Cooperar para experimentar valores y vivir ideas


a
© Jefflin Ling

Según el calendario Tzolkin, hoy es el día del Sol Cristal Amarillo de la Onda Encantada de la Luna. Este kin representa la cooperación con la luz con el propósito de purificar. La cooperación siempre es imprescindible en todos los ámbitos de la vida. Cooperar equivale a hacer juntos lo que solo no podríamos. A ayudarnos los unos a los otros para un bien mayor, para una mejora de todo y de todos. Cooperar es cuidar del otro, ser amable, comprensivo, especialmente atento con cada detalle. Cooperar juntos es experimentar los valores y vivir las ideas. No es hablar de valores e ideales, sino experimentarlos profundamente junto al otro.

Esta es una tarea siempre pendiente. Nos pasamos la vida investigando, estudiando, valorando ideas y pensamientos, estructuras y esquemas que podrían resultar útiles. El estudio siempre ha sido un pilar importante para cada civilización, pero esta muere de inacción cuando dichos ideales son incapaces de plasmarse. Ocurre lo mismo en el mundo de las creencias, siempre tan sutil y peligrosamente abstracto. Podemos creer en unas aspiraciones, es unos ideales más o menos espirituales, en una ética y en una moral a prueba de bombas. Pero si no somos capaces de perpetuar dichas visiones en la práctica, jamás habremos conocido realmente nada. Buda lo dijo claramente: práctica los caminos. Uno puede hablar eternamente sobre los caminos, pero de nada le servirá esa teoría si no es capaz de llevarla a cabo. La diferencia entre conocer y poseer sabiduría es precisamente esa capacidad de llevar a la experiencia todas las ideas propuestas, imaginadas o pensadas en nuestro interior. No importa si a veces erramos en el empeño, pero al menos, nunca dejar de intentarlo, una y otra vez.

La cooperación puede empezar en lo más pequeño. Con nuestra pareja, con nuestros amigos, con nuestra familia, con nuestro entorno. La correcta conducta, siempre tan compleja de conseguir, debe basarse en la búsqueda de la felicidad del otro mediante la culminación de nuestra propia felicidad. De ahí la importancia del autocuidado, de procurarnos siempre lo mejor a nosotros mismos con el sano deseo de procurar siempre lo mejor al otro. Si nosotros estamos bien, tendremos mayor capacidad para hacer el bien. Si nosotros gozamos de salud, de alegría, de amor incondicional, tendremos mayor capacidad para provocar bienestar a nuestro entorno.

En la vida debemos esforzarnos para pulir nuestra piedra bruta, siempre tan llena de aristas. Con ello podemos construir un hermoso templo social, comunal o familiar. Nuestra piedra debe encajar perfectamente en ese edificio construido gracias a los valores de la cooperación, el apoyo mutuo, la fraternidad, el amor incondicional, la generosidad, la oportunidad de servir y ser útil. Cuando eso ocurre, algo trascendente ocurre. Obramos el milagro de encajar perfectamente en el propósito de la vida, en la belleza profunda que nace de la obra bien hecha. Ser cooperantes con la vida es tener una relación estrecha con la existencia, y de paso, con toda su trascendencia.

Podremos siempre equivocarnos, lo haremos muchas veces a lo largo de nuestras vidas. Podemos a veces incluso obrar de forma torpe o ignorante. Pero eso debe servirnos para mejorar una y otra vez. Para despejar todas las dudas sobre nuestra verdadera naturaleza, sobre nuestra verdadera necesidad de obrar el bien, de cooperar con la existencia. Los lirios del campo cooperan, la brisa coopera, los ríos que nacen salvajes en las cumbres de las anchas montañas cooperan. Todo cuanto existen coopera para que el orden se establezca en toda naturaleza. Las nubes, la luz del sol, la savia de los árboles. Cooperar obrando el bien es una forma de experimentar los valores y de vivir las ideas. Cooperar una y otra vez, cooperar siempre, para ser activos partícipes de toda la creación.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Desnudarnos danzantes ante ella


a
© Ozkan Konu

La decisión de participar en el mundo viviente es un paso importante, atrevido, osado. Uno no decide encarnar en un mundo tan increíble y maravilloso para quedarse encerrado en un estado de aislamiento, sino para participar en la fiesta a la que ha sido invitado por un tiempo prudente y limitado. Uno no viene aquí a endurecer su concepción sobre el cosmos, sino que viene a experimentarlo, a vivirlo, a compartirlo con sus congéneres.

No venimos a ver las sombras del mundo, venimos a exprimir cada instante de sol, de luz, de claridad. La noche espera la exploración onírica, mientras que el día prospera como campo de experimentación y conocimiento vivencial. Vivir es salir al mundo, al campo, a la existencia que no para de fluir, de moverse, de incorporarse a nuevos avatares diarios. Las sombras son un mal sustituto de la mirada directa del mundo.

Somos una pequeña estrofa, pero la vida no podría entenderse sin la suma total y absoluta de todas sus estrofas. El aislamiento personal tiene sus peligros. Nos perdemos la vida, nos perdemos el desenlace de cientos de historias que nunca sucedieron. Nos perdemos la senda de la aspiración más noble, la expansiva llama de la experiencia. El estar vivos debería representar en nosotros un sentido de vitalidad y urgencia. Mover nuestro mundo a través del mundo, destripar las entrañas de los misterios que nos rodean, vociferar los cantos angélicos de cada una de las auroras vividas. Es urgente sentir la vida en nosotros, y desnudarnos danzantes ante ella.

Si hemos venido a esta fiesta, que sea para disfrutarla, amansar alegría, bienestar, paz, amor, cariño, humor. Si estamos aquí, si hemos atravesado tiempos y espacios infinitos para encarnar en este instante, que sea para abrazar al otro, llevarlo hasta los límites, permutar en cada instante talentos y suspiros, susurros y alientos. No perdamos el tiempo en amasar fortuna, excepto aquella que requiere de un total desapego y compartir constante.

A ambos lados del río existen caminos, sendas que se adentran entre campos de cebada y bosques frondosos de interminables sauces. Visten el mundo entre cielos de celeste presencia. Los ríos tiemblan con sus aguas frías, el universo entero tiembla en un latir suave y sencillo. Hay surcos en la tierra a ambos lados, espesuras, desiertos, montañas, valles que encierran algún tipo de puerta secreta. La vida es urgente porque algún día marchará a otra parte y dejará inerte todo aquello que amasamos.

Hay un pergamino escrito. Allí está trazada la aventura. Allí esta la invitación a la fiesta. Podemos o no participar en ella. Podemos encerrarnos o no en nuestra torre allá en la isla. Podemos tejer una y otra vez en el telar del aislamiento y mirar la vida desde un espejo que refleja solo sombras. Pero podemos romper esa maldición, podemos volver a la vida, agarrar la barca y cruzar todos los ríos, navegar por todas las sendas. Morir a la ilusión para abrazar la vida real, aquella que se presenta cuando somos realmente actores principales, y no solo sombras. Debemos respirar la urgencia. La vida no siempre estará con nosotros. La decisión de participar en el mundo siempre será nuestra. Y pasados los años, lamentaremos al recordar que fuimos invitados, y preferimos contemplar la existencia desde el espejo. Desnudo mi alma, salgo de mi isla y atravieso los mundos. Y en ellos, me entrego despierto y bullicioso al porvenir.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Aspirantes, probacionistas y aceptados


a
© Manu Roger

En los antiguos y remotos escritos se hablaba del sendero del discipulado. Dicho sendero era una vía intermedia de evolución, donde, según el nivel consciencial y evolutivo de cada individuo se podía considerar un aspirante al discipulado, un discípulo probacionista o un discípulo aceptado. Pasar de un grado a otro requería de un entrenamiento, una disciplina, una responsabilidad y un compromiso.

En el pasado, eran muy importantes las disciplinas físicas y emocionales como puerta de acceso a un progresivo programa de desarrollo espiritual. Las normas de pureza física, anímica y emocional eran requisitos previos antes de poder alcanzar un conocimiento mayor. Esto era debido a que muchos aspirantes a la senda del discipulado no habían desarrollado una fortaleza interior suficientes para luego enfrentarse a las crisis que vendrían con un mayor entrenamiento. Muchos aspirantes eran rechazados de las escuelas preparatorias por no poder contribuir a una mínima disciplina física y emocional.

Muchos aspirantes quedaban presos en la ilusión de sentirse especiales, abrumados por un orgullo espiritual que engullía sus aspiraciones al haber logrado pequeños éxitos mediante una estricta dieta vegetariana o un puritanismo excesivo, necesarios, a veces, pero no como fin en la senda, sino como comienzo de la misma. Muchos aspirantes quedaban rezagados en la enseñanza por perder excesivo tiempo en requisitos mínimos que deberían ser meros trámites, cosas naturales en su propia naturaleza.

Los probacionistas eran los que, una vez superadas las pruebas en ese primer nivel de entrenamiento físico, anímico y emocional, empezaban a entablar un mayor conocimiento de las fuerzas y las energías que se vuelcan en los planos de la mente. Aquí el trabajo tiene mucho que ver con ese primer contacto con el Ser Interno, puente inevitable para seguir hollando la senda espiritual. Es aquí cuando se tenía un primer contacto con las iniciaciones menores y los misterios que entrañan la propia estructura de una jerarquía espiritual determinada. Los antiguos escritos daban relevancia a los discípulos probacionitas como iniciadores de una nueva forma de entender la existencia, con sus propias pruebas y requisitos, con una visión enraizada en la meditación, el estudio y el servicio, más allá de las necesidades particulares.

Una vez el discípulo probacionista había realizado un correcto trabajo de control y disciplina mental, emocional, anímica y material, era aceptado en alguna de las doce escuelas preparatorias para el discipulado avanzado, participando así de la acción grupal, del trabajo en grupo y de la experiencia de experimentar la unidad de todas las cosas con seres esencialmente de su misma naturaleza. El discípulo aceptado empezaba un entrenamiento aún mayor, normalmente dirigido por iniciados de alto grado que mantenían una firme disciplina y una entrega de servicio absoluta.

El entrenamiento solía hacerse en lugares apartados a los que se accedía de forma compleja y donde el trabajo se volvía grupal, en comunidad. Conjuntamente se desarrollaban las virtudes que conducen a una vida de pureza, bondad y conducta recta, donde la aspiración altruista forma parte de la propia naturaleza del discípulo aceptado.
El trabajo grupal es complejo a la vez que gratificante. Ya no se trata de hollar el sendero desde la travesía del desierto que todo aspirante o probacionista vive dentro de sí en la soledad y en la confusión. Más bien es la hora de abrazar el fuego grupal para alinear las fuerzas vacilantes hacia un propósito común: el de la propia Unidad. Ya no hay duda, ya no hay incertezas, más bien una clara visión de hacia dónde dirigir las fuerzas, el ánimo y la propia vida. El contacto con el Ser Interno es claro y determinante, y en esa primera experiencia de Unidad, la vida empieza a cobrar un grato e impresionante nuevo significado.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

¿Hacia dónde vas? Hacia mi destino…


 

a
© Rich Kern 

Hay un devenir inevitable. Si uno empieza conscientemente a atar cabos que durante toda una vida parecían aislados y sujetos al azar, va viendo que hay partes de los mismos que encajan perfectamente con un destino trazado. Hay dos formas de entenderlo. Si vivimos una vida inconsciente basada únicamente en el individualismo y en la satisfacción de las necesidades de esa individualidad, el azar no deja de ser una suerte de acontecimientos que determinan programáticamente una vida. Producto de la suerte o la fortuna, todo parece inconexo. Pero si se eleva la mirada hacia una consciencia más allá de nuestra particularidad, se puede ver un tejido intangible que ata de cabo a rabo cada una de las circunstancias que nos llevan hacia una u otra vida. Supongo que esta segunda visión tiene que ver con algún tipo de apertura de consciencia, con alguna visión diferente de las cosas por la cual, todo acontecimiento está basado en un arquetipo que genera causas y efectos entrelazados en una multidimensionalidad compleja y sujeta a leyes que se coordinan unas con otras para generar realidades. Es lo que llamamos destino.

Siendo así, si somos capaces de llevar una vida más allá de la satisfacción de las necesidades individuales, podemos entonces decir abiertamente y sin pudor que andamos caminando hacia nuestro destino. Esta es una complejidad en sí misma, a sabiendas que eso que vagamente llamamos destino nace de un compromiso, de una responsabilidad y de una consecuente entrega. Es la entrega, como resultado final, lo que va tejiendo ese destino, o mejor dicho, es en esa entrega donde la vida se desliza inevitablemente hacia el guion trazado.

Podría ocurrir que, tras un halo de inspiración, volviéramos de nuevo a la inconsciencia. Es lo que los antiguos llamaban el toque de clarín de nuestra alma. Podemos sentir durante un breve periodo de tiempo ese toque de clarín, ese destello de iluminación, esa señal inevitable. Y ahí surge la prueba: seguir o no seguir a esa llamada. De hacerlo, entonces comienzan las pruebas, que no es más que una crisis continua de reajuste entre las necesidades del alma y las necesidades de la personalidad. Cuanto mayor es el conflicto entre ambas, mayores son las pruebas, y por consiguiente, las crisis. De alguna forma, las crisis son importantes en la confrontación de nuestras vidas con nuestro destino. Las crisis nos avisan, nos guían de alguna manera, a cuál enseñanza, de todo aquello que debemos reajustar. En ese reajuste, una nueva consciencia nace, una nueva visión e intuición que nos acerca cada vez con mayor fuerza y claridad hacia la tarea a realizar.

Los forjadores de destino comprenden la importancia de ese reajuste y aceptan las crisis que se desprenden del mismo. No deja de ser complejo el poseer visión propia sobre nuestras vidas, nuestro destino. ¿Qué hacemos aquí? ¿Para qué estamos viviendo? ¿A qué o quién servimos? ¿A un alto ideal, a una creencia, a un egoísmo, a una necesidad, a una carencia? Si nos planteamos con rigor toda nuestra vida, podemos sacar conclusiones sobre estas cuestiones. Si nos paramos a pensar un rato sobre hechos que hemos soportado, podemos comprender cual es nuestro lugar en el mundo, y a qué causa nos debemos. Sólo tenemos que echar un vistazo a qué dedicamos, por poner un solo ejemplo, todo el dinero que ganamos. Si vemos el destino de ese dinero, sabremos a qué causa estamos sirviendo, y de paso, a qué Señor.

Hay una ciencia exacta para todo esto, hay un orden, un misterioso y complejo plan cuya arquitectura es posible dilucidar con un poco de paciencia y estudio. Hay una enseñanza, a veces oculta, a veces sesgada, a veces compleja, que nos adentra en las variables necesarias para atrevernos a seguir nuestro destino. Es un camino largo y angosto cuyo resultado es siempre sorprendente: al no existir realmente individualidad (lo individual es siempre un espejismo), nuestro destino no nos pertenece, sino que lo entregamos a una fuerza mayor, a una causa que engloba unas potencias que escapan a nuestro entendimiento. Al seguir concienzudamente nuestro destino, descubres que estás siguiendo realmente el destino de algo que no te pertenece, de algo imposible de describir. ¿Cual es el destino de una gota de rocío que cae precipitada a las fuerzas que arrastra un inmenso río? La gota de funde con el destino inevitable y se deja llevar por el mismo flujo hacia ese Océano que espera impasible y profundo. Al caminar por la senda trazada, te descubres siendo Senda. ¿Hacia dónde vas? Hacia el Destino…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El camino de aquellos que no se extravían


ab
O Couso, hace cinco años. Las caravanas fueron mi hogar por tres años

Hoy veía unas fotos de hace cinco años, de nuestro primer invierno en O Couso. No daba crédito ante la amnesia que uno sufre tras tantas y tantas aventuras. Una de las fotos que acompaño a este escrito aparecen las caravanas cubiertas completamente de nieve. En esas caravanas estuve viviendo durante tres años, antes de culminar, gracias al esfuerzo y la constancia de mi querida y añorada Noelia, la construcción de la cabaña desde la que ahora escribo. Viendo la foto, recuerdo la dureza de aquellos días. Debo decir que esa experiencia estaba a camino entre la valentía, la osadía y la locura. Nuestro empeño por demostrar que se podían hacer las cosas de forma diferente rozaba todos los límites. Viendo las caravanas en las que viví, primero dos años en la blanca y más tarde un año en la caravana azul, me doy cuenta de que vivir en esta cabaña es todo un lujo y privilegio.

También me doy cuenta de que esos primeros momentos fueron como una especie de temeraria preparación. Desde entonces, y ya no tanto por los propios envites de la naturaleza si no más bien por la propia naturaleza del proyecto, se muestran día sí y día también diferentes pruebas que plantean cada vez más complejas decisiones. Supongo que todo esto debe ser algún tipo de entrenamiento para algo. Cuando miro hacia atrás con cierto desapego, la única razón de ser es que me estoy preparando para la ecuanimidad, para la equidistancia, para el desapego, para la quietud. Ahora siento mayor quietud ante los retos que se presentan. Lo observo en la gran obra que estamos realizando. Cada día es un reto importante y cada día es una oportunidad para que se revele algo hermoso. Ando como intentando desapegarme de todo cuanto ocurre, e intentando obrar la magia para aliviar cada prueba.

Mientras me enfrento a difíciles avatares, me doy cuenta como pasan los días, rápidos, veloces. A veces siento que me falta el aire y que todo terminará de un momento a otro. «Muéstranos el camino de aquellos que no se extravían«, prescribía el Profeta a los que practican la oración. A veces cierro los ojos e imagino ese camino, sin desvíos, sin atajos, en silencio, orando. También lo imagino acompañado, de alguna manera, de cualquier manera, porque la soledad profética siempre se endurece con las pruebas. Pero me doy cuenta de que es completamente imposible encontrar a alguien de tal naturaleza, alguien capaz de soportar la dureza de esta vida a la vez que explora la majestuosidad del misterio.

Cada revelación de la naturaleza es una oración. Ver volar a los patos que viven con nosotros, ver los rojos atardeceres, el verde de los campos, el canto de los pájaros en estos días de primavera, observar como los gatos salen a tomar el sol sobre el tronco partido o ver al viejo nogal junto a la ermita edificar su semblante con arrojo y poderío.
La vida es un milagro. Observo el milagro de mi cuerpo, de la energía que lo recorre, de sus emociones y pensamientos. Las ataduras del cuerpo son múltiples y variadas. Me pregunto como serán los cuerpos de aquellos que no se extravían, que siguen firmes y enteros en sus vidas ejemplares. He provocado en mí todas las disciplinas virtuosas posibles. Nada de comer carne, nada de ingerir ningún tipo de droga, tabaco o alcohol, ni siquiera en cálidos momentos festivos. Soy consciente de que eso solo son primeros pasos para alcanzar la virtud, por eso observo con sumo detalle la vida de los que no se extravían.

Me he vuelto disciplinado en cuanto a sencillez. He comprendido que el ser humano puede llevar una vida digna prácticamente sin poseer nada. Lo poco que poseo lo comparto con generosidad, y busco la manera de ayudar siempre al otro, a sabiendas de que otros antes me han ayudado desinteresadamente. De ahí mi voluntad agradecida, extrema y desapegada, y la necesidad de buscar almas extraviadas a las que asistir, a las que apoyar, a las que abrazar en silencio.

Al hacer todas estas cosas, el fenómeno que se observa es ver como todo el cuerpo respira con alegría y parece como si viviera más liviano, y ver como el alma se acerca despacio para rozar con sus pupilas infladas de luz nuestra sombra más oscura. El alma se acerca, ante la disciplina y el desapego, sigilosamente. Entonces nos inspira confianza y nos susurra algún detalle de aquello para lo que nos viene preparando. Y es ahí de donde surge la fortaleza, el valor y la hazaña, el aquae vitae de los alquimistas que sacia nuestra sed más profunda, nuestra Unio Mystica. Es de ahí de donde surge la certeza y el valor para seguir adelante.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Gran cónclave


masoneria 1

El himno de apertura era una mezcla entre el Coro de los pescadores de Bizet y el Coro de los peregrinos de Tannhäuser de Wagner. Así lo podías imaginar si cerrabas los ojos y trasladabas la imaginación a los antiguos templos, resguardados al mundo profano por temibles guardas que, espada en mano, protegían los secretos. En la entrada, dos grandes columnas con sendas granadas. Dentro del tabernáculo, inevitablemente, la experiencia de lo sagrado, del lazo místico, aunque hoy día esa experiencia solo sea posible cuando se ha pasado de la iniciación humana a la solar, adecuando cada práctica a los designios de los misterios de Sirio, la estrella de la iniciación. Los antiguos sabeos conocían algo de esta trilogía que terminaba siendo septenaria en su compendio angélico. Siete son los rayos-ángeles que portan la fuerza suficiente para administrar todas las energías del universo, todas aquellas que el Gran Arquitecto conserva para diseñar en nuestro mundo los planos pertinentes.

Tras el himno, la apertura de trabajos que terminaron en tercer grado una vez todos los oficiales estaban en sus puestos, deseosos de convertir el momento en un tiempo sin tiempo y un espacio, por lo tanto, sagrado. Se encienden las tres luces. Al Oriente, en el Mediodía y en Occidente, dejando el frío septentrión para el silencio de los aprendices, ausentes en la ceremonia. Sabiduría, fuerza y belleza, son las consignas para cualquier construcción. La luz siempre es un elemento recurrente, porque el cosmos es oscuro y entre tanta tiniebla, necesitamos las luminarias que puedan guiarnos en esa oscuridad brillante.

Una vez introducidos en el espacio sagrado, se tocan temas relevantes. Uno se sumerge en la atmósfera de saberse transmisor de un conocimiento, de un rito, de una tradición perenne. Los burros somos necesarios para portar el tesoro que es transmitido desde una dimensión a otra, con torpes interpretaciones, pero con certeras costumbres. En el fondo lo que se hace es una representación más o menos acertada de la creación del mundo. Cosmos, cielo y tierra representados con símbolos que recuerdan el orden, la pertenencia a una causa mayor, a un propósito que es necesario conocer, reconocer y servir.

Pasaron los trabajos y hubo un himno de cierre. La música siempre adornando con belleza todo templo. No se puede entender un templo sin música, que, además de representar el Verbo creador, anima a los espíritus en su peregrinar. Cierre de los trabajos y el velo se cierne de nuevo hasta que poco a poco la luz vaya minando por dentro nuestro cuaternario, uniendo bajo la mágica presencia, el terciario necesario para que la luz se manifieste en nuestro interior. En los trabajos de Hércules se dan pistas de como conseguir esa chispa necesaria, ese ardor por conocer los misterios que nos han de guiar hacia la puerta estrecha. Ya no se trata de iniciaciones menores, humanas, si no de índole solar, verdaderas ofrendas que se encasillan en los misterios menores para adentrarnos, poco a poco, y con gran esfuerzo, en los misterios mayores.
La luz tenue se vislumbra a lo lejos, pero siempre queda mucho por hacer para entender del todo la Gran Obra. Se cierran los trabajos, y aún nos queda mucho por descubrir. Viaje de ida y vuelta, solo con el propósito final de recordarnos quienes somos realmente y obrar en consecuencia. Como pescadores o peregrinos, según seamos más dignos de un Bizet o un Wagner. Termina el gran cónclave, todo queda bajo llave, en secreto.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Reino Unido, un día triste


a

 

“Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”. Stefan Zweig: El mundo de ayer, prefacio.

Pues adiós, pueblo soberbio como pocos. Tristeza, ríos de tristeza por la desunión, por el orgullo, por la nueva marea de nacionalismos y patriotismos que asolan nuestro ya viejo continente. Preocupación y tristeza por ver como triunfa la desconfianza y el miedo, la vanidad patria, lo nacional, lo mío contra lo tuyo, el egoísmo atroz de los pueblos que se ensalzan unos contra otros, pensando que su diferencia con respecto al otro les hace inmunes, superiores, diferentes.

Zweig lo llamó la peor de las pestes. No le faltaba razón a algo que envenena nuestra cultura, que nos divide, que nos vuelve de nuevo a las más profundas cavernas. No es una buena noticia que Reino Unido abandone la Unión Europea. El mundo requiere unidad, cooperación y apoyo mutuo ante los retos que se presentan. No, no es un día alegre para los que creen en la fraternidad humana por encima de todo.

Los corceles amarillentos del Apocalipsis parece que asoman de nuevo la cabeza. El temor de que hoy sea el preludio de una nueva edad oscura está en todos nosotros. Ahora Reino Unido, y mañana… ¿quién será el próximo en ahondar en la herida del nacionalismo?

No hay mucho más que decir. Debería ser para todos un día triste. Una advertencia. Tiempo al tiempo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El reloj del fin del mundo


a
© Sergey Novozhilov

“¿De qué sirven las antorchas, la luz o los anteojos si la gente no quiere ver?”                    En un grabado de Khunrath.

Mediodía en punto.
No nos hallamos maduros para la verdad. No somos tan sabios, ni tan inteligentes, ni conocemos tanto, nosotros los conocedores. Me di cuenta al llegar puntual a la estación destino a un nuevo viaje. Dejé a los obreros pagados y contentos. Siete días más y las obras continúan. A partir de la semana que viene todo será un reto o un complejo laberinto que deberé resolver con perseverancia y tenacidad. Sólo con eso podré vencer la complejidad de la empresa y la madurez para afrontar la Obra.

Ayer ejercí de Experto en la Gran Asamblea. Son oficios que me dan pereza, pero uno viene a servir, a ser útil, y hace lo que puede. Los trabajos no fueron justos y perfectos, todo hay que decirlo. Hay que destacar que de alguna manera se ha perdido un poco el buen oficio, el artifex, que lo llamaban los antiguos, algo mayor y más profundo a eso de ser un artesano o un artista. Todo se pierde en este marco de tinieblas y confusión.

Lo vivido ayer fue catastrófico desde un punto de vista conservador y tradicional. Se puede decir que la Tradición, lo pongo en mayúsculas, se pierde. El Oficio se pierde, y la esencia de lo que somos se va perdiendo entre máquinas, materialismo y consumismo de cosas, no importa qué tipo de cosas sean. En definitiva, el Ser Humano se pierde en este laberinto, distraído y alejado de su esencia, de aquello que define su naturaleza, del swadharma que decían en la tradición hindú, del verdadero cumplimiento por parte de cada ser de aquello que nace conforme a su propia naturaleza. Lo decía René Guenon en alguna parte, siempre crítico con la deriva que ya en su tiempo observaba, y siempre apelando a la necesidad de que los “burros” soporten y transporten el “tesoro” para preservar el secreto. Lo vivido ayer era un síntoma inequívoco de que la humanidad vive en un declive esencial, o al menos, nuestra sociedad y nuestro modelo contemporáneo. Ahí estábamos, como burros de carga, soportando la levedad del oficio perdido, intentando resguardar de lo profano aquello que por su naturaleza es sagrado.

Lo de ayer fue solo un reflejo de algo, un síntoma, un indicador, como decimos los antropólogos. En ese sentido, estamos viviendo en el Apocalipsis. Lo dicen prestigiosos científicos y estamentos que nos alertan de que estamos a cien segundos para la media noche, o lo que es lo mismo, rozando el fin de la existencia humana tal y como la conocemos. Incluso los Elders, los ancianos del mundo, afirman que estamos en un momento complejo. No sabría qué decir. Todos los habitantes de nuestro país podrían vivir perfectamente confinados en una pequeña provincia. El resto del territorio, casi un noventa por ciento, quedaría vacío. Somos muchos, es cierto, y cada vez más, pero la tierra es inmensa, y sus océanos, y sus cielos, y el Misterio que nos rodea.

Pienso en el tren balanceante en esa necesidad de despertar nuestras habilidades latentes. Observar con perseverancia nuestro estado consciente, nuestra habilidad para estar vivos. No podemos negar que somos una obra maestra que dormita en una penumbra cargada de velos. Si al menos pudiéramos conectar con algún tipo de esencia, con algún tipo de verdad, con eso que nos hace únicos e irrepetibles.

Tras el Oficio decidí mover la realidad y empujarla hacia otra parte. Soy un provocador, y me gusta provocar mundos paralelos, dimensiones cognitivas diferentes, así que, cambiándome de ropa en un bosque oscuro y profundo, me adentré en una línea de tiempo que no estaba a priori registrada. Había en el fondo del ancho horizonte divisado una pequeña luz dentro de una cueva y allí, sentada en reposo, una ermitaña hermosa que tejía realidades. Un armario, un ruido, un gallo sin patas, pero allí estaba el resplandor, la tejedora. Sentí alivio al verla. De alguna manera la soledad se esfumó y también la pesadumbre del fin de los tiempos. Me sentí arropado y acompañado ante el telar de las palabras, pero sobre todo, ante el telar del Verbo y su Misterio.

Compartimos un rato y antes de que sonara alguna campana o de que algún perro ladrara o algún gallo cantara, regresé a mi cabaña. No tenía miedo, no sufría miedo. La realidad había cambiado, pero la esencia, la estirpe y el contenido modélico del Oficio y la Tradición seguían intactos. El fin del mundo no puede con el anhelo. Los pequeños misterios siguen a cubierto para seguir transmitiendo, cueste lo que cueste, el estado primordial, la materia esencial de la Gran Obra que nos acercará poco a poco a los Grandes Misterios Mayores. Hay que restaurar la influencia espiritual que de alguna manera nos indica qué somos realmente. Un proverbio turco dice: «ata primero a tu burro y luego encomiéndalo a Dios». Es algo profundo y urgente.

Tras ese hermoso rato con la tejedora de palabras llegué sano y salvo a casa. Había descubierto un velo. Había modificado la línea de tiempo. Había sanado una parte de la realidad.
Era medianoche en punto.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Aprendiendo a Ser junto al Ser


WhatsApp Image 2020-01-16 at 21.13.38
Las dos columnas que sostienen nuestro hogar: la fuerza y la sabiduría. Junto a ellas, a la derecha, casi invisible, espera la belleza. 

Acabo de encender la chimenea. He quemado en ella todos los virus de esta semana, algunos restos inidentificables, algunos manuscritos ya editados y cosas que uno encuentra ya sin valor. Me hubiera gustado mucho estar un poco más junto al fuego de la casa compartiendo conversaciones en inglés con la hermosa alemana y su hija que estos días nos acompañan. Pero no he querido cogerles cariño. Vienen con dos perros y se tienen que marchar en unos días. Es la ley. A pesar de que siempre intento ser flexible y hacer cientos de excepciones, es algo que no gusta. Así que intento no batallar, regirme al guion establecido sin mayor argumentación. El fuego en la casa ardía con fuerza, la conversación era amena, recordando viejos tiempos cuando vivía en el norte de Alemania, en la hermosa región de Wendland. Llueve como lo hacía en aquella añorada granja de caballos. Hace frío, pero el fuego arde.

Estoy feliz porque esta mañana hemos podido pagar una semana más a los tres obreros. Cada semana es un reto, y como dicen por aquí, haber si damos salido. Las obras avanzan deprisa y eso nos satisface. Personalmente no tengo fuerzas para seguir subido a tejados o haciendo cemento o poniendo suelos. Eso me ha envejecido demasiado. Ahora me siento torpe, casi sin energía, y la necesito para lo que ha de venir. Me declaro inútil, cansado e ineficaz para esas cosas de la materia densa. Casi seis años de grandes esfuerzos, de grandes sacrificios personales deben llegar a su fin. Prefiero endeudarme por un tiempo más que seguir sufriendo. Prefiero que por fin la casa se termine y que en los próximos años podamos dedicar nuestros esfuerzos al Jardín. Sí, como hacía Epicuro, y así convertirnos en los nuevos filósofos del Jardín, de un nuevo Jardín comprometido con nuestro tiempo, comprometido con el espíritu de esta época. Ya hemos pasado la fase en la que se ha podido construir la columna de la «fuerza». Interiormente nos hemos llenado de fuerza y voluntad. Ahora toca construir la columna de la «sabiduría» para junto a la fuerza crear la tercera de las columnas de cualquier templo que se precie: la «belleza». La belleza como símbolo inequívoco del amor.

Esa es la idea y comprendo que hacía falta esta pedagogía constructiva. Construir, cocrear entre todos era necesario plasmarlo en la acción, y no tan solo en el verbo. Uno puede hablar con mayor fuerza cuando ha experimentado la cosa en sí. Ya no habla en potencia, como muchos filósofos hacen, sino en acto, desde el acto, desde la acción. Cuando propongamos meditar desde la cocreación activa, sabremos de lo que hablamos. Habremos encontrado la fórmula para moldear la materia, para, como alquimistas, argumentar con suficiente detalle todo el proceso de transformación necesario.

La alquimia experimentada en los templos vivos, en la piedra viva, tiene mayor repercusión que la nominativa, la simbólica. El símbolo nos señala, pero el acto nos inicia. Uno puede pasarse toda la vida hablando de Dios, de la espiritualidad, pero esta tan solo se manifiesta inevitablemente en la acción: fuerza + sabiduría = belleza. La contemplación nos puede ayudar a comprender la necesaria tarea de transmitir, la urgente necesidad de ayudar allí donde haga falta. A veces al prójimo desconocido, como esa hermosa alemana y su hijo y sus dos perros que deambulan por el mundo sin un rumbo muy fijo, angustiados por los problemas que atraviesan. Me gustaría de nuevo saltarme a la tolera la ley y volver a hacer más excepciones. Pero eso crea desconcierto.
Así que antes de que se marchen intentaré, como hoy, dedicarles junto al fuego todo el tiempo que haga falta. Todo lo demás podrá esperar.

La fraternidad humana se construye a base de piedras vivas que arden junto al fuego, que comparten complicidades y futuros. Escuchar al otro, poder ofrecerle aunque sea por unos días algo de pan y cobijo, por muy distinto que sea, es una buena forma de espiritualizar el mundo, ya que de la escucha y el apoyo material y espiritual nace la empatía, la compasión, la fraternidad, la unidad, la cooperación. No podemos hablar de ser más humanos, de ser más espirituales si no aprendemos a estar con el otro, a ayudar al otro. De ahí el reto de crear comunidades abiertas, integrales. Es lo más espiritual que existe. Especialmente cuando te atreves a tener una casa abierta las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año aprendiendo a Ser junto al Ser, aprendiendo a humanizarnos siendo cada vez más humanos. Y la humanidad, lo que nos hace verdaderamente humanos, solo puede ser entendido con el otro, junto al otro, junto el fuego, dando, siempre dando, como hace la llama, como hace el Sol y los cielos, sin esperar nunca nada a cambio.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La conquista del paraíso


 

a
© Nick verde 

Hay un libro antiguo cuyos versos son difíciles de entender. Por más que lo leo, lo repaso y lo estudio, algunas cosas son indescifrables. Veo arena entre sus páginas, vientos que atrapan al lector, huracanes a veces, sempiternas palabras sumergidas en los lodos de las sendas. Hay voces cuyo idioma sería imposible comprender. Talentos que se esgriman en lejanas montañas azules. En sus desiertos hay secretos impenetrables. Sonidos que marcan maravillas, espacios sumergidos, tiempos inexistentes, aullidos en noches oscuras y nieblas en bosques oceánicos.

Hay un libro cargado de antiguos comentarios que destilan sabiduría de otro lado. Uno se siente afortunado por llevar más de media vida leyendo entre sus páginas doradas fingiendo entender algo, pero deleitando en cada frase y descripción mundos posibles. Leer no es solo comprender, imaginar o vehicular dimensiones, es también crear, erigir sonidos puntiagudos llenos de trémula aventura.

“La vida es Una, y nada puede tocar o quitar esa vida”. Reza el antiguo libro. “Que el grupo conozca la vívida, flamígera y saturante Vida”, continua el viejo comentario. Hay un azul índigo que protege el espectro de estas palabras, aún a sabiendas que fueron escritas para un tiempo futuro, para ese tiempo en el que la protección sería violeta, como la llama del séptimo rayo. Hay un hecho fundamental en esas palabras: todo está impregnado de vida. Es una creencia que nace del hilozoísmo, pero describe a la perfección varios aspectos de la organización del cosmos. La materia no puede ser entendida si no se somete a la intuición y la intención espiritual que la conmueve.

Parece que poco sabemos sobre los reinos que nos envuelven. Algo empezamos a entender sobre los cuatro primeros, pero nada sabemos sobre el quinto, el sexto o el séptimo reino. Sólo los atrevidos que empujan la vida hacia lo más hondo del ser pueden proveer cierta lucidez a ese entendimiento, e intentar, levemente, dotar de luz a la ignorancia y ceguera general.

La Sociedad de Mentes Iluminadas es una organización discreta que intenta potenciar la luz en el mundo, la sabiduría, el bienestar. Sus cometidos, siempre discretos, silenciosos, no son más que los de allanar el camino que conduce hacia la comprensión. Son los que viven en el paraíso e invitan generosamente a los demás a que asuman su propia conquista. Comprendiendo las leyes universales, los secretos de la vida, de la consciencia y de la inteligencia unificada se allana el camino hacia ese paraíso perdido. Todo lo demás, todo lo que nos aleja de esta necesidad interior, es superfluo, innecesario. Todo lo demás solo nos distrae de la verdadera vida una.

De ahí la importancia de seguir leyendo el libro antiguo y sus versos. Escrito por miembros lúcidos, requiere templanza y serenidad para algún día abordar su paraíso como un pasaje real, vivido en la vida libre y amable, en la inefable circunstancia del ser.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Amigo de la mala suerte


a
© brunozbruna 

Recluto y acojo en esta pequeña cabaña el antojadizo destino. Me acaba de llegar el presupuesto de reparación del coche accidentado y la broma va a salir cara. Quizás debería dejar de tener vehículos. Haciendo cuentas, casi me saldría más económico el no tener nada y simplemente desplazarme caminando. Si tenía que pasar, si era algo inevitable, me alegro de que pasara con mi viejo amigo Prius. Si hubiera sido con otro el remordimiento hubiera sido mayor.

Miro por la ventana pensativo, asumiendo el devenir, lo inevitable, y observo como la niebla polvorea todo el paisaje. Es algo hechizante cuando el frío se entremezcla con los sabores inciertos del invierno. Hoy se fueron casi todos y el silencio abrigó el lugar. Aproveché la decadencia física, el cansancio acumulado, la tozudez de un resfriado que no termina de marcharse, el agotamiento casi existencial, para quedarme tumbado, sin hacer nada, como un espectro que flota tres metros sobre el suelo y se deja llevar por cualquier viento. Hago repaso y es como si la mala suerte se hubiera cruzado en mi camino. Al final me haré su amigo, y le pediré que no haga mucho ruido si quiere seguir acechando. Uno se cansa de tanta prueba donde todo son pérdidas y ninguna ganancia. Quizás debería permitirme el lujo de no hacer nada durante una larga temporada. Dejar que todo se despeje, que la niebla se diluya y salga el sol. Si pudiera me marchaba de vacaciones lejos de todo, pero esa palabra está lejos de mi diccionario.

La niebla siempre es pasajera, como nuestras vidas. La felicidad es un algoritmo que depende de muchas cosas. También la profundidad de nuestra mirada en cuanto a los acontecimientos que nos rodean. Vivir en una cabaña es algo extraño. Aquí estás en mitad de la nada, te sientes desahuciado de todo cuando rezuma a normalidad. El bosque está calmo ahí fuera. No se escucha nada. La temperatura no sube aquí dentro a más de ocho grados. Es un sueño vivir aquí, aunque a veces me sienta atrapado en el mismo. Fuera hace más frío.

Ha sido una semana intensa. Encintando la futura cocina y ayer montando y colocando muebles. En unos días tendremos algo decente. El grupo de amigos catalanes que ha estado esta semana ha sido especialmente trabajador. Me sorprende el sobresfuerzo que mucha gente aporta para que este sea un lugar cómodo y cálido. Pero cada vez me voy dando cuenta de que este lugar, quizás exceptuando algunos meses de verano, nunca será cómodo y cálido. Resulta difícil acomodar una casa de piedra construida en el siglo XVI, inabarcable, solo a base de buena voluntad. He arriesgado de nuevo y he comprometido una nueva obra mayor. Será muy caro aislar la casa para que el agua no entre, pero es necesario hacerlo. El riesgo forma parte de este proyecto.

De forma paralela y silenciosa sigo tratando con el arquitecto italiano que nos está diseñando la escuela. Será el objetivo para los siguientes siete años. Y para los otros siguientes siete, intentar crear un núcleo fuerte de comunidad. Eso es lo más difícil porque aquí no hay aguas milagrosas, ni apariciones marianas, ni un suculento negocio económico ni unas instalaciones apropiadas ni un entorno con un tiempo envidiable. El lugar carece de casi todo, así que el esfuerzo será mayor.

De momento solo hay niebla, soledad, algo de frío, invierno. Me pasaré el fin de semana descansando. Estoy agotado y solo me apetece leer y escribir, contemplar en silencio la vida, sus misterios, sus derroteros. La vida es misteriosa, pero en la naturaleza aún lo es más. Miras un árbol o la yedra que lo cubre y todo parece diferente. Observas los ciclos y cala en la epidermis un halo mistérico. La vida ejerce cierta victoria sobre la forma, al igual que el espíritu lo hace sobre la materia. Desde esta pequeña cabaña puedo evocar al fuego, nutrir las vidas menores y mantener así girando la rueda.

Las vidas siempre pueden ser evocadoras. Pueden evocar una idea, una emoción, un sentir, una acción determinada. Podemos invocar a los dioses y esperar a que todo se resuelva de alguna manera. Hasta que nos damos cuenta de que lo mejor es ser evocadores de vida, aspirando a que la misma crezca de forma pacífica y amorosa. Seguiré leyendo y escribiendo. Toca descansar mientras el misterio se despliega y la vida prosigue su caudal inagotable… ¡qué misterio! Abrazaré la mala suerte, no me queda otra, y ya vendrán tiempos mejores.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Ánimo viene de ánima


a

A pesar del accidente de ayer, no me tembló la voz, ni el ánimo. Esta mañana una buena amiga me preguntaba sobre el significado profundo de este accidente. En términos anímicos, hay circunstancias que se expresan en nuestras vidas para poner a prueba nuestro ánimo, nuestro propósito. Son los guardianes del umbral, aquellos cuya misión es impedir el paso del neófito hacia la nueva experiencia. En los mitos aparecen como figuras monstruosas que impiden el paso en el camino del héroe hacia la siguiente estancia de la aventura. En la vida extraordinaria, aquella que pretende responder a la intendencia lumínica de los despiertos, las pruebas del umbral suelen ser diversas.

A un nivel más psicológico, la vida ordinaria está llena de pruebas que pretenden expandir nuestra consciencia. Una ruptura, una enfermedad, un nacimiento, una muerte, un accidente… Ese tipo de hechos extraordinarios merecen una atención especial, pues guardan tras de sí un mensaje velado para que podamos descubrir su profundo significado.

Gracias a la pregunta de mi querida amiga, a media mañana me marché a meditar a un lugar apartado del bosque. Dejé el encintado de la cocina para profundizar en lo ocurrido ayer. Enseguida me vino una respuesta clara. Tenía que tomar una decisión con respecto al proyecto, una obra mayor que requiere de un gran capital y que estaba rezagando por la envergadura de la misma y su propia complejidad. Pero en la meditación lo vi claro. Este accidente pretendía provocar en mí miedo para así abortar la decisión. Sin embargo, no ocurrió eso. En cuanto lo entendí, sin disponer aún de los medios suficientes para dicha obra, llamé al constructor para dar el visto bueno al presupuesto y seguir adelante. Como siempre, la osadía y la valentía precedió al miedo, y ni el accidente, ni las anteriores vicisitudes sufridas en los meses anteriores, podrían apartarme del ánimo, del claro propósito, de la clara luz que me empuja a seguir adelante.

En julio tenemos un evento importante en el proyecto al que debemos atender con una casa lista para acoger a mucha gente y un entorno apropiado para que todo salga a la perfección. Ese reto es solo el inicio de una nueva etapa, también el final de la construcción de la casa de acogida y el comienzo de la construcción de la Escuela de Dones y Talentos. Por eso hoy me sentía lleno de ánimo. Llevé el coche al taller y puse en manos del destino todo lo demás, aventurando la incertidumbre a la certeza interior.

Ánimo viene de ánima, de alma, de espíritu. La fortaleza de ese espíritu guía cada uno de mis pasos, y el miedo o aquello que lo provoca no podrán hacerme retroceder ni un ápice lo que interiormente siento. El viejo Prius será resucitado y volveremos a practicar los caminos, como un Quijote andante que va en busca de justicia y paz.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

2019, el fin de una década


a
© Michel Rajkovic 

 

“Incluso la época de agobio es digna de respeto, pues es obra, no del hombre, sino de la Humanidad y, por lo tanto, de la naturaleza creadora, que puede ser dura, pero jamás absurda. Si es dura la época en que vivimos, tanto más debemos amarla, empaparla de nuestro amor, hasta que logremos desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado…” Walter Rathenau.

Algo se sumerge y remonta el vuelo sin mojarse las plumas, reza el Bhagavad Gita. Veníamos de una década difícil y esta no ha sido del todo fácil. Si los ciclos fueran altaneros, podríamos pensar que ahora entramos en una década prodigiosa, dónde la humanidad se une para avanzar en los retos comunes. Pero después de ver que los Leoneses se quieren separar de la ancha Castilla, uno ya no sabe qué pensar. Lo de la unión administrativa de los pueblos va a ser difícil, también lo de la unión fraternal.

Dos grandes retos nos esperan en esta próxima década: los nacionalismo y el cambio climático. El odio, o la ignorancia, en su defecto, campa a sus anchas, a veces escondido, disimulado en cosas abstractas. La unión fraternal aún está lejos. Esta nueva década que ahora nace no parece, aparentemente, muy esperanzadora en cuanto a afrontar juntos todo lo que nos viene. Vuelven los nacionalismos que dinamitaron la Europa en siglos pasados. Vuelve el egoísmo de los pueblos, que se ensalzan en ese ombliguismo enfermizo de pensar que lo nuestro siempre es mejor cuando no es nada cierto. Ni es mejor ni es diferente. Es solo un espejismo, un glamour inocente que desea separar, y no unir. Los seres humanos somos todos iguales por naturaleza. Sólo nos separa una visión corrupta marcada por hechos diferenciales mecidos en la cuna. Nuestra responsabilidad es vencer esas diferencias y unir todas nuestras fuerzas para combatir juntos los importantes retos climáticos que se avecinan. Si estamos entrando en una distopía, en un posible final de los tiempos, es mejor que estemos juntos.

A pesar de todo, si en esta década prodigiosa no hay guerras, habremos avanzado con respecto a siglos pasados. Europa ha mantenido la paz durante estos años y en el resto del mundo cada vez son menos los conflictos, al menos aparentemente. Visto así, no podemos quejarnos. Sí nuestros abuelos que vivieron guerras horribles. Nosotros, solo crisis materialistas por haber perdido algunas cosas que acumulamos ciegamente. El materialismo sigue avanzando cada vez con mayor virulencia. Pero habrá pronto una emancipación del mismo. Pronto entraremos en la época posmaterialista y la vida será diferente, al menos queremos que sea diferente, con nuevos valores, con una nueva ética viviente.

En lo personal no sabría como describir esta década. Puedo decir que he vivido, que ha sido apasionante y que básicamente he concentrado todas mis fuerzas en llevar a cabo una utopía. Como toda utopía tiende al fracaso, no puedo quejarme. Quiero decir que uno, optimista como es por dentro, sabía a ciencia cierta que el final de todo el invento sería una pérdida constante. Pero me queda el regusto interior de haberlo intentado, de haber conseguido crear unión fraternal entre seres dispares, diferentes, antagónicos, de haber creado un lugar inspirador quizás para próximas generaciones, no para la nuestra, que aún vive sumida en el egoísmo y la ceguera. El fracaso formaba parte de la victoria. Como cuando una semilla cae a la tierra y allí muere para que brote un gran árbol potencialmente lleno de frutos. Esa es la sensación de todo el esfuerzo de esta década. Una muerte en la tierra cálida y doliente.

Pero como en todo ciclo vital, algo se sumerge y remonta el vuelo. Si en esta década pasada nos hemos sumergido para que este lugar brotara, la próxima década debería ser un momento de remontar cierto vuelo. No sabemos aún hacia dónde. A nivel general, la tecnología avanza exponencialmente hacia lugares que aún desconocemos. Ahí tenemos la Inteligencia Artificial como protagonista que entrará en nuestras vidas muy pronto. Y también la robótica, a punto de revolucionarlo todo. Y nosotros empeñados en vivir una vida sencilla en los bosques, a contra corriente de todo lo que está pasando. Intentando ser amantes de la naturaleza para seducirla y para arrimar nuestros cuerpos frágiles y desnudos a sus pechos cargados de savia y dulzor.

Personalmente puedo decir que en esta década me emancipé materialmente, viví con energía la culminación de proyectos vitales como la utopía o la finalización de la tesis. También mi bagaje ha sido peculiar. Empecé la década viviendo plácido en las cálidas tierras del sur, en una bonita casa estilo bahaus demasiado grande para albergar a un solo hombre. De allí emigré a Madrid, dónde viví profundas experiencias que nunca olvidaré. Allí fui embajador consorte, disfruté de los placeres materiales y me vi envuelto en una vida de reconocimiento que culminó en las conclusiones en las que ahora me encuentro. Un recorrido vital desde el cálido mediodía al frío septentrión, donde ahora me encuentro.

Todo lo pasado estuvo muy bien, y quizás fue necesario para emprender el mayor de los viajes: el interior. Por eso decidí aligerar el peso del equipaje y enfrentarme a la vida desde la sencillez. Vivir en una cabaña en mitad de un bosque quizás haya sido la experiencia más increíble que he podido experimentar. Por eso, ahora que siento que este es mi verdadero palacio, me encantaría dedicar la próxima década a profundizar en ese viaje interior. Siento interiormente que lo que hasta ahora he experimentado ha sido tan solo un aperitivo. Ahora viene el viaje real, así hasta que logre desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado.

Feliz año nuevo a todos… feliz entrada a los prodigiosos años veinte.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Esa visión que nos anima


 

WhatsApp Image 2019-12-12 at 22.05.41
Últimos momentos con la familia…

Ha sido un alivio comprobar que no había goteras en la casa. Tras un día de lluvias intensas hemos podido ver que el tejado ha resultado efectivo. Ahora queda resolver las inundaciones que se producen en el patio desde que pusimos el suelo y el tejado. De alguna forma cortamos las vías de escape que los antiguos habitantes habían desarrollado de forma natural para que el agua escapara de una punta a otra de la casa. No lo tuvimos en cuenta y ahora el agua se acumula en balsas imposibles.

La sabiduría antigua hay que respetarla. La ignorancia acerca de la misma nos crea problemas e incertidumbres. ¡Es tan importante el conocimiento para la vida! El servicio, el amor, incluso la introspección o la meditación no pueden ser ciegos. Necesitan inevitablemente de una visión, de un conocimiento, de una sabiduría. ¡Es tan importante saber quiénes somos y qué hacemos aquí en la vida para poder comprenderla y servirla de la mejor manera! Conócete a ti mismo para conocer a los dioses y los universos.

Ayer se fue la familia que vino a pasar unos días y han estado casi tres meses con nosotros. La verdad es que ha sido un regalo del cielo el poder compartir estos meses con seres tan especiales. La niña-ángel ha sido toda una bendición. Hacía mucho tiempo que no encontraba un aura tan pura, una inteligencia tan brillante y una luz tan hermosa en un ser tan joven. La escuela de este lugar te enseña a practicar el desapego constante. Son tantas las almas que vienen y van que por dentro crece una enseñanza continua. Por eso no albergué tristeza cuando se marcharon, sino felicidad y agradecimiento infinito por haber disfrutado de ellos durante estos meses. Se llevan en sus corazones, especialmente la niña, una experiencia inolvidable. ¡Cuánta luz habrá arrojado este lugar en sus corazones! ¡Cuánta inspiración sembrada para sus futuros!

Hoy me daba cuenta que tras la defensa de la tesis y la tensión por terminar cuanto antes el tejado he tenido abandonada la empresa durante excesivo tiempo. Debería vivir bien si pudiera administrar con mayor sabiduría el tiempo y tuviera la editorial en forma como en los viejos tiempos. Pero es difícil servir a Dios y al César, por más que intento practicar ese noble sendero del medio del que nos hablaba Buda. A veces me dan ganas de volverme extremo y dejar al César para tiempos mejores, pero me doy cuenta de que editar libros también es una bonita forma de servir a Dios, así que vivo en esa dualidad mendicante y gestora, buscadora de verdad y compartir. Tengo muchas ganas de terminar la fase de construcción, el mito fundacional, para dedicar mi tiempo a mis talentos verdaderos.

En ese afán de servicio dedicamos el día a limpiar la catástrofe de estos meses sin tejado. Era tanto por hacer que no sabíamos por dónde empezar, especialmente ahora que todo el mundo se ha marchado de vacaciones antes de la Navidad y nos hemos quedado tan solo dos personas. Así que empezamos por una de las habitaciones, la cual nos ha costado todo el día limpiar y ordenar. Cuando te ves solo ante el peligro de intentar poner orden en el caos, hay dos fuerzas que se entremezclan dentro de uno.

Una de ellas es la desesperante sensación de no avanzar nada. A pesar de los logros de estos cinco años, cuando hemos visto las habitaciones inundadas aún por el agua y la humedad, las camas todas amontonadas, el suelo medio levantado, las piedras de la pared mojadas o manchadas por el hollín de la suciedad que el agua iba arrastrando o incluso algunos muebles que hemos tenido que tirar por haberse estropeado ante las inundaciones, la sensación ha sido un poco desesperante.

Luego viene la segunda de las fuerzas: la voluntad de trabajar para el bien, para una causa mayor, para un lugar que sirve de inspiración, de amistad, de fraternidad entre tantas y tantas personas. Eso nos impulsa a seguir a pesar de la dificultad, nos dota de una fuerza superior para proseguir con la labor. No es ordenar habitaciones, no es limpiar, no es poner orden, es crear un mundo más justo y verdadero, un lugar que reafirmar la necesidad de reencontrarnos en el lazo místico. Esa visión nos anima, nos empuja a seguir adelante. El lazo místico ya ha sido creado y ya hay una fuerza angélica que lo domina. Solo así se pueden explicar tantas y tantas cosas…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Saber, placer, necesidad


 

a

Hoy he agradecido que lloviera. Creo que todos lo hemos agradecido porque nos ha impedido subir al tejado cuando estábamos llegando al extremo del cansancio. De luz a luz subidos y cargando losas y clavándolas con sus respectivos martillazos en nuestros frágiles y delicados dedos, nada acostumbrados a este tipo de tareas que requieren una dureza especial. Los profesionales, en su infinita irresponsabilidad, dejaron de venir, así que aprendimos la técnica y nos pusimos sin miedo a poner las losas de pizarra. No teníamos ni idea, pero teníamos voluntad, ilusión por terminar y necesidad por hacerlo cuanto antes. No es un trabajo placentero, pero es necesario. La nueva cocina llegará al martes y tenemos ganas de montarla y que todo quede resguardado, protegido y ordenado. Y para eso es necesario que esté terminado el tejado y así deje de llover dentro de la casa.

Tener una casa lo más acogedora y acondicionada posible es una necesidad. También es una necesidad el comer, el dormir y descansar. Las necesidades que la inmensa mayoría de la humanidad tiene no distan mucho de las necesidades más básicas que todo animal precisa. En eso somos muy animales. O al menos somos muy homo-animales. Necesitamos comida, cobijo y sexo para que la especie siga adelante.

Más allá de la clasificación que Maslow hizo sobre nuestras necesidades, especialmente las necesidades fisiológicas, de seguridad, de afiliación, de reconocimiento y de autorrealización, hay algo sutil que nos diferencia de los animales. Es el añadir a esos componentes un marco de placer. La comida ha dejado de convertirse en una necesidad básica y ahora buscamos el placer de comer. El vestido ha dejado de ser algo imprescindible para conservar el calor que nos proporciona la comida y ahora buscamos el placer de la moda, el vestirnos para gustar. Ocurre lo mismo con todo lo demás. Incluso el sexo se ha convertido, ya no en una necesidad de reproducción, sino en un instante de placer, muchas veces sobrevalorado y excesivamente exagerado.

Placer. Eso busca la mayoría de los seres humanos cuando han cumplido con la satisfacción de las necesidades más básicas. Por eso nuestro mundo, la mayoría del mundo, vive por placer, para el placer y con placer. Es el mundo ilusorio, el glamour, el maya, la lascivia que nace del sexo y se traslada a todos los componentes de la vida. Podríamos decir que vivimos en un mundo lascivo donde todo se regula por las bases más elementales del placer, un placer la mayoría de las veces inconsciente.

¿Pero qué ocurre cuando la comida, el sexo o el vestir ya no te producen placer? ¿Qué ocurre cuando se trasciende el placer, o simplemente no riges tu vida por el mismo? Ahí es cuando empieza a nacer lo inteligente, la necesidad de regir nuestras vidas por pensamientos, y no por simples deseos desbocados. La razón nos gobierna, nos eleva a otra visión diferente de las cosas. Podemos pasar la vida sin rozar el placer, o disfrutándolo de forma desapegada. No necesitamos un buen vino, o una buena comida en un buen restaurante, ni buen sexo continuado, ni buena ropa de marcas caras que nos den el placer del reconocimiento. Tampoco necesitamos demostrar nada por el placer de mendigar estima, cariño o calor.

Cuando se trasciende la necesidad y el placer, entramos en la esfera del saber. Primero el sabernos vivos, el saber que todo está vivo y por consiguiente, ordenar de forma racional el sufrimiento. Esto es un principio básico cuando se trasciende el placer y se racionaliza éticamente el sufrimiento. La dieta es una de las cosas que primero se ordenan en esta transición. Dejar de afligir sufrimiento a los animales por puro placer, ya ni siquiera necesidad, es una de las premisas de la inteligencia ética, esa que nace de una necesidad moral de coparticipar en un mundo vivo y sintiente.

A partir de ahí, lo que comemos, lo que vestimos, dónde vivimos, en qué trabajamos, como organizamos nuestro tiempo y con quién, empiezan a tomar una dimensión diferente. Nos dábamos cuenta de ello cuando poníamos el tejado para que otros puedan disfrutarlo. A pesar de la dureza del trabajo, del cansancio y el abatimiento, sentíamos alegría interior, trabajábamos con entusiasmo y esfuerzo para que personas, amigos y desconocidos, puedan disfrutar de un lugar seguro y cálido. Hacíamos algo por el bien común, más allá de nuestras necesidades o placeres individuales y egoísta. Es una visión diferente, es una forma diferente de ver el mundo. La necesidad es básica para sobrevivir. El placer es bueno para disfrutar la vida. La sabiduría es imprescindible para gobernar sabiamente nuestra existencia, sin que el placer ni la necesidad rijan nuestros designios.

Saber, placer, necesidad. Fijémonos cual de los tres rigen nuestras vidas.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Música


a
© Paul MacPhail

Ven Jessica, contempla el firmamento / adornado con resplandecientes esferas doradas / en el no hay ni una sola estrella / que en su girar, no cante como un ángel /que no pertenezca al coro de los querubines / esta misma armonía está en nuestra alma / y solo cuando el triste harapo de la maldad / la cubre, somos incapaces de oírla.
William Shakespeare- El mercader de Venecia

No paramos de trabajar hasta que anocheció. Tenemos que aprovechar que no llueve para terminar como sea el tejado. Luego, cansados pero satisfechos, cenamos unas merecidas patatas fritas con huevos. Todo de nuestra huerta y corral. Pusimos música mientras cenábamos y cuando nos dimos cuenta, tras la cena, estábamos bailando bajo la noche fría y helada, bajo las estrellas, bajo el manto de la vida. Fue una escena excitante y divertida, salvaje y hermosa. Estábamos tan cansados que no podíamos parar de bailar.

La música tiene algo que nos comunica con nuestra esencia. Es el lenguaje que está más allá del lenguaje, o, como dice el poeta Eichendorff, la música es el lenguaje de las cosas, el que les da vida. Por todos es sabido que la música fue hecha desde el mundo angélico para que los seres humanos pudieran comunicarse directamente con los dioses. Aquellos sonidos refinados, angélicos, son los que de forma sublime nos llevan al éxtasis y nos capacitan para provocar en nosotros un estado diferente de las cosas.

Por eso, tras la meditación silenciosa de las mañanas, dedicamos veinte minutos al canto. Es una forma de llamar la atención de los seres invisibles, al mismo tiempo que equilibramos nuestros corazones con la alegría de la música, de la melodía, del ritmo. La ordenación en música de los sonidos trae lo divino hacia este mundo. Por eso, aún sin saberlo, la música es algo universal y gusta a todos. La música llena de vida nuestras vidas.

La música posee ritmo y tonalidad. El ritmo ordena el tiempo y la tonalidad ordena el sonido. Esos pequeños secretos son necesarios para entender la configuración celestial del universo musical, pero también su dimensión corpórea y moral. La danza siempre acompaña a la música. Cuando un tambor o una flauta suenan, nuestras piernas acompañan su sonido. Todo nuestro cuerpo se agita en éxtasis.

Todos las cosas tienen música. Las piedras suenan entre ellas cuando son arrastradas por los remolinos de un arroyo. La tierra cruje bajo nuestros pies. Los pájaros cantan, las nubes sueltan truenos centelleantes comunicando que el agua está cerca. Las flores y las plantas crean auténticos conciertos bajo el azote del viento. Qué decir de los planetas y las estrellas. Las órbitas celestes también tienen música. Para los pitagóricos el Universo entero manifiesta proporciones justas, establecidas por ritmos y números, que originan un canto armónico que todo lo atraviesa. Fuerzas y energías capaces de crear armónicos audibles para los justos.

Para el filósofo el mundo es un teatro, un concierto, un acorde. Estoy tan cansado que solo me apetecía cantar, bailar y hablar de música. Un pequeño acorde de música compartida. Mañana más y mejor.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El camino arduo


a

“La verdadera jungla no está fuera, quién sabe dónde, sino en la ciudad, en la metrópoli, en aquella compleja telaraña en que hemos transformado la vida, y que sólo sirve para limitar, estorbar o inhibir a los espíritus libres. Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y de las tradiciones que lo aprisionan”. Henry Miller

Después de cuatro días sin salir de la cabaña ayer pude por fin, aprovechando unos rayos del sol, dar un pequeño paseo acompañado de los perros y Maia. Los bosques están cargados de humedad, de riachuelos que corren de un lado para otro intentando alcanzar algún lado. Las nieblas se juntan con las nubes, el sol aparece de repente y las gotas que aún caen desde lo más alto de los árboles golpean centelleantes sobre las hojas otoñales. La belleza está por todas partes. El verde oceánico, el azul cristalino de los ríos, el ocre de las veredas teñidas de los vestidos arbóreos.

Escoger el camino arduo nunca es fácil. Cuando atravieso el bosquecillo dirección a los Ancianos y el prado de las Hadas es inevitable pasar cerca de la casa de los vecinos. Sus tierras rodean todos los caminos y seguramente también los comentarios al vernos pasar. Pensaran que somos irreductibles, que hemos aguantado los peores inviernos cuando no apostaban nada por nosotros. Los saludamos con amabilidad y también con cierta complicidad. El compartir linderos nos obliga a llevarnos bien porque nunca se sabe cuando un vecino puede ayudarte o echarte una mano. Aquí la vida es dura, aislada, solitaria, y siempre viene bien un poco de charla. Especialmente en invierno.
Indicar el camino arduo es complejo, caminarlo es aún más embarazoso. Otros ya probaron de su sabor amargo y de su fatiga. Vivian bajo una convicción ciega. Ya no podían volver la mirada hacia atrás porque ya no les valía cualquier cosa. El camino arduo tiene esas cosas. Una vez lo has probado, ya no sientes deseos de seguir por otra vía. Te atrapa, te seduce, te hechiza con sus maravillas. Es arduo, es fatigoso, pero excita solo pensarlo.

La vida es fútil y absurda cuando entramos en el engranaje del sistema. Cuando nos damos cuenta nuestro tiempo ha desaparecido. Ya no nos pertenece. Creemos tener algo de calma y ocio, pero eso demuestra algo terrible. Es como cuando un preso sale al patio de la cárcel a dar su paseo diario y piensa, mirando el cielo, que aún guarda en sí mismo algún anhelo de libertad. Esos momentos de ocio son como ese patio, una ilusión de creernos libres mientras deambulamos en la gran cárcel que nos gobierna. Y además nos vigilan y nos censuran. Las normas y las costumbres no permiten que salgamos del camino porque los vecinos juegan un rol importante. Como los nuestros cuando nos ven deambular por las veredas. Nos miran, nos saludan, observan que todo está bien y buscan nuestra complicidad mientras piensan que somos irreductibles, extraños, diferentes.

Vivir una vida algo excéntrica aquí en los bosques puede ser revulsivo para los que nos observan desde lejos. Vivir en la naturaleza, al menos para nosotros, es vivir una vida rica y profunda. Los dudosos lujos y comodidades nos apartan de algo real: el contacto directo con la vida. “Las ocasiones de vivir disminuyen en la medida en que crecen los
llamados medios”, nos decía Thoreau. No le faltaba razón. Es en la humildad del contacto directo con la tierra, del charco, de la comunión con las aves o el bosque, del grito de la lechuza en mitad de la noche, el frío y la nieve, el agua y el viento, donde nace nuestra verdadera naturaleza. Aquí no solo existimos, aquí vivimos intensamente si nuestra sensibilidad nos permite comunicarnos realmente con las fuerzas naturales y sobrenaturales que nos envuelven. Si somos capaces de entender los mensajes arquetípicos de la creación, ancha y luminosa en cada paso que damos. Casi se puede vivir una vida virtuosa sin un exceso de esfuerzo.

Por eso nos mantenemos firmes en el camino arduo. Sin desfallecer, sin mirar atrás, sin desear nada mejor que esto. Desaparecidas todas las ambiciones, solo cabe esperar que mañana el contacto con la naturaleza sea aún más intenso, y así, desear un día más, ser poseídos por las fuerzas inextinguibles de la existencia. No hay mayor sabiduría y ejemplo que poder profundizar en el camino arduo, a sabiendas que la mayor conquista de todas es el poder respirar a cada paso y ser partícipe de toda la creación.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

¿Y ahora qué?


a
© David Frutos Egea 

Lo primero dar las gracias a María, doctora y profesora de universidad que estos días me ha estado cuidando como nadie. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento por haber viajado hasta Córdoba para ayudarme a preparar la presentación y la defensa hasta el último detalle y por acogerme en su casa de Madrid tras el bajón postdoctoral. Sus cuidados y amor incondicional hasta en el más pequeño gesto han hecho que este tránsito haya sido lo más suave posible. Tener que soportar la tensión de estos días ha sido una prueba dura, de ahí que agradezca especialmente su infinita paciencia.

Esta mañana tenía una reunión en Madrid. Me hizo gracia que mi primer día como doctorcito hubiera pasado la noche en casa de una doctora, profesora de universidad, y comiera con un grupo de soñadores del adytum en el comedor del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Esos guiños del destino, de la vida juguetona, que te van marcando los ritmos de la existencia.

¿Y ahora qué? Me preguntaban los doctores que evaluaron mi tesis y me preguntaba mi directora mientras me invitaba a dar alguna charla en algún máster o clase universitaria. Pues ahora no lo sé. Necesito celebrar todo esto y estar agradecido. Agradecido a la familia que ha cuidado de este lugar durante esta larga e intensa semana dónde ha pasado de todo. Me han recibido con un gran cartel que decía algo así como “Bienvenido Xavitxu Doctorcito”. Me ha hecho mucha ilusión y me ha llenado el corazón de alegría. Llegar y encontrar el calor de los «otros» es algo que no tiene precio.

¿Y ahora qué? Pues me encantaría poder dormir hasta muy tarde. Aquí en la cabaña se está bien y tengo un gran resfriado que he cogido tras el bajón posdoctoral. Pero mañana me espera el tejado y su culminación, así que, esté como esté, tendré que levantarme y volver a subir a los tejados. La motivación es la misma, porque si bien he culminado una gran etapa de mi vida, la vida sigue, y es bueno dejar todo en orden, acrecentar el deseo de que, aunque ahora me siento mucho más libre y liviano, debo seguir cumpliendo con mi parte.

Así que no tengo aún una clara respuesta a todo lo que me gustaría hacer a partir de ahora más allá de los planes que ya tenía. Pero sí me gustaría seguir aportando a la antropología, seguir cosiendo costuras para entender mejor al ser humano en todos sus contextos. Seguir siendo antropólogo, quizás con un perfil más divulgador, pero seguir siéndolo.

Por lo demás, poco más. Necesito dormir y descansar. Estoy malito. Mañana será otro día…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Los mundos se crean desde la quietud


geo y gaia
Geo y Gaia recién llegados a O Couso (primavera del 2014)

Estoy en un proceso liminal, de transición. Hoy soy un anónimo licenciado y si todo va bien, en unos días seré un anónimo doctor en antropología. Llevo tres días encerrado en esta habitación, ingiriendo mucho chocolate y algo de comida rápida para no pensar en esas cosas. La cabeza me va a estallar. Ayer escuchaba un video en el que daba una charla fresca y valiente sobre comunidades hace ahora seis años. Se me veía más joven, más risueño, con las ideas claras, fuerte, amable, hermoso, incluso con más pelo. Ahora, en los ensayos que hago cada tres horas, se me ve cansado, apagado, sin mucho que contar. Supongo que es la pesadez de estar quince años hablando de lo mismo, estudiando sobre lo mismo, pensando sobre lo mismo.

Mi mayor deseo tras este parto que ocurrirá el viernes en la antigua fábrica de tabacos de Sevilla, será sentarme junto a los patos, en el estanque, en los bosques. Últimamente lo hago mucho y entiendo ese deseo anciano de contemplar la vida con calidez, con curiosidad, sin esperar nada a cambio, con desapego. Me volví anciano demasiado joven. Ya de pequeño solía distorsionar la niñez contemplando a los otros niños. Los miraba jugar a la pelota en el patio y me preguntaba, a mi infantil edad, qué sentido tenía aquello. Nací silencioso y demasiado viejo. Siempre contemplando la vida sin participar del todo de la misma, al menos aparentemente. La riqueza interior que da la observación puede crear hilos allí donde se tejen los arquetipos. Y eso es otra forma de vida, otra forma de creación.

La contemplación es en sí misma una forma de vivir. Las constantes emocionales que nos arrebatan el pensamiento de un lado para otro, su observación, forma parte de la vida. Cuando te sientes querido por alguien cercano te gusta sentir su pecho contra el tuyo, en silencio, sin que medie nada excepto el calor y el cobijo de sentir la vida del otro a tu lado. Cuando eso te falta inventas mil cosas para distraer la marea, la mente, la vida. El calor del otro es un bálsamo, es un preciado bien. Dormir abrazado a otro ser, levantarte con un sonrisa ajena, despertar el día lleno de ese entusiasmo que nace del reto del compartir. Compartir es la fuente de vida, es la luz, el nacimiento. Por eso allí tenemos las puertas abiertas y cualquiera que lo desee puede sentarse junto al estanque. Quien pueda entender ese gran secreto de la vida podrá abrazar su infinitud.

Por eso contemplar el estanque y los patos puede ser algo bueno. No tengo mayores aspiraciones personales. Si me llaman para que eche una mano en algo acudiré. Si me ofrecen un viaje a alguna parte viajaré. Pero ya sin deseo, sin ganas de demostrar nada, sin ganas de poseer nada excepto vida. Sentado en el estanque puedes esperar a que ocurra cualquier milagro, o puedes, bajo la mirada atenta, observar como se tejen los hilos de Ariadna de los que hoy hablábamos. Si me recuerdas, si aún guardas memoria de aquellos tiempos, sabrás descifrar esos hilos. Sentado, junto a los patos, uno puede percibir lo milagroso de cada expresión que nace de cada instante de atención. ¿A qué más se puede aspirar? Si puedes ver los arquetipos sentado junto a un estanque, puedes ser partícipe, miembro activo y creador de la existencia. Los mundos se crean desde la quietud. La vida fluye más deprisa si eres partícipe de sus fuentes.

En el video que veía deseaba, y así lo expresaba, incitar a todos los presentes para vivir en comunidad. Siempre fui una persona más de acción que de palabra. Ahora sería bonito que toda esa gente se diera cuenta de lo milagroso de vivir en la naturaleza, sentados junto a un estanque, contemplando los patos ir y venir entre las aguas. Si comprendieran la grandeza de ese gesto, entenderían que todo lo demás no es más que una distracción caprichosa de la vida, y que lo mejor que se puede hacer es dejarlo todo, abandonarlo todo y buscar ese rincón tranquilo. Sí, junto a los patos, junto al estanque, viendo caer las hojas en otoño, viendo la nieve cubrir la hierba en invierno, sintiendo lo milagroso de la primavera, donde las flores y el perfume lo envuelven todo. Y luego, el verano, el cálido verano lleno de gentes, de trajín, de vida, de amor. Compartiendo y celebrando sin cesar, porque el verano es la fiesta de la naturaleza, el festín, la ceremonia, el momento ideal para que el espíritu grupal se manifieste con fuerza.

Si pudiera convenceros de esta grandeza, entenderías porqué un día lo dejé todo y me marché al bosque. Y por qué ahora, terminando este gran ciclo vital de vida, lo que más deseo es sentarme al borde del camino para contemplar la vida, su grandeza, su misterio, su maravilla, sin más. Ya solo quedan dos días. Me duele la cabeza. Echo de menos los bosques, el frío, el estanque, los patos y el calor de vivir en un lugar que predica esperanza y teje, constantemente, la nueva buena. Tengo ganas de volver a casa, al hogar, y seguir tejiendo, junto a los patos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La piedra, la hoja, la puerta ignota


a.jpg
¡Paseo Geo!

A M., agradecido…

Cinco minutos de silencio transforman tu vida. Desnudo, perdido, los libros se amontonan en mis pupilas. Enciendo la barra de incienso y recuerdo las palabras de aquel poeta: la piedra, la hoja, la puerta ignota. Me gustó la película sobre Thomas Wolfe, pero especialmente por el papel de su editor y por la compañía. Los momentos ahora son recuerdos, pero los recuerdos también pueden ser una llama.

Las hojas se amontonan en los aledaños de los caminos. La vida se estruja en cada instante. Todo pasa rápido, todo lo engulle el tiempo. Sí, la vida pasa mientras paseo junto al río viendo como los frutos de otoño caen destrozando avenidas. Extraño todo. Extraño todo aquello que no puedo abarcar, todo aquello que ya será imposible arremolinar entre los sentidos.

Es siempre seductor un cuerpo desnudo. Está prohibido hablar sobre ello, pero cuando se desnuda la vida, podemos observar su fragilidad. El lector de cualquier libro puede danzar en su imaginación sobre pensamientos que engulle de esa prisión indecible e inexplicable que es este mundo. Frágil, vidrioso, quebradizo. La vida se replica, pero sabemos, aunque no queramos admitirlo, aunque vivamos ajenos a ello, que en cualquier momento despertará en nosotros el temor. Somos extranjeros de paso, estamos aquí, vivimos una experiencia humana y la abandonamos en cualquier instante. Erial de perplejidad, en los ardientes laberintos, nos decía el poeta. Perdidos, entre brillantes estrellas, en esta tediosísima ceniza, ¡perdidos! Nos replicaba. Recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo? Se preguntaba.

Admitamos que no sabemos nada. Que vamos improvisando, que vamos arrastrando el alma de un lado para otro, pero sin caer en la cuenta que el alma muere en el soma, en el cuerpo que lo habita. El alma asfixia su propósito mientras que exploramos ciegos cualquier posibilidad, olvidando siempre la gran oportunidad que se nos dio para dar cobijo a la vida, a la expresión máxima de la existencia. Somos demiurgos de nuestra propia ignorancia. Somos presa del pánico que subyace en el olvido de nosotros mismos.

Miro las montañas de libros y me pregunto para qué sirvió tanto esfuerzo. Pero luego resulta que recibo un cariñoso saludo desde Uruguay y eso me abre el corazón, me parte el pecho. Y de madrugada, una mano roza el cabello mientras el bosque eriza su pesada carga. Y vuelvo a la vida reviviendo cada instante sin que me tiemble el suspiro. El perdido sendero que conduce al cielo se aproxima cuando observo que nada permanece. Todo está bien cuando se contempla desde la unidad que los gunas aportan en el estado sátvico. En la unidad del espíritu, la piedra, la hoja y la puerta ignota son una misma cosa. La grandeza del ser solo puede entenderse desde su sencillez, desde su humilde condición humana, desde el inacabado estado de consciencia despierta.

Batido por el viento deambulo de aquí para allá, intentando satisfacer las voces que reclaman agua en el desierto, los cantos sílbicos de aquellos que promulgan una palabra perdida, un verbo creador. La desnudez preñada de noche. La ausencia de luz no es producto de un acto reprochable. Son los ciclos. Debemos adaptarnos a cada nueva estación. Así es la vida. El sol viene y va, esperando nuestra generosa respuesta, muy parecida a ese entendimiento de sabernos dignos de la vida gracias a generaciones y generaciones de supervivientes que durante siglos anduvieron por estas tierras. Y esa generosidad se expande arrojando luz a los otros, a los que nos acompañan en el arrebatador viaje. Miramos el sol pero no comprendemos su grandeza. No es por la vida, es por la generosidad que expande día y noche. Incluso cuando todo resulta oscuro.

Llega el crepúsculo. En otoño es difícil adivinar qué tipo de luz vendrá cada noche. La oscuridad es diferente, cargada de ansiedad pero sosegada, viciada de estrellas pero temida al frío. Miro las estanterías y cientos de libros se amontonan unos sobre otros. No puedo parar de mirarlos. Miro el suelo y cajas y cajas enteras se apilan buscando salida honorífica a tan nobles letras. Aún guardo el adorable paisaje del amanecer mientras me pregunto como hará la luz para adentrarse entre tanta tiniebla. La piedra, la hoja, la puerta ignota. Sólo son fragmentos de una realidad esquiva, fragmentada, ilusoria. Si te instalas en el estado sátvico verás que la luz rodea por todas partes… le digo mientras la imagino caminando entre alamedas de asfalto. Aquí el bosque tiembla. Aquí el bosque se llena de luz.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Que el pasado no condicione nuestro presente


 

a

Hoy teníamos que tomar algunas decisiones que a priori, de haberlas dejado en manos de nuestra experiencia pasada, hubieran sin duda condicionado la respuesta a nuestro presente. Pero nos dábamos cuenta de que eso era un error. Lo pasado puede servir de experiencia, eso es indudable, pero no podemos tomar decisiones únicamente basadas en esas experiencias, especialmente si han sido erradas o negativas. Si nuestra última relación de pareja fue un fracaso cargado de rabia, eso no debe condicionar las futuras relaciones de pareja. Si tuvimos una experiencia negativa a la hora de mostrarnos generosos con algunas personas que respondieron a esa generosidad con envidia o rencor o abuso o avaricia, eso no debe condicionar nuestra naturaleza generosa. Por eso cuando hoy teníamos que tomar una decisión extraordinaria y excepcional con respecto a una situación que en el pasado no resultó ser muy positiva, no quisimos que esa experiencia condicionara el presente.

Por eso de alguna forma hemos sentido cierto alivio al pensar que la decisión tomada, algo incómoda, nacía desde lo más profundo del corazón. Sin miedo a expresarla, sin miedo a la contradicción, sin miedo al qué dirán. Lo único que nos preocupaba era el bienestar de las personas que ahora están aquí y única y exclusivamente hemos pensado en eso, sin condicionarnos por el pasado ni por el futuro.

Visto así, esto puede ser algo que nos libere, porque cada situación es justamente diferente al resto, y a veces, condicionar las decisiones por experiencias pasadas, por sentires pasados que tal vez ya no existan o no tengan vigencia puede suponer un punto de liberación. Esto se puede extrapolar a lo macro, a la política, a la economía, a las relaciones entre pueblos hermanos. Si no corrompemos el discurso con dialectos del pasado, si somos capaces de construir una metarealidad nueva que favorezca al conjunto y no a los intereses de unos cuantos, si somos capaces de verificar que los tiempos han cambiado y que, por lo tanto, la mirada también lo ha hecho, podemos tomar decisiones acertadas ajustadas a la nueva realidad, a la nueva experiencia.

Cambiar la óptica es complejo, arriesgarse a tomar decisiones que puedan cambiar las reglas es complejo. Lo que eleva la mirada es la visión de algo nuevo, no el repetir un nuevo patrón ya establecido. Es decir, no prometer algo nuevo cuando de lo que realmente estamos hablando es de replicar algo que ya es conocido por todos. Lo arriesgado de verdad es ofrecer una alternativa realmente liberadora pero que nace del conjunto de fuerzas implicadas, alejados de patrones, alejados de creencias preconcebidas, de amores hacia ideas que se han demostrado erróneas y aberrantes.

Lo revolucionario no es replicar lo que se está intentando destruir. Lo revolucionario es construir algo nuevo, enriquecedor para todos, dibujado desde una perspectiva diferente y extraordinaria, basada en la circunstancia presente, no en hipótesis futuras o en experiencias pasadas que ya nada tienen que ver en todo lo que ahora sucede. Si nuestro presente lo vamos a construir basado en las premisas del pasado, estamos buceando en un mismo circunloquio sin salida. De ahí la mirada fresca del momento presente, de ahí la necesaria revisión de cada uno de nuestros patrones condicionantes.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El suelo en el suelo


WhatsApp Image 2019-10-19 at 10.56.17.jpeg
Esta mañana achicando agua de la casa de acogida

El mundo vive siempre entre esas dos fuerzas antagónicas que se repelen y se conjugan de diferentes formas. Orden y caos segregan sustancias capaces de construir o destruir. Hay caos en muchos lugares, incluso dentro de nuestros corazones. En O Couso parece que estemos saliendo de una batalla campal o de una guerra. El agua ha entrado por todas partes. El tejado sigue sin terminarse a la espera de que lleguen las losas de pizarra. Aquí todo funciona a destiempos. El salón ha desaparecido totalmente ante la decisión de poner el suelo en el suelo, porque antes estaba soportado por unas maderas casi podridas que sostenían un peligroso equilibrio.

El suelo en el suelo es lo que nos repetimos todas los días para darnos ánimos. Viendo el caos en prácticamente toda la casa, intentamos sonreír y llenarnos de optimismo. Las risas ayudan, pero faltan tantas cosas. Esta mañana intentaba respirar hondo e intentaba buscar soluciones rápidas a todo lo que se avecina. Primero las losas de pizarra, luego el salón, luego el calor, hay que buscar calor antes de que llegue el invierno o antes de que los ánimos minen las fuerzas de los que aquí estamos. Las primeras quejas empiezan a llegar: hay que mejorar los desayunos, hay que buscar un punto de calor, hay que buscar una poderosa solución para que el agua deje de entrar…

Por dentro me repito el mismo mantra: el suelo en el suelo. Me sirve para mirar las cosas con distancia, para no intentar ahogarme achicando agua, para no desfallecer ante los retos que se avecinan si la lluvia no cesa o si las losas de pizarra no llegan a tiempo antes del invierno. Respiro profundamente y procuro no desfallecer porque las fuerzas del caos son poderosas y nunca vienen solas. Lo vemos en Cataluña, lo vemos en otros países, lo vemos en nuestros corazones cuando las circunstancias nos llevan a extremos a veces insoportables.

El suelo en el suelo me repetía interiormente mientras veía como toda la familia sacaba afanosamente agua del patio. Por dentro sentía que era algo inútil. La experiencia me dice que a veces es imposible luchar contra los elementos. Ocurrió hace algunos años cuando un viento terrible llenó la casa de escombros y ramas de los árboles. No sabíamos por dónde empezar ante el destrozo de la casa y de toda la finca. Ocurrió cuando la nieve destrozó todo el bosque o cuando en estos días la lluvia está dejando toda la casa sin un solo lugar habitable, excepto la habitación dónde se refugian nuestros invitados.

El suelo en el suelo. Es cierto que poderosas energías se liberan en las fuerzas del caos. La destrucción a veces ayuda a crear algo nuevo. Miro una y otra vez como, según palabras de mi abogado, la mala fe de la parte demandante intenta apropiarse injustamente de algo que no le pertenece. Miro por dentro y no entiendo nada y me desconcierta todo lo que ocurre. Miro por fuera y veo exactamente lo mismo.

En Cataluña unos pocos se han apoderado del espectro lingüístico, cultural y paisajístico de un territorio compartido, -esa será su gran derrota futura-, por personas especialmente diferentes en sentir y pensar. Por eso todos los nacionalismos han fracasado a lo largo de la historia, especialmente cuando excluyen al resto, cuando no se los tiene en consideración y cuando en nombre de una mesiánica idea sobre cualquier cosa, ya sea un dios, una cultura o una lengua, se adueñan de todo lo existente. A largo plazo se está sembrando la semilla del fracaso, porque otros se levantarán de igual forma para reclamar cualquier otro dios, cualquier otra bandera, cualquier otra idea.

El suelo en el suelo, recito una y otra vez mientras visualizo el bajar el piso flotante que antes dividía la estancia en dos partes, un semisótano que hacía las veces de bodega en siglos pasados, y el salón. Hacer desaparecer las antiguas bodegas de la casa para crear un espacio totalmente diáfano será una tarea compleja y difícil. Ya hemos conseguido derrumbar en un acto de psicomagia el suelo divisor. Ahora toca construir el nuevo suelo a base de rellenar con escombros la antigua bodega y buscar soluciones para que el agua siga su flujo natural. Debería hacer lo mismo con mi vida, por eso estos meses son para mí de vital importancia. Cierro ciclos, muchos ciclos, para empezar la próxima primavera con un suelo más sólido, sin ningún tipo de división entre el cielo y la tierra. El suelo en el suelo, por eso me urge terminar la tesis, ser doctor, cerrar el asunto con mi ex de la mejor manera posible y terminar de una vez por todas la casa de acogida.

Quizás en Cataluña ocurra lo mismo cuando empecemos a recoger los escombros que ahora se acumulan en los sótanos de los nacionalismos. Un nuevo suelo se construirá sobre el que ahora se está derrumbando. Un suelo donde todos puedan disfrutar, como antaño, de la tierra común. Un suelo donde convivan ambas culturas y ambas lenguas, donde todos sean fraternalmente hermanos y hablen en la lengua que deseen. Si Franco no pudo extinguir el catalán en Cataluña ni su cultura, tampoco los nacionalistas de turno podrán extinguir el castellano en Cataluña ni su cultura. Esa será siempre la derrota de cualquier fascismo que intente imponer una idea sobre los otros. Esa es la desgracia o la grandeza de un territorio, el catalán, que vivirá por los siglos de los siglos en esa dualidad, solo superada por la unión fraternal de sus dos realidades. Esa será siempre la derrota de aquellos que se intenten adueñar de mala fe del espacio común.

 

IMG_20191018_134801
Aquí el acogedor salón que durante años se ha llenado de vida y calor derrumbado para empezar de nuevo, para construir de nuevo… 

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La traición hacia lo que realmente somos


a
Hermoso arcoíris visto esta tarde en Findhorn

Los paisajes son siempre evocadores. Ya sean paisajes interiores o exteriores, ya sean otoñales o primaverales. Hoy paseando por la bahía de Findhorn, en las Tierras Altas de Escocia, veíamos un espléndido arcoíris. Realmente el arcoíris había nacido desde dentro. Habíamos evocado desde nuestra conversación y desnudo interior, un bello reflejo ahí fuera. Las señales siempre son inequívocas, incluso aquellas que no sabemos del todo interpretar. Hay personas capaces de evocar y otras capaces de encarnar un propósito. Evocar y encarnar son formas sutiles de conectar realmente con aquello que es verdadero. La verdad de cada uno, tan diferente siempre entre nosotros, es la fuente que nos lleva hacia el camino de nuestras vidas. Evocar y encarnar con fuerza nuestra vocación, nuestro don o nuestro talento es la forma más fácil de llegar al estadio de perfección humana.

La confusión está ahí. Hace siglos que no veíamos unas tinieblas de confusión tan extensas. Incluso los guardianes y vigías de los puertos seguros andan despistados, abandonados a la falta de luz. Incluso aquellos que sienten claramente la llamada de clarín de su alma se abandonan al espacio mundo de lo ilusorio. Resulta complejo situarse al borde de toda esa confusión y con certera profundidad abocarse al destino común. La personalidad y sus caprichosos deseos nos arrastran de alguna forma a una vida estéril, sin ningún tipo de significado. La confusión es tal que ni siquiera aquellos que fueron llamados para salar el mundo saben distinguir el grosor o la cualidad de la misma sal.

Leía en alguna parte que hay dos momentos significativos en nuestras vidas: cuando nacemos y cuando nos damos cuenta para qué hemos nacido. Esto es crucial para entender la madeja de significados profundos que conviven en nuestra existencia. Uno puede hacer cosas, puede aprender sobre las cosas y puede sentir las cosas, pero en ese discurrir, puede terminar la vida sin darse cuenta, sin descubrir realmente para qué ha venido a la vida. Esto tiene mucho que ver con nuestro grado evolutivo. Es evidente que la función vital de una piedra no es la misma que la de una flor o una mariposa. Sin embargo, las flores parecen felices porque se comportan como flores y las mariposas parecen felices porque se comportan como mariposas. ¿Qué ocurre con nosotros? Simple y llanamente que somos incapaces de comportarnos como lo que realmente somos, y por eso la mayoría del tiempo somos infelices. No tenemos esa capacidad natural de ser lo que somos, sin más.

Ocurre en el ser humano: mayor responsabilidad contrae cuanto mayor es el riesgo de comprender la madeja y el telar en el que estamos. Pero no cabe duda de que esa comprensión nunca es suficiente. En estos tiempos de confusión, debemos anclar en nuestras vidas un dispositivo de seguridad, un fuerte convencimiento de que hemos venido a realizar algo útil y necesario y que, por lo tanto, todos los actos de nuestra vida están enfocados a esa realización personal.

Traicionamos constantemente lo que realmente somos. Unos por dinero, otros por placer, otros por creencias, otros por diversión, otros por distracción y otros por pura ignorancia. Cada vez que creemos haber dado un paso de fe hacia algo, terminamos seducidos por alguna de esas luces nefastas que nos alejan de nuestro propósito interior. Resulta difícil, ante la extensión de las tinieblas que nos asaltan, de los estímulos que constantemente confunden y distraen nuestras vidas, despertar de la ensoñación. Vivimos de la imagen, para la imagen, entre imágenes, alejándonos siempre de lo real, de lo poderosamente verdadero.

Lo aparatoso de todo es que no nos damos cuenta. Cedemos todo el poder de lo que realmente somos a lo epidérmico, a nuestro yo pequeño, a una personalidad dolida, completamente caprichosa, encasillada en creencias y dispuesta a vender su vida al diablo si con ello puede alargar un poco más la ilusión en la que vive. No tenemos el coraje suficiente para dejar que se manifieste realmente lo que somos. No tenemos la fuerza necesaria para ver más allá de nuestros límites. ¡Es tan importante esa rebeldía! ¡Es tan importante empoderar nuestras vidas desde lo que realmente somos! Es tan importante dejarnos de traicionar en pos del dinero, del estatus, del qué dirán, de nuestros dolores infantiles aún no superados, de todo aquello que nos aleja de nuestra verdadera esencia. Es tan importante despertar al siendo presente y determinante. Y por último, es tan importante dejar de traicionarnos una y otra vez.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Preparación para el contacto con lo Real


a.jpg

Somos conscientes de que estamos bajo la presión de un trabajo interior extenuante y exigente. Este experimento del servicio grupal sigue una secuencia orgánica de equilibrio, sensibilidad y flujo. Esa es la lógica interior, pero en la manifestación fenomenológica no siempre es así. De ahí que exista la necesidad de un aprendizaje mayor basado en el aplomo, el equilibrio y la serenidad. Sin duda es una prueba, un aprendizaje complejo donde hay que enfrentarse a múltiples egos y sus capas, sus manías, sus recelos, sus miedos. Son muchos espejos en los que mirarnos y aprender, y eso inevitablemente resta energía. De ahí la necesidad de aislamiento, de silencio, de preparación.

En el mundo de las ficciones en el que vivimos, resulta complejo y difícil desenmascarar el mundo que hemos creado a nuestra imagen y semejanza, y completar el ciclo que nos ha de acercar hacia la preparación para el contacto con lo Real. Pensamos, equivocadamente, que lo Real es lo que nos circunda, lo que creemos como cierto, nuestra máscara de seguridad que nos permite sobrevivir psicológicamente al devenir. Realmente no queremos enfrentarnos a esa mentira, a esa ilusión. El rico cree que es rico y el pobre cree que es pobre. El guapo cree ser guapo y el feo cree ser feo. Solo son máscaras, solo son capas superficiales de una epidérmica realidad. Nadie está dispuesto a ir desenmascarando esa vida impostora para enfrentarnos a la realidad, a lo Real.

La preparación es difícil. Debemos forjar el valor, la voluntad y el conocimiento que nos debe llevar a las puertas de las primeras pruebas. Valor para enfrentarnos a los que nos criticarán, a los que, sin comprender la fuerza del conjunto, intentarán derrumbar toda la obra. Voluntad para enfrentarnos a las fuerzas, tangibles e intangibles, que harán lo posible para detonar todo nuestro esfuerzo. Conocimiento para guiarnos prudentemente por las líneas acordes con la luz del corazón, el fuego ígneo que nos protege en la senda de la oscuridad brillante.

Uno se prepara fortaleciendo sus cuerpos. Volviendo sutiles las energías que derrama en el mundo, disipando todo aquello que le ata o detiene. Esperando afianzar su pequeño poder en la fe y la esperanza. Muchos pierden ese poder, lanzándose a la mentira del personaje, dejando la responsabilidad y el deber que adquirieron como pacto necesario para la labor vital. Por eso la fe y la esperanza son tan necesarias para guiarnos en la ciénaga de la ilusión, de la mentira, del ataque, del miedo. Si perdemos la fe, si perdemos la esperanza, nos hundimos para siempre.

La fuerza proviene del silencio, de la quietud, de la observación, de la concentración, de la apertura a la luz que nace de esa seguridad de que estamos alcanzando el verdadero sentido de lo Real. Desapegarnos del personaje y profundizar en ese aspecto sutil de nuestra naturaleza debe llevarnos por el arduo camino de la liberación. No hay verdadera liberación cuando nos identificamos con algo. Solo ante el poder del desapego de las ideas, de las personas, de las cosas y especialmente, de nosotros mismos, podemos aprender a dirigirnos victoriosos hacia lo Real.

El espíritu de servicio ardiente, el cáliz ígneo, se prepara para albergar la luz que ha de derramar en el mundo. La ayuda está asegurada cuando enfocamos toda nuestra vida a descubrir ese fuego que brota de nuestros corazones ardientes. Todo nos espera cuando emprendemos el peregrinaje hacia el mundo Real.

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Todo es Mente


a.jpg

La mente es compleja. Decía el Kybalion que todo es mente. Esta definición tiene su encanto. Cuando observamos la mente, valga la paradoja de la propia observación, nos damos cuenta de que la mente tiene finas capas que se aglutinan entre los pensamientos locos que vienen y van constantemente y aquellos más sutiles, que tienen que ver con esa voz interior, con ese intelecto elevado, con esa intuición profunda. Las primeras capas son superficiales y confusas. Tienden a la división, a ordenar las cosas según criterios subjetivos que se trasladan desde nuestros agudos sentidos. Todo lo que viene de ahí es pobre y superficial. Son estímulos que generan corrientes de pensamientos que fluyen unos tras otros. Pero si logramos acallar ese flujo, entramos en una corriente diferente, penetramos un velo más allá de la mente ordinaria.

Hay muchas moradas que ignoramos de nuestra propia existencia. Si pudiéramos acallar a nuestra mente, pronto observaríamos moradas diferentes a las que habitualmente habitamos. Primero entraríamos a observar una morada fría y dura donde el mundo se asemeja a una gran roca. Si continuáramos la observación, veríamos que más allá de esa roca existen millones de energías que interactúan. Es algo así como la vida que recorre todo el planeta, pero entendiendo la vida no como algo aislado, sino como una energía que vive en un continuo proceso. Entender la vida como un proceso es revelador, porque nos damos cuenta de que nuestra mente, habitante de un cuerpo que surge de las entrañas de la tierra, del cosmos infinito, también alberga un proceso vivificador que está en todas partes.

Si miramos un poco más hacia dentro vemos como esas energías se tiñen de fuerza, de color, de movimiento. Ahí hay una paleta de colores infinitos, de vivencias que se asemejan a un volcán que escupe lava de mil colores y formas. El torrente sanguíneo o el fluir de las aguas transformadas en arcoíris por la acción de la luz solar podría ser símbolo suficiente e inspirador para entender ese juego de existencia.

La mente  humana que navega entre lo concreto y lo abstracto la imagino de forma diferente. Esa morada, plagada de cientos de moradas, sería como esa sensación que te recorre cuando estás en la cima de una gran montaña nevada. La mente profunda susurra un aliento, unas fórmulas y arquetípicas ideas que se entremezclan con aquello que damos por llamar el misterio. Ahí se tejen puentes, antakaranas que nos han de conducir hacia lugares más remotos. En ese silencio podemos atisbar y comprender la expresión de que todo es Mente. Pero no me refiero a esa mente pequeñita que no para de hablar, de dirigir, de desear. Me refiero a esa mente profunda que es capaz de crear sueños, realidades, reflexiones y mundos. La mente del poeta, la mente del artista, del escritor, del soñador, del filósofo, del científico, del buscador que anhela toparse con una realidad superior, abarcante, profunda.

De ahí que la meditación resulte ser algo útil para aquellos que desean hollar el significado profundo de la Mente. Esa mente, que en algunas tradiciones es evocada como alma, es la mediadora entre el mundo tangible y el intangible. Esa mente que no somos nosotros pero que habita en nosotros es algo que, de ser comprendida, nos lleva hacia lugares inaccesibles, hacia experiencias inimaginables, hacia mundos soñados, hacia una visión y una consciencia diferente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Un otoño caliente


 

angel.jpg
La niña-ángel trabajando duro para mantener el gallinero limpio

Es maravilloso ver como caen las hojas secas de los árboles. Esta mañana intentaba sacar algunas del estanque, pero era imposible. Sacaba diez hojas y con la brisa otoñal, aún de cálida caricia, caían veinte. La niña-ángel que nos acompaña estos días se reía con las bromas. Nunca había visto un ser tan puro, tan alegre, tan bello por dentro y por fuera con tan solo seis años de edad. Habla como un maestro hablaría, con simpatía, con amor, con respeto, con gracia, con humildad, con tacto. Es la más trabajadora de todos, pero al trabajo le añade un alto grado de filosofía y consciencia. Hablamos en valenciano y en su mirada se dibuja a cada gesto un amplio halo de humanidad. Ha sido un regalo del cielo el haber podido conocer a un ser tan despierto e iluminado. Un verdadero destello para los corazones amables, un verdadero regalo para el espíritu sediento de almas puras. Cuando conoces a niños así, la vida te llena de esperanza, de fe, de fuerzas. Una niña ángel cargada de belleza, de luz, de esplendor, de lucidez. «Hoy ha sido el mejor día de mi vida«, decía ayer mientras limpiaba afanosa y entusiasmada el gallinero. «Hoy ha sido el segundo mejor día de mi vida«, decía hoy mientras sacábamos las hojas del estanque. O Couso y su sencillez sigue despertando este tipo de cosas.

Ahora veo a los pájaros comer en el comedero que aquella otra mujer-ángel instaló frente a la cabaña hace unos años. La recuerdo con amor, con dulzura. Me duele en el alma haber perdido la comunicación con ella. Sobre todo, me duele en el alma el que en pocos días tengamos que ir a juicio para una división de cosa común. No logro entender aún, un año después, como pudieron ocurrir las cosas de aquella manera. Como pudimos pasar del amor profundo, del respeto profundo, a la más completa de las ignorancias, la distancia, los recelos y la rabia. No sé porqué los corazones se rompen de forma tan frágil al primer viento.

Fue un golpe duro, muy duro, del cual aún guardo algunas secuelas. Este otoño se complicarán cuando volvamos de nuevo a reabrir esas heridas y de nuevo me enfrente a otra casi segura sangría por no haber resuelto amistosamente algo que en principio parecía fácil: mitad para ti y mitad para mí. Pero el todo o nada nos va a salir muy caro, y veremos como la vida nos ayuda a recuperarnos de este nuevo duro golpe. En fin, será un nuevo reto, una nueva prueba en el ascendente camino de aprendizaje. A ella le deseo siempre lo mejor, porque a pesar de todo, a pesar de la dureza de su partida, de su silencio y de su forma de solucionar “lo común”, para mí siempre será una “mujer-ángel” que vino a enseñarme la importancia del desapego emocional y de la necesidad de luchar por lo que a uno le corresponde. Lección aprendida. Primer juicio en breve.

El segundo juicio es importante para mí. Tras pasar por los juzgados para la división de cosa común, tendré que enfrentarme un mes después a la defensa de la tesis ante el tribunal académico. Es todo un reto, es toda una enorme responsabilidad tras casi quince años de grandes esfuerzos y renuncias. Una tesis doctoral que cambió mi vida cuando hace años decidí dejar toda mi plácida vida para lanzarme a la aventura en la que ahora aún me encuentro.

Uno de los problemas de alargar tanto una tesis doctoral es que puedes cometer la imprudencia de enamorarte del objeto de estudio. De alguna forma eso me ha pasado, no lo niego, y de alguna forma, mi vida ya no puede volver a ser normal después de esta intensa experiencia. El trámite académico se ha quedado pequeño, tan pequeño, que el marco teórico nada tiene que ver con la experiencia vivida desde la subjetividad antropológica. Casi no sabré qué decir de las utopías cuando me toque defender mis hipótesis de trabajo. Casi no sabré de qué manera disimular lo alejado que ahora me encuentro de la mirada antropológica, entendiendo que una nueva forma de ver las cosas se ha abierto ante mí. Haré lo que pueda, sin mayores aspiraciones, y satisfecho, profundamente satisfecho de todo el esfuerzo, sacrificio y trabajo realizado.

Siento profundamente que este otoño, cuando resuelva estos dos juicios, una nueva vida se abrirá ante mí. Aún no puedo intuir como seguirá, de qué forma continuará mi agitada existencia. Pero cuando por fin tenga estos dos apartados en orden, haré un viaje para celebrarlo. Aún no sé dónde, pero será lejos. Será mi regalo ante tanto esfuerzo. Y en ese viaje hacia las profundidades del ser, bucearé en el siguiente escalón, en la siguiente exigencia vital, en la siguiente meta o propósito.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Once años junto a cinco mil


IMG_20190913_142358.jpg
Hoy disfrutando de la grata compañía de la pava bizca y los patitos que miran curiosos los peces

Escribo mientras escucho la Missa Solemnis interpretada por Elīna Garanča y mientras leo algo de Diógenes de Sinope, aquí ando con mi lámpara buscando personas honestas y sensibles. Personas que entiendan que la virtud es el soberano bien y que los honores y las riquezas son falsos bienes que hay que despreciar, como diría el filósofo.

Decía Platón que los libros son hijos inmortales que desafían a sus progenitores. En estos tiempos de simpleza mi docena de libros no serán inmortales. Desaparecerán conmigo. Como estas letras que escribo desde septiembre de 2008, recién llegado de Mongolia y mientras preparaba un viaje a la India con mi hermosa novia alemana. Casualidades de la vida, hoy, 13 de septiembre, hace justamente once años que empecé a escribir ininterrumpidamente en este blog, honorando a aquella hermosa niña pastora que fotografié a las afueras de Ulambator. Una década de desahogo y compartir.

Para celebrarlo, hoy se apuntaron tres seguidores más, lo que hace la friolera de más de cinco mil. Les debo a los tres un lote de libros, así que mandadme con urgencia vuestra dirección y allí que os los envío. Esto hay que celebrarlo. María, Eva y Bella, bienvenidas… 😉

Tener o no tener seguidores es lo de menos. De esos cinco mil debo conocer a una docena como mucho. El resto se esconde tras la pantalla, al igual que yo me escondo tras el teclado. Pero mi escondite, ahora con forma de cabaña está mucho más expuesto. Digamos que soy un ser desnudo, porque no oculto bajo las letras ningún tipo de remordimiento, ni de dolor de consciencia, ni de secreto inconfesable. Admito públicamente mis errores y casi todo me da igual, lo que piensen, lo que digan, lo que opinen desde lugares tan lejanos como Uzbekistán o Guinea Bissau, desde donde a veces me visitan. Las visitas al blog, más de medio millón en estos últimos años, han venido desde todas partes del mundo excepto de trece países africanos y tres asiáticos. Todos los demás, incluidas las pequeñas islas del pacífico, han pasado por esta casa. Qué buscarán o quiénes serán siempre quedará en la curiosidad.

Aquí vomito rabia cuando la hay, o indignación, o miedos, o penas. También las alegrías, los interrogantes existenciales, las cosas del día a día, las reflexiones sobre política o sobre misterios silentes o utopías, porque en el fondo, esto trata de una utopía que algún día desvelaré con pelos y señales, cuando lleguen los tiempos.

Cuando las novias me dejan me gusta dar pena y me sale ese Calimero tan pobretón que destila expiaciones de todo tipo. Con los éxitos soy discreto, porque sé que son efímeros. Con los fracasos me regodeo por eso de extraer el jugo de toda su enseñanza. En el fondo soy una persona vulgar que vive una vida vulgar cargada de anécdotas que comparto sin más. En estos tiempos de quietud de lo que más disfruto es de ver a los peces y los patos y la pava bizca campear por la hierba o el agua. También de los amigos sinceros y de las pizzas y de los cantos en la ermita o los silencios previos. Cada día disfruto más de la vulgaridad del tiempo y la simplicidad, cada vez más voluntaria y tranquila.

Ya no deseo reconocimiento, ni riquezas ni poder alguno. Cuando en la escuela me daban capones buscaba ser reconocido al menos por alguien. Por la chica más guapa, por el profesor más inteligente. Pero esos eran los que más capones me daban. Lo único que recuerdan de mí fue aquel día que aparecí en el colegio con zapatillas de andar por casa, viejas y rotas, casi sin suela. Otro día aparecí en la clase de gimnasia con botas de fútbol reglamentarias y también fue motivo de más capones porque los tacos podían desgastar la pista. Y yo tan feliz con mis botas nuevas que nadie quiso reconocer. Hasta que un día me harté y decidí vestir con esparteñas blancas en los pies. Lo que decía, una vida vulgar cargada de anécdotas. Un hombre de paja que sujeta bajo su manto un nido de pájaros danzantes. No sé que piensan en Uzbekistán o Guinea Bissau de todo esto.

De pequeño siempre fui un niño frágil, magullado y maltratado, excesivamente sensible para poder entender un mundo tan extraño y contradictorio. Un mundo irreconocible para mí mismo, cargado de paradojas y significativos postulados. Un día un ángel me saludó. Tenía dos hermosas alas blancas desplegadas en los extremos de una brillante aureola dorada. Salía del mar mientras que la luz del sol hacía brillar mi cabello. Pensaba que era como un sueño que colgaba en el aire, pero allí estaban las gaviotas en el cielo azul, junto aquel hermoso ángel que me miraba con ternura. Había magia por todos lados. Ya no había necesidad de correr ni esconderse. Todo era tierno y dulce, todo era un mundo maravilloso. Era septiembre. Y había un rebaño y unas montañas junto al mar.

En estos tiempos de simpleza, ¡ay necia estupidez!, aún existen oportunos momentos donde el halo se manifiesta. Momentos en los que puedes abrazar la magia y el misterio. Sólo recuerdan, los niños que me daban capones, aquellas zapatillas de andar por casa. Y yo ya solo recuerdo aquel dorado día donde todo cambió. La brisa, el sol, los siete rayos manifestándose en los cielos, el olor a salitre, la anunciación de una vida nueva. Era septiembre, y había un rebaño tras las montañas y se abrió el libro de los secretos y entrañablemente me convertí en una célula viva junto al griterío de las gaviotas.

Desde entonces soy diferente, o mejor dicho, desde entonces soy yo, yo mismo, con mis imperfecciones, con mis ganas de provocar al personal, cosa que hago siempre con una excesiva carga de cinismo e insolencia, como hacían aquellos que pertenecían a la escuela socrática menor. Pero nadie entiende mi cinismo, menos aún si lo relacionamos con aquella escuela griega que pensaba que la civilización y esa extraña forma de vida era un mal y que la felicidad venía dada siguiendo una vida simple y acorde con la naturaleza. En eso soy cínicamente coherente. Me fui a los bosques a vivir una vida simple y así alejarme del mal de la civilización. Soy un cínico que aspira a ser un estoico y así combatir ese mal mediante la acción que nace de la virtud. Once años no es nada. Seguiremos adelante, cínicamente, estoicamente, para dar gloria también a los que nos visitan desde Uzbekistán o Guinea Bissau.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

Amigos de Uzbekistán y Guinea Bissau, también estáis invitados para seguir alumbrando desde mi tinaja…

donar

 Cosas, gentes, ideas


a
© Xavier Beaudoux

 

Debería opinar, sin ciencia, sobre el día de hoy. Pero hace tiempo que estoy alejado de la crítica política, y solo cuando realmente se despierta en mí algún tipo de deseo desbocado, como en años pasados, suelo hablar de lo que ocurre. Interiormente siento que ya no ocurre nada, que es más de lo mismo, que en una fecha tan señalada para algunos, hay poco de lo que opinar. Quizás sea por esa sensación de hartazgo, de falta de ilusión por ver que en lo político poco pasa. Falta liderazgo de verdad, faltan ideas integradoras, que unan y no que separen, que miren más allá de los ombligos.

Cuando las personas nos llenamos de cosas y vivimos en ese empacho constante, nos falta tiempo para las ideas. ¿Quién quiere hoy día fijarse en el mundo de las ideas?¿A quién le importa realmente en los tiempos vacuos que vivimos ápices de filosofía o pensamiento? La lucidez está arrebatada, escondida en los entresijos del silencio y la negrura. Las cosas han invadido el mundo, las ideas se han refugiado en lugares secretos e inhóspitos. Por eso estamos recogiendo los frutos de una política ciega, aturdida, egoísta.

Lo hermoso de vivir en la sencillez es que cada vez necesitas menos cosas, y por lo tanto, cada vez estás con mayor deseo de poseer ideas. Debo decir que ya son pocos los pensadores y los pensamientos que provoquen cierto regocijo. El mundo de hoy es un mundo aturdido, por eso no tenemos más remedio que refugiarnos una y otra vez en los clásicos de siempre, personas que, al parecer, vivían más cerca del misterio, de la incertidumbre, del pensamiento, del logos.

Me gustaría poder integrar una cuadrilla de librepensadores, pero de esos que andan desapegados inclusive de sus ideas. Que son capaces de sabotear cualquier condimento que pueda refutar cosas que parecían claras. Los lúcidos, los hermanos del espíritu libre, ya no campan alegremente como antes lo hacían. Pocas son las almas que hoy día puedan sorprendernos con algún atisbo de brillantez. Pocos los seres que puedas mirar con cierta admiración, a sabiendas de que viven en el mundo de la moral, que son intachables inclusive en la presencia que destilan, que dan ganas de enamorarse por la pura elegancia en la que viven.

En un mundo de exceso de cosas también faltan los valientes, aquellos que se radicalizan para demostrar cualquier asunto que pueda transformar el mundo, o al menos, algún tipo de visión del mundo. Las cosas nos acomodan, las diez mil cosas que decía el Tao. Las cosas ahora tienen más importancia que las personas, inclusive que las ideas. Ya no hay logias donde el pensamiento campe libremente, fraternalmente. Ahora solo hay los restos cadavéricos de cementerios dinosáuricos donde nadie arriesga ni un ápice por cambiar nada. Las cosas nos acomodan y nos encierran en una prisión invisible, dependiente, insulsa.

Sin embargo, aún siento cierta sensación de sorpresa en la naturaleza. Cuando veo cómo se teje la complejidad de la misma, puedo hallar ahí, en la más absoluta ausencia de cosas, personas e ideas, un campo inabarcable de inspiración y sosiego. Filtrar la mirada hacia la paleta de colores, hacia la intensidad de sombras y luces, hacia los sonidos naturales de un bosque o un río, me produce gran satisfacción. Sólo falta ese nefasto detalle de no poder compartir esa mirada mistérica con alguna lúcida visionaria cargada de ideas entrañables y profundas. Sólo hecho en falta eso cuando me maravillo ante la presencia del Dios intangible.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Por el sendero áspero, se llega a las estrellas


a
© Matin Maradona

Per aspera ad astra era una frase de Séneca que solía utilizar Paracelso para recordarnos lo difícil de cualquier empresa, especialmente si ésta tenía que ver con cosas del espíritu, es decir, sobre aquellas cosas que nos elevan de alguna forma de nuestra condición más humana. Las estrellas siempre han estado ahí, en esa reconocida y mística bóveda celeste que nos inspira fuerzas para seguir adelante, y sobre todo, para adentrarnos en los ásperos caminos del avance interior, del misterio, del interrogante. Estos meses han sido precisamente eso, un áspero camino, pero que ha servido para elevar aún más nuestra mirada hacia las estrellas.

En el camino Cátaro hubo un cambio en la perspectiva. Supongo que marcó el inicio de algo que aún no sé identificar, pero que en los próximos tiempos se va a desplegar de forma intensa. En estos meses conseguimos apoyos para terminar el tejado que queda de la casa de acogida, el cual empezaremos mañana mismo. Así que temprano, tras el desayuno y el círculo de consciencia, subiremos de nuevo a las alturas para seguir adelante. Si el dinero nos da, también intentaremos poner la calefacción central en la casa de acogida. Se está preparando un encuentro para Navidad y será hermoso que se pueda hacer de forma cálida. Ya tenemos los primeros bocetos de la futura escuela, llegados desde una comunidad de ética viviente, realizados por un arquitecto italiano que sabe desde lo profundo en qué consiste todo esto. Sentimos una gran emoción cuando estos días pudimos abrir el claro de la futura escuela. Parece como si la locomotora, que ha tardado cinco años en empezar a caminar, ahora empezara a coger cierto ritmo y velocidad.

Se presentan unos meses agitados, de muchos cambios. Hoy ya es septiembre y eso me anima, me gusta llegar al otoño con nuevas visiones, con ganas de cerrar ciclos pasados y poder así abrir ciclos futuros. Acaricio la soledad con cierto optimismo. Llegan seres amables, que se acercan con curiosidad, pero esquivo con cuidado, para no dañar, de forma desapegada. Sigo con deseos de disfrutar de este yermo aislamiento emocional. A veces tengo sueños que me recuerdan tiempos pasados, pero ahora los abrazo con dulzura, con amor, con desapego. La rabia ya está diluida, el amor llena todos esos huecos que hasta hace poco se llenaban de parches y huidas. La soledad también puede ser un tesoro. Eso decía el poeta. Mi tesoro es paradójico porque casi no me queda tiempo para disfrutar de la misma. Ni para pensarla. Ni para sentirla.

Estoy en el sendero áspero, pero ahora puedo ver las estrellas con mayor definición, con mayor claridad. Quiero decir que el empeño en seguir adelante, a pesar de todos los sacrificios sufridos, está mereciendo la pena. Ya no me importa la gente que se marcha, la gente que se ofende, que se enfada, que me anula para siempre. Ahora me importa más la gente que vuelve, la gente que abraza a pesar de todo, la gente que es capaz de reconciliar lo humano, la gente capaz de olvidar el pasado y trascender la miseria humana para alcanzar esas estrellas. Esta última semana ha sido una semana inolvidable, precisamente por todos esos que han vuelto a pesar de lo áspero del camino, y han tenido capacidad de abrazar con amor infinito, incondicional, hermoso y amable. Gracias de corazón por volver a esta increíble casa que siempre acoge, a pesar de todo.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La retirada emprendedora. Hacia un exilio programado


a.jpg
Un momento de liberación de almas. Ayer, tras dirigir unas sentidas palabras en un círculo de sabiduría al grupo de pioneros de O Couso recibí uno de los abrazos más cálidos y sentidos de los que recuerde… Las lágrimas brotaban de nuestros corazones en señal de respeto, reconocimiento y amor… Gracias de corazón por tal hermoso regalo… Gracias por el coraje de seguir adelante… 

“Debe recordarse que cada campo de percepción constituye dentro de sus límites una prisión, y que el objetivo de todo trabajo de liberación es liberar la conciencia y expandir su campo de contactos”. (D.K.)

El filósofo italiano Paolo Virno nos decía que la mejor manera de combatir el estado presente era mediante la práctica de una retirada emprendedora, mediante el exilio, alejados de todo aquello a lo que se combate. La teoría del éxodo propone que la manera más efectiva de oponerse al Estado no es mediante la confrontación directa, sino mediante una defección en masa creando nuevas formas de comunidad. El escape y la evasión, la fuga y la huida, la deslealtad e infidelidad hacia todo aquello que participa en la destrucción diaria de nuestro ecosistema.

Las leyes nunca están terminadas. La vida nunca está terminada. Todo se complementa en una lucha constante que a veces deriva en una organización compleja determinada por las posiciones cotidianas de todos los elementos que participan en ella. Un bosque puede parecer un elemento perfecto. Los árboles crecen lentos, se dejan paso unos a otros para alcanzar la mayor cantidad de luz. El sotobosque revive las fuerzas y protege la vida, alimentando a cada organismo que, seducido por el nutriente, vive allí.
Pero a veces ocurre que hay un elemento perturbador. Ese elemento somos nosotros. Seres depredadores de todo tipo de riqueza, de todo aquello que antes se organizaba de forma equilibrada. Depredamos los suelos, el agua, la tierra, el aire. Depredamos los alimentos y generamos residuos. Pero, sobre todo, depredamos nuestro tiempo, más bien lo vendemos. El antropólogo Jonathan Friedman afirma que la esclavitud no es más que una versión antigua del capitalismo, otros antropólogos como David Graeber opinan que el capitalismo moderno es más bien una versión renovada de la esclavitud. Ya no hace falta un grupo de personas que trafiquen con otro grupo de personas, nosotros nos vendemos a nosotros mismos. El sistema de salario o el sistema asalariado es el más efectivo sistema de esclavitud existente.

Por eso vivir en el exilio es una forma de alejarnos de nuestra pequeña hipocresía diaria. Hablamos una y otra vez de formas de liberación, pero permanecemos esclavos de nosotros mismos. No somos coherentes. La coherencia es algo complejo, algo difícil de alcanzar. Por eso el alma, ante una puesta de sol, ante un abrazo, ante un momento íntimo de soledad, tiende a susurrarnos algo al oído. Algo indefinible, algo inaudible, un pequeño toque de clarín que a veces no identificamos. Pero ahí está, una y otra vez. En los bosques, en la naturaleza, ese toque es más intenso.

Es cierto que a veces tenemos miedo de liberarnos de todo aquello que nos acerca a la incertidumbre. La incertidumbre realmente no es tal cuando te dejas guiar en la noche oscura por la voz del alma, por el susurro de esa luz que se teje despacio en nuestro interior. Tomar consciencia de nuestra pequeña hipocresía personal, de hacer una cosa que no corresponde con lo que realmente sentimos, es un primer paso para entrar en la coherencia que la vida nos pide. Una retirada, una huida al exilio es una forma de dar un paso hacia cierta libertad interior, que no es más que un estado del Ser.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar