«Y recuerda aquello que está escrito
Amar al semejante es mirar de frente a Dios» (Los Miserables).
Ayer a medianoche me llegaba la noticia. Me quedé sin palabras. Suzanne había muerto. Salí fuera del restaurante y dejé a los hombres de negro por un momento. Tomé aire. Luna llena de Escorpión y Eclipse de Luna. No podía haber elegido mejor momento. Me la imaginaba subiendo a su nave y volviendo por un tiempo a su lejano planeta, lejos de los humanos, como ella nos llamaba. Misión cumplida, pensaría con su sonrisa traviesa.
Durante un largo tiempo nos escribimos hermosas cartas de amor. Incluso llegamos a soñar que tendríamos un hijo en común, aunque fuera un hijo simbólico o imaginado. Fuimos amigos y amantes espirituales. También tuve la fortuna de ser su primer editor. Aquel chico joven que vio en ella una luz especial y apostó por aquella desconocida chica rubia irlandesa, graciosa, simpática, atrevida. Aún recuerdo cuando dejó Barcelona con su niña Joana. “Por si viene la ola, mejor estar lejos del mar”. Tenía siempre humor para todo. Terminó viviendo en mi piso alquilado de Majadahonda. Agradecido por todo lo que hizo por mí le regalé lo que tenía en ese momento. Los muebles, la televisión de Dolores, aquel hermoso sillón, mi cama, las estanterías… Solo eran cosas. Cosas sin valor, excepto la emoción de pensar que ella le haría buen uso. «Dormiré en tu cama», me decía siempre buscándome las cosquillas.
La primera vez que conseguimos llenar un salón con más de mil personas me regaló una chimenea para mi bonita casa de diseño. La llamó la “chimenea del amor”. ¡Le hacía tanta ilusión hacerme ese regalo! Nunca olvidaré la cara y el abrazo y el sobrecito lleno de corazones con esos detalles que ella solo podía hacer. Estos recuerdos podrían parecer algo cursis, pero me llenan el alma recordarlos, recordarla, añorarla. Me hubiera gustado amarla más, sentirla más, corresponderle más. Pero su amor siempre era infinito para todos, y a ese infinito, los pequeños mortales de la tierra nunca podíamos llegar.
Escribimos juntos el Reset Colectivo, y luego, más tarde, encerrados en un hotel de El Escorial, nos atrevimos a escribir Atrévete a ser tu maestro. Nos levantábamos temprano, buscábamos aquel rincón tranquilo junto al gran piano y nos poníamos a trabajar. Los días pasaban rápido entre el humor y la alegría, entre los compases de aquel tiempo que se permitía lleno de aventuras. Sus bromas infinitas y su buen humor decoraban la belleza del compartir. Quería que fuéramos al Caribe o algún lugar lejano para escribir ese libro. «No puedo Suzanne, tengo que hacer el Camino», le decía. Así que buscó un lugar cerca de Madrid y allí nos encerramos hasta que tuvimos el segundo libro.
Suzanne era un pequeño ángel atrevido disfrazado de bella mujer divertida, amable y cariñosa. Nunca encuentras palabras adecuadas para describir a alguien especial. A veces su excesiva ingenuidad le daba malas pasadas. Aún recuerdo cuando empezó a hacerse famosa y yo le advertía paciente de los peligros del éxito. «Ten cuidado Suzanne, te puedes caer». A los pocos meses de aquella pequeña bronca se rompió la cadera patinando en la pista de hielo de nuestro querido Joaquín. Cuando fui a verla y la vi allí tumbada convaleciente en la cama y sonriendo como siempre a pesar de los dolores le regañé: “te advertí que ibas a salir herida”. Ella hacía broma y se metía con mis galletas y mi siempre preocupante mirada.
Hace unas semanas nos escribimos. “Cuando pases por Madrid avísame y te hago un reset”. Para ella hacer un reset era como bendecir para siempre la vida del otro. Pasaron los días y pasé por Madrid varias veces con el remordimiento de no haber llamado a Suzanne para quedar y echar unas risas.
Me hubiera gustado mirarla de frente, abrazarla por última vez, darle las gracias por haber creado tantos milagros a tanta y tanta gente. Gracias a ella y su idea de encerrarnos en un hotel para escribir su segundo libro hizo que retrasara mi viaje al Camino de Santiago en el año 2013. Ese retraso provocó que ocurriera ese otro milagro llamado O Couso. Mientras yo me perdía por los caminos ella me pedía que volviera a Madrid. En broma siempre le decía que a Madrid también llegaría la ola, que era mejor vivir en las montañas. La ola no llegó nunca, pero ella cabalga ahora en su mágico universo.
Gracias Suzanne. Gracias por todo lo que hiciste en mí, gracias por lo que hiciste por tanta gente. Buen viaje a casa, buen retorno al Universo. Ahora ya estás en tu “Camino de la mariposa azul”…
Pd.- A los que me estáis preguntando de qué murió Suzanne, al parecer fue de una infección que se complicó en el hospital. Quiso morir en paz en su casa, con los suyos, sonriendo.































