La insoportable levedad del flow


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Hoy me desperté con los ojos como platos a eso de las cinco de la madrugada. El insomnio nació de una conversación que tuve ayer con una buena amiga. Resulta que una conocida suya dejó plantado en el altar al que iba a ser la pareja de su vida. Tras eso, desaparece de repente y a los pocos días se la ve en la plaza pública con un ex que también abandonó hace años. La secuencia es dramática, especialmente para el que se quedó con el anillo puesto esperando en el altar. Pero es un síntoma, o un ejemplo, de como se está articulando las bases de esta nueva sociedad que estamos construyendo. Una sociedad sin valores, que desprecia el más mínimo síntoma de decoro y educación, de respeto y elegancia a la hora de hacer las cosas. Una sociedad que aupa y justifica este tipo de actos en nombre del fluir, de que los tiempos han cambiado y de que ahora las cosas son así.

Es cierto eso que dicen que cuando uno se hace mayor se vuelve inevitablemente más conservador, más tranquilo, más sereno. La vida supongo que te llena de experiencias, conocimiento y algo de sabiduría que, aunque no siempre es bien gestionada porque la propia existencia siempre te pone a prueba, sí nos sirve como guía ante aquello que ya conocemos y experimentamos. De alguna forma, cuando uno entra en edad, aprecia los valores de la solidez, aquello que nos permite consolidar nuestras perspectivas desde una zona de confort segura y estable.

Pero los tiempos cambian y los valores también. O quizás lo que cambia es la actitud de las personas ante dichos valores. Lo que antes parecía sólido ahora es líquido, o incluso diría que gaseoso. Ya lo predijo Bauman con su sociedad líquida. Todo es líquido, fluido, temporal, desarraigado. Los trabajos duran poco tiempo, también las relaciones o los lugares que habitamos. Se rompen los lazos de amistad en nombre de la fluidez. “Hay que fluir” es el insoportable mantra de las nuevas generaciones. Y al hacerlo, arrasan con todo. Con familia, con parejas, con amistades, con trabajos, con dinero y con hogares enteros. A uno le entra un calentón, y como hay que fluir, asolan, saquean y destruyen todo aquello que hasta hace poco parecía sólido y seguro.

El premio es esa sensación de libertad temporal que nos empodera. Una sensación que descubrimos a finales del siglo pasado cuando el mercado nos dotó de tarjetas de crédito con las que de forma inmediata podías comprar un montón de cosas en esos lujosos centros comerciales. Era un subidón, una libertad impresionante que duraba diez minutos y que luego teníamos que ir pagando, esclavizados a un crédito, durante años. El símil ocurre y es perfecto para las relaciones. Fluimos, destruimos hogares por un calentón que nos empodera en esa sensación de libertad y arrasamos con años y años de esfuerzo. Luego, por supuesto, pagamos el crédito de nuestros altos vuelos, de nuestra frágil sensación de empoderamiento. ¡Cuantas relaciones sólidas se han roto por esa sensación de fluidez ante lo fácil e inmediato!

Quizás me hago mayor, pero estoy cansado de la gente que se me acerca con ganas de fluir, de vivir una aventura y experimentar sin ningún tipo de solidez que sostenga esa experiencia. No confío en las personas que hipotecan su vida por un momento estúpido de libertad. Es desconcertante vivir en estos tiempos donde la promesa y la palabra ya no tienen valor. Donde los principios mínimos de ética y decoro han desaparecido y donde todo vale en nombre de la libertad. Me hago mayor y quiero vivir en un mundo más sólido, más seguro, más tranquilo. La irresponsabilidad del flow y sus acólitos defensores me aterra. Porque en tiempos futuros, donde todo se improvisará en nombre del fluir, sin un mínimo acuerdo, sin un sentir verdadero, sin un saber estar, terminará inevitablemente con nuestra sociedad y sus valores, conduciéndonos a una selva de difíciles e inimaginables consecuencias.

(Foto: fluyendo hace unos días por las hermosas calles de la fortaleza portuguesa de Valença con una buena amiga donde hablábamos, mientras apreciábamos la belleza de la casa azul de esta ciudad, sobre las relaciones y su inconsistencia presente. El símil del edificio siempre es hermoso. Cualquier proyecto se sostiene siempre en sólidas bases). 

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Somos Uno


 

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A las cuatro de la mañana las temperaturas eran bajo cero. Algo me hizo despertar antes de tiempo. Quizás las ganas de lanzarme de nuevo a la aventura, las ganas también de estrechar mis brazos entre abrazos afines. A esas horas no se ve nada excepto la magia lunar que entra por los vórtices de las tres ventanas. Cerré los ojos un instante antes de marcharme. Quería dar las gracias por el nuevo día y desearme un buen viaje a sabiendas de lo peligroso que resulta viajar. Tardé más de hora y media en atravesar los puertos de montañas, las tierras que separan el mundo celta de las tierras castellanas. Había mucha nieve y no habían pasado aún las máquinas que despejan las carreteras. Iba con sumo cuidado advirtiendo que cualquier descuido podía ser fatídico.

A las once ya estaba en Madrid. Me esperaban largas colas burocráticas pues tenía que entregar unos documentos. Tras ejercer mi responsabilidad, terminé en casa de una nueva amiga, una hermosa autora a la que acabamos de editar un libro. Una interesante persona que percibe la vida de forma amplia, sin estrecheces ni egoísmos, generosa, dispuesta a ayudar a cualquiera sin importar su necesidad. Hablando de amigos en común me dijo algo que llamó mi atención: somos uno. Miraba su lujosa casa en pleno barrio de Salamanca, justo frente a la biblioteca Nacional, lugar por mí tantas veces transcurrido en otros tiempos. Observaba todos sus libros, su mesa ancha y grande, sus sillones grandilocuentes. Veía en la belleza y esplendor de su lujo un halo de sencillez y ternura. Realmente, independientemente del escenario, sentíamos que realmente éramos uno. No había más palabras que añadir.

A las cuatro, tres calles más abajo, no muy lejos de donde estaba me aguardaba una persona querida. Una persona a la que tan sólo había visto una vez en mi vida pero de la cual tenía un grato recuerdo. Me recibió con ese amor y cariño tan especial de la gente que admiras y te admira. Aunque tú no me conozcas, yo conozco toda tu vida, me decía una y otra vez. Estuvimos hablando durante dos generosas horas donde expresábamos la admiración mutua. En algún momento de la conversación, llegamos a decir algo que ya resonaba en mí. Somos uno en la diversidad, somos uno en la unidad.

Esa frase me acompañó toda la tarde y noche. Cuando nos reunimos en el lugar donde iba a dar comienzo la cena veía como uno a uno iban entrando los comensales. Todos tan diferentes, todos tan heterogéneos e incomparables, y sin embargo, todos allí, unidos por un mismo propósito, por una misma visión, por ese gran abrazo colectivo.

Cuando me tocó hablar para agradecer la presencia de tantas personas que habían venido desde tan lejos para estrechar los lazos de esa comunidad invisible, sólo se me ocurrió decir lo que antes había escuchado por dos veces: somos uno. No importa nuestras diferencias, nuestra procedencia, nuestra cultura o creencias. Realmente somos una familia fraternal que aspira, a pesar de todo, a unir sus corazones, a pensar en el bien ajeno como en el propio, que desea un mundo en paz lleno de felicidad y desapego.

Es complejo tener esa visión unitaria. Pero a veces, cuando sales lejos de ti, cuando te atreves a penetrar en los caminos añejos, descubres que, por muy diferentes que seamos los unos de los otros, hay algo inmanente que nos une.

Antes de marcharme a media noche para volver a tierras celtas, ella se acercó, me abrazó con un cariño inusual y con voz dulce y amoroso me dijo un «te quiero». Fue uno de los abrazos más intensos y hermosos que recuerdo. Por un instante me sentí afortunado y dichoso. Somos uno, me repetía a mí mismo en ese momento indescriptible. Somos un mismo ser manifestándose en diferentes experiencias, enriqueciendo su alma y su espíritu con miradas diferentes. Somos uno, y algún día, con cualquier excusa, nos daremos cuenta de ello.

Libros ambulantes


 

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Si no recuerdo mal, la primera vez que esos libros viajaron a Escocia fue en el frío invierno del 2007. Por ese entonces llevaba poco tiempo viviendo en Andalucía donde empecé la tesis doctoral y mi sueño siempre fue vivir uno o dos años en la ecoaldea de Findhorn para poder realizar mi estudio comparado sobre la vida comunitaria. Allí estuve unos meses pero por cosas de la vida, terminé viviendo en una granja perdida en alguna parte del norte y también gélido país alemán. A partir de ahí empezó todo un periplo por medio mundo buscando y buceando en el complejo entramado de las relaciones humanas.

El invierno pasado, coincidiendo con el décimo aniversario desde que empecé la interminable tesis doctoral, volví a meter todos esos libros de antropología en cajas de cartón bien amarradas en mi, ahora ya anciano híbrido, y volví a la conquista de las tierras del norte, en las más profundas Highlands.  Mi idea era estar tres o cuatro meses para finiquitar la tesis y tener tiempo de defenderla ese mismo año ante el tribunal académico. Al final no pudo ser. Un mal entendido con un constructor, a los dos meses de estar concentrado en la bahía de Findhorn, hizo que se precipitara mi regreso a España. De nuevo todo quedó a medias.

Todas estas aventuras fueron relatadas con pelos y señales en este blog, un espacio que nació desde la más absoluta libertad y que ahora, paradójicamente, mide cada una de sus palabras para que nadie se sienta molesto. Desde hace un tiempo me siento como si la Gestapo estuviera detrás mía midiendo cada palabra para amputar cualquier atisbo de libertad o gesto de emancipación individual. Como digo, esto es una paradoja que yo mismo he creado, y que yo mismo debo pensar como deshacer. Quizás desde otro blog donde pueda escribir de forma anónima o quizás escribiendo como siempre he hecho, en plena libertad, ateniéndome a las consecuencias. Ya veremos como lo resuelvo. Lo cierto es que desde hace un tiempo intento hablar siempre simbólicamente sobre algunos temas, y quien tenga ojos que vea. (Perdón por el inciso).

Sea como sea, esos libros que arrastro me enseñaron a pensar, a ser libre, a emanciparme de las ideas preconcebidas del mundo y sobre todo, a no aceptar normas que se presentaran ante mi consciencia como injustas. Y por eso mi aprecio es íntimo. De todas las mudanzas que he hecho en estos años, y deben de ser ya más de veinte, lo único que he rescatado de cada una de ellas han sido los libros.

Por eso hoy me ha parecido significativo que parte de ellos, porque tengo miles esparcidos por varios rincones, especialmente los que tienen que ver con cierta espiritualidad y con cierta especialidad antropológica que me ayudará a rematar la tesis, hayan hoy vuelto cerca de mí. Hacía más de dos años que esos libros no dormían en la misma habitación que yo y hoy de nuevo están aquí, a mi lado, acompañando esta nueva etapa de retiro en los bosques, de entrega monacal, de encuentro filosófico, moral y espiritual con el ser humano.

El Nauroz es el año nuevo persa y viene a significar la renovación de la creación. Según la tradición transmitida por Dimasqi, nos cuenta Eliade, el rey proclamaba en ese día: “he aquí un nuevo día de un nuevo mes de un nuevo año; hay que renovar lo que el tiempo ha gastado”.

De alguna forma, así me siento hoy, renovando alguna parte de mi vida para ser mejor instrumento al servicio de los tiempos. Estos libros que ahora me acompañan es como la fiesta persa, luces y fuegos innumerables en la noche de la regeneración. Sembraré en ella siete especies de granos y según su crecimiento sacaré conclusiones sobre la cosecha. Así será el comienzo de una nueva vida, ahora mirando fijamente a los bosques y sus misterios. Gracias queridos libros, gracias queridos sabios. Sigamos adelante cumpliendo nuestra parte.

Esa tenue luz


 

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La tenue luz que ilumina este instante es aún más frágil que la luminiscencia de una pequeña vela. Es suficiente para saberme no del todo aislado en la tiniebla, como si su pequeño halo fuera capaz de soportar toda la responsabilidad poética de este momento. Realmente estar aquí es como estar protegido dentro de algo cotidiano en otro plano, como si este lugar siempre hubiera existido en alguna parte y tan sólo la realidad estaba esperando su manifestación. Es la sensación que tengo cada vez que, desde hace tan solo un mes, camino por la senda llena de hojas otoñales y llego hasta la puerta órfica de la cabaña. Es como si todas esas cosas que nacieron del apeiron volvieran a él. Como si las eternas manifestaciones del cosmos se resolvieran en esos procesos de philia y neikos, creación y destrucción constantes.

He consagrado el día a barnizar la nueva estantería que ya, a estas horas de la noche, alberga los primeros libros. Es un gozo indescriptible el volver a tener un espacio ordenado para los textos que siempre me acompañan. También tuve tiempo de barnizar parte de las paredes exteriores de la cabaña en una jornada otoñal con buena temperatura. Es mi compromiso para que el ejemplo de la misma pueda inspirar a nuevas luminarias y dar cobijo, en un futuro, a una posible comunidad.

De momento sirva mitad ermita ofrendada a la cultura espiritual y mitad nuevo lugar de trabajo al mismo tiempo que hace de hogar humilde y recogido, apartado de cualquier ruido excepto el de los habitantes del bosque, muchos de ellos invisibles al ojo común.

En la soledad de la jornada, mientras hay algo de luz, aprovecho para terminar los acabados de este primer refugio. Cuando a hora temprana la luz se marcha por occidente, aprovecho para desvelar lo que reste de día en los asuntos editoriales. Desde las siete de la mañana hasta medianoche en punto el trabajo es la nota musical que engendra cada día. Al ser tareas agradables, trabajos que hago porque considero que es lo que realza el espíritu, los días se vuelven alegres y seductores. Siempre intento vivir en el momento de la ocasión, afanándome porque la vida corre deprisa y son muchos los frentes a los que hay que atender. Es esa sensación de pensar que la vida es una jornada de trabajo fugaz y hay que aspirar a disfrutar hasta el último segundo. Y haciendo cuentas, ya tan sólo me quedan, en el mejor de los casos, cuatro horas de disfrute. Terminé la primera media jornada y la próxima, la más cercana a la madurez y el sentido de la existencia, el ocaso, promete, en el mejor de los casos, pasar raudamente.

Entre brocha y brocha o libro y libro me sentía como un auténtico monje mendicante. Este lugar, y siempre así lo hemos creído, es para nosotros como una especie de monasterio vestido de modernidad. Nuestro claustro es el bosque y nuestra pequeña ermita obedece a las grandes construcciones que en otros tiempos albergaban centenares de monjes. A diferencia de otros tiempos, en este pequeño monacato somos pocos porque el sentido de humildad, de resignación, de entrega, de servicio, de austeridad, de generosidad máxima hacia la contemplación de los misterios de la vida está cayendo en desuso. Digamos que el sufrimiento colectivo se administra como píldoras analgésicas, sin procurar, en la sanación espiritual, buscar otro tipo de consuelo. Los vacíos se llenan con cosas y la soledad con ficticias relaciones imaginadas tras una pantalla. Es como si el demiurgo de este tiempo hubiera alcanzado su perfección en cuanto al hechizo común. Todos en duermevela, como viviendo una vida de ensoñación.

Por eso esta tenue luz me recuerda la urgencia de actuar. Aún no se me ocurre cómo después de haberlo hecho casi todo. No hablo tan solo de esta fugaz existencia y no hablo ni tan siquiera de mí. Hablo de la regeneración natural de las cosas, de ese urgente hecho que hace posible la vida. La luz me recuerda la esperanza, por eso me afano, aún con los errores propios de la carne, en respirar albor celestial. Sólo encuentro verdadero refugio en el silencio y en la comprensión profunda de la existencia. El misterio y su naturaleza son, en definitiva, el motor que me impulsa a actuar. Una brocha, un libro, un pensamiento. Halos de luz, halos de reminiscencias.

 

La luz del verdadero hogar


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Cuando tras cenar algo volvía a la pequeña cabaña recién estrenada al borde del bosque sentía como la nueva distancia a recorrer se hacía apabullante y misteriosa entre la niebla. Dejaba atrás la gran casa de piedra y las pequeñas caravanas que apenas ya se distinguían entre la oscuridad otoñal mientras me adentraba sigiloso, con miedo a molestar a las criaturas nocturnas, entre los árboles. Al fondo se veía la tenue luz alimentada por las baterías solares. Parecía, con esa cúpula ovoide que todo lo refleja, como si una nave extraterrestre hubiera aterrizado en el bosquecillo. Es hermosa y profunda la sensación de andar hasta tu propio hogar, ser recibido como un importante huésped por tu propia cama, la mesa de trabajo y los libros por doquier. No recordaba, tras una vida de peregrinaje sin hogar, lo que significaba eso de volver a casa. Es cierto que es una casa humilde, pero tiene paredes, suelo, tejado, ventanas y una puerta sin cerrojo que se abre milagrosamente para dar cabida al recinto.

Mientras esta tarde corregíamos las galeradas del Manifiesto profesaba cierta pena por la aberración que Marx y Engels sentían por eso a los que despectivamente llamaban socialistas utópicos. Incluso llegaron a asimilarlos con sectas agonizantes que no tuvieron ningún tipo de éxito en cuanto a la transformación social. Para mí esos utópicos son, sin embargo, el ejemplo vivo e inspirador de que es posible hacer las cosas de forma diferente en este mundo convulso, en este idolatrado paraíso de las cosas y el tener.

Hoy la generosa mano de alguien a quien aprecio considerablemente ha hecho posible que esta cabaña sea el vivo ejemplo de que se puede vivir cómodamente, felizmente, con poco. Esta mano amiga ha tendido sobre estas ocho peculiares paredes la posibilidad de que el fuego arda, no solo para calentar el recinto, sino también para esparcir en la memoria colectiva la necesaria esperanza de que otro mundo siempre es posible. No hacen falta grandes revoluciones como reclamaban Engels y Marx. No hace falta grandes transformaciones en los sistemas de opresión que se han ido repitiendo a lo largo de la historia como un mantra circundante. Los siervos de la gleba, los esclavos, los villanos de las ciudades, la clase obrera… No importa como entendamos el curso de la historia y sus dualidades si no somos capaces de comprender los cambios que debemos hacer, humano por humano, dentro de nosotros mismos.

Abrazar al ser desde la vida verdadera no requiere de grandes logros, sino de una respuesta humilde ante los acontecimientos de la vida. En el mundo de las causas existe un remedio eficaz ante la pérdida de sentido: la entrega, la renuncia, la voluntad de obrar ya no según un instinto primitivo y egoísta, sino tras una sublime aproximación al dar como respuesta interior al inexorable propósito vital.

Cuando no esperamos nada de la vida excepto aquello que yace profundo en los anales del misterio, algo nos transforma hacia un cambio inexorable. Ese cambio, esa transformación puede ocurrir en cualquier momento. En una conversación, en un paseo, con la lectura de un libro (por favor leed, leed, leed), bajo el calor de una chimenea que ya llega. Esa transformación que nos llevará de la mano hacia una vida plena, sencilla, humilde, carente de necesidades y cargada de experiencias inolvidables, milagros constantes que nos llevarán a fundirnos con la realidad una.

Sí, estoy feliz, por fin tengo un lugar donde poder sentirme en casa. Este instante, este paseo entre la niebla hasta llegar aquí, es resultado inequívoco de un cambio posible hecho por muchos. No es mejor ni peor que los otros cambios, ha sido tan solo un cambio, una reorientación necesaria para alejarnos un poco más de las sombras y aproximar la necesidad del ser a la vida del ser. El ego, pobre, seguirá su camino de sostén al trabajo de servicio. Pero el ser se agitará irremediablemente para provocar más cambios, más paseos otoñales entre árboles y niebla hasta encontrar la luz del verdadero hogar.

Gracias querida C. por el regalo de hoy. El fuego avivará muchas noches como esta y serán recordados los hechos que encerrarán todo lo que desde aquí se produzca. Por siempre, tuyo.

La puerta


 

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“Sólo hay una receta: preocuparse muchísimo por la cocina”. Henry James

Si comparamos las pinturas de un desconocido como John Ruskin o un célebre Tintoretto quizás podamos ver en sus trazos y sombras similitudes asombrosas. Descubrimos que cuando el observador agudiza el talento sobre lo que ve, la realidad de alguna forma se transforma, se perfila de forma diferente, se construye de otra manera. La termodinámica nos sorprendió con sus principios imposibles y ahora la física cuántica redescubre las intuiciones de místicos reconciliados con el misterio. La realidad puede ser una ficción y viceversa. Lo único que hará realidad una visión será nuestra forma de mirar, de acercarnos al mundo a través de nuestros ojos.

Mientras alguien ponía las ventanas en la cabaña nosotros nos empeñábamos en hacer la puerta. Había que coger medidas, pensar que no quedara ni muy estrecha ni muy ancha, que fuera algo equilibrado al mismo tiempo que los marcos y columnas debían quedar todos a nivel. La ciencia de la construcción tiene sus propios secretos, sus tecnicismos, su tecnología. La cabaña, sin embargo, deseaba seguir empeñada en ese estilo orgánico donde las líneas rectas no existen y donde todo, aunque parece torcido y caótico, guarda cierta sintonía. Como no podía ser de otra manera, la puerta también quiso retorcer la realidad a una ficción insondable y bombear fantasía a los que, a partir de ahora, la atraviesen.

Hay un mundo de normas, de medida, de precisión, y luego hay un mundo de caos, de transgresión. Esta cabaña, y su puerta, pertenecen a este segundo mundo. Sin embargo, es posible conciliar ambas posturas si alzamos la mirada y volvemos a Ruskin y Tintoretto con sus pinturas. En el fondo de sus trazos y sombras, la cabaña, lo transgresor, advierte un orden superior, una destreza que emana un propósito que desea la excelencia. La puerta y la cabaña en su conjunto solo desean una cosa: albergar vida, crear un hogar, proteger el calor que derrama el ser. En ese sentido, su diseño caótico podrá parecer más o menos seguro, más o menos armonioso, más o menos dentro de una estética asumible. Pero la función última será plasmada en el regocijo de aquel que albergue sus ocho paredes.

Hay un mensaje subterráneo en toda creación. Los detalles pueden ser importantes, es cierto que deberíamos dedicar más tiempo a los mismos. Tan cierto como el sentido que pueda contener la construcción de cualquier cosa. Al menos el sentido último. Mimar los detalles sin caer en la tentación de perfeccionar los mismos al mismo tiempo que abrazamos la voluntad que mueve la empresa. Ocurre en las relaciones, en cualquier relación que se aprecie. A veces puedes tener un malentendido con un amigo, un enfado, una queja. Es un detalle a tener en cuenta. Pero cuando el detalle es más importante que el objeto final de la relación, la propia amistad, hay algo en la visión que está fallando.

Es posible que la puerta esté torcida, que una viga sea más o menos bonita. Pero la visión del conjunto siempre deberá ser mayor que la queja de esa aparente imperfección. No es una puerta, ni una cabaña, sino el símbolo emancipatorio y transgresor que supone, dentro de un proyecto pedagógico mayor, el haber podido ser creada.

Hay un código en todas las cosas. Lo importante, por lo tanto, es saber interpretarlo, acercarnos a esos trazos de verdad objetiva que siempre se entremezcla con nuestra visión subjetiva. Y más allá de ambas, el logos, la puerta de todo misterio. De ahí que esta pequeña y retorcida puerta esté llena de carga simbólica. No es una puerta, sino el alma que es capaz de atravesarla y llenarla, en el vacío que alberga, de vida y calor. Sí, abriendo puertas para que entren almas. No es solo un trozo de madera. Es todo aquello que el símbolo arrastra ante la visión profunda.

La idea que nos mueve


 

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Este silencio responde a una necesidad. Nadie posee la fórmula para satisfacer todo deseo, todo anhelo, todo aquello que a veces la vida demanda con insistencia. Un puente aparentemente indestructible puede quebrarse por un pequeño olvido, por descuido a la hora de colocar bajo el pilar una base consistente. A veces simplemente es como si no tuvieras ganas de batallar día tras día contra tanta ignorancia o dolor. Como si las fuerzas externas, aquellas que deberían estar ahí para hacernos fuertes, se volvieran contra el mundo entero, arrastrando de paso la frágil tarea de la vida.

Vemos las grises nubes sobre el horizonte y nos preguntamos con insistencia sobre el sentido de muchas cosas. Intentamos arrebatar al tiempo algún minuto de más ahora que la consciencia de lo limitado nos arrastra de nuevo hacia esa tragedia del sabernos finitos, restringidos a un tiempo que será siempre poco en comparación a todas esas cosas que habría que hacer en un mundo tan amplio como el nuestro.

Cada segundo golpea fuerte el tímpano temporal de la existencia. Algunos desean morir porque ya no ven más esperanza ahí fuera, y otros, aferrados a la urgencia vital, solo desean que los minutos se alarguen como esos atardeceres que se acompañan en el ritual del amor escondido. Hay un grito de dolor entre unos y otros. Unos piden vida, más vida, otros muerte.

El mundo sigue mostrando su complejidad. Es algo misterioso, enigmático, un secreto aún por desvelar. La vida se puede ver desde miles de perspectivas. Se podría elaborar un catálogo infinito de posibilidades. La sensación de finitud es a veces desesperante, otras irremediable y otras, las más pocas, tranquilizadora. Si nuestra consciencia es finita significa que una gran parte de nosotros desaparecerá. Pero otra muy sutil, casi imperceptible, carente de yo, y por lo tanto, de ego, permanecerá en el logos inmutable. Es a esa parte a la que los místicos de todos los tiempos se aferran para dotar de esperanza y alivio a lo trágico de la existencia.

Es especialmente importante la anotación que nos habla sobre la construcción del puente por medio del cual un centro seductor nace en nosotros, un foco que instruye los lazos que nacen de las relaciones impersonales entre la consciencia individual y la Consciencia Universal. Esto nos hace comprender que la relación especial entre los seres debería estrecharse, comprendiendo que todo lo que hacemos debe estar presente en esas cosas que nos permiten trabajar juntos para un mismo propósito. El propósito, llámese vida o causa humana, debería dotarnos al menos de una cómplice paz interior, de un sosiego, de una fortaleza inmanente. Algunos se esfuerzan día y noche por construir silenciosamente esos vínculos invisibles. A pesar del cansancio, del tedio, de los malos momentos, algunos trabajan entregados a la causa humana.

Lo hemos podido ver con nuestros propios ojos. Incluso a aquellos que desesperados lloraban por no saber qué más hacer, qué otra cosa poner sobre la vida para dignificar al otro. Hemos visto el esfuerzo continuo de aquellos cuya tarea inmediata es movilizar todas esas fuerzas y energías que han de proporcionar los cables e hilos destinados a identificar, sólidamente, el Puente entre los mundos de nuestra existencia cotidiana y ese reino invisible dueño de nuestras vidas. Es de esa idea desde donde podremos extraer fuerza y sostén para seguir adelante. Es esa esperanza que nos dota de inquietud para seguir adelante.

 

 

El bello júbilo floreciente


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«Realmente me darás una de las más jóvenes Cárites».Discurso de Hipnos

En un mundo acostumbrado a la palabra burda y mentirosa resulta difícil reencontrarnos con los principios mistéricos de las tres gracias. Solo cuando deámbulas solitario por un páramo cargado de naturaleza se puede admirar con detalle la belleza exuberante, la alegría en el trinar de los pájaros. El encanto, la elegancia, la creatividad, la fertilidad, el júbilo floreciente de un mundo que sigue encerrando en sí mismo todos los misterios.

En la ciudad ya no queda resquicio del piramús, esa torta de miel que se comía en la “charistía”. Se ha perdido el contacto con la gracia, con el honor, con la dulzura. Se ha perdido el contacto con el silencio, con la profunda conexión que resulta del abrazo inevitable entre la belleza, el amor y la sabiduría. La voluntad del encanto, la presencia casi divina de todo aquello que nos hace únicos desaparece a cambio de griterío, cosas, putrefacción, esclavitud.

No nos damos cuenta pero hemos convertido nuestras vidas en una estrecha y delicada mentira que no queremos ver, que no queremos comprender, que no queremos analizar. Esa mentira se alimenta de la ilusión de creernos felices, se empodera a golpe de crédito que se valoriza en cosas inútiles que tan solo satisfacen nuestro egóico deseo de posesión.

Poseemos orgullo, vanidad, egoísmo e individualismo a golpe de esclavizar nuestras vidas a un contrato que nos sujeta a un tiempo jornalero. Dedicamos nuestro mayor bien en una copla sin sentido que nos embelesa y nos promete la última novedad de la última cosa inútil de turno. Todo a cambio de mayor velocidad, de una mayor experiencia en la ficción alarmante de lo nefasto y tosco.

La moneda de cambio es costosa. Nuestra jaula de grillos nos ha alejado de la esencia, de lo útil de la vida que no es más que el amor y el compartir con diligencia y sosiego. Lo burdo se apodera de las parcelas y la vida se corrompe de un vacío esperpéntico.

El purismo renace como una opción extremista. Un purismo hipócrita que se azota los costados mientras enarbola al dios mentiroso. Nos vendemos al mejor postor y ahí se terminan los principios, los valores, el honor de ser fieles a nosotros mismos. La fiesta ya no es muda, ahora se celebra despiadada. 

Hoy la música nos recordaba que la belleza debe gobernar de nuevo nuestras vidas. Nos urgía a resucitar el arte, la cultura, las tres gracias. El profundo halo de libertad que se escucha en la cima de un monte encumbrado nos eleva a ese resplandor profundo de magia necesaria. Recobrar la naturaleza, reencontrarnos con ella, elevarnos en su fragancia perfumada por avisos del cielo. Ese azul, ese verde profundo de montañas arrojadas a la suerte humana. Ese aire que aún brota desde los confines oceánicos. Ese volcán que explota dentro de nosotros mismos como un aviso urgente. Ese baile necesario, desnudo, secreto.

Aglaya, Eufrósine, Talia. El bello júbilo floreciente. Las tres diosas que deberán ser resucitadas en esta mundo de guerra y frío, de soledad y espanto, de desgarre apocalíptico. Los poetas y los románticos siempre se enzarzaban en ese caprichoso delirio llamado esperanza. La esperanza siempre de un mundo nuevo, calmado, amoroso. Muchos terminaban, ante el fracaso, en suicidio. Otros, empeñados en cambiar al menos un ápice nuestra naturaleza humana, encerraban su codicia y despertaban de nuevo el anhelo del trabajo silencioso, respetuoso y cargado de esfuerzo en el compartir. La realeza de sus acciones, y no de sus palabras, es lo que sigue inspirando a la nueva ola de servidores del mundo. La Belleza, el Júbilo y la Floreciente vida nos espera.

Las Etapas de la Meditación


2.- Postura (Asana)
3.- Respiración (Pranayama)
4.- Alineamiento
5.- Fijación en un punto (Pratyahara)
6.- Concentración (Dharana)
7.- Meditación (Dhyana)
8.- Contemplación (Samadhi)
9.- Iluminación

1.- Correcta Conducta.- Es la disciplina del triple hombre inferior, la lucha con los elementales físico, astral y mental. Es abstenerse de los siguientes actos erróneos:
a) Ofensividad
b) Falsedad
c) Robo
d) Descontrol a nivel instintivo (gula, sexo, pereza)
e) Avaricia y codicia

Cultivar, en cambio, las virtudes opuestas:
a) Inofensividad
b) Veracidad
c) No codiciar bienes ajenos
d) Autocontrol de los instintos
e) Contentarse con lo que se tiene

Esto se entiende que abarca los tres planos: físico, astral y mental. Además, debe cultivarse:
1.- Ardiente inspiración
2.- Lecturas espirituales
3.- Devoción al Ser

2.- Postura.- La postura adoptada debe ser estable y cómoda. Para el occidental, no tiene sentido atormentar el cuerpo tratando de dominar alguna de las posturas del Hatha Yoga, que son tan cómodas para los orientales. Basta con sentarse en una silla confortable, de preferencia baja, con la columna recta, los pies naturalmente cruzados, izquierdo sobre derecho, la mano izquierda sobre la derecha, palmas hacia arriba, apoyadas en el regazo, los ojos cerrados y la barbilla retraída.

3.- Respiración.- Es la regulación de las fuerzas sutiles del cuerpo. Prana no es el aliento, sino la energía vital que circula por el cuerpo etérico. Lo que importa es establecer un ritmo entre la inhalación y la exhalación. Puede hacerse al estilo yoga o al estilo budista (concentrándose en el Hara).

La respiración tiene que ser inaudible y, cuando el ritmo está bien establecido, el meditante tiene la sensación de no estar respirando. Es que el acto de respirar se ha profundizado y está funcionando a nivel etérico. Esto significa que hay una sincronización perfectamente balanceada.

La punta de la lengua va apoyada detrás de los incisivos superiores para conectar los dos canales principales del cuerpo (nadis) y permitir que la saliva fluya naturalmente hacia la faringe, de modo que su abundancia no sea motivo de distracción.

4.- Alineamiento.- En el alineamiento de los tres vehículos o cuerpos: físico, astral, mental, y su estabilización mediante un esfuerzo de voluntad, empieza el verdadero trabajo del yo inferior por acercarse a su Yo Superior.

Es el cuerpo mental quien mantiene a los otros dos alineados. Recordemos que el yo permanente, quien representa a la voluntad, habita en las partes intelectuales de los centros. Cuando ambos cuerpos inferiores (físico y astral) están alineados, el cuerpo mental (o mente) puede establecer una comunicación directa con el cerebro físico, libre de obstrucciones e interferencias.

Cuando el alineamiento logra que los tres cuerpos inferiores se encuentren alineados con el cuerpo causal, y mantenidos firmemente en el radio de su influencia, puede verse actuando a los grandes dirigentes, aquellos que arrastran tras de sí a la Humanidad, los que reciben el nombre de “Discípulos Mundiales”.

Al comienzo se procura lograr la coordinación física, luego la estabilidad emocional, hasta que estos dos cuerpos funcionen como uno. Al extender la coordinación al cuerpo mental, el triple hombre inferior consigue desconectarse de la mayor parte de los estímulos de los tres mundos.

En el discípulo a prueba, este alineamiento se puede producir a grandes intervalos, en momentos de intensa aspiración. Antes de que el Ego se aperciba de su sombra (el yo inferior), éste debe de haber alcanzado la capacidad de trascender los tres mundos en mayor o menor medida. Cuando esta condición involucra las emociones, está basada en la mente y hace contacto con el cerebro físico, entonces empieza el alineamiento.

El logro de esta etapa depende de la purificación y disciplina del cuerpo físico y de la subyugación del cuerpo emocional. Esto hace que la materia elemental que los constituye se vaya sutilizando y haciendo más apta para recibir las vibraciones de los niveles abstractos, las que llegan por conducto del cuerpo causal situado en el tercer sub-plano del plano mental.

En cada vida vamos adquiriendo mayor estabilidad, eso es lo que se llama personalidad integrada, pero muy rara vez conseguimos alinear la triple naturaleza inferior con el cuerpo causal. Por lo general, es el cuerpo emocional sacudido por fuertes emociones, inquietudes y desasosiegos, quien se sale de la línea. Cuando llega a estar momentáneamente apaciguado, es el cuerpo mental con su rigidez producida por actitudes, prejuicios, etc., que no deja pasar la comunicación desde el plano superior hasta el cerebro físico. Son necesarias varias vidas de paciente esfuerzo en la práctica de la meditación para llegar a aquietar el cuerpo emocional y conseguir que el cuerpo mental sea permeable. Aún conseguido esto, se necesita gran disciplina para que ambos logros ocurran al mismo tiempo. Luego se debe trabajar en controlar el cerebro físico para que actúe como receptor fidedigno de la comunicación recibida.

Cada encarnación es representada a su término por una figura geométrica parecida a la de un cubo en perspectiva. Las formas de vidas primitivas son intrincadas, burdas y de contornos torpemente definidos, como un dibujo trazado por un niño pequeño. Las formas construidas por el hombre medianamente evolucionado son de contornos bien definidos y precisos, porque los cuerpos han estado mejor coordinados. Pero en el camino hacia el discipulado aceptado, la meta consiste en fusionar todas las líneas en una sola, lo que se realiza gradualmente. Esta única línea es el antahkarana.

Al final del alineamiento, antes de pasar a la etapa siguiente, se pronuncia el OM, haciéndolo resonar en voz alta en el triángulo del pecho y, por último, mentalmente, en el triángulo de la cabeza. La O se pronuncia larga y redonda y la M se hace vibrar. Se repite tres veces en cada triángulo, imaginando el sonido como una fuerza purificadora que limpia el aura de cada uno de los cuerpos, dejándolos libres de acumulaciones obstructivas.

5.- Fijación en un punto.- Es el recogimiento de la consciencia en un punto ubicado en el centro de la cabeza (hipotálamo). La atención debe ser tan intensa que se dejen de percibir los estímulos que afecten a los sentidos. Una vez conseguido esto:

a) enfocar la consciencia en el átomo etérico permanente, una pulgada por encima del cráneo, en el lugar que ocupa el chakra coronario.

b) llevar la consciencia al átomo astral permanente, liberándola del plano físico.

c) subir aún más la consciencia hasta la unidad mental, fuera de las auras etérica y astral. Así la mente podrá actuar con toda libertad. El resultado es una lucidez mental nunca lograda antes, porque la actividad habitual de la mente siempre está asociada a un deseo o impulso y es afectada por él. Entonces recién podrá actuar como el sexto sentido que es, llegando a constituir un receptor sensible a los pensamientos y directivas del Yo Superior al llegar a la séptima etapa, la meditación.

6.- Concentración.- Es la fijación de la mente en un pensamiento determinado (soporte). Puede ser un mantra, un koan, un símbolo, una cualidad (virtud que se desea adquirir) o una imagen sagrada.

La concentración supone mantener la mente firmemente enfocada en el soporte asignado sin desviación ni distracción. Esto, que para el principiante es sumamente difícil, se hace más fácil cuando se ejercita durante el día poniendo cuidadosa atención en todo lo que se haga (samú) y aplicando el discernimiento y la reflexión cada vez que corresponda. La atención dirigida es una actitud mental y debe ser cultivada. Es obvio que a una mente a la que se le ha consentido vagabundear durante las 16 horas de vigilia, no se le puede pedir que esté obedientemente quieta media hora diaria. La práctica constante de la concentración en las actividades cotidianas supera las dificultades de ejercer control sobre la mente y produce los siguientes resultados:

a) Reorganización de la mente
b) Polarización en el vehículo mental en vez del emocional
c) Apartar la atención del plexo solar al recibir las sensaciones aprendiendo a centrarse
en el cerebro. La mayoría de las personas, al igual que los animales, perciben a través
del plexo solar.

La mente debe ser nuestro servidor y no nuestro amo, y pasa a serlo cuando la podemos enfocar sin desviación alguna sobre cualquier pensamiento simiente (soporte) elegido.

7.- Meditación.- La concentración sostenida es meditación. La mente sólo es consciente de sí misma y del soporte que sustenta su concentración. Esto es meditación con simiente. La actitud del meditante llega a ser pura atención dirigida. Desaparecen para él su cuerpo físico, sus emociones, lo que lo rodea, todos los sonidos y percepciones sensoriales que pudieran llegarle de sus cuerpos o de su entorno. Valiéndose de la mente como de un dócil instrumento, el Ser puede influir en el campo de consciencia del meditante, quien puede dejarse dirigir conscientemente por él y esforzarse en alcanzar los resultados que su Ser espera. La mente ha pasado a ser el sexto sentido que realmente es y el cerebro actúa como una placa fotográfica receptora a la impresión interna. En ningún caso esto es un proceso fácil. Se tiene que haber alcanzado cierta etapa en el desarrollo evolutivo y haber cultivado la voluntad en cierta medida para perseverar en el intento a pesar de las dificultades.

8.- Contemplación.- El meditante ya no es consciente ni siquiera de su mente. El soporte se ha esfumado. No obstante, él está intensamente despierto y alerta, centrado en el plano mental abstracto donde no existe nada perceptible a los sentidos. Esto sólo es posible cuando el yo inferior, vibrando al unísono con la consciencia de su Ser (cuerpo causal), consigue formar un canal libre de interferencias aunque sea por un momento. A intervalos muy distantes al comienzo, pero después más frecuentes, empezarán a filtrarse ideas abstractas que irán seguidas, a su debido tiempo, de destellos de verdadera intuición, provenientes de la Tríada Espiritual (Ego o Ser). No existe en esos momentos ni el tiempo ni el espacio. El meditante realiza su unidad con todo lo que es; la expresión “consciencia de grupo” encierra algo de esa vivencia. Esta etapa se llama también: meditación sin simiente.

9.- Iluminación.- La naturaleza del Ser es luz, y gracias al proceso de la meditación su luz empieza a fluir hacia el meditante a través del sutratma. Su cerebro físico toma consciencia del hecho. A medida que esto se vaya haciendo más frecuente y constante, se va produciendo un cambio en el sujeto. Llega a estar más y más sincronizado con su Ser, la luz en la cabeza, entre la hipófisis y la pineal, se intensifica y el chakra ajna se desarrolla y funciona.

El hombre se percibe lúcido y con un intelecto claro. Es consciente de un poder en sí mismo que le permite comprender lo que existe en el plano del Ser, imprimiendo en su cerebro físico aquellos conocimientos sólo accesibles a ese nivel. Su percepción interior le da la capacidad de penetrar los misterios de la materia trascendiendo las formas y llegando a lo que éstas encubren, porque esa Realidad es idéntica a la que representa su Ser.

Este proceso gradual culmina en una luz enceguecedora: aquel fenómeno que todas las religiones dan en llamar “Iluminación”, o Satori en el Budismo Zen, y que sucede en la tercera iniciación, El antahkarana está terminado y allí, con palabras de Ramana Maharshi: “Sólo existe el Ser y nada más que el Ser.”

Alice A. Bailey

Decrecimiento personal


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Fijaros como pasa el tiempo. No somos dueños de su devenir. Apenas podemos atrapar algo tan pequeño como un segundo. Todo se escurre, lo dejamos pasar, lo dejamos caer en acciones absurdas, cosas que distraen nuestra atención y nos alejan de la vida, de la consciencia, del nosotros.

Hemos hablado muchas veces del necesario decrecimiento material para que las futuras generaciones puedan tener un planeta lo más sostenible posible. Tal y como está el mundo constituido hoy día, donde la avaricia y el egoísmo son los protagonistas de nuestras vidas, el planeta tierra y la vida humana tienen los días contados.

Resulta difícil pensar que estas claras ideas sobre la necesidad decreciente contraste repetidamente con los mensajes antinaturales que nos vienen día a día sobre la necesidad de crecer, crecer y crecer.

Hoy, gracias a la ingeniosa interpretación de una persona que nos visita estos días, nos dábamos cuenta de la necesidad de decrecer también desde los planos del ego, como personas. Decrecer en ruido, en ambiciones, en egoísmos, en búsquedas estériles, en recursos, en emociones tristes, en pensamientos caducos, en miradas engañosas.

Quizás tengamos que expresar la vida desde otro contexto, pero entiendo que esto nos puede resultar imposible. ¿Cómo cambiar tantos y tantos patrones insertados con sangre y fuego durante miles de años en nuestra psique? ¿Cómo decrecer si eso nos puede llegar a pensar que somos vulnerables o débiles ante los demás?

El decrecimiento lo podemos experimentar de forma material, pero admitamos que resulta excesivamente complejo aplicarlo a nuestra psique, a nuestras emociones. De alguna manera, siempre queremos más de algo. Más abrazos, más cariño, más consuelo, más alegría, más pasión, más aventura, más esperanza, más amor, más prosperidad, más, más y más.

Resulta muy difícil decrecer personalmente, buscar una vida sencilla tejida por unas emociones equilibradas y una lúcida esfera de pensamiento. Es complejo vivir una vida plenamente tranquila. Es difícil saborear la paz de no hacer nada mientras el tiempo se escurre por entre los dedos. La vida se apaga, pero en nuestra distracción continua, deseamos crecer. Es como el universo que se expande hasta el infinito. Es una metáfora interesante, aunque quizás olvidemos que el universo respira… pero también inspira…

 

La poderosa llama de la luz


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La vida sigue siendo esa suma de momentos. Podemos crear momentos únicos, momentos mágicos, momentos felices. Si los momentos pueden ser compartidos resultan reconfortantes. También nos podemos permitir, si nuestro cuerpo emocional así lo necesita, momentos de recogimiento, de silencio, de duelo, de dolor, de nostalgia, de tristeza. Esos momentos, a veces profundamente dolorosos, podemos convertirlos en puentes para comprender que la vida requiere ser vivida con cierta desesperación. Quiero decir que debemos estrujar todo cuanto nos empuja a vivir, sacar todo su jugo, vencer al tedio de la pesadez emocional y entrar en el limpio campo de la mente lúcida y concentrada en el instante presente.

Si somos capaces de crear ese pequeño puente seremos capaces de abordar la empresa de acercar nuestra lucidez hacia eso que algunos llaman la consciencia. Estamos hablando de un plano de existencia diferente, de una forma de ver la vida refrescada por un halo de luz que atraviesa las dimensiones intangibles de la existencia. Un linaje que se transmite desde lo más profundo.

Estos días de triste duelo intentaba arrastrarme por los bosques en silencio, tumbando mi alma al reposo de los elementales de la tierra para que intentaran recoger todo aquello que de alguna forma les he arrebatado. La muerte de un ser, de cualquier ser, es algo que nunca sabemos calibrar del todo. Pero la muerte de todo aquello que pudo ser y nunca fue es aún peor. La imagen de esa pérdida nos seguirá por siempre.

Por eso me he diluido, invisible, entre los espectros de la noche, intentando aconsejar al devenir sobre la reconciliación inevitable, sobre la alianza ante aquellas cosas que no podemos manejar, esas cosas que son más fuertes y grandes que nosotros.

Mientras todos despliegan una vida normal en un mundo aparentemente normal, sentía como estas semanas huía de aquello que desde la visión de la consciencia produce cierto dolor. Habrá secretos que serán siempre enterrados en los corazones. Habrá realidades que jamás verán la luz. Habrá momentos para seguir explorando las incógnitas de la vida.

Mañana hemos decidido ir a la feria para liberar conejos y gallinas. Será un acto de transformación, de mutación. El laberinto primitivo que hemos hecho en los bordes del bosque encantado parece que ya tiene forma. En el laberinto uno se encuentra cómodo porque podría caminar por sus calles hasta el alba sin haber desvelado uno solo de sus secretos. Mañana liberaremos al reino animal en ese laberinto y seguiremos, secretamente, redimiendo nuestros misterios. La noche caerá de nuevo. Será fácil mirar al cielo y ver con claridad toda la escena posible. Será fácil, al mismo tiempo, liberar la tensión de estos días.

Mañana el bosque espera, y algo importante será liberado. Una pena, un duelo, un halo de tristeza, algo más que una emoción que necesitará volar alto para entender la poderosa llama de la luz. Sólo en ella podré encontrar consuelo. Sólo desde ella podré entender la vehemente experiencia.

Cuando Siri entró en nuestras casas


Siri-Mac

Hace unos días me bajé el nuevo sistema operativo de Apple, el macOs Sierra en su versión Beta, el cual lleva incluido a Siri, una aplicación de inteligencia virtual que puede responder a ciertas preguntas o búsquedas relacionadas. La primera pregunta que le lancé fue: ¿quién es Siri? La aplicación pudo responder: Yo soy Siri. Es una respuesta anecdótica en una aplicación aún muy rudimentaria, pero en octubre, esta aplicación entrará en nuestros hogares y será el comienzo de la, ahora sí, Cuarta Revolución Industrial.

Digamos que hasta ahora, y sobre todo desde que empresas como Kodak desaparecieran fulminantemente del mapa gracias a las tecnologías digitales a finales de los años noventa, la tecnología virtual había sido aplicada de forma tímida en todos los aspectos de nuestra vida. Con la entrada de Siri, estamos empezando la carrera hacia aquel mundo que Asimov describió en “Yo robot”. La inteligencia virtual primero y en pocos años también la robótica van a suponer una revolución total en nuestros días. A partir de los años veinte de este nuestro siglo, vamos a experimentar una nueva era exponencial donde la inteligencia artificial va a empezar a dominar el mundo conocido. Y hará falta aplicar a esa nueva era las tres leyes de la robótica que ya anunciaron en su día Campbell y Asimov:

1) Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.

3) Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

Con la llegada del coche autónomo en pocos años, la robótica y la inteligencia virtual vamos a ver como nuestras vidas dejan de ser lo que era. El ser humano volverá a tener en sus manos el sueño de la esclavitud, esta vez de una esclavitud sin consciencia ni alma, una esclavitud mecanizada donde las máquinas trabajaran a destajo para nosotros. Y cuando eso ocurra, ¿qué haremos nosotros? Quizás podamos dedicar más tiempo al ocio, al estudio, al mundo de la mente y las experiencias. Quizás, aunque la cultura humana siempre vaya mucho más lenta que la propia tecnología, podamos asumir valores y costumbres alejadas de aquellas que tenían que ver con la pura supervivencia. Quizás, como ya anunciaban los hippies de la Nueva Era, estemos por fin entrando en la Era de Acuario, la Era del Saber.

Sea como sea, Siri ya está entre nosotros. ¿Acabaremos encantados por Siri?

Imaginando la gloria futura


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Por menos de dos francos suizos puedes comprar unos noodles vegetales y servirte una excelente cela mientras contemplas de frente los Alpes suizos. Es lo que cuesta el tranvía que va de Le Petit Lancy hasta el centro de Ginebra, lugar donde se encuentra, entre el lago Leman y el río Ródano la sede de la fundación. Si eres una persona ociosa puedes pasear entre el apartamento de la fundación y el centro en media hora. En verano da gusto ver a los bañistas en la orilla dejándose arrastrar por las fuertes corrientes del río. Hay un atajo que va por medio de un frondoso bosque en el que imaginas que en cualquier momento te asaltará algún tipo de ser elemental. Es como si los gnomos y elfos estuvieran observándote a cada paso, visitando tu campo magnético y observando de paso si eres hombre de bien.

Suiza es un país que ha logrado llegar a la cumbre de la colectivización del individualismo. Se puede decir que si tienes suerte, puedes vivir una vida holgada en un entorno privilegiado. Al ser un país pequeño y poco belicoso, en estas generaciones ha podido construirse desde la salvedad del orden y el decoro, observando como la rectitud en las formas siempre resulta exquisita. A diferencia de los países mediterráneos, donde el feísmo se ha vuelto excesivamente costumbrista, en los países del norte la belleza y la armonía decora cada rincón de sus espacios públicos y privados. Resulta difícil ver algún papel en la calle o algún tipo de decorado grotesco o deslucido. Siempre me he preguntado porqué en nuestros países más al sur nos ha costado tanto mantener cierta pulcritud con las cosas. Quizás sea por esa cuestión nuestra de ir siempre de batalla en batalla perdiéndolo todo a cambio de nada. Cuando tienes esa sensación de desapego hacia las cosas, la dejadez es lo siguiente que domina nuestra alma. Si has perdido las Filipinas, los reinos de taifas, el Imperio donde nunca se apaga el sol y todo tipo de colonias exóticas por medio mundo, no nos va de tener o no tener una valla bien puesta que no sea ese típico somier de los años ochenta venido a peor vida. Somos lo más en reciclaje urbano, a costa de tener ciudades y campos empantanados de horrendas visiones.

Aún así, este individualismo colectivizado tiene sus días contados. O al menos eso creen los más optimistas. No tiene mucho sentido vivir una vida vacía donde la única relación con tu vecino sea ese melancólico hola y adiós que se entrecruza tímido en el rellano del ascensor. Es cierto que cierta emancipación eran necesarias. Es un proceso psicológico normal que la propia humanidad ha sufridos en estos últimos siglos. Pero la madurez mental de todo individuo, y también de toda colectividad, tiende inevitablemente hacia la unión grupal.

Emanciparnos de las cosas y sus necesidades hará posible que podamos tender a un mundo más creativo, a unos espacios donde sea la producción de pensamientos abstractos y no tanto los pensamientos propios de la necesidad, lo que produzca un nuevo escenario mucho más sencillo en cuanto a la forma de organizarnos pero mucho más eficaz en cuanto a la realización personal y grupal. Somos conscientes que para eso queda aún mucho trabajo, mucho esfuerzo en cuanto a las actitudes y acciones futuras. Pero en el fondo de nosotros late el anhelo inherente de un futuro inimaginable. El gran desafío al que nos enfrentamos empieza por nosotros mismos, pequeñas partículas que dan vida al cuerpo de la raza humana. Es en nosotros donde nace y se expande el reto de ser fieles servidores de la inspiración, del mañana, de la gloria futura.

Inercia, ceguera y esclavitud. Buscando un impulso hacia el futuro


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Hay tres aspectos de nuestra vida que por estar bien arraigados a la misma nunca mostramos atención. La primera es la inercia. Vivimos arrastrados y consumidos por la costumbre, por aquello que siempre hemos vivido, bebido y practicado. Desde muy pequeños han condicionado nuestra mente plástica, atándola a modelos de vida acordes a los tiempos, las circunstancias o el devenir. Nunca nos hemos planteado nada nuevo o alternativo a todo eso que hemos ido haciendo porque lo que hacemos, pensamos o sentimos se supone como correcto. Mandamos un mensaje victimista al universo, a nuestro entorno inmediato. Una queja constante por todo lo que somos y hacemos. La inercia nos lleva a pensar negativamente sobre las cosas y las personas que nos rodean. Todo lo que los demás hacen está mal, es obtuso y deprimente. La inercia nos lleva a pensar que todo cuanto está fuera de nosotros es pésimo y existe solo para fastidiar nuestra vida. Olvidamos una cosa importante: hemos nacido para ser felices. Pero en la propia inercia está anclado otro pesar, el olvido.

Por eso la inercia es especialista en crear un segundo aspecto que nos acompaña: la ceguera. Al llevar una vida moldeada al placer de la costumbre, nuestro marco de referencia es mínimo. Es algo así como la vida que pudiera llevar un murciélago encerrado en una habitación donde solo pudiera guiarse por la tenue luz y el halo de calor de una vela. Nuestra ceguera es muy parecida. No percibimos un entorno de realidad más allá de nuestra visión más inmediata. Al no ser felices, al perder el sentido de la vida y acurrucarnos al calor de la costumbre y la ceguera, dormitamos en un estado de ensoñación, de vacío, de falta de sentido.

Esta ceguera, inevitablemente produce un tercer factor: esclavitud. Esclavitud a nuestros deseos inmediatos, a nuestra visión inmediata, a nuestra percepción reduccionista de las cosas, a nuestro entorno y a los paisajes cotidianos, los cuales, en muchas ocasiones, pierden la magia para convertirse en recovecos de penumbra y tristeza. La esclavitud nos separa de la vida, nos aleja de la intensidad de la existencia.

A veces algo o alguien aparece en nuestras vidas para recordarnos de que ahí fuera, inclusive aquí dentro, hay mucho más vida de la que podemos abarcar. De que debemos empoderarnos en la hazaña de sacar la barca de nuestras orillas y lanzarnos al ancho mar.

De repente algo o alguien nos impulsa con fuerza hacia el futuro, hacia la felicidad merecida. Es como si consiguiéramos salir de nuestra cueva, de nuestra oscuridad, de nuestra ceguera, de nuestra inercia y esclavitud y pudiéramos desplegar unas enormes alas. Cuando eso ocurre, agradecidos, sentimos la inmensa necesidad de expresar una enorme revelación.

Gracias vida por este despertar, gracias por esta nueva oportunidad, ahora nos ocuparemos nosotros de navegar por ese recinto manso de verdad, de realidad, de paz, de ternura, de amor, de cariño, en definitiva, de felicidad. Tenemos derecho a ello, tenemos el deber de buscarla, de alcanzarla, de abrazarla. Ahora que ya somos libres, nos esforzaremos en rodearnos de ese calor que va más allá de nosotros mismos.

Gracias vida. Ahora nos encargaremos nosotros de despertar al resto, de abrazar al resto, de liberar al resto, de impulsar al resto hacia el futuro.

Sobre las causas del bien


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A diferencia del mal, el cual muchas veces nace por ceguera, ignorancia o error, el bien nace desde la consciencia, la sabiduría y la buena voluntad al servicio de la alegría y el correcto hacer. A veces pensamos que el dolor nace del mal, cuando muchas veces nace de algún tipo de desajuste interior que no termina de entender las complejas circunstancias de la vida. Cuando no aceptamos, cuando no creemos en nosotros mismos, cuando nos dejamos llevar por lo de fuera y no por lo de dentro, el desajuste está asegurado.

Por eso es interesante profundizar en las causas del bien no solo como un acto moral o ético circunscrito a una época o territorio, sino también como algo universal, como algo que nace desde la más profunda experiencia interior.

No hay nada particular en la vida circundante excepto aquello que se cuece en nuestro interior como causa primera. Si dentro de nosotros hay sombras, fijaremos la atención en los claroscuros de fuera. Si dentro hay luz, será lucidez lo que expresaremos. Las proyecciones son interesantes puesto que prevalecen sobre la realidad objetiva. Son nuestras emociones y nuestro pensar con respecto a lo que ocurre lo que dará un enfoque diferente a la realidad, y por lo tanto, a nuestra percepción final sobre la misma.

El bien se asume ante la necesidad de crear un espacio cómodo para la vida. Deseamos ser recipiendarios de ese halo de música que todo lo atraviesa. Deseamos lograr la mayor de las perfecciones, el mejor grado de complacencia para que los nuestros estén perfectamente cómodos y alegres. Ese es el bien máximo, desear lo mejor para el otro. Pero ante ello se interpone muchas veces nuestra ceguera, nuestro egoísmo, nuestra vanidad o nuestra propia mentira. Eso nos aleja de la misión última de todo ser humano: ser pacientes sujetos de bienestar, obradores del bien en todas sus dimensiones.

Ocurre que la vida no es sencilla, ni plana. Está cargada de circunstancias que nunca controlamos. Una enfermedad, una pérdida, una cosa con la que no contábamos. Es evidente, o así lo parece, que todo cuanto ocurre obedece a una causa para la cual nunca estamos preparados. El entendimiento sobre los arquetipos de todo cuanto ocurre se escapa a nuestra inteligencia, tan acostumbrada a lo inmediato, a lo perecedero. Nos cuesta creer y aceptar toda esa red oculta de acontecimientos.

Por eso las causas del bien tienen que venir de algo mucho mayor que nosotros, algo que nos sobrepasa, que se hilvana en alguna esfera o dimensión superior a nuestro entendimiento. Por eso, de forma humilde, más allá de nosotros, debemos atender a su llamado. El bien nos llama a perpetuar el sentido de nuestra propia existencia. El bien siempre nos llama a ser tejedores de esa malla de vida consciente.

Cuando el dolor nos sobrepasa


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Siempre nos asalta ese pensamiento lineal de pensar que lo tenemos todo controlado. Sólo cuando nos ocurren cosas, o esas cosas, muchas veces nefastas, ocurren a nuestros seres queridos, nos damos cuenta de nuestra auténtica vulnerabilidad. Podemos estar felices y tranquilos, podemos pensar que todo cuanto conocemos vive bajo cierto control. Pero de repente ocurren mil cosas y todo desaparece.

He vivido esa sensación muchas veces, y pensaba estos días que ya han sido demasiadas. Pero admito, con cierta humildad, que si estamos vivos, que si nos movemos y hacemos cosas, lo más probable es que tarde o temprano ocurran cosas inevitables. Una enfermedad, la muerte de alguien cercano, la perdida de nuestra casa o nuestro trabajo o nuestro propio destino por una fortuita mala elección. Es un pensamiento complejo que se debate en estos días donde han ocurrido demasiadas cosas y no todas positivas.

Admito que me siento vulnerable ante la visión que aún me persigue de esos refugiados que todo lo han perdido. Por eso estos días deambulo algo desorientado, como si el dolor de esa madre a cuyo hijo le han diagnosticado con urgencia un tumor en la cabeza sea el mío propio. O como si el dolor de esa persona que se debate en seguir o no con su pareja fuera también el mío. O aquel otro de esa amiga que ha perdido al compañero de su vida o aquella otra cuya enfermedad le impide llevar una vida normal o ese otro dolor de reparar en personas que podrían llevar una vida cómoda y feliz, y ver como se pierden entre barrotes y mazmorras. Sí, también ese dolor que uno ha causado a segundos y a terceros, sin saber como redimirlo o aliviarlo. Quizás ese sea el peor de todos, porque fuimos partícipes del mismo, cuando podríamos haberlo evitado con un simple gesto.

Son cosas que están ahí. No se pueden luchar contra ellas aunque a veces resulte descorazonador ver como todas ocurren en un mismo tiempo. Cuando las dosis de dolor son administradas en pequeños posos de envergadura asumible, las cosas pueden irse lidiando poco a poco, con esa paciencia que la vida nos trae para seguir adelante. Pero cuando todo se apodera de ti en un solo golpe, o en cientos de ellos, la vida pierde aquel sentido primario que nos impulsa hacia delante. Por eso cuando pienso en los refugiados que han huido de una guerra, cuando pienso que perdieron absolutamente todo y siguen en esa desorientación vital de no saber qué será de sus vidas, siento cierto aturdimiento e impotencia por dentro que me impide llevar una vida normal.

¿Con qué clase de paz y serenidad podemos afrontar la vida cuando hemos podido abrazar en primera persona el dolor ajeno? Y lo más terrible de todo es pensar: ¿y ahora qué? ¿De qué forma podemos afrontar todo cuanto existe sin al menos tener la capacidad de poder enviar una señal de alivio, de consuelo, de esperanza a todos los que sufren? ¿Y cómo hacerlo?

Me pregunto de qué manera podré ahora vivir cuando viendo todo ese dolor ni siquiera sé por donde empezar con su alivio. Supongo que seguiré unos días más aturdido, desorientado, oliendo aún a esa podredumbre que a veces se acumula en los hacinamientos humanos o escuchando la voz quebrada de esas familias recién desembarcadas. Supongo que seguiré perdido hasta que asuma de nuevo la fortaleza de seguir adelante, de luchar por esa inspiración tan necesaria para el mundo. Seguiré ofuscado hasta que la luz vuelva a renacer en su ciclo maravilloso.

Somos inmensamente maravillosos


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Somos inmensamente maravillosos. No importa nuestros errores. Los vamos a cometer una y otra vez. Tampoco importa cuantas veces hagamos de nuestra vida un fracaso. A veces fracasamos en el trabajo, en los proyectos, en los estudios, en la familia, en las relaciones, en la vida entera. A veces da la sensación de que toda nuestra existencia desde que nacimos se ha tejido en la calamidad. Pero hay algo que nos hace grandes y únicos. El levantarnos a cada momento de las estampidas, de los agravios, de las desgracias. A veces lo hacemos solos. Otras alguien nos tiende una mano, o nos da un sentido abrazo o nos sonríe. Y entonces sabemos que no estamos solos, que podemos seguir adelante, que podemos seguir soñando en la matutina esfera de los amaneceres.

Nadie dijo que la vida fuera fácil. Eso es cierto y lo podemos comprobar cada mañana cuando deseamos alargar un poco más el sueño, el duermevela. O cuando abatidos, en algún momento de desesperación, deseamos morir cuanto antes. A veces caemos en la desesperación y otras en el olvido. Sufrimos como niños abandonados o como seres que se descuelgan en una guerra donde todo salpica al más escrupuloso de los deseos y lo perdemos todo. Perdemos amigos, parejas, cosas, propiedades, trabajos, éxito, honores, compañía, salud, orientación y lo peor de todo: sentido. Ha ocurrido momentos en nuestras vidas donde todo se derrumba de repente. Hay momentos donde te convierten en un despojo inservible, sin derecho a vivir, sin derecho a opinar, hablar o respirar.

Nicolás de Cusa decía que el mundo era como un Dios contraído. Nosotros formamos parte de esa contracción, de esa divina y celeste proporción que aparece siempre como un misterio, pero también como algo alcanzable, algo medible desde nuestras posibilidades. Cuando todo se derrumba nace siempre un halo de esperanza. Nace siempre un poder genuino que respira y nos dota de más vida, de más poder para alzarnos contra la adversidad.

Y luego está el amor, esa cosa que nos empodera, que nos congoja, que nos libera y se contagia. Esa persona amada que se acerca sigilosa por detrás y te abraza estrechamente, besando tu nuca, soltando una mueca divertida mientras roza su cabello contra el tuyo. Esa persona que no te juzga, que te ama a pesar de todo, que te quiere tal como naciste, tal como creciste, tal como te expresas en este instante. Esa persona que te mira a los ojos infinitamente buceando más allá de tus heridas, más allá de tus faltas hasta que logra, no sin esfuerzo y trabajo, abrazar a todo tu ser. Ese amor desprendido y sincero que no busca nada a cambio sino que entrega y entrega viendo como crece por dentro todo lo que da.

También ese amor hacia los seres sintientes que nos acompañan, a ese caballo que palpa con sus grandes ojos tu costado más débil para dotarlo de fuerza y cariño o a esa ternera que pasa desapercibida entre los prados verdes. Alguien nos suplicó que cuidáramos de ellos, que los amáramos de igual forma, que los protegiéramos de las bestias nocturnas. A veces, más veces de lo que creemos, lo olvidamos.

Aún estamos a tiempo de reconciliarnos con la vida a pesar de todo. Aún podemos alzar el vuelo hacia formas de existencia que superan nuestra mirada, pero que están ahí, esperando nuestra danza, nuestro baile nupcial. La belleza, el néctar y las mieles del espíritu esperan nuestro paladar, nuestra necesidad de abarcar aquello que desconocemos pero que nos asombra ante su misterio. La música danza expectante para ser alcanzada por la sutileza de nuestros sentidos. El ser espera manifestarse para elevarnos a una vida más amplia y verdadera. A pesar de todo, nunca olvidemos que somos inmensamente maravillosos, que somos parte de un mundo contraído que explota dentro de nosotros. A cada instante.

Perder el miedo y ganar en amor


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Esta mañana me llamaban de TeleCinco y la Sexta para entrevistarme de nuevo en televisión. Ante tanta insistencia, pues al parecer uno de los libros está causando cierta curiosidad, no por méritos míos sino ajenos, he decidido ser amable con el oficio periodístico pero desde mi ventana. Así que en estos días serán ellos los que vendrán a entrevistarme a mi humilde caravana y no yo el que vaya a los platós. Como digo, seré amable como siempre y haré lo que pueda para compartir de esa forma tan tímida mi parecer sobre los asuntos que me expongan. Lo haré sin miedo y con todo el amor del mundo.

Cuando una de las periodistas me preguntaba porqué vivía en una caravana le contestaba con absoluta sinceridad. Me siento libre y feliz. He perdido todo mi dinero, todos mis ahorros y muchas cosas en el camino pero a cambio, he ganado en sentido, en intención vital y en ecuanimidad. Es decir, he perdido todo el miedo que tenía a la vida y he ganado en amor. Por eso cuando esta tarde estábamos en la playa de Riazor ensayando con nuestra querida Chus para nuestro próximo viaje a Grecia donde intentaremos robar alguna sonrisa a los niños me sentía plenamente satisfecho. Soy consciente de que no será mucho lo que podamos hacer con los refugiados, pero cumpliremos con nuestro deber moral, con nuestra parte individual en una colectividad sufriente y desgraciada.

La vida resulta apasionante desde esa esfera de complacencia con el amor y ausencia de miedos. Es cierto que nos pueden ocurrir cientos de cosas cuando arriesgamos un poco más, cuando apostamos un poco más por la aventura del vivir. Pero también es cierto que ante el inmovilismo y el miedo es poco lo que vivimos. Nuestros espacios de seguridad, aquellos que han nacido para procurar calor a nuestras vidas, resultan sencillamente preocupantes para el espíritu que se levanta en nosotros. Hay algo que nos debe impulsar al cambio, a esa sensación de seguir libremente los designios, a veces locos, de nuestro estimado corazón. No es cuestión de hacer cualquier cosa, sino aquello que nos procure felicidad verdadera y absoluta, es decir, aquello que nace de lo más profundo de nosotros.

Los escenarios están ahí. Se pueden modificar fácilmente. Hoy puedo vivir en un palacio y mañana en una humilde caravana. Realmente nada de todo eso importa si por dentro no se ha movido ni un ápice nuestras estructuras. Es lo profundo, aquello que el poeta llamaba ocasos y arquetipos lo que realmente debe cambiar. Cuando nuestro héroe interior despierta y emprende la aventura de la vida, se vuelve un guerrero, un libertador de sus miedos, de sus seguridades, de sus barreras. Dejamos de tener temor y empezamos a buscar aquello que los pieles rojas perdieron alguna vez: la gloria. ¿Por qué estáis tristes si tenéis tierras y dinero y de todo? Porque hemos perdido la gloria, respondió un piel roja a un rostro pálido al ver como todo su pueblo, o lo que quedaba de él, sucumbía en la modernidad blanca.

La gloria solo se puede conseguir desde el amor, desde la ausencia de miedo, desde el desapego hacia todo lo que nos rodea. La libertad de expresar ese amor solo puede ocasionar vivir una vida más intensa, más verdadera, más real. No hay nada que perder porque ya lo hemos perdido todo. Solo es cuestión de tiempo. Por lo tanto, disfrutemos. Busquemos nuestra propia gloria. Busquemos en el amor la libertad de ser.

 

Los ciclos y el eterno retorno


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Tuve la suerte de poder vivir en la ciudad universitaria de Göttingen, en el sur de la Baja Sajonia alemana. La vida estudiantil de aquellos tiempos me devolvió a un sentido estoico de la existencia. Fortaleza interior y dominio aparente sobre todas las circunstancias que iban apareciendo en ese caminar en un tiempo hermoso pero convulso. Era la guía que me llevaba de un lugar a otro, dejándome arrastrar por las vicisitudes del espíritu. Curiosamente compaginaba mi vida en Alemania con otra doble vida en un lugar al que me gusta llamar La Montaña de los Ángeles. Santa María de los Ángeles era no sólo el topónimo de un espacio físico, sino también sufría la importancia de un arquetipo simbólico que en esos tiempos de cambio y madurez interior me impregnaba.

La vida siempre es cíclica. Te da nuevas oportunidades para enmendar aquellos caminos que no siempre fueron agraciados. Hacer bien las cosas no siempre es posible porque a veces quedamos desbordados por los avatares de la existencia. De alguna manera tropiezas una y otra vez con una misma piedra de la cual terminas enamorado. Tras pasar unos meses en Göttingen me marché a vivir a una granja de caballos algo más al norte, en un hermoso paraje entre Lüchow y Dannenberg, en las verdes e intensas planicies que se esparcen junto al río Elbe. En aquellas vivencias conocí a gente impresionante mientras mantenía una estrecha relación con el Loco de los Asientos, un hombre peculiar que influyó de alguna manera aquellos días. Todo era complejo al mismo tiempo que apasionante. La crisis económica acababa de empezar y nadie estaba preparado aún para ello. Ni nadie, en ese momento apasionante, me advirtió de lo que podría llegar a pasar.

Tras atravesar media España de norte a sur, hoy me despertaba en Galicia cerca de las rías que apuntan al océano Atlántico, en un paraje impresionante de verdes colinas muy parecido a los parajes que hace casi diez años disfrutaba en la Baja Sajonia. Para mi sorpresa, el lugar donde me encuentro, muy cerca de Santiago de Compostela, se llama Santa María de los Ángeles. Por un momento he tenido la sensación de que este lugar es como una especie de nodo que tiene un importante mensaje que revelar. Es como si todo lo que hace diez años pasó, de repente desencadenara en estos prados, en estos paisajes, una nueva oportunidad. Como si el ciclo mágico de la Montaña de los Ángeles terminara aquí para empezar un nuevo ciclo, una nueva congruencia para hacer bien las cosas, para dejarme arrastrar por la fortaleza del espíritu más allá de los avatares de la ocasión y las circunstancias.

De nuevo me sentí abrazado por el amor y de nuevo le abrí la puerta para que se revelara como único camino posible hacia la verdad humana. Pero esta vez desde la madurez que el camino siempre te aporta, desde la perspectiva de aquello que se subleva ante el inevitable ciclo de los retornos. Como si la vida se volviera a desplegar de nuevo ante el inminente retorno a los caminos.

Me siento emocionadamente agradecido por estas extrañas señales, por estos hermosos momentos y por esta vida compleja que siempre termina recompensando los esfuerzos, las caídas, los errores. Hay algo que se entrelaza en un diálogo mágico con la existencia. Hay grietas que te permiten observar con cierto halo de sabiduría interior aquello que son signos claros para continuar en el camino, en nuestra siempre senda verdadera. La intensidad de este momento me demuestra que las cosas siempre ocurren por algún motivo extraño. El Loco de los Asientos vuelve a la oscura cueva. Mientras, los prados verdes se desvelan de nuevo para emprender la aventura. Me siento afortunado. Me siento profundamente vivo. Me siento eternamente agradecido por ser de nuevo un dócil nibelungo errante. Ahora solo cabe volver a caminar atento, con esa dulce sabiduría de la experiencia. Deseo recolectar las mieles de aquellos viajes y que el camino sea dichoso y calmo.

(Foto: casas en Weitsche, lugar del norte de Baja Sajonia donde viví durante un tiempo).

Lo más frágil de nuestra condición humana


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Muchas veces lo pasamos mal en la vida. Somos seres vulnerables e indefensos ante cosas que nos desbordan. De todos los males que ocurren, el peor de ellos es el abandono, la muerte civil, la ignorancia y la rudeza de que todos, absolutamente todos, te den la espalda. Cuando cometes errores, y cuando esos errores se multiplican uno tras otro porque las situaciones nos sobrepasan o la realidad nos excede, pocos son los que en esos momentos se aproximan a ti, te llenan de aliento, te sujetan la mano.

Estos días me han preguntado porqué he dado la cara por un amigo juzgado social y públicamente como algo horrendo, despreciable y como reflejo de lo más podrido de la sociedad. Me acordaba de aquel hombre de Galilea que presumía de abrazar a ladrones y prostitutas y que un día, paseando por un valle cerrado con sus discípulos, mientras que estos se tapaban la cara ante la imagen podrida de un cadáver en descomposición, él se limitó a decir: mirad sin embargo como brillan esos dientes, parecen perlas de un profundo océano.

Esas perlas se encuentran en todos los seres humanos, incluso en el más horrendo, en el más malvado, en el más despreciable de ellos. La repulsa que sentimos, el asqueo que vemos ante situaciones moralmente indignas no son más que pequeñas motas que se ven reflejadas en el otro. Cuando alguien se equivoca y entra en la rueda del escarnio público no es su actitud, sino la nuestra ante esas circunstancias lo que hace que una sociedad sea grande y digna o sea de nuevo una precursora de debilidades y fracasos.

Estos días recibía proporcionalmente halagos y desprecios por mantener firme una actitud recta ante las circunstancias. No era cuestión de defender lo indefendible. Tan solo demostrar cierto apoyo hacia una persona que merece al menos un trozo de calor humano, un mínimo de dignidad como ser sintiente.

Me gustaría que cuando en el futuro me equivoque, y sé que como ser humano lo haré, alguien esté ahí, esperando para tender una mano, para abrazar al alma dolida, para bucear juntos en los errores y mejorar en todo momento cualquier cosa que pueda ser mejorable. Estamos acostumbrados a huir de lo malo y estar solo presentes en lo bueno. Pero es en lo malo, en las crisis, cuando más nos necesitan, cuando más necesita esta sociedad abrazarse, unirse y empoderarse en el amor, el perdón y la compasión hacia el otro. N necesitamos más justicieros. Necesitamos más silencio, comprensión, análisis. Necesitamos desmontarnos por completo para reencontrarnos con la esencia que alguna vez nos unió. No la fábrica, no la ciudad, sino el sentido humano de convivencia, de apoyo, de solidaridad.

Cuando eso ocurra y dejemos de juzgar los errores sin buscar ningún tipo de mejora, la sociedad brillará de nuevo, y será la virtud lo que nos domine. Será el honor y el amor hacia la verdad lo que nos conmueva. Será la esperanza lo que nos una en un proyecto común, bello y colectivo, donde las sombras se irán diluyendo para proteger lo más frágil de nuestra condición humana: la dignidad.

Cuando la vida te sacia


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Aquí en Galicia es fácil amanecer con lluvia, desayunar con nieve y merendar con un sol casi de verano. El tiempo cambia, la vida fluye a un antojo extraño donde nunca vas a saber qué pasará en el siguiente instante. Eso la hace realmente emocionante y de alguna forma te das cuenta de que lo único que permanece real en la vida es el cambio. Todo cambia de forma vertiginosa y fluir con ese cambio es estar en sintonía con la existencia entera. Tienes un propósito, una idea de cómo serán las próximas horas o los próximos días y de repente todo cambia. Y si fluyes con ello, si te dejas arrastrar por la corriente de la vida, resulta que lo que nos espera es aún mayor y maravilloso. La vida siempre se nos presenta como un milagro difícil de entender, como un misterio difícil de alcanzar, pero como algo cercano que está ahí, esperando preñar toda tu existencia.

Este fin de semana ha sido algo así. Lleno de magia, de color, de música. Aparece de repente un ángel en tu vida. Algo que no esperabas y que, sin embargo, es capaz de transformar esquemas muy sólidos respecto a tus creencias sobre cientos de cosas. Todo se derrumba con una sola mirada, con una sonrisa, con un abrazo estrecho e íntimo. Es como si el paisaje anterior dejara de existir para afrontar de repente una mezcolanza nueva, un escenario diferente. Algo especial se vuelve aún más especial y radiante. Todo explota de repente para reconvertir aquello que parecía seguro.

Es vivir en un mundo maravilloso cuando de repente aparece alguien y lo hace aún más increíble y mágico. Como si ese mundo se volviera más brillante, más lúcido y más poético cuando descubres que aún hay personas que brillan con luz propia. Gente buena, seres increíbles que nos cambian la vida constantemente. Que aparecen y ya sabes que siempre van a estar ahí. Que los abrazas y los amas y esconden dentro de ti parte de su vida, de su tesoro, de sus secretos más íntimos.

De repente te sientes como si todo fuera de un color diferente. Como si aquello que pensabas que ya era lo máximo se volviera aún mayor y majestuoso. El cielo se encarna en la tierra y basta un suspiro para abarcar todo el universo entero. Aquello que antes veías como limitado se expande sin fin por una tierra ilimitada, por un horizonte inabarcable.

A veces el cielo mudo te marca un rumbo extraño, algo que no esperabas, pero que de forma increíble resulta que es algo mucho mayor de lo que habías imaginado como justo y necesario. ¿Qué hacer entonces? Seguir sus sendas, sus caminos, practicar sus veredas y salpicar de alegría cada valle, cada monte por descubrir, cada riego de sustancia vital que reclama atención y cariño. Te entregas a la vida y la vida te recompensa con algo mayor, con algo angelical. Ahora sé que todo puede ir siempre a mejor. Ahora sé que todo puede resultar aún más extraordinario.

 

Anoche me convertí en estrella


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Si durante tres horas tienes la capacidad de estar atento a un cielo estrellado es porque de alguna forma has conectado con cada una de esas luminarias que hay en ese inmenso plano celeste. La bóveda penetra en ti, la atiendes en sus poros, en su presencia infinita dentro de tu limitada capacidad para entender. No secuestras nada, ni siquiera la luz que se derrama entre tu bello y tus talones. Sólo dejas que cada átomo de existencia de esa planicie estelar te preñe por igual.

Entonces ocurre que trazas un hemisferio al que perteneces. Es una especie de magia, como si de repente, de tanto observar, de tanto contemplar el infinito, éste penetrara en ti. Y te conviertes en estrella, en luminaria, y la luz brota por los raudales, por las fuentes espumosas. Es como si el legado de toda la existencia encajara a la perfección en ese instante. Una fuerza, un poder, un imposible vaivén de maravillas te poseen.

Ocurrió ayer. De repente me vi a oscuras observando el infinito. Sin darme cuenta habían pasado tres horas de atenta escucha activa, de paciente y amoroso clamor hacia lo que allí estaba ocurriendo. Desperté del letargo con los ladridos del perro que jugaba con la yegua para que no entrara a una zona prohibida. Hacía frío, era ya de noche, pero aún pude seguir un poquito más.

Luego no podía dormir. Era como si al convertirme en estrella tuviera que estar vigilante. Parpadeaba entre sueños y desprendía una luminiscencia especial. Una postura incómoda o quizás algún miedo no localizado hizo que mi espalda se resintiera. Pero luego recordé que las estrellas no tienen espalda, y que por lo tanto, podría seguir soñando, iluminando en mi orbe celestial.

La experiencia fue franca, sincera. No había una intención. Simplemente ocurrió como esas cosas que son buenas y tienen que ocurrir. Quizás fue una llamada del arquitecto de todas las cosas, o quizás simplemente un regalo, una especie de don, de entrega que viene de lo invisible para recompensar la soledad que se sufre cuando desde muy pequeñito creíste que eras solo una pobre e incandescente piedra. Pero cuando por algún tipo de milagro la piedra tiene esa capacidad de convertirse en estrella, en sol radiante de vida infinita, el hado de todas las cosas te inunda y sientes la necesidad imperante de compartir un trozo de la misma.

Creo que todos merecemos alguna vez vivir semejante experiencia. No importa de donde o de quien venga. Simplemente es cuestión de estar atento, de saberte acompañado, de sentirte humanamente convencido de que en alguna parte hay un presente para ti. A lo mejor no es lo que esperabas. Quizás el presente sea una llamada, un abrazo, un gesto, el guiño de un ojo radiante o una sonrisa. Tal vez ese pequeño gesto, con un poco de corazón, pueda convertirse en algo grande, único, maravilloso.

Eso me ocurrió ayer. Durante tres horas creí vencer algún miedo y me elevé y me sentí dichoso y pleno. Así que gracias a los duendes de la noche, a los seres invisibles, a esas entidades que nunca vemos pero que de alguna forma intuimos. Gracias a esa llamada, no importa quien la hiciera y de donde viniera. Ni siquiera importaba la excusa, el motivo. Sí, podría ser cualquier cosa, pero anoche me convertí en estrella.

Aprendiendo a no hacer


 

Desde hace ya unos meses estoy aprendiendo a no hacer nada. Es una de las prácticas más difíciles a las que nos enfrentamos hoy día. Una sociedad distraída como la nuestra, que prefiere que tengamos un perfil bajo en cuanto a crítica y distensión del pensamiento, ha secuestrado nuestra atención para proclamar el reino del entretenimiento. Esto parece una estupidez, pero si lo miramos con cierta atención, mientras estamos entretenidos de alguna forma nos alejamos de las cosas esenciales de la vida. Especialmente, nos alejamos de eso que llamamos ser, nuestro ser profundo, nuestro alma que nos anima por estos recovecos de la existencia.

Por eso desde pequeños nos inculcan a hacer mil cosas. En la escuela, en las actividades extraescolares, con los deberes. Nadie nos invitó nunca a meditar, a contemplar un atardecer o a dar un paseo observando la vida que recorre los espacios. Cuando somos mayores ya no tenemos remedio. Cuando no estamos trabajando buscamos alguna opción “para no pensar”. Ver una película, ir de compras, consumir cualquier cosa. El pequeño tiempo que tenemos para no hacer absolutamente nada lo dedicamos justamente a todo lo contrario: “a no pensar”.

En la montaña y los bosques siempre hay mucho trabajo, pero estamos aprendiendo a administrarlo según el tiempo, las necesidades o el ánimo. No hay una obligación por hacer cosas ya que dentro de nuestra nueva escala de valores hemos dejado de comprar, consumir, pagar hipotecas o recibos de luz y agua. Al no tener todas esas cargas sobre nuestros hombros, podemos administrar el trabajo de forma diferente y por lo tanto, nos quedan algunas horas para el disfrute, para el no hacer nada. Esta es una de las cosas más esenciales de la vida en comunidad. Al compartir los espacios, ganamos en tiempo.

Esto no significa entrar en un estado de ánimo donde la vagancia y la ociosidad nos invaden. Todo lo contrario, aprendemos a no hacer para entrar en otras dimensiones, en otro tipo de pensamiento, en una docilidad que nos permita reencontrarnos con nosotros mismos, apaciguar nuestras vidas y ser más felices. Al reeducarnos en el no hacer cambia nuestro temperamento, nuestra fuerza se transforma de forma positiva y el semblante se relaja para mostrar rostros alegres y suaves. Nos volvemos más imaginativos, conectamos con el misterio de la vida, meditamos e integramos nuestras emociones y pensamientos en una acción relacionada. Sumergimos nuestra vida abstracta a un plano de belleza interior cargada de posibilidades donde la magia de la existencia deja de ser un simple decoro.

Las cosas dejan de aburrirnos. Cualquier cosa que ocurra puede llegar a ser una aventura. Los días son diferentes porque podemos administrar el tiempo en cosas muy diversas. Trabajar el no hacer, la no acción, también te comunica con una parte de ti diferente, especial, íntima. Una parte que cuando es compartida crea lazos de cariño y amor, de belleza y armonía. La creatividad, el arte, el encuentro con energías antes desconocidas producen un halo de profundo recorrido.

La vida en su conjunto se vuelve bella. Con los meses y con los años no solo se consigue vivir con menos y necesitar menos si no que eso mismo condiciona la posibilidad de hacer menos cosas, pero de mayor calidad. Aprender a no hacer te revela un mundo inimaginable. Es como franquear las fronteras de lo limitado y alcanzar con la mirada interior un mundo infinito. Al dejar de hacer cosas, aprendes a hacer la cosa más importante para la que hemos nacido: vivir.

(Foto: dos momentos de «no hacer» hoy en los bosques con Geo y Rocío).

Fuente de vida inagotable


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Pocas veces tenemos esa lucidez para observar lo extinguible de nuestras vidas. A veces, cuando no estamos en exceso distraídos, notamos como algo se agota. Ya sea un día, un mes, un año o, de repente, la vida entera. Hay una finitud, un reloj que apresurado tiene marcada una cuenta atrás. La incertidumbre viene de no saber cuando se parará. Puede ser ahora mismo, en este instante. Y todo se acaba. Para los que creen en la vida eterna surge el consuelo. Para los que no, surge la urgencia. Aún así, pase lo que pase en el momento final, la vida hay que vivirla con urgencia y consuelo a la vez.

Lo digo plácidamente, pero también con cierto nerviosismo interior al ver como cada segundo se escurre veloz entre paseos, pensamientos y emociones. Siento interiormente que hemos venido para dar sentido a algo que nos supera. No sabría describirlo, o mejor dicho, después de haber buceado por todas las filosofías y creencias, me niego a hacerlo. Siento tal respeto hacia ese misterio que nos supera que ya no mendigo teorías ni analgésicos más o menos prudentes para ir tirando. Ahora prefiero zambullirme de lleno en la vida, preñarme de ella sin cuestionarme como es o como será cuando no sea. Prefiero abrazar la vida a pensarla.

Esto me reconcilia con un aspecto que va más allá de nosotros. La vida no nos pertenece y de hecho, nace de una fuente inagotable que se relaciona con toda la existencia. Cuando no esté en nosotros habrá millones de seres en ese instante que la estarán soportando. Nosotros no somos más que un pequeño y diminuto eslabón que se extingue sin más en la polvorienta sacudida mortal. Luego, los corazones seguirán latiendo y respondiendo a la llamada de perpetuar sus secretos en otras vidas. La vida, como el amor, es continua relación con todo y con todos.

Me fijo en este instante y me doy cuenta de que algo ha cambiado en el carácter. Me apetece esforzarme y ser más amable con la gente. Contesto todos los mails, los mensajes, comparto mi teléfono con desconocidos, devuelvo las llamadas, salgo al mundo, hablo con unos y con otros e intento sonreír siempre. Esa actitud tiene que ver con los ciclos que aquí experimento en la montaña. Veo como el bosque se transforma y también veo la dureza de la propia existencia. Y eso me hace pensar aún más en lo sutil y volátil de todo. Y si estamos de paso, ¿por qué no hacer ese paso sencillo y alegre?

No siempre lo consigo, pero ahora al menos me esfuerzo en ser inofensivo, amable y alegre. Lo demás casi no merece la pena. Trabajar para ganar dinero, ganar dinero para gastarlo, gastarlo para sentir angustia y necesidad y miseria y luego soledad. Me pregunto porqué las cosas no podrían ser algo más sencillas, o porqué aún no tenemos la capacidad de hacerlas más simples. Necesitar poco, gastar poco, consumir solo espacios de amor y ternura.

En estos meses de calma hermosa aprendo sobre el amor. De alguna forma esta cosa tan extraña para el ser humana tiene un vínculo muy poderoso con la vida. Es como el motor que la impulsa. Nosotros nacemos de un acto de amor. Los planetas se sostienen por una fuerza de atracción similar a la que sentimos cuando amamos a alguien. Los átomos, los universos enteros podrían explicarse por esa energía que fluye desde la vida. Por eso ahora puedo amar sentado, distraídamente mientras contemplo un atardecer. Ya no necesito a un objeto o sujeto donde mostrar amor. Ahora ya sé que el amor, como la vida, está en todas partes, y solo debo abrazarlo a cada instante, sin esperar nada a cambio, sin pedir nada a cambio. Todo lo que venga será por añadidura. El amor es la fuerza motriz que da vida a todo cuanto existe. Entenderlo es vivir salpicado por la estremecedora existencia.

Guiados hacia nuestro propio destino


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Por la mañana me despedí feliz de todos. Una vez más me tocaba afrontar el noble oficio de guardián del lugar durante diez largos días. Diez días de soledad siempre dan para mucho, especialmente cuando son miles los proyectos, las ideas y los lugares misteriosos a los que transitar. Me fui corriendo a la caravana, encendí la estufa porque hoy hacía un frío de mil demonios. Una vez calentadas mis congeladas manos cogí un libro y empecé a leer. En algún momento de la página cincuenta me quedé traspuesto. En entrevelas escuchaba la yegua, las cabras, la lluvia, las gatas, las gallinas, el viento, el susurro inapreciable del bosque entero. Cuando desperté, empecé a escribir sin poder parar el primer capítulo del libro que había prometido editar junto a un conocido escritor. Lo escribí de un tirón, no sé si producto del remordimiento por haberme quedado dormido en tan plácida ensoñación o por haber robado el fuego de los dioses desde esa otra dimensión onírica.

Así ocurren las cosas, pensaba. Había ideado poder empezar el libro en unas cuatro semanas, no antes de haber leído al menos parte de la extensa bibliografía de mi homónimo escritor. Mi semejante estaba en París y seguramente a su vuelta se marcharía a algún otro país exótico para deleitar con su pluma a periódicos y exigentes editoriales. Para qué molestar tan pronto. Yo seguía en mi caravana, imitando un poco la vida austera de Diógenes, intentando satisfacer a un maestro de la escritura desde mi longeva timidez y escasa pluma. El tema del libro, que no es baladí, surgió hace muchos años en algún paseo nórdico. Observo con el pasar del tiempo que hay cosas, hechos en sí, que ocurren dentro de un orden extraño. Te pierdes por un bosque y ahí nace una idea. Esa idea hiberna dentro de nuestro sentir, apaciguada por el paso del tiempo, esperando. La expectación dura hasta que un día se entremezclan varios acontecimientos. Un poco de agua, de calor y buena tierra hace que esa idea germine. Y cuando ocurre, y sobre todo, cuando en algún lejano día da sus frutos exclamas asombrado: ahora entiendo porqué me perdí en aquel oscuro bosque.

Quizás por eso hoy me quedé durante dos horas traspuesto. Debía hacerlo para adelantar la hazaña, para destripar con palabras el asunto convenido. Diez días por delante de soledad darán para muchas cosas, pero sobre todo, para desentrañar más proyectos, más ideas, más sueños, nuevas esperanzas. La soledad ya no es un pretexto para el arte, para la ensoñación, para la virtud. Es también un encuentro con el absoluto, con el misterio, con la dicha de producir extractores y recoletos que nos aproximen a eso que vagamente llamamos el ser.

A veces nos empeñamos en mirar a la eternidad desde un ángulo recto, y despreciamos toda su riqueza, toda su infinita dimensión. Por eso hay que estar atentos siempre a todo lo que nos ocurre. Sin duda encierra un mensaje, un misterio, una fuerza, un potente camino que puede desentrañar la madeja de nuestras vidas. Perderse en un bosque, quedarse dormido, llenarse de tristeza, abocarnos a un abismo aparentemente sin sentido. Cualquier hecho, cualquier acontecimiento puede llenar nuestras vidas de infinita sabiduría y virtud. Y lo más importante, nos puede guiar hacia nuestro propio destino.

Me siento afortunado. Todo un bosque, prados y montañas aguardan mis paseos solitarios. Quizás bajo la atenta mirada de alguna rama vuelva a dormirme, o a perderme en tan intensa arboleda. Quizás en estos días vuelva a sembrar alguna idea que de aquí a diez o veinte años germine en otra nueva primavera. Estaré observante, atento, prevenido. Nunca se sabe.

¿Con los pies en la tierra?


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Ayer alguien decía que vivía una vida muy volátil y que necesitaba poner los pies en la tierra. Su afirmación me hizo pensar. Es cierto que vivimos en un mundo de materia, pero también es cierto que esa materia cada vez se está volviendo más energía, más sutil, más volátil. Su necesidad tenía que ver con buscar un trabajo de ocho horas y así disponer de unos ingresos. Seguí pensando seriamente sobre el asunto y al mismo tiempo me preguntaba qué hubiera sido de nuestro mundo si todos los pensadores, todos los soñadores, todos los poetas y todos los artistas (ella lo es) hubieran decidido un día poner los pies en la tierra y trabajar ocho horas en algo mecánico.

Los poetas tienen que hacer poesía, los artistas crear arte, los escritores escribir, los soñadores soñar y luego ver como se puede vivir de eso de forma noble y sencilla, sin mayores pretensiones. ¿Para qué necesitaría un poeta un gran coche o vivir en una mansión? Es en las entrañas de la vida, en los recovecos de la extrañeza humana donde encuentra su inspiración. Sólo necesita pasear por los prados, por el monte, por los valles o por las ciudades plagadas de luminarias. Mirar al ser amado, abrazar a las musas y descubrir hasta donde puede llegar su inspiración para inspirar a otros.

Un artista no puede tener los pies en la tierra. Debe abrazar la creación entera, volar hasta las estrellas más infinitas del universo para poder recibir el don de la creación. Un artista debe buscar las formas de crear para convertir este mundo bueno en algo hermoso y brillante. Sus tesoros estarán en la búsqueda constante de amor, porque el arte no puede entenderse sin ese abrazo sentido, sin ese recodo de generosidad hacia todo lo existente.

Y los escritores deben diseñar con palabras mundos posibles. Poner nombre a la existencia simbólica en la que vivimos para que todos podamos entender esos universos intangibles. Deben ser los arquitectos del nuevo mundo, los que inspiren nuevas éticas, nuevos valores, nuevas enseñanzas, nuevas posibilidades, nuevas aventuras humanas para crecer juntos, para ennoblecer nuestras vidas.

Son todos ellos los que crean, los que posibilitan un lugar más fácil donde vivir, pero sobre todo, más bello. Y la belleza debería también ser un valor, más allá de lo intangible de su expresión.

Por eso, queridos artistas, poetas, escritores y soñadores, por favor, no pongáis los pies en la tierra. Seguid soñando, amando la locura de un mundo imaginado, de un ensueño constante para que otros podamos disfrutar de esa belleza que a veces nos falta. No tengamos miedo en el disfrute del arte creador. No importa si a veces eso nos impide saborear los placeres de lo tangible. Los que realmente son capaces de alcanzar ese estadio de saber, realmente ya están satisfechos, saciados y felices.

 

La espontánea y afable persistencia


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La vida es un conjunto de propósitos interiores. Realmente dibujamos en la materia aquello que alguna vez hemos soñado. Dependiendo de la calidad de nuestros sueños, la realidad se trazará de una u otra forma. Cuanto mayor tiempo dediquemos a soñar, a imaginar con profundidad cada detalle de nuestro anhelo, mejor será el lienzo, las pinturas y la calidad artística de nuestra realidad. Un pequeño esfuerzo de reflexión, de meditación, de imaginación creadora y la vida se manifiesta con todo su esplendor.

A veces el sueño nace de un profundo sentido de la existencia. Como si algo más fuerte que nosotros nos empujara a seguir un camino y no otro. Cuando eso ocurre, cuando al trazar la línea que separa una realidad de la otra nos enfrentamos a la construcción de ese anhelo, una sonrisa se dibuja en nosotros. La sonrisa interior, esa que reconocemos como sincera, como algo real y verdadero dentro de nosotros, es el claro indicador de que la aventura acaba de empezar.

Ayer noche presenté por fin el primer borrador de mi tesis doctoral. Aún recuerdo los días de instituto en los que soñé con este día. Siempre me imaginaba en algún lugar recóndito escribiendo y compartiendo las enseñanzas de la vida, de la naturaleza, de los sonidos de la noche y los susurros del día. Ayer me di cuenta de que estaba culminando ese sueño de juventud, exactamente como lo había soñado.

Eran tiempos de introspección, de mística y encuentro con el misterio, con lo perdurable de la existencia, con la encrucijada del devenir. Años de travesías por desiertos solitarios, por arenales que intentaban mostrarme un camino nacido de la intuición más que de la certeza. Luego llegó el aprendizaje, el estudio, el conocimiento de este entramado de redes, energías, fuerzas y dimensiones que se mezclan unas con otras para configurar el mundo en el que vivimos. El viaje interior se entrelazaba siempre con el viaje exterior, como aquellos compagnons que en la edad media viajaban para aprender el oficio.

Mientras anoche escuchaba los estremecimientos del bosque comprendí que el estudio ya había terminado, y que la mejor forma de progresar en la vía de la vida era mostrar una predisposición total para eso que vagamente llaman el servicio, esa maestría de entregarse silenciosamente al otro. La dádiva, la entrega necesaria tras la introspección y el conocimiento es la triada necesaria para alcanzar ese lugar donde nos sentimos plenos, satisfechos y útiles con la Obra mistérica. Interiorizar, aprender y luego practicar los caminos. No veo ahora otra forma de completar la vida si no es haciendo aquello que pueda ser útil para el conjunto humano, para el progreso hacia la vida superior del alma, del espíritu, del Misterio.

Ya no puedo pedir más a aquellos sueños de juventud. Ahora toca afanarse para preparar la edad adulta, completar los ciclos vitales de forma alegre y comprensiva, con esa máscara de ancianidad y sosiego, con ese destello lumínico que nos guía en la noche hasta alcanzar la plenitud de la muerte egoica. Ahora toca movilizar las fuerzas para que toda esa energía condensada en las semillas del mañana se desparramen por toda la tierra, sembrando los valores, las enseñanzas y la luminosidad del mañana. En silencio, alegres, sencillos. No se puede pedir más a la vida. El solo hecho de ser útil a su propósito oculto ya es de por sí un regalo poderoso.

Quizás en unos meses mi personalidad llegue a alcanzar el sueño errante de ser doctorsito. En ese momento, algo morirá para convertirse en nada y al mismo tiempo en todo. Morir a una dimensión para encarnar el verbo de una nueva vida más desnuda, sencilla y discreta. La espontánea y afable persistencia nos conducirá hacia ese nuevo mundo. Diez años de esfuerzo paciente ha tenido su propia recompensa. La satisfacción de que con calma y esfuerzo cualquier proyecto es posible, realizable. Incluso el llegar a ser doctor en antropología cuando de pequeño siempre fuiste el último de la clase.

Al otro lado del espejo


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Me doy cuenta de que desde aquí puedo opinar poco sobre el mundo. Quizás sea porque ya haya un exceso de opiniones, o porque vivimos cargados de paisajes que nada tienen que ver con esas imágenes difíciles de digerir.

Esta mañana me paseaba por los prados y pensaba que desearía poder abrir las puertas de este lugar para acoger a esos cientos de miles de refugiados. Pero luego pensaba, ¿cómo hacerlo? La mitad mueren en el mar y la otra mitad son arrastrados hacia fronteras asfixiantes, humillados y desterrados a su suerte por no haber nacido en otra tierra.

Y luego sigo mirando las noticias y aún quieren levantar más fronteras, más cosas que nos separen, no importa si son cosas políticas o culturales o lingüísticas. El caso es mostrarse diferente, ajeno al otro, como si eso nos diera un cierto estatus de no se sabe qué orden superior.

Y sigues mirando y ves los cadáveres por todas partes, las plagas, la destrucción de las guerras, la contaminación, el aire irrespirable. Cosa que contrasta con esos largos vestidos de terciopelo, o ese género de frisa que ha costado millones de vidas para ser arrancado de un trabajo esclavo para que alguien, solo una o dos personas, se declaren las más ricas del planeta.

En ese absurdo vivimos y lo más terrorífico de todo es que peleamos, damos nuestra vida por ello, luchamos por defender esa injusticia constante, ese teatro representado por títeres que se enfrentan unos a otros a cambio de ser los nuevos príncipes maquiavélicos.

Esta opinión es una excepción porque desde aquí poco o nada se puede decir. El mundo seguirá rodando quien sabe hasta cuando mientras que aquí, lo único que rueda son los ciclos de la naturaleza, los achaques del tiempo y la gente que pasea por prados y bosques de forma silenciosa, en profunda meditación. Es una calma extraña y también incómoda, porque nada de lo que ahí fuera pasa me es ajeno. Y aunque quisiera poder hacer otras cosas, ahora sé que la única forma de ayudar de verdad es seguir luchando por esta pequeña mota de utopía. Quizás sirva de revelación para alguien, de guiño, de simple esperanza. Quizás de aliento para seguir adelante a pocos o algunos. En todo caso, me seguiré interrogando por saber como poder ayudar más, como poder dar más, como poder arropar aún a más gente que necesita consuelo, calma y lucidez. Me doy cuenta cuando llegan. Vienen buscando aliento. Necesitan agarrarse urgentemente a otro referente. Lo entiendo. Por eso ya no opino. Sé que ahí fuera todo parece terrible.

Hemos sido llamados para la vida


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Cada átomo de vida es una tecla que resuena, un versátil suspiro que transmite un trozo de verdad. Hay un concierto todos los días, un esmerado universo que se ordena ante nosotros para desplegar parte del misterio. Nunca alcanzaremos ninguna verdad, pero somos afortunados porque nos dieron el don de escudriñar, de investigar los motivos de la existencia. La hermosa visión de ese arroyo que suena entre pedruscos con bordes redondeados, el pasar de esa hoja que cae lenta pero segura hacia la tierra húmeda y caliente o el viento atizando el bailoteo de las copas arbóreas. Un simple instante, un momento al azar puede servir como detonante de un maravilloso despliegue de acontecimientos que ocurren al mismo tiempo. Un centelleante bombardeo de vida que cabalga a raudales por valles y montañas, por horizontes infinitos cargados de colores magentas. Un hado que se balancea inminente ante la profundidad de la lejanía perpetua.

Todo se renueva. Cada célula, cada átomo, cada signo que permanece como una pista de lo que encierra. Misteriosa explosión de belleza que se ensalza como un velero en alta mar, despejando la duda sobre los bordes inexistentes. Membranas de sensaciones que recorren cada poro, cada surco impermeable de atracción necesaria.

No hay mayor altar que aquel que nace entre las rocas, ese tabernáculo lleno de musgo y gotas que se derraman en cualquier primavera. No hay mayor tabernáculo que aquel acontecimiento de amaneceres perpetuos. Si miramos fijamente nuestra realidad cotidiana nos damos cuenta de la sacralidad de cada segundo, de cada ápice de tiempo que transcurre entre lo que vemos y lo que sentimos al interaccionar con el medio. No podemos fingir más. Se alcance o no, hay algo que nos supera, algo que nos enseña la urgencia del vivir. Abrazados o no a la vida, existe un apremio por aferrarnos a ese respirar balanceado por lo fortuito, por la suerte, por la promesa.

Queramos o no verlo, estamos aquí, privilegiados, observando el devenir, procurando tomar consciencia de esa penetrante llama que nos inspira. Queramos o no, hemos sido llamados a lucir como estrellas en la noche, como soles en el día, como radiantes cometas que atraviesan el firmamento de forma fugaz pero poderosa. Quizás no nos demos cuenta, pero hemos sido llamados para transformar este mundo bello. Para producir en él un despliegue inigualable de fastuosa maravilla.

Hoy que puedo observar la fuerza de ese caballo trotando por la pradera, de esos cientos de animales que renuevan la tierra con sus vidas, de esos cielos que se tiñen de mil colores expresando un halo mágico de sublime transformación. Hoy que la vida se manifiesta entre los teclados celestes y las luminarias invisibles, puedo decir que hemos sido llamados para la vida.

No me conviertas en una proyección, abraza mi carne


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«No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar» Albert Camus

Últimamente intento acércame amablemente al otro de forma multidimensional. Somos tan distintos entre nosotros, que muchas veces no nos damos cuenta de que el otro vive e interpreta la realidad desde otro plano, desde otros valores y dimensiones diferentes a las nuestras. Por eso es inútil la crítica. Cada uno libra su propia batalla. Cada uno ve la vida a su propia manera.

Me daba cuenta con la visita de Ana. Llegaba desde la suiza alemana tras seguir desde el principio el proyecto que tenemos en la montaña. Leía todo lo que escribimos, aportaba económicamente cuanto podía y tenía en su mesita de noche una foto de la finca, imaginándose, quien sabe en qué futuro, viviendo entre nosotros.

Pero cuando llegó hace unos días toda la imagen que se había hecho del lugar y de su gente terminó por los suelos. Es como si durante muchos años hubieras dedicado tiempo a construir un castillo de arena que desfallece en un instante. Ese es el peligro de proyectar, de imaginar cosas en nuestra mente para adaptar nuestras necesidades a nuestros deseos. Años soñando con estar aquí y solo dos días para compartir los sueños. Al tercero se marchó.

Eso es precisamente en lo que estamos convirtiendo las relaciones humanas en estos tiempos: en meras proyecciones. Capítulos inconexos que se evalúan diariamente a partir de interconexiones digitales. De alguna forma dejamos de ser lo que somos para convertirnos en una proyección, en algo irreal que cuando se contrasta con el original nos termina decepcionando.

Últimamente me empeño en la medida de lo posible en conocer a personas de carne y hueso. Cuando alguien me pide amistad cibernética hago el esfuerzo por intentar conocerla en el mundo real. Es una locura porque el mundo digital va a una velocidad de vértigo, pero me niego de alguna forma a convertirme en una proyección y a convertir al otro en un decálogo de necesidades encubiertas. Necesito, por pura necesidad humana, abrazar al otro, sentir sus carnes, su esqueleto, su aliento. Escuchar su voz, su tacto, su mirada, su rostro. Incluirme en su abrazo, en su esfera, en su aura. Desear entender su multidimensionalidad sin dañarle, sin ser excesivamente agresivo o torpe.

En el fondo me siento un privilegiado porque hasta este lugar donde ahora me encuentro no para de venir personas de carne y hueso. Seres con los que compartir un instante o una vida entera. Almas libres que peregrinan por ese propósito oculto que a todos nos une desde esa matriz invisible. Corazones que laten, pulmones que respiran y almas que suspiran al mismo tiempo. Respirar, conspirar. Abrazos de verdad, por favor. Abrazos sentidos de alma a alma… Aunque al darlos uno no lo resista por ser tan reales que den miedo, y terminen por huir. Buen viaje querida Ana.