Desde Jerusalén


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El Santo Sepulcro, en Jerusalén, esta tarde

Cuando estás en otro fractal, en otra realidad, es como si el tiempo pasara de forma diferente. Es como si de repente entraras en otra dimensión y todo lo demás que hasta ahora te atosigaba o te molestaba o te distraía volviera a otro estado de cosas. Cuando viajas a mundos tan diferentes, la distracción y la impresión de todo lo que ves, de todos esos escenarios, juegan un papel importante. Como se trataba de huir de una realidad excesivamente tóxica y de intentar, a base de otros escenarios, poder reconfigurar el mundo interior, los primeros días ya están ejerciendo un poderoso efecto sobre esa intención. Los problemas se vuelven menores y se disuelven a medida que va pasando el tiempo y el pasado se va marchitando para dar vida al presente y al esperanzador futuro. Viajar es un buen antídoto para volver a empezar de nuevo.

Ayer llegamos, previas anécdotas en Estambul, al hermoso aeropuerto de Tel Aviv. El recibimiento no pudo ser más hermoso ya que desde el avión que aterrizaba podíamos ver como caían rayos y truenos en los paisajes de Israel. Llegamos tarde a todas partes. Tuvimos que buscarnos la vida entre trenes y autobuses nocturnos, entre paseos a media noche por calles desconocidas y sacadas de otra realidad. Deambulamos de un lado para otro hasta que conseguimos llegar al lugar que nos acogería la primera noche. De nuevo el insomnio se apoderó de mí, esta vez de forma alarmante, porque a pesar de todos los acontecimientos del día y a pesar de los cambios de escenario y el cansancio, tardé muchas horas en poder dormir.

Hoy fue un día de paseos entre la hermosa ciudad vieja de Jaffa y la ciudad vieja de Jerusalén. Lo que más nos sorprendió de este país es la mezcla de culturas y religiones, y la aparente normalidad con la que se entienden judíos, árabes y cristianos. Todo muy lejos de esa imagen de violencia y estado de guerra en la que siempre parecen vivir. Al menos, en ningún momento, a pesar de toda la policía y el ejército que hay por todas partes, tuvimos sensación de agobio o miedo. Ni siquiera cuando hemos deambulado a altas horas por barrios desolados y perdidos.

Jerusalén es una ciudad única y sorprendente. Pudimos pasear por los cuatro barrios que dividen la ciudad: el armenio, el cristiano, el judío y el musulmán. En el barrio cristiano, que es donde pasaremos las próximas dos noches, pudimos visitar entre los zocos y la multitud de gente que a pesar del frío y ser temporada baja hay por todas partes, el impresionante Santo Sepulcro, en el monte del Gólgota. El lugar donde dice la tradición que fue crucificado, enterrado y resucitado el Cristo Jesús. También pudimos orar en el muro de las lamentaciones judío, y ver, en una cámara donde se reúnen para rezar todos juntos, como la religión se convierte en la vida de muchos.

Israel es un país que tiene como reto derrumbar los muros que los separan y convivir entre las diferencias, sin importar si unos le rezan a un muro, a una imagen o una palabra. Esta analogía me recordaba todos los muros que aún los seres humanos debemos derrumbar poco a poco. Ahora me doy cuenta de la importancia que supuso para Europa y los europeos el derrumbe del muro de Berlín, y lo que supondrá, para las próximas generaciones, el derrumbe de los muros que separan a Oriente Medio. Todo esto lo veo con optimismo ahora que escribo desde la pequeña ciudad vieja de Jerusalén, donde tantas y tantas diferencias se juntan para rezar al que en definitiva, es un único Dios.

Nunca más, con prisa…


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© Marandmar Photography

Mañana empieza la aventura. No sé si podré volver a escribir de nuevo hasta mi regreso a Ginebra o Escocia. Los tres primeros días están organizados en Jerusalén. Luego alquilamos un coche que nos llevará por todo el país de norte a sur y de este a oeste de forma bastante improvisada. Es más barato dormir en un coche de alquiler que hacerlo en hoteles. Al final no viajaré solo, lo cual es un alivio y una suerte. Una joven y hermosa dama me acompaña y ambos tendremos que hacer el gran esfuerzo de soportar la presión del viaje y las condiciones interiores tan revueltas que se avecinan. Viajar con amigos es hermoso, y también una forma extrema de conocer al otro. Como no hay expectativas de nada ni ningún tipo de presión, eso nos dará libertad para ser como somos sin fingir lo que no somos.

Así que se presentan trece días difíciles en Israel y Palestina, complejos y en teoría, de disfrute, de cambio de escenarios, de intentar, en un lugar de mucha fuerza, volver a ordenar las dos líneas de tiempo que se separaron y se atascaron hace seis meses. Ese será el trabajo mágico, o el trabajo interior que debo hacer en este primer viaje. Reordenar los dos tiempos y poner cada cosa en su lugar, en su correcto fractal cuántico. El segunda viaje en Ginebra, junto al poder del impresionante lago Leman y los Alpes, será para visionar el nuevo tiempo con la práctica del raja yoga y el poder grupal. El tercero, en Escocia, para trabajar esa visión y consolidarla en la hermosa y calmada bahía de Findhorn. No son casuales, ni lugares elegidos al azar, sino que cada uno, con su propia impregnación y energía, ayudarán a acelerar los tres procesos en los que estoy envuelto. Esa es la perspectiva y la idea, luego la realidad enviará sus propias enseñanzas y sus propios regalos y aconteceres.

El desierto jugará un papel importante en todo esto y espero poder disfrutar del mismo desde la serenidad y la paz interior que ahora no tengo. También las Tierras Altas de Escocia, la hermosa bahía de Findhorn y el mar del Norte servirán de apoyo. Será un tiempo de reconciliación, de perdón y de esperanza. Será un tiempo de fe y vuelta al centro que nunca debí abandonar. Será un tiempo de trabajo interior que me llevará inevitablemente a la victoria contra las sombras. También una etapa para abrirme por fin a lo milagroso de la existencia. Tan encerrado en mí mismo todos estos meses, aún no he tenido tiempo de mirar la vida, de enfrentarme a ella, de observar todo lo que ocurre a mi alrededor de forma generosa y expansiva. Será tiempo de arrodillarme cuando la arena roce la mirada, hincar las rodillas al suelo y reverenciar la grandeza de la creación con sumo agradecimiento. Dar gracias a la vida nunca es suficiente. Pero tras seis meses ignorándola, es hora de abrazar sus secretos, sus misterios y su grandeza.

Soy consciente de que solo cambio de escenario. Pero también soy consciente de que una fuerza interior ha nacido para poder hacerlo y enfrentarlo. Hasta hace poco tiempo estos pasos eran impensables. Ahora una voluntad interior me lleva a ello, siguiendo los pasos de la intuición que poco a poco van desvelando el camino.

Agradezco infinitamente a mi acompañante la valentía de querer emprender este viaje significativo juntos y agradezco su infinita generosidad por todo lo que ha hecho para que fuera posible. También agradezco la oportunidad de no tener coche y permitirme disfrutar más de los lugares. El hecho de haber estado casi un mes en Barcelona me ha permitido reconciliarme con muchas cosas que quedaron aquí abiertas. Así que me marcho en paz y tranquilo, a sabiendas de que se quedan cosas ordenadas a muchos niveles. Tanto tiempo cantando la canción de que “nunca más con prisas”, y es ahora cuando empiezo a experimentarlo dentro de mí. Que la fuerza y la suerte nos acompañen en esta nueva travesía…

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Encuentros angélicos


Esta tarde cerca de Olot…

No sé como llegué a ella, pero su música a base de mantras me ayudó. Durante días escuchaba sus sonidos y era como si la conociera de toda la vida. Sanaba mis heridas con su delicada vibración, con esa luz que viene de arriba y que llega a nosotros mediante melodías que nos transforman y nos elevan. Nunca pensé que unas semanas más tarde estaría abrazando a esa hermosa mujer en algún rincón de Barcelona. Tras su concierto, al día siguiente nos pasamos la mañana danzando y cantando. Fue sanador y un regalo. Mientras miraba sus ojos oceánicos con delicada atención, sentía cierta reminiscencia. Quizás nos cruzamos alguna vez en Mount Abu, en la India. Ella estuvo allí en varias ocasiones y yo también. O quizás fue solo un recuerdo futuro. Sea como sea, me encantó su alegría, su buen humor, su forma de bromear con la realidad. Me di cuenta de que era un ángel disimuladamente convertido en persona. Y me alegró cruzarme con su alada vida. Sin más.

En otro escenario estaba paseando por el mar, en la costa Brava. La excusa era vernos y dar un paseo, pero surgieron muchas más cosas. De nuevo el mundo angélico. De nuevo saberme afortunado por rodearme de personas que comprenden el verdadero significado de la vida, que no lo cuestionan, sino que aplican sus leyes. Unos con la música, otros con la sanación. Mirando el cielo como preñaba al mar, me daba cuenta de que los ángeles encarnados viven a medias entre dos mundos. Ella posaba todo su amor sobre mi alma calimera y yo revivía, volvía de entre los muertos para sobrevolar las circunstancias. Sentía renacer, sentía como podía volver a mí mismo por la mágica acción de la amistad, del amor, del compartir. El roce de ese amor es inmortal. No requiere nada. No espera nada. Solo se da, sin más y todo lo demás ocurre.

Tras el mar vino la montaña. Entre cientos de volcanes se alzaba un pequeño punto de luz que pretende servir de referencia e inspiración. Me alegra saber de estos lugares. Me alegra compartir,a pesar de mi timidez, momentos con desconocidos que de repente se convierten casi en familia. Una chimenea, una guitarra, algo de comida y buena compañía para sentir que estamos vivos. La maga me llevó hasta allí y desplegó toda su belleza para compartir ese espacio. Disfruté durante horas descubriendo parte de su vida, de sus recuerdos. Los elementos me querían atrapar para que no me marchara. El fuego, el agua, la tierra y el aire conspiraron para alargar la jornada. Pero los vientos soplan fuertes y tenía que regresar ante el nuevo reto que representa que el caballero se vuelva a quedar, por motivos del nuevo guion, sin caballo. Qué le vamos a hacer.

Es evidente que debo descansar, dejar de viajar de un lado para otro y regocijarme en el recuerdo,durante un tiempo, de esos abrazos angélicos. Toca reposar, ahorrar energías,mirar los balances con detalle para que todo cuadre, deshacerme una a una de todas las deudas pasadas hasta que pueda volver a encontrar cierto equilibrio. Toca pérdida,mucha pérdida, para en un futuro volver a remontar. Así que toca de nuevo desapego, deshacerme de todo aquello que más quiero para poder, bajo mínimos,seguir adelante. Toca respirar profundamente y llenarme de calma. En los próximos días, recordaré los momentos vividos aquí en mi querida Barcelona. Me servirá de aliciente para seguir adelante, para recordar la importancia de esta broma cósmica y hacer como hacen sus ángeles: cantar, bromear, abrazar. Eso ya me provoca una hermosa sonrisa. Guardaré todos los secretos de estos días para que me llenen de fuerza y valor. Cerraré los ojos y agradecido, invocaré al mundo angélico. 

En busca de nuevos paisajes


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“El auténtico viaje de descubrimiento no consiste tanto en buscar nuevos paisajes como en contemplar los viejos con ojos nuevos.” Jon Kabat-Zinn

Hice ambas cosas. Intenté descubrir nuevos paisajes y contemplar los viejos con nuevos ojos. Pero la fatalidad quiso que descubriera algo aún más importante: ningún paisaje exterior puede modificar el interior. Aún así, intenté esforzarme en cambiar de escenario pensando ingenuamente que algo cambiaría dentro. Hice mi pequeña mochila, me monté en el coche con buena compañía y viajamos hacia el sur alejándonos del frío y la nieve.

Lo bonito de viajar acompañado es que todo se hace más humano y ameno. Al compartir, diría que al compartir cualquier cosa, aunque sean silencios, la vida resulta más sencilla, misteriosa y profunda. Amor es relación, y sin relaciones, el ser humano carece de sentido. La soledad deprime los corazones humanos y los aleja de su verdadero sentido. Pensando sobre estas cosas, paramos en la hermosa Toledo para dar un breve paseo. Esa ciudad siempre me resultó inspiradora. Ya de noche, llegamos el sur donde no hacía tanto frío. Allí todo pasó rápido, casi como un suspiro. Cuando quise darme cuenta estábamos en Cádiz y en Córdoba y de vuelta de nuevo al septentrión. Cuatro días de vértigo para descubrir que nada cambia si uno sigue, por dentro, metido en su propia historia.

Pasear por las calles de Cádiz siempre se antoja hermoso, como un recorrido hacia un pasado anclado en la psique invisible de la ciudad. Fue un placer poder abrazar a un escritor de verdad, a Sergi Bellver, un nómada que vive prácticamente sin nada de un lugar para otro con la única intención de poder dedicarse a lo que más le gusta: viajar y escribir. Admiro su valentía. Soy un enamorado de ambas cosas, pero siempre necesito de un cuartel general donde descansar de tanta batalla. En eso puedo decir que soy un privilegiado porque puedo disfrutar de ello, aunque no tenga la capacidad de poder apreciarlo. Me gusta esa sensación de algunos de no poseer nada, pero al mismo tiempo, de no deber nada. Quizás la sensación de soledad y de deber algo a alguien sean mis campos de batalla. Ahora sé que no quiero estar solo, a pesar de los beneficios de poder hacerlo, y sé que no quiero deber nada a nadie, a pesar de que a veces algunas deudas te permitan hacer grandes cosas.

Me conmovió mucho volver a la que fue mi casa de diseño cordobesa, en plena sierra, con unos paisajes y un entorno privilegiado. Tuve una suerte inmensa al poder vivir allí unos años, al mismo tiempo que reconozco que fueron años muy difíciles, de complejo olvido. Casi tan difíciles como los que ahora estoy experimentando. De hecho, creo que el significado profundo de este viaje tiene que ver con mirar con otros ojos ese pasado, visitar mi antigua casa, conocer a su nueva inquilina, Carmen, una hermosa y sensible mujer que me acogió como si la casa aún fuera mía. Contemplar todo ese escenario reconciliándome con él junto con personajes que pertenecieron a esa realidad pasada, como le Petit Editor, fue un lujo indescriptible. Pude valorar todo el esfuerzo allí presente, al mismo tiempo que me topaba con la verdad de que no somos inmortales, de que todo se termina tarde o temprano a no ser que abraces la vida del alma o a no ser que dediques el resto de tus días a abrazar los corazones humanos.

Pude darme cuenta, como decía Carmen, de que todo se supera, de que de todo se sale, por muy duro que parezca en nuestro presente. Supongo que me deberé llenar de coraje, de fuerza y especialmente de paciencia, porque noto, aún, que por mucho que ahora viaje, por mucho que pueda salir de mi escenario trágico, la batalla sigue estando dentro. Prueba de ello es que aún no soy capaz de hablar de otra cosa, no soy capaz de alzar la mirada hacia otros horizontes, no soy capaz de abrazar otras realidades que las interiores. Poco a poco. No me canso de decirlo para animarme. Poco a poco.

(Foto: mientras viajábamos pudimos rescatar a esta peregrina que estaba siendo comida por las nieves. La dejamos sana y salva en O Cebreiro). 

 

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Aldeas abandonadas


 

Estamos dedicando estos meses algo de tiempo a conocer en profundidad los secretos de esta tierra celta que tanto nos enamora. Hace unos días tuvimos la suerte de descubrir dos pueblos abandonados: Arufe y Vichocuntín, en la gallega provincia de Pontevedra.

Resultaba increíble descubrir entre frondosos bosques piedras totalmente pulidas y edificios enteros de gran nobleza y belleza totalmente asfixiados por la vegetación. Sentíamos cierta pena por ver casas tan perfectas y hermosas totalmente abandonadas, pueblos enteros perdidos entre la niebla y el musgo que resbalaba por todos esos impenetrables caminos. Allí había, en cada piedra, en cada rincón, en cada plaza ya inexistente, una historia, cientos de relatos, de vidas, de hombres y mujeres, de ancianos, de niños que ya no juegan ni viven allí. Sólo la poderosa presencia de los fantasmas del tiempo nos hacía poner la carne de gallina, los recuerdos allí encerrados, las visiones de vidas pasadas, de relatos, de historias que quedaron atrapadas en un tiempo ya inexistente. Solo en lo akásico, en sus archivos, podíamos comprender algo de tan impresionante soledad.

No entendíamos como el “feísmo” de nuestro tiempo había podido perdurar dejando atrás esas impresionantes ciudades de piedra, bellas, tan bien esculpidas, resistentes, esbeltas. Los árboles habían crecido entre las habitaciones, las cocinas y los antiguos salones de auténticos palacios abandonados. Los tejados se habían caído en su mayoría pero aún quedaban perfectas paredes que no cedían al tiempo, cobijos que hacían de hogar a musgos, hongos y helechos.

Nos preguntábamos porqué en los tiempos que corren preferimos vivir en auténticas conejeras oscuras, inertes, apagadas, mientras que esos preciosos edificios permanecen abandonados. Nos preguntábamos porqué el ser humano se ha alejado tanto de la naturaleza para abrazar la frialdad del asfalto, de lo gris, del ruido.

Los más sensibles a este mundo de abandono se sienten tristes, apenados, cargados de angustia. Muchos hombres y mujeres renunciaron a estas verdes y hermosas tierras. Sus nietos se quejan de que muchos no supieron apreciar el impresionante esplendor de estos lugares. Ellos, en una época difícil, buscaban nuevas vidas en sitios lejanos donde pudieran dar de comer a sus familias. Eran otros tiempos, y ahora, cuando intentan regresar, ya es demasiado tarde para todo. Los ancestros que protegían esos lugares ya no están. Los guardianes fueron desterrados.

Las casas, las aldeas encerradas entre perdidos valles y montañas esperan ser de nuevo habitadas. Nos sentimos orgullosos de poder ser partícipes de esa reconquista, de poder dar vida de nuevo a un edificio emblemático del siglo XVI que estaba totalmente abandonado, de poder calentar de nuevo sus piedras, tejer un nuevo tejado, llenarlo de vida agradecida y amable, dotarlo de nuevo de esplendor al mismo tiempo que animamos a otros a que den ese paso. Volver al campo, a los bosques, a los valles, nos humaniza, nos hace más sensibles, nos vuelve más amables.

Ojalá algún día esos pueblos vuelvan a la vida. Sus piedras lo anhelan. Sus valles y bosques recuperarán una vida plena y un nuevo sentido humano. Rehabilitar estos lugares responde a un sentido profundo: el sentido de la vida compartida, llena, profunda. El propósito esencial de reconciliarnos con la naturaleza nuestro palpitar humano.

Luna llena de Piscis en la comunidad de Findhorn


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“No son casuales estos viajes. Si te fijas en el ritual, se suelen hacer viajes simbólicos alrededor de las tres luces y a medida que avanzas de grado, pasas de trabajar con unas figuras a otras. Pasamos del triángulo al cuadrado, etc… hasta completar figuras geométricas cada vez más complejas. Cuando hacemos estos movimientos, dibujamos dichas figuras geométricas y con ello, realizamos cierta “magia”. A otros niveles, hacemos lo mismo en el plano físico. Cada viaje enclava un punto energético, que al ser unido por otro, recrea una figura geométrica específica, provocando la “magia” necesaria. Nada es casual. Esa figura es representada en la mente, y al contacto con la luz, recibe un tono de onda especial, una musicalidad que atrae ciertas energías y repele otras”.

Estas palabras fueron escritas allá por el año 2006 a un amigo. Forma parte de una serie de cartas que vamos a editar próximamente y que entrañan claves y propósitos que a veces resultan, como mínimo, curiosos. Cuando siento la necesidad imperiosa de viajar en los planos materiales de alguna forma intuyo que es porque está surgiendo un movimiento interior, algo que quiere cobrar vida y necesita de cierto distanciamiento para poder provocar su parto. Cuando ayer llegué por fin a la bahía de Findhorn tras casi una semana de espacioso viaje sentí que eso es lo que estaba ocurriendo. Un leve movimiento en un plano, pero una matriz que nace desde la horizontalidad a la verticalidad cumpliendo con el proceso mágico de crear un nuevo tono, una nueva onda.

Me sorprendió los pocos que éramos hoy en la meditación de luna llena. Es evidente que la comunidad de Findhorn está cambiando. Hoy mismo una de sus miembros lo decía abiertamente. La gente ya no viene buscando una llamada, sino una comodidad. Es lo que nos ocurre cuando creemos que la vida está hecha para buscar un merecido descanso. Olvidamos que el alma, el impulso vital que nos gobierna no puede descansar. Su propósito es transmitir eso que vagamente llamamos vida, y la esencia de esa vida discurre en una unidad universal que no somos capaces de percibir. En esa vida Una, somos sólo una pequeña parte, un microtrozo de algo que no puede parar, que no puede descansar, que ha nacido para sacrificar su existencia hacia la propia resurrección vital. Sin embargo, olvidamos esto tan crucial, y al hacerlo, de alguna forma empezamos a morir. Queremos descansar, dormir más, trabajar menos, tener una bonita casa donde poder pasar las horas sin hacer nada. Realmente eso es una forma de morir, una forma de darle la espalda al impulso vital, a la propia vida.

De alguna forma abandonamos el hogar del sujeto que nos da vida para morir, para perder el propósito. Y la vida es geometría pura, debemos dejar de ser un punto para convertirnos en un triángulo, y luego ir progresivamente expandiendo nuestro árbol interior, como el que dibujó Pitágoras en análoga experiencia. Debemos estar vivos, debemos reflejar vida, debemos seguir buscando si no hemos encontrado y debemos seguir trabajando si tenemos clara nuestra misión, nuestro propósito como minúscula mota de vida. Debemos renacer a la vida, de forma desesperada, de forma urgente. O moriremos dos veces.

Kilwinning


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Tras recorrer toda Inglaterra de sur a norte llegué hasta las primeras blancas colinas de Escocia. A pesar de que la temperatura es parecida a la que tenemos en el norte de España, por alguna extraña razón el frío aquí se hace más agudo y pesado.

Cuando he llegado al lugar justo donde se entabló la batalla de Bannockburn, muy cerca de Glasgow, dejó de llover y el cielo se abrió en círculo, de forma muy parecida a ese fenómeno que tanto observamos en la bóveda celeste de O Couso. En 1314 se peleó a sangre por la independencia de Escocia sobre Inglaterra. En aquellos tiempos era así como se consolidaban unos territorios sobre otros, unas creencias sobre otras, unos oscuros intereses disfrazados de emociones sobre otros. Con espadas, sangre y muerte se defendía eso que llaman país, patria o nación. Y sobre esa absurda e irracional sangre me encuentro ahora, intentando entender algunos episodios de la historia preocupado por la repetición constante de la misma. No hace muchos meses se hizo un referéndum pacífico donde ganó por muy poco la unión de ambos países.

A este lugar dicen que llegó un nutrido grupo de templarios comandados por Pierre d’Aumont, los cuales, tras la disolución de la Orden en 1307 se refugiaron en Escocia y participaron de dicha batalla. Se cuenta que desde aquí se mezcló el templarismo iniciático con la masonería operativa, dando como resultado la creación de la masonería actual.

Muy cerca de aquí se encuentra Kilwinning, donde he pasado la mañana. Allí está la que al parecer fue la logia madre, creada en 1140, tal vez por masones venidos de toda Europa para participar en la construcción de la Abadía que allí se estableció, perteneciente a la Orden de Tirón, de origen francés y emparentada con la diócesis de Chartres. Una orden nacida de una escisión benedictina de la Orden de Clunny. Una abadía, como la de Glastonbury, totalmente destruida. De la logia madre número cero de Kilwinning sólo queda un pobre edificio quizás del siglo XIX que intenta emular glorias pasadas. Un vivo ejemplo, como el de la abadía, de la decadencia de valores como los de fraternidad, igualdad, libertad y el amor al prójimo.

A algunos masones actuales les cuesta mucho entender ese origen cristiano y católico de la orden masónica. A pesar de que todos los rituales están basados en capítulos de la Biblia mezclados con algunos ritos de origen pagano, resulta difícil entender la orden sin bucear en sus orígenes, en sus rituales, en sus mitos y leyendas, en todo lo que rodea a su misterio y su historia, y sobre todo su especial vinculación con el cristianismo.

El ser humano siempre tienen a fantasear sobre las cosas, a dotarlas de significados a veces nacidos de la imaginación y la fantasía. Una fantasía inventada hace mil años es capaz de cobrar fuerza y mantener hechizada la mente de los ingenuos. Es capaz de vencer las aristas del tiempo y pretender que aquello que fue fábula ahora sea verdad. Es la fuerza del mito. Es la fuerza de la tradición y la costumbre. Es como esa sangre derramada, como esas batallas perdidas que se conmemoran como si fuera algo glorioso o digno de recordar. Ahora que paseo por estas colinas no veo nada de digno. Solo imagino sangre y tripas por un trozo de tierra, por un descabellado sentimiento de posesión y egoísmo, por una oculta trama de intereses que unos pocos nobles utilizaron para afianzar su poder. No veo ningún acto heroico en defender una bandera. Me resulta insultante a la inteligencia el alzamiento de cualquier bandera, su adoración, la propia simpatía a un símbolo nacido de la fantasía de todo un pueblo, de cualquier pueblo. Resulta repugnante, quizás porque pienso en los miles de personas que murieron en esta batalla, que todo eso sea a costa de la ingenuidad humana y de su capacidad cobarde para no ser capaces de decir no.

Sea como sea, todos estos lugares, todas estas tradiciones están cargadas de cierta belleza hipnótica. Me gusta pensar que por estas tierras estuvo vagando José de Arimetea con un grupo de primeros cristianos que predicaban el amor a los enemigos. No sabemos si realmente fue así, tampoco sabemos si el barco que eligió para la aventura estaba acompañado de insignes personajes como María Magdalena o el apóstol Santiago, el cual terminaría sus días en el norte de España. Realmente nada sabemos de todo aquello que ocurrió hace dos mil o mil años, excepto por aquellos documentos, costumbres o mitos que han sobrevivido al tiempo tras tanta sangre y destrucción de unos y otros.

De todos ellos posiblemente algunos sean verdad. Muchos otros solo una mera fantasía. Sea como sea, seguimos los caminos, porque en ellos aprendemos la noble enseñanza del discernimiento, única herramienta para albergar algún resquicio de eso que vagamente llamamos verdad. Y de todas las verdades, me quedo con la de José de Arimetea, cuya única expresión ingenua fue la de hablar de amor universal mientras otros peleaban por banderas.

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Glastonbury


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Me encuentro en Caerleon, en el sur de Gales. Según la tradición artúrica, este es uno de los lugares donde supuestamente se encuentra Camelot. Me he dado una vuelta por el tranquilo pueblo pero no he visto ningún indicio sobre ello, ninguna pista que pueda llevarme hacia ese lugar mítico, ninguna intuición etérica al respecto. Este es un lugar tranquilo en todos los sentidos excepto por el trajín de los coches que vienen de Newport y se encaminan hacia el norte del país.

Ayer, tras pasar el estrecho de la Mancha pasé algo de frío. Llegué tan agotado a ninguna parte al sur de Londres que paré al borde del camino y me puse a dormir sin reparar en la necesidad de abrigarme bien. Por suerte, cuando el cuerpo se encuentra ante la tensión del viaje, no se queja de nada. Tenía planeado ir a Glastonbury y de ahí a Brighton para pasar el día de mañana con una amiga, pero cuando salí de la ciudad de Ávalon me di cuenta de que había confundido esa ciudad con la cercana Bristol. En la torre de Tor había una señal que ponía que a once millas dirección sureste se podía encontrar otro lugar que podía ser Camelot: el castillo de Cadbury. No pude encontrarlo y terminé en Caerleon de camino hacia Bannockburn y Kilwinning donde deberé documentar algunas cuestiones sobre la historia de la masonería.

De camino a Glastonbury siguiendo la radial A303 que viene de Londres te encuentras con la mítica Stonehenge. Si pagas unas quince libras un autobús te lleva hasta el mismo emplazamiento desde el que disfrutar con la calma que el frío y la lluvia te permitan. Realmente el lugar es asombroso. Un templo perfectamente alineado con el sol de más de 4500 años de antigüedad. Un sofisticado pueblo prehistórico debió acumular algún conocimiento que en nuestros días se nos escapa. Cuando visitas el lugar de cerca te das cuenta de cuanto ignoramos sobre nosotros mismos, y sobre todo, cuanto hemos perdido como humanidad de nuestro legado histórico, de nuestros saberes y nuestra dignidad profunda.

Ya había estado anteriormente en Glastonbury y el regresar tras la visita a Stonehenge a la inversa por la ruta que hice la última vez tuve una sensación de cierre de etapa, de ir sellando todas esas puertas que se abrieron en esos años de tinieblas para ir retomando otro camino. El hecho de volver a Escocia y encerrarme tres meses para terminar la tesis doctoral tiene mucho de eso.

En Glastonbury, gracias a la valerosa guía de la amiga Carmen, pude disfrutar de nuevo de todo este movimiento neopagano que crece en torno a las leyendas artúricas, al revival sobre los ritos de adoración a la madre tierra, a la feminidad representada por María Magdalena, los ritos de Isis, y sobre todo, a los movimientos de la nueva era en torno a las creencias sobre la presencia de una ciudad etérea –Ávalon- que sigue viva por encima de la torre de Tor. A todo esto hay que añadirle la leyenda de José de Arimetea, la cual cuenta que aquí, en esta tierra, fue enterrado el Santo Grial.

Mientras paseábamos por la ciudad y nos dirigíamos a lugares tan emblemáticos como la antigua abadía, a “The White Spring”, la fuente consagrada a la energía masculina y femenina, a la mágica torre de Tor o a Chalice Well, el pozo donde supuestamente José de Arimetea escondió el Santo Grial, miraba el rostro de las gentes de ese lugar y sin duda parecía todo el conjunto una reunión de magos y brujas, de antiguos druidas que vuelven a reunirse para no se sabe bien qué ritual de vida. Es la misma sensación que tuve cuando viajé hasta Taizé, en el sur de Francia, muy cerca de la también extinta abadía de Clunny. Es como si los antiguas almas que algún día dejaron sus lugares de consagración volvieran a reunirse para dar vida al espíritu de los tiempos.

Si bien en Taizé uno tiene la sensación de que los allí reunidos son los antiguos descendientes de la orden de Clunny, aquí en Glastonbury la sensación es que todas estas almas errantes parecen ser la reminiscencia de antiguos druidas que intentan invocar de nuevo sus antiguos ritos paganos. En Glastonbury encuentras por todas partes cuarzos, amuletos, extraños personajes sacados de cuentos de hadas, y un sinfín de peculiaridades que demuestran la conexión con las tinieblas de la isla de Ávalon y la confusión reinante en el mundo del espíritu encarnado en nuestro tiempo. El Tao lo expresaba de forma diferente: tinieblas dentro de tinieblas, la puerta de todo misterio. Aquí, como en la leyenda artúrica, quizás algún día esas tinieblas den paso a la luz de la verdad, y la reconciliación de los espíritus errantes sea posible ante la inevitable senda de la compasión. Algún día esos cristales, esas velas y esos inciensos interminables dejarán paso a un propósito mayor y oculto, pero desvelado para que el poder de la nueva tierra dé paso a mayor claridad y lucidez. Mientras tanto, los peregrinos siguen las sendas marcadas a fuego para apoderarnos de la llama. Soy el Camino que busca a los viajeros, leíamos hace tan sólo unos días en París. Mañana habrá más camino.

 

Notre Dame de Paris. Yo Soy el Camino que Busca Viajeros


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Entre el laberinto de Chartres y el laberinto de la catedral de Amiens había un camino estrecho con parada inevitable en Notre Dame de París. Atravesar toda Francia para fotografiar los misterios de sus muchas catedrales sin duda ha sido una atrevida aventura. Cuando esta mañana amanecía en Chartres y penetraba en su catedral sentía cierta nostalgia extraña. Había en cada piedra una historia, una vida, un misterio. Los alquimistas que levantaron los símbolos de ese lugar sabían que para llegar a Dios primero hay que pasar por el laberinto humano. Hay que atravesar con suma paciencia y pericia cada una de sus trampas. Por eso el laberinto se encuentra al poco de entrar en la catedral. Los sabios saben que la única forma de salir de ese laberinto pasa inevitablemente por la toma de consciencia del hilo de Ariadna que nuestra alma teje para sacarnos de nuestro propio lío. En Chartres percibes cierta verdad respaldada por la fuerza del símbolo. Y nace la responsabilidad interior de compartir esos trazos de luz que han sido tejidos con toda la prudencia posible.

Después de Chartres esperaba la ciudad eterna, la bella Paris, ese lugar plagado de palacios desplegados por todas sus calles. Nuestra Señora, Notre-Dame de Paris, nos recuerda que en toda Francia, y quizás en toda la cristiandad, la adoración a la Virgen está presente en todo su culto. La Virgen siempre es representada por una luna en cuarto creciente. Las fuerzas lunares que muestran la astralidad, la maya que nos protege de la luz del hijo. Notre Dame de Paris es como el vientre que protege con suma delicadeza ese símbolo.

Al entrar a la catedral te encuentras con un potente mensaje: “via viatores quaerit”, “Yo Soy el Camino que busca Viajeros”. Me ha impactado porque a cual peregrino me he visto de frente con el mensaje, con la inevitable llamada, con esa urgencia de seguir adelante. Vitruvio escribe en su De Architectura, que la arquitectura descansa en tres principios fundamentales: la Belleza (Venustas), la Firmeza (Firmitas) y la Utilidad (Utilitas). Pero cuando entras a una catedral te das cuenta de que hay algo más: el conocimiento. Cada piedra parece tener vida. Cada poema épico es descrito en esas estatuas, en esos mensajes que nacen de sus paredes. Toda catedral es un libro abierto para quien tiene ojos para ver. Lo hemos podido ver también en la inmensa catedral de Amiens, una réplica casi exacta de Notre Dame de Paris. Todo arte gótico encierra un argot hermético, un lenguaje que permite descifrar las columnas de la enseñanza que conduce al Jardín de las Hespérides. Los argonautas viajan hacia ese conocimiento para compartirlo, porque no hay mayor bien, no hay mayor inteligencia y mayor entrega que la de vivir para dar.

Ahora me encuentro en mitad del Canal de la Mancha. Me espera Inglaterra y Escocia. Ahí encontraré más caminos y seguiré de nuevo la estela del peregrino. Mañana estaré vigilante en la mágica Glastonbury. Dicen que allí José de Arimetea enterró el Santo Grial. También dicen que allí se encuentra Avalon. José de Arimetea se convirtió en pescador de hombres. La leyenda del rey Arturo sigue esperando desvelar sus secretos.

 

 

 

El laberinto de Chartres


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Tras la visita a Oloron, ya de noche precipité mis pasos hasta Lourdes. Allí llegué casi a la media noche, con tiempo suficiente para disfrutar de la inmensidad del lugar y también de la belleza de la ciudad. A pesar de la cercanía nunca había estado en Lourdes y me llamó mucho la atención todo el contexto. Dormí en el coche en alguna parte entre Lourdes y Rocamadour, donde pasé parte de la mañana en su majestuosa iglesia nacida de la roca. Su virgen negra ha sido estudiada por aquellos fascinados en este tipo de misterios. Me sorprendió volver a ver allí a Santiago Apóstol. Se dice que Amador era el seudónimo del publicano Zaqueo, convertido por Jesucristo y el cual llegó a Galia, propagando en esas tierras el culto a la Virgen, cosa que produjo grandes peregrinaciones hasta ese lugar remoto.

 

De Rocamadour, un lugar perdido en mitad de la nada y de difícil acceso, viré hacia el norte hasta llegar a la bella Bourges. Allí me esperaban su impresionante catedral y la vida del que al parecer fue un adepto, un alquimista y un místico: Jacques Coeur, que fuera tesorero del rey Carlos V. En el trabajo que me lleva por estos lugares, no paré de hacer fotos de todo cuanto allí veía. En el palacio de Jacques Coeur, en el pórtico de la inmensa catedral de Saint-Étienne y en todo aquello que pudiera servir como material futuro. En el blasón de Coeur encontramos de nuevo otra pista: la concha del peregrino, símbolo inequívoco de su relación con Santiago. Para el sabio culpable en parte de toda esta trayectoria por media Francia, “la Concha de Compostela, sirve, en el simbolismo secreto, para designar el principio Mercurio, llamado también Viajero o Peregrino. La llevan místicamente todos aquellos que emprenden la labor y tratan de obtener la estrella (compos stella). Nada tiene, pues, de sorprendente que Jacques Coeur hiciese reproducir, en la entrada de su palacio, el icon peregrini tan popular entre los alquimistas de la Edad Media”.

Como dijo el sabio, la Naturaleza no abre indistintamente a todos la puerta del santuario. Cuando paseaba por la bella ciudad de Orleans antes de llegar a Chartres, donde me encuentro ahora a los pies de su catedral, me daba cuenta de lo complejo que resulta adentrarse en el lenguaje desconocido. Las piedras están labradas de ocultas lenguas que desean devolvernos al camino del conocimiento, a la senda de lo que somos realmente y que hemos olvidado. Pero en las calles de Orleans me daba cuenta de todo lo que aún nos queda por hacer para que esa esencia se manifieste.

Ayer noche pasé algo de frío en el coche. Pero por suerte sólo me desvelé dos veces. Hoy no amaneceré en mitad de un bosque perdido en alguna parte de Francia. Hoy estaré justo en frente de la catedral de Chartres, la cual espera que mañana desvele sus misterios. Los laberintos aguardan al intrépido. El camino se manifiesta para aquellos que dan un primer paso. No podemos permanecer inmóviles al borde del Camino. Hay mucho trabajo, hay mucho por hacer. El fuego de los dioses llegó a nosotros para desvelarnos de nuestra oscuridad. Ahora hay que ir a buscar ese fuego en nuestro interior.

Mañana, tras imbuirme de Chartres, parto hacia Notre-Dame de París, Amiens y Calais. La Gran Bretaña me espera para acoger la otra aventura. Que así sea.

(Foto: Catedral de Bourges)

Oloron


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Todo viaje siempre resulta enigmático e iniciático. De alguna forma, todos deseamos viajar siempre a esa “Tierra Santa” que nos sitúe, desde las esferas más interiores, en el plano central, allí donde, según la tradición, se situaban los emperadores. La quietud siempre se desborda ante las pruebas del camino. Buscamos intensamente esas señales que nos deben conducir hacia otro lugar, hacia otra esfera de realización. Al principio todo resulta ser un laberinto. Las pruebas son extrañas, los lugares expresivos. “Tierra Santa” siempre fue el lugar de los elegidos, de aquellos que lograron llegar a ella. ¿Qué fuerzas tuvieron que vencer? ¿Qué pruebas llenaron su vida de experiencia?

Esta mañana temprano salía desde Samos hacia el sur de Francia. Hice una parada técnica en Siero, en un hermoso valle de Asturias. Allí dejé una caja cargada de libros que hablan sobre catedrales, sobre ritos iniciáticos, sobre constructores. La sensación era extraña, ya que esa entrega tenía que ver en parte con el viaje que me aguardaba. De alguna forma, estos próximos días hasta llegar al norte de Escocia los voy a dedicar a fotografiar iglesias, catedrales y viejas abadías.

Mi primer destino señalado era Oloron, Saint Marie de Oloron. Tras nueve horas de viaje tranquilo por todo el norte de España llegué ya de noche a este lugar. Ha sido hermoso atravesar un trozo de Francia por carreteras interiores.

Lo primero que me ha llamado la atención cuando he llegado a la hermosa catedral de la villa ha sido una frase que relata parte de la historia de este lugar: “En foulant la voie d’Arles, en route vérs Saint-Jacques-de-Compostelle”. Cosas del Camino, este lugar donde ahora me encuentro es el cruce de caminos que conducen desde las rutas europeas a Santiago por el paso de Somport.

Los próximos destinos franceses son Rocamadour, Bourges, Chartres, París y Amiens. La ventaja de viajar y dormir en tu propio coche es la libertad de no tener horarios, y de improvisar cualquier cosa sobre la marcha. Oloron ya me ha dado pistas sobre el significado de este viaje. Ahora toca seguir avanzando hacia la prueba del laberinto. Tres meses me esperan por delante para, desde las Tierras Altas de Escocia, desenredar el núcleo gordiano en el que desde hace años ando envuelto.

El sur de Francia nos devuelve a las tradiciones de los juglares, de los trovadores, los cantores, los poetas. Todos estos paisajes que ahora recorro están plagados de herejías de todos los tiempos. Hay una constante insinuación en el paisaje sobre aquellos visionarios que se convirtieron con el paso de los tiempos en recipiendarios de la tradición espiritual en Occidente. La gestación y la gestión de la misma sigue en manos de unos pocos que bucean en sus misterios. Con respeto hirviente me atrevo a seguir adelante, ahora hacia tierras del norte. Rocamadour y sus misterios me esperan. Vamos a desentrañarlos.

 

Qué mundo tan maravilloso


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Viajaba en el tren y disfrutaba de los paisajes, del tono azulado, del verde intenso, de toda la gama de magia que se tejía en los cielos más allá de los arco iris que parecían disponer la paleta universal. Llegué a Zaragoza y pude fundirme en los intensos abrazos de Teresa, disfrutar de sus amigos y familia mientras comíamos unos deliciosos espaguetis con queso. Y luego el viaje hasta Jaca y allí el héroe Miguel esperándonos con su mito, con su furgoneta soñada por todos los que alguna vez fuimos hippies y nos imaginábamos viajando por todo el mundo con una de ellas. Y a mí me tocó ese viaje tantas veces soñado. La proeza de revivir el mito después de meses y meses sin rodar. Y el mito despertó y resucitó. Bastaron unas pinzas y una inflada de neumáticos y mucha fe y esperanza para que no pasara nada y la suerte de que no muriera en el Camino desde Jaca a Logroño y de allí a Burgos y toda la senda hasta llegar a Samos. Fue emocionante poder atravesar puertos de montaña, paisajes imposibles, lagos y bosques frondosos, poder dormir en cualquier lugar libre, perfectamente libre junto a los amigos Roberto y Luije que esperaban en mitad de la noche oscura en algún paraje alejado de todo mundo. Su gran volante, su motor ronco, su imagen aventurera que todos miraban desde fuera con cierta curiosidad. Me hubiera gustado acariciar una barba de siete días para darle más autenticidad al momento. Pero no hizo falta.

Allí en los parajes podíamos contemplar las estrellas y contarlas una a una hasta que a las tres de la mañana el sueño cedió a pocos kilómetros de la tierra prometida. Y el mito, la furgoneta, despertó y pudo atravesar el último puerto de montaña por O Cebreiro, medio nevado, medio lúcido por un día extraordinario donde se podían contemplar inmensos valles y lejanas cordilleras. Y llegamos sanos y salvo y la furgoneta, a cincuenta metros del collado donde la íbamos a instalar, ya dentro de la finca, murió en paz y feliz. Misión cumplida, milagrosa misión cumplida. Tuvimos que remolcarla en esos últimos cincuenta metros y le di gracias de corazón por haber aguantado hasta el final.

Y luego la vuelta, dando gracias por el prodigio, dando gracias constantes y silenciosas a Roberto y Luije por su magia (porque sólo los magos hacen posible que ocurran las cosas). Y gracias constantes y repetidas a la familia de Paco y Filomena por su regalo, esa magnifica caravana que viajó por media Europa y que ahora reposa tranquila en los asientos de O Couso, donde deberá refugiarnos quién sabe hasta cuando junto a la furgoneta mitológica. Y gracias de corazón a todos los que de alguna forma habéis hecho posible este momento único y especial que también es vuestro.

En todo el viaje de ida y vuelta contemplaba las maravillas del mundo. Cada minúsculo grillo que correteaba entre las caravanas, cada florecilla que crecía espectacular con sus colores intensos, cada matojo y cada vuelo de ese pájaro madrugador. Y daba gracias por este instante de oportunidad, por este sabor a libertad, por ser partícipe de este fugaz momento, un soplo de vida que rezuma agradecimiento por todas partes.

Realmente vivimos en un mundo maravilloso si somos capaces de contemplarlo desde la inocencia y la sorpresa constante. Si somos capaces de percibir en cada hebra de hierba el milagro de la vida. Todos nosotros somos un milagro maravilloso. Todos nosotros somos un trozo de esperanza, un trozo de hebra, y de arco iris, y de valle, río y montaña.

Día 6. Alegría para el alma


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Ayer la mitad del grupo se marchó y Koldo y yo nos hemos quedado un par de días más para tomar imágenes de los exteriores y de paso profundizar un poco más en este increíble país. La India y sus misterios, y sus maravillas, y sus contradicciones. En cuanto se marcharon los compañeros de aventuras, nos fuimos corriendo hacia la habitación para ponernos nuestro particular disfraz de payaso. Koldo tuvo la excelente idea de coger algo de material por si tuviéramos tiempo de poder, nariz roja por delante, ponernos al servicio de la alegría. Así que surcamos caminos y aldeas y nos adentramos en lo más profundo del ser humano: su alma. Esta mañana hicimos lo mismo pero esta vez con unas bicicletas que nos llevaron muy lejos.

Meditar está bien, visitar proyectos y ayudar en todo lo que podamos es excelente, pero cuando surcamos los caminos y nos encontramos con los primeros niños algo de nosotros cambió. Los niños no entienden de idiomas, ni de pobres o ricos. Son capaces de coger de la mano a dos tipos raros pintados de rojo y empezar a jugar sin más. Sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio. Cada sonrisa robada es como un néctar de los dioses entregado en el ara de la felicidad interior.

La nariz roja también es un pasaporte para entrar a lugares donde de otra forma sería difícil de acceder. Es así como de repente nos encontramos de bruces con la otra India, la que se esconde tras las carreteras y el turismo, la que encierra la mayor de las pobrezas, la que descubre la elegancia y la dignidad del ser humano a pesar de las terribles circunstancias, la de esos niños que no sabrán jamás lo que es un bolígrafo excepto por el regalo que hoy le hemos hecho, la de esas niñas que saben que ese momento de felicidad instantánea es perecedero, y que luego habrá que ir buscar leña para el fuego o dátiles para la cena.

Entre aldea y aldea siempre te encuentras con niños que van para aquí y para allá jugando con cualquier cosa o ayudando en los trabajos más duros. Niñas que cogían piedras, o hacían mezcla de tierra y cemento para levantar un muro. Niños picando piedra al borde del camino para luego transportarla como mulas hacia cualquier lugar. Hemos visto y observado de todo tipo de durezas, y sin embargo, ahí estaban, dispuestos a ofrecernos cinco minutos de su vida para compartir una sonrisa. Todo un regalo, todo un despropósito de la vida y sus complejas contradicciones.

Somos privilegiados los que ahora podemos teclear esto o leerlo. Somos tan privilegiados que nunca somos conscientes de ello.

Día 5. El mérito de la entrega


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Por la mañana visitamos el segundo hospital de la región viendo como las urgencias y los tratamientos paliativos es algo necesario en un lugar donde reciben doscientos pacientes diarios por picaduras de serpiente, ataques de oso o infinidad de accidentes de tráfico y de todo tipo. También tuvimos ocasión de visitar la escuela de enfermería, construida en su mayoría por la generosidad de movimientos, instituciones y donativos extranjeros. Por la tarde tuvimos la oportunidad de visitar la sede mundial de uno de los movimientos espirituales más extendido por todo el mundo, con más de un millón de alumnos de raja yoga que todos los días, desde las cuatro de la madrugada, llevan una vida dedicada a la meditación, el estudio y el servicio.

La organización de una institución de este tamaño es asombrosa. La cocina de la comunidad principal ocupaba todo un edificio entero. Pudimos bucear por sus secretos y ver que por ejemplo, en una planta había toda una fábrica de pan, o de chapati o de quesos o de arroz… Hay días que hay que dar de desayunar, comer y cenar a más de cuatro mil comensales, y en los días de más bullicio, a más de veintemil. Organizar tamaño menú es una tarea asombrosa. Realmente la cocina es una fábrica entera. Si bien siempre me han asustado las organizaciones donde hubiera más de cincuenta personas, debo reconocer que esta en concreto está organizada de tal forma que parece casi un milagro. ¿Cómo es posible mantener un movimiento de estas características a base de donativos y trabajo voluntario y de entrega? Sin duda todo un mérito ante el que me quito el sombrero.

Tras las visitas pudimos ir a meditar a un bonito lugar llamado Baba Rock y ver desde lo alto de la montaña un increíble atardecer. El silencio, el desierto en frente de nosotros allá a lo lejos junto al paraíso y los lagos de nuestras montañas dotaban de una espectacular imagen todo el paisaje. Estamos agradecidos por este privilegio y damos gracias todos los días por este hermoso regalo y por supuesto, gracias sentidas a las personas que lo han podido hacer realidad. Para ellos, en silencio, todo nuestro mayor agradecimiento.

Día 4. El néctar del alba


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Toda alba tiene su propio néctar. Todo renacer parte de un ciclo con su principio y con su fin. Hace cinco años que estuve en este mismo lugar y siento interiormente que he venido a cerrar simbólicamente algunos importantes episodios personales. No podría explicar qué sentido tiene todo esto, pero venir aquí unas semanas antes de dar comienzo un paso vital en mi vida seguro que guarda algún tipo de significado, especialmente porque aquí se gestó de igual forma una apasionante historia interior.

Reflexionaba sobre esto mientras visitábamos el hospital de la zona y valorábamos una posible colaboración desde España con el mismo. Era interesante ver como aquí en la India resulta fácil encontrar en los hospitales todo tipo de medicinas alternativas como la ayurvédica, la homeopatía o la sanación magnética integradas con la medicina oficial. Los doctores explicaban con total normalidad los beneficios de esta medicina integral.

Veíamos a los pacientes felices por los tratamientos y veíamos como era posible otra forma de entender la salud y la falta de la misma. En los dos hospitales que visitamos, además, había salas de meditación donde tanto los pacientes como los trabajadores podían practicar un poco de yoga mental. La influencia que la fundación nacida de una escuela de raja yoga tiene sobre el gobierno del hospital es bien clara en todos los detalles. Este hospital es una muestra palpable de que lo privado no está reñido con lo público, y que iniciativas como estas pueden sostenerse de forma diferente y con buena voluntad.

Día 3. La gran tarea


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Tras atravesar toda Europa desde Madrid y Munich y media Asia hasta llegar de madrugada a Bombay, pudimos descansar unas horas en el Lotus House de Ahmadabad. Desayunamos algo e hicimos casi cinco horas de trayecto en coche hasta nuestro destino en Mount Abu, en el Rajastán indio, en las montañas sagradas. Pocas cosas han cambiado en estos años excepto esa necesidad casi humana de crecer y crecer y crecer. El aeropuerto ha crecido, la ciudad ha crecido hacia lo ancho y lo alto. Más edificios, más asfalto, más caos. Aquí en la India se aprecia bien la plaga en la que nos hemos convertido. Los bosques y los caminos están sucios, llenos de plásticos y envases de todo tipo. Las calles de las ciudades son un auténtico vertedero más propio de la edad media. Mientras viajábamos por las excitantes carreteras de coches locos me preguntaba qué sentido tiene este tipo de vida basada en la aspiración material sobrellevada con ciertas dosis epidérmicas de espíritu cuando procede. Aún a pesar de todo este caos, la vida parece tan increíble y maravillosa.

No sentía una enorme necesidad de crítica hacia lo otro o lo sustancialmente diferente. Simplemente me preguntaba porqué somos así en nuestra condición humana en general, tan perdidos y tan predispuestos al caos sin sentido. Tras atravesar medio estado llegamos hasta las montañas sagradas de Mount Abu. Aquí había manadas de monos que contemplaban a sus primos los humanos con cierto escepticismo. El lugar de acogida es un gran centro de meditación que tiene ocho mil sedes a nivel mundial con más de un millón de miembros. Una gran urbe para meditadores silenciosos, escondidos entre la maleza de los jardines y los santuarios de oración y meditación. Un lugar plácido y agradable sostenido por la buena voluntad de cientos de seres. Un lugar de descanso y peregrinación para el alma.

El ego que se siente superior tiende a dividir y juzgar. Es difícil mantenerse silencioso y humilde ante los hechos que nos rodean. A veces la pasividad también puede ser motivo de arrogancia. Sea como sea, siento necesidad de observarnos para comprendernos y mejorarnos, sin acritud, sin acidez, solo mirarnos, revisarnos, contemplar nuestros actos y conductas no importa donde hayamos nacido o donde residamos o en qué familia hemos tenido la suerte de madurar. Pienso que hay algo en nuestro desarrollo humano que es maravilloso, y al mismo tiempo, terrible. Quizás ese sea el motivo por el que cuando hoy paseaba por los caminos aledaños al centro de meditación y me cruzaba con animales de toda índole me preguntara sobre las mismas cuestiones: qué podríamos hacer para mejorar esto. Sea lo que sea, en nuestros espacios individuales, en nuestras vidas personales, hagamos el esfuerzo de ser mejores, de hacer bien las cosas, sin miedo a equivocarnos pero con la voluntad de mejora.

No tirad los papeles al suelo, recoged los de vuestros vecinos para que estos se sonrojen la próxima vez. Cuidamos nuestros cuerpos y dañemos en lo más mínimo al reino animal y vegetal. Seamos tolerantes con el otro pero también impasibles ante las injusticias. No abdiquemos de ser ejemplos y luces vivas con deseos de hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Seamos amorosos y dejemos un mundo limpio y bello, transformado a mejor con nuestra leve visita. La India me demuestra todo lo urgente del vivir, toda la tarea que como humanidad tenemos por delante.

Día 2 en India. Antakarana


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Estamos sobrevolando Turquía tras dejar atrás occidente y acercarnos, en este antakarana o puente, hacia la inmortalidad de Oriente. Desde aquí ya se puede respirar los vestigios del Creador. Ya podemos asomar la tenue luz del alma hacia el nacimiento en la cueva, hacia las plenitudes de la existencia. Noto como el templo del espíritu se asoma tímido a este renacer, a esta oportunidad para divisar desde lo alto la verdad trascendente.

Existe una jerarquía natural en la naturaleza. Están las aves de corral, aquellas que pasamos nuestras vidas mirando a la tierra buscando lombrices y cavando surcos. Luego están las aves del cielo, esas que sobrevuelan majestuosas los cielos inamovibles. Visitar las orbes de lo alto te hace sentir ave del cielo con el único propósito de volver a los valles y ser la última entre los últimos, empujando a los rezagados con el aliento vital de la esperanza y debatiendo en firme determinación el crepúsculo de la existencia.

El camino de retorno nos lleva inevitablemente a trascender nuestras limitaciones. No podemos perder la oportunidad de vencer nuestras propias barreras y sentirnos catapultados hacia esferas más allá de nosotros mismos. La plenitud de nuestras posibilidades es tan amplia que lo único que puede atarnos a la ceguera es la falta de fe en aquello inmutable pero vivo.

Aquí, en este matrimonio entre oriente y occidente, noto que nada está dividido excepto para las mentes que aún viven instaladas en la avidya, la ignorancia, y maya, la ilusión, utilizando términos hindúes. Hemos venido para impulsar la materia hacia lo alto. Sin duda este tipo de viajes resultan iniciáticos en cuanto a esa necesidad de impulso, de búsqueda de perfección y amplitud, de esa necesidad de impregnar la materia con el halo espiritual de nuestros ancestros originales. En estas alturas podemos notar que somos mediadores de las fuerzas cósmicas, una chispa cósmica que tambalea entre dos mundos que son uno. Una inmutable realidad que debe despertar hacia el camino estrecho. Pronto llegaremos a la India y pronto la luz de Oriente vendrá para iluminar el receptáculo de la llama. Estaremos atentos. Estaremos observantes. Seremos diligentes con todo aquello que nos llene y despierte en esta procesión del Ser.

Viaje a India. Día 1.


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Siempre que toca hacer viajes largos da cierto rubor, una especie de pánico o nerviosismo que como un goteo se instala en el inconsciente. Dormir cuatro horas, levantarte temprano y salir dirección al aeropuerto puede ser el primer calmante. A las  cinco de la madrugada ya estábamos en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, dirección Munich, Alemania, mi querida y añorada Alemania. Allí cogeremos otro vuelo dirección Bombay y de allí nos espera un vuelo local hacia Ahmadabad, en el Rajastán de la India profunda.

Hace algo más de cinco años que estuve en ese lugar. Fuimos al que quizás sea uno de los centros de meditación más grandes de la India. Cientos de personas se agolpaban para interiorizar en un paisaje idílico esa sensación de flotamiento más allá de la materia. La India siempre tiene ese encanto entre mítico y bucólico, aunque admito que cuando te sales de los paisajes puramente turísticos, este inmenso país-continente ofrece un aspecto mucho más duro y miserable.

El motivo de este viaje es el de completar una serie de reportajes para un programa de colaboración con un hospital de la zona. Un trabajo amable que haré con gusto y alegría. Como antropólogo, disfrutaré doblemente de la experiencia.

Este tercer viaje a la India lo afronto con esa madurez que la edad y la serenidad te aportan. A pesar del nerviosismo inicial, estoy feliz por poder ver de nuevo la evolución de una de las comunidades que tuve la oportunidad de describir en mi tesis doctoral, y de paso, comprobar los cambios que en estos cinco años ha sufrido.

También este viaje es una especie de cierre de ciclo y comienzo de otro importante. A la vuelta del mismo nos espera afrontar quizás el que hasta ahora sea el reto más difícil y apasionante de todos los que llevamos cumplidos. Un reto vital que esperemos culmine en la aventura del vivir, del compartir y del realizar nuestra parte debidamente. Seguiremos en la India, si allí encontramos conexión.

La vida siempre quiere expresarse


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La primera noche en Madrid soñó con una palabra. La vio clara a pesar de no ser su idioma. La miramos en internet y se trataba de un bonito pueblo en la provincia de Guadalajara. Unos días después, siguiendo esa misteriosa pista hemos tenido la oportunidad de llegar hasta ese lugar. Aparentemente no había nada singular excepto la excepcional belleza del paraje donde nos encontrábamos, su increíble catedral en mitad de la nada y su palacio episcopal cargado de una historia y una exquisita belleza.

Paseando por sus calles y disfrutando de sus palacios nos encontramos, cosas de la vida y la “casualidad”, con un amigo de Madrid. Él nos recomendó lo que momentos antes había ya intuido debido a una extraña relación entre ese lugar, la orden de Cluny y un nuevo pueblo que se encontraba a unos quince kilómetros más al norte siguiendo la ruta del Cid. En ese momento no entendíamos la relación entre el sueño, el lugar al que llegamos gracias a él y la visita a un nuevo paraje que se había revelado en el paseo.

Llegamos al nuevo enclave y había en lo alto de una gran colina un increíble castillo medieval totalmente abandonado. Nuestra sorpresa fue a más cuando subimos hasta la atalaya y pudimos disfrutar de unas vistas inesperadas. Miramos la singularidad y la coincidencia entre ese lugar y la torre Tor que se encuentra en Glastonbury, centro telúrico de la isla de Avalon y las leyendas artúricas.

Cuando a la vuelta paramos en la ciudad de Guadalajara para disfrutar de un chocolate bien caliente acompañado de una torta de reyes entendimos el motivo del viaje. De alguna forma todo estaba relacionado sin llegar a entender muy bien los hilos invisibles de tanto misterio. Pero ocurrió el milagro, la sanación, la interiorización de unos paisajes, unas fuerzas y unas energías que desde la reminiscencia más profunda nos iban acercando a la superficie del epicentro de toda la cuestión. Fue hermoso descubrir como la vida se había expresado, nos había hablado de nuevo en cada pista, en cada paisaje, en cada revelación para dotarnos de respuestas a cuestiones profundas.

Era como si en todo ese viaje hubiera un entramado simbólico y arquetípico de personas que hasta hace unos días no se conocían de nada y de repente se veían ensalzados en una aventura singular. Era como si desde esa majestuosa atalaya pudiéramos contemplar como la vida enreda entre sus múltiples dimensiones posibles historias y caminos unidos fuertemente por un hilo dorado, conductor de hechos, espacios y tiempos aparentemente inconexos pero estrechamente relacionados.

La vida y su lenguaje simbólico. La vida y su necesidad de hablarnos, de expresarse con esa magia tan peculiar, en ese puzzle que no terminamos de comprender pero que se va ordenando a medida que pulsamos las claves adecuadas. Hoy ha sido uno de esos extraños entendimientos. Un sueño, un lugar, un tiempo, mitos, leyendas, reminiscencias, amigos que se cruzan e insisten en que visites otro lugar, sincronías inesperadas… Todo encaja a la perfección en el rito de pasaje, en el camino iniciático, en la búsqueda incansable de las fuentes del verdadero saber. Todo encajó y se despertó del sueño. Se abrió la sanación y caminamos hacia ese lugar en el no-lugar y ese tiempo en el no-tiempo donde se unen los caminos y confluye la magia. Y allí se destapó el milagro. Y allí prendió la llama, el preludio, la luz en un perfecto y singular día de magos…

Cursum Perficio


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Cursum perficio. Verbum sapienti. Quo plus habent, eo plus cupiunt. Post nubila, Phoebus. Iternum”.

Finalizó este viaje. Estuvo cargado de emotivos momentos, de palabras sabias que tras las nubes contemplaban el sol. Es cierto que cuanto más tienen, más quieren. Pero no importa. Todo es eterno. El instante breve, el encuentro, incluso el aliento que golpea cada pecho para que abrigue la vida embriagada.

Lugares y experiencias, luminarias, estrellas errantes, perdidas arboledas que con su ramaje acaricia cada tarde, la lluvia, mucha lluvia en esas tierras, los animales del bosque, el majestuoso vuelo, la intrépida permanencia en cada instante.  Todo en el ciclo. Todo conectado de alguna extraña manera.

Vida bullendo, vida bailando, vida danzando a raudales por todo rincón, por todo atajo. Cuando nos quedamos atrapados en el camino llenos de barro y empujábamos el coche había vida. Cuando nos mojábamos bajo los castaños, cuando nos abrazábamos en el atardecer, cuando reíamos por esa broma o rodeábamos con nuestras manos la pupila ocre del valle. Cuando el río se deslizaba por la ladera verde, o el aldeano acariciaba la crin del esbelto caballo. O ese perro que mordía los neumáticos o aquel camino mágico que llevaba a mil cuentos e historias. Y las nubes. Siempre espera el sol tras las nubes.

Finalizó este viaje pero empieza otro. Un viaje apasionante por la aventura del vivir. No importa con qué medios, no importa si corriendo sobre la meseta o despacio en el borde del camino. Pero empieza la aventura desapegada del vivir viviendo. Golpea la guitarra. El sonido. La voz. El sentir. El palpitar. La trémula visión. El corazón latiendo. El despertar. La transformación. La sencillez. La comunión con lo pequeño que siempre es hermoso y además posible, como nos recordaba Friedrich Schumacher.

Toca un grito contra los excesos, contra la codicia y los abusos. Toca producir experiencias y no cosas. Toca consumir amor y no bienes. Toca explotar la vida y su aliento y no los recursos naturales. Toca cocrear. Construir. Vivir, vivir, vivir.

Finalizó este viaje. Pero habrá uno más intenso aún. 2014 nace con la fuerza de la conquista, de la materialización de los deseos profundos. Nace la belleza del Camino. Alea jacta est!

Celebrando la vida


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Volvernos sabios, fuertes y bellos, eso es lo que interiormente deseábamos no ya solo para nuestro propio deleite, también como tributo a la vida.

Cuando paseábamos por los interminables pasillos del British Museum contemplábamos fascinados la Cultura humana condensada en esculturas, arte, instrumentos tecnológicamente rudimentarios, figuras y rostros que contemplan sonrientes el pasar de las centurias y símbolos que representan un saber perdido e irreconocible para nosotros, los conocedores.

Nos ocurrió lo mismo cuando entramos a la sede de la Escuela Arcana de Londres y una simpática voluntaria nos enseñaba todos los recovecos del lugar. La verdad es que tras más de veinte años como estudiante activo sentí cierta alegría interior que dio como frutó más lazos de colaboración y servicio en todo lo que se pueda ayudar.

Y luego, por la tarde, el plato fuerte, la sorpresa y la emoción contenida que terminó en un río de alegría y lagrimal de más de tres horas. Un día inolvidable que ya forma parte del misterio y la vida.

 

 

Desde Londres


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Un día intenso y emocionante. Empezó en la concurrida estación Victoria. Sentíamos cierta emoción de empezar la aventura viajando en tren. Llegamos y la primera sorpresa del día consistía en dejarnos fluir por una de las ciudades más emblemáticas de Europa. Paseamos por sus inmensos parques cargados de fauna y vida donde unas simpáticas y atrevidas ardillas se subían a nuestros asombrados cuerpos para buscar algo de comida.

Recorrimos plazas conocidas, como la Trafalgar, y visitamos lugares menos conocidos como la sede de la Gran Logia Unida de Inglaterra, un lugar cargado de misterio y sobre todo, de belleza simbólica y arquetípica.

La verdad es que la visita por uno de los templos más impresionantes dentro de la gestión del Misterio de Occidente ha sido muy emotiva. Era cómo contemplar los avances de una humanidad que se esfuerza por conciliar lo material y lo espiritual a un mismo nivel. Una especie de fusión inevitable entre dos realidades que durante mucho tiempo han permanecido separadas. Emotiva también por ver y sentir que en el mundo existe muchas gentes de buena voluntad que de forma silenciosa pero afanosa se esfuerzan por hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

Pasear por este país, por alguna misteriosa razón, es como estar en casa. Quizás porque ya son muchos los viajes por sus entrañas y paisajes, o quizás porque las intuidas reminiscencias pasadas cada vez se hacen más fuertes y sólidas. Sea como sea, mañana más.

Volando en la impermanencia


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Estamos en el aeropuerto internacional de Barajas. En unos días será el cumpleaños de Laura y como es un ser sensible alejada del consumo de cosas, mi regalo será intangible, pero presumo que para ella será inolvidable. De momento desconoce donde vamos, no sabe qué vuelo cogeremos ni hacia qué país viajaremos. Estaremos tres días de aventuras, de encuentros y de descubrimientos. Hay algo que para ella es muy especial desde hace muchos años y sé que el reencontrarse de nuevo con esa experiencia le va a supurar plenitud.
Viajar, viajar y viajar se ha tornado ya algo común en nuestras vidas. A veces me pregunto como es posible saberse ciudadano de un mundo cada vez más pequeño sin añorar ninguna pequeña patria excepto aquella de las emociones infantiles donde nos replegábamos felices ante las experiencias cotidianas. Olores, sensaciones, recuerdos. Creo que esa es la bandera que ondea en ese país de nunca jamás. Los otros países, los ficticios, los medievales,sólo están ahí para soportar el peso de eso que vagamente llamamos cultura y que tiene más que ver con la acumulación de recovecos y suspiros que de la inteligente aceptación de que, inevitablemente, somos Uno como ente humano.

Es la misma sensación que siempre me persigue en los aeropuertos. Una extrema sensación de unidad dentro de la diversidad múltiple, y un deseo convulsivo de que esa unidad siga su curso en las experiencias externas, comunes, solidarias. Lo demás me resuena a egoísmo, ignorancia o ceguera.

Sigamos viajando pues hacia el finito ocaso de la separatividad para abrazar algún día en la unidad del lazo místico todo aquello que nos hace libres, iguales y fraternos. Laura va a experimentar esa unidad en pocos días, y abrazará con sus sentidos la gloria de estar vivos. Espero que le gusté la sorpresa de cumpleaños y que disfrute con sus siete cuerpos la dulzura de estar vivos.

Sabiduría, Fuerza y Belleza. Gracias Nieves


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adolfo oviedo

 

Que la sabiduría presida la construcción de este templo, que la fuerza lo sostenga, que la belleza lo adorne. Así explicaba el abogado Adolfo Alonso Carvajal, doctor en derecho, junto al eurodiputado y exalcalde de Oviedo Antonio Masip y el periodista Javier Neira las bases de la construcción del templo interior. Con sabiduría, fuerza y belleza como método infalible para hacer obras buenas y mejores, no sólo en el interior del individuo, también en toda creación a la que pueda influir con sus obras exteriores. Las unas son tan importantes como las otras, de ahí que los gestos, sean del tipo que sean, cuando van precedidos de sabiduría, fuerza y belleza, son exquisitamente importantes.

Y esa fue la sorpresa del día. Tras la tranquila e interesante presentación del libro tuve la oportunidad de conocer a Nieves, la cual, desde hacía algún tiempo seguía este blog y se acercó hasta la presentación para acompañarnos. Se me puso la carne de gallina cuando recordó que había sido ella la que en el Camino de Santiago, el cual seguía con emoción leyendo los relatos que aquí se expresaban, me había enviado para el día de mi cumpleaños un video realizado por sus alumnos de instituto con un poema del también masón Kipling, “If”. La verdad es que aquel fue uno de los mejores regalos de aquel día, y nunca pensé que podría llegar a conocer a la autora del mismo. Por eso cuando el viernes me comentó todo sentí una emoción extraña.

Tras una buena tarde en Oviedo, disfrutando de la increíble y hermosa Asturias, nos marchamos hasta Santander donde nos esperaban unos amigos para ir, al día siguiente, a pasar el día en las majestuosas montañas Orientales, cerca de Miera, un lugar con unos paisajes increíbles. Disfrutamos de plena naturaleza y a la vuelta, en vez de enfilar el coche hacia Madrid, no pudimos con la tentación de viajar de nuevo hasta Galicia donde al día siguiente nos esperaba O Couso, la cual, impaciente parecía estar reclamando nuestra presencia.

Fue emocionante pasar allí el día, explorando sus bellos prados, sus bosques enraizados, sus caminos misteriosos. Disfrutamos de la visita y regresamos a Madrid con el entusiasmo encogido de sabernos con ganas de trasladar sabiduría, fuerza y belleza a ese lugar. Que así sea.

EL ÁRBOL MAESTRO


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A las siete cincuentainueve el autobús ya estaba arrancando para salir exactamente a las ocho, ni un minuto más ni un minuto menos. La famosa puntualidad inglesa también es extensible a Escocia. En pocos minutos llegamos a Cluny, una de las extensiones de la comunidad. Desayunamos algo y nos fuimos cada uno a nuestro departamento de servicio.

Antes de empezar el trabajo en la cocina, hicimos un círculo donde nos presentamos cada uno a su manera para luego, estrechados con las manos, dar gracias por la oportunidad de servir y agradecer la compañía y las fuerzas del mundo angélico. Ese pequeño ritual que ya experimenté hace seis años pretende inspirar una nueva forma de trabajar. Y lo cierto es que lo consigue. Me imaginaba haciendo este mismo gesto en todos los trabajos, en todas las empresas, instituciones y organismos. Sentarse en círculo simplemente para dar gracias mirándonos a los ojos e invocar la inspiración correcta para el trabajo correcto. Ese simple gesto diario sería una revolución en el trato existente en las empresas y en la forma de trabajar de sus miembros.

Así que mientras preparábamos ensaladas, pasta y otros manjares con productos recién recolectados de la huerta de la comunidad, sentíamos que ese alquimia en la cocina tenía un algo especial. Al terminar el trabajo, cerramos de nuevo el círculo para agradecer esa oportunidad de servicio y de presencia con el espíritu uno, con la belleza de poder participar en la cocreación universal.

Tras comer en el lujoso hotel convertido en comuna, cogimos de nuevo puntualmente el autobús que nos llevó al centro de la Comunidad. Sin tiempo para nada, hoy tocaba dinámicas de grupo que nos haría transformar nuestra percepción interior y exterior. Algunos lloramos, otros reímos, otros se mostraban felices y radiantes, otros tímidos al principio y plenos al final. Lo importante era crear el ágora grupal, el sentido uno más allá de nuestras percepciones y personalidades. La dinámica lo consiguió.

A las seis cena y de nuevo nuevas charlas y experiencias. Una muy bonita ha sido la intervención de una mujer muy especial, sensible hasta el extremo y con una conexión indescriptible con el mundo de la naturaleza. Con sencillez y naturalidad y un rostro totalmente angélico nos ha hablado de los devas, de las fuerzas de la naturaleza y de la importante conexión que el ser humano debería forjar en cuanto formamos parte de ese ciclo de vida que todo lo envuelve. Nos ha hablado de lo que llama el árbol maestro, esos árboles viejos habitados por espíritus especiales y que protegen a todo un bosque con sus raíces y su extrema aura.

La charla ha sido tan inspiradora que nos hemos marchado al bosque a dar un paseo y allí hemos disfrutado con los conejos y un hermoso ciervo que se ha cruzado entre las dunas y los árboles. Una bonita despedida para un bonito e intenso día. Ahora es media noche en punto y toca cerrar los trabajos. Mañana habrá más y mejor.

(Foto: Conversando con algunos miembros de la Comunidad).

Desde Findhorn, Highlands, Escocia


 

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«Basta de hablar sobre los viejos tiempos, es momento para algo grande.
Quiero que salgas y hagas que funcione»… Thom Yorke

Tras tres días viajando por tierra y mar, atravesando ciudades como Paris, Londres o la hermosa y eterna Edimburgo que ayer nos acogió pasando una buena tarde, durmiendo en lugares increíbles como en ese perdido lugar de las Highlands donde anocheció sin anochecer y nos despertó un sol sin sol, llegamos felices, sanos y salvos, a la bahía de Findhorn.

Cuando dejamos atrás los prados verdes y las colinas bajas y llegamos a Forres, los nervios y los recuerdos empezaron a amontonarse de repente. Llegamos cansados pero felices a la Comunidad de Findhorn. Poco o nada había cambiado excepto la construcción de nuevas viviendas a lo largo de la bahía. Los colores parecían más vivos que los de aquel frío invierno de 2007 donde mantuve una relación muy estrecha con la experiencia de vivir en la utopía hecha realidad.

Comimos algo en el añorado “Blue Angel”, dimos un paseo por las dunas y la playa, atravesamos la bahía y nos dio tiempo de reposar un rato tumbados en la hierba a la espera de que llegara el grupo que completaría con nosotros la “semana de experiencia”. Cenamos en el comedor comunitario, el mismo donde hace seis años conocí a Anja y a continuación se marcharon a experimentar unas danzas shamánicas que al parecer te hacen entrar en trance.

He preferido quedarme solo en la casa, escribiendo un poco y ordenando correos y consultas de clientes que ya preguntan por el nuestro próximo lanzamiento, “Dios”, un especial y sugerente libro escrito por Emilio Carrillo y que ya se puede descargar en formato ebook desde nuestra web.

Desde esta silenciosa ventana veo el verde y las flores de la comunidad, los tejados cargados de hierba, las madreselvas que todo lo cubre y la exuberante y espectacular naturaleza que por aquí se despliega por todas partes. Hemos llegado sanos y salvos y ahora toca responder a cuestiones y doblegar sentires. Toca acariciar el rostro de la inmensidad de cerca, agradecidos, humildes. Toca abrazar la generosidad y compartirla, pero toca también dejar atrás el pasado y ponerse a trabajar en el presente y el futuro. Ya no vale mirar a otra parte, ahora hay que ponerse el traje de faena y del compromiso y dar una vuelta de tuerca más a la creación y la plasmación de la utopía. Estamos atentos, estamos preparados.

Desde Londres


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La ventaja de viajar en un coche híbrido es que puedes recorrer media Europa por poco dinero. Si además duermes en sus cómodas estancias y te duchas en cualquier fuente, el placer del viaje libre es doble. La comida se soluciona a base de las casi cincuenta croquetas vegetarianas que hicimos dos días antes y algunos cereales y galletas que nos acompañan junto a dos garrafas de ocho litros de agua. De lujo.

Eso hemos hecho estos días. Ahora tomamos un café en Londres, aprovechando que por la noche cruzamos el Canal de la Mancha por tan sólo 23 euros (hacerlo de día puede costar cinco veces más) y dormimos en un barrio lujoso rodeados de bosques y campos, acurrucados en el coche porque aquí hace frío (vamos con el forro polar y manga larga). No hay sol, todo está gris, pero todo es emocionante.

Nos dirigimos a Escocia y pasaremos nuestra tercera noche en tierras de reminiscencias. Mañana por la mañana tendremos que estar en la comunidad de Findhorn, donde hace tres meses había programado pasar al menos seis meses allí para terminar la tesis doctoral y que, ahora, por temas diversos, tan sólo visitaré durante una semana para terminar algunos rápidos flecos. Unas previsiones de ingresos en la editorial que al final, por deslealtad o caprichos del destino no hemos recibido, han impedido que las cosas salieran de forma más recta. Pero eso no ha impedido que intentemos condensar los seis meses en seis días intensos para redactar parte de la tesis y cerrar un gran capítulo vital.

Lo demás será aventura, porque viajar así, prácticamente con el dinero ajustado al milímetro y sin capacidad de mucha reacción en caso de que las cosas se complicaran, tiene sus cosas. Pero es el precio que hay que pagar para hacer aquello que tienes que hacer a pesar de las difíciles circunstancias. Las cincuenta croquetas se terminaron esta mañana, así que tocará improvisar alguna modesta comida.

Seguimos la ruta hasta donde lleguemos y más allá. Todo sea por la causa, y las causas. La “semana de experiencia” en Findhorn nos espera, y sobre todo el recuerdo de saber que allí empezó todo, en esa hermosa bahía, hace ya algunos años. Suficiente excusa para que la aventura Utópica nos anime a seguir. “Creando Utopías” nació allí, y ahora, verá luz, más luz… con o sin dificultades añadidas… (¿No son estas las pruebas de todo viaje iniciático, vencer los miedos y la incertidumbre y salir al encuentro de la aventura desnudos, sin nada?)

Desde Cadaqués


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Tras un largo viaje desde Madrid con parada obligada en Barcelona donde hemos disfrutado de una rica tortilla de patatas con cebolla que mi madre nos había preparado, hemos llegado de noche y con lluvia al pueblo más oriental de la península Ibérica. Aislado por un gran macizo del resto del Empordà y anclado en el cabo de Creus como lugar privilegiado, Cadaqués es un hermoso pueblo pesquero que vibra con una energía especial.

La gata Cuca, guardiana de esta esfera diamantina, nos ha recibido en este lugar hermoso, en una casita acogedora cargada de duendes y hermosos recuerdos de la India y de lugares remotos. Las velas y los altares están por todas partes. Estar aquí es como estar en un pequeño templo hecho con amor y cariño, un lugar armónico donde desplegar la imaginación mientras escuchas la Tramuntana o las olas del mar.

Es extraño estar aquí por la sencilla razón de que hasta hace muy poco no podíamos parar de caminar. Pero a veces los caminos terminan para dar paso a nuevas sendas, a nuevas aventuras donde poder dilatar la vida. Ahora respiro mientras las emociones se ensanchan y acomodan a esta nueva realidad inesperada, intentando no pensar más que en esa enseñanza de impermanencia, de transmutación de las cosas, de apertura a lo que viene que tanto aprendimos en el Camino. Respirar profundamente para dejarme preñar por este regalo merecido tras casi cuarenta días de ausencias. Trabajar y escribir desde esta atalaya privilegiada promete, así que toca descansar y mañana empezar durante unos días a vivir con intensidad este momento. Llueve ahí fuera. La mar se agita. El infinto espera.

Día 35. SANTIAGO-MADRID


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Toda muerte tiene su resurrección. Esa es la sensación que tenemos mientras contemplamos los campos de Castilla desde el tren que nos lleva de vuelta a casa. ¿A casa? Esa es la paradoja de este momento. Sentimos que nuestra casa es el Camino, es la libertad de no pertenecer a ninguna parte, de ser libres en cada instante presente, en cada átomo de vida que recorría nuestros cuerpos y almas a cada paso.

No sabemos qué ocurrirá en los próximos días. Pero por las sensaciones que arrastramos podemos intuirlo. Ya nada es igual. Ya nada se ve de la misma forma. Este plano de visión, de apertura hacia esa realidad, hacia ese sentido y propósito, hacia esa responsabilidad de seguir adelante en el Camino de la luz, la vida, la verdad, no tiene vuelta atrás. ¿Cómo volver atrás cuando has catado ese grado supremo de despertar?

Esta mañana, cuando asistíamos a la misa del peregrino allá en la tumba del apóstol sentíamos algo especial. Llorábamos de nuevo de emoción y alegría, pero no de una forma sensiblera, sino desde un corazón amable que se endulzaba ante los presentes invisibles. Tocábamos las piedras del templo, del gran sarcófago que alguna vez se hizo en nombre de la fe. Podíamos viajar en el tiempo hasta el mismo instante en que se tallaba cada piedra. Veíamos el cincel y el martillo, veíamos la piedra pulida y como era encajaba perfectamente en el templo espiritual humano. Nosotros nos sentíamos también piedras vivas de ese templo interior, de esa fe irracional que nos aproxima a la esperanza y la compasión, al respeto y veneración por la vida.

Hicimos nuestro último caminar desde la catedral, desde la Puerta del Misterio hasta la estación de tren. Y nos preguntábamos: ¿hacia donde nos conduce este tren? Quizás tan sólo hacia una pausa. Hacia un descanso en las posaderas del alma. Hacia los asientos del Camino Viejo donde deberemos reflexionar sobre todas las cosas y todos los misterios.

Ahora, tras la prueba de la tierra, del agua y del aire viene la prueba más dura, la del fuego. La prueba del espíritu que se manifiesta potente para transportarnos hacia el río de la vida. Nuestro sueño es abrazar el estadio angélico, ese que tanto hemos sentido en estos días. Un estadio de compasión continua, de amor hacia todos los seres, de expresión de felicidad y alegría, de fe y esperanza. Haremos todo lo posible para permanecer en ese estado de gracia y compartirlo en todo lo que podamos. Ese es nuestro sueño. Hacia él viajamos en estos momentos.

Día 34. SANTIAGO DE COMPOSTELA. ¿FIN DE CAMINO?


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Tras algo más de veinte kilómetros a la espalda y tras comer algo a más de veinte kilómetros de Santiago pensamos en hacer algo más de recorrido y así esquivar la marabunta de turistas. Soñábamos con poder hoy llegar a la meta final pero con el cansancio arrastrado y las horas que eran nos parecía un reto casi imposible. En ese momento apareció Enrique, un valenciano que rozaba los setenta años y que ya llevaba en esta jornada más de treinta kilómetros a sus espaldas. Tras un rato de charla nos dijo: “¿Entonces hoy a Santiago?” Su fuerza de voluntad, su ánimo y su entusiasmo terminó por contagiarnos. Nos subimos a su carro y dejando que nos guiara en esta locura lo seguimos.

No podíamos dar crédito a lo que veíamos. Su ritmo, su entereza, su fortaleza a su edad, su ejemplo, su belleza a la hora de caminar a pesar de que tenía los pies rotos como nosotros, su porte entero nos dejaba anestesiados. Era tanta la emoción que sentíamos ante la idea de que quizás hoy pudiéramos llegar, contra pronóstico, a Santiago, que durante unos metros nos lanzamos a correr, adelantado a peregrinos que nos miraban sorprendidos.

La alegría y el gozo que sentíamos nos elevaba a un estado de consciencia diferente. Sabíamos, intuíamos de alguna forma que hoy, fuera como fuera, debíamos culminar el Camino. Pero enseguida la dureza de esos últimos veinte kilómetros, el doble de lo que solíamos hacer diariamente y encima en el final de todo este proceso tras más de treinta y cuatro días caminando se hizo sentir.

Los diez últimos kilómetros fue un auténtico calvario. Cuando llegamos al Monte del Gozo, a cinco kilómetros de nuestra meta ya no podíamos más. Además, de repente todo se ennegreció amenazando con lluvia y un frío intenso nos sacudió por dentro. Estábamos rotos, los dolores, profundos como nunca antes los habíamos sentido produjeron náuseas y mareos. La fiebre empezó a aparecer y creíamos que aquello era ya el fin. Alguna fuerza superior nos empujó a seguir. Respiramos muy lentamente mientras nos mirábamos a los ojos recordando tantos y tantos momentos duros. Decidimos continuar, no desfallecer en el último tramo, sentir el orgullo de poder culminar todo este esfuerzo hasta el final. Paramos para coger aire y no desfallecer ante la sensación de pérdida de consciencia y continuamos despacio, muy despacio.

Cuando entramos en Santiago la imagen era dramática. La gente nos miraba con incredulidad y cierta compasión. Entramos en la ciudad a las ocho de la noche y llegamos, extenuados, muertos, una hora más tarde a la Plaza del Obradoiro. Los últimos kilómetros nos cogimos de la mano. Sentía como Laura me guiaba y con su extrema fortaleza empujaba mi cuerpo inerte. No veía nada, sólo su mano que agarraba con fuerza la mía. No sólo fue mi guía y mi bastón, sino que se convirtió en mi soporte vital, en mi propio aliento en los últimos momentos. Respiraba su aire mientras su corazón hacía latir el mío. Sólo podía alimentarme de su coraje y fuerza. Sólo podía seguir gracias a su entrega incondicional. A media hora del lugar empezaron a caer las primeras lágrimas. Llorábamos de dolor y de emoción, de alegría y de tristeza, de rabia y de entusiasmo. El alma, emocionada, se expresaba con llanto.

La llegada a la Plaza del Obradoiro fue apoteósica. Desde lejos ya se escuchaban las gaitas que nos recibían. La entrada por ese túnel iniciático que hay antes de entrar en la gran plaza con esa música nos hizo arrancar el último gemido. Pudimos seguir a Enrique hasta el final. Él, pacientemente, nos esperaba en cada esquina, en cada tramo con una sonrisa y una fuerza de otro mundo. Parecía un ángel que nos custodiaba paso a paso, vigilando que pudiéramos terminar el proceso, cuidando silenciosamente ese sollozo verdadero.

Llegamos a la plaza y nos abrazamos en llanto, llorando como nunca lo habíamos hecho, dándonos las gracias el uno al otro por estos más de veinte días juntos, de apoyo y de amor incondicional, de sincera ayuda y compañía. Gracias, gracias, gracias sonaban a las nueve en punto con las gaitas de fondo, el llanto, las campanas de la catedral y los turistas que se acercaban curiosos para hacernos fotos. “Están llorando”, decían sorprendidos mientras no éramos capaces de terminar con el abrazo sentido y eterno. Sí, llorábamos de alegría y de emoción, de dolor y de fe, de esperanza e incredulidad por haber podido terminar la hazaña de hoy y la hazaña de casi cuarenta días de aventuras y emociones.

Hubo una muerte en la plaza del Obradoiro. Sentimos que algo viejo terminaba. Incluso el móvil, ante una de las últimas fotografías, cayó al suelo y se quebró tras más de cinco años de ininterrumpida compañía. Era como una señal. Algo moría en esa fiebre y en esos dolores, en ese abrazo y esa esperanza de una vida nueva. Algo que aún no hemos valorado ni reflexionado suficiente.

Pero sentimos que no era el fin del Camino. Que ahora que de forma inesperada habíamos llegado al final, empezaba un nuevo Camino aún más grande y emocionante. Que así sea, para siempre…

Gracias peregrinos por todo lo que habéis dado, gracias Laura por tu ejemplo, tu coraje y fortaleza, por tu amor incondicional y entrega.