El secreto es el vacío de todos los fenómenos


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© Pintura de Caspar David Friedrich

 

Hoy ha sido un día difícil en cuanto a la administración del tiempo. Sin embargo, he descubierto esa manera tranquila de sortear de la mejor manera todos los compromisos. En el fondo, había cierta emoción en aquello que sucedía y acontecía. Como si todo estuviera ordenado, como si todo estuviera en su sitio, como si de repente hubiera un cambio imprescindible en la percepción de todo. Una luz primaveral, un sentir riguroso de lo intangible, de lo perenne, de lo sensible al palpitar de la existencia.

Descubro un poco tarde que no se pueden forzar las cosas y que en estos últimos años he forzado en exceso algunos acontecimientos. No puedes provocar que la primavera se adelante. No puedes obligar a que la gente permanezca a tu lado si lo que desea es estar en comunión plena consigo misma, a solas, en silencio. No puedes marcar los ritmos cuando los ciclos tienen vida propia. Lo que se expande y se contrae no depende de nosotros. En nuestro haber, solo podemos arrodillarnos ante la inmensidad, humildemente, y aceptar los acontecimientos. Si alguien quiere estar a nuestro lado, vendrá. Si algo tiene que suceder, inevitablemente sucederá. Podemos desearlo, pero no forzarlo, porque la música tiene sus propios ritmos y nuestro tono, mayor o menor, debe encajar en cada concierto en el que participemos de forma siempre equilibrada y armónica.

Mientras pienso en todo esto, empiezo a comprender el secreto que existe como vacío de todos los fenómenos. Es como si todo lo que ocurre estuviera envuelto en un misterio que tiene su propia lógica. Nada ocurre al azar, ninguna brizna cae sin una historia que la envuelve y dota de sentido ese instante. Los fenómenos responden ante un vacío inconmensurable cargado de sinergias que se expanden hacia un exacto y meticuloso propósito. Todo encierra una intención que no sabemos interpretar. Por eso interiormente hoy sentía, ante todo lo que ocurría casi de forma inevitable, cierta paz interior. Respiraba con la confianza de saber que lo que tenga que suceder, sucederá.

Así que, aunque hoy haya sido un día intenso y mañana parece que también lo será, siento ese equilibrio de las cosas invisibles, siento la fuerza de todo aquello que se sujeta en ese cambio constante. Puedo ver los acontecimientos encadenados unos con otros y percibir el sentido de todas las cosas en paz, con calma, con sosiego. Es como si las puertas cósmicas se empezaran a abrir para penetrar en la consistencia del misterio, de todo aquello que alberga el sentido de la vida.

La soledad nos permite ver el entresijo de la vida de forma diferente. Y si la soledad es acompañada por la música de la propia existencia, entonces todo se ordena. El bosque crece, el río empuja el agua, las montañas entablan comunicación con los valles y las flores empiezan a preparar el néctar que pronto repartirán en toda la naturaleza. Así son los ciclos. Y así entiendo que debemos vivir. Si ahora toca soledad, ya vendrán tiempos de compartir, de volver a las risas, de volver a la exploración conllevada. Si ahora toca mirar con nostalgia los tiempos pasados, ya vendrán tiempos en los que volvamos de nuevo a la intrínseca aventura. El misterio seguirá ahí, y los mundos. Y lo más increíble de todo: el secreto seguirá siendo el vacío de todos los fenómenos.

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Ya no sé hablar


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Ya no sé hablar. Ni siquiera sé de qué hablar. Uno se cansa de hablar. Voy al bosque y miro al árbol. Lo observo con calma, con esa calma de creernos inmortales ante ese instante nimio. Si el árbol es suficientemente grande, uno se siente anestesiado ante su fortaleza. Por eso prefiero callar y observarlo. Tiene mucho más que decir en su silencioso ajetreo con el viento que yo ante mi constante ajetreo mental. Mi mente es un reguero de emisoras que capta los diez mil pensamientos que sucumben en la frecuencia modulada del mundo intangible. Ante la robustez del árbol descubro que mis pensamientos no son míos. Se cuelan, vienen y van, pero no pertenecen a nadie, ni siquiera a mí. Por lo tanto, miro el árbol y prefiero callar. No decir nada. Para qué hablar si no somos capaces de sostener un ápice de compromiso. Para qué decir nada si no hemos aprendido a escuchar. Podría hablar mil idiomas y no tendría nada que decir porque aún nadie me enseñó a escuchar.

Pero ante el árbol la comunicación es diferente. Él no necesita decir nada ni yo necesito decir nada. Nos observamos, uno ante su naturaleza vegetal y el otro ante su naturaleza homo-animal. Siento como él me mira a su manera verde. Y yo intento mirarlo a mi manera azul. Pero no hablamos, no hace falta hablar. El árbol entiende mi mensaje oculto, mi lenguaje, mi sinceridad, mis miedos, mis alegrías, mis propósitos, mi camino. Y yo puedo entender su mudo respirar. No necesitamos nada más que mirarnos, y si nos atrevemos, si nadie nos mira, si nada extraño acontece, podemos incluso abrazarnos en silencio. Un acto de amor mudo, desnudo, sin pretensiones, sin ambiciones.

Los árboles tienen esa conexión especial con el mundo. Entierra sus brazos en la profunda tierra al mismo tiempo que sucumbe de igual manera hacia los cielos. Esa enseñanza es impresionante porque el árbol atiende a todos los requisitos de la existencia. Aprieta sus raíces en la oscuridad brillante mientras aletea sus ramas ante la luminosidad de la bóveda celeste. Hay una doble danza, un doble juego. Puede lamer ambas realidades y nutrirse de esa enseñanza. Y todo en respetuoso silencio, sin mediar palabra. El árbol quizás sea uno de los seres más admirables porque sabe escuchar. Algo tan lejano a lo que nos ocurre a los humanos. El árbol atiende, empatiza, se yergue centinela de nuestros más profundos secretos.

Un árbol no reclama su sensibilidad, sino que atiende majestuosamente a la sensibilidad de todos. Se expresa de igual forma, respetuoso con el trozo de espacio que le corresponde. Cobija y da calor a unos y otros, alimento a unos y otros, disfrute y aliento a todos. Su obra es admirable cuando el árbol es lo suficientemente grande y nos observa desde cualquier altura. Nos mira con reposada paciencia y humildemente atiende nuestras súplicas, nuestros deseos, nuestros anhelos. Crece silencioso, año tras año, invierno tras invierno. Se expande en su bosque silente.

Ya no sé hablar. Por eso voy al bosque en búsqueda de comprensión, de aliento, de luz. Allí los elementos y los elementales se aproximan curiosos. Se acercan en susurro y producen ese cosquilleo inquietante que nos hace erizar todo nuestro cabello. En el bosque, junto al árbol, cualquier árbol que sea lo suficientemente grande, podemos entablar una comunicación diferente. No es necesario hablar, porque sabemos que el árbol, cualquier árbol, podrá escuchar. Sí, podemos hablar diez mil idiomas. Pero si no sabemos escuchar, de nada nos sirve. Por eso el árbol es admirable. Escucha todos los idiomas, los atiende, los abraza y cobija. Es cierto, ya no sé de qué hablar. El árbol atiende ahora mis silencios, y comprende.

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El principio cuántico de la no separatividad


Respirar. Escuchar la lluvia tras la ventana. Observar el fuego que calienta y acoge el bienestar. La música suave, sin drama, meciendo los momentos. La mirada perdida, retórica, curiosa, expectante. La presión de la vida sujeta. La voz interior clamando atención. El susurro de las madreselvas que crecen en la intemperie. El cúmulo de momentos que se ordenan de forma adecuada, incesante. Una escoba reposa en el aparente caos esperando cumplir su misión. Un vaso de agua vacío. Algunos huesos de aceituna. Una luz templada, lejos de ser cegadora. La guitarra sin acordes. Respiro y observo. Vuelvo a respirar hasta sucumbir en el cansancio del día.

La jornada se agota. Es tarde. Los Trabajos de Hércules está ya terminado, listo para la imprenta, esperando alguna financiación, alguna venta, para cobrar vida. Decenas de libros esperan y van haciendo hueco. Me escribieron desde Suiza para comunicar que por fin habían aceptado mi artículo en inglés. Mi primer artículo científico en una revista científica. Lo comuniqué a la comisión académica y a lo mejor lo dan por válido para poder defender, por fin y de una vez, la tesis. Algún día seré doctor en antropología, aunque ahora sonrío ante esa idea descabellada tras una década de idas y venidas en una investigación holística que me ha llevado lejos, muy lejos, en la comprensión humana. Expiro satisfecho. Ya no siento deseos. Ya nada importa. Solo observo.

Respiro de nuevo y noto como la soledad se apodera una vez más del instante. Ahora es una soledad dulce, abrigada por la experiencia, agrietada por la ensoñación del abrazo, por el latir de los corazones intangibles que se aproximan sigilosos. Una soledad amable, compartida, experimentada en secreto. Exhausto buceo en las premisas omniscientes. Vuelvo a respirar mientras siento la vida en un instante. Ese pasajero momento se infiltra en los aposentos del alma. Entonces creo que la vida es más amplia y todo se convierte en un baile, en un latir hermoso y hermanado con lo invisible. Y entonces ya no me siento separado, sino unido. Un pálpito que palpita. Un halo que se fusiona. Un aleteo que se sumerge en lo incognoscible.

Respiro de nuevo y veo. Pero ver es algo confuso, más bien percibo, aunque el percibir también se limite a sí mismo. Quizás lo que ocurra es que ya no ocurre nada porque cuando ya no estás separado la sensación es como ser todo y nada al mismo tiempo. La música suave. Yo soy. La mirada perdida. Yo soy. El susurro de las madreselvas. Yo soy. El vaso de agua vacío. Yo soy. Incluso los cúmulos de instantes, la guitarra sin acordes, la belleza, el secreto, yo soy… Siendo… eso es todo…

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Si yo fuera rico


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Alguien me preguntaba hoy en qué cambiaría mi vida si de repente tuviera suficiente dinero para despreocuparme absolutamente de todo. Qué haría diferente si fuera rico, si tuviera tanta fortuna que no tuviera que pensar realmente en él. No tardé mucho en contestar porque realmente no cambiaría mucho mi vida. Seguiría con mi profesión de editor porque para mí es un servicio a la cultura y a la transmigración del conocimiento. Un escriba renacentista encarnado en nuestro tiempo disfruta transmitiendo el conocimiento a las nuevas generaciones, por lo tanto, lo único que cambiaría sería el enfoque. No perdería mucho el tiempo en obras necesarias para el sustento, sino que iría directamente a editar aquellas obras que considero imprescindibles, sin ningún afán, y no es que ahora lo tenga, de ganar dinero, sino de seguir con el pacto de transmisión de la sabiduría perennis.

También seguiría apoyando proyectos utópicos como ahora hago modestamente. Utilizaría la fundación para intentar crear muchos más proyectos que sirvan para traer del futuro los nuevos paradigmas, las nuevas ideas, el nuevo tiempo que ha de llegar inevitablemente y que requieren de proyectos inspiradores para que se encarnen. Con dinero todo sería más fácil, y en vez de dedicar tanto tiempo a la reconstrucción de ruinas, se podría dedicar más tiempo a la pedagogía, a la nueva cultura ética, a los nuevos valores, a la educación y el potencial humano.

Seguiría viajando, eso también, pero esta vez con mayores intenciones, quizás intenciones más ambiciosas en cuanto a crear proyectos que ayudaran a sectores o sociedades desprotegidas o vulnerables dónde pudiera ejercer una mayor influencia en cuanto a fórmulas para empoderar a personas y lugares. Retomaría con mayor fuerzas mis viajes solidarios, pero esta vez con un impulso más grande. Ese afán por hacer de un mundo bueno, un mundo mejor, me acompañaría con mayor protagonismo.

También seguiría escribiendo. Eso es algo a lo que no podría renunciar. Escribir puede ser también una fuente de inspiración, aunque sea mínima, y sobre todo, también una fuente que nos ayuda a replantearnos algunas situaciones que requieren revisión o cambio.

De ahí que ahora me atrevo a lanzar la pregunta: ¿qué harías si fueras rico? La pregunta tiene doble trampa, porque si lo que estás haciendo ahora no te satisface, seguramente encontrarás rápidamente un sustituto. Pero si lo que haces es lo que siempre has soñado y por dentro te sientes feliz, entonces, eres ya rico y no necesitas más. Esa es mi propia respuesta y mi propia riqueza. Vivo en la abundancia constante, a pesar de no tener nada de lo que categóricamente se relaciona con la riqueza. Vivo en la afortunada mendicidad de hacer lo que más quiero, y por lo tanto, de sentirme plenamente agradecido por esta fortuna tan intangible. Mi patrimonio no es de este mundo, que diría aquel en tiempos modernos. Sí, ya soy rico…

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Una cuerda no es una serpiente. Algunas apreciaciones sobre el pensamiento falso y las percepciones erróneas


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Escultura del santuario de Toshogu con los tres monos sabios

 

«La ciencia es un juicio verdadero acompañado de razón». Platón

En occidente hemos simplificado la enseñanza que nos deja la escultura del santuario de Toshogu de los tres monos sabios a ver, oír y callar. Aunque los nombres japoneses de los tres monos, Mizaru, Kikazaru y Iwazaru significan más bien «no ver, no oír, no decir», refiriéndose normalmente al mal, este mal también podría simplificarse hacia el origen de todo mal: la ignorancia. En la tradición del yoga se resume en dos palabras: pramāṇa vs viparyaya. Pramāṇa se refiere al conocimiento válido y viparyaya a las percepciones erróneas que nuestra mente suele producir para adecuar el pensamiento a la experiencia, o para acomodar, aunque sea erróneamente, nuestras vidas a la vida.

Cartesius, más conocido como René Descartes, nos dejó su famoso cogito ergo sum, su pienso, luego existo. De ahí nació la esencia del racionalismo y el método cartesiano que nos condujo poco a poco a huir de las creencias, las falacias y las mentiras basadas en cuestiones dogmáticas y no de realidad. Desde entonces, existen diferentes tendencias epistemológicas que tienen que ver con la búsqueda del conocimiento y la verdad.

La pregunta para poder analizar estas tendencias nos dice lo siguiente: “¿existe la posibilidad de alcanzar el conocimiento de alguna verdad?” Los escépticos dicen que no categóricamente. Los que afirman que sí se dividen normalmente en dos grupos: los que piensan en los medios cognitivos y los que piensan en cuál es el objeto de esa verdad. Entre los primeros, los que piensan en los medios cognitivos, tenemos a los empiristas, que utilizan los sentidos para llegar a la verdad, y los racionalistas, que sólo usan la razón. Entre el segundo grupo, los que piensan en el objeto de la verdad, están los idealistas, que piensan que la verdad nace de una realidad interna a uno mismo, y los realistas que afirman que esa verdad es algo externo a uno mismo.

A pesar de los avances de la ciencia, del método científico, de la epistemología e incluso de la filosofía científica, podemos decir que todo nuestro conocimiento está ajustado a nuestra percepción sobre la realidad, la cual, a su vez, está bombardeada constantemente por mentiras y falacias. Esto no implica que todo lo que hemos alcanzado hasta ahora sea falso. Implica que lo que hemos descubierto nos sirve de forma provisional para entender nuestra percepción limitada del mundo. Otra cosa muy diferente es que se intente llamar ciencia o método científico a supuestas evidencias o creencias que han nacido de percepciones u opiniones sobre la realidad.

En lógica esto se llama falacia. Aristóteles fue el primero en identificar y clasificar hasta trece clases de falacias. La falacia es un argumento con apariencia de ser válido, pero sin serlo. Persuadir o manipular desde la sutileza y el atractivo de la sugestión a los demás suelen ser las premisas para lanzar falacias desde cualquier ámbito de nuestras vidas. Que un pensamiento sea falaz no implica que sus premisas o su conclusión sean falsas. Un argumento puede tener premisas y conclusiones verdaderas y aun así ser falaz. Lo que hace falaz a un argumento es la invalidez del argumento en sí. Un argumento lógico no crea verdades. Un argumento disfrazado de evidencias no crea ciencia ni tiene por qué ser algo científico o real.

Una falacia puede construirse con argumentos sólidos y con trozos de verdad, pero eso no quita que su propia naturaleza sea falsa. Al igual que una cuerda no es necesariamente una serpiente, el decir que los gatos tienen pelos es como decir que Félix tiene pelos y por lo tanto es un gato. Que tenga pelos no demuestra que sea gato, pues podría tratarse de otro animal. Así que no es un gato a no ser que Félix sea el nombre de mi gato. La falacia puede disfrazarse de lógica, como en este ejemplo, pero la verdad sobre la argumentación no demuestra nada sobre la esencia de las cosas.

De alguna forma, de esta manera en la que no se tiene sentido crítico sobre la realidad, uno puede ser engañado, manipulado o intoxicado con cualquier argumento o realidad que se nos quiera presentar e imponer de forma argumentativa. Como escribí alguna vez cuando hice referencia a la Navaja de Ockham, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable y siempre, siempre, siempre, tenemos que estar alertas sobre las falacias que intoxican nuestro mundo, especialmente ahora, en la era digital, en la era del Photoshop, en la era de la ilusión y lo aparente dónde todo vale. Por eso a veces se hace necesario «no ver, no oír, no decir» sobre aquello que tenga que ver con la mentira y la ignorancia. El mal, en su mayor expresión, crea auténticos monstruos que se alimentan de falacias.

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Vivir en la amable nostalgia


 

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Todos aquellos que pasaron por nuestras vidas siguen, de alguna manera, dentro de nosotros. Es como si una parte de su alma nos acompañara por nuestros caminos. Por eso resulta hermoso honrar la memoria de aquellos familiares, amigos y parejas que compartieron un trozo de existencia a nuestro lado. Siempre nos cuesta entender, especialmente en el ámbito de la pareja, cómo es posible que personas que durante un gran tiempo de vida nos desearon y nos quisieron como a nadie, luego de repente, a veces de la noche a la mañana, desaparecen para siempre. Es algo que ocurre con excesiva frecuencia cuando, si de verdad fuéramos personas adultas y psicológicamente maduras, deberíamos siempre tener un trato amable y hermoso con esos seres. Al fin y al cabo, alguna vez significaron mucho para nosotros, y de alguna forma, esos vínculos, más o menos fuertes, siguen ahí.

Lo complejo, sin duda, es despojarse del recuerdo, del vínculo. Algunos incluso parecen como si caminaran a nuestro lado aún, tal es su fuerza. Personas que marcaron para siempre nuestras vidas y que ahora las pensamos con nostalgia, con esa añoranza propia de los tiempos que pasan entre otoño y otoño y rezuma susurrando en los adentros. Resulta una bonita experiencia. De alguna manera, es como si pudieras abrazar uno a uno a esos melancólicos sueños desvanecidos en la memoria. Como si en el lazo místico fuera posible entrever todo aquello que fue o todo aquello que nunca fue pero que podría haber sido. Como si en diferentes dimensiones se reencontraran almas que aún siguen vivas dentro de nosotros.

En estos meses de soledad, esa sensación ha sido fuerte y duradera. Nadie faltaba a la fiesta, todos estaban presentes en ese mundo del recuerdo y la nostalgia. Y durante la jornada, era como si siempre hubiera un hueco para estar con unos y con otros, paseando por aquellos Alpes, visitando aquellos lugares lejanos, en la sala de un cine o tomando un café a media mañana.

Pero en el otro lado, en el otro lado los abrazos continúan, como el amor universal, invisible y todopoderoso y que no puede ser encapsulado en ninguna realidad. Y allí, desde el lazo místico, uno puede abrazar a los seres queridos, estén o no presentes en nuestras vidas, y amar, amar siempre, aunque sea en silencio.

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Honrar no tener nada


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Desde hace meses no tengo coche. Desde hace meses no tengo dinero excepto para ir poniendo orden en las deudas pendientes de la empresa editorial. Desde hace meses no tengo casa, debido a mis viajes continuados y mis idas y venidas necesarias para reponer los estados anímicos distorsionados por la experiencia. Se puede decir que desde hace meses vago, no como un vago, sino como un vagabundo. Trabajo para mantener el ritmo de los pagos aunque esto no me permita apoderarme de mucho dinero para mi propia vida. Medito en silencio para observar la calma de las cosas. Sonrío siempre que puedo, ya sea al sol o a quien me acompañe, ya sea en lo bueno o en lo malo, dado que lo malo, si por dentro estás fuerte, no tiene ningún poder sobre ti.

También observo que desde hace una semana no voy a comprar. No compro nada, porque nada necesito. No voy a restaurantes, ni a tomar un café, ni al cine, ni a la librería, ni recuerdo el ruido de los centros comerciales. Ni siquiera consumo nada por internet. No gasto gasolina y los alimentos que aquí hay son de una alacena, supervivientes de otros tiempos de bonanza. Diríamos que andamos comiendo gracias al Hado, siempre tan generoso con todo. Sin tener nada, ni siquiera ropa con exceso de mudas o caprichos que cada cual pueda tener de vez en cuando, uno se siente dichoso, rico, amparado por la fortuna de la sencillez. El estar aislado te permite estar quieto, en quietud, observante, a la espera de saber hacia dónde se inclinará la balanza. Pero esta vez sin ansiedad. Tranquilo, expectante.

En estos años he experimentado muchos aspectos de la vida sencilla, pero admito que la experiencia en esta perdida aldea está superando todas mis expectativas. El aprendizaje está siendo brutal, especialmente por la austeridad que la vida solitaria y apartada de lo civilizado te obliga a experimentar. Los paseos por el monte o los bosques tienen su particular desdicha porque a veces nos conecta con el mundo de ahí fuera. Ves fugazmente un coche, algún tractor, algún paisano, alguna tala de árboles que pueda distorsionar nuestra paz interior. Aún así podríamos estar mucho tiempo sin nada y a base de costumbre no echar en falta ninguna cosa. Realmente, para vivir, lo que se dice para vivir como hacían antiguamente, no se necesita mucho.

Por eso la simplicidad voluntaria me resulta la fórmula mágica para retomar el control de nuestras vidas, para liberarnos del yugo que pueda oprimir nuestro tiempo. Sí, trabajar, claro que hay que trabajar, pero no para comprar cosas, sino para disfrutar del trabajo que haces. Ese cambio de paradigma es revolucionario. Amar lo que haces, amar el trabajo, disfrutar del mismo y recomponer nuestra vida material de forma armónica con el medio ambiente, con la naturaleza, reconciliando cada aspecto vital de la misma con nuestra condición humana.

No tengo nada, quizás ahora más que nunca, pero al no tener nada, lo tengo todo. Nada material que me ate más allá de las deudas pasadas. Nada etérico que oprima mi propia salud. Nada emocional que pueda atarme a una realidad u otra, sino más bien todo lo contrario, un estado emocional liberador, amoroso, brillante. Ninguna ideología que me haga creer en unos u otros, ya sean dioses, poderosos o mandamases. Ninguna filo-creencia que pueda más que mi deseo de vivir. No tengo nada, y ante esa grandeza de la nada, de la más absoluta desnudez, me arrodillo y honro. Honro la vacuidad. Honro la sencillez y honro la felicidad de ser libre, de estar libre. Honro humildemente cada trozo de alimento que llega a mi boca y cada aliento de vida que atraviesa cada una de mis células. Honro cada abrazo silencioso, cada instante, cada pensamiento fugaz que navega libre por la omnipresencia del todo. Honro la vida, sin más, sin nada más.

Teoría de las variables ocultas


 

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© Terry Wilson 

A pesar de los años, a pesar de los daños, uno no teme volver a empezar de cero, leía hoy en las redes. Parece que así es. Tenemos siempre la capacidad de rehacer nuestras vidas, de volver a empezar una y otra vez con la esperanza de que volveremos a reencontrarnos de frente con la felicidad, con el cariño de la vida, con el amor que infunde el misterioso devenir de la existencia. En estos días estoy viviendo con mucha intensidad ese reencuentro con la vida. Ese apretar constante, ese ímpetu y vigor por adueñarnos de la urgencia de todo lo que respira, de todo lo que nos rodea, de todo, inclusive, aquello que parece invisible a nuestros ojos.

Es esa dimensión, la oculta, la invisible, la que más entusiasmo agolpa entre aquellos que desean volver a empezar. Vivimos ante una descripción incompleta del mundo físico. La física cuántica ya hace grandes esfuerzos para revelar algunos acontecimientos inexplicables. La teoría de las variables ocultas pretende dotar de significado a esas cosas que se nos escapan a la lógica, pero son esas variables ocultas las que más se alejan de nuestra imaginación, las que más difícil acceso dispone para nosotros.

Imaginemos, por poner un solo ejemplo, que fuera el futuro el que construyera el pasado. A veces tenemos la sensación de conocer a alguien y pensar sobre esa persona que la conocemos de toda la vida. Pensamos siempre con cierta gracia que quizás ese reconocimiento, esa reminiscencia, provenga del pasado, de una vida anterior, de otras vidas compartidas. Pero nunca llegamos a pensar que quizás ese recuerdo provenga del futuro. Es decir, podría ser que conectáramos con ese ser por todo lo que el futuro nos transmite del mismo. Nos atrae esta u otra persona porque hay lazos indestructibles que vienen de una posterior relación. Esta podría ser una variable oculta que se nos escapa. Tener la percepción, la intuición, de que quizás lo que estamos viviendo no es un producto de nuestro presente, ni siquiera como resultado de nuestras acciones pasadas, sino que todo proviene del mañana.

Por eso, a pesar de los años, a pesar de los daños, uno no teme volver a empezar de cero, porque de alguna manera, podría ser que todo lo que hacemos no venga del ayer, sino del mañana. Y mañana siempre es esperanza, fe, ilusión, confianza. Pensar en que podemos volver a empezar, a pesar de todo, nos llena de vida futura, que es al mismo tiempo presente, manifestación de lo manifestado en una línea diferente de tiempo, en una variable oculta aún por descifrar. Empezar una y otra vez, como si fuera eso lo único verdaderamente importante, sin rencor, sin miedo, sin duda.

Ahí están las variables ocultas para descifrar, desde la intuición, el porqué ocurren algunos acontecimientos que te dan esperanza de vida. Ahí están los secretos del Viejo, como lo llamaba Einstein, para aprender a vivir siempre con precipitación. Volver a empezar una y otra vez, tantas veces como haga falta. En esas andamos, sin perspectiva, pero con valentía, con fe, con esperanza.

Todo está entrelazado


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«La Fuerza es lo que le da al Jedi su poder. Es un campo de energía creado por las cosas vivientes. Nos rodea, nos penetra; y mantiene unida a la galaxia.» Obi-Wan Kenobi

«Al darnos cuenta de que nada existe independientemente, ni los átomos, ni las personas, ni las culturas… brota naturalmente la compasión». Alan Wallace

 

La vacuidad es uno de los principios del budismo.  Todos los fenómenos y todas las cosas que existen están vacías, ya que no tienen una esencia independiente, nos cuenta el filósofo Alejandro Martínez. Para existir dependen de otra cosa y esa otra cosa depende de otra. Esto es conocido como originación dependiente. Lo anterior puede equipararse con la noción de la física cuántica, la cual nos dice que el estado definido de una partícula en el tiempo y en el espacio no existe hasta que no es observada, es decir, depende de otra cosa siempre, de tal forma que no podemos decir que exista por sí misma. Con esta visión, todo es interdependiente en el universo, y nada puede existir de forma independiente. Todo está entrelazado. Es el fenómeno conocido como entrelazamiento cuántico.

Cuando la física cuántica demostró que el observador modificaba lo observable, se abrió un nuevo campo de investigación en el conocimiento de la realidad. El relativismo se volvía entonces la madre superiora del convento científico y las respuestas epistemológicas, a partir de entonces, adquirían un cariz gallego a la hora de buscar soluciones, porque a partir de ese descubrimiento, todo “depende”. Es decir, siguiendo con la broma, puede que llueva o puede que no, depende. Esto añade dosis de complejidad a lo cognitivo, al conocimiento que hasta ahora se daba por válido, y la realidad, ahora moldeable y no tan sujeta a las antiguas leyes, se vuelve plástica y cambiante. Es como si el budismo y su principio de impermanencia empezara a ser explicado bajo el método científico.

Si la realidad es plástica y moldeable, también lo es el tiempo, nuestras vidas, nuestras rutinas psicológicas, nuestras emociones, en definitiva, nuestro destino humano. Siendo así, tenemos capacidad de dar un giro a nuestras vidas inesperado, saltar de una dimensión de la realidad a otra, sumergirnos en otro aspecto emocional y psíquico que se adapte mejor a nuestro nuevo sentir. Podemos, en definitiva, cambiar nuestra realidad a cada instante a sabiendas de que todo está entrelazado.

El problema de esta visión, de sabernos con el poder de cambiar nuestras realidades y entrar en otra dimensión de acontecimientos, en otras líneas de tiempo multidimensionales que se acoplan a nuestra realidad cambiante dependiendo de nuestra intención interior, es saber, nada más y nada menos, qué destino forjar. Elegir sabiamente un nuevo reto es la cuestión, el asunto. Aquí nos topamos con una realidad exigente. Podemos elegir ciegamente una nueva línea de tiempo, un nuevo destino, o podemos dotar a ese viaje de cierta dosis de saber que nos guíe por este espacio que se presenta vasto e inabarcable. Podemos convertirnos en los guionistas y arquitectos de la cuestión existencial entrelazada.

Es importante saber que tenemos libre albedrío para poder modificar nuestra realidad, nuestros pensamientos, nuestras emociones. Podemos elegir, sabia o ciegamente, un nuevo destino a cada instante. Podemos romper con eso que se espera de nosotros y voltear la realidad buscando aquello que realmente deseamos. Podemos incluso romper con nuestra rutina diaria, con nuestras propias perspectivas y anhelos para dar paso a algo radicalmente nuevo y diferente.

La realidad es como una autopista de muchos carriles que a su vez están interconectados con cientos de salidas cada cien metros que nos conducen a otras anchas autopistas con cientos de salidas cada poco tiempo que nos llevaran a lugares absolutamente diferentes a los habituales. Esta visión es impresionante porque dibuja un universo que se transforma a cada segundo de vida, que no es fijo sino cambiante y que nos invita a participar a cada instante en su plástica y moldeable realidad.

De ahí que surja la cuestión filosófica y existencial de poder cambiar nuestra realidad para acercarnos cada día más a la felicidad, a aquello que realmente esté en sintonía con nosotros y, por lo tanto, nos haga vibrar. Todo esto tiene que ver con eso tan manido de sabernos manejar en nuestros pensamientos. De que todo es mente, según los tratados más esotéricos y, por lo tanto, nuestros pensamientos tienen la capacidad innata de construir una u otra realidad, dependiendo de nuestro enfoque y atención. Un mundo hilozoista, entrelazado, permeable.

Nuestra capacidad imaginativa para diseñar nuevos escenarios delimitará o ampliará nuestro marco de realidad. Si la energía sigue al pensamiento, solo nos hará falta tener «la fuerza» y la capacidad suficiente para conseguir esa energía y adaptarla a nuestro diseño mental. Ese famoso “poder de la fuerza” tiene aquí un sentido claro a la hora de construir realidades. Ese poder está en nosotros y es posible, utilizándolo con sabiduría, transformar nuestras vidas hacia aquello que realmente deseamos. Por lo tanto, no tengamos duda, seamos sensibles a la fuerza, cambiemos nuestras vidas y que la fuerza nos acompañe en este mundo entrelazado.

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Sobre el Camino del Medio


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© Yoel Amram

“La utopía es una forma de acción y no una mera interpretación de la realidad» Pierre Furter

Entre el crecimiento interior y la supervivencia pura y dura hay un largo trecho. No es lo mismo ganar en una tarde treinta mil euros o ganar un trozo de cielo en mil años. Lo primero te da porciones medidas de satisfacciones fisiológicas y algo de seguridad. Lo segundo, a muy largo plazo, algo de estima y autorrealización. Entre crecer exteriormente y hacerlo interiormente hay una sutil barrera difícil de discriminar. Una barrera que puede delatarse como cruel si no sabemos discernir entre las cosas verdaderas de la vida, esas que a largo plazo nos llenarán de satisfacción duradera, o esas otras pequeñas promesas que no sirven sino para sentir un pasajero sentimiento de placer y alivio.

A veces es posible el camino medio, ese que pretende, siempre y cuando no te distraigas fútilmente entre las diez mil cosas, crecer hacia fuera y hacia dentro al mismo tiempo. Pero esto requiere un poderoso sentido del equilibrio y la ecuanimidad, de compromiso y responsabilidad. Ser un auténtico malabarista de la voluntad, la intuición y la sabiduría puestas al servicio de la acción.

Siempre hay que ir con cuidado cuando pretendemos lanzarnos al universo del conocimiento y la sabiduría, porque a veces nos inunda ese miedo al saber, que no es otro que un miedo irracional al hacer. No se puede entender el uno sin el otro. Es decir, el verdadero saber te lleva inevitablemente a la acción. Y el hacer, la acción, requiere responsabilidad y compromiso, sobre todo cuando nos equivocamos y fracasamos ante los demás. Ese fracaso tiene que ver con el reconocimiento del que hablábamos y sobre la necesidad de satisfacer nuestros apetitos y anhelos exteriores. Interiormente no hay lugar para el fracaso. Todo reto, toda aventura, toda decisión y toda acción guarda dentro de sí una enseñanza oculta, un crecimiento interior, una expansión inevitable de consciencia. El desequilibrio exterior produce locura, aislamiento, soledad, ruptura, sufrimiento y muerte. El interior tan sólo un breve reguero de llanto y una nueva promesa de avance.

El camino del medio es un reto que asusta a los pensadores. Nadie quiere mojarse, nadie quiere hoy día enterrar los pies en el barro como hacen los hortelanos para sembrar la semilla. Nadie quiere esperar pacientemente los resultados y nadie quiere arriesgar las estaciones, los tiempos, los ciclos. Sembrar, cuidar lo sembrado y velar por ello requiere esfuerzo y grandes dosis de sacrificio personal. El camino del medio requiere esa ecuanimidad, ese equilibrio entre lo de dentro y lo de fuera. Esa responsabilidad, ese cuidado, ese compromiso en un mundo donde ya nadie se compromete ni se responsabiliza. Donde ya nadie tiene cuidado por las cosas importantes, tan distraídos que andamos con la superficie.

El camino del medio requiere trabajo, trabajo, trabajo. Disciplina, organización, reflexión, paciencia, prudencia y visión honda de las cosas. Lo fácil e inmediato no pertenecen al camino del medio. La superficialidad de las cosas se aleja del mismo. La acción y el esfuerzo constante, aún cuando fracasamos una y otra vez, es lo que nos permite reorientar nuestras vidas hacia un sentido profundo. Ningún extremo nos llevará a ninguna parte. Sólo a dar bandazos de aquí para allá hasta que algún día tomemos las riendas de nuestras vidas y empecemos a caminar de igual forma hacia dentro y hacia fuera, ecuánimes, equilibrados.

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La Casa del Pan


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Aquí estoy viviendo durante este mes…

El Gólgota está lleno de cuevas al igual que los demás lugares que visitamos por Palestina e Israel. La cueva era muy significativa en toda la tradición palestina, ya que en aquellos lugares semidesérticos, el poseer un lugar fresco suponía seguridad y arropo. Jesús nació en Belén, que significa la Casa del Pan. Nació en una cueva, ya que los pesebres, en aquel entonces, se cavaban en la roca para dar refugio a los animales. Lugares oscuros donde se podía conservar mejor cosas tan valiosas como el ganado. La Casa del Pan viene a significar la necesidad de poseer una vida material lo más abundante posible, ofreciendo al mundo todo aquello que pueda ser compartido. Todos necesitamos un sustento, una casa, un hogar. Es la base de la vida humana.

Ayer interaccioné por primera vez con el niño de la casa. No quería hacerlo, porque sé que los niños enseguida cogen cariño y yo a ellos. Pero tras casi una semana viviendo en este hermoso hogar, no pude obviar la hermosa evidencia de convivir con un niño de seis años. La interacción, aunque ambos hablamos diferentes idiomas, encontró su lugar en la risa y la broma, idioma universal por excelencia. La tarde de risas tuvo efectos devastadores. Hoy el niño no ha ido al colegio y quería jugar todo el rato con el invitado. Por la mañana temprano tocaba a la puerta, con esa cara que ponen los niños cuando demandan algo. Salí al salón y estuve un rato con él. Luego, disciplinadamente, le dije que tenía que marcharme a trabajar y así lo hice. Por la tarde volvió a tocar, esta vez para invitarme a cenar salchichas veganas cocinadas por él mismo. No pude con ambas tentaciones, así que pasamos un buen rato jugando a cualquier cosa tras devorar las sabrosas salchichas.

Encerrarme un mes en una casa desconocida en un lugar lejano tiene su propósito interior. Necesitaba discernir y de paso dejar espacio y tiempo para que otros lo hicieran. Discernir significa aislarnos de todo lo que nos seduce, de todo lo que nos tienta, de todo lo que la vida nos ofrece como prueba para que valoremos interiormente qué es lo que queremos y deseamos desde lo más profundo de nosotros. Así está ocurriendo. La vida nos ofrece motivos suficientes para elegir uno u otro camino, pero es necesario que nosotros discernamos desde dentro. Viéndolo con perspectiva, veo que todo ha pasado muy rápido, que he pasado del auténtico calvario a la tranquilidad interior de poder ver con claridad el siguiente paso.

Admito que un mes aquí encerrado, con frío polar ahí fuera, se va a hacer eterno, pero un mes es un tiempo prudente para tomar decisiones que puedan gobernar nuestras vidas durante los próximos tiempos. La primera prueba a la que me estoy enfrentado es precisamente esa. Vivir en una “Casa del Pan”, en un lugar materialmente cómodo, con una familia establecida que pone constantemente a prueba ese deseo humano que tengo desde hace unos años. Una mujer hermosa, inteligente, consolidada materialmente y sensible a la vida espiritual con un hijo especialmente cariñoso y capaz de robar el corazón a cualquiera. Una experiencia que ya viví en el pasado y que admito, es capaz de hechizar a cualquiera. Pero ahí está el discernimiento, la paradoja de enfrentarnos al mundo escénico desde la mirada interior con fuerza y determinación.

Conozco bien el rechazo a la llamada. Y no me refiero a la llamada a la vida cómoda. Me refiero en este caso a la llamada interior. Ahora puedo saber exactamente aquello que la vida nos pone para que acomodemos nuestra existencia a lo fácil, a lo material, creando así una hermosa vivencia en la Casa del Pan. Lo escribo en voz alta porque al hacerlo me reafirmo en la necesidad de seguir adelante con lo pactado internamente, con lo pactado con esas almas errantes y peregrinas que deambulan buceando en lo mistérico. Aquí solo puedo enfrentarme desde la quietud a la insinuación de la prueba. Esperar, quieto, tranquilo, desapegado, a que el tiempo transcurra y dejando paso a que todo se coloque en su justo lugar. Luego, desde el deseo más ardiente, andaremos y veremos.

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La leyenda del ojo del pájaro


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© Nashoba68

Eso que me oprime, ¿es mi alma intentando salir al exterior o el alma del mundo llamando a mi corazón para poder entrar? Rabindranath Tagore.

En los tiempos en los que la India era un paraíso mítico, Arjuna era conocido por su excelente concentración. Una vez, su maestro Dronacharia decidió poner a prueba a sus alumnos. Se acercó hasta un árbol y colgó de una rama un pájaro hecho de madera. A continuación, pidió a todos apuntar con su arco al ojo del pájaro, pidiéndoles que describieran todo lo que pudieran ver. Los estudiantes empezaron a describir el jardín, el árbol, las flores, la rama del árbol, así como al pájaro mismo. Cuando llegó el turno de Arjuna, él respondió a su maestro que todo lo que veía era el ojo del pájaro. Tal era su capacidad de concentración.

Los escenarios pueden ser hermosos y tentadores. Uno puede vivir en un auténtico paraíso si mira a su alrededor y uno podría pensar en la bucólica idea de una vida sencilla, amable y discreta en un lugar excepcional con unas personas excepcionales. La mayoría de las personas elegimos siempre ese camino, el de la visión panorámica, olvidando el ojo del pájaro de la leyenda de Arjuna.

Miramos y optamos por lo que aparentemente más nos conviene. Pocos son los que cierran los ojos a los escenarios y se inclinan hacia el leve susurro de lo que siente el corazón, lo que se derrama en la concentración, lo que se expresa en la profunda brisa de lo interno. Esta visión es muy poderosa, porque a veces el corazón nos lleva por caminos difíciles, por angostos carruseles que despiertan en nosotros , pero que están alejados de esa vida tranquila y cómoda, segura y dócil. Rechazar lo bucólico, lo fácil, lo hermoso, para adentrarse en las veredas de lo incógnito supone tener una especial predisposición para vivir la vida en su máxima intensidad, pero también en su máxima disparidad.

¿Qué elegimos? ¿Qué es más noble para el corazón cuando miramos los escenarios de nuestras existencias? El amor de los dóciles no está en el corazón, sino en los ojos que dispersan la mirada distraída. Comen por los ojos, viven por lo que entra en los ojos, apuestan siempre por lo que les hipnotiza a los ojos, obviando la naturaleza suprema del corazón, del ojo del pájaro. La batalla de Arjuna está lejos de ellos, porque desean el camino fácil, tranquilo, reposado, seguro. Los sentimientos son moderados, viven una vida contenida sin revelar ningún amor profundo, sin lanzarse desnudos y vacíos hacia la pérdida. Al no desear derrotas, no desean apostarlo todo a un camino inseguro lleno de trabas y dificultades.

Sí, puedo observar a mi alrededor y ver cómo la vida me sorprende de nuevo con contextos que podrían llamarse afortunados. Pero un nómada, un peregrino errante no busca fortuna, no busca victorias, no busca un lugar tranquilo plagado de riquezas y obsolescencias. Mira hacia dentro y observa con cautela los dictados del corazón, concentrando la mirada en lo profundo. Y ahora lo lleva aquí y luego allá, donde esté la necesidad y el hambre, donde esté la batalla que apremie su latir. De ahí la necesidad de una claridad extensa para conectar con el adentro. Una mente experta, decidida, alineada, concentrada, con capacidad exquisita para poder discernir entre lo verdadero y lo falso, entre los escenarios irreales al corazón y la profunda vida interior que subleva los sentidos y se desprende de lo accesorio, una mirada fija y concentrada en el ojo del pájaro.

¿Qué elegimos, un sol radiante o una luna cambiante? ¿Qué es más noble para el corazón? ¿Una vida fácil y tranquila o un camino apasionante, sí, cargado de pérdidas y derrotas, pero vivido hasta su máxima expresión? ¿Qué es aquello que tanto nos oprime el pecho? ¿Qué tiene que decir nuestra alma libre sobre la existencia que llevamos? ¿Dónde está nuestra capacidad de escucha, de elección, de atrevimiento, de entrega, de pasión, de realización? ¿Es posible conjugarlo todo o siempre debemos elegir, discernir?

La broma cósmica ha querido que unos años después se repitan poderosamente los escenarios. Pero ahora tengo un poder que antes no tenía. Ahora sé qué es lo que debo elegir, cueste lo que cueste. Y sé que los escenarios bucólicos no traerán paz a mi mundo. Sé que el camino fácil no es el camino que desea mi pecho oprimido. Ahora gobierna el corazón, embajador supremo en la tierra de mi alada alma, dominio incognoscible que habita inconformista las estrellas reinantes del cosmos. La lucha de Arjuna continua… y la mirada de ahora, versa concentrada en los adentros.

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Amar y vivir con desesperación


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Esta mañana paseando por Petit Lancy

“Os amo como hay que amar:
con exceso, con locura, arrebato
y desesperación”.
Julie de Lespinasse

Llego de la oficina algo cansado y con frío. Me gusta hacer caminando el recorrido que separa la fundación, en el centro de la ciudad, del apartamento para los voluntarios que se encuentra en Petit Lancy. Es tan solo media hora, pero en invierno ese tiempo crucial puede parecer una eternidad si el frío acecha. En ese hermoso paseo junto al Ródano y sus bosques da tiempo a observar lo aprendido durante el día. A meditar sobre las cosas que preocupan en nuestro interior o a discernir sobre los caminos que se deben elegir a partir de ahora.

En este tiempo de reflexión intento mirar más allá del hoyo que cavamos en la tierra y procuro elevar la mirada más allá de mí mismo y de mis preocupaciones mundanas. Lo profano se mezcla con lo sagrado en ese continuo vaivén de emociones y esperanzas. Una cita de una escritura hindú nos recuerda que hay tres cosas que tenemos por la gracia del misterio: el don de ser un ser humano, el anhelo por la liberación y estar bajo la guía de un perfecto sabio en nuestro propio corazón. En eso pensaba. En hacer música de nuestras vidas humanas y colocar humildemente todo lo que nos importa sobre el altar de la vida. Eso nos hace sabios y nos encumbra inteligentemente hacia la existencia y el anhelo de la liberación.

Nos pasamos media vida socavando la tierra que nos rodea, identificándonos con ese agujero que vamos labrando día tras día, obviando todo lo demás: los ríos, las montañas, los valles, el cielo. Simplificamos la vida a ese reguero cavado, sudado desde que tuvimos consciencia de que algo había que hacer ante tanta tierra. Sin saber quienes somos y sin interrogarnos el para qué hemos venido aquí, hora tras hora cavamos cegados en nuestro círculo más inmediato.

No es verdaderamente importante saber dónde estamos en la escala de la evolución. El mundo sabrá lo que somos mediante nuestras acciones, cuando hayamos resuelto nuestro trazado en este trabajo que se nos ha impuesto. Lo importante es darnos cuenta, más allá de la luz que brilla por encima de nuestra mente, si hemos sido conscientes en todo momento de nuestra labor y si hemos limitado nuestras vidas a nuestro propio hoyo o hemos sido capaces de cavar zanjas más allá de nuestras preocupaciones. Tener visión nos libra de lo ilusorio y nos aleja de la mentira que el mundo crea como escenario. El arquero a caballo que va recto como una flecha hacia su meta no teme la derrota, la desolación, las pruebas que el camino le infringe. Su destino se traza a medida que avanza galopante. No mira hacia atrás, no huye hacia adelante, solamente respira mientras se acerca la hora de volcar todas sus fuerzas en la hazaña prometida. No cava una tumba en la tierra. Emerge en los caminos y se aleja veloz hacia su destino. Avanza, irremediablemente.

Vivir en un gran lodazal de confusión es prueba de lo dificultoso que resulta la tarea de estar vivos. Limpiar esa gran ilusión, esa gran ciénaga, forma parte de los trabajos de la vida. Nos corresponde profundizar abiertamente sobre lo que somos, al mismo tiempo que actuamos con fe en lo que hemos venido a hacer. A veces no nos damos cuenta de que vivimos inmersos en esa nube de pensamientos que distorsionan nuestra visión y olvidamos la poderosa fuerza del discernimiento. Pensamos infinitamente sobre el universo, pero no logramos verlo realmente. El universo no se piensa, se ve, se observa, se siente.

Ocurre lo mismo con el amor. No podemos pensar el amor ni nublar nuestra visión sobre el mismo si no arriesgamos nuestra emoción y nuestro hacer en la práctica del amor. Hay que amar desesperadamente, como dicen los poetas. La vida no se piensa, se vive. Y hay que vivir desesperadamente, como si nos faltara el aire a cada instante que pasa. Pensar en exceso sobre las cuestiones vitales nos aleja de lo que realmente importa. No pensemos el universo, sumerjámonos en él. Dejemos de cavar y vayamos de una vez a abrazar la inmensidad de la experiencia humana. Amemos y vivamos con desesperación.

 

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Epifanía, la noche de los reyes magos


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Un rey es aquel que es soberano de sí mismo, de su mundo, de su vida, de su destino. Es aquel que busca en la virtud el sentido de toda vida. Es un ser libre, de educadas costumbres y responsable con su vida y con la vida de los que le rodean. Es comprometido, cuando da su palabra la cumple porque el sentido del honor está por encima de todo. Ser soberano entraña obligaciones, cuidado y rectitud. Valor y confianza, fuerza y perseverancia. Un rey tiene el poder de gobernar todo aquello que se proponga, y como legítimo descendiente de los dioses, cumple con su deber de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. Ese es su mayor propósito y a eso se entrega. Algún día todos seremos reyes.

Un mago es aquel que, por una condición especial de su alma, tiene la capacidad de percibir lo que no todos perciben. Ve, porque tiene visión, las causas de todas las cosas, los arquetipos y los orígenes de cada acto, de cada emoción, de cada pensamiento. Es mago porque tiene el poder de transformar, no solo la realidad en la que vive, sino la realidad en la que viven los demás. Su magia es transformadora, generosamente transformadora. Al tener visión de las causas, es capaz de sobrellevar todo aquello que circunstancialmente acontece, intentando desde la serenidad buscar el cambio en cada lugar, situación o persona que se cruce por su camino. Su deseo más profundo es el de ser un obrador de milagros ,es decir, transcender la magia por lo milagroso de la vida. Algún día todos seremos magos y hacedores de milagros.

Un rey mago es aquel que ha llegado a nuestras vidas cuando estamos en un momento de descubrimiento, de guía, de transformación. Su poder silencioso, su elegancia, su sonrisa, transforma nuestra percepción de las cosas, nos guía, nos eleva hacia otras dimensiones hasta ahora inimaginables. Su poder y fuerza, su sabiduría y belleza, su amor e inteligencia activa producen en nosotros el cambio que necesitamos para volar hacia otra dimensión desconocida, amplia, transformadora. Cuando se cruza un rey mago en nuestras vidas, sufrimos una metamorfosis y ya nada vuelve a ser igual. Hemos elegido una vida de cambio, de mejora continua, de aprendizaje, y debemos aprovechar ese regalo para seguir avanzando. Algún día todos seremos reyes magos.

Por eso la figura del rey mago, del soberano capaz de transformar, se manifiesta al comienzo de cada ciclo, para recordarnos una y otra vez que la vida trae a nuestra existencia presentes con los que poder elevar nuestras consciencias, nuestra realidad inmediata y profunda. No solo es un gesto simbólico, es un arquetipo que nos ayuda a estar atentos. En cualquier momento puede llegar ese mago disfrazado de amigo, amante, familiar, para empujarnos hacia otra visión de las cosas. Estemos atentos a sus regalos, a su mirra, a su incienso, a su oro. Los reyes magos vendrán a la cueva de nuestro corazón para que allí nazca el niño que hay en nosotros, el alma que debe elevar nuestras consciencias hacia el infinito, hacia el mensaje de amor que este mundo tanto necesita.

Feliz epifanía en vuestro pesebre interior. Dejemos que se dé a conocer la realidad de nuestros mundos, que se manifieste lo que realmente somos, que se revelen las visiones más allá de lo tangible.

Ley de la inmersión: sumérgete


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© Dermot Russell 

 

Sumérgete en las canillas del llanto, en las verdes praderas de lo inaccesible, en el misterio que rodea cada pulso, cada vibración invisible. Sumérgete por completo en la vida que recorre las hojas que caen en otoño, pero también en los ríos de la primavera, los vientos del verano y el frío de la escarcha en invierno. Si eres valiente y tienes coraje, sumérgete en ti mismo. Busca en tu interior la grandeza de saberte hijo de las estrellas, manantial de vida, ruiseñor de todas las mañanas que delatan el hervor de la vida. Siente el calor que abriga tus adentros, piérdete en cada rincón de tu ser hasta que encuentres al rey que todo lo gobierna. Póstrate ante su majestad, arrodíllate ante su minúscula e inmaculada presencia. Está ahí, en alguna parte de ti, como representante cósmico de toda esta aventura, como embajador celestial del remoto recuerdo ancestral de lo que todas nuestras generaciones han sido. Si fijas tu mirada profunda en ese legado verás una carrera de aconteceres que han hecho posible el que ahora tú, aquí, en este único e irrepetible instante, estés explorando la existencia. Pon atención plena en ti mismo, porque cuando te sumerges en los abismos que representas, de alguna forma estás dando paso al milagro de poder embriagarte de eternidad.

Si eres valiente y tienes coraje, sumérgete en el otro. Respíralo con fuerza. Abraza todos sus ramajes, todas sus esencias, arrodíllate como un vasallo se arrodilla ante el poder luminoso de un emperador. Mira como brilla su mirada, aunque esté ciega. Mira como clama al cielo un trozo de esperanza y fe. Si fueras capaz de sumergirte en sus adentros y fusionar tu aliento con su aliento, entonces te darías cuenta de uno de los mayores misterios de la existencia. Su respirar, su aire, forma parte de tu aire. Su oxígeno forma parte de tu oxígeno, y su vida, de tu vida. No tengas miedo y sumérgete en cada uno de sus recuerdos, de sus errores, de sus torpezas. Mira atento su luz, su fuerza, su talento. Admira la belleza de su rostro, de su mirada. Tómale la mano para a continuación tomarle el alma y baila como lo hacen las estrellas. Observa atento cada uno de sus dedos, cada una de sus sonrisas. Si te apresuras, que sea para abrazar desesperadamente su calma. Si tienes miedo, que sea para vencerlo y abrigar la osadía de poder pertenecer a su más íntimo secreto. Arrodíllate siempre, humilde, ante el otro, para que pueda subir a tus hombros y pueda contemplar desde lo alto de tu mirada toda la belleza del camino. Y también viceversa, porque con el otro siempre se llega más lejos, más profundo, más alto.

Pero aún ve más allá, si tienes coraje y valentía. Sumérgete en la vida. Sumérgete en todas sus infinitas dimensiones. Mira cada horizonte, otea cada pálpito, cada instante como si fuera único y desmedido. Observa en el canto del jilguero que nunca viste como la luz se sumerge en el aliento del árbol donde posa. Sumérgete en cada detalle de cada momento de cada segundo de tu vida. Explora, si eres valiente y tienes coraje, cada pensamiento, cada emoción, cada universo paralelo capaz de mostrarse ante una visión plena. No tengas miedo nunca, y si lo tienes, véncelo una y otra vez en ti, en el otro, en la vida. Deja que la música del celeste roce pueda explotar con júbilo dentro de ti. Deja que el abrazo al otro te sumerja en lo más grande de unir dos pieles que se rozan. Deja que el sudor de la vida te empape, te llene de gracia, te atraviese en cada poro. Si tienes coraje y valentía, sumérgete, préñate de vida, penetra la existencia. Que nada te pare. Que nada te aparte al borde del camino. Que nada te aleje del amor hacia ti, hacia el otro, hacia la vida.

Feliz 2019. Feliz periodo de los tiempos cíclicos…


 

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© Cap Sur Le Bassin

Los ciclos siempre nos ayudan a reinterpretar nuestras vidas y a situarnos en nuevos aspectos para seguir avanzando. En el mundo antiguo se hablaba del Periodo de los Tiempos Cíclicos. Se aprovechaban esos cambios de ciclos para expulsar a los demonios, las enfermedades y todos aquellos pecados que nos atormentaran. Con ello se pretendía restaurar el tiempo mítico, el tiempo primordial de total pureza humana. Cada año nuevo es una oportunidad para volver a ese tiempo primero, una oportunidad para volver a nacer. Hay una lucha ritual para dotarnos de una nueva conformidad, un nuevo pacto entre nosotros y el cosmos para simular una vida mejor. En estos primeros momentos de celebración, buscamos renovarnos bajo propósitos que llenen la vida de sentido, siendo cada vez mejores en el proceso existencial. Por ello pactamos, bajo el disfraz de la fiesta y la celebración, los nuevos propósitos para el nuevo ciclo.

Siendo así, en esta nueva renovación, intentaremos tener el coraje y la fuerza suficiente para cooperar con lo inevitable. Para levantarnos con firmeza y decidir que los ciclos siempre nos dan la oportunidad de enfrentarnos a nuestro destino sin miedo, reordenando nuestras vidas tantas veces como haga falta. Amaremos y daremos la oportunidad de amar, porque si no amamos, si no aprendemos a amar, la vida carece de sentido. Siempre con una amplia sonrisa en nuestro rostro, aprenderemos a valorar todo aquello que tenemos, aunque sea poco, aunque sea nada. No hay mayor valor que aquel intangible deseo de seguir viviendo. Eso nos da salud y energía, nos coloca en nuestro lugar y nos avanza las aventuras futuras. Es importante cumplir nuestras promesas, aunque a veces estas tengan que cambiar para adaptarse a las nuevas circunstancias. Es importante conocer nuestros límites para poder romperlos bajo la fuerza del deseo, bajo la sabia batuta de nuestra voluntad inquebrantable.

A veces no es fácil, pero siempre buscaremos en este nuevo tiempo la manera de ser justos, sensatos y verdaderos. Especialmente con nosotros mismos, pero muy especialmente con los otros. Justos y humildes. Sensatos en cada gesto, en cada emoción compartida. Sin extremos, pero sin sordidez. Siempre justos, humildes y generosos. Con estos tres mandamientos aprendemos a mostrar interés por los detalles y apreciamos, poco a poco, con suma atención, aquello que nos rodea. Es cuando empezamos a apretar con fuerza la mano de nuestro compañero de viaje, cuando empezamos a mirarlo con mayor frecuencia a los ojos, en silencio, agradecidos. Esos detalles, siempre tan importantes, tan pequeños, pero que hacen nacer tan grandes obras. Gestos, cuidemos siempre los pequeños gestos para engrandecer nuestras vidas.

Si sabemos escuchar sabremos respetar las diferencias. Para eso será tan importante los silencios, las sonrisas, los abrazos tan cargados de empatía y amor. Escucharemos la música del alma del otro y la respetaremos siempre, especialmente cuando su alma llore y gima o esté perdida y confundida. Seamos pacientes. Porque cada uno tiene su propio ritmo, su propio compás para vivir y adaptarse a esta maratoniana carrera existencial. Si miramos las cosas desde el corazón veremos sueños y tesoros por todas partes. En los atardeceres, en los paseos por el campo, en los abrigados rayos del sol. Si miramos como niños al mundo sabremos desvelar sus secretos y podremos converger en sus enseñanzas.

Salud, fuerza y unión para los espíritus libres. Tengamos esa humilde capacidad de ayudar a los grandes para que, subidos a sus hombros, podamos ver el mundo desde otras alturas. Eso nos permite dar las gracias, ser agradecidos siempre y colaborar con la creación en todas sus dimensiones. Llevar una vida saludable y con buen humor son armas indestructibles. Hacerlo conmovidos por la grandeza de los otros nos hace grandes. Vivir en el presente sin esperar nada del futuro es darnos la oportunidad de divertirnos mientras vivimos, mientras amamos, mientras jugamos. Si lo hacemos buscando nuestro justo lugar en el mundo, nos hace únicos e irrepetibles.

Estamos, hoy, ante la oportunidad de un nuevo ciclo. Expulsemos a nuestros fantasmas y demonios. Perdonemos nuestros errores y trabajemos profundamente en nuestro propósito de almas limpias y puras. Démonos la oportunidad de ser mejores, una y otra vez, incansablemente. Feliz año nuevo. Feliz periodo de los tiempos cíclicos. Feliz 2019 a todos. Feliz propósito.

Feliz Navidad


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© The Creation of Man (2017), de Natalie Lennard

«No somos nada, pero esa luz es todo». Emerson

Nacer es una de las experiencias más increíbles de la naturaleza. Nacer en un pesebre entre un asno y un buey y que vengan tres reyes que además son magos a celebrarlo mientras unos ángeles cantan sobre una estrella guía es un capítulo de la historia que encierra secretos que habrá que atender. Lo importante de todo es la presencia de un mensaje poderoso: la humildad. Si es cierto que Dios encarnó, o al menos, un aspecto de su divinidad, en un pobre pesebre habitado circunstancialmente por unos emigrantes que huían de una guerra, me arrodillo humildemente ante su mensaje. Si es cierto que ese niño sobrevivió a los avatares de la época y consiguió tan joven enviar al mundo un mensaje de amor que aún perdura hasta nuestros tiempos, me arrodillo ante su grandeza. Nada sabemos de lo que en verdad ocurrió históricamente sobre un hecho que llega a nuestros días adornado en fábula. Pero eso no importa. Lo que importa es que el símbolo ha sobrevivido, el mensaje sigue su transmisión en los tiempos.

Todo parto viene acompañado de dolor. Ese niño llegó entre dolor, entre sangre y algún grito desgarrado en la noche. Nosotros lo celebramos como el triunfo de la vida, coincidiendo con el solsticio, con la noche más larga el 25 de diciembre en el calendario juliano. La luz vence. La luz viene para hablarnos de amor. Símbolos, alegorías, metástasis de la alquimia del tiempo que se transmite aún sin saber del todo cuanto encierra. La muerte y el renacimiento del sol, el Sol Invictus. Morir para renacer, y hacerlo preparados para derrumbar nuestras viejas cárceles conceptuales, para renacer a una nueva luz, a un nuevo mundo, a una nueva visión de las cosas. Ese era el mensaje que se intentó transmitir hace dos mil años: amarás también a tu enemigo, amarás a Dios sobre todas las cosas, amarás según te ames a ti mismo. El amor nos protege, nos preserva, nos eleva y redime toda forma de vida en la naturaleza. Por eso hoy es un día de amor, que debería celebrarse en amor, con amor. El Sol es vida y la vida es amor, y el Sol resucita, el amor resucita y nos renueva. Ese es el mensaje. Amaros los unos a los otros. Amemos.

Por eso, seas amigo o enemigo, seas creyente o no, seas conocido o desconocido, seas quien seas, este año volvamos a renovar los lazos que nos unen, aquellos que hacen que la vida nos de la oportunidad de morir a lo viejo para emprender el camino hacia lo nuevo, y aquello que hace que la luz triunfe siempre sobre la oscuridad. Amemos, aprendamos a amar, y lo demás vendrá por añadidura. No somos nada, pero la luz del amor lo es todo. No dejemos de amarnos. No dejemos de quemar lo viejo que nos unía para renovarlo en este nuevo sol. Luz, más luz para que el amor viva en nosotros.

Feliz Navidad a todos, feliz nacimiento en la cueva del corazón, feliz resurrección al amor verdadero.

 

 

 

 

Una flor es un diamante


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© Carmelita Iezzi

Hay momentos en los que uno desea poseer la facultad de saber cómo cree ser el personaje al que nos enfrentamos, cómo los demás creen que es y cómo es en realidad. Estas son las tres complejas dimensiones de todo ser, aquellas que sólo los dioses conocen y desgranan en sus observaciones. El juicio hacia los demás, a no ser que seamos dioses o tengamos un momento de endiosamiento, es siempre inútil y estéril. Otra cosa son los comportamientos de los demás, aquello que nos hace más sabios o más ruines cuando nos desafían de repente. A nadie le gusta enfrentarse a su sombra, y menos aún reconocerla. Si el espejo nos lo pone el otro delante, enfurecemos, culpando al otro de tanta mendicidad. Pero en el fondo nos revolvemos ante un trozo de verdad, esa que corresponde a una de las dimensiones posibles: “el cómo nos ve el otro”. Por supuesto, una verdad sesgada, contrariada por la totalidad.

Quizás por eso nos gusta siempre lo bello, o buscar en la belleza aquello que nos aproxime más a la comprensión infinita del universo y de los otros. Cualquier gesto, por pequeño que sea, cualquier flor en el campo que nos llame la atención y nos anime a contemplar la hermosura natural de la existencia, se convierte en nosotros en un diamante, en algo con un valor incalculable. Nos gustan los amigos que nos aman, aquellos que son fieles en lo bueno y en lo malo porque ellos han sabido apreciar en nosotros nuestra belleza, y de ella han hecho algo fuerte, duradero, un diamante.

Por eso, en esa distorsión en la que vivimos siempre, en esa discordia entre lo que somos, entre lo que los otros creen que somos y entre lo que nosotros creemos que somos, siempre es bueno aferrarse a cualquier flor, a cualquier representante de lo bello. Si tenemos duda entre el caos y el orden, entre las sombras y la luz, entre lo feo y lo hermoso, siempre buscaremos aquello que nos aproxime más al mundo de la armonía, de la concordia y lo admirable. Si podemos elegir, siempre elegiremos el bien, o aquello que para nosotros, en un estadio de normalidad, consideramos como bueno. Y siempre bajo la regla de oro: no desees al otro, en su distorsión multidimensional, aquello que no deseas para ti mismo.

Aún así, es cierto que a veces la oscuridad, lo tosco, nos atrapa y el mal nos posee. Cuando las fuerzas nos fallan, cuando el mundo parece retorcerse todo entero contra nosotros y el caos se apodera de nuestras vidas, podemos fácilmente abrigarnos en las sombras. Vivimos en un mundo de opuestos, de ciclos, de fuerzas. Cada día tenemos que elegir hacia qué fuerzas dirigir nuestros pasos. Cada día el mundo nos pone a prueba. Y cuanta mayor sea nuestra consciencia, cuanta más luz haya en nuestra inteligencia y mayor bondad en nuestros corazones, mayores tendrán que ser las pruebas y las elecciones a tomar. Porque a mayor consciencia, mayor responsabilidad a la hora de obrar el bien. Y también mayor el riesgo de enfrentarnos al propio mal de forma virulenta y poderosa.

Hay que estar siempre atentos para no ser seducidos por el umbral, por las fuerzas que se ocultan tras la luna. Aquellos que son atrapados por la luna, por sus sombras, difícilmente saldrán de ese embrujo sin la poderosa ayuda de algún sol arrebatador de consciencia. El mundo astral nos atrapa con suma facilidad. El mundo luminoso, siempre complejo, puede ayudarnos a salir, nos envía a sus mensajeros, a sus magos. Por eso es importante buscar flores en nuestras vidas. Merecemos vivir en palacios, merecemos vivir en la belleza, merecemos lo mejor y siempre obrando el bien. Flores que dentro de nosotros se transformen en diamantes. Seres que cuando nos miren, no finjan, sino que aprecien de forma sincera nuestras tres prudentes dimensiones. Sin juicio, con amor.

 

A ti la dama…


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Ahora que todo terminó, no puedo evitar recordar a aquella mujer que hace tiempo, mucho tiempo, habitó en mí. Era alta al mismo tiempo que frágil. Su cuerpo resplandecía apagado como un templo de mármol blanco pero teñido de oscuro, ligeramente inclinado cuando paseaba entre abedules o sobradamente prominente cuando lo hacía entre robles. A veces mendiga, a veces monja, a veces reina, nunca sabías cuales de sus atributos la describía en su contrariedad. Era una auténtica oxímoron llena de paradojas y contradicciones. Era trasparente e invisible para el mundo, pero luminosa para las dimensiones brillantes.

Había en su andar una pesada torpeza, como si los años de su juventud pesaran en una ancianidad que le poseía, pero también una elegancia propia de la nobleza. Siendo aún muy joven, sus manos pertenecían a una anciana y su rostro, a veces cansado y a veces alegre, desempeñaba diferentes formas, como si realmente convivieran en él decenas de almas que se mezclaban entre los surcos de su cara. Estaba poseída por el misterio de una belleza que no tenía competencia. Su largo cabello negro se enredaba entre sus hermosos pechos cuando leía a los antiguos filósofos. Me gustaba rozarle los labios con la mirada cuando desnuda, soñaba con algún poeta. Abrazarla, siempre muy tímidamente, era como penetrar en una tierra desconocida, pero al mismo tiempo yerma y vacía. Sus madreselvas decoraban con gracia y espesura toda su plasticidad. Y siempre ese olor suyo, salvaje, pura química anestesiante de un perfume propio e incomparable.

Tuve la suerte de dormir a su lado en alguna luna llena, contemplando únicamente su inteligencia, siempre superior a la mía y a la de cualquier otro, y su cuerpo, más hermoso aún cuando yacía desnudo. Pero todo era fantasía o cuento que terminaba en un despertar aburrido, sin pasión, frío y desolado, o en un momento de cólera inadvertida. Sólo una vez, de forma muy fugaz, conseguí encender dentro su fuego e iluminar su mirada, pero de nada sirvió excepto para desearla una y otra vez sin éxito. El amor no la habitaba, ni siquiera la curiosidad por poder atraerlo. Era feliz en el palacio de su soledad. Hubiera ansiado poseerla una y otra vez, pero entre ella y yo siempre había una gran sombra que a veces se convertía en cisne, en un imponente cisne negro que nos separaba día y noche. Hubiera deseado amarla y ser amado, pero nunca llegó la primavera a nosotros. Quizás sí cierto cariño, quizás sí la desesperación de algún deseo remoto y ocasional, pero nunca la fusión de dos almas, nunca el éxtasis de dos pieles convertidas en una. Era un ser inconquistable en un tiempo difícil. Era un ser impenetrable en un territorio que no invitaba a la aventura.

Aunque la llama nunca prendiera en ella, admito que de sus abrazos áridos saqué una tabla de náufrago, además de una enseñanza, que me permitió navegar hasta la orilla. Me salvó del abismo, me rescató de la ira, me sacó del agua hasta la sempiterna esfera etérica. Sus palabras nocturnas servían de canción de cuna. Su locura, arraigada a otros planos, distraían mi mente en un devenir amargo y afligido.

Hubiera deseado conocerla cuando era joven, y no ahora tan anciana y esotérica. Seguramente su belleza exagerada y alegre hubieran conquistado mi alma para siempre. De haberlo sabido, quizás la hubiera soñado, la hubiera buscado hasta toparme con ella en esa biblioteca con la que tantas veces había fantaseado. A pesar del fracaso y del intento, interiormente estoy agradecido. Es una suerte conocer ancianas hermosas, de generosos pechos, de bellas sonrisas, de libertad extrema emancipada de todo tipo de emoción o sentido, de sublime inteligencia. Especialmente si acuden a tu rescate para destruir la ilusión en la que vivías. Especialmente si son las portadoras de la fuerza suficiente para destruir lo irreal, acomodarte en otra dimensión para luego marcharse para siempre. Su reino era la oscuridad. Allí tenía su lámpara encendida, y allí acudía todas las noches como una luciérnaga ciega y herida. Habitaba en el mundo de las sombras, pero allí tenía su luz, esperando el renacer de la nueva aurora. Un día se marchó y no la vi más. Nunca supe qué fue de ella, excepto el recuerdo de su aliento, de su latir y de aquello que nunca fue y podía haber sido.

 

 

 

Rite de passage


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© Dorothée Machabert

 

Si hubiera estado firme y sereno, seguramente ahora mismo estaría viviendo en Francia una nueva vida. Pero mi pequeño ego se desmoronó, sentí miedo ante la llamada que la vida nos ofrecía y rompí interiormente el pacto. El miedo me alejó del amor, y al hacerlo, me desterró a una tierra de nadie. Es difícil revertir estas situaciones a pesar de que interiormente hayas podido observar el cúmulo de errores cometidos. De alguna forma, los errores también ayudaron a clarificar una relación que, al parecer, por una de las partes, no estaba del todo clara. La balanza se inclinó en todo momento hacia el miedo, el miedo provocó el caos y el caos la ruptura. Tres meses después vivo en un limbo, o como dicen algunos amigos, vivo en un mundo paralelo, sin querer aceptar la realidad y sin querer darme cuenta de que las cosas son así.

Repasando estos días la tesis doctoral sobre los análisis de los relatos mitológicos, en ellos se estudia el comienzo de la aventura iniciática con la “llamada”. Podría ser identificada como un rite de passage, según nos recordaba Van Gennep, entre una realidad antigua y caduca a otra nueva esfera de valores y procesos que tiene mucho que ver con los procesos iniciáticos y de conversión. No puede haber separación a la realidad antigua si no existe una “llamada” previa, un estímulo superior al propio individuo que le permita despertar a un nuevo pensamiento y a una nueva intención. De ahí que la conversión implique una transformación traducida en una nueva forma de vida. Esta transformación muchas veces implica una nueva manera de representar la vida propia de forma narrativa y en forma de testimonio de conversión.

Analizando con calma todo esto, veo que esa llamada no existe, excepto hacia mi realidad paralela, por eso no puede existir un rito de paso que me lleve correctamente a una nueva realidad. Mi llamada sigue estando anclada a un lugar irreal. La nueva realidad en la que ahora vivo de forma paralela, ha sido impuesta por la vida, no por una llamada ni una decisión propia. De ahí que no pueda aceptarla, ni reconocerla, ni adaptarme a ella. En mis sueños, todas las noches sin excepción, vivo en esa otra realidad en la que ahora debería estar viviendo si hubiera sido fuerte. En lo que llamamos realidad, sigo improvisando sobre los días que pasan lentos y sin sentido, con el agravante de que todo lo que le daba sentido anteriormente a mi vida, ahora ya no existe en mí, ni participo de ello.

Ayer, hablando con una buena amiga, me decía que estaba viviendo en otra dimensión, más cerca a los sueños de Avalón que a la propia realidad. Mi falta de aceptación y mi pérdida de sentido me hacen vivir en una especie de continua esperanza hacia una realidad que no se va a dar y que prácticamente es imposible que se de. Entre otras cosas porque es una realidad que depende de dos, y una de las partes está desaparecida. Podría decir, para complicar aún más el asunto, que se abrió una tercera brecha de realidad, pero también desapareció, se fulminó al instante, por lo tanto, mi vida tridimensional discurre entre lo deseado, lo irreal y lo real. Es en esta última dimensión donde me siento más perdido, más alejado, más desnudo y desprovisto.

Interiormente me di de plazo hasta la primavera para intentar reorientar mi vida y cohesionar todas las dimensiones en una. Admito que es como si me hubiera cogido un año sabático para pensar y reflexionar qué es lo que ahora toca, qué es lo que ahora debo hacer o a qué realidad debo entregarme. Tres meses después, sigo anclado en ese punto de inflexión donde todo debería haber seguido su curso normal pero donde todo se derrumbó de repente. Sigo atrapado a ese momento, a esa circunstancia, y nada ni nadie ha tenido el suficiente poder aún para sacarme de ese anclaje.

No me molesta. Lo observo todo con curiosidad. Mi amiga, que me conoce desde hace muchos años, dice que jamás me había visto en una situación así, ni por nada ni por nadie. Yo sigo expectante, observante, viendo transcurrir las cosas o esperando a que el mundo milagroso actúe para por fin abandonar este estado de entresueños, de vida paralela, de atontamiento vital. Siento interiormente que no puedo volver hacia atrás, hacia mi vida anterior, pero no soy capaz de visualizar, excepto ese deseo oculto, cualquier otra alternativa. Seguiremos esperando, qué le vamos a hacer…

 

En busca de lo milagroso. Fragmento de una enseñanza desconocida


(Foto: Hace unos días paseando por el Camino.)

«El mundo como lo hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No puede ser cambiado sin cambiar nuestro pensamiento.» Albert Einstein

«En busca de lo milagroso. Fragmento de una enseñanza desconocida» no es un título original. Pertenece a un hermoso libro de Ouspensky que viene al pelo sobre las reflexiones de estos días, donde, interiormente, me debato entre la magia o el milagro. Esto me sumerge inevitablemente en fragmentos de mí mismo, en enseñanzas desconocidas que fluyen del recuerdo de lo que soy, algo en lo que el Cuarto Camino insiste: recordar. 

Lo primero, la magia, depende de mí. Soy un mago, todos somos magos. Tenemos esa capacidad de regeneración, de transformación, de cambiar aquello que queramos a nuestro antojo, asumiendo luego sus consecuencias. Blanca o negra, para hacer el bien o solo para buscar nuestro beneficio, podemos ser mágicamente empoderados por las fuerzas del universo. Podemos alzar nuestra mirada y modificar nuestra realidad, y a veces, con ello, también la de los demás. El pensamiento, tal como dijo Einstein, tiene ese poder de cambio. Somos aquello que pensamos, somos aquello que somos capaces de pensar. Y lo mismo ocurre con nuestro entorno, con nuestro paisaje, con nuestro teatro particular. El escenario solo cambia cuando nosotros cambiamos interiormente nuestra forma de percibirlo. Esa es la magia.

El milagro es algo diferente. Ya no depende tanto de nosotros. Es algo que ocurre cuando abrimos nuestro corazón a la vida. Cuando no intentamos transformarla sino que dejamos que la vida nos transforme, porque ella siempre es más sabia, y sabe lo que necesitamos a cada momento. De nada nos sirve la magia si no sabemos dirigirla, sino tenemos un claro sentido existencial. No intervenimos excepto para acondicionarnos a esa entrega desde la apertura, la fe y la esperanza. Es la existencia la que interviene en nosotros cuando nosotros abrimos nuestros canales a esa experiencia. Esto es difícil de entender y sobre todo, de aceptar, porque no siempre nos gusta lo que la vida nos ofrece. Pero a veces aquello que nos ofrece, y aquí está la paradoja, es aquello que a su vez nosotros ofrecemos desde dentro. Si somos generosos, la vida siempre es generosa con nosotros. Si somos seres oscuros, la vida parece una entidad perversamente oscura. Pero hay que estar atentos porque las cosas no son lo que parecen. Uno puede ser egoísta y, sin embargo, la vida puede dotarnos de muchas riquezas. Pero esas riquezas no son símbolo de verdadera fortuna, sino podría ser un regalo envenenado y por dentro, sentirnos pobres y miserables.

Hablar de vida, sin más,puede resultar muy determinista. Algunos hablan de universo, de Dios, de Providencia. No importa el nombre. Sin duda la vida tiene un diseño amplio, expansivo, inconmensurable y a veces extraño para nuestras limitadas cabezas. Nosotros no podemos entenderlo y por eso es un misterio o pensamos que todo es fruto del azar. Y ese misterio encierra el poder de los arquetipos, de los guionistas, de los obradores de milagros y con un poco de enseñanza, nos damos cuenta de cuánto poder puede ejercer esa visión en nosotros.

Hay fuerzas y energías. Saber diferenciar el poder creador de cada una de ellas, porque son muchas y diversas, es empezar a caminar por la magia del milagro. Digamos que cuando entregamos nuestra existencia a la vida, decimos eso tan sagrado de “hágase Tú Voluntad y no la mía”. Esa sentencia encierra dentro de sí un poder infinito, porque entonces nos entregamos a las fuerzas cósmicas, a las energías que nos han de llevar hacia un propósito mayor. No es fácil esa entrega incondicional porque no siempre estamos preparados para asumirla, entenderla o ejecutarla. Nunca nadie nos advirtió que la vida fuera fácil y que más allá de lo aparente, existe una ancha dimensión de experiencia que ignoramos.

Por eso estos días me decidí estar atento, observar el escenario con suma atención para ver si era capaz de descifrar las señales, lo milagroso, más allá de la pura magia de actuar. Creo que algo entendí y por eso mañana me marcho a Barcelona unos días, siguiendo las señales e intentando descifrar sus pistas. Vamos a ver si puedo mantener la atención y ver qué ocurre. Seguiré buscando en lo milagroso el siguiente paso a seguir.

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    Je est autre


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    Esta semana creo que la noria me lleva hacia abajo… debe ser la luna o alguna mala configuración astral… no lo sé… pero subido a la noria miro a mi alrededor y sonrío… y me digo, «bueno, ahora toca bajar, agárrense que vienen curvas»… y sigo sonriendo viendo como caigo en la tristeza, en la melancolía, en la soledad. Son procesos inevitables con los que ahora intento convivir. Sí, hay una gran mejoría interior con respecto a meses anteriores, pero ahí está la noria, dando vueltas locamente de un lado para otro. Sinceramente, ya no me importa la noria, ahora disfruto del paisaje, sea otoñal, sea primaveral o sea como sea. Ya no importa. De verdad.

    Decía Tolstoi en su Ana Karerina que todas las familias felices se asemejan y que cada familia infeliz, lo es a su modo. La infelicidad tiene esas cosas. Hace únicas las experiencias y producen un resultado asombroso y diferente en cada persona. Esta mañana, mientras paseaba acompañado por un tramo del camino de Santiago, a la altura de Sarria, expresaba esa necesidad de saberme infeliz, pero al mismo tiempo esperanzado. Quiero decir que puedo ser consciente de que estamos vivos, y que, por lo tanto, no hay que tener miedo a expresar abiertamente lo que uno siente. Se lo decía a mi interlocutora. Nos escuchábamos, sin conocernos de nada, compartiendo secretos anímicos, sin miedo, sin tratar de juzgar ni ser juzgados.

    Creo que es hermoso desahogarse, ya sea en un paseo otoñal como el de hoy, ya sea con la escritura. Ya no me importa si me leen un millón de personas o cuatro. Yo simplemente me desahogo, por si ayuda en algo, o por si me ayuda a mí mismo. Mi acompañante, al desahogarse, al contarme su historia aún sin conocerme, me ha dado luz, me ha ayudado a comprender cosas que sin su mirada, sin su forma de entender la vida y de afrontarla, no hubiera nunca entendido. Estoy muy agradecido cuando quedas con un desconocido y abre su alma sin reparo. Cuando ves como caen lágrimas por su rostro sin miedo al juicio. Estoy francamente agradecido por el paseo, por la confianza y por el aprendizaje oculto.

    Decía Rimbaud en sus “cartas videntes” que “je est autre”, algo así como ahora soy diferente o ya soy otro. Esa es una sensación en la que meditaba estos días. Observaba mi pasado no muy lejano y me miraba ahora y notaba ese cambio inevitable. He querido compartir esa buena nueva y he escrito otras de mis patéticas cartas. Pero esta vez no me importaba parecer patético. Me daba cuenta que era yo mismo, pero diferente, y por lo tanto, mejor. Mejor para afrontar la vida con valentía, sin miedo. Mejor por acercarme hacia lo que siento sin complejos y expresarlo abiertamente. Si no hay miedo, y esto es importante recordarlo siempre, hay amor. Ya lo sabemos, así que amemos sin miedo.

    Ya soy otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín”, rezaba la primera carta de Rimbaud. “Porque ya soy otro. Si el cobre se despierta convertido en corneta, la culpa no es en modo alguno suya”, decía la segunda. Eso es muy revelador, porque siempre hay algo que nos transforma y nos convierte en otra persona, en otro ser sin perder nuestra esencia de madera o de cobre, y no es culpa alguna de nadie si eso ocurre, de lo que antes éramos. Los hechos infelices o traumáticos tienen ese poder mediador entre lo que éramos y lo que ahora somos. En estos tres meses de profundo cambio he podido descubrir ese sanador lugar donde todo cambia cuando puedes sorprendente en una vida aparentemente tranquila y tras un hecho traumático, volver a nacer a otra existencia totalmente diferente.

    ¡Cuántas veces no habremos nacido una y otra vez! ¡Cuánto hemos cambiado sin darnos cuenta! Miramos nuestros recuerdos, nuestra memoria pasada y no nos reconocemos. Lo sorprendente es tener consciencia de ello cuando todo ha pasado de forma tan rápida. Mirar unos meses atrás, ver cómo hicimos las cosas y darnos cuenta de forma brusca y humilde de tantos y tantos errores. Mirarlos, reflexionarlos y aprender de ellos. Mirarte luego al espejo y ver que algo cambió dentro y fue hermoso. Eso es maravillosamente milagroso. Y valiente poder verlo y reconocerlo, poder admitir toda tu oscuridad y traspasar sus límites sin temor al que dirán. Amor, solo amor.

    Descubro en esa mirada al niño saboteador, al adolescente que se declara con derecho a no ser estimado, al adulto impaciente y casi diría que al anciano provocador. Veo todos los ciclos juntos en uno solo y veo qué fácil resulta dejarse llevar por algo añejo cuando las circunstancias nos ponen a prueba. Lo mejor es no tener prejuicio en reconocerlo, ni siquiera públicamente, especialmente ahora cuando lo público y lo privado casi han dejado de existir como entidades propias.

    Qué más da lo que hayamos hecho si nos ha servido para aprender, o mejor aún, para ser algo distinto y diferentes, para liberarnos de lo viejo y caduco. Aún no sabemos si el aprendizaje ha hecho una mejor versión de nosotros. Eso la experiencia futura lo dirá. Pero al menos ha gestado un cambio inevitable, un acierto de vida que clama movimiento y metamorfosis. Sí, ahora soy otro, qué le vamos a hacer.

    (Foto: visita inesperada de mi querido amigo Geo aquí a mi lugar de retiro). 

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    Huir por los caminos


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    “Hay que dejar el mundo si deseamos seguir al Señor. Debemos dejarlo, digo, no como lugar, sino como modo de pensar; no huyendo por los caminos, sino avanzando en la fe.” Orígenes

    Llueve. Y lloverá durante algunos días. Quizás ya no deje de llover hasta la primavera. Lluvia, incienso, música y soledad. Ingredientes perfectos para el otoño. Melancolía, añoranza, reposo, colores ocres y olores arrojadizos, pausados, melosos. Libros, muchos libros. Tantos como gotas de lluvia que no cesa. Palabras, conocimientos, historias, leyendas, mitos, frases que se amontonan como ríos en sus valles, con sus meandros, con sus lágrimas recogidas en un cauce. Uno podría crear mundos con estos elementos, imaginar realidades, sentir caminos.

    Y ahí fuera la vida ahora pausada. Por la ventana veo las montañas y los bosques que abandoné hace unos meses. Allá arriba las cabañas ya deben oler a chimenea. Las castañas deben estar ya en el fuego asando el sabor único de la tierra. Las paredes están frías. La tarde se aposenta en el lecho nupcial que precede a la noche. La oscuridad llega pronto, sin sabores, sin alicientes especiales. Podría contar uno a uno los momentos y no dejarme nada por nombrar, porque son pocas las cosas que pasan. Casi prefiero que así sea. Los sobresaltos del ajetreo de antaño terminaron menguando las fuerzas. Tantos frentes abiertos que ahora resulta difícil ordenarlos, administrarlos con prudencia, con sabia respuesta a los tiempos. ¡Ay los tiempos!

    En la soledad algunos encuentran su palacio, su reino, su retiro. Esta soledad, la mía, es como vivir en el exilio, lejos de tu tierra, lejos de todos. Me doy cuenta en estos momentos lo que significa vivir en un país extranjero donde eres extraño hasta para ti mismo. Lejos de tu gente, de tu familia, de tus amigos. Lejos de todo aquello que te hizo como persona. Siempre lejos de todo y de todos. Pasear por las orillas del río es darse cuenta de lo lejos que puede llegar a estar uno de aquello que te hizo, de aquello que te dio forma y vida. Es otoño y la añoranza se acumula por tactos, por formas y tamaños. A veces vienen olores o recuerdos que se aíslan para tomar fuerza, para transportarnos a otras realidades posibles. Porque todo es posible, incluso volver atrás, incluso abrazar aquello que se marchó para siempre. ¿Cómo se puede marchar algo que estuvo tan sujeto a ti? ¿Cómo puede desaparecer ese abrazo profundo y cómplice?

    Quizás debería dejar el mundo como modo de pensar, pero ahora me siento aliviado regodeándome en la otoñal estampa. Me alivia huir por sus caminos. Me calma no hacer nada, no pensar en nada excepto en aquello que alguna vez tuvo un sentido único y verdadero. Me regocija imaginar posibilidades ahora ya casi imposibles mientras la lluvia no cesa de caer. Todo amanece gris y pronto la oscuridad volverá a teñir los recovecos más secretos y ocultos. Así es el otoño. Triste, melancólico, expectante. Pero hay algo que todos sabemos, que todos intuimos. Pronto vendrá la primavera. Pronto vendrá el nuevo tiempo. Vamos a esperar, tranquilos. Vamos a esperar.

    (Foto: © Bill Smith)

     

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    La pulsión de unidad


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    A veces encuentras seres excepcionales enclaustrados en sus vidas, que ven el mundo desde lejos, encerrados y hastiados en una nave que no avanza a pesar de que gira y gira, como si realmente fueran extraños a este planeta y todo lo que aquí acontece. Son auténticos genios que encierran su lámpara maravillosa debajo de la mesa, contradiciendo las indicaciones del Galileo. Así también me sentí a principios de esta semana. No como un ser excepcional o como un genio, sino como un ser enclaustrado. Intenté salir, dar un paseo, visitar amigos, genios y excepcionales que viven también en su propia nave nodriza, y volver de nuevo para atender obligaciones que van surgiendo. Dos días fuera, otra vez, para darme cuenta de que sigo excesivamente encerrado en mis adentros. No lo veo como algo malo, más bien como algo necesario para descansar y sanar, para reponer fuerzas y volver a la raíz de todo el asunto.

    Después de mi escapada al Mediodía, no me veo aún con fuerzas de enfrentarme al mundo. En estos días debería estar participando en una conferencia en las Naciones Unidas, en Ginebra, donde había sido invitado para hablar de las utopías. O dando alguna charla en alguna universidad de Madrid, donde me han invitado para hablar de alguno de mis libros. También un reconocido escritor, premio Planeta y alguna cosa más, me invita a encerrarnos unos días para escribir un libro juntos. ¡Qué tentador resultan todas estas cosas si viviera en el mundo! Pero de momento sigo encerrado en mí, intentando dilucidar qué será de ese futuro que ahora me resulta inquieto e incierto, pero sobre todo, intentando descansar para calmar mi propia vida siempre agitada.

    Estos días alguien me decía muy a propósito que lo único que nos sana es una conexión con el ser. El anhelo de estar con otro es el anhelo de abrazar al ser, al universo. Nuestra pulsión nos lleva a desterrar los antiguos patrones de entendimiento y buscar nuevas formas de abrazar al mundo. El vacío fértil del que habla el budismo nos permite crear algo real en la mirada ajena, en el compartir sincero. ¿Cómo manifestar la belleza en nuestras vidas si no es compartiendo? Debemos reclamar nuestra herencia como seres humanos y desvelar la luz en los otros. Todos somos inocentes de esas cargas que vamos acumulando en nuestro zurrón de viajeros. Debemos soltar la culpa y desapegarnos del pasado para profundizar en una nueva vida. ¿Por qué a veces nos sentimos tan pesados? Hay que soltar, nos repiten una y otra vez.

    No debemos exigirnos cosas para las que no estamos preparados. Esa ha sido una gran reflexión estos meses. Lo hacemos lo mejor que podemos con las herramientas que la vida nos ha dado. Todos en alguna medida tenemos rabia, dolor, soledad, tristeza, miedo. No debemos abandonar todas esas cosas o esconderlas. Somos seres humanos y tenemos todo el derecho del mundo a mostrarnos como somos, con nuestras cosas buenas y las menos buenas. Estamos aprendiendo, hemos venido a esta hermosa escuela para aprender los unos de los otros y así acercarnos cada vez más a nuestra pulsión personal. Y profundizando en esta idea, lo que realmente nos mueve es la pulsión hacia la unidad. Algo profundo y complejo. Algo que nos llevará hacia un reencuentro con todo lo existente y una inevitable reconciliación con nosotros mismos.

    Sí, habrá que descansar, con el único propósito de seguir la pulsión en el nuevo día, en la nueva aurora.

    (Foto: En la India hace algunos años y como fondo de escritorio del ordenador de un buen amigo que con cariño me recuerda esa sonrisa del alma que nunca hay que perder… Gracias querido por el abrazo en el tiempo y por la pulsión de compartir con cariño y amistad)… 

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    La reunión de los cuerpos celestes


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    «En ese estado de tranquilidad de una mente que está de veras en silencio, hay amor. Y el amor es lo único que puede resolver todos nuestros problemas humanos». Jiddu Krishnamurti

    Decía Krishnamurti en su escrito sobre “la libertad primera y última” que la mente no puede resolver nuestros problemas, que solo el amor es capaz de llegar allí donde nosotros no podemos llegar con nuestro interrogatorio interior. La mente siempre se enreda intentando explicar lo que ocurre y por qué ocurre así o asá, pero no es capaz por sí sola de resolver los grandes conflictos que asolan a la humanidad y a nosotros mismos, precisamente porque no viene acompañada de ese sentimiento compasivo que es el amor. Encerrados en nuestros problemas, resulta complejo poder atisbar más luz de la que necesitamos. Encerrarnos en nuestros mundos, aislarnos de todo y de todos, no resuelve ninguna incógnita, ni nos hace mejores ni nos permite enfrentarnos directamente a los asuntos que debemos afrontar con valentía y amor.

    Muchas veces elegimos estar solos precisamente por eso, por no querer participar de la vida y de sus complejidades. En nuestra soledad encontramos cierto refugio y seguridad. Allí nadie nos molesta, nada nos perturba, estamos a solas con nosotros mismos y no tenemos que dar explicaciones a nadie. Pero en esa soledad nos alejamos del amor, de la vida. El éxito de la era digital es que nos permite cierta organización y relación ficticia con un mundo que creamos a nuestra imagen y semejanza tras la soledad de las pantallas. En ese mundo elegimos con quien interactuar y cómo y cuándo hacerlo. Si algo nos molesta, lo eliminamos. Eso nos aleja del crecimiento, del enriquecimiento interior y de la fortuna del calor humano, ahora apartado por la fría interacción virtual.

    De alguna forma todo está vinculado, inclusive las galaxias, las estrellas, los átomos, las células. Todo es una gran simbiosis que se vincula desde diferentes hilos multidimensionales. Como seres humanos, necesitamos del otro para poder corresponder con nuestra propia identidad. El mito de Robinson Crusoe murió cuando descubrimos que la vida humana requiere de otros humanos. En «el filósofo autodidacta», de Ḥayy ibn Yaqẓān, ya se especula sobre la necesidad de pasar de la soledad al abrigo del mundo, donde todo es unidad y donde existe una reunión de todos los cuerpos celestes. Estar solos nos aleja de la vida y nos anula el sentido de la existencia.

    Esa reunión inevitable se ha descrito en muchas leyendas, como el mítico Simorg, y nosotros estamos llamados a ser parte de esa reunión, de esa unidad, de ese abrigo. La soledad está bien si surge de una cualidad innata desde la cual podemos crecer, pero solo es útil si de esa soledad sacamos enseñanzas para luego ser compartidas con el resto. La soledad debería ser algo temporal, o en todo caso, una soledad compartida. Como cuerpos celestes encarnados, deberíamos reunirnos en la comunidad de almas, pero también en la pareja, en la familia, en la amistad. La pareja es el mayor reto al que nos enfrentamos para crecer y desarrollarnos. La familia es nuestra gran escuela y la amistad nos gradúa en el arte de la relación, es decir, todo en conjunto, es una expresión de aquello que entendemos como amor. La vida es amor. Amor es relación.

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    Sobre mariposas y berberechos


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    «Creo que una hoja de hierba es tan perfecta
    como la jornada sideral de las estrellas,
    y una hormiga,
    un grano de arena…»

    Walt Whitmann

    En la alquimia, se asocia al planeta Saturno, al elemento plomo y a la Luna menguante todo el proceso llamado Nigredo. Esta fase puede asociarse a nuestras vidas como ese momento donde todo se descompone antes de poder obtener la materia pura que somos, o antes de alcanzar, en términos más profanos, nuestra plenitud como seres. El Nigredo es la noche oscura del alma donde el individuo se enfrenta inevitablemente a su sombra interior. Siguiendo con el símil, tras la noche oscura llega la introspección y el renacimiento, el Albedo en la alquimia. Luego viene el despertar, el Citrinitas para más tarde llegar al Rubedo, la perfección de lo que somos.

    El camino siempre parece el mismo, o siempre parece claro. Pero todo es aparente porque a veces lo que para unos es claridad, para otros es tan solo oscuridad. En el mundo de las formas es francamente difícil alinearse con aquello que supera lo superfluo y aparente. De ahí la necesidad de entender la vida con cierto análisis alquímico, intentando elevar la mirada más allá de lo aparente.

    Aparentemente, hay cosas que no pegan ni con cola, pero hay cosas que aún sin pegar requieren estar juntas. Hay fuerzas mayores que nos doblegan y hacen que una mariposa pueda abrazar a un berberecho. Pocos pueden entender esta frase, pero en el mundo de los arquetipos invisibles existe un berberecho viviendo en un mar profundo que alberga la esperanza de abrazar a una mariposa, un ser alado que voló tan alto que desapareció entre gigantes de viento, tan alto tan alto que se escondió entre palas figuradas que avanzan como manos hacia un futuro incierto. Puedo entender que un berberecho y una mariposa no albergan ninguna posibilidad en el mundo de los condicionantes, pero también puedo entender que más allá de esos condicionantes existen posibilidades infinitas que superan la razón.

    Son a esas posibilidades, las infinitas, a las que nos agarramos en la noche oscura. Soñamos con abrazar la esperanza, la fe, la posibilidad. Soñamos con entender las fuerzas que se aglutinan para condicionarnos y demostrar que hay cosas que no pegan ni con cola, que son diferentes, y por lo tanto, no merecen estar juntas. A veces el miedo opera sobre nuestra voluntad. A veces la ira o la cólera. A veces el creernos lo que unos dicen sobre la imposibilidad material de que una mariposa o un berberecho puedan abrazarse.

    Pero hay una perfección para todo. Y es justamente en el corazón, en lo que nos dicta a cada momento, donde hayamos las más profundas verdades. Nuestro juicio siempre es dañino porque intenta clasificar, ordenar y entender cosas que muchas veces se escapan a la razón. Hay cosas que carecen de razón, de oportunidad de entendimiento. Simplemente hay que abrazarlas con paciencia, con amor, con delicadeza, como lo hace un berberecho a una mariposa en un mundo aparentemente imposible. En el Nigredo todo esto se aprecia bien. Es tanta la oscuridad que el entendimiento interior nace siempre lúcidamente, y desde allí, todos los opuestos pueden unirse, fusionarse, amarse. Todo lo que antes era imposible, se abraza, como lo hace un berberecho a una mariposa en cualquier orilla, junto al mar.

    (Foto: en Medina Azahara hace unos días…)

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    La vida de los idealistas es siempre dramática


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    Escribir es desplazarse a lugares insospechados en los que el sueño es más seguro que la tierra firme”. Joseph Conrad

    Amanecía todo nevado en este hermoso valle que ayer era verde otoñal y hoy se tiñó de blanco inmaculado. Ayer hicimos un repaso, ante el inminente frío invernal, de todo lo acontecido en estos meses. Especialmente sobre la fragilidad humana, sobre la falta de sentido ante la necesidad de encauzar nuestras vidas hacia lo milagroso. Me daba cuenta de que, en el fondo, estaba experimentando una especie de privilegio del que aún no soy del todo consciente y al que me tengo que enfrentar con optimismo y valentía. Escribir me ayuda especialmente a ello.

    Marcel Proust decía que para escribir lo único que se necesita es soledad y silencio. En ese sentido me siento afortunado. Lo que más deseo en esta vida, en estos momentos, es escribir. Y la existencia ha querido ofrecerme la oportunidad de poder hacerlo en este solitario y silencioso balneario. Tengo sobrado un instinto narrativo que me empuja a amontonar palabras unas sobre otras, a veces sin ni siquiera pensarlas. Nunca le tengo miedo escénico a la página en blanco. Soy capaz de vomitar cualquier cosa y sería capaz de escribir cientos de libros si tuviera un mínimo de disciplina, cosa de lo cual carezco. Siempre me pregunto para qué sirve la escritura, al mismo tiempo que reconozco que no sería quien soy sin esos cientos de libros que he ido amontonando y leyendo en las estanterías de mi existencia.

    Hace unos días, un amigo me animó a que dejara mi oficio de editor para imbuirme de una vez en lo que realmente me gusta, escribir. Me invitó a que volviera a escribir con mis amigos más famosos libros epistolares. En estos momentos estoy trabajando con el amigo Emilio Carrillo en un libro sobre la gestión del Misterio. Pero siguiendo los consejos de mi querido Jaime, escribí a otros amigos polémicos y conocidos. Empecé por Tardà, Dragó, Valls… Uno de ellos me llamó y estuvimos hablando cerca de una hora. Me dijo una frase que me llamó la atención por lo acertada y oportuna: la vida de los idealistas es siempre dramática.

    Manejar con fluidez el idioma, dominar los recursos estilísticos y familiarizarse con el lenguaje es la mejor forma de enfrentarse a esa vida dramática. Eficacia y originalidad a la hora de manejar el lenguaje es la forma de construir idealmente una vida avasallada por la experiencia, la aventura y la lucidez. El poeta no acota el mundo, lo expande, y al hacerlo con esa sustancia extraña que es el lenguaje, se recorre ese viaje, entre silencios y trajes rotos, esa inútil búsqueda en los recodos de la vida. Pensando en eso hoy, al despedirme de mi querida amiga de la infancia tras un fin de semana intenso en el diálogo y el compartir, se me cruzó el cable aventuresco e invité a alguien crucial en estos días de tímida resurrección, a realizar un viaje hacia los mares del sur. Mañana temprano nos marchamos, y que la aventura y la lucidez transformen nuestras vidas para siempre.

    (Foto: así amaneció hoy el escenario que habito).

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    La gran revelación


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    Esta mañana le pregunté qué desayunaba ante su inmediata visita. Me dijo cosas muy raras hechas con coco y avena. Desde que se hizo vegetariana está insoportable con la comida. Le dije que aquí en el Balneario sería difícil encontrar esas cosas. Fui a la tienda y tenían leche de arroz y galletas de avena. Como nos conocemos desde los siete años, la confianza hace que podamos hablar abiertamente de cualquier cosa sin prejuicio previo. Ella me conoce bien y nunca me juzga. Me quiere tal como soy, con mis aciertos y mis fracasos. Este fin de semana viene para acompañarme, para confirmar los lazos de amistad que han sobrevivido al tiempo desde que éramos niños. Una amistad a prueba de todo. Sincera, noble, verdadera.

    Bien temprano hacía una temperatura agradable a pesar de que la niebla se extendía por todo el valle humeando el impresionante monasterio que da fama al lugar. Mañana las temperaturas no pasarán de cero grados y es posible que de lluvia y nieve, así que pasaremos todo el fin de semana encerrados en el ágora recordando viejos tiempos. Puse algo de incienso y marché a la tienda a ver qué podía encontrar que fuera raro y nutricional para el desayuno. Ante la ausencia de mi querida Lourdes, uno de los seres más angélicos y cariñosos que he conocido en este mundo, hablé un poco con su jefa, la buena de Angelines, la dueña de la tienda. El tema principal siempre es el tiempo, pero a veces también hablamos de política o de cómo se dice una palabra en inglés, si así o asá. Como vienen muchos peregrinos, fuente principal de ingresos de los comerciantes de este lugar, saber algunas palabras siempre viene bien para atender correctamente a la clientela. Miró mi leche de arroz y mis galletas de avena y se extrañó. «Viene una amiga que come raro«. Le dije. Eché de menos a Lourdes que anda de vacaciones. Ir a la tienda cuando está Lourdes es una bendición. ¿Os imagináis ir todos los días a por el pan y que la tendera te de un impresionante abrazo de bienvenida y despedida? Eso ocurre aquí, y uno siempre empieza agradecido el día por estos regalos.

    La segunda visita obligada fue para Carmen, la directora de la oficina de Correos. Debido a mi actividad editorial, soy su mejor cliente y me trata con cariño y alegría. Todos los días tengo algún paquete que vuela hacia cualquier parte del mundo. Hoy tocaba Andalucía. Cuando las cajas son muy grandes, cierra la oficina y sube hasta el pequeño ágora para ayudarme con ellas. El trato en estos lugares siempre es exquisito, tan lejano de la frialdad con la que a veces nos atienden en las grandes ciudades. A Carmen siempre se la ve feliz y alegre, y mis dos puntos neurálgicos en este pequeño núcleo rural de no más de ochenta vecinos, la oficina de correos y la tienda del pueblo, son como puntos de luz en mi vida sosegada.

    Pero han pasado muchas cosas en dos días. Quizás porque ya atravesamos el tránsito de la luna llena de tauro y parece que las energías empiezan a reorganizarse de nuevo. Ayer, tras tres meses sin subir a la finca, fui a llevar alguna cosa. Aproveché la ausencia de la gente para dar un paseo con el amigo Geo. Noté cierto caos en los espacios comunes y sufrí añoranzas que me hicieron llorar cada vez que me cruzaba con la gata Gaia, el gato Merlín, con Meiga y Chip… Llegué con Geo hasta la cabaña en las entrañas de nuestro pequeño bosquecillo, ahora tan coqueto y otoñal. Todo lo que allí vi me parecía desolado y triste. Entré dentro, me senté en mi sillón de reflexión y no podía parar de llorar en la que hasta hace poco había sido mi casa, mi pequeño hogar en el bosque. Aquella cabaña la había construido con ella, con una alegría y una emoción inmensa, y ahora ella ya no estaba. Vi que aún no me sentía preparado para volver a los bosques y menos aún a esa cabaña que tantos recuerdos me ofrecía. Geo se acercaba y me lamía las manos con cariño. Me levanté casi sin fuerzas y nos adentramos entre los árboles para dar un largo paseo pensando si ahora tenía sentido volver a vivir en una cabaña como antes. Algo dentro de mí está muy revuelvo para poder contestar esa cuestión.

    En el amable pero doloroso paseo tuve una revelación. Todo el caos que veo a mi alrededor es solo algo que ha nacido de mis adentros. Es decir, no es que todo se esté derrumbando a mi alrededor y por eso yo me he derrumbado. Más bien al contrario, todo se ha derrumbado a mi alrededor porque algo se ha roto desde dentro.

    Nunca hasta ayer fui consciente de este hecho. Al menos nunca de la manera en la que ayer lo pude entender todo. El universo ante mí, el escenario, se reorganizó ante el caos que empezaba a experimentar en silencio, ante la confusión en la que yo mismo me vi envuelto. Entré en una profunda crisis y todo lo que era irreal empezó a desvanecerse, a desaparecer, a huir.  Empezó a desaparecer todo como en una carta de naipes que se desmorona ante el primer soplido.

    Tres meses después de eso, solo ha permanecido lo verdadero. Los amigos, especialmente los amigos, y poco más. Mañana volveremos a confirmarlo.

     

    (Foto: paseando con Geo ayer por la tarde en los hermosos bosques gallegos).

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    Ninguna noche es infinita


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    Ayer me pasé todo el día en la horizontalidad, mirando hacia el cielo simbólico y suplicando a los inmortales dioses que fueran benévolos. La comida no es abundante en el Balneario y las ganas de cocinar han sido sustituidas por manjares imaginarios acompañados por flautas que deleitan los banquetes etéricos. Busco en el anchuroso cielo, ahora de lisas paredes, inalcanzable para cualquier mortal, respuestas a los desvanes que asolan la tierra. Si suplicara a la tradición, solo encontraría respuestas en Shiva, uno de los dioses de la Trimurti, el cual representa el papel del dios que destruye el universo, junto con Brahmá, el dios que lo crea y Visnú, el dios que lo preserva. Shiva se ha encolerizado, y por lo que me dicen, son bastantes los que padecen en este tiempo su ira.

    Muchos están sufriendo la devastadora energía que todo lo destruye para que la vida se regenere en cuanto no quede ni un edificio de irrealidad suspendido en los avatares del tiempo. La destrucción, empiezo a entender a pesar del dolor que provoca, sirve para regenerar, para separar lo irreal de lo real. Así también en los plácidos atardeceres otoñales, donde todo empieza a morir para dar paso al angosto invierno, donde la muerte se manifiesta con virulencia. Es el ciclo de la vida, y es complejo entenderlo si lo miramos todo desde una dimensionalidad finita. De ahí la necesaria visión multidimensional. Sí, lo estoy pasando mal, pero todo responde a un porqué y a un para qué que pronto se desvelará.

    Si lo entendemos así, debemos soportar los envites, respirar hondo y comprobar con cierta alegría y optimismo como en un pronto futuro podremos construir de nuevo algo más real y auténtico para nuestras vidas. Con la ayuda de Brahmá, podremos edificar con sólidas estructuras algo nuevo y diferente. Al menos esto me ha recordado mi querido Jaime, que me llama desde el sur para animarme, con esa gracia y alegría andaluza, a que respire nuevos aires. “Siempre has sido un alma libre incluso en los peores momentos”, me decía mientras escuchaba atento sus palabras en este hermoso ágora donde me encuentro. Respiré el olor a incienso, sus melodiosas palabras y recordé mis años de vida en Andalucía, en aquellos valles y montañas plagados de luz, olor y color.

    Quizás le haga caso. He invitado a una amiga a dar un paseo por eso de compartir las aventuras, y viajaremos hacia el mediodía para cambiar la perspectiva, para comprobar que hay más vida después de todo derrumbe y para darme cuenta, como ayer decía cariñosamente Cristina (gracias querida por tu carta), de que ninguna noche es infinita. Así que gracias queridos amigos por vuestra inspiración. Toca mirar adelante, viajar y seguir saboreando los placeres del alma libre compartiendo con aquellos seres reales que se sujetan a la amistad incondicional, en lo bueno y en lo malo.

    (Foto: ayer reflexionando en la horizontalidad sobre los devenires de la vida. Siento, ahora que todo se derrumba, que mi sueño de ser escritor quizás esté próximo y sea realidad. Especialmente en este año, cuando hace ahora una década que empecé a escribir en este blog).

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    ¿Qué hacer cuando todo se derrumba?


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    La inteligencia en movimiento es el universo, decía Jiddu Krishnamurti en su segundo diario. La habilidad de la inteligencia es poner al conocimiento en su justo lugar. El universo, el propio cosmos, es un proceso, decía el Noumicon. Alguien me dijo que en estos días el estado lunar cambia y entramos en un nuevo ciclo astrológico que durará seis meses. Digamos que habrá un cambio desde la inteligencia universal que afectará inevitablemente al proceso en el que ahora nos encontramos, con la confianza de que todo se volverá a ordenar para poner al conocimiento, y de paso a las personas que lo albergan, en su justo lugar.

    Tras tres meses de catástrofes personales y profesionales sin tregua, estoy deseando que la luna, los astros o los mercurios retrógrados de turno cambien de una vez y la inteligencia y los procesos se apiaden de esta frágil vida humana. Ayer recibí otra nueva noticia catastrófica que cambia de nuevo mi vida y un trabajo continuo de doce años para siempre. No hay tregua en este derrumbe. Miro a mi alrededor y es como si un ciclón hubiera arrasado con todo, o mejor dicho, como si estuviera arrasando con todo y yo permaneciera inmóvil contemplando el paisaje devastador sin mucho margen de maniobra. Por eso tengo ganas de experimentar lo nuevo desde el vacío vertiginoso en el que ahora me encuentro y esperar que el reordenamiento de la inteligencia ponga en marcha una nueva onda encantada, un nuevo proceso.

    Las malas noticias de estos días me hicieron reaccionar, en un primer momento, tras unos días de calma, con cierta virulencia. Ayer me desperté a las cinco de la mañana y no pude hacer nada en todo el día, excepto enviar algunos libros a las américas. Permanecí inmóvil, colapsado, atravesado por la realidad. La palabra es una manifestación de un conocimiento, o es un recipiente del mismo… pero la inteligencia y lo sagrado de la misma es una experiencia. En estos momentos estoy siendo testigo de la experiencia de vivir el vaciado de lo hasta ahora conocido para enfrentarme a una nueva realidad, un nuevo enfoque, a una nueva experiencia que la inteligencia desea que experimente. La sensación es de vértigo acompañada de una serenidad extraña, quizás nacida cuando ya todo te supera.

    ¿Qué hacer cuando todo se derrumba? Sin duda, tras los primeros envites cargados de rabia, he intentando poner el foco en la quietud. En no hacer nada, en esperar acontecimientos o milagros que resolvieran el nudo gordiano donde me encuentro. Pero no hay día que no traiga una mala noticia, una nueva catástrofe. Además, sumo la pesadez de descubrir engaños, burla, insensatez y desproporción. ¿Cómo es posible el poder vivir engañados? ¿Cómo es posible que las personas aún nos autoengañemos o engañemos a los seres supuestamente queridos que nos rodean? Así, lo único que se puede hacer es plantarte humilde ante los acontecimientos, contemplar tu pequeñez ante la tragedia inevitable, respirar hondo ante cada error y torpeza que cometes, suplicar entendimiento para valorar el daño, permanecer inamovible en los pilares básicos de nuestra vida y emprender un camino generoso hacia nosotros mismos y el resto.

    Si la inteligencia en movimiento nos ha llevado hasta este lugar, hasta esta situación, es porque algo importante quiere de nosotros. Algo que debemos analizar con cautela, con calma, con proporción. Algo que nos aproxime a la verdadera esencia de lo que somos, y nos aleje cuanto antes de la mentira y la hipocresía. Quizás tan solo lo que se está derrumbando sea eso mismo. Lo ilusorio, y cuando todo acabe, en la próxima revolución estelar, únicamente permanecerá lo verdadero. Lo verdadero siempre persiste, sean las circunstancias que sean. Lo falso se desploma, desaparece, huye, se esconde y con el tiempo, se olvida.

    (Foto: paseando hace unos días por las ruinas del parador de Santo Estevo, en la Ribeira Sacra. El reflejo de las ruinas que permanecen con el tiempo es equiparable a todo aquello que se construye con fortaleza y amor verdadero. Pasa el tiempo pero el edificio permanece).

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