Juan Carlos I, “el Campechano”


Como miembro de cierta aristocracia que soy, príncipe RC, para más detalle, pero republicano de corazón, no puedo evitar sentir cierta admiración por el origen, evolución y decadencia de los reyes y sus reinados. Desde los originarios reyes-dioses, aquellos que primaron su deidad por encima de lo humano, y más tarde, ante el olvido inevitable de nuestros orígenes, los reyes teológicos, es decir, los reyes nacidos por la Gracia de Dios, hasta nuestros reyes actuales, que ni son dioses ni tienen gracia ni sentido alguno, ha cambiado mucho la historia.

Parece inadmisible que en pleno siglo XXI aún se siga “creyendo” en los reyes magos, en este caso, y en su versión moderna, en los reyes parlamentarios. Ambos símbolos son un insulto a la razón y un sinónimo de la decadencia de nuestro pensamiento contemporáneo, tan familiarizado con los abusos, las mentiras y los cuentos que desde ciertos estamentos nos infringen y acunan. Por respeto a la figura del emérito, no voy a entrar en detalle de sus argucias y triquiñuelas, más propias de un adolescente infantil que de la figura virtuosa de un rey de antaño, pero sí que deberíamos insistir en la necesidad de buscar alguna fórmula que pueda aligerar y limpiar el peso de la historia.

Debe decirse que en tiempos pasados quizás sí que era representativo y casi necesaria la figura de un rey. En tiempos de peligro constante, debía haber alguien que defendiera territorios, o los ampliara por mediación de conquista o matrimonio en un mundo donde el dominio de la razón estaba aún muy lejos de conquistar el alma humana.

El relato histórico de lo que ahora consideramos nuestro país, un invento reciente, como casi todos los inventos de la historia, podríamos decir que ha sido entre heroico y bochornoso. Heroico porque hemos aguantado lo inaguantable. Conquistas e invasiones de todo tipo, saqueos, guerras, violaciones, destrucción de casi todo nuestro tejido originario e imposición de ideas, lenguas y culturas que nada tenía que ver con la originaria Iberia. Ahora que tanto nos peleamos por defender las culturas del ámbito español, lo que realmente estamos defendiendo unos y otros, quizás con alguna aguda excepción de los vascos como reducto original de nuestros verdaderos antepasados, son culturas, lenguas e ideas impuestas por griegos, romanos, cartaginenses, árabes, franceses e ingleses, entre otros. Poco o nada original, excepto, como digo, el superviviente pueblo vasco, queda de nuestra cultura. Fuimos aniquilados por unos y por otros, fuimos invadidos y destruidos hasta la extinción. E impusieron sus culturas, y también sus reyes.

La prueba de ello es la imposición, hace ahora unos siglos, de lo reyes de origen francés que ahora nos representan. Los Borbones, con el adalid de nuestro ejemplar Juan Carlos I, “el Campechano”. Desde el siglo XV, hemos tenido de todo en nuestra inmaculada tierra. Quitando la original casa de Trastámara, de origen gallego y castellano, el resto ha sido una conjunción entre las casas reales austriaca y la francesa. La derrota que tanto celebran, por ejemplo, los catalanes, no era sino la elección entre un rey de origen francés u otro de origen austriaco. Un despropósito histórico. De la casa de Trastámara, tuvimos a la Católica, el Católico, la Loca y el Hermoso. De la casa de Austria tuvimos al César, el Prudente, el Piadoso, el Grande, el Hechizado y el Archiduque. De la casa de Borbón, al Animoso, el Bien Amado, el Animoso, el Prudente, el Político, el Cazador, el Deseado, la Castiza, el Electo, el Pacificador y el Africano. Nos queda por bautizar a los dos últimos, los cuales me atrevo a nombrar como Juan Carlos I, el Campechano, y ojalá, si la razón lo quiere, al Felipe VI, el Breve.

Lo del Breve es por el deseo de que este país de países entre en razón e invite a la monarquía a que se convierta en algo simbólico. Digo algo simbólico porque no querría yo quedarme sin mi título simbólico de príncipe, y por lo tanto, no desearía yo que la idea ejemplar de los reyes y dioses desapareciera. Pero sí que lo hicieran del ámbito político, y que los países del mundo moderno se convirtieran en repúblicas, ya sean estas platónicas o bananeras, pero repúblicas donde realmente todos seamos iguales ante la ley y ante Dios.

La verdad es que el Campechano, sin entrar a juzgarlo, y con todos mis respetos hacia su persona y su historia personal, está poniendo fácil el camino para que esto ocurra. No sabemos si en esta década o en la siguiente, pero tarde o temprano deberá ocurrir. Como ocurrirá, acto seguido, en las monarquías europeas que aún quedan vivas: Bélgica, Dinamarca, Liechtenstein, Luxemburgo, Mónaco, Noruega, Países Bajos, Reino Unido y Suecia. Cualquier persona con un poco de criterio histórico debe entender y afrontar que estamos ante una reliquia del pasado, algo que debe extinguirse y adecuarse a los tiempos en los que vivimos. Es inaceptable para la razón humana esta anacrónica realidad del pasado. Por eso espero que la razón venza al folclore, la costumbre y la tradición y seamos capaces de erradicar de una vez reyes que ya no nos representan, ni a nosotros, ni a las virtudes divinas por las que fueron concebidos hace algunos miles de años.

Firmado, VH Javier León, príncipe RC

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Exprimir el jugo de la vida


En la soledad del bosque, yo permanezco…

 

«Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido». Thoreau

Muchas veces me preguntan si no tengo miedo de vivir aquí solo en mitad de los bosques, sin vecinos que puedan socorrerme, con todo abierto, sin cerrojos ni llaves. Debo decir que la primera vez que vine a estas montañas, hace ahora siete años, sentí mucho miedo. Nunca me había enfrentado en soledad a tanta plenitud, a tanta expansión, a tanta vida, a tanta soledad y silencio. Es cierto que las excursiones de fin de semana al monte cuando vives en la ciudad, te dan cierta sensación de libertad. Pero cuando vives intensamente en esas montañas, a solas con el mundo, con el infinito, con la inmensidad, todo se percibe de otra manera. Todo se magnifica. El miedo se agranda, el amor te absorbe.

Con el tiempo, llega un momento, a pesar de los sustos inevitables que todo bosque pueda ofrecer, que el miedo desaparece. Al menos cierto miedo, porque siempre queda algún resquicio de desconfianza, de desazón, de alerta. Cualquiera podría venir sigiloso por la noche, ver la tenue luz de mi pequeña lamparilla y acercarse para curiosear. De hecho, en los tiempos de normalidad, solía ocurrir que cualquiera aparecía de repente a las puertas de la cabaña para curiosear o conocer a su morador. Ahora, por suerte, aunque algún susto me sigo llevando, eso ocurre menos. Y la sensación que se apodera de mí, es que deseo que deje de ocurrir. De alguna manera, el bosque, la naturaleza, te vuelve huraño, te aleja del ruido. Deseas alejarte de ese rumor, del pantanoso estruendo que viene de la ciudad.

Uno afina los sentidos, y de alguna forma percibe el caos que los habitantes de la ciudad tienen en sus mentes, en sus vidas, en sus corazones. Es una percepción muy sutil, pero puedo decir que cuando ahora me cruzo con algún congénere, puedo escuchar todo su murmullo mental y existencial. Por eso, de alguna manera, tengo miedo a que toda esta anormalidad pandémica termine y vuelva de nuevo el ruido a las montañas. El ir y venir de curiosos que deseen depredar, y no compartir, este tesoro invisible.

Algunos amigos ya empiezan a empeñarse en buscarme nuevos amigos, futuras pretendientas, novias o todo tipo de entretenimientos que pueda hacer más llevadera mi soledad. Es difícil explicar la complejidad de entrar en esa maraña de posibilidades cuando has afinado tanto los sentidos y cuando has empezado a caminar por encima de las tumultuosas aguas del deseo. Eso no quita que algún día pueda de nuevo perder la cabeza por amor, pero sé que eso ocurre cada vez más de forma muy extraordinaria, y sé que, de alguna forma, solo bajo esa extraordinariez, podría de nuevo aventurarme a compartir algún tipo de flujo existencial.

Ahora solo deseo enfrentarme al mundo milagroso. Esto es difícil de explicar. Pero viene siendo algo así como dejarse llevar por la corriente de la vida. No me refiero a la vida corriente, ordinaria, insulsa y aburrida que normalmente llevamos. Me refiero al arrebato de la vida extraordinaria, de la vida que consume dentro de nosotros todo tipo de visiones y experiencias inconcebibles, aquella que expresa nuestros dones, sean los que sean, y los saca a relucir junto al mundo. Me refiero a esa sensación de exprimir todo el jugo de la vida, como si nos faltara el aire, como si pudiéramos de verdad abrazar todo el infinito universo, en todas sus infinitas dimensiones. Me refiero a reencontrarnos con nuestro ser real danzando sobre todas las tierras, sobre todos los mundos, sobre todas sus maravillas.

Aquí en los bosques vivo deliberadamente una visión diferente de la existencia. Vivo profundamente, rebusco en mi interior, buceo en las maravillas de la vida simple. Ya no pido riquezas, ni aspiro a ellas. Casi desearía poder acostumbrarme a vivir de lo que recojo con mis propias manos. Setas, castañas, moras, tomates, pimientos, fresas, cerezas, manzanas… Hay una sensación profunda al descubrir que no dañas al mundo cuando te alimentas de vida vegetal, recolectada por ti mismo, sin sufrimiento animal. El amor te absorbe en esa sensación. El amor a lo simple, a lo verdadero. No, no quiero riquezas, ni éxito, ni esplendor. Todo eso ya lo encontré aquí en los bosques… Estoy saciado de cosas. Ahora solo quiero vivir…

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En la soledad de los bosques…


La dama de Shalott por John William Waterhouse, 1888 (Tate Britain, Londres)

En memoria de la dama del lago…

He encontrado algo grande y admirable en la soledad de los bosques, más allá del movimiento espontáneo e impredecible de los manantiales, ríos y lagos. A cada lado de sus orillas, más allá de los largos campos de cebada y centeno, existen lugares que visten el bosque y se encuentran con el cielo. Tiene su propia dureza, pero ahora sé que la sombra de los árboles no traicionará a la sombra del alma. Sé que su generosidad seguirá impasible y no buscarán nada a cambio. No habrá traición, ni interés, ni amargura, ni hechizo. No puede haber ingratitud por mi parte, solo agradecimiento. Los miro uno por uno en mis paseos bajo la lluvia, sobre las aguas. Observo su templanza, su rectitud, su generosidad irreprochable. Nunca he conocido unos seres tan nobles y ejemplares. Ninguna moneda podrá comprarlos. Ecuánimes, justos, incorruptibles. No se venden por ningún viento. Resisten y se protegen unos a otros. Son fieles, responsables del grupo, de todo aquello que cobijan. En ellos no hay envidia, ni egoísmos, ni lucha, ni culto, ni depredación.

No necesitan emanciparse de nada porque ya nacen libres. Su trabajo consiste simplemente en ser, en crecer, en apoyarse los unos con los otros. Miran y crecen hacia el cielo, entrelazando mundos, pero hunden sus raíces hacia las entrañas y profundas oscuridades de la tierra. No son ambivalentes, su equilibrio reside en la claridad de saber qué son y a qué han venido a la existencia. Si tuviera que confiar plenamente en alguien, confiaría en un árbol. Bajo la lluvia, sobre las aguas.

Gime mi corazón cuando contemplo la dulzura de una rama, el fruto saliente que cae irremediablemente en cada otoño. Los sentidos se expanden con el crujir de cada paso, con la silenciosa e imponente presencia de los más ancianos. Cada rincón elocuente es capaz de trasmitir una sensación diferente, sublime, noble, verdadera. No hay engaño posible en la dulce vista de sus copas, de sus troncos roídos por el tiempo, de sus imaginadas raíces entrelazadas unas entre otras, agarrándose para hacer más soportable todo cuanto existe.

A veces me detengo en las umbrías sombras, en los lóbregos salientes que se esconden en lugares prohibidos para embriagarme de sus secretos. Me poso suave junto a ellos, abrazo su textura, me escondo allí y lloro el aliento que me oprime. Otras veces corro entre sus claros saltando de alegría, celebrando cualquier primavera o estío, cualquier idea de futura esperanza. Los árboles son indicadores de que la vida tiene veranos e inviernos, momentos de euforia y momentos de pura melancolía, tristeza y desazón. Su idioma reclama que entendamos todo lo necesario sobre los ciclos. Lo inmutable permanece en el creciente riego de la procreación.

Los árboles son un sorbo de vida fecunda. Bajo la lluvia, sobre las aguas, cobijan nuestros cuerpos y nuestras almas, soportan nuestra pequeñez y abrigan nuestra tierna desnudez humana. A veces deseo abandonar el mundo y enterrar todos mis pensamientos en lo más profundo del bosque. Volverme invisible, volverme árbol, noble, con honor, respetado. Nadie con cierta sensibilidad, nadie con un poco de alma, podría dañar un árbol. Nadie que no entendiera el idioma de los pájaros podría lastimar una sola de sus ramas. En lo insondable del arrullo, uno puede tejer su vida y ser incorpóreo. Uno puede cerrar los ojos en el adormecimiento de la tierra y dejar que unos y otros pasen sin tener que soportar el dolor de cada pisada, la bruma de cada jadeo, la sangre de cada herida.

Sí, me gustaría ser un árbol. Aferrado a la vida con grandes raíces y generoso siempre a las promesas del cielo. Atisbar en lo profundo cada gota de agua y esparcir todas mis hojas al mundo. Sí, me gustaría ser árbol y expulsar de mis adentros esta fatiga, este sentimiento de traicionada vida. Me gustaría ser un árbol para expulsar de mí solo la pureza del aire, solo el calor del suelo, solo la brumosa caída de los cielos nocturnos. Sin dañar nada. Sin adolecer nada. Sí, mejor me marcho y me convierto en árbol. Silencio mis ramas, acallo mis promesas y dejo que aquel lazo inmortal termine desintegrándose para siempre. Ahora puedo decir, que, a pesar de su dureza, he encontrado algo grande y admirable en la soledad de los bosques. Allí yaceré algún día, junto a la dama del lago… bajo la lluvia, sobre las aguas…

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La imbecilidad que nos atañe


© Richard Koci Hernandez

Aunque lo hicimos en el mar lejano, no tuvimos tiempo para correr desnudos por la profundidad del bosque. Nos faltó tiempo para retorcernos en su oscuridad, entre cantos y tierra, a vaguadas de nostalgia consumida, desnudos, pobres, sin nada. Nunca sopló el viento lo suficiente, y cuando lo hizo, algo se llevaba. Son deseos no consumidos, placeres no extenuados al máximo. Algo se pierde siempre en el camino, algo que nos enfrenta a la vida de forma despiadada. Algo se marcha y algo hermoso se pierde cuando el mundo nos aturde, nos confunde, nos engaña con sus cosas.

Hay una verdad terrible que aún no comprendemos ni deseamos comprender. Algo que ni siquiera nadie se atreve a exponer o pensar. Es la verdad de que hay algo que sobrevive a la muerte, pero ese algo no somos nosotros, no somos aquello con lo que nos identificamos, que es fruto de la naturaleza, del azar y de las circunstancias que hemos vivido. Sí, hay algo que sobrevive, pero ese algo que los antiguos llamaban alma o espíritu no somos aquello que creemos ser. Podría ser tan solo polvo o cenizas, o podría ser algo aún incomprensible. Nosotros nos extinguimos, nosotros desaparecemos. Solo sobrevive el alma, pero el alma no somos nosotros. De alguna forma podríamos decir que somos una especie de sombra del alma que nos anima como marionetas inertes, que nos ofrece la oportunidad de sentir y pensar por un limitado tiempo. Pero solo eso, una sombra que se extinguirá en el gran día de nuestro final. Seremos, tarde o temprano, un cadáver inerte.

Siendo así, solo nos cabe la posibilidad de vivir intensamente este premio, este tiempo ridículo e insignificante en el que se nos permite expresar alguna cosa. La posesión del alma significa la muerte de nuestro pequeño yo, de nuestras pequeñas cosas y ridículas posesiones. Es como si en verdad el alma fuera nuestro huésped, y nosotros meros receptáculos del mismo. Un comensal, un forastero que suplica vivir en nosotros como forma de expresión y vida, a cambio de que nos desprendamos de todo. De ahí que deberíamos repasar el mito de los rebeldes caídos en desgracia por intentar avisar al ser humano de dicha condición. Deberíamos repensar la historia, dudar de ella, incluso dudar de nuestra propia identidad cuando nos referimos al yo inmortal. Robar el fuego a los dioses tuvo su sentido épico, ahora ya olvidado.

De alguna manera respiramos el aire que respira nuestra alma, pero luego vemos la tierra que nos hizo, las mieles que comimos, los espectros que llenaron una y otra vez nuestras cabezas de personalidades, y sentimos que no somos producto de un alma sino producto de la naturaleza y la circunstancia en la que vivimos. Por eso algunos dicen que no todos tenemos alma. Preferimos morir y extinguirnos definitivamente antes de que algo ajeno a nuestra imperfección humana nos posea. Y a veces me pregunto si ese afán de posesión tiene algo que ver con la idea de aquellas almas errantes que se salvarán o no en el día del juicio final. Poseer alma sería renunciar a nuestra imbecilidad. Y eso no nos atañe, porque al hacerlo, al rebelarnos contra nosotros mismos, requiere y exige un sacrificio, una pérdida inevitable, una renuncia que nos resulta insoportable.

Por eso nos gusta vivir en esta idiotez irreflexiva. Esta ignorancia nos hace felices, nos vuelve inmunes e indecentemente cobardes. Es existir para entregar nuestras vidas a ese empeño de domarnos, de volvernos dóciles e inofensivos, de mantener cierto control sobre nuestros apetitos, sobre nuestras caóticas emociones y deseos, sobre nuestros pensamientos incoherentes y confusos, de tenerlos, porque hasta que no se demuestre lo contrario, no todos somos seres pensantes. Hay personas que viven solo por deseo, por impulso, por adaptación, sin mayor reflexión.

¿A qué se debe tanta docilidad, tanta pasividad, tanta imbecilidad? Durante siglos nos han aturdido con el miedo, con el final ardiente del infierno, que no es otra cosa que la de no poseer nada. Ahora nos aturden con las redes, con las cosas, con el miedo a no tener dinero, ni tener propiedad ni ser aceptados en las redes. Imbéciles que vigilan a otros imbéciles, que controlan su forma de vestir, su forma de actuar, su forma de vivir, su peinado, su bolso, su afeitado. Nos vigilamos unos a otros en forma banal, condicionando la insurgencia, anulando cualquier posibilidad de rebeldía, de sedición, de insubordinación. Estamos constantemente controlados y vigilados por nosotros mismos, sin posibilidad de disidencia. Incluso los más rebeldes caen en la trampa del tener gracias a ese remordimiento que nos han inculcado por no ser hombres o mujeres de provecho. ¿Provecho de qué o para quién? ¿Para seguir alimentando esta perversidad, este monstruo que hemos creado?

Es imposible entender la libertad de no tener nada. Cientos de miles de emigrantes arriesgan sus vidas para abrazar el tener. Desean poseer cosas, desean librarse del hambre y la pobreza a cambio de algún atisbo de esperanza futura. La pobreza, el no tener nada, se ha convertido en una peste, en algo que hay que eliminar como un cáncer. Todos quieren ser ricos, todos quieren tener cosas, todos desean exprimir hasta la última gota de savia de la propia naturaleza. Ser pobres está mal visto. Sería algo así como dejar poseerse por el alma, y de alguna forma, abandonar el mundo que llaman real, en vida.

Revelarse a las riquezas, a la apariencia, al tener y abrazar la indigencia fuera de cualquier tipo de sometimiento es algo que está totalmente penalizado. Inofensividad, aturdimiento, aceptación, imbecilidad. Así nos hacen para que no pensemos. Así nos quieren para seguir alimentando a la bestia. Nos aíslan y nos aturden cada vez más. Con las redes, con el ocio, con el entretenimiento. Cada vez más solos, cada vez más apartados y aislados los unos de los otros, olvidamos el vivir. Y al olvidarlo, al alejarnos de nuestra propia esencia, de nuestra alma, ahogados en nuestras cosas, en nuestras riquezas, pero absolutamente solos y aturdidos, lejos del amor, dejamos de correr juntos, desnudos, por la profundidad del bosque.

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El amor crea un mundo que no se puede controlar


© Mikaela Holmberg

 

Qué difícil es amar en estos tiempos. No me quejo porque hice muchas locuras por amor, y eso siempre queda ahí, grabado a fuego, inolvidable. Pero el mundo olvidó la pasión, el arrebato, el aforismo que conmueve, el abrasador y ardiente instante de esa mirada sempiterna. Eso ya no se destila. El romanticismo murió hace exactamente cien años y un día. Pero más allá del ilusorio espejo de lo romántico hay algo verdadero.

El amor crea un mundo que no se puede controlar. Por eso el amor no tiene cabida en este gran hermano donde todo está ya resuelto, donde todos mantienen las guías de un guion inamovible, dónde la improvisación y el arrebato están mal vistos. No se puede hablar de frenesí, ni de excitación, ni de férvida fogosidad sin que te miren raro. No se trata de una pulsión descontrolada que nazca del muladhara, sino de algo que va más allá de todo eso. Me refiero al impulso indestructible que crea vida, inteligencia y consciencia. Me refiero a la embriaguez del alma, aquello que produce movimiento allá donde la quietud reina.

Hay pensamientos, palabras y hechos que consumen tiempo. Luego hay emociones que lo elevan, que lo subliman, que lo engrandecen, que lo ensanchan. Hay instantes, a veces fugaces en la memoria cósmica, capaces de subrayar una nota, una simiente, algo indestructible. Es difícil que el mundo de hoy entienda esto. Las redes nos atrapan, las redes nos alejan de la pulsión. Las redes anulan nuestra voluntad, nuestra improvisación, nuestra lealtad a todo aquello que no se puede controlar.
Algún día los enamorados se rebelarán, como lo hacían en la conocida novela de George Orwell. Volverá el amor a crear un mundo que no se pueda controlar. Un mundo dónde todo penda de la improvisada visión del amor, una visión siempre guiada por las entrañas del propio universo, de ese caos ordenado, pero indescifrable. ¿De dónde si no nacemos cada uno de nosotros? ¿De dónde surgen todas las criaturas, todos los mundos, todo aquello que existe?

Más allá de los tristes, de aquellos que gobiernan sus vidas bajo los miedos, el interés o el egoísmo, no se podrá evitar el triunfo de un mundo amoroso. Supondrá una tara en el tejido, un fallo en el sistema, pero no podrá anularse nunca la verdadera naturaleza del amor. Algún día el mundo dejará de estar hueco y vacío y volverá a sentir adhesión hacia el misterio, amistad, alegría, risa, valentía, curiosidad, integridad, amabilidad, cariño, dulzura, júbilo.

No podemos traicionar a la devoción que alguna vez sentimos por la existencia. No podemos vender, esconder, apartar aquello que nos creó. El amor es uno de los tres principios de la creación. Crea mundos y crea vida. Impulsa la belleza y dota al ser humano de su genuina esencia. Algún día saldremos de este laberinto y podremos ver que sin amor, no hay nada. Será cuestión de tiempo el surgimiento de ese mundo incontrolado, subversivo, disidente, sedicioso. ¡Abajo las redes! ¡Viva la vida!

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Vivir es no acabar


© Andreas Jorns

 

Vivir es no acabar. Acabar es solo morir.
Juan Ramón Jiménez

Hay una fuerza inherente que nos mueve hacia adelante. Más allá de toda dificultad, el principio de supervivencia nos lanza una y otra vez hacia el mañana. Me daba cuenta cuando hoy, afanosamente, cambiaba los aperos del tractor. Era la primera vez que lo hacía. Tras segar toda la finca, ahora tocaba labrarla, fresarla en el lenguaje del campo. No entendí el concepto de fresar hasta que esta mañana pasaba una y otra vez por los campos tupidos de hierba y otoñales hojas secas. Al terminar me acerqué a la tierra y parecía otra, esponjosa, blanda, aireada.

Aún no se trabajar la tierra pero aprendo gracias a los consejos de los paisanos, de los vecinos que se mofan un poco de nuestra ignorancia diciendo eso de “tantas carreras y no sabes labrar la tierra”. A veces me defiendo diciendo eso de que soy editor y escritor, que lo único que sé hacer es editar libros, escribir algo, meditar, reflexionar sobre la vida, crear utopías, imaginar el mañana, etnografiar el futuro. Esa visión de las cosas no les convence, porque alguien que vive aquí debe saber cambiar un apero y manejar bien el tractor, y que por muy doctor que uno sea, de no saber lo básico del campo, es sinónimo a ignorancia supina. “Estoy aprendiendo”, me digo a mí mismo para consolar mi ignorancia como granjero, como hombre de campo.

Pero es cierto que vivir es no acabar. Siempre pienso que hay mucho por hacer. No solo en estas casi cuatro hectáreas, sino en el mundo en general. Con o sin dinero, siempre hay mucho por hacer para mostrar simpatía al mundo, inofensividad, aprecio, cariño. Siempre me rijo por la ley de no molestar, de no hacer excesivo ruido. Pero si alguien lo pide o lo necesita, intento mostrarme cariñoso y atento. Y si alguien necesita ayuda, intento echar una mano, o dos, o las que pueda. Un abrazo siempre viene bien, venga de donde venga.

Hoy leía una frase que me repito a mí mismo desde hace muchos años: “Una Ley Oculta dice que la verdadera enseñanza espiritual debe darse gratuitamente; jamás debe ser vendida, ni estar supeditada a la posición económica del buscador”. Dar gratis lo que gratis has recibido, “para que a aquellos que den, les sea dado para que puedan dar nuevamente”. No todos pueden entender esta ley. De hecho, cuando esta mañana estaba peleándome con los aperos y viendo lo primitiva que aún es la tecnología en el campo, regía mis emociones bajo este principio.

“¿Qué hago yo labrando la tierra o cuidando esta finca?” Realmente hay una fuerza motriz que me empuja a hacerlo, a pesar del desagrado que me producen todo este tipo de actividades que nada tienen que ver con la sutiliza de la antropología, de la filosofía o del mundo de las ideas en general. Realmente llevo siete años practicando la ley oculta, dando mi tiempo, mis recursos y casi mi vida entera para que cierta enseñanza pueda ser compartida de forma gratuita a todo el que por aquí asome.
Claro que la enseñanza que se ofrece en este pequeño bosque es muy sutil. ¿Cómo explicar el misterio de la síntesis o la vacuidad o la impermanencia si no mostrando bajo el rostro del sol apenas algún resquicio disimulado? ¿Cómo hablar de la importancia de la inofensividad disfrazada con diplomacia bajo tres pequeños principios que afectan sobre todo al cuidado de la vida?

Es evidente que la enseñanza espiritual del futuro no será una enseñanza intelectual, como la que a mí tanto me gusta, sino que será una enseñanza que tendrá que ver con la intuición, con la sutileza que el contacto del alma ejercerá sobre nuestro cerebro y mente. Por ese en este lugar, que pretende ser humildemente la proyección simbólica de una verdadera escuela espiritual del futuro, intenta desarrollar esa intuición mediante el ejemplo y la práctica, mediante la observación y la meditación constante. Es solo un borrador, un boceto, pero esperamos que pueda inspirar a mucha gente.

Y por eso, supongo, esta mañana andaba yo peleándome con los avíos para poder fresar la tierra y así quedara preparada para la próxima primavera. No sabemos aún cómo será la normalidad en ese tiempo, pero hay que persistir y hay que continuar, cueste lo que cueste, cumpliendo con nuestra parte. Vivir es no acabar, así que continuemos adelante, aproximemos nuestra vida al pneuma, al espíritu que nos mueve, al alma que nos soporta. No hay mayor dolor que dejar de vivir. All you need is love… 🙂

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Hacia la tercera guerra mental


El banquete de bodas de Cupido y Psique (1517) de Rafael y su taller, de la Loggia di Psiche, Villa Farnesina Cupido y Psique.

 

Es cierto: vivimos un tiempo extraño. Pero solo extraño, sin muchos más agregados. Recordemos la vida de nuestros abuelos, mecidos entre guerras mundiales, hambrunas, pestes y todo tipo de calamidades en un tiempo donde no había ningún tipo de artilugio que pudiera ayudar en el devenir diario, excepto la pobreza y el hambre. El siglo pasado fue un siglo de pesadilla. Y este siglo está siendo extraño, como digo.

Resulta que ni en Europa ni en América hay guerras. Este es un buen dato porque podría inspirar a las próximas generaciones y países en general que el conflicto armado es algo del pasado. En los países llamados de Occidente, tampoco hay hambrunas. Nos ha sorprendido esta pandemia, y posiblemente vendrán más pandemias y quizás la guerra futura tenga que ver más con los virus que con la metralla, pero aún a pesar de perderlo todo, no se pasa hambre.

Lo que sí hay y habrá es una guerra encubierta que se realiza en los recovecos de la mente. Una guerra ya no física o material, sino mental. Una guerra sutil que tendrá que ver con el control, el aturdimiento de la masa y su entretenimiento sistemático. El experimento de estos meses, a nivel sociológico, está teniendo cierto éxito. Nunca jamás en la historia se había tenido a casi toda la población mundial encerrada y recluida en sus casas. Lo que pasó en la primavera, seguramente verá su réplica en otoño o invierno. Seremos de nuevo encerrados, dinamitando con ello décadas de conquistas de libertades, pero sobre todo, amasando la docilidad social y grupal. El miedo y la docilidad será el arma de esta guerra mental.

Lo que está pasando en USA, con una población armándose y totalmente polarizada da mucho que pensar. Quizás estamos asistiendo al declive del Estado-Nación, cuyo representante más moderno son los propios Estados Unidos. Habrá y debe haber una quiebra del Estado tal y como ahora lo conocemos. Un Estado que no se aleja mucho a los reinos medievales donde una minoría gobernaba y se mantenía en el poder a base de impuestos que cada vez ahogaban más a las economías domésticas. Un Estado inasumible, insoportable, excesivamente recaudador y excesivamente anacrónico en muchas cosas (ejército, ritos patrios, culto a la nacionalidad, educación uniformada, sanidad deficiente, tecnológicamente primitivo, con exceso de duplicidades y cientos de organismos inútiles, endogámico, controlador, obsoleto y expropiador de todo aquello que pueda expropiar). Un Estado primitivo que debe expirar para dar paso a otro modelo moderno y eficaz.

Pero más allá del declive de un modelo aún excesivamente anclado en el pasado más reciente, quizás estamos asistiendo al nacimiento de una nueva idea que será germen y semilla del futuro. Una idea que se debate entre la sutil armonía de la libertad individual, la caída de las fronteras, la emancipación del individuo vs el Estado-nación, la internalización de las cosas, las ideas y los medios y el avance irremediable de la tecnología, especialmente en dos campos que revolucionarán las próximas décadas: la robótica y la Inteligencia Artificial.

Por eso, en los próximos años, la guerra será mental. Será entre un viejo orden que hace aguas, a pesar de sus conquistas materiales tan admirables, y un nuevo orden que deberá adaptarse a los retos del nuevo siglo. Retos ecológicos, retos tecnológicos y retos emancipadores. De ahí que el ser humano deberá ser hábil y resuelto en el plano mental. Más allá de la lucha emocional en la que ahora se encuentra, muchas veces dirigida por la visceralidad y la necesidad, el nuevo ser humano deberá desarrollar su capacidad crítica, su emancipación de las ideas, su libertad en cuanto al concepto de patria o nación, de costumbre y tradición, de búsqueda de la felicidad mediante mecanismos de consumo y ficción, normalmente producidas por la virtualidad de nuestras vidas.

Por eso lo que viene no será una guerra entre ideas, sino sobre las ideas. Es decir, una guerra que se debatirá entre el amor (eros), la lucidez (psique) y el pensamiento libre contra la oscuridad de la sinrazón. Solo aquellos que sean capaces, ya sea individualmente o en grupos, de emanciparse y ser libre pensadores, podrán adaptarse al nuevo mundo que viene, aquel que Fourier llamaba un mundo amoroso. Un mundo que celebrará las bodas entre Eros y Psique. Solo ellos vencerán en la tercera guerra mental.

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Tratado sobre magia blanca


 

“Aunque soy el que no ha nacido, el alma que no muere; aunque soy el Señor de los Seres, no obstante, como señor de mi naturaleza, me manifiesto por medio del poder mágico del Alma”. Bhagavad-Gita, IV. 6

Debo decir que editar un libro de casi setecientas páginas en plena crisis no ha sido una tarea fácil. Fue escrito en 1934 por Alice A. Bailey con la inspiración recibida del maestro tibetano Djwhal Khul, una pequeña llama que iluminó las tradiciones esotéricas occidentales a principios del siglo pasado. Ahora que la tradición de la sabiduría perenne está atravesando un periodo de crisis y oscuridad, no es normal dedicar esfuerzos a la preservación de la misma. Pero sentimos que es precisamente en estos momentos de máxima actividad material, cuando las energías de la luz deben ser preservadas. De la luz en todos sus matices, no importa la tradición, la creencia o el color que en su apariencia externa posea.

Dentro de la tradición esotérica, hay muchos caminos para desarrollar lo que en la cultura ocultista se llama el antakarana, el puente que une nuestra mente abstracta con ese principio que vagamente llamamos alma. Antes de que esto ocurra, hay muchas escuelas que dedican su enseñanza a prácticas que promueven la purificación de los cuerpos del llamado cuaternario inferior. Empezando con prácticas ascéticas de carácter moderado para purificar el cuerpo físico y el etérico, hasta complejas enseñanzas, como la que aquí se presentan, para tener cierto dominio sobre el cuerpo de deseos y la mente.

Este control sobre nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestro ánimo y los apetitos de nuestro cuerpo material se practica bajo el principio de inofensividad. Tener autocontrol y desapego hacia todo y hacia todos es algo muy complejo, pero imprescindible para adentrarnos en el dominio de las fuerzas y energías de la naturaleza. Solo cuando somos capaces de tener cierto poder de control hacia nosotros mismos, podemos entonces ejercer control sobre los elementos que constituyen la materia esencial del cosmos.

Este tratado sobre magia blanca es importante para entender estas fuerzas y estos dominios, ese control imprescindible. También para saber distinguir aquello que diferencia la magia blanca de la magia negra. Es decir, aquello que, resumidamente hacemos por los demás, o aquello que egoístamente hacemos solo y exclusivamente por nosotros. La ley del discernimiento es de importancia crucial cuando se ha avanzado en la indagación de aquello que vagamente se llama camino espiritual. El alma no es más que el verdadero Yo, el Yo Real, y ese yo real solo puede ser entendido cuando el “yo” y el “tú” desaparecen. Por eso el Yo Real, el Alma, trabaja para el conjunto, no para su pequeño vehículo o personalidad. Se abstrae de los pensamientos y deseos del pequeño yo y desea dominar su propio vehículo para mayor servicio a la humanidad.

Este tratado nos ayuda a discernir todas estas cosas, y nos aviva a continuar con la labor de servicio en estos tiempos difíciles y complejos, buscando desde nuestro propio don, aquella área más apropiada para ser útiles. El libro se cierra con un llamamiento entusiasta al alma de todos los aspirantes al servicio: “Finalizaré exhortando, a todos aquellos que leen estas instrucciones, a reunir todas sus fuerzas, a renovar sus votos de dedicación al servicio de la humanidad, a subordinar sus propias ideas y deseos al bien del grupo, a apartar la vista de sí mismos y fijarla nuevamente en la visión… Que todos los estudiantes se decidan, en este día de emergencia y oportunidad, a sacrificar lo mejor de sí mismos para ayudar a la humanidad”.

Aprovecho para dar las gracias sinceras a todos los amigos y estudiantes de la Escuela Arcana que han trabajado duramente en la traducción y corrección de esta nueva edición y a todos aquellos que previamente compraron libros azules e hicieron posible la impresión de este tratado. La venta del mismo hará posible que en un futuro nuevos libros azules vean la luz, y nosotros, de alguna forma, cumplamos con nuestra parte, siendo humildes escribas, protectores y divulgadores de la enseñanza eterna en todas sus manifestaciones. Que así sea.

El libro llegará el próximo nueve de noviembre a nuestra editorial. Si deseas hacer una pre-reserva, este es el enlace:

https://www.editorialdharana.com/catalogo/tratado-sobre-magia-blanca-o-el-camino-del-discipulo?sello=nous

Gracias de corazón por apoyar este legado editorial.

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La economía del don, un ejemplo de economía colaborativa en tiempos de crisis


Era costumbre que los juglares y trovadores medievales fueran por los pueblos y aldeas regalando música e historias bajo la economía del don

 

En O Couso llevamos siete años poniendo en valor la economía del don. Las personas que necesitan vivir una experiencia diferente, inspiradora, tengan o no tengan recursos, pueden acercarse hasta este lugar y volver a sus casas con una experiencia transformadora. En estos tiempos de ingeniosa aventura, estamos haciendo lo mismo desde la editorial. Al tomar la decisión de distribuir nosotros nuestros propios libros, y viendo las dificultades que está atravesando el sector, estamos haciendo pequeños lotes de libros, valorados en mil euros, y se los estamos regalando a las librerías con el fin de poder echarles una mano y de paso fidelizarlas como futuros clientes.

Los libros en los almacenes no hacen nada. Es como una energía que está muerta. Por eso tomamos la decisión de darles movimiento y actividad con la idea de que pudieran ayudar a otros. Las librerías son las que más están padeciendo esta crisis. Si la gente tiene que elegir entre alimentar el cuerpo o el alma, eligen siempre lo primero. Así que toca ayudarnos unos a otros con formas ingeniosas y nuevas. Somos conscientes de que nunca recuperaremos ese dinero, pero también somos conscientes de que de alguna forma hemos estado ayudando a otros en momentos difíciles.

Es cierto que la economía del don aún es muy desconocida y poco valorada. Hasta hace poco, los diarios de prensa nacional se regían por la misma. Nos informaban gratis y buscaban fórmulas alternativas para financiar su negocio. Grandes empresas como Google o Facebook han tenido gran éxito gracias a la economía del don. Sus servicios de búsqueda o de redes sociales siempre han sido gratuitos para el usuario final, buscando fórmulas de financiación basadas en la publicidad. Otro gran ejemplo de economía colaborativa ha sido Wikipedia. La educación o la seguridad social en los países desarrollados también son ejemplos de economía del don.

Lo que esta economía está poniendo de relieve es una nueva forma de relacionarnos. No desde el egoísmo o la competitividad, sino desde la generosidad y el compartir. El apoyo mutuo y la cooperación entre seres y sociedades es lo que hace que a largo término se prospere. En el proyecto O Couso ha sido relevante ver como el lugar ha prosperado, lentamente por situarse alejado del sistema de oferta y demanda, gracias a la generosidad recíproca del lugar con sus visitantes y de sus visitantes hacia el lugar. Era un compartir a ciegas donde todos hemos ganado.

La intención de la economía del don, en su fundamento más básico, no es que unos pocos se hagan ricos a costa de muchos pobres, sino de que todos ganemos y todos disfrutemos de la riqueza del compartir. Al final, la vida no se mide por la acumulación de cosas materiales, aunque aún hay mucha gente que vive en esa ilusión. La vida se mide por la generosidad que unos han generado sobre otros, y de cómo dicha generosidad ha creado vínculos indestructibles entre las personas. Poner en valor la generosidad, es una forma de ahondar en la abundancia del compartir. Es cierto que lo que se siembra son intangibles. Pero como decía, los intangibles es lo que llena de vida nuestra existencia. ¿Qué sería del ser humano sin esos intangibles como son el arte, la música, la lectura, el amor, la poesía, la sonrisa, la alegría o la belleza?

Esta crisis que estamos sufriendo pondrá en valor esas cosas que no requieren competitividad, sino que se ofrecerán gustosamente por el solo hecho de saberlas gratuitas. La economía del don, la economía del regalo, termina ofreciendo en nuestro haber un mundo lleno de riquezas que sí podremos llevarnos a ese lugar donde todo parece terminar, pero que no es más que un instante hacia un nuevo comienzo. Ayudar al otro en tiempos de crisis es el mayor gesto que podemos hacer hacia nosotros mismos y hacia el servicio desinteresado a la sociedad y humanidad que tanto nos ha dado.

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¿Salud o trabajo? Una gran cuestión para nuestros días…


José Fontanella, el dueño de ‘El Bodegón Azoque’ consuela a uno de sus compañeros. Tiempos difíciles para todos…

 

«Corta la duda ignorante en tu corazón con la espada del auto conocimiento. Observa tu disciplina. Levántate». Bhagavad Gita

Estamos viviendo este dilema con gran preocupación y existe un gran debate social y político. Algunos piensan que hay que proteger la salud, otros que hay que proteger la economía. Si no hay salud no hay economía, pero si no hay economía, a veces tampoco hay salud. Es una gran paradoja. Siento que, en estos momentos, sea lo que sea lo que esté pasando, no deberíamos, política ni socialmente hablando, ahondar en las divisiones. El caos en el que vivimos no es gratuito, y debemos razonar que solo saldremos del mismo si estamos unidos. Caer en la desconfianza, en la descalificación, en la apresura, no ayuda nada.

Personalmente, y perdonad que personalice, por si sirve de algo, creo tener claras las prioridades. Algo aprendí de la crisis del 2008. Allí no había un problema de salud pública, pero admito que de alguna manera enfermé, junto a mucha más gente, cuando lo perdí todo, ahorros de una década y casa incluida. Hace dos años, por una crisis personal, también perdí ambas cosas, toda la economía y toda mi salud. Esas experiencias me hacen pensar en las prioridades actuales y en la posibilidad de que vivimos tiempos cíclicos de pérdidas y ganancias, ciclos que los economistas conocen y describen. Es como si la economía respirara, inhalara y exhalara, creando momentos de caos y momentos de orden, momentos de bonanza y momentos de quebranto. Por tercera vez en pocos años, de nuevo una crisis, de nuevo una exhalación caótica. ¿Cuál es entonces el aprendizaje?

Como casi la mayoría de autónomos, he dejado de ingresar dinero. Cada día es un cuentagotas que administro con cierta angustia y diligencia en un sector totalmente en quiebra. No lo comparto como queja, sino como mesura y observación. La mayoría de autónomos y empresarios están pasando por un momento parecido, difícil, complejo, muy complejo. A su vez, esta situación está lastrando a todos aquellos que dependen o dependían de ellos. Pero conozco la trampa de la depresión y la enfermedad y prefiero al menos proteger la salud. En la pobreza o en la riqueza, si tienes salud, de alguna forma tienes autocontrol, disciplina y fortaleza para afrontar los retos de la vida. Si pierdes la salud, ya sea por Covid o por depresión o por lo que sea, todo se debilita. El amor ayuda, mucho, cuando en momentos de dificultad todo se derrumba y tienes a alguien que te acompaña. Pero para los que no tienen la compañía de una familia, de una pareja, o de quien sea, para todos aquellos que se encuentran en la más absoluta soledad en estos momentos angustiosos, solo les pido que sean fuertes y que protejan su salud, física, vital, emocional, mental y social.

Entre otras cosas, he descubierto lo sanador que es pasear tres veces al día con Geo… lo tengo como disciplina para no caer en la depresión y luchar con fuerza ante la tremenda adversidad. El cariño de un animal es irremplazable. Los paseos acompañados de alguna corta carrera reactivan el sistema inmunológico y de alguna forma eso crea cierta protección ante los virus. La complicidad silenciosa de un amigo peludo activa de alguna manera la emoción y el cariño. A falta de pan, buenas son tortas. No digo que sea un sistema suficiente y perfecto, ni ningún tipo de panacea, pero todo ayuda. Estas semanas que son un castillo de naipes de malas noticias una tras otras, intento gobernarlas desde cierto control que nace de la fortaleza de tener buena salud. No perder el control sobre uno mismo es no perder el control de nuestras vidas.

Por eso me atrevo a decir que por mi parte la elección está totalmente clara. Primero salud, y luego fuerza para luchar contras las desavenencias económicas y psicológicas que esta crisis conlleva. Cuando aparecen los mil problemas, esos que parecen que cada día se agrandan más, intento situarme en otro lugar. El otro día llamé a ese lugar la nube de las cosas cognoscibles. No importa el nombre que se le quiera dar. Unos podrán encontrar consuelo en algún Dios, en alguna idea mística o celestial o simplemente, en algún alto ideal. Lo importante es tener cierta disciplina para agarrarse a un lugar que nos mantenga psicológicamente a salvo, en paz, en calma. Esto debe venir acompañado de cierta disciplina física, sin necesidad de que sea algo excesivo. Los paseos son sanadores y mantienen nuestro cuerpo etérico vivo y en movimiento. La energía debe moverse, los pensamientos deben renovarse, las emociones deben ser trascendidas para no caer en la trampa del fastidio y el pesimismo.

Si perdemos el trabajo o toda nuestra economía, pero tenemos salud, fortaleza interior y el cariño de los nuestros, seguramente nos será más fácil acomodarnos y luchar en la nueva situación. Hemos sido preparados durante millones de años para sobrevivir ante la adversidad. Por suerte, nuestras generaciones no han sufrido de guerras ni grandes catástrofes. Se puede decir que nuestras guerras a partir de ahora serán económicas o de salud. Eso será lo que tendremos que aprender con esta experiencia para sobrevivir al futuro. Si tenemos salud y fuerza interior, podremos perder todas nuestras riquezas, todos nuestros bienes, pero siempre, siempre, saldremos de una u otra manera adelante. Creo que esta ha sido la experiencia en estos años y quería compartirla por si sirve de inspiración a alguien. Así que si os resuena todo esto, os invito a que pongáis en práctica los paseos, la meditación que os lleve por evasión a otra parte sin renunciar a volver a la batalla a cual Arjuna, y sobre todo, el cariño de cuantos podáis. Observa esta disciplina y levántate. Os animo a ello y… ¡fuerza, mucha fuerza para todo!

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La nube de las cosas cognoscibles


© Kazuya KATO

 

«Sin peso, sin huesos, sin cuerpo, he andado durante dos horas por las calles y he reflexionado sobre lo que he conseguido superar esta tarde escribiendo.» Franz Kafka

Cansado del sempiterno divagar, de la ceguera de esa nebulosa envolvente, de mis propios pensamientos, todos ellos inútiles y sin importancia, procuro extraer sabiduría de los recursos de la nube cognoscible y así precipitar, sobre la tierra y el alma, algo de la esencia creadora. Miro el puente y veo algo más que un puente. Veo las matemáticas que subyacen en su construcción, sus probabilidades, sus pesos y cargas, su latencia. Cuando miro hacia arriba, más allá de mi pequeñez, y mediante el silencio y la meditación conecto con la nube de las cosas cognoscibles, el mundo se vuelve parejo, múltiple, complejo. Ya no ves las preocupaciones diarias, solo ves la grandeza de toda la creación. De acuerdo con la fuerza, simplicidad y claridad de las cosas, puedo percibir un mundo diferente.

¿Qué late dentro de cada germen? ¿Qué subyace en el interior de cada vida? ¿Qué potencias y capacidades hay en cada producto final, en cada terminación de algo? Miro desde la nube y todo resulta ser la concepción de algo inmenso e invisible. Algo que supera cualquier tipo de capacidad imaginativa. Cada idea exteriorizada posee forma, pero también sustancia. Y ahí reside el misterio hilozoista de todas las cosas. Hay una idea encarnada, una emoción que la anima, una mente creadora. El arquetipo reside en cada holograma creado.

Siento que al escribir estas cosas me salva, una y otra vez. Como Kafka, consigo superar el devenir abstrayéndome de este tiempo pesado, aburrido, penoso, casi diría que sin sentido. Un nuevo confinamiento. Quizás una nueva oportunidad para volver a recolocarnos no se sabe dónde. Sin duda, otra oportunidad para observar con más detalle la nube de las cosas cognoscibles.

No quiero decir con esto que tengamos que huir de la realidad. Más bien quiero dar aliento para que entendamos que debemos modificar la realidad. Algo tendremos que hacer para que todo cambie. No sé, quizás volvernos inofensivos, creer en la inofensividad como premisa básica para compartir este mundo de todos. Y cuando digo de todos también incluyo ahí a los animales. Sí, a las mascotas, pero también a los otros animales. El mismo amor merecen, el mismo respeto, la misma inofensividad. Creo que esta reflexión es básica para cambiar el mundo. Inofensividad para todos y para todo.

Evidentemente algo deberemos cambiar. Por fuera pero especialmente por dentro. Para ello recordemos el puente del principio, el antakarana, aquello que nos une a lo más profundo de lo que somos. Por dar alguna pista, dicen los antiguos que hay dos hilos que mantienen con vida nuestra forma. Una especie de doble hélice invisible. Un hilo conecta nuestro espíritu con la cabeza y otro conecta nuestra alma con el corazón. A veces hay cortocircuitos entre ambos, y nos convertimos en seres sin mente, o, en seres sin corazón. Pero no debemos olvidar que ambos hilos de vida y consciencia están ahí para que podamos seguirlos y para que podamos remontar nuestras vidas hacia elevadas metas. Si entendemos este principio, si buceamos en esa realidad ignota que se despliega en nuestro interior, veremos la vida, a pesar de todo, de forma diferente. Inevitablemente desarrollaremos una hermosa sensibilidad, nos volveremos inofensivos y obraremos la posibilidad, conjuntamente, de transformar el mundo.

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Acabada la vida, empieza la supervivencia


Hoy hemos terminado por fin la construcción de la caseta que albergará el sistema de baterías. Un modelo de pura supervivencia y emancipación energética que nos ha ahorrado miles de euros en facturas de luz en estos últimos siete años. Ahora solo queda perfeccionar el modelo.

 

“El impacto de un modelo de distribución basado en tiradas, con un movimiento de abastecimiento y devolución continuo de millones de libros, genera ineficiencias económicas y daños medioambientales que solamente se sostienen porque nadie se atreve a romper con el modelo tradicional”. Manuel Gil, director de la Feria del Libro de Madrid.

 

Toda la crisis que se está gestando en este momento repercutirá inevitablemente en las próximas tres décadas. Las crisis, por muy dolorosas que sean, tienen un componente beneficioso a largo plazo, y tiene que ver con el reajuste de las viejas formas, pensamientos, paradigmas y estructuras al nuevo modelo emergente. Y el nuevo modelo emergente está en este momento basculándose sobre varios ejes: la tecnología digital, la inteligencia artificial junto a la robótica y la ecología, la llamada economía verde.

Esto repercutirá directamente en la forma que tenemos de relacionarnos con el mundo laboral. Las jornadas de 20 horas semanales flexibles, la búsqueda de trabajos autónomos y emancipados que no dependen de terceros, la renta universal para los más débiles del nuevo sistema que viene, el teletrabajo y la vida en el campo donde las hipotecas no puedan asfixiar en la nueva economía serán factores decisivos en el futuro.

Por hablar del sector que más conozco y de como está evolucionando, podemos decir que en la década de los noventa del siglo pasado, había alrededor de 500.000 títulos de libros impresos y disponibles que se podían comprar en cualquier librería. Cada nuevo libro publicado competía más o menos con medio millón de los existentes. Eran otros tiempos. Por suerte o por desgracia el fututo ha llegado al mundo editorial. En la actualidad, los títulos disponibles son de unos 18 millones de posibilidades únicas que aumentan cada día gracias a las nuevas tecnologías. Las librerías son cada vez más pequeñas en número y en tamaño, y resulta imposible para ellas poder tener físicamente un catálogo tan excesivo.

A cambio, el modelo exigente de rapidez e inmediatez que ofrecen gigantes como Amazon, el cual dispone de su propia imprenta a demanda, está destruyendo todo el sector. Esta inmediatez y rapidez está creando que clientes que antes esperaban pacientemente una semana para recibir el libro, ahora se quejen de que no lo han recibido en uno o dos días, devolviendo el dinero y comprando en Amazon, con todas las pérdidas que para editoriales pequeñas como la nuestra supone. Ni hablemos del daño que esto hace a las pequeñas librerías, las cuales mueren asfixiadas en estos tiempos de nula venta.

Nosotros, que somos una pequeña editorial independiente y poco o nada comercial, este año hemos sufrido varios cambios en nuestro modelo para intentar sobrevivir. En primer lugar, aprovechando la crisis, hemos traspasado la editorial a la fundación, dando de baja la sociedad limitada. Esto era algo que tenía que suceder tarde o temprano, ya que la editorial sirvió en los últimos siete años para alimentar los proyectos de la fundación y al Estado, a partes casi iguales, a base del pago de impuestos. Además, desde su creación, siempre ha funcionado más como una ONG que como una empresa con ánimo de lucro. Siempre hemos regalado más libros de los que hemos vendido, por eso, nuestro modelo económico chirriaba con la estructura que la soportaba. Lo vocacional siempre estuvo por encima de lo comercial.

Otro cambio importante tiene que ver con las tiradas. En los primeros años de creación nos basamos en el modelo antiguo de grandes tiradas y distribución a gran escala. Teníamos distribuidores en todas las regiones y las tiradas eran de entre mil y cinco mil ejemplares, dependiendo del libro. Este modelo se dio de bruces con la crisis del 2008 y pasamos cada vez a hacer tiradas más pequeñas. De mil pasamos a quinientos, de quinientos a trescientos y este año hemos pasado a hacer tiradas mínimas de cincuenta o cien ejemplares que se van reeditando a medida que se van vendiendo. Una especie de impresión casi a demanda, con algo de stock para los libros que más se venden. Esto mengua el beneficio por unidad, pero también mengua el almacenaje de cientos de miles de libros que nunca se terminan de vender. Al no haber tanto riesgo, tampoco hay tanto derroche de recursos y papel.

También hemos pasado a imprimir todos nuestros libros en papel reciclado. Era una cosa que hacíamos al principio, pero viendo la dificultad y el coste que eso suponía lo dejamos de hacer. Ahora, por fin, este año hemos retomado esta buena práctica, reduciendo con ello nuestro impacto ambiental. Esta era una espinita que teníamos clavada y ahora por fin no la hemos podido quitar. Ya podemos presumir de que somos una editorial algo más ecológica que, además, tiene su sede en un entorno de árboles y bosques que cuidamos y ayudamos a crecer.

También estamos repensando la distribución. Durante las diferentes crisis, muchos distribuidos fueron quebrando hasta que este año decidimos distribuir nosotros directamente a las librerías. A las que se consolidan como clientes fieles, les regalamos un lote de libros con todo nuestro fondo editorial para ayudarles en su labor. También intentamos tener descuentos apropiados para que todos ganen. Queremos hacer un gran esfuerzo para renovar la web, que se ha quedado anticuada, y así potenciar la venta por la misma. Fuimos pioneros, hace ahora más de quince años, del envío gratuito, cuando por aquel entonces los envíos rondaban los seis euros de gastos de embalaje y envío. Pero aún no somos capaces de competir con Amazon en rapidez.

A partir del año que viene, haremos una selección más estrecha de los títulos a publicar. Serán menos y más enfocados en la temática de la propia fundación. Hemos dedicado durante estos años grandes esfuerzos a editar autores noveles y amigos que nos pedían publicar sus obras. El año que viene intentaremos editar solo doce libros al año, muy seleccionados y con las mejores calidades posibles en todos sus aspectos.

Debemos adaptarnos a los tiempos y nos atrevemos a romper con el modelo tradicional, una vez más. Los dinosaurios se extinguieron porque hubo un momento que su gran tamaño no pudo adaptarse a los cambios. Los más pequeños y ágiles sobrevivieron. Esa fue una gran enseñanza para nosotros, por eso preferimos seguir siendo pequeños y ágiles para poder seguir adaptándonos a las diferentes crisis que van y vienen. Estamos empezando un ciclo de una nueva crisis. Tiempos difíciles nos esperan a todos. Como decía Seattle, el jefe indio Suquamish, acabada la vida, empieza la supervivencia. Esperemos que en la misma podamos ejercer de anfitriones de la templanza y la fortaleza ante la dificultad. Nosotros seguiremos cumpliendo con nuestra parte.

 

 

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¿Existe una Jerarquía invisible?


“Dios habla desde su elevado Cielo. Se produce un cambio. Oigo con atento oído y, escuchando, vuelvo la cabeza. Aquello que se visualiza y aunque visualizado no lo puedo alcanzar, está más cerca de mi corazón. Los antiguos anhelos retornan nuevamente y, sin embargo, se extinguen. Las viejas cadenas se rompen con estruendo. Me precipito hacia adelante”. Antiguo canto atlante

Supongamos, por decir algo, que hace 18 millones de años llegaron a nuestro planeta unos seres altamente evolucionados con la idea de desplegar en la Tierra no solo el aspecto vida de la creación, sino también el aspecto emocional, la inteligencia y la autoconsciencia. Supongamos además que hubo una gran evolución de las formas, y que una de ellas, nosotros, formamos parte de la quintaesencia de un plan o propósito que se fue desenvolviendo poco a poco. Imaginemos que esa evolución tuvo una antes y un después cuando, por mediación y/o manipulación, se insertó en nosotros el aspecto mente, esa sustancia que nos diferencia del resto de las criaturas. Fue justamente ese el momento en el que todos los relatos míticos coinciden. Hablan de la intervención de los “dioses” para que el homo-animal que en ese momento éramos, empezara a convertirse en ser humano completo, con mente, y por lo tanto, con alma individualizada.

Supongamos que existió un movimiento de divulgación de cierta Doctrina Secreta que empezó, como decíamos, hace dieciocho millones de años. Que de aquellos divulgadores iniciales, al menos cuatro de los originales permanecieran aún entre nosotros. Que en ese plan de ejecución hubiera una Jerarquía secreta, cuya tarea, impulsora y controladora de la especie humana, estuviera en manos de tres grupos de seres. Que esos seres fueran aquellos de nuestra humanidad terrestre que se han capacitado para ser útiles en ese impulso creador. Acompañados además de ciertas existencias que han venido de otros esquemas planetarios a nuestro esquema terráqueo y de un gran número de seres de evolución superhumana que nos apoyan diligentemente en nuestro progreso.

La implantación de la “chispa de la mente” está descrita en muchos mitos fundacionales, y en casi todas las culturas existentes. La interacción de los denominados muchas veces de forma infantil como “dioses”, ha sido expresada en muchos relatos  repetitivamente. En nuestra tradición occidental, el más conocido aparece en el Génesis, cuando se describe aquel hecho en el que los hijos de los dioses (los elohims), se enamoraron de las hijas de los hombres. Como digo, esta intervención aparece en todos los relatos religiosos, mitológicos y en diferentes creencias de todo tipo.

Dicho esto, que no son más que conjeturas imaginativas, podríamos seguir con el relato imaginando más cosas. Es evidente, o aparentemente evidente, que dicha Jerarquía creadora de la vida en la Tierra no tiene una manifestación física. Según algunas tradiciones orientales, su vida se desarrolla en los planos invisibles, más concretamente en el plano etérico que envuelve a la forma, y más concretamente aún, en un lugar que algunas tradiciones dan por llamar Shamballa.

Pero, si todo esto fuera cierto y no una hipótesis idealizada, ¿cómo prosigue el plan de vida y consciencia en nuestro planeta? Quiero decir, ¿a qué se dedica ahora, una vez implantada y profundamente estimulada la chispa de la mente, dicha Jerarquía? Dice la tradición que para estimular el crecimiento mental, y más tarde, espiritual del ser humano, se originaron a lo largo de todo el planeta diferentes escuelas ocultas derivadas todas ellas del primigenio templo de Ibez.

Dichas escuelas se han mantenido a lo largo de la tradición y la historia humana con la idea de implantar, de nuevo, la consciencia ya no solo de la chispa mental, sino de la chispa espiritual. Esta sería la tarea para los siguientes miles de años. Es decir, dotar al ser humano de la suficiente sensibilidad para que pueda ver el espectro verdadero de toda la creación, y no tan solo su aspecto físico-material. Dicho de otra manera, empujar al ser humano hacia los misterios que revelarían la verdadera naturaleza de toda la creación, mediante la estimulación continuada de la intuición y la razón pura bajo la base, ya trabajada, de la sustancia mental o chitta y la mente abstracta ya desarrolladas.

Otra pregunta que al curioso podría surgirle sería: si todo esto fuera cierto y no solo un mito o una creencia antigua, ¿sería posible contactar con dicha Jerarquía? El razonamiento indica que dicha pregunta ya es una forma de contacto y que, seguida de una estimulante imaginación, un oportuno discernimiento y una necesidad de indagación, podría, de alguna manera, no solo contactar con dicha Jerarquía sino empezar a formar parte de la misma, estimulando, con ello, no solo la mente y la consciencia humana, también la intuición que debe llevarnos hasta una visión mayor de todas las cosas. Esa parece ser la Gran Obra de la que nos habla la tradición, aún inacabada y aún a expensas de que aprendices, compañeros y maestros emprendan la labor de construcción apropiada, con cierto poder para influir, inducir, mantener y guiar a otros hacia al alcance de nuestro verdadero propósito humano. Mientras eso ocurre, recordemos aquel viejo canto: “A mi alrededor se mueven los cielos, y las estrellas giran en sus órbitas”…

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¿Qué ocurriría ante un gran apagón?


Una de nuestras primeras y rudimentarias instalaciones solares

 

Hoy tuve que ir al pueblo a cargar el ordenador. Desde que llegó el otoño y bajó el sol y llegaron las lluvias y las nubes y todo tomó un cariz gris, empezamos a tener problemas con las placas solares y el suministro de electricidad. A pesar de que habíamos aumentado la capacidad este verano, no ha sido suficiente. Llevaba tiempo observando la trayectoria del sol. Als estar rodeados de árboles sin mucho margen para colocar las placas, buscaba claros donde el sol incida directamente. El único lugar era el prado, pero estaba demasiado lejos de la casa.

Busqué por foros y pregunté a unos y a otros y me desaconsejaron alejar las placas de las baterías. Había la opción de comprar un cable lo suficientemente grueso para que llegara algo de electricidad al inversor y de ahí a las baterías. Compramos los cables y estos días desplazamos, entre lluvia y barro, las pesadas placas solares hasta el prado. Hicimos la conexión pero no funcionó, era demasiada distancia para tan pocas placas. La única solución que se me nos ocurrió es pensar en la manera de sacar las pesadas baterías de la casa y trasladarlas hasta las placas. Hemos comprado una caseta de jardín para instalarlas allí dentro y ver si con esta solución podemos tener algo de luz. Mientras llega la caseta y hacemos todo el traslado estaré unos días sin electricidad, y trabajando precariamente, como aquel que dice, cuando se pueda.

Claro que mi precariedad no tiene nada que ver con otro tipo de precariedades. Para nada me gustaría estar en una mina sacando carbón, o en el mundo fabril trabajando a destajo, o en la obra, aunque aquí no pare de trabajar, más por gusto que por obligación, en ese mundo de la construcción. Ni tampoco en una oficina cerrada con vistas a una pantalla durante horas y horas. No puedo quejarme de precariedad, aunque no tenga por unos días electricidad y todo funcione a medias. De hecho, los primeros años no teníamos, y trabajaba en las cafeterías del pueblo o recargando el ordenador y el móvil en las baterías del coche híbrido.

Así que estos días es como recordar viejos tiempos, y también sirven para cuestionarnos qué ocurriría si de repente hubiera un gran apagón. Si algún día cae internet o la electricidad todo se vendrá abajo. Al menos todo lo que viva de la mano del mundo digital. Mis vecinos, que aún viven en el mundo analógico, no echarían en falta muchas cosas. Su trabajo con las vacas, los prados y la huerta no requiere una gran sofisticación. Mi caso es todo lo contrario.

Editar libros requiere de programas complejos que se desarrollan en potentes ordenadores que requieren electricidad e internet para poder funcionar. Quizás por eso, inconscientemente, haya aprendido las técnicas más elementales del mundo de la construcción y ahora sienta mucho interés por la huerta y sus misterios. Cuando resuelva el asunto de las placas intentaré esforzarme un poco más en la supervivencia natural. Tal y como está todo, quizás sea necesario aprender a sobrevivir en el campo, aprender las artes del cultivo y rezar para que salga alimento abundante.

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Un gran avatar vendrá desde Sirio


© Anthony Lamb

Hoy es un día otoñal de lluvia y viento. Miro a mi alrededor y la estampa da frío. Los ruidos del bosque son estremecedores. Es como si sus partículas constituyeran fragmentos no diferenciados de la gran totalidad. Una gran totalidad que nuestra mente no logra comprender, pero que, de alguna forma, con una atenta mirada, lograra intuir. Y esos fragmentos, aún diferenciados entre sí, parecen querer desintegrarse en un baile extraño donde todo pueda fusionarse en una gran explosión.

Lo cierto es que estamos viviendo un tiempo estremecedor, diferente, insólito. La semana pasada tuve que dejar de escribir porque si los primeros días fueron duros, los siguientes aún se complicaron más. Así que, por no contaminar la atmósfera de mayores calamidades, decidí guardar silencio. No es que ahora tenga nada bueno que contar. Más bien diría que no tengo nada que contar, por no entrar de nuevo en la oscuridad del relato. Solo decir que las cosas están complicadas. Ya no solo por mí o para mí, sino por lo que veo en las noticias, complicadas para muchos.

Como anécdota y por compartir algo de esta historia de vida, puedo decir que hemos recogido muchas castañas y también estoy aprendiendo a diferenciar las setas comestibles. El otro día hicimos un risotto con una buena colección de las mismas, y hoy, antes de que llegaran las lluvias de nuevo, hacía una incursión en el bosque para recolectar alguna que sirviera de base para la comida. En tiempos difíciles hay que recurrir a la imaginación.

La parte positiva es que ha venido alguien a pasar aquí el invierno. Es positiva porque la soledad es mejor administrarla de forma cautelosa. Aquí los inviernos son duros y difíciles y requiere de mucha fuerza interior para poder soportarlos en las condiciones precarias en las que nos encontramos. Y si no se tiene de esa fuerza interior, o uno se hace fuerte y casi invencible o termina marchándose. Vamos a ver cual de las dos cosas ocurre primero.

El panorama no pinta bien y a veces tengo la sensación de que todo va a estallar por los aires. Vivimos en una tensión que pronto se hará insoportable y buscará formas de salida. De alguna manera, se están acumulando fuerzas y energías que explotarán por alguna parte. Quizás esta crisis efectúe el derrumbamiento de esa gran muralla separatista que es el individualismo. La misma que se manifiesta en el ser humano como egoísmo y en las naciones como nacionalismo. Pero no estoy tan seguro.

Por un lado, leo las noticias que hablan de que ya andamos de nuevo quemando iglesias, banderas, neumáticos. El sistema que tanto hemos protegido se resquebraja poco a poco y llegará un momento de crisis máxima en el que deberemos repensar nuestras vidas de forma profunda. Caen las iglesias. Caen las patrias. Caen las fábricas. Es como decir que cae el antiguo régimen mientras vemos en directo el declive de una civilización.

Por otro lado, escucho que un gran avatar vendrá desde Sirio para inaugurar una nueva era desde una nueva consciencia, en una hermandad completamente humana, que ignorará las diferencias raciales y nacionales y que nos alejará para siempre del egoísmo, la intolerancia y la falsedad. Al parecer, el cumplimiento total de esa fase de hermandad global durará mil años, así que tendremos que armarnos de mucha paciencia y paz interior para empezar tímidamente a construirla.

Los falsos profetas que reclaman el inmediato advenimiento de un mundo de paz y armonía deberán revisar sus profecías, siempre alentadoras, pero también alejadas de la realidad que vivimos. La Tierra, esa “pequeña hija, de un hijo largo tiempo extraviado”, como a veces se le llama a nuestro planeta en algunos libros ocultos, deberá sufrir pacientemente nuestro crecimiento hasta que, de alguna manera, nuestras consciencias se fusionen en un nuevo orden y una nueva humanidad.

Como este ha sido un mes catastrófico en todos los aspectos posibles, me estoy debatiendo estos días si seguir luchando por todo aquello que en estos momentos hace aguas o terminar de empujarlo todo para que caiga al precipicio de una vez, recogiendo mi vida en la simplicidad de esta pequeña cabaña, aislándome de una vez por todas de ese mundo atroz. Veremos qué ocurre en los próximos días, pero como digo, no pinta nada bien.

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Martes y trece. Otro día duro


© Moonglow

Cuando hace dos años aquella hermosa mujer se marchó, tendría que haber construido un digno puente de plata. Mi reacción fue, por lo atípico e irracional de la situación, bastante severa, extrema y ridícula. Perdí mi centro y al hacerlo, lo perdí todo. Fue una gran lección donde aprendí, en los extremos de la desesperación, a luchar por la vida.

En mi enclaustramiento obligado en aquel hermoso balneario que yo mismo construí para sanarme, intentando emular al balneario de Hesse, leí de un tirón la Odisea. No fue casual que en aquel tiempo conociera a mi propia Palas Atenea, la cual me condujo sabiamente por todas las pruebas que tuve que pasar en mi propia y personal Odisea y de paso, me salvara de un final terrible. Como un modesto Ulises, siempre sentí la protección de aquella ave que iba y venía, sin ningún tipo de apego, a cual diosa con forma de pigargo. Siempre estuve profundamente agradecido a pesar del dolor en cada una de sus partidas.

Hace unas semanas se marchó de nuevo e interiormente sentía que, esta vez sí, debía dejarla libre, sin ataduras emocionales y sin apegos, por más que me doliera y por más amor que sintiera por ella. Tocaba de nuevo amar en silencio. Uno sabe reconocer cuando alguien está enamorado, y ella nunca lo estuvo, a pesar del cariño mutuo. Para mí ella siempre fue como una diosa. Yo para ella, un balancín. O te gusta o no te gusta, que diría Dolores, y si te gusta, tienes que estar ahí, entregando siempre el extra, el fuá. Así que quedamos hoy en el bosque sagrado de Lug, el dios celta también conocido como Samildanach. Lloviznaba en un día gris, triste y extraño. Por la mañana recogí sus cosas, incluido su cepillo de dientes, que aguardó días y semanas el retorno que nunca se produjo, y lo envolví todo en unas sacas.

La melancolía era inevitable. Lo llevé hasta el coche, nos vimos en la borda de aquel buque semi sumergido, intentando no mirarla a los ojos para así disimular mi dolor. Cerramos algunos asuntos pendientes y triste, muy triste interiormente, me marché rápido de nuevo a casa. A pesar de todo, me alegró verla feliz. Empieza pronto una nueva revolución solar, con un radical cambio de vida acompañado de una mejora material que le hará mucho bien. Mi deber era no repetir ninguna escena, y crear, esta vez sí, un hermoso puente de plata para liberarla y desearle todo lo mejor en su nueva vida. Cerré por un instante los ojos mientras la abrazaba y le deseé interiormente la mayor de las fortunas. Misión cumplida, pensé. Siempre envidié su estilo de vida y su libertad que ahora intento emular. Y ella siempre añoró aquello que yo tenía, y que a mí tanto me ata a las diez mil cosas, que diría el Tao. Si al menos hubiéramos encontrado la manera de complementar nuestros deseos. ¡Ay la vida y sus paradojas!

Por decir algo, siempre se quejaba de que vampirizaba la realidad con mi escritura. Eso le creaba cierta incomodidad. Pero es lo difícil de vivir con un escritor. Si fuera un escritor cargado de imaginación no haría falta tirar de la vida cotidiana para describir todo tipo de hechos. Pero mi vida no tiene tregua, y casi no necesito imaginar nada porque la misma realidad supera la ficción. Al escritor Emmanuel Carrère le llueven las críticas y los halagos precisamente por eso mismo. Novela su propia vida, a sabiendas que la vida, por sí sola, no necesita muchos registros imaginativos. El recurso del diario, de la narrativa entre la realidad mágica y el mundo ordinario a veces no necesita mucho más, con todo los riesgos que ello conlleva. No se trata de desnudar la realidad y con ello a los personajes que la atraviesan. Solo se trata de describir algunos hechos objetivos, los mínimos, para sustraer de ellos la narrativa emocional e invisible que los acompaña. Pensamientos, reflexiones o ideas que puedan inspirar o ayudar al otro. Cuando uno recorre cierto camino, es bueno indicar donde está los obstáculos, retirando las piedras que puedan estorbar a los que nos precedan. Ese es deber de todo peregrino.

Así que hoy también fue un día duro y difícil, de afrontar interiormente de nuevo la soledad y el desapego, con todo lo que eso conlleva a cierta edad, y de quedarme sin un hermoso relato, siempre inspirador, motivador, alarmante y vivo. Es cierto eso que dicen sobre la existencia de personas que son como musas, que se acercan a tu vida y logran inspirar las más bellas melodías. Ella sin duda lo es, además de diosa, musa, soplo, sugestión, proeza. No pasa nada realmente en esta deriva inevitable. En la vida peregrina de todo guerrero siempre está la pérdida como moneda de cambio. Las batallas no están para ganarlas, sino para vivirlas en cada uno de los naufragios. Y siempre podré decir eso de que esta vida la viví, intensamente, aunque fuera en barca, o en esa inevitable tabla de naufrago.

El invierno aguarda, nuevas hogueras se encenderán, una nueva vida espera ahí fuera para ambos. Amar en silencio siempre fue hermoso a falta de abrazos y cucharas. Ahora el calor será interior, bullirá desde lo más profundo de ese lugar desde el que deberé realizar el verdadero trabajo mágico del alma. Nuevos aliados vendrán, nuevos caminos se andarán. Nuevos dioses aguardarán las sendas de la aventura. ¡Qué le vamos a hacer! A enemigo que huye, puente de plata, que diría Dolores. Pero esta vez desde el amor más absoluto, la paz interior, el duelo silencioso, el coraje necesario. ¡Buen Camino Palas Atenea! ¡Boa vida y boa onda!

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Solo fue un mal día…


Ayer domingo andaba corrigiendo un libro de seiscientas páginas de densa lectura místico-espiritual. A veces este tipo de lecturas te alejan de la realidad, y por lo tanto, del verdadero campo de experiencia interior. Los domingos son como un día cualquiera, y aprovecho para trabajar y adelantar todo lo atrasado, a poder ser, en cosas de buen agrado, como lo era este libro.

Me pasé todo el día en la cama, en pijama. Me quería dar el gusto de vivir un domingo laboral diferente. No desayuné, comí algo y a media tarde fui a echarle de comer a Meiga, que exigía su ración diaria, esta vez descuidada por mi placentero día. Cuando iba, qué se yo, por la página doscientos treinta o doscientos treinta y uno, vi aparecer tres figuras humanas que poco a poco se iban colando por el “circulo-no-se-pasa” de mi humilde cabaña. De nuevo, como en los viejos tiempos, una visita inesperada, sin aviso previo, sin concertar. Suele ocurrir demasiado a menudo, por eso estoy buscando la manera, no con mucho éxito, de esconderme cada vez más en el bosque y no sufrir este tipo de atropellos a la intimidad.

Resulta que era buena gente que querían hacerme una entrevista. Los llevé hasta la casa de acogida, porque siendo tan tarde, la entrevista era mejor hacerla al día siguiente. Y mientras les enseñaba las habitaciones, me topé al inquilino que excepcionalmente habíamos permitido pasar aquí el invierno a pesar de tener la casa cerrada, fumando porros. Se me vino el alma al suelo. Todo aquel que desea venir a este lugar por el cual no se paga nada si no se tiene o no se puede o no se quiere (de todo hay en la viña del Señor), se le hace firmar un papel de responsabilidad y compromiso en el cual está conforme con nuestros tres únicos acuerdos, y uno de ellos, el no fumar ni tomar alcohol ni tomar drogas es casi como un mandamiento sagrado para nosotros. ¿Por qué lo había hecho dentro de la casa, aprovechando mi día de descanso?

Debo decir que el tipo me caía bien. Joven, sensible, educado, trabajador, atento, virtuoso, divertido, con un pasado duro y un presente confuso. Le había cogido cariño y se lo demostraba en las tareas compartidas por la mañana y en la obligada partida a ping pong que hacíamos todas las tardes después de comer. Lo cuidaba casi como a un hermano, intentando respetar siempre sus tiempos y espacios y procurando que no le faltara de nada.

En la casa de acogida he visto prácticamente de todo en estos últimos siete años. Nunca expulsé a nadie, y a lo máximo que he llegado, cuando alguien se desmadraba demasiado, era invitarlo a que se fuera de vacaciones unos días. Muchos, por vergüenza torera nunca volvían. Pero esta vez la vida me estaba poniendo a prueba. Todos los que me conocen saben que no sé decir que no, que soy excesivamente permisivo y flexible con toda la gente, y que esa flexibilidad excesiva ha sido luego el fruto de cientos de abusos de todo tipo y problemas personales. “Tienes que aprender a decir que no”, “tienes que aprender a proteger lo que es tuyo”, “tienes que aprender a poner límites”… Esa es la canción diaria desde que fui al psicólogo en mi última crisis emocional hace ya dos años y el propio profesional me decía que tenía que luchar por lo mío y dejar de ir regalando mi tiempo y mi dinero a quien no lo merece.

Conté la anécdota con personas cercanas al proyecto y todas coincidían: «tienes que invitarle a que se marche. No está respetando el proyecto ni a ti como guardián del mismo». Se me vino el mundo abajo. Como digo, el chico que me caía bien y le tenía cariño. Pero de alguna forma sabía que era mi prueba de fuego, mi graduado en decir «basta ya de tanto abuso». Así que esta mañana temprano me fui a la ermita. Encendí la vela, toqué el gon tres veces al empezar y tres veces al terminar. Cogí aire, mucho aire, me fui a pasear a los perros con cierta tristeza y angustia interior. Volví, me puse a trabajar desbrozando el terreno de la futura escuela y cuando apareció con su cara inocente y de buena gente se lo dije.

Fue un momento terrible, doloroso, amargo. Sé que interiormente lo tenía que hacer. Sé que de alguna forma tenía que aprender a decir no, basta, hasta aquí. El chico, educado como es, lo entendió e hizo sus maletas, recogió sus animales y compartió una última comida juntos. Es un mundo muy complejo esto de las relaciones humanas. Pero aún es peor cuando intentas ayudar al otro, le abres las puertas de tu casa y de tu corazón y el otro te responde de esta u otra manera. A veces pienso sinceramente que debería dejar atrás este rol de buen samaritano, de dador, de hacedor, de intentar siempre ayudar al otro. A veces pienso que debería volverme un poco más gris, más solitario aún, más huraño y egoísta. A veces lo pienso, pero solo me sale decir: fue un mal día. Solo fue un día duro. Fue un día difícil. A todos nos pasa.

Hasta siempre amigo… buena suerte en tu peregrinar…

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Normalizar una vida anormal


Marzo de 2014 firmando libros en una terraza de bar en mi añorada Malasaña… había cierta normalidad en mi vida antes de venir a los bosques…

 

Ayer fui a comprar unos pastores para los caballos a la ciudad. Justo al entrar, instintivamente miré hacia la izquierda. Había una terraza y allí estaba, sentado, tomando un café y leyendo un libro. Paré el coche de golpe mirando que no hubiera nadie detrás. Me lo quedé mirando un buen rato. Casi se me hizo eterno. Una estampa normal, de alguien conocido tomando plácidamente el sol en una terraza de un bar mientras leía un libro y degustaba un café. Me pareció algo extraordinario y casi envidiable.

Intenté recordar la última vez que tuve la oportunidad de hacer algo así. O de vivir así, a mis anchas, sin dar explicaciones a nadie, sin mayores responsabilidades que las mías propias. Creo que fue hace siete u ocho años, antes de emprender este excesivamente ambicioso proyecto. Vivía en madrileño barrio de Malasaña, y allí me permitía, de vez en cuando, ese tipo de pequeños placeres. Especialmente en el café Ruiz, ahora ya tristemente desaparecido, y en el café de la Luz. ¡Qué tiempos aquellos!

Desde hace unos días pienso que de alguna forma me gustaría normalizar esta vida tan anormal. Quiero decir que me gustaría tener algo de tiempo para salir, tomar algo, cenar con alguien, ir al cine. Sí, ya se que con esto del Covid ahora todo eso es casi imposible. Pero incluso en estos días me impuse una necesidad aún mayor. Me gustaría ser más normal, tener una pareja, tener una relación estable con alguien e incluso tener hijos. No sé, algo normalito, aunque suene retro. Tanta vida extravagante, tanto ajetreo, tanto trabajar para ver tan pocos frutos, al final desanima. Y uno se vuelve mayor, y conservador de alguna manera, y desea, con la edad, hacer algo normal.

No busco fama ni gloria, ni siquiera tener mucho dinero. Las cosas vanas y materialistas nunca me llamaron la atención. Pero ahora, a mi edad, siento cierta curiosidad y deseo por tener una vida normal. Normal me refiero a unos mínimos de normalidad. Pero miro mi entorno, miro la obra que he ido construyendo estos años de excesivo trabajo y sacrificio y veo lo lejos que estoy de poder conseguir ni siquiera un ápice de vida ordinaria. Emocionalmente, entiendo que nadie podría fijarse nunca en alguien que ofrezca tan poca estabilidad material. Y menos aún que pueda comprender la complejidad de mi vida interior, de mis reflexiones, de mi moralidad o de mi forma de ver el mundo. «¿Qué no comes carne? Bueno, pero sí un vinito, ¿no? ¿Tampoco?» ¡¡Ufff!! Sí, lo sé, siempre fui un poco rarito y anormal. Y en la cama ni te cuento. Fetiches ninguno. Y de sexo, mejor ni hablar.

De poder hacer una selección, pocos, muy pocos, o ninguno quizás, sería capaz de entender el origen galáctico del comando Asthar, la honradez de los versos áureos pitagóricos, la diferencia entre el cuarto y quinto rayo, el significado profundo de la puerta estrecha, la necesidad de agacharse a la entrada de cualquier templo o el significado simbólico del Delta. Una conversación sobre ideales, valores o paradigmas vividos con intensidad es cada día más improbable. ¿Cómo explicar la diferencia entre ego y alma, y entre alma y espíritu, sin adentrarnos en los pormenores del plan, el propósito y la necesaria construcción del antakarana? ¿En qué terraza de bar podría yo buscar un interlocutor válido que se lanzara a la aventura de buscar leña, sembrar patatas y construir cabañas a la vez que hablamos de la hermandad blanca o los devas de la naturaleza mientras editamos al mismo tiempo libros de Dion Fortune o Bakunin?

No se me ocurre de qué manera podría vivir una vida normal, fuera de mis extravagancias y mis deseos incumplidos. ¿Qué clase de hijo, en la supuesta e imaginaria hipótesis de que encontrara a la que sabe volar, podría salir de padres tan volátiles? ¿Quién estaría dispuesta a pasar la prueba de sufrir un invierno encerrada entre nieves, silencio y sacrificio en una perdida cabaña en los bosques? ¿Quién podría entender la belleza de la rama dorada y la sutileza del arca lucis? Un casting muy difícil, casi imposible, al que ni yo mismo me atrevo a nombrar. Por eso sucumbo día tras día a la centrifugadora realidad. Lo siento querido mío, me digo a mí mismo. No hay normalidad que valga. Lo mío es anormalidad pura y dura. Lo mire por donde lo mire. Así que la imagen bucólica de verme en la terraza de un bar, meciendo el carrito de un recién nacido mientras releo las páginas de algún pesado libro deberé dejarla para próximas vidas. Es lo que hay… de momento…

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Paseo y bosque terapia, disciplinas para estar vivos


Hace dos años pasé por un mal momento y una buena amiga me recomendó tres cosas: comer bien, asearse todos los días y pasear, pasear mucho. Esas simples recomendaciones fueron la mejor terapia que recibí de todas las que probé. Estos días de complejidad máxima estoy volviendo a esa medicina. Intento alimentarme lo mejor que puedo. Hasta el punto de haber sustituido mis galletas por un rico guacamole en el desayuno, algo impensable en mí. También he cambiado mi rutina. Intento dormir todo lo que puedo, o todo lo que mi cuerpo me pide, a cambio de tres paseos diarios.

En estos paseos sanadores por el bosque he descubierto algo impresionante. Los paseos no duran más de veinte o treinta minutos cada uno. El primero después de la meditación y antes del desayuno. El segundo al mediodía, después de comer. Y el tercero, al alba, tras encerrar a las gallinas y los patos en su corral. Siempre los empiezo y los acabo con una corta pero intensa carrera de menos de un minuto. Es algo sensacional, y este es el descubrimiento, porque en ese pequeño maratón, siento como toda mi sangre empieza a fluir, a reconducirse, a volar por todo mi pequeño cuerpo de un lado para otro.

Es como si de repente se activara todo el cuerpo, provocando una explosión de energía y calor que quema todo tipo de sustancias estancadas, pensamientos estancados, emociones estancadas, ánimos estancados. Es como si se abrieran las compuertas de la vida y esta recorriera todo nuestro ser. Es una sensación maravillosa.

Al removerse la sangre, de alguna manera, se remueve también los estados de ánimo asociados a nuestro “chi”, a nuestro flujo de energía vital, a nuestro mundo etérico. Es como si todo ese cuerpo que nos envuelve con su radiación y energía, toda esa vida acumulada y radiante, se volviera más luminiscente y lúcida. Son como pequeños momentos centelleantes, de inspiración máxima, de sonrisa interior. No importa todos los avatares que por fuera estés sufriendo. Ese chute de energía vital aminora las preocupaciones, sean las que sean.

Recuerdo que cuando hace años estaba haciendo el master de pedagogía Waldorf en Madrid nos decían que si había un niño muy revoltoso, había que enseñarle a meditar para calmar su centro motor. Pero si había un niño excesivamente mental, como es mi caso, debía hacer todo tipo de deportes para equilibrar sus tres centros más importantes: el centro motor, el centro emocional y el centro mental. Estas semanas que han sido de mucho pensar, de mucha preocupación y alguna dosis deprimente, era necesario reordenar los cuerpos. Especialmente reorganizar las emociones, siempre tan convulsas.

Mi caso es privilegiado, porque vivir literalmente en un bosque es de por sí muy sanador. Una cabaña de madera rodeada de árboles y prados y montañas. Todo verde atlántico, todo belleza, color y vida salvaje. La sensación de vida, comparada a mis grises años en la oficina, es única e irrepetible. Es verdad que esta nunca será una buena carta de recomendación a la hora de entablar ningún tipo de relación afectiva, pero para mí es el mejor regalo que nunca haya recibido. Vivir en los bosques es vivir de verdad.

Así que apuntaros la fórmula, estéis donde estéis. Buena comida, a poder ser sin violencia añadida. Mucha agua, por fuera y por dentro. Paseos, muchos paseos con algo de tensión al principio y al final. Tres respiraciones conscientes y algo de meditación. Os aseguro que esto es sanador a todos los niveles. Especialmente ahora, que llega la falta de luz, las depresiones típicas de este tiempo y la falta de sentido al ver como todo lo que nos rodea se derrumba. Si a esto le podéis sumar la buena compañía de seres afines, o serafines, tanto monta, entonces ya no hay excusa para ser felices. No hay nada como la grata compañía de alguien capaz de leerte por dentro y descifrar todos tus secretos. No hay nada como la complicidad de almas que puedan descifrar tus códigos y abrazarlos como se abraza a algo tierno y delicado. Pero sí esto no estuviera, siempre nos quedará el bosque.

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A un mundo yermo


© Gobotoru Gobotoru

 

Vivimos en el drama postmoderno en el que lo ortodoxo se derrumba. La heterosexualidad, el matrimonio, la familia o la maternidad son sinónimos de algo antiguo. El trabajo asalariado y patriarcal donde una autoridad mayor, ya sea el Estado o el empresario, nos da trabajo para poder sobrevivir, se está convirtiendo cada vez más en un modelo caduco. También todo lo que tenga que ver con las antiguas instituciones. Hablar de Estado o Iglesia, de patria o nación, o incluso hablar de familia o relaciones continuadas es algo completamente añejo. Toda nuestra anquilosada civilización se está derrumbando frente a nosotros.

Lo nuevo no es muy esperanzador. En una de las eras más materialistas que se conoce, el derrumbe de todo tipo de valores se ve reforzado por un egoísmo cada vez más poderoso y extremo. El ser humano se está volviendo insensible, pero también inservible. En cuanto las máquinas se apoderen de todo, como ya lo están haciendo, y la inteligencia artificial crezca exponencialmente hasta límites aún no sospechados, el ser humano, dejará de tener sentido y utilidad.
Ni siquiera la poesía o el arte podrá ser algo exclusivo de nuestro drama. Ya no habrá encuentros con lo íntimo, ni siquiera con lo erótico. La sexualidad quedará relegada a la autogestión que en soledad padeceremos. Perderemos el sentido de las cosas. Volveremos a la oscuridad que nos pertoca por haber dado la espalda a los principios más básicos de solidaridad, fraternidad y consolidación de relaciones sanas y duraderas. Lo fluido matará a lo sólido, y lo sólido dejará de existir en todas sus dimensiones posibles.

Llegado el momento, el autosuicidio de una civilización entera será el mejor de los pronósticos. Este nace del hecho de que los seres están siendo educados para vivir aislados, basando sus relaciones ficticias en máquinas que reclaman atención continua, creando la ilusión de estar conectados a algo. Pero realmente ocurre todo lo contrario. Nos desconectamos de lo esencial, dejamos de tener relaciones basadas en la intimidad, en el tacto, en el placer continuo del abrazo, del tocar al otro, del mirar al otro, de pasar juntos una vida de riesgos continuos. Dejamos de amar y el verso se vuelve papel mojado, olvidado, arrojado al más oscuro de los vacíos.

¿Qué fue del roce, de la complicidad, del riesgo en el camino? Ya no queremos contaminarnos con el otro, contagiarnos de sus manías, de sus malos días, de sus tonos grises y sus oscuras noches. No queremos albergar la esperanza del mañana, ni de saltar de júbilo ante la gloriosa primavera. Ya perdimos la noción de estar vivos, porque nos conformamos con mirar una fría pantalla que satisface lo inmediato, lo epidérmico, lo estéril. Ningún fruto saldrá de esas relaciones encorsetadas y seleccionadas en la frialdad de la distancia. La tierra se volverá yerma.

El mundo, baldío, terminará muriendo. Ya nadie está dispuesto a mancharse las manos de barro y aprender a jugar a la vida. Ya nadie querrá quitarse nunca más la máscara que nos han puesto, la desconfianza que ahora albergamos hacia el otro, la distancia social impuesta bajo el mandato del miedo y la acritud. Cierran los bares, las plazas, las calles desiertas, el mundo vacío, triste, apagado. No, no es el virus. Somos nosotros, que en eso nos hemos convertido. Es el fruto de lo sembrado. Es la cosecha de nuestro más absoluto materialismo. Veremos qué sembramos ahora. Veremos qué cosechamos en el mañana, de haberlo.

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Teoría del egregor


© Vassilis Tangoulis

 

La Mente es el gran destructor de lo Real.
Destruya el discípulo al Destructor.
(H .P. Blavatsky.- La voz del silencio)

Un egregor puede ser muchas cosas, pero sobre todo, en terminología cristiana, es lo más parecido a una posesión. Son como especie de energías, emociones, pensamientos o entidades que se agregan a nosotros mismos, formando algo que no nos pertenece, pero nos acompaña e influye.

Hay varios tipos de egregor según su naturaleza. Puede ser un egregor genético, es decir, que corresponde a la información de nuestros antepasados, de ahí la importancia a veces de romper con tu árbol genealógico y separarte inevitablemente del mismo. ¿Cuántas veces dejamos de ser nosotros para complacer a nuestro clan? ¿Cuántas veces creemos que somos hijos de una familia, una tierra, una etnia o un grupo, olvidando que nuestra alma ha viajado por todas las tierras, por todas las etnias, por todos los grupos? Las creencias subjetivas sobre nuestra procedencia no debería ser más fuerte que nuestro yo real.

Existen egrégores energéticos, que se acoplan a nosotros para influir en nuestro estado de ánimo. A veces decaemos sin saber exactamente porqué. Simplemente nos cambia el ánimo, la fuerza vital, la energía que nos mueve, y nos sentimos apáticos, desanimados, sin alma. La energía que nos mueve es el halo vital del espíritu creador de todas las cosas, pero a veces tenemos la sensación de que esa presencia no está, y sí otra de naturaleza más extraña y desafiante. ¡Cuidado con los estados de ánimo que no nos pertenecen! No dejemos que nadie ni nada vampirice nuestra energía, nuestro chi, nuestro fuaaaa (os dejo el enlace para entender qué es el egregor de un viajero errante). 

También existen los egrégores emocionales, normalmente provenientes de eso que llaman el bajo astral, una especie de entidades que viven de vampirizar las emociones de otros, sobre todo de aquellas producidas por nuestra propia incapacidad para ordenar las emociones más destructivas. ¿No os pasado alguna vez que estáis irreconocibles ante acontecimientos insoportables? “Pareces poseído”, nos dicen las pobres almas que tienen que soportar nuestros ataques de ira, rabia o frustración, nuestras idas y venidas, nuestros desmanes y desplantes. ¿Cuántas relaciones no se han roto en momentos de auténtica posesión? «No te reconozco»… ¿Os suena?

Los egrérores mentales son más sutiles, pero están ahí. Son aquellos que viven en el plano mental y suelen inspirarnos ideas, a veces buenas, otras macabras. Muchos tipos de esquizofrenias y paranoias tienen que ver con esto. A veces perdemos la cabeza cuando hemos puesto al límite nuestra química interior. No debemos olvidar que nuestro cuerpo es una máquina que debe ser cuidada. Y cuando no lo hacemos, falla, y se bloquea hasta desfallecer. Cuidado con todo aquello que metemos en nuestro cuerpo, porque algún día este puede colapsar y podemos perder, literalmente, la cabeza.

También están los egregores asociados, aquellos que se crean cuando se pone en práctica un ritual grupal. Este egregor puede ser inducido o excitado, consciente o inconscientemente. También se pueden crear de forma consciente egregores que nos ayuden en algún tipo de tarea, pero esto estaría más cerca de la magia.

Lo importante es saber o determinar qué tipo de egrégores influyen en nuestras vidas y como evitar que esa influencia sea determinante. Tener autocontrol sobre nuestro yo no es siempre posible. A veces algunos malentendidos pueden ocasionar que se apodere de nosotros algo que no somos nosotros mismos. Los agregados psíquicos, los clones híbridos, la periferia de todo aquello que no somos, pero que de alguna forma nos influye hasta el punto de que, en ocasiones de pérdida de control, nos enajena.

La mente, así como los sentidos, distorsionan la realidad al mismo tiempo que la realidad distorsiona nuestro verdadero yo. Es algo complejo y difícil de entender. Pero si uno se observa a sí mismo, si encuentra su verdadero yo real y puede experimentar desde la observación todo aquello que no le pertenece, pero que de alguna forma le influye, puede discernir lo real de lo irreal, y puede llegar a destruir todo aquello que nace de lo ilusorio. ¿Queremos realmente a esa persona o queremos la imagen que hemos creado sobre ella? ¿Nos gusta realmente lo que hacemos o lo hacemos porque no somos capaces de imaginar otra realidad que la impuesta por la cotidianidad, el tedio o lo normalizado?

La frase del templo de Delfos no era ninguna broma: conócete a ti mismo. Eso es lo más complejo, pero también lo más esencial para entender quiénes somos, qué hacemos aquí y para qué hemos venido, en definitiva. Sí únicamente estamos viviendo la vida de los agregados psíquicos, de los egregores que no nos pertenecen o de los clones híbridos que simulan nuestra existencia sin ser esta real, entonces andamos perdidos en un mar de confusión, en una vida que se apaga y de la cual no somos capaces de extraer todo su jugo.

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Honrando a la apestosa desde el agregado psíquico


El aislamiento puede llevar al control. El control a la incertidumbre. Las palabras y la repetición del mensaje pueden llevar también a cierta manipulación emocional. Cuando todo esto se conjuga, puede llevar a un sistemático lavado de cerebro, siempre y cuando se tenga de eso, porque a veces tal lavado no es necesario. Simplemente, sucede. Sucede que nos manipulan, que nos atontan, que nos empujan a pensar o sentir de una u otra manera. Es algo muy sutil. Ocurre en los gobiernos, en la prensa, en la empresa, en las instituciones, pero también en las relaciones, especialmente en las relaciones.

Las sectas, los gurús, los dogmáticos, los líderes carismáticos, saben mucho de eso. Es muy fácil manipular las mentes de los que buscan respaldo y aceptación, amor o cariño, sentido de familia o admiración. Hay personas que se convierten en tiranas, a veces sin darse cuenta, cuando descubren que pueden ejercer cierto control sobre el otro. Cuando creen que tienen cierto dominio sobre sus vidas. Entonces se vuelven manipuladoras hasta que, de alguna manera, anulan la voluntad de su víctima.

A niveles más amplios y genéricos, ocurre lo mismo. Lo estamos viendo con la pandemia, pero también con los nacionalismos, con el fútbol o la identidad. Con todo aquello que te haga creer que estarás a salvo en cualquier rebaño, asumiendo lo que el líder de turno nos diga que tenemos que asumir. ¡Tendremos que sacrificarnos! Nos dicen algunos mientras por detrás se meten la vida padre. ¿No os suena de nada? Ese sacrificio no va con ellos. Forma parte del control mental necesario para que unos pocos, los de siempre, pues puedan seguir metiéndose la vida padre. Es todo un circo. Y nosotros, sus bestias.

Cuando no se tiene criterio propio, es fácil ser manipulado. Y cuando se tiene criterio, cuando se es crítico con la realidad, es fácil ser estigmatizado, señalado, insultado, abandonado o incluso envenenado. La inteligencia al servicio de la benevolencia no es sinónimo de paz y amor. Miren sino lo que le pasó a Jesús, el que llaman el Cristo. Uno puede acabar en cualquier cruz si se posiciona en contra del criterio unánime, que como digo, suele ser siempre manipulador, coercitivo, anulador de la voluntad individual.

Para eso se inventaron las modas, los partidos, las clases, las razas. Si no vas a la moda no eres aceptado públicamente, por poner un solo ejemplo. Es una forma de manipulación encubierta. Si no piensas como los demás y actúas como los demás te expulsan del rebaño. Normalmente, para confundir, se suelen dividir los rebaños en dos: los buenos y los malos. Los del Betis y los del Sevilla, los de izquierdas y los de derechas, los blancos y los negros, los nacionalistas y los patriotas. Pero esa es la trampa, la forma que tienen de manipular. Lo mismo ocurre en el colegio, en el instituto o en la universidad. Es algo que se reproducen siempre. La propia enseñanza nos dice que tienes que ser el mejor y sacar buenas notas. Es una forma de manipulación basada en el éxito. Si no tienes éxito, eres un mediocre, y ahí empieza el control, la manipulación.

Recuerdo en el colegio que había una niña que me parecía excepcional. Los niños, a veces malévolos, la llamaban la “apestosa”. Sus padres tenían un pequeño rebaño de cabras y ese olor característico impregnaba todas sus ropas. A veces traía para desayunar huevos recién cogidos de su corral que se comía crudos delante de todos. Los niños, incrédulos, la miraban con desconfianza y con cara de asco. A mí, sin embargo, su libertad, timidez y valentía me fascinaban. Fue una gran maestra, con la cual convivía en silencio, y de la cual aprendía atentamente. Daría cualquier cosa por saber qué fue de ella.

Los niños aislaban a “la apestosa”. Conmigo no llegaban a tal extremo, aunque también formaba parte del grupito de raritos que había que tener controlados y aislados. Nunca te invitaban a sus fiestas y nunca participabas de sus secretos. Eso creaba incertidumbre entre los más vulnerables, entre los que me encontraba, especialmente por frecuentar y defender siempre que podía a los más raritos o estigmatizados. Había una cruel repetición del mensaje estigmatizante que iba de uno a otro dependiendo de a quien le tocara turno para saciar la podredumbre humana. Sin embargo, había algo que no conseguían, y era el lavarnos el cerebro. En eso no nos ganaban, porque los raritos, al menos algunos, teníamos capacidad crítica, y sobre todo, teníamos formas de rebeldía, a veces rebeldía encubierta, pero rebeldía al fin y al cabo.

Lo cierto es que nunca me atreví a comer, a pesar de sus reiteradas invitaciones, aquellos huevos frescos recién cosechados de su pequeño corral, pero mi propia rebeldía me hizo ir más allá: tener mi propio corral. Comprendí que para ser aceptado socialmente debía anular por completo mi propio criterio, mi propia forma de ver y entender la vida. Si te sales del redil, si no actúas como se supone que debes actuar, te insultan y te señalan. Forma parte del control mental, de la manipulación social. Pero como le pasaba a esa niña encantadora, tímida y libre, nunca acepté del todo lo normativo. Y quizás por eso durante toda mi vida me vi forjado a ayudar a los estigmatizados, a los señalados, a los raritos, no importa si lo eran material, emocional, intelectual, social o espiritualmente. Ahí estaba yo, alineándome a esas fuerzas contrarias a la norma para echar siempre una mano. Y quiero resaltar ese pequeño “yo”, no como acto de falsa humidad, sino como acto de reconocimiento a todos esos “yoes” que tienen inteligencia y criterio propio para hacer lo que sienten en cada momento que tienen que hacer. Por supuesto, siempre desde la lealtad al principio de oro de no desear el mal a nadie.

Y bueno, debo decir que de alguna forma me he convertido en un pobre apestado, como aquella hermosa niña despeinada, de extrañas ropas, pero elegante figura y andar. Un apestado posmoderno que cría sus propias gallinas y vive a su manera, como un alma libre, a expensas de que la vida disponga y ejerza su soberanía más allá de modas y preámbulos. Y no lo digo despectivamente, al contrario, lo digo desde la dignidad más absoluta. Un apestado de pies a cabeza, especialmente ahora que no para de llover, hace frío y no funciona el agua caliente. ¿Y por qué todo este rollo? Porque llevaba meses sin comer huevos de las gallinas felices. Pero había muchos acumulados y se me ocurrió comer uno estrellado en el arroz. Y eso creó realidad. Y me vinieron recuerdos. Son los agregados psíquicos de los que habla mi añorada soñadora. Pues eso, un agregrado psíquico, sin más.

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Las órdenes esotéricas y su trabajo


 

Dada la crisis, cada vez resulta más complejo sacar un nuevo libro en nuestra editorial. Pero poco a poco vamos haciendo lo que podemos y editando alguna que otra novedad, como la que acaba de llegar justo hace un rato aquí a los bosques. Se trata de un libro que descubrí este mismo verano leyéndolo despacito y virtualmente con la amiga María, ella desde la comunidad de Findhorn y yo desde Galicia. María me recomendó su lectura y durante unas semanas lo leímos y lo estudiamos juntos, comentando, como si de una escuela de misterios se tratara, todos aquellos pasajes que nos habían resultado interesantes o dignos de mención. La verdad es que fue un verano hermoso, rico de lecturas, anómalo, silencioso, compartido. Ha sido un bonito tiempo cargado de emocionantes ideas futuras. Un tiempo de mucha siembra, más que de recolección. Y hoy mostramos algún fruto.

Como amante de las ciencias ocultas y el mundo esotérico, este libro me fascinó y decidí editarlo este mismo año. Lo he incluido en la colección Arca Lucis, ya que me parece un imprescindible para todos aquellos amantes del camino intelectual dentro de las creencias místico-esotéricas y especialmente de la Tradición Occidental y su Camino de la mano derecha. Si por mi fuera, dedicaría lo que me queda de vida a enriquecer la colección Arca Lucis, una colección que pretende recoger y recolectar las mieles que todos los tiempos ha ofrecido al sediento buscador. Una especie de Arca espiritual donde cualquiera pueda tener la certeza que encontrará lo que busca. Es un trabajo ingente, pero al mismo tiempo apasionante.

Después del libro “El Camino del Loco” y toda la obra de DK y AAB que con mucha paciencia estamos editando en nuestro sello Nous, quizás este libro sea de lo mejor que hemos editado en cuestiones de esta índole. Soy consciente que no son libros comerciales y que son muy de nicho, pero me veo obligado a hablar de ellos. Me parecen imprescindibles para entender un poco más todo lo concerniente al mundo de las órdenes esotéricas, la iniciación, el origen de los misterios, todo lo concerniente a los maestros y los iniciados, las escuelas ocultas, los rituales, etc… Además, Dion Fortune ofrece una visión fresca y renovada de toda la tradición teosófica, puliendo con un vocabulario sencillo cuestiones altamente complejas.

Os animo a que podáis comprarlo y podáis, a su vez, regalarlo a todos aquellos que se encuentren en la búsqueda espiritual desde una perspectiva más investigadora o intelectual. La venta de este libro nos ayudará a dar salida a los siguientes que están esperando en cola, como por ejemplo: Tratado sobre magia blanca, Las odas de Salomón, la edición especial de Poeta en Nueva York, La sabiduría de Jesús, Juan el Solitario, El lenguaje de los pájaros, Fama Fraternitis, etc… Libros que iban a ver la luz este mismo año pero cuya edición se está retrasando por la falta de ventas.

Si por la situación actual no pudieras comprar el libro pero sientes la llamada de su lectura, escríbeme sin compromiso y te lo haré llegar con ánimo y alegría. En el mundo editorial soy conocido por mi afán de regalar libros. Así me va… Regalo más que vendo. Pero todo sea por ayudar al sincero buscador a hallar las puertas de todo misterio.

Y si la vida te va bien y tienes recursos y te gustan estos temas, no dudes en comprar unos cuantos y regalar algunos o dejarlos olvidados en alguna parte. Seguro que alguien encontrará algo de luz en sus páginas. ¡Luz, más luz! Aquí otro punto de luz en la mente de Dios.

https://www.editorialdharana.com/catalogo/las-ordenes-esotericas-y-su-trabajo?sello=nous

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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14.163


Esa es la ingente suma que el abogado de mi ex se llevará por diez minutos de trabajo. Ese es el precio, según el juez, que debo asumir por no enviar un fax a dicho abogado. Un diabólico festín, que diría Espronceda. Porque cómo es posible que la justicia funcione así, de esta manera, donde la parte rica demanda a la parte pobre para quedarse con todo y ser aún más rica y la parte pobre debe, ¡ay pobre diablo!, perder y pagar. Y después de semejante injusticia, aún hay gente, por llamarla de alguna manera, que duerme tranquila, con la conciencia tranquila.

Enjambre de vampiros y alimañas, mundo diabólico, materialista, egoísta, escuadrones taberneros que enjuagan la saliva relamiendo los trozos sobrantes. Y dígame usted, señor abogado, en qué posición queda uno, que es mísero, que vive en una triste cabaña de madera, cuando se le arrebata todo lo poco que tenía y además, una vez casi rematado, se le intenta chupar hasta la última gota de sangre. Dígame qué más sangre desean ustedes dos, el uno y el otro, que pueda satisfacer su insaciable avaricia.

¡Qué hartazgo! ¡En qué andaba yo pensando cuando dejé entrar en mi vida a tan semejante…! Qué fue lo que me atrajo hasta tan surrealista situación. Quizás los corceles mugientes, o los torrentes de lava. ¿Pero no se da cuenta que con ese dinero podría comprarme un habitáculo para vivir, aunque fuera una ruina? ¿No se da cuenta que el mundo se acaba y habrá que rendir cuentas? Supongo que no usted, que es un mandado, un pagado, sino quien le pagó tan traicionera demanda.

Pero el sapo siempre explota cuando su vientre no puede más. Y aquí explotarán todos, hasta el apuntador, que con sarna y suplicio reventó de tildes. A mí ya me tocó mi turno. Y así ando, que no levanto cabeza, aún. Ninguna lámpara sepulcral querrá alumbrar tan triste escena. Porque todos sabemos que hay otra justicia, esa ley que llaman karma, y que nadie escapa de ella. Y será ella, y no la toga estúpida y anacrónica, ciega y vapuleada, la que realmente ejerza su ley.

Ya le digo de antemano, a usted y a su ama, que no dispongo de ese dinero. Y que tendrán que echarme de esta cabaña para saciar su sed de venganza, y ponerse a vender en pública subasta mis libros, que es lo único que realmente poseo con celo y gracia. No habrá alaridos ni súplicas. Me lo tengo merecido por mi condición de hombre, excesivamente blandengue, que por no ver a una cría llorar, asumió sus caprichos y manías.

Eso sí, menuda bacanal montaré, cuando todo esto termine, porque si bien el dinero no es mi arma, lucharé con todas las palabras que hagan falta hasta que sacie mi desahogo. En eso no habrá tregua, entre otras cosas, para que la rabia acumulada vaya saliendo de alguna forma y no se enquiste en un mal mayor. No con pistolas ni duelos como se hacía antes, porque como eso del honor ya no es menester que se defienda, pues quedará al menos la libertad y el coraje del desahogo, aunque este sea sibilino, sagaz, mordaz, envenenado. Pero que fluya, que no se quede dentro, que salga todo. No quisiera morir de rabia, tan joven y con toda una vida por delante.

Y ahora a lo que iba. No se equivoquen los jóvenes enamorados. No confíen en la suerte ni en el mañana. En esta sociedad líquida, egoísta y enfermiza, ya no queda amor. Solo una suerte de pactos, entresijos, intereses, egoísmos y demás lista de desmanes que se rompen en cuanto una de las partes deja de ser interesante para la otra. Y cuando eso ocurre, uno de los dos caerá en desgracia. Su ruina está garantizada, ya no solo la material y la emocional, sino también la espiritual, porque entrando en sumo grado de locura, capaces son esos estúpidos en cometer las más atroces de las barbaridades.

Así que si inevitablemente se enamoran, háganlo con suma prudencia. No cometan la estupidez de aferrarse a algo tan efímero y fugaz como esa enajenación mental que a muchos llevan a la ruina. Desconfíen siempre de esa inmadurez, y atrévanse a amar desapegándose desde el minuto uno de cualquier lazo que conduzca a la locura. Amen, mejor, en silencio. Y si puede ser, a solas, que tal y como está el patio, mejor solo.

Catorce mil ciento sesenta y tres euros. Más la pérdida de salud durante nueve meses, más la ruina económica, más la pérdida de tres apartamentos y un coche nuevo recién comprado y no se sabe cuanto dinero más por el camino. Ese es el precio de la enajenación mental por enamorarnos siempre de la forma más estúpida ¡Que silbe Aquilón, y que el más bravo destino ponga orden en todo desmán! Que sea la vida, y no yo, quien juzgue. «No quiero hacerte daño», fueron sus palabras tras el primer beso. ¡Ay! ¡Si es que hasta me avisó! ¡Ay, en qué andaba yo pensando!

Grupo Semilla Escuela. Cocreando la futura Escuela Dharana


 

Primer boceto de la Escuela creado por el arquitecto italiano Franco Anesi

 

Estimados amigos,

Estamos abrumados por la buena acogida que está teniendo la creación del Grupo Semilla para la creación de la futura Escuela Dharana. Como estamos recibiendo muchas solicitudes, queremos en este escrito puntualizar algunas cosas para no entrar en equívocos y que todos aquellos que sinceramente nos escriben para participar de este grupo, sepáis un poco qué es lo que vamos a hacer.

Cuando sentimos la llamada para crear el Proyecto O Couso, un grupo simiente de tres personas estuvimos durante un año meditando juntas, cocreando juntas e invitando a que el milagro de la manifestación del proyecto se manifestara. Tras un largo año de trabajo y proyección por fin vio la luz el Proyecto O Couso. Durante los siguientes años, grupos de meditadores llegados de muchos lugares de procedencia han hecho posible la creación de la Casa de Acogida.

Este proyecto está compuesto por tres fases de desarrollo de siete años cada fase. La primera fase (la ética del servicio puesto en acción) consistía en crear una familia subjetiva y una comunidad abierta en torno a la reconstrucción de la Casa de Acogida, una ruina del siglo XVI que ya está casi milagrosamente terminada gracias a la cooperación y el apoyo mutuo de cientos de personas que han pasado por este lugar.

La segunda fase (la ética del estudio y las ideas), la cual empezará en la próxima primavera, es más compleja. Trata de encarnar no solo un edificio, sino unos valores y una metodología pedagógica centrada en la búsqueda interior. Sostenida de forma grupal, deberá ser referente para futuras generaciones, estableciendo objetivos y estrategias a muy largo plazo que nazcan de nuestros tres pilares: la meditación, el estudio y el servicio. También será el soporte para la tercera fase (la ética viviente), la construcción de una comunidad basada en la Nueva Cultura Ética, la comunidad Simorg.

Para ello, estamos buscando doce personas que se comprometan a un mínimo de un año de voluntariado para cocrear dicho proyecto desde diferentes dimensiones, de forma holística, integral y multidisciplinar. Esas doce personas deberán convivir juntas en el proyecto y dedicar al menos tres horas de meditación/visualización grupal al día, cocreando desde la intención interior y grupal la futura escuela.

Como el reto es complejo y requerirá mucha disciplina y autocontrol, es necesario que los voluntarios que se postulen tengan algún tipo de experiencia en grupos y en la práctica meditativa. Tendremos un régimen vegano y no se permitirá el consumo de drogas, tabaco ni alcohol. Esto es muy importante para que las meditaciones puedan ser sostenidas con fuerza y vigor y para que el trabajo mágico del alma que se pretende realizar sea del todo posible. Las personas que participen deberán sostener el trabajo siempre desde la acción grupal y la más absoluta generosidad, y no desde una visión egoica, por ello es muy importante que los que deseen participar sea desde una fuerte y clara llamada interior, y no por una pérdida de sentido actual. Es importante que estemos totalmente integrados en esta idea para no dedicar la mayor parte del tiempo a la resolución de conflictos que surgen desde una personalidad no integrada.

El trabajo no se podrá hacer de forma virtual, sino que deberemos estar conviviendo en los espacios que se habiliten para ello de forma presencial, voluntaria y no remunerada, realizando profundas meditaciones grupales en el lugar habilitado para ello. Una vez formado el grupo simiente, cualquier persona interesada en colaborar en la distancia con las diferentes áreas de coordinación será bienvenida. La fundación Dharana pondrá todos los medios disponibles para que esto sea posible, tanto en la búsqueda de espacios individuales, el acomodo, la alimentación, el bienestar, etc. Las áreas en las que trabajaremos serán las siguientes:

Coordinación Grupal

Coordinación Planificación

Coordinación Tesorería / Recursos / Administración

Coordinación Comunicación

Coordinación Voluntariado

Coordinación Construcción Escuela

Coordinación Pedagogía y Trabajo Interior

 

Las fases se irán desarrollando durante los próximos siete años. En una primera fase, se realizará la selección del primer grupo semilla. Para ello, todos los participantes deberán haber realizado una Semana de Experiencia en el proyecto O Couso y 21 días de Experiencia antes del 21 de marzo de 2020. Con esto se pretende que la persona conecte con la tierra, el lugar y el grupo y tenga capacidad de discernir si la llamada es sincera y la fuerza de la misma se sostiene.

A partir del 21 de marzo, y ya empezando con la acción grupal, haremos una convivencia intensa de Tres Meses de Experiencia en la casa de acogida. Entraremos en la segunda fase, buscando espacios privados para las doce personas. Si no existen espacios suficientes habrá que construirlos o distribuirlos entre todos. Esta será la primera actividad grupal, que buscará evaluar nuestras capacidades y talentos, la convivencia, la organización grupal, nuestro grado de generosidad y la puesta a prueba de la cocreación del grupo formado.

Una vez el grupo esté totalmente integrado y detectadas sus fortalezas y debilidades, entraremos en una tercera fase de Seis Meses de Experiencia en la que se empezará a cocrear la escuela en sus formatos tangibles e intangibles, programando los siete años de trabajo posterior.

Metodología empleada:

  • Actividad grupal organizada según la sociocracia.
  • Meditación basada en los fundamentos del raja yoga y el agni yoga. Serán meditaciones de integración de la personalidad y cocreación mediante visualizaciones grupales. Tres horas diarias (dos grupales y una individual).
  • Círculos de consciencia, de familia y de sabiduría donde compartir los avances.
  • Posibilidad de hatha yoga y bhakty yoga.
  • Cuatro horas de actividad grupal por la mañana y resto de la tarde libre para el individuo de lunes a viernes. Sábados y domingos libres.

Recursos disponibles:

  • Habitación privada, cabaña, caravana o similar a partir del tercer mes.
  • Alimentación vegana. Desayunos y cenas libres, comidas grupales.
  • Lugares de trabajo para cada grupo según las infraestructuras disponibles.

Objetivos:

  • Crear una escuela de Meditación, Estudio y Servicio.
  • Crear una escuela de búsqueda de dones y talentos.
  • Construcción del edificio según las indicaciones del maestro tibetano DK.
  • Construcción de la metodología para una escuela del séptimo camino espiritual, también conocido como camino violeta, del séptimo rayo, camino del agni yoga, de la ética viviente, camino integral, de la nueva era, etc…
  • Construcción de las bases para la tercera fase del proyecto: la construcción de la comunidad Simorg, una comunidad de ética viviente.

Si estás interesado en participar en este hermoso proceso de cocreación, puedes escribirnos a info@dharana.org   Te enviaremos una serie de cuestionarios independientes para conocer vuestros roles y habilidades y así afianzar los grupos que se generen.

Gracias de corazón por coparticipar en la construcción del nuevo mundo…

Fundación Dharana. Cumpliendo con nuestra parte en el propósito de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. 

El operador laplaciano


«¡Qué locura!» Goya Lámina 68 de Los desastres de la guerra

 

“El odio es un lastre, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado.”
American history X (1998)

Bueno, cabrearse es humano. No siempre todo fluye de forma armónica. Como cuando hoy esa hermosa rubia, despampanante, casi perfecta, me ha invitado a no sé qué rollos de fruta y le he tenido que decir, “lo siento, odio la fruta, soy galletariano”. A veces uno tropieza, se enfada, se despeina, sufre accidentes, las cosas no funcionan. Hoy era uno de esos días. Empieza mal y termina mal. Es normal, está lloviendo, hace frío, la soledad es abrumadora. Te desahogas con tres paseos, uno por la mañana, antes del desayuno, otro después de la comida y el último antes de la cena. Intentas trabajar algo. Claro que es difícil concentrarse cuando todo sale mal. Son días grises, qué le vamos a hacer. Pero el odio es un lastre… ¿cómo es posible que no me guste la fruta?

Luego recapacitas. Empiezas a correr tras la sombra de tu amigo canino. Te cansas y te das cuenta de que ya tienes una edad. Rozar los cincuenta ya no es una broma. El corazón se acelera. Tengo que parar. Los mareos siguen ahí, hay que tener cuidado. Y los achaques, cuando no es una cosa es otra. Y eso que para algunas cosas parezco aún joven, adolescente diría. «Debería comer fruta», pienso para mis adentros.

Odiar no odio a nadie, excepto a la fruta. Por suerte a las personas no. Hay gente que me cabrea porque hay gente estúpida e insolente. Pero de todas, las que especialmente me incomodan es la gente egoísta que solo piensa en sí misma y en sus emanaciones. Sobre todo si luego no atiende correctamente a las emanaciones. Pero esto es un problema de perspectiva. Cuando le he dado esquinazo a la rubia ni siquiera me ha intentado convencer de las delicias de la fruta. Se ha marchado ofendida. Los egoístas deberían estar solos y no juntarse con los otros. Solo saben manipular, distorsionar y embaucar al desprevenido para sacar algún tipo de interés o rédito. Sí, un problema de perspectiva y expectativa. No se puede tener expectativas sobre nadie. Por norma, la gente tiene vida propia, y tiende a fluir según capee el viento. Ya no hay principios sólidos, ni compromisos sólidos, ni respuestas sólidas cuando uno se equivoca. Lo siento querida, no me gusta la fruta, qué le vamos a hacer.

Y es cierto, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. Por eso solo me cabreo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Es humano. No se puede evitar. No siempre los caminos son de rosa. Lo normal es que haya baches, curvas peligrosas, accidentes. Sobre todo si caminas. Si te quedas inmóvil al borde de la senda nada ocurre, pero nada aprendes, nada creces, nada mejora. Los que se equivocan son los que caminan, y cuando tropiezan, pues a veces se enojan. Porque si caes y caes mal te haces daño, y eso crea una reacción psicológica que produce primero dolor físico, y luego sufrimiento emocional o psíquico. Es el añadido, el extra al dolor. Podríamos evitarlo, pero no siempre es posible, porque a veces los dolores no solo son tangibles. Están los dolores que no se ven, que nadie ve, pero que están ahí.

Estos días de absoluta soledad me veo a veces hablando solo. Es lo bueno de no sentirte manipulado por nadie, ni por las noticias, ni por embaucadores vendedores o políticos de turno. Luego pienso que me estoy volviendo loco. Y luego me doy cuenta de que loco de remate ya estaba y que el hablar solo tampoco tiene nada de malo. Pero por si acaso apareciera alguien de repente y me viera hablando con las flores o con los árboles, intento disimular mis circunloquios echando unas charlas con el amigo Geo o con los patos o con las gallinas, que como no tienen gallo que las defienda, me toca a veces cacarear imitando cierta gallardía de la que no dispongo.

La verdad es que nunca me gustó la fruta y nunca fui un gallito. En el colegio los niños me pegaban cuando veía los tropezones de plátano que me escondía en los bolsillos disimuladamente. Aprovechaban que era un niño tonto para darme capones. Ocurrió lo mismo en el instituto. Por suerte esos garrulos no pasaron a la universidad, así que allí tuve cierto consuelo, y como las guerras eran más bien ideológicas, me vine arriba, porque en esas batallas casi nadie me ganaba. La logística de mi mente se hizo poderosa, y me di cuenta que, en el mundo de las ideas, podía tener cierto éxito. Y al darme cuenta, empecé a ligar algo, no mucho, pero algo. El rollo dandi intelectual atrae hasta cierto punto. Sobre todo si eres algo rarito, vegetariano, no tomas drogas ni alcohol y te codeas con gente extrañamente fuera de lo normal. Eso sí, cuando las mujeres descubren que no te gusta la fruta, desaparecen volando. Si no le gusta la fruta, algo esconde. No mola, da desconfianza. Lo sé. Una pena.

De todas formas, desde que estoy en los bosques ya no tengo ningún tipo de éxito. Ni social, ni intelectual, ni material ni varonil. He dejado de ser un macho delta (los alfas ya no están de moda) y me he convertido en un operador laplaciano, es decir, en una persona de segundo orden. En el fondo me encanta, porque es como volver a la infancia, cuando los niños más perversos te pegaban capones en el patio. Esos capones tuvieron el efecto de volverte fuerte por dentro, de hacerte inevitablemente más introvertido y por lo tanto, más espiritual. Ahora me pasa lo mismo. Me estoy volviendo más espiritual y más fuerte, aunque de vez en cuando me cabree con la gente que se empeña en darme fruta de postre. ¡Qué le vamos a hacer!

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Las fuentes de agua viva


© Vassilis Tangoulis

 

Llevo mucho retraso con las ediciones. Las reimpresiones también tienen que esperar. Hoy trabajaba afanosamente sobre la Crítica al programa Gotha. Lleva meses de retraso sobre la previsión de este año. El manuscrito de Marx me parece importante. La crítica al proyecto de programa y la carta a Bracke que la acompaña fueron enviados a Bracke en 1875, muy poco antes de celebrarse el Congreso de unificación de Gotha que daría como resultado uno de los partidos más antiguos que se conocen: el Sozialistische Arbeiterpartei Deutschlands, conocido actualmente como Partido Socialdemócrata Alemán, el SPD. El deseo era enviar esta crítica a Geib, Auer, Bebel y Liebknecht y más tarde se le devolviera a Marx para terminar de perfilarlo.

La historia no deja de ser apasionante. Cuanto más escarbas en sus avatares más puedes entender las consecuencias del presente. Desearía tener más tiempo para poder editar libros de política y economía, ensayos de cultura y ciencia, de sociología y antropología. Pero el tiempo es un recurso muy escaso hoy día, más cuando intentas abarcar todos aquellos frentes que sean posibles, que sean motivantes y, sobre todo, que sean urgentes. El activismo cultural y espiritual tiene muchos frentes abiertos y muy pocas las manos que los atienda.

Aún no sabemos del todo cual es la fuente de toda riqueza y de toda cultura. Los lassalleanos decían que era el trabajo, pero Marx, en su crítica, admitía el error como un desliz burgués, atribuyendo tal riqueza a la propia naturaleza, de la cual emanaban todas las cosas. La naturaleza siempre queda como algo abstracto. No somos capaces, ni desde la más pura superstición, ni desde la más lógica de las ciencias, de atribuirle más que mágicas conjeturas. Hablamos de ella como algo que está fuera de nosotros, olvidando, desde nuestro orgullo racial, que nosotros formamos parte de la misma. Todos los seres sintientes de alguna forma trabajan. La mayoría de ellos para abastecer sus necesidades más primarias, relacionadas todas con la obtención de calor. Nosotros, seres algo más complejos, ampliamos nuestras necesidades hasta el infinito, siendo la causa de nuestro mayor sufrimiento el no poder poner límites a nuestra ambiciosa necesidad. La mayoría de los seres abastecen el día a día. Nosotros deseamos abastecer el mañana. Somos omniabarcantes.

Las fuentes de la vida tienen una esencia misteriosa. No sabemos del todo hacia dónde se dirige el ciclo vital. Muchas veces miramos con atención nuestra existencia y no logramos captar del todo su más profunda amplitud. Vemos las orillas, los intereses que se mueven de un lado hacia el otro, de todas aquellas personas que nos rodean por puro interés o necesidad. Pero ignoramos tres cosas importantes: su origen, su profundidad y su destino. Así pasa la vida, casi sin percatarnos.

Leyendo la crítica de Marx veo como nuestra cultura ha degenerado. Sí, es cierto que tecnológicamente hemos avanzado casi de forma mágica. Ya nadie entiende cómo funcionan los píxeles o las ondas de radio. Vivimos en un mundo donde la tecnología nos ha superado, y pronto lo hará la robótica y la Inteligencia Artificial. Muy pronto. Pero culturalmente hemos involucionado hasta tal punto que lo más emocionante que nos ocurre al día es ver, pasmados, embelesados, lo que ocurre en las redes. ¡Qué nombre más apropiado el de redes! ¡Así estamos de atrapados!

El Estado Libre que añoraban los socialistas de antaño está muy lejos de ser conseguido. Primero porque nuestras condiciones de vida no han permitido liberarnos de la pesadez y esclavitud del sistema salarial. De hecho, la sociedad actual se ha aburguesado tanto, valga la paradoja, que sería impensable intentar buscar fórmulas de liberación masiva. La servidumbre se ha convertido en mansedumbre. Nadie estaría, en su sano juicio, dispuesto a pervertir ni un ápice el sistema actual. El precio todo lo sabemos. Oscuridad. Oscuridad cultural, oscuridad espiritual, oscuridad social. Un mundo oscuro iluminado tan solo por las telepantallas orwellianas. En el camino, hemos olvidado la luz, y de paso, la fuente de toda vida. Por eso esta civilización está espiritualmente muerta. Y por eso, seguramente, algo está ya agonizando. ¿Qué hacer entonces con tal moribundo? Poco. dejarlo morir mientras trabajamos de nuevo en la vida que está por nacer. De ahí la importancia de actuar hacia otro rumbo, hacia otro sentido, hacia otra dirección. Y siempre buceando en las fuentes de agua viva.

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Equinoccio. Lleva la barca más adentro.


El árbol nido, el primer árbol que apadrinamos en este lugar…

 

«Lleva la barca más adentro». Lucas, 5,4

Hizo un día precioso. Me levanté temprano, cuando aún los cielos aparecen oscuros y los primeros trinos se escuchan tímidos en el bosque. Había un silencio especial, dulce, apacible. Fui al gallinero y saludé a las gallinas y los coquetos patos que salían a la carrera para disfrutar del estanque. Es un ritual mañanero hermoso. Es como ver la vida correr en búsqueda de experiencia, de sensación, de luz. Los patos tienen una inteligencia superior a las gallinas. Además, tienen siempre ese rostro sonriente. Me acerco a ellos. Me gusta sentir cómo palpan con sus picos curiosos los dedos de mi mano. Es un saludo cómplice, de amistad. Me alegra saber que aquí están a salvo de futuras potas, y que su muerte será natural, salvaje, libre.

Como estoy solo estos días organicé la jornada al gusto. Con tentempiés, saludos al sol e idas y venidas al bosque para ver cómo se desarrollaba el último día estival. Sin prisas, sin pausa, descansado, atávico. En pocas horas había que recibir el equinoccio, aquí, en el septentrión, el de otoño. Miraba los árboles. Los rozaba con suavidad, agradecido. Imaginaba sus raíces, todas entrelazadas unas sobre otras, y también su comunicación invisible. Miraba sus copas que ya desnudaban las últimas hojas y veía cómo la suave brisa las arrastraba de un lado para otro.

Este año tampoco habrá cosecha de castañas. Y ya es el tercero que no podemos disfrutar de ese sabroso fruto. Es como si la peste maldita que nos azota, también tuviera su réplica en los otros reinos. Sentado en la hierba y rodeado por gatos y patos, cerraba los ojos para intentar imaginar el mundo elemental y preocuparme por su estado. Elementos del agua, de la tierra, del aire, del fuego… Cada cual en su trajín por mantener el orden universal desde el mundo etérico. Cada cual en su tarea evolutiva que transcurre de forma independiente y paralela a la nuestra. Sin contacto alguno, sin posibilidad de admirar su reino, pero presentes en sus arquetipos, en sus trabajos invisibles y perfectos.

Llegaron las primeras cartas interesándose por el grupo simiente de la escuela. Eso me llenó de ánimo. Esta fase será muy diferente a la anterior. Más silenciosa, más organizada, más productiva, más armoniosa y tranquila. Quizás los representantes del mundo arquetipo deseen tocar el clarín en los corazones de aquellos que deberán pactar la construcción de este segundo lugar. Tras el éxito de la reconstrucción de la casa de acogida, no es tanto el edificio que se vaya a construir para albergar la escuela como el significado profundo de lo que allí se hará. Aún es pronto para desvelar todos sus secretos, para desplegar todo su potencial causal, pero ya se están sembrando las primeras bases, los primeros pilares de ese templo aún desconocido y misterioso. Hay mucho trabajo por delante y el tiempo pasa raudo. Hay una urgencia contenida porque el azar también juega su papel en el mundo de los ciclos.

En estos próximos siete años, tenemos que llevar la barca aún más adentro. Y el infinito océano marcará las pruebas. Y los horizontes la esperanza. El nuevo mundo solo podrá conquistarse por valerosos y pacíficos guerreros, ágiles y sin equipaje. Ligeros como plumas pero radiantes como antorchas. Cada cual preparando su viaje en tan diferentes puertos para luego encontrarnos en el ancho mar de la meditación, el estudio y el servicio. Siempre navegando hacia lo inevitable que no es otra cosa que la construcción de una ética viviente, una fase superior de la buena voluntad al bien.

Hoy empieza el equinoccio. Que la vida nos llene de esperanza, de ligereza. Los árboles se desnudan una vez más. Hagamos nosotros lo mismo. Dejemos caer lo viejo, lo añejo, lo caduco. Dejemos que nuestros cuerpos y nuestra alma se desnuden para entrar así en el reino del silencio. Llevemos la barca aún más adentro. La vida nos está esperando con entusiasmo y alegría.

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Acogida excepcional Equinoccio de Otoño


Es un error permanecer en silencio cuando es oportuno hablar.
Pero si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no hace falta que abras la boca. El silencio es el muro que rodea a la Sabiduría.
Aforismo sufí anónimo. ”99 aforismos”. Sabiduría Sufí

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque
por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.
(Hebreos, 13-2)

Estimados amigos,

Ante todo, esperamos que estéis bien, en salud y armonía interior y con ganas de seguir progresando interiormente. Tras este largo periodo de silencio, tenemos la necesidad de comunicar que estamos recibiendo muchas llamadas de auxilio para intentar ayudar a aquellos que en estos tiempos difíciles están pasando por un mal momento. Por ello hemos decidido seguir con el proyecto cerrado hasta la próxima primavera, pero acoger excepcionalmente a todo aquel que esté pasando por alguna situación compleja o difícil. Si estas leyendo esto y ese es tu caso, no dudes en escribirnos para ver de qué manera podemos apoyar vuestra situación.

En estos meses de silencio, la casa de acogida ha avanzado mucho. Aún no está terminada ya que la crisis del Covid nos alcanzó en plenas obras. No sabemos cómo ni cuándo podremos continuar, ya que de momento lo tenemos todo paralizado. La falta de actividad no ha generado ningún tipo de recursos para poder continuar con grandes inversiones, así que estamos a la expectativa.

A pesar de ello, en este verano son algunos los Amigos de O Couso que se han acercado en turnos de no más de diez personas para echar una mano en las labores de mantenimiento y reconstrucción. Estamos realmente agradecidos por el impulso que esto ha supuesto y por la grata compañía. O Couso está cada día más hermoso y habitable gracias al esfuerzo de cientos de personas que han ayudado a su reconstrucción. Podemos decir con cierto orgullo que lo que hace casi siete años era una ruina, ahora ya es una casa habitable. Hemos podido con ello demostrar que el apoyo mutuo y la cooperación son fuerzas mucho mayores que el egoísmo y la competencia, y pueden obrar milagros colectivos cuando la buena voluntad al bien es lo que rige en nuestras vidas. Estar alineados con las fuerzas vitales de la naturaleza, de la tangible y la intangible, nos ayuda a explorar de forma equilibrada todos sus misterios, compartiendo con ello la alegría de cualquier hallazgo.

En la próxima primavera termina el primer ciclo de siete años, donde teníamos como objetivo terminar la Casa de Acogida, un objetivo casi alcanzado. Este próximo otoño lo vamos a dedicar a preparar el siguiente ciclo, que consiste en la construcción de la Escuela Dharana, un lugar que servirá para agrupar a grupos que deseen profundizar en el autoconocimiento y la exploración interior, realizando en habitaciones privadas e individuales y en un edificio construido expresamente para este propósito con fórmulas milenarias de geometría sagrada. Para ello estamos trabajando en una nueva web, además de estar preparando con un arquitecto los planos para pedir los permisos adecuados. El arquitecto tiene un coste de quince mil euros y estamos viendo cómo poder afrontar este paso. También tenemos un primer presupuesto de casi diez mil euros para hacer el vaciado de la planta sótano. Esto será lo primero que hagamos en cuanto consigamos ahorrar ese dinero. Una vez esté realizado el vaciado, empezaremos poco a poco y con un plazo máximo de siete años, la construcción de la escuela.

Dada la situación que estamos padeciendo, vamos a regular tanto la acogida como el voluntariado a partir de ahora, limitando la capacidad según los espacios disponibles y el reglamento que se vaya produciendo en los próximos meses a raíz de la crisis sanitaria. Para la construcción de la Escuela y la programación pedagógica de la misma, vamos a abrir un plazo de presentación de voluntariado para poder afrontar así este reto.

La idea es crear un pequeño grupo simiente de unas doce personas que puedan comprometerse durante un periodo largo para acometer el propósito de la organización de la construcción de la Escuela, tanto material como pedagógicamente. Por favor, si estás interesado en formar parte de este grupo, avísanos con la referencia “Grupo Semilla Escuela”. El resto de las plazas disponibles quedarán de la siguiente manera:

Programa de Peregrinos: 7 plazas.
Programa de Huéspedes: 7 plazas (a partir del 21 de marzo).
Programa de Voluntariado: 12 plazas (por favor preguntar disponibilidad).
Programa de Estudiantes: 3 plazas (solo para el programa de ‘21 días de experiencia’).
Programa de Grupos: 10 plazas (a partir del 21 de marzo).
Programa de Vida en Comunidad: 3 plazas (‘3 meses de experiencia’, ‘6 meses de experiencia’, ‘dos años de experiencia’).
Programa de Amigos de O Couso: 10 plazas (por favor preguntar disponibilidad).

Actualmente tenemos 50 plazas disponibles, pero los programas solo podrán solaparse hasta un máximo de 25 personas. Gracias por la comprensión y gracias siempre por vuestro apoyo. ¡Vamos a por el siguiente reto! ¡Feliz Equinoccio!

Aquí podéis apoyar a la Fundación Dharana en sus próximos retos:

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Su presencia


La persona que nos ha pedido hoy ayuda viaja con dos yeguas… 😦

 

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque
por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.
(Hebreos, 13-2)

Entro en el cuarto y cierro la puerta. Leo las letras de una nueva llamada de auxilio. “Me quedé sin dinero y llueve y estoy un poco agobiado acampando por el monte y no sé muy bien a dónde ir… ¿podríais echarme una mano?” Cierro los ojos e intento buscar luz. Cierro los ojos y abro el corazón y noto su presencia. Es hora de hablar directamente con Deus.

El corazón acelerado, los secretos de la gente, la vida que se expresa. Tengo frío. Llega su presencia y tiemblo. En los montes hace frío. ¿Y qué comeré? ¿Y dónde dormiré? Ya no es él, ahora también soy yo. Porque llueve. Llueve, llueve mucho y hace frío. Lloro. Lloro ante la presencia, ante la impotencia, ante el dolor del otro, el sufrimiento. Cierro los ojos aún más. Abro el corazón. Es hora de hablar directamente con Deus.

Doblo las rodillas, me inclino. Siento su presencia. Junto las manos imitando a los que oran. No soy digno de que entres en mi casa, pero necesito Su presencia. No soy un santo, solo un mendigo más, un peregrino que necesita sanar. Pero las lágrimas vienen, el otro sufre, y yo aquí, buscando su presencia. No quiero oro ni plata. No quiero nada, excepto su presencia. Ya nada me importa. Me postro ante la grandeza y ante mi ridícula expresión. Amor, compasión… hace frío, mucho frío…

Salgo fuera, miro el cielo abriendo los ojos. Llueve, llueve mucho… Hace frío… entro en la habitación y cierro la puerta. Cierro todas las puertas para que se abra el alma, para que explote toda su grandeza, para que la compasión sea siempre gobernada por la justicia, la sabiduría y el buen obrar.

“Llueve y estoy agobiado”… No me detengo en la oración y en las lágrimas. El corazón acelerado requiere su presencia. Sin conocer sus secretos, sin poder acercar la mirada a lo más lumínico, pero sabiendo que una palabra bastará para sanarme. Su presencia es medicina. Abro el corazón, y al hacerlo, también abro el alma para que todo resplandezca en clara luz.

Y me levanto, conmovido. Abro la mano ardiente. La extiendo y abro las puertas de la casa. Todo se extiende, todo se multiplica. El frío se va, deja de llover. Sale el sol y los ángeles cantan en el coro celestial ese aleluya esperado. ¡Que vengan! ¡Qué vengan! Y que sea lo que Deus quiera…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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