
«Baste la muestra para los que tienen oídos. Pues no es necesario descubrir el misterio,
sino sólo indicar lo que sea suficiente.»San Clemente
Cuando eres joven, sientes una tremenda necesidad por descubrir la belleza de las formas, la fuerza que nace de la vida y la sabiduría de todo lo que ha sido creado. Los escritores y los artistas han desarrollado un peculiar sentido de su oído interior, y de ahí su capacidad para rescatar del mundo abstracto todo cuanto perciben.
La música siempre ha sido un hilo conductor que nos ha aproximado al misterioso mundo fenoménico de esos tres pilares de la curiosidad, y aquellos que son sensibles a los mismos son atraídos hacia esos lugares donde la música se convierte en un acto sagrado.
Recuerdo que a finales de los años ochenta y principios de los noventa, en plena efervescencia juvenil, solía escaparme de las ruidosas discotecas para asistir tímidamente a esos primeros contactos con la sutileza. De casualidad, en mis escapadas nocturnas al gótico de Barcelona, llegué una tarde de otoño a la plaza de Sant Felip Neri. Allí está la parroquia del mismo nombre con la fachada marcada por las bombas de la guerra civil. En aquellas tardes de otoño resultaba aparentemente peligroso adentrarse por las oscuras callejuelas del gótico, pero el afán de descubrimiento y la curiosidad eran más poderosas que el propio temor. Y aquella tarde, el suelo de la plaza estaba recubierto por un manto otoñal precioso, un silencio extraño roto solo por el goteo de su fuente central. Vi a un grupo de jóvenes que se adentraban en la iglesia y los acompañé. Y allí, para mi sorpresa, me encontré una iglesia oscura llena de gente, alumbrada con unas pocas velas y con un ambiente que invitaba a explorar. La mayoría estaban en el suelo, descalzos, mirando fijamente el calor de alguna vela. Me senté con ellos y empezamos a cantar el canon repetitivo de frases que provenían, sin yo saberlo en aquella época, de los versos extraídos de algunos salmos. Ese fue mi primer contacto con los cantos de Taizé, una música meditativa que a modo de mantra, logra elevarte en trance hasta los confines de la Infinitud.
En aquella época no sabía lo que era Taizé. Tampoco me interrogué excesivamente por ello. Me bastaba con sentir su presencia. Repetí la experiencia años más tarde en la parroquia de mi barrio. También en las convivencias que más tarde hice ininterrumpidamente durante unos años con un grupo de misioneros cristianos. Era todo tan emocionante que poco me faltó para marcharme a las misiones africanas.
En las frías mañanas escocesas asistíamos puntuales a las ocho de la mañana a los mismos rezos acompañados de música en el Nature Sanctuary. A veces nos escapábamos al Cluny Sanctuary o íbamos los domingos a la comunidad budista de Shamballa para participar en el “sacred singing and dance of Taizé”.
También en Alemania, en Göttingen, íbamos puntuales los martes a las ocho de la noche a la iglesia de Sant Paulus, en el número 15 de la Wilhelm-Weber-Str. Aquellas noches eran mágicas aunque a veces solo fuéramos media docena los asistentes. Era tan emocionante que hasta tres veces cogimos el coche y viajamos hasta Clunny, en Francia, para pasar unos días en la comunidad de Taizé y disfrutar en directo de su espíritu.
Ayer me volví a reencontrar con la mística ecuménica en Madrid, en la oración común que realizan los viernes a las nueve en la cripta del Santuario del Corazón de María, en la calle Ferraz esquina Marqués de Urquijo de Madrid. Más de sesenta jóvenes, sentados descalzos, en círculo, en estado meditativo y cantando los mismos salmos en diferentes idiomas. Con la misma luz tenue, con las velas encendidas, con el silencio y la alegría en sus rostros, exactamente igual que en la plaza de Sant Felip Neri de hace tantos años, o de Escocia, Alemania o Francia y exactamente igual que en todo el mundo. La experiencia, por su magia y consolidada avanzadilla en el contacto con el mundo fenoménico merece la pena. Por ello me atrevo a recomendarlo.
http://www.taize.fr/es_article4375.html
«Al proceder a la consideración de los misterios del saber, debemos prestar nuestro
asentimiento a las célebres y venerables reglas de la tradición, comenzando por el
origen del universo, exhibiendo aquellos puntos de contemplación física que sean
necesarios como premisas, y apartando todo lo que pueda ser obstáculo en la marcha, de modo que el oído se halle preparado para recibir la tradición de la Gnosis, y el terreno
limpio de malas hierbas y en disposición de que la viña sea plantada; pues hay un
conflicto antes del conflicto y misterios antes de los misterios.» – SAN CLEMENTE DE
ALEJANDRÍA.
«Aquel que tenga oídos para oír que oiga.» – SAN MATEO.
0.000000
0.000000