Como miembro de cierta aristocracia que soy, príncipe RC, para más detalle, pero republicano de corazón, no puedo evitar sentir cierta admiración por el origen, evolución y decadencia de los reyes y sus reinados. Desde los originarios reyes-dioses, aquellos que primaron su deidad por encima de lo humano, y más tarde, ante el olvido inevitable de nuestros orígenes, los reyes teológicos, es decir, los reyes nacidos por la Gracia de Dios, hasta nuestros reyes actuales, que ni son dioses ni tienen gracia ni sentido alguno, ha cambiado mucho la historia.
Parece inadmisible que en pleno siglo XXI aún se siga “creyendo” en los reyes magos, en este caso, y en su versión moderna, en los reyes parlamentarios. Ambos símbolos son un insulto a la razón y un sinónimo de la decadencia de nuestro pensamiento contemporáneo, tan familiarizado con los abusos, las mentiras y los cuentos que desde ciertos estamentos nos infringen y acunan. Por respeto a la figura del emérito, no voy a entrar en detalle de sus argucias y triquiñuelas, más propias de un adolescente infantil que de la figura virtuosa de un rey de antaño, pero sí que deberíamos insistir en la necesidad de buscar alguna fórmula que pueda aligerar y limpiar el peso de la historia.
Debe decirse que en tiempos pasados quizás sí que era representativo y casi necesaria la figura de un rey. En tiempos de peligro constante, debía haber alguien que defendiera territorios, o los ampliara por mediación de conquista o matrimonio en un mundo donde el dominio de la razón estaba aún muy lejos de conquistar el alma humana.
El relato histórico de lo que ahora consideramos nuestro país, un invento reciente, como casi todos los inventos de la historia, podríamos decir que ha sido entre heroico y bochornoso. Heroico porque hemos aguantado lo inaguantable. Conquistas e invasiones de todo tipo, saqueos, guerras, violaciones, destrucción de casi todo nuestro tejido originario e imposición de ideas, lenguas y culturas que nada tenía que ver con la originaria Iberia. Ahora que tanto nos peleamos por defender las culturas del ámbito español, lo que realmente estamos defendiendo unos y otros, quizás con alguna aguda excepción de los vascos como reducto original de nuestros verdaderos antepasados, son culturas, lenguas e ideas impuestas por griegos, romanos, cartaginenses, árabes, franceses e ingleses, entre otros. Poco o nada original, excepto, como digo, el superviviente pueblo vasco, queda de nuestra cultura. Fuimos aniquilados por unos y por otros, fuimos invadidos y destruidos hasta la extinción. E impusieron sus culturas, y también sus reyes.
La prueba de ello es la imposición, hace ahora unos siglos, de lo reyes de origen francés que ahora nos representan. Los Borbones, con el adalid de nuestro ejemplar Juan Carlos I, “el Campechano”. Desde el siglo XV, hemos tenido de todo en nuestra inmaculada tierra. Quitando la original casa de Trastámara, de origen gallego y castellano, el resto ha sido una conjunción entre las casas reales austriaca y la francesa. La derrota que tanto celebran, por ejemplo, los catalanes, no era sino la elección entre un rey de origen francés u otro de origen austriaco. Un despropósito histórico. De la casa de Trastámara, tuvimos a la Católica, el Católico, la Loca y el Hermoso. De la casa de Austria tuvimos al César, el Prudente, el Piadoso, el Grande, el Hechizado y el Archiduque. De la casa de Borbón, al Animoso, el Bien Amado, el Animoso, el Prudente, el Político, el Cazador, el Deseado, la Castiza, el Electo, el Pacificador y el Africano. Nos queda por bautizar a los dos últimos, los cuales me atrevo a nombrar como Juan Carlos I, el Campechano, y ojalá, si la razón lo quiere, al Felipe VI, el Breve.
Lo del Breve es por el deseo de que este país de países entre en razón e invite a la monarquía a que se convierta en algo simbólico. Digo algo simbólico porque no querría yo quedarme sin mi título simbólico de príncipe, y por lo tanto, no desearía yo que la idea ejemplar de los reyes y dioses desapareciera. Pero sí que lo hicieran del ámbito político, y que los países del mundo moderno se convirtieran en repúblicas, ya sean estas platónicas o bananeras, pero repúblicas donde realmente todos seamos iguales ante la ley y ante Dios.
La verdad es que el Campechano, sin entrar a juzgarlo, y con todos mis respetos hacia su persona y su historia personal, está poniendo fácil el camino para que esto ocurra. No sabemos si en esta década o en la siguiente, pero tarde o temprano deberá ocurrir. Como ocurrirá, acto seguido, en las monarquías europeas que aún quedan vivas: Bélgica, Dinamarca, Liechtenstein, Luxemburgo, Mónaco, Noruega, Países Bajos, Reino Unido y Suecia. Cualquier persona con un poco de criterio histórico debe entender y afrontar que estamos ante una reliquia del pasado, algo que debe extinguirse y adecuarse a los tiempos en los que vivimos. Es inaceptable para la razón humana esta anacrónica realidad del pasado. Por eso espero que la razón venza al folclore, la costumbre y la tradición y seamos capaces de erradicar de una vez reyes que ya no nos representan, ni a nosotros, ni a las virtudes divinas por las que fueron concebidos hace algunos miles de años.
Firmado, VH Javier León, príncipe RC
Gracias de corazón por apoyar esta escritura…






























