Dos fórmulas para apaciguar las emociones


© @christophermphoto

Recordaba hoy cuando de estudiante repartía pizzas para sacar algo de dinero y acabar con cierta dignidad mi primera carrera. Mis padres me estuvieron ayudando durante tres años muy difíciles para ellos y el cuarto intenté costearlo trabajando de todo lo que pude. Tiempo atrás también había trabajado buzoneando todo tipo de propaganda o incluso de guarda de seguridad. Llegué a trabajar en una caja de ahorros, vestido con mis inolvidables Martinelli, con aquel traje verde de la época y mi corbata cargadita de primaverales florecillas. Me encantaba aquella corbata a juego con todo lo demás. Eran tiempos de apocalipsis porque, según Nostradamus, el final de los tiempos estaba cerca, así que vivíamos la vida con una intensidad desmesurada. Las diferentes quiebras que a lo largo de la vida fuimos sufriendo nos ayudó a pensar que el final de los tiempos nunca llegaría, que todo ese miedo era un producto más de Hollywood, la cual alimentaba sus arcas a base de películas gore llenas de sangre y guerra.

En estos momentos hay más de sesenta guerras activas en todo el planeta. Es algo espeluznante. Pero el hecho de que Rusia, una potencia nuclear, se haya metido a hacer la guerra tan cerca del mundo occidental nos da cierto temor. De momento ya estamos viendo los efectos de la guerra en el plano material, pero también empieza a hacer estragos en el plano emocional. Tenemos miedo, vivimos en el miedo. Tras el miedo y el pavor sufridos en tiempos de pandemia, ahora una potencia nuclear amenaza al mundo conocido de forma reiterada. En las redes sociales hacen broma porque nos hemos quedado sin aceite de girasol y la gasolina está por las nubes. Pero no tiene nada de gracia. Millones de personas han perdido su hogar y miles de niños deambulan perdidos buscando un lugar seguro.

Nuestra casa de acogida se está preparando interiormente para lo que venga. Acoger refugiados ucranianos será toda una prueba de fuego. Es lo mínimo que podemos hacer. Yo mismo me he retirado unos días para poder gestionar bien mis emociones, el reto que esto supone, la tensión de todo lo que hay que movilizar para poder acoger material y psicológicamente a todas estas personas. La soledad apabullante que uno siente interiormente ante este tipo de retos es enorme, y la gestión de todas esas emociones descontroladas a veces nos superan. Por eso estos días he optado por el silencio, por el retiro, trabajando en la editorial todo lo que puedo para dejar al día algunas cosas antes de que venga la gran prueba.

La guerra me ha traído sensaciones extrañas. Melancolía, tristeza, abatimiento, congoja, ahogo, pesimismo. Me siento egoísta hablando de estas cosas mientras cientos de personas mueren de la forma más terrible. Me avergüenzo incluso de dedicar un solo segundo de tiempo a escribir mientras todo esto ocurre. Pero necesito, al mismo tiempo, desahogarme y empatizar con todos aquellos que sienten lo mismo. Me refugio en la escritura y me refugio en la posibilidad de buscar luz en tanta oscuridad.

Además de estos refugios etéricos, calmo mis emociones con dos fórmulas infalibles: con actividad y con correcta concentración en el plano mental. La primera fórmula, la actividad, me mantiene activo y alerta. Hacer mil cosas puede crear un ambiente diferente que apacigüe las emociones más pesadas. La correcta concentración hace, desde el plano mental, que todo cuanto hacemos desde la actividad tenga algún sentido positivo. No vale hacer por hacer, hay que hacer algo inteligente, auténtico y efectivo.

Aunque no se hable mucho de esto, a su vez, la actividad, la emoción y el pensamiento deberían ser guiados por lo que algunos llaman consciencia, alma o propósito mayor. Las emociones de melancolía y tristeza pueden ser reorientadas hacia una actividad inteligente, pero, también pueden ser dirigidas desde lo más profundo del alma. El alma es aquello que puede divisar el panorama con perspectiva mayor, y por lo tanto, su guía siempre será más sabia que lo que pueda ejecutar una mente entrenada o una voluntad férrea. El ideal es que todos nuestros instrumentos de actividad material, de estados de ánimo, de emociones y pensamientos se pongan al servicio de nuestra consciencia. Será ella la que nos alineará hacia un profundo sentido, incluso en tiempos tan complejos como los de ahora. Que el miedo no nos venza, que la tristeza de la guerra no pueda con nosotros. Tenemos que trabajar para construir la paz, cumpliendo siempre con nuestra parte en el propósito.

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Valor y precio


© @jonathanchritchley

Estos días recibíamos algunas críticas en las que nos decían que éramos excesivamente puritanos. Nosotros nos gusta decir que somos coherentes, en la medida de nuestras posibilidades. Tenemos unos valores e intentamos poner en práctica sus principios. No fumar, no beber, no consumir drogas, tener una dieta vegana o no comercializar con las cosas no es ser puritano, es buscar cierta coherencia en nuestras vidas.

Nos quejamos de que hay guerras en el mundo, pero no hacemos absolutamente nada para que dejen de existir. Culpamos a las élites, a los gobiernos, olvidando el principio hermético de que esas élites y esos gobiernos existen porque somos nosotros los que compramos sus productos, los votamos o intentamos imitar sus ritmos de vida.

La mayoría de las crisis que enfrentamos en nuestros días son producidas por la creencia de que estamos separados, de que cada uno de nosotros, desde un egoísmo mal comprendido, debemos luchar contra el otro para dar paso a la supervivencia. Nos creemos separados los unos de los otros y nos creemos separados de la biosfera, de la naturaleza, del propio universo, de nosotros mismos. No existe un relato persuasivo de lo trascendente de la vida. Perdimos la conexión primordial con aquella extinta era axial que ya no recordamos. Y por lo tanto, sentimos una separación que nos destruye día a día, que nos separa, que nos divide, alejándonos inevitablemente de nuestra más profunda esencia.

La separación viene precedida por nuestros pensamientos egoístas, donde en nuestra propia escala de valores, lo que importa es aquello que tiene precio, no aquello que tiene valor. El precio determina toda nuestra vida, y relegamos el valor de las cosas a un segundo plano. El precio es aquello que nos divide, que nos separa. Vendemos nuestro tiempo al mejor postor, al mejor precio, a aquello que creemos importante porque de alguna manera nos dará réditos futuros o inmediatos. Vendemos con ello nuestra alma, toda nuestra vida. En cuanto elegimos entre precio y valor, nos estamos vendiendo, estamos alejándonos de lo esencial del nosotros.

Cuando elegimos, por poner un solo ejemplo, el trabajo sobre el amor, estamos obviando al ser humano que somos y estamos apostando por la máquina calculadora del rédito. Cuando en nuestra escala de valores, en nuestras prioridades más inmediatas, elegimos tiempo para acumular, para comprar, para gastar, para todo aquello que nos impulsa egoístamente hacia una mejora material, y se lo restamos a la pareja, a la familia, a nuestros hijos, estamos errando el rumbo entero de la humanidad.

Cuando no somos capaces de valorar aquello que jamás puede tener precio por su incalculable valor, y hablo aquí de los intangibles como la amistad o el amor, la generosidad o la empatía, de alguna manera, nos alejamos de nuestra esencia primordial. Hay cosas que tienen tanto valor que jamás podremos ponerle un precio. Hay cosas que jamás podrán comprarse ni venderse. Cuando nosotros no cobramos por la acogida que realizamos al otro, sea el otro el que sea, es porque admitimos que la vida del otro tiene un valor incalculable, así como nuestro tiempo, nuestra entrega y nuestro servicio. Cuando decidimos no consumir drogas ni tabaco ni alcohol es porque consideramos que nuestros cuerpos tienen un valor infinito. Y cuando decidimos no comer animales es porque pensamos y creemos firmemente que esas vidas inocentes tienen un valor imposible de pagar. ¿Cómo es posible que aún en nuestra consciencia podamos pagar con dinero la vida de otro ser vivo?

Pensar inclusivamente desde esta experiencia espiral es alejarnos del mundo lineal de occidente y del mundo circular de oriente. Los puntos que nos separan y los círculos que nos estancan se pueden alinear en un pensamiento espiral donde podamos incluir todo y evolucionar conjuntamente. Cuando entendemos profundamente el valor de las cosas, desaparece el concepto tiempo-dinero-resultado y entramos en la espiral del beneficio mutuo, del crecimiento mutuo, de la evolución conjunta. La separación nos aísla y distancia, el apoyo mutuo y la cooperación, el trabajar juntos como un equipo comprensivo y amoroso, nos engrandece. La experiencia de un pensamiento espiral es la experiencia de una vida que se entrega a la Vida.

Valor y precio. Dos formas de vida completamente diferentes. Una forma de vida, la del precio, alineada con el miedo y el egoísmo. La otra, la del valor, alineada con la vida de la consciencia y el alma, con todo aquello que nos dicta lo más profundo del corazón. Sigue al corazón y busca el valor de las cosas, no su precio, no su resultado, no sus objetivos ni ganancias. A veces hay que perder para ganar. A veces no nos queda otro remedio que buscar el valor de las cosas para sentirnos realmente humanos.

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Feliz, primaveral, enamorado


© @robertsalisburylandscapeart

Lo repito todas las mañanas desde hace más de un mes en los círculos de consciencia que hacemos en la casa de acogida. Es una forma de dar las gracias a la vida por este inmenso regalo. Llevo unos días melancólico por la impotencia de la guerra. A penas he podido escribir, y a penas he podido hacer nada. Solo mirar por la ventana, observar el bosque, los abedules, los pajarillos comiendo en el comedero, el invierno frío pero al mismo tiempo primaveral.

Una vez escribía en un periódico brasileño. Tenía una sección que se llamaba “Desde mi ventana”. Me invitaban todos los meses a escribir en español alguna impresión sobre la vida y la existencia. Desde mi ventana ahora contemplo el mundo, el bosque, los prados verdes, la fragancia de la vida pura, esperando a que algo ocurra más allá de ese marco conceptual que me separa de la realidad. Es una sensación hermosa al mismo tiempo que excitante. La melancolía golpea cada rincón del bosque al mismo tiempo que viene acompañada de cierta esperanza. La espera, no me sirve, decía el poeta, pero ahora me acompaso con ella, me duermo con ella, me despierto con ella.

Amar en tiempos de pandemia, amar en tiempos de guerra, amar en tiempos de amenaza nuclear y de destrucción masiva de toda la complejidad humana. Es una paradoja extraña el pensar que si estuviéramos ante el mismísimo final de los tiempos, podré decir que encontré sin duda a la mujer de mi vida. A esa con la que siempre soñé, a esa que sabe volar, como aquella María Luisa de Oliverio Girondo. Tanto tiempo buscándola, y ahora, como decía ese poeta, por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Esto es difícil de explicar. No se puede explicar una sensación nacida de las estrellas, de la bóveda celeste, de lo más profundo del mundo platónico. Es como si no hiciera falta palabras pedestres para describir algo indescriptible, algo que crea una llama indestructible. Es como si de repente el mundo tuviera sentido, como si todas las piezas de un gran puzle encajaran perfectamente. Miramos el mundo desde otra visión. Entendemos el amor desde otra dimensión. Un amor tejido no ahora, sino en otro espacio-tiempo en un universo muy lejano.

Feliz, primaveral, enamorado. Es algo que provoca una reacción profunda en mi interior. En nuestro interior. Dos personas que se aman, dos almas que se reconocen, dos seres que apuestan sinceramente por completar el ciclo maravilloso de la Vida, el Amor y la Consciencia. Es un ciclo que requiere paciencia, ternura, cariño, dedicación, protección, fortaleza, perseverancia, entrega, rendición, fe, esperanza, humildad, amor, amor, amor.

Es cierto que estamos en guerra, en pandemia. Quizás por eso más que nunca sea necesario hablar de amor, expresar amor, enamorarnos del mundo, de la vida, de nuestro ser amado. Es tiempo de entregar a la vida aquello que el ser humano está robando. Es tiempo de apostar por un mañana generoso aunque ahora todo se perfile desesperante en el egoísmo y la sinrazón. Es tiempo de amar, es tiempo de primavera, es tiempo de pasión y entrega. Sí, feliz, primaveral, enamorado. Algo urgente, algo necesario, algo inaplazable. En tiempos de guerra y terror, de miedo y peste, toca amar. Amar con desesperación, con arrebato, con locura. Amar como nos amamos ella y yo, de forma desenfrenada, dulce, divertida, entregada. Haciendo el amor volando.

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Guíanos luz en la oscuridad brillante


«El que sabe pensar, pero no sabe expresar lo que piensa, está al mismo nivel del que no sabe pensar». Pericles

Hay seres que desprenden luz, mucha luz. La tejen a su alrededor, la expresan, la comparten. A veces olvidan lo difícil que resulta gestionar esa luz, administrarla con sabiduría. En ocasiones esa luz puede provocar grandes sombras en aquellos que no saben recibirla. La responsabilidad de la luz es ser conocedores de su poder, de su radiación, de su intensidad. Una luz mal gestionada, es una luz desperdiciada. La luz es también sabiduría, al mismo tiempo que es compasiva, amorosa. La luz requiere fuerza, al mismo tiempo que es una energía que dirigimos hacia dentro y hacia fuera. ¡Luz, más luz! Decía Goethe antes de morir. Una expresión propia de los hijos de la viuda, de la cual se apropiaría en su logia Amalia.

Luz en tiempos de oscuridad. Luz en tiempos de incertidumbre, de escalada de tensión mundial, de guerra inútil, de desesperación. Luz y lucidez, como esa capa de nieve que se posa sobre la verde hierba, de forma delicada, suave, tierna, amasando el paisaje con un blanco inmaculado que luego dará fruto. Luz para ver, luz para soñar, luz para crear, luz para vencer todo aquello que impide la vida. Luz para avanzar en la consciencia humana, pacífica, amorosa.

La última frontera de la luz somos nosotros. Si el mundo está oscuro, nosotros podemos encender nuestra vela. Si la noche cae tenebrosa, nosotros podemos ejercer el poder de iluminar al mundo. El primitivo barro no puede mancillar nuestra luz. Debemos encender el fuego de la vida, la llama del amor, la vibrante sinfonía que todo lo ilumina. La luz es poderosa y ejerce consciencia a todo aquello que roza con su éxtasis silencioso. Luz del sol, luz de aquella antorcha tenue, de aquella vela invisible asentada en una pequeña ermita como símbolo de esperanza. Luz de las estrellas, de los átomos musicales, hilozoísta luz.

Luces de neón, incandescentes fuegos en la noche. Luces somos cuando la llama interior se expande en nosotros. Luz, más luz en la tenebrosa noche. Luces que inevitablemente nos alejan de la oscuridad de nuestras cavernas, dejando los miedos, la incertidumbre y la sinrazón apartadas del nosotros. Grandes luces para los juegos nocturnos de cualquier campo de batalla. Luz en la guerra, luz en la miseria, luz en la pobreza, más luz en todos los corazones. Luz en esas pequeñas lamparitas nocturnas que nos permiten acercarnos a la otra luz, a la de los libros, a la del conocimiento, a la de la lucidez inmediata. La luz es una metáfora de la vida, de la consciencia, del amor.

Tu palabra es una lámpara bajo mis pies y una luz en el camino, diría a la enamorada. Guíame hacia el encuentro, hacia ese momento acurrucado bajo las mantas soñadas. Guíame en la larga espera, adueñados de esa perseverancia que solo la luz puede sostener. Guía la brillante luz a través de la oscuridad circundante, guíame tú para seguir hacia adelante en esta oscuridad pesada, áspera, insoportable. La noche es oscura y estoy lejos del Hogar. Guíame tú para seguir. Despierta y brilla, porque tu luz está aquí, que decía el poeta. La luz es calor, contacto, abrazo, encuentro. La luz es conocimiento, la luz es vida, la luz es…. luz. ¡Ira, ira contra la muerte de la luz!

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La melancolía como música natural


Melancolía I, de Alberto Durero

La melancolía es un estado del alma que añora y anhela. Es una forma de salir del exilio al que la vida nos somete en cada encarnación. Hay una evocación profunda cuando suspiramos por algo o por alguien. La vieja voz del océano, el murmullo de los arroyos, que decía el poeta. La melancolía se expresa en diferentes tonos, grados, según sea la garganta que estrangule en su pecho. Es un único lenguaje entonado de forma diferente según el eco de quien la posea. A veces la melancolía evoca deseo, otras terror, miedo a una pérdida inevitable cuando somos poseídos por la incertidumbre.

En el fondo se trata de una música natural. Añoramos la vida del espíritu, añoramos el amor imposible, añoramos riquezas o compañía, amistad o gloria. Siempre tenemos algo que añorar, a veces un recuerdo, o una soledad. La nostalgia nos persigue, es inevitable. Siempre deseamos un mundo mejor para nosotros, los nuestros y el resto de la humanidad. Cuando ese sueño colectivo no se alcanza, crea frustración, tristeza, melancolía. El ser humano no es capaz de alejarse de la sinrazón, de la misma manera que un niño no puede alejarse de sus fantasías.

El Buda afirmaba que existía una cura para el sufrimiento, una liberación posible. La liberación del sufrimiento es el Nirvana, nos decía. El nirvana, en su etimología más profunda, significa apagar, es decir, apagar el egoísmo humano. La extinción del egoísmo es lo que nos permite vencer al sufrimiento. Los síntomas de la enfermedad del mundo es el sufrimiento, por lo tanto, la cosecha constante en nuestro haber del egoísmo más irracional. La aspiración noble de cualquier corazón va en dirección opuesta. Desea amar, desea absorber la esencia del universo entero, esa fuerza centrípeta que todo lo abarca y que todo lo expande. La vida no es más que un reflejo de ese amor, y nuestra melancolía más profunda nace del deseo egoísta, del no poder alcanzar nunca ese estado nirvánico, esa ausencia de egoísmo, ignorancia u oscuridad.

El óctuple camino del Buda para alcanzar el nirvana, es decir, la ausencia de egoísmo, era sencillo: comprensión correcta, recto pensamiento, recta palabra, recta conducta corporal, recta existencia, esfuerzo correcto, atención correcta y concentración correcta. La corrección de todas estas cosas nos aleja, o al menos, nos deberían alejar, del sufrimiento. La incorrección nos acerca inevitablemente a la melancolía, ya que nos alejamos con ella del amor, de la llama de la vida.

Los múltiples estratos melancólicos en los que el ser humano se desvanece son siempre complejos. Un romántico decimonónico vivirá siempre en un estado melancólico. Al igual que el místico que añora su unión con Dios o el rey que desea expandir sus dominios hasta el confín de la tierra. Siempre habrá melancolía por lo inalcanzable. Un enamorado que no puede abrazar a su amada vivirá siempre en estado de completa añoranza. Como dijo el poeta, será como un genio con alas que no va a desplegar, con una llave que no usará para abrir, con laureles en la frente pero sin sonrisa de victoria. Y ante eso, la incertidumbre de la música natural.

En estos momentos de tristeza colectiva, de guerra absurda, sintamos melancolía por la paz, y esperanza para que la misma retorne pronto a nuestras vidas. Ese será el nirvana colectivo, la paz mundial.

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La inefable y misteriosa vida


© @dustinlefevre

“Érase una vez, cuando existía la simple comprensión de que cantar al amanecer y cantar al atardecer era sanar el mundo a través de la alegría. Los pájaros todavía recuerdan lo que hemos olvidado, que el mundo está destinado a ser celebrado “.Terry Tempest Williams

Contemplo esta tarde el bosque desde la ventana y me maravillo. Es misterioso, inefable, inalcanzable. La vida quiere empujarnos, quiere expandirse, quiere algo de nosotros. Se nota su afán por llegar a todas partes, más allá del infortunio caótico. La vida nos impulsa, nos hace avanzar. Nos permite mirar al horizonte con esperanza y determinación. Mirando al bosque en esta calma invernal, en este frío que se cuela por todas partes, observo la vida como una laguna de gozo. El sufrimiento mundial me absorbe, al mismo tiempo que escapo de sus ranuras entregándome a la vida y al amor. Esa es la simple comprensión de que cantar a ambos lados del zénit y nadir, es sanar al mundo mediante la alegría.

Vibraciones y vaivenes. Lluvia, porque llueve. Frío, porque hace frío. Los pájaros ya se despiden. Las montañas abren el pulso para que corra el agua. La hierba se refresca, los bosques se alegran. El mundo está, a pesar de todo, destinado a ser celebrado. Resulta, aparentemente, sencillo hacerlo. Solo tenemos que abrir las canillas del canto. Solo debemos profundizar en lo misterioso, en el devenir diario.

Érase una vez esa vida en el bosque. Lejos del ruido, lejos de guerras. Me siento egoísta, inoportuno, aguafiestas. Es una sensación extraña sentir gozo por la vida mientras la sombra de la muerte asola al mundo. Esa es la paradoja de la supervivencia. Entre gritos y sollozos, uno ve las grietas de la esperanza. Veo el bosque, veo los árboles, veo el camino con sus hojas secas. Contemplo el cielo con su lluvia y suspiro. La vida grita, la vida se expande, la vida quiere celebrarse.

No hay nada de malo en buscar la felicidad, en ser felices. Mientras miro por la ventana y observo impaciente el camino, el nerviosismo me domina. La incógnita del día señalado me mantiene alerta, urgente, expectante. Más allá de la felicidad, siento que hay algo más profundo en esa espera. El significado. Lo decía Sir Laurens. Si las cosas tienen significado, estás satisfecho, tú espíritu no está solo. Pertenece. Y siento pertenecer a algo de un profundo significado. Sí, el mundo sigue en guerra. Pero siento que esa espera aquietada, provoca en mí un halo de esperanza. El viejo mundo está muriendo y el nuevo aún lucha por nacer, que decía Gramsci.

Esto podría ser una bonita declaración de amor, pero resulta que además es una gran motivación. La motivación de expandir el Amor en tiempos de guerra. La motivación de proyectar la consciencia en tiempos de oscuridad. La motivación de creer en la Vida en tiempos de infortunio. Por eso la espera valdrá la pena. Aquí, en la cabaña, en los bosques, junto al río, en las cumbres montañosas, cantaremos y sanaremos al mundo con alegría. Celebraremos la vida, una y otra vez, añadiendo cantos al amanecer y al atardecer. Seguiré esperando, mirando por la ventana, como todas las tardes, a esta hora. Así es la inefable y misteriosa vida.

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Atmosphere


© @bensirda

Di lo que sientes o esos silencios te harán ruido toda la vida, ponía en alguna parte. Pues a eso iba, mirando hacia dentro, hacia fuera, conspirando con la respiración a cada instante con el ser amado, imaginando ese abrazo impaciente, provocando en mí la sustancia de la vida, para perpetuar la esperanza humana.

Y en el otro lado, Ucrania está en guerra. Cierro los ojos. En estos momentos suena Atmosphere, de Joy Division. Me trae recuerdos de otros tiempos en los que había paz, por fuera y por dentro. El día gris, como tantas veces. Interiormente hay luz y amor, mucho amor, felicidad, primavera y todas esas expresiones que nacen desde lo más profundo del espíritu. Por fuera guerra, otra guerra, en Ucrania, en la consciencia humana, otra grieta en las puertas del mal.

Bajé a atender cosas de la editorial a la oficina. La atmósfera no era propicia para construir el nuevo mundo. Puse las noticias, y allí estaban los muertos, los refugiados, la sinrazón. Aproveché para ducharme mientras escuchaba algún trueno, me miré al espejo y no entendía la complejidad del rostro humano. Esos estúpidos humanos pelándose todo el día. Por los colores de la cortina, por la leña, porque hace frío o calor, porque no me esperaste o porque te fuiste, que decían aquellos jóvenes ignorando el mundo. Y allí en Ucrania, por cualquier otra estupidez humana, muertos, miedo, sinrazón, sangre, de nuevo sangre.

Hemos puesto el proyecto al servicio de los refugiados. Tenemos una casa de acogida, pero siento que no es suficiente. Cuando terminaron las noticias, un gran impulso se apoderó de mí. Quería levantarme, coger el coche e ir hasta Ucrania. Hacer algo, lo que fuera, aunque solo fuera dar consuelo, como hacíamos en la isla de Chios con los refugiados sirios, o en Etiopía con los últimos desheredados de la Tierra. Me retuvo el amor, el amor que está naciendo, el amor que ahora brota y tengo que cuidar, proteger, abrazar. Perseverancia, perseverancia, perseverancia, me repetía a mí mismo.

Caminar en silencio. Alejarse del espíritu humano en silencio. En la confusión, entre la ilusión, en la desesperación profunda por la lejanía de todo… De los refugiados, del amor, del mundo. Camino en el aire de la incertidumbre. Un mundo abandonado demasiado pronto. No hay debido cuidado que pueda soportar la lejanía… la separación… De Ucrania, y del Amor.

Frustración, impotencia, incluso a veces pequeñas dosis de rabia. Porque hace frío, porque el día está gris, aunque por dentro florezca la más radiante de todas mis primaveras. Me quejo porque en la cabaña hace cinco grados. Pero en la guerra se están congelando. Niños, ancianos, mujeres, hombres desvalidos que lloran a escondidas para que la vergüenza no termine con su esperanza. Esa es la atmósfera. Por dentro y por fuera.

Luz, oscuridad. Luz por dentro, oscuridad por fuera. La sala de meditación vacía. La sala del desayuno vacía. Los responsables y comprometidos durmiendo mientras se gesta una nueva guerra a pocos kilómetros de nosotros. A tres mil kilómetros exactamente. A dos días de viaje. Miro el coche de nuevo, pero me retengo. No, ahora no. Ahora toca amor. Toca amor. Toca amor, me repito una y otra vez. Esa es la atmósfera. Este era mi silencio.

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Dolor, dolor, dolor


«La guerra debería ser un crimen y los que la instigan deberían ser castigados como criminales». (Charles Evans Hughes)

Las guerras son el resultado del fracaso humano. Es un fracaso colectivo, un fracaso que se fragua desde que nacemos hasta que morimos. La violencia congénita no ha sido doblegada aún. Desde el plato de comida hasta el tono con el que hablamos al otro. Somos violentos, a pesar de los esfuerzos realizados socialmente para doblegar nuestros impulsos más efusivos. Nuestros sublimes ideales como humanidad se desmoronan en cuanto estalla un conflicto, sea de la naturaleza que sea. Nuestros códigos de rectas conductas, universales en cuanto a la necesidad de fraternidad y compartir, se desmoronan uno a uno ante la desgracia de una guerra. Una guerra es el resultado de todos nuestros actos individuales, de todos nuestros egoísmos particulares que se fraguan hasta que escapan y estallan. Son fuerzas que buscan manifestarse y revertir en nosotros para que tomemos consciencia colectiva de nuestro fracaso personal.

Nuestra inteligencia colectiva, nuestras virtudes compartidas, nuestros códigos éticos y morales y de recta conducta se vienen abajo ante la desdicha. Ya no basta con soñar mundos de justicia y equidad, sociedades acogedoras y fraternales. Ya no basta con la creación de utopías humanas que nos indiquen y señalen con valentía y contundencia el camino a seguir. La guerra y toda la tragedia que conlleva es la constatación del fracaso humano. La armonía interior ante el caos exterior ya no es suficiente. La fraternidad verdadera ante la derrota moral ya no sirve. El arte de conservar la calma y el equilibrio, el arte de la perseverancia en momentos complejos es insuficiente. La maestría sobre nosotros mismos y sobre nuestras naciones se desploma como un fracaso total. La desesperación no es admisible. La esperanza no nos sirve. El deber de luchar por la paz ya no es suficiente.

Toca vivir momentos de tensión, instantes delicados para el colectivo humano. Toca amansar las fieras del anochecer decadente. Toca mirar al prójimo con dulzura y amor, tratarlo con dignidad. Toca fraguar el amor, hacer el amor, a cada instante. Toca irreductiblemente dejar todo tipo de violencia y voltear nuestras ansias más sinceras hacia el camino de la inofensividad. Con el medio ambiente, con los animales, con el vecino, con nuestra pareja, con nuestros hijos, con nuestra familia. Toca poner en práctica los valores, y dejar de hablar de ellos. Toca exprimir el jugo de la Vida, alimentando en sus braseros el deseo de vivir en paz. Toca llenar el mundo de gestos, de actos de amor, irreductibles. Toca que ese amor se expanda hacia todos los rincones del mundo, como un tsunami que destruya al mal. Toca que cada uno de nosotros, amemos incondicionalmente la vida y todo lo que eso representa.

Dolor, dolor, dolor. Mucho dolor por la guerra. Mucho amor, amor, amor para que termine pronto. Para que se cierren las puertas donde se halla el mal. Que el poder, la fuerza, el amor y la sabiduría nos guíen en esta noche oscura. Que el amor prevalezca y la consciencia nos guíe a todos. Que la Belleza vuelva a la Vida humana.

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El tiempo se está acabando. No hacer nada no es una opción


© @michel.rajkovic.photography

A veces nos resulta complejo conocer los algoritmos del mundo circundante. Los sabios de todos los tiempos, aquellos que indagaron en el linaje de la Gran obra, saben que hay energías que pueden ser movidas de un lado para otro si tenemos la capacidad de entender cómo funcionan las leyes básicas del universo incognoscible. Ante nuestra ignorancia, no deberíamos ser extraños que miramos el mundo y lo critica. A veces la crítica, la propia opinión, la división de pareceres, es solo la demostración de poseer una visión parcelada de la existencia. Y esa crítica y falta de entendimiento, es la semilla de todo conflicto, de toda guerra. Los científicos sociales tenemos la sensación de que nuestra observación siempre es limitada y sesgada por nuestras construcciones mentales, nuestras circunstancias e incluso nuestras creencias. Desde esa perspectiva, a veces tomamos consciencia de que el tiempo se está acabando. No tan solo el tiempo psicológico de nuestra mente finita, sino también el tiempo humano, ese tiempo que carece de paz.

El mundo está cambiando rápidamente. Los conflictos, las guerras, las hambrunas y todos los problemas de la humanidad, no son aún suficientes para que el ser humano despierte a otra consciencia. Ante este drama vital, no hacer nada ante los hechos injustos de la vida no es una opción. Al menos no debería ser una opción para aquellos que han despertado a la visión amplia, a una mayor consciencia, a un mayor contacto con lo esencial de la existencia. Deberíamos vivir en un arrebato constante, en una urgencia de actuar constante a sabiendas de que todo se acaba, todo se termina.

Esa mayor consciencia debería servirnos como motor para entender la urgencia de actuar. La urgencia de vivir. La urgencia de amar. Deberíamos ser auténticos activistas vitales. Sentir que estamos vivos, tomar consciencia de lo que eso significa y levantarnos todas las mañanas de forma urgente, precipitada. Deberíamos desbordar vida, deberíamos sentirnos preparados para la batalla de la paz. La cruzada de nuestro tiempo tiene mucho que ver con esta urgencia. El mundo se acaba si no somos capaces de entender que la Vida, a pesar de nosotros, continuará. El mundo se acaba cada vez que volvemos a la inconsciencia, al conflicto, a la rabia, a la guerra. Está en nuestras manos el poder convertir nuestro entorno en un lugar agradable y sensato. Y que, a su vez, esa radiación de paz y amor se extienda por otros contornos, por otros lugares, hasta que algún día, todos, absolutamente todos, entendamos la grandeza de esa fuerza y energía universal. Hasta que el amor y la paz triunfen para siempre.

Volvemos a vivir unos momentos difíciles. De nuevo los tambores de guerra, como si no tuviéramos suficiente con nuestras pequeñas guerras diarias. De nuevo más urgencia de actuar, desesperadamente, hacia la Vida. Crear nuevas vidas con nuevas consciencias. Inculcar desde el nacimiento la propia inofensividad, la necesaria bandera de la paz interior, el postulado urgente del amor, la generosidad y el dar, el darse, el entregarse. Crear nuevas vidas que crezcan en un entorno de seguridad y libertad de consciencia, en un lugar donde la sabiduría, la belleza, el amor y la buena voluntad sean las señas de identidad.

Es urgente que despertemos y actuemos individualmente, grupalmente, colectivamente. No podemos mirar solo las miserias de nuestras pequeñas vidas, los encontronazos diarios con la realidad. Debemos sostener con fuerza toda nuestra existencia y ser un motor de cambio, un abanderado del nuevo mundo. ¿Cómo hacerlo? No importa el cómo. Simplemente hagámoslo. El tiempo se está acabando. No hacer nada no es una opción.

Pd.- Por el antiguo linaje que nos une, toda nuestra fuerza y amor para el pueblo ucraniano en unos momentos difíciles para todos… Que la paz reine algún día en los corazones humanos… Que la sabiduría presida la construcción de la nueva humanidad. Que la fuerza la sostenga. Que la belleza la adorne.  Que la paz reine sobre toda la Tierra. Que la alegría esté en nuestros corazones. Que el amor reine entre todos nosotros. Invoquemos esta energía con fuerza. Invoquemos al Dios del Amor y la Paz. 

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Yo quiero verte danzar


El amor es un eterno faro en nuestras vidas. No importa si ese faro desprende sus destellos desde una lejana bahía o penetra, estando nosotros en la profundidad de un océano, con breves resplandores, pequeños haces de luz. Debo confesar que en estos adelantados días de primavera, el Amor llegó y asomó y ensanchó toda mi vida. La sorpresa verdadera viene porque el Amor no ha llegado solo. Se acompaña de Consciencia, algo tan escaso en nuestros tiempos, y de Vida, algo tan añejo a esta época. Digamos que la conjunción ha sido casi perfecta en la bóveda celeste. Hay otro componente que lo hace diferente al resto de amores: el hecho de que naciera desde lo más profundo del alma y no desde la más térrea de las necesidades. Esto para mí ha sido muy importante y revelador. En parte porque, al ser una llamada del alma, ha sido conjunta, armónica, bidireccional. Es como si un amanecer fuera abrazado simultáneamente por otro amanecer, en perfecta sintonía. No hubo conquista por ninguna de las partes, solo entendimiento, reconocimiento, un profundo gozo del alma compartido y embellecido por sempiternas sincronías diarias.

Me resulta extraño hablar sobre estas ondas sísmicas que siento interiormente. Se ha despertado un fuego diferente, un fuego cósmico, un algo completamente nuevo dentro de mí que se teje despacio, quizás desde hace ya mucho tiempo, en otro tipo de universo. Vivo en un delirio feliz, en una locura, en una de esas fantasías narradas por la propia naturaleza para que su perpetua misión tenga un recóndito significado. Es como vivir en una narrativa nacida de los dioses antiguos, y transmitida oralmente por tejedores de luz que se empeñan en provocar una gnosis, una perspicacia del infinito.

Parece una laguna, el ancho río entre la blanca niebla de la mañana, que decía el poeta. El amor es poesía y no se puede entender sin ese halo romántico, para muchos trasnochado. Pero el amor es así, un ancho río en apariencia laguna. Es algo que se expande si es alimentado constantemente por dosis de romance y ternura, de cuidados, guiños y promesas que se van cumpliendo una a una. El amor es como un tobogán exiguo y resbaladizo que toma velocidad cuanto más cuidado y afecto se le añade. El amor es como esa creencia sufí que habla de la existencia de una especie de plataforma a medio camino entre Dios y la esfera sensible. Es el llamado intermundo, ese lugar desde el cual las almas privilegiadas pueden contemplar la realidad de todas las cosas, sumergiendo la mirada en la estática luz de los mundos invisibles.

Fijaos que la naturaleza del amor es distinta si nace desde la consciencia. Si no es elegida, ni violentada por egoístas actos de conquista o seducción, se filtra como lluvia fina entre nuestros poros más sutiles. El amor consciente no se busca, se reencuentra. Esto ha sido una novedad para mí, una revelación. Por primera vez he sentido que el Amor nos ha encontrado, o unido, o presentado, o reconocido. Es como un éxtasis histérico bebido desde las aguas de Trimegistro, Pitágoras o Platón. Es como un reconocimiento de lo Real, algo muy gurdjieffano en su naturaleza, pero algo de lo que ya hablaban los místicos sufíes de antaño. Los derviches lo entenderían suplantando la identidad de la danza junto al fuego. El éxtasis de los átomos, lo llamaban.

Por eso yo quiero verte danzar. En esa música infinita llamada amor. Como un alquimista que enciende el fuego para transformar su vida interior en un rayo de luz. Al pie de una montaña, meditando sobre la parábola. Aullando en los trémulos valles. Corriendo entre lobos por bosques zíngaros. Quienes se hallen dotados de razón comprenderán la naturaleza de este amor descrito. Y será en ese momento que dejarán de razonarlo, para abrazar sus brasas ardientes y su fuego, como un centro de gravedad permanente. Jugáis con fuego, danza y vida, dijo la existencia. Abracémosla y plantémonos para siempre.

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Las tres comuniones


«Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es Amor». María Teresa de Jesús

Hay tres tipos de comunión posible. La comunión con Dios, la comunión con tu alma y la comunión con otro ser. La comunión con Dios, o como queramos llamar a esa fuente de Vida Universal, es compleja de explicar. Algunos místicos y poetas lo intentan entre versos y rezos. Es como vivir en un éxtasis continuo, en una especie de expansión de la consciencia que incluye ampliar la visión del cosmos circundante y actuar en consecuencia cuando la unión es completa y eficaz. El místico tiene sed y hambre de la presencia de Dios, nada le satisface sin la presencia profunda del Amado, en el cual encuentra esperanza y cobijo. Las experiencias místicas son múltiples y se generan en todas las culturas, cada una con su acervo y peculiaridad. El místico es trascendido por el sabio y el sabio por el Entregado, aquel que entrega su vida al propósito oculto del universo.

La comunión con tu alma es una vía para llegar a la comunión con Dios. Esta segunda comunión intenta primero tener dominio sobre los mundos materiales, anímicos, emocionales y mentales siguiendo patrones que en la antigüedad llamaban procesos iniciáticos. Cada iniciación provoca un cierto dominio sobre uno de esos mundos, sus fuerzas y energías. Estos dominios crean una comunión, una integración entre esas cualidades o atributos de la personalidad, y el propio Alma. Aquí aparece otro tipo de éxtasis y comunión que refleja la Unión, el primer contacto con la consciencia cósmica y universal. Cuando las cuatro cualidades de la personalidad se integran entre sí mediante dichos procesos de iniciación, se fusionan en esa comunión, y construyen con esa luz radiante el puente o antakarana para conectarse y fusionarse con el alma, creándose la Unión total.

La tercera comunión es la que nace de la unión de dos almas o dos personalidades. Dependiendo de lo que ocurra, podremos hablar de uniones conscientes o inconscientes. Esto se puede ejemplificar en las uniones de pareja. Ocurre de igual manera un éxtasis, llamado enamoramiento, una búsqueda del ser amado. En las parejas inconscientes, la unión suele materializarse primero en los aspectos más bajos y anodinos de la personalidad. El sexo suele ser el punto de unión y anclaje. Algunas parejas más sofisticadas son capaces de sobrepasar y trascender la unión sexual y añadir, además, una unión anímica, emocional e intelectual. Esto ocurre raras veces, y de ahí la mayoría de fracasos de pareja. Basan su atracción en el sexo, y más allá de eso, no son capaces de buscar otro tipo de atracciones u formas de unión.

En las parejas conscientes ocurre exactamente al revés. Primero existe una unión de almas, de dos almas que al estilo de la filosofía platónica, se reencuentran. Nace esa unión profunda de dos partes que encajan perfectamente. Cuando se encuentran en el plano físico, la unión va de arriba abajo, al contrario de lo que ocurre en las relaciones inconscientes. Primero, mediante todo tipo de sincronías y reconocimientos, las almas se empiezan a recordar. Se enamoran, por decirlo de alguna manera, del ser esencial, del alma profunda. Ese enamoramiento va trascendiendo hacia la personalidad y ocurre un encuentro intelectual que explota cuando ese encuentro se realiza en el plano emocional. Ahí el aspecto Vida se manifiesta de forma insólita y abundante, el centro del corazón se abre y se expande de forma sublime y la unión de la Consciencia primero y del aspecto Vida después se manifiesta con gran sublimación. Cuando eso ocurre, la energía empieza a recorrer los cuerpos menos sutiles. Nace el deseo, la necesidad de unión física, y por último, esta se da desde lo más profundo y sagrado del ser. No desde la necesidad, sino desde una verdadera y sentida expresión de Amor.

Este tipo de comunión de almas, de almas conscientes, atraviesa las iniciaciones propias de la personalidad de forma inversa y compartida. Se puede decir que existe una iniciación grupal entre dos almas, entre dos seres que estaban destinados a unirse para expandir el Amor, la Vida y la Consciencia en este espacio y en este tiempo. Si nada les distrae, si nada les confunde y si nada les separa, habrán encontrado la auténtica fórmula del amor, de la verdadera comunión de Almas. Y juntos, más adentro de la espesura, desde esa base, crearan y hollaran el Camino hacia la senda del corazón, la senda de la Unión con Dios, con la Consciencia, con el Absoluto, con la Fuente, cocreando en éxtasis continuos Amor, Vida y Consciencia.

Estas parejas conscientes serán cada vez más abundantes, una vez hayamos superado todas las confusiones y distorsiones de la personalidad. El nuevo paradigma creará una correlación necesaria entre consciencia y parejas conscientes, creando, a su vez, familias conscientes, niños conscientes, un mundo consciente más expansivo y abarcante, más natural y armonioso. Es así, de esta manera, como el ser humano se realizará completamente.

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Pasión y entrega


© @murielle.etc

 

La perseverancia es una de las grandes fuerzas del universo. Las parejas que perduran han sido perseverantes. Las empresas que subsisten han sido perseverantes. Las relaciones de cualquier tipo continúan porque han sido siempre perseverantes. El Universo en todos sus confines persevera, así como la Vida que alberga. Cuando vemos el parto milagroso de un ser vivo, es la vida que se muestra perseverante. La vida solo es posible porque es fiel, fidedigna, perseverante. La lealtad a esa perseverancia es una de las grandes motrices de todo cuanto existe. Y siempre viene acompañada de pasión y entrega. Es la pasión la que conduce al amor, a la vida, a la consciencia hacia los confines sempiternos. Es la entrega la que permite el milagro de todo cuanto existe. Lo abrazamos cuando nos detenemos a observar la entrega de la naturaleza. Es tal que todos los días, con sus ciclos, se obran milagros.

Estamos acostumbrados, por nuestra propia estructura mental, a percibir el mundo de forma dual. Pero debemos comprender que el mundo no es así. La complejidad con el que se desenvuelve va más allá del blanco o lo negro. Los matices son impresionantes, y siempre adsorben todas las posibilidades. El tópico de seguir uno u otro camino está desbordado. Estamos empezando a imaginar en que todas las posibilidades son posibles. Estamos empezando a entender que todo gira en torno a una espiral infinita, llena de posibilidades. ¿Por qué no abarcar todas las variables? ¿Por qué nos empeñamos en elegir una u otra dirección si el águila que vuela por encima de todos los caminos tiene una visión amplia del territorio? Una visión sin límite.

La perseverancia de la vida está estrechamente relacionada a esa visión abarcante. Una margarita en un prado no es un hecho aislado. Una margarita puede ser un ser de luz esperando nacer a una vida mayor. Puede ser un alma que espera la unión de otras dos almas para poder manifestarse. Una flor puede ser un universo empeñado en nacer a un nuevo mundo más amplio y profundo. Margarita podría ser el nombre de una mujer bella que nos cuida desde los mundos invisibles. No existe allí la dualidad. No existe la elección, todo puede ser, todo puede ocurrir al mismo tiempo. Abrazar al otro, leer juntos, pasear juntos, estudiar juntos, soñar juntos mientras se observa un bosque, un campo de margaritas, un atardecer primaveral. Si se persevera, todo es posible, en todas partes a la vez.

Por eso la vida se debe vivir desde la pasión, desde la entrega absoluta, desde el deseo más puro de existir. Cualquier cosa que hagamos debería ser un reflejo de nuestra pasión, de nuestra entrega incondicional a la existencia. Somos portadores de Vida, somos portadores de sueños, de caricias, ternura, posibilidades, abrazos sentidos cargados de amor. Si alzamos la mano hacia delante, podemos dibujar cualquier mundo posible. Si alzamos el corazón, el dibujo se encarna. Si perseveramos, aparece la vida milagrosa ante nosotros.

Si te enamoras, hazlo desde la más pura e inocente pasión. Entrega toda tu vida en ese halo de amor, en esa ola de belleza y clamor. Si respiras, hazlo con pasión y entrega. Siente cada átomo de tu cuerpo alimentado por ese aire que llega a través de la generosidad infinita del cosmos. Siente cómo el universo entero puede ser sostenido en cada aliento. Vive la pasión de estar vivos. Entrega tu vida a la Vida. Persevera, sin distracciones, en aquello que crees. Y si le pones corazón, inevitablemente sucede, se manifiesta, se realiza en toda su complejidad y misterio.

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Liberar a los prisioneros astrales. Algunas reflexiones sobre el espejismo


Hay personas que son presas de otras. A veces presas por asuntos económicos, a veces por asuntos anímicos, y la mayoría, por asuntos emocionales. La mayoría de las veces no nos damos cuenta de que somos carceleros de almas errantes que vagan por nuestro círculo-no-se-pasa particular. Están orbitando como satélites esperando la mínima oportunidad para beber algo de nosotros. Vampirizan de alguna manera nuestras energías y se alimentan de la proyección astral que ilusoriamente crean en sus mentes fantasiosas.

Esto es complejo de detectar y es complejo de liberar. Nunca sabemos cuales son los motivos por los que muchas personas crean lazos de dependencia psíquica o emocional hacia nosotros. O nosotros hacia ellos. A veces incluso se crean dramas complejos de control emocional que impiden que las relaciones sean honestas y claras. Los dramas de control son las peores cárceles que podemos soportar.

Distracciones. Vivimos en un mundo lleno de distracciones porque no nos han enseñado a discernir, a buscar y diferenciar lo esencial. Las personas hacen de esas distracciones un poderoso elemento de control, de absorción. Cuando nos damos cuenta, estamos rodeados de energías que no nos corresponden, que no nos pertenecen. De ahí la complejidad de llegar a la síntesis, al discernimiento, a la no distracción.

¡Cuántas parejas o amistades o empresas fracasan por esas distracciones! Por esos lazos que no hemos sabido cortar, por esos fantasmas que se empeñan en saciar sus necesidades a base de nuestro tiempo o atención. Ilusorios castillos de arena debemos derrumbar antes de poder encontrar la síntesis, la verdadera Unión, el verdadero camino del discernimiento, el verdadero amor.

No podemos permitir que las personas caigan en redes ilusorias que no estén basadas en la amistad o el amor incondicional. Cuando alguien queda atrapada en el glamour, en el espejismo, debemos liberarla. Debemos desarrollar el poder de visualizar correctamente la vida, entrenar nuestras mentes para ver realmente la realidad e interpretar fielmente lo que se vemos.

En la tradición perenne se habla de cinco espejismos que esclavizan a la humanidad. El espejismo del materialismo, el espejismo del sentimiento, el espejismo de la devoción, el espejismo de la separatividad y el espejismo del Sendero.

El espejismo del sentimiento esclaviza a la gente buena del mundo. A veces, para mucha gente, el amor no es realmente amor, sino deseo de amar y deseo de ser amado. En ese deseo, en ese espejismo, nacen los lazos que nos unen a la necesidad, y de ahí, se crean las redes que nos atan a personas que de igual manera viven desde la necesidad y el deseo, y no del amor sincero e incondicional. Realmente estamos hablando de un pseudoamor, de algo que nace de la desesperación, de la necesidad, de la carencia, y no de un amor verdadero. De ahí nuestra obligación moral de liberar a aquellos que se acercan a nosotros desde la necesidad, y no desde la amistad o el amor sincero.

El amor del alma, es verdaderamente libre, y libera al resto. El espejismo del sentimiento aprisiona a la gente buena, imponiéndose obligaciones que no existen o no le corresponde. No debemos aprisionarnos ni confundir amor con deseo, libertad con necesidad. Los atributos del alma deben disipar esa densa bruma astral que atrapa y aprisiona al resto. Nuestra obligación moral es hollar la senda del amor verdadero, aunque este amor sea doloroso a la hora de romper los espejos de la ilusión, las brumas astrales del deseo y la necesidad.

Amar al otro es también liberarlo, aunque esa liberación suponga una ruptura inicial, una sensación de abandono o una incómoda respuesta dolorosa. Los gurús, los que se consideran a ellos mismos maestros espirituales y los líderes carismáticos tienen una gran responsabilidad en esto. Tienen la obligación de matar al Buda, de disipar las nieblas de sus acólitos y de liberarlos para que puedan expresar un amor verdadero y libre, y no una trampa de deseo y necesidad. Ocurre también en el amor no correspondido. Debemos ser contundentes, claros y trasparentes en todo momento. Debemos liberar a los prisioneros del planeta.

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Basta un abandono sincero


© @noeljbodle

«Basta un abandono sincero, una verdadera gratuidad, una ruptura de los resortes del ego, para que, con la gracia puesta de nuevo en circulación, el don reaparezca en todo su asombroso esplendor». (Cattiaux)

Al terminar el día miro por la ventana. El bosque sucumbe oscuro. Se intuyen a los animalitos nocturnos girar de un lado para otro buscando sustento. Los pájaros anidan en las ramas, en los recovecos de árboles torcidos, entre su musgo verde y frondoso. El frío acecha, pero ya se empieza a respirar el palpitar de la vida latente. Las yemas empiezan tímidamente a despertar, dejando que la savia de la primavera empuje poco a poco. Puede haber niebla y humedad, frío y lluvia, pero la vida está ahí, esperando su nuevo ciclo.

Por la noche siento ese abandono sincero hacia la vida. Tras mirar al bosque cierro los ojos y musito un agradecimiento sincero. Un día más vivo, un día más saludable, despierto, amable, participando de esta gran fiesta existencial. Es una verdadera razón para que la gratuidad de la vida se manifieste. Cerrar los ojos, respirar profundamente por un instante, tener consciencia plena de todo lo que nos rodea, inclinar reverencialmente todo nuestro ser y dar las gracias. Una y otra vez, sin cesar.

Por la noche, los resortes del ego se suavizan. La mente, calma y cansada por la larga jornada, se retira a sus aposentos, quizás con el deseo de continuar su trabajo en el misterioso mundo de los sueños. En ese otro mundo habita todo lo que existe en nuestra memoria ancestral. Sueños de nuestros antepasados se amontonan y los vivimos una y otra vez. Sueños futuros que han de servir de cauce para que nuestras emociones se disipen y diluyan en el líquido astral. El registro akásico demuestra que todo está ahí, en el éter invisible, en la quintaesencia que mueve y anima todas las cosas. También la sustancia de la que se construyen los sueños. Abrazo entonces al ego cansado, doliente, húmedo, y respiro a su lado, animando su tarea, su labor, su gran misión de soporte de lo divino y ancestral, su gran carga para sostener al Ser Esencial que desea manifestarse. Amo al ego como amaría a un niño, con delicadeza, tacto y ternura.

Cuando todo oscurece y nos preparamos para abandonar el plano de lo real para penetrar en el otro lado, más allá del espejo, ponemos de nuevo la gracia puesta en circulación. La gracia de sentirnos vivos y partícipes de la Vida. La gracia de existir y arrojar nuestra vida hacia la búsqueda y promoción de la Consciencia. La gracia de permitirnos abandonarnos completamente al Amor, digan lo que digan, piensen lo que piensen aquellos que necesiten un porqué sobre las cosas. Basta un abandono sincero y el Amor fluye por todos sus raudales, por todos los recovecos inimaginables.

Cuando llegue el tiempo de las moras y de todos los frutos silvestres, acarrearemos de igual forma el mundo con diminutos pasos sosegados entre bosques y montañas. Antes de que la jornada termine, miraremos al bosque, y luego al otro, agradecidamente. Abrazaremos la tímida humedad de su propio umbral, sintiendo el hilo conductor de todas las cosas. Beberemos del manantial del agua viva, iremos a sus fuentes más profundas y sacaremos de todos los pozos el elixir de la tierra. Así hasta que el don reaparezca en todo su esplendor. Así hasta que el mundo de los sueños se entremezcle con nuestro mundo. Así hasta que la fantasía diseñada para ser felices se convierta en ese todo extraordinario. Al terminar el día, miraremos por la ventana cómo el bosque sucumbe oscuro. Junto al fuego, nos abandonaremos sinceramente para que todo lo que tenga que suceder, inevitablemente suceda.

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Me muero de amor


Pintura de Frank Dicksee (1884)

“El cielo engendra; el ser humano completa”. Antiguo dicho oriental

Nuestra naturaleza eléctrica y amorosa atrae a nosotros aquello que nace de nuestra consciencia. Si allí hay amor, el amor llega. Si allí hay Vida, la Vida llega. Si hay luz, llega inevitablemente la luz. El eterno joven que habitamos nos impulsa a seguir evocando las cualidades que el alma demanda. En los planos átmicos y causal ocurren acontecimientos que luego ven su reflejo en el mundo de la forma. Los átomos bailan y entran en éxtasis, las almas se reencuentran, recuerdan y reconocen en los caminos humanos y el amor inevitable brota a raudales. Un amor amable, sincero, honesto, transparente, sin trampas. Un amor verdadero.

Los pájaros cantan todas las mañanas, aunque no tengan espectadores. La luz amanece todos los días de forma incondicional, pase lo que pase bajo sus rizos dorados. La vida sigue sus ciclos, y todos se expresan de igual forma que hoy, día señalado por los poetas y los románticos. En este ciclo extraordinario, es hora de expresar el amor. De cantar el amor y embelesarnos con sus ambrosías. Es obra de abrir el pecho y sentir la presencia profunda de cuanto existe.

Y lo digo con un gozo en el alma, en un momento especial y hermoso en el que muero literalmente de amor. No es algo extraño, ni algo que buscara desde la necesidad. Había aprendido en estos años a estar solo, a estar tranquilo, paciente, sosegado, a mi aire. Pero la vida te sorprende de forma irreductible y cuando menos te lo esperas, el amor aparece, y te penetra, y te arropa, te conjura, te atrapa.

El concepto universal del amor y la afectividad, a veces reducido a cosas aparentemente fuera de lugar, es algo que deberíamos vivir todos los días. A cada instante deberíamos estar enamorados, mostrar amor, vivir en el amor. De nuestra pareja, de nuestros amigos, de nuestra familia, de nuestro país, de la misma grandeza de la vida y sus misterios. Deberíamos gritar de amor, vivir en amor, sentir amor a raudales. Un amor cortés, un amor noble, un amor sincero, un amor incondicional, extremo, radiante, alegre, divertido.

Sí, así me siento, enamorado, que es como decir que me siento vivo, humanamente lúcido. Porque el amor, aunque sea una de las mayores locuras, también es una de las mayores razones de lucidez. Un enamorado puede ver más allá de las formas, y aunque se estrelle una y otra vez en su camino loco, podrá saborear hasta el límite el jugo de la vida, todas sus mieles. Un enamorado disipa las nieblas del temor, puede ver las metas futuras de la especie humana, puede caminar en presencia y visión, puede entender sin más que el amar y el cuidar son la fórmula perfecta para la correcta Unión.

Estar enamorado es como volver a las moradas, a las montañas, a las cumbres nevadas de nuestra alma. Allí el espíritu te recibe feliz y alegre, deseoso de que ese amor correspondido produzca más vida de la que podamos abarcar. Vida que fluye, vida que se expande, vida que engrandece la vida. Sí, estoy enamorado, y vivo, muy vivo. Por eso me expando, me ilumino, fluyo con la corriente sanguínea del puro universo. En lo oculto del amor se encuentra el verdadero saber, el éxtasis de la vida. Amor es relación. Amor es todo. No sé si alguna vez os ha pasado, pero yo, en estos momentos, me muero de amor.

Como dijo el poeta, sé que vas a quererme sin preguntas, al igual que yo voy a quererte sin respuestas. Que todo lo bueno que nos ha llegado sea para embellecer nuestras vidas y nuestras almas, y que sirva, como reclamo y excusa, para expandir al menos en seis veces más la Vida. Te Amo… 😉

Amen.

Feliz día de los enamorados, a todes.

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El residuo de un ardor emocional interno


© @bensirda
© @bensirda

“En los textos arcanos, la sal es el residuo del fuego, así como las lágrimas saladas son el residuo de un ardor emocional interno.» El Camino del Loco – Mark Hedsel

Ella apareció como un nuevo planeta en mi universo. Sus bellezas más aparentes solo fueron un reflejo de todo aquello que encerraba dentro de sí. Sus tesoros más ocultos estaban por llegar, aún esperaban florecer poco a poco, aún se expresarían como una lluvia fina, despacio, amablemente. Una flor que se abre en una primavera próspera, cargada de semillas y mieles, de riqueza y pureza. Una luz cegadora cargada de un éter invisible pero certero.

Su trayectoria y su potencia de atracción es algo incalculable. No puedo medir la intensidad de su luz. Miro al cielo envolvente y no puedo ver un astro que brille más que ella. Como un residuo del fuego perenne, su halo migrante es la expresión de un poderoso ardor emocional interno. Es la llave a un portal invisible, a un universo paralelo que ya empieza a tejerse entre dos mundos.

No quiero insistir en el misterio de la vida, en la consciencia que se encierra en cada hecho acontecido. Solo puedo expresar admiración hacia los lazos que nos unen misteriosamente, ocultamente, en todo soplo de vida. El cósmico alejamiento del ser humano ante los hechos de la vida nos invita a preguntarnos cual es el secreto que se encierra en estos causales encuentros. La vigencia de lo mágico, de lo extraño, de lo sorprendente y milagroso nos debería recordar la urgencia del vivir. Sacar el jugo a todo cuanto acontece solo depende de nuestra apertura infinita.

Los más puros deseos y los más intensos sueños son obra del mundo de las almas. Allí se tejen las historias de amor, las vidas que se encierran en hogares halagüeños dedicados al cuidado y la protección. El ritmo del universo sensible se une al ritmo y los compases de dos corazones que palpitan al unísono. Lo sorprendente de este hecho es precisamente lo milagroso del acontecimiento. En la ensoñación nocturna, en el vagar de los astros, en los encuentros causales, nace el juego rítmico de una naturaleza salvaje y real. Allí de nuevo se encuentran la roca, el árbol, el águila. En el bosque animado, solo puede encenderse la luz del radiante planeta.

Siento un ardor emocional interno. Siento como el fuego abrasador crea el residuo condensado en lágrimas. En el atanor de la vida, algo nos conduce hacia la síntesis, la belleza, el esplendor. La obra de nuestra vida se puede resumir en ese pequeño residuo, en esas lágrimas que brotan una y otra vez de alegría y emoción, de plenitud, de poderoso sentir interior. Si te hace sonreír, ese es el Camino. Y desde que ese nuevo planeta entró en mi universo, no paro de sonreír, de brillar interiormente, de saltar de emoción de un lado para otro buscando entender porqué la vida te recompensa de forma tan generosa y profunda. A esa generosidad recíproca me debo. En cuerpo y alma, como un acto sagrado hacia lo más sublime de la existencia. Como un acto de reverencia primordial y absoluto.

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El coraje de compartir en lo cotidiano, proteger y cuidar


© olivierrobertphoto
© @olivierrobertphoto

“Seas quien seas, no importa cuán solo estés, el mundo se ofrece a tu imaginación, te llama, como los gansos salvajes que, chillones y excitados, una y otra vez anuncian tu lugar en la familia de los seres”. Mary Oliver

Dicen que el secreto del verdadero amor es tener el coraje de compartir toda una vida desde lo cotidiano, protegiendo y cuidando aquello que amas y aquello que deseas desde lo más profundo del ser, en las pequeñas cosas del día a día por ese alguien que de repente apareció milagrosamente. Estos días me he sentido como nunca protegido y cuidado. He sentido a mi lado, a pesar de todo tipo de distancias aparentes, un ser capaz, desde el coraje, de compartir en lo cotidiano toda una vida extensa, profunda, arraigada, esperanzadora. Me he sentido protegido y cuidado, como si de alguna manera me sintiera en mi lugar en la familia de los seres.

Eso no ocurre todos los días, y me viene a la cabeza la complejidad de amar en lo cotidiano, en el día a día, en la vida ordinaria. Una pareja que se quiere es una pareja que no está distraída, que decía aquella entrañable abuela. Atiende lo importante, atiende con diligencia y ecuanimidad los instantes de la vida, aquello que se computa como imprescindible para poder sobrevivir de forma digna y sincera. Las parejas que duran son aquellas que, más allá de la vida extraordinaria que puedan llevar en un momento dado, aprenden a sortear las distracciones, las complejidades, los retos que se presentan. Encuentran de alguna manera una complicidad superior que los hace indestructibles. Se miran, se regalan una sonrisa, un abrazo, y continúan adelante, cómplices de todo cuanto ocurre, eternos aliados de la existencia.

La gente buena, que la hay en todas partes, sabe de estas cosas. Se alimentan de amor. Se miran con amor. Se creen vivos gracias al amor. Es gente que hace la vida fácil, que recuerda lo extraordinario de estar vivos y comparten esa emoción desde los adentros más inmediatos. Fijaos cómo los pequeños detalles engrandecen el sagrado cotidiano. Fijaos en esa persona que os pone una manta encima en momentos de frío, que enciende el fuego y te mira complaciente para ver si has alcanzado ese confort necesario. Personas que te traen un vaso de agua sin preguntar si tienes sed o te besan simplemente porque ve en ti la belleza lindante. Esos que te llaman, que te escriben, que dibujan corazones en cualquier parte para que los veas y te asombres. Esas personas que te protegen, porque saben de nuestra fragilidad humana.

Hay que tener coraje y valor para entender que la vida se engrandece en lo pequeño, en la sencillez de las cosas, en los guiños, en los gestos diarios. Pensar al otro desde el corazón y empatizar con toda su vida entera. Besar una a una todas sus heridas pasadas, para crear un mundo futuro amoroso y cálido. Hay seres que te cuidan y valoran, que están ahí siempre, en los momentos felices pero sobre todo, en la complejidad de todas las pruebas. Llega un momento en el que deseas rodearte de aquellos que te quieren como eres, que te aceptan como eres, de aquellos que se convierten en mentores porque desean lo mejor para tu vida. Llega un momento inexplicable en el que eso ocurre.

Hay seres luminosos y sanadores que están amándote desde el silencio, desde la sencillez, desde la humildad. He sentido estos días que, a pesar de las aparentes lejanías, alguien estaba pensando en cómo descifrar mis códigos, en cómo atraer la atención de mi alma, en cómo abrazar sin condiciones ni condicionantes a mi ser esencial. Me he sentido estos días querido y cuidado, protegido en lo cotidiano, haciendo que cada día fuera un momento inolvidable. He sentido ese amor, sin más detalle y sin más consuelo. Un amor grande, de esos que llegan a tu vida y parece que estarán ahí para siempre. Quizás aquella anciana tenía razón: no te distraigas, cuida y protege en el día a día al que amas, y la vida será un gran camino de amor y aprendizaje. Sea como sea, estos días he encontrado mi lugar en la gran familia de los seres.

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La fuerza que impulsa la sincronicidad


© Kevin Saint Grey
© Kevin Saint Grey

¡Oh día, despierta! Los átomos bailan. Todo el universo baila gracias a ellos. Las almas bailan poseídas por el éxtasis. Te susurraré al oído adonde les arrastra esta danza. Todos los átomos en el aire y en el desierto, parecen poseídos. Cada átomo, feliz o triste está encantado por el sol. No hay nada más que decir. Nada más. (Rumi, Poema de los átomos).

No sabemos los mecanismos exactos por los que se manifiesta la fuerza que impulsa la sincronicidad y, por lo tanto, la fuente de dónde brota la magia de la vida. La sincronicidad nos advierte de que estamos fluyendo por una fuente de energía certera. Ocurre cuando dos almas gemelas se reconocen, cuando la suerte o la fortuna se manifiesta, cuando sentimos cierta iluminación interior o cuando nuestro punto de quietud expresa desde dentro un amor infinito e incondicional por todas las cosas vivientes.

Sentir la sincronicidad es como caminar por el aire, flotando en el cielo iluminado, volando mientras que debajo de nosotros el resto duerme. Es experimentar la corriente continua de fuerzas y energías que en la vida ordinaria pasan desapercibidas. Es como volar por encima de las montañas cubiertas de hielo, flotando en lo alto, con el poder de poder alcanzar las profundidades del océano en el siguiente instante de pensamiento.

Es esa sensación que tienen los enamorados de sentirse ajenos al mundo y brillar en una luz estelar diferente, risueña, de engrandecida felicidad. La fuerza que impulsa ese amor primero es la misma fuerza que impulsa al cosmos y sus universos. Es la fuerza por la que gravitan las estrellas y los planetas, es la danza y la música que las esferas emiten cuando provocan el incesante brillar de sus estelas. Es la fuerza que hace que las almas bailen poseídas por el éxtasis, ampliando con ello su capacidad de soñar y vivir.

Cabalgar encima de la ola de esa sincronicidad es sentir que todo cuanto existe tiene vida, consciencia, como si todas las cosas tuvieran propiedades psíquicas y como si nosotros pudiéramos entender toda su existencia. La piedra, el árbol, el águila, lo humano, lo angélico, y todos los universos y dimensiones posibles hasta llegar a la Fuente última. Todo abrazado por esa vida sincrónica que danza bajo el influjo de esa fuerza que concibe el mundo desde su más amplia plenitud.

La sincronicidad no es una casualidad, sino una clara señal arquetípica de que vamos por el buen camino. Es la armonía de todas las cosas de las que nos hablaba Pitágoras, ese principio de totalidad de Heráclito o esa idea de que todas las cosas están unidas unas con otras según nos relataba Hipócrates. Son los elementos simpáticos, los arquetipos que se atraen, los nodos de certeza de que hay algo más allá de todo lo aparente. Todo está conectado y todo es interdependiente. Solo debemos ampliar nuestra visión, ver más allá de las formas y comprender las expresiones de comunicación de ese universo amplio. Los espíritus preparados para abrazar la totalidad del mundo encuentran esa belleza extrema que todo lo inunda. Esa fuerza que impulsa la sincronicidad entre nuestro mundo interior y el mundo exterior, unidos ambos en una fusión sincrónica mutable, creando mundos posibles y soñados.

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Trabajo, negocio y patrimonio


Este año me había propuesto equilibrar mi economía para poder sentir que además de dar al mundo y a los demás, también tengo una justa capacidad para cuidar de mí y dar-me un poco. Hace unos días un buen amigo me enseñó su hoja de ruta para facturar este año un millón de euros. Pensé la de cosas que se podrían hacer con ese dinero si se pudiera socializar, y entendí que para él ese dinero era casi insuficiente para vivir un año de su vida bien. Un millón de euros puede parecer mucho o poco dependiendo del estilo de vida que cada cual lleve. La inmensa mayoría de los mortales vive en la miseria de la clase media, una clase que de alguna manera se ha convertido en la pobreza espiritual de nuestro tiempo. Digo pobreza espiritual porque materialmente se puede decir que basan sus vidas en lo que ahora se ha dado por llamar “entretenimiento”. Si estamos entretenidos, estamos felices con nuestro pequeño sueldo, tan justo que nos permite vivir más o menos bien, pagar la hipoteca o el alquiler y darnos el beneplácito de seguir entretenidos el resto de nuestras vidas.

Mi amigo decía que es importante tener en cuenta tres factores a la hora de enfrentar nuestra realización económica: trabajo, negocio y patrimonio. El trabajo es aquello por lo que recibimos una renta mensual, que puede ser mucho o poco dependiendo de a qué dediquemos nuestro tiempo. El negocio es aquello otro que, independientemente de nuestro trabajo o renta mensual, nos permite tener un extra, algo más que pueda elevar el rendimiento de nuestro trabajo. El problema de los negocios es que a veces van bien y otras van mal, pero ahí está el riesgo y la aventura del emprendimiento. Y la suma de ambas, o a veces la fortuna de una herencia gracias al rendimiento y el esfuerzo de nuestros antepasados, nos permite poco a poco tener un pequeño patrimonio que nos protege ante las complejas adversidades de la vida. El tener más o menos riqueza en la vida va a depender de cómo equilibremos esa fórmula.

Esta mañana hablábamos sobre otra esfera de la economía más allá de esta primitiva fórmula económica, necesaria toda ella para tener una base y poder vivir bien. Se trata de tener una consciencia unitaria, donde el dinero no esté basado únicamente en el deseo egoísta de la subsistencia y en el plano del entretenimiento, sino que vaya más allá de esa esfera personal. Tener consciencia en la economía es mirar más allá de nuestras egoístas aspiraciones y participar del fluir humano y sus necesidades vitales conjuntas.

Mi caso ha sido extremo porque los últimos años he compartido mi trabajo, mi negocio y mi patrimonio con el deseo de inspirar un nuevo paradigma social y económico. Falló algo de mi fórmula, y es que no miré excesivamente en mí, y ahora eso me está repercutiendo negativamente. Centré mi “trabajo” (lejos de su etimología, tripalium) no en la vocación pedagógica, tal y como me había formado en los últimos años (ser profesor de instituto o universidad era a lo que parecía que me iba a dedicar), sino en mi vocación profunda: escribir. Puedo decir que mi trabajo es la escritura en libros y en este blog, el cual, gracias a personas generosas que lo leen desde hace años, puedo tener una muy pequeñita renta. Mi negocio ha sido siempre la editorial, y todo lo que gané con ella cuando el mundo de los libros era rentable, lo invertí en algo de patrimonio personal y sobre todo, en patrimonio compartido, en esa consciencia económica unitaria.

Después de ocho años compartiendo todo el fruto de mi trabajo, de mi negocio y de mi pequeño patrimonio, me veo con la necesidad personal de pensar un poco en mí y buscar el equilibrio entre la fórmula primitiva de la búsqueda de rentas pasivas y activas para interés propio y la fórmula experimental del nuevo paradigma basado en la economía del don. Me alegra la inversión en valores que he realizado durante estos años para inspirar una nueva forma de entender las correctas y justas relaciones humanas. Me alegra infinitamente seguir experimentando en esta línea y seguir integrando aún más la misma en mi vida.

Y esa alegría ha provocado el fruto de mi trabajo, de mi vocación. Así que agradezco mucho de corazón a los suscriptores del blog el apoyo que recibo y agradezco de corazón a todos aquellos que os gusta y disfrutáis con la línea editorial de los sellos que dirijo. Gracias por comprar libros llenos de sentido y consciencia y gracias por compartir parte de vuestras rentas inspirados por la economía del don. Pase lo que pase, seguiré cumpliendo con mi parte y seguiré creyendo en el ser humano con la esperanza de que la humanidad también encuentre su propio equilibrio, restaure su generosidad infinita y más allá de pensar en sí mismo, también lo haga en el resto. El reparto de la riqueza nos hará siempre más ricos a todos, y no más pobres, porque si la humanidad vence, vencemos todos. Agua que fluye, jamás se pudre. Esa es la antigua fórmula que hace que la riqueza material se extienda hacia todos. Que el flujo siga su curso, y una vez equilibrado nuestro mundo material, emocional e intelectual, podamos asaltar el mundo de la consciencia y podamos seguir ayudando a mejorar este mundo bueno.

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La aventura del Vivir, comienza con la osadía del Soñar…


© @juliereyphotographe

«Saber, poder, osar, callar.» Zoroastro

La frase no es mía. Es de una soñadora, de esas que entienden el significado profundo de la palabra Vivir. La pongo en mayúsculas porque no es lo mismo estar vivo que Vivir. Vivir, así, en mayúsculas, no es algo que dependa de nosotros. Es algo que nos trasciende. La Vida es una manifestación continua de algo que no podemos entender en su profundidad. En el ser humano, viene acompañada de la Consciencia. El ser humano consciente entiende que debe ser transmisor de Vida y de Consciencia. La Vida que se gesticula en la materia y la Consciencia que se articula en los espacios infinitos del ser.

Saber eso te llena de poder, y ese poder te hace osar en la vida y en la consciencia, para luego, transitar desde el silencio la sabiduría de todo el ciclo trascendente. El ser humano es cocreador. No se espera de él que se siente al borde del camino para vaciar su mente o para vaciar su vida. Se espera de él que viva la existencia con intensidad, que sea copartícipe de la misma, que empuñe con generosidad todo cuanto sea beneficioso para el conjunto. La generosidad es el resultado de comprender la eficaz unión entre vida y consciencia. Un ser vivo consciente es por naturaleza generoso. Generoso en lo que hace, en lo que dice, en lo que expresa, en lo que comparte diariamente, no importa que sea una sonrisa, una promesa, una esperanza.

La vida es una aventura que comienza con la osadía del soñar. Debemos a cada instante soñar la vida, crearla en nuestra mente, en nuestro corazón en nuestras emociones, en nuestros ánimos, en la materia. Debemos levantarnos y meditar la vida, soñarla. ¿Cómo nos gustaría participar de esta oportunidad única de estar vivos? ¿Con quien me gustaría compartir este instante irrepetible de existencia? ¿De qué manera puedo ser útil a este maravilloso ciclo de vida? Vivir la vida es osar a crearla, poniendo como límite nuestra propia imaginación. Esto es una máxima: vivimos la vida que somos capaces de imaginar.

El Bereshit judío nos recuerda la oportunidad de empezar el día siendo auténticos creadores. En el principio… de cada día, tenemos la posibilidad de diseñar nuestras vidas para que encajen perfectamente en el edificio de la creación. El arcano esencial de la existencia supone comprender que no somos seres pasivos, sino seres animados, dotados de alma, de vida, de expresión. Somos catedrales construidas con el argot de los constructores primeros, aquellos que nos crearon y supieron dotar nuestra vida de inteligencia y consciencia. Seguir ese hilo de Ariadna es concluir que nosotros también somos tejedores de realidades. El sueño, la imaginación, no es más que un lenguaje alquímico que debemos comprender para transformar con ello nuestras existencias. Si sabemos, podemos, si podemos, osamos, y si osamos, hágase.

El alma humana tiene sus pliegues secretos. Si cerramos los ojos y pensamos la vida podemos acceder a las moradas donde las fuerzas y las energías que mueven y crean mundos se gestan disponibles para nosotros. Ese lugar oculto está dentro de nosotros. Se accede desde el silencio, desde la meditación constante y oportuna. Cerrar los ojos y poner en movimiento soles y universos, ocasos y arquetipos. El mutus Liber de la creación está a nuestro alcance. Solo debemos osar. La aventura del vivir, comienza con la osadía del soñar… No puede ser de otra manera. Somos héroes de nuestra existencia.

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La voz de mi corazón es un pájaro que canta, alma que vuela en la luz


A nadie revelaré mi descubrimiento. El incesante y vasto universo me lo susurró anoche, en sueños. Había allí un camino, más bien una senda ondulada, estrecha pero creciente, hollada por múltiples almas que dirigía a lo más alto de las montañas. En la cima de una de ellas, quizás la más nevada, la fuente, y a su lado, una mujer vestida de blanco, con una pluma en la cabeza, meciendo entre sus manos aquella esperanza del canto augural.

A nadie revelaré mi descubrimiento, pero puedo decir, aún en susurro, que la voz de mi corazón es un pájaro que canta, un alma que vuela en la luz. Una sola vez en la vida he tenido ocasión de examinar los quince mil versos de esta epopeya. Fue un desvelo que con el paso del tiempo siempre recordé como un lejano sueño. No era una pintoresca disgregación o un gallardo apóstrofe de lo que podría ser toda una vida. Más bien era la descripción real de un destino ineludible, de algo que inevitablemente tenía que suceder, por estar escrito.

A nadie podré revelar mi descubrimiento, pero sepan que los cantos mañaneros y los versos de la forma y la flamante poesía y los vientos que vienen ataviados del septentrión son verdaderos. Las osamentas color blanquiceleste que sostienen el epíteto rutinario, el rojo vivo de la curiosidad y el hallazgo, también son reales. Cuando uno siente melancolía por todas esas cosas, pero desde el sosiego y la paz,  es porque ya las abrazó en su momento. Porque, de alguna manera, recuerda alguna frase perenne del libro del silencio, algún gallardo apóstrofe de alguno de los quince mil versos. La pluma en la cabeza, el canto augural, en la cima, junto a la fuente, no son más que estables atribuciones del destino.

Sé que no podré hacerlo, que nunca podré revelar la voz de mi corazón que canta como un pájaro libre, sobre la rama de un roble, en cualquier jardín botánico, en cualquier paraíso cuyo florecido mundo se sostiene de esa alma que vuela en la luz. Una luz que suspira, que se renueva, que lo engloba todo, como ese lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe. Allí están todos los veneros de luz, y allí está ella, con su pluma, con su cuna, esperando.

Nadie, nadie podría entender mi descubrimiento. Solo el amor que cura. Solo en la soledad se ha podido gestar la maravillosa senda por la que ahora transito. Una senda donde diviso la montaña, la cima, la fuente, y esa cuna arropada y protegida por un alma noble y hermosa. Solo un verso de los quince mil que nos quedan por vivir. Solo un apóstrofe de esa divina escala que sucumbe hacia la unión de los opuestos, hacia el abrazo profundo de las almas. Agua que fluye, luz que irradia, tierra que camina, fuego que abrasa en la tierra ardiente y húmeda. Nadie podrá entender mi descubrimiento, excepto aquella muchacha de la pluma, que junto a los lobos aullaba en la noche más profunda. Esa voz de mi corazón que es un pájaro que canta, un alma mía que vuela en la luz… un alma que ahora grita y descansa.

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Como sobreviví al Covid gracias a una dieta galletariana


A los académicos  de hoy día les encanta la teoría de Foucault que identifica conocimiento y poder, insistiendo en que la fuerza bruta ya no es un factor exclusivo para ejercer el control social. El poder/ignorancia o el poder/estupidez es mucho más poderoso que la porra o el calabozo. Estamos ante un hecho social que podríamos llamar de felicidad política, donde la gente mansa obedece dócil cualquier estupidez y cree a pies juntillas todo aquello que tenga tintes de ser «oficial». En su extremo, la ignorancia hace de las suyas.

Después de dos años de resistencia modélica en las montañas, acogiendo a todo tipo de refugiados y marginados antivacunas (pura escoria estigmatizada, sin derechos a tomar un café o viajar libremente) y abrazando su soledad y a veces sufrimiento por la situación mundial de pandemia, terminé cogiendo el Covid. Fue un martes, a eso de las tres de la tarde, hora zulú. Alguien vacunado que venía de la ciudad para hacerme una entrevista antropológica llegó enferma. Le invité a hacer la entrevista al aire libre aprovechando los estupendos y sanadores rayos de sol, pero prefirió ambientar la misma en la pequeña cabaña, lugar emblemático de la resistencia. Por amor a la antropología accedí. Fue inevitable. Dos años de vida sana en la montaña no sirvieron de nada. El virus empezó a expandirse por mis venas en cuestión de horas gracias a la acción-participación y la etnografía clásica. También gracias a los astros y unas inevitables sincronías que tenían que suceder a continuación (pero esto lo dejo para otra historia).

Tres días después del contagio tuve los primeros síntomas. Primero me miré las manos para ver si se me había caído algún dedo. Existía el rumor, creo que aún infundado, de que al menos a un diez por ciento de la población mundial se le caen los dedos con el Covid. Pasó en un slum de Calcuta, hace diez meses, y la noticia corrió como la pólvora. Al ver que no perdía ningún miembro me hice un test de antígenos y di positivo. Realmente no creo en ese tipo de test, sobre todo después de lo que dijo un presidente negro de Tanzania cuando experimentó con piel de papaya y una cabra, que también dieron positivo en el test. Por cierto, el presidente murió meses después de forma misteriosa. Como era negro y negacionista, la noticia no trascendió.

A pesar de todo, quería hacer un experimento antropológico y ver qué pasaba realmente cuando me había convertido en un apestado que además no tenía pasaporte sanitario por no estar vacunado. Llamé a los servicios sanitarios para confesar mi caso, ayudando con ello a aumentar el estado de alarma y la fatídica estadística. Enseguida un ejército de rastreadores (así se hacen llamar, la verdad es que da miedo), muy educadamente me empezaron a hacer miles de preguntas, como hacía la Geheime Staatspolizei con los Judíos para determinar su pureza de raza, pero de forma más educada y suave (son otros tiempos, y como decía antes, la porra ya no se lleva). Por supuesto, no les hablé de la resistencia, ni de la papaya, ni de mi dieta galletariana. Eso sería como si Al Brown, antes de convertirse en Radcliffe-Brown, que suena más aristocrático, hubiera traicionado los ideales del gran Kropotkin por una papaya de Tanzania. 

Pero más allá del estado conspiranoico en el que vivimos, donde las élites, por cierto, se han hecho vegetarianas y ya no beben vino ni fuman puro y están en contra de las macrogranjas mientras que en disimulado susurro gritan un suave Sieg Heil (o al menos eso dijo en una entrevista un eurodiputado de la extremaderecha), era importante poner a prueba mi poder de resistencia. Venía la prueba de fuego… ¿sería capaz de vencer esta enfermedad a base de galletas? Mi mala alimentación a base de carbohidratos se iba a poner a prueba, y con ello toda mi reputación. Aunque no pertenezco a la élite (sí me gusta Wagner, pero eso no significa nada, a veces también escucho al Fary) me hice vegetariano a los 16 años por convicción activista y desde entonces mi dieta se ha basado en carbohidratos. El motivo es que no me gustan las verduras ni la fruta (ni siquiera la papaya, sí un poco el melón, pero poco), y sin embargo, puedo volverme loco comiendo pizzas o galletas. Por suerte siempre he gozado de buena salud, quizás porque siempre fui algo deportista. Pero esta enfermedad suponía una auténtica prueba iniciática, un rite de passage entre las columnas enigmáticas de Boaz y Jakin.

Más allá de las teorías del contrapoder imaginario, lo cierto es que he vivido este trance como un resfriado agudo y tranquilo. No he tenido ninguna complicación ni ha resultado ser una enfermedad fatal. El primer día fue malestar general, el segundo y el tercero sentía como si unas navajas quisieran cortar mi garganta (ahí si que noté algo de manipulación genética en el maldito virus, y admito que me acordé mucho de China), la típica molestia que se tiene en los resfriados. El cuarto un poquitín de tos y voz ronca y el quinto día estaba ya como nuevo. Eso ha sido todo.

Intento comprender porqué hay personas que incluso han perdido la vida por esta aparente y simple gripe y otras hemos pasado por ella de forma casi ridícula. Me pregunto si será por el estilo de vida, aquí perdido en la montaña, entre bosques y naturaleza, una vida muy tribal, o es que en verdad, mi súper dieta a base de galletas ha conseguido combatir con éxito esta terrible enfermedad. Sea como sea, me siento orgulloso de no haberme vacunado. Primero porque lo que menos quiero en el mundo es que me inyecten un microchip encubierto en la cabeza para controlar mi vida. No quiero que nadie sepa cuantos kilos de galletas como a la semana y qué canciones de Wagner escucho día sí o día no (luego Google se llena de noticias sobre Wagner y es algo insoportable). Y segundo, porque lo que menos desearía sería quedarme estéril como afirman algunos estudios relevantes realizados en las islas Salomón con pepinos asexuales. Deseo tener hijos, y no uno o dos, sino al menos seis o siete, mejor siete por si tenemos que votar qué día celebrar el cumpleaños de Noam Chomsky y no hay consenso… auuuuuuuuu!!!

Pero más allá de la seriedad de toda esta fiesta pandémica con muertes y familias arruinadas, yo creo que lo que realmente me ha sanado ha sido la Vida. Las ganas de vivir que en estos días se han multiplicado por mil gracias a la conjunción de los astros, y la certeza de que las cosas no pasan por casualidad dentro de este extraño noumicon. Es como si una ancestral descendiente de algún habitante de la desaparecida isla de Thule hubiera llamado estos días a la puerta y de repente el amplio abanico de la posibilidad se hubiera extendido ante mí con una mágica fórmula matemática que pocos podrán resolver: (1+1=8/9). Es como si hubiera entrado en la nube del no saber, en el hilozoísmo más puro, en la incógnita de subir a lo más alto de la cima recordando que sabemos volar. Aunque esto sea una locura, va tomando altura. Ahora solo nos queda volar, que decía la canción. Así es la vida. Una estrofa, una canción, un suspiro, un sueño, una visión, un laissez faire pluscuamperfecto. Y como dijo el Fary alguna vez, lo que ha unido el Covid, que no lo separe el hombre (Mateo 19,3-12). Amén.

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Imbolc, Mazal, Acuario


«Que ese goteo de inspiración de tu alma en lo alto no se disipe, sino que tenga un efecto positivo y duradero, que desde este evento en adelante vivas tu vida con una conciencia más elevada. Que seas consciente de las bendiciones en tu vida y que estés preparado para recibir más y más». Bendición Mazal Tov

Ayer, en la plácida noche, desde el otro lado del ocaso, me susurraban al oído que la Kabalah nos explica que «Mazal» es un acrónimo formado por las iniciales de Macom, Zman y Limud, que significa a su vez Lugar, Tiempo y Enseñanza. El pueblo judío siente que lugar, tiempo y enseñanza, en combinación, es lo que denominamos ignorantemente «suerte». Más allá de la suerte, existe un modelo superior cargado de significado que acompaña al principio esencial de amor y cuidado. Me gusta llamarlo lazo místico, aunque Borges lo expresaba de forma más hermosa en su poema Everness hablando de Arquetipos y Esplendores. La suerte, o aquello que determina nuestro libre albedrío, es algo complejo y difícil de comprender. Todas las decisiones que tomamos, a veces fortuitas, a veces sabias, a veces broncamente erróneas, determinan para siempre nuestro destino. Sin embargo, hay un destino ineludible. Es ese de los esplendores y arquetipos, el del lazo místico, ese que llaman el propósito de nuestra alma o su misión.

Esa misión es como un goteo de inspiración del alma. Algo que no puede disiparse, sino que, como lluvia fina, va permeabilizando nuestras vidas cuando de verdad nos abrimos en canal a ella. Más allá del karma o el dharma que hayamos insistentemente acumulado en nuestro haber, existe inevitablemente un hilo conductor de todas las cosas. El miedo nos puede alejar de ese hilo conductor y nos puede expulsar de la noción de las cosas. Y el amor nos puede dar pistas de hacia donde conducen esas benditas aguas que caen de los cielos primordiales.

Estos días celebramos uno de los hilos conductores de la tradición celta: el Imbolc. El Ceòl Mór y Ceòl Beag, la música grande y la música pequeña, empiezan sus ritmos. La luz empieza a crecer tras la luna nueva de Acuario y nace la oportunidad de que los puntos de la fertilidad se sientan, se reconozcan y deseen unirse. Es el ritual de la fecundidad por excelencia, el tiempo en el que las pequeñas ovejas empiezan a ser gestadas. Es el instante justo dónde el lugar, el tiempo y la enseñanza se unen en el cuidado y el amor.

Para la Kabalah, Ahava (amor) y Daaga (cuidar), son las energías esenciales para conseguir la Ejad, la unidad primordial de todas las cosas. Los enamorados se aman y se cuidan, los padres aman y cuidan a sus criaturas, y así la Naturaleza, en su infinita generosidad, nos ama y nos cuida para que algún día seamos Uno con ella.

Por eso, aunque aparentemente todo parezca desencajado, existe un hilo conductor, algo que une a Imbolc, a Mazal, y la luna nueva de Acuario. Algo que ocurre en el mundo celta y en todos los mundos posibles. Un hecho que astrológicamente tiene su profundo significado, asociado a la fertilidad, a la crianza, al amor, al cuidado.

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Serendipia sempiterna


“Madre Tierra, tú eres mi soporte vital, como soldado, necesito beber tu agua azul, vivir en tu arcilla roja y comer tu piel verde. Ayúdame a equilibrarme como tú equilibras la tierra, el mar y el espacio. Ayúdame a abrir mi corazón, confiando en que el universo me alimentará. Rezo porque mis botas pisen siempre tu rostro y mis pasos coincidan con tus latidos. Lleva mi cuerpo a través del espacio y el tiempo. Eres mi conexión con el universo y con todo lo que viene después. Yo soy tuyo y tú eres mía. Te saludo”.
(Los hombres que miraban fijamente a las cabras)

Qué hacer cuando el destino llama a tu puerta. Cuando de repente se detiene el tiempo y el planeta entero empieza a decelerar. Cuando la realidad Una se manifiesta y entremezcla; el tiempo cronos se difumina con el kairos y toda la vida se detiene, escuchándose tan solo el latir de todas las cosas, de todos los seres. Un latir lento, sosegado, apacible. Un fenómeno hilozoísta silencioso. Ahí, en ese instante de quietud, se escucha la vida, se adivinan los lazos invisibles que nos unen unos a otros, se perciben las almas que se reencuentran una y otra vez para múltiples propósitos. Es en la noche cuando los cuerpos se desnudan, en su arco celeste, en su bóveda astral. Es en la noche cuando los velos caen y la luz brillante de la oscuridad aparente se desliza sincera por las almas.

De repente un hallazgo afortunado e inesperado, una serendipia. Desde una galaxia lejana, más allá de Sirio C, una hebra surge. Alcanza los telares de la tejedora. Se expande por los recovecos infinitos de todos los mundos del círculo-no-se-pasa. Y se posa leve, como una pluma, sobre la mesa de Ceres. En la luna nueva de Acuario ocurre el sempiterno fenómeno. Dos estrellas lejanas que se juntan en un espacio-tiempo más allá de todos los espacios y todos los tiempos. Era un designio, una señal del cósmico firmamento, un algoritmo que esperaba paciente su momento. O un destino llamando irremediable.

Como un pequeño vals vienés, soñando viejas luces cuando los rumores llegan en la tarde tibia, lo que tiene que suceder, inevitablemente sucede. Allí de frente, los corazones, más allá de los cuerpos, la alegría por el descubrimiento desnudo. Quizás aquello que el Universo tiene para cada uno no sea más que un sueño, o quizás una posibilidad, o tal vez una realidad con forma de cabeza de río, de armónicos y jacintos. Sea como sea, ahí está el mar, su anchura, su infinito, su hallazgo, el momento único e irrepetible de la ocasión. La semilla que se porta, como aquella acuariana ráfaga que da de beber agua a los sedientos del desierto.  A los pajarillos, a los alegres ratones, a los tímidos cervatillos y conejos.

Las almas se ponen de rodillas y rezan juntas, de igual manera que lo hacían en la extinta isla de Thule: madre Tierra, tú eres mi soporte vital. Un fragmento de la mañana, en el salón de la escarcha, una luz en el amanecer. La voz del corazón es un pájaro que canta, alma que vuela en la luz. Todos son fragmentos, todo es oración. La leyenda, el mito, el cuento, se entremezcla de forma extraña con la realidad. La fantasía se vuelve presagio, se transforma en señales, en certezas. ¿Y si no fuera un sueño? ¿Y si fuera lo inevitable? Aquello que sucede de repente, como un hallazgo soñado y esperado. Aquello que se tejió misteriosamente en los telares infinitos. Algo que durará siempre por no tener ni principio ni fin. Algo que llama fuerte a la puerta del Destino.

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A la que ama a los lobos


Soy una continuación, como la lluvia es una continuación de la nube.
Thich Nhat Hanh

A Alexandra, agradecido por su luz… 

Amanece. Era inevitable. Nace con una nueva luz, con una radiante luz. Cero grados fuera, en el bosque. Unos acogedores seis grados dentro, en la pequeña cabaña. Los rayos golpean el rostro de frente, sin miedo, abrazando cada éter de su infinita generosidad. Me siento una continuación del crepúsculo de ayer, en un estado nuevo, en una versión nueva. Como la lluvia es una continuación de la nube, los rayos de este amanecer lento y sugerente es una continuación de los rayos del atardecer.

Releo de nuevo, al alba, el poema de Antonio Colinas: “Zamira ama a los lobos”. Al hacerlo, siento el mismo deseo que el poeta: “yo quisiera ir con ella a buscarlos, a las tierras más altas, donde los robledales rojos de Sotillo, han perdido sus hojas en las fuentes, allá donde los caballos beben el agua helada de las cascadas y se espera la nieve como una bendición”. Los versos, frescos e inspiradores, aúllan dentro de mí. Me imagino a Zamira con una pluma en su cabeza, subiendo salvaje hacia las montañas, buscando las fuentes heladas, buscando en los rayos del sol su propia continuación, y yo intentando alcanzar sus sombras, corriendo detrás de ella hasta llegar a la cima, junto a los lobos.

Como el día se cargará de recuerdos inevitables, escucho de nuevo la canción de José Alfredo Jiménez,  ¡Vámonos! Como si dos seres distintos no se pudieran querer, que decía él. Qué hermoso sería, que sin ser primavera aún, sin ser iguales, que nada importara. La vida es muy corta, así que vámonos, donde nadie nos juzgue. Sí, vámonos a los bosques, junto a los lobos, buscando los rayos de un nuevo amanecer. Zamira, partamos y no regresemos, ¡vámonos! ¡Allí nos esperan los lobos y las fuentes! ¡También la alegre compañía de los niños salvajes!

La sonrisa de aquellos niños salvajes viviendo en las montañas, entre bosques y ríos, subidos a robles y abedules, castaños y fresnos. Unos que suben, otros que caen, todos riendo por las bromas del bosque. Una vida fresca y libre como el cielo azul y brillante. Una vida con un sentido nuevo, con una consciencia diferente. Una vida vivida, plena, radiante, consciente. ¡Oh dulce vida! Todo parece tan mágico cuando se sueña desde la inocencia y la bondad.

Así que estos días de enfermedad han servido para disfrutar del amor, el regalo de la vida, los sueños, la poesía, la música, la amistad. Han servido para mirar de forma diferente los crepúsculos, y atender con urgencia los nuevos amaneceres. Ha sido como subir a las montañas y ver en los ríos nacientes sus fuentes, un brote de esperanza, una luz nueva. Subir a lo más alto, allí donde viven los lobos, y aullar con ellos. Sentir como si todo fuera una corriente, un fluir, la continuación de algo que nunca se detuvo, que siempre estuvo ahí. Saber que lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá. Saber que a veces, esperar merece la pena, porque pase lo que pase, siempre llega el amanecer, y su nueva luz radiante.

Gracias Zamira por aullar junto a los lobos, allí en las montañas, cerca de las fuentes heladas de este invierno prometedor, junto a los niños salvajes.

Llegando a casa en el crepúsculo


Nikolay Ninov, 1973. Artista búlgaro. Llegando a casa en el crepúsculo.

Sucesos sin fin fluyen hacia la eternidad. Los ocasos son hermosos hilos en ese fluir. La luz se apaga, se vuelve roja, intensa por un instante hasta que desaparece tras las montañas. Surge el silencio. Así una y otra vez. Cada ocaso, cada crepúsculo es diferente. El trabajo y su calidad determina cómo vemos cada atardecer. El cansancio influye. La enfermedad o la salud influyen. Puedo decir que hoy el ocaso era diferente. Lo tenía a mi espalda pesada como juicios. Lo percibía en múltiples colores tras de mí. Esta vez, a diferencia de otras veces, no quise mirarlo directamente. Solo sentir el calor de los últimos rayos, el devenir del arrojadizo silencio.

La sensación, quizás por primera vez en mucho tiempo, era de haber llegado a casa. Veía los libros amontonados, los mensajes sin contestar, las llamadas no atendidas. Sentía cierto calor al ver la luz tenue que entraba suave por la ventana. Adivinaba el bosque ante la imposibilidad de ver todo el conjunto. Solo algún abedul, algún roble y las madreselvas, destacando especialmente ahora que los árboles están desnudos.

Llegar a casa en el crepúsculo y sentir el crepitar del fuego en la chimenea. Es invierno, hace frío. Alguien acumuló algo de leña seca durante aquel verano inolvidable. La recuerdo con devoción y cariño. Puedo decir que la añoro. Por eso quemo la leña muy despacio, con la esperanza de que el montón que acumuló pensando en mis fríos inviernos nunca termine. Es una ilusión, igual que el amor es una ilusión cuando no es correspondido. Pero ahí está la pila de leña, dos años después.

Hace días que no toco el piano. Algo falla en la electricidad general que hace que a media tarde, en el ocaso, nos quedemos sin luz. Debería revisar la instalación eléctrica. Es difícil llevar tantas cosas sin luz, especialmente ahora que las noches son largas. Pero más difícil es ver el piano silencioso, esperando algún sonido nuevo, alguna improvisación. Pongo la bombillita auxiliar, la que conservo para este tipo de emergencias. Con ella puedo leer algo, escribir algo, pensar algo. Hoy me sorprendí tumbado, mirando hacia la nada, sin más. Observaba la estantería llena de libros y me preguntaba sobre esos sucesos sin fin que fluyen hacia la eternidad. Todos los días se suceden uno tras otro y todos los días los ignoramos. Ignoramos los atardeceres, los amaneceres, los días de radiante sol, los días de lluvia, los ciclos que se amontonan a cada instante y a los que hemos dado la espalda.

Me siento en casa. Ya es de noche. El bosque está extrañamente silencioso. A veces se escucha alguna lechuza, algún ave nocturna o algún roedor haciendo de las suyas. Las perritas se han independizado y ya no escucho sus peleas y juegos. La soledad es tremenda, especialmente cuando el recuerdo te lleva a ese compartir de antaño. Leíamos juntos, hacíamos fuego, estudiábamos, escribíamos, reíamos, nos abrazábamos y pensábamos la vida como algo único e irrepetible. Hoy hace tres años que por estas fechas viajamos al desierto de Israel, a Tierra Santa. Tres años ya…

Desde que se marchó perdí la ilusión por el amor. Sentí que de alguna manera estaba llegando al crepúsculo de mis días, y que ya solo me esperaba disfrutar de los mismos de forma desapegada y solitaria, desde otro lugar, desde otra alegría interior. Quizás así sean los crepúsculos. Lugares de paso, de transición, de espera del anochecer. Luego la profunda noche… luego… de nuevo… el amanecer… y su luz, y su radiante luz…

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El que abre una escuela, cierra una prisión


«El que abre una escuela, cierra una prisión» (Víctor Hugo).

El alma siempre desea manifestarse en nosotros mediante dos aspectos: la vida y la consciencia. Una se expresa y nace en el corazón, la otra en el cerebro. Una utiliza la corriente sanguínea para que la vida se expanda en nuestro cuerpo. La otra, el sistema nervioso y su entramado de conexiones.

Las escuelas del futuro enseñarán estas verdades y ofrecerán herramientas y entrenamiento para que la realidad del alma sea manifestada, de modo que nuestra existencia responda a la vida del alma y a su consciencia, y no a la prisión de nuestra personalidad, atrapada siempre en una realidad limitada y egoísta.

El reto es profundo, especialmente cuando se intenta de alguna forma crear un espacio donde se pueda hablar abiertamente de estas cosas, y encaminar todos los esfuerzos a crear un laboratorio, una primera escuela que ofrezca herramientas y entrenamiento para el contacto abierto con nuestra alma.

Abrir una escuela del alma para alejarnos de la prisión de nuestra personalidad será el gran reto. El año pasado dedicamos mucho tiempo a la creación de los planos de esa escuela. Este año tocará empezar su construcción. La parte material de la construcción será todo un reto. La parte pedagógica será aún de mayor complejidad.

Encontrar personas íntegras que hayan completado en sí mismas un adecuado entrenamiento es difícil. No tan solo un entrenamiento del dominio sobre la materia mediante algunas disciplinas físicas que pongan el énfasis en la alimentación o la higiene de los cuerpos mediante la ingesta de sustancias inocuas. Sino también personas que tengan pleno dominio de sus estados de ánimo, de sus emociones y de sus pensamientos, demostrando con ello que están preparadas para albergar la posibilidad de la vida plena y de la consciencia plena, es decir, la esperanza de que la vida del alma se manifieste completamente en nosotros.

Una escuela para el Alma debería tener en cuenta aquellos atributos y aspectos que hacen posible su manifestación en el plano de la forma. Dichos aspectos han sido recogidos en cierta manera en algunos tratados de filosofía espiritual. Esos aspectos son los que procuran una buena praxis, cultiva la belleza en todos los aspectos de la vida y potencian la voluntad de servir, actuando al final de todo proceso, de forma grupal.

El primer aspecto es el de Voluntad o Propósito.
El segundo aspecto es el de Amor-Sabiduría.
El tercer aspecto es la Inteligencia Activa.
El cuarto aspecto es la Armonía (atravesando el conflicto).
El quinto aspecto es el Conocimiento Concreto.
El sexto aspecto es la Aspiración (antiguamente llamado Devoción).
El séptimo aspecto es el Orden.

La consciencia y la vida son principios fundamentales de la realidad. Existe el mito de que es el cerebro el que produce dicha consciencia y sostiene con ello la vida. Pero realmente no es así, la consciencia y la vida son aspectos universales que se expresan en nosotros dependiendo del equilibrio que tengamos interiormente. El cerebro y todo nuestro cuerpo es un instrumento, una antena que sintoniza, dependiendo de su “frecuencia”, aspectos más o menos profundos de la vida y la consciencia. Tener una antena adecuada hará que la profundidad del mensaje sea más contundente. Crear Escuelas dónde se estudie las frecuencias adecuadas y el cuidado de la antena que somos hará que el ser humano avance hacia su progreso inevitable. Un progreso que versará en la expansión de la consciencia hacia nuevas realidades y visiones.

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Suzanne Powell: soñar con los muertos


Hoy tuve un bonito sueño con la amiga que se marchó hace unas semanas. Suzanne Powell aparecía con alguien más y me guiaban por sus estancias y moradas hasta llegar a un lugar donde estaban escribiendo juntas un libro titulado algo así como “Guía para ayudar a los Guías”. Suzanne Powell sirvió de guía a muchas personas. Dotó de esperanza a un gran número de seguidores y con su peculiar estilo, abrió las puertas de la espiritualidad a mucha gente. Alguna vez hablamos del futuro que creíamos lejano, y nos preguntábamos sobre quién guiaría a los guías de la especie humana, y sobre quién cuidaría de ellos cuando no tuvieran fuerzas o estuvieran agotados.

Hace unos días fallecía el maestro budista Thich Nhat Hanh. Fue cuidado y asistido en uno de sus monasterios gracias a los miembros de la Orden de Interser que él mismo había creado. A diferencia de Suzanne, Thich Nhat Hanh había entendido la necesidad de crear comunidades de vida conscientes donde unos cuidaran de los otros, y pudieran desde el esfuerzo grupal, practicar y compartir el Dharma. La espiritualidad comprometida o activista requiere no solamente hablar de espiritualidad, sino ponerla en práctica. La creación de comunidades de vida espiritual es una buena forma de hacerlo.

La joven y hermosa Alba murió recientemente, de forma abrupta e inesperada. Llegó hace unos años a este lugar haciendo el Camino de Santiago. Esa experiencia de peregrinaje interior le impactó. Su transformación espiritual la vivió con intensidad y cambió su vida para siempre. Para muchas personas, el peregrinaje a “tierras santas”, produce una transformación interior. Sentí un crujir interior cuando me enteré de su muerte. Tenía todo un camino por delante para convertirse en una buena guía para muchos. Estaba labrando su futuro de forma que su mundo transformaría también a parte del mundo. Alba venía de los confines de Rusia, alta, preciosa, alegre, profunda. Nunca pudo crear su Shanga, ni siquiera pudo inspirar a muchos en su breve vida, pero dejó una huella en la que de alguna manera la pudimos (re) conocer.

Soñar hoy con Suzanne me ha hecho repensar la muerte. La muerte y la vida, la fragilidad de nuestro devenir y peregrinar por este hermoso y único planeta. La muerte de Alba, de Thich Nhat Hanh o de Suzanne me han producido cierta alerta interior. Quizás Suzanne, con la que hablé mucho sobre ese tema en nuestros retiros y paseos, me ha querido decir algo con ese sueño. Algo así como “cuídate” y “cuida” a los guías que te rodean. A toda esa gente que frecuentamos y son fortaleza para nuestro espíritu. A toda esa gente que da su vida en una entrega suprema, en una constancia perseverante. Cuidar a los guías de la especie humana para que nos ayuden en nuestro tránsito, en nuestro peregrinar por el mundo. Cuidar a los que cuidan, cuidar a los que guían e inspiran.

Soñar con los muertos es como saberlos vivos al otro lado. Estoy convencido de que Suzanne, en su particular reset, ha podido ver todos sus errores y sus aciertos. Pero, sobre todo, ha podido ver todas las personas a las que pudo inspirar con su divina presencia. Confío en que esté bien al otro lado y confío en que pueda seguir obrando el bien desde el más allá. Su guía nocturna me ha servido para ver luz allí donde antes había sombras.

Dinámicas de lo Invisible


Los misterios del universo que la tecnología nos ayudará a revelar en un  futuro cercano - BBC News Mundo

¿Existe realmente el mundo que no vemos? No en nuestras mentes cegadas. Sabemos que la visión del mundo está condicionada por nuestras propias experiencias. Las personas que se ahogan en las preocupaciones diarias tienen una visión del mundo muy diferente a las personas que nadan sobre las mismas, y estas difieren de aquellas que vuelan sobre el mar de la incertidumbre ayudando a los demás como meta vital.

En el mundo invisible existen unas dinámicas que desconocemos, unas autopistas de fuerza y energía que jamás podríamos imaginar, un conocimiento inaccesible. Pensamos que la vida es tal cual la percibimos, pero jamás podríamos pensar que la vida no tiene nada que ver con nuestra percepción. ¿Os imagináis por un momento que aquello que nosotros vemos como feo u horrendo fuera realmente bello, profundo y hermoso para otras personas? Realmente eso es lo que ocurre. Vemos según nuestra percepción, una percepción condicionada por nuestros sentidos, nuestras experiencias y nuestro propio campo de visión.

El sustrato de las cosas, el funcionamiento del cosmos y la vida, la propia existencia de eso que damos por llamar inteligencia, son cosas que no podemos entender. Se escapa a nuestros sentidos, a nuestra percepción. Configuramos nuestros mundos de forma perfectamente igual a cómo estamos configurados por dentro. Vivimos, sin más, en el mundo que somos capaces de imaginar. Esa imaginación se alimenta de nuestros prejuicios, de nuestros miedos, de nuestras esperanzas. No acertamos a comprender cómo se manejan los hilos invisibles que generan la realidad. Y generamos realidad justamente condicionados por nuestra propia y limitada existencia. Una gran paradoja.

Un gato vive una realidad limitada a su condición gatuna. Una ameba vive una realidad condicionada a su mundo pequeño. Un ser humano, aún con su egoica percepción y sus aires de grandeza, es ridículamente pequeño ante la vastedad del universo. La dilatación de nuestra realidad es complejamente limitada. La expansión de nuestras consciencias está condicionada por la proyección que hacemos de la propia vida. Si por dentro se vive una vida miserable, por fuera se experimenta dicha vida. De todas las dimensiones posibles, apenas alcanzamos a vivir en un par de ellas, y siempre de forma penosa, arriesgada, indecible.

Uno de los misterios aún no resueltos por nosotros mismos es que somos capaces de aumentar la visión. Solo debemos ser conscientes de que todo cuanto se encuentra fuera, se encuentra dentro. Este relato es impresionante. Todo aquello que está más allá de nuestra realidad se encuentra oculto en alguna parte de nosotros. Encontrar los resortes, las llaves, las claves para acceder a esas realidades es un camino complejo. Conocer y entender las claves de las dinámicas de lo invisible es un camino angosto. Pero acercarnos a sus maravillas puede hacer que nuestras propias vidas se conviertan en algo extraordinario. Hay formas de entender y comprender esas dinámicas. Hay formas de transformar nuestra realidad en algo diferente y sorprendente. Hay formas de transmutar toda nuestra existencia.

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Comunidad de vida consciente


El secreto de toda buena comunidad está en conseguir que la cotidianeidad sea alegre y feliz. Thich Nhat Hanh

Uno de los retos más complejos de la sociedad es enfrentarnos a nuestro presente y futuro de forma esperanzadora. Los desafíos que vienen nos enfrentan a un mundo cada vez más cambiante, ajeno a nuestra esencia y aparentemente, más inhumano. Inhumano en cuanto a la necesidad cada vez mayor de aislarnos en frente de una pantalla (en el ocio y en el trabajo) y pronto, en frente de una inteligencia artificial que convertirá nuestras vidas solitarias, viciadas y aisladas en algo insulso y sin fundamento basadas en metaversos ficticios. La inteligencia artificial no tiene porqué ser algo bueno o malo, pero sí es cierto que el ser humano, al menos la tendencia de la mayoría de la población actual, está caminando hacia un aislamiento “inhumano”, hacia algo que nos aleja de la naturaleza y de nuestra propia esencia.

Si antes la vida estaba enmarcada en un contexto familiar y natural, donde la familia era algo extenso y múltiple, enriquecedor y experiencial, ahora cada vez nos estamos volviendo seres más individuales y aislados. Las personas se creen emancipadas y carecen de la necesidad de procrear o tener descendencia. Y aquellos que se atreven, no tienen más que un hijo, el cual termina creciendo en un entorno de padres separados, aislados entre telepantallas y “entretenimientos” virtuales. Esto es de una complejidad cada vez más preocupante, porque no sabemos a qué nos llevará en un futuro inmediato.

Una de las alternativas que en el futuro se gestará con mayor fuerza será la creación de comunidades de vida consciente. Uno puede preguntarse qué entendemos por comunidad y qué entendemos por vida consciente. Los conceptos pueden albergar múltiples significados. La vida en comunidad, en comunidad consciente, es algo complejo, porque requiere algo más que vivir juntos y buscar medios de subsistencia que permitan una vida material, emocional e intelectual lo más cómoda y sencilla posible. Más allá de esa triple dimensión del ser, debe existir una intención mayor, digamos, consciente, para vivir juntos. No se trata solo de compartir espacios y tiempos, subsistencia y desarrollo personal. Se trata de actuar activamente para generar un cambio positivo en nosotros y en nuestro entorno, más allá de nuestro aislamiento y ombligo. Es vivir conscientemente una vida plena, realizada, enfocada a ser útiles primero hacia nosotros mismos, luego hacia nuestra comunidad y también, con la mirada y la esperanza de ser útiles a todo el planeta.

La utilidad viene marcada por nuestro grado de consciencia en todo lo que hacemos grupalmente. En nuestros hábitos alimenticios, en nuestra dieta, en la construcción de nuestras viviendas, en nuestras relaciones interpersonales, en el trato al otro. Ser alegres y felices es fundamental para que la vida en comunidad sea posible. No podemos arriesgarnos a vivir cansados, malhumorados o en un enfado constante. El ser humano es frágil y delicado, y con esa fragilidad debemos tratar de hacer su vida más plena.

Vivir en comunidad no es la panacea perfecta, pero es un reto importante para salir de nuestro aislamiento, vivir una vida plena y sentir que somos partícipes de un movimiento global que busca y desea un cambio consciente para nuestras vidas y nuestro planeta. Los valores de la inofensividad, del cuidado de la tierra desde una forma respetuosa, de construcciones ecológicas basadas en la simplicidad voluntaria, de valores de cooperación y apoyo mutuo donde la tierra sea liberada y pertenezca a la generosidad del conjunto y no al egoísmo individual, son retos cada vez más posibles. La emancipación individual y grupal es posible en comunidades de vida consciente. Una vida que aspira a elevar la mirada y la visión más allá de nosotros mismos y crear el entorno posible para poder inspirar a más gente. Ese es el reto en el que nos hemos involucrado. Esta es la visión de la que deseamos aprender, crecer y compartir.