Aprendiendo a Ser junto al Ser


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Las dos columnas que sostienen nuestro hogar: la fuerza y la sabiduría. Junto a ellas, a la derecha, casi invisible, espera la belleza. 

Acabo de encender la chimenea. He quemado en ella todos los virus de esta semana, algunos restos inidentificables, algunos manuscritos ya editados y cosas que uno encuentra ya sin valor. Me hubiera gustado mucho estar un poco más junto al fuego de la casa compartiendo conversaciones en inglés con la hermosa alemana y su hija que estos días nos acompañan. Pero no he querido cogerles cariño. Vienen con dos perros y se tienen que marchar en unos días. Es la ley. A pesar de que siempre intento ser flexible y hacer cientos de excepciones, es algo que no gusta. Así que intento no batallar, regirme al guion establecido sin mayor argumentación. El fuego en la casa ardía con fuerza, la conversación era amena, recordando viejos tiempos cuando vivía en el norte de Alemania, en la hermosa región de Wendland. Llueve como lo hacía en aquella añorada granja de caballos. Hace frío, pero el fuego arde.

Estoy feliz porque esta mañana hemos podido pagar una semana más a los tres obreros. Cada semana es un reto, y como dicen por aquí, haber si damos salido. Las obras avanzan deprisa y eso nos satisface. Personalmente no tengo fuerzas para seguir subido a tejados o haciendo cemento o poniendo suelos. Eso me ha envejecido demasiado. Ahora me siento torpe, casi sin energía, y la necesito para lo que ha de venir. Me declaro inútil, cansado e ineficaz para esas cosas de la materia densa. Casi seis años de grandes esfuerzos, de grandes sacrificios personales deben llegar a su fin. Prefiero endeudarme por un tiempo más que seguir sufriendo. Prefiero que por fin la casa se termine y que en los próximos años podamos dedicar nuestros esfuerzos al Jardín. Sí, como hacía Epicuro, y así convertirnos en los nuevos filósofos del Jardín, de un nuevo Jardín comprometido con nuestro tiempo, comprometido con el espíritu de esta época. Ya hemos pasado la fase en la que se ha podido construir la columna de la «fuerza». Interiormente nos hemos llenado de fuerza y voluntad. Ahora toca construir la columna de la «sabiduría» para junto a la fuerza crear la tercera de las columnas de cualquier templo que se precie: la «belleza». La belleza como símbolo inequívoco del amor.

Esa es la idea y comprendo que hacía falta esta pedagogía constructiva. Construir, cocrear entre todos era necesario plasmarlo en la acción, y no tan solo en el verbo. Uno puede hablar con mayor fuerza cuando ha experimentado la cosa en sí. Ya no habla en potencia, como muchos filósofos hacen, sino en acto, desde el acto, desde la acción. Cuando propongamos meditar desde la cocreación activa, sabremos de lo que hablamos. Habremos encontrado la fórmula para moldear la materia, para, como alquimistas, argumentar con suficiente detalle todo el proceso de transformación necesario.

La alquimia experimentada en los templos vivos, en la piedra viva, tiene mayor repercusión que la nominativa, la simbólica. El símbolo nos señala, pero el acto nos inicia. Uno puede pasarse toda la vida hablando de Dios, de la espiritualidad, pero esta tan solo se manifiesta inevitablemente en la acción: fuerza + sabiduría = belleza. La contemplación nos puede ayudar a comprender la necesaria tarea de transmitir, la urgente necesidad de ayudar allí donde haga falta. A veces al prójimo desconocido, como esa hermosa alemana y su hijo y sus dos perros que deambulan por el mundo sin un rumbo muy fijo, angustiados por los problemas que atraviesan. Me gustaría de nuevo saltarme a la tolera la ley y volver a hacer más excepciones. Pero eso crea desconcierto.
Así que antes de que se marchen intentaré, como hoy, dedicarles junto al fuego todo el tiempo que haga falta. Todo lo demás podrá esperar.

La fraternidad humana se construye a base de piedras vivas que arden junto al fuego, que comparten complicidades y futuros. Escuchar al otro, poder ofrecerle aunque sea por unos días algo de pan y cobijo, por muy distinto que sea, es una buena forma de espiritualizar el mundo, ya que de la escucha y el apoyo material y espiritual nace la empatía, la compasión, la fraternidad, la unidad, la cooperación. No podemos hablar de ser más humanos, de ser más espirituales si no aprendemos a estar con el otro, a ayudar al otro. De ahí el reto de crear comunidades abiertas, integrales. Es lo más espiritual que existe. Especialmente cuando te atreves a tener una casa abierta las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año aprendiendo a Ser junto al Ser, aprendiendo a humanizarnos siendo cada vez más humanos. Y la humanidad, lo que nos hace verdaderamente humanos, solo puede ser entendido con el otro, junto al otro, junto el fuego, dando, siempre dando, como hace la llama, como hace el Sol y los cielos, sin esperar nunca nada a cambio.

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Relato de un príncipe


 

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© Joe _ Fotos 

Había recibido, como príncipe, el decreto en el cual se me nombraría en pocos días diácono provincial. Lo leía con cierta curiosidad, ya que cualquier tipo de responsabilidad añadida requiere una entrega extra, una disciplina y un honor que conservar, un relato que lleve la dignidad hasta donde se pueda. Lo leía mientras me dirigía a la cita con cierta curiosidad por ver cómo se desarrollaría el día.

Llegué puntual tras pasar un rato en el Museo Arqueológico. El servicio me abrió la puerta. “La señora está en su habitación”. Escuché una voz que me gritaba desde la otra parte de la casa. Acudí a su llamada. “Como hay confianza, siéntate en la taza del wáter mientras hablamos”. La situación me pareció surrealista, pero la belleza del momento requería improvisar. Tenía una entrevista en un par de horas y debía maquillarse para estar bella. Me senté, como un príncipe, en el trono propuesto. Le pregunté si alguna vez había sentado a un príncipe en la taza del wáter. No creo que entendiera la pregunta, pero sonreí ante la situación. Hablamos un rato mientras se retocaba la cara con esos productos que las mujeres utilizan para ponerse bellas. Siempre he pensado que las mujeres son bellas por naturaleza y lo son aún más cuando posan en natural estado. Pero admito que esos retoques siempre les sientan bien, como cuando vivíamos salvajes en los bosques y retocábamos nuestras caras para celebrar algún tipo de ritual.

Me habló de su último libro, de sus peculiares Navidades. Prometió enviarme el último capítulo y hablamos sobre mil cuestiones. Para ella resulta imposible entender mi estilo de vida. No comprende que un príncipe pueda vivir en una cabaña en mitad de un bosque perdido, pasando frío y quien sabe cuantas más calamidades, si con ello puede honrar la bandera que enarbola. Soy soberano de mi vida, y por lo tanto, tengo la libertad y el deber de ser el primero entre los primeros para defender la belleza y la virtud. Tengo una amiga que siempre me dice que tengo que aprender a vivir, que tengo que buscar la felicidad y pensar un poco en mí y no tanto en los otros. Bueno, eso de la felicidad es complejo. Te puedes sentir príncipe incluso encima de una taza de wáter.

Uno a veces es más feliz cuando no tiene nada que cuando tiene muchas cosas. Las cosas dejaron de tener sentido, excepto aquellas que puedan ser útiles o ahonden aún más en el sentido de libertad o virtud. Un móvil, un ordenador y un vehículo es por lo único que siento cierto apego. Del móvil podría prescindir sino fuera porque me da internet y con ello puedo comunicarme con cierto mundo. El ordenador es mi herramienta de trabajo y me permite escribir. Aun recuerdo con cierto dolor cuando no existían y el sustituto era la máquina de escribir. Requería mucho poder de concentración escribir a máquina para no equivocarte ni cometer erratas. El coche es algo que me da libertad. Viajar es de los pocos placeres que aún mantengo en secreto.

Salí del trono y nos fuimos al hermoso salón. Pregunté por educación dónde quería sentarse la anfitriona. El plato que quedó para mí no me gustaba donde estaba situado. No me gusta dar la espalda al mundo, y menos aún a la persona que nos estaba sirviendo la comida. Así que lo cambié de lugar y me senté en un lugar que vi más apropiado. La anfitriona se asombró. “Nadie nunca se había atrevido a hacer algo así”. No era por descortesía, era por confianza. Si por confianza me había sentado en la taza del wáter, me veía con la misma libertad de cambiar el plato de lugar. Le recordé que era un príncipe, y que los príncipes, aunque su trono temporal sea una taza del wáter, tenemos potestad para sentarnos dónde queramos, normalmente cara al sol, para que los rayos celestes iluminen mejor los rostros.

Ya en la mesa instalados hablamos sobre la profundidad, o no, de los pensamientos vagos que vienen y van y condicionan nuestras vidas, con sus miedos y avatares complejos y enrevesados. Averiguar la naturaleza de esos pensamientos es un trabajo ingente, nos decíamos, ya que normalmente producen sufrimiento. Lo decía Buda y él mismo nos daba algunas pautas -el noble óctuple sendero- para atajar el sufrimiento, el dukkha, y así llegar al nirvana. Supongo que el Buda hizo un gran esfuerzo por actualizar las enseñanzas del yoga y el también óctuple sendero que ya Patanjali describió unos siglos antes. Sea como sea, últimamente intento pensar que lo mejor que se puede hacer con esos pensamientos es ignorarlos, y poner, siempre que se pueda, el enfoque en la luz, o en aquello que entendemos como luz, como expresión superior de nuestra naturaleza.

Nuestros miedos, inseguridades y pesadumbres siempre van a estar ahí, es inevitable, vivimos y tenemos nuestro ser en un cuerpo humano con todo lo que eso implica. Cargamos con el peso genético, físico y psíquico, de antepasados que han sufrido todo tipo de calamidades, guerras, asesinatos, violaciones, hambrunas y enfermedades. Es normal que de vez en cuando nos asalten esos genes y nos llene la vida de bloqueos, de miedos, de angustias, de sufrimiento.

Somos seres descontentos e insatisfechos, por eso siempre sufrimos. Haber nacido en un tiesto u otro no nos libra de sus defectos y debilidades. Mi anfitriona podría abastecer durante treinta o cuarenta generaciones una vida digna a sus descendientes. Pero ni siquiera ese tipo de riquezas nos liberan del miedo a la soledad, del miedo de no haber sido dignos de nuestra vida, de no haber hecho aquello por lo que fuimos llamados. Así que, con respecto a esos pensamientos locos, solo debemos abrazarlos humildemente entregando nuestra vida por completo al Ser, a aquello que nace del Logos, de la parte más sublime de toda naturaleza. Esto es complejo cuando nos sentimos siempre insatisfechos y no tenemos capacidad de elevar nuestra mirada hacia lo más sublime de la vida.

En pocos meses hará dos años que no tengo pareja. Ahora que lo pienso, creo que siempre he tenido pareja por miedo a estar solo. Pero ahora siento que la soledad puede ser una llama. No lo digo yo, lo dijo el poeta en un arrebato de soledad. Si vuelvo a tener pareja no será por necesidad de ella, sino por amor. Pero no cualquier amor, sino ese amor que se entrega en silencio sin esperar nada a cambio. Eso también puede ser una llama, una luz, y algo hermoso cuando es correspondido. No hay respuestas a las preguntas sobre el sufrimiento, sobre los pensamientos que nos atormentan. Solo podemos seguir caminando hacia nuestro inevitable propósito y confiar en que cuando lo hacemos, el horizonte se abre ante nosotros de forma diferente. Si hay algo contrario al sufrimiento debe ser el amor. El amor incondicional. Eso que uno siente cuando lo sientan en la taza de un wáter y sonríe amable ante la circunstancia. La virtud del momento es lo que nos hace príncipes. El amor, eso es lo que hace la vida bella y virtuosa.

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Los diseñadores invisibles


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© Marie-Claude Massouri

Me siento feliz y honrado si puedo ser útil a otras causas. Venir a Madrid para apoyar nuevos puntos de luz en la mente infinita del Inconmensurable no hace más que alentar el servicio hacia ese propósito vital. Puedo sentir la fuerza de la llamada, y entregar todo cuanto soy a la misma. Es algo irracional que no puedo explicar. Solo me entrego en silencio, creyendo con firmeza que la fe y la esperanza son inquebrantables cuando se unen a una misma misión.

No deja de ser paradójico ver como en el fondo hay almas despiertas trabajando para un mismo Jefe. Esa órbita está y las llamadas responden a un mismo sonido, tono y latitud. Los Jefes Ocultos están en todas partes, a veces disfrazados bajo símbolos arcangélicos y otras entre confundidos con halos de maestros ascendidos que laboriosamente tejen la madeja existencial.

No importa realmente la naturaleza de esas fuentes que dan agua al sediento. No importa los nombres que según la tradición pongamos a unos y a otros. Si partimos de que la vida es un auténtico Misterio, algo o alguien debe gestionarlo de alguna forma. Digamos que la vida campa bajo una arquitectura diseñada con esmero para que cada minúscula partícula encaje a la perfección. Desde nuestra ignorancia no podemos comprender esa perfecta armonía. Solo vemos caos y oscuridad. Pero algo vive en los mundos arquetípicos que produce Orden y Concierto. Algo sobrevive, más allá del aparente azar.

No se podría explicar sino tanto esfuerzo por sobrevivir. Desde hace millones de años que el primer homínido levantó la nariz verticalmente y oteó el horizonte de forma equilibrada hasta nuestros días, la supervivencia ha sido una constante. El deseo de vivir, de expandir la vida y con ella, de paso, y ahora más recientemente, también la consciencia. Es fascinante. Siento admiración por todo cuanto se ha creado. Cada detalle minucioso, cada minúscula expresión en los rostros de cientos de millones de seres sintientes que apremian para que la vida continue.

En el mar de dudas que nos asolan hay un misterio que nos da respuestas. La causa final de toda esta comedia aún no la percibimos del todo, pero sí podemos empezar a cuestionar que no estamos solos, que no vagamos a nuestro libre albedrío sin mayor desdén que la suerte o la fortuna. Hay algo que por su propia naturaleza invisible debe gobernar todo cuanto acontece. Algo mayor, más complejo a cuanto filósofos y místicos hayan nunca podido imaginar.

Esa creencia es la razón por la que la humanidad sobrevive a su propia autoconsciencia. Ya hemos dejado de ser seres meramente razonables. Ahora tenemos consciencia de que la vida es un reguero de fuerza imperecedera. Y de que, además, su manifestación es tan sólo un ápice de lo que somos capaces de apreciar realmente. La dimensionalidad de todo cuanto es se nos escapa.

Por eso es imposible que pueda vivir una vida ordinaria y corriente, y necesite, urgentemente, participar de esa cocreación arquetípica. En ese diseño, en ese plan, en ese propósito que los maestros conocen y sirven calladamente, uno puede intuir con cierta torpeza un halo de continuidad. Como si todo fuera una misma cosa que se manifiesta en mil formas para dotar de riqueza al conjunto de la existencia. Y siendo una forma divisible, ante el asombro de la propia verdad, uno se siente parte de algo mayor, indivisible, formalmente arrollador. Esa creencia permite cierta audacia, cierto agradecimiento constante, cierta valentía a la hora de afrontar los hechos que se presentan. Hay mucho por hacer, nos dicen los arquitectos del arquetipo, los diseñadores invisibles. Hay mucho por tejer desde todas las dimensiones a las que podamos rozar con nuestro aliento. Tengo sed de servicio, de entrega a ese oculto destino. Tengo sed de maniobrar como un testigo que lanza silenciosamente bocetos al mundo.

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Barcos de libertad


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A media noche hacía frío en la estación de tren. No había ningún pasajero, y a veces dudaba de que el tren llegara en algún momento. Miraba el reloj con insistencia. Cada segundo se hacía interminable. La soledad de invierno, el silencio de unas vías sin pasajeros, de una estación vacía, triste, desolada. Llegó el tren sinuoso con algunos minutos de retraso. Tenía el vagón número 25 pero la pesada máquina a gasoil solo traía dos vagones. No fue difícil averiguar cual me pertenecía. Entré en el vagón oscuro. Había unos siete pasajeros más. El revisor me pidió el billete, como si alguien más, quizás algún fantasma, se hubiera subido conmigo. Para ser un tren nocturno no parecía muy cómodo. Los asientos no se echaban para atrás, el vagón estaba sucio y era muy antiguo, quizás algún remanente sacado de algún cementerio de trenes. La imagen era desalentadora, diría que dantesca. Apoyé como pude la cabeza entre la ventana y el asiento y me dormí a ratos, despertando cada media hora por la incomodidad y el frío del lugar.

El tren llegó a la estación de Chamartín. Ayer noche, antes de marcharme, vi que habían hecho un pedido que debía ser entregado en el Paseo de la Habana, muy cerca de la estación. El pedido lo habían hecho a eso de las once de la noche de un domingo y a eso de las nueve de la mañana del lunes ya había sido entregado. El libro en cuestión estaba siendo muy comprado por personas de extrema izquierda pero para mi sorpresa, fue entregado en una organización de extrema derecha. Supongo que por eso de conocer al enemigo. La persona que lo compró, un conocido defensor de valores ultracatólicos, alucinaría por la rapidez del servicio. Algo nunca visto. De qué manera explicarle que se lo había entregado el propio editor de la editorial que además había prologado el libro que había comprado. El Paseo de la Habana está cerca de Pio XII y de la calle Triana. Pasé por la puerta de la casa que antaño tanto frecuentaba. Miré la ventana de la que había sido mi habitación en muchas ocasiones. Sentía algún tipo de nostalgia, como si en estos años hubiera ganado muchas cosas que, a su vez, había perdido. Tanta gente que viene y que va. Me gustaría que nadie se fuera, que todos permanecieran de alguna manera. Pero la vida es pura impermanencia, solo quedan los valientes, los auténticos, los verdaderos.

Como no quería molestar a nadie con esta tos bronca que tengo desde hace casi un mes busqué el hotel barato que frecuento últimamente. En la periferia la gente es peculiar. Viven agotados, con caras cansadas, grises, desfiguradas, imbuidas entre pantallas y miradas perdidas. Me dio tiempo a asearme un poco, afeitarme y encaminarme hacia esos barrios de la alta alcurnia. En ambos me siento bien. No tengo apegos, ni sobre la riqueza ni sobre la pobreza. Puedo deslizarme de un lado para otro sin mayor complejidad. Ser rico o ser pobre es una cuestión de suerte. Sin embargo, la aristocracia y la nobleza interior es algo muy diferente. He conocido a auténticos mendigos con un halo aristócrata y a auténticos aristócratas que viven una vida miserable. La elegancia es algo que ennoblece el espíritu, pero no tiene porqué venir asociada a la riqueza o a la pobreza. Ser un príncipe nada tiene que ver hoy día con tener dinero o títulos. Especialmente para aquellos cuyos reinos no son de este mundo.

Antes de la reunión en la calle Serrano, en esa hermosa casa que me trae algún recuerdo lejano, comimos en la histórica Residencia de Estudiantes, lugar frecuentado por ilustres personajes que decoraron sus paredes a principios del siglo pasado alrededor del movimiento pedagógico que se creó en la Institución Libre de Enseñanza. No caí en la cuenta del lugar emblemático en el que nos encontrábamos hasta que nuestro anfitrión nos dio alguna pista. De repente me sentí acogido y abrazado por la historia, afortunado por estar allí, tantas y tantas veces, sin saber que estaba “allí”. Qué paradoja. A veces me pregunto todas las cosas que me estoy perdiendo por haber reducido mi vida a pervivir en una cabaña perdida en los bosques. A veces se me llena el alma de acción y desearía estar entre el ruido y las gentes haciendo «cosas». Son ramalazos que me dan cuando vuelvo a estos lugares y recuerdo mi pasado de acción y acción en esas «cosas». Ahora la vida me pide otras cosas. O eso creo yo. Aún ando revisando mi existencia y preguntándome, sin perder ni un ápice de fe, porqué me ha dado por esta vida tan radical.

Después de comer y antes de la reunión que teníamos a las cuatro nos dio tiempo de visitar una exposición sobre los barcos que llevaron hasta México a miles de exiliados españoles que huyeron de la Guerra Civil. Leer sus testimonios y ver sus caras era impresionante. Cuantas cosas se perdieron en esa guerra. Cuantas gentes se marcharon. Cuantas familias rotas. La vida y sus ciclos migratorios. La vida y sus complejas contradicciones. Hijo de emigrantes, apátrida como pocos, sentí cierta nostalgia por esos barcos de libertad. El no tener tierra ni raíces, terrestres y celestes, te hace vivir en una constante nostalgia cuyo horizonte siempre, inevitablemente, se halla en el infinito.

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Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa


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“Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tu puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre. No caigas en el peor de los errores: el silencio”. Walt Whitman

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Es un reto que había que afrontar. El evento de Emilio Carrillo el próximo verano, a tan solo seis meses, requiere cierto riesgo. Un primer presupuesto de trece mil euros para aislar la casa por fuera y recuperar algunos suelos y a la espera de un segundo presupuesto para terminar todo lo restante, dos habitaciones, dos estancias más, algún pasillo y ventanas. Aún no sabemos como lograremos ese dinero. Me he puesto a trabajar como loco en la editorial para buscar recursos y algo de dinero hemos podido adelantar gracias al apoyo de estas Navidades. Pero queda ahí el reto, arriesgado, pero necesario. Deseamos terminar este año la casa tras por fin terminar el tejado y la cocina nueva y queremos que para este verano los trabajos se centren en el aspecto armonía, el jardín, la huerta y las cabañas para acoger a más valientes que quieran expandir aquí su estancia y residencia. Ahora ya lo sabemos: con el tiempo se ordena todo.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. El patio está quedando impresionante. Es la parte que mayor presupuesto se lleva de toda la obra junto al aislamiento de todo el perímetro de la casa. Estamos emocionados por ver como avanza todo a buen ritmo, algo inaudito ante lo difícil que es encontrar y comprometer a una cuadrilla de obreros que se pongan manos a la obra. Tres personas están contratadas para la tarea con la esperanza de que todo vaya sobre ruedas y podamos recuperar lo que resta de la casa. Cada día de trabajo, cada semana, es un reto.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Realmente es emocionante porque después de casi seis años de grandes esfuerzos, de mucho sacrificio personal y colectivo, con un poco de suerte la casa estará por fin terminada en menos de seis meses. Es un reto importante que nos dejará margen para respirar y para dedicar a partir de ahora todos nuestros recursos a mejorar la acogida, la alimentación y el bienestar general de todos. El hecho de tener el tejado terminado, una cocina nueva, tres habitaciones totalmente finalizadas y equipadas y próximamente todos los suelos de la casa y el resto de habitaciones, es algo que nos ilusiona especialmente.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Este año será por lo tanto, en nuestro sexto aniversario, el final de la gran obra, el final de la gran casa de acogida abierta para todos y disfrute de todos, una casa realizada y construida por todos los amigos de O Couso y de ahí su profundo valor y significado. Una muestra palpable, pedagógica y real de que entre todos podemos hacer muchas cosas, de que gracias al apoyo mutuo y la cooperación se puede restaurar una ruina medio derrumbada. Nos sentimos orgullosos por haber hecho posible este gran reto y nos sentimos felices de que todos podamos disfrutar de esta casa. Una casa abierta las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año que acoge a todo peregrino del Camino o del Alma sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio.

Estamos especialmente agradecidos a todos los que lo hacen posible y estamos especialmente agradecidos a todos los que nos ayudarán a dar este último empujón. Gracias de corazón, gracias por aportar una estrofa. Seguimos demostrando que otro mundo es posible con hechos. Seguimos trabajando para que la Gran Obra continúe, aunque el viento sople en contra.

Si queréis apoyar este último eslabón de la casa de acogida, aquí os comparto la cuenta de la Fundación Dharana:

ES54 1491 0001 2121 2237 2325

 

La conquista del paraíso


 

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© Nick verde 

Hay un libro antiguo cuyos versos son difíciles de entender. Por más que lo leo, lo repaso y lo estudio, algunas cosas son indescifrables. Veo arena entre sus páginas, vientos que atrapan al lector, huracanes a veces, sempiternas palabras sumergidas en los lodos de las sendas. Hay voces cuyo idioma sería imposible comprender. Talentos que se esgriman en lejanas montañas azules. En sus desiertos hay secretos impenetrables. Sonidos que marcan maravillas, espacios sumergidos, tiempos inexistentes, aullidos en noches oscuras y nieblas en bosques oceánicos.

Hay un libro cargado de antiguos comentarios que destilan sabiduría de otro lado. Uno se siente afortunado por llevar más de media vida leyendo entre sus páginas doradas fingiendo entender algo, pero deleitando en cada frase y descripción mundos posibles. Leer no es solo comprender, imaginar o vehicular dimensiones, es también crear, erigir sonidos puntiagudos llenos de trémula aventura.

“La vida es Una, y nada puede tocar o quitar esa vida”. Reza el antiguo libro. “Que el grupo conozca la vívida, flamígera y saturante Vida”, continua el viejo comentario. Hay un azul índigo que protege el espectro de estas palabras, aún a sabiendas que fueron escritas para un tiempo futuro, para ese tiempo en el que la protección sería violeta, como la llama del séptimo rayo. Hay un hecho fundamental en esas palabras: todo está impregnado de vida. Es una creencia que nace del hilozoísmo, pero describe a la perfección varios aspectos de la organización del cosmos. La materia no puede ser entendida si no se somete a la intuición y la intención espiritual que la conmueve.

Parece que poco sabemos sobre los reinos que nos envuelven. Algo empezamos a entender sobre los cuatro primeros, pero nada sabemos sobre el quinto, el sexto o el séptimo reino. Sólo los atrevidos que empujan la vida hacia lo más hondo del ser pueden proveer cierta lucidez a ese entendimiento, e intentar, levemente, dotar de luz a la ignorancia y ceguera general.

La Sociedad de Mentes Iluminadas es una organización discreta que intenta potenciar la luz en el mundo, la sabiduría, el bienestar. Sus cometidos, siempre discretos, silenciosos, no son más que los de allanar el camino que conduce hacia la comprensión. Son los que viven en el paraíso e invitan generosamente a los demás a que asuman su propia conquista. Comprendiendo las leyes universales, los secretos de la vida, de la consciencia y de la inteligencia unificada se allana el camino hacia ese paraíso perdido. Todo lo demás, todo lo que nos aleja de esta necesidad interior, es superfluo, innecesario. Todo lo demás solo nos distrae de la verdadera vida una.

De ahí la importancia de seguir leyendo el libro antiguo y sus versos. Escrito por miembros lúcidos, requiere templanza y serenidad para algún día abordar su paraíso como un pasaje real, vivido en la vida libre y amable, en la inefable circunstancia del ser.

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Encontrar nuevas palabras


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Unos días en cama con algo de fiebre y malestar general me ha permitido ver con detalle el bochornoso espectáculo de nuestros políticos en el Congreso. Hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza ajena. Describe a la perfección la configuración cultural y social de nuestro país, su educación, su progreso grupal. Realmente fue una visión panorámica de cómo los egoísmos territoriales se apoderan por un lado de exigencias y chantajes y de cómo unos bandos y otros parecen haber nacido bajo la presión de una sinrazón sin sentido.

El verbo es poderoso. Puede cambiar vidas y transformar ideas. También puede avergonzar a todo un pueblo. Es lo que único que uno puede sentir, vergüenza, cuando escuchábamos el debate de investidura en el Congreso. Incluso algunos de los que allí estaban sintieron esa vergüenza. Falta mucha generosidad en este país, mucho respeto hacia el contrincante, mucha dignidad, mucha amabilidad y mucho sentido del bien común. En mis años de política activa y militante me daba cuenta de que los que llegaban más lejos eran los que más gritaban, los que más engañaban, los que más manipulaban, los que conseguían machacar a los enemigos interiores para luego hacer lo mismo con los enemigos exteriores. Los buenos políticos, o la buena gente, terminaba abandonando ese barco nauseabundo de la política altanera.

Hay que encontrar nuevas palabras, nuevas formas de hacer política. Lo valiente no quita lo cortés. La España en la que vivimos es hermosa, llena de pueblos tan diferentes, pero convencido de que entre ellos hay un espíritu común que nos hace únicos ante el mundo. Pero es nefasto como nos tratamos los unos a los otros. Es nefasto ese rencor, odio y envidia que traemos de tiempos pletóricos… Algún día entraremos en la senda de la concordia, de la buena educación, del trato amigable más allá del ombliguismo de pensar que lo nuestro es lo mejor.

Qué aburrido resulta estar todo el rato pensando y hablando sobre lo nuestro o los nuestros sin dar la palabra al otro, sin pensar en el otro, sin ver las posibilidades de hacer cosas inimaginables juntos. Pero en España, y eso ya está demostrado, cada uno va a lo suyo, excepto esos acordes de solidaridad que de vez en cuando rezuman en las calles y los barrios y los pueblos más generosos. Ojalá algún día ese fuera el concierto general, la tónica, la música, las nuevas palabras. Ojalá la generosidad, el respeto y el aprecio hacia el otro fuera algún día nuestra verdadera bandera. Las demás solo son trapos tejidos de odios, guerras y egoísmos.

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Queridos Reyes Magos, deseo abandonar mi república


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Queridos Magos,

Vivo en una constante república de ideas. En un paraíso celeste cuya bóveda despierta en mí las mañanas de la existencia. Una delicia natural que puedo respirar asombrado por el poder que los elementos ejercen en nuestras vidas frágiles y pequeñas. No puedo pediros nada, porque lo tengo todo. No puedo, egoístamente hablando, desear más que el amanecer y el ocaso sigan resplandeciendo a dos luces, emblema de la riqueza, la diversidad y la transformación. Puedo serviros en la labor de enaltecer la multitud de la variedad de formas que se unen, en su esencia, al gran espíritu de las que nacen. No puedo más que inclinarme ante la grandeza de nuestra pequeñez, deseando quizás un día más para disfrutar del gozo y el bienestar.

Magos queridos, en esta república sin gobierno, me inclino respetuoso ante la perplejidad de la existencia. Si pudiera obrar mágicamente, solo entregaría mi poder a lo milagroso, asombrando con ello aún más la maravillosa corriente de vida que nos arrastra hacia los misterios. Si estuviera en mis manos, recogía el azote de las vuestras, para dejarme atrapar por el halo de la entrega y el servicio. Dejad que me rinda ante vuestro resplandor naciente, que me entregue sin duda, sin mácula, ante la majestuosa arquitectura de la ingeniosa Obra.

Magos de Oriente y Occidente, del Mediodía y el Septentrión, por favor, lo ruego, dejadme entrar en las filas de vuestro ejército celestial, para que cada día sea labor y no esfuerzo el vencer la desidia y abrazar la fábula permanente de la dicha. Si es cierto que existe un reino, dejadme entrar, dejadme que abandone esta república de ideas, para ser siervo y súbdito del resplandor de vuestro reino. Si es cierto que existe el paraíso y hemos nacido para su conquista, llenad mis alforjas peregrinas de suficientes provisiones para alcanzar ese destino. Que los avíos sean prendas de vuestra generosidad y atención, y que yo sea merecedor de las mismas. Si es cierto que sois magos y reyes con capacidad de gobernar el mundo de la ilusión, de la verdad y la dicha, deseo abandonar mi república.

Queridos Magos, ¿qué puede desear aquel que todo lo posee? ¿Qué clase de sueño puede perseguir aquel que se entrega en vida para alcanzar toda gloria silenciosa y silente? El taciturno esmero no es más que aquel que desembarca por las grandes puertas del Camino. Aquel que arrebata lo pequeño para engrandecerse en la batalla digna del espíritu. Vencer el cuaternario carro que arrastro para llevarlo más lejos, galopar con sus tres nobles corceles hacia ese reino de las Montañas, donde ángeles y presbíteros gobiernan en silencio, es y será mi único cometido. Seguro de poder alcanzar la puerta estrecha, no importa lo arduo de esa empresa para, arrodillado, espada en mano, atravesar el portal y ampliar así la fuerza y dimensión de las cosas, la visión amplia, en corazón ensanchado. Corazón ardiente y un filo siempre apuntando hacia vuestra luz.

Queridos Reyes Magos, deseo abandonar mi república, y ser vuestro súbdito leal. Abridme las puertas de vuestro reino, y allí estaré, por siempre, ensanchando la vida, en respuesta sincera a vuestra siempre infinita generosidad y labor invisible. Nada para mí, todo para vuestra Gloria siempre… Ese es mi más sincero deseo…

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Amigo de la mala suerte


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© brunozbruna 

Recluto y acojo en esta pequeña cabaña el antojadizo destino. Me acaba de llegar el presupuesto de reparación del coche accidentado y la broma va a salir cara. Quizás debería dejar de tener vehículos. Haciendo cuentas, casi me saldría más económico el no tener nada y simplemente desplazarme caminando. Si tenía que pasar, si era algo inevitable, me alegro de que pasara con mi viejo amigo Prius. Si hubiera sido con otro el remordimiento hubiera sido mayor.

Miro por la ventana pensativo, asumiendo el devenir, lo inevitable, y observo como la niebla polvorea todo el paisaje. Es algo hechizante cuando el frío se entremezcla con los sabores inciertos del invierno. Hoy se fueron casi todos y el silencio abrigó el lugar. Aproveché la decadencia física, el cansancio acumulado, la tozudez de un resfriado que no termina de marcharse, el agotamiento casi existencial, para quedarme tumbado, sin hacer nada, como un espectro que flota tres metros sobre el suelo y se deja llevar por cualquier viento. Hago repaso y es como si la mala suerte se hubiera cruzado en mi camino. Al final me haré su amigo, y le pediré que no haga mucho ruido si quiere seguir acechando. Uno se cansa de tanta prueba donde todo son pérdidas y ninguna ganancia. Quizás debería permitirme el lujo de no hacer nada durante una larga temporada. Dejar que todo se despeje, que la niebla se diluya y salga el sol. Si pudiera me marchaba de vacaciones lejos de todo, pero esa palabra está lejos de mi diccionario.

La niebla siempre es pasajera, como nuestras vidas. La felicidad es un algoritmo que depende de muchas cosas. También la profundidad de nuestra mirada en cuanto a los acontecimientos que nos rodean. Vivir en una cabaña es algo extraño. Aquí estás en mitad de la nada, te sientes desahuciado de todo cuando rezuma a normalidad. El bosque está calmo ahí fuera. No se escucha nada. La temperatura no sube aquí dentro a más de ocho grados. Es un sueño vivir aquí, aunque a veces me sienta atrapado en el mismo. Fuera hace más frío.

Ha sido una semana intensa. Encintando la futura cocina y ayer montando y colocando muebles. En unos días tendremos algo decente. El grupo de amigos catalanes que ha estado esta semana ha sido especialmente trabajador. Me sorprende el sobresfuerzo que mucha gente aporta para que este sea un lugar cómodo y cálido. Pero cada vez me voy dando cuenta de que este lugar, quizás exceptuando algunos meses de verano, nunca será cómodo y cálido. Resulta difícil acomodar una casa de piedra construida en el siglo XVI, inabarcable, solo a base de buena voluntad. He arriesgado de nuevo y he comprometido una nueva obra mayor. Será muy caro aislar la casa para que el agua no entre, pero es necesario hacerlo. El riesgo forma parte de este proyecto.

De forma paralela y silenciosa sigo tratando con el arquitecto italiano que nos está diseñando la escuela. Será el objetivo para los siguientes siete años. Y para los otros siguientes siete, intentar crear un núcleo fuerte de comunidad. Eso es lo más difícil porque aquí no hay aguas milagrosas, ni apariciones marianas, ni un suculento negocio económico ni unas instalaciones apropiadas ni un entorno con un tiempo envidiable. El lugar carece de casi todo, así que el esfuerzo será mayor.

De momento solo hay niebla, soledad, algo de frío, invierno. Me pasaré el fin de semana descansando. Estoy agotado y solo me apetece leer y escribir, contemplar en silencio la vida, sus misterios, sus derroteros. La vida es misteriosa, pero en la naturaleza aún lo es más. Miras un árbol o la yedra que lo cubre y todo parece diferente. Observas los ciclos y cala en la epidermis un halo mistérico. La vida ejerce cierta victoria sobre la forma, al igual que el espíritu lo hace sobre la materia. Desde esta pequeña cabaña puedo evocar al fuego, nutrir las vidas menores y mantener así girando la rueda.

Las vidas siempre pueden ser evocadoras. Pueden evocar una idea, una emoción, un sentir, una acción determinada. Podemos invocar a los dioses y esperar a que todo se resuelva de alguna manera. Hasta que nos damos cuenta de que lo mejor es ser evocadores de vida, aspirando a que la misma crezca de forma pacífica y amorosa. Seguiré leyendo y escribiendo. Toca descansar mientras el misterio se despliega y la vida prosigue su caudal inagotable… ¡qué misterio! Abrazaré la mala suerte, no me queda otra, y ya vendrán tiempos mejores.

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Ánimo viene de ánima


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A pesar del accidente de ayer, no me tembló la voz, ni el ánimo. Esta mañana una buena amiga me preguntaba sobre el significado profundo de este accidente. En términos anímicos, hay circunstancias que se expresan en nuestras vidas para poner a prueba nuestro ánimo, nuestro propósito. Son los guardianes del umbral, aquellos cuya misión es impedir el paso del neófito hacia la nueva experiencia. En los mitos aparecen como figuras monstruosas que impiden el paso en el camino del héroe hacia la siguiente estancia de la aventura. En la vida extraordinaria, aquella que pretende responder a la intendencia lumínica de los despiertos, las pruebas del umbral suelen ser diversas.

A un nivel más psicológico, la vida ordinaria está llena de pruebas que pretenden expandir nuestra consciencia. Una ruptura, una enfermedad, un nacimiento, una muerte, un accidente… Ese tipo de hechos extraordinarios merecen una atención especial, pues guardan tras de sí un mensaje velado para que podamos descubrir su profundo significado.

Gracias a la pregunta de mi querida amiga, a media mañana me marché a meditar a un lugar apartado del bosque. Dejé el encintado de la cocina para profundizar en lo ocurrido ayer. Enseguida me vino una respuesta clara. Tenía que tomar una decisión con respecto al proyecto, una obra mayor que requiere de un gran capital y que estaba rezagando por la envergadura de la misma y su propia complejidad. Pero en la meditación lo vi claro. Este accidente pretendía provocar en mí miedo para así abortar la decisión. Sin embargo, no ocurrió eso. En cuanto lo entendí, sin disponer aún de los medios suficientes para dicha obra, llamé al constructor para dar el visto bueno al presupuesto y seguir adelante. Como siempre, la osadía y la valentía precedió al miedo, y ni el accidente, ni las anteriores vicisitudes sufridas en los meses anteriores, podrían apartarme del ánimo, del claro propósito, de la clara luz que me empuja a seguir adelante.

En julio tenemos un evento importante en el proyecto al que debemos atender con una casa lista para acoger a mucha gente y un entorno apropiado para que todo salga a la perfección. Ese reto es solo el inicio de una nueva etapa, también el final de la construcción de la casa de acogida y el comienzo de la construcción de la Escuela de Dones y Talentos. Por eso hoy me sentía lleno de ánimo. Llevé el coche al taller y puse en manos del destino todo lo demás, aventurando la incertidumbre a la certeza interior.

Ánimo viene de ánima, de alma, de espíritu. La fortaleza de ese espíritu guía cada uno de mis pasos, y el miedo o aquello que lo provoca no podrán hacerme retroceder ni un ápice lo que interiormente siento. El viejo Prius será resucitado y volveremos a practicar los caminos, como un Quijote andante que va en busca de justicia y paz.

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La vida en un minuto


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Ayer éramos casi veinte personas en la pequeña ermita tras las visitas de última hora. Por un momento pensamos que no vendría nadie a celebrar el fin de año ya que habíamos avisado, en plenas borrascas, que la casa no estaba en condiciones. Pero muchos valientes decidieron venir con la sorpresa de que tras la tempestad vino la calma y pudimos disfrutar de un tiempo excepcional. Desayunar y comer en el prado en pleno invierno es algo que nunca habíamos hecho aquí. Así que hemos disfrutado de un tiempo hermoso, de sol y calor, con unos amigos hermosos que han querido compartir con nosotros este tiempo extraordinario.

Trabajamos por la mañana y por la tarde la dedicamos a compartir y preparar un poco el fin de año. Me corté el pelo al raso a modo simbólico, para olvidar el duro año pasado e intentar empezar con un ánimo diferente el nuevo año. No hubo una fiesta al uso. Sin alcohol, sin drogas, sin ruidos, sin televisión. Alguien nos había preparado una sorpresa hermosa. Uno a uno fuimos entrando en la pequeña ermita llena de velas encendidas y decenas de instrumentos puestos en un improvisado y pequeño escenario. Hubo un concierto que podríamos denominar de celeste o cósmico. Algo especial para despedir el año, con regalos incluidos, con abrazos y calor humano. Como no había uvas, hicimos el tradicional ritual de cambio de tiempo con los frutos de una granada que encontramos entre la fruta. Cantamos un OM y luego tomamos doce frutos.

Tras el pequeño ritual, los abrazos fueron muy divertidos. Terminamos todos en el suelo entrelazados, riendo de alegría, haciendo la croqueta unos encima de otros. Fue francamente un comienzo de año de los más divertidos que recuerdo. Tras las campanadas improvisadas nos fuimos a dormir pronto. El primer día del año lo queríamos empezar trabajando de forma animosa en la nueva cocina. Pasamos un día hermoso de compartir, de alegría, de cooperación por algo mayor a nosotros. Nos parecía surrealista estar pasando este tiempo tan especial encintando una habitación en una casa helada en vez de estar en un espacio cómodo. Sin embargo, estábamos felices.

Por la tarde bajé al pueblo para preparar unos paquetes de la editorial. De repente, en una curva cerrada y con una fina e invisible capa de hielo, perdí el control del coche. Durante un segundo pensé en lo peor. El vehículo empezó a balancearse de un lado para otro de la carretera, quedando a dos ruedas y estando a punto de volcar entre volantazo y volantazo. Pude evitar que volteara pero no pude evitar el accidente. El coche se estrelló contra la cuneta, la cual me salvó de una caída libre al vacío y al precipicio de las montañas. Por un momento sentí como si la vida se fuera en un segundo, y de repente resucitara.

Toda la parte lateral destrozada. No podía creer que empezara el año nuevo con un accidente de coche. Nunca había tenido un accidente de coche y aunque en ningún momento pasé miedo a pesar del momento de peligro y tensión, no podía creerlo. Me dio pena por el coche, que por un lateral quedó destrozado. Pero estaba feliz porque pude evitar algo peor. Mi integridad física estaba intacta, y me quedé un rato pensando que estaba pasando en este último año con los coches. Especialmente cuando me había gastado un dinero en dejar este listo, y ahora deberé pensar si lo vuelvo a reparar o lo vendo por piezas. Aún no puedo creerlo.

Pensaba que este nuevo año sería un año tranquilo, sin grandes retos, sin grandes problemas, pero veo que la vida no nos da tregua. La vida es así. Se puede perder en un minuto, en una milésima de segundo, o se puede ganar. Al menos estamos vivos. Hemos vencido al año anterior. Ahora toca conquistar el siguiente. Todo es frágil. Todo es circunstancial. Todo es impermanente. Estaremos atentos. Estaremos concentrados.

Feliz año nuevo a todos…

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2019, el fin de una década


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© Michel Rajkovic 

 

“Incluso la época de agobio es digna de respeto, pues es obra, no del hombre, sino de la Humanidad y, por lo tanto, de la naturaleza creadora, que puede ser dura, pero jamás absurda. Si es dura la época en que vivimos, tanto más debemos amarla, empaparla de nuestro amor, hasta que logremos desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado…” Walter Rathenau.

Algo se sumerge y remonta el vuelo sin mojarse las plumas, reza el Bhagavad Gita. Veníamos de una década difícil y esta no ha sido del todo fácil. Si los ciclos fueran altaneros, podríamos pensar que ahora entramos en una década prodigiosa, dónde la humanidad se une para avanzar en los retos comunes. Pero después de ver que los Leoneses se quieren separar de la ancha Castilla, uno ya no sabe qué pensar. Lo de la unión administrativa de los pueblos va a ser difícil, también lo de la unión fraternal.

Dos grandes retos nos esperan en esta próxima década: los nacionalismo y el cambio climático. El odio, o la ignorancia, en su defecto, campa a sus anchas, a veces escondido, disimulado en cosas abstractas. La unión fraternal aún está lejos. Esta nueva década que ahora nace no parece, aparentemente, muy esperanzadora en cuanto a afrontar juntos todo lo que nos viene. Vuelven los nacionalismos que dinamitaron la Europa en siglos pasados. Vuelve el egoísmo de los pueblos, que se ensalzan en ese ombliguismo enfermizo de pensar que lo nuestro siempre es mejor cuando no es nada cierto. Ni es mejor ni es diferente. Es solo un espejismo, un glamour inocente que desea separar, y no unir. Los seres humanos somos todos iguales por naturaleza. Sólo nos separa una visión corrupta marcada por hechos diferenciales mecidos en la cuna. Nuestra responsabilidad es vencer esas diferencias y unir todas nuestras fuerzas para combatir juntos los importantes retos climáticos que se avecinan. Si estamos entrando en una distopía, en un posible final de los tiempos, es mejor que estemos juntos.

A pesar de todo, si en esta década prodigiosa no hay guerras, habremos avanzado con respecto a siglos pasados. Europa ha mantenido la paz durante estos años y en el resto del mundo cada vez son menos los conflictos, al menos aparentemente. Visto así, no podemos quejarnos. Sí nuestros abuelos que vivieron guerras horribles. Nosotros, solo crisis materialistas por haber perdido algunas cosas que acumulamos ciegamente. El materialismo sigue avanzando cada vez con mayor virulencia. Pero habrá pronto una emancipación del mismo. Pronto entraremos en la época posmaterialista y la vida será diferente, al menos queremos que sea diferente, con nuevos valores, con una nueva ética viviente.

En lo personal no sabría como describir esta década. Puedo decir que he vivido, que ha sido apasionante y que básicamente he concentrado todas mis fuerzas en llevar a cabo una utopía. Como toda utopía tiende al fracaso, no puedo quejarme. Quiero decir que uno, optimista como es por dentro, sabía a ciencia cierta que el final de todo el invento sería una pérdida constante. Pero me queda el regusto interior de haberlo intentado, de haber conseguido crear unión fraternal entre seres dispares, diferentes, antagónicos, de haber creado un lugar inspirador quizás para próximas generaciones, no para la nuestra, que aún vive sumida en el egoísmo y la ceguera. El fracaso formaba parte de la victoria. Como cuando una semilla cae a la tierra y allí muere para que brote un gran árbol potencialmente lleno de frutos. Esa es la sensación de todo el esfuerzo de esta década. Una muerte en la tierra cálida y doliente.

Pero como en todo ciclo vital, algo se sumerge y remonta el vuelo. Si en esta década pasada nos hemos sumergido para que este lugar brotara, la próxima década debería ser un momento de remontar cierto vuelo. No sabemos aún hacia dónde. A nivel general, la tecnología avanza exponencialmente hacia lugares que aún desconocemos. Ahí tenemos la Inteligencia Artificial como protagonista que entrará en nuestras vidas muy pronto. Y también la robótica, a punto de revolucionarlo todo. Y nosotros empeñados en vivir una vida sencilla en los bosques, a contra corriente de todo lo que está pasando. Intentando ser amantes de la naturaleza para seducirla y para arrimar nuestros cuerpos frágiles y desnudos a sus pechos cargados de savia y dulzor.

Personalmente puedo decir que en esta década me emancipé materialmente, viví con energía la culminación de proyectos vitales como la utopía o la finalización de la tesis. También mi bagaje ha sido peculiar. Empecé la década viviendo plácido en las cálidas tierras del sur, en una bonita casa estilo bahaus demasiado grande para albergar a un solo hombre. De allí emigré a Madrid, dónde viví profundas experiencias que nunca olvidaré. Allí fui embajador consorte, disfruté de los placeres materiales y me vi envuelto en una vida de reconocimiento que culminó en las conclusiones en las que ahora me encuentro. Un recorrido vital desde el cálido mediodía al frío septentrión, donde ahora me encuentro.

Todo lo pasado estuvo muy bien, y quizás fue necesario para emprender el mayor de los viajes: el interior. Por eso decidí aligerar el peso del equipaje y enfrentarme a la vida desde la sencillez. Vivir en una cabaña en mitad de un bosque quizás haya sido la experiencia más increíble que he podido experimentar. Por eso, ahora que siento que este es mi verdadero palacio, me encantaría dedicar la próxima década a profundizar en ese viaje interior. Siento interiormente que lo que hasta ahora he experimentado ha sido tan solo un aperitivo. Ahora viene el viaje real, así hasta que logre desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado.

Feliz año nuevo a todos… feliz entrada a los prodigiosos años veinte.

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Propósitos personales para el año nuevo


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© George Digalakis 

Este año nuevo voy a ser un poco más egoísta. Quiero decir que voy a intentar pensar un poco más en mí, pues me tenía, y me doy cuenta, bastante abandonado. No significa con ello que mengüe mi generosidad hacia los demás, sino que esta vez será mesurada y más pensada, al mismo tiempo que aumentará mi generosidad hacia mí mismo. Sí, uno de los mayores propósitos para este año será ser egoísta, o si se prefiere, más generoso conmigo mismo.

También intentaré disminuir mis vicios menores. Es cierto que nunca he bebido una gota de alcohol, ni probado un cigarrillo o cualquier tipo de droga. En eso no tengo queja en cuanto a mi comportamiento saludable. Pero soy un yonqui del azúcar, aunque quizás podría decir que soy un adicto a algunas cosas que llevan azúcar. Sí, soy vegetariano desde los dieciséis años, pero mis amigos siempre dicen que soy más bien galletariano. Prometo para este nuevo año comer menos galletas, y menos dosis de turrón de chocolate. Esos son mis pequeños vicios menores. No quiero rozar ningún tipo de perfección con respecto a ellos, pero sí cuidarlos…

Con respecto a los mayores, no creo tener muchos, excepto una enfermiza adicción al estar enamorado. Pero prometo no enamorarme este año, ni meterme en relaciones de ningún tipo. No deseo tener pareja y voy a intentar ser más huraño en cuanto a las relaciones en tercera fase que impliquen un compartir de flujos de cualquier tipo. En estos últimos años he sido demasiado alegre en cuanto a dejarme llevar por cualquiera que me sonriera un poco, me diera algo de cariño y me guiñara cualquiera de los ojos. Este año, mi propósito será ser un auténtico estúpido cuando alguien utilice algún tipo de artimaña para seducir mis carnes. Lo siento, pero aún no me siento recuperado de mi último envite, y ya pronto hará dos años. Cuando alguien me bese y me diga eso de «no quiero hacerte daño», saldré corriendo porque seguro que lo hará. No tengo, que yo sepa, ningún otro tipo de vicio mayor.

Este año me voy a dar algunos caprichos. Nunca lo hago excepto para favorecer a terceros. Pero este año quiero ser extremadamente derrochón conmigo mismo. Todo aquello que se me antoje buscaré la forma de hacerlo. Iré a tomar pizza cuando me apetezca, me compraré una moto eléctrica porque para coche aún no me llega y viajaré siempre que mis ingresos me lo permitan. Como mis ambiciones materiales están más o menos consumadas, inventaré alguna para darme la sensación de que aún soy excesivamente humano y necesito derrochar en algo, aunque sea una tontería como ir al cine o comer pizza. Prometo que este año haré cosas normales.

Lo de la salud es algo que me preocupa. Siento que con los extremos esfuerzos de estos meses tengo el sistema inmunológico hecho añicos. Así que intentaré trabajar menos en aquello que no sea satisfactorio para mi alma o para mi cuerpo. Todo aquel trabajo que requiera un exceso de esfuerzo lo rechazaré de inmediato. Si alguien me llama para construir un tejado, juro que lo mandaré al carajo.

Me gustaría ganar más dinero. Tengo la empresa abandonada y de tanto pensar en los otros me olvidé de mí mismo. Este año deseo potenciar todo lo que ahora tengo. Me gustaría editar menos libros, pero mejores, que me llenen de auténtica satisfacción, y a poder ser, que además me aporten beneficio. Uno se cansa de perder tanto y tanto dinero con autores que nunca agradecen tu labor. Quiero mantener unas finanzas saneadas y no dar tanto, practicando así un poco la contención cuando un tejado se derrumbe o cuando toda la casa se inunde. Seré más precavido conmigo mismo, y no dejaré que nada de lo que pase a mi alrededor perturbe mis finanzas, excepto por fuerza mayor.

Aunque hoy es el día de los santos Inocentes, todo esto es verdad, y por supuesto, también es verdad lo de la pizza. Este año voy a comer muchas más pizzas que el anterior.

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Es Navidad


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«La cicatriz de Belén». Banksy instala en Belén un provocador pesebre con muro y agujero de proyectil

 

«En la naturaleza existen tres maravillas perpetuas: la magia de la materia, el milagro de la vida y el misterio de la humanidad. En todo ser humano se encuentran y se unen estas tres maravillas». Eros and Psyche, de Benchara Branford

Feliz Navidad a todos. Feliz renacer a la luz. Nace la luz y todo aquello que lo representa. Los dioses nacen en estas fechas, y los dioses son aquellos que portan la luz como hilos de consciencia que se precipitan en nuestra helada cueva. La luz vence porque requerimos de su esencia para poder ver en la oscuridad brillante que campa por todo el universo. La obsesión por la luz es precisamente esa. Allá fuera, en el universo, todo es oscuro.

Este año tuve la oportunidad de buscar la cuna en la cueva de Belén. Era una cueva oscura, desaliñada, desamparada. No era un lugar especialmente hermoso. La oscuridad era presente en el pequeño recinto que toda clase de peregrinos y turistas frecuentaban. Unos por fe, otros por curiosidad. Me aparté un tiempo mientras contemplaba a unos y otros ir y venir, e intentaba imaginar el pesebre. Allí escuché una voz y seguí una estrella, una luz, un rastro de luz. De todos aquellos que campan por el pesebre, ¿cuántos realmente llegarán hasta el Calvario? Es una reflexión profunda en estos tiempos, especialmente para aquellos que creen en la fe que envuelve toda la historia de Jesús el Cristo. ¿Quién realmente continua las sendas que ese inocente niño que hoy nace una y otra vez en nuestros corazones nos enseñó?

Pude seguir sus sendas, incluso oré en silencio en Getsemaní. Anduve por las calles de Jerusalén intentando entender el dolor que más tarde encontraría en el monte Calvario. Todos en el fondo tenemos sed de divinidad, hambre y apetencia de aquello que nos eleva como seres humanos. Pero necesitamos, año tras año, recordar el nacimiento de la Luz para poder acercarnos, aunque sea en breves instantes, a todo lo que ello comporta. A pesar de esa sed, nadie desea realmente implicarse en las arduas tareas del servicio y el sacrificio. Nadie está dispuesto a comprender los ciclos, con su expansión de vida, pero también con su decrepitud hasta la muerte. En estos tiempos de auténtica oscuridad, pocos festejan realmente la apetencia de Luz.

Cristo nació para recordarnos la importancia de dejar de ser humanos animales y convertirnos de verdad en seres humanos espirituales, que es como decir que seamos de verdad seres humanos. De ahí que lo que nace en Belén no es un pequeño niño cargado de símbolos y misterio, si no la anunciación de que algo nuevo está naciendo en el interior de todos los nosotros. Una semilla, un trozo del telar cósmico que se engendra para volvernos más cercanos a nuestra esencia. De ahí el recuerdo del nacimiento constante, en pleno solsticio de invierno, con la esperanza de que una y otra vez renazca en nosotros ese mensaje de fe y esperanza, de retorno a las fuentes primordiales, que no es más que el recuerdo de lo que realmente somos.

Necesitamos renacer continuamente en el recuerdo de nosotros mismos para revelar nuestras riquezas interiores. El mensaje de hoy es diminuto, casi no es percibido en su sutileza más profunda. Pasa desapercibido entre grandes cenas y comidas, entre fiestas y consumo. Pero es necesario reavivar en nosotros la llama de su esquema, de su realeza profunda. La Navidad no es solo un símbolo, es el recuerdo de todo nuestro peregrinar en la Tierra. Paz y amor a los seres humanos de buena voluntad, y que el recuerdo reavive la llama de luz. ¡Luz, más luz!

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Todas las sendas me son familiares


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© Humberto (Salo)

 

En algún lugar de la galaxia, por no hablar de algún lugar del más oscuro de los infinitos, debe hallarse una respuesta a nuestras inquietudes. Si paramos nuestras vidas y condensamos la existencia de todo lo pasado, presente y futuro en un solo instante, de alguna forma nos embriagamos en una tensión profunda. Si logramos parar nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros ánimos y nuestras necesidades corporales, algo que nace de lo más profundo de las nebulosas espaciales se manifiesta en nosotros. Las respuestas se amontonan en un diálogo incesante reducido a un segundo de inmensidad.

La diferencia entre un mago y un adepto es que el primero es capaz de transformar la realidad y el segundo, de adaptar su vida a la profunda transformación de lo milagroso. No es una cuestión baladí. La figura del rendido me fascina. La figura del entregado, del que comprende profundamente aquellas palabras que se pronunciaban con un calado inmenso al decir “hágase tu voluntad y no la mía”. Esas palabras encierran un misterio complejo, difícil de resolver. Los filósofos podrían dedicar algo de tiempo a describir algunas cuestiones fenomenológicas sobre ese asunto, pero pocos podrían experimentarlo con la inquietud propia del que consigue obrar dentro de sí estas cuestiones.

Por eso en algún lugar de la galaxia, que podría ser inclusive un lugar hallado dentro de nuestro pecho, debe haber una respuesta intuitiva a todas las cuestiones de la vida. Y cuando esas cuestiones se revelan en una suerte de intuiciones certeras, te entregas inevitablemente a la existencia, intentando, con el poder absoluto del discernimiento, penetrar en las sendas que son familiares.

La familiaridad tiene que ver con la gestión de dos tipos de cualidades que llamamos fuerzas y energías. Esas cualidades, y la calidad de las mismas, dependerán de nuestro esfuerzo para desarrollarlas dentro de nosotros. Uno puede transformar su realidad. Realmente no es nada complejo cuando se adquiere la habilidad de comprender las leyes que gobiernan la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad. Uno puede convertirse en un mago que obra trucos admisibles dentro de lo que algunos dan por llamar la fortuna. Pero la búsqueda incesante hacia lo milagroso es algo bien distinto. Ahí las sendas tienen que ser inevitablemente familiares, es decir, tienen que tener la capacidad de invitarnos a volver a casa, como símbolo inequívoco de retorno a nuestras fuentes verdaderas, a nuestra esencia, a la intimidad del Ser.

La complejidad de la vida no puede resolverse en un cúmulo de experiencias que nacen de la cotidianidad embalsamada, estática y solemne en la que vivimos sin un mayor sentido que el de ir tirando, sin más. Hay un vasto campo de experiencia que nos espera, y que espera de nosotros el despertar inequívoco a otras dimensiones de realidad, a otras visiones más allá de lo ordinario. Penetrar en la vida extraordinaria es sumergir nuestras ideas, emociones y prácticas en un vasto universo familiar, inabarcable, cargado de infinitud, capaz de volvernos radiantes, diferentes, extraños, al mismo tiempo que luminosos. Fuentes que irradian manantiales capaces de terminar con la sed, al mismo tiempo que luminarias que enfocan luz en el siguiente paso. Penetra el portal, destierra el pasado, fortalece la visión y ensancha la experiencia. Nos esperan los caminos, las sendas, lo milagroso.

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Sol invictus


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Mientras terminaba de ingerir mi hamburguesa vegetariana, llegaron desde Italia los planos provisionales de la futura Escuela. Sentí mucha emoción que apenas pude administrar como se merecía. La emoción me embriagaba, pero también, con la misma proporcionalidad, la carga de la responsabilidad inevitable.

Cabalgando sobre la borrasca Elsa me fui volando hacia Madrid con los planos aún en mente. Después del bofetón en el tejado y la salvaguarda de algún ángel custodio que me salvó de la catástrofe, se sucedieron una serie de cosas a cual más surrealista. Estaba con los ánimos por los suelos y deseaba algún tipo de calor, pero sin saber cómo, terminé durmiendo en el coche, como en los viejos tiempos, intentando dar rienda suelta a esa sensación de libertad que esa experiencia transmite. El día siguiente fue de vértigo. Comí con el amigo Joaquín, merendé con la amiga María y cené con mi otra querida amiga María. Esa noche la pasé en la habitación de un hotel barato, agotado, pero intentando refrescar la memoria de porqué siempre ando metido en todo tipo de líos.

Al día siguiente hermosa reunión en la fundación que me nombra patrono de la misma. Me ruborizo interiormente ante estos reconocimientos, no sé si merecidos, pero al menos, hermosos por ver como los demás te reconocen de alguna forma y ese reconocimiento siempre es gratificante. Estuvimos toda la mañana y después de comer marché de nuevo cabalgando sobre la borrasca Elsa hacia Galicia. Quedo felizmente agradecido, muy agradecido y honrado por ver como una de las fundaciones más grandes de Madrid honra mi presencia.

Llegué tarde, muy tarde. La casa de acogida estaba toda inundada. El agua de la borrasca y los vientos habían hecho sus destrozos. Llegar a la cabaña fue una odisea de agua y ramas caídas por los fuertes vientos. Apenas tuve tiempo de mucho más. Dormí unas horas y a las seis y media de esta misma mañana estaba de nuevo en pie. Llevé a uno de los huéspedes hasta Orense, esta vez cabalgando sobre la borrasca Fabien, aún más virulenta y peligrosa que la anterior. El coche se movía para todos lados, pero yo seguía firme en mi propósito de dejar el huésped en Orense y seguir camino hasta Vigo, donde íbamos a celebrar con los hijos de la viuda el ritual del solsticio de invierno, del Sol Invictus.

Me detuve en mitad del camino por la virulencia del viento. Aproveché para echar gasolina y cambiarme el disfraz. Pasé de índigo informal a negro ritualístico. La corbata me apretaba, me notaba hinchado por todas partes. No estoy acostumbrado a comer tanto pero la ansiedad de estos viajes llenos de borrascas me hacía ingerir de todo.

Llegué puntual a la ceremonia. No puedo desvelar mucho más porque se suponen que son ceremonias discretas, solo para los hijos de la gran viuda, los hermanos del espíritu libre o los que profesan el lazo místico. Allí estaban todos los talleres de Galicia y allí estaba un servidor, humilde, silencioso, responsable con la luz del sol, observante.

Tras terminar me fui corriendo dirección a Vilagarcía de Arousa. Allí me esperaba la hermosa Natalia, un auténtico ángel encarnado en la tierra. Quedamos en la cafetería la Ola, desde la que veíamos el mar y toda la borrasca en su pleno apogeo. Los coches se movían de un lado para otro, el viento lanzaba todo tipo de objetos por los aires y las ramas volaban como si fueran cometas. Pero nosotros a lo nuestro, como si ese apocalipsis exterior no afectara para nada nuestra paz interior.

Hacía exactamente un año que no la veía y teníamos que ponernos al día de muchas cosas. Estaba radiante, cambiada, mejorada con el tiempo. Me alegré mucho por su proceso de sanación, por su nueva vida, por su forma de encarar los nuevos retos. Hay personas que despiertan en ti la fuerza suficiente para seguir adelante, que desentraña con su intuición espiritual toda la madeja de los fenómenos que acontecen. Siento alivio por verme rodeado de estos ángeles. Siento paz interior por ver que a pesar de la peculiar travesía del desierto de este año, hay seres que sostienen con fuerza los lazos que nos unen. Me sentí muy agradecido por su mágica presencia, y por ver cómo entre los dos se desvelaban los secretos de nuestra unión. El lazo místico nos une, inevitablemente, pero también la complicidad de reencontrarnos y reconocernos.

Agotado, acabo de llegar a la cabaña. Escribo deprisa antes de que se agote la batería del ordenador. Cuando los días son grises las baterías no se cargan con las escasas cinco placas que tenemos. Tendremos que aumentar pronto la potencia para seguir trabajando.

Antes de que la oscuridad se apodere totalmente de este pequeño y frío recinto, pongo al día de forma alborotado mil ideas. A partir de hoy los días serán más largos. El sol habrá vencido, una vez más, a la oscuridad. A partir de hoy, el cielo radiante, la bóveda celeste, creará en nosotros la oportunidad del vasto dominio de la experiencia. Aprovechémosla mientras sigamos vivos. Ahora iré a descansar. Mañana toca recuento de daños de sendas borrascas.

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Burger King y su hamburguesa vegetariana. Un paso hacia el tabú de la matanza


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Esta mañana temprano hacía un viento terrible (la borrasca Elsa provocará uno de los peores temporales de viento del año, leía más tarde, ya me vale). En el tejado se había levantado la loma que tapa la cumbre y tuve que subir para cubrirla. Estando arriba, un azote de viento casi me tumba al caer sobre mi cara de forma abrupta un trozo gigante de la loma. Esa bofetada me puso la cara roja, pero por suerte, pude mantener el equilibrio y no terminar en una comprometida situación. Estando arriba me llamaron del taller. El coche híbrido ya estaba preparado. Bajé algo precipitado y confundido por la experiencia en el tejado. Me miré la cara y me eché algo de agua fría ante el dolor. Cogí el coche de sustitución e hice el recorrido hasta A Coruña medio aturdido. En el camino paré para probar la Whopper Vegetal que Burger King ha sacado al mercado. Necesitaba parar antes de seguir. Me pedí el menú con patatas y aros de cebolla para complementar mientras planeaba cómo continuar el viaje hasta Madrid una vez tuviera el coche.

Hace doce años pude probar por primera vez en un Burger King situado en Princes Street, en el centro de Edimburgo, la primera hamburguesa vegetal que un restaurante de comida rápida se atrevió a comercializar. En aquel tiempo no debió tener mucho éxito porque nunca más las volví a ver. Nunca tuve nada en contra de la comida basura o la comida rápida, excepto aquella que utiliza el sacrificio animal para potenciar este mundo materialista e insensible. El otro día una amiga veterinaria me explicaba que solo la cadena McDonald’s comercializa, tan solo en España, más de un millón de hamburguesas… ¡¡¡¡al día!!!! En España, según datos de la NPD, consumimos 580 millones de hamburguesas al año. No quiero pensar cuántos pequeños terneritos suponen ese sacrificio.

Dentro de lo diabólico del asunto, porque ya sabéis que me parece una atrocidad el consumo de carne animal, la comercialización de una gran cadena de comida rápida de una hamburguesa vegetal es el indicador de algo. Es como si en un mundo de caníbales alguien de repente sustituyera la carne humana del menú y la cambiara por la carne de pollo. Seguramente eso ocurrió alguna vez en la evolución humana, y algo moralmente cambió, convirtiéndose en tabú la ingesta de carne humana. Este indicador de hoy, de principios del siglo XXI, seguramente es un antes y un después en el consumo de carne animal. En unas décadas, quizás en unos siglos, el consumo de carne animal también será un tabú, como ahora lo es el consumo de carne humana.

Ayer paseando a los perros por los bosques y los prados de los vecinos, viendo las terneras que pronto entrarán en la cadena trófica humana, me crucé con un vecino cuyo negocio consiste en criar y vender terneras de no más de un año para consumo humano. Estamos en fechas de “matanza” y me enseñó orgulloso, también para picarme, una gran mesa de trabajo con seis cerdos recién sacrificados. Antiguamente, y también ahora más por tradición y costumbre, la “matanza” era una fiesta que permitía, en estas frías tierras, disponer de proteína abundante para pasar el frío invierno. Seis cerdos por familia al año es suficiente. Seis cerdos que prácticamente no ven la luz del sol en todo año y cuyo cometido es engordar para luego ser degollado y embalsamado en embutido.

Probé la hamburguesa vegetal de Burger King, con su lechuga y su tomate y pepinillo. No me dijo nada especial, pero no estaba del todo mala. Imitar los sabores de la carne para engañar al gusto y el apetito no sé si es una buena idea, pero en este caso debo decir que lo han conseguido hasta cierto punto. No voy a entrar en la crítica de la comida rápida ni de este tipo de cadenas alimenticias, una fase superior de la arcaica “matanza”. Simplemente lo anoto como un paso hacia una nueva moral. Como una señal lenta pero efectiva de que los tiempos están cambiando. Lluvia fina… poco a poco…

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Los viejos creyentes


https://www.youtube.com/watch?v=6GpGSXwyo7A&t=92s

Agafia Lykova nació en la taiga, en el más remoto bosque boreal ruso, en una tina de pino ahuecada en el año 7453 desde la creación del mundo, según la antigua cronología. Sus antepasados eran viejos creyentes, aquellos cristianos ortodoxos partidarios de la vieja liturgia que no aceptaron la reforma de Nikon en 1654. Debido a que fueron  perseguidos, muchos de ellos se refugiaron y aislaron en lugares remotos. Hoy conocía la historia de Agafia que aquí comparto.

Conocí no hace mucho a alguien que de alguna forma me recuerda a Agafia. No sé muy bien cómo llegó, pero una fría noche de invierno caminó desde su casa hasta aquí, se equivocó de camino y terminó pasando una de las noches más frías del año medio congelada a pocos kilómetros de nuestra casa. Bella, elegante, totalmente extraterrestre e inteligente, quizás una de las mujeres más inteligentes que he conocido. Hablar doce idiomas es solo una anécdota. Vivir como una auténtica anacoreta posmoderna, sin dinero, sin recursos y sin prácticamente nada es solo una forma de vida extinta, pero valiosa en sí misma, muy parecida a la de los viejos creyentes, muy parecida a la de Agafia.

Puedo decir que una vez me salvó la vida. Cada vez que la recuerdo imagino un pozo oscuro y una mano, la suya, que me sustrajo de una muerte segura. Tuve la suerte de viajar a Israel con ella y fue uno de los viajes más fascinantes que recuerdo. Intenté enseñarle el oficio de editor pero su libertad siempre fue irreductible. En una feria del libro en el sur de la península, sin dinero, sin nada, decidió desaparecer. No supe de ella en mucho tiempo. Estuvo más de tres meses viviendo en bosques, en caminos, mendigando comida, malviviendo, pero libre.

Hoy, tras meses sin verla vino a verme. Estaba muy cambiada. Algo más delgada y demacrada. Tuvimos un buen rato de charla, comimos algo y se marchó. Me gustó verla con su nueva vida, con su luz hermosa y enraizada algo más a la tierra. Sentí alegría por ella, y un gran desapego por mi parte.

Siento compasión por Agafia, por todas las Agafias del mundo. Me imaginaba a mí mismo con setenta años, aquí en la cabaña, con algún gato, mirando el cielo, esperando ver algún rayo de sol. Como un viejo creyente escondido en los bosques, rezando con fe y esperanza ante el advenimiento final mientras busco en los entresijos de la vida una fina hebra.

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No guardes recuerdos…


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© Andrej Šafhalter 

“Olvidando las cosas que quedan atrás, sigue adelante hacia la recompensa de tu elevado llamamiento”. San Pablo

Está nevando. Hace frío. El camino desde la casa de acogida hasta la pequeña cabaña es toda una aventura. Un barrizal de agua y nieve que en pendiente y rodeado de maleza puede ser toda una odisea. Como no sale el sol no tenemos electricidad en todo el día. A las seis ya es de noche. Aprovecho, ante la imposibilidad de poder hacer nada, para leer a la luz de un frontal. Es dura la vida aquí. Y con tantos días de lluvia, sin ver el sol, se hace aún más cruenta. Si hubiera seguido la vida del ego viviría plácidamente en cualquier parte del mundo, sin frío, sin temores, sin posibilidad de queja. Pero elegir la ardua vida del alma es complejo. Discernir entre ambas aún lo es más. ¿Ya sabes cual es tu lugar? Me preguntaba hoy una buena amiga. Sólo se me ocurre un lugar: utopía. No hay tal lugar. Ese, y no otro, es el lugar del alma. De ahí que crear utopías sea un camino, un no lugar.

La vida monacal debió ser hace mucho tiempo muy parecido a esto. Hace unos días tuve un sueño revelador que no consigo olvidar. Tiene que ver con la vida en los monasterios. Viajé hasta las cimas más altas del Himalaya. Podía reconocerlas, como si de alguna forma me fueran familiares. Allí había un templo con siete pagodas o estupas, no sabría decir bien qué eran, pero estaban alineadas a los pies de una gran montaña. Unos monjes me enseñaban una por una todas las estupas excepto la última. A esa no vayas, está casi derruida, me decían. Sin embargo, mi curiosidad era mayor y fui acompañado de un monje silencioso hasta la última, cuando el resto volvían distraídos hacia el monasterio o la lamasería. Efectivamente, la última escultura estaba totalmente derrumbada por una de sus caras. Parecía famélica, y sin embargo, al acercarme y entrar por su lateral derruido, se habría de repente una puerta, un portal, que conducía a un lugar increíblemente lejano, en lo alto de unas grandes montañas nevadas. Allí había un pequeño edificio que parecía de cristal y una mujer sentada en su centro, contemplando todos los universos posibles en una posición de loto. Un loto del corazón con pétalos de amor a su alrededor que explosionaban en brillante lucidez.

No puedo olvidar ese sueño sobre el “brillante centro” que me hizo ir a las estanterías y empezar a releer de nuevo los libros azules, aquellos que fueron escritos por un maestro tibetano. No puedo dejar de leer, como si de alguna forma ese sueño me conectara con algo familiar, a la vez que lejano, un lugar donde el sonido y el color tienen un significado oculto, diferente, especial, donde la vida monástica que ahora llevo aquí en las montañas, entre bosques, en esta pequeña cabaña, tuviera algún tipo de relación con algún pasado remoto, y también algún tipo de significado.

A veces los sueños son delirantes y reveladores. Esconden algún tipo de mensaje o señal difícil de captar. Su lenguaje, siempre simbólico, escapa a nuestra lógica racional. Hay sueños pasajeros y hay sueños que nunca olvidas. En la soledad de la cabaña es fácil conectar con la voz del silencio y con el recuerdo de sí mismo, fusionando de alguna manera lo que creemos que somos con lo que realmente somos. El frío ayuda, la terquedad y la constancia permiten que la visión se amplifique necesariamente. No es cuestión de ver cosas del mundo fenomenológico, es simplemente una especie de atención plena que conecta con el mundo de significados, con el mundo arquetípico de donde nacen las formas, con ese lugar que te hace viajar desde la adoración a la invocación, evocando al mismo tiempo los mensajes, las enseñanzas, el Propósito. Es el lugar de los Custodios, de los Tejedores al que se llega desde una fina y delgada hebra imposible de explicar, relatar o presentar. Por eso el noble silencio sepulta cualquier intento.

Por eso a veces, ante la incomprensión necesaria, emito una llamada a través del desierto, sobre los mares y a través de los fuegos. Hay un punto de tensión inevitable que sobrepasa la silenciosa expresión. Hay un portal que separa un estado de consciencia de otro. Como aquella séptima y derruida estopa que conducía a otro lugar desconocido, habitado por un ser que emanaba pétalos de amor. “No guardes recuerdos”, parecía decir mientras miraba con profundidad las montañas nevadas. “Olvida las cosas que quedan atrás, sigue adelante hacia la recompensa de tu propio llamamiento”. En el desapego absoluto en el que ahora vivo, el portal y el pasado quedan atrás. Una nueva consciencia se abre, un nuevo lugar silencioso desde el que trabajar invisible. Es la vida del entregado, del que se rinde ante la grandeza del universo. Aquí, en los bosques, desde la llama ardiente, hilando la fina hebra.

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Es urgente


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© Marco Abergo

 

Vivimos en un momento de tensión y crisis mundial. Estamos experimentando un reto sin precedentes que debemos enfrentar individual, grupal y globalmente. En nuestra ceguera cotidiana, es difícil poder provocar un cambio positivo que afecte al conjunto y cree dinámicas de cambio y transformación. Estamos en un momento que exige una disciplina y un trabajo de acción radical para poder ser agentes transformadores. A veces, en esa ceguera, siempre nos preguntamos, ¿qué podemos hacer nosotros? La respuesta puede ser enfrentada desde ópticas diferentes.

Hay un velo de ilusión que no nos deja ver la vida en toda su expresión. De hecho, solo estamos capacitados para ver aquello que tenemos en nuestro entorno más inmediato y aquello que ha sido construido desde nuestros hábitos cotidianos. Existen dormileras, expresiones narcotizantes que nos alejan de la verdadera visión de las cosas y de la existencia en su mayor profundidad. Hay una suma de hábitos en nuestras vidas que nos ciegan, que no nos dejan ver la vida en su mayor expresión, y por lo tanto, limitan nuestros movimientos a una suma de actuaciones cotidianas que refuerzan aún más la ceguera. Vivimos en una sociedad narcotizada.

Aún es sorprendente como la relación con nosotros mismos está dañada a muchos niveles. Físicamente podemos decir que nuestros cuerpos sufren la atrofia del maltrato diario. En pleno siglo XXI, aún hay personas que contaminan su cuerpo de mil maneras. Aún podemos ver por las calles personas que fuman, que se drogan, que ingieren grandes dosis de alcohol como algo natural y bien aceptado en la sociedad. No somos capaces de entender que el planeta está enfermo porque nosotros mismos lo estamos, y para evitar nuestra responsabilidad ante este hecho, justificamos de mil maneras nuestros hábitos más dañinos.

El ser humano debería despertar a esa mínima disciplina de aceptar que las drogas, el tabaco y el alcohol no aportan ningún tipo de beneficio a nuestros cuerpos. Es algo tan básico que duele tener que recordarlo una y otra vez. Si fuéramos conscientes del daño que hace expresiones tales como “solo es un vinito” o “solo es una calada”, el mundo cambiaría radicalmente. Si todo el dinero que tiramos diariamente en vinitos y caladas se organizara para cambiar el mundo, viviríamos en un planeta totalmente sano y duradero. Nuestra calidad de vida sería superior y nuestra supervivencia sería mucho más equilibrada. No es la calada o el vinito en sí, es la consciencia que hay detrás de esas expresiones sociales que no somos capaces de erradicar de nuestras vidas. La complacencia de unos y de otros y el refuerzo social lastran cualquier intención de cambio. En el fondo, “solo es un vinito”.

Otro tema importante es la comida. Es algo que deberíamos pensar diariamente. ¿Qué clase de cosas comemos? ¿Cómo es posible que en un mundo tan abundante como el nuestro sigamos sacrificando gratuitamente vidas animales para ingestas de placer instantáneo? ¿Cómo es posible que sigamos torturando y comprando tortura y muerte en nuestro tiempo de progreso y despertar de consciencia? ¿Por qué como humanidad cuesta tanto entender este mínimo de respeto a la vida de esos seres inocentes que mueren a millones todos los días para satisfacer nuestra necesidad de placer engañoso?
La lista de cosas que podríamos hacer por nosotros mismos con respecto a la crisis planetaria sería infinita, pero he querido, una vez más, advertir sobre lo más básico, lo que está en nuestras manos diarias y que, con un poco de esfuerzo, podemos enfrentar de forma radical, pero posible. Cambiar hábitos es cuestión de hábito, pero no es suficiente.

Debemos también actuar grupalmente. El grupo es necesario para comprender que las cosas no van a cambiar si no empezamos a organizar la lluvia fina que cale cada vez más en las consciencias. Esa lluvia fina penetra poderosamente ante la actuación grupal. Cuantos más grupos existan creando consciencia, más fácil será la permeabilización del nuevo paradigma. Los grupos tienen el poder de crear semillas de consciencia que afectan globalmente. Los grupos deben organizarse de forma urgente y radical para ser una piedra viva en el edificio de la construcción del nuevo mundo.

 

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La vida seguirá adelante siempre que el sol brille. El fin de la era del carbón


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“La vida seguirá adelante siempre que el sol brille”. Francesco Guicciardini

Casi la mitad de la población mundial está concentrada en dos países: China e India. Por eso es muy importante observar cómo esos dos países desarrollan sus políticas medioambientales. Europa parece estar despierta en cuanto a dichas políticas, pero su influencia mundial cada vez es menor. Fue en Europa donde empezó la revolución industrial y la activación del consumo del carbón. La era del carbón morirá en este siglo y la era del petróleo seguramente en las primeras décadas del siglo que viene. En los próximos cincuenta años, las políticas medioambientales serán muy rígidas en Europa y en pocas décadas habremos conseguido una importante transición energética. El coche eléctrico se impondrá junto a las energías de origen renovable y Europa vivirá una revolución en cuanto a la investigación de productos que sustituyan a los plásticos y las energías contaminantes.

En unas décadas más, seguirá esta estela América del Norte y el resto de países desarrollados. Pero como decía al principio, el problema seguirá estando en China e India, y también en todos los países en vías de desarrollo que desearán entrar al progreso mediante políticas del viejo régimen del carbón y el petróleo. El progreso crea una paradoja: reduce la población. Son los países en vías de desarrollo los que explotan demográficamente. Ahí tenemos a China e India.

A pesar de las voces alarmistas sobre el cambio climático, debemos mirar el futuro con cierto optimismo. La primera buena noticia es que la vida continuará a pesar de nosotros. Es decir, el planeta realmente no está en peligro, sino más bien nosotros. Ya lo he comentado alguna vez. Es cierto que el planeta está entrando en una fase de calentamiento. Hay pruebas científicas que lo demuestran. Debemos ver esto como una señal inequívoca de que el planeta en su conjunto es un ser vivo, y está reaccionando con unos grados de fiebre al ataque sistemático al que le estamos sometiendo desde hace doscientos años. El planeta reacciona a nuestro ataque y seguirá haciéndolo cada vez con mayor virulencia a no ser que cambiemos globalmente nuestra actitud hacia el mismo.

La segunda buena noticia es que nos estamos dando cuenta de nuestro propio cáncer y estamos intentando poner remedio. Es difícil terminar con doscientos años de carbón y petróleo, pero de alguna manera se está inyectando en la consciencia colectiva esa necesidad de cambio y poco a poco ocurrirá globalmente.

Hay una tercera buena noticia. El cambio también se está gestando en el interior de las personas. Poco a poco la sociedad demanda productos más ecológicos, libres de contaminantes, coches más ecológicos y comida cada vez más liberada de sufrimiento y dolor. El mundo se hará vegetariano en un par de siglos y veremos a los animales como seres sintientes, con derechos naturales que terminarán siendo legislados.

Si seguimos por una senda positiva y optimista, el mundo cambiará en dos o tres siglos. Sólo debemos implantar cada vez más consciencia en la mente de todos los seres que nos rodean. Repetir una y otra vez, como si de mantras se trataran, la necesidad de cambio constante y continuo en nuestros hábitos más cotidianos, desde la comida hasta la forma de votar a unos y a otros. Las políticas ambientales tienen que ser cada vez más contundentes, pero también nuestros actos diarios, nuestros hábitos, nuestras formas de consumir productos.

La Cumbre del Clima no es un fracaso, aunque no haya ningún tipo de acuerdo. Es la constatación de la consciencia de un nuevo paradigma que está entrando poco a poco en las políticas gubernamentales e institucionales. Y muy pronto también en las políticas empresariales. El capitalismo se convertirá por necesidad en ecocapitalismo, tal y como indico en mi tesis doctoral, y habrá inevitablemente un cambio radical en nuestras costumbres y formas de vida. Será eso o no será. Cambiamos inevitablemente o nos extinguimos. Nosotros, claro, porque la vida seguirá adelante siempre que el sol brille.

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Sin techo con techo


 

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La hermosa perrita Lluna, recién adoptada en O Couso tras meses vagabundeando por los alrededores… Una sin techo ahora agradecida… Ya van dos perros y cuatro gatos adoptados…

El hecho de haber terminado el tejado me ha recordado muchas situaciones pasadas. Cuando hice trabajo social me especialicé en transeúntes y cuarto mundo, en personas sin hogar que no tenían un tejado que les cuidara, les diera calor y alimento. Estuve tres años de voluntario en una casa de acogida para transeúntes y personas sin hogar e hice mi trabajo de fin de carrera sobre esa problemática social. Mi experiencia terminó cuando me di cuenta de lo difícil que resulta ayudar a este tipo de personas. Siempre sentí una gran impotencia interior al ver cómo la calle arrebata el alma a las personas.

En los albergues para transeúntes en los que he trabajado a veces como voluntario y a veces como trabajador social siempre había un gran equipo humano, unas instalaciones adecuadas y recursos para atender dignamente a estas personas. Por desgracia, O Couso carece de los mínimos, humanos y materiales, para poder atender a personas que viven en la calle o tienen un problema de arraigo o de cualquier otro tipo.

Las personas desarraigadas no se adaptan al lugar y O Couso, con sus exigencias y filosofía, no está preparada ni pensada para ellos. Personas que consumen todo tipo de sustancias, que a veces vienen bebidos o drogados, que no colaboran en las tareas mínimas, que no creen en lo que aquí se hace y que vampirizan el proyecto todo lo que pueden, no pueden ser sostenidas. Les abrimos las puertas porque tenemos esa visión tan cristiana de la caridad, pero somos conscientes de que la experiencia nos sobrepasa.

Llevo pensando sobre esto mucho tiempo y me gustaría dar salida noble a esta problemática ya que hay mucha gente que pasa por aquí, no sabe dónde ir y vuelven de nuevo a la calle. Venden en Samos un edificio grande con muchas habitaciones… si algún día la fundación tuviera recursos lo compraría y dedicaríamos parte de nuestra misión social a este tipo de personas… al menos toda esa gente que viene perdida y desarraigada tendrían un lugar donde comer y dormir calientes. Me gustaría poder ayudarlos a todos, pero me doy cuenta de que me faltan manos, recursos y a veces hasta ánimos para atender tantos frentes. Estos días se presentan duros porque de nuevo me tengo que enfrentar a esta problemática y a veces siento como el cansancio se apodera de mi alma voluntariosa. Siempre me pregunto de dónde sacarían fuerzas personajes como la Madre Teresa de Calcuta o San Francisco…

Parece que el frío y el invierno atrae este tipo de experiencias. Y además llueve, no para de llover, y a pesar de que no respetan ni uno de los acuerdos suscritos, se me viene el alma abajo solo de pensar que deberían abandonar el calor del fuego, el calor humano y la compañía. No paran de comer, no paran de gastar recursos, no paran de transgredir los acuerdos mínimos y no paran de escurrir el bulto cuando hay que apretar el hombro. Es su idiosincrasia… su naturaleza. Ya la conozco, ya la he vivido muchas veces y la he podido sentir en mis carnes. Ahora me resulta agotador, pero no me veo con ánimo de invitar a la gente a que se marche a la calle… al frío… a la soledad… Respiro profundamente, a veces con desconcierto, intentando mostrarme fuerte para no decaer. No puedo hacerlo. No debo hacerlo. Así que haré lo que pueda, hasta donde pueda. Es la caridad… es el principio de amor incondicional, cueste lo que cueste…

 

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Esa visión que nos anima


 

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Últimos momentos con la familia…

Ha sido un alivio comprobar que no había goteras en la casa. Tras un día de lluvias intensas hemos podido ver que el tejado ha resultado efectivo. Ahora queda resolver las inundaciones que se producen en el patio desde que pusimos el suelo y el tejado. De alguna forma cortamos las vías de escape que los antiguos habitantes habían desarrollado de forma natural para que el agua escapara de una punta a otra de la casa. No lo tuvimos en cuenta y ahora el agua se acumula en balsas imposibles.

La sabiduría antigua hay que respetarla. La ignorancia acerca de la misma nos crea problemas e incertidumbres. ¡Es tan importante el conocimiento para la vida! El servicio, el amor, incluso la introspección o la meditación no pueden ser ciegos. Necesitan inevitablemente de una visión, de un conocimiento, de una sabiduría. ¡Es tan importante saber quiénes somos y qué hacemos aquí en la vida para poder comprenderla y servirla de la mejor manera! Conócete a ti mismo para conocer a los dioses y los universos.

Ayer se fue la familia que vino a pasar unos días y han estado casi tres meses con nosotros. La verdad es que ha sido un regalo del cielo el poder compartir estos meses con seres tan especiales. La niña-ángel ha sido toda una bendición. Hacía mucho tiempo que no encontraba un aura tan pura, una inteligencia tan brillante y una luz tan hermosa en un ser tan joven. La escuela de este lugar te enseña a practicar el desapego constante. Son tantas las almas que vienen y van que por dentro crece una enseñanza continua. Por eso no albergué tristeza cuando se marcharon, sino felicidad y agradecimiento infinito por haber disfrutado de ellos durante estos meses. Se llevan en sus corazones, especialmente la niña, una experiencia inolvidable. ¡Cuánta luz habrá arrojado este lugar en sus corazones! ¡Cuánta inspiración sembrada para sus futuros!

Hoy me daba cuenta que tras la defensa de la tesis y la tensión por terminar cuanto antes el tejado he tenido abandonada la empresa durante excesivo tiempo. Debería vivir bien si pudiera administrar con mayor sabiduría el tiempo y tuviera la editorial en forma como en los viejos tiempos. Pero es difícil servir a Dios y al César, por más que intento practicar ese noble sendero del medio del que nos hablaba Buda. A veces me dan ganas de volverme extremo y dejar al César para tiempos mejores, pero me doy cuenta de que editar libros también es una bonita forma de servir a Dios, así que vivo en esa dualidad mendicante y gestora, buscadora de verdad y compartir. Tengo muchas ganas de terminar la fase de construcción, el mito fundacional, para dedicar mi tiempo a mis talentos verdaderos.

En ese afán de servicio dedicamos el día a limpiar la catástrofe de estos meses sin tejado. Era tanto por hacer que no sabíamos por dónde empezar, especialmente ahora que todo el mundo se ha marchado de vacaciones antes de la Navidad y nos hemos quedado tan solo dos personas. Así que empezamos por una de las habitaciones, la cual nos ha costado todo el día limpiar y ordenar. Cuando te ves solo ante el peligro de intentar poner orden en el caos, hay dos fuerzas que se entremezclan dentro de uno.

Una de ellas es la desesperante sensación de no avanzar nada. A pesar de los logros de estos cinco años, cuando hemos visto las habitaciones inundadas aún por el agua y la humedad, las camas todas amontonadas, el suelo medio levantado, las piedras de la pared mojadas o manchadas por el hollín de la suciedad que el agua iba arrastrando o incluso algunos muebles que hemos tenido que tirar por haberse estropeado ante las inundaciones, la sensación ha sido un poco desesperante.

Luego viene la segunda de las fuerzas: la voluntad de trabajar para el bien, para una causa mayor, para un lugar que sirve de inspiración, de amistad, de fraternidad entre tantas y tantas personas. Eso nos impulsa a seguir a pesar de la dificultad, nos dota de una fuerza superior para proseguir con la labor. No es ordenar habitaciones, no es limpiar, no es poner orden, es crear un mundo más justo y verdadero, un lugar que reafirmar la necesidad de reencontrarnos en el lazo místico. Esa visión nos anima, nos empuja a seguir adelante. El lazo místico ya ha sido creado y ya hay una fuerza angélica que lo domina. Solo así se pueden explicar tantas y tantas cosas…

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Tejado terminado, por fin…


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La terquedad es uno de los principios fundamentales para que cualquier cosa termine construyéndose. Más bien por terquedad y cabezonería, cinco años después, hemos logrado completar hoy mismo el tejado de la casa de acogida. Un tejado enorme, gigante, inabarcable, infinito, con más de cinco siglos de antigüedad que hoy por fin hemos terminado. Ha sido tan pesada la carga y el trabajo y los recursos necesarios para completarlo que lo hemos tenido que hacer en cuatro fases durante cinco años. La última ha sido la más pesada de todas, la más arriesgada y peligrosa porque nos decidimos a hacerlo nosotros mismos, y en unas condiciones prácticamente inhumanas, de frío extremo, a veces lluvia, nieve, viento y una lucha constante contra todos los elementos. Tres meses muy duros que ha minado más de un ánimo.

Pero la constancia ha merecido la pena. Levantar de la nada una ruina de más de setecientos metros de piedra, prácticamente sin recursos y levantada entre todos gracias al principio del apoyo mutuo y la cooperación, de la fe y la esperanza, ha sido todo un hito. El tejado no ha quedado perfecto, se nota que se ha ido haciendo poco a poco, en fases. Como la propia historia de la casa, que empezó a construirse en el siglo XVI y fue ampliándose a medida que iban pasando las centurias. Debe ser la idiosincrasia del propio edificio, una casa grande, gigantesca en muchos sentidos, que crece de forma orgánica a lo largo de los tiempos…

Ahora por dentro me siento satisfecho porque podremos dedicar los recursos que vayan llegando a embellecer el lugar, a llenarlo de armonía, belleza y calor. Ahora por fin podremos encender el fuego sin que se escape nada. Ahora por fin podremos seguir adelante con la seguridad de que el tejado no se nos caerá encima. Antes para nosotros esa idea era angustiosa, y creo que no pasó nada por puro milagro. Ahora me siento totalmente liberado, feliz, observando la vida con mayor paz.

También con muchas ganas, a pesar del extremo cansancio de estos últimos días, de ponerme con los siguientes retos. Falta mucho, y me he dado cuenta estos días, para que la casa sea realmente un lugar acogedor, pero estoy convencido de que poco a poco lo vamos a conseguir. Es cuestión de que la terquedad se vuelva sabia y prosiga con la batuta de la generosidad apostando por un mundo mejor. Entre todos se puede construir el nuevo mundo. Eso ya es un hecho y una realidad.

Estamos felices y satisfechos pensando en los próximos retos. Las fiestas de Navidad están ya próximas y aún queda mucho por hacer… La cocina, el salón, arreglar las habitaciones que han estado inundadas durante estos tres largos meses de intensas lluvias… Poco a poco… El calor del hogar está cada vez más cerca…

Solo me quedan palabras de infinito agradecimiento para todos los que han contribuido, ya fuera con recursos, tiempo, esfuerzo o trabajo, en que este milagro se produjera… Gracias, gracias, gracias infinitas a todos…

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Saber, placer, necesidad


 

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Hoy he agradecido que lloviera. Creo que todos lo hemos agradecido porque nos ha impedido subir al tejado cuando estábamos llegando al extremo del cansancio. De luz a luz subidos y cargando losas y clavándolas con sus respectivos martillazos en nuestros frágiles y delicados dedos, nada acostumbrados a este tipo de tareas que requieren una dureza especial. Los profesionales, en su infinita irresponsabilidad, dejaron de venir, así que aprendimos la técnica y nos pusimos sin miedo a poner las losas de pizarra. No teníamos ni idea, pero teníamos voluntad, ilusión por terminar y necesidad por hacerlo cuanto antes. No es un trabajo placentero, pero es necesario. La nueva cocina llegará al martes y tenemos ganas de montarla y que todo quede resguardado, protegido y ordenado. Y para eso es necesario que esté terminado el tejado y así deje de llover dentro de la casa.

Tener una casa lo más acogedora y acondicionada posible es una necesidad. También es una necesidad el comer, el dormir y descansar. Las necesidades que la inmensa mayoría de la humanidad tiene no distan mucho de las necesidades más básicas que todo animal precisa. En eso somos muy animales. O al menos somos muy homo-animales. Necesitamos comida, cobijo y sexo para que la especie siga adelante.

Más allá de la clasificación que Maslow hizo sobre nuestras necesidades, especialmente las necesidades fisiológicas, de seguridad, de afiliación, de reconocimiento y de autorrealización, hay algo sutil que nos diferencia de los animales. Es el añadir a esos componentes un marco de placer. La comida ha dejado de convertirse en una necesidad básica y ahora buscamos el placer de comer. El vestido ha dejado de ser algo imprescindible para conservar el calor que nos proporciona la comida y ahora buscamos el placer de la moda, el vestirnos para gustar. Ocurre lo mismo con todo lo demás. Incluso el sexo se ha convertido, ya no en una necesidad de reproducción, sino en un instante de placer, muchas veces sobrevalorado y excesivamente exagerado.

Placer. Eso busca la mayoría de los seres humanos cuando han cumplido con la satisfacción de las necesidades más básicas. Por eso nuestro mundo, la mayoría del mundo, vive por placer, para el placer y con placer. Es el mundo ilusorio, el glamour, el maya, la lascivia que nace del sexo y se traslada a todos los componentes de la vida. Podríamos decir que vivimos en un mundo lascivo donde todo se regula por las bases más elementales del placer, un placer la mayoría de las veces inconsciente.

¿Pero qué ocurre cuando la comida, el sexo o el vestir ya no te producen placer? ¿Qué ocurre cuando se trasciende el placer, o simplemente no riges tu vida por el mismo? Ahí es cuando empieza a nacer lo inteligente, la necesidad de regir nuestras vidas por pensamientos, y no por simples deseos desbocados. La razón nos gobierna, nos eleva a otra visión diferente de las cosas. Podemos pasar la vida sin rozar el placer, o disfrutándolo de forma desapegada. No necesitamos un buen vino, o una buena comida en un buen restaurante, ni buen sexo continuado, ni buena ropa de marcas caras que nos den el placer del reconocimiento. Tampoco necesitamos demostrar nada por el placer de mendigar estima, cariño o calor.

Cuando se trasciende la necesidad y el placer, entramos en la esfera del saber. Primero el sabernos vivos, el saber que todo está vivo y por consiguiente, ordenar de forma racional el sufrimiento. Esto es un principio básico cuando se trasciende el placer y se racionaliza éticamente el sufrimiento. La dieta es una de las cosas que primero se ordenan en esta transición. Dejar de afligir sufrimiento a los animales por puro placer, ya ni siquiera necesidad, es una de las premisas de la inteligencia ética, esa que nace de una necesidad moral de coparticipar en un mundo vivo y sintiente.

A partir de ahí, lo que comemos, lo que vestimos, dónde vivimos, en qué trabajamos, como organizamos nuestro tiempo y con quién, empiezan a tomar una dimensión diferente. Nos dábamos cuenta de ello cuando poníamos el tejado para que otros puedan disfrutarlo. A pesar de la dureza del trabajo, del cansancio y el abatimiento, sentíamos alegría interior, trabajábamos con entusiasmo y esfuerzo para que personas, amigos y desconocidos, puedan disfrutar de un lugar seguro y cálido. Hacíamos algo por el bien común, más allá de nuestras necesidades o placeres individuales y egoísta. Es una visión diferente, es una forma diferente de ver el mundo. La necesidad es básica para sobrevivir. El placer es bueno para disfrutar la vida. La sabiduría es imprescindible para gobernar sabiamente nuestra existencia, sin que el placer ni la necesidad rijan nuestros designios.

Saber, placer, necesidad. Fijémonos cual de los tres rigen nuestras vidas.

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Música


a
© Paul MacPhail

Ven Jessica, contempla el firmamento / adornado con resplandecientes esferas doradas / en el no hay ni una sola estrella / que en su girar, no cante como un ángel /que no pertenezca al coro de los querubines / esta misma armonía está en nuestra alma / y solo cuando el triste harapo de la maldad / la cubre, somos incapaces de oírla.
William Shakespeare- El mercader de Venecia

No paramos de trabajar hasta que anocheció. Tenemos que aprovechar que no llueve para terminar como sea el tejado. Luego, cansados pero satisfechos, cenamos unas merecidas patatas fritas con huevos. Todo de nuestra huerta y corral. Pusimos música mientras cenábamos y cuando nos dimos cuenta, tras la cena, estábamos bailando bajo la noche fría y helada, bajo las estrellas, bajo el manto de la vida. Fue una escena excitante y divertida, salvaje y hermosa. Estábamos tan cansados que no podíamos parar de bailar.

La música tiene algo que nos comunica con nuestra esencia. Es el lenguaje que está más allá del lenguaje, o, como dice el poeta Eichendorff, la música es el lenguaje de las cosas, el que les da vida. Por todos es sabido que la música fue hecha desde el mundo angélico para que los seres humanos pudieran comunicarse directamente con los dioses. Aquellos sonidos refinados, angélicos, son los que de forma sublime nos llevan al éxtasis y nos capacitan para provocar en nosotros un estado diferente de las cosas.

Por eso, tras la meditación silenciosa de las mañanas, dedicamos veinte minutos al canto. Es una forma de llamar la atención de los seres invisibles, al mismo tiempo que equilibramos nuestros corazones con la alegría de la música, de la melodía, del ritmo. La ordenación en música de los sonidos trae lo divino hacia este mundo. Por eso, aún sin saberlo, la música es algo universal y gusta a todos. La música llena de vida nuestras vidas.

La música posee ritmo y tonalidad. El ritmo ordena el tiempo y la tonalidad ordena el sonido. Esos pequeños secretos son necesarios para entender la configuración celestial del universo musical, pero también su dimensión corpórea y moral. La danza siempre acompaña a la música. Cuando un tambor o una flauta suenan, nuestras piernas acompañan su sonido. Todo nuestro cuerpo se agita en éxtasis.

Todos las cosas tienen música. Las piedras suenan entre ellas cuando son arrastradas por los remolinos de un arroyo. La tierra cruje bajo nuestros pies. Los pájaros cantan, las nubes sueltan truenos centelleantes comunicando que el agua está cerca. Las flores y las plantas crean auténticos conciertos bajo el azote del viento. Qué decir de los planetas y las estrellas. Las órbitas celestes también tienen música. Para los pitagóricos el Universo entero manifiesta proporciones justas, establecidas por ritmos y números, que originan un canto armónico que todo lo atraviesa. Fuerzas y energías capaces de crear armónicos audibles para los justos.

Para el filósofo el mundo es un teatro, un concierto, un acorde. Estoy tan cansado que solo me apetecía cantar, bailar y hablar de música. Un pequeño acorde de música compartida. Mañana más y mejor.

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El mayor y supremo bien


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Esta mañana subido de nuevo en los tejados

Cero grados en la montaña, en los bosques, en la brisa nocturna. Dos grados en la cabaña y subiendo gracias al fuego que brota de sus entrañas. Suena música que invoca a la creación como una experiencia única e irrepetible, diría que religiosa, por eso de religar el cielo con la tierra, lo de dentro con lo de fuera. Lo existente como milagro, como acto mágico, como vulnerabilidad de cada instante, como supremo bien de la vida que todo lo recorre.

En mi súper nave nodriza he recorrido casi quinientos kilómetros. Tenía la necesidad urgente de empezar a poner orden en todo el caos, así que he comprado, cinco años después, una gran cocina para la casa de acogida. Una gran inversión necesaria viendo la imposibilidad de abarcar obras mayores. La semana que viene tendremos por fin una cocina normal, decente, higiénica y ordenada. Ha sido un acto psicomágico.

Esta mañana, rozando los cero grados, meditábamos en la ermita. Ordenaba en mi mente todas las tareas del día. Interiormente sabía que el constructor no vendría hoy tampoco, así que valerosos, con frío, congelados, hemos subido nosotros a los tejados, sin miedo, osados, valientes y con deseos de no dejarnos abatir por las circunstancias.
Después de casi tres meses de constantes lluvias, tenemos que aprovechar, cueste lo que cueste, esta semana de tregua. El tejado tiene que estar terminado sí o sí antes de Navidad. Lleva tres meses de retraso. También tendrá que estar montada la nueva cocina y habilitado el nuevo salón. Muchos frentes abiertos con el empeño de que el próximo verano esté la casa lo más acogedora posible.

Es tarde. Me faltan horas al día para completar todos los ciclos. Mañana temprano meditaremos en la antigua ermita. Hará frío. No importa. Luego subir al tejado de nuevo. Hará sol. Es importante la disciplina, especialmente a sabiendas que en unos días me quedaré solo durante no se sabe cuanto tiempo. Todos se marchan y la soledad servirá para celebrar la belleza de estar vivos y para entender que siempre debemos estar alerta para cualquier circunstancia.

Suena música, es casi media noche. Fuera hace cero grados. Dentro cinco gracias al fuego y subiendo. El cielo está estrellado y la luna está creciendo. La gata Meiga mira como golpeo el teclado con los dedos entumecidos. Todo está gélido y aún no ha llegado el invierno. No tengo deseos. Solo contemplo como la vida se desarrolla y me permito el lujo de participar en ella compartiendo, animando al mundo a respirar. Estamos vivos. Ese es el mayor y supremo bien. No quería acostarme sin recordarlo, sin compartirlo. Lo demás solo son anécdotas. Estamos vivos, eso es motivo de celebración, es motivo para ir desnudos por la vida gritando esa grandeza.

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Hijos de conveniencia


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Con Maia, una niña especial que no me hubiera importado tener a conveniencia. 

Soy un romántico. Lo admito. Acabo de rescatar mi viejo Prius y ya lo tengo de nuevo a mi lado. Tras más de un millón de kilómetros juntos parece mentira que esa nave espacial, mitad hotel, mitad coche, esté de nuevo conmigo. Siempre me fascinó conducir ese coche y ahora tendré que gastar algo de dinero para que circule algún tiempo más, pero es que no tengo remedio. Pongo un circo y me crecen los enanos, como me dice siempre enfada Dolores por mis decisiones excéntricas. Así me va.

Como estoy gafado en casi todo, no me extrañó cuando hoy el constructor dijo que se había puesto enfermo. La única semana en la cual después de tres meses no daba lluvia y va y se pone malo. ¿Qué hice? Pues me subí al tejado a clavar las losas yo mismo. ¡Qué desánimo! Este mes está siendo extraño, raro y difícil.

Ayer fui a Lugo para tomar un café con una amiga profesora, doctora y con ganas de tener hijos. Le acabamos de editar un libro que habla sobre inteligencia emocional y fui a llevarle algunos ejemplares. Tuvimos una conversación muy interesante sobre el mundo de la docencia y los hijos. Le confesé que por dentro también sentía el deseo de tener hijos pero que tal y como está el patio lo veo prácticamente imposible. Ella me dijo que se está preparando para ser madre soltera, que no necesita un padre a su lado y que en cuanto termine las oposiciones su siguiente reto será tener un hijo por medios no convencionales.

La conversación me resultó muy interesante porque de repente se me ocurrió que, viendo como está evolucionando el mundo de las parejas, y antes de que la Inteligencia Artificial invada nuestras vidas íntimas y privadas, incluidas en ellas nuestras relaciones con las máquinas (tiempo al tiempo), estamos viviendo un periodo de transición. En ese periodo de transición en el que las máquinas con inteligencia artificial pronto ocuparán el rol de las parejas actuales, aún estamos a tiempo de tener hijos por conveniencia. Es evidente que las parejas de hoy día no soportan, la mayoría de ellas, la relación con todas sus consecuencias. Tarde o temprano terminan dejando la relación y en la mayoría de las veces, con mal rollo o mal sabor de boca.

Se me ocurría conversando con esta amiga que quizás una salida noble, por decir algo, a todo este lío relacional que forcejea además con algunas necesidades primitivas o naturales como son las de tener hijos, podrían solventarse con un acuerdo. El acuerdo consistiría en tener un hijo con gastos, afectos y custodias compartidas, con las ventajas que eso supone para ambos y con el alivio de no tener que involucrarse emocionalmente en una relación. Serían hijos por conveniencia con padres convenientes.

Seguramente, dicho así, podría sonar absurdo, chocante o brusco. Pero viendo lo costoso de los divorcios, la ruina que supone normalmente para el padre que debe abandonar el hogar y pasar una alta pensión y dado que las nuevas relaciones no están por la labor de seguir con el viejo paradigma de pareja estable, pues, ¿por qué no llegar a un acuerdo donde se pacte tener hijos sin llegar a implicación emocional alguna? Como dicen los conservadores extremos, un coito que dura más de dos minutos es vicio o socialismo. Pues eso, la conveniencia puede durar solo dos minutos y un pacto bien amarrado para compartir la custodia de un hijo.

Quizás, tras mis fracasadas experiencias emocionales, me esté volviendo excesivamente frío y distante, escéptico diría en cuanto a relaciones estrechas se refiere, pero visto fríamente, no me parece una mala idea para aquellos que desean tener hijos pero no quieren meterse en líos emocionales de los que casi nunca se sale bien. En esta sociedad líquida e impermanente, ¿por qué no buscar soluciones igual de líquidas e impermanentes? No sé, por decir algo…

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El camino arduo


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“La verdadera jungla no está fuera, quién sabe dónde, sino en la ciudad, en la metrópoli, en aquella compleja telaraña en que hemos transformado la vida, y que sólo sirve para limitar, estorbar o inhibir a los espíritus libres. Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y de las tradiciones que lo aprisionan”. Henry Miller

Después de cuatro días sin salir de la cabaña ayer pude por fin, aprovechando unos rayos del sol, dar un pequeño paseo acompañado de los perros y Maia. Los bosques están cargados de humedad, de riachuelos que corren de un lado para otro intentando alcanzar algún lado. Las nieblas se juntan con las nubes, el sol aparece de repente y las gotas que aún caen desde lo más alto de los árboles golpean centelleantes sobre las hojas otoñales. La belleza está por todas partes. El verde oceánico, el azul cristalino de los ríos, el ocre de las veredas teñidas de los vestidos arbóreos.

Escoger el camino arduo nunca es fácil. Cuando atravieso el bosquecillo dirección a los Ancianos y el prado de las Hadas es inevitable pasar cerca de la casa de los vecinos. Sus tierras rodean todos los caminos y seguramente también los comentarios al vernos pasar. Pensaran que somos irreductibles, que hemos aguantado los peores inviernos cuando no apostaban nada por nosotros. Los saludamos con amabilidad y también con cierta complicidad. El compartir linderos nos obliga a llevarnos bien porque nunca se sabe cuando un vecino puede ayudarte o echarte una mano. Aquí la vida es dura, aislada, solitaria, y siempre viene bien un poco de charla. Especialmente en invierno.
Indicar el camino arduo es complejo, caminarlo es aún más embarazoso. Otros ya probaron de su sabor amargo y de su fatiga. Vivian bajo una convicción ciega. Ya no podían volver la mirada hacia atrás porque ya no les valía cualquier cosa. El camino arduo tiene esas cosas. Una vez lo has probado, ya no sientes deseos de seguir por otra vía. Te atrapa, te seduce, te hechiza con sus maravillas. Es arduo, es fatigoso, pero excita solo pensarlo.

La vida es fútil y absurda cuando entramos en el engranaje del sistema. Cuando nos damos cuenta nuestro tiempo ha desaparecido. Ya no nos pertenece. Creemos tener algo de calma y ocio, pero eso demuestra algo terrible. Es como cuando un preso sale al patio de la cárcel a dar su paseo diario y piensa, mirando el cielo, que aún guarda en sí mismo algún anhelo de libertad. Esos momentos de ocio son como ese patio, una ilusión de creernos libres mientras deambulamos en la gran cárcel que nos gobierna. Y además nos vigilan y nos censuran. Las normas y las costumbres no permiten que salgamos del camino porque los vecinos juegan un rol importante. Como los nuestros cuando nos ven deambular por las veredas. Nos miran, nos saludan, observan que todo está bien y buscan nuestra complicidad mientras piensan que somos irreductibles, extraños, diferentes.

Vivir una vida algo excéntrica aquí en los bosques puede ser revulsivo para los que nos observan desde lejos. Vivir en la naturaleza, al menos para nosotros, es vivir una vida rica y profunda. Los dudosos lujos y comodidades nos apartan de algo real: el contacto directo con la vida. “Las ocasiones de vivir disminuyen en la medida en que crecen los
llamados medios”, nos decía Thoreau. No le faltaba razón. Es en la humildad del contacto directo con la tierra, del charco, de la comunión con las aves o el bosque, del grito de la lechuza en mitad de la noche, el frío y la nieve, el agua y el viento, donde nace nuestra verdadera naturaleza. Aquí no solo existimos, aquí vivimos intensamente si nuestra sensibilidad nos permite comunicarnos realmente con las fuerzas naturales y sobrenaturales que nos envuelven. Si somos capaces de entender los mensajes arquetípicos de la creación, ancha y luminosa en cada paso que damos. Casi se puede vivir una vida virtuosa sin un exceso de esfuerzo.

Por eso nos mantenemos firmes en el camino arduo. Sin desfallecer, sin mirar atrás, sin desear nada mejor que esto. Desaparecidas todas las ambiciones, solo cabe esperar que mañana el contacto con la naturaleza sea aún más intenso, y así, desear un día más, ser poseídos por las fuerzas inextinguibles de la existencia. No hay mayor sabiduría y ejemplo que poder profundizar en el camino arduo, a sabiendas que la mayor conquista de todas es el poder respirar a cada paso y ser partícipe de toda la creación.

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WhiteFriday: hacia la simplicidad voluntaria. Hoy consume experiencias y conocimiento


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© La casa grande de la alegría (@Niiloi)

Es inevitable que para que nuestro negocio o trabajo funcionen tienen que existir al otro lado personas que consuman nuestros productos y servicios. Noviembre, junto a enero y agosto, es uno de los peores meses para los empresarios. Yo mismo lo noto en las cuentas de la editorial, donde todo son pérdidas y pocas las ventas de libros en estos días. La paradoja, excepto para los funcionarios, es que los empleados deben consumir inevitablemente para que el sistema funcione y sus puestos de trabajo no peligren. Es una paradoja que se retroalimenta una y otra vez y cuyas consecuencias ya estamos empezando a experimentar con el cambio climático. Es el precio del bienestar social. Sueldos dignos para mantener una vida digna que basa su existencia en el consumo extremo.

Si tuviera poder de convicción me gustaría invitaros a que pasarais unos días en el bosque. A muchos de vosotros os presentaría de nuevo a nuestra madre Naturaleza, tan olvidada en estos tiempos de prisas e internet. Os daría un paseo por los verdes prados, entre árboles, mirando al cielo y la luz que tenuemente recorre las veredas. Os hablaría del tiempo, de como transcurren las cosas cuando nos alejamos del ruido de la ciudad y como el silencio va fraguando en nosotros una calma especial, casi mística.

También os hablaría de la necesidad de empezar a practicar en nuestras vidas la simplicidad voluntaria. Es cierto que no os puedo pedir que vengáis todos a vivir a los bosques para, de una forma radical, ser coherentes con el ciclo urgente en el que vivimos, pero sí intentaría moldear vuestras prácticas de consumo, incitando a que cambies la forma de hacerlo. Y la mejor forma que se me ocurre es cambiar las cosas por experiencia o conocimiento, e incluyo en el conocimiento, en el saber, la cultura y el aprendizaje.

Esta es una forma de simplicidad voluntaria que puede generar el que con el tiempo los empresarios piensen más en crear experiencias y conocimiento que cosas. De hecho, las grandes empresas que gobiernan el panorama económico, Google y Facebook, generan experiencias, y no cosas, y no les va nada mal. Pero hay otras experiencias que pueden llegar a crear un matiz diferenciador, y pongo como ejemplo ese paseo por los bosques, donde siempre ocurren cosas que jamás se olvidan. Las semanas de experiencia que organizamos aquí en verano son muestra de ello.

Hoy es un día que nos incitan a consumir. Los empresarios necesitan generar dinero para poder pagar las nóminas de aquellos que tienen contratados. Forma parte del juego. Pero ese juego puede cambiar si empezamos a disfrutar de la vida con menos cosas y mayores experiencias y saberes. Y si esas experiencias están dentro del marco de generar cultura o inspiración o visión o de crear un modelo ecológico o una idea de compartir, de cooperar y de apoyarnos mutuamente, es decir, de crear un nuevo marco de relaciones, un nuevo paradigma de ética donde todos ganemos, entonces ese consumo, además de ser responsable, se convertirá en algo necesario.

Así que disfrutad del BlackFriday, pero hacedlo desde la más absoluta de las consciencias para que en el futuro sea un día luminoso, blanco y bello. Un WhiteFriday donde acompañemos a la naturaleza en su esplendor y belleza.

(Cuña publicitaria: si hoy compras un libro en alguno de nuestros sellos editoriales, te regalamos otro, ¡venga ánimo! Pon WhiteFriday en el asunto y te llegará un hermoso regalo en agradecimiento por consumir cultura, talento, arte. Ya sabes, además, que los beneficios van directamente al Proyecto O Couso… )

http://www.editorialdharana.com/

 

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