cosas irían bien. Realmente la infancia y la adolescencia fueron duras en ese sentido. Aprendí a crecer en la incertidumbre. Por eso con mi primer sueldo compré dos cosas: una bicicleta y mi primer Camino de Santiago. Allí la experiencia de la incertidumbre, en tiempos donde no había móviles, ni internet ni prácticamente albergues en el camino sucumbió en mi interior. Tardé dos años en preparar el Camino hasta cumplir la mayoría de edad. Pero esa preparación concienzuda mereció la pena.

Durante unos años la vida me trató bien. Después de los estudios universitarios comencé a trabajar y ahorrar. Compré mi primer apartamento, luego mi primera casa adosada con jardín y más tarde diseñé y construí mi hermosa casa de diseño. Eran años de bonanza que terminaron drásticamente con la crisis del 2008. Ahí lo perdí todo y volví de nuevo a la senda de la incertidumbre. Ese mismo año hice de nuevo el Camino de Santiago. Fue una experiencia dolorosa. Tardé casi una década en recuperarme de aquella experiencia traumática que pretendía revolverme, empujarme al verdadero camino que debería recorrer años más tarde.

Ahora la incertidumbre es diferente. La tomo con calma, con la seguridad interior de que por muy mal que vayan las cosas, siempre queda un reguero de esperanza a la que aferrarse. Quizás mucho de nosotros perdamos riquezas, trabajos, amigos, parejas e incluso parte de la salud en estos días. Casi diez mil personas han perdido la vida en nuestro país en estas semanas. Cada minuto que pasa alguien se marcha al otro lado. Por eso, en los agradecimientos antes de desayunar y comer, nos acordamos especialmente de aquellos que sufren y damos gracias por estar sanos y salvos, en salud, fuertes de momento, con alimentos abundantes.

Hoy contábamos los paquetes de pasta y legumbres que nos quedan. Tenemos para un mes aproximadamente. Hemos dejado de ingresar dinero, pero nos queda una gran reserva de patatas que el año pasado no pudimos recolectar. Podríamos vivir de ellas una gran temporada. El otro día sacamos unos dos metros cuadrados de patatas y estaban en perfecto estado de conservación. Las patatas son un gran alimento y la tierra es siempre milagrosa y generosa a partes iguales. También quedan algunas castañas en el suelo y estamos descubriendo hierbas que se pueden comer en ensaladas. Llevamos dos semanas sin salir a comprar y es preferible que sigamos aquí confinados el tiempo que haga falta.

Todo es incertidumbre. Y sin embargo, la vivimos con cierto desapego y desasosiego. En mi caso, como decía un poco más arriba, con absoluta tranquilidad y paz interior, como eso que uno debe sentir cuando se jubila habiendo hecho bien las cosas. La incertidumbre es una buena maestra. Nos enseña a vivir la vida en toda su intensidad. Nos enseña a vislumbrar una nueva forma de entender la existencia con fe, con esperanza, con paz interior.

Espero que estéis bien. Os deseo fuerza y salud a todos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La conspiración de la Tierra Entera


a
© Joe Photos

«Poseerá cosas más altas que éstas: un país grande, la tierra entera… y una gran esperanza, todos los cielos». Víctor Hugo

Da gusto poder tener tiempo para leer más, para reflexionar más, para poder interiorizar tantas y tantas cosas. Sin duda, este confinamiento planetario creará una nueva mente, y por lo tanto, una especie de nuevo mundo. Al modificar nuestros patrones, nuestras ideas, nuestra forma de ver la vida, algo cambiará en nuestro interior y algo cambiará ahí fuera. El mundo está basado en patrones de pensamiento. Todo es mente, nos decía el Kybalion. Y si todo es mental, alguien está pensando el mundo. Nosotros, ahora que hemos podido parar nuestra actividad, ahora que disponemos de más tiempo para nosotros, estamos repensando la existencia, y al hacerlo, la estamos imaginando más grande, más ancha, más hermosa. De alguna forma, la profecía de Víctor Hugo se está haciendo realidad. Nuestro nuevo mundo, algún día, será la Tierra Entera.

¿De qué sirven ahora las fronteras? ¿De qué sirven los antiguos paradigmas basados en las naciones, en las guerras, en el egoísmo, en la separatividad? ¿De qué sirven ahora los antiguos dogmas? Esta experiencia, quizás por primera vez en la historia de la humanidad, está siendo global. Sólo el advenimiento de internet nos había dado esa sensación de Tierra Entera. Pero ahora es una Tierra más cercana al mismo tiempo que más grande. Y, sobre todo, ahí queda esa gran esperanza, la de todos los cielos.

Ya hay millones de residentes que habitan esa Tierra Entera. Eso nos decía Marilyn Ferguson en su ya clásico la “Conspiración de Acuario”. Ya hay cientos de miles de personas que cierran los ojos y meditan, que aman la vida en todas sus manifestaciones, cuidando de la misma con delicadeza y atención. Ya hay miles de personas que avalan una dieta vegana, sin dolor, sin sufrimiento animal, y que cuidan de los otros, de forma altruista, de forma generosa. Ya hay cientos de miles de personas que cuidan sus cuerpos, que es el producto de millones de años de evolución, y es la esperanza para las futuras generaciones. Cuerpos sanos, mentes sanas, corazones puros en intenciones. Toda esa suma de personas que piensan ese nuevo mundo lo están manifestando poco a poco. Con sus pequeños actos diarios, con sus pequeñas vocaciones interiores.

Ahora más que nunca nos estamos dando cuenta de que estamos aquí como ciudadanos planetarios. Lo que ocurre en China puede afectar en lo que ocurre en nuestras calles, en nuestros hogares. Somos vulnerables a nivel mundial, pero eso también nos hace fuertes. Las máscaras del antiguo mundo se irán rasgando poco a poco. Los velos se correrán y podremos pensar de forma diferente. Necesariamente tendrán que llegar nuevas alianzas, nuevas formas de apoyo, de cooperación entre los unos y los otros, pero especialmente, entre los que más tienen y los que menos tienen.

Ahora podemos volver a elegir. En este tiempo inaudito de pausa, de calma, de serenidad, podemos volver a elegir otro camino. Un camino con mayor sentido, con mayor plenitud, con mayor conexión con nuestras dimensiones más desconocidas. Somos una promesa silenciosa. Una semilla de aquello que debe venir. Aquello que nos hará mejores, al igual que en cada generación algo mejora en nosotros. Todos estamos llamados a esa vocación de mejora, de búsqueda de virtud, de siembra de algo nuevo y mejor. Estamos llamados a conspirar para engendrar esa nueva Tierra Entera, amplia, ancha, de todos, sin fronteras. Ese nuevo mundo amoroso al que todos aspiramos está aquí y ahora, pensándose, creando la simiente en nuestro interior.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El virus del miedo


a
© Lionel Orriols 

Ayer estuve un buen rato hablando con un buen amigo. De esos que a pesar de las circunstancias siempre están ahí, no importa cuántas brechas nos separen, ideológicas, sociales, de estatus. No importa ni siquiera el que juntos ganáramos y perdiéramos por partes iguales en aventuras comunes. El cariño permanece y la amistad perdura. Hoy me volvió a llamar para seguir recordando unos hechos que acaecieron hace casi una década. Me recordó cosas que ya casi había olvidado. Por ejemplo, aquella vez en la que hice enfadar a un ministro. El ministro, con el que había tenido algún tipo de buena relación durante un tiempo, terminó con un enfado monumental por hechos divergentes, de esos que no puedes controlar y de los que formas parte casi de forma colateral. Me reía con el recuerdo, porque el ministro era un buen ministro y, además, un buen hombre al que la mayoría admiraba.

Por el mismo tiempo, qué tiempos aquellos, también hice enfadar al que fuera un conocido presidente de un conocido banco. Ese era el estrecho vínculo que me unía en la conversación de ayer y de hoy, y que recordábamos con cariño, depurando de paso cualquier atisbo o arista que hubiera quedado mal curada. Y mientras hablaba y recordaba aquellos hechos, me preguntaba por qué hay personas que se enfadan y otras no, por qué hay personas con ese agudo grado de misericordia en sus adentros, capaces de mirar más allá de las anécdotas de la personalidad, capaces de bucear en la esencia, perdonando una y otra vez las torpezas del otro.

Pensaba en ello y creo que es una cuestión de miedo. El miedo nos hace tomar decisiones la mayoría de las veces, erróneas. El miedo nos conduce hasta la frustración, la rabia, la impotencia. Eso genera situaciones extremas, sin control. Es cierto que atávicamente el miedo era una especie de herramienta psicológica de protección. En aquellos tiempos en los que vivíamos en bosques o cuevas, el miedo podía protegernos de cualquier peligro. Pero en nuestros tiempos, ¿a qué tememos? ¿A qué deberíamos temer? No a los amigos, sin duda, que pueden equivocarse y errar. No tampoco a personas de reconocida bondad y buena voluntad.

En estos tiempos de vulnerabilidad psicológica, estamos viviendo una doble epidemia. La del coronavirus y la del miedo. Nunca una epidemia del miedo había provocado tal colapso a nivel mundial. Desde un punto de vista psicológico, se harán muchos estudios futuros sobre el acontecimiento inédito de tener a gran parte de la población mundial hacinada en sus casas durante semanas. El experimento social podría marcar un precedente peligroso, y de paso, poner a prueba la docilidad mundial.

Si la epidemia del miedo se alarga, podría extenderse en no mucho espacio de tiempo una nueva epidemia: la de la desesperación. No sabemos aún hasta qué punto nuestra psicología individual y colectiva está preparada para este tipo de enclaustramiento, de encierro forzado. Estos días, hablando con unos y con otros, especialmente con amigos que están viviendo estos acontecimientos en grandes ciudades, notaba cierto nerviosismo interior. Un nerviosismo sutil, casi imperceptible, a modo de llamada de auxilio interior que ahonda aún más en la incertidumbre.

Toca sin duda fortaleza. Como la fortaleza de esos que hacen de este encierro un momento único e irrepetible para cuidar a los suyos, para llenarlos de cariño y amor. Como la fortaleza de esos que viven solos y han creado su propia rutina de esfuerzo interior a base de lecturas, de yoga, de meditación. Como la fortaleza de aquellos que viendo peligrar su futuro económico empiezan a imaginar nuevas posibilidades. O como la fortaleza de aquellos que pudiendo no hacer nada, lo dan todo para ayudar al prójimo, para echar una mano, para apoyar y sostener todo aquello que merezca la pena.

El virus del miedo está ahí, latente, al acecho, esperando su oportunidad. Seamos fuertes, seamos capaces de vencer esta pandemia colectiva para ser mejores, para ser fieles a nuestra esencia, para ser visionarios del nuevo mundo, para crecer en humanidad, consciencia y bondad.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Ante vientos de incertidumbre, tormentas de esperanza


a
© Windrides 

«El Sol, alcanzando la máxima altura sobre nuestro hemisferio, nos traza el camino: todo efecto liberador es cuestión de esfuerzo ascendente, de superación espiritual. No basta tallar la piedra bruta, sino conseguir después que sus facetas brillen como espejos, reflejando los rayos liberadores del espíritu. Nuestro cuerpo, puro y limpio, debe ser diáfano como el cristal, transparente a los mensajes de lo alto, instrumento dócil y dúctil para los impulsos de nuestra esencia inmortal, que es conciencia y amor. Y no hay más que el camino señalado por el orto solsticial de nuestro saber y nuestro sentir: siempre y por siempre, luz, luz y más luz». Eduardo Alfonso

Disfrutar. Ahora toca disfrutar de lo sencillo, de lo pequeño, de lo simple. Si estamos solos, toca disfrutar de la soledad. Si estamos acompañados, toca disfrutar de la mirada tierna del otro. Toca llenarnos de silencio, de disciplina, de talento. Toca volcar en este momento todo nuestro ánimo, para no caer en la desidia o la tristeza. Nos toca ayudarnos imaginativamente, nos toca ser solidarios, nos toda ser oportunamente hermosos. Toca vencer, vencernos. Desapegarnos de aquellas cosas inútiles, superfluas. Desapegarnos de todo ese ruido, de todo ese mal humor, de toda esa rabia, de toda pérdida. Toca recuperarnos.

Ahora es tiempo, porque tenemos tiempo, de imaginar un mundo nuevo. Si estamos viviendo un tiempo de incertidumbre, de temor, debemos buscar corazas que nos aporten seguridad. No hay mayor coraza que aquella que es capaz de imaginar algo nuevo, una oportunidad, una misteriosa valía hacia algo diferente. Si vacilamos ante el dilema de lo que ocurrirá en los próximos días, quizás semanas, quizás meses, aprendamos a vivir simplemente, pero con el poder y el convencimiento de que seremos capaces de mostrar lo mejor de nosotros. Seamos amables, sepamos sonreír ahora que tanto se necesitan esas sonrisas. Miremos al mundo con simpatía y agradecimiento.

Quizás todo esto no sea más que una oportunidad. Tal vez podamos, ahora que la vida nos da esta experiencia única, ser capaces de parar y escuchar por fin el canto de los pájaros, de ver por fin puestas de sol y de saber apreciar todo aquello que antes parecía tan normal. Algo tan simple como abrir un grifo, como abrazar, como poder comer en la terraza de cualquier lugar. Algo tan simple como el poder salir a la calle, pasear y sabernos vivos. A lo mejor todo esto es para que despertemos a un nuevo nivel de consciencia. Un nivel amplio, ensanchado por la experiencia, avivado por las circunstancias. Podría ser que estemos ante un nuevo ciclo vital, una nueva forma de entender toda la existencia, una manera diferente de vernos y de ver el mundo.

Disfruta, seas quien seas, hagas lo que hagas. Disfruta de cada segundo. Embúllate de cada instante, penetra cada átomo, observa cada hilo de vida, cada pétalo de presencia. Puede ocurrir que el universo entero habite en ti, y puede ocurrir que con un poco de atención, puedas ver mundos y viajar a tierras lejanas. Con un grano de imaginación, podrías lanzarte a cualquier aventura insospechada. Volar por amaneceres selváticos o surcar grandes praderas. Imagíname aquí en mi pequeño bosque. Arde la chimenea, buceo entre mis libros, se escuchan ahí fuera el canto de los pajarillos primaverales, y el croar de las primeras ranas. El cielo lo cubre todo, el cielo y los cielos. Los visibles y los invisibles seres de la naturaleza penetran sigilosos este pequeño bosque. Puedes imaginarlo, y al hacerlo, estás invitado al calor del fuego, al adviento de cualquier instante. Te deseo salud, disfrute y esperanza, tormentas de esperanza en estos tiempos cargados de incertidumbre.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Equinoccio en la Hermandad del Espíritu Libre


IMG_7009

“Soy uno de la Antigua Orden de los Hombres Libres. No hay pueblo sin una logia; y donde la haya haré amistades”. Arthur Conan Doyle

Estábamos trabajando con la leña para el próximo invierno, recogiendo todos los palos y ramas que estaban acumuladas en un costado de la finca, cuando nos llamó la periodista. Tenía interés en saber cómo nos iba a nosotros en la pequeña comunidad para publicarlo en un próximo artículo de prensa. Por un momento me extrañó la pregunta y contesté que por aquí todo era normal, que no habíamos cambiado ninguna rutina y que todo estaba en orden. Este invierno solo somos cuatro personas e intentamos hacer las mismas cosas con las mismas rutinas. Nos hicimos una foto para la periodista y la colgamos en las redes.

Es la foto que adjunto aquí. Llovieron algunas críticas por el hecho de que estemos juntos, cogidos de las manos, abrazados, como si no pasara nada. Alguien preguntó, “¿qué esperas mostrar con esa foto?” Me salió del alma responder: esperanza. Tanto tiempo hablando y escribiendo sobre la Hermandad del Espíritu Libre y tan solo en estos días he tomado consciencia de que está llegando el momento de que se vuelva a manifestar. Es verdad que ahora somos pocos, pero también es verdad que en la hermandad nunca fueron muchos. Menos aún en tiempos difíciles, como los de ahora.

Tras las tareas del día y comer algo juntos, fui a comprar algo de comida. Quizás porque sea el más osado. En todo caso, alguien tiene que salir al mundo para proveernos de lo indispensable. El trayecto hasta el supermercado fue dantesco. Calles vacías, carreteras vacías, un mundo vacío y quieto. Es como si a nivel mundial hubiéramos entrado en cierta quietud necesaria. El supermercado estaba igualmente vacío. Las pocas personas que lo frecuentaban procuraban guardar cierta distancia de seguridad. Al salir, un coche de policía iba parando a los pocos transeúntes que encontraba. Me di cuenta de que estábamos viviendo un auténtico estado de sitio, excepcional y solo imaginado en las películas distópicas y apocalípticas. Es como si estuviéramos viviendo un ensayo de cómo debería empezar el final de los tiempos.

A la vuelta paré un rato en su casa. Le llevé algo de comida y conversación. Me hubiera gustado llenar toda su despensa, pero me doy cuenta de que ahora todas las despensas están medio vacías, inclusive la nuestra. Resulta extraño tener que mirar la racionalización de la comida a largo plazo. No sabemos qué puede pasar ni cuánto puede durar esta catástrofe. Pero al menos ahí quedaba el gesto y la compañía. Nos volvimos a abrazar con total normalidad y seguí mi camino de vuelta a la pequeña comunidad.

Soy uno de la Antigua Orden de la Hermandad del Espíritu Libre. La hermandad me obliga a trabajar para el servicio, como un verdadero monje-guerrero que vaga por los tiempos buscando la mejor manera de aportar luz entre las tinieblas. Luz, pero, sobre todo, trabajar para la esperanza. Nuestro testimonio debe aportar esperanza, no como algo inmóvil que se espera, sino como un recorrido, una acción que nos lleva hacia algo mejor. No olvidamos en nuestra peculiar normalidad a los que están sufriendo en estos momentos, a los cientos que se están marchando al otro lado precipitadamente, a aquellos que pronto lo perderán todo por carecer de algo. Hay que promover la  necesidad de ayudar a los que están solos y necesitan compañía en estos tiempos complejos, aún a riesgo de nuestra propia integridad o seguridad. Hacen falta doctores, unos para el cuerpo, otros para el alma. Todos para sanar algo, porque algo estamos sanando a nivel de especie humana. Sin duda.

Nuestro testimonio de esperanza también es un testimonio de fe. Alimentamos nuestra fe con hábitos saludables, con esfuerzo, con silencio, con contemplación, con cantos, con ejercicios, con servicio. Alimentamos nuestra fe cada día con esfuerzo y trabajo para seguir siendo testigos de aquella simplicidad que alguien nos recordó hace dos mil años. Para qué si no tanto esfuerzo, sino para mantener viva la llama que hace tiempo se encendió en nuestros corazones. No podemos olvidar el testigo recibido, y nos debemos a esa causa, a ese propósito de mantener viva la luz, la fe y la esperanza.

Desde esta perspectiva, entramos en nuestra pequeña logia, en nuestro pequeño recinto consagrado, en nuestra pequeña ermita. Encendimos, alrededor de la gran vela, doce pequeñas luces. El ritual de equinoccio fue sencillo. Cada uno de nosotros leímos algunas lecturas inspiradoras, luego entramos en silencio, en contemplación durante un tiempo. Cerramos el círculo virtuoso solicitando deseos de paz y amor, de fe y esperanza. Cerramos ese mágico momento esperando que todos salgamos fortalecidos de esta experiencia. Mucho ánimo os deseo a todos. Mucho amor y cariño desde la distancia.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

¿Y si fuéramos nosotros la plaga?


a
© Thomas Wegner

Ayer sembramos las primeras semillas y hoy nos poníamos a trabajar la huerta-mandala, uno de los primeros siete círculos programados para los siguientes siete años. Trabajar la tierra es duro, pero interiormente muy satisfactorio. Este era mi primer día en labrando la tierra. Estuve poco tiempo, pero terminé con un gran dolor de espalda que solo un reparador masaje pudo recomponer. Ella, más acostumbrada al sacho, trabajaba intensamente. Admiraba su fortaleza de mujer mientras cansado, de forma más relajada, aclaraba unos bancales de fresas. Su belleza mezclada entre sudor y campo hacían que el momento mereciera la pena. Es una gran intelectual, pero no tiene ningún reparo en remangarse las manos y dar todo de sí en el mundo tangible. Dos intelectuales en la huerta, intentando, mientras sachábamos el terreno, pensar el mundo, era algo peculiar de ver.

Nuestra filosofía parece acorde con cierta reivindicación sobre esa necesidad urgente que requiere un cambio profundo de nuestro estilo de vida. Podríamos estar tan solo intelectualizando el mundo, pensando el mundo desde nuestros cómodos sillones, pero preferimos ir a la huerta, al terreno, al campo, y poner en práctica ciertos valores. La economía del don, la simplicidad voluntaria y el decrecimiento solo son formas y estilos de vidas diferentes. Nosotros nos empeñamos en hollar sus sendas y ver sus resultados. Nuestra ilusión futura pasa por una Escuela donde se pueda hacer pedagogía de todo esto que estamos aprendiendo. Tenemos la praxis y tenemos herramientas suficientes para dar forma a ese conocimiento empírico, a esa experiencia vivida desde una perspectiva intelectual y práctica.

Es incómodo pensar el mundo cuando todo se viene abajo. Pero el hecho de que media humanidad esté encerrada en sus casas quizás sea un buen momento para hacernos algunas preguntas fundamentales, y pensar, sobre todo, en nuestro nivel de vida, en nuestro particular paradoja existencial, en los valores que lo sostienen. La primera pregunta que me venía mientras desojaba abatido las fresas era precisamente una enormemente incómoda, una que intenté colar en la tesis doctoral y que no tuvo mucho éxito: ¿y si fuéramos nosotros la plaga? Es evidente que estamos cohabitando un mundo que, al mismo tiempo, de forma irracional, por pura ceguera y egoísmo, estamos destrozando. No es algo consciente, y este es el asunto de mayor calado: no somos conscientes del perjuicio que estamos ocasionando.

En esa inconsciencia colectiva, diría que, en ese vicio colectivo, la parte destructora que nos atañe comienza a parecer irreversible al mismo tiempo que se diluye en la normalidad que vivimos. Resulta difícil que todos a la vez, ahora que estamos encerrados  en este particular panopticón y con tiempo para enfrentarnos a lo maravilloso que somos en nuestra esencia, podamos tomar consciencia de nuestra implicación directa en todo este desastre. Si fuera cierto que la Tierra es un organismo vivo, es evidente que ese organismo tratará de defenderse de alguna manera. El calentamiento global solo sería un primer síntoma, una especie de fiebre que está despertando en todo el planeta formas de defensa.

¿Qué sería entonces este virus? Por suerte, de momento, no es una pandemia como la que sufrimos en siglos pasados y donde murieron millones de personas. Vivimos en un tiempo diferente y el ser humano ha creado medios suficientes para protegerse de cualquier tipo de pandemia. Pero de alguna forma, a nivel también muy inconsciente, estamos viviendo en una particular alarma, en algo atávico que nos está despertando la necesidad de replantear nuestras vidas, nuestro sistema, nuestra necesidad de crecer a toda costa. Nunca habíamos estado tanto tiempo encerrados con la oportunidad de crear un nuevo relato de nuestras vidas. Aún no sabemos qué tipo de cuestionamientos grupales surgirán de esta experiencia, ni tampoco sabemos qué tipo de alianzas nacerán para que volvernos radicalmente aliados de la naturaleza. En todo caso, la vida nos está dando la oportunidad de parar, de reflexionar y de cambiar profundamente nuestros valores, nuestras vidas y nuestro futuro común. Ojalá tomemos nota y tengamos capacidad de reacción.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Humanos en tiempos de crisis


a
© Fabienne Bonnet

«Decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los humanos más cosas dignas de admiración que de desprecio». Camus

El miedo se apodera de todo. Lo estamos viendo en estos momentos de crisis, de plaga. Me pregunto qué hubiera pasado si esta misma plaga, en vez de matar un cinco por ciento de los afectados, el porcentaje se hubiera disparado hasta el cincuenta por ciento. Nadie estaría a salvo del terror inoculado en nuestra psique, y por lo tanto, todo se autodestruiría por sí solo. Algo así nos decía Camus en su obra Calígula: “No se puede destruir todo sin destruirse a sí mismo”. La autodestrucción ocurre con demasiada frecuencia. El cuidado y alimento de las emociones es tan importante como el cuidado y alimento del cuerpo físico. El cuerpo físico se ha convertido en un templo, desdeñando el resto de los soportes que nos permiten convivir en vigilia en la vida real. Pocos se ocupan de cuidar la vida, la vida que nos rodea, su campo vital y etérico, su radiación mistérica. Pocos se ocupan de alimentar las emociones, de crear buenas ondas, irradiar amor y cariño, cuidados y alegría. Pocos cultivan y alimentan nuestros pensamientos acordes con una consciencia lúcida y definida, palpable en los elementos más abstractos de la existencia. Pero menos aún, pocos cuidan y alimentan nuestra moral, nuestros valores, nuestra virtud. Aquello que nos hace valerosamente humanos.

Nos hemos convertido, nos guste o no decirlo, en una plaga para la naturaleza, para todo el planeta. Revertir la situación creada será francamente complicado. Quizás por ello la naturaleza, ante el hartazgo que supone soportarnos, busca remedios para atajar la plaga que está viviendo. El corona virus podría ser simplemente un pequeño detonante de algo que podría agravarse en pocos años. Estamos ante las consecuencias de la civilización nihilista. Cuando rechazamos todos los principios, ya sea estos espirituales o morales, entramos en la espiral de que nada en la vida tiene sentido. Esto crea un problema de fondo. Todo radica en la pérdida progresiva de sentido la cual aboca en la obcecación por lo abstracto. “Si nada tiene sentido, todo está permitido”, advierte Camus en Calígula. Incluso está permitida la mala educación, el egoísmo más feroz, la anulación del otro sin mayor compasión ni reparo. La verdadera desesperación nace de no saber a qué atenernos. Por eso la plaga provoca pérdida de sentido. Miedo a perderlo todo, inclusive nuestra vida aparentemente insulsa y sin valor.

Permanecer cerca de los seres y las cosas que nos rodean podría ser una vuelta a la realidad, una vuelta al sentido de la vida. El otro, el que tenemos cerca, el que tenemos al lado, deja de ser una entidad abstracta y se convierte en una entidad real, de carne y hueso, del cual se puede esperar siempre lo mejor. Quizás este tipo de crisis nos humanice hasta el punto de que nos volvamos más conscientes de poderosas virtudes.

Volver a la felicidad personal y compartida podría ser un buen camino para afrontar la que se avecina. No como un camino ingenuo o cursi, sino como una vía necesaria para la supervivencia humana. Decía Camus que la abstracción es el mal, porque de alguna forma nos aleja de la realidad. “Nos asfixia esa gente que cree tener la razón absoluta, ya sea con sus máquinas o con sus ideas”, decía. Nos aleja del otro cuando el pánico y el miedo, el rencor y el abismo entra en nosotros. Abstraerse de la vida es perderse la vida. No podemos cortar bajo teorías abstractas aquellas raíces que nos unen a la vida y la naturaleza, al otro sintiente. No podemos cortar el diálogo y la seducción con el otro en nombre de totalizantes ideas o creencias personales. Ese es el verdadero fracaso de nuestra naturaleza. Debemos reaprender a seducirnos, a cotejarnos y romper así con nuestra propia ensoñación personal.

Decía Camus que vivimos en el terror porque ya no es posible la persuasión, porque ya no podemos volver hacia esa parte de nosotros mismos que se reencuentra ante la belleza del mundo y de los rostros. Debemos abrazar de nuevo los corazones para que sean dignos de felicidad sin necesidad de agazaparnos al dolor o la servidumbre. Debemos lograr transformar nuestra humanidad en un verso apacible, en un canto real humano.

Reforzar la dignidad humana en estos tiempos puede ser una clave para, dentro del caos razonable en el que nos movemos, sigamos avanzando. No hay mayor valor y avance que comprometerse con la realidad, con el otro. No hay mayor bien que luchar una y otra vez, aún con el peligro de quedarnos solos, por aquello que nos humaniza. No debemos convertir nuestras vidas en un desierto por temor a equivocarnos, o en una idea abstracta que nos aleja de lo real. Debemos equivocarnos y al hacerlo, aprender, volver la mirada una y otra vez, sonreír ante el tropiezo. La virtud, la búsqueda de los valores, no implica perfección. Implica tropiezo, constante tropiezo cuando se escala tan sublime montaña. Y al hacerlo, nos volvemos valerosos, y sobre todo, verdaderos humanos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La puerta estrecha


a
© Christoph Hessel

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. (Lc. 13.24)

Llegamos el sábado a Ginebra. El vuelo se retrasó, pero nos esperaron para cenar en un restaurante italiano de Petit Lancy. Disfrutamos de la compañía durante algunas horas y nos fuimos hasta el hermoso apartamento que la Escuela reserva para estudiantes y voluntarios. Es un lugar hermoso rodeado de típicas casas suizas con sus cuidados jardines donde se conjuga la madera noble, normalmente decorada con estilo propio, y la piedra de cantería soportando los primeros pisos. El domingo tocaba trabajar unas horas en la oficina ya que esta iba a ser una semana anómala.

Como estudiante, voluntario y editor disfruto por partida triple. Ser estudiante desde hace muchos años me permite tener una visión global de todo lo relacionado con la puerta estrecha, con la estimulante vida del alma. Como voluntario intento echar una mano en todo cuanto se requiera. El servicio, el ser útil, el desarrollar la intuición necesaria para poder colaborar en esferas más allá de la propia, es algo que se inculca desde el primer día. ¿Cuál es nuestro ámbito de servicio? ¿Dónde podemos desarrollar ampliamente la vida del alma? ¿De qué manera? Ser editor me permite ser transmisor de un conocimiento útil y necesario, ser el eslabón para que en este tiempo no se pierda la enseñanza y pueda seguir circulando de un lado para otro. Trasmitir la luz del conocimiento es una forma de potenciar la luz en el mundo.

Este es un testimonio personal. Me gusta poder compartir cosas de la vida cotidiana porque en este momento histórico se trata de espiritualizar lo cotidiano. La espiritualidad ya no versa sobre grandes sacrificios, aislamientos y suplicios para alcanzar no se sabe muy bien qué tipo de iluminación. Se trata más bien de ser permeables para que la luz se manifieste en cada instante, a cada ser. Espiritualizar la vida cotidiana será el reto de la era que está llegando.

En la reunión de meditación de plenilunio de hoy, la de la luna llena de piscis, se ha hablado precisamente de eso. Piscis nos ayuda a discernir entre lo real y lo ilusorio. Es muy importante aprender sobre la poderosa fuerza del discernimiento en el camino de retorno que nos conduce hacia la puerta estrecha. Nos ayuda a alinearnos con la manifestación real de la vida y nos aleja de la esclavitud de la materia, de lo ilusorio.

Dejar penetrar la luz es algo complejo, que requiere cierta disciplina y fortaleza. Hay muchos que tras llegar a la puerta estrecha deciden conscientemente, tras volver el rostro sobre la luz y quedar cegados para los asuntos mundanos, girar y volver hacia la dirección opuesta. En vez de seguir hacia la luz, vuelve hacia la oscuridad de nuevo, a cual guerrero, para ayudar a los que aún se encuentran en el sendero oscurecido. Tal y como dice el antiguo comentario: “vuelve su rostro hacia la oscuridad y , entonces, los siete puntos de luz dentro de sí mismo trasmiten la luz que irradia hacia el exterior y, he aquí que los rostros de los que huellan el sendero oscurecido reciben esa luz”.

Es cierto que pocos son los que hallan la puerta estrecha. Y de esos, es cierto que son pocos los que renuncian a su propia iluminación para echar una mano a los que aún ni siquiera imaginan esa puerta. Son pocos los que sienten dentro de su ser ese “todo lo que tengo les pertenece”. Abandono el hogar de la luz, y al regresar, salvo, dice la nota clave. En la tradición budista esto se conoce como los votos del Bodhisattva, de ese que renuncia a su propia iluminación para ayudar a todos los seres sensibles a alcanzar la misma. Alimentar correctamente los siete centros para que se vuelvan permeables a la luz y con ello mostrar y hollar la senda. Que la luz resplandezca en todos nosotros… y que todos los seres sean felices.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La realidad como un simulacro virtual


a
© Michael Schlegel

 

La diferencia entre el mundo virtual y el mundo de la virtud nos lleva a la cuestión de cómo llegar al salto definitivo entre el pequeño mundo del ego y el amplio mundo de la mente, si entendemos mente desde una visión amplia y estrechamente relacionada con aquello que llamamos alma. El alma habita en esa interconexión que nace entre el corazón y la razón. Ser espontáneos para tantear la verdad encriptada de este universo, a sabiendas de que la verdad está fraccionada en millones de pequeños fragmentos donde nos vemos reflejados desde nuestros limitantes parámetros de percepción, no siempre es suficiente. Necesitamos siempre de una poderosa guía ante esta situación compleja. Es como si quitáramos una capa de espesura esperando hallar algo de luz y encontráramos una aún mayor, más opaca, grande y espesa. Nuestro pequeño ego nos impide ver más allá, de ahí que vivamos la mayoría de nuestro tiempo en una realidad virtual, privada de esencia, verdad y vida.

La realidad material puede entenderse como un pequeño purgatorio si no somos capaces de elevar nuestra mirada hacia la trascendencia, más allá de la dualidad de lo que percibimos. Hilar estas cuestiones como si fuéramos auténticos tejedores de realidad es una cuestión profunda. Podemos ver la vida según nuestra mirada, pero también podemos ampliar la visión según la mirada de los otros. O inclusive, según la mirada ampliada de nuestra propia mente iluminada por algún tipo de conexión verdadera, atisbo de lucidez, esplendor momentáneo.

No existe en el universo la generación espontánea. Pasar de un mundo a otro, de una aparente virtualidad a un espacio de virtud, requiere de esfuerzo. Primero hay que adelgazar al pequeño yo, al ego. No darle tanta importancia a cosas banales. Lo fútil no puede tener más fuerza que lo trascendental. Lo significativo de nuestras vidas es que somos portadores de una poderosa realidad, velada ante nuestra ignorancia, pero con la posibilidad de poder avistar las mieles de la misma. Podemos ver pasar la vida una y otra vez ante nosotros sin prestar mayor atención a cuestiones profundas. Podemos ver cómo quemamos una tras otra las horas de nuestra existencia encerrándonos en nuestro pequeño ego y sus necesidades. Pero también podemos dar un salto cuántico y desplazar nuestra consciencia hacia niveles de superación, de virtud, de belleza.

Todo es cuestión de enfoque. Podemos enfocar nuestra existencia hacia nuestros pies y sus necesidades o hacia el vuelo aritmético de nuestra alma, su expansión infinita y su interrelación con la infinitud. Entre lo finito y la infinito, existe un abismo que separa lo virtual de lo real.

La vida es un proceso, en ese proceso existen variables que aún desconocemos, dimensiones inexploradas que esperan nuestra mirada atenta. El mundo se desplaza ante nosotros a una velocidad de vértigo. La vida no se detiene, se manifiesta a diferentes ritmos, en diferentes aspectos. Y nosotros, tan ensimismados en nuestra propia virtualidad, no somos capaces de percibir la amplitud.

Solo cuando dejemos de mirar nuestros ombligos y dejemos de estar tan narcisistamente enamorados de nuestras cuestiones y mundos seremos capaces de mirar al otro fijamente a los ojos para empezar a construir entre todos, parcelas más amplias de realidad. Mirar dentro de nosotros está bien, pero crea un mundo ficticio si no somos capaces de contrastar nuestra enriquecida vida interior con las vidas de los otros. Mirar a los otros con generosidad y compasión es el amplio propósito de nuestra verdadera existencia. Con el otro, junto al otro, no solo nos expandimos inevitablemente, sino que ayudamos a expandir al propio universo y ayudamos a que la vida se manifieste desde la verdad más pura.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Hollar el sendero


a
© Richard Hunter

Cuando era embajador consorte y vivía en palacio con la aristocracia solía tener las camisas planchadas, el chófer en la puerta esperando nuestros paseos de uno a otro sarao y la vida cómodamente asentada en una ilusión provocada por el deseo de aprender y comprender. Cuando hoy fui a la oficina y cogí rápidamente una camisa para las reuniones de esta semana me di cuenta de que estaban todas sin planchar. Me las quedé mirando con cierta incredulidad. Acostumbrado a vivir a las bravas, sin un exceso de condicionantes sociales y alejado del bullicio, la prisa y la imagen que la sociedad siempre te impone, hay cosas que incluso las miro con extrañeza. Con delicada extrañeza.

Aún así intenté condensar, camisa incluida, todo el equipaje en una pequeña mochila que debe acompañarme durante casi un mes entre Madrid, Ginebra y Escocia. Viajes de trabajo que intento disfrutar como si de unas vacaciones se tratara. En Madrid buscaremos la manera de trasladar nuestra semana de experiencia a otro lugar y en otra fundación. En Ginebra disfrutaré encerrado en una oficina trabajando para editar en nuestros sellos editoriales las obras revisadas de AAB y en Escocia, además de una breve excusa ritualística, aprovecharé en mi encierro en la comunidad de Findhorn para poner al día cientos de asuntos de la fundación, la editorial y mis propios libros. Repasar la tercera edición de Creando Utopías en el lugar dónde vio la luz y rematar algunos capítulos del libro que estoy escribiendo junto a Emilio Carrillo. La distancia, la soledad y el aislamiento me ayudarán a concentrarme en decenas de asuntos que atender.

Hollar el camino. No se me ocurre mejor forma que viviendo tantas vidas en una, tantos encuentros, amigos, seres que vienen y van para formular la premisa básica de la existencia: la relación. Hollar el camino radiante, el de la vida compartida, el de la vida que nace y brota incansablemente dentro de nosotros. Algo así como la fórmula oculta de construir una casa iluminada para morar en ella. Convertir nuestra morada en una radiante expresión de nuestra parte más profunda. Permitir que nuestra vida irradie soberanía a nuestro hilo de consciencia, a nuestra plenitud máxima.

Cada uno debe ser testimonio vivo de su existencia. Puede mostrar lo mejor de sí mismo, puede volver bello aquello que anhela, aquello que brota en su sangre como una premisa imprescindible. Podrá gusta más o menos, pero tenemos el deber de sacar adelante toda nuestra empresa vital. Cada línea escrita por nosotros, primero desde el mundo de los sueños y luego desde la plasmación más absoluta en aquello que llamamos el mundo real, requiere ser compartida. Cada vez que compartimos un trozo de vida algo se enriquece dentro de nosotros. Cuanto más damos, más recibimos, inexorablemente.

Estamos llamados a dar luz, a ser una luminaria. La luz, en su terminología arquetípica, simboliza aquello que irradia dentro de nosotros. El viejo axioma nos decía que la luz es sustancial, y desde el punto de vista del espíritu es una sublimación o forma superior de sustancia material. Cuando elevamos nuestra mirada más allá de lo meramente material, estamos hollando un sendero más amplio, más extenso, más apasionante.

Por eso hoy me quedé atónito mirando la camisa arrugada. Puede parecer extraño, incluso algo absurdo, pero era un símbolo de que hay un mundo que se arruga a mis pies y otro nace limpio y bello en el corazón. Hay cosas que entorpecen nuestro camino y nuestra intuición. Hay cosas que ayudan y otras que requieren un severo discernimiento. Toca hollar el sendero, viajando, explorando, trabajando en aquello que hace que la transmisión de la luz siga su camino. Mañana empieza la aventura.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La inconveniencia de la existencia


a

Hoy paseaba con Geo hollando los caminos habituales. Llevaba botas de agua ya que por la mañana había nevado, por la tarde había caído granizo y el cielo amenazaba con lluvia. Paseaba alegre y despreocupado cuando divisé una senda que nunca había caminado. Sentí deseos de explorarla, o al menos, de asomarme hasta el alto de una colina adyacente para ver qué se divisaba. Llegué a lo alto y las vistas eran impresionantes. Montañas, valles frondosos, ríos que corrían de un lado para otro. Se despertó en mí el deseo de explorar y seguí caminando durante horas. Hacía frío y de repente, perdí la orientación. Había llegado lejos, pero me vi atrapado en el curso de un pequeño arroyo. Hubo un momento de desesperación al ver que la noche se echaba encima y el cielo empezaba a chispear leves gotas que caían tímidas en el rostro. Tardé una eternidad en salir del lío y llegué agotado a la pequeña cabaña. Por un momento me di cuenta de lo fácil que es perderse en la vida, y de lo fácil que es, ante un error fatal, abandonarla. Las caídas y los caminos imposibles me enfrentaron de nuevo a la preocupante aventura.

Esta experiencia me recordó a mi primera etapa intelectual. En esa época siempre me consideré un existencialista. Citaba constantemente a autores que leía con pasión y utilizaba en mis artículos de prensa escrita. Devoraba los libros de Sartre y especialmente del incombustible Ciorán. Era un enamorado de Kierkegaard y Nietzsche. Luego llegaron Heidegger y Camus. Al igual que Ciorán, me liberé de los garrotes de la nacionalidad y de las ideas, de propias y ajenas. No tener nacionalidad era, en un sentido amplio, el mejor estatus posible para un intelectual, pero también, como más tarde descubrí, una liberación profunda. Como Juan Sin Tierra vagué de un lado para otro. Mi pensamiento se estremecía con la podredumbre, con la mirada gris y atónita ante la inconveniencia del vivir. Ser existencialista era una forma de sobrevivir a la razón. ¿Cómo si no cuestionar el mundo? Sólo desde el pesimismo se podía soportar la levedad del ser, la inconmensurable incógnita de la existencia. La vida era una tragedia, sin más.

Un día, en mis años universitarios, escalando una gran montaña, sentí el roce de la muerte cerca. Tanto tiempo cuestionándome la vida y de repente aparecía en escena la posibilidad de morir. Aquella experiencia fue como un rito de pasaje. De repente abandoné la intelectualidad, la razón pura, el mundo de las ideas, y quise vivir y entender profundamente la existencia desde una confortable y sincera reconciliación. El sufrimiento existencial enfrentado a la muerte fue el antídoto para resucitar a la vida. El pesimismo existencial desapareció para siempre y la vida entró en mí. De alguna manera, como ya ocurrió con los cínicos de otro tiempo, la amargura era sublimada por la ironía, inclusive, por el deseo de abrazar afanosamente la vida desde el humor.

Por eso hoy pensaba que la contemplación de la vida como método de autoexistencia es imprescindible. También organizar la acción de forma que cada instante sea motivo de alegría, de belleza, de sublimidad. Para ello descubrí tres metalenguajes que ayudan a mejorar nuestra existencia. Uno de ellos es el silencio, la mera contemplación, el mero contacto con nuestra parte más sutil. El silencio, la meditación, inclusive la oración, son momentos de regocijo para el alma. La otra es la música. La música es un lenguaje cuasi divino, diría que angélico. Si los arcángeles se relacionan entre sí mediante arquetipos, los ángeles lo hacen mediante música. Por eso muchas veces se representan con algún tipo de instrumento musical. Los pitagóricos entendía bien ese significado profundo. Cantar es hablar el idioma de los ángeles, y por lo tanto, aspirar y evocar su mundo. El tercer metalenguaje tiene que ver con el cuerpo, con el amor a aquello que sostiene nuestras vidas. Un cuerpo sano, vivo, sincero, embellece la creación entera.

Por eso hace muchos años que dejé de pensar la vida y me aproximé al axioma existencial de vivirla, de aprender a vivirla. Tanto pensarla me agotaba, pero cuando empecé a experimentarla en todas sus complejidades y retos, empecé a entenderla realmente. Las dudas (existenciales) desaparecieron y entraron en escena respuestas contundentes. Empecé a entender el metalenguaje de la existencia, empecé a leer en los libros arquetípicos, empecé a saber sobre los susurros angélicos. Dejé de ser un intelectual, me rebelé ante lo inconmensurable y acerté a vivir viviendo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Fortaleza para persuadir al mundo


a
© Antonio Gouveia 

La amiga Mayte Pascual, conocida reportera de televisión, me invita a ver su último trabajo para Documentos TV. Fortaleza, un reportaje de mucho trabajo sobre un espía español, de pseudónimo Garbo, que ayudó a vencer al ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial. Viendo el reportaje uno se da cuenta de lo compleja que fue la vida en aquellos tiempos. Tan compleja, que uno se pregunta qué estamos haciendo las personas de este tiempo para mejorar aquello por lo que tanto lucharon nuestros antepasados. Vivimos una vida plácida gracias al esfuerzo y sacrificio de aquellos que muchas veces murieron en terribles situaciones. Honrando sus memorias, me pregunto una y otra vez cual es nuestra colaboración real para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

Uno de los trabajos más difíciles de todos en nuestro presente es el de persuadir al mundo sobre la necesidad de la buena voluntad, de hacer el bien, de buscar la unión de todos. Persuadirlo para emprender los nuevos retos. Persuadirlo para insertar un nuevo código, una nueva interpretación de la existencia que se base en la virtud y en la cooperación. Demostrar firmemente que se pueden hacer las cosas de forma diferente, basadas en la búsqueda del bien por encima de todas las cosas. Crear una nueva ética viva, llena de acción, llena de entusiasmo para revolucionar el propio concepto de vida.

El bien debe seguir creciendo en el mundo. Debemos vivir fielmente bajo los auspicios de la virtud, del esfuerzo, bajo la amabilidad del agradecimiento por todos aquellos que alguna vez nos han ayudado en nuestras vidas. Tolstoi decía que, para poder llevar una vida de bien, es necesario saber lo que debemos y lo que no debemos hacer. Para saberlo, debemos entender qué somos nosotros mismos y qué es el mundo en el que vivimos. La tarea no es baladí. Hacer el bien a los otros es la mayor de las enseñanzas, porque al hacerlo, descubrimos la esencia de la verdadera vida: que todos somos almas que tienden a la unión con otras almas. Por lo tanto, si esa resulta ser la gran revelación que nos espera, nuestro deber inequívoco es hacer que el resto de seres que nos rodean gocen de nuestra ayuda y apoyo, de nuestra colaboración y cooperación desinteresada.

De ahí que se necesite de una gran fortaleza para persuadir al mundo sobre esta verdad, llevarla a la práctica de la forma más radical y urgente y vencer todos aquellos vicios y deslices que nos alejan de la misma. Nuestro deber como seres humanos capacitados para vivir en este tiempo es perseguir esa unión, ese requisito indispensable para poder entender la magnitud de la vida y la existencia hasta en sus últimos recovecos. Servir al mundo, servir a la humanidad, servirnos a nosotros mismos para servir mejor al otro. No podemos sospechar otra verdad que no pase por esta misma acción urgente. Con fortaleza, con seducción, con decisión, con esfuerzo, con trabajo. Una y otra vez.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Y todo sucede


a
© Samantha Lee Osner

La vida pide movimiento. De un lado a otro. Tras unos días en Madrid y en el Valle del Tiétar, de vuelta a la pequeña cabaña. Allí pasamos el fin de semana con la grata compañía de la familia de la Ecoaldea portuguesa La Espiral. Fue hermoso poder hablar con iguales sobre la llamada, sobre la necesidad de perseguir y hollar ese camino que se abre irremediablemente ante nosotros. La llamada siempre responde a algo irracional, al menos aparentemente.

Esta noche dormí ensimismado en la belleza, en el centro del pequeño paraíso que nace de las fuentes de lo incognoscible. Por la mañana de nuevo me puse en ruta hasta el ancho océano. Temas de empresa y búsqueda de nuevos recursos me empujan a la carretera, a las reuniones, a las comidas. Pensé que esta semana terminarían las obras, pero observo que aún queda mucho por hacer. El parking no quedó del todo como deseamos y se tendrá que mejorar. Las habitaciones ya tienen los suelos terminados pero falta algún lavabo y preparar las paredes con sus nuevas ventanas. Respiro profundamente. Esta semana saldremos adelante. La siguiente, de nuevo nos entregaremos a la vida. Seguimos confiando, seguimos entregados.

A la vuelta, el coche se avería. Lo llevo al taller como puedo. Allí lo dejo y empiezo a caminar durante una hora hasta la estación de autobuses. Llego de milagro a la cabaña. Lo hago feliz, risueño. Han sido siete hermosos días y a pesar de la gravedad de la nueva avería y el nuevo coste añadido, intento infundir ánimos a mis adentros. Tengo motivos suficientes. Como decíamos este fin de semana, por dentro arde con fuerza la respuesta a la llamada. Y siento que quizás pronto otros la sentirán con la misma fuerza y entregarán sus vidas a la misma. Vivimos un tiempo acelerado, un tiempo de discernimiento, de decisión, de acción urgente. Es justo determinar nuestro propósito con sabiduría, amor y convicción. La convicción te lleva hasta la acción, una y otra vez.

En esa convicción de repente aparecen los iguales, esas almas gemelas que aterrizan en nuestras vidas para fusionar los campos áureos. A veces se cruzan de repente, y es tanto el espanto al vernos reconocidos en el otro, que se entregan al miedo o la huida. Pero luego queda esa llama, esa pequeña llamada de haber encontrado a otro igual, y en alguna parte germina, y vuelve, una y otra vez, hasta que se asienta y se convence de que no habrá casa mejor que aquella cuyo calor pueda abrazar sin juicio al otro. Entonces se prende la llama. Llama y llamada. No es solo un juego de palabras. Hay algo oculto en esa polisemia. Emoción y vibración.

Utilizando una fórmula oculta: el fuego que consume ha de trabajar para el fuego que construye. Los iguales se reencuentran una y otra vez. Su trabajo interior es poder reconocerse y sumar sus fuerzas para el trabajo Uno. Es una tarea que no se puede descuidar, ni abandonar, porque el siguiente paso tras la travesía del desierto y el caminar sobre las aguas es la fusión con el fuego. Y el fuego se reconoce precisamente en el reencuentro con iguales, pues las brasas arden con mayor fuerza cuando las ascuas se juntan. La lumbre resucita en la unión inevitable. Resulta complejo explicitar las cosas de forma más clara.

Por eso reconozco cierta emoción interior. Ver a un igual, abrazarlo y fusionar el campo de fuego cósmico para lograr la llama. Y todo en siete pasos, en siete abrazos consumados desde la más pura inocencia. Discretamente todo se ordena. Podremos sentir miedo, podremos huir una y otra vez, pero la vida siempre nos arrastra hacia su flujo, hacia su cauce. El vasto océano de la experiencia nos espera impaciente. Nuestras vidas se dilatan, se amplifican, se conectan de repente con el campo áureo. La telepatía de las cosas empieza a manifestarse. Es necesaria cierta liberación. Una vez libres, podemos elegir nuestro destino, desde el amor y el discernimiento, desde la entrega y la buena voluntad, desde la cooperación y el bienestar común. Y comprender en ese camino que el destino de cada cual siempre refleja una parte importante del destino de todos. Cuanto antes lo entendamos, antes podremos cumplir con nuestra parte. Y cuando eso ocurre, todo sucede, inevitablemente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar