Día 33. ARZÚA


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Como estos últimos días los albergues están repletos y nosotros nos negamos a jugar a esa especie de maratón cargado de ansiedad y prisa, ayer la vida nos quiso regalar el pasar la noche en un hermoso balneario anclado en un lugar privilegiado, en un valle profundo rodeado de castillos, montes y bosques, ríos y silencio, mucho silencio. No podíamos creer que tras tantos días durmiendo y padeciendo la vida en los albergues pudiéramos disfrutar de un momento de soledad y cierta intimidad merecida. Creo que fue un regalo por tanto esfuerzo, por tanta constancia y por no haber renunciado en ningún momento, a pesar de las dificultades continuas, a la esencia del Camino.

Pero el regalo tenía su propia trampa, porque hoy el Camino se hacía más pesado, más perezoso, más complejo. El cuerpo se relajó tanto ayer que hoy el cansancio parecía insoportable. Cada paso era como intentar transportar en cada pie una tonelada de peso. De nuevo llegamos tarde al albergue tras una nueva jornada de búsqueda inerte, ya que todos estaban ocupados. Eran las ocho de la tarde y aún no habíamos comido nada excepto unas naranjas y algo de frutos secos.

A dos días del final del Camino, la marcha de hoy parecía una lenta agonía hacia el final. Así que mientras pacientemente intentábamos no desfallecer, repasábamos algunos episodios de este intenso mes. Más de treinta días alejados de todo y en un continuo vaivén de experiencias ininterrumpidas. Para muchos de nuestro entorno resulta difícil explicar esta travesía, esta aventura. ¿Por qué esta necesidad de sufrimiento y dolor? ¿Qué satisfacción misteriosa produce el que hagamos este tipo de cosas? ¿Cómo poder explicar la fuerza y el poder de esta experiencia indescriptible? ¿Y la inevitable transformación interior?

Ya tenemos algunas certezas. El Camino te transforma para siempre. Te aporta una fuerza irreductible que te convierte en un ser diferente, poderoso pero humilde, valiente y prudente al mismo tiempo. Renaces a otro ser. Te conviertes en otra persona. A niveles profundos, si estás abierto a la experiencia, hay algo que cambia inevitablemente. Porque el Camino es un cambio constante, un flujo por el devenir de la impermanencia, que es la gran enseñanza de todos estos días. Cambian los dolores, cambian las formas de caminar, cambian los peregrinos que continuamente se pasan el testigo unos a otros, el entusiasmo, la ayuda y el apoyo mutuo, la fraternidad y el amor. Todo cambia, todo muta, todo se transforma. Eso te aproxima a una sincronicidad extraña con el Todo. Es como si de repente te dieras cuenta de que formas parte de un caudal de vida que te lleva de un lugar a otro y te empuja a un destino común.

Te das cuenta de que en el Camino, como en la vida, hay días de niebla intensa, pero también momentos de luz, de luminiscencia, de claridad, de visión penetrante. Formar parte del todo significa aceptar el día y la noche, la dualidad de las cosas desde una visión unitaria donde no existe lo bueno ni lo malo, solo la experiencia y la actitud ante la misma. Un día hace frío y nieva, y dos días después hay un calor abrasador. No importa si ante sendas ilusiones caminamos sonriendo, alegres por abrazar la belleza de todos los momentos.

También hay tiempo para el coraje y la determinación. Hay muchas veces que nos sentimos tentados al abandono, a coger un taxi o un tren o cualquier cosa con tal de evitar esos kilómetros de dureza o ahorrar unas horas o teletransportarnos lejos del dolor. Pero nos damos cuenta de que ese no es el Camino. Que de nada sirve el intentar engañarnos. Que hay que continuar hasta el desmayo, como alguna vez nos ha pasado. No podíamos abandonar la dureza porque ella misma forma parte del aprendizaje. Han pasado muchos días desde que el primer síntoma de flaqueza y dolor llegó a nuestros cuerpos y mentes. Y ahora nos damos cuenta de que se puede seguir caminando integrando ese dolor en nuestras vidas, sin dejar que nos condicione el paso o la marcha, y sin renunciar a las maravillas del Camino por su incómoda presencia. Esas y otras muchas cosas hemos aprendido. Ahora tocará integrarlas en la vida diaria, y recordar siempre cada instante, cada paso, cada momento de fe y coraje.

Día 32. PALAS DE REI


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Andar despacio, sin prisa, como si nada pudiera otorgarnos la licencia de responsabilidad alguna excepto la de caminar y disfrutar de la vida, que es dura, pero también es buena. Tan despacio que cada paso parecía una eternidad, una meditación profunda, un trozo de paz que golpeaba el polvo del camino sintiendo cada movimiento, cada piedrecita que se colaba entre los relieves del calzado.

Llegando al final del Camino, todo parece más calmado, más tranquilo en lo interior. Nos sentimos más espirituales, si es que esa palabra es capaz de definir algo concreto. También más cerca del Absoluto, por no emplear rudimentarios vocablos que distorsionen lo que sentimos en esta constante plenitud y paz. Hay una sensación de elevación, de pertenencia a una comunidad invisible de almas libres, de espíritus errantes que revolotean por una realidad indescriptible. Un estado de gracia, de gozo, de ternura hacia todo, de contacto íntimo con la naturaleza, esa madre que nos abraza con su calor y nos cobija con su amor.

Es cierto que en estos últimos días hay una especie de circuito turístico donde cientos de peregrinos salen de la nada, van apresurados, corriendo de un lado para otro, sin parar por miedo a no encontrar albergue, contando los kilómetros y midiendo distancias como si todo se tratara de una burda competición. Los contemplamos con cierta gracia, dejándolos pasar a todos, jugando con el bastón que nos ayuda en el lento caminar, parando en un lado y otro para disfrutar de un paisaje o charlar con algún anciano del lugar. Nuestras manos revolotean entre las nubes y las copas de los árboles intentando imitar el vuelo libre de cualquier ave.

Quedan pocos peregrinos de esos que empezaron el Camino desde el principio. Los añoramos, deseamos cruzarnos con ellos para saber como han llegado hasta aquí. Imaginamos su caminar quien sabe si unos kilómetros delante o detrás nuestra. Lo cierto es que ya no están y nos preguntamos qué suerte habrán corrido. Cuando por casualidad nos cruzamos con alguno de ellos, algo hermoso nos recorre.

Esto nos hace pensar que la plenitud del verdadero Camino, el entendimiento de toda su enseñanza y mensaje empieza cuando la senda se hace larga y duradera, cuando no se renuncia ante el dolor y se sigue, aunque sea de forma más lenta. En una semana de Camino no te da tiempo a experimentar toda su esencia. En treinta o cuarenta días de lento peregrinar tienes la oportunidad de codearte frente a la enseñanza profunda, caminar de la mano de la profunda experiencia.

Los cientos de turistas que deambulan estos días por la sagrada tierra sin poder ver más que un bonito pasear en una hermosa primavera nos hace reflexionar sobre como andamos por nuestras vidas diarias, sin darnos cuenta de lo maravillosa que resulta la experiencia de vivir la existencia desde la plenitud y la consciencia despierta. Cuando eso ocurre todo se experimenta de forma distinta. Un árbol ya no es solamente un árbol. Un cordero ya no es solamente un cordero. La cigüeña que vuela sobre nosotros constantemente ya no es tan solo una cigüeña. Hay algo más en toda esa expresión de vida. Algo difícil de describir, algo impronunciable por su extensa visión.

Y todo es tan sencillo. Un árbol, un cordero, una cigüeña. El Camino, los peregrinos que lo preñan de vida, el cielo, las noches trémulas y los días empapados de gracia. A veces nos paramos para respirar todo eso. Para intentar respirar cada rincón, cada trozo de verde, cada instante volátil, y así poder grabar en nuestra psique el recuerdo de todo cuanto acontece. Respirar y comprobar que todo sigue siendo igual que antes, es decir, impermanente. Absorber el aire y dejar que penetre cada uno de nuestros poros, empapando y humedeciendo nuestros átomos de halo vital. Todo cambia pero la vida permanece. Algún día moriremos, como algún día morirá este Camino para nosotros, pero la vida seguirá ahí, irradiando porosamente la enseñanza del eterno devenir. Cuando tomamos consciencia de eso, nos sentimos de alguna forma sempiternos e inmortales. Cuando respiramos con consciencia en cada lento paso, morimos un poco más, pero renacemos un poco más. Formamos parte del caudal de vida y entonces ocurre el milagro de ser tan solo substancia, síntesis. Sin pensamientos, sin emociones, sin estímulos. Sólo y únicamente vida. Sólo y únicamente consciencia. Sólo y únicamente impermanencia.

Día 31. PORTOMARÍN


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Ha sido difícil encontrar albergue en Portomarín, un hermoso pueblo gallego bañado por el impresionante río Miño. Había muchas opciones, incluso albergues con más de cien plazas, pero los cuatro primeros que hemos visitado estaban completos. También las pensiones y hoteles. Realmente hoy ha sido un día muy concurrido de peregrinos que nos adelantaban con brío y agilidad. Muchos empiezan el peregrinar ya en Galicia, a pocos kilómetros de Santiago, haciendo del Camino un paseo turístico donde pasar unos días diferentes. Eso hace que los viejos peregrinos, los que llevamos ya más de treinta días de cansancio y dolor, lleguemos lentos y cansados a los lugares, y tarde, muy tarde, cuando ya está todo ocupado. A veces da una sensación extraña llegar tan desgastados a los sitios y no encontrar el reposo necesario. Si no fuera porque al ir más despacio nos permite disfrutar aún más de las cosas y porque el ánimo siempre permanece misteriosamente alto a pesar de todo, sería difícil acostumbrarnos a esta especie de sensación de abandono final. Es como si el turista pudiera disfrutar de todas las comodidades y el peregrino quedara relegado a esas sobras que no siempre son bienvenidas. Incluso hoy valoramos la posibilidad de dormir en el portal de alguna iglesia o al raso en algún prado. Pero intentamos no juzgar ninguna situación y dar gracias por todo, agradeciendo la compañía de todos los seres.

Cuando por fin encontramos un sitio nos hemos mirado al espejo y recordando las letras de una amiga nos hemos sentido realmente salvajes. De repente hemos visto el rostro cansado, despierto al deseo de seguir, pero viejo, extenuado, quizás demasiado acostumbrado a los dolores, con esa barba de más de treinta días y el pelo desaliñado que ya no peinamos. La cara quemada por el sol y el frío, los labios rotos, las piernas infladas por dolores de mil caras, los brazos oscuros. Pero había algo que no había cambiado el Camino, y eso era la sonrisa. Seguimos sonriendo, seguimos mirando con curiosidad todo lo que ocurre a nuestro alrededor, seguimos abrazando cada átomo del Camino, cada experiencia, cada atmósfera y tiempo, cada ser sensible, cada piedra, cada flor, cada animal, cada suspiro.

Seguimos observando con infinita curiosidad cada rama, cada tronco viejo, cada raíz que imaginamos profunda en la tierra húmeda, como si el cielo fuera unido a la tierra en esa vacuidad que se crea entre los seres visibles e invisibles, entre los pétalos de una flor y las caricias tremulosas de ondinas y nereidas que aparecen y desaparecen entre las hojas de árboles o el musgo leñoso. Como si nada tuviera ni principio ni fin, y todo fuera una espiral unida por mil brazos que se alcanzan en misteriosas profundidades. Respiramos cada momento y nuestras almas se ensanchan por las vistas maravillosas, por la mirada cómplice del cuervo o del gato o del águila o de la cigüeña o de la vaca o del increíble lagarto de cabeza azul que hipnotizado por los rayos del sol vaga su imaginación ignorando nuestra curiosa presencia.

Todo parece estar unido por ese lazo místico que nos atraviesa el pecho y nos emociona, que nos conduce hacia uno y otro rincón, que nos hace apartarnos del Camino para reposar abrazados bajo un gran castaño o el lomo de la colina. Y desde allí repasamos uno a uno a los peregrinos que deambulan excitados. Vemos sus auras, sentimos sus emociones, sus preocupaciones, leemos sus pensamientos e imaginamos su futuro incierto. Buceamos en sus propósitos y desciframos sus orígenes. Cada peregrino es conducido por un punto de luz que contemplamos anestesiados, por un alma que los guía en la ceguera humilde o en la luz resplandeciente. Cada peregrino, cada punto de luz, es un puente que conecta su pequeño corazón con el gran corazón de lo omnipresente, con el espíritu de todas las cosas y todos los tiempos, por ese tambor universal que bombea vida a raudales. Y sentados bajo el castaño podemos ver esas y otras cosas, repasando uno a uno los sonidos que cada alma transmite, la música de sus sonrisas o sus lloros, la virtud que los conduce hacia su inevitable destino de verdad y vida.

Y en ese momento salvaje, en esa inspirada proyección de lo invisible, silenciamos nuestros cuerpos, ocultamos nuestras luces y encerramos en la cueva sigilosa nuestras promesas para así poder permanecer invisibles, humildes ante el espectacular e irrepetible momento furtivo. En ese instante es como si todas las luces se conectaran y fluyeran como un manantial de crisálida templanza, como si todo fuera luz y el color solo un espejismo engañoso que permite conectar a unos y a otros en la tenue irrealidad. Como si el majestuoso momento de estar presentes en ese instante único e irrepetible pudiera arrebatarnos hacia esas alturas apretadas de luminarias.

Este Camino de estrellas que hemos visto una y otra vez nos une a la transpiración universal, al propósito que los dispuestos conocen y sirven, al halo de magia que hace que la vida sea sentida, vivida, experimentada y amada en plenitud. Sí, hoy nuestros cuerpos estaban dolidos y cansados, pero vivos y radiantes en la plenitud del ser.

Día 30. SARRIA


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Treinta días caminando, donde un nodo nos conduce a otro. La red invisible se extiende ante el horizonte. Los vínculos se rozan en un murmullo exacto, escrupuloso, intenso. Unos nos conducen hacia otros y todos tienen un mensaje claro y contundente. El propósito se mostró tímidamente hasta que esta mañana, al llegar a la población de San Xil, lo vimos con toda claridad. Una población de tan solo dos habitantes en un entorno indescriptible, silencioso, cargado de magia telúrica, de elementales que corrían de un lado para otro, de ríos que murmuraban sencillas canciones celtas y de bosques que recordaban viejas historias druidas. Las reminiscencias empezaron a empujarnos a un sentir desmedido. El recuerdo de sí mismo, la memoria de los tiempos, los archivos de la evocación ancestral que ondeaban en los adentros de forma contundente. Todo encajaba en aquel lugar profetizado, como si los lazos del destino de repente se cruzaran en esa encrucijada cierta, palpable, real.

¿Qué más podíamos pedir? Allí estaba todo dibujado, como un mapa que nos señalaba claramente todas aquellas cosas por las que habíamos luchado durante años y que ahora, de forma clara, nos hacía traspasar fronteras cognitivas y sensoriales. Era como un estallido diamantino de luz pura que se precipitaba desde lo más alto hacia lo más interior, floreciendo hermosamente en un espectacular concierto. Es como si todas las piezas de un gran puzzle encajaran a la perfección.

Tras ese momento único, avanzamos algunos kilómetros más entre espectaculares paisajes que parecían de otro mundo, de otro universo. Era como si pudieramos acariciar a las hadas y elfos que vivían entre el musgo y los helechos exuberantes, entre esos ancianos castaños grandiosos e inabarcables, entre esos bosques y prados cargados de verde oceánico, de reses que nos miraban tranquilas y curiosas mientras pastaban entre la hierba. Casi podías escuchar el rumor de los ríos subterráneos que de repente salían de la nada y se escondían de nuevo bajo tierra, desapareciendo en cuevas o túneles misteriosos. Daban ganas de meterse entre ellos y suspirar en sus adentros o imaginar otros mundos intraterrenos mientras nadabas entre sus aguas.

Jessica y Marijn, la bella pareja que se conocieron en el Camino y que habían creado con sus manos y esfuerzo el albergue ecológico “El Beso” allá en la ya añorada A Balsa, nos pusieron en la pista de Antonio el Alquimista. Llegamos hasta su casa y nos invitó a un té y un poco de queso con pan tostado. Meditamos en su sala de meditaciones y nos leyó las cartas de los chamanes de los Andes, hablándonos constantemente de renacimiento. Nos habló de San Xil y nos quedamos de piedra por el mensaje que guardaba para nosotros. Nos enseñó su exposición de cuadros labrados con minerales y nos fundimos en un sentido y generoso abrazo cuando nos despedimos. Mientras nos hablaba, veíamos su emoción en los ojos, brillantes y húmedos, a punto de estallar por la emoción y el reencuentro de almas viejas. El retorno de los brujos era palpable en el ambiente.

Seguimos caminando, muy despacio, porque ya no había prisa por llegar a ninguna parte. La escuadra había trazado dentro del círculo el lugar exacto. El compás cósmico había hecho bien su trabajo sorpresivo pero exacto. Reflexionamos durante horas sobre todo lo ocurrido en estas jornadas, sobre todas las pistas y señales que nos habían conducido a unos y a otros desde hacía días y de cómo habíamos conectado con ese lugar mágico que para más inri, guardaba en su misterioso nombre las iniciales de nuestros nombres (X i L). Todo estaba escrito, ya sólo faltaba disfrutar de casa paso hasta el final del Camino que resulta ser, paradójicamente, el principio de una nueva senda, de un nuevo propósito al que servir con humildad y entrega. Renacimiento nos había dicho Antonio el Alquimista. Quizás la vida sólo sea eso, un constante y eterno renacer.

Día 29. A BALSA


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¿Cómo describir un día como hoy? Pudimos entender la profundidad de la visión penetrante, esa que examina cada detalle incluso en momentos difíciles, muy difíciles. Tan difícil como empezar a subir uno de los puertos más complejos del Camino, el de O Cebreiro, añadiendo a su dificultad lluvia, viento, niebla, nieve, mucha nieve, frío, mucho frío, granizo y viento, mucho viento. Si a eso le añadimos nuestros dolores, el casi haber caminado durante casi diez horas durante más de treinta kilómetros por montañas que subían y bajaban de forma increíble, podríamos describir el día de hoy como un auténtico via crucis. La mayoría de los peregrinos elegían el taxi para hacer esta complicada jornada que nadie esperaba. ¿Nieve a finales de mayo? ¿Frío invernal casi en junio? Nadie lo esperaba y nadie se atrevía a subir y bajar O Cebreiro en estas condiciones. Algunos nos decían que estábamos locos, pero había una fuerza superior que nos empujaba a seguir, a no tirar la toalla ante la adversidad.

A veces dudábamos sobre si nos empujaba nuestra fuerza de voluntad o nuestra obstinación por seguir. Especialmente cuando resbalábamos en la nieve y caíamos al suelo o cuando nos entraban extrañas diarreas que debíamos desahogar en cualquier parte. Otras si era nuestro espíritu libre que disfrutaba, a pesar de la dificultad de los increíbles paisajes nevados, o la propia rabia de ver que casi todos los peregrinos preferían la comodidad del taxi a la revelación de la dureza. Porque realmente esa extrema dureza nos revelaba algo especial. Incluso cuando entramos en esa extrema tempestad de granizo, viento y frío desmedido que casi nos derrumba ante los dolores intensos y las circunstancias extraordinarias. Parábamos y respirábamos profundamente, intentando infundir ánimo el uno al otro para no desfallecer de dolor o frío. Y había algo inmutable que hacía que nuestros sentidos y nuestros cuerpos resistieran la cada vez más complicada situación. Salíamos de la difícil subida y llegaba la lluvia. Se terminaba la lluvia y llegaba la nieve. Tras la nieve y el granizo y junto a él el viento, el terrible viento helado que golpeaba el granizo contra nuestras caras congeladas.

Pero todo ha sido compensado cuando hemos bajado de la cuota de nieve y ya solo llovía y podíamos disfrutar de los increíbles paisajes de Galicia. Parecía como si de repente hubiéramos llegado a otro mundo, a otro país, a otra tierra media. Además, siguiendo las señales e indicaciones de personas especiales, seguimos por el Camino viejo en vez de por la ruta turística y terminamos en un paraje totalmente mágico. Nos recibió en la aldea de A Balsa una joven pareja, ella italiana, él holandés, en uno de esos albergues especiales que no aparecen en las guías pero que merece la pena visitar. Ellos se conocieron en el Camino y surgió de inmediato el amor. A los pocos meses estaban recorriendo el Camino buscando una casa para crear un lugar de retiro para peregrinos especiales. Consiguieron una casita derrumbada y la rehabilitaron gracias a la ayuda de amigos y familiares. Y aquí, en este lugar privilegiado llegamos tarde, pero llegamos. Aumentando la intención, buceando en la profundidad de la visión penetrante y buceando en la voluntad férrea de no desfallecer nunca. Ahora nos sentimos íntegros, fuertes, irreducibles.

Día 28. LAS HERRERÍAS


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Hace unos días, mientras mirábamos el mapa que Laura lleva consigo puse el dedo en la población de Las Herrerías sin saber exactamente porqué. Me llamó la atención el lugar sin más y lo indiqué expresando la inquietud. La intención era hoy quedarnos en el albergue “El Pequeño Potala”, que por su nombre ya parecía un buen sitio, pero cuando hemos llegado esta mañana estaba completo, así que, cosas de la vida, tuvimos que andar unos kilómetros más entre valles y ríos hasta Las Herrerías.

Y aquí nos encontramos hoy, en este lugar fronterizo antes de llegar mañana a tierras gallegas, repasando las sincronías del día. Como esa en la que Laura, intentando sorprender escondía un regalo sorpresa en sus bolsillos. Cuando me ha preguntado para ver si adivinaba que era, sin saber porqué, le he dicho que se trataba de un donut de chocolate. Los dos nos hemos quedado perplejos cuando efectivamente, esa era la sorpresa. La otra sincronía, la tercera ya, ha sido cuando nos estábamos preguntando en voz alta cuanto tiempo podría durar este buen humor, estas risas continuas y estas carcajadas, si se podría realmente mantener mucho tiempo este ritmo. De repente, debajo de nuestros pies, aparecía escrita una frase: “sí que se puede”.

Observábamos atentos la aparición de estos y tantos otros fenómenos que se sucedían uno tras otro. Como si un nuevo lenguaje naciera para descubrir un infinito mundo de posibilidades. Un deleite silencioso pero cargado de expresión. Un dialecto al que nunca terminas de acostumbrarte por sorpresivo y mágico.

Ahora lo observamos todo sin apegarnos a nada. Ni al deseo de pervivencia, ni al acostumbrado instante de permanencia a este estado hipnótico, o quizás deberíamos llamarlo a este momento de extrema realidad, de apertura de los sentidos y la intuición más altiva.

Esa apertura la pudimos observar esta mañana, cuando Jato hacía una imposición de manos a una peregrina lesionada y esta arrancaba a llorar. En el Camino observamos que estos dolores que nos salen y se pasan de un lugar a otro tienen que ver con bloqueos emocionales, con energías estancadas, con presuntas fuerzas no alineadas en un cuerpo que siempre, a pesar de su constante supervivencia ante lo más duro, no deja de ser una herramienta poderosa, pero frágil al mismo tiempo. Esa fragilidad estalla ante una sanación en otros planos, como si el toque mágico de unas manos pudieran limpiar de repente esos bloqueos y hacer que las piernas fueran otras nuevas. Lo hemos sentido en muchas ocasiones en estos últimos trayectos. Y el Camino nos muestra esa sabiduría de observar uno u otro dolor y transmutarlo hacia otra cosa.

En ese estado de vigilia, de continua observación nos preguntamos constantemente qué es el dolor, qué lo ocasiona. Todo nos lleva a un proceso de muerte y descomposición de lo viejo y caduco de nosotros para reencontrarnos con lo nuevo, con lo sorpresivo, con esa dimensión sobrehumana que nos traslada al otro lado de ese remanso constante e impermanente. Es cuando estamos ahí, cuando permanecemos en esa Alegría constante, cuando el dolor se difumina y deja paso a la anécdota. Es cuando nos centramos en nuestro propósito interior, en el propósito universal que guía todas las cosas, cuando nos entregamos sin miedo al Camino, cuando los dolores desaparecen y mutan. Ya no hay bloqueos, ya no hay prisa por llegar a ninguna parte. Todo fluye de forma extraña de un lugar a otro, cumpliendo propósitos, cumpliendo con nuestra parte en el vasto universo de la experiencia.

Llueve ahí fuera. Desde el gran ventanal podemos contemplar el estrecho valle, sus cañadas, el río, las montañas, las nubes, el continuo bailoteo de las copas de los árboles y la nieve agolpada en los cerros más altos. Suspiramos en este remanso de paz. Suspiramos porque todo es justo y perfecto.

Día 27. VILLAFRANCA DEL BIERZO


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Cuando te entregas al Camino, cuando comprendes el propósito del mismo, hay una mano invisible capaz de guiar cada paso, capaz de llevarte al lugar exacto para conocer a la persona adecuada y recibir el mensaje oportuno. El Camino se convierte en un ente multidimensional donde interactúas con fuerzas y energías que empujan al peregrino hacia una poderosa razón y un increíble destino.

Ayer pensábamos llegar hasta Villafranca del Bierzo, pero en la puerta del albergue de Cacabelos nos encontramos con Riccardo, el anciano italiano que tanto admiramos. Nos alegró tanto verlo que allí situado parecía una señal para que detuviéramos el paso y pasáramos la noche en ese lugar. Seguimos las señales y eso hicimos. Fue un regalo porque el albergue circundaba de forma extraña toda la iglesia, quedando la estructura dividida en pequeñas habitaciones para dos personas. Todo un regalo para poder relajar el cuerpo y el espíritu.

Esta mañana andamos un kilómetro y allí estaba la casa encantada, el lugar al que nos quería conducir Riccardo con su silenciosa presencia. Como en el albergue no había donde poder desayunar, en Pieros encontramos un cartel que nos conducía a un lugar mágico donde poder comer algo y calentar así el cuerpo. Cual fue la sorpresa cuando allí encontramos a la joven pareja de enamorados que se iban a quedar como voluntarios unos días, sirviéndonos un bienvenido desayuno de ricas tostadas y algo de leche. Laura conectó enseguida con Mar, la persona que había creado aquel hermoso lugar con su sala de meditación y sus habitaciones mágicas. Mientras ellas hablaban buceaba por las habitaciones y por el encanto de esa hermosa casa. Toqué algo la guitarra y me dejé fluir por aquel embrujo.

Al salir de aquella casa algo había cambiado, algo nos había transformado de forma extraña. Sentimos algo profundo, proyectamos algo hermoso, intuimos quizás desde esferas diferentes algún tipo de mensaje.

Hicimos un trayecto corto en el espacio pero intenso y largo en las otras dimensiones. Navegamos por lugares remotos mientras la lluvia nos encarcelaba bajo los chubasqueros. Apartábamos a los grandes caracoles para que otros despistados peregrinos no desahuciaran su valiosa carga. Comíamos almendras mientras una música invisible, una voz silenciosa nos empujaba hacia delante como la nota de un piano, como el crisol que recibe una pulida esencia transformadora. Así hasta llegar a Villafranca del Bierzo, al Ave Fénix del famoso Jato, el cual, veinte años después de la primera vez que hablé con él, había envejecido, pero seguía con su misma fuerza y buena voluntad.

Cuando entramos en ese estado hipnótico es como conectar de repente con esa esencia que somos. Allí solo hay paz y calma, luz y vibración que se esparce hacia todas las unidades indivisibles. Un trayecto de ida y vuelta que suspira, que se expande, que penetra todas las cosas de forma luminosa. Pulsas una tecla y el universo entero responde. Das un paso y se abre ante ti un Camino de posibilidades. La actitud de quietud a veces es interrumpida por las cosas del Camino, por los susurros de la noche, por la tierna avaricia de lo insensato. Pero no importa porque todo está bien, todo resulta justo y perfecto desde las atalayas del alma.

A veces nos da la sensación de estar orando. Como si el caminar fuera una especie de rezo que nos eleva a un estado que roza el cielo, una especie de meditación o mantra que nos transporta hacia esas cumbres desde donde todo es perfecto. Nos preguntamos qué ocurrirá al final del Camino, si este estado será permanente o el ruido entrará de nuevo en nosotros. Quizás la solución esté en crear un Camino perenne, que siempre nos acompañe allá donde vayamos, o hagamos de nuestras vidas un auténtico Camino donde en cualquier lugar nos encontremos con un Riccardo o una Mar que nos muestren las señales, que nos guíen hacia el verdadero sendero de la creación. Sabemos que eso es posible. Sabemos que ese es el auténtico Camino. Sabemos cómo cumplir nuestra parte y ser merecedores de dicha responsabilidad. Sólo debemos desplegarnos y entregarnos a esa multidimensionalidad con fe y esperanza, con humildad y arrebato. Que así sea.

Día 26. CACABELOS


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La primera vez que los vimos nos pidieron el favor de cambiar nuestra suculenta cama por unas literas ya que viajan con dos niños y resultaba para ellos más cómodo el instalarse en ellas. Aceptamos con cariño empatizando con su particular Camino y de alguna forma conectamos con esa particular familia alemana que hacía el camino pausadamente con toda su familia. De alguna forma intuimos, cuando nos cruzamos con algún peregrino, que habrá más conexiones futuras. Eso nos pasó con esta hermosa familia.

Y esa conexión profunda llegó hoy a media mañana, cuando nos cruzamos con ellos en un inhóspito lugar cercado por un cristalino río y un profundo bosque. Además, estaban con ellos la parejita de jóvenes enamorados a los que ayer invitamos a comer arroz. En el lugar, Lui, un maestro de reiki japonés, había puesto un tenderete donde ofrecía zumos y fresas a los peregrinos a cambio de un abrazo o algún donativo. Nos sentamos en el suelo para escuchar la charla de Lui y de repente se ofreció para hacer una sanación a Anne, la joven sueca enamorada. A ella se sumaron luego Laura y la pareja alemana, creando un pequeño grupo conectados por las manos que recibían, de manos del maestro de ceremonias Lui, una especie de iniciación con mensaje particular para cada uno de ellos.

Me senté frente a ellos mientras contemplaba la escena. La hija pequeña de la pareja alemana conectó de alguna forma con ese psicodrama que pretendía remover algunos puntos esenciales de la energía universal. Por un momento me miró fijamente a los ojos y empezó a hacer unos mudras con sus pequeñas manos que fui contestando con complicidad y sorpresa. Luego dejó a la madre y se vino conmigo, hablándome en alemán y ofreciéndome una libreta y unos lápices de colores con los que pintamos algunos dibujos. Algo mágico ocurrió, sin duda, porque tras el largo ritual, cada uno explicaba su impacto. Especialmente la joven Anne, que durante todo el trayecto estuvo impactada y reflexiva, como si algo profundo hubiera ocurrido dentro de ella.

En eso coinciden todos los peregrinos. El Camino transforma. Siempre hay un antes y un después. Lo hubo en los dos anteriores y lo habrá en este. El Camino, además de su magia, desprende una importante oscilación entre lo que éramos y lo que seremos a su fin. Algo que nos hará mejores o diferentes, algo que nos dejará una imprenta para siempre y mudará nuestras antiguas vestimentas.

Esas cosas pasaban mientras disfrutábamos de la profundidad de unos paisajes, los del Bierzo, increíbles y majestuosos. Una cargada naturaleza viva plagada de encanto y magia, de color y emotividad. En uno de esos parajes nos hemos parado a contemplar las montañas nevadas. Hipnotizados por la escena, dábamos gracias a la vida por permitir que la existencia entera pudiera condensarse en ese momento. Nada de lo que ocurre en el Camino es superficial. Todo, hasta lo más anecdótico, está cargado de una extrema profundidad.

Pasaron muchas más cosas, pero nos encontramos en un hermoso lugar que carece de enchufes para el ordenador, por lo que he tenido que resumir brevemente la escena de hoy. Una escena nítida y clara en la psique impresionada y en el alma viva.

Día 25. PONFERRADA


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Hicimos pocos kilómetros para descansar de las subidas de ayer y para tomar fuerzas para las de los próximos días. Cocinamos un buenísimo arroz caldoso e invitamos a una joven pareja de enamorados peregrinos que se han conocido en el Camino y han hecho de este especial momento un hermoso nido de amor.

Eran hermosos los piropos que los peregrinos nos echaban hoy. Como siempre vamos riendo, lentos y tranquilos, fotografiando todo lo que vemos, parando para reír a carcajada limpia o para hacer algún ramo de flores que luego dejamos delicadamente en alguna parte, es raro el día que no nos digan algo o nos ofrezcan algún presente. Hoy ha sido un amable tendero el que nos ha regalado algo de fruta. Ayer el regalo fue una gran cama con muchas mantas y las mayores comodidades después de haber pasado unos días deseando algo así. A veces proyectamos cosas, pequeños deseos de peregrinos cansados y por arte de magia aparece eso que pedimos. El regalo de ayer no tuvo precio. Por primera vez dormimos de un tirón, sin interrupciones, sin ronquidos de nadie, en un enclave privilegiado y en un albergue que parecía un verdadero hotel. Pagar cinco euros de donativo por lugares así a veces nos parece asombroso.

Mientras bajábamos pacientes por un auténtico jardín cargado de flores, observábamos como el Camino estaba cargado de un aroma especial que hipnotiza y nos aleja de otras realidades. Nos sentimos entregados al Camino. Hay una elegancia que nos transporta desde la auténtica alegría y la generosidad hacia el respeto noble de todo cuanto existe. El Camino nos vuelve virtuosos, amables y dóciles. Nos acerca a la mejor versión de nosotros mismos, a la parte más bella y brillante de nuestro ser. Se nota cuando caminamos a pesar de nuestras cojeras y lentitud. Hay algo que nos transporta a pesar del dolor y cierto grado de sufrimiento que ya casi no percibimos.

La primavera nos mantiene enamorados, altivos, consentidos. Estamos entregados a esta particular comunión de almas que deambula conscientes de su propósito. Nos damos cuenta de lo hermosa que resulta la existencia cuando, a pesar del dolor, todos se apoyan, se aman, se entregan incondicionalmente con tal de ayudarse unos y otros.

El ejemplo de Laura me mantiene iluminado. Como sus botas le maltrataban los pies, decidió continuar el viaje con mis chancletas de ducha. Cuando la veo caminar con ese coraje, con esa alegría y la observo en silencio subir y bajar montañas increíbles con la humildad de esas chancletas algo eleva mi sentido de humanidad hacia esferas inusitadas. Camina feliz, radiante, sabia, intuitiva. Ayuda a todo el que puede y abraza con sus poderosas manos y su poderosa mirada a todo aquel que lo necesita. Su extrema intuición para detectar tristezas o malestar me sigue asombrando. Pero más aún su forma de actuar ante ella. Se acerca silenciosa a esos peregrinos tristes, los abraza y con una compasión nunca vista, les transforma la vida. Ha sido todo un regalo el conocer a un ser así. Su ejemplo, del que todos tomamos silenciosa nota, no puede más que elevarnos a sus alturas para ser mejores.

Día 24. RIEGO DE AMBRÓS


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Gestos, gestos, gestos. La ascensión ha sido muy pausada pero cargada de guiños al infinito. No queríamos quemar la nave y cada paso era un gesto suave, una trémula pisada que no pretendía más que durar un instante en la húmeda tierra. Los majestuosos Montes de León esperaban nuestros corazones abiertos, nuestras almas dóciles, nuestros cuerpos entregados. Por eso el paseo ha sido una pausada meditación donde alineábamos cada momento, cada palmo, con lo bruto y lo sutil de nuestros cuerpos. Un cuerpo no podía caminar sin el otro porque había una perfecta inclinación a estar unidos. Un paso material, un paso vital, un paso emocional, un paso mental y un paso espiritual creaba la amalgama espectral del lento proceso de aproximación a la cumbre.

Así llegamos a la famosa Cruz de Ferro, en el alto del monte Irago, donde hemos depositado nuestra piedra, nuestra pequeña carga de intenciones, y hemos recitado una invocación para amedrentar el momento. Luego al resto de altos hasta llegar a la región del Bierzo, donde, extenuados por la marcha, hemos tenido que andar durante algunos kilómetros más hasta encontrar algún albergue que nos acogiera, ya que el resto estaban completamente llenos.

El estar presente nos ha permitido ser uno con todo lo que rodeaba el escenario de bosques, valles y montañas. El aleteo del águila que veíamos, el paso de la mariposa, el hormiguero plagado de minúsculas partículas vitales, las vacas pastando plácidamente en los prados, el fondo lila de horizontes increíbles, las cumbres nevadas y las nubes siempre presentes, especialmente esa que nos ha regalado el cielo con forma de corazón. Todo formaba parte de esa fusión que se experimenta cuando el alma conecta con lo existente y se une a todo, siendo todo, siendo el todo, siendo, eso es todo.

Hoy una imagen nos ha conmovido especialmente. Había un tramo casi imposible de transitar por el barro y el agua acumulado. Viajaban una madre con su hija y ésta última, al ver la dificultad de ese tramo y estando la madre muy debilitada por el Camino, la ha cargado en brazos y la ha transportado, mochila incluida, hasta el otro lado. El gesto nos ha dejado atónitos. Ese amor incondicional, esa generosidad extrema, ese cariño envolvente que agigantaba aún más la presencia de esa unidad solidaria. Unidad que algunos no han podido soportar por el dolor, viendo en la jornada de hoy como algunos peregrinos renunciaban a continuar tras la dificultad de las cumbres.

Pero hoy especialmente había un rumor escondido en todo lo que ocurría. Una complicidad silenciosa que nos acompañaba y que pretendía seducirnos en las energías de la síntesis, de lo concreto, del abrazo sentido, del leve y suave beso, del amor incondicional, sin perspectivas, sin prejuicios, sin esperar nada a cambio. Nos sentíamos íntegros en ese rumor huidizo. Nos sentíamos felices por ese paseo lento, muy lento por paisajes increíbles. No teníamos prisa por llegar a ninguna parte, y cuando llegamos, todo fue un regalo.

Mi observación también se ha centrado en la capacidad de ella para captar las sutilezas del mundo, pero especialmente para alinearse con su extrema y delicada sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Ese radar para captar las cosas me ha vuelto a sorprender, especialmente cuando nos hemos cruzado con una peregrina, ella ha detectado su extrema tristeza y ha ido sin pensarlo hacia ella para hacerle compañía. Observaba la escena y veía como ambas terminaban abrazadas y llorando en una especie de extraña comunión de almas donde lo irracional vencía las barreras de lo racional. Donde el rumor silencioso penetraba todo cuanto ocurría. Un día maravilloso, cargado de amor y valentía, de coraje y empatía hacia el mundo, hacia sus gentes, hacia el universo sintiente.

Día 23. RABANAL DEL CAMINO


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Su coche circulaba por la autopista hace un par de días. Diez minutos antes de pasar por el puente nos detuvimos para hacer algunas cosas. Diez minutos pueden condicionar toda una casualidad, todo un encuentro mágico. Así que cuando subimos por el puente que atravesaba la autopista, justo en ese instante en el que mirábamos desde arriba los coches que pasaban, Vicente nos vio y nos pitó tres veces. En ese momento no sabíamos que Vicente existía. No sabíamos porqué un coche que pasaba casualmente por la autopista nos había pitado no una, sino tres veces. Pero por algún motivo desconocido nos llamó la atención y lo comentamos.

Cuando hoy llegábamos al mágico Rabanal del Camino, un sitio muy especial en un lugar muy especial apareció Vicente iluminado acercándose a nosotros con una sincera y amplia sonrisa.

Vicente había seguido la aventura del Camino por los escritos que editaba en el blog y nos había esperado durante horas en este punto geográfico. No tenemos una ruta marcada, así que su intuición le llevó a este lugar y acertó. Casi de la mano, hablando con emoción y alegría por conocernos nos guió por el pueblo, aconsejándonos por uno u otro lugar, invitándonos amablemente a tomar un te y compartiendo una tarde agradable cargada de magia y encuentro y alegría. Su grandeza y humildad, sus ganas de transmitir y compartir cientos de cosas y su belleza interior fue para nosotros como un regalo, un divino tesoro que nos acompañará en todo el Camino. Además nos trajo un especial regalo que nos entregó a las puertas de una iglesia: una pequeña escuadra flanqueada por un compás. La magia no podía ser mayor.

Cuando nos contó que se había cruzado casualmente con nosotros en la autopista no podíamos creerlo. Recordábamos perfectamente su coche y el lugar exacto precisamente porque nos llamó la atención. Y ahora estaba ahí, hablándonos sobre sus hamburguesas vegetarianas y los mundos iniciáticos.

Habían pasado tantas cosas en todo este día que cuando conocimos a Vicente, que además es amigo de amigos comunes, no podíamos creerlo. Los ojos nos brillaban, el alma respiraba profundamente, la paz nos inundaba con un sabor dulce. Cuando se marchó y nos despedimos con un sentido abrazo no podíamos creer todo lo que estaba pasando. Gente buena, gente grande que se aproxima al Camino, que nos busca y consigue encontrarnos sólo para pasar un ratito, sólo para compartir una sonrisa y un mensaje de cariño y confianza.

Hace seis años paramos en este mismo lugar. Como llegamos temprano no pudimos disfrutar de la magia del mismo, pero nos quedamos anclados en su recuerdo, en la misteriosa iglesia y en este acogedor albergue donde ahora nos encontramos. Vicente, haciendo de excelente maestro de ceremonias nos guió hasta el portal del mismo templo que años atrás nos cautivó y de la misma casa donde sentimos que algún día pararíamos.

Querido Vicente, querido hermano del Camino, tu generosidad y humildad te hacen grande y tu regalo de hoy, tú mágica presencia, nos ha llenado de luz el Camino. Gracias de corazón a ti y a todos los Vicentes que de una u otra forma nos regalan tributos de amor y fraternidad. Siguen las sincronías, sigue la magia.

Día 22. ASTORGA


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Doce horas andando puede ser una dura prueba o se puede convertir en un paseo donde recorrer más de treinta kilómetros bajo un sol abrasador aviva la fuerza y el ánimo. Doce horas es toda una vida condensada en un campo de batalla donde la única condena era quedar atrapados en el Camino, ensimismados en el abuso de querer caminar más y más sin poder mirar atrás, sin querer mirar atrás. Cuando estás en el Camino te sumerges en una realidad paralela, superior a todas las realidades hasta ahora experimentadas. Ahora la guía es la única misión de querer seguir el propósito que nos empuja. Un propósito que intuimos y que no podemos describir, pero que sabemos que es cierto.

Entendemos a cada paso que al final nos espera una Puerta, una trascendencia que se habrá labrado a base de fortaleza, de solidaridad, de serenidad, de esperanza, de alegría, de cariño y de fe. Fe en fuerzas superiores que tiran de nuestros cuerpos abatidos. Fe en un espíritu que abastece de todo aquello que necesitamos, de todo aquello que nos permite seguir adelante. No hay duda alguna. No la hay después de tantos caminos y tantos senderos. Hay algo irracional, algo que no podemos entender que nos empuja, nos hechiza y nos mantiene firmes en el propósito.

La soledad de los primeros días quedó muy atrás. También el toque de clarín que nos empujó hasta la senda. Y la travesía del desierto que permitió que todos nuestros vehículos permanecieran alineados en una sola meta.

El Camino te enciende. Crea una especie de luz interior que guía cada paso. Una luz que no puede ser escondida debajo de una mesa, o detrás de unas cortinas. Hay un velo que se desgarra, un cristal que se torna puro y transparente para que esa luz sea dirigida y compartida con el mundo. Una luz que hace brillar los ojos, que engrandece la humildad y que arrastra al peregrino hacia una realización interior.

Existe una renuncia y un sacrificio, porque cuando penetras en el Camino olvidas todo cuanto hasta ese momento era imprescindible. En la senda que ahora se abre ante nosotros no hay horizontes fijos, no hay paredes que puedan condensar la experiencia. No existen compromisos excepto aquellos que mejoran el caminar, la percepción del detalle, de la transmutación de las cosas, de su mágica existencia. Todo es una constante alteración que se renueva, un retrato universal que inspira la pertenencia a un mundo increíble e infinito. Lo percibimos cuando cambiamos una sola piedra del camino. Cuando lo hacemos, todo el universo se transforma de inmediato. Ya no es el mismo, ya ha cambiado. Una sola piedra, un leve movimiento, y todo el cosmos se transforma. Esa oscilación es maravillosa. Esa percepción es sorprendente.

Sí, hoy han sido doce horas cojeando, con marcados dolores que han vuelto renovados, o con otros que han salido nuevos para recordarnos todos esos escollos que aún guardamos en nuestro interior. Pero ahí estaba el arroyo con su agua fría para aliviar nuestros dolores. Y la inmensidad del paisaje para deleitar nuestros sentidos. Y el canto del pájaro o el vuelo majestuoso del águila para recordarnos que la naturaleza cambiante se apropia de imágenes dirigentes. O ese espectáculo de nubes y color que nos anestesió durante minutos, sin poder expresar con palabras cuan espectacular resulta la vida.

Es la propia penitencia del Camino la que nos hace comprender que el dolor solo forma parte de un espejismo superable, y que ningún dolor o sufrimiento es capaz de retener un solo instante de marcha. Sí, doce horas de evolución constante, de paciente caminar, de esperanza ante los ojos y la presencia constante. Hoy estábamos presentes. Hoy éramos águilas de un horizonte infinito.

Día 21. VILLAR DE MAZARIFE


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Dormimos de un tirón en el hermoso monasterio de benedictinas de León, donde tuvimos una acogida cargada de cariño y amor. Terminamos rendidos nada más ducharnos después de un día duro de lluvia y dolor. Por la mañana amaneció todo el cielo empañado de un gris tremuloso que amenazaba cada paso. Pero el día nos quiso regalar un magnifico paseo por un hermoso altiplano lleno de color y luz, donde el dolor nos dio una tregua, respetando cada paso como si fuéramos surcando un mar de algodones. Extraño pero hermoso, porque la luz primaveral y la ausencia de sufrimiento nos permitió disfrutar de cada detalle del Camino. Nos tumbamos en dos ocasiones en verdes trigales, dejando que nuestras manos rozaran las nubes que se transformaban o permitiendo la cortesía de no pensar en nada, de sumergir el pensamiento en la ausencia, en la nada. Casi podíamos escuchar la rotación de la tierra bajo nuestros cuerpos relajados y felices.

Los peregrinos nos pasaban. Uno tras otro. Los mirábamos, los saludábamos desde el borde del Camino, sin ninguna prisa por llegar a ninguna parte. Realmente no queríamos que hoy el Camino se terminara. Lo alargamos eligiendo el tramo más largo pero también el más bello. Comprendimos que al final, todos nos encontraremos tarde o temprano en alguna parte del Camino. Por eso no nos importaba ser los últimos, dejando que ancianos de setenta años nos adelantara con su paso débil, lento, pero seguro. Los mirábamos con amor, con admiración y respeto. ¿Cómo era posible que esas personas, a su edad, hicieran el Camino con tanta alegría y pasión? Su fortaleza nos asombraba. Su ejemplo nos permitía la licencia de poder sentirnos afortunados y vivos, muy vivos.

Cuando nos tumbábamos para disfrutar de los rayos del sol contábamos los bichos que subían por nuestros cuerpos, o aquellos que revoloteaban por nuestras rodillas. Hay tanta vida cuando miras el mundo desde lo pequeño. El estar tumbado en la tierra te permite ver todo un universo infinito de vida. Cada ramillete de trigal portaba un cosmos de vida minúscula. La infinitud de las cosas podía mostrar recovecos que desde las alturas resulta imposible observar. Casi podíamos sentir el caminar constante de ese ejército de hormigas que puebla las profundidades de la tierra húmeda y cálida.

Y también podíamos escuchar los latidos enmarañados de nuestros corazones. Cómo si una música invisible pudiera detonar al ritmo de cada pulsación, de cada palpitar. Como un reloj cuántico que despeja la duda de la incertidumbre. Que nos aleja del tiempo pasado y del futuro y nos ancla en el instante impermanente. No encontramos mesura ni tiempo en esos instantes de reposo. Sólo la obligación de seguir caminando nos alejaba del borde del camino, un lugar donde la magia singular del devenir nos empujaba a sentir la sempiterna existencia. Un día feliz, un día más en el Camino.   

Día 20. LEÓN


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Veinte días andando. Veinte días amando cada paso. Desapegándote del anterior y profundizando en el presente continuo. Observando historias de amor que pasan, perennes, mutables, sempiternas, que cambian o se mantienen, que duran o desaparecen. Veinte días sin mirar atrás. Veinte días sin interrogarnos sobre el horizonte. Sólo mirando los pies, y el Camino bajo los mismos. Anclados en un destino compuesto por la impermanencia de cada paso. Paso a paso, observando, meditando, profundizando sobre cada pequeño instante, comprendiendo que la realidad a veces puede ser permeable, transparente, flexible. Más bien comprendiendo que la vida es moldeable constantemente. Que pasa inevitablemente entre la brisa o la lluvia, entre campos y montañas, entre subidas y bajadas, entre suspiros y anhelos.

Esta mañana recibí una hermosa carta de Mary Anne. Me conmovió el detalle de sus letras, su esfuerzo por mantener en la maraña del Camino emociones y experiencias, recordando aquellos viejos tiempos en los que el silencio nos acompañaba junto a la complicidad de miradas, de sonrisas, de esas florecillas que nos acompañaban en una primavera temprana. Entonces me acordé de que en veinte días habíamos vivido miles de experiencias, de momentos, de anécdotas imposibles de relatar y comentar, de cientos de encuentros con cientos de peregrinos, de almas libres y sedientas de Camino. Cientos de aventuras y paisajes indescriptibles. Amaneceres increíbles. Atardeceres prodigiosos. Ocasos misericordiosos. Y luego la noche, la trémula noche cargada de ronquidos arqueados que mecen los insomnios de algunos y la anécdota constante.

Experiencias como las que ayer viví con cierto escalofrío escuchando la conversación de dos magas en contacto con el mundo invisible. Una de ellas relataba que desde hacía un tiempo había un ser que le acompañaba. La otra la pudo “ver” y empezó a describirla con todo detalle. Hablaban con naturalidad de lo que el otro ser decía y quería expresar. Una explicaba y la otra asentía con toda espontaneidad. Todo parecía normal hasta que una de ellas le enseñó a la otra la foto del ser fallecido que le acompañaba. Fue ahí cuando me quedé de piedra. Era exactamente igual a como una de las magas, sin conocerla, la había descrito.

Viajar estos días con una maga, con una chamana que me hace comer ciertas hierbas que encontramos en el camino o que me realiza ciertos pases para aliviar mi dolor es una experiencia hermosa y única. Una oportunidad no sólo para abrir la mente a otras posibilidades, a otras realidades, sino para descubrir que el mundo está enmarañado en realidades contrapuestas que se abrazan y rozan de forma especial. ¿Cómo sino poder explicar las cosas que ocurren estos días? ¿Cómo describir el roce de la lluvia de hoy en el dolor constante y ver como el espíritu que nos anima nos acaricia suave para animar cada paso con la extraordinaria fuerza de un elefante? ¿Cómo describir la incapacidad de seguir, y de repente abrazar al otro y ver como una fuerza mayor nos eleva y nos transporta durante los próximos cinco kilómetros? ¿Qué magia es esa que nos hace reír incluso en lo más duro de la experiencia, cuando la derrota parece inevitable?

Sin duda hay un mundo invisible que nos protege. No sabría decir como llegamos a él, como contactamos con él. Hay personas especiales, auténticos magos que tienen abiertos ciertos canales y les permite tener un contacto más directo con esas fuerzas. Lo he podido ver en este viaje, con asombrosa incredulidad al principio transformada en certeza ante hechos incuestionables. Una mente científica y racional doblegándose a la evidencia de la experiencia. Por eso hoy, ante las experiencias de estos días, hablábamos de flexibilidad. De lo importante que es el adaptarnos a todo lo que el Camino nos ofrece, y de la magia que a veces produce cualquier experiencia.

Por ejemplo cuando hemos llegado a León y había dos caminos posibles para encontrar uno u otro albergue. Estábamos indecisos y no sabíamos qué camino seguir, así que recurrimos al lanzamiento de una moneda y dejar que fuera ella la que decidiera por nosotros. La moneda nos envío hacia el camino de la izquierda. Un poco antes de llegar al albergue, nos informaron que ese lugar estaba cerrado, y que tendríamos que ir al siguiente. Nos miramos y nos preguntamos porqué la moneda nos había enviado hacia esa dirección “errónea”. Ella dijo: “seguro que es por algo que aún no entendemos”. Efectivamente, cuando íbamos hacia la dirección del otro albergue, en una de las esquinas alguien se quedó mirando y riendo al mismo tiempo. Le miré y era Fernando, un viejo amigo de la infancia que desde hacía poco tiempo vivía en León. La sorpresa y la incredulidad no podían ser mayores. La moneda había retrasado cinco minutos la marcha para que justamente en esa esquina, en ese instante, pudiera reencontrarme con ese viejo amigo.

El Camino nos enseña que no hay límites ni horizontes. Puedes mirar a lo lejos y siempre hay Camino. Siempre aparece una larga senda mutable, un largo peregrinar que se condensa en una fina línea transpirable, en un vals que se baila con ese amor humilde, con ese amor valiente, con ese amor tierno y suave. No hay límites y por lo tanto no queremos que haya final. Sólo queremos caminar indefinidamente, incesantemente.

Día 19. MANSILLA DE LAS MULAS.


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Si algo nos enseña el Camino es a ser humildes, muy humildes. Las piernas son las que más sufren, las que más calma y cuidados necesitan. Y eso te hace dar y recibir cuidados, estar atento a las necesidades del otro o dejar que el otro te cuide, siempre, siempre, siempre de forma incondicional. Tras haber cuidado durante unos días a Laura, es ella la que ahora pone toda su alma en cuidar a este lesionado peregrino. Hoy pensaba sobre la suerte que he tenido en que el Camino me haya puesto a una masajista profesional como compañera de viaje. Todo un regalo y toda una bendición. Como además es vegetariana, cocina de maravilla y es capaz de sorprender gratamente a mi cuerpo físico con sus platos exquisitos.  Además la convivencia es perfecta. No discutimos, estamos todo el día riendo con las ocurrencias de uno o de otro, compartimos todo lo que tenemos, nos cuidamos mutuamente y estamos atentos a las necesidades del otro mientras nos dejamos guiar por las sorpresivas ocurrencias del sendero. Se ha creado una bonita atmósfera de humildad, de compartir, de cooperación y de apoyo mutuo sin proyectar nada, sin esperar nada, sin fabular sobre nada. Sólo caminar y compartir.

A veces el Camino nos puede, pero entre nosotros solo existen sonrisas amables y una constante búsqueda de satisfacer al otro en todo lo que podemos. Eso nos obliga a entender el significado profundo de la humildad, a aceptar la derrota y dejarnos cuidar mutuamente cuando lo necesitamos. Como ocurrió ayer, donde la dureza del Camino se manifestó de forma cruda y tuvimos que lidiar con situaciones difíciles. El estar juntos nos hizo entender muchas cosas, compartir lo bueno, pero también lo malo, al menos hasta que el Camino nos separe, y ser capaces de vencer, con una sonrisa, esas cosas que el Camino nos mostraba como pruebas o advertencias.

Tras el día difícil de ayer, y para evitar que el ánimo recayera, decidimos tomarnos las cosas con calma. Seguían los dolores, pero parábamos más veces. Llovía a cantaros todo el trayecto, pero reíamos, contábamos chistes o simplemente cantábamos para sustituir a los coros de los pajarillos o para alegrar el día gris que se avecinaba a cada paso. Si veíamos un puente nos refugiamos bajo ellos y aprovechábamos para comer algo. Como las bromas y las risas son constantes, ininterrumpidas, eso logra crear una atmósfera positiva y optimista que nos obliga de alguna manera a renunciar al dolor, a olvidarlo o relegarlo a otra dimensión diferente. Es increíble como la actitud ante las cosas logra transformarlas. La buena predisposición, el saberte querido y cuidado, el hacerlo con auténtica humildad y entrega, hace que todo fluya de forma hermosa y tranquila. Hace que el devenir sea solidariamente soportable.

Y la humildad se manifiesta de mil maneras. Hoy cuando caminábamos bajo la lluvia, aceptando la dificultad adicional. O cuando llegábamos al famoso bar de La Torre, en Reliegos, donde un especial Sinín nos invitaba, sin cobrarnos nada, a una sopa caliente mientras nos mostraba orgulloso el cómo su bar había sido filmado en algunas películas o retratado en algunos periódicos. Esa sopa, con esa lluvia y con ese cansancio ha sido una bendición más, un regalo de los dioses, de los angelitos que te vas cruzando en todas las esquinas, en todas partes, con ese tipo de presentes, de atenciones, de ánimos. Se agradecen tanto esos gestos de generosidad constante, esos abrazos con la mirada o la palabra. Cada gesto es un impulso más, una maravillosa presencia de esa humanidad que brota poco a poco, que se siente y se percibe como un nuevo e inevitable renacimiento. Todo es gratitud, todo es agradecimiento, todo es reconocimiento y cariño a esas poderosas fuerzas que nos ayudan a cada instante, en cada amanecer. Hoy deseo expresar especialmente a Laura esa gratitud por demostrar ser un alma libre, entregada y llena de amor incondicional hacia el otro. Por su humildad y ganas de vivir. Por ser ejemplo y apoyo en estos momentos donde el Camino resulta difícil, pero hermoso al mismo tiempo. Por sus cuidados y por su mágica presencia. Por sus mensajes y sus masajes, por su fluir constante, por su fuerza, coraje y optimismo. Su ejemplo me sirve y me ayuda. Así que gracias, gracias, gracias.

Día 18. EL BURGO RANERO


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Un día gris, al menos un día cargado de nubes grises y de experiencias no del todo gratas. Pero esas experiencias siempre nos ayudan a reflexionar, a rectificar, a volver al centro del cual nunca deberíamos salir. El dolor, cada vez más duro y agudo, el cansancio, las condiciones precarias que a veces nos encontramos en algunos albergues y los malos días de algunas gentes que por carácter, educación o simplemente un mal día no saben encajar las cosas del camino. Un día francamente extraño, totalmente diferente al resto de los días, con pruebas duras, con momentos que había que gestionar con paciencia y humanidad. Con un dolor que se multiplica y avanza imparable hacía los límites de la resistencia.

Pensar que aún estamos a mitad del Camino tal y como responden en estos momentos nuestras piernas es difícil. El ánimo sigue alto, muy alto, pero a veces, ante la agudeza de las dificultades, pensamos donde está el límite del extremo.

Sin dolor no hay gloria, podemos leer en algunos lugares. Pero esa gloria no estriba tanto en el poder soportar o no el dolor extremo, sino en ajustar cada instante a la experiencia del momento. Es increíble como la consciencia puede estar presente en cada uno de los pasos, observando cada detalle mientras se debate entre seguir o no seguir un paso más. ¿Y cuantos pasos somos capaces de dar en un día? ¿Cuántos momentos transcurrieron desde que esta mañana observamos el peregrinar de un grupo de gusanos que lentamente atravesaban el camino y el vuelo rasante del halcón peregrino que apaciguó nuestras vistas mientras descansábamos tumbados en la hierba? No podría saberlo, pero sí sentir que cada momento encerraba una eternidad donde pasaban al mismo tiempos millones de experiencias, miles de intercambios a todos los niveles. El dolor agudiza esa sensación de la consciencia. Nos alerta de que estamos vivos y de que no siempre lo estaremos.

De hecho la muerte se ha antojado peregrina en todo el Camino. Peregrinos muertos, amigos que han muerto mientras caminábamos, parientes cercanos que se han marchado mientras transitábamos de un lugar a otro. Hoy habíamos quedado con una hospitalaria amiga pero se tuvo que marchar hace dos días porque su padre había fallecido. En Grañón asistimos a la misa, ante el féretro aún caliente en mitad de la iglesia, de un hombre que había transmigrado con más de cien años de edad. La muerte siempre presente, porque, en sentido profundo, la muerte forma parte de la vida. No se puede entender la una sin la otra. Es la forma en que la existencia se expande y pervive. La higiene evolutiva que supera todas las cuestiones imprescindibles. Por eso es bueno acercarse a la realidad total, a la perspectiva total del Camino, de todo el Camino, desde el principio al fin, desde el alfa al omega, en los días luminosos y en los días grises, con dolor y con ausencia de dolor. ¿Cómo nos acercamos a la realidad? ¿Desde que perspectiva? ¿Desde qué actitud? Todo es emocionante, francamente emocionante, a pesar de las nubes y las experiencias ingratas y el dolor, el cada vez más acentuado dolor.

Día 17. SAHAGÚN


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No es la primera vez que duermo en la Iglesia de Cluny. Incluso estuve hace algún tiempo en la original abadía de Cluny, en Francia. Nombrar su sólo nombre me transporta a un tiempo en el que el alma se expande, se crece, interioriza instancias y pernocta en reminiscencias hermosas. Por eso dormir en Cluny es como dormir en casa, en un hogar pasado que me acoge con familiaridad. Es extraño pernoctar en un lugar consagrado. Ya lo hice con asiduidad en las abadías y templos de Inglaterra y Escocia, y sigue pareciéndome una experiencia única. Realmente todo es sagrado, pero cuando lo humano consuma la sacralidad transformando aún más algún lugar especial, consagrando con corazón un cierto espacio, hay una magia diferente, una realidad especial. Nuestros cuerpos son como esos templos que debemos de cuidar y consagrar todos los días. Respirando, alimentándolos con amor y cariño, limpiándolos por dentro y por fuera y penetrando en ellos con nuestra consciencia como si de lugares de reposo se tratara. Vivir el cuerpo desde la sacralidad y el respeto es como vivir instalados constantemente un lugar increíblemente hermoso, con grandes ventanas a un jardín increíble y con acogedoras habitaciones cargadas de todo lo necesario para transitar esta vida con dulzura, suavidad y ternura.

Estas cosas pensaba cuando nos tumbábamos en la hierba pacientes, sin contar los minutos ni las horas que pudieran pasar, sin tener prisa por llegar a ninguna parte, estirando los momentos para que se hiciera presente tan solo el instante infinito del ahora. En esa consciencia del ahora, del instante presente, es posible entablar una relación más directa con la vida que fluye. Ahí no hay preocupaciones, ni problemas ni alboroto, solo paz, mucha paz. Y desde esa armonía se puede santificar cada segundo de vida, se puede conmover interiormente cada uno de nuestros átomos. Desde esa unidad con el todo, la belleza se manifiesta desde lo pequeño del aleteo de una mariposa hasta la grandeza de un cielo cargado de celeste alegoría.

Después del sufrimiento y el agotamiento de ayer, hoy el paseo lo hicimos con mucha calma, penetrando en la enseñanza del concurrir, del ahora, del presente. No teníamos miedo al camino a pesar del dolor, ni teníamos la sensación de desánimo. Todo lo contrario, cada reto es un impulso y un envite hacia el momento presente. Un paso, otro paso, un paso, otro paso. Así hasta llegar a mil sitios, a cientos de lugares increíbles, a un optimismo contagioso que no pensábamos, que no analizábamos, que no juzgábamos. Solo caminar, solo disfrutar del momento, del soplo de ese espíritu que nos mueve.

Sin duda, viajar en compañía tiene algo de fuerza mayor. Cuando estás solo es fácil desenfocar la realidad, hacerla egoístamente extraña, ajena a la existencia. Tiene sus momentos necesarios de recogimiento e interiorización, pero la vida demuestra constantemente que todo se resume en compartir. Compartir una ilusión, un camino, un instante, un deseo, un abrazo, un coraje, una mirada, un aliento, unos garbanzos, unas galletas, una sorpresa, un ritual, la complejidad de ser humanos. Al compartir el Camino se transforma, se vuelve único, indescriptible, amable incluso. El dolor queda apartado a un segundo plano y la alegría envuelve todo el recorrido. Lo importante es compartir la fuerza y el tesón, la decisión inalienable de continuar hasta el final. Como cuando pedíamos un plato de sopa y ambos metíamos la cuchara en el mismo plato, disfrutando de ese regalo que nos sabía doblemente a gloria. No comíamos medio plato, sino que al compartirlo, es como si la sopa se multiplicara en sabor y satisfacción.

Creo que las lecciones del Camino nos empujan a comprender esta esencial relación de las cosas. Cuando todo es compartido, cuando no existe el tuyo ni el mío, sino tan solo el nosotros, nace algo más grande que la suma de las partes. Algo más poderoso, una especie de genio capaz de concedernos cualquier reto que nos planteemos. Tras la quiebra de ayer, hoy pensamos que haríamos pocos kilómetros, sin embargo, nuestras piernas empezaron a andar mientras nosotros compartíamos cientos de historias y experiencias. Cuando nos dimos cuenta habíamos doblado, sin ningún tipo de dolor extra, la distancia propuesta.

Y aquí estamos ahora, aquí y ahora, compartiendo la soledad, el silencio, la compañía, y la lección de saber que en el universo todo es relación. Que las estrellas se relacionan entre sí, que los humanos se relacionan entre sí, que las dimensiones y todas las latitudes tienen un nexo de unión. Todo es amor, todo es relación, todo es compartir.

Día 16. CALZADILLA DE LA CUESTA


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Cuando las piernas se han quebrado y no podía seguir más algo extraño ha recorrido todo mi ser. Ayer surgió un nuevo dolor, diferente, más agudo, más fuerte al resto de los dolores, más insoportable. Hicimos tan sólo diez kilómetros para poder descansar, pensando que hoy sería diferente y que el nuevo dolor desaparecería con la ayuda de algún masaje y algo de cariño.

Me tumbé en la estepa, bajo la sombra de un gran álamo, fijando la mirada en las hojas que tambaleaban al son del viento y en las cigüeñas que pasaban de un lado a otro, meciéndose entre térmicas y mareas de aire. Me concentré en ese peculiar baile y pensaba en la hermosa noche de ayer, cuando escuchábamos algo de música mientras la chimenea calentaba nuestros corazones. Luego me quedé hasta muy tarde trabajando y por la mañana, con un simple gesto melancólico, me despedí y me marché de nuevo solitario. Los diez primeros kilómetros los hice más o menos con cierta dignidad. Pero cuando me encontraba en mitad de la nada y a unos quince kilómetros del siguiente albergue la pierna derecha, con su nuevo dolor en la espinilla, se quebró.

Laura, con los pies aún más quebrados que yo, se había quedado en Carrión de los Condes y estando ya instalada en el albergue, me llamó para ver si yo había hecho lo mismo. Le dije que había seguido adelante y armándose de valor y coraje, mucho coraje, me dijo que entonces ella haría lo mismo. Que el Camino era más divertido con un loco a su lado. Realmente pensé lo mismo así que su coraje me llenó de coraje y seguí caminando hasta donde pude.

Cinco kilómetros antes de llegar al siguiente albergue la esperé aún más quebrado tumbado en mitad de la nada. Creo que debí dormirme escuchando el susurro del aire y el canto de los pajarillos, porque las dos horas de espera pasaron volando. A pesar de su dolor, de sus pies destrozados, hizo el gran esfuerzo y apareció radiante, sin que nada pudiera detenerla. La alegría fue mutua porque es cierto que el Camino se hace más increíble y soportable cuando consigues buena compañía. Me ha sorprendido mucho la fortaleza de esta persona y hemos hablado, una vez en el albergue, de lo que es capaz el ser humano cuando se propone algo. De cómo es capaz de traspasar la barrera del límite y aumentar aún más la fortaleza ante la adversidad y el dolor extremo. Hoy ha sido un gran ejemplo de superación, de valentía y coraje, mucho coraje por su parte. Su temple y arrojo ha sido un gran ejemplo y una gran lección que me ha contagiado para mirar la fatalidad cara a cara, especialmente cuando es extrema.

Así es el Camino y así es la vida, así es la trémula templanza, el ágape vital, la pureza estricta de sabernos vencedores incluso ante lo más extremo. Porque mientras el aliento vital pueda arrojarnos hasta el borde de cualquier camino para descansar y recuperar el hálito, y otros estén ahí para infundirnos inspiración y fuerza, siempre podremos seguir adelante. Siempre.

Día 15. VILLARMENTERO DE CAMPOS


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Un día surrealista es levantarse por la mañana, caminar un poco, muy poco, pararse cada poco tiempo para tumbarnos en la hierba de cualquier prado y terminar en una especie de albergue totalmente diferente e improvisado en mitad de la nada. Paramos para tomar un refresco y algo, quizás una especie de Aleph o de intuición extraña nos atrapó en ese lugar. En esa nada que es un pueblecito de tres habitantes y algunas pocas casas más. El albergue está situado en mitad de un prado con vistas al infinito. Está construido de barro y algo de madera, habitado por dos perros, Siete y Ulises, el burro Emilio, un gracioso animal que campa a sus anchas entre peregrinos y mesas y el hospitalario Jesús, un personaje de novela rodeado de un ejército de peculiares voluntarios que, a cambio de cobijo, realizan cualquier tipo de trabajo.

Aquí todo es caótico y desordenado, pero en cuanto lo hemos visto hemos pensado que sería un lugar diferente para experimentar la impermanencia y la inconstancia del universo. O el orden dentro del caos, o el caos dentro de cierto orden. O más bien el caos en todas sus manifestaciones posibles. Porque una de las incomprensiones científicas más apasionantes consiste en comprender la entropía universal, y de paso, esas leyes inmutables que rigen planetas, átomos y universos.

La armonía del paisaje y el alegre silbido del momento nos ha regalado una jornada corta para descansar los pies y el alma y de paso formar parte del desconcierto y desbarajuste de este lugar. Nos sentamos en la hierba. Luego nos tumbamos en ella dejando ver pasar las nubes que suaves se transformaban en un limpio laboratorio natural. Todo pasaba muy lento. A veces alargábamos la mano para rozar una flor o hincábamos los pies en la tierra húmeda. Cuando el sol quemaba el momento nos íbamos a las hamacas que colgaban de los árboles y nos balanceábamos como si fuéramos pompas de jabón que flotan en el aire. Todo estaba acompasado por la oscilación del universo, que parecía moverse desde nuestros pies hasta el infinito. Los pies eran el punto de anclaje de todo cuanto pasaba, de todo cuanto ocurría. Los pies eran el centro gravitatorio de toda manifestación posible. Son los pies los que nos transportan por este Camino, son los pies los que nos detienen cuando no pueden más, son los pies los que merecían hoy un trato diferente. Ser el centro de nuestras atenciones y cuidados, ser el centro de todo universo conocido.

La comida también fue improvisada y caótica. No podía ser de otra manera. Siete y Ulises reposando sus hocicos en nuestras piernas. Emilio observando la escena mientras que nos miraba orgulloso desde su privilegiada postura. Lo que iba a ser unas alubias con arroz se convirtió por arte de extraña magia en una ensalada atípica, unas papas atípicas y unos huevos atípicos improvisados sobre la marcha. Según nos contaba el peculiar camarero, se había acabado el arroz y la cocina no funcionaba del todo. Los que estábamos sentados en la mesa nos mirábamos incrédulos, pero con cierta complicidad graciosa.

Como el caos no podía dejar de manifestarse, al peculiar camarero, quizás en algún intento desesperado de encontrar ese arroz que no había, metió el coche en una zanja y nada más terminar la última papa mojada en el huevo tuvimos que ir a ayudar a sacar el coche atravesado en mitad de un camino cercano.

No se puede hacer nada, no podemos cambiar el caos. Sólo podemos fluir por sus ramajes y comprender que dentro de todo este desconcierto aparente existe un hilo conductor que todo lo une y todo lo protege. Aún queda mucha tarde para seguir experimentando el principio de la entropía. Aún queda mucho camino para seguir improvisando este tipo de surrealismo mágico. Que el Camino siga fluyendo. Nosotros, sus hijos, beberemos de todas sus fuentes impredecibles, de toda su inconstancia e improvisación, regida, estoy seguro, por algún extraño destino, por alguna fortuna que hace que todo esté bien, que todo sea justo y perfecto.

Día 14. FROMISTA


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¿Cuál es ese alimento que nutre a las almas? ¿Qué llama es esa que calienta los trozos de vida que nos transportan y dirigen? ¿Qué caminos escogemos, desnudos, bajo el sol o la lluvia, suspirando, levantando la mirada hacia todo lo que invisiblemente danza? ¿Qué techos son esos que nos cobijan y qué estrellas nos alcanzan en las noches que se abrazan afectuosas? Todo es un poema, una melodía dulce que trasciende el dolor de los pies y el cansancio ya silenciado. Regalos que aparecen, tesoros que se descubren constantemente, presentes del Camino que nos muestran la parte más amable de la vida, reencuentros de magos y magas que se reconocen mirando la estrella de cinco puntas, saludando desde el corazón, imitando a los antiguos peregrinos, como Riccardo, el anciano italiano que con sus toques, señales y claves ocultas pueden reconocerse unos a otros.

Eso ocurrió en Burgos. Ella estaba sentada en el comedor del albergue y yo esperaba a que Marie Anne terminara de charlar con unos amigos para ir a cenar. Nos miramos, nos reconocimos, nos saludamos en silencio, sonriendo por la complicidad, y nos separamos. Al día siguiente nos volvimos a cruzar y coincidimos en el mismo albergue. Seguía el saludo cómplice y la comunicación silenciosa. Pero ayer ya no pudimos más y nos hablamos para atestiguar y comprobar que la intuición, que el saludo mágico, que el reconocimiento eran verdaderos.

Fue hermoso porque tras reconocernos, tras hablar durante cinco minutos y compartir su agua diamantina, nos levantamos y nos fusionamos en un hermoso y sentido abrazo. Sí, una maga que reconocía a otro perdido mago y que se abrazaban para recordar viejas reminiscencias. A partir de ese momento ya no pudimos parar de hablar, de compartir, y sobre todo, de reír a carcajada limpia, como si nos conociéramos de toda la vida y como si las bromas que nos hacíamos solo fueran la continuidad de otro tiempo, una llama soleada que transmigra por la esencia universal de todos los tiempos.

Tras pasar un rato amable con Amancio, el tendero del pueblo que nos vendió, con descuento y charla amigable, unos calcetines de algodón, fuimos a ver la Casa del Alma y la magia de ese día especial continuó fluyendo durante toda la tarde. En la Casa del Alma habían rincones donde habitaban ángeles, lugares secretos donde podías acceder si conseguías que la llave dorada pudiera abrir puertas invisibles y ventanas que daban a jardines multicolores. Había bibliotecas alejandrinas y bodegas ocultas construidas con añejo material noble y una chimenea que alimentaba de calor una habitación acristalada y decorada de forma exquisita. En esa casa habitaban dos amables seres que abrían sus puertas para que cualquier peregrino pudiera escrudiñar sus secretos. Y eso hicimos, disfrutando del compartir, de la amabilidad y de la magia de lo sencillo, de lo cariñoso, de lo bello.

La mañana fue de nuevo un espectacular tránsito por el Camino. Laura, la maga, tenía los pies lastimados, así que permanecí a su lado, a cual escudero andante, y le ayudé en todo lo que pude durante la larga jornada de hoy. La cuidé y la mimé con todo el cariño de un alma libre. Le ayudé a conseguir unos improvisados bastones sacados de un vivo río para que aliviaran la marcha e incluso le cambié mis cómodas botas por las suyas, para consuelo de sus pies dolidos y para extrañeza de los peregrinos que nos contemplaban con cierta susceptibilidad y escrúpulo. ¿Cómo podían intercambiar las botas? Pensarían atónitos.

Para animar su pesada marcha, la abrazaba, le hacía bromas o simplemente le daba conversación para que su atención se dirigiera a estrellas y soles y no a sus abrumados pies. Su alegría, fortaleza y optimismo me servían de trueque mínimo para que yo mismo pudiera a su vez seguir su cada vez más rápido y ligero caminar. Durante al menos tres momentos nos entró un ataque de risa que nos hacía casi caer al suelo. Hacía mucho tiempo que no reía con tanta exageración y libertad. Unos alemanes que pasaban justo en alguno de esos momentos incluso llegaron a preocuparse. ¿Qué clase de alegría extraña nos poseía? ¿Qué clase de magia podía tratarnos con tanta familiaridad? ¿Qué clase de estrellas unen vidas errantes que se entremezclan entre el ruido del bosque y el rechinar de los tiempos? ¿Qué hace que almas peregrinas se reencuentren una y otra vez, despejando la duda de la incerteza?

El Camino hizo el resto, porque había de nuevo magia y perpetua impermanencia. Tulipanes que nos esperaban en cualquier esquina, ríos que danzaban fluidos por estas bellas tierras palentinas, Tierra de Campos, cargadas de paisajes imposibles y bañadas de color y baile, de palomares, con sus campos góticos plagados de historia y antigüedad. Lugar de visigodos que nos recibió con gentileza y buena acogida, recordando la magia de ayer y exponiéndonos a la de hoy. Tras comer, nos despedimos y nos dijimos: “seguro que coincidimos algún otro día”.

Así es el Camino. Cargado de tesoros que no pueden atraparse, que hay que dejar que resbalen como agua en una mano abierta, sin pretender poseerlos. Sólo agradecer su mágica presencia, solo abrazarlos cuando lo necesitan o requieren, aliviar su carga, incluso intercambiando las botas si hace falta con tal de que sus ampollas dosifiquen el dolor y puedan permitir una nueva carcajada, un nuevo sabor diferente, una dulce melodía hacia lo interior. Hoy en el Camino sonaban flautas entre los valles, violines entre montes que cobijaban al alma peregrina. Había un concierto extenuante y cargado de sabor primaveral. Una voz, una llama, un sonido permeable. Ondas de marismas abismales, de puro amor y respeto, de pura alegría y belleza. Así es el Camino cuando trasciendes y apartas el dolor. Cuando por encima de cualquier sufrimiento y preocupación te ocupas de caminar y contemplar extasiado el baile cósmico, la danza maravillosa, el paladar de la creación que se manifiesta constantemente como una música imposible, extraordinaria, sublime. Así es la vida, sublime, insigne, indescriptible.

Día 13. CASTROJERIZ


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¿Cómo describir la magia? Cada día resulta más difícil relatar con palabras algunas imágenes, algunos momentos, algunos instantes únicos e irrepetibles. Todo es como una película que pasa ante nosotros, majestuosa, indescriptible, única. Cada día susurra un secreto diferente. La mañana, de madrugada, es como un enigma que nos abraza y nos da la bienvenida a su manera. La naturaleza se abre ante nosotros y nos acoge penetrando con un suave aroma todas nuestras esperanzas. A veces cerramos los ojos para comprobar que todo eso que se muestra es cierto, real. Ha pasado alguna vez que al volver a abrirlos todo se ha teñido de un color dorado, de una luz indescriptible, de un matiz nunca visto. Son reflejos, llantos de otra dimensión que se contagian y mezclan con la realidad. Una especie de gemido de luz que atraviesa nuestra imperceptible presencia.

Desde que salí del albergue esta mañana no vi una sola alma en los diez primeros kilómetros de travesía. En ese tramo no había ninguna población, solo un altiplano verde con un camino lleno de barro. Un largo y perpetuo pastizal desde el que se devoraba un horizonte infinito. El lodo te hacía ir despacio, pero eso te permitía detener la mirada y la consciencia en los pequeños detalles. Era difícil caminar y cada paso parecía interminable, pero a veces ir especialmente despacio te permite contemplar la vida desde otra perspectiva. Podías afinar el oído y escuchar el concierto de los cientos de pajarillos que nos acompañan constantemente por todo el camino. Hoy los escuchaba especialmente, sus latidos, sus conversaciones, su curiosidad a la hora de aproximarse y ver qué hacemos, hacía donde vamos. Se posaban unos metros por delante y cuando nos acercábamos, volaban otros metros más para jugar un rato con nuestro esmero.

En algún lugar me crucé con una peculiar familia de franceses que hacían el viaje con sus tres hijos y sus tres burros. Me pareció increíble esa imagen que me trasladó a un lugar diferente y a un tiempo distinto. Los niños se alegraron al verme y saludaron con una sonrisa inmaculada que contagiaba alegría y belleza. Parecían reyes cabalgando sus monturas, felices, como si portaran un gran tesoro o fueran a algún tipo de pesebre viviente. Qué alegría estos regalos del camino, esta inspiración para imaginar un mundo así, sencillo, montados en un amable burrito y caminando por esas sendas imposibles. Cuando me pasaron, el burro que portaba a la joven niña se paró y miró hacia atrás. Ella se alegró por el gesto del burro y nos saludamos nuevamente. Su sonrisa era toda una danza, una acrobacia del espíritu encarnado en ese instante. Era todo tan emocionante.

Cuando llegué al albergue de Castrojeriz había cuatro peregrinos que esperaban desde hacía dos horas a que llegara el hospitalario. Esa actitud pasiva me animó a hacer de peregrino hospitalario. Así que cogí el mando del albergue y fui apuntando y acomodando a todos en sus camas. Les pedí que se ducharan y se relajaran mientras que llegaba el hospitalario, pues no tenía sentido estar esperando fuera pasando frío. Hice lo mismo, y para que no pensaran que tenía algún tipo de interés en ese acto, cogí, en vez de una cama, un colchón que había en el suelo, dejando las camas para los demás. Me miraron con extrañeza pero les dije que a veces en el suelo se duerme mejor. Así que todos felices y contentos y extrañados, pero sin pasar frío y descansando dentro, instalados en su lugar correspondiente. El abuelo italiano de más de setenta años, Riccardo, lo agradeció especialmente. Su sonrisa y su alegría eran un poema. También el anciano japonés Okayasu, adoptado por tres simpáticos catalanes del que no se despega ni un segundo. Es curiosa la simbiosis de este grupo con el que me he cruzado en más de una ocasión. El japonés no habla ningún idioma excepto el japonés, y los españoles solo entienden el español. Pero siempre van juntos y se comunican por gestos de forma muy simpática. Los catalanes le hablan como a uno más, y Okayasu responde siempre con una reverencia y una simpática sonrisa.

El Camino es un banco de pruebas que pone a punto nuestra humildad, nuestro respeto y tolerancia con el otro, nuestra apertura a la sorpresa y lo nuevo. También es una lección para indagar sobre nuestras posibilidades humanas y espirituales. Sin duda nos transforma por dentro y por fuera, admirando el tiempo como un don que se nos da para administrarlo con sabiduría, amor y compasión hacia todo lo que nos rodea. El fango, los pajarillos, los peregrinos que vienen y van, la lluvia, el frescor de la mañana. Todo es una lección, todo una oportunidad para expresar lo mejor de nosotros mismos. Algo que luego nos sirva para la vida común, para el tiempo ordinario de nuestras vidas siguientes.

Optimismo y alegría, sinceridad y sencillez en todo cuanto hacemos y pensamos, capacidad de sacrificio, pero también de admiración y contemplación del milagro de la vida, de la oportunidad de experimentarla y sentirla. El Camino nos hace delicados y solidarios, limpios y cuidadosos con todo. Aprendemos, tal y como manda el mandamiento del peregrino, que el verdadero equipaje es nuestra actitud de búsqueda y comprensión. En el Camino no hay prejuicios, ni hacia los demás ni hacia uno mismo. Todo puede ser abrazado sin complejos, todo tiene un fondo hermoso y sorprendente, todo es sencillo y complejo al mismo tiempo. Hay un mensaje en cada experiencia. Hay una lectura, un lenguaje que interpretar en cada acontecimiento. Un peregrino debe aprender a leer en ese libro de gratitud donde no hay fronteras ni separaciones, donde no vale encerrarse en sí mismo sino abrirse al constante acontecer, a sus gentes, a ese altavoz de la naturaleza que sirve como expresión artística de la creación. Lo más increíble es cuando cerramos los ojos, respiramos profundamente y nos damos cuenta de que nosotros mismos pertenecemos a esa naturaleza, a esa creación.

En el silencio de cada mañana, nuestro corazón respira y nos cuenta la dulce canción que nos dice que siempre hay que continuar más allá. Que cada día es un milagro al que hay que dar gracias.

Día 12. HORNILLOS DEL CAMPO


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En los grandes nodos, en las grandes ciudades, las almas peregrinas se reencuentran para compartir experiencias y momentos. Eso ocurrió ayer en Burgos, donde pude reencontrarme con casi todos los que habíamos empezado juntos. Los canadienses, los australianos, los americanos, los italianos… El reencuentro fue hermoso. Para la bella Marie Anne Burgos era su fin de Camino. Cuando nos vimos en la recepción del albergue nos dimos un sentido abrazo, como si dos viejas almas que se conocen de vidas y vidas se reencontraran de nuevo. Realmente fue mágico ver su brillante sonrisa y compartir de nuevo un día más. Para celebrar el reencuentro y despedirnos de Marie Anne, fuimos más de veinte peregrinos a cenar juntos. Pasamos un rato agradable, parecía como si realmente estuviéramos en el final del Camino de todos y esa fuera una gran fiesta de celebración. Era increíble ver la hermandad y la amistad que recorría a todos, como si se conocieran de toda la vida. Estaban alegres y animosos porque cada día de Camino es una experiencia profunda e increíble.

Al final de la cena Marie Anne me pidió que la acompañara a dar un paseo. Nos alejamos del grupo sigilosamente y paseamos en silencio por las calles desnudas de Burgos hasta llegar a la inmensa catedral. La imagen era una estampa hermosa plagada de reminiscencias de otro tiempo, de lugares comunes sacados de otras existencias. Estuvimos un rato contemplando esos árboles de piedra que se sumergen en la noche hasta alcanzar el cielo. Hay siempre una nota de misterio en esas catedrales imposibles, en esas piedras que forman paredes y en esas paredes que juntas, de formas diversas, recuerdan el lugar sagrado que habita en nosotros. Nos quedamos quietos, contemplando, meditando, deteniendo el instante para convertirlo en infinito. Eso ocurrió, porque los templos, los interiores y los exteriores, son precisamente eso, puertas al infinito.

Seguimos hasta el albergue silenciosos, paseando tranquilos como si fueran miles de cosas las que quisiéramos compartir sin que pudieran salir más que con silencios y miradas. En el albergue nos abrazamos, le miré a los ojos y le dije: “Gracias por tu Camino”. Realmente, los días que habíamos pasado juntos los había hecho diferentes, más alegres, porque hay personas que tienen esa capacidad extraordinaria de contagiar vida y alegría con tan solo su presencia. Así que gracias amiga por tu mágica presencia… y hasta siempre.

La mañana de hoy amaneció con niebla. A la salida de Burgos me paré a leer una placa bajo la estatua de un peregrino de bronce que me pareció hermosa: “cuando el viaje llegue a su fin saldrá la estrella de la tarde y las armonías del crepúsculo se abrirán ante el pórtico del rey”. En ese momento una simpática peregrina italiana se unió a mi lento caminar y al poco de andar juntos salió un radiante y milagroso sol. Marta, una joven doctora de Génova se casará en septiembre y quería hacer parte del camino para meditar sobre esa importante decisión. Mezclando italiano, inglés y español no paraba de hablar y contar anécdotas de todo tipo. Me acompañó durante tres horas y luego continuó un poco más mientras compartimos un plátano y algo de chocolate antes de la despedida. Mi cuerpo, cansado, prefirió descansar tras seis horas de jornada bajo un paisaje radicalmente diferente al de ayer. No había nieve, el frío era soportable y la compañía agradable.

Nos asomamos a los campos recordando tantas y tantas cosas de estos días. Contemplamos los trigales verdes y las fuentes que de vez en cuando aparecían para saciar al sediento. Había nubes que parecían naves transportadoras de ilusión y gracia que dibujaban hermosas figuras con su sombra. Paseaban pacientes por un cielo azul decorado por una luna menguante que parecía tímida ante el radiante día. Al contemplarlas comprendíamos que todo está bien. Que lo sobrenatural, lo increíble, lo sorprendente y extraordinario de la vida está ahí, ante nosotros, manifestándose en toda su gloria y plenitud. No hacen falta grandes conocimientos, ni grandes experiencias místicas. La verdadera mística está en lo más sencillo. En la plena contemplación de esas nubes, en poder fusionarnos con la brisa y el aleteo constante de todo cuanto respira. Es en ese respirar continuo donde se encuentra la auténtica trascendencia. Es ahí, en las partes finitas de nuestro infinito devenir donde se encuentra toda consciencia superior. Es ahí donde están todas las respuestas del alma peregrina. El desapego es necesario para seguir adelante, comprendiendo que la vida no puede atarse ni detenerse. Todo continua, todo transita, todo cambia junto a la estrella de la tarde y las armonías del crepúsculo. Todo forma parte de un penetrante devenir que fluye incesantemente. Incesantemente…

Día 11. BURGOS


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El trueque fue hermoso. No hubo cantos gregorianos como en otros años, pero sí un canto de la naturaleza increíble y único. Cuando despertamos de madrugada no podíamos imaginar que el decorado iba a ser tan majestuoso. La nevada era impresionante. Muchos peregrinos se lo pensaron antes de salir. Pero el Camino estaba ahí, esperando nuestras huellas. Salí de nuevo en solitario entre la niebla y la nieve que caía sin parar y que se calaba en todas partes. El dolor ya no existía, solo la templanza ante la adversidad y la belleza, solo la determinación y la fuerza que nos arrastra incluso en los momentos más difíciles.

Alguien decía que el amor no puede ir en solitario, sino que necesita de la compañía de la sabiduría y la voluntad. Sin duda hoy había muchas dosis de amor, pero sobre todo, de voluntad. El amor compensaba el paso. El amor al Camino, el amor a los seres visibles e invisibles que se cruzaban entre árboles y montañas. Amor a todo lo que existe y reclama un mínimo de atención. La naturaleza se empeña en mostrarnos todas sus facetas. Hace unos días parecía que estuviéramos en pleno verano, metíamos los pies en los arroyos mientras recolectábamos flores para decorar el Camino. Ahora el invierno se apodera fríamente de los caminos, helando nuestros suspiros y pasos. A nosotros nos corresponde contemplarla y aceptarla, utilizar la sabiduría para desentrañar sus misterios sin juzgar nada de lo que ocurre. Nada es bueno ni nada es malo. Todo es impermanencia y por lo tanto es nuestra tarea aceptar el cambio.

Es así como el Camino te sumerge en una extraña sensación de atemporalidad, de estar fuera de todo tiempo y de todo espacio, en un instante donde ni siquiera las estaciones existen. Cuando caminas, cuando haces tu camino, la amplitud de las cosas es tal, que solo contemplas un espectacular paisaje cambiante que te acompaña silencioso, rompiendo la monotonía de la vida y la existencia.

Ya no preocupa cuantos kilómetros haré al día ni donde dormiré hoy o mañana. Me dejo llevar por las señales y dejo que el propio Camino sugiera los lugares donde reposar y los kilómetros que recorrer. No hay prisa por sacudir el polvo de las botas en ninguna parte. Cada instante, cada paso es un refugio del devenir. Y ese devenir exige dejarse fluir, atreverse, con fortaleza, a estar abierto a todo cuanto ocurra. A veces pasan cosas increíbles ante nuestros ojos sin darnos cuenta, como el goteo incesante de la nieve de estos días, una nieve fina que acariciaba cada rincón de tierra húmeda, cada hoja de árbol, cada piedra, cada peregrino, cada lugar recóndito, a todos por igual.

Creo que debería existir en las aulas una asignatura que fuera esa: El Camino. Como cuando hace unos días me crucé con al menos medio centenar de jóvenes bilbaínos que iban a andar unos diez kilómetros de senda. Me preguntaba, tan distraídos que iban con sus charlas y sus bromas, qué enseñanza sacarían de esa experiencia, aunque fuera corta. ¿Es posible deducir, o intuir, qué nos quiere expresar el Camino? Sin duda hay una enseñanza, o tantas enseñanzas como peregrinos transitamos sus infinitos valles y montañas. Cada uno se hace maestro de su propio caminar. Cada uno saca su propia sabiduría. Porque de alguna forma, el Camino nos hace más sabios, más prudentes, más concentrados, más reflexivos, más atentos a los pequeños detalles que van y vienen, más sensatos a la hora de tomar decisiones.

Como ese ruso que hace unos días intentaba con dificultad colocarse el chubasquero ante la lluvia. Me paré y le ayudé en la labor. Me miró agradecido. Dijo algunas palabras y continuamos cada uno por su camino, pero atentos ante las necesidades del otro. Pequeños gestos, pequeñas muestras de amor incondicional hacia seres que quizás no volveremos a ver en nuestras vidas. Qué importa. El recuerdo de esos gestos que damos y recibimos a cada instante no tienen precio. Gestos que siembran semillas de humanidad, a cada paso, a cada instante. Gestos pequeños que nos hacen grandes los unos a los otros. Gestos minúsculos que colman de belleza el transcurrir de nuestra existencia y la de los otros. Como cuando hoy me paraba a saludar a un centenar de ovejas que recibían la misma dosis de nieve. Estaban tranquilas, pausadas, sin miedo, sin expectativa. Su misericordiosa tranquilidad ante la nevada me llenaron de fuerzas. Su gesto pasivo, su templanza ante esa adversidad fue suficiente para seguir adelante.

Día 10. SAN JUAN DE ORTEGA


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Frío, lluvia, nieve, barrizales imposibles, auténticos ríos en todas las sendas, pies calados, piernas quebradas, pero inevitablemente, espalda recta y mirada firme. Especialmente en un momento donde, tras doce kilómetros de auténtica soledad y suplicio en un bosque interminable, hubo un lapso de desesperación. Me paré en seco y respiré profundamente tres veces. Doblé el cuerpo, volví a levantarme con las manos en cruz y cerré los ojos. Pude sentir el dolor como si fuera una locomotora que aplastara todo cuanto tocara. Pude sentir el viento gélido y la nieve, cada mota de nieve que golpeaba el chubasquero o el rostro inerte. Pude ver como el helado barro se revolvía en los pies y atrincheraba la sensibilidad fuera del cuerpo. No había nada excepto dolor, penetrante dolor.

Pero en ese instante donde la actitud es lo que te da firmeza, también pude recordar la bonita tarde que pasé ayer junto a los tres únicos peregrinos que compartimos profundas conversaciones con los amables hospitalarios. Pude recordar el riquísimo cocido riojano con el que despertamos del letargo hambriento. Y la sorpresa de que alguien había escuchado una conversación y se había enterado de que era mi cumpleaños. De repente apagaron la luz, e iluminados por la fugaz llama de la chimenea, me obsequiaron con un cumpleaños feliz y una improvisada tarta. Al menos hacía más de veinte años que no apagaba unas velas. Así que la emoción fue extrañamente bienvenida.

Y en ese instante vidrioso, anclado en el barro, también recordaba las palabras del hospitalario franciscano sobre El Camino: “no existe el Camino, nosotros somos el Camino”. Esa frase me inquietó y me acompañó toda la mañana. Especialmente en esos doce últimos kilómetros de soledad absoluta, de dolor absoluto, de quiebra. “No existe el Camino, nosotros somos el Camino”.

Cuando me incorporé y abrí los ojos era como si todo hubiera cambiado. Me vino a la memoria la hermosa oración que hicimos en la pequeña capilla del albergue de ayer, con sus velas y su humilde cruz hecha de ramas. Las palabras de los peregrinos, sus historias, algunas duras, muy duras, especialmente la que me tocó leer de una joven que había sido violada por un familiar y hacía el Camino para poder perdonar. Acompañamos la oración con algunos cantos de Taizé y unas bonitas palabras sobre el resurgir y la esperanza de los que caminan, sobre la promesa de seguir adelante pase lo que pase, perdonando y olvidando el pasado, reconciliándonos con el dolor que también forma parte de la vida.

Miré hacia atrás antes de seguir la marcha y apareció el cálido Matt, el californiano que había salido con mi quinta y con el que había compartido buenos momentos junto a los canadienses. Fue como un regalo que me acompañó en el último kilómetro antes de llegar a mi querida San Juan de Ortega. Es un lugar donde los peregrinos no se detienen porque hasta hace muy poco no había ni calefacción ni agua caliente. Esta era mi tercera vez porque siempre me pareció un lugar mágico. Especialmente cuando José María, su antiguo párroco, nos despertaba por las mañanas con música gregoriana y un buen desayuno. Murió hace dos años y ahora ya hay calefacción y agua caliente. Pero hubiera preferido su música y sus tostadas.

Es cierto, no existe el Camino, ¿no es eso lo que decía el Tao? ¿No es eso lo que nos dicen los pájaros y las nubes y los árboles y las piedras? Nosotros somos el Camino cuando el pájaro canta, cuando los árboles renacen en primavera o cuando las piedras habitan templos y puentes. Cada parte de toda esta experiencia forman el Camino. Aquellos caracoles, aquellas sonrisas, el aleteo fugaz de cualquier instante. Nosotros somos el Camino.

Día 9. TOSANTOS


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Esta mañana me levantaba feliz con mis recién estrenados cuarenta años. Desayunamos juntos y antes de marchar subimos al torreón de la iglesia para escuchar en vivo y en directo las campanadas. Fue emocionante a pesar de que el frío que calaba y la nieve que de vez en cuando caía presagiaban un día duro.

Mientras esperábamos en la torre las ocho campanadas, recordaba con todo detalle el especial día de ayer. Al principio sólo éramos tres en el albergue, pero en alguna parte se corrió la voz de que ese lugar era especial y terminamos siendo algo más de treinta. Se creó un ambiente bonito. Las italianas tocaban la guitarra, las alemanas jugaban al ajedrez, los ingleses leían algún libro junto a la chimenea encendida, los holandeses miraban melancólicos por la ventana.

Tuvimos una cena muy especial, en comunidad. Una paella increíble acompañada de pasta. Nos sentamos todos unidos por primera vez en el Camino. En la mesa no había nacionalidades, ni desconocidos. Todos estábamos hermanados por un sentido de comunión hermoso. Allí éramos una humanidad, un sentir. Sin divisiones, sin exclusiones, sin rencillas.

Tras la cena acogedora acompañada por el crujir de los leños, fuimos hasta la capilla y encendiendo unas velas ante la impresionante oscuridad de la iglesia, hicimos una sencilla oración. No importaba si creíamos o no en un ser superior, en un Dios o en el Absoluto. La inmediatez del momento, la comunión de las almas que allí se encontraban unidas por la luz de las velas, por el silencio y por la complicidad peregrina eran suficientes. Había en toda esa escena un calor diferente, una hermandad que nos unía más allá de nuestras diferencias, de nuestros orígenes, de nuestros destinos. Podíamos entrever que realmente las cosas que nos unen siempre son más poderosas que las que nos separan. Que la mirada amiga o la mano tendida siempre son más vigorosas que la debilidad o el miedo.

Por un momento sentí el significado profundo del peregrinar en ese lugar. Aquella cena, aquella sencilla oración, aquel estimulante lugar plagado de historia, habían conseguido trasladarnos por un instante a la esencia del Camino. Ya no éramos turistas, ni despistados curiosos ni anhelantes buscadores. Éramos hermanos y hermanas unidos en el lazo místico. Entendiendo que el Camino no es para hablar, sino para escuchar. Escuchar al otro, a toda la creación que nos rodea, a nuestro interior. Es cierto que el humano se ha alejado del significado de lo sagrado, del misterio, por eso el Camino te ayuda a caminar despacio, sin prisas, para contemplar con calma la motivación que nos empuja a escrudiñar la existencia. El espíritu se afina en la dureza y el esfuerzo y nos arrastra a la riqueza de la vida.

Por eso dormir en el suelo no fue un suplicio. Hasta el punto que pregunté a los hospitalarios si existía algún otro lugar con este espíritu particular y primigenio. Me indicaron que en Tosantos había algo parecido. Y aquí me encuentro de nuevo, tumbado en el suelo, en una colchoneta, en un lugar donde también compartiremos la cena y el desayuno y donde habrá de nuevo una oración, una nueva oportunidad para sentir la comunión de las almas.

Las campanas tocaron, para disgusto de los alemanes e ingleses, a las ocho y cuatro minutos. Bromearon sobre esas cosas de los españoles. Luego cada uno, ante el intenso frío, siguió su camino. El mío fue de nuevo solitario. Silencioso. Recogido. El frío congelaba los pasos y la nieve que caía rauda parecían cuchillas que cortaban el aire. Pero no importaba a pesar del hinchazón del pie izquierdo y el galopante resfriado que ya arrastro. Recordé las palabras de una amiga que ayer me llamó desde Mozambique diciendo: “recuerda el significado de la vieira. La supremacía del espíritu sobre la materia”. Hoy no podía olvidar esa sentencia, porque es la fuerza del espíritu la que arrastraba la materia dolida y frágil.

Día 8. GRAÑÓN


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Siento una extraña emoción mientras contemplo desde la ventana la increíble manifestación de la vida. Una alegría que se mece junto a los inmensos árboles que contemplo ahí fuera, ante el chaparrón de lluvia y el aluvión de viento. Aquí dentro veo la ventana gótica que da a la Iglesia de San Juan Bautista. O sería más correcto decir que estoy ubicado en una de sus alas, donde hoy dormiremos humildemente en el suelo, encima de una colchoneta, a la vieja usanza. Por fin he encontrado un verdadero albergue de peregrinos.

Las inmensas piedras que nos dan cobijo se pierden entre túneles y pasadizos que puedes explorar si la curiosidad te permite seguirlos, abriendo y cerrando puertas sin pudor, sumergiéndote en la historia y en las señales de los canteros que marcaban cada piedra. Las toco y escucho su rumor, su susurro, porque las piedras también hablan, a su manera, y es fácil poder acercar la mano suave, acariciar su textura y dejarte llevar por su propia historia. Toda piedra tiene una historia que contar. Solo hay que acercar la mano, cerrar los ojos y ser piedra.

Y eso hacía asombrado nada más ducharme tras un día duro de lluvia, viento, frío y algo de nieve al final del camino. Envolverme en la historia del lugar, tocar un poco el piano que acompaña al cálido salón decorado de gótico, de muebles antiguos y de una inmensa chimenea que espera ser encendida. También toqué un poco la guitarra. Suave, muy suave, como cuando tocas la fina piel de tu amante, sintiendo cada pulsación, cada armónico como si fuera el mismísimo ocaso de los dioses. Hacía tanto tiempo que no tocaba esas suaves y delgadas líneas. Hacía tanto tiempo que no me dejaba llevar por el baile sigiloso de sus cuerdas.

Este lugar está fuera de la ruta turística de aquellos peregrinos que buscan todo tipo de comodidades a bajo coste. Aquí no hay camas, solo un contagioso calor humano. Seguramente seremos pocos los que pasemos aquí la noche. Disfrutaremos a las ocho de la cena comunitaria y a las siete de una misa en familia. Cuando llegas a este lugar no hay nadie. La puerta está abierta y te reciben dos carteles. El primero dice lo siguiente con respecto al donativo a ofrecer: “deja lo que puedas o coge lo que necesites”. Esta forma de obrar lo he podido ver en otros rituales, en otras enseñanzas. El apoyo mutuo en su máxima expresión. Un ritual propio de las antiguas logias de constructores, donde existía una caja común y de apoyo al que lo necesitaba. Esa debería ser la consigna de nuestra sociedad: ayuda al que puedas y solicita ayuda si lo necesitas.

El segundo cartel te recibe con frutos secos y una gran tableta de chocolate, dándote la bienvenida: “bienvenido peregrino, esta es tu casa”. Realmente así nos sentimos. La nevera está llena de comida que se puede utilizar, un ajedrez para relajar la mente, las piedras y sus susurros, el piano, la guitarra, la chimenea, libros por todas partes, peregrinos amables que llegan y se asombran de la belleza y el espectáculo del lugar…

Y la extraña emoción tiene que ver con un día muy luminoso que empezó hace unas jornadas en Estella. Pasé todo el día caminando junto a una hermosa peregrina que me empujó a subir las interminables escaleras de la Iglesia de San Pedro de la Rúa. Casi no pude llegar hasta el final, pero mereció la pena, porque diez minutos antes de que cerraran, nos atendió muy amablemente Javier, el hombre que cuidaba de aquel santo lugar. Empezamos a hablar y nos enseñó alguno de sus secretos. Al final de la conversación, con una convicción profunda nos dijo: “haced lo posible por pasar una noche en Grañón, es un lugar muy especial.” Lo que nunca imaginé es que de forma inconsciente, los pasos se hayan adaptado para que justamente hoy cayera rendido en Grañón. Y digo justamente hoy porque hoy, a eso de las dos de la madrugada, entraré en una nueva revolución solar, dejando atrás la década de la treintena y entrando de lleno en los cuarenta. Y el destino no podía haber elegido un lugar tan increíble como este para nacer de nuevo. Una Iglesia, la de San Juan Bautista, cargada de susurros que puedo escuchar en sus piedras y en su misterio. Precioso regalo de cumpleaños, precioso momento poético.

Día 7. AZOFRA


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Hoy no ha sido un día en solitario. Me acompañaban el frío y la lluvia. También los caracolillos que iba apartando del camino para que no fueran pisoteados por algún descuidado peregrino. Eso ha sido lo más emocionante que ha pasado hoy. Mi cruzar continuo con caracoles que habían salido con la lluvia.

Los paisajes eran especialmente tranquilos. Viñedos y viñedos que se agolpaban saludables unos con otros. Al fondo unas montañas nevadas y el ancho horizonte como guía. Como la soledad parecía de nuevo la norma, me tomé el día como un paseo bajo la lluvia. Andaba despacio y a diferencia de otros días, me paraba una vez por hora para dejar descansar los pies. Lo malo de pararse es que cuando los pies se enfrían luego cuesta mucho volver a arrancar. Pero hoy asumí el riesgo e intentaba parar en cada pueblo y en cada rincón. Siete horas de paseo. Siete horas de reflexión en el día séptimo. Una semana caminando. Parece que lleve toda una vida haciéndolo, como si la existencia pudiera resumirse en ese simple gesto: caminar.

Mientras iba apartando caracolillos de uno y otro bando del camino, observaba los montículos de piedras que se van acumulando año tras año en los bordes. Los peregrinos se entretienen en despejar el Camino de piedras. Es una bonita tarea conjunta que hace que otros peregrinos puedan disfrutar del mismo sin tropezar en unas y otras. La falta de concentración o el simple descuido pueden provocar una mala pasada, como le ocurrió a un australiano hace dos días, el cual se abrió una brecha al tropezar con una de ellas.

La reflexión es profunda cada vez que veo esos montículos que se acumulan a los bordes de todas las sendas. Si cada peregrino quita un guijarro, una piedra, llegará un momento en que otros podrán deslizarse por las mismas sendas de forma más suave. No deja de ser un gesto de generosidad, de comunión con el grupo, de intentar, aunque sea de esa forma tan sencilla, allanar el camino al otro.

Y eso me hace pensar en la solidaridad que nace entre todos los peregrinos. Todos se ayudan, todos se guían unos a otros, y se acompañan y comparten trozos de vida y experiencia. Realmente es maravilloso todo lo que se despliega en esas horas a veces de dolor, otras de silencio, algunas de soledad. El amor que nace entre unos y otros es extraordinario. Están todos atentos para que no te equivoques. Aún recuerdo con mucho cariño cuando torcí una calle en Arre porque quería ver con más detalle alguna cosa. Enseguida una hermosa mujer me avisó de que por ahí no era, de que el Camino seguía por otra ruta. Le di las gracias y le indiqué que solo serían cinco minutos. Pero ese gesto espontaneo y sincero me hizo sentir seguro, pleno, feliz, acompañado. No estaba solo, no estamos solos.

Sería tan hermoso que en la vida siempre fuera así… Que fuera el apoyo mutuo y la solidaridad lo que guiaran nuestras vidas, y no el egoísmo y la ceguera que a veces nos posee. Sería tan hermoso poder ser siempre humanos completos capaces de dar sin exigir, quitando piedras del camino y allanando la existencia a las venideras generaciones. Mañana seguirá lloviendo según el pronóstico. Seguiré atento a los caracolillos y a las piedras del camino.

(Foto: Como no llevo ni mapa ni guía ni sé donde pararé el próximo día, cuando hoy he visto el letrero de que faltaban 581 km. me ha sorprendido. ¿Cuantos días son esos? O mejor dicho, ¿cuantos pasos más debo dar para completar ese recorrido? Realmente no importa. No los cuento. El Camino verdadero no es llegar a Santiago, el Camino es caminar, es el propio Camino).

Día 6. NAVARRETE


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Siento decir que hoy ha sido un día especialmente duro, con momentos de lucidez, pero duro. Empecé a caminar perezoso y lleno de dolores a eso de las siete. A los dolores propios había que sumar algún tipo de indigestión y un malestar generalizado que me acompañó todo el día. No me desanimé por ello y continué, además, haciendo doce kilómetros más de lo habitual.

Como todas las mañanas, andaba solo y así permanecí toda la marcha. Hoy los peregrinos se habían dispersado. Incluso el pequeño grupo de canadienses con el que últimamente recorría parte del camino había decidido sumergirse en la soledad y la desbandada. Es como si hoy la dureza se agudizara y la alegría diera paso al estupor y el aturdimiento tras abandonar tierras navarras y entrar a caminar entre viñedos riojanos.

A las dos horas me volví a cruzar, como todos los días desde que empecé el Camino, con Marie Anne. Ha sido la única persona con la que he viajado casi de continuo, coincidiendo en los mismos albergues y en los mismos tramos. Los dos primeros días solo compartíamos la complicidad de las miradas y las sonrisas. Los tres últimos días nos volvimos casi inseparables. Silenciosamente inseparables, porque prácticamente no hablábamos nada. Nos conformábamos con el caminar juntos en silencio mientras yo silbaba alguna melodía o ella se paraba a fotografiar alguna flor. La mutua presencia no nos disgustaba, más bien era como pasear con un viejo amigo con el que has compartido muchas cosas. Siempre que nos cruzábamos nos alegrábamos y continuábamos juntos. A veces salía yo primero del albergue y otras veces era ella, pero a las dos horas de trayecto, en alguna parte, siempre coincidíamos. Comíamos algo juntos en silencio, descansábamos en silencio y entrábamos a las iglesias en silencio.

Sin embargo, cuando esta mañana nos cruzamos de nuevo, me pidió soledad y se la di. Nos cruzamos un par de veces en el Camino y me despedí de ella, con un guiño silencioso y una sonrisa del alma, antes de entrar a Logroño. Ella se quedó allí y yo preferí continuar, algo extenuado, doce kilómetros más.

He querido compartir esta bonita historia porque muestra otra de las enseñanzas del Camino: nada permanece, todo cambia, todo es impermanente. No podemos aferrarnos a los bonitos albergues ni a los bellos paisajes ni a los increíbles peregrinos con los que nos cruzamos porque todo cambia constantemente a medida que avanzas, e incluso las personas entran y salen de nuestras vidas incesantemente. Son pocos los que realmente permanecen hasta el final. Muy pocos. La impermanencia es constante en cada paso, por lo tanto, el desapego es continuo. No puedes aferrarte a nada ni a nadie. Ni siquiera al dolor. Solo podemos sumergirnos en él, abrazarlo y sentirlo como parte de la vida. Duele, claro que la vida duele, pero hay que seguir adelante.

Y hoy, a pesar de que en los dos últimos días habíamos atravesado ya la barrera psicológica del dolor mental, este se agudizaba en cada paso. Especialmente por esos doce kilómetros extras que han hecho que llegara tarde y extenuado al albergue rodeado de caras nuevas y de gente nueva, todos diferentes a los de los días anteriores.

He seguido la rutina intentando no perder la concentración. Sacar la ropa limpia de la mochila, ir a la ducha, lavar la ropa sucia del día, tenderla y empezar a trabajar un poco. Rutina que hacía ante la extrañeza de no cruzarme con las caras conocidas. Es curioso como les coges cariño a unos y a otros y es curioso como luego los echas de menos. Sin duda, mañana el Camino será totalmente diferente sin ellos.

Hubo un momento de lucidez a las afueras de Logroño, en un hermoso bosque que rodeaba un gran lago. En la soledad y el cansancio del momento, pude ver como se acercaba tímida una ardilla. Cuando desapareció, el viento empezó a soplar en la alameda haciendo que sus semillas parecieran copos de nieve cayendo en la hierba. Todo estaba blanco de repente. Sentí como si yo mismo, alejado de las quejas y los dolores, fuera un copo más que caía suave dejándose mecer por ese instante. Quería caer y sumergirme en la tierra, echar raíces y ser árbol. Quería desligarme por un momento de ese trozo de carne que somos, que sufre o se alegra o se desvanece entre el canto cósmico de las estrellas. Cuando terminó el espectáculo, se cruzó una ágil y gran serpiente en el camino que me devolvió a la realidad. Sentí de nuevo el dolor y continué caminando.

Ante la falta de estímulo peregrino y la extrema soledad del día, he tenido la suerte de sentir como otros peregrinos del alma estaban ahí, animándome con sus palabras, sus mensajes, sus llamadas. He recibido esos cuidados del alma que no sé como agradecer y que me han dado aliento a cada paso, a cada momento. Así que gracias de corazón por vuestro impulso, especialmente gracias a E., que ha estado a cada instante protegiéndome del desmayo y la recaída. A veces aparecen este tipo de ángeles que te guían y te dan aliento. No sé como ocurre ni sé con qué pretexto, pero siempre aparecen y te abrazan y te rozan con sus almas limpias y puras.

Y ahora la tarde sigue. Celebraremos la fiesta de la luna llena de Tauro y el Wesak en silencio, con los peregrinos del alma que esperan en algún valle del Himalaya.

Mañana echaré de menos la sonrisa de Marie Anne, pero la vida continua, y el largo Camino sigue.

(Foto: La soledad de hoy se reflejaba en un camino vacío de almas. En la primera foto, la última vez que me crucé con Marie Anne, la cual, por primera vez vi sola en el Camino. En la segunda, al fondo, Navarrete, un poco antes de llegar al final).

Día 5. TORRES DEL RÍO


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Escribo desde Torres del Río, desde el mismo albergue donde estuve hace seis años. María, la hospitalaria, nos recibe con un trato familiar que siempre es de agradecer. Hoy el paisaje era totalmente diferente. Suaves prados cargados de trigales que se mecían con el viento cambiando de color. Parecían delicadas olas sobre un mar verde y dorado que acariciaban nuestra vista deslumbrada por la magia del momento. Nos parábamos para contemplar el espectáculo y escuchar el sonido de la brisa rozando cada verdor, cada instante. En ese momento de estupor, era como si todo lo existente se parara. Todo menos el aleteo dócil del viento contra el prado. Al poder observar esos instantes nos dábamos cuenta del regalo que supone estar vivos, ahí quietos, observando impasibles el espectáculo de la vida.

Después del tumulto de ayer, del ir y venir de peregrinos alegres y felices, hoy ha sido un día más tranquilo, más solitario, aunque también plagado de cruces de camino. Salí el primero del albergue algo pasadas las seis y conseguí caminar en solitario al menos tres horas. A las diez suelo parar dos o tres minutos para comer algo ligero antes de continuar. Por alguna razón que desconozco, he perdido el apetito en esta aventura.

Luego, poco a poco nos íbamos cruzando unos con otros bajo el abrasador sol que por suerte, venía acompañado de una fresca brisa. Saliendo de Ayegui había dos posibles direcciones. Cogí el camino de la izquierda. Supuestamente era más corto, pero estaba peor señalizado, lo que hizo que me perdiera y terminara en una carretera inhóspita. A veces los caminos más cortos no son los más seguros ni los más rápidos. Esa experiencia me hizo pensar sobre los caminos paralelos de la vida. El seguir uno u otro y el ver, años más tarde, a veces muchos años más tarde, que te encuentras en el mismo punto de partida porque elegimos otro camino. De nuevo aquí y ahora, sin haber avanzado nada, o encontrándonos en una especie de nueva oportunidad para volver a empezar de nuevo. Eso se sabe cuando alguna vez has podido intuir cual es tu camino, tú propósito vital en la vida. ¿Es eso posible? ¿Cómo saber cual es nuestro propósito? ¿Existe realmente? Creo que existe, al igual que los peregrinos creen que este Camino conduce a un lugar que llaman Santiago. Y por eso caminan con fortaleza y decisión, a pesar del cansancio y el agotamiento diario: saben cual es su propósito, su meta, el final del Camino.

Me gusta preguntar a los peregrinos cual es su propósito interior y personal a la hora de emprender el viaje. Para muchos, la mayoría, es un punto de inflexión en sus vidas, un tiempo de reflexión para saber ese “ahora qué”, o para dar continuidad a algo emprendido, una especie de confirmación de “sí quiero”. Sin duda, para la mayoría, será un antes y un después. Dependerá mucho de la capacidad de poder respirar el Camino, de poder sentirlo en las entrañas más profundas.

Recuerdo que la primera vez que hice el Camino era muy joven. Lo preparé con sumo cuidado desde los dieciséis años. Iba a las bibliotecas a pedir libros que pudieran orientarme. Más tarde compré algunas guías. Era inexperto. No conocía el Camino. Estuve algún verano trabajando para ahorrar algo de dinero y poder comprar una bicicleta y así hacer el trayecto en bici. Era una época de muchas cuestiones existenciales, vivenciales y filosóficas. Ocurrieron cosas increíbles en todo el viaje. Conocimos a personas que nos inspiraron de por vida y que sirvieron de guía para muchas cuestiones. Éramos jóvenes y estábamos mucho más abiertos a cualquier estímulo. Observantes, cargados de vida, con ganas de aprender.

Una de las cosas que recuerdo con más claridad es que en aquella época llevaba ya dos o tres años prácticamente sin comer carne. Me estaba volviendo extrañamente vegetariano, y digo extrañamente porque en ese tiempo la palabra “vegetariano” casi no existía en el diccionario español. Sin embargo, en todo el camino comí algo de pescado porque me resultaba difícil tener una disciplina alimentaria correcta. Al final del Camino, ya en Santiago, conocimos a dos hermosas alemanas, diez años mayor que nosotros, que eran radicalmente vegetarianas. Eran muy alegres y estaban siempre cantando y haciendo bromas. El conocerlas fue para mí un hermoso testimonio que se contagió. Recuerdo que la última noche fui, para celebrar el final de toda la aventura, a un restaurante. Parecía casi un mendigo con mis barbas, mi pelo desaliñado y mis ropas de peregrino. Pedí el menú y cuando llegó el segundo plato de patatas con carne, me comí las patatas y dejé la carne tras una larga meditación junto a ese plato. El camarero se extrañó y me preguntó si todo iba bien. Le sonreí en uno de los días más felices de mi vida y le dije: “todo está perfecto”. Dejé una buena propina para que no se sintiera mal y me marche pleno. Fue ese día, en el Camino, cuando comprendí algunas cosas sobre la sensibilidad hacia otros seres. Y hoy, mientras comía un risotto buenísimo en Arcos, recordaba la dureza interior de aquel primer Camino.

Día 4. AYEGUI


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Hoy lucía un sol increíble. El día parecía una continua expresión de vida. Había flores por todas partes, multicolores de formas que podían elevar su sintonía silenciosa con la simple expresión de su belleza. Todos los peregrinos parecían contentos y alegres, satisfechos por el regalo de la travesía. Unos cantaban, otros sonreían, a veces metíamos los pies en el agua de algún afluente o río o nos tumbábamos en la hierba durante rato. No había prisa por llegar a ninguna parte. Todo estaba bien.

Cuando nos cruzábamos unos con otros, compartíamos alguna palabra, no importaba si era en portugués, en inglés, en francés o alemán. En el Camino todos se entienden, especialmente en cada encuentro cuando todos claman, en un solo idioma, ese entrañable “buen camino”. En esta vía larga pero estrecha, todos son hermanos y hermanas amables, dóciles y felices que se ayudan y se protegen.

Pensaba sobre estas cosas mientras observaba cada gesto y mientras parábamos a beber agua en las fuentes o entrábamos sigilosos o respetuosos a cualquier templo que tanto abundan por estos lugares. Reflexionaba sobre los signos, inequívocos para el alma peregrina. Están en todo el Camino. No hay pérdida posible. Sin embargo, a veces nos distraemos y desaparecen de repente. Entonces nos perdemos y tardamos un buen rato en retroceder hasta el lugar adecuado. Retroceder cuando te equivocas es una gran enseñanza del Camino. No importa si erras y pierdes el rumbo. Siempre puedes retroceder, volver a mirar atrás y perseguir de nuevo las huellas, las señales.

Observo que en las ciudades o en los pueblos es más fácil perderse. Los tres primeros pueblos que atravesé logré perderme y hacer algún kilómetro de más. Al concentrarme y ver que no había ninguna señal, era relativamente fácil darse cuenta de que algo no iba bien. Una de las enseñanzas del Camino es la siguiente: “si durante un buen rato no ves señales, retrocede, ese no es el camino”.

Es un buen símil para la vida real. Las ciudades están llenas de estímulos. Es tan fácil distraerse, voltear la mirada hacia cualquier parte excepto hacia la esencia de las cosas. Entonces perdemos nuestro centro, nos desconectamos de la naturaleza del viaje de la vida y desorientamos el rumbo. Puede llegar un momento en que nos preguntemos: ¿qué hago aquí? ¿hacia donde iba? Trabajamos toda la vida sin vivir la vida, sin experimentar las lecciones que acontecen en la experiencia inevitable. Luego todo se pierde o todo se apaga y al final de nuestros días vendrá el inevitable examen de consciencia: ¿he vivido la vida? ¿he experimentado el Camino?

Pero por suerte, a veces despertamos antes del final. Llega un momento inevitable en que paramos, y las señales se imponen si mantenemos cierta atención, si estamos alertas y despiertos. Entonces todo se manifiesta de forma diferente. ¿Y cómo podemos ver esas señales en nuestro camino personal? Primero debemos saber a donde queremos ir, segundo, encontrar nuestro Camino y tercero, caminarlo sin miedo, sin prisas, sin pausas, abiertos al amor de la experiencia.

Eso hicimos hasta llegar al peculiar albergue de Ayegui, a pocos kilómetros pasado Estella. Cerca de aquí está la fuente del vino de Iratxe y un buen grupo con un grado mayor de alegría querían ir hasta allí. Eso hemos hecho esta tarde. Como no bebo vino, aproveché la alegría del grupo para despistarme y subir hasta el Monasterio de Iratxe. Allí estuve unos minutos en silencio dando gracias por seguir en la senda, por no perderme y saber ver las señales. Como digo, las hay por todas partes. Solo hay que estar atentos para verlas y seguirlas.