La Danza de aquello que no se puede nombrar…


Susurra en los silencios, cuando más solo y apartado del mundo te encuentras, cuanto más alejado sirven tus alas al viento. Son las variedades de aquello que surge de las brasas del abismo. Un génesis, un pronunciar, una única rebeldía nacida y concertada en el deseo. La audacia consiste en penetrar hasta en el más olvidado de los suspiros. Allí, en el ágape de los vasos comunicantes, donde el placer se imprime en la dicha de lo virtuoso, se posa eminente el haz de tiempo. Interna, la llama diligente anhela el bostezo cómplice, ese que brota de la necesidad, de la ávida derrota de un hecho insostenible. La danza de aquello que no se puede nombrar, queda impresa en el recuerdo, para siempre, anhelando una conquista futura en un tiempo inservible. Deseo volver, deseo suspirar con tu aliento, derramar mis lágrimas junto a tu regazo, recordando cuantas veces volvimos a reencontrarnos. Deseo imprimir en tus carnes el símbolo de la alianza, esa considerable perpetuidad que nos hace almas. La noche se apaga, llega el día. El mundo despierta, todo termina. Y llega la exigencia de sobrevivir hasta que todo vuelva al instante que no se puede nombrar…

(Foto: Paseando junto al Jardín Botánico, Copenhague, diciembre de 2008).

Deja un comentario