Suzanne Powell, in memoriam…


«Y recuerda aquello que está escrito
Amar al semejante es mirar de frente a Dios» (Los Miserables).

Ayer a medianoche me llegaba la noticia. Me quedé sin palabras. Suzanne había muerto. Salí fuera del restaurante y dejé a los hombres de negro por un momento. Tomé aire. Luna llena de Escorpión y Eclipse de Luna. No podía haber elegido mejor momento. Me la imaginaba subiendo a su nave y volviendo por un tiempo a su lejano planeta, lejos de los humanos, como ella nos llamaba. Misión cumplida, pensaría con su sonrisa traviesa.

Durante un largo tiempo nos escribimos hermosas cartas de amor. Incluso llegamos a soñar que tendríamos un hijo en común, aunque fuera un hijo simbólico o imaginado. Fuimos amigos y amantes espirituales. También tuve la fortuna de ser su primer editor. Aquel chico joven que vio en ella una luz especial y apostó por aquella desconocida chica rubia irlandesa, graciosa, simpática, atrevida. Aún recuerdo cuando dejó Barcelona con su niña Joana. “Por si viene la ola, mejor estar lejos del mar”. Tenía siempre humor para todo. Terminó viviendo en mi piso alquilado de Majadahonda. Agradecido por todo lo que hizo por mí le regalé lo que tenía en ese momento. Los muebles, la televisión de Dolores, aquel hermoso sillón, mi cama, las estanterías… Solo eran cosas. Cosas sin valor, excepto la emoción de pensar que ella le haría buen uso. «Dormiré en tu cama», me decía siempre buscándome las cosquillas.

La primera vez que conseguimos llenar un salón con más de mil personas me regaló una chimenea para mi bonita casa de diseño. La llamó la “chimenea del amor”. ¡Le hacía tanta ilusión hacerme ese regalo! Nunca olvidaré la cara y el abrazo y el sobrecito lleno de corazones con esos detalles que ella solo podía hacer. Estos recuerdos podrían parecer algo cursis, pero me llenan el alma recordarlos, recordarla, añorarla. Me hubiera gustado amarla más, sentirla más, corresponderle más. Pero su amor siempre era infinito para todos, y a ese infinito, los pequeños mortales de la tierra nunca podíamos llegar.

Escribimos juntos el Reset Colectivo, y luego, más tarde, encerrados en un hotel de El Escorial, nos atrevimos a escribir Atrévete a ser tu maestro. Nos levantábamos temprano, buscábamos aquel rincón tranquilo junto al gran piano y nos poníamos a trabajar. Los días pasaban rápido entre el humor y la alegría, entre los compases de aquel tiempo que se permitía lleno de aventuras. Sus bromas infinitas y su buen humor decoraban la belleza del compartir. Quería que fuéramos al Caribe o algún lugar lejano para escribir ese libro. «No puedo Suzanne, tengo que hacer el Camino», le decía. Así que buscó un lugar cerca de Madrid y allí nos encerramos hasta que tuvimos el segundo libro.

Suzanne era un pequeño ángel atrevido disfrazado de bella mujer divertida, amable y cariñosa. Nunca encuentras palabras adecuadas para describir a alguien especial. A veces su excesiva ingenuidad le daba malas pasadas. Aún recuerdo cuando empezó a hacerse famosa y yo le advertía paciente de los peligros del éxito. «Ten cuidado Suzanne, te puedes caer». A los pocos meses de aquella pequeña bronca se rompió la cadera patinando en la pista de hielo de nuestro querido Joaquín. Cuando fui a verla y la vi allí tumbada convaleciente en la cama y sonriendo como siempre a pesar de los dolores le regañé: “te advertí que ibas a salir herida”. Ella hacía broma y se metía con mis galletas y mi siempre preocupante mirada.

Hace unas semanas nos escribimos. “Cuando pases por Madrid avísame y te hago un reset”. Para ella hacer un reset era como bendecir para siempre la vida del otro. Pasaron los días y pasé por Madrid varias veces con el remordimiento de no haber llamado a Suzanne para quedar y echar unas risas.

Me hubiera gustado mirarla de frente, abrazarla por última vez, darle las gracias por haber creado tantos milagros a tanta y tanta gente. Gracias a ella y su idea de encerrarnos en un hotel para escribir su segundo libro hizo que retrasara mi viaje al Camino de Santiago en el año 2013. Ese retraso provocó que ocurriera ese otro milagro llamado O Couso. Mientras yo me perdía por los caminos ella me pedía que volviera a Madrid. En broma siempre le decía que a Madrid también llegaría la ola, que era mejor vivir en las montañas. La ola no llegó nunca, pero ella cabalga ahora en su mágico universo.

Gracias Suzanne. Gracias por todo lo que hiciste en mí, gracias por lo que hiciste por tanta gente. Buen viaje a casa, buen retorno al Universo. Ahora ya estás en tu  “Camino de la mariposa azul”…

Pd.- A los que me estáis preguntando de qué murió Suzanne, al parecer fue de una infección que se complicó en el hospital. Quiso morir en paz en su casa, con los suyos, sonriendo. 

La servidumbre tranquila


Viajas por un asunto profano. Del septentrión al mediodía. Un viaje largo y pesado, pero necesario para que algo se mueva. Los viajes siempre zarandean algo, dentro y fuera. Las cosas se colocan, se renuevan, se transforman. Eso ocurrió de forma extraña. Los astros se conjugan, la vida se alinea y algo pasa de repente.

De nuevo la caballería antigua se resiste y decido, en un acto de psicomagia empujado por la necesidad, cambiar de carruaje, tras casi veinte años de servicio y más de un millón de kms de mi viejo amigo. Misión cumplida. Miro como hacerlo en un tiempo récord y actúo, a pesar de las pruebas, que siempre las hay cuando te empeñas en caminar firme hacia un destino.

Todo sale bien y de repente me encuentro con un carruaje excesivamente grande para mi gusto, pero necesario para la causa, sobre todo para estos terrenos difíciles, a veces llenos de nieve y a veces intransitables. Pruebo el nuevo coche, negocio el precio, hacemos la transferencia y mientras me daban las llaves, recibo la noticia de que me han dado la beca que solicité para escribir un libro en América. Todo al mismo tiempo.

Como si algún tipo de mensaje oculto hubiera tras la gesta, siento cierta alegría al mismo tiempo que extrañeza, tan poco acostumbrado a recibir buenas noticias en estos tiempos. Es una alegría contenida porque afecta al pequeño yo, al ego. Enseguida sale el síndrome del impostor, como si de alguna manera sintiera que no merezco dichos premios. Luego reflexiono y pienso que quizás estoy recolectando algún tipo de néctar, y que mejor disfrutar de todo mientras dure.

En todo caso, siento una especie de servidumbre tranquila, sin aspavientos, serenidad, paz interior. Me entrego a la vida, juego con sus elementos, entiendo que debe existir algún tipo de alineamiento astrológico especial y aprovecho la buena suerte para seguir adelante.

La beca del Ministerio de Cultura está dotada de diez mil euros y se da a escritores para que durante dos meses, y en cualquier lugar del mundo, puedan escribir un libro. Intenté buscar un espónsor en Alejandría que no contestó. Luego solicité en una universidad de Bolivia y tampoco surgió. Al final se vio algo de luz en Nueva York. La idea de Nueva York era, aprovechando que nos habían otorgado un premio nacional a la mejor edición de un libro emblemático, realizar allí algún tipo de escritura que siguiera las pistas de aquel escritor de antaño.

Eso en lo formal, pero lo que realmente me pide el cuerpo es hacer eso, pero también aprovechar ese dinero para conocer antropológicamente hablando las entrañas y profundidades de ese gran país. Alquilar algún coche, como en otro tiempo ya hice, y viajar por la América profunda, conociendo a los cuáqueros, a los sioux, a los amish, a los cherokee, los menonitas o los apache. Diez mil euros pueden dar para muchos más libros, estrujar en esa aventura más elixires, aprovechando esa beca para saciar mi necesidad de aprender, de escribir, de viajar. Un premio merecido quizás tras más de siete años de constante sacrificio, entrega y devota pasión hacia lo inefable. En todo caso, se presenta una nueva vida por delante, y veremos cómo se puede vivir de forma intensa.

Ahora que ya llegué a la pequeña cabaña, a los espesos bosques otoñales, tras este nuevo periplo, me siento satisfecho por la servidumbre tranquila y por la agitación inevitable que todo viaje conlleva.

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Kumaré, encontrando al gurú interior



«Hay una grieta en todo, así es como entra la luz».
Leonard Cohen

En el desayuno en Ciudad Real, mi querida amiga P. me recomendó un documental que hablaba sobre los falsos gurús: Kumaré. Venía a cuento sobre los peligros que existen cuando el ego espiritual se apodera de aquel que se considera iluminado, y pretende a su vez iluminar al resto. Con el tiempo uno descubre de los peligros de los ciegos que se atreven a guiar a otros ciegos.  De ahí nace la gran enseñanza de la puerta estrecha, del arrodillarse humildemente ante la inmensidad antes de que la espada de la justicia corte nuestras cabezas. Se aprende inevitablemente a mirarnos al espejo interior para encontrarnos con nuestro verdadero enemigo: nosotros mismos.

Disfruté mucho con el documental, reafirmando la creencia de los peligros que encierran la ingenuidad, y el poder que se da a los falsos profetas. Cada vez creo más en la necesidad de “matar al Buda”, a la ilusión que desentraña esa, a veces fanática visión, de encontrar a un maestro, a un gurú que nos guíe por alguna senda.

Existen unos claros indicadores para separar la paja del grano. La más clara es la que dijo aquel verdadero maestro de maestros cuando nos advertía eso tan dicho de que por sus actos los reconoceréis. Las reglas para aspirantes, para discípulos y para iniciados están bien definidas, y quien las conoce, obra en silencio para poder desarrollar la búsqueda del verdadero gurú interior. Esa es la gran enseñanza de Kumaré, el falso gurú que de forma divertida inventó una doctrina para ver hasta qué punto un grupo de acólitos eran capaces de acreditarlo como un gran gurú.

Ya hemos dicho en diversas ocasiones que el verdadero gurú, más allá de practicar la inofensividad y la inevitable impersonalidad, no muestra nunca un camino o una doctrina. Más bien nos ayuda, mediante duras pruebas, en desapegado silencio e invisibilidad, a elevar nuestra mirada para que nosotros mismos hallemos ese camino, nuestro camino.

Atinar con esta enseñanza pasa inevitablemente por la gran renuncia, el gran acercamiento interior y el encuentro necesario con nuestro maestro interior, el maestro en el corazón. Solo cuando nuestra alma conecta con nuestra personalidad, cuando la misma se quiebra y se agrieta, entra la verdadera luz. Es entonces cuando se produce el milagro de sintonizar con nuestra familia espiritual y con nuestro trabajo grupal. Para cualquier otra senda, siempre tendremos la energía azul y la afirmación iniciática ¡Kumaré, Kumaré!

 

Pd. Para los que sientan algo de curiosidad por estas cosas, aquí os dejo una de las primeras reglas en el sendero espiritual, que muchos falsos profetas o gurús no son capaces de desarrollar, con los inconvenientes que eso conlleva:

Regla X: Los fuegos purificadores arden tenuemente cuando el tercero es sacrificado al cuarto. Por lo tanto, que el discípulo se abstenga de quitar la vida y que nutra lo más inferior con el producto del segundo.

Esta regla puede aplicarse a la conocida norma de que el discípulo debe ser estrictamente vegetariano. La naturaleza inferior se embota y densifica y la llama interna no puede brillar cuando se incluye la carne en la dieta. Esta regla es rígida e inviolable para los solicitantes. Los aspirantes pueden o no consumir carne, según prefieran, pero en cierto etapa del sendero es esencial la abstención de cualquier tipo de carne y es necesario vigilar con estricta atención la dieta. El discípulo debe limitarse a las verduras, cereales, frutas y legumbres, pues sólo así será capaz de construir el tipo de cuerpo físico que pueda resistir la entrada del hombre real que ha permanecido ante el Iniciador en sus vehículos sutiles. Si no hiciera esto y pudiera recibir la Iniciación sin haberse preparado de este modo, el cuerpo físico sería destruido por la energía que fluye a través de centros recientemente estimulados y surgirían graves peligros para el cerebro, la columna vertebral y el corazón.
No pueden dictarse reglas rígidas o ascéticas, excepto la regla inicial de prohibición absoluta -para todos los que solicitan la iniciación- de carnes, pescados, licores y el uso del tabaco. Para quienes pueden soportarla, es mejor eliminar de la dieta los huevos y el queso, aunque esto no es en modo alguno obligatorio; pero para quienes están desarrollando facultades psíquicas de cualquier tipo, es aconsejable abstenerse de consumir huevos y moderarse en el queso. La leche y la manteca entran en diferente categoría, y la mayoría de los Iniciados y solicitantes consideran necesario incluirlas en la dieta. Pocos pueden subsistir y retener todas sus energías físicas con la dieta vegetariana, pero allí está encerrado el ideal, y como bien se sabe, éste rara vez se logra en el actual período de transición.
A este respecto conviene recalcar dos cosas: primero, la necesidad del sentido común en el solicitante, factor del cual se carece frecuentemente, y los estudiantes deberían recordar que los fanáticos desequilibrados no son miembros deseables para la Jerarquía. El equilibrio, el justo sentido de proporción, la debida consideración de las condiciones del medio ambiente y un sensato sentido común, es lo que caracteriza al auténtico esoterista. Cuando existe el verdadero sentido del buen humor, muchos peligros pueden evitarse. Segundo, el reconocimiento del factor tiempo y la capacidad de efectuar lentamente los cambios en la dieta y en los hábitos de toda la vida.
En la naturaleza todo progresa lentamente, y los solicitantes deben aprender la verdad oculta de la frase: «Apresúrate despacio».

DK.

El Sacrificio del Ego


© Lua

 “En el tercer domingo de Adviento: el hombre busca la realidad verdadera, que se encuentra en lo espiritual. La clave para esta realidad y para toda cognición espiritual es el sacrificio. La voz de la quietud dice: no quiero hacer sufrir a nadie, quiero perdonarlo todo.”  Rudolf Steiner

Es tarde. El silencio, apenas roto por algún sonido de la calle, reina en esta casa sureña. Hace una temperatura agradable y escucho al fondo el leve sonido de la gotera que inunda poco a poco la cocina. Después de muchos meses de trabajo, esfuerzo y recursos, acabamos de enviar a la imprenta el libro El Jesús de la Sabiduría. Transformando el Corazón y la Mente. Una Nueva Perspectiva sobre Cristo y Su Mensaje, de Cynthia Bourgeault, una mística moderna que ha sido honrada como una de las cien personas vivas con mayor influencia espiritual. Este es el tipo de libros que requieren de un gran sacrificio y cuya recompensa material será mínima, más allá de la gran satisfacción interior de haber podido editarlo gracias a la ayuda incondicional de María, Mayte y muchas más personas que han intervenido en su traducción, corrección y edición.

La palabra sacrificio proviene de las raíces latinas sacra facere, las cuales significan “hacer sagradas las cosas”, honrarlas, entregarlas, y no “destruir”, “dolor” o “pérdida”, como vulgarmente pensamos. En ese sentido podemos pensar que este libro ha sido creado de forma sagrada, dada que la intención, nunca material, pretende conmover y compartir un mensaje de unidad espiritual que sobrepasa el esfuerzo, la pérdida o los meses de trabajo que pudieran parecer en vano visto desde la avaricia materialista.

Hoy le contaba a una amiga que nuestra editorial nunca fue comercial, y que más allá del hecho de ganar dinero con nuestro trabajo, había una vocación de servicio, cultural, antropológica, espiritual. Existe por lo tanto un halo de sacrificio, porque de alguna manera, queremos consagrar nuestro trabajo a la divina obra, a la entrega sagrada de honrar la vida, expandirla, apropiarla.

Mirando las cuentas de la editorial, estos siete últimos años han sido especialmente ruinosos porque dedicamos mucho tiempo, mucho sacrificio personal y colectivo para levantar un sueño, una utopía, algo único y especial que requería y requiere mucha atención, cuidado, entrega. De alguna forma hemos tenido que sacrificar parte de nuestras vidas y ganancias y bienestar material para que fuera posible este lugar inspirador. Todo ello hecho desde la más absoluta de las alegrías interiores, a pesar de la dureza de la prueba. Sacrificar nuestro pequeño ego ha sido un acto hermoso, un acto de querer hacer sagrado algo que de por sí no tiene precio, construir un puente sacro con nuestra alma, con el espíritu que nos mueve.

El ego no se molesta cuando así ocurre, porque en el fondo, se convierte en receptáculo, en morada de nuestro ser esencial. El sacrificio se presenta como una entrega que honra aquello que abraza. Calma nuestra sed, fluye con la fuente, corre veloz hacia las moradas del alma. Por fuera hemos sido algo más pobres que otros tiempos, pero mucho más ricos interiormente. Ha habido mucha incomprensión, crítica y recelo, pero nosotros hemos seguido trabajando, obstinados y en silencio, en nuestro propio deber, cumpliendo con nuestra parte desde la visión más profunda y acallada.

Era un precio a pagar, era una forma de sacrificar y honrar nuestras vidas. Por eso interiormente sentimos alegría, despertar, admiración por ver cómo se teje todo el conglomerado vital. Sentimos gozo y regocijo y alejamos de nosotros la queja o el miedo. A cada día su propia ocupación, su propio sacrificio. Es por eso que a pesar de nuestras propias cadenas, de alguna manera, cantamos como el mar, supurando el encuentro, el abrazo gnóstico a toda cognición espiritual.

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La cultura del esfuerzo


A las seis y media sonaba el despertador. A las siete me despedía de mi anfitriona en Mora, muy cerca de Toledo, dónde hemos cocreado un bonito libro que pronto verá la luz… ¡Qué tiempo más hermoso a su lado! Me gusta la gente feliz que enriquece tu vida, la adorna y la embellece.

A las ocho había quedado para desayunar en Ciudad Real con una buena amiga de los tiempos de universidad. Esas amigas que te hacen volar y ya anidan para siempre en alguna parte del extenso corazón. Qué bueno volverla a ver después de tantos años. Con nuestras arrugas, con nuestras canas, pero la misma sonrisa, la misma complicidad y los mismos interrogantes. Ella también se hizo escritora y eso me llenó de paz. “No sé por qué lo hago”, me confesaba mientras yo sonreía por dentro. El ser humano necesita crear, expandirse, brillar, pensaba en silencio. Todos tenemos nuestra propia luz… Todos hemos nacido para ser luz.

Tras desayunar seguí la ruta con el amigo Geo y llegamos a la hermosa y entrañable sierra de Córdoba. Allí estaba mi madre y su pareja. Comí con ellos, di un paseo por los caminos que durante años fueron mi refugio. Dado que el coche sigue estropeado, dejé a Geo con ellos ante la posibilidad de alguna avería en mitad de la nada. Por suerte el coche arrancó y me llevó sano y salvo de nuevo a Jerez, en esta ahora casa vacía que cuidaré durante unos días y me servirá de refugio para seguir trabajando.

Aquí he venido a esconderme para poder trabajar en la editorial. Necesito ponerme al día con el sustento, sacar libros adelante, sentirme útil en esa maravillosa oportunidad de crear puntos de luz condensadas en páginas de papel reciclado. Este año ganamos un premio nacional a la mejor edición. En los próximos meses deseo resucitar la editorial, poner en orden los pagos y poner en valor el esfuerzo y el trabajo cultural que durante todos estos años hemos cometido.

Lo de la cultura del esfuerzo fue el temazo con el que disfrutaba las tardes de esta primavera pasada con nuestra querida Paula, nuestra hermosa arquitecta, en esas interminables sobremesas en las que nos deleitamos entre sueños y promesas. La echamos de menos, sobre todo por su optimismo, por su alegría contagiosa, por su ilusión y por su voluntad y osadía a la hora de sacar adelante mil asuntos, trabajos, responsabilidades y compromisos. Me recordó un poco a mí mismo cuando tenía su edad y podía abarcar tantos asuntos. Su ejemplo me impulsó estos meses a dirigir mis pasos de nuevo hacia esa cultura del esfuerzo, especialmente en estos tiempos donde lo que menos se destila es precisamente eso.

En el trabajo, en el amor, en las relaciones, la gente descuida esa cultura, ese compromiso, ese trabajo, esa responsabilidad de atender y proteger todo aquello en lo que nos involucramos. Lo fácil es no comprometerse, “fluir”, esa maldita palabra que ahora está tan de moda y que resuelve la cobardía de no enfrentarnos a las cosas, a las personas, a las relaciones.

Fluir es bello cuando uno está conectado a la Fuente, a aquello que nos da vida, a aquello que nos introduce en el halo mágico de la existencia. El otro fluir, el fluir pequeño, es simplemente una excusa para no embarrarnos, para no involucrarnos en la cultura del esfuerzo. Buscamos siempre delicados pastos donde descansar, donde mirar siempre a otro lado. Sin embargo, recuerdo a mi querida Paula con añoranza y me digo: esta vez me voy a esforzar, me voy a involucrar más, voy a exprimir el jugo de la vida hasta que consiga poner en orden todos mis compromisos y responsabilidades.

Gracias querida Paula por la inspiración, y disfruta de tus sueños allá en las Bahamas. Sé que tu fuerza nos acompaña, y sé que tu inspiración me está haciendo volver de nuevo a la cultura del esfuerzo. Pronto brillaremos en nuestra celeste bóveda.

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ATRAPADOS EN EL CASINO DE LOS POBRES


Desde el majestuoso castillo de Peñas Negras no se podía ver las diferencias entre ricos y pobres. Sin embargo, en un tiempo muy remoto y absurdo, esas diferencias existían. El Casino de los Pobres es un lugar emblemático en las profundidades de Mora, un espacio que se creó en 1856 como mutua de ayuda y lugar de recreo y encuentro. Aquí se sanaban a los pobres, y ahora, de alguna manera, sana a las almas que buscan un lugar de ocio, de descanso, de distensión. Entre las columnas rojas de hierro fundido, junto al billar, el olor a alpechín y aceite recién prensado inunda el gran salón. En el casino de los pobres se respira un aire de riqueza interior, de paz, de tranquilidad, y fue por ello que pensamos que sería un buen lugar para trabajar en nuestro próximo libro.

El proceso competitivo entre el Casino de los Pobres y el Casino de los Ricos es muy simple. El Casino de los Pobres, también conocido como la Sociedad Protectora, tiene un billar. Además, según Antonio, el simpático camarero que atiende la barra de la Sociedad Protectora desde los siete años, tienen pensado ampliar y poner algunos futbolines. Cuando preguntamos cuántos socios tenían y nos dijeron que más de mil, a veinte euros por socio, no podíamos entender bien el sistema de negocio. Pagar 20 euros al mes para jugar una partida de billar no tiene aparentemente mucho sentido, ni siquiera aún con la esperanza de la futura ampliación con uno o dos futbolines. Nos pasamos toda la mañana trabajando en el libro mientras observamos el cúmulo de jubilados que pasaban por allí sin consumir nada, hasta que en un momento de inspiración, dimos con la clave.

Puedes estar en el bar del Casino el tiempo que quieras como socio, echar una partida y ahorrarte el consumo. A un euro mínimo de consumo por algún café o alguna copa, supone un ahorro casi de diez euros al mes en consumiciones. A cambio, el Casino de los Pobres se garantiza una entrada fija de veinte mil euros al mes sin gasto alguno. Toda una proeza de ingeniería económica para un pueblo de no más de diez mil habitantes. Uno de cada diez morachos son socios del Casino de los Pobres.

¿Y el resto? Por la tarde sentíamos mucha curiosidad y decidimos ir al Casino de los Ricos para continuar con nuestra labor editorial. Lugar donde antiguamente anidaban las personas pudientes del pueblo, por supuesto, un lugar con derecho de admisión. El antiguo «Círculo de la Concordia» creaba tertulias entre las clases acomodadas, hasta que los avatares históricos de nuestro país provocasen que a principios de los años 30, el número de socios disminuyera, perdiendo una cuarta parte de sus miembros participando en su declive final. En aquellos tiempos de antaño, los campesinos y albañiles no podían entrar. Sus plazas estaban reservadas para la exclusividad de la época. Queríamos comprobar, empujados por una curiosidad antropológica, qué había pasado con su historia presente. Lo que había ocurrido es que su majestuoso edificio se había convertido en un paradójico mercadillo con algunos puestos de pescado y verduras y su emblemático bar, ahora regentado por unos chilenos, estuviera cerrado.

Esto nos hizo pensar mucho sobre la pobreza y la riqueza, sobre las condiciones sociales y sobre cómo el estado del bienestar había diluido de alguna manera esas hasta entonces irreconciliables brechas sociales. Ahora un albañil o un agricultor podría entrar perfectamente al bar regentado por los chilenos, antes tan exclusivo, y los pudientes mandamases del pueblo podían, a su vez, pasar una tarde jugando al billar en el Casino de los Pobres.

No sabemos si la inclusión de los futuros futbolines hará, como nos decía Antonio, que los nietos se asocien al Casino. Lo que sí es seguro es que, si bien el billar pudiera atraer ciertos ademanes sociales entre los más pudientes, no soportarían la idea de ir a un lugar donde se jugara a algo tan vulgar como es el futbolín. Si el único billar del pueblo creaba distinción incluso entre los pobres, el futbolín, sin duda alguna, hará rebajar considerablemente las visitas de los antiguos habitantes del Casino de los Ricos, ese que ahora solo alberga alguna pescadería, carnicería y verdulería en lo que antes fue el lecho natural de la riqueza local.

Si miramos esta anécdota con visión amplia, nos damos cuenta de que en el mundo también existe un Casino de los Ricos y un Casino de los Pobres, e intuyo, positiva y optimistamente, que al final de los tiempos el Casino que triunfará será el de los Pobres. Y eso ocurrirá porque los pobres, en su miseria, habrán comprendido que la única forma de vencer a los avatares de todos los tiempos es mediante el socorro y la ayuda mutua, algo que los ricos, en su mayoría, olvidaron. Serán en el futuro los ricos los que tendrán que ir al Casino de los Pobres a jugar al billar, y quien sabe si sus propios nietos, inclusive a alguna partida de futbolín.

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Permíteme hacer todo aquello de lo que soy capaz


“Dios es el pródigo que se derrocha a sí mismo”. Karl Rahnner

En 1871, perdidos en una aldea de la costa danesa, muy dominada aún por la más ferviente tradición puritana, dos hermanas solteras cuidan de la pequeña congregación, cada vez más menguante, que su reverendo padre dejó al morir. La repentina aparición de Babette, llegada desde París tras algunos infortunios, cambiará sus vidas para siempre. Babette es acogida con caridad cristiana como sirvienta y, años después, tras tocarle la lotería y poder si quisiera liberarse de ese afanoso trabajo, prefiere gastarse todo ese dinero, correspondiendo así a la bondad con que fue recibida, preparando una gran cena. El festín de Babette fue ganadora del Oscar a la Mejor Película de habla no Inglesa y nos sorprende por la fascinación de la idea de fugacidad de las cosas, del esfuerzo derrochado para que todo termine en un solo instante.

Pude ver la película tras la recomendación de la misma en un libro de próxima aparición en el que ahora estamos trabajando que trata sobre la Sabiduría de Jesús. Ayer mismo, tras llegar tarde y agotadísimo de una excursión con unos amigos del alma por los peligrosos bordes del río Ulla. El día anterior lo habíamos pasado iniciando en los misterios a un profano recién llegado. Espada en mano, y bajo los auspicios de la bóveda celeste, pudimos completar parte del edificio humano con una prometedora adquisición.

Solo llevaba unos días en los bosques, en mi pequeña cabaña, acurrucado de frío entre sábanas de franela, tras llegar de otro periplo por tierras del mediodía. Siento que cuando me muevo, como en los viejos tiempos, la vida circula y circula. Como en la película de Babette, solo deseo hacer todo aquello de lo que soy capaz. Como si la vida se fuera a  escurrir entre las manos y la urgencia de actuar fuera cada vez más exigente, aunque eso supusiera un sacrificio extravagante, como el de Babette.

Esta mañana se me ocurrió subir al amigo Geo, nuestro querido perro, al coche, y así pasearlo por media península como en los viejos tiempos. Me espera otro viaje de diez días para poner en orden algunos asuntos de diferentes índoles. Tras reparar el otro día el coche, de nuevo surge otra avería y un extraño ruido de motor. Ahora estoy en Mora, en la profundidad de la Mancha, muy cerca de Toledo, en una hermosa casa acogido por una bella alma que se apiada de esta vida mía. La idea es programar la escritura de un libro que haremos juntos. Estaremos aquí dos días trabajando y luego seguiré mi periplo hacia el sur, dejando atrás estas tierras rojas rodeadas de castillos, molinos de viento y olivares.

Pienso que este año, ante los malos resultados de la editorial debido a la crisis del Covid, tengo que reinventar de nuevo la manera de generar recursos. Así que estos viajes me permiten buscar aliados, generar ventas, promover libros y afianzar la posibilidad de que mayores contribuciones editoriales generen mayores ingresos. El único objetivo, lejano a la ambición personal, y quitando la necesidad imperiosa de cambiar de coche, es la de apoyar la construcción de la futura Escuela. Cueste lo que cueste, este año toca trabajar duro para equilibrar las cuentas y seguir haciendo, para ello, todo aquello de lo que sea capaz. Toca derrochar energías para, de alguna manera, volver a empezar. Y al final de la jornada, imitar a Babette y festejarlo todo en un gran banquete, fugaz, placentero, liviano. 

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El Hambre Grande y el Hambre Pequeña


“Y tu cuerpo es el arpa de tu alma,
y te corresponde a ti extraer de ella
música melodiosa o sonidos confusos”.
Kahlil Gibran

Nos cuenta Wayne W. Dyer en su libro El Cambio que los bosquimanos del Kalahari hablan de dos hambres, el hambre grande y el hambre pequeña. El hambre pequeña desea alimento para el estómago, para el cuerpo, para sostener aquí nuestra vida. El hambre grande es un hambre de significado. Lo que nos amarga profundamente es la falta de significado, el no saber que nuestra vida tiene un propósito vital importante, y sobre todo, el no tener capacidad para descubrirlo.

Nacemos inevitablemente para algo. No es cuestión de pensar que nuestro propósito vital consiste únicamente para mantener con vida la especie humana. Eso era esencial hace millones de años, incluso algunos miles. Pero algo ocurrió cuando perdimos la inocencia como especie y mordimos la manzana del conocimiento. Algo se abrió dentro de nosotros, una especie de puerta para que encarnara en nuestro cuerpo la consciencia, el alma de los antiguos, el espíritu que nos mueve y conmueve.

Es ahí cuando entendemos que más allá del propósito de saciar el hambre pequeña, de tener un trabajo e incluso una familia, existe una necesidad mayor, una necesidad de sentido, de propósito, de misión en la vida. Si solo fuéramos una especie de cadena transmisora de vida, sentiríamos en nuestro más hondo pensamiento que algo falta. Cuando la inteligencia que albergamos se eleva a cuotas profundas, sabemos discernir el hambre pequeña del hambre grande, y sucumbimos a una especie de revelación sobre la vida y la existencia: “hay algo más allá”. Nos decimos. Ese plus ultra de los antiguos.

Conectar con nuestro propósito, con nuestro sentido como individuos es complejo. Nos puede llevar una vida entera. La existencia podría concurrir entre nuestro nacimiento y el instante preciso de iluminación que nos otorga la capacidad de visionar ese propósito interior. ¿Qué es aquello que nos hace únicos e irrepetibles? Precisamente ese instante de lucidez, de letanía, de revelación. Es una sucesión de hechos que nos conecta irremediablemente con la esencia de lo que realmente somos, y no con aquello que creemos que somos. Si miramos a nuestro alrededor con profundo discernimiento, llegará un momento en el que seremos capaces de encontrar una respuesta firme a nuestra necesidad de existir, a nuestra necesidad de saciar nuestra hambre grande.

El hambre grande nos lleva hacia sendas imposibles, hacia éxitos con los que nunca habíamos soñado. Sueños realizados, promesas cumplidas, proezas alcanzadas. El hambre grande, la necesidad de sentido, nos conduce hacia la puerta estrecha de un mundo por descubrir. ¿Qué hambre es esa que empuja nuestras vidas? ¿El hambre grande o el hambre pequeña? ¿Qué es eso que realmente nos lleva a brillar con fuerza, a ser diferentes, únicos e irrepetibles? Buscar sentido a la vida es saciar nuestra hambre espiritual. Es volver a reencontrarnos con el mayor de los sentidos. Es escuchar el arpa de nuestro espíritu resonar temblorosa en nuestras vidas plenas.

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Todos los Caminos del mundo


“No hay nada en este mundo que no se pueda sustituir por algo diferente; que los sonidos y los colores están intercambiándose interminablemente, como el aire que respiramos y la vida que nos da; que nunca nada está aislado o perdido; que todo procede de Dios y vuelve a Dios a través de todos los caminos del mundo”. Jacques Lusseyran

 

Me acabo de dar cuenta que he sustituido las complejas relaciones de pareja por la compañía silenciosa de Meiga, mi fiel amiga gatuna. Ella se mete en la cama, runrunea un rato, se acuesta a dormir y así hasta el día siguiente. Sin hacer ruido, sin molestar, sin exigir, sin manipular (excepto cuando tiene hambre, claro). De alguna manera puedo entender esas relaciones estrechas que muchas personas, ante la irremediable soledad, entablan con sus mascotas. Son como parejas, pero sin los problemas de las parejas.

En el fondo es algo triste, porque el ser humano aún no ha conseguido la madurez suficiente para relacionarse con sus prójimos de forma madura, amorosa, desapegada, justa, cariñosa, generosa, traspirable. Observo mi gran cama aquí en medio de mi pequeña cabaña y noto esa nostalgia de otros tiempos cuando ella llegó con la esperanza de que albergara a más vida, más allá de la mía. Una cama grande para que pudiera ser compartida con otro cuerpo, con otro yo que se extendiera dos palmos más allá de mí, o mejor aún, que se fusionara en esa postura tan irreverente como lo es el de la cucharita en una noche fría  de invierno.

Ahora que ya superé ese deseo y esa nostalgia, seguramente cambiaré de cama. Buscaré una pequeña, austera, donde pueda dormir yo, dejando algún hueco para la peluda gata, que en invierno busca el calor de la franela de mis sábanas y en verano campa salvaje a sus anchas por el angosto bosque. Una cama más pequeña hará que la cabaña parezca más grande. Aunque, lo cierto es que me gustaría vaciar toda la cabaña de cosas. No es que tenga muchas cosas, pero a veces siento que me sobra de todo. Ya hice un vaciado este verano, y casi todos los veranos pasados me he ido desapegando de algo.

Primero fue esa lámpara que me acompañó, por su valía, durante muchas mudanzas. Luego ese hermoso baúl que también sobrevivió a cientos de avatares. Recuerdos, ropa, de todo un poco. Hoy había un chico que estaba pasando frío en la casa de acogida y le regalé parte de mi vestuario de invierno. Haría lo mismo con todo hasta quedarme con lo justo. Necesito poco y de lo poco que necesito, necesito poco, como diría aquel gran maestro de la sencillez.

Sentir que la cama que poseo es muy grande es como sentir que ya ni siquiera albergo ese deseo de tener pareja. Prácticamente ya casi no deseo nada. En los tiempos de Buda, la gente en la India sabía que la miseria (dukkha), es causada por el deseo y la aversión (taṇhā). De alguna manera habían llegado al conocimiento de saber que si no hay deseo, la miseria desaparece. Y sabían que practicar la honestidad (sīla), un elevado estado de consciencia (samādhi) y el discernimiento (paññā) es la manera más eficaz de erradicar el deseo y, por lo tanto, erradicar la miseria.

Esto es muy importante en la vida de cualquier persona. Para los budistas, pero también para la ascética de cualquier religión, incluida la cristiana, el deseo es el fruto de todas nuestras miserias. Por eso ahora que cada vez siento menos deseos, me siento de alguna manera más centrado, más tranquilo, con más ganas de ser útil aquí en la tierra. Es como si de repente sintieras, quizás por la edad, que has recorrido todos los caminos del mundo, que has llegado a Roma en tu peregrinaje vital, y ahora solo te apetece volver a la simplicidad, decrecer en todo y con todo y sumergirte en la paz que el discernimiento, la consciencia y la honestidad te ofrece. La contemplación de la vida, actuando en ella, sin forzarla, solo observando el momento presente y atrayendo sobre ti toda la vasta experiencia espiritual. Poco más. Nada más. Si acaso, ser útil, ser mejor, Ser. 

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Cumpliendo con nuestra parte


 

El tiempo me sostenía tierno y moribundo,
Aunque yo, en mis cadenas, cantaba como el mar.
Dylan Thomas, “Fern Hill”

Ha sido una aventura atravesar de nuevo toda la Península sin tubo de escape, con una avería nueva aún por identificar y con el coche cargado hasta los topes con la mudanza de Mayte, nuestra nueva hospedera durante todo este invierno, nueva residente en la comunidad y facilitadora de la futura Escuela. Lo siento como un gran regalo del cielo, porque su experiencia y recorrido vital encajan perfectamente con el propósito de este lugar. Activista política, cultural y espiritual. Doctora en alguna universidad de Canadá y profesora universitaria en universidades de Inglaterra, ha desarrollado su carrera de forma magistral, lo cual le permite, tras todo su bagaje y experiencia, tener la suficiente fuerza y valor para dejarlo todo a casi treinta grados que estábamos en su bella casa de Andalucía esta mañana para venirse a vivir a una humilde cabaña a casi cero grados que estamos ahora recién llegados.

Toda una odisea, todo un cambio impresionante de vida que he querido sostener a su lado estos días dada la magnitud de su apuesta. Quería ver en vivo y en directo como una persona transforma su realidad de forma radical, sin importarle nada todo lo que deja atrás y sin importarle lo más mínimo las dificultades que a partir de ahora va a encontrar en este complejo lugar.

Interiormente me siento aliviado. Por fin un aliado, por fin alguien que de alguna forma ha podido comprender en toda su esencia y magnitud la profundidad de este proyecto, y de alguna forma, ante esa visión y entendimiento, ha decidido apoyarlo al cien por cien. Sea un acto de rebeldía, de locura o de máxima responsabilidad con la Gran Obra, lo cierto es que aquí está, en primera línea, con toda su mudanza recién llegada en una gran furgoneta cargada sobre todo de libros, libros y más libros.

Mi misión es cuidarla, hacerle el tránsito fácil más allá de las pruebas que el propio proyecto nos tiene preparadas. Así que mañana compraremos una estufa de pellets para instalarla en la recién estrenada habitación de hospedera. Su misión en los próximos tres meses es a lo que la casa de acogida nos obliga: practicar la paciencia, la tolerancia, la fortaleza interior, pero sobre todo, la humildad. El servicio es aquello que nos aproxima al otro de forma reverente. Será un tiempo en el que habrá que sostener de forma tierna todo ese proceso. Será un tiempo en el que el espíritu de los tiempos nos ayudará a cumplir con nuestra parte en el Plan. Mucho ánimo y mucha fuerza para Mayte. Cumplamos con nuestra parte.

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Como pollo sin cabeza


Con cariño para Dolores, en su día de cumpleaños… :-). (Vamos a esperar)…

Decía alguien que, como Jesús hizo, podríamos vivir una simplicidad radicalmente inmanejable en la que no tuviéramos nada que retener, nada a lo que aferrarse, nada que abrazar. Todos los caminos del mundo, sean cuales sean, nos llevan al mismo lugar. No hay escapatoria. Ricos y pobres, altos y bajos, vagos y trabajadores. Al final todo se resume en un nexo que nos une como seres vivos. Solo nos queda elegir como queremos llegar a ese lugar. Hoy es un día propicio para hablar de ello. El día de los muertos, de todos los santos, el día en el que se celebra nuestro destino común.

Dolores cumplía años. A primera hora la llamé y nos reíamos un rato. Ella por su edad, que crece irremediablemente, y también por mí, que a pesar de mi vida, seguía como un pollo sin cabeza. La expresión y ocurrencia nos hizo reír. Nuestro mantra predilecto: “vamos a esperar”, se había transformado de repente en un hecho consumado. No hay nada que esperar porque los últimos años han superado cualquier relato de ficción, y la vida ha transcurrido alocada, como un pollo sin cabeza, como una impertinente intransigencia continua.

Es difícil explicar que esa aparente incoherencia está radicalmente afiliada a una vía de simplicidad, una especie de kénosis, o algo así como un sacrificio extravagante, inútil, quizás innecesario ante la mirada profana. Vaciar nuestra voluntad para entregar nuestras vidas a algo mayor, llámese Dios, Voluntad Divina o Misterio, puede resultar extraño en nuestros días donde los más inteligentes se entregan al dios Pan, al dios Dinero, y el resto, a lo que surja, sin mayor criterio.

Viendo el momento presente, el mismo instante de ahora, podría parecer inconexo. Llevo más de una semana durmiendo en un sillón, rodeado de cajas de mudanza, ayudando más etérica que físicamente -por ese brazo roto y casi inútil para según que cosas- a una amiga que lo deja todo para irse a vivir a una pequeña cabaña en un perdido bosque. Hoy hemos cogido el coche sin tubo de escape y hemos notado que fallaba algo más, sin saber exactamente qué. Llenamos el coche de cajas y lo encerramos en un parking público hasta que mañana emprendamos el viaje. Esta noche, bien tarde, enviaré una nueva novedad editorial a la imprenta. Lo cierto es que el estar alejado de los bosques, recluido en esta sureña casa durante unos días, me ha permitido poner cierto orden en la editorial. Una prudente y lejana distancia sobre tu lugar de origen siempre es inspiradora.

El pollo sin cabeza es un relato apocalíptico de una situación penosa. Sin embargo, interiormente la vivo con cierta alegría, desapego y simplicidad. Ser un monje mendicante tiene sus desventajas en este mundo del dios Pan y del dios Dinero. Pero nadie sabe aún de las ventajas que se atesoran en otros reinos. El tiempo y el espacio es otro, la vida es otra cuando las polillas temporales no pueden roer ningún tesoro temporal. La muerte, y hoy hablamos de eso, nos espera en cualquier momento, y la elección de cómo llegar a ella, como un siervo o un guerrero o un sacerdote o un avaro o un tirano o un mendigo o un ignorado y apócrifo peregrino es lo que determina la diferencia.

¿Quién es nuestro pastor en la travesía de nuestra vida? ¿A quien debemos nuestro tiempo, nuestros caminos? ¿En qué lugares de delicados pastos descansaremos? ¿Junto a qué aguas y de qué fuentes beberemos? ¿Qué es eso que confortará nuestra alma y nos guiará por sendas de justicia, amor y libertad? Aunque ahora andemos por los valles de la sombra y de la muerte, ¿qué vara y qué cayado infundirán en nosotros fuerza y coraje, aliento para el caminar? ¿En qué casa, en qué lugar, moraremos plácidamente mientras esperamos a que los caminos se junten?

Quizá esta vida loca y sin conexión alguna con la aparente realidad del dios Pan parezca propia de un pollo sin cabeza, pero en el fondo, a pesar de las interminables angustias que todo peregrino pueda acarrear, existe una claridad, una sincera visión de la Gran Obra. Y como constructores silenciosos, marcamos afanosamente nuestra marca en cada piedra cúbicamente labrada. Todo eso en sigilo y silencio hasta que algún día, alguien, desde lejos, pueda ver que aquellas piedras aparentemente inconexas, respondían a un trazado justo y perfecto y que allí, en aquellos lugares de delicados pastos, ser irguió una réplica de la Gran Obra, una simplicidad radicalmente inmanejable, como aquel Jesús de hace dos mil años que alguien decidió crucificar por no entender nada de su impertinente mensaje.

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El maestro secreto


Imagen de un maestro secreto creada por el amigo Joan

Una antigua tradición enseña que cuando llegas a una cierta maestría, te conviertes en “maestro secreto”. Lo primero que el camino de la consciencia enseña es el arquetipo del silencio. Uno debe aprender a callar, a mirar observante como se progresa y trabaja afanosamente desde la humildad y el silencio. Más tarde, cuando uno ha conseguido tener cierto dominio sobre sus ruidos interiores y el silencio gobierna nuestros mundos, se aprende a discernir, mediante la sabiduría y la guía del conocimiento.

El conocimiento y el estado meditativo otorga cierta maestría interior que más tarde se traduce en servicio. El dominio de la materia, de las energías y ánimos, de las emociones y los pensamientos nos permite tener más tarde cierto dominio sobre las circunstancias y la vida en su conjunto. Esa maestría, cuando se pone al servicio de los demás, y no hacia asuntos de índole vanidoso o egoísta, te hace volver al inicio del camino de la consciencia: el silencio.

En ese recorrido del eterno retorno es cuando uno consigue la maestría secreta y se convierte en un maestro secreto, silencioso, invisible. Nadie puede percibir nada, nadie puede comprobar nada porque carece de la visión para comprender ese secreto de invisibilidad. Un maestro secreto actúa humildemente, sin destacar, sin proyectar nada, sin herir. Su afán consiste en caminar sigilosamente por el jardín humano, cuidando de sus flores. Desapegado de cualquier acción o resultado, involucrado en los asuntos mundanos, convirtiendo su espiritualidad en una brillantez personal, compartida, lúcida.

Al maestro secreto solo se le reconoce entre iguales. Es prudente, disciplinado, discreto, paciente. Su trabajo es invisible a los ojos profanos. Actúa siempre con esa máxima de que su mano derecha no sepa lo que hace su mano izquierda. Los iguales saben de su estrella porque está consagrada al servicio. Servir, servir, servir. Ser útiles allá donde van, allá con quienes estén. Amables, serviciales, cordiales. Hay personas, aunque no lo creamos, que consagran su vida a mejorar la vida de otros. Al hacerlo, se mejoran a ellos mismos. Y con ello, mejoran la humanidad. Es gracias a ellos que nosotros aprendemos, que nosotros nos engrandecemos, que nosotros podemos seguir sus pasos. Hollar el sendero del servicio, comprobar que nada puede ser mejor que imitar la generosidad de un Sol, el cual jamás le pide de vuelta a la Tierra todos sus rayos, sus vidas, su calor, su luz.

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La plaza


Vestir disimuladamente es esencial para ir a la plaza y no llamar la atención. No puedes quedarte en medio si deseas volverte invisible. Lo mejor es sentarte en una terraza, o en algún portal que pudiera sostenerte sin necesidad de muchos aspavientos. Las plazas es un fenómeno de la cultura europea casi inexistentes en el resto del mundo. Ir a la plaza es codearte con una esencia milenaria, de intercambios, de mercados, de olores, de seres que deambulan disimuladamente, errantes, hacia ninguna parte. Ir a la plaza es un acto de libertad disimulada tras un café matutino o una merecida merienda.
En la plaza encuentras a vagos y maleantes haciendo trapicheos. A yonquis intercambiando mercancía, pero también a gente elegante, adinerada, a jubilados y niños corriendo, a palomas y gorriones, aunque cada vez menos.

Algunas plazas tienen estanques o fuentes o la figura de algún insigne hijo de la villa. Son salones urbanos donde se atraviesa lo mejor de cada lugar. La plaza es el escenario vivo de la vida comunitaria, el decorado de un pueblo o una ciudad que grita vida. Resulta ser un lugar fantasioso, donde uno puede enamorarse de algún peregrino extranjero, o donde puede dejar llevarse por todo tipo de fantasías nocturnas. Algunas plazas tienen claros signos de poder político y religioso. Alguna iglesia, algún ayuntamiento, son edificios relevantes en las plazas. También el mercado o los lugares donde los estraperlos comparan sus valijas.

Las plazas del sur, siempre alegres y divertidas, son diferentes a las del norte, húmedas y sobrias. El sol y la luz de las blancas plazas del mediodía contrasta con el musgo y la niebla de las del septentrión, todas de piedra y pórticos que ayudan a refugiarse de la lluvia. Casi todas ellas, sean de donde sean, guardan algo en común: son lugares de paseo y reposo, de encuentros y algarabía, de celebración e intercambio. Puedes cruzarte con místicos o ateos, con ricos o pobres, con amigos y enemigos al mismo tiempo. Es un lugar de encuentro, de abrazo, de regocijo y gozo. ¡Quedamos en la plaza! Se grita a menudo.

Hoy paseaba por una de esas plazas. Me di cuenta de lo fascinante que resulta ser una persona anónima, observante, divagante, engullida por la ignota presencia de decenas de congéneres, cada uno con su trajín, con su retahíla, con su melodía, con su aura. Hoy he disfrutado de la plaza como nunca antes lo había hecho. Compré unas ligeras golosinas, me senté en un banco, hablé con algunos amigos, merodeaba en las energías que iban y venían y observaba atento cada detalle. Los edificios antiguos, siempre tan elegantes, en contraste con la modernidad, siempre tan parca y frugal. Sentí una emoción especial, algo burguesa por tener la oportunidad de disponer del tiempo a mi antojo. Me sentí rey por un instante, rey de la plaza, de la gran plaza tan llena de vida, allí comiendo una merienda infantil, alegre y feliz.

También sentí cierta angustia cuando vi a una señora ya mayor, solitaria, igual de observante, pero triste. De esas tristezas difíciles de desentrañar, en un atardecer vital que acompañaba a las pocas horas de sol que ya no quedaban. Había una sensación de ocaso en su mirada, de adiós, de abrazo al misterio. Miraba a unos y a otros refugiada tras una misericorde mascarilla, como despidiéndose de la vida, del mundo, de la plaza. Las plazas también son eso, un lugar de despedida. Un lugar que te abraza durante un instante para dejarte ir. Las plazas son como un útero que te acoge y que te expulsa, tras el sueño revelador, hacia otro mundo. Un día de estos, cuando menos lo esperemos, estaremos ahí sentados, en un banco, junto a la fuente o la estatua, mirando a unos y a otros, en nuestro ocaso, transitando, sosteniendo, vestidos disimuladamente, para no llamar la atención, comiendo golosinas infantiles, mientras decimos adiós.

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Se buscan hospederos


Estimados amigos de O Couso,

Llega el otoño y entramos en tiempo de reflexión. Seguimos en silencio trabajando para preparar el próximo año y queremos, aprovechando que ya tenemos la habitación de la hospedería terminada, hacer varias peticiones por si queréis participar de las mismas. Venir a O Couso es una experiencia profunda, que nos hace crecer, que nos llena de cariño y calor humano. De alguna forma, algo se expande cuando estamos aquí compartiendo, apoyando a unos y a otros en sus procesos vitales y sirviendo de inspiración a aquellos que desean enfrentar la vida desde otra perspectiva. Llevamos ya un año trabajando fuertemente en los pilares de la que será la futura Escuela, y también preparando la tierra para que en un futuro este lugar pueda albergar más personas residentes. La comunidad actual se vivifica todos los días con ese grupo de amigos que apoyan el proyecto con fe y esperanza, con intuición, compromiso y responsabilidad, haciendo Camino, con presencia y visión.

Tras la crisis del Covid, seguramente serán muchas las personas que querrán visitarnos el próximo año. Queremos mejorar la acogida y para ello estamos realizando un calendario de hospedería para todos aquellos que lo deseen puedan colaborar con la misma. Los requisitos para ser hospedero en O Couso es haber realizado la Semana de Experiencia y los 21 días de Experiencia. Estas experiencias nos ayudan a conocer mejor el proyecto, su filosofía y su profundidad. Son experiencias imprescindibles para poder acometer la difícil y compleja tarea de sostener la Acogida en este lugar y honrar la ciencia del Servicio hacia el otro. Si deseas comprometerte más profundamente con el proyecto, te invitamos a que participes en la hospedería durante el próximo año 2022. Esto ayudará a que los residentes y el grupo coordinador de la escuela pueda centrar sus esfuerzos en la construcción de esta. Será para nosotros una gran ayuda y un sostén y soporte en este tiempo de transición.

Las fechas que están disponibles para el próximo año son:

Febrero, Marzo, Abril, Agosto, Septiembre, Octubre y Diciembre.

El compromiso mínimo sería de un mes y máximo de tres meses. Es una experiencia intensa a la que hay que prepararse exterior e interiormente. También es una experiencia inolvidable, de gestión humana, emocional y espiritual en un entorno y contexto irrepetible. Los valores que se intentan inspirar desde la acogida ya los conocéis. La teoría de los mismos es compleja, pero su puesta en práctica es toda una vivencia para el alma. Cooperación, apoyo mutuo, economía del don, solidaridad, tolerancia, empatía, amor incondicional, fortaleza, perseverancia, desapego, … la lista es infinita, y los espejos que encontramos en esta experiencia nos hace crecer como nunca lo hemos hecho.

De igual forma, estamos buscando a una persona que desee durante una temporada larga comprometerse con el cuidado de la huerta. Vamos a empezar a poner fuerzas en ella y necesitamos a un responsable que pueda dirigirla y coordinarla.

También estamos buscando a alguien manitas que desee hacerse cargo del departamento de mantenimiento. En O Couso siempre pasan mil cosas y estamos buscando a alguien que nos ayude a poner en orden todas esas incertezas que siempre nos acompañan.

Si sientes la llamada de comprometerte más aún con el proyecto, serás bienvenido. Por favor, escríbenos a info@dharana.org explicando tu disponibilidad y compromiso. Gracias de corazón.

Metaverso y los mundos espejos


“Una de las cosas que realmente quería construir era básicamente la sensación de una Internet encarnada en la que podías estar en el entorno y teletransportarte a diferentes lugares y estar con amigos”. Mark Zuckerberg

Ready Player One es una película de ciencia ficción dirigida en 2018 por Steven Spielberg. La historia narra la vida de Wade Owen Watts, un jugador de videojuegos que en el año 2045, casi como ocurre en nuestros días, prefiere vivir en el metauniverso de realidad virtual OASIS, antes que hacerlo en el cada vez más extraño mundo real.

Mark Zuckerberg, el presidente de Facebook, es un visionario del futuro, o ha visto muchas películas como la referida. Con ideas y con dinero se pueden mover mundos, y eso es lo que pretende en su próxima apuesta, denominada metaverso, un entorno virtual que podría ser una nueva generación de Internet. Los usuarios activos mensuales de Mark superan los 2.910 millones. Es un gran comienzo para experimentar con lo que será un nuevo mundo.

Una realidad paralela, un mundo virtual, una distopía. Lo cierto es que desde el año dos mil, y en menos de veinte años, parte de la producción mundial se ha vertido no en cosas sino en experiencias. Desde ese hartazgo del materialismo consumista, de tener de todo, estamos pasando a la transición de consumir experiencias. Muy pronto, como en la película Ella (Her), nuestras relaciones perfectas serán en ese Metaverso. Haremos el amor con programas informáticos, y nuestras relaciones más exitosas serán con bits y datos.

De alguna manera ya estamos transitando hacia eso, inclusive en el trabajo con la “oficina infinita”, llamada ahora teletrabajo. Las relaciones más fantasiosas salen de redes sociales, donde pasamos parte de nuestra vida. Allí vemos cómo está el “patio”, asomamos la cabeza, curioseamos como la vieja del visillo alguna novedad, fisgoneamos y de vez en cuando, sin mayor exageración, intentamos algún encuentro en el mundo real. Pero ese mundo real se ha vuelto decepcionante en comparación a las fantasías que va sumando adeptos del mundo virtual. Zuckerberg sabe que el ser humano siempre se ha movido por ese tipo de impulsos sociales, y sabe que las relaciones sociales virtuales son más adictivas en cuanto podemos administrarlas sin mucho riesgo a nuestro antojo.

Por eso lo que viene ahora es un giro revolucionario hacia una inmersión total en el mundo digital. No creo que ese metaverso que está imaginando Zuckerberg se desarrolle tras unas gafas virtuales. Estoy convencido que en el futuro tendremos una habitación azul o verde, como las que tienen ahora los platós de televisión, y en esa habitación, en 3D, viviremos una vida paralela donde trabajaremos de forma virtual con sentido de espacio y proximidad, iremos a comprar, quedaremos con los amigos para echar una partida de lo que sea o tendremos relaciones sexuales a distancia, quizás con algún tipo de objeto que será poseído por el avatar de turno. Un mundo de fantasía donde no tendremos que dar muchas explicaciones, ni reñir, ni enfadarnos, ni superar ningún tipo de prueba. Un mundo donde comprar y vender experiencias. Un mundo del cual ya nunca podremos salir, como en Matrix, porque llegará un momento en el que la confusión nos llevará a una total anulación del mundo real.

De aquí a veinte o cuarenta años, si la catástrofe que anuncia la ONU no se precipita antes, habrá una población que vivirá única y exclusivamente en el mundo virtual de esa habitación verde, un mundo espejo que intentará imitar al real, pero sin sus inconvenientes. Y habrá una pequeña minoría, una subcultura paralela, que habrá huido a los bosques, a los campos y a las montañas para volver a empezar de nuevo en el mundo real. Una minoría mal vista e ignorada, un anacronismo del pasado.

La pregunta de ese tiempo no muy lejano será, ¿qué es realmente lo real? Y lo más importante, ¿qué pasará con la libertad? En verdad, el gobierno de ese lugar estará en manos de corporaciones que tal y como ahora hacen, si no estás dentro del discurso hegemónico, te eliminan. Cualquier tipo de disidencia, crítica o pensar divergente será anulado. Lo hemos visto con la crisis del Covid, como eran censurados y eliminados canales, personas o ideas que no aceptaran el discurso oficial, tachándola “oficialmente” como “información errónea”.

Será, sin darnos cuenta, un mundo nuevo de esclavos digitales dirigidos hacia un atontamiento sin lugar ni espacio para la crítica, para la opinión o para la divergencia. Un mundo de corderos degollados por la realidad virtual, con un aparente sentido de presencia siempre limitado a la obediencia y la no crítica. Un espacio persistente y sincrónico en el que podemos estar juntos, según nos dice amablemente Zuckerberg. A lo que habría que añadir: aparentemente. Un mundo feliz de mentira donde viviremos una vida irreal, alejada de lo esencial que somos. Un mundo en el que solo seremos datos, una base de datos que alguien comprará y venderá al mejor precio. Una especie de esclavitud encubierta de la que no podremos salir.

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Burger King vegetariano. ¿Ecocapitalismo o cambio de paradigma?


Tras mi corto periplo por Asturias y Cantabria, salí hacia el sur con parada obligada en Madrid. Quería ver con mis propios ojos la irreverente apuesta de Burger King al abrir en pleno centro, un restaurante de comida rápida totalmente vegetariano. Cuando me hice vegetariano a los dieciséis años solo en las películas de ciencia ficción podíamos ver algo así. Aún recuerdo la película que en 1993 hacía un guiño a este mundo ahora real. Se trataba de «Demolition Man«, donde una conocida cadena de comida rápida era vegana en el futuro, para sorpresa de un incrédulo Sylvester Stallone.

Ahora es casi normal hablar de dieta vegetariana o vegana. Algunos documentales como «The Game Changers», cuentan como personajes famosos como Arnold Schwarzenegger cambiaron de dieta y se hicieron vegetarianos o veganos. Es como si la ciencia ficción hubiera llegado de repente a nuestro presente. ¿Un Burger King vegetariano? La apuesta es increíblemente fuerte. Desde que sacaron la primera hamburguesa vegetariana, la Whopper Vegetal (más de cuatro millones vendidas desde que salió) y más tarde los Nuggets Vegetales, el éxito ha sido abrumador. Ahora, con la promoción de su última novedad, la Long Vegetal, han abierto experimentalmente este restaurante vegetariano en Madrid. La mala noticia es que solo será promocional y por un mes.

Aún así, es evidente que hay una tendencia clara al cambio. Cuando llegué al restaurante, algo tarde por los atascos de la ciudad, estaba repleto de gente y con una cola que salía hasta la calle. Tuve que esperar un buen rato hasta que llegó mi turno, pero eso me dio la oportunidad de ver la cara de incredulidad de la gente cuando entraban al restaurante y dos amables trabajadores informaban de que solo se servía comida vegetariana. Algunos no se lo creían, otros sentían curiosidad y todos disfrutaban de esa comida ultraprocesada pero totalmente vegetal.

Es cierto que para una cadena gigante como Burger King se trata tan solo de una sensibilidad no hacia el mundo animal, sino hacia las nuevas tendencias de consumo. McDonald’s lanzará próximamente su McPlant y seguramente muchos más seguirán la aureola de la atrevida y provocadora Burger King.  El ecocapitalismo se está convirtiendo en un gran sector que ingresa cientos de miles de euros todos los días gracias a esta nueva “moda” o “sensibilidad” social y cultural. La buena noticia quizás sea que gracias a este cambio de paradigma, la crueldad en el plato de comida ya no será a partir de ahora algo normalizado. Lo normal, si la tendencia sigue a este ritmo, será que no solo nos vamos a concienciar de la importancia de ser ecologistas, como denunciaban los primeros pioneros a principios de los años sesenta, sino además, la cultura imperante hará que el mundo se vuelva cada vez más verde, inclusive en la comida.

Así que salí del restaurante vegetariano feliz con una gran Doble Queen BBQ Beef y un doblete de la Long Vegetal que disfruté como un enano. Comida basura, es cierto, pero al menos, sin sufrimiento animal. Mi apología no es hacia dicha comida ni hacia dichos restaurantes de comida rápida, sino hacia la necesidad imperante de cambiar nuestros hábitos alimenticios y evitar el sufrimiento innecesario a miles y miles de animales sacrificados todos los días de forma gratuita para saciar nuestra cultura de muerte, depredación y canibalismo (si entendemos a los animales como nuestros hermanos menores). Si cada vez que vayamos a un lugar como este en vez de pedir una tradicional hamburguesa de carne pedimos una vegetariana, comeremos la misma mugre, con el mismo sabor, pero sin muerte añadida. Y esto ya será revolucionario, para nosotros y para el mundo.

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Divergentes



El tubo de escape se había caído y el coche hacía mucho ruido. Me dolía la cabeza en las primeras dos horas de viaje. Se me ocurrió poner la radio bien alta. Funcionó hasta que llegué a los Picos de Europa. Allí la radio casi no se podía escuchar. El mecánico no encontró la pieza. Los vehículos antiguos son difíciles de reparar, y cada vez más costoso. Es el ocaso de la vida. A cada paso, a cada movimiento, todo cuesta más y más.

Mi primer encuentro divergente se produjo cerca del puerto de A Coruña. Había conocido hacía poco a una persona disidente, que brilla con luz propia, y queríamos hacer algo juntos. Trabajamos todo el día sobre la idea y ahora esperamos crear un equipo que permita sacar brillo a nuestros trabajos y esfuerzo. Ella dejó un negocio próspero porque descubrió que en la vida, más allá de ganar dinero, hay que ganar luz interior. Espero que nuestra colaboración de resultados hacia ambas direcciones, hacia dentro y hacia fuera. Es hermoso encontrar gente luminosa con la que poder colaborar.

Apuramos hasta el último minuto ya que, en el lenguaje simbólico, a “medio día en punto” había quedado en el taller para labrar la piedra bruta. Si por la mañana me desperté en una humilde cabaña disfrazado de granjero, ahora tocaba ponerse el traje de gala, en pulcritud oscura, con su corbata y camisa blanca bien planchada. Un mandil por aquí, una escuadra por allá, y el príncipe de la rosa y de la cruz resurge de nuevo. Así estuvimos hasta “media noche en punto”, construyendo parte del templo humano, e intentando gestionar el misterio desde los preceptos de lo iniciático.

Muy de noche dejé A Coruña dirección noreste. Me dio sueño a las dos de la madrugada junto a Luarca, en la bella Asturias. Me hubiera gustado parar a visitar a viejos amigos que viven por allí, pero están en sueños. Busqué un rincón en la cuneta, guardé el traje de gala, saqué un pijama de rayas azules que casualmente había metido en mi pequeña mochila, abrí el saco de dormir, me recosté de cualquier manera en el coche y me marché cansado a los brazos de Morfeo. Aunque dormí poco y mal, me sentí reconciliado con los viejos tiempos, cuando viajaba de aquí para allá durmiendo donde me pillara la noche en este coche aventurero con más de un millón de kilómetros bajo sus espaldas. Ahora se me cae a piezas, pero pensé que quizás podríamos vivir alguna que otra aventura antes de decirle adiós para siempre.

Mi tercer encuentro me esperaba en la hermosa bahía de Santander. Una amiga de la infancia, divergente y disidente desde hace muchos años, alejada de los cánones establecidos y preparándose interiormente para el final de algún tiempo que tarde o temprano llegará. Es hermoso ver cómo hay amigos que perduran, amigos que se convierten con el pasar de los tiempos en hermanos, en confidentes, en sublimes aliados.

Ahora descanso en un lugar privilegiado en Torrelavega, en la comarca del Besaya, en Cantabria. Mañana me espera un día importante con los amigos “del grado amigable” y debo estar preparado para recibir la marca. Una vez terminados mis trabajos en este lugar, marcharé dirección sur, donde otras aventuras y encuentros con hombres y mujeres notables me esperan. Lo milagroso de la vida, que siempre se encuentra al acecho, será bienvenido como siempre. Sin tubo de escape, seguiré la ruta hacia el mediodía, esperando que la luz del austro colme de vida e inspiración estas andanzas.

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De cómo los impuros ahora pueden pasear


Las 850 vidas humanas que nunca más pudieron pasear. Las víctimas de ETA que no tuvieron la oportunidad de vivir en libertad.

 

A estas alturas ya sabemos, o al menos intuimos, que las patrias y las naciones son una construcción cultural y sentimental, una entelequia que pretende dividir a unos contra otros y cobijar a los nuestros por encima de los ajenos. Es un imaginario, y más allá de ese imaginario, no hay nada.

Por suerte, en algunos lugares se está cayendo el velo, desmesurando la mentira y alejando la perversidad de creer en espectros territoriales, fronteras, alambiques ideológicos, alambradas, muros y banderas. Por suerte las nuevas generaciones, especialmente desde hace diez años en nuestro país, ya no dan la vida por ninguna patria, ni la pierden a causa de ninguna nación. Lo trasnochado es sacar una bandera al balcón, sean del color que sean. Y por suerte, ya no se mata a causa de dichas banderas.

En nuestro país ya no existen Sicariis, ni Hashshashinni ni Jacobinos. Al menos desde hace tan solo diez años. La vida tiene más valor que la muerte. El color del paseo veraniego sobre cualquier playa azul es más valioso que el color de cualquier bandera. Es cierto que la paz no es pura, que el odio de unos y la rabia de otros aún rezuma en algunos corazones y que aún existe cierta sensación de división, de puros e impuros, de entre bastardos y legítimos. Quizás en diez años más, o en veinte, o en cincuenta, eso deje de existir.

Al menos ahora los impuros pueden pasear por las calles sin ser aniquilados, asesinados vilmente. Eso ha sido un gran logro de nuestra civilización. Ya no hay sicarios, ni a sueldo de una mano oscura ni a sueldo de una ideología. El terror, la sangre y el odio extremo han sido desterrados. Sí, eso ha sido un gran avance que hay que celebrar. No podremos olvidar el daño, no podremos arrinconar la pérdida. Pero sí podremos pasear libremente, sin mirar atrás de forma desconfiada, solo mirando hacia adelante, pausados, tranquilos, confiados. Sí, un gran logro de nuestra civilización el poder pasear tranquilamente, aún siendo impuro.

Camino, perseverancia, presencia, visión. Queda mucho recorrido para que el ser humano se complete. Para que la tierra sea tierra y el cielo solo sea cielo y nadie sea dueño de nada excepto de su propia elección vital, de su propia vida. Aún queda mucho recorrido para que la libertad humana encuentre su más grande horizonte. Pero al menos, y esto es un gran logro civilizatorio, en este pequeño rincón del mundo, ya se puede pasear.

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El escuadrón suicida


A las nueve de la noche llegué exhausto a la casa de acogida para saludar a nuestros huéspedes. Estuve un rato charlando con unos y con otros hasta que les dije que me tenía que marchar a trabajar, ya que aún me quedaban tres o cuatro horas de trabajo. Todos se quedaron un poco estupefactos. No entendían que a mi jornada laboral, tras un día tan largo y agotador, aún le quedara tres o cuatro horas de más actividad.

Mi admirada Alice Bailey se levantaba a las tres de la mañana para trabajar. Siempre he admirado a esas personas que influyen al mundo de diferente manera, y cuando lees su biografía, entiendes en parte porqué: trabajo, trabajo, trabajo. Alice llamaba a este tipo de personas el “escuadrón suicida”: servidores de la humanidad que, literalmente, trabajan hasta la muerte, logrando así más en un lapso corto de tiempo.

Con mi condiscípula Mayte hemos acordado estirar aún más los días. Ella se viene a vivir aquí a partir de noviembre. La idea es crear un monacato moderno, con sus propias reglas, y vivir en comunidad espiritual para inspirar algún tipo de respuesta en el campo etérico. A la meditación de las ocho de la tarde y las ocho de la mañana vamos a añadir una más, a las siete de la mañana, acompañada de algún ligero estudio inspirador. El resto del día lo dedicaremos a la construcción de la Escuela, la futura Comunidad y nuestros quehaceres cotidianos en la Casa de Acogida, las editoriales, las terapias, los escritos, …

Cuando Alice Bailey falleció en 1949, no había podido realizar todo lo que ella hubiera deseado, incluyendo la siguiente etapa de formación avanzada de la Escuela. Nosotros no estamos espiritualmente preparados para lograr terminar aquello que ella dejó a medias. Pero sí queremos empezar a poner las primeras piedras para que esa labor la puedan consumar aquellos que lo estén.

La construcción de la Escuela tiene tres dimensiones: la Escuela de Dones y Talentos, la Escuela Media o Preparatoria y la Escuela Avanzada. La Escuela Avanzada pretende recrear el escenario óptimo para que la personalidad reciba la inspiración directamente de eso que torpemente llamamos alma, ánima o consciencia. Recibir esos impactos y ponerlos al servicio de la humanidad es posible, pero se deben dar las circunstancias propicias. En esta nueva era en la que entramos existirán cada vez más lugares que provocarán esta transformación interior.

Nosotros queremos,  muy humildemente, ayudar a construir uno de esos lugares. Queremos ser una avanzadilla suicida que entregue sus vidas a este propósito. Nos mueve una fe ciega, una necesidad de ser útiles al mundo y una renuncia, a veces irracional, a nuestras propias vidas para que la Gran Obra continúe. Esa Gran Obra no es más que la construcción del ser humano completo, la transformación alquímica del animal que llevamos dentro en perfectos humanos, bondadosos, generosos, brillantes.

Para eso hace falta Camino, Presencia, Visión. Pero sobre todo, trabajo, esfuerzo y perseverancia. Ya hemos dado un primer paso sosteniendo bajo la economía del don una Casa de Acogida. En términos interiores, para nosotros se trata de la hospedería que todo buen convento tiene que tener. Pero sobre todo, de un hospital de peregrinos del alma. Un lugar sanador e inspirador que acerque a las personas al verdadero trabajo mágico del alma. Es desde esa visión a la que aspiramos, con la Escuela Avanzada, seguir construyendo la Gran Obra. Eso nos costará la vida, lo sabemos. Pero hace tiempo que no podríamos entender la vida de otra manera. Meditación, Estudio y Servicio. A eso nos debemos, con todo lo que eso significa.

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El desapego de las almas errantes


La personalidad es una distorsión de lo que realmente eres
Sraddha

Cuando haces una mudanza o cuando tienes un accidente o una ruptura sentimental comprendes profundamente el significado de la palabra desapego. Bajo el prisma de esas experiencias, esas que nos destruyen o nos vuelven más sabios, comprendemos al final de esta la importancia de no aferrarnos a nada. Descubrimos la sofisticada ley de la impermanencia, donde nada perdura, donde todo se transmuta, donde lo único que permanece realmente es el cambio.

Las almas son errantes. Deambulan de un lado para otro, de una vida a otra, de una tierra ardiente a otra. Desearíamos aferrarnos a la comprensión de esta creencia, y una vez instalados en ella, actuar como si realmente fuéramos almas. De ser así, todas las cosas se verían de forma radicalmente diferentes. Lo que antes era importante, ahora dejaría de serlo. Tener riquezas o vivir en la pobreza solo serían experiencias. No marcarían el designio de nuestras vidas, porque lo experiencial se puede potenciar cuando tenemos sentido real de su significado. Desde esta otra lógica, entenderíamos que la mayor riqueza sería disponer de nuestro tiempo, y hacerlo a nuestro antojo, de forma libre y desapegada.

Nómadas, errantes, peregrinas. Así son las almas, y así deberíamos ser nosotros. Nuestra vida limitada es un escaparate de posibilidades. Podemos en cada momento elegir radicalmente una nueva forma de vivir, una nueva existencia. Podemos potenciar las experiencias a sabiendas que nos aportarán algún tipo de conocimiento, de miel espiritual. El aprendizaje nos hará crecer hacia alguna parte. Quizás hilaremos los sentidos, afinando cada uno de ellos, y conjugándolos hacia percepciones mayores. ¿Qué encuentra uno cuando mira como alma, cuando siente como alma, sin las limitaciones de la personalidad? Uno se encuentra con la volatilidad de la vida. Como cuando vas a un parque a echar de comer a las palomas, observando lo que ocurre cuando se termina la comida de la bolsa. O como cuando nadas por un río y te dejas llevar por la corriente, como hacen al comenzar el verano en el Ródano los jóvenes ginebrinos.

Lo único que permanece es el cambio. Y cuando no aceptamos esta máxima, sufrimos. Lo que aparentemente era un problema -un accidente, una pérdida, una ruptura- se empieza, tras el demoledor sufrimiento, a convertir en más problemas. No nos enseñan a practicar el desapego. Un alma no tiene más remedio que abrazar esa verdad. Un alma se enfila con su mirada a la tierna sensación de lo perenne en lo inconmensurable. Es la personalidad la que sufre cuando pierde la riqueza, cuando pierde una relación, cuando pierde la salud. Una mirada desde el alma entiende que todo eso no son pérdidas u obstáculos, sino experiencias.

Es difícil entender lo que realmente somos. Por eso nos aferramos a la seguridad de lo que no somos. La seguridad pervierte la libertad de nuestro ser esencial. Nos reprime, nos obliga a falsear la vida, a perderla por algo que nos aleja de lo primordial. Ser como almas, sentir como almas, vivir la vida como almas. Solo de imaginarlo debería ser suficiente para transformar nuestras vidas.

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La elección de una vía


© Kalle Saarikko

En la lejana tundra del rezo. En el pequeño vergel del japa. En las olas oceánicas de cualquier meditación. Allí se encuentra la vía, el camino, el sendero. La gnosis verdadera es una perpetua desnudez. Uno se desnuda en el bosque, danzando entre el fango, entre la hojarasca seca, a los pies del roble. Uno se desnuda también en la columna vertebral de las montañas, simplificando la oración del día a un pequeño recital cotidiano, en una oda que nos recuerda al hogar.

En el llano retumba aún el eco de la saciada brisa. Los rostros callados, mirando fijamente el sol en su resplandor inmediato, cortejando con sonrisas y bailes las promesas del mañana, suspirando entre frases incompletas, esas que gustan tanto a poetas y desdichados artistas.

Uno puede invocar al conocimiento o la devoción. Puede creerse un poco más jnâna o más bhakti, hasta que un día, en la penumbra de una noche cualquiera, sintetiza, integra y absorbe ambas vías. El dualismo desaparece y nace la síntesis. No hay gnosis posible sin belleza. No hay una vía única, sino la posibilidad de integrar todas las vías.

Ocurre en toda nuestra vida. Podemos navegar por la vía del egoísmo o por la vía de la entrega. Podemos dilucidar si viajamos en soledad o en pacífica compañía. No hay amor mejor ni peor, solo oportunidades de expresar amor. Somos majestades cuando imprimimos amor a las cosas. Inclusive amor a nosotros mismos, que somos la morada del alma, de lo supremo. Amarnos a nosotros mismos es cultivar un templo sagrado para que se manifieste nuestro ser esencial. Cuando esto ocurre por la propia belleza de lo que somos, descubrimos entonces que ese ser esencial es síntesis, la síntesis de todos los seres, la unión total con todos y todo.

Por eso la vía gnóstica nos lleva irremediablemente hacia el otro, que es la parte reveladora, la parte más pura y simplificada de lo que somos. En la shanga, en el asrham, en la comunidad, en el amor hacia aquello que nos traspasa y nos penetra, nos revelamos. Porque existimos deberíamos regirnos constantemente hacia una invocación, hacia una interrogación constante. Deberíamos buscar aliento, respuestas y sobre todo, formas de hacer el bien. Lo esencial de todo se encuentra en el vergel espiritual. Y ese vergel consiste en vivir la vida desde la belleza, navegar por ella con sabiduría y empujarla siempre con buena voluntad al bien.

La elección de una vía debería ir siempre precedida por una profunda meditación. Por un deseo que pudiera ser fruto de una insondable intuición, más allá de la protodialéctica que nos conduce en el devenir diario. Debería existir un estado contemplativo que nos permitiera ver. Ver lo que somos, lo que realmente somos, y no lo que creemos que somos. Ver más allá de nuestra apariencia, de nuestros estados de ánimo fluctuantes, de nuestras emociones lunáticas o nuestros pensamientos radiactivos.

La vida es como una copa siempre llena y rebosante. Sus diez mil cosas nos distraen y nos alejan de la vía por la que deberíamos transitar. La vía de la sencillez, de la humildad, del amor infinito hacia lo más cotidiano. Lo sagrado se oculta en esa sencillez. Lo profundo se enraíza entre lo ordinario, sin que sepamos verlo. Vencer la pasividad y el deseo, saltar por los aires del conocimiento y enraizarnos en lo perenne supone avanzar hacia la vía. El discernimiento entre lo Real y lo ilusorio es la esencia de toda vía. Estamos llamados a la unión con lo Real, a nuestra conformidad sobre lo que realmente somos. Debemos saber en todo momento a qué hemos sido llamados, y caminar por esa irremediable senda que conduce hacia la síntesis, hacia el otro irremediable, hacia el nosotros, hacia el Uno Real. Esa es la vía.

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Ordo Liber Spiritus. Hacia la simplicidad de vida y el pensamiento elevado


La jerarquía angélica. Visión sexta del libro del Scivias. Códice de Wiesbaden. Facsímil de 1927.

¡Cientos de jóvenes deberán ir hacia el Norte, Sur, Este y Oeste para cubrir la tierra con pequeñas colonias, demostrando que la simplicidad de vida y el pensamiento elevado conducen a la más grande felicidad!

— Paramahansa Yogananda Beverly Hills, Julio de 1949

Las palabras quedan registradas en el éter. Los hechos, las acciones, quedan para siempre en los corazones que guían a las almas hacia la inevitable luz. Nunca podremos estar saciados cuando has hollado el sendero. Simplicidad de vida y pensamiento elevado. Así deberíamos practicar los caminos, conduciendo entre risas nocturnas y cantos mañaneros hacia la más grande felicidad.

Esas pequeñas colonias ya están naciendo. Aún tímidas, aún recónditas, aún preservadas. Se convierten disimuladamente en las receptoras del Misterio, encajando entre sus secretos mensajes ocultos. Esas colonias serán entrelazadas en el halo perenne, en el infinito sabio que perdura.

Sus constructores resisten. Son la avanzadilla, la resistencia, los constructores. Allí se transmite en todas las largas noches la Ordo Liber Spiritus, como un sacramento, como una promesa, como una esperanza. La transmisión es continua, tiempo tras tiempo, etapa tras etapa. Unos la reconocen, otros la intuyen, todos la abrazan.

Hay que cubrir la tierra de lugares de paz, de amor, de luz, de inspiración. Esas pequeñas colonias, esas recónditas comunidades espirituales deben resguardar el secreto de la vida, del Ser Esencial, la demostración palpable de que el espíritu grupal será en esta nueva era la nota clave. Debemos aproximar la enseñanza hacia esa idea. Debemos procurar los medios para que se materialice. Trabajar duro, hacerlo en alegría, en gozo espiritual, desde la belleza de la más profunda alma.

Sencillez y pensamiento elevado. Es una fórmula compleja. Humildad y sabiduría cogidas de la mano, crean inevitablemente amor y belleza. El secreto más preciado de todo es hacerlo de forma común, alejados del egoísmo y el derroche de solo pensar en nosotros mismos. El reto futuro está aquí y ahora. Abrir los corazones. Simplificar nuestras vidas. Vivirlas en armonía a través del conflicto en forma grupal. No huir por derroteros ni caminos angostos. Solo  enfrentar la vida, vivirla, reírla, disfrutarla, compartirla en compañía y crear con ello el nuevo mundo. Ese será el reto de la nueva Ordo Liber Spiritus.

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Las tres etapas, las siete edades, los nueve ciclos


“Cada ser humano tiene su estrella dentro del Cosmos”. Rudolf Steiner

Hay muchas formas de contar la vida. Me gusta y satisface mucho la manera en que los antropósofos lo hacen: mediante los septenios, una especie de biografía humana particular, una manera de proyectar un acontecimiento cósmico en algo terreno. Es una forma adecuada para entender nuestro progreso humano, pero también nuestra injerencia espiritual, aquello que nos eleva y nos empuja por encima de nuestra condición humana. Podríamos resumir esta biografía de la siguiente manera:

1. Los tres septenios del cuerpo.
2. Los tres septenios del alma.
3. Los tres septenios del espíritu.

Los tres primeros septenios, los del cuerpo, serían los siguientes:

a. Primer Septenio, de 0 a 7 años. Se le conoce como el septenio del cuerpo físico, su desarrollo y consolidación. Está relacionado con el propio nacimiento, el desarrollo de la postura erecta, el hablar, etc…

b. Segundo Septenio, de 7 a 14 años. Está relacionado con el desarrollo del aspecto etérico y la maduración anímica. Se crea una metamorfosis de las fuerzas del crecimiento y el niño empieza a expandirse.

c. Tercer Septenio, de 14 a 21 años. Es el tiempo de la maduración del cuerpo astral, de las emociones y los deseos, de todo aquello que tiene que ver con la interacción social y la conducta, así como el amplio descubrimiento del sexo y su definición.

Los tres septenios del Alma serían los siguientes:

d. Cuarto Septenio, de 21 a 28 años. Es el septenio del autodominio, del alma sensible que empieza a manifestarse con timidez y requiere cierto domino sobre sus impulsos más primarios.

e. Quinto Septenio, de 28 a 35 años. Es el septenio de la autoafirmación, el nacimiento del alma racional que lo invade todo y lo cuestiona todo. Es la reafirmación del yo individual frente a lo colectivo y de la búsqueda de la propia luz interior.

f. Sexto Septenio, de 35 a 42 años. Es el septenio de la autoconfianza, del alma consciente que empieza a desplazar a la personalidad inconsciente.

Los tres septenios del Espíritu serían los siguientes:

g. Séptimo Septenio, de 42 a 49 años. Se le conoce como el septenio del Principiante. Es el tiempo de la acción, empezando a recorrer el largo camino del despertar espiritual. Es el tiempo de enfrentarse con tres de los más grandes impostores: el orgullo, la ofensa y la ambición.

h. Octavo Septenio, de 49 a 56 años. Es el septenio del Maestro, de la fuerza anímica del pensar, de la cual nace el maestro interior que todos llevamos dentro y toda la fuerza y la sabiduría que la madurez nos ha otorgado.

i. Noveno Septenio, de 56 a 63 años. Se le llama el septenio del Sabio, aquel que piensa, siente y actúa dentro del camino de la sabiduría que otorga la vida.

Más allá de este septenio se encuentra el retorno consciente, el desprendimiento, la generosidad absoluta hacia los demás, el vasto campo de la experiencia espiritual sin distorsiones, sin reclamos, sin engaños. Un sabio se desprende de todo antes de morir. Un sabio comparte todo aquello que sabe con el resto.

 

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Carta a Frithjof Schuon


Estimado Frithjof,

Allá dónde estés, todo te parecerá extraño. Debo decir que es excepcional hoy día encontrarse a personas diferentes y superiores, de esas que antaño llamaban cultas, o sabias, o maestros. La inteligencia de estos tiempos de pérdida de sentido, tan acelerada y astillada en lo inmediato, recrea la fealdad de nuestra época. Recuerdo que hace unos años alguien me decía que escribía de forma extraña, y que nadie podría así seguir o leer aquellos pasajes. Pensé que debería entonces hablar de lo cotidiano, con un lenguaje sencillo, nada culto ni enrevesado. Ahora en cierta manera me arrepiento. Diría que reniego de ese pasado literario en el que prostituí la inteligencia para llegar a más lugares, a más corazones, a más habitaciones oscuras necesitadas de calor. Incluso reniego de todas esas obras editadas que lo único que aportaron al mundo fue un aumento del orgullo y la vanidad tan opuesta a la humildad de los verdaderamente grandes.

Cuando descubres de repente a alguien noble, que imaginas rodeado de esa aura especial que recorre a los que han tenido y vivido una vida plena, uno se avergüenza, se siente pequeño, minúsculo, diría que atormentado. Ya nadie desea hablar de la religio perennis, de lo oculto, de aquello que está más allá de lo cultivable., de lo inevitable Me siento algo ridículo, diminuto, ante la grandeza de los antiguos, ante la sencillez de aquellos a los que podríamos llamar verdaderos maestros. Usted diría que hay que espiritualizar el sufrimiento, y podría hacerlo si tanto sacrificio tuviera como recompensa algún destello de luz. No podemos decir que nuestra generación haya sufrido atrozmente como la suya. Nuestras guerras son ridículas en comparación con las suyas, y nuestras causas, casi sin importancia.

La combinación de un carácter imaginativo, la profundidad y la elegancia, junto a una intelectualidad rigurosa abrazada a una sensibilidad artística es algo extraño de ver hoy día. Ya no existe en nuestro entorno inmediato esa musicalidad mística de antaño. Vivir en un mundo a la deriva nos hace pensar en la necesidad de volver a la extrañeza, al esplendor, al renacimiento del espíritu, de la belleza, del arte, a la rompedora revelación y rebeldía mística. Requiere una nueva disciplina y un nuevo rigor, una fuerza profunda capaz de romper lo añejo, lo débil, lo temporal. Falta una nueva concentración intelectual y un nuevo repunte de la acción que equilibre las esferas del pensamiento. La luz de la razón debería volver a guiarnos hacia otro tipo de inquietudes más allá del polvoriento fracaso de nuestra civilización. Una razón guiada, a su vez, por la luz del alma, de aquello que nace de la intuición superior, sin filtros, sin pesadas distorsiones nacidas de nuestras diminutas y atormentadas personalidades.

La espiritualidad de nuestro tiempo requiere también una profunda revisión. La espiritualidad verdadera es lo más fácil y lo más difícil. Lo más fácil, usted mismo lo decía, porque basta pensar en Dios. Y lo más difícil, siguiendo sus palabras, porque nuestra naturaleza caída nos aleja y aparta de Dios mismo, nos hace entrar en su olvido. Dios sigue siendo un nombre excesivamente abstracto y difícil de pronunciar en un tiempo donde se prefiere hablar de Universo o de Energía, o mejor aún, de píxeles y criptomonedas. Es todo tan ridículo. Por eso le admiro profundamente, a usted y a todos los que en siglos pasados tuvieron el coraje de rendir homenaje a la inteligencia, al valor, al compromiso y la responsabilidad de invocar el discernimiento pleno de la extensa vida. Me arrodillo humildemente ante usted, deseándole, allá dónde se encuentre, luz y paz. Sigamos, en silencio, invocando a Dios como un pájaro.

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Hacia una vida normal


“En la soledad la rosa del alma florece
En la soledad el Ser Divino puede hablar
En soledad las facultades y la gracia del
Yo superior pueden echar raíces y
florecer en la personalidad”

Mientras paseaba por las blancas calles, Dolores me llamaba y me invitaba, más allá de mi vida de sacrificio constante, a que tuviera una vida normal, como la de estos días, como la de la mayoría de la gente. Trabajar en la editorial, pasear, tomar una palmera de chocolate, sentarme en la terraza de un bar y degustar algún capricho culinario… Las ciudades antiguas tienen un aire decadente hermoso. Se conserva el aroma de lo añejo, de las riquezas pasadas que aún conservan cierto esplendor oculto.

Mis días de vida normal ya se apagan. Han sido casi dos semanas de descanso anímico. Me levantaba a una hora prudente, trabajaba afanosamente, como antaño, paseaba entre calles aún risueñas, plagadas de gente. Las imágenes se me amontonan con cierto asombro e incredulidad. El barbero pelando al niño con el cigarro en la boca, Rafael, el vecino gitano gritando por las calles y acelerado de un lado para otro mientras la madre, desde el balcón, con un acento acentuado, pronunciaba su nombre a los cuatro vientos. En cualquier esquina una guitarra y ese hondo flamenco de grito agudo y tristeza profunda. La mujer con las palmas mirando con admiración al guitarrista y al cantaor mientras toman una manzanilla o un fino o un oloroso amontillado o el Pedro Ximénez o el Palo cortado. La carta de criaderas y soleras es infinita, legado de aquellos ingleses que dejaron aquí su impronta y algo más difícil de describir.

Lo que más abunda son los bares en esta mi vida normal. Nunca había sido tan asiduo a pararme en ellos, tomar un refresco, un vaso de leche o un zumo. Siempre pasaba de largo, mirando desconfiado a esos curiosos de las terrazas que copita en mano, que mezcla sonrisas con penas dependiendo del día. Pero quería una vida normal e imitar a la gente normal y ver qué pasaba.

Lo cierto es que he podido descansar entre plaza y plaza, mirando las palmeras y las cartas de sherrys abundantes por todas las esquinas. Aquí la luz es diferente, y por un momento me atrevía a imaginarme en un país extranjero. Encontré una relojería, aún abierta, pero sin relojes. Era antigua y miré para entender en qué se basaba su línea de negocio. Había un hombre mayor, de esos que destilan experiencia, de mirada perdida, vestido elegante, con tirantes que aguantaban el peso de los años. Me pareció como entrar en un museo antiguo resguardado por un guardián que se niega a cerrar la persiana, aunque ya no tenga relojes, aunque no venda nada.

En cualquier lugar puedes tomar unos churros calientes, recién hechos. Aquí son finos, delgados, pero abundantes, no como las porras del norte. No importa la hora. También se puede disfrutar de unas excelentes palmeras de chocolate como nunca las había probado antes. Ha sido mi entretenimiento de las tardes, bucear en las elegantes pastelerías en búsqueda de la mejor. La Rosa de Oro ganaba por goleada.

Este lugar es conocido por sus múltiples bodegas. De hecho, ahora estoy escribiendo desde la que fue una de ellas. Hoy pudimos abrir el portalón de esta antigua casa y pude ver la gran bodega que se escondía tras la puerta azul. Me impresionó ver la decadencia de la que hablaba, y me imaginaba viviendo una vida normal al menos una vez al año por estos pasillos lúgubres esperanzados en una gloriosa resurrección. Me da pena que mi anfitriona venda esta hermosa morada. Si conservara algo de capital se la compraba como refugio ocasional, como cueva escondida de vida normal. Pero mi vida de sacrificio, como dice Dolores, me alejó para siempre de estas inversiones. Ahora solo puedo pensar en gestionar ese sacrificio, esa vida algo extraordinaria, pero tan carente de placeres y paseos.

En esta vida normal he podido vivir una necesaria soledad. Estaba agotado, como siempre ocurre tras los veranos en los bosques, y aquí he podido recomponerme viendo como la rosa del alma florece de nuevo. No deja de ser curioso que esa normalidad que a la gente tanto agota, a mí me de cierta vida. He podido en estos días adelantar varios libros, terminar de maquetar la tesis doctoral, ya lista para ir a la imprenta, hacer algunas portadas y poner al día cientos de cosas que tenía pendientes. He establecido una rutina amable, diferente, normal, que me ha permitido sembrar algunas semillas con la esperanza de que retoñen en la próxima primavera. Dos semanas me han sabido a poco, y ojalá, a partir de ahora, pueda revivir con más frecuencia esta nueva normalidad.

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Después del mar no hay nada


En la exposición de cuadros y peces había mucho más. Estaba Nono, amigo íntimo de Isaías, el Chapas, el cual contaba con rostro estremecido la difícil tarea de ser verdadero. La identidad suplantada es todo aquello que hacemos cuando dejamos de ser. Esas cosas que completan nuestras vidas pero que no nos dejan aspirar a mostrar lo que hay dentro de nosotros, lo que somos realmente. Isaías quería ser marinero pero su vida estaba encerrada entre lazos familiares y lealtad al negocio de su padre. No quería ser chatarrero, quería lanzarse al mar. El artista Alfonso Doncel explica en sus Aguas tranquilas esta metáfora de Isaías.

El amigo Nono, un reputado empresario que quería ser actor, cuenta desde esta hermosa bahía la desgarradora historia: “Isaías pasó su vida en una chatarrería, obligado a trabajar junto a su padre. En su encierro soñaba, todos los días de su existencia, con ser pescador. Desde bien joven, en su tiempo libre y a escondidas, hacía peces de metal. De ferralla, con restos de chapa y alambre. Encolerizado, su padre se los quitaba y, los días de limpieza, obligaba a Isaías a arrojarlos al mar de la bahía. El Chapas, ya anciano, jubilado de la chatarrería y demenciado, pasó sus últimos años pescando… los mismos peces que durante años arrojó al agua”.

La metáfora es dura, casi delirante, porque refleja nuestra propia insatisfacción humana, aquello que nos aleja de la higiene del alma, de la belleza del espíritu, de aquello que los utópicos buscaban y soñaban para la civilización y nosotros para nuestras vidas. Vivir una vida que no es la nuestra, una vida suplantada, sin apenas libre albedrío para poder elegir. Es delirante pensar que hay mucha gente que no puede elegir sus vidas, o que, de repente, se sienten atrapados en sus sueños de antaño.

Es como si después del mar no hubiera nada. Como si fuera imposible ver el dorso oscuro de los peces que Isaías durante toda su vida tiraba al agua, junto a las olas, en la espuma blanca del salpicar diario. Como si en el lecho arenoso, entre piedras multicolores y destellos de luz tenue los peces hubieran quedado enterrados, y la esperanza de poder volverlos a ver fuera solo un reflejo de nuestra imaginación. Es como si, en definitiva, nuestros sueños se hubieran apagado en las enmarañadas plantas acuáticas de un océano profundo. Como si después del mar no hubiera nada

Es difícil saber qué es aquello que realmente nos procura felicidad. Siempre queremos más, siempre deseamos aquello que no podemos poseer. Nos ocurre en el amor, con el dinero, incluso en los reinos que llamamos espirituales. Siempre queremos más luz, más inteligencia, más sosiego, más felicidad. A veces a escondidas cogemos nuestra ferralla y con restos de chapa y alambre hacemos nuestros peces de metal. Lo hacemos a escondidas, avergonzados, miedosos de que alguien nos arrebate nuestro tesoro y lo arroje a la mar.

Nos gustaría tener talento, algún don. Nos gustaría poder dejarlo todo y volver a empezar, y vivir de ello despreocupados por el resto de nuestros días. Disfrazar nuestras vidas de algo diferente. Mover las fichas hacia otro sentido. Navegar sin rumbo, sin puerto a la vista. O incluso volver a enamorarnos, por eso de sentir la vida y estrujarla hasta el fondo del meollo. Pensadlo bien. En el fondo, nos gustaría poder lanzar nuestra barca al mar, aún a sabiendas de que más allá de sus tonos grises, azulados y verdosos, no hay nada. Nos gustaría, seguro estoy, alejarnos del dócil apego y lanzarnos desnudos a la profunda metáfora. Libres, sonrientes, perseverantes.

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Lo que vio el poeta al anochecer


“No era la realidad de un hombre, sino la realidad del amor la que aparecía posible y esplendorosa ante sus ojos“… Jacinto Octavio Picón

Catalina, la vecina del primero, siempre nos hablaba con añoranza de su amado El Puerto de Santa María, la conocida como ciudad de los cien palacios, en la Costa de la Luz. De pequeño recuerdo las historias que contaba, imaginándome viajando a esos remotos lugares del sur para conocer a viva voz esos relatos. Me imaginaba las casas blancas junto al mar, rodeadas de olores inimaginables, de pescadores, de poetas, de soñadores. El Puerto de Santa María siempre había quedado dentro de mi propio relato infantil como algún lugar al que ir algún día.

Ayer pude hacer realidad ese pequeño sueño infantil aprovechando estos días de trabajo por el sur. Cuando vivía en Andalucía, Cádiz y sus playas remotas siempre se llevaban todo el protagonismo. Desde el otro lado de la bahía podía ver la soñada El Puerto de Santa María. Todos me decían que con el tiempo la bahía había caído en cierta decadencia, y que no merecía ser visitada. Sin embargo, desde el otro lado del mar, miraba siempre melancólico ante la posibilidad de algún día poder pasear por sus calles.

Ese día llegó ayer. En el mayor de los sures, bajo el crepúsculo de un sol otoñal, en el mediodía más cercano al mar, los pinares verdosos flotaban entre las brumas de un calor aún veraniego, mezclándose sus sombras entre carrascos y sabinas, retamas y lentiscos, acebuches y brezos de mar. Las campiñas de alrededor hervían vacías ya de trigo cortado y las casas blancas, aún en su estado de decadencia, parecían relucir como blanca paloma en el cielo.

En las tórridas calles, ya a la fresca, se veían parejas de enamorados deambular sin rumbo, parando algunos a tomar una tapita, una manzanilla o cualquier cosa que pudiera detener el paso del tiempo. El castillo de San Marcos presume de historia. Encierra dentro de sí una antigua mezquita de la cual aún guarda algunos restos, como la mihrab. Me quedé mirando sus paredes coralinas, su historia remota impregnada en el éter de cada una de sus piedras.

En la caleta del Agua, pasado Puerto Sherry por el paseo de la Bahía, llegas a la playa de la Muralla. Allí nos sentamos junto al mar en la Blanca Paloma, disfrutando de las vistas, viendo cómo los grandes buques salen hacia el océano y como en el ocaso del sol, se pueden ver al fondo las aves que viajan a África. Me tomé esa tarde como un paseo veraniego, de esos que este año no he tenido. Como si estuviera de vacaciones, aunque por el día la editorial demandara sus quehaceres y las tardes no sean más que remansos de más trabajo.

Me imaginaba al poeta Alberti paseando por estos lugares y observando todo aquello que uno puede ver con la mirada nostálgica de la edad cuando miras un anochecer junto al mar. Esa tímida fascinación que uno puede sentir por esos momentos en los que pierdes la mirada hacia el infinito, ese lugar que cobra vida entre la línea imaginaria que separa el cielo, del mar. Allí, rebosante de vida, se hundía el Sol, alumbrando con sus restos las aguas tranquilas de la bahía. Ese deslizar es furtivo y misterio, melancólico para aquellos que tuvieron que abandonar sus tierras de origen, como nuestra Catalina, la vecina del primero, que cambió estos majestuosos crepúsculos por el asfalto gris y triste de una gran ciudad. Siento tristeza, mucha tristeza, por aquellos emigrantes que abandonaron por necesidad sus lugares de origen y terminaron en el olvido de la muchedumbre, del asfalto, de la pobreza que uno atesora cuando te separas de lo esencial. Emigrar por necesidad es uno de los males de nuestro tiempo. Te arrebata la vida, te encarcela para siempre lejos de tus atardeceres.

Esta mañana fui a comprar algunas viandas y me paré a tomar un desayuno en la terraza de una gran plaza jerezana soleada y limpia. Lo hice porque es algo que nunca hago, y al ver tanta vida en aquella plaza, me invitó a sentarme, observar y recordar el ocaso de anoche. La filosofía, el pensamiento, la espiritualidad, no tendrían sentido si no fuera por el cúmulo de vida que derrochamos, por las experiencias que podemos disfrutar en un pequeño paseo, en una pequeña plaza, en los albores de una vida ya completa y cuyo significado solo puede ser descrito junto al mar.

Lo que vio el poeta al anochecer, como en el cuento de amor de Herman Hesse, no es tan solo un alarido del alma, sino la victoria de la vida sobre la muerte. El sol, que ayer perecía dando paso a la noche, volvió a renacer por la mañana. Los naufragios y las despedidas de la madurez tienen su recompensa en la acariciada visión del esplendor. El aplomo de los finales es la señal inequívoca de que la vida ha sido vivida. Los surcos de la frente y las mejillas, las manos agrietadas y temblorosas, el caminar lento pero seguro y la mirada… la mirada siempre fija en el mar… Solo hay que cambiar el placer por la música y la sensualidad por la plegaria, como decía Hesse, para darnos cuenta de todo aquello que un poeta puede ver. La realidad del amor, de cualquier amor, es la que aparece siempre posible y esplendorosa ante nuestros ojos.

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Leyes Superiores: la importancia de cambiar la dieta en el Sendero del Discipulado


Nicholas Roerich. Agni Yoga. Diptych. Right part. 1928.

“No me cabe la menor duda de que es parte del destino de la raza humana, en su progreso gradual, el dejar de consumir animales, de igual modo que las tribus salvajes dejaron de comerse entre sí cuando entraron en contacto con otras más civilizadas”. “Leyes superiores” Thoreau

La nave Tierra es una Escuela. En cada ritmo, en cada estación de su prolongada existencia, se rige por una fuerza planetaria que proyecta su influencia en nuestras vidas. Sería ingenuo y atrevido pensar que la evolución humana terminara en el plano mental, en el intelecto, en la razón pura, y que ahí habitaríamos por el resto de nuestras vidas. Nuestra biografía humana es una proyección terrena de un acontecer cósmico que se prolonga en un estadio evolutivo infinito, perenne.

Cuando aprendimos a cocinar nuestros alimentos gracias a la cocción de estos mediante el fuego, nuestra dentadura comenzó a modificarse y nuestro rostro se refinó. Hubo una evolución material significativa que hizo posible una evolución emocional y mental. Un cambio lento y gradual en nuestros intestinos, en nuestra forma de caminar y luego en nuestra forma de comunicarnos. Con el tiempo nos volvimos cada vez más refinados y minuciosos, más sedentarios gracias a las cosechas abundantes. En las culturas más avanzadas, sería impensable encontrar episodios de masacres colectivas o incluso de guerras entre unos y otros. El ser humano ha aprendido a dar significado profundo a la vida, inclusive a la vida de un solo individuo. Con el tiempo, esa sensibilidad se volverá aún más delicada, y ocurrirá lo mismo con la vida animal: será respetada, considerada y protegida. Al igual que alguna vez dejamos de ser animales carroñeros, algún día dejaremos de ser animales carnívoros y el consumo de carne quedará como un resquicio abominable de nuestro pasado animal.

En ese momento, y tras una evolución continua, volveremos a cambiar la dieta, dejaremos de comer animales y volveremos a dar un salto cuántico en cuanto a evolución se refiere. Habrá un nuevo cambio fisiológico, como ocurrió cuando descubrimos el fuego, que a su vez repercutirá en nuestra sensibilidad y en nuestro pensamiento. Cuando dejemos de consumir sangre y carne, el ser humano volverá a evolucionar. La pregunta es, ¿hacia dónde nos llevará ese nuevo refinamiento, esa nueva evolución? La otra pregunta sería, ¿deseo ser partícipe del mismo?

Más allá de la horda de pregoneros que anuncian su propio camino, su propia verdad, existen requisitos básicos y comunes para progresar individual y colectivamente hacia esa nueva dimensión humana. Todos los textos místicos, espirituales, áureos y esotéricos de todos los tiempos hablan de esta segunda ola evolutiva. No subrayan ni marcan concienzudamente sobre la necesidad de provocar este cambio asumiendo cambios en nuestra alimentación, pero dan pistas sobre ello. Algunas tradiciones más elaboradas, de forma aún oscura y compleja, llaman a este salto evolutivo como Sendero del Discipulado. Es una forma abrupta y extraña de indicarnos algo. Algo que está en estrecha relación con nuestro progreso, con nuestra evolución, con nuestra nueva meta como seres humanos. Un lugar, o un estado de consciencia, si queremos llamarlo así, donde desaparecen las creencias, los dogmas, los gurús, los maestros y los guías. Donde uno se encuentra a solas consigo mismo, reflejando el rostro de la personalidad en el espejo del alma.

Para los antiguos, el Sendero del Discipulado era una especie de consciencia que había atravesado las necesidades materiales, emocionales y mentales para establecer su campo de expansión en lo que siempre ha sido llamado lo “espiritual”. Esa nueva consciencia es una orientación expresa hacia lo que todas las tradiciones llaman la vida del alma. Resumidamente, podríamos decir que esa vida del alma es aquella que basa su necesidad no en satisfacer las necesidades materiales, emocionales o intelectuales de cada individuo por separado -hablamos aquí del conflicto de la separatividad-, sino de ese momento de adentrarse, una vez tenido cierto dominio sobre esas anteriores necesidades, en la satisfacción de las necesidades espirituales, en las necesidades del alma. En resumen, en eso que los políticos de hoy en día llaman trabajar para el bien común, el servicio grupal. Ser espiritual no es más que eso. Elevar la mirada más allá de nosotros mismos y empezar a mirar a los otros, al grupo, al colectivo, al ser humano en su conjunto como especie unificada y más allá, a las otras especies como entidades vivas y necesitadas de derechos, respeto y admiración.

Todas las tradiciones espirituales señalan ese camino, esa senda, ese discipulado. Cuando en Oriente hablan de Unión y en Occidente de Unción el significado oculto es el mismo. Iluminación en Oriente y Adumbramiento en Occidente. En el fondo están diciendo lo mismo, desde diferentes visiones y construcciones culturales. Orientar nuestras vidas hacia esa realidad espiritual empieza por lo más básico. Si una vez dejamos de comer carne cruda y nuestras vidas y evolución cambiaron para siempre, ocurrirá lo mismo cuando dejemos de comer carne cocinada y sustituyamos nuestros alimentos de carne y sangre por algo más sano, algo alejado de la violencia, una comida inofensiva que nos acerque a otro peldaño de nuestra evolución inmediata. A nivel individual, nadie puede hollar ese Sendero si no ha atravesado esta premisa tan básica e imprescindible. La creencia contraria es vivir en una mentira acuciante y peligrosa. En otro paso mayor, ocurrirá lo mismo con el alcohol, el tabaco y las drogas.

Un año de travesía para seguir materializando el sueño


«Tu hogar no es donde naciste; el hogar es donde todos tus intentos de escapar, cesan». Naguib Mahfouz

Hace un año hicimos un llamado para crear un grupo simiente que pretendía cocrear la Escuela en su triple vertiente. Una Escuela Preparatoria donde la persona pudiera aproximarse a sus dones y talentos (aquello que nos conecta con nuestro Ser Esencial). Una Escuela Media donde construir un puente entre la vida manifestada y la vida interior, aún por manifestar; y una Escuela Avanzada donde afianzar el sentir interior en la vida exterior mediante la meditación, el estudio y el servicio grupal. Después de un año de duro trabajo y duras pruebas, se creó un pequeño grupo simiente con dos vertientes de trabajo.

El primer grupo creado ha sido el constructivo. La arquitecta Paula facilitó los trabajos de creación de la Escuela y sus edificios. Coordinó y proyectó, junto con la supervisión de los miembros del patronato de la fundación, al resto del grupo compuesto por Franco, Eloy, Daniel, Martín y Víctor. Seis profesionales de la arquitectura han dado forma a un primer proyecto que ha servido de base para presentar hoy mismo al concello de Samos el Proyecto Básico de arquitectura. Si el ayuntamiento está de acuerdo con la propuesta, empezaremos a trabajar en el proyecto de Ejecución con la esperanza de poder empezar las obras a continuación.

Por otro lado, se creó un segundo grupo que durante los próximos años cocreará toda la pedagogía de esta compleja propuesta. Sus coordinadores y facilitadores son dos doctores en filosofía y antropología, Mayte y un servidor, que disponen de algo de trayectoria en los asuntos que les compete. Su labor, más allá de supervisar la construcción material de la Escuela, tendrá que ver con los aspectos pedagógicos, filosóficos y espirituales de la misma.

La idea de crear una escuela diferente, basada en la experiencia interior y en la revelación de la consciencia en su más amplia manifestación desde una simplicidad pedagógica y una propuesta sencilla pero contundente, será el reto de los próximos años. Su trabajo será de magnetizar esta idea para que se manifieste y se plasme en la realidad. Por lo tanto, será un trabajo triple: un trabajo silencioso, de meditación creativa y magnetizadora para provocar las fuerzas que deberán empujar el proyecto. Un trabajo de estudio concienzudo para crear la pedagogía necesaria y un trabajo de servicio desde el cual buscar los recursos necesarios, humanos y materiales, para que toda la idea se plasme en su conjunto.

Por eso queríamos compartir estas noticias con agradecimiento y gozo en el alma. De alguna manera, todo el esfuerzo de este año ha culminado con unos resultados que servirán de base para seguir construyendo el sueño grupal desde la aplicada ciencia del servicio. En este primer ciclo de siete años podemos decir que la casa de acogida está prácticamente terminada y en este segundo ciclo, profundizaremos y construiremos la futura Escuela en su parte material e intangible. Lo haremos despacio, sin prisa, porque queremos crear una propuesta firme, que resista los envites de los tiempos y que soporte una educación renovada, original y adaptada a esta nueva era que se presenta. Un tiempo nuevo requiere de unas ideas nuevas, una visión precisa y una guía para afrontar los retos del futuro.

Y en siete años más, terminado y consolidado el proyecto de Escuela, empezaremos a trabajar durante el siguiente septenio en la consolidación de una comunidad integral, capaz de asumir los retos de la convivencia y los retos de las rectas relaciones humanas desde el trabajo grupal. Un hogar donde cesen todos los intentos de escapar, un lugar donde el corazón esté alineado con la mente y juntos se pongan a trabajar en hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. Nos equivocaremos, tropezaremos, pero dejaremos de huir y asumiremos nuestro compromiso y responsabilidad en hacer las cosas lo mejor que podamos. Ese es nuestro reto. Este es nuestro sueño colectivo. A eso hemos sido invitados. Un año después, estamos de celebración. Ahora, a por los siguientes retos.

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Hay un ejercito de ángeles con espadas y antorchas en sus manos


Hieronymus Wierix, San Miguel venciendo al Dragón, 1584.

Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. (Apocalipsis 12:7-9)

La humanidad se mueve de nuevo en una línea descendente en su proceso evolutivo. Es una caída provocada desde la ola de la espiral en la que nos encontramos. La humanidad debe con el tiempo corregir su marcha y entrar en una corriente de vida evolutiva consciente, de generosidad, de dar, espiritual si queremos llamarla así. Los verdaderos iniciados son los que sirven a San Miguel en esa corriente, al regidor cósmico de la luz y el bien desde lo dado, en contra de los seguidores del Dragón, de Ahrimán, de las fuerzas de la oscuridad, que son los que quitan, los que restan, los que oscurecen. Más allá de las leyendas áureas, la gran guerra que se libra en los cielos también se libra aquí en la tierra. Existe un grupo de ángeles encarnados que trabajan en silencio y humildemente para engendrar el bien, la paz y el amor. Cada uno con sus propias armaduras, con sus propias espadas, con sus propias antorchas de luz en sus manos. Cada uno aportando lo que puede para el bien común.

Son enlazadores de mundos. Seres que en silencio trabajan para la Gloria del Altísimo, para el Padre o para el Señor, según lo llaman en cada una de sus tradiciones. Son constructores fértiles de un mundo bueno, personas que entregan toda su cosecha y que no atesoran tesoros donde las polillas y la herrumbre destruyen, sino orbes cargados de manantiales de generosidad. No es frecuente verlos, y menos aún compartiendo en una misma mesa. Pero a veces se tiene el privilegio de estar con ellos, de compartir con ellos, y generar así inspiración para otros. Son transmisores de luz, de consciencia, de paz ardiente.

Por otro lado, hay seres que se comportan como sibilinas gorgonas, como serpientes o dragones que se enredan en sus propias vidas y enredan con bonitas palabras y melodías a los demás. Seres que solo piensan en sí mismos, en sus pensamientos, en sus emociones, en su vida material. Es imposible sacar de ellos un halo de luz, porque su vida gira en torno a ellos mismos y sus entrañas. La batalla del cielo es igual que en la tierra. Mientras unos protegen y animan la paz, el amor y la generosidad, otros solo viven en una maraña de egoísmos y perturbadora oscuridad.

Todos los días deberíamos preguntarnos si somos seguidores de San Miguel o del Dragón. Si recibimos el nuevo día para servir al otro, para ayudar al otro y al mundo, o si por el contrario, solo giramos en torno a nosotros mismos y nuestras pequeñas e infinitas necesidades. Esa es la gran batalla, la batalla de todos los tiempos. ¿Cuánto dedico a la luz y cuánto dedico a la oscuridad?

En estos tiempos de oscuridad es fácil quedar enredados en la maraña de aquellos que hablan de unas cosas y otras pero en el fondo solo hacen eso: hablar. Lo complejo de la espiritualidad de nuestros días es mancharse las manos luchando contra el Dragón. No con un libro ilustrado de bonitas páginas y palabras, sino con una gran antorcha de fuego acompañada de una gran espada. No predicando sobre la vida del Dragón, sino luchando en la cueva oscura contra él, a veces látigo en mano, como un Cristo Cósmico arrojando a los mercaderes del Templo.

Por eso la proclama para este tiempo no es enredarse en interminables capítulos de palabrería, de bailecitos de salón, de cantos gloriosos, sino de pura batalla contra el mal. Y en esa batalla no habrá tregua ni descanso. Por eso, una vez más, harán falta ejércitos de luz, de ángeles con espadas y antorchas en sus manos, arrojando de nuestras vidas todo mal, toda ignorancia, toda ilusión. Brillando la luz en la oscuridad, el bien triunfará. La generosidad, el Dar, es la mayor expresión cósmica, universal. Solo tenemos que mirar la naturaleza, el sol, la propia vida… «Dar» es comprender y fortalecer la línea evolutiva del universo. Darte a los demás, desde tu propio don, es prestar atención al ejército cósmico de San Miguel.

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