
No seríamos capaces, desde una perspectiva amplia y sincera, de ser hacedores y jueces a la hora de valorar qué es o no es espiritualidad. Cada uno vive esa experiencia desde lo interno, y sería difícil decir que este es más o menos espiritual por leer a tal o cual autor o por practicar tal o cual rito. Ocurre lo mismo con la religiosidad, término diferente al primero y que requiere de un análisis antropológico para definir, según la cultura y el tiempo donde se inserte, qué es religioso y qué no lo es. Sin embargo, la espiritualidad, a diferencia de la religiosidad, parece un término más sutil. No estamos hablando de un salto ingenuo a eso que los filósofos antiguos, para aclarar de una forma sencilla la diferencia entre el más allá y el más acá dieron por llamar infinito, en contraposición de nuestro finito más inmediato. Estamos ante un fenómeno totalmente individual y subjetivo en el que vale la pena indagar.
A pesar de lo dificultoso del análisis, sobre todo a la hora de definir qué es espiritual, podemos quizás, de forma más acertada, definir qué no es espiritual. Existen infinidad de visiones deformes y egocéntricas de la espiritualidad. Muchos se convencen de que están siendo partícipes de un crecimiento, de una elevación o de un propósito noble cuando en realidad sólo están fortaleciendo el egocentrismo mediante técnicas y creencias múltiples que acentúan su engaño. Y la creencia, que de por sí no es mala sino que nos ayuda a gestionar y ordenar el universo invisible desde un punto de vista aparentemente racional y necesario, puede volverse en contra nuestra en cuanto hacemos de esa creencia un fundamento enclaustrado en la radical posición de una verdad absoluta. A esta distorsión, algunos místicos y autores la han llamado materialismo espiritual.
Y la creencia puede ser negativa o positiva, es decir, para afirmar algo o para negarlo, por ejemplo, la creencia de una entidad mayor al que algunos llaman Dios. Ambos prejuicios, cuando se tornan en creencias fundamentalistas, son perjudiciales para el que las asume, tanto para el que afirma como para el que niega pues ambas creencias nos alejan del despliegue necesario de conciencia. Una creencia, del tipo que sea, actúa como un muro separador entre nosotros y el mundo. Creer que somos guapos o somos feos forma parte de una huida que nos separa y nos divide. Bastaría con sentir a cada momento que “somos”, independientemente de los atributos que nosotros o los otros quieran anexar. Bastaría con observar y ser partícipes del universo, sentirnos miembros del mismo, independientemente de si éste está dirigido por una identidad mayor. El creer una u otra cosa no nos hace más o menos espiritual.
Más allá de la espiritualidad o de su negación, podríamos hablar del sendero espiritual cuyo proceso podría definirse como ese caminar que produce un estado mental “despierto”. Pero, ¿despierto con respecto a qué? El hombre común vive sumido en una especie de somnolencia profunda, en un estado hipnótico donde mecaniza la mayor parte de sus actividades diarias, especialmente las relativas a la satisfacción de sus necesidades primarias: alimento, vestido, sexo, seguridad, status, etc… Más allá de esas actividades, y por lo tanto, de su mecanización, existen pocos recursos sinceros para valorar otras realidades que podrían satisfacer, a su vez, otro tipo de necesidades de carácter psicológico, emocional, espiritual… Sea como sea, esa mecanización es como una tumba para el humano. Se despierta, desayuna, va al trabajo, come, regresa a casa, asume algunas actividades ordinarias, duerme… Hay pocos momentos de verdadera lucidez, de auténtico contacto con esas regiones que superan y queman las confusiones que oscurecen nuestras vidas. La condición de despierto nos acerca a las perspectivas del mundo real. No ese mundo de efectos que hemos inventado en nuestra mente para dirigir rutinariamente nuestras vidas. No ese cómodo escenario en el que hemos suplantado nuestra verdadera identidad por ese vestuario infinito de máscaras, de roles y artificios que recrean una obra en la que, en el mejor de los casos, actuamos como extras de relleno. Nuestros miedos, nuestras inseguridades, crean un modelo único que procura ser seguro. Las condiciones de nuestra vida externa normalmente son reflejo de nuestros miedos e inseguridades internas. Cuanto mayor es el miedo, cuanto más frágiles somos, mayor es el reflejo externo, mayor es nuestro coche, mayor es nuestra casa, mayor y más grande es nuestro ego y nuestra necesidad de que los otros lo respeten y admiren.
Resulta penoso ver pasar la vida como algo completamente inútil, algo de lo que sólo extraemos precariedades, necesidades, humillaciones, desolaciones. Nadie nos explicó a qué veníamos a la Tierra. De hecho, existen pocos manuales que indiquen la verdadera causa de eso que llamamos Vida, Forma e Inteligencia. Las condiciones por las que atravesamos, el ensueño en el que vivimos y las pocas posibilidades de conexión íntima con nuestro más profundo ser resuelven un panorama angustioso.
La realidad está deformada. Vivimos en una parcela distorsionada donde el desarrollo unilateral prevé que todo cuanto hagamos sólo alimentará a la máquina hipnótica. Alguna vez, de forma extraordinaria y escurridiza, algún alma inquieta escuchó el sonido de clarín de su alma viajera y creyó tener una experiencia que llamó mística o espiritual. Puede ser que así fuera y que ese impulso, ese contacto, le sirviera para hollar un camino diferente. Pero en cuanto hizo del camino un fin, en cuanto relegó la pureza de esa llamada y olvidó su sencillez transformando su parecer en un complicado señuelo, el materialismo espiritual, a cual maya tejida desde la sinrazón, hizo acto de presencia. Entonces su boca se llena de buenas palabras que, en la mayoría de las veces, contradicen sus actos. Y su intelecto se agolpa de fórmulas y teorías que pretenden ordenar un universo que jamás podrá abarcar desde su mente limitada. Esa contradicción crea conflicto y ese conflicto un malestar interior que intentará recuperar el estado gozoso de aquel leve contacto.
Las prácticas espirituales de todo calado crean burocracia, amontonan nuestras vidas de creencias y cuentas de resultados según la nobleza de nuestros ritos, de nuestros elevados ideales y de nuestras epidérmicas observaciones de la realidad. Resulta fácil volvernos esclavos de nuestros propios dogmas. Desapegarse de uno mismo forma parte de esa batalla. Desprendernos de nuestras cosas, de nuestras necesidades, de nuestras creencias, sean cuales sean, incluso aquellos cuya creencia se basa en decir que no creen en nada, o que están más allá de lo epidérmico, o que sus acciones se basan en una actividad pura.
Todo aquello cuanto hemos acumulado a lo largo de nuestra vida, eso que damos por llamar conocimiento, experiencia, saber, no es más que una colección de antigüedades. Ya nada sirve, pues cada día es una nueva oportunidad que nace para poner a prueba no nuestra experiencia, si no nuestra habilidad para adaptarnos a cada nuevo requisito. Y para ello no sirven nuestros patrones, ni nuestros rituales, ni nada que tenga que ver con una visión pasada. No hay mayor enseñanza que la experiencia vivida a cada instante. Y cada instante es una prueba y una oportunidad ideal para entregar nuestro espíritu a las situaciones cotidianas. Son en esas situaciones, y no en nuestra colección de antigüedades, donde tendremos la oportunidad de demostrar nuestra valía como humanos despiertos. Y eso sólo es posible no aferrándonos a nuestras creencias y experiencias, sino aferrándonos a nuestro centro. Sólo desde nuestro centro nos alejamos del autoengaño, de la vida ordinaria,
dando paso a nuevas y necesarias experiencias. Experimentemos la maravillosa tarea de abrirnos al mundo. Practiquemos el shámatha, el cultivo de la serenidad siendo conscientes de cada acto, de cada momento, del eterno ahora. Estemos atentos, cada día es una oportunidad.
( Artículo editado originalmente en: http://www.marioconde.org/blog/2009/09/materialismo-espiritual/ )