La belleza: resultado de la simplicidad


No debemos idealizar aquello que no nos hace felices. Es algo que deberíamos tener siempre en nuestra mente y nuestro corazón. Aprender que en la vida, a veces, hay que renunciar a casi todo para así ser más nosotros, más esencia. Renunciar a las expectativas, a las cosas, incluso a algunas personas. La renuncia es una fuerza poderosa que nos libera, que aligera nuestras vidas. Renunciar a propiedades que nos atan, a sueños que nos esclavizan, a realidades que ya no significan nada para nosotros. Renunciar a la seguridad, a nuestro estado emocional, a nuestras verdades, con tal de encontrar en esa renuncia un alivio o un sustento espiritual, una razón de ser.

La belleza de nuestras vidas siempre es resultado de nuestra simplicidad, de nuestra perfecta complicidad con lo natural. Cuanto más simple hagamos nuestra existencia más bella será. Lo podemos ver en la simplicidad de una flor, en la simplicidad de un vuelo o del canto de un petirrojo, en la constante simplicidad de la naturaleza. Una montaña es simple y al mismo tiempo bella y majestuosa. Una nube, en su simpleza flotante, puede desmontar cualquier canon de perfección.

La simplicidad voluntaria es algo revolucionario. Simplificar nuestras vidas, nuestras compras, nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras metas, nuestros prejuicios, nuestras ataduras, nuestros pesares. La belleza atiende a esa simplicidad que ejercemos en nuestros actos diarios. En lo que comemos, en lo que bebemos, en lo que respiramos, en lo que ejercitamos.

La simplicidad en nuestros pensamientos, siempre tan ocupados en las diez mil cosas, que diría el Tao. Siempre tan cansinos y apresurados como un mono loco sin rumbo y sin dirección. A veces tener un buen norte evita tanto tormento, tanta incapacidad para no hacer nada. A veces un norte sencillo nos ayuda a minimizar nuestras fuerzas y nuestros caminos. Nuestros pensamientos a veces son tormento y cobijo de miedos por cosas que no pasan, que nunca pasarán, que nunca pasaron.

Simplicidad en todo, también en nuestra forma de vestir, de andar, de comunicarnos, de trabajar, de vivir, en definitiva. Simplicidad en las relaciones, en el tacto, en los mensajes que ofrecemos al mundo, en nuestra música interior, en nuestros silencios, en la forma de encender una vela o un incienso, en la manera de tumbarnos para escuchar simplemente el sonido del bosque.

Una vida simple, sin tantos aparatejos, sin tanto ruido, sin tantas cosas. Una mirada sincera, un manojo de flores silvestres, un te quiero llano, sin amuletos ni sortijas. Un paseo con los lobos o con la familia, en manada, entre sendas y prados verdes. Una casita de madera, pequeña, no muy grande, con sus infusiones y sus tardes de lluvia y su chimenea. Una mantita tejida en sueños, un abrazo, siempre un abrazo. Qué hay más simple, profundo y bello que un abrazo sentido, de esos que atrapan el sueño y el tiempo, de esos que no quieres que nunca se acaben, por necesario, imprescindibles. Un abrazo paraliza la vida, porque es simple, porque es bello, porque es inexcusable, sempiterno, forzosamente silencioso y por ello, profundo, infinito, bello. Un abrazo es una llama, que enciende vidas, que enciende esperanza.

O Couso cierra sus puertas hasta el verano


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Estimados amigos,

Durante estos casi nueve años hemos hecho lo imposible por mantener a flote el proyecto O Couso y ha sido todo un milagro haberlo conseguido y haber restaurado de la nada la gran ruina con la que nos encontramos al inicio del proyecto. Cientos de personas en estos años han pasado por el proyecto, beneficiándose de sus inspiradoras enseñanzas, principios y experiencias. Han sido unos años apasionantes y llenos de riqueza interior y exterior. Muchas personas, según sus testimonios, han vivido momentos transformadores que han cambiado para siempre sus vidas.

Nos sentimos enormemente agradecidos y satisfechos por el logro conseguido, habiendo podido crear un referente inspirador donde los valores y principios de buena voluntad y nueva cultura ética han servido de instrumento transformador. Una ética viviente que hemos intentado plasmar en cada una de las experiencias que el proyecto ha ofrecido a todos los visitantes, desde la Semana de Experiencia, pasando por los 21 días de Experiencia, los Tres meses de Experiencia, los Seis meses de Experiencia y los Dos años de Experiencia. Toda una Escuela transformadora que deseaba crear un cambio positivo en todos nosotros. Una Escuela donde los dones y talentos se han podido manifestar de forma libre y desapegada, donde la meditación, el estudio y el servicio han servido como pilares suficientes para sostener esta utopía necesaria en nuestros días.

En estos momentos nos vemos en una situación donde deseamos reajustar y definir todos estos años de aventura. En primer lugar, deseamos anular la deuda contraída con terceros para ponernos al día con las cuentas. De forma directa, tenemos una deuda de algo más de 65 mil euros que la fundación ha asumido para poder comprar y restaurar la casa de acogida. De forma indirecta, los residentes asumieron una deuda personal de algo más de 40 mil euros, que sumado al coste de compra de la finca (125 mil euros) y al coste de restauración y mantenimiento del proyecto en estos casi nueve años (unos 400 mil euros), han supuesto un gran esfuerzo para todos.

Es por ello por lo que en este tiempo de otoño e invierno que se presenta, vamos a cerrar la casa de Acogida hasta el verano, reabriendo sus puertas el 21 de junio. La intención es no seguir entrando en gastos y poder así asumir la deuda pendiente, amortizando poco a poco todo lo que queda antes de entrar en nuevos gastos.

La economía del don y la consciencia que en ella hemos depositado todos los participantes del proyecto no ha sido del todo suficiente para poder mantener y conservar el proyecto con toda la dignidad que hubiéramos deseado. Es por ello por lo que preferimos mantener las puertas cerradas durante un tiempo hasta que podamos ponernos al día con todo. Dicho todo esto, en el año 2023, O Couso solo estará abierto los meses de verano, volviendo a cerrar de nuevo en el próximo otoño. Cerramos por lo tanto del 1 de noviembre de 2022 hasta el 21 de junio de 2023.

Agradecemos profundamente la comprensión y esperamos poder vernos pronto.

Buscando la paz del hogar


«El hombre feliz es aquel que, siendo rey o campesino, encuentra paz en su hogar”. Goethe

Siento que en estos años he cumplido con un propósito que supera con creces mi propósito personal y cualquiera de mis perspectivas. Digamos que he sido partícipe de un propósito mayor, al que siempre he llamado ideal utópico, y que aspiraba a crear una semilla de valores y consciencia más allá de nuestros pequeños valores y consciencias individuales. Ha sido un sobre esfuerzo titánico que en un principio debía ser grupal, pues esa era la naturaleza de su idea primera, y que al final se ha convertido en una trampa compleja que ha terminado por desgastar todas las fuerzas que cualquier persona pueda albergar para cualquier obra mayor.

Noto, interiormente, que el agotamiento es excesivo. También el desgaste y el comprobar que durante unos años tendré que ordenar toda la economía personal para poder volver a cierto equilibrio. Nunca pensé que las utopías fueran a costarme diez años de ahorros, esfuerzo y trabajo, y todos los que puedan quedarme por delante antes de volver al menos a como estaba antes de emprender esta locura. Solo pensarlo ya es agotador.

Eso me plantea muchos interrogantes interiores. Por un lado, la necesidad personal de reordenar mi vida, de pagar esos más de cien mil euros que hay de deuda entre lo personal, lo empresarial y lo utópico que ha nacido de este proyecto. Lo segundo, asumir la pérdida de todo lo invertido personalmente en el mismo, que fácilmente puede llegar a ascender a más de quinientos mil euros. Estoy desapegado de la pérdida, pero me crea inquietud lo que pueda ocurrir con todo lo demás.

Sí, las utopías son caras. Ya antes muchos otros se arruinaron con ellas. Tenemos los ejemplos de Robert Owen y Charles Fourier a los que no les fue nada bien. Y de cientos más. Me pregunto y me interrogo en estos días cual sería el camino correcto, qué debería hacer realmente para no terminar crucificado de la misma manera que terminaron otros antecesores. Y no es por una cuestión económica. Sería muy fácil pervertir los principios del proyecto y recuperar parte de lo invertido en cualquier momento. Pero me niego rotundamente a esa perversión y a esa traición. Prefiero la pérdida, la derrota y la sensación de fracaso antes que pervertir uno solo de los principios.

Entre lo blanco y lo negro hay muchos claroscuros, muchos tonos grises que aún no logro definir. Entre el orden y el caos, están los principios de la termodinámica, las misteriosas leyes causales, la base de toda creación, conservación y destrucción, que inevitablemente ejercen influencia en todos los procesos de nuestras vidas. Y en todo eso me debato en estos meses, quizás ya años, de incertidumbre imperfecta.

También está la cuestión de ese sentimiento de falta de hogar. Uno no se puede sentir en su hogar cuando vienen otros de fuera a decirte como debes hacer las cosas. Esto me ha pasado muy recurrentemente, diría casi a diario en los últimos nueve años. Gente que viene e intenta imponer sus manías, sus antojos y rarezas a los que llevamos años viviendo en ese lugar. Es algo que ahora me desquicia y que cada vez me cuesta más tolerar. Esa falta de intimidad constante, esa falta de delicadeza hacia la privacidad.

En definitiva, esa falta de hogar, ese lugar donde llegar y poder poner la música alta o bailar desnudo si te place o gritar si te viene en gana sin que nada ni nadie te imponga una forma de vivir, una disciplina de vida, unos horarios o una manera de existir determinada. Está bien por una semana, por una semana de experiencia, pero no está bien para toda una vida. E ahí la cuestión de todo, el meollo de todo. La falta de libertad, la falta de hogar, la falta de aquello que se aproxima siempre a los lisos parámetros de la felicidad individual. Y aun siendo rey o campesino, necesito para los próximos años esa paz, esa libertad, ese hogar. Ese inevitable equilibro para ser totalmente feliz, vivir con entusiasmo y estar impregnado de la alegría suficiente para seguir adelante.

No se equivoca el que cae…


«No se equivoca el ave que ensayando el primer vuelo cae al suelo, se equivoca aquel que por temor a equivocarse renuncia a volar por la seguridad del nido.»
Rabindranath Tagore

Luna llena en Aries con Venus como regente. Inolvidable. Es cierto que caímos en algunos vuelos, pero nos atrevimos a alzar las alas y volar alto. El resultado fue hermoso e inolvidable, y por lo tanto, digno de recordar por mucho tiempo. No hubo miedo, solo detalle, gestos, y todo aquello que hace que toda parte del camino sea única e irrepetible. Un despliegue de amor donde lo bueno se hizo mejor.

No se equivocó el ave, aquella ave que impulsada por su instinto sigue el ímpetu del deseo, de la atracción hacia el vacío perenne que subyace en toda provocación espacial. Ese hilo inmortal que nos empuja a seguir los caminos que llevamos dentro de nosotros. Todo aquello que parece escrito en algún libro misterioso, de tapas muy duras decoradas con dorados amuletos, como si fuera un precioso grimorio cargado de sabiduría esotérica sobre los secretos más ocultos del universo entero.

El destino es invocador, la llamada es inexorable. Nos reúne a unos y a otros para festejar lo incomprensible en aquel círculo no se pasa. Cuando rechazamos la llamada nos puede ocurrir como a la ninfa Dafne, podemos convertirnos en un árbol de laurel. O podemos terminar en ese laberinto lleno de faunos y minotauros hambrientos. Perdidos, derrotados, ofuscados por sus altas paredes sin poder ver más allá, sin poder alcanzar el hilo dorado de la Vida.

Nos hablaban los antiguos del vuelo mágico. Inaplazable, deseoso, necesario. Ese vuelo que en varias ocasiones en nuestras vidas emprendemos para llegar más alto, más sabios, más profundos, más conscientes, más vivos. Ese vuelo que se nos exige para renovar nuestros votos existenciales, nuestra responsabilidad y compromiso con esa misión-labor a la que venimos, con ese propósito inexorable escrito desde las plumas del alma.

Se equivoca aquel que renuncia a volar. Aquel que queda atrapado en la seguridad del nido, temeroso, apartado del río de la vida, lejos de poder comprender la necesidad de equivocarse en cada salto para algún día, emprender el vuelo real, el vuelo mágico, el vuelo sempiterno. Se equivoca el que queda conforme, el que no desea más que amarrarse a lo conocido y superficial, sin mayor aspiración que esa.

Por eso esta luna llena en Aries con Venus como regente ha sido inolvidable. Hubo vuelo mágico, hubo vida, consciencia, compromiso, gesto, riesgo, amor. Hubo algo que creó un puente indestructible, un antakarana que une inevitablemente los designios del cielo con la premura de la tierra. Esa necesidad de crear una puerta para que toda semilla crezca, para que toda alma luminosa pueda encarnar en un mundo mejor, en una vida adelantada en sencillez y belleza, en ternura y delicada comprensión. Vale la pena dar el salto, vale la pena caer al suelo cuantas veces hagan falta. Vale la pena saber que algún día, el vuelo llega, y es profundamente inolvidable y hermoso.

Discernir, priorizar, focalizar, perseverar


«El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante». El Principito.

Todos soñamos, todos deseamos mejorar día a día, todos anhelamos un mundo nuevo, bueno y mejor. Todos, de alguna manera, miramos los horizontes con esperanza, aún a sabiendas que algún día ese horizonte se borrará y dejará de existir para nosotros. Cada uno de nosotros suspira siete veces siete al día, implorando que todo vaya bien, que no falte comida, que no falte trabajo ni calor ni hogar, que no falte amor e ilusión. Muchos acostumbramos a quedarnos esperando a que ocurra algo, a que alguna especie de milagro acontezca mientras vemos pasar la vida. Otros, los menos, se calzan las botas de caminar y no esperan al milagro, van en su búsqueda hasta alcanzarlo. Caminan y perseveran hasta ollar todas sus sendas.

Esos, los más osados, los más valientes, interiormente han comprendido que la propia existencia produce magia si conseguimos empaparnos de sus corrientes de vida. La vida hilozoísta que recorre todo cuanto existe, la vida que todo lo impregna, la vida que todo lo salpica, aún cuando no seamos totalmente conscientes de ello.

Hay un diálogo que se teje constantemente entre nuestra parte más profunda, muchas veces invisible a los ojos de nuestra consciencia, y la parte más profunda y misteriosa del cosmos. Ese diálogo, ese lenguaje de los pájaros o lenguaje verde, como lo llamaban los antiguos, está cargado de arquetipos, de matemáticas, de geografía sagrada. En ese coloquio con la naturaleza misteriosa, se puede atisbar la fragancia sublime entre lo que somos y nuestros sueños, nuestros anhelos, es decir, aquello que deberíamos ser, desde el Ser.

Algunos consiguen descifrar los códigos ocultos de dicho lenguaje, y comprenden que para conseguir que la magia actúe, que los sueños que imaginamos en lo más profundo se vayan tejiendo en el plano de la forma, en la realidad palpitante, se necesitan algunos ingredientes básicos: discernimiento, priorización, focalización y perseverancia.

Discernimiento porque nuestra mente pequeña está siempre ideando, pensando, maltratando nuestro ser con mil razonamientos, síntomas inequívocos de que estamos en un tiempo donde aún no tenemos pleno dominio sobre nuestro pensar. La mente se catapulta hacia todo tipo de interferencias, algunas provenientes de la necesidad, otras del miedo más ancestral, otras de los resquicios de nuestros ancestros, esas voces que aún permanecen en nosotros y no somos capaces de desenmascarar. Discernir significa concentrar en un solo pensamiento aquello que verdaderamente anhelamos y deseamos, dejando a un lado todo lo demás. En la tradición del yoga se llama Dharana, concentración de todas nuestras energías en un solo punto, despreciando todas las demás distracciones e interferencias.

Una vez hemos conseguido despejar, mediante la fuerza del discernimiento, aquello que verdaderamente anhelamos, lo ponemos en primera posición de salida en cada uno de nuestros días. Priorizamos esa idea, ese anhelo, ese deseo, esa prevalencia. Esto es muy importante, porque puede ocurrir que podemos discernir claramente lo que deseamos, pero no llegamos a priorizarlo por miedo, por falta de entusiasmo, por falta de valor. Priorizar nuestros sueños es sentirnos capaces de poder llevarlos a cabo, descartando de nuevo todo aquello que nos distraiga de ello.

Volvemos a discernir, a priorizar y luego, irremediablemente, debemos darle foco a esa prioridad. Eso significa dar el extra, apuntar todas nuestras fuerzas y recursos para que esa prioridad se ponga a caminar. Cuando ponemos el foco en nuestra prioridad, todo el universo se pone a nuestro favor. Todas las energías disponibles, todas las fuerzas que somos capaces de atesorar, se ponen a trabajar para nosotros. Ahí empiezan a reclutarse todos los ingredientes necesarios para que se obre cualquier tipo de milagro. Ahí nace el mago que todos llevamos dentro, porque empezamos a atender con fuerza lo que verdaderamente anhelamos.

Y luego el gran secreto de todo sueño: perseverar. La perseverancia es esencial, porque todos sabemos que no existe en la naturaleza la generación espontánea. El secreto de los ciclos nos enseña que todo fruto llega cuando somos capaces de trabajar la tierra, sembrar correctamente en ella, cuidar aquello que amamos día tras día, y perseverar para recoger todos sus frutos. A mayores cuidados, a mayor atención y perseverancia, a mayor foco, prioridad y discernimiento, mayor será el logro en nuestras vidas. Es el tiempo que dedicas a una cosa lo que hace que sea importante. Y eso que es importante para nuestro corazón, para eso que es esencialmente invisible a los ojos, debemos lanzarlo con fuerza para que se haga realidad.

La delicadeza de las cosas


Todo es delicado. La sensación de finitud. La muerte. La vida. El amor. Las emociones son completamente delicadas. Los estados de ánimo, nuestros cuerpos, nuestras fatigas, nuestros anhelos, nuestras inquinas. Las plantas son delicadas, las flores, sus inmediatos perfumes. Los animalillos del bosque, el cauce de un río, el extenso horizonte de un mar que atardece o amanece. Nuestros deseos, nuestro despertar diario, nuestros anocheceres con sus noches oscuras y sus días complejos y sus vacilaciones y suspiros.

Cuando abrazamos a otro ser humano, debemos hacerlo pensando en su fragilidad, en su delicadeza. Cualquier cosa nos puede afectar, cualquier gesto, cualquier equivocación, puede provocar un abismo de oscuridad. También viceversa. Cualquier gesto de amor puede provocar en el otro una inmensa felicidad, un reencuentro consigo mismo. Solo tenemos que tomar consciencia de la exquisitez y finura de las cosas, de las personas. Coger a un niño recién nacido con ese cuidado escrupuloso es un reflejo de la ternura que nace naturalmente de nuestro interior. Así deberíamos abrazar la vida y todas sus extensiones a cada instante. De la misma manera con la que se abraza a un bebé recién nacido. Como si todos los días naciera un niño, y tuviéramos la responsabilidad inmediata de su cuidado y atención.

En nuestros pensamientos, en nuestro ánimo, en nuestros deseos y en nuestros actos. Estar siempre atento para que nuestras palabras no sean ofensivas, para que nuestros actos diarios sean completamente inofensivos y amorosos. Empatizar con el dolor del otro, con la vida del otro, con la visión del otro. Abrazar, sin castigar, cada error cometido. Al igual que ya no castigaríamos a un niño pequeño por tropezar cuando está aprendiendo a andar. Más bien lo sostenemos felices por sus avances, aunque se equivoque una y otra vez, aunque tropiece y caiga y se ensucie. De igual manera deberíamos sostener los errores de los otros, advirtiéndoles con amor que quizás las cosas se pueden hacer de otra manera, se pueden tejer de diferente forma, se puede mejorar día a día, siempre. Es en esa mejora continua, en ese aprendizaje, donde damos valor a las relaciones, a los espejos que los otros producen en nosotros, en todo aquello que nos hace crecer en consciencia y amor y vida.

La madeja de relaciones siempre es compleja. No puede haber amor si no hay relación, y toda relación requiere roce, fricción, rozamiento, desgaste. Por eso amar es un arte, un arte delicado, un arte que requiere entrenamiento y disciplina. Amar desde la buena voluntad, sin rencor, sin juicio, amar amando, amorosamente, con ternura, con suavidad, con delicadeza, desde la belleza del amor, el perdón, la compasión.

Honrar la vida en el sagrado cotidiano, en las relaciones, en todas las experiencias diarias, es llenar cada instante de espíritu, de consciencia, de ternura, de delicadeza. La belleza es un arte, un don que la naturaleza pone a nuestra disposición para que alcancemos la meta de ser felices, de tener una vida plena y consciente, una existencia donde podamos valorar cada segundo que pasa. La belleza es resultado de la simplicidad, del tacto y del cuidado, del amor, del esfuerzo acompañado de inteligencia, y del respeto por cada partícula de vida. Ser seres bellos, elegantes, armoniosos, cuidadosos, quizás sea una de las tareas más complejas que existan. Cuidar nuestro cuerpo como si fuera un templo, embellecerlo, volverlo inofensivo, trasparente, luminoso. Cuidar de nosotros, para cuidar de otros. Somos delicados y frágiles, cuidémonos todos los días, con amor.

Avivando el fuego de la vida


«Conservar el fuego desde que fue inventado. En eso consiste, cada día, esta tarea de vivir.» Begoña Abad

En el tránsito del solsticio de verano al equinoccio de otoño escribí estas palabras que ahora recupero algo asombrado:

“Acabo de llegar a Hendaya, en el sur de Francia, hermoso lugar fronterizo con nuestro país. Aquí participaré en un pequeño ritual de transición, de cambio de ciclo, de cambio de fuerzas y energías que deberán acompañar esta nueva etapa. Mañana ese ritual se complementará con los ancianos del Arco Real en San Sebastián, una forma de transitar mediante los augustos misterios hacia dimensiones más vastas del ser. Y por la tarde, una nueva transición en las altas montañas de Cantabria, aislado posiblemente de cualquier cosa que pueda separar el cielo de la tierra. Estos viajes, estos cambios, seguro que son un reflejo de lo que de alguna manera se está tejiendo dentro.

Ayer tuve una muy grata sorpresa. Algo que no esperaba y que me ayudó a transitar desde el cariño y el amor este nuevo ciclo. En la parte fantasiosa del relato es como si dos almas se hubieran reencontrado desnudas, despojadas del pasado, y hubieran atravesado durante tres largas horas un hermoso umbral. Siguiendo con la fantasía, es como si hubieran paseado por una hermosa playa, hubieran recogido de entre los pinares piñas y hubieran encendido algunas velas junto a un ramillete de incienso. Es como si se hubieran apagado las luces del mundo y sonara la música ancestral que conmueve a las almas en su baile mágico, en su fuego vital. Nos imaginábamos danzando junto al fiel amigo peludo, el cual nos miraría con cara de incredulidad ante nuestra felicidad y alegría. Ayer es como si nuestras almas bailaran poseídas por el éxtasis. Es como si todos nuestros átomos estuvieran poseídos y fueran capaces de trasladarse por infinitos universos, por llamaradas de fuerzas encantadas.

Fuera como fuera, real o fantasía, fue el broche de oro para despedir un solsticio muy difícil para los dos, y empezar con una nueva energía, con una nueva esperanza, con un sueño renovado. Agradecí mucho el gesto, el regalo, todo aquello que recibí entre risas y llantos, entre sueños y esperanzas. Agradecí empezar este nuevo ciclo a su lado, aunque nos separara un abismo”.

Nunca pensé que estas palabras escritas en el sur de Francia hace tan solo unos días fueran tan premonitorias, tan intuitivas y valedoras de un nuevo renacer necesario y justo. Qué importante son los ciclos. Qué importante resulta morir y renacer una y otra vez. Comprender esa fuerza cíclica, esa impermanencia constante, ese devenir transformador. De alguna manera, la fantasía se convirtió en realidad y apareció la grandeza del fuego vivo, aquello por lo que el ser humano ha luchado por mantener encendido desde que se descubrió. Primero el fuego físico, el dador de calor, luego el fuego místico, la llama espiritual que todo lo envuelve. Y ese fuego nos llega en forma de amor, de compasión, de entrega. El verdadero sentido de todo ser es avivar la llama de ese fuego y ser dador del mismo. Avivar el fuego de la vida es lo que nos dota de sentido y nos lleva hacia la meta última. El amor, el amar.

Cuando los sueños se hacen realidad


“¡Oh día, despierta! Los átomos bailan. Todo el universo baila gracias a ellos. Las almas bailan poseídas por el éxtasis. Te susurraré al oído adonde les arrastra esta danza. Todos los átomos en el aire y en el desierto, parecen poseídos. Cada átomo, feliz o triste está encantado por el sol. No hay nada más que decir. Nada más”. Rumi. Poema de los átomos

Me gustaría poder describirlo, pero resulta complejo expresar algunas cosas con palabras. Podría simplificarse todo diciendo que vivimos el atardecer en La Torre de Hércules, que amanecimos en el Faro de Fisterra y desayunamos frente al mar de Muxía. Si fuéramos uno, y no dos, diríamos que dimos la bienvenida al mes de octubre con nuestro «en lo bueno y en lo malo» por bandera, pues nunca antes tuvo más sentido. Diríamos que la Costa da Morte se convirtió en la Costa da Vida, sin más.

También podríamos decir, si fuéramos uno y no dos, que existen los sueños y existen los milagros. Que cuando ambos se juntan en un destino común, ocurre la más profunda y misteriosa manifestación de la Vida. Tras la oportuna muerte y resurrección, la consciencia, la vida y el amor han triunfado. En lo bueno y en lo malo, siempre…

Puedo decir que aquel día no temí a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón. Emprendí valiente el rumbo hacia aquella costa, aquel hospital perdido en mitad de la nada. Pude al mismo tiempo osar quedarme a dormir junto al mar, esperando que las sirenas cantaran su última canción. Podría imaginar cualquier hermosa escena de amor, pero ninguna podría describir ese instante.

Podría decir tantas cosas, que sería enturbiar lo que ocurrió en lo secreto. Podría desvelar alguna anécdota o el maravilloso mundo de sincronías que existieron para que los astros se reunieran en poderosa conjunción. No sé, podría decir mil cosas, pero ocurre que a veces hasta los poetas se quedan mudos y los músicos sin canciones ante lo increíble de la vida.

Así que mejor no decir nada, dejarlo todo en la taciturna memoria, en el secreto inmortal de los acontecimientos de los que no se pueden hablar. Mejor guardar silencio, como hacen los iniciados ante los secretos desvelados tras pasar las columnas del templo. Callar como hacen los maestros que tienen cierto control sobre los cuatro elementos que dominan nuestra vida inferior y se dedican, desde lugares remotos, a transformar mundos y universos.

Lo cierto es que ni siquiera sé como continuará todo, pero sí sé que la perseverancia y el amor verdadero guardan entre sí una razón poderosa para que mundos y universos puedan ser transformados, vivificados, animados y creados. Quizás exagero diciendo que estos días han sido inolvidables, pero me quedaría corto, torpe y huérfano si intentara tan siquiera envolver con palabras ninguno de los hechos acontecidos. Así que solo me queda animaros a que seáis siempre persistentes en vuestros sueños, sean los que sean, porque podría ocurrir que la vida se mostrara milagrosa y nos ofreciera su elixir más valioso. Nunca dudéis de vuestro sentir interior, porque siempre os llevará hacia el milagro de la existencia.

Poema de los átomos. No hay nada más que decir…


“¡Oh día, despierta!

Los átomos bailan.

Todo el universo baila gracias a ellos.

Las almas bailan poseídas por el éxtasis.

Te susurraré al oído adonde les arrastra esta danza.

Todos los átomos en el aire y en el desierto, parecen poseídos.

Cada átomo, feliz o triste está encantado por el sol.

No hay nada más que decir.

Nada más”.

Rumi. Poema de los átomos

Otoño. Equinoccio. Haleg-Monath. Mabon. Volver a empezar


«Reciba a los niños en reverencia, edúquelos en el amor y envíelos en libertad.» – Rudolf Steiner

Llega un nuevo equinoccio. Llega una nueva energía, un nuevo ciclo, una nueva oportunidad. Un tiempo de renovación, transformación, metamorfosis. Un tiempo de oportunidad. Cae lo viejo, lo caduco. Cae todo aquello que ya no sirve. Todo aquello que servirá de abono para la tierra doliente, húmeda, oscura.

Los árboles se sacuden con el viento mientras que los pájaros recogen poco a poco su cantar esperando la próxima primavera. Las montañas se tiñen de ocre y pronto las castañas empezarán a teñir también los caminos, las dehesas y los campos. Brotarán las primeras setas, hongos y trufas. El manto verde volverá a resplandecer bajo la promesa de nuevas lluvias. Los cauces crecerán de nuevo y se llevarán todo aquello inservible.

Es tiempo de recogimiento, de chimenea, de reflexión, de castañas y fuego, de magosto. Tiempo de hogar, de abrazo, de manta, de película, ya sabes cual. Tiempo para volver a soñar, para empezar una vida nueva, ampliada y mejorada, perfeccionada gracias a los avatares de la experiencia. Es tiempo de clasificar las semillas e ir preparando, tras el reposo, la nueva tierra.

De alguna forma es tiempo de volver a abrazar lo sagrado, abandonando el mundo profano que tantos dolores de cabeza nos ha dado. Es tiempo de acercarnos a la vida del espíritu, a la profunda presencia del misterio. El equinoccio de otoño nos recuerda la necesaria oportunidad de renovación espiritual que todo ser necesita. Inevitablemente.

Hoy el día y la noche tendrán la misma duración. Equinoccio, noche igual. El calor dejará pasar poco a poco al frío. Esta estación nos va preparando para esa iniciación blanca, fría e inhóspita. Es tiempo de celebración, de dar gracias por las cosechas del verano, a veces duras y complejas. Dar gracias también por los aprendizajes, por aquello que hemos recolectado para engrandecer nuestra experiencia y la vasta vida del alma. Es tiempo de volver a nosotros mismos, a nuestra verdadera esencia, despojándonos de las máscaras y los ropajes que no son nuestros.

Haleg-Monath en la tradición celta o Mabon en las tradiciones neopaganas. El mes sagrado por excelencia que nos prepara para la llegada de Samhain, la mitad oscura del año que nos llevará hasta la mitad clara. El tiempo de renovación, la oportunidad de volver a empezar de nuevo, de hacer tabla rasa, mirar hacia dentro y reconducir nuestras vidas. El tiempo de querer mejorar, de hacer bien las cosas, de emprender una nueva vida desde un sentido más profundo y verdadero.

Es tiempo de amar otra vez, sin decepciones, sin rencores, sin miedos y de volver a soñar en aquellas praderas y aquellas montañas elevadas. Renovando el ciclo de la vida, conservando el latir profundo de la existencia, esperando ser partícipes una vez más de la Vida en toda su más amplia manifestación. Es tiempo de recibir a los niños en reverencia, educándolos en amor para que emprendan algún día el camino de la libertad. Es tiempo de retomar el Sueño.

Tiempo liminal, fronterizo entre la luz y la oscuridad. Tiempo de melancolía, ojalá que una melancolía acompañada, abrazada, amada. Nos adentramos poco a poco a la oscuridad, al frío. Debemos agitarnos para que lo viejo caiga. Debemos desnudos afrontar lo que viene, alimentarnos del fruto recogido y esperar nuevos tiempos con valentía, coraje y perseverancia. Esperaremos, pacientes, porque la Vida desea volver a manifestarse, una y otra vez. Esperaremos como siempre hemos hecho, a pesar de la dureza que este otoño promete. Servir a la luz desde la oscuridad como bonita metáfora otoñal. Servir al amor, una y otra vez, llevando la barca cada vez más adentro, encendiendo el farolillo cada vez con mayor luz y verdad. Volvamos a empezar, una y otra vez. Cuántas veces haga falta. Volvamos a hacerlo.

Mañana podríamos estar muertos


Uno puede estar muerto cuando vive una vida real que es falsa. Cuando acompasa el día a día con rutinas que pretenden rellenar los huecos inservibles, los suspiros inacabados, las promesas incumplidas. Uno muere cada día cuando se abandona al tedio, al contacto con la tierra, a lo que nos ancla a una realidad que inventamos para alejarnos para siempre de la verdadera vida.

Morimos cuando nos alejamos de nuestros sueños y del amor. Cuando nos acostamos con este o con aquel por el simple hecho de no sentirnos solos. Morimos cuando intentamos llenar vacíos con cualquiera que nos llame un poco la atención, bostezando a escondidas, cuando nadie nos ve, porque esa persona no mueve ni un ápice nuestra sangre viva.

Morimos cuando no somos capaces de dar todo nuestro amor a aquella persona que amamos en secreto. Cuando no nos atrevemos a abrazar la locura de aquel romance, la locura de una vida que nos hacía sentir vivos.

Hasta donde sabemos, mañana podríamos estar muertos, pero también hoy, si nos arrodillamos ante una vida que no es real, ante unos hechos que se repiten minuciosos, monótonos, faltos y carentes de todo.

¿Qué es real? ¿Una vida material vacía, sin esperanza, cargada de aburrimiento, hastío y languidez, o aquel sueño que se nos presentó como una fantasía pero que estaba cargado de belleza, ternura, emoción y un completo abanico de espectros cósmicos?

No podemos seguir malgastando nuestro tiempo en una vida que no nos llena, por mucho que nos ancle a la realidad, si esa realidad se aleja tanto de nuestro propósito vital, de nuestra misión de vida, de nuestra realidad más próxima al corazón. No podemos seguir añadiendo cicatrices al corazón pensando que nunca estaremos preparados, que aún no estamos listos para abrazar nuestro verdadero propósito.

¿Cuándo lo estaremos? Uno nunca está listo ni preparado para enfrentarse a la vida, es la vida la que nos prepara a cada paso. Son los pasos que damos, y no el camino, los que nos empujan a vivir plenamente.

Perder nuestro gran amor, perder nuestra gran oportunidad, perder toda una vida porque aquel verano pensamos que no estábamos listos. Perder toda una vida porque nunca tuvimos tiempo, porque había que anclarse a lo cotidiano y aplastar de golpe nuestro gran sentir.

No quiero juzgar, pero pasarán los años y veremos en nuestro fondo de pantalla aquel hogar que nunca construimos, aquellos niños que nunca nacieron, aquella vida salvaje que nunca nos atrevimos a vivir. Y sí, estaremos anclados a la realidad, pero con el paso del tiempo nos daremos cuenta de que esa no era la Vida que debíamos vivir. Esa realidad que nos mantenía firmes y seguros no era el Sueño que habíamos venido a interpretar.

Y así pasarán los años, y ahí quedará el recuerdo de aquella vida que nunca pudimos vivir, aquella vida que no era otra que nuestra verdadera vida, aquella que aquel verano se escurrió por entre los dedos porque aún no estábamos preparados.

No podemos juzgar lo que cada cual tiene en su corazón, pero si no estamos preparados para el amor, no estaremos nunca preparados para la vida. Así que amemos fuerte y amemos completamente, ahora que podemos, aunque no estemos preparados, aunque el miedo no nos deje dormir por las noches. Amemos ahora porque pronto moriremos. Porque pronto estaremos muertos.

El arte de la decepción


© @__moonglow

 “El goce decepciona, pero la posibilidad no”, Kierkegaard

Nos vamos a decepcionar unos a otros. Eso no significa que algo vaya mal. Forma parte de la vida. Escuchaba hoy en la voz de una joven y vital anciana tras más de sesenta años con su pareja. Me he quedado en silencio, saboreando sus palabras, intentando resolver y comprender su significado oculto. Han llegado precisamente en un tiempo en el que estoy aprendiendo a permanecer en lo malo y en lo bueno ante circunstancias decepcionantes, muy decepcionantes. Lo veía en mí, pero al verlo reflejado en las palabras de esta joven anciana, algo importante se ha anclado dentro de mí.

Perdonad que lo escriba en primera persona, pero es muy sanador compartir esta reflexión desde los adentros. Cuántas y cuántas veces hemos decepcionado y nos han decepcionado al mismo tiempo sin entender que eso forma parte de la vida. No es que algo vaya mal, no es que esa persona o esa situación sea mala, es que forma parte de la vida. ¿Acaso la propia vida no nos resulta a veces completamente decepcionante? Y no por ello queremos abandonarla. Entendemos que toda crisis, que toda frustración, que todo dolor, que todo paréntesis en nuestra existencia aporta un valor primordial dentro de nosotros. Para algunos un halo de esperanza, para otros, el sabor imperecedero del perdón, para los demás, una oportunidad de amar incondicionalmente, en lo bueno y en lo malo.

Seamos conscientes que desde hoy mismo vamos a decepcionar a muchas personas. Seamos conscientes de que muchos nos verán como fracasados, como inválidos, como enemigos, como perdidos, como insolentes, como malvados, oscuros o acabados. Y mucha gente nos decepcionará por sus mentiras, por su odio, por su rencor, por sus miedos, por sus enredos, por su ceguera, por sus creencias o inmoralidad.

Pero, ¿y si aceptáramos eso como parte de la vida? ¿Y si fuéramos capaces de redimir esa sensación extraña que sentimos cuando algo o alguien nos decepciona? La desilusión forma parte de la vida. Los enamorados se desilusionan cuando dejan de sentir mariposillas en el estómago, sin entender que ese ciclo ya pasó, que eso forma parte de la vida y que ahora toca querer desde la responsabilidad y el compromiso, para algún día saber amar incondicionalmente. Pero nadie nos enseña la fuerza poderosa de los ciclos. La necesaria muerte de los tiempos para que nazcan otros nuevos, renovados, mejores, aumentados, perfeccionados. El amor verdadero triunfa cuando esa revelación se suma a la sabiduría, a la fuerza, a la comprensión de esa profunda impermanencia.

Nada nos decepcionaría si entendiéramos la verdadera pureza de los cambios, de los ciclos, de todo aquello a lo que no ponemos ni una mota de expectativa ni resistencia. No nos decepcionarían los errores del otro si entendiéramos que no nacen del mal, sino de la ignorancia o la propia provocación de la vida.

Nada nos desilusionaría si comprendiéramos que cuando la llama no late, ni brilla, ni se expande, es porque está muriendo para que algo nuevo renazca. Y la renovación de ese algo nuevo no es por sí mismo malo o doliente. Es necesario, es vida. Si el tiempo y sus ciclos es poderosamente acompañado por la honestidad y la lealtad, cualquier decepción pasará a ser simplemente una nueva forma de comunicarse, una nueva forma de afrontar los retos de la vida, una nueva forma de ser felices sin arraigar ningún tipo de expectativa o resultado. El arte de la decepción es precisamente eso: saber que forma parte de la vida, y que no tiene porqué ser algo malo. Dicho esto, siento mucho si este texto te ha decepcionado. Que pases un buen día… 🙂

Los lazos que nos unen


“Journeys end in lovers meeting”, William Shakespeare.

Qué difícil resulta cortar los lazos que nos unen a otras personas cuando el destino o el caprichoso azar quiso que nuestras vidas ya no pudieran seguir juntas. Ocurre en las amistades y en las parejas. Romper los lazos, la trama entrelazada del destino, es complejo, requiere tiempo y algo de disciplina. Sobre todo, consciencia de qué es lo que se está rompiendo, pues a veces ignoramos que estamos rompiendo con un karma, un dharma o un destino, y todo lo que eso conlleva tras de sí.

También hay que tener conocimiento de qué lazos nos unen, cuál es su calidad y fortaleza y cuántos son. La calidad dependerá del tiempo que hayamos pasado juntos. No me refiero a un tiempo cronológico, sino a un tiempo que va más allá del tiempo. Si nuestros lazos vienen de otras vidas, de otras dimensiones, el tiempo no puede medirse con un reloj. Por eso, a la hora de romper esos lazos, el dolor y el sufrimiento pueden ser muy intensos si el recorrido vital ha sido muy grande, o si nos une algo más que una vida, una experiencia o un fortuito encuentro.

Es cierto que hay lazos indestructibles, son los lazos del alma. Esos lazos no pueden cortarse ni aniquilarse porque permanecen vida tras vida, ya sea por una cuestión kármica, o porque simplemente, esas almas son como gotas de agua: inseparables en cada encarnación, a pesar de que ese entendimiento no se haga realidad en cada vida. A veces se encuentran, se miran, se reconocen, y desaparecen el uno del otro por el miedo que esa visión ha suscitado. En la mitología occidental eran descritos como encuentros de almas gemelas que aún no tenían plena capacidad para reconocerse, siendo el miedo el que terminaba por frustrar cualquier acercamiento vida tras vida. Sin embargo, a nivel inconsciente, se reconocen, ya sea por el olor, por la respiración, por la mirada, por la voz, por la frecuencia de sus energías. Se escuchan, se atienden y todo el cuerpo se eriza, porque de alguna manera, hay un reconocimiento de esa frecuencia tan familiar.

Hay otros lazos más fáciles de romper. Los sexuales o los materiales, los energéticos y los emocionales, los mentales o intelectuales. Son lazos que se crean entre amigos, conocidos, familiares, o parejas que no tienen mucho en común. A veces puede ocurrir que a una pareja, de los siete lazos posibles (los cuatro materiales y los tres espirituales), solo les una uno o dos lazos. Puede ocurrir que estés con alguien muy enlazado a nivel sexual, pero sin ningún otro lazo a nivel etérico, emocional, mental o espiritual. Hay parejas que viven durante muchos años enteros, pero apenas sienten una complicidad interior, pues pocos son los vínculos o lazos, más allá de lo material, que les pueda unir.

Los lazos que nos unen a un nodo, a un destino, son aún de mayor complejidad. Hay personas que están destinadas a encontrarse y a crear una realidad juntos. Cuando esa realidad se ignora por miedo o desconocimiento, romper con esos lazos que estaban predispuestos es muy difícil, por no decir imposible. Los lazos del destino son como asignaturas que debemos recorrer. Y si no nos enfrentamos a ellas, se repiten una y otra vez. En la tradición oriental se conoce como el hilo rojo del destino. Según esta tradición, “un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper”.

La leyenda oriental es hermosa y muestra como el destino al final nos une a esas personas que están destinadas a estar junto a nosotros. Dice así:

“Hace mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia. Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al dedo corazón y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con una bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: «Aquí termina tu hilo», pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente, luego ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza. Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor fuera que desposara a la hija de un general muy poderoso. El emperador aceptó esta decisión y comenzaron todos los preparativos para esperar a quien sería después la elegida como esposa del gran emperador. Llegó el día de la boda, pero sobre todo había llegado el momento de ver por primera vez la cara de su esposa. Ella entro al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente el rostro … Al levantarle el velo, vio por primera vez que este hermoso rostro tenía una cicatriz muy peculiar en la frente. Era la cicatriz que él mismo había provocado al rechazar su destino años antes. Un destino que la bruja había puesto frente al suyo y que había decidido no creer”.

Nadie se rinde cuando algo realmente le importa


© @emmanuel_enyinwa

Uno se pone triste cuando la mujer que le gusta sale con otro hombre. Incluso cuando los hijos de la viuda no comprenden nada sobre lo que estudian todo el día referente a la virtud. Uno se pone triste por cualquier cosa, como cuando piensas en esa casa idealizada que tanto esfuerzo costó y donde el debate se teje ahora sobre si hay que tener aguacate en la cocina o arroz integral en vez de intentar transformar, desde la humildad y la profunda entrega, toda nuestra condición humana. Uno se pone triste cuando le gustaría estar abrazado en aquel concierto o en aquella playa. Cuando las guerras humillan, en las tumbas de Izium, toda nuestra humanidad, mientras se ahogan a miles en las inhóspitas playas del Sahel.

Uno se pone triste cuando en aquella playa solitaria ve esa pareja desnuda, besándose bajo la lluvia, o disfrutando de un atardecer viendo los veleros surcar el infinito océano mientras la música de fondo invita a navegar por otros mares. Se pone triste al pensar que no es uno, sino el otro, el fortuito que quiso el azar poner allí para distraernos una vez más, alejándonos del sueño, alejándonos del sentir. Uno se pone triste cuando nos distraemos con tantas cosas y tantas personas alejándonos irremediablemente de nuestro verdadero, insondable e irracional deseo.

Sin embargo, nadie se rinde cuando algo realmente le importa. Y construye sus sueños a base de más sueños y navega por mares aunque esos mares sean angostos y peligrosos. Uno no se rinde nunca a pesar de las terribles tumbas de Izium o los cadáveres flotando en las playas del Sahel. Y otros vendrán y surcarán los mares y llegarán a tierra firme y de esos, algunos conseguirán su sueño y su dicha porque nunca se rindieron. Y otras generaciones vendrán y verán esas tumbas y jurarán que nunca más habrás más guerras.

El mundo esconde paisajes tristes, escenas difíciles, momentos complejos que debemos atravesar. La vida nos cierra puertas constantemente, pero si nunca nos redimimos, y seguimos adelante, y seguimos perseverantes y seguimos erguidos mirando con superación toda la fatalidad mortal, las tragedias nos abandonan y el triunfo, aunque sea efímero, termina abrazándonos. ¿Qué triunfo? Nos preguntaremos una y otra vez. El triunfo de no cesar, de empeñar nuestra vida en un sueño, en un profundo sentir, en una realidad imaginada primero en las etéricas fuentes de lo invisible para luego ser tejidas en los planos más burdos y densos. Así funciona lo insondable. Así atraemos a lo posible, lo imposible.

Hoy es un día verdaderamente triste, profundamente triste, inimitablemente triste y desdichado. Las costas del Sahel esperan nuevos despojos que algún día fueron vida. Las tumbas de Izium seguirán aumentando a medida que la tragedia se aproxime a la consciencia de todos. Y allí, en las playas del silencio, esa nueva pareja probará suerte, harán el amor bajo la lluvia, verán esos arqueados veleros, no uno, sino dos, o dous, si nos ceñimos a la realidad.

Sí, es un día triste, como otro cualquiera, pero nadie se rinde cuando algo realmente importa. Y alguien llegará desde el Sahel a la tierra prometida, y algún día las tumbas de Izium estarán llenas de flores en recuerdo y memoria de toda la humanidad doliente, y aquel otro hombre, pobre hombre, tan pequeño y tan grande bajo su condición humana, hoy triste y desolado, encontrará el gozo por ese amor prometido, por esa batalla ganada, brillando de nuevo toda luz y toda gloria por los siglos de los siglos.

Conocer, confiar, lealtad, compromiso, tocar…


© @amaro777

Estem obligats a no perdre mai l’esperança.” Arcadi Oliveres

Estos días conocí a una mujer extraordinaria, de esas personas que la vida te cruza durante un breve periodo de tiempo para animarte a algún tipo de confianza o enseñanza. Casi coincidimos, por diez minutos, en el camino del Norte. Si hubiera seguido la guía de la estrella seguramente también hubiéramos compartido algo del Camino Francés. Luego estuvimos, cosas de la vida difíciles de explicar, unas horas en O Couso compartiendo mesa y círculos y quiso el hado que coincidiéramos en casa de una amiga en la costa catalana, donde pasamos la anterior noche cenando, tocando el piano y el violonchelo, desayunando mientras hablábamos de la vida y sus misterios. A pesar de sus veinticinco años, se la notaba despierta, viva, entregada a la magia de la vida y a todos sus misterios, con una consciencia abierta a lo espiritual y lo sagrado. Su alegría desbordante y su sentido del humor producía un halo de alegría en todos los comensales con los que pudimos compartir la velada.

Nos sorprendió mucho su claridad con respecto a las relaciones. Tiene un mantra en su vida que consiste en lo siguiente: Conocer, confiar, lealtad, compromiso y tocar. Lo traduzco mal del inglés, pero más o menos viene a decir que antes de tener una relación con alguien primero tienes que conocer a esa persona. Ese conocimiento implica guardar una razonable distancia de seguridad hasta que empiezas a confiar en esa persona. Confiar es una fase importante, y para que ese punto de madurez en cualquier relación llegue a manifestarse, es imprescindible ese conocimiento previo, ese pasar muchas horas juntos, paseando, viendo una película, viajando.

Cuando la confianza ya está establecida y puedes mirar a los ojos abiertamente a esa persona, llega la fase de la lealtad. Es como una especie de pacto sincero que, sin estar escrito, explícitamente compromete a ser leales el uno con el otro. Cuando esa lealtad está establecida, cuando ya no hay duda de que en esa relación solo habrá dos personas, nace el compromiso. Ese compromiso, establecido bajo la base del reconocimiento mutuo, de la confianza mutua y de la lealtad, llega de forma sincera, aplastante, verdadera. Es entonces, y solo entonces, cuando se entra en la fase del tocar, del besarse, del acariciarse, de hacer el amor en todas sus expresiones. Esto llega al final, no al principio. Esto llega cuando se ha establecido una base profunda, sincera y verdadera. Sin prostituir nuestros cuerpos con cualquiera, sin hacer del placer la base instantánea de nuestras vidas.

Que este sea el mantra de una joven mujer de veinticinco años, oriunda de Estados Unidos y descendencia taiwanesa me llenó el alma de esperanza. En este mundo donde nadie quiere conocerse, donde nadie confía en el otro, donde nadie es leal ni siquiera a sí mismo, donde nadie desea comprometerse y donde todos se tocan antes que cualquier cosa, el saber que existen personas así, con esta calidad de visión sobre las cosas y las relaciones, nos llena el corazón con un bálsamo de confianza.

Los románticos del amor, los que pensamos en el amor y creemos en el amor estamos en un momento oscuro. Nada de lo que esta mujer describe ocurre hoy día. Las relaciones líquidas se han convertido en un mero placer instantáneo donde nadie quiere comprometerse, ni siquiera con aquellos que podrías pensar que se pudiera crear algo verdadero y duradero en el tiempo. Pensar en las relaciones y en el largo plazo es como contradictorio hoy día. Pensar en hechos como tener una familia tradicional, de esas que atraviesan todo tipo de crisis a sabiendas de que eso les engrandece, y vencer el miedo del largoplacismo para que se haga realidad una crianza sana basada en el amor, en el conocimiento, en el compromiso, la lealtad y la confianza es casi todo un reto y una entelequia hoy día. Algo retrógrado, pensará más de uno. Un reto que tras conocer a esta mujer, nos llena de consuelo a más de uno. De alguna manera, estamos obligados a no perder nunca la esperanza. Quien sabe como nos puede sorprender la vida.

Amor conexo, amor inconexo


«El amor no es algo natural, sino que requiere disciplina, concentración, paciencia, fe y la derrota del narcisismo. No es un sentimiento, es una práctica», Erich Fromm en «El arte de amar».

El amor de pareja en nuestros tiempos líquidos y fluidos es de una gran complejidad. Hoy más que nunca, debemos atender al amor no como algo natural, sino como algo que requiere verdaderamente mucha disciplina, concentración, paciencia y fe. Erich Fromm acertaba o intuía que los tiempos requerían acercarnos al amor como una práctica. Es algo que ya dijo el Buda cuando expresó la necesidad de “practicar los caminos”. El amor hay que tejerlo día a día, con intensidad e intención, manifestarlo, gritarlo, embellecerlo, amarlo. Amar el amor por encima de todas las cosas.

A veces hay amores conexos. Amores que encajan a la perfección. No sé cuántas veces os habrá ocurrido que encontráis a alguien con el cual te sientes locamente atraído. Físicamente, sin importar si es alto o bajo, viejo o joven, flaco o gordo. Alguien con el que estalla la química y la risa y el buen humor nadas más mirarlo. Donde sus energías se fusionan perfectamente con las vuestras, y los estados anímicos son lunares e idénticos a los que soléis tener en cada mañana o en cada crepúsculo. Alguien que abraza la melancolía con la misma fuerza que abraza, sin identificarse con ella, los estados alegres y felices. Alguien con el que además sientes amor, mucho amor, y deseos, y ganas. Alguien con el que deseas fusionar tu campo astral, tus emociones, toda tu aura colorida de millones de tonos que estallan nada más verle.

¿Y qué ocurre cuando además ese ser encaja perfectamente en tu forma de pensar, en sus cuestiones vitales, en tu mente concreta y analítica y en tu campo abstracto, más artístico y poético? ¿Qué ocurre cuando su mente te enamora tanto como su cuerpo? ¿Y qué ocurre cuando además las consciencias son similares, y los valores parecidos, y el espectro espiritual de ambos es capaz de compenetrarse en una fe y un idealismo similar? ¿Cuántas veces en nuestras vidas ocurre ese amor conexo, afín, análogo, complementario?

La conexión conexa va más allá cuando además de todo eso, existe un propósito común, o un marco de referencia donde el mapa indica hacia el mismo norte, un estado de consciencia donde ambos reflejan el mismo ideal de vida. Es un encaje perfecto, aparentemente, porque son almas que han nacido para crear y cocrear no importa si Vida, Amor o Consciencia. Quizás, sin darse cuenta, las tres cosas. Quizás tan solo un tipo de vida, un tipo de consciencia, un tipo de amor. No importa.

¿Y cuándo nace la inconexión? Cuando a pesar de todo eso, nos da miedo que sea más joven o más viejo, más alto o más bajo, más listo o más tonto, más pobre o más rico, más sabio o más estúpido. La inconexión, y muchas veces ocurre, nace bajo el terrible manto de la desconfianza y la ansiedad, cuando no nos sentimos merecedores de tanta sincronía mágica, o cuando, simplemente, huimos y nos escondemos detrás de las bambalinas de la vida por no querer, valientemente, arriesgarnos hacia la aventura del vivir.

Erich Fromm tenía razón: amar es todo un arte. Y en ese arte, como en todas las artes, tiene que existir ese punto de belleza, de decoro, de ternura, de valentía, de osadía, de inteligencia activa, de provocación, de riesgo, de perseverancia, de implicación, de cuidado, de decisión, y sobre todo, de esa gran derrota del narcisismo que tanto nos aleja del verdadero amor y de nuestras inertes creencias sobre el mismo. Vencer nuestros miedos, vencer nuestro narcisismo, es dejar espacio para que el amor engrandezca nuestras vidas, las haga más luminosas y nos lleven hacia mares y puertos que jamás hubiéramos experimentado ni conocido desde nuestros oscuros y opulentos palacios de cristal. Amar es abrirse a la vida, porque la vida, sin amor, no tiene respuestas.

Echar de menos los imposibles…


“Si me encandilas con tu mejor mentira, / responderé con la promesa más hermosa”. Edna St. Vincent Millay

La vida se desarrolla de forma extraña, como en un juego de la oca donde hay unas casillas establecidas, pero cuyo recorrido resulta distinto dependiendo de los dados que caigan en la rueda de la fortuna. Hay algunos factores que nos intrigan de la vida. Uno de ellos son las casillas donde caemos en el amor, en el dinero, en la salud, en el lugar que elegimos para vivir. Hay casillas que resultan imposibles, complejas, dificultosas. Sabemos que están ahí y que podemos caer en cualquier momento.

Cuando sales a la calle y cruzas tu mirada con tanta y tanta gente te viene a la cabeza la de cientos de posibilidades de vida que pueden ocurrir si conoces a unos u a otros. El hecho de elegir pareja, o de que la vida la elija por ti, ya es significativo. Salir con este y no con el otro, puede cambiar radicalmente tu existencia. Elegir pareja, compañero de vida, hará que tu existencia cambie radicalmente. Cada elección determina cada generación, cada nueva vida, cada aporte de consciencia, amor y equilibrio a la delicada cohesión entre lo material y lo espiritual. ¿Qué clase de niños queremos traer al mundo? ¿En qué ambientes queremos criarlos? ¿En qué lugares? ¿Con quién?

Ocurre lo mismo con el trabajo. ¿A qué deseo dedicar el resto de mi vida? ¿Seré perezoso a la hora de establecer mis relaciones con el mundo laboral? O por el contrario, seré proactivo, tendré ganas de superarme, de buscar realmente cuál es mi verdadero don y encontrar la posibilidad de poder desarrollarlo con entusiasmo y alegría.

La salud es más compleja, porque depende de nosotros, de nuestras circunstancias y de nuestra herencia. Nosotros podemos potenciar la salud, estar en un estado de gracia, y facilitar que nuestra vida se desarrolle y traiga bienestar. El cuidado del cuerpo, de nuestras energías, de nuestras emociones y de nuestros pensamientos hará que nuestra calidad de vida, aunque no sea una garantía al cien por cien, sea de una manera u otra.

El lugar donde vivimos determina también nuestra existencia, nuestra cultura, nuestra composición espiritual e íntima. No es lo mismo vivir en una gran ciudad que vivir en las montañas, en plena naturaleza. Cada elección que hagamos en ese sentido, determinará todo lo demás. Nuestra salud, nuestras relaciones, nuestro medio de vida, nuestra posibilidad de crear o no más vida…

Cuando miramos a nuestro presente podemos detectar qué cosas nos resultan insatisfechas. Hay cosas que nos afligen porque en algún momento de nuestras vidas hemos realizado una mala elección. A veces no elegimos algunas cosas porque nos resultan imposibles. Aquella persona, aquel trabajo, aquel lugar donde vivir, aquel cuidado de la salud… Parecen imposibles y pasan los años y vivimos atormentados porque no tuvimos el valor de dejarnos llevar por el corazón, por nuestro sentir, por la osadía de probar, aun con riesgo de equivocarnos, el aventurarnos por aquel camino.

Así pasan luego los años, a base de arrepentimientos continuos, de sentirnos que no arriesgamos, de frustraciones por no haber probado aquel camino o aquella otra senda. Que no tuvimos valor de apostar por los imposibles que se nos presentaban, pero que sentíamos debíamos abrazar con fuerza.

«Intentar, intentar», debería ser nuestro mantra interior. Intentar hasta desfallecer para que lo imposible se vuelva posible, y así, con el paso de los años, no nos quede esa sensación de tristeza y amargura por no haberlo intentado. Que no llegue el final de nuestros días pensando y soñando en lo que podría haber sido. Más bien, llegar satisfecho al final de nuestro camino y decir: lo intenté, una y otra vez, y ese fue mi camino. A veces exitoso, a veces fracasado. Pero feliz, porque lo intenté. Lo intenté todo, y esa fue mi ganancia en esta corta y efímera existencia.

El fuego consciente del hogar


«Hay magia en ese pequeño mundo llamado Hogar. Es un círculo místico que rodea las comodidades y las virtudes que nunca se conocen mas allá de sus límites sagrados.» Robert Southey

Hoy paseando por Girona con ese bello ángel me he sentido como en casa, como ese hogar con el que soñamos cuando cerramos los ojos y nos imaginamos junto a una pequeña chimenea calentando los corazones. El fuego de los dioses, o el fuego de los filósofos, o el fuego místico, que dirían los de antes. Es un fuego que no está compuesto por cuatro paredes, sino por aquellos que lo habitan. Y ese fuego se aviva cuando dos brasas se juntan, cuando dos mundos se anexionan en un abrazo sentido, de esos que se daban antes al alba, o junto a la vehemencia de cualquier arrojo.

Siempre imaginé la perfección del hogar como un espacio compartido. Es quizás por ello que el hogar vacío no deja de ser una colección de recuerdos que se amontonan unos sobre otros. Cuadros de aquellos viejos amores, objetos impregnados de aquellos lejanos países, fotos y postales, paisajes que intentan imitar la naturaleza perdida. Los vacíos siempre los intentamos llenar con cosas que creemos significan algo profundo para nosotros. Pero lo que siempre nos llena de calma es el recuerdo de aquel ser asociado al objeto. Es entonces cuando los cuadros pintados por aquellas amantes cobran vida, los objetos nos retraen a la mano que los empujó hacia nosotros, las fotos y las postales se reencuentran con el sabor de aquella playa, de aquellos alaridos a la luz de una vela.

La magia de un hogar a veces reside perenne en esa estampa bucólica de la familia de antaño, rodeada de campos y silvestres bosques, de ríos y montañas, de cosechas, de estaciones, de olores a pan recién hecho. De niños correteando de un lado para otro, entre prados y flores. De la mujer tejedora y el hombre labrador, del anciano que recoge los huevos del corral mientras la anciana prepara un gran estofado. Esa estampa, ahora tan lejana y tan estudiada en la antropología de la comunidad tradicional, se aleja de los fuegos artificiosos de nuestro tiempo. Solitarios, amañados, impregnados de sinsabores, casi diría que ficticios, por su falta de naturaleza y honestidad.

Ese pequeño mundo llamado hogar requiere renovación moral y espiritual. Ya no basta conformar la soledad con alguna mascota que intente sofocar la ausencia de crianza o pareja. Mujeres que hacen el amor con sus perros u hombres que se enrollan con sus gatos, pensando ingenuos que más allá de ese amor interespecies no hay nada. Con o sin mascotas, llenos de tatuajes para esconder nuestra piel abandonada, todo el día conectados a redes insulsas y mentirosas, vamos perdiendo nuestra naturaleza humana, nuestra esencia, nuestra conexión con nuestro yo real: la consciencia, el alma, el espíritu.

El círculo místico requiere volver a la unidad esencial que surge del contacto real entre dos almas que se reconocen, que se miran honestas y deciden volcar toda su pasión y vida a algo tan trascendental como es la Vida. Engendrar Vida, mantener la vida, es mantener el fuego en los límites sagrados de la consciencia. No se puede uno conformar con potenciar una vida cualquiera, sino que debe intentar que esa vida nazca en un entorno salvaje, libre, consciente y si me apuráis, filosófico, en cuanto amor por la sabiduría. Seres que encarnen un nuevo paradigma, una nueva forma de creer en el fuego sagrado del hogar.

Y para eso, no bastan cuatro paredes. Requiere del milagro de la unión, de la pura consagración a valores que ya se han perdido. De pura entrega y amor a ese deseo de renovar nuestra cultura, nuestra especie, nuestra vida. Y para eso no vale cualquier cosa. No bastan cuatro cuadros, cuatro paredes, cuatro objetos, cuatro mascotas, cuatro hijos abandonados a la desdicha. Consciencia, amor, libertad, naturaleza, compromiso, responsabilidad, entrega. Y todo aquello que pueda sumar para el nuevo mundo.

Gracias querida Laia por recordarme hoy todas estas cosas…

¿Estamos ya en la Tercera Guerra Mundial? ¿O ante el principio del Gran Colapso?


 

© @alpercukur_photography

Según la astrología tradicional, el 23 de marzo del 2023 Plutón entrará en Acuario. Estará 20 años transitando ese signo. La última vez que esto ocurrió fue en tiempos de la revolución francesa. La astrología predice grandes cambios cuando Plutón transita nuestro planeta, y al parecer, las predicciones indican que nuestro mundo está entrando en un periodo de colapso. Según las predicciones, en 2026 se completará el ciclo en el que el sistema colapsará definitivamente.

Según algunos analistas de la geopolítica internacional, en 2014, fecha que se celebra el centenario de la primera guerra mundial, empezó, con la anexión de Crimea por parte de Rusia, la tercera guerra mundial. Puede parecer aún un dato anecdótico dependiendo de cómo transcurran los acontecimientos en el próximo año, pero tal y como están las cosas, no parece que vayamos a un escenario optimista. China empieza a amenazar a Taiwan y Rusia se hace enemiga de todo Occidente, creando un nuevo eje de fuerzas que buscarán acometer un pulso para reorganizar el nuevo orden mundial. Los antiguos países del eje (Alemania/Japón/Italia), encuentran su réplica posmoderna en Rusia/China/Corea del Norte. Ya tenemos un nuevo eje del mal.

Este año empezó la guerra de Ucrania, la cual no parece tener fin dada la resistencia que los ucranianos están ofreciendo a Rusia. Esta guerra ha provocado daños colaterales en todo el mundo, elevando los precios de casi todos los productos y provocando una gran inflación mundial. La subida de precios, especialmente del gas, la electricidad y los combustibles fósiles, viene acompañada de una también mundializada sequía. Los recursos hídricos empiezan a menguar en muchas partes del planeta mientras que los polinizadores naturales se empiezan a extinguir. El cambio climático parece seguir dando señales de que algo está alterándose, nos cueste más o menos admitirlo.

Una de las señales inequívocas de que el mundo actual está colapsando reside en la propia inteligencia humana. Cada vez más son las personas y colectivos que deciden apuntarse a lo que se está llamando “la gran renuncia”. Personas y colectivos llamados “outsider”, fuera del sistema, que apuestan por una vida diferente, normalmente en el campo, viviendo lejos de las grandes ciudades con unos valores diferentes a los heredados por la modernidad. Esa inteligencia humana, o esa intuición por sobrevivir a un futuro colapso está haciendo crecer la implantación de pequeñas comunidades que quedarán fuera del sistema. Esas pequeñas comunidades que trabajan cada vez más en la autosuficiencia, se plantan como pequeñas semillas supervivientes al gran colapso que se avecina.

Con estos hechos, es evidente que la humanidad necesita actualmente una nueva cultura ética. Esto no es para nada ingenuo si se piensa en términos en los que la humanidad, nuestra sociedad actual, vivirá un caos que repercutirá en la implantación de un nuevo modelo de convivencia y quizás supervivencia. Al igual que el colapso de las dos grandes guerras mundiales del siglo pasado hicieron posible cierta emancipación material, el colapso de este nuevo siglo creará las condiciones ideales para que la nueva tecnología, presumiblemente más ecológica, se implante definitivamente en nuestro mundo.

A pesar de todos los augurios pesimistas, podemos ver cómo esta nueva cultura ética se está empezando a cultivar en nuestros corazones, y esto se logra cultivando poco a poco la mente para que las semillas de la creatividad y la virtud puedan florecer en el futuro. Ese florecimiento, tras el presumible colapso al que nos avecinamos, dará nacimiento a una nueva era completamente diferente, una era donde el espíritu heroico y libre de aquellos que se atrevieron a salir del «sistema» gobernará el destino humano bajo la plena luz de la consciencia.

Septiembre, volver a nacer… a una nueva vida


 

© Silvia Molas

«Recuerda que solo se está desmoronando lo falso. Lo real no puede venirse abajo».  Jeff Foster

Confía en la magia de los nuevos inicios, nos dice amablemente Silvia Molas en su hermosa acuarela. Septiembre tiene ese aire especial. Empiezan las copas de los árboles a desnudarse. El aire cada vez es más fresco y los pájaros acomodan el canto más a un silencio íntimo y estrecho. Es como volver a nacer a algo nuevo, renovador, necesario, mientras nos preparamos para el otoño. Es como morir a lo viejo y resucitar a un nuevo mundo.

“Nos vemos en la próxima vida”, me dijo al despedirse. “La próxima vida podría ser mañana”, le contesté. O podría ser cualquier septiembre, porque lo cierto es que cuando hace dos días miraba las estrellas y las lágrimas corrían dóciles ante el recuerdo, entendí que esa era también una hermosa forma de morir y nacer de nuevo. Un matiz necesario entre lo real y lo falso, entre lo que cae inevitablemente y lo que permanece. Y las lágrimas permanecen, porque lo que hay detrás de ellas es real.

Entre el Montseny y el Montnegre se encuentra el valle de Olzinelles. Aquí estoy, en una privilegiada casa de esas que tienen cuatro plantas y desean albergar una familia acomodada en el mundo del buen vivir. Con vistas al bosque, a la riera, a la antigua rectoría, es un espacio de naturaleza única donde poder morir y nacer de nuevo. Estos días que eran de fiesta patronal los pasamos de arriba para abajo con la “colla”, los amigos de toda la vida que se encuentran una y otra vez para celebrar cualquier cosa. He tenido que volver a hacer una inmersión lingüística para desempolvar mi oxidado catalán. Hacía años que no iba a un concierto y cuando rozaba las dos de la madrugada y escuchaba la música en esa soledad extraña que uno siente cuando está rodeado de tanta y tanta gente que vive en otra galaxia, miré el cielo estrellado y fue cuando detonó el llanto.

Supongo que hay cosas que se echan de menos, personas que se añoran e irremediablemente aparecen, a pesar de las continuas distracciones de estos días, cuando uno conecta con lo estelado, con lo celeste, con aquello que nos conecta a la vida invisible, a esos lazos que nos unen más allá de lo aparente. Uno puede distraerse exteriormente tantas veces como quiera, con unos y con otros, con aquello y con lo otro, pero interiormente, todo permanece.

La próxima vida podría ser mañana, o podría ser hoy, o podría ser septiembre. No deja de ser curioso el intentar embadurnar las emociones para no pensar en ellas, para intentar solaparlas con otros estímulos. Aquí en Cataluña pasa lo mismo. El ideal independentista se ha desinflado, pero el sentimiento profundo sigue ahí, latente, esperando nuevos tiempos, nuevas oportunidades para ser expresado. En estos días he entendido que esa expresión dará frutos cuando se haga desde el amor, y no desde el odio o la rabia o la frustración como ocurre ahora. Un pueblo no puede ser independiente de otro mientras no resuelva ese odio visceral. Y ese pueblo no se puede independizar de algo que está dentro suyo, que vive dentro del mismo territorio y la misma cultura. De ahí la frustración. El camino es el entendimiento y el sumar. ¿Para qué restar en nombre de la cultura o la política o cualquier emoción? ¿Por qué no sumamos?

Ocurre lo mismo con el amor. ¿Cómo podemos olvidar algo que fue puro y verdadero? ¿Cómo podemos, aunque hubiera un telón de fantasía que adornaba el escenario, deshacernos de ese sentir, de esa inevitable reminiscencia? No podemos, queda latente, queda ahí, esperando una nueva oportunidad, un escenario de rendición y verdad, de amor y alegría. Una suma que hubiera dado hermosos frutos. Un sueño que permanecerá con nosotros cada uno de nuestros días. Sí, habrá que morir en la frustración, el rencor y el miedo para que venza el amor, la familia, el sueño.

¿A qué vas a consagrar tu vida?


«Somos muchos los que buscamos darle algún sentido a la vida, pero la vida solo tiene sentido si somos capaces de cumplir estos tres propósitos: dar amor, recibirlo y saber perdonar. Todo lo demás es una pérdida de tiempo».

«El libro de los Baltimore», Joël Dicker

 

¿A qué se puede consagrar la vida? Creo que todos estamos de acuerdo que el amor, sea lo que sea eso tan indefinido y etérico, es lo que cohesiona el mundo, las relaciones, los universos. Es la fuerza de la gravedad de los planetas, y la elipse invisible de todos los universos. Hay una espiral de vida que nace de esa fuerza de atracción. Casi todos los que nacemos, vivimos y nos movemos en este gran ser llamado Tierra lo hacemos por esa inspiración profunda, sincera, amable. Las criaturas, cada una en su nivel de consciencia, expresa ese amor por la vida y por la necesidad de permanecer y transmitir la perpetuidad. Es aquello que aglutina el mundo de la forma con el mundo de la no-forma, lo esencial con lo superfluo, lo profundo con lo fútil. Amar es cohesionar. Es el adhesivo universal que lo une todo. Un fijador aglutinante capaz de crear mundos si viene acompañado de la fuerza de la voluntad y de la guía de la sabiduría. Es la triada universal que se intuye en todos los tiempos.

Es difícil, observando nuestra compleja naturaleza, saber a qué vamos a consagrar nuestras vidas. Podríamos argumentar, quedándonos tan anchos, que al amor. A eso que el universo en todas sus dimensiones visibles e invisibles promulga era tras era. Pero en nuestra complejidad, en nuestra falta de sencillez, eso resulta difícil. Estamos lejos de amar como ama un sol o una estrella, tan incondicionalmente. Y hemos olvidado por completo el amor natural de todas las cosas, como ese que se expresa en el canto de un ruiseñor o en el vuelo de una majestuosa águila.

Pero a todos nos gustaría, en el fondo, poder consagrar nuestras vidas a lo sencillo, al amor, y también al perdón. El perdón es algo increíblemente olvidado. Tiene que ver con la comprensión, con la tolerancia, con la compasión, con la misericordia. El perdón debería ser algo así como una medicina del alma. Una píldora que tomamos en nombre del amor incondicional cada vez que erramos o nos dañan, ese al que aspiramos, y que nos sana y nos permite abrazar con mayor fuerza la vida.

Deberíamos levantarnos en un día soleado como el de hoy, principios de septiembre, aún verano, aún calor, pero ya algo de fresquito cuando el sol está a dos luces, levantarnos y perdonar. Sin más. Consagrar nuestra vida a perdonar nuestros errores, nuestros maravillosos fracasos, nuestras sombras y nuestras locuras explosivas e irracionales. Consagrar nuestra vida al amor hacia uno mismo y hacia los demás, como si no hubiera un mañana, como si todo lo demás fuera superfluo e innecesario. Perdonar, ser perdonados, amar, ser amados.

En nombre del amor yo me levantaría todos los días y me arrodillaría de inmediato para recordar nuestra pequeñez, nuestra humilde condición humana. En nombre del amor perdonaría a todos los que me hicieron daño, consciente o inconscientemente, sin juicio, sin temor. Aún más. Ojalá algún día ese perdón pudiera realizarse mirando al otro a la cara, a los ojos, al alma, deseándole un feliz viaje por la vida. Sí. Si tuviera que consagrar mi vida a algo sería al amor. A dar amor, recibirlo y perdonar. Todo lo demás es una pérdida de tiempo.

El aliento ígneo


El ser humano virtuoso es aquel que influye conscientemente en aquello que sí puede cambiar. Y acepta con plenitud y consciencia aquello que no puede modificar. Focaliza su atención en esas cosas de la vida cotidiana en lo que puede incidir de alguna manera. El azar es un espejismo, decían en la antigüedad, que nace de la ignorancia, pues de alguna manera, el universo se teje sobre leyes naturales a las que no tenemos un completo acceso. La gnosis pretende despejar alguna de nuestras dudas, ofrecernos soluciones o adormideras para la razón, pero no puede abarcar, por sus propias limitaciones sensoriales y espaciotemporales, todo el infinito inabarcable, toda la inquietud existencial. ¿Cómo es posible entonces vivir acordes al flujo de la naturaleza y sus leyes visibles e invisibles?

No podemos enfrentarnos a los acontecimientos que superan nuestra actuación, al igual que no podemos enfrentarnos al poderoso curso de un río. No podemos luchar contra el logos universal que organiza y opera en todas las cosas, pero sí podemos abrazar lo inevitable, sin ofrecer resistencia, acotando nuestra rebeldía existencial a aquello que es posible. De lo contrario, luchamos de forma inútil y agotadora contra la vida, sea cómo sea la vida, con sus tristezas y alegrías, con su dolor y ambrosías. Nuestras mayúsculas limitaciones deben ponerse al servicio del devenir. No luchar contra lo que nos ocurre, sino buscar conocimiento y sabiduría en todo lo que nace en nuestras vidas. No es una resignación hacia el determinismo cosmológico de las cosas, sino una adaptación que nos hace mejores y más resilentes.

Desde la ataraxia, la calma y la tranquilidad a la que podemos llegar algún día, alcanzaremos a comprender que todo lo que ocurre más allá de nuestros deseos y pasiones, no son cosas ni buenas ni malas. Ocurren sin más. El aliento ígneo que crea todas las cosas está por encima de nuestro entendimiento. La sabiduría consiste en considerar nuestra ignorancia y comprender nuestras limitaciones sin luchar contra ellas.

Es nuestra misión en la vida, o debería ser, la de embellecerla. Hacerla amable y dulce, tierna a la mirada de los otros. Necesaria para ese orden cósmico que desconocemos. Que ese aliento ígneo de todo lo creado se manifieste de igual manera en nosotros, desde cierto orden y riguroso esplendor, ensanchando nuestros mundos.

Estas cosas pensaba hoy mientras el tren me trasladaba desde el Maresme y sus playas estrechas y divididas hasta el mismo centro de Barcelona. Antes mi anfitriona en la gran ciudad, una de esas amigas que te cuidan de forma tan entregada y amorosa, me había regalado una consulta en un excelente osteópata. Me ha hecho crujir todos los huesos y me ha recordado la urgencia de cuidar el vehículo, el cuerpo, los cuerpos. Llevaba años sin hacer deporte como antes lo hacía, pero al recolocarme los huesos he vuelto a sentir la necesidad de volver a mi rutina corporal. Mens sana in corpore sano. Es algo que no debemos olvidar, para que cuando nuestra alma llegue a nosotros, se encuentre en un lugar amable y bello.

Aquí, desde este hermoso ático donde ahora me encuentro, escucho los ruidos y los trajines de la ciudad. Llueve, se oscurece todo, desaparecen las nubes, se aclara el cielo. Todo pasa en un instante y me recuerda la impermanencia de las cosas, el aliento ígneo que todo lo aviva. Y cuando deja de llover a cántaros y se despeja el cielo, de nuevo el ruido de la ciudad. Volver a la ciudad es un recordatorio, una vacuna imprescindible que me despierta la urgencia de volver a la naturaleza, a mis bosques añorados, a mi pequeña cabaña. Ahora entiendo que el silencio de aquel lugar, solo ininterrumpido por el canto de los pájaros mañaneros, no tiene precio. Soy un auténtico privilegiado y no soy totalmente consciente del tesoro construido allí. Sí, el aliento ígneo está ahí, incluso detrás de esta locura llamada ciudad. Incluso en los bosques que me aguardan para abrazar mi propia vida. La diferencia está en esa necesidad de volver a la naturaleza. De volver a lo bello. De regresar a la virtud de forma amable y considerada. El azar es un espejismo, así que estaré atento a las próximas señales.

Amor fati, amar al destino


«Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mentira frente a lo necesario― sino amarlo«. Nietszche

Vivimos la crisis que ya predijo Nietzsche, la crisis del nihilismo, la crisis de la deshonestidad, de la mentira, del ocultamiento. La verdad se refugia, la honestidad se apaga y el mundo gira en torno a lo ilusorio, a la fantasía que no requiere de un contraste seguro en el mundo de las formas. La existencia, que siempre gira en torno a la vida, la muerte y el amor, requiere de una gran revolución, de una nueva ilustración que de luz hacia esta oscuridad actual. Si la primera ilustración fue intelectual, con la idea de disipar las tinieblas de la ignorancia que en ese tiempo envolvía a la humanidad, esta segunda ilustración debería ser moral o espiritual, con tal de que se disipen aquellos egoísmos y cegueras vitales que la razón ha producido. Deberíamos, de alguna manera, volver a la filocalia, al amor hacia lo bello, o al amor fati que dirían los estoicos, amar el destino, sea este como sea, sintiendo que todo lo que pasa es bueno, o al menos necesario, si lo enfrentamos desde la virtud.

Ayer junto al mar recapitulábamos algunos hechos importantes de nuestra vida. Ella había regresado del Magreb recientemente. Contaba con entusiasmo pero con cierta tristeza la dureza de esas gentes que intentan llegar a nuestro continente buscando un mundo mejor. El voluntariado en el desierto ayudando a los parias de nuestro tiempo es de una gran dureza. No mayor que aquella pérdida de su marido, cuando aún era joven, o de su también joven hijo en sendos accidentes, o de sus hermanos igual de jóvenes. ¿Cómo te repones a tanta pérdida? Eso solo es posible con el amor fati, con amar al destino a pesar de sus durezas y pruebas.

Hablamos también a cómo enfrentarnos a las decisiones de la vida, a esos momentos en los que tienes que elegir uno u otro destino. Pensaba en el mío propio, en cómo en unos pocos meses había cambiado todo. El discernir entre un camino u otro es lo que nos hace humanos, y también lo que determina nuestras vidas. Ese libre albedrío que nos permite equivocarnos o no ante cualquier cruce de caminos es lo que nos caracteriza y nos diferencia de los animales. Y sobre todo, el cómo nos enfrentamos a nuestras decisiones, aunque no sean certeras.

Nietzsche, y también Mircea Eliade, asoció la idea estoica del amor fati al principio del eterno retorno. La idea en sí tiene que ver con la esperanza de volver a la vida una y otra vez, sentirla bella, sentirla necesaria, sentirla única, mientras navegamos en sus recovecos y extendemos las velas para crecer y henchirnos en su ancho mal. El amor se expande, la vida se expande hasta los límites de la muerte, cuyas fronteras desconocemos. Y todo es un ciclo de eterno retorno.

Para los estoicos, nada importa si tienes buena o mala fortuna, lo que realmente importa es la virtud, es decir, permanecer indiferente ante la suerte que se nos presenta. Amar el destino. Esto es muy profundo. Los estoicos no se conformaban con aceptar el destino, sea lo que sea que venga, bueno o malo, sino que buscaban la virtud en la forma en que esa aceptación se convierte en amor. Amar lo que venga, lo que la vida nos traiga.

Amar el juego de la vida, como me susurraba la otra noche la bella dama mientras tímidos nos escondíamos hasta las tantas en una tienda de acampada entre los bosques. Fue ella la que me habló del amor fati, demostrando que se puede jugar sin esperar nada a cambio, sin ningún tipo de perspectiva. Amar incluso el hecho de que la magia de ese momento terminara de repente por el motivo que fuera. Esa noche de inspiración, esa madrugada de juegos y atrevimientos sinceros, fue toda una revelación. Se puede amar el instante, el momento, te puede gustar todo más o menos, sin necesidad de que pase absolutamente nada. Carpe Diem.

Lo virtuoso de toda la cuestión es el cómo reaccionamos ante los hechos y el azar, ante esa tirada de dados que la vida nos muestra para ver cómo reaccionamos ante ellos, si con amor, o con desesperación, miedo, rabia y frustración. En ese amor fati, en ese amor hacia el destino o el infortunio, no hay lugar para la queja. Tampoco hay lugar para conformarnos ante la buena suerte, pues sabemos que siempre será provisional, de ahí que los estoicos centraran su atención en el comportamiento, la actitud y las acciones que promovíamos en nuestro interior ante las pruebas de la vida, fueran estas buenas o malas. De ahí el deleite hacia la virtud de nuestro comportamiento ante los irremediables hechos.

¿Cómo nos enfrentamos a los contratiempos de la vida? Cuando alguien nos deja y abandona, cuando pasamos una situación delicada con algún ser querido, cuando nos arruinamos o cuando enfermamos o cuando alguien se nos muere. A partir de ahora, nos quedará la opción de pensar y soñar como lo hacen los estoicos, el amor fati. Amar el destino caprichoso y responder ante él con amor, fortaleza y valentía. En el fondo todo es un juego, en el fondo solo tenemos y nos queda esta vida.

Gracias María por la inspiración.

El amor vivo es el instante en el que ser y conocer coinciden


 

Suena Funeral Canticle, de John Tavener. Es inevitable porque aquí, junto al mar, algo debe morir para que algo pueda nacer. Hay algo de metafísica y perennialismo en estos momentos de transición hacia alguna parte. De vuelta a las fuentes, a los orígenes. Estar junto al mar, en mi Barcelona natal, me hace renovar el sentido de la existencia. El mar te acerca a la unidad trascendente de todas las cosas. Aquello que decía Teilhard de Chardin cuando escribió que somos seres espirituales viviendo una experiencia material, una experiencia que, en los textos advaitas, no se puede separar de lo esencial.

La amiga Irene me ha invitado a pasar unos días en su hermosa casa de la costa catalana antes de marcharse a su otra casa en Menorca. Nos pasamos horas en la piscina mientras me cuenta su último amorío y yo le cuento mi última esperanza. Ambos coincidimos en las ganas y el deseo de tener hijos y formar una familia tradicional, y ambos exponemos, cada uno a su manera, la complejidad de conjugar nuestras peculiares vidas en algo tan arcaico y obsoleto para los tiempos que corren como lo de formar una unidad esencial en la materia, abrazada a lo espiritual. A ver si al menos ella tiene suerte con su nuevo chico, y a mí se me pega algo de su grata fortuna en estos días de compartir sincero.

Hay un aspecto místico e iniciático en todo viaje. Pasaré unos días en la playa, luego en la capital y luego a los pies del impresionante Montseny. En el fondo es un viaje esotérico que se expresa como algo casual, pero que encierra una necesidad mística de trascender el pasado y abrazar la fortuita presencia de lo perenne. Todo viaje es una vía de realización espiritual, como lo es la música o la poesía. Por lo tanto, en el fondo, se trata de una necesidad de nuestra alma para trascender aquello que nos separa de la unidad primordial.

Ella ya no está «en línea». A pesar de mi insistencia en mirar disimuladamente, como el que no quiere la cosa, su estado, veo que ya no está. Me da pena, porque en ella había un sentido trascendente, una visión de unidad de todas las cosas expresada en su misión-labor, en su necesidad de trascenderse así misma desde la procreación y la extensión de la vida. Me resulta extraño pensar que algo tan bello no funcionara. Incluso ahora que parece que el tiempo va borrando las huellas marcadas en aquella arena superflua, a las orillas de tantos ríos, pero tan lejos de la sólida roca. Da pena porque las almas se reencuentran una y otra vez, pero luego no saben cómo actuar ante la promesa de la posibilidad. Lo posible, lo necesario, lo ideal, queda sepultado bajo un manto de miedo y carencias no digeridas. Una auténtica pesadilla para cualquier soñador. Un mal sueño para aquellos que anhelan.

El filósofo Frithjof Schuon consideraba la metafísica como algo esencial, primordial y universal. El amor es algo así. Algún día entenderemos que lo trascendente e inmanente no puede separarse de lo manifestado. Que el Atman y el Maya de la tradición vedanta se abrazan en su esencia, porque ambas realidades se permutan no separadas. Por eso no importa si me encuentro en el mar o la montaña, porque dentro de mí todo sigue “en línea”, alineado a un sentir que no puede olvidarse por muchos paisajes que se transiten.

El mundo de la Apariencia no nos puede alejar de la Realidad primordial. Y esa realidad es profunda, sentida, alineada a ese amor que se añora junto a las olas del mar o a las sombras de las grandes montañas. El amor vivo es, en su cumbre, el instante en el que ser y conocer coinciden. Y en esa cumbre me encuentro, observante, paciente, irradiado, como acogiendo una revelación necesaria e imprescindible.  Como una palabra sacramental vestida de gnosis que se repite constantemente para recordarnos la urgencia del vivir. Sí, la vida pasa rápida, y todo se tiñe de urgente. Así que aquí estoy, con ganas de mar, con ganas de amar.

Atrévete


 

Decía Camus que el buen gusto consiste en no insistir. A veces uno piensa y observa todo aquello que perdió precisamente por no insistir, por abandonar, por arrinconarnos ante el miedo, dejando la valiente osadía para otro momento. A veces pensamos que la mejor opción es sentarse a esperar que algo suceda. Es la esperanza mal entendida, sin comprender del todo que el universo se pone a danzar cuando nosotros damos un primer paso. La cuestión fundamental sería saber si ese primer paso está dirigido desde la consciencia, o en su defecto, desde cierta sabiduría basada en el conocimiento o la experiencia. La praxis siempre ayuda, pero ese primer paso, esa primera osadía, es imprescindible.

Los sueños deberían ser siempre más grandes que nuestros miedos. Siempre tenemos miedo a perder, ignorando que a veces, cuando perdemos, estamos ganando. Ya sea experiencia, ya sea conocimiento, ya sea la oportunidad de sentirnos que por lo menos, lo hemos intentado.

Ayer vi una de esas películas ñoñas que suelo ver últimamente (One Day) donde de alguna forma se detalla la importancia de intentarlo, una y otra vez. Es cierto que en la película existe un hilo conductor, algo que está tejido desde la narración que el misterio de la vida trenza en lo invisible. Ese hilo es el amor, pero no cualquier amor, sino ese que siempre es más poderoso que el miedo o las circunstancias. Eso me encantó, pues a pesar de los avatares de uno y otro personaje, al final el amor triunfa. Y el misterio de ese triunfo fue precisamente el poder de la osadía, el poder de volverlo a intentar una y otra vez, sin temor a perderlo todo.

Las acciones deberían ser más poderosas que nuestras palabras. Hablar es fácil, y es complejo mantenernos en silencio. Los sabios callan, pero, sobre todo, actúan. Actúan de tal forma que casi parece que no hacen nada, porque su actuación es invisible a los ojos de la ignorancia. La osadía es una fuerza vital que nos empuja desde la voluntad profunda a participar de la Gran Obra, mistérica y necesaria, de la propia vida. Solemos pensar que todo ya está hecho, pero en verdad, solo se hace cuando empieza el movimiento primigenio, la chispa que enciende el motor y el fuego de nuestras vidas.

Atrévete. Me repito una y otra vez. No hay nada que perder. Ser osado es una forma de amar. Atrévete a decirle lo que sientes. Atrévete a darle un abrazo a aquella persona que se alejó. Atrévete a reconciliarte con los que te hicieron daño. Atrévete a emprender tu sueño, sea el que sea. Atrévete a tener hijos si es lo que más quieres. Incluso atrévete a configurar una familia ahora que eso parece algo tan denostado.

Atrévete a estar solo si lo necesitas. Atrévete a escalar aquella montaña o a nadar por aquel río de agua helada. Atrévete a invitarla a aquel atardecer que nunca sucedió. Atrévete a empujar al otro hacia esos bosques oscuros llenos de animales salvajes para que agarrado de tu cintura pueda circunvalar cada uno de sus miedos. Atrévete a ser mentor de aquel que está perdido o simplemente de oxigenar tu vida con nuevos caminos cuando seas tú el que lo esté. Atrévete a reinventarte, a destruir todo aquello que ya no sirve y construirte una y otra vez desde tus propias cenizas.

En definitiva, atrévete a vivir, a amar la vida, e insiste, aunque sea de mal gusto, siempre que sientas que al final todo tu esfuerzo, constancia, perseverancia y paciencia habrá merecido la pena. Atrévete, no pierdes nada.

Agua que fluye, jamás se pudre


 

Eso al parecer es lo que a veces nos pide el cuerpo y el alma. Fluir como un río dentro de la corriente alterna de la vida. Ayer me desperté con un gran dolor en el pie derecho. Una dolorosa tendinitis en el empeine que tenía que soportar en cada paso. Me desperté temprano, a eso de las cinco, debido sobre todo a la colmena de madrugadores escandalosos que olvidaron eso del respeto por los demás. A las seis de la mañana, a falta de sueño, ya estaba caminando. Como era de noche me perdí durante al menos tres kilómetros. Empecé mal el día. Tres kilómetros más de cuestas en jornadas de veinte y con dolores en todas partes no ayuda.

En teoría la jornada terminaba a la una, pero cuando llegué al albergue estaba cerrado. Esperé un tiempo prudencial y viendo que no habría, seguí la marcha. Un paso más, otro, y otro. El dolor cada vez era más y más intenso. Los rayos del sol golpeaban con fuerza. Me quedé sin agua y sin provisiones. La situación parecía desesperante. De repente me vi solo caminando. Toda la marabunta de peregrinos había encontrado ya albergue y estaban descansando. Descarté seguir hasta Finisterre en un primer momento. Iba contando con desesperación cada paso, cada minuto, cada kilómetro que quedaba hasta Santiago. Cuarenta, treinta y nueve, treinta y ocho…

A las tres de la tarde pude encontrar un lugar donde me ofrecían algo de beber y comer. Fue toda una suerte porque era el último. Allí pude reposar un poco y relajar el cuerpo y sobre todo la mente. Mientras comía la ensalada y el revuelto de setas y viendo la imposibilidad que se presentaba, decidí llegar a Santiago, aunque eso suponía hacer el doble de kilómetros, más de cuarenta, el doble de tiempo y el doble de dolor. Sentí que si quería salir esta misma semana hacia Barcelona necesitaría unos días de descanso, y que si lograba llegar hasta Santiago y allí coger un autobús a tiempo podría esa misma noche dormir en una cama en silencio.

Así que doblé turno. Una proeza solo apta para persistentes y cabezones nacidos bajo la constelación de tauro. El dolor aumentó por el sobre esfuerzo, pero también aumentó el poder que ejerce la mente ante las dificultades. En el fondo estaba viviendo un símil apropiado de mi propia vida. Un dolor terrible soportado por una mente fuerte anclada a un propósito aún mayor. El dolor no se volvió sufrimiento en el pensamiento. Intentaba minimizarlo con la esperanza de poder volver a casa. Así que llegué a las puertas de Santiago y pude coger dos autobuses y un último taxi que me trajo hasta aquí. Sentí nostalgia por abandonar el Camino, especialmente mientras veía por la ventana todos los lugares recorridos y toda la gente a la que en ellos pude saludar.

Esta segunda incursión en el Camino ha sido muy diferente a la primera de hace unas semanas. Siento que se han reorganizado muchas emociones y que interiormente tengo cierta calma. Ha sido como cerrar un ciclo a la espera de que el nuevo equinoccio termine de sellarlo. Físicamente, a pesar del error garrafal de las plantillas que provocaron los consiguientes dolores en los pies, me siento bastante fuerte. El ánimo está volviendo a su sitio poco a poco y todos los elementos exteriores se están organizando en una nueva realidad. No emerge nada nuevo, pero al menos se termina de hundir todo aquello que ya no es válido. Algo muere, algo nacerá.

Siento que debo seguir moviéndome interiormente para que todo fluya hacia otro propósito. Desterrado por fin el pasado, disfruto del silencioso presente para que un nuevo futuro emerja. Lo que depare ese futuro ya no es de mi incumbencia. Solo puedo abonar la tierra de este ahora perenne para que todo prenda de forma hermosa y bella. Creo que para todos se presenta un otoño difícil. Espero no perder esa visión de conjunto y así poder asimilar cada nuevo golpe que llegue. No solo los golpes personales, también los globales. Agua que fluye jamás se pudre. Hay que seguir fluyendo con los ciclos de la vida, sean los que sean, nos gusten más o nos gusten menos. Si caminamos, si sentimos, si respiramos, es señal de que estamos vivos. Y la vida es así. Qué le vamos a hacer.

Yo soy el Camino


Atravesando el puente de Melide en la etapa que me ha traído desde Palas de Rei hasta el hermoso albergue de Rivadiso, cerca de Arzúa. 

La rutina forma parte del escenario. A partir de las cinco, los peregrinos más madrugadores empiezan a hacer sigiloso ruido. A las seis ya son más, y a las siete ya casi todo el mundo empieza a caminar. Los albergues son un universo en sí mismos. Ronquidos, suspiros, gentes de todas partes del mundo, personas con traumas, personas con mundos que se regeneran y sanan caminando.

En el paisaje de agosto abundan los turiperegrinos, los cuales han masificado y convertido algo tan sanador en una carrera de obstáculos. Se los identifica porque no llevan mochila (se las trasladan por cuatro euros el trayecto), van siempre mirando al suelo o escuchando música, sin tiempo para contemplar el paisaje, no importa si el interior o el exterior, y como tienen siempre un albergue o pensión reservadas, se pierden la magia de la improvisación. Van siempre acelerados de bar en bar, donde descansan para tomar una cerveza o una tapa. Si van en grupo o en pandilla, se les reconoce porque no guardan silencio. En estas fechas invaden el camino y algo que llama mucho la atención es que nunca saludan. Pasan corriendo como si no existieras.

El turisteo ha desacralizado algo tan bello como el Caminar en comunión con la naturaleza, con Dios, si eres creyente, o con tu consciencia interior que requiere expandirse en silencio y reflexión. Aún así, uno descubre que en el Camino caben todos. Que si no quieres ver turistas, puedes retrasar o adelantar la marcha. Puedes obviar los bares y ceñirte a las provisiones de la mochila. En estas fechas es más difícil interaccionar si eres algo tímido, ya que no hay tiempo para casi nada, pero si te lanzas, tienes un mundo de gente por explorar.

La rutina, decíamos, es siempre la misma. Cuando llegas al albergue lo primero que haces es hacer la cama con las sábanas de papel que ahora parecen un requisito indispensable tras el Covid. Luego te duchas, lavas la muda del día, la tiendes, comes algo, descansas y luego la tarde para lo que cada cual desee. En mi caso, trabajar en la editorial mientras el resto o duerme o interacciona en los albergues. Mientras los albergues privados están abarrotados y sin plazas, ocurre que los públicos están casi vacíos, lo cual es una suerte para los que como yo prefieren improvisar sobre la marcha sin reservas. No me gusta fijar la llegada en ninguna parte porque nunca se sabe qué puede aportar o sugerir cada jornada.

Las mías, como son introspectivas y sanadoras, no cumplen con ningún tipo de expectativa ni sorpresa especial. Hoy me atreví a hablar un poco con una hermosa mujer que me llamó la atención, pero mi timidez hizo que dejara escapar la ocasión de interaccionar con mayor profundidad con alguien que a priori parecía especial y diferente al resto. Así que mi única aventura fue convivir como pude, en unas de las etapas más largas y duras (la llaman la rompepiernas), con una ampolla y una rampa en el pie. Nunca en mis años de senderista o en mis otros caminos me había salido una ampolla, pero al salir cometí la torpeza de poner unas plantillas nuevas en mi viejo calzado y eso no fue buena idea.

En este Camino tomo consciencia de que debo cambiar mi vibración, cerrar la puerta del pasado y abrir algún tipo de ventana hacia una nueva energía, una nueva frecuencia, una nueva realidad. En el fondo, ahora que después de tantos años me he atrevido a abrirme al mundo, deseo continuar en esa brecha y ver qué depara el destino. Deseo que los anhelos de estos últimos meses organicen una nueva aventura personal, un nuevo matiz existencial. Siempre arraigado en el Camino de la consciencia y el amor. Porque si algo he descubierto en este caminar, es que Yo Soy el Camino.

Éramos muchos


 

En la playa nos amontonamos tras kilómetros de sudor y alguna lágrima. Había mucha gente y no encontrábamos lugar donde dormir. Mis planes mentales no habían conseguido adaptarse al medio. No había contado que tendría que dormir en la calle o en la playa o en los bosques, y regulé mi camino.

Estuve unos días intranquilo porque deseaba caminar. Sé que caminar es sanador, y si lo haces prolongadamente, la sanación es más profunda. Así que, tras unos días en la inopia, mirando a ver qué camino de mi vida tomar, decidí lanzarme de nuevo a las sendas.

Éramos muchos en el Camino del Norte y somos muchos ahora en el Camino francés. Es un poco agotador y de momento estoy teniendo suerte a la hora de encontrar posada. Quizás sea porque he cambiado mi pensamiento y he vuelto mucho más libre y mucho más flexible. Si tengo que dormir en la calle no me importará, y no será motivo de volver. Si por ello no puedo trabajar en la editorial como era mi primer plan, tampoco pasa nada. Ya recuperaré a mi vuelta. Algún día tendré, si es que eso es posible, desligarme de conjugar trabajo con vacaciones.

También éramos muchos en el proyecto, casi cuarenta personas todas estas semanas, y eso me resultaba agotador interiormente, especialmente ante esta fragilidad que soporto. Mi vulnerabilidad me alejaba del bullicio y el ruido e intentaba mantenerme aislado. Cosa tan difícil cuando sabes que ahí fuera hay tanta gente bonita.

Durante un mes entero me he refugiado en un blog alternativo, porque contar mis penas ante más de cinco mil seguidores admito que me daba un poco de cosa. Cuando uno está triste y le gusta escribir, desenfunda toda su rabia y frustración y se desahoga de cualquier manera. Así que lo hice en petit comité durante un tiempo, hasta que ahora he decidido volver a este Creando Utopías, algo mejorado, algo más tranquilo, algo más lleno de fuerza.

En estos días de caminata he reflexionado mucho en la cuestión de que éramos muchos en aquella «casa». Me he dado cuenta de que soy un antiguo y no llevo bien el poliamor, ni el sexual ni el emocional. No lo juzgo porque cada uno hace con su cuerpo y con sus emociones lo que le da la gana, faltaría más. Pero admito que soy monógamo y deseo relaciones monógamas, en cuerpo y alma, aunque esto suene carca y desafortunado. Para mí es un lío cuando una de las partes tiene frentes abiertos y no es capaz de cerrarlos para centrarse en uno solo. Eso es muy agotador para todas las partes. Terminas volviéndote loco y terminas culpando de todo al que exige algo de exclusividad. ¡Qué presión para todos! ¡Qué locura! Me alegro sinceramente sentirme libre, haber liberado al preso en el que me había convertido, y volver a los caminos de la razón y la cordura. La verdad nos hace libres, y cuando esa libertad la integramos dentro, uno se expande, inevitablemente, hacia otro lugar.

Ahora que me siento desintoxicado, libre, con fuerza, deseo volver a empezar. Deseo disfrutar de este camino, pasear desenfadado, compartiendo alguna sonrisa, deseando todo lo mejor al mundo circundante y estrujar el jugo de la vida hasta donde mis fuerzas lo permitan. Se acabó el estúpido sufrimiento y se acabó compadecerme constantemente. Lección aprendida, y a seguir hacia adelante.

Somos muchos en el planeta, dicen. En Occidente esa es la sensación que tenemos cuando vemos que los recursos empiezan a escasear. Para los que no tienen ningún tipo de recursos, el problema es otro. Quizás no sea una cuestión de si somos o no somos muchos, sino de regular, cambiar el paradigma y ver el mundo desde otra perspectiva. Decrecer, aligerar la mochila, buscar personas con las que compartir en la alegría y la simplicidad, deshacernos de todo aquello que no suma, y valorar las relaciones positivas que llenan nuestra vida de sentido. No importa si tenemos que dormir en una playa o en un bosque perdido. No importa si en bien de cierta coherencia tenemos que zanjar relaciones complejas y que no aportan nada, y no importa si tenemos que cambiar nuestro paradigma y recular constantemente para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Nada importa, si todo aquello que hacemos lo hacemos con corazón.

Hay que liberar a los presos del planeta, decía hace un tiempo. Hay que liberarlos del materialismo, del egoísmo y del modo narcisista en el que estamos viviendo nuestras vidas. Me siento algo liberado, así que me siento con fuerza para seguir emprendiendo nuevas utopías. Que así sea.

Moriremos de amor


«Esperanza: pequeña luz que se enciende en la oscuridad del miedo y la derrota, haciéndonos creer que hay una salida. Resplandor azulado que anuncia el nuevo día en la interminable noche de tormenta». «Historia del rey transparente», Rosa Montero

Hoy es un día muy importante para una persona que ha sido muy importante en estos tiempos. Quería hacerle algún tipo de gesto o regalo, y he decidido que el mejor regalo que le puedo hacer es volver a mi centro, al equilibrio, a esa resurrección inevitable que uno debe acometer cuando de alguna manera has muerto a un pasado que ya jamás volverá.

El ser humano tiene dos tipos de vibraciones. Unas altas, otras bajas. Cuando navega por las frecuencias altas es capaz de lo más maravilloso. Cuando se derrama en frecuencias bajas es capaz de lo más terrible. Ambas frecuencias residen en nosotros, y cada día elegimos ser una buena persona o un ser temerario. En estos meses he sido capaz de ambas cosas, y de la síntesis de ambas, he sacado un gran aprendizaje.

Así que hoy me levanté con el deseo de ser diferente, o al menos, de ser diferente a como había sido estos días, semanas y meses, donde al perder cierto centro, uno se pierde a sí mismo. Hoy quería volver al centro, al equilibrio, al amor, al ser consciente que siempre he pretendido ser. Volver, en definitiva, a mi esencia de segundo rayo, al amor-sabiduría.

Al volver a cierto centro, lo primero con lo que me topé en el ordenador era un archivo con datos astrológicos, una fecha y un mensaje predictivo: “moriremos de amor”. He sentido cierta emoción, porque no hay mejor manera de vivir, que muriendo de amor y resucitar al mismo. Algo así me ha pasado estos meses. He muerto literalmente de amor. Y al hacerlo, he resucitado a la vida.

Quizás por ello, tras el gran incendio, tras la gran tormenta, tras la gran derrota, siento de nuevo esperanza, esa pequeña luz que se enciende en medio de la noche, en la oscuridad del miedo y la derrota, en ese ocaso que es la nada. Han sido días largos de tormenta, de frío interior y de alejamiento. Ahora toca renovarse, volver al centro, volver al ser.

Y una manera de hacerlo es volver a cuidarme. Para ello estoy haciendo muchos cambios vitales en mi vida. Una de las cosas que he vuelto a retomar es el antiguo Patreon. A partir de ahora, todas las publicaciones serán apoyadas por mecenas, tal y como hacía hace cuatro años.

Lo que más me gusta en el mundo, mi don, de tener alguno, es la escritura, y deseo seguir escribiendo, inspirando, apoyando a los demás como pueda. Creo que la creatividad debe valorarse, y que, al hacerlo, es capaz de transformar más vidas, de inspirar a más gente. Este blog lleva abierto desde 2008, y sois ya más de cinco mil personas las que lo han ido siguiendo durante este tiempo. Estáis todas invitadas a seguir las aventuras de este utópico en el nuevo blog, agradeciendo desde ya todo vuestro apoyo.

Así que estaré encantado de volver a veros allí, en el siguiente enlace:

https://www.patreon.com/creandoutopias

Gracias de corazón por apoyar los sueños y las utopías.

Pd. Feliz aniversario querida A. Todo lo mejor para esta nueva revolución solar. Gracias por todo lo que has hecho en mí.

 

Cerrado por vacaciones


Al perder la esperanza, hallé la libertad. Cada noche morimos, y cada nuevo día, tenemos la oportunidad de renacer a algo nuevo y diferente. Cuando apretamos nuestros pechos contra la vida, el corazón parece latir más fuerte. Se escucha su rugido, su urgencia, su necesidad. Se puede sentir el palpitar y el aleteo de su frecuencia cardiaca. Allí se deposita el chacra verde, uno de los hilos que conducen a la vida. El chakra del corazón regula y equilibra nuestras emociones, especialmente aquellas afines al amor propio, al amor hacia los demás, a la compasión, a la armonía en las relaciones y la conexión emocional con nuestro yo superior, con nuestra consciencia más profunda, con nuestra yo esencial.

Late, late fuerte cuando pierdes toda esperanza, cuando mueres cada noche, cuando al día siguiente, resucitas de nuevo. Hay siempre un pequeño rasguño en las grietas de todo cielo. Uno mira hacia arriba y ve de nuevo las nubes, el sol luminoso, las montañas a lo lejos. Y luego imagina el mar, sus orillas y playas cambiantes. En cada nuevo día, uno aspira a ser mejor persona, a amar con delicadeza a los demás, incluso abrazar el infortunio, ese que espera en cada esquina, tras cualquier árbol o reflejo.

Desde un punto de vista oriental, casi diría que budista tibetano, todos morimos poco a poco. Cada instante que pasa es un fugaz momento que desaparece. El tiempo es la única medida posible para perpetuar un recuerdo, un intervalo, un sentir. La esperanza de la mañana no es la misma que la esperanza de la noche. La libertad de saber que vamos a morir provoca esa urgencia, provoca ese deseo, esa angustia por correr hacia todas partes.

Aún no lo sabemos, pero estamos viviendo en un mundo de sucedáneos. Nuestra propia arrogancia y languidez nos aleja de lo auténtico. De hecho, lo auténtico, lo diferente, nos da pánico. Todo aquello que no esté a la moda o que no sea aceptado por el común de los mortales, es motivo de espanto. Cuando algo o alguien auténtico se nos acerca, huimos despavoridos. Todos somos copias exactas de otras copias de otras copias. Compramos y vestimos la misma ropa, bebemos las mismas cosas, comemos exactamente lo que come el vecino. Nuestra obsesión durante décadas fue comprar cosas para estar a la moda, al día, con lo último. Ahora nuestra obcecación es la de vivir somnolientos, apartados de la vida, siendo una copia, un sucedáneo sin consciencia, sin autonomía, sin libertad.

Por eso, de alguna manera, cuando uno pierde la esperanza por todo, inclusive por el ser humano, halla cierta libertad. La libertad de estar de vuelta, de ser auténtico, de no ser ninguna copia ni sucedáneo. La libertad de ser un Buda o un Baphomet, de ser crucificado como un Cristo o de ser condenado como un Lucifer. Ser auténtico implica estar condenado al ostracismo, a la indiferencia, al caos. La libertad, cuando carece de esperanza, tiene un coste muy alto.

Lo que poseemos acaba poseyéndonos. El trabajo, la hipoteca, el bienestar, los estragos rudimentarios de la normalidad. Cuando no posees nada, cuando lo has perdido todo, inclusive la esperanza, nace un sentimiento de plenitud absoluta. Cuando has sido despojado de toda atadura, inclusive aquellas que nos imponemos en nuestro imaginario urbano, te despides del mundo y abrazas la resurrección.

Nos perdemos buscando la perfección de las cosas y nos olvidamos del gran gozo y disfrute de lo imperfecto. Esa es la trampa de nuestro tiempo. Un cuerpo imperfecto, un alma imperfecta, una tierra cadente, un cielo gris, un verano frío y silencioso. Olvidamos que el mundo está hecho de pura imperfección, y de ahí nuestra frustración constante. De ahí nuestra esclavitud hacia las cosas perfectas, inabarcables, imposibles. No existe una relación perfecta, ni un amigo perfecto, ni una pareja perfecta. Los cuentos donde la perfección roza la agonía fueron fabricados como adormideras, como somníferos para nuestra alma. No existe una verdadera metamorfosis si antes no ha existido una verdadera autodestrucción.

Es por eso que nos da pánico lo verdadero, lo real, lo imperfecto. Es como rechazar los puntales básicos de cualquier civilización, de cualquier pensamiento ilustrado, de cualquier percepción inteligente. Es por eso que no somos libres. Pero al perder la esperanza en lo perfecto, de nuevo, la libertad. Solo cuando perdemos todo, cuando ya no anhelamos ningún tesoro ni perfección, somos libres para actuar, para vivir, para soñar…