La muerte es un instante


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© Massimiliano Balò

Llegué el jueves a Galicia después de doce largas horas interminables en tren. Es cierto eso que dicen que allí está el fin de la tierra conocida. Más allá no hay nada y allí está todo. Al día siguiente repartíamos las tareas. Me asigné el limpiar los lavabos de la casa de acogida. Me puse los guantes y al poco rato de empezar a limpiar las letrinas recibí la noticia de que el hermano de mi madre estaba ya desplazando su vida hacia el otro lado. Una buena amiga me dejó su coche ya que el mío está también en tránsito. Me afeité las barbas, me duché y me enfilé con ropa limpia de nuevo a Barcelona. Estaba cansado y solo paré un rato para echar gasolina. No comí nada excepto algún trozo de bollería. Los ojos se me cerraban pero tenía que llegar como fuera antes de que terminara el velatorio.

Tras mi caminar por los Pirineos y la ruta cátara, días antes pude ver a mi tío con vida, bromeando como si la metástasis no fuera con él, lúcido como si la muerte fuera algo que había que soportar inevitablemente, pero sin mayor drama a pesar del cáncer terminal que sufría. Miraba con atención su coraje, su fortaleza interior, su dignidad. No quise saber nada de lo que había podido hacer en su pasado, fuera bueno o malo, fuera positivo o negativo. Sólo me interesó el estado valiente con el que aguardaba el momento final, aún siendo tan joven, aún estando en sus últimas horas.

Lo hermoso de la muerte es que une familias que hace años que no saben unos de otros. Si la muerte tiene algo hermoso, más allá de la propia regeneración de la vida, es que permite unificar, como el amor, a todos los que de alguna forma encierran dentro de sí algún tipo de lazo. Reconozco que mi familia y yo mismo somos peculiarmente desapegados, pero por un día, quizás dos, mientras ha durado el duelo y el velo, hemos podido estrechar algún abrazo, compartir alguna complicidad, mirarnos a los ojos y ver que, a pesar de nuestros aspectos ya cansados por la edad, seguimos siendo los mismos.
Mi padre fue el primero en marcharse, ahora mi tío materno, el único varón de la saga matriarcal. Supongo que ha medida que vas creciendo, la lista empieza a engrosar números incontables de seres queridos que empiezan a transitar al otro lado del espejo. Todos vamos muriendo, todos vamos directos a enfrentarnos con la inevitable verdad, con o sin consciencia de ella, y esto es lo importante de la tragedia en la que vivimos.

La muerte es un instante. Es silenciosa, excepto por los sollozos reprimidos de aquellos que se atreven a expresar abiertamente el dolor. La emoción de ver un cuerpo ahora sin vida cuando horas antes estaba tranquilamente bromeando sobre todo resulta siempre extraña. Especialmente si pensamos que a todos nos aguarda ese final. Primero morirá nuestro cuerpo físico. Se apagará como una flor que va despejando sus últimos pétalos. Luego nuestra energía, con el último suspiro, se diluirá en alguna parte, en alguna dimensión cuántica que de momento desconocemos. El cerebro se apaga, y también nuestro corazón, y con ellos, las emociones empiezan a diluirse. Y luego la mente, los pensamientos, hasta que ya no queda nada. Bueno, quizás sí, quizás la vida eterna, el alma, o el espíritu, o aquello que dicen nos hace inmortales. Sea lo que sea, la vida es un instante, algo breve, algo que se nos va de las manos sin darnos cuenta.

Hace calor en Barcelona. Mañana vuelvo a Galicia. Algo de mí también muere a pesar de las impresionantes ganas que ahora tengo de vivir. No sé como será mi final, pero es hermosa la tierna belleza de la muerte cuando es capaz de reunir a un grupo de lazos afectivos. Me gustaría poder hacer esto en vida. Veré cómo lo hago.

Feliz viaje querido Antonio. Otro Antonio de profundos ojos azules te estará esperando en el otro lado, allá en ese cielo soñado por todos.

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Cuando la muerte roza las fronteras


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Balaguer es la capital de la comarca de la Noguera, en Lérida. En uno de esos hospitales concertados, de inversión privada, estaba el hermano de mi madre padeciendo una metástasis debido a un cáncer terminal de pulmón. Me sorprendió ver la lucidez de su mente en un cuerpo que afrontaba sus últimos suspiros. Me sorprendió ver cómo habían pasado tantos años sin saber el uno del otro y dándome cuenta de que la muerte no espera, está ahí, acechando a cada instante, en cada frontera y límite de nuestras vidas.

Y de repente me vi yo mismo en esa cama, tumbado, recibiendo a unos y a otros, despidiéndome, quizás con mis pesadas bromas cínicas, de aquellos que resistieron el paso del tiempo. Pero lo aterrador de la imagen era más bien la de todos aquellos que no estarían en ese futuro en esa cama, apoyando el último aliento, la última frontera.

Eso me hace pensar que todos los días morimos de alguna forma. Morimos para esas parejas que nos abandonan, para esos amigos que dejan un día de serlo, para esos conocidos que de repente viven unos instantes profundos a tu lado y luego desaparecen para siempre. La muerte está ahí, a cada instante, porque cada vez que alguien se va, alguien se marcha de nuestro lado, algo muere. Al mismo tiempo, cuando alguien que murió, de repente se pone en contacto contigo para saludarte o para preguntarte qué tal estás, algo revive, algo resucita. Desearía poder reconciliarme con todos aquellos que se fueron, que de alguna forma murieron en nuestras vidas. Recuerdo a los más recientes y me surge un gran deseo de abrazarlos, de besarlos.

Me marché de la sala del hospital silencioso. Deseaba discernir, aprender a discernir la delgada línea entre la vida y la muerte, entre la fe y la esperanza, entre el misterio y lo que se teje tras el velo que nos envuelve, entre lo que somos, lo que nos constituye, y lo que realmente deberíamos ser. El discernimiento es profundo y necesario para saber si nos estamos dejando llevar por las voces de nuestro ego o por, verdaderamente, una voluntad mayor. Dicen que existen algunas herramientas imprescindibles para saber si estamos en la senda correcta. La herramienta esotérica que utilizan en algunas escuelas se llama “COMO SÍ”. No somos perfectos, no somos puros, pero debemos esforzarnos “como si” realmente lo fuéramos. Pulir nuestra piedra, devastarla, como dirían los masones, para que encaje perfectamente en el edificio espiritual.

Si el camino emprendido nos hace sonreír desde lo más profundo del alma, esa también es una buena herramienta de discernimiento. La otra es aquella que beneficia al grupo. Si hacemos cosas para los demás (los cátaros lo llamaban la pura caridad), entonces sabemos que estamos en el Camino correcto. Es complejo el discernimiento, pero sabemos que hay una fuerza mayor, la fe, que nos arrastra hacia el mismo. Fe y esperanza como motores que nos arrastran cada día más hacia la vida profunda, hacia la ética viviente que nos acerca a la vida en mayúsculas.

Sólo se me ocurren estas cosas ante la inevitable tragedia. Discernir la vida, disfrutarla, vivirla de la mejor forma posible mientras dure esta parodia, este juego, este camino. Estos días muere un trozo de mi propia estirpe. Estos días la muerte roza todas las fronteras y eso requiere estar más atento a la vida. Si me lees y hace tiempo que algo mío murió en ti, quiero que sepas sobre mi deseo de resucitar en vida. Cuando me marche, cuando todos nos marchemos, la común unión será ya en el mundo del espíritu. Y quizás allí ya no seamos ni tú ni yo, y por lo tanto, quizás tampoco podamos reconocernos.

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Desafiar al infierno


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Me encantan estas mujeres jóvenes y valientes que cambian con sus actos el mundo.

Llueve en esta noche que parece otoñal. He puesto algo de música. Miro la gata Meiga dormir, como de costumbre, a mis pies. Hace algo de frío en la cabaña. Es verano pero aún no he quitado las sábanas de franela. Sólo retiré el pijama, pero apetece meterse debajo del edredón y no levantarse hasta que las nubes no den paso al reluciente sol. Vivir en una cabaña, en mitad de un bosque, en las montañas, con una gata y cien metros más arriba, una casa de acogida abierta a todo el mundo, llena de gente que viene y que va, que trasiega por la vida buscando inspiración. Escucho la música en esta soledad, en este previo descanso, porque escribir es como descansar de todo lo demás.

Hoy nos llamaban locos por estar soportando este proyecto. Lo decían entre lágrimas, sollozos puros e inocentes, trozos de alma que caían sobre la mesa mientras un tipo de admiración surgía en el ambiente de despedida. Al principio nos creíamos algún tipo de héroes, pero la conclusión es que esto es más propio de locos. Locos que desafían los tiempos, los placeres mundanos, las infamias, inclusive al propio infierno. Para mí, sin embargo, no tiene un excesivo mérito. Al menos ahora ha dejado de tenerlo. Me merece más respeto el padre y la madre que incondicionalmente alimentan la vida de un hijo. Un hijo es para toda la vida. Un hijo está ahí para siempre. Nosotros solo hacemos lo que podemos en este juego extraño.

No paran de venir personas hermosas. Algunas me llaman la atención. Las abrazo en la melancolía propia de cualquier soledad, admiro sus miradas limpias, su fortaleza, sus contradicciones. Las miradas se cruzan, pero mi ánimo deambula ciego, sin pretensión de aventura. Me siento extraño viendo como pasan las horas sin poseer ningún tipo de estímulo por compartir algo íntimo. Ni siquiera la añoranza del pasado puede poseerme. Menos aún la esperanza de ningún futuro. Vivo en un presente extraño donde intento cumplir con mi parte. Hoy me planteaba de nuevo muchas cosas con respecto a muchas otras cosas. Pero luego uno llega a la conclusión de que tan solo son eso, cosas. Y desearía vivir experiencias únicas y primigenias, o conocer a personas únicas y primigenias, de esas que te prenden la llama, pero me veo lejano a todo eso, ausente.

Hobbes decía eso de que ni siquiera la propia voluntad es libre y reducía al ser humano a la autoconservación y, por lo tanto, a un impulso meramente diabólico basado en el miedo y el poder. Me doy cuenta de que, más allá del puro cansancio, ya no siento miedo, ni deseo poder. No significa eso que esté llegando a ningún tipo de santidad. Ni siquiera que esté encarnando ningún tipo de modelo celestial que nos aproxime a un entorno divino. Significa que me desprendo poco a poco de todo y penetro sensiblemente a ese modo de vida que requiere caminar con cierta desenvoltura. En todo caso, esa forma peregrina de ver la vida es un desafío a las teorías de Hobbes, y por lo tanto, es un desafío al infierno. No seguir sus reglas, no tener miedo ni deseos de poder e intentar llevar una vida liviana, alejada de los estímulos propios de la materia, es una auténtica provocación a Leviatán.

Hay algo que empiezo a admirar del otro. No la capacidad que tiene de hablar de cosas profundas, sino de esa capacidad innata de llevar una vida profunda, es decir, una vida basada en una coherencia prudente, pero eficaz. Una profundidad no tan sólo en sus actos, que parten siempre de una indisoluble buena voluntad, sino también de su poderosa energía, de sus nobles emociones, de una sabia mente capaz de discernir más allá del bien o del mal, pero sobre todo, un espíritu puro, de esos que brillan con luz propia. A veces he conocido a seres humanos así, pero admito que cada vez me resulta más complejo admirar silenciosamente a ese enjambre de criaturas celestes. Excepto cuando de repente aparecen en escena, ya sea detrás de unos profundos ojos azules, de una gran melena salvaje o de una sonrisa explosiva y de repente cierto aliento nos llene a todos de vida, de paz, de amor, de fuerza para seguir adelante. Sí, vivimos en un desafío constante. Y no somos héroes, somos locos… muy locos…

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Reconstruirse una y otra vez


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© Tony Hunter

Schiller describió con afinada tinta la historia romántica de Guillermo Tell. “Cuando el oprimido no tiene derecho a nada -nos decía el poeta-, cuando la carga se le hace insoportable, toma todo el coraje del cielo e impone en la tierra sus derechos eternos”. Hoy me llenaba de coraje y dignidad y marchaba hasta León. La humillación siempre desencadena un movimiento de fortaleza espiritual, como ese amor liberado de cualquier deber que se ensancha en cada travesía. El viaje no era hacia fuera, sino hacia dentro. De alguna forma, debía, debo, más bien, reconstruir esa dignidad atropellada por el tirano que representa todo ese cúmulo de ignorancia y desdicha.

Me he dado cuenta de que durante este último año algo de mí había caído al suelo. Era algo sutil, intangible, algo que tiene que ver con el sostén espiritual, con la mirada profunda de las cosas. Era algo que requería cuidados, mimos, atenciones. Así que temprano, con la fiel compañía de un buen escudero, llegamos galopando hasta los confines del abismo. Allí esperaba una joven y hermosa mujer que nos atendió con el mayor de las atenciones. Una mañana sirvió para poner en movimiento el primer trazo hacia esa conquista, hacia ese valor consumado en los hechos, en los actos, en la conducta, en la vuelta a la dignidad. Volvimos satisfechos tras la hazaña y ya solo queda esperar el resultado de la apuesta.

Tras el viaje llego cansado, pero un trozo de alma, independientemente de lo que ocurra en los próximos días, ha vuelto a su lugar. No importan los resultados, no importa si esta pequeña empresa tendrá éxito o fracaso. Lo que importa es que algo se ha puesto en movimiento, y que algo se está moviendo dentro, y por lo tanto, tendrá sus consecuencias ahí fuera. Ese es el valor de agarrarse a un navío a punto de naufragar tal y como hizo valientemente Guillermo Tell, demostrando a la tiranía que las flechas que salen desde lo más profundo del corazón puede vencer toda injusticia.

Reconstruirse una y otra vez es algo que ya tengo interiormente asumido. No sólo materialmente, sino también vitalmente, emocionalmente, intelectualmente, espiritualmente. El ser humano es digno por naturaleza. Lucha interiormente por mantener un mínimo de decoro y merecimiento. Al igual que ocurre en la parábola de la tercera historia del Decamerón de Boccaccio, de los tres anillos que gobiernan nuestras vidas, el auténtico es aquel que gracias a la fuerza de la joya, nos hace llevar una vida ejemplar. En ese sentido, todos podemos demostrar a lo largo de nuestras vidas que nuestra dignidad puede ir acompañada de una ejemplaridad a prueba de todo. Es cierto que en el camino tropezaremos, erraremos y cientos de situaciones nos pondrán a prueba. Especialmente a aquellos que exponen su vida continuamente a la vista de todos, que se presentan abiertamente a la atenta mirada crítica del otro. Pero nada importa si una y otra vez tomamos todo el coraje del cielo e imponemos en la tierra, sin miedo alguno, sus derechos eternos.

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El arte de la fuga


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© Gabriel Guerrero

A pesar de que este título pertenece a un libro escrito por Bach, y también a una forma suya especial de hacer música, no vamos a hablar de melodías. Alguna vez en el pasado hablé del fugas mundi. Ahora, observante, atento, veo las cosas desde una perspectiva algo más amplia y diferente. Decía alguien que sólo desprecian la sociedad aquellos que no han conseguido sus favores. Los otros la aman, la abrazan con esa locura ciega que nos imbuye cuando el éxito invade nuestras vidas. Ser exitoso en nuestra sociedad pasa por sentirse miembro destacado de algún clan, de algún rango, estatus o clase. Si eres el primero entre los mediocres, puedes llegar a ser menos vulgar que el resto, aunque la vulgaridad siga siendo el sello de identidad.

El éxito ha pasado muchas veces por mi puerta. La última vez ayer mismo, ante una oferta que podría llevarme a ser uno de esos personajes que de forma ilustre manejan la vida de muchas personas. La oferta podría incluir el dirigir a más de cientos de personas en un ambicioso proyecto. Pero soy un artista de la fuga, y reconozco, a regañadientes a veces, que mi alma hace tiempo que dejó de estar en venta, aún a pesar de que tantas veces han intentado, sin éxito, comprarla una y otra vez.

Me interesa ver en estos días esos que son auténticos artistas en huir de la sociedad, eso sí, sin hacer nada especialmente notorio que los aleje realmente de ella. Se pasan el día quejándose, se pasan el tiempo aborreciendo y huyendo, pero reproduciendo allí donde van todas sus miserias y sus penas. Son auténticos depredadores de aquello que pueda ayudarles en la huida, sin dar nada a cambio, sin ofrecer nada a cambio y sin bucear realmente en un cambio radical.

Luego hay otro tipo de fuga, más allá de la social, que es la propia fuga psicológica. Nuestra sociedad actual está creando auténticos autistas antisociales que prefieren perderse en conversaciones absurdas que atraviesan todo tipo de telepantallas antes que poder dominar el arte de la sociabilidad.

Y también las fugas espirituales, esas que entonando profundos ommmmsss nos alejan de una realidad incómoda que no gusta atender. Lo decía ayer en la cena, con unos amigos que integran perfectamente el camino del medio. Hay personas que se creen espiritualmente avanzadas y, sin embargo, denotan uno de los extremos más permisivos de la espiritualidad: el egoísmo. Realmente solo piensan en sí mismos y en su salvación. Les importa un pito todo lo demás. Especialmente todo aquello que pueda afectar a su paz interior, a su consciencia aparentemente iluminada desde la que desgranan sutilmente vacíos existenciales, dolencias emocionales y simples anhelos de grandeza no consumados.

Es cierto que todos huimos de algo. Estos días de extremo cansancio ya no sabía dónde esconderme, ni durante cuánto tiempo. Me he cuidado, me he dado regalos, me he mimado, pero en el fondo solo deseaba huir. Al menos por unas horas, o unos días, o unas semanas, o unos meses con tal de descansar todo aquello que me gustaría descansar. Me hubiera gustado fugarme con esas hermosas chicas que hoy se dirigían rumbo a Francia. O con esa otra joven y bella alemana que anda buscando algún lugar donde aposentarse. Son tantos los que vienen y van en estos días, que dan ganas de marcharse con todos ellos, aunque solo sea un ratito, aunque solo sea para poder descansar en paz algún trozo minúsculo de tiempo. Espero con ganas el otoño. Espero con deseo un cambio radical en todo cuanto ahora manejo.

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En el centro de todo, permanezco


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© Jiří Šebek 

Escuchar música sacra medieval ante la imponente voz de sor Marie Keyrouz es disfrutar de un instante de difícil explicación. Ante su música y su voz, sigo encerrado en la cueva, rodeado de libros, de inmemorables recuerdos que cohabitan en las estanterías y en la sed de mi alma. Observo atento, buscando paz y sosiego, subrayo cada minúsculo átomo de emoción que envuelve el aura de cada objeto. Veo Copenhague y su jardín botánico metido todo en un pequeño frasco, saboreo los tumultos de tundra escocesa y sus Tierras Altas, las conchas del Atlántico que precedieron tantos y tantos peregrinajes, y Taizé, muy cerca de la vieja Clunny, donde sus cantos se cuelan todas las mañanas en la pequeña ermita. Al otro lado de la estantería, junto a los tratados de antropología, Mongolia y la India con un Buda abrazando a un San Javier que mirando al cielo clama misericordia. También los inviernos de Alemania e Israel y todo el Mediterráneo adumbrado por destellos que relucen bajo velas, cuadros soleados y alguna luna veraniega.

Si ahora pudiera buscaba un caballo y me marchaba, como antaño, a proteger a los peregrinos. Pero en los Caminos, practicando sus sendas. La vida aposentada, labriega, ciertamente consume mis ansias de exploración. No he nacido para labrar la tierra, ni para la vida sedentaria. Lo mío son los caminos. Ahora lo sé. Por eso en este tiempo de sedentarismo extremo siento como si algo que nace desde lo más hondo fuera a explotar. Las imágenes de países exóticos se acumulan, y junto a ellos, cierta sensación de impotencia. En la sección de metafísica un elemento de Marruecos y sus zocos. Más arriba algo que vino desde California. Un peldaño más hacia lo alto los cientos de libros sobre masonería y en frente, miles de libros sobre espiritualidad, esoterismo y nueva consciencia. Y mientras los miro me imagino ya en otro lado, en algún otro país, deseando volver, porque lo bonito de viajar es ese sentimiento que te envuelve, esa emoción de querer retornar a un lugar tranquilo, a un cuartel general o hacienda donde descansar.

Veo obras antiguas y si alzo la mirada, ahí están los pasillos y el resto de las habitaciones cargadas de libros y libros y más libros que se acumulan en este oficio que se pierde. Ser editor en los tiempos que corren es algo complejo. La gente ya no decora las estancias con libros. Ni siquiera como objeto de culto. Se siguen vendiendo algunos, pero cada vez menos. Por eso cada mes es un milagro. Miro de nuevo a San Javier. Nadie daría crédito de su origen. Nadie daría crédito si pudiera contar libremente tantas y tantas historias sucedidas que ahora quedan registradas en las estanterías.

He conseguido, en estos dos días, extirpar de la bandeja de entrada el noventa por ciento de los mails que se habían acumulado. Pero me falta aún ese diez por ciento tan difícil de contestar, tan extrañamente complejo. Cuando el mundo vivía sin mails todo era más lento. Recuerdo que se acumulaban las cartas, pues siempre fui avispado en eso de escribir y contestar largas misivas a todo lo largo y ancho del mundo. A escritores mexicanos, a poetas argentinos o científicos alemanes. El mundo siempre fue un cúmulo de curiosidades por explorar. El mundo siempre tan grande, y nuestras vidas siempre tan cortas. ¿Cómo conocer todo cuanto hay por conocer? ¿Cómo albergar la esperanza de que algún día todo estará en nuestra palma de la mano, sin fronteras, sin burocracia, incluso sin mails que atender?

Aún me duele la cabeza. Hoy llega una caravana de peregrinos. Mañana un buen amigo con su esposa desde las entrañas de Madrid. El verano es así, un trasiego de almas. Por eso es prudente, cada cierto tiempo, protegerse, esconderse, trabajar entre libros. Estoy buscando el equilibrio entre lo de fuera y lo de dentro. Estoy buscando el equilibrio entre lo de arriba y lo de abajo. Y en el centro de todo, como una realidad moldeable y plástica, permanezco.

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El hombre-mono y la mujer es mona


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Los isabelinos imaginaban el cielo como una esfera cristalina desde donde los ángeles contemplaban las muecas del hombre-mono, más cercano a ese traje vanidoso y esa mirada altiva propia de los grandes primates que con sus muecas parecen juguetones en los bosques y las selvas. El hombre mono y la mujer mona se miran siempre con cierto afecto, con desconfianza a veces, con sensación de pertenecer a un mundo intermedio, ese que se encuentra a mitad de caballo entre lo animal y lo divino. El ser humano no existe aún, se está haciendo. Lo noto aquí en los bosques cuando comparto con unos y con otros. Veo el esfuerzo por alejarnos, a veces con mayor o menor éxito, de esos instintos, tan básicos y primarios, que aún atraviesan nuestra espina dorsal.

El hombre se comporta como un mono ante la mujer mona, y hacen monerías de rama en rama, de bosque en bosque. Se alejan por caminos turbios, entre las nieblas, entre los árboles. Se miran coquetos y desfilan abrazos y caricias a media noche, serpenteados por la mirada atenta de aquellos alados seres que desde arriba observan la escena, tan mona ella.

Nos sentimos con cierta autoridad ante la vida, como si fuéramos realmente importantes. La escisión entre la mónada que nos anima y lo que representamos con nuestro traje de autoridad no es más que un aleteo frágil ante la inminente presencia del infinito. Aún así, pensamos como dioses siendo aún tan monos, tan primitivos, tan afanosamente animales. Somos muy monos cuando aún, a estas alturas de nuestra divinidad, seguimos comiendo carne. Somos muy monos, y con perdón de los civilizados monos, cuando arrebatamos en violencia, matamos cruelmente, o justificadamente según los cánones de la guerra, o simplemente cuando dejamos morir de hambre al prójimo próximo.

Seguimos empeñados, tan animalescamente, en pensar en territorios. Los marcamos con fronteras, que es algo sofisticado, porque eso de ir meando por las esquinas es algo primitivo. Pero la esencia sigue siendo la misma. La bandera, cualquier bandera, es el símbolo más sofisticado de cualquier meada perruna. Pero nosotros somos monos, monos avanzados, y pensamos que una bandera ya nos sirve para decir que esto y aquello es mío, que esta y aquella es mi casa, o mi patria, o mi nación, esperpentos inventos para trapichear de forma civilizada con nuestra peculiar forma de posesión.

El mundo es un escenario. Y cuando hoy salía majestuoso el arco iris sentíamos que nos curábamos de todos los males. Nos curó la depresión y de la tristeza, sentimos la gloria de Dios, por decir algo, en esa magia del instante presente. Saltábamos enloquecidos, como monos que de repente piensan que la mejor manera de celebrar el acontecimiento es chillando y brincando de un lado para otro. A nuestra izquierda había un joven alemán. Ya sabemos que los alemanes son más cautos a la hora de expresar emociones. Estaba sentado en la hierba y lloraba ante el espectáculo. Lo hacía en silencio, sin que nadie notara su presencia y su emoción. Pero pude verlo, como cuando los ángeles nos miran para ver si nuestra mónada mejora y progresa. Y veía en su silencio cierta maravilla, cierto avance, porque podía disfrutar de algo tan espectacular desde su cómoda y sigilosa butaca. El hombre es mono y la mujer es mona. Y allí estaban el arcoíris, y el alemán, y el perro Geo que no entendía nada pero disfrutaba de nuestra arrebatada alegría. Y abajo, mientras mirábamos la esfera cristalina ahora cargada de los siete rayos, nos imaginábamos seres más completos, mónadas más inspiradas, hombres y mujeres más llenos de gracia. Seres humanos vivos, que no hay mayor grandeza que siendo lo que somos, estemos vivos, y sepamos apreciarlo.

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Lo hermoso de ser útil


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Quiero dar las gracias a este hermoso ser que vino desde Uruguay y ha estado todo un mes con nosotros, siendo ejemplo de honestidad, responsabilidad y compromiso. Gracias querida Vero por todo lo que has dado y gracias por tu ejemplo y entrega. Feliz viaje de vuelta… 

Escribir es una forma de recolectar experiencias sociales, humanas, personales. Compartir emociones, expresar ideas, atreverse a desnudarse ante el mundo bajo la atenta mirada del criticón, del inconformista, del cotilla, del hacedor de males, de los que imaginan, de los que indagan, de los que intentan penetrarte, incluso de aquellos que te odian tanto que te leen para ver de qué manera pueden odiarte más. Como decía Pirandello, es una forma de correr hacia la locura, de intentar bajo una argumentación que a veces roza el paroxismo, contar cosas que simplemente son eso, cosas.

La vehemencia puede ser estúpida si uno se toma la vida excesivamente en serio. No sé por qué darle tanta importancia a cosas y hechos que no la tienen. Al fin y al cabo, escribir es solo eso, escribir, no tiene mayor importancia. Ni siquiera escribo para que me lean, ni para que hagan de esta escritura un uso oscuro y pueril. Sólo lo hago porque me gusta, y porque a veces, en muy contadas ocasiones, la lucidez me atraviesa por dentro y soy capaz de compartir algo bueno. Lo demás son solo adornos, vómitos emocionales que atosigan al desesperado, al aburrido o al que protesta constantemente ante la infelicidad de sus vidas.

Pero a veces, y eso es lo que me motiva desde hace más de diez años, pienso que esta escritura puede ser útil. Y entonces lo veo como un medio de servicio, de apoyo mutuo, de cooperación, de acompañamiento al otro en su soledad, en su duda, en su desesperación. Ser útil es algo que a todos nos gusta. Ser útil a uno mismo, ser útil a los demás. Dicho de otra forma, a nadie le gusta ser un inútil, o algo peor, un auténtico inútil. De pequeño siempre había un mantra que se repetía por mi peculiaridad débil y trasnochada: eres un inútil, me decían unos y otros. En la familia, en el colegio, en la calle jugando al balón. La inutilidad es algo que te marca de por vida, por eso, ya de mayor, uno siempre intenta hacer las cosas lo mejor que puede. Ser útil, ser un verdadero ser completo y ventajoso en cuanto a esa visión de servicio.

A pesar de que esta ha sido unas de las semanas más duras de este verano por no saber encajar aún del todo los abusos de unos y de otros, puedo decir que por dentro me siento sanamente feliz. La parte tosca y tóxica de aquello que durante meses me ha atormentado se diluyó como un azucarillo lo hace a intervalos. Las interpretaciones delirantes de unos y otros que necesitan justificar sus actos a golpe de culpabilidad se convirtieron en un mantillo suave, inofensivo. Aún me siguen llegando ecos, críticas y recelos. Pero estoy aprendiendo a no darles poder, estoy aprendiendo a levantarme sobre los mismos y mirarlos con la grandeza de aquel que se levantó del lado inútil de la vida y alzó su mirada hacia el poder de ser válido, de hacer cosas buenas, de intentar ayudar a unos y a otros sin buscar recompensa alguna.

Por eso pienso que escribir debería ser un acto heroico de obligado cumplimiento. Todos deberíamos tener la capacidad de hablar, de contar las cosas, de compartir aquello en lo que dudamos, aquello que nos aflige o desalienta. Lo rígido, lo repetitivo y lo mecánico conforma gran parte de nuestra sociedad. Por eso cuando algo resulta excesivamente diferente, inteligente o lúcido puede llegar a dar miedo. Y ante el miedo uno siempre reacciona de forma brusca y alarmante. Tengo miedo y por lo tanto hago daño.

Los lúcidos tienden a callar, por eso me gusta abrazar a las personas inteligentes. Por norma son seres angélicos, silenciosos, sigilosos, como esos que vemos en los museos y que en silencio disfrutan del arte y la cultura que los embriaga. La misma postura tienen en los templos, donde miran maravillados la paz que otorga aquello que intentan albergar, siempre de forma torpe, un símil del Misterio. Los lúcidos no tienen miedo, navegan en sus mundos y transforman su vida en algo útil… útil para sí mismos, útil para los que los rodean, útil para el universo… A eso lo llaman servicio… Transitar al otro lado en paz, donde la noche espera, donde la vida nos rodea y envuelve. El sol pronto llamará a nuestras puertas de nuevo, embriagado de luz… Y allí nos veremos en el templo silencioso, en el callar de una vela y la sonrisa de una canción… en el vasto campo de la experiencia que nos guiará hacia la utilidad más absoluta, la de ser humanamente amantes de la vida, amantes de todo cuanto nos rodea, humanamente agradecidos por todo cuanto la existencia nos regala… como esos rayos que mañana iluminarán el nuevo día… hasta mañana pues…

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La eterna aventura


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© Ilias Varelas

 

Difícil esto de congregar a la gente. Los vi reunidos, seguramente en sus propias realidades. Ellos en sus memorias piensan que hice como hacían los espartanos con sus enemigos: arrojar implacablemente a la nada a los que tenían el pie cojo o el pecho estrecho. Realmente pasó que pedían coherencia, e intenté ser coherente. Pero ellos no querían coherencia para sí mismos, sino que la exigían a los demás. De hecho, ellos echaron al abismo a los que les molestaban, a los que depredaban su tiempo y sus intereses. Ahora la vida les pagaba con la misma moneda, pero solo porque ellos así lo han querido. Nadie echó a nadie, ellos se fueron solos, buscando mejor fortuna en otros abismos. Les deseo de corazón lo mejor. Para mí ha sido una lección de vida, y de paso, una liberación. Aprender a no odiar incluso al que te desprecia. Aprender a lidiar con esas circunstancias que tan a plomo te ponen cuando todo resulta excesivamente complejo.

Mientras hoy hacía cemento para recubrir una nueva obra, me desahogaba diciendo sencillamente eso tan manido de que no tengo ningún interés personal en permanecer aquí, en sostener este ambicioso proyecto. Podría ahora estar tranquilamente en mi casa, o en una playa paradisiaca o en cualquier paraíso tranquilo. A nivel personal, a mi edad, se puede decir que tengo la vida resuelta, tanto personal como profesionalmente. No necesito, de verdad, estar aguantando todo lo insufrible de estas semanas. Los insultos, las traiciones, la oscuridad humana, la cobardía, la amenaza.

Sin embargo, algo me tira al monte, no sabría decir el qué. Podría llamarlo propósito, karma, destino, un sino existencial, quién sabe. Tal vez esa sensación interior de aventura eterna, que se repite en las edades, por los siglos de los siglos, con diferentes disfraces, con diferentes escaramuzas y batallas, pero siempre la misma historia, centuria tras centuria. Como si la herejía resurgiera época tras época y tiempo tras tiempo vinieran las fuerzas a quebrantar su luz. Lo cierto es que una fuerza mayor a mi propia voluntad me arrastra a hacer cemento, a aguantar insultos y a recibir como paga diaria el desagradecimiento de viles y villanos, de personas que te quemarían vivo en cualquier hoguera si no fuera por los tiempos que corren. Al mismo tiempo, y quizás porque quiero pensar que ese ruido espurio es anecdótico, la fuerza del resto, el agradecimiento de los demás, que son legión en comparación a esa minúscula realidad, me hace seguir adelante.

También estoy aprendiendo a decir no, y a decir basta, basta ya. Si no te gusta esta casa, si no te gusta lo que aquí hacemos, no eres bienvenido. Basta ya de abusar hasta la médula y luego pagar con insultos y desprecios. Basta ya de crear fantasmas y mancillar el buen nombre de mucha gente. Basta ya de hipocresía, de cobardía, de injuria gratuita. Si no fuera porque por dentro me siento fuerte y feliz, desapegado de todo eso, cerraba de una vez por todas y de verdad, me iba a vivir mi vida, plácido, tranquilo, sin dar explicaciones a nadie. Si no fuera porque por dentro me siento libre de culpa, con la consciencia tranquila y la fortaleza suficiente para aguantar nuevos envites, me las piraba plácidamente a cualquier fin del mundo que mereciera la pena.

Así que seguiré a lo mío, con la precaución de no seguir dejando entrar a mi vida personas y personajes que restan, que viven en la queja constante o que mancillan a la mínima de cambio. Lo siento, no tengo tiempo para esas cosas. Seguiré andante por esta eterna aventura y que Dios, o quien sea, reparta suerte.

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Las variables de la realidad


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© Kevin Holliday 

«El mundo está tan lleno de opiniones como lo está de personas. Y usted sabe qué es una opinión. Uno dice esto, y algún otro dice aquello. Cada cual tiene una opinión, pero la opinión no es la verdad; por lo tanto no escuche una mera opinión, no importa de quien sea, sino descubra por sí mismo qué es lo verdadero. La opinión puede cambiar de la noche a la mañana, pero no podemos cambiar la verdad». Jiddu Krishnamurti 

La realidad no encaja, la realidad florece. Para las estrellas, los fugaces somos nosotros. Vivimos en una corta y fugaz instantánea que florece a cada instante. Por eso es bien difícil realizar un mosaico certero de la realidad. Si miramos a nuestro alrededor, lo que vemos no es objetivo, sino una interpretación nacida de nuestro marcado interior, tan limitado y frágil, tan divertidamente fugaz. Ese interior es complejo, y nunca es igual de un día para otro, por lo tanto, la realidad es plástica. Si nuestro cerebro es exagerado, es porque nuestra inteligencia tiende a asfixiarse en los límites de la realidad. Esto ocurre porque la realidad es múltiple y variada, y no una fotografía fija, sin matices, sin tonos.

La realidad, en verdad, es una caricatura de nuestro yo interior. De ahí que no debemos tomarnos muy en serio todo cuanto ocurre en ella, especialmente todo aquello que al parecer nos daña, nos atemoriza o nos atosiga. Todo es pura impermanencia. Todo es verdaderamente un chiste, una broma, una escena limitada, impermanente, frágil.

La vida es una narrativa, un diálogo constante entre nosotros y el resto. Es algo plástico y discontinuo, incomprensible, exagerado, cambiante. Dar excesiva importancia a la realidad es no saber dónde habita realmente lo importante. Esa parece la trampa. Si fijamos excesivamente la atención en todo aquello que nos rodea, nos estimula, nos divierte, nos distrae, estamos perdiendo el verdadero enfoque de la propia existencia.

Las distracciones son excesivas, y casi todas ellas fantasías que nacen de alguna parte inconexa con todo lo que nos circunda. Aquellos que tienen una mente privilegiada y son capaces de ver y observar los vórtices de la realidad, viven en una especie de panóptico imposible donde cada cosa adquiere un exceso de significados. Son capaces de adelantarse a los acontecimientos porque pueden ver, en un grado de inteligencia superior, aquello que escapa al común de los mortales. Pero esto les crea una sensación de incertidumbre constante, y también de prisión hacia lo limitado de la experiencia.

La vida también es literatura. Digamos que somos como esos narradores que detallan su obra, los personajes, las anécdotas, el día a día. Hoy ha sido un día desagradable con un encuentro desagradable con uno de esos vórtices que han venido a enseñarme, a mantenerme firme y constante. Pensaba que mi manera de interpretar el encuentro no era algo fortuito. Las cosas, en el mundo donde uno se puede sentir guionista, no pasan nunca por casualidad. Las señales se repiten constantemente, especialmente cuando estás alerta a todo cuanto ocurre, y especialmente cuando ves que si algo se retrasa, es porque algo tiene que ocurrir más adelante.

Siendo así, uno se da cuenta de que la realidad tiene muchas variables, muchas interpretaciones. Por eso es fácil, ante estos hechos, cambiar de opinión constantemente, entrar en contradicción constante, alinearse con cada instante para que sea único y diferente al anterior. Muchas veces me dicen que cambio rápidamente de opinión. Es totalmente cierto, porque considero que la realidad no es algo rígido e inamovible. Cambio de opinión porque la vida cambia constantemente. De lo que no cambio es de convicciones. Ni de conducta arraigada en la fidelidad, el amor y la necesidad de expandir otro tipo de visión del mundo. Es cierto que al estar expuesto cometo más errores que la media. También entro en mayor dominio de la sinrazón, porque visto objetivamente, uno puede pensar que llevar este tipo de vida no resulta algo muy cuerdo. Es cierto. La cordura es algo rígido, la realidad, en toda su profundidad, es una auténtica locura. Bienaventurados entonces los profundos, porque suyo será el reino de todos los cielos. Y bienvenidos los locos que hacen de la «realidad» algo prácticamente inservible.

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Siendo joven me siento viejo


 

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© Rolandas Kugauda 

Ya no busco a Brahman en los paisajes imposibles de la India. Dejé de rezar a los dioses en las iglesias y hace tiempo que no viajo buscando fuera todo aquello que siempre termino encontrando aquí dentro. No deseo crecer, ni ser reconocido, ni tener éxito o dinero, ni poseer cosas ni tener a nadie que no quiera estar conmigo. Dejé de bucear en las entrañas del Ser para intentar, cada día un poquito, Ser, sin más. Ya no amarro, sino que estoy aprendiendo a soltar. Y cuando se van sonrío, deseando para ellos el mejor de los mundos posibles. He aprendido a decir adiós, sin que me cueste el alma. Ya no atosigo, sino que dejo que cada cual disponga de su tiempo, de su espacio, de sus creencias, de sus absurdos tan parecidos, en el fondo, a los míos propios.

Ya no busco el amor, ni lo espero. No busco el talento ni el aprecio ni el cariño como cuando mendigaba en cualquier esquina un trozo de alabastro luminiscente, aún pensando que eso calmaría mis angustias más dolientes. No quiero nada, de verdad. Quizás tal vez un poco de salud, y con ese poco, que me baste para vivir dignamente, sin molestar a nadie, el resto de mis días. Cuando muera, ojalá sea en silencio, sin hacer mucho ruido, por eso de no molestar ni siquiera en el último aliento. Y si molesto, desearé morir en paz, con esa sensación que me acompaña de que hice lo que pude, y de que, dado el instrumento asignado, no aspiraba a mucho más.

Por eso no quiero nada, excepto un poco de salud para pasear y contemplar el paisaje. Eso es suficiente. Abrazar a unos y a otros, especialmente a los animalillos, que no te juzgan ni te hieren. A esos los abrazo siempre. Estén tumbados en la hierba o corriendo de un lado para otro buscando algo para comer. Me acerco a ellos, les hago alguna de mis pesadas bromas, les sonrío y los abrazo. Abrazo a mi perro y a mis gatos, a las gallinas y algún humano que aún, humilde y sincero, dejó de juzgar.

A esta edad hablo ya como los viejos, y me refiero a los viejos de antes, porque los de ahora, con tanta cirugía y estado del bienestar no parecen viejos. Ni siquiera la palabra viejo está bien vista. Ahora nadie quiere ser viejo y a mí me gustaría llegar a viejo. Tener arrugas en la cara, sentarme bajo la sombra de algún árbol y mirar tranquilo la vida, sonriendo, contemplando los pajarillos, en paz. Un poco como ahora, que siendo joven me siento viejo. Sin ganas de batallas, sin ganas de explicaciones, sin ganas de pensar excesivamente la vida. Solo sentirla, apreciarla, vivirla en paz y en gerundio, siempre en gerundio. Me siento viejo y extraño, como si ya no habitara en mí, como si ya no habitara realmente en este mundo, que cada día admiro más y cada día que pasa lo observo con mayor asombro.

Los viejos son como los niños, se maravillan de las cosas sencillas. Y eso hago cuando doy de comer a los pajarillos en ese comedero que hicimos con los restos de madera justo en frente de la cabaña. O cuando cambio el agua a los peces mientras hacemos su nueva casa y observo cómo aletean entre mis dedos. ¡Son seres tan frágiles! Y aún así son consumidos como si fueran cosas. Admiro a todos los seres sintientes que en su sensibilidad superior defienden y protegen a esos animales frágiles. ¡Es tan hermoso este mundo! Fijaros en todas sus maravillas, alegraos por todo cuanto recibimos sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio. ¡Hay tanta riqueza, tantos dones! Ya hablo como un viejo. Como aquellos de antes que tenían la cara llena de arrugas y miraban desde la plaza todo cuanto acontecía. Eso hago ahora, respirar, observar la plaza, y ver qué ocurre.

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Robar a los ricos para dárselo a los pobres


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© Luca Eugeni

Cuando subo en un coche que vale más de cien mil euros algo en mí se rompe por dentro. Si fuera eléctrico al menos pensaría que todo es por la causa, pero cuando el coche tiene más de quinientos caballos de potencia y hago cálculos de toda la gasolina que consume imagino todo lo que se podría hacer con ese dinero y me da un síncope moral importante. Las grandes ciudades están plagadas de este tipo de ostentación. Es evidente que uno puede hacer todo lo que quiera con su dinero, pero me pregunto qué pasaría si algún día todas las mentes pudieran alinearse en una causa común donde la riqueza pudiera entregarse para crear un mundo mejor, más allá de nuestros egos, y no un mundo cada vez más ostentoso y perdido.

Por eso me gusta venir a la ciudad. Me siento una especie de Robin Hood que desea “robar” a los ricos para entregárselo a los pobres. A veces lo que robo solo son ideas, inspiración, formas de hacer las cosas para luego entregarlas al mundo de aquellos que carecen de ideas, inspiración o voluntad firme para llevar a cabo proyectos o mejoras en sus vidas. A veces no deja de ser un robo simbólico, pero admito que siempre hay algo de sustracción cuando cada vez más de incógnito, hago sugerentes incursiones a la gran ciudad.

El mejor de los robos es el desechar aquellas cosas que imprimen carácter al mundo egoico pero que nos alejan inevitablemente, por mucho que endulcemos nuestras vidas, del verdadero camino del alma o la consciencia. Podemos creer que somos mejores por dejar de comer esto o aquello o por poner difíciles posturas. Pero la virtud no viene marcada por modelitos y postureos más o menos espirituales. La verdadera virtud vendrá por nuestra conducta, a veces errática, a veces imperfecta, pero siempre con una intención clara de mejora, de exquisita generosidad, de cuidadoso respeto. Sea como sea, entiendo que cada cual hace lo que puede en su nivel conciencial y evolutivo, y que al final estamos aquí para aprender, para mejorar, para mejorarnos, mejor dicho, entre todos. Cuando hago recuento de la de veces que me equivoco al cabo del día, mi ingenua visión sobre la existencia se reduce a un halo de pobreza interior que intenta resurgir victorioso en la idea de que al menos «lo estoy intentando». La mejora versa sobre la audaz forma de soportar lo a veces insoportable, de entender que la vida puede ser hermosa o cruel según como miremos interiormente todo cuanto sucede.

La moral perdida que se abre camino en los campos nada tiene que ver con la moralina encubierta que se destila en la ciudad. Y hablo de la ciudad porque acabo de llegar de ella y aún no he conseguido recuperarme del impacto que esta vez, bajo el manto de la sensibilidad natural que nace en la salvaje naturaleza, he sufrido en mis carnes corpóreas y etéricas. Realmente empiezo a entender por qué nos empeñamos en vivir  hacinados en esa masa gris. Todos queremos dinero, todos queremos un apartamento porque en el fondo todos queremos ser como los pudientes que tienen la oportunidad de marcharse a la villa del campo. Esta es la gran paradoja. Los desarraigados que vienen del campo quieren hacer dinero para volver al campo. ¡Qué gran absurdo! Y en ese juego macabro pierden su conexión con la consciencia, con la moral, con la ética, con los valores, con uno mismo.

Tener dinero es lo único que importa porque tener dinero te permite tener cosas, y por lo tanto, te permite llenar los vacíos provocados por el abandono de nuestros sueños, por el abandono moral de nuestras vidas. El dinero no mata en sí mismo, nos mata la avaricia y el egoísmo que encierra su uso. Engrandece el ego pero empobrece el alma hasta matarla de hambre. Por supuesto no es un problema de dinero, sino de todo aquello que hacemos o no hacemos con el mismo. Es la avaricia y el egoísmo lo que nos pervierte. Uno puede ser rico en todos los sentidos al mismo tiempo que se inunda de amor hacia los demás. Pero la tendencia es la de acumular y acumular dejando al resto en cierta cuneta extraña, anónima, invisible ante esos ojos rojos de avaricia.

Me he sentido extraño en la ciudad. Nací en una gran ciudad, me crié en una gran ciudad y ahora llevo nada más que cinco años viviendo en las montañas y sus bosques. Y a pesar de todo, sé que no podría volver a esa masa gris, con sus grandes coches contaminantes, con sus ruidos, con su tristeza. Sí, seguiré robando a los ricos sus ideas para dársela a los pobres, a esos pobres que vivimos aquí, perdidos en los campos, entre árboles, disfrutando amablemente de la grandeza natural. Pobres que no tienen nada. Pobres que solo esperan el próximo amanecer.

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Entre el colapso y la transición


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Ayer viendo el atardecer en la noche mágica de San Juan

 

Una de las mayores fortunas de este país me invita a dormir en su casa, en Madrid. También una conocida periodista, presentadora de televisión. Dispongo de un hotel de cuatro estrellas a mi entera disposición y casas por doquier en la capital del reino. Me siento tan afortunado y agradecido que decido marcharme a Vallecas, a uno de los hotelitos más baratos que encuentro con tal de no hacer ruido, de permanecer solo unos instantes en esta vorágine que es la gran ciudad.

Desayunos, comidas, meriendas y cenas una tras de otra. Algunas de trabajo y la mayoría por el placer de pasar un buen rato con buenos amigos. Amo a Madrid pero admito que cada vez me cuesta más estar entre tanto ruido, contaminación y gente. En la montaña, en la vida salvaje, perdí esa especie de capa opaca que nos inmuniza a todo esto. En la naturaleza te vuelves sensible. Los sentidos desarrollan una capacidad extraordinaria de asimilación de los contornos suaves, de las líneas maleables que se tejen en todo el espectro de color, sabor, olor, sonidos y tactos tan diversos y variables. En la ciudad solo hay un ruido ensordecedor, solo un color, normalmente gris, solo un olor como a cloaca o a colilla recién apagada. Solo hay un sabor amargo a amianto o a dióxido y monóxido de carbono.

Me duele la cabeza y solo llevo aquí un día. Deseo marcharme. Lo haría si no fuera por los compromisos adquiridos. Volvería al bosque, volvería de inmediato a la vida salvaje sin pensarlo. Ahora sé que no podría volver a eso que llamamos vida civilizada. Realmente esto me parece atroz, endemoniado. No es una crítica sin más. Es una realidad. La ciudad deshumaniza, intoxica nuestras almas, nos separa de la vida.

El fin de semana ha sido muy intenso e interesante. Tuvimos la gran suerte de disfrutar de una hermosa Ola que llegó suave desde la inmensidad del océano. Me sorprendió la profundidad de su mirada, la belleza hipnotizante de sus profundos ojos verdes. Cuando algo o alguien es bello te gusta contemplarlo anestesiado. A veces admito que siento cierto pudor al hacerlo, de ahí que tenga que disimular el amor hacia lo bello. Un amor sano, desapegado, maravillado. Un amor libre, pausado, tranquilo, maduro. Este amor por la belleza vino acompañado por un amor a la inteligencia y la elegancia. Llegó desde la capital de Europa un alto directivo, una persona exquisita, cortés, inteligente, educada, bello por dentro y por fuera, un enlazador de mundos. Con grandes inquietudes que me hizo coger notas de casi todo lo que hablaba. Eso me maravilló porque no siempre puedes tener la oportunidad de mantener conversaciones inteligentes, interesantes y que ayudan a pensar, a expandir la consciencia, a interrogarte sobre todas las cosas.

Así que esa doble belleza pudo pasear en la noche de San Juan por caminos y sendas que nos recordaban la importancia de la resilencia, de la renuncia, de la restauración, de la reconciliación entre lo humano y lo natural. Nos habló de la adaptación profunda que como especie necesitamos para no sucumbir. Nos habló del paseo del tiempo profundo, de lo insignificante que somos en comparación a la edad de la Tierra y de todo el daño que estamos ocasionando en tan solo doscientos años de locura tecnológica. Entre el colapso y la transición era el tema candente que nos hacía pensar sobre si aún estamos o no a tiempo de salvar el planeta, si se trata tan sólo de un pequeño resfriado, un estornudo cósmico, o de algo más grave y severo.

Viendo esta gran ciudad y todos sus avatares uno se vuelve grotescamente más a favor de las teorías del colapso al que estamos inevitablemente abocados. Pero cuando recuerdo el bosque, la pequeña cabaña, las montañas, los pajarillos y la belleza de cualquier puesta de sol, vuelve a mí la esperanza, la fe, la nueva buena. Me siento entonces pleno y glorioso y veo claramente que un nuevo mundo es posible. Muchas veces me pregunta por qué, pudiendo elegir entre la riqueza, decidí elegir la simplicidad voluntaria. Ahora lo entiendo mucho mejor. Si todos de repente lo hiciéramos, si dejáramos de consumir cosas y empezáramos a consumir atardeceres como el de ayer, experiencias, la vida de todo el planeta cambiaría para siempre. Esa es la apuesta, ese es el camino, cumplamos en la medida de nuestras posibilidades con nuestra parte. Hacer la vida más simple y sencilla es hacer la vida más bella y plena.

Gracias hermosas almas, gracias Cris y Fernando por tan hermosos paseos. Gracias por hacer la vida más bella con algo tan sencillo.

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Cuando os hablo de mí, os hablo de vosotros


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© William Smith

«Cuando les hablo de mí, les hablo de ustedes.
¿Cómo no se dan cuenta?»   Victor Hugo

Más allá de la escritura, herramienta que suelo utilizar para cierto desahogo intelectual, emocional o visceral, no me gusta habla de mí. Soy por naturaleza reservado, callado, tímido. No suelo exprimir la sien con grandes conversaciones excepto con aquellos que me conocen desde hace muchos años y ya no hay forma de engañarlos. Desde hace una semana estoy aprendiendo a hablar claramente y con transparencia con desconocidos. Desconocidos son todos aquellos a los que aún no he abierto el corazón, no importa si llevan años viviendo con uno o más de una vida intentando acercar posturas irreconciliables. Ahora ando descubriendo eso tan lejano en mí como es lo de luchar por cada segundo de vida, por exigir lo que a uno en justicia le pertenece o eso no tan claro de aprender a decir no, esa palabra que a veces uno intenta dulcificar con exceso de excusas para no dañar los corazones rotos.

Uno se hace fuerte con la experiencia, con las pruebas de la vida. Ya no siento una especial infelicidad, empiezo a disfrutar del mundo en el que estoy viviendo, el mejor de los mundos posibles, el mejor de los regalos. Y me doy cuenta de que todo, los paisajes, los escenarios, las personas, son como puentes que se dibujan en una realidad que sirve para aprender, para avanzar, para hacernos mejores. Una realidad que se teje en sueños y que nunca sabemos nada sobre su misteriosa naturaleza.

Por eso, de alguna manera, cuando hablo de mí y de mis cosas, realmente estoy hablando del otro, de aquello que circunda mi realidad y la compone. Lo decía Víctor Hugo y no se equivocaba. Lo decían también en la Polinesia con aquello de que soy otro tú, y por lo tanto, cuando hablo de mí, estoy hablando de ti, y algo dentro se refleja, algo dentro palpita cuando subo escarpadas cumbres o cuando bajo diáfano hasta los valles y puedo contarlo con felicidad o amargura, con delicadeza o arrebatamiento.

Últimamente no tengo mucho que contar porque estoy bien. Quiero decir que ocurren cientos de cosas como suele siempre ocurrir en la vida de aquellos que se exponen excesivamente, pero ahora ya no me afectan como antes. No es que sienta que esté por encima del bien o del mal, pero sí observo los acontecimientos con cierto desapego. Miro todo lo que pasa con distancia, sufro menos y por lo tanto puedo dedicar más tiempo a la contemplación, a la búsqueda de la felicidad en las cosas sencillas. En lo sencillo descubro lo verdadero, y en lo complejo descubro la síntesis, la fórmula maestra para salir de cualquier laberinto.

Ya no tengo miedo a la oscuridad humana, solo intento ver luz allí donde otros ven sombras. Y ahora veo luz en todo, incluso en lo grotesco, en la huida, en la miseria, en la ignorancia. Incluso puedo ver luz en mis propias sombras, que no son más que el reflejo de las sombras que todos tenemos. Y esta visión me reconforta, me reconcilia, me anima. Por eso, cuando os hablo de mí, os hablo de vosotros.

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Qué valiente te ves temblando de miedo


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© Ilias Varelas 

“Qué valiente te ves temblando de miedo, pero arriesgándote a vivirlo” J. Guerrero

Me estoy acostumbrando a perder. A perder amores, a perder amigos, a perder cosas, muchas cosas, a perder dinero, a perder honores, a perder credibilidad, a perder verdades, a perder cariño, sensibilidad, orgullo, a perder, sobre todo, vida, mucha vida. Cada vez me cuesta menos perder. Miro las pérdidas y veo que son siempre mayores que las ganancias. Intento preguntarme por qué algo que debería multiplicar, cualquier cosa, últimamente está entrando en receso. Quizás tenga que ver con esa arriesgada mirada hacia la vida, con esa necesidad de vivirla en toda su profundidad manifiesta. Realmente tiemblo de miedo cuando me tengo que enfrentar a tanta pérdida. Una tras otra, acumuladas en una montaña que cada vez se hace más pesada, más tremenda y temeraria. Hay personas que tienen la facilidad de multiplicar y otras que tenemos la facilidad de perder. Hay magos de la pérdida, auténticos aventajados del quebranto, de la merma, hay valientes que arriesgan tanto que tiemblan de miedo.

Así me encuentro ahora, con necesidad de seguir arriesgando vida, a sabiendas, y lo digo temblando de miedo, que habrá muchas más posibilidades de pérdida que de ganancia. Pero lo intento una y otra vez, me tiro al fango, disfruto de la suciedad que cualquier camino acumula en las botas. Produzco sueños imposibles e intento avanzar hacia ellos. Sí, seguramente todo será pérdida, pero qué gran ganancia supone el haberlo intentando, una y otra vez, sin miedo a perderlo todo. Intentar cosas una y otra vez es fracasar una y otra vez, pero el fracaso encierra siempre algo de verdad, algo de ternura, algo de ganancia. Uno puede temblar de miedo, pero no dejar de intentarlo. Y si lo intenta es porque guarda interiormente la fe y la esperanza de que pueda ocurrir algo milagroso, algo diferente, algún tipo de conquista interior.

La valentía consiste en eso, en ser osados, en arriesgar, aunque por dentro sientas auténtico pavor. Es mirar el horizonte, otear el destino sintiendo la vida recorrer nuestro interior más profundo. Uno nunca sabe cuando será la hora de la extinción. Hacemos planes con cierto optimismo, como si en verdad fuéramos eternos y la partida en la que nos encontramos fuera a durar toda la existencia. Pero los valientes que por dentro tiemblan saben que en cualquier momento puede llegar el final. El final de todo, o el final de algo. En eso consiste la pérdida, en terminar algo, en acabar algo, en arrodillarnos, cuanto más crecemos hacia lo alto, con humilde inclinación.

Es la enseñanza del bambú. Cuanto más crece, mayor es su inclinación humilde. Uno puede crecer y acometer retos, pero mayor deberá ser su humildad para que los vientos no terminen por quebrar la obra. De ahí el miedo valiente, de ahí la osada predisposición a seguir adelante. Sí, seguiremos perdiendo, pero al hacerlo, algo quedará dentro, alguna enseñanza, algún amor, algún abrazo sentido y sincero. Algo quedó de todo, de ahí mi mayor agradecimiento a todas las pérdidas sufridas. De ahí mi ganancia.

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Un mundo en espiral


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Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos. (Fernando Pessoa)

Ese momento está llegando. La travesía espera conmovida los pasos que deberán llevarme hacia otros lares, hacia otras perspectivas y otras visiones. Me di cuenta en el último viaje al que me invitaron tras aterrizar de Ginebra. Hacía mucho tiempo que nadie me invitaba a viajar sin que tuviera que preocuparme de nada. Lo vi como una señal cuando no tuve que pensar ni adivinar hacia dónde nos llevaría la vida. Sólo subir al coche y disfrutar de los paisajes, de los nuevos caminos. No tenía que cavilar ni organizar, no tenía que detenerme sobre los detalles ni sobre el coste del mismo. Sólo buscar a ese niño interior y dejarlo disfrutar de todo cuanto ocurriera. Así lo hice. Fue tal el olvido que solo me acordé de meter en la mochila un saco de dormir y un pijama de franela. Olvidé el cepillo de dientes y la linterna. Olvidé incluso quién era y hacia dónde iba. Me olvidé de todo hasta el punto de que parecía otro.

Los campos verdes estaban protegidos por decenas de montañas que se entreabrían a nuestro caminar. Pronto llegamos a la frontera con Portugal y de allí seguimos algo más hacia el sur siguiendo las indicaciones. Allí estaba la Ecoaldea Espiral, un paraíso lleno de montañas, cascadas impresionantes, ríos con pozas cristalinas, arroyuelos que descargaban agua por todas partes. Plantas y árboles de mil formas y colores, animalillos que se cruzaban por las decenas de senderos que afanosamente cuidaban para que la naturaleza no engullera sus direcciones. Unos amables duendes cuidaban de toda esa exuberante belleza. Se habían convertido en guardianes del lugar, en protectores de un hermoso jardín que crecía asilvestrado por la fuerza del sol, del agua, de la tierra y del aire que golpeaba cada surco de realidad.

Es tanto el olvido hacia mí mismo que hacía tiempo que no escribía, que no me acordaba de seguir adelante con la aventura, con el espectáculo vital de la existencia. Pero en ese olvido ocurre el milagro del recuerdo del otro lado del nosotros, de ese halo invisible que resulta del contacto de nuestra alma con nuestra naturaleza más prístina. En ese recuerdo nos sentábamos junto al río, cerca de las pozas cristalinas, observando cada detalle de ese paisaje sublime. Luego cerrábamos los ojos y nos tumbábamos en cualquier roca labrada por el cincel invisible del agua chocando en la roca. El canto de los pájaros era pura poesía. El verde del musgo, la brisa recorriendo las minúsculas partículas de vida, el fuego que se aviva cuando emprendes la promesa de un mundo nuevo. Sólo debíamos dejar que la vida nos atravesara, sin intervenir, sin juzgar, sin pensar. Sólo dejar que los sentidos se deleitaran por un instante, sintiendo el placer de estar vivos, de estar despiertos al esplendor de la existencia. Siendo, sin hacer.

Era el momento de dejar allí las ropas antiguas. De olvidar el rencor, la miseria, la discordia, lo que quedara de rabia y desconfianza. Era el momento de emprender desnudo un nuevo viaje cargado de desapego, de disfrute, de alegría, de pasión, despreocupado. Era el momento de mirar hacia otra parte, de mecernos hacia un mundo desconocido pero nuevo. Se olvidaron los márgenes y osamos emprender el camino. El nuevo mundo se abre ahora a la aventura. Caminar, emprender, disfrutar. Ser en ese mundo de espiral que nos lleva de un lado para otro inevitablemente.

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La luna, un mundo moribundo y decadente


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Oh Tú, sustentador del Universo,
De Quien todas las cosas proceden,
A Quien todas las cosas retornan,
Revélanos el rostro del verdadero Sol Espiritual,
Oculto por un disco de luz dorada,
Para que conozcamos la verdad,
Y cumplamos con todo nuestro deber,
Mientras nos encaminamos hacia Tus sagrados pies.
(Gayatri)

Hay muchas personas que centran su atención en la luna. De hecho, hay muchos lunáticos que la defienden a capa y espada, que la adoran, que subyacen a su encanto poderoso y lumínico aferrándose a esa temeridad de entregar nuestras consciencias a lo desconocido. En ese arrebato de sincera entrega, olvidan la naturaleza propia de la luna, un astro moribundo y decadente, un lugar habitado por la muerte y lo oscuro. Esa fijación por adorar a la luna tiene mucho que ver con cierto mundo moribundo y decadente que vive entre nosotros. Me refiero al mundo materialista, al mundo egoísta donde lo que más importa, o diría que, lo único que importa, somos nosotros.

Olvidamos en estas añoranzas nocturnas todo lo que la Tierra y el Sol ofrecen de forma generosa, irradian de forma altruista y desprendida. La primera no sólo sostiene nuestras vidas, sino que las alimenta con alegría y las mantiene de forma extremadamente magnánima. Si nos fijamos, la Tierra entera es rica en todo tipo de suculentos manjares, vida y color. Ocurre lo mismo, a otro nivel, con el Sol, dador de vida, luz y calor. ¿Qué podemos decir sobre ese ser que ilumina a todos por igual, de forma totalmente incondicional, sin fijar su atención sobre nuestras miserias humanas? ¿Acaso no es ejemplo de mayor y superior generosidad? ¿Entonces por qué nos aferramos a mirar lo que está muerto?

Esto es solo una disección arquetípica. Si fijamos la atención en nuestra vida cotidiana, siempre damos importancia a cosas que están muertas, que carecen de vida, que no construyen nada positivo en nosotros. La lista sería interminable y no queremos entrar en detalles. Pero sí deberíamos, con suma atención, mirar donde condensamos nuestras energías, nuestras fuerzas. Más allá de nosotros mismos, hay un mundo por explorar que muchas veces reducimos a lo inmediato y lo cotidiano. Pero hay algo mayor a nosotros mismos, algo que viene de las entrañas de la propia vida, ese verdadero Sol Espiritual del que nos habla el Gayatri.

¿Qué tiempo dedicamos a esa verdad? ¿Qué tiempo de nuestras vidas dedicamos a observar algo que no sea nuestro propio ombligo? Hagamos la prueba desde que nos levantamos hasta que nos acostemos. Fijemos la atención. ¿Cuánto tiempo dedicamos, por poner algún torpe ejemplo, a mirar una flor, a hacer el bien a un desconocido, a abrazar lo que más amamos, a pararnos a escuchar música o simplemente a leer algún libro que nos ilumine algún tipo de curiosidad por algo superior o diferente?
Si nos observamos con detalle, solo pensamos en nosotros mismos. Nuestras conversaciones giran en torno a qué será lo próximo que vamos a comprar, o lo próximo que vamos a comer o vestir. Más allá de ese ámbito cotidiano, nuestras mentes cavilan, y para ordenar y comprender la vida reducida a ese mandato, miramos perturbados a la luna.

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Post Tenebras, Lux


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Aprende en el espacio de luz”, se nos dice con frecuencia. «Después de la oscuridad, espero luz«, me repito interiormente, como la frase latina que da lema a la ciudad de Ginebra, donde ahora me encuentro. Esto tiene que ver con la cualidad de nuestro interior, con aquello que brilla dentro de nosotros. Hoy paseaba por la hermosa rue de Marché y a la altura de la Place du Molard, junto al café de Longchamp, me detenía para observar al mundo. Me sentía como algo invisible, conservando la tenue luz que brilla dentro de mí, y observando detenidamente la luz brillante de los demás. Hay un farolillo dentro de nosotros. Esto es fácil de comprender si sopesamos aquello que nos diferencia con frecuencia de otros reinos. La consciencia nos hace discernir, pero también crear, reflexionar sobre la propia existencia, iluminar más allá de cualquier oscuridad. Esto es considerablemente una puerta hacia algo mayor.

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En la pequeña bahía del lago Lemán, frente a la pequeña isla de Rousseau, navegaba un hermoso barco de época, el Savoine. Puedes degustar un sabroso menú mientras surcas las orillas del gran lago suizo. Me hubiera gustado subir y flotar sobre las aguas dulces y transparentes. En Ginebra todo parece idóneo. Las gentes visten bonitas ropas, llevan suculentos vehículos y miran constantemente en los espejos de móviles de última generación. Parecen felices en este espejismo glamuroso del tener cuando tras una larga jornada deciden parar para tomar algo junto al lago. Sus rostros parecen perfectos mientras fuman algún pitillo. Son ideales en cuanto a la exquisitez material. Pero miraba sus lámparas escondidas y éstas brillaban tenuemente, de forma parpadeante. Lo idóneo exterior enterraba la luz interior. Por eso la meta-idoneidad tiene que venir en un sentido de justicia y equilibrio, debe abordar todos los aspectos humanos sin descuidar ninguno de ellos. La perfección material debe venir acompañada de una perfección moral en el cuidado de la vida, de las emociones, de los pensamientos, también de nuestra naturaleza superior, esa que nos conecta inevitablemente con el Misterio, con lo inalcanzable. De esa manera, la consciencia se siente calma, pero sobre todo, útil.

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Continué el paseo de un lado para otro, observando toda la belleza exterior e inundando mi mirada de aquellas montañas que se veían verdes al fondo. Mantener los pensamientos puros es el mejor desinfectante y el mejor tonificador para una vida dulce y amable. Mirar las montañas, respirarlas, forma parte de esa depuración. Un corazón noble pide ansiosamente dar un paseo por entre bosques y ríos. Por eso apresuré mi marcha hacia el bosque que separa las oficinas del apartamento donde ahora resido. En el bosque paré un rato, respirando profundamente el mantra de la naturaleza. Mi cuerpo sentía cierto equilibrio, cierta salud al penetrar la belleza natural. En la naturaleza uno puede predecir mejor su destino. Y el mío está interconectado con muchos lugares verdes, con bosques, ríos y montañas. Es el destino de todo peregrino del alma, de todo aquel que más allá de las formas y las distracciones, enfoca parte de su vida hacia las cosas de la lámpara maravillosa, de la vida milagrosa, del arte de vivir en paz con la consciencia que dicta convencimiento y aspiración.

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Tras las tinieblas viene la luz. Es el lema de esta ciudad. Es hermoso entenderlo cuando atraviesas un momento de oscuridad y de repente ves el mundo lleno de luz y esperanza. Me siento así, en esta hermosa metanoia que está cambiando positivamente mi vida. Ginebra me recuerda ese paseo doloroso por las tinieblas más oscuras, pero también me anima a seguir trabajando en pos de un mundo mejor. La música de los pitagóricos al amanecer renace de nuevo. La luz se manifiesta de forma consistente en todo aquello que atraviesa los nuevos jardines humanos. La luz siempre vence. La luz siempre nos alcanza. Luz, más luz, se reza en todos los templos. Y Goethe lo reclamó antes de morir. Y así lo reclaman los que mueren dos veces en vida. Luz, más luz, siempre luz.

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¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?


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“Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que el hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vigile. Velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, o al cantar el gallo o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos digo: ¡Velad!”. Mc. 13, 33-37.

Decían los antiguos que la primera iniciación era claramente identificable. La alcanzaban de forma real todos aquellos que de alguna forma tenían pleno dominio sobre la materia y el cuerpo. No les era difícil renunciar a todo, practicar profundamente el desapego y vivir una vida completamente desarraigada. Los votos de castidad, pobreza y obediencia eran algo común en ellos. Tenían pleno dominio sobre aquellos aspectos de la vida que al común de los mortales les mantenían distraídos, atrapados, cegados en la caverna del tener. Por eso en la simbología, el nacimiento en la cueva quiere expresar este aspecto de dominio sobre lo tosco y lo oscuro. El Camino Rojo empieza aquí su andadura, atrayendo a las mieles del desapego y al amor por la naturaleza como principio resultante de la búsqueda de lo sutil, de lo etéreo, del aspecto vida.

Desde las profundidades del Camino Rojo vino un ser de la tierra. Se les reconoce porque hablan muchas lenguas y allí, junto a las aguas del Jordán y del Mar Muerto, entre Galilea y el Desierto, vino a mi rescate. Con su mano arraigada penetró lo más oscuro y me alzó hasta un lugar seguro. Ese ser que habla las lenguas, hija del Camino Rojo, aquellos que aún adoran los dioses lunares, me sacó de la oscuridad y me llevó frente a la estrella flamígera. Refulgente, llameante, me marché del desierto. La primera prueba, la de la oscura tierra había terminado, y rodeado de mares, tocaban las siguientes.

La sacerdotisa del Camino Rojo, el Camino de la Tierra, desapareció. Se la tragó la oscuridad del bosque y no volví a saber más de ella. El inframundo del que venía la atrapó en su calendario lunar y allí encontró la luz ilusoria donde las tinieblas se pueden fácilmente apoderar de uno. Ella me rescató, cumplió con su parte del plan y se marchó. Así que, abandonando el desierto, cubrí con mi capa la invisible enseña y fui a por la siguiente prueba. Llegué hasta las frías tierras del Norte y allí me esperaba la segunda sacerdotisa, esta vez, miembro activo del Camino Naranja, el Camino del Aire, de la vida, de lo etérico.

Con ungüentos de flores y plantas estabilizó mi campo etérico. Con sus cuidados y en las profundidades del hogar consiguió calmar esa vida que reclamaba paz y serenidad. Encontré cierto equilibrio en la prueba del aire hasta que decidí volver al Mediodía.
Anduve por el Camino durante días y noches hasta que la muerte iniciática me sobrevino en algún lugar. Muerte y resurrección. En ese instante el silencio se apoderó de mí mientras las aguas se calmaron. La tierra, el aire y el agua, consolidadas y rescatadas, me pedían silencio, y así lo hice hasta que apareció la tercera sacerdotisa, la del Camino Amarillo, la del Camino del Agua, y la segunda iniciación tuvo lugar.

Descendiente de la tribu de los Esenios y discípula directa de aquel que bautizaba a los ungidos, decidió llevarme hasta la cascada y el río para purificarme con esta tercera prueba. La prueba del agua fue hermosa y profunda. Caminé sobre ellas tras desprenderme del tedioso fango. Tras el bautismo, la calma y la serenidad, el equilibrio y la armonía volvieron a reinar dentro de mí. El campo de deseos y las emociones volvieron a su centro y todo empezó a integrarse en su correcto lugar.

Tras un largo mes de silencio, vuelvo de nuevo para seguir cumpliendo con mi parte, para seguir llevando de la mano a ese niño dorado que espera la luz del nuevo día. Me adentro en el Camino Verde cargado de paciencia, humildad y paz. Muerte hermosa y resurrección. El Camino será largo, pero ahora el caminar será bello, fuerte y sabio. En la serenidad de Ginebra, desde donde ahora escribo, me encuentro feliz y recuerdo aquellas palabras: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

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Muerte y resurrección en el Camino. Segundo día. Sarria-Portomarín


 

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No se puede hablar del mundo si no se sale al mundo. No se puede hablar de la miseria si no has sentido miseria, ni de la riqueza si algún día no abrazaste la fortuna. No se puede escribir sobre una flor si nunca te has detenido a observarlas al borde de cualquier camino. Me atrevo a compartir las experiencias que vivo no porque las invente, como hacen magistralmente los literatos, más bien porque las vivo, las siento, y si hablo de una estrella, me permito hacerlo porque antes estuve observándola en cualquier cielo, detalladamente, sigilosamente, en silencio.

Y ahora, siguiendo la estela pasada, sigo practicando los Caminos, porque no es lo mismo hablar del Camino desde cualquier butaca que hacerlo cuando aún tienes los pies doloridos, cuando estás recién llegado tras sortear la aventura de caminar, a veces con cierto desmayo, entre bosques, montañas, valles y sendas mágicas. Me atrevo a compartir en palabras el jugo y el néctar del aliento, del silencio, de la brisa cuando golpea el rocío de una cara cansada. Me arriesgo a veces a equivocarme, o a no caer bien a unos y a otros cuando lo que expreso lo hago desde el dolor o la rabia, desde la discrepancia o la inteligencia acomodada a la rebeldía. Disiento, normalmente, por naturaleza, ante la hipócrita posición de no arriesgarnos por pudor, por cobardía, por el qué dirán. Disiento ante la vida que no se vive, por eso peregrino, me lanzo a los caminos, para decir por ahí que hay más vida de la que podemos abarcar, que hay una sublime urgencia de actuar, de vivir.

Hoy era mi segunda jornada, hoy es la previa transición a mi propia revolución solar. Era una jornada de reflexión, de recordatorio de las lecciones aprendidas en este duro año, quizás uno de los años más duros que recuerdo. Ha existido una muerte real, quizás una muerte enclavada en el cuerpo emocional, una especie de profunda iniciación. Sentir las diferentes formas de muerte puede ser un buen ejercicio para enfrentarnos conscientemente a la prueba final, esa ineludible prueba a la que nos enfrentaremos todos tarde o temprano, por motivos de azar, de la mala suerte o de prudente y necesaria higiene vital. La muerte siempre es regeneradora. Y admito que interiormente, me siento resucitado, regenerado. Bajar a los infiernos, como hizo el del madero cuando fue clavado y asesinado por la turba, es algo que se puede sentir en vida. Subir y ascender también es posible, y en este Camino que emprendo en esta nueva revolución solar quizás sea un ascenso hacia cuotas de visión mayor, de profunda renovación interior.

En esta segunda etapa he sentido el dolor. Por un lado, el dolor al recordar, al hacer balance, de todo este periplo ingenuo. Visto con distancia, me alejé excesivamente de mí mismo y he pagado un duro precio. Luego sentía el dolor físico, las lesiones pasadas que de nuevo aparecen una y otra vez para recordarnos que los daños sufridos siempre quedan ahí, a la espera de una siguiente prueba. No deja de ser curioso que las lesiones por diferentes motivos que sufrí en mis aventuras de mis tres últimos Caminos de repente sobresalgan para recordarme sus enseñanzas, para infringirme la desdichada condición de la experiencia.

Este camino es solitario. Observo a las almas bonitas pasar. Me siento a su lado, pero siempre en silencio. Luego las dejo marchar sin mediar palabra, solo una agradable sonrisa cómplice. Observo que hay muchas almas errantes, que van y vienen buscando el sentido a la vida. Observo con cariño el sentido profundo del peregrinaje que algunos emprenden en sus vidas. Y con respeto y admiración abrazo todos sus caminos, todas sus pruebas, todo cuanto surge desde sus dimensiones secretas. La soledad también es una llama y a ella me debo en esta experiencia. Muerte y resurrección. Mañana será un día importante en mi biografía personal. Vuelvo a morir, vuelvo a nacer. ¡Buen camino le deseo al ser que se exprese en este nuevo año!

  • Mañana es mi cumple, se aceptan regalos aquí abajo. Un café, un almuerzo, cualquier cosa que sirva para seguir adelante. Gracias de corazón. 

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Resurrección


 

Ayer no pude ir a ninguna feria del libro para firmar libros. Estoy en cama, con algo de fiebre, y con pocas ganas de casi nada excepto de dormir, descansar y ayunar. Después de estos días intensos de amistad y celebración, supongo que los cambios de temperatura (ayer estuvimos a cero grados y hoy no subimos de cuatro) y el cansancio han hecho mella en mi cuerpo. Aún así me encuentro feliz por haber estado con tantos amigos que vinieron para pasar un tiempo juntos. Ahora con esa extraña sensación de soledad cuando todos se han marchado y de nuevo, ese constante enfrentamiento al reto de seguir adelante. Como decía, no podré estar en ninguna feria del libro pero os puedo enviar un libro firmado de mi autoría. Ya sea para vosotros o para un amigo y así puedo decir eso de que he venido a hablar de mi libro. En este enlace podréis encontrar todos mis libros:

http://www.editorialdharana.com/autores/leon-gomez-javier?sello=nous

La primavera es resurrección. Por eso en la tradición cristiana se recupera ese mensaje de esperanza que siempre transcurre en estas fechas en las que la vida vuelve a presentarse triunfante y majestuosa. Desde la ventana de esta pequeña cabaña puedo ver como los árboles se visten de verde, como las flores se ponen sus mejores galas y como la tierra salpica de vida cada rincón. La muerte del frío invierno es vencida, una vez más, por la vida eterna. El mensaje crístico desenmascara simbólicamente esa ilusión mortal, elevando nuestra visión hasta las altas cumbres, hacia nuestra parte divina, hacia nuestra esencia más espiritual.

Decía Platón en su Stollicae: “Conoce aquello a lo que has llegado, después considera mediante el intelecto lo que has adquirido”. Pensándolo con calma, puedo decir que he llegado a una primavera fría, al menos en lo que respecta al plano emocional. Han pasado estos días hermosos seres capaces de subliminar la vida del más despistado de todos, pero notaba que mi corazón estaba lleno de frialdad, de miedo, de cerrazón, distante, apagado. No tengo ganas de abrirme al amor, ni al deseo, ni a la complacencia del compartir íntimo. Tras los traumáticos hechos vividos en este frío invierno de auténtica muerte personal, he adquirido cierta experiencia que ahora debo reflexionar con calma y distancia. Y aunque por un momento pensé que en la primavera estaría preparado para albergar la esperanza del amor, me doy cuenta de que eso en este instante no es posible. Ni tampoco especialmente deseable. Me siento bien así, en soledad, tranquilo, en paz. Sin tener que demostrar nada, sin tener que aparentar nada, sin tener que hacer nada especial. Si el amor tiene que llegar, llegará, pero nunca más lo forzaré, ni me dejaré llevar por ningún acontecimiento caprichoso. Creo que el mundo de las relaciones es suficientemente complejo como para dejarlos de la mano de un calentón, de un momento de ilusión o de una estúpida decisión que luego pueda acarrear tanto disgusto. Calma, serenidad, distancia. La soledad también puede ser una llama, como decía el poeta.

Mi resurrección personal, por lo tanto, para este año, supongo que pasará por intentar reordenar todo el caos de este invierno, especialmente en el plano material. Intentaré, con fuerza y contundencia, recuperar lo que me pertenece sin afligirme ante el chantaje, el abuso o el egoísmo que estoy recibiendo. Mi gran enseñanza está en proteger lo que me pertenece, en luchar por lo que tanto me ha costado conseguir. Necesito ordenar mi vida económica y para ello lucharé hasta el último céntimo. Mi generosidad ha sido excesiva y ahora estoy viviendo en mis carnes sus consecuencias. Los que he dejado que abusaran de mi exceso de generosidad comprenderán que he cambiado, y a partir de ahora, seré más prudente y contundente conmigo mismo y comedido con los demás. Me causa mucha tristeza ver como mi generosidad se traduce en abuso, en crítica y en destrucción. No puedo consentirlo, excepto con los corazones agradecidos, aquellos que se arrodillan ante la inmensidad y dan siempre gracias.

La resurrección también es espiritual. Quiero alejarme del egoísmo y vencer los miedos que ahora me susurran como fantasmas del pasado. Seguiré trabajando, ocultando y protegiendo junto al dios Apolo nuestra parte más divina, para evitar así que el mundo sea devastado por la ignorancia, el miedo y el egoísmo. No me cansaré de recordar una y otra vez la frase que albergan muchos templos consagrados a la vida: «Dios estableció en la fuerza, sólidamente, el templo». Es a esa fuerza a la que debo aferrarme ahora, en este momento de fragilidad, para seguir adelante, una y otra vez. Resurrección.

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Cuando todo arde


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Hace tres años ardía el corazón de un buen amigo. Su llama se apagó en la tierra y nació un brillo allá en el cielo. Durante estos años lo hemos imaginado amable, sonriente, tocando un arpa en algún lugar de alguna de las dimensiones celestes. Un hombre bueno nunca muere en los corazones que iluminó. Por eso sigue vivo, en el recuerdo de los que lo conocimos, en las lágrimas de los que lo lloramos. Arde su llama en nosotros, y esa poderosa lumbre seguirá ahí mientras el recuerdo siga vivo. Su ejemplo nos hizo mejores, y eso será algo que algún día podremos transmitir a los nuestros. Si la bondad es contagiosa, la plaga seguirá su curso hasta que todo ser humano se llene de misericordia y humanidad. Los hombres buenos nos hacen mejores, nos iluminan, nos inspiran, nos dan la esperanza del futuro.

Hace hoy justamente tres años viajábamos inocentes, recién nacidos en el amor, hacia la tumba de ese buen amigo. Uno siempre piensa, en esa ingenua llama que arde dentro, que el amor durará para siempre, que el celo, que la vida nos une para permanecer ardientes toda la existencia. Nunca pude imaginar que esa llama terminaría por un malentendido, por una mala gestión de emociones y hechos fortuitos que pusieron a cada cual en un lugar extraño. Pero así es la vida y sus avatares. La vida siempre es sabia, y sabe cuando el amor se agota, cuando el amor debe pasar a otra fase.

Hoy recibí noticias de un ser querido perdido en los bosques. Andaba preocupado y por fin dio señales de vida. Continua su viaje, que suena a despedida o reencuentro, nunca se sabe. Viendo como la llama arde en el consuelo de las almas, siento agradecimiento y paz. Al menos sé que está viva, al menos sé que si no halló el amor en su errante marcha, en alguna parte lo encontrará. Mi llama sigue ardiendo, ya sin importar ser o no ser correspondida, porque ahora entiendo que lo importante es amar sin importar el sujeto amado. El amor es un llamamiento para entender que la vida no puede ser atrapada, que todo se purifica una y otra vez en los arrebatos de lo indecible. El amor nunca palidece, permanece latente a la espera de una respuesta, de un abrazo, de un retorno, de ese gesto que aviva como un soplo las brasas perennes.

Cuando llegué a casa tras una jornada abrasadora de noticias y acontecimientos, como si no hubiera sido suficiente, veo las imágenes de París ardiendo en su corazón. Notre Dame, mi querido y añorado templo, ardiendo en llamas. No me lo podía creer. No lo quería creer por toda la carga simbólica de lo que realmente estaba ardiendo. ¿Arde París? No, no es la pregunta histórica la que encierra la respuesta. Es algo mucho más profundo e incierto. Cuando todo arde, uno ya no sabe a qué aferrarse. Bueno, quizás sí, al hombre bueno que nos dejó hace tres años, al amor imposible, al amor, siempre al amor… Pero sobre todo, a la esperanza de que esas paredes, de que esos muros de piedra pulida volverán a levantarse una y otra vez. Como el amor. Así es el ser humano… Indecible, confuso, perdido, pero lleno de fe y esperanza.

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Mi voz no es mi voz


 

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Es difícil verlo, pero a la entrada de este lugar hay un pequeño templecito natural representado por tres columnas: belleza, fuerza y sabiduría (cipreses) y las columnas J y B representadas en la entrada del templo natural por dos árboles de acacia. También encontramos la piedra bruta y la piedra tallada entre las columnas-cipreses… Dentro de la casa, las tres grandes columnas son impresionantes. 

Fue hermoso después de mucho tiempo poder volver a comer con una de las fundadoras del proyecto. Estuvimos hablando apasionadamente de todo lo que aconteció en aquellos primeros años de “magias” y “milagros” dónde ocurrió de todo hasta que llegamos a construir este lugar. La sobremesa se alargó durante cuatro horas porque eran muchos los temas a tratar. Me gustó su fuerza y apoyo en todo este proceso. Me hizo ilusión ver que guardaba con cariño y buen cuidado el que fue mi “hotel Prius” y que en su nueva vida junto al mar había retomado la calma y la paz. Hablamos de los progresos materiales del proyecto pero también hablamos de lo difícil que era progresar espiritualmente. Esta cuestión fue de suma importancia en la conversación y me hizo ver la necesaria colaboración con lo inevitable. Ella había puesto en práctica lo que juntos aprendimos sobre la importancia del decoro, de la belleza, de la armonía, del orden, de la limpieza. Pude ver sus espacios con un equilibrio exquisito, y eso es reflejo de lo que en su vida interior ahora disfruta.

Nada más despedirme de ella, aproveché que estaba en la gran ciudad y fui a un gran centro comercial para comprar siete grandes velas. A mi vuelta de estas largas vacaciones observé que el pequeño templecito de la ermita había sido iluminado por unas pequeñas velas rojas. Todo son símbolos y arquetipos, así que intenté hacer un acto de psicomagia comprando siete grandes velas, reflejo de que a partir de ahora intentaría prestar más atención a la parte interior de todo lo que aquí hagamos, tal y como hacíamos al principio de todo. Subir la vibración del lugar, y de las personas, y de todo lo que aquí realicemos para que el propósito que perseguimos deje de ser un sacrificio y se convierta en algo hermoso y dulce. Siete velas puede ser un buen comienzo. Solo un pequeño acto, un sencillo gesto para empezar a transmitir el verdadero propósito.

Tras terminar la compra me escondí tras el coche en el parking del gran almacén y me cambié de ropa. Me puse el traje negro, la corbata, los zapatos y toda la indumentaria que la noche de ayer requería. Fui hasta ese lugar secreto cuyo emplazamiento solo los hijos de la viuda conocen y allí permanecí hasta más allá de medianoche. El Segundo Vigilante, es guardián y conservador del Orden y del Silencio en las Columnas del templo, y me tocó representar esa hermosa figura, mirando atentamente el septentrión y observando que el orden y el silencio reinara generosamente entre la fuerza, la sabiduría y la belleza.

A veces me transmitían la voz, pero como vigilante, era capaz de entender que mi voz no era mi voz… mi voz es el eco de miles de voces que vienen de lejos. Lo hermoso de transmitir cierta tradición, sea la que sea, es esa sensación de no ser protagonista de nada, sino simplemente un eslabón más en la infinita cadena áurea. Una voz que no es mi voz, sino como dice la tradición, el murmullo sereno y fraterno de un árbol de seres nacido y crecido en el tiempo… y todas esas ramas y todos esos frutos maduran en torno a la raíz de su verbo. Realmente el de ayer fue un día hermoso y pleno. Cargado de inspiración, de amistad, de fraternidad. A las tres de la madrugada llegué a la pequeña ermita, algo cansado y dormido. Dejé una de las siete velas en su centro y el resto las puse en lugares que deben retomar la serenidad. Volverá la luz, siempre más luz.

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La satisfacción del éxito conjunto


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Así me ha recibido Galicia, con lluvia y nieve…

Aún dudaba qué hacer por la mañana, pero un pálpito irracional me pidió que siguiera el camino. Me hubiera gustado asentarme un rato, disfrutar más de las tierras del sur. Ahora me doy cuenta de que es un privilegio tener una casa allí abajo. Un lugar donde siempre puedes volver. Como el privilegio de poder ir a Barcelona o el poder asentarme de nuevo en esta pequeña cabaña. Aquí es donde estoy ahora tras diez horas de viaje.

En Galicia hace frío. Nada más entrar por los Ancares y el Courel las temperaturas descendieron de golpe. La nieve dibujaba un paisaje hermoso y la lluvia daba a la tierra su dosis de humedad. Me hubiera gustado desviarme en el camino a Portugal y encerrarme en alguna tienda de campaña en algún bosque perdido, pero el coche, de nuevo averiado, no anda para muchos trotes. Esto me recuerda que un caballero andante como yo no puede vivir sin un rocinante adecuado, así que intentaré ponerme al día con todo y volver a recuperar el galopar que tanto me caracteriza. Es extraña esta sensación de no poder viajar libremente como hacía antes. Debo recuperar esa oportunidad perdida.

Ahora ya no lo pongo en duda. Mi naturaleza más profunda necesita moverse, viajar constantemente, ver a unos y a otros, compartir, descubrir, mirar con asombro cada detalle del paisaje circundante. El viaje en sí mismo es un auténtico disfrute y aprendizaje. Puedes entrar en meditación continua, en trance, en comunión con todo. Cada metro andado es una forma de entender el mundo. Siempre diferente, siempre cambiante.

En unos días vendrá la Semana Santa y nueva gente nos acompañará en este lugar inspirador. La belleza fluorescente propia de la primavera empieza a entreverse en estas montañas y bosques del Courel. Las flores, los olores, los colores intensos prometen un año de bienes, de bonanza, de compartir. Este lugar es una invitación intensa para experimentar la vida. Y si esa invitación viene acompañada de cierta sensibilidad, la vida entonces se muestra radiante en todas sus manifestaciones, con todos sus mundos, con todas sus miríadas de vidas.

A pesar del cansancio de estos años, ahora tengo unas ganas tremendas de seguir descubriendo gente. Pero esta vez, solo para observarla silenciosamente. Verlos pasar, intentar imaginar sus inquietudes, descubrir sus almas, adivinar sus propósitos. Tengo ganas de sentarme un rato al borde del camino para reconciliarme de nuevo con la urgencia de actuar. Los descansos son necesarios, pero solo para entender el magno trabajo aún por hacer. No me refiero al trabajo egoísta de pensar en nosotros mismos, sino al trabajo de ser partícipes de aquello que nos configura como humanidad. Si tienes esa visión, la utilidad de hacer cosas se vuelve profunda y con sentido. Cuando uno logra éxitos para sí mismo siente cierto grado de satisfacción, pero cuando la conquista del éxito es para todo el conjunto, la satisfacción no tiene límites.

Al llegar esta tarde a este rincón del mundo, he sentido ese bienestar de estar cumpliendo con cierta tarea, con cierto propósito mayor a uno mismo. Y al llegar a la cabaña y encender el fuego para que se calentara un poco, he visto como de cada llama surgía un hermoso halo de agradecimiento. Cuando somos partícipes de algo mayor a nosotros, ganamos nosotros, pero también gana toda nuestra raza humana. No importa lo que hagas, no importa con quién lo hagas, lo importante es ayudar, compartir, crecer juntos. Uno siempre siente dudas, pero cada vez resulta más clara la luz que llega dentro de nosotros para entender el significado profundo de la existencia.

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La casa de los cristales


Beatriz intentó comprarla hace unos años. Era la casa estilo bauhaus que impresionaba a todo el mundo. Allí en el pueblo la conocían como la casa de los cristales, o también como la casa del escritor, un tipo extraño que estuvo viviendo allí unos años y se le ocurrió hacer una casa siguiendo las directrices del número de oro y la geometría sagrada. La construcción aurea tuvo su apogeo en 2012, cuando, ante mis continuadas ausencias debido a mis viajes, cedía el espacio de forma gratuita a grupos de meditación. De ahí que se llenara todo de camas y los espacios tuviera ese aire newage que ayudaba a mantener un clima de equilibrio y relajación. El cálido sol del sur hacía el resto.

Eran tiempos divertidos, de mil aventuras y cientos de experiencias extrañas, diferentes, sutiles. Tener la editorial en el sótano y la vivienda encima de ella hacía que se crearan encuentros con gente de todo tipo que venía desde lejos o cerca para intercambiar algún tipo de relación. El principio del fin fue cuando me enamoré de una hermosa aristócrata y me marché a vivir a Madrid. A mi vuelta, tras el fin de la relación y en plena crisis económica, las cosas empezaron a marchar mal en todos los aspectos y tuve que deshacerme, con cierta pena, de la casa, de mis ahorros de toda la vida y de una etapa que terminaba con cierto sabor agridulce.

Años más tarde hemos editado un libro a Beatriz, la cual me contaba estos días en la feria del libro su amor por esa casa que estuvo a punto de comprar. Qué sincronías extrañas. La verdad es que al ver su brillo en los ojos me removió por dentro. Tanto esfuerzo en esas paredes, tantas ilusiones, toda una vida puesta en esos ladrillos en plena sierra andaluza. La práctica del desapego siempre está ahí, latente, hasta que hoy me escribió la actual dueña de la casa, Carmen, una hermosa mujer por dentro y por fuera que constantemente me invita a habitar esa casa que dice, sigue siendo mía, aunque los papeles digan lo contrario. Qué hermosa esa relación de desapego, la suya y la mía, y de generosidad absoluta.

Y luego la vida, y mis amigos abogados diciendo que tengo que terminar mi relación mercantil (la emocional ya terminó, por suerte) con las propiedades que aún tengo con mi ex muy cerca de Santiago. Como la sinrazón se apoderó de todo y de todos y no hay comunicación posible, me dicen los abogados que hay que ir a pleito, a juicio, y cuanto antes mejor. Supongo que los abogados saben de estas cosas, y no habrá más remedio que buscar ese juicio justo donde se reparta de forma justa el lote de pisos. La cosa común tiene que dejar de serlo si ya no hay ningún tipo de relación, ni interés por mantener ningún tipo de vínculo de ningún tipo, ni afectivo, ni mercantil ni de mera amabilidad, que digo yo, sería lo mínimo que una persona debería mantener con otra cuando durante un tiempo fueron casi almas gemelas. Como tengo que seguir practicando el desapego sobre los éxitos y las pérdidas, pues asumo el reto y delego a la vida lo que tenga que ser.

La conclusión de todo este proceso de equivocaciones continuas es que ya no tengo ánimo para más casas, ni para más relaciones de ningún tipo. Las traiciones sufridas en los últimos tiempos han sido ya suficientes para el ánimo y mi propio carácter. Darlo todo para recibir desprecio y egoísmos y traición ya no va conmigo. Me rindo. Viviré hasta donde pueda en la pequeña cabaña, escribiendo, paseando taciturno, solitario. Ya no deseo que me rescaten ni rescatar a nadie de esta soledad tan desolada. Solo deseo estar tranquilo, dándole de comer a los pájaros y viendo como la naturaleza sigue triunfando a pesar de todo. La casa de los cristales fue un error y un fracaso del cual no aprendí, viendo mi confianza en el ser humano y en el amor que puse estos últimos años en personas egoístas, desagradecidas y dolientes. No escarmiento. Ahora resulta que soy dueño de otras casas que no puedo habitar y de las cuales se está haciendo un uso abusivo, con la complacencia del egoísmo más absoluto. La cosa común, dicen. Pues nada, al César lo que es del César, y que sea lo que Bios quiera.

(Hoy me he encontrado este video de la Casa de los Cristales que me ha rememorado viejos tiempos). 

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La gran huida


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La lectura es una buena fórmula de evasión

«La libertad, al fin y al cabo, no es sino la capacidad de vivir con las consecuencias de nuestras propias decisiones». James Mullen

Siempre he sido un gran aficionado a las fugas. Me he fugado de muchas cosas, de muchos lugares y de muchas personas. A veces, de forma consciente, otras, de forma loca, sin razonar, con sus consecuencias. Mi primera gran huida, mi primera gran fuga fue del ejército. Me declaré primero objetor de consciencia y más tarde insumiso al servicio militar por motivos éticos. Estuve cuatro años en caza y captura, así que me fugué al sur de España, donde cada pocos meses cambiaba de domicilio para evitar los dos años, cuatro meses y un día de cárcel por el delito de rebelión. De los diferentes grados de insumisión que había según la estrategia a seguir, yo pertenecía al grupo conocido a veces como los «invisibles», el cual se declaraba insumiso a los tribunales y no acudía a las citaciones y mucho menos a las órdenes de ingreso en prisión. Sobrevivíamos en la clandestinidad con órdenes de busca y captura pesando sobre nosotros hasta que en ocasiones éramos localizados y detenidos. Mis cuatro años escondido en el sur de España evitó la captura y la prisión hasta que se declaró la gran amnistía. La insumisión de aquellos días fue un importante movimiento de desobediencia civil al que tuve el honor de pertenecer. Eran otros tiempos.

Mi segunda gran huida tuvo que ver con el trabajo. Mi excesivo espíritu libre me impedía mantener una relación normal con el ámbito del trabajo asalariado. No soportaba las injusticias, ni la explotación, ni el abuso, así que duraba poco en las empresas. Creo que mi récord estuvo en dos años continuos, tiempo suficiente para darme cuenta de que lo mejor que podía hacer era ser mi propio jefe. Por eso me hice autónomo o pequeño empresario. Así solo tenía que rendir cuentas a mí mismo. Sin amo, sin patria y sin Dios. Esas cosas que uno piensa cuando se vuelve existencialista.

Mi tercera gran huida siempre ha sido con las relaciones de pareja. Normalmente, cuando notaba que la otra parte recelaba, o dejaba de estar enamorada, solía huir, desaparecer. Nunca fui capaz de pasar a la fase de responsabilidad y de compromiso que todo proyecto a largo plazo requiere, inclusive el emocional. Nunca fui capaz, quizás por orgullo o decepción, de abordar una relación con cierta seriedad. Y cuando lo he intentado, he fracasado estrepitosamente. Por eso nunca tengo relaciones estables ni duraderas en el tiempo. ¿Quién iba a soportar a alguien que siempre huye de los anillos de compromiso y las servidumbres maritales? Mi especialidad es hacer creer al otro que son ellos los que huyen. Como gran saboteador de relaciones, no son ellas, soy yo. Me marcho, desaparezco mientras que los otros creen que son ellos los huidos. Pido perdón a las fugadas. Lo siento, pero soy irreductible.

La otra gran huida es espiritual. Tiene que ver con ese “fuga mundi” o “contemptus mundi”, ese claro desprecio hacia las cosas mundanas, esa búsqueda constante de cierta serenidad interior sin trabas y sin ningún tipo de distracciones con los apetitos materiales y las conexiones emocionales febriles. La espiritualidad, para muchos, nos sirve como acicate para no adentrarnos como personas adultas y responsables en los asuntos de la materia. Por eso también huimos de la familia, de las patrias o de cualquier cosa que nos ate a algún tipo de estatus, ideología o creencia. Mi espiritualidad en ese sentido es un poco ácrata. Se revela de forma hilozoista, invisible, energética, pero no sólo hacia fuera, sino también hacia dentro, y viceversa. Sin credo, sin Dios determinado, sin obispado al que rendir cuentas. A mi aire, en el aire. Sutil y manejable solo desde lo más esotérico. Desde lo más inaccesible. Lo arquetípico, lo oculto, lo mistérico.

Sea como sea, observo que mi vida se podría resumir en una gran huida. Siempre huyendo de las responsabilidades, de los compromisos, de los retos, de los problemas y circunstancias que esta maraña de enjundias crea en nuestra realidad. Por eso me gusta tanto viajar, porque es vivir en esa constante huida. Por eso me gusta ir a mi bola, esconderme en una meditación constante sin tener que dar la cara ahí fuera. Por eso mi refugio en los bosques y por eso mi afán por no tener dinero, así no tengo que acarrear con las diez mil cosas con el que el dinero te compensa inevitablemente.

Pocas cosas son capaces de atarme. Pocas cosas son capaces de llenarme de compromiso y responsabilidad. Pocas personas han sido capaces de entender la importancia suprema de permanecer en lo bueno y en lo malo en este constante espíritu libre. Por eso, cuando en lo malo alguien huye, se abren las puertas del campo y se tienden puentes de plata. Y a aquellas que pese todo han conseguido permanecer, y no han huido, encuentran entonces la eterna recompensa en el lazo místico. Allí nos vemos, valientes. A los huidizos, los comprendo y les doy alas. Que les vaya bonito.

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Luces del sur… o el régimen del solitario


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Ese hijo de plateros también pensó en la utopía. Ibn Bayya expuso su utopía social y filosófica en un tratado que llamó El Régimen del Solitario, describiendo una ciudad ideal, al-madina al-fadila, nacida de una clara inspiración platónica. La utopía tiene mil sabores y lugares. Es como esa luz del mediodía, tan próxima a ese especial paralelo donde los rayos etéricos tienen mayor efecto en los contornos sensibles. Cuanto más te acercas a ese mediodía, a ese paralelo, mayores son las luminarias, la clara luz, la belleza etérica del mundo invisible manifestado en la belleza natural de los paisajes. En estas fechas, a la luz hay que añadirle el olor a azahar de estas tierras. Es un olor hechicero, sublime, seductor. Cuando paseas por los pueblos blancos, en la sierra teñida por talentosos morenos que deambulan de aquí para allá, percibes que este lugar es diferente al resto de lugares. Es en sí misma una utopía, un lugar ideal.

Apenas llevo un día y el alma se esmera por ordenar todos los recuerdos. Sin darme cuenta descubro que aquí he pasado parte de mi vida. Mis orígenes sureños me trajeron por casualidades de la vida a vivir en dos ocasiones por estos lugares. A pesar de los orígenes, siempre me sentí un extranjero, un extraño, un incómodo habitante con ideas de ciudad cosmopolita y norteña que intentaba inculcar otras formas de ver el paisaje, de sentir su luz, de percibir a sus gentes. Siempre me sentí un solitario, algo incómodo e incomprendido en todas las tierras donde viví. Algo que no gusta, que crea desconfianza por esas ideas tan diferentes a los contornos nativos.

Nacido en tierras mediterráneas, en Barcelona, de familia originaria de Sierra Morena, vivo en el septentrión galaico y convivo siempre con el corazón entre Malasaña, las Highlands escocesas y los campos del valle del río Elba. Una mezcla extraña que discurre estacionalmente entre siete entidades intangibles, entre siete estados del ser que se identifican cada uno con un territorio determinado, arquetípico. El séptimo aún no ha llegado, pero lo intuyo en alguna planicie futura, en algún régimen solitario.

Alguien diría que tengo sangre gitana, más ahora que empieza mi andadura de feriante, o de feria en feria con tal de liquidar el gran stock de libros que llevo acumulando desde hace más de una década (por favor comprad libros para aligerar mi marcha). Algo de nómada tengo, pero siempre me identifiqué más con la figura del peregrino. Ese que sabe a dónde va, porque tiene una fe y una esperanza de besar alguna tierra santa, ya sea esta simbólica o real. Peregrinar siempre me mantuvo vivo. Deambular como un vagabundo de un lado para otro siempre fue una especie de entrenamiento para adentrarme en los confines del misterio, de la impermanencia, de la carencia de sujeción a un territorio fijo y determinado. Volátil, nada ni nadie me puede atrapar cuando me dejo persuadir por el Camino. Loco de atar, angosto, desquiciado por emprender cualquier marcha, floto a medio metro del suelo al mismo tiempo que camino con un farol mistérico cuya luz desprende luminarias a doquier.

Por eso no soy capaz de adorar a un dios determinado, ni a una tierra, ni a una nación, ni sublevo mi espíritu libre a ningún rey, señor o bandera. Hilozoista por naturaleza, no tengo amo ni reino, ni idea que defender ante ninguna tribu adormecida en los albores de la cueva de cualquier Shaddai, excepto aquella que pueda entender que la materia, en todas sus manifestaciones, está plena de vida. Por eso ahora soy capaz de deleitarme de las luces del sur y mañana quedar enamorado de las sombras, las lluvias y los grises melancólicos del norte. De tanto dar vueltas de un lado para otro descubro que la tierra no puede ser plana. Es más bien una bola de fuego ardiendo que por pura atracción, sigue atrapada a una luminaria mayor. Una procesión ígnea que pretende, en su grado y condición, desarrollar su propia evolución. Un régimen solitario el mío. Aquí, sentado, contemplando las luces del sur, su luz, su magnetismo, su energía. La divina Siquis que respira cerca, tan cerca que la siento dentro.

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El retorno a las fuentes


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Me sorprendió ver ese hermoso ser posado en la silla. Una mariposa que realmente parecía un hada, un ser de otro mundo, frágil y casi transparente. La miré absorto bajo el calor octogonal que la primavera recién estrenada desprendía a raudales. Una mariposa salida de algún sueño.

La verdad es que la vida en los bosques transcurre de forma muy diferente. El tiempo no se mide, simplemente pasa. Tanto es así que llevaba ya días sin escribir, pensando que hoy era ayer y en realidad ha pasado ya una semana. Por eso la mariposa me recordó tantas cosas. Especialmente lo frágil que es la vida, lo volátil que es todo, y lo complejidad que subyace en cada instante. Planeas cosas, pero luego las cosas pasan de forma diametralmente opuesta. Piensas que internarse entre árboles puede asegurarte cualquier recompensa, pero aquí todo se mide de forma diferente. Cogí la mariposa, la puse en la ventana y desapareció entre vientos que la llevaban de aquí para allá. A pesar de la frágil experiencia, ocurrieron otros hechos importantes.

Ese mismo día llegó el equinoccio, con su luna llena, con sus rituales ancestrales, con su celebración a la vida. El sol es cálido y amable, los árboles empiezan a despertar de su letargo y comienzan a teñirse de verde. La vida es como si de repente comenzara a fluir más rápida, más vibrante y luminosa. Si te paras un momento a mirar la belleza del entorno es como si entraras, con un poco de constancia, a otra dimensión donde los colores son más brillantes y la vida clama con un sentido misterioso. Es como si el cielo se manifestara en la tierra de forma poderosa y pudieras arriesgar un trozo de esta realidad para traspasar las barreras que nos separan de lo esencial. Puedes ver la vida, la materia, las fuerzas, las energías y los arquetipos que subyace en cada una de esas dimensiones paralelas.

En estos días he descubierto algunas cosas interesantes sobre los procesos que la existencia te anima a perseguir. He visto claramente como las necesidades pueden ser personales, o si queremos, necesidades del ego, del pequeño yo. Todo aquello que tiene que ver con nuestras inquietudes más inmediatas y egoístas se manifiestan con una fuerza alarmante en nosotros y el mundo.

Luego están las necesidades de eso que las tradiciones llaman alma. Alma es una palabra extraña pero que encierra en sí misma un poderoso significado. Y saber y atender las necesidades del alma no es fácil, porque es algo que late en potencia en nosotros, pero no en acto. Es decir, el alma es algo latente, pero incapaz de manifestarse en nosotros. Sólo en breves destellos de iluminación momentánea tiene cierto poder de manifestación. Como la mariposa que entra en la cabaña y desaparece en un instante mecida por los vientos en el día equinoccial. Pero cuando eso ocurre y lo observas de forma despierta, es posible captar cierto mensaje, cierto destello de luz, de comprensión superior sobre las cosas. Cuando el alma es capaz de asentar parte de su existencia en nosotros, nuestras capacidades y entendimiento cambian para siempre. Y descubro con asombro que el alma también tiene sus propias necesidades y alimentos, sus propias exigencias para adecuarse y asentarse en nuestras vidas.

En los bosques, ante la visión de la naturaleza plena, es posible que el alma se acomode, que te posea con mayor frecuencia, ya no como algo ajeno a nosotros, sino como algo que empieza a pilotar nuestras vidas, nuestra entrega a un propósito mayor, a algo que supera con creces nuestras necesidades particulares y egoístas del pequeño yo. Y cuando eso ocurre, especialmente en momentos de plenitud silenciosa, descubrimos un tercer agente, un factor que está por encima de la vida del alma, un pequeño y leve toque de clarín. La tradición habla de ello como la vida del espíritu, o como la cosa espiritual e inmanente que está en todo lo existente. Aquí el Misterio es poderoso, porque el espíritu, a diferencia del alma, ya no es algo tan tangible, ni tan fácil de atrapar o contextualizar al tratarse de algo que pertenece a todos, y no a una entidad definida.

El yo y el alma aún tienen cierta identidad, pero no el espíritu, que subyace en la no identidad de todas las cosas. Sin embargo, cuando un trozo de su poder es capaz de asentarse en el trono álmico, la experiencia sensitiva y vital supera con creces todo lo vivido hasta ahora. Ya no se trata de una mariposa frágil que es mecida por los vientos. Ahora es el PROCESO en el que esa mariposa, el bosque, el viento y yo mismo nos encontramos en un mismo instante dentro de otro instante mayor. Esa experiencia es como una revelación del continuo fluir de la vida, y de como nosotros participamos en ella. Esa experiencia, fugaz, primaveral, volátil, nos permite comprender las necesidades del alma y del espíritu, y participar de su concierto existencial si deseamos atenderlas. Y en ese proceso me encuentro, por eso pierdo toda noción de tiempo, de trabajo, de experiencia. Por eso pasan las horas y los días y siento rejuvenecer en vez de envejecer. Como si el volver a las fuentes dotara de sentido todo lo demás, y al hacerlo, uno se hiciera espíritu inmortal.

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Esa vida onírica


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Ayer tocó desatascar tuberías y hoy reparar un molino de viento. Parece que en el mundo arquetípico todo está relacionado y todo está lleno de símbolos. Estos días en los bosques han sido un poco de locos. Aquí el tiempo es diferente. Se podría decir que no hay tiempo, ni orden aparente, ni programación normal sobre lo que podría ser una jornada tranquila o cualquiera. Todo discurre, sin más. Y la mente analítica debe adaptarse a ese fluir inexacto, expresivo, incandescente. El tiempo de la ocasión es impermeable. Uno se desliza ante la suave atmósfera. La sensación es como si estuvieras contemplando el curso de un río desde fuera y de repente te lanzas a sus aguas dejándote llevar por su fuerza. No sabes hasta qué orilla, ni siquiera sabes qué ocurre o ocurrirá mientras flotas en la intemperie. Pero te dejas llevar mientras ríes de emoción.

Esto es realmente apasionante. Si no fuera por todo el trabajo que se empieza a acumular, por la falta de medios para intentar abarcarlo todo, por no tener casi de nada y aún así vivir una vida rica en experiencias. Y el río sigue arrastrándome con su fuerza, con su ímpetu, disfrutando de los paisajes, sin expectativas, sin mayores dramas que el fluir. Ahora ya no me cuestiono las cosas del pasado o del futuro. Ni siquiera me cuestiono las cosas del presente, como si estuviera viviendo en un ciclo natural, en un proceso supraconsciente que predomina en una psique demasiado acostumbrada a atar las cosas, a controlar las cosas.

Con el tiempo uno descubre que nada se puede controlar, que la vida se muestra caprichosa o milagrosa dependiendo de nuestra propia inclinación interior. Uno se levanta por las mañanas y decide realmente cómo será el día dependiendo del escenario que dibujemos en nuestra mente. Si miramos la vida con alegría, solo pueden ocurrir escenarios hermosos. Si miramos con tristeza, casi seguro que lloverá. Y no lo digo porque la lluvia sea algo triste en sí misma. Más bien es una alegoría de la corriente de agua que corre dentro de nosotros cuando nuestras emociones deambulan hacia las esferas acuáticas.

La vida es onírica. Se supedita a los sueños y estos a nuestra labor como creadores. Cuando el arte recorre nuestras venas, la vida puede llenarse de tonos impresionantes, sacados de otros mundos. Cuando vagamos ante la premisa del tedio, lo gris se manifiesta inevitablemente. Mañana, cuando amanezca, miraré el bosque, escucharé el canto mañanero de los pajarillos ya disfrazados de primavera. Intentaré sopesar qué merece la pena pensar, sentir y hacer. Me guiaré por cada acontecimiento, por cada nueva experiencia que se presente. Seguiré aprendiendo, como un niño que mira con atención y curiosidad el nuevo mundo. Suspiraré por todo aquello que me gustaría abrazar e intentaré que el lazo místico se manifieste con profundidad. Me siento bien, ya alejado de la tempestad, y ahora más preparado para las siguientes pruebas. Mientras, río en el río… Qué paradojas…

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Volver a los bosques. Rite de passage


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La lechuza de mi última revolución solar observa atenta en este bosque de aliento. Tras nueve meses de ausencia, volver a la cabaña, a los bosques, a las montañas, a la vida en comunidad, está siendo una experiencia intensa. Se lo debo en parte a Sergi, escritor de oficio, nómada y buena gente que vino a pasar unas semanas al balneario y eso me obligó a una mudanza precipitada a mi otro hogar. Dejar mi refugio entre libros y ríos allá en el valle y subir a la montaña con el corazón por fin tranquilo, la mente ligera y el espíritu con deseos de vida ha sido algo hermoso, intenso e interiormente deseado.

Hoy éramos siete personas y el ambiente no podía ser más amoroso, equilibrado y afinado. Fuimos de excursión a lugares de una belleza impresionante, que siempre han estado ahí y que, en mis cinco años de excursiones y exploraciones por estos lares, nunca había sido capaz de descubrir. Lo cual ha sido como una especie de rite de passage antes de entrar de nuevo a esta realidad, a este mundo mistérico que se está tejiendo desde los planos más etéricos. Un rito que me ha permitido ver con paciente calma todo lo hermoso que aquí se está tejiendo.

En la cabaña, rodeado de árboles y montañas, de soledad y sosiego, se respira algo especial. El amigo Geo respira a mi lado. La gata Meiga merodea por los alrededores. Desde que me marché, ha sido fiel y se ha mantenido firme como una guardiana viviendo en la cabaña, esperando mi regreso y protegiendo el lugar. Ahora tendré que acomodar de nuevo la decoración original, mis enseres personales y mi nueva forma de ver la vida y el sentido de todo. Por suerte pude entrar en este recinto de forma tranquila, sosegada, sin lágrimas ni deseos extraños. Ahora solo con un manto de agradecimiento, con una sonrisa alegre tras comprobar todo lo que aquí se hizo de forma bella y desapegada. Estoy bien, me siento bien, lleno de agradecimiento y con ganas de empezar de nuevo después de tanto tiempo de dureza y ausencias.

Ahora me encuentro preparado para ir entrando poco a poco a la segunda fase del proyecto: “el jardín de Epicuro”. Si la primera parte podríamos llamarla como de mito fundacional o la reconstrucción de la pequeña Porciúncula para albergar la idea de que el reino de los cielos se está acercando, ahora toca bucear en la parte etérica del proyecto y profundizar en nuestra relación con la madre naturaleza. Como ya hicieron cerca de El Pireo los «filósofos del jardín» o «aquellos del jardín», nos toca a nosotros manifestar la parte celeste en la belleza natural de la vida tal y como lo hiciera Epicuro de Samos. Los placeres espirituales y la ataraxia debería ser el próximo objetivo primordial.

Perder el tiempo en el dolor y el sufrimiento no tiene sentido. Perder el tiempo en la violencia y la rabia no nos conduce a nada. De ahí la necesidad de conseguir tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad buscando una correcta y sana relación con el alma, la razón y los sentimientos, con el otro y lo otro, con la vida y el misterio. No merece la pena sufrir. No merece la pena gritar, expandir odio, rabia, frustración, miedo, inseguridad, arrebato o violencia. Es necesario volver a la paz interior, al refugio del alma, a la felicidad y la alegría. Eso es lo que deseo interiormente y ese será mi esfuerzo para los próximos tiempos. Luz, paz y amor para todos.

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