Al igual que la Dra. Eleanor “Ellie” Arroway en la película Contact, de adolescente participé en el programa SETI de manera amateur gracias a la iniciativa de la NASA con su proyecto SETI@home. Mi obsesión por la vida más allá de nuestro planeta me llevó a participar activamente y con entusiasmo en dicho programa, intentando escuchar las voces y sonidos que el gran telescopio de Arecibo enviaba a nuestros modestos por aquel entonces ordenadores personales. Me descargué su aplicación y durante años me pasaba horas y horas escuchando posibles sonidos venidos del espacio. El resultado fue decepcionante. Silencio. En mi ensoñación, viajé a California para ver si allí podía hacer algún doctorado en la Universidad de Berkeley y de paso participar en dicho programa. Pero el programa cerró y yo terminé el doctorado con otras utopías más terrenales.
Más allá de la vida fuera de nuestro planeta, siempre me gustó, como a muchos aficionados a mirar las estrellas de aquella época, la película de Contact. Ellie, la protagonista de la película escrita por Carl Sagan, soñaba con ir a Pensacola. Ese sueño le perseguía desde pequeña y al final, de alguna manera, consigue llegar al mismo.
La manera es extraña, como todos los sueños que terminan manifestándose. De pequeño soñé con muchas cosas, y debo decir que la mayoría, de alguna u otra forma, se hicieron realidad. Revisando la lista de sueños sin cumplir, me vino a la memoria lo de viajar a Pensacola como sueño adolescente influenciado por una película. En un cruce de cables, de esos que suceden con frecuencia con la edad, o con el exceso de información acumulado en la cabeza, llegué a confundir Pensacola con Panticosa. Lo cierto es que durante semanas pensé que sería buena idea el viajar al Pirineo y convalidar con ello el sueño de Pensacola, dado lo cada vez más complejo que resulta viajar. Así que como un mantra fuimos repitiendo el deseo durante días hasta que por fin llegamos a la soñada Panticosa.
El sueño fue salvado por las impresionantes vistas a las altas montañas, más allá de las típicas anécdotas que ocurren inevitablemente cuando improvisas un viaje de la noche a la mañana (literal). En algún momento pude entrar en cierto punto de quietud observando los grandes picos que nos rodeaban y empecé a recordar los asuntos que tienen que ver con los sueños y el poder inevitable del alineamiento con los mismos, las líneas de menor resistencia para llegar a ellos, los procesos de sustitución que los provocan, la alquimia de la transmutación inevitable y los campos donde se practica la misma: el servicio en todas sus dimensiones, la ocupación y la vocación.
Todo parece un juego extraño. El Seti de hace mil años, la película, Pensacola, Panticosa y las Altas Montañas. En el fondo todo está entrelazado, y de alguna manera sirve para recordarme que la vida es mucho más amplia que lo aparente. Un viaje inspirador puede servir para recordarnos quiénes somos. Y a lo mejor hizo falta para ello descargarme aquel programa, ver aquella película, soñar con Pensacola y viajar más tarde, fruto de la convalidación, a Panticosa. Todo fruto de un recuerdo. Todo fruto de un sueño. Contactar con uno mismo.































