El mito de la abundancia


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El dinero no es una eficaz herramienta para acabar con el hambre en el mundo si no viene acompañada de una intención sincera. Es capaz de crear cosas bellas, de producir emociones profundas en la gente, de inspirar si quien lo maneja es un auténtico mago de dulce corazón ardiente. Durante muchos años cientos de personas han odiado el dinero hasta el punto de encerrarlo en una caja oculta o en cuentas lejanas de paraísos fiscales. Lo han detestado y despreciado y por eso no han sido capaces de compartirlo, pensando que de hacerlo iban a perder algo valioso de sí mismos. Lo cierto es que el dinero no es ni bueno ni malo, ya sabemos todos que es la intención con la que se emplea lo que diferencia el valor del dinero. Y esa intención viene marcada por nuestros miedos, por nuestra necesidad de arrinconar seguridad y protección.

En estos últimos años han llegado mensajes a favor de la abundancia. Libros como «El Secreto» nos han hecho creer que con el poder de la intención podemos atraer dinero, riquezas y abundancia en nuestras vidas. Todos, con una creencia totalmente clara e ilusa, afirman que tenemos derecho a esa abundancia y que podemos dirigir nuestra mente para provocar riqueza.

Ingenuamente no nos damos cuenta de que ese tipo de pensamientos es un acto de pura magia negra, de candidez abrumadora. La abundancia no es algo que nos pertenezca por el solo hecho de pensar en ella, creer en ella o realizar sortilegios para ella. Es como si viniéramos a la universidad y alguien nos dijera que todos tenemos derecho, y casi el deber, de estudiar la misma asignatura, sin mayor elección que esa. Si dedicamos toda nuestra vida a buscar esa abundancia la perderemos, porque a cierta edad ya nos damos cuenta de que lo único que merece la pena acumular es el amor, la compañía y la amistad. Es decir, esos valores intangibles más allá de la avaricia de las cosas.

Hay personas que en la abundancia se vuelven perezosas, se pierden en estímulos materiales o simplemente dejan de hacer cosas por el bien común. A lo mejor no hemos venido a esta vida a disfrutar de la abundancia, sino de la valentía, de la libertad, de la compasión, del arte, de la sabiduría o de cualquier otro valor en el que solo necesitemos pocas cosas para poder desarrollarlo.

La abundancia de vivir una vida buena es algo que nos atormenta a todos, pues todos aspiramos a cierta comodidad, a cierta integridad material y seguridad vital. Pero desde un punto de vista aséptico, esa abundancia de cosas materiales y bienestar tiene un precio insoportable para el propio sostenimiento del planeta. Así que ese tipo de abundancia en la que todos soñamos debe revisarse completamente, admitiendo que no se trata de una abundancia exterior la que debemos solicitar al universo, sino de una riqueza interior que nos permita primero someter a juicio y discernir con sabiduría qué cosas son las que realmente necesitamos para hacer el bien hacia nosotros mismos sin olvidar la prosperidad de los otros.

Quizás la vida no quiere para nosotros abundancia. Quizás espera de nosotros que aprendamos a compartir, a inspirar, a soportar con fortaleza sus envites para demostrar que estaremos preparados para hazañas mayores. Quizás la vida desea de nosotros que rompamos con esa falsa creencia material donde lo único que vale es poder desarrollar un buen trabajo para disponer de una buena casa y un buen coche. ¿No deberíamos revisar nuestras creencias, y de paso, nuestra lista de necesidades vitales? ¿A qué vamos a dedicar nuestros próximos diez años? ¿Dónde vamos a colocar nuestra abundancia y para qué propósito servirá? Y sobre todo, ¿dónde vamos a hipotecar nuestro tiempo, es decir, nuestra vida entera? El discernimiento es una de las herramientas más poderosas del universo. La propia naturaleza hace buen acopio del mismo para saber donde debe colocar sus recursos para que todo crezca en sano equilibrio. Lo mismo deberíamos hacer nosotros con el mito de la abundancia y saber donde colocar todas nuestras ganancias interiores.

(Foto: desde que experimento la abundancia de vivir en una caravana mi percepción de las cosas ha cambiado radicalmente. Aquí mi humilde casa).

 

 

 

La felicidad sólo es real cuando es compartida


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Ayer hacía frío en la caravana. Me acompañaba el perro Geo que me miraba con curiosidad mientras podía ver con el poco de batería que quedaba en el ordenador la película “Hacia Rutas Salvajes”. Christopher McCandless era una persona con principios, coherente hasta el extremo de dar la vida por seguir su propio camino. Huía de una vida hipócrita y terminó solo en las montañas de Alaska. Cuando la naturaleza le venció, y antes de morir, escribió una frase de importancia extrema: la felicidad sólo es real cuando es compartida.

Estos días de soledad me daba cuenta de la necesidad de esa compañía. Uno puede vivir todo lo libre que quiera y desee, pero si no puede compartir toda esa libertad, toda esa gracia de estar en la vida, realmente carece de lo que en verdad le da sentido a la existencia: el otro.

Me decía el otro día una conocida presentadora de televisión, aquejada por la soledad y el tedio, que las personas que han decidido vivir solas lo hacen por puro egoísmo. Me sorprendieron sus palabras, pero sobre todo el gesto de su rostro, la voz quebrada, como echando de menos algo que en estos años se le había escapado. Me hubiera gustado abrazarla durante toda la noche, incluso no me hubiera importado hacerle el amor aprovechando su exquisita belleza, pero de alguna forma sentí que yo también era egoísta, y que debía de alguna forma aprender a amar, aprender a estrechar esos lazos que nos hacen humanos, verdaderos, sencillos.

Aquí damos de comer al peregrino, también le damos un trozo de cama y en la medida en que podemos, sed de justicia, cariño y compañía. Todo eso sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio. Es como si por algún motivo quisiéramos redimir nuestro egoísmo y sentir que somos útiles para el otro, que podemos ofrecer algo al otro.

Esta mañana murió una de las gallinas. Me quedé mirándola con cierta tristeza. Al final todo se reduce a eso. A una masa de cuerpo inerte, frío, abandonado. Me preguntaba cuantas personas habrán ahora que se encuentren solos, una soledad no deseada, y cuantas, por otro lado, habrá con deseos de abrazar, de agradar, de hacer el amor al otro, física, emocional, intelectual o espiritualmente.

Christopher tuvo que morir para darse cuenta de esa gran verdad. Yo he tenido que experimentar la pérdida extrema, la vida salvaje, la soledad absoluta para llegar a la misma conclusión. No merece la pena vivir una vida en soledad. La felicidad sólo es real cuando es compartida.

(Foto: estos días de intensa nevada he trabajado en la tesis, en plena soledad, con la compañía de las gatitas Meiga y Gaia y el perro Geo).

 

 

Sueña. Explora. Descubre


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Dentro de veinte años lamentarás más las cosas que no hiciste que las que hiciste. Así que suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Sueña. Explora. Descubre”. Mark Twain

Hace unos años estaba a punto de coger un avión para viajar hasta Adís Abeba, la capital de Etiopía, y participar en una expedición solidaria entre los pueblos Oromo y Amhara. De repente una desconocida apareció en la puerta de embarque con el único propósito de darme un sentido abrazo. Había llegado hasta el aeropuerto solo para desearme un buen viaje y mirar nuestros rostros de frente, a los ojos, al alma.

Ese gesto para mí fue una lección de vida, una revelación inolvidable. El camino del corazón es el único que vale. Lo épico de la vida es seguir ese camino, todo lo demás son máscaras vacías, decía hoy a alguien que buscaba un trozo de esperanza mientras recordaba ese instante. Aquella persona se atrevió a viajar para ese abrazo y consiguió con ese gesto una profunda y bonita amistad. Nadie imaginó en ese momento que luego ella misma nos acompañaría en otro viaje solidario a la India o que haríamos tantas cosas juntos. Nadie imagina nunca lo milagroso de un gesto, por pequeño que sea.

Hoy era ella la que viajaba y cogía un avión. Me enteré de que estaba en Santiago de Compostela y fui a verla después de años sin abrazarla. Quedamos en el café que tanto frecuentaba Valle-Inclán, el Derby, en la plaza Galicia. Nos dimos otro abrazo sentido, nos pusimos al día y la acompañé hasta el aeropuerto. Había cierta magia en el gesto porque de alguna forma volvíamos al punto de origen: un aeropuerto, un lugar que como decía Inclán se puede convertir en una misteriosa lámpara maravillosa.

A las pocas horas, aprovechando el viaje, quedé en el mismo lugar con una joven y hermosa actriz que participa en una serie de televisión. El tema central de nuestra charla eran los sueños y como alcanzarlos. Cuando hablaba con ella me preguntaba qué precio hay que pagar por alcanzar nuestros más profundos anhelos. ¿Qué ocurre si en un mundo tan materialista como el nuestro eres un poeta, un soñador o un trovador de esperanza? ¿Qué precio o valor tiene un verso? ¿Quién paga a un juglar o a un inquieto idealista? Y sin embargo, nuestra civilización no sería igual si no fuera por la poesía o los soñadores. Los cimientos de nuestra cultura han crecido gracias a ellos.

Por eso nadie entiende cuando explico que quiero darlo todo para convertirme en un soñador, en un trovador, en un poeta. Nadie valora el esfuerzo de quedarte sin nada para poseer lo más importante de todo: el alma de las cosas. Soñar, explorar, descubrir como decía el escritor Mark Twain no puede ser algo ajeno al espíritu. Debe venir acompañado de esa pérdida para alcanzar un cielo, un horizonte más amplio.

¿De qué viviré en los próximos años? La verdad es que aún no he pensado en ello, quizás porque esta sociedad no esté preparada para valorar la escritura, la poesía, el arte. Pero realmente casi no me importa. Estoy preparando el escenario para ser aquello que siento, para hacer aquello que me inspira confianza. Las cosas podrán disfrutarlas otros. Mi disfrute será el abrazar el misterio, besar a la poesía y soñar despierto en ese nuevo mundo, mejor, más simpático, utópico. Para los maoríes existe un término, hau, que designa el espíritu de todas las cosas. Es el espíritu, el hau, lo que realmente me interesa. Es la poesía y el misterio que hay detrás de las palabras lo que realmente me da vida y sostén. Es allí donde encuentro mi verdadero alimento.

Al llegar a casa alguien me escribió para compartir un anhelo. Me sentí agraciado por esa magia que nos une unos a otros. Tendí la mano como aquella mañana en el aeropuerto de Madrid. Sentí que debía hacerlo. Sentí que la magia debía continuar. Sentí que debía explorar de nuevo, soñar de nuevo, descubrir de nuevo. Algo se gana cuando todo se pierde.

Gracias Ana, Paloma y Lorena por la inspiración de un día tan especial.

(Foto:En Santiago de Compostela cerrando nudos gordianos y abriendo el corazón a la nueva vida. Gracias Via Lucis, bienvenida Via Mundi…).

 

¿Somos coherentes?


 

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«Los hombres generosos y valientes tienen la mejor vida; no tienen ningún temor. Pero un cobarde le teme a todo. El avaro teme siempre a los regalos«. Hávamál, poema escandinavo.

Resulta difícil encontrar cierta sintonía entre lo que somos –el espacio del ser como una totalidad integrada-, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que hablamos y lo que hacemos. Normalmente esta desalineación es producto de nuestras circunstancias personales, nuestros anhelos interiores y nuestras capacidades para llevarlos acabo en el entorno en el que estamos.

La coherencia total es una de las asignaturas más complejas a la que nos enfrentamos como individuos y sociedad. Lo vemos en las relaciones, en nuestras vidas diarias, en nuestras propias frustraciones. La explicación tiene que ver con esa pereza interior de afrontar el cambio que supone ser coherentes. Seguir los dictámenes de nuestro corazón siempre chocará frontalmente con la comodidad de nuestro espacio de seguridad, articulado por una mente que analiza cada riesgo, cada circunstancia como un posible escenario de pérdida. Nos cuesta comprender que la vida no es una balanza contable preestablecida, sino un campo multidimensional donde a veces la pérdida da como resultado una enorme ganancia.

Estamos acostumbrados a basar nuestra vida en valores materiales. Si pierdo una casa, si pierdo un trabajo o pierdo una relación mi vida será un fracaso. Sin embargo, si mirásemos la vida desde un escenario más flexible, pronto nos daríamos cuenta de que la casa, el trabajo o la pareja solo son circunstancias, no pilares fundamentales de nuestra existencia total. Una casa se puede convertir en una tumba en vida, un trabajo en una prisión y una pareja en un tormento desdichado. ¿Por qué no entonces modificar nuestros soportes vitales y analizar qué es lo que realmente queremos en nuestras vidas? Quizás nos demos de bruces con una realidad nueva, más vasta e insondable que hasta ahora había estado misteriosamente oculta ante nosotros. De repente nuestras perspectivas se pueden dilatar hasta el infinito, poniendo como único obstáculo nuestros miedos a navegar en ellas.

Si somos capaces de sonreír ante aquello que realmente nos hace felices, es posible que empecemos a dar nuestros primeros pasos hacia la plenitud y la coherencia. Es como si de repente pusiéramos al servicio de nuestra claridad interior todos nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras acciones y palabras, creando un entorno próspero y alegre preparado para afrontar cualquier cambio. Cuando lo hacemos nos volvemos más saludables, más alegres, más joviales, más alineados con la vida.

Por eso la incoherencia no tiene sentido excepto cuando entendemos que nace de la comodidad, de la ignorancia o del miedo. Ser incoherentes es nuestra propia incapacidad para alinear toda nuestra vida en un propósito interior claro y contundente, en un sueño, deseo o visión que nace de una dimensión que pudiera ser la suma de todas nuestras aparentemente separadas partes.

Si es así, y de repente descubrimos que la coherencia no es más que seguir nuestro propio camino, la vida no puede medirse entonces en el balance de la pérdida y la ganancia, porque a veces, perder todo el esfuerzo de una vida no es más que liberar fuerzas superiores que estaban esperando ese cambio para ponerse a nuestro servicio. Entonces ya no hay pérdida. Sólo una ganancia superior, enmarcada en un hilo de vida que nos conducirá irremediablemente a un estado de plenitud y felicidad verdadera.

(Foto de Anna O’Hara, valle de Louzara, Samos, Galicia).

La revolución de las manos


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Ver el atardecer invernal desde la caravana sigue siendo un privilegio. Tras más de una semana de aventuras por iberia, he vuelto al descanso del guerrero, al punto de quietud, al lago de los nibelungos donde las valquirias aplauden entre las ondas y los dioses céfiros el eterno retorno. El majestuoso paisaje reclama atención. Aún quedan placas de hielo entre los macizos verdes. Estar aquí, en casa, es como haber regresado al hogar tras la batalla del fin del mundo. Ante la gran sala boscosa, cuyo techo está cubierto con escudos dorados, se halla el árbol dorado Glasir. Fuerte, poderoso, expectante, se apodera de mi hechizo para arrastrarlo hasta el otro lado. Pronto las estrellas rastrearan el cielo en búsqueda de miríadas de vida. El aire puro de la montaña me traslada a los tiempos en que los hombres luchaban contra el mal mientras que las mujeres arrastraban con sus manos a los muertos en la batalla. Hasta el mundo de Valhalla, hasta el gran salón de los caídos.

Ahora esas manos se tejen suaves entre unos y otros. En este viaje la batalla es por la alegría. Por transmitir paz en entornos donde podría surgir la llama de la discordia. Las manos acariciaban los rostros, compartían historias, se entrelazaban para empoderar el amor. Rozaban suaves las yemas mientras el sudor serpenteaba discreto.

Las manos poderosas, suaves, declinaban la oferta de la espada y abrazaban cuerpos desnudos. Empujaban hacia lo volátil la belleza errante. Encrestaban el suave momento entre olores de ensueño. La lindeza sublime, el despertar hacia otro camino, el amor compartido. Manos y más manos cogidas y unidas por una sola causa. Manos grandes o pequeñas, pero todas juntas a la espera del canto, a la espera de la mitológica figura.

Manos que se alzan, manos que se entrecogen para ahuyentar el miedo. Manos que se abren para alcanzar una gloria compartida, no propia, sino siempre en Su nombre. Manos amantes, deseosas, risueñas, sensuales, volcánicas, siempre valientes. Ternura de seres que se reúnen ante el misterio. Sueños que nacen y se reencuentran más allá de los memes espaciales.

Cuando sonaba la trompeta en los albores del atardecer, sentí esa presencia arquetípica. Una gran mano teñida de rojo en el valle y sus cielos. Aquí, en el valle del Mao, el valle de la mano, con sus cinco ríos que navegan hasta completar la quiromancia perpetua, adivina, divina, previsible.

Hace frío aquí en la caravana. Pero el concierto de los mil pájaros que reclaman su instante compensa cualquier torpe sensación. Pronto habrá una revolución, y será de las manos. Manos de valquirias que recogerán aquellos rostros abatidos para trasladarlos a la dimensión del amor, de la belleza, de la calma. Un lugar donde es posible creer y crear, vivir y servir a la vida. De alguna forma ese lugar se parece a este. Y pronto vendrán muchas manos para recrearlo, para construir el nuevo jardín de Epicuro, la nueva Valhalla.

 

El camino iluminado de la creación


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Es apasionante conocer personas que hacen todo lo posible por poner en marcha sus proyectos. Esto siempre implica construir un puente indestructible entre el mundo de las ideas y la plasmación física de la misma. Implica necesariamente una intensa actividad mental, una gran capacidad de imaginar y visualizar nuestros proyectos, más ese penoso esfuerzo por reunir las fuerzas necesarias que harán una realidad el sueño perseguido.

A veces los proyectos personales son sencillos o están adaptados a la realidad inmediata. No requieren gran inventiva. Nos formamos desde la edad infantil para ir progresando más o menos en materias que nos aproximarán a la imitación de lo que vemos, de lo que han atesorado durante generaciones para nosotros. Seguramente, tras terminar nuestra formación, buscaremos un trabajo que se adapte a nuestras aspiraciones, las cuales, en la mayoría de los casos, no superan las expectativas de nuestros predecesores: tener un hogar y un marco de seguridad económica y social razonable.

Hay veces que todo eso falla, o que simplemente, todo eso no nos satisface. Es como si existiera un cortocircuito poderoso que nos impulsara a salir de esa tradición, de ese marco referencial al que nos habían acostumbrado. Olvidamos la creencia social de que debemos ser como el otro y aspirar a unos márgenes razonables de bienestar. Algo ocurre y abandonamos súbitamente ese marco de referencia para crear el nuestro propio, nuestra propia realidad.

De alguna forma pasamos de simples imitadores a poderosos creadores de realidades nuevas. Ya no deseamos estar anclados en ese marco de seguridad, ahora somos capaces de arriesgar todo nuestro mundo sostenible para crear algo nuevo, diferente, apasionante, arriesgado pero posible. Cuando llegas a esta conclusión, a esta poderosa verdad sobre la posibilidad de transformar nuestras vidas y volverlas más creativas, una fuerza extraña nos posee y nos empuja a realizar nuestros sueños.

¿Y qué es eso que nos ha arrastrado a ser diferentes, a buscar un marco de referencia anómalo, insólito y original? No es una vocación nacida de ninguna ambición, ni una necesidad de demostrar nada, ni siquiera una desesperada huida hacia delante, aunque estas cosas pudieran ocurrir en algún momento de nuestra apuesta. Lo que verdaderamente ocurre es un impulso que nace de dentro, de ese lugar que identificamos como alma, como llamada interior o como señal del corazón que nos mueve a conectar con otras fuerzas, con otras energías, con otras realidades capaces de cocrear cosas que faciliten y ayuden a un cambio de paradigma, a un entendimiento con la realidad diferente.

Esto que algunos llaman misión o propósito interior tiene mucho que ver con algo poderoso que aún no llegamos a entender del todo. Es complejo definirlo, intelectualizarlo, explicarlo, pero está ahí, y nos conmueve. Nos lanza a los vacíos existenciales que hacen de nuestras vidas una aventura incesante. Dejamos de ser esa copia inexacta para convertirnos en algo original, único, verdadero. Entonces la vida corre más deprisa, la sangre llega a todas las partes de nuestro cuerpo con esa vibración especial. Exhalamos vida por cada uno de nuestros poros y sentimos la necesidad de expresarla, compartirla, sentirla en su máximo esplendor. Hemos llegado al camino iluminado de la creación. Hemos llegado al centro de nosotros mismos. Ahora solo nos toca hacer una cosa: caminar, caminar, caminar. Entusiasmados, amables, expansivos.

 

Reeducando las conciencias


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A veces cuando viajo tengo la sensación de que dentro de nuestras casas se cuela una especie de gorila de cinco toneladas que nadie quiere ver. Encendemos la televisión y nos muestran un mundo fantástico, con anuncios donde el paraíso parece que pueda rozarse con tan solo comer un yogur o hacer un viaje en uno de esos maravillosos cruceros a bajo coste. Ayer me senté durante unos horas para observar ese impresionante mundo y cuando terminé me hice la pregunta: ¿pero donde está ese mundo? ¿realmente cuando saboreas un yogur la vida parece impresionante? ¿de verdad desaparecen los problemas a golpe de crucero?

Hay personas que dedicamos gran parte de nuestras vidas a vivir en esa ilusión. Según las estadísticas, todos nosotros empleamos al menos cuatro horas al día en consumir telepantallas de todo tipo. Ahora el gran hermano orweliano nos vigila y nos alienta a que sigamos haciendo las mismas cosas de siempre, pensando las mismas cosas de siempre sin capacidad de reacción, sin posibilidad de cambio, de revolución, de firmeza ante la mentira.

Porque no es cierto que mi vida cambie ni un ápice ante el sabor de un nuevo yogur o un maravilloso viaje por el Caribe. Cuando vuelva, mi realidad continuará siendo igual porque nada de lo fundamental se ha modificado. Absolutamente nada de lo que me soporta como ser humano ha sido reemplazado. Es cierto que con algunas cosas podemos gozar un poco más, podemos sentir cierta felicidad pasajera, pero todo es provisional y volátil.

Es fundamental que tomemos consciencias de ese gran gorila de cinco toneladas que está destruyendo nuestras vidas en esos cuatro metros de comodidad extraña. Es un gran gorila que vive entre nosotros, que va entrando en nuestras miradas, en nuestras consciencias destruyendo nuestra capacidad de reacción, de rebeldía, de cambio.

Sembrar semillas de consciencia para que germinen en nuestro interior es una tarea compleja. Lo cierto es que nos resulta incómodo empezar la búsqueda de algo nuevo porque siempre está la misma pregunta: ¿hacia dónde ir? Y luego siempre está la misma respuesta: tengo miedo. Y el miedo es un perfecto paralizador, porque siempre nos han educado a temer, a ser precavidos. La valentía no es un valor al uso porque nos aleja de las normas, de lo consentido, de lo pactado socialmente. Por eso nos resulta imposible enfrentarnos a nosotros mismos y a nuestra realidad. Por eso resulta más fácil dormir plácidamente en el sueño de normalización.

Pero a veces, muy rara vez, ocurre que nos rebelamos. Que iniciamos la marcha hacia otra parte, hacia otro lugar donde urdir una trama diferente para nuestras vidas. A veces ocurre que tomamos consciencia de algo, quizás de todo cuanto hay que hacer para colaborar en el cambio hacia una nueva realidad y futuro. A veces ocurre y empezamos a caminar, a cambiar, a vivir de forma extensa y amable. La anchura del mundo se vuelve espaciosa y nuestros corazones se reclaman como abanderados de una nueva vida. Reeducamos nuestra consciencia, sabemos hacia donde ir y desaparece el miedo. Y cuando eso ocurre, nuestra obsesión se convierte en ser sembradores, en ser cuidadores y vigilantes de esa nueva consciencia. Custodios del camino, guerreros contra las tinieblas de la ignorancia, el tedio y el temor.

Si por casualidad alguien sembró la duda en ti, levántate y anda. El mundo espera.

No te rindas


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Estos días me levantaba optimista y con fuerza, con ganas de hacer cosas, con esa necesidad interior de sentir la vida palpitar. El día empieza como quieras que empiece. A veces los sueños condicionan la rutina. Dicen que los sueños son los mensajeros de nuestro inconsciente, y eso a veces puede determinar todo un día. También el tiempo. En la caravana nos levantamos estos días con mucha lluvia. A las siete y media aún es de noche y el llegar hasta la ermita para la meditación mañanera puede ser todo una aventura. También nuestro estado de ánimo puede condicionar nuestro día por cualquier mala noticia. Estos días las recibía, pero ni siquiera eso amedrentaba el tono intencional de mi interior. Lo cierto es que hay días que descubres que son insufribles. A veces estos días pueden convertirse en semanas o meses hasta caer en esa depresión que llega sin saber como empezó todo. ¿Fue la lluvia de aquella mañana? ¿Aquel mal sueño? ¿Aquella mala noticia? ¿Aquella mujer con olor a alcanfor que desapareció de repente?

Lo cierto es que si no estás atento cualquier cosa te puede hundir sin darte cuenta en un pantanoso lodo del que resulta complejo salir. Pero estos días combatía la negatividad aparente con respuestas automáticas de fortaleza, de poder, de optimismo. Porque no solo hay que desprenderse de las cosas y la codicia, sino también de las emociones tóxicas, de los pensamientos que perturban, de los encuentros abruptos con uno mismo que nada aportan.

Para vencer la tendencia negativa, para soportar la levedad de cualquier descuido, intenté mostrar la cara amable, el lado bueno, la esperanza. Llamé a personas que hacía tiempo que no llamaba. Fui a visitar más a menudo a la tendera del pueblo para animar la tristeza de las tardes. Regalé un lote de libros por valor de más de mil euros a un nuevo negocio que intentará sobrevivir a la vorágine de los mercaderes. Abracé todas las mañanas a la terca yegua Rocío e invité a un paseo a los seres invisibles que siempre nos acompañan y nos ayudan en todo. Un paseo celeste, de esos que perduran sin tiempo, que rozan los atardeceres como si fueran nubes de algodón. De esos cuyos lados soportan la eternidad y el talento.

La fragilidad es compleja. La soledad ayuda a combatir el tedio porque de alguna forma te fortaleces interiormente. Si dejamos de estar a expensas de los vientos diarios nos forjamos un interior poderoso. Los vientos siempre estarán ahí. Y a veces caemos en la tentación de tumbarnos para no ser arrastrados por los mismos. Pero al hacerlo no solo nos humillamos innecesariamente, sino que no fortalecemos nuestra vida, no nos enfrentamos a los envites inevitables. El valor y la heroicidad cotidiana deberían ser nuestra bandera, nuestra verdadera ambición diaria.

Por eso, cuando el día empiece extraño, o el mal humor nos posea, cambiemos el tono de la sonrisa, supliquemos por algún pequeño milagro que nos reviva. Es más, forjemos nosotros ese pequeño milagro. Saquemos a lucir nuestra vaporosa terquedad y seamos caudillos de nuestro mundo. No hay mayor regalo para nosotros y para el mundo que ser castillos de piedra viva, concebidos en el fraguan de la adversidad y formados en la batalla diaria de la vida. Lo amable siempre vence lo duro, como el agua que pule la piedra con su constante rozar. Fluir en nuestro castillo interior como agua que nace de las fuentes de la vida nos transforma en poderosos instrumentos de lo milagroso. No te rindas. Continúa. Hasta el final.

Los mensajes del día


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Hoy hemos disfrutado de la grata compañía de unos amigos del alma. Ha sido hermoso verlos pasear por los prados, por el pequeño bosque. Nos ha encantado prepararles unas ricas lentejas y hablar junto al ventanal que se abre en la casa. Tras unas horas de reencuentro se fueron y me quedé solo ante el ventanal, contemplando el ancho mundo, el misterioso atardecer, el canto sinfónico de ese coro de pájaros que alegra siempre los corazones.

En momentos de soledad, tan cargados de belleza y exuberancia, tan impregnados por el silencio que nos acerca cada vez más al roce del alma, uno se siente vivo y afortunado. Te puedes sencillamente reconciliar con todas las contradicciones que albergamos, con todos los atropellos y tropezones. De hecho sentía muchas ganas de abrazar cada error, cada melancolía, como esa última que inevitablemente me lleva día y noche hacia ese olor a alcanfor que tanto se añora. Y ahí estaban los amigos que venían de lejos para compartir un trozo de tiempo. Ya estaban en el recuerdo, pero seguían latiendo.

Miro por la ventana y veo el vasto universo que me rodea. Todo el silencio, toda esa envergadura vital que puedo rozarla con la mirada perdida, con el deseo adyacente, con la matriz de vida. Me siento preñado de nostalgia, pero también afortunado por poder disfrutarla en esta soledad tan desolada, en este abanico de deseos que desean irrumpir en el mundo como un soplo indestructible.

Este invierno tan primaveral me recuerda las contradicciones lógicas del mundo, de nuestro mundo. Se me antoja necesario el poder esgrimir un reducto de pasión en todo. Siento cierta fuerza interior, porque la soledad te impulsa meteóricamente hacia el centro de poder que somos. Por eso la soledad es un reino poderoso, expansivo, radiante. Si sabes estar a solas sabes que la fuerza se apodera de ti. Una fuerza que desea cortejar la vida, asomar por las canillas del espacio exterior desde una exuberante placidez interior.

Cuando sientes esa inevitable soberanía, cuando alcanzas cierto grado de dominio sobre aquello que se cuece en nuestro interior, un resplandor bombea todo el prisma dimensional que somos. Como una luz que estalla y se convierte en día. Como un misterioso rayo que nace en la noche para iluminar el instante, como esa lucidez que viene de lo alto y traspasa las ramas de los árboles, suave, misteriosamente.

Quizás todo esto dure un instante. Quizás la realidad cambie en poco. La brevedad es algo que nos recuerda muchas cosas. Por eso el instante hay que abrazarlo desde lo intangible, desde lo irremediable. La noche espera. El sueño aguarda. Alguien decía que el sueño, que los sueños, son como mensajeros de nuestro inconsciente. Son cartas que nos llegan para avisarnos, para comunicarnos algo profundo. Hoy, despierto, estoy soñando, porque de alguna forma he captado el mensaje. En un rato me sumergiré en las sábanas de franela, en la montaña de mantas que me protegen del invierno. Dormiré plácido y tranquilo en la caravana, rodeado de árboles, de bosques, de prados, de montaña y cielo. Las estrellas, las luminarias, serán de nuevo mi tejado. Y la soledad, de nuevo desolada.

(El triple diálogo entre lo humano, la naturaleza y lo sobrenatural siempre se teje en el contacto directo con el silencio. Solo desde el silencio podemos albergar cierto sentido de la existencia. El silencio es un mapa que se apodera de nuestro vagar vital para ofrecernos la respuestas a nuestro destino).

Hacia la Sophia Perenne


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Quiero compartir hoy este texto de Aldous Huxley que me resulta revelador. Lo que dice es importante con respecto a la práctica, a la manera en la que debemos acercarnos a la Realidad Inherente en nosotros desde una estrecha y compleja experimentación. No basta con hablar sobre el mundo, la vida, la inteligencia. Hay que experimentarla, explorarla, sentirla, descubrirla. Hay que abrazar al amante y experimentar con su carne, su aliento y su emoción, y no huir de su lado. De igual forma hay que experimentar la vida: abrazándola, penetrando todos sus misterios, respirando su aliento. Sin miedo, sin temor a la pérdida o al daño. Hay que estar en la vida como se está en el corazón del otro.

Cuando me preguntan porqué vivo en los bosques, en esta pequeña caravana perdida en la nada, siempre digo lo mismo: estoy experimentando la vida, explorando su significado profundo. Aquí no puedes escapar a su inherente realidad. Aquí no hay confusión, ni excusa para apartarte de la existencia. No hay distracciones que puedan convertirte en un zombi viviente. El hilo de vida y consciencia crece por todas partes y te vuelves inevitablemente un amante de sensaciones, un ser vivo con todas sus consecuencias.

Si cuando divisas una nube te conviertes en nube, si cuando el colibrí vuela te conviertes en pájaro, si cuando la lombriz bucea en la tierra húmeda y caliente te vuelves un gusano, no tienes más remedio que interrogarte sobre la ternura del misterio, sobre la inevitable manifestación de la existencia. No hay más excusa entonces para seguir adelante, pero desde ese vértigo que te otorga el no tener miedo. Ahora sí, puedes saltar a cualquier vacío y dejar el misterio te atrape.

«La Filosofía Perenne se ocupa principalmente de la Realidad una, divina, inherente al múltiple mundo de las cosas, vidas y mentes. Pero la naturaleza de esta Realidad es tal que no puede ser directa e inmediatamente aprehendida sino por aquellos que han decidido cumplir ciertas condiciones haciéndose amantes, puros de corazón y pobres de espíritu. ¿Por qué ha de ser así? No lo sabemos. Es uno de esos hechos que hay que aceptar, gústenos o no, y por implausibles e improbables que parezcan. Nada, en nuestra experiencia diaria, nos da razón alguna para suponer que el agua está compuesta de hidrógeno y oxígeno; sin embargo, cuando sometemos el agua a cierto tratamiento harto duro, se pone de manifiesto el carácter de sus elementos constitutivos. Análogamente, nada, en nuestra experiencia diaria, nos da mucha razón de suponer que la mente del hombre sensual medio posea, como uno de sus ingredientes, algo que se parezca a la Realidad inherente al múltiple mundo o que sea idéntico a ella; sin embargo, cuando esa mente es sometida a cierto tratamiento harto duro, el divino elemento, de que, por lo menos en parte, está compuesta, se pone de manifiesto, no sólo para la mente misma sino también, por su reflejo en la conducta externa, para otras mentes. Sólo haciendo experimentos físicos podemos descubrir la naturaleza íntima de la materia y su poder latente. Y sólo haciendo experimentos psicológicos y morales podemos descubrir la naturaleza íntima del espíritu y su poder latente. En las circunstancias ordinarias de la vida sensual media, este poder continúa latente, no manifestado. Si queremos despertarlo, debemos cumplir ciertas condiciones y obedecer a ciertas reglas, cuya validez ha demostrado empíricamente la experiencia«.

Formas parte del plan


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Después del canto del búho, el silencio de la montaña es más profundo aún. Lo esencial no es lo que hemos dicho, sino lo que no hemos dicho, y, sin embargo, ha sucedido y es real… (Haiku zen)

Cuando te sumerges en el bosque ves con claridad la existencia de un orden. Es algo natural y misterioso a la vez porque hasta el momento, más allá de creencias mágicas y obtusas teorías científicas, no hemos descifrado los secretos de ese orden. Cuando hoy corríamos entre los árboles la belleza entraba en nosotros. Era como cuando vuelas en los sueños y atraviesas mundos imaginarios. Las copas apuntalando hacia el cielo, las raíces hacia la tierra y entre ambos el tronco firme, fortalecido por el paso del tiempo. Las raíces son las ramas del suelo. Las ramas son las raíces del cielo. Y luego todo el tejido que nace para dar sentido al bosque, con sus sotos, su floresta y frondosidad, su aliento invisible. Los cientos, diría que miles de animalillos que están sobre y dentro de la tierra, en el aire o en los arroyuelos que van y vienen por todos lados también forman parte de ese entramado de vida, de esa red invisible que perpetua la existencia en mil formas. Es como si los átomos tuvieran cabida en las galaxias más lejanas y como si la noche más oscura pudiera alumbrar al sol más radiante.

De todo lo que puedes ver cuando estás en pleno éxtasis, es ese extraño orden que todo lo envuelve. Por eso uno piensa, cuando el orden aparece, que tiene que responder a algún tipo de plan, de programa, de propósito. La vida no puede venir huérfana de consciencia, de cierta sabiduría que vemos por todas partes. Es complejo pensar o creer que todo nace de un momento fortuito. Todo, incluido el cosmos absoluto. No perdamos el tiempo en buscar el sentido de la vida. Podemos verlo en cada hoja otoñal, en cada hebra de hierba, en cada pétalo púrpura.

Al mismo tiempo, una certeza viene de inmediato: todos y cada uno de nosotros formamos parte del plan. Todos y cada uno de nosotros hemos venido a compartir un instante único, una experiencia irrepetible, una vida cargada de significado profundo. No somos algo convencional. Somos algo extraordinario, único. No importa lo que seas, lo que importa es lo que la vida ha venido a enseñarte, a mostrarte desde la posición en la que estás. La enseñanza que nace de todo ello se resume en la trama. Todo cuanto existe se necesita, todo cuanto ha sido creado vive gracias al soporte de todo lo demás. Cuando descubres esa certeza, cuando te descubres a ti mismo explorando esa realidad, entonces encauzas toda tu vida para ese propósito. Sólo deseas ser un soporte eficiente, una luz brillante que pueda sostener la llama por más tiempo. Dar la mano al otro. Ser fuerte, sabio y amable para el otro.

Entonces te entregas al bosque, te desnudas en la carrera por llegar el último, por servir a todos, por dar inspiración y riqueza. No importa qué tipo de riqueza. Puede ser interior, exterior. Puede ser poca o mucha. Importa el gesto, la importancia del sostén. Importa entender, sopesar y compartir la esencia de todas las cosas. Nada nos pertenece. Todo se nos ha sido dado para ver qué hacemos con las cosas. Para medir nuestro grado de mezquindad o generosidad. Para observar como resolvemos las situaciones. Si brillamos en nuestros actos, en nuestra conducta, algo bueno ocurre. Si soportamos con fortaleza y dignidad cualquier experiencia, estamos fluyendo directamente el núcleo.

De todo cuanto ocurra de aquí en adelante, recuerda solo una cosa: formas parte del plan.

(Foto de nuestra querida Chus, en O Couso, con Geo).

¿Cómo medimos el valor de nuestra alma?


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Estoy en el coche cargando la batería del ordenador. Hace una noche agradable, casi de primavera. Los conejos revolotean muy cerca y la luna ilumina de forma especial todos los prados. Estoy convencido de que estoy vivo porque tengo capacidad de poder ver, observar con detalle y sentir dentro de mí toda esa belleza que me rodea. No hablo de la belleza de este lugar especial, sino de esa belleza invisible que dota a todos los lugares de un significado profundo.

Hoy es uno de esos días en los que podría estar en cualquier parte y sentir el aroma de lo sublime, la esencia especial de todo cuanto nos rodea, la ternura del instante de vida. Un momento de inevitable reconciliación y reconexión, donde intuyes que hay algo más grande y poderoso que te anima, que te reclama, que te guía.

Reconocemos humildemente que andamos totalmente distraídos con el ajetreo diario, con las deudas, con los problemas cotidianos. Esta mañana terminábamos de instalar las últimas cañerías y nos preguntábamos qué hacíamos trabajando de fontaneros. Realmente había una respuesta muy sencilla. Nos sentíamos útil a una causa mayor, a algo que se desplegaba en otra dimensión, a algo que nada tenía que ver con un beneficio material cortoplacista, un interés egoísta por obtener alguna recompensa o una satisfacción personal o meritoria por estar trabajando en cosas que nada tienen que ver con nuestras inquietudes. Pero sentíamos esa llama, esa inequívoca llamada interior por hacer exactamente aquello que teníamos que hacer: colocar unas tuberías para el nuevo lavabo.

Quizás muchos intelectuales o personas inteligentes piensen que simplemente estábamos desperdiciando cierto talento en hacer cosas que no nos corresponden. Seguramente cualquier persona dotada de cierto sentido del rigor y el buen hacer podría estar pensando que deberíamos dotarnos de otros valores y dedicar nuestro tiempo a cosas que produzcan un mayor encuentro con el progreso, la luz o lo que sea. Sin embargo, esta mañana, y todas las mañanas de estos últimos meses, sentíamos que el verdadero valor de nuestra alma era estar haciendo justamente lo que hemos estado haciendo, ni más ni menos. La grandeza de esa certeza proviene de esa visión amplia e inspiradora de sabernos partícipes del halo de vida que todo lo recorre. Es simplemente jugar con los acontecimientos y entregarnos a lo que el destino quiere de nosotros. Si la vida hubiera preparado para nosotros un escenario bucólico, plagado de bienes y facilidades seguramente nos hubiera dotado de otro tipo de instrumentos más allá de la maza, sierras, llaves y demás herramientas típicas de la fontanería.

Realmente nada de eso importaba. Lo que importaba era la actitud de renuncia, de entrega a esa voluntad que desconocemos en su máximo esplendor pero que nos susurra desde la alegría y el humor. Había una canción, un murmuro en todo. Si tuviéramos que ponerle algún nombre diríamos que era el alma comunicándose con sinfonía, en concierto. Como esa mano que se balancea en el aire intentando seguir el ritmo de la música. Como ese paso que se da con cierta gracia cuando la cadencia y el compás laten ahí dentro. Es esa música la que hace que nos levantemos todas las mañanas y agarremos con fuerza cualquier cosa que sea útil para la causa. Es eso que nos levanta con arrebato y pasión y nos dota de fuerza para seguir adelante. Midamos entonces ese esfuerzo, valoremos esa llamada y premiemos nuestra vida con ese festival. No hay mayor don y mayor gloria que hacer lo que uno quiere, desde el corazón, desde la libertad de entregarnos plenamente a los designios de nuestra alma. Aunque sea atornillar una tuerca o colocar una tubería. Si Dios existe, también es tuerca y tubería a la vez. Y si no existe, carguemos el ánimo con su fantasía inmortal.

¿Cómo medimos el valor de nuestra alma? Con el poder que tenga de hacernos sonreír y amar a la vida hagamos lo que hagamos, aceptando las derrotas y las victorias con la misma alegría, sumergiéndonos en el misterio que encierra toda nuestra poderosa existencia. Cuando te entregas a la vida, la vida explota en ti.

(Foto: Con Luije y Roberto colocando tuberías en O Couso).

 

Cooperar incondicionalmente con lo inevitable


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Estoy volviendo a casa en tren, a los bosques, con esa sensación de haber aprendido ante la derrota, haber ahondado en el error. A veces me gusta poner a prueba los acontecimientos. Ver si son capaces de resistir a la adversidad a sabiendas de que mi propia vida es un semillero de experiencias duras. Cuando alguien se aproxima, aunque sea de forma tímida, resulta imprescindible mostrarle esa dificultad añadida a una vida de por sí ya compleja. Es la única forma de saber si será capaz de estar ahí, no sólo en lo bueno, sino también en lo malo. Normalmente huyen. Nadie tiene ganas de pasarlo mal. Nadie tiene ganas de entender la grandeza del sacrificio o el aprendizaje ante la adversidad.

La experiencia nos dice que debemos practicar la resiliencia, esa capacidad para recuperarnos ante un dolor profundo o adaptarnos a situaciones adversas. En los bosques hemos tenido que practicar mucho la resiliencia, cooperar incondicionalmente con lo inevitable, con la dureza de situaciones complejas. Eso nos hace fuertes. Es como una especie de entrenamiento físico y psicológico que nos prepara para el dolor, para el sufrimiento, pero sobre todo, para sobreponernos ante lo adverso. Por eso cuando encontramos el punto de equilibrio enseguida retomamos con fuerza toda nuestra vida. No vagamos en el rencor, ni profundizamos en el dolor. Lo aceptamos y miramos hacia delante. Queremos caminar, y queremos hacerlo ligeros de equipaje, sopesando lo inevitable.

Los recuerdos nos sirven como bálsamos, pero no como atadura. Son como resinas perfumadas con ungüentos que nos recuerdan que el ayer mereció la pena. Al ser el producto de todo nuestro pasado, el futuro dependerá siempre de cómo apliquemos la enseñanza recolectada en esta siembra presente.

Cuando nos despojamos de todo lo que nos ataba, ya fuera un recuerdo, un dolor o aquellos tiempos buenos, cuando abandonamos toda esa carga semántica de acontecimientos que ya no existen, el universo entero se contrae y nos aporta una nueva fuente, un nuevo sendero de aprendizaje y relación. Nuevas personas, nuevas experiencias, nuevos caminos. Nada escapa a la idea de que somos entidades vivas y por lo tanto, con capacidad para experimentar nuevas experiencias. Si bombeamos vida desde dentro, con ilusión, esperanza, agradecimiento y generosidad, la vida nos traerá aquello que necesitamos para seguir adelante. Es una ley natural, una ley necesaria para que los organismos puedan continuar su bagaje existencial.

Es por eso que un pequeño reguero de felicidad recorre en estos momentos el paisaje adyacente. Cuando cooperas incondicionalmente con lo inevitable, el mundo se expresa a través de ti. No importa si padecemos una pérdida, una enfermedad, un dolor profundo. Si nos entregamos a lo irremediable, la vida continua de forma sorprendente. Cedamos en nuestro orgullo, en nuestra vanidad, en nuestra jactancia e hinchazón. Volvamos al camino humilde, sencillo, reconciliador. Y cooperemos.

 

Cuando la muerte nos sorprende


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Hace no mucho llegó una mujer a nuestra casa. Tenía un aspecto cansado y venía aconsejada por un amigo sacerdote de Madrid. Se pasó toda la mañana durmiendo y al despertar, tras comer algo y compartir una intensa charla nos pidió si le podíamos acompañar a la estación de autobuses para volver a su casa. Como no tenía dinero le compramos el billete y la acompañamos hasta la estación. Antes de marcharse nos contó su historia. Algunos intentos de suicidio fallidos y el último recientemente en el Retiro de Madrid, donde algo, de nuevo falló, la sangre no corrió lo suficiente e hizo que permaneciera entre nosotros un tiempo más. Quisimos profundizar sobre su deseo de muerte y tuvimos una charla intensa sobre todo lo ocurrido. Una mujer sola tras varios divorcios, con un hijo que la odiaba, con deudas que le asfixiaban y un futuro desesperante. Sentimos una gran impotencia ante el panorama, un gran dolor ante esa crisis humana a la que nunca sabemos como enfrentarnos. En ese momento sentimos que aquel lugar debía ofrecer consuelo, que nosotros debíamos poder dedicarle todo el tiempo del mundo para estar con ella. Hubiéramos deseado que la casa alcanzara ciertos mínimos, con un poco de comodidad, con al menos una ducha y un servicio para que esa mujer hubiera sentido cierto consuelo y alivio entre nosotros más allá de aquel plato de comida y aquella acogida humana. Haber dispuesto de más recursos para ayudarla y acompañarla en todo en un momento extremadamente difícil.

Hace unos días nos vino a visitar la Guardia Civil por la desaparición de una mujer que habíamos conocido en el monasterio. Hacía tan solo tres meses que había muerto su marido y decidió retirarse un tiempo, refugiándose en la soledad de la vida contemplativa y el alcohol para remediar su intenso dolor. La tristeza por la pérdida de su pareja la consumió hasta el punto de que ayer mismo la encontraron muerta, acurrucada en el portal de una casa abandonada, con una sonrisa a punto de estallar, mitad desesperación, mitad viaje hacia la nada. Una imagen de una muerte incomprensible e innecesaria que deja un dolor insoportable a una hija abandonada. Nadie pudo hacer nada por ella. Murió sola, murió asfixiada por una vida que se le presentaba insoportable.

Es difícil digerir estas escenas, y más difícil aún el pensar y razonar porqué a veces la vida nos consume hasta el punto de querer dejar de abrazarla. Todos hemos vivido momentos complejos, indeseables, difíciles, y todos alguna vez hemos deseado morir como única salida posible a un dolor insoportable. Pero la experiencia también nos dice que siempre merece la pena resistir, agarrarnos con fuerza al hilo de vida y esperar pacientes a que pase la mala racha, a que sucedan acontecimientos que nos llenen de nuevo de vida y esperanza, que nos llenen de amor y reconciliación con todo.

Cuando pensamos en estas dos personas que tanto sufrimiento han arrastrado, nos interrogamos sobre todos los que están pasando por un momento terrible y no desean otra cosa que morir. Nos preguntamos cuantas personas anónimas habrá ahora en este instante cuya única esperanza y salida sea el final. También nos preguntamos en cuantos ángeles anónimos habrá en el mundo que tienden una mano, intuyan lo que pasa y rescaten de ese abismo a esa desesperada alma. No siempre el miedo nos vence. No siempre la oscuridad puede con nosotros.

Después de lo pasado solo nos queda estar aún más atentos. Es posible que la desesperación llame muchas más veces a nuestra casa, y quizás una simple sonrisa pueda salvarles del abismo. A veces no somos conscientes de lo que un plato de comida caliente, un abrazo y la sola compañía pueden obrar en el otro. A veces se nos escapa que el amor puede vencer siempre al miedo.

Descanse en paz.

(Foto: atardecer en O Couso, de Helena S.)

¿Por qué nos falta alegría?


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Herman Hesse ya nos advertía de ello en décadas pasadas. No es algo propio de nuestro tiempo donde los poetas y los filósofos han dado paso a los futbolistas y las estrellas del cine. Al parecer, es algo propio del ser humano. Los espíritus delicados se esconden para no ser dañados. La insensibilidad y la apatía suelen hacer mella en aquellos que se apresuran a mirar de frente la realidad envolvente. Resulta difícil encontrar un poco de júbilo a no ser que venga precedido por una buena dosis de alcohol o de engaño.

Ya no hay anhelos por vivir una vida superior, de gozo, de alegría, de reconciliación con la existencia más profunda. Preferimos matar las horas a base de tarjeta de crédito o televisión. Andamos por las calles como perdidos entre escaparates, anonadados por las luces de colores que durante estos días centellean a miles por las sombrías avenidas. Huimos de la reflexión y el compromiso y nos da pavor arriesgar un ápice de nuestra desidia para dedicárselo a alguna causa justa o noble. Es como si el ser humano estuviera empachado de materialismo, y no encontrara la vía o el puente adecuado para sucumbir a los deseos del alma.

No es un problema de ociosidad como diría Schlegel, ni tampoco de prisa como dicen ahora nuestros contemporáneas más atrevidos. Quizás sea un problema de sentido. La humanidad entera carece de sentido, de propósito común. A modo global aceptamos que estamos ante un colapso ecológico de tamaño inconmensurable y ni siquiera así, ante el riesgo de autoexterminación, nadie es capaz de movilizarse. Tal es la apatía, el abandono, la indolencia.

Nadie abraza la posibilidad de un cambio radical en sus vidas aún a sabiendas de lo vacías que puedan estar. Ningún país es capaz de legislar claramente hacia contenidos profundos de ecología aún a sabiendas que estamos en un punto de no retorno. Es como si la vida no nos importara, es como si estuviéramos bailando una música nupcial en un entierro inevitable.

De alguna forma deberíamos ser moderados en nuestro abandono y desbocados en los caminos de las pequeñas alegrías. No sé a ciencia cierta qué tipo de canje individual y grupal tendríamos que hacer para revertir el curso de los acontecimientos. Quizás alguna locura. Quizás algún tipo de cosa que cambie para siempre nuestra existencia. Si seguimos esperando, contando los días, mirando el reloj para ver cuanto falta para esto o para lo otro, quizás estamos perdiendo algún tipo de ocasión, de aventura, de necesidad vital de expresar la realeza interior que clama en llamas. Tal vez debamos explotar y consumir detonantes de instantes únicos, desquiciados.

No sé, se me ocurre que hoy es un buen día para cambiar nuestra existencia, y dejar la indolencia para abrazar la alegría del vivir. Hoy podría ser un buen momento para perdernos en la naturaleza y aprovechar su riqueza inextinguible hasta hacernos ricos y dichosos. No ricos en cosas, claro, sino en fuente inagotable de ser.

No perdamos la vida al borde del camino


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Siempre que el sufrimiento se apodera de la realidad hay pocas cosas que se pueden hacer. Entre ellas, la más común, es acostarse, cerrar los ojos y desconectar del mundo. A veces funciona, especialmente cuando ese adormecer dura unos días. La otra es trabajar mucho, hacer un sin fin de cosas que la actividad y el entretenimiento te alejen del pensamiento vacío, de la sensación de que lo mejor que se puede hacer es desaparecer en alguna misteriosa curva. De alguna forma la humanidad vive distraída porque tiene miedo a enfrentarse a su interior, a su existencia.

El sufrimiento siempre suele venir acompañado de alguna depresión. Las emociones son como norias que suben y bajan, como esa marea incesante que se despliega a circunstancias y acontecimientos en los plenilunios. Son pocos los capaces de dominar con cierta holgura la entrañable reminiscencia de un cuerpo que salta de júbilo por la mañana para arrastrarse de tristeza a la noche. El equilibrio, tan expuestos a estímulos dispares y circunstancias que nunca llegamos a controlar, es una entelequia difícil de conseguir. Lo mejor es desistir y aguardar a que un nuevo día ilumine el horizonte.

El otoño y el invierno, quizás por la falta de luz, por el aire melancólico de todo el paisaje, es propenso a dispensar tristeza y arrebato interior. No hay restricciones ni arrepentimiento, simplemente nos dejamos llevar por ese tiempo que lucha entre lo que se vive en el interior y lo que la realidad exterior muestra. Como ese que desearía abrazar a su amada hasta que descubre que la misma ya no está, o simplemente, formó parte de una ficción. O aquel otro que va perdiendo la salud y ve como el final se acerca sin remedio y no sabe como enfrentar el reto de la última etapa.

Ahora que no para de llover y el frío se apodera de nuestros corazones, lo único que podemos hacer es esperar pacientes a la primavera. Acurrucarnos en algún rincón de nuestra alma, abrazados inmanentes a trozos de espíritu que resulten agradables aún en las brasas del abismo. Ahora que el gris es el color triunfante, solo podemos someternos ingenuamente a la desdicha, disimulando desde algún rincón que el sol volverá a alumbrarnos.

Realmente no hay motivo para desesperarnos. A los que van a morir, es decir, a todos nosotros, solo nos queda el consuelo de la vida eterna. A los que viven sin pensar en la muerte, la desdicha les llevará por aquellos caminos cargados de magnolias en primavera y de hojas marchitas en otoño. Los ciclos sucumben al tiempo. El amor viene y se va como la tristeza. Sólo hay que saber esperar para apoderarnos de un centro desequilibrado por los acontecimientos pero al mismo tiempo tangible y real. Cada vez que caemos en algún abismo, recordamos que estamos caminando, avanzando, conquistando nuevos horizontes. Sería necio buscar un equilibrio al borde del camino y perdernos la vida. Mejor caminar, aunque se sufra en ello.

Confesiones de un alma bella


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Sufrir y amar. Esos son los fundamentos del ser. En los caminos ásperos de la memoria, no recuerdo ni un solo día que no amara de la misma forma que ese dolor humano producía desazón. Tan pronto como me llega un poco de aire, deseo sentir algo agradable. A pesar del sublime paisaje, a pesar de esta soledad afilada que se desenvuelve entre parajes inhóspitos de montes y profundos bosques, los deleites de estos días me están vedados. En mi lecho solo encuentro consuelo en Goethe mientras que la taciturna lamparilla esgrime trozos de recuerdos de esa alma bella.

Cuando hay un dolor de alma es porque esa emoción nace de algo profundo, irracional, algo que posiblemente venga de otras vidas y pretende reajustar alguna historia muy lejana. Lo breve no duele. Solo lo que viene del más allá, lo que ha sobrevivido a lejanas vestiduras.

El príncipe del universo tiene por costumbre contar cuentos de amor y de hadas. Son historias imaginadas en su mente que de alguna forma toman vida en nuestras desesperadas existencias. Nosotros no podemos ver a los duendes, a las hadas, pero sí podemos escuchar sus historias de amor. Tanto es así que las reproducimos una y otra vez en diferentes paisajes, en diferentes tertulias oníricas donde el poder de la magia transforma los sueños en realidad. Los seres invisibles se deleitan con nuestro dolor y celebran la resurrección de nuestros sueños en hogueras que lucen en la noche de nuestros espejos. Es entonces cuando los objetos de la naturaleza cobran una vida incierta, pero real. Un aliento que desdibuja atmósferas y dimensiones entrecruzadas, dando como resultado un mundo astral vivo y danzante.

Siempre dicen que tras la oscuridad viene la luz. Tras el resplandor incipiente se presenta de nuevo el camino. La confusión se consolida en las raíces del deseo, pervirtiendo nuestra mirada y trayectoria. Hay poderosas razones para sentirnos abatidos, y aún así, seguir caminando. Los apegos son necesarios. De alguna forma nos sirven de motor de cambio. Cuando aprendemos a deshacernos de todo aquello que nos perturba, que nos hunde en la tiniebla, aparece de nuevo la senda, aparecen esos angelitos amables de blancos vestidos con cintas doradas que nos guían fielmente con sus guiños inconfundibles. Ellos buscan nuestro lado bondadoso e inclinan nuestros deseos hacia el bien. Ellos ven en nosotros el alma bella que no somos capaces de ver desde nuestra sombra.

Capricornio marca la transición del ciclo de la oscuridad al de la luz. Con el solsticio de invierno a cero grados de Capricornio, el día más corto y la noche más larga del invierno en el hemisferio Norte se manifiesta en la Naturaleza. Comienza el viaje del Sol hacia el Norte. Simbólicamente empieza una nueva etapa de resurrección que nos llevará a la comprensión de la vida en su totalidad. Capricornio y el sol naciente representan el ascenso del espíritu, y el espíritu no es más que esa parte inmaterial que nos dota de voluntad para seguir adelante, de belleza, de amor.

Los vastos dominios de la luz a veces no son alcanzados cuando la ceguera se apodera de nuestra inquisitiva y torpe forma de actuar. Los rezagados llegamos siempre tarde. Los perezosos terminamos la jornada cansados, porque partimos al alba desde la queja y continuamos la jornada hacia el abatimiento más absoluto. Los miedosos, los confundidos, los que viven para su personalidad y sus traumas, suelen obviar que penetrar en la luz requiere de una pérdida necesaria.

Por eso la oscuridad muere al alba. La luz, o lo que es lo mismo, la belleza, se magnifica al mediodía y camina de oriente a occidente de forma continua, sin desmayo. La oscuridad solo es producto de los ciclos, pero más allá de ellos, la luz germina hacia todas las dimensiones posibles. Sufrir y amar forma parte también del ciclo. Al igual que aquella niña que deja de jugar con muñecas y exige seres que le correspondan con su amor, príncipes que poco a poco se van desvaneciendo al ver que no son del todo virtuosos y que también, de alguna forma, viven su mundo onírico. Es ahí cuando descubrimos que nuestras almas no están conformadas como ese espejo que deja reflejar la luz del sol eterno. Es ahí cuando nos topamos con esa soledad insufrible, con esa oscura noche del alma, con ese destello insondable cargado de incomprensión y dolor. Es ahí cuando separamos la mirada de lo bello para dejarnos llevar por lo iracundo.

Es ante ese terrible descubrimiento cuando me abrazo con fuerza a Goethe y la inocencia de su libro “Confesiones de un alma bella”. Un alma bella es aquella que de forma inocente y natural tiende toda su vida hacia la virtud y el bien, sin esfuerzo ni contradicción. Solo desea el bien para sí misma y para los demás uniendo de igual forma lo bello y lo bueno. Esta noche, la más larga de todas, deseo girar la mirada hacia la luz y seguir así buscando entre las estrellas a esa alma bella. Es momento de hacerse transparente y dejar de ser tan solo un espejo. Es tiempo de volver a la esperanza de un nuevo día.

 

El espíritu ascendente


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La vida siempre es una encrucijada. Allí se encuentran caminos dispares que condicionan todo cuanto haces, piensas y sientes. A veces esos caminos se desvelan ante ti como una llama clara. Otras aparecen entre tinieblas, con señales vagas y carentes de sentido. Sea como sea, siempre están ahí, esperando la elección.

Cuando las cosas no están claras, cuando se presenta un camino confuso, lo mejor es retirarse, respirar, estar a solas. Si hay algo o alguien que en vez de felicidad te aporta dolor de estómago, es evidente que ese no es el camino. El universo dispone de esos mecanismos para avisarnos sobre qué puede estar bien para el aprendizaje del ser. Otra cosa sería llenarse de coraje porque se siente exactamente todo lo contrario. Un anhelo, una fuerza o un sentir que, aunque a veces venga acompañado de dolor, está ahí. Entonces no hay circunstancia que te aleje de tu propósito porque sabes a ciencia cierta que ese es el camino, que esa es la cimentación que tus pasos necesitan para seguir adelante.

A veces somos profesionales del fracaso. Nuestra especialidad es caminar y hacerlo torpemente. Por el camino dejamos muchas cosas. Amores, amistades, relaciones, bienes materiales, promesas incumplidas, de todo. El fracaso tiene su correspondencia. Significa que algo se ha caminado, que algo se ha avanzado. No importa si hubo uno o mil errores. Lo que importa es que se avanzó, que algo se quebró para construir algo nuevo.

Cuando tienes a alguien delante puedes sentir un gran anhelo por abrazarlo o por odiarlo. Esas emociones solo son avisos sobre lo que verdaderamente hay que hacer. O acercarte o alejarte de esa persona. Hay seres muy complejos que no toleran la compañía del otro. Puro sentimiento narcisista que solo gira sobre su propio eje. Que está a tu lado si las cosas van bien pero que desaparecen de forma cobarde si las cosas se ponen feas. Otras veces te encuentras con seres cándidos a los que solo te apetece abrazar, besarlos, amarlos, apretarlos sobre tu vida.

Los caminos de la vida son así, excepto para aquellos que prefieren no caminar. Que se sienten a gusto en su regazo, en su ministerio de seguridad, en su tropel de bienestar. Enfrentarnos a lo desconocido, y todos los caminos, sean los que sean, guardan algo de misterio, siempre nos da miedo, pavor, duda y desconfianza. Siempre montamos una vida que nos acerque a la seguridad y pocas veces estamos dispuestos a arriesgar, excepto en nuestras fantasías, en nuestras ilusiones nunca cumplidas. Ya lo sabemos, el riesgo siempre conlleva pérdida. El caminar siempre trae consigo el alejarnos día a día de nuestro espacio de seguridad.

La valentía y el coraje de enfrentarnos a ese hecho no siempre está de nuestra parte. Realmente solemos abrazar nuestra propia cobardía, escondernos en esa máscara que hemos creado para sobrevivir a un mundo hostil. Hay veces, que por no movernos, por no actuar, nos volvemos enemigos de nosotros mismos. Nos alejamos de la llamada y nos encerramos en nuestros vacíos, esperando pacientes a que las olas se calmen y desechando la bravura del mar como parte del reto y el aprendizaje.

Todos los días nos enfrentamos al fracaso. Todos los días nos levantamos de nuevo ante las oportunidades de la vida. Sólo debemos escoger, no el camino más cómodo, sino el que nos llene por dentro de fuerza y coraje, de determinación y valentía. El resto serán más livianos, pero solo conducen al mismo lugar de partida. Ciclos y ciclos que se repiten una y otra vez por no haber encarado el timón de nuestras vidas, de nuestro amor o de nuestra existencia más profunda. La rueda convertida en espiral ascendente es solo un camino iniciático. Es necesaria cierta muerte, cierta renuncia, para seguir adelante.

Pequeñas alegrías


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No sabemos nada de la vida. Apenas podemos alcanzar algo de su misterio. Ni siquiera disponemos de una receta universal que calme nuestras dudas. A veces nos sentimos poderosos y otras frágiles, acongojados, diminutos ante los acontecimientos diarios. Si quisiéramos tener cierto control sobre algo nos sería imposible adivinar qué podría pasar después. Hay algo que se nos escapa sutilmente. Una fina línea de realidad que se esparce por entre los dedos, cayendo inevitable hacia un abismo desconocido.

Nos abalanzamos hacia deseos, hacia pensamientos, hacia experiencias que creemos verdaderas. Pero luego resulta que todo se pierde en una pequeña apuesta llamada azar, suerte, fortuna. No somos conscientes de cuan frágil es nuestra vida hasta que no nos enfrentamos a ese momento crucial que todo lo cambia.

Lo único cierto es que hay que tener valor y coraje para enfrentarnos a este infortunio constante. Si algo somos eso es fortaleza. Si algo queremos ser eso es fragilidad, dulzura, humildad ante la grandeza de la vida. En el fondo siempre salimos ganando, aunque a veces la enfermedad o la propia muerte nos venza. Nuestra ganancia está fuertemente ligada a nuestra consciencia. Mientras esa diminuta llama de lucidez brille, estamos venciendo.

Herman Hesse insistió en que buscáramos el misterio en las cosas sencillas. En alguno de sus escritos nos dijo que pusiéramos el acento en las pequeñas alegrías. En ellas reside la riqueza del pobre y del rico. No es cuestión de cosas, ni de riquezas. La mayor fortuna pertenece a todos. Un amanecer, un abrazo, una sonrisa. Esas cosas nos llenan el alma, nos expanden la consciencia y fortalecen nuestra dignidad. Sólo debemos tomar consciencia de su profundidad, y en todo caso, de su propia existencia. Un cierto acopio de serenidad, de amor y de poesía serán suficientes para poder entrever ese lazo indestructible que nos une a la fuente de todo. Un trozo de calma será susceptible de acercarnos a la verdad suprema de que estamos vivos porque tenemos la capacidad de sorprendernos. Y esa sorpresa se derrama en todo lo que nos rodea. Y ese instante nos conecta con nuestra parte infinita, poderosa y frágil.

Mírate en este mismo instante. Observa todas esas pequeñas alegrías que pueden elevarnos a la categoría de dioses incandescentes, de brasas del abismo más profundo, de sortilegios de mundos maravillosos. Ahí cerca está la clave para poseer el verdadero aliento inmortal. Sólo debemos aprender a disfrutar de los placeres cotidianos, de la sublime arquitectura de todo cuanto nos rodea. En su insondable misterio está la clave de todo. Sonríe y disfruta. Todo conspira en este instante. Todo se construye para un propósito insondable. La puerta estrecha espera. Atraviésala.

La Nave del Misterio que Surca el Océano.


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La noche se presenta misteriosa. Las procesiones estelares surcan los valles cósmicos, los aledaños infinitos, las luciérnagas estelares. Miramos al cielo y no somos conscientes de lo que ahí fuera se teje. Nuestra mirada finita no es capaz de desentrañar todo cuanto ocurre. Sólo vemos centellas parpadeantes y tímidas que se arremolinan a una luna de miel cargada de caminos cósmicos. Nosotros navegamos a una velocidad de vértigo sobre el misterio que surca el vasto universo. Su océano está bañado por millones de pequeñas motas de polvo astral que resuman en el oleaje sempiterno.

Mi mirada se para en el sonido del viento. Entre las ventanas de este pequeño habitáculo intento abandonarme a esa inmensidad para plasmar, aunque solo sea de forma anecdótica, alguna respuesta certera. Esa infinitud me hace pequeño y humilde. Me obliga a deshacerme del pesado equipaje, de mis inútiles creencias sobre la vida, de mis torpes emociones con respecto a todo cuanto ocurre.

Hay algo que se asoma de forma tímida. Es una luz que guía. La llave del depósito que contiene todo cuanto existe. Se manifiesta entre telares que secundan silencios. Abrirse paso entre ellos es como si de repente entraras en una espesa capa de telas de mimbre. Algo inaccesible si no eres capaz de tejer una malla suficientemente poderosa como para albergar en ella todo ese sediento y húmedo despertar.

Si observamos la vida como un instante da vértigo. Ahora que se escucha con fuerza el viento me pregunto hasta cuando durará su melodía. No es una expresión de miedo a lo que inevitablemente ocurrirá tarde o temprano. Sólo de respeto e inquietud, porque la hora marcada nadie la sabe. Solo es cuestión de percepción. Y ante esta soledad tan querida la percepción es que somos un átomo de tiempo, una milésima de cordura.

Esta mañana tuve tiempo de poner algunos troncos pesados sobre las ocho columnas de la futura cabaña. Cambiar la vida de una caravana a una pequeña cabaña es un hito histórico en esta pequeña etapa. No requiere mayor esfuerzo que la constancia y el amor por las cosas sencillas. La capacidad de adaptación no hará que sea más feliz entre madera que ahora entre helada y delgada capa de caravana. No sé si ganaremos calidad en cuanto a la humedad, que aquí es algo temido. Tampoco sé si el vivir en mitad del bosque, porque la cabañita está escondida entre robles, castaños y abedules, hará que la inspiración crezca. Lo que más me seduce es ese abrazo al misterio de la creación. Es esa misericordia de cocrear sintiendo la vida en cada pesado paso. Mientras levantaba los pesados troncos de castaño miraba al cielo. Y en esa mirada de respeto nacía esa sencilla frase, esa súplica por entender todo cuanto ocurre. La Nave del Misterio que Surca el Océano. Eso somos aquí y ahora.

La libertad del laberinto


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Cerca de doce horas de viaje terminan en un banco de una gran ciudad. Por suerte la temperatura es agradable y el mar arrecia la compañía de las olas. Es media noche y no consigo plazas para llegar al centro. Miro a mi alrededor y solo veo calles laberínticas que se disponen de forma ordenada para invitar al osado a caminar entre ellas. Algún coche, algún trasnochador… El próximo transporte solo puede llevarme a cualquier hora del amanecer. Vía libre para elegir destino. Pero sólo al alba.

Siento cierta libertad y empiezo a caminar hasta las tres de la mañana. Una mujer de color empieza a llorar a mi lado. Necesita dinero y le doy la mitad de lo que tengo. Confío en que con la otra mitad llegaré a alguna parte. La mujer, atónita, me da las gracias repetidamente. De repente siento cierta libertad que me aproxima a esa ataraxia cargada de simbólico juego. Es la sonrisa cósmica, diminuta, frágil, que asoma por todas partes. Al no tener nada, al darlo todo, se posee la inmensidad.

Un hombre me ofrece su casa para descansar y quizás para alguna otra cosa más. Le digo que estoy cómodo en mi banco. Tengo estrellas, un trozo de luna y la brisa. Horas antes me habían invitado a perderme aún más, a no tener prisa por volver a ninguna parte. Pero resulta que el corazón siempre manda. Lo siento tranquilo, con ganas de volver a su centro. Late con disimulo pero con fuerza. ¿Hacia donde ir? Está claro. Hacia su centro, hacia su quietud. Lo demás son solo escenarios. Así que ahí me dirijo. Tranquilo, pausado, sonriente, cómplice.

Me quedo dormido algunas horas en el banco, en mitad de la gran ciudad, en la plaza. La policía me mira. Puedo notarlo cuando las luces azules resplandecen en mis pupilas cerradas. Miran mi aspecto, mi barba de hace unos días, mi sospechosa mochila. Continúan sin molestar. Tienen trabajo en la gran ciudad.

Tras atravesar de madrugada toda la urbe andando termino en la estación de tren. Puedo elegir cualquier destino. Aún tengo una larga noche por delante, una larga madrugada, un largo amanecer. El corazón sigue latiendo. Lo escucho. Anulo todas las citas. Pongo rumbo hacia el tintineo, hacia el rumor del alma, allí donde se teje el silbido, el susurro del aire.

Guardo un grato recuerdo de estos días. Entiendo que cualquier esfuerzo tiene que venir acompañado de la atención plena, del despertar consciente. De nada sirve cambiar de escenarios, viajar a cualquier laberinto si por dentro no se tiene la certeza de Ariadna, de ese hilo conductor que nos devolverá al Camino. Eso inyecta cierta libertad. Las causas que se hilvanan en la invisible maya tienen que ver con el laberinto. Las calles desaparecen. Las sombras de los vagabundos siguen ahí, en las posaderas donde se distribuye la economía. Yo sigo el camino del loco, que es seguro cuando se camina desde la alegría. Podría haber elegido cualquier destino. Pero al final, como siempre, elijo el mío propio.

Sale el sol. Empieza la música. El murmullo eleva la mirada. No he dormido mucho y eso me recuerda la importancia de estar despiertos. Veo puntos de luz que renacen a la vida. Noto que el hilo se entrelaza con fuerza en sus tres aspectos. Hay un nudo que termina donde empieza el vasto dominio del espíritu. Me agarro con fuerza a su trono más alto. Alzo la cabeza sobre sus sombras y diviso el espacio infinito. Ahí está, otra vez, la plenitud.

(Foto: fluyendo desde la estación)

Hacia el espíritu de la relación


a

Tras un primer periplo por Suiza y Barcelona pude descansar unos días en O Couso. El verano se marchó y entró la otoñada. Menos gente, más silencio, más tiempo para la reflexión. Pudimos pasar esta semana entretenidos en intentar llevar el agua del nuevo pozo hacia la casa. Siempre faltaba alguna pieza, algún remate, alguna cosa que fallaba a última hora. El agua se resistía a llegar, pero al final, como si de un milagro se tratara, atravesó los muros centenarios y llenó los barreños de la cocina. Fue un momento especial, un lugar de calma, de alivio, de esperanza tras un año esperando ese acontecimiento.

El agua es una fuente de vida, es un motivo de relación. La relación se expresa desde muchas instancias. Algunas tangibles, otras intangibles. En Suiza nos relacionábamos desde la comprensión y la misión común de proveer al mundo de inspiración. En Cataluña lo pasé francamente mal. Volver a las raíces, al desencuentro, a los nacionalismos divisorios. Tuve una mala relación con esa experiencia que me hizo entrar en barrena, en coraje, en rabia. No supe salvaguardarme, protegerme suficientemente de esa tiranía de la separación. En O Couso la relación es profunda. Los animales, la naturaleza, el bosque, los elementos. Ahí todo fluye de forma diferente, todo nos moldea y nos realza. No existe privación, ni límites conceptuales. Todo fluye hacia una visión más amplia, más armoniosa con la experiencia de la vida.

De estas tres experiencias separadas pero que vienen de una continuidad saco la conclusión de que el medio ayuda a relacionarnos. Lo hostil nos separa mientras que la intención del amor nos exalta, nos acerca, nos provoca amor. El medio, los lugares, la gente con la que estamos, puede afectar nuestro estado de ánimo, nuestra fuerza interior, nuestra capacidad para dar lo mejor de nosotros, o lo más oscuro. Podemos ofrecer una mejor versión de nosotros cuando vivimos una vida más plena y tranquila, un equilibrio más consciente con todo lo que nos rodea. Eso ocurre porque nuestra fragilidad crece cuando la adversidad aumenta. Es nuestra condición humana.

Perpetuar, proteger y albergar el espíritu de la relación es harto complejo. Uno puede llenarse la boca de bonitos ideales, de frases hermosas y rimbombantes, pero luego el día a día, la realidad, siempre se impone. Desde una cueva protegida por nuestra cárcel conceptual, no expuestos al mundo, resulta fácil hilvanar una realidad feliz. Pero salir al medio, exponerte a las inclemencias físicas y metafísicas de la convivencia humana requiere una fuerza especial.

Me anima la experiencia de estos días. Lleno las alforjas de conocimiento y vasta experiencia. Comprendo que aún queda mucho por hacer y que siempre tendremos la posibilidad de poder intentarlo de nuevo. No me preocupa equivocarme. Me angustia la posibilidad de dejar de intentarlo. Así que sigamos profundizando en la relación, y en su espíritu.

Poseedores de verdad, dioses de la ciencia y herejes de la opinión


a

La verdad es algo fragmentado e inhóspito. Nadie, a no ser que sea un dios, puede acceder a toda su complejidad. Por eso hablar en nombre de la verdad es muy matizable y arriesgado. Habría que definir sabiamente, o humildemente, eso de “la verdad”. O al menos matizarla, es decir, rebajarla en nombre de “mi verdad”, proclamando o diciendo o defendiendo esto o lo otro. Pero no se puede atribuir a causas subjetivas (todas las causas lo son desde nuestra limitada y corrosiva percepción) un atisbo de verdad. La verdad objetiva, por más que los nuevos adoradores de la ciencia lo afirmen, jamás podrá existir. Todo pasa por nuestro sesgo limitado, por nuestra visión –ya la física cuántica nos habla de eso-, por nuestro reclamo y sed de dotar de categorías absolutas a hechos que nacen tan solo de una percepción frágil y absurda ante la inmensidad del universo.

Por eso no podemos entender a los dioses, y menos aún describirlos, analizarlos, percibirlos o adivinar sus proezas, sus pensamientos o emociones, de tenerlas. Por eso los hechos que pasan en el mundo podremos clasificarlos sobre valores morales o éticos, pero jamás sobre verdades inamovibles. Todo es mucho más impermanente de lo que creemos, y sobre todo, lo existente ante nuestra memoria colectiva y nuestro acervo racial siempre es provisional. Nada es lo que parece y todo nace y muere sobre un manto de absoluta ilusión.

Luego está la opinión. Todos podemos opinar sobre todo. No hay límites excepto nuestra formación, nuestra cultura, nuestra visión de las cosas, nuestro bagaje existencial y nuestras experiencias cognitivas. La opinión, a diferencia de las verdades y las categorías científicas, está al alcance de todos. Podemos opinar con vehemencia sobre fútbol. Me encantan las tertulias de bar donde parece que un grupo de experimentados sabios arguyen poderosas argumentaciones sobre alguna jugada de turno. Podemos opinar sobre las creencias. Ver esos corsés que nacen de dogmas inamovibles y observar como unos y otros se ponen firmes y serios ante dioses y revelaciones. Podemos opinar sobre política. Decir que los nacionalismos son así o asá o pensar que los de derechas son de un color distinto a los de izquierdas, y que estos se diferencian de los del centro por mil causas. La opinión es libre y por lo tanto no siempre gusta. E incluso, cuanto más libre es de dogma o creencia, de mito o fantasía, más se estigmatiza, más herética resulta.

Lo que nunca podemos hacer con respecto a la opinión es anularla, callarla, amordazarla, enmudecerla. Eso es lo que hacen los totalitaristas, los absolutistas, los fascistas, los nacionalistas, los patriotistas, los extremistas, los fanáticos, sectarios, intolerantes, intransigentes y cualquier tipo de vehemencia exaltada que se crea en posesión de algún tipo de verdad o de categoría científica.

Jamás se puede decir al otro que no opine, aunque su opinión para nosotros resulte yerma o herrada. Jamás se puede poner un bozal al sentimiento o el alma del otro. La libre expresión fue una de las grandes conquistas. Jamás se puede poner un dogal en la boca de los que se atreven a opinar, ya sea de fútbol, de política, de creencias, de alma… Sus condicionantes vitales le harán ser presa fácil del resto de opiniones. Pero eso es lo divertido de comunicarse y opinar. Jugar a que nos entendemos en algunos temas y desechar el resto porque no son relevantes en nuestras vidas.

Por ello, no me pidáis que calle, no me pidáis que ahogue mi grito y extinga mi llama. No me pidáis que opine como vosotros, como vuestra verdad o como os gustaría que opinara. Dejadme que vocifere, que aplauda, que llore, que gima, que me alegre o me entristezca y que pueda hacerlo libremente. No me pidáis que deje de denunciar desde mi postura o impostura. No me pidáis que adore a vuestro becerro de oro si no lo siento como mío. Ni que siga borreguil a un rebaño que no me pertenece. Dejadme ser libre, y que opine. Aunque me equivoque, será mía la equivocación. Pero al menos viviré en dignidad y libertad.

Manual práctico de la vida autosuficiente


a

El amigo Vicente nos visitó este verano y trajo como regalo un montón de libros. El alimento material es necesario para dar sostén al mayor y más necesario aún alimento espiritual. Así que la donación de libros de todo tipo, especialmente los referentes a la espiritualidad de siempre, nos llenó de gozo y alegría.

En estos tiempos convulsos, diría que apasionados, estamos en una obligación moral. Dotar al ser humano de emancipación y crítica, de sentido de la realidad alejado del dogmatismo, pero también del conformismo. Esto último es aún más peligroso ya que dotamos a nuestra vida de un hilo conductor que no se renueva, que no renace, que no se altera ante los estímulos vitales.

Por eso la vida autosuficiente no se refiere expresamente al sustento material. Eso está muy bien y es necesario dedicarle un tiempo ejemplar para que todo sea desarrollado desde el mayor bienestar posible. Pero hay un sustento aún más alentador, aquel que tiene que ver con nuestro crecimiento interior, con nuestras relaciones humanas, con nuestro trato al prójimo próximo.

Estamos acostumbrados a gastar un ingente número de horas para poder tener algo de dinero en el bolsillo. Ese dinero normalmente lo dedicamos a tener algo de comida en la nevera, algo de ropa a la última moda y sobre todo, algún techo donde cobijarnos. Pero nos cuesta horrores tener que dedicar tiempo y recursos a lo más importante de todo: el ser.

Eso que parece tan paradójico e invisible es sin embargo el pilar más importante de toda nuestra existencia. No sabemos realmente qué ocurre cuando todo deja de ocurrir, pero sí intuimos que en esta vida hemos venido a algo más que a dedicar nuestro preciado y corto tiempo a los placeres cotidianos, a los simples y precavidos instintos animales. Eso está bien, pero hay mucha más vida ahí fuera.

Señalar con el dedo ese tedio y desidia corresponde a los poetas y místicos. Cumplir con el mandamiento de obrar acciones para el reino de los cielos corresponde a todos. Me refiero a la necesidad de inclinar nuestras balanzas morales hacia expresiones de vida más amplias, más estrechas con el colectivo humano, más en compromiso con la plenitud que ofrece todo nuestro margen existencial. No se trata de una broma o un capricho, se trata de encontrar y restablecer en nuestras vidas la urgencia de actuar, bucear en un auténtico manual práctico de la vida autosuficiente, externa e interna, que nos capacite para empuñar con coraje el timón de nuestro navegar. Decisión, valentía y cambio. Eso merecemos.

Estamos sedientos de sensiblerías, pero nadie nos ha capacitado para mirar más allá, para explorar ese entramado de ocultas relaciones que existe entre el cosmos infinito y nuestra limitada naturaleza. Somos capaces de las más grandes cosas sin sabernos poseedores de la capacidad de cogenerar un trozo de posibilidades más extensas y maravillosas. Un ejemplo de esto que hablo es la capacidad de poder abrazar un átomo de existencia, reducirlo a un suspiro y catapultarlo hacia el corazón del ser amado. Algo tan simple y tan profundo se nos escapa diariamente. Algo tan simple es necesario aquí y ahora. Así que tómalo. Por alguna razón especial te amo, aunque no te conozca.

Hacia una dimensión transpersonal de las relaciones


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A veces tenemos la suerte de participar en reuniones o eventos donde se pretende crear un tipo de pensamiento nuevo, un paradigma rompedor con el modelo anterior. Pero enseguida nos damos cuenta de esa complejidad cuando regimos nuestras formas a los mismos criterios de antaño. Tenemos por costumbre cambiar los nombres y llamar a cosas como la democracia algo así como sociocracia o otras cosas por el estilo. Sin embargo, la estructura interna del ser humano no cambia, y por lo tanto, el modelo sigue ofreciendo iguales resultados. Un modelo basado en el poder, la violencia y el egoísmo.

De ahí la complejidad para cambiar, por dentro y por fuera estructuras rígidas que durante siglos han mantenido el statu quo pertinente. ¿Cómo así podemos cambiar nuestras vidas? ¿Cómo mantener unas relaciones diferentes si son basadas en espacios estructurales rígidos?

Podemos cambiar de escenarios, poner nombres diferentes a las cosas, pero mientras no cambiemos nosotros por dentro nada de ahí afuera va a cambiar. Por eso los modelos alternativos de convivencia deben basar su supervivencia en una dimensión diferente en las relaciones. Esa dimensión no puede ser otra que la transpersonal.

Transpersonal significa que está más allá de nosotros, de nuestro entendimiento, de nuestra cotidianidad. Se refiere a un espacio diferente, a una dimensión más amplia que nuestras limitadas percepciones. Antiguamente llamábamos a ese marco de referencia como lugar espiritual, santo o místico. Nos referíamos a él como algo lejano. Pero los tiempos en los que el ser humano ha logrado emanciparse de muchos caducos preceptos ha provocado que el marco sagrado se sitúe casi al borde de donde termina nuestra psique más íntima. No es un cielo lejano ni una tierra prometida ni un paraíso inalcanzable. Es algo que está aquí dentro, aquí cerca, y que podemos situarlo en un marco de relaciones interpersonales basadas en esa sacralidad de antaño, pero enmarcado dentro de lo cotidiano.

Por eso cuando un modelo cualquiera de convivencia o relación se aleja de la dimensión transpersonal, repite esquemas caducos y desvía la atención grupal hacia una perseverancia egoísta. Si en nuestras relaciones cotidianas no somos capaces de situarnos en esa capacidad de resurgir en la suma de todos, no seremos capaces de provocar ningún tipo de cambio ni experiencia enriquecedora. Sólo seremos meros instrumentos de nuestras necesidades o caprichos temporales.

Sería bello, y diría que necesario que todas las reuniones o encuentros entre personas se realizaran desde ese marco transpersonal. La calidad y profundidad de los encuentros sería otra. Las relaciones serían más bellas y duraderas. Los espacios de encuentro se convertirían en lugares sagrados donde poder explorar la sutilidad del ser desde una plataforma más integral y completa. Necesariamente nos volveríamos más humanos, y por lo tanto, más sensibles a las necesidades del otro y del conjunto. Formaríamos parte de ese espacio grupal de aprendizaje y expansión. Todo tendría un sentido más profundo, comprometido y responsable.

(Foto: Este fin de semana en el encuentro anual de la Red Ibérica de Ecoaldeas).

Contemplando la quietud


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Tras la muerte de mi padre era necesario un tiempo de silencio. Este acontecimiento me ha permitido el poder pasar horas contemplando los atardeceres. Es algo que hacía tiempo que no podía realizar. Siempre nos faltan segundos en la manecilla del reloj para hacer de lo innecesario algo sublime. Pero desde hace unas semanas me detengo, contemplo los ciclos, me sumerjo en el silencio y en la soledad de cualquier instante sin hacer nada. Absolutamente nada, excepto contemplar el devenir, la existencia, la vida.

En alguna parte existe un cronómetro que corre en nuestra contra. Si nos lo pusieran justo en frente de nosotros sería algo desesperante. Sólo nos quedan tantos segundos de vida. Los segundos pasan y vemos como van desapareciendo ante nuestra desesperación. Pero siempre caminamos con ese sentido de eternidad. Como si realmente no fuera a pasar nada. Hasta que pasa, con aviso o sin aviso, con advertencia de que esto se acaba, o sin ella, de repente, de golpe. En ese sentido, las enfermedades pueden ser una bendición porque de alguna forma nos someten a esa presión que requiere el tomar consciencia y dignificar con urgencia la vida. En la salud nunca nos paramos a contemplar un atardecer y de paso dar las gracias por la vida. Somos tan egoístas en nuestros asuntos que nunca somos capaces de compartir un trozo de tiempo con algo o alguien que no nos vaya a repercutir en nuestros intereses inmediatos.

Lo trágico de todo esto es que nuestros intereses no les interesa a nadie. Ni siquiera a la naturaleza o a la existencia. Nadie nos escucha cuando tenemos mil facturas que pagar, ni una hipoteca a la que hacer frente, ni un trabajo que no nos satisface, ni esos problemas familiares o ese desamor prematuro. La vida no supervisa esos acontecimientos egoístas, solo se conmueve cuando salimos de nosotros mismos y somos capaces de abrazar con generosidad todo aquello que no nos pertenece.

Podemos acumular riquezas y cuanto queramos. Podemos seguir como hormiguitas preocupados por las mil cosas que nos distraen de lo esencialmente importante. Incluso podemos caer en el autoengaño de que hacemos cosas por los demás cuando en verdad estamos fabricando una especie de egolatría incontrolada en nombre de cualquier verdad. Nada de todo eso le interesa a la vida. Moriremos y con ello morirá nuestro orgullo, nuestras riquezas, nuestro egoísmo, nuestra vanidad.

Pero cuando damos silenciosamente un trozo de nosotros, de forma humilde y acallada. Cuando somos capaces de permitir que lo milagroso ocurra, dejando atrás nuestros prejuicios, nuestros patrones, nuestros hábitos. Cuando dejamos de apenarnos por nuestras desgracias y dejamos que la vida se manifieste de forma brillante en nosotros, inevitablemente ocurre algún milagro.

Aceptar nuestra finitud, arrodillarnos ante la inmensidad y de forma humilde acoger en nuestro seno todo cuanto ocurre es un acto necesario. Tarde o temprano tendremos que hacerlo. A veces gritando ante el lecho de muerte. Otras en vida, sentados inmóviles en una piedra del camino contemplando los ocasos y amaneceres de forma desprendida, dejando que la vida se lleve a lo que más queramos y dejando que el espíritu misterioso de todas las cosas se manifieste. No hay que luchar contra eso. Hay que abrazar el devenir con humildad, con desapego, con entereza.

Ese último adiós…


a

A José León Santiago, in memorian… 

Cuando alguien muere nos sentimos como un otoño aunque sea primavera. Como esa hoja que cae quedando arrinconada entre el ramaje. Como ese suspiro que alberga la esperanza de integrarse con algo más espacioso. Mientras hoy enterrábamos las cenizas de mi padre sentía como si la flauta de la vida sonara en un reguero inútil. Como si el silbido de todo aquel genio atravesara la estepa doliente sin ser visto. El manso río, la lluvia sólida y los ángeles atribuyéndose la música insonora. Realmente en ese momento trágico solo había silencio y soledad. La soledad de los muertos, pero sobre todo, la soledad de los vivos.

Cuando fue incinerado el roce del viento invisible balanceaba las brasas. ¿Dónde estás? Preguntaba el perfume antes de partir. Algo cabalga en la ola, en el susurro, en el ardor. Sonroja la promesa. Espera. Aguanta. Tiembla y todo cruje mientras se reduce a polvo. ¿Qué prisa tiene ahora el tiempo? Sólo el recuerdo de su rostro alivia a los que lloran. Sólo el recuerdo soporta el vacío. Inerte, hostil, paupérrimo. Al final del proceso, todo se derrama en una urna que queda sellada tras la lápida, en la misma tumba, junto a sus padres que tanto llamaba antes de morir.

Soporté su peso y pensé en lo poco que queda cuando nos vamos. Algunos, pocos, se despiden en el último adiós. Para el resto sólo fuiste una anécdota, un vago compartir o quizás nada. ¿Quién está realmente ahora con nosotros? De entre los vivos, ¿quién daría un trozo de su tiempo por estar contigo sin más, en silencio, contemplando generoso cualquier paisaje en la vaporosa futilidad?

Estar muerto es una liberación en muchos sentidos. El problema es estar muerto en vida. Como un ser anónimo al que nadie le interesas excepto por esos pequeños actos egoístas que nos tienen unidos los unos a los otros en miserables condiciones. Eso si nos da pena. Levantarnos por la mañana y ver que realmente estamos solos, que nadie en su sano juicio tiene tiempo para mirarte a los ojos con esa ternura tan necesitada, con ese amor tan imposible. Nuestra mente siempre está pensando en esas cien mil cosas que debemos atender antes de poder generar un instante para el otro. Vamos a los entierros o a los nacimientos, tanto monta, y enseguida estamos mirando el reloj para atender a la siguiente cosa inútil. ¿Tan importantes son esas cosas que nos alejan del ser humano? ¿Tan imprescindibles son que nos entierran en vida?

Mi padre siempre estuvo cabreado con la vida y ahora me pregunto de qué le sirvió. Me interrogo en estos momentos porqué nos preocupamos, porqué nos enfadamos, porqué nos enrarecemos con la edad. ¿Qué necesidad tiene la discusión, la vanidad o el egoísmo? A pesar de todo aún encontramos momentos para ser ruines y desdichados a sabiendas incluso de que todo terminará tarde o temprano. ¿Acaso es eso lo que desea el poso de vida en nosotros?

A veces ocurre que en esos momentos de oscuridad extraña aparece alguien que a lo mejor has visto cuatro veces. Llega hermosa y sonriente, sin prisas, dotando la vida de un significado diferente, ejerciendo de representante y envidada especial de los planos angélicos. Su mirada le delata en ese grado de la evolución donde te conviertes en humano completo y solo deseas ayudar al prójimo. Sus silencios y la profundidad de su sentir evidencia su alta integridad y repercusión. Por eso, cuando apareció de repente en aquel cementerio de muertos vivientes sentí cierto alivio y agradecimiento. Sentí como la vida clama desde sus rincones anónimos ese guiño de continua esperanza. Pensé que la soledad tan sólo es una ilusión egoísta que puede ser calmada si somos merecedores de amor. Y eso solo ocurre de una forma posible: amando. Aunque sea en silencio.

El pozo vacío. Una reflexión sobre la muerte y la impermanencia…


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En una misma semana me he quedado sin pareja, sin agua en el pozo y sin padre. Anoche de madrugada conducía hacia Barcelona porque mi padre estaba agonizando en el hospital. A dos horas del destino sentí el perfume de mi padre dentro del coche. Es como si estuviera allí, diciendo alguna cosa. Fue una especie de aviso, como si se estuviera despidiendo de forma dulce. Cuando llegué al hospital ya se había ido. Tras doce horas de largo viaje no tuve tiempo de mirarle por última vez, de decirle adiós, al menos ese adiós a la manera humana. Había muerto dos horas antes.

A media mañana estaba intentando sacar agua del pozo en Galicia. Hace un mes que no llueve y la condensación que se produce en las profundidades del mismo se estaba agotando. Quedaba poca agua para seguir regando el huerto. Con un poco de suerte tendremos reservas para seguir fregando los platos y poco más. Mientras miraba todo eso y sacaba agua desde la nueva polea pensaba en ella. Después de dos años de hermosa y armónica relación decidimos pasar a otra fase de amistad profunda, sin lazos afectivos, sin corsés. Siempre hemos sido más amigos y hermanos que pareja, así que lo mejor era profundizar en ese sentido amplio del amor incondicional y demostrar que otro tipo de relación es posible. Me acordaba de las teorías de Fourier sobre la sociedad amorosa y de alguna forma deseaba ponerlo en práctica. La moral caduca de nuestra sociedad impide el libre desarrollo de nuestra alma. La concepción de la muerte y el amor son barreras para la libre expresión de nuestro ser. Laura lo comprendió de alguna forma, y sintió que lo mejor era poner en práctica ese sentir. Amarnos desde una nueva base que pudiera emanciparnos de los paradigmas pasados. Su generosidad infinita y su amor incondicional fueron suficientes.

Fue entonces cuando recibí la llamada de mi familia. Hace dos semanas estaba en Barcelona con mi padre y nada hacía presagiar el rápido desenlace. No sentí pena, ni dolor, ni tristeza. Durante años he trabajado profundamente el sentido de la muerte y pensé que estaba preparado para abrazarla. Así lo hice, con cierta alegría por ver como el ciclo de la impermanencia sigue su curso. Un amigo vino esta mañana desde Castellón para darme un abrazo. En vez de encontrarme abatido me vio como siempre. Sonriente, risueño. Quise explicarle que la muerte es como el amor, una expresión vital de la existencia, necesaria para el progreso de toda consciencia. Los lazos de apego, de miedo y de la ignorancia hacia las causas naturales que nos rodean nos obligan a entrar en la oscuridad de la tristeza profunda y el dolor irracional. Cuando viajé a Etiopía los niños se morían en cualquier rincón de la sabana. Allí descubrí la fatalidad de la vida humana y tuve tiempo de llorar desconsolado durante meses. Luego hubo una especie de reconocimiento, de revelación, de reconciliación con el sentido profundo de todo cuanto nos rodea.

Vida, amor y muerte. Ese continuo que no se puede separar. Está intrínseco y unido en la vida humana. El amor se expresa libremente en todos los seres. No es necesario llamarlo pareja, matrimonio, conveniencia. El verdadero amor se expresa por igual hacia todos. Y siendo así, siempre sientes un deseo infinito de abrazar a todos los seres sintientes. ¿Para qué enclaustrarlo en lazos de dependencia, miedo y posesión?

Con la muerte ocurre lo mismo. Realmente es una expresión de esperanza futura. De regeneración. Recibí cientos de mensajes de condolencias en el día de hoy. Me extrañó no ver en ellos ningún motivo de alegría, de celebración. ¿Por qué no celebrar la muerte? No es que me sienta insensible hacia la muerte de mi progenitor. Sólo tengo un deseo profundo de agradecimiento por todo lo aprendido a su lado. Cuando sentí el perfume en el coche era como si llamara desde una dimensión superior. Como si de alguna forma toda su condensación humana hubiera sido derramada en toda una tierra libre de límites y espacios. Como esa agua que durante esta pequeña sequía hemos utilizado para regar el huerto. Ahora toda esa agua está en los tomates, en la verdura, en las patatas, en la tierra. Pronto pasará a nuestros organismos. Como el amor. Así funciona también la muerte. Algo se derrama sobre todos nosotros aportando la semilla inevitable de la vida inextinguible, de la regeneración continua e infinita. Los ciclos se manifiestan y nosotros interpretamos nuestra parte esencial. Somos cadenas, eslabones de su música. Somos notas que se entrelazan libres en una poderosa manifestación de misterio.

Gracias padre por vivir y morir. Gracias por permitir mi vida en ese eslabón infinito y misterioso.

Gracias querida Laura por demostrarme que otro amor es posible.

(Foto: mis padres en 2007, unos años antes de la enfermedad de mi padre).

El generoso sacrificio


a

Siempre son motivo de admiración las personas generosas. La historia está llena de ejemplos de aquellos que han renunciado incluso a la propia vida por llevar a cabo algún ideal, alguna proeza para el conjunto. Su reconocimiento les ha llevado hasta el mito, atribuyendo a sus hazañas esa heroicidad propia de los inmortales.

Pero vemos con insistencia y aplomo que en la vida cotidiana existen héroes cercanos, anónimos. Personas que entregan su vida a cosas pequeñas pero necesarias. Otras que con extrema generosidad renuncian a un sin fin de ventajas personales con tal de conceder una parte de su existencia a algún tipo de causa.

Estos días de cambios inevitables he tenido la suerte de ser testigo de una de esas generosidades que superan la razón. Una persona extremadamente generosa, abierta al cambio, a las posibilidades, a los riesgos y a las perdidas que se asumen con entereza y amor en el devenir de la existencia. Un ser generoso que con dulzura, compasión, silencio y fortaleza ha asumido ese trato directo con la vida.

La generosidad extrema siempre viene acompañada de algún tipo de renuncia, de sacrificio. Pero ese sacrificio, aunque a veces resulta del todo doloroso, siempre aguarda tras de sí algún tipo de recompensa, de premio, de compasión. La vida nos lo muestra constantemente. El flujo de todo lo que ocurre guarda tras de sí ese secreto. La semilla se sacrifica para que nazca el árbol que a su vez dará frutos. Los ancianos mueren para dar paso a las nuevas generaciones. Cuando los elementos se sacrifican ocurren fenómenos maravillosos como el fuego o la electricidad. Todo termina regenerándose y todo tiene que ver con ese secreto natural al que vagamente llamamos sacrificio. Algo muere para que algo renazca inevitablemente.

El sacrificio siempre tiene algo de liberador. Las almas desean seguir creciendo y para ello hacen que lo viejo muera, desaparezca, se transmute en otra cosa. Eso ocurre con las parejas, con aquellas que comprenden que su ciclo juntos terminó y es hora de seguir volando. O con los padres cuando dejan marchar a sus hijos o con los hijos cuando se reconcilian con el mundo que les ha tocado vivir, sacrificando su rebeldía innata y exponiéndola a la madurez de los días.

Algo ocurre cuando la alondra emprende el vuelo y deja atrás todo ese paisaje de vida en común. Algo generoso y bello, algo que supera el entendimiento de comprender que lo que perdura es aquello que cambia, que se transforma, que crece ante los infinitos modos de oscilantes flujos. ¿Para qué atarnos entonces a la misma realidad, al mismo escenario, al mismo arranque de normalidad? El vasto universo, las infinitas experiencias nos esperan. No pedirán nada excepto ese grado de sacrificio necesario. Pero un sacrificio sensato, cargado de sorpresas por sabernos libres y volátiles, por ser partícipes de su misterio.

El mundo nos espera. La generosidad extrema nos espera. La vida nos espera. Solo tenemos que abrazar sus secretos y dejar lo ordinario para empujar nuestros caminos hacia la vida extraordinaria del cambio. Eso es lo único que permanece. Eso es lo único que nos reconcilia con la vida.

Cambiar de vida empieza por un paso


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Llegaron y no quisimos hacer muchas preguntas. Una familia con dos niños aún en lactancia y una vida totalmente alternativa en cuanto a educación y futuro. Más tarde nos enteramos de que ella había sido una actriz famosa en su país. Incluso había estado en las portadas de revistas importantes. Toda una celebridad que andaba descalza intentando educar a sus hijos de forma natural. “¿Por qué desde pequeños nos encarcelan en una cuna? ¿Por qué siempre nos impiden desde pequeños que desarrollemos la posibilidad de equivocarnos?” Sus reflexiones rozaban la provocación al mismo tiempo que se abría una nueva forma de entender de donde surgen nuestras pobres y miedosas estructuras interiores, aquellas que en el futuro nos impedirán dar pasos seguros hacia un verdadero cambio.

Resulta curioso estar sentados en las caravanas y atender a unos y a otros. Vienen por lo general personas con inquietudes, con anhelos, con deseos de cambiar el mundo o al menos un ápice de sí mismos. Los observamos siempre en silencio, con cierto desapego, sin intentar influenciarles excesivamente en sus programas mentales, en sus hábitos, en sus manías, en sus necesidades, en sus miedos. Sólo dotamos a sus vidas de un espacio diferente y un tiempo flexible. Algunos lo cogen como una herramienta y otros como una oportunidad. También están aquellos que prefieren adular la crítica y pensar que están en un lugar de vacaciones donde pueden no sólo hacer lo que quieran, sino además, imponer sus criterios, sus ideas sobre cómo hay que hacer las cosas. En definitiva, sus deseos.

Esas cosas no nos importan en exceso porque para nosotros es una fuente de aprendizaje. Nos damos cuenta de lo complejo que es el ser humano en todas sus manifestaciones, en todos sus criterios, en toda su forma de existir. Algunos pasan desapercibidos, otros pasean torpemente tropezando con toda idea o acción mientras que otros ponen en movimiento cientos de recursos para mejorar las cosas. Nadie es imprescindible pero todos en el fondo nos necesitamos.

Al final la conclusión resulta muy parecida. Queremos cambiar de vida pero nos cuesta dar un primer paso. Ni siquiera existe el poder o la convicción de que ese primer paso es el más sencillo y empieza por uno mismo.

No quisimos preguntarle, pero estamos convencidos de que esa actriz famosa, cargada de glamour y objetivos de cámara un día decidió cambiar de vida. Fue valiente e hipotecó su carrera profesional para vivir otro tipo de existencia. Dio ese primer paso, pero luego el mundo le esperaba para recuperar la necesidad de seguir caminando. ¿Hasta cuando? ¿Hasta donde? Buscar de un lado a otro, empezar de nuevo cada poco tiempo, imaginar que quizás lo ideal está en alguna casita en el campo, o en alguna comunidad perdida que pueda adaptarse a sus propias necesidades. Soñar que quizás cambiando de marco, de escenario, se puede cambiar algo de nosotros.

No sabemos qué es aquello que nos impulsa a canjear trozos de nosotros mismos y qué es aquello que nos anula el deseo o la fuerza para hacerlo. Tampoco sabemos de donde nace la energía suficiente para acometer una radical transformación en nuestras vidas. Algunos ni siquiera se lo plantean como posibilidad. Otros ni siquiera penetran en el misterio que se teje a cada metamorfosis conseguida. Realmente somos al mismo tiempo poderosos y vulnerables. Somos como ese ocaso cargado de majestuosidad y esplendor antes de abandonarse a la noche. Somos como esa cuna donde nos contaban cuentos de miedo. Unos garrotes endurecidos por el temor a ser libres.